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        La actual crisis ecológica, el cambio climático y la agonía del planeta Tierra, están provocando una situación tan extrema como nueva que debe tener respuesta desde las distintas disciplinas humanas y científicas. La contribución de la Historia puede ser importante en este terreno.

        Como ya hemos comentado en otros lugares, la Historia debe recuperar el fin social que le corresponde. Pues, bien, este fin social no trata sólo de redimir a los marginados o de analizar las desiguales relaciones de producción, o el desarrollo tecnológico sino que también puede y deber incidir en la relación con el medio, en lo que se puede llamar la ecohistoria.

        No soy partidario de crear una nueva rama de la Historia, la Historia Ambiental, con la que trocear una vez más la Ciencia Histórica. Hace más de medio siglo Lucien Febvre, defendió la Historia en su integridad, pues a su juicio no se podía descomponer la historia sin acabar como ella de la misma forma –decía- que no se podía trocear un hombre sin matarlo. Por eso la historia ambiental deberían contemplarla todos los historiadores de manera transversal, cada uno en sus distintas época y objetos de estudio.

        La Historia de la Humanidad es también, la historia de la progresiva destrucción del medio natural. Por ello es fundamental que la llamada en el pasado Historia Natural y la actual Historia Ambiental, ocupe el lugar y el tratamiento que merece. En el fondo, de acuerdo con Manuel González de Molina, el objetivo último es ecologizar toda la Historia.

        Habrá que reconstruir la Historia incidiendo en la capacidad destructora del medio en cada momento. La humanidad no siempre vivió de espaldas a la madre naturaleza. Es más, incluso hoy en día existen pueblos amerindios que conviven armónicamente con la madre naturaleza. Es un concepto que está muy enraizado en las sociedades indígenas, sobre todo del área andina. En la era paleolítica, que duró al menos dos millones de años, el ser humano convivió armónicamente con la naturaleza. Obviamente, no tanto por una conciencia ecológica de supervivencia como cultura, sino por su propio retraso tecnológico. Con el Neolítico, y la revolución agraria y ganadera comenzó incipientemente la destrucción del medio. Lo que la historiografía burguesa interpreta como el primer gran hito de la Historia, fue en realidad el inicio de la depredación humana sobre el medio.

        A partir del siglo XVI, y durante toda la Edad Moderna, con el descubrimiento de América y los inicios del capitalismo la destrucción del medio se agudizó. Son bien conocidas las deforestaciones de bosques de pino en toda Europa para la construcción de carabelas, naos, bergantines, galeras y galeones. Asimismo, son bien conocidas las talas indiscriminadas de bosques en Santo Domingo, Cuba y posteriormente Centroamérica y Brasil, por la industria azucarera. La zafra requería mucha madera para la cocción del dulce lo que provocó un daño ecológico sin precedentes en el continente americano. Por cierto, que la propia deforestación, así como el descenso del caudal del agua de los ríos, provocó una reducción de la producción del dulce que terminó afectando a la propia industria azucarera. Se evidencia, una vez más, la irracionalidad a largo plazo de este modo de producción. A partir de finales del siglo XVIII se inicia la depredación a gran escala, porque el metabolismo industrial requiere grandes cantidades de energía, en base a combustibles fósiles, primero carbón y después petróleo. Y desde la segunda mitad del siglo XX, lo más preocupante que esa forma de depredación industrial se está extendiendo desde el mundo desarrollado al Tercer Mundo. Estamos próximos a una situación de no retorno.

        La actual agonía medioambiental del planeta requiere soluciones drásticas, y el compromiso de todos: científicos, humanistas y políticos. Los historiadores podemos aportar nuestro granito de arena, trazando este nuevo perfil de la Historia, en el que la ecología tenga un papel preponderante. Y con ello no solo contribuiremos a una mayor conciencia social sobre la ecología sino que también podemos aportar soluciones concretas a la formas de producción. Muchísimas técnicas de producción del pasado fueron descartadas por ser menos poco productivas y no rentables en la economía capitalista pero que podrían recuperarse en el futuro. Por ejemplo, los incas poseían unas infraestructuras de explotación agrícola por pisos ecológicos que era totalmente armónica con el medio ambiente. A lo mejor podemos aprender bastante de técnicas del pasado, desechadas por poco productivas que ahora, en cambio, podemos valorar por su aporte ecológico. La necesidad de una agricultura ecológica, no sólo más sana para las personas sino también mucho más respetuosa con el medio.

Así contribuiremos a una concienciación social necesaria y fundamental para superar los funestos retos que ya se están planteando y que se agudizarán en las próximas décadas. Eso también forma parte del compromiso social de los historiadores.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA


 

FEBVRE, Lucien: Combates por la Historia. Barcelona, Planeta Agostini, 1986.

 

FUNES MONZOTE, Reinaldo: Del bosque a la sabana. Azúcar, deforestación y medio ambiente en Cuba, 1492-1926. México, Siglo XXI, 2004.

 

GONZÁLEZ DE MOLINA, Manuel: “Sobre la necesidad de un giro ambiental en la historiografía”, en El valor de la Historia. Homenaje al profesor Julio Aróstegui. Madrid, Editorial Complutense, 2009.

 

TURNER, Billy Lee, Willian C. CLARK y Robert KATES (edts.): Earth as Transformed by Human Action. Cambridge, University Press, 1994.

 

WOSTER, Donald: “Transformation of the Earth, Toward and Agroecological Perspective in History”, en Journal of American History, nº 76. Lillington, 1990.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Preparando una ponencia para noviembre de este año en Santo Domingo sobre la libertad y el libertinaje sexual, uno se sorprende no tanto de los excesos que se cometieron como de la impunidad. Adelantaré un par de casos tangenciales que no afectan al fondo de mi ponencia para que el lector se haga una idea.

           América se convirtió en una especie de paraíso de Mahoma, donde muchos conquistadores y colonizadores practicaron la barraganía y el concubinato. En España había muchos casos de transgresiones, pero había una diferencia notabilísima, un control mucho mayor lo que hacía que pocos casos quedasen impunes, máxime si eran de la magnitud de los que vamos a relatar a continuación. No hay que olvidar en este sentido que las autoridades hispanas apenas controlaban un veinte por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos venezolanos. Baste ofrecer un dato referente a la Inquisición: en la Península Ibérica había dieciséis tribunales inquisitoriales para una extensión de medio millón de km2 mientras que un único tribunal novohispano debía ocuparse de una extensión seis veces superior.

           Algunos mantuvieron relaciones con niñas de siete u ocho años, sin el más mínimo problema legal ni social. Así, el 15 de febrero de 1578, el doctor Gregorio González de Cuenca en una carta dirigida al rey narró el comportamiento indecoroso del licenciado Paredes. Al parecer, éste había condenado un alcalde llamado Baltasar Rodríguez por haber ejecutado la sentencia de muerte sobre un cacique que había quemado en la hoguera a tres indios inocentes. Le dijo que si quería evitar la pena de muerte le debía entregar su hija de ocho o nueve años para casarla con hijo suyo de año y medio. Baltasar Rodríguez accedió al casamiento, pero poco después falleció en circunstancias extrañas. Y el suceso fue aprovechado por el licenciado Paredes para llevarse a la niña a su casa, donde la tiene a la fuerza dando clamores a Dios. Solicitaba que tan gran delito no quedase sin castigo, pero no sabemos mucho más del caso. Todo parece indicar que se trata de un abuso sobre la menor aunque en el documento en cuestión no se especifican los abusos o las intenciones exactas del licenciado Peralta.

           No era el único que llevaba una vida escandalosa; el oidor de la audiencia, licenciado Esteban de Quero, llevó una vida absolutamente desordenada sin que nadie hiciese o pudiese hacer nada para remediarlo. Vivía amancebado con una mujer, que era hermana de una monja del convento de Regina Angelorum; y realizó todo tipo de presiones a las religiosas para que la nombrasen priora. Finalmente no ocurrió por la intervención del provincial fray Juan de Manzanillo y del presidente de la audiencia doctor González de Cuenca. Pero además, mantenía relaciones con muchas otras mujeres; así por ejemplo, llegó a la isla la gobernadora de la isla de La Margarita, doña Marcela Manrique y fue público que se encerró en casa con dicha señora, y no acudía ni a las sesiones de la audiencia. Pero tampoco sus excesos se limitaban a la vida privada, era frecuente verlo por las noches con una o varias mujeres de compañía, ofreciendo escandalosos espectáculos. El doctor Cuenca, presidente de la audiencia, se sentía incapaz de solucionar los problemas, dado que vivía atemorizado por los oidores que lo amenazaban de muerte. Él se limitaba a informar en un tono verdaderamente dramático:

 

            "Si hubiere de referir los clamores de los vecinos de esta ciudad por los malos tratamientos que estos dos oidores les hacen y por ver deshonradas las más principales mujeres de esta ciudad sería no acabar".

 

 

           Una vez más se evidencia la incapacidad de las autoridades peninsulares, frente al poder de la oligarquía local. En una ocasión pretendió embarcar para España a una de las mujeres que traía perdido al licenciado Quero y descasados a muchos otros vecinos de Santo Domingo. Sin embargo, al tiempo de la partida de los navíos la escondieron y no se pudo cumplimentar los deseos del presidente de la audiencia. En otros casos tomó la decisión de enviar a La Habana a algunos casados para que regresasen a España a por sus mujeres. Pero unos se fugaban y evitaban el embarque y otros iban a La Habana y luego regresaban a la isla sin haberse embarcado para España.

           Más llamativos aún son los abusos que algunos frailes cometían sobre las monjas en los conventos de Santo Domingo. Fray Lucas de Santa María O.F.M., vicario de los franciscanos, tenía una fama ganada a pulso de ser un potro desbocado y depredador de monjas. No era el único, pues el provincial de la misma orden, fray Alonso de Las Casas, había convertido el convento de clarisas en su mancebía, y allí acudía a regocijarse con ellas y a realizar tocamientos a las más jóvenes y guapas. Y hasta tal punto se extralimitó que “desvirgó” a doce de ellas, dejando embarazada a una, aunque éste no llegó a término. Hay una carta que el guardián del convento de San Francisco y los demás religiosos del mismo escribieron a su superior en 1584 que es absolutamente demoledora, pese a ser un correligionario. Merece la pena extractarla en sus partes más importantes. Afirma que no tenía de religioso más que el nombre y que se impidiese su vuelta a la isla, pues después del infierno no les podía venir mayor calamidad, así a nosotros como a estas pobres monjas, cuya casa violó y profanó. Al parecer acudía al cenobio en compañía de su compañero de tropelías fray Francisco Pizarro, y se iban a algunas celdas con la monja que más le gustaba y se echaba con ella, le ponía las manos atrás y el desvergonzado le alzaba las faldas y le miraba su honestidad. Y a una tal sor Isabel Peraza la llevaba a su celda en el convento de San Francisco y en una ocasión los vieron juntos en la ermita de San Antón. Y a un criado suyo de color, que lo tenía de alcahueta para pasar los mensajes a sus amantes, habló públicamente de sus deshonestidades y le dio tal castigo que estuvo al borde de la muerte. Menciona el guardián en su carta que el arzobispo de Santo Domingo procedió contra él por vía inquisitorial, pero no parece que llegara a buen puerto su sentencia pues de hecho, el religioso se disponía a volver a su convento. Sorprenden estos hechos tan graves y que quedasen totalmente impunes. ¿Cómo podía ocurrir esto? El guardián del cenobio lo deja muy claro: porque nuestros prelados mayores están tan remotos que no es posible acudir a ellos.

           En España también había infinidad de casos de amancebamientos, de estupros y de violaciones, pero había dos diferencias con respecto a La Española y en general a las colonias: uno, cuantitativamente eran menos los casos, ya que la presión de las autoridades era mucho mayor, por la cercanía del poder. Los párrocos y los familiares de la inquisición establecían a veces una presión insufrible, lo que servía como elemento disuasorio. Y dos, la impunidad en España se limitaba a las esclavas y a aquellas mujeres libres que no estaban suficientemente protegidas, es decir, que permanecían solteras o viudas y no vivían bajo la protección de ningún hombre en particular.

           Una vez más la historia nos enseña la bajeza moral de muchos seres humanos, no muy diferente en el siglo XVI que en el XXI.

 

 

PARA SABER MÁS

 

DEIVE, Carlos Esteban: “La mala vida. Delincuencia y picaresca en la Colonia Española de Santo Domingo”. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1988.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conductas sexuales en el Santo Domingo del siglo XVI: la violación de doña Juana de Oviedo”, en La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1578-1587). Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2016

 

SCHWARTZ, Stuart N.: “Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico”. Madrid, Akal, 2010.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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El descubrimiento de América espoleó el sueño áureo de los pobladores del Viejo continente. Pasado los momentos iniciales en los que se saqueó el metal precioso acumulado durante siglos por los indios, comenzó la búsqueda de filones y vetas. La temprana aparición de algunos placeres auríferos y, posteriormente de ricas minas de plata, tanto en Nueva España como en el Perú, espolearon la imaginación de los europeos. Miles de personas empobrecidas en la España Moderna soñaban con encontrar un tesoro incaico, con descubrir un tesoro oculto o incluso, con encontrar una mina de oro que le sacase de la miseria en la que vivían.

Por ello, en el siglo XVI, hubo un renacer de las exploraciones mineras, no sólo en el Nuevo Mundo sino también en la vieja Castilla. Los contratos para la exploraciones de vetas se multiplicaron en esta centuria espoleados por las noticias de hallazgos que llegaban desde el otro lado del océano.

Aunque desde la Baja Edad Media las minas eran una regalía regia, desde principios del siglo XVI encontramos mercedes Reales en las que se concedía a señores no solo la jurisdicción del suelo sino también la del subsuelo. Así, mientras el 17 de mayo de 1520 se hizo merced al Duque de Alburquerque de todas las minas que se descubriesen en su señorío, el 24 de enero de 1521 se le concedió una merced similar al Conde de Plasencia. Estas concesiones las hacía a cambio de una cuantía previamente fijada o por una parte de la producción final, que se solía ubicar entre la octava y la décima parte de los beneficios.

Hasta 1559 no se expidió la pragmática que regulaba a las explotaciones mineras: todo el que descubriese una mina la debía explotar continuadamente y pagar a las arcas reales dos tercios de los beneficios, pagadas previamente las costas. Posteriormente, 1584 se reformó estableciéndose la posibilidad de explotación a cualquier compañía siempre y cuando, pagasen un canon al dueño de la tierra y otro tanto a la Corona.

        En Carmona existían algunos antecedentes de tesorillos encontrados. De hecho en 1479, se hizo merced al corregidor de Carmona Sancho de Ávila del tesorillo que se había encontrado en la villa y que consistió en cierta cuantía de reales (AGS, RGS 147.909, f. 46). El 24 de marzo de 1553 se formalizó una compañía en Carmona para buscar minas de oro y plata. Los socios capitalistas eran Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de la villa en la collación de Santa María, mientras que el buscador de monas era Miguel Sánchez del Cuerpo, también vecino de la localidad. Los dos primeros pondrían el capital y el tercero su trabajo, a cambio de repartir a tres partes iguales lo obtenido, sacando previamente el quinto real.

        De este contrato minero no volvemos a tener noticias lo que delata, probablemente, el fracaso del proyecto. Había oro en América, plata en Guadalcanal y se soñaba con la posibilidad de encontrar oro en el fértil término de Carmona, algo que no llegó a ocurrir.

Nuevamente, en 1559 se firmó una compañía entre Juan de Chávez Mayorazgo, Jerónimo González, cantero, y Pedro Duarte, cuchillero, todos vecinos de Trujillo, para explorar una veta que habían localizado en la dehesa llamada el Palacio del Millar de los Llanos, propiedad del primero, en término de la ciudad de Trujillo. Los trabajos los realizarían los dos últimos, repartiéndose los beneficios entre los tres en partes iguales.

        Estos contratos, uno de los cuales reproducimos en el apéndice documental, no son más que el reflejo del espejismo áureo que llegó desde América a la Península; la fiebre del oro.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

        Contrato para buscar minas de oro en el término de Carmona, Carmona, 24 de marzo de 1553.

 

        Sepan cuantos esta carta de concierto y transacción vieren como nos Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de somos en esta muy noble y leal villa de Carmona en uno de la una parte y de la otra Miguel Sánchez del Cuerpo, vecino de esta dicha villa, y yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de ir a buscar y descubrir mina o minas de oro o plata u otro cualquier metal en esta villa y su término o en otras cualesquier partes que yo quisiere y por bien tuviere y de lo que así hallare o hubiere hallado hasta ahora en las dichas minas yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de todo lo que así hubiere y de ellas se sacare de partir por iguales partes cada uno su tercia parte con tanto que de lo que así se hubiere y sacare se saque de principio el quinto de ello, si a su majestad le perteneciere, con tal cargo y condición que nos los dichos Diego Velázquez y Diego de Torres seamos obligados a nuestra costa y misión a abrir cualesquier mina o minas, estando ensayadas y hecho experiencia que son buenas y de provecho y las ahondar y sacar todo cualquier oro o plata u otro cualquier metal y hacerlo fundir a nuestra costa, demás los susodichos hasta tanto que esté fundida y para se partir de manera que vos el dicho Miguel Sánchez seáis obligado a poner vuestra persona y trabajo posible en hacer y beneficiar lo susodicho y con cargo y condición que vos el dicho Miguel Sánchez no podáis dar parte ni meter en esta compañía a otra persona ninguna hasta tanto que nos los dichos Diego de Torres y Diego Velázquez queramos dejar nuestras partes o lo hayamos por bien.

        Y yo el dicho Miguel Sánchez así me obligo de lo hacer y cumplir según y como dicho es. Y en esta manera y con estas dichas condiciones otorgamos y nos obligamos de tener y mantener y guardar y cumplir y haber por firme todo lo contenido en esta dicha escritura y otorgamos y nos obligamos que no podamos decir ni alegar ni querellar que esto que dicho es que no fue ni pasó así y según y como dicho es. Y si lo dijéremos y alegáremos que nuestro escrito nom vala en esta dicha razón en juicio ni fuera de él en tiempo alguno ni por alguna manera y otorgamos de lo así tener y cumplir y no ir contra ello so pena de cincuenta mil maravedís para la parte de nos que fuere obediente…

        Fecha y otorgada la carta en Carmona, en las casas de morada del dicho Diego Velázquez que son en esta villa en la collación de Santa María de ella, en viernes, veinticuatro días del mes de marzo año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y tres años, testigos que fueron presentes en todo lo que dicho es Alonso Belloso y Gabriel Paje y Juan de Herrera, vecinos de esta dicha villa de Carmona, y por mayor firmeza los dichos otorgantes firmaron de sus nombres este registro.

(A.P.C. Escribanía de Pedro de Toledo 1553, fols. 511r-512r).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. Uno de estos tres volúmenes es la historia de los conventos del obispado de Badajoz, de los que extractamos en estas líneas lo correspondiente a la villa de Zafra.

Fue mal investigador y buen copista, se dedicó a copiar literalmente de fuentes muy concretas: las crónicas de las respectivas órdenes, los libros de profesión de cada convento y de la Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz de Juan Suárez de Figueroa. Su valor es relativo, de aquellos cenobios de los que se conserva su documentación apenas presenta ninguna novedad reseñable pero sí, en cambio, de aquellos otros en los que la documentación está desaparecida o perdida.

Y por último decir que hemos adoptado como criterios de transcripción la actualización de las grafías. Asimismo, hemos corregido sin previo aviso las erratas del propio autor y alterado aquellos signos de puntuación colocados inoportunamente, todo ello para facilitar su lectura.

 

 

 

CONVENTO DE LA ENCARNACIÓN. DOMINICOS

 

        El convento de Santo Domingo de Zafra, extramuros de la villa, con título de Nuestra Señora de la Encarnación (que ordinariamente llaman La Mina), tiene sobre la portería un título que dice: Doña María Manuel, Condesa de Medellín, año de mil quinientos y once, como dando a entender haberle fundado esa señora en dicho año. Pero consta en el instrumento de su fundación, que conserva el convento, haber sido y pasado en Zafra, a 8 de febrero de 1528, en las casas de su morada que tenía en la calle de Sevilla. Y fueron testigos fray Pedro de Espinosa, prior de Santo Domingo y del Campo, y fray Alonso de Villegas y la señora firmó María de Jesús. Dotole en ciento y ochenta mil ciento y cincuenta y tres maravedís de renta en censo de diez mil el millar, con algunas tierras. Y en sesenta mil maravedís de hierbas cada año en las dehesas de Setefilla y el Fresno, término de Badajoz y de las casas de su morada en la calle de Sevilla, linde con casas del capitán Hernando de Guillade, y casas del comendador frey Gómez Maraver.

En su testamento dispuso que la enterrasen en la capilla mayor del convento, permitiendo que don García de Toledo, su hermano, y doña Mencía Manrique, su mujer, y descendientes se puedan enterrar en ella si quisieren. Dejó por herederos a don Lorenzo de Figueroa, hijo de los susodichos y hace particulares mandas, como son los mil (maravedís) de renta para que mantengan una lámpara en la iglesia de su casa. Otros diez mil maravedís a las monjas de Santa Marina. Siete mil quinientos a las beatas de Santo Domingo del Campo, que son las de Santa Catalina; y cinco mil a las de Salvatierra. Murió esta piadosa señora en el año de 1544 y fue hija de don Gómez Suárez de Figueroa y doña María de Toledo, Condes de Feria. Y aunque aró en su nobiliario no se acordó de esta matrona ilustre y virtuosa, ni del referido don Lorenzo de Figueroa, su sobrino y universal heredero, consta claramente de ambos, y de lo demás que queda dicho en el citado testamento que existe original.

 

 

CONVENTO DE SAN BENITO. OBSERVANTES

 

El convento de San Benito, religiosos Observantes de la villa de Zafra, villa de los Duques de Feria, es uno de los más graves de la provincia de San Miguel de esta religión. Fundole por los años de 1480, con bula del Papa Sixto IV, el segundo Conde de Feria, don Gómez Suárez de Figueroa, en una ermita antigua de San Benito, en donde hay tradición habían habitado algunos ermitaños.

Desde el año de 1553 hasta el de 1599, estuvo este convento dedicado a la Recolección, después le han continuado habitando los observantes hasta el presente, habiendo extendido y ampliado su situación. Son sus patronos los Duques de Feria y de algunas capillas, diferentes bienhechores.

Es casa que pasa de cuarenta religiosos y en ella han florecido muchos varones insignes en virtud. Tales fueron en tiempo de la reforma, fray Diego de San Alejo, lego, de nación portugués, fray Blas, también lego, varones muy penitentes y de gran oración, humildad y silencio. En el de los observantes, fray Juan de San Miguel, lego, natural de la villa de Bodonal, lugar de este obispado, como cinco leguas de Zafra. Fray Juan de Sotomayor, natural de Salvatierra, también de este obispado. Fray Mateo de Maheda, sujeto igualmente virtuoso que docto. Fray Antonio de Monleón, natural del lugar de su apellido, en Castilla la Vieja, religioso lego. Fray Juan de San Miguel, natural del lugar de Redonda, obispado de Ciudad Rodrigo, de los cuales todos trata la crónica de San Miguel, exponiendo las cosas memorables de sus vidas.

 

 

CONVENTO DE SANTA CLARA

 

        El convento de Santa Clara de Zafra es de los primeros que tiene la religión seráfica en el Estado de Feria. Fundaronle a lo último de su vida don Gómez Suárez de Figueroa, señor de Zafra, y doña Elvira Laso de Mendoza, progenitores de los Condes, hoy Duques de Feria, según el estilo e instituto de las de Tordesillas, llamadas Urbanistas. Así lo dice una inscripción que hay en él, cuyo tenor es: Este monasterio es de Santa María del Valle, orden de Santa Clara, de observancia. El cual dotaron los muy magníficos señores así en vida como en sangre, Gómez Suárez de Figueroa y doña Elvira laso de Mendoza, cuyos cuerpos huelgan en medio del coro de dicho monasterio, del cual principiación hace el año de nuestro salvador Jesucristo de 1428.

        Hay tradición de que el cielo aprobó esta fundación con dos cosas bien singulares: la primera, que ciertas personas de mucha virtud y oración vieron que desde el sitio donde después se edificó el convento se levantaba hasta el cielo una escala por donde subían muchas almas en traje de religiosas. Y la segunda, que al tiempo de abrir los cimientos se halló una imagen de piedra blanca con un letrero que decía: Santa María del Valle ora pro nobis. Y por este motivo quedó el convento con la advocación de Santa María del Valle, título que en aquellos tiempos era celebrado, pues en el convento del señor San Francisco de Sevilla se halló una imagen con la propia advocación.

        Para la firmeza de esta fundación, expidió la correspondiente bula el Papa Martino V, dirigida al obispo de Badajoz que entonces lo era don fray Juan de Morales, de la Orden de Santo Domingo, obispo después de Jaén, confesor del rey don Enrique III, maestro y confesor del rey don Juan II y contado entre los de excelente virtud en su religión y que se había hallado por lo tanto en el Concilio Constanciense, en virtud de la cual, hallándose en Zafra, habiendo admitido la dote asignada por los fundadores que fue el quinto de los bienes muebles que don Gómez Suárez había dejado por su testamento y cinco mil florines que de los suyos añadió doña Elvira, su mujer, en 25 de agosto del año de 1430, se puso todo lo contenido en la bula en ejecución. Y al siguiente día, en presencia de la fundadora, dio el obispo la posesión del convento que todo lo perteneciente a él, al padre fray Juan del Río, vicario, en nombre del religioso varón fray Francisco de Soria, visitador del monasterio de Tordesillas, que era el propio prelado, y cuya memoria celebra el martirologio franciscano al día 7 de julio.

        Trajeronse para esta fundación religiosa del convento de Tordesillas, pero parece que tardaron algún tiempo en habitar el monasterio, sin duda para dar lugar a la obra. Fueron sus dos primeras abadesas doña Isabel y doña Teresa de Figueroa, hijas de los fundadores, los cuales habiendo señalado que hubiese de constar la comunidad de veinticinco religiosas, después se ha ido dilatando hasta sesenta que regularmente suele haber.

De él han salido fundadoras para los conventos de Constantinopla, de Madrid, Santa Clara de Fregenal y Santa Ana de Badajoz. Ha sido convento siempre muy religioso y en él han florecido muchas religiosas de singular virtud como son doña Sancha (cuyo apellido se ignora), la cual en una gran peste que trabajó la Extremadura vio en la oración dos ángeles que discurrían por el aire despidiendo saetas de fuego, preservando sola al convento por haber salido a la defensa Nuestra Señora del Valle. Doña Catalina Diosdado, fulana Chanca. La hermana María, otra anónima, y otra que llamaban La Toledana, cuyos nombres se ignoran. Doña Catalina de Ocampo, doña Gerónima Enríquez, María de Jesús, doña María de Céspedes, doña Inés de Alvarado, doña Elvira de Melgar, Isabel de Melgar, la venerable católica de Santa Clara Elvira de la Asunción, María de la Cruz, Andrea de Jesús María, María de Santa Clara, Ana de San Buenaventura y María de San José, hermanas y católicas de Cristo de cuyas vidas y virtudes tratan las crónicas de la religión y particularmente la de la provincia de San Miguel.

 

 

CONVENTO DE SANTA MARINA

 

        El convento de Santa Marina de la villa de Zafra, de religiosas, orden de Santa Clara, tuvo principio a lo que se puede averiguar por un recogimiento de beatas que sin más instituto que su devoción vivían retiradas del mundo en una ermita de Santa Marina, llamada de Pomares.

Sus más antiguas memorias llegan a la de 1430. Por los años de 1518 profesaron la regla de Santa Clara, trayéndose para fundadora y maestra del instituto nuevo, (a) la venerable Catalina de la Puerta, cuyas grandes virtudes celebran las crónicas. No se sabe las licencias que concurrieron para ello, solo sí que como este monasterio tuvo el principio que se ha referido, se mantuvo siendo muy corto y pobre hasta que la Duquesa de Feria, doña Juana Dormer, lo reedificó. La ocasión fue el estar situado cercano al palacio que los Duques tenían en aquella villa, pues con este motivo, tomándoles cariño la Duquesa a las monjas persuadió a doña Margarita de Harinton, prima suya, que habiendo venido con la Duquesa de Inglaterra y cas(ad)o con don Benito de Cisneros, de quien se hallaba viuda y sin sucesión, tenía determinado dejar sus más bienes destinados a obras pías que los convirtiesen en la refundación de este monasterio como al fin lo hizo, dejando en su testamento la libre disposición a la Duquesa, su prima, quien impetrando bula del pontífice Paulo V para disponer a su voluntad sobre este asunto, que fue expedida en 13 de noviembre de 1606, derribó la iglesia antigua y sacó desde los cimientos la que hoy subsiste que es de las más primorosas del obispado, así por su arquitectura como por su adorno. Enriqueció la sacristía con muchos ornamentos y plata, labró las necesarias oficinas en el convento, hizo tribuna desde su palacio, creo capellanías y ejecutó otras cosas que comprenden las dos inscripciones que hay (en) la capilla mayor de la expresada iglesia, de las cuales la primera está al lado del evangelio, bajo de un túmulo de mármol en que está una estatua de doña Margarita puesta de rodillas que dice: Aquí yace doña Margarita Harinton, hija de Jacobp Harinton, varón de Exton, y de doña Lucía, hija de Guillermo Signei, Vizconde de Lube y Barón de Remhurse, nacida en Inglaterra, mujer de don Benito Cisneros, cuyas singulares virtudes pudieran hacerla insigne cuando le faltaron tantos títulos de nobleza para serlo. Rogad por ella a Dios. Murió en mayo, año de 1601. Doña Juana Dormer, Duquesa de Feria, primera albacea y patrona, en cumplimiento de su amor y del testamento mandó hacer esta capilla y sepultura.

La otra inscripción está al lado de la epístola y dice: La Excma. Señora doña Juana Dormer, Duquesa de Feria, albacea de la señora doña Margarita Harinton, su prima, que comunicó con su excelencia su voluntad, demás del edificio de esta capilla y entierro de la señora doña Margarita y sus dos hijos, edificó esta iglesia que enriqueció su sacristía de ornamentos y dio al convento 1.100 ducados de renta dotando de ellos dos capellanías de 100 ducados cada una, 30 aniversarios en las fiestas principales de cada año y salario para un sacristán y dos acólitos y el remanente para este convento con derecho de nombrar una monja perpetuamente su excelencia y los excelentísimos Duques de Feria que la sucedieron en el patronazgo”.

Como este monasterio tuvo su principio en la ermita de Santa Marina, mantuvo hasta este tiempo el ordinario el derecho de visita. Pero habiéndole representado la comisión y religión los inconvenientes que esto tenía y que con la reedificación había mudado forma, hizo censura de él, que se aprobó, a instancias de la Duquesa, el Papa Paulo V, por su bula de 13 de marzo de 1612.

En su iglesia hay colocadas dos cabezas de las once mil vírgenes y una canilla del cementerio de San Calixto. Y el señor don Juan de Austria puso en ella la milagrosa imagen de Nuestra Señora de la Enjara Aña (sic), dándole el título de la Concepción, la cual trajo de Unguela, lugar de Portugal, donde fue hallada milagrosamente y se cree ser una de las muchas que escondieron los godos en la pérdida de España. Es monasterio que mantiene por lo regular cuarenta religiosas. Y en él han florecido muchas de singular virtud, como sor Catalina de la Cruz y María de San Pedro, María de Santiago y Beatriz de San Antonio, de cuyas vidas y virtudes hace mención muy honorífica la crónica de esta provincia de San Miguel.

 

 

CONVENTO DE LA CRUZ

 

       También tuvo principio el convento de la Cruz de religiosos de la Orden Tercera por un recogimiento de beatas, pues consta que por los años de 1511, María de la Cruz, tercera profesa, trayendo a su parecer y piadosa determinación otras terceras de la villa de Zafra, y entre ellas Ana González, María de los Ángeles y Ana de San Francisco, trató de elegir y componer una casa a modo de monasterio en que las cuatro, y las demás que quisiesen entrar en su compañía, sirviesen a Dios, observando la tercera regla de San Francisco. Así lo ejecutaron y vivieron hasta los años de 1530 en que parece murió la referida María de la Cruz, que ejerció siempre el título de prelada y en que le sucedió, el expresado año, Ana González, en cuyo tiempo se encuentra haber crecido el número de religiosas y rastros de comunidad formal, aunque no consta si profesaban ya los tres votos sustanciales. Antes bien resulta que no observaban clausura y acudían al convento de San Benito de la Orden de San Francisco a recibir los sacramentos y enterrarse hasta el año de 1553 que, en conformidad de lo determinado en el Capítulo General de Salamanca y orden que se les remitió, la guardaron y adelante, el de 1591, revivieron el velo negro y quedaron hechas perfectas religiosas.

        Con su primera institución de beaterio, estuvo este convento situado en el arrabal de la expresada villa, calle de San Benito, y sus primitivos fondos fueron la casa y demás bienes que poseía María de la Cruz y dejó por su testamento. Aumentolos después Gabriel de Cabrera con lo cual, considerando que la casa que habitaban no era suficiente para el número de religiosas que cada día se aumentaba y que no había caudales para edificar de nuevo convento acomodado y con oficinas correspondientes, compraron unas casas principales a la puerta Oriental de la villa, que llaman de los Santos, a don García de Toledo y Figueroa, las cuales, por oposición que tuvieron, les costó hartas fatigas el ocuparlas y se solicitó despojarlas de la posesión que de ellas tomaron una noche en el silencio de ella pero, al fin, con autoridad del nuncio, fueron amparadas y en ellas formalizaron sus oficinas y convento en la forma que hoy subsiste, manteniendo expresamente la prerrogativa que tenían las casas de tribuna a la iglesia colegial con lo cual se suple el defecto de iglesia propia que aunque la tienen es muy pequeña por no haber permitido la formación de las casas más extensión.

        Es convento que por lo regular mantiene cuarenta religiosos. Ha conservado siempre el primer título de la Cruz. Poseen una canilla de Santa Isabel, Reina de Hungría, y una cabeza de las once mil vírgenes.

Han florecido en el monasterio religiosas de virtud, en primer lugar las dos fundadoras: María de la Cruz y Ana González. Después María de los Ángeles, Isabel de San Bernardino, Doña María de Porras en el siglo y de Corpus Christi en la religión, y Lucía de San Gerónimo, de cuyas virtudes hacen muy particular memoria la crónica de esta provincia de San Miguel.

 

 

CONVENTO DE LA LAPA, DESCALZOS DE SAN FRANCISCO

 

        El convento de San Onofre de la Lapa es de la provincia de San Gabriel de religiosos descalzos de nuestro padre San Francisco. Está fundado en el estado del Ducado de Feria. Dista legua y media de la villa de Zafra. Lo fundó don Lorenzo Suárez de Figueroa, señor de dicho estado de Feria, el año de 1447, según se infiere de una lápida que está sobre el arco del coro y en ella esculpido un letrero en latín que traducido fielmente en romance dice así: Año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de 1447. Mandó hacer este oratorio el noble caballero Lorenzo Suárez de Figueroa, ruega a los que en él sirven a Dios, hagan oración por él y por los demás a quien tiene obligación.

        Hay tradición que fueron religiosos de la Orden Seráfica los que le habitaron, no en forma conventual sino a lo eremítico y solitario, como en aquel tiempo usaban. Mucho después, el año de 1507, don Gómez Suárez de Figueroa, segundo nieto del primer fundador y sucesor en el dicho Estado, se le dio a la provincia de San Gabriel, entonces custodia del Santo Evangelio, siendo su custodio el padre fray Pedro de Melgar, y general de la orden fray Raynaldo de Contignoa, por lo que el patronato está en la casa y señores del Estado de Feria, los cuales socorren a los religiosos de dicho convento con especiales limosnas, sin haber establecido número determinado para su habitación.

        Dicho convento permanece donde se fundó en el principio, que es la falda de una sierra no muy alta, llamada la Lapa, en la cual, y dentro de la cerca del convento, está una antigua ermita dedicada a San Onofre, e inmediata a ella hay una concavidad a manera de cueva (que vulgarmente llaman esta tierra Lapa) cuyo alto, por la parte de adentro, destila continuamente gotas de agua como nube, cosa que admira a cuantos la ven, por ser extraordinaria. Por cuyo motivo se le dio al convento el título de San Onofre de la Lapa.

El sitio es devoto y solitario para darse a la oración y otros ejercicios espirituales, por lo cual ha sido siempre de la mayor estimación a los excelentísimos Duques de Feria, en especial cuando dichos señores residían en su villa de Zafra, pues se retiraban a él en las cuaresmas y otras festividades principales para celebrarlas con más devoción, para lo que tenía y hoy persevera un cuarto inmediato a la iglesia.

El año de 1589 don Lorenzo Suárez de Figueroa, cuarto de este nombre y el segundo que tuvo el título de Duque de Feria, reedificó este convento casi profundamente y se aumentó algunas piezas y un dormitorio con seis celdas. La iglesia la adornó y colocó en el altar mayor un hermosísimo Niño Jesús, que es el hechizo y devoción de toda esta tierra, por ser muchos los beneficios que reciben los que acuden a su divina protección.

Dentro de la clausura exterior, hay cuatro ermitas muy devotas a donde se retiran los religiosos a sus ejercicios espirituales y actos de mortificación como lo demuestran las paredes salpicadas de sangre. La una es la primitiva de San Onofre, otra dedicada a San Juan Evangelista, la cual mando hacer a su costa la Excelentísima señora doña Juana Dormer, viuda del Excelentísimo señor don Gómez Suárez de Figueroa, primero que obtuvo el título de Duque de Feria, la cual bendijo el Ilustrísimo señor don Juan de Ribera, siendo obispo de Badajoz. Las otras dos, una está dedicada al señor san José y la otra al seráfico doctor San Buenaventura.

        No hay en esta tierra gozo que iguale al que tiene el alma en este santo convento pues está convidando a devoción y santidad. En él fue guardián tres años el portento de santidad San Pedro de Alcántara, hijo de esta provincia. Y siendo guardián de dicho convento escribió el celebrado libro de Derecho de oración y meditación. Es uno de los conventos que la provincia tiene destinados para casa de noviciado, y hoy mantiene veintiocho individuos, entre religiosos, novicios y donados, sin tener más renta que la divina providencia, explicada en las limosnas que libremente ofrecen los bienhechores.

        Dentro de la villa de Zafra tiene dicho convento de San Onofre de la Lapa una enfermería para la curativa de los religiosos enfermos, la cual se estableció el año de 1669 en una casa cercana al sitio que llaman el Pilar Redondo, que con limosnas de bienhechores se tomó para dicho fin. Y en ella asisten de continuo dos religiosos y dos donados para asistir a sus enfermos, y también confesar y ayudar a bien morir, y otras necesidades espirituales que se ofrezcan a los vecinos de dicha villa.

        Entre los religiosos que florecieron en este convento fue uno, fray Alonso del Almendral, natural de la villa de su apellido, en el estado del Duque de Feria. Halláronse en este siervo de Dios las virtudes de la humildad, pobreza y caridad en grado perfectísimo. También se escribe por especial y singular prerrogativa suya, que le dotó Dios de tan ferviente oración y le elevó a tan alta contemplación que muchos juzgaban se aventajaba en esto a San Pedro de Alcántara, contemporáneo suyo. Dios es el que conoce y pesa rectamente los espíritus de sus siervos y solo Su Majestad sabe con infalible certeza quién excede de quién. Pero no es pequeño elogio de este siervo de Dios, que religiosos ejercitados y experimentados en materias de oración y contemplación y que comunicaban familiarmente como de dentro de la casa del y San Pedro de Alcántara llegasen a hacer juicio o a opinar que era a más alto grado sublimado. Murió este siervo de Dios con grande fama de santidad el año de 1564 y está sepultado su cuerpo sobre dicho convento.

        Por ejemplo de paciencia en las enfermedades y dolores corporales se propone al padre fray Diego del Almendralejo, confesor, natural de la villa del Almendralejo, del maestrazgo de Santiago, porque resplandeció en él esta virtud. Fue también adornado de las demás, muy humilde, muy pobre, muy obstinante, muy caritativo, de mucho recogimiento y silencio, de grande austeridad y de continua oración y alta contemplación. Hizo el oficio de maestro de novicios y de guardián muchas veces, desempeñando no u otro con especial aprovechamiento espiritual de sus súbditos. Movido de los actos, sobre heroicos de Jesucristo nuestro bien en la Pasión y muerte, meditaba de continuo, le pidió con instancia a Su Majestad que le diese ocasiones en que padeciese a su imitación y por su amor. Concedióselo el señor, dándole un tan recio mal de gota en todas las junturas de pies, piernas, manos y brazos, con tan intensísimos dolores que le postró en la cama más de doce años, haciéndosele en todas las junturas unos grandes tumores y torciéndosele las manos y pies. En tanta y tan larga enfermedad, siempre se vio en el bendito fray Diego una alegría espiritual, una tolerancia de mártir y unas continuas gracias a Dios por la merced que le hacía. Aseguró su confesor que en estos trabajos le regaló el Señor con favores y consuelos espirituales. En los últimos años le dio un tan grande hastío que no podía comer, ni pasar más que algunos pocos tragos de sustancia por lo que llegaron a persuadir a los frailes que solo le alimentaba y conservaba la vida el sacro santo manjar Eucarístico que recibía todos los días. Conoció la hora última y pidió los santos Sacramentos, que recibió con admirable devoción, entregado el alma a su criador un viernes en cuyos días sentía con más viveza la Pasión y Muerte de Nuestro Redentor, a veintisiete de febrero de 1604, y está sepultado en sobre dicho convento de San Onofe de la Lapa.

        Confusión grande es para los que están cargados de mayores obligaciones que los frailes legos, verlos sublimados a grado de alta perfección de vida, elevándose como águilas reales a lo soberano y divino. Muéveme a decir esto y a confesarlo con sentimiento del alma la consideración de las eminentes virtudes del siervo de Dios fray Juan de Guinaldo (o fray Juan Pecador, como él mismo se llamaba, reputándose por tal y el mayor de todos). Religioso lego, destinado por su profesión al servicio de los demás frailes. Fue fray Juan natural de la villa de Fuente Guinaldo, cuatro leguas de Ciudad Rodrigo. Desde su tierna edad fue inclinado a la virtud y a los diecisiete años dejó padres y patria y recibió el hábito en esta santa provincia de San Gabriel, donde profesó. Admiraban todos cuantos le veían su profunda humildad y fue tan inseparable compañera suya que no hizo cosa donde esta virtud no resplandeciese.

        Ardía siempre fray Juan en fuego en perfecta caridad para con los pobres y daba con sus obras a entender que su mayor consuelo y gozo era el socorrerlos y servirlos. Todo el tiempo de religioso tuvo especial cuidado de hacer una olla de comida que daba a los pobres a la puerta. Antes de repartírsela, puesto él y ellos de rodillas, les enseñaba la doctrina cristiana y les amonestaba que tuviesen paciencia en los trabajos, hambres y necesidades. A los que venían rotos los remendaba y limpiaba, a otros les lavaba los pies y tal vez le sucedió lamer con su propia lengua las llagas ulceradas y llenas de materia a un pobre que llegó a pedirle limosna. Muchas veces iba a los hospitales donde se recogían los pobres forasteros, llevándoles algún socorro que para ellos había pedido a personas devotas que si hallaba alguno enfermo en la cama se la componía y aseaba lo mejor que podía. Repararon los religiosos con especial cuidado que el bendito fray Juan servía con más amor y afecto aquellos pobres que estaban más asquerosos y llagados. En ocasiones que iba por alguna cosa para dar a los pobres, si alguno le preguntaba qué hacía o dónde iba, solía responder voy por tal y tal cosa para darlas a Jesucristo Nuestro Señor que está a la puerta. En una ocasión acudió un pobre anciano y muy enfermo, y compadecido del alcanzar licencia del guardián para curarlo, hízole cama en una celda escusada y le sirvió por muchos días. El pobre enfermo (ordenándolo Dios así, para mayor mérito de su siervo fray Juan) mostró tan recia condición y tanta ingratitud al beneficio que se le hacía que como señor con esclavo suyo tienta con fray Juan. Decíale con enfado palabras injuriosas y cuando podía le daba empellones. Un día, llevándole una taza de caldo, probándola, dijo con mucho enfado que no la quería porque estaba desabrido. Respondió fray Juan: hermano perdone, que yo le traeré otro mejor, fue por otra de la olla de la comunidad y apenas la gustó cuando con mayor enfado le dijo que la volviese porque estaba muy salado. Perdone hermano y aguarde, y le guisaré otra a su gusto. Tercera vez le llevó otra aderezada con una yema de huevo y especias y cuando esperaba que la había de comer, más irritado que antes tiró con ella. Quién sin inflamado amor de Dios y caritativa piedad para los pobres pudiera con humildad y paciencia llevar lo referido que hizo aquel enfermo. A todo esto, le correspondía el bendito fray Juan sirviéndole con más cuidado, con mayor puntualidad, se desvelaba en su regalo y con palabras más amigables y cariñosas le trataba y consolaba. Otra vez curó también dentro del convento a un pobre tan leproso que llegaron a temer los frailes no les infeccionase, pero fray Juan les aseguraba de este peligro y así no resultó daño alguno. Otras muchas cosas de grande edificación en esta materia se dice de este siervo de Dios por las cuales mereció ser llamado padre de los pobres.

        Tan atento fue fray Juan de Guinaldo a no perder el tiempo que nunca le vieron estar un instante ocioso. Servía puntualísimamente el oficio que le encargaba la obediencia y después de haber cumplido con él, iba luego a ayudar a los demás, como si todos los oficios trabajosos de la comunidad corrieran por su cuenta. Por muy ocupado que actualmente estuviese, si algún religioso le encomendaba alguna cosa de trabajo la hacía con gran gusto y le daba las gracias porque se la mandaba. Y otras veces iba por las celdas de los frailes pidiendo que le diesen los paños menores o ropa para remendarla. Acompañaba a los novicios en los ejercicios humildes y con el disimulo de que los quería enseñar los hacía él en su presencia, tomando para sí lo más penoso y les movía pláticas espirituales de cómo se habían de portar en las horas de oración y las obligaciones de los preceptos de la regla que habían de profesar.

        En las mortificaciones corporales fue muy austero y riguroso hasta que el flujo de sangre de narices muy copiosa que le sobrevino se las moderaron los prelados. Su ordinaria comida en salud era una escudilla de agua caliente en que humedecía unos pedazos de pan y otras veces solo comía de lo que se recogía de las sobras de los demás frailes. Hacía disciplinas que parecían ni humanas, y traía a continuo un áspero silíceo de rallo y otro de cerdas. En todo tiempo llevaba a la comunidad, en el refectorio, algunas penitencias y en la cuaresma unas veces entraba desnudo del medio cuerpo, arriba cubierto de ceniza, azotándose cruelmente y otras arrastrando por la tierra, tirando de él otro fraile con una soga de esparto. Padeció muchas persecuciones del demonio que rabioso de ver en el siervo de Dios tanta perfección procuró derribarle de ella y que cayese en alguna culpa grave. Por muchos años le molestó con una vehemente tentación y estímulos de carne, a la manera que al apóstol San Pablo. Afligíase notablemente fray Juan cuando sentía este soplo diabólico; y para apagar los incentivos que en su penitente cuerpo encendía el demonio, usaba de más rígidas penitencias y mortificaciones. Muchas veces en las mayores inclemencias del invierno se entraba, ya desnudo ya vestido, en el hábito en los estanques o albercas de agua casi helada y allí se detenía largo espacio hasta que la frialdad del agua apagaba aquel maldito incendio del infierno. Pidió a Dios le librase de esta tentación o se la conmutase en alguna penosa y larga enfermedad; lo que alcanzó, dándole su Majestad un cotidiano flujo de sangre de narices tan copioso que le duraba muchas horas y, desde entonces jamás volvió a sentir tentación de impureza, sino tanta sujeción al espíritu como si no fuera hombre o fuera ángel en la naturaleza.

        Como Dios ligó al demonio para que no pudiese acometer al bendito fray Juan con tentaciones impuras, acometiole después con otras en forma visible, ya representándose en figuras horribles ya maltratándole con golpes tan recios que le dejaba tendido en tierra sin sentido y derramando mucha sangre. En la oración mental fue continuo y fervoroso, gastando en la este santo ejercicio las más de las horas de la noche. Su orden era recogerse a descansar de las ocho a las once de la noche, desde esta hora se ocupaba en oración por las ánimas del purgatorio, de quien fue muy devoto hasta las doce que acudía la comunidad a maitines, asistía a ellos y, después que la comunidad se retiraba, se quedaba en el coro hasta la hora de prima. Se puede decir de él que siempre sin cesar oraba. Muchas veces fue visto en la oración estático y levantado de la tierra en el aire, y que de su rostro procedía un grandísimo resplandor, como rayos del sol. Manifestó Dios cuan grata le era la perfecta y santa vida de su siervo fray Juan de Guinaldo con algunas maravillas que aparecen sobrenaturales y milagrosas, en la sanidad de algunos enfermos; y multiplicar las cosas para el sustento y alivio de los religiosos y pobres necesitados que llegaban a pedir limosna.

        En el año de 1605 se le aumentó en tanta copia el flujo de sangre por las narices, a que se le juntaban otros achaques de sus continuas penitencias, que el guardián mandó llevar al bendito fray Juan a la enfermería que está en Zafra para que se curase. Cuando llegó a la enfermería, preguntándole al enfermo cómo venía, respondió: hermano solo vengo a cumplir la obediencia que bien sé yo que en breve he de morir. Así fue porque el segundo día pidió le diesen el viático y recibiole con tanta devoción que movió a los circunstantes a que la tuviesen y se enterneciesen. Después pidió y recibió el santo óleo, con sano y perfecto entendimiento y dentro de media hora, pronunciando el dulcísimo nombre de Jesús, expiró, en el año ya dicho, aunque no hallo escrito el día. Trajeron a enterrar su cuerpo al dicho convento de San Onofre de la Lapa. Trece años después de su muerte se abrió la sepultura para enterrar otro religioso difunto y fue hallado su cuerpo entero, sin corrupción, ni mal olor y de tan agradable aspecto como cuando acabó de expirar.

        Por los años de 1624 murió en dicho convento de San Onofre de la Lapa, fray Diego de Salvaleón, religioso lego, natural de la villa de su apellido, en el estado del excelentísimo Duque (de) Feria. Fue religioso de grande austeridad y mortificación. Vestía un hábito solo, ceñía a su cuerpo un áspero silíceo de nudosas cerdas y otro de hoja de lata. Anduvo siempre con los pies desnudos, dentro y fuera del convento. Ayunaba la mayor parte del año y hacía otras muchas penitencias corporales y, con todo, llegó a tanta ancianidad que pasó de cien años de vida y setenta de religión. Fue fray Diego muy atento y continuo en la oración mental, porque toda la mañana hasta la hora de comer se estaba de rodillas en la iglesia, ayudando a las misas, u oyéndolas. Por la tarde iba a trabajar a la huerta. Desde prima noche hasta las nueve se estaba en el coro en oraqción, y aquella hora se recogía, levantándose a maitines a las doce. Y se quedaba allí hasta la mañana, de modo que lo más del tiempo gastaba en oración. Y en ella fue visto muchas veces en elevados éxtasis, uno de los cuales le duró tres días continuos, sustentándose solo con gozos y consolaciones celestiales. Diole una calentura y llevándole a curar a la enfermería de Zafra, recibió los santos Sacramentos, con muy tierna devoción y entregó el alma a su criador. Luego que expiró se conmovió toda la gente de dicha villa de Zafra, diciendo a voces por las calles: “vamos a ver al santo que ha muerto”. Y le quieren llevar a enterrar a la Lapa. Fueron innumerables las personas que acudieron a ver el cuerpo difunto de fray Diego y, como le tenían por santo religioso, con devoción le cortaban pedazos de hábito para reliquias. No consintieron que aquel día se llevase el cuerpo; pero el siguiente, con numeroso acompañamiento al convento de la Lapa, donde está enterrado. Las cuentas del rosario en que rezaba se distribuyeron entre personas que con devoción las pedían, y se dice que con ellas sanaron algunos enfermos.

        En dicho convento de San Onofre de la Lapa está sepultado el reverendo padre fray Diego Jaramillo, padre de provincia y religioso adornado de perfectísimas virtudes. Fue natural de la villa de Zafra, cabeza del estado de Feria. En todo tiempo predicó con espíritu y afecto de apóstol, atendiendo a sus méritos le ocupó la provincia en guardián de los conventos principales, en definidor y en el ministerio provincial, y en todo dio entero cumplimiento. Fue muy austero en su persona porque nunca vistió más que un hábito simple, andaba de todo punto descalzo, aunque hiciese jornadas largas por tierras ásperas. Ayunaba las siete cuaresmas de nuestro padre san Francisco. Traía ceñido continuamente áspero silíceo, su cama era una colcha, velaba muchas horas de la noche en oración y como muy experimentado en ella hablaba altamente en materias místicas. Fue singularísimo devoto de la Virgen Nuestra Señora y en la defensa de su Purísima e Inmaculada Concepción padeció trabajo mucho en Sevilla. Y fue de los principales coadjutores que, para aclamación de este misterio, tuvo el venerable siervo de Dios fray Francisco de Santiago. Luego que concluyó el provincialato se retiró a este solitario y devoto convento de la Lapa para darse con más celo a los ejercicios de la oración y penitencias. Diole Dios dos meses antes de morir intensísimos dolores que padeció con admirable paciencia, agraváronsele tanto que fue preciso llevarle a curar a Zafra. Nada aprovechaban las medicinas pero sí la súplica que el bendito fray Diego hizo a María Santísima de que alcanzase de su Hijo Santísimo el que le quitase aquellos dolores el día antes de morir porque la fuerza de ellos no le impidiesen la quietud interior del alma. Y asimismo, suplicaba que su muerte fuese en fiesta de Nuestra Señora como en señal de que le eran aceptos los cortos servicios que en vida le había hecho. Oyó y concedió nuestro Señor y su Santísima Madre la súplica de fray Diego, su siervo. La víspera de la Asunción de Nuestra Señora (con admiración de los médicos) cesaron de todo punto los dolores y conociendo se le acercaba la muerte recibió los sacramentos con singular espíritu. A las doce de la noche, cuando los conventos de aquella villa tocaban a maitines para cantarlos a la gloriosa Asunción de la Virgen se enfervorizó con la memoria de este misterio, y levantando los ojos para el cielo para donde caminaba dio su espíritu al Señor. Llevaron su cuerpo al convento de San Onofre de la Lapa, donde le dieron sepultura, año de 1627.

        Fray Antonio de Texeda, sacerdote, fue natural de un lugar así llamado en el obispado de Plasencia. Sus padres fueron muy nobles y ricos, aplicaron a su hijo a los estudios y a poco tiempo murieron, quedando fray Antonio por único heredero de su copiosa hacienda. Prosiguió estudiando hasta ordenarse sacerdote. Con el nuevo estado cargó la consideración a las muchas obligaciones y procuró cumplir con ellas, viviendo tan recogido que no le veían sino era en la iglesia o visitando pobres enfermos. Deseaba estrecharse más con Dios y hacer algunas mortificaciones, y no se determinaba porque era muy delicado. Éralo tanto que no podía comer sino traía en los pies dos pares de escarpines, los zapatos, además de las suelas ordinarias, habían de tener otra de corcho con otros defensivos para dar calor al estómago, y cualquiera de estas cosas que faltase luego al punto caía enfermo. Traía fray Antonio unas ansias grandes de su salvación y era terrible la batería que tenía con verse imposibilitado de poner los medios que le habían de librar de los peligros de conseguirla. Aconsejose con un religioso espiritual y docto de esta provincia. Dijole que atendiese solo a lo que su espíritu le pedía y no a lo que la carne y amor propio le aconsejaba porque esa le había de contradecir y oponerse a todo aquello que fuese utilidad del alma. Con este buen consejo se resolvió a ser religioso y en breve lo consiguió y, tomando el hábito en esta provincia de San Gabriel, luego al punto se quitó camisa y zapatos, siguiendo en todo la desnudez y mortificaciones que en esta provincia se practican que son bien rigurosas. Prosiguió su noviciado con buena salud y habiendo hecho la profesión y distribuida antes su hacienda en obras pías y pobres, se entregó a la penitencia que deseaba de ayunos, disciplinas y silíceos. Su cama era una tabla desnuda y ésta usaba pocas veces porque el poco sueño que tomaba era de rodillas arrimado, y apenas llegaba a dos horas. Lo demás del tiempo se entregaba a la oración que en ella andaba tan absorto que parecía estaba siempre estático. Solo cinco años vivió en la religión, en ellos compuso un lleno tan grande de virtudes que en muchos no pueden alcanzar otros perfectos varones. Quedó opinión para con religiosos y seculares de muy perfecto y de inculpable vida con ésta murió en el convento de San Onofre de la Lapa, año de 1616.

        El año de 1661 murió en dicho convento de la Lapa, fray Antonio de Zafra, sacerdote, el cual desde niño manifestó su mucha inclinación a la virtud. Luego que tuvo la edad competente recibió el hábito en esta provincia en el convento de Nuestra Señora de los Ángeles. Tal robusticidad (sic) infundió el Señor en aquella tierna edad que no contentándose con lo común en que se ejercitan los novicios añadía nuevas mortificaciones de grande aspereza. Después que los compañeros y el maestro se iba a recoger el tiempo que había desde que salían de los maitines hasta la mañana se quedaba en el coro a cumplir con los ejercicios que le dictaba su espíritu. Lo primero era tomar una áspera disciplina hasta derramar la sangre y entraba en la oración, después caminaba de rodillas desde el coro hasta el altar mayor, que es un moderado trecho y se presentaba al Santísimo Sacramento y a la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, diciéndole dulcísimos coloquios y jaculatorias que labraba la fragua de su abrazado corazón. En la misma postura, rodillas por tierra, bajaba a otro altar, puesto en él tomaba una calavera de un difunto que tenía prevenida y con la otra mano una piedra, con la cual se hería cruelmente. Doliéndose de sus pecados y pidiendo a Dios misericordia por ellos y por los de todo el mundo. Así permanecía hasta que llegaba la hora de ir (a) asistir con los demás novicios al coro.

        Profesó, y en la profesión se mudó el nombre de Gonzalo que tenía por el de Antonio. Prosiguió en lo comenzado sin aflojar un punto de aquel rigor. Era el sueño que tomaba muy poco porque solo eran las dos horas que hay de las diez a las doce de la noche, gastando todo lo demás en la mortificación y oración, la cual fue muy ferviente y continua, y en ella recibió singulares favores de su divina Majestad y grandes arrobos por los cuales padeció muchas tribulaciones, afrentas y otras mortificaciones con que le probaban, de lo cual hacía materia que ofrecer al Señor. Y con ellas le comunicaba alegrías suaves de su alma. Ordenose de sacerdote, crecieron con la dignidad los afectos y entre ellos un celo ardentísimo de la honra de Dios y salvación de las almas. Y para conseguir la encomienda de algunas, tomaba por medio la mortificación propia. Cuando la obediencia le mandaba a algún lugar, acostumbraba a entrar en él desnudo de la cintura arriba, cubierta de tierra la cabeza y azotándose rigurosamente. No se le oía más palabra que ésta: penitencia, penitencia con la que obró maravillosos efectos y enmienda de muchos pecadores. Manifestole también el Señor el estado de algunas consciencias y por su mandado sin ser en su mano otra cosa, amonestó a algunas personas para que saliesen de culpas y que solo ellos y Dios sabían las cuales les manifestaba fray Antonio. Padeció por esto muchos ultrajes y llegó a tanto la ceguedad de algunos que sacrílegamente le pretendieron quitar la vida, lo cual hubieran conseguido, si Dios milagrosamente no le hubiera librado, como se vio en la ocasión que un sujeto le tiró una estocada para quitarle la vida y la espada se dobló de calidad que volvió para el agresor la punta, sin que pudiese ofender al inocente, que le aconsejaba su bien, sucediéndole de estos casos muchos. Y muchas mortificaciones padeció por seguir su espíritu porque no contentándose algunos con las injurias personales que con él obraban se quejaban al prelado para que se castigase lo que hacían algunos con sobrado rigor. Pero fray Antonio quedaba muy gozoso de padecer por la honra de Dios y salvación de las almas. Fue en todo muy perfecto religioso, humilde, paciente en las tribulaciones y trabajos que fueron los que padeció, aún más de lo que buenamente se puede decir. Cogiole la muerte aun no cumplidos treinta años, pero con muchos de buenas obras y virtudes, viviendo en sobre dicho convento. Afirmaron con juramento los que asistieron a su muerte que después de haber entregado su alma a su criador exhaló de sí tal fragancia que llenó de ella no solo el cuarto donde estaba, pero toda la enfermería y que era tal y de tan suave gusto que no hallaban olor en la tierra con quien compararle. Y que por mucho tiempo perseveró en él aquella suave fragancia. Declarando con ella el Señor, cuan de su gusto había sido el olor que este su siervo había dado en el mundo de sus virtudes.

        Por los años de 1709 trocó esta vida mortal por la eterna, el reverendo padre fray Agustín de Badajoz, lector emérito de teología, custodio que había sido de la provincia y provincial actual de ella. Fue sujeto de sobresalientes prendas en virtud y letras. Profundísimo teólogo y en la filosofía nada inferior, de uno y otro dejó escritos varios tratados muy dignos de la luz pública. En el púlpito parecía un apóstol, pues con la eficacia de sus sermones movía a penitencia a los pecadores más envejecidos en sus vicios. Y así logró la conversión de muchos. En su persona fue muy austero y reformado y de una grande humildad. Aborrecía los oficios de gobierno pero la provincia, atendiendo a su utilidad propia le obligaba por obediencia a que los admitiese. Cuando salió electo en provincial fue con general aplauso pero muy contra su gusto porque deseaba retirarse a un convento solitario para darse todo a los ejercicios espirituales. No obstante, el oficio, eligió éste de San Onofre de Lapa donde murió aun no cumplidos cuatro meses de haber entrado de provincial, y en dicho convento está sepultado.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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          La costa catalana y en especial el puerto de Barcelona jugaban un papel fundamental en el comercio y en la navegación peninsular con el mediterráneo. En el puerto de la ciudad Condal se ubicaban uno de los más activos astilleros de toda la Península, donde se construyeron muchas de las galeras que abastecieron las armadas y las flotas comerciales españolas. No olvidemos que Barcelona tenía al alcance de su mano un elemento cada vez más escaso en las zonas costeras europeas, la madera. Se abastecía de pinos y de robles del Pirineo catalán que se consideraban de una calidad excelente para la construcción de galeras (Braudel 1987: I, 186). Así, por ejemplo, el veintisiete de marzo de 1528 se dispuso que se condujese abundante madera a las atarazanas de Barcelona porque el Emperador había mandado construir allí nada menos que medio centenar de galeras (Fernández Duro 1972: I, 407). Tan solo dos años después se aprestaron seis galeras y se mandaron entregar al capitán general de la Armada Real de Galeras Álvaro de Bazán (Ibídem: 409).Y ya, hacia 1568, se dio la orden para que la galera Real que se iba a construir para la batalla de Lepanto se realizase en Cataluña porque el pino catalán es “el mejor leñamen que en Asia, África y Europa se halla…” (Camarero 1999: 721).

           Probablemente sus astilleros fueron languideciendo a lo largo de la centuria de manera que hacia 1594 se buscaba un nuevo maestro Mayor de las Atarazanas de Barcelona que conociese las destrezas del oficio y enseñase a otros. Una carta dirigida por el rey Prudente a Juan Andrea Doria, el diez de septiembre de 1594 no tiene desperdicio en ese sentido:

 

           “Para que la fábrica de las galeras que se hacen en el atarazana de la ciudad de Barcelona se haga más acertadamente como conviene y se enmienden las faltas que algunas de las que hasta aquí se han hecho han tenido, os encargo y mando que hagáis diligencia para saber dónde habrá algún famoso maestro, de ellos para que se procure traer a Barcelona y se críen con él hombres que puedan sucederle en el oficio…” (Vargas-Hidalgo 2002: 1377).

 


           También la Ciudad Condal constituía uno de los puntos de atraque más comunes, junto con Málaga y Cartagena, de la Armada Real de Galeras de España, así como punto fundamental en el abastecimiento de víveres, especialmente del bizcocho. Pero además de ello, en este puerto tenía su sede una armada de galeras que se encargaba, primero, de la defensa de noreste peninsular y segundo, de servir de refuerzo a otras armadas cuando la situación así lo requería. Sabemos de su existencia en el cuatrocientos y de su pervivencia, más o menos precaria a lo largo del siglo XVI.

           De todas formas su importancia era limitada en tanto en cuanto se le solía asignar a la Armada Real de galeras de España la protección de sus costas. Pero, en ocasiones, cuando la Armada de Galeras de España estaba muy ocupada defendiendo las costas andaluzas se encargaba a las armadas italianas, su protección. De hecho, en marzo de 1587 Felipe II ordenó a Juan Andrea Doria que se dirigiera a “limpiar” y “abrigar” las costas de Cataluña y Cartagena “por ser pocas las galeras que acá hay y haberse de ocupar en las costas más a poniente…” (Vargas-Hidalgo 2002: 1204).

           Por tanto, queda claro que la escuadra catalana debió ser una pequeña e inestable, aprestada en años concretos por necesidades también muy concretas. Y de hecho son muy pocas las referencias documentales que han llegado a nuestros días. Concretamente, de la Armada Guardacostas de Cataluña existe algún documento referente a la jurisdicción del Capitán General, que al menos nos sirve para confirmar su presencia en la decimosexta centuria (AGS, GyM 1318-70).

           Entre 1508 y 1510 estuvo al frente de esta escuadra el prestigioso marino don Ramón de Cardona que había estado en los años previos al frente de la Armada Real (Fernández Duro 1972: I, 93). No disponemos de muchos más datos de esta armada, lo cual quizás nos esté evidenciando su carácter eventual e inestable. Prueba de ello es la petición que hizo el Emperador a su hijo, en 1551, para que solicitara al general de Cataluña que aprestara una galera “para la seguridad y reputación de aquella costa” (Fernández Álvarez 2003: III; 325).

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo (1972): Armada española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid, Museo Naval.

 

MIRA CABALLOS: Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y de Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

VARGAS-HIDALGO, Rafael (2002): Guerra y diplomacia en el Mediterráneo. Correspondencia inédita de Felipe II con Andrea Doria y Juan Andrea Doria. Madrid, Ediciones Polifemo.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Nicolás Maduro ha ganado las elecciones, aunque me temo que la oposición -nacional y sobre todo internacional- no se va a conformar con el resultado. Aún no se habían celebrado los comicios y ya se hablaba de fraude electoral. Y es que existen demasiados recursos mineros y energéticos en el país como para que el capitalismo internacional acepte una revolución de cualquier tipo, bolivariana, china o leninista.

A nivel internacional se habla del desabastecimiento intolerable del pueblo y de la lucha armada que se vive en las calles. Pero solo dos matices: el desabastecimiento se debe en gran parte al bloqueo internacional y a la bajada del precio del petróleo, base de la economía del país. Y en cuanto a la violencia, solamente mencionaré un dato: en México son asesinadas diez o doce veces más personas al año que en Venezuela y nadie por ello cuestiona la viabilidad del gobierno mexicano.

Venezuela, siempre Venezuela, pobre Venezuela. Tierra de promisión donde Cristóbal Colón ubicara el paraíso terrenal y después los españoles el mito del Dorado. Uno de los países más ricos del mundo, con metales preciosos, grandísimas plantaciones de cacao y las mayores reservas petrolíferas de América Latina. Esa ha sido precisamente la cruz de Venezuela, sus riquezas que han destrozado el territorio desde el mismo siglo XVI cuando los banqueros alemanes obtuvieron una gobernación para saquearlo. Efectivamente los despropósitos comenzaron cuando Carlos V entregó el territorio a unos banqueros alemanes para saldar deudas. Entre 1528 y 1546 Venezuela estuvo regida por estos empresarios teutones. La búsqueda de metal precioso alimentó las grandes expediciones de los alemanes encabezadas sucesivamente por Ambrosio Alfinger, Jorge Espira, Nicolás Federman y Felipe de Hutten. En su demencia áurea llegaron a vadear las altísimas cadenas montañosas de los Andes, las intransitables selvas tropicales y las infinitas sabanas. Asimismo, se enfrentaron a naturales hostiles que lanzaban sobre ellos flechas envenenadas, a caimanes, insectos y a prolongadas hambrunas. Como no podía ser de otra forma, todas acabaron fracasando, dejando eso sí, un reguero de muerte y destrucción por todos los lugares por donde pasaron. Varios millares de europeos fallecidos y el mundo indígena asolado, muriendo unos en enfrentamientos bélicos y otros por hambrunas y enfermedades.

A finales de la época colonia Venezuela se especializó en el cultivo del cacao que exportaba masivamente a Nueva España, a la metrópoli y, mediante el contrabando, a otros lugares de Europa. Este último comercio ilícito aumentó a partir del decreto de libre comercio de 1789. Pero de este comercio solo se beneficiaba la élite, pues el uno por ciento poseía la mayor parte de los cacaotales del país.

Esta oligarquía criolla cacaotera mantuvo el poder político y económico tras la Independencia. Simón Bolívar ofreció la libertad a los esclavos para ganar apoyos, librándose la batalla final en Carabobo el 24 de junio de 1821. Los españoles quedaron reducidos a la plaza de Puerto Cabello hasta que, dos años después, el resto de las tropas realistas fueron evacuadas de la zona. Una vez más, tras varias décadas de lucha, Venezuela había quedado totalmente asolada y para colmo en breve se produciría la ruptura de la Gran Colombia porque la oligarquía venezolana interpretaba que sus intereses estaban muy alejados de los de los colombianos.

           Como ha afirmado el profesor Miquel Izard, el egoísmo de la élite mantuana, incapaz de hacer la más mínima concesión, provocó que la Independencia no contribuyera al cambio social, negando cualquier transformación de la estructura socioeconómica del país. La nueva república se estructuró de acuerdo a sus propios intereses de clase. Se mantuvo inalterado el modo de producción y el sojuzgamiento de la clase subalterna. Dejaron de depender de España y pasaron a hacerlo de terceros países, como Inglaterra o los Estados Unidos de América. La traición de la burguesía, fue en el caso de Venezuela, la de la oligarquía terrateniente sobre el resto de la estructura social.

Y ¿qué paso con la población indígena tras la Independencia? Pues desgraciadamente hay que hablar de una nueva hecatombe. Hay que tener en cuenta, siguiendo de nuevo al Prof. Izard, que durante la colonia solo se ocupó realmente el veinte por ciento del territorio, quedando un inmenso espacio de libertad, donde se asentaron sociedades cimarronas, formadas por negros alzados, indios y renegados europeos de todo tipo. A lo largo del siglo XIX se produjo la ocupación de los Llanos en un proceso de expansión “civilizatorio” que acarreó el exterminio de aquellos extensos espacios de libertad. Y todo ello se hizo bajo la cobertura moral de todo un discurso “germinal y patriótico” que trató de justificar el genocidio en pro de la civilización, de la unidad nacional y de la patria. Fueron negadas y aniquiladas todas las identidades subalternas, homogeneizándolas todas a la fuerza bajo la excusa de la civilización. Y es que en el fondo los criollos estaban convencidos de que los indígenas representaban un lastre para el desarrollo por lo que estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, tampoco sociedades cimarronas, esas categorías desaparecerían por las buenas o por las malas.

           El triunfo de la Revolución Bolivariana, especialmente a partir de la aprobación de la Constitución de 1999 supuso un hito en la historia de este país. Como ha escrito Hans-Jürgen Burchardt, la prioridad de este régimen ha sido siempre la universalización de los derechos sociales y el fomento de la participación económica y política de toda la ciudadanía. Y además con la idea de servir de referente, es decir, de locomotora para otros países que se quieran sumar al movimiento bolivariano. Ha habido grandes avances en la lucha contra la pobreza, la política social y la participación política de la ciudadanía que se combinan con aspectos menos positivos, como el clientelismo y el paternalismo político, tan típicos, por otro lado, de la cultura política venezolana en particular y latinoamericana en general.

Ahora bien, la República Bolivariana ha sido y es una de las pocas alternativas serias al capitalismo, hasta el punto que algunos la denominan ya como el “socialismo del siglo XXI”. Por ello, lo que empezó siendo una aventura aislada y aparentemente pasajera de un militar se ha convertido en una seria opción política que incomoda al capitalismo, a las multinacionales y a los poderes imperialistas. Los gobiernos de Nicolás Maduro en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador están liderando, con resultados dispares, una ruptura con la democracia liberal y con el tradicional monopolio de los altos cargos políticos por parte de la oligarquía.

           Actualmente, Venezuela sufre una crisis económica brutal, favorecida por el descenso notable del precio del petróleo, que es la base de la economía del país, y por el bloqueo internacional. Nicolás Maduro ha cometido grandes errores en el fondo y en las formas, como casi cualquier dirigente político. La República Bolivariana tiene sus miserias; eso lo sabemos todos. Sigue habiendo graves problemas sociales y económicos. Pero, y ¿cómo era Venezuela en la época pre-bolivariana?, ¿Era un edén perdido que arruinó la Revolución? Pues francamente no; una élite vivía, incluyendo a la clase media-alta, vivía en la abundancia, mientras que el sesenta por ciento de la población vivía no solo en los umbrales de la miseria sino apartada incluso de la participación política. Sirvan de ejemplo estas palabras con las que Eduardo Galeano describía la Venezuela pre-chavista, allá por los años ochenta:

 

“Venezuela es uno de los países más ricos del planeta, y también uno de los más pobres y uno de los más violentos… En las laderas de los cerros, más de medio millón de olvidados contempla, desde sus chozas armadas de basura, el derroche ajeno…Un sesenta por ciento del país vive marginado de todo. En las ciudades prospera una atolondrada clase media con altos sueldos, que se atiborra de objetos inservibles, vive aturdida por la publicidad y profesa la imbecilidad y el mal gusto en forma estridente… En la pasada fiesta electoral, el censo de inscritos arrojó un millón de analfabetos entre los dieciocho y los cincuenta años de edad”.

 


          Pero por si alguien duda de la objetivida del citado historiador, citemos las palabras de otro gran estudioso como Guillermo Morón que describía la situación del país allá por 1979 con las siguientes palabras:

 

          "Todavía somos una república petrolera que aspira a la diversificación industrial...Los problemas principales que aquejan al país: alto costo de la vida, pobreza masiva, delincuencia, desempleo, niñez abandonada. Un estado multimillonario y un pueblo empobrecido..."


 

          Da la impresión que el origen de las dramática situación que vive el pueblo venezolano es más antigua de lo que algunos creen.

 

PARA SABER MÁS

 

BÜSCHGES, Christian/ Olaf Kaltmeier/ Sebastián Thies (eds.): “Culturas políticas en la región andina”. Madrid: Iberoamericana, 2011.

 

CAVA MESA, Begoña (Coord.): “Las Independencias Americanas y Simón Bolívar, 1810-2010”. Bilbao, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2010.

 

GALEANO, Eduardo: “Las venas abiertas de América Latina”. Madrid, Siglo XXI, 1980.

 

IZARD, Miquel: “El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela 1777-1830”. Caracas, Centro Nacional de Historia, 2009.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

----- La colonización de Venezuela: El fiasco de los banqueros alemanes, “La Aventura de la Historia”, Nº 226. Madrid, agosto de 2017.

 

MORÓN, Guillermo: Breve historia de Venezuela. Madrid, Austral, 1979.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS



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