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        En los años veinte del siglo XVI, cuando algunos taínos, supervivientes de la hecatombe del choque de civilizaciones, tomaron consciencia de la situación de esclavitud en la que se encontraban se alzaron contra el poder imperial. Pese a sus reducidas fuerzas mantuvieron, en La Española y en Cuba, la rebelión durante varios lustros, ante la impotencia de los hispanos.

La primera referencia que tenemos de Hernandillo El Tuerto aparece en el repartimiento de Alburquerque de 1514. En dicho documento se le cita con el nombre de Hernandico El Tuerto, y es un cacique adscrito a la villa de La Concepción de la Vega, con 16 indios a su cargo. Fue repartido a un modesto sastre, llamado Miguel de Salamanca, que había llegado a la isla en 1512. Su nombre indígena es desconocido para nosotros. Fue frecuente que los indios de paz o guatiaos tomasen los nombres de su amo o señor español. En caso de ser así, debió ser el nombre de pila de algún otro encomendero anterior al que sirvió. El apelativo de El Tuerto parece razonable pensar que hiciera referencia a un rasgo físico.

En la década de los veinte varios líderes indígenas de la Española se alzaron. Durante más de una década controlaron las zonas más inaccesibles de la isla. El líder más conocido fue el célebre Enriquillo, pero también había otros, como Hernandillo El Tuerto o el Ciguayo.

Hernandillo, encabezó un reducidísimo grupo de apenas medio centenar de indios, realizando ataques esporádicos en un triángulo comprendido entre el Cotuy, la Buenaventura y la Vega. Utilizó, pues unas tácticas guerrilleras, atacando por sorpresa en condiciones ventajosas. Un método de hacer la guerra que los indios rebeldes aprendieron de los propios españoles.Según fray Cipriano de Utrera, murió en un enfrentamiento con una cuadrilla hispano-indígena a finales de la tercera década del siglo XVI.

         Paralelamente en la vecina isla de Cuba, en torno a 1522, desafió el poder español el indio Guama. La insurrección se inició en el cacicazgo de Baracoa, gracias a la despoblación que había experimentado dicha provincia en la década de los veinte. Toda la isla sufrió la pérdida de población por el foco de atracción que supuso la Nueva España, pero muy especialmente esta provincia de la que se decía, en 1530, que no quedaban más que cuatro o cinco vecinos españoles.

Guama nunca llegó a tener ni el poder ni el carisma de Enriquillo, el cacique alzado en la vecina isla Española. Tan sólo consiguió reunir bajo su mando a 60 guerreros gracias a su fusión con el cacique Juan Pérez que perdió su función de líder para convertirse en su lugarteniente. Pero, sí hay que reconocerle el mérito de ser el primer cacique nativo de Cuba que comprendió a la perfección el sistema de hostigamiento constante contra los invasores. También, tuvo perfecta conciencia de que su única posibilidad se basaba en el elemento sorpresa, el cual utilizó durante años con no poco éxito.

En su momento más álgido, llegó a controlar las zonas más montañosas de casi todo el este cubano, es decir, de la provincia de Baracoa, Maisi, Çagua, Baraxagua y el Bayamo. Mantuvo en jaque a los españoles hasta 1532, es decir, más de diez años. Sin embargo, esta larga duración se debió más que al ingenio estratégico de Guama, al desinterés de los españoles por acabar con un alzamiento de indios que apenas si causaba daños. En este sentido, cuando el teniente de gobernador Gonzalo de Guzmán fue acusado de no perseguir a los naturales alzados respondió que no lo hizo porque el dicho indio no hizo daño alguno "antes era público que se estaba en su tierra, y, decía que no quería hacer mal a nadie, ni lo hacía”.

Fracasados todos los intentos de buscar una salida pacífica al conflicto se decidió finalmente acabar con la resistencia indígena por la fuerza de las armas. La victoria no fue fácil, pues fueron necesarios varios años para acabar con Guama y los suyos, muy a pesar de que los españoles se vieron muy favorecidos por la epidemia de viruela que se desató en 1530 y que diezmó a los indios del caudillo alzado.

Las primeras operaciones militares se iniciaron a mediados de 1530 y consistieron en la formación de dos cuadrillas compuestas por veinte indios y seis españoles cada una. Una saldría de Asunción y se abastecería de indios de paz de las provincias de Maisi y Baytiqueri, mientras que la otra, partiría de Guantanabo y se constituiría con indios de las provincias del Bayamo y Arabacuco. A pesar de la aparente buena organización, no sabemos los resultados de esta campaña, pues la documentación silencia cualquier referencia a la misma.

        En 1531, se formó otra cuadrilla, capitaneada por Diego Barba, y, compuesta por nueve o diez españoles, varios negros y treinta indios "escogidos para la guerra". En esta ocasión, la cuadrilla si atacó el rancho donde se refugiaba Guama, destrozándolo todo y tomando preso a la mayoría de los indios, si bien, el astuto caudillo indígena consiguió huir con unos diez hombres, cuatro mujeres y cuatro muchachos.

        En 1532, el capitán Gonzalo de Obregón se encargó de seguir y dar alcance a los aborígenes escapados con una cuadrilla formada por seis españoles, dos negros y doce indios, capturando a siete indios que estaban con el cacique indígena. En cambio, Guama, nuevamente, escapó de los españoles, pero como ya dijimos antes, no pudo controlar a los suyos, encontrando la muerte a manos de alguno de sus propios correligionarios. Finalmente, se organizaron tres cuadrillas, capitaneadas respectivamente por Gaspar Caro, Cristóbal de Lezcano y Bernabé de Valdivieso, siendo los indios definitivamente prendidos. Los cabecillas fueron ajusticiados, y el resto de los indios encomendados por naborías. Desde entonces se decía que la isla estaba tan pacífica que “un español sin temor puede andar por ella… ”.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ARRANZ MÁRQUEZ, Luis: Don Diego Colón, I, Madrid, C.S.I.C., 1982

 

------- Repartimientos y encomiendas en la Isla Española (El repartimiento de Alburquerque de 1514), Madrid, Fundación García Arévalo, 1991.

CASSÁ, Roberto: Los indios de las Antillas, Madrid, MAPFRE, 1992.

CASTELLANOS, J.: “Crónica de la rebeldía de los indios cubanos (1520-1550), en Revista de la Universidad de La Habana, N. 136-141, La Habana, 1959.

FERNÁNDEZ DE OVIEDO, Gonzalo: Historia general y natural de las Indias, Madrid, Atlas, 1992.

LAS CASAS, Bartolomé de: Historia de las Indias, México, Fondo de Cultura Económica, 1951.

MARRERO, Leví: Cuba: economía y sociedad, Madrid: Editorial Playor, 1974.

MIRA CABALLOS, Esteban: El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud. Sevilla, Muñoz Moya, 1997.

SORHEGUI, Arturo: Historia de Cuba I, De la organización tribal a la dominación española (1492-1553). La Habana, Universidad de La Habana, 1990.

THOMAS, Hugh: Quién es quién de los conquistadores, Barcelona, Salvat, 2001.

UTRERA, fray Cipriano de: Historia Militar de Santo Domingo (documentos y noticias), Ciudad Trujillo, autoedición, 1950.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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La mujer ha sufrido a lo largo de la historia una persistente discriminación por parte del hombre. Una situación que se remonta al menos a los orígenes de la civilización y que se extiende prácticamente por todos los continentes. Por tanto, no es un rasgo propio de Occidente sino que es compartido por la mayor parte de las civilizaciones: la hindú, la china, la africana, etc.

Centrándonos en el espacio y en el tiempo que nos ocupa, diremos que la mujer se vio obligada a jugar un papel subsidiario y dependiente del varón. Ninguna mujer honesta podía quedarse sin la protección de un hombre, padre, esposo o hermano. En la mayor parte de los casos estaban sometidas, primero, a la voluntad de sus padres y, luego, a la de sus maridos. Eran las propias familias las que pactaban los matrimonios de sus hijos, sin importarles por supuesto el amor entre ambos, sino estrictamente los intereses económicos. Los matrimonios no se podían dejar al azar porque había demasiados intereses económicos en juego. Entre los grupos sociales más modestos, un enlace adecuado era la mejor garantía para evitar que la nueva familia sufriese el drama del hambre. En el caso de las familias nobiliarias, la mujer jugó un papel clave en la perpetuación del patrimonio de grandes casas, como la de Osuna, Alba, Medinaceli y Fernán Núñez. La mayoría de los matrimonios eran de conveniencia.

En caso de no conseguir marido la solución más airosa para todos, si las condiciones socio-económicas de su familia lo permitían, era el ingreso de la fémina en algún convento o beaterio. Nada tiene de extraño, pues, la excepcionalidad de las artistas, de las escritoras y, más aún, de las científicas durante toda la Edad Moderna. De hecho, apenas conocemos un puñado de nombres, como la escultora María Luisa Roldán -La Roldana-, o las escritoras Marcela de San Félix, Antonia de Mendoza, Antonia de Alarcón o María de Zayas y Sotomayor. Por cierto, que sorprendentemente esta última aprovechó su novela para tildar de necios a los hombres que equiparaban a la mujer con una cosa incapaz. Y digo que sorprende no porque careciese de razón sino por su atrevimiento.

Pese a ello, desde hace unas décadas existe una pujante corriente historiográfica que está rescatando del olvido a algunas de esas destacadas creadoras a las que las circunstancias sociales les obligaron a permanecer en un velado segundo plano. Incluso, se está trabajando en la reinterpretación de la historia desde el papel jugado por las mujeres, tanto directa como indirectamente, a través de la influencia ejercida sobre los hombres. Escritoras, cuyos manuscritos firmaban sus maridos, mecenas, coleccionistas de arte, e incluso, artistas. Sin embargo, estos casos con ser importantes no dejaron de ser excepcionales porque la asfixiante primacía del varón impidió que las mujeres desarrollaran sus capacidades o potencialidades.

 

MATRIMONIO, HOGAR Y VIOLENCIA DE GÉNERO

Era obligación de la mujer servir y acatar la voluntad de su marido, incluso en la peor de las situaciones. Las propias constituciones sinodales de los obispados reprobaban la disolución de los matrimonios, salvo casos extremos que sólo podían autorizar las autoridades eclesiásticas. Fray Luis de León, en su obra La Perfecta casada, animaba a las mujeres a aguantar, por más áspero y de más fieras condiciones que su marido fuese. Un pensamiento que desgraciadamente estaba generalizado en España y que se mantuvo hasta avanzado el siglo XX. De hecho, la sumisión de la mujer al cabeza de familia se mantuvo dentro de la tradición moral de la dictadura franquista prácticamente hasta su desaparición.

El matrimonio era una institución creada por Dios y, por tanto, absolutamente sagrada e indisoluble. Una idea que procedía de la Iglesia aunque la terminó haciendo suya el ideario de falange, pasando posteriormente a los Derechos y Deberes de los españoles, durante la etapa franquista. Por ello, el Movimiento no podía admitir la poligamia ni el divorcio porque restaba solidez a la familia, institución sagrada del Estado. Según José María Mendoza Guinea, del Frente de Juventudes, el divorcio es origen de toda clase de trastornos, tanto espirituales como materiales, que repercuten desfavorablemente en la educación y el porvenir de los hijos. Pero ¿quién detentaba el poder dentro de la familia?, indefectiblemente el padre y, en su defecto, la madre. La esposa, no obstante, jugaba un papel secundario fundamental. En 1946 María Baldó escribía que la mujer debía cuidar de la familia, de su marido y de sus hijos, siendo la responsable última de que el hogar sea agradable, sano, apacible y firmemente progresivo. Palabras inspiradas en las propias encíclicas de Pío XII cuando hablaba de la mujer como heroína del hogar, la del canto de la cuna, la sonrisa de los niños, la primera maestra y la confortadora espiritual de su marido.

Se trataba de una sociedad patriarcal, donde los hombres ostentaban una clara superioridad con respecto a la mujer en cuota de poder y en privilegios socio-económicos. En la mayor parte de los casos, los malos tratos se daban dentro del hogar conyugal, lugar físico donde comenzaba la opresión de la mujer.

Nada tiene de extraño que los casos de disolución del matrimonio en la España Moderna fueran absolutamente excepcionales. Casi siempre se producían cuando había palizas o vejaciones físicas de por medio que traspasaban las fronteras de la intimidad familiar, bien por ocurrir en la calle, o bien, por evidenciarse las señales físicas de la agresión. Por tanto, la violencia doméstica se aceptaba sin problemas en el Antiguo Régimen, castigándose sólo los casos más flagrantes y públicos. En una sociedad como aquélla, la justicia solo podía intervenir en casos muy claros de actuación irregular del cabeza de familia. Así, en 1780, Nieves López, vecina de Burgos, denunció a su marido acusándolo de pegar e injuriar tanto a ella como a sus hijos, así como de no ocuparse de su manutención. En el siglo XVI conocemos algunos ejemplos, como el de una tal María Gómez, vecina de la aldea de Arroyo del Puerco, quien solicitó el divorcio porque su marido le daba muchos palos, golpes, bofetadas, patadas y pellizcos porque era un hombre loco y desatinado. Y la justicia intervino porque los argumentos defendidos por la agredida eran públicos y notorios.

No dudamos que hubiese muchos casos de matrimonios bien avenidos, en los que la convivencia debió ser buena o muy buena. Sin embargo, la violencia de género fue no menos usual, aunque sólo conozcamos algunos casos muy concretos. Como colectivo supeditado al varón, sufrió innumerables agresiones físicas y psicológicas. Sin embargo, los pocos casos que trascendieron fueron aquellos en los que las agresiones fueron públicas o las lesiones tan evidentes que la violencia quedó de manifestó. Pero, incluso en esos casos lo normal es que finalmente se llegase a un acuerdo amistoso por el que, a cambio de alguna compensación económica, todo quedase en un perdón. A continuación ilustraremos el texto con algunos ejemplos, excepcionales pero representativos, de mujeres que se sintieron con fuerza para denunciar públicamente a sus maridos y que, incluso, obtuvieron sentencias a su favor:

Un caso muy señalado, por su temprana fecha, es el de Leonor de la Barrera, quien en su testamento, otorgado en Carmona (Sevilla) en 1566, recordó insistentemente la mala vida que le había dado su marido, Juan de Párraga, apartándolo de todos sus bienes. Llama la atención que en una escritura de última voluntad la mujer se dedicara a denunciar la durísima convivencia que había padecido junto a su violento esposo. Según declaró, éste le obligó a hacerle donación de todos sus bienes por escritura que pasó ante Juan Cansino, el 5 de enero de 1561. Entre esos bienes figuraba una casa solariega, una tienda y varios olivares en el término de la villa. Y no conforme con eso, la obligó a revocar otra escritura de donación de cuatrocientos ducados que tenía formalizada a favor de su hermana Catalina de la Barrera y del marido de ésta, Pedro de Villar, lo cual hizo por escritura otorgada ante el escribano Alonso de Vargas el 28 de febrero de 1561. Al señalar las causas por las que revocó la donación a su hermana no pudo ser más explícita:

Lo hizo por persuasión del dicho Juan de Párraga, mi marido, y de otras personas por él con grandes cautelas y engaños y falsas promesas e inducimientos y otros temores que me fueron puestos de la áspera y mala condición del dicho Juan de Párraga mi marido y por no ser maltratada del dicho Juan de Párraga, mi marido, y que no me diese mala vida y hiciese malos tratamientos y por otros inducimientos y persuasiones semejantes… me forzó y compelió con mala vida y con otros temores de que le hiciese y otorgase por fuerza contra mi voluntad lo hice y otorgué.

 

Sin embargo, poco después se armó de valor y por escritura otorgada ante Alonso de Vargas, el 9 de junio de 1564, revocó la donación realizada previamente a su marido. Para ello se agarró a las Leyes del Reino que, según ella, prohibían la donación en vida de todos los bienes de una persona. También en esta ocasión sus palabras denuncian unos malos tratos de tal magnitud que, incluso, llegó a temer por su vida:

 

Porque me ha sido y es ingrato y hecho otros muy malos tratamientos en lo cual ha mostrado el deseo y voluntad que tiene y ha tenido de que yo me muera y él quede con todos mis bienes y yo no tenga ni me quede de que pueda disponer por mi ánima ni hacer testamento.

 

Entre la revocación y su fallecimiento, probablemente ocurrido en 1566, mediaron casi dos años, en los cuales no sabemos si continuó viviendo junto a su marido. Suponemos que no porque, aunque su testamento lo otorgó cerrado, la escritura de anulación de la donación fue pública. Su empeño por desheredar a su marido prosperó gracias a la ayuda prestada por algunas personas de su entorno. Por su apellido, parece obvio que pertenecía a una familia hidalga de la entonces villa de Carmona y debió contar con el apoyo de algunas personas influyentes. Y no faltaban posibles interesados: en primer lugar, los religiosos del convento de los Jerónimos a quien dejó su casa y dos pedazos de olivar para que le cantasen una misa a perpetuidad todos los miércoles del año. En segundo lugar, su cuñado quien finalmente recuperó la donación de cuatrocientos ducados que le hizo inicialmente y que, como ya dijimos, revocó a petición de su marido. Y en tercer lugar, su hermano Diego de la Barrera, a cuyos hijos les cedió el grueso de sus bienes. Este hermano y su esposa, doña Isabel Rodríguez de Aguilera, debían gozar de la plena confianza de doña Leonor. No en vano, fue esta cuñada quien a su ruego firmó su testamento, dado que la otorgante manifestó que no sabía escribir. El caso de Leonor de la Barrera es uno de los ejemplos más antiguos documentados de violencia de género.

En 1769, en la pequeña población de Chinchilla de Montearagón (Albacete), María Romero abandonó su casa, en compañía de su hija, para lavar la ropa en un paraje cercano. Allí se encontró con el guarda del coto, Pedro Carrasco, con quien departió mientras realizaba la colada. Pues bien, el marido, Antonio de Hortera, lo debió entender de otra forma y le descerrajó un tiro en la cabeza al guarda e hirió gravemente en la cabeza a su esposa. El guarda murió casi en el acto mientras que la mujer consiguió llegar a su casa con la ayuda de la hija, debatiéndose durante varios días entre la vida y la muerte. Lo último que sabemos es que el presunto asesino, dada la gravedad de los hechos, fue encarcelado, entre otras cosas porque al margen de la violencia sexista había acabado con la vida de otro hombre. Sin embargo, no parece que las cosas fuesen a mayores ya que el adulterio era uno de los delitos peor vistos en la época y no es difícil que pudiese acreditar su condición de engañado. De nuevo, una mentalidad social perversa, fundamentada en la desigualdad entre el hombre y la mujer, con la complicidad de las autoridades y de las instituciones.

A principios del siglo XIX, Francisca Piris, vecina de Badajoz, denunció a su esposo Andrés Moro del Moral, por los infinitos y malos tratamientos que le ha dado, hasta el punto que temía por su vida. El desencadenante de la denuncia ocurrió en la madrugada del 3 de noviembre de 1804 cuando la infortunada se refugió en casa de su padre, al tiempo que formuló la denuncia ante la máxima autoridad civil y militar de la plaza, el gobernador Carlos de Witte y Pau. Lo inusual del caso, es que éste último decidió el ingreso en prisión del agresor, que fue encerrado en una minúscula celda de la puerta de Palmas. Poco después, lo condenó a pagar una pensión de diez reales diarios, mientras durase la separación, además de las costas del juicio, cercanas a los 1.300 reales. Una sentencia ejemplar y sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta la buena situación socioeconómica del condenado y su familia. Sin embargo, no podemos olvidar que se trata de excepciones. Lo normal fue el silenciamiento de los casos de violencia de género y, cuando éste no era posible, la firma de un acuerdo amistoso, siempre ventajoso para el agresor. Pero era una sociedad desigual en la que el varón tenía la primacía, lo que a veces provocaba situaciones extremadamente violentas contra la parte más débil, es decir, la mujer.

 

ESTUPROS Y VIOLACIONES

Tanto en el Medievo como en la Edad Moderna, a diferencia de lo que ocurría con la homosexualidad, las relaciones extraconyugales, la violación, el estupro y el abuso deshonesto se toleraron socialmente. Por supuesto, las violaciones de esclavas negras ni tan siquiera eran consideradas como delito y además fueron una constante durante todo el tiempo que duró la odiosa institución. En un reciente estudio sobre la esclavitud en Granada en el quinientos se demuestra definitivamente que el alto precio que alcanzaban algunas esclavas jóvenes se debía, en parte, a su alta productividad laboral, especialmente doméstica pero, sobre todo, a la dura explotación sexual a la que eran sometidas por parte de sus dueños.

Esa impunidad se hacía extensible también a mujeres que no estaban suficientemente protegidas, es decir, que permanecían solteras y no vivían bajo la protección de ningún hombre en particular y su familia no pertenecía a la élite. Y aunque la virginidad era algo así como la honra de la mujer, y perderla equivalía a la deshonra, no todas estaban en condiciones de litigar contra los que, por fuerza o engaño, se la arrebataban.

A principios de 1574, encontramos un caso bastante sangrante en la entonces villa de Carmona (Sevilla), cuando una verdadera pandilla de delincuentes asaltó la casa de la doncella Catalina de Quesada, escalando por los tejados y paredes, con la intención de violarla. Se trataba de Gonzalo Díaz, su hermano Hernando Arias, Juan de Bordas y otras personas de la localidad. Según su testimonio, la acometieron con la intención de robarle y usurparle su honra, diciéndole palabras injuriosas, amenazándola y propinándole malos tratos. Al parecer, la violación no llegó a fraguarse, probablemente por estar en casa su madre, Marina de Ojeda. La cosa no acabó aquí, los perpetradores encima se jactaban públicamente de su hazaña en casa de la joven Catalina. Ella lo puso en conocimiento de la justicia ordinaria, quienes llevaron a cabo una información. Sin embargo, pasó nada menos que un año y no hicieron absolutamente nada, no se llegaron a plantear cargos contra los acusados.

En diciembre de 1574, se produjo un nuevo asalto a su morada, en esta ocasión de un hijo de la Pancorva, vecino de la villa. Lo sucedido lo narra la propia Catalina con suma elocuencia:

 

Un hijo de la Pancorva, vecino de la villa de Carmona, sobre caso pensado entró y escalo mi casa por los tejados y paredes de ella, queriendo robar y robando mi fama. Y por no querer hacer lo que quería echó mano de una espada que traía y me hirió con ella en la cabeza, de una herida cuchillada y me cortó cuero y carne y me salió mucha sangre…

 

Ante la pasividad de las autoridades locales, Catalina de Quesada y su madre Marina de Ojeda se presentaron en Sevilla, querellándose ante las autoridades hispalenses y dando poder a su hermano Alonso Gutiérrez, para que emprendiese las acciones judiciales pertinentes. No sabemos cómo acabó todo, pero el caso evidencia la indefensión de la pobre Catalina de Quesada y la pasmosa pasividad de las autoridades locales que permitieron un auténtico linchamiento contra esta señora.

Ahora bien, si la agredida pertenecía a una familia de linaje las cosas podían ser muy diferentes para el infractor, aunque éste también perteneciese a la élite. Así, en 1582, Leonor Mexía de Vargas y su madre doña Luisa de Vargas se querellaron contra Luis de Ysunza, tesorero real en la ciudad de Potosí, acusándolo de estupro. Pues, bien, residiendo en la Corte, mantuvo relaciones sexuales consentidas con la querellante, pues al parecer, le prometió públicamente matrimonio. La dejó embarazada de un niño llamado como su padre, es decir, Luis Ysunza, pero marchó precipitadamente al Perú como tesorero Real. El problema tenía difícil solución pues el querellado se había casado en el Perú con una mujer de una familia influyente y, por tanto, el acuerdo amistoso era más difícil. La mujer, con el apoyo de su familia, sintiéndose engañada, se pasó meses reclamando hasta que consiguieron un auto, en enero de 1582, por el que se ordenaba el apresamiento del infractor y una buena condena pecuniaria: al pago de las costas del juicio y 2.000 ducados en concepto de dote. El proceso se alargó porque, el 3 de enero de 1583, Luis de Ysunza dio poderes a dos procuradores de la Corte, Alonso de Mondragón y Miguel de Azcaren, apelando la sentencia y reclamando su libertad, mientras se dirimía la sentencia y previo pago de una fianza. Lo cierto es que el 23 de septiembre de 1586 todavía estaba el citado pleito pendiente de sentencia definitiva. Desconocemos la resolución final porque la documentación no está completa, pero parece obvio que el tesorero real sufrió el bochorno social de un veredicto en contra, la cárcel y una fuerte indemnización económica. No era normal pues, a fin de cuentas, simplemente había tenido un hijo ilegítimo, lo que no dejaba de ser algo frecuente en aquella época. Pero lo había tenido con la persona equivocada, una mujer perteneciente a la élite cortesana. Una cosa era engañar a una esclava o a una mujer de la clase subalterna y otra hacerlo a una señora recogida, principal, noble e hijosdalga, como ella misma afirmó en su declaración.

En Santo Domingo, poco más de una década después, ocurrió otro caso similar, también con consecuencias para el infractor. En julio de 1594 se consumó la violación de doña Juana de Oviedo, una mujer de la élite dominicana, residente en la isla. Al parecer, hacía más de cuatro meses que mantenía una relación íntima con Francisco Alonso de Villagrá, visitador. Éste inicialmente no se comportó como un violador sino sólo como un fornicador. Pretendió que doña Juana accediera a mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Sin embargo, dicha mujer, bien instruida en su rol social, no estuvo en ningún momento dispuesta a convertirse en una fornicadora. Para satisfacer a estos fornicadores ya estaban las mancebías, amparadas por los poderes públicos y presentes en casi todas las villas y ciudades del Imperio. Por ello, en vista de que doña Juana no accedió, decidió finalmente violarla, es decir, mantener con ella relaciones carnales por la fuerza.

En un día de julio de 1594 el visitador se aseguró de que su víctima estaba sola en casa; Rodrigo de Bastidas no estaba y Felipa Margarita había salido a visitar a su abuela. Ahora bien, estaban presentes al menos cuatro personas que fueron testigos directos porque, al escuchar las voces y el escándalo, todos ellos se asomaron dentro de la habitación. Estos testigos presenciales fueron los siguientes: las esclavas María e Isabel, Petrona Leal, una mulata libre esposa de Fernando Díaz, un español que era estanciero de Pedro Ortiz de Sandoval, y el albañil Diego Velázquez que, como ya hemos afirmado, llevaba varios meses trabajando en la casa, revocando unas azoteas. Todos ellos coincidieron que los hechos ocurrieron entre la una y las dos de la tarde, que era la hora de la siesta. Doña Juana se encontraba descansando en su alcoba, situada en la parte alta de la casa. El visitador abrió el postigo interior que comunicaba ambas casas, subió las escaleras y entró en su cuarto. La víctima sorprendida le reprendió su actitud verbalmente y se resistió físicamente. La esclava Isabel, testigo de lo ocurrido narró el acontecimiento con las siguientes palabras:

Vio como por un postigo que está entre la casa del dicho visitador y la del dicho don Rodrigo entró el dicho visitador y subió por las escaleras a los altos de la dicha casa donde estaba sola la dicha doña Juana y esta testigo como lo vio entrar y subir entendió que iba a visitar hasta que de allí a un rato oyó esta testigo gran ruido arriba y subió allá a ver lo que era y halló en el corredor a la negra Isabel, criolla del dicho don Rodrigo, llorando y por ver lo que era entró a la sala y se asomó a la puerta de un aposento allá donde vio que estaba el dicho licenciado Francisco Alonso de Villagrán luchando con la dicha doña Juana a brazos como que forcejeaba con ella y ella se defendía apartándole con los brazos y diciéndole ésta es la honra que vuestra merced da a mi hermano por haberlo hospedado en su casa y haberle hecho las buenas obras que le ha hecho…

 

El violador intentó que la mujer aceptara, intentando convencerla de que se casaría con ella y de que era su marido. Obviamente, aún así, doña Juana se resistió, actuando de forma acorde con la moral de una persona de su rango social. Pero, la violación se consumó, pues como ella misma narró, abrazándose con ella la tumbó en la cama que allí estaba e hizo lo que quiso y la corrompió y llevó su virginidad.

En medio del silencio de la siesta, los sucesos provocaron un gran escándalo que escucharon todas las personas presentes en la casa. Es más, todos se encaminaron hasta la habitación de doña Juana, asomándose uno tras otros para curiosear lo que estaba ocurriendo. Pues, bien, ¿qué actitud adoptaron estos testigos presenciales? A juzgar por los testimonios, la única realmente sorprendida y afligida fue la esclava Isabel que, tras asomarse a la habitación, se fue al pasillo y empezó a llorar desconsoladamente. En ese momento llegó Petrona Leal y, tras verificar con sus propios ojos lo que ocurría dentro del dormitorio, tranquilizó a la esclava, diciéndole como ya los había visto y les había oído decir que se querían casar y, antes y después de lo susodicho, les vio esta testigo hacerse señas. La actitud del albañil Diego Velázquez fue aún más comprensiva con el violador. Tras escuchar el revuelo subió hasta la habitación y también se asomó. Pero, al maestro le pareció suficiente la respuesta que él mismo escuchó del visitador cuando le dijo en voz alta a doña Juana no tenga pena vuestra merced que yo soy su marido. Por ello, entendió que se trataba de un asunto privado, amoroso e intrascendente y decidió volver a su faena por donde había subido y les dejó como estaban. Es decir, salvo Isabel, que la tensión del momento le provocó un llanto, María, Petrona y Diego no le dieron demasiada importancia a lo sucedido dado que sabían que hacía meses que mantenían una relación más o menos formal.

Queda claro, pues, que en general los testigos presenciales no intervinieron, pese a los gritos y los lamentos de la estuprada. De alguna forma entendieron que los hechos fueron consecuencia de las relaciones amorosas que ambos habían mantenido durante meses y, por tanto, la propia víctima los había propiciado. Esta reacción de los testigos tampoco nos sorprende. Se trata de una actitud típica desde la Edad Media, pues se pensaba que la mujer sentía un deseo irreprimible de forma que para ser creída debía gesticular mucho su dolor ante una violación. Así, pues, ninguno de los testigos intervino pese a los lamentos que escucharon de la víctima.

Después de ocurridos los hechos podría pensarse que la relación finalizó o se deterioró; no fue así, continuó fundamentada en la promesa que había recibido doña Juana de que el visitador finalmente la desposaría. Por ello, estaba dispuesta a perdonar y a olvidar si finalmente el visitador cumplía su promesa. Así, pues, la relación continuó de forma ininterrumpida tras la violación, aunque desconocemos si más accesos carnales. Rodrigo de Bastidas en su testimonio afirmó que le corrompió su virginidad y durmió diversas veces con ella pasando a la mi casa cuando todos dormían… Ningún testigo corroboró este extremo, aunque cabe la posibilidad de que en los meses sucesivos ocurriesen hechos similares más o menos consentidos por doña Juana.

Sí sabemos, en cambio, que dos meses después de la violación, estando recién parida doña Felipa Margarita, se quedó a dormir con doña Juana en su alcoba una doncella llamada Andrea de Ribadeneira. El riesgo de ser descubierta no impidió a doña Juana levantarse a hurtadillas de noche y acudir a su cita diaria con su amado. Sin embargo, Andrea se despertó a media noche y encontró que doña Juana no estaba en su lecho por lo que salió a su encuentro. Curiosamente, se encontró a la mulata María dormida en el pasillo. La despertó y averiguó que la había dejado allí doña Juana para que vigilase para ver si salía alguien o si despertaban. Tras interrogarla supo que doña Juana estaba con el visitador y envío a buscarla. Ya había escuchado ruidos doña Juana y regresaba de vuelta a su alcoba, encontrándose con Andrea quien le recriminó duramente su actitud diciéndole que cómo una mujer de sus prendas y tan principal y doncella hacía eso. Doña Juana, igual de firme, le respondió que lo hacía porque el visitador le había prometido que se desposaría con ella antes de acabar la visita.

En el mes de octubre, nuevamente la esclava María fue testigo de cómo el visitador le regaló a doña Juana un corsé para un jubón de tela de oro encarnada el cual compró Cifuentes, “hacedor del dicho visitador, de casa de Francisco de Aguilar. Pero, doña Juana de Oviedo comenzaba a impacientarse. Por lo que, poco después, tuvo una discusión con su amado, echándole en cara su tardanza en cumplir su promesa. Había pasado más de medio año desde que se produjo la violación. Doña Juana siempre pensó que el visitador finalmente se desposaría con ella y que la violación quedaría como el mejor guardado de sus secretos. Y pese a las buenas palabras del visitador lo cierto es que llegó el final de la visita y las peores sospechas de la víctima se cumplieron. Fue entonces cuando decidió, en colaboración con su hermano, iniciar las correspondientes acciones legales contra el infractor. En una sociedad como aquella doña Juana no se podía permitir el lujo de perder gratuitamente su virginidad.

Por otro lado, con tantos testigos presenciales no parece demasiado creíble que su hermano el regidor Rodrigo de la Bastida estuviese ajeno a lo ocurrido en su propia casa durante tanto tiempo. Probablemente, Rodrigo al igual que su hermana, prefirió esperar a ver si las cosas se solucionaban de la mejor manera, es decir, con un matrimonio más o menos voluntario del jurista. Todo valía si se conseguía, por un lado, guardar la apariencia social, y por el otro, perpetuar ambos apellidos como pretendían.

Pero desesperados ya de una solución amistosa comenzó la ofensiva social y legal de los Bastidas. Y digo la ofensiva social porque lo primero que hizo el regidor, antes de emprender acciones legales, fue hablar con el arzobispo de Santo Domingo para que compeliese al visitador a desposarse con su hermana, cumpliendo su palabra. Sin embargo, no parece que el prelado llegara a emprender ninguna acción o, si lo hizo, no tuvo efecto alguno. Esta conversación entre Rodrigo y el arzobispo vuelve a ratificar la idea que toda la parte damnificada tenía: estaban dispuestos a perdonar siempre y cuando se celebrase el esperado enlace matrimonial.

Sin embargo, el visitador no estaba dispuesto a cumplir su promesa. Había retornado a México y se sabía seguro de su privilegiada posición socio-económica como oidor que era de la Audiencia de México.

Los dos hermanos se vieron obligados a litigar judicialmente, solicitando incluso la pena de muerte para tan grave delito. Rodrigo de la Bastida utilizó todo su poder para iniciar un litigio contra Villagrá. El punto de partida se produjo el 16 de enero de 1595 cuando doña Juana de Oviedo, ante el escribano público Miguel Alemán de Ayala, dio plenos poderes a su cuñado Juan Ortiz de Sandoval para que en su nombre emprendiera las acciones legales.

En la reclamación interpuesta por la parte acusante, se insiste en la existencia de varios agravantes: primero, que la víctima en cuestión era una mujer honesta, recogida y principal y además nieta de los primeros conquistadores y pobladores de esta isla sus abuelos y bisabuelos. En este sentido, Gonzalo Rodríguez, en nombre de doña Juana de Oviedo afirmó que si por un simple estupro cometido contra cualquier mujer se mete en prisión con mayor razón en este caso siendo doña Juana mujer principal… Segundo, que actuó siempre con engaños porque tenían por cierto que si el dicho visitador no le hubiese prometido casamiento jamás hubiese consentido tener una relación sentimental con él. Y tercero, y último, el hecho de que fuera visitador y oidor le hacía más culpable del delito.

El presidente de la audiencia y gobernador de la Española Lope de Vega Portocarrero, con el apoyo de los oidores, los doctores Simón de Meneses y Juan Quesada de Figueroa, dieron la razón a su amigo Rodrigo de Bastidas. Concretamente, el 17 de febrero de 1595, ordenaron auto de prisión, ratificado al día siguiente, y que la prisión sea su casa con un hombre que guardase. Asimismo, se solicitó al virrey de Nueva España que se tomase confesión y testimonio al licenciado Villagrá. Sin embargo, ni una cosa ni otra se llegó a cumplir. El acusado era lo suficientemente poderoso en México como para evitar que sus colegas cumpliesen la sentencia. De hecho, Rodrigo de Bastidas se quejó de que en Nueva España no le quisieron prender, pese a la detallada información que proporcionaron los demandantes. El presidente de la audiencia de México y virrey de Nueva España Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, acababa de tomar posesión de su cargo en mayo de 1595 y no se quiso enemistar con los oidores. Por su parte, Villagrá alegó que la Audiencia de Santo Domingo no tenía competencias para juzgar este caso. Por ello pedía que los oidores de Santo Domingo se abstuviesen de proseguir la causa y que se remitiese todo al Consejo de Indias.

Por ello, el 11 de octubre de 1595 dieron poder a Juan de Alvar, Diego Sanz de San Martín y a Gaspar de Esquinas, procuradores de corte, y a Esteban Marce y Diego de Castro, solicitadores de corte, vecinos de Madrid, para que prosiguiesen la causa ante el Consejo de Indias.

No tenemos datos sobre la instrucción y fallo del proceso por el Consejo de Indias. Pero no parece que sufriera una condena importante. Y además su prestigio debió quedar más o menos limpio, pues, no en vano en 1605 se convirtió en miembro de dicho Real y Supremo organismo. En cualquier caso, el análisis de este proceso nos ha aportado interesantes matices sobre la forma de ver las relaciones sexuales y la violación de distintas personas de muy variada condición social.

Lo primero que salta la vista es que la percepción que se tenía en el siglo XVI de la violación era distinta a la que se tiene en nuestros días. Los testigos presentes mientras se cometía el atropello no intervinieron probablemente porque interpretaron que, pese a esa resistencia puntual, los amores habían sido correspondidos por doña Juana. La idea que subyace en el fondo, propia de aquella época aunque inaceptable hoy, es que en mayor o menor media doña Juana había propiciado ese fatal desenlace. Juegos amorosos en los meses previos se pudo ver como un atenuante. Esta actitud se percibe muy claramente en el albañil Diego Velázquez que, tras observar que se trataba simplemente de un acto sexual, se marchó por donde había venido, sin darle más importancia, y prosiguió su trabajo en la casa.

Pero había un segundo atenuante; pese a que los Bastidas argumentaron en el proceso que el hecho de que el infractor fuese oidor era un agravante, lo cierto es que no era exactamente así. El alto statu socio-económico del infractor, similar al de su víctima, hacía que el asunto fuese menos grave y que además tuviese una fácil solución. Ni que decir tiene que si el violador hubiese sido no ya un esclavo sino un español o un criollo de baja extracción social el delito hubiese revestido una mayor gravedad y la condena hubiese sido mucho más contundente.

Pero también los Bastidas, estaban dispuestos a solucionarlo todo de buena manera, simplemente con el matrimonio. Es cierto que se trataba de una solución que solía ser usual en la España Moderna, para casos en los que el violador y la violada no eran personas casadas. Con ese objetivo doña Juana prosiguió su relación con el supuesto violador durante casi otro medio año como si nada hubiese pasado. Sólo cuando tuvo la certeza de que no habría matrimonio decidió litigar.

Pero también su hermano esperó a que el oidor se casase por las buenas; pero es más, luego antes de ir a juicio habló con el arzobispo por si había posibilidad de que se desposase, aunque fuese bajo la presión de la excomunión. Sólo cuando se vio agotada toda opción de matrimonio acudieron a juicio. Probablemente también querían evitar que se hiciese público en Santo Domingo un escándalo como ese en familias de tanto prestigio.

Tampoco parece que la justicia de Santo Domingo y menos aún la de Nueva España tuviesen una percepción especialmente grave de los hechos cometidos. Los oidores de Santo Domingo, probablemente muy presionados por la influencia de una familia como la de los Bastidas, dio orden de prender e interrogar al infractor, pero los oidores de Nueva España hicieron caso omiso del mismo. Pero, es más, a juzgar por los escasos resultados tampoco parece que el arzobispo de Santo Domingo se alarmara especialmente por el delito.

En general, la única garantía de protección de la mujer procedía de su entorno familiar. Si era una mujer de las que entonces se llamaban principales, esto se consideraba un agravante y las consecuencias para el infractor podían llegar a ser graves. Sin embargo si se trataba de una mujer humilde la situación variaba; pocas denunciaban y muchas menos ganaban sus demandas. Y por supuesto, si se trataba de una esclava, no existía posibilidad alguna de resarcimiento porque el esclavo tenía statu de cosa. Así era la sociedad del Antiguo Régimen.

En cambio, si era la mujer la que cometía adulterio, engañando a su esposo, tenía todas las papeletas para que el caso acabase con el asesinato de la adultera a manos de su ultrajado marido. Y para colmo, con causa justa porque se trataba de una venganza de honor, por ello, no extraña que muchos de estos asesinos acabasen siendo indultados por la propia Corona. Una justicia muy desigual para hombres y mujeres, como desigual era la posición social que ambos sexos desempeñaban en la sociedad del Antiguo Régimen.

 

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Extraído de mi libro: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013, pp. 49-66


HACER HISTORIA EN EL SIGLO XXI

Publicado: 15/03/2014 08:47 por Temas de Historia y actualidad en sin tema
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La escuela historicista, en su búsqueda ilusa por encontrar las leyes que regían el devenir de la humanidad, se ha mostrado incapaz de ofrecer una interpretación satisfactoria del pasado. Hace ya varios lustros que Karl Popper, pese a su formación historicista, denunció el estancamiento de la historia, debido precisamente a la insolvencia de este método a la hora de resolver los problemas que plantea la actual ciencia humanística. La metodología historicista partía de tres principios fundamentales, a saber:

Primero, destacaba al individuo frente a la colectividad. Los protagonistas de la historia eran los grandes personajes, genios, héroes o tiranos; eran ellos los que movían los hilos de la evolución. Es más, en oposición a la visión materialista de la historia, sostenían que lo espiritual era –y es- el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Sin embargo, hace ya bastante tiempo que la ciencia histórica reivindicó, frente a los grandes personajes, la importancia de la colectividad, olvidada hasta el siglo XIX.

Segundo, partía de la contextualización de cada época, de manera que todo quedaba más o menos justificado, enmarcándolo en su tiempo. Y dado que la historia se desenvolvía siguiendo unas leyes, las actuaciones quedaban justificadas y los individuos exculpados. Estos historiadores piensan que en cada período histórico las personas tienen una forma de actuar característica que explican y justifican sus comportamientos. La frase típica de los historicistas es que no se deben juzgar los hechos del pasado con una visión del presente. Con este razonamiento se podían comprender, y en ocasiones hasta justificar, las matanzas imperialistas, la esclavitud moderna, los campos de concentración soviéticos –los famosos goulags- o el exterminio de judíos a manos de los Nazis. Este punto de vista ha permitido la impunidad de cientos de actos de violencia y de genocidios a lo largo de la historia. Otros analistas, situados en esta misma línea metodológica, han alegado la falta de perspectiva histórica para juzgar hechos relativamente recientes. Sin embargo, se trata de una nueva falsedad del historicismo ya que no es imposible examinar el pasado con criterios del presente, pues, aunque pudiéramos caer en algún anacronismo, ha habido grandes constantes inmutables en el tiempo, en las actitudes, en la espiritualidad, en los valores éticos y en las relaciones de producción. El Homo Sapiens se planteó siempre una serie de problemas éticos, como la bondad o la justicia, así como la manera de alcanzar esos valores. En los textos sagrados del Cristianismo se recoge la idea de que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, dotándolo de raciocinio, inteligencia y capacidad para discernir el bien del mal. Por tanto, no se trata de siglos sino de respeto por la dignidad humana, pues en el pasado mientras algunos cometían auténticos genocidios, otros como Jesús de Nazaret, fray Bartolomé de Las Casas, Karl Marx, Mahatma Gandhi o Martin Luther King, clamaban demandando justicia. El analista no puede hacer un juicio legal contra los genocidas, ni los puede llevar ante un tribunal internacional, pero sí puede lograr que comparezcan ante el juicio moral de la historia.

Y tercero, sostenía que el historiador no debía juzgar, sino solo narrar o describir los hechos para hacerlos así más comprensibles al lector. Es la historia-batalla que se abstenía de todo juicio de valor y negaba el compromiso social del investigador. Por definición, como decía Slavoj Zizek, el secular vició académico, siempre defendía la necesidad de pensar asépticamente. Sin embargo, con ello solo conseguían coartar gravemente la reflexión. El sumun del historicismo reaccionario se alcanza en la historia universal que carece de cualquier armazón teórico y, por tanto, sólo contiene una narración de hechos vacíos, sin valor alguno. Evidentemente, estamos ante otra deducción falsa del historicismo que ha sido censurada por numerosos autores desde hace más de medio siglo. Precisamente el historiador francés Lucien Febvre, de la Escuela de los Anales, denunció la falta de exigencia del historicismo, defendiendo por el contrario una historia-problema. No cabe ninguna duda, desde los estudios de este historiador francés, que el planteamiento de un problema es el inicio y el final de toda historia. La labor del historiador debe ser ante todo un trabajo crítico, opuesto siempre al poder, sea del color que sea.

Sin embargo, está claro que la objetividad no es más que una quimera pues todos los historiadores son parciales aunque no lo reconozcan. La historia la escriben personas que están mediatizadas por su entorno social y por sus circunstancias personales. Por tanto, cuando inútilmente nos afanamos en buscar la neutralidad ideológica lo único que conseguimos realmente es coartar gravemente la reflexión. Por más que lo intenten, la historia no es ni puede ser objetiva, es decir, no puede ser una ciencia neutra. El propio hecho en sí y los documentos son, por supuesto, profundamente subjetivos. Como escribió acertadamente Jacques Le Goff, no hay ningún documento inocente. La misión del historiador es precisamente revisarlos críticamente y tratar de explicarlos, desde la honestidad personal, no desde la objetividad. Urge que los intelectuales, de toda índole y de todos los niveles educativos, retomemos el compromiso social que nos corresponde, interpretando adecuadamente el pasado y estableciendo las claves para argumentar sobre el presente con el objetivo último de proyectar un futuro sostenible, más justo e igualitario. Al fin y al cabo, como dijo Benedetto Croce, toda historia es contemporánea, en tanto en cuanto responde a una necesidad de conocimiento y de acercamiento desde el presente.

Han sido los mismos historicistas los que han defendido, en diversos foros, la cultura del olvido siguiendo quizás sin saberlo a Nietzsche, quien sostenía que sin la capacidad de olvidar sería imposible la felicidad. Y en este sentido, hay analistas que siguen defendiendo en nuestros días la necesidad de olvidar lo negativo y lo desagradable del pasado. Pero también en este aspecto se equivocan porque la felicidad no puede venir nunca ligada al olvido, sino al conocimiento y al reconocimiento del pasado como punto de partida para llegar a ser mejores. Ya lo decía Nicolás de Maquiavelo en el siglo XVI, es necesario conocer los caminos que conducen al infierno para evitarlos. Como buen humanista, ligó el conocimiento al perfeccionamiento. Efectivamente, como dijo Karl Popper, para evitar las injusticias presentes y futuras no hay más remedio que aprender de nuestros errores pasados. Ahora bien, el problema es que este último historiador desprestigió la metodología historicista y en parte también la marxista, sin presentar un proyecto alternativo solvente. Él no reconoció nunca una ciencia humanística, desligada de los principios científicos universales. Incluso, pretendió algo tan absurdo como predecir el futuro, aplicando al pasado patrones científicos extraídos de las Ciencias Exactas.

Aunque partiendo de principios metodológicos opuestos, Walter Benjamin, historiador que sufrió el acoso Nazi y que se suicidó antes de ser apresado, insistió también en la necesidad de romper con la metodología historicista para hacer una verdadera historia de los vencidos. Y ello, porque, a su juicio, los historicistas tendían a empatizar con el bando del vencedor. Éstos últimos plantean el pasado como algo remoto mientras que el materialismo histórico concibe un tiempo pleno, una imbricación entre tiempo-ahora o entre pasado y presente. Benjamín propuso la posibilidad de partir del presente para explicarse el pasado, idea que repitió unos años después Edward H. Carr, cuando explicó que la historia debía hacerse desde el presente. De hecho, los creadores del materialismo histórico intentaron llegar a leyes generales partiendo del análisis detallado del mundo actual y proyectando sus conocimientos y vivencias hacia el pasado. Otros historiadores, marxistas y no marxistas, han insistido en ello.

Hoy más que nunca los historiadores debemos llevar a cabo un cambio radical en nuestra forma de reconstruir el pasado, para evitar darle la razón finalmente al discutido Francis Fukuyama cuando habló del fin de la Historia. La enseñanza de la historia se encuentra hoy marginada en los planes de estudio por culpa de los propios historiadores que se han empeñado en hacer una historia narrativa que no da respuesta a los problemas de nuestro tiempo. Es preciso retomar el compromiso social que maestros como Eric Hobsbawm, Pierre Vilar o Josep Fontana, por citar solo algunos, vienen practicando desde hace décadas. Este compromiso con la ciencia histórica debería basarse en tres pilares:

        Uno, en el replanteamiento total de la historia universal, quitándonos las vendas de los ojos y desprendiéndonos de atavismos, ideas preconcebidas y mitos. No se trata tanto hacer historia desde el sentimiento o desde un posicionamiento político, sino de cambiar las categorías con las que trabajamos. El historicismo formó parte de la ideología liberal que pese a su contribución al fin del Antiguo Régimen, fue un credo de clase, de la clase burguesa. Y por ello, siempre ha tendido a la defensa de los intereses del grupo dominante y no del pueblo. Como ya dijo en el siglo pasado René Rémond, el liberalismo tiende a mantener la desigualdad social. Es decir, defiende los derechos y libertades de la clase dominante, negando todas estas prerrogativas a pobres, marginados, huérfanos, vagabundos y minorías étnicas. Por eso el imperialismo y la servidumbre alcanzaron su máximo desarrollo tras el triunfo liberal. Hay que plantearse nuevas preguntas para dar respuesta a las necesidades de la sociedad de nuestro tiempo. La historia se ha fundamentado en base a héroes e hitos, como la Revolución Neolítica, el Descubrimiento de América y sus protagonistas o las Revoluciones Industriales. Y precisamente esos hitos, todos por supuesto relacionados con la civilización Occidental dominante, supusieron grandes saltos adelante en la idea descabellada del ser humano de someter y destruir a la naturaleza. Ello ha traído consigo males muy perniciosos para la humanidad, sobre todo una progresiva desigualdad entre las personas que nos ha hecho cada vez más infelices. La propiedad privada y el dinero acarrearon las desavenencias y la infelicidad al género humano, acabando definitivamente con el igualitarismo de las sociedades primigenias. Asimismo, han provocado una creciente e imparable destrucción del medio, cuyas consecuencias últimas estamos empezando a padecer. Con anterioridad, durante el Paleolítico, la humanidad convivió armoniosamente con su ecosistema. No se trata de volver a la Edad de Piedra pero sí de aprender de ella aspectos tan importantes como su relación con la madre naturaleza. Y mientras la cultura cristiana occidental dominaba, había otras civilizaciones en el mundo –hasta 21 enumera Arnold Toynbee- que contribuían muy dignamente a la historia de la humanidad. Pero, éstas no contaban -nunca han contado- para la historiografía tradicional.

Como defendió vehementemente Walter Benjamin en su Tesis sobre la Historia, no podemos perder de vista que todos los bienes culturales actuales, no son otra cosa que el botín de guerra de los vencedores, pues deben su existencia no sólo a los genios que los idearon sino a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Todo vestigio cultural es a su vez un documento de la barbarie. Y efectivamente, si lo pensamos bien, coincidiremos con Benjamin que todos los testimonios y legados culturales son, obra directa de los vencedores, o bien, trofeos arrebatados a los vencidos. Es por ello que la única historia que se ha escrito hasta ahora es la de los vencedores. Por ello, está claro que urge rescribirla, eliminando los viejos mitos y destacando el papel de la naturaleza y la necesidad urgente de reconciliación entre el ser humano y el medio

Dos, en un abandono de la historia narrativa, esa que piensa que el historiador no debe enjuiciar sino solo narrar y, por supuesto, siempre de aspectos pasados y no presentes. En realidad, la historia es una visión del pasado pero desde el presente. El historiador trabaja, en definitiva, como quería Reinhart Koselleck, con un futuro del pasado y reinterpreta éste en base a sus propias experiencias e inquietudes. La clave es plantearnos nuevas interrogantes a viejas cuestiones, replanteándonos la historia desde nuevos puntos de vista. Sólo usando métodos alternativos al de la historiografía burguesa podremos reinterpretar adecuadamente el pasado, descubriendo verdades que llevan ocultas durante siglos. Como escribió Moreno Fraginals, si usamos los mismos métodos y las mismas fuentes que la historiografía burguesa llegaremos a las mismas viejas conclusiones. Debemos convertirnos en disidentes o en revolucionarios intelectuales, aunque ello implique ciertas dosis de idealismo. Ello no necesariamente debe ser una rémora, pues han sido precisamente visionarios y soñadores los que han cambiado reiteradamente el rumbo de los acontecimientos. Esto incluye la comparación histórica, superando el miedo a los anacronismos, refutando así los grandes símbolos que hasta el presente han sido los signos de identidad de muchos colectivos humanos.

Y tres, realizando una historia de los oprimidos, redimiendo a los vencidos y a los marginados sociales. Ha llegado la hora de construir la verdadera historia, donde el sujeto no sean las élites, ni tan siquiera la humanidad entera, sino sólo la clase subalterna. Es decir, dando el protagonismo a esa masa anónima que pereció fruto del empuje de diversas oleadas civilizatorias. Miles, millones de personas que, como diría Michel Vovelle, no han podido pagarse el lujo de una expresión individual. Hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos, pues como afirmo Benjamin, si la situación no da un vuelco definitivo tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer. La nueva sociedad que surgirá en las próximas décadas, fruto del desmoronamiento del capitalismo, va a necesitar de una nueva historia, liberada de las viejas concepciones, de los viejos mitos.

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Procede de mi libro: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013, pp. 13-19)

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Nadie duda ya que los grandes mártires de todo el proceso de expansión de la civilización occidental en América fueron los amerindios. El objetivo inicial no era su exterminio, pues se pretendía incorporar a aquellos indios útiles al trabajo productivo. Pero, la inadaptación al trabajo sistemático de una parte de los grupos indígenas, las epidemias y el desprecio con el que fueron tratados por el hombre blanco, provocaron la desaparición de su mundo en pocas décadas. A mediados del siglo XVI, poco más de 50 años de la primera arribada, su mundo había quedado traumatizado para siempre.

Personas aisladas, llamadas indigenistas, clamaron durante siglos por la injusta situación social de los naturales. Son embargo, en los años setenta el indigenismo comenzó a ser cuestionado abiertamente en distintos lugares del continente americano. Resultaba ya evidente a todas luces su fracaso para solucionar los problemas de las naciones indias. Su contribución ha sido a lo largo de casi cinco siglos de existencia muy positiva, defendiendo abiertamente a los indios, criticando el genocidio y procurando su mejora social. Sin embargo, pese a sus aportes, sus soluciones no han sido nunca aceptadas por los propios amerindios, pues si bien luchaba contra el genocidio, asumía el etnocidio y lo tomaba como propio.

 

1.-EL INDIANISMO


El indianismo ha pretendido ser la solución presentada por los propios colectivos indios. Desde la Declaración de Barbados del 2 de julio de 1977 surgió con gran fuerza el indianismo que se resistía a la integración y defendía, en cambio, el etnodesarrollo y la diversidad cultural. El indianismo se puede definir como un proyecto civilizatorio diferente del occidental o indigenista, y elaborada por los propios indios. Esta filosofía indianista se fundamenta en la visión cósmica de la vida y del mundo que para el indio significa equilibrio y armonía entre los distintos elementos de la naturaleza, de la cual él mismo es parte integrante. El indianismo es también, como escribió María-Chantal Barre, la búsqueda y la identificación con el pasado histórico, pues, pasado y presente forman un todo inseparable basado en la concepción colectivista del mundo. Esta ideología plantea una política indígena común, pese a lo difícil que resulta poner de acuerdo a personas que hablan unas 863 lenguas diferentes. Tan sólo en México los indios hablan nada menos que 204 lenguas según ha estudiado Gonzalo Aguirre Beltrán.

Además, sus deseos de volver al estado en que se encontraban en 1492 es una falacia ya que es imposible dar marcha atrás. Todas las culturas evolucionan y está ha tenido que evolucionar a marchas forzadas por el brutal impacto de la cultura occidental. En su empeño, lo único que consiguen es intentar parecerse a lo prehispánico produciéndose un sincretismo que, no obstante, les sirve para mantener su identidad frente a la cultura que ellos denominan blanca. A mi juicio, no es posible la involución histórica y no pueden pretender volver a la supuesta civilización ideal que poseían antes de la llegada de los españoles. No obstante, no cabe la menor duda de lo difícil que resulta decidir si es mejor dejarlos a su arbitrio en una política indianista que está dando buenos resultados en algunos lugares de América o si optar finalmente por la integración y la incorporación a la educación a la cultura y a los avances del mundo occidental.

En cualquier caso hay que reconocer que los logros de la etapa indianista a la evolución del problema de la indignidad han sido muchos. Han conseguido, por ejemplo, que numerosas constituciones americanas reconozcan el derecho a la diversidad cultural de los indios. Así, en la constitución mexicana de 1991 se reconoció, en su capítulo IV la composición pluricultural de la nación mexicana. Era un gran avance, aunque no ha sido suficiente como prueba la situación de los propios indígenas, catalizada en movimientos rebeldes como el zapatista de Chiapas.

 

2.-LA CIUDADANÍA ÉTNICA


Desde los años 80 ha aparecido una nueva ideología que reivindica la recuperación de sus tierras comunales y de sus hábitats tradicionales. Es cierto que los pueblos indígenas tienen derecho a su autodeterminación. No debemos olvidar que en la propia Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano se estableció la necesidad de respetar las diferencias culturales de todos los pueblos.

           En realidad, esta ideología no es nueva sino que es un perfeccionamiento de la ideología indianista. Mantiene los principios fundamentales reivindicados por los indianistas pero haciéndoles viables. Parten de la base del establecimiento de pactos políticos con partidos clasistas, sobre todo de izquierdas, del respeto a los Derechos Humanos y de su unidad dentro de su nación política. En definitiva, la ciudadanía étnica intenta armonizar las relaciones entre indios y occidentales. A nivel político piden el retorno de los consejos tribales, que estarían sometidos, obviamente, a los funcionarios reales. A nivel cultural piden el bilingüismo y el respeto a sus leyes consuetudinarias solo con la limitación de que deben estar limitadas por la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Demetrio Cojtí, un líder indígena maya ha sintetizado las reivindicaciones indígenas en las siguientes: territoriales –propiedad colectiva y privada de la tierra-, políticas –autonomía-, jurídicas –derecho consuetudinario-, lingüísticas –bilingüísmo-, educativas , culturales, civiles, económicas –desarrollo propio- y sociales –promoción de la lucha contra el racismo y el colonialismo-.

Entre finales del siglo XX y principios del XXI se ha alcanzado un verdadero hito en la lucha por la defensa de los pueblos indígenas. La instauración de un Foro permanente sobre Cuestiones Indígenas y sobre todo la aprobación por la Asamblea General de la ONU, el 13 de septiembre de 2007, de la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas han constituido un salto adelante sin precedentes. La aprobación de este último documento no fue fácil, pues, lograr un acuerdo costó varias décadas de trabajo y de debates. Y ello porque muchos la vieron como una amenaza a la integridad de sus respectivos Estados nacionales. Por ello, nada tiene de particular que el artículo más polémico fuese el 3º que establecía el derecho de los pueblos indígenas a su libre determinación. Finalmente, gracias al esfuerzo de todos se logró el acuerdo, por una mayoría aplastante, 144 Estados a favor frente a cuatro en contra, concretamente Estados Unidos –cómo no-, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

En realidad, no es más que la misma Declaración de los Derechos Humanos adaptada y concretada para los pueblos indígenas. Por ello hay muchos que piensan que es innecesaria, porque esos mismos derechos los deben garantizar en teoría la Declaración Universal. Sin embargo, su promulgación ha sido necesaria por la falta de implementación de la legislación vigente, nacional e internacional. Ni se han respetado la protección establecida en las Constituciones de los distintos países americanos ni tan siquiera la de los Derechos Humanos. Es más, la promulgación de esta carta específica para los indios denota las violaciones reiteradas que continuaron sufriendo en la praxis. Por ello, todo lo que sea asegurar más la protección de las comunidades indígenas siempre es bien recibida. En ella se establece su derecho a la libertad (art 2º), a la libre determinación (art. 3º), a mantener y conservar sus propias instituciones y tradiciones (art. 5º y 11º), a gozar de unas condiciones de vida adecuadas (art. 21º) y a la reparación por los despojos pasados (art. 28º).

Otra cuestión diferente es su implementación. Incluso, los países que la firmaron ahora se encuentran en la tesitura de su incumplimiento si sus intereses económicos o políticos están en juego. Así, por ejemplo, recientemente se ha denunciado la falta de sensibilidad del gobierno peruano con los pueblos awajún y wampis por la existencia de riquezas mineras en su territorio y las actuaciones de las poderosas compañías extractivas. Desgraciadamente, no es el único caso.

Como reflexión final, está bien claro que aunque se ha avanzado, seguimos lejos de dar una solución definitiva a la situación de los indígenas americanos, que cinco siglos después de la destrucción de su mundo siguen a la espera de la restitución de sus derechos y de su dignidad. ¿Llegará algún día su redención?, nada parece indicar que esto ocurra a juzgar por el pasado y por el presente. No obstante, debemos confiar que algún día sus reivindicaciones y el triunfo de los Derechos Humanos en todo el mundo den sus frutos.

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA


ALCINA FRANCH, José (comp.): Indianismo e indigenismo en América. Madrid, Alianza Universidad, 1990.

 

ALVARÉZ MOLINERO, Natalia, J. Daniel OLIVA MARTÍNEZ Y Nieves ZÚÑIGA GARCÍA-FALCES (Edts.): Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Hacia un mundo intercultural y sostenible. Madrid, Catarata, 2009

 

ANAYA, S. James: “Por qué no debería existir una declaración sobre derechos de los pueblos indígenas”, en Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas. Hacia un mundo intercultural y sostenible. Madrid, Catarata, 2009

 

BARRE, Marie-Chantal: Ideologías indigenistas y movimientos indios. México, Siglo XXI, 1983.

 

LÓPEZ GARCÍA, Julián: “Proyectos de desarrollo y cambios en el liderazgo indígena comunitario en Iberoamérica”, en América indígena ante el siglo XXI. Madrid, Siglo XXI, 2009

 

PEÑA, Guillermo de la: “Ciudadanía social, demandas étnicas, derechos humanos y paradojas neoliberales: un estudio de caso en el occidente de México”, en América indígena ante el siglo XXI. Madrid, Siglo XXI, 2009.


ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Con pesadumbre hemos recibido hoy, en un primaveral domingo de marzo, la noticia del fallecimiento de don Adolfo Suárez, a los 81 años de edad. Ante todo, el pésame hacia la familia. Buen marido y padre, su figura conmueve especialmente por sus padecimientos personales, al ver perder a algunos seres queridos y a su trágica, larga, dura e implacable enfermedad de alzhéimer que ha acabado finalmente con su vida.

        Ahora bien, como ocurre en demasiadas ocasiones, ahora, después de su fallecimiento, hay quien lo quiere canonizar. Pero ni fue un pacifista al estilo de Gandhi, ni un alma caritativa como la madre Teresa de Calcuta. Fue simple y llanamente un político; nada más ni nada menos que eso.

        Doctor en Derecho, desarrolló una dilatada carrera política dentro del régimen franquista. Y conviene insistir en este sentido que su relación con el régimen militar no fue temporal ni circunstancial. Estuvo profundamente implicado en su entramado burocrático y político, empezando su fulgurante carrera política como jefe de la sección primera del gobierno civil de Ávila. Luego fue procurador en Cortes por la misma provincia, jefe del gabinete técnico de la vicesecretaría Nacional del Movimiento, director de Radiotelevisión española (1965 y 1968), gobernador civil de Segovia (1968-1969) y, posteriormente, ocupó distintos cargos en el Ministerio del Movimiento nacional, siendo su ministro entre 1975-1976.

        Fallecido el Caudillo, no estaba dispuesto a dar por finiquitada su carrera política. En mayo de 1976 fue elegido consejero nacional del Movimiento y poco después el rey lo designó presidente del gobierno con el objetivo de que liderase la transición desde el franquismo a la democracia. Suárez se ajustaba al perfil buscado: era una persona joven, con ganas, con ambición política y con un gran talante conciliador. En 1977 ganó las elecciones al frente de Unión de Centro Democrático (UCD), una coalición de partidos de centro que tuvo un recorrido muy corto. Sin embargo, a principios de 1981, poco antes del golpe militar del teniente coronel Tejero, abandonado por el sector democristiano de su partido, tiró la toalla y dimitió, dejando la presidencia a Leopoldo Calvo Sotelo. En la jornada del 23-F permanecía en su escaño como presidente en funciones, de ahí que a todos nos impresionara su serenidad, al permanecer sentado, mientras el resto de parlamentarios se tiraba al suelo.

Después de su renuncia a la presidencia del gobierno quiso seguir en la política, fundando un nuevo partido de centro izquierda, el Centro Democrático y Social (CDS) que obtuvo resultados discretos pero que le permitió mantenerse en el parlamento entre 1982 y 1989. En mayo de 1991, tras el fracaso de su partido en las últimas elecciones generales, presentó su dimisión como presidente de dicha agrupación, acabando definitivamente su carrera política.

        Se suele decir que su gran mérito fue su talante conciliador, evitando la rebelión militar cuando, en la primavera de 1977, se legalizó el Partido Comunista de España. Y aunque cumplió su misión satisfactoriamente, en un contexto muy difícil, no hizo más que cumplir con su obligación. Posteriormente creo el Ministerio de Defensa, al frente del cual colocó a un civil para tratar de extender el espíritu democrático al ejército del Caudillo.

        En resumen, como hemos podido observar en esta pequeña semblanza, fue un político camaleónico, versátil, capaz de servir lo mismo a una dictadura de derechas, que a una democracia y, llegado el caso, a un totalitarismo de izquierdas. Le gustaba el poder y cuando lo ostentó lo desempeñó razonablemente bien. Ha recibido todo tipo de distinciones: varios doctorados honoris causa, el título de Duque de Suárez, el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, además del reconocimiento de la mayoría del pueblo español. Yo creo que fue un político, con sus luces y con sus sombras. Desarrolló su trabajo con honestidad y fue recompensado con creces tanto social como económicamente. Eso es todo; no me siento en deuda con él. Miles de españoles anónimos sufren diariamente por sacar a sus familias adelante y nadie les ha reconocido nunca nada. Ni Suárez fue un héroe ni el resto de los españoles unos villanos.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        El miedo a la muerte ha sido una de las grandes constantes de la historia. Como escribió Michel Vovelle, pese a lo que se ha dicho, en ningún momento la muerte ha sido aceptada serenamente, sin temor ni aprensión. Sin embargo, la respuesta que hemos dado ante ella ha sido muy diferente dependiendo de la época y de la condición social. Los epicúreos lo aceptaban con naturalidad, no temen a Dios ni a la muerte. Ellos piensan, dice Critchley, que lo que es bueno es fácil de obtener y lo que es terrible es fácil de aguantar. Pero los epicúreos eran minoría; la mayoría sí que sentía miedo y respeto por el más allá. Sin embargo, no todos lo mostraban, pues como decía Virgilio, esto se consideraba un signo visible de la baja cuna del finado. Durante casi dos mil años, a los patricios primero y a los nobles después se les suponía que debían mostrar valor, incluso en el último trance de la vida, es decir, la muerte. Era lo que se llamaba el bien morir, es decir, una muerte digna y con honor. Cuando frey Nicolás de Ovando, Comendador Mayor de la Orden de Alcántara y gobernador de La Española, recibió la noticia, en 1505, de la muerte de un pariente, su respuesta no pudo ser más elocuente:

         Como todos hemos de hacer ese camino, no hemos sino de dar gracias a Dios Nuestro Señor.

        Se trataba de una reacción coherente con su rango social, es decir, su aceptación como algo natural, sin mostrar miedo.

La muerte podía igualar pero no las honras fúnebres que constituían el último acto social del finado. La muerte igualaba a las personas, pero en la otra vida no en ésta. El mismo entierro era el último acto social del finado. Por ello, se procuraba que fuese lo más lucido posible, acorde con el rango socio-económico que el finado había disfrutado en vida. De hecho, en el folclore de los Pedroches en Córdoba el pueblo cantaba: Cuando se muere algún pobre,/ ¡qué solito va el entierro!/ y cuando se muere un rico/ va la música y el clero. Efectivamente, todos los enterramientos se hacían de manera acorde al rango social de cada uno, con acompañamiento de frailes, clérigos, capellanes y hermandades, blandones y memorias perpetuas de misas. En su último acto social, el finado estaba obligado a hacer una ostentación acorde a su rango. Incluso, el cielo no debía ser igual para todos. En la Catedral Vieja de Salamanca hay un epitafio de la familia Monroy que dice asÍ.

Aquí yacen los señores Gutiérrez de Monroy y doña Constanza de Anaya, su mujer, a los cuales dé Dios tanta parte del cielo como por sus personas y linajes merecían de la tierra.

 

Es decir, las honras terrenales tendrían mucho que ver con la parte del paraíso que a cada uno correspondía en la otra vida. La enfermedad y la muerte eran omnipresentes y siempre se atribuían a la labor del demonio. Por eso las misas, las fundaciones de capellanías y obras pías se hicieron frecuentes para garantizar la salvación de las almas. Las reliquias de los santos podían obrar milagros. Esta idea justifica muchas de las actuaciones del hombre prácticamente hasta la Edad Contemporánea. Aunque se conocen algunas hermandades de ánimas fundadas en el siglo XIV, su impulso llegó tras el concilio de Trento, fundándose la inmensa mayoría en la segunda mitad del siglo XVI y a lo largo del XVII. Los protestantes habían negado la existencia del Purgatorio, al estimar que el destino de las ánimas no dependía de los hombres sino exclusivamente de Dios. Por ello, desde Trento se ratificó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que se rezara por las ánimas de los difuntos para una más rápida salida hacia el cielo. Es decir, los vivos nada podían hacer por los muertos. En contraposición, en Trento se reafirmó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que los vivos rezasen por los muertos para facilitar su salida del purgatorio y su ingreso en el cielo. Rara fue la parroquia que no contó desde el siglo XVII con una hermandad de ánimas. Durante el Antiguo Régimen hubo una auténtica obsesión por la salvación de las almas. Esto justificaba las donaciones a instituciones religiosas y la fundación de patronatos, capellanías y obras pías encaminadas en el fondo a procurar la salvación de las almas de los instituyentes.

En nuestros días, la muerte se ha convertido en un tabú. En una época de tantas libertades, se habla de todo, menos de la muerte. La muerte es ampliamente negada en occidente, y eso conlleva la mayor de las esclavitudes. Según Critchley la única forma de afrontar la muerte es riéndose de ella, viviendo el momento y asumiendo lo pasajero de la vida. Los nuevos adelantos científicos en materia médica y biológica van a crear un problema social, económico y ético sin precedentes. Es posible que en las próximas décadas la esperanza media de vida se dispare hasta los 120 o 130 años. Sin embargo, surgen dos problemas que habrá que afrontar: ¿Quién o quiénes van a tener acceso a esta casi inmortalidad? Es obvio que nadie está pensando aplicar estos beneficios a los 7.000 millones de seres humanos que habitan el planeta Tierra. Y ello, porque eso conllevaría, por un lado, gastos económicos que nadie estaría dispuesto a asumir, y por el otro, porque la perdurabilidad de algunas generaciones mermarían a medio y largo plazo el advenimiento de las venideras.

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

ARIÈS, Philippe: Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días. Barcelona, El Acantilado, 2000.

 

CILLÁN CILLÁN, Francisco: “La creencia en el más allá”, Ars et Sapientia, Nº 28. Cáceres, 2009

 

LE GOFF, Jacques: El nacimiento del Purgatorio. Madrid, Taurus, 1981.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS