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El último bastión de resistencia incaica se concentró en la zona de Vilcabamba, situada en el Antisuyu, concretamente en los andes orientales, junto al barranco de Urubamba. No era exactamente un núcleo urbano sino un conjunto de construcciones más o menos dispersas unas de otras, cuyo centro principal era Vitcos. La elección no fue casual, primero porque era un lugar sagrado de los Incas y, segundo, porque estaba en una zona bastante inaccesible para los europeos. Se trataba de un territorio muy diferente al andino, de clima tropical, se adaptaron sin demasiada dificultad, reimplantando su microcosmos y su antigua forma de vida. No faltó una soterrada resistencia, bajo la forma de mitos milenaristas que proponían la vuelta a un pasado que ahora sí, se recordaba como idílico. La zona estaba escasamente incaizada pero las tribus del entorno, los pilcosuni, manari y optari, mantuvieron la sumisión que tenían desde la era prehispánica.

La situación ya no era ofensiva sino meramente defensiva, un último intento por salvar su mundo. De vez en cuando los rebeldes organizaban pequeñas razias no solo contra los hispanos sino también contra los indios de paz. El propio Hernando Pizarro escribía, en 1541, que los alzados quedaron cansados y amedrentados y que el Inca, aunque no se había reducido al servicio real, tenía poca gente, aunque los curacas de la tierra lo ayudaban secretamente. Sea como fuere, lo cierto es que allí mantuvo vivo el espíritu y la religión incaica, exhortando continuamente a los suyos a que renegasen del cristianismo. La pervivencia del incario se prolongó de esta forma hasta la captura del último inca, Túpac Amaru en 1572 y su posterior decapitación por orden del virrey Toledo. A partir de este año desapareció virtualmente, aunque la resistencia continuase a través de otros cauces, como el sincretismo religioso.

Manco Cápac estuvo al frente de los alzados hasta finales de 1544 o principios de 1545, en que fue traicionado por un grupo de siete españoles que se hicieron pasar por amigos y lo hirieron gravemente por la espalda, sin darle tiempo a reaccionar. Al parecer, el autor material de los hechos fue Diego Méndez de Sotomayor, lo que provocó la ira de los naturales. Fueron perseguidos por los naturales, quienes les dieron alcance y los asesinaron. Poco antes de morir, con poco más de 30 años de edad, tuvo tiempo de encomendar a sus hijos que prosiguiesen la guerra y que jamás se fiasen de los hispanos.

Su sucesor, Sayri Túpac, hijo de Manco, tenía diez años cuando murió su progenitor, por lo que gobernó provisionalmente un tío suyo. Alcanzada la mayoría de edad, reinó en Vilcabamba, firmando un pacto con los españoles para convivir en paz, favorecido por la imposibilidad de estos de lanzar un ataque definitivo contra el último reducto inca. Fue un período de hispanización, pues fueron incorporando algunos avances técnicos de los europeos, como armas de acero, utensilios de labranza y ganado europeo. En los años finales de su vida, invitado por los españoles, abandonó Vitcos, la capital de Vilcabamba, para irse a vivir a un vasto señorío que le fue concedido en Yucay. Pero los vilcabambinos interpretaron que se trataba de una renuncia al trono por lo que la mascapaicha pasó a su hermano Titu Cusi Yupanqui. El hispanizado Sayri Túpac murió repentinamente en 1561, se sospecha que envenenado por el cañarí Francisco Chilche, curaca de Yucay y enemigo confeso de los incas.

Tito Cusi Yupanqui, hijo ilegítimo de Manco Cápac, fue designado como Inca por la minoría de edad del vástago legítimo, Túpac Amaru, porque éste era menor de edad. Como ya hemos comentado, a diferencia de las dinastías europeas, los incas daban poca importancia a la legitimidad y a la primogenitura y en cambio valoraban mucho más la capacidad. Tito Cusi fue elegido porque dada la minoría de edad de Túpac Amaru, era el más capaz y no por el hecho de ser el primogénito.

El nuevo Inca, reactivó la lucha, realizando incursiones hasta las encomiendas de los ríos Urubamba y Apurímac. La situación alarmó al virrey conde de Nieva, quien volvió a entablar conversaciones con el Inca para buscar una salida diplomática. Sin embargo, nunca aceptó, por lo que tras la muerte del virrey en 1564 su sucesor, el licenciado Lope García de Castro, comenzó una ofensiva militar, al tiempo que reiteraba su oferta de paz. Consciente el Inca de que era imposible frenar al ejército virreinal decidió llegar a un acuerdo. Finalmente, el 14 de octubre de 1566 se alcanzó un acuerdo en Acobamba, por el que el Inca reconocía la superioridad del virrey, a cambio de la coexistencia pacífica de Vilcabamba y de la apertura de sus fronteras a la entrada de misioneros. Este acuerdo fue en realidad la perdición para la soñada ciudad de Vilcabamba. La entrada de los misiones, llegados en 1568, terminaron por desenmascarar el mito de aquel bastión teóricamente inexpugnable. Los religiosos informaron que en realidad era un pequeño poblacho sin más defensas que unos pocos hombres y su aislamiento geográfico, es decir, una cordillera nevada y dos ríos caudalosos, el Urubamba y el Apurímac. Desde ese mismo momento, su caída era cuestión de tiempo. En 1570 un minero, llamado Romero, encontró una mina de oro en Vilcabamba y, cuando se supo que había encontrado una mina de oro, fue decapitado inmediatamente por orden del Inca. Según el agustino Antonio de la Calancha, lo hizo por temor a que la noticia despertase la codicia de los hispanos e invadiesen Vilcabamba. Fue el único español asesinado por orden directa del Inca, pero estaba acertado en su percepción, si se difundía que en Vilcabamba había oro, todo estaría perdido.

En junio de 1571 falleció el Inca de muerte natural, sucediéndole un hermano de padre, Túpac Amaru, quien se vio obligado a proseguir la guerra, por las presiones continuas de los hispanos. La llegada del nuevo virrey Francisco de Toledo a finales de 1569 había cambiado sustancialmente las cosas, sobre todo porque éste estaba decidido a acabar con el último reducto inca, por muy pacífico que fuese. La ruptura diplomática fue inevitable, abocando al conflicto a una solución militar. Obviamente, el enfrentamiento entre el virrey Francisco de Toledo y el Inca Túpac Amaru era tremendamente desigual y lo racional era que Goliat acabase con David como de hecho ocurrió. Pero, el enfrentamiento no lo provocó el nuevo Inca, pues cuando éste accedió a la mascapaicha ya el virrey Toledo había recibido instrucciones muy precisas para acabar definitivamente con el reino de Vilcabamba. Siguiendo dichas instrucciones el eficiente virrey envió un gran ejército a las órdenes del capitán Martín Hurtado de Arbieto que se dirigió a la selva en busca de la capital incaica. Sus ejércitos no era gran cosa, poco más de medio millar de hombres, incluyendo a 250 españoles y 273 indígenas, pero más que suficientes para acabar con el pequeño reducto incaico.

Túpac Amaru ordenó la guerra sin cuartel a todos sus hombres, realizando una defensa tan heroica como suicida de su territorio. Para evitar la huida, los hispanos plantearon un ataque simultáneo por tres sitios diferentes: Luis de Toledo Pimentel atacaría desde el puente de Osambre, el capitán Gaspar de Sotelo por el puente de Lacco y el grueso de las tropas, al mando del propio Hurtado de Arbieto por el puente principal de Chuquichaca.

Pero evidentemente, la contienda estaba perdida de antemano, porque en Vilcabamba no existía nada parecido a un ejército. Varios centenares de nativos, dirigidos por el Inca y por sus capitanes Aucaylli y Quispe Yupanqui, que ni siquiera se molestaron en destruir los puentes, a sabiendas de que la acometida era imparable. Inicialmente, las tropas hispanas al mando de Martín García de Loyola fueron rechazadas en una escaramuza de Cayaochaca. Sin embargo, los hispanos no tardaron en reorganizarse y contratacar, pasando sin oposición por el desfiladero de Chuquisaca, el único sitio donde todavía era posible frenar a los españoles. Vilcabamba estaba perdida desde ese mismo instante. El 24 de junio de 1572, lo que quedaba de la ciudad fue ocupado, porque poco antes, el Inca había incendiado los palacios y los depósitos de alimentos. En un desesperado intento por salvar su vida, se internó en la selva con un grupo de leales, en territorio de los manaríes, quienes colaboraron con los hispanos, indicándoles por dónde habían huido. Una vez más, en el último aliento de la resistencia incaica, se volvió a demostrar la clave del fracaso: la división interna, pues nunca llegó a existir ni remotamente una conciencia de indianidad.

Perseguido por el capitán Martín García de Loyola, fue finalmente capturado, junto a varios de sus caudillos, su mujer y el más pequeño de sus hijos. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo del sol, fueron llevados a Cusco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Tras un juicio breve y sumarísimo, en el que se le acusó de atacar el Perú y de tolerar prácticas paganas, el 1 de octubre de 1572 fue ejecutado, en la plaza pública. Obviamente, el lugar elegido fue el más público posible, ante cientos de llorosos indios que lo seguían teniendo por su señor. Cuentan las crónicas, que el joven Inca, de tan sólo 28 años, nunca perdió su altivez y asumió con gran entereza su inminente ejecución. También fueron ejecutados sus principales capitanes, mientras que a una buena parte de su familia se le perdonó la vida a cambio de que abandonasen el Perú. Efectivamente, las autoridades virreinales estimaron que era necesario acabar con todos los descendientes del linaje Real incaico por lo que, el 4 de octubre de 1572 se insistió en la necesidad de que se sacase a todos ellos del Perú. Llegados a este punto debemos dar respuesta a una pregunta: ¿estos asesinatos de miembros de la realeza indígena respondieron realmente a una política sistemática y premeditada? Sin duda alguna, y Las Casas en este sentido no puede ser más claro, cuando afirmó que la intención de los españoles era que no quedase señor en toda la tierra. Era necesario hacer desaparecer a sus legítimos gobernantes para a continuación colocar en su lugar a un nuevo líder ya deudo y tributario de los españoles. Los regicidios de Anacaona, Moctezuma, Atahualpa y Túpac Amaru no son más que la punta del iceberg de una eliminación premeditada de reyes, caciques y curacas a lo largo y ancho de toda la geografía americana.

El orden inca desaparecía definitivamente. Vilcabamba, el casi legendario reducto inca, se mantuvo unos años ocupado por una pequeña guarnición española pero después fue abandonado y la vegetación la ocultó hasta su descubrimiento en el siglo pasado. Pero sigue habiendo una cuestión pendiente: ¿con la caída de Vilcabamba acabó la resistencia incaica? No, ya en el siglo XVIII se van a suceder una serie de levantamientos indígenas como los de Túpac Amaru, primero, y la de Tomás Catari después que acabaron fracasando por la negativa de la oligarquía criolla a sumarse a una revolución que consideraban ajena. Ahora bien, aunque la resistencia continuó hasta el siglo XX y hasta el XXI parece obvio que han fracasado una y otra vez en su intento de recuperar el poder. Los vencedores y los vencidos no han variado desde la Conquista, de ahí que llevemos ya cinco siglos de dominio blanco en el Perú. Ocurrió lo que en la historia real siempre ocurre, que Goliat acabó con David.

 

PARA SABER MÁS:

 

LEE, Vicent R.: “Forgotten Vilcabamba”. Wyoming, Empire-Sixpac, 2000.

 

PARDO, Luis: “El imperio de Vilcabamba: el reinado de los cuatro últimos incas”. Cusco, Editorial Garcilaso, 1972.

 

REGALADO DE HURTADO, Liliana: “Religión y evangelización en Vilcabamba 1572-1602”. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1992.

 

WACHTEL, Nathan: “Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570)”. Madrid, Alianza Universidad, 1976.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Desde el descubrimiento de América el interés y el conocimiento de la herborística experimentaron una verdadera revolución. Los europeos se interesaron por las virtudes médicas de la naturaleza del Nuevo Mundo, intentando extraer licores y elixires mágicos. De la noche a la mañana se rompieron las fronteras de la herborística latina, ampliando enormemente el repertorio de remedios naturales. La obra de Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias, fue pionera en ese sentido, y abrió el camino al excepcional catálogo de plantas medicinales que el médico sevillano Nicolás Monardes publicó en 1565. No tardaron en comercializar algunas de ellas, unas con un fin ornamental y, las más, con un objetivo medicinal. En algunos casos, se atribuyeron propiedades curativas a determinadas plantas –como el tabaco- que después se verificaron inciertas. Otras drogas, como el bálsamo o la cañafístula, sí que poseían un fundamento curativo real.

Probablemente el elixir que más ampliamente se comercializó en la primera mitad del siglo XVI fue el bálsamo. Este licor se extraía del Guaconax o Boní, planta que abundaba en la isla, especialmente en la región de Higüey. Sus propiedades curativas fueron exaltadas como si de un elixir mágico se tratara, pues, no sólo cicatrizaba rápidamente las heridas, sino que calmaba el dolor de estómago, curaba catarros, dolores de hígado, hinchazones, dolor de muelas, etc. Incluso, usado con reiteración, “refresca mucho la complexión humana y no envejecen los hombres”.

Antonio de Villasante o de Villasanta, a mediados de los años veinte, pidió al Emperador la confirmación del monopolio que sobre la explotación del bálsamo le había concedido el segundo Almirante Diego Colón. En 1526 la Corona fijó los derechos de explotación por Villasante: obtendría la décima parte de lo que se sacara siempre que dicha renta no excediese de 200.000 maravedís. Sin embargo, debió parecerle muy poco al asentista por lo que obtuvo una ampliación del privilegio en 1528, aumentando su participación al tercio, y la renta hasta un máximo de 8.000 ducados anuales, unos tres millones de maravedís.

La infraestructura creada por Villasante estaba muy clara: él lo fabricaba en Santo Domingo, consignándolo a dos mercaderes genoveses residentes en Sevilla. Estos se encargaban no sólo de la distribución sino también del marketing. Para ello, realizaban tres acciones: primero, envasaban el producto en vasijas de distintos tamaños, dependiendo de la cantidad solicitada. Segundo, preparaban un impreso a modo de prospecto, que fue redactado por el doctor Morales, médico avecindado en Sevilla, en el que se explicaban tanto sus cualidades como la forma de uso. Y tercero, establecían obligaciones con cirujanos y mercaderes para que lo distribuyesen por los hospitales de Castilla. De hecho, los dos genoveses se concertaron con el maestre Juan de Peralta, cirujano, para que fuese “por Andalucía y otras partes a curar, vender y distribuir” el bálsamo.

En 1530, se aplicó experimentalmente en los siguientes hospitales: Cardenal de Toledo, Cardenal de Sevilla, Rey de Burgos, Santo Domingo de la Calzada, Santiago de Galicia, hospital Real de Granada y en la enfermería del monasterio de Guadalupe. Igualmente hubo médicos en estos años que lo aplicaron con resultados al parecer exitosos, según se desprende de las felicitaciones que Carlos V les remitió. El éxito fue tal que el 4 de abril de 1531 se expidió una nueva Real Cédula para que se enviase una muestra del licor a la propia corte.

En cuanto a cifras concretas sabemos que hasta 1532 Antonio de Villasante consignó al puerto de Sevilla a nombre de los genoveses Benito de Basinana y Franco Leardo 29,5 arrobas de licor puro de bálsamo, cifra a la que habría que unir el que se introdujo ilegalmente que, a juzgar por las numerosas quejas, debió igualar al menos la mencionada cantidad.

El negocio debió resultar rentable durante algunos años, pues, en 1531, se decía que Antonio de Villasante obtenía tan sólo en las cinco tiendas que poseía en Santo Domingo más de 100 pesos de oro anuales. Sin embargo, parece ser que Villasante falleció en algún momento de la década de los treinta, pues, en estos años perdemos totalmente su rastro, y ni sus sucesores ni sus socios continuaron con el negocio. Es posible que la Corona, tras su muerte, eliminara el monopolio, desapareciendo su tráfico comercial al menos como negocio.

Desde ese momento, la cañafístula sería la planta medicinal más ampliamente comercializada. Se trata de un árbol originario de Asia, que luego se extendió hasta Egipto desde donde a su vez se trasplantó a Europa. Podía llegar a alcanzar hasta los diez metros de altura y daba un fruto de pulpa negruzca y dulce. Fue introducida en los primeros años del siglo XVI, aclimatándose de tal manera que pronto se hizo muy abundante en las Antillas y en Centroamérica. Al parecer se utilizaba desde la antigüedad como purgante y laxante, manteniéndose su uso en la Edad Media y en la Moderna.

        En La Española comenzó su explotación comercial en la segunda década del siglo XVI. En 1517 los Jerónimos enviaron una caja de cañafístula al cardenal Cisneros, probablemente para que analizara su utilidad y las posibilidades de explotarla comercialmente. Inmediatamente después, en torno a 1518 o a 1519, cuando la economía de oro estaba prácticamente arruinada y los vecinos buscaban alternativas económicas, pusieron en la cañafístula toda su esperanza sembrando grandes extensiones de arboledas especialmente en la zona de La Vega. Efectivamente, el bachiller Álvaro de Castro, deán de la catedral de Concepción de la Vega, poseía una heredad de 10.000 pies de cañafístula en la que había invertido mucho capital. Sin embargo, estas primeras perspectivas se frustraron por dos razones: primero, por una plaga de hormigas que destruyó una buena parte de estos sembrados. Y segundo, porque el mal estado de la red viaria de la isla, hacía dificultoso su transporte hasta los puertos donde se debía reembarcar con destino al mercado peninsular.

Pese a todo, su explotación continuó pues, dado que todavía no existía una competencia seria de Cuba, Puerto Rico, Jamaica y Centroamérica, el género seguía alcanzando un buen precio de venta en Sevilla. De hecho, entre 1522 y 1523 el quintal se cotizó a 50 ducados por lo que mercaderes, como Pedro de Cifuentes, consiguieron obtener unos beneficios de nada menos que 800 ducados. Poco después era Diego Méndez, alguacil mayor de la isla, el que remitió a Sevilla cierta cantidad de pulpa que, finalmente, por diversos motivos, le fue confiscada.

Sin embargo, la situación tardó poco en cambiar debido a dos problemas: uno, a las crecientes dificultades para encontrar barcos donde fletar la mercancía. Y otro, porque como cada cual enviaba lo que quería y lo vendía como podía había una guerra de precios que terminó perjudicando a los productores. Para colmo, la cañafístula dominicana comenzó a coger fama de ser de mala calidad lo que disminuía aún más su cotización. En 1528 informó la audiencia que seguían analizando con los oficiales reales, con los regidores y con los principales productores, una posible solución para así no dejarla perder como ya se comenzaba a hacer.

El resultado de esas negociaciones y deliberaciones fue el gran pacto suscrito ante escribano público el 7 de mayo de 1529, por el que se estableció su monopolio, lo cual en teoría debía beneficiar a todos los productores. El acuerdo estaba encabezado por el mismísimo presidente de la audiencia, Sebastián Ramírez de Fuenleal, los oidores, los oficiales reales y los regidores del cabildo que, con acuerdo de los principales hacendados, formalizaron una escritura por la que se estableció el estanco de la exportación. Básicamente se establecía que todo el comercio se canalizaría a través de Juan de la Serna, mercader burgalés residente en Santo Domingo, quien a su vez lo enviaría consignado a Sevilla a nombre de Melchor Carrión. Estos factores cobrarían el 6% de los beneficios de su venta. Existía la posibilidad de enviar la producción de la mitad norte de la isla desde Puerto Plata, Puerto Real y La Yaguana, siempre y cuando desde allí se remitiese un detallado registro a Juan de la Serna y se consignase, por supuesto, a Melchor de Carrión. La cañafístula se enviaría en pipas de 2,5 quintales o en vasijas que debían entregar los productores y envasar el factor de Santo Domingo, vendiéndose toda ella al precio de 6.000 maravedís el quintal. Se preveía también que se incorporasen al monopolio los productores de San Juan, Cuba y Jamaica, quienes deberían remitir el producto desde sus respectivas islas al citado mercader afincado en Sevilla. Los beneficios, descontado el porcentaje de los dos mercaderes, se invertiría en productos europeos de los que tanta necesidad había en las Antillas, es decir: vinos, harinas, aceite, jabón y productos textiles. Ahora bien, aquel productor que reclamase el dinero de la venta de su cañafístula lo podía solicitar a Melchor Carrión, como de hecho ocurrió en varias ocasiones. El acuerdo se pregonó por Francisco de Roa tanto en la iglesia mayor, el domingo nueve de mayo de 1529, como en la plaza mayor, trece días después.

A finales de ese año de 1529 ya estaba funcionando el monopolio, pues, Francisco de Jerez, mercader sevillano, esperaba recibir veinte quintales de cañafístola que vendrían consignadas desde Santo Domingo a nombre de Melchor de Carrión. El hecho de formalizarse un traslado de la escritura en Sevilla el 4 de abril de 1531 nos está indicando su uso por parte del interesado. El 10 de diciembre de 1532 se compelió a un tal Juan Sánchez de las Perlas a que pagase a Melchor de Carrión el valor de 80 quintales del producto que le había vendido. Nuevamente, en 1533, encontramos al citado Carrión vendiendo el producto en Sevilla y manteniendo algunos pleitos por la cobranza de distintos quintales vendidos. Sin embargo, todo parece indicar que el monopolio no funcionó correctamente por lo que apenas tuvo repercusiones económicas de significación. Álvaro Caballero, contador de La Española, atribuyó este fracaso a tres causas: primero, a la pronta marcha de su patrocinador el licenciado Sebastián Ramírez de Fuenleal, nombrado presidente de la audiencia de Nueva España el 11 de abril de 1530. Segundo, al hecho de que algunos no respetaron el monopolio y comercializaron por cuenta propia su producción. Y tercero, al bajo precio en que se fijó su venta, exactamente 16 ducados el quintal cuando, según Álvaro Caballero, cuando se traía de Alejandría se vendía a 35 o 40 ducados el quintal. Pero había dos causas más que no citó el contador: una, los altos fletes que se pagaban por su embarque, según denunció en 1545 el cabildo de Santo Domingo. Y otra, la fuerte oposición mostrada por los mercaderes sevillanos que veían con malos ojos un monopolio que sólo beneficiaba a los productores dominicanos, en detrimento de sus intereses. Lo cierto es que, antes de la formalización de la compañía, el bajo precio tenía arruinado el negocio y, tras el breve paréntesis monopolístico, en el que las cosas no fueron mucho mejor, volvió a hundirse su comercio, por los altos fletes y por los bajos precios a los que se cotizaba el quintal, ¡a un ridículo peso de oro! Y es que, en torno a 1540, su precio de venta era una décima parte de la cotización que alcanzó dos décadas antes.

Por todo ello, en 1541, Álvaro Caballero, contador de la isla, solicitó la renovación de la antigua compañía por seis años, pues si no se remedia en breve tiempo no habrá arboleda alguna de la dicha cañafístula. No obstante, no parece que dicha petición tuviese efecto porque, en adelante, la venta de la cañafístula se practicó libremente por productores y comerciantes. De hecho, en 1542, se estableció una compañía por la cual Francisco Beltrán enviaría el citado fruto al mercader Juan Rodríguez para que lo vendiese en la ciudad del Guadalquivir.

Hacia 1561 se produjo un nuevo intento de las autoridades locales de renovar el monopolio. Todo el producto de la isla y el de Jamaica, Puerto Rico y Cuba se debía mandar a Santo Domingo desde donde se remitiría a un factor en Sevilla. No obstante, desconocemos totalmente el alcance y los resultados de este nuevo estanco.

Entre 1568 y 1596 se registraron en Sevilla 3.865 quintales de cañafístula, un 39,24% procedente de La Española. El monto global de las exportaciones fue relativamente modesto. Suponiendo que se hubiesen vendido a 6.000 maravedís el quintal, precio en el que se mantuvo durante buena parte del siglo XVI, produjeron unos beneficios brutos de unos 62.000 ducados, de los que unos 24.000 pertenecían a productores dominicanos. Descontados los gastos de su elaboración, fletes, comercialización e impuestos, tendríamos unos beneficios anuales para la isla de menos de 500 ducados anuales. A juzgar por estos datos parece claro que la cañafístula pudo suponer un complemento económico para la precaria economía de la isla pero desde luego su rentabilidad fue muy inferior a otros productos como el azúcar o el cuero. No obstante, más allá de su rentabilidad económica, esta planta medicinal junto a otras que también se comercializaron, dieron una merecida fama a la isla de ser un auténtico vergel botánico.

En cuanto al jengibre, era una planta de origen oriental que se introdujo en la isla en el segundo cuarto del siglo XVI, pues ya en una carta del cabildo de Santo Domingo, fechada en 1533 se hablaba de este cultivo. Se le atribuían cualidades para aliviar los dolores de estómago además de utilizarse como especia en la cocina. En 1538, se firmó un asiento con Juan de Oribe para cultivar en exclusiva en La Española, y otras islas y Tierra Firme, jengibre, pimienta, malagueta, clavo, canela, nuez moscada y otras especias. A cambio, de tributar la mitad de los beneficios, el Emperador se comprometía a no permitir la entrada de especias desde fuera del Imperio. Desconocemos, si este asiento llegó a tener consecuencias prácticas. Probablemente el silencio de la documentación posterior nos esté indicando un fracaso prematuro. Lo cierto es que su explotación no adquirió un carácter intensivo hasta los años setenta. Ya en 1572 la audiencia informó que, pese a que era un cultivo muy apto para aquellos territorios, los vecinos no se empleaban en ello porque la competencia del género procedente de otros reinos había provocado que “no tuviese salida”. Las circunstancias debieron mejorar cuando, pocos años después, algunos vecinos de la isla, como los hermanos Rodrigo y Hernando Peláez, naturales ambos de Martos (Jaén) y Juan Sánchez Bueno, se dedicaron de lleno a dicho cultivo. En octubre de 1578 el guardián del convento de San Francisco recibió una caja con azúcar y jengibre dominicano que pesó 22 arrobas y cinco libras y que trajo a Sevilla un navío de que fue maestre Antonio Beloso. Había algunas compañías dedicadas a su exportación; así por ejemplo, Diego de Monroy, clérigo, natural de Zafra y residente por esos años en Santo Domingo, se dedicaba al envío de jengibre consignado al doctor Simón de Tovar, residente en Sevilla. En la última década del siglo también funcionaba una compañía entre Jerónimo Pedrálvarez, vecino de Santo Domingo y Pedro Díaz de Abreu, mercader residente en Sevilla. El primero mandaba jengibre y dinero en efectivo al segundo y éste enviaba pipas y botijas de vino.

Una buena parte del jengibre que llegó a Sevilla entre 1576 y 1597 procedía de La Española, mientras que el resto era de Puerto Rico y de Cuba. Concretamente, del jengibre que conocemos su origen, el 79,26% era dominicano, por lo que aplicando ese porcentaje a la suma total obtenemos que en el último cuarto del siglo XVI llegaron procedentes de la isla más de 28.364 quintales, a una media de 1.350 quintales anuales. Una cantidad nada despreciable, teniendo en cuenta que en 1584 se pagaba la libra de jengibre entre 48 y 52 maravedís. Y es que esta especia representó en los años 80 más del 40 % del valor de todas las exportaciones registradas en Sevilla, solo por detrás de los cueros vacunos. Los propios cultivadores dominicanos tasaron en 1580 el valor anual de la cosecha de jengibre en torno a los 200.000 ducados. Sin embargo, pese a su explotación masiva, a corto y medio plazo padeció los mismos problemas que el resto de las producciones agropecuarias de la isla, a saber:

Primero, los fletes, pues la cargazón no sólo era cara sino que había un desfase entre la fecha de la recolección y la del envío. Al parecer, los barcos debían estar en La Habana cargados a lo largo del mes de abril o a principios de mayo. Sin embargo, dado que la cosecha no quedaba preparada hasta finales de mayo debían embarcar en abril la producción del año anterior, ya deteriorada por el transcurso de los meses.

Y segundo, el precio de venta del género experimentó un progresivo descenso, básicamente por el aumento de la oferta. Así, en 1587 y 1588 se estimaba que se pagaba a un precio tres veces inferior al que alcanzó a comienzos de esa década. Por estos dos motivos su cultivo redujo ostensiblemente el margen de beneficio de los productores dominicanos. En reiteradas ocasiones, el cabildo de Santo Domingo pidió que, dado que fue en esta isla donde se sembró por primera vez, se prohibiese su cultivo en cualquier otro territorio. El celo monopolístico de los productores de Santo Domingo, les llevó incluso a prohibir su cultivo en el obispado de Concepción de la Vega, lo que provocó, con razón, protestas de los vegueros. Lo cierto, es que la Corona no aceptó semejante monopolio que a fin de cuentas sólo beneficiaba a los productores dominicanos. Todos estos problemas hicieron que el cultivo terminara a medio plazo colapsado. Todavía en el censo de 1606 se contabilizaron nada menos que 85 propietarios de estancias de jengibre en Santo Domingo, sin embargo, tres décadas después había dejado de ser uno de los artículos de la exportación dominicana.

Mucha menos importancia tuvo el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que entonces se valoraba más por sus supuestos beneficios para la salud. Al parecer, los indios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis, mientras que su resina se utilizaba como sudorífico. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente las virtudes del Guayacán para remediar la sífilis que por aquel entonces azotaba Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades.

La explotación continuó en los años sucesivos, pues, entre 1561 y 1596 se remitieron otros 13.092 quintales de los que el 87% procedía de La Española y Cuba. Incluso, algún cargamento se reexportó fuera de España. Así, el 22 de junio de 1581, Nicolás Lambertengo y Rigardo Siardo, mercaderes lombardos, remitieron para su venta en Venecia 102 quintales de palo de guayacán así como tres cajas de cortezas del mismo árbol, con un peso de 42 arrobas, por un valor de 164.197 maravedís. Sin embargo, esta exportación fue excepcional, y a juzgar por las cifras globales, no parece que el guayacán jugara un papel significativo dentro de la economía de la isla.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

LORENZO SANZ, Eufemio: “La producción y el comercio de las plantas medicinales, alimenticias, maderas preciosas, cueros vacunos y productos diversos recibidos de Indias en el reinado de Felipe II”, Boletín Americanista. Barcelona, 1978.

 

-------- Comercio de España con América en la época de Felipe II, T. I. Valladolid, Institución Cultural Simancas, 1986.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Sanidad e instituciones hospitalarias en las Antillas (1492-1550)”, Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, Col. XLVI. Madrid, 1994.

 

--------- La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Como es bien sabido el 16 de noviembre de 1532 los españoles consiguieron apresar al Inca Atahualpa en la plaza de la ciudad de Cajamarca. Los hispanos a su entrada en la ciudad no encontraron un trofeo de consideración, pero sí en el campamento de las afueras. Justo al día siguiente, por la mañana, salió Hernando de Soto con treinta jinetes para verificar si había ejércitos enemigos en el entorno. Se dirigió al reducto de Pultumarca y pudo comprobar que todos los jefes habían huido, dejando atrás lo siguiente: ochenta mil pesos de oro, siete mil marcos de plata, perlas, esmeraldas, piezas textiles y varios miles de posibles esclavos y esclavas. Pero lo mejor estaba por llegar, cuando el cautivo ofreció el fabuloso rescate. Prometió una sala de 6,12 metros de largo por 4,72 de ancho -28,88 m2- hasta una altura de 2,35 metros llena de oro y el doble de esa cantidad en plata, aunque eso sí, sin quebrar, concediéndole el beneficio del hueco. Y todo en un plazo máximo de cuarenta días. Francisco Pizarro se mostró encantado y sorprendido por la propuesta que, por supuesto, aceptó. Y lo hizo de manera formal, llamando a un escribano para que escriturara el compromiso en los términos exactos. La liberación solo se produciría cuando hubiese cumplido su promesa aurífera. Evidentemente, ambas partes sabían que la liberación nunca llegaría. Sin embargo, teatralizaron el acuerdo del que los dos obtenían algunas ventajas temporales: el Inca conseguía tiempo, lo cual era vital para poder organizar una eventual ofensiva que lo liberase, mientras que al trujillano le venía bien un armisticio temporal, a la espera de la llegada de los refuerzos de Diego de Almagro. Además, de paso, parecía una buena idea que las propias víctimas se encargasen de transportar y de hacer llegar su patrimonio a manos de los perpetradores. Un negocio redondo para unos y lastimoso para otros. Lo cierto es que ambos jugaron sus cartas, a sabiendas de que sólo uno se saldría con la suya.

Este pacto posibilitó que una parte del metal precioso del incario comenzase a fluir hacia Cajamarca. Pero como no entraba con toda la rapidez que los captores querían, enviaron dos expediciones: una, formada por algunos voluntarios, entre los que se encontraban Pedro Martín de Moguer, Juan de Zárate y Pedro Martín Bueno, para que fueran a Cusco a agilizar el envío. Y la otra, encabezada por Hernando Pizarro con el mismo cometido, pero que aprovechó la ocasión para saquear el templo sagrado de Pachacamac, a principios de abril de 1533. Este santuario yunga, cercano a la costa, era el templo más devoto que poseían los naturales, por ello no extraña que algún cronista dijera que era para ellos como la Meca entre los moros. El 14 de abril de ese año regresó a Cajamarca, trayendo en sus alforjas veintisiete cargas de oro y dos mil marcos de plata.

La fundición del metal en barras quilatadas de oro y plata comenzó el 13 de mayo de 1533, pues el día antes fue pregonada la apertura de la fundición por voz del pregonero Juan García. El fundidor sería Pedro Díaz de Rojas, un experto que Diego de Almagro había enviado personalmente desde San Miguel. También colaboraron artesanos indígenas. El 17 de junio de 1533, más de un mes antes de la condena a muerte del Inca, se procedió al reparto oficial del botín, levantando acta detallada el escribano calagurritano Pedro Sancho de la Hoz. Tras fundirlo en barras, sacado el quinto, el oro repartido entre los presentes ascendió a 1.326.539 pesos de oro y la plata a 51.610 marcos. Esa es la cifra que consta en el registro oficial, redactado por Sancho de la Hoz, y que ratifican otros historiadores posteriores. Sin embargo, esa cantidad fue solo una parte de lo fundido. El propio Fray Antonio de la Calancha escribió que lo que se ocultó fue veinte veces más de lo que se señaló en el registro oficial. Y aunque es posible que la afirmación del agustino sea exagerada no lo es menos que se excluyeron diversas partidas, a saber: para empezar, no se reflejaron un buen número de piezas meritorias que se sacaron de la fundición, como el trono inca de oro macizo, evaluado en 25.000 pesos de oro que se quedó para sí el gobernador. Tampoco se contabilizaron los 15.000 pesos de oro que el gobernador mandó sacar para los treinta enfermos que quedaron en San Miguel o los 8.000 que se apartaron para entregárselos a Hernando Pizarro que fue a explorar las cosas de la tierra. Asimismo, quedaron sin registrar los 100.000 ducados que se reservaron para Diego de Almagro y a sus hombres. Y finalmente hay que añadir que en general, según Pedro Cieza, todo el oro se quilató a la baja de manera fraudulenta, para eludir el fisco. Realmente, el fraude y la ocultación de capitales fue algo habitual en toda la conquista, y la del Perú no fue una excepción. Y en este sentido, las palabras de Diego de Almagro el Mozo, pese a su parcialidad, son elocuentes:

 

Por su propia autoridad, muchas y diversas veces hizo fundición y fundiciones, sin manifestar lo que era de rescates y enterramientos ni lo que pertenecía a su Majestad, teniendo muchos fraudes para lo encubrir de los oficiales de su Majestad, lo cual fue público y notorio en la ciudad del Cusco, Jauja, Cajamarca y esta ciudad y otras partes y no solamente él y sus criados y por su mandado lo hacían, antes consintió a otros muchos sus amigos y parciales porque encubriesen lo suyo”.

 

 

Y más adelante, el mismo vuelve a insistir en los fraudes que cometió en esas tres ciudades, por los pesos falsos que tuvo y porque consintió que hiciesen fundiciones en casas particulares. Por tanto, quede claro que las cifras ofrecidas son las declaradas oficialmente, pero es seguro que la cuantía real debió ser muy superior.

Una vez sacados los derechos del fundidor –el 1 por ciento- y el quinto real se procedió a su reparto, adoptándose el siguiente criterio: los de a caballo cobrarían 8.880 pesos de oro y 362 marcos de plata, y los de a pie a groso modo la mitad. Los principales beneficiarios fueron el gobernador y Diego de Almagro, pues entre los dos fundieron el 59,67 por ciento de todo el oro que se registró.

Pero al margen del rescate, se fundieron más de 16.380 pesos de oro que los miembros de la hueste habían obtenido desde la última fundición en San Miguel de Tangarara. Asimismo, se registraron esmeraldas y perlas, cuya tasación y venta superó el millón de maravedís. No era gran cosa pero, junto al algodón y a los esclavos completaban la suculenta presa que obtuvieron de Atahualpa. A corto plazo hubo un buen número de personas que se hicieron inmensamente ricas; aproximadamente los de a caballo se hicieron con ¡40 kilos de oro y el doble de plata! y los de a pie, más o menos, la mitad. Sin embargo, el gobernador se arrojó la potestad de dar más o menos a cada uno en función a su participación en el combate y a la calidad de las personas, lo que provocó cierto descontento entre los menos afortunados. La parte más grande del pastel se la llevó Francisco Pizarro, con cerca de 300 kilos de oro y casi el doble de plata, sus hermanos y Hernando de Soto que se embolsó el metal precioso equivalente a dos caballeros. Los hermanos Pizarro sumaron entre los cuatro más de la décima parte de todo el botín.

Pero a la mayoría la estrella les duró poco. Muchos de los que se quedaron lo perdieron todo en poco tiempo, debido fundamentalmente a una auténtica revolución de los precios que terminó devaluando sus fortunas. El propio sistema pre-capitalista lo generó, al haber una gran cantidad de oro –apenas circulaba vellón- y una gran escasez de mercancías europeas de todo tipo, desde herramientas, a caballos, pasando por productos alimenticios o textiles, los precios se dispararon. Según Francisco de Jerez en aquel tiempo se vendían caballos por más de tres mil pesos de oro y una pequeña botija de vino de tres azumbres hasta por sesenta pesos. En pocos años el metal precioso pasó de las manos de estos intrépidos y sacrificados guerreros, que tanta sangre habían hecho correr para conseguirlo, a los negociantes, comerciantes y mercaderes. El gobernador dio autorización a aquellos que estaban enfermos, envejecidos o con alguna lesión que les impedía proseguir la expansión. Unos sesenta, es decir, la tercera parte de los participantes en la celada de Cajamarca, decidieron embarcarse para España, a disfrutar de su dinero. A la mayoría de los retornados les fue bastante mejor que a los que decidieron permanecer en Perú. Y ello porque en Nueva Castilla la abundancia de oro y plata devaluó su valor, a diferencia de lo que ocurrió en España que la depreciación de la moneda fue más paulatina. Por ello, un simple soldado como Juan Ruiz, pudo vivir en su Alburquerque natal, rodeado de toda una corte de escuderos, criados, pajes, lacayos, esclavos y paniaguados. Menos suerte tuvo el segureño Diego Mexía, que trajo una buena fortuna, llegó a Sevilla a primeros de 1534 y aunque era muy joven apenas pudo disfrutar unos años de la misma, pues falleció sin descendencia a primeros de abril de 1540. Peor le fue a Juan García de Santa Olalla, pues la nao San Médel en la que regresaba a España en 1536 fue asaltada y robada por los corsarios. Dada la situación de indigencia en la que quedó decidió regresar al Perú, aunque la suerte no le volvió a sonreír.

El oro de la infamia pasó del tirano quiteño a las manos manchadas de sangre de los conquistadores y de ahí a los comerciantes y mercaderes que no tardaron en inundar los mercados europeos con todo este metal precioso, engordando y espoleando al capitalismo. Ocurrió lo de siempre, es decir, que las huestes eran sólo los peones del sistema; ellos se jugaban la vida, sufriendo para colmo el juicio de la historia, mientras que oportunistas, burócratas y financieros se quedaban la fortuna y además con la conciencia tranquila. Una constante en la historia que sigue ocurriendo en pleno siglo XXI.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

LOCKHART, James: Los de Cajamarca. Un estudio social y biográfico de los primeros conquistadores del Perú. Lima, Editorial Milla Batres, 1986.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Francisco Pizarro: El ocaso del incario y el nacimiento del Perú. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2015 (en prensa).

 

SANCHO DE LA HOZ, Pedro: “Relación de la Conquista del Perú”, publicada en Cronistas de Indias Riojanos. Logroño, Instituto de Estudios Riojanos, 2011.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        En 1968 se fundó el célebre Club de Roma por un grupo de científicos que cuatro años después publicaron su primer texto: el informe Meadows, llamado así por el apellido de su autora principal la biofísica Donella Meadows. En dicho documento se alertaba sobre los límites del crecimiento y sobre otros problemas que empezaba a sufrir el mundo y que, de no producirse un cambio, amenazaría la propia subsistencia del ser humano. Desde entonces se comenzaron a celebrar las Cumbres Mundiales de medioambiente, aparecieron Organizaciones no gubernamentales ecologistas, como la pionera Greenpeace y cientos de científicos corroboraron el problema que se avecinaba.

        Por tanto, está claro que hace décadas que sabemos que el capitalismo lleva intrínseca su propia autodestrucción porque se basa en el consumo ilimitado cuando los recursos del planeta son limitados. Desde la I Revolución Industrial, el desarrollo se ha sustentado sobre el consumo de energías fósiles, primero el carbón y, después, el petróleo y el gas. Su consumo va a seguir aumentando en los próximos años por la industrialización de los países emergentes.

Pero es más, hace varios lustros que conocemos posibles soluciones a esta crisis ecológica que está provocando el capitalismo; existen diversas propuestas: una propuesta muy conservadora, adaptada a aquellos que piensan que el capitalismo es insustituible, se llama el capitalismo verde. Esta doctrina pretende mantener el consumismo pero bajo una apariencia ecológica: desarrollo sostenible, coches ecológicos, líneas de alimentos ecológicos, etc. Se trata de cambiar la apariencia para que lo esencial del sistema capitalista siga funcionando. Existen otras propuestas más serias y también más radicales como la del decrecimiento que defienden los ecosocialistas. Para ellos, si queremos evitar el colapso, es necesario decrecer, es decir, disminuir drásticamente el consumo. Se trataría, como ha escrito Jorge Riechmann, de sustituir la actitud consumista ante la vida y mirar a la creación como forma de realizarnos: el arte, la poesía, la filosofía… son materias que nos permiten realizarnos personalmente, sin dañar el medio ambiente.

        De no ocurrir este decrecimiento, vaticinan grandes males para la humanidad. Las energías fósiles se agotarán en pocas décadas y no parece que las alternativas estén en condiciones de sustituirlas en estos momentos. La energía se encarecerá progresivamente. Pero hay algo peor, los alimentos básicos escasearán y su precio se multiplicará. Se calcula que en el mundo hay unas 13.000 millones de hectáreas bioproductivas, es decir 1,8 hectáreas por persona. El aumento poblacional -10.000 millones de personas en el 2.060-, unido al cambio climático y a la desertización van a reducir drásticamente la producción provocando hambre y migraciones a gran escala. Las multinacionales lo saben y llevan algunos años comprando miles de hectareas de tierra fértil en África y en Asia. También, escaseará el agua potable de calidad.

Hoy 18 de junio de 2015 el Papa Francisco nos ha sorprendido con la publicación de la encíclica “Laudato si” en la que básicamente alerta de la amenaza que sufre nuestra casa –el planeta Tierra- debido al cambio climático, a la pérdida de la biodiversidad y a la escasez de agua dulce. Con respecto a las soluciones el Pontífice se muestra esperanzado por la capacidad del ser humano para cambiar el rumbo de la historia. Para ello, además de rezar, se hace necesario cambiar el estilo de vida.

Bueno, como se puede observar, la encíclica no aporta absolutamente nada a lo que ya sabíamos. La Iglesia asume como propia la doctrina ecológica, aunque eso sí, con un retraso de casi medio siglo. Pero bueno la Iglesia lleva dos milenios llegando tarde a todos los cambios políticos, económicos, sociales y culturales. En esta ocasión el retraso ha sido de solo medio siglo porque en otras cuestiones se arrepintió o reconoció los errores varios siglos después. Recuérdese que hasta el 12 de enero de 2000, en un documento titulado Memoria y Reconciliación, no pidió perdón por los excesos cometidos en nombre de la Iglesia y de Dios en la conquista y evangelización de las Indias.

Ahora bien, dicho esto, bienvenida sea la encíclica ecológica y el cambio de actitud de una institución siempre tan anquilosada y conservadora como la Iglesia. Solo añadir un par de consideraciones: por un lado me asusta bastante pensar cómo se estará poniendo el panorama para que hasta la Iglesia se haya sumado al movimiento ecológico. Debemos estar en una situación límite. Y por el otro, me parece muy positiva su incorporación pues hasta la fecha parecía que militar en el ecologismo era propio de comunistas, anarquistas o como mínimo de “progres”. La incorporación oficial de la Iglesia a la doctrina ecológica puede significar un empuje hacia adelante de este movimiento. Cuando el Papa habla de cambiar el estilo de vida y volver a la sobriedad está defendiendo sin explicitarlo las posiciones decrecentistas y ecosocialistas. Ideas que debería asumir toda la humanidad si queremos evitar la catástrofe que se avecina en cuatro o cinco décadas.

Y efectivamente como afirma el Pontífice estamos a tiempo de cambiar el mundo. Si los católicos quieren rezar que recen, no hay problema, pero también hay otras sencillas reglas propuestas por Carlos Taibo que pueden ayudar mucho más al necesario cambio: una, recuperar una vida social que, a su juicio, nos ha sido robada, es decir, las relaciones sociales pausadas de nuestros antepasados. Dos, Desplegar fórmulas de ocio creativo, ajenas al consumismo. Tres, redistribución de la carga laboral, trabajo para todos aunque en menos cantidad y una renta básica que nos permitan satisfacer las necesidades no acumular. Es necesario recuperar el espacio público. Cuatro, reducir las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte. Quinto, restaurar la vida local, la autogestión y la democracia directa, poniendo freno a la globalización desbocada. Y sexto, recuperar voluntariamente y a nivel individual la sencillez y la sobriedad de antaño.

En pocas palabras, renta básica, austeridad, reducción del consumo, estímulo de la economía local frente a la global y reciclaje y reutilización. Ésta es la receta y ahora tenemos nada menos que al Papa de nuestra parte. Espero que nunca más me tilden de “progre” o de utópico. ¡Suerte!

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Aunque parezca increíble ya en el siglo XVI, el mundo se encontraba en un avanzado estado de globalización. Miles de personas emigraban de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, al tiempo que numerosos indígenas americanos llegaban a territorio europeo. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

En este mundo globalizado la propaganda jugaba ya un papel esencial, similar al que pueden representar hoy en día las redes sociales. Sobre este aspecto quiero llamar la atención, centrándome en el caso llamativo del metellinense Hernán Cortés. Éste fue un personaje hábil y calculador que se encargó personalmente de crear toda una literatura en torno a su persona, utilizando su oratoria, sus dotes de escritor y rodeándose de biógrafos oficiales de la talla de Francisco López de Gómara o de Francisco Cervantes de Salazar. Forjó su propia leyenda y, como buen político, tuvo una capacidad excepcional para tergiversar los hechos a su antojo, para presentar como éxitos sus propios fracasos, y para culpar a otros de sus males. Sus propias Cartas de Relación pasan por ser el primer gran best seller de la historia, los ejemplares se vendieron por miles y se tradujo en pocos años a cinco idiomas. Ahí comenzó la leyenda de Cortés que en parte continúa en pleno siglo XXI.

El resultado fue la perpetuación hasta mediados del siglo XX de dos leyendas infundadas en torno a su principal rival, Francisco Pizarro: una, la del porquero bastardo, analfabeto y cruel despreciado por todos y otra, la idea de que fue un vulgar imitador de las estrategias cortesianas.

Empezando por la leyenda porcina diremos que fue creada y divulgada por Francisco López de Gómara, quien no dudó en atacar y ridiculizar a todo aquel que pudiera hacerle sombra a su héroe. Según su testimonio, no sólo se pasó su infancia y juventud rodeado de piaras a las que cuidaba sino que en el momento de su nacimiento fue amamantado por una cerda. Aquello guardaba parentescos con el origen legendario de Rómulo y Remo pero obviamente no eran exactamente equivalentes la leyenda lupina y la porcina. La primera trataba de ensalzar a sus protagonistas y la segunda justo de lo contrario. Pero lo peor de todo es que esta leyenda se ha perpetuado hasta el mismísimo siglo XXI.

La segunda leyenda perpetuada por el mismísimo Hernán Cortés, decía que el trujillano fue un mero imitador de las estrategias de su sobrino. Efectivamente, la literatura se ha encargado de vincular la conquista del Perú con la de México y de convertir a aquella en deudora de ésta. Desde el mismo siglo XVI se generalizó la idea de que el trujillano lo tuvo presente en todo momento, entre otras cosas por la mayor antigüedad de la obra cortesiana que, desde mediados de los años veinte del siglo XVI, todo el mundo conocía. Y se aducía que el trujillano admiraba tanto al Gran Capitán como a su pariente Hernán Cortés, pues además de usar zapatos y sobreros blancos como el primero, en ocasiones especiales, como en su entrada en Cusco tras la ejecución de Almagro, le gustaba ponerse un ropaje de martas que le había regalado el segundo.

En las siguientes páginas trataré de demostrar que esta supuesta deuda no es más que otro apartado de la leyenda cortesiana. Una leyenda que se encargó de situar en un primer plano a Hernán Cortés y la conquista de México y a la sombra de éste, en un velado segundo plano, a Francisco Pizarro y la conquista del Perú. Pero desmontemos el mito paso a paso.

Hay quien dice que coincidieron en España, según unos en La Rábida, mientras que otros afirman que en Toledo o en Sevilla. Las fechas no coinciden ni para La Rábida ni para Toledo ni tan siquiera para Sevilla, en los primeros meses de 1530 cuando ambos gestionaban su reembarcarse, uno para Nueva España y el otro para Nueva Castilla. Por tanto, todo parece indicar que no coincidieron personalmente lo que no es óbice para que después de la caída de Tenochtitlán todos soñaran con encontrar un gran imperio y emular las hazañas del metellinense. Y el trujillano era el primero que no quería ser menos, soñando con encontrar un monarca lo suficientemente poderoso para conquistar la gloria. Pudo haber marchado mucho antes a España a pedir una gobernación en cualquier lugar de Tierra Firme, pero no quería ser como Pedrarias Dávila, Cristóbal de Olid o Diego Velázquez sino como Hernán Cortés. Por ello, en cuanto tuvo la certeza de la existencia del riquísimo y poderoso estado supo que había llegado su oportunidad, marchando con toda presteza a la Corte, con el objetivo de obtener una capitulación.

Es cierto que en el proceso de conquista se observan paralelismos que han llevado a pensar a la historiografía que el trujillano se inspiró continuamente en las estrategias de su sobrino. Sin embargo, como ha recordado Matthew Restall, existía una forma de hacer la guerra indiana que comenzó en La Española en 1493 y que se basaba en tres premisas: primero, en el uso de la caballería, arma contra la que sus oponentes tenían pocos recursos defensivos. Segundo, la guerra psicológica, impresionando a las tropas indígenas con prácticas aterrorizantes. Y tercero, la captura del jefe local para conseguir el sometimiento del resto de la población. Estas estrategias se usaron ya en 1493 con la captura de Caonabo que fue apresado, torturado y ejecutado para someter a su cacicazgo. Esta misma estrategia fue usada por los españoles de forma reiterada hasta el final de la conquista.

Así por ejemplo se ha dicho que los sucesos de la isla del Gallo, en plena segunda empresa del Levante, estuvieron inspirados en el casi legendario desguace de los barcos en Veracruz. Sin embargo, es obvio que ambos hechos ocurrieron en circunstancias muy diferentes y cualquier paralelismo es mera coincidencia. De vuelta en el Perú, en su tercera y definitiva expedición, lo primero que hizo fue fundar la ciudad de San Miguel, en la retaguardia, para dejar a los enfermos. Y nuevamente se dice que emuló a su pariente pues San Miguel fue algo así como el Veracruz peruano, pues el motivo de ser de sus respetivas fundaciones fue el mismo. Sin embargo, nuevamente hay que decir que la fundación de un campamento o núcleo poblacional en la retaguardia era una estrategia ampliamente usada en la guerra desde la antigüedad.

Los tratos con Atahualpa y el intento de apresarlo sin disparar ni un solo tiro, también se han vinculado con los hechos de Nueva España, como destacara ya en siglo XIX William Prescott y en la centuria siguiente otros muchos historiadores. Incluso, Guillermo Lohmann Villena le parece indubitable que en la captura de Atahualpa, Pizarro tuvo presente la forma en la que Cortés aprisionó a Moctezuma. Y ello a pesar de las diferencias, pues mientras el inca ofreció resistencia a su captura el mexica prácticamente se entregó. Sin embargo, ya hemos dicho que esta estrategia de captura del jefe local la había usado el propio trujillano en sus correrías por el istmo de Panamá.

        Otra idea mil veces repetida y no por ello cierta, es la que afirma que su afán por conseguir adhesiones dentro de los indígenas fue inspirado igualmente por el proceso de conquista de Nueva España. Y obviamente tenía antecedentes cortesianos, como no podía ser de otra forma, porque sucedió una década antes. Así, el trujillano se encargó de establecer alianzas con pueblos indígenas que habían sido sometidos tan solo unas décadas antes por los incas y que añoraban su antigua libertad. Es conocida la alianza con Martín Cajacimcim, curaca del valle de Moche, en el corazón del antiguo reino Chimú. Este reino había sido sometido entre los años 1460 y 1470 y vieron en la llegada de los extranjeros una oportunidad para recuperar una parte del poder perdido. El trujillano estableció con ellos lazos fraternales que le ayudaron en la conquista y a los que, a cambio, concedió cierta autonomía y algunos privilegios. Así, pues, tanto la conquista de México como la del incario fueron en buena parte una guerra entre indios, aunque eso sí, premeditada, dirigida y planeada por los hispanos.

        Pizarro fue un experimentado guerrero, un hombre de armas que se había curtido a sí mismo. Cuando Francisco Pizarro inicia su campaña conquistadora tenía una gran baza a su favor: conocía específicamente la forma de guerrear de los nativos. Era lo que entonces se llamaba un baquiano, es decir, un veterano en la guerra indiana, aclimatado a la tierra, frente al chapetón que era el recién llegado. Hay que descartar rotundamente la idea de que fue un simple imitador de las tácticas de su sobrino. En realidad, su capacidad estratégica en la guerra indiana era fruto de un proceso de acumulación de conocimientos que empiezan quizás en Italia y se continúan en el Caribe, Panamá y el Perú. La combinación de estas experiencias no pudo ser más letal para los desdichados quechuas. El propio Francisco Pizarro confesó al padre fray Vicente de Valverde que, por su experiencia de dos décadas de lucha con los nativos, sabía que la clave de la victoria era prender al señor principal. Bastaba con identificar al líder, que solía estar en un lugar muy visible, acometerlo y prenderlo para que su ejército se sintiese derrotado. Fernández de Oviedo le preguntó a un hidalgo de la hueste de Hernando de Soto que por qué prendían siempre a los curacas a lo que respondió que lo hacían para que sus súbditos se quedasen quietos y no estorbasen sus robos.

Con posterioridad a la conquista, mantuvo algún contacto muy esporádico. Precisamente, envió una misiva a su sobrino pidiéndole su ayuda, con motivo de la rebelión de Manco Cápac que a punto estuvo de recuperar el Tahuantinsuyu.

Pero lo más sorprendente es que en pleno siglo XX, escritores como Carlos Pereyra, han continuado ensalzando tanto al de Medellín como ridiculizando y difamando hasta extremos insospechados al trujillano. Defiende que Francisco Pizarro nunca pasó de ser un vulgar imitador del talento cortesiano, pues en toda la conquista del Perú no hubo ningún episodio comparable al de la Noche Triste o a los del sitio de la Gran Tenochtitlán. Caso aparte, es el de Antonio S. de Larragoiti que en su biografía de Núñez de Balboa, responsabiliza de su muerte a Francisco Pizarro a quien califica de traidor, usurpador, granuja, asesino y mentiroso. Para él, su asesinato en Acla fue fruto de la conjura del trujillano, quien le usurpó el mérito del descubrimiento del Perú. Pero digo que es un caso aparte, porque equivocó la diana, pues el responsable directo y único fue el segoviano Pedrarias Dávila, sin que aquél tuviese la más mínima capacidad decisoria. Además, hablar de usurpación del descubrimiento del Tahuantinsuyu parece anacrónico, pues cuando el jerezano fue ajusticiado en Acla todavía faltaba más de una década para que ese hecho se produjese.

Incluso biógrafos más o menos asépticos, como Rosa Arciniegas, persuadida por los biógrafos cortesianos, se refirió a él como un miserable trujillano, sin la genialidad militar o política de Hernán Cortés. Toda esta prensa antipizarrista pone de manifiesto una vez más el poder de manipulación que ya por aquel entonces tenía la imprenta. Tanto Cortés como Pizarro ganaron un imperio, pero el primero ganó también la batalla de la retorica, cuyas consecuencias todavía se aprecian en pleno siglo XXI.

 

PARA SABER MÁS

 

GRUZINSKI, Serge: “Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización”. México, Fondo de Cultura Económica, 2010

 

LARRAGOITI, Antonio S.: “Vasco Núñez de Balboa”. Madrid, Talleres Gráficos Victoria, 1958.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés: el fin de una leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2010.

 

------ “Francisco Pizarro: una biografía para el siglo XXI”. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2015 (en prensa).

 

PEREYRA, Carlos: “Francisco Pizarro y el tesoro de Atahualpa”. Madrid, Editorial América, s.a. (h. 1915).

 

 RESTALL, Matthew: “Los siete mitos de la conquista española”. Barcelona, Paidós, 2004.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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Las minorías étnicas o religiosas estuvieron en teoría excluidas de la emigración a las Indias. La Corona quiso extender en el Nuevo Mundo la religión Católica, pues, no en vano, la donación papal estuvo condicionada por la evangelización que se debía llevar a cabo sobre los aborígenes. Sin ir más lejos, las Leyes de Indias sintetizan bien ese sentido de la colonización como medio de que sus habitantes progresaran “al máximo en cristiandad y policía”. Por tanto, desde la época de Isabel la Católica se intentó evitar que los judíos, moros y demás perseguidos por la Santa Inquisición pasasen al Nuevo Mundo, pues se pensaba que podían hacer gran daño en la evangelización del indio americano.

         La persecución fue especialmente estricta con los judeoconversos. Las razones de tal prohibición las expuso el propio Emperador Carlos V, en 1526, con una sorprende claridad, según podemos ver en las líneas siguientes:

 

        “Porque he oído decir que está proveído y mandado que ningún sospechoso en la fe o infame o públicamente por esta causa penitenciado o los deudos cercanos de ellos, no pasen allá; es cosa muy razonable que así se guarde, porque es tierra nueva e iglesia nueva y muy tierna y como siempre entre cristianos haya contiendas podría de aquí nacer escándalos a los nuevos y tiernos en la fe que son vivísimos y tendrían causa de dudar y otras causas que hay, por donde me parece provisión santa...”

 

Las prohibiciones dirigidas hacia estos conversos se repitieron a lo largo de la primera mitad del siglo XVI en numerosas ocasiones, a saber; 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Sin embargo, dentro de esta legislación prohibitiva que pesó sobre los judeoconversos hubo una sola excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513, aunque se siguió usando al menos hasta 1518. Lo que se concedió no fue una habilitación total en las mismas condiciones que las del resto de los vecinos castellanos, como algunos historiadores habían creído, sino un permiso con enormes restricciones, como veremos seguidamente. En 1511 lo que se autorizó fue a que los recién convertidos pudiesen permanecer por un máximo de dos años según se refleja claramente en el texto que mostramos en las líneas que vienen a continuación:


        "Que podáis ir y tratar a las Indias y estar en ellas por espacio de dos años desde el día que llegaredes y que no estéis más en cada viaje, y asimismo, podáis ir y tratar por mar y por tierra a cualquier parte de cristianos y usar de otras cualesquieras cosas que han sido vedadas según que los otros fieles y católicos cristianos las usan y viven y tratan, todo lo cual que de suso y en esta mi carta se contiene, quiero y es mí voluntad y merced que de hoy día de la fecha de esta mi carta en adelante podáis usar y ejecutar bien y cumplidamente sin que vos sea puesto embargo ni impedimento alguno...”

 

Por otra Real Cédula, al parecer complementaria, otorgada unos meses después se señalaba la principal vejación a la que estarían sometidos estos judeoconversos, es decir, que no podrían usar oficios en las Indias, alegando que así está “prohibido y vedado por leyes y pragmáticas de estos Reinos...” La prohibición fue aplicada a todos los perseguidos por la Santa Inquisición, al menos en lo que hemos podido ver en esta primera mitad del siglo XVI, y muy a pesar de que Hevia Bolaños afirmó que sólo afectaba a los recién convertidos y no a los viejos descendientes de moros y judíos.

        Otra de las inhabilitaciones a las que estuvieron sometidos fue la de la posesión de encomienda tal y como se muestra en un auto llevado a cabo, en 1529, contra un encomendero descendiente de judíos en el que le fueron, finalmente, arrebatados sus indios. Por tanto, tenemos en lo que a legislación se refiere, una prohibición al paso de los perseguidos por la Santa Inquisición que tan sólo se quiebra brevemente en 1511 y con múltiples inhabilitaciones.

Sin embargo, vamos a ver a continuación como la realidad de la emigración de este grupo marginado va a ser bien distinta. Bien es cierto que los casos de judeoconversos y moriscos andalusíes los vamos documentando a cuenta gotas, dada la ausencia de documentación. Obviamente, la mayoría llegó al margen de la Casa de la Contratación y hasta dónde pudo, dejó el menor rastro posible de sus orígenes, cambiando sus apellidos.

Pero nadie duda que su presencia en el Nuevo Mundo se remonta a los tiempos del propio Cristóbal Colón, hasta el punto que hay serias sospechas de que el propio almirante genovés lo era. Efectivamente, desde los primeros momentos América se convirtió en refugio para aquellas personas perseguidas en España por la Santa Inquisición, constituyendo el Nuevo Mundo una auténtica válvula de escape, como confirman además las reiteradas prohibiciones en este sentido. Ya en una carta de los Jerónimos, fechada en 1517 y dirigida al Cardenal Cisneros, decían que “acá se dice que hay muchos conversos y herejes que vienen huyendo de la Inquisición, y hemos sido informados que hiciésemos de ellos información a vuestra Reverendísima Señoría para que lo remediase...” Estas informaciones debieron de llegar a oídos del Rey que no tardó en ordenar a los oficiales de la Casa de la Contratación que cuidasen especialmente de que no pasasen conversos, pues, por culpa “de cierta habilitación y composición” que hizo el Rey Católico, están entrando muchos recién convertidos. Poco efecto tuvieron, en realidad, las medidas establecidas de ahí que la prohibición se reiterara en tantas ocasiones como dijimos antes. Es más, en 1526 se llevó a cabo un proceso en la Española contra ciertos escribanos y procuradores que, siendo conversos, habían ejercidos esos oficios. En el mismo pleito se advirtió además que los inculpados no eran los únicos conversos sino que “asimismo han pasado a esas partes otras personas a quien toca la dicha prohibición y usan de oficios públicos y reales de que no pueden usar...”

        El caso del judeoconverso Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva), aunque natural de Casas Rubias, es singular. Fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos dijeron que su padre fue judío “y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición y murió con sanbenito”. Este hombre parece ser que siendo mayordomo del señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con gran cantidad de maravedís a Sevilla donde sin ningún tipo de problemas pudo embarcar para las Indias, viviendo largos años en Panamá con una encomienda de indios, hasta que fue procesado. Se trata de un caso interesante ya que ilustra perfectamente la facilidad que podía tener un “prohibido” para emigrar rumbo al Nuevo Mundo.

La situación de libertad con que circulaban los judeoconversos fue tal que, en 1534, el Rey decidió volver a pregonar tal prohibición en las gradas de la ciudad de Sevilla, amenazando con la pérdida de sus bienes tanto al infractor como al posible encubridor.

También conocemos algunos casos individualizados de moriscos andalusíes. Uno de ellos es el de Beatriz, una esclava andalusí propiedad del veedor García de Salcedo, que llegó a intimar nada menos que con gobernador trujillano Francisco Pizarro. Ésta residía en el palacio del marqués en Lima y tenía tan encandilado con sus encantos al marqués que, según Diego de Almagro el Mozo, le sacaba numerosas prebendas y privilegios para sus conocidos y amigos. Y con ella cohabitó hasta su asesinato en 1541 por los almagristas.

Pero el caso más conocido es el del Capitán Zapata, minero de Potosí que alcanzó una gran fortuna y que poseía claros orígenes musulmanes como ya puso de manifiesto Arzans y Orsúa.

No hay muchos más casos concretos, pero ahí están a la espera de algún historiador que restaure su memoria. Manuel Toussaint ha llamado la atención sobre un dato: que el arte mudéjar floreció en América a partir de 1612. Yo no creo en las casualidades; es cierto que tenían África más cerca, pero muchos de ellos eran cristianos sinceros y América podía ser el destino idóneo para seguir practicando su fe. No se trata más que de una hipótesis que quizás resolvamos cruzando las listas de moriscos expulsados con las de los pasajeros y con algunos censos novohispanos y andinos del siglo XVII.

 

 

 PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias, 1492-1550”, Revista de Historia Social y Económica de América. Alcalá de Henares, 1995, pp. 37-53.

 

TABOADA, Hernán G. H.: “La sombra del Islam en la conquista de América”. México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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