Blogia
Temas de historia y actualidad

Historia de España

MUJERES HEREJES Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

MUJERES HEREJES Y LA INQUISICIÓN SEVILLANA

 

 

          Hace unos días mi amigo Emilio Monjo me regaló varios libros que han sido de gran valía para mí y que me han inspirado este pequeño artículo, a modo de reseña colectiva de las tres obras: primera, la edición en castellano de la obra de Ernst H.J. Schäfer “protestantismo español e inquisición en el siglo XVI”, editada en alemán en 1902 y traducida por Francisco Ruiz de Pablos (Sevilla, CIMPE, 2015). Se trata de una obra fundamental que prácticamente ha pasado desapercibida para los historiadores españoles dada la dificultad idiomática. Segunda, la tesis doctoral de Tomás López Muñoz, titulada La Reforma en la Sevilla del siglo XVI (Sevilla, CIMPE, 2016), una obra documentadísima sobre el protestantismo español del siglo XVI y su brutal represión. Y tercera, las Actas de las I Jornadas de Historia de Monesterio, editadas en marzo de 2019 con tres artículos muy interesantes, firmados por mi amigo Andrés Oyola Fabián, Emilio Monjo y Pablo Luis Nogues Chavero. De especial interés para mí es el tercero de los autores que desarrolla un trabajo meritorio, aunque de síntesis, en base a la obra de Tomás Muñoz, sobre la mujer en la reforma protestante de la Sevilla del siglo XVI.

          Me ha llamado la atención la dureza con la que fue reprimido el brote luterano español del siglo XVI, lo cual tiene su lógica dado el estado casticista que se quería conformar en España desde tiempos de los Reyes Católicos. Y para eso estaba la Inquisición, para evitar la herejía y el surgimiento de iluminados y reformistas. Y es cierto que se evitaron las guerras de religión que azotaron Europa pero el precio que pagaron estos protestantes españoles fue muy alto.

          Ernst Schäfer estudio 2.100 casos de personas procesadas por protestantismo por la inquisición de las cuales 220 fueron calcinadas y 120 más lo fueron en estatua, bien por no comparecer o bien por haber fallecido (2015: 343). Eso implica que, en total, los quemados en la hoguera realmente fueron un 10,47 por ciento de los procesados, o un 16,19 por ciento si incluimos a los que lo fueron en efigie. Es decir, “solo” uno de cada diez procesados fueron calcinados en los autos de la Inquisición, un porcentaje más alto del habitual, algo que se puede entender en la lógica inquisitorial dado que no se trataba de asuntos menores, como blasfemias, sino de un brote protestante.

          Dentro del brote protestante el foco sevillano tuvo una especial importancia, transmitido por el contacto con predicadores como Egidio o Constantino de la Fuente y que llegaron a crear una sede luterana que ellos llamaban “iglesia chiquita”. Hubo religiosos de cenobios masculinos y femeninos de Sevilla que estuvieron implicados. En el caso de las féminas, los de Santa Paula y Santa Isabel que más bien fueron víctimas de la persuasión reformista de los predicadores con los que tuvieron contacto.

          Se hicieron en Sevilla tres grandes autos de fe: en el del 24 de septiembre de 1559 fueron condenadas a  la hoguera en la sevillana Plaza de San Francisco ocho mujeres, a saber: María de Bohórquez, María Coronel, María de Virués, Francisca López, María de Cornejo, Isabel de Baena, Catalina González y María González. En el del 22 de diciembre de 1560 fueron chamuscadas otras ocho: Francisca de Chaves, Ana de Ribera, Francisca Ruiz, María Gómez, Catalina Sarmiento, Juana de Mazuelos, Leonor Gómez, Luisa Manuel y María Manuel. Y finalmente en el auto del 26 de abril de 1562 celebrado igualmente en la Plaza de San Francisco, fueron quemadas otras siete: Catalina Villalobos, Leonor Gómez, Elvira Núñez, Teresa Gómez y Leonor Gómez, Ana de Mairena y María de Trigueros.  En total, veintitrés mujeres quemadas en Sevilla entre 1559 y 1562 (Nogues Chavero, 2019: 75-76). Y ello sin contar varias decenas más que sufrieron condenas “menores” de reclusión en la cárcel de la inquisición –algunas murieron en el castillo de Triana sin ver la libertad-, expropiación de bienes, azotes, torturas, etc.

          Un caso que me ha conmovido especialmente es el de María de Bohórquez, una religiosa de 26 años, firmemente defensora de sus ideas luteranas que le había inculcado Egidio en sus homilías conventuales y también por las prédicas de Casiodoro de Reina. Detenida por la inquisición, en ningún momento negó su pertenencia al movimiento luterano y sus inquebrantables convicciones. Pese a que sufrió todo tipo de suplicios y de torturas fue imposible hacerla abjurar por lo que fue condenada a la hoguera por “hereje dogmatizadora de la secta luterana y pertinaz hasta el tablado” (López Muñoz, 2016: I, 193-195). Camino del patíbulo hubo que ponerle una mordaza porque trataba de predicar a los asistentes a tan macabro espectáculo. Justo antes de ser quemada se le pidió que abjurara y no lo quiso hacer. Pero los inquisidores se apiadaron de ella y se conformaron con que recitara el Credo. Lo hizo por los que el Santo Oficio le aplicó finalmente la muerte por garrote vil (asfixia) y, una vez muerta, la calcinaron en el quemadero de San Sebastián por hereje.

          También llamativas me han resultado las consideraciones que los miembros del Santo Oficio tuvieron con Elvira Núñez que fue relajada estando embaraza. Evitaron someter a la rea a torturas para no perjudicar su embarazo. Resulta curioso que una de las investigaciones que se hicieron fue para determinar si quedo o no preñada en la cárcel inquisitorial. La conclusión fue que ya llegó embarazada pero solo la pesquisa nos hace pensar, como afirma Nogues Chavero, que podía ser más o menos frecuente la violación de las reas en las cáceles del Santo Oficio. Tuvieron el detalle de esperar al parto, dar el niño en adopción, y después proceder a calcinarla en la hoguera.

          Obviamente, todos estos casos hay que contemplarlos en el contexto de la época. Es posible, como defienden ahora algunos historiadores, que el Santo Tribunal no fuese más sanguinario ni más duro que cualquier tribunal ordinario del resto de España o de Europa. No lo dudo; y a la luz quedan los desvelos por tratar siempre de evitar la cruenta muerte en la hoguera. De hecho, si cualquier reo  abjuraba, aunque fuese unos segundos antes, se le aplicaba la muerte por asfixia y se le quemaba una vez muerto, evitando el largo suplicio de la hoguera. Pero, cada cosa en su justa medida, de ahí a considerarlo, como algunos sostienen en la actualidad en el marco de la Leyenda negra, un tribunal garante de los derechos humanos o el más garantista de Europa me parece una exageración y un despropósito.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

LÓPEZ MUÑOZ, Tomás: “La Reforma en la Sevilla del siglo XVI”. Sevilla, CIMPE, 2016.

 

LUTTIKHUIZEN, Francés: España y la Reforma protestante (1517-2017). Vigo, Editorial Academia de Hispanismo, 2018.

 

MONJO BELLIDO, Emilio, Andrés OYOLA FABIÁN Y  Pablo Luis NOGUESCHAVERO: “Casiodoro de Reina: la Reforma española, Actas de la I Jornada de Historia en Monesterio”. Sevilla, 2019.

 

SCHÄFER, Ernst H. J.: “Protestantismo español e Inquisición en el siglo XVI”. Sevilla, CIMPE, 2015.

 

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS     

EN TORNO A LOS ORÍGENES DE LAS COFRADÍAS

EN TORNO A LOS ORÍGENES DE LAS COFRADÍAS

 

 

        La Edad Moderna está considerada como la “edad de oro” del mundo religioso español. De esta época se ha dicho que no había ningún aspecto de la vida cotidiana que no estuviese "impregnado del sentimiento religioso". Ese pietismo de la sociedad se plasmó materialmente en las inmensas donaciones legadas a las instituciones religiosas que en el siglo XVI llegaron a monopolizar la mitad de las rentas no solo nacionales sino también del Imperio. Por ello, no dudamos en afirmar que las instituciones religiosas condicionaron la vida política, social, económica y cultural de las Españas. 

            En esa sociedad, inserta en ese espíritu piadoso, las cofradías tuvieron una presencia constante en los lugares públicos, produciéndose lo que alguien llamó acertadamente una "sacralización de la calle". Continuamente se celebraban actos públicos, rosarios nocturnos, cortejos procesionales, festividades, salidas en rogativa, etcétera. A veces con grandes manifestaciones públicas de júbilo, disparando cohetes o tirando salvas de honor.

            Las cofradías fueron auténticas manifestaciones populares en tanto en cuanto estuvieron participadas por una gran parte del pueblo y tuvieron en muchos casos un devenir prácticamente independiente de la autoridad civil y de la eclesiástica. Como bien afirmó Willian J. Callahan buena parte del fenómeno cofradiero gozó de un amplio margen de autonomía, limitándose el control de la iglesia a la mera inspección de sus finanzas y del adecuado decoro de las imágenes. No obstante, todas las corporaciones estaban sujetas a las visitas pastorales de su obispado o de su arzobispado. Objeto suyo era todo lo relacionado con la moralidad de los fieles y del clero, es decir, que todo el mundo estaba en teoría sujeto a la inspección de los visitadores pastorales. Asimismo reconocían todos los recintos que tuviesen vinculación con lo sagrado, desde parroquias o ermitas hasta conventos, capillas, oratorios particulares o hermandades. Sin embargo, para muchas hermandades esta visita era el único control que tenía a sus actividades, gozando el resto del año, sus miembros y en especial su mayordomo, de plena libertad.

          Y ¿cuál era la principal razón de ser de estas corporaciones? Prácticamente hasta el siglo XVIII ni existía el Estado del bienestar ni las personas tenían rango de ciudadanos sino de súbditos. El Estado del bienestar es una concepción contemporánea, por lo que hasta entonces toda la previsión social de los ciudadanos se basaba en un sistema privado de contraprestaciones. La cobertura social de los españoles en el Antiguo Régimen se canalizaba de dos formas diferentes, según se tratase de personas que habían “cotizado” o de pobres “de solemnidad”. Por ello, Rumeu de Armas habla de dos conceptos diferentes, a saber: asistencia y beneficencia. La población común normalmente se pagaba su propia asistencia privada, a través de las hermandades y cofradías. Prácticamente todas las familias pertenecían a algún instituto, algunos de ellos gremiales, cubriendo de esta forma cualquier eventualidad social.  Por ello, la pertenencia a una de estas corporaciones equivalía a disponer de una verdadera póliza de seguros para toda la familia. Por tanto, casi todas las cofradías tenían un doble cometido, el devocional y el asistencial, proporcionando a sus hermanos, por un lado el consuelo espiritual de sus amados titulares, y por el otro, una asistencia en la enfermedad y un enterramiento digno.

             Todos los que participaban en las hermandades y cofradías eran mutualistas que habían cotizado durante toda su vida. Pero, ¿qué ocurría con aquellas personas que no tenían recursos para cotizar? Pues, bien, para ellos no había asistencia sino beneficencia. Y, ¿qué diferencia había? Como afirma Rumeu de Armas, la asistencia era un derecho mientras que la beneficencia era una gracia o limosna. Los enfermos, los mutilados, los pobres de solemnidad, los inválidos, los mendigos y los menesterosos en general eran considerados un submundo marginado. Se les caracterizaba siempre de forma estereotipada como delincuentes, vagos, mentirosos, indignos e indeseables. Aunque en realidad no eran más que pobres que se vieron obligados a mendigar o a robar cuando la desesperación les obligaba a ello. Estos desheredados se mantenían a duras penas de la caridad de los pudientes. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le presuponía una especial humanidad.

            Esta caridad cristiana se canalizaba, por un lado, de manera informal, a través de las limosnas que decenas de pedigüeños obtenían a las puertas de las iglesias o en los espacios más concurridos de cada localidad. Y por el otro, mediante la fundación de una obra pía en la que, casi siempre a través de un testamento, se dejaba un capital para invertirlos en rentas con las que invertirlas en alguna mejora social. Las obras pías eran de muy diversos tipos: de redención de cautivos, de dotación de doncellas huérfanas para el matrimonio o su profesión como monjas, de escolarización de pobres, de enterramiento de presos o de hospitalización de enfermos.

            Pero, en unos casos u otros, toda la beneficencia y la asistencia sanitaria en el Antiguo Régimen se canalizaban directa o indirectamente a través de las diversas instituciones religiosas. A veces también los concejos dotaban o contribuían con algún tipo de beneficencia pero lo hacían desde un sentimiento exclusivamente cristiano, no laicista.

          El Estado recelaba de este amplio poder económico y social que tenían las instituciones religiosas y particularmente las cofradías. Su control por parte de las autoridades civiles había sido una vieja aspiración de hondas raíces bajomedievales que, en el caso de España, culminaría, en el siglo XVIII con el regalismo borbónico. Aunque eran mucho menos poderosas económicamente, la Corona también mostró un gran interés por el control de las cofradías y las hermandades. Entre los muchos argumentos esgrimidos decían que éstas estaban formadas por súbditos del Rey y por tanto solo a él competía su legalización. Así, pues, el siglo XVIII, conocido como "el siglo de las reformas", se generó el clima renovador adecuado para llevar a efecto una medida tan antisocial. Los ilustrados estaban totalmente convencidos de la necesidad de acabar con los excesos de las cofradías. Tampoco a la Iglesia le gustaba la falta de moralidad de algunos cofrades, el paganismo y la irreverencia de algunas de sus manifestaciones públicas y, sobre todo, el afán de independencia que mostraban muchos mayordomos.

            El período comprendido entre 1750 y 1874 es denominado por los historiadores como "el siglo de la crisis", pues se pretendió, al menos en teoría, frenar los excesos y la ostentación de las denominadas "cofradías barrocas". Desde mediados del siglo XVIII se produjo una renovación profunda de la vieja España, que abarcó todos los órdenes de la vida política, social, económica y cultural. Estas medias, impulsadas a fin de cuentas por los ilustrados, pretendieron ser populares, sin embargo, tuvieron el efecto contrario, pues, se ganaron la enemistad del pueblo, enquistándose la problemática desde el famoso Motín de Esquilache.

            En definitiva, detrás de estas cofradías había un sentimiento religioso sincero, aunque en ocasiones estuviese mezclada con elementos paganos. Su fin era doble, primero la devoción a unas imágenes titulares y, segundo, servir de seguro de enterramiento de los hermanos y de sus respectivas familias. No en vano casi todas las hermandades disponían de bóveda de entierro donde sepultar a sus miembros.

 

 

PARA SABER MÁS

 

CALLAHAN, Willian J.: “Iglesia, poder y sociedad en España, 1750-1874”. Madrid, 1989.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hermandades y cofradías en Badajoz y su partido a finales de la Edad Moderna”. Badajoz, Consejería de Cultura, 2002.

 

RUMEU DE ARMAS, Antonio: “Historia de la previsión social en España. Cofradías, gremios, hermandades, montepíos”. Madrid: Editorial Revista de Derecho Privado, 1944.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

RECONCILIACIÓN Y MEMORIA. FRANCISCO FRANCO Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

RECONCILIACIÓN Y MEMORIA. FRANCISCO FRANCO Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

 

 

 

La cuestión del Valle de los Caídos y la exhumación de los restos del caudillo Francisco Franco por Decreto Ley del Consejo de Ministro, previsto para el próximo viernes 24 de agosto, ha levantado ampollas. Sé que se trata de una cuestión polémica que todavía hoy, cuando hace más de cuatro décadas de la desaparición del régimen franquista, sigue levantando pasiones.

Como persona tengo mi propia visión particular, pues mi familia y yo mismo vivimos el franquismo desde uno de los dos bandos. Sin embargo, como historiador tengo otra concepción, la que me ofrece mi conocimiento del pasado. Huelga decir que la pasión es lo contrario a la razón y que, por tanto, yo voy a tratar de ofrecer un punto de vista razonado y no apasionado.

Independientemente de cuestiones sobre quién provocó la guerra y de las matanzas de la misma, lo cierto es el bando autodenominado Nacional ganó la guerra. Y como todos los vencedores a lo largo de la historia, hicieron tabla rasa. Los caídos en el bando Nacional fueron todos exhumados, dándoles cristiana sepultura. Y el vencedor de la contienda comenzó la edificación de una obra megalómana, construida por los propios presos republicanos, que recordase la gesta victoriosa del nuevo régimen y que de paso sirviese de mausoleo a los restos de su líder indiscutible. La Basílica del Valle de los Caídos fue construida entre 1940 y 1958, bajo la dirección de los arquitectos Pedro Muguruza y Diego Méndez, y con la participación de escultores como Juan de Ávalos.

Y ¿qué pasó con los vencidos? Pues desde la guerra y la postguerra han permanecido en fosas comunes, al tiempo que su memoria histórica fue cercenada. Los vencedores tuvieron 36 años para eliminar pruebas comprometedoras y para reescribir la historia. Yo como historiador soy consciente que hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos. Y en esto me gusta recordar la frase de Walter Benjamin cuando dijo que si la situación no da un vuelco definitivo, "tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer". Una afirmación axiomática en el caso que nos ocupa, pues a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria.

Creo que más de cuatro décadas después de la llegada de la democracia ya tenemos –o deberíamos tener- la madurez suficiente para permitir a las familias sacar a sus muertos de las cunetas y de las fosas comunes. No puede ser que mi país, España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya. Tampoco parece una normalidad democrática que el caudillo que lideró un golpe de estado descanse en un mausoleo mientras que los que se opusieron al mismo sigan estando en fosas comunes.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de permitir, a aquellos derrotados en una guerra ya lejana, enterrar dignamente a sus muertos y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según ha escrito el Prof. Miquel Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia.

Centrarse en si la fórmula más adecuada es o no un Decreto Ley es quedarse en la anécdota. Lo importante es que estamos ante una oportunidad histórica de reconciliación. No se trata de reabrir heridas, como algunos afirman, sino al contrario, de cerrarlas de una vez, destapando la verdad, por dura que ésta sea. El general debe salir de su mausoleo, de un espacio público, construido con el dinero de todos y con el sudor y la sangre de los vencidos. El cementerio de El Pardo podría ser un buen destino, junto a su esposa doña Carmen Polo, al Almirante Carrero Blanco y a amigos como el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. El edificio del Valle de los Caídos debe ser reinterpretado, como un centro sobre la memoria histórica o sobre las guerras de España.

Insisto que todos debemos estar a la altura de las circunstancias y ver el asunto como una gran oportunidad de reconciliación. Pero para ello es necesario que todos hagamos un esfuerzo de empatía, tratando de ponernos en la piel del otro.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

RECOMENDACIONES PARA LLEVAR UNA VIDA SANA, SEGÚN UN TRATADISTA DEL SIGLO XVI

RECOMENDACIONES PARA LLEVAR UNA VIDA SANA, SEGÚN UN TRATADISTA DEL SIGLO XVI

 

        Leyendo un escrito del profesor Eduardo Álvarez del Palacio sobre el Tratado de Medicina del zafrense Pedro de Valencia sorprende la actualidad de sus palabras. El humanista segedano estaba convencido de que la alimentación era la base de una buena salud. Me han sorprendido sus recomendaciones –disculpen mi ignorancia- pues no difieren mucho de las que haría un dietista o un endocrino del siglo XXI. A su juicio la alimentación debe regirse por varios principios:

        Primero, la necesidad, es decir que se coma para saciar el hambre no por gula o por disfrute. Segundo, el límite, que se hagan como máximo dos comidas diarias. Tercero, la moderación, ya que el empacho reiterado es muy perjudicial para la salud. Cuarto, la variedad, pues interpreta que ningún alimento es tan completo como para que contenga todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Y quinto, la salubridad de los alimentos, pues deben ser ricos en fibras y bajos en grasas y azúcar, y estar poco condimentados. Y concluye diciendo que la mayor parte de las enfermedades provienen de una inadecuada alimentación, bien por la escasa calidad y variedad de los alimentos, o bien, por la ingesta excesiva.

        Los alimentos que recomienda son el pan, especialmente el pan frito en aceite, la carne de ave, la miel, el vino y los dátiles. Y desaconseja el queso muy curado, la carne de vaca vieja y el pescado en salazón entre otros.

        Completa sus recomendaciones con otros dos consejos útiles para mantener una salud de hierro: uno, pasear después de comer, ya que a su juicio facilitaba la digestión. Y otro, dormir la tercera parte del día –ocho horas- siempre conservando los biorritmos, es decir, durmiendo de noche y velando de día.

        Bueno, pues ahí queda eso, para los que creen que los hombres del siglo XXI hemos descubierto la pólvora.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ÁLVAREZ DEL PALACIO, Eduardo: “La valoración de la salud corporal en la obra de Pedro de Valencia”, II Jornadas del El Humanismo Extremeño. Trujillo, 1998, pp. 299-313.

 

SÁNCHEZ GRANJEL, Luis: “La Medicina Española Renacentista”. Salamanca, Universidad, 1980.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

INDEPENDENTISMO EN CATALUÑA: LA TRAICIÓN DE LAS ÉLITES

INDEPENDENTISMO EN CATALUÑA:  LA TRAICIÓN DE LAS ÉLITES

 

 

El 3 de septiembre de 2015 publiqué en mi blog un artículo titulado “La lacra del Nacionalismo: el caso catalán” en el que insistía en el hecho de que los nacionalismos habían sido la mayor enfermedad de la Edad Contemporánea, responsable de casi todas las guerras. Y en relación al independentismo en Cataluña decía que quedaban muchos años de tira y afloja entre las independentistas catalanes y el Estado español.

Pues bien, poco más de dos años después me ratifico totalmente en lo que decía e, incluso, me permito abundar en mi argumentación. Como es bien sabido, el nacionalismo catalán surgió como un intento de la burguesía catalana por neutralizar el movimiento proletario, tan arraigado en aquella tierra desde finales del siglo XIX. Décadas después, cuando las tropas franquistas ocuparon Cataluña a principios de 1939, las élites burguesas no dudaron en cambiar la chaqueta nacionalista por la de la nueva España ultraconfesional, centralista y patriótica, mientras los nacionalistas de base y los independentistas eran represaliados. Como ha ocurrido siempre a lo largo de la historia se produjo la traición de las élites nacionalistas en favor de sus propios intereses personales, sin importarles a los militantes de base que quedaron a los pies de los caballos.

Con el advenimiento de la democracia en España y la aprobación de la Constitución de 1978 llegó otra nueva oportunidad para estas élites catalanas. Una vez más se produjo un nuevo cambio de chaqueta de la burguesa, cuya cabeza visible durante décadas fue la familia Puyol. Estos se erigieron en los herederos de la más rancia tradición catalanista que iban a usar para consolidar sus intereses económicos y su poder hasta nuestros días. Estos nuevos salvadores de la patria catalana no se parecen en casi nada a aquellos nacionalistas soñadores como Companys, Cambó o Maciá. Como a estas alturas sabemos todos, estos son oportunistas que vienen sacando tajada política y económica a costa de engañar y manipular a una mayoría ignorante o poco formada. Me gusta citar al respecto la opinión sobre esta cuestión que ofrece el maestro Miquel Izard, un catalán de pura cepa, nada sospechoso de hispanofilia, pero que nunca se ha dejado embaucar por las mentiras nacionalistas. Un intelectual íntegro que siempre ha dicho lo que ha pensado, sin someterse ni vincularse al poder, de un lado ni de otro. Este texto redactado en el año 2001, no tiene desperdicio:



“Cualquier nacionalismo es esperpéntico, excluyente, irracional y racista. Hay abundante bibliografía desenmascarándolo, pero el catalán alcanza su cénit y tiene curiosas particularidades: ser muy tardío y no pretender la clase social que lo alumbró, la burguesía, a principios del 20, conquistar el Estado sino neutralizar un arraigado proletariado internacionalista y libertario con un proyecto arrebatador, trabado y alternativo, o la incapacidad de la izquierda, tras la muerte de Franco, de echar por la borda la telaraña de enredos, mentiras y trampas que habían urdido intelectuales que mudaron, cómo no, de chaqueta cuantas veces hizo falta” (Izard, 2001: 145-165).



Todo nacionalismo, incluido obviamente el español, se fundamenta en mitos, en medias verdades o directamente en puras mentiras. Un ideario ficticio que calan mejor si a sus militantes se les ha adoctrinado desde la más tierna infancia y si el nivel intelectual de estos es medio o bajo.

El monstruo que el ultranacionalismo ha generado en Cataluña ha provocado una desafección notable entre una parte de la población catalana y el resto de España. Educar desde niños a las nuevas generaciones en el “España nos roba”, al tiempo que se traza una historia mítica de los países catalanes, ha creado unos sentimientos opuestos a todo lo español. Hay dos millones de independentistas en Cataluña –quizás más- que están convencidos de todo ello y de que la nueva República les traerá una sustancial mejora del bienestar social.

Lamentablemente, el doble enfrentamiento está servido: primero, entre los catalanes independentistas y los que no lo son. Y segundo, entre los primeros y la inmensa mayoría de los españoles. Un problema irresoluble porque la independencia en la Europa del siglo XXI no es factible. En el mundo globalizado y neoliberal en el que vivimos las ideologías cuentan poco, lo realmente importante es el capital y las multinacionales. Estoy totalmente seguro que no va a haber independencia porque no le interesa económicamente a nadie: ni a los españoles, ni a los catalanes, ni a los europeos. Tampoco a las multinacionales que pretender campar a sus anchas por el mundo sin que nadie les levante fronteras. Y como cualquier historiador sabe, al final, en el fondo de cualquier hecho histórico, siempre están los intereses económicos, lo mismo si se trata de las guerras de religión, que de las cruzadas o de la Conquista de América.

Asimismo Cataluña no va a ser independiente porque lo proclame –y acto seguido lo desactive- el presidente de la Generalitat ni el problema va a desaparecer porque el Estado lo prohíba. No basta con decir, “soy independiente”, pues para serlo realmente lo tienen que reconocer los demás, y de momento, no parece que lo vaya a reconocer ni el propio Puigdemont.

¿Qué va ocurrir? Pues me ratificó en las mismas palabras que escribí hace varios años, el problema se va a enquistar y durará años, quizás décadas. Un tira y afloja entre unos y otros que tendrá momentos más álgidos y otros más tranquilos. Pero en cualquier caso afectará gravemente a la convivencia entre los propios catalanes y entre una parte de estos y el resto de España. También se verá afectada la economía, especialmente la catalana que puede sufrir en los próximos lustros un efecto descentralizador con traslados de empresas a otros lugares de España e incluso de Europa. Asimismo, la economía española se verá afectada por la inestabilidad catalana, que supone el 20 por ciento del P.I.B. español, y por el deterioro de la imagen de España en el mundo. Eso puedo provocar un descenso de la inversión extranjera y quizás a largo plazo un freno de la principal industria de este país, el turismo. Igualmente, la prima de riesgo está empezando a subir ligeramente y seguirá haciéndolo, perjudicando gravemente la financiación de un Estado tan endeudado como el nuestro.

Por tanto, el problema de Cataluña no es solamente de los catalanes sino de todos los españoles. Y es importante decirle a la gente que nos va a afectar a todos, incluso a aquellos que no quieren saber nada del problema. Hasta un pensionista de cualquier rincón de España, que ni siquiera sabe lo que es el Nacionalismo, puede verse afectado económicamente por el conflicto.

Algunos pensarán que soy pesimista, pero como siempre digo mi conocimiento del pasado y las circunstancias del presente no me hacen albergar muchas esperanzas. La situación no pinta nada bien y es poco lo que yo como historiador puedo hacer más allá de destapar las mentiras y las miserias de una parte de la élite catalana que ha montado todo esto en su propio beneficio. Que nadie tenga dudas: cuando las cosas se pongan feas abandonaran el barco y pagarán el pato otros, como ocurrió durante el franquismo. Al final, los políticos se las apañaran para pactar su propia amnistía y ¿quiénes pagarán? Pues la gente de a pie, el propio jefe de los Mossos de Escuadra que será detenido en breve, directores de colegio, maestros adoctrinadores, funcionarios, etc. etc. Algunos pasaran algún tiempo a la sombra mientras que otros serán inhabilitados de empleo y sueldo durante algún tiempo. Y el resto, cualquier funcionario, pensionista, autónomo o parado de toda España sufriremos la crisis económica y la inestabilidad que todo esto va a provocara. Y todo ello, por culpa de unos pocos que además seguro que se van a ir de rositas.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA ARMADA GUARDACOSTAS DE CATALUÑA EN EL SIGLO XVI

LA ARMADA GUARDACOSTAS DE CATALUÑA EN EL SIGLO XVI

          La costa catalana y en especial el puerto de Barcelona jugaban un papel fundamental en el comercio y en la navegación peninsular con el mediterráneo. En el puerto de la ciudad Condal se ubicaban uno de los más activos astilleros de toda la Península, donde se construyeron muchas de las galeras que abastecieron las armadas y las flotas comerciales españolas. No olvidemos que Barcelona tenía al alcance de su mano un elemento cada vez más escaso en las zonas costeras europeas, la madera. Se abastecía de pinos y de robles del Pirineo catalán que se consideraban de una calidad excelente para la construcción de galeras (Braudel 1987: I, 186). Así, por ejemplo, el veintisiete de marzo de 1528 se dispuso que se condujese abundante madera a las atarazanas de Barcelona porque el Emperador había mandado construir allí nada menos que medio centenar de galeras (Fernández Duro 1972: I, 407). Tan solo dos años después se aprestaron seis galeras y se mandaron entregar al capitán general de la Armada Real de Galeras Álvaro de Bazán (Ibídem: 409).Y ya, hacia 1568, se dio la orden para que la galera Real que se iba a construir para la batalla de Lepanto se realizase en Cataluña porque el pino catalán es “el mejor leñamen que en Asia, África y Europa se halla…” (Camarero 1999: 721).

           Probablemente sus astilleros fueron languideciendo a lo largo de la centuria de manera que hacia 1594 se buscaba un nuevo maestro Mayor de las Atarazanas de Barcelona que conociese las destrezas del oficio y enseñase a otros. Una carta dirigida por el rey Prudente a Juan Andrea Doria, el diez de septiembre de 1594 no tiene desperdicio en ese sentido:

 

           “Para que la fábrica de las galeras que se hacen en el atarazana de la ciudad de Barcelona se haga más acertadamente como conviene y se enmienden las faltas que algunas de las que hasta aquí se han hecho han tenido, os encargo y mando que hagáis diligencia para saber dónde habrá algún famoso maestro, de ellos para que se procure traer a Barcelona y se críen con él hombres que puedan sucederle en el oficio…” (Vargas-Hidalgo 2002: 1377).

 


           También la Ciudad Condal constituía uno de los puntos de atraque más comunes, junto con Málaga y Cartagena, de la Armada Real de Galeras de España, así como punto fundamental en el abastecimiento de víveres, especialmente del bizcocho. Pero además de ello, en este puerto tenía su sede una armada de galeras que se encargaba, primero, de la defensa de noreste peninsular y segundo, de servir de refuerzo a otras armadas cuando la situación así lo requería. Sabemos de su existencia en el cuatrocientos y de su pervivencia, más o menos precaria a lo largo del siglo XVI.

           De todas formas su importancia era limitada en tanto en cuanto se le solía asignar a la Armada Real de galeras de España la protección de sus costas. Pero, en ocasiones, cuando la Armada de Galeras de España estaba muy ocupada defendiendo las costas andaluzas se encargaba a las armadas italianas, su protección. De hecho, en marzo de 1587 Felipe II ordenó a Juan Andrea Doria que se dirigiera a “limpiar” y “abrigar” las costas de Cataluña y Cartagena “por ser pocas las galeras que acá hay y haberse de ocupar en las costas más a poniente…” (Vargas-Hidalgo 2002: 1204).

           Por tanto, queda claro que la escuadra catalana debió ser una pequeña e inestable, aprestada en años concretos por necesidades también muy concretas. Y de hecho son muy pocas las referencias documentales que han llegado a nuestros días. Concretamente, de la Armada Guardacostas de Cataluña existe algún documento referente a la jurisdicción del Capitán General, que al menos nos sirve para confirmar su presencia en la decimosexta centuria (AGS, GyM 1318-70).

           Entre 1508 y 1510 estuvo al frente de esta escuadra el prestigioso marino don Ramón de Cardona que había estado en los años previos al frente de la Armada Real (Fernández Duro 1972: I, 93). No disponemos de muchos más datos de esta armada, lo cual quizás nos esté evidenciando su carácter eventual e inestable. Prueba de ello es la petición que hizo el Emperador a su hijo, en 1551, para que solicitara al general de Cataluña que aprestara una galera “para la seguridad y reputación de aquella costa” (Fernández Álvarez 2003: III; 325).

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo (1972): Armada española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid, Museo Naval.

 

MIRA CABALLOS: Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y de Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

VARGAS-HIDALGO, Rafael (2002): Guerra y diplomacia en el Mediterráneo. Correspondencia inédita de Felipe II con Andrea Doria y Juan Andrea Doria. Madrid, Ediciones Polifemo.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA FIEBRE DEL ORO: LA BUSQUEDA DE MINAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

LA FIEBRE DEL ORO: LA BUSQUEDA DE  MINAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

 

 

El descubrimiento de América espoleó el sueño áureo de los pobladores del Viejo continente. Pasado los momentos iniciales en los que se saqueó el metal precioso acumulado durante siglos por los indios, comenzó la búsqueda de filones y vetas. La temprana aparición de algunos placeres auríferos y, posteriormente de ricas minas de plata, tanto en Nueva España como en el Perú, espolearon la imaginación de los europeos. Miles de personas empobrecidas en la España Moderna soñaban con encontrar un tesoro incaico, con descubrir un tesoro oculto o incluso, con encontrar una mina de oro que le sacase de la miseria en la que vivían.

Por ello, en el siglo XVI, hubo un renacer de las exploraciones mineras, no sólo en el Nuevo Mundo sino también en la vieja Castilla. Los contratos para la exploraciones de vetas se multiplicaron en esta centuria espoleados por las noticias de hallazgos que llegaban desde el otro lado del océano.

Aunque desde la Baja Edad Media las minas eran una regalía regia, desde principios del siglo XVI encontramos mercedes Reales en las que se concedía a señores no solo la jurisdicción del suelo sino también la del subsuelo. Así, mientras el 17 de mayo de 1520 se hizo merced al Duque de Alburquerque de todas las minas que se descubriesen en su señorío, el 24 de enero de 1521 se le concedió una merced similar al Conde de Plasencia. Estas concesiones las hacía a cambio de una cuantía previamente fijada o por una parte de la producción final, que se solía ubicar entre la octava y la décima parte de los beneficios.

Hasta 1559 no se expidió la pragmática que regulaba a las explotaciones mineras: todo el que descubriese una mina la debía explotar continuadamente y pagar a las arcas reales dos tercios de los beneficios, pagadas previamente las costas. Posteriormente, 1584 se reformó estableciéndose la posibilidad de explotación a cualquier compañía siempre y cuando, pagasen un canon al dueño de la tierra y otro tanto a la Corona.

        En Carmona existían algunos antecedentes de tesorillos encontrados. De hecho en 1479, se hizo merced al corregidor de Carmona Sancho de Ávila del tesorillo que se había encontrado en la villa y que consistió en cierta cuantía de reales (AGS, RGS 147.909, f. 46). El 24 de marzo de 1553 se formalizó una compañía en Carmona para buscar minas de oro y plata. Los socios capitalistas eran Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de la villa en la collación de Santa María, mientras que el buscador de monas era Miguel Sánchez del Cuerpo, también vecino de la localidad. Los dos primeros pondrían el capital y el tercero su trabajo, a cambio de repartir a tres partes iguales lo obtenido, sacando previamente el quinto real.

        De este contrato minero no volvemos a tener noticias lo que delata, probablemente, el fracaso del proyecto. Había oro en América, plata en Guadalcanal y se soñaba con la posibilidad de encontrar oro en el fértil término de Carmona, algo que no llegó a ocurrir.

Nuevamente, en 1559 se firmó una compañía entre Juan de Chávez Mayorazgo, Jerónimo González, cantero, y Pedro Duarte, cuchillero, todos vecinos de Trujillo, para explorar una veta que habían localizado en la dehesa llamada el Palacio del Millar de los Llanos, propiedad del primero, en término de la ciudad de Trujillo. Los trabajos los realizarían los dos últimos, repartiéndose los beneficios entre los tres en partes iguales.

        Estos contratos, uno de los cuales reproducimos en el apéndice documental, no son más que el reflejo del espejismo áureo que llegó desde América a la Península; la fiebre del oro.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

        Contrato para buscar minas de oro en el término de Carmona, Carmona, 24 de marzo de 1553.

 

        Sepan cuantos esta carta de concierto y transacción vieren como nos Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de somos en esta muy noble y leal villa de Carmona en uno de la una parte y de la otra Miguel Sánchez del Cuerpo, vecino de esta dicha villa, y yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de ir a buscar y descubrir mina o minas de oro o plata u otro cualquier metal en esta villa y su término o en otras cualesquier partes que yo quisiere y por bien tuviere y de lo que así hallare o hubiere hallado hasta ahora en las dichas minas yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de todo lo que así hubiere y de ellas se sacare de partir por iguales partes cada uno su tercia parte con tanto que de lo que así se hubiere y sacare se saque de principio el quinto de ello, si a su majestad le perteneciere, con tal cargo y condición que nos los dichos Diego Velázquez y Diego de Torres seamos obligados a nuestra costa y misión a abrir cualesquier mina o minas, estando ensayadas y hecho experiencia que son buenas y de provecho y las ahondar y sacar todo cualquier oro o plata u otro cualquier metal y hacerlo fundir a nuestra costa, demás los susodichos hasta tanto que esté fundida y para se partir de manera que vos el dicho Miguel Sánchez seáis obligado a poner vuestra persona y trabajo posible en hacer y beneficiar lo susodicho y con cargo y condición que vos el dicho Miguel Sánchez no podáis dar parte ni meter en esta compañía a otra persona ninguna hasta tanto que nos los dichos Diego de Torres y Diego Velázquez queramos dejar nuestras partes o lo hayamos por bien.

        Y yo el dicho Miguel Sánchez así me obligo de lo hacer y cumplir según y como dicho es. Y en esta manera y con estas dichas condiciones otorgamos y nos obligamos de tener y mantener y guardar y cumplir y haber por firme todo lo contenido en esta dicha escritura y otorgamos y nos obligamos que no podamos decir ni alegar ni querellar que esto que dicho es que no fue ni pasó así y según y como dicho es. Y si lo dijéremos y alegáremos que nuestro escrito nom vala en esta dicha razón en juicio ni fuera de él en tiempo alguno ni por alguna manera y otorgamos de lo así tener y cumplir y no ir contra ello so pena de cincuenta mil maravedís para la parte de nos que fuere obediente…

        Fecha y otorgada la carta en Carmona, en las casas de morada del dicho Diego Velázquez que son en esta villa en la collación de Santa María de ella, en viernes, veinticuatro días del mes de marzo año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y tres años, testigos que fueron presentes en todo lo que dicho es Alonso Belloso y Gabriel Paje y Juan de Herrera, vecinos de esta dicha villa de Carmona, y por mayor firmeza los dichos otorgantes firmaron de sus nombres este registro.

(A.P.C. Escribanía de Pedro de Toledo 1553, fols. 511r-512r).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ECOHISTORIA: LA CIENCIA HISTÓRICA ANTE LOS RETOS DE NUESTRO TIEMPO

ECOHISTORIA: LA CIENCIA HISTÓRICA ANTE LOS RETOS DE NUESTRO TIEMPO

        La actual crisis ecológica, el cambio climático y la agonía del planeta Tierra, están provocando una situación tan extrema como nueva que debe tener respuesta desde las distintas disciplinas humanas y científicas. La contribución de la Historia puede ser importante en este terreno.

        Como ya hemos comentado en otros lugares, la Historia debe recuperar el fin social que le corresponde. Pues, bien, este fin social no trata sólo de redimir a los marginados o de analizar las desiguales relaciones de producción, o el desarrollo tecnológico sino que también puede y deber incidir en la relación con el medio, en lo que se puede llamar la ecohistoria.

        No soy partidario de crear una nueva rama de la Historia, la Historia Ambiental, con la que trocear una vez más la Ciencia Histórica. Hace más de medio siglo Lucien Febvre, defendió la Historia en su integridad, pues a su juicio no se podía descomponer la historia sin acabar como ella de la misma forma –decía- que no se podía trocear un hombre sin matarlo. Por eso la historia ambiental deberían contemplarla todos los historiadores de manera transversal, cada uno en sus distintas época y objetos de estudio.

        La Historia de la Humanidad es también, la historia de la progresiva destrucción del medio natural. Por ello es fundamental que la llamada en el pasado Historia Natural y la actual Historia Ambiental, ocupe el lugar y el tratamiento que merece. En el fondo, de acuerdo con Manuel González de Molina, el objetivo último es ecologizar toda la Historia.

        Habrá que reconstruir la Historia incidiendo en la capacidad destructora del medio en cada momento. La humanidad no siempre vivió de espaldas a la madre naturaleza. Es más, incluso hoy en día existen pueblos amerindios que conviven armónicamente con la madre naturaleza. Es un concepto que está muy enraizado en las sociedades indígenas, sobre todo del área andina. En la era paleolítica, que duró al menos dos millones de años, el ser humano convivió armónicamente con la naturaleza. Obviamente, no tanto por una conciencia ecológica de supervivencia como cultura, sino por su propio retraso tecnológico. Con el Neolítico, y la revolución agraria y ganadera comenzó incipientemente la destrucción del medio. Lo que la historiografía burguesa interpreta como el primer gran hito de la Historia, fue en realidad el inicio de la depredación humana sobre el medio.

        A partir del siglo XVI, y durante toda la Edad Moderna, con el descubrimiento de América y los inicios del capitalismo la destrucción del medio se agudizó. Son bien conocidas las deforestaciones de bosques de pino en toda Europa para la construcción de carabelas, naos, bergantines, galeras y galeones. Asimismo, son bien conocidas las talas indiscriminadas de bosques en Santo Domingo, Cuba y posteriormente Centroamérica y Brasil, por la industria azucarera. La zafra requería mucha madera para la cocción del dulce lo que provocó un daño ecológico sin precedentes en el continente americano. Por cierto, que la propia deforestación, así como el descenso del caudal del agua de los ríos, provocó una reducción de la producción del dulce que terminó afectando a la propia industria azucarera. Se evidencia, una vez más, la irracionalidad a largo plazo de este modo de producción. A partir de finales del siglo XVIII se inicia la depredación a gran escala, porque el metabolismo industrial requiere grandes cantidades de energía, en base a combustibles fósiles, primero carbón y después petróleo. Y desde la segunda mitad del siglo XX, lo más preocupante que esa forma de depredación industrial se está extendiendo desde el mundo desarrollado al Tercer Mundo. Estamos próximos a una situación de no retorno.

        La actual agonía medioambiental del planeta requiere soluciones drásticas, y el compromiso de todos: científicos, humanistas y políticos. Los historiadores podemos aportar nuestro granito de arena, trazando este nuevo perfil de la Historia, en el que la ecología tenga un papel preponderante. Y con ello no solo contribuiremos a una mayor conciencia social sobre la ecología sino que también podemos aportar soluciones concretas a la formas de producción. Muchísimas técnicas de producción del pasado fueron descartadas por ser menos poco productivas y no rentables en la economía capitalista pero que podrían recuperarse en el futuro. Por ejemplo, los incas poseían unas infraestructuras de explotación agrícola por pisos ecológicos que era totalmente armónica con el medio ambiente. A lo mejor podemos aprender bastante de técnicas del pasado, desechadas por poco productivas que ahora, en cambio, podemos valorar por su aporte ecológico. La necesidad de una agricultura ecológica, no sólo más sana para las personas sino también mucho más respetuosa con el medio.

Así contribuiremos a una concienciación social necesaria y fundamental para superar los funestos retos que ya se están planteando y que se agudizarán en las próximas décadas. Eso también forma parte del compromiso social de los historiadores.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA


 

FEBVRE, Lucien: Combates por la Historia. Barcelona, Planeta Agostini, 1986.

 

FUNES MONZOTE, Reinaldo: Del bosque a la sabana. Azúcar, deforestación y medio ambiente en Cuba, 1492-1926. México, Siglo XXI, 2004.

 

GONZÁLEZ DE MOLINA, Manuel: “Sobre la necesidad de un giro ambiental en la historiografía”, en El valor de la Historia. Homenaje al profesor Julio Aróstegui. Madrid, Editorial Complutense, 2009.

 

TURNER, Billy Lee, Willian C. CLARK y Robert KATES (edts.): Earth as Transformed by Human Action. Cambridge, University Press, 1994.

 

WOSTER, Donald: “Transformation of the Earth, Toward and Agroecological Perspective in History”, en Journal of American History, nº 76. Lillington, 1990.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS