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        El mito del dorado, es decir, la existencia de tierras en donde abundaba el oro hasta el punto de que se podía pescar con redes, alimentó la conquista desde sus inicios. El dorado fue cambiando de sitio a medida que avanzaba la conquista. El primer dorado estuvo en La Española, auspiciado por los escritos fantasiosos de Cristóbal Colón, quien afirmó que el ansiado metal abundaba en la isla. Desde entonces la idea corrió como la pólvora y pese al fracaso de la factoría, en la primera década del siglo XVI seguían siendo muchos los que pensaban que en la isla el oro se podía pescar con redes, como denunciara el padre Las Casas. Luego el mito pasó a Tierra Firme cuya gobernación no en vano se conoció como Castilla del Oro. De ahí pasó al reino Chibcha, con centro en la laguna de Gatavitá, en el altiplano colombiano. Y finalmente pasó nada más y nada menos que al territorio de los mojos, en las llanuras pantanosas de la Bolivia Oriental. Ahora el cacique dorado era el Gran Mojo, mito que se mantuvo varias décadas por lo inaccesible del terreno. Pero cuando por fin las huestes alcanzaron dicho territorio pudieron comprobar que la enorme llanura fangosa era pobrísima e insalubre y apenas permitía una escasísima población en condiciones paupérrimas. Pero como la imaginación ambiciosa del ser humano no tiene límites el mito se mantuvo hasta el siglo XVIII, ubicándolo en zonas inaccesibles de la cuenca amazónica.

Lo cierto es que el mito áureo fue el artífice de que unos pocos miles de españoles recorrieran, reconocieran y en parte conquistaran varias decenas de miles de kilómetros cuadrados en unas pocas décadas. Una verdadera hazaña espoleada por el sueño del dorado y por el señuelo del oro.

Efectivamente, las huestes buscaban ansiosamente riquezas fáciles de transportar –de ahí que fundan el oro y la plata en lingotes- para regresar ricos a la tierra que los vio nacer. El trujillano Francisco Pizarro, de orígenes muy humildes y sin apenas formación, se comportó de forma mucho más espontánea y realista. Antes de partir para el Perú, estando en Panamá junto a Diego de Almagro y Hernando de Luque, oyeron misa, comulgaron y acordaron compartir en partes iguales el botín que arrebatasen a los infieles. Años más tarde, cuando fray Bernardino Minaya le pidió que, antes de su encuentro con Atahualpa, explicara a los nativos que la razón de su presencia era la evangelización el trujillano se negó, diciendo que él había venido de México a quitarles el oro. No menos claro se mostró al respecto Gonzalo Fernández de Oviedo:

 

Que los que vienen buscan enriquecimiento y nadie navega tantas leguas por amor del alma, sino para sacar de necesidad y pobreza su persona lo más presto que ellos puedan.

 

E igual de sincero fue el cronista llerenense Pedro Cieza de León cuando escribió con rotundidad que el conseguir oro es la única pretensión de los que vinimos de España a estas tierras. Estaba claro que, aunque muy pocos lo reconocieran abiertamente, la inmensa mayoría solo estaba dispuesta a jugarse la vida bajo la fundada promesa de obtener un enjundioso botín. La dura y peligrosa travesía era capaz de transformar hasta al más piadoso. De hecho, el padre Las Casas se encargó de elegir a un grupo selecto de agricultores para asentarlos allá pero, apenas se descuidó, dejaron sus oficios y se dedicaron a un negocio mucho más lucrativo, es decir, el de robar y saquear las posesiones de los pobres aborígenes. Y es que todo el mundo en Europa identificaba las Indias con el oro; en las primeras décadas a casi nadie se le pasó por la cabeza jugarse la vida en el Mar Tenebroso con el simple objetivo de cultivar los campos. Pese a las fertilísimas tierras que había no es de extrañar, como refería John Elliot, que todavía en la tercera década del siglo XVI se afirmara que las Indias no daban pan ni vino, sino solamente oro y en grandes cantidades. Gonzalo Fernández de Oviedo se preocupó en preguntar a un miembro de la hueste de Hernando de Soto por qué siempre avanzaban, sin detenerse a poblar en ningún territorio. La respuesta de su entrevistado no pudo ser más clara: su intento era de hallar alguna tierra tan rica que hartase su codicia. Un afán de riquezas que incluso hizo volar su imaginación: la leyenda de Jauja, el Dorado, las ciudades míticas de los Césares, de Cibola y de Quivira o las versiones legendarias del Cerro Rico de Potosí. El Dorado fue ubicado entre las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Estos mitos, más que el servicio a Dios, fueron los que realmente mantuvieron en alto las espadas y en algunos casos perduraron hasta el siglo XVIII. Conquistadores como Jiménez de Quesada, Antonio Sedeño, Sebastián de Belalcázar, Nuño Beltrán de Guzmán, Francisco Vázquez de Coronado, Hernán Pérez, Lope de Aguirre o Nicolás Federmann quedaron deslumbrados por los mitos áureos. Pero esta doble moral, esta dicotomía entre lo que decían y lo que hacían, era perfectamente compatible con el ideal de la guerra santa que, como ya hemos repetido en varias ocasiones, nunca fue ajena al afán de botín. E incluso, si llegado el caso había que recurrir a matanzas indiscriminadas, el fin las justificaba. De hecho, como escribió Eric Hobsbawn, todas las guerras religiosas de la Historia se han caracterizado por su crueldad. Si en el noble fin de expandir la religión cristiana, había algún exceso, era un pecado venial que se solventaba pagando alguna bula.

Si para conseguir el ansiado botín era necesario convertirse en huaqueros o ladrones de lugares sagrados y tumbas nadie dudaba en hacerlo. Ya en la expedición capitaneada por Juan de Grijalva a Yucatán, en 1518, se encontró varias sepulturas relativamente recientes con abundantes piezas de oro. Ni cortos ni perezosos las saquearon, pese al olor nauseabundo, y de creer es –escribió Fernández de Oviedo- que si tuvieran más oro, que aunque más hedieran, no quedaran con ello, aunque se lo hubieran de sacar de los estómagos. En 1527, Alonso de Estrada envió a Oaxaca al capitán Figueroa para que saquease las joyas de los sepulcros porque era costumbre entonces enterrarlos con ellas. Tan lucrativo resultó el negocio que, en 1538, la Corona le concedió la exclusividad en toda Nueva España y Venezuela a don García Fernández Manrique, Conde de Osorno. Desde ese momento todos los tesoros que se encontraran serían propiedad del Conde y sus herederos, aunque eso sí, pagando el quinto correspondiente.

También en la conquista del incario se desvalijaron sistemáticamente las viejas sepulturas. Belalcázar, tras tomar Quito, se desilusionó por no hallar las riquezas esperadas, pese a que desenterraron a todos los muertos que se encontraron. Y Francisco Pizarro hizo lo propio cuando ocupó Cuzco; no contento con la presa encontrada, atormentó a los indios para que les mostrasen dónde estaba ubicado el camposanto. Dichas actividades continuaron porque en una Real Cédula, referida a Nueva Granada y fechada el 9 de noviembre de 1549, se prohibió que los españoles mandaran a los aborígenes a buscar las tumbas antiguas. En teoría el saqueo de tumbas se consideraba un delito a la par que un pecado. Sin embargo, como la misma Corona desconfiaba de que no se siquiera saqueando estableció que en ese caso la mitad de todo lo obtenido sería para ella. Obviamente, las actividades de los saqueadores de tumbas prosiguieron, hasta el punto que un tal Juan de la Torre, encontró en una sepultura del valle de Ica, una cantidad de oro valorado en 50.000 pesos. En total, Cieza de León calculó que de las tumbas de Perú se sacaron más de un millón de pesos de oro. Todo esto dice mucho del ansia de riquezas de estos supuestos cruzados, reconvertidos en meros ladronzuelos de tumbas.

Y tan claro estaba este doble objetivo espiritual y material que tanto algunos cronistas -el padre José de Acosta, por ejemplo-, como algunos documentos –como el parecer de Yucay- sostienen que Dios colocó el metal precioso en América para así animar a los cristianos a conquistar el territorio, ampliando de esta forma la frontera cristiana. Nada tiene de particular que el padre Burgeard escribiera en el siglo XVI, con cierto tono irónico, el gran celo que mostraban los españoles en llevar la religión católica a donde hubiera minas de oro. Y es que donde no había metal precioso, ni mano de obra útil, la cosa era diferente; allí nadie quería ir a servir a Dios, ni a Su Majestad. Precisamente, por carecer de ambas cosas no se evangelizaron las selvas tropicales de la cuenca amazónica. Por ese mismo motivo cayó Vilcabamba en el tercer tercio del siglo XVI, cuando se supo de la existencia de minas de oro y plata. Y por idéntico motivo permaneció al margen de la conquista el área dominada por los peligrosos caribes. No en vano, en la tardía fecha de 1580 la Corona remitió a los oidores de Quito una orden para que apremiasen a los vecinos a que fuesen contra los caribes, dadas las continuas incursiones que perpetraban sobre la gobernación de Popayán. Al parecer, ningún vecino quería correr el riesgo de luchar contra estos belicosos amerindios a cambio de nada. Y es que los caribes, además de buenos guerreros, eran indómitos y no servían como mano de obra esclava. ¿En esas condiciones, a quién le importaba la salvación de sus almas? Francamente, a nadie.

 

PARA SABER MÁS

 

GUTIÉRREZ, Gustavo: “Dios o el oro de las Indias”. Lima, Instituto Bartolomé de Las Casas, 1990.

 

LIVI-BACCI, Massimo: “El Dorado en el Pantano. Oro, esclavos y almas entre los Andes y la Amazonía”. Madrid, Marcial Pons, 2012

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        El avistamiento de la isla de Guanahaní, en las Bahamas, rebautizada como San Salvador, un día como hoy de 1492, está envuelto en algunas incógnitas. Según el “Diario de a Bordo” del Almirante Cristóbal Colón, desde un mes antes estaban avistando algunos alcatraces, así como hierbas, arrancadas de la roca, en alta mar. Asimismo, habían recorrido 700 leguas y sabía que a partir de esa distancia, estaban a punto de tocar tierra. Una vez anochecido el 11 de octubre, el genovés apreció a lo lejos lumbres e hizo llamar en secreto a varios de sus hombres de confianza, como el repostero Pedro Gutiérrez o el veedor de la armada Rodrigo Sánchez de Segovia. El primero ratificó la existencia de dichas lumbres, aunque no el segundo.

        El caso es que ya Colón estaba seguro de que iban a divisar tierra, por lo que puso en máxima alerta a los capitanes de los otros dos navíos, pidió a las tripulaciones que abriesen bien los ojos y que redoblasen la vigilancia en la cofia. La Reina había prometido otorgar un juro de 12.000 maravedís al primero que viese tierra, y el Almirante además le ofreció un jubón de seda. Dado que la Pinta era más rápida que la Santa María e hizo todo el trayecto delante, fue la primera en vislumbrar tierra, a dos leguas, disparando un tiro de lombarda y alzando las banderas como estaba acordado. El que la avistó se llamaba Rodrigo de Triana; eran aproximadamente las 2 de la mañana del 12 de octubre de 1492. En ese justo instante, para evitar encallar los barcos, el Almirante ordenó arriar las velas y esperar al amanecer para reconocer la costa y tomar posesión.

        Siendo esto así, está claro que el descubrimiento se produjo el 12 de octubre. Sin embargo, pocos han reparado en una cuestión: el Almirante, una vez retornado a España, reclamó el privilegio de haber sido él, quien primero divisó tierra. Presentó como pruebas a varios testigos que viajaban con él y que certificaron que al caer la noche del 11 de octubre, ya él les comunicó la noticia del avistamiento de tierra, al haber divisado luces, que varios de ellos también certificaron. Lo realmente curioso es que la justicia le terminó dando la razón, certificando que el primer avistamiento lo hizo el propio Almirante el 11 de octubre de 1492. Desde entonces cobró de manera vitalicia, la renta de 12.000 maravedís anuales sobre las Carnicerías de Sevilla.

Por tanto, legalmente, y así lo decidió un tribunal de justicia, el avistamiento de tierra lo hizo Cristóbal Colón -y no Rodrigo de Triana-, en la noche del 11 de octubre y no en la madrugada del 12 como se ha venido sosteniendo desde hace siglos.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

COLÓN, Cristóbal: Diario de Bordo. Madrid, Historia16, 1990

 

------- La carta de Colón anunciando el Descubrimiento (Ed. De Juan José Antequera Luengo). Madrid, Alianza Editorial, 1992.

 

FERNÁNDEZ DE OVIEDO; Gonzalo: Historia General y Natural de las Indias. Madrid, Atlas, 1992.

 

HERRERA, Antonio de: Historia General de los hechos de los castellanos en las Islas y Tierra Firme del Mar Océano. Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1991.

 

 

LAS CASAS, Fray Bartolomé de las Indias. Historia de las Indias. México, Fondo de Cultura Económica, 1951.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Uno ya está un poco cansado de escuchar todos los años el mismo enfrentamiento entre los defensores de la leyenda rosa, que hablan de las virtudes, la lengua y la cultura superior que les legamos a los agradecidos indios y los de la leyenda negra que animan a avergonzarse por nuestro pasado genocida. Sin embargo, una entrevista sobre la cuestión que un periódico digital me ha realizado hoy me ha obligado a posicionarme. Así, que traslado mi opinión a mi blog.

        Las declaraciones de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, del alcalde de Cádiz y de otros personajes públicos, en torno a la vergüenza que supone celebrar el genocidio del descubrimiento de América deben ser muy matizadas.

        Los que me conocen y leen saben que pocos historiadores como yo han escrito tanto sobre las atrocidades que perpetraron los conquistadores en la conquista de América. Aquello fue la invasión brutal de un continente como quedó bien reflejado en mi libro “Conquista y destrucción de las Indias” (Sevilla, 2009) al que remito. En América se cometió un etnocidio sistemático y puntualmente casos claros de genocidio. Dicho esto, conviene matizar todo esto:

        Primero, el descubrimiento en sí, no fue ningún genocidio. El 12 de octubre se conmemora la llegada de Cristóbal Colón y sus hombres a la isla de Guanahaní. No hay constancia alguna de que en dicha isla se cometiese ningún genocidio, ni tan siquiera la matanza de un solo taíno. Es más, allí reclutó el Almirante a un indio, al que bautizó y llamó Diego Colón, en recuerdo de su hijo mayor, y que regresó con él a España y vivió algunos años en Sevilla y en otras ciudades de España. En cualquier caso, el genocidio se produjo después, en la conquista, no en el descubrimiento.

        Segundo, las palabras de estos políticos, dichas así, no son ciertas porque dan la impresión que España ha sido la gran potencia genocida de la historia. Y eso es justo la tesis falsa de la Leyenda Negra que atribuye en exclusiva a España una forma cruel y despiadada de actuar, cuando en realidad se comportó igual que otras potencias antes y después. El sometimiento y hasta la masacre de los pueblos inferiores por los supuestamente superiores ha sido una constante a lo largo de la Historia desde la antigüedad al siglo XXI. No es que no hubiese genocidio sino que actuaron igual que España, pueblos de la antigüedad, como los asirios, los persas, los macedonios o los romanos, y en la Edad Moderna, los franceses, alemanes, ingleses, holandeses o portugueses por citar solo algunos.

        Tercero, todos los pueblos invasores han tratado de preservar la mano de obra para aprovecharse de su fuerza de trabajo. España también lo hizo, aprovechando la fuerza laboral en las zonas nucleares de América donde existían amerindios acostumbrados a trabajar dentro de una estructura estatal. Ahora bien, en aquellas zonas donde había indios nómadas o seminómadas, estos perecieron en muchos casos hasta la extinción sin que España hiciese nada para remediarlo. Los ingleses decían que el mejor indio era el muerto, pero porque en Norteamérica eran seminómadas y no eran útiles para el trabajo sistemático. Si hubiesen encontrado indios sedentarios seguro que también los hubiesen usado como fuerza laboral igual que hizo España.

        Y cuarto, sentir vergüenza por ese pasado, como sugiere la señora Colau, me parece que no es lo adecuado. Yo denunció en mis textos la violencia del pasado, pero con el único objetivo de asumirlo y de tratar de ser mejores en el presente y en el futuro. Del pasado no hay que sentir vergüenza, ni lástima; no sirve de nada lloriquear. Simplemente, se trata de desentrañarlo por duro que fuese, de asumirlo y de concienciarnos de la necesidad de construir un presente y un futuro más justo para todos.

        No creo que debamos sentir vergüenza de nuestro pasado, éste fue como fue y no pasa nada. La historia de la humanidad es un largo camino sembrado de cadáveres y de lo que se trata es de aprender de ello para algún día construir un futuro mejor para todos. Una cuestión muy diferente, discutible o debatible, es si se debe seguir manteniendo o no esa fecha como día de la Hispanidad. Si es necesario o no seguir haciendo desfiles militares o si hay que reformular el formato de fiesta nacional para tratar de integrar mejor a todos los que se sienten vinculados de una u otra forma a la hispanidad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Muchas veces soñé con encontrarme con el conquistador Hernán Cortés y formularle muchas de las dudas que tenemos sobre su vida y sus hechos. ¿Cómo fue su infancia en Medellín?, ¿qué pensaba de los indios?, ¿a qué mujeres amó?, etc. Hace pocos meses, cuando tratábamos de hacer un documental sobre el metellinense que finalmente no llegó a buen puerto, me pidieron que escribiera un diálogo. Debía formular preguntas a Hernán Cortés y contestarlas yo mismo pero en primera persona, presuponiendo lo que Cortés respondería. Disfruté haciéndolo porque se trataba de poner sobre el papel lo que yo había soñado en más de una ocasión. Obviamente, tanto las preguntas como las respuestas son mías; pero hay una diferencia, las preguntas son las que yo haría si me encontrara con Hernán Cortés, mientras que en las respuestas he tratado de poner no mi opinión sino la que yo creo que ofrecería Hernán Cortés si las pudiera contestar. Dado que el documental finalmente no se va a producir, inserto en mi blog el contenido de aquel diálogo.

 

 

1.-¿De dónde procedía tu familia?

 

        Mi familia paterna procedía de tierras del antiguo reino de León, concretamente de la ciudad de Salamanca. Mi bisabuelo era un hidalgo llamado Nuño Cortés que fue el último que permaneció en tierras castellanas, siendo mi abuelo Martín Cortés el Viejo, el primero en establecerse en el condado de Medellín. ¡Cuántas historias me contó mi padre de las hazañas de mi abuelo en la vega de Granada, que a punto estuvieron de prender al rey nazarí.

Fue todo un personaje, luchó junto a los casi legendarios Pedro Niño y Álvaro de Luna. Por su valor, Juan II de Castilla lo armó caballero de espuela dorada.

 

 

2.-La mayor parte de las propiedades de la familia estaban en Don Benito. ¿Dónde se asentó la familia, en Medellín o en Don Benito?

 

        A mi abuelo le concedieron 12 yugadas de tierra, unas 360 hectáreas en el término de Don Benito, que pertenecía al condado de Medellín. Pero claro, como caballero que era fijó su residencia en la villa matriz. Todo caballero que se preciase no quería nacer en una de las aldeas del condado sino en la propia Medellín, donde se focalizaba el poder. Todos nacimos en Medellín y nosotros nos sentíamos metellinenses.

 

3.-Hernán, tú mismo declaraste edades distintas ¿Por qué?

 

        Pregunta estúpida; qué más da el año de nacimiento; no lo sé, quizás en 1482, quizás en 1484 o en 1485. Qué importancia tiene eso para una persona que conquistó otra España, una Nueva España, para el Emperador. El servicio a Dios y al Emperador es atemporal, cuando yo nací nadie inscribía a los nacidos y nadie llevaba un registro de los años vividos más allá de la estimación aproximada de cada cual. Mi gesta me inmortalizó.

 

4.-¿Cómo eran tus padres?

 

        Mis padres eran un matrimonio perfecto, bien avenido y cristiano. Mi padre era un trabajador con pocas propiedades porque era el menor de los hermanos. Mi madre era una mujer muy devota, dedicada a su familia. Mis padres fueron los mejores padres del mundo.

 

 

5.-¿Por qué fuiste hijo único?

 

        Verás, mi padre siempre quiso tener una gran prole, pero mi madre tuvo un parto traumático cuando yo nací y nunca más quedó preñada. Mi padre lo aceptó con resignación.

 

 

6.-¿Tuviste una infancia feliz?

 

        ¡Oh! sí, claro, era el único hijo, mis padres se preocuparon que no me faltase su cariño. Mi madre Catalina y mi tía Inés Gómez de Paz me criaron, hasta que ésta última, siendo yo un niño de diez años, se casó y marchó a vivir con su marido a Salamanca.

 

 

7.-¿Estudiaste en la Universidad de Salamanca?

 

        La verdad, se me daban bien los estudios, pero siempre tuve claro que lo mío no serían los libros sino las armas. Yo soñaba con emular las hazañas de mi abuelo.

        El marido de mi tía Inés era latinista y me enseñó mucho. Él también quería me graduase en la Universidad, pues tenía contactos que me podían dar trabajo una vez finalizados los estudios. Pero me fui sin haber comenzado mis estudios universitarios. Yo quería ser dueño de mi propio destino, me dedicaría a las armas.

 

8.-¿Qué sueño tuviste de pequeño?

 

        Soñé con emular a mi abuelo que desafió a los moros de Granada y a punto estuvo de tomar la ciudad de la Alhambra. Yo me parecía a mi abuelo, soñé que algún día yo conquistaría una gran ciudad y recibiría todos los honores. Había escuchado la existencia de enormes tierras allende los mares, donde había señores que vivían en casas con paredes y techos de oro. Yo, los sometería a la Corona de Castilla, y ganaría honores para mi reino y para los míos. Lo soñé y lo cumplí y ahí están los libros de historia que narran mis hazañas.

 

9.-Hernán, apenas sabemos nada de lo que hiciste entre 1501 en que saliste de Salamanca y 1504 en que te embarcaste para América. ¿Qué nos puede decir?

 

        No me gusta recordarlo. Me quise embarcar en 1502 junto al Comendador de Lares, rumbo a Santo Domingo. Oye, pero en Sevilla me dieron unas fiebres cuartanas que casi me mandan a la tumba. Regresé a Medellín, donde tardé meses en recuperarme. El viejo párroco de San Martín me dio la Extremaunción en tres ocasiones. Pero bueno, la providencia quiso que sobreviviera para que expandiera la frontera cristiana. Yo gané más cristianos de lo que Martín Lutero convirtió al protestantismo. Lo tenía claro, quería marchar al Nuevo Mundo. Nunca pensé en dirigirme a otro sitio.

 

10.-¿Cómo fue tu vida en la Española?

 

        ¡¡Uff!! Aquello no fue lo que yo esperaba, los alimentos europeos escaseaban y lo que había era productos de la tierra: cazabe, maíz y carne o tocino de cerdos cimarrones. Cuando llegué las encomiendas y la tierra estaba repartida y mi sustento peligraba. Un hidalgo de Cuéllar, Diego Velázquez, me cedió el uso de la escribanía de la villa de Azua, a cambio de un porcentaje de los beneficios. Con esa birria de salario y una encomienda de ¡cinco indios! en el Dayguao, sobreviví a duras penas. La dieta forzada me mantuvo en forma por muchos años.

 

11.-¿Por qué marchaste con Diego Velázquez a Cuba?

 

        Como te he contado, mi situación en la Española era lamentable, mis sueños se habían hecho añicos. Fue una de las épocas más aciagas de toda mi vida. Transité bastantes años sin pena ni gloria. Mi sueño se tornó pesadilla. Diego Velázquez me ofreció viajar con él en su expedición a una isla descubierta por el Almirante y acepté encantado pues, era la oportunidad que estaba esperando.

 

12.-¿Satisfizo Cuba tus expectativas?

 

¡Sí!, en Cuba mi suerte cambió. Fui alcalde ordinario de Baracoa y obtuve tierras y buenos repartimientos de indios. De un pobre hidalgo sin fortuna pasé a ser un rico hacendado. Tenía dinero, era popular y tenía grandes sueños que cumplir. A la primera oportunidad que se me presentase pasaría a primera fila para encabezar la hazaña con la que siempre soñé.

 

 

13.-¿Te casaste con Catalina Suárez Marcaida?

 

        Por supuesto, era la mujer más linda que había en la isla, y tenía que ser mía. La encandilé con mis encantos y fui feliz con ella hasta mi marcha a Nueva España en 1519.

 

14.-¿Por qué la asesinaste en 1522?

 

        ¡Maldita sea! ¡La pregunta ofende! Yo la quería, todavía se me saltan las lágrimas cuando pienso en ella. No quería que le pasase nada, pero no podía darme hijos y me afeaba mis relaciones con otras mujeres. Llegó a ser una persona tóxica para mí. No podía ser que una mujer acabase con mi sueño de ennoblecimiento de mi estirpe. Para qué conquistar un mundo sin tener un hijo a quien legarlos. Le advertí a mi querida Catalina que se apartase de mi camino, pero no quiso. La noche del suceso estaba furiosa, los celos la cegaron, no paraba de gritarme y la agarré por el cuello para que callase. Y calló, vaya si cayó, para siempre… Nunca me lo perdonaré. Nunca quise matarla, me excedí. A lo largo de mi vida me he tenido que enfrentar a muchas situaciones, he tenido que quitar del medio a muchas personas, pero lo de mi querida Catalina fue distinto. Llevó siglos atormentándome por su muerte, es de lo único que me arrepiento en mi vida. Ella me amaba, mereció otro destino.

 

15.-¿Traicionaste a Diego Velázquez?

 

        ¿Traición? En la guerra lo importante es la supervivencia, no existen fidelidades. Diego no era más que un viejo fanfarrón y gruñón, que quería acaparar todo el poder. Pero no podía evitar que yo conquistase un mundo para gloria y honra de Dios. Él había traicionado previamente a Diego Colón y por tanto, su gobierno era ilegítimo. En cambio, mi liderazgo era legítimo, pues en Veracruz mis hombres me aclamaron como capitán general.

 

 

16.-¿Por qué desguazaste los navíos en Veracruz?

 

          ¡Jajaja!, sé que ha pasado a la historia como uno de mis grandes hazañas, símbolo de mi arrojo y valentía. Nunca pensé en la posteridad, de eso se encargaron otros. Simplemente, hundí los barcos porque algunos leales a Velázquez pretendían embarcarse y regresar a Cuba a delatar mis intenciones rupturistas. Yo nunca hablé de acción heroica, lo hicieron otros por mí.

 

17.-¿Engañaste a Moctezuma?

 

        Por supuesto, y él trató de engañarme a mí. La política era y es un juego de engaños donde triunfa el más sagaz. Moctezuma era un zorro que por un lado aparentaba tratarme como a un dios y por el otro intentaba asesinarme. Solo sobreviviría el más listo, ambos lo sabíamos, y ese fui yo.

 

18.-¿Qué papel jugaron los tlaxcaltecas en tu conquista?

 

        Sé que ahora vosotros los historiadores me queréis quitar los méritos a mí, destacando que sin los tlaxcaltecas nunca hubiese caído Tenochtitlán. Pero no es cierto, yo la hubiese ocupado con ellos o sin ellos. Me dí cuenta que aquellos eran enemigos de los mexicas y los sumé a mi bando. Pero ellos solo hacían lo que yo les mandaba. El mérito de la victoria fue exclusivamente mío.

 

19.-¿La llegada de Pánfilo de Narváez trastocó tus planes?

 

        Desde el primer momento entendí que era la gran oportunidad que estaba esperando. Pánfilo traía consigo 1.400 hombres, el mayor ejército formado en las Indias desde su descubrimiento. Necesitaba a esos hombres para consumar la ocupación de la confederación mexica. Si me derrotaba todo acabaría para mí, pero si lo vencía y conseguía que sus hombres se sumaran a mi proyecto, habría dado un paso de gigante en la consumación del mismo.

        Y así ocurrió, la providencia lo quiso. Pánfilo se confió en exceso por su aplastante superioridad, poniendo en bandeja su propia derrota. Un inepto, pues yo con ese ejército hubiese acabado con Moctezuma en dos años antes.

 

20.-¿Pudo ser el final la Noche Triste?

 

        Pues sí y todo por culpa de Pedro de Alvarado; me equivoqué al dejarlo al mando cuando marché contra Pánfilo de Narváez. Pedro era un buen guerrero, de los mejores de mi hueste, pero no tenía ninguna habilidad social. No estaba capacitado para desactivar la rebelión indígena que se estaba urdiendo. Si yo llego a estar en la ciudad nunca se hubiese desencadenado.

        Cuando regresé, solo tuve tiempo de organizar la huida antes de ser masacrados por los rebeldes, dirigidos por Cuitláhuac, hermano de Moctezuma. Aprovechamos la noche pero eso no evitó que 800 de mis hombres y 5.000 indios amigos perdieran la vida. Lamentablemente fue la peor derrota sufrida por una hueste conquistadora en el Nuevo Mundo. Pero es igual, perdí esa batalla pero no la guerra que es lo realmente importante. Conseguimos llegar a Tlaxcala y allí nos repusimos para el combate final.

 

21.-¿Otumba fue la última gran ofensiva mexica?

 

Esta no fue una batalla más, todos sabíamos que era la última ofensiva lanzada por el ejército mexica para acabar con nosotros. Y estábamos asustados, muy asustados, por el tamaño de su ejército. Pero cometieron el error de colocar en el lugar más visible a su líder. Fuimos con arrojo y valentía a por él, y conseguimos que el ejército huyera despavorido. Ésta debe pasar a la historia como mi mayor hazaña militar. Yo solo, me las ingenié para derrotar al ejército de la confederación, aportando honra y gloria al Emperador.

 

22.-¿Fue necesario el cerco inhumano de Tenochtitlán?

 

        Siempre lo mismo, vosotros historiadores de pacotilla, sentados plácidamente en vuestros despachos y sintiéndoos los jueces del mundo. Cuauhtémoc había jurado con sus hombres resistir hasta la muerte. No querían capitular. Ellos fueron los responsables de su propia inmolación. ¿Qué otra cosa pude hacer? ¿debí levantar el cerco? Hubiera dado oxígeno a un imperio que estaba a punto de derrumbarse. Si murieron 100.000 personas fue por su propio sacrificio, yo no siento el menor remordimiento, no pude hacer otra cosa.

 

 

24.-¿Por qué asesinaste a Cuauhtémoc?

 

        Era un prepotente, no quería decir ni media palabra del lugar dónde escondió los tesoros de la recámara de Moctezuma que perdimos en nuestra huida cuando la Noche Triste. Ese ingrato me desafiaba continuamente con su orgullo y con su entereza. Quería morir y le di ese gusto. Además, así evitaba correr el grandísimo riesgo de dejar con vida al legítimo tlatoani de los mexicas, máxime siendo un héroe para ellos. En la guerra, los débiles de espíritu perecen y solo triunfa el más fuerte. Ese era yo.

 

25.-Después de la conquista, te dedicaste a explorar el Mar del Sur. ¿Cuál era tu objetivo?

 

El mismo que muchos otros marinos desde tiempos de Cristóbal Colón. Quería encontrar el dichoso estrecho que comunicase el mar del norte con el de Levante. El que lo hiciera tendría a su disposición la mayor ruta comercial del Nuevo Mundo. Eso era el mayor tesoro que todavía escondían aquellas tierras y lo quería para mí. Diego Velázquez y Francisco de Garay estaban buscándolo desde mucho antes, y yo gasté buena parte de mi fortuna en distintas expediciones. Por desgracia, fracasé, pero había que intentarlo y lo hice; yo no podía saber entonces que el maldito estrecho no existía.

 

26.-¿Para qué regresaste a España?

 

En 1540, me vi obligado a regresar de nuevo a España para continuar con la defensa de mis derechos. El virrey Antonio de Mendoza, un mediocre de capa y espada, sin haber hecho ningún merecimiento, había acaparado todo el poder político de un territorio que yo solo conquisté. Siempre igual, unos nos dejamos nuestro esfuerzo, nuestro sudor y nuestra sangre y después llegan las aves rapaces a lucrarse de lo ajeno. Necesitaba ver al Emperador, cuando me mirase a los ojos, comprendería que mis reivindicaciones eran de justicia y me devolvería el poder que legítimamente me correspondía.

 

27.-Se dice que quisiste morir en Nueva España. ¿Es esto cierto?

 

Por supuesto, cuando me vi enfermo me puse rumbo a Sevilla con la intención de embarcarme para mi querida Nueva España. Pero la maldita enfermedad avanzó más rápido de lo esperado tanto que una vez en Sevilla no me quedaron fuerzas para embarcar. Esa fue la mayor pena de toda mi vida, no haber fallecido en la tierra que me lo dio todo.

 

 

28.-Por cierto, ¿conociste al cronista que mas gloria te dio, Bernal Díaz del Castillo?

 

        Sí, Bernal, un mal guerrero y un hombre reservado y mediocre, un rencoroso que quiso que la historia le reconociese méritos militares que no hizo. Pero no le guardo rencor, porque a fin de cuentas contribuyó a difundir la gesta que yo solo con un puñado de hombres tuve el honor de dirigir triunfalmente. Una gesta por la que seré recordado de manera imperecedera.

 

29.-¿Cómo querrías que te recordase la historia?

 

         Como un guerrero en la frontera cristiana, que arriesgó su vida en defensa de su Emperador y de Dios. ¿Cómo iba a pensar yo que los hombres del siglo XXI me juzgarían por mi pacifismo, por mi humanidad o por mi grado de crueldad? Un guerrero solo podía pensar en sobrevivir y eso pasaba por matar al adversario. No entiendo la mentalidad de los hombres del siglo XXI. ¿Qué hubierais hecho vosotros en mi lugar? Pues lo mismo que yo, matar para sobrevivir, solo que yo salí triunfante donde otros fracasaron o perecieron.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Los conquistadores llevaban consigo jaurías de perros, amaestrados para ensañarse con los pobres nativos. Según Alberto Mario Salas la mayoría eran mastines o alanos, es decir, un cruce entre dogos y mastines. Casi todos los cronistas se hicieron eco del uso de estos perros, de gran utilidad lo mismo en combate que para castigar ejemplarmente a algún nativo con la intención de aterrorizar al resto. Fernández de Oviedo escribió que fue común aperrearlos lo que no era otra cosa que hacer que perros le comiesen o matasen, despedazando al indio. No menos claro se mostró el padre Las Casas al decir que estos canes amaestrados, cuando alcanzaban a uno, lo hacían pedazos en un credo. Además, cuando los indios recibían a los españoles pacíficamente eran muy útiles. Dejaban que uno de ellos se abalanzase sobre algún nativo y lo despedazase para provocar el inicio de las hostilidades. Obviamente, esto era precisamente lo que querían, pues, de esta forma podían robar, expoliar y esclavizar a los aborígenes en buena guerra. Pero, además, una vez sometidos, constituían la mejor medida disuasoria contra posibles alzamientos, dado el miedo que estos les tenían.

Todo parece indicar que el aperreamiento fue una práctica usual en la Conquista. Pero, algún lector se podría preguntar: ¿no serían invenciones del padre Las Casas? Está claro que no. El dominico cito numerosos casos, pero muchísimos otros cronistas también lo hicieron. Pero, por si fuera poco, tenemos decenas de documentos en los que se alude a estos espeluznantes actos. Por ejemplo, en una pesquisa que se realizó contra el virrey Antonio de Mendoza se demostró que, en la pacificación del territorio y bajo sus órdenes directas, mandó despedazar con perros de presa a decenas de aborígenes, en medio del estupor del resto. Se trataba de una táctica tan efectiva como aterradora para ellos. En el Códice Florentino quedó reflejado el horror con el que los pobres nativos vieron a estos canes:

 

Sus perros son enormes, de orejas ondulantes y aplastadas, de grandes lenguas colgantes; tienen ojos que derraman fuego, están echando chispas; sus ojos son amarillos, de color intensamente amarillos”.

 

        El papel de estos lebreles fue tan destacado que muchos de ellos han pasado a la Historia con nombre propio, como es el caso de Becerrillo, propiedad de Diego de Salazar que, según López de Gómara, cobraba un sueldo equivalente a ballestero y medio. Cuando algún enemigo huía lo enviaban a por él y era capaz de seguir el rastro y traerlo por la fuerza. Narraba Antonio de Herrera que los indios temían más a diez españoles acompañados del citado can que a 100 sin él. Finalmente, murió de una flecha envenenada que le lanzaron los caribes cuando, en compañía del capitán Sancho de Arango, se disponía a atrapar en el agua a uno de ellos. Otros perros no menos afamados fueron Amadís, Mahoma y especialmente el mastín Leoncillo, hijo del anteriormente citado Becerrillo. Este último era bermejo y de mediano tamaño, acompañó a Núñez de Balboa en su expedición al Mar del Sur, llevando sueldo de capitán. Acudía a por los fugados, actuando de forma diferente según fuese la actitud del nativo: si éste se quedaba quieto lo asía por la muñeca y lo traía de vuelta sin hacerle daño pero si, en cambio, se resistía lo hacía pedazos. No menos fama tuvo Marquesillo, un lebrel al que le bastaba oler a un indio para lanzarse sobre él y destriparlo en cuestión de segundos. En una campaña, enviada en 1541 por Sebastián de Belalcázar al cacicazgo de Pirama en el Nuevo Reino de Granada, Marquesillo destripó al hermano del cacique Pirama. Éste le pidió al capitán Rodrigo de Cieza que castigase al responsable. Rodrigo de Cieza aceptó, pero como no quería desprenderse de Marquesillo, cogió otro perro parecido que tenía, le puso el collar de Marquesillo y tras un juicio sumarísimo fue ejecutado. Una pura pantomima que los siempre ingenuos nativos se tragaron.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

PIQUERAS CÉSPEDES, Ricardo: “Los perros de la guerra o el canibalismo canino en la conquista” Boletín Americanista Nº 56. Barcelona, 2006.

 

VARNER, John J. y Jeannete: Dogs of the conquest. Nebrasca, University, 1984.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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