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Ya está disponible mi libro “La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando, 1501-1502” (Santo Domingo, 2014, 450 Págs.). Si alguna persona está interesada en conseguirlo puede ponerse dirigirse a mi e-mail: Caballoss1@gmail.com

Ofrezco a continuación el índice y la bibliografía:

 

ÍNDICE

1.-Introducción.

 

CAPÍTULO I: LA ORGANIZACIÓN DE LA ARMADA

1.-Aspectos organizativos.

2.-La escuadra.

3.-Ua empresa mixta.

4.-El abasto.

 

CAPÍTULO II: LA TRIPULACIÓN

1.-Los oficiales.

2.-Marineros, grumetes y pajes.

 

CAPÍTULO III: LOS PASAJEROS

1.-El pasaje en cifras absolutas.

2.-Origen geográfico.

3.-Sex ratio y edad.

 

CAPÍTULO IV: LA ESTRUCTURA SOCIAL

1.-Nobles y señores.

2.-El estamento eclesiástico.

3.-El Tercer Estado.

4.-Extranjeros y minorías étnicas.

 

CAPÍTULO V: ESTRUCTURA ECONÓMICA

1.-El primer dorado.

2.-Los administradores.

3.-Labradores, mineros y artesanos.

4.-Los trabajadores del terciario.

 

CAPÍTULO VI: TRIUNFADORES Y FRACASADOS

1.-La travesía.

2.-Sueños rotos.

3.-Arraigo y desarraigo.

4.-El desarrollo comercial de la isla.

 

CONCLUSIÓN

 

FUENTES IMPRESAS

1.-Colecciones documentales.

2.-Bibliografía.

 

CUADROS

Cuadro I: Los navíos de la armada.

Cuadro II: Onomástica de los barcos.

Cuadro III: personas con pasaje franco.

Cuadro IV: Herramientas compradas en Sevilla para la flota.

Cuadro V: Cargazón de alimentos y víveres en la armada.

Cuadro VI: Tabla comparativa de precios.

Cuadro VII: Precios a los que Luis de Arriaga vendió el vino a diversos pasajeros.

Cuadro VIII: Oficiales de la escuadra ovandina.

Cuadro IX: Origen geográfico del pasajeros y tripulantes.

Cuadro X: Procedencia por ciudades.

Cuadro XI: Mujeres identificadas.

Cuadro XII: El estamento nobiliario.

Cuadro XIII: Libros que llevaban los franciscanos.

Cuadro XIV: El clero secular.

Cuadro XV: baquianos en la flota.

Cuadro XVI: Personas de color identificados.

Cuadro XVII: asalariados en la flota ovandina.

Cuadro XVIII: tabla comparativa de salarios del funcionariado.

Cuadro XIX: listado de artesanos embarcados.

Cuadro XX: deudores y acreedores.

Cuadro XXI: arraigo y desarraigo de pasajeros y tripulantes.

 

APÉNDICES

Apéndice I: Listado de pasajeros y tripulantes identificados.

Apéndice II: Pasajeros muy dudosos o descartados.

Apéndice III: Noticias sobre la armada del gobernador Nicolás de Ovando, tomadas en extracto de Juan Bautista Muñoz.

Apéndice IV: Extracto del libro de armada de Fernando Belmonte y Clemente, 1886.

Apéndice V: Enseres que se compararon para los franciscanos, según transcripción de fray Ángel Ortega.

Apéndice VI: Listado de contratos de trabajadores.

Apéndice VII: Registro de salida de la nao Santa Catalina, Santo Domingo, 20 de septiembre de 1505

Apéndice VIII: Arraigo de pasajeros y tripulantes.

 

 

 

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Los españoles no sólo buscaban oro, fortuna y libertad, algunos soñaron con encontrar viejos mitos, desde elixires mágicos que los curasen de las enfermedades o que incluso les proporcionasen la inmortalidad. Sin ir más lejos, Juan Ponce de León buscó con ahínco la fuente de la eterna juventud en tierras de Norteamérica. Cada vez que veía un lago, laguna, regato o charco se sumergía alucinado, esperando ver su piel más tersa.

Efectivamente, una de las cosas que más llamaron la atención de los primeros pobladores fue la existencia de múltiples plantas, desconocidas hasta entonces. No tardaron en comercializar algunas de ellas, unas con un fin ornamental y, las más, con un objetivo medicinal. En algunos casos, se atribuyeron propiedades curativas a determinadas plantas –como el tabaco- que después se verificaron inciertas. Otras drogas, como el bálsamo o la cañafístula, sí que poseían un fundamento curativo real.

Probablemente el elixir que más ampliamente se comercializó en la primera mitad del siglo XVI fue el bálsamo. Este licor se extraía del Guaconax o Boní, planta que abundaba en la isla, especialmente en la región de Higüey. Sus propiedades curativas fueron exaltadas como si de un elixir mágico se tratara, pues, no sólo cicatrizaba rápidamente las heridas, sino que calmaba el dolor de estómago, curaba catarros, dolores de hígado, hinchazones, dolor de muelas, etc. Incluso, usado con reiteración, refresca mucho la complexión humana y no envejecen los hombres.

Antonio de Villasante o de Villasanta, a mediados de los años veinte, pidió al Emperador la confirmación del monopolio que sobre la explotación del bálsamo le había concedido el segundo Almirante Diego Colón. En 1526 la Corona fijó los derechos de explotación por Villasante: obtendría la décima parte de lo que se sacara siempre que dicha renta no excediese de 200.000 maravedís. Sin embargo, debió parecerle muy poco al asentista por lo que obtuvo una ampliación del privilegio en 1528, aumentando su participación al tercio, y la renta hasta un máximo de 8.000 ducados anuales, unos tres millones de maravedís.

La infraestructura creada por Villasante estaba muy clara: él lo fabricaba en Santo Domingo, consignándolo a dos mercaderes genoveses residentes en Sevilla. Estos se encargaban no sólo de la distribución sino también del marketing. Para ello, realizaban tres acciones: primero, envasaban el producto en vasijas de distintos tamaños, dependiendo de la cantidad solicitada. Segundo, preparaban un impreso a modo de prospecto, que fue redactado por el doctor Morales, médico avecindado en Sevilla, en el que se explicaban tanto sus cualidades como la forma de uso. Y tercero, establecían obligaciones con cirujanos y mercaderes para que lo distribuyesen por los hospitales de Castilla. De hecho, los dos genoveses se concertaron con el maestre Juan de Peralta, cirujano, para que fuese por Andalucía y otras partes a curar, vender y distribuir el bálsamo.

En 1530, se aplicó experimentalmente en los siguientes hospitales: Cardenal de Toledo, Cardenal de Sevilla, Rey de Burgos, Santo Domingo de la Calzada, Santiago de Galicia, hospital Real de Granada y en la enfermería del monasterio de Guadalupe. Igualmente hubo médicos en estos años que lo aplicaron con resultados al parecer exitosos, según se desprende de las felicitaciones que Carlos V les remitió. El éxito fue tal que el 4 de abril de 1531 se expidió una nueva Real Cédula para que se enviase una muestra del licor a la propia corte.

En cuanto a cifras concretas sabemos que hasta 1532 Antonio de Villasante consignó al puerto de Sevilla a nombre de los genoveses Benito de Basinana y Franco Leardo 29,5 arrobas de licor puro de bálsamo, cifra a la que habría que unir el que se introdujo ilegalmente que, a juzgar por las numerosas quejas, debió igualar al menos la mencionada cantidad.

El negocio debió resultar rentable durante algunos años, pues, en 1531, se decía que Antonio de Villasante obtenía tan sólo en las cinco tiendas que poseía en Santo Domingo más de 100 pesos de oro anuales. Sin embargo, parece ser que Villasante falleció en algún momento de la década de los treinta, pues, en estos años perdemos totalmente su rastro, y ni sus sucesores ni sus socios continuaron con el negocio. Es posible que la Corona, tras su muerte, eliminara el monopolio, desapareciendo su tráfico comercial al menos como negocio.

Desde ese momento, la cañafístula sería la planta medicinal más ampliamente comercializada. Se trata de un árbol originario de Asia, que luego se extendió hasta Egipto desde donde a su vez se trasplantó a Europa. Podía llegar a alcanzar hasta los diez metros de altura y daba un fruto de pulpa negruzca y dulce. Fue introducida en los primeros años del siglo XVI, aclimatándose de tal manera que pronto se hizo muy abundante en las Antillas y en Centroamérica. Al parecer se utilizaba desde la antigüedad como purgante y laxante, manteniéndose su uso en la Edad Media y en la Moderna.

        En La Española comenzó su explotación comercial en la segunda década del siglo XVI. En 1517 los Jerónimos enviaron una caja de cañafístula al cardenal Cisneros, probablemente para que analizara su utilidad y las posibilidades de explotarla comercialmente. Inmediatamente después, en torno a 1518 o a 1519, cuando la economía de oro estaba prácticamente arruinada y los vecinos buscaban alternativas económicas, pusieron en la cañafístula toda su esperanza sembrando grandes extensiones de arboledas especialmente en la zona de La Vega. Efectivamente, el bachiller Álvaro de Castro, deán de la catedral de Concepción de la Vega, poseía una heredad de 10.000 pies de cañafístula en la que había invertido mucho capital. Sin embargo, estas primeras perspectivas se frustraron por dos razones: primero, por una plaga de hormigas que destruyó una buena parte de estos sembrados. Y segundo, porque el mal estado de la red viaria de la isla, hacía dificultoso su transporte hasta los puertos donde se debía reembarcar con destino al mercado peninsular.

Pese a todo, su explotación continuó pues, dado que todavía no existía una competencia seria de Cuba, Puerto Rico, Jamaica y Centroamérica, el género seguía alcanzando un buen precio de venta en Sevilla. De hecho, entre 1522 y 1523 el quintal se cotizó a 50 ducados por lo que mercaderes, como Pedro de Cifuentes, consiguieron obtener unos beneficios de nada menos que 800 ducados. Poco después era Diego Méndez, alguacil mayor de la isla, el que remitió a Sevilla cierta cantidad de pulpa que, finalmente, por diversos motivos, le fue confiscada.

Sin embargo, la situación tardó poco en cambiar debido a dos problemas: uno, a las crecientes dificultades para encontrar barcos donde fletar la mercancía. Y otro, porque como cada cual enviaba lo que quería y lo vendía como podía había una guerra de precios que terminó perjudicando a los productores. Para colmo, la cañafístula dominicana comenzó a coger fama de ser de mala calidad lo que disminuía aún más su cotización. En 1528 informó la audiencia que seguían analizando con los oficiales reales, con los regidores y con los principales productores, una posible solución para así no dejarla perder como ya se comenzaba a hacer.

El resultado de esas negociaciones y deliberaciones fue el gran pacto suscrito ante escribano público el 7 de mayo de 1529, por el que se estableció su monopolio, lo cual en teoría debía beneficiar a todos los productores. El acuerdo estaba encabezado por el mismísimo presidente de la audiencia, Sebastián Ramírez de Fuenleal, los oidores, los oficiales reales y los regidores del cabildo que, con acuerdo de los principales hacendados, formalizaron una escritura por la que se estableció el estanco de la exportación. Básicamente se establecía que todo el comercio se canalizaría a través de Juan de la Serna, mercader burgalés residente en Santo Domingo, quien a su vez lo enviaría consignado a Sevilla a nombre de Melchor Carrión. Estos factores cobrarían el 6% de los beneficios de su venta. Existía la posibilidad de enviar la producción de la mitad norte de la isla desde Puerto Plata, Puerto Real y La Yaguana, siempre y cuando desde allí se remitiese un detallado registro a Juan de la Serna y se consignase, por supuesto, a Melchor de Carrión. La cañafístula se enviaría en pipas de 2,5 quintales o en vasijas que debían entregar los productores y envasar el factor de Santo Domingo, vendiéndose toda ella al precio de 6.000 maravedís el quintal. Se preveía también que se incorporasen al monopolio los productores de San Juan, Cuba y Jamaica, quienes deberían remitir el producto desde sus respectivas islas al citado mercader afincado en Sevilla. Los beneficios, descontado el porcentaje de los dos mercaderes, se invertiría en productos europeos de los que tanta necesidad había en las Antillas, es decir: vinos, harinas, aceite, jabón y productos textiles. Ahora bien, aquel productor que reclamase el dinero de la venta de su cañafístula lo podía solicitar a Melchor Carrión, como de hecho ocurrió en varias ocasiones. El acuerdo se pregonó por Francisco de Roa tanto en la iglesia mayor, el domingo nueve de mayo de 1529, como en la plaza mayor, trece días después.

A finales de ese año de 1529 ya estaba funcionando el monopolio, pues, Francisco de Jerez, mercader sevillano, esperaba recibir veinte quintales de cañafístola que vendrían consignadas desde Santo Domingo a nombre de Melchor de Carrión. El hecho de formalizarse un traslado de la escritura en Sevilla el 4 de abril de 1531 nos está indicando su uso por parte del interesado. El 10 de diciembre de 1532 se compelió a un tal Juan Sánchez de las Perlas a que pagase a Melchor de Carrión el valor de 80 quintales del producto que le había vendido. Nuevamente, en 1533, encontramos al citado Carrión vendiendo el producto en Sevilla y manteniendo algunos pleitos por la cobranza de distintos quintales vendidos. Sin embargo, todo parece indicar que el monopolio no funcionó correctamente por lo que apenas tuvo repercusiones económicas de significación. Álvaro Caballero, contador de La Española, atribuyó este fracaso a tres causas: primero, a la pronta marcha de su patrocinador el licenciado Sebastián Ramírez de Fuenleal, nombrado presidente de la audiencia de Nueva España el 11 de abril de 1530. Segundo, al hecho de que algunos no respetaron el monopolio y comercializaron por cuenta propia su producción. Y tercero, al bajo precio en que se fijó su venta, exactamente 16 ducados el quintal cuando, según Álvaro Caballero, cuando se traía de Alejandría se vendía a 35 o 40 ducados el quintal. Pero había dos causas más que no citó el contador: una, los altos fletes que se pagaban por su embarque, según denunció en 1545 el cabildo de Santo Domingo. Y otra, la fuerte oposición mostrada por los mercaderes sevillanos que veían con malos ojos un monopolio que sólo beneficiaba a los productores dominicanos, en detrimento de sus intereses. Lo cierto es que, antes de la formalización de la compañía, el bajo precio tenía arruinado el negocio y, tras el breve paréntesis monopolístico, en el que las cosas no fueron mucho mejor, volvió a hundirse su comercio, por los altos fletes y por los bajos precios a los que se cotizaba el quintal, ¡a un ridículo peso de oro! Y es que, en torno a 1540, su precio de venta era una décima parte de la cotización que alcanzó dos décadas antes.

Por todo ello, en 1541, Álvaro Caballero, contador de la isla, solicitó la renovación de la antigua compañía por seis años, pues si no se remedia en breve tiempo no habrá arboleda alguna de la dicha cañafístula. No obstante, no parece que dicha petición tuviese efecto porque, en adelante, la venta de la cañafístula se practicó libremente por productores y comerciantes. De hecho, en 1542, se estableció una compañía por la cual Francisco Beltrán enviaría el citado fruto al mercader Juan Rodríguez para que lo vendiese en la ciudad del Guadalquivir.

Hacia 1561 se produjo un nuevo intento de las autoridades locales de renovar el monopolio. Todo el producto de la isla y el de Jamaica, Puerto Rico y Cuba se debía mandar a Santo Domingo desde donde se remitiría a un factor en Sevilla. No obstante, desconocemos totalmente el alcance y los resultados de este nuevo estanco.

Entre 1568 y 1596 se registraron en Sevilla 3.865 quintales de cañafístula, un 39,24% procedente de La Española. El monto global de las exportaciones fue relativamente modesto. Suponiendo que se hubiesen vendido a 6.000 maravedís el quintal, precio en el que se mantuvo durante buena parte del siglo XVI, produjeron unos beneficios brutos de unos 62.000 ducados, de los que unos 24.000 pertenecían a productores dominicanos. Descontados los gastos de su elaboración, fletes, comercialización e impuestos, tendríamos unos beneficios anuales para la isla de menos de 500 ducados anuales. A juzgar por estos datos parece claro que la cañafístula pudo suponer un complemento económico para la precaria economía de la isla pero desde luego su rentabilidad fue muy inferior a otros productos como el azúcar o el cuero. No obstante, más allá de su rentabilidad económica, esta planta medicinal junto a otras que también se comercializaron, dieron una merecida fama a la isla de ser un auténtico vergel botánico.

En cuanto al jengibre, era una planta de origen oriental que se introdujo en la isla en el segundo cuarto del siglo XVI, pues ya en una carta del cabildo de Santo Domingo, fechada en 1533 se hablaba de este cultivo. Se le atribuían cualidades para aliviar los dolores de estómago además de utilizarse como especia en la cocina. En 1538, se firmó un asiento con Juan de Oribe para cultivar en exclusiva en La Española, y otras islas y Tierra Firme, jengibre, pimienta, malagueta, clavo, canela, nuez moscada y otras especias. A cambio, de tributar la mitad de los beneficios, el Emperador se comprometía a no permitir la entrada de especias desde fuera del Imperio. Desconocemos, si este asiento llegó a tener consecuencias prácticas. Probablemente el silencio de la documentación posterior nos esté indicando un fracaso prematuro. Lo cierto es que su explotación no adquirió un carácter intensivo hasta los años setenta. Ya en 1572 la audiencia informó que, pese a que era un cultivo muy apto para aquellos territorios, los vecinos no se empleaban en ello porque la competencia del género procedente de otros reinos había provocado que no tuviese salida. Las circunstancias debieron mejorar cuando, pocos años después, algunos vecinos de la isla, como los hermanos Rodrigo y Hernando Peláez, naturales ambos de Martos (Jaén) y Juan Sánchez Bueno, se dedicaron de lleno a dicho cultivo. En octubre de 1578 el guardián del convento de San Francisco recibió una caja con azúcar y jengibre dominicano que pesó 22 arrobas y cinco libras y que trajo a Sevilla un navío de que fue maestre Antonio Beloso. Había algunas compañías dedicadas a su exportación; así por ejemplo, Diego de Monroy, clérigo, natural de Zafra y residente por esos años en Santo Domingo, se dedicaba al envío de jengibre consignado al doctor Simón de Tovar, residente en Sevilla. En la última década del siglo también funcionaba una compañía entre Jerónimo Pedrálvarez, vecino de Santo Domingo y Pedro Díaz de Abreu, mercader residente en Sevilla. El primero mandaba jengibre y dinero en efectivo al segundo y éste enviaba pipas y botijas de vino.

Una buena parte del jengibre que llegó a Sevilla entre 1576 y 1597 procedía de La Española, mientras que el resto era de Puerto Rico y de Cuba. Concretamente, del jengibre que conocemos su origen, el 79,26% era dominicano, por lo que aplicando ese porcentaje a la suma total obtenemos que en el último cuarto del siglo XVI llegaron procedentes de la isla más de 28.364 quintales, a una media de 1.350 quintales anuales. Una cantidad nada despreciable, teniendo en cuenta que en 1584 se pagaba la libra de jengibre entre 48 y 52 maravedís. Y es que esta especia representó en los años 80 más del 40 % del valor de todas las exportaciones registradas en Sevilla, solo por detrás de los cueros vacunos. Los propios cultivadores dominicanos tasaron en 1580 el valor anual de la cosecha de jengibre en torno a los 200.000 ducados. Sin embargo, pese a su explotación masiva, a corto y medio plazo padeció los mismos problemas que el resto de las producciones agropecuarias de la isla, a saber:

Primero, los fletes, pues la cargazón no sólo era cara sino que había un desfase entre la fecha de la recolección y la del envío. Al parecer, los barcos debían estar en La Habana cargados a lo largo del mes de abril o a principios de mayo. Sin embargo, dado que la cosecha no quedaba preparada hasta finales de mayo debían embarcar en abril la producción del año anterior, ya deteriorada por el transcurso de los meses.

Y segundo, el precio de venta del género experimentó un progresivo descenso, básicamente por el aumento de la oferta. Así, en 1587 y 1588 se estimaba que se pagaba a un precio tres veces inferior al que alcanzó a comienzos de esa década. Por estos dos motivos su cultivo redujo ostensiblemente el margen de beneficio de los productores dominicanos. En reiteradas ocasiones, el cabildo de Santo Domingo pidió que, dado que fue en esta isla donde se sembró por primera vez, se prohibiese su cultivo en cualquier otro territorio. El celo monopolístico de los productores de Santo Domingo, les llevó incluso a prohibir su cultivo en el obispado de Concepción de la Vega, lo que provocó, con razón, protestas de los vegueros. Lo cierto, es que la Corona no aceptó semejante monopolio que a fin de cuentas sólo beneficiaba a los productores dominicanos. Todos estos problemas hicieron que el cultivo terminara a medio plazo colapsado. Todavía en el censo de 1606 se contabilizaron nada menos que 85 propietarios de estancias de jengibre en Santo Domingo, sin embargo, tres décadas después había dejado de ser uno de los artículos de la exportación dominicana.

Mucha menos importancia tuvo el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que entonces se valoraba más por sus supuestos beneficios para la salud. Al parecer, los indios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis, mientras que su resina se utilizaba como sudorífico. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente las virtudes del Guayacán para remediar la sífilis que por aquel entonces azotaba Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades.

La explotación continuó en los años sucesivos, pues, entre 1561 y 1596 se remitieron otros 13.092 quintales de los que el 87% procedía de La Española y Cuba. Incluso, algún cargamento se reexportó fuera de España. Así, el 22 de junio9 de 1581, Nicolás Lambertengo y Rigardo Siardo, mercaderes lombardos, remitieron para su venta en Venecia 102 quintales de palo de guayacán así como tres cajas de cortezas del mismo árbol, con un peso de 42 arrobas, por un valor de 164.197 maravedís. Sin embargo, esta exportación fue excepcional, y a juzgar por las cifras globales, no parece que el guayacán jugara un papel significativo dentro de la economía de la isla.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La medicina indígena en las Antillas y su comercialización (1492-1550)”, Asclepio, Historia de la medicina y de la ciencia (CSIC). Madrid, 1997, pp. 185-198.

 

----- “Otros sectores productivos y económicos”, en Historia General del Pueblo Dominicano, T. I. Santo Domingo, 2013, pp. 425-471

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En estas líneas queremos dar a conocer un hallazgo documental en torno a esta exploración de Cuba mandada hacer por el gobernador frey Nicolás de Ovando. El documento localizado por nosotros es un apunte contable, recogido en el libro del tesorero de la isla Española, Alonso de Santa Clara, que pese a su brevedad pone fin a una histórica disputa en torno a la fecha exacta en la que se realizó tal expedición.

Como es bien sabido Cuba fue descubierta ya por Cristóbal Colón en su primer viaje, sin embargo, su reconocimiento fue muy precario, pues, incluso el propio primer Almirante llegó a dudar de su insularidad. Su exploración estuvo durante bastantes años paralizada hasta que por fin frey Nicolás de Ovando decidió enviar con este cometido una pequeña armada al frente de Sebastián de Ocampo. Este último era, según el padre Las Casas, "un hidalgo gallego criado de la reina doña Isabel, de los que había venido con el primer Almirante, cuando vino a poblar esta isla el segundo viaje" El dominico que, como veremos posteriormente, se mostró bastante impreciso en algunos de los apuntes proporcionados sobre esta expedición tales como el año de partida o su duración, sí que debía estar más seguro cuando afirmó que Ocampo había arribado a la isla Española en la segunda travesía colombina ya que también él viajó en esa flota. Por lo demás y para concluir este breve repaso biográfico de Ocampo debemos mencionar el grave problema que tuvo con la justicia antes de partir de Castilla pues parece ser que se le conmutó la pena de muerte por el destierro de por vida a la isla Española.

Hasta ahí estamos de acuerdo con el resto de la historiografía existente, sin embargo, queremos demostrar a continuación el error en el que han incurrido tanto los cronistas de Indias como la totalidad de la historiografía contemporánea al fechar la partida, unos, en 1508 y otros, en 1509. Empezando por los cronistas citaremos a continuación las palabras de fray Bartolomé de las Casas:

 

        “Acordó también por este tiempo, que era el año de 508, el comendador mayor, enviar a descubrir del todo a la isla de Cuba, porque hasta entonces no se sabía si era isla o tierra firme, ni hasta dónde su largura llegaba, (y también ver si era tierra enjuta, porque se decía que lo más era lleno de anegadizos, ignorando lo que el Almirante, cuando la descubrió el año de 94, había visto en ella...”

 

        Bastante más impreciso se mostró Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias pese a que de sus palabras se deduce que la expedición debió zarpar en algún momento de 1509, como bien podemos comprobar en el párrafo que reproducimos en las líneas siguientes:

 

        “Poco tiempo antes que el comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, fuese removido de la gobernación de aquestas partes, envió con dos carabelas y gente a tentar si por vía de paz se podría poblar de cristianos la isla de Cuba, y para sentir lo que se debía proveer, si caso fuese que los indios se pusiesen en resistencia. Y a esto envió por capitán a un hidalgo llamado Sebastián de Ocampo...”

 

 

Así, pues, queda bien claro que ni siquiera los cronistas de Indias coincidieron a la hora de fechar la expedición, pues, mientras Las Casas apunta con cierta rotundidad el año de 1508, Oviedo insinuó que no zarpó hasta el año siguiente. Acaso el único punto en común entre ambos fue situarla en cualquier caso durante los años finales del gobierno del comendador mayor de la orden de Alcántara frey Nicolás de Ovando.

Pues, bien, los cronistas e historiadores de los siglos posteriores siguieron en líneas generales las hipótesis de Las Casas y de Oviedo sin aportar ningún comentario nuevo al respecto. Ni tan siquiera la historiografía contemporánea ha llegado a un acuerdo sobre este aspecto, manteniéndose la división entre los que de acuerdo con la versión de Las Casas defienden la fecha de 1508 y los que por contra afirman que debió ocurrir en 1509.

Sin embargo en la mayoría de los casos no se ha esgrimido más argumento que la cita a alguno de los cronistas. Realmente, ha sido Juan Manzano quien, en su ya citado trabajo sobre los Pinzones, dedicó una cierta atención a este viaje de exploración. Este investigador considera errónea la fecha de 1508 proporciona- da por el padre Las Casas, pues, no en vano el propio dominico manifestó en esta ocasión no estar muy seguro de sus afirmaciones. Así, pues, Manzano se acerca más a la tesis de Fernández de Oviedo al afirmar que la expedición debió partir de la isla Española entre mayo y junio de 1509. Sin embargo, la prueba que utiliza para sustentar su hipótesis nos parece extremadamente débil ya que se basa en una respuesta del Rey a Ovando, fechada el 14 de agosto de 1509, en la que afirma que aún "no se había acabado de bojar toda la isla (se refiere a Cuba) por la falta que hay de carabelas...".

Evidentemente Manzano incurre en un error al creer, a partir de este documento que la expedición de Ocampo no se había aún realizado a mediados de 1509, cuando en realidad lo que parece indicarnos es que no tuvo el alcance esperado pues posiblemente Ocampo no llegó a circunnavegar toda la costa. En este sentido podemos traer a colación una afirmación de Fernández de Oviedo, citada también por Manzano, en la que decía que aunque fue a la isla de Cuba y tomó posesión de algunas tierras "hizo poco", es decir, apenas si aportó nuevas respuestas a la realidad de esa isla.

A nosotros no nos cabe la menor duda de que Sebastián de Ocampo partió de la isla Española a mediados de 1506, seguramente de Puerto Plata pues así se deduce del descargo asentado en el libro de cuentas del tesorero Santa Clara y que por su interés transcribimos a continuación:

 

        "Cárgansele más 19 pesos y 6 tomines de oro que ha de recibir Hernando de Pedrosa, vecino de Puerto Real, que los debía de 31 cargas y 34 partes de cazabe de Sus Altezas que Sebastián de Ocampo, que iba por capitán de ciertas carabelas que fueron a la isla de Cuba, dejó en la costa del cacique Guanagrax, porque estaba dañado y se dio a razón de 5 tomines la carga en el mes de enero de 1507 años".

 

El documento es concluyente ya que no se trata de una versión retrospectiva de un cronista sino de un apunte contable anotado en el mismo momento en que se hizo la transacción, quedando claro que si el cazabe en mal estado fue vendido a principios de 1507 Ocampo debió de zarpar unos meses antes, probablemente en verano del año anterior.

Por lo demás, debemos decir que este viaje no debió dar los resultados esperados de ahí que en la correspondencia de los años posteriores se afirme que aún no se había bojeado por completo la isla de Cuba. Debieron ser, pues, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz Solís, en 1508, quienes por primera vez circunnavegaron la isla.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Este artículo lo publiqué con aparato crítico en la Revista de Indias, Madrid, 1996, pp. 199-203).

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La mayor parte de los conquistadores tuvieron un destino trágico, acorde con la situación límite en la que quisieron vivir. El cronista Pero López lo dijo con mucha claridad, refiriéndose a Nufro de Chávez: era cruel y siempre los que crueles son entre los indios fenecen mal. Muchos de ellos obtuvieron suficientes recursos para llevar una existencia holgada, sin embargo decidieron vivir en el filo de la navaja. Muy pocos fueron los que murieron en su cama, ricos y rodeados por el cariño de los suyos. La codicia los enfrentó y fue frecuente que unos gobernadores o adelantados realizasen incursiones en otras gobernaciones limítrofes para entender el secreto de ellas. Eso dio lugar a un sin fin de desafíos. La justicia real acabó ejecutando a más de uno, entre ellos a los extremeños Vasco Núñez de Balboa y Gonzalo Pizarro o al guipuzcoano Lope de Aguirre, apodado El Loco. Cuando el delito no era matar simples indios sino cuestionar la autoridad Real, la cosa era muy diferente, y los castigos solían ser ejemplares, incluida la pena de muerte.

En general, Fernández de Oviedo se refería a la mala fortuna de la mayoría de los emigrantes, pues, según él, de 100 no quedaban 20 vivos, y de estos apenas tres ricos. Pero en particular se refirió al mal fario de los Adelantados de forma que ningún hombre en sus cabales procuraría tal título. Efectivamente, muchos adelantados y conquistadores tuvieron una muerte prematura y violenta, otros acabaron totalmente arruinados tras invertir en expediciones que terminaron en el más absoluto de los fracasos. Sin ir más lejos, Pedro de Valdivia perdió su vida a manos de los araucanos. Tras ser prendido por Caupolicán, suplicó por su vida pero, tras un largo suplicio, le propinaron un golpe en la cabeza con una maza que lo mató en el acto. A continuación, en un festín ritual se lo comieron. Trágico, sin duda, pero no olvidemos que él antes había cometido todo tipo de barbaridades, cortando las narices y las manos a centenares de prisioneros. No mejor suerte corrió García de Paredes que sucumbió a manos de los caribes, o Juan de la Cosa que perdió la vida traspasado por decenas de flechas. Hernando de Soto ni tan siquiera tuvo la oportunidad de recibir cristiana sepultura, pues, sus restos todavía hoy –si es que queda algo de ellos- reposan en el lecho del río Mississippi.

Los que más suerte tuvieron, acabaron sus días amargados por interminables pleitos, confinamientos, ingratitudes y, en algunos casos remordimientos de conciencia, como Cristóbal Colón, Hernando Pizarro o Alonso de Ojeda. Este último, después de estar media vida aterrorizando indios, ingresó en un convento, atormentado por sus culpas. Hernán Cortés, a la hora de redactar su testamento, recapacitó sobre la posibilidad de que muchos de sus esclavos, lo fuesen injustamente. Asimismo, insinuó la posibilidad de que algunas de sus propiedades rústicas hubiesen sido arrebatadas a los nativos de forma ilegítima. Por eso, temiendo el castigo divino, ordenó a sus sucesores que revisasen ambas cuestiones y que, si lo creían conveniente, liberasen a los esclavos y devolviesen las tierras a sus legítimos propietarios (Cláusulas XXXIX y XL). Por su parte, Pedro de Alvarado, estando moribundo en Nueva Galicia, sintió grandes remordimientos de conciencia, confesando entre sollozos, arrepintiéndose y suplicando el perdón divino. Peor aún lo tuvo el adelantado Francisco Pizarro quien, el 24 de junio de 1541, tras ser herido de muerte, pintó una cruz, pidiendo una confesión que no tuvo tiempo a recibir. Era el peor castigo que un cristiano de entonces podía sufrir, perder su cuerpo sin tiempo suficiente para preparar su alma. El destino deparó al trujillano una muerte no menos trágica que la que él dio a Atahualpa, ejecutado injustamente pese a entregar su rescate.

Algunos otros conquistadores o encomenderos, viendo cerca la muerte, intentaron restituir lo mucho que habían robado, en un desesperado intento, como aparece en el testamento del encomendero Hernán Rodríguez, de evitar que su alma penase toda la eternidad. En 1560 Diego de Agüero cuantificó ante notario lo robado por él y su padre, conquistador y primer poblador del área andina, cifrando su propio delito en 4.000 pesos de oro. La cantidad la puso a censo, rentando 425 pesos anuales que dispuso se abonaran a varios hospicios de indios: 200 al de Santa Ana y 75 respectivamente a los de Cuzco, Lima y Trujillo. Fue relativamente frecuente que encomenderos arrepentidos en el último suspiro de sus vidas, dejasen en sus testamentos algunas limosnas a favor de los indios o de los hospitales que los atendían. Todo ello, temiendo el juicio divino.

Pero la mayoría de ellos no sólo murieron trágicamente sino también arruinados o, al menos, fuertemente endeudados. Según los cronistas, los monarcas solían recompensarlos porque era costumbre de los príncipes justos no dejar los servicios sin premio. Pero esta frase no es del todo cierta. En realidad, fueron muy pocos los que recibieron prebendas y mercedes. La mayoría se quedó sin recompensa o ésta fue tan exigua que no les alcanzó ni tan siquiera para llevar una existencia digna. Y muchos de los que sí fueron premiados, invirtieron mal sus fortunas y acabaron igualmente sin blanca.

Casos de conquistadores y adelantados que muriesen plácidamente en su cama son muy contados. El cronista Alonso de Góngora destacó la venturosa buena muerte que tuvo el gobernador del reino de Chile Francisco de Villagra pese a que lo hizo a los 56 años después de padecer durante meses fuertes dolores provocados por la sífilis. Probablemente lo decía comparándolo con otros casos de muertes mucho más violenta que él mismo pudo conocer de primera mano como la sufrida por Pedro de Valdivia que fue capturado, torturado, mutilado y asesinado por Lautaro. En cualquier caso, es obvio que morir en la cama con tiempo para disponer testamento y preparar espiritualmente el alma eran suficientes elementos para hablar de buena muerte, al menos entre los conquistadores. Diego Velázquez, murió también en su cama en Cuba y no precisamente pobre. Sin embargo, los que estuvieron cerca de él en sus últimos años cuentan que nunca superó el amargor que le produjo la traición de Cortés. Este último falleció en Castilleja de la Cuesta en 1547 y, aunque siempre tuvo cierta desazón por no haber sido reconocidos suficientemente sus derechos, lo cierto es que en el conjunto de los conquistadores fue muy afortunado. También Hernando Pizarro, aunque confinado durante largo tiempo en el castillo de la Mota, murió longevo, perdonado y rico. Seguramente era el más avispado de los Pizarro, pues, pese a sus tropelías, fue el único de los hermanos que consiguió sobrevivir y consolidar el nuevo statu de la familia. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, después de una vida absolutamente azarosa, fue enviado preso a España. Una vez en la Península, el Consejo de Indias lo condenó al destierro en Orán, donde pasó nada menos que ocho años. Al final de su vida, con más pena que gloria, fue indultado, otorgándole un cargo judicial en Sevilla, donde falleció hacia 1560. Gonzalo Jiménez de Quesada, supo dejar las armas y reconvertirse en encomendero y empresario, muriendo serenamente en su lecho en 1579 a los 70 años de edad. Y aunque lo hizo consumido por la lepra, y fuertemente endeudado, tuvo tiempo de disfrutar de un cierto statu social y del reconocimiento de sus méritos de guerra. Su cuerpo fue sepultado en la catedral de Santa Fe de Bogotá.

No dejan de ser todos ellos casos excepcionales. En general, la mayoría de los conquistadores y adelantados acabaron mal y peor aún sus mal remuneradas huestes. Así, tras la batalla de Añaquito, en las guerras civiles del Perú, se repartieron el botín áureo que encontraron en polvo. Pero fue tan poca cantidad que, según el cronista Pero López, lo echaron a volar al tiempo que decían ¿por qué nos han de dar tan poca cosa?

Pero, es más, muchos de ellos quedaron lisiados en combate y todo lo más que se le ocurrió a la Corona fue concederles 50 pesos de oro de limosna al que más lisiado estuviere y desde abajo según la calidad de cada uno y la lesión que tuviere. Mucho esfuerzo, muchas penalidades, mucho riesgo y muchas manos manchadas de abundante sangre para tan poca recompensa. Esa fue la triste realidad de los conquistadores y sus huestes.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        La normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, formalizadas públicamente por Raúl Castro y Barack Obama el 17 de diciembre de 2014 han puesto de manifestó lo que era un secreto a voces, es decir, que Cuba había dejado de ser ya un país comunista.

        Atrás quedó el mito de la revolución cubana, la de aquéllos soñadores que se rebelaron en Cienfuegos el 5 de septiembre de 1957, ocupando la base naval y resistiendo con tesón la represión de las fuerzas gubernamentales del dictador Fulgencio Batista. Mientras tanto los rebeldes se hicieron con el control de la Sierra Maestra, aguantando las embestidas del ejército. En enero de 1959 el dictador huía de La Habana en dirección a la República Dominicana al tiempo que Fidel Castro ordenaba al Che Guevara y a Camilo Cienfuegos que ocupasen la capital. Y así lo hicieron con el apoyo de los habaneros, hartos del corrupto régimen pro-estadounidense. Comenzaba así el régimen de Fidel Castro, la denominada República Democrática Socialista de Cuba, que comenzó cumplimentando un amplísimo programa de reformas: nacionalización de tierras y de empresas, democratización del país, justicia social y alfabetización del pueblo.

        Los primeros años fueron épicos, resistiendo las embestidas del gigante gringo. Obviamente, los Estados Unidos no podían consentir un país comunista a sus puertas ni tampoco el perjuicio económico que estaba provocando la nacionalización de sus empresas. Sin embargo, seguía sin dar importancia al régimen castristas, pues pensaba que era obra de unos pocos soñadores que no tardarían en ser derrocados por la propia resistencia cubana. El desembarco de los contrarrevolucionarios en la bahía Cochinos –Playa Girón- el 20 de abril de 1961 fue una verdadera chapuza organizada por la C.I.A. con el consentimiento de Eisenhower. La elección errada del punto de desembarco y la suposición también equivocada de que el pueblo se levantaría en armas contra Fidel Castro los condenó al fracaso. Las fuerzas castristas no tuvieron demasiadas dificultades en repeler el desembarco, provocando 114 bajas entre los asaltantes y capturando a unos 1.200 prisioneros. Todo parecía indicar que Estados Unidos invadiría la isla en los meses posteriores, pero el apoyo soviético y la Guerra Fría lo impidieron. De hecho, Fidel Castro firmó un acuerdo secreto con la URSS por la que ésta se comprometía a instalar en la isla misiles soviéticos para defenderla de una previsible invasión yanqui. El desenlace es bien conocido, tras el bloqueo de la isla por buques norteamericanos se acordó desistir de su instalación a cambio del compromiso expreso del presidente estadounidense de no invadir la isla.

Sin embargo, el gran aliado soviético terminó cayendo por méritos propios, provocados por su excesiva burocratización, el partido único, el poder unipersonal, las purgas contra los opositores y la quiebra económica. Le siguió la desaparición de la China comunista –que solo conserva de marxista el nombre y el partido-, pero en los últimos años se había mantenido a duras penas con el apoyo de la República Bolivariana de Venezuela. La crisis brutal del gobierno de Nicolás Maduro debida, entre otras cosas, a la caída del precio del crudo, su principal fuente de ingresos, ha reducido a mínimos históricos su colaboración económica y comercial con el régimen de Raúl Castro. Cuba se había quedado sola, empobrecida, endeudada y aislada en el contexto internacional. Ya no estaba la URSS, ni China, ni Venezuela; en breve su nuevo socio será nada más y nada menos que su tradicional enemigo: los Estados Unidos de América.

        Raúl Castro y su gobierno han encubierto este drástico cambio de rumbo en una supuesta “actualización” del régimen comunista. Pero es obvio, que es algo más que una “actualización” del sistema; en realidad el comunismo ha dejado de existir en la isla caribeña desde hace algunos años y de lo que ahora se trata es de ajustar la economía, la sociedad y las relaciones internacionales al juego de un capitalismo global.

        El gobierno cubano era hasta hace poco el dueño de todas las tierras del país que entregaba a cultivadores a cambio de la venta al propio Estado de la mayor parte de su cosecha. Es cierto que las cooperativas socialistas no funcionaban bien y que la productividad era muy reducida. La economía cubana era muy precaria, en buena parte por deméritos propios pero también por el brutal bloqueo internacional que venía sufriendo desde hace décadas. Ahora bien, algunas cosas sí se habían hecho bien: los revolucionarios prometieron alfabetizar a la población y lo cumplieron, prometieron coberturas sociales y sanitarias y también lo cumplieron, prometieron trabajo y también lo hicieron aunque fuese en condiciones muy precarias. No olvidemos que según el anuario de la C.E.P.A.L. (Comisión Económica para América Latina de la O.N.U.) el cien por cien de la población cubana es alfabeta y, pese a las carestías, posee una de las tasas de esperanza de vida más elevadas del mundo.

Ahora se está abriendo el país a la iniciativa privada, se están privatizando tierras e industrias, al tiempo que se cierran universidades públicas y centros de salud. Es seguro que la renta per cápita de los cubanos experimentará un espectacular aumento en los próximos años y que la inversión internacional se multiplicará. Es posible que la tasa de crecimiento anual se dispare hasta el 5 o el 6 por ciento, renovando el vetusto parque móvil cubano y comenzando una brutal reconstrucción urbanística. Asimismo, aparecerá una nueva clase social riquísima que acaparará propiedades, dinero y poder. Es posible que ocurra como en Rusia, que una élite se enriqueció hasta límites insospechados, vendiendo las tierras estatales a personas y a multinacionales, con comisiones y maletines de dinero de por medio.

Ahora bien, que nadie lo olvide, el capitalismo también traerá otros efectos no deseados que todos conocemos y que hasta ahora han sido casi desconocidos en Cuba: grandes desigualdades sociales, altas tasas de paro –que ya ha empezado a aumentar-, drogas, corrupción, alcoholismo, mendicidad y todo ese submundo que siempre llevan aparejadas las sociedades excedentarias. El último mito, el sueño idealizado de tantos disidentes, intelectuales e inconformistas, ha desaparecido. Hoy el mundo es un poco más triste, más aburrido, ya no queda sitio en este mundo global para los soñadores.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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