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La legislación española trató de crear unas instituciones y leyes para proteger a la población amerindia que en teoría eran vasallos de la Corona de Castilla. Para ello, crearon una serie de cargos administrativos, cuya eficacia se vio lastrada por la corrupción de muchos de los que la ostentaron, en muchos casos clérigos.

         El primer cargo creado y el más generalizado fue el de visitador. La institución fue establecida en La Española, a partir de 1503, por el Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, frey Nicolás de Ovando. Los elegidos solían ser personas honradas, asalariados y, por motivos obvios, no pertenecientes a la clase encomendera. Su labor consistió básicamente en servir de enlace entre los españoles y los amerindios. Posteriormente, esta figura quedó regulada en las Leyes de Burgos de 1512. En ese corpus legal se establecieron dos visitadores en cada villa (Art. 29), elegidos de entre los vecinos más antiguos (Art. 30) que debían cumplimentar, al menos, dos inspecciones al año a los pueblos de indios de su jurisdicción. Su facultad fundamental era la de quitar las encomiendas a aquellos que no cumpliesen adecuadamente con sus indios y depositarlos en personas honradas (Art. 32). Debían visitar juntos los pueblos porque sepa el uno lo que hace el otro, reduciendo al mínimo las posibilidades de prevaricación. No era imposible el fraude pero para que éste se produjera tenía que darse la lamentable coincidencia de dos corruptos. Al parecer, estos visitadores instruían y fallaban los casos en primera instancia, mientras que en segunda instancia eran fallados por la audiencia.

Ahora, bien, en la práctica, como siempre, las cosas no fueron tan perfectas. Fray Bernardino de Manzanedo denunció, en una misiva al rey, fechada en 1518, que a falta de dinero, a muchos visitadores se les remuneraban con repartimientos, pidiendo que se sustituyesen por un salario conveniente. Y no le faltaba razón al religioso porque el hecho de que algunos visitadores disfrutasen de grandes encomiendas parecía bastante incompatible con las funciones que debían desempeñar. La situación debió cambiar en alguna medida porque, en 1520, informó Rodrigo de Figueroa que, desde tiempos de los tres reformadores Jerónimos, los nativos acudían a los visitadores cuando se sentían agraviados. No obstante, es posible que Rodrigo de Figueroa exagerara porque cuesta creer que, de la noche a la mañana, todos los naturales conociesen sus derechos. Realmente, debieron ser muy pocos los que se atrevieron a denunciar a sus encomenderos, temiendo las posibles represalias.

Otra de las obligaciones que tenía el encomendero era la de pagar a un cura doctrinero que instruyese a sus encomendados en la doctrina cristiana. Formaba parte de la contrapartida que el encomendero debía prestar a sus indios. En las primeras décadas muy pocas encomiendas dispusieron de estos curas doctrineros, entre otras cosas porque el personal religioso era tan escaso que apenas llegaba para que hubiese unos cuantos en las principales villas. Además era un puesto poco atractivo, primero por su escasa remuneración, y segundo porque obligaba al religioso a vivir en lugares bastante apartados y en condiciones bastante precarias. Cuando, por fin, se fue generalizando su figura, sobre todo en Nueva España y en el Perú, tampoco cumplieron con su función todo lo eficaz que hubiera cabido esperar. Al ser elegidos por los propios encomenderos, estos nombraban a deudos y amigos que velaban más por sus intereses que por los de los nativos.

Pero el cargo más importante de los creados a favor del indio fue sin duda el de protector de indios. Fue instaurado por el cardenal Cisneros, influido y convencido por Las Casas, quien fue nombrado el primer protector de América. Se ha ensalzado esta institución como el remache de oro de la perfección de la legislatura de un pueblo. Sin embargo, su figura con ser importante, no fue todo lo útil que hubiera sido menester, básicamente por dos motivos: primero, porque no siempre se nombró a las personas más adecuadas para el cargo. Y segundo, porque sus limitados poderes lo convirtieron en un mero informador. Por ello, aunque el protector mostrara un celo encomiable, era muy poco lo que podía hacer en favor de los más desfavorecidos.

Con respecto a lo primero tenemos que reconocer que algunos de los protectores sí que cumplieron con honestidad su cometido. Sin embargo, otros no fueron tan diligentes y primaron sus propios intereses económicos o los de la élite encomendera. Por ejemplo, el 24 de enero de 1528, recayó la protectoría de la isla de Cuba en el Obispo, fray Pedro Ramírez, quien se mostró como una persona sin escrúpulos que no dudó en anteponer en todo momento sus intereses personales. En una carta del tesorero Lope Hurtado de Mendoza, escrita a Su Majestad en 1528, explicaba que el Obispo es muy aficionado a tener tesoro y con todo el oro que hay en esta isla no se contentará. ¿Cómo iba a denunciar a los explotadores si la lista la encabezaba él mismo?

Más sorprendente aún es el caso del protector de Santa Marta, fray Tomás Ortiz. Resulta cuanto menos curioso que una persona que se había distinguido por su odio hacia los indígenas, en particular hacia los cumanagotos y que, además, estaba duramente enfrentado con el creador de la institución, fray Bartolomé de Las Casas, llegara a ostentar dicho puesto. Merece la pena que nos detengamos en la figura, un tanto peculiar, de este dominico. Y digo peculiar porque, en honor a la verdad, también debemos reconocer que su posicionamiento fue excepcional dentro de la Orden de Predicadores, donde personajes de la talla de fray Antón de Montesinos, fray Pedro de Córdoba o el padre Las Casas entre otros muchos, habían alzado su voz en defensa de los indios, aunque fuese en el desierto, como aseveró el primero de ellos. De todas formas, el padre Ortiz tan pronto denigraba a los naturales como levantaba falsos testimonios contra conquistadores como Hernán Cortés o insultaba gravemente a miembros de su propia Orden.

Fray Tomás Ortiz era natural del pequeño pueblo cacereño de Calzadilla de Coria y profesó en el convento de San Pablo de Sevilla. Al parecer, fue éste el primer dominico que, encabezando a un grupo de correligionarios, llegó a la Nueva España. A mediados de 1520, tras un alzamiento en Chichiribichi y en Cumaná –en la actual costa venezolana-, varias misiones dominicas, que habían sido enviadas por fray Pedro de Córdoba y por el propio fray Bartolomé de Las Casas, fueron arrasadas y sus moradores asesinados. El mismísimo fray Tomás Ortiz se libró de una muerte segura porque el azar quiso que, cuando sucedieron los hechos, estuviese casualmente ausente. Con el dolor de lo acontecido en su corazón se personó en España y, hacia 1525, ante el Consejo de Indias, leyó un acalorado informe, atribuyendo a los cumanagotos los peores calificativos imaginables. Habían pasado casi cuatro años desde los sucesos pero el tiempo transcurrido no fue suficiente para aplacar su ira. De hecho, calificó a los indios de caníbales, traidores, vengativos, haraganes, viciosos, ladrones, etcétera. Y la conclusión de todo ello no podía ser más contundente: éstas son las propiedades de los indios, por donde no merecen libertades.

Esta disidencia de la línea oficial dominica debió debilitar mucho la firme posición que, en defensa de los naturales, habían sostenido otros correligionarios suyos de grata memoria. Y las consecuencias prácticas de esos planteamientos neo-aristotélicos fue el retraso, hasta 1542, de la prohibición de esclavitud del indígena, esbozada ya en sus líneas fundamentales por la Reina Católica a principios del quinientos. El informe del extremeño levantó duras críticas dentro de su propia Orden, sobre todo de fray Bartolomé de Las Casas, quien nunca le perdonó estas palabras. Pero, el odio hacia los indios no era el único rasgo sobresaliente del fraile extremeño. También fue un gran empresario, con una capacidad excepcional para los negocios. Según Bernal Díaz del Castillo, cuando llegó a México en 1526, como vicario general de la Orden, sus mismos compañeros decían que era más desenvuelto para entender negocios que no para el cargo que tenía. Pese a que Fernández de Oviedo lo calificó de gran predicador parece evidente que el religioso extremeño no era el mejor de los candidatos para ocupar una protectoría. Un puesto creado para proteger a unas personas a las que fray Tomás Ortiz no parecía profesar un especial aprecio. También es cierto que una persona así era la única que García de Lerma podía aceptar en una tierra de frontera, donde el pillaje, la ambición, las envidias y los asesinatos eran moneda de uso frecuente. No mucho mejor lo hizo fray Tomás Casillas, obispo de Guatemala, quien pidió en 1556 que se autorizara la esclavitud de los alzados en Chiapas porque, de no ser así, nadie querría ir a someterlos. Por fortuna, la Corona hizo caso omiso a la siniestra petición del prelado.

El segundo de los problemas lo constituía su escaso y difuso poder. Para empezar, ni siquiera los mismos protectores tenían claro cuáles eran exactamente sus atribuciones. Ni fray Pedro Ramírez las conocía ni tan siquiera el primer protector, fray Bartolomé de Las Casas. Tras varias peticiones, por parte del Obispo Ramírez, se le otorgó una instrucción, en mayo de 1531, en la cual, por fin, se le especificó con detalle los poderes concretos que el cargo conllevaba. Entre estos, figuraba la posibilidad de nombrar visitadores para cualquier parte de la isla, con poder tan sólo para poner penas de hasta 50 pesos y 10 días de privación de libertad. Por lo demás, para las sanciones de mayor cuantía, el visitador se limitaría a informar al gobernador -no al protector- para que éste determinase el castigo correspondiente. Por tanto, en delitos de sangre tan sólo entendía el gobernador junto con las justicias, limitándose el protector a informarle para que, en colaboración con las autoridades judiciales, dictara sentencia. No menos claras fueron las instrucciones que se le dieron al protector fray Vicente Valverde el 14 de julio de 1536:

 

        "Otrosí, el dicho protector o las tales personas que en su lugar enviaren puedan hacer y hagan pesquisas e informaciones de los malos tratamientos que se hicieren a los indios y, si por la dicha pesquisa mereciere pena corporal o privación las personas que los tuvieren encomendados y, hecha la tal información o pesquisa la envíen al nuevo gobernador y, en caso que la dicha condenación haya de ser pecuniaria pueda el dicho protector o sus lugartenientes ejecutar cualquier condenación hasta cincuenta pesos de oro y desde abajo , sin embargo de cualquier apelación que sobre ello interpusieren. Y asimismo, hasta diez días de cárcel y no más, y en lo demás que conocieren y sentenciaren en los caos que puedan conforme a esta nuestra carta sean obligados a otorgar el apelación para el dicho gobernador y no puedan ejecutar por ninguna manera la tal condenación".

 

Por su parte, el protector de Nicaragua, Diego Álvarez Osorio, inhabilitó al encomendero extremeño Rodrigo Núñez porque ilegalmente pedía esclavos a los caciques de su encomienda. Al parecer se paseaba por los bohíos o casas indígenas, tomando como esclavos a quien les parecía. El caso llegó a oídos del protector, quien procedió de manera sorprendente, no sólo instruyendo el caso sino también dictando sentencia condenatoria. Obviamente, el extremeño apeló, esgrimiendo dos argumentos: uno, que contra lo dispuesto en las leyes, se habían utilizado testigos indios en el juicio, y dos, que el protector no tenía facultad para dictar sentencias. La justicia debió darle parcialmente la razón pues, aunque perdió el pueblo de Guaçama, recibió en compensación otros indios, continuando como encomendero hasta su muerte.

Por tanto, como hemos visto, los pleitos de indios eran todo un cúmulo de despropósitos. Ni podían declarar los propios afectados, ni el protector tenía poderes suficientes. La mayor parte de los nativos, o no conocían sus derechos o no se atrevían a emprender acciones legales por miedo a sus amos. Al principio, juzgaban los casos los oidores o el gobernador sin posibilidad de apelación, sin embargo, luego se decidió lo contrario, es decir, que todos los pleitos cuyas penas se estimasen en más de 10.000 pesos se remitiesen al Consejo de Indias. Se pretendían evitar las influencias que recibían los oidores pero, a cambio, provocó que los fallos de demoraran varios años. Una tardanza que se hacía insufrible para los desdichados aborígenes, quienes padecían todo tipo de presiones, abusos y reprimendas.

En los pocos casos en los que se condenó a algún español por asesinar indios la pena consistió en una multa, o en el peor de los casos en el destierro de la gobernación. Esta última era la sentencia máxima que le podía caer a un español, aunque hubiese asesinado a decenas de amerindios. Como puede observarse, la vida de estos valía muy poco y, por ello, matarlos salía extremadamente barato. En definitiva, queda claro que la protectoría tuvo una escasa eficacia, como lo demuestran los cientos de casos que quedaron totalmente impunes.

Finalmente, hemos de hablar de la figura del corregidor de indios, institución creada en la segunda mitad del siglo XVI. En teoría, su misión era llevar un recuento de los naturales, cobrar los tributos y velar por ellos. Para ello contaba en cada comunidad indígena con un administrador de bienes comunales que iba a soldada. Se suponía que el corregidor de indios debía controlar la integridad moral del administrador. Sin embargo, uno y otro se lucraban mutuamente, convirtiéndose de esta forma en dos cargos muy codiciados por los españoles.

En la práctica tanto el corregidor de indios como el administrador se convirtieron en dos figuras perniciosas para las comunidades indígenas. En realidad fueron sendas figuras administrativa que velaban más por los intereses de la Corona que por la de los nativos. Según Lohmann Villena su verdadero objetivo no era tanto cuidar de los indios como limitar el sistema señorial ejercido por los encomenderos y de esta forma proteger los intereses regios. Muchos indios preferían sufrir a sus encomenderos que a estos corregidores.

En 1565 el obispo de Charcas se lamentó de los agravios que estos cometían sobre los indios, pidiendo que se seleccionase para el cargo a personas de probada caridad cristiana. Casi dos décadas después, concretamente en 1584, el cacique Diego de Torres presentó un memorial denunciando a estos corregidores y pidiendo su sustitución por un protector cristiano que de verdad se preocupase por ellos.

En España y en sus colonias pudo haber –y hubo- una discusión teológica y una legislación encomiable en defensa de los más desfavorecidos, pero la praxis generalizada fue el arrasamiento del mundo indígena. Y ello en buena parte provocado por la prevaricación de los que en teoría debían haber velado por el buen trato de la población aborigen.

 

PARA SABER MÁS


BAYLE, Constantino: El protector de indios. Sevilla, CSIC, 1945.

 

FRIEDE, Juan: Vida y luchas de don Juan del Valle, primer obispo de Popayán y Protector de indios. Popayán, 1961.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad, es decir, las personas nacían dentro del estamento privilegiado o fuera de él y asimismo, podían ser libres o esclavas. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Los prejuicios contra la negritud tienen remotos orígenes pues ya en la Edad Media existía una diabolización del color negro, relacionándose con la oscuridad y las tinieblas. Desde entonces y hasta el siglo XVIII se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces disidentes en su seno, como las de fray Tomás de Mercado, fray Bartolomé de Las Casas y fray Bartolomé Frías de Albornoz. También es posible que hubiese otros miembros de la clase subalterna que en silencio viesen con malos ojos esta perniciosa institución, como reflejaba el Ingenioso Hidalgo Don Quijote a quien le parecía duro caso hacer esclavos a los que Dios por naturaleza hizo libres. Ahora bien, se trataba de una sociedad con esclavos, pero no una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población aherrojada era muy reducido. Realmente en todas las sociedades de clase ha habido cautivos, pero el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el estado romano.

        El fenómeno de la esclavitud en Solana lo he analizado en diversos trabajos, en los que puse de manifiesto que incluso en pueblos de pequeñas dimensiones estaba ampliamente implantada. En esta localidad había un buen número de arrendatarios del duque de Feria que necesitaban abundante mano de obra, de ahí que la presencia de esclavos sea muy notable. Los hombres eran usados en el campo mientras que las mujeres se encargaban sobre todo de las tareas domésticas.

        Tenían status de cosa y por tanto su situación era extremadamente vulnerable. Si se les protegía y alimentaba era solamente para preservar la inversión realizada. Cuando se formalizaba una compra de compra-venta se solía establecer un plazo de uno o dos meses en el cual el comprador podía devolver la mercancía, si no le satisfacía el producto. Los vendedores eran verdaderos profesionales, otorgaban un plazo de hasta tres meses para deshacer la transacción en caso de que el comprador por el motivo que fuese no estuviese satisfecho con la adquisición. Por poner algunos ejemplos que tengo documentados, en Carmona el regidor Cristóbal Tamariz de Góngora había comprado el 30 de abril de 1618 a la esclava Maymona al mercader Antonio Núñez Vaca. En la escritura se aclaró que la aherrojada estaba con calenturas, lo que el vendedor atribuía simplemente al cansancio del camino. Poco más de un mes después, exactamente el 4 de junio de ese mismo año, anotó el escribano en el margen que se deshizo la transacción porque el mal fue en aumento. En la misma Carmona en el mismo año se produjo la devolución de Marieme, adquirida por la doncella doña Leonor Méndez y que fue devuelta casi medio año después, simplemente porque manifestó estar disgustada por su servicio. La anulación de la escritura se formalizó el 14 de octubre de 1618 y el escribano dejó anotación de la misma en la misma carta de compra-venta. Llama la atención que aceptasen una devolución por motivos simplemente personales, si es que no había algo más que por las circunstancias que sea no fueron declaradas.

        Un caso similar a este último hemos encontrado en Solana de los Barros, casi un siglo después. Una señora de dicha villa, cuyo nombre no se especifica, encargó a su compadre Gabriel Joseph, en febrero de 1710 que comprase para ella una esclava. Éste se personó en Ribera del Fresno y a en enero de 1710 la adquirió del presbítero de Fuente de Cantos Francisco Guerrero de las Beatas. La esclava en cuestión estaba bautizada con el nombre de Ana Florencia, tenía 22 años, tenía el tono de la piel blanca –debía ser berberisca, aunque no se especifica- y pagó por ella 1.750 reales de vellón. Pues bien, una vez en Solana, transcurridos tan solo unos días, la señora decidió devolverla, alegando que “no era de su gusto”. Su compadre aceptó realizar las gestiones para su devolución alegando lo siguiente: que lo hacía por no importunar a su comadre que era “la que tenía que lidiar con ella” aunque se había informado de que era una buena trabajadora y que poseía bondades no muy comunes entre los esclavos. Dicho y hecho, remitió la escritura de compra-venta y una carta con sus intenciones, y tres días después, exactamente el 6 de febrero de 1710, ante el escribano de Ribera, Alonso Rodríguez de la Fuente se formalizó la devolución de la esclava y el reintegro del dinero.

        Una muestra singular de cómo se trataba a estas personas hace poco más de tres siglos. Se comerciaba con ellas como si fuesen animales y su suerte dependía básicamente del capricho de su propietario o de su interés por preservar su inversión.

 

 

Documento 1

 

Carta de Gabriel Joseph, vecino de Solana, a Juan de Cáceres Ovando, vecino de La Torre, estante en Ribera, Solana, 3 de febrero de 1710.

 

Amigo y muy señor mío y mi compadre, habiendo traído la esclava que vuestra merced hubo noticia había ido a comprar a la villa de Fuente de Cantos, y traídola, ha sido con el desacierto de no ser del gusto de su comadre de vuestra merced y como es quien ha de lidiar con ella y de nuestra obligación el no disgustarla, me es preciso volverla a enajenar, aunque contra mi voluntad por lo muy informado que estoy no solo de su buen trabajo y obrar sino también de la fidelidad y demás bondades que en semejantes personas es fortuna se hallen.

Y así, he deliberado remitir a vuestra merced y la escritura de venta para que en esa villa o en las inmediatas haga vuestra merced las diligencias de servir quien la compre, pagándola en lo mismo que me tiene de costa y que por dicha escritura consta y no en menos. Y así vuestra merced ha de perdonar y ésta sirva de poder bastante caso que a vuestra merced se le pida, pues lo doy por en ella según y cómo yo mismo lo tengo para que en igual grado haga lo mismo en todo y por todo que yo hacer podría presente siendo, que desde luego lo apruebo y ratifico y doy por bien hecho, obligándome a todo el saneamiento de lo que vuestra merced contratare con mi persona y bienes, sumisión y poderío de justicia como si por mi fuese dicho y hecho ante escribano real y testigos, confesándome sabedor de cuanto me pueda perjudicar pues por no haber en esta dicha villa escribano real ante quien otorgar poder más en forma no lo remito.

Y para que a lo que dicho es me puedan compeler y apremiar lo firmo en la villa de Solana, en tres de febrero de mil setecientos y diez años, siendo testigos don Felipe Rodríguez, Miguel Álvarez Rosado y Nicolás Fernández de Figueroa, notario por autoridad apostólica, vecinos de ella, que es cuando se me ofrece y desear por Dios a vuestra merced muchos años. Firma Gabriel Joseph

(Archivo Municipal de Almendralejo, protocolos de Ribera del Fresno, escribanía de Alonso Rodríguez de la Fuente 1710, fols. 10r-10v).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Desde los primeros momentos, la Corona quiso establecer un férreo control sobre todo lo concerniente al Nuevo Mundo con la intención de preservarse para sí el disfrute de sus riquezas, centralizando dicho monopolio en la ciudad de Sevilla que pronto se convirtió en “puerta y llave del Nuevo Mundo”. Un privilegio sevillano que se justificó en dos puntos básicamente: primero, en la exclusividad de los beneficios americanos para los súbditos castellanos, y, segundo, en la prerrogativa como único puerto de salida y entrada de todo el tráfico entre España y América.

En relación a la emigración, que es lo que ahora nos interesa, la Corona practicó una política migratoria a todas luces selectiva, dictándose multitud de prohibiciones que se repitieron sin cesar desde las mismísimas instrucciones dadas al gobernador, frey Nicolás de Ovando, en las que expresamente se prohibió la entrada de extranjeros en las nuevas tierras Descubiertas. El cumplimiento y ejecución de tales leyes se controló desde un principio y, como es bien sabido, por la Casa de la Contratación de Sevilla, institución que desde 1509 recibió la orden de registrar a todos los pasajeros que se embarcaban para las Indias “asentando que es cada uno y de que oficio y manera ha vivido” y enviando esta información al gobernador o oficiales de las Indias para que vigilasen que estos pasajeros continuaban allá ejerciendo el oficio que tradicionalmente habían practicado en la Península.

Antes de proseguir con el análisis conviene dejar bien claro que pese a toda esta legislación prohibitiva hubo muchos resquicios y momentos concretos en los que los jurídicamente excluidos pudieron pasar al otro lado del océano sin excesivas dificultades. Esto se justifica principalmente en el alto porcentaje de emigración ilícita que consiguió llegar a las Indias, sin registrarse en la Casa de la Contratación que para unos autores, fue del15 o el 20 por ciento del total", mientras que para otros se cifró entre el tercio y el cuarto del contingente total de emigrados. El mismo Padre las Casas se hizo eco en su "Historia de las Indias", del abundante tráfico humano que sin licencia pasaba al Nuevo Mundo, solicitando, incluso, en un escrito al Monarca, fechado en 1542, que para remediar esta situación se pregonase a los pilotos y maestres que "ninguno fuese osado de llevar hombre secretamente, so grandes penas".

Sin embargo, la emigración ilegal en esta primera mitad del siglo XVI fue imposible de evitar, hecho que fue reconocido, en 1546, por la propia Corona al notificar a los oficiales de la Casa de la Contratación que vigilasen especialmente a aquellos que viajaban a las Canarias “pues so color de decir que van a Canarias se pasan a las Indias”. Pero además de este tráfico ilegal había otras circunstancias que favorecían la migración de estos contingentes teóricamente excluidos ya que las necesidades periódicas de pobladores que padecían las colonias se traducían en un aperturismo mayor y en un menor control por parte de la Casa de la Contratación de Sevilla. Así, sabemos que, en 1511, se ordenó a los oficiales de Sevilla que no fuesen severos en el control y examen de los que iban al Nuevo Mundo, pues, “a causa de los grandes requisitos que se les piden muchos dejan de pasar, existiendo gran necesidad de ellos en las colonias”. Posteriormente, y más concretamente entre 1528 y 1531, se volvió a dar una licencia casi general para la emigración a las Indias, sin duda, con la intención de acelerar el poblamiento de los nuevos territorios descubiertos.

Igualmente, la sociedad indiana al ser mucho más relajada que la española provocó que América se convirtiera en una auténtica válvula de escape para muchos grupos marginados y perseguidos. En este sentido, contamos con correspondencia de la década de los treinta y de los cuarenta en la que se afirmaba que sería muy perjudicial tanto castigar el amancebamiento como obligar a los vecinos a permanecer en un lugar concreto, pues, “parece que una de las principales cosas que la pueblan (se refiere a La Española) es la libertad...”

Uno de los grupos que estuvieron afectados por las restricciones a la emigración fueron los relacionados con la heterodoxia cristiana. La Corona quiso extender en el Nuevo Mundo la religión Católica, pues, no en vano, la donación papal estuvo condicionada por la evangelización que se debía llevar a cabo sobre los aborígenes. Sin ir más lejos, las Leyes de Indias sintetizan bien ese sentido de la colonización como medio de que sus habitantes progresaran “al máximo en cristiandad y policía”. Por tanto, desde la época de la reina Isabel de Castilla, que por algo se apodaba “la Católica”, se intentó evitar que los conversos y perseguidos por la Santa Inquisición pasasen al Nuevo Mundo, pues el estado casticista pensaba que podían hacer gran daño en la evangelización de los amerindios.

Sin embargo, en relación a estos contingentes, perseguidos por cuestiones de fe, se produjo una separación más acentuada que en otros casos entre legislación y realidad indiana. En lo que concierne a la legislación fue radicalmente prohibitiva desde los primeros momentos con tan sólo unas excepciones muy concretas que veremos luego. Las razones de tal prohibición las expuso el propio Emperador Carlos V, en 1526, con una sorprende claridad, según podemos ver en las líneas siguientes:

 

"Porque he oído decir que está proveído y mandado que ningún sospechoso en la fe o infame o públicamente por esta causa penitenciado o los deudos cercanos de ellos, no pasen allá; es cosa muy razonable que así se guarde, “porque es tierra nueva e iglesia nueva y muy tierna y como siempre entre cristianos haya contiendas podría de aquí nacer escándalos” a los nuevos y tiernos en la fe que son vivísimos y tendrían causa de dudar y otras causas que hay, por donde me parece provisión santa...”

 

Las prohibiciones dirigidas hacia estos conversos se repitieron a lo largo de la primera mitad del siglo XVI en numerosas ocasiones, a saber; 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Sin embargo, dentro de esta legislación prohibitiva que pesó sobre los judeoconversos hubo una sola excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513, aunque se siguió usando al menos hasta 1518. Lo que se concedió no fue una habilitación total en las mismas condiciones que las del resto de los vecinos castellanos, como algunos historiadores habían creído, sino un permiso con enormes restricciones, como veremos seguidamente. En 1511 lo que se autorizó fue a que los recién convertidos pudiesen permanecer por un máximo de dos años según se refleja claramente en el texto que mostramos en las líneas que vienen a continuación:

 

        "Que podáis ir y tratar a las Indias y estar en ellas por espacio de dos años desde el día que llegaredes y que no estéis más en cada viaje, y asimismo, podáis ir y tratar por mar y por tierra a cualquier parte de cristianos y usar de otras cualesquiera cosas que han sido vedadas según que los otros fieles y católicos cristianos las usan y viven y tratan, todo lo cual que de suso y en esta mi carta se contiene, quiero y es mí voluntad y merced que de hoy día de la fecha de esta mi carta en adelante podáis usar y ejecutar bien y cumplidamente sin que vos sea puesto embargo ni impedimento alguno...”.

 

        Por otra Real Cédula, al parecer complementaria, otorgada unos meses después se señalaba la principal vejación a la que estarían sometidos estos judeoconversos, es decir, que no podrían usar oficios en las Indias, alegando que así está "prohibido y vedado por leyes y pragmáticas de estos Reinos...”. La prohibición fue aplicada a todos los perseguidos por la Santa Inquisición, al menos en lo que hemos podido ver en esta primera mitad del siglo XVI, y muy a pesar de que Hevia Bolaños afirmó que sólo afectaba a los recién convertidos y no a los viejos descendientes de musulmanes y judíos. Otra de las inhabilitaciones a las que estuvieron sometidos fue la de la posesión de encomienda tal y como se muestra en un auto llevado a cabo, en 1529, contra un encomendero descendiente de judíos'^ en el que le fueron, finalmente, arrebatados sus indios. Por tanto, tenemos en lo que a legislación se refiere, una prohibición al paso de los perseguidos por la Santa Inquisición que tan sólo se quiebra brevemente en 1511 y con múltiples inhabilitaciones.

Sin embargo, vamos a ver a continuación como la realidad de la emigración de este grupo marginado va a ser bien distinta. Podemos afirmar que desde los primeros momentos tenemos registrada la presencia de judeoconversos en América, hasta el punto de que se ha afirmado, con cierto fundamento, que el mismo Cristóbal Colón era de esta condición"". Efectivamente, desde los primeros momentos América se convirtió en refugio para aquellas personas perseguidas en España por la Santa Inquisición, constituyendo el Nuevo Mundo una auténtica válvula de escape, como confirman además las reiteradas prohibiciones en este sentido.

Ya en una carta de los Jerónimos, fechada en 1517 y dirigida al Cardenal Cisneros, decían que “acá se dice que hay muchos confesos y herejes que vienen huyendo de la Inquisición, y hemos sido informados que hiciésemos de ellos información a vuestra Reverendísima Señoría para que lo remediase...”. Estas informaciones debieron de llegar a oídos del Rey que no tardó en ordenar a los oficiales de la Casa de la Contratación que cuidasen especialmente de que no pasasen conversos, pues, por culpa “de cierta habilitación y composición” que hizo el Rey Católico, están entrando muchos convertidos. Poco efecto tuvieron, en realidad, las medidas establecidas de ahí que la prohibición se reiterara en tantas ocasiones como dijimos antes. Es más, en 1526 se llevó a cabo un proceso en la Española contra ciertos escribanos y procuradores que, siendo conversos, habían ejercidos esos oficios. En el mismo pleito se advirtió además que los inculpados no eran los únicos conversos sino que “'asimismo han pasado a esas partes otras personas a quien toca la dicha prohibición y usan de oficios públicos y reales de que no pueden usar...”.

Finalmente, vamos a relatar el caso de un judeoconverso llamado Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva), aunque natural de Casas Rubias que fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos dijeron que su padre fue judío “y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición” y murió con “sanbenito”. Este hombre parece ser que siendo mayordomo del señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con gran cantidad de maravedíes a Sevilla donde sin ningún tipo de problemas pudo embarcar para las Indias, viviendo largos años en Panamá con una encomienda de indios, hasta que fue procesado. Se trata de un caso interesante ya que ilustra perfectamente la facilidad que podía tener un “prohibido” para emigrar rumbo al Nuevo Mundo. La situación de libertad con que circulaban los judeoconversos fue tal que, en 1534, el Emperador decidió volver a pregonar tal prohibición en las gradas de la ciudad de Sevilla, amenazando con la pérdida de sus bienes tanto al infractor como al posible encubridor.

Por tanto, queda claro que una cosa fue la teoría y otra la práctica. Lo que queda todavía por hacer es tratar de individualizar y concretar miles de casos de conversos, de origen judío o musulmán que consiguieron eludir los controles y llevar una vida más o menos tranquila en la nueva frontera indiana.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias, 1492-1550”, Revista de Historia social y económica de América. Alcalá de Henares, Nº 12, 1995, pp. 37-53.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        En una visita realizada al Archivo Histórico Provincial de Sevilla buscando datos relacionados con Francisco Pizarro me salió al paso un documento que me pareció tan llamativo como triste. Un jueves 21 de abril de 1530 comparecieron ante el escribano sevillano Pedro de Coronado, Diego Beltrán, un mercader sevillano establecido en el barrio de Santa Cruz, y su esclavo Hamete. Este último tenía cuarenta años más o menos y pretendía, por un lado convertirse al cristianismo, adoptando el nombre del fundador de la Iglesia, Pedro, y por el otro, adquirir su libertad. El dueño aceptó, alegando que le había servido fielmente durante mucho tiempo y que le había “rogado” la concesión de la ahorría. Sin embargo, las condiciones para conceder la ansiada libertad fueron algo más que duras:

        Estimó su valor en unos 60 ducados de oro, valorados en 22.500 maravedís, una cuantía alta, teniendo en cuenta que los hombres se cotizaban más baratos que las mujeres y que el esclavo en cuestión tenía ya cuarenta años. Y a modo de ejemplo pondré otra carta de venta formalizada ante ese mismo escribano el 2 de septiembre de 1530: Bartolomé de Medina, vecino de Sevilla, en la collación de San Isidoro, vendió a Janote Espíndola, mercader genovés, una esclava blanca, natural de Berbería, de 16 por 65 ducados de oro. Está claro que si esta esclava se apreciaba en 65 ducados, Hamete, de 40 años, una edad avanzada para ser un esclavo, no podía valer 60 ducados. Lo cierto es que Hamete debió aceptar la estimación que le ofreció su señor. La mitad del dinero la abonó en el mismo acto de la firma de la obligación, mientras que los otros treinta ducados se los debía pagar de la siguiente forma:

        El mercader le proporcionaría una acémila con la cual acudir a su trabajo, debiendo pagarle veintinueve maravedís diarios cuando trabajase con el jumento y los que no la usase solamente diez. El dinero se lo debía abonar al final de cada semana en Sevilla. Dado que seguía siendo su esclavo, si algún día acudía a trabajar a su servicio no cobraría salario pero sí recibiría su manutención. Si dejaba en algún momento de pagarle la cantidad semanal que cobrase siendo asalariado, perdería todo lo entregado y mantendría su situación servil.

        Pero dado que debía pagarle 11.250 maravedís y que debía entregar diariamente una media de 19,5 maravedís diarios, necesitaría trabajar asalariado unos 576 días para pagar la deuda. Suponiendo que nunca cayese malo y que sirviera asalariado seis días a la semana, necesitaría al menos dos años para pagar su deuda si es que sobrevivía tanto tiempo con un trabajo tan prolongado.

        Como se puede observar Diego Beltrán distaba mucho de ser un benefactor, quizás su oficio de mercader, siempre buscado la ganancia, no favorecía una actitud caritativa. No sabemos si Hamete llegó a obtener su ansiada libertad porque la longevidad del esclavo raramente superaba los cuarenta o los cincuenta años, después de una vida de sufrimiento y trabajo. Pero en caso de conseguirla, el futuro que le esperaba no era nada halagüeño, pues detrás del supuesto afecto hacia el esclavo se escondían sórdidos intereses, fundamentalmente evitar su manutención cuando ya no era tan productivo o cuando se atravesaba por dificultades financieras. Una situación que ya advertía Don Quijote de la Mancha cuando decía que muchos los liberaban en la vejez para no tener que mantenerlos, de manera que con título de libres los hacían esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

        Esta es la vida de este esclavo, llamado Hamete primero y Pedro después, aunque quizás su conversión estuvo motivada por un desesperado intento de librarse de la servidumbre. Y es que desde siempre se valoró la libertad –o lo que se entendía como tal- como un derecho natural y como un preciado bien, como le decía don Quijote de la Mancha a su fiel escudero Sancho. Con sus palabras queremos concluir esta ponencia: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Ya en el Neolítico se dio lo que Marshall D. Sahlins llamó la ley del predominio cultural. En realidad era más bien una praxis. Ésta trajo consigo que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. En este sentido, ha escrito Lucy Mair que todos los males de la humanidad comenzaron precisamente cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad, cuyo objetivo no era otro que extender sus ideales a los demás pueblos supuestamente no civilizados. Sobre este concepto se justificó la expansión de la civilización europea al resto del mundo, con el desprecio intrínseco de los valores ajenos. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión o lo que es peor, el expansionismo puede considerarse inherente a toda civilización. Si a ello unimos que todas las grandes religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la historia de la humanidad. Y encima con la bendición del poder, tanto espiritual como temporal.

Fue en la antigüedad cuando apareció lo que Max Weber llamó el colonialismo Imperialista, es decir, el derecho de los pueblos superiores a conquistar, someter y aculturar a los inferiores. El primer paso consistió en reconocer que unas personas eran superiores a otras. De hecho, ya en el Código de Hammurabi, del año 1775 a. C., se diferenciaban dos tipos de seres humanos, los que estaban destinados a servir y los que debían mandar. Pero había que dar un paso más allá y extender este concepto de lo individual a lo colectivo. Igual que había personas superiores a otras, también existían civilizaciones, culturas o Estados que eran superiores a otros. Así, en la Grecia Clásica, lo heleno era lo civilizado, antítesis de la barbarie que reinaba en el resto del mundo. Asimismo, los romanos aplicaban la barbarie a los que no hablaban latín o no estaban sometidos a su Imperio, especialmente a los celtas y a los germanos. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península Ibérica. Un proceso que contó también con su particular Bartolomé de Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

Posteriormente, el Cristianismo equiparó paganismo con barbarie y durante siglos se ha venido perpetuando este dualismo entre civilización y barbarie. En el mundo del siglo XVI, civilizados eran los europeos y bárbaros los indígenas, lo mismo americanos, que africanos o asiáticos. Una posición que se mantuvo inamovible hasta el Imperialismo contemporáneo. Otra cosa bien diferente es que, como escribió Malinowski, la única prueba de esa superioridad fuesen las armas. De hecho, en 1814, José María Blanco White contrapuso a los negros de la costa occidental africana, a quienes sus contemporáneos daban el nombre de bárbaros, frente a los europeos que eran considerados por aquéllos como unos paganos ignorantes, aunque muy temibles. Y es que está claro que durante varios milenios la civilización más avanzada llamó bárbaro a todo el que no compartiera sus principios. De hecho, Michel de Montaigne, humanista francés del siglo XVI, criticó en relación a los indios antropófagos que se les podía llamar bárbaros en relación a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros que los superamos en todo tipo de barbarie. Desgraciadamente, estos postulados pacifistas de humanistas del siglo XVI, como el citado Montaigne, Erasmo de Rotterdam o fray Bartolomé de Las Casas, al igual que los contemporáneos, como Anatole France, León Bloy o Mahatma Gandhi, han sido siempre minoritarios y marginales frente a la línea de pensamiento oficial que ha justificado siempre la expansión imperialista.

Queda bien claro que Europa ni tenía derecho a hacer lo que hizo, ni dejaba de tenerlo, porque desde la Antigüedad hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos superiores sobre los inferiores se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial. De hecho, en 1997, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, dependiente de la ONU advertía:

 

"Que en muchas regiones del mundo se ha discriminado a las poblaciones indígenas y se les ha privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales… Los colonizadores, las empresas comerciales y las empresas de Estado les han arrebatado sus tierras y sus recursos. En consecuencia, la conservación de su cultura y de su identidad histórica se ha visto y sigue viéndose amenazada".

 

        Llamémosle, pues, "ley de predomino cultural, capitalismo imperialista" o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante a lo largo de todos los tiempos. La historia de la humanidad ha sido, la de la imposición de unos sobre otros, de los más fuertes sobre los más débiles. Toda la memoria de la humanidad está atravesada por el drama de la guerra y los imperialismos. Como decía a finales del siglo XVIII Inmanuel Kant el estado natural del ser humano es la guerra y, por tanto, la paz es una conquista que debe conseguir el ser humano. Y no le faltaba razón, pues el genocidio ha estado presente en todas las guerras de conquista desde la antigüedad hasta las guerras preventivas practicadas en nuestros días por los Estados Unidos. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia del hombre y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y por si fuera poco, la Edad Contemporánea, y en particular el siglo XX, ha sido el más dramático de todos los tiempos. Los imperialismos de los siglos XIX y XX implicaron un verdadero holocausto a escala planetaria, implicando prácticamente a todos los continentes. Paradigma de la sinrazón del ser humano fueron las matanzas sistemáticas e indiscriminadas de los belgas en el Congo. Pero la capacidad del ser humano para causar daño no había alcanzado techo. En el siglo pasado las dos conflagraciones bélicas mundiales, terminaron convirtiendo al siglo XX en el más bárbaro de todos los tiempos, la centuria de las guerras como la denominó Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que unos llaman la guerra total industrial y otros, como Carl von Clausewitz, la guerra con objetivos ilimitados, que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías y la movilización de las masas para causar el mayor daño posible al enemigo. En 1916, R. Tagore, premio Nobel de la Paz, en un discurso pronunciado en la universidad de Tokio afirmó lo siguiente:

 

        "La civilización que nos llega de Europa es voraz y dominante; consume a los pueblos que invade, extermina o aniquila las razas que molestan su marcha conquistadora. Es una civilización con tendencias caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa…"

 

        Todavía no sabía el bueno de Tagore que, pocos años después, esas prácticas no serían exclusivas de Europa, pues, se sumarían primero Asia –y en particular su país, Japón- y luego América. Los genocidios ocurridos en el último siglo se cuentan por decenas. El fascismo exaltó la guerra, reservando la gloria a los caídos por la Patria. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –otros tantos se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un personaje aislado, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales que su líder. Pero desgraciadamente el genocidio Nazi con ser el más conocido no ha sido ni mucho menos el único. A la par que los Nazis, su alma gemela que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. También ellos pretendían alcanzar lo que Michael Ghiglieri llama el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito.

En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.

No menos flagrante fue el régimen de terror implantado en Uganda por el presidente Idi Amín Dada, entre 1971 y 1979, que costó la vida a decenas de miles de ugandeses. Asimismo, la dictadura militar de Guatemala se estima que asesinó impunemente, entre 1978 y 1984, a más de 250.000 opositores, provocando además el desplazamiento a México de 150.000 refugiados. Sus máximos responsables no sólo no han respondido de sus crímenes ante un tribunal nacional o internacional sino que algunos de ellos siguen desempeñando cargos de responsabilidad política. Mucho más recientemente, en 1994, se desencadenó en Ruanda el genocidio entre hutus y tutsis, que costó la vida a más de un millón de personas de una y otra etnia. Uno de los hechos más luctuosos se desencadenó el 23 de abril de 1994 cuando una unidad del Ejército Patriótico Ruandés, liderado por los tutsis, concentró en el estadio de fútbol de Byumba a 25.000 hutus a los que a continuación masacró indiscriminadamente. Otros genocidios siguen activos en nuestros días, como el de los palestinos en su enfrentamiento asimétrico con los israelíes, el de los kurdos a manos de los turcos y de los sirios, o el de diversas comunidades indígenas en algunos países Hispanoamericanos.

Por desgracia, la barbarie ha aumentado a lo largo del siglo XX hasta límites de locura colectiva. El arsenal nuclear actual es similar al de un millón de bombas como las lanzadas en 1945, con capacidad para destruir todo rastro de vida en la tierra unas veinte veces. Y lo peor de todo, es que nada parece indicar que esta escalada haya acabado. Actualmente vivimos un nuevo renacer de la violencia: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, grupos terroristas que actúan en el Tercer Mundo, aprovechándose del vacío de poder y del sufrimiento de los más pobres, y regímenes tiránicos que se mantienen en el poder masacrando a la población civil. Desgraciadamente, nada parece indicar que el siglo XXI no vaya a superar o al menos igualar al dramático siglo XX. Y ya tenemos muestras de esa sinrazón humana en el drama humanitario que se vive en el Mediterráneo con la muerte de miles de inmigrantes y con los asesinatos perpetrados por el Estado islámico que sufren con especial crudeza los propios musulmanes.

Por todo lo expuesto queda claro que mi ultrapesimismo tiene una fuerte base: mi conocimiento del pasado. Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Aunque eso sí, un pesimismo esperanzado porque no queda otra; la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana.

 

PARA SABER MÁS:

 

FERRO, Marc (Dir.): “El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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Ya en el Neolítico se dio lo que Marshall D. Sahlins llamó la ley del predominio cultural. En realidad era más bien una praxis. Ésta trajo consigo que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. En este sentido, ha escrito Lucy Mair que todos los males de la humanidad comenzaron precisamente cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad, cuyo objetivo no era otro que extender sus ideales a los demás pueblos supuestamente no civilizados. Sobre este concepto se justificó la expansión de la civilización europea al resto del mundo, con el desprecio intrínseco de los valores ajenos. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión o lo que es peor, el expansionismo puede considerarse inherente a toda civilización. Si a ello unimos que todas las grandes religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la historia de la humanidad. Y encima con la bendición del poder, tanto espiritual como temporal.

Fue en la antigüedad cuando apareció lo que Max Weber llamó el colonialismo Imperialista, es decir, el derecho de los pueblos superiores a conquistar, someter y aculturar a los inferiores. El primer paso consistió en reconocer que unas personas eran superiores a otras. De hecho, ya en el Código de Hammurabi, del año 1775 a. C., se diferenciaban dos tipos de seres humanos, los que estaban destinados a servir y los que debían mandar. Pero había que dar un paso más allá y extender este concepto de lo individual a lo colectivo. Igual que había personas superiores a otras, también existían civilizaciones, culturas o Estados que eran superiores a otros. Así, en la Grecia Clásica, lo heleno era lo civilizado, antítesis de la barbarie que reinaba en el resto del mundo. Asimismo, los romanos aplicaban la barbarie a los que no hablaban latín o no estaban sometidos a su Imperio, especialmente a los celtas y a los germanos. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península Ibérica. Un proceso que contó también con su particular Bartolomé de Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

Posteriormente, el Cristianismo equiparó paganismo con barbarie y durante siglos se ha venido perpetuando este dualismo entre civilización y barbarie. En el mundo del siglo XVI, civilizados eran los europeos y bárbaros los indígenas, lo mismo americanos, que africanos o asiáticos. Una posición que se mantuvo inamovible hasta el Imperialismo contemporáneo. Otra cosa bien diferente es que, como escribió Malinowski, la única prueba de esa superioridad fuesen las armas. De hecho, en 1814, José María Blanco White contrapuso a los negros de la costa occidental africana, a quienes sus contemporáneos daban el nombre de bárbaros, frente a los europeos que eran considerados por aquéllos como unos paganos ignorantes, aunque muy temibles. Y es que está claro que durante varios milenios la civilización más avanzada llamó bárbaro a todo el que no compartiera sus principios. De hecho, Michel de Montaigne, humanista francés del siglo XVI, criticó en relación a los indios antropófagos que se les podía llamar bárbaros en relación a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros que los superamos en todo tipo de barbarie. Desgraciadamente, estos postulados pacifistas de humanistas del siglo XVI, como el citado Montaigne, Erasmo de Rotterdam o fray Bartolomé de Las Casas, al igual que los contemporáneos, como Anatole France, León Bloy o Mahatma Gandhi, han sido siempre minoritarios y marginales frente a la línea de pensamiento oficial que ha justificado siempre la expansión imperialista.

Queda bien claro que Europa ni tenía derecho a hacer lo que hizo, ni dejaba de tenerlo, porque desde la Antigüedad hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos superiores sobre los inferiores se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial. De hecho, en 1997, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, dependiente de la ONU advertía:

 

"Que en muchas regiones del mundo se ha discriminado a las poblaciones indígenas y se les ha privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales… Los colonizadores, las empresas comerciales y las empresas de Estado les han arrebatado sus tierras y sus recursos. En consecuencia, la conservación de su cultura y de su identidad histórica se ha visto y sigue viéndose amenazada".

 

        Llamémosle, pues, "ley de predomino cultural, capitalismo imperialista" o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante a lo largo de todos los tiempos. La historia de la humanidad ha sido, la de la imposición de unos sobre otros, de los más fuertes sobre los más débiles. Toda la memoria de la humanidad está atravesada por el drama de la guerra y los imperialismos. Como decía a finales del siglo XVIII Inmanuel Kant el estado natural del ser humano es la guerra y, por tanto, la paz es una conquista que debe conseguir el ser humano. Y no le faltaba razón, pues el genocidio ha estado presente en todas las guerras de conquista desde la antigüedad hasta las guerras preventivas practicadas en nuestros días por los Estados Unidos. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia del hombre y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y por si fuera poco, la Edad Contemporánea, y en particular el siglo XX, ha sido el más dramático de todos los tiempos. Los imperialismos de los siglos XIX y XX implicaron un verdadero holocausto a escala planetaria, implicando prácticamente a todos los continentes. Paradigma de la sinrazón del ser humano fueron las matanzas sistemáticas e indiscriminadas de los belgas en el Congo. Pero la capacidad del ser humano para causar daño no había alcanzado techo. En el siglo pasado las dos conflagraciones bélicas mundiales, terminaron convirtiendo al siglo XX en el más bárbaro de todos los tiempos, la centuria de las guerras como la denominó Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que unos llaman la guerra total industrial y otros, como Carl von Clausewitz, la guerra con objetivos ilimitados, que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías y la movilización de las masas para causar el mayor daño posible al enemigo. En 1916, R. Tagore, premio Nobel de la Paz, en un discurso pronunciado en la universidad de Tokio afirmó lo siguiente:

 

        "La civilización que nos llega de Europa es voraz y dominante; consume a los pueblos que invade, extermina o aniquila las razas que molestan su marcha conquistadora. Es una civilización con tendencias caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa…"

 

        Todavía no sabía el bueno de Tagore que, pocos años después, esas prácticas no serían exclusivas de Europa, pues, se sumarían primero Asia –y en particular su país, Japón- y luego América. Los genocidios ocurridos en el último siglo se cuentan por decenas. El fascismo exaltó la guerra, reservando la gloria a los caídos por la Patria. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –otros tantos se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un personaje aislado, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales que su líder. Pero desgraciadamente el genocidio Nazi con ser el más conocido no ha sido ni mucho menos el único. A la par que los Nazis, su alma gemela que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. También ellos pretendían alcanzar lo que Michael Ghiglieri llama el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito.

En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.

No menos flagrante fue el régimen de terror implantado en Uganda por el presidente Idi Amín Dada, entre 1971 y 1979, que costó la vida a decenas de miles de ugandeses. Asimismo, la dictadura militar de Guatemala se estima que asesinó impunemente, entre 1978 y 1984, a más de 250.000 opositores, provocando además el desplazamiento a México de 150.000 refugiados. Sus máximos responsables no sólo no han respondido de sus crímenes ante un tribunal nacional o internacional sino que algunos de ellos siguen desempeñando cargos de responsabilidad política. Mucho más recientemente, en 1994, se desencadenó en Ruanda el genocidio entre hutus y tutsis, que costó la vida a más de un millón de personas de una y otra etnia. Uno de los hechos más luctuosos se desencadenó el 23 de abril de 1994 cuando una unidad del Ejército Patriótico Ruandés, liderado por los tutsis, concentró en el estadio de fútbol de Byumba a 25.000 hutus a los que a continuación masacró indiscriminadamente. Otros genocidios siguen activos en nuestros días, como el de los palestinos en su enfrentamiento asimétrico con los israelíes, el de los kurdos a manos de los turcos y de los sirios, o el de diversas comunidades indígenas en algunos países Hispanoamericanos.

Por desgracia, la barbarie ha aumentado a lo largo del siglo XX hasta límites de locura colectiva. El arsenal nuclear actual es similar al de un millón de bombas como las lanzadas en 1945, con capacidad para destruir todo rastro de vida en la tierra unas veinte veces. Y lo peor de todo, es que nada parece indicar que esta escalada haya acabado. Actualmente vivimos un nuevo renacer de la violencia: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, grupos terroristas que actúan en el Tercer Mundo, aprovechándose del vacío de poder y del sufrimiento de los más pobres, y regímenes tiránicos que se mantienen en el poder masacrando a la población civil. Desgraciadamente, nada parece indicar que el siglo XXI no vaya a superar o al menos igualar al dramático siglo XX. Y ya tenemos muestras de esa sinrazón humana en el drama humanitario que se vive en el Mediterráneo con la muerte de miles de inmigrantes y con los asesinatos perpetrados por el Estado islámico que sufren con especial crudeza los propios musulmanes.

Por todo lo expuesto queda claro que mi ultrapesimismo tiene una fuerte base: mi conocimiento del pasado. Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Aunque eso sí, un pesimismo esperanzado porque no queda otra; la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana.

 

PARA SABER MÁS:

 

FERRO, Marc (Dir.): “El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Tomo prestado el título de la famosa obra de Lewis Hanke, para definir la actuación del clérigo Luis de Morales. Cuando se insiste en la necesidad de justificar las actuaciones en el contexto de la época hay que matizar que existen algunos valores éticos que han sido inmanentes al ser humano a través de los tiempos. Cuando la mayoría de los hispanos veía con naturalidad las matanzas de amerindios, hubo un extenso número de personas que se opusieron a ellas con todas sus fuerzas, jugándose incluso sus propias vidas. Hay que empezar hablando de fray Bernardo Boyl, benedictino del monasterio de Montserrat que acompañó a Cristóbal Colón en su segunda travesía. Ofició la primera misa que se hizo en La Isabela y fue asimismo el primero que realizó tareas evangélicas y destruyó ídolos. No tardó en enfrentarse con el Almirante por el maltrato que él y otros colonos infringían a los indefensos taínos. Muchos otros continuaron esta labor reivindicativa: fray Antonio de Montesinos, fray Pedro de Córdoba, fray Gil González, fray Blas de Menjívar –que acabó demente en un cenobio castellano-, el franciscano fray Marcos de Niza o el agustino fray Martín de Rada, calificado por Lewis Hanke como el padre Las Casas de Filipinas. No menos crítico fue el jesuita Joseph de Acosta, quien se mostró siempre como un gran defensor de los aborígenes. El jesuita negó los títulos que tenía España para hacer la guerra a los indios porque, a su juicio, ni habían ofendido a Dios, ni a los españoles:


"No han ocupado ellos nuestra tierra, sino nosotros la suya. Ni ellos han venido a nosotros, sino nosotros los hemos invadido a ellos".

 

Por su parte, el bachiller Luis de Morales, al que Raúl Porras llamó el Las Casas del Perú, vivió en América más de tres lustros y que visitó Santo Domingo, Puerto Rico, Cuba, Venezuela, Panamá y Perú, militó también en esta corriente combativa. Otros muchos estuvieron en esta misma línea como fray Martín de Calatayud, obispo y protector de Santa Marta, fray Domingo de Santo Tomás, obispo de Charcas, fray Francisco de Carvajal, Pedro de Quiroga, fray Tomás de Toro, primer obispo de Cartagena de Indias, o el cronista fray Gerónimo de Mendieta que denunció vivamente la explotación a la que se veía sometido el aborigen. Por su parte, fray Domingo de Santo Tomás declaró indignado que lo que se llevaba a España no era plata sino sudor y sangre de los indios, idea que repetirían posteriormente en términos parecidos otras personas, tanto religiosos laicos.

Hay que destacar el valor de muchos de estos activistas que se jugaron la vida en defensa de los más desfavorecidos. Muchos vieron amenazadas sus vidas, entre ellos el mismísimo padre Las Casas, mientras que otros, como los dominicos de La Española pasaron hasta hambre por la negativa de los vecinos a darles limosnas. Pero algunos corrieron peor suerte. Igual que en el siglo XX el arzobispo de El Salvador, Oscar Romero, fue asesinado por defender a los más pobres de su país, a mediados del siglo XVI, fray Antonio de Valdivieso O.P., obispo de Nicaragua, fue liquidado por motivos muy similares. Este último prelado fue apuñalado hasta la muerte por Hernando de Contreras a quien había reprendido en numerosas ocasiones por el trato brutal que infringía a sus encomendados. Según Antonio de Herrera fue asesinado por "la protección en que el obispo tenía a los indios y el cuidado con que procuraba su buen tratamiento y reprensiones que sobre ello hacía". Valdivieso y Romero murieron por defender los mismos ideales pacifistas, aunque entre ellos medien más de cuatro siglos.

Pero, no fue el único que sufrió las iras de los conquistadores. El monasterio franciscano de Valladolid, en Yucatán, fue asaltado y quemado por los propios españoles en dos ocasiones, de forma que los pobres cenobitas decidieron cerrarlo temporalmente e irse a vivir con los indios, entre los que se encontraban mucho más seguros.

El clérigo Luis de Morales fue nombrado por la audiencia de Santo Domingo como veedor en las armadas que se hacían a Tierra Firme, para verificar que se hacía el requerimiento y que se capturaban en guerra justa. Cuando vio el triste espectáculo que esas armadas protagonizaban lo intentó impedir pero los españoles se amotinaron, gritando "que a qué diablos venían allí sino a ganar de comer y buscar indios de cualquier manera que pudiesen, que no habían de ir vacíos a Santo Domingo". Como su vida corrió serio peligro firmó los documentos, legalizando sus actuaciones. Pero, tras su llegada a Santo Domingo, regresó a España donde denunció todos los agravios y sufrimientos injustos que los nativos recibían. En su extenso memorial denunció las horribles extorsiones que los naturales sufrían a manos de los colonos y encomenderos. Entre las cosas que señaló citó la costumbre que había en Perú de ranchear –entiéndase robar- a los indios:

 

Andaba mucha gente extraordinaria haciendo daño en los indios, robándolos así de sus ovejas que tenían como de lo demás y esta manera de robar se llama en aquella tierra ranchear y como los indios no sabían a quien se habían de quejar ni tenían habilidad para ello”.

 

 Asimismo, solicitó, como medida desesperada, que se sacrificasen todos los perros de presa para evitar el dolor y sufrimiento que hacían padecer a los pobres nativos:

 

En cuanto al tratamiento que hacen en los indios son perseguidos por la justicia real y por los capitanes aperreándolos vivos que es muy gran lástima echándoles diez y doce perros que solamente los tienen avezados para aquel efecto y los crían y los ceban en ellos Su Majestad debe mandar matar todos los perros de esta casta porque son muy perjudiciales a los naturales”.

 

 Obviamente, nadie le hizo caso, pero al menos ahí quedaron sus reivindicaciones por la defensa de la dignidad del amerindio. Luis de Morales fue otro de esos grandes personajes de la Conquista, otro de esos campeones como el padre Las Casas, que se jugaron su vida en defensa de sus ideas de justicia social.

 


APÉNDICE I

 

Declaración de Luis de Morales sobre la situación de los indios, Sevilla, 1543.

 

En la ciudad de Sevilla, a veinte días del mes de junio del año de mil y quinientos y cuarenta y tres, el Muy Magnífico Señor licenciado Gregorio López, del Consejo Real de las Indias de Su Majestad y visitador de la Casa de la Contratación, mando a mi Juan de la Cuadra, escribano de Sus Majestades y de la dicha visita, tome el dicho y deposición de Luis de Morales, clérigo, sobre la libertad de los indios y cómo son esclavos, el cual juró y puso la mano en sus pechos de decir verdad y lo que dijo es lo siguiente:

        Y luego, incontinenti, habiendo jurado el dicho Luis de Morales, clérigo, con licencia de su prelado, dijo que lo que sabéis que él estuvo en Santo Domingo y en San Juan de Puerto Rico y en la Habana y en la isla de Cuba y en la provincia de Venezuela de donde fue provisor, y en el Nombre de Dios y en Panamá y en Ata y en la provincia del Perú conviene a saber que estuvo dieciocho años en el Perú en la ciudad de los Reyes, como provisor y juez eclesiástico. Y lo que sabe acerca de la libertad de los indios es que, estando en la ciudad de Santo Domingo, que es en la isla Española, ocho o diez años que residió en la dicha isla, siendo beneficiado en la dicha iglesia, los indios naturales de la dicha isla que se dice Aytí (sic) se llamaban naborías que es un vocablo paliado para servir contra su voluntad casi como esclavos, aunque no se vendían. Y de esta manera que los tenían depositados personas para servirse de ellos en las minas y en las haciendas y si se querían ir algún cabo no podían porque se llamaban naborías.

Don Sebastián Ramírez, obispo de la dicha isla, después que vino hizo congregación de ellos y los liberó y los dio por libres que sirviesen y estuviesen a donde mejor les pareciese y mejor se lo pagasen e hizo un pueblo de los dichos indios naturales y dioles tierras y término y púsoles un clérigo que les administrase los sacramentos, puesto que algunos depositaba en personas honradas y de buena vida para que les administrasen en la fe. Y este que depone tuvo uno de ellos.

Estando en la dicha isla vio venir gran cantidad de indios por esclavos en navíos, muchas veces de a Nueva España y de Pánuco, y de Cuba; ahora de toda la costa del norte, desde Maracapana hasta la provincia de Venezuela, y otros de nicaragua y los traían por mercaderías y entiende que de sus ropas que allá vendían y cierto se maravillaban éste que depone y otras personas que en la dicha isla de Santo Domingo están eclesiásticos, cómo traían tantos indios de tal manera y se vendían públicamente herrados con el hierro del rey y se disimulaba y dejaba pasar.

El audiencia de la ciudad de Santo Domingo y los oficiales, viendo lo susodicho y la burla que en ello pasaba, que de la costa de Tierra Firme de la banda del norte, que es su jurisdicción, que es desde Cubagua hasta el Nombre de Dios, mandaron que no fuesen carabelas ningunas a la dicha costa de Tierra Firme, ni se trajese indio alguno de allá. Y, después de pedimento de la dicha ciudad, que tenía necesidad de indios esclavos para sus haciendas, mandaron con licencia del rey que fuesen a la dicha costa de Tierra Firme ciertas carabelas a traer indios y llevasen un veedor y tesorero y capitán. Y su intención que Su Majestad manda dar a los tales para que se les notifiquen a los indios y les hagan sus requerimientos, esperándoles a un intervalo. Y la dicha audiencia nombró a este que depone y lo mando ir con la dicha carnada para ver cómo se hacían los dichos requerimientos e instrucción que Su Majestad tiene dada para lo semejante a los dichos indios y él holgó de ello y fue por saber y ver el secreto de los dichos indios como se hacía.

Y llegaron a la dicha costa de Tierra Firme, a Maracapana, que es a sotavento de Cubagua, a quince o veinte leguas surgieron los navíos y echaron dos barcos luengos en la mar, cada uno con cincuenta hombres y sus remos, a saltear indios y a tomarlos y entraron por el río de Neberi y no hallaron indio ninguno. Vinieron muy enojados y muy despechados porque los indios los habían sentido y huido. Fueron más adelante a un puerto que se llama Haguerote y tomaron dos indios que andaban pescando por unos manglares para sustentarse y metiéronles en las carabelas y allí los amedrentaron con amenazas que les dijesen donde estaba su pueblo de donde ellos venían. Y los dichos indios se lo dijeron y luego los tomaron con la lengua y fueron casi doscientos hombres con ellos y, a media noche, dieron en dos pueblos y trajeron todos los indios que hallaron en ellos con todo lo demás que hallaron en sus casas de joyas, preseas y ovillos y hamacas y mantas y todo lo demás que tuvieron en sus casas. Y metiéronles en las carabelas y fueron de la costa abajo y de noche salteaban indios, estando pescando, y los dichos indios les decían luego de donde venían y cuáles eran sus pueblos y daban en ellos a media noche como en los demás. Y traíanlos a todos a donde estaban las carabelas y los viejos y niños que no podían venir dábanles de estocadas o despeñábanlos. Y este testigo hizo traer más de trescientos niños que no vinieron y los bautizaba luego porque se morían y les hacía una cruz en la frente con los cabellos para que fuesen señalados.

Y (a)cerca de los requerimientos que se les había de hacer no según daba la orden que Su Majestad manda que se guarde ni es posible que se pueda guardar de la manera que se hace. Hacíanles los requerimientos a los dichos indios a la lengua de ellos ahora trayéndolos bien atados de sus tierras o debajo de la puente (sic) del navío. Los dichos indios ni los entendían, ni sabían lo que se decían, antes decían que los dejasen ir a sus tierras que ni conocían a Dios, ni al Rey ni al Papa sino a sus caciques y a su tierra, ni había otro intervalo de tiempo ni otro esperar ni otro venir de paz más de lo que tiene dicho. Y es la verdad que apenas este que depone la instrucción la entendería sino estudiase algunos días ella, aunque es persona que sabe algunas letras, por manera que muchos indios los entendían y ellos estaban en su libertad y que de esta manera se hizo esta dicha armada habrá ocho o nueve años. Y luego los dichos oficiales , veedor y tesorero y capitán que iban allí se juntaban y como los indios no los entendían, ni sabían lo que se decían, decían al escribano que se lo diese por fe como no querían obedecer lo que Su Majestad mandaba y persuadieron a este que depone que pusiese su autoridad y lo firmase lo cual, como no le pareció bien hecho, les dijo su parecer y casi se amotinaron contra este testigo que depone, diciendo que a qué diablos venían allí si no a ganar de comer y buscar indios de cualquier manera que pudiesen que no habían de ir vacíos a Santo Domingo de cualquier manera que fuese. Y, según los vio este que depone, por que no hiciesen allí más desconcierto contra su persona y no hubiese disensión firmó disimuladamente y, en la primera carabela que fue a Santo Domingo de indios, escribió sus cartas secretas a la audiencia y a los oficiales (contando) todo lo que pasaba. Y en otra carabela que quedó para que fuesen los que restaban, faltaban indios para acabarla de henchir y fueron a un pueblo que está debajo de las Carecas, que se llama el pueblo de los Patos, y entraron de paz con ellos porque los indios lo solían hacer así y daban de comer a los cristianos que por allí pasaban y estuvieren con ellos tres o cuatro días las carabelas juntas junto a los pueblos. Y engañáronlos de esta manera, dijeron los dichos indios que tenían falta de sal y los cristianos dijeron que ellos tenían mucha en una carabela que fuesen la mitad de ellos a la carabela a por sal y la otra mitad estuviese en tierra que la meterían en un canay grande. Y estaban concertados que fuesen a un tiempo los dichos indios por la dicha sal de ellos a la carabela de ellos al canay y los cristianos que estaban en la carabela tomasen los indios que estaban en la carabela y los atasen y los de tierra hiciesen lo mismo. Y así fue ni más ni menos y acabaron de henchir la carabela de indios en pago de la buena obra que habían usado con ellos. Más adelante, un poquito, fueron y tomaron otro pueblo con todo lo que tenían y tomaron (a) la mujer del cacique y el mismo cacique vino luego y les dijo que ellos eran sus amigos que por qué le tomaban su mujer y su pueblo; que le diesen su mujer que allí traía otra en rescate de ella y un poco de oro. Ni el oro, ni la india que trajo se le dio, antes lo querían tomar a él y prenderlo si no fuera por este que depone que dio gritos y se enojo mucho hasta que lo soltaron y así vinieron a Santo Domingo. Y tenían los indios que habían llevado en depósito por lo que este que depone había escrito y los demás que llevaron se mandaron depositar y, hecha la relación a los oidores y presidente por este que depone, le culparon mucho porque había firmado y este que depone dijo la causa que fue porque no le matasen y porque muerto este que depone mataran todos y el daño estaba hecho. Y vista la dicha relación los mandaban volver a sus tierras a costa del capitán y de los armadores y túvose por concierto entre no sabe quién que se repartiesen en la dicha ciudad y se depositasen y sirviesen por seis años y fuesen libres y cree que los herraron en el brazo. Pasados los seis años no cree este que depone que se acordarían de ellos.

Y de esta costa, donde se traían estos indios, se han traído diez millones de ellos y está despoblada toda de que es gran lástima. Y de ellos han venido a las islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba y Jamaica a servir y, otros, han quedado en las perlas que son bastantes para acabar todos los indios que hay en las Indias, según el gran trabajo que hay en la provincia de Venezuela se han sacado mucha cantidad de indios para otras partes, no los tiene éste que depone por esclavos porque no se les hacen los requerimientos que Su Majestad manda que se les haga y de cada día se sacan indios. Y los de Cartagena y Santa Marta dice lo mismo porque no hay titulo para que sean esclavos ni es guerra justa y en lo de las islas (de) Santo Domingo, San Juan, Cuba y Jamaica todos los tiene por libres, aunque ayuden de trabajos de minas y de haciendas casi todos son muertos y no hay cosa que más los apoque que las minas. Y en Panamá y en Coro hay muchos esclavos de Nicaragua, herrados con el hierro del Rey de los cuales y de todos Su Majestad lleva quinto, a los cuales tiene por libres a todos. En la provincia del Perú se hallaron unos pocos herrados pero mandose que no fuesen esclavos, todos los tienen por libres y las guerras que se les han hecho no son justas, ni lícitas, ni son Conforme a la instrucción de Su Majestad, ni las que hacen en las otras que tiene dicho porque ni los esperan y les dan término ni los entienden, ni saben lo que se dicen.

Hay una manera de servidumbre en la dicha provincia del Perú entre los cristianos con los indios a los cuales llaman (y)anaconas para que les sirvan, aunque los indios no quieren y contra su voluntad. Y es de esta manera que viene un cristiano y ha menester indios para su servicio y nombrarlos de la gente que anda por ahí a servir a otros y dice el gobernador o su justicia por una cédula: de esta manera deposito en tal tantos indios, nombrándolos para que le sirvan y que les haga buen tratamiento y les enseñe las cosas de la fe. Sírvele el indio un año y dos y tres de balde y dice después que se quiere ir a su tierra que no le quiere servir más y dísele el cristiano que le ha de servir aunque le pese, y quiébrale la cabeza sobre ello y da la cédula a un alguacil para que se lo dé si se le huye de manera que no vende, para siempre sirve contra su voluntad y si se muere aquel cristiano, demándalos otro al gobernador y dáselos como los tenía el otro. Y entre el protector y el gobernador y su justicia sobre esto hay muchas pendencias en la dicha provincia y éste que depone las ha tenido por manera que Dios lo remedie todo y no había de permitir Su Majestad echar indios a las minas porque se acabarán todos como en los otros cabos se han acabado, ni traer carga, ni servir contra su voluntad. Y que esto sabe porque lo ha visto como tiene dicho, estando en la dicha provincia del Perú y que, de todo lo demás que se quieren informar de éste que depone, de aquella tierra para honra de Dios y bien de los dichos indios lo hará como persona que desea su bien y su conversión y firmolo de su nombre…

(AGI, Patronato 231).

 

 

PARA SABER MÁS

 

HANKE, Lewis: “La lucha por la justicia en la conquista de América”. Madrid, Aguilar, 1967.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        En teoría estos esclavos tuvieron el status de cosas, siendo vendidos en los mismos mercados y ferias donde con frecuencia se hacían las transacciones ganaderas. Algunas cartas de compraventa chocan especialmente por la naturalidad con que se hacían las transacciones. Así el 6 de mayo de 1540 se formalizó una carta de trueque en Baza (Granada) de un esclavo por un asno (Asenjo Sedano, 1997: 98).

        Obviamente a nadie le debe sorprender que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad, tratando a los esclavos como a animales o simplemente como a bienes materiales. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, en la práctica se les solía tratar bien, en unos casos por simple caridad cristiana, y en otros, por una cuestión de racionalidad económica, es decir por el deseo de no perder la inversión realizada.

        Ahora bien, si una esclava doméstica que vivía en contacto permanente con sus dueños era mala o se había deteriorado, la aherrojada tenía todas las de perder: su vida se podía convertir en un auténtico calvario.

La documentación notaria o sacramental no suele aportar información sobre las relaciones entre dueños y esclavos. Solo encontramos casos extremos en los que el aherrojado era enviado a las minas reales, fundamentalmente a las de Almadén. Tenían fama de ser tan mortíferas que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos esclavos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad. Así ocurrió, por ejemplo, en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo envió a su esclavo Sebastián de 45 años, robusto y de color amembrillado por un año y medio a servir en Almadén. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: "por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro".

También pueden aparecer reflejadas en las cartas de compraventa alguna merma o enfermedad provocado por los malos tratos de su dueño. Y ello porque el vendedor estaba obligado a especificar las posibles enfermedades o taras que tuviese la pieza que pretendía vender. Fue el caso de la esclava María, de 21 o 22 años, de color albarrana que fue vendida por Juan Ortiz Guerrero, vecino de Villalba de los Barros, el 27 de marzo de 1762. El comprador, Juan de Bolaños y Guzmán, se comprometió a pagar 2.700 reales por ella pero el día de Santiago, tras verificar que su enfermedad no iba a más. Y ello porque el vendedor reconoció que en general estaba sana pero que había sufrido un pequeño accidente que describió con las siguientes palabras:

 

 

“Que estaba sana más que en una ocasión que yo el dicho Juan Guerrero la castigué por haberse vuelto contra su ama y porque le dio al parecer un accidente de que llamado al médico actual de esta villa y reconocida dijo que era aflicción a perecer”.

 

Estaba claro que la esclava padecía una especie como de depresión traumática y que su miedo a morir se debía fundamentar en los castigos que su dueño le imponía. No parece que el comprador deshiciese la transacción por lo que posiblemente la aherrojada mejoró de su aflicción. Podríamos preguntarnos, ¿Por qué no huían de sus dueños? Apenas si recurrían a ella porque al estar marcados en la mejilla o en la frente no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían empeorar aún más para el aherrojado. Era el alto precio de una sociedad fundamentada en la desigualdad entre las personas.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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No ha aparecido ningún documento oficial en el que se prohibiese la entrada de aragoneses, muy a pesar de que Antonio de Herrera creyó en su existencia. Sin embargo, pensamos que tal documento no se expidió expresamente, al darse por supuesta que las Indias eran propiedad exclusiva de la Corona de Castilla, de la misma manera que tampoco han aparecido en los primeros momentos de la colonización reales cédulas vedando la entrada de genoveses o de ingleses y, sin embargo, les estuvo igualmente prohibida. Además, la presencia de aragoneses desde los primeros años de la colonización, tanto en el Continente americano, como involucrados en la empresa americana desde España -recuérdense nombres como el de Juan Cabrero, Juan de Coloma o Pedro de Margarit- no refuta, en absoluto, el planteamiento que nosotros sostenemos. Primero, porque el hecho de que oficialmente estuviesen excluidos no significa que de hecho no pasasen al igual que en los primeros tiempos encontramos multitud de genoveses o portugueses pese a que no les estaba permitido el paso. Y Segundo, pensamos de acuerdo con Juan José Andreu, que en general no hubo una intención de impedir el paso de aquellos aragoneses que puntualmente mostrasen su interés por viajar a las Indias siempre y cuando aceptasen y se integrasen dentro de la normativa castellana.

Tampoco estamos totalmente de acuerdo con el cronista Fernández de Oviedo cuando afirmó que los privilegios de los súbditos de la Corona de Castilla acabaron cuando la Reina Isabel la Católica falleció en 1504. Sin embargo, en el propio testamento de la Reina se decía lo siguiente:

 

        “Por cuanto las Islas y Tierra Firme del Mar Océano e islas de Canaria fueron descubiertas y conquistadas a costa de estos mis Reinos y con los naturales de ellos, y por esto es razón que el trato y provecho de ellas se haya y trate y negocie de estos mis Reinos de Castilla y de León y en ellos y a ellos venga todo lo que de ellas se trajere: por ende ordeno y mando que así se cumpla así en las que hasta aquí sean descubiertas como en las que se descubrirán de aquí adelante en otra parte alguna”.

 

Estaba claro a tenor de lo dictado por la Reina en su testamento que los privilegios de los castellanos no se acababan con su muerte. Por desgracia, una de las escasas licencias con las que contamos se otorgó dos meses antes de morir la Reina Isabel de Castilla, es decir, en septiembre de 1504, por lo que no es demasiado útil, aunque confirma que al menos hasta 1504 sí que estuvo cerrado el tráfico a los aragoneses. En este documento regio se le otorgó permiso al aragonés Juan Sánchez para ir a la Española a comerciar, pese a “no ser de estos reinos”. Para nosotros la prohibición al paso de aragoneses estuvo vigente hasta el 10 de noviembre de 1525, fecha en la que se expidió una Real Cédula en la que se reconoció que hasta ese justo momento la legislación sólo había permitido ir a las Indias a los castellanos, ordenando asimismo un aperturismo para que los vecinos de otros reinos pudiesen ir a las Indias como lo hacían los propios vasallos de Castilla. Dado el interés del texto lo reproducimos a continuación:

 

Y consultado fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón e nos tuvímoslo por bien, por lo cual damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la forma y manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León, con tanto que los que son súbditos, solamente por la razón del Imperio, y no de patrimonio, puedan ir a poblar y tratar siendo casados y llevando sus mujeres allá o casándose dentro de un año que allá llegare o dar seguridad de estar y permanecer en las dichas Indias diez años...".

 

Al año siguiente fue ratificada esta apertura a los súbditos del Imperio por una Real Cédula dirigida a prelados, Condes, Marqueses, etcétera y que por su importancia la transcribimos parcialmente en las líneas siguientes:

 

Damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales de todos los nuestros reinos y señoríos y así mismo a todos los súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos y Señoríos de Castilla y León...”

 

El término de "súbditos patrimoniales" al que se alude en la Real Cédula de 1525, parece referirse a los vasallos del reino de Aragón, que desde este mismo momento  y no antes  tuvieron permiso para emigrar a las Indias y establecerse allí como lo hacían los súbditos de Castilla y León. No obstante, la igualdad no fue total, pues, cuando se trataba de "mercadear" o de viajar como maestres debían continuar solicitando una licencia especial, como hizo el valenciano Francisco Picón, el cual recibió expresa autorización, en 1526, para ir “con nuestros navíos a las nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano o a cualquier parte de ellas a contratar y rescatar y mercadear como lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos de Castilla, sin vos poner en ello embargo ni impedimento alguno...” Este texto indica claramente que, aún después de 1525, la libertad de los súbditos de Aragón no fue igual a la de los castellanos, perviviendo además varias décadas, dado que, en 1538, encontramos de nuevo otra licencia de estas características otorgada a un tal Miguel Raguso, natural de Cataluña, para ir libremente por maestre a las Indias “a causa de estar por nos mandado que ningún extranjero de estos reinos pase por maestre a las dichas nuestras Indias...”

        Todavía, en 1536, se notaban ciertos recelos de los castellanos hacia los aragoneses, según se deduce de un hecho ocurrido en Tierra Firme, cuando los castellanos se levantaron contra la tiranía de un capitán aragonés. Este suceso lo describió el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo con gran agudeza, como se puede observar en las líneas siguientes:

 

Y que no querían ser mandados de un aragonés. Y a este propósito había otras palabras mal dichas y desacatadas; porque los soldados de cuan grande o pequeña calidad que sean, no han de dejar de obedecer al capitán que el Príncipe y su Rey y Señor natural les daba, porque sea aragonés, ni escocés, ni de otra cualquiera nación...”

 

En definitiva, los aragoneses aunque presentes de hecho en las Indias desde prácticamente su descubrimiento, legalmente nunca gozaron de los mismos privilegios que los castellanos y leoneses, “como quiera  dice Fernández de Oviedo  que aquellos fueron los que las Indias descubrieron; y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos o vasallos del patrimonio real del Rey Católico...”

Con el paso de los años el paso de los súbditos del reino de Aragón se normalizó totalmente equiparándose en privilegios a los naturales de Castilla. Así, en 1568 en los capítulos que se expidieron para la reforma de la Carrera de Indias se afirmó que muchos extranjeros pasaban libremente a las Indias “diciendo que son gallegos y otros diciendo que son catalanes...” Por ello está claro que cuando en las Cortes de Monzón de 1595 se estableció definitivamente la total igualdad entre los castellanos y los aragoneses en el paso a las Indias ya era un hecho consumado desde hacía varias décadas.

A continuación vamos a intentar dar una explicación a los motivos que llevaron a los Reyes Católicos a incorporar los nuevos reinos descubiertos al otro lado del Atlántico exclusivamente a la Corona de Castilla. Realmente, la controversia en torno a si los aragoneses, en los primeros momentos del Descubrimiento, podían beneficiarse de las riquezas del Nuevo Mundo en igualdad de condiciones con los castellanos es muy antigua, remontándose a los primeros años del periodo colonial, y llegando la discusión historiográfica, incluso, a nuestros días.

En el mismo siglo XVI Antonio de Herrera y Gonzalo Fernández de Oviedo sostuvieron que las nuevas tierras descubiertas tan sólo se incorporaron al Reino de Castilla, alegando que fueron ellos y no los aragoneses quienes las descubrieron, y haciendo llegar esta situación hasta la muerte de Isabel de Castilla, en 1504. En abierta contradicción con esta postura, Veitia Linaje y Antúnez y Acevedo sostuvieron la igualdad de ambas Coronas en relación al Nuevo Mundo desde el primer momento de la colonización.

En la actualidad, y como hemos afirmado en líneas anteriores, la historiografía tampoco ha llegado a un acuerdo definitivo, pues, mientras para Juan Manzano tan sólo se incorporó a Castilla, con el fin de eludir el ordenamiento normativo aragonés, sus fueros y su sistema pactista, para Demetrio Ramos, la exclusión fue sólo aparente sin mostrar en ningún momento una intención real de apartarlos de la emigración a las Indias.

Para nosotros la exclusión se debió, de acuerdo con Manzano, a un intento de los monarcas de evitar el sistema pactista aragonés y en definitiva los privilegios que mermaban el poder de la realeza. No en vano algo parecido había ocurrido años antes con la conquista de Navarra que se incorporó a Castilla en vez de a Aragón con el expreso fin, según el padre Mariana, de que no se “aprovechasen de las libertades de los naturales de este último reino, muy odiosas siempre a los reyes de todas las épocas...” Evidentemente con la incorporación de los reinos indianos a Castilla se evitó la implantación en esos territorios de los fueros de Aragón, y de todas las limitaciones para la autoridad real que eso hubiera conllevado.

En general y como veremos en las páginas posteriores la exclusión se extendió a todos el reino de Aragón, incluyendo, pues, a Cataluña, Valencia y Mallorca. En realidad, no hubo causas específicas como se han pretendido buscar para excluir a estas otras regiones sino que simplemente como territorios vinculados a la Corona de Aragón quedaron también sometidos a la exclusión.

Pese a que, como hemos afirmado en líneas precedentes, fueron los castellanos los que gozaron del privilegio legal para aprovecharse de las riquezas que ofrecía el Nuevo Mundo, lo cierto es que desde el mismo Descubrimiento se produjo un goteo constante de extranjeros que llegaron a América. Estos extranjeros consiguieron llegar a las Indias, bien a través de las numerosas licencias reales que se concedieron -como las de Leonardo Rotulor de Bravante, Nicolás Grimaldo, Jácome de Brujas, Dirit de Bruselas, etcétera-, o bien, a través de infiltraciones ilegales, las cuales, como ya hemos mencionado en páginas anteriores, alcanzaron grandes proporciones.

        Así, pues, pese a la ya citada legislación prohibitiva hubo muchos resquicios y momentos concretos en los que los jurídica- mente excluidos pudieron pasar al otro lado del océano sin excesivas dificultades. Esto se justifica principalmente en el alto porcentaje de emigración ilícita que consiguió llegar a las Indias, sin registrarse en la Casa de la Contratación, que para unos autores, fue del 15 o el 20 por ciento del total, mientras que para otros se cifró entre el tercio y el cuarto del contingente total de emigrados. El mismo Padre las Casas se hizo eco en su Historia de las Indias, del abundante tráfico humano que sin licencia pasaba al Nuevo Mundo, solicitando, incluso, en un escrito al Monarca, fechado en 1542, que para remediar esta situación se pregonase a los pilotos y maestres que "ninguno fuese osado de llevar hombre secretamente, so grandes penas".

Esta emigración ilegal en esta primera mitad del siglo XVI fue imposible de evitar, hecho que fue reconocido, en 1546, por la propia Corona al notificar a los oficiales de la Casa de la Contratación que vigilasen especialmente a aquellos que viajaban a las Canarias “pues so color de decir que van a Canarias se pasan a las Indias”.

Pero además de este tráfico ilegal había otras circunstancias que favorecían la migración de estos contingentes teóricamente excluidos ya que las necesidades periódicas de pobladores que padecían las colonias se traducían en un aperturismo mayor y en un menor control por parte de la Casa de la Contratación de Sevilla. Así, sabemos que, en 1511, se ordenó a los oficiales de Sevilla que no fuesen severos en el control y examen de los que iban al Nuevo Mundo, pues, “a causa de los grandes requisitos que se les piden muchos dejan de pasar, existiendo gran necesidad de ellos en las colonias”. Posteriormente, y más concretamente entre 1528 y 1531, se volvió a dar una licencia casi general para la emigración a las Indias, sin duda, con la intención de acelerar el poblamiento de los nuevos territorios descubiertos.

Igualmente, la sociedad indiana al ser mucho más relajada que la española provocó que América se convirtiera en una auténtica válvula de escape para muchos grupos marginados y perseguidos. En este sentido, contamos con correspondencia de la década de los treinta y de los cuarenta en la que se afirmaba que sería muy perjudicial tanto castigar el amancebamiento como obligar a los vecinos a permanecer en un lugar concreto, pues, “parece que una de las principales cosas que la pueblan (se refiere a La Española) es la libertad...”

Por todos los motivos mencionados podemos decir que desde los primeros momentos encontramos a numerosos aragoneses vinculados a la empresa indiana. Incluso algunos de ellos de una gran influencia como Pedro de Margarit, que fue en el segundo viaje del primer Almirante, el ya mencionado fray Bernardo Boyl o el obispo fray Julián Garcés O.P. Estaba claro que, en primer lugar, América necesitaba pobladores y para ello se abrió frecuentemente la mano no sólo a aragoneses sino a genoveses, portugueses, florentinos, etc. Y en segundo lugar, porque como ya hemos afirmado a la Corona no le importaba el paso de aragoneses individuales a las Indias sino sobre todo que aceptasen la legislación castellana en esos nuevos territorios. En los registros de la Casa de la Contratación que están siendo publicados aún en la actualidad se encuentran asentados algunos de los aragoneses que cruzaron el atlántico. Su reducido número no debemos explicarlo tanto en las trabas legales que nunca fueron un impedimento serio sino más bien al escaso interés en esos primeros tiempos del aragonés por el Nuevo Mundo. Así, se explica además la nula oposición presentada en el Reino de Aragón a su teórica exclusión de los beneficios que el Nuevo Mundo podría reportar.

 

 

PARA SABER MÁS

 

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Adolfo L. y Esteban MIRA CABALLOS: “Legislación en torno a la emigración de aragoneses a América en el siglo XVI”, Actas del VII Congreso Internacional de Historia de América. Zaragoza, 1998, pp. 391-398.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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