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Buenas tardes:

 


Hoy hablaremos de Enriquillo, un personaje muy conocido de la historia dominicana. Sorprendente porque es de los pocos indios a los que la Historia le ha otorgado un sitio de honor. Queremos dejar bien claras tres ideas:

 

 

La primera idea que queremos dejar clara es la resistencia indígena permanente que abarca desde la llegada de los españoles hasta la extinción de los aborígenes en poco menos de cincuenta años. Superado un momento inicial en el que, como es bien sabido, los españoles fueron tratados como dioses, comenzó la resistencia de los indios. En estos primeros compases la oposición se catalizó en: 1.- la huida a los montes. 2.-destrucción de sus conucos y 3.-un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

 

La segunda cosa que queremos dejar clara es que hubo dos fases: en la resistencia: una,

antes de 1519 y después de esta fecha. Hasta 1519 los indígenas poco o nada pudieron hacer frente a las ofensivas armas de los cristianos por lo que la única salida que les quedaba era, como ya hemos comentado, la huida a los montes, fuera del alcance de los españoles. Podemos decir que los indios en los primeros años no se rebelaban contra los españoles sino que tan sólo se ausentaban, de ahí que para recuperarlos se utilizase a los llamados recogedores de indios o alguaciles del campo. Y otra, a partir de la década de los veinte aparecieron líderes que aglutinaban en torno a si indios con una mayor conciencia de grupo, como fue el caso de Enriquillo que concentró bajo su mando a más de un centenar de guerreros.

En estos años se dieron varias circunstancias que favorecieron los levantamientos indios, a saber: el progresivo despoblamiento de las islas y el mestizaje cultural de muchos indios que les permitió aprender las técnicas de combate del grupo conquistador. Aprendieron a evitar los ataques frontales con los españoles, prefiriendo su concentración en lugares inaccesibles desde donde atacar por sorpresa y esporádicamente.

Y la tercera idea que queremos aclarar es que no fueron más que simples rebeliones ya que el propósito de caciques como Enriquillo o Guama en Cuba, fue tan sólo escapar de la pésima situación en la que se vieron envueltos, sin obviamente, plantear situaciones más complejas. De manera que si bien es cierta la existencia de un rechazo del indio hacia la nueva situación política, social y económica, creada por los hispanos no es menos cierto que no hubo una intención generalizada de crear una nueva sociedad frente a lo hispano. En el caso de Enriquillo que si llegó a crear una sociedad aparte lo cierto es que no hizo otra cosa que copiar el ordenamiento vigente, como ya hicieran los esclavos rebeldes en la antigüedad.

De forma que los indios se rebelaron contra una coyuntura concreta, como podía ser el excesivo trabajo o en el hambre en un momento determinado, no contra el nuevo sistema establecido por los españoles. Los oficiales reales eran conscientes que cuando no se les daba de comer a los indios o a los negros estos se rebelaban y así ocurrió en la cuaresma de 1547 cuando se le dio muy poca comida a negros e indios que “fue ocasión que se alzasen y se fuesen a buscar de comer...”

          Tras el sometimiento de la Española por parte del Comendador Mayor, frey Nicolás de Ovando, la isla permaneció pacífica prácticamente hasta la década de los veinte. No obstante, hacia 1519 apareció una figura clave en la historia de esta isla como fue Enriquillo, un cacique que supo aglutinar en la Española a un numeroso grupo de descontentos.

          Respecto a las causas que le impulsaron a la insurrección debemos decir que hay una tremenda confusión al respecto. Ya los cronistas de la época redujeron todo el alzamiento al simple interés personal de Enriquillo, habida cuenta de los malos tratos que le proporcionó su encomendero, llamado Valenzuela, que le llegó a quitar a su mujer y a su yegua. Sin embargo, una gran parte de la historiografía reciente dominicana ha querido ensalzar a Enriquillo como héroe, proponiendo como causas principales de su rebeldía el interés colectivo de los indios frente a la espantosa explotación laboral y social que sufrieron a manos de los españoles.

          Nosotros, por nuestra parte, tenemos nuestra propia opinión sobre este interesante personaje, que si bien tiene en cuenta todo lo dicho hasta ahora, creemos que el comportamiento individual de este líder, su propia vida y sus propios intereses personales influyeron más que otras circunstancias en su actuación contra los españoles. Para ello nos basamos en el sintomático hecho de que en ningún momento este cacique defendió más intereses que los suyos propios y, en concreto, cuando le ofrecieron un puesto importante en la sociedad española lo aceptó sin preocuparle el futuro del resto de los aborígenes.

Desde luego y ante todo hemos de tener en cuenta la propia formación cultural de Enriquillo que hemos definido como mestiza, pues, pensaba en español, al ser criado desde muy pequeño, como ya hemos señalado, por los franciscanos y, al igual que muchos de los que con él estaban, estaba totalmente aculturado. El propio Juan de Castellanos en su conocida obra lo definía así:

 

          “Fue Enrique pues, indio ladino que supo bien la lengua castellana, cacique principal, harto vecino al pueblo de San Juan de la Maguana... Era gentil lector, gran escribano”.

 

 

Además, cuando Francisco de Barrionuevo llegó al pueblo que tenía Enriquillo en el Bahoruco encontró que en todos los "bohíos" había cruces puestas, e incluso, una iglesia para la que el cacique insurrecto le pidió una campana. Es decir, con estas características podemos afirmar que el agravio que sintió Enriquillo, principalmente, al perder a su mujer, tuvo que tener más impacto en su personalidad que el que hubiera tenido en cualquiera de los indígenas de su comunidad. Es seguro, por tanto, que Enriquillo compartió, como el resto de los hidalgos españoles, el ideal de honor del momento y esa antítesis de la sociedad renacentista del momento conocida como “caballero valeroso- villano cobarde”.

          Si a todo ello unimos la abusiva actuación que los españoles llevaron a cabo con los indios, sólo suavizada en parte durante el gobierno de los Jerónimos, la insurrección de Enriquillo está más que justificada.

A Enriquillo le siguieron la mayoría de sus indios, engrosando su número con el paso de los años por la popularidad que el movimiento rebelde adquirió entre la mayoría de los indígenas de la isla. Como bien dijo el padre Las Casas la fama de Enriquillo se difundió como la pólvora entre los indios de tal forma que en los años sucesivos se incorporaron aquellos naturales descontentos por los malos tratamientos que les proporcionaban sus encomenderos. De hecho, en 1544, el licenciado Cerrato explicaba al Emperador que de cien esclavos que se iban al monte noventa y nueve lo hacían debido a la crueldad con la que se les trataba.

Del número de insurrectos que andaban en el Bahoruco no tenemos referencia exacta. En los primeros años del alzamiento los documentos hablan de tan sólo cincuenta o sesenta indios, la mayoría de ellos varones, mientras que para el momento de máximo auge rebelde no sobrepasaron, en cualquier caso, los cuatrocientos efectivos en total. Hacia 1533, y tras las numerosas muertes causadas por los largos años de lucha con los españoles, tan sólo había unos 80 o 100 indios guerreros y un total de trescientas almas incluidas las mujeres, los niños y los viejos.

            El movimiento rebelde triunfó durante más de catorce años. El motivo de su éxito radicó en algo que ya hemos dicho, pero que volvemos a insistir. Su carácter cultural mestizo, no sólo en el mismo Enriquillo, sino también en muchos de sus compañeros de lucha, que al igual que su líder se habían educado junto a los españoles.

          Es evidente, pues, que esta guerra de Enriquillo fue muy distinta a aquella protagonizada por los primeros indígenas que vivieron el Descubrimiento, paralizados por el terror ante unos invasores desconocidos. Ahora las técnicas de combate, las armas, las estrategias y los objetivos fueron muy diferentes. No en vano, en 1529, escribieron a Carlos V los oidores de la Audiencia de Santo Domingo con una gran clarividencia, como se puede observar en las líneas que vienen a continuación:

 

 

          “Es guerra con indios industriados y criados entre nosotros, y que saben nuestras fuerzas y costumbres, y usan de nuestras armas y están proveídos de espadas y lanzas, y puestos en una sierra que llaman Bahoruco, que tiene de largura más que toda el Andalucía, que es más áspera que las sierras de Granada”.

 

 

Enriquillo creó todo un sistema defensivo que parecía ingeniado por un auténtico español. Para empezar situó su cuartel general en un lugar prácticamente inaccesible para los españoles, en pleno corazón de la región del Bahoruco. En estos apartados lugares los indios encontraron una defensa eficaz frente a unos españoles que desconocían el territorio. Así, en una carta de Alonso de Zuazo a Carlos V le explicaba que como la sierra del Bahoruco era de sesenta leguas “los alzados saben la tierra, y así burlan a los españoles”. Además, en estos lugares tan serranos la mejor arma ofensiva de los españoles que, como es bien sabido era el caballo, resultaba totalmente inútil, pues, como decía un documento de la época, "en la sierra no son nada". Este sistema se completaba con otro asiento distinto y oculto para los enfermos y los viejos, en el cual se les atendía y se les curaba sin el peligro que suponía un eventual ataque español. El resto de los indios labraban la tierra en zonas más llanas, mientras que otros se dedicaban a la vigilancia para que a la menor señal de alerta corriesen a refugiarse a la sierra.

Por lo demás, Enriquillo estableció un complejo sistema de información en torno a él, en el que es muy probable que estuviesen implicados indios de paz. Este hecho, que es conocido desde hace ya tiempo aunque desde un punto de vista más literario que científico, parece confirmarse por un caso ocurrido en la Española, en 1527, y que citamos a continuación. Así, en este año se produjo un ataque de indios cimarrones a una hacienda de la Yaguana. Pues bien, poco después se encontró parte del botín robado en poder de ciertos indios de paz que había en una estancia cercana "por donde se presume que algunos indios de aquellos fueron espías o supieron algo o serían en el dicho robo...". Como no se llegó a hacer pesquisa sobre este asunto no sabemos si los hechos realmente ocurrieron así. Sin embargo, tan sólo la sospecha de espionaje por parte de los españoles es muy sintomática al respecto. Por otro lado, dos años después, la Audiencia de Santo Domingo informó a Su Majestad que los indios alzados tenían tantos “espías” en las villas y en el campo “que no se menean (se refiere a los españoles) sin que ellos lo sepan...”.

Igualmente, había aprendido de los españoles que la improvisación era un gran arma, motivo por el cual no cejaba en la vigilancia hasta el punto que, según el padre Las Casas, “era tanta su vigilancia que el primero era él quien los sentía”. En este sentido, Luis José Peguero, citando al cronista Antonio de Herrera, decía que su espada “no la soltaba ni en la hamaca en que dormía”.

Otra de las precauciones que tomó este líder indio poner los medios para evitar que los españoles pudiesen localizar su asentamiento. Para ello se dice que cortó la lengua a los gallos y que impuso graves sanciones para aquellos que encendiesen fuegos en zonas no señaladas para tal efecto.

En cuanto a las formas de ataque ofensivo debemos decir que consiguió las armas de metal de los propios españoles a los que despojaba después de ser vencidos, hasta el punto que, según contaba el padre Las Casas, algunos de los que iban con Enriquillo llevaban hasta dos espadas. También en la táctica de combate este cacique demostró un perfecto conocimiento de la guerra muy superior a la capacidad estratégica del resto de los indios. Así sabemos que dividía a los hombres en dos grupos, uno a su mando, y otro de auxilio, comandado por su sobrino Tamayo, ganando de esta forma muchas batallas.

Pese a todo, tras unos años de éxito, la resistencia indígena fracasó tanto en la Española como en las demás islas antillanas. Los motivos fueron los siguientes, a saber: primero, por la escasez, cada vez mayor, de indios y muy especialmente de mujeres, lo que originó que los insurrectos tuviesen como prioridad absoluta la toma de indias encomendadas y naborías de paz. Segundo, por la falta de unos intereses comunes entre negros e indios frente al poder español que, posiblemente estaba motivado por cuestiones eminentemente culturales. Y tercero, por la falta de una conciencia colectiva entre los aborígenes, favorecida por los traslados indiscriminados de indios que practicaron los españoles, especialmente intensos en los primeros años. Igualmente, el duro trabajo minero impidió que se fraguasen las ideas de rebeldía al tener tan sólo unos pocos meses, tras la demora, para “fabricar de como se han de alzar”. Ni en los mejores momentos de Enriquillo existió una liga o unión entre los principales caciques alzados de la isla, pues, como bien afirmó fray Cipriano de Utrera, cuando Enriquillo firmó la paz los demás indios continuaron su alzamiento independientemente. Tras la firma de la paz por Enrique en 1533 continuaron algunos caciques alzados pero el fin de los alzamientos estaba sin duda próximo.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

(*) Texto de la conferencia impartida en la Casa de España de Santo Domingo, el 11 de noviembre de 1998.

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        En estos días el tema del patrimonio sumergido está de actualidad, tras el anuncio por parte del gobierno colombiano del hallazgo del galeón San José, hundido por corsarios ingleses en 1708. La prensa, siempre deseosa de encontrar titulares con los que vender noticias y periódicos, se ha encargado de cifrar el valor del tesoro sumergido: once millones de monedas de oro, que ya algunos atrevidos han valorado en cerca de diez mil millones de dólares.

        En estas páginas quiero hacer algunas puntualizaciones sobre las circunstancias del hundimiento, sobre el valor del cargamento y sobre los tesoros sumergidos en general. Empezando por lo primero, diremos que el hundimiento del galeón se produjo en plena Guerra de Sucesión, cuando España, aliada de Francia, estaba enfrentada fundamentalmente con los británicos. La situación del país era extremadamente delicada porque sufría los ataques de sus enemigos en los mismos puertos peninsulares, como Vigo o Gibraltar. En esos momentos las dos flotas de Indias, la de Nueva España y la de Galeones de Tierra Firme no se encontraban todo lo bien protegidas que hubiese sido menester, porque eran muchos los puertos y las rutas que había que defender. La de Nueva España zarpó de Veracruz y llegó sin contratiempos a La Habana, punto de reunión de las dos flotas antes de emprender el camino de regreso hasta Cádiz. En cambio, la de Tierra Firme permaneció entre abril y mayo fondeada en Portobelo, mientras se celebraba su famosa feria. La armada zarpó a primeros de junio de aquel puerto con destino al de Cartagena de Indias, donde debían verificar los registros de lo que llevaban a bordo y recoger el dinero del virreinato de Nueva Granada.

        En total la Armada de Galeones de Tierra Firme se componía de quince barcos mercantes y tres de guerra, a saber: el galeón San José, con 32 cañones por banda y 600 pasajeros, donde viajaba el capitán general de la Armada, don José Fernández de Santillán y Quesada, Conde de Casa-Alegre. El galeón San Joaquín, de un tonelaje similar al San José, con el mismo número de cañones y 500 pasajeros. Y finalmente el galeón El Gobierno, algo más pequeño, con 44 cañones y 400 pasajeros. Estando a la altura del islote de Barú, cerca ya de Cartagena, fueron interceptados por cinco navíos de guerra ingleses. Los buques españoles se prepararon para el combate, pese a estar en inferioridad numérica. El galeón San José fue el primero en ser bombardeado, siendo hundido en apenas dos horas. El Gobierno, en cambio, resistió la acometida durante algo más de ocho horas, y poco antes de su hundimiento fue rendido por su capitán, el conde de Vega-Florida. Y finalmente, el San Joaquín, que era la Almiranta de la armada, consiguió escapar durante la noche y alcanzar la seguridad del puerto de Cartagena.

        Narrados los hechos, quisiera destacar varios aspectos: primero, la valentía del capitán general de la armada, el Conde de Casa-Alegre, que cumpliendo con su obligación dejó su vida en defensa de los tesoros del rey de España. Igual de meritorio fue el comportamiento del resto de los oficiales de los tres galeones españoles. Consiguieron que la flota mercante llegase íntegra a Cartagena, salvándose incluso el galeón San Joaquín con parte de los caudales de Felipe V.

        Segundo, no se puede saber la cuantía exacta que transportaba el galeón San José por mucho que algunos sueñen con toneladas de oro. No se llegó a realizar el registro en Cartagena, y la parte que transportaba el san Joaquín se salvó, mientras que el galeón El Gobierno fue tomado por los ingleses. Fue muy sonado en su época el gran botín que tomaron los ingleses en el buque rendido, evidenciando que como era costumbre el metal precioso se había repartido entre los tres galeones para minimizar posibles pérdidas. Por tanto, lo que puede haber en el galeón San José, además de varios centenares de cadáveres, cerámica, cacao, añil y otros productos cargados en Portobelo, es una parte de ese tesoro. Tampoco sabemos si el capitán general, viendo perdido el navío, consiguió tirar por la borda las monedas de oro, o incluso reembarcarlas en una pequeña urca que les acompañaba y que consiguió alcanzar el puerto de Cartagena. Asimismo, desconocemos si el yacimiento donde se encuentra el galeón San José está intacto o si ha sido saqueado en algún momento, como en tantos otros casos.

        Y tercero, el caso del San José es muy diferente al de la fragata Las Mercedes, localizada y expoliada por la empresa Odyssey en aguas del golfo de Cádiz en 2007. Y es diferente porque en aquel caso el barco no solo era de titularidad española sino que se hallaba en nuestras aguas. Supongo que en el caso que ahora nos ocupa habrá un largo proceso en los tribunales para ver cuánto corresponde al descubridor –el estado colombiano a través de su armada- y cuánto al propietario de aquel pecio y de su contenido.

        Pero en cualquier caso, he escrito este artículo para señalar la ausencia en España de un macroproyecto para rescatar nuestro patrimonio sumergido. Un proyecto en el que deben colaborar el Estado, la Marina, la Universidad y la empresa privada. Además de la existencia de detestables empresas cazatesoros, muchos países europeos y americanos, como Estados Unidos, Colombia, República Dominicana o Ecuador, llevan años rescatando los pecios de sus aguas. Sonados han sido los rescates del Guadalupe y el Tolosa, en aguas dominicanas, del Nuestra Señora de Atocha o del galeón Jesús María, hundido en 1654 junto a las costas de Ecuador. España, por sus amplias costas y por su trayectoria histórica cuenta con los mejores yacimientos marinos del mundo. Tenemos localizados varios centenares de pecios en las costas españolas, sin contar los barcos hundidos en batallas como la de Trafalgar. En las costas mediterráneas, incluyendo las islas Baleares, se sabe de la existencia de barcos cartagineses y romanos. Sin embargo, el golfo de Cádiz pasa por ser el mayor yacimiento de pecios del mundo. Además de barcos desde tiempos de los fenicios, descansan en su lecho decenas de galeones de la Carrera de Indias. A la bahía de Cádiz se dirigían todos los barcos procedentes de las Indias, cargados de metal precioso y casi siempre perseguidos desde el cabo de San Vicente por corsarios franceses, ingleses y holandeses. Pese a la protección de los galeones de las flotas y a la ayuda de la Armada Guardacostas de Andalucía, muchos de ellos fueron hundidos en diversos puntos de la costa onubense y gaditana. Yo mismo he documentado alguno de ellos, aportando incluso datos aproximados de su localización.

Un estudioso, amigo mío, Claudio Bonifacio, que lleva toda la vida estudiando los registros de los barcos hundidos en el Archivo de Indias, ha cuantificado el metal precioso sumergido en el golfo de Cádiz en 12.000 toneladas de plata y 800 de oro. Y aunque la cifra es ya de por si golosa, al metal precioso habría que unir las joyas, porcelanas, cerámicas, tapices, piedras preciosas, así como el patrimonio inmaterial de la historia.

El valor del patrimonio histórico y cultural sumergido que alberga España daría para construir el mayor y mejor museo de arqueología subacuática del mundo. Un atractivo más para España y una fuente de riqueza que no podemos ignorar. El Estado Colombiano ya ha manifestado su intención de crear un museo subacuático en Cartagena de Indias, y está en su derecho. Nosotros tenemos el nuestro, precisamente también en Cartagena (Murcia); pero se hace necesario llevar a cabo un ambicioso plan para proteger y rescatar nuestro patrimonio subacuático y hacer el mejor y más completo museo del mundo en su especialidad.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Armada Española”. Madrid, Museo Naval, 1973.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “El sistema naval del Imperio español. Armadas, flotas y galeones en el siglo XVI”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2014.

 

PÉREZ-MALLAÍNA, Pablo Emilio: “El hombre frente al mar. Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII”. Sevilla, Universidad, 1997.

 

SERRANO MANGAS, Fernando: “Naufragios y rescates en el tráfico indiano durante el siglo XVII”. Madrid, Siruela, 1991.

 

VVAA: “Navegantes y Náufragos. Galeones en la ruta del mercurio”. Barcelona, Lunwerg Editores, 1996.

 

VVAA: “La aventura del Guadalupe. Su viaje a La Española y su hundimiento en la Bahía de Samaná”. Barcelona, Lunwerg, 1997.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Debemos desterrar la errónea idea defendida tradicionalmente de que los pescadores gallegos practicaban una pesca de bajura y que eran los cántabros y los vascos los que la hacían de altura o de gran altura. En realidad, gallegos, vascos y cántabros realizaron esta pesca de altura, lejos de sus costas al menos desde el siglo XV. Todos ellos fueron pioneros en ese proceso de expansión atlántica, iniciada en el siglo XV y continuada en el XVI, que provocó una progresiva mundialización de la economía, lo que hoy llamamos globalización.

        En la costa gallega y en especial en las Rías Baixas, la actividad económica principal era la pesca. Como escribió Pegerto Saavedra, nunca antes ni después se dedicaron tantos gallegos a la actividad pesquera. Ya a finales del siglo XV hay vagas noticias sobre la presencia de pescadores vascos y gallegos en Terranova, mucho más abundantes y detalladas en la siguiente centuria. En este sentido, es bien conocido el memorial del hijo de Matías de Echevete en el que declaró que su padre comenzó a pescar en Terranova en un barco francés y que, desde entonces, en un amplio período de medio siglo realizó otros veintiocho viajes. Parece ser que había una colaboración entre galos y vascos en la pesca del bacalao. De hecho, no es el único caso documentado de la presencia de capitanes o maestres galos que aprestaban sus barcos en puertos vascos para viajar a Terranova. Así, el 19 de diciembre de 1583, el francés Juanes de Çusiondo, firmó en Lequeitio el contrato con los marineros que debían embarcarse en su nao Catalina de San Vicente para ir a Terranova a la pesquería del bacalao.

Desde principios del siglo XVI hay documentación que señala la presencia de embarcaciones gallegas en el Atlántico Norte, capturando bacalaos, una especie muy apreciada, especialmente por la grasa que se obtenía de su hígado. Hay documentación esporádica sobre la presencia de pontevedreses en la pesquería de Terranova en 1517, 1526 y 1527, lo que podría indicar que la actividad era todavía escasa. Sin embargo, en la segunda mitad de la centuria disponemos de muchos más datos, especialmente en la década de los setenta y de los ochenta lo que demuestra la pujanza de las pesquerías en esos años. Y ello a pesar de la fuerte competencia de los pesqueros cántabros, vascos, portugueses, galos e ingleses.

 

 

PORTUGUESES, INGLESES Y FRANCESES EN TERRANOVA

 

        Una cosa era la pesca de bacalaos y otra la exploración de rutas y la ocupación física de aquellos territorios. Portugueses, ingleses y franceses estaban tomando la delantera a España en su exploración y poblamiento. Son bien conocidas las andanzas de Juan Caboto, un veneciano al servicio del rey de Inglaterra que en 1497 recorrió las costas de Terranova en busca de un estrecho que cruzase hasta el Pacífico. La expedición se consideró un fracaso porque no encontró el ansiado paso. Pero en 1498 aprestó una segunda escuadra que nunca retornó ya que se perdió en algún momento de la larga travesía. Le siguieron en el tiempo los hermanos Gaspar y Miguel Corte Real quienes, al servicio del rey de Portugal, recorrieron las costas de Terranova y Groenlandia entre 1500 y 1502, aunque el resultado fue trágico, pues ambos murieron en aguas del Ártico.

        Tampoco los franceses se quedaron atrás, pues existen evidencias de que algunos marinos galos como Jean Denys y Thomas Aubet, alcanzaron la isla en 1506 y 1509 respectivamente. Unos contactos que no quedaron en saco roto, pues se sabe que en 1510 un barco desembarcó bacalaos capturados en Terranova en el puerto galo de Rouen, lo que evidencia la existencia de una actividad económica relacionada con la isla. Por eso desde muy pronto esa isla de Tierra Nueva o Terranova se comenzó a conocer también como la tierra de los Bacalaos

A partir de 1534 el francés Jacques Cartier encabezó nada menos que tres expediciones con el objetivo de poblar la zona y de encontrar el ansiado paso hacia el Pacífico. En la primera descubrió la bahía de San Lorenzo pero no encontró el citado estrecho. El 19 de mayo de 1535 zarpó por segunda vez, navegando río arriba, donde fundó Saint Croix. Desgraciadamente para los expedicionarios, les cogió el duro invierno y muchos perdieron la vida. El 22 de mayo de 1541, poco meses antes que la expedición española de Ares de Sea, partió por tercera vez, fracasando definitivamente en su objetivo de encontrar el paso hacia el pacífico. Sin embargo, avanzó notablemente en el conocimiento de la costa canadiense, demostrando la insularidad de Terranova y la navegabilidad del río San Lorenzo. Tomó posesión de aquel territorio al que denominó con el sonoro nombre de Nueva Francia.

A mi juicio la creación de Nueva Francia en el nordeste del actual Canadá, que debió conocerse en la Corte del emperador Carlos V en 1539 o en 1540, fue determinante para el cambio de actitud de la Corona. Se conservan, incluso, unos capítulos que el embajador de Portugal escribió al Comendador Mayor de Castilla en los que solicitaba armamentos para estorbar los descubrimientos hechos en la tierra de los bacalaos por el capitán Jacques Cartier. Ello es prueba suficiente de la alarma que debieron generar en las cortes lusa y española las noticias de los avances del marino francés en la costa nordeste de Norteamérica.

Hasta ese momento, el Emperador no se había interesado por Terranova, teniendo como tenía territorios mucho más prometedores, lo mismo en Nueva España que en Tierra Firme y en Nueva Castilla. De hecho, disponía de los servicios del marino Sebastián Caboto que había estado con su padre en la expedición a Terranova de 1497 y que en cambio fue enviado al estuario del Plata, tratando de buscar un paso hacia el Pacífico pero por el sur. Sin embargo, ahora, a raíz de las noticias sobre los avances de los galos en el Atlántico Norte, Carlos V decidió tomar cartas en el asunto. No podía consentir que los franceses no solo campasen a sus anchas por Norteamérica sino que incluso fundasen una gobernación en un territorio que las bulas alejandrinas habían concedido a la Corona de Castilla. En ese mismo instante se comenzó a proyectar una expedición, sufragada de fondos propios, para recorrer aquellas gélidas latitudes.

 

LA EXPEDICIÓN DE ARES DE SEA

 

Hasta 1541 la relación entre la Península Ibérica y la isla de Terranova se limitó a una actividad privada de armadores y pescadores que trataban de obtener beneficios de la captura del bacalao. El asunto que se trajinaba en 1541 era muy diferente. La jornada partía de la iniciativa del emperador y se iba a financiar íntegramente de las arcas de la Corona. Con tal fin se comisionó al aposentador real, Juan de Garnica, que salió de Madrid el 8 de julio de 1541 con destino a la villa pontevedresa de Bayona a donde llegó diez días después, exactamente el 18 de ese mismo mes. Una vez en la villa, concertó ante un escribano local el aprestó de una carabela, a costa de la Corona, para ir a cierta negociación a la tierra de los Bacalaos o Terranova. Por cierto, las escrituras ante notario se protocolizaron con la presencia nada más y nada menos que del infante don Juan de Granada, gobernador de Galicia, lo que evidencia la importancia del asunto. Pero vayamos por partes:

        El capitán elegido fue Ares de Sea, regidor de la villa de Bayona. Hay que advertir que no disponemos de información sobre la experiencia previa en el mar de este personaje. Se ha documentado su presencia durante varios años como regidor del concejo de Bayona, pero ni una palabra sobre su famosa expedición de 1541. Sin embargo, es obvio que su elección no fue azarosa y con total seguridad disponía de experiencia previa en la navegación por el Atlántico Norte. Asimismo, nada tiene de particular que se eligiese a Bayona, el emblemático puerto al que regresara la Pinta en 1493, como el punto de partida y de llegada de la expedición. Y ello porque era uno de los puertos más importantes puertos del sur de Galicia y su población se dedicaba mayoritariamente a la pesca y al comercio marítimo. Y es que, como ya hemos afirmado, tanto el País Vasco como Galicia, y más puntualmente Cantabria, mantenían una intensa actividad pesquera de altura o de gran altura. Tanto era así que inicialmente se pensó en crear cuatro casas de la contratación: dos para regular el comercio indiano, ubicadas en Sevilla y Santo Domingo, otra ubicada en La Coruña para controlar el tráfico con la Especiería y, una última en algún puerto vasco para la navegación con Terranova. También debió influir en la elección su cercanía a la frontera portuguesa, de donde procedían la carabela, el maestre y el piloto.

        El navío en cuestión era una carabela portuguesa de pequeño porte a juzgar por su corta tripulación de apenas 19 personas. Aunque no se cita el tonelaje exacto debía ser una carabela media, inferior a las 100 toneladas, pues para las que tenían este tonelaje solían llevar una tripulación de 25 hombres. Sorprende el tipo de barco y su corto tonelaje porque tanto franceses como vascos y gallegos utilizaban como bacaladeros preferentemente naos gruesas de trescientos toneles. La tripulación estaba formada por tres oficiales: capitán, maestre y piloto, nueve marineros, uno de ellos calafate, cinco grumetes y dos pajes. En total, aunque se pagaron los sueldos de diecinueve personas, cuando se inspeccionó el buque al regreso, el 17 de noviembre, solo había un paje, es decir, un total de dieciocho personas.

        Toda la tripulación iba obviamente asalariada, a diferencia de lo que solían hacer los bacaladeros, en los que los beneficios se repartían en tres partes, una para los armadores, otra para el piloto y la última para la tripulación. Pero en esta jornada, dado que no había un objetivo lucrativo, los salarios y fletes los debía aportar íntegramente la Corona. Ello suponía un desembolso mensual de 65 ducados, es decir unos 24.375 maravedís. Dado que se estipuló ante notario que cobrarían sueldo desde el 18 de julio de 1541 y desembarcaron en Bayona el 17 de noviembre de ese mismo año, el salario se prolongó por cinco meses, alcanzando ese total de 325 ducados. Los dos primeros meses se les abonaron por anticipado y el resto en dos pagos al regreso, uno el 10 de febrero de 1542 y el finiquito final el 7 de noviembre de ese mismo año. Por cierto, que a última hora se produjeron algunos cambios en la tripulación. El maestre de la carabela portuguesa con el que se concertó el aposentador era un tal Juan Álvarez, vecino de Oporto, sin embargo, el maestre que hizo la travesía fue el ya citado Juan Alonso Sánchez, obviamente con las mismas condiciones que el portugués. El piloto era de la misma nacionalidad, y no llegó con la carabela a Bayona por lo que fue necesario enviar a una persona a buscarlo al reino de Portugal. Por tanto, en la expedición viajaban dos oficiales portugueses, el maestre y el piloto, aunque el capitán y el resto de la tripulación fuesen gallegos, probablemente de la misma villa de Bayona. No sorprende esta relación entre portugueses y gallegos, pues de hecho en la pesquería del bacalao está documentada la existencia de empresas mixtas que delatan una colaboración mutua.

        A los gastos en salarios hubo que sumar veinte ducados mensuales -cien ducados en total- que cobraba el maestre, además de su sueldo, por el flete de su carabela, así como por todos los abastos que se adquirieron para dicha jornada. Los alimentos fueron muy concretos: vino, bizcocho, carne de vaca, tocinos de cerdo y pescado. El bizcocho lo hicieron allí mismo, comprando el trigo, moliéndolo, horneándolo y contratando a varias mujeres para que lo elaborasen. Asimismo, se compraron números enseres necesarios para la nave como barriles, pipas, remos, calderas, escudillas, jarros, leña, candados, etc. Y finalmente se pagaron 14 reales por la avería que cobraron las merindades que habían facilitado el abasto.

        La fecha de la partida no se especifica en la documentación que hemos manejado. Ya hemos afirmado que estaba estipulado que la tripulación cobrase su sueldo desde el día 18 de julio y se preveía con antelación que la jornada duraría unos cinco meses. El 30 de julio aún no habían zarpado, compareciendo el capitán Ares de Sea ante Juan de Garnica para reconocer los gastos realizados en el abasto de la carabela. Dado que el barco estaba totalmente preparado y que el capitán no vuelve a aparecer en la documentación hasta el regreso debemos pensar que la carabela zarpó a primera hora del 31 de julio. La fecha de regreso sí está clara, el jueves 17 de noviembre a última hora. El propio capitán busco notario al día siguiente alegando que dicha diligencia ni la pudo hacer el día antes porque era muy tarde cuando arribó a puerto.

En relación a Norteamérica, especialmente en las latitudes más al norte, hubo países europeos que se adelantaron a España, deslumbrada ésta por el clima más benigno y el oro existentes en zonas situadas más al sur.

        La expedición de Sea tuvo consecuencias prácticas porque sobrevivió al viaje y cumplió su misión de acudir a la Corte a contar todo lo que había visto y recorrido en su travesía. Como afirma Medina, existió una relación del viaje, aunque desgraciadamente no ha sido localizada hasta nuestros días. Hubiera sido fundamental contar con ella por el caudal de información que nos podría proporcionar sobre la presencia de franceses e ingleses en la misma y por los objetivos e intereses de España. Ahora bien, dado que los pilotos estaban obligados a levantar cartas náuticas de los territorios que exploraban y descubrían es muy probable que el portugués Álvaro Yáñez confeccionase una carta de los territorios recorridos. En la Real Academia de la Historia se conserva una carta náutica en pergamino sobre la desembocadura del río San Lorenzo que se fecha en torno a 1541. Fue descubierta y publicada por Cesáreo Fernández Duro, quien la fechó con posterioridad al viaje de Jacques Cartier, pero sin precisar más. Sin embargo, recientemente ha sido estudiada minuciosamente por Carmen Manso, quien ha llegado a la conclusión que debe tratarse de una copia en limpio, realizada por algún experto de la Casa de la Contratación sobre el mapa original realizado por Álvaro Yáñez. El diseño correcto del conjunto y su colorido, evidencian que no pudo hacerse sobre la marcha a bordo de la carabela sino que posiblemente se confeccionó con posterioridad en base a la carta más rústica aportada por Álvaro Yáñez.

        Pero no podemos olvidar que la información no la tenemos hoy pero sí que la tuvieron las autoridades hispanas allá por 1541. Quizás no sea casualidad que desde mediados del siglo XVI se intensificase la presencia de pesqueros españoles en Terranova, la mayoría gallegos, cántabros y vascos, donde pescaban bacalaos, e incluso, ballenas. Y tan famosos se hicieron los bacalaos y abadejos de Terranova, traídos por los pescadores españoles o importados de Francia o de Inglaterra, que junto con los atunes y las sardinas, sirvieron para el abasto de las armadas y flotas del Imperio Habsburgo.

Bien es cierto que en el siglo XVII la pesca del bacalao entró en declive, documentándose por última vez en Pontevedra en 1614. Y ello debido a una gran variedad de causas, como el desabastecimiento de sal, la importación de bacalaos ingleses, o el desinterés de la administración por proteger y preservar las rutas del bacalao de Terranova. De alguna forma se preservaron las rutas de la plata americana, en detrimento de una actividad muy secundaria para la Corona, como era la de la pesquería del bacalao.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

*Este artículo es una versión sin notas de un trabajo más extenso que acabo de publicar en la Revista de Historia Naval, del Instituto de Historia Naval de Madrid.

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