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        Los terremotos siguen siendo todavía en el siglo XXI un fenómeno natural conocido pero difícilmente predecible, por lo que se puede hacer poco o nada por evitarlos. Ahora bien, en el presente por lo menos conocemos su origen y podemos prevenir sus daños, construyendo edificios más resistentes a sus efectos.

        Sin embargo en la Edad Moderna, sí que existía una explicación sobre ellos, pero no científica sino dogmática. Los terremotos eran fruto de un castigo divino y, por tanto, sí existía un remedio sobrenatural para frenarlos: persistir en la moral pública y realizar grandes actos de redención. En estas líneas vamos a analizar las actitudes públicas ante tres de estos terremotos: el de 1651 en Guatemala, el de 1504 en el reino de Sevilla y el de 1811 en Venezuela.

        El primero de ellos, el llamado terremoto de Carmona (Sevilla) de 1504, hizo grandes estragos en buena parte de Andalucía Occidental. En Sevilla, contaba Diego Ortiz de Zúñiga, que la sacudida fue tan grande que parecía quererse acabar el mundo (III, 192). Y es que coincidieron tres agentes naturales: tempestad, huracán y terremoto, lo que provocó la ruina de cientos de edificios en la ciudad. Según Ortiz de Zúñiga la sacudida fue tan intensa que se balancearon las torres de las iglesias y tañeron sus campanas. El crujido de los edificios, la fuerza del temporal, el repique de campanas y los gritos estremecedores de la gente se unió en un escenario dantesco por lo que no extraña que pensaran que el fin de los tiempos se acercaba de manera irremediable. ¿Y qué actitud adoptaron? Tras los sucesos quedó la ciudad atemorizada por sus grandes pecados y sacaron en rogativa a la Virgen de los Reyes, durante varios días seguidos, en dirección a distintos templos de la ciudad. ¿Y quiénes podían ser los posibles culpables? Según Ortiz de Zúñiga, las rameras y los amancebados. Lo de siempre, buscaron algunos chivos expiatorios. A las primeras se les ordenó acudir a escuchar el evangelio con todo fervor, y a los segundos se dispuso su castigo, sin respeto de clases.

        La sacudida de Guatemala de 1651, presenta una característica singular. Sorprende que se llevasen a cabo dos medidas: una, realizar rogativas públicas y, otra, ordenar a todos los vecinos que cavasen todos los agujeros que pudiesen para evitar las réplicas. La primera medida es la habitual, pero ¿y la segunda? Pues bien, es la primera vez que observamos un intento de usar una medida pseudocientífica para frenar un desastre natural. Ello evidencia que ya interpretaban las autoridades que a lo mejor había algo más que un castigo divino. La idea de cavar agujeros se basaba en una teoría de Séneca, recogida por José de Acosta en su Historia natural y moral de las Indias, que sostenía que los terremotos se debían a la presión del aire que circulaba en el interior de la tierra. Si se hacían hoyos, dicha presión disminuía y, por tanto, la posibilidad de que se desencadenasen nuevas réplicas. Los miembros del cabildo de Guatemala debían conocer la obra del padre Acosta, un precursor de la ciencia moderna, y tomaron dicha decisión que, aunque equivocada, implicaba en cierta manera una superación de la tradicional inacción dogmática.

        Y el último temblor que vamos a comentar se desencadenó en Venezuela el 26 de marzo de 1811, en pleno proceso de independencia. Se produjo un estruendo brutal que fue seguido, según los testimonios de la época, por “el silencio de los sepulcros”. La actitud de las autoridades civiles y religiosas así como de buena parte de la población no dejó de ser curiosa. La iglesia predicó que era un castigo de Dios por la independencia, es decir, por ir contra los designios de la monarquía absoluta legitimada por Dios. Cuentan los testimonios de la época que la gente mostraba públicamente su arrepentimiento, pidiendo perdón a Dios por el pecado de la sedición. Tanto fue así que el capitán Domingo Monteverde, con menos de trescientos soldados no tuvo dificultad en avanzar desde Coro y reconquistar para España buena parte de Venezuela, incluida la ciudad de Caracas. Y ello, pese a las inútiles soflamas del libertador Simón Bolívar, que mientras rescataba víctimas de entre los escombros, voceaba a los cuatro vientos: “si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca”.

        Estos tres ejemplos son suficientes para calibrar las actitudes del pasado y también la impotencia ante estos hechos de esta naturaleza. Una impotencia no muy diferente a la que podemos tener ante hechos similares en el siglo XXI. También es posible observar el uso partidista que hacían las autoridades de estos sucesos, lo mismo para culpar a los independentistas que a las prostitutas o a los amancebados. Siempre el deseo de encontrar a toda costa un culpable, que además favoreciera los intereses clasistas o políticos de la élite dominante.

 

 

 

PARA SABER MÁS

 

ACOSTA, José de: “Historia natural y moral de las Indias” (Ed. de José Alcina Franch). Madrid, Historia 16, 1987.

 

LYNCH, John: “Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826”. Barcelona, Ariel, 1985.

 

ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: “Anales eclesiásticos y seculares de la ciudad de Sevilla”, Madrid, Imprenta Real, 1796 (hay reed. En Sevilla, Guadalquivir, 1988).

 

PIMENTA FERRO TAVARES, María José y otros: "O terremoto de Lisboa de 1755: tremores e temores", Boletín de la Comisión de Historia de la Geología de España Nº 29. Madrid, 2007, pp. 43-47.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Habitualmente, veo en los medios de comunicación, muchos periodistas e intelectuales que se posicionan a favor o en contra, sin conocer exactamente el origen y la definición de nacionalismo y de nación. Por ello, creo que es conveniente aclarar este aspecto para los lectores interesados.

        A mi me lo explicaron hace treinta años cuando cursaba la Carrera de Geografía e Historia en la Universidad de Sevilla. Lo que quiero decir con ello es que ya en el siglo pasado había muchos profesores universitarios que tenían claro los conceptos. Es obvio que no descubro nada nuevo, pero quiero que trascienda al mundo académico.

        El fenómeno del Nacionalismo surge en Europa a partir de las revoluciones de liberales de 1820, 1830 y 1848. Fue una consecuencia más de aquellas revoluciones, pues los derechos y libertades individuales se extendieron a todos los pueblos y naciones. Otra cosa diferente es que muchos autores, con razón, han afirmado, que los nacionalismos fueron la gran enfermedad contemporánea porque han estado implicados en casi todas las guerras de nuestro tiempo. Ya en el siglo XIX se dieron dos tipos de nacionalismos:

        Uno, integrador, es decir, territorios pequeños que querían crear una unidad nacional más grande, como la Italia de Camilo Benso Cavor o la Alemania de Otto von Bismarck. Y otro, segregador, de pueblos que aspiraban a separarse de estados o imperios, como ocurrió con Grecia o con Bélgica.

        Pues bien, una nación no es más que un conjunto de personas que se sienten vinculadas entre sí por una lengua, un pasado, una historia y unas costumbres en común. El nacionalismo no sería otra cosa que un sentimiento, es decir, el sentimiento de saberse perteneciente a una nación. Y finalmente, un estado es una superestructura política que se establece sobre una o varias naciones. Por ello hay estados uninacionales –como Francia- o plurinacionales –como Gran Bretaña o España-.

        Estamos ya en condiciones de responder a nuestra pregunta: ¿Es Cataluña una nación? Obviamente sí, igual que Galicia o el País Vasco. Es una nación vinculada al estado español desde tiempo inmemorial. Ya en tiempos de los romanos estaba integrada en Hispania, y durante la Edad Media lo estuvo a Aragón, salvo un breve período de tiempo en que formó una Marca hispánica, integrada en el estado Carolingio. Desde la unificación de Aragón y Castilla ha permanecido siempre vinculada al Estado español.

        Resumiendo, Cataluña es una nación, no hay que tener reparos en reconocerlo; una nación que ha estado siempre vinculada a España y que esperemos lo siga estando en el presente y en el futuro. España es un estado plurinacional que se remonta, como mínimo, a la época de los Reyes Católicos. No se puede estar en contra de una realidad, como es la nacionalidad catalana, de lo que podemos estar en contra es de que esa nación, secularmente vinculada a España, pretenda ahora separarse y formar un reino taifa. En este último punto no van a encontrar mi apoyo ni el de la mayoría los habitantes de esta vieja piel de toro, que desde hace muchos siglos se conoce como España.   

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Desde que a principios de la Baja Edad Media se generalizara el estribo y la silla, la caballería se convirtió en dueña de Europa. En América iba a prorrogar su protagonismo durante todo el período conquistador pese a que en Europa empezaba a ceder la primacía a la infantería. El propio Hernán Cortés escribió una frase muy conocida pero que por su clarividencia traemos a colación: no teníamos, después de Dios, otra seguridad sino la de los caballos. Las Casas, parafraseando a la inversa, declaró que los équidos eran la más perniciosa arma que puede ser para entre indios, mientras que Fernández de Oviedo decía que aquellas gentes huían de los caballos como el diablo de la cruz. Una caballería utilizada decisivamente desde la Edad Media y que los aborígenes se mostraron incapaces de frenar. Al principio, a su eficacia intrínseca se unía el hecho de la sorpresa y el espanto que causaba, pues, los nativos pensaban, unas veces, que jinete y caballo formaban un mismo ser, y otras, que eran inmortales. Los españoles evitaron a toda costa que descubriesen la verdad. Hernán Cortés mandaba siempre enterrar a los caballos muertos y lo mismo hacía Francisco Pizarro, quien, en 1530, mandó inhumar a su rocín en un lugar secreto porque siempre estuviesen los indios en creencia que no podían matar los caballos. Pero no fueron los únicos; en la conquista de Santa Marta los naturales mataron el penco de Rodrigo del Río y éste se lo llevo a quemar al interior de un bohío para que sus oponentes no supieran su carácter mortal.

Esta creencia jugó muy malas pasadas a más de un bravo guerrero indígena. Un cacique maya, de nombre Tecum, pensando que caballo y jinete eran un mismo ser, se enfrentó a Pedro de Alvarado, matando a su caballo, pero ante su sorpresa el conquistador se revolvió desde el suelo y lo atravesó con su espada. El efecto psicológico sobre los indígenas lo acentuaban los propios hispanos, quienes les ataban a los lomos unos pretiles con cascabeles, cuyo sonido provocaba su huída despavorida. En Yucatán, un tal Palomino, hizo una exhibición con su caballo, delante de una decena de caciques, y fue tal el espanto que les causó, que se hicieron sus necesidades encima, de tal manera que el hedor era insoportable.

Obviamente, todo esto ayudó tan sólo en los momentos iniciales. Los nativos, si por algo se caracterizaron fue por su gran capacidad de observación, que les llevó a percatarse rápidamente que comían hierba y que además morían como cualquier otro ser vivo. Pero, a pesar de ello, siguieron siendo un elemento totalmente desequilibrante. Y ello muy a pesar de que en Europa, desde la Guerra de los Cien Años, la caballería había entrado en decadencia a favor de la infantería. Esta última se consolidó a principios del siglo XVI, cuando las armas de fuego se fueron progresivamente perfeccionando. Pero, dado que en América, los indios no disponían de este armamento, la caballería volvió a ser la base de las huestes, como en el Medievo. Pasada la Conquista, el caballo se usó con frecuencia en otros menesteres, unas veces como bestia de carga y en otros como elemento de ocio, realizándose exhibiciones equinas y juegos de caña.

Realmente el hierro y sobre todo la caballería eran los elementos que marcaban la diferencia entre la victoria y la derrota. Un arma absolutamente insalvable para los indios. Su movilidad y su posición dominante hacía que un hombre a caballo hiciese por diez españoles de a pie y por medio millar de indios. Las tribus indígenas sucumbían una detrás de otra a la ofensiva de la caballería. A mi juicio, la conquista fue una guerra relativamente fácil de ganar para los hispanos, pues de hecho, dos puñados de españoles acabaron con los dos mayores estados de todo el continente americano: la confederación mexica y el Tahuantinsuyu.

Pero, muy pocos españoles pudieron disponer en los primeros años de estos équidos que tan buena garantía les daban en el combate. Eran muy cotizados hasta el punto que preferían dejar morir a los indios aliados antes que a sus caballos, conscientes de que constituían su protección más preciada. En los primeros decenios, la escasez de équidos hizo que su precio se disparara. Las Casas se indignaba al comprobar que en La Española, en las primeras décadas del siglo XVI, se cambiaba una yegua por 80 personas de Pánuco, ¡por 80 ánimas racionales! Poco antes de la Conquista de México se cotizaban en 3.000 pesos de oro lo que obligó a algunos conquistadores a asociarse para su adquisición. Fue el caso de Pedro de Alvarado que adquirió una yegua alazana a medias con López de Ávila. Por su parte Francisco de Montejo, debió conformarse con un penco de feas hechuras que debió comprar a partes iguales con Alonso de Ávila. Pero todavía en torno a 1535 Alonso Martín, declaró que compró un caballo en el Perú por 1.200 pesos de oro. Prácticamente durante toda la Conquista, el caballo fue un producto escaso y, por tanto, privativo.

Pese a todo, la caballería fue desequilibrante hasta tal punto que las pocas batallas en las que los aborígenes salieron victoriosos se produjeron de noche, en zonas de sierra o en espacios angostos donde la caballería reducía sustancialmente su eficacia. Algunos de estos primeros caballos casi se convirtieron en leyenda, como Rolandillo, Cabeza de Moro, Romo –el caballo de Cortés-, el Cordobés, Villano –de Gonzalo Pizarro-, Salinillas o Motilla. Este último era propiedad del medellinense Gonzalo de Sandoval, y de él escribió Bernal Díaz del Castillo que ni en Castilla ni en las Indias se vio otro mejor. Antonio Espino contradice mi tesis, y reduce la importancia del caballo en la conquista. Parte de la idea, a mi juicio errónea, de que la guerra fue muy difícil de ganar y que en algunas áreas los caballos fueron muy escasos o inoperantes por lo abrupto del terreno (2013: 30-31). Pero, como hemos visto en este artículo no pensaban lo mismo los contemporáneos, como aquellos capitanes que se rieron de Cortés con motivo del asedio fracasado de Argel, cuando le dijeron: Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil (Mira Caballos, 2010: 37).

 

PARA SABER MÁS

 

ESPINO LÓPEZ, Antonio: La conquista de América. Una revisión crítica. Barcelona, R.B.A., 2013.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2010. A la venta en www.Amazon.es

 

RIVERA SERNA, Raúl: “El caballo en el Perú (siglo XVI)”, Anuario de Estudios Americanos, T. XXXVI. Sevilla, 1979.

 

RÍO MORENO, Justo L.: Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América (S. XVI) T. I. Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL MUNDO TRAS LA CAÍDA DEL CAPITALISMO

Publicado: 21/01/2016 09:18 por Temas de Historia y actualidad en sin tema
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        El hundimiento de la URSS y la caída del Muro de Berlín, así como el crecimiento económico de los años noventa del pasado siglo, parecía indicar el triunfo definitivo del capitalismo. Sin embargo, desde finales del siglo XX y, sobre todo a raíz de la grave crisis desencadenada desde el año 2008, lo que sí se está viendo es el inicio del fin del capitalismo, el sistema que ha regido los destinos de buena parte del mundo desde hace varios siglos.

        Las perspectivas son verdaderamente negativas; en algunas décadas el sistema quedará colapsado. Habrá guerras por las pocas reservas de energías fósiles que vayan quedando en el planeta. El cambio climático originará desastres naturales, especialmente en las áreas subtropicales y ecuatoriales. En los países pobres aumentará la crisis alimentaria, mientras que en el Primer Mundo el estado del bienestar quedará desmontado en pocos años y la clase media se verá empobrecida.

         ¿Hay alternativa a estos presagios? En estos momentos parece difícil porque hay un grave problema que subyace a la crisis económica y que, probablemente, está en el origen de todos los males: la ambición patológica del ser humano, aderezada por la actual crisis de valores de buena parte de la población. Todavía la humanidad se encuentra a la espera de una revolución ética, de la misma magnitud que la tecnológica. Un vuelco en la conciencia que nos permita superar, después de varios milenios de historia, la miseria moral del ser humano.. Lo cierto es que, una vez desencadenada dicha revolución, sobre esa nueva ética colectiva, sería factible un cambio de rumbo, estableciendo un nuevo sistema sobre la base de cinco pilares:

        Primero, la instauración de democracias participativas, con listas abiertas, con partidos que funcionen de abajo arriba y no al revés. Asimismo, se deberían implantar leyes electorales que otorguen el mismo valor a todos y cada uno de los votos emitidos por los ciudadanos.

        Segundo, el cosmopolitismo que debería sustituir al nacionalismo y al patrioterismo. No en vano, el nacionalismo ha sido una de las peores lacras del mundo contemporáneo, siendo responsable de la casi todas las guerras internacionales y los genocidios. En cambio, el cosmopolitismo genera lo contrario, es decir, inclusión, pues parte de la base solidaria de que todos somos integrantes del cosmos. No es tan difícil concienciarnos de que antes que europeos, africanos, americanos o asiáticos, somos ciudadanos del mundo, pasajeros de un navío llamado Tierra.

        Tercero, la redistribución de la riqueza a nivel mundial que debería sustituir a la actual división desigual del comercio y al concepto de la acumulación capitalista. El control o la supresión de las multinacionales, así como de los organismos económicos internacionales que las amparan, sería un buen punto de partida. No es tolerable que casi mil millones de seres humanos estén pasando hambre en el mundo, mientras que una buena parte de la población del Primer Mundo sufre problemas de sobrealimentación.

        Cuarto, una disminución drástica del consumo superfluo, lo que provocará un decrecimiento sostenible. El futuro de la humanidad pasa necesariamente por el final de la era consumista, provocada por el propio sistema capitalista que alienta al consumo, con masivas campaña mediáticas y publicitarias.

        Y quinto, una concienciación ecológica real que nos permita respetar el planeta en el que vivimos. Desde el Neolítico se inició una depredación del medio que ha continuado hasta la Edad Contemporánea, cuando ésta ha alcanzado niveles verdaderamente inasumibles. Si queremos sobrevivir como especie, necesitamos recuperar la armonía con la madre naturaleza.

        Unos principios que más o menos se integran en la propuesta ecosocialista, un sistema aún no ensayado que se basaría, por un lado, en el decrecimiento sostenible y, por el otro, en la redistribución de la riqueza a escala planetaria.

        ¿Son utópicos estos planteamientos? Obviamente sí, entre otras cosas porque en estos momentos estamos lejos de esa necesaria revolución ética. En estos momentos el éxito de este proyecto, o de cualquier otro alternativo, es impensable porque debería ir precedido de una revolución ética. Tras la crisis económica subyace un déficit crónico de valores; ya no quedan ideologías, ni vocaciones profesionales, ni soñadores. El mundo está vacío, lleno de gente desilusionada que, en el mejor de los casos, sólo busca ganar lo suficiente para satisfacer su afán consumista. En estas circunstancias es difícil el cambio, pero, habrá que tener esperanza. Nadie dijo que sería fácil sino todo lo contrario. El camino será extremadamente duro pero, antes o después, nos veremos obligados a recorrerlo, con mayor o menor sufrimiento por parte de la humanidad.

        El ser humano ha sido capaz de lo mejor y de lo peor, moviéndose siempre entre la razón y la locura. En unas circunstancias puede convertirse en el ser más perverso de la Tierra, pero en otras puede obrar el milagro de la reconducción de su propia existencia. No nos queda otra cosa que lo de siempre: la esperanza. ¡Suerte!

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Versión resumida para ser trabajada por alumnos de la ESO)

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        La historia de Cataluña está íntimamente ligada a la de España, al menos en los últimos cinco siglos. Hace algunos años me llamó la atención el dato de un paisano mío, carmonense, que ostentó el cargo de presidente de la Generalitat, entre 1677 y 1680. Se trataba de Alonso de Sotomayor, que había llegado a la Ciudad Condal varios lustros antes con el cargo de obispo.

Desde entonces siempre he estado pendiente por si me salía algún dato sobre este carmonense que ostento el máximo poder de la Generalitat. Los Sotomayor constituían un viejo linaje gallego que emigró a Andalucía durante la Reconquista. Muchos de sus miembros ostentaron hábitos de órdenes militares, tanto de Alcántara, como de Santiago, Montesa y Calatrava. En Carmona los encontramos afincados, al menos desde el siglo XV, formando parte de la oligarquía local. Asimismo, ostentaron cargos de gran relevancia como la alcaldía mayor de la ciudad y otros la capitanía perpetua. El primero de los cargos era, ya en el siglo XV, más honorífico que efectivo pero que les daba derecho a percibir un salario y, lo más importante, podían participar en los cabildos con voz y voto. La capitanía perpetua, en cambio, era un oficio activo, muy activo y de mucha responsabilidad, pues tenía como misión reclutar, adiestrar y acudir al combate junto a las milicias locales. Algunos de estos capitanes perdieron su vida en combate. Además, la Corona daba mucha importancia al cargo, pues, la seguridad del reino dependía de la colaboración de los concejos, tanto económicamente como en el apresto de las milicias. Máxime en tiempos de guerra, como las de Granada y Francia.

        Los Sotomayor obtuvieron la capitanía por un privilegio otorgado por el rey Juan II, probablemente tras participar en la célebre batalla de la Higueruela a las órdenes de Pedro Niño y del condestable don Álvaro de Luna. Sería de uno de esos más de un millar de caballeros que, desde marzo de 1431, estuvieron practicando el pillaje en la vega de Granada. Hacía 1540 ostentaba la capitanía Hernán o Fernán Gómez de Sotomayor, que entonces tenía solo dieciséis años, mientras que en 1582 encontramos a Alonso de Sotomayor como capitán perpetuo de Carmona.

        El Alonso de Sotomayor, objeto de estas líneas nació en Carmona en la primera década del siglo XVII, siendo sus padres don García de Sotomayor, hermano menor del capitán perpetuo de Carmona, y de doña Beatriz Castellanos. El futuro prelado tuvo una hermana, llamada Marina de Saavedra que se desposó con el regidor de la villa Fernando de Rueda. Fue arzobispo de Oristán, en la isla de Cerdeña y, desde 1663, obispo de Barcelona. Catorce años después le cupo el honor de alcanzar la presidencia de la Generalitat, tras el cese de su antecesor Esteve Mercadel i Dou. Durante tres años estuvo al frente de la máxima institución política catalana, sustituyéndole desde 1680 Josep Sastre i Prats. Dos años después, exactamente el 20 de junio de 1682, fallecía en la Ciudad Condal el citado prelado que debía tener en esos momentos más de setenta años.

Alonso de Sotomayor fue en su momento el segundo andaluz en presidir dicha institución, pues Luis Tena la encabezó entre 1617 y 1620 y era natural de Guadix. De todos los presidentes hasta nuestros días solo catorce nacieron fuera de Cataluña, tres de ellos en Andalucía, contando al actual presidente Montilla, natural, como es bien sabido, de Córdoba. Y esta historia, aunque sea anecdótica es mi pequeña contribución a la historia de una comunidad autónoma tan singular como querida, Cataluña,

 

 

 

PARA SABER MÁS:

 

“EL CURIOSO CARMONENSE” (Manuscrito del siglo XVIII editado por Antonio Lería en Carmona, S&C Ediciones, 1997.

 

MÉNDEZ BEJARANO, Mario: “Diccionario de escritores, maestros y oradores naturales de Sevilla y su actual provincia”. Sevilla, 1922 (Reed. En Sevilla, Padilla Libros, 1989).

 

MIRA CABALLOS, Esteban y Fernando VILLA: “Carmona en la Edad Moderna”. Sevilla, Muñoz Moya, 1999.

 

http:/es.m.wikipedia.org/wiki/presidente_de_la_Generalidad_de_Cataluña

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        El vizcaíno Rodrigo de Portuondo fue uno de los mejores marinos de los que dispuso España en el primer tercio del siglo XVI. Estuvo al frente de la armada real de galeras desde 1523 y mantuvo infinidad de combates en la defensa de las costas mediterráneas, frente a los ataques berberiscos y turcos.

         En 1529 encontramos un hecho especialmente desgraciado, pues, se produjo la derrota de la Armada Real de Galeras a manos del corsario turco Hardín Cachadiablo, en aguas de Formentera. Se trataba de un bandido al servicio de Barbarroja que disponía de más de una decena de fustas y galeotas, bien pertrechadas por los turcos. Fueron famosos sus ataques a villas costeras de Valencia, Baleares y Cataluña, aunque su victoria más sonada fue contra el malogrado Rodrigo de Portuondo, como veremos a continuación.

         Teniendo en cuenta que la escuadra corsaria era muy superior, de quince fustas, el hijo del capitán general Domingo de Portuondo recomendó a su progenitor que evitara el combate. Rodrigo de Portuondo, pensó equivocadamente que su vástago mostraba falta de valor cuando, en realidad, no se trataba más que de simple cordura. Sea como fuere, lo cierto es que “se airó y le dijo que no era su hijo, pues temía cobardemente aquellas fustillas y bergantinejos de ladrones, que sólo él con su galera los echaría a hondo” (López de Gómara 2000: 132). Entonces salió en persecución de sus enemigos que, sintiéndose muy superiores en número, se volvieron contra sus perseguidores y le infligieron una severa derrota. Cerca de Formentera, en las islas Baleares, junto al islote de Espalmador, se desencadenó la derrota, un 25 de octubre de 1529.

         Como buen guerrero, Rodrigo de Portuondo perdió la vida en combate, luchando contra los enemigos. ¡El viejo capitán pretendió dar una lección de valentía a su hijo, pero muy al contrario éste se la dio a él de sensatez, una sensatez que no le pudo salvar la vida! No mucho mejor le fue al pobre de Domingo de Portuondo, otro valiente marino, pues fue apresado y enviado a Constantinopla, donde unos meses después, ya en 1530, fue condenado a morir empalado.

         Tras ser derrotada y casi destruida la armada de galeras, la costa española quedó durante algunos años desguarnecida frente a los ataques berberiscos y turcos. El Emperador lamentó profundamente la derrota de su capitán de las galeras, pero mucho más los pueblos de la costa mediterránea que, desde entonces, se encontraron más desprotegidos frente a los corsarios.

 

PARA SABER MÁS

 


FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo (1972): Armada española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid, Museo Naval.

 

LÓPEZ DE GÓMARA, Francisco (2000): “Guerras del mar del Emperador Carlos V” (Estudio y edición de Miguel Ángel de Bunes Ibarra y Nora Edith Jiménez). Madrid, Sociedad Estatal para la conmemoración de los centenarios de Felipe II y Carlos V.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II”. Madrid, La esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “El sistema naval del imperio español. Armadas flotas y galeones en el siglo XVI”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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