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        Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

        Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. Uno de estos tres volúmenes es la historia de los conventos del obispado de Badajoz, de los que extractamos en estas líneas lo correspondiente a la villa de Valverde de Leganés.

        Fue mal investigador y buen copista, se dedicó a copiar literalmente de fuentes muy concretas: las crónicas de las respectivas órdenes, los libros de profesión de cada convento y de la Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz de Juan Suárez de Figueroa. Su valor es relativo, de aquellos cenobios de los que se conserva su documentación apenas presenta ninguna novedad reseñable pero sí, en cambio, de aquellos otros en los que la documentación está desaparecida o perdida.

        Y por último decir que hemos adoptado como criterios de transcripción la actualización de las grafías. Asimismo, hemos corregido sin previo aviso las erratas del propio autor y alterado aquellos signos de puntuación colocados inoportunamente, todo ello para facilitar su lectura.

 

VALVERDE, CCONVENTO DE DESCALZOS DE SAN FRANCISCO

            El convento de Valverde, está media legua de la villa de su nombre, tierra del marqués de Leganés y obispado de Badajoz y un cuarto de legua de la rivera de Olivenza, donde dividen la jurisdicción los dos reinos, España y Portugal. Es uno de los conventos más estrechos y pobres que tiene la provincia, siempre basta solo el decir que el dormitorio  tiene una vara de ancho, poco más. Fundose este convento por los años del Señor de 1540, siendo provincial el señor San Pedro de Alcántara que fue quien le recibió. Estaba en este sitio una ermita (que hoy permanece inclusa en el convento) del señor San Antonio de Padua y tomó primero la advocación suya. Después el señor don Enrique, obispo de Ceuta, que a la sazón se hallaba en la villa de Olivenza, reino de Portugal, dio copiosas limosnas para la fundación y una imagen de Nuestra Señora de la Encarnación que ésta estaba en la iglesia de Santa María, primera parroquia de dicha villa de Olivenza, y de aquí y por los muchos y raros milagros (que parece imposible reducirlos al guarismo) que obró Dios por medio de esta santa imagen, tomó el convento el título: la Madre de Dios de Valverde. Con que con lo que dio dicho señor obispo, la villa de Valverde y otras personas de ambos reinos, se principió y concluyó la obra.

            El pie de religiosos con que se fundó este convento fue de nueve a once. Y que por los años del Señor de 1640 en aquella rebelión que tuvo Portugal contra su legítimo dueño, vinieron los portugueses y robaron la santa imagen patrona. Padeció muchos atrasos esta comunidad en la enajenación porque faltaron las limosnas de Portugal, porque como éstas las daban a título de los milagros que hacía, como faltó el objeto principal, faltaron ellos con su devoción. Escarmentada la comunidad con este suceso no esperado, el año de setecientos y tres, cuando el rey de Portugal se declaró auxiliar del archiduque, retiró su santa imagen a Badajoz. Entonces los portugueses vinieron de tropel al convento e hicieron tal estrago que hasta las cosas más menudas robaron del convento. Quedó éste desamparado porque los religiosos se retiraron A Badajoz. En este desamparo quedó tan arruinado que solo quedó la iglesia y las paredes maestras.

            Llegó el día feliz de las paces y determinó la provincia el reedificarlo a instancias de la devoción de Castilla y Portugal. Los que concurrieron con copiosas limosnas para la fábrica que se levantaron las paredes media vara más de lo que tenían sus antiguas. Se hizo un hermoso retablo y se doró. Y proporcionado un hermoso trono se colocó la santa imagen Madre de Dios de la Encarnación. Después ha habido parciales reedificaciones, como una azotea que se hizo de bóveda y algunas oficinas. No ha tenido este convento traslación alguna. Mantiene hoy día de dieciséis a diecisiete religiosos y algún donado.

            Varones ilustres en virtud y ciencia ha tenido muchos este convento. Sea en primer lugar fray Juan de Cabrera, religioso lego. Nació en la villa de Alcántara, en Extremadura, de la nobilísima familia de los Cabrera. Manifestó el cielo su futura santidad al tiempo de bautizarle, pues por ser el primogénito y tan deseado, asistieron muchos al bautizo. Vieron todos que sobre la cabeza del niño le servía de trono una cruz bien formada de color oscuro. Padeció en los primeros años muchos trabajos por causa de una madrastra que a ésta la tomó por instrumento el demonio, porque presagió el ruido que había de dar al infierno. Era dócil y de buen genio y estaba de todas las virtudes morales adornado. Con tan buena disposición le movió Dios a que tomase el hábito y dejase las vanidades y placeres del mundo. Obediente a la inspiración, habiendo muerto su padre, tomó el hábito en el convento de Villalpando, de la provincia de Santiago. Pero deseoso de vida más estrecha, dejó el hábito y se vino a Alcántara, su patria, y haciendo renuncia de todos sus bienes los repartió todos a los pobres. Pidió el hábito en esta provincia de San Gabriel y lo admitió gustoso el provincial. Enviolo al convento de Belvis para que pasara su noviciado. Pero, viéndole los religiosos tan ricamente vestido y, al parecer tan delicado, lo despidieron, juzgando no ser capaz para tolerar los trabajos de la religión.

            Muy afligido el santo mozo, hizo voto de visitar a Nuestra Señora de Guadalupe donde derramó su corazón en ternuras y desconsuelos, viendo malogrados sus designios. Alentole la madre de piedad y le inspiró que dejase aquel vestido, vistiéndose en traje rústico y hiciese una buena experiencia, de lo que en la religión se pasa. Así lo ejecutó, poniéndose a servir a un labrador en el lugar de la Calzada, sin perdonar en el oficio tarea, ni penuria y sin olvidar la oración y penitencia. Aquí le armó un  peligroso lazo el demonio, pues conocidas sus prendas de su señor, se le aficionó una hija suya y él se sintió inclinadísimo a casarse con ella. Atribulado entre este peligro y su vocación primera, recurrió a Dios. Pero el Señor que sabe hacer para muestras de sus maravillas que raye la luz entre las tinieblas le inspiró: que celebrase el matrimonio con la doncella y que sin consumarle entrase en religión.

            Así lo ejecutó, y la noche del desposorio declaró a su consorte que tenía la virginidad consagrada a Dios y que esperaba que en esta revocación tan santa, le hiciese grata y gustosa compañía. Halló a la moza de buen temple, y en su voluntad muy conforme. Un mes durmió con ella en un mismo lecho, viéndose el poder de la diestra divina, rayar en tan rara continencia. Cumplido el mes salió el devoto mozo de su casa, pretextando un negocio grave y que deseaba con ansias el cumplirle. Fue al convento referido de Belvis y habiendo perdido el hábito, se lo dio el guardián muy gustoso, y él lo recibió consoladísimo. Escribió a su esposa el nuevo estado, confortándola en el servicio del altísimo. Ya alistado en la milicia de Francisco, tanto de novicio como de profeso emprendió tan penitente vida que aseguró con ella una buena muerte.

            Sus disciplinas, silíceos, ayunos, desnudez y total pobreza causaba en los religiosos tal admiración que parecían inimitables a nuestro modo flaco de entender. Cuando iba a pedir limosna a algún pueblo, se iba azotando todo el camino. Formó un silíceo como jubón, que le ceñía pecho y espaldas, de puntas de alfileres, y apretábaselo de tal modo que era una pura llaga todo su cuerpo. Lo más del año ayunaba a pan y agua. Era obediente, humilde y casto y en la oración muy fervoroso. Era devotísimo, de la pasión de Cristo nuestro bien, en cuya memoria absorto vivía, padecía y gozaba. Arrebatado un día a la vista de una cruz, fue tal el dolor íntimo de su ccoracón y la avenida del gozo espiritual que se salió al campo y, postrado en cruz, arrastrando la boca por la tierra decía: “Quitaos Señor allá, apartaos de mí, que no puedo con tanto; apartaos señor que me abrasáis las entrañas”. Eran muy frecuentes sus éxtasis y en ellos se le vio muchas veces clamar al Señor: “Ya no más Señor mío, ya no más: y estos favores para quien os ama de veras, no a mí indigno pecador”. En el misterio de la Natividad del Señor, con extraordinaria alegría salía fuera de sí, y desde prima noche se iba al establo de las bestias y entre ellas se quedaba arrobado hasta maitines, despidiendo de sí soberanas luces. Una noche de esta festividad, hallándose en el lugar de Vicencio, asistió a la misa del gallo. Acabada ésta, pidió con instancias al cura le dejase encerrado en la iglesia. Volvieron a la misa de la aurora y no le hallaron, aunque exquisitas diligencias hicieron. Acabada la misa, cerraron las puertas hasta la tercia u, cuando abrieron les salió al encuentro, bañado en súbitos indecibles y exhalando de sus admirables resplandores. Creyeron todos haber sido arrebatado su cuerpo y alma a Belén, donde tenía su deseo y corazón.

            Tuvo don de profecía, como se verificó en muchos y repetidos casos. Viviendo en el convento de la Lapa, en tiempo de gran sequedad, era allí el siervo de Dios fray Pedro de Valencia, guardián, dijole a fray Juan un día, porque no ruega al Señor que nos envíe agua, yo os digo que os habemos de azotar si no lo pedís a Dios. Él respondió con alegría: “Aquí a mañana hemos de tener mucha agua”. Riéronse los frailes que le oyeron porque el cielo estaba muy sereno y sin alguna señal de agua. Pero sucedió como lo dijo el siervo de Dios, pues antes del día siguiente llovió con tanta abundancia que quedó bien harta la tierra.

        Estando en Badajoz, fray Juan fue a visitar a un caballero, llamado Julián Becerra,   que estaba a la sazón con yerno don Íñigo de Argüello y le dijo: padre fray Juan, pídale a Dios dé sucesión a mi hija, que tres años está casada y no pare y estamos con bastante desconsuelo. Miró entonces el siervo de Dios a don Íñigo y le dice así: “haga usted estas devociones y entre ellas mande decir unas misas que, cuando se comenzaren las misas a decir, se pondrá preñada su mujer. El caballero luego que se retiró a Brozas, puso en planta lo que le dijo fray Juan pero a los nueve meses después que se empezaron a decir las minas, parió la señora un niño tan hermoso que fue de todos consuelo y alegría y gloria de aquella familia.

        Lo mismo sucedió a la condesa de Cifuentes que, estando muchos años sin parir y sin esperanzas de ello, le pidió a fray Juan de Cabrera (a quien tenía una devoción suma) rogase a Dios le diese sucesión. Fray Juan, entonces, le dio un Niño Jesús que tenía y le prometió hijos con abundancia. Así sucedió con admiración de todos, imprimió de la mucha devoción que tenía a la provincia de San Gabriel y al siervo de Dios fray Juan. A la duquesa de Feria le profetizó los trabajos que había de tener por medio de una doncella suya, llamada doña Mayor, pero que de todo saldría bien. Así le sucedió a esta señora, y con el dicho fray Juan se consolaba. Fuera nunca acabar si todas sus profecías se hubieran de referir, y así me contento con decir de lo mucho poco.

        Por esto y por la notoriedad de sus virtudes y milagros fue estimadísimo este siervo de Dios, de los pueblos, príncipes y señores. Nuestro católico rey don Felipe II le trajo algunas veces a la Corte, y veneraba sus cartas como a oráculo, ejecutando los documentos que para bien de su alma le decía.

        Lo mismo sucedió con las serenísimas reinas doña Isabel y doña Ana, y mucho más con la señora princesa de Portugal, doña Juana, a quien una vez alcanzó milagrosa sanidad. Las señoras marquesas de Priego y duquesa de Feria, su nuera, le trataron con tanta cercanía como veneración, teniéndole en su compañía en Madrid y Montilla, muchas veces con licencia de los prelados generales, siendo estas señoras testigos de muchas maravillas y milagros. Lleno de méritos y virtudes llegole la última hora tan feliz como su portentosa vida. Predicó algunos meses antes la hora de su muerte y a donde se había de enterrar. Y al pié de la letra sucedió que fue en este convento de la Madre de Dios de Valverde de Leganés a los sesenta años de su edad, y ocho de abril (de) 1571. La señora duquesa de Feria, pudo lograr tiempo después la cabeza de este siervo de Dios para el convento de La Lapa que es de su estado. La misma señora había guardado un hábito suyo para amortajarse en él y en el verano de 1581 mandó (a) una familiar suya, doña Bernardina, a cuyo cuidado estaba, que lo pusiese al aire en una torre, donde nadie subía. Una noche se apareció en sueños el venerable padre a una criada y le dijo: “Decid a Bernardina que se ha descuidado mucho de mi hábito, que está caído en el suelo”. Así le hallaron y tuvieron en mayor veneración. La señora al tiempo de morir, escrupulizó santamente en vestirse de aquel hábito y mandó amortajarse con otro de la Orden, y que aquel se le pusiese doblado sobre la cabeza. Ha hecho Dios por su intercesión muchos y repetidos milagros.

        Yace en este mismo convento fray Antonio Requengo, religioso lego, el que estaba antes de la fundación de este convento en la ermita de San Antonio, que ya está inclusa en el convento, haciendo vida solitaria. Era de una sinceridad columbina. Después que entraron los religiosos, deseoso de su vida apartada de todo comercio humano, consiguió breve de su santidad por medio del duque de Berganza (que éste le amaba mucho, lo uno por sus virtudes y lo otro por haber sido su criado) para retirarse a la sierra del Alor, término de Portugal, y una legua de este convento. Allí, en una ermita vivió en estrecha, se ejercitó algunos días en muchas y graves penitencias y dejando entre ambos reinos mucho olor de sus virtudes, acabó su vida santamente y se trajo a enterrar a este convento por ser religioso de esta santa provincia.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS           

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        A continuación procederemos a aclarar los conceptos de etnocidio y genocidio. Empezando por el primero, se trata de una noción popularizada en los años 70 por los estudios del antropólogo francés Robert Jaulin. Éste lo utilizó para designar cualquier acción conducente a la desaparición, a corto, medio o largo plazo, de una cultura indígena. En el diccionario de la RAE aparecía definido como destrucción de una etnia en el aspecto cultural. Con mucha más precisión, en la Reunión de San José de Costa Rica, patrocinada por la Unesco, el 11 de diciembre de 1981, se consensuó la siguiente definición:

 

        "El etnocidio significa que a un grupo étnico colectiva o individualmente, se le niega el derecho de disfrutar, desarrollar y transmitir su propia cultura y su propia lengua. Esto implica una forma extrema de violación masiva de los derechos humanos, particularmente del derecho de los grupos étnicos al respeto de su identidad cultural…"


 

        A juzgar por estos axiomas queda claro que, tanto en la conquista como en la colonización de América, se produjo un etnocidio generalizado. De hecho, el fin último siempre fue la integración de los nativos cultural y religiosamente. Se pretendía hacer tabla rasa con ellos, sustituyendo su mundo imperfecto por el perfecto orbe cristiano. En el Imperio de los Habsburgo tan sólo tendría cabida el homo christianus. ¿Se trataba de una decisión exclusivamente religiosa o también tenía un componente racista? Inicialmente era una exclusión de tipo religioso como ha defendido Antonio Domínguez Ortiz, pero de alguna forma ésta implicaba un cierto grado de racismo, como lo prueban los expedientes de limpieza de sangre. Además, en América, la primacía social la detentaron los blancos, seguidos en teoría por los indios y, en el último eslabón, se situaron los negros y las castas. Los propios manuscritos de la época lo decían con toda claridad: en una sociedad dominada por los blancos tienen más privilegios quienes tienen menos porción de sangre negra o india. Siglos después, el alemán Alexander von Humboldt, que recorrió América del Sur, escribió en este sentido lo siguiente:

 

        "En España, por decirlo así, es un título de nobleza no descender de judíos ni de moros. En América, la piel más o menos blanca decide la posición que ocupa el hombre en la sociedad".

 

 

        Los testimonios, pues, muestran a una sociedad en la que existía una intolerancia casticista pero también un componente racista, donde el fenotipo determinaba la ubicación de cada grupo dentro de la sociedad. Y este racismo era más manifiesto en las colonias, hasta el punto que los expedientes de limpieza de sangre se aplicaron más en la discriminación de las castas que en la persecución de los judeoconversos como había ocurrido en la Península. Por tanto dejaron de ser un mecanismo de persecución del neófito para convertirse en un instrumento de limpieza fenotípica.

        El indigenismo era pues esencialmente etnocida, pese a contar con personajes de la talla del defensor de los indios, fray Bartolomé de Las Casas. El objetivo último de todos –desde la Corona hasta los colonos, pasando por los religiosos- era su conversión y su integración como labradores de Castilla. A eso llamaban en el siglo XVI, vivir en policía. Todos tenían claro que la empresa indiana no estaría concluida hasta que todos sus habitantes hablasen el castellano y practicasen la religión católica. De hecho, desde 1550 encontramos disposiciones Reales para que no se demorase la enseñanza del castellano a los indios, considerándola un vehículo fundamental para la adopción de las costumbres hispanas. Obviamente, si algunos religiosos aprendieron las lenguas nativas no fue por un afán altruista de conservación sino para lograr una más rápida conversión y aculturación. Hubo decenas de casos, por ejemplo, el del jesuita Juan Font que cultivó la lengua que se hablaba en Vilcabamba para catequizar personalmente, sin necesidad de usar intérpretes. También fray Domingo de Santa María dominó el habla mixteca, publicando incluso un catecismo en dicha lengua, mientras que Vasco de Quiroga editó otra doctrina en el idioma de Michoacán.

        Ni tan siquiera fray Bernardino de Sahagún, padre de la antropología, lo hizo por un afán de conocimiento, sino como un medio para hacer más eficiente su conversión. Como muy acertadamente escribió Luis Villoro, Sahagún, no fue un científico sino un misionero, un soldado del Señor en lucha constante contra la idolatría y el pecado.

        El etnocidio quedó definitivamente consagrado a partir de las Ordenanzas de nueva población y pacificación de las Indias, expedidas en el Bosque de Segovia, el 13 de julio de 1573. La palabra conquista fue desde entonces desterrada; en adelante, cumpliendo con las bulas de donación, solamente habría penetración misional. Etnocidio puro y duro, con la coartada de la evangelización.

        No obstante, huelga decir que toda forma de colonización a lo largo de la Historia ha sido etnocida porque siempre se pretendió la imposición de la cultura de los vencedores sobre los vencidos. Y etnocidas siguen siendo los intentos contemporáneos de integrar a los aborígenes en la sociedad actual. De hecho, cuando el presidente ecuatoriano José María Urbina manifestó, en 1854, su determinación de sacar definitivamente a los indios de su barbarie y civilizarlos, estaba actuando de forma etnocida.

        Pero el etnocidio no excluye el genocidio. La RAE define este último concepto como el exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de religión o de política. También la ONU, por una resolución de 1948 para la prevención y sanción de dicho delito, refería en su artículo segundo:

 

        "Se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: a) matanza de miembros del grupo; b)lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo".

 

 

        Posteriormente ha habido algunos intentos de clasificar y sistematizar los distintos tipos de genocidio. Por ejemplo, Vahakn Darian propuso cinco tipos posibles, a saber: el cultural -que pretende la asimilación-, el latente –que provoca daños no deseados como la propagación de epidemias-,  el retributivo –que castiga a las minorías irreductibles-, el utilitario –que provoca matanzas para obtener el control económico- y el optimal –exterminio intencionado de un grupo humano- . Christiane Stallaert sostiene que en la Conquista hubo tres subtipos de genocidios, es decir, el cultural, el latente y el utilitario. El primero de ellos se correspondería más bien con lo que nosotros hemos llamado etnocidio, mientras que sí que hubo claramente sendos genocidios latente y utilitario. Y aunque no existiera como fin último el extermino de grupos humanos, sí es cierto que no se tomaron las medidas oportunas para evitarlo. Y aunque Stallaert no lo menciona, en casos muy concretos, se dio la forma más dura y cruel de genocidio, el optimal, que pretendía intencionadamente el exterminio de grupos humanos.

        El genocidio americano tenía un precedente inmediato, como el desencadenado en las islas Canarias a lo largo del siglo XV. Los guanches fueron diezmados y esclavizados hasta su total extinción. En América ocurrió exactamente lo mismo, con la única diferencia de la magnitud, porque cuantitativamente la población canaria no podía compararse con la americana. Las Casas estimó que, entre 1492 y 1560, murieron en las Indias Occidentales al menos 40 millones de nativos, despoblándose unas 4.000 leguas, cosa nunca jamás otra oída, ni acaecida, ni soñada. Los taínos de las Antillas Mayores fueron exterminados de la faz de la tierra en apenas unas décadas.

        Se ha afirmado sin razón que, pese al desastre demográfico, no hubo genocidio porque no existió voluntad de aniquilación sino de incorporarlos a la cadena productiva como mano de obra. Pero, esta afirmación parte de una idea errónea, es decir, la de considerar a los amerindios como una unidad. En realidad, como es bien sabido, en América hubo tres categorías de pueblos indígenas, a saber: una primera formada por las complejas civilizaciones de los Andes y Mesoamérica. Los incas eran los que disponían de un imperio más avanzado políticamente a diferencia de los mexicas que no tenían sometidos a los tlaxcaltecas, huejotzingos y cholultecas ni a los pueblos mayas. Una segunda categoría, que abarcaba las regiones caribeñas y las áreas araucanas, sedentarias en su mayor parte pero con una estructura socio-política poco desarrollada. Vivían en estado tribal y practicaban una agricultura de roza. Y una tercera categoría en la que se incluían los amplios territorios tropicales y septentrionales donde habitaban pueblos seminómadas, dedicados básicamente a la caza y a la recolección y, por tanto, muy atrasados cultural y tecnológicamente. 

        Pues bien, fueron sobre todo los indios de la primera categoría los que se incorporaron de forma menos traumática a la cadena productiva, aunque fuese en penosísimas condiciones laborales. Los propios españoles, con alborozo, se dieron cuenta que los naturales de Nueva España eran más hábiles para el trabajo y estaban acostumbrados a tributar a sus señores, al igual que lo hacían los labradores de España. Igualmente, decía Cieza de León que los quechuas del Perú, a diferencia de los indómitos nativos de Popayán, tenían muy buena razón y una gran capacidad de trabajo porque siempre estuvieron sujetos a los reyes Incas.

        Los nativos de la segunda categoría no se llegaron a adaptar al trabajo sistemático, por lo que perecieron aceleradamente, sin que apareciese una voluntad clara de evitar su dramático final. Y citaré un ejemplo concreto, por una Real Cédula, fechada el 30 de abril de 1508, se declaró a los islotes de las Bahamas y a algunas de las Antillas Menores como islas inútiles y, por tanto, su población susceptible de ser deportada. Los pacíficos e inocentes lucayos de las Bahamas fueron trasladados en condiciones inhumanas a los centros neurálgicos de las Antillas Mayores, especialmente a La Española, para que a cambio de su trabajo se les enseñase la doctrina cristiana. Pero, estos primitivos seres, acostumbrados a formas de vida pre-estatales,  fueron incapaces de adaptarse a la nueva vida que se les proponía: se les daría las aguas del bautismo y con ello la salvación eterna, y a cambio, servirían a los cristianos. La mayor parte de ellos pereció en la travesía o en los meses inmediatamente posteriores a su arribo. Su única culpa, vivir en unas islas que, al menos en esos momentos, no reportaban beneficios económicos. Tan drástica y cruel disposición, lejos de abolirse, fue ratificada en 1513, deportándose en tan sólo cuatro o cinco años entre 15.000 y 40.000 personas. El licenciado Alonso de Zuazo describió en una carta, fechada en enero de 1518, las penosísimas condiciones en que fueron trasladados estos desdichados individuos:

 

        Como los sacaron de sus naturalezas y por causa de los pocos mantenimientos de que iban fornecidos los navíos, ha sucedido que se han muerto más de los trece mil de ellos; y muchos al tiempo que los sacaban de los navíos, con la grande hambre que traían se caían muertos, y los que quedaron, siendo libres, los vendieron a muy grandes precios por esclavos, con hierros en las caras; y pieza hubo que se vendió a ochenta ducados.    

    

 

        Las Bahamas se despoblaron de tal forma que el padre Las Casas ironizó, diciendo que quedó habitada exclusivamente por flores y pájaros. Aunque probablemente no previera el desenlace, la decisión del rey Católico fue verdaderamente genocida. Un cruel decreto que abocó a los lucayos a su desaparición en apenas unos años. Pero no fueron los únicos; también los taínos antillanos, los picunches y huilliches en el norte del área araucana, los chichimecas, los caribes o los nómadas de la pampa argentina fueron diezmados, algunos hasta su exterminio, en un descabellado intento por integrarlos en el sistema socio-laboral.

        Y en cuanto a los nativos del tercer grupo, ni tan siquiera existió un intento de incorporarlos a la cadena productiva. Se trataba de grupos seminómadas dedicados en gran parte a la caza y a la recolección que ocupaban territorios tropicales, esteparios o montañosos de escasa productividad económica. En algunas zonas al norte de Nueva España, el chaco argentino, Uruguay y Paraguay se dieron estas circunstancias y dado que, además de no ser aptos para el trabajo sistemático, suponían una molestia para los europeos, se planteó una verdadera guerra de exterminio. Los chichimecas del norte de México fueron masacrados indiscriminadamente y su afán fue puramente genocida porque ni tan siquiera hubo un intento serio de integración. Juan de Cárdenas, en el siglo XVI se planteó, por qué los chichimecas enfermaban y morían poco después de ser capturados por los hispanos. Sus conclusiones fueron claras: por los estragos de la mudanza pero también por la tristeza que les producía verse entre gente que por tan extremo aborrecen. Lo mismo podemos decir de las tribus calchaquíes del noroeste argentino, cuyo conflicto duró hasta el siglo XIX y provocaron verdaderas campañas de exterminio. En otras zonas inhóspitas de la frontera guaraní los bandeirantes portugueses, causaron grandes estragos sin que nadie hiciera gran cosa por remediarlo. El resto de los territorios tropicales fueron ocupados mucho más tarde por portugueses, ingleses, franceses y holandeses que paulatinamente provocaron su repliegue o su desplazamiento hacia las zonas más inaccesibles.

        Esta estructuración se puede reducir aún más; Los hispanos distinguieron a groso modo dos tipos de territorios, a saber: los útiles, que serían poblados y explotados en base a la mano de obra indígena y negra. Y los inútiles, como las islas Lucayas, Nicaragua, Yucatán o Río Pánuco, cuya población fue deportada hacia las áreas neurálgicas como mano de obra esclava y prácticamente exterminada.  

        Hubo, asimismo, un exterminio sistemático de caciques y de líderes indígenas que eran sustituidos por sus propios hijos o sobrinos, ya leales al Emperador. Los ejemplos se cuentan por decenas. Así, cuando, en 1524, Pedro de Alvarado se adentró en territorio quiché lo primero que hizo fue ejecutar a los jefes indígenas Tecum Umal y Tepepul, quemando sus pueblos. Acto seguido, para evitar el vacío de poder, les quitó las cadenas a sus respectivos hijos y los proclamó oficialmente como nuevos caciques. Y todo ello lo hizo, según contó él mismo a Hernán Cortés, para bien y sosiego de esta tierra. Con no menos saña se comportó el medellinense Gonzalo de Sandoval que, al norte de México, en la región de Pánuco, quemó en la hoguera a 400 caciques, hecho que fue elogiado después por su paisano Hernán Cortés.

        Se utilizó sistemáticamente el terror como medio de sometimiento. En la plaza mayor de Cholula se cometió una de estas grandes matanzas de que estuvo jalonada la Conquista. Hernán Cortés siempre alegó que previamente los indios cholutecas habían urdido una conspiración para acabar con ellos. Y probablemente era cierto, pues, todos los cronistas coinciden en señalar toda una serie de síntomas. Para empezar, habían sacado de la ciudad a la mayor parte de sus mujeres e hijos y habían acumulado piedras en las azoteas. Y además, habían sacrificado a varios niños lo que se interpretó como parte del ritual previo al combate. Pero, con conspiración o sin ella, lo cierto es que la matanza fue brutal, despiadada y desproporcionada, dejando sin vida sobre el frío pavimento de la Plaza Mayor a seis millares de nativos. El objetivo real de tal masacre no fue frenar esa conspiración, pues con el ajusticiamiento de los cabecillas hubiese sido suficiente. Se pretendía infundir en los nativos tal temor que perdieran toda esperanza de resistencia. Uno de los españoles que participaron en la masacre, Bernal Díaz del Castillo, escribió en este sentido lo siguiente:

 

        "Que si no se hicieran estos castigos esta Nueva España no se ganara tan presto, ni se atreviera (a) venir otra armada y que ya que viniera fuera con gran trabajo, por que les defendieran las puertas".


 

        No menos claro fue el padre Las Casas cuando dijo que la única justificación que tuvieron para consumar la masacre de Cholula fue sembrar u temor y braveza en todos los rincones de aquellas tierras.

        La colonización fue aún peor porque el indio fue discriminado y depauperizado hasta límites insospechados. Todavía en nuestros días quedan residuos de ello en nuestra lengua. Cuando hablamos de hacer el indio nos referimos a hacer el tonto, equiparando indio con un ser poco inteligente o inferior intelectualmente. 

        Ahora bien, ¿es posible comparar el genocidio de la Conquista con el llevado a cabo por los Nazis antes y durante la II Guerra Mundial? Bueno, Christiane Stallaert ha establecido paralelismos entre la Alemania Nazi y la España Inquisitorial porque ambas tenían como objetivo la cohesión social, aunque la primera optase para ello por la exclusión y, la segunda, por la asimilación. La pureza racial Nazi y la pureza religiosa española tuvieron puntos en común. Cuando un español probaba su condición de cristiano viejo y, por tanto, libres de sangre mora o judía, llevaba implícito necesariamente un componente racista. Incluso llega a afirmar esta antropóloga que los Nazis no lograron finalmente su objetivo de limpieza étnica pero España sí, en unos territorios andalusíes que había perdido hacía más de siete siglos. 

        A mi juicio, ya es hora de liberarnos de prejuicios y, aunque a priori nos pueda parecer anacrónica esta comparación lo cierto es que, a lo largo de la Historia, el genocidio y los genocidas siempre han tenido puntos en común. Pese a ello, a mi juicio, el Nazismo implicó una versión de genocidio mucho más acabada, perfeccionada y malvada. Implicó la instrumentalización de la ciencia, el apoyo estatal y la eliminación de pruebas y testigos, conscientes de que algún día la historia les juzgaría. Además, el exterminio de las minorías formaba parte intrínseca de la Alemania Nazi: judíos, gitanos, polacos o disminuidos físicos debían ser eliminados. Incluso, Hitler pensó en sus últimos meses de vida que el mismo pueblo alemán merecía su aniquilación por no ser lo suficientemente fuerte como para dominar el mundo.

        En cambio, los conquistadores asolaron más por su afán de hacer fortuna que por un deseo de exterminio en sí mismo. En general, no parece que llegaran a desarrollar una voluntad explícita de exterminio. España pretendió uniformizar e integrar; sólo habría una lengua, una cultura y una religión. Todo lo demás no tendría cabida. Pero no existió nada parecido a lo que los Nazis llamaron la solución final. Ahora, bien, también es cierto que la Conquista tuvo dos agravantes: el primero, la magnitud de la mortandad que afectó a más de 70 millones de personas. Y el segundo, que los crímenes quedaron impunes, pues no hubo ningún proceso parecido ni similar al de Nuremberg, donde, como es sabido, una buena parte de los Nazis supervivientes fueron condenados a muerte o a cadena perpetua.  

        En definitiva, hubo un etnocidio sistemático y más puntualmente un genocidio que podríamos llamar arcaico o moderno. Muy lejos de esa versión más perfecta, y a la vez más siniestra, que alcanzará en la Edad Contemporánea.    

 

¿SE PUEDE CULPAR A ESPAÑA?

 

        En 1894 el eminente historiador y erudito García Izcalbalceta afirmó que, a diferencia de otras potencias colonizadoras, ni el gobierno ni la nación española fueron cómplices de las crueldades cometidas en el Nuevo Mundo. Obviamente, con el volumen de documentación que hoy disponemos, dicha afirmación es absolutamente indefendible. La Corona recibió cientos de memoriales delatando los malos tratos que estos recibían. Pero, desgraciadamente su máxima preocupación nunca fue la verdadera y efectiva protección de los aborígenes sino evitar que disminuyese el flujo de metal precioso con destino a la Península. Además, siempre temió mucho más un posible alzamiento de los conquistadores o de las élites encomenderas que de los nativos. Conforme avanzó la colonización siempre fue consciente del mayor peligro que suponían los mestizos y, sobre todo los criollos, intentando no disgustarlos en exceso.   

        Ahora bien, dicho esto, también debemos reconocer que es tan gratuito como absurdo responsabilizar a España de una forma de actuar que han practicado todos los pueblos de occidente desde hace más de 2.000 años. Obviamente, no se puede sostener el europeismo exculpatorio sino al revés pero, insisto, de todos, no solamente de España.

        Tampoco es posible pedir hoy disculpas por lo que hicieron otros hace ya medio milenio, como no es posible que los italianos pidan perdón por lo que hicieron los romanos con los pueblos primitivos del Mediterráneo. Por tanto, es inútil y falaz pedir indulgencia tal y como se ha solicitado en más de una ocasión desde algunos foros indianistas. Algunos grupos indígenas han sido más prácticos, pues en 1989 exigieron ante el Tribunal Internacional de La Haya una indemnización de 10 billones de dólares. Ni cortos ni perezosos cuantificaron el daño recibido en un buen puñado de billetes, lo cual no deja de ser subjetivo, surrealista y hasta ofensivo con la memoria de los millones de seres humanos que perdieron sus vidas en tan dramático encuentro.

        Juan Pablo II, en 1984 destacó la cristianización del Nuevo Mundo como una de las obras más bellas llevadas a cabo por la Iglesia. Sin embargo, eso no le impidió que 16 años después, concretamente, el 12 de enero de 2000, en un documento titulado Memoria y Reconciliación pidiera perdón oficialmente en nombre de la Iglesia por los excesos allí cometidos. Un gesto de buena voluntad que honra a este venerable y recordado Pontífice pero que no deja de ser anacrónico y absurdo. E igual de irracional es sentirse ofendido cuando se describen los dramas y las brutalidades que allí ocurrieron.

        Lo que, en cambio, sí es posible y deseable es narrar y censurar el comportamiento de aquellos conquistadores del siglo XVI y, de camino, recordar que todavía en el siglo XXI muchos Estados continúan sometiendo y aniquilando a la minoría indígena. No se les puede pedir a los conquistadores que hubiesen practicado la interculturalidad o al menos el relativismo cultural, que son conceptos de nuestro tiempo, pero sí existía una importante corriente crítica, única en Europa, contraria a los métodos de expansión utilizados. Además está demostrada la existencia de unos conceptos morales absolutamente universales: el asesinato, la mentira, el incesto o la pederastia han sido siempre comportamientos censurables, al menos desde el origen de la civilización. Incluso la esclavitud fue reprobada por no pocos pensadores de la época, como el padre Las Casas, Tomás de Mercado o fray Bartolomé Frías de Albornoz y, ya en el siglo XVII, por el Capuchino fray Francisco José de Jaca. Y es que desde siempre se valoró la libertad –o lo que se entendía como tal- como un derecho natural y como un preciado bien. Ya en las Partidas de Alfonso X se destacaba la libertad como el bien más apreciado que las personas podían tener. Más claro aún fue don Quijote de la Mancha quien, en un pasaje, le dijo a su fiel escudero lo siguiente:

 

        "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres".

 

 

        Ahora, bien, insisto que los españoles actuaron exactamente igual que otros pueblos occidentales antes y después de la Conquista. No se les puede culpar de pensar y actuar de acuerdo con el pensamiento dominante en la Europa Moderna. Fueron tan etnocidas y genocidas como los demás pueblos occidentales antes y después de la Conquista. Ni que decir tiene que portugueses, ingleses, franceses, holandeses y alemanes actuaron de forma parecida en sus respectivas colonias. Sin ir más lejos, a los Welser les concedió Carlos V la gobernación de Venezuela. Estos nombraron a varios delegados: Ambrosio Alfinger, Espira, Hutten, Dortal, Féderman, etcétera. Todos ellos causaron gravísimos estragos, cometiendo matanzas sistemáticas y convirtiendo el territorio en un inmenso mercado de esclavos. Esto prueba, una vez más, que el genocidio era realmente la forma en que occidente entendió cualquier forma de expansión durante buena parte de nuestra era. Estaba generalizada la creencia de que existían pueblos superiores e inferiores y que era un derecho y una obligación someterlos para llevarles la luz de la civilización y una religión superior. Salvaje era sacrificar muchachos al dios de la guerra o comerse a los prisioneros; civilizado era quemar a los herejes en la hoguera o someterlos a cruel esclavitud. Eran civilizaciones en estadíos evolutivos muy diferentes, ni mejores ni peores, pero los europeos no supieron apreciar ni valorar esta circunstancia.

            La Conquista fue presentada como el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época los amerindios constituían sociedades degeneradas y bárbaras por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos o de cristianizarlos, que era la misma cosa. Por ejemplo, Antonio de Herrera contrapuso la civilización castellana al barbarismo indígena, donde mandaban todos con violencia, prevaleciendo el que más puede. Ahora bien, excluía del barbarismo a los mexicas y a los incas. El padre Las Casas también contrapone el concepto civilización-barbarie, aunque invirtiéndolos. Para él los bárbaros eran sus compatriotas mientras que los civilizados eran los indios.

        Esta oposición entre civilización y barbarie ha estado presente invariablemente al menos hasta el Imperialismo decimonónico. Precisamente, en 1885, George Clemenceau se oponía a la opinión mayoritaria en Francia de la misión civilizadora en África, afirmando en la Cámara de los Diputados:

 

            "¡Razas superiores!, ¡razas inferiores! Es fácil decirlo, no existe el derecho de las llamadas naciones superiores sobre las llamadas inferiores… La conquista que usted preconiza es el abuso, liso y llano de la fuerza que da la civilización científica sobre las civilizaciones primitivas, para apropiarse del hombre, torturarlo y exprimirle toda la fuerza que tiene, en beneficio de un pretendido civilizador".

 

 

        Unos años más tarde, en la II Internacional, se criticó la política colonial porque llevaba al avasallamiento de las poblaciones primitivas. R. Tagore, Mahatma Gandhi y otros pensadores contemporáneos censuraron igualmente el expansionismo capitalista, es decir, el dominio de los pueblos presumiblemente civilizados sobre los supuestamente bárbaros.

        Creo que han quedado bien asentadas y demostradas tres premisas: una, que los españoles del siglo XVI actuaron exactamente igual que los demás pueblos de occidente a lo largo de nuestra era. Dos, que aún siendo ciertos los crímenes cometidos es tan absurdo como anacrónico culpar a los españoles de hoy por lo que hicieron personas de hace cinco siglos. Y tres, que todavía hoy algunos poderes hispanoamericanos siguen culpando a España de sus males para ocultar sus propias miserias. Ricardo García Cárcel, citando a Mario Vargas Llosa, lo ha dicho con una claridad meridiana:

 

        "No son los conquistadores de hace quinientos años los responsables de que en el Perú de nuestros días haya tanta miseria, tan aparatosas desigualdades, tanta discriminación, ignorancia y explotación, sino peruanos vivitos y coleando de todas las razas y colores".


 

        Dicho todo esto, sólo queda concluir, que no es posible pedir perdón hoy por lo que hicieron aquellos conquistadores y colonizadores del siglo XVI. De acuerdo con Manuel Lucena, el único objetivo de los historiadores de hoy debe ser conocer la verdad histórica y aceptarla, por dura que resulte.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias (1492-1570)”. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

        Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. Uno de estos tres volúmenes es la historia de los conventos del obispado de Badajoz, de los que extractamos en estas líneas lo correspondiente a la villa de Valencia de Alcántara.

        Fue mal investigador y buen copista, se dedicó a copiar literalmente de fuentes muy concretas: las crónicas de las respectivas órdenes, los libros de profesión de cada convento y de la Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz de Juan Suárez de Figueroa. Su valor es relativo, de aquellos cenobios de los que se conserva su documentación apenas presenta ninguna novedad reseñable pero sí, en cambio, de aquellos otros en los que la documentación está desaparecida o perdida.

        Y por último decir que hemos adoptado como criterios de transcripción la actualización de las grafías. Asimismo, hemos corregido sin previo aviso las erratas del propio autor y alterado aquellos signos de puntuación colocados inoportunamente, todo ello para facilitar su lectura.

 

VALENCIA. CONVENTO DE RELIGIOSAS DE LA CONCEPCIÓN

            El convento de religiosas de Nuestra Señora de la Concepción de la villa de Valencia del Ventoso lo mandó fundar, por su testamento que otorgó en 24 de junio de 1542 y bajo de cuya disposición murió, el ministro Íñigo de Rosales, cura de la villa de Yepes, en el arzobispado de Toledo, natural de la referida villa y uno de los primeros colegiales que tuvo después de su fundación el colegio de Santa María de Jesús de Sevilla. Previniendo que las religiosas fuesen de la Concepción y que estuviesen sujetas al ordinario, así se ejecutó todo y aunque no constan las particularidades de esta fundación se sabe que vinieron por fundadoras Beatriz de San Bernardo y Luisa de Santo Domingo, del convento de Yepes. Es convento poco autorizado en la fábrica y las religiosas viven con desacomodo. No se ha podido averiguar de él otra cosa.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

        Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. Uno de estos tres volúmenes es la historia de los conventos del obispado de Badajoz, de los que extractamos en estas líneas lo correspondiente a la villa de Talavera la Real.

        Fue mal investigador y buen copista, se dedicó a copiar literalmente de fuentes muy concretas: las crónicas de las respectivas órdenes, los libros de profesión de cada convento y de la Historia eclesiástica de la ciudad y obispado de Badajoz de Juan Suárez de Figueroa. Su valor es relativo, de aquellos cenobios de los que se conserva su documentación apenas presenta ninguna novedad reseñable pero sí, en cambio, de aquellos otros en los que la documentación está desaparecida o perdida.

        Y por último decir que hemos adoptado como criterios de transcripción la actualización de las grafías. Asimismo, hemos corregido sin previo aviso las erratas del propio autor y alterado aquellos signos de puntuación colocados inoportunamente, todo ello para facilitar su lectura.

 

TALAVERA. CONVENTO DE CARMELITAS DESCALZAS

 

            Por los años de 1618, ocupando la silla de Badajoz don Cristóbal de Lovera, tuvo principio el convento de Carmelitas Descalzas de la villa de Talavera. Era este prelado primo hermano de la venerable madre Ana de Jesús, carmelita descalza y coadjutora de Santa Teresa en sus fundaciones de conventos. Y por lo tanto deseaba fundar un convento del referido orden e instituto en esta ciudad. Solicitó para esto del padre general de la religión que le diese fundadoras, pero por la distancia y por otros motivos no vino en ello, lo cual consta por un capítulo de la carta respuesta que la venerable Ana de Jesús, su prima, le escribió desde Flandes consolándola de que el general se hubiese resistido a su pretensión en que le dice no hay que reparar en ninguna dificultad, solo procure vuestra Señora le den monjas que comiencen. Si no estuviéramos tan lejos de acá se las daríamos, que tengo muy buenas españolas de las damas y criadas de la infanta, que fueran de buena gana. Yo la tengo de que como pudiere se funde.

            Éste era el estado que tenía este negocio cuando habiendo venido de Indias, Juan del Campo Saavedra, vecino de Talavera y queriendo emplear en servicio de Dios una buena parte del caudal que había traído, vino a consultarlo con el obispo y a pedirle monjas para el nuevo convento que deseaba hacer en aquella villa. Como el prelado estaba tan inclinado persuadió a que eligiese carmelitas. Pareciole bien y quedó ajustado por escritura que se otorgó en 20 de agosto del referido año de 1618, que se hiciese la fundación del convento con título de la Concepción de Nuestra Señora, hábito y regla de carmelitas y dotación de 900 ducados de renta.

            Juntó el obispo al general para que le diese monjas fundadoras y consta que se las negó (por) segunda vez porque quejándose de nuevo a la venerable Ana, su prima, de ello le respondió: “No deje vuestra señora de hacer la amistad que pudiere a nuestros frailes y aunque se muestre ahora seco el general, otro día no lo estará; no hay que desconfiar que con el tiempo muchas cosas se hacen. Entre tanto no cese vuestra señora de fundar si hubiere ocasión en alguna parte, aunque sean sujetas al ordinario, pero siempre con condición que lo estén a los frailes en queriéndolas ellos.

            Con este dictamen resolvió el obispo traer fundadoras para el nuevo convento del de Villanueva de Barcarrota porque aunque eran de la Tercera Orden vivían con mucho recogimiento y reformación y tenían andado mucho para introducir la observancia y aspereza del Carmen. Las que vinieron fueron María de la Trinidad por priora, María de San Gerónimo, sub-priora, maría de la Encarnación, maestra de novicias, y María de San Juan, tornera. Entraron éstas en la nuestra habitación el día 18 de agosto del dicho año de 1618 en que ya estaba el convento en proporción. No asistió el obispo este día pero lo hizo en el de la Natividad de Nuestra Señora, a 8 de septiembre, en que con la correspondiente solemnidad, colocó el Santísimo Sacramento en la iglesia, les enseñó el tono que habían de cantar y, después, habiendo comunicado las monjas a la señora Mariana de los Ángeles, religiosa carmelita de Talavera, la Reina les envió estos ceremoniales y el modelo de hábito, tocas y túnicas que habían de vestir. Con lo cual salió este convento tan perfecto en la observancia que hoy es un relicario y de él han salido a fundar el convento de Fuente de Cantos, villa del conde de Cantillana, en el priorato de San Juan. Y han florecido en él en santidad muchas religiosas que refieren sus crónicas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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         En este pequeño trabajo vamos a dar a conocer un cabildo de la antigua cofradía de San José cuya imagen titular se conserva en la iglesia de San Pedro de Carmona. Aunque aparentemente parezca que es un pequeño aporte lo cierto es que estos pocos datos resultan fundamentales porque se desconocía prácticamente todo de esta corporación. Es suficiente para darse cuenta de esto consultar la bibliografía para percatarse que apenas si se limita a la atribución de su imagen titular dieciochesca al escultor Montes de Oca (Hernández Díaz, 1943: II, 154). Nos ha sorprendido, además, no haber encontrado ningún dato complementario en la ya extensa bibliografía cofradiera carmonense.

        El documento que ahora analizamos, aunque breve, ofrece algunos datos de interés. Además como ya hemos dicho, es tanto más importante cuanto que se desconocía prácticamente todo sobre la fundación e historia de esta señera cofradía carmonense. Tan sólo se sabía, por tradición oral, que se había fundado en el convento de Santa Ana y que por motivos desconocidos se había trasladado a la iglesia parroquial de San Pedro.

        El manuscrito que transcribimos y analizamos en el apéndice documental es un cabildo protocolizado el día ocho de junio de 1659 ante el escribano público Juan de Santiago. En él los hermanos otorgaron poder al prioste Juan Amaro para que solicitara al arzobispado de Sevilla su traslado desde el convento de Santa Ana de frailes dominicos a la parroquial de San Pedro. En el citado texto se aporta un dato fundamental para la reconstrucción de la historia de esta corporación:

        Se afirma que la primera fundación de la corporación se había realizado en el mencionado convento de Santa Ana "donde ha estado cinco o seis años". Teniendo en cuenta que escriben en junio de 1659 podemos concluir que la cofradía de San José fue fundada en 1653 o en cualquier caso en 1654 en el convento de Santa Ana. Hemos de destacar la fiabilidad del dato ya que, por un lado, lo aportan los propios hermanos y, por el otro, se refiere a un acontecimiento -la fundación- ocurrido tan sólo cinco o seis años antes. Es una pena que no precisasen la fecha exacta de la fundación que sin duda conocían perfectamente por la cercanía de los hechos.

        En cualquier caso debemos señalar que el primer domingo de mayo de 1650 se hizo una procesión rogativa por una epidemia que azotaba Carmona y que iba acompañada por la imagen de San José. Por lo tanto, parece lógico pensar que antes de ese año ya existía una imagen de dicha advocación en el convento que probablemente fue aglutinante de una devoción que desde 1653 se convertiría oficialmente en cofradía.

        En el documento sin embargo aparece un dato desconcertante, pues se afirma que habían estado asignados a dos conventos antes de pasarse a la parroquial de extramuros. Pero hemos de tener en cuenta que paralelamente se dice que la corporación se fundó en el monasterio de Santo Domingo y que en 1659 se trasladaron desde allí a la iglesia de San Pedro. Por tanto, hemos de pensar que durante los años posteriores a su fundación intentaron trasladarse infructuosamente a otro convento, posiblemente al Carmen o a San Francisco, y que finalmente acabaron en la parroquia de extramuros. Esta iglesia era ya por entonces populosa y, por tanto, podía permitir a la corporación sobrevivir de limosnas y reclutar nuevos hermanos entre la feligresía.

        En cuanto a los motivos del traslado aparecen bien claros: tenían desavenencias con los frailes dominicos por motivos económicos, pues, les hacían cargar con obligaciones que no podían asumir. Hemos de pensar que al tratarse de una corporación recién fundada debía disponer de muy pocos medios económicos. En cualquier caso no fue posible el acuerdo y, en junio de 1659, se reunían ya en la iglesia de San Pedro a la espera de la consecución de la licencia oficial que en breve llegó.

        Estos pocos datos nos han servido para introducirnos en el estudio de una antigua hermandad carmonense que, como tantas otras, permanecía olvidada. Esperemos que en el futuro nuevos documentos alumbren con nuevas informaciones la historia de esta hermandad que aglutinó a un grupo de devotos carmonenses.

 

 

APENDICE DOCUMENTAL

 

   Cabildo de la cofradía de San José, Carmona, 8 de junio de 1659.

 

        “En la ciudad de Carmona en 8 días del mes de junio de mil y seiscientos y cincuenta y nueve años estando juntos en la iglesia del Señor San Pedro de dicha ciudad el  y algunos de los hermanos de la cofradía de San José llamados a son de campana tañida como lo han de uso y costumbre para tratar de cosas que convienen al servicio de Nuestro Señor y de dicha cofradía conviene a saber los siguientes: Juan Amaro, prioste; Lucas Ponce Bonifaz, presbítero; Bernardino Muñoz, diacono; Bartolomé Muñoz Madroñal; Agustín Sevillano; Gregorio de Molina; Isidro de Mata; Lorenzo de Cea; Domingo González; Sebastián Pérez; José de Llamas; Juan Vázquez; Cristóbal de Acosa; Cristóbal Pacheco; Juan Vidal; Diego de Santana; Tomás Holg(u)ín; Juan de Moreda; Juan del Valle; Baltasar de los Reyes; Pedro Jiménez; Francisco Martín; Andrés de Castro; Alonso Martín; Benitos de Vastos; Bartolomé de Cárdenas; Juan de Santiago; Amaro (perdido), todos hermanos de dicha cofradía y el dicho  dijo que bien sabían los dichos hermanos que la dicha cofradía de su primera fundación fue en el convento de Señora Santa Ana de la Orden de Predicadores donde ha estado cinco o seis años y los religiosos les han pedido se obliguen a cosas que la dicha cofradía no las puede cumplir aunque tuviese mucho caudal y por estas y otras causas que protesta decir ante el señor arzobispo y que su parecer era que le era más conveniente a dicha cofradía el estar y pasar a la dicha iglesia parroquial de Señor San Pedro por cuanto en dos conventos que ha estado asignada dicha cofradía no la han podido sustentar y que para ello se acudiese al señor arzobispo y al señor provisor en su nombre para que diese licencia para remover y pasar la dicha cofradía a la dicha iglesia de Señor San Pedro. Que le parecía a los dichos hermanos de este parecer los cuales unánimes y conformes dijeron que el parecer del dicho prioste se guardase porque movía así y que los votos de ellos era el mismo que el del dicho prioste para lo cual en voz y en nombre de la dicha cofradía y en nombre de ella parezca ante el señor Arzobispo de la ciudad de Sevilla u otro juez competente para que les de licencia y su mandamiento para pasar la dicha cofradía a esta Santa iglesia y en razón de ello presente escritos y testigos y probazas y otros velados y haga todos los demás autos y diligencias judiciales y extrajudiciales que convengan...

        Y lo firmaron los que supieron y por los que no un testigo, siendo testigos Gaspar del castillo, José Navarro (y) José Márquez, vecinos de Carmona".

(A.P.C., Escribanía de Juan de Santiago 1659, fols. 626-626v)

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

FERNANDO VILLA NOGALES

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        Muy poco es lo que se ha escrito hasta la fecha de esta señera y decana hermandad carmonense y todo ello muy a pesar de que se conserva abundante documentación sin examinar en el archivo parroquial de Santa María.

        Por circunstancias meramente físicas –mi residencia actual lejos de Carmona- no he podido llevar a cabo una investigación exhaustiva sobre los fondos de esta corporación. Por ello, las páginas que vienen a continuación no pretenden agotar la temática sino arrojar alguna luz y ser el punto de partida para futuras y más completas investigaciones.                          

       La hermandad de Santa Bárbara fue fundada en 1470 en la iglesia parroquial de San Felipe por los clérigos "in sacris" de Carmona, según la referencia que nos ofrece el Curioso Carmonense. En un cabildo del siglo XVIII se hizo referencia a las primeras reglas de la hermandad, redactadas el 10 de octubre de 1470 y aprobadas el 16 de ese mismo mes por Nicolás Martínez y Marmolejo, provisor y vicario general del arzobispado de Sevilla ante el notario eclesiástico Juan Núñez. Las segundas reglas se aprobaron casi cuarenta años después exactamente el 8 de agosto de 1508. A comienzos, del siglo XVI está probada la existencia en Carmona de al menos trece cofradías entre las que se contaba, obviamente, la de Santa Bárbara (Lería, 1998: 32).

        Su precoz fundación pudo influir a la hora de elegir una advocación de raigambre bajo medieval y, hasta cierto punto, poco frecuente. Como es bien sabido, Santa Bárbara fue una joven mártir que, por su belleza y con la idea de casarla adecuadamente, su padre encerró en una torre. Al final terminó decapitada por su propio progenitor al enterarse, en una época en la que el cristianismo estaba perseguido, que se había entregado a Dios. Su padre, llamado Dióscoro, sufrió un supuesto castigo divino por su delito nefando, muriendo poco después fulminado por un rayo.

        Desde entonces se la vincula con los fenómenos meteorológicos, encomendándose los fieles a ella cuando hay tormenta. De ahí el famoso dicho de que “solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena”. También se la relaciona con todo lo que suponen explosiones, barrenas o estallidos por lo que tanto los artilleros, como los mineros y los canteros la han tenido históricamente como su patrona. Por ejemplo, en la ciudad Condal de Barcelona había, en la temprana fecha de 1500, una cofradía de Santa Bárbara, vinculada a los artilleros.

        Pese a todo se trata, como ya hemos dicho, de una advocación que no es demasiado frecuente, pues, se cuentan con los dedos de la mano las que existían en cada diócesis. Y los datos en este sentido son bien claros. Por ejemplo, en el obispado de Córdoba de 688 cofradías que se censaban en el siglo XVIII tan solo había una, modestísima por cierto, dedicada a esta joven mártir en la localidad de Fuente Ovejuna. Por otro lado, de las 300 que había en el partido de Badajoz había también una –de seglares obviamente- en la propia capital dedicada a la santa.

        Pues, bien, si es cierto que no es una advocación frecuente menos aún es que además fuese de clérigos “in sacris”, cuando la mayor parte de estas cofradías solían adoptar como patrón a San Pedro. Y ésta es quizás la mayor particularidad de esta corporación carmonense, es decir, que la cofradía de clérigos esté bajo la advocación de Santa Bárbara. 

         Al parecer, y sin que conozcamos los motivos exactos, la cofradía se trasladó en 1595 a la iglesia Prioral de Santa María. Creo que fue desde ese momento cuando se generalizó la realización de una solemne procesión, el día de Santa Bárbara, con la asistencia de todos los clérigos de Carmona, en dirección al templo de San Felipe. Llegado el cortejo a este recinto sagrado, en un altar dedicado a la santa, se oficiaba una solemne función. En 1595 el prioste de la cofradía, Antonio Barba, decía lo siguiente:

 

            “...Que cada año solemos hacer una procesión general el día de Santa Bárbara y vamos desde la iglesia mayor hasta San Felipe donde se hace la fiesta de San Bárbara en presente y sitio no tan decente como es razón...”


 

            En vista de tal circunstancia se solicitaba la adjudicación de sitio en la iglesia para hacer una capilla dedicada a la mártir. En estos momentos, no sabemos mucho más de esta citada procesión ni tan siquiera de los años que estuvo realizándose. Tampoco tenemos información sobre la devoción a Santa Bárbara en el templo de San Felipe. Hernández Díaz citaba la existencia en esta iglesia de un lienzo dieciochesco de grandes dimensiones representando a Santa Bárbara con la custodia que actualmente se encuentra en San Bartolomé (Hernández Díaz 1943: II, 175).

            A principios del siglo XVII recibió por legado testamentario la administración de la capellanía fundada en Santa María por el presbítero y vicario de Carmona Martín Martínez de Carvallar y Cárdeno. Desde entonces nombraba capellán para servir dicha memoria en la pequeña capilla que se sitúa en el muro del coro que da a la nave del evangelio.

            En el siglo XVIII continuó su vida activa como hermandad gremial de los eclesiásticos carmonenses. En 1782 se quejaba el hermano mayor que muchos hermanos no acudían a las solemnidades de Santa Bárbara ni tan siquiera a los entierros de los hermanos. Aludiendo a las reglas pasadas se aprobó que los miembros que no justificasen sus faltas se les condenaría al pago de media libra de cera por cada una.

            Estas cofradías de clérigos eran frecuentes en muchas ciudades y villas de España. El fin básico de la cofradía era la de dar sepultura a los sacerdotes de la localidad. Por tanto, funcionaba a fin de cuentas como una auténtica cofradía gremial, pues, era totalmente corporativa, aunque su fin fuese exclusivamente asistencial, sirviendo de seguro de deceso de sus hermanos. No hay que olvidar que casi todas las hermandades, además del fin puramente devocional, incluían aspectos asistenciales haciendo las veces de seguro de deceso. Pues, bien, así como las cofradías de San José aglutinaban a los carpinteros o las de San Crispín a los sastres éstas de clérigos, casi siempre vinculadas a San Pedro, respondían a las necesidades del importante grupo clerical. Por razones obvias solamente existían en aquellas localidades que por su importancia disponían de un clero secular numeroso (Arias de Saavedra, 2002: 66).

            Por tanto, los objetivos de esta cofradía de Santa Bárbara debían ser dos: uno, la realización de diferentes obras de caridad, como la asistencia a los condenados a muerte o la ayuda a niños huérfanos. Y dos, el auxilio en la enfermedad a los hermanos de la cofradía a quienes debían procurarle además un enterramiento digno a ellos y a sus progenitores. Como se decía en un documento la razón de ser de la corporación era la de “curarnos en nuestras enfermedades y enterrarnos unos a otros cuando alguno falleciere, y (a)demás que cada hermano le ha de decir una misa…”. Asimismo, los clérigos estaban obligados a acudir a velar a los hermanos fallecidos y a proporcionarles un número de blandones o ciriales. Su función era, por tanto, fundamental en una época en la que el bajo clero padecía una escasa remuneración.

            El entierro del hermano se hacía en una bóveda que para tal efecto poseía la hermandad, primero en la iglesia de San Felipe y luego en la Prioral de Santa María. Obviamente, tras su enterramiento el nombre del finado quedaba inscrito en un libro de difuntos. Así, por citar un ejemplo concreto, la partida de enterramiento del beneficiado de la iglesia de Santiago, y gran devoto por cierto de la Virgen de la Esperanza de la iglesia de El Salvador, Juan Rodríguez Borja, decía así:

 

            “El día veinte de marzo del año pasado de mil seiscientos ochenta y cinco fue sepultado en dicha iglesia en la bóveda de la capilla de Nuestra Madre y Patrona Santa Bárbara don Juan Rodríguez Borja, beneficiado propio que fue de Santiago de esta dicha ciudad”.

 

 

Hasta donde nosotros sabemos la cofradía fue languideciendo con el paso de los años hasta bien entrado el siglo XX. Al parecer, su extinción oficial ocurrió en plena II República, allá por el año de 1932. Como es de sobra conocido, aquellos años fueron muy difíciles para la mayor parte de las cofradías carmonenses y españolas en general, donde un buen número de ellas llegaron al punto de su extinción. Pero es que además era una cofradía que tenía un fin muy específico de forma que, cuando el número de curas comenzó a descender perdió en buena parte su razón de ser.

            Para conocer con más detalle los motivos exactos de su desaparición así como una secuencia más completa de este proceso y de su devenir en los siglos XIX y XX haría falta llevar a cabo una investigación en el Archivo Parroquial de Santa María. Solo así podremos conocer con detalle los entresijos de esta importante y señera hermandad carmonense.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS



    

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        Desde la Baja Edad Media la cofradía de la Misericordia jugó un papel muy destacado dentro de la vida religiosa y sobre todo asistencial de Carmona. Pese a ello, y al margen de algunas referencias esporádicas en artículos referidos al Hospital del mismo nombre, su historia sigue siendo hoy en día una gran desconocida.

        Al parecer esta cofradía se fundó a finales del siglo XIV o principios del siglo XV, teniendo como cometido fundamental la asistencia a los presos y a los "pobres vergonzantes". Al menos desde principios del siglo XVI tenía su propio hospital siendo, pues, una más de tantas cofradías asociadas a pequeños hospicios que existían en nuestra localidad. Un golpe de suerte hizo que en el testamento de la Duquesa de Arcos, protocolizado el 5 de abril de 1511, ante Alonso de Baeza, escribano público de Carmona, se dotase a esta cofradía y hospital de un considerable legado. Como es bien sabido, en el testamento se nombraba a la cofradía y al hospital de la Misericordia como heredero universal de sus bienes, con el objetivo expreso de que "se reciban y provean y curen y remedien trece pobres". En el mismo texto de la fusión que ahora comentamos se citaban las obligaciones que tenía contraída dicha cofradía:

 

 

            “La fundación de dicha cofradía fue con obligación de que el prioste hermanos de ella acudiesen a enterrar los cuerpos de los pobres de solemnidad que fallecieren en esta ciudad y su término y acompañar hasta el suplicio a los que por la justicia Real de Su Majestad mandasen ajusticiar y enterrar sus cuerpos y dar en cada un año por el día de Sábado Santo a los pobres de la collación de Santiago de esta ciudad una limosna de pan y carne...".

 

 

        Desde muy pronto esta cofradía se fue poblando de miembros de la élite cabildante y de la alta jerarquía religiosa local. Y es que con frecuencia estas asociaciones caritativas solían estar integradas por las personas más pudientes de cada villa, pues, se suponía que la nobleza y la élite, tenían una obligación moral con los grupos sociales más desfavorecidos. Incluso, antes de la donación de doña Beatriz Pacheco, ya encontramos a destacados personajes carmonenses vinculados a este instituto. De hecho, en 1511, con motivo de la donación, había dos hermanos mayores, don Luis de Romera y don Fernando Montes de Oca, ambos pertenecientes a la élite hidalga de la localidad. 

            Pues, bien, hasta la fecha no se sabía nada de la cuestión de la fusión tratada en este artículo. Es más, ni tan siquiera se tenían noticias de la otra hermandad asistencial, intitulada de la Santa Caridad, y con sede en el arrabal. La historiografía afirmaba erróneamente que lo único que ocurrió en el siglo XVII fue un cambio de nombre, dejando de llamarse Cofradía de la Misericordia y pasando a ser Caridad y Misericordia.

 

 

LA FUNDACIÓN DE LA COFRADÍA DE LA CARIDAD

 

        En principio no consta el año exacto de la fundación y de la aprobación de sus reglas de la Cofradía de la Caridad, intitulada oficialmente de "la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo". En cambio, sí constan en el expediente determinados indicios que nos pueden acercar mucho a esta fecha en cuestión. Concretamente encontramos dos datos bastante significativos: uno, sus reglas fueron aprobadas por el arzobispo Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán. Dos, cuando se refieren a esta hermandad se menciona como "nuevamente erigida y fundada en la ciudad de Carmona". Y tres, en 1670 se fusionó con la de la Misericordia.

            Por tanto, teniendo en cuenta que el arzobispo Espínola accedió a su cargo en 1669, y que en 1670 se fusionó con la de la Misericordia es prácticamente seguro que las reglas de esta corporación debieron aprobarse a lo largo de 1669 o, como mucho, a principios del siguiente. En nuestra opinión, fundación y aprobación de reglas debieron ocurrir consecutivamente, muy probablemente en el mismo año de 1669.

            Mucho más problemático es conocer los motivos exactos de esta erección que provocó litigios y enfrentamientos con la señera cofradía de la Misericordia. Y desde luego, por los síntomas que pasaremos a describir, tenemos fundadas sospechas de una rivalidad entre el área del arrabal, y particularmente de la parroquia de San Pedro, con la élite política, económica y religiosa de intramuros. Para empezar es necesario destacar que, la cofradía de la Misericordia, al menos en el siglo XVII, estuvo regida y controlada por los presbíteros de las parroquias intramuros y por la élite de la localidad. En cambio, llama mucho la atención que la de la Santa Caridad estuviese liderada e impulsada por los presbíteros de la iglesia de San Pedro, todos ellos destacados miembros de su junta, así como por algunos profesionales liberales, como los escribanos Francisco Blaso del Vado o Teodomiro de Cifuentes y Sarmiento. Muchos de sus miembros fundacionales, como el propio Blaso del Vado, sabemos que residían en la collación del arrabal y eran parroquianos de la iglesia de San Pedro. 

            Por otro lado, la cofradía nació “unida y agregada” a la cofradía del mismo nombre de la ciudad de Sevilla. Habida cuenta de los sucesos ocurridos años después, y que en líneas posteriores comentaremos, no sabemos si también hubo una pugna entre la hermandad sevillana de la Santa Caridad y la carmonense de la Misericordia. La corporación hispalense había nacido en 1564, es decir, mucho después que la de la Misericordia, con un fin asimismo asistencial pero, desde 1608, había experimentado un gran auge, gracias al impulso de don Miguel de Mañara. La creación de una filial en Carmona debió ser para la hermandad de la Caridad sevillana, por utilizar un conocido refrán, algo así como "poner una pica en Flandes".

 

 

LA FUSIÓN DE AMBAS CORPORACIONES 


            Como ya hemos dicho la fundación y aprobación de la hermandad de la Santa Caridad trajo consigo enfrentamientos, litigios y rivalidades con la de la Misericordia que provocó la propia intervención del arzobispo y la de su provisor. Con la intervención de dicho prelado y, por la buena voluntad de ambas partes, decidieron acabar con sus enfrentamientos y llegar a un acuerdo de fusión. Así, por un lado, la cofradía de la Misericordia dio poder para tal efecto a sus hermanos Alonso Antonio de Armijo y Tamariz y a Martín Barba de la Milla, por carta fechada el 29 de junio de 1670. Y, por el otro, la de la Caridad, el 1 de julio de 1670, nombró al mismísimo don Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, caballero de la Orden de Calatrava y hermano mayor de la cofradía de la Caridad de Sevilla, y al carmonense Juan de Cifuentes.

            Y no tardaron en llegar a un acuerdo porque dos días después, es decir, el 3 de julio de 1670, se firmaba la fusión con las condiciones de la misma. Concretamente, se establecía lo siguiente:

 

 

            “Que ambas desde hoy en adelante para siempre jamás estén juntas y sean un cuerpo y una misma hermandad y cofradía en el uso y ejercicio de sus oficios, ejercicios y santas obras de caridad y administración de bienes y demás obras pías que cada uno de por si tenía antes de esta agregación...”

 

 

            Una vez ratificada la fusión lo primero que se hizo fue disolver las dos juntas, cesar al prioste de la Misericordia y al hermano mayor de la Caridad y nombrar un gobierno interino. Quedaba en manos del arzobispo el designar un hermano mayor que se hiciera cargo de la corporación hasta el día de Pascua en que se debían nombrar, en cabildo general, nueva junta de gobierno.

            La sede de dicha cofradía estaría, como no podía ser de otra forma, en la capilla de la Misericordia ya que los hermanos de la Caridad no tenían casa propia. Sin embargo, dicho edificio debía estar en obras porque se decía que, si no estuviese acabado de hacer, residieran en “la parte que eligieren y fuere más conveniente a la dicha hermandad”.

 

 

EL INTENTO DE FUSIÓN CON LA CARIDAD DE SEVILLA


            Años después se dio un curioso suceso que no fue otro que la pretensión de la cofradía carmonense de la Caridad y Misericordia de fusionarse con su homónima sevillana. Los hermanos de Carmona pretendían, en función del vínculo de confraternidad y unión que la cofradía de la Santa Caridad de Carmona poseía desde 1669, que “ambas casas quedasen en un cuerpo unidas”. La pretensión no tenía muchos precedentes en esos momentos porque si bien eran frecuentes las fusiones de hermandades ubicadas en la misma parroquia, o a lo sumo en la misma villa o ciudad, las realizadas entre corporaciones radicadas en distintas ciudades no era en absoluto usual. Parecía una situación difícil o imposible de llevarse a cabo en esa época. Pero estaba claro que los carmonenses se movían probablemente por el interés de unirse a una casa muy prestigiosa socialmente y muy bien dotada económicamente. Mucho más improbable es que lo hicieran, con una mentalidad inusual en su época, por buscar una mayor eficiencia en el cometido de dos casas que desarrollaban tareas similares.

            La oposición de los hermanos de Sevilla fue tajante y contundente: "no podían condescender a lo que proponía la venerable hermandad de la ciudad de Carmona". Según decían se había entendido mal el concepto de confraternidad que, desde 1673, había establecido la hermandad sevillana con otras corporaciones similares de la provincia. Al parecer esta confraternidad solo hacía referencia a la libertad de los hermanos de las distintas corporaciones firmantes de acudir a las funciones públicas de la otra. Concretamente especificaban que la confraternidad entre la hermandad de Sevilla y Carmona solo pretendía:

 

 

            “Recibir a los hermanos de la referida hermandad a la confraternidad que piden de tal suerte quede hecha esta unión, que los hermanos de una casa puedan asistir recíprocamente en las funciones públicas y ejercicios de la otra, según lo acostumbramos con las demás casas unidas a ésta, como son Alanila, Utrera, Carmona, Las Cabezas, haciéndolos participar de todas las obras, ejercicios e indulgencias de ésta en la forma que podemos por derecho y que se siente en los libros, mediante quedar los hermanos de aquella por de ésta para ganar las gracias e indulgencias lo cual hacemos para siempre jamás. Y estas propias son las contenidas en el de mil seiscientos setenta respectivo a la venerable de la ciudad de Carmona como se ve de la referencia que hace”.

 

 

            Finalmente, alegaban que era injusto para las otras hermandades filiales, con las que también se habían establecido lazos de confraternidad, que en el caso de Carmona se entendiese de una forma diferente. Sin embargo, a nuestro juicio la situación no era la misma porque la de la Caridad de Carmona se fundó en 1670 en unas circunstancias muy especiales y, da la impresión por los documentos conservados, que plenamente ligada y dependiente de la sevillana.

            Sea como fuere, lo cierto es que los hermanos de Sevilla no condescendieron ni consintieron tal propuesta de la cofradía carmonense, quedando el intento de fusión en papel mojado.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

            Aprobación de la fusión entre las hermandades de la Misericordia y de la Santa Caridad (1670).

 

            “Licenciado don Gregorio Bastan y Arostegui, provisor y vicario general de esta ciudad de Sevilla y su arzobispado, por el ilustrísimo y reverendísimo señor don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán, mi señor arzobispo de esta dicha ciudad y arzobispado de Sevilla, del Consejo de Su Majestad, por cuanto por parte de las cofradías y hermandades de la Santa Misericordia y de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo de la ciudad de Carmona se ha presentado ante mi cierta escritura de concordia por la cual parece que las dichas dos hermandades y cofradías pretenden quedar para desde hoy en adelante para siempre jamás reducidas, agregadas y consolidadas en una y los hermanos de ellas por de una misma hermandad, conferido el título de Misericordia y Caridad de Jesucristo, y obligados a guardar la regla y estatutos de la de la Santa Caridad, ejercicios y buenas obras como de la dicha escritura parece, cuyo tenor es como se sigue:

            In Dei nomine amen, por el tenor del presente público instrumento sea notorio y manifiesto como en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Sevilla, a los dos días del mes de julio del año del nacimiento de nuestro salvador Jesucristo de mil seiscientos y setenta, indiecion octava y del pontificado de nuestro muy Santo Padre Clemente por divina providencia Papa décimo, año primero, en presencia de mi el notario público apostólico y de los testigos infrascritos personalmente constituidos, de la una parte, los seglares don Martín Barba de la Milla, don Alonso Antonio de Armijo Tamariz, vecinos de la ciudad de Carmona, estantes al presente en esta ciudad, hermanos de la cofradía de la Santa Misericordia de la dicha ciudad de Carmona, en nombre y en voz del prioste y hermanos de esta dicha cofradía y en virtud del poder que les otorgaron, ante Alonso María, notario apostólico de la dicha ciudad, su fecha en ella en veintinueve de junio de dicho año, y de la otra parte, el licenciado don Francisco Rodríguez Bordas, presbítero beneficiado propio de la iglesia parroquial del señor san Pedro de la dicha ciudad, consiliario de la hermandad de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo que nuevamente se ha erigido y fundado en la dicha ciudad de Carmona y Juan de Cifontes Lobo, hermano de la dicha hermandad y residente en dicha ciudad, en nombre y en voz de los alcaldes y hermanos de la dicha hermandad de la Santa Caridad y en vista del poder que les dieron y otorgaron, ante Juan Caro Almagro, notario apostólico de la dicha ciudad, su fecha en ella en primero día de este mes de julio que todas las dichas partes me entregaron los dichos poderes para los insertar en esta dicha escritura y son del tenor siguiente:

            In nomine Dei amen, en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Carmona, en veinte y nueve días del mes de junio de mil seiscientos y setenta años, por ante mi el notario apostólico y testigos, el prioste y hermanos de la cofradía de la Santa Misericordia o Caridad de esta dicha ciudad, estando juntos y congregados como lo han de costumbre es a saber: don Juan de Romera Tamariz, prioste, don López del Álamo, presbítero comisario del Santo Oficio de la Inquisición y beneficiado propio de la parroquial del Señor San Bartolomé de esta ciudad, don Luis Barrasa, presbítero, don Luis de Romera Tamariz, presbítero beneficiado propio de la parroquial del señor San Felipe de esta ciudad, don Antonio Gil Barba de la Milla, clérigo de menores ordenes beneficiado propio de dicha iglesia del señor San Bartolomé, don Juan Tamariz de Bordas y Guzmán, don Alonso Antonio de Armijo Tamariz, don Gonzalo Tamariz Bordas y Guzmán, don Juan de Romera, don Martín de Barcia y Milla, todos hermanos de la dicha hermandad por si y en su nombre y de los demás hermanos que de ella son hasta el día de hoy y serán en adelante por quien prestaron bastante voz que estarán y pasarán por lo que aquí será contenido y en su virtud se hiciere y otorgare y a la dicha voz obligaron sus caudales y rentas de la dicha cofradía de un acuerdo y conformidad y que por cuanto la fundación de dicha cofradía fue con obligación de que el prioste y hermanos de ella acudiesen a enterrar los cuerpos de los pobres de solemnidad que fallecieren en esta ciudad y su término y acompañar hasta el suplicio a los que por la justicia Real de Su Majestad mandasen ajusticiar y enterrar sus cuerpos y dar en cada un año por el día de Sábado Santo a los pobres de la collación de Santiago de esta ciudad una limosna de pan y carne y por el Ilustrísimo señor don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán, arzobispo de la ciudad de Sevilla, del Consejo Real de Su Majestad fue servido de mandar se fundase en esta ciudad dicha hermandad de Caridad por tener su ilustrísima noticia estaba fundada la dicha cofradía de la Misericordia y Caridad y porque por obviar algunos inconvenientes que se pueden recrecer los dichos priostes y hermanos de la santa Misericordia y Caridad están conformes con los hermanos de la santa Caridad nuevamente fundada en que se agregasen de la santa Misericordia para que estén incorporados juntas y consolidadas y se cumpla con las obligaciones de su fundación todo lo cual ha de ser con beneplácito de su señoría Ilustrísima y para que tenga efecto otorgaron que daban y dieron todo su poder cumplido el cual de derecho se requiere y es necesario a los señores don Alonso Antonio de Armijo Tamariz y don Martín Barba de la Milla, hermanos de la dicha cofradía de la Santa Misericordia, dieron poder especial para que ambos y no el uno sin el otro puedan parecer y parezcan ante su señoría ilustrísima y pidan y supliquen que se sirva de mandar se haga la dicha agregación de la dicha hermandad de la santa Caridad nuevamente fundada a la dicha cofradía de la Misericordia o Caridad con la obligaciones, cargos e institutos que constan en la fundación de dicha cofradía de la Santa Misericordia y con las demás que tiene o tuviere la dicha hermandad de la santa Caridad, nuevamente fundada, y las que su ilustrísima fuere servido de mandar añadir que fueren convenientes para su confección y aumento.

            Para todo lo cual los dichos señores otorgantes, por si y en el dicho nombre, resignaron su voluntad en la de su señoría ilustrísima y que para ello mande se despachen las letras y demás despachos que para la dicha agregación se requieren... y los señores otorgantes, a quien yo el notario doy fe conozco, lo firmaron, siendo testigos Juan Sánchez Carreño, Manuel Rodríguez y Diego de Santiago, vecinos de Carmona. Don Juan de Romera Tamariz, don Luis de Romera Tamariz, don Martín Barba de la Milla, Luis Barrasa, don Gil Antonio Barba de la Milla, Don Pedro López Álamo, ante mi Alonso Macías, notario.

            En el nombre del muy alto Dios todopoderoso que vive y reina por siempre y sin fin amen y de la bienaventurada siempre Virgen María Madre de Dios, señora nuestra, concebida sin mancha de pecado original en el primer instante de su ser, sea notorio a cuantos vieren esta carta como en la Muy Noble y Muy Leal ciudad de Carmona en primero día del mes de julio de mil seiscientos y setenta, estando en la iglesia parroquial del señor San Pedro de esta ciudad, juntos y congregados como lo han de uso y costumbre los alcaldes y hermanos de las hermandades de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo siendo llamados a son de campana tañida, conviene a saber: el licenciado Gregorio Alanís y Lara, cura de dicha iglesia, y Francisco Blasco del Vado, escribano público del número de esta ciudad y ambos alcaldes de la dicha hermandad, Bartolomé Canelo, mayordomo, el licenciado Juan Ruiz de Santaella, presbítero cura de dicha iglesia, secretario, Gaspar del Castillo, fiscal, el licenciado Fernando Romero, el licenciado Diego Nuño, el licenciado Juan Moreno, el licenciado Juan Martín, presbíteros consiliarios, el licenciado Bartolomé de Ávila, el licenciado Martín de Ávila, presbíteros, el reverendo padre fray Fernando Gómez, predicador y religioso del Orden de nuestro padre San Agustín, don Alonso de la Plata, consiliario, Antonio Murillo, escribano del cabildo y consiliario, Juan de Cifontes, Teodomiro de Cifontes y Sarmiento, escribano público y del número de esta dicha ciudad, Juan Caro de Almagro, Francisco de Aguilar, Francisco Serrano, Manuel Gómez, todos hermanos de la dicha santa hermandad por si y en nombre de los demás hermanos de la dicha santa hermandad, presentes y ausentes que hoy son y serán de aquí adelante de dicha santa hermandad por quien prestaron voz y caución de rato en forma de que estarán y pasarán por lo que aquí será contenido y no lo contradirán en manera alguna, antes lo ratificarán y aprobarán, y a manera de fianza obligaron los bienes de dicha hermandad habidos y por haber y todos unánimes y conformes en presencia de mi el presente notario y testigos de yuso escritos dijeron que por cuanto, habiéndose fundado dicha santa hermandad en esta ciudad, unida y agregada con la misma de la ciudad de Sevilla, por el prioste y hermanos de la santa Misericordia de esta ciudad se pretendió haber y hacer y cumplir algunas de las obligaciones de esta santa hermandad sobre que acudieron al ilustrísimo y reverendísimo señor don Ambrosio Ignacio de Espínola y Guzmán, arzobispo de la ciudad de Sevilla, del Consejo de Su Majestad y su provisor en su nombre, en orden a lo cual fueron ganados diferentes mandamientos por una y otra parte y ahora por parte de la hermandad de la santa Misericordia se ha entendido el que dicha hermandad y cofradía se agrege con ésta de la santa Caridad y que se guarden y cumplan su regla, capítulos e institutos de dicha santa hermandad, por estar confirmada y aprobada por el Ilustrísimo y reverendísimo señor arzobispo de esta dicha ciudad de Sevilla y para confirmación de dicha unión, deseando estar al mayor servicio de Dios nuestro señor y que permanezca con toda paz y quietud y en aquella vía y forma que mejor puedan y haya lugar de derecho de un acuerdo y conformidad otorgaron y conocieron que daban y dieron todo su poder cumplido cuan bastante de derecho se requiere y es necesario a los señores don Miguel de Mañara Vicentelo de Leca, caballero del orden de Calatraba, hermano mayor de la santa Caridad de la ciudad de Sevilla y vecino de ella, y al licenciado don Francisco Rodríguez Bordas, presbítero beneficiado propio de la dicha iglesia del señor San Pedro de esta ciudad y consiliario de esta dicha santa Caridad de esta dicha ciudad, y a Juan de Cifontes y a cada uno insolidum y especialmente para que en nombre de la dicha santa Hermandad puedan conferir con el ilustrísimo y reverendísimo señor don Ambrosio de Espínola y Guzmán, arzobispo de la dicha ciudad de Sevilla y el reverendo provisor de su arzobispado en su nombre, y con la disposición que pareciere por parte de la Santa Misericordia de esta dicha ciudad y con las demás personas que convengan todos los capítulos, calidades y disposiciones necesarias en orden a la perfecta unión de dichas dos hermandades y que se consiga para el mayor servicio de Dios Nuestro señor... Y los otorgantes que yo el escribano doy fe que conozco lo firmaron, siendo testigos Miguel Sánchez, Jacinto del Real y Juan Castellanos, vecinos de esta dicha ciudad...

            Y usando de los dichos poderes dijeron que las dichas dos hermandades sobre sus ejercicios han tenido algunas diferencias una con otra sobre que se han seguido algún litigio ante el señor provisor y vicario general de esta dicha ciudad y arzobispado de Sevilla en que se hicieron algunos autos y se despacharon mandamientos como de los autos consta a que se refieren y por quitarse del dicho litigio y juzgar ser más deservicio de Dios nuestro señor la paz unión y conformidad entre las dichas dos hermandades y que estén juntas y hechas un cuerpo para siempre jamás: están de acuerdo de la dicha unión y dieron los dichos poderes para que sobre esto se otorgue escritura en razón de la dicha agregación y unión.

            Y los dichos señores otorgantes quieren hacerlo así y, poniéndolo en efecto por esta presente carta, en voz y en nombre de las dichas cofradías de la santa Misericordia y de la santa Caridad de nuestro señor Jesucristo y en virtud y fuerza de los dichos sus poderes hacen, juntan y agregan a la cofradía y hermandad de la Misericordia la dicha hermandad de la santa Caridad; y a la dicha hermandad de la Santa Caridad la cofradía y hermandad de la Misericordia para que ambas desde hoy en adelante para siempre jamás estén juntas y sean un cuerpo y una misma hermandad y cofradía en el uso y ejercicio de sus oficios, ejercicios y santas obras de caridad y administración de bienes y demás obras pías que cada uno de por si tenía antes de esta agregación para que corra con título de la hermandad de la Misericordia y Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo sin que se puedan dividir ni apartar una hermandad de otra ni los títulos de ella: y que los ejercicios y ocupaciones que cada una de por si tenía estén juntos, gobernados y ejecutados por unos ministros sin que se pueda ir ni venir contra ella por ninguna causa ni razón que sea y así se ha de gobernar por un cuerpo sólo y sola una hermandad y que el gobierno y administración de hacienda, oficios y elecciones han de ser conforme lo dispone la regla de la hermandad de la Santa Caridad que está aprobada por su ilustrísima el señor don Ambrosio Ignacio Espínola y Guzmán, Arzobispo de Sevilla del Consejo de Su Majestad, sin exceder de ella en cosa alguna ni en el numero que la gobiernan que son veintiuno y con condición que han de cesar los oficios de hermano mayor de la Caridad y Prioste de la Misericordia, quedando a cargo de su ilustrísima el nombrar por esta vez hermano mayor de las dichas dos hermandades unidas para que asista y gobierne de aquí a las elecciones generales que son por el día de pascua de Navidad de este año y que unidos todos en cabildo general nombren todos los oficios del gobierno que como dicho es son veinte y ocho como la regla de la Santa Caridad lo dispone y que para hacer las dichas juntas, cabildos, elecciones y demás ejercicios de la dicha hermandad puedan hacerlos y los hagan con efecto en la capilla de la Misericordia por ser ambas hermandades una y con facultad de que en el interín que la dicha capilla no estuviese acabada o por otra cualquiera razón que sean los puedan hacer en la parte que eligieren  y fuere más conveniente a la dicha hermandad... Y lo aprobé en Sevilla, a 3 días del mes de julio de mil seiscientos y setenta años”.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        A lo largo de la Edad Moderna las fábricas de las iglesias y los cenobios dispusieron de importantes propiedades y rentas con las que construyeron los majestuosos edificios y catedrales que, en buena parte, todavía hoy podemos contemplar.

          En realidad, esas obras de arte se sufragaron directa o indirectamente de la devoción y de la fe del pueblo. Casi todas las personas que testaban dejaban una o varias mandas a la iglesia, a las cofradías, a un convento o a un hospital o a todos ellos. La muerte, omnipresente en siglos pasados, suponía una de las mayores fuentes de ingresos para la iglesia: por un lado, los templos eran los cementerios, y los pudientes pagaban importantes sumas por enterrarse en el presbiterio o en la capilla sacramental. Cuanto más cerca estuviese el enterramiento del Santísimo mayor era su coste económico, mientras que los inhumados a los pies de la iglesia pagaban sumas muy inferiores. Pero, por el otro, los creyentes, al final de sus vidas sentían la necesidad de descargar sus conciencias, dejando una parte de su fortuna en fundaciones, capellanías y obras pías.   Por todo ello, la Iglesia obtuvo unas importantes rentas con las que financió esos majestuosos templos que por fortuna nos han legado.

            En Carmona tenemos numerosos ejemplos de personajes de la élite que dejaron una buena parte de su fortuna a distintos fines religiosos. Entre ellas, doña Ana Salvadora Luisa de Ureña, esposa del regidor perpetuo don Antonio Tamariz y Armijo. Ésta, siguiendo las disposiciones testamentarias de su marido dejó 10.000 ducados para la fundación del convento de carmelitas descalzos de San José.

            Un caso muy similar es el de doña Beatriz de Vargas, esposa del medico Cristóbal Tocado, quien dejó las casas de su morada para la fundación del convento de Santa Catalina. Y por citar un último ejemplo, don Teodomiro Lasso de la Vega dejó 3.000 ducados para labrar la capilla mayor del convento de Carmen.

            Pues, bien, estas líneas queremos citar el caso de otra mujer, doña María de Monsalve, que dedicó gran parte de sus bienes en este caso al convento de las Agustinas Recoletas de Carmona.

          Es muy poco lo que sabemos de la biografía de esta mujer. Debía pertenecer al linaje de los Monsalve sevillanos cuyos orígenes se remontan a la época de la Reconquista de Sevilla. Al parecer, don Guillén de Monsalve, era de origen catalán, pues en el Repartimiento de Sevilla figuraba como uno de los “cien ballesteros catalanes”. Por lo demás, el nombre de María –al igual que el de Guillén- se repite con frecuencia en la genealogía de los Monsalve. De hecho conocemos otra María de Monsalve, que vivió en el siglo XV, hija de Luis de Monsalve y de María Barba que al parecer se crió en la Corte de Juan II, fue apadrinada por los reyes y se desposó con el también linajudo Pedro de Tous, teniente de alcaide del alcázar y de las atarazanas de Sevilla.

        En lo concerniente a nuestra María de Monsalve, sabemos que era esposa de un miembro de la élite carmonense, don Diego de la Milla. Este último pertenecía a una familia muy linajuda de la localidad, originaria de Galicia y residente en Carmona al menos desde el siglo XIV. Tras la muerte de éste se dedicó durante décadas a sufragar diversas obras religiosas en Carmona.

        Teníamos noticias de que, siendo ya viuda, compró un vestido, jubón y saya para la imagen de Nuestra señora del Escapulario, sita en el Carmen.

        Repasando en el archivo de las Agustinas Recoletas encontramos datos inéditos referentes al caudal legado por esta carmonense para favorecer a este cenobio. Según un apunte contable registrado por las religiosas en 1748 recibieron 1.000 reales de limosna de la citada benefactora. Sin embargo, unos años después para acometer las obras del retablo mayor volvieron a apelar a la caridad de sus benefactores. El dinero recaudado –en reales- y sus donantes fue el siguiente: doña María de Monsalve 22.600, doña Juana de Romera 300, Universidad de Beneficiados 300, Martín Barba 75, Marqués del Saltillo 20 y doña Juana de Tovar 20. Está claro que el retablo se pudo sufragar gracias a la donación testamentaria hecha por doña María de Monsalve. Su donativo sirvió para acabar sobradamente el retablo que se tasó con Miguel de Gálvez, maestro ensamblador, en 16.000 reales. Incluyendo una gratificación que se le dio al maestro, el costé quedó en unos 16.500 reales.

        Pero como la dádiva de María de Monsalve fue tan generosa las monjas no dudaron en contratar también el graderío de piedra de jaspe del presbiterio. Así, el 23 de abril de 1755 contrataron la hechura del retablo y tan solo dieciocho días después, es decir, el 11 de mayo del mismo año contrataron con el cantero antequerano José Guerrero la hechura de las gradas de piedra y del sotabanco donde se debía colocar el retablo.

        El coste de esta última obra, incluido su transporte y colocación superó escasamente los 2.000 reales por lo que todavía le siguió quedando a las monjas de la donación para el retablo 4.815 reales. Y las monjas continuaron invirtiendo en su templo, pues decidieron sobre la marcha mandar hacer “la loza del coro y puerta del presbiterio”.  Ocho reales más se gastaron en unas palmatorias que hizo el maestro José Bares y nueve pesos en dorar por dentro el sagrario.

        En definitiva, una donación que sirvió para que la monjas pudiesen sufragar las obras de la capilla mayor del convento de las Agustinas Recoletas. Por tanto, si hoy los carmonenses podemos disfrutar de esa magnifica obra de arte se debe a la generosidad y a la sensibilidad de esta carmonense cuyo nombre hemos rescatado del olvido en estas líneas. 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Prácticamente hasta el siglo XVIII el Estado no se implicó en el campo de la asistencia social. Con anterioridad toda la previsión social de los ciudadanos se debía basar en un sistema privado de contraprestaciones.

         La cobertura social de los carmonenses en el Antiguo Régimen se canalizaba de dos formas diferentes, según se tratase de personas que habían cotizado o de pobres “de solemnidad”. Por ello, Rumeu de Armas habla de dos conceptos diferentes, el de la asistencia y el de la beneficencia.

        La población común normalmente se pagaba su propia asistencia privada a través de las hermandades y cofradías. Para cubrir cualquier eventualidad social prácticamente todas las familias pertenecían a alguna hermandad, algunas de ellas gremiales. De hecho, en otro trabajo nuestro ya afirmamos que a finales del siglo XVIII había en Carmona una cofradía por cada 500 habitantes o por cada 100 vecinos. Esto significaría que prácticamente todas las familias estaban implicadas en algún tipo de corporación, lo que les equivalía a tener una verdadera póliza de seguros para ellos y sus familias. Todas las cofradías tenían, pues, ese doble cometido el devocional y el asistencial, proporcionando a sus hermanos una asistencia en la enfermedad y un enterramiento digno.

         Sin embargo, todos los que participaban en las hermandades y cofradías eran mutualistas que habían cotizado durante toda su vida. Pero, ¿qué ocurría con aquellas personas que no tenían recursos para cotizar? Pues, bien, para ellos no había asistencia sino beneficencia. Y, ¿qué diferencia había? Como dice Rumeu de Armas la asistencia era un derecho mientras que la beneficencia era una gracia o limosna. Los enfermos, los mutilados, los inválidos, los mendigos y los menesterosos en general se sostenían a duras penas de la caridad de los pudientes. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los pudientes, los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le suponía una especial generosidad.

            Esta caridad cristiana se canalizaba, por un lado, de manera informal, a través de las limosnas que decenas de pedigüeños obtenían a las puertas de las iglesias o en los espacios más concurridos de cada localidad. Y por el otro, mediante la fundación de una obra pía en la que, casi siempre a través de un testamento, se dejaba un capital para invertirlos en rentas con las que invertirlas en alguna mejora social. Las obras pías eran de muy diversos tipos, desde redimir cautivos hasta dotar doncellas huérfanas para el matrimonio o para entrar en un cenobio como monja, la escolarización de pobres o la hospitalización de enfermos.

             Dentro de la beneficencia en Carmona hay una institución que ha jugado un papel muy destacado desde la Baja Edad Media. Se trata de la cofradía de la Misericordia, fusionada en 1670 con la de la Santa Caridad. El objetivo de esta cofradía de la Caridad y Misericordia era la asistencia a los presos y a los "pobres vergonzantes". Al menos desde principios del siglo XVI tenía su propio hospital siendo, pues, una más de tantas cofradías asociadas a pequeños hospicios que existían en nuestra localidad. Sus rentas se incrementaron de forma sustancial en 1511 cuando la Duquesa de Arcos la benefició con un importante legado, nombrando a la cofradía y hospital como heredero universal de sus bienes, con el objetivo expreso de que "se reciban y provean y curen y remedien trece pobres". Y ¿quiénes pertenecían a esta corporación?, pues, obviamente las personas más pudientes de Carmona, los Milla, Los Romera, los Tamariz, los Montes de Oca, etcétera.

            Otras cofradías también incluían entre sus estatutos algunas obligaciones para con los pobres no mutualistas. Por ejemplo, entre los cometidos de la cofradía de San Antonio, sita en el convento de San Francisco, figuraba dar de comer a los pobres el día de su festividad.

            Pero, además de esta cofradía, fueron fundadas en Carmona diversas obras pías. Una de las más generosas fue la fundada por el escribano público y de cabildo Pedro de Hoyos en su testamento redactado en 1619. Dicha obra pía la dotó con un pinar, siete tiendas, siete mesones y nueve casas con cuyas rentas pagar una dote de 20.000 maravedís a 15 doncellas pobres. Como patrono y administrador de dicha obra pía se designó perpetuamente a los rectores del colegio de San Teodomiro. Con frecuencia en los años posteriores se subvirtió la voluntad del fundador, rebajando la dotación a 15.000 maravedís y ampliando las dotadas hasta veinte. Así ocurrió, por ejemplo, en 1669, cuando se dotó a las doncellas pobres solo con los citados 15.000 maravedís y ampliando el número de prebendadas hasta la veintena.

            En el siglo XVIII el clérigo de menores, Hernando de Ojeda, alias Cabrito, fundó en el colegio de San Teodomiro un patronato para dotar a parientas suyas. Sus bienes se invirtieron en propiedades con las que se sufragaron dotes, administrando el patronato los jesuitas.     

Mucho más modesta fue la obra pía fundada por el indiano Francisco Navarro dispuso en su testamento, fechado en 1648, que se entregase cierta cantidad de dinero para dotar como monja a su nieta Francisca Navarro, "hija de María Navarro u otra nieta que quisiere ser monja".

            Mucho más generosa fue la fundación que en 1776 hizo doña Josefa Fernández de Córdoba y Zapata, viuda de Diego de la Milla, Marqués del Saltillo. Destinó una buena parte de su capital a la fundación de un hospicio de niñas huérfanas. Contaba el Curioso Carmonense que la fundadora era natural de Granada y que se enterró en la bóveda de entierro de la hermandad del Rosario del convento de Santo Domingo.

            Pues, bien, a continuación daremos a conocer otra obra pía que hasta donde nosotros sabemos no era conocida por la historiografía: la que instituyeron Fernando de Rueda y su mujer Beatriz de Góngora para asistir a “niños expósitos y pobres de la cárcel”. Sabemos muy poco de esta fundación. Lo único que tenemos es un pleito que se generó en 1623 por el que los administradores de la obra pía –el concejo de Carmona- demandaron a Cristóbal Suárez, que tenía en alquiler, una de las casas de la obra pía.

            La fecha de fundación la desconocemos, pues no se especifica en el proceso. Éste es de 1623 y da la impresión que ya entonces era una obra pía fundada de antiguo, por lo que es muy probable que se instituyera en algún momento del siglo XVI.

            De los fundadores, Fernando de Rueda y Beatriz de Góngora tan sólo se dice a lo largo del proceso que fueron “naturales de Carmona y vecinos de Sevilla”. Está claro que pertenecían a la más rancia élite carmonense, pues, los Rueda estaban entre los miembros del regimiento desde la Baja Edad Media. Ya tenemos noticias de que en 1445 era regidor del cabildo carmonense Diego de Rueda, quien casi con toda seguridad era ascendiente del fundador de la obra pía. Unas décadas después, en 1477 y 1478 encontramos a dos regidores de esta misma familia Luis y Pedro de Rueda y en 1483 a Francisco de Rueda.

            El objetivo de la obra pía se menciona en dos ocasiones a lo largo del pleito. Concretamente se dice que se fundó “para la asistencia y remedio de los pobres que son de la cárcel y crianza de niños expósitos”. Por tanto, todo parece indicar que su caritativo objetivo era doble: por un lado, asistir a los presos más pobres y, por el otro, la crianza de los niños expósitos o huérfanos.

            Sobre la dotación económica de la fundación, no se dice mucho. Tan sólo sabemos que al menos una parte de su capital estaba invertido en propiedades urbanas. Éstas se alquilaban y sus réditos servían para dotar de liquidez a la obra pía.

            El patronazgo de la fundación lo tenía el concejo carmonense que periódicamente diputaba a uno de sus miembros para que se encargase de su administración. Según el proceso, había sido administrador Juan de Humanes, regidor y, en 1623, era su administrador Juan de Vilches Tamariz, teniente de alférez mayor de Carmona.

            El pleito se generó en 1623 cuando el arrendatario Cristóbal Suárez, vecino de Carmona fue acusado de no pagar el alquiler y condenado al pago de 30 ducados. Sin embargo, él recurrió a la Chancillería de Granada alegando, primero, que el concejo no podía juzgar el caso aunque “hubiera costumbre de que las apelaciones fueran al cabildo” ya que era la otra parte en litigio. Y segundo, que había gastado mucho más, es decir, 525 reales en reparar las puertas y ventanas porque, sin los dichos reparos, “no se pudieran habitar las dichas casas”.

No obstante, el concejo alegaba que, según un parecer de los alarifes Alonso y Francisco Gutiérrez, los gastos no eran exactamente necesarios. Y, según constaba en el contrato de alquiler, los gastos hechos por su gusto para agrandar o achicar ventanas o puertas debían correr por cuenta del tomador de la vivienda.

            Felipe IV dio autorización por una real cédula dada en Aranda, el 10 de septiembre de 1623, para que el proceso se viese en Granada, por lo que dio al concejo de Carona un plazo de 15 días para que diese poder a algún letrado. Cristóbal Suárez dio poder a Juan Ocaña de la Peñuela, por carta firmada en Sevilla el 19 de septiembre de 1623, mientras que el concejo carmonense dio poder pocas semanas después a Gabriel Mallen.

            El resto del proceso y la sentencia final no aparecen en el documento. De todas formas, lo más interesante del documento ha sido que nos ha permitido conocer la existencia de esta obra pía a favor de los presos más desfavorecidos y de los niños expósitos.

 

APÉNDICE I

 

            Juan Ocaña de la Peñuela en nombre de Cristóbal Suárez, vecino de la villa de Carmona en el pleito con don Juan de Vilches Tamariz diputado nombrado por el cabildo de la dicha villa para la obra de los niños expósitos digo que la sentencia de remate y todo lo demás proveído contra mi parte es nulo y por tal se debe declarar y cuando alguno sea se debe revocar por lo general y que resulta de los autos. Y porque los 30 ducados por que mi parte está ejecutado los tiene pagados en lo que gastó en los reparos que hizo en las casas que se le alquilaron los cuales fueron útiles y necesarios y con orden y consentimiento y en presencia de Juan de Humanes, regidor de la dicha villa, diputado antecesor del dicho Juan de Vilches Tamariz todo lo cual consta por el proceso y por las declaraciones y testimonios por mi parte presentados. Lo otro, no hace contradicción a los dicho lo que declararon Alonso Gutiérrez y Francisco Gutiérrez, alarifes, porque de los mismos autos se echa de ver haberse engañado en la dicha declaración pues los dichos gastos fueron muy necesarios porque sin ellos no se pudieran habitar las dichas casas. Lo otro las condiciones de la escritura las guardó mi parte y en conformidad de ellas hizo los dichos gastos y aunque hayan de ser por cuenta de mi parte las ventanas y puertas que mudare en la dicha casa por su gusto para agrandar o achicar los aposentos o trocar el gobierno de ella no han de ser las ventanas y puertas que es necesario mudarse o hacerse para poder habitar las casas porque esto ha de ser por cuenta del alquiler. Pido y suplico a Vuestra Alteza dé por ninguna la dicha sentencia de remate y todo lo demás contra mi parte proveído o por lo menos lo revoque pues es justicia que pido y costas. En Sevilla a diecinueve días del mes de septiembre de mil y seiscientos y veintitrés.

A.Ch. Granada Cabina 205, Leg. 5330, Pieza 4.

 

 

APÉNDICE II

 

            “Juan de Ocaña de la Peñuela en nombre de Cristóbal Suárez, vecino de la villa de Carmona, en el dicho pleito con el concejo,, justicia y regimiento de ella y don Juan de Vílchez Tamariz en su nombre digo que sin embargo de la declaratoria de contrapuesta por Gabriel Mallen le ha de mandar vuestra alteza que responda derechamente por lo general y que resulta del proceso. Y porque aunque en la dicha villa de Carmona hubiera costumbre de que las apelaciones fueran al cabildo no ha lugar en este caso porque mi parte litiga con el mismo cabildo y sus regidores que siendo partes formales en este pleito y no pueden ni deben ser jueces ni se ha de entender que vuestras leyes reales y pragmáticas les quisieron dar jurisdicción en casos semejantes induciendo corrección de todo el derecho tácitamente. Lo otro mi parte se ha querellado ante v. a. del agravio que se le ha hecho a quien pertenece y toca el remedio supuesto que por ser los mismos regidores los contrarios han hecho seguiir este pleito contra mi parte ejecutándole en virtud de escritura que no es pública ni hecha por escribano público y habiendo mi parte recusado al alcalde mayor le hicieron sentenciar el pleito sin nombrar acompañado, condenándole en lo que de los mismos autos consta no deber en que se echa de ver el agravio notorio que se ha hecho a mi parte y se hará si se diese lugar a que sus contrarios sean sus jueces. Porque pido a v. a.  y suplico que por el remedio que más haya lugar de derecho haga a mi parte cumplimiento de justicias mandando que el dicho Gabriel Mallen y las partes contrarias respondan derechamente sin embargo de su declinatoria para los cuales… En Veintisiete de octubre de mil y seiscientos y veintitrés años.

A.Ch. Granada Cabina 205, Leg. 5330, Pieza 4.

 

 

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        Tomo el título de este post del recordado historiador y diplomático peruano Raúl Porras quien llamó al bachiller Luis de Morales el Las Casas del Perú. Éste vivió en América más de tres lustros, pasando por Santo Domingo, Puerto Rico, Cuba, Venezuela, Panamá y Perú.

        El clérigo Luis de Morales fue nombrado por la audiencia de Santo Domingo como veedor en las armadas que se hacían a Tierra Firme, para verificar que se hacía el requerimiento y que se capturaban en guerra justa. Cuando vio el triste espectáculo que esas armadas protagonizaban lo intentó impedir pero los españoles se amotinaron, gritando que a qué diablos venían allí sino a ganar de comer y buscar indios de cualquier manera que pudiesen, que no habían de ir vacíos a Santo Domingo. Como su vida corrió serio peligro firmó los documentos, legalizando sus actuaciones. Pero, tras su llegada a Santo Domingo, regresó a España donde denunció todos los agravios y sufrimientos injustos que los nativos recibían. Luis de Morales fue otro de esos grandes personajes de la Conquista, otro de esos campeones como el padre Las Casas, que se jugaron su vida en defensa de sus ideas de justicia social.

        No fue el único, pues en su misma línea estuvieron fray Martín de Calatayud, obispo y protector de Santa Marta, fray Domingo de Santo Tomás, obispo de Charcas, fray Francisco de Carvajal, Pedro de Quiroga, fray Tomás de Toro, primer obispo de Cartagena de Indias, o el cronista fray Gerónimo de Mendieta que denunció vivamente la explotación a la que se veía sometido el aborigen. Por su parte, fray Domingo de Santo Tomás declaró indignado que lo que se llevaba a España no era plata sino sudor y sangre de los indios, idea que repetirían posteriormente en términos parecidos otras personas, tanto religiosos laicos.

        Hay que destacar el valor de muchos de estos activistas que se jugaron la vida en defensa de los más desfavorecidos. Muchos vieron amenazadas sus vidas, entre ellos el mismísimo padre Las Casas, mientras que otros, como los dominicos de La Española pasaron hasta hambre por la negativa de los vecinos a darles limosnas. Pero algunos corrieron peor suerte. Igual que en el siglo XX el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, fue asesinado por defender a los más pobres de su país, a mediados del siglo XVI, fray Antonio de Valdivieso O.P., obispo de Nicaragua, fue liquidado por motivos muy similares. Este último prelado fue apuñalado hasta la muerte por Hernando de Contreras a quien había reprendido en numerosas ocasiones por el trato brutal que infringía a sus encomendados. Según Antonio de Herrera fue asesinado por la protección en que el obispo tenía a los indios y el cuidado con que procuraba su buen tratamiento y reprensiones que sobre ello hacía. Valdivieso y Romero murieron por defender los mismos ideales pacifistas, aunque entre ellos medien más de cuatro siglos.

         Para mí, si hubo algo de glorioso en la Conquista de América, fue la existencia de un grupo nutrido de religiosos, la mayoría dominicos, pero también miembros de otras órdenes religiosas y del clero secular que se jugaron la vida en defensa de los más débiles. Ahora bien, se dice que el padre Las Casas exageraba, pero hay infinidad de testimonios en el Archivo de Indias que ratifican la mayor parte de sus testimonios. A continuación transcribo un memorial sobre la situación de los indios que redactó Gregorio López, miembro del Consejo de Indias, en 1543, en base a las informaciones proporcionada por varios religiosos, entre ellos Luis de Morales. Es casi otra “Breve Historia de la Destruición de las Indias”, lean, lean. Aunque advierto que puede herir sensibilidades.

 

APÉNDICE

 

        Información sobre la situación de los indios elaborada por Gregorio López, Sevilla, 1543.

 

        En  la ciudad de Sevilla, a veinte días del mes de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y tres, el Muy Magnífico Señor licenciado Gregorio López, del Consejo Real de las Indias de Su Majestad y visitador de la Casa de la Contratación, mando a mi Juan de la Cuadra, escribano de Sus Majestades y de la dicha visita, tome el dicho y deposición de Luis de Morales, clérigo, sobre la libertad de los indios y cómo son esclavos, el cual juró y puso la mano en sus pechos de decir verdad y lo que dijo es lo siguiente:

            Y luego, incontinenti, habiendo jurado el dicho Luis de Morales, clérigo, con licencia de su prelado, dijo que lo que sabéis que él estuvo en Santo Domingo y en San Juan de Puerto Rico y en la Habana y en la isla de Cuba y en la provincia de Venezuela de donde fue  provisor, y en el Nombre de Dios y en Panamá y en Ata y en la provincia del Perú conviene a saber que estuvo dieciocho años en el Perú en la ciudad de los Reyes, como provisor y juez eclesiástico. Y lo que sabe acerca de la libertad de los indios es que, estando en la ciudad de Santo Domingo, que es en la isla Española, ocho o diez años que residió en la dicha isla, siendo beneficiado en la dicha iglesia, los indios naturales de la dicha isla que se dice Aytí (sic) se llamaban naborías que es un vocablo paliado para servir contra su voluntad casi como esclavos, aunque no se vendían. Y de esta manera que los tenían depositados personas para servirse de ellos en las minas y en las haciendas y si se querían ir algún cabo no podían porque se llamaban naborías.

        Don Sebastián Ramírez, obispo de la dicha isla, después que vino hizo congregación de ellos y los liberó y los dio por libres que sirviesen y estuviesen a donde mejor les pareciese y mejor se lo pagasen e hizo un pueblo de los dichos indios naturales y dioles tierras y término y púsoles un clérigo que les administrase los sacramentos, puesto que algunos depositaba en personas honradas y de buena vida para que les administrasen en la fe. Y este que depone tuvo uno de ellos.

        Estando en la dicha isla vio venir gran cantidad de indios por esclavos en navíos, muchas veces de a Nueva España y de Pánuco, y de Cuba; ahora de toda la costa del norte,  desde Maracapana hasta la provincia de Venezuela, y otros de nicaragua y los traían por mercaderías y entiende que de sus ropas que allá vendían y cierto se maravillaban éste que depone y otras personas que en la dicha isla de Santo Domingo están eclesiásticos, cómo traían tantos indios de tal manera y se vendían públicamente herrados con el hierro del rey y se disimulaba y dejaba pasar.

        El audiencia de la ciudad de Santo Domingo y los oficiales, viendo lo susodicho y la burla que en ello pasaba, que de la costa de Tierra Firme de la banda del norte, que es su jurisdicción, que es desde Cubagua hasta el Nombre de Dios, mandaron que no fuesen carabelas ningunas a la dicha costa de Tierra Firme, ni se trajese indio alguno de allá. Y, después de pedimento de la dicha ciudad, que tenía necesidad de indios esclavos para sus haciendas, mandaron con licencia del rey que fuesen a la dicha costa de Tierra Firme ciertas carabelas a traer indios y llevasen un veedor y tesorero y capitán. Y su intención que Su Majestad manda dar a los tales para que se les notifiquen a los indios y les hagan sus requerimientos, esperándoles a un intervalo. Y la dicha audiencia nombró a este que depone y lo mando ir con la dicha carnada para ver cómo se hacían los dichos requerimientos e instrucción que Su Majestad tiene dada para lo semejante a los dichos indios y él holgó de ello y fue por saber y ver el secreto de los dichos indios como se hacía.

        Y llegaron a la dicha costa de Tierra Firme, a Maracapana, que es a sotavento de Cubagua, a quince o veinte leguas surgieron los navíos y echaron dos barcos luengos en la mar, cada uno con cincuenta hombres y sus remos, a saltear indios y a tomarlos y entraron por el río de Neberi y no hallaron indio ninguno. Vinieron muy enojados y muy despechados porque los indios los habían sentido y huido. Fueron más adelante a un puerto que se llama Haguerote y tomaron dos indios que andaban pescando por unos manglares para sustentarse y metiéronles en las carabelas y allí los amedrentaron con amenazas que les dijesen donde estaba su pueblo de donde ellos venían. Y los dichos indios se lo dijeron y luego los tomaron con la lengua y fueron casi doscientos hombres con ellos y, a media noche, dieron en dos pueblos y trajeron todos los indios que hallaron en ellos con todo lo demás que hallaron en sus casas de joyas, preseas y ovillos y hamacas y mantas y todo lo demás que tuvieron en sus casas. Y metiéronles en las carabelas y fueron de la costa abajo y de noche salteaban indios, estando pescando, y los dichos indios les decían luego de donde venían y cuáles eran sus pueblos y daban en ellos a media noche como en los demás. Y traíanlos a todos a donde estaban las carabelas y los viejos y niños que no podían venir dábanles de estocadas o despeñábanlos. Y este testigo hizo traer más de trescientos niños que no vinieron y los bautizaba luego porque se morían y les hacía una cruz en la frente con los cabellos para que fuesen señalados.

        Y (a)cerca de los requerimientos que se les había de hacer no según daba la orden que Su Majestad manda que se guarde ni es posible que se pueda guardar de la manera que se hace. Hacíanles los requerimientos a los dichos indios a la lengua de ellos ahora trayéndolos bien atados de sus tierras o debajo de la puente (sic) del navío. Los dichos indios ni los entendían, ni sabían lo que se decían, antes decían que los dejasen ir a sus tierras que ni conocían a Dios, ni al Rey ni al Papa sino a sus caciques y a su tierra, ni había otro intervalo de tiempo ni otro esperar ni otro venir de paz más de lo que tiene dicho. Y es la verdad que apenas este que depone la instrucción la entendería sino estudiase algunos días ella, aunque es persona que sabe algunas letras, por manera que muchos indios los entendían y ellos estaban en su libertad y que de esta manera se hizo esta dicha armada habrá ocho o nueve años. Y luego los dichos oficiales , veedor y tesorero y capitán que iban allí se juntaban y como los indios no los entendían, ni sabían lo que se decían, decían al escribano que se lo diese por fe como no querían obedecer lo que Su Majestad mandaba y persuadieron a este que depone que pusiese su autoridad y lo firmase lo cual, como no le pareció bien hecho, les dijo su parecer y casi se amotinaron contra este testigo que depone, diciendo que a qué diablos venían allí si no a ganar de comer y buscar indios de cualquier manera que pudiesen que no habían de ir vacíos a Santo Domingo de cualquier manera que fuese. Y, según los vio este que depone, por que no hiciesen allí más desconcierto contra su persona y no hubiese disensión firmó disimuladamente y, en la primera carabela que fue a Santo Domingo de indios, escribió sus cartas secretas a la audiencia y a los oficiales (contando) todo lo que pasaba. Y en otra carabela que quedó para que fuesen los que restaban, faltaban indios para acabarla de henchir y fueron a un pueblo que está debajo de las Carecas, que se llama el pueblo de los Patos, y entraron de paz con ellos porque los indios lo solían hacer así y daban de comer a los cristianos que por allí pasaban y estuvieren con ellos tres o cuatro días las carabelas juntas junto a los pueblos. Y engañáronlos de esta manera, dijeron los dichos indios que tenían falta de sal y los cristianos dijeron que ellos tenían mucha en una carabela que fuesen la mitad de ellos a la carabela a por sal y la otra mitad estuviese en tierra que la meterían en un canay grande. Y estaban concertados que fuesen a un tiempo los dichos indios por la dicha sal de ellos a la carabela de ellos al canay y los cristianos que estaban en la carabela tomasen los indios que estaban en la carabela y los atasen y los de tierra hiciesen lo mismo. Y así fue ni más ni menos y acabaron de henchir la carabela de indios en pago de la buena obra que habían usado con ellos. Más adelante, un poquito, fueron y tomaron otro pueblo con todo lo que tenían y tomaron (a) la mujer del cacique y el mismo cacique vino luego y les dijo que ellos eran sus amigos que por qué le tomaban su mujer y su pueblo; que le diesen su mujer que allí traía otra en rescate de ella y un poco de oro. Ni el oro, ni la india que trajo se le dio, antes lo querían tomar a él y prenderlo si no fuera por este que depone que dio gritos y se enojo mucho hasta que lo soltaron y así vinieron a Santo Domingo. Y tenían los indios que habían llevado en deposito por lo que este que depone había escrito y los demás que llevaron se mandaron depositar y, hecha la relación a los oidores y presidente por este que depone, le culparon mucho porque había firmado y este que depone dijo la causa que fue porque no le matasen y porque muerto este que depone mataran todos y el daño estaba hecho. Y vista la dicha relación los mandaban volver a sus tierras a costa del capitán y de los armadores y túvose por concierto entre no sabe quién que se repartiesen en la dicha ciudad y se depositasen y sirviesen por seis años y fuesen libres y cree que los herraron en el brazo. Pasados los seis años no cree este que depone que se acordarían de ellos.

        Y de esta costa, donde se traían estos indios, se han traído diez millones de ellos y está despoblada toda de que es gran lástima. Y de ellos han venido a las islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba y Jamaica a servir y, otros, han quedado en las perlas que son bastantes para acabar todos los indios que hay en las Indias, según el gran trabajo que hay en la provincia de Venezuela se han sacado mucha cantidad de indios para otras partes, no los tiene éste que depone por esclavos porque no se les hacen los requerimientos que Su Majestad manda que se les haga y de cada día se sacan indios. Y los de Cartagena y Santa Marta dice lo mismo porque no hay titulo para que sean esclavos ni es guerra justa y en lo de las islas (de) Santo Domingo, San Juan, Cuba y Jamaica todos los tiene por libres, aunque ayuden de trabajos de minas y de haciendas casi todos son muertos y no hay cosa que más los apoque que las minas. Y en Panamá y en Coro hay muchos esclavos de Nicaragua, herrados con el hierro del Rey de los cuales y de todos Su Majestad lleva quinto, a los cuales tiene por libres a todos. En la provincia del Perú se hallaron unos pocos herrados pero mandose que no fuesen esclavos, todos los tienen por libres y las guerras que se les han hecho no son justas, ni lícitas, ni son Conforme a la instrucción de Su Majestad, ni las que hacen en las otras que tiene dicho porque ni los esperan y les dan término ni los entienden, ni saben lo que se dicen.

        Hay una manera de servidumbre en la dicha provincia del Perú entre los cristianos con los indios a los cuales llaman (y)anaconas para que les sirvan, aunque los indios no quieren y contra su voluntad. Y es de esta manera que viene un cristiano y ha menester indios para su servicio y nombrarlos de la gente que anda por ahí a servir a otros y dice el gobernador o su justicia por una cédula: de esta manera deposito en tal tantos indios, nombrándolos para que le sirvan y que les haga buen tratamiento y les enseñe las cosas de la fe. Sírvele el indio un año y dos y tres de balde y dice después que se quiere ir a su tierra que no le quiere servir más y dísele el cristiano que le ha de servir aunque le pese, y quiébrale la cabeza sobre ello y da la cédula a un alguacil para que se lo dé si se le huye de manera que no vende, para siempre sirve contra su voluntad y si se muere aquel cristiano, demándalos otro al gobernador y dáselos como los tenía el otro. Y entre el protector y el gobernador y su justicia sobre esto hay muchas pendencias en la dicha provincia y éste que depone las ha tenido por manera que Dios lo remedie todo y no había de permitir Su Majestad echar indios a las minas porque se acabarán todos como en los otros cabos se han acabado, ni traer carga, ni servir contra su voluntad. Y que esto sabe porque lo ha visto como tiene dicho, estando en la dicha provincia del Perú y que, de todo lo demás que se quieren informar de éste que depone, de aquella tierra para honra de Dios y bien de los dichos indios lo hará como persona que desea su bien y su conversión y firmolo de su nombre.

        En la ciudad de Sevilla, a veintiún días del mes de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y tres años (sic) el muy magnífico señor licenciado Gregorio López, del Consejo Real de las Indias de Su Majestad, en presencia de mí, Juan de la Cuadra, escribano de Sus Majestades, y de la visita en forma de vida de derecho de Rodrigo  Calderón, vecino de la ciudad de México, y que se viene ahora a su naturaleza a la ciudad de Badajoz, el cual juró por Dios y  por Santa María y por la señal de la cruz decir verdad.

         Lo que el dicho Rodrigo Calderón dijo, siendo preguntado por el dicho licenciado Gregorio López, para informarse cómo Su Alteza por su cédula manda: dijo que este testigo ha residido diez años en la Nueva España donde ahora viene y ha tenido su casa siempre en la ciudad de México. Y que  el obispo de la iglesia de aquella ciudad, que se dice fray Juan de Zumarra, que es muy buen prelado y le tienen por santo hombre y amigo de hacer justicia y celoso del buen trato de los indios e indias de su obispado y que se han instruido en las cosas de la fe y que muy a menudo de ocho a ocho días o de quince a quince días sale a visitar los pueblos comarcanos y, los que están lejos, envía sus visitadores y que va bautizando y confirmando por doquiera que anda. Y que, asimismo, la clerecía de México está bien y sírvese la iglesia bien a sus horas y que tiene cargo de mirar por la honestidad de los clérigos y, cuando alguno excede, destierra y que la provincia es tan grande que convenía haber más clérigos y religiosos que anduviesen entre los indios y que este testigo ha tenido algunos requerimientos y así salía por la tierra de la Nueva España. Y que veía algunas veces como algunos frailes de San Francisco castigaban con azotes a algunos indios y los tenían amedrentados para que hiciesen lo que ellos quisiesen y que, como tienen muchos de los indios por los monasterios, fatigan a los indios que les traigan de comer para los dichos niños y para ellos y que algunas veces los ha sacado éste que depone a algunos indios de los cepos porque los dichos religiosos tienen en sus monasterio cárcel y cepos.

        Y en lo de la administración de la justicia que este testigo ha visto hacerse justicia muy recta y derechamente. Y los jueces son personas limpias y que, asimismo, la persona del visorrey es muy honrada y hace muy bien lo que debe, aunque en la manera de los corregidores ha visto que el dicho visorrey ha preferido algunas veces a los conquistadores y pobladores casados por otras personas como a él le ha parecido. Y que en esto no ha tenido buena orden en las proveer que, en todo lo demás, es muy buen caballero y tiene mucha limpieza.

        Y en cuanto al recaudo de la hacienda de Su Majestad que este testigo ha oído decir y ello es publica voz y fama que el tesorero, Juan Antonio de Estrada, debe a Su Majestad sobre treinta o cuarenta mil ducados y el factor Salazar debe otros siete u ocho mil ducados y el contador ciertos pesos de oro que no se acuerda cuántos porque dicen que nunca han acabado de dar las cuentas y se están con la hacienda. Y en cuanto a cobrar los tributos y hacienda de Su Majestad que cree que lo hacen muy bien, sin haber en ello fraude, ni engaño. Y que, en aquella tierra, hay demasiado exceso en los trajes y vestidos y acompañamientos y, asimismo, los oficiales de Su Majestad andan muy ataviados y acompañados que convenía poner en ello alguna tasa y moderación. Y (en) cuanto al tratamiento de los indios que es según los amos tienen; que algunos les tratan mal y otros bien y que los indios que son maltratados saben ya venirse a quejar y les hacen justicia por cuanto al llevar de los tributos que los que son de Su Majestad pagan diariamente lo que deben pero que los que tienen encomenderos, cree este testigo, que pagan muchas veces demasiado porque, cuando se quejan, les hacen justicia y los castigan. Y que ésta es la verdad para el juramento que tiene hecho y firmolo de su nombre. Rodrigo Calderón.

            En la ciudad de Sevilla, a veintidós días del mes de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y tres años, el muy magnífico señor licenciado Gregorio López, del Consejo Real de las Indias, para informarse de algunas cosas cuales que una cédula de Su Alteza, en presencia de mi Juan de la Cuadra, escribano de Sus Majestades, tomó el dicho juramento en forma debida de derecho del bachiller Luis de Morales el cual puso la mano en su pecho y juró por sus órdenes de decir verdad de todo lo  que supiese y le fuese preguntado.

            Y lo que el dicho bachiller Luis de Morales dijo y depuso es lo siguiente: que había dos años que vino de la ciudad del Cuzco, que es en la provincia del Perú, a donde fue deán y provisor de toda la provincia por el obispo primero que fue, fray Vicente de Valverde. Y que, cuando salió de la dicha provincia, estaba algo razonable el estado de ella. Aunque se había pasado mucho trabajo por los indios y por los españoles verdad es que andaba mucha gente extraordinaria haciendo daño en los indios, robándolos así de sus ovejas que tenían como de lo demás. Y esta manera de robar se llama en aquella tierra ranchear y como los indios no sabían a quien se habían de quejar ni tenían habilidad para ello quedábanse con su trabajo y siguiéndolos a robar algunos indios mataban algunos cristianos defendiendo sus haciendas y personas. Y lo sabían en los pueblos de los españoles, no mirando por qué los mataban, ni por qué no o quién era causa. Iban allá algunos españoles de guarnición, con comisión de la justicia, vista la información sumaria como los habían muerto, hacían casi justicia de todos y algunas veces sus amos de los dichos indios lo tenían por bien por sus propósitos.

        Y en lo que toca al regimiento temporal de la dicha provincia dijo que no se puede bien gobernar si los que la gobiernan tienen cargo de justicia y de la tierra y de los indios quiere decir que no tengan que ver con los indios, ni los tengan, ni los posean, ni tengan que ver con tributos de ellos, ni con otras granjerías, ni contrataciones, ni rescates, ni granjerías en la tierra, ni mercaderías. Que de aquí ha venido casi toda la perdición de aquella provincia y el mal tratamiento de los niños huérfanos. Solamente es necesario que los dichos oficiales y justicias tengan el salario que Su Majestad les diere y con ello vivan y solamente tengan respeto a lo que Su Majestad les mandare y a entender en el bien de los indios y de la tierra, sin entender, como dicho tiene, en otras granjerías. Y que los que de acá fueren a las dichas provincias a gobernar no vayan cargados de deudos, ni gente, ni criados y otros familiares porque esto es torcedor para que hagan lo que no deban y pueblan la tierra de vagamundos como en muchas partes está poblada. Los cuales vienen a robar y echar a perder a los indios y destruir la tierra porque es por fuerza que han de comer y vestir y beber y jugar y no hay de donde se saque esto si no es de los pobres cueros de los indios. Y después vienen estos tales a amotinarse y a hacer morir por Dios de a donde se sigue mucho daño y ha seguido.

        Y que en cuanto a la administración de la justicia de la dicha provincia del Perú dijo que moderada ha sido pero que más rigurosa había de ser porque el gobernador era buen hombre y no era, para ello, remiso. Han sido y muchos en lo que toca a los indios y a los malos tratamientos que les han hecho y, como todos los más de las justicias, regidores y alcaldes participan en bienes de indios, disimulase y, lo que peor es, que los alcaldes por la misma parte como tienen indios de repartimiento y (y)anaconas como tiene dicho en la otra su deposición más favorecen a los vecinos que tienen indios como ellos que no a los indios que en los agravios de los dichos indios ni les quieren oír, ni hacen por ellos como son obligados. Y (cuando) Su Majestad les manda ni dan traslado a los protectores sino cuando quieren y les parece, no obstante, que un alcalde o un teniente dio a este que depone un traslado de uno o de dos pero todo escueta porque hacen lo que quieren y lo pagan los pobres indios porque de los cueros salen las correas porque los dichos alcaldes son hombres que saben poco y no tienen mucho pelo? En lo que toca a los indios ni aun caridad y que en lo que toca al regimiento espiritual moderadamente se ha hecho porque en la iglesia del Cuzco este que depone dejó hecha una iglesia catedral buena de una nave y sacramento dentro de la dicha iglesia con su lámpara que ordinariamente de cada día arde. Una pila de bautizar de plata muy suntuosa que la sacó este que depone de limosna de los vecinos del pueblo e hizo unas gradas alrededor de la iglesia porque tuviese cerquito moderado, tiene buenos ornamentos que el obispo que haya gloria llevó y otros que había de antes dícense las horas ordinariamente cada día cantadas los días solemnes y entono los días no tan solemnes, dícese misa de tercia cada día por el pueblo. Había cuando éste que depone residía en ella que era deán y provisor y un arcediano y dos canónigos y dos curas y sochantre, con un sacristán y, cuando faltaban algunos, eran los mismos beneficiados curas y sochantres y así lo eran en aquel tiempo, puesto que ahora hay dos curas fuera de los beneficiados, ganan las horas por distribuciones cotidianas. Dejó éste que depone (un) cuadrante para apuntar las horas y la orden que se había de tener cerca del régimen del culto divino, conforme a la orden de la iglesia mayor de la ciudad de Sevilla donde éste que depone se crió y de la iglesia de la ciudad de Santo Domingo, a donde fue beneficiado y sochantre mucho tiempo porque aquella provincia es de la metropolitana de Sevilla...

        En la ciudad de Cuzco, en su iglesia, se han bautizado mucha cantidad de indios y mestizos, infantes de los cuales por sus nombres quedan asentados en un libro y éste que depone y algunos letrados, algunos daba bautizar instruidos en la fe y los que sentía que tenían buen corazón a los cristianos y estaban seguros. A los otros no osaba, aunque lo demandaban a éste que depone porque hacían mil burlas y se le iban a los pueblos y al monte y ésta (no) es cosa de este sacramento. Que se celebran honrosamente en Cuzco la eucaristía y la unción de enfermos. En otros lugares los indios tienen a los cristianos por diablos en los sacramentos de la extremaunción,  lo mismo con el sacramento de la penitencia no basta juicio con los españoles o sacarles las mancebas que tienen de indias y, si ellas son bellacas y sucias, mucho más las administran ellos en el dicho acto y este es el ejemplo y doctrina que les dan todos, desde el menor hasta el mayor, aunque algunos hay que son hombres honrados y en esta materia este que depone juntó todos los religiosos y sacerdotes sobre las confesiones para dar orden a no absolverlos porque por la jurisdicción que éste que depone tenía no podía ni era parte, ni el obispo porque cerca de esto les dan poco favor las justicias y el gobernador y aun son injuriados y maltratados de algunas personas sobre que descargan la conciencia en tal caso porque quieren vivir a su propósito y como moro y que nadie les baja la mano y tienen escondidas las indias sobre diez llaves y con porteros para sus torpezas, sin dejarlas venir a doctrina ni a las oraciones que se suelen decir. Y sobre tal caso las tienen en hierros y las azotan y trasquilan para que hagan su voluntad. Y como todos son de la misma opinión se tapa y disimula todo y si éste que depone tuviera favor de Su Majestad y su justicia le favoreciera como convenía en esto él hiciera que vivieran como debían o cesarán con ellas o los echara de la tierra y las dichas indias fueran mejores cristianas de lo que son y se hubiera hecho más fruto porque con solamente la justicia ordinaria hacía en ello lo que podía, aunque no descargaba tanto su conciencia como quisiera porque cada uno le iba a la mano y aun sobre ello le amenazaban. Y no hay otro remedio si no callar por los perjuicios y escándalos (que) ocurrirán en la demanda y esto, por servicio de Dios, que Su Majestad lo remedie con mucho favor y rigor porque los indios toman ruin ejemplo, tomándoles sus mujeres e hijos para usar de ellos y se escandalizan con nuestro malvivir, dándoles mal ejemplo que es gran estorbo para la conversión.

            Pablo Inga, hermano de Atabalipa (sic)y del otro Inca que anda alzado, atrayéndolo a la fe y administrándole, diciéndole que tomase una mujer, la cual quisiere, porque tenía muchas para que la bautizasen juntamente con él dijo para qué, los otros cristianos tenían tantas mujeres, pues que éste que depone le mandaba al que tuviese una. Y que le dijo que eran aquéllos unos bellacos, malos cristianos y que no hacían lo que mandaba Dios. A este dicho inca le atrajo éste que depone muchas veces y fue muy gran amigo de éste que depone por tirarle los ritos, ceremonias y otras ruines costumbres que tenían y así lo hizo en muchas cosas, especialmente le dio a éste que depone el cuerpo de su padre, Guaynacaba (sic), al cual adoraban él y toda la tierra y lo tenían como al sol y lo enterró delante de un notario clérigo que se llama el licenciado Castro y él y el alguacil mayor lo vieron con mucho llanto de la madre del dicho Pablo y de otros que se enterraron muchas piedras que las tenían por dioses de cosas particulares. Y a la redondez del Cuzco hizo derribar muchas guaças y adoratorios y otras ceremonias que tenían los indios e indias de las dichas y de llorar cuando se moría alguno porque era muy feo y supersticioso para la conversión y porque viniesen a la doctrina que todos los domingos y fiestas de guardar se decían en la iglesia mayor de la dicha ciudad, en acabando de comer en su lengua, con lenguas e intérpretes, a la cual iba el obispo y éste que depone. Y estaba una persona diputada buena lengua y la cual para esto que era sacristán allí se les decía como habían de ser cristianos y qué cosa era agravio y el modo que habían de tener y las oraciones de la iglesia con los mandamientos y artículos y lo mismo se hacía en Santo Domingo y cada uno iba donde más devoción tenía.

        Fuera de la ciudad del Cuzco, que es poblada de cristianos, en todos los pueblos de los indios que están de paz o sirven a los vecinos del Cuzco, que son en cantidad, no tienen administración alguna más de sacarles los tributos contra su voluntad o por su voluntad y traérselos a cuestas al pueblo como bestias, y después servir en sus casas para hacérselos y adobárselos. Y si la comida no traen consigo de sus tierras no lo comen cerca de estos ni clérigos, ni frailes no van a los dichos pueblos de indios (a) administrarles las cosas de la fe para la conversión cristiana. Verdad es que algunos pueblos de indios están tan lejanos de los pueblos de los cristianos que si fuesen allá a administrarles una o dos personas recibirían trabajo y peligro de la vida y otros hay tan cercanos y tan anejos de cristianos que se hacía mucho fruto en gran manera y los indios  y caciques se holgarían de ello y les darían de comer y beber a los clérigos (que) están en su iglesia y los frailes en sus monasterios y en los mejores cabos del pueblo con indios de repartimiento que les sirven y buenas chacras en que siembran y comen en su refectorio y algunos predican en los dichos pueblos de los españoles y oyen de penitencia que para esto parroquia hay y clérigos parroquianos en cada pueblo que lo haga. Y ello es más necesario su doctrina fuera de los pueblos de los cristianos a los indios que no allí y a esta causa no se ha hecho fruto en la tierra ninguno, Su Majestad bien lo tiene mandado sino que no se guarda que traigan los caciques y los hijos a las iglesias y que allí se les haga una casa a donde les administren la doctrina cristiana no lo hacen ni lo han querido hacer los obispos bien lo querían y lo proponen pero no les ayudan quien manda la tierra y por esto ni ha conversión ni sacramento fuera de los pueblos do están los cristianos que en cada pueblo de indios había de haber un sacerdote clérigo o seglar a costa de los que tienen los tales indios y pueblos y encomienda en recompensa de los tributos y otros agravios que les hacen y les dan.

        Cerca de los tributos ha habido una desorden y hay que cada uno hace lo que quieren y demanda lo que quieren y no hay quien le vaya a la mano porque todos son de una opinión y todos viven por esta vía y a esta causa han fatigado a muchos indios y hecho muchos malos tratamientos y muerto. Bien lo tiene mandado Su Majestad cerca de esto pero no se guarda pero sobre esto es menester gran remedio en la tierra porque se despoblará en breve tiempo porque los cristianos son ingobernables y no se contentan con lo moderado, especial que ellos son los jueces en esta causa y los señores y aun algunos hay de los indios que son tan pobres que no pueden dar plata, ni oro, ni su valía y a poder de palos y de azotes y de cosas se les hacen buscar los que tienen por encomendados y en la ciudad del Cuzco les han tomado muchas chacras que son tierras en que siembran y casas y no hay quien se las haga restituir de a donde los indios se destierran y se van por ahí y aun de ellos se ahorcan. Y en esto pasan los indios mucho trabajo y detrimento y han pasado y aunque no se les demandase tributo por dos o tres años, según ellos están destruidos y desbaratados, sería gran bien para los naturales en recompensa de los robos que les han hecho para que ellos se rehiciesen y se esforzasen y animasen y lo que peor es que un Ave María no saben.

            Y los que lo tienen los administran por la mayor parte en recompensa de sus trabajos y de lo que les llevan y que esto pasa en toda la provincia del Perú a lo que este testigo ha visto por la mayor parte. Y en lo que toca a la población de la dicha provincia se pueden poblar más pueblos de cristianos repartiendo los indios moderadamente como se pueda pasar cada español y estará la tierra más segura y los indios vendrán más. Y los indios se han huido (a) los montes por los malos tratamientos y no se quieren volver porque no tienen chacras, ni casas a donde venir y da pena ver la gran cantidad de pueblos despoblados en torno a Cuzco.  

        En cuanto al tratamiento que hacen en los indios son perseguidos por la justicia real y por los capitanes, aperreándolos vivos que es muy gran lástima, echándoles diez y doce perros que solamente los tienen avezados para aquel efecto y los crían y los ceban en ellos. Su Majestad debe mandar matar todos los perros de esta casta porque son muy perjudiciales a los naturales y mereciendo la muerte el tal indio sea moderada como le dejen recibir el sacramento del bautismo y otros ahorcan de los pies y están allí muriéndose dos o tres días. Y este testigo vio uno en la ciudad del Cuzco, ahorcado en la picota de los pies, y rogó que no hiciesen de él justicia sin hacérselo saber para instruirle y bautizarle y fue corriendo des(de) que se lo dijeron y hallolo diciendo Santa María, Santa María y allá con la lengua le interrogó y bautizó. Su Majestad debe mandar que no se haga justicia de ningún indio sin hacerlo saber al cura parroquial o a algún religioso y que den traslado a los protectores y que muchos indios e indias andan por el Cuzco muriendo de hambre porque les han quitado sus tierras y casas. Y andan pidiendo limosnas con una cruz en la mano.

        Francisco Rodríguez Santos, testigo, en Sevilla el veintitrés de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres años, siendo canónigo en la santa iglesia de México, prometió decir la verdad. Que a muchos indios los castigan y azotan y trasquilan y traen en cepos. Si les preguntan no saben el ave Maria. Y que muchos mueren sin haber recibido los sacramentos porque hay pocos clérigos y la tierra es larga. Y que a algunas mujeres indias que no se saben el Ave Maria las prenden y allí dicen que tienen ayuntamiento con ellas. Que algunos frailes de mala vida hacen desmanes en Nueva España.

            En la ciudad de Sevilla, a veintitrés días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres años, el señor licenciado Gregorio López tomo juramento en forma de vida de derecho a Andrés Núñez, clérigo mayordomo del obispo de México, el cual puso la mano en sus pechos y prometió y juro de decir verdad de lo que le fuese preguntado. Dijo que lo que este presente testigo ha visto que el que se excedía ha sido castigado y que bien es verdad que hay falta de ministros que administren los sacramentos y que de esta causa muchos indios mueren sin sacramentos porque hay muchas tierras donde nunca vieron clérigos y frailes y que a este testigo les ha acaecido salirle muchas mujeres con los niños a rogarles que los bautizasen y que aunque hay una cedula de Su Majestad para que los encomenderos paguen un sacerdote en cada pueblo los más de ellos no lo hacen y que le parece a este testigo que convenía que los indios que se doctrinan en los monasterios se cursen por tres o cuatro años cuanto supiesen la doctrina cristiana y la lengua española y no estuviesen más tiempo porque de estas más viene mucho daño porque, con la ociosidad, andan perdidos entre los indios y los temen los caciques y aun los indios labradores. Y también le parece a este testigo que no les debían enseñar a los dichos indios más de la doctrina cristiana porque ha visto que se lee públicamente lengua y filosofía que oyen diez o doce indios poco más o menos y que uno de estos indios le vino a preguntar a este testigo dime quid est tunitas. Y también parece que la diversidad de muchos hábitos de religión no ha hecho mucho fruto en la tierra que convenía que se conformasen todos en un hábito porque los indios se alteran en ver tanta diversidad de hábito. Y que en lo de la administración de la justicia que no sabe cosa.  Que en lo de la población México y sus comarcas está muy bien poblada de indios y lo saben porque le dieron un informe con trescientas iglesias de campana y que los indios están muy diestros  y corren ya un caballo en perfección y que, a esta causa, convenía tener mucho cuidado en la población de los españoles y que los españoles trabajasen en sus oficios y que hay en México mas de seiscientos españoles sin oficio, corriendo en costa ajena que el tributo de los indios es en mantas y sería bueno que se le diese a elegir como quieren pagar y que, cuando pagan en gallinas y son flacas, no se las quieren coger y terminan esclavos.

            En la ciudad de Sevilla, a veintitrés días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres años, juramento de San Juan de Sasiola que ha estado cuatro años y medio en Guatemala, Honduras y valle de Olancho y que ha visto que los indios son muy maltratados porque los ha visto llevar cargados ciento y ciento y veinte leguas de sus pueblos, cargados de maíz y de sal y de otras cosas y que se han muerto muchos por los caminos. Que no hay clérigos suficientes y que mueren sin bautizar muchos de ellos. Que en esos cuatro años y medio años faltan de Guatemala unos catorce mil indios

            En Sevilla a veinticinco días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres, pareció como testigo Alonso Rodríguez, natural de Guadalcanal, quien declaró haber estado en México por espacio de catorce años. Que los ha visto bien tratados y los clérigos van por las provincias bautizando y confesando los indios.

        En Sevilla, a veintiséis de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres, prestó juramento fray  Martín de Figueroa, comendador de Nuestra Señora de la Merced, dijo que estando en el Nuevo Reino de Granada, que es en la gobernación de Santa Marta, desde hacía trece años y medio, él ha estado mucho tiempo en Santa Marta y hay una cosa que le parece que convendría mucho proveerse para ganar aquella tierra de paz y volverla a la fe y es que junto a la ciudad de Santa Marta hay unas cinco villas que son puertos de mar que hay siete u ocho pueblos de indios y otro que se dice la Ciénaga y otro valle que se llama de Gavira que están todos junto al mar y que estos están de paz cuando quieren y que convenía mucho que a estos se mandase, so graves penas, que no llevasen sal, ni pescado a los indios de la sierra que están de guerra porque todos los indios de la sierra no comen carne y su mantenimiento es pescado y sal la cual les llevan estos indios de estos pueblos y los mismos pueblos de la sierra hacen a los mismos indios que estén de paz por tener ellos bastimentos de su mano y quitándoles este mantenimiento los indios de la sierra vendrían de paz y teniendo estos mantenimientos ni los unos ni los otros están de paz  porque acaeció muchas veces salir los cristianos a los caminos a defender que los indios de guerra no les maten los caballos ni los ganados y así los indios que están de paz como los de guerra matan a los cristianos y este testigo lo ha visto y le han dado a él un flechazo. Y también convenía que los indios que se hubiesen de guerra de aquella sierra Su Majestad hiciese merced de su quinto de ellos a los tomadores porque se inclinasen más a la guerra viendo que les venía mayor provecho y cuando los de la sierra se viesen molestados vendrían de paz y que no se lleve almojarifazgo de las cosas de comer.

        En Sevilla, a veinticinco días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres años pareció por testigo Benito Sanabria, natural de la villa de Cáceres,  el que juro decir verdad. Dijo que ha estado este testigo en el Nuevo Reino de Granada dos años. Y que al tiempo que fue oyó decir como se le habían hecho muy malos tratamientos a los indios por les sacar oro y habían muerto muchos indios. Y que, después que este testigo está allí, ha visto matar algunos indios. Especialmente vio matar a uno que era indio principal porque decían que había dicho que no trajesen los indios a los cristianos más mantas, ni maíz, ni carne y cree que Gonzalo Yánez o por su mandado se hizo proceso contra él y le ahorcaron. Y que, en Santa Fe, a otro indio le hicieron cuartos porque trajo cierta moneda que decía que era de oro y era de metal. Y también oyó decir este testigo que Pedro de Colmenares había tenido a un indio cacique suyo colgado de un brezo que casi no llega los pies al suelo porque le diese oro y que no murió el indio porque este testigo lo vio después. Y que ha visto este testigo como cargan a los indios, aunque les pesa, sin pagarles cosa alguna si son indios de su pueblo cuando son indios criados o cuando van de caminos…

            Que este testigo oyó decir  después de partido ya que se venía de camino, estando en el río de Bogotá, como se había hecho justicia en Tunja que es en el Nuevo Reino de Granada de un indio principal, señor de Tunja, que se llamaba Tochacipa que estaba encomendado al capitán Juan del Junco y que decían que era porque apellidaba la tierra y que decía que los mercados que no sirviesen los indios a los cristianos y que oyó decir que le había hecho justicia Gonzalo Suárez  y que también oyó decir que algunos vecinos amenazaban con perros a los indios para que le diesen oro, trayendo indios ladinos por la tierra, amenazando con los dichos perros. Y que este testigo vio preso al cacique de Tunja que lo puso preso Gonzalo Suárez y luego lo soltó y los indios de Junco los repartió a otros encomenderos. Que los indios de la sierra de Santa Marta están alzados y que necesitan los españoles mucha ayuda porque tienen muchos trabajos.

            En Sevilla, a veintiséis días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres años, compareció el testigo Francisco de Alegría, clérigo tesorero de la iglesia de Guatemala, el cual juro decir verdad. Dijo que hacen todo lo que pueden por los indios, que los bautizan a los indios y los confiesan y que los indios son muchos y los sacerdotes pocos y que, en esta provincia de Guatemala, convenía que se juntasen los indios en pueblos porque, estando dispersos por los campos y casas, no pueden ser administrados en las cosas de la fe, y que unos encomenderos acuden al obispo para que envíe un cura a atender e instruir o visitar a sus indios y otros no se curan de ello, y que a esa causa se mueren muchos indios sin bautizar y sin otros sacramentos. Y que la tierra es muy montuosa y que la única forma que habría de que esto no ocurriera era juntando a los indios en pueblos y que eso pasa aunque el obispo premia a los encomenderos que cumplen.  Y en cuanto a la justicia se han dejado de castigar muchos encomenderos que abusaban aunque desde que llego el obispo la justicia anda mejor. Que hay muchos españoles pobres que viven allegados a encomenderos y a otras personas que tienen de comer.

        En Sevilla, a veintisiete días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres años compareció el testigo Martín de Maturana, vecino que dijo ser de la ciudad de Vitoria, dijo que ha estado en la ciudad de Santiago de Guatemala doce o trece años hasta ahora que podrá haber hasta nueve meses que partió de allá y que en lo que toca a la gobernación de aquella tierra  y los clérigos de la iglesia hacen bien sus oficios y viven honestamente porque los deshonestos no osan pasar a la tierra aunque hay pocos clérigos y muchos indios y que los que tienen pueblos de indios encomendados llevan de tiempo en tiempo a clérigos para que los bauticen y confiesen pero que, de asiento, no tienen clérigos en los pueblos y que las casas de los indios están derramadas por los campos y que se podían juntar y vivir juntos porque muchos indios se mueren sin recibir los sacramentos. Y que la justicia se hace bien aunque algunas veces se disimulan cosas porque son pobladores nuevos para evitar que la tierra se despueble. Que los indios ahora andan regular porque, después del terremoto de Guatemala, caen más tributos sobre ellos que a catorce leguas de Guatemala esta la provincia de Teculaclán que está de guerra y también otros pueblos a veinte leguas que los frailes mandaron allí a caciques de paz pero siguen de guerra y los frailes no han ido allí a predicar y que si no los presionasen tanto con los tributos holgarían de tener amistad con los españoles.

            Otrosí dijo que vio este testigo algunas veces venir indios a Guatemala a servir a sus amos o a trabajar en el edificio de las casas y que se les acababa la comida y los enviaban sin darles cosa alguna para el camino que le parecía a este testigo gran inhumanidad que se iban muriendo de hambre, aunque algunos otros de sus amos lo hacían bien con ellos y les daban con que se volviesen…

        En la ciudad de Sevilla, a treinta días del mes de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y tres, compareció el testigo Pedro de Aguilar, vecino de México, morador en las minas de Cultepeque y juró decir la verdad. Siendo preguntado dijo que ha estado en muchos pueblos de la Nueva España y en todos ha visto que se tiene cuidado del bautizo de los indios y de los confesar, así por clérigos como por religiosos. Y que, en donde el testigo vive, se sirve muy bien la iglesia de los oficios divinos y que, algunos de los que tienen pueblos de indios encomendados, tienen clérigos en sus pueblos y que otros no los tienen porque caen cerca de otros pueblos o de monasterios donde siempre oyen misa y se les administran los sacramentos y que los clérigos que el conoce viven honestamente y que la justicia el virrey y la audiencia lo hacen bien.

        Otrosí, dijo este testigo que en las dichas minas de Cultepeque trabajan muchos indios que los alquilan los señores que tienen encomendados pueblos de indios a los de las minas a veinte y a diez y ocho castellanos por año por cada indio, los cuales se pagan al mismo señor que los alquila. Y que estos trabajan de sol a sol y que no ha visto este testigo que muera ningún indio por el trabajo que allí pasan y que los señores que los alquilan renuevan de veinte a veinte días los indios porque sufran el trabajo. Y que el virrey envía a las minas a un visitador al año para ver si han ido contra las ordenanzas de los indios a las minas de Cultepeque y que el visitador no sabe de minas pero pone multas por valor de mil pesos de oro y se va. Y que, en realidad, es una imposición porque este testigo ha tenido que pagar muchas veces sin tener culpa de nada. Es el salario del visitador.

         Otrosí, dijo este testigo que los diez y ocho o veinte castellanos que tiene dichos que se dan por cada indio se hace con licencia del visorrey y en recompensa de los tributos en que los indios están tasados. Por manera que no pagan los tributos y más este servicio sino este servicio en lugar de los tributos. Y que las Indias no se podrían conservar si no se hiciese esto de los indios y que se da a escoger a los indios que cual quieren más pagar los tributos, en tributos o en esto del servir de las minas, y que ellos escogen lo que más quieren.

        En Sevilla, a treinta días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres pareció presente Diego Alemán, vecino de la villa de Comayagua, en la provincia de Honduras. Siendo preguntado, dijo que lleva diecinueve años en las Indias y en Honduras seis o siete años y que ha venido ahora de Honduras. Siendo preguntado, dijo que sólo están doctrinados los indios que sirven con los españoles pero los demás, que están dispersos, no hay quien los doctrine, ni los bautice, ni les administre los sacramentos. Sólo los naborías son los doctrinados, pero los indios de encomienda que están en sus pueblos no, ni se preocupan sus encomenderos. No hay tasación de tributos sino que cada encomendero cobra lo que quiere y hace lo que quiere y los ponen a cargar bastimentos y mantenimientos hasta las minas, donde trabajan los esclavos negros, y algunos mueren por el camino. Y en las minas trabajan los esclavos negros y los esclavos indios y los naborías y que son maltratados los indios porque mueren a veces por ir muy cargados y también por sacarlos de tierra fría a caliente. Los únicos indios doctrinados son los naborías que sirven en las casas de los españoles.

          En Sevilla, a veintiún días del mes de junio de mil y quinientos y cuarenta y tres, pareció por testigo fray Tomás de Berlanga, obispo de la ciudad de Tierra Firme llamada Castilla del Oro, y dijo que se tiene mucho cuidado de culto en su Catedral y que en todo el obispado no hay pueblos de indios si no es en el pueblo de Nata y en la isla de Flores y en los demás, Nombre de Dios, Aclá y Nata, administran los sacramentos clérigos y curas. Que hay muchos indios que están a ocho leguas de los pueblos y que no son bautizados y sus encomenderos no tienen cuidado de nada y que los encomenderos tienen muy poco cuidado de sus ánimas que ya pluguiese a Dios que tuviesen cuidado de sus cuerpos y que estos encomenderos les llevan las sangres y las vidas y no les dejan tener su propia y que este repartimiento de los indios trae todos los daños… Que aunque hubo cédula para que el obispo interviniese en la tasación de los tributos no lo cumplieron y no se tasan los indios en gran perjuicio. Y que si se tratara bien a los indios comarcanos de los que están de guerra estos vendrían de paz. Aún así huelga decir que el trato que se les da a los indios ha mejorado mucho porque algunos españoles se dan cuenta que los indios son la única hacienda que tienen.

(AGI, Patronato 231).

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Es cierto que Cristóbal Colón murió en 1506 pensando que había llegado a Asia. Sin embargo, siempre supo de la existencia de dos tierras: la de Allá y la de Acá. Así se expresa en muchos de sus escritos. La tierra de Allá eran los dominios del Gran Khan, pues de hecho, cuando llegó a Cuba creyó haber arribado al Japón. Sin embargo, un poco más abajo estaba la tierra de Acá que eran territorios nuevos de los que le había hablado el protonauta y de los que él quería tomar posesión. Es evidente que él no pretendía tomar posesión del Asia conocida; bueno era el Gran Khan para que llegara allí Colón diciendo que aquella tierra era suya.

        Así, en sus dos primeros viajes, que toco en las Antillas, estuvo en las estribaciones de la tierra de Allá, en el tercer viaje navegó por latitudes más bajas para tocar en la Tierra Firme de Acá y, finalmente, en su cuarto viaje, recorrió las costas de América Central para ver si existía un estrecho que separará las tierras nuevas de Asia con respecto a las tierras conocidas, propiedad del Gran Khan. Obviamente no lo encontró y murió pensando que había arribado a una nueva tierra pero que ésta era un apéndice de Asia.

        Siguiendo a la historiografía tradicional, la gran aportación del florentino Américo Vespuccio fue decir que todo, tanto el norte como el sur, eran una tierra nueva que nada tenía que ver con Asia. Su mérito fue haber verificado empíricamente que aquellos territorios formaban parte de un nuevo continente y que de ninguna forma podían pertenecer a Asia. Por ello, se le considera, el descubridor intelectual de América. Y ¿Cómo y cuándo se percató de que aquello no era Asia? Vayamos por partes; en una expedición que encabezó entre 1501 y 1502, navegó hacia el sur por la actual costa brasileña hasta el punto que en un determinado momento escribió en su cuaderno de bitácora: “Qué habíamos perdido la Osa Menor y la Mayor estaba muy baja y casi se mostraba al fin del horizonte”.  En ese justo instante se estaba dando cuenta de que había cambiado de Hemisferio y todo el mundo sabía, desde la época de Marco Polo, que Asia estaba en el Hemisferio Norte. Luego aquel mundo que tenía ante sus ojos no podía ser Asia.

        ¿Por qué Cristóbal Colón no se dio cuenta de lo mismo? Pues simplemente porque cuando en su tercer viaje tocó en la costa venezolana decidió seguir su derrota rumbo norte. Obviamente, si el Almirante hubiese decidido proseguir hacia el sur se hubiese percatado de su error mucho antes que Américo Vespuccio. Unos años después, exactamente en 1507, el florentino Vespuccio escribió a su amigo y cosmógrafo alemán Martin de Wadseemuller hablándole del Nuevo Mundo. Éste, unos años después haría una representación del mundo con un gran continente nuevo entre Europa y Asia. Es así como Cristóbal Colón ha pasado a la historia como es el descubridor físico de América y Vespuccio como el intelectual.

         Sin embargo, ya algunos autores clásicos, como Aristóteles, habían sostenido la proximidad de tierras occidentales (América) a las costas europeas. Y un memorial manuscrito que el doctor sevillano Francisco de Cisneros escribió a los Reyes Católicos, entre 1495 y 1498, afirmaba que las nuevas tierras descubiertas por Colón no podían ser las Indias sino tierras situadas en el Atlántico, descubiertas ya por los cartagineses, que ellos llamaron Hespéridas. Con posterioridad, en los Pleitos Colombinos, otros personajes, como Sebastián Caboto o Gonzalo Fernández de Oviedo, sostuvieron esta misma idea al decir que aquellos territorios eran las Hespéridas.

        Ahora bien, la historiografía apenas ha prestado atención a los escritos del arcediano maese Rodrigo Fernández de Santaella. Á este personaje, originario del barrio carmonense de Santiago, se le conocer popularmente por ser el fundador en 1505 de un “Estudio General”, bajo la advocación de Santa María de Jesús, que se considera el germen de la actual Universidad de Sevilla. Pero el carmonense era algo más que eso, era uno de los intelectuales más reputados de su tiempo. En 1503 publicó una traducción castellana de “El libro famoso de Marco Paulo veneciano”, en cuyo estudio preliminar deja claro que las tierras descubiertas por el genovés no están en Oriente sino en Occidente. En dichas páginas, al tratar de la India se despachaba a gusto contra los delirios mesiánicos de Cristóbal Colón. Entre otros comentarios despectivos, alude a él como una persona que “quiso dar a entender, yendo a Occidente, que iba a Oriente y aun al Paraíso Terrenal”. Sus argumentos para desmentir la ubicación asiática de las nuevas tierras descubiertas por el Almirante son básicamente dos: primero, los barcos de la expedición colombina pusieron proa a Occidente no a Oriente. Y segundo, en la isla Española había oro pero no las otras mercadurías que se importaban habitualmente de Asia como colmillos de elefantes, plata, madera china y piedras preciosas. Por ello, se permite descalificar la opinión del Almirante, y ubicar las nuevas tierras descubiertas en Occidente y no en Oriente.

        Los descalificativos hacia el Almirante dolieron en su época, como recoge Hernando Colón en su “Vida del Almirante”. En esa obra alude al carmonense con las siguientes palabras: “En lo cual se ve cuán desvariadamente Maese Rodrigo, arcediano que fue de Reina, en Sevilla, y algunos secuaces suyos, reprendían al Almirante, diciendo que no debían llamarlas Indias porque no son Indias (1984: 63).  La influencia del libro de Santaella fue grande y su repercusión posterior pues lo citan expresamente tanto el ya citado Hernando Colón como el jurista Juan López de Palacios Rubios en su “Libellus de Insulis Oceanis” (hacia 1512).

        En resumen, el primero que publicó y divulgó que las tierras descubiertas por el Almirante Cristóbal Colón no eran Asia, sino nuevos territorios ubicados en Occidente fue el carmonense Maese Rodrigo. Es cierto, que esa misma certeza la tenía ya desde 1502 –no antes- Américo Vespuccio, pero sus conclusiones no fueron divulgadas y publicadas hasta mucho después. Asimismo, Maese Rodrigo publicó su obra en 1503 pero es seguro que su convencimiento sobre el carácter occidental de las tierras colombinas se remontaba a la misma época del Descubrimiento, es decir, a la última década del siglo XV. El mérito de Américo Vespuccio fue quizás el de verificar empíricamente algo que ya sabían muchos sabios de su época y que en 1503 había divulgado Maese Rodrigo. Por tanto, la idea de que las tierras descubiertas eran un nuevo continente circulaba por España varios años antes del fallecimiento en Valladolid del Almirante. Y probablemente, la primera obra impresa en la que se aludió expresamente a la existencia de nuevas tierras, de un continente, en occidente, fue en la obra de Maese Rodrigo Fernández de Santaella.  Cristóbal Colón y Américo Vespuccio tienen su sitio y su reconocimiento merecido en la Historia de América, pero quizás también debería tenerlo el carmonense. Génova, Florencia y Carmona, tres ciudades muy ligadas a los orígenes de América.

 

PARA SABER MÁS:

 

COLÓN, Hernando: “Vida del Almirante”. Madrid, Historia 16, 1984.

 

ENSENAT DE VILLALONGA, Alfonso: “La vida de Cristóforo Colonne”. Valladolid, Seminario americanista, 1999.

 

GONZÁLEZ JIMÉNEZ, Manuel: “Maese Rodrigo y su tiempo”. Sevilla, Universidad, 2005.

 

GIL, Juan: “Mitos y utopías del Descubrimiento”. Madrid, Alianza Universidad, 1989.

 

JOS, Emiliano: “El plan y génesis del Descubrimiento colombino”. Valladolid, Cuadernos colombinos, 1979‑80.

 

GANDÍA, E. de: “Nueva historia del descubrimiento de América”. Buenos Aires, Universidad del Museo Social Argentino, 1989.

 

MANZANO MANZANO, Juan: “Colón y su secreto”. Madrid, CSIC, 1976.

 

----- “Cristóbal Colón, siete años decisivos de su vida (1485‑1492)”. Madrid, Ediciones de Cultura Hispánica, 1989.

 

SANTAELLA, Maese Rodrigo de: “Libro del famoso Marco Polo veneciano”, ed. de Juan Miguel Valero Moreno. San Millán de la Cogolla, Cilengua, 2006.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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1.-INTRODUCCIÓN

 

            Estudiamos en esta ponencia una compañía formalizada en Sevilla, el 18 de febrero de 1534, en la que se asociaron tres comerciantes sevillanos y un sanitario para establecer en la gobernación de Nueva Castilla, una botica y una casa de cirugía. Justo un mes después, embarcaban las mercancías en el galeón Sancti Spíritus de que era maestre el conocido marino sevillano Cosme Rodríguez Farfán.

          El establecimiento de boticas en el Nuevo Mundo fue una constante desde finales del siglo XV. Ya en una armada de cuatro carabelas, capitaneada por Juan de Aguado en 1495, se embarcaron suficientes medicinas como para montar una farmacia y es posible que también llegaran sustancias medicamentosas en el Tercer Viaje de Colón y en la escuadra de Francisco de Bobadilla, aunque no disponemos de datos. En la flota colonizadora de Nicolás de Ovando de 1502, está documentado el embarque de todo lo necesario para montar una enfermería conventual, tanto instrumental médico como plantas medicinales. Entre los enseres figuraban jeringas de cobre, cazos, instrumentos para extraer muelas y lancetas para operar, mientras que entre las plantas portaban ruibarbo, agárico, azafrán, gerapliga o cañafístula, sustancias tradicionalmente usadas en la farmacopea desde la antigüedad. De hecho, la mayoría aparecían citadas en el Corpus Hipocrático del siglo V a. de C. o en las enseñanzas de Plinio el Viejo, Galeno de Pérgamo y Dioscórides. Con posterioridad, llegaron numerosos herbolarios y plantas en otras expediciones, como la de Diego Colón. En 1537, el boticario Diego Vidal tenía una botica abierta en la ciudad de Santo Domingo, siento surtido de las sustancias medicamentosas desde Sevilla.

          En Nueva España también había compañías formadas por facultativos que recibían medicamentos desde la ciudad del Guadalquivir y los distribuían entre los diversos establecimientos del virreinato. También comenzaron a llegar boticarios a Tierra Firme y al Perú desde la consolidación de la primera conquista, como Pedro de la Fuente, el cirujano objeto de este trabajo, y Hernando Enríquez, que marchó a Panamá en 1535 y terminó afincándose en la ciudad de Cuzco, falleciendo en torno a 1543. En la ciudad de Nombre de Dios debía haber un hospital de pobres, al menos desde la década de los treinta del siglo XVI. 

          Sin embargo, de lo que no había precedente alguno era del establecimiento de un  sanatorio privado, es decir, de una casa de cirugía. No olvidemos que la mayoría de los hospitales que existían en la España de la época y en sus colonias eran caritativos, financiados por alguna obra pía, por la iglesia o por los concejos. Es más, como recuerdo de la Edad Media, todavía en los siglos XVI y XVII casi todos contemplaban la enfermedad desde un punto de vista religioso, bien como un castigo divino por un comportamiento poco piadoso o bien como una prueba para purgar a los elegidos. Por ello, no es de extrañar que incluso en la España renacentista la mayoría fuesen meros hospicios, es decir, asilos donde se recluía a los enfermos sin recursos para evitar que falleciesen en la calle. Los más pudientes, obviamente, no acudían a estos morideros, sino que recibían asistencia sanitaria en su propia morada. Así por ejemplo, en Sevilla, a mediados del siglo XVI, había una lista de 78 hospitales, la mayoría de ellos concebidos como meros albergues de transeúntes y los que realmente curaban lo hacían, salvo excepciones muy contadas, con muy pocos medios. Es más, muchos concejos se veían obligados a asalariar a un médico, cirujano o sangrador para que atendiese las necesidades esenciales de la población, ante la imposibilidad de que estos se mantuviesen de lo que los pacientes les ofrecían. El caso que ahora estudiamos me parece singular por varias razones, a saber:

            Primero, por su temprana fecha, exactamente el 18 de febrero de 1534, muy poco después de la llegada a Sevilla del trujillano Hernando Pizarro, cargado con una cantidad tal de metal precioso que necesito catorce carretas tiradas por bueyes para desembarcarlo. Obviamente, no fue el único que regresó rico, pues con él y en los meses inmediatamente posteriores arribaron un buen número de beneficiarios del botín de Cajamarca y de las fundiciones de Jauja y Cuzco. La fama de la riqueza del incario corrió como la pólvora a lo largo y ancho de la metrópoli, impulsando el comercio con Nueva Castilla. Pocos meses después, en abril de 1534, se publicó en Sevilla la Crónica de la conquista del Perú, firmada por Cristóbal de Mena que debió consolidar ese flujo comercial con destino a Sudamérica. Obviamente, una década después, esta gobernación era la más próspera de toda la América Hispana, dirigiéndose allí una buena parte del comercio peninsular. Los empresarios sevillanos apostaron por la posibilidad de hacer lucrativos negocios, prestando servicios a los nuevos ricos de Cajamarca.

           Segundo, por tratarse de la primera clínica privada documentada del Perú y quizás de todo el continente americano. Como ya hemos dicho, sabíamos de la existencia de médicos, cirujanos, barberos y boticarios en Santo Domingo desde la segunda expedición colombina, pero se trataba de profesionales que trabajaban a nivel particular y que no contaban con el apoyo de socios capitalistas como para crear una infraestructura hospitalaria. Los hospitales que existían desde la primera década del siglo XVI, como el de San Nicolás de Bari, fundado por Nicolás de Ovando, eran como casi todos los de su época, recintos caritativos más que verdaderos centros de salud. Por tanto, queda claro que la gran diferencia entre Pedro de la Fuente y otros médicos que se habían paseado por el continente americano, es que aquél no lo hacía a título individual sino formando parte de una compañía sanitaria. La inversión en mercancías se cifró en 437.000 maravedís, una cantidad suficiente para dotar a la botica y a la clínica quirúrgica de unos medios y de unas infraestructuras que ningún otro hospital americano poseía en aquel tiempo. Una iniciativa que surgió seguramente a la sombra del metal precioso arrebatado a los Incas.

              Y tercero, porque la documentación nos ofrece una relación detallada de todo lo que embarcaron, incluyendo plantas e instrumental quirúrgico para dotar tanto a la botica como a la clínica. Se enumera absolutamente todo: los esclavos, las acémilas, la ropa, los alimentos, los recipientes para los alimentos y las medicinas, así como el material de despacho para el facultativo –papel, tinta, libros, etc.-. Y todo ello con anterioridad a la gran revolución que la herborística americana provocó en Europa, sobre todo tras la publicación en 1552 del libro del médico de origen indígena Martín de la Cruz, sobre las hierbas medicinales de los amerindios.

 

2.-LA COMPAÑÍA

            El consorcio estuvo participado por cuatro socios, a saber: dos accionistas capitalistas, un mercader y un sanitario. Tres de los socios eran sevillanos, a saber: Pedro de San Martín, mercader, Francisco de Burgos, corredor de lonja, y Alonso Fernández, batihoja, los tres curiosamente avecindados en el barrio de Santa María. Alonso Fernández y Francisco de Burgos invirtieron 500 ducados cada uno, mientras que Pedro de San Martín sólo 50.000 maravedís pero, a cambio, debía acompañar al Perú a Pedro de la Fuente. Este último no puso más que su persona y oficio de cirujano y boticario. La inversión era considerable, cinco veces más de lo que podía costar una botica, pero, obviamente, no sólo había que pagar el instrumental y los componentes químicos sino también su flete en los navíos y la posterior adquisición o construcción del edificio. El reparto de dividendos estaba muy bien especificado: una vez abonados todos los gastos e impuestos, el facultativo se llevaría un tercio de los beneficios de la botica y la mitad de lo que ganase practicando la cirugía. Los tres socios restantes se repartirían el resto de las ganancias en función a la inversión de cada uno. Por supuesto, se comprometían a no gastar nada en el Perú y a mandar los beneficios íntegros a Sevilla para proceder a su reparto. Todo ello con una duración de tres años, prorrogables, una vez que se rindieran las cuentas del primer trienio.

           El dos de marzo de ese año de 1534, Pedro de San Martín y Pedro de la Fuente, obtuvieron la pertinente licencia de embarque, expedida por la Casa de la Contratación y que decía así:

 

 

          "Dase licencia a Pedro de San Martín y a Pedro de Fuente, boticario, para que pueda(n) pasar a Perú, por cuanto llevan mucha cantidad de mercadería, de quinientos mil maravedís".          

 

          Como era normal, el cargamento viajaba asegurado por un valor de 700 ducados, es decir, poco más de la mitad del valor de lo embarcado, pagando por el mismo 13.125 maravedís, es decir, justo el 5% de lo asegurado. Además, abonaron 2.100 maravedís en concepto de avería, a razón de 300 maravedís por cada una de las siete toneladas que llevaban. Como es bien sabido, la avería era un impuesto que pretendía reducir el riesgo del transporte marítimo contra peligros no cubiertos por los seguros marítimos ordinarios. No debemos olvidar que la posibilidad de un ataque corsario no se contemplaba en los seguros ordinarios dado el alto riesgo que representaba, de ahí que la avería surgiese como un medio para paliar en alguna medida los efectos de estos eventuales asaltos.

          Desconocemos totalmente la puesta en marcha del centro médico, así como los beneficios obtenidos. Ni siquiera sabemos en qué ciudad exactamente pretendían ubicarlo, pues la Ciudad de los Reyes no se fundó hasta el 18 de enero de 1535, casi un año después de la formalización de la sociedad. Sin embargo, al menos desde 1537, cuando todavía estaba en vigor la empresa, aparece el boticario Pedro de la Fuente avecindado en Lima. En cualquier caso, fuese en una ciudad o en otra el negocio prometía, pues en Nueva Castilla vivían varios centenares de nuevos ricos que podían pagarse esta sanidad privada.

 

 

3.-EL BOTICARIO Y CIRUJANO PEDRO DE LA FUENTE

 

          Del protagonista de este trabajo apenas disponemos de más información que la que aparece en el propio documento de formalización de la sociedad. Era natural y vecino de la pequeña pero señorial villa de Cogolludo, en la actual provincia de Guadalajara. Huelga decir que no existe hasta la fecha ni un solo indicio que lo vincule con una ascendencia judeoconversa, pese a que las profesiones de boticario y cirujano estaban muy vinculadas a esa minoría étnica.   

        Desconocemos dónde estudio o se formó y cuándo obtuvo su licencia para ejercer la cirugía. En 1517 vivía en Medina del Campo un cirujano llamado Juan de la Fuente, pero de momento no podemos establecer ninguna vinculación entre éste y el sanitario emigrado al Perú. En Castilla había algunas universidades de prestigio, como las de Salamanca y Valladolid, que formaban a sus facultativos adecuadamente, mucho más allá de la mera instrucción en los conocimientos galénicos e hipocráticos. En la documentación que hemos manejado no se menciona su titulación académica, sin embargo, en 1550 se le cita en Lima como licenciado. Es llamativo que fuese un sanitario titulado, pues a las Indias llegaron sobre todo cirujanos romancistas, es decir, aquellos que habían aprendido la profesión con la práctica, superando después el preceptivo examen para poder ejercer. Y ello, considerando que los latinistas se cotizaban más y raramente cruzaron el charco para ejercer una profesión que podían ejercer más cómodamente en Castilla. No obstante, no tiene nada de particular que conociese o que al menos hubiese oído hablar del famoso médico, Andrés Fernández de Laguna, natural de Segovia pero fallecido en 1560 en Guadalajara. Éste último fue médico de Felipe II y publicó en 1555 la edición castellana del Dioscórides. En cambio, no conoció ni al famoso cirujano sevillano Bartolomé Hidalgo de Agüero, pues había nacido en 1530, ni a Nicolás Monardes que en 1533 se graduó en Alcalá de Henares y en 1547 se doctoró en Sevilla.

            Probablemente, el de Cogolludo se encontraba en Sevilla al menos desde 1533, entrando en contacto con posibles empresarios, cargadores y socios capitalistas para poner en práctica su proyecto. Quedarse en Sevilla era impensable, pues había pocos hospitales que se dedicasen realmente a la sanación y las plazas estaban ocupadas por prestigiosos facultativos locales. Es posible que tuviese en mente embarcar rumbo a las Indias, pero sin haber tomado una decisión en cuanto al destino exacto. En cualquier caso la llegada de Hernando Pizarro a principios de 1534, cargado con el mayor botín jamás visto, le pudo decantar por esta opción. De hecho, parece ser que a principios de 1534 estuvo a punto de viajar a Santo Domingo, aunque finalmente desistió. Tampoco parece que dispusiese de contactos en Tierra Firme y el Perú, pese a que en ambos territorios residían personas de su mismo apellido.

          De su estancia en la recién creada gobernación de Nueva Castilla, disponemos de muy poca información. El 26 de enero de 1537, cuando aún debía estar en vigor la compañía, compareció como testigo en un juicio celebrado en la ciudad de Lima. Tres años después, concretamente el 22 de enero de 1540, se le concedió un repartimiento compartido con Juan Crespo en la provincia de Condesuyo. Concretamente dispuso de los indios de Chuquibamba, reducidos en el pueblo de Ocaña que, todavía en 1573, sumaban un total de 585 tributarios que rentaban al año 2.160 pesos de oro.

          Todo parece indicar que Pedro de la Fuente mantuvo su botica durante varios lustros pero no parece que continuase con la clínica de cirugía. De hecho, el 4 septiembre de 1550 cuando el arcediano de la catedral de Lima se encontraba enfermo, su esclava Margarita de Almagro, acudió presurosa a la botica del licenciado Pedro de la Fuente a recoger las medicinas que le había prescrito el doctor Juan de la Cueva. Al menos en este caso, el de Cogolludo actuó de boticario pero no de médico. Desgraciadamente, en 1550 perdemos su rastro sin que sepamos más de sus actividades comerciales o si sus descendientes continuaron con el negocio.  

 

 

 

4.-INSTRUMENTAL MÉDICO

 

            El inventario detallado de las siete toneladas de mercancías embarcadas por la compañía tiene un gran interés para nosotros. Incluye ropa, vajilla, jabón, alimentos, cuatro esclavos, acémilas, hierbas para fabricar medicamentos e instrumental para la botica y para la casa de cirugía.

            Los alimentos que llevaban eran muy variados: aceite, vino, vinagre, cereales, legumbres –garbanzos y lentejas-, membrillo, aceitunas, miel, pasas, embutidos, pescado –seguramente sardinas arencadas-, etc. Unos destinados a la alimentación de los trabajadores y de los pacientes de la casa, mientras que otros -como la miel, el aceite, el vino, el azúcar, el tocino, etc.- iban reservados para elaborar diversos remedios terapéuticos, como ungüentos y jarabes. En concreto, el azúcar se usaba en jarabes y pastillas para suavizar el mal sabor de algunas sustancias.

          De especial interés nos resulta el instrumental médico así como las hierbas para fabricar medicamentos. Empezaremos por el instrumental que nos permite hacernos una idea de la actividad profesional que Pedro de la Fuente pensaba desarrollar en la botica y el hospital. Se observan numerosos enseres propios de las boticas, como botes, cañones y vasijas donde se guardaban los ungüentos y los polvos medicinales. Asimismo encontramos útiles habituales en las boticas, como almireces, prensa, cazos, embudos, tamices y pesos, donde calibrar las mezclas. En definitiva, todo el material sanitario que una botica de la época requería para estar plenamente operativa.

          El instrumental para practicar intervenciones quirúrgicas también está bien representado, a saber: navajas, puñales, lancetas, atenta, pinzas, gatillo, jeringas y punzones. Se trata del material común usado por los cirujanos de la época, con el que realizarían varios tipos de intervenciones quirúrgicas como sangrías, una terapia muy usada hasta tiempos sorprendentemente recientes. También practicaban pequeñas intervenciones quirúrgicas así como extracciones de piezas dentarias, como lo demuestra la presencia de un gatillo, es decir, de unas tenazas de hierro que usualmente se usaban para tal fin. Por tanto, parece claro que la clínica estaba especializada en cirugía y estomatología, a juzgar por el instrumental que embarcaron. También se observa una gran cantidad de material de oficina, de gran utilidad para la actividad administrativa de la farmacia y de la clínica. De hecho, llevaban varias escribanías, así como tinta, papel y libros en blanco donde reflejar la contabilidad y los registros de medicinas. Entre los impresos, destacan dos libros de medicina, cuya autoría no se especifica, así como las Ordenanzas Reales. También, llevaban consigo un documento de gran importancia: un traslado de la propia escritura de la compañía, formalizada en Sevilla el 18 de febrero de 1534.

 

 

5.-FARMACOPEA

 

          De todo el inventario de bienes que la compañía envío a Nueva Castilla en 1534, destaca el extenso listado de plantas y sustancias destinadas a confeccionar las medicinas de la botica. Todas ellas eran las que comúnmente se utilizaban en la farmacopea desde la antigüedad. Muchas aparecían en el Corpus Hipocrático, del siglo V a. C., como la adormidera, mientras que otras estaban presentes en las enseñanzas de Plinio el Viejo, Galeno de Pérgamo y Dioscórides. De hecho, la mayoría de las sustancias vegetales, animales y minerales aparecen recogidas entre las más de 700 que describió el médico griego Pedacio Dioscórides Anazarbeo, del siglo I d. C., cuya obra fue publicada por primera vez en castellano en 1555. Además, son las mismas que se habían usado tradicionalmente en el Nuevo Mundo desde la llegada de las primeras boticas. No hay que sorprenderse de ello pues en el siglo XVI se seguía usando la farmacopea tradicional que no era otra que la grecolatina. 

          Como ya hemos dicho, es muy probable que se trate de la primera botica del Perú, e incluso de Sudamérica, pero no del Nuevo Mundo, pues desde 1495 se habían enviado numerosos remesas de plantas y medicinas. Incluso a nivel particular se habían establecido boticarios que habían llevado consigo sus propias plantas, bien a nivel particular o formando compañía con otros socios capitalistas. Así, en 1506, el boticario sevillano Juan Bernal formalizó dos compañías, una con Gonzalo Fernández, a quien entregó 25.000 maravedís en “mercaderías, drogas y medicinas para que estableciera una tienda de botiquería” (sic) en  Santo Domingo y repartiesen beneficios a partes iguales. Y otra con Juan de Jerez por la que le entregó 1.000 reales en medicinas, conservas y otras mercancías, con la obligación de establecer también una tienda en Santo Domingo, llevándose el empresario sevillano dos terceras partes de los beneficios. Probablemente se trate de las dos primeras boticas del Nuevo Mundo.

          Nuevamente, en la flota del Almirante Diego Colón de 1509 se embarcó un enorme listado de plantas y sobre todo de preparados medicinales entre los que figuraban jaropes, ungüentos, emplastos, píldoras, polvos, etc.. Asimismo, en la armada de Pedrarias Dávila a Castilla del Oro de 1513-1514, se cargó un conjunto de productos de farmacopea más o menos similar a ésta de Pedro de la Fuente, estando considerada como la primera botica de Tierra Firme.

          Se embarcaron en torno a 150 sustancias medicamentosas diferentes, con las que pensaban fabricar la mayor parte de las medicinas conocidas en aquel tiempo. Bien es cierto que no nos permiten saber cómo las usaban, las mezclas que hacían o su administración en forma de pastillas, ungüentos, aceites, lociones, pomadas o jarabes. Muy probablemente muchas de ellas las usarían directamente y otras las mezclarían para obtener compuestos de mayor acción farmacológica. En cualquier caso, es obvio que se trata de un conjunto bastante homogéneo de plantas, raíces, hojas, semillas, especias, etc., con las que se podían fabricar la mayor parte de los medicamentos que circulaban en la Europa de la época.

          De ellas, la mayoría eran de origen vegetal –el 87,94%-,  seguidas de las de origen animal -6,38%- y de las de origen mineral -5,67%-. También llevaban preparados ya confeccionados, por valor de 5.800 maravedís. Lástima que no se especifiquen sus compuestos activos y sus propiedades curativas. Asimismo, como ya hemos afirmado, se embarcaron muchísimos alimentos pues, como es bien sabido, igual en aquella época que en la actualidad, la dieta y la alimentación eran dos remedios complementarios y necesarios para la sanación.

          Los precios de los alimentos y de los productos médicos se habían encarecido por lo general en el mercado sevillano, aunque había excepciones en los que se había mantenido o incluso descendido. La mayoría de los productos de los que tenemos noticias se habían encarecido dos décadas después. Algunas sustancias, como la cera blanca o la almaciga se habían encarecido mucho mientras que la linaza, el jengibre o el lináloe habían disminuido su precio. Ahora bien, en general sí podemos hablar de un incremento del  precio global que en estas dos décadas se cifró en el 18,23 por ciento. Y todo ello, acorde con la revolución de los precios experimentada en España a lo largo de la Edad Moderna y, muy en particular, en el siglo XVI.

 

 

6.-CONCLUSIONES

 

           El centro médico establecido posiblemente en Lima a partir de 1535 por Pedro de la Fuente y sus socios pasa por ser el primer establecimiento de este tipo en Perú y probablemente en toda Sudamérica. El análisis de las mercancías embarcadas nos permite hacernos una idea aproximada de los medicamentos que se dispensaron en la botica y de las operaciones que se realizaron en el centro de cirugía. Una verdadera clínica privada en Lima, posible merced a los nuevos ricos que habitaban esta ciudad desde el saqueo de los tesoros de los incas, en Cajamarca, Pachacámac y Cuzco.

        ¿Por qué se planteó el establecimiento de una clínica privada en Perú? Pues obviamente porque a los socios capitalistas les pareció que se daban las condiciones  económicas necesarias para hacer viable el proyecto. En Lima vivía lo más granado de la élite conquistadora, muchos de ellos con estimables fortunas personales y que, por tanto, podían pagarse su propia sanidad. Una posibilidad de negocio que estos empresarios sevillanos no quisieron dejar escapar. En principio, la empresa parecía viable, aunque por desgracia no dispongamos de ningún tipo de información que nos permita conocer su balance contable.  

            Este artículo pretende ser un aporte al conocimiento de la primera sanidad en el Perú. Sin embargo es sólo un punto de partida, pues existen infinidad de detalles que actualmente desconocemos. Seguimos sabiendo muy poco de Pedro de la Fuente, pero lo peor es que no sabemos nada del funcionamiento de esta empresa desde su establecimiento en 1535. Desconocemos la viabilidad del proyecto empresarial, los beneficios –si los hubo-, y la posible renovación de la compañía en trienios posteriores al contratado en la carta fundacional. Esperamos que futuras investigaciones puedan arrojar alguna luz sobre esta singular empresa sanitaria, tan interesante para el conocimiento de la sanidad en el Nuevo Mundo en general y en el Perú en particular.   

 

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MIRA CABALLOS, esteban: “El primer centro médico privado del Perú, 1534”, en CAÑEDO-ARGÜELLES, Teresa (Coord.): América, un cruce de miradas. Alcalá de Henares, 2015, T. I, pp. 151-176.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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