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La travesía atlántica era verdaderamente peligrosa; de hecho se estima que solo en los siglos XVI y XVII naufragaron en torno a setecientos navíos, pereciendo en la mayor parte de los casos toda o parte de la tripulación y el pasaje.

Pero incluso en caso de sobrevivir, la vida en el mar era extremadamente dura, tanto en la guerra como en la paz, y así aparece bien reflejado en las Partidas de Alfonso X El Sabio. El pasaje sobrellevaba como podía las incomodidades extremas del viaje así como el miedo a lo desconocido. Debían sentirse como pequeñas hormigas al lado de elefantes, pero, si todo iba según lo previsto, era un sufrimiento soportable.

En cambio, el miedo, el pavor y la desesperación se desatacaban cuando oteaban en el horizonte velas enemigas o cuando los primeros truenos evidenciaban la llegada de una gran tempestad. En esos momentos, la actividad frenética de los mandos preparando el navío para esa situación de emergencia, exacerbaba el nerviosismo y el miedo de los sufridos pasajeros. También sabían que llegado el momento, ya fuesen soldados, marineros o pasajeros, debían entrar en acción para intentar mantener a flote el navío. Cuando el mar enfurecía no respetaba rangos, sexo, ni edad.

Esta omnipresencia del peligro, la alargada sombra de la muerte que todos presentían, así como la inmensidad del océano, con sus soledades, provocaba innumerables manifestaciones religiosas, públicas y privadas. Efectivamente, la vida en el mar era precarísima, cruda y extremadamente peligrosa. Una tormenta, un ataque corsario, un accidente o una simple avería podía costarle la vida a todo el pasaje en cuestión de minutos. Como escribió Antonio de Guevara, en el siglo XVI no hay navegación tan segura en la cual entre la muerte y la vida haya más de una tabla. De ello eran todos conscientes lo que provocaba estas manifestaciones públicas de fe.

        Prácticamente en todos los buques viajaba un capellán, encargado de velar por el consuelo espiritual de todas las personas que iban a bordo. Todos los días se rezaban unas oraciones al amanecer, y una salve o letanías al atardecer, improvisando los días de fiesta un pequeño altar en el que se decía misa. Si se presentaba una situación de extremo peligro se multiplicaban los gritos pidiendo la intercesión de la Virgen o de San Telmo. Así, según un testimonio de la época, en el viaje que capitaneó Ruy López de Villalobos al Maluco, entre 1542 y 1547 padecieron tanta hambre y sed que, temiendo la muerte, todos confesaron y rezaron que nunca vi gente tan devota y menospreciadora del mundo.

Y por supuesto, si se preveía la entrada en combate, especialmente si era un buque preparado para la guerra, siempre se sacaba tiempo para realizar una emotiva ceremonia religiosa. Así, por ejemplo, poco antes de la batalla de Lepanto, en 1571, la armada capitaneada por don Juan de Austria atracó en la Fosa de San Juan, celebrando una misa muy emotiva y especial, como describió el cronista Gonzalo de Illescas:

 

        "Al alzar la hostia y cáliz, fue tal la vocería de los soldados llamando en su ayuda a Dios sacramentado, y a su Madre Santísima; el ruido de la artillería, de las cajas de guerra, trompetas, clarines y chirimías; el horror del fuego y humo, del temblor de la tierra y estremecimiento de las aguas, que pareció bajaba a juzgar el mundo Su Majestad Divina con la resurrección de la carne, premio debido a la naturaleza del hombre".

 

         Ante la cercana sombra de la muerte que todos los tripulantes eran capaces de presentir, hasta el más escéptico se volvía un ferviente cristiano. Por ello, nos explicamos perfectamente que circularan viejos refranes como éste: "quien no sabe rezar métase en el mar". En ese mismo sentido Gonzalo Fernández de Oviedo escribió:

 

        "Si queréis saber orar aprender a navegar, porque, sin duda, es grande la atención que los cristianos tienen en semejantes calamidades y naufragios para se encomendar a Dios y a su gloriosa madre…"

 

        Estaba claro que, ante el peligro inminente de muerte, todos echaban manos de lo único que les quedaba para consolarse, sus creencias.

        Ahora bien, si existía la posibilidad de que algunos se salvaran la preferencia era muy distinta a la actual. En la Edad Contemporánea lo normal es que se intentasen salvar primero a las mujeres y a los niños, como ocurrió con el hundimiento del Titanic en 1912. Sin embargo, antes la preferencia era bien distinta, se trataba de salvar siempre a los elementos más útiles, es decir, a los varones mayores de edad, preferentemente de origen nobiliario. Incluso, los esclavos se salvaban antes que los pajes o las féminas simplemente por no perder una inversión tan valiosa. Pablo Emilio Pérez-Mallaína ha documentado varios casos de hundimientos en los que la mayor parte de los ahogados fueron de sexo femenino. Y menos consideración había hacia los ancianos y los niños, los primeros por considerarse una carga social y los segundos por ser fácilmente sustituibles. Suena duro, pero así era la sociedad de la época.

        Pero sí la posibilidad de salvarse era inútil, las actitudes de nobles y plebeyos eran diferentes. Mientras estos mostraban entre voces y chillidos su estremecimiento por su inminente muerte, los nobles se retiraban a su cámara para tratar de morir con honor. Una idea largamente repetida en la literatura del Siglo de Oro es la capacidad del noble para morir con dignidad y sin aparentar miedo, pues esta actitud se relacionaba con una baja cuna. Actitudes del pasado que contrastan con la mentalidad de hoy.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “El sistema naval del Imperio español. Armadas, flotas y galeones en el siglo XVI”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.

 

PÉREZ-MALLAÍNA, Pablo E.: “El hombre frente al mar: Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII”. Sevilla, Universidad, 1997.

 

TEMPÈRE, Delphine: “Vida y muerte en alta mar. Pajes, grumetes y marineros en la navegación española del siglo XVII”, Iberoamericana Nº 5. Berlín, 2002, pp. 103-120.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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De acuerdo con Miguel de Unamuno, el hombre es un animal guardahuesos, siendo una de las diferencias con el resto de los animales. Cuando en el Neolítico, el hombre vivía en chozas, ya construía grandes túmulos de piedra para enterrar a sus muertos. Había pueblos seminómadas, como los hurones, que cuando emigraban lo hacían cargando con los huesos de sus antepasados. Y ello no por un culto a la muerte sino al contrario, a la inmortalidad.

Hay que advertir que se conocen saqueadores de tumbas desde los orígenes de la historia. Famosos fueron en ese sentido los saqueos de los sepulcros egipcios, realizados muchos de ellos en la misma época. Es más, las pirámides contaban con pasadizos secretos y con trampas diversas para evitar que la cámara funeraria fuese profanada. También el derecho civil romano incluía penas de destierro a los que profanasen sepulcros. En el caso americano, también está documentada la profanación de tumbas por parte de los puritanos ingleses y de los alemanes en Venezuela. Lo que quiero decir con todo esto, es que los conquistadores españoles no hicieron más que continuar una tradición profanadora ancestral.

En América se daban las condiciones idóneas para que proliferasen estos ladronzuelos de sepulturas, pues la incineración fue una práctica excepcional entre los pueblos amerindios. Dicho de otra forma, la tradición de enterrar a las personas poderosas con objetos suntuarios creó una predisposición en los españoles para hacerse saqueadores de tumbas cada vez que sospechaban de la presencia de un sepulcro bajo tierra.

Los españoles trataban de conseguir oro a toda costa; una vez obtenido todo el metal de oro acumulado por los nativos en siglos, procedieron a extorsionarlos para que les confesasen el lugar donde inhumaban a sus caciques, curacas y señores principales. Muchos de ellos se convirtieron en verdaderos etnólogos pues siempre indagaban allá por donde llegaban en las costumbres funerarias de cada pueblo. De hecho Pedro Cieza de León, relata de manera rutinaria en su Crónica del Perú, la forma en que cada pueblo enterraba a sus curacas. Se trataba de una información útil que todos querían conocer de ahí que la incluyera en su obra.

Ya en la expedición capitaneada por Juan de Grijalva a Yucatán, en 1518, se encontró varias sepulturas relativamente recientes con abundantes piezas de oro. Ni cortos ni perezosos las saquearon, pese al olor nauseabundo, "y de creer es –escribió Fernández de Oviedo- que si tuvieran más oro, que aunque más hedieran, no quedaran con ello, aunque se lo hubieran de sacar de los estómagos". En 1527, Alonso de Estrada envió a Oaxaca al capitán Figueroa para que saquease las joyas de los sepulcros porque era costumbre entonces enterrarlos con ellas. Tan lucrativo resultó el negocio que, en 1538, la Corona le concedió la exclusividad en toda Nueva España y Venezuela a don García Fernández Manrique, Conde de Osorno. Desde ese momento todos los tesoros que se encontraran serían propiedad del Conde y sus herederos, aunque eso sí, pagando el quinto correspondiente.

También en la conquista del incario se desvalijaron sistemáticamente las viejas sepulturas. Belalcázar, tras tomar Quito, se desilusionó por no hallar las riquezas esperadas, pese a que "desenterraron a todos los muertos que se encontraron". Y Francisco Pizarro hizo lo propio cuando ocupó Cuzco; los soldados le pidieron autorización para saquear la ciudad sagrada y Pizarro se lo concedió o al menos no lo impidió. Y ello porque sabía que no podía evitar que estos mercenarios se cobrasen sus honorarios. El saco fue absoluto, comparable al de Roma ocurrido cinco años antes, pero con una diferencia que aquel fue fruto de la insubordinación de los soldados y éste se hizo con el consentimiento tácito de la máxima autoridad. Según Pedro Pizarro, emitió un bando prohibiendo la entrada en las viviendas particulares, pero en cualquier caso no dispuso en esos momentos de los medios para hacerlo cumplir. De hecho, se produjo una desbandada generalizada en la que unos y otros competían por entrar los primeros en los templos y en las casas así como en los depósitos estatales para robar cualquier cosa que hubiera de valor. Se desvalijaron todas las tumbas reales para despojar a las momias de sus joyas. No conformes con ello, extorsionaron hasta la muerte a muchos naturales para que confesaran la existencia de huacas o adoratorios y de tumbas. Y a veces la suerte sonreía, como le ocurrió a Martín Estete que encontró una tumba en el entorno de la villa de Trujillo, en la que obtuvo, sacado el quinto real, 8.551 marcos de plata. Lástima que falleció poco después y sólo lo pudo disfrutar su viuda María de Escobar.

Dichas actividades continuaron porque en una Real Cédula, referida a Nueva Granada y fechada el 9 de noviembre de 1549, se prohibió que los españoles mandaran a los aborígenes a buscar las tumbas antiguas. En teoría el saqueo de tumbas se consideraba un delito a la par que un pecado. Sin embargo, como la misma Corona desconfiaba de que no se siquiera saqueando estableció que en ese caso la mitad de todo lo obtenido sería para ella. Obviamente, las actividades de los saqueadores de tumbas prosiguieron, hasta el punto que un tal Juan de la Torre, encontró en una sepultura del valle de Ica, una cantidad de oro valorado en 50.000 pesos. En total, Cieza de León calculó que de las tumbas de Perú se sacaron más de un millón de pesos de oro. Todo esto dice mucho del ansia de riquezas de estos supuestos cruzados, reconvertidos en meros ladronzuelos de tumbas.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

FRIEDERICI, Georg: El carácter del descubrimiento y de la conquista de América. México, Fondo de Cultura Económica, 1973.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Los españoles, pese a su inferioridad numérica, tenían muchos más razones que sus oponentes para mantener la confianza y la esperanza. Es lo que Worsley ha denominado la fuerza de sus motivaciones. La motivación económica, no cabe duda, era capaz de movilizar a grandes contingentes en pos de una promesa de riqueza fácil. Recordemos la célebre fiebre del oro en California a fines del siglo XIX que atrajo a miles de colonos. Desde que Colón escribió a los reyes anunciándoles el descubrimiento del edén terrenal, circularon por Europa infinidad de textos, presentando dichos territorios como la nueva tierra de promisión. Mientras Américo Vespuccio escribió sobre las islas de los Gigantes, Colón lo hizo sobre las amazonas y las sirenas –aunque decía que no son tan bellas las que vi-, Féderman sobre los pigmeos, Ulrico Schmideld sobre la existencia de un fabuloso rey blanco, etcétera. Y es que en esta tierra todo parecía desmedido, pues, como afirmaba un cronista, conquistador que ha caminado diez leguas habla de ciento por hacer proeza, y él mismo termina por creérselo.

        Ahora bien, el avistamiento de gigantes fue una constante en todo el proceso conquistador. El primero en verlos fue Américo Vespuccio que en la isla de Curaçao, encontró a varios naturales de un tamaño desmesurado. Y dice “eran de estatura tan elevada que cada uno de ellos era de rodillas más alto que yo de pie”. El encuentro fue tan llamativo que el navegante florentino bautizó la isla como Isla de los Gigantes, aunque nadie más que él vio jamás personas de esta estatura en la isla.

        No fue el único que vio gigantes, pues Fernando de Magallanes en su pionero viaje alrededor del globo, describió gigantes en las costas del cono sur americano. Concretamente la tripulación avistó a un hombre de tamaño gigantesco que estaba desnudo y cantaba y bailaba sobre la arena. Tanto fue así que el cronista Antonio de Pigafetta, que viajaba en la expedición, bautizó la tierra con el nombre de Patagonia. Y ello en honor a Patagón, un gigante que era el protagonista del famoso libro de caballería, publicado en 1512, el Primaleón, obra de Francisco Vázquez. Otros visitantes posteriores, como Sarmiento de Gamboa o Bouganville, ya no les sorprendió la altura, sino el tamaño de las cabezas de algunos de los patagones. Habían dejado de ser gigantes para convertirse en cabezones.

¿Era cierta la existencia de estos gigantes o cabezudos? Obviamente no, pero los avistamientos son demasiados como para ser totalmente falsos. A mi juicio hay que tener en cuenta dos cuestiones: una, que los españoles de la época eran mucho más bajos que en la actualidad, por lo que no hacía falta que estos nativos fuesen muy altos para que les parecieran gigantes. Y otra, es posible que los naturales presentasen al más alto o a los más altos de su tribu como estrategia disuasoria. Pensémoslo; si las fuerzas entre los europeos y los amerindios hubiesen estado más igualadas, el avistamiento de estos gigantes hubiese podido ser decisivo para no desembarcar en esas costas. Es posible que la estrategia hubiese funcionado con otros visitantes anteriores. Pero por desgracia para los naturales, los europeos habían llegado para quedarse y ni gigantes, ni trajes mágicos, ni amazonas guerreras serían un impedimento.

 

PARA SABER MÁS:

 

DOMÍNGUEZ MOLINOS, Rafael: “Historias Extremas de América”. Barcelona, Plaza&Janés, 1986.

 

IZARD, Miquel: “Patagonia. Crónica de un viaje”. Madrid, Catarata, 2011.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        La filmoteca romántica ha ensalzado a los corsarios, asimilándolos a David en su lucha contra Goliat. Pero no nos engañemos que el pequeño derrote al gigante es un sueño que casi nunca ocurre en la realidad. Nunca se consideró fácil derrotar a una armada española, siempre ordenada y disciplinada, precisamente algo de lo que carecían los buques enemigos.

         A ello habría que añadir tres matices más: en primer lugar, que la mayor parte de estos bandidos –piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros- murieron de manera violenta, en combate, ahogados, ajusticiados o, lo que es peor, a manos de sus propios correligionarios. Por ejemplo, Jean David Nau, conocido como El Olonés, perdió la vida a manos de los indios, cuando intentaba alcanzar el lago Nicaragua. Otros murieron en enfrentamientos con sus propios compatriotas, como Nicolás Van Horn, quien perdió la vida a manos del afamado pirata Laurent de Graff, Lorencillo, tras el asalto de Veracruz. Muy pocos, murieron plácidamente en su lecho y menos aún ricos. En segundo lugar, que estos no formaban ninguna legendaria nación corsaria sino que entre ellos había frecuentes conflictos y traiciones. No solo entre franceses, ingleses y holandeses, sino entre estos y piratas y bucaneros sin patria, e incluso entre compatriotas que no solían tener escrúpulos en asesinar a un correligionario si ello les permitía una mayor cuota de poder. Obviamente nunca fueron precisamente un modelo a imitar sino que fueron por lo general personas de la peor calaña, sin principios ni valores, dispuestos a conseguir sus objetivos a cualquier precio. El propio Alexander Oliver Exquemelin, el llamado médico de los piratas, que vivió entre ellos, se encargó de narrar con detalle sus crueldades y brutalidades. Y en tercer lugar, que se conocen bien los asaltos corsarios a ciudades y villas portuarias de la América Hispana pero no los fracasos pese a que fueron más numerosos y algunos de ellos no menos sonados. Son de sobra conocidos los asaltos de Francis Drake a Santo Domingo o a Cartagena de Indias pero apenas se habla de las derrotas que este mismo corsario y John Hawkins, sufrieron frente a las defensas hispanas. Por ejemplo, en 1568 desembarcaron en San Juan de Ulúa pero, al poco tiempo, se presentó la flota española que fondeó atónita junto a la armada corsaria. Pese a disponer la flota de un solo galeón de guerra, la capitana, se las arreglaron junto a las escasas tropas de tierra para atacar a los ingleses, hundiendo y tomando varios de sus buques, mientras que sólo dos de ellos, el Minion y el Judith consiguieron huir, abandonando buena parte del botín robado hasta ese momento. Dicen que desde entonces se escuchó decir a Francis Drake en más de una ocasión: España me debe mucho dinero… En 1575 el corsario inglés Oxenham estuvo hostigando la costa pacífica centroamericana, pero fue capturado por el capitán Pedro de Ortega, recuperado todo el botín robado y ejecutado. El 24 de enero de 1600, el corsario inglés Christopher Newport se presentó en el puerto de Santiago de la Vega de Jamaica, con nada menos que 16 buques. Mientras las campanas de las iglesias alertaban a los vecinos, el gobernador Melgarejo de Córdoba organizó la defensa. Pese a disponer de ¡una sola pieza de artillería! Se le ocurrió la idea de soltar en el momento oportuno una manada de toros bravos, al tiempo que disparaba la lombarda, desconcertando de tal manera a los corsarios que, espantados, decidieron reembarcarse. En 1623 una armada corsaria liderada por los holandeses L´Hermite y Pieter Schouten fracasó sucesivamente en sus intentos de tomar El Callao, Guayaquil, Pisco y Acapulco. Otra escuadra, comandada por Balduino Enrico, atacó San Juan de Puerto Rico, encontrándose con la valerosa resistencia del gobernador Juan de Haro, que se negó a capitular pese a que fue compelido por carta en dos ocasiones. El corsario incendió la ciudad, pero se vio obligado a reembarcarse sin haber conseguido su objetivo de rendir la fortaleza. Pero al holandés le esperaba un revés aún peor, pues desde allí se dirigió a La Habana, ciudad que no pudo tomar ante la titánica resistencia de los defensores de la plaza.

         Entre 1630 y 1654 fuerzas españolas derrotaron y expulsaron en cuatro ocasiones a los corsarios y bucaneros de la isla de la Tortuga, su verdadero santuario en el Caribe, algo así como el Portobelo corsario. Un año antes, una escuadra a las órdenes de Federico de Toledo ocupó e incendió la colonia franco- inglesa de Saint Kitts, en Guayana. Es decir, que España no sólo se defendía de las acometidas corsarias sino que también, cuando le parecía oportuno, asolaba los territorios de las potencias enemigas que no estaban ni muchísimo menos mejor defendidos que los puertos hispanoamericanos. Bien es cierto que los extranjeros no tardaban en regresar porque los hispanos no tenían potencial para ocuparlos permanentemente. Pero quede claro que si ingleses, franceses y holandeses mantuvieron sus santuarios fue por la imposibilidad de los hispanos de poblar territorios teóricamente poco productivos.

         En 1655, como es bien sabido, los ingleses obtuvieron uno de los mayores éxitos de su historia al tomar la isla de Jamaica. Pero hay un detalle que se suele obviar y que, a mi juicio, es muy significativo: el objetivo inicial era Santo Domingo, donde en inferioridad de condiciones, Bernardino Meneses de Bracamonte y Zapata, Conde de Peñalba, presentó una resistencia titánica y consiguió rechazarlos, aprovechándose de ciertas diferencias entre los asaltantes. La decisión de los ingleses de quedarse con Jamaica, cuyo acierto siempre se alabó, se tomó circunstancialmente tras desistir del asalto a la capital Primada. Asimismo, en julio de 1661 varios navíos franceses atacaron el puerto de Campeche, mientras los vecinos huían al monte. Pero al día siguiente, observando que las fuerzas enemigas no eran tan numerosas decidieron acometerlos, matando a 15 de ellos y apresando a cinco, mientras el resto debía huir precipitadamente. Finalmente, debemos añadir otras dos cuestiones: una, que los corsarios pudieron asaltar algunos puertos españoles y tomar algunas islas y territorios despoblados, pero jamás consiguieron arrebatar aquellos territorios donde los hispanos estaban bien arraigados. Y otra, que además de las derrotas corsarias y de los asaltos fallidos que suele omitir la historiografía, lo que jamás podremos cuantificar es el grado de disuasión que las defensas hispanas generaron entre sus adversarios.

         Sin embargo, a mi juicio, la España Imperial cometió dos gravísimos errores que pagó caros, a saber: primero, permitir el asentamiento permanente de enemigos en muy diversos territorios ribereños del mar Caribe. Bien es cierto que se trataba de áreas marginales y poco productivas, algunas de ellas calificadas por los propios hispanos de inútiles. Sin embargo, hubo un error de apreciación pues, al margen de su racionalidad económica, poseían un excepcional valor estratégico que la España Imperial no alcanzó a ver. La ocupación de estas pequeñas islas y de la no tan pequeña Jamaica permitió a los corsarios hostigar durante casi dos siglos a los convoyes de la carrera de Indias, convirtiendo la puerta de las Indias en un lugar tan indefenso como peligroso. La resistencia en el interior de Jamaica duró más de un lustro, en el que insistentemente pidieron ayuda externa para expulsar a los ingleses. Ésta nunca llegó, y las últimas canoas con los pocos supervivientes llegaron a Cuba en 1660. Una decisión nefasta de la que ya se lamentó el virrey Conde de Lemos en 1666 y en el siglo XVIII otros miembros del Consejo de Estado cuando ya era demasiado tarde. El Caribe debió haber sido un Mare Clausum por su importancia estratégica, al ser una ruta de tránsito obligado por todas las armadas, flotas y navíos de la Carrera de Indias. La ubicación permanente de colonias inglesas, francesas y holandesas en el Caribe se terminó convirtiendo en una auténtica pesadilla para el Imperio.

         Y segundo, claudicar ante el contrabando que fue donde realmente la España Imperial perdió la partida. A finales del siglo XVII cinco sextas partes de las manufacturas consumidas en España eran extranjeras mientras que en las colonias Hispanoamericanas la proporción se ampliaba a nueve décimas partes. Los contrabandistas eran no sólo ingleses, franceses y holandeses sino también canarios y portugueses. Estos últimos se aprovecharon de su incorporación a España para consolidar unas rutas de redistribución de manufacturas europeas desde Brasil hasta todos los confines de Sudamérica. Así mientras algunas potencias europeas se enriquecían directa o indirectamente a través del comercio indiano, sentando las bases de su ulterior desarrollo, España se desangraba, pagando ejércitos inútiles y comprando con metales preciosos esas manufacturas que nunca tuvo la voluntad ni la capacidad de producir. Estos fueron los dos imperdonables errores que a la postre darían al traste con la hegemonía Ibérica en el mundo.

 

PARA SABER MÁS:

 

Lucena Salmoral, Manuel: “Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América”. Madrid, MAPFRE, 1994.

 

Mira Caballos, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Vol. II. Madrid, Instituto de Historia Militar, 2012.

 

Mira Caballos, Esteban: “El sistema naval del Imperio español. Armadas, flotas y galeones”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        En el día de ayer, me salió a la palestra este documento no único pero tampoco frecuente, sobre un esclavo de Ribera del Fresno (Badajoz) que fue donado por su dueño a servir en las minas de azogue de Almadén. Fue su propio dueño, Fernando de Brito Lobo y Sanabria el que lo denunció a las autoridades. Al parecer había mantenido una relación carnal con la sirvienta de la casa, contraviniendo el sexto mandamiento de la Ley de Dios: “No cometerás actos impuros”. Tras denunciarlo fue encerrado en la cárcel real de Ribera y poco después, donado por su dueño a servir durante tres años en las temidas minas de mercurio de Almadén. Se supone que ello le debía servir de escarmiento.

        Una medida extremadamente cruel e injusta por dos motivos: primero, porque el esclavo no hizo más que mantener una relación secreta con una sirvienta, algo que tenía prohibido, pero que no dejaba de ser natural en un chico de 25 años. Segundo, porque los propios dueños contravenían el sexto mandamiento cada vez que le daba la gana, teniendo incluso hijos con sus esclavas, ante la connivencia de todos. Y tercero, porque era casi una condena a muerte, pues la supervivencia media en Almadén se situaba entre los tres y los cuatro años. Así que no sabemos si el pobre esclavo Antonio José , mulato de 25 años sobrevivió a tal condena.

Sorprende la dureza del dueño, Fernando de Brito ya que éste liberó altruistamente a al menos tres esclavas, a saber: A María Ana el 20 de marzo de 1749, a Anselma Lucía el 18 de agosto de 1749 y a María candelaria el 4 de febrero de 1754. Pero, en realidad, este tipo de abusos era común en una sociedad que se basaba en la desigualdad por nacimiento entre los seres humanos.

 

 

Carta otorgada por Fernando de Brito Lobo y Sanabria, 26 de mayo de 1751.

 

 

        En la villa de Rivera, a veintiséis días del mes de mayo, año de mil setecientos cincuenta y uno, ante mí el escribano de su Majestad público y testigos pareció don Fernando de Brito Lobo y Sanabria, vecino de ella que doy fe Conozco y dijo tiene por suyo propio un moreno esclavo sujeto a perpetua servidumbre, llamado Antonio José, de edad de veinticinco años, el cual con poco temor de Dios y en menosprecio de el respeto y veneración que debiere tener a la casa de su señor, fue aprehendido con una criada de la misma casa, cometiendo culpas contra el sexto precepto de sus santos mandamientos. Y averiguado por los antecedentes, parece había tiempo permanecía en esta incontinencia por lo que mandó ponerlo preso en la cárcel real de esta villa donde se halla. Y para que le sirva de enmienda y a otros de ejemplo, desde luego en la mejor forma que puede y ha lugar de derecho, siendo cierto y sabedor del que en este caso le pertenece, otorga que el dicho su esclavo lo cede a Su Majestad para que le sirva en los trabajos de sus reales minas de Almadén del azogue, por tiempo y espacio de tres años, que han de empezar a correr y contarse desde el día que entre en ellas, para lo cual se le formará asiento. Y cumplidos que sean protesta se le entregue para que continúe su servidumbre, repasándose del dominio y señorío que sobre el dicho esclavo tiene y le pertenece, cediéndolo por el dicho (fol. 324r) tiempo en su servicio como queda dicho, haciendo y otorgando esta escritura, con todas las cláusulas y circunstancias y requisitos que de derecho sean necesarias para su mandato, validación y firmeza y para ello obliga todos sus bienes y rentas con poder que da a las justicias y jueces de su Majestad para que le apremien a su cumplimiento, como por sentencia pasada en autoridad de cosa juzgada sobre que renuncia todas y cualesquier leyes, fueros y derechos de su favor y la general, en forma, en cuyo testimonio así lo otorgo y firmo, siendo testigos don Mateo López Barragán, presbítero, don Juan Lorenzo Pérez y Clemente de la Rocha, vecinos de esta dicha villa. Firma: don Fernando de Brito Lobo y Sanabria. Ante mí Pedro Hernández Azulado (fol. 324v).

(A,M.A. Ribera del Fresno, Pedro Hernández Azulado 1751, fols. 324r-324v)

 


ESTEBAN MIRA CABALLOS

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