Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2016.

20160701190143-priovilegios-de-la-familia-cortes2.jpg

Dalmiro de la Válgoma y siguiéndole a él la mayoría de la historiografía, ensalzaron y fabularon los orígenes nobiliarios de la familia Cortés. Se hacía descender a Martín Cortés directamente de don Fernando de Monroy y María Cortés. De este linajudo matrimonio nacieron dos vástagos, Rodrigo de Monroy y Martín Cortés de Monroy, padre del conquistador. Sin embargo, en los últimos tiempos algunos estudios genealógicos se han encargado de desmentir esta versión, pues, ni Fernando de Monroy estuvo casado con María Cortés, ni tuvo más hijo que Rodrigo de Monroy.

La localización que hice en el año 2010 de un extenso expediente y privilegio de la familia Cortés en el Archivo Histórico Nacional, aclaró, cinco siglos después toda la ascendencia del conquistador metellinense. En realidad, como demostré en el libro que sobre el conquistador publiqué en el año 2010, éste tenía orígenes nobiliarios pero mucho más modestos de lo que se le atribuía.

No sabemos mucho de su bisabuelo Nuño Cortés, aunque fue el último de la familia que permaneció en tierras del antiguo reino de León, probablemente Salamanca. Con total seguridad debía ser hidalgo porque a su hijo, Martín Cortés El viejo, abuelo del conquistador, lo nombraron caballero de espuela dorada y éste era un honor reservado en exclusiva a las personas que poseían al menos esta condición.

La siguiente cuestión por resolver: ¿eran originarios de la ciudad de Salamanca? No tenemos una certeza absoluta. Cuando prueban hidalguía lo hacen siempre como hijosdalgos y notorios de la entonces llamada provincia de León. Sin embargo, esa denominación aludía a los territorios del antiguo reino leonés, entre los que también se encontraban Zamora y Salamanca. Cortés tuvo algunos amigos de suma confianza naturales de León, como Diego de Ordás, nacido en Castroverde del Campo. También la familia de Andrés de Tapia, íntimo colaborador suyo, era originaria de León. Y el apellido Cortés abundaba relativamente –y abunda hoy en día- tanto en León como en Salamanca. Ahora bien, tenemos un testimonio documental muy clarificador; se trata de la declaración de Juan Núñez de Prado en la probanza de la Orden de Santiago:

 

Que los padre y madre del dicho Martín Cortés eran vecinos y naturales de la ciudad de Salamanca.

 

Y aunque es la única referencia directa, la opinión de Núñez de Prado era muy cualificada porque se trataba de un caballero de abolengo de la villa de Medellín. De hecho, era hijo de Rodrigo de Prado, señor de Albiés en León, por lo que tenía datos suficientes para conocer perfectamente el origen de la familia. De todas formas no era del todo cierta su afirmación porque, cuando armaron caballero al abuelo de Hernán Cortés, en 1431, declaró ser vecino de Don Benito. Todo parece indicar que el natural y vecino de Salamanca no era su abuelo sino su bisabuelo Nuño Cortés.

El hecho de que la hermanastra de Martín Cortés de Monroy residiese en Salamanca, así como el aprecio de Hernán Cortés por esa tierra, son indicios adicionales que nos inclinan a pensar que efectivamente la familia procedía de la propia ciudad de Salamanca.

Lo cierto es que los Cortés arraigaron fuertemente en tierras de Medellín, y fueron una familia extensísima y con bienes raíces hasta la Edad Contemporánea. Sus miembros heredaron el privilegio de hidalguía de sus antepasados. De hecho, cuando en 1525 el Emperador le otorgó a Hernán Cortés un escudo de armas, se especificó que podía usarlo, además del que habéis heredado de vuestros antepasados. Eso no impidió que, en décadas posteriores, otros miembros de su extensísima familia, no todos adinerados, tuvieran que pleitear con el concejo de Medellín o de Don Benito para que no los sacasen del padrón de hidalgos. Fueron los casos de Francisco Cortés que tuvo que mantener un litis, a partir de 1537, en la Chancillería de Granada para que se le reconociese su hidalguía, o el de Juan Cortés que reclamó lo mismo en 1564.

 

MARTÍN CORTÉS EL VIEJO

          El primero de la familia Cortés en bajar al sur fue Martín, abuelo de Hernán Cortés, caballero que sirvió a las órdenes de los casi legendarios Pedro Niño y Álvaro de Luna. Parece ser que Martín Cortés estaba a las órdenes directas de Pedro Niño, quien a su vez las recibía del condestable Álvaro de Luna. Martín Cortés fue uno de esos más de 1.000 caballeros que, desde marzo de 1431, estuvieron haciendo incursiones en la vega de Granada. Según las crónicas de la época recorrieron las tierras del reino nazarí, talando e incendiando lugares y alquerías de la vega y entre ellas una casa muy buena que era del rey. Juan II instaló su campamento inicialmente a dos leguas de la ciudad de Granada, sin embargo, desde el 28 de junio lo instaló en Atarfe, a tan solo una legua de la capital Nazarí. Pocos días después, el 1 de julio de 1431 se produjo la famosa batalla de Higueruela en la que las tropas musulmanas fueron estrepitosamente derrotadas. Una contienda que tuvo lugar en la sierra Elvira, muy cerca de Granada, que estuvo comandada por Álvaro de Luna y seguida muy de cerca por el monarca castellano Juan II. Murieron entre 10.000 y 12.000 musulmanes –en ese dato no hay mucho acuerdo entre los cronistas- y a punto estuvo de caer la propia Granada. Se hubiera adelantado su reconquista 61 años.

          Después de esta gran batalla, Juan II concedió numerosas mercedes y reconocimientos a los caballeros que más se habían significado en la campaña. Dos días después, es decir, el tres de julio de 1431, el abuelo de Hernán Cortés se personó ante el citado monarca. Con Pedro Niño -nombrado ya Conde de Buelna- como testigo, fue armado solemnemente como caballero de Espuela Dorada. Al parecer, de las tres formas de caballería que había en Castilla, la de Espuela Dorada era la superior y sólo se concedía a hidalgos. Y antecedentes de caballeros armados con la espuela dorada los había muy célebres, como el mismísimo Cid Campeador, Ruy Díaz de Vivar. Era frecuente que el rey armase caballeros en pleno campo de batalla a aquéllos que habían destacado por su valentía en el combate o que habían protagonizado alguna hazaña. El ritual era claro y uniforme:

 

          Le da tres golpes de espada diciendo: Dios y el bienaventurado apóstol Santiago te haga buen caballero… y de esto le manda dar su carta, la cual es de hidalguía en efecto, y contiene toda esta solemnidad.

 

          Así obtuvo Martín Cortés su distinción, un tipo de caballería que había experimentado un gran resurgimiento en el siglo XIV y que prosiguió a lo largo e la centuria siguiente. Martín Cortés El Viejo se convertía en un noble de tipo medio, superior al hidalgo pero inferior a la nobleza titulada. Ahora bien, era un tipo de caballería de cuantía que obligaba a la persona en cuestión a mantener armas y caballos para salir en defensa del reino cuando fuese necesario. El problema vino cuando sus sucesores fueron incapaces de cumplir con la cuantía, poniéndose en duda la renovación del privilegio.

Probablemente, tras su nombramiento, continuó talando en las vegas de Málaga y Granada. Seguramente participó, en el verano de 1435 y en 1436, en la toma de Vélez-Blanco y Vélez-Rubio así como en los importantes combates que se produjeron en 1438 en la frontera granadina. No obstante, de tal extremo no tenemos constancia documental. Lo cierto, es que, tras finalizar su vida útil como caballero, decidió asentarse definitivamente en tierras de Medellín. Una decisión que no tenía nada de particular, pues Extremadura se repobló básicamente con castellano-leoneses. Martín Cortés El Viejo fue uno más de tantos pobladores procedentes del antiguo reino de León que decidieron quedarse en tierras extremeñas entre el siglo XIII y el XV.

Don Martín, había conseguido honra y fama para todo su linaje. No olvidemos que la Edad Media fue una de las menos individualistas de la historia, donde primaban más los intereses de la familia que los del individuo. Como otros caballeros tenía una casa solariega en la villa matriz, en este caso Medellín, pero pasaba la mayor parte del tiempo en una aldea del entorno, concretamente en Don Benito, donde tenía sus propiedades. Las tierras las adquirió seguramente en compensación por sus servicios de guerra. Era normal que los caballeros recibieran en reparto entre 4 y 12 yugadas de tierra.

          Desconocemos de momento, el nombre de su esposa. Se especuló con una enigmática María Cortés que, a nuestro juicio, nunca existió. Eso se hizo para intentar meter con calzador el linajudo apellido de los Monroy en la familia paterna del conquistador, mientras que el apellido Cortés se incorporaría secundariamente a través de su abuela paterna. Más probable parece que el ennoblecido caballero de la espuela dorada decidiese asentar su nueva condición, desposándose con una Monroy. Sea como fuere, lo cierto es que el matrimonio tuvo un buen número de hijos, seis legítimos –cuatro varones y dos mujeres- y una ilegítima. El mayor de los hijos legítimos era Hernán Cortés de Monroy, después le seguían Juan, Alonso y Martín –padre del conquistador de México-. Hernán Cortés, como primogénito de Martín Cortés El Viejo fue el que reclamó la continuidad del privilegio de caballería. En un alarde celebrado en Medellín en 1502, compareció un Hernán Cortés El Viejo, que presentó a un hijo suyo del mismo nombre a caballo, con coraza, lanza y espada, cuyo oficio era la labranza y la crianza de animales.

De Juan Cortés y de Alonso Cortés no sabemos gran cosa; ambos estaban al servicio del Conde de Medellín. Concretamente, a Juan Cortés lo encontramos citado en un documento de 1506 como criado del Conde de Medellín, participando en un asalto contra la cilla de Don Benito, en la que por la fuerza tomaron 12 fanegas y media de trigo y una cuartilla de cebada. Se refugió con sus secuaces en la fortaleza de Miajadas que era del Conde de Medellín, y hasta allí acudió el alguacil mayor para detenerlos. En cuanto a Alonso Cortés, nos consta que en 1500 era vecino de Don Benito, estaba casado y tenía dos hijas. En 1508 ocupaba el cargo de teniente del alguacil mayor Rodrigo de Portocarrero.

En cuanto a la hija natural, Inés Gómez de Paz, que jugaría un importante papel en la vida de Hernán Cortés, sabemos más cosas. Carlos Pereyra, siguiendo a López de Gómara, sostuvo que era hermana de Martín Cortés de Monroy. Pero, a juzgar por el testimonio del propio conquistador de México, no era exactamente hermana sino hermanastra. Efectivamente, éste declaró, en 1546, que su tía Inés Gómez de Paz era hija natural de su abuelo, habida con otra mujer fuera del matrimonio legítimo. Obviamente, a los hijos de Inés Gómez, que eran tres, Rodrigo, Pedro y Ana, el conquistador les dio siempre el tratamiento de primos.

 

MARTÍN CORTÉS DE MONROY

          El padre del conquistador de México, era el más pequeño de los hijos varones de Martín Cortés El Viejo. En el interrogatorio para el ingreso de Hernán Cortés en la Orden de Santiago, muchos testigos conocieron a sus abuelos maternos, pero ninguno conoció a sus abuelos paternos, probablemente porque habían muerto hacía mucho tiempo. De hecho, la probanza aporta mucha información sobre la familia Pizarro Altamirano pero, en cambio, apenas nada de la familia Cortés.

Martín Cortés de Monroy nació en torno a 1449, probablemente en la casa solariega que la familia poseía en el centro de la villa de Medellín, en la calle Feria, y donde pasaban una parte del año. Esta vivienda, sin ser una casa-palacio, era amplia y confortable. En torno a un patio central empedrado se disponían un buen número de habitaciones muy espaciosas.

 

Y aunque era la residencia oficial de la familia, poseían otras viviendas menores tanto en Medellín como en Don Benito, donde se localizaban la mayor parte de sus propiedades. De hecho, de las ocho cartas protocolizadas por el padre del conquistador en Sevilla, una respectivamente en 1506, 1520, 1523, 1525, 1526 y tres en 1519, salvo en la primera en que se declaró de Don Benito, en las siete restantes manifestó ser vecino de Medellín. En junio de 1526 protocolizó otra en la villa de Medellín y, tanto él como su esposa, declararon ser vecinos de esta última localidad.

Era hidalgo porque su padre y su abuelo lo habían sido, aunque bien es cierto que la evolución de su nombre muestra un ansia de ennoblecimiento. Así se explica que el vulgar García Martín Cortés, lo simplificara inicialmente a Martín Cortés, y posteriormente a Martín Cortés de Monroy mucho más sonoro. Y no es que no fuese Monroy, sino que hasta una edad bastante avanzada no lo utilizó.

López de Gómara lo calificó de devoto y caritativo. Debió pleitear junto a sus hermanos por mantener el privilegio de caballería que la villa le discutía probablemente por no disponer de caballo para acudir a la guerra. No en vano, el concejo de Don Benito justificó su inclusión en el padrón de pecheros, esgrimiendo que no habían mantenido sus caballos, ni acudido a los alardes periódicos a los que estaban obligados. Y lo curioso es que ellos, y particularmente Hernán Cortés, tío del conquistador de México, aceptó dicho extremo, advirtiendo sin embargo que su condición de caballeros la obtuvieron por privilegio no por cuantía por lo que no hacía falta mantener caballos. De hecho, siempre se dijo que la participación de Martín Cortés de Monroy en la guerra de Granada la hizo en calidad de peón y no de caballero.

          Su actuación en acciones bélicas no está nada clara; de hecho, no tenemos datos fehacientes que verifiquen su presencia en la guerra de Sucesión de Enrique IV. Como es bien sabido, éste había fallecido el 11 de diciembre de 1474 sin dejar clara su sucesión. Dos días más tarde se proclamó reina Isabel La Católica, enfrentándose directamente con los partidarios de doña Juana de Castilla, apoyada por su madre Juana de Portugal y por lo más granado de la nobleza española y extremeña, entre ellos el Marqués de Villena, los Enríquez, los Monroy, los Paredes, el Marqués de Cádiz y el Conde de Medellín.

López de Gómara, empeñado siempre en vincularlo con los Monroy, emparentados a su vez con los Portocarrero, afirmó que siendo joven –tenía entonces 26 años- fue a la guerra por su deudo Alonso de Hermosa, como teniente de una compañía de jinetes. Allí luchó, junto a Alonso de Hinojosa en el bando de su pariente Alonso de Monroy, clavero de Alcántara, en la batalla de La Albuera, contra las tropas de Isabel de Castilla, mandadas por Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago. La contienda duró casi cinco años y supuestamente Martín Cortés luchó del lado de los Monroy y del Condado de Medellín a favor de doña Juana. Esta versión de López de Gómara ha sido sostenida hasta la saciedad por la historiografía moderna y contemporánea.

Sin embargo, no hay ni una sola prueba documental que apoye esta hipótesis. Pero, es más, la historiografía cortesiana suele ignorar que el grueso de la familia Monroy se cambió de bando en 1476, por supuesto a cambio de un buen número de prebendas. De hecho, desde ese mismo año encontramos tanto a Fernando de Monroy como a Alonso –este último maestre electo de Alcántara- socorriendo a Luis de Chávez en la defensa de Trujillo.

La villa de Medellín, junto con las fortalezas de Mérida y Montánchez, sí que estuvieron contra la reina Isabel hasta el final de la contienda. De hecho, Medellín no capituló hasta el verano de 1479, firmándose la paz poco después. Por tanto, podemos concluir que a fecha de hoy no existe ni un solo indicio que vincule al padre de Hernán Cortés con el bando de doña Juana la Beltraneja.

En cambio, sí hay algo más que indicios que avalan su participación en la Guerra de Granada, aunque no parece que tuviera ni muchísimo menos el protagonismo de su padre. Es muy improbable que participase en la reconquista de Gibraltar (1462) porque contaba tan sólo con 13 años. Pero en el Archivo de Simancas aparece citado como soldado de infantería al menos en 1489, 1497 y 1503. Es decir, está documentada su presencia en hechos de armas cuando tenía, 40, 48 y 54 años respectivamente, aunque no a caballo sino a pié, en la infantería. Precisamente el padre Las Casas menciona a Martín Cortés como un pobre escudero. Y los escuderos, como es bien sabido, eran auxiliares de los caballeros y servían en la guerra como peones. Concretamente, el pleito que reproducimos en el apéndice IV se inició porque se pretendía quitar a los hijos de Martín Cortés El Viejo el privilegio de caballeros, acusándolos de no haber mantenido caballos, ni ejercitarse en la guerra. Y es que el hecho de ser caballero implicaba algunos beneficios pero también conllevaba una serie de obligaciones. Sobre los caballeros recaían repartimientos periódicos para que acudiesen con sus caballos y armas a los conflictos bélicos y, además, debían personarse en los alardes que cada cierto tiempo se realizaban. También existía la posibilidad de comprar los servicios de otra persona que acudiese a la guerra en su lugar, pero no era el caso de Martín Cortés de Monroy cuya economía no le permitía tales lujos.

Ahora, bien, estos pleitos con los concejos por mantener la exención tributaria fueron frecuentes y continuos. No en vano, en la misma villa de Medellín otros caballeros de cuantía como Pero Sánchez, vecino de Don Benito, o Juan Redondo, Juan Flores y Martín Muñoz, vecinos de Medellín, debieron pleitear largos años para mantener sus respectivos estatus.

Martín Cortés desempeñó distintos cargos en el concejo de Medellín, como regidor y como procurador general, según declararon en la probanza de hidalguía tanto el clérigo Diego López como Juan de Montoya. Se desposó con Catalina Pizarro Altamirano, una mujer de ascendencia hidalga, cuya familia procedía de Trujillo a donde habían llegado en el siglo XIII, procedentes de Ávila. Era hija de Leonor Sánchez Pizarro y de Diego Alfón Altamirano, escribano y mayordomo de Beatriz Pacheco, Condesa de Medellín. López de Gómara la describió como muy honesta, religiosa, severa y reservada. Cervantes de Salazar también se muestra parco en su descripción aunque al menos deja clara su noble ascendencia, escribiendo de ella que era de la alcurnia de los Pizarro y Altamirano, también noble. Los Altamirano eran una de las familias más señeras de Trujillo, cuyos miembros controlaban el cabildo local.

Por tanto, la nobleza de los Altamirano está fuera de toda duda. De hecho, cuando Hernán Cortés regresó a España por primera vez se dirigió a Medellín, se llevó consigo a Juan de Altamirano y sus hermanos, de los que se dijo que eran personas nobles, hijosdalgo muy principales. En 1529 en la probanza que hizo Martín Cortés, el hijo de doña Marina, para acceder a la Orden de Santiago, Juan de Hinojosa afirmó de manera taxativa:

 

Que conoció a sus abuelos paternos, Martín Cortés y Catalina Pizarro y siempre este testigo los tuvo por hidalgos todo el tiempo que los conoció.

 

Es obvio que la familia materna del conquistador parecía ser de mayor abolengo. No obstante, los Cortés también pertenecían al primer estamento, pues tenían escudo de armas y gozaban de exenciones fiscales.

Ahora, bien, ¿dónde tuvieron su hogar los padres de Hernán Cortés? Todo parece indicar que, al igual que sus abuelos, tenían casa en Medellín, pero que pasaban una buena parte del año en su vivienda de Don Benito. Para un hidalgo, hijo de un caballero de espuela dorada, era casi obligatorio tener residencia en la villa matriz, aunque residiese una parte o todo el año en algunas de las aldeas del entorno. Eso explica que unas veces –la mayoría- se declare vecino de Medellín, donde incluso llegó a ostentar cargos en su concejo, mientras que en otras manifestase su vecindad en Don Benito. Hugh Thomas descubrió un interesante documento, una provisión Real, fechada el 26 de noviembre de 1488, en la que se aludía a la actitud de varios vecinos de Medellín, entre ellos Martín Cortés, que habían denunciado al Conde de Medellín por no permitir a los vecinos el nombramiento de los oficiales del cabildo, pese a ser costumbre inmemorial. Sin embargo, en el documento por el que se formalizó el pasaje de Hernán Cortés a Santo Domingo, en 1506, declaró ser vecino de Don Benito. Insisto que nada tiene de particular que un hidalgo como Martín Cortés mantuviese su vecindad en la cabecera jurisdiccional, al tiempo que residía en una aldea de los alrededores más cerca de sus explotaciones rústicas.

          Pero el documento de 1488 tiene otro interés añadido, se demuestra que las relaciones entre Martín Cortés y el Conde de Medellín no eran precisamente cordiales, como se había creído. Eso refuerza la idea de la fidelidad de la familia Cortés con el partido isabelino, frente al bando del Conde de Medellín.

          Ha quedado otra cuestión que resolver, ¿cuántos hijos tuvieron Martín Cortés y Catalina Pizarro? Como es bien sabido, la historiografía siempre ha sostenido que Hernán Cortés era hijo único. Salvo algún problema físico o reproductivo de la madre o el padre la verdad es que no era común que los matrimonios se quedasen entonces con un solo vástago. Hay historiadores que han visto indicios para creer que tuvo dos hermanas, y hasta tres. De hecho, según Juan Miralles, tres personajes varones fueron tratados por Cortés como cuñados: Francisco de Las Casas, Diego Valadés y Blasco Hernández. Sin embargo, los argumentos son tan poco consistentes que no soportan el más mínimo análisis. Lo único que al presente es seguro es que fue el único hijo varón. Quizás por ello, en una época en la que el hombre tenía todos los privilegios, Martín Cortés se volcó con su hijo desde el principio. Ambos, pese a la distancia, llegaron a tener una relación estrechísima.

          Se empeñó en que estudiara leyes en Salamanca, junto al marido de su hermanastra, Inés Gómez de Paz. Probablemente lo ayudó económicamente durante su estancia en Sevilla. Y una vez que inició la Conquista de Nueva España se convirtió en su principal valedor en la Península. De hecho, en 1519 se encontraba en Sevilla donde, entre noviembre y diciembre, otorgó varias escrituras ante notario. El 29 de noviembre de 1519 reconoció haber recibido 102 pesos que le había enviado su hijo a través de Andrés de Duero. A continuación, poco más de una semana después, envió a su vástago ropa y otros enseres en la nao Santa María de la Concepción. Y pocos días después, pidió dos préstamos por un importe total de 350 ducados, 200 de Luis Fernández de Alfaro y Juan de Córdoba y 150 de Juan de la Fuente, todos ellos vecinos de Sevilla.

          En 1520 acompañó a Alonso Hernández Portocarrero, a Francisco Montejo y a su sobrino Francisco Núñez al encuentro con el Emperador en Barcelona. Pero, enterados de que había partido hacia Burgos, a celebrar la fiesta de San Matías y que después iría a Tordesillas a ver a su madre, la reina Juana, se encaminaron hasta allí. Era importante hablar con él y entregarle los escritos de su hijo justificando sus acciones, porque Diego Velázquez contaba con el apoyo incondicional del obispo de Badajoz, Juan Rodríguez de Fonseca y había hecho llegar sus quejas a la Corona. Y no era el único al que había escrito porque, el 12 de octubre de 1519, había remitido sus acusaciones al camarero mayor del rey y de su Consejo. Pero nuevamente, el Emperador había abandonado la ciudad con destino a Valladolid, donde finalmente consiguieron darle alcance y entrevistarse con él. Allí pudieron entregar la Carta de Relación escrita por su hijo y los demás documentos, justificando su forma de actuar y, sobre todo, su insumisión a Diego Velázquez. Los cortesanos quedaron impresionados con los presentes que se les entregaron así como con los cinco indios totonacas que les presentaron.

          Lo cierto es que, gracias a estas gestiones, consiguieron que el rey ratificase la actuación de Hernán Cortés a través de una Real Cédula dada en Valladolid el 22 de octubre de 1522. Un instrumento que se pregonó en Cuba en mayo de 1523, apesadumbrando los últimos meses de vida de Diego Velázquez. A decir de Gonzalo Fernández de Oviedo, el teniente de gobernador acabó pobre y enfermo y descontento por la traición de que fue objeto por parte del metellinense.

          Tras pasar un tiempo entre Palencia y Valladolid, junto a Francisco Núñez, solucionando asuntos relacionados con su hijo, en 1523, viajaron juntos a Sevilla. Su situación económica, merced a los envíos de su vástago, parecía ser bastante menos precaria. De hecho, donó a fray Antón de Zurita, ministro de la Orden de la Santísima Trinidad, diversas cantidades para el rescate de cautivos.

          Martín Cortés debió fallecer cuatro años después, hacia 1527, aunque Hernán Cortés no lo supo probablemente hasta principios de 1528. Tenía la avanzada edad de 77 años, y fue enterrado en el convento de San Francisco de Medellín, que había sido fundado en mayo de 1508 por Juan de Portocarrero. Por fortuna para él, la muerte le sobrevino después de haber saboreado y disfrutado de los éxitos de su único hijo varón. El conquistador del imperio mexica debió sentir profundamente el óbito de su progenitor porque le unían a él grandes lazos afectivos y filiales. Prueba de este afecto es que nada menos que a dos de sus hijos les puso el nombre de Martín, al hijo de doña Marina, y al de su legítima esposa doña Juana de Arellano y Zúñiga.

Catalina Pizarro murió en Nueva España tres años después, es decir, en 1530, y fue enterrada en la capilla del convento de San Francisco de Texcoco. También con ella mantuvo una entrañable relación. Posteriormente, Hernán Cortés dispuso en su testamento que se trasladasen los restos de su madre desde Texcoco al monasterio de Culiacán que pretendía utilizar como panteón familiar.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés. El fin de una leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2010, 589 págs.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20160703123753-felicidad.jpg

          Alcanzar la felicidad es uno de los grandes anhelos de la humanidad al menos desde los orígenes de la civilización. Todo el mundo quiere ser feliz, aunque pocos tienen claro qué es esto de la felicidad y cómo se consigue.

           ¿Qué es la felicidad? La respuesta parece fácil pero no lo es tanto. Veamos que dice el Diccionario de la R.A.E.: “Estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”. Frío, frío, a mi juicio está un poco desencaminada tal definición porque la posesión de bienes materiales no conlleva la felicidad, más allá de una mera y fugaz satisfacción instantánea.

           Lo cierto es que el concepto ha evolucionado con el paso del tiempo. Platón decía que era el equilibro perfecto entre las partes del alma. Veinte siglos después, Erasmo de Rotterdam ofreció una de las mejores definiciones para mi gusto de lo que es la felicidad: “La felicidad consiste principalmente en conformarse con la suerte; en querer ser lo que uno es”. Autores cristianos como Santo Tomás, decía que solo se alcanzaba con la contemplación de Dios. Y por citar un filósofo actual, Juan Pedro Viñuela, siguiendo a los socráticos, afirma que la felicidad solo se puede alcanzar por la sabiduría, y que ésta se caracterizaría por “la paz, la serenidad y la virtud”.

Ya tenemos una primera conclusión, tanto los autores religiosos como los laicos coinciden en que la felicidad sería un estado de ánimo caracterizado por la satisfacción y el bienestar espiritual.

           La cuestión clave es cómo se alcanza ese estado de ánimo que nos haga felices. Pues ese es el problema porque el ser humano viene con un defecto de fábrica: es ambicioso por naturaleza. Conozco a pocas personas que estén satisfechas con lo que tienen. Uno siempre aspira a ganar más dinero, a tener una casa más amplia, un coche mejor, o simplemente a ser más querido. Ambicionamos en definitiva la suerte –casi siempre imaginaria- del otro. Siempre ambicionamos y envidiamos lo que tiene el vecino, el amigo, el familiar o el conocido, sin valorar suficientemente que la clave de una vida feliz la tenemos en nuestra propia casa. Y digo que es un deseo imaginario porque el ser humano siempre tiende infravalorar lo que tiene y a sobrevalorar lo que no tiene. Por tanto, solo se puede ser feliz corrigiendo esa defectuosa percepción.

Resumiendo, queda claro que la felicidad es un estado de ánimo caracterizado por el sosiego y el bienestar de nuestra alma y que se consigue apreciando lo que tenemos que, aunque creamos lo contrario, es mucho, muchísimo. La clave es pensar: soy feliz porque estoy satisfecho con lo que tengo, mi familia, mis amigos, mi entorno, y mi trabajo. Si alguno de esos aspectos no lo tengo, siempre se puede suplir con el comodín de la esperanza, siempre tan necesaria para la propia supervivencia del ser humano.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

20160708011057-snmigu02.jpg

          Hace unos días estuve una jornada en el Archivo General de Simancas y me salieron al paso datos interesantes, algunos de ellos inéditos y otros poco conocidos. Entre ellos me salieron al paso varias referencias manuscritas a la gran victoria de la Armada Real de Galeras sobre la armada turca en aguas del Mediterráneo, en octubre de 1540. Es cierto que no se trata de noticias inéditas pero sí poco conocidas.

           De estas fechas siempre se destaca, por un lado, el saqueo de Gibraltar por la armada argelina, capitaneada por Alí Hamet y Caramami, y, por el otro, el sonado fracaso de Carlos V en su intento de tomar Argel para acabar definitivamente con la principal base turca en el norte de África.

           Sin embargo, entre el saqueo de Gibraltar y el fracaso de Argel se produjo un combate épico en el que la Armada Real de Galeras, humilló sin paliativos a la armada berberisca.

           La armada argelina, enterada de que la escuadra española estaba en el entorno de las islas Baleares, se dirigió a Gibraltar. La escuadra estaba compuesta por 16 barcos, desembarcando en la costa un millar de escopeteros y ballesteros. No tuvieron dificultades para cautivar a 73 personas, y obtener un rescate por ellos de 7.000 ducados, además de desvalijar las casas y las naves que estaban en el puerto.

El 13 de septiembre partieron hacia las costas de Berbería, pero cometieron el error de no desembarcar el botín de Argel y de proseguir su viaje en busca de nuevas presas. Pero Bernardino de Mendoza, capitán de la armada española, estando en el puerto de Denia, recibió la noticia de lo ocurrido en Gibraltar. Pues bien, sin perder ni un minuto se dirigió a la costa africana para tratar de interceptar a la armada enemiga, pese a que estaba en inferioridad numérica. Y efectivamente, a la altura de la isla de Alborán se produjo el encuentro. Era el 1 de octubre de 1540, los magrebíes no eludieron el combate, sabedores de su superioridad numérica. Los preparativos del combate impresionan, casi cinco siglos después:

 

“Formó la escuadra infiel en forma de media luna, según costumbre, poniéndose en medio la capitana de Caramami, adornados los bajeles con banderas y gallardetes en los calcés, antenas y batayolas, al son de clarines y dulzainas. D. Bernardino arengó a su gente, armó a los forzados, prometiéndoles la libertad y otras mercedes… Al son de trompetas, tambores y pífanos formaron en tres escuadrones y, en medio, la capitana, acompañada de seis galeras que le daban escolta. Aproximáronse ambas escuadras, y al llegar a tiro de cañón, empezó el fuego…”

 

 

La capitana argelina, comandada por Alí Hamet y la Almiranta, donde viajaba Caramami –un negro remero de las galeras de España fugado- se dirigieron directamente a por la capitana española, mandada por Bernardino de Mendoza. Pero el experimentado marino guadalajareño se las apañó para derrotar a ambos, hiriendo a Alí y matando a Caramami.

Cuentan las crónicas que la galera Santa Bárbara, estaba gobernada por un gibraltareño, Pedro Benítez, que quería vengar el saqueo de su pueblo, y el daño que sospechaba sobre su familia. Acometió a los enemigos con especial saña y se introdujo entre varias unidades enemigas. Aunque murió de un arcabuzazo, consiguió antes rendir uno de los navíos enemigos. Finalmente, la galera dirigida por Enrique Enríquez, consiguió captura la galeota en la que trataba de huir el capitán general de la armada berberisca, Alí Hamet, que resultó finalmente abatido.

Tras algo más de una hora de recio combate, fueron apresadas diez embarcaciones enemigas –dos galeras, siete galeotas y una saetía-, otra fue hundida y cinco más se dieron a la fuga. Alegó Bernardino de Mendoza que decidieron no seguir a las cinco huidas porque la gente estaba muy cansada. Los datos sobrecogen: 700 turcos y berberiscos muertos, 837 remeros –muchos de ellos cristianos cautivos- fueron liberados, y se apresaron 427 enemigos para negociar su rescate. Del lado español hubo medio millar de heridos y 200 soldados y marinos muertos, entre ellos los capitanes valerosos como Pedro Benítez, Alonso de Armenta, Tineo, Juan de Susnaga y Martín de Gurichaga.

Tras hacer escala en Motril, la escuadra recaló en Málaga, donde informaron de lo ocurrido. Allí se celebró un solemne Te Deum, en la que participaron los cristianos liberados con una vela cada uno, los soldados y los marinos, mientras se hacían sonar los pífanos y las trompetas al tiempo que se disparaban salvas de honor con la artillería. El rey fue informado de tan grato suceso muy poco después, por carta firmada el 7 de octubre de 1540. Su satisfacción fue doble, primero porque se derrotaba a una armada enemiga que previamente había saqueado Gibraltar, y segundo, por el botín diez embarcaciones a las que bastaba con arriar la bandera turca y enarbolar la de Castilla, más gran parte del botín robado en Gibraltar.

Al año siguiente, quizás crecidos por los últimos resultados el César decidió ir a buscar a Barbarroja a su propia base argelina, concentrando para la ocasión un buen número de barcos. La precipitación del ataque, lanzado inadecuadamente en noviembre, y los temporales hicieron de la campaña un fracaso.

Bernardino de Mendoza estuvo al frente de las armadas de galeras al menos desde la década de los treinta. Posteriormente, volvió estar al mando de la misma al menos durante la década comprendida entre 1547 y 1557, año este último en el que tomó el relevo en dicho cargo su hijo, el también prestigioso marino don Juan de Mendoza. Se trata de uno de esos marinos que hicieron posible la España Imperial y de los que nadie se acuerda. ¿Quién conoce en España a Bernardino de Mendoza? ¿Quién ha oído hablar de la batalla de Alborán? Prácticamente nadie. Pese a ello, nadie puede negar que el capitán Bernardino de Mendoza, fue uno de los grandes marinos de su tiempo, y que sirvió a su país con lealtad y valentía. Valores de otro tiempo; pero era lo que se le exigía y él cumplió con creces. En algún lugar, cerca de las costas de la isla de Alborán yace desde hace casi cinco siglos la galera berberisca hundida por él.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Armada Española”. Madrid, Museo Naval, 1972, T. I.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Calos V y Felipe II”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005

 

----- “El sistema naval del Imperio español: armadas, flotas y galeones”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.

 


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , ,

20160708175121-descarga.jpg

          En una reciente estancia en el Archivo General de Simancas me salió al paso este curioso documento. Una carta dirigida por los oficiales reales de La Coruña al Emperador, fechada el 22 de octubre de 1538. En ella le informan de una propuesta de dos personas de aquella ciudad que pretendían construir, a su costa, una fortaleza que estaba trazada en la ciudad de Santo Domingo, “en la boca del puerto”. Estimaban el coste total de su edificación en 3.500 ducados que ellos pagarían de su propia hacienda, a cambio de un juro sobre los salarios de las dos fortalezas, la primitiva ya construida cerca del río Ozama y ésta nueva. Asimismo, se atreven a recomendar a Su Majestad que aceptase este “negocio” “porque así la isla estará tan segura como Sevilla”. Y finalmente mencionan que en ese momento estaba en la corte el principal interesado, un tal Vasco Rodríguez de Gayoso, regidor de La Coruña, hijosdalgo, “que es una persona a quien toca este negocio”.

            El documento no deja de ser una simple curiosidad, pero aporta un par de datos novedosos. Primero, existía un proyecto de fortaleza, justo en la boca del puerto, es decir, debían estar confeccionados los planos. Sin embargo, su paradero se desconocen, al menos que yo sepa. Y segundo, parece obvio que el proyecto no fue aceptado porque la única fortaleza que ha tenido Santo Domingo hasta nuestros días es una muy modesta  que está junto al río Ozama, construida en los primeros años de la colonización e ideada para defenderse de los indios. Y es que en las primeras décadas del siglo XVI no se pensó que la acometida corsaria pudiese llegar al continente americano pues, como informaron los oidores de Santo Domingo al Emperador, en los primeros tiempos pareció imposible pasar corsarios a estos mares… Por ello, el entramado defensivo en el período comprendido entre 1492 y 1530 estuvo destinado exclusivamente a frenar los siempre ingenuos alzamientos indígenas. Se instaló una red de fortalezas muy primitiva que fue suficiente para frenar las posibles rebeliones internas. De ahí que algunas de ellas estén en el interior del territorio frente a los enormes complejos defensivos exteriores que se construirán desde finales del siglo XVI frente a la amenaza corsaria.

          Cuando se plantea este proyecto, las flotas aún no habían delimitado sus rutas, pues no fueron reguladas hasta algo más de dos décadas después, concretamente hasta 1561 y 1564. De haber dispuesto Santo Domingo de una fortaleza inexpugnable hubiese tenido más posibilidades de disputarle a La Habana, el honor de ser el puerto obligado de atraque para el regreso a Castilla de las Flotas de Indias. Es solo una posibilidad pues la historia contrafactual siempre es arriesga. No sabemos qué hubiera ocurrido si Santo Domingo hubiese tenido su puerto bien protegido por una fortaleza. Pero, en cualquier caso, lo que sí es seguro es que hubiese resistido mejor los ataques corsarios que padeció o simplemente hubiese servido de arma disuasoria para evitarlos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20160718103901-cgalicia.jpg

          Un día como hoy de hace ochenta años se producía el golpe militar en España que acarreó una cruenta Guerra Civil y una dictadura de más de tres décadas. Todavía hoy argumentar sobre ella provoca grandes recelos porque se mantiene viva la memoria de los vencedores y de los vencidos. Por ello, he pensado no entrar en la polémica y centrarme en un asunto muy concreto, absolutamente histórico y con pocas conexiones ideológicas.    

            Por supuesto, el origen de la guerra parte de una conspiración militar, con el beneplácito de los elementos más conservadores del país. En realidad, era el último gran coletazo de un largo enfrentamiento entre la España conservadora y la progresista que había provocado ya tres guerras civiles en el siglo XIX. La Republica quería reformar, y los conservadores estaban a la defensiva; el triunfo de la derecha en las elecciones de 1933 los tranquilizó, pero el acceso al poder del Frente Popular en 1936 desencadenó el fatídico golpe militar de trágicas consecuencias.  Es cierto que en el período que transcurrió entre febrero y julio de 1936 hubo una grave crisis de convivencia, así como detenciones ilegales de derechistas. Pero, como ha escrito Francisco Espinosa, no sabemos aún hasta qué punto las amenazas y los intentos de golpe de estado, que empezaron en 1931, provocaron reacciones violentas entre los republicanos para así obtener la cobertura ideológica necesaria para emprender el alzamiento definitivo. En la zona gubernamental, controlada por la República, se produjeron excesos y matanzas de inocentes. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras estos desmanes fueron obra de personas o de grupos de incontrolados, los nacionales urdieron un plan sistemático de exterminio del adversario político. Y prueba de esta premeditación es que allí donde triunfaba el alzamiento, le seguía la represión, variando tan sólo la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias.

            Entrando en materia, diremos que la Armada Española pudo haber abortado el golpe de Estado, pero fracasó por la pasividad del Almirante Miguel Buiza, jefe de la Flota Republicana en la Guerra Civil. Buena parte de la armada española permaneció fiel al gobierno democráticamente elegido por los españoles. En Cartagena estaba fondeada la flota cuando estalló el alzamiento. El buque insignia de la armada era el crucero Libertad, bonito nombre con el que rebautizó la República al buque botado en 1927 con el nombre de Príncipe Alfonso. Y junto a él estaban los cruceros El Cíclope, Miguel de Cervantes, Méndez Núñez, el acorazado Jaime I, los destructores Almirante Ferrándiz, Almirante Miranda, Almirante Valdés, Almirante Antequera, Ulloa, Gravina, Escaño, Lepanto y Jorge Juan, así como otros navíos de aprovisionamiento, lanchas cañoneras, patrulleras y algunos submarinos de la clase C-2. Otros estaban en proceso de reparación como los destructores Velasco, Alsedo y Churruca. La mayor parte de la armada de guerra española permaneció en poder de los republicanos.

            Estos efectivos pudieron poner las cosas muy difíciles a los alzados. Había navíos suficientes como para bloquear su llegada a la Península desde las islas Canarias y el norte de África. Varios barcos, entre ellos el Libertad y el Miguel de Cervantes, además del acorazado Jaime I fueron enviados a la zona del estrecho para bloquear el paso. Un grave error pues el gobierno infravaloró las posibilidades del enemigo de sortear el bloqueo. La República debió enviar más medios, simplemente porque disponía de ellos, imponiendo así un bloqueo efectivo. Los alzados, entre ellos la Primera Bandera de la Legión y el Tercer Tambor de Regulares llegaron sanos y salvos a Algeciras con la única protección del viejo cañonero Dato, apoyado por algunos aviones de combate. Impotentes, con insubordinaciones a bordo y con escasa capacidad decisoria por parte de los oficiales, decidieron resarcirse bombardeando Ceuta, Melilla y Algeciras, alcanzando al Dato. Sin embargo, no dejaba de ser una anécdota porque los Nacionales habían conseguido su objetivo de llegar sanos y salvos a tierra.

            El 1 de septiembre de 1936 el gobierno nombró al sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la flota republicana. Sin embargo, este hombre calificado por Hugh Thomas de reservado y valiente pero tímido, tuvo una actuación mucho más que mediocre. Dispuso de efectivos suficientes para haber conseguido el bloqueo del estrecho, impidiendo la llegada de nuevos refuerzos a los alzados. Pero tampoco lo logró; no se había aprendido la lección. Se destinó al bloqueo a dos destructores, el Ferrándiz y el Gravina, pensando que los Nacionales no disponían de buques que pudiesen hacerles frente. Pero volvieron a menospreciaron de nuevo al oponente, en un error que les costó caro. El crucero Canarias, que todos creían que estaba fuera de servicio, y el Almirante Cervera, en poder de los sublevados, hundieron al Ferrándiz al tiempo que el Gravina era alcanzado y debía refugiarse en un puerto de Marruecos. Todo se pudo haber solventado si Miguel Buiza hubiese destinado a ese fin un número superior de efectivos. Para colmo, en 1937 se produjo otro enfrentamiento en el cabo Cherchel, en la costa argelina, con superioridad aplastante de la flota republicana, y el crucero Baleares, consiguió huir sin sufrir ni un solo rasguño. Ante un fracaso que rozaba el ridículo, el 25 de octubre de 1937 era destituido Miguel Buiza, jefe de la Flota, nombrando en su lugar a Luis González Ubieta.

            La Armada Republicana no marchó mucho mejor con este cambio de mando, siempre quejosos de las insubordinaciones de la marinería y de su indefensión ante los ataques aéreos de los Nacionales. El 22 de enero de 1939 se decidió restituir en el cargo al experimentado Miguel Buiza, pese a estar éste convencido de que la guerra estaba perdida. El 16 de marzo de ese mismo año se reunió con varias autoridades civiles y militares, como el presidente Juan Negrín, el coronel Segismundo Casado y el general José Miaja, pidiendo la capitulación ante los franquistas. El presidente y el general Miaja se negaron por lo que decidió desertar por su cuenta. Dicho y hecho, zarpó con la Flota de Cartagena –tres cruceros, ocho destructores y otros navíos de apoyo- con destino a la base tunecina de Bizerta, donde fondeó los barcos, dejándolos bajo control francés. En su descargo dijo que el objetivo era evitar que cayesen en manos de los Nacionales. Pero se volvió a equivocar porque los franceses tardaron muy poco en entregar los barcos a los franquistas.

            Cada vez tengo más claro que la desastrosa actuación de la Armada Republicana en la guerra fue uno de los factores decisivos que desencadenaron la victoria final de los autollamados Nacionales. Si la armada hubiese estado a la altura de las circunstancias, si se hubiese bloqueado el aprovisionamiento por mar de los rebeldes, el triunfo de estos hubiese sido mucho más complicado y quizás el destino de la República hubiese sido otro. Insubordinaciones, decisiones erróneas, traiciones y cobardías se congratularon para hacer fracasar uno tras otro todos los objetivos encomendados a la Armada.

 

PARA SABER MÁS

 

-ALONSO, Bruno: La Flota republicana y la Guerra Civil española. Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2006.

 

-FERNÁNDEZ DÍAZ, Victoria. El exilio de la marina republicana. Valencia, Universidad, 2011.

 

-PERAL PERAL, Aurelio: “Un marino sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la Flota Republicana”, Archivo Hispalense Nº 294-296. Sevilla, 2014, pp. 141-170.

 

-PRESTÓN, Paul: El final de la guerra. Las últimas puñaladas a la República. Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.

 

-THOMAS, Hugh: Historia de la Guerra Civil española. Barcelona, Círculo de Lectores, 1976.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS 

Etiquetas: , , , , ,

20160720124705-url1.jpg

        De acuerdo con Miguel de Unamuno, el hombre es un animal guardahuesos, siendo una de las diferencias con el resto de los animales. Cuando en el Neolítico, el hombre vivía en chozas, ya construía grandes túmulos de piedra para enterrar a sus muertos. Había pueblos seminómadas, como los hurones, que cuando emigraban lo hacían cargando con los huesos de sus antepasados. Y ello no por un culto a la muerte sino al contrario, a la inmortalidad.

        Hay que advertir que se conocen saqueadores de tumbas desde los orígenes de la historia. Famosos fueron en ese sentido los saqueos de los sepulcros egipcios, realizados muchos de ellos en la misma época. Es más, las pirámides contaban con pasadizos secretos y con trampas diversas para evitar que la cámara funeraria fuese profanada. También el derecho civil romano incluía penas de destierro a los que profanasen sepulcros. En el caso americano, también está documentada la profanación de tumbas por parte de los puritanos ingleses y de los alemanes en Venezuela. Lo que quiero decir con todo esto, es que los conquistadores españoles no hicieron más que continuar una tradición profanadora ancestral.

        En América se daban las condiciones idóneas para que proliferasen estos ladronzuelos de sepulturas, pues la incineración fue una práctica excepcional entre los pueblos amerindios. Dicho de otra forma, la tradición de enterrar a las personas poderosas con objetos suntuarios creó una predisposición en los españoles para hacerse saqueadores de tumbas cada vez que sospechaban de la presencia de un sepulcro bajo tierra.

        Los españoles trataban de conseguir oro a toda costa; una vez obtenido todo el metal de oro acumulado por los nativos en siglos, procedieron a extorsionarlos para que les confesasen el lugar donde inhumaban a sus caciques, curacas y señores principales. Muchos de ellos se convirtieron en verdaderos etnólogos pues siempre indagaban allá por donde llegaban en las costumbres funerarias de cada pueblo. De hecho Pedro Cieza de León, relata de manera rutinaria en su Crónica del Perú, la forma en que cada pueblo enterraba a sus curacas. Se trataba de una información útil que todos querían conocer de ahí que la incluyera en su obra.

        Ya en la expedición capitaneada por Juan de Grijalva a Yucatán, en 1518, se encontró varias sepulturas relativamente recientes con abundantes piezas de oro. Ni cortos ni perezosos las saquearon, pese al olor nauseabundo, y de creer es –escribió Fernández de Oviedo- que si tuvieran más oro, que aunque más hedieran, no quedaran con ello, aunque se lo hubieran de sacar de los estómagos. En 1527, Alonso de Estrada envió a Oaxaca al capitán Figueroa para que saquease las joyas de los sepulcros porque era costumbre entonces enterrarlos con ellas. Tan lucrativo resultó el negocio que, en 1538, la Corona le concedió la exclusividad en toda Nueva España y Venezuela a don García Fernández Manrique, Conde de Osorno. Desde ese momento todos los tesoros que se encontraran serían propiedad del Conde y sus herederos, aunque eso sí, pagando el quinto correspondiente.

        También en la conquista del incario se desvalijaron sistemáticamente las viejas sepulturas. Belalcázar, tras tomar Quito, se desilusionó por no hallar las riquezas esperadas, pese a que desenterraron a todos los muertos que se encontraron. Y Francisco Pizarro hizo lo propio cuando ocupó Cuzco; los soldados le pidieron autorización para saquear la ciudad sagrada y Pizarro se lo concedió o al menos no lo impidió. Y ello porque sabía que no podía evitar que estos mercenarios se cobrasen sus honorarios. El saco fue absoluto, comparable al de Roma ocurrido cinco años antes, pero con una diferencia que aquel fue fruto de la insubordinación de los soldados y éste se hizo con el consentimiento tácito de la máxima autoridad. Según Pedro Pizarro, emitió un bando prohibiendo la entrada en las viviendas particulares, pero en cualquier caso no dispuso en esos momentos de los medios para hacerlo cumplir. De hecho, se produjo una desbandada generalizada en la que unos y otros competían por entrar los primeros en los templos y en las casas así como en los depósitos estatales para robar cualquier cosa que hubiera de valor. Se desvalijaron todas las tumbas reales para despojar a las momias de sus joyas. No conformes con ello, extorsionaron hasta la muerte a muchos naturales para que confesaran la existencia de huacas o adoratorios y de tumbas. Y a veces la suerte sonreía, como le ocurrió a Martín Estete que encontró una tumba en el entorno de la villa de Trujillo, en la que obtuvo, sacado el quinto real, 8.551 marcos de plata. Lástima que falleció poco después y sólo lo pudo disfrutar su viuda María de Escobar.

        Dichas actividades continuaron porque en una Real Cédula, referida a Nueva Granada y fechada el 9 de noviembre de 1549, se prohibió que los españoles mandaran a los aborígenes a buscar las tumbas antiguas. En teoría el saqueo de tumbas se consideraba un delito a la par que un pecado. Sin embargo, como la misma Corona desconfiaba de que no se siquiera saqueando estableció que en ese caso la mitad de todo lo obtenido sería para ella. Obviamente, las actividades de los saqueadores de tumbas  prosiguieron, hasta el punto que un tal Juan de la Torre, encontró en una sepultura del valle de Ica, una cantidad de oro valorado en 50.000 pesos. En total, Cieza de León calculó que de las tumbas de Perú se sacaron más de un millón de pesos de oro. Todo esto dice mucho del ansia de riquezas de estos supuestos cruzados, reconvertidos en meros ladronzuelos de tumbas.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

FRIEDERICI, Georg: El carácter del descubrimiento y de la conquista de América. México, Fondo de Cultura Económica, 1973.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20160725184242-bernardino-luini-the-penitent-st-jerome.jpg

        La lectura de los libros de profesiones de los conventos es siempre gratificante y sorprendente sobre todo porque se trata de personas reales. Había cientos de estos libros manuscritos, tantos como conventos. Se trataba de dejar constancia de la vida edificante que habían llevado muchos de los moradores de esos cenobios. Yo tengo fotocopiados en mi casa varios de ellos, y su lectura siempre me impresiona.

        En este artículo no quiero ofrecer datos concretos sobre los conventos en los que profesaron por respeto, entre otras cosas porque algunos de ellos todavía subsisten en la actualidad. Por otro lado, quiero tratar el tema con todo mi respeto a unas personas que, seguramente equivocadas, llevaron hasta sus últimas consecuencias su creencia en la vida eterna y su amor por Dios. Bien es cierto, que he subrayado los casos más extremos, la mayoría simplemente se enclaustró entre cuatro paredes y dedicaron su vida a la oración o, en el caso de algunos frailes, al servicio a los más desfavorecidos.  

        Veamos algunos de esos casos; Como ya he dicho, algunos en ese afán de acercarse a Jesús no dudaban en lesionarse gravemente con un silíceo, en azotarse hasta sangrar, en ayunar durante días o en dormir en un ataúd para mostrar su desapego a la vida terrenal. Por ejemplo, el venerable fray Pedro de Barcarrota, se dice que a los cuatro años ya oía misa de rodillas con muchísima devoción y siendo muy joven tomó los hábitos. Pues destacan las crónicas su santidad porque sus ayunos, disciplinas y silíceos fueron continuos: “arrojábase a las ortigas y zarzas desnudo y estaba en cruz mucho tiempo”.

        Fray Diego de Almendralejo, le pidió al Señor el favor de que le enviase graves padecimientos para acercarse a él y éste se lo concedió: “dándole un tan recio mal de gota en todas las junturas de pies, piernas, manos y brazos, con tan intensísimos dolores que le postró en la cama más de doce años, haciéndosele en todas las junturas unos grandes tumores y torciéndosele las manos y pies. En tanta y tan larga enfermedad, siempre se vio en el bendito fray Diego una alegría espiritual, una tolerancia de mártir y unas continuas gracias a Dios por la merced que le hacía. Aseguró su confesor que en estos trabajos le regaló el Señor con favores y consuelos espirituales. En los últimos años le dio un tan grande hastío que no podía comer, ni pasar más que algunos pocos tragos de sustancia por lo que llegaron a persuadir a los frailes que solo le alimentaba y conservaba la vida el sacro santo manjar Eucarístico que recibía todos los días. Conoció la hora última y pidió los santos Sacramentos, que recibió con admirable devoción, entregado el alma a su criador un viernes en cuyos días sentía con más viveza la Pasión y Muerte de Nuestro Redentor, a veintisiete de febrero de 1604”.    

        Fray Juan de Guinaldo se mortificaba ayunando y azotándose. Cuentan las crónicas de su orden que su comida era “una escudilla de agua caliente en que humedecía unos pedazos de pan y otras veces solo comía de lo que se recogía de las sobras de los demás frailes”. Se disciplinaba más que nadie pues “traía a continuo un áspero silíceo”. En cuaresma entraba en el refectorio –el comedor- “desnudo del medio cuerpo arriba, cubierto de ceniza, azotándose cruelmente y otras veces arrastrando por la tierra, tirando de él otro fraile con una soga de esparto”.

        Con no menos saña se empleaba fray Antonio de Zafra a mediados del siglo XVII.  Se disciplinaba “hasta derramar la sangre y entraba en la oración, después caminaba de rodillas desde el coro hasta el altar mayor…En la misma postura, rodillas por tierra, bajaba a otro altar y puesto en él tomaba una calavera de un difunto que tenía prevenida y con la otra mano una piedra, con la cual se hería cruelmente. Doliéndose de sus pecados y pidiendo a Dios misericordia por ellos y por los de todo el mundo”.

        Y por citar el caso de una monja, Sor María de la Concepción, dormía en un ataúd colocado en el coro, para evidenciar a todos su desapego a la vida terrenal. Solo bebía caldo de pollo y algún pedazo de pan que remojaba en dicho plato. Murió a la edad de veintitrés años, consumida en sus huesos, totalmente entregada a Dios y conm reputación de santa.

        Uno de los síntomas más comunes de santidad que aparecen en todos los libros de profesiones es que estos religiosos de vida santa, cuando morían, en vez de desprender el hedor propio de la corrupción del cuerpo, emanaban “gratísimas fragancias”. En 1661 se enterró fray Antonio de Zafra y todos los presentes juraron que en el momento justo de su óbito “exhaló de sí tal fragancia que llenó de ella no solo el cuarto donde estaba, pero toda la enfermería y que era tal y de tan suave gusto que no hallaban olor en la tierra con quien compararle. Y que por mucho tiempo perseveró en él aquella suave fragancia”. Asimismo, el ya citado fray Pedro de Barcarrota, cuando murió el 20 de octubre de 1684 se cubrió la atmósfera de su habitación “de una nieblecita sutil y clara, exhalando tan suave fragancia que todos pasmaron al ver semejante maravilla”. Por cierto, que  cuando a los cinco años abrieron su sepultura se encontraron supuestamente su cuerpo incorrupto “y con la misma suave fragancia”.

        Mi reflexión, con todos los respetos, es la siguiente: ¿Eran simplemente creyentes radicales o había algo más? Leyendo la forma que algunos de ellos tenían de mortificarse para acercarse a los padecimientos de Jesús, yo pienso que algunos tenían alguna patología mental. Seguramente un psiquiatra podría hacer una tesis doctoral con los comportamientos de algunos de ellos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20160727170543-40-felipe-ii-derrota-armada-invencible-550x366.jpg

         Es cierto que los ingleses ganaron a España la batalla de la información. Fueron ellos los que llamaron a la armada española “Invencible” y fueron ellos los que difundieron el estereotipo de que David había derrotado a Goliat. Pero estudiosos contemporáneos han desmentido esta circunstancia. De hecho, se enfrentaron 150 naves españolas contra 180 o 190 navíos ingleses. Pero descartando los buques auxiliares, España combatía con 65 galeones frente a más de un centenar de naves gruesas de la armada inglesa. Por tanto, primera mentira: era falso lo de la aplastante superioridad de la Armada Invencible.

            La armada española nunca fue derrotada directamente en su enfrentamiento con la inglesa. Un cúmulo de circunstancias, la mayor maniobrabilidad de los buques ingleses y varios errores tácticos propios nos llevó a esa derrota. Varias tormentas, ocurridas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias. En total, de los ciento treinta buques regresaron sesenta y seis y de los treinta mil hombres embarcados tan solo diez mil. De poco sirve decir que la mayor parte de las pérdidas se produjeron por tormentas y accidentes no por combates. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del Duque de Medina- Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio que incumplió gravemente las órdenes de abastecimiento de hombres y víveres en Calais, y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española.

            Y lo peor es que la derrota no acabó ahí. Los ingleses aprovecharon la indefensión española para atacar los puertos de la Coruña, Lisboa y Vigo. Tal desastre obligó a Felipe II a preparar una nueva armada, tan contundente como la invencible, que si no acabó enfrentándose a la inglesa fue por la muerte del rey Prudente. Ahora bien, huelga decir, que la derrota se debió a un cúmulo de desgracias y no exactamente a la superioridad naval inglesa. De hecho, igual que la batalla de Lepanto no fue decisiva en el Mediterráneo, tampoco lo fue la de la Invencible en 1588. Aunque es cierto que no lograron el dominio en el Canal de la Mancha, no lo es menos que siguió dominando las rutas americanas, manteniendo su hegemonía hasta el final de la Guerra de los Treinta Años.

            Ahora bien, la historiografía inglesa vuelve a tergiversar cuando interpreta que esta derrota supuso el inicio de la decadencia de España y el inicio de la hegemonía naval inglesa. Nada más lejos de la realidad.  Huelga decir, que igual que la batalla de Lepanto no fue decisiva en el Mediterráneo tampoco lo fue la de la Invencible en 1588. Aunque es cierto que los ingleses lograron el dominio en el Canal de la Mancha, no lo es menos que España siguió dominando las rutas americanas, manteniendo su hegemonía hasta el final de la Guerra de los Treinta Años.

         Felipe II, desde el desastre de la Invencible, promovió un programa de reconstrucción de la armada, repartiendo derramas entre todos los corregimientos de España. Una década después del desastre de la Invencible el potencial náutico de España era similar al que existía en antes de 1588. En 1602, ya reinando su hijo Felipe III, una armada inglesa, capitaneada por Sir Richard Levenson, decidió atacar en mar abierto a la flota de la plata. Sin embargo, ésta venía bajo la protección de treinta galeones, los mismos que dejó recién construidos Felipe II. No consiguió capturar ni uno solo de los navíos, pues fue rechazo por el fuego artillero de los galeones españoles. Su mayor mérito fue conseguir huir sin apenas bajas, pues los galeones españoles se limitaban a proteger la plata del rey y rehusaban atacar a aquellas armadas nacionales o corsarias que decidían huir.

 

PARA SABER MÁS

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: La Armada Invencible. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1884.

 

GARRETT MATTIMGLY: La Armada Invencible. Madrid, Turner, 2004.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

ORTEGA Y MEDINA, Juan A.: El conflicto anglo-español por el dominio oceánico (siglos XVI-XVII). Málaga, Editorial Algazara, 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20160729141646-puerto-rico-el-morro-de-la-fortaleza-9645552.jpg

        Desde tiempos de Carlos V, el Imperio de los Habsburgo alcanzó unas dimensiones realmente indefendibles, con tres frentes bien diferenciados: el europeo, el americano y el africano. No había en esos momentos medios humanos, técnicos ni económicos para garantizar la defensa de decenas de miles de km2  repartidos entre los cuatro continentes conocidos. Sus compromisos militares para defender su integridad territorial provocaron un incremento de la actividad militar que tuvo un altísimo coste humano y financiero. Una lucha en la defensa de su imperio, tanto en las Indias como en Europa, especialmente en los Países Bajos y en los frentes italiano, francés y alemán. 

        La defensa terrestre de la Península Ibérica tendría como puntal básico la fortificación del litoral. Se trataba de una extensa franja de una anchura de veinte leguas donde habría toda una red de plazas estratégicas, bien abaluartadas y con personal suficiente para garantizar su defensa, todo ello con el apoyo de las tropas de las Guardas de Castilla. Ya Jerónimo Castillo de Bobadilla, en el siglo XVI, destacó a necesidad de fortificar bien las principales plazas españolas tanto para contrarrestar las guerras civiles interiores como para frenar el odio que las demás naciones tienen a su gran imperio. El sistema se completaría con una red de atalayas y torres a lo largo de la costa que cumplían una labor estrictamente de vigilancia, controladas por las Guardas de la Mar. Este cuerpo estaba integrado tanto por los guardas de las atalayas como por jinetes atajadores que recorrían diariamente el trecho comprendido entre un puesto de vigilancia y otro.

        El amplísimo programa de fortalezas llevado a cabo durante el reinado de Felipe II, no tenía precedentes en la historia, levantando baluartes defensivos en todos los confines del Imperio. Un caso extremo y por ello representativo es la construcción, a partir de 1585, de la fortaleza de San Felipe, en la isla de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde, con el objetivo de proteger la ruta del comercio de esclavos.

        Ahora bien, las fortalezas del interior peninsular y aquellas costeras que no fuesen estrictamente imprescindibles quedarían abandonadas a su suerte. De ahí que muchos castillos, fortalezas, murallas y atalayas de la España interior, que habían perdido su utilidad estratégica, entrasen en ruinas en la misma época moderna. Y es que no había ninguna potencia en aquella época que pudiese mantener una red defensiva tan extensa. Había que optar por mantener las estrictamente operativas, fundamentalmente las ubicadas en la costa, cuyas infraestructuras mejoraron desde la segunda mitad del siglo XVI, y algunas plazas claves en el interior. En las fortalezas estratégicas se pondrían todos los esfuerzos, siendo descomunal la inversión en infraestructuras defensivas durante el reinado de Felipe II. Para el abaluartar las principales fortalezas costeras se contrataron los servicios de ingenieros extranjeros de la talla de Francesco di Marchi, Felipe Terzi, João Nunes, Juan Bautista Calvi, Cristóbal de Rojas y sobre todo los hermanos Juan Bautista y Bautista Antonelli. Ellos fueron los responsables de visitar los principales baluartes y planificar la mejora de sus defensas.  Pese a los esfuerzos, las dificultades para su mantenimiento y para el abono de los salarios fue un problema recurrente a lo largo de toda la Edad Moderna.

        La estrategia de los Habsburgo en el Mediterráneo fue fundamentalmente defensiva, incluyendo en ellas la toma de Túnez (1538) o la batalla naval del golfo de Lepanto. Es cierto, por un lado, que se perdieron plazas como Vélez de la Gomera (1522), Argel (1529) o Bujía (1555) y, por el otro, que los corsarios se atrevían a asaltar con éxito lo mismo Gibraltar (1529 y 1543), que Cádiz (1596). La defensa de esta última ciudad requería solo en mantenimiento de sus estructuras defensivas y de personal una inversión de más de 100.000 ducados anuales y aun así, nunca estuvo garantizada su seguridad frente a los enemigos. Tal era el coste que tenía su defensa que a finales del siglo XVI, se llegó a plantear incluso su abandono, pasando su población al Puerto de Santa María.  Obviamente, la propuesta no prosperó, pero nos da una idea exacta de las dificultades defensivas de un Imperio que sufría el acosó incluso en sus propias fronteras peninsulares. No obstante, todos estos contratiempos no dejaban de ser pequeñas derrotas dentro de una gran batalla global que tuvieron controlada los Habsburgo durante un siglo y medio. Que pudieran atacar Cádiz, Mahón, o el castillo de Salobreña no era más que una anécdota, teniendo en cuenta que los turcos ocuparon Hungría y estuvieron a punto dos veces de tomar Viena, lo que les hubiese abierto las puertas de Italia. Insisto, en general, la estrategia defensiva del Mediterráneo funcionó y prueba de ello es que España conservó intactos casi todos sus territorios en los siglos XVI y XVII.

        En cuanto a las Guardas de Castilla, originalmente llamadas Guardas Viejas, constituyeron un cuerpo de a pie y de a caballo, creado por los Reyes Católicos el 2 de mayo de 1493, y que era algo así como un pequeño ejército profesional permanente. Aunque en sus orígenes su misión era exclusivamente la defensa del territorio peninsular, ya en tiempos del Emperador Carlos V extendieron su campo de acción ocasionalmente a todos territorios del imperio, como Perpiñán, el norte de África e incluso Italia. En general, fueron el complemento idóneo de los soldados ubicados en las fortalezas, siendo las primeras fuerzas de choque ante cualquier ataque enemigo. Y todo ello a pesar de que, como se reconocía en las propias ordenanzas de 1573, su número era insuficiente, estaban mal retribuidos y peor equipados.

         La defensa terrestre de la Península se completaba con un número difícil de precisar de hombres de reserva, para casos de extrema urgencia, procedentes de las levas de milicianos que los municipios de realengo, los propietarios de señoríos jurisdiccionales y las órdenes militares estaban obligados a aportar, cada vez que el soberano lo solicitara. También los caballeros y aristócratas, estaban obligados a acudir armados cuando fuesen requeridos. Incluso, había prelados, como el obispo de Toledo, con señorío territorial, que también contribuía con un número de hombres armados. Había una milicia general de interior para acudir en ayuda de las zonas costeras en situaciones de emergencia, y una milicia local o compañías de socorro, formadas por vecinos de la costa para la defensa de su propio territorio. Dado que su recluta y organización dependía de los propios concejos, ésta recibía distintos nombres: batallones de milicias de voluntarios de Granada, compañías de socorro de la ciudad de Almería o la milicia local de Málaga, en unos casos formadas por voluntarios y en otras por reclutas forzosos.  En un interesante documento, fechado en 1632 y extractado por José Contreras, se cifraba el número de hombres de armas que podían acudir a la milicia en la franja de veinte leguas de los territorios de la Corona de Castilla –desde el País Vasco a Murcia- en 197.443 hombres. No estaba mal, pero una cosa era la teoría y otra la práctica. A la hora de la verdad, muchos trataban de escabullirse, no acudiendo a los llamamientos, mientras que otros carecían de cualquier formación militar y, en ocasiones, no disponían ni tan siquiera de un arcabuz. Así ocurrió en un alarde realizado en Almería en enero de 1621, pues la mayoría de los vecinos acudieron desarmados y solo unos pocos llevaron un arcabuz de mecha. El cabildo adquirió de inmediato medio millar de armas de fuego para repartirlos entre los reclutas. Lo cierto es que estas milicias estaban siempre a expensas de la improvisación y su nivel de preparación por lo general era muy deficiente.

        Había municipios donde el alistamiento era obligatorio por parte de todos los vecinos con capacidad para empuñar un arma, y otros, en los que éste era voluntario. Bien es cierto que en el siglo XVI muchos de los enrolados eran hidalgos bien armados que veían en el servicio militar una forma de obtener mercedes. Sin embargo, desde finales de dicha centuria, se perdió el ardor guerrero de la reconquista, la sociedad se desarmó y la milicia se desprofesionalizó. Y no era para menos; en unos reclutamientos realizados en varias ciudades de Castilla entre 1592 y 1599 cada soldado cobraba 34 maravedís diarios, menos de la mitad que un jornalero que recibía unos 83. Los quintos eran ya de baja extracción social, mal formados, mal equipados y levados de manera forzosa.

        El descenso del número de reclutas en Castilla unido a la delicada situación económica de la Corona, los dos males endémicos de la época de los Austrias, tuvieron dos consecuencias indeseables para la defensa: en primer lugar, se generalizó la venalidad, es decir, la venta de todo tipo de cargos militares. Así, hasta mediados del siglo XVI, la selección de los altos militares se hacía en función al mérito y tras haber ascendido en el escalafón, desde esta época los altos cargos se entregaban, bien a cambio de una cantidad de dinero, o bien, bajo el compromiso de entregar, armar y mantener un contingente de soldados. Por poner un ejemplo, ya el 29 de abril de 1558 se vendió la alcaidía de Carmona a don Fadrique Enríquez de Ribera por 30.000 ducados, cargo que ostentaron posteriormente sus herederos y que, por supuesto, sirvieron a través de tenientes. Evidentemente, la ruptura desde mediados del siglo XVI del sistemática meritocrático para lograr un ascenso provocó una disminución drástica de la efectividad de las tropas hispanas. Y en segundo lugar, se decidió paliar las necesidades de numerario, exigiendo más contribución económica y humana a los territorios periféricos.

        En general, en la defensa peninsular hubo improvisación, deficiente formación de las reclutas, escaso número, retraso tecnológico en el armamento y deficiencias en las fortalezas y en el número de hombres destinados en ellas. Pero, no es menos cierto, por un lado, que consiguieron mantener íntegro el territorio peninsular y, por el otro, que el esfuerzo continuado a lo largo de siglos fue verdaderamente ingente, titánico, colosal.

        Una buena parte del grueso de los recursos se dedicaban a pagar los Tercios de Infantería, cuerpos de una amplia capacidad de acción que combatían fuera de la Península Ibérica. Las Ordenanzas de Génova de 1536 regularon formalmente esta arma de infantería en cuatro unidades, a saber: Nápoles, Sicilia, Normandía y Málaga o Niza, prefiriendo entre sus integrantes a los españoles, que no en vano se reservaban en exclusiva los altos mandos. En total sumaban unos 20.000 efectivos de infantería más algunos artilleros y un millar de caballeros. Estos Tercios eran algo así como cuerpos de élite que asombraron a Europa por su eficacia y por constituir las primeras unidades militares europeas profesionales y permanentes. En cambio, las Guardas Viejas no pasaron nunca de ser un cuerpo militar mediocre, a pesar de que nunca fueron puestas a prueba seriamente. Con razón se suele decir que mientras la Península Ibérica era defendida con tropas poco cualificadas y mal armadas, la élite militar hispana –los Tercios- se dedicaban a las guerras que la monarquía mantenía en Europa. En cualquier caso, incluso estos cuerpos de élite que lucharon en Europa, fueron perdiendo la supremacía, por no aprovechar las innovaciones tecnológicas que usaban sus adversarios y por la escasez de recursos económicos que reducían el número de hombres disponibles.

         En lo referente a los territorios coloniales, el objetivo siempre fue que la defensa se costease de las rentas que cada uno de ellos producía. También Portugal, durante los años que estuvo anexionada a España, debía financiar su propia salvaguardia costera, así como sus presidios y armadas. Había territorios, como la isla de Cerdeña, que no ofrecían ingresos a la Corona porque todas sus rentas se gastaban en su propia defensa. Sin duda, un gran esfuerzo económico pero parecía coherente que la defensa de las colonias o del imperio portugués se financiase de sus propias rentas.

         Ahora bien, según el derecho medieval castellano sólo el monarca podía construir fortalezas y nombrar alcaides. Sin embargo, en el caso de las colonias americanas esta facultad fue delegada con frecuencia en capitanes generales y adelantados. En cuanto a la estrategia, hubo claramente una política de sostenibilidad del sistema: primero, solo se fortificarían los grandes enclaves coloniales, aquellos que eran estrictamente necesarios para garantizar el control de las remesas de oro y plata americana, cuya principal interesada era la misma institución. Y segundo, todas las colonias debían autofinanciarse, a través de impuestos propios. La mayor parte de estas fortificaciones y su sostenimiento se financiaron  del situado, es decir, de unas partidas de dinero de la hacienda real indiana que se destinaban a sufragar gastos de la administración colonial. Dicho numerario se uso con frecuencia para financiar la defensa, desde las construcciones militares a los salarios de los militares de las principales guarniciones. Aunque a fin de cuentas era dinero de menos que recibía la Corona tenía la ventaja de que evitaba la salida de capital de la Península, favoreciendo la autofinanciación de las colonias. Mediante el situado se financiaron las principales construcciones defensivas indianas, como las de Portobelo, Veracruz, o La Habana.  Gracias al propio metal precioso americano, se construyó a lo largo del siglo XVI una amplia red de plazas bien fortificadas. No obstante, el situado fue la principal fuente de financiación de la defensa pero no la única, pues también se destinó la sisa, un gravamen variable y eventual similar a un arancel que  los cabildos locales solían imponer a la entrada en la ciudad de algún producto.

         Hubo reclutas realizadas en Castilla para el envío a los presidios y fortalezas indianas, pero tan mal pagadas que muchos las aceptaban con el objetivo de desertar y obtener pasaje gratuito a las Indias. Por lo general, siempre adolecieron de guarniciones adecuadas para garantizar la defensa. Y ello ¿Por qué motivo? ¿Se desconocía la necesidad de soldados? ¿Se infravaloraba la ofensiva corsaria? Pues no, nada de eso, la necesidad de proteger tanto la Península como los territorios coloniales fue una de las mayores preocupaciones de la administración de los Habsburgo. El problema era simple y llanamente económico; el sostenimiento de amplias guarniciones militares en cada plaza era absolutamente inviable desde el punto de vista económico no sólo para el Imperio español sino para cualquier otra potencia de su tiempo. Por poner un ejemplo significativo, solamente el mantenimiento de un capitán y 50 soldados en la fortaleza de San Juan de Puerto Rico costaba más de dos millones y medio de maravedís. Asimismo, en 1590, se estimó que sólo en salarios se gastaría en el mantenimiento de una guarnición de poco menos de 300 hombres en la fortaleza de La Habana más de 13 millones de maravedís anuales, mientras que los 244 soldados destinados en las fortalezas de Cartagena costaban al fisco más de 8,5 millones. Y por poner un último ejemplo, los 409 soldados que había en la isla de Cuba en 1612 costaban a la hacienda pública más de 160 millones de maravedís, abonados del situado de Nueva España. Su alto coste provocó que muchas fortalezas indianas en la primera mitad del siglo XVI mantuviesen guarniciones inferiores al medio centenar de hombres. Con tan pobres destacamentos era imposible asegurar ninguna plaza, pues un solo galeón enemigo podía disponer de medio centenar de cañones y 600 hombres. Pero tan sólo el mantenimiento de este pequeño contingente de soldados en todas las ciudades y villas del Imperio habría supuesto un desembolso económico inasumible para la Corona. 

         Por todo ello, en el siglo XVI se pensó que la única forma viable de garantizar la defensa costera era movilizando a la población cada vez que las circunstancias así lo requerían. No es de extrañar que la mayor parte de la tropa estuviese formada por encomenderos y hacendados. Los primeros estaban obligados por ley a prestar contraprestaciones militares, es decir, debían poseer armas, y en los casos de encomenderos con más de medio millar de indios, caballo, y acudir tanto a los alardes como, en caso de ataque, a la defensa del reino. La no comparecencia podía acarrear, al menos en teoría, la pérdida de su encomienda. Por ejemplo, cuando a principios de 1523 se construyó la fortaleza de Cumaná, se destinaron 900 pesos al año como salario del alcaide, Jácome de Castellón y de una guarnición de ¡nueve hombres! Se entendía que se trataba de un retén de vigilancia y que, llegado el caso, debían ser las milicias locales quienes debían defender su propio territorio. Así, lo dispuso Hernán Cortés en sus ordenanzas militares de 1524, aunque sobre todo pensando en un posible alzamiento indígena. En el caso de Puerto Rico, la Corona compelía a los vecinos a que fuesen permanentemente armados y a caballo. En el importante enclave de Cartagena de Indias hasta después del asalto de Drake de 1586 no hubo ninguna guarnición militar. Ya en 1541, ante los rumores de un asalto corsario, el gobernador Pedro de Heredia se presentó en Cartagena y convocó un alarde en la plaza principal para que todos los españoles varones se presentasen con sus armas, los de a caballo a caballo y los de a pie, a pie. Ante la sorpresa del propio gobernador, muchos encomenderos ni siquiera acudieron al alarde, pese a que estaban obligados por ley. Por ello, el corsario francés Roberto Baal no tuvo problemas para asolar y saquear la ciudad con una pequeña escuadra compuesta por cuatro naves y 450 hombres. Pero, en las décadas posteriores la situación no cambio; Cartagena en esta época ni dispuso de fortalezas ni tampoco de guarnición militar. La defensa se confió exclusivamente a los vecinos quienes defendían la tierra, sirviéndoles además la posesión de arma y caballo como un elemento diferenciador de un alto status social. En la tardía fecha de 1650 la defensa de Jamaica se limitaba a medio millar de milicianos, encuadrados en seis escuadrones de infantería y uno de caballería, lo que facilitó su ocupación por los ingleses cinco años después. Con frecuencia estos hacendados, estancieros y dueños de ingenios acudían acompañados de su servidumbre, tanto indios como negros. Ya en la primera batalla naval de la Historia de América, librada en las costas de Nueva Cádiz de Cubagua, en 1528, varias decenas de canoas, una carabela y un bergantín se enfrentaron al galeón de Diego Ingenios que disponía de 45 cañones. Tras una dura resistencia en la que los flecheros indios causaron auténticos estragos, el corsario decidió retirarse en busca de objetivos más asequibles. La primera batalla naval indiana se decantó a favor del Imperio gracias a las tropas auxiliares indígenas.

         Para concluir, permítame el lector insistir en mi hipótesis: pese a las dificultades extremas por las que atravesó el Imperio, el sistema defensivo funcionó razonablemente bien. Y digo más, precisamente, y al contrario de lo que se suele decir, ese fue a mi juicio el mayor mérito de la España Imperial. Otra cosa bien distinta es que precisamente esos excesivos gastos militares a los que tuvo que hacer frente la monarquía, y que en parte pudo haber evitado, terminaron empobreciendo a los reinos peninsulares. Como escribió Antonio Miguel Bernal, las remesas de metales preciosos que pudieron emplearse en inversiones productivas, terminaron pagando los ejércitos de mercenarios que debía mantener en diversas partes del Imperio.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ALBI DE LA CUESTA, Julio: “De Pavía a Rocroi. Los tercios de infantería española en los siglos XVI y XVII”. Madrid, Balkan Editores, 1999.

 

BERNAL, Antonio Miguel: “España, proyecto inacabado. Costes/beneficios del Imperio”. Madrid, Marcial Pons, 2005.

 

CALDERÓN QUIJANO, José Antonio: “Las defensas Indianas en la Recopilación de 1680”. Sevilla, E.E.H.A., 1984.

 

MARCHENA FERNÁNDEZ, Juan: “Ejército y milicias en el mundo colonial americano”, Madrid, MAPFRE, 1992.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España (Hugo O’ Donnell, dir.), T. III, vol. I. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012, pp.143-193,

 

-----“La relación coste/eficacia en la defensa de la España Imperial”, Revista de Historia MilitarNº 118. Madrid, 2015, pp. 111-146.

 

O`DONNEL Y DUQUE DE ESTRADA, Hugo: “Los hombres de armas de las Guardas de Castilla, elemento básico en la estructura militar de la España de Felipe II”, en La organización militar en los siglos XV y XVI. Málaga, 1993, pp. 43-47.

 

------ “Defensa militar de los reinos de Indias. Función militar de las flotas de Indias”, en Historia Militar de España (Hugo O’ Donnell, dir.), T. III, vol. I. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012

 

PARKER, Geoffrey: “El ejército de Flandes y el Camino Español (1567-1659)”. Madrid, Alianza Editorial, 2006.

 

PI CORRALES, Magdalena de Pazzis: “Las Guardas de Castilla: algunos aspectos orgánicos”, en Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica, política, estrategia y cultura en la Europa moderna (1500-1700), T. I, Enrique García Hernán-Davide Maffi, edts. Madrid, 2006, pp. 767-785.

 

QUATREFAGES, R.: La Revolución Militar Moderna. El crisol Español. Madrid, Ministerio de Defensa, 1996.

 

THOMPSON, I.A.A.: Guerra y decadencia, gobierno y administración en la España de los Austrias, 1560-1620. Barcelona, Crítica, 1981.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

20160730182336-003.jpg

        Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

        Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. Uno de estos tres volúmenes es la historia de los conventos del obispado de Badajoz, de los que extractamos en estas líneas lo correspondiente a la villa de Jerez de los Caballeros.

        Fue mal investigador y buen copista, se dedicó a copiar literalmente de fuentes muy concretas: las crónicas de las respectivas órdenes, los libros de profesión de cada convento y de la Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz de Juan Suárez de Figueroa. Su valor es relativo, de aquellos cenobios de los que se conserva su documentación apenas presenta ninguna novedad reseñable pero sí, en cambio, de aquellos otros en los que la documentación está desaparecida o perdida.

        Y por último decir que hemos adoptado como criterios de transcripción la actualización de las grafías. Asimismo, hemos corregido sin previo aviso las erratas del propio autor y alterado aquellos signos de puntuación colocados inoportunamente, todo ello para facilitar su lectura.

 

 

CONVENTO DE SANTA MARGARITA, DESCALZOS FRANCISCANOS

 

            El convento de Santa Margarita, extramuros de la ciudad de Jerez de los Caballeros, de la provincia de San Gabriel, Descalzos de San Francisco, está sito en una dehesa que dista media legua de Jerez, que hoy se dice Margarita, en un espacioso valle, de que empieza a elevarse la Sierra de San José, y en lo antiguo a la parte del medio día fundose el año de 1440, en primero de septiembre. Y aunque se expresan cinco religiosos en el instrumento de posesión, pero se infiere (que) había más. Habitáronse entonces religiosos claustrales de este orden que lo donaron a esta provincia, cerca del año de 1508. La fundadora fue Catalina Pérez, vecina que fue de dicha ciudad y viuda de Álvaro Alfonso Sirgado, quien le dotó con algunas heredades que renunció la provincia luego que entró a habitarle. El sitio es muy saludable, deleitoso y proporcionado al instituto.

            Su fábrica es estrecha y aun lo más de tapias, sin haber tenido otros aumentos que los precisos reparos. Y los más se han hecho en el siglo presente de setecientos. Y ha subsistido siempre en el mismo sitio de su fundación.

            En el estado presente se habitan por lo regular de veintiún a veinticuatro individuos, según las procedencias del superior, en el cual número entran los donados, sirvientes precisos en la comunidad y se mantiene de la divina providencia y limosnas que le ofrecen los fieles.

            En esta casa vivió mucho tiempo y está sepultado en ella fray Antonio Ortiz, que fue dos veces provincial, muy docto, penitente, austero y un dechado de toda perfección y predicador celebérrimo y fervoroso. Y pasó a las Indias americanas a la conversión de gentiles de donde se restituyó a la provincia, fue de tan ferviente oración que pasaba en ella las noches enteras y en cruz. Pasó también al África a predicar a los mahometanos. Y premió Dios las ansias del martirio con sus fervorosos deseos.

            También floreció y murió en esta casa   el doctosísimo y famoso fray Gerónimo de Ariza, tan terrible en el púlpito que temblaban las gentes y mejoraban sus costumbres, convirtiendo un sinnúmero de pecadores a verdadera penitencia. Fue austerísimo, muy pobre y de una castidad angélica. Y hasta la mayor ancianidad ejerció el ministerio de la predicación, diciendo con jocosidad santa, que aunque le faltaban los pies, tenía aún voz para exterminar los vicios y plantar virtudes. Tuvo revelación de su muerte y los dos o tres días la daba a entender a los religiosos en las palabras de David: “Non mires in iudicium”.     

            Fray Alonso Velázquez, acabó también (en) este convento su carrera. Fue celosísimo de la salvación de las almas, y tanto que pasó a las misiones del Río de la Plata, en que trabajó treinta y dos años con infinitos pareceres e incomodidades. Fue azotado y apaleado muchas veces por aquellos bárbaros, y aun una vez le ataron a un tronco para asaetarle y comérsele vivo, de lo que le libró una india cristiana. Lo que lloraba hartas veces, atribuyéndolo a sus pecados, no haber alcanzado la palma del martirio. Fundó cinco grandes poblaciones en aquellas partes de indios cristianos. A favor de los que volvió a España y le señaló la provincia este convento en el que acabó su santa vida en rigurosas penitencias y perpetua oración. Y tanto que en cualquiera hora de día y de noche le encontraban en oración.

 

 

CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE AGUAS SANTAS

 

        El convento de Nuestra Señora de Aguas Santas extramuros de la ciudad de Jerez de los Caballeros está a la parte de occidente de dicha ciudad, un paseo algo largo fuera de ella, junto (a) un cerro alto que llaman del Mercado. Fundose con las facultades necesarias, por los años de 1571. No consta en qué día, ni con qué número de religiosos empezó. Su fábrica es la moda de la descalzés, perfecta y acabada. La que se costeo con algunas limosnas que dieron nuestros antiguos monarcas, y otras personas bienhechoras. El año pasado de cincuenta y dos se acabó un pedazo del ángulo que mira hacia el norte en que están sacristía, librería y otras piezas.

        El número de los individuos de este convento son treinta por lo regular, incluso los donados sirvientes. Y tal vez suele exceder en dos o tres más, según los tiempos y providencias de los superiores.

        Este convento fue instituido por bula especial de nuestro señor padre Benedicto XIII, en Seminario de Misioneros, cuyo apostólico ejercicio continúa por Extremadura y Andalucía con fruto conocido de las almas. Y el número de misioneros es doce, incluido el guardián.

        Está sepultado en él, el venerable fray Cristóbal de Tornavacas, muy austero, penitente, caritativo y un dechado de toda perfección religiosa y a quien reveló su Majestad la hora de su muerte. También yace en su sepulcro fray Francisco de la Concepción, religioso laico, de vida tan austera que daban horror sus disciplinas y silíceos. De tan elevada oración que se puede decir sin hipérbole que siempre estaba orando, de forma que las veinticuatro horas que componen el día natural, solo dos gastaba en el preciso descanso del sueño y las relevantes a la oración, mortificación y ocupaciones de la obediencia. Usaba de un hábito sencillo, el pie siempre desnudo sobre la tierra, su cama una tabla desnuda y una piedra por almohada. Tuvo revelación de su muerte que sensiblemente se la dio San Pascual. Yace también en si iglesia fray Martín Curiel, predicador y padre de provincia, religioso muy austero, perfecto y celosísimo de la disciplina regular. Asimismo, descansan las cenizas de fray Manuel de Plasencia, lector de teología moral, muy docto en ella, y vicario provincial que fue. Está también depositado en su iglesia fray Alonso de San Antonio y Villar del Rey, religioso muy ejemplar, y de vastísima erudición, como consuma en todas (las) artes y facultades, de suerte que se tenía por el monstruo de sus tiempos y lo dicen algunos rasgos que dio a la prensa, pues jamás pudo acabarse con él diese al público alguna obra de mayor estofa.

 

 

CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE GRACIA

 

            Este convento de Nuestra Señora de Gracia, religiosas franciscanas de la Orden Tercera de la ciudad de Jerez tuvo sus primeros principios por una casa de beatas de honrado linaje y hacienda que había en ella, las cuales separadas del comercio del mundo vivían santamente, observando el instituto de la Orden Tercera. Erigiose en formal convento a las instancias y persuasiones del  visitador general fray Bernardino de Guaza, concurriendo a este fin la autoridad del sumo pontífice Inocencio VIII por su bula, expedida a este fin en 30 de mayo de 1491, en que concedió la facultad de erigir el convento, incorporando en él el hospital de San Bartolomé contiguo, dando en trueque para que sirviese de hospital otras casas mejores. Y mandando que las monjas observasen y profesasen la Orden Tercera y estuvieran sujetas al provincial de la provincia de Santiago o al visitador del ordinario de Santa Clara si el primero no las quisiere recibir.

            Todo se hico como el Papa dispuso y las primeras monjas que ocuparon el convento fueron Catalina Pinel, que era la principal y fue la superiora. Y hasta ocho que eran: Beatriz Vázquez, Mencía Álvarez, Beatriz González, María Sánchez, Leonor de Silva, Mencía de Vargas y Antonia Vázquez. Quedaron estas religiosas sujetas al visitador porque el provincial de Santiago no parece quiso cargar con este cuidado y, a instancias de él, aunque con diversidad de pareceres y no sin repugnancia, ocho años después profesaron la regla de Santa Clara que observaron algún tiempo. Así, mientras duró la sujeción a los visitadores como a las claustrales y observantes después volvieron a su primer instituto de terceras y quedó este convento con otros de la ciudad sujetos al ordinario, como lo están al presente.

 

 

CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE CONSOLACIÓN

 

            El convento de Nuestra Señora de Consolación de Terceras también de San Francisco de la misma, tuvo el mismo origen y principios que el antecedente pues al propio tiempo que en Jerez vivía Catalina Pinel y otras beatas en una casa observando la orden Tercera que fueron las fundadoras del convento. De general había también otras beatas que seguían el propio rumbo en otras cosas diferentes y este beaterio, a persecución del mismo visitador de Bernardino se erigió en convento formal, bajo el título de Nuestra Señora de Consolación, y regla de Santa Clara, con breve que a este fin expidió el Papa Alejandro VI el año de 1499.

        Corrió también la propia fortuna este convento en cuanto al gobierno que el antecedente porque primero estuvo sujeto a los visitadores del orden de Santa Clara, después a los claustrales hasta la extinción de estos, y últimamente, desde el año de 1577, al ordinario, hoy observan la Tercera Orden y no se sabe cuando mudaron el instituto, aunque se cree o presume que fue cuando se sujetaron al ordinario.

 

 

CONVENTO DE MADRE DE DIOS

 

            El convento de Madre de Dios, religiosas de la orden de Santa Clara de la misma ciudad, es hijo del de Nuestra Señora de Gracia que queda referido, pues viniendo aún las primeras fundadoras y viendo que la comunidad iba creciendo y que la habitación que tenían no les bastaba, solicitó la abadesa Catalina Pinel con doña Mayor Pinel y don Juan de Silva, parientes muy cercanos suyos, que se hiciesen el cargo de labrarles un convento. Estos convinieron en la propuesta y habiendo sacado licencia por la traslación del visitador fray Bernardino Guaza, llegado el caso se ejecutase ésta, salieron solo Catalina Pinel y hasta catorce monjas a ocupar el nuevo convento a lo que se entiende por la contradicción que entre ellas había, ocasionada de haber recibido con violencia la regla de Santa Clara, mudando su primer instituto de terceras.

            Este convento se fundó por los referidos don Juan de Silva y su mujer a la parte del oriente de la ciudad, en el arrabal que llaman de los Mártires. Tardose en erigirse formalmente por las fundadoras que había entonces, con la reforma de los claustrales y por otros motivos hasta el año de 1507 en que solo habían quedado cinco de las catorce monjas que salieron del convento de Gracia. Expidió su bula para el referido efecto León X, su data a 11 de octubre de 1513. Y por un breve de la misma fecha les concedió la facultad de que pudiesen vivir la Tercera Regla de la Orden que era lo que apetecían y sujetarse al provincial ordinario. Hiciéronlo al primer momento y las gobernaron los claustrales hasta la reforma de Pío V, año de 1567 que les sucedieron los observantes, cuyo provincial de San Miguel desde entonces es su superior, habiendo el año de 1590 abrazado la regla de Santa Clara que es la que hoy profesan.

        En él han florecido muchas religiosas de gran virtud, como son María de Cristo, Doña María Bolaños, Catalina de San Antonio, doña María de Silva, doña María de Vargas, doña Leonor de Silva, Francisca de Jesús, de cuyas virtudes hace honorífica mención el cronista de esta provincia de San Miguel.

 

 

CONVENTO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

 

            Casi cincuenta años después de la fundación formal del convento de Madre de Dios de Jerez tuvieron, con otras, cierta disensión tres hermanas, doña Leonor, doña Isabel y doña María Bazán, y las tres resolvieron salir para fundar un nuevo convento del orden de Santa Clara. Dioles licencia el provincial de Santiago, fray Pedro Bañuelos. Depositaronse en el convento de Gracia y estuvieron en él hasta que se concluyó la habitación, y estándolo ya, en 13 de diciembre de 1562, dio el mismo provincial su patente para erigirla en convento formal del orden de Santa Clara, con advocación de la Santísima Trinidad y bendecir iglesia. Previendo habían de estar sujetas al general provincial y prelados del expresado orden. Todo se hizo así y fue elegida por primera abadesa, doña Isabel Bazán, después, en el año de 1564 bendijo la iglesia y convento el Ilustrísimo don José Francisco de Salazar, obispo de Salamina, adjunto del referido orden y observancia.

            Tres años después de esta bendición, llegó la reforma de Pio V por la que pasó este convento, como los de Gracia y Consolación, quedando todos, por disposición del Pontífice, reducidos al gobierno de los observantes y provincia de San Miguel. Pero habiendo esta tenido embarazo de acudir a tantos conventos los dejó al ordinario que es el que desde entonces los gobierna, aunque éste de la Trinidad sin que se sepa el motivo tardó más en sujetarse al obispo que los de Gracia y Consolación que son los tres que tiene este superior en Jerez. Volvió también a la Orden Tercera, aunque no se sabe cuándo ni otra cosa de él.  

 

 

CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE LA LUZ

 

            Aunque del archivo de este convento de Nuestra Señora de la Luz de Jerez, religiosas de Santa Clara no consta de su fundación, no hay más documentación que los causados desde la reformación de San Pio V. No obstante, lo que está recibido acerca de este convento es que, viviendo en el de la Consolación de la misma ciudad debajo de la regla de Santa Clara, doña María de Alvarado, hija de Arias Vázquez de Silva y de María de Alvarado, su mujer, viendo que se iba resfriando el primer instituto y que sus compañeras casi observaban ya la Tercera Orden, no queriendo asentir a esto pidió y consiguió licencia del provincial Fray Silvestre de Avisa para salir del convento y depositarse en el de Gracia, mientras buscaba en donde mantener el instituto que habían profesado. En él estuvo siete años y al fin de ellos, viendo también que aquellas monjas habían pasado a la Tercera Orden, resolvió salir de él y con licencia del provincial, acompañadas de dos hermanas suyas se trasladó a unas casas pequeñas donde determinó fundar nuevo convento con las rentas que su padre Arias Vázquez de Silva había depositado a las tres hermanas y dotes que las nuevas monjas llevasen y que en él se observase el orden de Santa Clara. Con efecto así sucedió y, aunque no consta el tiempo que se tardó en reducir las casas a convento, labrar iglesia, se conjetura que todo esto vino a estar corriente el año de 1523. Aumentó la renta después Vasco Fernández de Silva, señor de la casa y mayorazgo de los Reales, y los descendientes de ella labraron la capilla mayor y son patronos y hoy la condesa de la Roca que es la sucesora.

            Este convento ha mantenido siempre, desde su institución, loablemente, el primitivo orden de Santa Clara, así en los trece años que estuvo sujeto a los claustrales como después de la reformación de estos, desde el año de 1567, el que ha estado hasta de presente a los observantes.

            En él han vivido muchas religiosas con gran fama de santidad, pero por descuido ha quedado la memora de pocas, tales son la venerable madre Mayor de San Francisco, la venerable María de la Cruz, la madre Inés de la Cruz y Leonor de Cristo, cuyas vidas y ejemplares virtudes refiere el cronista de esta provincia de San Miguel.

 

 

CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE LA ESPERANZA

 

            El convento de Nuestra Señora de la Esperanza, religiosas descalzas de San Francisco, de la misma ciudad de Jerez, tuvo su origen por beaterio que instituyó San Pedro de Alcántara cuando andaba por esta provincia, en unas casas de la parroquia de San Miguel. Vivían en ellas, retiradas, diferentes mujeres virtuosas, beatas de la Tercera Regla de San Francisco, y su vida era tan ejemplar que se determinaron muchas a seguir sus pisadas. Entre éstas fue una doña Elvira de Soto, doncella, hija de Gutierre de Acosta y de doña Ana de Aguilar, la cual huyendo de su casa y del estado del matrimonio a que la destinaban sus padres se albergó en este recogimiento. En él estuvo algún tiempo hasta que, muerto el padre, a instancias de su madre y aconsejada de san Pedro de Alcántara, volvió a la compañía de ésta, en donde cumpliéndose lo que le había profetizado el santo se erigió el convento de un pequeño principio.

            El caso fue que viendo la referida doña Elvira, retirada en sus c asas, haciendo una vida penitente, movidas de su virtud y persuasión, determinaron seguirla su hermana menor, doña Beatriz, y dos primas suyas. A éstas les dio el santo fundador ciertas constituciones para su conservación y, con licencia del vicario, les hizo oratorio y señaló capellán. Fueronse multiplicando y habiendo conseguido de Badajoz, don Juan de Rivera y don Gómez de la Madriz, facultad para formar oratorio y celebrar misas públicamente, se conservaron así por el espacio de cuarenta años, en los cuales ya se había extinguido el antiguo beaterio y trasladándose las beatas que en él había a éste que se llamaba el de las Acostas.

             Pasado este tiempo, solicitaron estas beatas la erección formal en convento y con efecto, conseguidas las licencias necesarias y obrado en las casas lo necesario, se efectuó la erección y colocó en la iglesia el Santísimo Sacramento en 10 de julio de 1594, declarándose por patrón de él, Francisco de Acosta, presbítero, hermano de las fundadoras y sus sucesores. Y dieron el mismo año la obediencia al prelado de su orden, el provincial de San Miguel, declararon que querían profesar la segunda regla de Santa Clara por tener rentas de qué vivir y no atreverse a observar vida cuaresmal, aunque lo demás abrazaron la primera regla y así son verdaderamente descalzas. Pasó a instruirlas, a su pedimento, la venerable madre María de Bolaños, religiosa del convento de la Madre de Dios de la misma ciudad que habiéndolas asistido en su noviciado profesaron y algunos años después se volvió a su convento.

            Cumplido el noviciado, hicieron profesión todas que en número eran once, quedando por abadesa la madre doña María de Bolaños. Y luego que ésta se retiró a su convento, le sucedió en la prelacía sor Beatriz de los Santos, que lo fue tres veces y era unas de las dos fundadoras. Muertas éstas, viendo que el convento se iba arruinando y que por falta del patrono que había fallecido no había esperanzas del reparo, con sus dotes y limosnas compraron unas casas más acomodadas, las cuales se pudieron en forma de convento y se trasladaron a ellas con las licencias necesarias, año de 1622. Acabose la capilla mayor y se dijo la primera misa en 24 de diciembre de 1631. Después se perfeccionó la iglesia que es muy bastante y aseada, aunque lo interior del convento padecen las monjas inconvenientes por no haber podido perfeccionarlo con la disminución que han padecido en rentas y limosnas con las Guerras de Portugal.  

            Siempre ha florecido este convento en virtud de modo que todas las religiosas que lo han habitado han dejado muy buen olor de virtud, pero con singularidad las dos hermanas fundadoras, sor María de San Francisco y sor Beatriz de los Santos y demás de éstas, Mencía de Jesús, Catalina de la Concepción, Francisca de San José, Catalina de la Ascensión e Inés de Jesús, de nación portuguesa, de quienes trata el cronista de esta provincia.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

20160730182707-008.jpg

        Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

        Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. Uno de estos tres volúmenes es la historia de los conventos del obispado de Badajoz, de los que extractamos en estas líneas lo correspondiente a la villa de Almendral.

        Fue mal investigador y buen copista, se dedicó a copiar literalmente de fuentes muy concretas: las crónicas de las respectivas órdenes, los libros de profesión de cada convento y de la Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz de Juan Suárez de Figueroa. Su valor es relativo, de aquellos cenobios de los que se conserva su documentación apenas presenta ninguna novedad reseñable pero sí, en cambio, de aquellos otros en los que la documentación está desaparecida o perdida.

        Y por último decir que hemos adoptado como criterios de transcripción la actualización de las grafías. Asimismo, hemos corregido sin previo aviso las erratas del propio autor y alterado aquellos signos de puntuación colocados inoportunamente, todo ello para facilitar su lectura.

 

 

EL CONVENTO DE ROCAMADOR

 

            El convento de Nuestra Señora de Rocamador es uno de los conventos primitivos de descalcez. Fue admitido por los primeros fundadores, fray Juan de Guadalupe, fray Ángel de Valladolid, fray Pedro Melgar, y se principió por los años del Señor de 1512. Es este convento uno de los que señalaron para la custodia del Santo Evangelio que fueron once, siendo general de la Orden, el reverendísimo fray Bernardino de Prado. Está (a) una legua pequeña de la villa de Barcarrota (sic) y una legua grande de las villas de Almendral y Salvaleón. Barcarrota es de la jurisdicción de los marqueses llamados de Villanueva. Salvaleón y Almendral, es tierra de don Lorenzo Suárez de Figueroa, Duque de Feria, primero de este nombre, en cuyo término, digo del  Almendral, está este convento de Rocamador y todos tres lugares son del obispado de Badajoz, ciudad que dista de este convento siete leguas. El Duque de Feria cedió este sitio de Rocamador que se llama así por las peñas o rocas, en que está asentado y con autoridad Real y Pontificia se fundó este convento.

        Todo fue a expensa de los señores Duques de Feria, limosnas de los lugares ya referidos, de un sujeto que vivía en el Almendral (al parecer rico) que no está escrito su nombre en los libros del convento, y con especialidad de la señora doña Blanca de Vargas, señora de una dehesa que se llama Sierra Brava, en el término de Barcarrota, que vivía en la ciudad de Mérida, donde murió y viven sus herederos. Esta señora dio trescientos ducados para la iglesia con que se empezó a hacer la fábrica. Mandó también cien ducados para dorar el retablo que está en el altar mayor asentado. Juntamente mandó hacer un sepulcro debajo de dicho altar, donde yace una hija suya y la señora está en dicha ciudad de Mérida como en depósito. En el crucero de la capilla de dicho convento mandó poner las armas de los Vargas, como parece claro. Este convento tuvo su asiento primero junto a la villa de Salvaleón, como un tiro de fusil, en una huerta que allí está, viniendo a la fuente que llaman la Regadera, a mano derecha. De aquí se trasladó media legua del dicho Salvaleón, en la dehesa que llaman los Palacios, donde parecen los vestigios. De allí pasó a donde ahora está, y aun este está trasladado algunos pasos del primer sitio que tuvo, quedando el asiento primero fuera de la huerta, y junto a los muros de ella y de una fuente que allí está. Después acá ha tenido parciales reedificaciones de algunos guardianes, como hacer la bóveda, claustro, dormitorio y celdas y algunas añadidas de nuevo, En sus principios mantuvo de doce a trece frailes y hoy de veintidós a veintitrés con que está hoy el convento muy proporcionado para la vivienda religiosa, por estar rodeado de soberbios riscos y alcornoques, que todo está convidando a la oración y contemplación. 

            Varones ilustres en santidad, virtudes y letras ha tenido muchos este convento, sea primero el ínclito y esclarecido mártir San Juan de Prado, pues tomó el hábito y profesó en este convento a 18 de noviembre de 1585, siendo general de la orden fray Francisco de Gonzaga, ministro provincial de esta provincia de San Gabriel, fray Juan de Santa Ana y guardián de este convento, fray Andrés de Plasencia. Todo esto consta de un libro de a cuarteta, intitulado “Fundación del convento” donde también se asientan los que toman el hábito y profesan en dicho convento. Y porque el santo paso a la provincia de San Diego en Andalucía, donde fue su primer provincial y resplandeció en muchas y heroicas virtudes y desde allí pasó a Marruecos, donde coronó su portentosa vida con la palma del martirio.

            Fray Francisco Moneo, fue sacerdote y confesor muy humilde y de gran caridad, deseó grandemente el padecer martirio y con las licencias necesarias pasó a Marruecos. Allí predicó la palabra del Santo Evangelio con tanto espíritu y fervor que aquellos tiranos le dieron bien que padecer y merecer. No alcanzó la palma del martirio que tanto deseaba porque en aquella ocasión por ciertas treguas que hubo y lo echaron de aquella corte y lo enviaron con mercader a España. Visto por el siervo de Dios que le convenía mudar el martirio de sangre que tanto deseaba en el de una continua penitencia, la ejecutó con tal rigor que todos se llegaron a admirar. No le sabía otro nombre el pueblo que (a) boca llena llamarle santo. Diole la última enfermedad, habiéndole dicho antes a un religioso (lo que testifica con juramento) la hora y día de su tránsito. El guardián temeroso de perder tanta virtud lo envió con gran cuidado a curar a Barcarrota, pero allí (según piadosamente se cree) entregó su espíritu al Señor. Trajéronle a enterrar al convento, y como le tenían tanta devoción, todo el pueblo le vino acompañando y por más que los religiosos tenían cuidado con el cuerpo, por partes lo quedaron desnudo, quitándole mucha parte del hábito. Enterrose en el sepulcro de bóveda que estaba recién acabado. Hoy se mantiene entero e incorrupto, exhalando de sí un olor tan especial que da bien a entender su salvación.

            Yace asimismo, en este convento fray Rodrigo de Belvis. Vino a la provincia de tierna edad y de tierna edad murió. Aseguran sus confesores que era de tanta inocencia y candidez que en toda su vida cometió culpa mortal. Con todo eso, y no tener culpa, hizo una rígida penitencia; estando una vez enfermo con unas gravísimas calenturas, el enfermero que le asistía le quiso quitar los paños para ponerle otros limpios. El corista se resistió grandemente sin querérselos quitar, ni tampoco se quería rodear de una parte a otra. El enfermero forcé(je)ó con él, a que se dejase limpiar y el bendito corista por dos veces se llegó a resistir hasta que a la tercera, con grande humildad, permitió aquel beneficio, aunque con disgusto suyo. Pero, ¡o gran Dios! Llegó el enfermero a quitarle los paños y los tenía pegados en dos partes de sus carnes, y en cada una llaga como la palma de la mano. Quedó éste admirado y para honra y gloria de Dios le dijo el enfermo: yo cuando los religiosos dormían hacía disciplinas crueles, aun cuando tenía calenturas mayores. Supo el día y la hora que había de morir y aquella mañana le dijo al enfermero que fuese a ver el sol y que en dando las ocho que había de morir. Así fue como lo dijo, y murió en la misma hora, dando un hermoso presagio de su bienaventuranza.

            Aquí está sepultado también fray Juan de San Miguel, religioso lego, y aunque éste llegó a muy anciano, hacía horrorosas penitencias como su fuera mozo, Dotole Dios con gracia de curación pues curaba las heridas más canceradas, haciendo milagrosas curas. Venían de diversas partes a él, y a todos llegaba a beneficiar. Era pobre en extremo, tenía un hábito solo y ese muy viejo y remendado. Cuando lo quería rendondear se metía en el agua hasta el tobillo, y cortaba el hábito hasta donde llegaba lo mojado. Era muy devoto del señor San Alejo, y así, muchos años antes de morir, se retiró a una celda muy estrecha que está por (de)bajo de la escalera, que baja para la cocina. Allí tenía su vivienda y cama que era de paja sola. Como le veían los religiosos tan viejo y necesitado se compadecían mucho de él, rogándole que se quitase de allí y le diese algún alivio, a su necesitado y mortificado cuerpo. Él respondía: gracioso he de vivir y morir como San Alejo. Así fue por los años del señor de 1567, donde con piedad bien fundada se discurre que acompaña a San Alejo en la Gloria.

            También yace aquí fray Pedro de Leyva, religioso lego de santa vida. Era de mucha oración y en todo muy recoleto y espiritual. Dotole Dios de una admirable prudencia, conversaba mucho con príncipes y señores porque admiraban a un mismo tiempo en él, la discreción y santidad. Era enemigo de la ociosidad y decía que el religioso lego (no olvidando lo espiritual) era solo para el trabajo, y así él nunca se vio ocioso. Tuvo en la provincia fama de santo, pasó al Señor por los años de 1568.

            Está sepultado en este mismo convento el venerable fray Pedro de Barcarrota, corista, cuya fama póstuma, hermoseada por repetidos prodigios y milagros, corre hasta el día de hoy en estos pueblos vecinos. Nació en la villa de su apellido, a 19 de junio de 1652, criaronle sus padres con gran cuidado, nunca le vieron inquieto, ni lloroso. A los cuatro años ya tenía su diversión en la iglesia y oía de rodillas misa y con tanta devoción estaba fijo y suspenso a la vista de la imagen de Nuestra Señora, que le costaba muchos llanos el traerle a casa. Llegó a los seis años y sus entretenimientos pueriles era el aseo de los altares. Ya mayor era de muy ardiente caridad, y estando en la casa de sus padres, todo lo que él había de comer lo repartía a los pobres. Tomó por su cuenta ser procurador de los vergonzantes, y el bien que con este oficio hizo, solo se supo en las informaciones que se hicieron de él, después de muerto. Sus ayunos, disciplinas y silíceos fueron continuos: arrojábase a las ortigas y zarzas desnudo y estaba en cruz mucho tiempo.

            Tomó el hábito en el convento de Aguas Santas, y pasó su noviciado con mucho ejemplo. Hizo su profesión a 16 de febrero de 1678. Fue a vivir al convento del Palancar y allí, a instancias del señor Obispo de Coria, se ordenó de menores y epístola. De aquí pasó a vivir a la ciudad de Trujillo. Acometiole en este convento una calentura ética y el superior por ver si mejoraba, lo envió a tomar los aires de su tierra. Llegó a Barcarrota, su patria, y halló a su madre bien enferma y habiéndola consolado, corriendo los accidentes de ambos dijo un día: “Mi madre y yo hemos de partir juntos”, instándole después contra esto porque su madre estaba mejor, respondió: hemos de morir en una misma hora, y ésta es la voluntad de Dios. Así se vio con asombro de los que fueron notando las circunstancias. Recibió los santos Sacramentos devotísimamente y luego, al punto, su madre, y uno y otro luego al punto entregaron sus almas al criador Divino a 20 de octubre de 1684. Quedó el cuerpo de fray Pedro, antes por la enfermedad, muy flaco y pálido, hermoso y rubicundo como una rosa y se cubrió de una nieblecita sutil y clara, exhalando tan suave fragancia que todos pasmaron al ver semejante maravilla. Sepultose en el dicho convento de Rocamador y a los cinco años se halló incorrupto y con la misma hermosura y suave fragancia. Y hoy día, después que se hicieron las informaciones de su vida y milagros por el ordinario, está colocado en un arca, experimentando la misma maravilla. Afirman sus confesores que cuando murió, no había manchado la gracia bautismal. Las aclamaciones a su santidad y devoción a sus reliquias fueron y son raras, confirmadas con repetidos prodigios que omito por no ser molesto; como los puede ver el curioso en el lugar de la margen.

            Fray Gabriel de Santa Cruz, confesor, fue perfectísimo religioso. Nunca vio (como afirman sus confesores) ni un ápice la observancia de la regla seráfica, y fue de todos su virtud muy conocida. Nunca permitió (aun en graves enfermedades) cosa especial de regalo, y alivio. Conservó siempre la pobreza y austeridad común, hasta el tiempo de morir que fue año de 1636. Fue reputado por todos (de) santo, y está sepultado en este dicho convento de Rocamador.

            Yace asimismo, en este mismo convento, fray Benito de Santa Ana, lector de Teología, cuya penitente y religiosa vida, la corona con una muerte muy preciosa. Es hoy día muy notoria su santidad y murió a 7 de marzo de 1695. Hoy se haya su cuerpo incorrupto y en un arca depositado, aforrada con terciopelo que le dio la devoción.

            Están aquí sepultados (dejando muchos) diversos religiosos que fueron en virtud y letras muy ejemplares y se merecieron muchas atenciones. Fray Juan Jesús de Berzocana, predicador general, murió a 29 de junio de 1692. Fray Domingo de Membrío, lector de moral, murió a 23 de diciembre de 1704. Fray Fernando de Alburquerque, lector de moral y ex definidor, murió a 15 de agosto de 1714. Fray Miguel de Burguilllos, predicador general, murió a 12 de julio de 1726. Fray Ponciano de San Vicente, lector graduado en teología, murió a 12 de junio de 1737. Fray Pedro Mata de Burguillos, lector de moral, murió a 6 de julio de 1735. En 21 de marzo de 1733 murió y se sepultó fray Juan de la Concepción y Trujillo, lector de moral. En 20 de febrero de 1752 fray Manuel Olalla de Garrovillas, lector graduado en teología y similar de artes. En 10 de junio de 1753 fray José Jesús de Badajoz, lector graduado en teología. En 10 de septiembre de 1702 fray Pedro Marcos de Garrovillas, predicador general. Todos fueron tenidos por especiales religiosos en virtud y letras cada uno en su ministerio.

            Corone las glorias de este convento la hermana Isabel López, natural de Villanueva de Barcarrota, que por ser mujer tan especial de la tercera orden de San Francisco y estar enterrada en este convento no quise privar de esta gloria a su sepulcro. Fue mujer rica y poderosa y todo lo gastó en pobres y religiosos, llegando a necesidad tan extrema que tenía a gran gusto pedir una limosna. Hizo muchos milagros en vida y muerte y hoy permanece su memoria. Al tiempo de morir, que fue una mañana antes de amanecer, vieron salir de su cuarto una claridad muy especial en figura de cometa que subía al cielo, y como por sus virtudes tenía tanta fama de santidad todos los que vieron el prodigio, quedaron admirados y edificados y no se oye otra voz entre ellos sino ya murió la señora, ya murió la santa. Enterrose en este convento de Rocamador pues así ella lo llegó a pedir. Está su cuerpo incorrupto y demás de éste y los referidos hay dos que no se sabe de quiénes son. 

 

 

CONVENTO DE SANTA CLARA

 

            El convento de religiosas franciscanas de la Orden de Santa Clara de la villa de Almendral lo mandó fundar Juan Pérez del Almendral, criado que fue de la señora reina católica doña Isabel, por su testamento que otorgó a 22 de enero de 1514. Tardose en ejecutar su voluntad porque su mujer, Mencía Vázquez, quedó por usufructuaria durante sus días, de los bienes que dejó señalados para la fundación. Y aun muerta ésta no hubiera tenido efecto si el conde de Feria don Pedro, con noticia que tuvo de ella y de que los referidos bienes estaban en poder de administradores no hubiera tomado la mano, haciendo venir de las Terceras de la Cruz de Zafra y a las de Salvatierra algunas que dispusiesen la fundación del convento, entre las cuales solo hay memoria de María de Figueroa, como lo ejecutaron en las casas destinadas por el fundador.

            Había éste dispuesto que profesasen las monjas la regla de Santa Clara y que cuando no se hallasen religiosas de ella que viniesen a fundar y viniesen de la Tercera Orden, procurasen cuanto antes profesar la referida regla. Con cuyo motivo, luego que se hizo la división de provincias, el primer provincial de esta de Santiago, en conformidad de lo dispuesto por el fundador y que pretendían las monjas, teniendo ya iglesia y convento formal, le dio el hábito y regla de Santa Clara, año de 1549. Hizose la habitación con capacidad para treinta religiosas y ayudó mucho para ella el licenciado Pedro Mexía Bejarano que les dejó su hacienda en valor de cinco mil ducados. Padeció el convento mucho en la invasión que hicieron los portugueses el año de 1650 y quedó tan derrotado que las monjas estuvieron albergadas primero en el hospital de la villa de los Santos y después divididas en otros conventos por el tiempo de diez años hasta que ganada Olivenza volvieron al convento en donde se han conservado, aunque no en el número primero por lo que se ha deteriorado la hacienda.

            Tienen en la iglesia una espina de la corona de Nuestro Redentor en gran veneración, como legítima que dicen la dio un general de la Orden y que con ella se han experimentado muchas maravillas que es la única auténtica que la legítima. Y también se venera por la experiencia de muchos casos milagrosos una imagen de San Diego.

            Han florecido en él muchos religiosos de virtud, entre ellos la madre Mayor de San Francisco, Francisca de San Lorenzo, Mayor de los Ángeles, Felicia de Jesús, Isabel de San Diego y Leonor de San Bernardo de quienes trata el cronista de esta provincia.

 

 

CONVENTO DE FINIBUS TERRE

 

            Las primeras noticias que se halla del convento de religiosas agustinas de la villa de Almendral, conocido con el nombre de Finibus Terre son del año de 1513, en cuyo tiempo era su advocación de Nuestra Señora de la Concepción, pues en él ya consta del libro de profesiones que tiene haber profesado Leonor de Aliste a 15 de agosto en manos del padre fray Juan de Calahorra, prior del convento de San Agustín de Badajoz, en voz del reverendísimo padre maestro Egidio de Viterbo, general de la dicha Orden y del reverendo padre maestro Antonio de Fuentes, provincial de los reinos de Castilla y Navarra. No consta otra cosa de sus principios y solo sí que su primera situación la tuvo en donde están las casas que fueron del bachiller Pedro Martínez Bejarano, hasta el año de 1527 en que se pasaron a la ermita de Nuestra Señora de Finibus Terre, extramuros de la villa, la cual aseguran los naturales fue oratorio de templarios y desde entonces fue conocido el convento por el nombre de la ermita.

            De él no hacen memoria las crónicas de la región aunque se conservó debajo de su obediencia hasta el año de 1537 en que a 7 de julio consta haber hecho profesión María de las Vírgenes, en manos de fray Luis de Gines, prior del convento de Badajoz. Después dieron la obediencia al ordinario y resulta que en 18 de enero de 1542 hizo profesión María de Santa Cruz, natural de la Albuera, en manos de don Gerónimo Suárez, obispo de esta ciudad, y de su provincial Cristóbal Fernández Valtodano, desde cuyo tiempo se han conservado en ella. Es convento muy religioso y en él han florecido muchas religiosas virtuosas quienes no se ha podido adquirir novedad segura.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS      

Etiquetas: , , , , , , ,

20160730182953-012.jpg

        Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

        Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. Uno de estos tres volúmenes es la historia de los conventos del obispado de Badajoz, de los que extractamos en estas líneas lo correspondiente a la villa de Villalba de los Barros.

        Fue mal investigador y buen copista, se dedicó a copiar literalmente de fuentes muy concretas: las crónicas de las respectivas órdenes, los libros de profesión de cada convento y de la Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz de Juan Suárez de Figueroa. Su valor es relativo, de aquellos cenobios de los que se conserva su documentación apenas presenta ninguna novedad reseñable pero sí, en cambio, de aquellos otros en los que la documentación está desaparecida o perdida.

        Y por último decir que hemos adoptado como criterios de transcripción la actualización de las grafías. Asimismo, hemos corregido sin previo aviso las erratas del propio autor y alterado aquellos signos de puntuación colocados inoportunamente, todo ello para facilitar su lectura.

 

 

CONVENTO DE MONTE-VIRGEN, DESCALZOS DE SAN FRANCISCO

 

 

            La imagen de Nuestra Señora que se venera en el convento de su título de Monte-Virgen, es tradición que refieren algunos instrumentos haber sido hallada en un montón de piedras, donde estuvo mucho tiempo oculta. Descubriola la voz de una urraca que girando por aquel sitio voceaba: “Montevirgen, Montevirgen”, lo que observado por un hombre que habitaba aquel desierto fue estímulo para buscar, hallarla y fabricarle una ermita con el expresado título de Montevirgen. Habitabanla por los años de 1532 algunos religiosos de San Francisco que se llamaban los ermitaños de Nuestra Señora de Montevirgen, como consta por una bula de perdones, con data de 10 de octubre del referido año de 1532, expedida a solicitud y petición de fray Francisco Ulmensa, fraile de san Francisco, ermitaño de la ermita de Nuestra Señora de Montevirgen, cerca de la villa de Villalba, obispado de Badajoz. Siendo, al parecer, de aquellos que a causa de los muchos trabajos que padecía entonces la reforma o descalzez, privados de muchas causas que tenían, quedaron necesitados a hacer vida solitaria en las ermitas y desiertos.

            En el año de 1568, el reverendo padre fray Juan de Talavera, provincial de esta de San Gabriel, con comisión del reverendo padre fray Francisco de Guzmán, comisario general de esta familia cismontana, convocó a su definitorio en el convento de Madre de Dios de la villa de Alburquerque, y en su junta, celebrada a 26 de agosto del mismo año, recibió la ermita citada de Montevirgen, de la liberalidad de don Juan de Ribera, obispo de Badajoz, para fabricar convento a sus religiosos, como se ejecutó desde este año hasta el de 1598 en que se concluyó, a esmeros de la piedad de los señores duques de Feria, Gómez Suárez de Figueroa, don Lorenzo, su hijo, y con especialidad la Excelentísima señora doña Juana Dormer, viuda de dicho don Gómez, y de la devoción y limosnas de las vecinas (de las) villas de Villalba y Aceuchal.

            A fines del año 1585, hecha ya la sacristía de bóveda, se proporcionó lo mejor que fue posible para iglesia y trasladaron a ella desde la referida ermita el Santísimo Sacramento y la milagrosa imagen de Nuestra Señora, con lo que cesó la incomodidad que padecían los religiosos por tiempo ya de diecisiete años, pasando a las horas y divinos oficios a dicha ermita, unida por medio de un callejón largo al nuevo convento.

            En el año de 1591, Lunes Santo, 8 de abril, siendo guardián de este convento fray Francisco de Madrid, y provincial fray Juan Bautista Moles, bendijo éste y puso por su mano, ayudado de Andrés Maheda, maestro de la obra, la primera piedra de la iglesia nueva, y en ella esculpida una cruz y el número en guarismo del año que corría. Y sobre ella pusieron otra el referido guardián, y el del convento de Salvatierra, fray Francisco Bolaños, con un letrero que dice: “Santa María”.

            No consta el número de religiosos que comenzaron a habitar este convento que hoy, aunque con mucha escasez y necesidad, mantiene veinte profesos y cuatro o cinco donados sirvientes, a expensas únicamente de las limosnas con que subviene la piedad de algunos pueblos vecinos.

            Por cuanto los religiosos de esta provincia de San Gabriel no tienen domicilio cierto porque la obediencia los muda con frecuencia de un lugar a otro, aunque en dicho convento han vivido muchos venerables, no se atreve a decir que fue la cuna de sus virtudes. Y solo entre muchos que profesaron en el estado de legos y donados se acuerda de uno que con especialidad se dice haber sido de vida muy ejemplar, sin expresar la virtud en que se singularizó. Dice lo escrito así: “En tres de febrero de mil seiscientos y cincuenta murió en este convento de Montevirgen Clemente de San Francisco, donado profeso y varón de buena vida, siendo guardián fray Fernando de Brozas”. Consta todo lo dicho de un libro pequeño que guarda el guardián de dicho convento y mucho de ello de la primera parte de las crónicas de la citada provincia de San Gabriel.   

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , ,