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          Desde los primeros años de la Colonización la Corona se preocupó por el control de la emigración a las Indias con vistas, por un lado, a reservarse para sí el monopolio de las riquezas del Nuevo Mundo, y, por el otro, a impedir la entrada de judeoconversos y personas de dudosa moral que diesen mal ejemplo a los indígenas. El cumplimiento y ejecución de tales leyes se controló desde un principio por la Casa de la Contratación de Sevilla, institución que desde 1509 recibió la orden de registrar a todos los pasajeros que se embarcaban para las Indias, limitando el tráfico a una serie de grupos de excluidos como los extranjeros, los herejes y los no católicos. Sin embargo, esta legislación prohibitiva no fue suficiente para evitar que los jurídicamente apartados pasasen a las Indias sin excesivas dificultades, como lo demuestran las altas cotas de emigración ilícita.

           En relación a los judeoconversos las prohibiciones se repitieron en numerosas ocasiones: 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Tan sólo hubo una excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513 en la que se les autorizó a permanecer en América un máximo de dos años. Sin embargo, pese a la legislación prohibitiva pasaron muchos judeoconversos a las Antillas en las primeras décadas de la colonización. Así, en 1517 los Jerónimos en una carta dirigida al Cardenal Cisneros le informaron de lo numerosos que eran los herejes y conversos que allí habían llegado "huyendo de la inquisición". Incluso en 1526, en un juicio sobre unos conversos que habían ejercido oficios públicos, se declaró que había otros muchos en la Española que usaban los oficios públicos y reales.

           Evidentemente, queda claro que pese a las prohibiciones legales hubo una emigración constante de judeoconversos y perseguidos por la Santa Inquisición que no encontraban ningún tipo de problemas para embarcarse rumbo a las Indias. En este sentido, conocemos el caso, sumamente representativo, de un judeoconverso, llamado Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva) y natural de Casas Rubias que fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos, presentados en un juicio que se le hizo, afirmaron que su padre fue judío "y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición y murió con Sambenito". Alonso Rubuelo, siendo mayordomo del Señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con cierta suma de maravedís a Sevilla donde, sin ningún tipo de problemas, pudo embarcarse para las Indias, viviendo largos años en Panamá y disfrutando, incluso, de una encomienda de indios.

           Por lo demás, todo parece indicar que las ideas reformistas tuvieron muy poco eco en la América Hispana en estos primeros años de la colonización. Evidentemente la Corona puso un especial empeño para que los nuevos territorios no fuesen "contaminados" con unas ideas que hubiesen tenido desde luego importantes consecuencias políticas. Pero no se desconocían las ideas luteranas. En 1545, cuando aún vivía Martín Lutero, escribió Fernando de Lepe a Su Majestad, indicándole que las autoridades de San Juan no acataron una Real Provisión sobre la utilización común de las aguas, los pastos y los montes en la isla porque "la dicha Provisión Real era luterana, porque una de las opiniones de Lutero era que los bienes fuesen comunes". Queda claro, pues, que en América no se desconoció la problemática político-religiosa suscitada desde principios del Quinientos en Europa.

 

LOS PRIMEROS INQUISIDORES

           Desde muy temprano comenzaron a aparecer en las Antillas voces a favor de la introducción de la Inquisición, habida cuenta de la presencia de numerosos conversos en las Indias y de la relajación moral que se vivió en estos territorios. No debemos de olvidar que, como muy bien ha escrito Bartolomé Bennassar, la Inquisición no fue un simple instrumento de tortura sino "un prodigioso instrumento de poder político y control social al servicio del Estado centralista...". Desde el mismo instante en que los dominios españoles comenzaron a extenderse las autoridades se concienciaron de la necesidad de implantar la Inquisición para de esta forma mantener al otro lado del océano la pureza de la región católica. Era, pues, sólo cuestión de tiempo que la institución llegase al Nuevo Mundo.

            Parece ser que ya el primer Obispo de Santo Domingo, Francisco García de Padilla, y el de Concepción de la Vega, Pedro Suárez de Deza, recibieron poderes del Inquisidor General Jiménez de Cisneros para que fuesen inquisidores en sus respectivas jurisdicciones. Obviamente estos prelados no llegaron a ejercer el oficio ya que ni tan siquiera fueron a residir a sus respectivos Obispados. Sin embargo, todo parece indicar que en su lugar ejercieron estas funciones los respectivos cabildos catedralicios. Pero hacía falta quién coordinase la institución en toda la isla de ahí que, en 1516, manifestase el padre Las Casas al Cardenal Cisneros la necesidad que había en las Indias de un Inquisidor General, pues, se habían quemado dos apóstatas y había al menos 14 implicados más en casos de herejía. Poco después, es decir, en 1517, fueron los propios Jerónimos quienes señalaron la necesidad que había de "ministros de la Inquisición" por los "muchos herejes que han pasado y pasan". En un primer momento tal petición no fue escuchada pues se respondió que "de momento" no se debían enviar. Sin embargo, esta postura inicial fue reconsiderada en breve tiempo, dando poder el Cardenal Cisneros a los Jerónimos, para que "como inquisidores procediesen contra los herejes y apóstatas que hubiese".

           Debido a los abusos de los inquisidores de los cabildos catedralicios en 1519 se decidió, por fin, el nombramiento de dos Inquisidores Generales: el dominico fray Pedro de Córdoba y el Obispo de Puerto Rico, Alonso Manso. Sin embargo, el padre Córdoba apenas si llegó a intervenir como inquisidor dada, por un lado, su prematura muerte por tuberculosis el 4 de mayo de 1521, y, por el otro, su carácter tolerante y en cierta medida contrario al espíritu rígido de la Inquisición. Por ello, como Inquisidor General quedó en solitario el Obispo Manso quien sí que hizo uso de su poder desde su llegada a Puerto Rico, en 1521, hasta su fallecimiento ocurrido, como es bien sabido, el 27 de septiembre de 1539. No en vano, en un proceso sobre Juan Fernández de las Varas, apelado posteriormente al Inquisidor General en Castilla, el Cardenal Tortosa, tan sólo se menciona al Obispo Manso como Inquisidor General "de estas islas".

           Ahora bien, los inquisidores de estas islas, y en última instancia el propio fray Alonso Manso, dependieron en todo momento del Inquisidor General del Arzobispado de Sevilla. En este sentido, conocemos múltiples referencias documentales y amenazas con llevar a los condenados al castillo de Triana, donde se encerraban los presos de la Inquisición del Arzobispado sevillano. Incluso, hubo algunos envíos a Sevilla, como el de Juan de Villasante, quien, tras estar algún tiempo apresado en Puerto Rico, vino por él "un nuncio de los señores inquisidores de Sevilla" y se lo llevaron al Castillo de Triana. Asimismo detectamos envíos de ciertas cantidades de oro desde la isla de San Juan consignados al receptor de la Inquisición de Sevilla no sabemos por qué concepto aunque desde luego demuestran una relación fluida con el inquisidor de Sevilla. Evidentemente este vínculo debía estar relacionado con el carácter "metropolitano" del Arzobispado de Sevilla del que dependían, como es bien sabido, los primeros obispos de las Indias y a donde se apelaban en última instancia todos los pleitos tanto ordinarios como de inquisición.

           Así, pues, en Puerto Rico centralizó fray Alonso Manso la sede principal de la Inquisición no sólo en las Antillas Mayores sino también en las Menores y en la Costa de las Perlas. En la ciudad de Puerto Rico se estableció la máxima autoridad inquisitorial de estos extensos territorios caribeños. Fue precisamente en esta isla donde esta institución eclesiástica se hizo valer de forma más virulenta, afectando incluso a altos cargos de la isla. Conocemos numerosos casos generados en esta isla que afectaron a altos funcionarios reales, como, por ejemplo, al licenciado Sancho Velázquez, que había sido juez de residencia y repartidor de indios en San Juan, o a Blas de Villasante, tesorero de la misma isla. Incluso, conocemos el suceso ocurrido con un vecino de Puerto Rico, llamado Francisco de Morán, que fue prendido por la Santa Inquisición y estando en la cárcel pública "se desesperó y se ahorcó". El obispo Manso utilizó desde 1532 la casa del tesorero como cárcel para casos eclesiásticos, independiente, por supuesto, de la cárcel pública. En las demás islas ejercieron el cargo de inquisidores los distintos Obispos de cada una de ellas, aunque siempre bajo el nombramiento expreso de fray Alonso Manso.

           En el caso de la Española parece ser que tras la muerte de fray Pedro de Córdoba el poder de la Inquisición pasó al Obispo Geraldini sin que tengamos por lo demás noticias de su actuación al frente de esta institución. Por lo demás, sabemos que en 1533 ostentaba el oficio de inquisidor en la Española el Obispo de Santo Domingo y Concepción de la Vega, aunque actuaba prácticamente como mero delegado de Alonso Manso. Así, en este año, el Obispo Manso recriminó al Obispo de Cuba el hecho de haber descomulgado al oidor Vadillo "en ciertas cosas so color que son de inquisición y estando el dicho licenciado fuera de vuestro Obispado...". En estas palabras se refleja la extralimitación del Obispo de Cuba al juzgar a un vecino de la Española que sin duda debía estar sujeto, en primera instancia, al Obispo de esta isla y, en segunda instancia, al Inquisidor General don Alonso Manso. En el mismo documento Manso dio poder a "cualquier clérigo presbítero de Santo Domingo" para que pudiese absolver a Vadillo, lo que vuelve a demostrar que el Obispo de Puerto Rico tenía poder supremo en el área caribeña en todo lo referente a las cuestiones inquisitoriales.

           En Cuba el primer inquisidor fue el Obispo fray Miguel Ramírez el cual usó y abusó del dicho cargo en su beneficio personal. Fray Miguel Ramírez concentró un enorme poder ya que acumuló los cargos de Obispo, inquisidor y repartidor de indios -este último puesto compartido con el gobernador Gonzalo de Guzmán-. Sabemos que el Obispo de Cuba procesó a numerosos herejes, quemando en la hoguera a algunos de ellos. Su independencia y rigidez lo hizo enfrentarse no sólo con algunos oficiales y otras personas influyentes de la isla sino incluso con el propio Obispo Manso quien, como ya hemos mencionado, lo llegó a amenazar de excomunión si no se desentendía de una causa que llevaba contra el oidor Vadillo. Poco después, se expidió una Real Cédula en la que se nombraba a Pedro de Adrada, bachiller en artes y en teología, por "provisor fiscal o vicario general de la isla de Cuba", dándole poder para reprimir casos de inquisición. Concretamente se le daba poder "para castigar cualquier delito en personas civiles o eclesiásticas y absolver descomulgados mayores y menores y podáis imponer penitencias públicas..."

           En 1537 ejercía el cargo de inquisidor de Cuba el deán de la Catedral de Santiago, quien mandó prender al tesorero Lope Hurtado. Sin embargo, a la llegada, en 1538, del nuevo Obispo, Diego Sarmiento, éste asumió el cargo de inquisidor de la isla, oficio que usó tan enérgicamente que, tanto el Cardenal de Toledo como el propio Carlos V, tuvieron que pedirle moderación.

          Concretamente, sabemos que en la capital de la isla de Cubagua, Nueva Cádiz, tenía situado un vicario suyo "con poder de inquisidor". Allí, se había organizado la institución con los cargos de alguacil, fiscal y demás familiares de la inquisición.

 

LA OPOSICIÓN A LA INSTITUCIÓN

           La implantación de la Inquisición en las Antillas se llevó a cabo en medio de una fuerte oposición por parte de las élites que veían mermado su poder. La resistencia fue incluso más generalizada que en la propia Castilla donde, como es sabido la institución contó con un apoyo de la mayoría de la población. Además estuvo dirigida por un amplio sector de las élites antillanas entre los que se encontraban muchos de los oficiales reales.

           América se había convertido en una tierra de libertad a donde huyeron incluso muchos perseguidos por la Santa Inquisición castellana. De hecho ya hemos comentado en páginas anteriores la presencia en las Indias de conversos y de perseguidos por la Inquisición desde los primeros años.

           Las quejas contra los inquisidores comenzaron al poco tiempo de su implantación, pues, ya en 1526, algunos pobladores pidieron al Rey que esta institución se encomendara a la Orden de Santo Domingo o de San Francisco para evitar así sin las tan temidas "pasiones". Otra de las reivindicaciones más frecuentes de los colonos fue que los inquisidores fuesen personas doctas, como ocurría en Castilla, pues, sólo de esa forma se evitarían las parcialidades y el abuso de poder. Esta petición fue reiterada, en 1536 cuando los oidores de la Española pidieron que "en adelante los inquisidores sean letrados y en quien concurriesen las demás cualidades que se requerían para tan santo oficio porque lo demás es usar cada uno de sus pasiones...

           Las críticas contra el obispo de Cuba fray Miguel Ramírez fueron muy importantes, participando en ellas casi todos los cargos reales, con la única excepción del gobernador, y muchos antiguos pobladores. Así, en una información hecha por el alcalde mayor de la isla se le acusó de tomar por causa de inquisición causas que no lo eran como los escándalos públicos y de estar despoblando la isla. Concretamente el tesorero Lope Hurtado declaró que había "visto a muchos vecinos irse porque estaban atemorizados por la Inquisición" y que era una de las causas de la despoblación que estaba padeciendo la isla en esos años.

           Pese a todo, la mayor oposición se centró en la isla de San Juan donde se encontraba la sede de la inquisición antillana. Las críticas fueron tan rotundas desde 1527 por parte de los cabildantes de Puerto Rico y otros vecinos que tuvo que ser contundente en primer lugar el propio Obispo Manso y poco después la Corona. Así el 6 de enero de 1528 el Obispo de San Juan expidió una carta a "sus ovejas" sobre la inquisición amenazando de excomunión a todos los que atacasen "el dicho Santo Oficio y el ejercicio de él como contra el inquisidor y oficiales y ministros de él..." Unos peses después tuvo que intervenir el propio Carlos V, advirtiendo a los vecinos que en realidad las palabras e intenciones del inquisidor eran "buenas y justas" y que por tanto debían buscar una conciliación con él. Incluso la Audiencia de Santo Domingo se enfrentó con el Obispo Manso, especialmente, a partir de 1536 cuando la Audiencia envió al Doctor Blázquez pos juez de residencia de la isla de San Juan y fue prendido por el Obispo.

           Pero la Corona mostró la firme decisión de defender a capa y espada la perniciosa institución, muy a pesar de los numerosos memoriales que recibió de los nuevos colonos quejándose de dicha institución. Estaba clara el enorme fruto que esta institución estaban dando en Castilla como "instrumento de poder político y control social" como para privarse de sus beneficios en el Nuevo Mundo.

 

CASOS JUZGADOS POR EL “SANTO” TRIBUNAL

           Los casos de los que se ocuparon los primeros inquisidores americanos fueron los relacionados con la fornicación, la usura y las proposiciones contra la iglesia y el dogma. Precisamente, los casos cursados por fornicación fueron, a diferencia de lo que ocurría en Castilla, muy frecuentes dada la generalización de las prácticas poligámicas en las nuevas tierras descubiertas. No en vano, en todos los juicios de residencia se solía preguntar si los enjuiciados vivían amanceba- dos y si estos delitos eran suficientemente castigados. Sin embargo, también es cierto que se hizo la "vista gorda" en muchos de estos casos dado que a veces eran los propios gobernadores y los altas autoridades indianas las que practicaban el amancebamiento. Concretamente en el juicio de residencia tomado al gobernador de la isla de San Juan, Sancho Velázquez, el testigo Sancho de Arango respondió que no se castigaba a los que estaban amancebados, pues, el propio Sancho Velázquez vivía con tres indias "y se echaba con todas tres". Pese a todo, poco después el licenciado Sancho Velázquez fue prendido por causa de inquisición, muriendo en la cárcel pública.

           También fueron frecuentes los procesos por deudas y sobre todo por relajación en el cumplimiento de los dogmas cristianos. Así, por ejemplo en 1532 fueron "prendidos y descabellados" por caso de Inquisición por el Obispo de Cuba un clérigo y a un fraile, al parecer por no usar bien de sus respectivas condiciones de religiosos.

           El juicio por inquisición significaba la pérdida del oficio y la expropiación de sus bienes. Las instrucciones para los inquisidores españoles eran muy claras cuando afirmaban "que los hijos y nietos de los tales condenados no tengan ni usen oficios públicos, ni oficios, ni horas, ni sean promovidos a sagradas ordenes..." Los casos sobre la pérdida de oficios en las Antillas son múltiples. Entre ellos citaremos, por ejemplo, el caso de los hermanos Juan y Blas de Villasante, el primero, veedor y regidor de Puerto Rico, y, el segundo, tesorero y regidor de la misma ciudad, quien al descubrirse que era nieto de "quemado y condenado por la Santa Inquisición", se les confiscaron todos sus bienes y se les quitó su oficio a la espera de una investigación en su lugra de origen para confirmar si eran ciertas las sospechas. Por supuesto, en caso de ser encomenderos también implicaba la pérdida de su encomienda, pues, no se consideraban hábiles para cumplir esa educación que se le debía dar al indio como contrapartida por su trabajo. Concretamente, en la década de los veinte y referido a Tierra Firme y Santa Marta el Bachiller Enciso pidió a Su majestad que ningún sentenciado por la Inquisición tuviesen indios "y los que están dados los mande quitar..." Igualmente, hacia 1529, Alonso Rubuelo, que fue encomendero en Panamá, perdió su encomienda al averiguarse que era hijo de un judío que murió con "sambenito".

           A veces, habida cuenta de que las deudas se suspendían cuando era acusada una persona de delito de inquisición, eran los propios deudores quienes denunciaban un supuesto caso de herejía a los responsables de la iglesia. Así, por ejemplo, los deudores del tesorero de la isla de Cuba Lope Hurtado se negaron a satisfacer sus deudas alegando que éste fue acusado por la Inquisición. Por una Real Cédula se ordenó que se lo abonasen, pues, tras el litigio fue declarado inocente por el Santo Tribunal.

           Era frecuente, al igual que ocurría en Castilla, que todos los presos en las cárceles de la Inquisición saliesen los domingos y fiestas para acudir a misa. En cuanto a los indios se ha dicho que desde un primer momento no estuvieron sujetos a los inquisidores sino sencilla- mente a los tribunales eclesiásticos ordinarios. Sin embargo, la primera vez que se ordenó expresamente que los inquisidores no procediesen contra los aborígenes fue en una Real Cédula expedida por Felipe II en 1575 y recogida en la Recopilación de Leyes de Indias. Evidentemente la tardía fecha de la mencionada Real Cédula nos está indicando que de forma más o menos frecuente las primeras autoridades religiosas y después los inquisidores debieron proceder contra los aborígenes. En cualquier caso, la autoridad eclesiástica ordinaria actuó de la misma forma que la inquisición, siguiéndose autos y procesos y causas semejantes.

           Así, sabemos que desde los primeros tiempos de la colonización se actuó contra ellos como si fueran herejes no sólo en las Antillas sino también en otras regiones de América. Ya en la Española, poco después de la llegada de los españoles, unos indios del cacique Guarionex se apoderaron de unas imágenes de santos y las enterraron, siendo castigados los indios con la hoguera. Sin embargo, estos actos más que un rechazo a los santos católicos implicaban una "forma de adopción de los espíritus de los cristianos por los indios a su sistema religioso". Posteriormente, durante el gobierno del adelantado Bartolomé Colón sabemos que, precedidos de breves procesos informales, fueron condenados a la hoguera numerosos indios acusados de sacrilegio. Igualmente, durante el gobierno de frey Nicolás de Ovando en la Española se castigó la poligamia y los incestos de los indígenas con el mismo castigo ya citado de la hoguera, pues, según parece, decretó que el indio "que dormía con dos hermanas lo habían de quemar". Pese a todo no hemos podido documentar casos concretos en los que efectivamente se hubiesen juzgado y condenado a los indios por estos delitos.

           Por otro lado, fueron castigados duramente los naturales que los españoles llamaban "hechiceros". Así, por ejemplo, en el juicio de residencia tomado a Alonso de Zuazo, en la Española, en 1518, los testigos declararon que un indio hechicero estuvo bastante tiempo en la cárcel de la iglesia y que otros habían sido ahorcados en el camino de la villa de Buenaventura. En Puerto Rico conocemos el proceso que se hizo en tiempos de Sancho Velázquez a dos indias hechiceras, "a una por la que abogaron la sacaron a la vergüenza y la desterraron y a la otra la sacaron a la vergüenza con una carroza y la tuvieron en la picota cierto tiempo y la desterraron..."

           Como ya hemos afirmado, estos casos citados nos están indicando que realmente algunos indios fueron condenados y ajusticiados por causas frecuentemente competentes a la Inquisición, independientemente de que los ejecutantes fuesen o no inquisidores. Pese a todo, está meridianamente claro que los actos de los pobres naturales no constituían un ataque contra la religión católica sino tan sólo una inocente prolongación de las costumbres que habían practicado durante siglos. Por ello, pudo afirmar un testigo en la pesquisa secreta del juicio de residencia de Alonso de Zuazo "que si algunos pecados cometen (se refieren a los indios) es más por ignorancia que por malicia y que tienen tanto miedo que confiesan cosas que no han hecho".

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Viernes 14 de noviembre de 2014 (tarde)
16:00 Recepción de asistentes. Entrega de documentación.
16:30 Inauguración Oficial de las Jornadas
16:45 Ponencia 1:
Política y políticos en Almendralejo durante la era isabelina (1833-1868), por don Miguel
Ángel Naranjo Sanguino, Catedrático de Enseñanza Secundaria y Doctor en Historia.
17:45 Café
18:00 Comunicaciones. Sesión I:
Modera: Don José Ángel Calero Carretero, Licenciado en Historia, Profesor de
Educación Secundaria
1. Aceuchal a finales del Antiguo Régimen. Economía y Sociedad, por don José Antonio Ballesteros Díez.
2. “Las Carboneras”: un proyecto de transformación agrícola en Almendralejo durante el Antiguo Régimen, por doña Carmen Fernández-Daza Álvarez.
3. Correspondencia entre Francisco Fernández Golfín y el II Marqués de Monsalud durante 1803. Proyecto de sociedad de Agricultura, tertulia literaria y otros asuntos, por don Francisco Zarandieta Arenas.
4. La abolición del régimen señorial. La ley aclaratoria de 1837 y su repercusión en el señorío Ducado de Feria y Marquesado de Villalba, por don Joaquín Castillo Durán
5. Pedro Fernández de Córdova y Mendoza, un alma romántica en la política, por doña Carmen Fernández-Daza Álvarez.
Debate.
                       Sábado, 15 de noviembre de 2014 (mañana)
10:00 Ponencia 2:
La prensa escrita, fuente para el estudio de la historia de Extremadura, Tierra de Barros, Almendralejo”, por don Antonio Carretero Melo, Doctor en Filología, Profesor del Centro Universitario “Santa Ana” y Cronista Oficial de Burguillos del Cerro.
11:00 Café
11:15 Comunicaciones. Sesión II:
Modera: Doña Matilde Tribiño García, Licenciada en Historia del Arte, Secretaria de las Jornadas
6. Entre el crecimiento y el entumecimiento: el nivel de vida biológico en Tierra de Barros durante los dos primeros tercios del siglo XX, por don Antonio M. Linares Luján.
7. Arquitectura, urbanismo e higiene en el Almendralejo del siglo XIX, por doña María Luisa Navarro Tinoco.
8. Un apunte político sobre don Pedro Fernández de Córdoba: el título de Ciudad a Almendralejo (1851), por don Juan Carlos Monterde García.
9. La consolidación de la sanidad municipal en Almendralejo el siglo XIX, por don Miguel Ángel Amador Fernández.
Debate.
13:15 Visita de la Exposición “Documentación municipal de los siglos XIX y XX en Tierra de Barros (1833-1978)”
14:00 Almuerzo (Restaurante “La Silera” de Almendralejo).


                        Sábado, 15 de noviembre de 2014 (tarde)
16:30 Ponencia 3:
Arquitecturas y transformaciones urbanas en Almendralejo (1850-1950), por don José Ángel Calero Carretero, Licenciado en Historia. Profesor de Educación Secundaria y don Juan Diego Carmona Barrero, Ingeniero en edificación, Máster de Investigación Universitaria en Arte y Humanidades.
17:30 Comunicaciones. Sesión III:
Modera: Don Tomás García Muñoz, Licenciado en Ciencias de la Educación, Profesor de Educación Secundaria.
10. Academia de Estudios Mercantiles en Almendralejo: Don Jorge Groiss Ervald, por doña Isabel Collado Salguero
11. Aproximación a la imaginería procesional de Almendralejo. Una mirada retrospectiva a su Semana Santa, por don Ángel María Díaz Rodríguez.
12. Breve historia del General Barbaza, por don Marcelino Díaz González.
Debate.
18:45 Café
19:00 Comunicaciones: Sesión IV:
Modera: Doña Nieves Moreno Horrillo, Periodista
13. Visiones de la Abadía, por don Teodoro Martín Martín.
14. Censos de vecindarios, ramos tributarios y procedimientos recaudatorios municipales a finales del reinado de Fernando VII en Villanueva de la Serena, por don Víctor Guerrero Cabanillas.
15. Don Luis de Solís y Manso, VI Marqués de Rianzuela y V Conde de Prado. Sus reflexiones sobre la cuestión electoral por el Distrito de Jerez de los Caballeros en 1863, por don Rogelio Segovia Sopo.
16. Los orígenes del fútbol en Tierra de Barros (I). La Cultural Villafranquesa y el nacimiento del Extremadura F.C., de Almendralejo (1919-1925), por don Ignacio Pavón
Soldevila y don Alonso Rodríguez Díaz.
17. Los orígenes del fútbol en Tierra de Barros (II). El Extremadura F.C. ante el dilema del profesionalismo (1926-1930), por don Ignacio Pavón Soldevila y don Alonso Rodríguez Díaz.
Debate.
20:30 Concierto: Música de Aceuchal en Almendralejo (Teatro Carolina Coronado)
Intervienen: Coral Nuestra Señora de la Soledad y Banda Municipal de Música.


                      Domingo 16 de noviembre de 2014 (mañana)
11:00 Traslado de los congresistas a Aceuchal
11:30: Visita guiada a la localidad de Aceuchal
12:30 Casa de la Cultura de Aceuchal: Comunicaciones: Sesión V:
Modera: Doña Carmen Fernández-Daza Álvarez, Doctora en Filología, directora y profesora titular del Centro Universitario Santa Ana de Almendralejo.
18. Una aproximación al estudio de los suelos de Aceuchal, por don Juan Pablo Almendro Trigueros
19. Sobre un documento de Carlos I del Archivo Histórico Municipal de Aceuchal, por don José Ángel Calero Carretero y don Juan Diego Carmona Barrero.
20. Datos sobre la vida cotidiana en Aceuchal, a través de un pleito del siglo XVII, por don Esteban Mira Caballos.
21. Aceuchal en las postrimerías del siglo XVIII. Vida y vivencias, por don José María Moreno González.
22. Diligencias realizadas por D. Pedro de la Hoya en tierras que pretendía la villa de Aceuchal (1749-1756), por don Laureano Becerra Noriega.
Debate
14:00 Acto de Clausura.
Vino de honor ofrecido por el Ayuntamiento de Aceuchal.

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Ante la imposibilidad de enfrentarse de manera directa al poderío naval español, franceses, holandeses e ingleses en el Atlántico, berberiscos y turcos en el Mediterráneo optaron por hacerlo a través del corsarismo. Como escribió Fernand Braudel, el corsarismo fue a lo largo de la historia la forma que tuvieron los pueblos más pobres de participar en el comercio de las naciones más ricas. Es por ello por lo que, después del Descubrimiento de América, los países que quedaron al margen del reparto colonial se lanzaron al pillaje en las rutas indianas. Si bien existió el corsarismo en el medievo fue en la Edad Moderna cuando se convirtió en una verdadera plaga. Ni que decir tiene que la mayor parte de los ataques navales sufridos por los puertos y por las flotas españolas no fueron llevados a cabo por escuadras nacionales sino por corsarios.

        Pero se tiene la errónea idea de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto, estos utilizaban cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según les convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucrarse eran óptimas, actuaban como meros comerciantes ilegales, vendiendo mercancías a bajo precio, con el consentimiento de las autoridades españolas. Y otras, si las posibilidades de éxito eran grandes, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias. Los hermanos Barbarroja, Hawkins, Dragut, Francis Drake y otros muchos afamados corsarios igual comerciaban pacíficamente que se convertían en crueles bandidos o que encabezaban el mando de sus respectivas armadas nacionales.

Ante la nula presencia española en el Mar Caribe, a mediados del siglo XVI, los corsarios se hicieron con su control. Y utilizaron su dominio tanto para atacar a los buques de la Carrera de las Indias como para comerciar ilegalmente con las principales islas, contando con la connivencia de la élite política y económica. El cuartel general lo ubicaron en la pequeña isla de la Tortuga, donde establecieron una colonia permanente. De esta forma, un buen número de ellos pasaron a convertirse en bucaneros, algo así como un corsario en tierra. La citada isla pasó a ser un importante núcleo comercial, un área libre de impuestos; lo que en terminología actual llamaríamos un paraíso fiscal.

         Pues, bien, en el caso de La Española, se produjo un intenso comercio ilegal en la banda norte y oeste de la isla del que se beneficiaron la mayoría de los vecinos de la isla. Un beneficio mutuo provocado por el propio monopolio comercial sevillano. Afirman Stanley y Bárbara Stein que el contrabando fue un producto intrínseco del propio sistema monopolístico sevillano. Éste se basaba en proporcionar lo mínimo al precio más alto. Además, la escasa arribada de barcos impedía la exportación de los géneros de la tierra y lo poco que se vendía lo hacían a precios ruinosos. Por ello, la única forma de aceptar el monopolio sevillano sin sufrir un quebranto absoluto fue compaginarlo con el comercio ilegal. Por tanto, monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema.

         Los corsarios no tardaron en darse cuenta que se obtenían más beneficios comerciando con los isleños que atacándolos. Por ello, desde antes de mediar el siglo XVI comenzaron a mercadear con los colonos, con la seguridad que les daba la inexistencia de una armada guardacostas mínimamente estable. Los colonos a su vez, estaban hartos de esperar infructuosamente la llegada de las flotas que además traían poco género y a precios desorbitados. Se daban, pues, todos los ingredientes para el desarrollo de un floreciente comercio ilegal.

         Los orígenes del contrabando en La Española se remontan a los primeros años del siglo XVI. No obstante se acentuaron a partir de los años veinte, cuando los buques procedentes de España preferían comerciar con la próspera Nueva España que con las ya deprimidas islas antillanas. En 1540 llegó a oídos del Emperador que barcos canarios y portugueses comerciaban libremente con los isleños sin declarar cosa alguna. En 1556 la Corona volvió a prohibir tajantemente el contrabando lo que nos indica que esta actividad debía ser ya un importante negocio clandestino. Sin embargo, pese a la prohibición, el fraude no sólo se mantuvo sino que fue aumentando progresivamente al menos hasta bien entrado el siglo XVII. La isla de Santo Domingo, el 16 de febrero de 1563 remitió un memorial al Rey solicitando la liberalización del comercio de cueros. Al parecer, la prohibición de que se sacasen de los reinos de España provocaba que se pagase a 10 u 11 reales la unidad, e incluso a menos. Ello, a su juicio iba a provocar la ruina de la isla y su despoblamiento. Probablemente, la petición respondía a unos hechos consumados; pero la Corona insistió en la prohibición, indicando a la audiencia de Santo Domingo que evitase el contrabando de muchos navíos portugueses que arribaban a la isla. Esta negativa, lejos de frenar el contrabando provocó su incremento en los años y en las décadas sucesivas.

         Cinco años después fue la propia audiencia de Santo Domingo la que solicitó autorización para nombrar un alcalde mayor en la zona que entendiera en el tema del contrabando. Al parecer, cuando la audiencia tenía noticias de algún delito relacionado con el comercio ilegal comisionaba a una persona pero, cuando llegaba, habían pasado varios meses y era imposible averiguar nada. Este comercio ilícito no sólo perjudicaba las rentas reales sino que también sentaba un mal precedente ya que dichas prácticas podían extenderse a otras áreas del imperio. Además, como decía la Corona, suponía dar aire a los enemigos de la fe con que tengan más aparejo para infestar a los cristianos.

         Lo cierto es que el contrabando continuó aumentando. Los corsarios llevaban productos europeos pero también esclavos que, dado que no pagaban impuestos, vendían a unos precios bastante más asequibles que los introducidos legalmente. Los vecinos no solían pagar con dinero sino en especie, fundamentalmente con cueros vacunos, pero también con otros productos de la tierra. El intercambio fue creciendo paulatinamente, incorporándose al contrabando corsarios holandeses, ingleses y portugueses.

         Los colonos se vieron abocados al contrabando, por varios motivos: primero, por la ralentización de la llegada de género procedente de la Península, por lo que el comercio ilegal resolvía un problema de carencia de productos europeos. Las flotas cada vez buscaban mejores mercados en Nueva España y el Perú, evitando lugares deprimidos económicamente como La Española de la segunda mitad del quinientos. Por tanto, no todos los productos llegaban y los que lo hacían, se presentaban a precios desorbitados. Entre 1540 y 1580 los precios de los productos básicos –incluido el pan y el vino- se multiplicaron por tres y, en algunos casos, hasta por cuatro. Y segundo, porque los corsarios pagaban mucho mejor el género de la tierra, fundamentalmente los cueros vacunos, pero también el azúcar, las salazones de carne, las maderas y la cañafístula. Y ello, porque en Europa, especialmente en Holanda, se estaba desarrollando la industria del curtido y se necesitaba la materia prima. A cambio, vendían en la isla productos textiles, herramientas, armas, harina, vino y esclavos, artículos que, como ya hemos dicho, por la vía legal llegaban escasamente y a altos precios.

         Como ya hemos dicho, está claro que esta intensa actividad ilegal era posible sólo con la complicidad de la mayor parte de la población y también de las autoridades isleñas. Al parecer, los vecinos recibían con júbilo la llegada de buques corsarios, igual que las autoridades tanto civiles como eclesiásticas.

 

PARA SABER MÁS

 

LUCENA SALMORAL, Manuel (1994): Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid, Mapfre, 1994.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Corsarios al acecho del Imperio” La Aventura de la Historia Nº 88. Madrid, 2006, pp. 64-69.

 

------ La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

STEIN, Stanley J. y Barbara H. STEIN: Plata, comercio y guerra. España y América en la formación de la Europa Moderna. Barcelona, Crítica, 2002.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CHINA: EL NUEVO AMO

Publicado: 11/11/2014 00:15 por Temas de Historia y actualidad en sin tema
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        En octubre de este año los rotativos impresos y digitales dieron a conocer la noticia de que este año China superaría a los Estados Unidos de América en Producto Interior Bruto (P.I.B.). Una noticia que no por esperada ha dejado de sorprender, teniendo en cuenta que en 2005 el P.I.B. del gigante asiático era la mitad que el estadounidense.

        Desde la muerte de Mao en 1976 el crecimiento económico ha sido imparable, situándose la tasa media anual hasta el año 2005 en el 9,7 por ciento. La clave ha sido la liberalización de su economía, convirtiéndola en una de las más abiertas del mundo, con aranceles aduaneros muy bajos. Y al mismo tiempo han mantenido el control absoluto sobre sus finanzas, manteniendo a su moneda –el yuan- al margen de la especulación de los grandes capitales mundiales.

        Ya está claro, que el epicentro del mundo va a bascular desde el Atlántico al Pacífico, donde se ubican grandes economías como la China, la japonesa y algunas emergentes como la india, la coreana, la tailandesa, la taiwanesa, la malaya, etc. En realidad no se trata más que de un retorno pues ya en el siglo XI, China fue el centro del mundo, con una civilización que aportó innovaciones como el papel, la imprenta, la pólvora, la seda, la brújula, la porcelana, etc. Se espera que para el 2020, el P.I.B. de China suponga ¡el 20 por ciento! del mundial y su fuerza laboral signifique la cuarta parte del mundo. Todo el Pacífico junto superará el 40 por ciento del P.I.B. mundial. Pero el potencia que tiene el país supera sus fronteras; hay millones de chinos repartidos por todos los países del mundo que se siguen identificando con la madre patria, pese a haber nacido en otros países. Hace unos meses el presidente del país más rico del mundo dijo que si algún descendiente de chinos, estuviese en el lugar que estuviese, dudaba de su identidad “que se mirase a un espejo”. Los occidentales se integran sin dificultad en cualquier otro país, pero los chinos nunca dejan totalmente de ser parte de su gran patria.

        Las consecuencias son todavía imprevisibles. Respecto a Occidente está claro que va camino de convertirse en la periferia. En el caso de España no solo estamos en la periferia de la periferia –Alemania, Francia y Gran Bretaña- sino que estamos cautivos del capital chino, que ha adquirido casi el 20 por ciento de nuestra deuda. La puesta a la venta de la deuda española comprada por el país asiático supondría un incremento tal de la prima de riesgo que nos llevaría a la quiebra en pocos meses. Por ello, España no puede más que obedecer al amo sin rechistar.

        Pero por muy comunista que sea en teoría el gobierno de China hay otros problemas que no podemos dejar de señalar aquí: primero, su modelo de crecimiento ha priorizado exclusivamente el crecimiento, sin tomar ningún tipo de medidas medioambientales. China ha imitado el peor modelo desarrollista occidental, con las consecuencias catastróficas que eso puede tener para el medio ambiente en unos momentos en los que tanto se habla de controlar las emisiones de gases de efecto invernadero. Y segundo, su modelo de crecimiento está generando enormes desigualdades sociales, que a la larga pueden provocar graves disturbios sociales. No queda nada ya del viejo sueño comunista. Y el problema es que en China vive casi la sexta parte de la población mundial, millones de personas que pueden ver empeoradas sus condiciones de vida por la concentración de la riqueza en pocas manos.

        La premonición del siempre lúcido Napoleón Bonaparte está a punto de convertirse en realidad: “cuando China despierte, el mundo temblará”. Pues el país más poblado del mundo, con más de 1.340 millones de habitantes, ya ha despertado, y las consecuencias para nuestro mundo todavía son impredecibles.

 

PARA SABER MÁS

 

FONTANA, Josep: Por el bien del Imperio. Barcelona, Pasado&Presente, 2011.

 

TAMAMES, Ramón: China 2001: la cuarta revolución. Madrid, Alianza Editorial, 2001.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Debió nacer entre 1485 y 1490, pues, en 1540 se decía de ella que tenía “más de 50 años”. Llegó a Cuba, en 1521, acompañando a su marido, el contador Real Pedro de Paz. Con él se afincó en la ciudad de Santiago, amasando una considerable fortuna. Junto a dicho funcionario procreó cuatro hijos entre ellos, doña Leonor de Quiñones que estaba afincada en Sevilla y que, en alguna ocasión, le mandó algunas “exquisiteces” como membrillo en dulce, azúcar rosada o un “cofrecillo” de Flandes.

En 1539 murió su marido, no sin antes dejarla como heredera de los indios de su encomienda. Para ello, el viejo contable, ya enfermo, solicitó un poder a la Corona. Y ésta se lo concedió, pese a las airadas protestas del nuevo contador Juan de Agramonte que decía que dicha encomienda estaba vinculada al cargo y no a la persona. En el momento del fallecimiento de su marido, doña Guiomar se encontraba en Sevilla, entendiendo en cosas de su hacienda. Para la administración de los bienes de su difunto esposo, en su ausencia, nombró al obispo Domingo Sarmiento. Pero no fiándose demasiado del prelado, regresó en breve a la isla, pues, en el mismo año de 1540 se encontraba ya allí.

En 1544 llegó el nuevo gobernador, Juanes Dávila, y decidió hospedarse en una de las casas más suntuosas de la isla, la de doña Guiomar. Allí estuvo por espacio de 18 o 20 meses, comenzando una relación sentimental con la viuda, pese a tener veinte años más que él. Como no podía ser de otra forma, en aquella época, dicha relación supuso un gran escándalo social. Y su disconformidad fue mostrada personalmente por el resto de los oficiales Reales y por el mismísimo obispo de Santiago. Al parecer, el viejo canónigo Miguel Velázquez, pese a ser un hombre de letras, se enfrentó duramente con ella por su turbio comportamiento, acusándola de ser una "puta vieja" y diciéndole "otras palabras feas". Sea como fuere, lo cierto es que doña Guiomar se vio obligada a contraer matrimonio en segundas nupcias con el gobernador, celebrándose la ceremonia en 1545.

Pero las críticas no cesaron, pues, después del enlace el joven gobernador fue acusado reiteradamente de favorecer a su esposa. Efectivamente, éste le depositó indios en varias ocasiones, pese a que ésta era conocida por los malos tratos que infringía a los desdichados aborígenes. De hecho, en el pleito cursado contra esta encomendera, un testigo, llamado Alonso de Barrantes, declaró que se le venían muchos indios a quejar "diciendo que los mataba de hambre y no les daba de comer y les hacía trabajar y traer a cuestas desde Camanien y de otras partes cosas a cuestas y que no les dan sino un poco de cazabe...".

Pese a todo, no se puede dudar del espíritu emprendedor de doña Guiomar. No en vano, fue una de las pocas personas que decidió embarcarse en el negocio de la explotación del cobre, produciendo entre 1540 y 1546 más de 90.000 libras de mineral. El negocio no resultó finalmente rentable pero su participación es una buena muestra del carácter industrioso de esta mujer.

La última referencia documental que tenemos sobre ella data de 1548, cuando se dice que poseía 30 esclavos negros, 24 indios y cuatro zambos. En ese momento su edad debía rondar los 60 años.

 

PARA SABER MÁS:

 

-J. M. GONZÁLEZ OCHOA: Quién es quién en la América del Descubrimiento, Madrid, Acento, 2003.

 

-L. MARRERO, Cuba: economía y sociedad, T. II, Madrid, Ed. Playor, 1974.

 

-E. MIRA CABALLOS, El Indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        A grandes rasgos hemos de hablar de eficiencia, eficacia, racionalidad y rentabilidad de las flotas de Indias que permitieron a España mantener lo esencial del monopolio comercial. Nadie duda que el sistema de flotas funcionó a la perfección de tal suerte que sólo tres convoyes, de los varios centenares que cruzaron el Atlántico, fueron tomados parcial o totalmente por los corsarios.

         Ahora bien, ¿qué pasó con la defensa de las costas americanas? Esa era otra cuestión. Garantizar su protección era absolutamente imposible porque no se podían mantener armadas y guarniciones militares en todos los enclaves indianos. ¿La Corona se tomó en serio la amenaza corsaria? Obviamente sí, y siempre ordenó a sus más altas autoridades que supervisasen las defensas de los territorios para poner el remedio oportuno. Si no se hizo todo lo deseable no fue por despreocupación o negligencia sino por falta de recursos. El problema fue doble, a saber: primero, financiero porque no había plata suficiente en el mundo para dotar de una defensa eficaz a todas las costas del Imperio. Siempre hubo más proyectos que materializaciones pero ello no se debió tanto a la falta de voluntad como a la escasez de rentas para llevarlas a cabo. Sólo la inversión en la fortificación de Cartagena de Indias en el siglo XVI, superó los 56 millones de pesos. Obviamente, la inversión en infraestructuras defensivas fue muy cuantiosa, sólo asumible en aquellos momentos por un imperio como el de los Habsburgo. Y segundo, humano pues España, con menos de diez millones de habitantes en el siglo XVI, no poseía el potencial demográfico suficiente para poblar todo un continente. Urgía seleccionar, y se eligió bien, concretamente las áreas nucleares donde se ubicaban las sociedades más desarrolladas.

         La adecuada selección de recursos para la defensa costera minimizó los riesgos de una manera económicamente sostenible. Se hizo lo que se pudo, entre las armadas que funcionaban de manera disuasoria, las fortalezas, las labores de vigilancia y espionaje y, llegado el caso, las despoblaciones. Un ingenioso y versátil sistema defensivo de bajo coste que le permitió mantener el monopolio comercial hasta bien entrado el siglo XVII. Lo que sorprende es que un imperio tan vasto como el de los Habsburgo fuese capaz de resistir las embestidas simultáneas de franceses, ingleses y holandeses durante tanto tiempo, sobre todo desde principios del siglo XVII, cuando algunos corsarios estuvieron al frente de auténticas armadas nacionales. En el siglo XVI los logros se limitaron a algunos sonados asaltos sin consecuencias territoriales, mientras que en la siguiente centuria comenzaron a restar territorios al Imperio, como Canadá (1603), Virginia (1607), Belice (1630), la parte occidental de La Española, las Guayanas así como las islas de Barbados (1624-1625), Curazao (1634), Tobago (1634), Guadalupe (1635), Martinica (1635) y Jamaica (1655) entre otros. Bien es cierto que España había descartado el poblamiento de casi todos ellos, al considerarlos zonas marginales, carentes de metales preciosos y de escasa productividad. Pese a estas mermas territoriales, el imperio mantuvo lo esencial hasta principios del siglo XIX. Y ello por una mejora en la eficacia defensiva desde la segunda mitad del siglo XVII que se fundamentó en lo siguiente: en una mayor inversión en fortificaciones, en el aumento de las guarniciones militares, en el crecimiento vegetativo de la población de las colonias y, finalmente, en la adopción del corso por parte de los españoles, en un intento de pagar con la misma moneda a sus enemigos. Esta combinación de factores fue lo que permitió la supervivencia del Imperio en unos momentos de gran debilidad que contrastaba con el creciente poderío inglés y holandés.

         Asimismo, es importante desmitificar al corsario. Nunca se consideró fácil derrotar a una armada española, siempre ordenada y disciplinada, precisamente algo de lo que carecían los buques enemigos. A ello habría que añadir tres matices más: en primer lugar, que la mayor parte de estos bandidos –piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros- murieron de manera violenta, en combate, ahogados, ajusticiados o, lo que es peor, a manos de sus propios correligionarios. Por ejemplo, Jean David Nau, conocido como El Olonés, perdió la vida a manos de los indios, cuando intentaba alcanzar el lago Nicaragua. Otros murieron en enfrentamientos con sus propios compatriotas, como Nicolás Van Horn, quien perdió la vida a manos del afamado pirata Laurent de Graff, Lorencillo, tras el asalto de Veracruz. Muy pocos, murieron plácidamente en su lecho y menos aún ricos. En segundo lugar, que estos no formaban ninguna legendaria nación corsaria sino que entre ellos había frecuentes conflictos y traiciones. No solo entre franceses, ingleses y holandeses, sino entre estos y piratas y bucaneros sin patria, e incluso entre compatriotas que no solían tener escrúpulos en asesinar a un correligionario si ello les permitía una mayor cuota de poder. Obviamente nunca fueron precisamente un modelo a imitar sino que fueron por lo general personas de la peor calaña, sin principios ni valores, dispuestos a conseguir sus objetivos a cualquier precio. El propio Alexander Oliver Exquemelin, el llamado médico de los piratas, que vivió entre ellos, se encargó de narrar con detalle sus crueldades y brutalidades. Y en tercer lugar, que se conocen bien los asaltos corsarios a ciudades y villas portuarias de la América Hispana pero no los fracasos pese a que fueron más numerosos y algunos de ellos no menos sonados. Son de sobra conocidos los asaltos de Francis Drake a Santo Domingo o a Cartagena de Indias pero apenas se habla de las derrotas que este mismo corsario y John Hawkins, sufrieron frente a las defensas hispanas. Por ejemplo, en 1568 desembarcaron en San Juan de Ulúa pero, al poco tiempo, se presentó la flota española que fondeó atónita junto a la armada corsaria. Pese a disponer la flota de un solo galeón de guerra, la capitana, se las arreglaron junto a las escasas tropas de tierra para atacar a los ingleses, hundiendo y tomando varios de sus buques, mientras que sólo dos de ellos, el Minion y el Judith consiguieron huir, abandonando buena parte del botín robado hasta ese momento. Dicen que desde entonces se escuchó decir a Francis Drake en más de una ocasión: España me debe mucho dinero…. En 1575 el corsario inglés Oxenham estuvo hostigando la costa pacífica centroamericana, pero fue capturado por el capitán Pedro de Ortega, recuperado todo el botín robado y ejecutado. El 24 de enero de 1600, el corsario inglés Christopher Newport se presentó en el puerto de Santiago de la Vega de Jamaica, con nada menos que 16 buques. Mientras las campanas de las iglesias alertaban a los vecinos, el gobernador Melgarejo de Córdoba organizó la defensa. Pese a disponer de ¡una sola pieza de artillería! Se le ocurrió la idea de soltar en el momento oportuno una manada de toros bravos, al tiempo que disparaba la lombarda, desconcertando de tal manera a los corsarios que, espantados, decidieron reembarcarse. En 1623 una armada corsaria liderada por los holandeses L´Hermite y Pieter Schouten fracasó sucesivamente en sus intentos de tomar El Callao, Guayaquil, Pisco y Acapulco. Otra escuadra, comandada por Balduino Enrico, atacó San Juan de Puerto Rico, encontrándose con la valerosa resistencia del gobernador Juan de Haro, que se negó a capitular pese a que fue compelido por carta en dos ocasiones. El corsario incendió la ciudad, pero se vio obligado a reembarcarse sin haber conseguido su objetivo de rendir la fortaleza. Pero al holandés le esperaba un revés aún peor, pues desde allí se dirigió a La Habana, ciudad que no pudo tomar ante la titánica resistencia de los defensores de la plaza.

         Entre 1630 y 1654 fuerzas españolas derrotaron y expulsaron en cuatro ocasiones a los corsarios y bucaneros de la isla de la Tortuga, su verdadero santuario en el Caribe, algo así como el Portobelo corsario. Un año antes, una escuadra a las órdenes de Federico de Toledo ocupó e incendió la colonia franco- inglesa de Saint Kitts, en Guayana. Es decir, que España no sólo se defendía de las acometidas corsarias sino que también, cuando le parecía oportuno, asolaba los territorios de las potencias enemigas que no estaban ni muchísimo menos mejor defendidos que los puertos hispanoamericanos. Bien es cierto que los extranjeros no tardaban en regresar porque los hispanos no tenían potencial para ocuparlos permanentemente. Pero quede claro que si ingleses, franceses y holandeses mantuvieron sus santuarios fue por la imposibilidad de los hispanos de poblar territorios teóricamente poco productivos.

         En 1655, como es bien sabido, los ingleses obtuvieron uno de los mayores éxitos de su historia al tomar la isla de Jamaica. Pero hay un detalle que se suele obviar y que, a mi juicio, es muy significativo: el objetivo inicial era Santo Domingo, donde en inferioridad de condiciones, Bernardino Meneses de Bracamonte y Zapata, Conde de Peñalba, presentó una resistencia titánica y consiguió rechazarlos, aprovechándose de ciertas diferencias entre los asaltantes. La decisión de los ingleses de quedarse con Jamaica, cuyo acierto siempre se alabó, se tomó circunstancialmente tras desistir del asalto a la capital Primada. Asimismo, en julio de 1661 varios navíos franceses atacaron el puerto de Campeche, mientras los vecinos huían al monte. Pero al día siguiente, observando que las fuerzas enemigas no eran tan numerosas decidieron acometerlos, matando a 15 de ellos y apresando a cinco, mientras el resto debía huir precipitadamente. Finalmente, debemos añadir otras dos cuestiones: una, que los corsarios pudieron asaltar algunos puertos españoles y tomar algunas islas y territorios despoblados, pero jamás consiguieron arrebatar aquellos territorios donde los hispanos estaban bien arraigados. Y otra, que además de las derrotas corsarias y de los asaltos fallidos que suele omitir la historiografía, lo que jamás podremos cuantificar es el grado de disuasión que las defensas hispanas generaron entre sus adversarios.

         Sin embargo, a mi juicio, la España Imperial cometió dos gravísimos errores que pagó caros, a saber: primero, permitir el asentamiento permanente de enemigos en muy diversos territorios ribereños del mar Caribe. Bien es cierto que se trataba de áreas marginales y poco productivas, algunas de ellas calificadas por los propios hispanos de inútiles. Sin embargo, hubo un error de apreciación pues, al margen de su racionalidad económica, poseían un excepcional valor estratégico que la España Imperial no alcanzó a ver. La ocupación de estas pequeñas islas y de la no tan pequeña Jamaica permitió a los corsarios hostigar durante casi dos siglos a los convoyes de la carrera de Indias, convirtiendo la puerta de las Indias en un lugar tan indefenso como peligroso. La resistencia en el interior de Jamaica duró más de un lustro, en el que insistentemente pidieron ayuda externa para expulsar a los ingleses. Ésta nunca llegó, y las últimas canoas con los pocos supervivientes llegaron a Cuba en 1660. Una decisión nefasta de la que ya se lamentó el virrey Conde de Lemos en 1666 y en el siglo XVIII otros miembros del Consejo de Estado cuando ya era demasiado tarde. El Caribe debió haber sido un Mare Clausum por su importancia estratégica, al ser una ruta de tránsito obligado por todas las armadas, flotas y navíos de la Carrera de Indias. La ubicación permanente de colonias inglesas, francesas y holandesas en el Caribe se terminó convirtiendo en una auténtica pesadilla para el Imperio.

         Y segundo, claudicar ante el contrabando que fue donde realmente la España Imperial perdió la partida. A finales del siglo XVII cinco sextas partes de las manufacturas consumidas en España eran extranjeras mientras que en las colonias Hispanoamericanas la proporción se ampliaba a nueve décimas partes. Los contrabandistas eran no sólo ingleses, franceses y holandeses sino también canarios y portugueses. Estos últimos se aprovecharon de su incorporación a España para consolidar unas rutas de redistribución de manufacturas europeas desde Brasil hasta todos los confines de Sudamérica. Así mientras algunas potencias europeas se enriquecían directa o indirectamente a través del comercio indiano, sentando las bases de su ulterior desarrollo, España se desangraba, pagando ejércitos inútiles y comprando con metales preciosos esas manufacturas que nunca tuvo la voluntad ni la capacidad de producir. Estos fueron los dos imperdonables errores que a la postre darían al traste con la hegemonía Ibérica en el mundo.

PARA SABER MÁS

 

Mira Caballos, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Vol. III, T. I. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012, pp. 143-194.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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          Buenos días: por supuesto, es todo un placer poder estar aquí en Aceuchal para hablar de su historia. Mi aporte es muy pequeño, pero espero que todo sume para despertar el interés por la historia de esta pequeña villa rural de la Orden de Santiago. La historia de Aceuchal tiene el atractivo para el historiador de quedar infinidad de aspectos inéditos por estudiar, un verdadero filón para el apasionado por los papeles viejos.

En este pequeño artículo analizamos un proceso incompleto conservado en el Archivo de la Chancillería de Granada, entre varios vecinos de Aceuchal, Marina Valenciano y su familia frente a Fernando García de León y su hermana Isabel de León, entre otros. Lo de menos es el proceso, que además al estar incompleto y carecer de sentencia no sabemos cuándo ni cómo finalizó. Lo realmente interesante son las pesquisas que se hicieron a raíz del suceso en las que salen a relucir varias los testimonios de varias decenas de vecinos. Ellos nos ofrecen su forma de ver las cosas, sus miedos, sus problemas, y sus atavismos sociales. Un proceso de esta magnitud, auspiciado por la Chancillería de Granada, con un extenso interrogatorio a algunas de las personas más conocidas del pueblo, debió generar un enorme revuelo en esta tranquila localidad.

Aceuchal era una pequeña villa, poblada a partir del siglo XV por la Orden de Santiago que obtuvo el título de villa en tiempos de los Reyes Católicos. Pertenecía pues, a la demarcación señorial más extensa de Extremadura, la santiaguista, con un total de 78 villas y aldeas y más de 25.000 vecinos. La población se mantuvo más o menos estable durante toda la Edad Moderna, en torno a los 500 vecinos, aunque, eso sí, con una reducción drástica en la primera mitad del siglo XVII.

 

EL CONTENCIOSO

El 16 de marzo de 1682 sucedió en Aceuchal un altercado que creó una gran conmoción en la villa y que acabó con una herida por arma blanca en la cara y varios encarcelados. Narremos lo sucedido:

La desgraciada protagonista del suceso fue una tal Marina Valenciano, vecina de la localidad que, aunque pobre, pertenecía a una señera familia. Se había desposado con Francisco Ortiz de Zarate, y recibió en ese momento 1.000 reales del patronato para casar doncellas pobres de su linaje que había fundado su pariente el licenciado Ortiz, presbítero de la iglesia parroquial de Aceuchal. Durante un tiempo, estuvo viviendo con su marido en Almendralejo y en Mérida. Pero por encontrarse en extrema pobreza su marido la envió de vuelta a Aceuchal, a casa de su madre, donde vivió los últimos años de su vida en compañía de su hermana, Juana García Cordobesa y del marido de ésta. Su padre Alonso Durán Cordobés era ya difunto y su madre, Catalina González Valenciana, tampoco se encontraba en una situación económica airosa. Marina Valenciano aportaba lo que podía, trabajando en los ejercicios que las mujeres de esta tierra usan para sustentarse. Cuando se desposó obtuvo 2.000 reales de la obra pía fundada por el licenciado Ortiz para casar doncellas de su linaje, y lo debió cobrar en plazos, pues en su testamento manifestó que todavía le debían una parte. Parece que la ocupación principal a la que se dedicaba, además de las tareas domésticas, era a tejer lana, es decir, de tejedora, un oficio vinculado secularmente a la mujer.

Ella misma se definió a sí misma como una mujer honrada y pobre que estoy pacífica y no malquista ni alborotadora y sin haber cometido delito por donde mal me pudiese venir. Efectivamente, como ella decía, llevaba una vida honesta y discreta, aunque todo el mundo murmuraba de ella, sospechando una posible separación y extrañando que no hiciera vida maridable con su esposo, pese a que se suponía que residía en la vecina localidad de Almendralejo. Era una situación delicada, pues ninguna mujer honesta podía quedarse sin la protección de un padre, un esposo o, cuanto menos, un hermano.

Para remediar su delicada situación, acudía a Almendralejo cada cierto tiempo a las casas de Alonso García de León y de Marina Esteban Ortiz, que tenían una buena posición económica. Allí recogía vellones de lana que ella tejía para hacer ropa. No se especifica, cómo obtenía su beneficio, si ella entregaba las prendas elaboradas a los anteriores o si los vendía por su cuenta, abonando el precio de la lana. Lo cierto es que en esta ocasión, Alonso García y Marina Esteban tuvieron la deferencia de suplirle cierto dinero que le había faltado, regalándole asimismo un paquete de lana para que se confeccionase ropa para su vestido. Según declaró después la propia Marina Valenciano, lo hicieron por caridad.

Sin embargo, la hija del matrimonio, Isabel de León, el marido de ésta, el médico Diego Ortiz de Paredes, residentes en Aceuchal, y el hermano de la primera, Fernando García de León, lo interpretaron de otra forma, pensando que se había aprovechado de sus padres y suegros.

Los hechos sucedieron según testimonio de la propia Marina Valenciano, hacia las 19:00 horas del 16 de marzo de 1682. La susodicha estaba en la casa situada en la calle de Enmedio, donde vivía en compañía de su madre, su hermana y su cuñado Francisco Solís Bejarano. Estaban sentados en torno a la lumbre de la chimenea luego se deduce que, pese o que faltaban pocos días para el inicio de la primavera, aún hacía frío, dando por bueno ese viejo refrán que dice que hasta mayo no te quites el sayo. Justo en ese momento irrumpieron varios hombres embozados (y) apercibidos de armas ofensivas y defensivas que la increparon dando grandes voces, con gran escándalo. Poco después acudió Isabel de León, hija del que había sido escribano público y del cabildo de Aceuchal, Alonso García de León, y de Marina Esteban Ortiz. Ésta la volvió a increpar aunque Marina Valenciano no se quedó callada, llamándole puta verdulera. Luego, mientras unos inmovilizaban al varón, otro tiró al suelo a la demandante, propinándole una herida en el rostro y otra en una nalga, sin otras medianas en diferentes partes de su cuerpo de las cuales estuvo al borde de la muerte. Aunque los hombres se tapaban la cara, la agredida acuso a Francisco Agustín Romero, porque ella lo conocía y lo reconoció. Y ello a pesar de que el hermano de Isabel de León, Fernando García de León, confesó reiteradamente que fue él quien la acuchillo, según algunos testigos por las injurias tan grandes que hizo a su hermana. Ante el escándalo acudieron numerosos vecinos y los alcaldes ordinarios quienes detuvieron a Agustín Romero y a Fernando García de León, cuñado del catedrático de la Universidad de Salamanca, Diego Ortiz de Paredes.

Marina Valenciano salió con la cara desfigurada y enferma, hasta el punto que nunca se llegó a recuperar totalmente. Al año siguiente, otorgó testamento, estando enferma, muriendo con toda probabilidad poco después. Sin embargo, tuvo tiempo de llevar ante los tribunales a sus agresores, apelando incluso a la chancillería de Granada.

Sorprende que una mujer con tan pocos recursos económicos se enzarzara en un pleito de esta magnitud. Pero hay una cosa que debemos destacar, el honor de la familia se había mancillado, y algunos de sus miembros eran alcaldes ordinarios, presbíteros o militares. Fueron ellos los que debieron incitar a la agredida a plantar cara a sus agresores, asumiendo lógicamente las costas del proceso. La primera pesquisa, instruida por la justicia ordinaria de Aceuchal se llevó a cabo entre el 17 y el 21 de marzo de 1682, inmediatamente después de los hechos. Inicialmente los acusados fueron recluidos en la cárcel pública de la villa, pero poco después debieron salir en libertad con cargos y tras presentar fiadores.

A Marina Valenciano le debió parecer que la justicia ordinaria actuaba con pasividad por lo que no dudó en apelar a la audiencia granadina. El 8 de octubre de ese mismo año obtuvieron una Real provisión por la que se requería a los ediles de la villa a realizar una nueva información y remitirla a dicha audiencia. Desde este organismo judicial se comisionó al relator Juan Fernando Calvo para que se dirigiese a la villa extremeña a supervisar la pesquisa. Debió salir de Granada el 8 o el 9 de octubre y llegó a Aceuchal a las 20:00 horas del 17 de octubre, es decir, tardó en el trayecto algo más de una semana.

En el expediente, no consta la sentencia aunque es posible que el fallecimiento en 1683 de la demandante, propiciara una solución pecuniaria; dado que en teoría no hubo víctimas mortales, es posible que todo quedase en el pago de las costas y en algún tipo de compensación económica para la familia de la demandante. Era suficiente para cumplir el objetivo: el honor de la agredida y su familia había sido restituido. Bien es cierto que la restitución llegó demasiado tarde para la pobre de Marina Valenciano.

 

EL HONOR DE LA FAMILIA

 

           Para una persona del siglo XXI llama la atención la importancia que se le otorgaba al honor de todo el clan. No hay que olvidar que en la sociedad estamental el prestigio de los individuos no lo confería solo su persona sino su pertenencia a una familia. Por ello, el litigio no fue entre Marina Valenciano y los García de León sino de la familia de la primera frente a la del segundo.

            Aunque, como ya hemos dicho, la situación económica de la primera era extremadamente precaria a diferencia de la segunda, ambas familias pertenecían al estamento privilegiado y contaban entre sus filas con miembros destacados. Se aprecia la cuestión del honor y de la prevalencia del clan sobre el individuo. Los principales acusados fueron Isabel de León y su esposo, así como el hermano de ésta Fernando García de León, que era al menos en 1681 alcalde de hermandad en Aceuchal. Cuando trasladaban a este último a la cárcel pública del pueblo gritó delante de todos los congregados: ¡yo lo he hecho y yo lo pagaré, no echen la culpa a nadie! La probanza de Marina Valenciano se dirigió contra él, como autor material de las cuchilladas, pese a que Isabel de León estaba tan implicada como su hermano. Probablemente se trata de un intento de asumir toda la responsabilidad, librando de la cárcel a su hermana y a otros familiares involucrados en el altercado. Había un sentido del sacrificio a favor del interés general de la parentela.

 

FORMACIÓN ACADÉMICA DE LOS COMPARECIENTES

           En el proceso los testigos necesariamente firmaban su declaración o decían no saber firmar por lo que lo hacía un testigo en su nombre. Se observan altas tasas de analfabetismo, pues son numerosos los testigos de distintas edades que declararon no saber firmar, a saber: Juan Baquero, labrador de 50 años, Antonio Esteban de 25 años, Bartolomé García Becerra, de 40 años, trabajador del campo, Pedro Jurado, de 36, trabajador del campo y Gaspar de los Reyes, de 47 años y labrador. No hay que perder de vista que las infraestructuras educativas del pueblo debían ser mínimas y que la posibilidad de enviar a un hijo a estudiar fuera debía estar reservado para una élite. Todavía en el Catastro de Ensenada se señalaban exclusivamente dos maestros de primeras letras: Sebastián Fernández y Manuel Gómez Becerra, que cobraban del Ayuntamiento 50 ducados anuales cada uno. Está claro que la mayor parte de la población no podía accedía a la educación y los que lo hacían sólo recibían una instrucción básica. La educación superior estaba reservada a la élite, pues en el proceso salen a relucir varias personas con formación académica, algunos escribanos y sobre todo varios médicos.

Ahora bien, también aparecen personas con formación superior, como los licenciados Diego Macías y Alonso Miguel, además de escribanos, médicos, maestros y presbíteros. Llama especialmente la atención por las declaraciones de los testigos que en un pueblo tan pequeño entonces como Aceuchal, residieran dos cirujanos, Juan Ribero y Agustín, y nada menos que un médico por la Universidad de Salamanca, Diego Ortiz de Paredes, implicado, por cierto, en el proceso. Y no eran los únicos, pues el 16 de marzo de 1682, por ausencia del citado Diego Ortiz de Paredes se contrató al también almendralejense Rodrigo Alonso de Salas, aunque su nombre no comparece en el proceso que hemos analizado.

Sin embargo, en el Catastro de Ensenada vuelven a salir a la palestra un buen número de sanitarios, lo que refleja la existencia de una infraestructura médica mínima. En primer lugar se menciona la existencia de una casa que servía de hospital que debía ser, como la mayoría de los de su época, un hospicios donde se recogían para morir a los pobres de solemnidad, a los mendigos y a los transeúntes, mientras que todas aquellas personas que disponían de vivienda cumplimentaban el trance de la muerte en sus propias moradas.

           También es verdad que, junto a esta medicina más o menos oficial, había otra vinculada a la curandería. Fermín Mayorga descubrió un proceso inquisitorial en el Archivo Histórico Nacional, fechado en 1729, en el que se incautaron unos cuadernos de oraciones, conjuros e invocaciones para curar gota. Al parecer, los vecinos declararon que los había difundido un clérigo de Guadalcanal que curaba la citada enfermedad en la villa, con dichas oraciones, estola y agua bendita. Por tanto, queda claro que medicina oficial y curandería debían convivir sin problemas en la villa, salvo que la Inquisición interpretara, como este caso, que afectaba al dogma o se usaba la fe cristiana inadecuadamente.

 

MISERIA Y POBREZA

Se aprecia también la precariedad que se vivía en la época, pues incluso familias bien acomodadas podían llegar a la indigencia por algún imprevisto o por un cúmulo infortunios. Cuando llegaban las carestías, las hambrunas y las epidemias, muy pocos se encontraban a salvo de la pobreza y la enfermedad. De hecho, con frecuencia en los padrones de vecinos de Extremadura en la Edad Moderna encontramos referencias a personas que siendo labradores, hortelanos, sastres, herreros, o viudas estaban en situación de extrema pobreza. Enviudar o simplemente enfermar podía llevar a una familia acomodada a engrosar la extensa bolsa de pobreza.

En el caso concreto de Aceuchal, su término era escaso en relación a su población. Comparemos por ejemplo los casos de Solana de los Barros y Aceuchal a mediados del siglo XVIII. Mientras la primera localidad tenía 54 vecinos y 7.257 fanegas de término, Aceuchal estaba poblada por 500 vecinos que disfrutaban de una extensión de 8750 fanegas. Eso significa, que cada vecino de Aceuchal cabía a una media de 17,5 fanegas mientras que cada solanero disponía de 134,3 fanegas. Teniendo en cuenta que la calidad de la tierra era similar la disponibilidad de tierras para explotar de los vecinos de Aceuchal era muy inferior a la que disponían sus vecinos, los solaneros. Ello explicaría las presiones de los primeros sobre tierras de los segundos y el arrendamiento que formalizaba el duque de Feria de tierras de Solana sobre vecinos de Aceuchal.

Sin embargo, la condición de hidalgo otorgaba privilegios pero no generaba por si mismo dinero. Por eso, la condición de hidalga de la pareja no impidió que ella se tuviese que casar con una ayuda de 1.000 reales para doncellas pobres de su linaje y que llevara una vida mísera por los malos negocios de su marido, Francisco Ortiz de Zárate. Harta de penalidades retornó a casa de su madre, aunque no por eso acabaron, pues fallecido su padre, la economía de su progenitora era extremadamente precaria. Y se fue a vivir al hogar familiar de su madre, pues su padre había ya fallecido, donde también vivían su hermana y su marido, que no tenían descendencia. Se confirma también la existencia de hogares extensos donde los padres vivían con uno, dos y hasta tres de sus hijos, lo mismo casados que solteros. De hecho, a mediados del siglo XVIII se dice en el Catastro de Ensenada que había 428 casas habitables y 500 vecinos, evidenciando que algunas familias debían compartir casa.

 

DELINCUENCIA

           Asimismo, es de reseñar la existencia de delitos, pese a la presencia de alcaldes ordinarios, alguacil mayor y alcaldes de hermandad. Así, por ejemplo, Bartolomé García Ortiz, labrador, de 42 años, declaró que a los ocho de la tarde se dirigía a su cortinal, para evitar que el hurtasen el aliajer (sic), lo que parece indicar que se producían robos en el campo. Tras pensar ese concepto de aliajer, debe entenderse que en su cortinal había aliagas o aulagas, una planta típicamente mediterránea que junto a la retama, la coscoja y la jara abundan en las dehesas extremeñas, junto a los encinares, los acebuches y los alcornocales. Se trataba de una planta muy apreciada como alimento para el ganado, cuyas puntas tiernas comía el ganado y el resto de la planta se machacaba para hacer pienso. Al regreso, Agustín Romero prometió echarle medio cuartillo de vino en su casa. Dado que el cuartillo equivalía más o menos a medio litro, es de presuponer que la invitación se limitaba a un buen vaso de vino, lo que evidencia el valor que se le daba a este preciado líquido del que se disponía en cualquier hogar que se preciase. En el término de Aceuchal había viñedos, cereales, dehesas, huertas y en menor medida olivares que además con frecuencia aparecían intercalados entre los viñedos y los campos de cereal.

           Pero retornando al problema de la delincuencia, llama la atención el dato que proporciona el alguacil mayor, pues dice que en la Semana Santa de ese mismo año de 1682 habían asesinado en el pueblo a un joven, Miguel Merchán el Mozo, hijo, por cierto, del cuñado de Marina Valenciano. Un año antes, los alcaldes ordinarios habían encerrado en la cárcel pública a Francisco Mogollón, criado de Alonso Matías Ortiz, por diferencias no especificadas contra Lorenzo Jiménez. Para que lo soltasen con cargos Alonso Matías tuvo que dar fianzas, al tiempo que se constituyó en carcelero.

Lo que quiero decir con todos estos casos que la sociedad de la época distaba mucho de ser idílica. La extrema pobreza, las desigualdades, la guerra y la enfermedad creaban un ambiente enrarecido donde muchos solo buscaban la mera supervivencia. Y esa situación dura y extrema que los vecinos vivían día a día provocaba robos, daños y altercados frecuentes. Hurtos, peleas, acuchillamientos y hasta asesinatos eran moneda de cambio habitual.

 

INSTITUCIONES Y TOPÓNIMOS

            Salen a relucir instituciones civiles y religiosas así como topónimos que merece la pena señalar. Se menciona, por supuesto, la cárcel pública, un recinto necesario pensado para albergar a presos por delitos menores y por un período muy breve de tiempo. Así, por ejemplo, el testigo Alonso Serrano Macarro, alcalde ordinario de la villa y familiar del santo oficio, declaró que vio en la cárcel pública a Fernando (García) de León. Si se confirmaba una pena mayor debían trasladarse a la cárcel de Badajoz o a alguna otra preparada para acoger presos de larga duración. No se menciona en el pleito pero sí en otros documentos la existencia de un hospital de pobres, para recoger los pobres transeúntes. En realidad, se trataba de un asilo donde se recogían a moribundos pobres para evitar el drama que suponía verlos morir en medio de la vía pública. En cambio, no había casa de niños expósitos por lo que los abandonos se realizaban casi siempre a las puertas del templo parroquial.

Entre las instituciones religiosas se menciona a la cofradía de San Pedro, una de las más señeras de la localidad. Al parecer era la de mayor crédito de la villa y realizaba una probanza a todos los aspirantes para probar que eran cristianos viejos. A esta hermandad pertenecía la nobleza de la villa de ahí que entre las obligaciones de sus hermanos figurase el enterrar de caridad a mendigos, transeúntes y pobres de solemnidad. Ésta tenía su sede en la única iglesia parroquial, bajo la advocación del fundador de la Iglesia, aunque Bernabé Moreno de Vargas afirma que históricamente la ermita de San Andrés se desempeñó como segunda parroquia. En otros documentos de la misma fecha se alude a otras cofradías, como la del Santísimo Sacramento, la de las Benditas Ánimas del Purgatorio o la de la Cruz. Esta última poseía algunos bienes raíces, concretamente, varias fanegas de tierra en el término de la villa.

Además de la citada ermita de San Andrés había otras dedicadas a Nuestra Señora de la Soledad –patrona de la villa-, San Antonio Abad y a los Mártires San Fabián y San Sebastián. Sin embargo, esta última se encontraba arruinada en 1683, aunque su mayordomo, Bartolomé Sánchez Ortiz, trabaja de conseguir los fondos suficientes para reconstruirla.

Se citan asimismo varios topónimos empezando por el mismo nombre de la villa que aparece referido en algunas ocasiones como Acebuchal. Eso denota claramente su origen, vinculado a un árbol típicamente mediterráneo como el acebuche. En otras ocasiones aparece citada como el Azauchal, forma que también usaba, pocos años antes, Bernabé Moreno de Vargas, según decía por haberse fundado en sitio lleno de azauches. En el Catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII se la denomina como Azehuchal, por cuyo nombre es y ha sido siempre conocido y distinguido en esta provincia. Se ajustaba ya a la fonética actual, aunque intercalando una h. Al parecer, fue a partir del censo de 1857 cuando se estableció el nombre oficial de Aceuchal.

Salen a colación varias calles principales, como la de Enmedio, la de la Cañada, Alvarino y la de Santa Marina. Asimismo, se mencionan el Camino Viejo y el arroyo de Valparaíso, en dirección a Almendralejo, cerca de donde estaban los límites de ambos términos.

 

CONCLUSIÓN

A modo de conclusión solo decir que mi aporte es pequeño pero espero que no sea el último. La historia de Aceuchal tiene el atractivo para el historiador de ser un terreno casi virgen para la investigación, un verdadero filón para un apasionado por los papeles viejos como yo.

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

(*) Texto de la ponencia que leí en Aceuchal en el marco de las VI Jornadas de historia de Almendralejo y Tierra de Barros, celebradas en noviembre de 2014. Las actas se publicarán en 2015 donde aparecerá un texto más extenso y anotado.

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