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        La figura del escribano carmonense Gregorio Alanís es bien conocida, pues ya en 1929, llamó la atención del arqueólogo francés Jorge Bonsor, quien escribió un pionero trabajo sobre su persona que, hasta donde sabemos, ha permanecido inédito hasta nuestros días. Sin embargo, al famoso arqueólogo galo le pareció en su día un caso absolutamente excepcional mientras que hoy sabemos que esa permanencia fue mucho más habitual de lo que se había pensado. De hecho, cada vez hay más información sobre los miles de conversos que consiguieron eludir las órdenes de expulsión de 1609 y 1610, unos acogiéndose a las excepciones, otros obteniendo licencias reales y los más escamoteándose entre los cristianos viejos.

El caso que nos ocupa es muy significativo por dos motivos: uno, porque todos sus contemporáneos sabían que descendía, por parte de padre y madre, de moriscos de rebelados en las Alpujarras. Y dos, porque ni podía incluirse en alguna de las excepciones decretadas por la Corona ni pidió ninguna licencia especial para garantizar su permanencia. Es decir, simplemente se quedó sin que nadie lo importunase en exceso para que saliese de Carmona como hicieron otras 125 familias. Por tanto, entre los moriscos carmonenses embarcados en Sevilla con destino al exilio magrebí no se encontró nuestro escribano, pese a tener sangre morisca por los cuatro costados. Bien es cierto que estos exilados eran, según el corregidor de la villa, “Jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos”. En cambio, Gregorio Alanís, como veremos a continuación, había conseguido situarse entre la élite local. Y este aspecto es importante ya que cada vez está más clara la vinculación entre extracción social y exilio. La élite eludió con mucha más facilidad el cadalso, pues como ha ocurrido desgraciadamente siempre, molesta más el pobre que el rico.

        Su progenitor había muerto en la rebelión de las Alpujarras, mientras que su madre María de la Cueva, embarazada, fue deportada en 1571 a Carmona, uno de los puntos de concentración, junto a Écija. De hecho, en ese año el corregidor de Carmona estimó que había un total de 1.080 moriscos, la mayoría procedentes de Tolox (Málaga). La madre de nuestro protagonista fue adquirida en subasta pública por Pedro Muñoz de Alanís, mientras que Gregorio nació en marzo de 1572, siendo bautizado en la parroquia de San Pedro el día 17 de ese mes y año. Con toda probabilidad el señor de la casa se encaprichó con su madre y con el joven huérfano porque de lo contrario es impensable que el hijo de una esclava recibiese una formación académica. Lo cierto es que ya en 1587 y 1588 lo encontramos frecuentemente firmado como testigos las escrituras públicas del escribano Pedro de Hoyos. En 1609 y 1610 fue sucesivamente escribano del crimen y mayordomo del pósito, mientras que en 1611 fue recibido por el concejo como escribano público, pese a la oposición de algunos que alegaron su origen manchado. Hay que aclarar que según los privilegios de la villa, para ser confirmado como escribano era imprescindible recibir la aprobación del concejo lo que implicaba una buena relación con la oligarquía local. También se permitió el lujo de raspar de su partida de bautismo el nombre de su padre y poner en su lugar el de Pedro Muñoz de Alanís, quien según él mismo lo había naturalizado como hijo suyo.

        Gregorio Alanís, que terminó firmando sus escrituras como Gregorio Muñoz de Alanís, tuvo una vida longeva de nada menos que 81 años, estando al pie del cañón como escribano durante varias décadas, hasta muy poco antes de su óbito en 1653. Un morisco de pura cepa que al igual que otros muchos, quedó incrustado en la sociedad cristiano vieja carmonense del siglo XVII.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

-BONSOR, Jorge: “Los moriscos de Carmona y el escribano Gregorio Alanís” (inédito conservado en A.G.A. Leg. 7, N. 1).

 

-Catálogo de la VI Exposición Documentos Municipales para la Historia de Carmona. Los moriscos en Carmona. El escribano Gregorio Alanís. Carmona, 2009 (20 pp.)

 

-FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y PÉREZ GARCÍA, Rafael M.: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2009.

 

-MAIER, Jorge: “Los moriscos de Carmona”, Actas del III Congreso de Historia de Carmona. Carmona, 2003, pp. 85-124.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Su familia paterna procedía de tierras del antiguo reino de León, seguramente de Salamanca. Su bisabuelo, el hidalgo Nuño Cortés, fue el último que permaneció en tierras castellanas, siendo su hijo Martín Cortés el Viejo, el primero en establecerse en el condado de Medellín. Arraigaron en la tierra, llegaron a ser una familia extensísima, con bienes raíces hasta la Edad Contemporánea. Su abuelo, Martín Cortés el Viejo, sirvió con su caballo en la vega de Granada, a las órdenes de los casi legendarios Álvaro de Luna y Pedro Niño. En recompensa por sus servicios, el rey Juan II de Castilla, el tres de julio de 1431, lo armó solemnemente caballero de Espuela Dorada. Tras finalizar su etapa como militar, se asentó definitivamente en tierras de Medellín. Una decisión que no tenía nada de particular, pues Extremadura se repobló básicamente con castellano-leoneses.

Don Martín, había conseguido honra y fama para todo su linaje. Como otros caballeros, tenía su casa solariega en la villa matriz, pero pasaba la mayor parte del tiempo en una aldea del entorno, concretamente en Don Benito, donde tenía la mayor parte de sus fincas rústicas. Las tierras las adquirió seguramente en compensación por sus servicios de guerra, siendo normal que los caballeros recibiesen entre cuatro y doce yugadas. Tuvo al menos seis hijo legítimos –cuatro varones y dos mujeres-, además de una hija ilegítima. El padre del conquistador, era el más pequeño de los hijos varones de Martín Cortés El Viejo, nacido en torno a 1449, probablemente en la casa solariega que la familia poseía en el centro de la villa de Medellín, en la calle Feria, y donde pasaban una parte del año. En el concejo de esta villa desempeñó distintos cargos, como regidor y procurador general. Se desposó con Catalina Pizarro Altamirano, una mujer de ascendencia hidalga, cuya familia procedía de Trujillo a donde había llegado en el siglo XIII, procedente de Ávila. El matrimonio tuvo un solo hijo varón, el futuro conquistador de México.

La situación económica era modesta, pues aunque Martín Cortés El Viejo, abuelo del conquistador, tuvo una considerable fortuna, debió repartirla entre su extensa prole. Las rentas familiares apenas superaban los 30.000 maravedís anuales, incluyendo varios réditos de vacas de hierba, un viñedo, algunas fanegas de trigo y un molino de trigo en el río Ortigas, conocido como de Matarratas. Las rentas eran suficientes, pero en años de malas cosechas, la escasez y las estrecheces debían hacerse patentes en el hogar familiar.

 

NACIMIENTO, INFANCIA Y JUVENTUD

           No se sabe con exactitud la fecha exacta de su nacimiento, que debió ocurrir entre 1482 y 1484. Y ello porque el propio Hernán Cortés ofreció datos contradictorios entre sí sobre su propia edad. Hay que tener en cuenta que en aquella época no se le daba gran importancia a la fecha de nacimiento. La historiografía tradicional ha sostenido que se bautizó en la parroquia de San Martín, donde se conserva una pila antigua que parece de la época y que se exhibe como aquella en la que recibió sus primeras aguas.

Todo parece indicar que el conquistador de México no destacó por su aspecto físico ni por su complexión sino por su carisma y por su fuerte personalidad. Sabía rodearse de amigos y, en general, daba la impresión de ser una persona con carisma, con liderazgo y con una gran potencialidad para acometer grandes empresas.

Se crió, obviamente, como lo que era, es decir, como hijo único, con el cariño y las caricias de su madre Catalina y de su tía Inés. Así lo declaró él mismo en una carta dirigida a esta última y fechada en 1524. Ya siendo un adolescente se lo imaginaba Salvador de Madariaga cabalgando en el rucio de su padre, cazando con el galgo familiar o viviendo alguna aventura con su grupo de amigos. También es posible que jugase a moros y cristianos en las laderas del imponente castillo de los Portocarrero y que acudiese a pescar a orillas del molino de Matarratas o a colaborar con su padre en el castrado de la colmena familiar.

En mayo acompañaría presumiblemente a su padre a la feria de ganados que se desarrollaba por espacio de veintidós días, atrayendo a los principales compradores y vendedores de la comarca. No padeció agobios excesivos, hambre, ni inquietudes en su juventud. Vivió sin lujos pero también sin las estrecheces extremas con las que convivían muchos de sus conciudadanos.

Conoció la férrea mano de la justicia, pues en el rollo de la plaza se ajusticiaba a los condenados, después de haberlos paseado vergonzantemente por las principales calles de la villa. También debió oír de boca de su padre, o de otros hidalgos de la villa, relatos fantásticos de heroicas batallas ganadas a los infieles, de los triunfos de los tercios españoles en Europa o de las nuevas tierras descubiertas allende los mares por un enigmático genovés llamado Cristóbal Colón. Ello despertó en él un gran interés por conocer lo que ocurría fuera de los límites de su pequeña villa. En 1499 se marchó de Medellín y ya sólo regreso de manera muy ocasional.

Sus padres quisieron que su hijo estudiara, pues le auguraban un mejor destino entre papeles que en la guerra. Para ello, lo enviaron a la ciudad universitaria, a casa de la hermanastra de su padre Inés Gómez de Paz. Sin embargo, su paso por las aulas de la señera institución no fue más que otro de los grandes mitos que han rodeado su biografía. Ni tenía la edad adecuada para cursar estudios universitarios, ni conocimientos previos. Como ya hemos dicho, cuando se presentó en Salamanca poseía solo una formación básica, entre otras cosas porque no existía más infraestructura educativa en su villa natal.

Sin embargo, pese al mito de la Universidad, el extremeño aprovechó bien su estancia de tres o cuatro años en la ciudad de sus antepasados paternos. De hecho, aunque nunca obtuvo ningún título universitario, su formación era similar a la de un bachiller en leyes. Simplemente, tenía dos o tres años de estudios, lo que en aquella época significaba tener bastantes más conocimientos que la mayoría.

Otro enigma sin respuesta clara es el porqué de esa marcha tan repentina e inesperada, sin haberse titulado. Todo parece indicar que simplemente carecía de vocación estudiantil, pues su abandono fue voluntario, presentándose en su casa con gran disgusto de sus progenitores. Se dice que Martín Cortés se enojó al verlo porque quería que se hubiese titulado en leyes, buscando siempre un futuro más digno para su hijo que el que le esperaba en su arruinado terruño. Lo cierto es que, tras tres o cuatro años en Salamanca, creyó que había llegado el momento de enfrentarse a la vida y luchar por un destino mejor para él y los suyos. Probablemente le pudo su deseo aventurero de enrolarse en alguna expedición de guerra, bien en Italia a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba, o bien, en las Indias Occidentales. Los progenitores se resignaron, sin ocultar su entristecimiento, convencidos de que sería imposible cambiar la terca voluntad de su intrépido hijo. Ya atisbaban el carácter aventurero de su joven vástago, heredado de su abuelo paterno.

           El período comprendido entre su salida de Salamanca en 1501 y su embarque para La Española en 1504 es probablemente el más desconocido de toda su biografía. Apenas disponemos de dos o tres datos sueltos proporcionados por las crónicas que, a veces, incluso, se contradicen entre sí. La historiografía sostiene que pensó primero en ir a Italia a enrolarse en las tropas del ya afamado Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Varios cronistas de la época, como Cervantes de Salazar, lo ubicaron en Valencia, ciudad desde la que pretendía embarcarse hacia Nápoles, cambiando de opinión a última hora. Siguiendo los pasos de otros metellinenses, marchó a Sevilla con la idea de enrolarse en la flota del nuevo gobernador de las Indias frey Nicolás de Ovando. Es posible que el viaje de regreso lo hiciera a través de Granada, pues, por algunas alusiones suyas sabemos que conocía personalmente la ciudad y muy especialmente sus hilaturas de seda.

 

RUMBO A LAS AMÉRICAS

           La armada del nuevo gobernador se aprestó a lo largo de 1501 y en las primeras semanas de 1502, zarpando de Sanlúcar de Barrameda en febrero de este último año. Fue la más grande enviada hasta entonces al Nuevo Mundo, pues estuvo formada por una treintena de buques y unos 1.200 pasajeros, además de la tripulación, instrumental, animales, material litúrgico, etc. Pero, ¿por qué no se embarcó finalmente? Se trata de otra incógnita no resuelta de su biografía. Los cronistas de la época aluden a dos argumentos más o menos compatibles: el primero, un lío de faldas en las semanas previas a su embarque. Al parecer, cortejó a una mujer casada y, en uno de los encuentros, en la quinta donde vivía, se subió a una tapia poco sólida que terminó derrumbándose con gran estruendo. Al parecer, el marido de su amante, un hidalgo viejo que ya sospechaba de sus veleidades, cogió inmediatamente su espada y sin dar tiempo al joven Cortés a huir se abalanzó sobre él. Cuentan los cronistas que, si no intervinieran la suegra de aquél y otros vecinos sobresaltados por el ruido, allí mismo lo hubiese asesinado. Al parecer, del golpe sufrió una dolencia que le impidió el embarque. En cambio, el segundo de los argumentos resulta algo más creíble, aunque igual de infundado desde el punto de vista documental; padeció nuevamente fiebres cuartanas, una variedad de malaria, que le obligó a regresar a la casa paterna para recuperarse. Esta versión resulta más plausible en 1502 que en 1499 cuando regresó de Salamanca. Probablemente, el abandono de los estudios debió ser voluntario, pero desertar de su sueño indiano debió estar motivado, ahora sí, por alguna causa mayor.

Ya recuperado, a finales de 1502 o en 1503 volvió a salir de su villa natal, esta vez con destino a Valladolid, para ponerse de nuevo bajo el tutelaje de su apreciado tío Francisco Núñez. Éste se había mudado a Valladolid con su familia al ser designado relator del Consejo de Castilla. Con su tío pudo completar su formación humanística y jurídica, llegando a dominar el latín y a conocer los corpus jurídicos tradicionales, especialmente las Siete Partidas. Al parecer, su formación teórica se completó con un trabajo al lado de un escribano.

Afirma el cronista y sobrino político del conquistador, Juan Suárez de Peralta, que de Valladolid volvió directamente a Sevilla donde trabajó junto a un escribano, lo cual le permitió subsistir durante meses en la puerta y puerto de las Indias. En 1504 se embarcó rumbo a la Española en la nao de Alonso Quintero pero, por motivos que desconocemos, regresó a la Península a finales de ese mismo año, para reembarcarse dos años después.

En diciembre de 1506 estaba de nuevo en la isla, una fecha muy tardía que explica su escasa promoción social. Vivió -o malvivió- como asistente de la notaría de Azua, cuya titularidad la ostentaba Diego Velázquez. El salario debió ser tan escaso como la limitada actividad legal, completando sus ingresos con una pequeña encomienda en el Dayguao, concedida por el gobernador frey Nicolás de Ovando. No consiguió fortuna, pero obtuvo algo no menos valioso: una relación más o menos interesada con el influyente Diego Velázquez. En 1511 viajó a la vecina isla de Cuba como su secretario, adquiriendo en breve plazo un gran prestigio social y una buena posición económica. En esta isla caribeña sí que ostentó el mérito de ser uno de los primeros conquistadores y pobladores, siendo nombrado en 1512 escribano de la capital, Santiago de Baracoa. En los primeros años mantuvo unas magníficas relaciones con Diego Velázquez, gozando de su apoyo y protección. Disfrutó de un buen repartimiento de indios que usó lo mismo en la extracción de oro que en la cría de ganado. Todo ello le reportó una buena posición económica y un gran prestigio social que a la postre le sirvieron para consolidar su liderazgo. Entre 1514 y 1515 se desposó con una de las pocas españolas casaderas de la isla, Catalina Suárez Marcayda, fallecida siete u ocho años después en circunstancias extrañas.

 

LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

Sin embargo, su relación con el teniente de gobernador no fue fácil, quizás porque ambos tenían sus propios proyectos expansivos, incompatibles entre sí. No obstante, Diego Velázquez interpretó que el metellinense era la persona que necesitaba para encabezar la expedición que planeaba. Cuando se quiso dar cuenta del peligro de traición era demasiado tarde. El 10 de febrero de 1519 zarpó con 11 barcos, 550 hombres, 16 caballos y 14 cañones. Tras diez días de navegación llegaron a la isla de Cozumel, donde se encontró con Jerónimo de Aguilar, superviviente de un naufragio, que hablaba la lengua de los mayas. Éste y doña Marina, la Malinche, una india que le fue regalada en Tabasco, se convertirían en sus interlocutores con el mundo mexica. El apoyo de la india tabasqueña doña Marina fue decisivo en la consumación de la Conquista, no sólo por ser su traductora personal sino porque era siempre la primera en enterarse de las conspiraciones. Precisamente por ello algunos la acusan de traicionar a su pueblo, opinión muy extendida en el México actual. Pero huelga decir que no se le puede culpar de haber traicionado al pueblo mexicano porque éste no existía como tal, pero ni tan siquiera al pueblo indio porque nunca tuvieron conciencia de unidad –y esa fue precisamente su perdición-. El único error que cometió fue enamorarse de un hombre que no le correspondió en la misma medida en que recibió.

Prosiguieron su viaje hacia San Juan de Ulúa fundando, pese a la prohibición de Velázquez, la ciudad de Veracruz. El poder municipal quedó en manos de sus habitantes, al tiempo que estos nombraron al metellinense como su capitán general. Consumada la traición, envió a dos emisarios a la corte de Valladolid para tratar de justificar sus acciones. Acto seguido desguazó los navíos para evitar que algunos opositores volviesen a Cuba a informar de la defección a Diego Velázquez. Estando en Veracruz, tuvo noticias de la existencia de la confederación mexica y de un tlatoani o emperador llamado Moctezuma. El 16 de agosto de 1519, dejó todo dispuesto y partió en busca de ese fabuloso estado.
           Las huestes avanzaron sobre Tlaxcala, un pueblo celoso de su libertad que planteó una gran resistencia. Finalmente, viendo que no podían derrotar a los extranjeros, se aliaron con ellos para vengarse de sus viejos enemigos mexicas. Sometida Tlaxcala, permanecieron allí apenas tres semanas, el tiempo suficiente para reponer fuerzas y reorganizarse. El 11 de octubre de 1519 partieron, acompañados por varios miles de cempoaleses y tlaxcaltecas, con el objetivo explícito de entrar en Tenochtitlán, capital de los mexicas. Antes pasaron por la ciudad sagrada de Cholula, la cual fue saqueada y sus habitantes masacrados, en un acto de barbarie que tuvo como objetivo amedrentar a sus oponentes.

Destruida la ciudad sagrada, el soberano mexica sabía que la siguiente parada era en la propia ciudad de Tenochtitlán. Y precisamente allí se encaminaron las huestes a primero de noviembre de 1519, al tiempo que el tlatoani decidía dejarlos entrar en la ciudad. Una opción que no fue descabellada, pues pensó que sería más fácil acabar con ellos dentro que en un combate en campo abierto. Prueba evidente de su acierto fue la derrota de estos en la Noche Triste.

El de Medellín lo tenía todo bajo control hasta que llegó el segoviano Pánfilo de Narváez. A corto plazo supuso un grave problema para el extremeño aunque a la larga significó el empujón definitivo para hacerse con el control de la confederación mexica. A principios de mayo de 1520 supo que el segoviano había desembarcado en la costa de Veracruz, al mando de un ejército de 1.400 hombres. No fue un problema su derrota, aunque sí la rebelión indígena que sufrió Pedro de Alvarado en Tenochtitlán, aprovechando la ausencia del metellinense. Retornó a toda prisa, pero era demasiado tarde. Obligó a Moctezuma a que se asomara a una terraza del palacio para calmar a sus súbditos pero estos lo abatieron de una pedrada, pues habían elegido por sucesor a su propio hermano, es decir, a Cuitláhuac. Los españoles, decidieron huir precipitadamente de la capital, aprovechando la noche. Eso no evitó que 800 hispanos y 5.000 indios auxiliares perdieran la vida, en la mayor derrota sufrida por los europeos en toda la conquista de América. Las huestes consiguieron alcanzar Tlaxcala, donde Cortés reorganizó a sus hombres y los preparó psicológicamente para el combate final. La batalla de Otumba no fue una batalla más, sino la última ofensiva lanzada por el ejército mexica para acabar con los extranjeros. Con razón, Cervantes de Salazar interpretó Otumba como la contienda más memorable de toda la Conquista. Derrotados los nativos, ya solo faltaba asediar y tomar la gran ciudad de Tenochtitlán, la cual cayó el 13 de agosto de 1521. Se estima que en el asedió murieron más de 100.000 defensores, cifra elocuente del padecimiento de los asediados. El martes 13 de agosto de 1521, festividad cristiana de San Hipólito, cayó la gran ciudad lacustre de Tenochtitlán. Con ella finalizaba el quinto sol mexica y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría. Se estima que en el asedió murieron poco más de medio centenar de hispanos así como varios miles de indios aliados, frente a cerca de 100.000 mexicas. Cifras elocuentes del padecimiento de los asediados.

La caída de la capital no fue el final de la conquista pues, tanto al norte como al sur había infinidad de pueblos no sometidos a la confederación, que no estaban dispuestos a reconocer la autoridad de los extranjeros. El de Medellín no tardó en ponerse manos a la obra para completar su conquista, dominando en pocos años un extenso territorio de aproximadamente unos 300.000 km2.

Mostró un especial interés por la exploración del océano Pacífico, lo que entonces se conocía como el Mar del Sur. Tenía prisas por reemprender la expansión y no le faltaban motivos. En teoría, cualquier vecino podía solicitar licencia para descubrir, rescatar o conquistar territorios, con la única condición de que viajase con ellos un veedor que velase por el quinto real. En la práctica, había dos personajes muy temidos y poderosos que tenían medios para llevar a cabo dicha expansión, se trataba del propio Diego Velázquez y de Francisco de Garay. Dicho y hecho, en el mismo año de 1522 envió a Pedro de Alvarado al istmo de Tehuantepec, llegando al territorio de los Quichés y de los Cakchiqueles a los cuales terminó sometiendo. En 1525 estaba pacificado todo el territorio, pese a lo cual se sintió agraviado y desplazado del poder político por los funcionarios llegados desde la Península, viéndose obligado a acudir personalmente a la Corte a reclamar sus derechos. Lo que todavía no sabía era que detrás de los recortes en sus privilegios y de algunas usurpaciones de sus posesiones estaba la propia Corona quien pretendía preservar la Nueva España dentro de los territorios de realengo. En Castilla, Cortés consiguió que el monarca le otorgara el título de marqués del valle de Oaxaca y el cargo de capitán general, aunque sin funciones gubernativas. El 15 de julio de 1530 estaba de regreso en las costas veracruzanas, estableciéndose en Cuernavaca desde donde exploró el área del golfo de California. Otra vez, en 1540, diez años después de su primer retorno, decidió, regresar a España a continuar la defensa de sus derechos. Lo hizo pensando en volver a Nueva España, la tierra que le dio honra, fama y fortuna, pero las circunstancias hicieron que no viera cumplido este objetivo. La enfermedad evolucionó demasiado deprisa y, pese a que se acercó a Sevilla con la intención de reembarcarse, la muerte le sorprendió el 2 de diciembre de 1547.

           Cortés fue un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana. Que nadie busque en él a una persona pacifista, compasiva y misericordiosa, sino a un luchador agreste dispuesto a conquistar un imperio a cualquier precio.

 

SUS ÚLTIMOS AÑOS

El de Medellín llevaba prácticamente toda la década de los treinta litigando con las autoridades de México, mientras residía fuera de la localidad, a caballo entre su residencia de Cuernavaca y sus astilleros de Tehuantepec. La llegada del virrey Antonio de Mendoza no hizo más que empeorar su situación, siendo desplazado definitivamente del poder político. Agobiado y presionado por los interminables pleitos, decidió finalmente, en la primavera de 1540, retornar a España. Su pretensión no era otra que conseguir del Consejo de Indias lo que las autoridades novohispanas le negaban y de paso restablecer su buen nombre, muy deteriorado en la Corte tras la llegada de varios memoriales contra su persona.

Dejó atrás a toda su familia, salvo a dos de sus hijos, ambos ilegítimos, el primogénito Martín, que entonces tenía tan solo ocho años y el pequeño Luis. Todo parece indicar que viajó con la idea de permanecer en la Península tan sólo el tiempo estrictamente necesario para resolver sus problemas. Nada más desembarcar se encaminó a Madrid, donde fue bien recibido por los miembros del Consejo de Indias, quienes le cedieron una casa señorial, concretamente la morada del comendador Juan de Castilla. Durante algún tiempo estuvo rodeado de la élite nobiliaria y de los consejeros del Emperador. En 1541 decidió acompañar a este último en su fracasada campaña de Argel, junto a sus hijos Luis y Martín. La precipitación del ataque, lanzado inadecuadamente en noviembre, y los temporales hicieron fracasar la empresa. Hernán Cortés viajó en la galera capitaneada por Enrique Enríquez que, como tantas otras, naufragó, aunque consiguió salvar su vida milagrosamente.

De vuelta de su aventura argelina decidió establecerse en Valladolid, una ciudad que, por un lado, le traía muy gratos recuerdos de su juventud, y por el otro, le permitía estar cerca de la Corte. Casi hasta el final de su vida mantuvo sus aspiraciones de que el Emperador le devolviese el poder político que en justicia creía que merecía. Desde marzo de 1542 está documentada su presencia en la capital de Castilla y León, donde permanecerá hasta el 23 noviembre de 1545.

En la ciudad del Pisuerga continuó con sus negocios, pues realizó numerosas transacciones comerciales que se pueden rastrear a través de sus escrituras notariales. Pese a sus ocupaciones, siempre sacaba tiempo para acudir a diversas reuniones con cortesanos, juristas, teólogos y humanistas. De hecho, en su propia casa se celebraban con frecuencia cenáculos, donde se mantenían acaloradas tertulias sobre historia, política y filosofía. Allí acudían intelectuales, juristas, prelados y empresarios, como Pedro de Navarra, Juan de Vega, virrey de Sicilia, el cardenal Francesco Poggio o Francisco Cervantes de Salazar, entre algunos otros. Este último quedó tan fascinado por su figura que decidió escribir su famosa Crónica de la Nueva España, que el de Medellín pudo leer y disfrutar en 1546. Probablemente fue su última gran satisfacción antes de su fallecimiento. En noviembre de 1543 no quiso perderse el enlace, en Salamanca, entre el príncipe Felipe –futuro Felipe II- y doña María de Portugal, acudiendo en compañía de su hijo Martín. Conviene insistir que los nobles invitados fueron contadísimos lo que evidencia su excelente relación con el príncipe.

El 20 de noviembre de 1545 aún permanecía en Valladolid, partiendo en dirección a Sevilla, a finales de noviembre o a principios de diciembre de ese mismo año. Al parecer, hizo una estancia breve en Madrid que duró poco más de medio año, pues en septiembre de 1546, estaba ya a orillas del Guadalquivir. Parece claro que su objetivo no era otro que regresar a Nueva España para morir en la tierra por la que tanto luchó y que todo se lo dio.

Estaba enfermo pero en absoluto impedido, pues estuvo asistiendo a actos públicos y realizando infinidad de gestiones hasta el mismo día de su fallecimiento. En octubre su situación empeoró de forma ostensible por lo que decidió formalizar su testamento en Sevilla, ante el escribano Melchor de Portes, el 11 de octubre de 1547. Al mes siguiente, concienciado de su inminente desaparición, decidió dejar la casa sevillana en la que se hospedaba y en donde le importunaban todo tipo de personas, acreedores, admiradores, funcionarios, pedigüeños, etcétera, y marcharse a Castilleja de la Cuesta, al hogar de su buen amigo, el jurado Juan Rodríguez de Medina. Según Bernal Díaz, pretendía morir en paz, alejado de muchas personas que le importunaban en negocios.

La morada que lo cobijó en sus últimas semanas era un sólido edificio de cantería, que ya en el siglo XIX fue totalmente reformado por los Duques de Montpensier al estilo neogótico. Al parecer, padecía disentería desde hacía algún tiempo lo que le había provocado una degradación física paulatina, hasta dejarlo totalmente extenuado. La situación empeoró gravemente, mientras su vida se fue apagando lentamente, acompañado en todo momento por su hijo Martín.

Pero ni siquiera en las horas finales perdió ese espíritu inquieto que le había acompañado a lo largo de toda su vida. Sorprendentemente, el mismo viernes dos de diciembre en que falleció decidió llamar urgentemente a un escribano público para otorgar un codicilo que firmó en su nombre fray Diego Altamirano. Y digo que sorprende porque apenas introdujo modificaciones de importancia. Minutos antes de su óbito, todavía tuvo tiempo de confesar con mucha devoción y recibir los santos óleos. Fray Pedro de Zaldívar le auxilió espiritualmente, ayudándole a morir como lo que era, es decir, como un cristiano. Esa madrugada del 2 de diciembre de 1547 expiró finalmente, confortado por los sacramentos y en presencia de un corto número de personas, entre las que se encontraban su mayordomo, su ayuda de cámara, una asistenta de su confianza que vino con él desde Valladolid, llamada doña Juana de Quintanilla, Juan Rodríguez, dueño de la casa y los religiosos fray Pedro de Zaldívar y Francisco López de Gómara. Mientras este luctuoso suceso ocurría, su mujer, seguía en Cuernavaca administrando como podía el marquesado y siempre a la espera del retorno de su marido que, finalmente, nunca se produjo.

En su testamento dispuso su enterramiento provisional en la parroquia del lugar donde falleciera, hasta su traslado al monasterio de Concepcionistas que el mismo fundó en Culiacán. Hubiese sido inhumado temporalmente en la iglesia de Santiago de Castilleja de no ser por su codicilo en el que dispuso finalmente su entierro provisional en la iglesia de la dicha ciudad de Sevilla o de otra parte donde los señores mis albaceas o cualquiera de ellos que se hallare presente, ordenaren.

Así, el domingo 4 de diciembre de 1547, a las cuatro de la tarde, ante el escribano de Santiponce, Andrés Alonso, y con autorización del Duque de Medina-Sidonia, se inhumó en el monasterio de San Isidoro del Campo, en la cripta del Duque, sita en medio de las gradas del altar mayor. Fueron testigos del enterramiento don Juan de Guzmán, Duque de Medina-Sidonia, el hijo de éste, don Juan Claros de Guzmán, Conde de Niebla, así como el Marqués del Valle, el asistente de Sevilla y el Conde de Castelar, entre otros.

El 29 de enero de 1548 la Corona emplazó a los herederos mediante una Real Provisión con vistas a hacer el inventario y cumplir con su última voluntad. Su esposa, doña Juana de Zúñiga, ausente en el momento de su óbito, sobrevivió a su marido varias décadas. Residió durante algunos años en la collación de San Román, enfrente del monasterio de Santa Paula, trasladándose en 1560 a otra vivienda de la collación de San Lorenzo. En la madrugada del 2 de diciembre de 1583 falleció en Sevilla, siendo inhumada en el convento de Madre de Dios de Sevilla.

 

VALORACIÓN DE SU FIGURA

Todavía en pleno siglo XXI su figura sigue despertando pasiones encontradas. Pero lo cierto es que ni fue un caballero andante ni un santo sino ni más ni menos que un conquistador. Una persona con las mismas virtudes y defectos que la mayor parte de las personas de su época. Un conquistador con suerte, pero a fin de cuentas un conquistador, con sus éxitos y sus fracasos. Un hombre que sabía reír y también llorar. Contaba Herrera que, tras conocer la magnitud del desastre de la Noche Triste, no pudo contener las lágrimas. Fue compasivo o cruel, dependiendo de las circunstancias.

Fue también sumamente implacable con los paganos que no querían aceptar las aguas del bautismo. Es bien sabido que, cuando entró en Culiacán, derribó el templo y, porque un indio principal no quiso ayudar en ello, lo mandó ahorcar y lo ahorcó con los diablos a cuestas. También infringió durísimos escarmientos a los indios rebeldes. Por ejemplo, en 1523 los nativos de Pánuco acometieron a los hombres de Francisco de Garay, matado a varias decenas de ellos. Hernán Cortés mandó a su capitán Gonzalo de Sandoval para que castigase sin cuartel a los responsables. Mató a cientos de ellos, despedazándolos después de tal forma que los demás indios ya no se atrevían ni a levantar un dedo contra su poder. A veces también sabía actuar con dureza con sus propios hombres si lo creía oportuno. En una ocasión el metellinense vio como uno de sus soldados, robaba dos gallinas a un indio y lo quiso ahorcar, impidiéndoselo Pedro de Alvarado que cortó a tiempo la soga del infortunado.

Pero, para una adecuada valoración de su figura es importante no extraerlo de su contexto histórico. Estaba inmerso en ese cristianismo intransigente que desde finales de la baja Edad Media había llevado al exilio a todas aquellas personas que no profesaban la religión cristiana. También en ese sentido, como en todo lo demás, fue un hijo de su tiempo. Por tanto, estamos de acuerdo con Octavio Paz cuando planteó la necesidad de retornar al Cortés legendario al terreno de la historia: El conquistador debe ser restituido al sitio a que pertenece con toda su grandeza y todos sus defectos: a la Historia.

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

 

MADARIAGA, Salvador de: Hernán Cortés, Madrid, Austral, 1986.

 

MARTÍNEZ, José Luis: Hernán Cortés, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2010.

 

MIRALLES, Juan: Hernán Cortés, inventor de México, Barcelona, Tusquets Editores, 2001.

 

RAMOS, Demetrio: Hernán Cortés. Mentalidad y propósito. Madrid, Rialp, 1992.

 

THOMAS, Hugh: La Conquista de México. El encuentro de dos mundos, el choque de dos imperios. Barcelona, Planeta, 2000.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Artículo publicado en Clío, Revista de Historia, enero de 2015, pp. 30-41)

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Previsiblemente a partir del 12 de febrero de 2015 se hará efectivo el proyecto de ley para la concesión de la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes españoles expulsados de la patria en 1492. Por tanto, podemos decir que 523 años después -los comprendidos entre 1492 y 2015- será reparado un injustísimo agravio histórico. Y ello es un gran motivo de satisfacción, no solo para los descendientes de los sefardíes y para los judíos en general sino para toda la humanidad, pues demuestra que, aunque sea después de mucho tiempo siempre es posible la reparación de las injusticias.

Pero aprovechemos la ocasión para hacer un resumen del periplo de estos queridos compatriotas que durante siglos han guardado con añoranza el recuerdo de su querida patria, Sefarad, España. No sabemos si cuando los Reyes Católicos expidieron el Decreto del 31 de marzo de 1492 pensaban que el grueso de los 100.000 judíos españoles optaría por el exilio. En esa orden se les daba la opción de convertirse o marchar al cadalso. Pero sorprendió a todos la gran cohesión social de la mayoría, unos 80.000, que prefirieron el ostracismo a la renuncia a su credo. Se trató, de una verdadera “solución final”, pues, obviamente, expulsados los judíos se acababa definitivamente con el problema. Una decisión brutal, aunque menos que la decretada por los nazis en 1942 para su exterminio en los campos de concentración. Y esta última fecha no deja de ser curiosa porque se trata de los mismos números, anteponiendo el nueve al cuatro. Es posible que los Monarcas Católicos no previesen tal decisión que acarreó un quebranto económico notabilísimo, al tiempo que favorecieron el desarrollo de rivales tales como el imperio Otomano donde fueron bien recibidos.

Es cierto que España no fue ni la única ni la primera que los desterró, pero la cifra de deportados sí que fue mucho mayor que la de otros países. Pero el problema no es solo el genocidio de la expulsión, sino el olvido y la negación de estos españoles extirpados durante siglos. Los decretos de expulsión no constituyeron un hecho aislado sino que fueron fruto de una larga cadena de cortapisas, reprimendas y violencias que se iniciaron con virulencia desde 1391. Medio siglo después, y en particular a partir de 1449, con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo, los conversos o sus descendientes fueron privados del acceso a los oficios públicos. Otro paso más en la negación del judaísmo y en la consolidación del casticismo cristiano en la Península Ibérica. Y finalmente, la creación del Santo Tribunal de la Inquisición para castigar a los judaizantes, sin duda el paso previo al fatídico decreto de 1492.

        Durante los siglos XVI y XVII los sefardíes fueron olvidados por las autoridades hispanas que solo se acordaban de ellos cada vez que había una bancarrota o una crisis económica. El Conde Duque de Olivares pretendió permitir el retorno a un grupo de ellos a cambio de recursos económicos. Lo cierto es que nunca se llegó a producir el acuerdo, aunque hubo algún proyecto posterior en tiempos de Carlos II. En el siglo XVIII algunos ilustrados, como el padre Feijoo o Melchor de Jovellanos, criticaron por fin con firmeza, después de tres siglos, la fatídica decisión de 1492. Sin embargo habrá que llegar al siglo XX para encontrar algún tímido intento de reconciliación. El mayor hito en este sentido fue la orden del general Miguel Primo de Rivera de 1924, reconociendo la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes expulsados en 1492. Eso sí había que demostrar fehacientemente ser descendientes de los expulsos, renunciar a la nacionalidad original y fijar su residencia en España. Por ello, con ser un hito en el largo proceso de reparación histórica, apenas tuvo consecuencias prácticas. En cuanto a la II República aunque públicamente se manifestó a favor de los judíos, en la praxis solo les concedió la nacionalidad a cuenta gotas. El propio Adolf Hitler, antes de su “Solución Final” ofreció a otros países, entre ellos a España, la posibilidad de acoger a sus hebreos. Ante la negativa o simplemente la omisión de respuesta, interpretó que a nadie le interesaban estos judíos y consumó su genocidio. Durante el Franquismo, cuando ya se entreveía el final del III Reich, se acogieron a pequeños contingentes de hebraicos que fueron salvados de una muerte segura. Pero nuevamente no fueron más que actos de propaganda del régimen, puntuales y con la idea de mejorar el escasísimo prestigio de un régimen nacido del golpe de estado del 17 de julio de 1936.

        Pero a partir de la muerte del dictador, la situación no había cambiado sustancialmente; se les reconocía la nacionalidad española a aquellos que, al igual que los iberoamericanos y portugueses, demostrasen una permanencia en España de al menos dos años. En 1986 el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel hizo que el entonces primer ministro israelí, Simón Pérez, en La Haya, pronunciase una emocionante frase que será siempre recordada: “nos volvemos a encontrar después de 500 años”.

Desde noviembre de 2014 existe un proyecto de ley que, como ya hemos dicho, se convertirá en ley este año de 2015, culminando un proceso de reparación histórica que ha durado más de medio milenio. Isaac Querub, presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, se ha mostrado entusiasmado y orgulloso de su españolidad y de la de los judíos de origen hispano, al tiempo que ha destacado que nunca es tarde para esta reparación si la dicha es buena. Por tanto, quiero empezar estos primeros días de 2015, recordando que estamos a pocos meses o a pocas semanas de consumar la reparación de la injusticia cometida con aquellos españoles extirpados y expulsados de España en 1492. Ahora bien, dicho esto, y dejando claro mi entusiasmo como español y como historiador, quiero decir que es necesario continuar las reivindicaciones para extender este acto de justicia a los descendientes de los queridos y recordados moriscos, expulsados también a partir de 1609 y que, al igual que los sefardíes, les han transmitido, de generación en generación, su amor por España.

 

PARA SABER MÁS:

 

-BEL BRAVO, María Antonia: Sefarad, los judíos de España. Madrid, Sílex, 1997

 

-BENITO RUANO, Eloy: Los orígenes del problema converso. Barcelona, Editorial Albir, 1976.

 

-GONZÁLEZ, Isidro: Los judíos y España después de la Expulsión. Córdoba, Almuzara, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Hace unos meses una brillante estudiante de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, Marina Romero, me hacía la pregunto que uno siempre espera de sus alumnos y que nunca te hacen: ¿Cree usted que hubiese sido posible otro modo de conquista y colonización sin emplear la barbarie? Mi respuesta fue contundente: sí. Y ello a pesar de que tanto su profesor como otros muchos grandes historiadores fueron igual de contundentes pero en sentido opuesto. De hecho, hace pocos años el hispanista inglés Hugh Thomas afirmó que los españoles no podían haberse comportado de otra forma.

En principio, podríamos pensar que la destrucción del mundo indígena americano, como la del mundo ibérico por los romanos, fue inevitable. Que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Hay toda una corriente de pensamiento que arranca al menos de la Antigüedad clásica, que plantea la guerra entre los pueblos como algo ineludible. Así lo sostenía el historiador ateniense Tucídides en el siglo V a. C. Pero esto no tiene por qué ser necesariamente así. En este sentido, ha escrito Josep Fontana que una vez que los hechos se han consumado se muestran como inevitables, esfumándose cualquier alternativa. Sin embargo, ya un viejo proverbio chino rezaba que el supremo arte de la guerra era vencer al enemigo sin violencia. Pero es más, en la misma época de la Conquista hubo un nutrido grupo de personas que creyeron en esa vía alternativa, es decir, en la evangelización pacífica. La primera de ellas fue Isabel la Católica quien, en una de las cláusulas de su testamento, dijo que los indios sólo se resistían a los predicadores cuando previamente eran atacados y robados. Por ello, recomendaba que no se utilizara la espada sino la paz y el amor. Siendo así, continuaba la Soberana, los nativos responderán de la misma forma. Queda claro, que la posibilidad de la evangelización pacífica no la formularon por primera vez los dominicos sino la mismísima reina Isabel. Más tarde, algunos miembros de la corriente crítica, como fray Pedro de Córdoba, fray Bartolomé de Las Casas o Vasco de Quiroga, lo reiteraron de nuevo con la misma claridad.

En 1549 un grupo de dominicos, liderados por fray Lues de Cárcal, trataron de atraer pacíficamente a los nativos de la Florida, pero fueron todos ellos asesinados. Ello se debió precisamente a los estragos que habían causado previamente grupos expedicionarios como los de Hernando de Soto, desde 1539 y que no se caracterizaron precisamente por la bondad con los naturales. Pero no fueron los únicos que defendieron esta vía alternativa. También el franciscano Gerónimo de Mendieta, al igual que el obispo de Honduras Cristóbal de Pedraza, estaban convencidos de la bondad innata del amerindio y siempre defendieron la posibilidad de una penetración pacífica, en la que fuese posible la fundación de una nueva cristiandad, libre de las herejías y de los excesos del viejo continente. Asimismo, algunos cronistas laicos estuvieron en esta misma línea, como Girolamo Benzoni que escribió con una claridad meridiana lo siguiente:

Si los españoles cuando empezaron a entrar en esos territorios se hubiesen presentado con benignidad, y con benignidad y mansedumbre hubieran continuado, es de suponer que aquellas gentes incultas y bárbaras hubieran aprendido a vivir racionalmente, hubieran cultivado alguna virtud en honor y utilidad del nombre de Cristo, y no se hubiera producido la muerte de tantos españoles ni la aniquilación de tal multitud de indios.

Garcilaso de la Vega se sumó igualmente a esta propuesta, argumentando que estaba muy difundida en el Incario la idea de la llegada por el este de nuevos dioses que cambiarían el mundo y acabarían con la tiranía de Atahualpa. Por ello, estaba convencido de que, si los españoles los hubiesen tratado con amor y buenas palabras, hubiesen aceptado su conversión rápidamente. Por su parte, Antonio de Herrera, quizás con la ventaja de la perspectiva de los años, no es menos claro en ese sentido al decir:

Adonde los naturales dan lugar al ejercicio de las armas espirituales, manifiesto es el fruto que ellos hacen en breve tiempo, mediante la gracia de nuestro Señor.

Yo estoy convencido que sí fue viable o posible otra forma de ocupación, aunque la decisión fuera tan arriesgada y difícil que ni siquiera Isabel la Católica se atrevió a ponerla en práctica. Pero, no podemos negar que se dieron algunas circunstancias que pudieron favorecer esa evangelización pacífica: la abrumadora superioridad técnica e intelectual de los europeos, la constante de que el indio creyese que eran dioses pacificadores y la existencia, casi desde el inicio de la colonización, de una importante corriente crítica defensora de estos postulados. Prueba de que fue factible es que, allí donde hubo una entrada pacífica, sin injerencias externas, los indios aceptaron de buen grado a los nuevos colonizadores. De hecho, en 1547 el obispo de Guatemala, Francisco Marroquín, siguiendo los pasos de su antecesor el padre Las Casas, y con autorización del virrey, envió una expedición de dominicos a Goazacoalco, región situada entre Tabasco y Chiapas, con el objetivo de pacificar a sus habitantes. Les ofrecieron el privilegio de quedar al margen de las encomiendas y una exención tributaria de seis años. El resultado fue su rápida pacificación y su pronta conversión. Por otro lado, si algunos experimentos de evangelización pacífica fracasaron fue porque se produjeron expediciones incontroladas de saqueo que provocaron su rebelión. Ahora, bien, ¿Cómo hubiera sido todo si se hubiera impuesto la conquista evangelizadora? Es difícil hacer historia contrafactual, pero probablemente el proceso hubiese sido mucho menos traumático, al menos para los pobres amerindios.

Una cosa más: ¿hubiese sido posible que alguno de los grandes estados, como el mexica o el inca, hubiese subsistido y coexistido con el dominio español? Sinceramente, creo que sí. Si Moctezuma hubiese reaccionado desde el primer momento y hubiese frenado a sus oponentes, como proponía Cuitlahuac, probablemente hubiese ganado el tiempo suficiente para reorganizar su ejército. Y, a partir de ahí, quién sabe lo que hubieran podido aguantar. De haberlo logrado se hubiesen convertido en un estado muy atrasado, pero que quizás por los influjos externos hubiese evolucionado más rápidamente. Aunque no sean exactamente comparables, también el zarismo o la China clásica fueron imperios bastante primitivos, al menos políticamente, y subsistieron hasta la Edad Contemporánea.

Las Casas, finalmente, desmoralizado por el irreparable daño cometido, planteó como única solución a los ojos de Dios dejar a todos los indios en libertad, visitados sólo de vez en cuando por religiosos para encauzar su conversión. Así preveía que, en algunas décadas, como conejos tornasen a multiplicarse. Su propuesta era inviable, imposible de asumir para el Imperio Habsburgo pero también para los propios indios, cuyo mundo había quedado ya profundamente impactado para siempre.

Por desgracia, los hechos sucedieron como sucedieron; ojalá tuviésemos una máquina del tiempo para volver atrás, hacer las cosas de otra forma y poder escribir una historia distinta.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

CLAVERO, Bartolomé: Genocidio y justicia. La destrucción de las Indias ayer y hoy. Madrid, Marcial Pons, 2002.

 

 

IZARD, Miquel: El rechazo de la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueran esa maravilla. Barcelona, Península, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Cuando España era la metrópolis del mundo, en tiempos de Felipe II, se pasearon por España un sinnúmero de embajadores y viajeros de todos los confines del planeta. Como es bien sabido, desde que Sevilla se convirtiera, a raíz del Descubrimiento de América en la puerta y el puerto de las Indias, se instalaron en ella nutridas colonias de extranjeros: genoveses, venecianos, flamencos, alemanes y portugueses, entre otros. Pero, también hubo la presencia de personas pertenecientes a lugares y naciones más lejanas y exóticas, lo mismo procedentes de Oriente que del Magreb que de lejanas tierras americanas.

 

1.-SULTANES MAGREBÍES

 

El Magreb fue siempre una frontera permeable de la que llegaron a España, n numerosas embajadas, formadas por sultanes, jeques y príncipes; otros, como una parte de la realeza nazarí, permanecieron en la Península tras la toma de Granada en 1492. Personajes como Carlos de África, la reina de Vélez, el infante de Bugía, Gaspar de Benimerín, Juan de Castilla, Alonso de Fez, María de Bona, Juan de Persia o Felipe Francisco de Orán o don Felipe de África.

De todos ellos el más conocido fue el caso de Muley Xeque, posteriormente bautizado como don Felipe de África, nació en Marruecos en 1566. Era hijo de Muhammad, rey de Fez y Marruecos, destronado en 1576 por su tío Abd al-Malik con la ayuda otomana y los dos fallecidos, junto a don Sebastián de Portugal en la célebre batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes. Luego los portugueses lo llevaron a Lisboa y cuando ésta fue ocupada por Felipe II, éste lo llevó hasta la localidad sevillana de Carmona.

Al parecer, la elección de esta villa se debió a que, además de disponer de un alcázar real en el que hospedarlo, poseía un cierto tamaño que permitía repartir mejor la carga entre su población. Para que los gastos no fuesen tan excesivos se decidió que Muley Xeque con su corte fuese a Carmona y su tío Muley Nazar quedase en Utrera. Aún así, la corte del primero era tan extensa que causó en un enorme quebranto económico a las arcas locales, así como un gran malestar.

El carmonense Gabriel de Villalobos recordaba en 1635, siendo un anciano, la entrada del Muley Xeque en su localidad natal:

        "Reinando en España el rey don Felipe nuestro señor segundo de este nombre el año de mil y quinientos y ochenta y siete entró en Carmona el Príncipe de Marruecos, acompañado de muchos moros, hombre mancebo, y se aposentó en los alcázares reales de Carmona donde estuvo aposentado tres años a costa de Su Majestad el rey nuestro señor y de Carmona…"

 

Traía consigo un séquito de 57 personas, incluyendo a seis mujeres, permaneciendo en la villa hasta febrero de 1591. Debía llamar la atención este muchacho de talle extremado, fornido y de perfectas proporciones, por su color de la piel moreno, lo suficiente como para que fuese conocido popularmente como el Príncipe Negro. Fue alojado en el de Arriba o de Pedro I, una fortaleza inexpugnable construida en época almohade y, posteriormente, restaurada y engrandecida por el rey Pedro I, quien se construyó dentro un palacio que era réplica del que poseía en el alcázar Real de Sevilla. Luego fue trasladado a Andújar, ciudad que tenía fama de poseer pocos moriscos y de profesar una gran devoción a Nuestra Señora de la Cabeza. Todavía recién llegado a la ciudad jiennense volvió a escribir a Felipe II insistiendo en su deseo de retornar a Berbería para recuperar su trono. Está claro que trece años después de su llegada a la Península Ibérica seguían intactas sus aspiraciones como rey marroquí.

Sin embargo, las cosas iban a cambiar drásticamente en cuestión de meses, pues el saadí, decidió allí su conversión al cristianismo. Las autoridades españolas, decepcionadas ya de su utilidad en la estrategia norteafricana vieron esta conversión con buenos ojos, como un signo claro del triunfo del cristianismo sobre el islam. Desde ese momento, Muley Xeque, dejaría de ser el príncipe de Fez y Marruecos para convertirse en el príncipe de los moriscos, un ejemplo a seguir en su conversión sincera y en su integración en la sociedad cristiana.

Junto a la conversión, se le conceden preeminencias sociales y concesiones económicas. En cuanto a las primeras se le concede el tratamiento de grande de España al tiempo que al año siguiente se le concedía un hábito de caballero de la orden de Santiago, tras hacer una información sobre su nobleza. Asimismo, se le compensó como la comendadoría, concretamente la de la histórica encomienda de Bédmar y Albánchez, en la diócesis jiennense.

Entre 1594 y 1609 vivió habitualmente en Madrid, concretamente en una amplia casa ubicada en la confluencia de las calles de Huertas y del Príncipe, en unas casas que eran de Ruy López de Vega, justo en el sitio que después se construiría el palacio de los duques de Santoña. Allí disfrutó de un cuerpo de servicio, que incluye jardinero, y arrienda asimismo un aposento en el corral de comedías, desde el que asistía a las funciones de teatro.

Pero expulsados los moriscos, decidió marchar a Italia, al interpretar que su situación en España era incómoda. Tras una fugaz visita al Vaticano, donde se entrevistó con el Papa Pío V, se dirigió a Milán. En la ciudad lombarda entabló una buena amistad con el gobernador Pedro Enríquez de Acevedo, Conde de Fuentes, a cuyas órdenes se puso como capitán de infantería. Y prueba de ello es que en el testamento del anciano gobernador, fallecido el 22 de julio de 1610, designó al príncipe morisco como uno de sus albaceas. Su relación con el nuevo gobernador no fue la misma por lo que, desde 1612 se trasladó a un pueblo cercano Vigevano, donde viviría los últimos años de su vida. El 4 de noviembre de 1621 fallecía a los 55 años de edad el príncipe de los moriscos, siendo su cuerpo inhumado en la catedral de Vigevano.

 

 

2.-ARMENIOS Y PERSAS

 

Entre este grupo de personas de países tan distantes destacaron los armenios, muy presentes tanto en Sevilla como en Cádiz. Quede constancia que dentro de esta denominación no solo se englobaba a los que procedían de lo que hoy podría ser la actual Armenia sino a todos los cristianos orientales que residían dentro de las fronteras del imperio turco.

         El caso más conocido es el Jorge Adro Dato, Obispo de la ciudad de Van. Conocíamos este caso por una escueta referencia que sobre su enterramiento dejó Ortiz de Zúñiga en sus Anales de Sevilla. Así al referirse a la iglesia de San Vicente destacó, además de su gran antigüedad, su extensa feligresía y el lustre de sus moradores el enterramiento allí de este personaje. El obispo vivió en la collación de San Vicente, según parece de forma muy cristiana y edificante, hasta su fallecimiento el jueves 19 de noviembre de 1643. Al día siguiente fue enterrado solemnemente en el altar de la cofradía de Ánimas de la parroquia que se encontraba entonces en el muro de la epístola, junto a la capilla del Bautismo. Sus exequias fueron costeadas por la feligresía, los presbíteros y los cofrades del templo. Y los actos, celebrados de cuerpo presente por el presbítero beneficiado de la parroquia, el reverendo Paulo de Carmona Valderrama, debieron ser muy populosos.

         En el libro de fábrica correspondiente a los años de 1543 a 1549, se menciona el gasto de 1.292 maravedís en el entierro, incluyendo celebraciones, el coste de la caja de madera y en “traerla y llevar las andas”. Encima de su tumba le colocaron una monumental lápida que todavía se conserva al lado de una de las puertas de acceso al templo.

 

 

3.-AMERINDIOS REALES Y NOBLES

 

Los motivos por los que llegaron a España fueron sin duda muy diversos. Unos venían simplemente a conocer estos reinos, como si de un turista del siglo XXI se tratase. Ese fue el caso de don Gabriel y don Pedro, este último hijo del Rey del Imperio Azteca, Moctezuma, que llegaron acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana a ver las cosas de España. Ya el 24 de julio de 1533 se le concedió al hijo de Moctezuma el cargo de Contino de la Casa Real para que de esta forma se pudiese mantener. El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, pero dos años después, al menos don Pedro, continuaba reclamando permiso para retornar a México. Lástima que estos indios no dejasen ningún testimonio escrito de su viaje por tierras castellanas que hubiese sido tremendamente revelador para los historiadores y seguro que también fuente de inspiración de literatos. En cualquier caso queremos insistir en el buen recibimiento que las autoridades españolas proporcionaron siempre a los indios nobles en contraposición al desprecio que sentían por el resto de los miembros de la etnia. Incluso, sabemos que Juan de Moctezuma llegó a poseer por disposición Real una renta de 2.000 pesos de oro, situada nada menos que en los "indios vacos de México". Está claro el trato preferente dispensado por las autoridades españolas a los indios nobles, conscientes de que la mejor garantía de la sumisión de los indios estaba en el control de sus caciques.

En otras ocasiones, se trataba de indios que ostentaban una cierta responsabilidad y que acudían a España a informar a las autoridades españolas o a hacer alguna petición. Eso ocurrió con Juan Garçés, un indio empleado en la hacienda de la rivera de Toa, en la isla de San Juan, que acudió con su mujer e hijos a nos informar de algunas cosas. En febrero de 1528 solicitó pasaje para volverse a San Juan, disponiendo Carlos V que fuese encomendado a alguien que lo trate bien y le de comer a quien sirva para que lo pase allá. Nuevamente, en 1584 encontramos el caso del cacique de los pueblos de Ypales y Potosti -actual Ecuador-, Pedro de Henao, que una vez en la Península acudió dos veces consecutivas a la Corte de Felipe II con un pliego de peticiones en favor de sus indios. Ahora bien, dado que la afluencia de caciques a la Península comenzó a ser más usual de lo deseable, hubo que expedir una orden prohibiéndolo, salvo aquellos casos autorizados expresamente por el monarca. No obstante, parece que la norma no se cumplió pues continuaron llegando a la Península, durante toda la época colonial.

Otros muchos fueron traídos de manera forzada, unos por formar parte de la realeza, mexicana o incaica, y el riesgo que existía de revueltas, o bien, niños de la élite para educarlos en España y devolverlos aculturados a sus lugares de origen. De ambos casos, hay innumerables ejemplos, pues el propio Colón ya pensó en la importancia que tenía para la conquista y pacificación les llevar y aprender nuestra habla y volverlos a sus naturalezas… Así, en 1518 un español, llamado Cristóbal de Mendoza, trajo un indio Caribe con la intención de mostrarle a leer y (a) escribir y adoctrinarlo en las cosas de nuestra Santa Fe" para que a su regreso contribuyese a la pacificación de sus congéneres.

Desde un primer momento las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes a la élite. Había precedentes cercanos en el tiempo, pues, ya los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales. Sin embargo, al margen de los precedentes históricos, había una realidad evidente de la que las autoridades españolas no tardaron en percatarse y era la fe ciega que los indios profesaban a sus caciques. Así, pues, la postura oficial de reconocimiento de la nobleza indígena tenía su lógica, mucho más allá de la tradición histórica, pues se tenía claro que, atrayéndose al grupo caciquil, se podría controlar mucho más fácilmente al grueso de los indios. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas. Estos se convirtieron en el nexo de unión entre los españoles y los indios, los mismos que se encargaron de recaudar los tributos y de fijar los turnos de los servicios personales. Por temor a perder sus privilegios, estos jefes locales obedecieron ciegamente lo que les mandaban los nuevos señores. La Corona, a cambio, los terminó equiparando a la nobleza castellana, pudiendo acceder a los altos cargos de la administración, obtener escudos de armas, e incluso, hábitos de las órdenes de caballería.

Pero, al menos en el caso de la familia de los incas del Perú, había otra razón de peso. La mayoría de los quechuas consideraba a los descendientes de la dinastía Inca, los verdaderos herederos del Perú. Todavía en 1615, mucho después de consumada la conquista, Poma de Ayala decía que Castilla era de los españoles, las Indias de los indios y Guinea de los negros. Había razones de peso para traer a la nobleza incaica a la Península, apartándolos del incario, y de paso hacerles un tratamiento acorde con su rango.

Así, pues, desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de disposiciones tendentes a igualar el estatu de los caciques indios con el de los hidalgos castellanos. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Huayna Cápac a quien, en 1606, se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago.

Embajadores reales de muy diversos confines del planeta, presentes en la metrópolis del mundo y cuya historia permanece todavía en la actualidad bastante inexplorada.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ALONSO ACERO, Beatriz: Sultanes de Berbería en tierras de la cristiandad. Exilio musulmán, conversión y asimilación en la Monarquía hispánica (siglos XVI y XVII). Barcelona, Bellaterra, 2006.

 

CUTILLAS FERRER, José Francisco: “Las relaciones de don Juan de Persia: una imagen exótica de Persia narrada por un musulmán shií convertido al cristianismo a principios del S. XVI”, Sharq al-Andalus Nºº 16-17, 1999-2002, pp. 211-225.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “Armenios en Sevilla”, en Archivo Hispalense, Nº 61-62. Sevilla, 1953.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Indios nobles y caciques en la corte real española”, Temas Americanistas Nº 16. Sevilla, 2003, pp. 1-7.

 

OLIVER ASÍN, Jaime, Vida de Don Felipe de África, príncipe de Fez y Marruecos (1566-1621). Granada, Universidad, 2008

 

SANCHO DE SOPRANIS, Hipólito: “Los armenios en Cádiz” en Sefarad, fasc. 22 de 1954.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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         Cuando hablamos del oro y la plata que las huestes se fueron repartiendo en las fundiciones de San Miguel de Tangarara, Coaque, Cajamarca, Jauja y Cuzco hay que pensar que no era metal precioso de minas, sino piezas de orfebrería incaica que acababan irremediablemente en el horno. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, de la que solo escapó una pequeñísima parte. Y todo para tratar de saciar la voracidad metalífera de los invasores.

        He transcrito y analizado todos los registros de las fundiciones realizadas en el Perú y, pese al fraude, salen a relucir numerosas piezas que debieron tener un enorme valor artístico. En los listados de piezas fundidas en la villa de San Miguel de Tangarara, entre el 19 y el 5 de agosto de 1532, se citan gargantillas, collares, anillos una corona y varios tejuelos, todos ellos de oro. En las funciones de Cajamarca, Jauja y Cuzco se fundieron decenas de esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, vajillas y hasta camisetas confeccionadas con hilo de oro. Llaman la atención dos piezas en particular fundidas en Cuzco: una, un hombre de oro que entró a fundir García de Salcedo. Y otra, una fuente de oro esmaltado, que el gobernador había salvado de la fundición de Cajamarca, convirtiéndola en lingotes en la de Cuzco. Y todo ello sin contar la plumería fina y las piezas textiles y cerámicas que fueron directamente desdeñados por los europeos.

        El 9 de enero de 1534, el gobernador Francisco Pizarro envió a su hermano Hernando a España para llevar el quinto al emperador y de paso obtener mercedes. Pues bien, junto al quinto fundido en lingotes, valorado en ¡107.735 pesos de oro y 12.000 o marcos de plata!, traía varias piezas sin fundir para disfrute de los cortesanos: algunas vasijas, ollas y atambores así como varios ídolos macizos de oro y de plata. Desgraciadamente, todo eso también debió acabar hecho lingotes para pagar los ejércitos europeos.

El 23 de julio de 1538, Hernando de las Casas, vecino de Sevilla, volvía a entregar al Emperador en Valladolid un rico presente enviado por Francisco Pizarro. El listado es tan curioso y llamativo que me permito reproducirlo íntegro:

 

Cuadro I

Tesoro inca entregado en

Valladolid al emperador en 1538

 

Nº de piezas

Metal

Objeto

3

Oro

Carneros grandes

10

Oro

Mujeres

1

Oro

Inca orejón con su corona del mismo metal

892

Oro

Barras de ocho quilates, marcadas con la marca real y contramarcadas con una C y una estrella y todas con cabo y cola

215

Oro

Barras de diez quilates marcadas todas ellas de la dicha marca y de otra, las dos de ellas sin cabo

8

Plata

Mujeres de plata grandes

4

Plata

Mujeres de plata pequeñas

3

Plata

Carneros grandes

1

Plata

Cordero (sic)

 

        Una auténtica fortuna, de un valor incalculable y por el que en la actualidad cualquier museo del mundo suspiraría.

        Por si fuera poco, cuando varias décadas después los hispanos tomaron Vilcabamba, el último reducto de los incas, las pocas piezas que estos habían podido salvar corrieron la misma suerte. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo aurífero del sol, fueron llevados a Cuzco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Los Incas y su cultura material eran por aquel entonces historia.

 

 

FUENTE

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Francisco Pizarro. Traición, ambición y drama en los orígenes del Perú. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2014 (en prensa).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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