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        En mi última visita al Archivo General de Simancas a primeros de julio de 2015 me he encontrado con algunos documentos de interés. Uno de ellos es una carta de recomendación que el duque de Béjar envía al Emperador, y que esta fecha en Béjar el 7 de julio de 1529. He revisado las colecciones documentales, especialmente el gran regesto de José Luis Martínez –Documentos Cortesianos- y no aparece. No se trata más que un pequeño dato biográfico que no tiene más importancia aunque explica en parte la buena acogida que tuvo en la Corte el metellinense en 1529.

        De sus asuntos en España estaba dedicado de lleno su padre Martín Cortés, quien además de pactar las capitulaciones matrimoniales con doña Juana de Arellano y Zúñiga, se encargó, por expreso deseo de su hijo, de solicitar su ingreso en la orden militar de Santiago y también de pedir un título nobiliario, el marquesado del Valle de Oaxaca. Pues bien, el enlace con una noble como doña Juana de Arellano y Zúñiga, hija del conde de Aguilar y éste a su vez cuñado del influyente duque de Béjar, dio unos excelentes resultados.

        En mi libro de Hernán Cortes (Badajoz, 2010) manifesté mi sorpresa por el buen trato recibido en la Corte, pese a que hacía años que estaban llegado cartas y memoriales criticando su excesivo poder y poniendo en entredicho su buen nombre. Incluso se hizo correr el falso rumor de que quería independizar a la Nueva España de la Corona de Castilla. Pero en febrero de 1527 arribó a la Península otro de sus grandes enemigos, Pánfilo de Narváez, quien no tardó en presentar un memorial, quejándose amargamente de él. Sobre todo tachaba de falsas las Cartas de Relación, especialmente la segunda, donde no quedaba él demasiado bien parado. No sólo consiguió que el Emperador prohibiese nuevas impresiones, sino que como, desde 1522, circulaba una edición impresa de la segunda misiva, se quemaron ejemplares en Sevilla, Toledo, Granada y en otras partes. Pues bien parece que las gestiones de un Grande de España, como el duque de Béjar, pudieron contrarrestar todas estas informaciones. Ello explicaría en parte el buen trato dispensado por el emperador al conquistador de Nueva España. Además, el duque se permite suplicarle al emperador, un tanto osadamente, que le conceda los favores que pide para que “el marqués del Valle conozca la merced que Vuestra Majestad le hace a mi suplicación”. Es decir, que el interesado notase que los honores se le hacían gracias a su intervención.

        Otro dato que llama la atención es que se cita por primera vez al conquistador como el marqués del Valle. Y digo que es la primera vez porque la carta está fechada en Béjar el 7 de julio de 1529 y el marquesado se le expidió oficialmente un día antes, es decir, el 6 de ese mismo mes y año.

        Bueno, es todo, un granito de arena más para reconstruir la biografía de Hernán Cortés y que me permito publicar y dar a conocer en mi blog para disfrute de los estudiosos de la conquista



APÉNDICE

Carta de recomendación de Hernán Cortés que el duque de Béjar dirige al emperador, Béjar, 7 de julio de 1529.



        El marqués del Valle me escribió ahora como había hecho un correo a Vuestra Majestad para le hacer saber lo que habían hecho contra él y contra su hacienda aquellos jueces que Vuestra Majestad envió ahora nuevamente a la Nueva España y también diciéndome que él se partía luego a informar de todo a Vuestra Majestad. Muy poderoso señor, yo tengo muy creído que lo que aquellos jueces han hecho contra el marqués del Valle, contra su honra o contra su hacienda que vuestra majestad no fue sabedor de ello ni se hizo con voluntad de Vuestra Majestad pues que acá se ha visto muy claro las mercedes y honras y favor y buen tratamiento que Vuestra majestad ha hecho al marqués del Valle por gratificarle los servicios que a Vuestra Majestad ha hecho y bien se muestra en que ha parecido que se ha tenido Vuestra Majestad de él por bien servido y ha tenido voluntad de le gratificar y hacer merced, más como vuestra Majestad muchas veces por experiencia ha visto hay muchos que pensando que sirven, exceden en algo de lo que debían hacer ni se les manda y otros acaece qe lo hacen por pasiones o por sus intereses propios, a Vuestra Majestad no se le puede decir cosa que no la tenga muy presente, según su excelente juicio y la real condición de Vuestra majestad a la cual suplico que por me hacer a mi señalada merced como otras muchas veces me ha hecho sobre estos mismos negocios Vuestra Majestad quiera conceder lo que sobre esto le suplicare el marqués del Valle pues ha de suplicar a Vuestra Majestad le mande castigar como a su criado y servidor y pues parece que Vuestra Majestad se dé de él por servido y que es sin cargo, Vuestra Majestad le mande mirar y favorecer como a criado y servidor y cómo parece que Vuestra Majestad lo ha hecho con él hasta ahora. Y que los que se lo han levantado o le han hecho agravio sean tratado como merecen y se debe hacer porque no es razón que a Vuestra Majestad ningunos criados ni servidores suyos le digan sino la verdad pues el mayor servicio que se puede hacer a los príncipes es conservarles los criados y servidores buenos como es razón. Y muy señalada merced recibiré de Vuestra majestad en que con justicia mande favorecer al marqués del Valle y que si pesquisidor hubiere menester que lo mande dar como él se lo suplicare porque Vuestra Majestad sea bien informado de toda la verdad y el que tuviere la culpa sea castigado y el que hubiere servido sea gratificado como lo suele hacer Vuestra Majestad. Y suplico a Vuestra Majestad que en todo mande proveer como se lo suplico y protesto de manera que el marqués del Valle conozca la merced que Vuestra Majestad le hace a mi suplicación.

        Nuestro Señor la muy real persona y estado de Vuestra Majestad guarde y por muchos tiempos ensalce y prospere con acrecentamiento de muchos más reinos y señoríos. De Béjar a siete de julio de 1529.



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Cuando España era la metrópolis del mundo, en tiempos de Felipe II, se pasearon por España un sinnúmero de embajadores y viajeros de todos los confines del planeta. Como es bien sabido, desde que Sevilla se convirtiera, a raíz del Descubrimiento de América en la puerta y el puerto de las Indias, se instalaron en ella nutridas colonias de extranjeros: genoveses, venecianos, flamencos, alemanes y portugueses, entre otros. Pero, también llegaron personas pertenecientes a lugares y naciones más lejanas y exóticas, lo mismo procedentes del Lejano Oriente que del Magreb o del continente americano. Sultanes magrebíes como el Muley Xeque, hospedado en el alcázar de Carmona, o el embajador marroquí Sidi Ahmet-el-Gazel arribado a la ciudad del Guadalquivir en 1766.

Pues bien, hoy quería glosar otra de esas embajadas exóticas arribadas a Sevilla, concretamente la del japonés Rocuyemon Hasekura en 1614. Todo comenzó en 1613, después de que San Francisco Javier lanzara sus prédicas en el país del Sol Naciente. Las autoridades niponas decidieron que el samurái Hasekura encabezase un séquito para entrevistarse con el rey Felipe III y luego con el Papa en Roma. El objetivo era doble: uno, rendir pleitesía al soberano español y al jefe de la iglesia católica, y otro, afianzar las relaciones comerciantes. De hecho, en la carta que entregó a las autoridades españolas trataba de averiguar si existía la posibilidad de establecer una ruta directa entre Sevilla y Japón.

Lo cierto es que la embajada japonesa se encaminó en el Galeón de Manila hasta el puerto de Acapulco. Allí prosiguieron su ruta por tierra hasta llegar a Veracruz, donde se embarcaron en la Flota de Nueva España que llegó a Sevilla en octubre de 1614, justo un año después de la partida de la embajada desde el Lejano Oriente. Iban en compañía de fray Luis Sotelo, franciscano recoleto, natural de Sevilla, y junto al embajador figuraba un extenso séquito. Al parecer la citada flota desembarcó en el puerto de Coria del Río, donde una parte del séquito permaneció durante un tiempo. Se dice que el apellido Japón, usual en esta localidad sevillana, se debe a los descendientes que estos hombres procrearon con mujeres de la tierra. El embajador fue trasladado solemnemente a Sevilla, proporcionándole hospedaje en el alcázar. Luego pasaron a la Corte donde Felipe III los recibió con gratitud, mientras que en 1615 pudieron entrevistarse con el Pontífice Paulo V en la Ciudad Eterna.

Impresiona contemplar a todas estas embajadas, en un mundo ya globalizado, procedentes lo mismo de Armenia que de Persia, Marruecos o Egipto. Y llegaban al puerto de Sevilla, tratando de rendir pleitesía o de estrechar lazos comerciales con la metrópolis de la época. Servilismo de las élites dirigentes de aquellos países para tratar de obtener ventajas políticas o económicas. Algo no muy diferente a lo que ocurre en nuestros días.

 

PARA SABER MÁS:

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen”. Sevilla, Biblioteca de Temas Sevillanos1983.

 

ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: “Anales eclesiásticos y seculares de la ciudad de Sevilla”. Madrid, Imprenta Real, 1796, T. IV, pp. 239-242

 

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Muchos de ellos fueron liberados al final de las vidas de sus dueños, pero en cualquier caso a partir de su abolición en el siglo XIX todos adquirieron su libertad. Sin embargo, una cosa era recuperar su libertad legal y otra escapar del servilismo laboral. No parece que su vida cambiase demasiado, siendo la principal diferencia que no podían ser vendidos, lo que no era poco y que podían disponer su alma y testar. Se suponía que cuando algún sujeto alcanzaba la condición de libre es que estaba totalmente deculturado y había asumido todos los patrones de comportamiento propios de los cristianos viejos.

Acostumbrados a la servidumbre paternalista, la libertad actuó de manera traumática. Muchos tuvieron que recurrir en los últimos años de su vida a la caridad de sus conciudadanos. El 25 de noviembre de 1733 se enterró en Santa Marta (Badajoz) la liberta Magdalena con cargo a la parroquia, y no se le señalaron misas porque era muy pobre. Éste era el triste sino de los libertos, es decir que vivieron y murieron siempre, con muy pocas excepciones, en la miseria. Bien es cierto, que su situación no debía ser peor que la de otros pobres de solemnidad, la mayoría de ellos blancos y cristianos de pura cepa, que con tanta frecuencia encontramos a lo largo de la Edad Moderna en toda Europa. Por ejemplo, en los mismos años en los que los esclavos y libertos se enterraban unos con misas sufragadas por sus dueños o señores y otros sin ellas, se hizo el siguiente asiento: el 8 de noviembre de 1684 se enterró Vicente, pobre, sin acompañamiento, no tuvo misas.

Hubo excepciones, como es el caso de María de la Trinidad, natural de Villanueva de la Serena pero avecindada en Almendralejo. Ésta, tras obtener su libertad y la de su hijo Gerónimo, llevó una vida más o menos holgada. Su negocio consistía en vender en su casa al por menor el vino que le proporcionaba Francisco Nieto Flores así como quesos de cabra que ella elaboraba y vendía. Con dicho trato consiguió comprar ocho fanegas de tierra y bastantes enseres para su casa. Además en su enfermedad estuvo asistida por Isabel Márquez y por el médico de la villa permitiéndose en su testamento disponer numerosas misas por su alma e inhumarse solemnemente en la parroquial de la Purísima. Le sobrevivieron tres hijos: Gerónimo, bautizado el 16 de octubre de 1720 y que, según su testamento era liberto, Antonia del Rosario y Marcelina Antonia, ambas esclavas y residentes la primera en Villanueva de la Serena y la segunda en Mérida. Alegando que los esclavos no podían tener bienes, deja como heredero universal de todos ellos a su hijo Gerónimo. A lo largo de toda la geografía española encontramos numerosos enterramientos de libertos en los que ellos mismos o su cónyuge dejaron algunas misas por su alma, frecuentemente una treintena.

Ahora bien, pese a todos estos inconvenientes, los esclavos siempre ansiaban su libertad. Además del orgullo de haber conseguido dicha condición para ellos y sus sucesores, su nuevo status les permitía al menos en teoría, mantener una vida pública. Dado que los esclavos no podían otorgar escrituras, muchos libertos, aunque tuviesen pocos recursos económicos, redactaban orgullosamente su testamento para disponer algún número de misas por su alma. De esta forma, además de mimetizar el comportamiento de los blancos, conseguían, según sus creencias, salvar su alma. Y en caso de no disponer de dinero, dado que seguían como criados junto a sus antiguos dueños, solían ser partícipes de la caridad de sus señores, quienes normalmente entregaban alguna limosna por que se rezasen algunos sufragios por sus almas. Sus antiguos dueños solían dejar mandas en su testamento tanto a favor de sus esclavos como de sus libertos. Además en caso de que el liberto no tuviese recursos, casi siempre era el antiguo dueño el que se hacía cargo de entregar alguna limosna para que se celebrasen un número determinado de sufragios por el alma del finado.

A partir del siglo XVIII proliferaron los libertos; sin embargo, que legalmente fuesen libres no significa que no estuviesen marginados socialmente. El estigma de la negritud, de la ilegitimidad y de la esclavitud pesó durante generaciones en los descendientes de aquellos antiguos esclavos. De hecho en una partida de defunción de la parroquia del Soterraño de Barcarrota (Badajoz), fechada el 26 de mayo de 1837 se inscribía el fallecimiento de Juan José Clímaco, septuagenario, hijo de Inés María, esclava que fue de Juan José Tovar. Es decir, décadas después, incluso, estando ya abolida la esclavitud, se señalaba el pasado servil de un liberto. Aunque se refiera a Barcarrota, el asunto debía ser similar en cualquier otro lugar de España.

Finalmente, estas alusiones terminan desapareciendo en la documentación, al tiempo que encontramos algunos enlaces formados por un liberto o liberta y otra persona libre. Todo ello nos está indicando una paulatina integración de estas familias antaño esclavas. Lo que debe quedar claro es que cuando estos esclavos fueron liberados no se marcharon a ningún sitio porque la mayoría había nacido en España o al menos había vivido aquí la mayor parte de su vida. Su tierra era ésta y aquí permanecieron fusionándose e integrándose, con más o menos dificultad, en la sociedad española.

 

APÉNDICE

 

 

Testamento de María de la Trinidad, liberta, Almendralejo, 1737.

 

          En el nombre de Dios todopoderoso amen… Sepan cuantos esta carta de testamento, última y postrimera voluntad vieren como yo María de la Trinidad, liberta, vecina de esta villa de Almendralejo y natural de la de Villanueva de la Serena, estando enferma del cuerpo y sana de la voluntad en mi libre juicio, memoria y entendimiento natural el que Dios nuestro señor fue servido de me dar, creyendo como firme y verdaderamente creo en el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero y en todo aquello que tiene, creee y confiesa la santa madre Iglesia Católica de Roma debajo de cuya fe y creencia yo he vivido y protesto vivir y morir como buena y fiel cristiana y temiéndome de la muerte que es cosa natural a toda criatura humana y deseando poner mi ánima en verdadera carrera de salvación, elijo para ello por mi intercesora y abogada a la gloriosísima reina de los ángeles Virgen Santa maría para que interceda con su preciosísimo hijo y mi redentor perdone mis pecados y lleve mi alma al cielo y con esta sagrada invocación la de mi nombre y los de mi devoción hago y ordeno este mi testamento en la forma y manera siguiente:

          Primeramente, encomiendo mi ánima a Dios nuestro Señor que la crió y redimió con su preciosa sangre, muerte y pasión y el cuerpo mando a la tierra de que fue formado. Y cuando su divina majestad sea servido darme y llevarme de esta presente vida mi cuerpo sea sepultado en la iglesia parroquial de esta villa en la sepultura que eligieren mis albaceas y acompañen mi entierro los curas y clero de esta comunidad, cruz alta y tres capas y por todo se pague la limosna que es costumbre. Y el día de mi entierro, siendo hora de celebrar y si no el siguiente se e digan tres misas cantadas con ministros por mi ánima y por ello se pague la limosna que es costumbre por mis albaceas.

          Mando se digan por mi ánima veintiséis misas rezadas de sacrificio por mi ánima y se pague la limosna acostumbrada.

          Mando se digan por penitencias mal cumplidas y especialmente a quienes fuere algún cargo otras cuatro misas rezadas y se pague por ellas la limosna que es costumbre.

          Mando a las mandas forzosas Casa Santa de San Francisco de Jerusalén, y redención de cautivos, la limosna acostumbrada con que la relevo y aparto del derecho y acción que tienen a mis bienes.

          Mando que dentro del año de mi fallecimiento o cuando pareciere a mis albaceas se me diga una misa cantada con ministros por mi ánima y por ello se pague lo que es costumbre en esta villa.

          Declaro está debiendo al señor don Francisco Nieto Flores, vecino de esta villa, ciento y cincuenta y dos reales de vellón, valor de diecinueve años de vino que me ha entregado para que le venda en mis casas a razón de ocho reales cada arroba y de dicha cantidad se deberá rebajar el dinero que yo a dicho señor di en una bota que no me acuerdo cuanto, quiero y es mi voluntad que en cuanto a esto se entre y separe por lo que dicho señor dijere y no me acuerdo deber otra cosa si con buena verdad pareciese se pague de mis bienes.

          Declaro me están debiendo lo siguiente: me debe Alonso Montes cuarenta reales de vellón; Alonso Moreno quince reales menos seis maravedís; el oficial del dicho Alonso Moreno doscientos reales y medio; Alonso López un real y veintidós maravedís; Sebastián Calas veintiocho reales; Alonso de Toro me debe ciento y dieciocho reales y un vale que me tiene hecho a cuya cuenta me ha dado quince reales y me resta deber ciento y tres, todas las cuales dichas deudas se cobren por mis albaceas y las demás que pareciere debérseme.

          Declaro tengo por mis hijos a Gerónimo de la Cruz, liberto, a Antonia del Rosario, esclava de don Pedro Godoy, vecino de la villa de Villanueva, y a Marcelina Antonia, esclava de Fernando de la Rocha, vecino de la ciudad de Mérida, declárolo así para que conste.

          Declaro que los bienes con que al presente me hallo y he adquirido durante mi libertad y que me había dado a ganar el dicho mi hijo son como siguen: ocho fanegas de garbanzos colmados; como dos arrobas de quesos de ovejas; una tarima de cama; dos colchones de sábanas; dos almohadas, la una con henchido, todo muy usado; un arca de pino con su cerradura; un manto de anascote viejo; una basquiña de bauta negra muy vieja; una saya de de bayetilla verde servida; doce camisas de mucho uso servidas; otra arca de pino con cerradura; cuatro mesitas grandes y pequeñas; cuatro tinajas pequeñitas de rollo; cuatro bancos tordos de corcha y dos de tabla; una caldera mediana; un calderito nuevo; un almirez; un peso de balanzas; con sus pesas; otro peso de garfios; tres candiles viejos; tres asadores; un gato de hierro; dos pares de atriles; dos escopetas; una espada; tres jergas servidas; un costal también servido; dos toallas con encajes servidas; unos manteles viejos; un cazo pequeño; y dos sartenes muy viejas, declárolo así para que en todo tiempo conste.

          Mando por vía de limosna se le dé luego que yo fallezca a Isabel Márquez, mujer de Juan Carrasco, vecina de esta villa, el manto de anascote, saya negra y dos camisas que llevo declarado entre mi testamento en atención a estarme asistiendo en mi enfermedad y le pido me encomiende a Dios.

          Asimismo mando por vía de limosna a Juan Benítez, mi sobrino, una saya de bayetilla verde usada que llevo declarado para que de ella haga un jubón y forre una casaca y le pido me encomiende a Dios.

          Quiero y es mi voluntad que de lo más pronto de mis bienes se pague por mis albaceas los medicamentos de botica que estuviere debiendo y asistencia que me ha hecho el médico de esta villa en la presente enfermedad que padezco.

          Y para cumplir y pagar este mi testamento nombro por mis albaceas al señor don Fernando Bolaños Golfín y al dicho Gerónimo de la Cruz, mi hijo, liberto vecino de esta villa y a cada uno de por sí, insolidum, a quienes doy poder cumplido para que de lo mejor y más bien parado de mis bienes cumplan y paguen este mi testamento, vendiendo los que bastaren en almoneda o fuera de ella como les pareciere y aunque sea pasado el año del albaceazgo para que les prorrogo el término necesario hasta su entero y debido cumplimiento.

          Y cumplido y pagado este mi testamento, mandas y legados en él contenidos en el remanente que quedare de todos mis bienes, derechos y acciones que en cualquier manera me toquen y pertenezcan respecto que las dichas mis hijas que llevo declaradas en este mi testamento están y se hallan sujetas a esclavitud y no pueden ni deben haber cosa suya propia por su esclavitud, nombro e instituyo por mi único y universal heredero de todos ellos al dicho Gerónimo de la Cruz, mi hijo, liberto, para que los haya, lleve, goce y herede con la bendición de Dios y la mía y vean que es mi ultima y determinada voluntad y le pido me encomiende a Dios.

          Y por este mi testamento revoco y anulo y doy por ninguno todos otros cualesquiera testamentos, mandas, codicilos o legados que antes de este haya hecho y otorgo por escrito o de palabra que quiero no valgan ni hagan fe en juicio ni fuera de él, salvo éste que al presente hago y otorgo que quiero que valga por mi testamento o escritura pública o como mejor por derecho lugar haya en cuyo testimonio así lo otorgo ante el presente escribano público y testigos en la villa de Almendralejo, en veinte días del mes de noviembre de mil setecientos y treinta y siete, siendo testigos Clemente Antonio Barroso, Alonso Martínez Moriano y Pedro Sánchez, todos vecinos de esta villa y esta otorgante a quien yo el presente escribano doy fe que conozco no firmó por no saber, a su ruego lo hizo uno de los dichos testigos y fueron asimismo llamados y rogados para el otorgamiento de este testamento de que doy fe.

(Archivo Municipal de Almendralejo, escribanía de Lucas Francisco Rodríguez de Vitoria 11737, fols. 29r-30v).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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        Las relaciones entre los señores y los esclavos dependían de varias circunstancias, relacionadas siempre con el primer eslabón de la cadena que era el propietario: su carácter, su concepto de la caridad cristiana y sus propias circunstancias económicas. Con un poco de suerte, si el dueño poseía ciertos valores humanísticos o cristianos y holgura económica podía llegar la liberación. Si por el contrario, la situación financiera del mismo era precaria nunca iba a consentir perder un bien tan valioso como un esclavo, salvo que éste fuese anciano y el coste de su mantenimiento fuese superior al rendimiento de su trabajo.

        En aquellos casos en los que el esclavo se resistió o simplemente sus relaciones con su señor fueron malas, la situación para la parte más débil de la cadena podían ser dramáticas. Lo normal es que en estas condiciones lo destinara a realizar tareas sórdidas, arrendándolo o enviándolo temporalmente o de por vida a realizar alguna prestación Real. El trabajo en las minas reales de Almadén era tan duro que los dueños sólo enviaban a sus esclavos cuando creían oportuno darles un escarmiento. Rocío Periáñez detectó un caso en Cáceres en el primer tercio del siglo XVII: el de Pedro Roco Campofrío, vecino de Cáceres, que en su codicilo fechado el 11 de julio de 1632 afirmó haber tenido entre sus esclavos un niño berberisco de doce o trece años pero que por haber salido travieso y bellaco lo vendió en 30.000 maravedís a los Fúcares para que lo llevasen a Almadén (Periáñez, 2009: 392). Pero parece que la práctica se mantuvo en el tiempo no dejo de ser un recurso excepcional, usado como escarmiento por los dueños.

A juzgar por los testimonios que hemos localizado, parece que el envío a las minas Reales era tan duro y tenían tal fama que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos esclavos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad. Así ocurrió en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo envió a su esclavo Sebastián de 45 años, robusto y de color amembrillado por un año y medio a servir en Almadén. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro. Más claro aún fueron Juan Montaño y María Rengela de Guzmán, vecinos de Aceuchal, cuando fundamentaron la donación al Rey de su esclavo Juan Martínez, de color blanco, de unos 30 años, robusto de cuerpo y capaz de cualquier trabajo corporal en los siguientes términos:

 

        "El cual por justas causas que me mueven lo doy y cedo para que sirva a Su Majestad por todos los días de su vida en las Reales minas de Almadén o Espartería o en otro cualquier presidio, donde más utilidad con su trabajo pueda dar al Rey… sin que pueda el susodicho salir con su libertad de la parte donde se dé dicho destino porque mi ánimo es que perezca trabajando a beneficio de la Real hacienda, sin tener libre uso de su persona".

 

        Las palabras de sus dueños están henchidas de malas intenciones: lo envían a Almadén de por vida, para que muera allí trabajando, es decir, que la carta parece como mínimo una condena del esclavo a cadena perpetua.

        Podríamos preguntarnos, si el esclavo podía rebelarse ante la tiranía de su dueño. La única opción desesperada que le quedaba era la huida, pero apenas si recurrían a ella porque al estar marcados a hierro no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían ser dramáticas para el esclavo, pues incluso podían ser enviados a galeras o a las minas de cinabrio de Almadén, de las que pocos escapaban con vida.

        Hemos documentado algunos casos sonados de huídas pero necesariamente fueron escasos y acabaron con la captura del fugado. El 19 de julio de 1710, Manuel Lorenzo, vecino de Ribera dio poder a Pedro de Torrejón para que fuese a la cárcel de los padres teatinos de Sevilla donde estaba retenido un esclavo suyo que se había fugado de su casa la víspera del día de San Pedro. El esclavo en cuestión se llamaba Joseph, de 20 años, y cuyos rasgos físicos eran los siguientes: de color tinto, de buen cuerpo, la cabeza larga (y) algo hoyoso de viruelas. Como puede observarse, el esclavo se había escapado el 28 de junio y el 19 de julio, ya sabía su dueño que estaba preso en Sevilla. Es decir que la libertad apenas le debió durar diez o quince días, aunque sorprende que pudiese llegar hasta la capital hispalense.

En 1778 encontramos otro caso de resistencia, pero muy diferente al anterior. En la localidad de La Parra vivía Francisco González y Rivera que disponía de un matrimonio de esclavos, llamados Domingo y Antonia. Tras su muerte, y dado que no tenía hijos, heredaron sus sobrinos correspondiéndole a Francisco Antonio Zalamea, vecino de Ribera del Fresno, un lote de bienes que incluía a los dos aherrojados. Pues bien, dicho matrimonio se negó a marchar a Ribera y permaneció viviendo en La Parra con sus recursos, escasos pero suficientes. Sin embargo, Francisco Antonio Zalamea, con la ley en la mano, otorgó poderes a Vicente González Máximo, vecino de La Parra para que procediese contra sus esclavos, deportándolos forzosamente y confiscándole sus bienes, con el objetivo de resarcir al demandante de sus pérdidas. No conocemos más del asunto, pero dado que al demandante le asistía el derecho y la justicia es posible que consiguiese sus objetivos y que los aherrojados fuesen expropiados y deportados de La Parra.

Como puede observarse, las posibilidades de estos pobres hombres de eludir la esclavitud o el trabajo forzado eran mínimas por no decir nulas. Ni había milagros, ni redención, ni cuentos de hadas. Habían nacido en el lugar y en el momento equivocado, y la mayoría solo se liberaba de la pesada carga de la servidumbre con la muerte. Hacen cierta la alabanza fúnebre: “Todos tratan de evitar conocerme, pero todos acaban recibiendo mi visita… Y cuando por fin me encuentran descansan…”. Muchos de estos aherrojados vieron la muerte con la esperanza de justicia y con el deseo de reencontrarse con sus seres queridos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Revisando como de costumbre los libros Sacramentales de Hornachos, siempre son interesantes las apostillas que de vez en cuando colocaban los curas en los márgenes, siempre señalando sucesos destacados, gozosos o luctuosos. El 14 de enero de 1600, el párroco Francisco Morales, anotó en el libro una alarmante información:

 

        “Hay peste, murieron este mes cincuenta personas, Dios nos guarde, que crece, y sin médico ni botica”.

 

        A finales de mes tuvo el detalle de añadir una nueva apostilla: “murieron 72 personas”.

 

        Se me ocurren varias reflexiones en torno a la anotación del párroco: la primera, es la importancia del dato que confirma la entrada de la epidemia en el pueblo. Y digo que el dato es importante porque no se conservan para esas fechas los libros de defunción por lo que disponemos de un listado de posibles víctimas.

        Segunda, se trata de la tristemente famosa Peste Atlántica que llegó a España a través de un navío holandés que arribó al puerto de Santander. Se extendió como la pólvora por toda la geografía española, entre 1596 y 1602, matando a casi medio millón de personas. Por debajo del río Tajo los contagios disminuyeron, pero pese a todo entró en Hornachos a finales de 1599 y produjo muertes masivas en enero de 1600 y probablemente algunas más en febrero o en marzo de ese mismo año.

        Tercera, señala el párroco con temor la inexistencia en la villa de médico y de botica. Y efectivamente, todo parece indicar que en la villa no había un médico asalariado, como en otras localidades, por aquellas fechas. Se tenían que conformar con los servicios de un curandero, Antonio Rodríguez, casado con Isabel González, y de dos barberos, Miguel Sánchez y Simón Hernández, que hacían sangrías y sacaban muelas. Esa era toda la infraestructura sanitaria por lo que el párroco tenía fundadas razones para manifestar su temor. Una vez que se contagiaba la persona en cuestión solo se conocía un remedio: rezar. En breve comenzaban las dificultades respiratorias, la tos, el dolor abdominal y, pasados dos tres días, el arrojo de esputos de sangre.

        Y cuarta, un total de 72 muertos en un solo mes, aunque solo supusiese el dos por ciento de la población, suponía una defunción bastante alta que obligó al párroco a sepultar al menos dos apestados diarios. Bien es cierto que en la primera quincena de enero murieron 50 personas y en la segunda solo 22 lo que nos puede indicar que el número de afectados comenzó a declinar en el mismo mes de enero.

        Esta epidemia que afecto a Hornachos en enero de 1600 no fue más que una más de la crisis periódicas –guerras, epidemias, hambrunas, etc.- que periódicamente visitaban las villas y ciudades españolas. Una dura y triste realidad con la que los vecinos estaban habituados. Y es que la muerte era algo omnipresente en la sociedad, prácticamente hasta el descubrimiento de la penicilina por el doctor Fleming, en l929. Las palabras del párroco, Francisco Morales, nos permite introducirnos en el horror de una epidemia como la desatada en enero de 1600.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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