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          En las postrimerías del siglo XVI, Felipe II era considerado el hombre más poderoso de la tierra. Era dueño de la Península Ibérica, de los Países Bajos, de una parte de Italia y de toda América. Este hombre taciturno, hijo de Carlos V y de doña Isabel de Portugal, se había convertido en un gran defensor de la fe sin que por ello le hagan olvidar sus apetencias sobre los países que aún escapan a su poder. Pero a quien este hombre de cincuenta y nueve años consideraba como su peor enemiga no era otra que a la reina Isabel de Inglaterra. Y no le faltaban razones para ello: el apoyo de Inglaterra al prior de Crato frente a las aspiraciones de Felipe II al trono de Portugal, la ayuda decidida y sin escrúpulos a los rebeldes holandeses, su creciente potencial naval y la consolidación de la iglesia anglicana parecían motivos más que suficientes. Por ello, desde su palacio de El Escorial no cesaba de lanzar anatemas contra esta hereje.

           La intervención de naves rápidas mandadas por osados marinos ingleses hacían cada vez más inseguros los transportes entre las colonias españolas de América y los puertos ibéricos. Llegó a ser necesario escoltar cada convoy con navíos armados que, además, no siempre impedían los ataques ingleses.

           En 1585 la reina Isabel de Inglaterra fue todavía más lejos al enviar a su mejor marino, Francis Drake, al frente de veinticinco velas a incendiar y saquear por los territorios coloniales españoles. El éxito de esta empresa hirió de tal forma los ánimos de Felipe II que, encolerizado, decidió pasar a la acción y atacar directamente a Inglaterra. Y para ello pensó en el insigne marino don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, a quien confió la tarea de reunir una armada lo suficientemente fuerte como para asestar un duro y decisivo golpe a la marina inglesa. El viejo marino, que soñaba desde hacía años con una gesta de este calibre que sirviera de colofón a su intachable carrera al servicio de España, puso de inmediato manos a la obra.

           El objetivo de la armada sería atraer hacia el sur de Inglaterra a todas las fuerzas navales que mantenían el bloqueo de las costas holandesas. Para ello previeron una armada de varios centenares de barcos que debían transportar más de noventa mil hombres. Los navíos debían llevar provisiones suficientes como para abastecer a toda la tripulación durante ocho meses.

           Los capitanes serían nombrados por el propio Bazán, pues, así fue facultado por el propio Felipe II. Y la lista de capitanes, pilotos y marinos es un verdadero florilegio de la nobleza española, la mayoría además curtidos en innumerables batallas navales. Entre ellos Juan Martínez de Recalde, Miguel de Oquendo, Pedro de Valdés, Hugo de Moncada, Alonso de Leyva, Martín de Bretendona, todos grandes veteranos en el difícil arte de las contiendas navales.

           A las órdenes del Marqués de Santa Cruz semejante fuerza habría sido extremadamente peligrosa para Inglaterra. Pero el destino asestó un duro golpe a los planes y pretensiones de Felipe II. En los meses previos a su despacho, concretamente el nueve de febrero, murió don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, a la edad de sesenta y tres años. Pero eso no fue lo peor. La elección del séptimo Duque de Medina-Sidonia como sustituto del fallecido Bazán no pudo ser más desafortunada. Frente a marinos expertos y experimentados como Recalde u Oquendo se nombró a este aristócrata, carente de la preparación necesaria para ello. El Duque de Medina-sidonia vivía cómodamente en sus dominios de Sanlúcar cuando supo, por un correo de la Corte, la decisión Real. Él mismo, después de agradecer al Rey su elección para tan magna empresa, le confesó que carecía de la salud necesaria para tal empresa y que enfermaba y hasta “se mareaba” siempre que embarcaba en un navío. Por tanto, no se puede culpar a Medina-Sidonia porque su respuesta a Juan de Idiáquez, secretario Real, no pudo ser más sincera. Resulta incomprensible que pese a estas advertencias el Rey decidiera mantenerlo al frente de la Armada. Probablemente, lo avanzado de los preparativos impidió ver el desacierto con la frialdad necesaria.

           La Invencible partió de Lisboa en la primavera de 1588, rumbo a las costas de Flandes donde, debía embarcar a las tropas de Alejandro Farnesio que se utilizarían en la toma efectiva de Inglaterra. En su recorrido hasta Flandes se produjeron choques esporádicos en las costas de Plymouth y en Portland Hill, con bajas tanto en la Armada de Medina- Sidonia como en la del almirante Howard. La escuadra inglesa era inferior en número de buques pero muy superior en movilidad y en el calibre de su artillería. Pero el objetivo de la armada española era llegar al puerto de Calais y se logró con muy pocas bajas después de navegar durante días por aguas hostiles.

           Por diversos motivos no acudió a Calais Alejandro Farnesio con tropas, municiones y víveres, como se había previsto en los planes de campaña. Sin embargo, los ingleses, creyendo que el enlace se había hecho y que la Invencible estaba preparada para tomar Inglaterra precipitaron un ataque que se produjo en las Gravelinas entre el siete y el ocho de agosto. Así una escuadra inglesa de más de treinta navíos, y liderada por el celebre Francis Drake, atacó a la armada española, provocando la pérdida de cuatro navíos que averiados por los impactos aportaron a plazas enemigas y fueron tomados por holandeses e ingleses.

           Desde este momento empezó el calvario de la Invencible. La armada, muy mermada en su número, carente de víveres y de suficiente munición, decidió bordear las costas inglesas, escocesas e irlandesas en un viaje a ninguna parte. La Armada Invencible estaba preparada para escoltar a los Tercios de Flandes hasta las costas inglesas. El contratiempo de no enlazar con los Tercios flamencos dejó a la Invencible sin su principal objetivo, debiendo circunnavegar Inglaterra en medio de la más absoluta zozobra.

           Y aunque nunca fue derrotada por la escuadra inglesa, lo cierto es que lo que no hizo el enemigo se encargó de hacerlo la meteorología. Una serie de tormentas, ocurridas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias.

           En total, de los ciento treinta buques regresaron sesenta y seis y de los treinta mil hombres embarcados tan solo diez mil. De poco sirve decir que la mayor parte de las pérdidas se produjeron por tormentas y accidentes no por combates. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del Duque de Medina- Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio que incumplió gravemente las órdenes de abastecimiento de hombres y víveres en Calais, y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española. La ambición de ambos imperiod

           Y lo peor es que la derrota no acabó ahí. Los ingleses aprovecharon la indefensión española para atacar los puertos de la Coruña, Lisboa y Vigo. Tal desastre obligó a Felipe II a preparar una nueva armada, tan contundente como la invencible, que si no acabó enfrentándose a la inglesa fue por la muerte del rey Prudente.

 

PARA SABER MÁS

Cerezo Martínez, Ricardo: Las Armadas de Felipe II. Madrid, Ed. San Martín, 1988.

 

Fernández Duro, Cesáreo: La Armada Invencible. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1884.

 

Hutchinson, Robert: La Armada Invencible. Barcelona, Pasado y Presente, 2006.

 

Mira Caballos, Esteban: las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        En la Edad Media, a diferencia de lo que ocurría con la homosexualidad, se toleró ampliamente la violación. En caso de que se tratase de una esclava propia ni tan siquiera estaba tipificado como delito. La violación de esclavas en la Edad Media y, sobre todo, en la Edad Moderna fue una constante. En un reciente estudio sobre la esclavitud en Granada en el quinientos se demuestra definitivamente que el alto precio que alcanzaban algunas esclavas jóvenes se debía, en parte, a su alta productividad laboral, especialmente doméstica, pero sobre todo a la dura explotación sexual a la que eran sometidas por parte de sus dueños.

         Si la violada en cuestión era musulmana la pena era mínima y siempre pecuniaria. Solamente, en el caso de la víctima fuese una casada cristiana estaba peor visto socialmente y las penas solían ser más contundentes. Tanto que se solía castigar con la pena de muerte, aunque rara vez se llegaba a ejecutar. Y ello porque “para los hombres medievales aplicar la pena de muerte a un violador se consideraba algo desmesurado…” Además, la victima debía escenificar su gran sufrimiento para ser creída porque estaba muy arraigada la idea de que la mujer sentía un deseo irrefrenable. Por tanto, en la praxis, lo más normal era que el violador obtuviese el perdón total, alcanzando un acuerdo con la familia. A veces todo acababa cuando se conseguía que el trasgresor se desposase con su victima. En otros casos, la amnistía llegaba desde la Corona, a cambio de algún servicio.

        Pues bien, si la sociedad española toleraba en general la violación y se consentía abiertamente en el caso de que la víctima fuese esclava o musulmana, ¿qué pasó en América con la mujer indígena? Pues, parece obvio, a miles de kilómetros de distancia, sin apenas mujeres blancas y con decenas de miles de indias en condiciones de esclavitud o al menos de servidumbre, la violación y los abusos deshonestos fueron algo absolutamente habitual.

        Se ha hablado de la conquista erótica de las Indias, es decir, de las muchas indígenas que voluntariamente prefirieron unirse al español. A menudo se nos presenta a las nativas como mujeres enamoradas y “aficionadas” a los europeos. Ello ha generado toda una literatura clásica que ha elogiado el carácter del español que no desdeñó a la mujer india, la hizo madre y nació este crisol que hizo “una sola sangre, una sola piel, un único espíritu y cultura”. Y es cierto que hubo bastantes casos de mujeres que convivieron voluntariamente con españoles, aunque, eso sí, la mayoría como concubinas y muy pocas como esposas legítimas. También conocemos decenas de casos en los que los propios caciques entregaban a sus hijas para congraciarse con los conquistadores. De hecho, el ofrecimiento de sus mujeres e hijas a sus invitados era una costumbre muy difundida entre caciques y curacas en amplias zonas de América. Hay casos muy conocidos, como el de doña Marina, “la Malinche”, o como el de doña Inés Huaylas, hermana de Huascar, que fue regalada por Atahualpa a Francisco Pizarro. Cientos de casos más están perfectamente documentados. En tales circunstancias, muchos conquistadores llegaron a formar auténticos harenes, ante la permisividad de una buena parte de las autoridades eclesiásticas y civiles. El 22 de junio de 1543 declaraba el religioso Luis de Morales esta situación con todo lujo de detalles:

Quieren vivir a su propósito y como moro y que nadie les baja la mano y tienen escondidas las indias sobre diez llaves y con porteros para sus torpezas sin dejarlas venir a doctrina, ni a las oraciones que se suelen decir. Y sobre tal caso las tienen en hierros y las azotan y trasquilan para que hagan su voluntad y, como todos son de la misma opinión, se tapa y disimula todo…”

 

        Además, esta situación contribuyó a mermar la capacidad reproductiva de los nativos ya de por si muy debilitada tras la conquista. Sin embargo, matrimonios y concubinatos voluntarios fueron minoritarios en comparación con la simple y llana violación. Hay que reconocer la evidencia. Con las mujeres indígenas se cometieron todo tipo de excesos. Si la india en cuestión no estaba bautizada obviamente no había ningún problema, pero si estaba bautizada tampoco era un problema siempre y cuando el fornicador no manifestase su convencimiento de que aquello no era pecado. Avanzado el siglo XVI fue común, incluso, que las indias se utilizasen como amas de cría, amamantando a los hijos de españolas en detrimento de sus propios vástagos. Hubo que esperar hasta principios del siglo XVII para que se prohibiese, al menos legalmente, esta práctica.

Pero centrándonos en la cuestión de la violación que ahora nos ocupa, ya escribió hace algunas décadas Georg Friederici que “una parte considerable” de las relaciones sexuales con las indígenas se redujo a “violaciones y atropellos”. Y efectivamente, comenzaron en el mismo año del Descubrimiento. Todos los indicios parecen apuntar que algunos de los españoles que se quedaron en el fuerte Navidad, a cargo del capitán Diego de Arana, se dedicaron a robar y a violar a las indias que encontraban. Según el padre Las Casas aquellos españoles fueron asesinados porque “comenzaron a reñir y tener pendencias y acuchillarse y tomar cada uno las mujeres que quería y el oro que podía haber, apartándose unos de otros”. Pocos años después, entre 1497 y 1498, fue el insurrecto Francisco Roldán y los suyos quienes se dedicaron a forzar indias en las sierras de la Española, entre ellas a la mujer de Guarionex, cacique de Magua.

Los mismos dominicos insistían en que los mineros enviaban a los indios a sacar oro y, mientras, se “echaban” con sus mujeres, “ahora fuesen casadas, ahora fuesen mozas”. Y, si el indio no traía todo el oro que esperaban lo apaleaban, lo ataban y, como a un perro, lo echaban debajo de la cama mientras se acostaban con su mujer.

Fue absolutamente normal, ranchear por los pueblos indígenas, robando el oro y capturando mujeres, sin que fuese un hecho punible. El capitán Gonzalo de Badajoz, otro de los más perversos conquistadores, coaccionó en Tierra Firme al cacique Escoria para que le entregase 9.000 pesos de oro. Pero, no contento con ello, le tomó una hija y todas sus mujeres. El cacique fue durante varias leguas detrás de él desconsolado, llorando, alzando las manos y desmayándose en el suelo, mientras los españoles, “riéndose de verle hacer vascas, se pasaron de largo y lo dejaron allí tendido, llorando su desventura”.

No menos cruel fue la actuación de Vasco Núñez de Balboa que recorrió buena parte de Centroamérica, atormentando a los caciques para que les entregasen oro así como a sus mujeres e hijas. Y según Fernández de Oviedo, sus hombres, siguiendo el ejemplo de su capitán, se dedicaron a actuar de la misma manera. Este mismo cronista tuvo la curiosidad de indagar por qué Hernando de Soto, a su paso por los distintos poblados de la Florida, además de cargadores o tamemes, tomaba muchas mujeres jóvenes y guapas. La respuesta de uno de los miembros de su hueste no pudo ser más clara: las querían “para se servir de ellas y para sus sucios usos y lujuria, y que las hacían bautizar para sus carnalidades más que para enseñarles la fe”. El capitán Pedro de Cádiz y su mesnada forzaron a tantas jovencitas “que con tanto fornicar” muchos de ellos enfermaron gravemente.

Pero, no sólo los conquistadores abusaron de las indias, también había funcionarios públicos, encomenderos y personas de a pié. Incluso, peor aún, hubo implicados presidentes de audiencia, oidores y hasta protectores de indios, los mismos que se suponía debían velar por que estas cosas no se produjeran. Tristemente famoso fue el presidente de la Audiencia de México Nuño de Guzmán, un desalmado que lo mismo violaba a varias muchachas que herraba a indios de paz.

Ni que decir tiene que las esclavas indias eran, al igual que las negras, carne de cañón para la violación, sin que por ello se pervirtiese la ley. Así, un español que participó con Francisco Montejo en la conquista del Yucatán se jactaba de haber dejado “preñadas” a decenas de indias esclavas porque de esta forma las vendía a mayor precio. Y Girolamo Benzoní insiste en esta misma idea, al decir que el capitán Pedro de Cádiz y su hueste, forzaban a muchas jóvenes y, aunque embarazadas de sus propios hijos, las vendían “sin ningún miramiento”.

Pero no acabaron aquí las desventuras de las desdichadas indígenas. Pronto comenzaron a ser violadas también por los esclavos negros. En los primeros tiempos hubo el triple de esclavos negros varones que mujeres y no tardaron en saciar sus apetitos sexuales a costa de las nativas. En 1541 un documento señalaba los casos que se estaban cometiendo de negros que mataban a indias por “no satisfacer sus ruines intenciones”. Poco tiempo después se denunciaban los abusos que los hombres de color hicieron en el pueblo de Xilotepeque, en Nueva España, pues entraban en las moradas de los indios, tomando “por la fuerza las mujeres y gallinas y hacienda y dan de palos a los indios, y un negro ató a la cola de un caballo a un macehual chichimeca y lo arrastró y mató porque le reñía que había tomado a su mujer…”

Pero, ¿hubo condenas por todas estas violaciones? Apenas conocemos unos cuantos casos. En una Real Cédula, fechada en Valladolid el 9 de septiembre de 1536 el rey mostraba su perplejidad por haber condenado a tan solo cinco pesos de oro a un español que, tras intentar violar a una india, ésta se refugió en un bohío o casa indígena y, en represalia, la quemó viva. Obviamente, la condena parecía pírrica pero lo realmente elocuente es que lo que se juzgó fue su vil asesinato no el intento de violación que no pareció algo punible.

¿Y la violación de menores? La legislación medieval y moderna no distinguía los casos de pederastia, de la violación de adultos. En las Siete Partidas se agrupan todos los casos de violación, sin especificarse la edad. Hemos de sobrentender que la violación de menores quedaba incluida en el apartado de vírgenes.

Conocemos en la España medieval decenas de casos de violaciones de niñas de 11 y 12 años que fueron considerados como simples casos de violación y sus transgresores fueron perdonados. En cambio, en 1475 el murciano Gil López Merino fue ajusticiado en la horca por violar a una niña de 9 o 10 años. ¿Es posible que en esta ocasión se viera la edad como un agravante? Probablemente sí. Pero entonces, ¿dónde estaba exactamente la frontera?: creo que era algo que se decidía a ojo. El límite debía ser, por tanto, la pubertad, siendo especialmente grave cualquier violación que afectase a una muchacha que tuviese una edad inferior a los 10 u 11 años. En caso de estimarse que la quebrantada era una niña, sí que la pena podía ser mucho más severa.

Por tanto, la frontera entre la violación de una adulta y de una niña no estaba bien delimitada, pero de considerarse el último caso podía llevar aparejada la pena capital. De hecho, el propio emperador Carlos V promulgó una ordenanza en 1533 en la que condenaba dicho delito con la muerte.

        Pero al menos en América todo eso quedó en mero papel mojado. En la praxis, se produjeron violaciones, tanto de adultas como de niñas indígenas, sin que por ello fuese penado el infractor. El caso del capitán Lázaro Fonte que analizaremos a continuación es muy representativo. Ya veremos como violó a varias niñas pequeñas y terminó absuelto por esos y por otros crímenes. Son muy interesantes los testimonios de algunos testigos presenciales porque sirven para entender cómo se veía la pederastia entre sus contemporáneos.

 

LÁZARO FONTE: LA DOBLE PERSONALIDAD DE UN PSICÓPATA

 

        Lázaro Fonte es un ejemplo típico de algunos de esos conquistadores con doble personalidad, capaces de lo mejor y de lo peor. Él se consideraba a sí mismo una persona cristiana, temerosa de Dios, un leal servidor de la Corona y, sobre todo, un marido y un padre ejemplar. Pero, es más, fueron varios los testigos que así lo afirmaron por lo que, cuanto menos, denotaba que, pese a sus tropelías, estaba integrado socialmente. Pero, este feliz y cristiano padre de familia, por otro lado fue capaz de ejecutar crueles y despiadadas matanzas de indios así como de violar a niñas de siete u ocho años que previamente ataba a palos cruzados en aspa.

        Obviamente, no todos los conquistadores actuaron así pero, salvando la cuestión de la pederastia, sí hubo muchos. Estos podían compaginar perfectamente el servicio a Dios y a la Corona con las matanzas de infieles. No olvidemos que durante siglos el mismísimo Papa salía con sus galeras a matar a todo infiel que encontraba, desde árabes a berberiscos, pasando por los turcos. Acaso también habría que aplicar aquí la cuestión de la falsa conciencia, no sólo de Lázaro Fonte sino de buena parte de la élite conquistadora. Una falsa conciencia que consistía en la deformación más o menos consciente de la realidad para defender, legitimar y justificar su superioridad social.

        Lázaro Fonte nació en Cádiz en torno a 1508, pues, en agosto de 1553 declaró tener 45 años. Era hijo de Rafael Font o Fonte, comerciante de origen catalán, afincado en Cádiz, donde fue regidor del concejo. Su padre estaba desposado con Paula Fonte con quien procreó tres hijos, dos varones y una mujer. Los Fonte lograron en Cádiz una holgada posición económica, aunque, posteriormente, estando ya Lázaro Fonte en las Indias, pasaron a Tenerife, donde Rafael Fonte volvió a ocupar una regiduría. Allí gozaron de rentas superiores a los 3.000 ducados al año que el gobernador de Nueva Granada, Alonso Fernández de Lugo, natural precisamente de las Canarias, se encargó de arrebatarles a cambio de indultar a Lázaro Fonte.

¿Por qué Lázaro Fonte, pese a gozar de una buena situación económica y de una excelente posición social decidió buscar nuevos horizontes al otro lado del océano? Probablemente, los oscuros incidentes en los que estuvo implicado el Jueves Santo de 1533 lo abocaron a ello. Ese día, en la procesión de los disciplinantes, se vio envuelto en la muerte de un alguacil en su ciudad natal. Tras los hechos, huyó a las sierras del interior de la provincia, entre Jerez de la Frontera y Tarifa. Un testigo, Melchor Ramírez, dijo que, tras los hechos, él lo vio presentarse de noche en una posada vistiendo “un manteo negro y un bonete negro”. Pero, a los pocos días, decidió regresar y presentarse en la misma cárcel ante la justicia. Hubo un juicio y consiguió salir absuelto, al demostrarse que el autor material no fue él sino un criado suyo, llamado Francisco Ruiz. Desde entonces hasta finales de 1534, en que se embarcó con destino a Santa Marta, “anduvo libremente por la dicha ciudad”. Así, pues, el peso de la ley recayó exclusivamente sobre su sirviente. No obstante, sus propios contemporáneos mantuvieron siempre la duda sobre su grado de implicación en tan oscuros hechos. Y la verdad es que nosotros, casi quinientos años después, también albergamos nuestras dudas de que el criado, que estaba con él en el momento de ocurrir los hechos, actuase exclusivamente por iniciativa propia.

Por tanto, cuando el nuevo gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo, le pidió que lo acompañase en su expedición, no le faltaron motivos para aceptar. Así, a finales de 1534, cuando contaba con unos 26 años de edad inició su lamentable andadura indiana. En una información de méritos, presentada por él mismo declaró que llevó una nao a su costa con más de 150 soldados, gastando en ellos más de 4.000 ducados. No tardó en pasar a la conquista y pacificación del Nuevo Reino de Granada a las órdenes del capitán Hernán Pérez de Quesada. En ella declaró que, además de los trabajos y hambre que padeció, gastó más de 20.000 pesos de oro porque un caballo costaba entonces más de 50 pesos.

        Recibió tres encomiendas en Santa Fe, a saber: Fusagasugá que en 1566 tenía nada menos que 500 indios de encomienda, Engativá con poco más de un centenar de indios y Tocancipá que entonces debía superar el centenar y medio. En total debió tener unos 750 indios de encomienda que le proporcionaban unas holgadas rentas.

        Pero su enemistad con el teniente de gobernador del Nuevo Reino de Granada, el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, provocó su procesamiento. En enero de 1539 se pregonó que ningún español rescatase esmeraldas con los indios. Sin embargo, Lázaro Fonte, al igual que otros españoles, continuaron sus rescates. A finales de ese mismo año se produjo la atroz matanza de indios en Fusagasugá. El licenciado Giménez lo condenó a muerte por ello y “por otras causas”. Él apeló la sentencia a través de su procurador y, a mediados de 1541, la audiencia de Panamá dictó sentencia, conmutándole la pena de muerte por la de destierro de la gobernación.

        Entre primeros de septiembre de 1541 y abril de 1543 estuvo en la expedición del Dorado, capitaneada por el gobernador Hernán Pérez de Quesada. A su regreso, se le procesó de nuevo, acusado de haber quebrantado la pena de destierro. Tras un breve período en la cárcel fue absuelto por Alonso Fernández de Lugo en clara prevaricación. Pues quedó claro que a cambio de su absolución le vendió, a un precio irrisorio, sus rentas de Tenerife.

        Tras salir de la cárcel, y para evitar males mayores, decidió finalmente abandonar Santa Marta y afincarse en San Francisco de Quito. En 1548 estaba ya perfectamente instalado en esta última ciudad. Allí se desposó con doña Juana de Bonilla, hija del gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla. Con ella tuvo tres hijos, el mayor de ellos llamado Juan Rafael Fonte. Su suegro, como es normal, lo favoreció enormemente, nombrándolo corregidor de Quito y después contador de la Real hacienda.

        En 1546 se sumó a los hombres del presidente Pedro de La Gasca que luchaban contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. Éste prometió el perdón de los delitos a todos los españoles que se sumasen a su campaña. Y el gaditano fue enviado como alférez general al mando de 300 hombres para unirse a las fuerzas del presidente. Por el camino, se supo que no hacía falta su ayuda y que el presidente ordenaba su retorno. Su tropa regresó, pero él con unos cuantos deudos, prosiguió su viaje hasta la ciudad de Cuzco, recorriendo según él mismo afirmó 700 leguas de distancia. Además en San Francisco de Quito recibió un cofre con despachos para La Gasca que le entregó puntualmente, atravesando, según él, “grandes peligros”.

        Pero, pese a estar en Quito bajo la protección del gobernador, el proceso continuó su curso y la justicia continuó “molestándolo”. Por ello, a principios de 1553 decidió nuevamente acogerse al perdón que se daba a los que sirviesen contra el alzamiento del cacereño Francisco Hernández Girón. Cuando este último derrotó al mariscal Alonso de Alvarado los oidores de la ciudad de los Reyes le encargaron una peligrosa misión. Debía recoger las armas de todos aquellos españoles que no se incorporasen a filas y reclutar asimismo el mayor número posible de indios. El despacho le fue entregado el 7 de junio de 1554 y fue con tal cometido en compañía de Francisco Benítez, Miguel López y Gregorio Genovés que cumplieron su objetivo satisfactoriamente. Y en ello, estuvo hasta la derrota y ajusticiamiento del extremeño el 7 de diciembre de 1554.

No obstante, para su sorpresa, a su regreso volvió a dar con sus huesos en la cárcel. Finalmente, en 1555 se le concedió una nueva apelación, en este caso al órgano supremo, es decir, al Consejo de Indias, quedando mientras tanto en libertad. Es la última noticia que tenemos de su procesamiento, pues, no nos consta documentalmente la sentencia definitiva. Probablemente, el silencio documental indique su absolución. Quizás los miembros del Consejo estimaron que el acusado ya había pagado suficientemente sus culpas.

Pero no sólo fue perdonado sino que se estimó que merecía compensaciones por el leal servicio prestado a la Corona durante tantos años. Así, el 13 de noviembre de 1568 y el 19 de diciembre de ese mismo año se le recomendó al virrey del Perú que le otorgase una encomienda de indios y algún oficio en gratificación por sus servicios. La Corona no especificó el monto de la merced aunque él solicitaba una encomienda que le rentase 4.000 pesos de oro anuales. Pero, los años pasaron y la recomendación no llegó nunca a hacerse efectiva. En 1577, es decir, nueve años después seguía con las mismas reivindicaciones. Y nuevamente el 22 de diciembre de 1577 obtuvo otra Real Cédula por la que la Corona ordenaba al presidente y oidores de la audiencia de San Francisco de Quito que le diesen una encomienda que rentase 400 pesos de 450 maravedís cada uno. Pero tampoco se hizo efectiva pues, nuevamente, el 30 de septiembre de 1578, se lamentaba de no haber recibido su ansiada prebenda, reiterando la Corona su deseo de que se le diese. En marzo de 1580 es la última vez que lo tenemos documentado en la ciudad de Quito, cuando tenía 72 años de edad. En ese momento le perdemos totalmente el rastro entre la documentación, lo que podría indicar que había muerto en ese mismo año o en el siguiente.

        No obstante, la familia Fonte se debió consolidar entre la élite quiteña, pues, el 20 de diciembre de 1606 Lázaro Fonte Ferreira, probablemente nieto del gaditano, compró una regiduría en el cabildo de Quito.

Con respecto a sus actos de violación de niñas se le imputaron dos casos concretos, verificados por numerosos testigos. Al parecer, violó a otras niñas, pero no se aportaron datos concretos. Por ejemplo, Juan de Güemez declaró que además de los dos casos conocidos, sabía que “el dicho Lázaro Fonte se echó con otras niñas, sin ser cristianas, y que las corrompió”. Juan Tafur, veedor de Su Majestad, por su parte, dijo que vio una de las varias niñas de ocho o nueve años “que decían que había desvirgado el dicho Lázaro Fonte”.

        Pero nos centraremos en analizar las dos violaciones de las que se presentaron pruebas contundentes. La primera de ellas fue la hija del cacique Bogotá que tenía siete u ocho años. Sobre este caso los testigos apuntan datos sobrecogedores sobre su forma de actuar. Simón Díaz fue testigo presencial y aunque su cita es ago larga me permito transcribirla entera por su interés:

        “Que vio como el dicho Lázaro Fonte echó en su cama una muchacha de Bogotá, de edad de siete u ocho años, y allí la tuvo y la corrompió porque este testigo la oyó llorar y dar gritos aquella noche. Y otro día vio este testigo en la cama del dicho Lázaro Fonte la sangre que le había caído a la dicha niña y dijo a Juan de Güemez y a otros compañeros, mirad que gran bellaquería que ha hecho Lázaro Fonte en haber corrompido esta niña que era tan chiquita que la traían en brazos por no poder andar los indios. Y que era india que no sabe si era cristiana porque si lo fuera él lo supiera. Y este testigo, diciendo y afeándole al dicho Lázaro Fonte como era mal hecho echarse con niñas tan chiquitas le dijo, espera, veréis, y se quitó una caperuza montera que traía puesta y la tiró a la niña y le dio con ella y dijo pues no cae del golpe bien me puedo echar con ella. Y que ésta es la verdad y lo que sabe so cargo del juramento que hecho había…”

 

        La descripción no tiene desperdicio. Tanto Simón Díaz como Juan de Güemez y otros testigos coincidieron al decir que la niña tenía “siete u ocho” años. Pero, llama la atención que una niña con esa edad no supiese andar y que la llevasen en brazos como coincidieron todos los testigos, si es que no tenía alguna enfermedad o minusvalía física. Probablemente, la niña no es que no supiese andar sino que no quería andar, temerosa de su sospechoso traslado a la alcoba del español. Simón Díaz no especifica quién o quiénes la llevaban en brazos, pero sí lo hizo otro testigo, Francisco Gómez de Trujillo, que detalló que era un indio, probablemente obligado por el capitán español. Ahora bien, la india no andaba o no quería andar, pero sí hablaba. Hernán Gómez Castillejo, de 25 años, declaró que no estuvo presente en la violación pero sí “cuando la dicha niña india dijo su dicho”. Desgraciadamente, en el proceso no se incluye el testimonio de la propia india que hubiera sido clave para conocer el verdadero alcance del delito y la percepción que ella misma tuvo de lo ocurrido.

Por otro lado, está claro que el delito no se limitó a abusos deshonestos sino que fue una violación tan brutal, cruel e inhumana que se me agotan todos los adjetivos. La pobre niña gritó y lloró durante la noche y además manchó de sangre el lecho. Otro de los testigos presentes, Juan Montañés, ratifica que “la niña daba gritos y este testigo la oyó dar voces porque estuvo dentro de la casa donde el dicho Lázaro Fonte estaba…

Al menos tres españoles escucharon lo que estaba pasando porque estuvieron dentro de la casa, en el momento en el que ocurrieron los hechos: Simón Díaz, Juan de Güemez y Juan Montañés. Pues, bien, ninguno de ellos hizo nada por evitar el sangrante delito que delante de sus propias narices se estaba cometiendo. Todo lo más que hicieron fue, una vez consumados los hechos, reprocharle la “bellaquería” que había cometido. A juzgar por los hechos Fonte era algo más que un bellaco, pero parece ser que no fue percibido así por los españoles, ni tan siquiera por las autoridades que juzgaron el caso. Pero, además, el gaditano, no mostró en ningún momento síntoma de arrepentimiento. De hecho, solía alardear con sus amigos que él tiraba su bonete o caperuza a una niña y, si no caía por ello, era apta para practicar con ella el sexo. Varios testigos escucharon al reo contar jocosamente dicha anécdota.

        La otra niña violada era algo mayor que la anterior. Nuevamente, Juan Montañés declaró que estuvo presente cuando ocurrieron los hechos en el pueblo indio de Turmequé:

“En Turmequé que en aspó una niña de poca edad para se echar con ella y la ató a los palos del bohío las manos y los pies en unos palos y que este testigo estuvo presente a ello y que se salió de allí y oyó dar voces a la niña muchas como se echaba con ella el dicho Lázaro Fonte y la corrompía y que la niña era india y no era cristiana…

 

La declaración de Juan de Güemez no aporta más datos que la edad. Él, aunque no estuvo presente en esta ocasión, oyó decir lo siguiente:

        “Y que, asimismo, oyó decir este testigo como en aspó una niña para se echar con ella, de edad de doce o trece años, y que no era cristiana, (con) dos estacas de los pies y atadas las manos a los palos del bohío y que era virgen”.

 

También el testigo Francisco Gómez de Trujillo, nos confirma que la india se encontraba en el pueblo de Turmequé y que allí, tras una entrada, la “aspó” y “se echó con ella forzadamente”.

Otro testigo Hernán Vanegas, introduce una novedad en el suceso. Él afirma que en los aposentos de Turmequé violó primero a una de las muchachas pero que no fue la única. El propio Fonte, le contó, presumiendo, que habían sido tres las muchachas violadas. Es el único de los testigos que sostuvo este extremo:

“A las catorce preguntas dijo que lo que de esta pregunta sabe es que el vio tres muchachas y que oyó decir al dicho Lázaro Fonte que las había corrompido y que, la una de ellas, le dijo el dicho Lázaro Fonte que la había atado en una colcha de paja y que le mostró la toca donde la había atado y los palos donde (la) había atado cuando se echaba con ella porque no quería estar queda, lo cual pasó en los aposentos de Turmequé y que las dichas muchachas no eran cristianas porque en aquel tiempo no las había en este reino”.

 

Según los criterios de la época, esta última muchacha debía estar en el límite de lo que se podía considerar una violación común. También queda muy claro que Fonte premeditaba bien todos sus actos. No eran casos espontáneos de violación, sino que previamente ataba a sus víctimas para evitar cualquier tipo de resistencia. Las víctimas opusieron resistencia, pero lo hicieron inútilmente de la única manera que pudieron, es decir, gritando. Nuevamente en esta ocasión hubo testigos presenciales que no hicieron nada por remediarlo. Juan Montañés afirma “que se salió de allí” y, por el tono, pudiera parece que abandonó el lugar molesto con el penoso espectáculo que el gaditano se disponía a protagonizar.

        Ante estas acusaciones Fonte no adoptó ninguna estrategia en su defensa, limitándose a negarlo todo. Y lo hizo durante los más de doce años que anduvo entre pleitos y apelaciones. Y es que Fonte era tan fanfarrón con sus amigos como cobarde ante los tribunales. Cuando en 1541 le entregaron la sentencia de Panamá se permitió romperla en pedazos. Sin embargo, otra cosa era reconocer todo ante un tribunal. Con respecto a la hija del cacique de Bogotá decía que nunca tuvo el gusto de conocerla y que ni tan siquiera sabía si éste tenía o no hijas. En Tunja, el 5 de enero de 1544 volvió a insistir en la falsedad de las acusaciones pues “las indias que he tenido, así niñas como mujeres grandes, han sido de mí muy bien tratadas y miradas y haciéndolas enseñar y enseñándolas en las cosas de nuestra santa fe católica”.

        La gran cantidad de testigos, los detalles aportados y la total coincidencia entre todos ellos, no dejan lugar a la duda sobre los hechos ocurridos. Así lo estimaron distintos jueces a lo largo de varios años. Yo creo que Lázaro Fonte se corresponde perfectamente con el perfil de un psicópata. Una persona que podía compaginar su condición de buen cristiano, de buen esposo y de buen padre con crueles matanzas con el único objetivo de obtener varios centenares de pesos de oro y con violaciones brutales y premeditadas. Y lo peor de todo, se trataba de una forma de actuar que, aunque muy minoritaria, ni era excepcional en su época ni desgraciadamente lo es en pleno siglo XXI. Y es que analizando la historia uno se da cuenta de lo poco que el hombre ha evolucionado a nivel moral y ético. Ha habido una revolución científica y tecnológica pero aún está por llegar una revolución moral.

         En plena vorágine conquistadora, donde millones de indios perecieron de forma directa o indirecta, es obligatorio plantearse ¿por qué se juzgó este caso?. Hubo miles de asesinatos, miles de violaciones y miles de saqueos injustificados. Los españoles durante algunos años se convirtieron incluso en huaqueros es decir en saqueadores de tumbas.

Ya en 1531, en la gobernación de Santa Marta, hubo un juicio contra el conquistador extremeño Alonso de Cáceres por haber asesinado impunemente a un indio de paz. Se hizo justicia dentro de lo que cabía en esa época y el extremeño fue condenado al destierro y a la confiscación de sus bienes. Sin embargo, tras analizar las circunstancias llegué a la conclusión que la causa de su procesamiento no fue ningún filantrópico deseo de justicia con los indios sino su agria enemistad con el gobernador de Santa Marta, García de Lerma.

Pues, bien, desgraciadamente en el caso de Lázaro Fonte, ante la misma pregunta he obtenido la misma respuesta. Los cargos, con ser importantes, no dejaban de ser habituales en todo el proceso conquistador. El rescate de esmeraldas, el asesinato de indios para que le entregasen oro, los escarmientos y las violaciones eran moneda de cambio habitual en el proceso conquistador.

Es cierto que la violación de niñas de siete u ocho años no debía ser tan frecuente, pero no lo es menos que tampoco fue el cargo que más pesó en su procesamiento. También es cierto que los indios de Fusagasugá, pese a lo que afirmaba Fonte, habían estado siempre de paz. Y ambos aspectos eran sendos agravantes porque se suponía que la legislación protectora afectaba fundamentalmente a los indios amigos o guatiaos.

Pero, sea como fuere, lo cierto es que el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, teniente de gobernador del Nuevo Reino, condenó a Lázaro Fonte a pena de muerte y a la pérdida de sus bienes. Ahora, bien, no lo hizo tanto para castigar sus atropellos, que se lo merecía, sino por enemistad personal. Al parecer, el teniente de gobernador llamaba al gaditano converso, mientras que éste decía que aquél era un judío. El capitán Hernán Vanegas oyó decir a Fonte “que le había de dar una cuchillada con un puñal a Jiménez”.

        Son muchos los testimonios que aparecen en el proceso y que delatan esta situación. Él lo condenó a pena de muerte y pretendió darle un castigo tan desmedido como ilegal. Pensó en dejarlo atado a un árbol en territorio de los indios Panches, que entonces eran temidos porque se le atribuían casos de antropofagia. Hernán Vanegas y otros españoles le convencieron finalmente para que no lo enviase a tierras de los Panches “porque se lo comerían los indios” y decidió mandarlo a Pasca “con unos grillos”. Estando ya con cadenas en Pasca, supo el teniente de gobernador que se acercaba una expedición de españoles y mandó a su hermano Hernán Pérez de Quesada que le soltara, para evitar que se conociese semejante irregularidad.

Asimismo, se vio obligado a permitirle su apelación porque era un derecho que no le podía negar. El gaditano dio poderes a Pedro de Puelles para que llevase el proceso ante la audiencia de Panamá, quien falló en segunda instancia, permutando la pena de muerte por la del destierro de la gobernación. Pese al fallo, tremendamente favorable, cuando Bartolomé Calvo, criado de Juan Muñoz de Collantes, se la entregó la rompió en pedazos airadamente. Y ello, porque Fonte sostenía que era frecuente que los capitanes y gobernadores emitiesen condenas que después nunca se ejecutaban, al menos “al pie de la letra”. Encima tuvo la desfachatez de sostener durante años que la sentencia de Panamá jamás se le llegó a notificar. Y lo mismo que Gonzalo Jiménez lo acusó sencillamente por enemistad personal, el gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo lo absolvió, el 21 de abril de 1544, en medio de una flagrante prevaricación. Y es que fue público que lo indultó a cambio de que le vendiese, por una cantidad simbólica, sus propiedades en Tenerife, valoradas en varios miles de ducados. A fin de cuentas el propio Lugo era canario y le venían muy bien esas propiedades para cuando decidiese regresar. Incluso, para que Fonte quedase totalmente satisfecho le concedió el cargo de alguacil mayor.

Sin embargo, el negocio no le pudo salir peor al gaditano, pues, a finales de ese año de 1544, el gobernador regresó a España, cargado de esmeraldas y oro “y tales obras hizo allá que dejó nombre de tirano”. Lo cierto es que el promotor fiscal, Antón de Luján, un español de moralidad intachable, y el nuevo gobernador, visitador y juez de residencia Miguel Díez de Armendáriz se empeñaron, para desdicha del arruinado de Fonte, en proseguir el proceso.

        Yo creo que Fonte terminó pagando una buena parte de sus culpas. Él mismo se lamentó de su mala suerte por tener que rendir cuentas por hechos –los rescates y los castigos ejemplarizantes- que otros muchos capitanes habían cometido sin incurrir en pena alguna. Estuvo de tribunales al menos hasta 1555 en que su proceso fue apelado al Consejo de Indias. Aunque en ese mismo instante se hubiese archivado su causa, nadie pudo quitar al gaditano esos dieciséis años de juicios y cárceles. Obviamente, no estuvo preso todo ese tiempo, pero siempre acosado por la justicia, pasó temporadas en la cárcel en Santa Fe, en Quito y en Lima. Al menos lo encontramos encarcelado en 1539, 1543, 1544, 1547 y 1553.

Económicamente terminó arruinado. Gonzalo Jiménez le confiscó todo el dinero en efectivo que tenía en oro y esmeraldas, así como sus enjundiosas encomiendas de indios. Y por si fuera poco, el corrupto gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo le vendió su libertad a cambio de sus propiedades en Tenerife. Pedro de Enciso declaró que estuvo presente en Bogotá cuando se hizo la fraudulenta transacción. Así, cuando el 16 de agosto de 1553 Pedro de Mercado de Peñalosa dispuso nuevamente que se encarcelase al gaditano y que se le confiscasen sus bienes en Quito, se supo que no tenía absolutamente nada. Interrogado su suegro el gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla, sus palabras fueron elocuentes:

“Y el alguacil lo llevó preso con grillos a la cárcel y, luego, fue a la posada del dicho Fonte a secuestrar sus bienes, pero no halló ninguno. Rodrigo Núñez de Bonilla, su suegro, so cargo del cual, siendo preguntado por los bienes del dicho Lázaro Fonte dijo que no le conoce bienes ningunos porque lo que comía, bebía, vestía y calzaba él y su mujer e hijos él se lo daba y proveía y que ésta es la verdad”.

 

Poco tiempo permaneció preso en la Ciudad de los Reyes porque sus amigos Francisco Ruiz, Ascensio de Cepeda y Rodrigo de Paz, vecinos de Quito, lo sacaron con el compromiso de que no saldría de la ciudad y que volvería a la cárcel cuando se le requiriese, “so pena de 8.000 pesos de oro para la cámara real.

        A modo de conclusión creo que los ejemplos tratados en este trabajo son más que suficientes para acercarnos al drama de la conquista. En América se cometieron todo tipo de abusos y creo que esto es digno reconocerlo. Pero, eso sí, sin complejos y sin sentimientos de culpa. Ya los griegos en el siglo V a. C. habían dicho que ellos eran “el crisol superior de un mundo diverso”. Desde la aparición de la civilización hasta el mismísimo siglo XX se consideró normal que los pueblos civilizados sometieran y “civilizaran” a los pueblos supuestamente bárbaros.

        El caso de Lázaro Fonte es muy especial. No sólo por sus rasgos psicopáticos sino porque su procesamiento nos proporciona bastante información sobre las actitudes ante las matanzas de indios y, sobre todo, ante hechos tan repugnantes para la sociedad actual como la pederastia. Ni una cosa ni otra eran vistas en su momento con la repulsa con la que se ven en nuestros días. Tanto las matanzas de indios como la política de terror –amputaciones, ajusticiamientos públicos, aperreamientos, etcétera- eran consideradas como males necesarios para someter a la numerosísima población indígena. Y ello era así porque el fin último era positivo a los ojos de Dios, es decir, su sometimiento y su conversión al cristianismo.

En cuanto a la pederastia, es evidente que creaba cierto malestar y repulsa entre sus contemporáneos. Lázaro Fonte fue censurado, e incluso, condenado por ello. Sin embargo, parece claro, a juzgar por las declaraciones de los testigos, que tampoco generaba el mismo rechazo social que puede generar actualmente.

En definitiva, asesinatos, violaciones y actos de pederastia, eran hechos que podían ser reprochados por una parte de la sociedad, sobre todo por la corriente crítica que encabezaban religiosos como el padre Las Casas, fray Pedro de Córdoba o fray Bernardino de Sahagún, entre otros. Pero, su responsable sólo era puesto a disposición de la justicia en ocasiones muy flagrantes y casi siempre mediando enemistades personales. Aun así, no conocemos ni un solo caso de ejecución de una condena a muerte dictada contra un español por haber asesinado o violado nativos. Sí las hubo por traición a la Corona, cierta o no, como le ocurrió a Vasco Núñez de Balboa, a Gonzalo Pizarro o a Francisco Hernández Girón, pero no por haber cometido delitos contra los aborígenes que hoy consideraríamos de lesa humanidad.

No cabe duda, pues, que la sociedad de la época era mucho más tolerante con todos estos aspectos que la actual. Podían compaginar perfectamente sus valores cristianos con el desprecio por el indio que, lejos de ser un vasallo o un prójimo más, siempre se consideró políticamente un vasallo de segunda y religiosamente, primero, un pagano o un infiel, y luego, un converso. Hoy nos llaman la atención personajes como Lázaro Fonte que se consideraban buenos cristianos y “temerosos de Dios”, y no tenían ningún pudor en reconocer la necesidad de llevar a cabo matanzas de indios, aperreamientos o amputaciones como medio de sometimiento. Los medios no importaban porque el fin, la ampliación de las fronteras cristianas, era muy positivo a los ojos de Dios. Esta actitud estaba bastante generalizada entre el grupo conquistador. Por ello, el gobernador de las Indias, Frey Nicolás de Ovando, que era un profundísimo creyente, no tuvo el menor cargo de conciencia en organizar la cruel matanza de Xaragua, si con ello expandía la frontera cristiana.

En definitiva, queda bien claro algo que los valores fundamentales de la sociedad del siglo XVI no eran los mismos que los actuales. Pero, obviamente, eso no significa que cinco siglos después, sin perder de vista la sincronía histórica, no podamos juzgar críticamente y censurar esas actitudes del pasado.

 

PARA SABER MÁS


MIRA CABALLOS, Esteban: “Terror, violencia y pederastia en la conquista de América: el caso de Lázaro Fonte”, Jahrbüch Für Geschichte Lateinamericas, N. 44. Hamburgo, 2007, pp. 37-66.

 

------- Conquista y destrucción de las Indias (1492-1574). Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Los moriscos eran aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la existencia de estos recalcitrantes sino de una minoría cristiana intransigente. Se obligó a las conversiones forzosas, desoyendo la opinión de algunas personas mucho más sensatas.

         Existe la errónea creencia de que toda España estaba contra los moriscos, sin embargo, uno no para de leer testimonios sobre su lealtad y buen comportamiento e incluso sobre sus deseos de integración. La expulsión no respondió ni muchísimo menos a un clamor popular generalizado sino a la influencia de algunos sectores sociales radicales que empujaron a las autoridades a tomar una decisión desde arriba.

Muy al contrario, los moriscos contaron con el apoyo de muchas personas influyentes, tanto religiosas como civiles que, en defensa de sus propios intereses, los ampararon y hasta los ocultaron. Ya en 1540 habían disfrutado de la protección de Sancho de Cardona, Almirante de Aragón, que fue acusado por la Inquisición de permitirles mantener sus costumbres y la religión mahometana. Y en el momento de su expulsión, en 1609, gozaron de la defensa de un buen número de personajes influyentes, entre ellos de Manuel Ponce de León que, el 28 de agosto de 1609, escribió al rey, advirtiéndole del daño que causaría su expulsión. En su misiva le decía que su cadalso significaría una pérdida irreparable para Castilla al tiempo que le entregaba vasallos a los príncipes bárbaros enemigos de España. No fue el único memorial que se recibió en la Corte en defensa de los mahometanos pues el Conde de Castellar escribió en este mismo sentido, señalando que la exclusión de los moriscos es la universal ruina y desolación de este reino. También hubo instituciones, como el ayuntamiento de Murcia, que escribieron en defensa de los moriscos de su término, indicando que eran todos ellos buenos cristianos así como fieles y leales vasallos de la Corona Real. Duques, marqueses y condes, especialmente los del reino de Valencia, así como una parte muy considerable de la alta jerarquía eclesiástica, se posicionaron del lado del más débil. Algunos prelados firmaron licencias para que muchos que estaban plenamente convertidos e integrados, se quedasen. Desde el cardenal primado de Toledo, al arzobispo de Sevilla, pasando por los obispos de Córdoba, Badajoz, Cáceres. A la misma Inquisición tampoco le interesaba acabar totalmente con el problema morisco pues constituían una de las piezas angulares de su siempre precaria financiación. De hecho, según Julio Fernández Nieva, el Tribunal de la Inquisición de Llerena sólo consiguió mitigar su déficit crónico con las condenas impuestas a los moriscos. Probablemente, ni los Inquisidores estuvieron a favor de su expulsión, pues ello equivalía con acabar con su mayor fuente de financiación. No obstante, huelga decir que la protección más eficaz no la brindaron los grandes prelados sino decenas de párrocos que hicieron cuanto pudieron para ocultar el origen manchado de muchos de sus feligreses.

         Como hemos afirmado, contaron con importantes defensores en casi todas las zonas de España: en la Mancha, Zaragoza, Valencia, Murcia, Andalucía y Extremadura. El otro día cayó en mis manos otro testimonio de esas personas transigentes que no veían lo morisco como un problema. Se trata de la carta que el padre B. Liévana, escribió en Toledo el 16 de septiembre de 1589, dirigida a Juan López de Velas, secretario del rey en su Consejo de Hacienda, le decía lo siguiente:

        “…Si es verdad que se trata de hacerlos cristianos ha de hacerse con suavidad, con blandura y con regalo y con verdaderas entrañas de caridad y así es cierto que fue error muy notable y contra la doctrina evangélica hacerlos cristianos con violencia en Granada por quererlo y pacificarlo fray Francisco Jiménez y en Valencia por quererlo y pacificarlo fray Antonio de Guevara. Y dicen algunos viejos que cuando los de Valencia eran moros declarados que servían con grandísima fidelidad y que ellos mismos espiaban si venía alguna galeota de corsarios daban aviso de ello porque vivían contentos y gozaban de quietud y que algunos de su voluntad se convertían. Y que después que los hicieron cristianos viven emperrados y encorajados y dicen que como queremos que sean los cuerpos cristianos y las haciendas moras...”

 

Por cierto que al final le decía a su destinario que el licenciado Villarán le llevaba además de la misiva dos empanadas de anguilas que ha (ha)bido muchas estos días en esta ciudad así como un cestico de ciruelas damascenas. Está claro que el Tajo, en septiembre de 1589, bajaba por Toledo repleto de anguilas.

         Pero retornando a nuestro relato, es obvio que finalmente no triunfaron las opiniones integradoras, sino la de los intransigentes que se encargaron de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas.

 

PARA SABER MÁS:


DADSON, Trevor J.: Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (S. XV-XVIII): historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada. Madrid, Vervuert, 2007.

 

-------- Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old Christians and Moriscos in the Campo de Calatrava. Londres, Támesis, 2014.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: Moriscos: la mirada de un historiador. Granada, Universidad, 2009.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y Bernard VINCENT: Historia de los moriscos. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

EPALZA, Mikel: Los moriscos antes y después de la expulsión. Madrid, 1992.

 

LAPEYRE, Henry: Géographie de l`Espagne morisque. Paris, SEVPEN, 1959 (hay edición en castellano de 1986 y 2009).

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Imperialismo y poder. Una visión desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Circulo Rojo, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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Se ha hablado de la conquista erótica de las Indias, pues muchas indígenas prefirieron unirse voluntariamente al español. A menudo se nos presenta a las indias como mujeres enamoradas y aficionadas a los europeos, identificando lo español con lo viril frente a la imagen poco varonil de los nativos. Como es de sobra conocido el mestizaje es un fenómeno que tuvo su origen prácticamente desde la misma llegada de los europeos al Nuevo Mundo. Fue inevitable debido a la tardía incorporación de la mujer española a la empresa indiana. Existía un desequilibrio numérico en el sexo de los emigrantes que se igualó con la mujer indígena. Por eso, como bien se ha escrito, la mayor parte de los conquistadores, tanto los casados previamente en Castilla como los solteros, tuvieron hijos mestizos.

Es cierto que no hubo una repulsa racial hacia las mujeres indígenas. En general, y como se puede observar en las crónicas y los documentos de la conquista, el aspecto de las nativas no desagradó a los españoles, algunos de los cuales quedaron prendados por la belleza de algunas de ellas. Sin embargo aunque no hubo rechazo si existió una brutal discriminación de carácter racial. Efectivamente el mestizaje en América no surgió sobre la base de la comprensión entre etnias sino "por la imposición de un dominio del hombre blanco". Esta idea se verifica claramente en el hecho de que jamás se dio el matrimonio entre indios y españolas. Esto se debió posiblemente no sólo al corto número de mujeres blancas que cruzaron el Atlántico sino fundamentalmente a motivos políticos y sociales.

En breve tiempo este fenómeno del mestizaje cobró unas dimensiones excepcionales no sólo en las Antillas sino también en el resto de las Indias Españolas hasta el punto de que hoy se habla de Hispanoamérica como el continente mestizo.

 

LOS ORIGENES DEL MESTIZAJE EN LAS INDIAS

Las relaciones sociales entre vencedores y vencidos no fueron fáciles, pese a que durante años una parte de la historiografía ha hablado idílicamente de la "conquista erótica de las Indias". De hecho, los mismos sucesos de la destrucción del fuerte Navidad en 1492 estuvieron provocados al parecer por los abusos cometidos sobre las mujeres indígenas.

Al parecer en 1493 nació el primer mestizo, un hijo del repostero real Pedro Gutiérrez que murió violentamente antes de cumplir el año de edad. Sin embargo el primer mestizo que alcanzó la mayoría de edad fue un tal Miguelito, nacido en la Española en torno a 1496, fruto de las relaciones del aragonés Miguel Díaz de Aux con una cacica que ha pasado a la historia con el nombre de "Catalina". En los años inmediatamente posteriores son bien conocidos los desmanes que cometieron los compañeros del insurrecto Roldán en la Española y concretamente en la región de Xaragua hasta el punto que, tras capitular con ellos el Almirante, éste les autorizó a ir a España "acompañados cada uno por un esclavo y las mancebas que tenían preñadas y paridas".

En los años siguientes, y tras asentarse la colonización los abusos continuaron siendo frecuentes a juzgar por la documentación que hemos podido consultar. Por citar un ejemplo concreto, en 1516, el encomendero Diego Vázquez, debido a ciertos problemas que tuvo con el cacique García Durán entró en su bohío y "le dio muchos palos y después de apalearse le ató a un palo y le trajo a su mujer y en su presencia se acostó con ella". Las prácticas de Diego Vázquez no parecen muy acordes con lo que se supone que se esperaba de un cristiano, pero así eran muchos de estos creyentes del siglo XVI. A fin de cuentas, se trataba de paganos o a lo sumo de neófitos, recién convertidos.

La Corona llegó a tener noticias de estos abusos así como de los enormes perjuicios que ello provocaba a la conversión de los indios. De hecho, en una de las clausulas de unas instrucciones otorgadas a Pedrarias Dávila se recomendó que evitara que los españoles tomasen a las mujeres indias "porque soy informado que una de las cosas que más ha alterado en la isla Española y que más ha enemistado con los cristianos ha sido tomarles sus mujeres...". Estas situaciones más o menos violentas se siguieron produciendo en la conquista del Continente.

Estos amancebamientos fueron perseguidos desde un primer momento por las autoridades indianas. Precisamente, los casos cursados por las autoridades eclesiásticas antillanas por fornicación fueron muy frecuentes dada la generalización de las prácticas poligámicas en las nuevas tierras descubiertas. Así, en casi todos los juicios de residencia había una pregunta en la pesquisa secreta destinada a averiguar si los enjuiciados vivían amancebados y si habían castigado estos delitos suficientemente. Sin embargo, también es cierto que se hizo la "vista gorda" en muchos de estos casos dado que a veces eran los propios gobernadores y las altas autoridades indianas las que practicaban el amancebamiento. En este sentido, en el juicio de residencia tomado al gobernador de la isla de San Juan, Sancho Velázquez, el testigo Sancho de Arango respondió que no se castigaba a los que estaban amancebados porque el propio Sancho Velázquez vivía con tres indias "y se echaba con todas tres". Pese a todo a Sancho Velázquez se decidió dar un castigo ejemplar no sólo por vivir amancebado sino también por otras prácticas ilícitas. Efectivamente fue prendido por causa de inquisición, muriendo poco después en la cárcel pública.

En cualquier caso, y pese a excepciones puntuales, la sociedad antillana en los primeros años fue sumamente tolerante con las prácticas sexuales. América se convirtió en una especie de paraíso de Mahoma, donde muchos conquistadores y colonizadores practicaron la barraganía y el concubinato. En este sentido existen muchísimos casos que ilustran esta afirmación, como el de un palermo llamado Álvaro, quien, según Bernal Díaz del Castillo, en tan sólo tres años tuvo treinta hijos con indias nativas sin que nadie lo acusase de nada ilícito.

Lo que nos interesa destacar aquí es la importancia que tuvo el mestizaje desde la misma llegada de los europeos. Así ha quedado claro que en los primeros años de la colonización debieron ser importantes los matrimonios mixtos, los cuales fueron fomentados por el propio frey Nicolás de Ovando quien en 1503 recibió instrucciones en ese sentido. En 1514 vivían en la isla Española, según Serrano y Sanz, nada menos que 60 españoles casados con indias, a los que habría que sumar otro número bastante superior de aquellos que, estando casados en Castilla, vivían simplemente amancebados. De hecho, cuando la Corona compelió a los españoles a casarse muchos lo hicieron con mujeres castellanas, abandonando tanto a las indias como a los hijos habidos con ellas.

Fue, como es bien sabido, el 27 de septiembre de 1514, cuando, por primera vez, se legalizó el matrimonio entre españoles e indios, ratificándose sucesivamente el 19 de octubre del mismo año, el 5 de febrero de 1515 y, por cuarta vez en menos de cinco meses, el 28 de febrero de 1515. Evidentemente la única explicación que encontramos a esta reiteración es la oposición con que fue recibida en la Española. No en vano, esta disposición real tuvo poca eficacia ya que unos españoles, decidieron en última instancia casarse con mujeres españolas, mientras que otros -la mayoría- continuaron amancebados.

Sin duda era la mujer indígena la que se llevaba la peor parte de este tipo de relación ilegal pues cuando los españoles morían o sencillamente se marchaban quedaban abandonadas y a veces con varios hijos naturales. Precisamente en un documento, fechado en 1526, se decía a este respecto lo siguiente: “Que muchos estancieros y recogedores y otros se casaban secretamente y escondidamente con mujeres naturales de la tierra sin tener con qué las poder mantener y las dejaban perdidas...” Evidentemente, los españoles tenían muchas razones para estar con ellas "escondidamente" ya que su matrimonio con ellas, salvo casos muy excepcionales, les reportaba poco prestigio social. Además desde 1516 debían pagar dos pesos de oro mensuales al encomendero por cada india que dejasen preñada.

Desde mediados de la segunda década del siglo XVI el número de mestizos aumentó notablemente a la par que disminuía alarmantemente la población indígena. Concretamente en 1533 en una carta escrita por Francisco de Barrionuevo a Su Majestad le comentó el gran número de mestizos que había en la Española "que generalmente nacen en estancias y despoblados...". Ante este aumento de mestizos las autoridades no tardaron en comprender la amenaza que suponía para los intereses españoles. Urgía, pues un plan de aculturación de estos mestizos.

Los mestizos se fueron convirtiendo poco a poco en un elemento relativamente numeroso y muy peligroso. De ahí que comenzaran a llegar numerosos memoriales a la Península quejándose del daño que hacían estos mestizos, pues andaban liderando al resto de los indios en sus alzamientos. Concretamente, en 1533, escribió el capitán Francisco de Barrionuevo una carta a Su Majestad explicándole el problema de los mestizos y su posible solución:

        “Son naturalmente bulliciosos, mentirosos y amigos de toda maldad. Convendría llevarlos a España muy niños, y no dejar volver sino al que saliese bueno: de otra suerte puede temerse algún alzamiento alterados negros y naturales por ellos. En este camino del Bahoruco he hallado dos de ellos alzados, uno con Enrique, otro con veinte indios en Punta del Tiburón”.

 

La carta de Barrionuevo es sumamente indicativa del peligro que representaban los mestizos para el poder español. Pero la cosa no quedó ahí, pues en enero de 1535 se volvió a escribir al Rey -esta vez refiriéndose a los indios de la pequeña isla Margarita- explicándole la situación de salvajismo en que se encontraban algunos hijos de cristianos. Unos meses después la Corona determinó que todos los mestizos se quedasen con sus padres para que fuesen instruidos en la fe cristiana y en las costumbres de los españoles, evitándose de esta forma que se alzasen contra los hispanos. Pese a que esta política no pudo lógicamente ponerse en práctica en toda su integridad revelaba desde luego la intención de la Corona de atraer hacia el lado hispano al peligroso y cada vez más numeroso contingente de mestizos.

 

EL STATUS SOCIAL DEL MESTIZO

Parece ser que todos los mestizos gozaron de libertad. Como es bien sabido desde los primeros años se estableció la libertad para todos aquellos hijos de indias, independientemente de que el varón fuese español, indio o negro. Así, en el pleito por la libertad de un hijo de india y negro, un clérigo, llamado Rodrigo de Carvajal, declaró que éste sería mulato porque si fuera hijo de india aunque no pidiera su libertad la justicia la hubiera dado, como ha hecho a los demás mestizos hijos de indias e indios y de indias y negros. Sin embargo, es evidente que su status estuvo muy por debajo del español pese a que, la primera generación de mestizos gozó de una situación menos restrictiva que las siguientes generaciones.

En cualquier caso como en su mayor parte eran hijos naturales, procedentes de amancebamientos, No en vano, en un documento, fechado en 1533, se reprimía la actitud del gobernador de la isla Margarita por consentir los amancebamientos de españoles casados en Castilla teniendo hijos en ellas, estando predestinados y arraigados en el pecado. Estos mestizos, cuya vida transcurría a medio caballo entre dos culturas diferentes, no alcanzaban a disfrutar los privilegios de los europeos. Con toda probabilidad el mismo color de su piel crearía un cierto estigma. Sin embargo, debemos señalar dos situaciones bien distintas, a saber: por un lado, los mestizos que fueron criados por sus padres y posteriormente legitimizados, y, por el otro, los que no fueron reconocidos y fueron educados por la cultura materna. Con respecto a los que se legitimaban, que fueron la inmensa mayoría de ellos, conseguían unas mejores expectativas vitales, heredando los apellidos y con algunas limitaciones la fortuna del padre.

Algunas mestizas llegaron a tener relaciones tormentosas con españoles. Este es el caso de una mestiza, criada del licenciado Fuenmayor quien, después que se marchó su mujer, doña Inés de Zúñiga, a Castilla la trataba muy bien y comía en su mesa y se le da el segundo plato y otras cosas.... Sin embargo un testigo presentado al juicio de residencia de Fuenmayor puso de manifiesto la otra cara de la moneda al decir que una noche el propio Fuenmayor vio a la criada hablando por la ventana con un mozo y la arrastró por los cabellos y se los cortó.

Así, pues, podemos decir que mientras los mestizos criados con los padres españoles fueron mejor tratados los que se educaron en la cultura materna fueron victimas de las mismas acusaciones que se vertían habitualmente contra los desdichados indios.

En líneas generales, y salvando algunos casos excepcionales, los mestizos fueron marginados por la sociedad, muy a pesar de que descendían del grupo dominante. La mayoría de ellos se educaron con sus madres sin que llegaran a ser reconocidos legalmente por sus padres. La situación de muchos de estos mestizos fue bastante difícil a juzgar por las referencias documentales de que disponemos. Así en ocasiones, estos niños eran repudiados, muriendo muchos de ellos de pura necesidad.

 

 

PARA SABER MÁS

 

DURAN, José: La transformación social del conquistador. México, Editorial Porrúa y Obregón, 1953.

MIRA CABALLOS, Esteban: “La educación de indios y mestizos antillanos en la primera mitad del siglo XVI”, Revista Complutense de Historia de América Nº 24. Madrid, 1999, pp. 51-66.

MÖRNER, Magnus: La mezcla de razas en la historia de América Latina, Buenos Aires, Paidós, 1969.

PEREZ DE BARRADAS, José: Los mestizos de América. Madrid, Colección Austral, 1976.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Para mí no existe la historia más allá de su función social, es decir, si no sirve para contribuir a crear una sociedad mejor. Cada vez que delato los crímenes del pasado, cometido lo mismo por los persas que por los asirios, los romanos, los egipcios o los europeos lo hago movido por ese ideal.

Cuando publiqué mi libro “Conquista y destrucción de las Indias” (Sevilla, 2009) algunos me acusaron de ser antiespañol, lo cual no deja de ser absurdo, teniendo en cuenta que mi familia no se ha movido de esta piel de toro al menos en los últimos ocho siglos. Quiero dejar claro, que cada vez que hago una crítica sobre el pasado, lo hago precisamente desde mi sentimiento como español. Eso sí, no me siento nacionalista porque todos los nacionalismos, lo mismo el español que el catalán o el estadounidense conllevan un pernicioso sentimiento de superioridad frente al otro. Cada vez que denuncio las injusticias del pasado, y en particular las perpetradas por los españoles en el Nuevo Mundo, reivindico mi condición de español. Siento que destapando los horrores y errores del pasado puedo contribuir a concienciar a la sociedad y a crear un presente y un futuro más justo.

Los españoles desde finales del siglo XV contribuyeron de manera decisiva a construir el naciente capitalismo. A mediados de la siguiente centuria los marinos y los mercaderes hispanos surcaban el océano Atlántico, el Pacífico, el Índico y hasta el Ártico, cuando acudían a pescar bacalaos a Terranova. En los orígenes del capitalismo y de la globalización están decenas de marinos, mercaderes y financieros españoles que arriesgaron sus vidas y sus fortunas, ampliando las fronteras del mundo.

Aquellas personas del quinientos fueron capaces de cambiar el mundo precisamente porque tuvieron el arrojo y la ambición necesaria. Y yo me pregunto, ahora que el capitalismo está entrando en su fase final ¿Por qué no podemos ser los españoles del siglo XXI quienes encabecemos el cambio? Hace falta decrecer y avanzar hacia un sistema diferente al capitalista, más humano, más racional, más igualitario, y menos destructivo con el ecosistema. Sé que es difícil encabezar ese cambio porque vivimos en la mediocridad más absoluta, alienados por los mercados. Falta precisamente el arrojo y la valentía de aquellos hombres del siglo XVI que, siguiendo unos ideales –equivocados o no- se lanzaron a descubrir y conquistar el mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Buenas tardes: hoy hablaremos de Enriquillo, un personaje muy conocido de la historia dominicana. Sorprendente porque es de los pocos indios a los que la Historia le ha otorgado un sitio de honor. Quería dejar claras tres ideas:

La primera es que la resistencia indígena fue permanente desde la llegada de los españoles hasta la extinción de los aborígenes en poco menos de cincuenta años. Superado un momento inicial en el que, como es bien sabido, los españoles fueron tratados como dioses, comenzó la resistencia de los indios. En estos primeros compases la oposición se catalizó de tres maneras diferentes: huida a los montes, destrucción de sus campos de cultivo o conucos y mediante un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

           La segunda es que hubo dos fases en la resistencia: antes de 1519 y después de esta fecha. Hasta 1519 los indígenas poco o nada pudieron hacer frente a las ofensivas armas de los cristianos por lo que la única salida que les quedaba era, como ya hemos comentado, la huida a los montes, fuera del alcance de los españoles. Podemos decir que los indios en los primeros años no se rebelaban contra los españoles sino que tan sólo se ausentaban, de ahí que para recuperarlos se utilizase a los llamados recogedores de indios o alguaciles del campo. A partir de la década de los veinte aparecieron líderes que aglutinaban en torno a si indios con una mayor conciencia de grupo, como fue el caso de Enriquillo que concentró bajo su mando a más de un centenar de guerreros. En estos años se dieron varias circunstancias que favorecieron los levantamientos indios, a saber: Una, el progresivo despoblamiento de las islas y otra, el mestizaje cultural de muchos naturales que les permitió aprender las técnicas de combate del grupo conquistador. Aprendieron a evitar los ataques frontales con los españoles, prefiriendo su concentración en lugares inaccesibles desde donde atacar por sorpresa y esporádicamente.

           Y la tercera, debemos advertir asimismo que no fueron más que simples rebeliones ya que el propósito de caciques como Enriquillo o Guama en Cuba, fue tan sólo escapar de la pésima situación en la que se vieron envueltos, sin obviamente, plantear situaciones más complejas. De manera que si bien es cierto la existencia de un rechazo del indio hacia la nueva situación política, social y económica, creada por los hispanos no es menos cierto que no hubo una intención generalizada de crear una nueva sociedad frente a lo hispano. En el caso de Enriquillo que si llegó a crear una sociedad aparte lo cierto es que no hizo otra cosa que copiar el ordenamiento vigente, como ya hicieran los esclavos rebeldes en la antigüedad.

Los indios se rebelaron contra una coyuntura concreta, como podía ser el excesivo trabajo o en el hambre en un momento determinado, no contra el nuevo sistema establecido por los españoles. Los oficiales reales eran conscientes que cuando no se les daba de comer a los indios o a los negros estos se rebelaban y así ocurrió en la cuaresma de 1547 cuando se le dio muy poca comida a negros e indios que "fue ocasión que se alzasen y se fuesen a buscar de comer...".

          Tras el sometimiento de la Española por parte del Comendador Mayor, frey Nicolás de Ovando, la isla permaneció pacífica prácticamente hasta la década de los veinte. No obstante, hacia 1519 apareció una figura clave en la historia de esta isla como fue Enriquillo, un cacique que supo aglutinar en la Española a un numeroso grupo de descontentos.

 

CAUSAS DE LA REBELION

          Respecto a las causas que le impulsaron a la insurrección debemos decir que hay una tremenda confusión al respecto. Ya los cronistas de la época redujeron todo el alzamiento al simple interés personal de Enriquillo, habida cuenta de los malos tratos que le proporcionó su encomendero, llamado Valenzuela, que le llegó a quitar a su mujer y a su yegua. Sin embargo, una gran parte de la historiografía reciente dominicana ha querido ensalzar a Enriquillo como héroe, proponiendo como causas principales de su rebeldía el interés colectivo de los indios frente a la espantosa explotación laboral y social que sufrieron a manos de los españoles.

          Nosotros, por nuestra parte, tenemos nuestra propia opinión sobre este interesante personaje, que si bien tiene en cuenta todo lo dicho hasta ahora, creemos que el comportamiento individual de este líder, su propia vida y sus propios intereses personales influyeron más que otras circunstancias en su actuación contra los españoles. Para ello nos basamos en el sintomá- tico hecho de que en ningún momento este cacique defendió más intereses que los suyos propios y, en concreto, cuando le ofrecieron un puesto importante en la sociedad española lo aceptó sin preocuparle el futuro del resto de los aborígenes.

          Desde luego y ante todo hemos de tener en cuenta la propia formación cultural de Enriquillo que hemos definido como mestiza, pues, pensaba en español, al ser criado desde muy pequeño, como ya hemos señalado, por los franciscanos y, al igual que muchos de los que con él estaban, era totalmente "ladino". El propio Juan de Castellanos en su conocida obra lo definía así:

"Fue Enrique pues, indio ladino que supo bien la lengua castellana, cacique principal, harto vecino al pueblo de San Juan de la Maguana... Era gentil lector, gran escribano"

 

Además, cuando Francisco de Barrionuevo llegó al pueblo que tenía Enriquillo en el Bahoruco encontró que en todos los "bohíos" había cruces puestas, e incluso, una iglesia para la que el cacique insurrecto le pidió una campana. Es decir, con estas características podemos afirmar que el agravio que sintió Enriquillo, principalmente, al perder a su mujer, tuvo que tener más impacto en su personalidad que el que hubiera tenido en cualquiera de los indígenas de su comunidad. Es seguro, por tanto, que Enriquillo compartió, como el resto de los hidalgos españoles, el ideal de honor del momento y esa antítesis de la sociedad renacentista del momento conocida como "caballero valeroso- villano cobarde". Si a todo ello unimos la abusiva actuación que los españoles llevaron a cabo con los indios, sólo suavizada en parte durante el gobierno de los Jerónimos, la insurrección de Enriqui- llo está más que justificada.

 

LA REBELION

          A Enriquillo le siguieron la mayoría de sus indios, engrosando su número con el paso de los años por la popularidad que el movimiento rebelde adquirió entre la mayoría de los indígenas de la isla. Como bien dijo el padre Las Casas la fama de Enriquillo se difundió como la pólvora entre los indios de tal forma que en los años sucesivos se incorporaron aquellos naturales descontentos por los malos tratamientos que les propor- cionaban sus encomenderos. De hecho, en 1544, el licenciado Cerrato explicaba al Emperador que de cien esclavos que se iban al monte noventa y nueve lo hacían debido a la crueldad con la que se les trataba.

          Del número de insurrectos que andaban en el Bahoruco no tenemos referencia exacta. En los primeros años del alzamiento los documentos hablan de tan sólo 50 ó 60 indios, la mayoría de ellos varones, mientras que para el momento de máximo auge rebelde no sobrepasaron, en cualquier caso, los 400 efectivos en total. Hacia 1533, y tras las numerosas muertes causadas por los largos años de lucha con los españoles, tan sólo había unos 80 o 100 indios guerreros y un total de 300 almas incluidas las mujeres, los niños y los viejos.

          El movimiento rebelde triunfó durante más de catorce años. El motivo de su éxito radicó en algo que ya hemos dicho, pero que volvemos a insistir. Su carácter cultural mestizo, no sólo en el mismo Enriquillo, sino también en muchos de sus compañeros de lucha, que al igual que su líder se habían educado junto a los españoles.

          Es evidente, pues, que esta guerra de Enriquillo fue muy distinta a aquella protagonizada por los primeros indígenas que vivieron el Descubrimiento, paralizados por el terror ante unos invasores desconocidos. Ahora las técnicas de combate, las armas, las estrategias y los objetivos fueron muy diferentes. No en vano, en 1529, escribieron a Carlos V los oidores de la Audiencia de Santo Domingo con una gran clarividencia, como se puede observar en las líneas que vienen a continuación:

 

          "Es guerra con indios industriados y criados entre nosotros, y que saben nuestras fuerzas y costumbres, y usan de nuestras armas y están proveídos de espadas y lanzas, y puestos en una sierra que llaman Bahoruco, que tiene de largura más que toda el Andalucía, que es más áspera que las sierras de Granada”.

 

Enriquillo creó todo un sistema defensivo que parecía ingeniado por un auténtico español. Para empezar situó su cuartel general en un lugar prácticamente inaccesible para los españoles, en pleno corazón de la región del Bahoruco. En estos apartados lugares los indios encontraron una defensa eficaz frente a unos españoles que desconocían el territorio. Así, en una carta de Alonso de Zuazo a Carlos V le explicaba que como la sierra del Bahoruco era de sesenta leguas "los alzados saben la tierra, y así burlan a los españoles". Además, en estos lugares tan serranos la mejor arma ofensiva de los españoles que, como es bien sabido era el caballo, resultaba totalmente inútil, pues, como decía un documento de la época, "en la sierra no son nada". Este sistema se completaba con otro asiento distinto y oculto para los enfermos y los viejos, en el cual se les atendía y se les curaba sin el peligro que suponía un eventual ataque español. El resto de los indios labraban la tierra en zonas más llanas, mientras que otros se dedicaban a la vigilancia para que a la menor señal de alerta corriesen a refugiarse a la sierra.

Por lo demás, Enriquillo estableció un complejo sistema de información en torno a él, en el que es muy probable que estuviesen implicados indios de paz. Este hecho, que es conocido desde hace ya tiempo aunque desde un punto de vista más literario que científico, parece confirmarse por un caso ocurrido en la Española, en 1527, y que citamos a continuación. Así, en este año se produjo un ataque de indios cimarrones a una hacienda de la Yaguana. Pues bien, poco después se encontró parte del botín robado en poder de ciertos indios de paz que había en una estancia cercana "por donde se presume que algunos indios de aquellos fueron espías o supieron algo o serían en el dicho robo...". Como no se llegó a hacer pesquisa sobre este asunto no sabemos si los hechos realmente ocurrieron así. Sin embargo, tan sólo la sospecha de espionaje por parte de los españoles es muy sintomática al respecto. Por otro lado, dos años después, la Audiencia de Santo Domingo informó a Su Majestad que los indios alzados tenían tantos "espías" en las villas y en el campo "que no se menean (se refiere a los españoles) sin que ellos lo sepan...".

Igualmente, Enriquillo había aprendido de los españoles que la improvisación era un gran arma, motivo por el cual no cejaba en la vigilancia hasta el punto que, según el padre Las Casas, "era tanta su vigilancia que el primero era él quien los sentía". En este sentido, Luis José Peguero, citando al cronista Antonio de Herrera, decía que su espada "no la soltaba ni en la hamaca en que dormía". Otra de las precauciones que tomó este líder indio poner los medios para evitar que los españoles pudiesen localizar su asentamiento. Para ello se dice que cortó la lengua a los gallos y que impuso graves sanciones para aquellos que encendiesen fuegos en zonas no señaladas para tal efecto.

          En cuanto a las formas de ataque ofensivo debemos decir que consiguió las armas de metal de los propios españoles a los que despojaba después de ser vencidos, hasta el punto que, según contaba el padre Las Casas, algunos de los que iban con Enriquillo llevaban hasta dos espadas. También en la táctica de combate este cacique demostró un perfecto conocimiento de la guerra muy superior a la capacidad estratégica del resto de los indios. Así sabemos que dividía a los hombres en dos grupos, uno a su mando, y otro de auxilio, comandado por su sobrino Tamayo, ganando de esta forma muchas batallas.

 

EL FRACASO

          Pese a todo, tras unos años de éxito, la resistencia indígena fracasó tanto en la Española como en las demás islas antillanas. Los motivos fueron los siguientes, a saber: primero, por la escasez, cada vez mayor, de indios y muy especialmente de mujeres, lo que originó que los insurrectos tuviesen como prioridad absoluta la toma de indias encomendadas y naborías de paz. Segundo, por la falta de unos intereses comunes entre negros e indios frente al poder español que, posiblemente estaba motivado por cuestiones eminentemente culturales. Y tercero, por la falta de una conciencia colectiva entre los aborígenes, favorecida por los traslados indiscriminados de indios que practicaron los españoles, especialmente intensos en los primeros años. Igualmente, el duro trabajo minero impidió que se fraguasen las ideas de rebeldía al tener tan sólo unos pocos meses, tras la demora, para "fabricar de como se han de alzar". Incluso ni en los mejores momentos de Enriquillo existió una liga o unión entre los principales caciques alzados de la isla, pues, como bien afirmó fray Cipriano de Utrera, cuando Enriquillo firmó la paz los demás indios continuaron su alzamiento independientemente. Tras la capitulación del líder indígena en 1533 continuaron algunos caciques alzados pero el fin de los alzamientos estaba sin duda próximo.

Enriquillo es un auténtico héroe nacional para la República Dominicana, aunque no se puede ocultar un elemento muy oscuro en su biografía: no sólo abandonó las armas a cambio de la concesión de un simple título de “don” sino que traicionó a los suyos en el momento en que ayudó a los hispanos a acabar con otros caciques indígenas rebeldes.

 

PARA SABER MÁS

 

GALVAN, Manuel J.: Enriquillo. Leyenda histórica dominicana. Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997.

 

PEÑA BATLLE, Manuel Arturo: La rebelión del Bahoruco. Ciudad Trujillo, Impresora dominicana, 1948.

 

UTRERA, fray Cipriano de: Polémica de Enriquillo. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1973.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(*) Texto de la conferencia que pronuncié en septiembre de 1998 en el Centro Cultural Español de Santo Domingo, anexo a la Embajada Española.

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          Leyendo un texto del Dr. Pedro Andrés Porras Arboledas, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, plantea la idea de descartar la palabra expulsión, por su carga peyorativa, y usar la de expatriación. Y si uno analiza bien la cuestión tiene toda la razón; los historiadores a veces tendemos a usar los términos que aparecen en la documentación, sin pararnos a pensar en su significado intrínseco. Por eso con frecuencia usamos collación por barrio, hembra por mujer o piezas para referinos a los esclavos comprados o vendidos. Lo mismo collación que hembra o que pieza son términos que habitualmente aparecen en la documentación pero cuyo uso hoy no siempre es correcto. Pues bien, en relación a los moriscos también la documentación habla de expulsión, término que se ha perpetuado hasta nuestros días.

          Sin embargo, como bien dice el profesor Porras Arboledas, se expulsa a lo extraño, en el caso de los moriscos como si se tratase de personas que ilegítimamente moraban en España y que, por fin, se había conseguido echar. Pero no era el caso, los moriscos españoles vivían en España desde hacía muchos siglos; algunos habían llegado en el siglo VIII o en los posteriores, pero la mayoría eran descendientes de hispanos romanos que se habían islamizado durante los siglos de dominio musulmán. Ellos se sentían españoles, aunque sus ascendientes hubiesen profesado el Islam. Habían nacido en España y sus ascendientes habían vivido en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial.

          Y para colmo la mayoría eran cristianos sinceros; hay decenas de testimonios. Tengo a mano un par de ellos: uno, el de los moriscos de Hornachos que cuando llegaron al norte de África fueron maltratados porque la mayoría se negaba a entrar en las mezquitas. Y lo hacían porque se sentían cristianos. Y otro, el de los moriscos de Carmona (Sevilla), estudiados por Jorge Maier, de los que se decía que eran tan cristianos que pretendian ir a Francia y no al Magreb por seguir en tierra de cristianos. Al final, es casi seguro que no consiguieron billetes de primera clase con destino al país galo sino que los enviaron desde Sevilla a alguna playa del norte de África, abandonándolos a su suerte. El informe del concejo dirigido al encargado de ejecutar la expulsión, Juan de Mendoza, marqués de San Germán, sobre los 125 expulsados es elocuente:

 

          “Todos ellos eran gente miserable, trabajadora, jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos. Todos claman y dan voces que son cristianos y certificó a Vuestra Excelencia que algunos me hacen grande compasión porque sé cierto que es así y que han dado con su vida muy buen ejemplo y con las lágrimas presentes lo significan”

 

          El texto no tiene desperdicio: todos eran pobres, jornaleros del campo, sin dinero ni tan siquiera pagarse su viaje. Y todos se lamentaban y gritaban al cielo que eran cristianos. La situación debió ser tan trágica que conmovió a las propias autoridades locales, como se aprecia en este texto.

           Queda claro que fue en verdad una expatriación forzosa de un grupo de españoles, la mayoría gente trabajadora, en el caso de Carmona jornaleros, en otros sitios también artesanos, hortelanos, pequeños propietarios, etc. La élite morisca, bien permaneció en sus localidades natales o bien emigraron a Francia o a Italia, donde se refugiaron, amparados por las autoridades. Un verdadero genocidio, que empobreció aún más a un país que estaba ya en franca decadencia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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          Tradicionalmente se han destacado como los primeros proyectos reduccionistas llevados a cabo con el indígena americano las desarrolladas, a partir de la tercera década del siglo XVI, por el Padre Las Casas en Verapaz (Guatemala) y por Vasco de Quiroga -Tata Vasco- en Pázcuaro. Sin embargo, como tendremos ocasión de demostrar a lo largo de este trabajo, estos proyectos de pueblos indígenas tutelados tuvieron su primer precedente en las reducciones llevadas a cabo por los Jerónimos en La Española entre 1517 y 1519. Aunque esta primera experiencia era conocida por una parte de la historiografía, lo cierto es que ni se había analizado en profundidad toda la documentación ni se había destacado suficientemente su carácter verdaderamente pionero.

          Como es bien sabido, los Jerónimos fueron enviados por el Cardenal-Regente Cisneros a las Indias para llevar a cabo todo un programa de reformaciones, especialmente en materia de indios. Injustificadamente, Giménez Fernández reprochó a los tres cenobitas jerónimos su claudicación ante las presiones de los encomenderos y su decisión de dejar "en vía muerta" el programa de pueblos tutelados que figuraba en sus Instrucciones de gobierno del 18 de septiembre de 1516. Nada más lejos de la realidad; como veremos en las páginas siguientes los Jerónimos, desde un primer momento, y contra el parecer de la mayoría de los vecinos de la isla, planearon, proyectaron y, cuando las circunstancias lo permitieron, pusieron en práctica su programa de reducciones indígenas, suprimiendo previamente la institución de la encomienda. Merece destacarse que los Jerónimos fueron las primeras autoridades indianas en suprimir de hecho la mortífera institución.

          Debido a este posicionamiento, socialmente avanzado y contrario a los intereses de la élite, la opinión benévola que los oficiales Reales tuvieron inicialmente de los tres religiosos cambió radicalmente, a medida que fueron conociendo sus verdaderas intenciones. Sin embargo, prácticamente un año después, exactamente el 16 de junio de 1518, el parecer era completamente opuesto, pues el mismo Pasamonte y los demás oficiales decidieron mandar un representante a la Corte para que informase del perjuicio que estaba causando a la isla la política de los Jerónimos.

          Obviamente, este modelo de pueblos tutelados no lo habían ideado los Jerónimos que, como es bien sabido, habían permanecido al margen del mundo americano hasta su nombramiento como reformadores de las Indias. Muy al contrario, el proyecto era obra personal de fray Bartolomé de las Casas, que se había encargado de mostrar sus ideas en la Corte a lo largo de 1515. Sin embargo, como veremos en las páginas siguientes, a fray Luis de Figueroa y a fray Alonso de Santo Domingo les cupo el honor de poner en práctica de forma metódica, ordenada e inteligente las primeras reducciones de indios a pueblos tutelados del Nuevo Mundo.

 

EL GOBIERNO DE LOS JERÓNIMOS

          La situación que había en la Corte en torno a 1515 era verdaderamente confusa, debido a las contradictorias noticias que llegaban de las Indias. La propia Corona estimaba por aquellas fechas que hacía falta alguien, en quien no cupiese codicia ni pasión, que pusiese orden en los asuntos indianos, especialmente en lo relacionado con los indios, e informase objetivamente de la situación.

La elección, finalmente, de tres frailes jerónimos para tan delicada empresa se debió a la fama de industriosos que tenían por entonces los miembros de esta Orden. Además, no era la primera vez que se recurría a ellos para cumplir una alta misión de Estado. Como ya hemos afirmado, los Jerónimos recibieron sus instrucciones de gobierno el 13 de septiembre de 1516. En ellas se establecían los pilares fundamentales de la política que debían desarrollar, que pasaba por tres posibilidades: primero, la creación de pueblos de indios libres, segundo, la erección de pueblos tutelados, y tercero, el mantenimiento del sistema de encomiendas, aunque, eso sí, haciendo cumplir estrictamente las Ordenanzas de Burgos de 1512-1513. Quede bien claro que en dichas instrucciones no había una jerarquización concreta en cuanto al orden de aplicación, sino que se suponía que debían utilizar la opción que "in situ" considerasen más apropiada. La primera de las vías señaladas parecía desde luego inviable en las circunstancias que entonces padecía La Española, hasta el punto que ni tan siquiera el Padre Las Casas había insistido en su aplicación. De las otras dos opciones posibles los Jerónimos eligieron, con buen criterio por cierto, mantener a corto plazo la encomienda pero ir preparando progresivamente la supresión de la mencionada institución y la reducción de los aborígenes a pueblos tutelados.

          Inicialmente preservaron la encomienda por miedo a desestabilizar la isla, y desde luego no les faltaban razones para ello. Los tres religiosos debieron hacer grandes esfuerzos para evitar una revuelta que parecía inevitable y que hubiera podido acarrear insospechadas consecuencias. Por tanto, su política inicial estuvo encaminada a calmar los ánimos de los pobladores, garantizando a corto plazo el mantenimiento de la encomienda, aunque eso sí, vigilando el estricto cumplimiento de las ya citadas Ordenanzas de Burgos. Y es que realmente, en los años finales de la segunda década del siglo XVI, la isla sufrió una agudísima crisis, causada por el final de la economía del oro y por la marcha de muchos pobladores a la Nueva España. Todo ello creó una sensación de zozobra entre la población, hasta el punto que los mismos vecinos llegaron a pensar que La Española podía ser enajenada por parte de la Corona.

          Por lo demás, de los tres frailes jerónimos, solamente fray Bernardino de Manzanedo tenía una opinión favorable de la encomienda, siempre y cuando -escribía- se cumpliesen las ordenanzas vigentes. Sin embargo, Manzanedo pronto regresó a la Península, permaneciendo en la isla fray Luis de Figueroa y fray Alonso de Santo Domingo, ambos decididos defensores del proyecto lascasista de pueblos tutelados.

 

LAS REDUCCIONES DE INDIOS

 

          Pese a las circunstancias de los primeros tiempos, fray Luis de Figueroa y fray Alonso de Santo Domingo jamás renunciaron a su intención inicial de crear pueblos tutelados. También la creación de estos asentamientos debió llevarse a cabo paulatinamente y en dos fases, nuevamente debido a la delicada situación social y económica que atravesaba la colonia. La primera de las fases se desarrolló entre 1517 y principios de 1518 con los indios arrebatados a los cortesanos, mientras que la segunda se gestó y ejecutó desde febrero de 1518 hasta la marcha a Castilla de los dos Jerónimos en 1519, extendiéndose la experiencia a prácticamente todos los aborígenes de la isla.

          En 1517, los tres cenobitas decidieron iniciar su proyecto tan sólo con varios centenares de indios, concretamente con los que acababan de quitar a los cortesanos. Hemos de insistir que tan solo fueron expropiados los absentistas, pues, aunque intentaron también arrebatar los indios a los Jueces de Apelación, estos se opusieron, amenazando con dejar sus oficios y abandonar la isla. Tampoco pudieron quitar los indios al Almirante Diego Colón, debiendo conformarse con arrebatárselos a su ausente hermano don Hernando. Dichos indios fueron "depositados", en el factor Juan de Ampiés, para que los administrase antes y durante el proyecto reduccionista.

          Los Jerónimos planificaron con una minuciosidad sorprendente todos y cada uno de los pasos que se debían llevar a cabo para iniciar con éxito su proyecto. Para ello, lo primero que hicieron fue solucionar una cuestión clave, es decir, la financiación. Evidentemente ni los encomenderos, ni la Corona estaban dispuestos a correr con los gastos de un proyecto de la envergadura del que planeaban los Cenobitas. Habida cuenta que no había dotada una partida presupuestaria para desarrollar su proyecto, los Jerónimos decidieron que los indios depositados mantuviesen, durante 1517 y 1518, su demora de ocho meses en las minas de oro del Cibao y San Cristóbal así como en las de sal de la región de Macorís. Evidentemente, acudían a las minas no en compañía de encomenderos sino con mineros asalariados, evitándose de esta forma la explotación intensiva a la que frecuentemente se veían sometidos. Por otro lado, aunque pudiera parecer una decisión drástica lo cierto es que, respondiendo a su fama de estadistas, los tres religiosos solucionaron la financiación de la alimentación, vestido y educación de los indios reducidos.

En febrero de 1518 habían previsto empezar con el poblamiento de los primeros cuatro pueblos de indios, que al finalizar el año debían ser 12. El objetivo ya en 1518 era eliminar totalmente la encomienda, ampliando el proyecto a la mayor parte de los indios de la isla, y reducirlos a pueblos bajo la administración conjunta de frailes y mayordomos. Reducir a todos los indios era una tarea imposible por lo que los cálculos se hicieron en principio para unos 7.000 indios, de los 10.000 que se suponía quedaban en la isla.

Ni que decir tiene que los Jerónimos estaban facultados para tomar tal decisión, pues, era una de las opciones recogidas en sus instrucciones de gobierno. Sin embargo, ambos eran conscientes del problema al que se iban a enfrentar, pues, habían tenido ocasión de conocer directamente la opinión de los distintos grupos políticos de la isla. No debemos olvidar que, aunque la mortalidad progresiva de los indios había reducido el número de indios por encomienda y, en definitiva, su rentabilidad absoluta, todavía en estos años seguían reportando importantes beneficios a sus poseedores. Además, en 1518, el aborigen seguía siendo la mano de obra fundamental de la isla, utilizada tanto en los hatos ganaderos como en los ingenios.

          Como era de esperar, pese al empeño y a la minuciosidad con la que los Jerónimos prepararon su proyecto, la oposición de los vecinos fue radical, absoluta y despiadada. Y para colmo, esta vía intermedia de pueblos semilibres disgustó tanto a la élite encomendera, que veía en juego sus intereses económicos, como a los frailes dominicos que, consideraron insuficiente el proyecto y no dudaron en notificar a la Corte su gran malestar por la decisión.

          El panorama era desalentador y el futuro incierto, pero los dos cenobitas decidieron seguir adelante con sus planes, entregándose de cuerpo y alma a ello hasta su marcha en 1519. Su empeño por sacar adelante, contra viento y marea, estos pueblos de indios fue encomiable, pues, realmente creían en esta vía como la única posibilidad viable de salvar a los indígenas de una desaparición segura. En este sentido, escribieron al Emperador diciéndole que, cuando ellos llegaron a la Isla, estos estaban tan derramados por toda la Isla y tan pocos en cada asiento por estar todos divididos por las minas, estancias de los castellanos y otras granjerías... Y era difícil multiplicar su generación porque en unos sitios había muchas mujeres y en otros muchos hombres.

          Por todo ello, a principios de 1518, comenzaron las acciones encaminadas a poner en efecto su proyecto. Lo primero que hicieron fue ordenar que se buscaran los asientos más adecuados para su ubicación, comisionando para ello a un antiguo vecino de la isla, llamado Antonio de Villasante. La mayoría de los asientos se establecieron en la Vega y en el antiguo cacicazgo de Higüey, pues era allí donde se concentraba la mayor parte de los aborígenes. De esta forma pretendieron evitar un desplazamiento de los indios más allá de lo estrictamente necesario.

          Al final, como ya hemos dicho, solo llegaron a ponerse en marcha 17 pueblos porque, en pleno proceso reduccionista, se desató una virulenta epidemia de viruela que diezmó notablemente a la población indígena. De esos 17 pueblos tenemos noticias de al menos 15, a saber: Xaragua, Baní, Villanueva de Yáquimo, Verapaz, Santiago, Santa Ana, La Mejorada, Santa María de la O, San Julián, San Juan Bautista y Santo Tomé, más tres pueblos en la rivera del Minao y otro al Çoco, que no los hemos localizado geográficamente.

          La delicadeza con la que los religiosos querían llevar a cabo su proyecto fue tal que dieron la oportunidad a los caciques de elegir el asiento al que preferían mudarse, evitando así un cambio por la fuerza. Y asimismo, para reducir la brusquedad de la mudanza decidieron, siguiendo un consejo mostrado por algunos declarantes del Interrogatorio, que el traslado a los asientos se realizase en dos fases. En un primer momento se reducirían solo los caciques más aculturados, como eran los caciques Ojeda, Francisco y Rodrigo, este último muy buen cristiano y muy buen predicador de indios y muy buen lengua y ha mucho que desea verse en pueblo con tributo. Según los propios Jerónimos, con esta medida pretendían que los demás indios, viendo el ejemplo de estos caciques y los beneficios que su nueva situación les reportaba, optasen por trasladarse a ellos voluntariamente.

 

EL FRACASO DEL PROYECTO

Desgraciadamente los pueblos apenas si llegaron a tener vida efectiva, pues concurrió un cúmulo de circunstancias adversas que frustraron irremediablemente el proyecto. Para empezar, antes del traslado, los indios se vieron afectados por una epidemia de viruela que duró buena parte del año de 1519 y que produjo la muerte de tres cuartas partes de la población aborigen. Pero, es más, los que sobrevivieron lo hicieron en precarias condiciones físicas y posiblemente también psicológicas. Todo ello nos hace pensar que el entusiasmo con que los Jerónimos habían ideado sus reducciones no consiguieron transmitírselo a los indígenas, desesperanzados por sus precarias condiciones de vida. En este sentido, un vecino, llamado López de Béjar, declaró que la causa de que los pueblos de indios se perdieran fue “la mala gana que los indios tenían de estar en ellos por estar los dichos pueblos fuera de sus tierras y por otras causas...” También hay que reseñar el boicot de los colonos que no se resignaron fácilmente a la pérdida de sus indios de encomienda. En el juicio de residencia, tomado en 1521 al licenciado Rodrigo de Figueroa, numerosos testigos declararon que, después de la epidemia de viruela, los españoles fueron a los pueblos a por sus indios, llevándose la yuca que había sembrada en ellos.

Y finalmente, debemos referirnos a los malos tratos y a los desafueros que cometieron los propios mayordomos y los visitadores sobre los indios tutelados. No solo pretendieron lucrarse personalmente con el oro que granjearon los indios de cada pueblo, sino que también maltrataron a los naturales, provocando la desaparición de algunos pueblos, como ocurrió con el de Verapaz, ante la complicidad del visitador Almaraz. Así, pues, algunos mayordomos abusaron cruelmente de los indios, obligándolos a trabajar con el único objetivo de acrecentar sus patrimonios personales. Y todo ello muy a pesar de que los Jerónimos, previendo tales abusos, asignaron salarios a dichos administradores, situados, como es sabido, en rentas de la ciudad de Santo Domingo.

          Al final, los pueblos quedaron despoblados y la mayor parte de los indios fueron de nuevo repartidos entre los españoles. Sin embargo, los Jerónimos demostraron, contra la opinión de la mayoría, que era posible llevar a la práctica los pueblos tutelados que en su día defendiera el dominico padre Las Casas. El talante que muestra el Emperador en los poderes e instrucciones dados a Rodrigo de Figueroa, el 9 de diciembre de 1518, es muy significativo al respecto. En dicho documento afirma que muchos indios eran capaces de vivir "por si ordenadamente en pueblos" y que, por tanto, debía otorgarse la libertad a todos los aborígenes que lo solicitaran, jurando, a cambio, vasallaje y abonando tres pesos de oro anual por su persona y por cada hijo varón mayor de veinte años que custodiasen. Asimismo, el nuevo gobernador llevaba una larga lista con las personas a las que debía volver a quitar sus indios, a saber: cortesanos, oficiales reales y al propio Rey. Un año y medio después el Emperador reconocía que los indios eran libres y, por ello, “nos con buena conciencia no los podemos ni debemos encomendar a nadie, como hasta aquí se ha hecho”. Sin embargo, para evitar los inconvenientes de tan drástica medida, nuevamente, como durante el Triunvirato Jerónimo, pretendía una desaparición paulatina. Sin embargo, Rodrigo de Figueroa no quiso o no pudo continuar con el gran programa indigenista de los Jerónimos, limitándose a la creación de tres pueblos de indios tutelados: Villaviciosa, San Juan de Ortega y Cayacoa. Un esfuerzo mínimo comparado con el amplio y generoso programa de sus predecesores. Dado el escaso empeño mostrado por Rodrigo de Figueroa, los tres pueblos sobrevivieron precariamente hasta 1530, en que se daban definitivamente por desaparecidos.

          Pese al fracaso, la labor de los Jerónimos fue recordada en la Corte positivamente, hasta el punto que pocos años después se intentó el regreso de fray Luis de Figueroa a la isla. Concretamente sabemos que, en 1523, el Emperador puso un gran empeño en que retornasen al gobierno de La Española tres frailes jerónimos, encabezados por fray Luis de Figueroa. Éste, en un primer momento se mostró muy reticente a aceptar los cargos de presidente de la Audiencia de Santo Domingo, obispo de Concepción de la Vega y Abad de Jamaica. Sin embargo, la Corona, a sabiendas del buen servicio que podía prestar, presionó al general de la Orden, e incluso al Papa, para que aceptara, destacando el gran servicio que haría por su santa vida y por la experiencia que tiene en la condición de los indios. Las compulsorias del general de su Orden fueron remitidas en abril de 1523, debiendo aceptar el cargo poco después, pues, en julio de ese mismo año se solicitaba el pago a fray Luis de Figueroa de 250 ducados para sufragar la expedición de sus bulas del obispado y de la abadía.

          Pero el viejo cenobita debió imponer también sus condiciones, que fueron exactamente dos, a saber: una, que le acompañaran dos frailes Jerónimos y que siempre haya tres cuando uno faltare, y dos, que se le prestasen las bestias suficientes para trasladar sus libros. Finalmente, el cenobita no llegó a embarcarse porque le sorprendió la muerte. Quizás de esta forma evitó tener que presenciar el fracaso absoluto que supuso su experiencia y el dramático final de muchos de los indios a los que, con tanto esmero, se dedicó en los años que permaneció en La Española.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La primera utopía americana: las reducciones de los Jerónimos en la Española (1518-1519)”, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, Nº 39. Hamburgo, 2002, Págs. 9-36.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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          Desde los inicios de la colonización estuvo mal visto el envío de novelas ya que se entendía que los indios debían ser preservados en principio de toda literatura de ficción, pues, podía hacerles concebir dudas acerca de las verdades religiosas. Tenemos constancia del paso de los primeros ejemplares a las Indias en fechas muy tempranas. De hecho, ya en el Primer Viaje de Cristóbal Colón se llevaron libros a bordo como el Almanaque Perpetuo de Abrahán Zacuto que, por cierto, le sacó de más de un apuro en la mar. Igualmente, en la flota que al mando de Antonio de Torres arribó a La Española con el nuevo gobernador frey Nicolás de Ovando a bordo, viajaron una gran cantidad de libros, aunque de temática casi exclusivamente religiosa, además de cartillas y de obras de gramática.

           La biblioteca que ahora vamos a estudiar nos va a aportar valiosas informaciones, dado lo temprano de su fecha y la escasez de documentación que para estos momentos disponemos. La propietaria de ella era una tal doña Inés de la Peña, fallecida en 1521 que fue esposa de un espadero vecino de la ciudad de Santo Domingo llamado Francisco de Pedraza. No tenemos noticias que puedan explicar el hecho de poseer una biblioteca tan nutrida de obras clásicas y medievales pues ni ella ni su marido pertenecían a la élite ni, por supuesto, al grupo de los intelectuales. Debemos pensar en la posibilidad de que estos libros fuesen inicialmente del padre de ésta, que era un cerrajero vecino de Santo Domingo, llamado Antón Ruiz, quien es muy probable que se dedicara de manera más o menos constante al comercio de obras literarias. El hecho de que estos libros estuviesen destinados a la venta se justifica por la existencia de numerosas obras repetidas, especialmente cartillas de gramática de las que había más de 90 ejemplares, además de tres docenas del libro Perla preciosa, devocionario muy usado y difundido en Castilla hasta 1559 en que fue incluido en el índice de libros prohibidos. El hecho de que los libros fuesen de Inés de la Peña se debe a que su padre se los debió dejar a ella cuando se casó, dada la baja dote de 125.662 maravedís para su matrimonio. Además, cuando se procedió a inventariar los libros estos no estaban colocados en estanterías sino perfectamente embalados en cajas, por lo que pensamos que habían permanecido así desde su llegada de Castilla.

           El inventario de los bienes de doña Inés de la Peña en el que estaban incluidos sus libros se generó a la muerte de ésta en 1521, pues se produjo un largo pleito entre su marido y su padre –en nombre de los tres hijos del matrimonio- por la herencia de sus bienes. El litigio duró más de siete años, siendo sucesivamente apelado del alcalde ordinario al alcalde mayor y de éste a la audiencia de Santo Domingo. Este último órgano dictó sentencia definitiva a favor del padre de Inés y de sus hijos, como legítimos herederos de la finada.

           Así, entre septiembre y noviembre de 1525 se hizo inventario de todos los bienes de doña Inés de la Peña, ante Esteba de la Roca, escribano público de la audiencia. Hay multitud de aspectos que nos llaman la atención, empezando por la gran cantidad de libros que aparecen en una fecha tan temprana: nada menos que 128 volúmenes, más 96 cartillas de gramática para enseñar a leer a los muchachos.

           En segundo lugar, la gran variedad temática de libros recién editados en Castilla, como el caso del Lisuarte de Grecia (1514) o de Calixto y Melibea. Entre estos destacan por la cantidad los de temática religiosa: evangelios, libros sacramentales y libros de horas, estos últimos de los más frecuentes en Indias, pues, como ha constatado Juan Gil, pasaban a las Indias por decenas ayudando a los vecinos a “aliviar angustias y a superar temores”.

           Igualmente aparecen multitud de libros de caballería: dos Pigmaleones, dos libros de Oliveros de Castilla, un Amadís de Gaula, un Lisuarte de Grecia, etcétera. La presencia de este género literario en este temprano inventario es muy interesante pues, si bien es sobradamente conocida la influencia de los libros de caballería en la imaginación de los conquistadores, como su plasmación en sus acciones prácticas irreales de la Conquista, no es menos cierto lo inédito que resulta encontrarlos en tal número y variedad desde fechas tan tempranas del proceso conquistador.

           El Amadís de Gaula, aunque ya circulaba manuscrito en Castilla desde finales del siglo XV, no lo editó su autor, Garci Rodríguez de Montalvo, hasta 1508. Igualmente, el Lisuarte de Grecia se editó en 1514, por lo que no deja de llamarnos la atención que tan inmediatamente pasara a las Indias. Esta presencia de libros de caballería viene a confirma lo que se intuía por las prohibiciones que a su entrada impuso la Corona en 1531 y que reiteró al menos en 1543.

           También aparecen novelas de amplia fama en la Edad Media, como son los libros de tetrarca que, si bien aparecen inventariados sin títulos, es muy probable que se tratara de su difundido libro Los remedios que se constata reiteradamente en muchas bibliotecas hispanoamericanas. Igualmente aparece entre los libros inventariados los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo, El Arte de bien Morir de Erasmo de Rótterdam y Calixto y Melibea. Esta última era sin duda la primera edición del libro de Fernando de Rojas que en ediciones posteriores, con algún capítulo añadido, aparecerá como La Celestina. También hay obras en glosa del conocido escritor del medievo castellano Juan del Encina.

           Por otro lado, el género que más predomina, excluyendo los devocionarios, es el relato biográfico. Se trata del tipo novelesco más característico de la prosa castellana del siglo XV. En el inventario de Inés de la Peña se encuentran biografías particulares, como Don Darián, Don Raynaldo, Carlomagno y auténticas biografías colectivas, al estilo de la de Fernán Pérez de Guzmán que aunque el título no se especifica es probable que fuese la más difundida, es decir, Generaciones y Semblanzas.

          Finalmente, se encuentran en este inventario obras no medievales sino de la Edad Antigua, presentes en las bibliotecas del siglo XVI y que jugaron un papel importante en la formación de las mentalidades del hombre renacentista. Así, encontramos obras como la Crónica Troyana, una de Eneas y Silvio –probablemente la Rerum Ubique Gestarum- y un tratado etiquetado como La República, acaso la de Platón.

           A modo de resumen debemos señalar, a la luz de este temprano inventario, que los libros llegaron a las Indias en más cantidad de lo que se había venido sospechando hasta la fecha. Además, se confirma que pasaban ilegalmente algunas obras prohibidas por la Corona, como los libros de caballería. En un primer momento, debieron ser los mismos marineros, en sus matalotajes, o los pasajeros, en sus equipajes, quienes pasaron sin registrar muchos de los libros que se leyeron en América en los primeros tiempos. Muy poco después se incorporaron verdaderos libreros profesionales como el padre de Inés de la Peña.

 

PARA SABER MÁS:

MIRA CABALLOS, Esteban: “Algunas consideraciones sobre la primera biblioteca de Santo Domingo” Publicado en la revista Ecos, Nº 3. Santo Domingo, 1994, págs. 147-154.


ESTEBAN MIRA CABALLOS

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