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1.-INTRODUCCIÓN

        Hasta estos momentos las noticias que teníamos sobre esta expedición descubridora eran muy escasas. Baste decir que no existía ni un solo documento manuscrito en el que se mencionase a Martín de Pinedo o su viaje descubridor.

La mayor parte de los cronistas de la época parecen estar escasamente informados sobre esta campaña. Gonzalo Fernández de Oviedo omite totalmente a Martín Pinedo y su viaje, citando tan solo la que Francisco de Garay aprestó en 1523, capitaneada por él mismo (1992: II, 151 y 184-185). Por su parte, fray Bartolomé de Las Casas, reconoce la jornada de 1519 pero atribuye equivocadamente la capitanía a Diego de Camargo. En realidad, sabemos que Camargo no viajó en la expedición de 1519 sino en la que el propio Pinedo realizó en 1520, como segundo de a bordo (1951: III, 233).Tampoco Hernán Cortés, en sus “Cartas de Relación”, menciona el nombre de Pinedo, limitándose a narrar los hechos ocurridos tras la llegada de la expedición al puerto de Veracruz (1985: 84-85). Muy probablemente, el conquistador de Medellín silenció intencionadamente una expedición enviada por su enemigo Francisco de Garay y de cuyos descubrimiento, como veremos en las páginas que vienen a continuación, tanto se aprovechó. En cuanto a Francisco López de Gómara sí reconoce la expedición de 1519 pero hace capitán de ella al propio Francisco de Garay en persona (1985: II, 72).

El único cronista que parece estar mejor informado, aunque no mucho más, es Bernal Díaz del Castillo, pues, cuando en el camino de regreso la expedición se detuvo en Veracruz él estuvo presente junto a Hernán Cortés. Y cita que al frente de ella estaba el capitán Alonso Álvarez Pinedo (Cit. en Madariaga, 1986: 191). Y hasta aquí llega todo lo que sabíamos hasta la fecha de este controvertido descubridor. Cronistas posteriores, que copiaron a Bernal Díaz, como Antonio de Herrera (1991: II, 18) o Antonio Solís (1851: 45) lo citan con ese mismo nombre, al igual que infinidad de historiadores modernos y contemporáneos.

        Nosotros a continuación analizaremos esta expedición a la luz de un documento en el que, aunque sea circunstancialmente, aparecen datos concretos sobre la misma. E insistimos, que es la primera vez que esta expedición descubridora y el nombre de su capitán aparecen de forma manuscrita y en unas fechas relativamente cercanas a los sucesos narrados.

 

2.-LA INFORMACIÓN DE LOS HEREDEROS DE JUAN SÁNCHEZ GALINDO

 

Los datos en cuestión los encontramos en una información presentada por los herederos de un tal Juan Sánchez Galindo que fue, como ballestero, en la primera expedición de Martín de Pinedo, es decir, en la de 15191. De Juan Sánchez sabemos que nació en Carmona, provincia de Sevilla, y que era hijo de Antón Sánchez de Rueda y de Catalina Domínguez Galindo. Según se especifica en la información, además de ballestero, era un habilidoso jinete, lo cual demostró en numerosos enfrentamientos con los aborígenes. Participó en la conquista de Nueva España, pues, a su regreso del viaje de Pinedo, se enroló en la expedición de Pedrarias Dávila, terminando al final en las huestes de Cortés. Al parecer, tomó parte activa en la captura y prisión de los hijos de Moctezuma y, posteriormente, en la conquista de las tierras del Mar del Sur, junto a Alvarado2. En recompensa por sus servicios recibió la mitad del pueblo de Nextlalpan que rentaba en total trescientos sesenta pesos de oro, ciento ochenta en metálico y otros tantos en fanegas de trigo. Se asentí en la ciudad de México, casándose con Elvira Rodríguez, con quien tuvo una hija llamada Juana Bautista Galindo que se desposó con el mercader, Cristóbal de Azevedo3.

La corta renta de su encomienda y la difícil situación económica de sus herederos fue lo que provocó que reclamaran alguna merced, atentos a que el carmonense fue, como declaraba el clérigo Gerónimo del Álamo, "uno de los primeros conquistadores de esta tierra, y este testigo así lo cree porque lo oyó decir a muchas personas de crédito que así lo vieron"4.

En ella se inserta un interrogatorio realizado en la ciudad de México en 1536, es decir, diecisiete años después de suceder los hechos. Además de la relativa cercanía en el tiempo el documento tiene a su favor el hecho de que los testigos presentados, siete en total, fueron personas que estuvieron presentes en todo el proceso conquistador. Incluso, dos de ellos, concretamente el escribano Guillén de Lalo5, que es citado por la historiografía como Guillén de Loa, probablemente por un error de transcripción, y Francisco del Castillo6, viajaron en rolados en la expedición de 1519. De hecho, ambos afirmaron saber la respuesta porque iban en la misma expedición capitaneada por "Martín de Pinedo" -los dos lo citan así- y en compañía del mencionado Juan Sánchez Galindo.

Los otros cuatro declarantes no participaron en la expedición de 1519 pero llevaban en Nueva España muchos años y habían vivido de primera mano toda la vorágine descubridora. El primero de ellos se llamaba Cristóbal Hernández, de estado civil soltero, carpintero de profesión y originario de Portugal que al parecer, en la fecha de la información, estaba avecindado en México. El segundo era Alonso Soltero, converso natural de Gibraleón (Huelva) que luchó junto al conquistador de Medellín en la toma de Tenochtitlán y coincidió con Juan Sánchez Galindo en las batallas de Alvarado (Thomas, 2001: 263). El tercero, Antonio de Carvajal, residió en La Española desde 1509, posteriormente emigró a la isla de Cuba (Thomas, 2001: 302) y, en 1536, decía ser regidor de la ciudad de México. El cuarto, Francisco de Zamora, tomó parte en la conquista del Imperio Azteca con Cortés y residía también en la capital de Nueva España. Y por último, Esteban Miguel, natural de Aracena (Huelva), quien participó asimismo en la conquista de México como "camarero" de Cortés (Thomas, 2001: 117).

En definitiva, todos los testigos presentados eran personas que participaron en los acontecimientos históricos del Descubrimiento y de la Conquista y, en algunos casos, incluso, conocieron personalmente y sirvieron bajo las órdenes de Martín de Pinedo.

 

3.-EL ADELANTADO FRANCISCO DE GARAY Y SUS PLANES EXPANSIONISTAS

 

La expedición que capitaneó Martín de Pinedo fue una de otras muchas que preparó, patrocinó y pertrechó Francisco de Garay fruto de sus ambiciosos planes expansionistas. Por ello, antes de entrar a hablar de Pinedo y de su expedición conviene que nos detengamos en Francisco de Garay y en sus planes de descubrimiento

Como es sabido, Francisco de Garay, natural de la localidad de Garay, en Vizcaya, fue el segundo gobernador de la isla de Jamaica, tras Juan de Esquivel. Fue una persona muy ambiciosa que desde muy pronto quiso aprovecharse de las ventajas de los descubrimientos. Mucho antes de la marcha de Cortés a la conquista de México ya planeaba armadas descubridoras por toda la costa del Pánuco y de la Florida.

En cualquier caso, huelga decir que la Florida había sido ya descubierta en 1512 por Juan Ponce de León, con tres naves que armó desde la misma isla de Puerto Rico. Sabemos que, en dicha expedición, descubrió y registró la primera porción de Tierra Firme de la Nueva España. Al parecer, descubrió lo que hoy es la Península de Florida el día de Pascua de Resurrección o Florida de 1512 en honor de lo cual la bautizó de esa forma. De todas formas no debió recorrer todas sus costas porque él siempre pensó y defendió que era una isla. No obstante, por su descubrimiento obtuvo del Rey poco después el título de Adelantado de las islas de Biminí y la Florida (Herrera, 1991: I, 637).

Pero, retomando a Francisco de Garay, es obvio que éste tuvo apetencias expansionistas desde mucho antes, al igual que Diego Velázquez. Probablemente, en los años anteriores a la gran expedición de Pinedo, objeto de este artículo, había patrocinado otras campañas quizás con objetivos descubridores más modestos. Ello ha provocado que hayan pasado totalmente desapercibidas para la historiografía. Y en este sentido, las palabras de Pedro Mártir de Anglería son muy aclaratorias al decir, en relación a la armada de 1519, que ya el año anterior había realizado "largas excursiones marítimas con tres carabelas por aquellas tierras (se refiere al Pánuco)…" (1989: 294).

Los objetivos del Adelantado vizcaíno estaban muy claros: pretendía continuar los descubrimientos de Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, obviamente pensando en encontrar riquezas más al norte, concretamente oro y esclavos. Como es bien sabido, el primero partió de Cuba el 8 de febrero de 1517 con tres barcos y un centenar de hombres y, aunque la mitad de los miembros de la expedición murieron y otros llegaron enfermos y heridos, los supervivientes, impresionados por las ciudades y templos de la ya por entonces decadente civilización maya, debieron contar grandes historias de lo que vivieron y vieron (Morales Padrón, 1990: 220). El segundo, un hidalgo natural de Cuéllar, como el mismísimo Diego Velázquez, partió con otros tres buques el 8 de abril de 1518, recorriendo las costas de la Península de Yucatán y llegando algo más al norte que Hernández. Tras varios meses de travesía, regresó en ese mismo año a la isla de Cuba. Realizó algunos rescates, intercambiando ropas castellanas por objetos de oro indígenas. Contaba Juan de Herrera que, aunque no fue mucho el oro que trajo, unos veinte mil pesos de oro, fue lo suficiente como para despertar la codicia y el interés de los españoles por aquellas tierras "por las muchas señales que vieron de riqueza"7. No menos claro fue en este sentido el padre Las Casas, al decir que Garay envió la expedición porque "sonó el descubrimiento y riqueza de la tierra que Juan de Grijalva había corrido" (1951: III, 233).

Cegado, pues, por el afán de enriquecimiento, centró sus objetivos en recorrer, descubrir, y finalmente obtener en capitulación, los territorios al norte de Veracruz, conocidos entonces como el Pánuco. Obviamente, este ambicioso proyecto entró en contradicción con el de Hernán Cortés que, no conforme con la conquista de Tenochtitlán, albergaba la misma idea de expandir sus conquistas hacia la parte septentrional del Imperio Azteca. Como es de sobra conocido, de todo este enfrentamiento saldrá un único vencedor que no fue otro que el conquistador de Medellín.

Sea como fuere lo cierto es que, en 1523, Garay se embarcó personalmente en una gran flota, dirigida por el experimentado Juan de Grijalva y compuesta por más de una decena de barcos y unos setecientos hombres que aprestó de su propio erario (Anglería, 1989: 443). Y arribó a la región del Pánuco con la intención de explorarla y poblarla. Hernán Cortés, que acababa de conocer una Real Cédula, fechada el 24 de abril de 1523, por la que se pedía a Garay que no se estableciera en ningún lugar ocupado por él, se apresuró a acudir a la zona8. Allí, Hernán Cortés alcanzó a regañadientes un pacto con él por el que le cedía el río Palmas para su poblamiento. Ambos dieron por bueno el acuerdo porque si algo sobraba en Nueva España en esos momentos eran tierras por colonizar. Sin embargo, Garay no tuvo fortuna, pues, los indios le destruyeron su asentamiento y él, aunque consiguió salvar su vida, murió en México poco tiempo después (Fernández de Oviedo, 1992: II, 151).

 

4.-MARTÍN DE PINEDO: UN DESCUBRIDOR CASI DESCONOCIDO

         El desconocimiento de la figura, importante en la historia de los descubrimientos, de Martín de Pinedo es prácticamente absoluto. Y hasta tal punto es cierta esta afirmación que ni siquiera conocíamos su verdadero nombre. Bernal Díaz del Castillo lo citaba en varias ocasiones, una llamándolo "Alonso Álvarez de Pineda ó Pinedo"9, con la duda de género incluida, y unas páginas después como "fulano Álvarez Pinedo"10. Obviamente, dichas dudas nos hacen pensar que Bernal Díaz no estaba bien informado ni del descubridor ni de su expedición. Pues, bien, Antonio de Herrera y prácticamente toda la historiografía posterior repiten este nombre, unos optando por la versión masculina –Pinedo- y otros por la femenina –Pineda-. También hay quien simplificó su nombre en Alonso de Pineda. Éste es el caso de Antonio de Solís, autor de una Historia de la Conquista de México escrita en el siglo XVII, que probablemente actuó de forma arbitraria porque no debió contar con ninguna información adicional (Solís, 1914: 45).

Sin embargo, en el documento que nosotros hemos analizado se cita reiteradamente al descubridor con el nombre de capitán Martín de Pinedo o simplemente como Martín Pinedo. Así lo escribe Juan Sánchez Galindo y así lo citan todos los testigos, incluido Guillén de Lalo que sabemos por distintas fuentes que viajo con Pinedo y que tuvo incluso amistad personal con él.

        Nos encontramos, pues, ante dos nombres, uno citado por Bernal Díaz del Castillo y, siguiendo a éste, el resto de los cronistas, y otro por los compañeros de viaje del propio Pinedo. Pero, no olvidemos que Bernal Díaz del Castillo lo conoció seguramente de oídas en Veracruz y, si tuvo algún contacto con él, debió ser muy puntual. En cambio, sus compañeros en la expedición a la Florida, alguno ya hemos dicho que amigo personal de él, debían saber exactamente cómo se llamaba. Por ello, es obvio que su nombre, o el nombre con el que se le conocía usualmente fue Martín de Pinedo y no Alonso Álvarez de Pinedo o de Pineda.

        En abril o mayo de 1519, enviado por Francisco de Garay capitaneó una expedición desde Cuba con el objetivo de recorrer las costas de la Florida y de circunnavegar el golfo de México. Viajó al frente de tres navíos y de unos trescientos hombres, que tardaron nueve meses en regresar de nuevo a Cuba. El recorrido de prácticamente todas las costas del Golfo de México le permitió confeccionar un detallado mapa de las costas del golfo de México, desde Yucatán hasta la Florida

Sin embargo, dado que en este año se presenta como un experimentado marino conocedor del área, todo parece indicar que llevaba años participando en otras jornadas, quizás incluso en la que el propio Ponce de León emprendió a la Florida en 1512. Al parecer, en 1520, lideró otro viaje, en esta ocasión formado por tres navíos y ciento cincuenta hombres, con el objetivo de hacer una fundación estable en algún lugar al norte de Veracruz. Lamentablemente, las cosas no salieron según lo esperado, pues, chocaron con la belicosidad de los indios que abortaron nuevamente la idea de fundar una colonia estable en el Pánuco (Anglería, 1989: 346-347). Se hicieron a la vela de forma precipitada, buscando la seguridad de Veracruz, con tan mala fortuna que la capitana se fue a pique, muriendo en tan luctuoso suceso Martín de Pinedo y varias decenas de españoles11. Extrañado Garay de la falta de noticias envió a Miguel Díaz de Aux con un navío para auxiliarlo si fuera necesario, pero ya era demasiado tarde. Concretamente en 1520 en aguas cercanas al puerto de Veracruz. Sus restos reposan en el fondo del mar Caribe, frente a las costas que él mismo con tanta valentía exploró.

 

5.-LA EXPEDICIÓN A LA FLORIDA DE 1519

        En cuanto al promotor de la expedición y a su lugar de partida siempre se pensó que fue patrocinada y financiada por Francisco de Garay desde la isla de Jamaica. Qué éste estuvo detrás de la expedición no hay ninguna duda, pues las pruebas son abrumadoras. De hecho, cuando la expedición llegó al puerto de Veracruz, tanto Hernán Cortés como Bernal Díaz del Castillo supieron de inmediato que eran navíos enviados por Garay. Concretamente Hernán Cortés escribió lo siguiente:

 

        "Ocho o diez días después de haber dado con los navíos a la costa, y siendo ya salido de la Vera Cruz hasta la ciudad de Cempoal, que está a cuatro leguas de ella, para de allí seguir mi camino, me hicieron saber de la dicha villa cómo por la costa de ella andaban cuatro navíos y que el capitán que yo allí dejaba había salido de ellos con una barca y les había dicho que eran de Francisco de Garay, teniente y gobernador en la isla de Jamaica, y que venían a descubrir… (1985: 84-85)".

 

        También contamos con otras pruebas documentales que corroboran este patrocinio. En el juicio de residencia de Alonso de Zuazo, a fines de 1519, el mercader Marcos Martínez afirmó que él mismo había negociado en la Española con los padres Jerónimos el permiso para hacer el dicho viaje12. Concretamente a la pregunta quinta del interrogatorio respondió:

 

        "Que en tiempo del dicho licenciado (Zuazo) ha visto que se han descubierto las tierras de el Yucatán y Cozumel, y que ha visto que el dicho licenciado ha escrito muchas veces al dicho Francisco de Garay y que cree que ha sido sobre que armase y descubriese, porque después acá el dicho Francisco de Garay envió ciertos navíos desde Jamaica a descubrir según que el dicho Francisco de Garay lo ha escrito a éste que depone: y que este testigo negoció con el dicho licenciado y con los Padres Jerónimos que en estas partes residían para que diesen licencia al dicho Francisco de Garay para ello y se la envió después firmada de los dichos padres y que vio cartearse al dicho Francisco de Garay y al dicho licenciado (Zuazo) muy a menudo sobre las cosas que tocaban a la dicha Armada que quería hacer"…13.

 

        En las mismas capitulaciones firmadas por el Adelantado vizcaíno se decía que, en 1519, aprestó una armada de cuatro navíos con licencia de los frailes Jerónimos de Santo Domingo, estuvieron en la mar ocho o nueve meses y llegaron hasta la Florida (Ramos, 1981: 306-307). Por tanto, queda claro que el promotor del viaje de Martín de Pinedo fue Francisco de Garay.

        Otra cuestión diferente y muy controvertida por cierto es el lugar desde el que partió la expedición. Según toda la historiografía el viaje se organizó y se aprestó en la isla de Jamaica, retornando a la misma isla a su regreso. Y en ello coinciden cronistas como Pedro Mártir de Anglería, Fernández de Oviedo o el padre Las Casas. También, como ya hemos apuntado, en la capitulación de Francisco de Garay de 1521, se referían a la expedición de 1519, enviada desde la isla de Jamaica14. Sin embargo, en el interrogatorio de Sánchez Galindo se reitera que la expedición partió de Cuba y, tras la travesía, retorno a la citada isla. Pero, es más, es que se aportan datos muy concretos que verifican estos hechos. La pregunta tercera del interrogatorio era muy clara en este sentido:

 

        "Ítem, si saben que, después de haber descubierto esta tierra, volvieron a Cuba de donde salieron a donde hallaron en Guaniguanico a Narváez que venía por capitán con mucha armada en la cual yo el dicho Juan Galindo volví con el dicho Narváez"15

 

        Esta cuestión fue respondida afirmativamente por todos los testigos presentados en la información sin excepción, incluidos, por supuesto, los que viajaron en ella. Y como se puede observar contenía un dato tan concreto como el nombre de la provincia oriental de Cuba. Pero es más, los mismos hechos verifican tal circunstancia porque muchos de los expedicionarios de la armada de Pinedo se enrolaron, acto seguido, en la de Pedrarias Dávila que, como es bien sabido, partió en marzo de 1520 en busca de Hernán Cortés.

        En cualquier caso, ninguno de los cronistas parece estar bien informado de los acontecimientos lo que unido a que el armador fuese el teniente de gobernador de Jamaica debió inducir al error. Hernán Cortés sí que se mostró mucho más cauto en este sentido, pues, en sus Cartas de Relación afirma que la armada era de Francisco de Garay, teniente de gobernador de la isla de Jamaica, pero no concretó si la misma se aprestó en Jamaica o en Cuba (1985: 85). Y en parecidos términos se expresó Bernal Díaz del Castillo, pues aunque afirma, como Cortés, que los enviaba el teniente de gobernador de Jamaica tampoco especifica si la expedición provenía o no de aquella isla (1970: 208). Por otro lado, por los datos aportados en el interrogatorio no parece que fuera una simple escala a su paso desde Jamaica como hizo, en 1523, el mismísimo Francisco de Garay cuando aportó a Cuba y estuvo allí unos días recabando información sobre la situación de Hernán Cortés y sus conquistas en Nueva España.

Por tanto, desconocemos los motivos exactos por los que Garay preparó la armada en Cuba, pero dado que, contaba con licencia expresa de los Jerónimos de la Española, era sin duda factible y, como no, legal. Además, las relaciones entre Velázquez y Garay debieron ser fluidas y amistosas, pues ambos tenían el mismo rango de tenientes de gobernador por nombramiento expreso de Diego Colón. Y el hecho de que una parte de la tripulación de Pinedo se integrase sin problemas en la expedición de Pánfilo de Narváez, a la sazón enviado de Diego Velázquez, es una buena muestra de esa amistad.

Por otro lado, es posible que en 1519 en Jamaica no hubiera los medios, los barcos y el contingente humano necesario para preparar una expedición de esta envergadura. De hecho, en 1515, Pedro de Mazuelo, explicó al Rey, que las tareas de abastecimiento de Castilla del Oro se habría hecho más eficazmente si hubiera dispuesto de los medios necesarios y de un número suficiente de “naves emplomadas” (Morales Padrón, 1952: 71). No obstante, también es justo reconocer que, cuatro años después, concretamente en 1523, Francisco de Garay organizó en esta pequeña isla caribeña su gran armada descubridora que era casi tres veces mayor que la de Pinedo.

Sea como fuere, los datos documentales contrastados por nosotros en esta información nos obligan a pensar que la expedición partió de la isla de Cuba y regreso a la misma. En cambio, ninguno de los testigos concretó la localidad concreta. No obstante, tenemos pocas dudas de que la misma debió partir de la localidad de Santiago, en la costa sur oriental de la isla. Hemos de tener en cuenta que en esas fechas era la capital de la isla y la única localidad donde había potencial suficiente como para organizar y pertrechar una expedición de estas características. Por otro lado, dado la ruta que siguió la expedición en dirección directamente a la península de la Florida, nos parece muy probable su partida del puerto cubano de Santiago.

        En cuanto a la fecha de la partida es otro aspecto que desconocemos aunque tenemos algunas referencias cronológicas que nos permiten acercarnos a ella. Los datos de que disponemos son los siguientes: primero, que el dos de junio de 1519 la expedición se encontraba en la desembocadura del Mississippi, pues, al ser el día del Espíritu Santo, Pinedo lo bautizó con este ultimo nombre. Segundo, que pocos días después de que Cortés se marchara de Veracruz, el 16 de agosto de 1519, estando en Cempoala arribó la armada a aquel puerto Novohispano. Y tercero, que al regreso a Cuba aún no había partido Pánfilo de Narváez, pues muchos tuvieron tiempo de enrolarse en esta nueva armada. Teniendo en cuenta que la expedición de Narváez, partió en marzo de 1520 la expedición debió llegar unos meses antes. Probablemente, la expedición partió de Así, pues, la expedición de Pinedo se hizo a la mar inmediatamente después de la de Cortés, pero, ¿qué sentido tenía esto?. Pues bien, probablemente Velázquez y Garay planearon ambas expediciones de forma más o menos coordinada: una armada iría directamente a la conquista de la tierra conocida, mientras que, la otra, exploraría nuevos territorios, comprendidos entre la Florida y Yucatán. El hecho de que Hernán Cortés traicionara a Diego Velázquez terminó modificando una situación que ambos adelantados creían tener controlada.

        Tampoco hay acuerdo en lo referente al número de navíos que fueron aprestados. El padre Las Casas, que no parece estar muy bien informado, habló vagamente de uno o dos buques (1951: III, 233) mientras que Bernal Díaz del Castillo escribió que fueron tres y un total de 270 hombres16. Por su parte, Hernán Cortés afirma que recibió la información de que eran cuatro los barcos (1985: 84) cifra que también comparte López de Gómara (1985: II, 72). La información que nosotros analizamos no aporta ninguna luz sobre esta cuestión. En el documento que establece la capitulación de Francisco de Garay de 1521 se afirma que fueron cuatro los navíos enviados por el adelantado en 1519.

        Con respecto a la tripulación conocemos tan sólo un puñado de nombres de los cerca de trescientos que viajaron a bordo. Entre ellos, el escribano Guillén de Lalo, un carpintero santanderino llamado Andrés Núñez y el valenciano maestre Pedro, conocido como "el de la Arpa", seguramente porque tocaba este instrumento. Por lo demás, Hug Thomas ofrece una lista con los nombres de otros probables tripulantes de la expedición de 1519 y pasamos a mencionarlos, aunque de algunos de ellos no tenemos suficientemente verificada su presencia: Hernando de Aguilar, Andrés Alonso, Antonio Anguiano, Alonso Bueno, Pedro Calvo, Gutierre de Casamori, un tal Castromorcho, Juan Dávila, Diego de Figueroa, Francisco Guisado, Juan de Ledesma, Pedro López Montealegre, Alfonso Lucas, Juan Márquez, y Bernardino y Diego de Santiago (Thomas, 2001: 173-175).

Muchos más nombres conocemos de la expedición de 1520 que, como es bien sabido, tuvo mucha menos importancia desde el punto de vista de los descubrimientos y, además, terminó fracasando por la belicosidad de los indios. Incluso, la mala fortuna hizo que le costara la vida a muchos de sus tripulantes, entre ellos al propio Martín de Pinedo17.

        Martín de Pinedo estuvo nada menos que nueve meses en la mar, rescatando por las costas del golfo de México. Tiempo más que suficiente para hacer todo el recorrido; a modo de referencia diremos que, por ejemplo, Juan Ponce de León, tardó veinticuatro días, los comprendidos entre el tres de marzo de 1513 y el 27 del mismo mes, en llegar desde Puerto Rico a la Florida.

        Los objetivos encomendados a Pinedo fueron dos: uno, recorrer las costas de la Florida para verificar si era o no una isla, como se había pensado. Y dos, continuar la exploración del Golfo de México, desde poco más allá de donde lo dejó Grijalva, es decir, desde las tierras del río Pánuco hasta la Florida. Tenemos algunos datos que nos permiten reconstruir aproximadamente la ruta seguida por Martín de Pinedo y que mostramos en un mapa anexo. La capitulación firmada por Francisco de Garay en Burgos hacia 1521 nos ofrece algunos datos de primera mano ya que nos resume en sus partes esenciales los principales hitos de la expedición de 1519:

 

"Vos armasteis cuatro navíos muy bien (a)bastecidos, y con razonable gente y buenos pilotos los enviasteis desde la dicha isla para que fuesen a descubrir algún golfo o estrecho en la tierra firme… en lo cual anduvieron ocho o nueve meses y nunca lo hallaron; pero entre otra tierra baja estéril que descubrieron toparon la tierra Florida, que Juan Ponce descubrió y…fueles (sic) forzado volver costeando la tierra hacia el Poniente, por la cual costa fueron muy bien mirando la tierra, puertos y ríos y gente de ella y todo lo demás que se debía mirar, y tanto anduvieron hasta que toparon con Hernando Cortés y los españoles que con él estaban en la misma costa… y se tornaron con los dichos navíos hacia atrás y, entrando por un río que hallaron muy grande y muy caudaloso; a la entrada del cual dicen que hallaron un gran pueblo"8.

 

        Está bien claro en el texto extractado que, tras partir en abril o mayo de 1519 probablemente desde el puerto de Santiago, Pinedo dobló hacia el oeste por las costas de Baracoa, dirigiéndose directamente a la Florida. Curiosamente, se trata de la misma decisión que tomó Garay en 1523, quien después de dejar las costas cubanas de Guaniguanico se dirigió al norte y, desde la zona del Mississippi bojeó la costa al sur.

Posteriormente, siguió la línea costera hasta encontrarse con la desembocadura del Mississippi, río que él bautizó, como ya hemos dicho, con el nombre del Espíritu Santo. Desde allí continuó la línea costera hacia el sur hasta llegar al puerto de Veracruz. Por ello, dicen todos los cronistas que cuando arribó a este puerto fundado por Cortés la expedición “había corrido mucha costa en busca de la Florida, y tocado en un río y tierra cuyo rey se llamaba Pánuco” (López de Gómara, 1985: II, 73). Al parecer, después de fondear unos días en el río Pánuco, decidieron bajar hasta Veracruz, probablemente con la intención de entrevistarse con Hernán Cortés. Y efectivamente, tres miembros de la expedición, el escribano Guillén de Lalo, junto a otros dos testigos se acercaron a la costa para comunicar a los emisarios del conquistador de Medellín que las tierras del Pánuco habían sido descubiertas por Pinedo y que había tomado posesión de ellas en nombre de Francisco de Garay. Está bien claro en la información que, cuando la expedición de Pinedo arribó a Veracruz, no iba sino que venía de la Florida. Después del mal recibimiento en Veracruz decidieron retornar de nuevo al río Pánuco, lo cual explica que el encuentro en Veracruz fuese en agosto y la expedición no regresara a Cuba hasta prácticamente finales de 1519. Probablemente, poco después se trasladó Hernán Cortés hasta el río Pánuco para negociar19. Dicho mapa fue enviado por Garay a España para demostrar sus avances descubridores y, contrariamente a sus intereses, fue utilizado por Cortés para proseguir su expansión por el golfo de México.

 

6.-VALORACIONES FINALES

       La empresa de Martín de Pinedo tenía un carácter meramente económico como todas las armadas de esta época, financiadas, como es de sobra conocido, con capital particular. C    oncretamente tenía un doble objetivo: primero, explorar los nuevos territorios y obtener noticias de sus riquezas. Y segundo, obtener los máximos beneficios posibles en el rescate con los indios, lo cual era un objetivo inherente a toda campaña financiada con capital privado. Para ello, debía no solo descubrir y registrar los golfos y calas sino también establecer contactos con la población indígena y, sobre todo, rescatar con ella. Y en este sentido, López de Gómara decía que en las tierras de Pánuco vieron algún oro, pues “habían rescatado hasta tres mil pesos de oro, y obtenido mucha comida a cambio de cosillas de rescate…” (1985: II, 73). Pese a todo, la empresa no obtuvo los beneficios económicos esperados. El cronista Antonio de Herrera definía la situación de manera muy grafica:

 

        "Supo, en llegando, que el alguacil mayor Juan de Escalante, que se había (a)delantado para saber qué gente era, enviaba a decir que era un navío que iba de hacia el norte, que había corrido la costa de Pánuco y que había rescatado bastimentos y hasta tres mil pesos y que la gente iba descontenta de la tierra, y que la enviaba Francisco de Garay desde Jamaica; y era el capitán Alonso Álvarez de Pineda…" (1991: II, 18).

 

Así, pues, desde el punto de vista económico la expedición fracasó pero no podemos decir lo mismo de su aporte al proceso descubridor. Y es que, como en toda la expansión española en América, aunque el motor fue básicamente el ansia de riquezas, lo cierto es que eso trajo consigo avances muy rápidos en el proceso de descubrimiento y conquista de los nuevos territorios ultramarinos. Esta jornada fue muy importante por varios motivos: uno, porque sirvió para verificar de forma definitiva el carácter de península de la Florida, que había sido considerada una isla desde los tiempos en que llegó a sus costas Ponce de León. Dos, porque por primera vez se exploró la región comprendida entre la Península de Florida y el río Mississippi, franja costera que Pinedo bautizó con el nombre de Amichel. Y tres, porque, fruto de esos descubrimientos, Pinedo pudo confeccionar un mapa ya bastante detallado de los principales accidentes costeros del Golfo de México. Presumiblemente, el mapa del golfo de México que apareció como ilustración en las Cartas de Relación de Cortés, publicadas en Sevilla en 1522, y otros posteriores, se apoyaron en el mapa que en 1519 trazara Martín de Pinedo.

        En definitiva, los datos presentados nos permiten acercarnos en alguna medida a una expedición descubridora casi olvidada por la historiografía. Sirvan estas pocas páginas para ubicar el nombre de Martín de Pinedo entre los grandes descubridores de las primeras décadas del quinientos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

(Este artículo fue publicado por mí en la Revista de Historia Naval, Nº 89. Madrid, 2005, Págs. 37-51).

 

1 Información presentada por Cristóbal de Acevedo, vecino de México, sobre su suegro Juan Sánchez Galindo, 1579. AGI, Patronato 75, N. 3, R. 4.

2 Ibídem.

3 Ibídem.

4 Ibídem.

5 Sabemos que Guillén de Lalo era natural de Vizcaya, hijo de Guillén de Lalo y de Isabel de Alvarado. Al parecer viajaba en la expedición de Pinedo como escribano. Posteriormente estuvo en la conquista de Nueva España, participando en batallas junto a Cristóbal de Olid y Jaramillo. Se avecindó en México y se caso con una sobrina de Pedro de Alvarado, doña Isabel de Alvarado –curiosamente con el mismo nombre que su madre-. Tuvo cuatro hijos y murió hacia 1560. (Thomas, 2001: 174).

6 De Francisco del Castillo sabemos que fue como marinero en una de las naves de Pinedo, concretamente en la que pilotaba Francisco Ramírez. En 1536 se declaraba vecino de México. Interrogatorio de Juan Sánchez Galindo, México, 10 de junio de 1536. AGI, Patronato 75, N. 3, R. 4.

7 (Herrera, 1991: I, 224). La cifra exacta de oro que trajo la expedición de Grijalva la ofrecía (Díaz del Castillo, 1970: 208).

8 CODOIN, Serie 1ª, T. XXVI, p. 71.

9 (Díaz del Castillo, 1970: 209). Que Bernal Díaz dudara entre Pineda o Pinedo, e incluso, priorizara el primero se debía posiblemente a que éste era un apellido mucho más conocido, pues, muchos de sus miembros fueron regidores perpetuos en Burgos y Salamanca y Caballeros Veinticuatro y Escribanos Mayores del Cabildo de Sevilla. (González-Doria, 1987: 701)

10(Díaz del Castillo, 1970: 209). En la obra de Giménez Fernández se mencionaba con el nombre de Antón Álvarez Pineda, citando como referencia a Madariaga. Obviamente, debe tratarse de una simple errata porque este historiador toma el dato correctamente de Bernal Díaz del Castillo. (1984: II, 1012).

11 Diego de Camargo se hizo entonces cargo de la expedición, llevándola hasta la ciudad de Veracruz, donde todavía tuvieron tiempo los supervivientes de unirse a Cortés en su conquista del imperio azteca. (Thomas, 2000: 496-497).

12La licencia de los padres Jerónimos está transcrita en (Fernández de Navarrete, 1825: III, 147).

13 Testimonio de Marcos Martínez a la pregunta 5ª. Juicio de residencia de Alonso de Zuazo, Santo Domingo, 1519. AGI, Justicia 43, Pieza 1ª, fol. 212.

14 Capitulación de Francisco de Garay, Burgos, h. 1521. El original se conserva en AGI, Patronato 26, R. 15. Publicada en CODOIN, serie 1ª, T. XXXIX, pp. 514-516, También en (Fernández de Navarrete, 1825: II, 98-102 y en Ramos, 1981: 548-554).

15 Interrogatorio presentado por Juan Sánchez Galindo, pregunta 3ª. México, 10 de junio de 1536. AGI, Patronato 75, N. 3, R. 4.

16 (Díaz del Castillo, 1970: 209). Antonio de Solís reproduce los mismos datos. (1914: 45).

17 Hug Thomas nos proporciona una lista de posibles miembros de esta expedición que pasamos a enumerar: Juan de Aguilar, Martín Alonso, Alonso Álvarez, Antonio Anguiano, Gonzalo y Hernando de Arcos, Andrés Becerra, Pedro de Berra, Pedro de Bocarez, Martín Bola, Alonso Bueno, Juan de Cabra, Diego Camargo, Andrés de Carteo, Hernando de Carvajal, Francisco del Castillo –que también participó en la de 1519-, Andrés Castro, Pedro Chico, Juan Delgado, Miguel Díaz de Aux, Pedro de Escalona, Antonio Gabarro, Francisco Gallego, Lepe Gallego, Alonso García Bravo, Pierre Gómez –francés-, Francisco Guisado, Francisco Gutiérrez, Francisco Hernández Morillos, Alonso Hernández Puebles, Gonzalo Hernández de Zahorí, Alonso Herrera del Lago, Alonso Hidalgo, Alonso Huelano, Juan de Iniesta, Alonso López, Pedro López, Alonso Madrid, Juan Mallorquín, Francisco Martín, Joan Martínez, Juan Martínez, García de Mérida, Pedro Moreno, Francisco Motrico, Juan Niño, Bartolomé Ocampo, Juan Ochoa, escribano, Alonso Orduña, Bartolomé Pérez, Juan de la Plaza, Juan de la Puebla, Francisco Ramírez, Francisco Rodríguez, Ginés Rodríguez, Jácome Rolando, Juan Ruiz Caro, Lope Sánchez Agraz, Núñez de Valencia, Serván Bejerano, Pedro de Velasco, Francisco Velázquez de Lara y Juan de Villagrán. (2001: 175-181).

18 Capitulación de Francisco de Garay, Burgos, h. 1521. (Ramos, 1981: 548-554).

19 El mapa, conservado en el Archivo General de Indias, no se publicó hasta 1914 en que se incluyó como ilustración en la crónica de (Cervantes de Salazar, 1914: I, 57-58).

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El descubrimiento de América despertó el sueño áureo de los pobladores del Viejo continente. Pasado los momentos iniciales en los que se saqueó el metal precioso acumulado durante siglos por los indios, comenzó la búsqueda de filones y vetas. La temprana aparición de algunos placeres auríferos y posteriormente de ricas minas de plata, tanto en Nueva España como en el Perú, espolearon la imaginación de los europeos. Miles de personas empobrecidas en la España Moderna soñaban con encontrar un tesoro incaico, con descubrir una tumba oculto o incluso con encontrar una mina de oro que le sacase de la miseria en la que vivían. Por ello, en el siglo XVI, hubo un renacer de las exploraciones mineras, no sólo en el Nuevo Mundo sino también en la vieja Castilla. Los contratos para las exploraciones de vetas se multiplicaron en esta centuria espoleados por las noticias de hallazgos que llegaban desde el otro lado del océano.

Aunque desde la Baja Edad Media las minas eran una regalía regia, desde principios del siglo XVI encontramos mercedes Reales en las que se concedía a señores no solo la jurisdicción del suelo sino también la del subsuelo. Así, mientras el 17 de mayo de 1520 se hizo merced al Duque de Alburquerque de todas las minas que se descubriesen en su señorío, el 24 de enero de 1521 se le concedió una merced similar al Conde de Plasencia. Estas concesiones las hacía a cambio de una cuantía previamente fijada o por una parte de la producción final, que se solía ubicar entre la octava y la décima parte de los beneficios.

Hasta 1559 no se expidió la pragmática que regulaba a las explotaciones mineras: todo el que descubriese una mina la debía explotar continuadamente y pagar a las arcas reales dos tercios de los beneficios, pagadas previamente las costas. Posteriormente, concretamente en 1584 se reformó la ley minera, estableciéndose la posibilidad de explotación a cualquier compañía, siempre y cuando pagasen un canon al dueño de la tierra y otro tanto a la Corona.

En la extensa campiña de Carmona (Sevilla) se buscaron minas de oro con empeño. Existían algunos antecedentes de tesorillos encontrados, así como leyendas áureas sobre el tesoro dejado por los partidarios de Pedro I en el siglo XIV o por los judíos poco antes de su expulsión. De hecho en 1479, se hizo merced al corregidor de Carmona Sancho de Ávila del tesorillo que se había encontrado en la villa y que consistió en cierta cuantía de reales.

        El 24 de marzo de 1553, Diego Velázquez y Diego de Torres, vecinos de Carmona formaron compañía minera con Miguel Sánchez del Cuerpo de la misma vecindad. Los dos primeros financiarían la búsqueda de minas de oro y plata en el término de Carmona y otros términos, a Miguel Sánchez, quien pondría su persona. Los beneficios de la supuesta explotación minera se repartirían en tres tercios, uno para cada socio, eso sí sacado previamente el quinto real. De este contrato minero no volvemos a tener noticias lo que delata probablemente el fracaso del proyecto. El contrato no fue más que el reflejo de un espejismo áureo que llegó desde América a la Península y que también afectó a Carmona.

Tan sólo seis años después, en 1559 se firmó otra compañía minera entre Juan de Chávez Mayorazgo, Jerónimo González, cantero, y Pedro Duarte, cuchillero, todos vecinos de Trujillo, para explorar una veta que habían localizado en la dehesa llamada el Palacio del Millar de los Llanos, propiedad del primero, ubicada en dicho término. Los trabajos los realizarían los dos últimos, repartiéndose los beneficios entre los tres a partes iguales. Tampoco en este caso volvemos a tener noticias de la empresa por lo que es probable que fuesen un nuevo fiasco para sus inversores.

 

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

        Contrato para buscar minas de oro en el término de Carmona, Carmona, 24 de marzo de 1553.

 

        Sepan cuantos esta carta de concierto y transacción vieren como nos Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de somos en esta muy noble y leal villa de Carmona en uno de la una parte y de la otra Miguel Sánchez del Cuerpo, vecino de esta dicha villa, y yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de ir a buscar y descubrir mina o minas de oro o plata u otro cualquier metal en esta villa y su término o en otras cualesquier partes que yo quisiere y por bien tuviere y de lo que así hallare o hubiere hallado hasta ahora en las dichas minas yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de todo lo que así hubiere y de ellas se sacare de partir por iguales partes cada uno su tercia parte con tanto que de lo que así se hubiere y sacare se saque de principio el quinto de ello, si a su majestad le perteneciere, con tal cargo y condición que nos los dichos Diego Velázquez y Diego de Torres seamos obligados a nuestra costa y misión a abrir cualesquier mina o minas, estando ensayadas y hecho experiencia que son buenas y de provecho y las ahondar y sacar todo cualquier oro o plata u otro cualquier metal y hacerlo fundir a nuestra costa, demás los susodichos hasta tanto que esté fundida y para se partir de manera que vos el dicho Miguel Sánchez seáis obligado a poner vuestra persona y trabajo posible en hacer y beneficiar lo susodicho y con cargo y condición que vos el dicho Miguel Sánchez no podáis dar parte ni meter en esta compañía a otra persona ninguna hasta tanto que nos los dichos Diego de Torres y Diego Velázquez queramos dejar nuestras partes o lo hayamos por bien.

        Y yo el dicho Miguel Sánchez así me obligo de lo hacer y cumplir según y como dicho es. Y en esta manera y con estas dichas condiciones otorgamos y nos obligamos de tener y mantener y guardar y cumplir y haber por firme todo lo contenido en esta dicha escritura y otorgamos y nos obligamos que no podamos decir ni alegar ni querellar que esto que dicho es que no fue ni pasó así y según y como dicho es. Y si lo dijéremos y alegáremos que nuestro escrito nom vala en esta dicha razón en juicio ni fuera de él en tiempo alguno ni por alguna manera y otorgamos de lo así tener y cumplir y no ir contra ello so pena de cincuenta mil maravedís para la parte de nos que fuere obediente…

        Fecha y otorgada la carta en Carmona, en las casas de morada del dicho Diego Velázquez que son en esta villa en la collación de Santa María de ella, en viernes, veinticuatro días del mes de marzo año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y tres años, testigos que fueron presentes en todo lo que dicho es Alonso Belloso y Gabriel Paje y Juan de Herrera, vecinos de esta dicha villa de Carmona, y por mayor firmeza los dichos otorgantes firmaron de sus nombres este registro.

(Archivo de Protocolos de Carmona, escribanía de Pedro de Toledo 1553, fols. 511r-512r).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Los extremos sobre la población indígena existente en la América Prehispánica los marcaron por defecto Ángel Rosenblat, quien defendió la escasa cifra de 13 millones, y por exceso Standard y Dobyns, quienes sostuvieron respectivamente las excesivas cifras de 100 y 116 millones. La mayor parte de los demógrafos se mueven en cifras intermedias que van de los 60 a los 80 millones, que quedaron reducidos, en torno a 1550, a unos 10 millones. Teniendo en cuenta que, en esos momentos, el mundo podría sostener a unos 400 millones de seres humanos hemos de deducir que murió, por causas diversas, entre la octava y la sexta parte de la población mundial.

La mayor concentración humana se localizaba en México Central, seguida del área andina. En Nueva Granada, América Central y en el área antillana había densidades poblacionales bastante menores, siendo su presencia casi marginal en las amplias zonas selváticas.

         Saber cuántos indios murieron exactamente es otra empresa igual de imposible. El padre Las Casas dijo que, entre 1492 y 1560, perdieron la vida 40 millones, despoblándose 4.000 leguas, cosa jamás oída, ni acaecida, ni soñada. En el México Central había entre 25 y 30 millones antes del encuentro y, en 1568, quedaban 2,6 millones mientras que, en 1608, apenas un millón. Concretamente, en el Valle de México se estimaba la población en 1,5 millones, cifra que se vio reducida en 1570 a 325.000 y, a mediados del siglo XVII, a unos 70.000. En Centroamérica, vivían 5,5 millones de los que entre 225.000 y 2 millones se concentraban en el actual Panamá. Y finalmente, en el área andina, los extremos oscilan entre los 4,5 millones que defienden unos y los 32 que sostienen otros, aunque la mayor parte de los demógrafos se quedan con una cifra intermedia de entre 7 y 15 millones. Pues, bien, lo que sí sabemos es que a finales del siglo XVIII el virrey Gil de Taboada y Lemos hizo un minucioso recuento y tan sólo pudo censar a 608.712 indígenas. El porcentaje del descenso tampoco fue uniforme, pues, en los 30 años posteriores a su conquista, en las Antillas Mayores desapareció el 95 % de la población, al igual que en Panamá donde en 1533 sólo sobrevivían unos 300 naturales. En cambio, en México ese porcentaje se redujo al 75 % mientras que en la tribu de los Quimbayas, en la actual Colombia, rondó el 80 %.

Queda claro, pues, que es imposible cifrar exactamente el descenso sobre todo porque no sabemos la población inicial. Las posiciones son, en palabras de Nicolás Sánchez Albornoz, irreductibles. Lo que es seguro es que hubo un descenso brutal que prácticamente no se frenó hasta finales del quinientos. Según la población de partida que defienden unos y otros, el descenso pudo ser de 40, de 80, de 100 o de 120 millones. Pero en lo que sí hay acuerdo es en el hecho de que, hacia 1650, apenas sobrevivían en condiciones muy precarias unos 5 millones. Un descenso que en términos porcentuales pudo oscilar entre el 87,8 %, si tomamos la primera cifra, y el 95,84 % si tomamos la última. Lo cierto es que, en uno u otro caso, hubo una espeluznante catástrofe demográfica, una destrucción física sin precedentes en la historia de la humanidad.

         Pero los fallecidos debieron ser muchos más. Es cierto que hubo un descenso de la natalidad, quizás con la excepción del área andina, pero aunque el crecimiento vegetativo hubiese sido escaso habría que sumar los que fueron naciendo en esas décadas y murieron, en su mayoría, prematuramente. Y eso, por supuesto, sin contar los miles de niños que hubieran nacido si sus progenitores no hubiesen muerto.

 

LAS CAUSAS

         Casi todos los cronistas que vivieron en primera persona la destrucción de las Indias se plantearon sus causas. Y en general, no estuvieron nada desacertados. Todos y cada uno de ellos explicaron el descenso en base a una multicausalidad: las epidemias, las guerras, los malos tratos y el trabajo excesivo. No obstante, algunos de ellos alteraron el orden de importancia de cada una de ellas.

Para Pedro Mártir de Anglería el descenso demográfico de La Española se debió, por este orden, a las siguientes causas: las guerras, el hambre y las epidemias, especialmente –afirma- la de viruelas, desatada a partir de 1518. Y no le faltaba razón al italiano cuando reflejaba ese triple origen, aunque no ponderó suficientemente el peso de las epidemias. De hecho, la enumera en último lugar, cuando en realidad hoy sabemos que fue la principal. El padre Las Casas fue mucho más explícito al señalar, como primera causa, los malos tratos y las matanzas de amerindios. Concretamente decía:


         "Desde hace más de cuarenta años que los españoles están allí, no han hecho otra cosa que asesinar indios, hacerles sufrir, afligirlos, atormentarlos y destruirlos… La causa por la que han muerto y destruido a tantas personas ha sido por tener el oro y henchirse de riquezas en muy breves días."

 

         Está claro que el dominico, o no percibió la importancia de las epidemias, o interpretó que su virulencia se debía al lamentable estado socio-laboral en que se encontraban los nativos. Lo cierto es que, a nuestro juicio, fue el único gran error que cometió, al situar equivocadamente las enfermedades en un segundo lugar.

         Mucho más acertados estuvieron otros cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo o el franciscano fray Toribio de Benavente. El primero sostuvo que la principal causa del descenso de la población indígena fueron las enfermedades, especialmente las viruelas. Lo más curioso es que explica esta dolencia como un castigo divino, por los vicios e idolatrías cometidos durante siglos por los nativos. Más adelante, cuando se refiere a los dos millones de fallecidos, entre 1514 y 1542, en la zona de Castilla del Oro, insiste nuevamente que todo fue obra de Dios, como castigo de las idolatrías y sodomía y bestiales vicios y horrendos y crueles sacrificios y culpas de los mismos indios. Benavente, por su parte, especificó las plagas que acabaron con la población indígena en México, citando como primera y principal las epidemias. Las otras fueron las armas de fuego, el hambre, la presión de los estancieros y negros, las edificaciones, la esclavitud, el servicio en las minas y las divisiones internas.

         Para el germano Nicolás Féderman, el descenso estuvo motivado por tres causas que citó por este orden: la viruela, la guerra y la explotación. Como podemos ver este conquistador y cronista, que dicho sea de paso masacró indiscriminadamente a cientos de amerindios, lo tenía tan claro que cinco siglos después los máximos especialistas en demografía no han hecho sino concluir con sus mismas palabras.

Quede claro, pues, que la primera causa del descenso de la población indígena, fueron, con diferencia, las epidemias. Lo cual, no lo olvidemos, ha sido una constante en la mayor parte de los grandes procesos expansivos de la Historia. Las bacterias viajaron junto a los españoles que, sin ser conscientes, introdujeron un arma letal frente a sus oponentes. Ya Diego Álvarez Chanca, médico que viajó junto a Colón en su segunda travesía descubridora, se percató de que las enfermedades afectaban más a los amerindios que a los europeos. No tardaron en aparecer pruebas evidentes de que estos sucumbían más masivamente ante un mismo agente morbífico. Efectivamente, éstas se cebaron con los nativos por dos motivos: el primero porque, debido a su aislamiento durante milenios, no tenían inmunidad alguna ante ellas. Y el segundo, porque cuando les sobrevinieron, una detrás de otra, se encontraban subalimentados y vivían en pésimas condiciones de vida y de higiene. Ya lo denunció el padre Las Casas, al señalar que las epidemias fueron más virulentas por el extenuante trabajo al que se vieron sometidos, por la escasez de alimentos y por su desnudez. Y en el siglo XX, otros muchos historiadores, como Tzvetan Todorov, afirmaron igualmente que los amerindios acentuaron su vulnerabilidad a los microbios debido a que estaban agotados de trabajar, hambrientos y desmoralizados. También antropólogos como Marvin Harris, citando a Kevin Scrimshaw, han recalcado que la capacidad de recuperación de grupos afectados por epidemias ha estado siempre directamente relacionada con una dieta equilibrada y con un nivel suficiente de proteínas.

En Europa se cebaron con los más desfavorecidos, pues, cuando las plagas llegaban a ciudades populosas, perecían entre un tercio y la mitad de la población. Eso fue lo que ocurrió en el Viejo Mundo entre 1360 y 1460, o más de un siglo después en Venecia, donde perdieron la vida nada menos que 50.000 personas entre 1575 y 1577. También en América pasaron a mejor vida muchísimos colonos, víctimas de las citadas epidemias, sobre todo en los primeros años, debido a la falta de infraestructuras sanitarias y a la escasez de alimentos. Por ejemplo, cuando Pedrarias Dávila arribó a Tierra Firme hubo una gran carestía de víveres y la viruela, que traía incubada un esclavo, se ensañó con los hombres de la expedición, matando a varios cientos de ellos. No obstante, nadie se ha ocupado aún de cuantificar el número de españoles fallecidos en estas plagas y de ofrecer cifras comparativas con la mortalidad indígena.

Como hemos visto, en Europa el aspecto social de las epidemias es bien conocido; los escasos avances médicos solamente alcanzaban a las clases privilegiadas. Sin embargo, en pocas ocasiones se ha aplicado estas mismas concepciones al caso de los amerindios. En el Nuevo Mundo, al igual que en el Viejo Mundo, los microbios se volvieron a cebar con los más desfavorecidos. De hecho, el padre Las Casas escribió que los sanos iban a trabajar a las minas mientras que los viejos y enfermos quedaban desamparados en los pueblos, por lo que perecían todos de angustia y enfermedad sobre la rabiosa hambre. Es conocido el dramático lamento de los indios de Chiametla, al acusar a los hispanos de servirse de ellos cuando estaban sanos y de abandonarlos a su suerte cuando enfermaron. Por su parte, Antonio de Herrera fue más allá, al vincular directamente hambre y epidemias. De hecho, cuenta que, en 1539, los nativos de Popayán dejaron de sembrar la tierra para intentar echar a los españoles. A continuación, pasaron una gran hambruna que vino sucedida de una no menos rigurosa pestilencia. Y es que en algunos casos está bien demostrada la relación entre miseria y enfermedad, como ocurre con el tifus que se contagiaba a través de los piojos. Pero, es más, disponemos de algunos testimonios indígenas en los que se puede comprobar que también ellos vincularon las epidemias con la explotación laboral. Por ejemplo, los caciques del repartimiento de Pacomarca, en Huamanga, escribieron al virrey, advirtiéndole que muchas de las muertes por enfermedades que habían padecido estaban provocadas por la excesiva tributación y la dureza de la mita.

Es cierto que su aislamiento secular aumentó la virulencia de las epidemias pero también que la situación de desamparo, de desatención sanitaria y de carestía alimenticia acentuaron sus efectos. De alguna forma hubo, como ha escrito Massimo Livi- Bacci, una confiscación de energías que provocó una reducción notable de su capacidad de supervivencia. Además, los aborígenes no contaban con ningún tipo de infraestructura sanitaria, pues ni disponían de hospicios propios, ni sus familias tenían posibilidades de atenderlos y alimentarlos en casa. En amplias zonas de América era frecuente que a los enfermos se les dejase comida y bebida y se los abandonase a su suerte, si lo comía bien, si no, que se muriese…

Por otro lado, la brutal destrucción de sus ecosistema locales, provocó a corto plazo una disminución de la producción de alimentos que afectó a los españoles –en las primeras décadas cientos de ellos murieron de pura inanición- pero de manera mucho más brutal a los amerindios. En el área andina la ruptura de su frágil ecosistema rompió el equilibrio entre consumo y producción, con consecuencias que, según Vives Azancot, pudieron ser tan graves como el drama bacteriano.

También debió influir la misma mentalidad de los vencedores y de los vencidos. Unos, porque no movieron ni un ápice para evitar la propagación de estas enfermedades infecciosas, pensando que se trataba de un castigo divino por las idolatrías pasadas. En ese sentido se refería Fernández de Oviedo a la despoblación de la isla de Cuba:


"...E así, casi se despobló la isla de Cuba, e acabose de destruir en se morir los indios, por las mismas causas que faltaron en esta isla Española, y porque la dolencia pestilencial de las viruelas que tengo dicho, fue universal en todas estas islas. Y así, los ha casi acabado Dios, por sus vicios y delitos e idolatrías".

 

Otros muchos cronistas lo interpretaron de la misma forma. Por ejemplo, fray Bernardino de Sahagún consideró que la epidemia que asoló Tenochtitlán, antes de su asedio por Cortés, fue un milagro de Dios para favorecer a los cristianos frente a los infieles. El franciscano fray Gerónimo de Mendieta también explicó las dolencias como un castigo divino pero no contra los indios sino contra los españoles. Su opinión es sin duda muy peculiar: él dice que los nativos no perdían nada porque para ellos la muerte significaba salir del drama de la esclavitud para unirse con sus seres celestiales. En cambio, para los españoles suponía un gran quebranto económico porque perdían los beneficios de la mano de obra y de los tributos. Era el justo castigo que Dios les enviaba por sus comportamientos poco piadosos.

Y otros, porque se hundieron psicológicamente, y aceptaron ese trágico destino. Muchos pensaron que se trataba de un escarmiento que les daban sus propios dioses por haberlos derribado y traicionado. De hecho, cuando Cortés pidió a los tlaxcaltecas que derribaran sus ídolos estos se negaron, diciendo que los enojarían y enviarían hambres, pestilencias y otros desastres.

La política de reducción a pueblos acentuó el daño. Casi todos los hispanos, eran partidarios de ello, unos para utilizarlos mejor como mano de obra, y otros –los religiosos- para evangelizarlos. Por ejemplo, en 1538 se ordenó que los guatemaltecos que vivían dispersos por las sierras, en casas muy alejadas unas de otras, se concentrasen en aldeas para facilitar su adoctrinamiento. La disposición se reiteró, de forma similar, el 10 de junio de 1540. Sin duda, esta política de reducción, puesta en práctica en muy diversos rincones del continente americano, además de ser etnocida favoreció enormemente el contagio. Probablemente, las enfermedades hubiesen tenido un menor efecto en el marco de un poblamiento disperso en el que vivían muchas tribus seminómadas, por la mayor dificultad para provocar contagios masivos.

¿Habría disminuido la morbilidad si los españoles se hubiesen preocupado más por ellos? Rotundamente sí. Ya en la misma época de la Conquista, Motolinia escribió que, en 1529, con motivo de la epidemia de sarampión, se prohibió a los mexicas bañarse en agua fría y se cuidó en alguna medida a los enfermos, disminuyendo de esta forma los índices de mortalidad. Tampoco debe ser casualidad el hecho de que las epidemias afectaran mucho menos a los aliados de Cortés, como los tlaxcaltecas y los huejotzingos. Unos guatiaos que, dicho sea de paso, fueron bastante mejor tratados y tuvieron ciertos privilegios hasta bien avanzada la época colonial.

         Lo cierto es que las epidemias fueron llegando en grandes oleadas, provocando un daño irreversible en las poblaciones indígenas: la influenza suina o gripe del cerdo(1493), la viruela (1518-1526), el sarampión (1530-1532, 1559, 1563-1564 y 1595), la varicela (1538), la gripe (1558-1559), el tifus o la peste pulmonar (1545-1548 y 1576-1580), las paperas (1550) la tosferina (1562), la peste (1560-1561 y 1587-1595), la difteria, etcétera. La mortalidad fue espantosa al igual que dos siglos después lo fue en Oceanía, muy a pesar de que ya se conocían los mecanismos de transmisión así como algunas vacunas, como la de la viruela.

Una de las más letales fue la viruela que causó estragos en La Española desde 1518, luego pasó a las demás Antillas Mayores y, finalmente, de Cuba viajó a Nueva España, América Central y Perú. Según los propios cronistas, en la mayor parte de las provincias indianas murió más de la mitad de la población, pues, como uno de ellos escribió, morían como chinches, a montones. Sorprendentemente, los virus viajaban en ocasiones más rápidos que los propios conquistadores, preparando el camino de estos. De hecho, Huayna Cápac murió de viruelas varios años antes de la llegada de Francisco Pizarro, desencadenando una guerra civil por el control del incario, entre los hermanastros Huáscar y Atahualpa. La viruela mató a decenas de miles de indios en toda América. Según Remesal, con la irresistible sensación de ardor que las viruelas les provocaban, se bañaban en agua fría, y fallecían poco después.

El sarampión llegó a La Española en 1495, sumándose a los estragos provocados por la influenza. Poco a poco se fue difundiendo a las demás Antillas, a Panamá (1523), a México (1531), y de ahí a Guatemala, Honduras y Nicaragua. El tifus exantemático o tabardillo hizo su aparición en Nueva España en 1526, extendiéndose por otras áreas y rebrotando nuevamente en 1545. Muchos de los que se salvaron de la viruela y del sarampión, cayeron con el tifus. Fray Bernardino de Sahagún reconoció haber enterrado en México hasta 10.000 personas, víctimas del tifus.

Las epidemias facilitaron enormemente la conquista y se tuvo una clara consciencia de ello. El cronistas Suárez de Peralta llegó a reconocer que fue mucha la ayuda que éstas les prestaron. Ahora bien, nunca existió una logística sanitaria porque los hispanos jamás utilizaron intencionadamente contra sus oponentes el arma más letal que poseían, la de los virus. Y eso que existían bastantes antecedentes históricos, al menos desde la Baja Edad Media.

         La segunda de las causas fue, sin duda, el maltrato que recibieron, incluido su uso hasta la extenuación como porteadores, los traslados indiscriminados como esclavos, su explotación en las minas y los asesinatos sistemáticos de caciques, curacas y reyezuelos. Las Casas lo denunció, sin embargo, también reconoció que las matanzas no las hicieron por odio sino por su afán de obtener el máximo beneficio, en el menor tiempo posible. Especialmente lesivos fueron los traslados indiscriminados que sufrieron los indios. Alonso de Zuazo en una carta al señor de Chiebres, fechada en Santo Domingo en 1518 le decía lo siguiente:


         "Como los dichos repartimientos se hicieron en junta general de todos los caciques e indios, los indios que eran de la provincia de Higüey hacían ir a Xaragua y a la Sabana que son lugares que distan de Higüey al pie cien leguas, y así por consiguiente en todos los otros lugares de manera que momo muchos de estos indios estaban acostumbrados a los aires de su tierra y a beber aguas de jagüeyes, que así llaman las balsas de agua llovedizas, y otras aguas gruesas, mudábanlos a donde había aguas delgadas y de fuentes y ríos fríos, y lugares destemplados, y como andan desnudos hanse muerto casi infinito número de indios, dejados aparte los que han fallecido del muy inmenso trabajo y fatiga que les han dado, tratándoles mal".

 

Decenas de miles de lucayos fueron sacados de las Bahamas y llevados a las Antillas Mayores, muriendo en breve plazo. Luego, cuando se fue conquistando Nueva España, otros tantos fueron desplazados de un lugar a otro, atados en colleras. Ejemplos los hay por decenas. Cuando el despiadado Nuño Beltrán de Guzmán fue a la conquista de la región de Pánuco (Nueva España) llevó consiguió entre 15.000 y 20.000 porteadores de los que, según Las Casas, no regresaron 200 con vida. Otros tantos utilizó Hernando de Soto en su aventura por La Florida o Hernán Pérez de Quesada en su descabellada expedición al Dorado. Y no menos dramático fue el destino que vivieron los 10.000 naturales de Tierra Firmen que fueron reclutados forzosamente, como porteadores o auxiliares de guerra, en la conquista del incario. ¡Hasta 1548 no cayeron en la cuenta de permitir el retorno desde el Perú a aquellos indios guatemaltecos y nicaragüenses que así lo solicitasen! Pocos lo hicieron, entre otras cosas porque a esas alturas la mayoría o habían muerto o estaban ya totalmente desarraigados.

         El duro trabajo en los yacimientos mineros, con jornadas laborales interminables y con una alimentación escasa, hizo que éstas se convirtieran en verdaderos cementerios. En 1516 se decía de los que trabajaban en las minas de La Española que de 100 no volvían vivos 60 y, en ocasiones, de 300 no regresaban 30. En una carta de los dominicos al Cardenal Cisneros, fechada en 1515, le explicaban la penosa situación que sufrían en estas explotaciones auríferas:

 

         "Con los que traían en las minas se habían muy mal porque antes que fuese el día los sacaban a trabajar y los tenían cavando, rodeados de unas piedras muy grandes, lavando oro; y habiendo así trabajado hasta medio día sin comer y sin beber cosa alguna, les daban a comer grano, y su les daban de comer algún cazabe era tan poco que no era nada, y con el grano bebían agua llena de tierra y de lodo, y tornábanlos luego al trabajo hasta la noche oscura, sin alzar la cabeza al cielo. Y a la noche, dábanles a comer y a cenar lo mismo, y dormían en el suelo, y que a esta causa enfermaban muchos y morían…"

 

Éste era el dantesco panorama del trabajo minero en La Española en los primeros años, extensible por supuesto al que realizaban en las demás Antillas Mayores. Pero, si penoso era el trabajo en los placeres auríferos antillanos mucho más lo fueron en las minas de plata de los virreinatos novohispano y peruano. Las minas de Zacatecas, las de Potosí o las de mercurio de Huancavelica se convirtieron en un dantesco suplicio para los aborígenes. De estas últimas se decía que antes de partir los indios de sus comunidades les rezaban solemnemente una misa de difuntos porque ninguno sobrevivía más de dos años. Los pobres obreros dormían en las mismas galerías de los pozos, los descansos no se respetaban porque la alta mortalidad provocó una carencia crónica de mano de obra, y el trabajo era estimulado a base de latigazos y palos. Y cuando se trataba del dinero de la Corona ni había Leyes de Indias, ni vasallaje, ni cristiandad, ni dignidad, ni moral, ni cargo de conciencia.

La tercera, el hambre que los mató directamente por inanición o indirectamente, al hacerlos más débiles frente a las enfermedades. Muchos mineros ni siquiera se preocupaban de suministrar viandas a sus indios; otros sí que lo hacían, proporcionándoles cazabe y maíz, pues, sabían que eran parte fundamental en su dieta. Sin embargo, olvidaban que esos alimentos en época Prehispánica eran completados con los aportes de la caza y la recolección. De hecho, los mexicas, además de recolectar bayas silvestres, ingerían todo tipo de animales vivos, desde anfibios a reptiles, pasando, por supuesto, por mamíferos e insectos. Así conseguían una dieta calórica suficiente y equilibrada. Sin embargo, las actividades cazadoras y recolectoras fueron prácticamente abandonadas en la época colonial, básicamente porque apenas sí disponían de tiempo libre. Fray Bernardino de Sahagún afirmó que la mayoría de los naturales de Nueva España murieron de la viruela, pero otros simplemente por el hambre porque nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otro se preocupaba.

Esta carestía fue especialmente dramática en las primeras décadas por dos motivos: uno, porque los españoles se dedicaban a obtener metal precioso, despreocupándose de las actividades agropecuarias. Probablemente la mentalidad de la época contribuía a empujar a la élite a los trabajos mineros antes que a la explotación agropecuaria. Y otro, porque las estructuras agrarias mesoamericanas y andinas quedaron paralizadas tras la irrupción. La desaparición de los grandes estados implicó la destrucción de las unidades de recolección, de almacenamiento y de redistribución, tan típicos de las sociedades indígenas más avanzadas del continente. Si esto era una realidad prácticamente todo el año, la situación se agravaba especialmente en durante la Cuaresma en la que apenas se les proporcionaba un poco de cazabe. Ello provocó que, en 1541, solicitaran al embajador en Roma su exención para evitar que muriesen en las minas por hambre y extenuación, como lo estaban haciendo.

Para colmo, fue frecuente durante las primeras décadas del siglo XVI que los naturales quemasen sus propios cultivos. Su idea era, precisamente, provocar la escasez para así conseguir que los extranjeros se marchasen de sus tierras. La resistencia se canalizó en muchas ocasiones a través de la estrategia de la tierra quemada. Una táctica bien conocida desde la antigüedad y que los indios también practicaban. En La Española está bien descrita la destrucción de cultivos de yuca lo que paradójicamente, afirma Anglería, provocó la muerte por inanición de nada menos que 50.000 taínos. No menos claros fueron los frailes dominicos en su carta al señor de Chiebres, fechada en Santo Domingo, el 4 de junio de 1516:


"Viéndose los indios por estas maneras afligidos de los castellanos qusiéronlos echar de la isla y tomaron por medio no sembrar para comer porque, faltando los mantenimientos, ellos tuviesen por bien de se ir; pero los castellanos gastaron las labranza que ellos tenían para sí; comiendo y destruyendo, de forma que les fue forzado a los indios morir de hambre, de la cual murieron tantos que no había quien anduviese por los campos de hedor…"

 

Claro está que esta escasez de alimentos, con la querían ahuyentar a los españoles, los terminó afectando más a ellos porque aquéllos se comían la poca comida que estos obtenían. Y es que, según Las Casas, comía más un tragón español en un día que diez indios en un mes.

Pero, acabada la Conquista, la penuria continuó porque todos los jóvenes iban a trabajar a las minas y, en los pueblos, tan sólo permanecían los ancianos, las mujeres y los niños hambrientos. No en vano, Las Casas afirmó que vio morir de hambre a más de 7.000 en Cuba y que, en Nicaragua, los españoles robaron el maíz, falleciendo de hambre entre 20.000 y 30.000 nativos.

La cuarta, el dramático descenso de la tasa de natalidad entre los indios, aunque no fue uniforme en todo el continente. Como escribió Nicolás Sánchez-Albornoz, la gran mortalidad no fue contrarrestada por una amplia fecundidad. Muchas mujeres tomaron hierbas para abortar, pues no querían parir esclavos. De hecho, está bien documentado el dramático descenso de la tasa de fecundidad en las Antillas Mayores, Nueva España y Nueva Granada. En cambio, en Perú no parece que bajara sustancialmente, al menos antes de 1570. No obstante, en líneas generales sí que podemos afirmar que el aumento dramático de la mortalidad se sumó a un descenso notable de la natalidad, cayendo el crecimiento vegetativo hasta cifras que llevaron a los nativos al borde de su propia extinción. ¿A qué se debió esta crisis natalicia? Pues, al igual que en el caso de la mortalidad, también hemos de hablar aquí de una multicausalidad. La propia guerra no sólo causó un incremento temporal de la mortalidad masculina sino también un aumento igualmente importante de la mortalidad infantil y un descenso de la tasa de natalidad. Se trata de una constante en todas las guerras. Cuando los varones son movilizados para la conflagración, siempre se producen una serie de daños colaterales: un descenso drástico de la natalidad, un progresivo incremento del envejecimiento poblacional y una interrupción en el crecimiento de la población.

Pero además, superada la fase bélica, se produjo un secuestro masivo de mujeres por parte de los vencedores. Y prueba de ello es la aparición de una clase cada vez más pujante y numerosa de mestizos. Muchos españoles tenían en sus casas auténticos harenes, los más para servirse sexualmente de ellas, y otros, simplemente como asistentas. En cualquier caso se les impedía salir de casa y las posibilidades de procrear con un hombre de su etnia eran casi nulas. Según fray Diego de Landa, la audiencia de Guatemala envió a un oidor a Yucatán para obligar a algunos españoles a casarse con sus indias, quitando las casas que tenían llenas de mujeres. Igualmente en una Real Cédula dirigida a la justicia de Cubagua, en 1545 se decía:


"Que algunos casados tienen indias libres en sus casas y las toman por sus mancebas y que a esta causa no hacen vida maridable con sus mujeres".

 

Y en esto de los harenes la ciudad de Asunción del Paraguay se llevó la palma, siendo conocida durante años como el paraíso de Mahoma. En tiempos de Irala, todos los españoles los poseían, unos compuestos por entre 50 y 70 nativas, otros entre 15 y 40, y hasta los pobres de solemnidad disfrutaban de entre 5 y 10 barraganas. Unas cifras dignas de los mejores harenes persas.

En Quito, hacia 1569, una india escapó de su dueño y se marchó a casa del obispo porque se quería casar con otro indio. Allí se presentó su encomendero, con la espada desenvainada y la cara desencajada, afirmando que de no estar con el prelado hiciera desatino. La pobre mujer se vio forzada a renunciar a su matrimonio por amor, regresando de inmediato a casa de su señor. Una década después, el protector de indios de Guatemala informó al Consejo de Indias de la perniciosa costumbre que tenían los encomenderos de sacar cantidad de indias jóvenes para el servicio doméstico, y luego, para evitar que se las quitasen, las casaban ficticiamente con sus esclavos negros. De una forma u otra, lo cierto es que muchas nativas fueron desligadas de su mundo, limitando aún más la capacidad de regeneración a la población indígena. Evidentemente, los casos inversos, es decir, de indios que secuestraron a españolas son absolutamente excepcionales. Y lo son por circunstancias obvias: primero, porque sobre todo en los primeros tiempos de la Conquista eran un bien escasísimo y cotizadísimo. Y segundo, porque los vencedores no podían consentir semejante agravio.

Para colmo muchos varones pasaban toda la jornada en las minas por lo que no llegaban con fuerzas ni con ganas de mantener ningún tipo de relación con sus propias esposas. Todo ello dramáticamente reforzado por una desgana vital ante la situación servil a la que se vieron sometidos, sin apenas contraprestaciones, y a la muerte de decenas de miles de congéneres. No en vano, entre los grupos primitivos era frecuente la creencia de que la muerte era contagiosa. Todo ello provocó depresiones y tendencias suicidas en muchos de ellos. Fue, en palabras del cubano Fernando Ortiz, una huelga de hambre colectiva, una huelga de brazos caídos, una huelga revolucionaria. Con total seguridad, la destrucción de sus religiones contribuyó negativamente a esta desazón. De unas religiones que estaban adaptadas a sus condiciones y que disponían de dioses de características morales elevadas. Y es que cada religión crea a sus dioses, dependiendo de sus necesidades, y a los aborígenes se les quitó toda su cosmovisión cuando más falta les hacía. Porque la religión, a nivel general, suaviza las tensiones pero, a nivel individual, como dijo Durkhein, aquieta temores personales, infunde confianza y anima al individuo a seguir adelante. Los dioses se manifestaban en la guerra pero también en el amor, en las calamidades y en las tempestades. Las distintas religiones prehispánicas constituyeron el principal vehículo de cohesión grupal por lo que, eliminando éstas, se aseguraba la desarticulación del universo indígena.

Es más, cuando veían que las epidemias afectaban mucho menos a los españoles, pensaban que su Dios los protegía, aumentando su desánimo. Por otro lado, cuando se juntaban cientos de ellos infestados de viruelas, sin saber qué hacer, reforzaban su creencia de que el holocausto del fin del mundo había llegado. Todo ello contribuyó a esa actitud pasiva que muchos adoptaron, a perder la ilusión por la vida, a no tener hijos y, en casos extremos, incluso, a quitarse voluntariamente la vida. Los amerindios, como todos los pueblos primitivos, eran en general muy religiosos. Cuando vieron quebrado su presente prefirieron incorporarse a un tiempo sagrado, equivalente a la eternidad. Así llegó a esa desgana vital; pereza por la vida y ganas de trascender a la eternidad, junto a sus antiguos dioses, a sus antepasados y a su mundo. Por ello, no querían tener hijos, a sabiendas de que vivirían en una indeseable situación de explotación laboral. En 1516, los dominicos de Santo Domingo escribieron al señor de Chiebres, diciéndoles que, aunque todo animal busca la reproducción, los nativos mataban a sus hijos recién nacidos por no poder atenderlos, dada la explotación que sufrían. Años después, refería Antonio de Herrera, que los indios de Nicaragua hacía varios años que no mantenían relaciones sexuales con sus mujeres, porque no pariesen esclavos para los castellanos.

También se produjeron innumerables suicidios individuales y colectivos, de los que nos han quedado decenas de testimonios. No podemos olvidar que en las sociedades indígenas primaba lo colectivo sobre lo individual. Como escribió Lucien Lévy-Bruhl, sus actuaciones siempre se realizaban en el marco de la familia, del clan o de la tribu, nunca a nivel individual. El sujeto no era importante, lo realmente trascendental era la supervivencia de la comunidad. Además, para la mayor parte de ellos la muerte no era una puerta infranqueable sino que había una comunicación regular entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Las religiones indígenas, como la mayoría de los credos, hablaban de un triple proceso: generación, muerte y regeneración. Como explicó lúcidamente Mircea Eliade, la creencia en una vida después de la muerte es casi un universal y era plenamente aceptada por todas las religiones indígenas. Según Las Casas, todos los naturales de estas Indias tienen opinión de las almas no morir. Cieza de León, en este mismo sentido decía que en el Perú cuando moría un gran señor lo enterraban con sus ropas, sus armas, su oro y su comida por lo que le resultaba obvio que creían en la otra vida. La muerte conllevaba, pues, la regeneración, por lo que el suicidio se podía entender como una manera de reunirse de nuevo con la colectividad. Cuando murieron sus dioses, muchos se quisieron ir con ellos. En este sentido, unos mexicas respondieron a los franciscanos que pretendían convertirlos de manera muy significativa: que se nos deje morir/ que se nos deje perecer/pues nuestros dioses han muerto.

Casos de inmolaciones se cuentan por centenares, de los que expondremos algunos de ellos. En La Española hubo suicidios casi masivos y lo hicieron de diversas formas, a saber: tomando jugo de yuca, ingiriendo hierbas venenosas, inhalando el humo de las semillas de ají, arrojándose a precipicios, ahorcándose o haciéndose matar por otros compañeros. En resumidas cuentas, envenenándose o lesionándose, pues de ambas formas, como decía Las Casas, perecieron en la isla muchas gentes. No menos claro fue Gonzalo Fernández de Oviedo cuando narró episodios de suicidios colectivos en La Española, pues, de 50 en 50 se convidaban a suicidarse por no trabajar, ni servir. Unos tomando zumo de yuca y, otros, ahorcándose con sus propias manos. Asimismo, contaba Pedro Mártir de Anglería, que un tal Madroño, natural de Albacete, trataba tan mal a sus haitianos que nada menos que 94 de ellos decidieron juntarse y suicidarse a la par que decían:


"¿Para qué queremos vivir más tiempo en semejante esclavitud?, ¡Hay que irse ya a las moradas perpetuas de nuestros antepasados!"

 

En 1517, cuando los taínos de La Española supieron que se planeaba reducirlos a pueblos, muchos decidieron suicidarse, y según Lucas Vázquez de Ayllón, si no los sosegaran diciéndoles que no se haría, todos o los más de ellos hicieran lo mismo.

Pero estos suicidios en masa están descritos en otros muchos lugares de las Indias. En la vecina isla de Cuba se ahorcaron familias enteras, por no sufrir la tiranía de los españoles. En Nueva España, cuando el virrey Mendoza sitió a los chichimecas en Cuiná, viéndose perdidos, se suicidaron en masa, al parecer ¡en torno a 4.000!, entre hombres, mujeres y niños. También en el virreinato peruano se produjeron inmolaciones individuales y colectivas. En 1549, en una misiva del virrey Pedro de La Gasca al Consejo de Indias le informó que, debido a los malos tratos y a las extorsiones, muchos naturales habían muerto mientras que otros se han ahorcado de desesperados. Todavía en la tardía fecha de 1582, cuando la colonización estaba más que asentada, se reconocía que en el virreinato peruano se sucedían numerosos suicidios, por ahorcamiento o por envenenamiento con hierbas, así como abortos provocados para eludir de esta manera la servidumbre de sus hijos.

 

LOS INDIOS DE LA ESPAÑOLA

         La evolución de la población taína en La Española es una de las muestras más crudas de la extinción de un pueblo en poco más de medio siglo. Mientras que en otras zonas de América el descenso fluctuó entre el 80 y el 90 %, en el área antillana el descenso fue cercano al 100 %, llevándolos prácticamente a su extinción.

El descenso de la población comenzó desde la misma arribada a sus costas del primer Almirante, Cristóbal Colón. Y ello, provocado por las sucesivas y desconocidas epidemias que azotaron la isla desde esos primeros años y por la falta de una legislación protectora. Es bien sabido que las enfermedades infecciosas atacaban con mayor virulencia en las áreas confinadas, como era el caso de las islas del Caribe. Éstas, además, se encontraban en una total virginidad inmunológica.

La primera gran epidemia asoló la isla en 1493, aunque se discute si se trato de un brote de influenza suina o de viruela. Todo parece apuntar a que sus consecuencias fueron muy virulentas, matando a algunos españoles y a miles de indios. Por desgracia desconocemos las cifras exactas de mortalidad, aunque se estima que en sólo cuatro años perdió una cuarta parte de su población. Entre 1496 y 1508 el declive, sin embargo, se ralentizó, pues son años en los que, debido a los graves problemas internos en la factoría colombina, se produjo una menor presión sobre el indígena.

Pese a todo, la época del gobernador Ovando (1502-1509) tampoco debió ser fácil para los taínos. De hecho, al carecer de animales de tracción suficientes, se convirtieron en auténticas bestias de carga. De hecho, años más tardes, reconoció el propio Fernando el Católico que muchos habían perecido en los primeros años porque las personas que los tenían les hacían llevar a cuestas algunas cargas y cosas de mucho peso y los quebrantaban.

        Nuevamente, entre 1508 y 1519, se produjo un acusado descenso poblacional, al pasar su número de 60.000 a 3.000. Este declive estuvo motivado por su explotación intensiva en las minas que culminó dramáticamente con la epidemia de viruela que se inició a finales de 1518. Así, el comienzo de este nuevo ciclo coincide exactamente con la llegada del nuevo gobernador, Diego Colón, que traía instrucciones muy precisas para intensificar el trabajo indígena y procurar un aumento de la producción aurífera. También el bilbilitano Miguel de Pasamonte, tesorero Real de la isla, recibió instrucciones para que desembargara las minas e introdujese todos los efectivos que fuesen necesarios para aumentar la producción.

El trabajo indígena en estos años fue tan duro que, según escribieron los dominicos en 1516, cada año moría un tercio de su población. Además, el aumento del tiempo de la demora acarreó un grave problema a las comunidades indígenas, ya que no quedaban en ellas más que viejos, niños y mujeres preñadas de manera que nadie podía levantar un terrón del suelo, perjudicando el trabajo en la tierra, pues, ante la ausencia de los varones, nadie la sembraba. Con razón, en el Interrogatorio de los Jerónimos fechado, como es bien sabido, en 1517, testigos como Gonzalo de Ocampo, afirmaron lo siguiente:


"Que es muy manifiesto que cuando los indios van a servir van gordos y bien tratados y cuando vuelven vienen flacos, así por los mantenimientos que no tienen, como por sus desconciertos con mujeres y juegos de pelota y otras liviandades en que se ocupan en sus tierras que los fatigan más que el trabajo que acá tendrían".

 

De todas formas, y a pesar de lo comentado en las líneas anteriores, en estos años la principal causa de su descenso fue la epidemia de viruela que se desató en 1518 tras ser introducida por un navío negrero. La mortandad fue tal que, a principios de 1519, informaron los frailes Jerónimos a Su Majestad que, si duraba dos meses más, no quedaría ningún indio con que sacar oro en toda la isla.

Con todo, no podemos precisar el porcentaje exacto de víctimas, pues, mientras en unas fuentes se habla de las tres cuartas partes de la población aborigen, en otras se reduce a la mitad. En cualquier caso, sólo los más fuertes escaparon a la viruela y en un estado tal que, según informó el cabildo de Santo Domingo, en 1519, hasta mucho tiempo no serán de provecho.

En los años siguientes hubo sucesivas oleadas de plagas: sarampión, gripe, romadizo, etcétera que continuaron diezmando irreversiblemente a la población. En este sentido, en un pleito llevado a cabo entre 1527 y 1532, el testigo Juan Mosquera declaró que, después de la viruela, se habían desatado otras enfermedades de las que habían muerto casi todos los naturales y se mueren de cada día, aunque bien los traten.

        A partir de este último año, la mortalidad se redujo bastante por diversas circunstancias: primero, por los efectos de la política proteccionista de los Jerónimos, continuada con no demasiada fortuna por Rodrigo de Figueroa. Y segundo, porque progresivamente el indio dejó de tener interés económico, sustituyéndose su fuerza laboral por la del esclavo negro. Pese a todo, ya en 1529, estaba en claras vías de extinción, de manera que en los ingenios y en las haciendas de esta isla trabajaban, en 1533, más de 2.000 negros y tan solo varios centenares de indios, la mayoría de ellos esclavos, capturados en las armadas de rescate. Por último, en 1547 informaba el doctor Montaño que no había en toda la isla ni siquiera 150 indios, incluida la ciudad de Santo Domingo donde no llegaban a treinta pese a tener la mayor concentración de ellos.

 

PARA SABER MÁS



FERRO, Marc (dir.): El libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Nicolás: La población de América Latina, desde los tiempos precolombinos al 2025. Madrid, Alianza Universidad, 1994.

 

------------- (Coord.): “¿Epidemias o explotaciones? La catástrofe demográfica del Nuevo Mundo”, Dossier de la Revista de Indias, Vol. LXIII, N. 227. Madrid, 2003.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Ahora nos lamentamos con los horrores espeluznantes que cometen los integristas islámicos, estados terroristas que amenazan a todos y que sufren en primera persona los propios musulmanes. Sin embargo, hay que recordar que también el cristianismo tuvo una fase integrista que se parecía a la barbarie del integrismo islámico actual. Las cruzadas medievales fueron fruto de ese integrismo y también la última cruzada protagonizada por los conquistadores.

Estos siempre se jactaban de su profunda fe. Pero cabría preguntarse si realmente era sincera, o si estaba motivada por la presión de una sociedad confesional, que no admitía otra alternativa. Muchos historiadores desde Menéndez Pelayo a Joseph Höffner han destacado el sincero y convencido fervor religioso de la España del siglo XVI en general y de los conquistadores en particular. Yo comparto esta opinión y creo que sí fueron profundamente religiosos y en su mayor parte estuvieron convencidos de que el mismísimo Dios aprobaba sus actos y estaba con ellos. Por poner un ejemplo, es bien sabido que Pedro de Valdivia nunca se separaba de una talla pequeña de la Inmaculada. Con ella luchó en las guerras de Italia y Flandes, y tras cruzar el charco, también lo hizo en la Conquista del incario. Está claro que eran profundamente creyentes y, por extensión, tremendamente intransigentes. Su codicia era, al menos en teoría, pecaminosa a los ojos de Dios, y así queda reflejado en varios pasajes evangélicos. Por ejemplo, en el evangelio de Mateo se dice textualmente que no se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6, 24). Pero eso sería en tiempos de Jesucristo porque desde la Edad Media, al menos en la praxis se toleraba. Ya en el siglo XIV escribió en este sentido el Arcipreste de Hita lo siguiente:

 

"Si tuvieres dinero tendrás consolación, alegría y placer y del Papa ración: comprarás Paraíso, ganarás salvación; donde hay mucho dinero hay mucha bendición".

 

La Iglesia de finales del medievo era tan intolerante en cuestiones de dogma como tolerante en asuntos materiales. Esto permitió a las huestes compatibilizar su firmeza dogmática con sus desbordadas ansias por obtener riquezas a cualquier precio. No olvidemos que tanto las cruzadas como las guerras de religión ligaron siempre lo terrenal y lo espiritual. Como ya hemos dicho, sin grandes promesas de compensaciones económicas ni había caballeros cruzados, ni guerra santa ni afán alguno por llevar el evangelio a tierras ignotas.

La Conquista estuvo plagada de violencia y de pillaje pero, en eso, no se diferenció en nada de las cruzadas medievales ni de la guerra santa. En definitiva, el concepto de guerra santa es absolutamente compatible con el de saqueo porque todas estas iniciativas tuvieron siempre un fuerte incentivo económico. Los conquistadores supieron trasladar la guerra santa de la Reconquista a la Conquista, llevando implícito en el propio concepto la posibilidad de enriquecimiento.

Hernán Cortés en su testamento, atormentado por los remordimientos, reconoció la posibilidad de haber cobrado más tributos de los debidos a sus encomendados y de tener esclavos de dudosa legalidad. Por ello dispuso a sus herederos que, si en algún momento se confirmaban esos abusos, fuesen inmediatamente reparados. No menos clara fue la muestra de fe dada por Francisco Pizarro en el último suspiro de su vida; herido de muerte, pidió infructuosamente un sacerdote, aunque al menos le dio tiempo a trazar una cruz con su propia sangre. Había asesinado a decenas de amerindios pero murió confiado porque creía firmemente que, de paso que se enriqueció, había servido a los designios de Dios, llevando la luz a los infieles. La mayoría –si no, todos- eran creyentes y practicantes, lo cual nunca había sido incompatible con la rapiña sobre aquéllos a los que –sin serlo- tildaban de infieles. De hecho, ya los grandes sabios de la Iglesia, como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, habían escrito que, igual que Israel emprendió la guerra contra los paganos, los cristianos podían emprender batallas por mandato divino para castigar a los infieles. En definitiva, la Iglesia podía asumir crueles matanzas siempre que éstas sirvieran para expandir el Cristianismo o para castigar los errores o las impiedades de los paganos. Esta idea fue recogida por muchos pensadores religiosos y seglares de la España mesiánica del siglo XVI. Y tan claro estaba este doble objetivo espiritual y material que tanto algunos cronistas -el padre José de Acosta, por ejemplo-, como algunos documentos –como el parecer de Yucay- sostienen que Dios colocó el metal precioso en América para así animar a los cristianos a conquistar el territorio, ampliando de esta forma la frontera cristiana. Nada tiene de particular que el padre Burgeard escribiera en el siglo XVI, con cierto tono irónico, el gran celo que mostraban los españoles en llevar la religión católica a donde hubiera minas de oro. Y es que donde no había metal precioso, ni mano de obra útil, la cosa era diferente; allí nadie quería ir a servir a Dios, ni a Su Majestad. Precisamente, por carecer de ambas cosas no se evangelizaron las selvas tropicales de la cuenca amazónica. Por ese mismo motivo cayó Vilcabamba en el tercer tercio del siglo XVI, cuando se supo de la existencia de minas de oro y plata. Y por idéntico motivo permaneció al margen de la conquista el área dominada por los peligrosos caribes. No en vano, en la tardía fecha de 1580 la Corona remitió a los oidores de Quito una orden para que apremiasen a los vecinos a que fuesen contra los caribes, dadas las continuas incursiones que perpetraban sobre la gobernación de Popayán. Al parecer, ningún vecino quería correr el riesgo de luchar contra estos belicosos amerindios a cambio de nada. Y es que los caribes, además de buenos guerreros, eran indómitos y no servían como mano de obra esclava. ¿En esas condiciones, a quién le importaba la salvación de sus almas? Francamente, a nadie.

Queda claro, pues, que la idea de la expansión misional y el lucro económico fueron juntas; lo temporal y lo espiritual de la mano como ha ocurrido a lo largo de buena parte de la Historia. Por eso, alguien pudo escribir con razón que el día que faltase el oro, ni habría muchedumbre de hombres civiles, ni de sacerdotes.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

RIDAO, José María: “La paz sin excusas. Sobre la legitimación de la violencia”. Barcelona, Tusquets Editores, 2004.

 

ROJAS, José María: “La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552”. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Fue frecuente el recurso de no poblar y no fortificar determinados territorios, o en casos extremos, incluso de despoblarlos como medida defensica. Se era consciente de lo peligroso que podía resultar fortificar territorios que corrían riesgo de caer en manos enemigas porque después sería muy costosa su recuperación. El robo de artillería fue una práctica frecuente cada vez que uno de los bandos tomaba un puerto o un barco del contrario. Es más, dado lo costoso de la artillería, el buen precio que adquiría en el mercado y la facilidad para venderla, era lo primero que se tomaba al contrario. Lo mismo que los corsarios robaron muchas piezas de artillería en aquellos puertos que asaltaron, los españoles incautaron las piezas lo mismo en la isla de la Tortuga, invadida varias veces, como en la toma de decenas de barcos corsarios. También era frecuente, cuando se encontraban en el territorio fortalezas de consideración, ocuparlas cambiñandoles previamente el nombre. Eso mismo hizo Pedro Menéndez de Avilés cuando en 1565 expulsó a los hugonotes de La Florida, ocupando su fuerte y cambiándole el nombre de Caroline por el de San Mateo.

Probablemente esta idea de evitar que fortificaciones hispanas cayesen en manos enemigas, fue la que inspiró la decisión de 1575 de no fortificar Arica, o la orden de no poblar en los puertos más que en aquellos lugares absolutamente imprescindibles para el comercio. En las Ordenanzas de nuevas poblaciones, dadas en el Bosque de Segovia el 13 de julio de 1573, en su artículo 41 dispuso que "no se poblasen en lugares marítimos por el peligro que hay de corsarios…"

Los puertos eran muy vulnerables y lugares muy codiciados por los corsarios por ello la decisión era poblar solamente los imprescindibles e invertir en su defensa. Las demás villas y ciudades debían fundarse tierra adentro a donde los corsarios difícilmente llegaban porque casi nunca se arriesgaban a entrar en el interior de un territorio que desconocían. Y las pocas veces que lo hicieron siempre acabaron muy mal parados.

Una práctica frecuente en aquellas localidades que no disponían de infraestructuras defensivas suficientes era el de optar por la huida cada vez que se oteaban navíos corsarios en el horizonte. En algunas localidades la gente estaba continuamente apercibida para huir con lo puesto al monte. En la temprana fecha de 1538 el concejo de San Juan de Puerto Rico pidió artillería para defender la villa de San Germán que había sido atacada reiteradamente por los corsarios. Al parecer, los vecinos andaban de continuo en los montes con sus mujeres e hijos “por temor a los corsarios, por la poca defensa que hay”.

Como decimos, en los puertos pequeños estaban acostumbrados a evacuar periódicamente, pero tampoco fue infrecuente en algunas ciudades neurálgicas como Santo Domingo o Cartagena. La huida siempre fue una eficacísima medida defensiva, pues los corsarios no se atrevían a adentrarse en un territorio que desconocían, por lo que preferían siempre mandar un emisario para un dinero a cambio de abandonar la localidad en cuestión.

Pero se fue mucho más allá, pues en algunas se planteo el despoblamiento total y permanente del territorio como única forma de frenar las acometidas enemigas. El sistema ya se utilizó en las Antillas Mayores en los años 20 y 30 del siglo XVI ante los alzamientos indígenas. En particular en Cuba entre 1526 y 1534 hubo diversos alzamientos, como el de Guama, que provocó que muchos hacendados hispanos que vivían dispersos por el territorio, se asentaran en núcleos poblacionales más seguros del centro y del este de la isla. Con posterioridad, cuando el corsarismo arreció se plantearon y, en ocasiones, se llevaron a cabo despoblaciones de territorios, e incluso destrucciones de fortificaciones, con un doble objetivo: uno, dado que los corsarios lo que buscaban era lucrarse con el contrabando, acabar con la actividad corsaria simplemente porque no había nadie ni con quien comerciar ni a los que robar. Y otro, evitar que determinadas fortalezas cayesen en manos enemigas. Si había riesgo de que eso ocurriese lo mejor que podía pasar era no construirla o si lo estaba destruirla. Por sorprende que parezca en más de una ocasión se pensó que la fortificación de esos territorios tan escasamente poblados podía ser contraproducente y había una solución eficaz y muy barata: despoblar aquellos territorios que no se pudiesen defender. Con muy poco coste económico se acabaría de raíz con el contrabando en esa zona y probablemente con el corsarismo. Así se planteo en 1586 cuando tras atacar los ingleses la fortaleza y el pueblo de San Agustín de la Florida se propuso desmantelar los dos fuertes de esa plaza, abandonarla y construir otro en el sitio de Cabeza de los Mártires.

         El caso más sorprendente de despoblaciones lo constituye, sin duda, las famosas devastaciones de Osorio de la banda norte de la isla Española. El contrabando era positivo para La Española, pues, por un lado, era el medio de vida de un buen número de vecinos, y por el otro, permitía al resto obtener productos europeos a un precio razonable. Tras el efímero período de la economía del oro, la industria azucarera había entrado también en una dinámica negativa. Los comerciantes sevillanos preferían entablar relaciones con Nueva España o el Perú dejando de lado las islas antillanas. La única solución que encontraron los colonos para no acabar en la ruina fue mantener este comercio ilícito. Pero, no siempre lo bueno para la colonia lo era también para la metrópolis. Más bien al contrario, la Corona lo consideró absolutamente intolerable por varios motivos: primero, porque no podía consentir que estos comerciaran con naciones, como los ingleses, los franceses o los holandeses, que estaban en guerra con la monarquía hispánica. Y segundo, porque, aunque el comercio con La Española era insignificante, constituía una afrenta para el monopolio comercial sevillano. Como ya hemos afirmado, el gran temor de los comerciantes y de los cargadores sevillanos era que estas prácticas ilegales se extendieran a otras áreas del imperio.

         Por ello, ya desde principios de los años setenta rondaba por la cabeza de los legisladores la idea de trasladar tierra adentro a los pobladores de la costa norte y oeste. Así consta por una Real Cédula dirigida a los oidores de Santo Domingo el 19 de enero de 1573. Una idea que fue repetida tres años después por el fiscal de la audiencia, el doctor Diego de Villanueva Zapata. Poco o nada se hizo, y si algunos vecinos de Montecristi o La Yaguana fueron desplazados, pasado un breve período de tiempo, regresaron, a sus lugares de origen. La Corona ordenó, el 27 de mayo de 1582 el sacrificio de ganado vacuno, sin licencia de la audiencia, con la idea de controlar la venta de cueros vacunos, producto básico del comercio ilegal. Todo fue en vano.

         Sin embargo, la decisión de extirpar el contrabando a cualquier precio fue absolutamente radical y dramática. Tanto que condicionó durante siglos la historia posterior de la isla. La franja norte se despoblaría. Hubo intentos iniciales en el último cuarto del siglo XVI, trasladándose la población de Montecristi a La Yaguana. Hubo resistencia, especialmente en la Yaguana donde, pese a su sometimiento, continuaron rebeldes alzados durante varios lustros. Sería finalmente Antonio de Osorio, por fallecimiento de su hermano Diego de Osorio, quien se encargaría de despoblar y devastar la franja norte. Y la fatal decisión no sólo fue negativa para los colonos sino también para el Imperio. La que más perdió fue precisamente la Corona que no sólo no acabó con el problema del contrabando en la isla sino que dejó vía libre a los corsarios para establecerse en una extensa franja occidental de la isla, sentándose las bases de la futura secesión territorial.

Pues, bien, hubo un grave error de apreciación: el Caribe, por sus características, es decir, por la existencia de decenas de islas despobladas y de pequeño tamaño se convirtieron ya desde el último tercio del siglo XVI en un nido de corsarios, donde estos crearon bases estables en las que aprovisionar sus armadas. España decidió no poblar las Antillas Menores y las Bahamas porque se consideraron islas inútiles, donde no había riquezas que explotar y, por tanto, su poblamiento era tan innecesario como inútil. Una decisión que sólo se puede entender en el marco de la época, cuando el potencial demográfico de España era muy limitado y existían grandes áreas neurálgicas donde desarrollar una floreciente economía minera y agropecuaria. Sin embargo, quizás se debió pensar más en las graves consecuencias que esta decisión traería para el control de los mares y para mantener el monopolio comercial.

Quizás, aunque fuese costoso, se debió haber fomentado el establecimiento de pequeños asentamientos en esos territorios o, en caso de no resultar viables, el establecimiento de pequeñas guarniciones militares. Es más, se optó en muchos casos por frenar el contrabando despoblando zonas costeras donde los colonos comerciaban con los corsarios. Así lo hizo el presidente de la audiencia de Santo Domingo, gobernador y capitán general Antonio de Osorio, quien entre 1605 y 1606 arrasó y despobló la banda norte de la isla para atajar el contrabando. Una política absolutamente errada que puso en bandeja a los franceses la ocupación de la parte oeste de la isla, que a la larga formaría el estado de Haití. En el peor de los casos todo se hubiera solucionado de manera más o menos satisfactoria con la presencia en la zona de una poderosa armada Real que protegiese a las flotas a su paso por aquellas aguas y que mantuviese a los corsarios y al contrabando a raya. Pero nada de esto se hico pese a las reiteradas peticiones de los vecinos de las Antillas Mayores y de las costas de Tierra Firme. Jamás se creó una escuadra caribeña estable que intimidase mínimamente a los corsarios y cuando se hizo, con la creación de la Armada de Barlovento, el Mar Caribe estaba ya definitivamente controlado por los corsarios, causando insospechadas consecuencias para el poderío imperial. Los corsarios camparon a sus anchas por todo el mar Caribe, atacando puertos de manera impune, o estableciendo un próspero contrabando que terminó resintiendo los cimientos del pacto colonial.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, Historia Militar de España, T. III. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012, pp. 143-193.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        En esta ponencia vamos a analizar la figura de Muley Xeque (Marrakech, 1566-Vigevano, 1621), legítimo candidato al trono de Fez, convertido años después al cristianismo. Por tanto, desde su conversión se paseó por España como un miembro de la élite morisca, es más como el más linajudo de los moriscos españoles.

Su biografía ha sido objeto de una clásica biografía firmada por Jaime Oliver Asín, titulada Vida de don Felipe de África, príncipe de Fez y Marruecos (Madrid, C.S.I.C., 1955). Este autor describió la estancia de este príncipe y de su tío Muley Nazar en Portugal a través de su correspondencia con Felipe II. Sin embargo, para su estancia en Carmona apenas si dispuso de referencias y de su trascendental paso por Andújar se debió conformar con las referencias de la obra de Lope de Vega. La etapa final de su vida en Italia también es bastante desconocida, reconstruyéndose casi en exclusiva a través de la narración escrita por Matteo Gianolio di Cherasco. Y es que a Muley Xeque apenas se le conocen testimonios escritos, a diferencia de lo que ocurre con su tío Muley Nazar que redactó numerosas cartas, unas fechadas durante su estancia en Portugal y otras desde la localidad sevillana de Utrera.

En esta ponencia aportamos, por un lado, algunos datos inéditos sobre la vida de Felipe de África, especialmente de su estancia en Carmona, en cuyo archivo municipal se conservan algunos documentos de gran interés. Y por el otro, realizamos una interpretación de su figura.

La conquista del reino de Granada, convirtió al Mar de Alborán en la frontera entre cristianos y musulmanes. El Magreb, que abarcaba desde Trípoli a Agadir, y muy en particular el reino de Marruecos, constituía un territorio estratégico para los intereses del Imperio de los Habsburgo. Una frontera permeable, pues en el norte de África había moriscos renegados y viceversa, en España magrebíes que habían abjurado de sus creencias islámicas. La victoria de Lepanto, en 1571, con ser importante no garantizó la supremacía de los Habsburgo en el Mediterráneo. Es más, tras la caída en 1574 de Túnez y La Goleta en manos de los otomanos, la situación de los españoles en el Mediterráneo dejó de ser ofensiva para limitarse a su defensa. Nápoles y Sicilia sufrieron desde entonces una amenaza creíble de invasión. El equilibrio se mantenía a través de los enclaves de Orán y Mazalquivir y mediante la consolidación de las relaciones con los sultanes de Marruecos para garantizar que no caían bajo la influencia de la Puerta Sublime.

En el trasfondo de toda la política española en el reino de Fez desde el último cuarto del siglo XVI, estaba su interés por ocupar la plaza de Larache, como medio de evitar la expansión turca en el Magreb. Portugueses, españoles y turcos ambicionaban esta estratégica plaza desde principios del siglo XVI, a medio camino entre Tánger y Mazagán. Aunque pudiera parecer una política ofensiva en realidad era meramente defensiva, el objetivo último era proteger un paso estratégico para la defensa de las islas Canarias y de la ruta de las Indias, al tiempo que se mejoraba la protección de las costas del sur peninsular. La idea era proporcionar ayuda a alguno de estos príncipes exiliados en la Península a cambio de la entrega de dicha plaza.

En ese contexto de la política exterior hispánica y norteafricana hemos de entender el interés de la Corona por mantener bajo control a estos tránsfugas como Muley Xeque y su tío, aspirantes legítimos al trono de Fez y Marruecos.

 

 1.-DE ÁFRICA A EUROPA

        Nuestro protagonista, el príncipe Muley Xeque, posteriormente bautizado como don Felipe de África, nació en Marruecos en 1566. Era hijo de Muhammad, rey de Fez y Marruecos, destronado en 1576 por su tío Abd al-Malik con la ayuda otomana y los dos fallecidos, junto a don Sebastián de Portugal, en la célebre batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes.

Con tan solo 12 años de edad, quedó sin más amparo que el de los portugueses, quienes decidieron ponerlo a salvo y enviarlo a Lisboa fuera del alcance del nuevo sultán. Nueve años permanecieron en Portugal el joven príncipe Saadí y su tío, exactamente desde el 27 de entre diciembre de 1578 hasta marzo de 1587. En Lisboa se le asignó una pensión de 2.000 maravedís diarios, y esporádicamente otras cantidades a Muley Nazar. Estuvieron sucesivamente en la capital lusa, en la pequeñísima villa de Alvalade, hoy perteneciente al concejo de Santiago do Cacém, y finalmente en la de Santarém, a donde fueron trasladados por el prior de Crato.

El 11 de septiembre de 1580 Felipe II incorporó el reino luso a sus dominios, disponiendo al año siguiente que se le continuase ofreciendo al príncipe Saadí el citado estipendio. Bien es cierto que hubo continuos retrasos en los pagos lo que provocaba los lamentos de los refugiados, al faltarles en ocasiones lo más básico.

        Muley Xeque todavía conservaba intactas sus aspiraciones de acceder al trono de Marruecos que legítimamente le correspondía. Por ello, solicitaba al monarca que le entregase algunos hombres y barcos para ir a su tierra, en donde presuponía –ingenuamente, por cierto- que la gente se levantaría en armas en su apoyo y recuperaría su trono. Sin embargo, el rey Prudente, que por algo recibía ese apelativo, decidió con mejor criterio trasladarlo a España con su corte de 57 personas. La orden se expidió el 21 de marzo de 1589, y el motivo era ajeno a los intereses de los dos príncipes saadíes, pues trataba de evitar que estos marchasen a Inglaterra, donde eran solicitados para usarlos en su propio beneficio. Su cumplimiento por el Duque de Medina-Sidonia no se hizo esperar, pues seis días después informaba que iba a proceder de inmediato a su traslado pero, a dos lugares diferentes, Utrera y Carmona, o en su defecto a El Coronil y Lebrija. Y ello por dos motivos: primero porque tío y sobrino no tenían buena relación, y segundo, para tratar de repartir los costes entre dos municipios.

 

2.-SU ESTANCIA EN CARMONA (1587-1591)

Como ya hemos dichos, la primera localidad española en la que residió fue en Carmona, una villa de la provincia de Sevilla. Al parecer, su elección se debió a que, además de disponer de un alcázar real en el que hospedarlo, poseía un cierto tamaño lo que permitía un mejor reparto de los costes entre su población. Aún así, el séquito era tan abultado que causó un notable quebranto económico a las arcas locales, así como un gran malestar entre la población. Y ello, porque los caudales prometidos para el sostenimiento del príncipe se demoraron hasta el punto que se abonaron después de su marcha. Ahora bien, Carmona no parecía el lugar más idóneo, primero, por la importante comunidad morisca que albergaba y segundo por su cercanía al puerto de Sevilla. De hecho, entre 1570 y febrero de 1571 habían llegado a una villa de tan solo 3.000 vecinos un total de 1.080 moriscos, procedentes del reino de Granada.

Traía consigo un séquito de 57 personas, incluyendo a seis mujeres, permaneciendo en la villa hasta febrero de 1591. Debió llamar la atención este joven príncipe de talle extremado, fornido y de perfectas proporciones, por su color de la piel moreno, lo suficiente como para que fuese conocido popularmente como el Príncipe Negro. No tardaron en aparecer los primeros problemas por el quebranto económico que suponía para una villa que todavía se recuperaba de la peste que la había asolado en 1583 y de las malas cosechas que padeció en 1587 y 1588.

Pocos días después de la llegada de la comitiva, exactamente el 28 de mayo de 1587, el corregidor de la villa, Esteban Núñez de Valdivia, anticipándose a los problemas, expidió un bando en el que exigía lo siguiente: a los cristianos viejos que los tratasen bien y que no les vendiesen más caro que a los vecinos de la villa, y a los moriscos que se abstuvieran de comunicarse con ellos, todo ello bajo pena de 10.000 maravedís al que lo incumpliera. Pese a tales prevenciones, los problemas no tardarían en llegar como luego veremos.

En cuanto al alojamiento, tradicionalmente se dudaba en cuál de los dos alcázares que seguían en pie en Carmona se hospedó. Pues bien, está claro que no fue ni en el alcázar de la Reina, demolido en 1478, ni en el de la Puerta de Sevilla, sino en el de Arriba o de Pedro I. De hecho, en varias ocasiones el corregidor envió comisiones al alcázar de Arriba a tratar diversos asuntos con el príncipe saadí. Según Manuel Fernández López este edificio fue en otros tiempos muy suntuoso y capaz y servía de alojamiento a los reyes cuando estos residían en Carmona. Una fortaleza inexpugnable construida en época almohade y, posteriormente, restaurada y engrandecida por el rey Pedro I, quien se construyó dentro un palacio que era réplica del que poseía en el alcázar Real de Sevilla. Sin embargo, tras el terremoto de 1504 quedó maltrecho y desde entonces solo se realizaron pequeños reparos, por lo que su habitabilidad era ya en el último cuarto del siglo XVI más que dudosa. Realmente no parece que el alcázar estuviese perfectamente acondicionado ni que dispusiese de los enseres más básicos para llevar una vida medianamente confortable. De hecho, en la tardía fecha del 2 de junio de 1589, el alguacil Francisco López entregó al alcaide Almançor un total de 13 colchones, 14 sábanas y 14 almohadas para las personas alojadas en el alcázar.

Y ¿a qué se dedicaron en esta villa sevillana? Tenemos algunas noticias al respecto. Hay que empezar diciendo que entre los alojados la mayoría más o menos entendían el castellano pero no lo escribían. Pero al menos uno de ellos no solo lo entendía sino que también lo escribía, pues de hecho, cuando en 1589 el alcaide Almançor tuvo que firmar el acuse de recibo de los colchones declaró que no sabía la lengua pero que a su ruego lo firmó en su lugar Mohamete Benganeme.

Al año siguiente de su llegada, exactamente en julio de 1588, el sultán saadí debió vivir las fiestas solemnes que se hicieron para rogar por la gran armada que se disponía a invadir Inglaterra. Para ello se celebraron varios actos: primero, el sábado cuatro de julio se hizo procesión de rogativa hasta el convento de Nuestra Señora de Gracia, regentado por frailes Jerónimos, donde se encontraba la patrona, entonces oficiosa, de la localidad. Se trajo a la iglesia mayor para celebrarle un novenario. Asimismo, el 10 de julio, toda la clerecía y las cofradías se dirigió en una procesión solemne desde la iglesia mayor a la de Santiago con misa cantada en ese último templo. Y finalmente, el miércoles 13 del mismo mes se realizó otro desfile en el que se devolvió a la venerada Virgen de Gracia a su templo conventual.

La oligarquía local, siguiendo las órdenes del Duque de Medina-Sidonia y del corregidor, trató de complacer en lo posible al príncipe y a su corte. En el acta capitular del 16 de noviembre de 1589 se dice que los proveyeron siempre de trigo, camas y ropa y que acudían al alcázar a entretenerlo, jugando con él. Asimismo lo llevaban de cacería y celebraban fiestas de toros y cañas en su honor. Concretamente, el 11 de agosto de 1589, el concejo comisionó al regidor Ángel Bravo de Lagunas y al alférez mayor Lázaro de Briones Quintanilla, para que proveyesen de varas y lo demás necesario para correr toros en la plaza y para los juegos de cañas. Y ¿con qué motivo? Pues por estar en esta villa el infante Muley Xeque, a quien su Majestad ha mandado lo festejen y regalen.

Pese a estos agasajos, hay razones para pensar que las relaciones entre estos musulmanes y los cristianos viejos de la localidad fueron malas o muy malas. Uno de los problemas era que el príncipe era muy joven y apenas era capaz de controlar a su propia gente. Aunque bien es cierto es que la dispersión de parte de su cortejo por distintas casas de la villa no favorecían precisamente ese control.

Dado que entre el grupo de marroquíes había tan solo seis mujeres, la mayoría llevaba meses o años sin mantener relaciones sexuales. Esto fue una fuente de graves conflictos pues, algunos de ellos, al caer la noche y vestidos como cristianos acudían a casas de mujeres para mantener sexo con ellas. No parece que forzaran a ninguna de ellas sino que acudían a casas donde éstas aceptaban su entrada, probablemente a cambio de alguna compensación económica. Enterado el corregidor, ordenó que cesasen dichas prácticas, poniendo vigilancia. Como resultado de ello, una noche se supo que un musulmán había entrado en una casa donde vivían Juana Gómez, viuda, y sus dos hijas solteras. El caso es que el mahometano pudo entrar pero el corregidor y los alguaciles no, quienes tras aporrear la puerta durante largo tiempo la desquiciaron y encontraron en el corral de la casa un moro en hábito de cristiano. Acto seguido, el corregidor acudió a ver al príncipe saadí para solicitarle encarecidamente que sus hombres aprovechasen la noche para salir a la calle y causar altercados.

Sin embargo, la situación no mejoró; el 14 de noviembre de 1589, tres criados del Xeque causaron ciertos altercados públicos por lo que se ordenó al alcaide Almançor que remitiese a los responsables a la cárcel pública, cosa que se negó a hacer. Cuando el alguacil mayor, Juan Tamariz de Góngora, los intentó apresar fue gravemente herido, provocando que los vecinos se situasen al borde de la rebelión. El corregidor tuvo que andar rápido y acudir a caballo con otros alguaciles para evitar males mayores, pacificando a los vecinos y encarcelando a los tres responsables de las heridas al alguacil, ante el enojo del príncipe saadí. Acto seguido, se envió una comisión al alcázar para informar de lo sucedido al Infante, pero se encontraron con una sorpresa: éste lo tenía todo preparado para abandonar la villa:

En el dicho día el concejo se dirigió al alcázar de arriba y hablaron al infante Muley Xeque al cual hallaron alborotado, vestido de camino y su caballo aderezado y muchas tiendas cargadas para irse fuera de esta villa y aunque le significaron la voluntad de la villa y del corregidor que no saliese del alcázar y porque lo que se había hecho había convenido respecto de sosegar los vecinos estaban escandalizados del alboroto y escándalo que los moros habían dado, que recogiese los moros y los quietase que el corregidor haría lo propio con los vecinos, el cual dicho infante dijo que él tenía cosas que tratar con su Majestad y le convenía partirse que él respondería a la villa lo cual respondió por la lengua que allí tenía.

Como puede observarse la situación que se vivió fue extremadamente delicada y a punto estuvieron, musulmanes y cristianos, de llegar al enfrentamiento directo. Pero, ¿a dónde pretendía marcharse? Según el Duque de Medina-Sidonia su intención era ir a otra localidad más cerca de Sevilla. Y ¿con qué objetivo? Pues no lo sabemos pero, obviamente, la capital Hispalense seguía siendo por aquel entonces la gran metrópolis del sur, el puerto desde el que se podía viajar lo mismo al norte de África que al continente americano. Es posible que desde ese puerto más de un morisco pasase a las colonias indianas, aunque en el caso de Muley Xeque, lo probable es que pensase en embarcarse con destino al Magreb. No olvidemos que su conversión y todo lo que eso suponía de renuncia a sus orígenes y a sus derechos dinásticos no cambiaron hasta después de su llegada a tierras jiennenses. Lo cierto es que el corregidor pudo convencerlo de que permaneciera en la villa hasta nueva orden del rey. Pero el ambiente estaba ya demasiado enrarecido; urgía su traslado a otra localidad.

También vieron con malos ojos la compra-venta de esclavos, pues Carmona poseía un notable mercado, satélite del sevillano, en el que se vendía tanto subsaharianos como berberiscos. El rey fue informado que los musulmanes se dedicaban a rescatar esclavos moriscos, aunque no se ha podido verificar dicha práctica, al menos de manera masiva. No hemos podido documentar la liberación en Carmona por parte de Muley Xeque de ningún morisco, aunque sí consta alguno liberado en Utrera por Muley Nazar y otro por su homónimo, unos años después. Como es bien sabido, dentro de la élite morisca hubo dos actitudes bien diferentes: unos, optaron por comprar la libertad de numerosos esclavos berberiscos, casos que están bien documentados en Granada. Y otros, hicieron justo lo contrario, emulando a los cristianos, pidieron licencia especial para poseer esclavos. Es factible pensar que Muley Xeque optó por la primera de las opciones.

Jaime Oliver, citando a Cabrera de Córdoba, y otros historiadores siguiendo a ambos, han sostenido que al alcázar acudían neófitos del entorno a rendirle pleitesía y ofrecerles su apoyo para una posible liberación. Sin embargo, a qué clase de liberación se referían, ¿era el alcázar de Carmona una especie de cárcel domiciliaria? Pues todo parece indicar que sí; el joven sultán vivía en una situación de semilibertad, siempre vigilado por las autoridades locales y supervisado por la atenta mirada del Duque de Medina-Sidonia. El joven saadí soñaba todavía con regresar a su tierra natal, aunque fuese sin apoyos hispanos, pensando que a su llegada miles de compatriotas les mostrarían su lealtad y derrocarían al usurpador. Pero Felipe II, haciendo de nuevo gala de su prudencia y a sabiendas de lo arriesgado de dicha operación, se negaba. Los moriscos carmonenses debían tener suficientes contactos como para facilitar su huida y embarque con destino a tierras magrebíes. Y tanto fue el riesgo que, según el biógrafo Felipe II, este último pensó en reenviarlo al reino luso aunque finalmente se decidiera por alojarlo en la ciudad jiennense de Andújar. El rey Prudente no se fiaba de él, pues mientras a su tío Abd al-Karin ibn Tuda le concedió permiso para moverse libremente por la Península, a Muley Xeque y a Muley Nazar se lo negó, estando en todo momento vigilados y controlados. Además, no solo había en Carmona moriscos sino incluso musulmanes, unos esclavos y otros posiblemente libertos que acentuaban el miedo de la población cristiana a una posible revuelta.

Por cierto, dicho sea de paso, como una mera anécdota, que estando en Carmona el Muley Xeque, en febrero de 1590, llegó un recaudador de impuestos para requisar cierto trigo y aceite que la Corona reclamaba, se trataba nada más y nada menos que de Miguel de Cervantes. Es casi seguro que en Carmona se produjo un encuentro entre ambos que le dejó la suficiente huella como para que luego aludiese a él en su obra.

No sabemos que a ciencia cierta lo que ocurría en aquella pequeña corte mora de Carmona y probablemente nunca lleguemos a saberlo. Tenía un traductor lo que le permitía comunicarse con los ediles y responder a las misivas del Duque de Medina-Sidonia. Sin embargo, está claro que el descontento de los carmonenses por los costes de la corte mora y el temor a las consecuencias de esos contactos entre los hombres de Muley Xeque y los moriscos, aconsejaron su salida de la villa.

El concejo de Carmona estaba deseando el traslado del príncipe y su corte a otro lugar, primero por los altercados que provocaban y segundo, por lo gravoso que resultaba su mantenimiento. A regañadientes seguía sufragando su mantenimiento, aunque solicitando encarecidamente tanto el abono de lo gastado como la pronta salida del príncipe.

La decisión de trasladar al príncipe y su corte a Andújar fue notificada por carta del Duque de Medina-Sidonia que trajo personalmente Pedro Altamirano, comisionado para gestionar su traslado y sugiriendo por cierto el desembargo de los 13.200 reales. El cabildo no pudo más que manifestar su alegría por la gran merced que se le concedía. En cambio, Muley Nazar permanecería en Utrera hasta que el monarca decidiese si lo dejaba volver a Magreb.

 

3.-SU CONVERSIÓN

Finalmente, fue encaminado a Andújar (Jaén), ciudad que tenía fama de albergar a poca población morisca y de profesar una gran devoción a Nuestra Señora de la Cabeza. Recién llegado a la ciudad jiennense volvió a escribir al rey insistiendo en su deseo de retornar a Berbería para recuperar su trono. Está claro que trece años después de su llegada a la Península Ibérica seguían intactas sus aspiraciones a la corona marroquí.

Sin embargo, las cosas iban a cambiar drásticamente en cuestión de meses, pues el saadí, decidió allí su conversión al cristianismo. Bien es cierto que la única referencia que tenemos sobre tal decisión procede de Lope de Vega quien introduce una narración clásica: la del típico pagano o infiel que acude a una romería a burlarse de la religión popular y descubre por obra divina la fe cristiana. Según el dramaturgo, quedó deslumbrado por la devoción y el recogimiento de la procesión de la Virgen de la Cabeza en el último domingo de abril de 1593. Lo que no consiguió la Virgen de Gracia de Carmona lo logró la de la Cabeza de Andújar. Bien es cierto que en aquella época era una de las imágenes que más culto mariano recibía de toda España, tras las de Guadalupe, Montserrat y el Pilar. Al contemplar el cortejo de romeros que se dirigían al santuario, seguidos de un sinnúmero de fieles que acudían de los alrededores y finalmente de la propia Virgen, se obró el milagro de la conversión. El príncipe siguió a la Virgen al santuario se arrodilló y juró ante ella perpetua servidumbre, renunciando al Islam.

Esta conversión espontánea y sincera obviamente hay que matizarla. Es posible que el joven se convenciese definitivamente de que su futuro como sultán de Marruecos era tan incierto como inseguro.. Aunque era el más legítimo de los aspirantes por ser hijo, nieto y biznieto de sultanes saadíes, sus posibilidades de recuperar el trono eran remotas, pues habían transcurrido ya casi tres lustros. No ignoraba que el sultán Ahmed al-Mansur, había dado una razonable estabilidad al reino, pues su mandato duraba ya quince años y se prolongaría hasta su muerte en 1603. Y prueba de que estaba en lo cierto fue el dramático fracaso poco después de su tío Muley Nazar que no solo no pudo recuperar el sultanato sino que perdió su vida de manera violenta. Muley Xeque debió sopesarlo todo, optando por la salida más viable. Si iba a permanecer por más tiempo en la Península debía jugar sus bazas y adoptar la religión mayoritaria, como habían hecho antes que él miles de musulmanes y moriscos. Siendo miembro de una casa real, la conversión le abría unas perspectivas nuevas e ilusionantes para él, entre otras la de ejercer como una de las cabezas visibles de la nación morisca. Él había podido comprobar durante su estancia en Carmona, el respeto con el que estos trababan a su élite nobiliaria y a él mismo.

Las autoridades españolas, decepcionadas ya de su utilidad estratégica, vieron esta conversión con buenos ojos, un claro símbolo del triunfo del Cristianismo sobre el Islam. Desde ese momento, Muley Xeque, dejaría de ser el príncipe de Fez y Marruecos para convertirse en el príncipe de los moriscos, un ejemplo a seguir por los demás en su conversión sincera y en su capacidad de integración.

Evidentemente, su decisión provocó un enorme alboroto entre los suyos que incluso trataron de envenenarlo. Su tío Abd al-Karin estuvo implicado en el suceso, al tiempo que la mayoría de los miembros de su séquito le afearon su deseo de abjurar del Islam. Bueno, todos menos su tío Muley Nazar que desde ese momento se consideró el legítimo heredero del trono marroquí, el único sucesor posible de Muhammad. Él siempre manifestó su deseo de ir a vivir o a morir entre los suyos, haciendo efectivo su derecho al trono. Felipe II se lo concedió, pensando en quitarse de encima a un musulmán incómodo e irreductible y a sabiendas de las pocas perspectivas de éxito que tenía. Efectivamente, el 8 de mayo de 1595 desembarcó en Melilla, aunque las cosas no le salieron como esperaba. Con muy pocos apoyos, a los pocos meses era derrotado por las tropas del sultán y, aunque en un primer momento consiguió huir, fue finalmente apresado y apuñalado hasta la muerte.

En cuanto a Muley Xeque, se dispuso que fuese catequizado por Francisco Sarmiento de Mendoza, obispo de Jaén, quien estuvo enseñándole el dogma durante dos meses aproximadamente. El 3 de noviembre de 1593 se produjo la solemne ceremonia, oficiada por García de Loaísa, Arzobispo de Toledo, actuando de padrino el mismísimo Felipe II y de madrina su hija Isabel Clara Eugenia, futura esposa del Archiduque Alberto de Austria. Su nombre cristiano sería el de Felipe, en honor a su padrino y protector, el rey Prudente. Desde entonces se le conoció como Felipe de África.

La conversión llevó aneja varias preeminencias sociales y económicas. En cuanto a las primeras, se le concedió el tratamiento de Grande de España y poco después un hábito de caballero de la orden de Santiago, tras hacer una información sobre su nobleza. No deja de ser curioso que los testigos alegaran que tenía sangre real y ninguna ascendencia judía, ambas cosas ciertas, pero eso sí, eludiendo hablar de sus honda raigambre musulmana. Se demuestra una vez más que el rechazo hacia todo lo judío era mucho mayor que a lo morisco, de ahí que encontremos estos casos de sultanes y moriscos de alto rango que pudieron profesar como caballeros en órdenes militares como la de Santiago, sí, la del santo matamoros. En relación a las prebendas económicas, se le otorgó la histórica encomienda de Bédmar y Albánchez, en la diócesis de Jaén. Ésta le fue concedida el 14 de febrero de 1596, al haber quedado vacante por la promoción de don Pedro López de Ayala, Conde de Fuensalida a la encomienda mayor de Castilla. Dicha encomienda había proporcionado importantes rentas a sus poseedores hasta que en 1556 su titular don Alonso de la Cueva vendió la villa de Bédmar a cambio de un juro sobre la renta de la seda de 99.128 maravedís. Al final, como de costumbre, la renta se fue devaluando de tal manera que en 1600, cuando su titular era don Felipe de África, apenas producía 12.000 reales, que además se invertían en reconstruir la iglesia del pueblo de Albánchez. No es de extrañar que el príncipe sufriese continuos problemas económicos y que en Vigevano muriese al borde de la pobreza extrema.

Tras la muerte de Felipe II, siguió contando con el apoyo del nuevo rey. Prueba de ello es que al año siguiente acudió a Valencia a los respectivos esponsales de Felipe III y de su hermana Isabel Clara Eugenia con el Archiduque Alberto de Austria.

El príncipe se comportaba como un morisco plenamente integrado en la sociedad y en las costumbres castellanas. Hay un dato muy significativo, le gustaba presenciar las fiestas taurinas de los pueblos, una costumbre tan típicamente hispánica, de la que presumían algunos moriscos de la élite.

 

4.-SU VIDA EN MADRID (1594-1609)

Entre 1594 y 1609 vivió habitualmente en la ya por entonces capital de España, concretamente en una amplia casa propiedad de Ruy López de Vega, ubicada en la confluencia de las calles de Huertas y del Príncipe, justo en el sitio donde años después se construiría el palacio de los Duques de Santoña. Allí disfrutó de un cuerpo de servicio, que incluía sirvientas, mayordomo y jardinero. Desde su casa acudía al corral de comedias, donde tenía arrendado un aposento, asistiendo a numerosas representaciones teatrales. Asimismo acudía periódicamente a escuchar misa a la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, cercana a su morada.

Pero desde 1600 estaba intentando la concesión de un cargo militar en alguna plaza, probablemente para sentirse útil y de paso aliviar su delicada situación financiera. Durante varios años solicitó un puesto como capitán de caballería en la guerra de Flandes. El rey aceptó la propuesta, concediéndole incluso 6.000 ducados de ayuda de costa para el viaje. Sin embargo, parece ser que el Duque de Lerma y el secretario Andrés de Prada recomendaron impedir su marcha, por lo que nunca llegó a viajar a los Países Bajos.

 

5.-EXILIO Y MUERTE

Muchos neófitos de la élite se terminaron integrando sin problemas en la sociedad cristiana. Hay casos muy conocidos de la aristocracia nazarí, pero también escribanos, como el carmonense Gregorio Muñoz de Alanís, así como regidores y grandes propietarios de algunos municipios. Sin embargo, el príncipe Felipe de África, que hubiese conseguido sin problemas licencia para permanecer en España, optó por el exilio. En 1609, decidió marchar a Italia y evitarse el triste espectáculo de la extirpación quirúrgica del grupo converso al que pertenecía. No tenemos datos sobre las razones que lo movieron a abandonar España, pero no puede ser casualidad su marcha, cuando ya estaba decidida la expulsión de los neófitos. Se ha dicho que se debió simplemente a su deseo como cristiano de conocer el Vaticano y de saludar personalmente al Papa. Sin embargo, esto podía ser solo la excusa, pues la realidad era que su situación en España se había tornado muy delicada. No es difícil entender su desolación e incomprensión ante la noticia, pese a las excelentes relaciones que había mantenido con la realeza, lo mismo con Felipe II que con su hijo Felipe III.

La elección de Italia tampoco fue azarosa pues es bien sabido que allí, y particularmente en Sicilia, se refugiaron numerosos moriscos linajudos, ante la protección que les brindó el virrey, Duque de Osuna. Conocemos la existencia en este reino de otros príncipes conversos, como don Carlos de Austria, hijo del último soberano de Túnez, muerto en 1601 y enterrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Nápoles, o don Gaspar Benimerín, inhumado en el templo de Santa María de la Concordia de la misma ciudad.

Es posible que el traslado a Italia lo hiciera desde el puerto de Sevilla o desde alguno de los puertos andaluces pues, en a mediados de 1610, está documentada su presencia en la península Itálica. Tras una fugaz visita al Vaticano, donde se entrevistó con el Papa Pío V, se dirigió a Milán. En la ciudad lombarda entabló una buena amistad con el gobernador Pedro Enríquez de Acevedo, Conde de Fuentes, a cuyas órdenes se puso como capitán de infantería. Prueba de esta magnífica relación es que en el testamento del anciano gobernador, fallecido el 22 de julio de 1610, lo designó como uno de sus albaceas. Su relación con el nuevo gobernador no fue tan buena por lo que, en 1612 se trasladó a Vigevano, un pueblo cercano donde viviría los últimos años de su vida. Allí mantuvo una gran amistad con el obispo Pietro Giorgio Odescalchi hasta el punto de trasladarse a vivir al palacio episcopal en 1620 por sus graves problemas financieros. En esta villa italiana disfrutó de paz y tranquilidad, aunque también de estrecheces económicas. Unos días antes de su óbito, dictó su testamento, reconociendo como heredera a su hija natural Josefa de África, monja profesa en el convento de San Pablo de Zamora. Una neófita de primera generación en una época muy incierta por lo que la solución monacal parecía la mejor opción para no ser importunada. La vida monacal era la mejor prueba de una integración total, por lo que quedaba fuera de toda sospecha inquisitorial. El resto de sus disposiciones testamentarias fueron modestas por su escasa capacidad económica: la mitad de su capital se invertiría en el mantenimiento de tres lámparas encendidas –en la catedral de Vigevano y en las madrileñas capillas de Atocha y de Nuestra Señora de los Remedios- y en dos capellanías, una en la catedral de Vigevano y otra en alguna iglesia de España. La otra mitad de sus rentas las disfrutaría su hija y, tras su óbito, engrosarían las rentas de las disposiciones citadas anteriormente. El 4 de noviembre de 1621 fallecía a los 55 años de edad el príncipe de los moriscos, siendo su cuerpo inhumado en la catedral de Vigevano.

 

6.-MULEY XEQUE, LOS MORISCOS Y LA CORONA

        Obviamente, para los monarcas españoles Muley Nasar y Muley Xeque no eran más que dos bazas, dos peones de su ajedrez, en la partida que jugaban por el control del mediterráneo y que pasaba por conseguir la plaza de Larache. Bien es cierto que Ahmed al-Mansur también tenía el suyo, un hijo del prior de Crato, don Cristóbal, pretendiente al trono luso. Eran cartas con las que unos y otros podían presionar a su adversario y, llegado el caso, negociar.

Pero la actitud de la Corona con lo islámico y con lo morisco en general fue extremadamente ambigua y hasta contradictoria. Tanto Felipe II como su hijo Felipe III mantuvieron unas buenas relaciones tanto con la élite morisca como con la nobleza marroquí estante en España. En los años previos a los decretos de 1609 nada parecía indicar que se fuese a llegar a ese extremo. El cambio de decisión del Consejo y del propio rey ocurrió muy poco antes, en 1608, en buena parte impulsado por la delicada situación del Imperio, por la amenaza turca y sobre todo por la falta de liquidez de la Corona. Es posible que en la Corte se viese la expulsión como una posibilidad de hacer dinero fácil, mediante la confiscación y subasta de sus bienes. Hoy sabemos que, aunque se trató de justificar en base a la seguridad de estos reinos, en realidad había un velado interés económico, de lucrarse a corto plazo de los bienes dejados por la minoría. De hecho, el soberano inmediatamente después envió a toda una legión de comisionados para subastar todos sus bienes e ingresarlos en las arcas reales. Sin embargo, la operación resultó ruinosa, porque los moriscos tenían menos de lo que pensaban y por el irreversible perjuicio a medio y largo plazo para la economía española, necesitada siempre de manos para trabajar. Efectivamente, la creencia de que los moriscos poseían grandes riquezas no es nueva, pues, desde el mismo siglo XVII circularon libros, algunos llegados de África, en los que se intentaban localizar los lugares donde los judíos y los moriscos, tras sus respectivas expulsiones, escondieron sus tesoros. Proliferaron los mapas de tesoros, obviamente falsos. Los propios contemporáneos se equivocaron al estimar las rentas y las propiedades de los moriscos muy por encima de su valor real. Estos distaban mucho de ser pobres de solemnidad –utilizando un concepto de la época- pues la mayoría eran trabajadores eficientes que se repartían en los tres sectores económicos. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI se habían empobrecido considerablemente, debido a la excesiva presión fiscal, a las multas y a la confiscación de sus propiedades. Todo esto está bien documentado en muy diversas zonas de la Península. En el caso de Granada, entre 1559 y 1568, se revisaron los títulos de propiedad de todas sus fincas, cambiando de manos unas 100.000 hectáreas. En Almería, tras su expulsión después del alzamiento de 1568, se supo que la mayor parte de sus propiedades estaban fuertemente cargadas con censos perpetuos. Igualmente, en el condado de Casares, en la actual provincia de Málaga, la mayor parte de ellos se dedicaban a las tareas agropecuarias, siendo el 75 por ciento de ellos pequeños propietarios, con menos de cinco hectáreas. Y en Hornachos, en Extremadura, ocurrió lo mismo, que se obtuvo mucho menos dinero del esperado, porque los bienes inmuebles están fuertemente censados, incluso por importes superiores a su propio valor de tasación.

         En España permanecieron algunas moriscas desposadas con cristianos viejos, enfermos y niños. Los matrimonios mixtos no habían sido muchos porque la discriminación de la sociedad cristiana los empujaba a la endogamia. También eludió el exilio casi la totalidad de la nobleza y una buena parte de la élite burguesa morisca. Una parte de la realeza nazarí quedó integrada en la nobleza castellana, hasta el punto que algunos de sus descendientes adquirieron títulos nobiliarios. Otros llegaron desde África, como los Muley Xeque, o Felipe Gaspar Alonso, sobrino de Muley Walid, que fue bautizado solemnemente en la Capilla Real de Madrid en febrero de 1636. Evidentemente estos bautizos de musulmanes de estirpe eran vistos como un triunfo de la cristiandad sobre el islam. Por cierto que continuaron llegaron por decenas los esclavos berberiscos, casi todos ellos bautizados y por tanto conversos. En 1618 se vendieron 56 esclavos berberiscos en Carmona.

        En definitiva, los príncipes de Fez, y entre ellos Muley Xeque, fueron utilizados a su antojo por la Corona. Se les hospedaba de buen grado en la Península con el objetivo de tener bajo control a un posible heredero por lo que pudiera pasar, manteniendo de paso la discordia en su país de origen. El saadí no tuvo opciones serias de recuperar su trono por lo que, consciente de ello, optó por convertirse para así tener un futuro mejor. Su ejemplo, pudo ser interpretado como un gran triunfo del cristianismo sobre el islam, al tiempo que significaba un ejemplo a seguir por la nación morisca instalada en España. Se le concedió una grandeza de España y un hábito de Santiago; ahora bien, cuando en 1596 solicitó que sus hijos pudiesen ser aceptados en cargos públicos y en colegios como los cristianos viejos, el Consejo de Inquisición se negó, alegando que sería un precedente que provocaría miles de peticiones de otros muchos en su misma situación. Por mucho que fuese descendiente de la realeza y grande de España, no dejaba de ser un converso al igual que el resto de los moriscos.

Pudo haber un acercamiento de posturas: los moriscos eran asimilables, no solo los moriscos antiguos, casi confundidos con los cristianos viejos, sino también los recién convertidos como el príncipe de Fez. Sin embargo, todo fue en vano, porque la decisión se tomó en la Corte, sin considerar los esfuerzos de integración de esta minoría étnica. Estos serían expulsados, al tiempo que una parte de la élite salía en dirección a Italia, donde encontraron un refugio alternativo donde seguir profesando el catolicismo.

Y Muley Xeque, decepcionado, y a sabiendas de que él y sus descendientes quedarían estigmatizados para mucho tiempo optó por el exilio voluntario. Él quiso compartir el cadalso del resto de moriscos y decidió marchar a un territorio en el que pudiese seguir viviendo sin el estigma de su condición neófita.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Se trata de un resumen sin notas de una ponencia del mismo título, publicada en el II Congreso Internacional Descendientes de Andalusíes moriscos en el Mediterráneo Occidental, Ojós, 2015, pp. 190-211).

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