Se muestran los artículos pertenecientes a Noviembre de 2015.

20151108193008-escla.jpg

        Buenas tardes: nuevamente, traigo a estas jornadas un trabajo relacionado con la esclavitud un tema que yo vengo estudiando desde que era estudiante de la carrera de Historia. Empecé analizando la esclavitud en el reino de Sevilla, luego trabajé la de las colonias americanas, y últimamente llevo varios años investigando la de Tierra de Barros. Pero está claro que es difícil ser el primero; antes que yo fue estudiada globalmente por Fernando Cortés en su libro la esclavitud en la Baja Extremadura y más recientemente por Rocío Periáñez, mientras que para el caso de esta comarca contábamos con unas valiosas páginas que Francisco Zarandieta dedicó al tema, aunque limitadas, a Almendralejo en los siglos XVI y XVII.

El máximo esplendor de la institución en Extremadura se produjo entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII, descendiendo notablemente en la segunda mitad de esta centuria, para convertirse en un fenómeno residual en la segunda mitad del XVIII.

En el siglo pasado, algunos historiadores sostuvieron que el principal motivo del fenómeno esclavista fue la ostentación social de las familias propietarias. Fernand Braudel, Antonio Domínguez Ortiz o Bartolomé Bennassar sostuvieron tal extremo aunque actualmente hay sobradas pruebas que demuestran la rentabilidad económica de los aherrojados como su principal razón de ser. De hecho, esta mano de obra forzada se solía emplear en las ocupaciones al que se dedicaba su dueño. Era fácil que el maestro de una forja lo tuviese trabajando en su taller o el agricultor lo emplease en las tareas agrícolas. Otros muchos se usaban en las tareas domésticas, y a veces, cuando el dueño estaba necesitado de liquidez, hasta se alquilaban sus servicios, cobrando aquel el estipendio. Algunas esclavas además eran empleadas como amas de crías, debiendo amamantar al hijo de sus dueños con preferencia incluso al suyo propio. Hemos detectado la existencia de bautizos de hijos de esclavas justo después de haberse bautizado el vástago de sus dueños, lo que podría indicar una intencionalidad.

En esta comunicación analizamos algunos casos singulares sobre las no siempre fáciles relaciones entre los dueños y los esclavos. Se trata de un aspecto poco estudiado por la historiografía debido a que la documentación notarial y sacramental no suele aportar mucha información sobre ese aspecto. En estas páginas aportaremos algunos datos documentales, obtenidos a pie de archivo, sobre las relaciones dueño-esclavo, a veces muy traumáticas y siempre lesivas para la parte más débil de la cadena, es decir, para el aherrojado.

 

UNAS RELACIONES DIFÍCILES


Si la relación entre dueño y esclavo era buena o muy buena, la situación de éste era más o menos llevadera. Ahora bien, si por el contrario era mala la situación se podía tornar muy delicada para el esclavo. En ocasiones, si el adquiriente comprobaba que la pieza adquirida no era de su agrado podía deshacer la transacción, que era la solución menos gravosa para el cautivo. Este fue precisamente el caso de una esclava comprada por una señora de Solana de los Barros. Ésta encargó a su compadre Gabriel Joseph, en febrero de 1710, que adquiriese para ella una esclava para el servicio doméstico de su casa. Éste se personó en Ribera del Fresno y, en enero de 1710, la compró al presbítero de Fuente de Cantos Francisco Guerrero de las Beatas. Ésta estaba bautizada con el nombre de Ana Florencia, tenía 22 años, de color blanco –debía ser berberisca, aunque no se especifica- y pagó por ella 1.750 reales de vellón. Pues bien, una vez en Solana, transcurridos tan solo unos días, la señora decidió devolverla, alegando que no era de su gusto. Su compadre aceptó realizar las gestiones para su devolución alegando lo siguiente: que lo hacía por no importunar a su comadre que era la que tenía que lidiar con ella aunque se había informado de que era una buena trabajadora y que poseía bondades no muy comunes entre los aherrojados. Dicho y hecho, remitió la escritura de compra-venta y una carta con sus intenciones, y tres días después, exactamente el 6 de febrero de 1710, ante el escribano de Ribera, Alonso Rodríguez de la Fuente se formalizó la devolución de la esclava y el reintegro del dinero. Se trata de una muestra singular de cómo se trataba a estas personas hace poco más de tres siglos. Se comerciaba con ellas como si fuesen animales y su suerte dependía básicamente del capricho de su propietario o de su interés por preservar su inversión.

La documentación notarial y sacramental no suele aportar información sobre las relaciones entre dueños y esclavos. Solo encontramos casos extremos en los que en la carta de compraventa se señala alguna merma o enfermedad provocada por los malos tratos de su dueño. Y ello porque el vendedor estaba obligado a especificar las posibles enfermedades o taras que tuviese la pieza que pretendía vender. Fue el caso de la esclava María, de 21 o 22 años, de color albarrana que fue vendida por Juan Ortiz Guerrero, vecino de Villalba de los Barros, el 27 de marzo de 1762. El comprador, Juan de Bolaños y Guzmán, se comprometió a pagar 2.700 reales por ella. Sin embargo, el abono no se realizaría hasta el día de Santiago, tras verificar que su enfermedad no se agravaba. Y ello porque el vendedor reconoció que en general estaba sana pero que había sufrido un pequeño accidente que describió con las siguientes palabras:

 

"Que estaba sana más que en una ocasión que yo el dicho Juan Guerrero la castigué por haberse vuelto contra su ama y porque le dio al parecer un accidente de que llamado al médico actual de esta villa y reconocida dijo que era aflicción a perecer"

 

Estaba claro que la esclava padecía una especie de depresión traumática y que su miedo a morir se debía fundamentar en los castigos que su dueño le imponía. No parece que el comprador deshiciese la transacción por lo que posiblemente la aherrojada mejoró de su aflicción.

 

LA CONDENA A TRABAJOS FORZADOS


Otras veces, cuando el dueño interpretaba que la actitud de su esclavo merecía una condena o sanción, la situación podía ser verdaderamente delicada, pues no dudaba en emplearlo en ocupaciones más sórdidas, enviándolo, temporalmente o de por vida, a realizar alguna prestación real que no fuese de su agrado. Sin embargo, el trabajo en las minas reales de Almadén era tan duro que los dueños sólo los enviaban cuando estaban dispuestos a perder su inversión. Rocío Periáñez documentó un caso en Cáceres en el primer tercio del siglo XVII, y Francisco Zarandieta otro en el Almendralejo en la misma centuria. A juzgar por los testimonios que hemos localizado, parece que el envío a las minas Reales era tan duro y tenían tal fama que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad.

Hemos conseguido documentar unos cuantos casos más en la comarca de Tierra de Barros. Así ocurrió en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo, envió a su esclavo Sebastián, de 45 años, robusto y de color amembrillado, por un año y medio a servir en las perniciosas minas de mercurio. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro. Más claro aún fueron Juan Montaño y María Rengela de Guzmán, vecinos de Aceuchal, cuando fundamentaron la donación al Rey de su esclavo Juan Martínez, de color blanco, de unos 30 años, robusto de cuerpo y capaz de cualquier trabajo corporal en los siguientes términos:

 

        "El cual por justas causas que me mueven lo doy y cedo para que sirva a Su Majestad por todos los días de su vida en las Reales minas de Almadén o Espartería o en otro cualquier presidio, donde más utilidad con su trabajo pueda dar al Rey… sin que pueda el susodicho salir con su libertad de la parte donde se dé dicho destino porque mi ánimo es que perezca trabajando a beneficio de la Real hacienda, sin tener libre uso de su persona"

 

        Las palabras de sus dueños están henchidas de malas intenciones: lo envían a la mina de por vida, para que muriese allí trabajando, es decir, que la carta parece como mínimo una condena del esclavo a cadena perpetua o peor aún, a la pena de muerte.

        No menos claro es el caso de un esclavo de Ribera del Fresno donado por su dueño, Fernando de Brito Lobo y Sanabria, a la Corona para que sirviera por tres años en el citado yacimiento. Al parecer había mantenido una relación carnal con la sirvienta de la casa, contraviniendo el sexto mandamiento de la Ley de Dios: No cometerás actos impuros. Tras denunciarlo fue encerrado en la cárcel real de Ribera y, poco después, donado por su dueño a servir durante tres años en las temidas minas de mercurio. Se supone que ello le debía servir de escarmiento. Una medida que de nuevo nos parece extremadamente cruel e injusta por tres motivos: primero, porque el esclavo no hizo más que mantener una relación secreta con una sirvienta, algo que tenía prohibido, pero que no dejaba de ser natural en un chico de 25 años. Segundo, porque los propios dueños contravenían el sexto mandamiento cada vez que le daba la gana, teniendo incluso hijos con sus esclavas, ante la connivencia de todos. Y tercero, porque era casi una condena a muerte, pues la supervivencia media en Almadén se situaba entre los tres y los cuatro años. Así que no sabemos si el pobre esclavo Antonio José, mulato de un cuarto de siglo de edad sobrevivió a tal condena. Sorprende la actitud de Fernando de Brito, que había sido varias veces alcalde ordinario de Ribera por el estado noble, ya que liberó altruistamente a al menos tres esclavas, a saber: A María Ana el 20 de marzo de 1749, a Anselma Lucía el 18 de agosto de 1749 y a María Candelaria el 4 de febrero de 1754.

El mal comportamiento no era el único motivo por el que un encadenado podía acabar sirviendo al rey, en sus minas o en sus galeras, como remeros. Si le sobrevenía un defecto físico, tal como una ceguera, podía convertirse en una pesada carga para una familia, pero podía desempeñar sin problemas otros trabajos en el banco de una galera como remero o en una mina, extrayendo el preciado cinabrio. El 28 de septiembre de 1747, el presbítero de Villafranca de los Barros, Fernando Gutiérrez de la Barreda, apoderó a Manuel Gutiérrez Cervantes y Bartolomé Sánchez, también vecinos de esa villa, para que tratasen de vender en Sevilla o en otro lugar, a un esclavo ciego que el otorgante había heredado de su tía Catalina Mexía. Se trataba de Marcos, color amembrillado, 25 años y de buena corpulencia. Al parecer, se había criado en casa de su tía desde pequeño, hijo de una esclava de ésta. Pero el presbítero no podía o no podía atender al pobre ciego y tampoco parece que quisiera mantenerlo sin obtener beneficio alguno. Por ello, si no encontraban comprador, algo que parecía lógico, les daba amplios poderes para que hagan "cesión y donación de él a favor de Su Majestad el Rey Nuestro Señor, en paraje donde su trabajo pueda serle de alguna utilidad, o al de cualquier convento, monasterio, obra pía o persona particular que bien visto les fuere y se haga cargo de su manutención y de cualquier suerte que efectúen la enajenación otorguen escrituras de venta o donación…"

Otro dato más que ejemplifica bien la perversión social que la esclavitud ha supuesto a lo largo de la historia de la humanidad. Bien es cierto, que Catalina Mexía sí que permitió el mantenimiento del ciego hasta los veinticinco años de edad. Su muerte debió ser una verdadera desgracia para el pobre Marcos, cuyo destino exacto desconocemos pero que con toda probabilidad debió ser trágico. Uno siempre tiene la esperanza de que estos retazos del pasado nos sirvan para ser mejores en el presente y en el futuro, aunque la realidad casi siempre se muestra tozuda.

 

LA HUIDA


Podríamos preguntarnos, si el esclavo podía rebelarse ante la tiranía de su dueño. Es cierto que a veces la única opción desesperada que les quedaba era la huida, pero apenas si recurrían a ella porque al estar marcados a hierro no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían ser dramáticas para el huido, pues incluso podían ser encarcelados, enviados a galeras o a las minas de cinabrio, de las que como hemos señalado pocos escapaban con vida. En esto la historia fue muy diferente a lo ocurrido en las colonias americanas, donde se formaron extensas áreas de cimarrones.

        Hemos documentado algunos casos sonados de huídas pero necesariamente fueron escasos y acabaron con la captura del fugado. El 19 de julio de 1710, Manuel Lorenzo, vecino de Ribera dio poder a Pedro de Torrejón para que fuese a la cárcel de los padres teatinos de Sevilla donde estaba retenido un esclavo suyo que se había fugado de su casa la víspera del día de San Pedro. El esclavo en cuestión se llamaba Joseph, de 20 años, y cuyos rasgos físicos eran los siguientes: "de color tinto, de buen cuerpo, la cabeza larga (y) algo hoyoso de viruelas". Como puede observarse, el esclavo se había escapado el 28 de junio y el 19 de julio, ya sabía su dueño que estaba preso en Sevilla. Es decir que la libertad apenas le debió durar diez o quince días, aunque sorprende que pudiese llegar hasta la capital hispalense.

En 1778 encontramos otro caso de resistencia, pero muy diferente al anterior. En la localidad de La Parra vivía Francisco González y Rivera que disponía de un matrimonio de esclavos, llamados Domingo y Antonia. Tras su muerte, y dado que no tenía hijos, heredaron sus sobrinos correspondiéndole a Francisco Antonio Zalamea, vecino de Ribera del Fresno, un lote de bienes que incluía a los dos aherrojados. Pues bien, dicho matrimonio se negó a marchar a Ribera y permaneció viviendo en La Parra con sus recursos, escasos pero suficientes. Sin embargo, Francisco Antonio Zalamea, con la ley en la mano, otorgó poderes a Vicente González Máximo, vecino de La Parra para que procediese contra sus esclavos, deportándolos forzosamente y confiscándole sus bienes, con el objetivo de resarcir al demandante de sus pérdidas. No conocemos más del asunto, pero dado que al demandante le asistía el derecho y la justicia es posible que consiguiese sus objetivos y que los aherrojados fuesen expropiados y deportados de La Parra.

        Otro signo de una relación difícil o problemática entre esclavos y señores se aprecia en algunas cartas de ahorría. Con cierta frecuencia encontramos que los liberaban con la condición de que se marchase a vivir fuera de la localidad. En 1654, Francisco Calderón liberó a su esclavo Juan Dorado, mulato, de 27 años, con la condición de que residiese fuera de un radio de diez leguas a la redonda de Almendralejo y Don Benito. Gómez Golfín de Figueroa fue algo más allá, pues en su testamento, fechado el 24 de septiembre de 1662, liberó a un esclavo mulato con la condición que se exiliase perpetuamente no sólo de Almendralejo sino de toda Extremadura:

 

Declaro tengo por mi esclavo sujeto a servidumbre a Juan, de color mulato luego que yo muera es mi voluntad quede libre con calidad y condición que dentro de ocho días salga de esta villa y no resida en ella ni en lugar alguno de la Extremadura. Y si asistiere quede sujeto a servidumbre para Su Majestad y que cualquier justicia lo pueda prender y remita a reales galeras porque mi voluntad expresa es que no pare en esta villa ni en lugar alguno de esta provincia de Extremadura”.

 

        Algunos esclavos, incluso se atrevieron a litigar frente a sus dueños. Fue el caso de Fernando y Diego Ortiz, dos esclavos que habían gozado del aprecio de su dueña María Esteban de Nieto, esposa de Pedro Martín Rengel. Al parecer, la señora había mostrado siempre su deseo de liberarlos, pues había sido incluso madrina de sus respectivos enlaces. El problema se presentó cuando la mujer falleció abintestata y, por tanto, no pudo disponer la citada liberación. Su heredero, el licenciado Diego Fernández Nieto, cura de la villa, se negó a aceptar su ahorría por lo que los hermanos dieron poder al procurador de causas Pedro Hernández Bermejo para que interpusiese diligencias. Desconocemos el desenlace del proceso pero probablemente desistieron o en cualquier caso perdieron el juicio, pues poco podían hacer con el testimonio verbal de una difunta frente a un miembro de la élite local.

 

CONCLUSIONES

 

La institución traía consigo una alienación tal de las personas que, incluso su liberación se podía convertir en un agravante para sus míseras condiciones de vida. El trato a los esclavos dependía simplemente de la voluntad y de la humanidad de sus dueños. Los esclavos Antonio González y María Vivas, temían a su dueño Juan Rodríguez Diosdado de quien decían que su amo era de terrible y áspera condición. Su indefensión era total no sólo por su condición de esclavos sino porque su dueño, hijo de un alcalde ordinario del mismo nombre, pertenecía a una de las familias más influyentes de la villa. A veces los dueños usaban de manera perversa de sus esclavos, obligándolos a cometer delitos contra sus enemigos, arriesgando sus vidas. Éste fue el caso de Sebastián Hernández Corrales, vecino de Almendralejo, que envió a su esclavo Juan a acuchillar a Diego Hernández Corrales, lo cual hizo con gran eficacia, siendo encarcelado por tales hechos.

Y para colmo, algunos dueños solían actuar con total desprecio hacia la maternidad y hacia la familia, vendiendo a sus esclavas y a los hijos de éstas juntos o separados, a su conveniencia. Ante todo ello, el esclavo no podía hacer otra cosa más que aguantar, aunque como hemos visto en esta comunicación algunos optasen infructuosamente por la huida.

Es cierto que no todos los dueños actuaron con mala fe; muchos, sobre todo los que los habían tenido en sus casas desde niños, les dieron trato más o menos humano, dándoles un enterramiento digno e incluso dejando sufragios por la redención de sus almas. Pero si las relaciones eran malas, el que podía ver su vida convertida en un infierno era sin duda el esclavo.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


 

(*)Se trata del texto resumido que defendí en la comunicación, sin notas a pie de página ni apéndices. El próximo año saldrá publicada completa en las Actas de las VII Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros.

Etiquetas: , , , , , , , , ,

20151111182625-mesa-medieval2.jpg

        Leyendo documentos y libros de hace cuatro o cinco siglos uno no deja de sorprenderse de lo poco que hemos cambiado los seres humanos. Como siempre digo hemos evolucionado mucho en el terreno de la industria y de la tecnología, pero aún no ha llegado una revolución ética ni humanística.

        Los escritos de Luis Zapata de Chaves, un llerenense nacido en 1526 y fallecido en 1595 a la edad de 69 años, son siempre muy interesantes de leer y de releer. Fue consejero de Felipe II, y en su texto titulado “Miscelánea o Varia Histórica” cuenta todo tipo de anécdotas relacionadas con la vida de su tiempo. Hoy me ha parecido oportuno comentar sus opiniones sobre la obesidad y el sobrepeso, que parecen escritas por un metrosexual del siglo XXI.

        Cuando se dice que el cuadro “Las Tres Gracias” de Pedro Pablo Rubens es un ejemplo de que en su tiempo gustaban las personas entradas en carnes no es verdad. Era un gusto propio del pintor flamenco que de hecho, tomó como modelo a su obesa esposa, Elena Fourment, para representar a las féminas en sus lienzos. En realidad, el modelo de belleza estilizada está presente en las artes desde la antigüedad hasta el mismo siglo XXI, desde la Venus de Cnido de Praxíteles del siglo IV a. C a la Venus del Espejo de Velázquez o a las Majas de Goya.

        Hay que decir que en aquellos tiempos la obesidad era un atributo más común entre el Primer Estado, pues la mayoría de los jornaleros y campesinos hacían dieta forzada durante buena parte de su vida. Pero Zapata pertenecía a la aristocracia donde el mal afectaba lo mismo a hidalguillos ociosos y adinerados que a marqueses, condes, duques y a la mismísima realeza. En este sentido son bien conocidos los excesos culinarios del Emperador Carlos V que le provocaron gota y tuvieron relación con su muerte relativamente prematura.

El llerenense empieza destacando los males de la obesidad, que le da tratamiento de enfermedad aunque sostiene que se puede curar con dieta y el que dice “no lo puede excusar…es un necio”. Continúa señalando los males que el sobrepeso trae consigo, sociales y físicos. Con respecto a los primeros, afirma que la gordura excesiva “a la más hermosa mujer afea y al más gentil hombre varón le desfigura”. Los gordos son objetos de risa y de motes, y además, les impide “servir a su patria y a sus príncipes”. Pero además, sostiene que conlleva un riego físico grave, pues la mayoría “viven poco, y en tanto que viven tienen poca salud, llenos de humores, de corrimientos, de reuma y de gota…”. Y finalmente, insinúa que es falso que los gordos sean más felices, porque no pueden hacer muchas actividades cotidianas y de noche “no pueden dormir sino sentados, que echado se ahogarían”. De hecho, afirma Zapata, que los condenados a muerte salen gordos de la cárcel y no van precisamente contentos al patíbulo.

        La causa de la obesidad la tiene clara: la comida excesiva y la vida ociosa, que lo mismo “engordan a halcones, caballos y perros que a las personas”. Él mismo, declaró que temió toda su vida dicha dolencia pero que estuvo en todo momento cuidándose para no padecerla. Los remedios y cuidados que se autoimpuso, fueron varios:

        Primero, no cenar, pues dice que pasó más diez años sin hacerlo, y que solo comía una vez al día. En este sentido, es muy antiguo el dicho de que “de buenas cenas están las sepulturas llenas”.

        Segundo, no beber vino, que dice que era la bebida de la época que más engordaba, ni comía cocido. Es cierto que el alcohol es un producto muy calórico y que entonces era frecuente beber un litro diario de vino por persona. La reducción de su ingesta podía ser un buen remedio frente a la obesidad.

        Tercero, vestía y calzaba ropa muy ajustada hasta el punto –dice- “que era menester descoserme las calzas a la noche para quitármelas”.

        Y cuarto, antes de las fiestas y saraos en Palacio, pasaba más de un día acostado porque a su juicio “la cama enflaquece las piernas”, mientras que el ejercicio las engordaba.

        Está claro que el noble extremeño estaba obsesionado con su peso; algunos remedios estaban bien como evitar la cena o moderar el consumo excesivo de vino. Otros de sus remedios parecen excesivos, propios de un metrosexual de su tiempo, como el de llevar la ropa muy ajustada o el de yacer largo tiempo en la cama para enflaquecer las piernas antes de ir a algún sarao a mantener relaciones con mujeres de la nobleza.

        Sin embargo, a su moderación en la mesa atribuía él que tuviese en el momento en que escribía sesenta y seis años y los disfrutase con salud. Probablemente, algo de razón tenía aunque también es posible que la suerte hubiese jugado un papel importante. De todas formas, ésta no le duró mucho más porque tres años después enfermó repentinamente y murió sin haber cumplido los setenta años de edad.

        Curiosa la mentalidad de este aristócrata del siglo XVI, obsesionado por mantener la línea, como muchas de las personas de nuestro tiempo. Y lo mismo que actualmente en los países del Primer Mundo padecemos sobrepeso y en el Tercer Mundo hambre, en el siglo XVI, los privilegiados debían cuidarse de la obesidad mientras el pueblo padecía hambrunas extremas de manera periódica. Egoísmos de la especie humana de ayer, de hoy y de siempre.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Etiquetas: , , , , , , , ,

20151114113047-images.jpeg

 

        Ante todo, quiero dejar clara mi más profunda repulsa a los atentados ocurridos en París el pasado viernes trece de noviembre de 2015 y mis condolencias a todo el pueblo francés. Dicho esto, quisiera plantear algunas reflexiones sobre estos luctuosos acontecimientos.

        En primer lugar, el atentado me ha causado consternación pero no sorpresa. ¿Cómo se puede sorprender un historiador por una matanza de un centenar de personas? Todo historiador sabe que la barbarie ha sido inherente al ser humano, al menos desde los orígenes de la civilización. Ya en el siglo XVII escribió el obispo Juan de Palafox, en una línea bastante determinista, que la malicia era consustancial a la naturaleza humana como se demostraba desde la primera culpa de Adán, aun dentro del Paraíso.

En el fondo este atentado es un eslabón más en el larguísimo reguero de cadáveres que nos dejado el choque de civilizaciones. Ya en el Neolítico los grupos sedentarios desplazaron a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. Los males del planeta Tierra comenzaron cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad que pretendía extender sus ideales a los demás pueblos no civilizados. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión. Si a ello unimos que todas las religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la Historia.

El sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante en la Historia hasta pleno siglo XX. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia de la humanidad y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y en segundo lugar, nos consterna especialmente por su cercanía, porque ha ocurrido en el corazón de la vieja Europa, en nuestra pequeña caja de cristal donde se supone que estas cosas no pueden pasar. Estamos viendo morir a decenas de miles de personas en conflictos en el Tercer Mundo mientras que el Mediterráneo se está convirtiendo en un verdadero cementerio de inmigrantes. Eso se puede aceptar y hasta nos podemos acostumbrar. Ahora bien, si los caídos son del Primer Mundo causa una gran consternación básicamente por dos motivos:

Uno, porque no es equivalente el fallecimiento de ciento treinta inmigrantes en el océano o de doscientos sirios en un bombardeo a que perezcan ese mismo número de europeos. En el fondo todos tenemos asumidos que no todas las vidas valen lo mismo, aunque nadie lo confiese públicamente.

Y otro, porque las guerras en lugares más o menos lejanos del Tercer Mundo no se sienten como una amenaza y, en cambio, estos atentado en Europa o en Estados Unidos sí que se interiorizan como un verdadero peligro para nuestra seguridad. Desgraciadamente, el ser humano solo se moviliza cuando el peligro le acecha directamente.

        Está claro, que hay un problema ético de fondo, yo creo que de muy difícil solución. Y digo que es difícil porque la ambición y el poder, es decir, las semillas del mal, son inherentes al ser humano. Pese a mi pesimismo existencial, derivado de mi conocimiento de la historia, sueño con que algún día la humanidad conozca una revolución ética que nos permita llegar a una alianza de civilizaciones y a hacer de la fraternidad entre todos los pueblos del mundo nuestra bandera. Mientras tanto, solo nos queda lamentar la barbarie y resignarnos.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20151118190953-pizarro3.jpg

Estamos ya en la recta final de la edición de mi nueva obra sobre el trujillano Francisco Pizarro, conquistador del imperio Inca, responsable de la desaparición de éste y del doloroso parto del Perú. Verá la luz a principios del próximo año de 2016 y he estado trabajando en ella desde el año 2010 en que publiqué mi biografía sobre Hernán Cortés.

A mi juicio, siguiendo a Jorge Plejanov, los hilos de la historia los mueven los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comporten de un modo más o menos similar ante situaciones parecidas. Eran personas de su tiempo, por un lado cruzados medievales y, por el otro, guerreros modernos e individualistas que luchaban por ganar honra y fortuna. Creían en la escala de valores de la sociedad del quinientos que mantenía la antítesis caballero-valeroso frente a villano-cobarde, situando el ardor guerrero como una de las virtudes supremas. Aunaban altas dosis de intransigencia religiosa, con la valentía y con fuertes ansias personales de enriquecimiento, lo que les convirtió en armas casi indestructibles frente a sus enemigos. Estaban dispuestos a morir y a matar en nombre de Dios y del Emperador y eso les reportaba una extraordinaria fortaleza moral. Aunque en lo más profundo de su subconsciente sabían que muchas de sus acciones no eran éticamente correctas de ahí que al final de sus días, dispusiesen memorias y obras pías a favor de los naturales, los mismos a los que ellos se habían encargado de robar, someter y explotar.

Ahora bien, aunque no sean las individualidades las que provocan los saltos hacia adelante, sí estoy convencido al menos de que existen personas con mucho más empuje y liderazgo que otras. Pues bien, uno de esos personajes singulares de la conquista fue Francisco Pizarro, que no era ningún héroe pero al menos sí, utilizando terminología de Max Weber, un individuo carismático.

Como americanista he investigado la Conquista durante más de dos décadas, intentando desmitificar a los conquistadores. He escrito un libro revisando la conquista en su globalidad (2009), demostrando las estrategias violentas que se utilizaron y la ilegitimidad de la misma. No podemos olvidar que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, como ha escrito Antonio Espino, todas las reacciones de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos verlas como legítimas. Y ello a pesar, de que la mejor arma de la que dispuso el trujillano fue la de los pueblos escasamente incaizados que suministraron una tropa auxiliar muy leal. Asimismo, he escrito biografías de algunos de estos protagonistas de la conquista, a saber: Nicolás de Ovando (2000), primer gobernador de las Indias, Hernán Cortés (2010) y Hernando de Soto (2012). Ahora pretendo hacer lo mismo con Francisco Pizarro, actor necesario tanto del inevitable hundimiento del Tahuantinsuyu como del traumático alumbramiento del Perú.

        En pleno siglo XXI, la historiografía social española mantiene un cierto desfase con respecto a la europea. En las últimas décadas han aparecido algunos trabajos pioneros en materia social, sin embargo en lo concerniente a la historia de América la situación es aún más incipiente pues, durante buena parte del siglo XX, el pretérito patrio se fundamentó en los grandes mitos de la España Imperial. Y cómo no, uno de los pilares de esa historia pseudomítica, fueron los conquistadores, especialmente Hernán Cortés y Francisco Pizarro.

        Centrándonos en el caso que ahora nos ocupa, la extensa historiografía contemporánea se ha polarizado, entre los que le atribuyen cualidades sobrehumanas y los que lo denigran, vertiendo sobre él los peores calificativos. La mayor parte de las biografías del trujillano, al igual que las de Hernán Cortés, son hagiográficas, es decir, se limitan a destacar las excelencias, la grandeza, las dotes militares y la extraordinaria personalidad del biografiado. Manuel José Quintana, a mediados del siglo XIX, propuso explicar vivamente a la juventud la figura de conquistadores como Francisco Pizarro para que sigan su ejemplo y magnifiquen e imiten sus obras. En 1929, con motivo de la inauguración de la estatua de Pizarro en Trujillo, el ministro peruano Eduardo S. Leguía afirmó que la figura de Pizarro representaba la voluntad de una raza en cuyos dominios espirituales nunca se pondrá el sol. Asimismo, en 1949, otro biógrafo, Luis Gregorio Mazorriaga, ensalzaba las excelencias del trujillano con las siguientes palabras:

 

Como representante genuino de las virtudes raciales, en el que los niños pueden ver un ejemplo de la reciedumbre del carácter y temperamento de los hijos de España, Pizarro ocupa lugar preferente entre las figuras más eminentes de nuestra historia”.

 

No menos elogioso se mostró Clodoaldo Naranjo quien se pregunta si el trujillano no fue, al igual que otros héroes, un elegido por Dios para cumplir amplios fines evangélicos. No es el único, pues según Mallorquí Figuerola, las hazañas del trujillano le hacían pensar que “Dios debió de escogerle como flagelo destructor del imperio de los incas”. Todavía en pleno siglo XXI, se pueden encontrar historiadores que aluden a él como un héroe ante el que había que “inclinarse reverentemente”. Está claro que cada época posee una historiografía determinada, adecuada a los valores sociales imperantes. Francisco Pizarro, era un modelo de fuerza, tesón y energía, valores que han sido ensalzados largamente a lo largo de la historia.

En cambio, otra parte de la literatura, sobre todo los hagiógrafos de Cortés y los almagristas, lo han denigrado, focalizando en él todos los males del conquistador: cruel, desagradecido, tirano, ambicioso, etc. Y no es que no tuviera todas o algunas de esas cualidades sino que se trata de calificativos que se pueden aplicar prácticamente a todos los conquistadores del siglo XVI.

Afortunadamente, en la actualidad la mayoría compartimos otros valores o modelos completamente opuestos a los que exhibía el trujillano, como la humanidad, la inteligencia, la clemencia, la laboriosidad, el humanismo o el pacifismo. Urgía realizar una nueva biografía del trujillano desde una metodología propia del siglo XXI. En este sentido, ha escrito Benedetto Croce que toda historia es siempre contemporánea, en tanto en cuanto responde a una necesidad de conocimiento y de acercamiento desde nuestro tiempo. Y efectivamente, cuando analizamos las construcciones del pasado que se hacen en cada época, nos damos cuenta de la imbricación permanente de este pasado-presente. Por tanto, se hace necesario trazar un nuevo perfil vital desde una técnica y una metodología actual. ¿Será una obra definitiva? Obviamente no, ningún libro de historia lo es porque cada generación plantea nuevas preguntas sobre el pasado y mira los hechos desde ópticas muy diferentes. ¿Cómo se verá a Francisco Pizarro en el siglo XXII o en el XXX? No lo podemos saber. En el presente trabajo hemos querido trazar una semblanza renovada, es decir, una biografía nueva para un lector de nuestro tiempo. Para ello, hemos considerado dos premisas:

Una, la exhaustividad, es decir, el uso de todo el material manuscrito e impreso sobre la materia, lo que equivalía a contrastar decenas de crónicas de la época, varios centenares de historias, regestos documentales y manuscritos localizados en muy diversos repositorios. Pese a que los historicistas presumieron siempre de haber desempolvado y publicado miles de documentos, lo cierto es que no fueron exhaustivos pues todavía hoy es posible encontrar bastantes referencias documentales inéditas que nadie recopiló y que nos han servido para perfilar la vida del personaje.

        Y otra, el cotejo de todas y cada una de las versiones de los hechos. De Francisco Pizarro se han ofrecido visiones muy dispares y en ocasiones antagónicas. Dependía de que su autor hubiese prestado más atención a unos testimonios que a otros para sostener una cosa o la contraria. Hay varias decenas de crónicas e historias, la mayoría escritas por españoles pero otras por mestizos o por indios. Sin embargo, todos estos textos hay que leerlos de manera crítica porque todos encierran unos intereses muy personales y una visión de la historia condicionada por sus circunstancias personales. Después de pasar varios años revisando, transcribiendo e interpretando hechos, pude comprobar que había al menos tres visiones diferentes que era necesario identificar y contrastar para intentar acercarnos a la realidad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20151123195550-termina-la-guerra-de-la-oreja-frente-a-la-ciudad-colombiana-de-cartagena-de-indias-600x310.jpg

Inicialmente, el corsarismo se centró en el triángulo comprendido entre el suroeste peninsular, las islas Canarias y las Azores. Los corsarios se dedicaban fundamentalmente a esperar la llegada de navíos de las Indias, con el objetivo de asaltarlos. Sin embargo, la Corona reaccionó creando desde 1521 la Armada Guardacostas de Andalucía que protegió más o menos eficazmente las rutas de partida desde los puertos de Andalucía Occidental y Canarias y las de regreso desde las Azores a Sevilla. Ello empujó a los corsarios a pasar al Caribe, donde casi con total impunidad podían obtener éxito en sus asaltos. Así fue como la presencia de corsarios en el Caribe fue aumentando paulatinamente desde los albores del siglo XVI.

Como ha afirmado Clarence H. Haring, son muy pocas las noticias que tenemos de sus acciones bélicas en los primeros treinta años de la colonización. Estos corsarios llegaban ya en estos años perfectamente informados de toda la geografía caribeña, tanto en lo referente a la fecha de salida de los navíos como en lo relativo a sus posibilidades defensivas. Cada vez más se decidían a cruzar el océano, confiados en arrebatarles las mercancías a unos navíos españoles demasiado sobrecargados y mal armados. En 1538 se produjo un ataque sobre la villa de La Yaguana, en la banda norte de La Española, mientras que al año siguiente era azotada la banda sur. Pese a estos ataques y a las peticiones de las autoridades locales, la Corona continuó sin apostar de una manera seria por la defensa de aquellos territorios. Con el paso del tiempo la situación empeoró irremediablemente por lo que en 1541 la audiencia de Santo Domingo alertó que ni aún en tiempos de paz dejarían de venir los corsarios a estas islas porque las presas son muy grandes y sin riesgo ni resistencia ninguna... Cuatro años después, es decir, en 1545, se ratificó nuevamente esta misma idea al informar el Almirante al Emperador que lo que animaba a los corsarios a navegar rumbo a las Indias era parecerles... que tienen lejos el castigo.

Esta arribada masiva de corsarios apenas encontró resistencia, debido a dos motivos: primero, a que era imposible defender todas las costas del imperio por lo que la Corona, con buen criterio, decidió priorizar la protección de las flotas y de las remesas de metales preciosos. Y segundo, porque el imperio carecía de potencial humano para colonizar todos los territorios americanos. El sistema de doble flota anual unido a la ubicación de armadas en puntos estratégicos resultó ser muy eficaz y blindó razonablemente bien las relaciones entre la metrópoli y sus colonias. De hecho, le permitió a España conservar su imperio durante más de tres siglos. Pero, como contrapartida, consintió que América se infestara de corsarios que tan pronto contrabandeaban como asaltaban o saqueaban las costas.

         Pero se tiene la errónea idea de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto; estos utilizaban cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según les convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucro eran óptimas, actuaban como meros comerciantes ilegales, vendiendo mercancías a bajo precio, con el consentimiento de hacendados y autoridades. Y otras, si las condiciones les eran favorables, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias.

Ante la escasa presencia española en el Mar Caribe, los corsarios se terminaron haciendo con su control. Pese a su importancia estratégica, se trataba de una vasta extensión de islas y costas, muy débilmente pobladas y con infinidad de recodos y refugios para los posibles enemigos. España no tenía posibilidad física, humana, ni tecnológica de mantenerlos. Los ingleses colonizaron las islas de la Tortuga, Trinidad, Tobago, Granada y Jamaica (1655); los franceses, Martinica, Guadalupe, Marigalante así como el noroeste de La Española; y finalmente, los holandeses Bonaire, Araba y Curazao, siendo reconocida su ocupación por España en diversos tratados firmados en la segunda mitad del siglo XVII. Otras potencias menores, como Dinamarca, ocuparon algunas islas de Barlovento, como Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz, mientras que Suecia ocupó la de San Bartolomé.

         Acaso, la más generalizada forma de enriquecimiento de los corsarios fue el contrabando, realizado con la connivencia de encomenderos, hacendados y dueños de ingenios pues el desabastecimiento de mercancías, por un lado, y los reducidos precios que pagaban por los géneros locales por el otro, los empujó irremediablemente a dicha actividad ilícita. Un beneficio mutuo provocado por el propio monopolio comercial que se basaba en proporcionar lo mínimo al mayor precio posible. Por ello, la única forma de aceptar el monopolio sevillano sin sufrir un quebranto absoluto fue compaginarlo con el comercio ilegal. Por tanto, monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Los corsarios no tardaron en darse cuenta que se obtenían más beneficios comerciando con los isleños que atacándolos. Por ello, desde bastante antes de mediar el siglo XVI comenzaron a mercadear con los colonos, con la seguridad que les daba la inexistencia de una armada guardacostas mínimamente estable. Se daban, pues, todos los ingredientes para el desarrollo de un floreciente comercio ilegal, en el que, en ocasiones, estaban implicados, desde los altos cargos de la administración hasta los propios soldados de las guarniciones, los mismos que, en teoría, debían luchar contra ese contrabando.

Pero junto a este comercio ilegal, los corsarios también robaban y asolaban. Cada vez que se topaban con una posible víctima en el mar –casi siempre navíos solitarios- ésta era asaltada y su mercancía robada. Mucho más daño causaron los sonados ataques a diversos puertos indianos, por la magnitud de los robos y destrozos y por la sensación de impunidad. Los ataques corsarios a plazas del interior fueron muy escasos y la mayor parte de ellos acabaron fracasando. Y es que suponía correr demasiados riesgos, pues aunque su presencia en las costas solía ser una triste sorpresa para los vecinos, en el interior del territorio los sorprendidos eran los propios corsarios cada vez que sufrían una emboscada.

 

Cuadro I

Principales ataques corsarios

en los siglos XVI y XVII

 

AÑO

CORSARIO

NACIÓN

PUERTOS

HECHOS

1543-1544

Robert Ball

Francés

La Habana, Santa Marta y Cartagena

Tomó La Habana y consiguió un rescate a cambio de no incendiarla. Peor suerte corrieron Santa Marta y Cartagena, pues fueron, asaltadas, tomadas, saqueadas e incendiadas. Concretamente en Cartagena se estima que robaron por un valor de 3.832 pesos, más los enseres litúrgicos de las iglesias.

1553

François Leclerc, alias Pata de Palo

Francés

La Yaguana (en La Española) y Puerto Rico

Ambas localidades fueron asaltadas, saqueadas e incendiadas

1554-1555

Jacques de Sores

Francés

Santiago de Cuba, Santa Marta y La Habana

Santiago fue saqueada y obtuvieron además 80.000 pesos a cambio de liberar a los prisioneros. Luego saqueó Santa Marta y La Habana, donde realizó sendas matanzas.

1555

Corsario apodado el Capitán Mermi

Francés

Puerto Plata (La Española)

La asolaron, robaron e incendiaron, mientras sus vecinos, impotentes, huyeron al monte.

1559-1560

Martín Cote

Francés

Santa Marta y Cartagena

Arrasó, robó e incendió ambas ciudades.

1567

Jean de Bomtemps

Francés

Puerto Real y La Yaguana (La Española)

Asaltó y robó ambas ciudades, quedándose con 30.000 cueros vacunos.

1568

John Hawkins

Inglés

San Juan de Ulúa

La tomó al asalto, aunque poco después se vio desalojado por el virrey entrante, Martín Enríquez.

1572

Francis Drake

Inglés

Nombre de Dios

La ciudad fue asaltada y saqueada.

1586

Francis Drake

Inglés

Santo Domingo, Riohacha, Cartagena de Indias y San Agustín de la Florida

Tras robar e incendiar Santo Domingo, fracasó en su intento de tomar San Juan de Puerto Rico y La Habana. Pero prosiguió su viaje tomando y destruyendo Riohacha, Cartagena de Indias y San Agustín de la Florida. Solo en concepto de rescate por la liberación de Cartagena obtuvo 110.000 ducados.

1596

Francis Drake

Inglés

Nombre de Dios y Portobelo

Ambas ciudades fueron saqueadas e incendiadas, pero fracasó en su objetivo de tomar Panamá

1598

Lord George Clifford, conde de Cumberland

Ingles

San Juan de Puerto Rico

Pretendía convertir la plaza en una fortaleza británica, y aunque la tomaron y saquearon, finalmente la abandonaron.

1601

William Parker

Inglés

Portobelo

La ciudad fue asaltada y saqueada.

1624

Jacques l´Hermite y Hugues Schapenham

Holanda-ses

Guayaquil

Bloqueó infructuosamente el puerto de El Callao. Tras morir de una enfermedad l´Hermite, su segundo, Shapenham, saqueó Guayaquil.

1624

Piet Heyn

Holandés

Salvador, en la Bahía de Todos los Santos (Brasil)

La plaza fue recuperada al año siguiente por Fadrique de Toledo, pero los holandeses ocuparon Pernambuco.

1625

Boudewijn Hendriksz ( en castellano, Balduino Henrico

Holandés

San Juan de Puerto Rico

Saquearon, incendiaron y destruyeron la ciudad. Todavía en la actualidad se considera el mayor desastre padecido por esta urbe en toda su historia.

1630

Hendrick Corneliszoon Loncq

Holandés

Pernambuco

Permaneció en poder holandés durante casi un cuarto de siglo, pues no se recuperó hasta 1654.

1631

Cornelius Goll, Pata de Palo

Holandés

La Habana

Tras fracasar en su asalto en 1629 lo intentó con éxito en 1631, saqueándola e incendiándola, dada la negativa de los vecinos a pagar un rescate.

1643

William Jackson

Inglés

Margarita, La Guaira, Puerto Cabello, Maracaibo, Trujillo y Jamaica

Se trató de una armada de tres barcos, con los que corrió la costa de Caracas a Honduras, asolándola y luego ocupando temporalmente Jamaica.

1655

Almrante William Penn

Inglés

Jamaica

Con nada menos que 57 buques, ocupó el 17 de mayo de 1655 la capital jamaicana Santiago de la Vega, sin encontrar apenas resistencia, y afianzando peligrosamente la posición de corsarios y bucaneros.

1655-1656

Vice-Almirante Goodson

Inglés

Santa Marta y Riohacha

Se trataba de una armada inglesa que funcionaba exactamente igual que una escuadra corsaria. Partieron de Jamaica y saquearon y robaron ambos puertos, aunque el botín fue escaso.

1659

Christopher Myngs

Inglés

Cumaná, Puerto Cabello y Coro

Asaltaron y saquearon con total impunidad estos puertos.

1662

Christopher Myngs

Inglés

Santiago de Cuba, Campeche y Trujillo (Honduras)

Con una armada de nada menos que 11 buques, saquearon los puertos a los que arribaron. En Santiago quemaron tanto la catedral como el hospital.

1666

Henry Morgan

Inglés

Puerto Príncipe (Cuba)

Entre Henry Morgan y el corsario francés Jean David Nau, conocido como el Olonés asaltaron entre 1665 y 1666 más de 400 haciendas en la costa cubana.

1667

Henry Morgan

Inglés

Portobelo

Tras asaltar y saquear la ciudad, el botín ascendió a más de 250.000 pesos.

1669

Henry Morgan

Inglés

Maracaibo

Saqueó la ciudad y torturó cruelmente a muchos de sus habitantes. Un año antes ya había sido asaltada por el olonés Jean David Nau.

1671

Henry Morgan

Inglés

Maracaibo, Portobelo y Panamá

Con sólo tres naves y 600 hombres volvió a atacar Maracaibo y luego Portobelo y Panamá. Esta última ciudad fue tomada y saqueada ante la impotencia de las reducidas fuerzas hispanas. Casi un mes permaneció en la ciudad, partiendo con un botín cuantiosísimo y con varios centenares de prisioneros.

1678

Lewis Scott

Inglés

Campeche

Tomó la ciudad, robándola y devastándola. En un segundo ataque a la plaza fue apresado, pero huyó antes de ser ahorcado.

1680

Walting Sharp y otros

Ingleses

Portobelo

Con cuatro barcos y dos goletas tomaron Portobelo sin apenas resistencia, consiguiendo un botín considerable.

1683

Laurent de Graff, alias Lorencillo, Nicolás Van Horn y François Granmont

Holandés/

Holandés/

Francés

Veracruz

Invadieron y saquearon la ciudad, obteniendo el grueso de las ganancias, rescatando a los miembros de la élite que apresaron. Otros muchos prisioneros murieron asesinados o de hambre y de sed. El gobernador de Veracruz fue después condenado a muerte por no haber defendido adecuadamente la plaza.

1685

Laurent de Graff, alias Lorencillo y François Granmont

Holandés/

Francés

Campeche

Ocuparon la ciudad, saqueándola por un espacio de 56 días. Se llevaron hasta las campanas de las iglesias.

1687

John Edward Davis

Inglés

Guayaquil

Tomaron la ciudad, a la par que sus vecinos huían a la selva. Se apropiaron de 134.000 pesos además de 14 navíos que estaban construidos en sus astilleros.

1697

Jean- Bernard Desjean, barón de Pointis

Francés

Cartagena de Indias

Fue asaltada y tomada ante la pasividad de su gobernador. El botín ascendió a 10 millones de pesos, uno de los mayores conseguido jamás por un filibustero.

 

         Uno de los grandes objetivos de los holandeses en la primera mitad del siglo XVII, cuando Portugal estaba unida a España, fue asentarse en la América portuguesa, es decir en el Brasil. Es importante recalcar que la Corona hispana se opuso con todas sus fuerzas a esta ocupación, como parte integrante del imperio ibérico. La toma, en 1624, de la ciudad de Salvador, en la Bahía de Todos los Santos, por el holandés Piet Heyn fue inevitable por las imponentes fuerzas del corsario, 26 barcos con un total de 450 cañones y 3.300 hombres. Pese a que el Imperio sufría en esos momentos un acoso generalizado tanto en Europa como en las Indias, la reacción fue incontestable, tomando la ciudad de Breda, en Flandes, y aprestando una gran armada de 52 navíos, al mando de Fadrique de Toledo, con la que se recuperó el control de la plaza. Un esfuerzo excepcional dada la situación en que se encontraba la monarquía de los Habsburgo en ese momento.     Posteriormente, en 1630, los holandeses ocuparon la ciudad de Pernambuco –hoy Recife- y la costa nordeste desde Sao Luis de Maranhao a Sergipe del Rey, conservando la posesión hasta 1654. Sin embargo, huelga decir que ello no se debió tanto a la dejadez o incapacidad de los Habsburgo sino a la connivencia de los dueños de ingenios portugueses que veían como los holandeses les pagaban a mejor precio el azúcar que producían. Cuando el precio del dulce se depreció los propios lusos se encargaron de expulsarlos.

         A nivel global la piratería fue un producto más de su tiempo, generado por el entonces naciente capitalismo, por el desarrollo del comercio y de la navegación y por la aparición de nuevos estados que pugnaban por tener un puesto de relevancia en el panorama internacional. Fue un auténtico drama, sobre todo para los cientos de miles de personas que lo sufrieron pero también para los propios corsarios que fueron usados por las naciones europeas mientras les interesó, siendo después perseguidos, repudiados y sometidos. No fueron más que un instrumento de dominación en manos de los gobiernos europeos para tratar de acabar con el monopolio comercial hispánico. Sus logros se limitaron a algunos sonados asaltos y a la ocupación de territorios prácticamente abandonados por el imperio, fracasando en su objetivo último de acabar con el poderío español en las Indias.

 

PARA SABER MÁS:

 

LUCENA SALMORA, Manuel: Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid, Mapfre, 1994.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Hugo O’ Donnell Dir., T. III, Vol. I, Madrid, 2012, pp. 143-182.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

20151129183027-el-cielo-de-la-boca-8.jpg

        Acabo de leer un trabajo del profesor Eduardo Álvarez del Palacio sobre el Tratado de Medicina del zafrense Pedro de Valencia y sorprenden los datos. El humanista segedano estaba convencido de que la alimentación era la base de una buena salud. Me han sorprendido sus recomendaciones –disculpen mi ignorancia- pues no difieren mucho de las que haría un dietista o un endocrino del siglo XXI. A su juicio la alimentación debe regirse por varios principios:

        Primero, la necesidad, es decir que se coma para saciar el hambre no por gula o por disfrute. Segundo, el límite, que se hagan como máximo dos comidas diarias. Tercero, la moderación, ya que el empacho reiterado es muy perjudicial para la salud. Cuarto, la variedad, pues interpreta que ningún alimento es tan completo como para que contenga todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Y quinto, la salubridad de los alimentos, pues deben ser ricos en fibras y bajos en grasas y azúcar, y estar poco condimentados. Y concluye diciendo que la mayor parte de las enfermedades provienen de una inadecuada alimentación, bien por la escasa calidad y variedad de los alimentos, o bien, por la ingesta excesiva.

        Los alimentos que recomienda son el pan, especialmente el pan frito en aceite, la carne de ave, la miel, el vino y los dátiles. Y desaconseja el queso muy curado, la carne de vaca vieja y el pescado en salazón entre otros.

        Completa sus recomendaciones con otros dos consejos útiles para mantener una salud de hierro: uno, pasear después de comer, ya que a su juicio facilitaba la digestión. Y otro, dormir la tercera parte del día –ocho horas- siempre conservando los biorritmos, es decir, durmiendo de noche y velando de día.

        Bueno, pues ahí queda eso, para los que creen que los hombres del siglo XXI hemos descubierto la pólvora.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ÁLVAREZ DEL PALACIO, Eduardo: “La valoración de la salud corporal en la obra de Pedro de Valencia”, II Jornadas del El Humanismo Extremeño. Trujillo, 1998, pp. 299-313.

 

SÁNCHEZ GRANJEL, Luis: La Medicina Española Renacentista. Salamanca, Universidad, 1980.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,