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La primera comunidad dominica se estableció en Santo Domingo en 1510, encabezada por fray Pedro de Córdoba con un reducido grupo de religiosos, entre los que se encontraban fray Antonio Montesino -que así firmaba- y fray Bernardo de Santo Domingo. Dos meses después llegaron otros cinco: fray Tomás de Fuentes, fray Francisco de Molina, fray Pedro de Medina, fray Pablo de Trujillo y fray Tomás de Berlanga. Y en 1511 otros seis más: fray Lope de Gaibol, fray Domingo Velázquez, fray Hernando de Villena, fray Francisco de Santa María, fray Juan de Corpus Christi y fray Pablo de Carvajal. A finales de 1514 la comunidad dominica de Santo Domingo estaba compuesta por una treintena de religiosos.

Antes los desmanes que se encontraron los religiosos a su llegada a la isla, tomaron la decisión de predicar desde los púlpitos contra la explotación inhumana a la que eran sometidos los aborígenes. Para el sermón de adviento eligieron al mejor orador que tenían en la isla, fray Antonio Montesino. Así pues, el primer episodio que protagonizan los dominicos en defensa de los naturales fue este famoso sermón del cuarto domingo de adviento, es decir, el 21 de diciembre de 1511. El predicador lo tituló, tomándolo probablemente de Isaías (XL, 3), “Ego vox clamantis in deserto”, que traducido del latín sería “la voz que clama en el desierto”. En él, se preguntó “¿estos, no son hombres?” Denunciando a continuación a los cristianos por los abusos que cometían y recordándoles que estaban en pecado mortal y que la salvación la tenían tan difícil “como los moros o los turcos”. La respuesta de los colonos fue airada, dirigiéndose a continuación al cenobio para pedir explicaciones. El prior, fray Pedro de Córdoba, muy valiente, les respondió que había predicado “con común consentimiento y aprobación del convento”. En los meses siguientes los religiosos lo pasaron mal, muy mal, porque los vecinos les negaron las limosnas. Todavía en 1517 declaraban los pobres religiosos que estaban “sin blanca”, faltándoles incluso lo más básico. Además, el altercado llegó a oídos de las autoridades españolas y la comunidad fue reprendida tanto por la Corona como por su propia Orden. Al parecer, el rey, muy enojado, les pidió que dejasen de inmiscuirse en cuestiones políticas y que se dedicasen exclusivamente “a las cosas de nuestra fe”. Mientras que el superior de su Orden, fray Alonso de Loaysa, a través de una misiva fechada el 23 de marzo de 1512 los amonestó oficialmente. Se les acusó de alterar el orden y de provocar violentas reacciones entre los vecinos, con el peligro de estorbar todo el proceso de conquista y, por tanto, de cristianización. Incluso, el superior esgrimió los justos títulos que los monarcas habían obtenido del Papa, a través de las bulas de donación. Sin embargo, los dominicos mostraron una valentía y una capacidad de resistencia sin límites, pues, en los años sucesivos no modificaron ni un ápice su actitud. El propio prior fray Pedro de Córdoba no tardó en denunciar él mismo la injusta explotación a la que se veía sometido el aborigen:

 

El sistema de trabajo a que están sometidos los indios va contra todo derecho natural, divino y humano y, si se continúa haciéndoles trabajar en las minas de oro, todos perecerán ya que a esa vida los indios preferirán la muerte, pues, estos indios son destruidos en sus almas y cuerpos y en su posteridad”.

 

Pero Montesino no clamó en el desierto, pues, pese al enfado del rey, las repercusiones de este discurso duraron décadas. Poco después del mismo, el monarca convocó una junta de sabios y teólogos en Burgos, donde se discutió tanto del trato recibido por los aborígenes como de los justos títulos. Las Leyes de Burgos, consecuencia directa del Sermón de Montesino, fueron un paso más en la lucha por los derechos sociales de los aborígenes. Años después, en diversas disposiciones regias todavía se aprecia que los legisladores tienen en su mente lo ocurrido en el domingo de adviento de 1511. Ellos buscaban –si era posible- la protección de sus vasallos amerindios, pero siempre y cuando no disminuyese la producción de metal precioso. Y es que la Corona siempre mantuvo la eterna contradicción entre su voracidad áurea y la protección –quizás interesada- del aborigen en tanto en cuanto era una mano de obra fundamental en las minas. Por citar un solo ejemplo, en 1522 en una disposición enviada por el emperador Carlos V a los Obispos del Nuevo Mundo decía lo siguiente:

 

“Que los Obispos no apartarán los indios indirecta ni directamente de aquello que ahora hacen para el sacar del oro, antes los animarán y aconsejarán que sirvan mejor que hasta aquí, diciéndoles que es para hacer guerra a los infieles y las otras cosas que ellos vieren que podían aprovechar para que los indios trabajen bien”.

 

 

Igualmente, se preocuparon desde la corte por controlar tanto a las órdenes que pasaban a las Indias como la moralidad de cada uno de los efectivos que enviaban, muy a pesar de que las propias reglas de los regulares poseían ya sistemas propios para depurar a los frailes más idóneos que habían de pasar al Nuevo Mundo.

Lo cierto es que los dominicos continuaron manteniendo su valiente y arriesgada posición de la defensa de los naturales. Así por ejemplo, fray Bernardo de Santo Domingo O.P., entrevistado por los Jerónimos en 1517, volvió a confirmar la rotunda oposición de su orden a la encomienda, afirmando, como era de esperar, que los naturales tenían sobrada capacidad para vivir en libertad, y reivindicando la creación de pueblos donde pudiesen vivir en libertad. En relación a esta idea precisó que estos asentamientos deberían estar prácticamente aislados de los españoles, teniendo acceso a ellos tan sólo unos cuantos vecinos, “casados y virtuosos”, y algunos religiosos. Lógicamente, estos sacerdotes deberían ser dominicos, evidenciándose una intención velada de engrandecer su propia Regla. Este pequeño grupo de seglares y laicos se encargarían de enseñarles la lengua española, la religión y, muy concretamente, “a contar moneda”, tributando, en contrapartida, dos pesos de oro por cada pareja adulta. Parece evidente que fray Bernardo de Santo Domingo, estaba ya defendiendo un sistema de pueblos en libertad que los dominicos poco después pondrían en práctica en una extensa franja de la costa de Paria.

Como puede observarse, el pensamiento crítico de los dominicos fraguó años antes de la aparición en escena del que será su máximo valedor, fray Bartolomé de Las Casas. No olvidemos que este sevillano no profesó en la Orden hasta 1522. Para él, como para sus compañeros de regla, los amerindios eran seres racionales además de vasallos de la Corona de Castilla, por lo que toda guerra contra ellos era injusta.

Como ha escrito Lewis Hanke este pionero discurso fue “el primer clamor en la lucha por la justicia en América”. Desde un primer momento los dominicos sostuvieron un ideal humanista y se preocupan por los más desfavorecidos. Estos religiosos pertenecían directa o indirectamente a la Escuela de Salamanca, donde se pensaba, a diferencia de lo que se sostenía habitualmente en la Baja Edad Media, que todas las personas eran iguales y, por tanto, gozaban de unos derechos y de unos deberes fundamentales. El derecho natural era aplicable a todos los seres humanos, sin excepción. Se adelantaban así varios siglos a la Declaración Universal de los Derechos Humanos que consagró las libertades individuales y la concordia entre pueblos y estados.

 

 

PARA SABER MÁS

 

BORGES, Pedro: “El Consejo de Indias y el paso de misioneros a América durante el siglo XVI”. Valladolid, 1970.

 

CHEZ CHECO, José: "Montesino. “Dimensión universal de un sermón (1511)”. Santo Domingo, Editora Búho, 2011.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

PÉREZ, fray Juan Manuel: “Estos ¿no son hombres?”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1984.

 

RUBIO, fray Vicente: “Indigenismo de ayer y de hoy”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Estamos ya en la recta final de la edición de mi nueva obra sobre el trujillano Francisco Pizarro, conquistador del imperio Inca, responsable de la desaparición de éste y del doloroso parto del Perú. Verá la luz a finales de enero de 2018 y he estado trabajando en ella desde el año 2010 en que publiqué mi biografía sobre Hernán Cortés.

        A mi juicio, siguiendo a Jorge Plejanov, los hilos de la historia los mueven los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comporten de un modo más o menos similar ante situaciones parecidas. Eran personas de su tiempo, por un lado cruzados medievales y, por el otro, guerreros modernos e individualistas que luchaban por ganar honra y fortuna. Creían en la escala de valores de la sociedad del quinientos que mantenía la antítesis caballero-valeroso frente a villano-cobarde, situando el ardor guerrero como una de las virtudes supremas. Aunaban altas dosis de intransigencia religiosa, con la valentía y con fuertes ansias personales de enriquecimiento, lo que les convirtió en armas casi indestructibles frente a sus enemigos. Estaban dispuestos a morir y a matar en nombre de Dios y del Emperador y eso les reportaba una extraordinaria fortaleza moral. Aunque en lo más profundo de su subconsciente sabían que muchas de sus acciones no eran éticamente correctas de ahí que al final de sus días, dispusiesen memorias y obras pías a favor de los naturales, los mismos a los que ellos se habían encargado de robar, someter y explotar.

         Ahora bien, aunque no sean las individualidades las que provocan los saltos hacia adelante, sí estoy convencido al menos de que existen personas con mucho más empuje y liderazgo que otras. Pues bien, uno de esos personajes singulares de la conquista fue Francisco Pizarro, que no era ningún héroe pero al menos sí, utilizando terminología de Max Weber, un individuo carismático.

         Como americanista he investigado la Conquista durante más de dos décadas, intentando desmitificar a los conquistadores. He escrito un libro revisando la conquista en su globalidad (2009), demostrando las estrategias violentas que se utilizaron y la ilegitimidad de la misma. No podemos olvidar que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, como ha escrito Antonio Espino, todas las reacciones de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos verlas como legítimas. Y ello a pesar, de que la mejor arma de la que dispuso el trujillano fue la de los pueblos escasamente incaizados que suministraron una tropa auxiliar muy leal. Asimismo, he escrito biografías de algunos de estos protagonistas de la conquista, a saber: Nicolás de Ovando (2000), primer gobernador de las Indias, Hernán Cortés (2010) y Hernando de Soto (2012). Ahora pretendo hacer lo mismo con Francisco Pizarro, actor necesario tanto del inevitable hundimiento del Tahuantinsuyu como del traumático alumbramiento del Perú.

        En pleno siglo XXI, la historiografía social española mantiene un cierto desfase con respecto a la europea. En las últimas décadas han aparecido algunos trabajos pioneros en materia social, sin embargo en lo concerniente a la historia de América la situación es aún más incipiente pues, durante buena parte del siglo XX, el pretérito patrio se fundamentó en los grandes mitos de la España Imperial. Y cómo no, uno de los pilares de esa historia pseudomítica, fueron los conquistadores, especialmente Hernán Cortés y Francisco Pizarro.

        Centrándonos en el caso que ahora nos ocupa, la extensa historiografía contemporánea se ha polarizado, entre los que le atribuyen cualidades sobrehumanas y los que lo denigran, vertiendo sobre él los peores calificativos. La mayor parte de las biografías del trujillano, al igual que las de Hernán Cortés, son hagiográficas, es decir, se limitan a destacar las excelencias, la grandeza, las dotes militares y la extraordinaria personalidad del biografiado. Manuel José Quintana, a mediados del siglo XIX, propuso explicar vivamente a la juventud la figura de conquistadores como Francisco Pizarro para que sigan su ejemplo y magnifiquen e imiten sus obras. En 1929, con motivo de la inauguración de la estatua de Pizarro en Trujillo, el ministro peruano Eduardo S. Leguía afirmó que la figura de Pizarro representaba la voluntad de una raza en cuyos dominios espirituales nunca se pondrá el sol. Asimismo, en 1949, otro biógrafo, Luis Gregorio Mazorriaga, ensalzaba las excelencias del trujillano con las siguientes palabras:



         “Como representante genuino de las virtudes raciales, en el que los niños pueden ver un ejemplo de la reciedumbre del carácter y temperamento de los hijos de España, Pizarro ocupa lugar preferente entre las figuras más eminentes de nuestra historia”.



        No menos elogioso se mostró Clodoaldo Naranjo quien se pregunta si el trujillano no fue, al igual que otros héroes, un elegido por Dios para cumplir amplios fines evangélicos. No es el único, pues según Mallorquí Figuerola, las hazañas del trujillano le hacían pensar que “Dios debió de escogerle como flagelo destructor del imperio de los incas”. Todavía en pleno siglo XXI, se pueden encontrar historiadores que aluden a él como un héroe ante el que había que “inclinarse reverentemente”. Está claro que cada época posee una historiografía determinada, adecuada a los valores sociales imperantes. Francisco Pizarro, era un modelo de fuerza, tesón y energía, valores que han sido ensalzados largamente a lo largo de la historia.

        En cambio, otra parte de la literatura, sobre todo los hagiógrafos de Cortés y los almagristas, lo han denigrado, focalizando en él todos los males del conquistador: cruel, desagradecido, tirano, ambicioso, etc. Y no es que no tuviera todas o algunas de esas cualidades sino que se trata de calificativos que se pueden aplicar prácticamente a todos los conquistadores del siglo XVI.

        Afortunadamente, en la actualidad la mayoría compartimos otros valores o modelos completamente opuestos a los que exhibía el trujillano, como la humanidad, la inteligencia, la clemencia, la laboriosidad, el humanismo o el pacifismo. Urgía realizar una nueva biografía del trujillano desde una metodología propia del siglo XXI. En este sentido, ha escrito Benedetto Croce que toda historia es siempre contemporánea, en tanto en cuanto responde a una necesidad de conocimiento y de acercamiento desde nuestro tiempo. Y efectivamente, cuando analizamos las construcciones del pasado que se hacen en cada época, nos damos cuenta de la imbricación permanente de este pasado-presente. Por tanto, se hace necesario trazar un nuevo perfil vital desde una técnica y una metodología actual. ¿Será una obra definitiva? Obviamente no, ningún libro de historia lo es porque cada generación plantea nuevas preguntas sobre el pasado y mira los hechos desde ópticas muy diferentes. ¿Cómo se verá a Francisco Pizarro en el siglo XXII o en el XXX? No lo podemos saber. En el presente trabajo hemos querido trazar una semblanza renovada, es decir, una biografía nueva para un lector de nuestro tiempo. Para ello, hemos considerado dos premisas:

        Una, la exhaustividad, es decir, el uso de todo el material manuscrito e impreso sobre la materia, lo que equivalía a contrastar decenas de crónicas de la época, varios centenares de historias, regestos documentales y manuscritos localizados en muy diversos repositorios. Pese a que los historicistas presumieron siempre de haber desempolvado y publicado miles de documentos, lo cierto es que no fueron exhaustivos pues todavía hoy es posible encontrar bastantes referencias documentales inéditas que nadie recopiló y que nos han servido para perfilar la vida del personaje.

        Y otra, el cotejo de todas y cada una de las versiones de los hechos. De Francisco Pizarro se han ofrecido visiones muy dispares y en ocasiones antagónicas. Dependía de que su autor hubiese prestado más atención a unos testimonios que a otros para sostener una cosa o la contraria. Hay varias decenas de crónicas e historias, la mayoría escritas por españoles pero otras por mestizos o por indios. Sin embargo, todos estos textos hay que leerlos de manera crítica porque todos encierran unos intereses muy personales y una visión de la historia condicionada por sus circunstancias personales. Después de pasar varios años revisando, transcribiendo e interpretando hechos, pude comprobar que había al menos tres visiones diferentes que era necesario identificar y contrastar para intentar acercarnos a la realidad.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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