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          La guerra de los Cien Días –aunque duró exactamente 113 días- entre España y Estados Unidos fue provocada directamente por estos con la intención de apoderarse de la isla. El 15 de febrero de 1898, el crucero Maine, amarrado al puerto de La Habana, voló por los aires. Siempre se sospechó que lo hundieron los propios norteamericanos para provocar la guerra y, aunque ellos siempre lo negaron, recientemente gracias a la desclasificación de papeles de la guerra se ha confirmado tal sospecha. Y ello, porque hacía años que negociaban infructuosamente la venta de Cuba por España. El objetivo estaba claro, se trataba de expulsar a la vieja potencia de Cuba, Puerto Rico y Filipinas para así expandir su dominio político y económico al Caribe y al Pacífico. El 24 de abril de 1898 España se ve forzada a declarar la guerra, al tiempo que el presidente estadounidense Willian McKinley ordenaba a la flota de W. Sampson el bloqueo La Habana

          El almirante Pascual Cervera y Topete ha pasado a la historia como el héroe que se enfrentó a la armada estadounidense a sabiendas de que se dirigía a una muerte segura. Su lealtad a la bandera y a la patria, su espíritu de sacrificio le empujo a luchar en condiciones desiguales antes que rendir sus barcos amarrados al puerto de Santiago de Cuba.

          Efectivamente, ante la presión ejercida por las tropas estadounidenses que cercaban Santiago, el general Blanco desde La Habana le ordenó hacerse a la mar y enfrentarse a la escuadra enemiga. Por cierto, que sus marineros habían estado combatiendo en tierra, frenando a las tropas del general Shafter. En la mañana del 3 de julio de 1898 salían por la bocana del puerto el buque insignia de la armada, el crucero Infanta María Teresa, seguido de cerca por los cruceros Vizcaya, Oquendo y Cristóbal Colón, así como los torpederos Plutón y Furor. Como ya sabían, la escuadra americana capitaneada por Sampson y compuesta por los acorazados New York –su buque insignia- Brooklyn, Indiana, Oregón, Iowa y Texas, bloqueaba en semicírculo la salida de la bahía. Los barcos españoles fueron destruidos por el fuego enemigo, salvo el crucero Colón que se quedó sin combustible y regresó a puerto. Un total de 323 marineros perdieron la vida, reposando la mayoría de sus cuerpos en el fondo del mar Caribe. Hubo asimismo 151 heridos de distinta consideración que fueron rescatados con vida, mientras que del lado contrario se contabilizó una sola baja y un herido. Entre los supervivientes el propio Almirante Cervera que fue tratado con respeto y hasta con honores por parte de sus enemigos.

Trece días después, los 700 españoles que defendían Santiago frente a unos 6.000 estadounidenses, ya sin la protección de la armada y sin posibilidades de recibir refuerzos, capitulaban. Luego España era obligada a renunciar a la soberanía de Cuba que no era considerada una colonia más sino la última provincia de España.

          Indudablemente, Cervera se comportó como un patriota, y quiso morir con sus hombres. Hay que entenderlo en el contexto de su tiempo y en su espíritu de sacrificio. Entonces el bien común de la patria estaba por encima de los intereses y de los derechos individuales. Ahora bien, dicho esto y desde una perspectiva si se quiere anacrónica, envió a una muerte segura a varios cientos de jóvenes esforzados que malograron inútilmente sus vidas. Para colmo, el mismo que decidió la muerte de sus hombres tuvo la suerte de salvar su propia vida y disfrutar de todos los honores hasta su fallecimiento por causas naturales en 1909. Evidentemente si hubiese rendido su flota por anteponer el derecho a la vida de sus hombres –algo impensable en esos momentos- o simplemente por cobardía, hubiese perdido su honra y con total seguridad sus galones, pero con el tiempo la historia lo hubiese absuelto.

Lo cierto es que el desastre de la armada española en Cuba, comprensible en su contexto histórico, costó la vida a más de tres centenares de jóvenes, siendo una gota de agua más en el océano de la sinrazón humana.

 

 

PARA SABER MÁS

 

AZCÁRATE, Pablo de: La guerra del 98. Madrid, Alianza Editorial, 1968.

 

MORALES PADRÓN, Francisco: Historia de unas relaciones difíciles (EEUU-América Española). Sevilla, Universidad, 1987.

 

SERRANO, Carlos: Final del Imperio, España 1895-1898. Madrid, Siglo XXI, 1984.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Pese a la extensa bibliografía que existe sobre la vida y la obra de este conquistador universal lo cierto es que, por difícil que esto pueda parecer, aún quedan múltiples interrogantes sobre su vida. No debemos olvidar en este sentido, y por citar un ejemplo representativo, que aún no han sido estudiadas en profundidad las miles de páginas que se conservan del que fue su juicio de residencia.

En estas líneas queremos contribuir a la biografía del conquistador de Medellín, aclarando ciertos aspectos desconocidos relacionados con su primera esposa, Catalina Suárez Marcayda. No debemos olvidar que hasta la fecha ni tan siquiera existía acuerdo en algo tan básico como su propio nombre, pues mientras unos biógrafos la denominaban Catalina Marcayda para otros era Catalina Xuárez Marcayda, o incluso, Catalina Juárez. El prestigioso historiador Salvador de Madariaga ha afirmado que está cuestión de su primer matrimonio y su enfrentamiento con Diego Velázquez "es algo intrincada y oscura, pues los cronistas no están de acuerdo sobre motivos y hechos, no sólo de unos a otros sino a veces cada uno de ellos consigo mismo".

Este desconocimiento se debía básicamente a la falta hasta la fecha de referencias documentales al respecto. No en vano, casi todos los aspectos que conocíamos relacionados con este asunto se basaban exclusivamente en las escuetas referencias que ofrecieron los cronistas Bernal Díaz del Castillo, Juan Suárez de Peralta -sobrino de Catalina- y el propio Hernán Cortés en sus conocidas "Cartas de Relación".

En este presente estudio vamos a dar a conocer algunos aspectos biográficos inéditos referidos a la primera esposa de Hernán Cortés, Catalina Suárez, y a su ascendencia familiar. Para ello nos basaremos en dos documentos inéditos localizados en el Archivo General de Indias, a saber: uno, la probanza de méritos que presentó su sobrino, Luis Suárez de Peralta, con la intención de conseguir una regiduría en la ciudad de México, y dos, el expediente e información para pasar a las Indias de Lorenzo Suárez de Peralta, también descendiente de la esposa del conquistador de Medellín.

 

EL ORIGEN DE LA FAMILIA

 

Como ya hemos afirmado, los orígenes familiares de la esposa de Hernán Cortés eran hasta hace poco tiempo muy controvertidos, pues, apenas si disponíamos de referencias documentales fiables. Francisco López de Gómara afirmó que Juan Suárez de Peralta -al igual que su hermana Catalina-, era natural de la ciudad de Granada. Sin embargo, esta afirmación del cronista de Carlos V hemos de ponerla en duda. Ya Justo Zaragoza en el tercer tercio del siglo XIX dejó bien claro que Juan Suárez de Peralta y sus hermanas habían nacido en Ávila. Esta es la tesis que ha prevalecido desde entonces dada su solidez documental, pues, no debemos olvidar que fue el propio sobrino de Catalina, Juan Suárez de Peralta, quien hizo tales afirmaciones en su "Historia del Descubrimiento y Conquista de México". Por otro lado, gracias a una referencia documental, sabemos que los padres de Catalina Suárez se llamaban Gonzalo Suárez y María de Marcayda.

El problema real comienza a la hora de intentar establecer el momento en el que Catalina Suárez arribó al Nuevo Mundo. Según Perissinotto, Catalina Suárez arribó a la Española, junto a su familia, el 9 de julio de 1509, en el séquito que acompañaba a doña María de Toledo. Sin embargo, hemos de poner en duda esta afirmación a la luz de los nuevos documentos que presentamos.

En la información se afirma con cierta rotundidad que Juan Suárez de Peralta -hermano de Catalina- llegó a la Española en la flota de frey Nicolás de Ovando. En el encabezamiento de la probanza lo primero que dice Luis Suárez de Peralta es que su padre -hermano de Catalina- "fue uno de los primeros descubridores, conquistadores y pobladores de la ciudad e isla de Santo Domingo, en la cual le fue(ron) dados muchos indios de repartimiento en gratificación de los mucho ssque trabajó y gastó en el dicho descubrimiento y conquista". Además, la pregunta cuarta de la probanza deja pocas dudas al respecto al decir lo siguiente:

 

          "Si saben que puede haber cincuenta años poco más o menos que el dicho Juan Suárez vino de España con el Comendador Mayor don frey Nicolás de Ovando y llegados que fueron a la isla Española que ahora llaman de Santo Domingo el dicho Juan Suárez se halló en todas las conquistas y pacificaciones que se hicieron y fueron necesarias así en las conquistas a donde fue personalmente el dicho Comendador Mayor como en otras..."

 

 

Todos los testigos respondieron afirmativamente a esta consulta aunque sin aportar datos más concretos ya que todos ellos reconocieron que no se encontraban en América cuando ocurrieron aquellos hechos. Incluso, se puede apreciar una gran imprecisión en cuanto a las fechas, pues, ninguna coincide con el año de 1502. Así, pese a que la probanza se realizó en 1560, los testigos respondieron de forma unánime que Juan Suárez llegó en la flota del Comendador Mayor a la Española "hacía 50 años poco más o menos", retrasando el arribo de Ovando a la Española hasta 1510. Igualmente Alonso de Herrera, representante de Luis Suárez de Peralta, declaró en 1567 que el padre de su representado fue a las Indias con frey Nicolás de Ovando hacía unos 55 años poco más o menos de forma que, si tomáramos en cuenta este dato, debió llegar en 1512.

No obstante, la total coincidencia de todos los testigos y del propio Luis Suárez de Peralta, al afirmar que su padre llegó en la flota de frey Nicolás de Ovando creemos que tiene suficiente credibilidad como para darla por cierta. Las imprecisiones cronológicas se deben, sin duda, a dos circunstancias, a saber: primera, a la lejanía en el tiempo de dichos acontecimientos, y, segunda, a que ninguno de los declarantes estuvo en la Española por esos años.

Así, pues, podemos decir que Juan Suárez de Peralta llegó a la Española en 1502, participando en la conquista de la isla y recibiendo, en compensación por los servicios prestados, una encomienda de indios. Una vez que Juan Suárez de Peralta se asentó en la isla, tras la finalización de su conquista y pacificación, envió a buscar a España al resto de su familia, entre ella a su hermana Catalina que no debió arribar a la Española antes de 1505.

No obstante, los conquistadores eran muchos y el botín para repartir poco por lo que la familia Suárez de Peralta decidió marcharse a la vecina isla de Cuba, en la flota del adelantado Diego Velázquez. Este período comprendido entre 1512, fecha en la que llega a la isla, y 1520, momento en el que Juan Suárez de Peralta partió para México es de suma importancia en la vida de la familia. Nuevamente el hermano de Catalina, participó activamente en la conquista y pacificación de un nuevo territorio, la isla de Cuba.

Una vez pacificada ésta, los Suárez de Peralta se avecindaron en la ciudad de Santiago, recibiendo Juan Suárez una buena encomienda de indios en remuneración por sus servicios. Así, por ejemplo, el testigo Antón de Rojas declaró a la pregunta sexta del interrogatorio lo siguiente:

 

          "Que este testigo vio al dicho Juan Suárez que por sus servicios el dicho adelantado don Diego Velázquez le dio indios de repartimiento los cuales vio este testigo que le servían en la dicha ciudad de Santiago de Cuba y que era persona tenida y habida por tal conquistador de la dicha isla..."

 

Pasado algún tiempo y una vez lograda una cierta estabilidad económica -gracias a una buena encomienda de indios-, comenzó la ascensión social de la estirpe. Y el hecho más trascendental en este proceso fue sin duda el matrimonio de Catalina Suárez Marcayda con el futuro conquistador de México, Hernán Cortés.

 

SU MATRIMONIO CON HERNÁN CORTÉS

 

Nuevamente queremos insistir en lo controvertida que es la cuestión, pues, no en vano, hay historiadores que dudan incluso que el enlace se llegase a celebrar. Por lo demás, existía cierto escepticismo a la hora de establecer el parentesco exacto entre la primera mujer del conquistador de México y la familia Suárez de Peralta. Y finalmente, y como es bien sabido, se acusa al mismo Hernán Cortés de causar la muerte de su esposa.

En relación, pues, a este matrimonio entre el conquistador de México y Catalina Suárez se ha escrito mucho, apareciendo tres posiciones opuestas: la primera, que el compromiso de matrimonio se rompió antes de realizarse. La segunda, que fue un matrimonio sin amor, consumado por las presiones que ejerció el teniente de gobernador Diego Velázquez sobre un jovial Hernán Cortés. Y la tercera, que realmente fue un casamiento en toda regla donde dos enamorados optaron por unir sus vidas.

Por supuesto, en esta probanza queda bien claro que efectivamente el matrimonio de Catalina Suárez y Hernán Cortés se llegó a oficiar en la isla de Cuba. Así, por citar un ejemplo concreto, Antón de Rojas declaró a la tercera pregunta que "en esta ciudad (se refiere a México) se dijo y publicó que la mujer primera del dicho Marqués del Valle era tía del dicho Luis Suárez y Juan Suárez y que era hermana de su padre del dicho Juan Suárez..."

Por lo demás, las relaciones entre la familia Suárez y el conquistador de Medellín fueron muy fluidas tanto antes como después de la Conquista de México. Concretamente, en esta probanza se pone de manifiesto que, a la partida de Hernán Cortés rumbo a su gesta conquistadora en el continente, éste dejó a Juan Suárez de Peralta encargado de la administración de sus haciendas, pidiéndole asimismo que abonase las deudas que había dejado para armar la flota. Concretamente el testigo Andrés de Tapia declaro sobre este particular lo siguiente:

 

"Que se había quedado a ruego del dicho Hernando Cortés su cuñado, en la administración de su casa, minas, pueblos y haciendas y que oyó decir al dicho Altamirano, que de ordinario residía en las casas del dicho Cortés y que el dicho Juan Suárez tenía ciertas partes de haciendas entre las que administraba y que asimismo sabe este testigo y oyó decir... que el dicho marqués había quedado a deber muchas sumas de pesos de oro para hacer la jornada que hizo para esta Nueva España..."

 

Obviamente, esta cordialidad entre Cortés y su cuñado muestra una magnífica relación entre el conquistador de Medellín y su familia política. Nada hace sospechar la posibilidad de agravios del conquistador de México hacia su primera esposa.

 

LA MARCHA DE CORTÉS

También se ha afirmado que Cortés abandonó a su esposa cuando fue a la Conquista del Imperio Azteca, afirmación con la que, a la luz de los nuevos documentos investigados, no estamos totalmente de acuerdo. Evidentemente Cortés marchó con sus hombres para enfrentarse a un mundo desconocido y no había lugar en esa expedición para las familias. Pero, como ya mencionado en líneas precedentes, a su marcha, las relaciones con su cuñado, Juan Suárez de Peralta, eran tan buenas que Cortés lo dejó encargado de sus bienes en Cuba.

Por la probanza sabemos que Juan Suárez de Peralta permaneció en Cuba, tras la marcha de Cortés, el poco más de un año comprendido entre el 18 de febrero de 1519 -fecha en que partió el conquistador del Imperio Azteca- y el 6 de julio de 1521 en que el hermano de Catalina arribó por fin a México. Efectivamente el testigo Andrés de Tapia manifestó que Juan Suárez se quedó en Cuba "a ruego del Marqués" para que administrase sus haciendas y satisficiese todas las deudas que había dejado en el apresto de su armada. En esos 16 meses Juan Suárez vendió tanto las propiedades de su cuñado como las suyas propias, pagando las deudas pendientes y consiguiendo algunos fondos para el apresto de una carabela portuguesa que compró a "un fulano de Nájera". La pregunta sexta de la probanza iba al fondo de esta cuestión al decir lo siguiente:


          "Si saben que la dicha carabela fue el primer navío que vino a esta Nueva España en busca del dicho Marqués después que él partió de la dicha isla de Cuba y si saben que vino con licencia y despachado por mandado del licenciado Zuazo, teniente de gobernador que a la sazón tomaba y estaba tomando residencia al dicho adelantado Diego Velázquez, el cual dicho Diego Velázquez entretuvo al dicho Juan Suárez muchos días que no les dejaba partir embargándole por muchas vías porque el dicho Marqués no tuviese socorro..."

 

 

La llegada de Juan Suárez se produjo concretamente en el intervalo comprendido entre la derrota de los españoles en la Noche Triste, ocurrida como es de sobra conocido el 30 de junio de 1521, y unos días antes de la victoria definitiva sobre los aztecas en la Batalla de Otumba, contienda librada el 7 de julio del mismo año. Pero, a diferencia de lo que se había pensado en torno a que Juan Suárez marchó a México en compañía de su madre y de sus hermanas -entre ellas la esposa de Cortés-, lo cierto es que en esta probanza queda bien claro que viajó sólo. Posteriormente, una vez conquistada la capital del Imperio Azteca, volvió al menos a por su hermana Catalina. Y fue concretamente Juan Suárez quien acudió, en el mismo año de 1521, a por su hermana, con dos navíos bien pertrechados y, según parece, a ruego del propio Cortés. Es más, según se afirma en la probanza, a su llegada a Nueva España fue "el Marqués a recibirla y que la trajo a Culuacán y que hizo vida maridable con ella hasta que falleció".

 

LA MUERTE DE CATALINA SUÁREZ

La tesis sostenida tradicionalmente es que Catalina murió en octubre de 1522, en condiciones extrañas, pocos minutos después de haber mantenido una fuerte discusión con su marido. Al parecer, la finada estuvo en una fiesta con Hernán Cortés hasta más allá de las diez de la noche. En ese momento, según numerosos testigos, los esposos tuvieron una pequeña disputa, ella se sintió ridiculizada en público y se marchó llorando a sus aposentos. Según su camarera personal, la cosa no fue a mayores, pues, verificó que la ayudo a cambiarse y la dejó acostada aparentemente sana y tranquila. Poco más de una hora después, antes de mediar la media noche, estaba muerta. En ese momento, Hernán Cortés avisó a cinco mujeres para que la amortajaran. Se trataba de la camarera personal de Catalina, Antonia Hernández, las tres doncellas de la casa, Juana López, esposa de de Alonso Dávila, Ana Rodríguez, esposa de Juan Rodríguez, Violante Rodríguez, mujer de Diego de Soria, y al ama de llaves de Juan de Burgos, María de Vera. La más afectada fue sin duda su camarera personal, Antonia Hernández, que había vivido con Catalina desde 1514 y que quedó verdaderamente desolada. En cambio, Cortés se mostró extremadamente nervioso, dando puñetazos en las paredes, por lo que debieron llamar a fray Bartolomé de Olmedo para que lo calmara. Esos son a groso modo los hechos ocurridos.

Históricamente ha habido un ardoroso debate entre los que pensaban que la muerte fue natural y los que sostenían la tesis del asesinato. Yo debo reconocer que durante mucho tiempo pensé y hasta publiqué que la acusación debía ser una difamación más de los muchos enemigos del medellinense. Sin embargo, después de leer y releer los testimonios de los testigos presenciales, fundamentalmente de la camarera personal y de las otras mujeres que la amortajaron, debo reconocer que albergo bastantes dudas, por las circunstancias cuanto menos extrañas en las que perdió la vida.

La tesis hispanista fundamentaba la negación del homicidio en el carácter enfermizo de Catalina Suárez. Ellos sostenían que doña Catalina padecía gravemente del corazón y que con frecuencia quedaba gran rato amortecida y fuera de su sentido. En esta línea se mostraron historiadores tan solventes como Salvador de Madariaga:


"Su salud no era nada buena. Padecía de asma y es seguro que hallaría difícil aclimatarse a la altura deMéxico después de tantos años al nivel del mar en Santiago de Cuba"

 

En el interrogatorio sobre su muerte, realizado en 1529, varios testigos aludieron a este carácter enfermizo de doña Catalina. Así, por ejemplo, Antonio Velázquez declaró lo siguiente:


"Que muchas veces vio a la dicha Catalina enferma y así la tenían por mujer enferma y que era delicada y que algunas veces le tomaba un mal que estaba como muerta y que quedaba del dicho mal muy fatigada".

 

Al parecer, la hermana de Catalina también murió joven, de forma repentina y con los mismos síntomas. Esto, a juicio de los que niegan el homicidio, podría indicar alguna enfermedad congénita de las dos hermanas. Las acusaciones de homicidio, según Fernández del Castillo, fueron promovidas por la primera Audiencia de México con la intención de acabar con el abrumador dominio político del conquistador de México.

La segunda prueba que argumentan los detractores de la tesis del homicidio, insisten en el respeto que, tras su fallecimiento, mostró Hernán Cortés por su difunta esposa. Según Madariaga, llevó luto prácticamente hasta su boda con doña Juana de Arellano y Zúñiga en 1529. Además, dispuso una conmemoración anual que por su alma debía celebrase en la capilla del hospital de la Concepción. Asimismo, aunque no tuvo hijos con ella, sabemos que de los 11 vástagos que tuvo, entre legítimos y naturales, nada menos que a tres hijas le puso el nombre de Catalina.

Bueno, aun aceptando la idea de que mantuvo el luto hasta 1529, lo cierto es que la apariencia era algo importante en la sociedad de la época, y además parecía lo más conveniente para defender su inocencia. El hecho de que, posteriormente, pusiera el nombre de Catalina a tres de sus hijas implica posiblemente un acto de recuerdo o de arrepentimiento hacia su difunta esposa. Ahora bien, pese a los argumentos de los detractores de la tesis del homicidio, lo cierto es que la noche en que ocurrieron los hechos, Hernán Cortés mostró algunos comportamientos muy sospechosos, a saber:

Primero, la finada durante la fiesta no mostró el más mínimo síntoma de estar enferma. Más bien, al contrario, se mostró muy alegre y tranquila hasta la disputa con su marido.

Segundo, cuando Hernán Cortés dio la voz de alarma, ya estaba muerta su esposa. No dio ninguna señal de alerta durante el trance. Simplemente envió a su camarero Alonso de Villanueva para que buscase a las mujeres para que preparasen el cadáver.

Tercero, de las declaraciones de estos testigos presenciales se desprende que observaron en el cadáver algunas cosas que les parecieron raras y que levantaron sus sospechas, a saber: una, que tenía moratones en el cuello. Dos, que estaba toda descabellada como si hubiese opuesto resistencia a alguien. Tres, que se había orinado encima. Y cuatro, que había desparramadas en el suelo cuentas rotas de una gargantilla de color azabache. Por ello, en ese momento murmuraron entre ellas que la había matado Cortés, pero no se atrevieron a decir nada por miedo a sus represalias. Sólo una de ellas, la más atrevida, María de Vera, le preguntó por los cardenales del cuello, a lo que Cortés respondió que se los produjo él al tirarle del collar cuando la vio amortecida. Luego comentó a sus compañeras que Cortés la había ahogado igual que el Conde Alarcos hizo con su mujer. Todas ellas declararon esas circunstancias, menos la camarera personal de doña Catalina, Juana López, que negó haber visto moratones algunos, ni las cuentas rotas de la gargantilla. A las 8 de la mañana llegaron a ver el cadáver María Hernández y una tal Gallarda y le quitaron la toca que le cubría la cabeza, hallando síntomas de ahogamiento y de resistencia, por los ojos salidos y muy abiertos –dijeron-, así como una gota de sangre encima de la frente y un rasguño en la ceja.

Y cuarto, el de Medellín ordenó taparle bien el cuello, meterla en un ataúd y clavar la tapa. Cuando Bartolomé de Olmedo le pidió que mostrara el cuerpo al pueblo para contrarrestar las sospechas que había de asesinato él se negó rotundamente. Tan sólo vieron sus restos mortales, además de Cortés, algunos de sus hombres de confianza y un grupo de mujeres que estuvieron en el entorno de la finada.

Es cierto que, Juan Suárez de Peralta, hermano de Catalina, continuó, hasta 1529 manteniendo una buena amistad con Hernán Cortés. Incluso, participó activamente en la pacificación de las provincias de Michoacán, Jalisco, Pánuco y Oaxaca, recibiendo en compensación la encomienda de Tamazulapa que, como es bien sabido, heredaría a su muerte su hijo mayor Luis. Cortés y su cuñado participaron juntos en la conquista y pacificación del Pánuco, enviándolo luego por su teniente y capitán al descubrimiento de la costa del Mar del Sur hasta el Soconusco. Pero, es más, unas décadas después, los sobrinos de doña Catalina no le reprocharon nada al conquistador, sino más bien al contrario, mostraban una cierta admiración por su célebre tío político.

Pero, todo ello son pruebas circunstanciales. Hernán Cortés y sus herederos gozaron de una fortuna considerable y de una gran influencia política. Enfrentarse a ellos era algo que no estaba al alcance de todos. La madre de la finada, María Marcayda, siempre estuvo convencida de que su hija murió asesinada, pero todos le desaconsejaron emprender un juicio contra el hombre más poderoso de Nueva España. En 1529, las cosas habían cambiado considerablemente. El poderoso conquistador había sido desalojado del poder y ahora sí que parecía factible hacerle pagar viejas deudas. Por ello, animada por Juan Suárez de Peralta, hermano de Catalina, se decidió a plantarle cara en dos procesos paralelos, uno en el que lo acusó de homicidio y otro, reclamando para ella y sus herederos el dinero de gananciales que obtuvo mientras estuvo desposado con su difunta hija. Cuesta creer que una madre, emprendiera todas estas acciones legales sólo por capricho o por dinero.

Nunca se podrá demostrar fehacientemente si murió asesinada o no, entre otras cosas porque el propio Cortés borró todo tipo de pruebas lo más rápidamente que le fue posible. Pero nadie puede dudar que al metellinense no le faltaban razones para hacerlo: en primer lugar, de acuerdo con José Luis Martínez, por los justificados celos que mostraba Catalina. Ésta debió llevar muy mal la actitud de su marido que, en esos momentos, fue padre por primera vez con su concubina mayor, doña Marina. Por tanto, no es de extrañar que el de Medellín no pudiese soportar más las presiones de su legítima esposa. Y en segundo lugar, porque otra de las grandes obsesiones del metellinense, además de las mujeres, fue el ennoblecimiento de su linaje. Y para ello, Catalina era un estorbo insalvable. Si quería desposarse con una importante dama castellana y tener hijos de alta alcurnia con los que perpetuar su apellido, la desaparición de Catalina era necesaria. El testimonio de María Hernández, esposa de Francisco de Quevedo, que era amiga y confidente de Catalina desde sus años en Cuba, es absolutamente clarificador. Cuando supo la muerte de Catalina no se sorprendió porque la finada le había contado su temor de que su marido acabara con su vida:


"Catalina tenía mucha conversación y amistad con este testigo porque se conocían de Cuba, y contándole la dicha doña Catalina muchas veces a este testigo la mala vida que pasaba secretamente con el dicho don Fernando Cortés y como la echaba muchas veces de la cama debajo de noche y le hacía otras cosas de maltratamiento, le dijo a este testigo: ¡ay, señora la de Quevedo, algún día me habéis de hallar muerta a la mañana, según lo que paso con el dicho don Fernando!"

 

           Pero mucho más elocuente era la causa por la que creía que asesinó a Catalina: lo hizo, según era opinión generalizada en Nueva España, porque pretendía casarse con otra mujer de más estado. Una pretensión que, al parecer, el mismo medellinense confesó a su capitán de la guardia, Cristóbal Corral, al día siguiente del fallecimiento de su infortunada esposa.

 

PARA SABER MÁS:

 

GÓMEZ-LUCENA, Eloísa: Españolas del Nuevo Mundo. Madrid, Cátedra, 2013.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Aportes a la biografía de Hernán Cortés: su matrimonio con Catalina Suárez”, en Fray Bernardino de Sahagún y su tiempo. León, Universidad, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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Existe ya una larga trayectoria historiográfica sobre las cofradías étnicas, referida a España y a las colonias hispanoamericanas. Su existencia se justificaba precisamente por la discriminación que sufrían estas minorías que, con frecuencia, veían vetado su acceso a las corporaciones de blancos y a sus beneficios espirituales y materiales. La inmensa mayoría de ellas, en una cláusula casi rutinaria, prohibía el acceso a toda persona negra, mulata, morisca o que desempeñase oficios viles. Es cierto que en teoría no debería haber existido esta discriminación porque los esclavos estaban bautizados y, por tanto, eran cristianos. Precisamente dado que no había un fundamento jurídico para su exclusión, en muchas reglas se solventó la cuestión añadiendo alguna coletilla del tipo para evitar murmuraciones, por no dar lugar a escándalos o por ser gente de su natural inquieta.

 

Para el caso de Portugal disponemos del trabajo de Didier Lahon en el que se revela la existencia de decenas de cofradías de negros de muy diversas advocaciones, aunque predominan las de San Benito de Palermo, las de Jesús y las de María. En lo referente a las colonias, las cofradías étnicas fueron infinitamente más numerosas y abundantes, sencillamente por el alto porcentaje de población de color. Proliferaron a lo largo y ancho del continente americano existiendo, por ejemplo, varias decenas de ellas en México, 17 en Perú, 12 en Caracas y cinco respectivamente en Panamá y en Santo Domingo. En algunos lugares, los esclavos se agrupaban por etnias, pues, en Santo Domingo los negros biáfaras y los mandingas eran de la cofradía de la Candelaria, mientras que los ararás se aglutinaban en torno a la de San Cosme y San Damián.

 

Sin embargo, en lo concerniente a España hasta fechas muy recientes apenas conocíamos la existencia de unas pocas cofradías, localizadas en núcleos con grandes mercados de esclavos como Sevilla o Cádiz. No en vano, Antonio Domínguez Ortiz, gran conocedor de la temática, afirmó que estas asociaciones étnicas se restringieron exclusivamente a las capitales andaluzas. Sin embargo, como veremos en este trabajo, no fue exactamente así pues proliferaron en muy distintos lugares, especialmente en la España meridional ya que es en esta parte de la Península donde se concentraba el mayor número de aherrojados.

 

COFRADÍAS ÉTNICAS EN LA ESPAÑA MODERNA

 

A medida que avanzan los estudios sobre la esclavitud constatamos la magnitud de estos institutos tanto en España como en sus colonias americanas. Un fenómeno asociativo que estuvo bastante más generalizado de lo que inicialmente sospechó la historiografía.

 

Estas cofradías étnicas eran muy variadas: las había de negros, pero también de mulatos y hasta de moriscos, como la del Espíritu Santo ubicada, desde mediados del siglo XVI, en el hospital del mismo nombre de Triana (Sevilla). Pero, incluso, dentro de las cofradías participadas por negros no todas eran iguales: las había abiertas a negros, mulatos y a blancos, mientras que otras eran exclusivamente de negrostanto esclavos como libertos-, es decir, teóricamente cerradas. Pero digo que teóricamente porque legalmente no solían prohibir la pertenencia a ellas de blancos sino que sencillamente ninguno se adscribía, probablemente por motivos raciales, sociales y/o culturales. También encontramos asociaciones que nosotros hemos llamado multiétnicas, pues admitían no sólo a personas de color, sino también a moriscos y a gitanos.

 

A continuación sintetizamos en el Cuadro I las cofradías de morenos que hasta ahora tenemos localizadas, incluyendo su advocación, la localidad y el siglo fundacional. Dado que la mayoría de ellas, desde finales del siglo XVII, se transformaron en cofradías de blancos o desaparecieron, nosotros las clasificaremos tan sólo teniendo en cuenta su situación en el momento de su fundación.

 

Cuadro I. Cofradías de Morenos

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

1455

Cofradía de negros libres

--

Barcelona

1472

Cofradía de Santiago Apóstol de negros libertos

Monasterio de Agustinos

Valencia

mitad del siglo XVI

Nuestra Señora del Rosario de Santa María del Castillo

Ermita de Santo Domingo, sita dentro de la alcazaba

Badajoz

1572

Cofradía de mulatos de Nuestra Señora de la Presentación

Hospital de Belén, collación de San Salvador

Sevilla

1575

Nuestra Señora del Rosario, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Convento de Nuestra Señora del Rosario

El Puerto de Santa María (Cádiz)

1580

Nuestra Señora del Rosario

Iglesia parroquial de Santa Catalina

Jerez de los Caballeros (Badajoz)

1584

Nuestra Señora del Rosario

Hospital de Santa María de Goles de Triana

Sevilla

h. 1590

Nuestra Señora del Rosario, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Sucesivamente en el Hospital de la Misericordia, la ermita del Rosario y el convento del Rosario y Santo Domingo

Cádiz

S. XVI

Nuestra Señora de la Misericordia

Hospital de Santa Ana

Málaga

S. XVI

Nuestra Señora de la Encarnación y Paciencia de Cristo

Parroquia de San Justo y Pastor

Granada

S. XVI

Nuestra Señora del Rosario

--

Jerez de la Frontera (Cádiz)

1606

Dulce Nombre de Jesús

--

Usagre

h. 1598

San Juan Bautista

Ermita del Loreto

Denia (Alicante)

h. 1655

Congregación de Nuestra Señora de la Salud, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Iglesia de Santiago

Cádiz

S. XVII

Nuestra Señora del Rosario

Iglesia parroquial

Segura de León (Badajoz)

S. XVII

San Benito de Palermo

Iglesia de Santa Escolástica

Granada

S. XVII

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco

Bujalance (Córdoba)

S. XVII

Nuestra Señora de los Reyes y San Benito de Palermo

--

Jaén

S. XVII

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco de Asís

Úbeda (Jaén)

S. XVII

San Benito de Palermo

--

Baeza (Jaén)

1747

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco

Madrid

1784

San Benito de Palermo

Convento de San Juan de los Reyes

Toledo

S. XVIII

San Juan Bautista

Parroquia de la Magdalena

Almendral (Badajoz)

 

Son varios los aspectos que merecen ser destacados de este cuadro: en primer lugar, observamos la existencia de ciudades con más de una cofradía de morenos, sobre todo Sevilla que llegó a contar con tres, seguida de Cádiz y Granada con dos. Un aspecto que tampoco debe extrañarnos, pues, proliferaban allí donde había una alta concentración de población de color.

 

En segundo lugar, se verifica su presencia no sólo en localidades de mediano tamaño como El Puerto de Santa María, Úbeda o Baeza, sino también en villas muy pequeñas. Entre estas últimas, destacan un buen número de ellas en Extremadura, como las de Almendral, Jerez de los Caballeros, Barcarrota y Segura de León. Queda suficientemente demostrado que estas corporaciones también estuvieron presentes en villas pequeñas con un escaso volumen de población esclava. Desconocemos aún si esta tendencia se puede extrapolar a otras zonas de la Península Ibérica, tales como Murcia, Valencia o las dos Castillas.

 

En tercer lugar, confirmamos la presencia de una gran diversidad de advocaciones, aunque con un predominio de las rosarianas a las que, en ocasiones, se unían otras dos intitulaciones típicas de la raza negra: San Benito de Palermo, y la etíope Santa Efigenia. En cuanto a las primeras, conviene recordar que, tras finalizar el Concilio de Trento, se designó al portugués fray Nicolau Días O.P. para que incentivase la devoción al santísimo rosario dentro del cristianismo. Éste pretendió que estos institutos fuesen universalistas y que no discriminasen por sexo ni por estatus social, permitiendo incluso la presencia en las mismas de esclavos negros. El objetivo era siempre lograr la integración de estas minorías que a base de rezar el rosario y de imitar el comportamiento de los cristianos, supuestamente terminarían por aceptar los nuevos dogmas. No obstante, los problemas con los dominicos no tardaron en aparecer, pues ellos entendían que estos institutos debían residir necesariamente en sus conventos. Así, por ejemplo, la cofradía de negros de Triana, que aprobó sus reglas en 1584 bajo la advocación del Rosario, perdió un pleito con los dominicos y sus hermanos se vieron obligados a intitular su corporación como de Nuestra Señora de las Cuevas con permiso, por supuesto, de los Cartujos. Las dedicadas a San Benito de Palermo eran también muchas mientras que otras, como la de Jaén, la de Granada o la de Sevilla, incorporaron al santo siciliano a su intitulación a lo largo del siglo XVII. Una advocación que se explica perfectamente teniendo en cuenta que éste fue un santo franciscano, hijo de negros sicilianos, beatificado ya en 1643. Se trataba, pues, del santo negro por excelencia y, por tanto, era la advocación idónea para captar la devoción de las personas de color. De alguna forma, la existencia de un negro en el santoral significaba la posibilidad de redención de una raza injustamente vilipendiada. Las demás advocaciones son muy diversas, desde San Juan Bautistapor ser el santo más representativo del sacramento del bautismo- a la Encarnación o la Paciencia de Cristo.

 

Y en cuarto lugar, las sedes fueron muy diversas, a saber: iglesias parroquiales, conventos, ermitas y hospitales. Obviamente, las que se ubicaban en las dos primeras estaban mucho más controladas por las autoridades eclesiásticas, mientras que las que lo hacían en ermitas u hospitales contaban con un mayor grado de libertad. En no pocas ocasiones se fundaron en ermitas que intitularon del Rosario y dieron lugar, con posterioridad, a la fundación de un convento dominico de esta advocación y su traslado al mismo. De esta forma la asociación étnica quedaba supervisada y controlada por la Orden de Predicadores.

 

Cuadro II. Otras Cofradías étnicas y multiétnicas

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

ETNIA

S. XV

Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles, Los Negritos

Capilla de los Ángeles

Sevilla

Multiétnica

S. XVI

Nuestra Señora de la Piedad

Hospital de San Antonio Abad

Sevilla

Multiétnica

S. XVI

Cofradía del Espíritu Santo

 

Sevilla

Moriscos

S. XVI

Nuestra Señora de la Misericordia

Hospital de Santa Ana

Málaga

Multiétnica

Fines S. XVI

Cofradía de San José

--

Villanueva de la Serena (Badajoz)

Moriscos

S. XVII

Cofradía de San Román

--

Sevilla

Gitanos

 

La hermandad de los Negritos de Sevilla fue fruto de la fusión de dos hermandades hospitalarias, a saber: una de negros ubicada en el hospicio de Nuestra Señora de los Reyes, cercano al humilladero de la Cruz del Campo, que había fundado el arzobispo Gonzalo de Mena a finales del siglo XIV, y otra multiétnica, intitulada de Nuestra Señora de la Piedad, que residía en el hospital de San Antonio Abad. Pues, bien, en 1558, después de consumada su fusión, redactaron sus nuevas reglas, estableciéndose en el capítulo I que se admitirían como hermanos a mulatos, a indios y a negros, tanto esclavos como librescontando, por supuesto, con la autorización de sus dueños-. Que se incluyan los indios no tiene mucho de particular, pues, según algunos documentos de la época, a mediados del siglo XVI, vivían en Sevilla muchos indios e indias libres que los españoles los tienen por esclavos y se sirven de ellos como tales... No era la única multiétnica que había en la capital hispalense, pues en la cofradía del Espíritu Santo, aunque era de moriscos desde 1560, figuraba entre sus hermanos al menos un negro subsahariano, llamado Francisco de Herrera. Ello nos puede estar hablando de nuevo de otra corporación multiétnica. No menos claro era el caso de la cofradía de Nuestra Señora de la Misericordia de Málaga también abierta a otras minorías étnicas. En este caso, además de negros y mulatos, podían formar parte de la misma, esclavos y libertos berberiscos.

 

Y finalmente tenemos alguna referencia a la fundación a finales del siglo XVI en Villanueva de la Serena (Badajoz) de una cofradía de moriscos, intitulada de San José. Al parecer, fue instituida por un morisco de origen granadino, Miguel Hernández Murcia, aglutinando en torno a ella a los conversos de la localidad que, al parecer, eran buenos cristianos.

 

También conocemos algunos casos de cofradías de blancos que admitían en sus filas a negros. Fueron más excepcionales, sencillamente por el casticismo de la época que hacía que muchos cristianos viejos vieran con malos ojos estas asociaciones mixtas. Algunas de ellas es posible que en sus orígenes fueran de negros y que, con el paso de los años, se abrieran a los blancos por meros motivos de supervivencia, cuando el número de esclavos comenzó a declinar.

 

Cuadro III. Corporaciones de blancos que admitían o asistían a miembros de minorías étnicas

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

1575

Santa Veracruz

Ermita de San Sebastián

Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real)

S. XVI

Santa Veracruz

Convento de San Francisco

Berlanga (Badajoz)

S. XVI

Cofradía del Rosario

 

Cáceres

1732

Hermandad del Santo Rosario de Nuestra Señora de la Aurora

Parroquia de Santiago

Barcarrota (Badajoz)

 

Hay que advertir que el cuadro refleja solo algunos ejemplos pero que es seguro que habría muchas más que admitirían a miembros de estas minorías. Tenemos datos concretos de la Veracruz de Villarrubia de los Ojos, fundada en 1575 en la ermita de San Sebastián y que, aunque era de blancos, admitía de facto a miembros de minorías étnicas pues encontramos a varios moriscos entre sus miembros. Asimismo, nos consta la presencia de moriscos en varias cofradías de Huescala de Santa Ana y la de San Eloy- así como en la de Nuestra Señora de la Soledad de La Algaba (Sevilla).

 

La de Berlanga no admitía a negros, sin embargo que obligaba a sus hermanos a asistir al enterramiento de aquellos aherrojados que eran propiedad de sus cofrades. En el capítulo XIX de sus reglas se leía lo siguiente:

 

Ítem, ordenamos y tenemos por bien que cuando algún hermano de esta nuestra cofradía y hermandad falleciere, o su mujer o hijo de diez años arriba, o el padre o la madre, o su negro o negra del tal hermano que viviere en su casa con él y muriere en ella, no habiendo en ello fraude ni cautela, o marido o mujer, sean todos los hermanos a ir a su enterramiento

 

Con frecuencia, el hecho de que el cabeza de familia estuviese en una corporación implicaba la extensión de la mutua a sus familiares en primer grado, es decir, a su esposa e hijos y, como en el caso de Berlanga, también a su servidumbre.

 

De la cofradía del Rosario de Cáceres sabíamos que era de blancos, sin embargo, en 1546, Elvira Paredes, en su testamento, otorgó la libertad a su esclavo Francisco, dándole 1.000 maravedís y ordenando a sus albaceas que le pagasen su entrada en dicho instituto. Todo parece indicar que estamos nuevamente ante una de esas cofradías abiertas que admitían a negros libertos. Diferente es el caso de la Veracruz de Llerena que acordó, en 1570, incluir excepcionalmente a un esclavo para que portase y tocase la bocina en los desfiles procesionales.

 

LAS ÉLITES Y LAS COFRADÍAS ÉTNICAS

 

Como ya hemos afirmado, si hubo cofradías de negros fue por dos motivos: uno, porque el rechazo social imposibilitaba que estas minorías se pudiesen integrar en los institutos de blancos. Por tanto, estas cofradías étnicas más que un ejemplo de integración, como se ha dicho tradicionalmente, muestran justo lo contrario, es decir, su marginación social. Y otro, porque se permitió su existencia pues, en general, los negros, a diferencia de lo que ocurrió con judíos, moriscos y gitanos, nunca fueron vistos como una amenaza, por su escasa o nula resistencia a su cristianización.

 

Conocemos algunos casos concretos en que los dueños se opusieron a conceder la licencia para participar en estos institutos. Concretamente en Sevilla, algunos interpretaron ese pequeño margen de libertad como potencialmente peligroso para sus intereses clasistas. También en Usagre (Badajoz) detectamos reticencias de algunos propietarios a conceder licencias para la participación de sus negros en actividades cofradieras. Incluso, en el siglo XVIII, ciertos políticos ilustrados como Campomanes, las vieron como una amenaza y justo por ello se decretó, el 21 de febrero de 1764, la extinción de la cofradía de negros de Cádiz.

 

Sin embargo, en general, salvo estas excepciones ya citadas, tanto las autoridades como los propietarios no sólo las toleraron sino que, incluso, las auspiciaron. Los franciscanos estuvieron detrás de las fundaciones de cofradías de negros en la provincia de Jaén, erigidas o refundadas por el negro Cristóbal de Porras, siempre bajo el patrocinio de San Benito de Palermo. Cabría preguntarse: ¿por qué tanto las autoridades como los propietarios aceptaron de buen grado esta libertad asociativa? Por dos motivos: primero, porque los negros en principio no hacían otra cosa que mimetizar el comportamiento de los blancos por lo que, lejos de suponer una amenaza, constituían una forma más de cristianización de estas minorías. De hecho, la cofradía de los Negritos de Sevilla, en sus reglas de 1558, vedó la entrada a la misma a cualquier persona de malas costumbres como borracho, ladrón, amancebado (y) blasfemo (Cap. IV). Curioso, sobre todo porque se trata de calificativos que tradicionalmente se atribuían a las minorías étnicas. Lo cierto es que muchos señores de esclavos interpretaban que estas organizaciones servían de válvula de escape a las tensiones generadas por el duro servilismo al que los sometían. Y para colmo esas tensiones no se dirigían contra sus dueños sino que morían en rencillas entre los hermanos de una misma cofradía o en áridas disputas con otras.

 

Y segundo, por ciertos intereses bastante menos espirituales y mucho más sórdidos; dado que los dueños estaban obligados moralmente a proporcionar un enterramiento cristiano a sus esclavos, la existencia de una cofradía de negros les podía eximir de esos gastos. Además, de alguna forma también justificaba la existencia de la esclavitud y probablemente disminuía los posibles problemas de conciencia. De hecho, se suponía que el argumento básico sobre el que se sustentaba la institución era la conversión del cautivo. De ahí que estuviese terminantemente prohibido que los moriscos y los cristianos nuevos tuviesen aherrojados. Por todos los motivos aludidos, no tiene nada de particular que cofradías como la de los Negritos de Sevilla contasen con la protección de todos los estamentos privilegiados, incluyendo a los caballeros maestrantes.

 

Pero, no eran los únicos interesados en la existencia de estas asociaciones. También las altas jerarquías religiosas las favorecieron, por un lado, porque de esta forma se evitaban roces directos con los cristianos viejos y, por el otro, porque contribuía a la evangelización de las minorías étnicas y de alguna forma al ensanchamiento de la cristiandad. Incluso, los propios clérigos, es decir, los estratos más bajos del estamento eclesiástico, podían estar a favor pues siempre implicaban más ingresos, en forma de sufragios para sus iglesias, capillas o eremitorios. Tanto los dominicos como los franciscanos auspiciaron este tipo de corporaciones étnicas, los primeros fomentando la aparición de rosarios públicos de negros, que veían en los rezos una buena forma de catequización y, los segundos, impulsando la advocación del franciscano de color San Benito de Palermo.

 

A los propios esclavos también les interesaba este asociacionismo, pues haciendo ostentación pública de su fe podían justificar su sincera conversión y, a la postre, tener más esperanzas de conseguir su redención. No era imprescindible para su ahorramiento, aunque recomendable. De hecho, ya en las Partidas de Alfonso X se estableció que los esclavos de judíos, moros o herejes quedasen libres en el mismo momento en que se produjese su conversión. Pero además de aumentar sus posibilidades de liberación también mejoraban en cierta medida sus condiciones de vida. No olvidemos que sobre el esclavo pesaban dos estigmas añadidos: su condición de pobre y de infiel. Cristianizándose eliminaban al menos la segunda de las manchas y de paso les servía para autoafirmarse frente a la clase dominante.

 

A la larga estas corporaciones representaron la prueba evidente del triunfo del hombre blanco sobre el negro. De hecho, estos últimos no hacían más que reproducir los comportamientos de aquellos que los discriminaban y los mantenían en una situación servil. Por tanto, aunque en ocasiones pudieran aglutinar valores sincréticos o dar cohesión al grupo, en la práctica representaron una forma más de inserción de los esclavos en la sociedad dominante.

 

Huelga decir que debieron estar bien vigiladas por las autoridades eclesiásticas y civiles, despertando en ocasiones los celos de las asociaciones de blancos. Algunas de ellas estaban controladas y dirigidas por la élite local, como ocurría en el caso de la de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota. Ésta admitía a blancos, negros y mulatos, teniendo su sede en la parroquia de Santiago, por lo que la capacidad de movimiento de sus hermanos de color era mínima. Todas las cofradías, incluidas por supuesto las de negros, estaban sujetas a la supervisión de la prelatura. Sin embargo, las que tenían su residencia canónica fuera de una parroquia o de un convento gozaban de mayores cotas de independencia. En teoría, la residencia en una ermita les daba más reputación, al no depender directamente de los presbíteros de la parroquia ni del abad del monasterio. Cofradías como la de San Juan Bautista de Denia que residía en la ermita del Loreto se podían permitir festejar sus reuniones con bailes y músicas autóctonos, sin molestar ni ser molestados. Aquellas ermitas que se localizaban en el campo tenían el atractivo añadido del ambiente bucólico que se respiraba y que favorecía precisamente la recuperación de sus bailes y danzas tradicionales. No obstante, la fundación en un eremitorio era un arma de doble filo ya que los elevados costes de mantenimiento del edificio corrían por cuenta de la corporación. Usualmente la cofradía debía pagar, primero, todos los gastos de reparación y mantenimiento del edificio, y segundo, a un sacristán que hiciese las veces de guarda y cuidador del recinto. Como ya hemos visto, algunas de estas cofradías de negros tuvieron su sede canónica en ermitas, como la cofradía de morenos de Badajoz, fundada en la primera mitad del siglo XVI. No era la única que disponía de edificio propio, pues tanto la del Puerto de Santa María como la de Cádiz dispusieron de su propio templo.

RECHAZO, BURLA Y DISCRIMINACIÓN

 

Como ya hemos afirmado, las élites no sólo permitieron este tipo de cofradías sino que las incentivaron. Sin embargo, una cosa era la élite y otra el pueblo. Entre el grueso de la población, precisamente entre aquellos que no poseían esclavos sino tan sólo el orgullo de sentirse cristianos viejos, el rechazo fue muy acentuado. Nos han llegado algunos testimonios insertos en un pleito iniciado en 1604 entre la hermandad de los Negritos de Sevilla y la señera corporación de la Antigua, Siete Dolores y Compasión. El Jueves Santo de 1604, los cortejos de ambas corporaciones se encontraron, optando los Negritos por atravesar por medio del cortejo de la hermandad de la Antigua. Este hecho fue interpretado por muchos como una afrenta intolerable. Al parecer, se produjeron graves disturbios entre los asistentes, las hermanas de la Antigua y los Negritos. Al final estos últimos acabaron tirando piedras y dando palos a las hermanas de la dicha cofradía de la Antigua. Algunas declaraciones prestadas por testigos presentados en el proceso denotan grandes dosis de fanatismo hacia estos cofrades. Por ejemplo, Francisco de Acosta declaró:

 

Aunque Cristo se puso en la cruz por todos, en la Iglesia hay órdenes y grados como en el cielo y no deben de ir delante de cofradía de gente blanca.

 

Mero racismo de unas personas que no podían entender que unos negros, por el simple hecho de serlo, pudieran precederles en los actos públicos. En más de una ocasión, estos cofrades de color sintieron la burla del pueblo como se deduce de la declaración de otro de los declarantes, un tal Miguel Ambrosio:

 

Que los negros eran gente tan bárbara y ridícula que da risa en lugar de devoción, por lo cual les van silbando, y las negras van llamando a los blancos perros y judíos, y los blancos les hacen burlas con la boca.

 

Otro testimonio, utiliza términos muy parecidos:

 

Mucha gente los está aguardando para silbarles y hacerles otras mofas y escarnios, hablarles en guineo y afrentándoles, picándoles con alfileres, de lo cual se enojan y llaman a los blancos judíos, lo cual así mismo hacen las negras que los acompañan

 

Los textos citados son suficientes para hacernos una idea de la difícil situación que vivían los Negritos en sus estaciones de penitencia. Provocaciones continuas y vejaciones verbales que unos aguantaban con resignación mientras que otros estallaban, tildándolos de judíos. Una respuesta que no debía sentar nada bien a aquellos cristianos viejos. Y es que parece obvio que los sufridos negros también sabían defenderse de los ataques verbales. La mayor parte de las afrentas se dirigía a las mujeres de color ya que, mientras los varones iban con el rostro cubierto, ellas procesionaban detrás, descubiertas y conocidas.

 

Lo cierto es que, pese a la dignidad con la que los Negritos intentaban realizar su estación de penitencia, no cuesta imaginar las burlas de unas personas criadas y educadas en una sociedad intransigente como era la de la España Moderna. Insultos, bromas y toda clase de vejaciones morales que provocaban la risa de los agresores y la rabia contenida de los agredidos. Para la mentalidad de la época, por muy cristianos y muy cofrades que fueran no dejaban de ser negros y, por tanto cristianos de segunda. Y para recordárselo ahí estaban los cristianos viejos.

 

Para colmo, cuando se produjeron altercados, las autoridades casi siempre cargaron las tintas contra los cofrades de color. El caso de los Negritos de Sevilla es muy claro, tras sus disputas con la cofradía de la Antigua, instituto de gran significación social en Sevilla, el cardenal Nuño de Guevara prohibió a los primeros procesionar en público. Los Negritos se vieron obligados a recurrir a instancias superiores, es decir, a la Santa Sede. Pero las restricciones duraron mientras vivió el cardenal de manera que el 16 de marzo de 1625 consiguieron la aprobación del Papa para evitar que estas prohibiciones se volvieran a repetir en el futuro.

 

Disponemos de testimonios similares sobre la cofradía de morenos del Dulce Nombre de Jesús de Usagre, confirmando lo ya conocido para la de Sevilla. En esta localidad los vecinos se quejaban de que gente tan infame, borrachos, ladrones y alborotadores desfilase en el Corpus tan cerca del Santísimo, e incluso, delante de gente honrada y principal de la villa. No escatimaron tampoco en apelativos, tildando a los negros de personas muy revoltosas, inquietas y sin razón. Aunque no disponemos de referencias a otras hermandades étnicas es plausible pensar que este tipo de rechazo estuviese generalizado.

 

SUS MIEMBROS

 

Conocemos casos de cofradías que fueron cerradas legalmente, como la del Rosario, sita en el hospital de Santa María de los Goles de Triana, que impedía el ingreso a toda persona que no fuese de color, excluyendo no sólo a los moriscos sino también a los mulatos. Estos últimos crearon su propia hermandad, la de Nuestra Señora de la Presentación, también de carácter cerrado. Sin embargo, esta capacidad de cerrarse, incluso a los mulatos, es difícil de encontrar en España, pues los esclavos siempre fueron una minoría que, además, desde la segunda mitad del siglo XVII, fue progresivamente en retroceso. También la cofradía de San Benito de Palermo de Madrid, ponía como condición para ser miembro ser del color del santo titular, es decir, negro.

 

Sin embargo, la mayoría de ellas no fueron cerradas, al menos legalmente. Y no lo fueron porque, a diferencia de lo que ocurría en América, el número de esclavos y libertos era tan escaso que debían permitir el ingreso a todo aquel que lo solicitase y pagase la cuota si querían subsistir. Prueba de que nunca estuvieron cerradas a los blancos es que con el paso del tiempo, las que sobrevivieron, experimentaron un blanqueamiento progresivo.

 

La cerrazón era un lujo que sólo se podían permitir las cofradías de morenos de Sevilla o la del Madrid del siglo XVIII. Si en la praxis no había blancos en las corporaciones de negros era por un rechazo personal debido a motivaciones de carácter social o cultural. Por ejemplo, en el caso de la cofradía de negros de Segura de León (Badajoz), aunque formada de facto por negros de ambos sexos, tanto libres como esclavos, el único requisito de ingreso era abonar la cuota pertinente. Por tanto quede claro que, aunque en sus inicios no contaron con blancos entre sus hermanos, en teoría siempre fueron abiertas porque, salvo en raras excepciones, nunca se les excluyó formalmente. En aquella sociedad casticista pocos blanco estaba dispuesto a formar parte de una cofradía de morenos. En América, por supuesto, había tal cantidad de negros que la situación era muy diferente, y ninguna cofradía de negros necesitaba de hermanos blancos para subsistir.

 

En teoría estaban dirigidas por libertos ya que se presuponía que un esclavo no tenía la capacidad jurídica para formar parte de una asociación. Algunas, como ocurría en las de Barcelona y Valencia, incluían en su propia intitulación lo de cofradías de negros libertos, denotando claramente la condición libre de sus asociados. Y en la mayoría se especifica que los hermanos pudiesen ser libertos o, en caso de ser esclavos, que contaran con la debida licencia de sus amos. Así se especificaba en las reglas de los Negritos de Sevilla de 1554. Igualmente, en el art. de las reglas de 1764 de la hermandad de morenos de Cádiz se especificaba que los hermanos podían ser libres o esclavos, pero contando estos últimos con el permiso de sus propietarios. También hubo otras en las que en su misma intitulación se denominaron de morenos y morenas libres y esclavos, es decir, formada por personas de color de ambos sexos, tanto libres como sujetos a servidumbre. Pero una cosa era la teoría y otra la práctica. De facto, los esclavos no sólo formaban parte de estas corporaciones sino que solían ser mayoría, simplemente porque su número fue siempre muy superior al de libertos. Ya Félix González de León escribió en 1852 que la citada cofradía de los Negritos de Sevilla congregaba no sólo a libertos sino también a decenas de esclavos que contaban con la preceptiva autorización. Efectivamente, dado que había más esclavos que libertos, una buena parte de sus hermanos eran aherrojados. Pero, es más, en las cofradías de Denia, Málaga o Sevilla, nos consta que muchos de sus hermanos mayores fueron esclavos negros. Incluso en la cofradía de negros de Nuestra Señora de los Reyes de Jaén, su primer prioste y fundador fue Juan Cobo, esclavo de un tal Francisco Cobo del Rincón. Y no sólo admitían a negros libres u esclavos, sino también a todo tipo de mulatos y cuarterones, como era el caso de la de morenos de Badajoz.

 

Desde la segunda mitad del siglo XVII también fue habitual la incorporación progresiva de blancos. Obviamente, cuando la esclavitud comenzó declinar, la mayoría de las corporaciones desapareció y otras fueron incorporando masivamente a blancos que no tardaron en hacerse con el control. La cofradía rosariana de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota, fundada en la tardía fecha de 1732, no tuvo más remedio que instituirse como mixta, admitiendo a blancos, negros y mulatos. También la de Badajoz que perduró hasta el siglo XIX, era al menos desde el siglo XVIII mixta, estando ya en ese siglo dominada y controlada por cristianos viejos. Precisamente, fue ese carácter abierto lo que permitió a muchas de ellas subsistir hasta la Edad Contemporánea y, en algunos casos, hasta nuestros días.

 

SUS FINES

 

Estas asociaciones mimetizaron el comportamiento de las corporaciones de blancos, siendo sus objetivos muy similares, es decir, el culto a sus titulares y la asistencia a sus mutualistas. La atención a los enfermos, la asistencia a los funerales y la financiación de sufragios formaban una parte fundamental de su propia razón de ser. Y de paso, aunque más como consecuencia que como causa, sirvió para reforzar la identidad de unas minorías étnicas que se encontraban en una situación social muy desfavorecida.

 

Cuando los esclavos enfermaban o envejecían comenzaban a suponer una pesada carga para sus dueños. En el mejor de los casos se les permitía permanecer en el hogar al que habían dedicado su vida y, en caso de fallecimiento, el dueño les sufragaba una sepultura en el templo, en aquellos lugares destinados a las personas más pobres. En el peor de los casos, el propietario adoptaba la diabólica decisión de liberarlo por lo que el infortunado liberto acababa sus días malviviendo de la mendicidad. Nos llama mucho la atención que haya muchísimos más bautizos de negros que entierros. Y, obviamente, morirse se morían, pero muchos de esos liberados no constan ya como esclavos y nos pasan desapercibidos entre las miles de partidas sacramentales de las parroquias.

 

Por ello, nada tiene de particular el origen hospitalario de muchas de ellas. De hecho, el inicio remoto de la cofradía de los Negritos de Sevilla fue el hospicio para negros que, a finales del siglo XIV, fundó el arzobispo Gonzalo de Mena y Roelas. Además de enterrar y ofrecer sufragios, se ocupaba especialmente de los enfermos aunque más en su vertiente espiritual que sanitaria, velando por que confesara, comulgara y, en última instancia, se le administrase la Extremaunción. También la cofradía de la Misericordia de Málaga, formada por esclavos y libertos, estaba ubicada en el hospital de Santa Ana, siendo su principal cometido la asistencia de sus mutualistas en la enfermedad y en la muerte. E igualmente, la de San Benito de Palermo de Madrid, tenía como objetivo fundamental la asistencia a sus hermanos en la enfermedad y, en caso de fallecimiento, la financiación de un enterramiento cristiano digno.

 

Otras, como la de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota, no asistían en la enfermedad sino que sus hermanos se limitaban a acudir a la puerta de la morada del enfermo a rezar por él. Una vez fallecido el mutualista, costeaba el entierro y ofrecía seis sufragios por su alma, además de las doce misas anuales de réquiem por todos los hermanos difuntos. Igualmente los morenos de Badajoz tampoco asistían a sus miembros en la enfermedad, limitándose a pagar el entierro y los sufragios establecidos.

 

Pero, ¿Qué ocurría si en alguna localidad no había cofradía hospitalaria de negros? Si era esclavo dependía de la buena voluntad de su dueño, si era liberto de la beneficencia social. Normalmente todo quedaba en manos de la caridad cristiana. En localidades como Carmona (Sevilla), que teniendo una nutrida población esclava, no poseía ninguna hermandad de morenos, el hospital de la Misericordia y Caridad, altruistamente acogía en sus instalaciones a todo tipo de pobres, independientemente de su color, enterrándolos luego en su capilla, con la única condición de que fuesen cristianos.

 

Como todas las cofradías también tenían su lado devocional, realizando casi todas ellas rosarios públicos. La de Barcarrota obligaba a sus miembros a cantar el rosario todas las noches, unos días por las calles y, otras, en el interior del templo parroquial donde tenían su residencia canónica.

 

Tenemos constancia de la participación de negros y de miembros de otras minorías, como moriscos y gitanos, en los desfiles del Corpus Christi de muchas ciudades tanto de España como de América. Conviene explicar que en estos cortejos encontramos múltiples elementos paganos, como tarascas, cabezudos, gigantes y grupos de bailarines. Danzas de romeros, zarabanda o el guineo como hacían los Negritos que participaban en el Corpus sevillano, celebrando bailes y otras diversiones. Al parecer, estos al igual que los gitanos tenían la obligación de procesionar en dicha procesión, realizando danzas de sarao y danzas llamadas de gitanos, muy populares entre la población al menos hasta principios del siglo XVIII. En ciudades como Ávila también había danzas de judíos, o judiadas, que tenían una larga tradición y que, al parecer, eran representadas por descendientes de judíos conversos que permanecieron en la localidad.

 

Tanto la cofradía de negros de Segura de León como las de Almendral y Usagre, todas en la provincia de Badajoz, acudían a la procesión del Corpus con sus respectivas andas, portando cada una su imagen titular. Pero, es más, incluso, en localidades como Lucena (Córdoba), donde no se tiene constancia documental de la existencia de cofradías de negros, estos acudían al desfile del Corpus, realizando distintos bailes, al menos en el siglo XVII.

OSTENTACIÓN Y ORGULLO

 

La mayor parte de las miles de cofradías que había en España tenían unos ingresos escasos, procedentes básicamente de las cuotas de los hermanos y de las limosnas que recogían entre los feligreses. Si eso era así en las de blancos cuánto más debía serlo en las étnicas. Como no podía ser de otra forma, estos institutos fueron por lo general extremadamente pobres y por extensión extremadamente humildes. No olvidemos que estaban compuestas por esclavos o por libertos pobres, sin posibilidades de dejar patrimonio a sus respectivas corporaciones. De hecho, conocemos muy pocos testamentos formalizados por negros y menos aún que dejen un patrimonio a alguna asociación de carácter devocional o asistencial. Por ello, las fuentes de financiación de estas cofradías eran tres: una, las modestas cuotas de los hermanos, dos, la demanda pública que periódicamente realizaban en las calles al igual que hacían las demás corporaciones, y tres, las donaciones de algunas personas ajenas a la cofradía, como ocurría en la del Rosario de Badajoz.

 

No faltaron las excepciones; corporaciones que gozaron de importantes ingresos, cierto margen de libertad y una pujanza que les hizo pleitear y ganar la precedencia a otras cofradías de blancos. Sin ir más lejos, la hermandad de los Negritos de Sevilla llegó a gozar de tales privilegios que incluso despertó los recelos de la mitra hispalense. Inicialmente funcionó como hermandad de gloria, ubicada en un pequeño hospital que se encontraba cerca de la Puerta de Carmona, pero posteriormente se convirtió en hermandad de penitencia, ganando pleitos de precedencia a varias cofradías señeras de la ciudad.

 

La de los morenos de Badajoz se atrevió a pleitear por la precedencia tanto con la señera cofradía de San José como con la de San Antonio. De su litigio con la primera no conocemos su fallo, pero de la segunda que ganaron una ejecutoria, el 7 de octubre de 1560, por la que el provisor le concedió su preeminencia en todos los actos públicos. También la de Jerez de los Caballeros (Badajoz) compitió en antigüedad y pujanza con las más antiguas de la localidad. Concretamente existían dos cofradías del Rosario, ambas fundadas en el siglo XVI, una de los morenos con sede en la iglesia de San Miguel y la de los blancos con residencia canónica en la iglesia de Santa Catalina. Sin embargo, huelga decir que la más antigua era la de los morenos de San Miguel.

 

La mayoría de los enfrentamientos se dieron por la precedencia en la procesión del Corpus Christi. La de Usagre (Badajoz) pleiteó con otras corporaciones, reclamando la preeminencia en ese señalado desfile. Pero, en esto no se diferenciaban en nada de las de blancos, entre las que se produjeron infinidad de pleitos por la precedencia en los cortejos públicos. Y podríamos preguntarnos: ¿y por qué el Corpus Christi? La respuesta es obvia: históricamente era una de las fiestas religiosas más destacadas del calendario litúrgico, acaso la más importante. Se trataba de acompañar la salida procesional de nada más y nada menos que el mismísimo cuerpo de Cristo. ¡Qué mejor lugar que el desfile del Corpus para ostentar su prestancia social! Además, no debemos olvidar que la Inquisición y sus familiares estaban siempre al acecho de cualquier persona que se apartase del dogma cristiano. No había mejor salvaguarda de la peligrosa Inquisición que participar activamente en estas manifestaciones públicas de fe.

 

Sobre la hermandad de San Benito de Palermo de Granada, el cronista Henríquez de Jorquera afirmó que gastaban mucho dinero en servirla con fastuosidad y ostentación. También de la hermandad de negros de Denia se decía a principios del XVII que, pese a que vivían prácticamente de las limosnas y de la caridad, gastaban más dinero del que ingresaban. Llama la atención el afán de ostentación en algunas de estas cofradías. Probablemente era una forma de reducir las diferencias con el grupo dominante, haciendo cierta la frase de Francisco de Quevedo de que buen caballero era don dinero. Y es que en parte no le faltaba razón al escudero Sancho Panza cuando afirmaba que en el mundo sólo había dos linajes, el tener y el no tener. Aquellas cofradías que se lo podían permitir hacían ostentación porque probablemente era una forma de sentirse menos diferentes del privilegiado mundo de sus amos.

 

SU CARÁCTER EFÍMERO

 

Casi todas las cofradías étnicas tuvieron una corta duración por motivos obvios. Las de moriscos dejaron de existir como tales desde 1609-1610, fecha en la que se dio por desaparecido a ese grupo étnico. Las de morenos languidecieron a finales del siglo XVII, desapareciendo como tales en la siguiente centuria. Solo algunas consiguieron sobrevivir hasta la Edad Contemporánea, pero como cofradías de blancos. La explicación parece obvia, el gran siglo esclavista fue el XVI que coincide con el máximo apogeo fundacional. A partir de la segunda mitad del XVII la esclavitud comenzó a declinar y con ella lo hicieron también estas cofradías étnicas. Por ello, se vieron obligadas a abrirse a la mayoría blanca, la cual terminó por hacerse con su control. Y finalmente, en el siglo XVIII casi todas ellas terminaron por desparecer como tales, paralelamente a la progresiva disminución de la esclavitud. Las que sobrevivieron lo hicieron ya como corporaciones de blancos. Por tanto, está claro que el motivo principal de su desaparición no fue otro que el mismo agotamiento de la esclavitud. Simplemente, llegó un momento en que no quedaban negros para mantener dichos institutos. De hecho, en América, donde la población negra no decreció, estas corporaciones continuaron como tales en algunos casos hasta la Independencia, cuando la esclavitud quedó en teoría abolida. No obstante, el descenso del número de esclavos no fue la única causa de su desaparición. También la corriente anticlerical de algunos gobernantes ilustrados como Campomanes o Aranda, suprimieron algunas de estas cofradías, como le ocurrió a la de San Benito de Palermo de Madrid, suprimida en el decreto del 27 de julio de 1767.

 

La cofradía de Nuestra Señora de la Salud de Cádiz desde el segundo cuarto del siglo XVII pasó a estar controlada por blancos, protagonizando los hermanos de color diversos altercados que provocaron un largo proceso judicial. Finalmente, fue suprimida oficialmente el 19 de junio de 1767 por falta de asociados. La de la Paciencia de Cristo de Granada, de negros y mulatos, fue suspendida igualmente por falta de actividad, al igual que la de Málaga que se dio por desaparecida en la segunda mitad del XVIII. Asimismo, a mediados del siglo XVII se dio por extinguida la cofradía de los negros de Triana, mientras que la de mulatos de Nuestra Señora de la Presentación de Sevilla dejó de hacer estación pública de penitencia en 1731, dándose por desaparecida en los años sesenta.

 

En cambio, otras corporaciones no desaparecieron sino que se blanquearon. Así, la señera hermandad rosariana de los morenos de Cádiz y la de Badajoz perdieron su carácter étnico, continuando su andadura en abierto. Esta última tenía en 1705 dos mayordomos uno blanco y otro moreno, signo evidente de su condición mixta. Sin embargo, progresivamente se debió ir blanqueando, pues en un informe de su mayordomo, Pedro Rubiales, fechado el 28 de febrero de 1771, no se menciona absolutamente nada de su supuesto carácter étnico. Dada la disminución drástica del fenómeno esclavista en el siglo XVIII, había perdido su condición inicial de cofradía de negros hasta su desaparición total a finales del primer cuarto del siglo XVIII. También la hermandad de San Juan Bautista de Denia se tornó abierta a finales del siglo XVII, desapareciendo los negros de sus listas de hermanos desde la visita pastoral de 1667. La cofradía de Morenos de Segura de León, refundada como étnica en 1677, retomó su andadura como cofradía de blancos 37 años después, es decir, en 1710. La de los Negritos de Sevilla también se abrió a los blancos a principios del siglo XVIII, siendo controlada desde entonces por estos. Pero a diferencia de las otras, hubo hermanos negros durante buena parte de la Edad Contemporánea.

 

Ahora bien hubo excepciones, es decir, cofradías que se fundaron en fechas muy tardías, bien avanzado el siglo XVIII. Concretamente, la cofradía de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota se fundó como mixta en 1732 y en 1751 admitió como hermana a una mulata liberta, profesa en el convento de la Asunción de la villa. Mucho más efímera aún fue la vida de la ya citada corporación de negros de Madrid, que tuvo una andadura de tan sólo dos décadas, pues se fundó en 1747 y desapareció en 1767. Y el caso más llamativo es, sin duda, el de la de San Benito de Palermo de Toledo que aprobó sus constituciones por la autoridad diocesana nada menos que en 1784. Imaginamos, que su pervivencia como cofradía de negros debió ser necesariamente limitada porque ya por aquella fecha apenas quedaban aherrojados en esa ciudad. Otra cosa era Hispanoamérica, donde el volumen de negros hizo posible que se mantuvieran como corporaciones cerradas hasta bien entrado el siglo XIX.

 

CONCLUSIÓN

 

Hemos tratado de sintetizar los aportes que en materia de cofradías étnicas han aparecido en los últimos años en distintos estudios locales sobre la esclavitud. Ha quedado demostrado que estos institutos estuvieron mucho más extendidos por la España meridional de lo que se había pensando. Fueron instituciones totalmente aceptadas y gozaron del favor de las autoridades ya que contribuían a la paz social, a la integración de todos los cristianos y a la promoción social de estas minorías desfavorecidas.

 

En general, aparecieron en la segunda mitad del siglo XV, tuvieron su máximo esplendor en el siglo XVI, entrando en decadencia en el XVII y desapareciendo o abriéndose a los blancos en el XVIII, cuando el número de eslavos negros comenzó a declinar vertiginosamente. Si no hubo más corporaciones o si no se prolongaron hasta la Edad Contemporánea no se debió a ningún tipo de imperativo legal o social sino simplemente a la escasa presencia de esclavos en la mitad norte peninsular y al declive de su población en el sur desde principios del siglo XVIII.

 

Finalmente, ha quedado claro que lo de su carácter cerrado debe ser matizado. Muchas de ellas acogieron tanto a negros como a mulatos de muy distinta condición. Otras, incluso a moriscos e indios y casi todas terminaron aceptando a blancos. Todo parece indicar que la mayoría de ellas no eran exactamente cerradas y que si no había blancos se debía más al rechazo inicial de estos que a una prohibición de aquéllos.

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Este artículo es una versión resumida y sin notas de un trabajo de mi autoría publicado en Hispania Sacra Vol. LXVI, Extra II, julio-diciembre de 2014, pp. 57-88. Puede descargarse íntegro en http://hispaniasacra.revistas.csic.es )

 

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Un buen grupo de moriscos, una vez en el Magreb se dedicaron al corso, pues tampoco tuvieron otras alternativas para ganarse la vida, aliándose con magrebíes opositores a la expansión hispana en el territorio e incluso con corsarios ingleses y holandeses. Bien es cierto, que muchos de ellos lo hicieron con el objetivo de una vez llegados a las costas españolas desertar y volver a su tierra natal. Algunos lo consiguieron, pues se sabe que varios años después de su expulsión muchos habían regresado a la Península Ibérica. Ya en enero de 1610  un barco inglés y otros tripulados por moriscos atacaron a varias embarcaciones españolas en las cercanías a la barra de Sanlúcar. Unos meses después, exactamente en septiembre de 1610, una treintena de barcos, entre grandes y pequeños se dedicaban al corso por las costas de España y Francia y entre sus efectivos se encontraban numerosos moriscos recién expulsados. El gobernador de Ibiza Baltasar de Borja en 1620 explicó la situación de estos moriscos corsarios que atacaban la isla:

        Por ocasión de la expulsión hay mucha morisma pláticos de estas costas y por dicha causa y no saber qué hacer en Berbería se aplican en andar en corso, así por la codicia de las muchas presas con que se van enriqueciendo, como por ser españoles que se aficionan a este ejercicio más presto que a otro de más trabajo que promete mayores daños con el discurso del tiempo.

 

Dice que se empleaban en el corso por tres causas: primero, porque eran buenos conocedores de las costas españolas, donde habían vivido ellos y sus ascendientes: Segundo, por la codicia del enjundioso botín. Y tercero porque como eran españoles preferían este trabajo más arriesgado pero menos duros que otros. Interesante, la percepción de esta autoridad insular que no duda en otorgarles lo que nadie dudaba, es decir, que aunque expatriados no dejaban de ser españoles.

Famosos fueron los corsarios procedentes de Hornachos (Badajoz). El sultán de Tánger, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, muy cerca de Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente menor de andaluces y todos ellos formaron, desde 1627, la república independiente de Salé. Culminaba así la larga lucha de los hornachegos por su libertad.

Los hornachegos formaron allí un pequeño Estado corsario que vivió su esplendor en la primera mitad del siglo XVII. Una curiosa y efímera república, entre mora e hispana, tan diferente al reino de España como al de Marruecos. Para entenderlo basta con citar el nombre de su primer gobernador: Brahim Vargas, una curiosa combinación de un nombre moro con un apellido netamente castellano. Actuaban en la zona del estrecho de Gibraltar por su propia cuenta o aliados con los turcos, causando graves daños a la navegación hispana en el Mediterráneo.

         En 1631, a través del Duque de Medina Sidonia, propusieron a Felipe IV un pacto: ellos entregarían la ciudad a la Corona castellana a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando, por supuesto a sus hijos. Obviamente, el plan no salió adelante y, despechados, no tardaron en ofrecerle algo parecido al rey de Inglaterra. Sin embargo, este proyecto fallido nos aclara mucho sobre el sentimiento y la añoranza del exilio español en Salé.

Después, esta república de Salé languideció hasta su integración en el reino alauita en el tercer tercio de ese mismo siglo. Sin embargo, todavía en el siglo XXI muchos descendientes de aquellos moriscos llegados en el siglo XVII combinan sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

PARA SABER MÁS

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y Bernard VINCENT: Historia de los moriscos. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

EPALZA, Mikel: Los moriscos antes y después de la expulsión. Madrid, 1992.

 

FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y PÉREZ GARCÍA, Rafael M.: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2009.

 

ESPINO LÓPEZ, Antonio: “Los enemigos de la Monarquía en el Mediterráneo: el caso de la defensa de Ibiza en el siglo XVII, 1598-1621” IH Nº 26, 2006, p. 23.

 

 

LAPEYRE, Henry: Géographie de l`Espagne morisque. Paris, SEVPEN, 1959 (hay edición en castellano de 1986 y 2009).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Nunca se consideró fácil derrotar a una armada española, siempre ordenada y disciplinada, precisamente algo de lo que carecían los buques enemigos. A ello habría que añadir tres matices más:

         En primer lugar, que la mayor parte de estos bandidos –piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros- perecieron de manera violenta, en combate, ahogados, ajusticiados o, lo que es peor, a manos de sus propios correligionarios. Por ejemplo, Jean David Nau, conocido como El Olonés, perdió la vida a manos de los indios, cuando intentaba alcanzar el lago Nicaragua. Otros murieron en enfrentamientos con sus propios compatriotas, como Nicolás Van Horn, quien perdió la vida a manos del afamado pirata Laurent de Graff, Lorencillo, tras el asalto de Veracruz. Muy pocos, murieron plácidamente en su lecho y menos aún ricos.

         En segundo lugar, que estos no formaban ninguna legendaria nación corsaria sino que entre ellos había frecuentes conflictos y traiciones. No solo entre franceses, ingleses y holandeses, sino entre estos y piratas y bucaneros sin patria, e incluso entre compatriotas que no solían tener escrúpulos en asesinar a un correligionario si ello les permitía una mayor cuota de poder. Obviamente nunca fueron precisamente un modelo a imitar sino que fueron por lo general personas de la peor calaña, sin principios ni valores, dispuestos a conseguir sus objetivos a cualquier precio. El propio Alexander Oliver Exquemelin, el llamado médico de los piratas, que vivió entre ellos, se encargó de narrar con detalle sus crueldades y brutalidades.

         Y en tercer lugar, que se conocen bien los asaltos corsarios a ciudades y villas portuarias de la América Hispana pero no los fracasos pese a que fueron más numerosos y algunos de ellos no menos sonados. Son de sobra conocidos los asaltos de Francis Drake a Santo Domingo o a Cartagena de Indias pero apenas se habla de las derrotas que este mismo corsario y John Hawkins, sufrieron frente a las defensas hispanas. Por ejemplo, en 1568 desembarcaron en San Juan de Ulúa pero, al poco tiempo, se presentó la flota española que fondeó atónita junto a la armada corsaria. Pese a disponer la flota de un solo galeón de guerra, la capitana, se las arreglaron junto a las escasas tropas de tierra para atacar a los ingleses, hundiendo y tomando varios de sus buques, mientras que sólo dos de ellos, el Minion y el Judith consiguieron huir, abandonando buena parte del botín robado hasta ese momento. Dicen que desde entonces se escuchó decir a Francis Drake en más de una ocasión: España me debe mucho dinero… En 1575 el corsario inglés Oxenham estuvo hostigando la costa pacífica centroamericana, pero fue capturado por el capitán Pedro de Ortega, recuperado todo el botín robado y ejecutado. El 24 de enero de 1600, el corsario inglés Christopher Newport se presentó en el puerto de Santiago de la Vega de Jamaica, con nada menos que 16 buques. Mientras las campanas de las iglesias alertaban a los vecinos, el gobernador Melgarejo de Córdoba organizó la defensa. Pese a disponer de ¡una sola pieza de artillería! Se le ocurrió la idea de soltar en el momento oportuno una manada de toros bravos, al tiempo que disparaba la lombarda, desconcertando de tal manera a los corsarios que, espantados, decidieron reembarcarse. En 1623 una armada corsaria liderada por los holandeses L´Hermite y Pieter Schouten fracasó sucesivamente en sus intentos de tomar El Callao, Guayaquil, Pisco y Acapulco. Otra escuadra, comandada por Balduino Enrico, atacó San Juan de Puerto Rico, encontrándose con la valerosa resistencia del gobernador Juan de Haro, que se negó a capitular pese a que fue compelido por carta en dos ocasiones. El corsario incendió la ciudad, pero se vio obligado a reembarcarse sin haber conseguido su objetivo de rendir la fortaleza. Pero al holandés le esperaba un revés aún peor, pues desde allí se dirigió a La Habana, ciudad que no pudo tomar ante la titánica resistencia de los defensores de la plaza.

         Entre 1630 y 1654 fuerzas españolas derrotaron y expulsaron en cuatro ocasiones a los corsarios y bucaneros de la isla de la Tortuga, su verdadero santuario en el Caribe, algo así como el Portobelo corsario. Un año antes, una escuadra a las órdenes de Federico de Toledo ocupó e incendió la colonia franco- inglesa de Saint Kitts, en Guayana. Es decir, que España no sólo se defendía de las acometidas corsarias sino que también, cuando le parecía oportuno, asolaba los territorios de las potencias enemigas que no estaban ni muchísimo menos mejor defendidos que los puertos hispanoamericanos. Bien es cierto que los extranjeros no tardaban en regresar porque los hispanos no tenían potencial para ocuparlos permanentemente. Pero quede claro que si ingleses, franceses y holandeses mantuvieron sus santuarios fue por la imposibilidad de los hispanos de poblar territorios teóricamente poco productivos.

         En 1655, como es bien sabido, los ingleses obtuvieron uno de los mayores éxitos de su historia al tomar la isla de Jamaica. Pero hay un detalle que se suele obviar y que, a mi juicio, es muy significativo: el objetivo inicial era Santo Domingo, donde en inferioridad de condiciones, Bernardino Meneses de Bracamonte y Zapata, Conde de Peñalba, presentó una resistencia titánica y consiguió rechazarlos, aprovechándose de ciertas diferencias entre los asaltantes. La decisión de los ingleses de quedarse con Jamaica, cuyo acierto siempre se alabó, se tomó circunstancialmente tras desistir del asalto a la capital Primada. Asimismo, en julio de 1661 varios navíos franceses atacaron el puerto de Campeche, mientras los vecinos huían al monte. Pero al día siguiente, observando que las fuerzas enemigas no eran tan numerosas decidieron acometerlos, matando a 15 de ellos y apresando a cinco, mientras el resto debía huir precipitadamente.

         Finalmente, debemos añadir otras dos cuestiones: una, que los corsarios pudieron asaltar algunos puertos españoles y tomar algunas islas y territorios despoblados, pero jamás consiguieron arrebatar aquellos territorios donde los hispanos estaban bien arraigados. Y otra, que además de las derrotas corsarias y de los asaltos fallidos que suele omitir la historiografía, lo que jamás podremos cuantificar es el grado de disuasión que las defensas hispanas generaron entre sus adversarios.

 

PARA SABER MÁS

-P. Gosse, Quién es quién en la piratería. Hechos singulares en las vidas y muertes de los piratas y bucaneros, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2003.

 

-M. Lucena Salmoral, Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid, MAPFRE, 1994.

 

-M. A. Massisimo, Piratas y filibusteros, Barcelona, Ediciones Telstar, 1967.

 

-E. Mira Caballos, las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

-------“Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Hugo O`Donnell, Dir. Madrid, Ministerio de Defensa, 2013, pp. 143-194.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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El pacifismo es aquel movimiento que rechaza el empleo de la violencia y, muy especialmente, la guerra como medio para la solución de conflictos. Los pacifistas consideran toda guerra como ilegítima y reivindican la existencia de otros medios para resolver conflictos.

El Budismo es la primera de las grandes religiones monoteísta; busca alcanzar la espiritualidad y el nirvana suprimiendo los deseos mundanos. Es una religión espiritualista que ha inspirado a muchas personas entre ellas a los pacifistas. Defiende tres verdades: Una, el dolor es universal. Todo en la vida es dolor porque es transitoria y todo lo transitorio es doloroso. La vida es transitoria y caduca y, por tanto, está traspasada por el dolor. Dos, el dolor se debe fundamentalmente al deseo terrenal. Y tres, se puede suprimir el dolor y alcanzar por tanto el nirvana suprimiendo todo deseo mundano.

En cuanto al cristianismo, hay que hablar de Jesús de Nazaret que pronunció frases y mostró actitudes que podrían haber salido de la boca de un pacifista: "Ama a tu prójimo como a ti mismo". Los seguidores de Jesucristo una vez que dejaron de producirse las persecuciones abandonaron esta línea pacifista iniciada por Jesús. Otras religiones antiguas como el budismo o el jansenismo también son profundamente pacifistas.

En el siglo XVI encontramos de nuevo movimientos y personas que defienden unos postulados abiertamente pacifistas y fueron por ello violentamente perseguidos. El movimiento anabaptista era profundamente pacifista. Asimismo en esta época surge la gran figura del pacifismo moderno Erasmo de Rotterdam, quien escribió que "la más injusta de las paces era preferible a la más justa de las guerras".

En el siglo XVII retoman la antorcha los cuáqueros, movimiento fundado en 1652 por George Fox, que intentaron aplicar el pacifismo a la política y en la siguiente centuria ilustrados como Saint-Pierre o Juan Jacobo Rousseau mostraron una actitud favorable a los postulados pacifistas. Sin embargo, fue Inmanuel Kant a finales del siglo XVIII quien publicó la verdadera biblia del pacifismo, una obra que sigue siendo de actualidad pese al paso de los siglos. Se trata de su obra “La paz perpetua”, en la que afirma que la guerra es el estado natural del ser humano por lo que la paz debe ser un logro de la humanidad. Y él, entusiasmado por la marcha de la Revolución Francesa, cree que la paz perpetua está a punto de llegar al mundo. Ahora bien, para que eso ocurra es necesario que se consoliden previamente una serie de requisitos: supresión de los ejércitos permanentes, instauración de repúblicas, respeto a las naciones más pequeñas, eliminación de los acuerdos secretos, etc.

Sin embargo fue en el siglo XIX cuando se formó el pacifismo como ideología coherente, íntimamente ligada a las ideologías de izquierdas. El primer gran pacifista contemporáneo fue sin duda León Tolstoi, sin embargo el ideólogo de este movimiento fue Herbert Marcuse. El marxismo y el movimiento obrero estuvieron impregnados en el siglo XIX de altas dotes de ideología pacifista. De hecho, muchos de los grandes pacifistas del siglo XIX eran marxistas, como KAUTSKY, el más destacado dirigente marxista de la Alemania del siglo XIX y alma de la II Internacional. En la II Internacional de proclamaron mensajes de corte pacifista como el siguiente:

 

         "Para que haya paz es necesario que en todos los países se rechace inequívocamente la idea de anexar zonas ajenas, de someter política, económica o militarmente cualquier pueblo..."

 

         Pese a su antigüedad, el pacifismo ha tenido sus más genuinas manifestaciones precisamente en el siglo más sangriento de toda la historia de la humanidad. Ya en 1919 los famosos catorce puntos del presidente Wilson rezumaban sin duda un mensaje pacifista. La Sociedad de Naciones Unidas fundada poco después también nació con tintes puramente pacifistas, espíritu que también impregna la carta fundacional de la O.N.U. Las razones por las que en la Asamblea General de la ONU del 30 de noviembre de 1981 decidió crear el "Día Internacional de la Paz" son muy elocuentes al respecto:

 

         "La promoción de la paz se encuentra entre los principales propósitos de las Naciones Unidas por ello se acuerda por unanimidad dedicar un tiempo específico para concentrar los esfuerzos de las naciones Unidas y de sus Estados miembros, tanto como los del conjunto de la Humanidad, en promover los ideales de paz y en dar evidencia positiva de su compromiso con la paz por todos los medios viables".

 

Desde 1982 el tercer martes de septiembre se dedica a la paz. Ese día los miembros de la Asamblea General guardaron un minuto de silencio en observancia del día, ritual que se ha venido repitiendo desde entonces todos los años. Bien es cierto que en la práctica la O.N.U. responde a cualquier cosa menos al pacifismo. Está en manos de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad: Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña, todos ellos con capacidad de veto que impiden actuar al citado organismo si estiman que eso va en contra de sus intereses particulares.

No obstante, el mayor pacifista del siglo XX fue sin duda alguna Mahatma Gandhi (1869-1948) que como hindú propagó la no violencia. Para Gandhi la vida no es otra cosa que la búsqueda de la verdad. El defendía que la fuerza más grande que la humanidad poseía era la no violencia, concebida como una forma de vida y como un instrumento para la lucha contra la injusticia. Se enfrentó al Imperio Inglés por medios no violentos, es decir, mediante la no cooperación la desobediencia. Hasta 1928 tuvo una participación en la vida pública pero en ese año dejó su cargo a Nehrú y él se dedicó exclusivamente a la educación. En 1948 fue asesinado por un extremista hindú.

El movimiento pacifista ha sido a lo largo de todo el siglo muy silencioso. Casi no se deja notar pero sus consecuciones han sido fundamentales. Hoy el espíritu pacifista, aunque no seamos siempre consciente de ello, impregna toda la sociedad: reducción de gastos en defensa; fin del servicio militar obligatorio; intervención del ejército en misiones sociales para justificarse y eliminación de determinados tipos de armas, como las químicas, las nucleares o las minas contra persona.

         No se puede decir pues que el pacifismo haya fracasado en su globalidad. Ahora bien, cuando uno lee a viejos filósofos se sorprende de lo antiguas que son algunas de las ideas que defendemos hoy. Cuando defendemos actitudes pacíficas, no aludimos a nada nuevo sino a una corriente de pensamiento que tiene varios milenios de antigüedad. Esperemos que alguna vez esa ansiada paz perpetua de la que hablaba Inmanuel Kant sea un logro conseguido por la humanidad. Aunque debo advertir que mi conocimiento del pasado humano y de sus miserias me hace ser menos positivo que el citado filósofo prusiano.

 

PARA SABER MÁS


KANT, Inmanuel: La Paz Perpetua. Madrid, Espasa Calpe, 1964.

 

LENIN, V. I.: “Pacifismo burgués y pacifismo socialista” en Tres artículos de Lenin sobre la Guerra y la Paz. (Edición de David Romagnolo), 1998.

 

WILSON, A.: Manual del pacifista. Madrid, Debate, 1984.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Hace justo ahora dos décadas, cuando trabajaba como becario en el Archivo Histórico Provincial de Badajoz me topé con este curioso documento. Un tiempo más tarde, exactamente en la Nochevieja de 1996 lo publiqué en el periódico Hoy de Extremadura. Incorporo a mi blog este curioso texto que escribí hace dos décadas:

        Entre unos viejos manuscritos pertenecientes a la familiar Grajera, recientemente incorporados a los fondos del Archivo Histórico Provincial de Badajoz, se encontraban dos cuartillas en las que curiosamente una persona copió unas décimas que los pajes del obispo de Plasencia entonaban por estas fechas navideñas cuando el capitán general se acercaba a él. Lógicamente estos versos apenas tienen valor literario, pues son composiciones un tanto ingenuas e incluso, en ocasiones, con rimas forzadas y malsonantes. En cambio sí que tienen un cierto interés histórico, no solo por su indudable carácter anecdótico sino porque suponen un testimonio más de las protocolarias y a veces difíciles relaciones sociales en la historia pasada de España. Precisamente por estos motivos hemos creído oportuno transcribirlas y comentarlas.

        El texto fue redactado en la primera mitad del siglo XIX, pues, aunque no eestá fechado, la letra y la pertenencia a un conjunto homogéneo de documentos de la primera mitad del siglo XIX le otorgan sin lugar a dudas esta cronología. Estas composiciones muestran a la perfección la complejidad de las relaciones sociales en la España decimonónica donde el sentido de la jerarquía estaba bien patente. No en vano en el siglo XIX todavía seguían siendo el obispo y el capitán general las figuras más relevantes de la ciudad y tenían todo un protocolo para relacionarse. Las décimas decían así:

 

        Viva del obispo amado/ y San Juan la dulce unión/ en tranquila posesión/ de provincia y obispado/ a cada cual en su estado/ tal obediencia prestemos/ que la de Isaac imitemos/ la provincia brillará/ la religión triunfará/ y felices viviremos/ Para bien del reino y grey/ defienda Dios con su mano/ a San Juan y Cipriano/ amantes fieles del Rey/ hagan se cumpla la ley/ defiendan la religión/ como el jefe Gedeón/ y por premio de su celo/ y con venirles del cielo/ gloria del rey Salomón/ viva el ilustre pastor/ de Plasencia y obispado/ con San Juan para lechador/ de fidelidad y horror/ con expresión de amor/ y con ecos de alegría/ digan todos a porfía/ viva el pastor plasenciano/ viva el general amado/ de matusalén la vida/ logren con felicidad/ el general y pastor/ que Belén tuvo y logró/ la noche de NAVIDAD/ Viven con aquella paz/ que se anunció a los pastores/ y la estrella con resplandores/ les guíe tan permanente/ como a los Reyes de Oriente/ al ofrecer a Dios dones.

 

        Como se afirma en el propio manuscrito, estos versos eran entonados tradicionalmente por los pajes del obispo en fechas navideñas tan pronto como se le aproximada el capitán general. Sin embargo, debía ser bastante embarazoso para ambas autoridades que cada vez que se encontraban tuviese el militar que esperar a que le recitasen las mismas décimas. Por ello, al final del documento se inserta una frase que nos parece muy curiosa y que dice así: mas las grandes ocupaciones de dicho Excmo. Sr. (se refiere al capitán general) lo impidieron. Es decir, debido a las prisas que siempre debía mostrar la citada autoridad, optó finalmente el mitrado por suprimir este cortés preámbulo.

        El recitado de estas poesías no debió ser más que una idea de algún obispo placentino, no sabemos si talentoso o ingenuo, que debió tener sin duda poca vigencia práctica. Es de suponer que la primera vez agradara al oficial, pero no estamos tan seguros de que oída cinco o seis veces mostrara la misma actitud. En cualquier caso se empleó lo suficiente como para que una persona anónima la perpetuase para la posteridad en el papel que ahora hemos desempolvado.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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No ha aparecido ningún documento en el que se prohibiese oficialmente la entrada de aragoneses, muy a pesar de que Antonio de Herrera creyó en su existencia. Sin embargo, tal documento no se expidió porque se dio por supuesto que las Indias eran propiedad exclusiva de la Corona de Castilla. La presencia de aragoneses desde los primeros años de la colonización, tanto en el Continente americano, como involucrados en la empresa americana desde España -recuérdense nombres como el de Juan Cabrero, Juan de Coloma o Pedro de Margarit- no refuta, en absoluto, este planteamiento por dos motivos: primero, porque el hecho de que oficialmente estuviesen excluidos no significa que de hecho no pasasen al igual que en los primeros tiempos encontramos multitud de genoveses o portugueses pese a que no les estaba permitido el paso. Y segundo, porque no hubo una intención de impedir su paso siempre y cuando aceptasen y se integrasen dentro de la normativa castellana.

La prohibición al paso de aragoneses estuvo vigente hasta el 10 de noviembre de 1525, fecha en la que se expidió una Real Cédula en la que se reconoció que hasta ese justo momento la legislación sólo había permitido ir a las Indias a los castellanos, ordenando asimismo un aperturismo para que los vecinos de otros reinos pudiesen ir a las Indias como lo hacían los propios vasallos de Castilla. Dado el interés del texto lo reproducimos a continuación:

 

Y consultado fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón e nos tuvímoslo por bien, por lo cual damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la forma y manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León, con tanto que los que son súbditos, solamente por la razón del Imperio, y no de patrimonio, puedan ir a poblar y tratar siendo casados y llevando sus mujeres allá o casándose dentro de un año que allá llegare o dar seguridad de estar y permanecer en las dichas Indias diez años...".

 

          Al año siguiente fue ratificada esta apertura a los súbditos del Imperio por una Real Cédula dirigida a prelados, Condes, Marqueses, etcétera y que por su importancia la transcribimos parcialmente en las líneas siguientes:

 

Damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales de todos los nuestros reinos y señoríos y así mismo a todos los súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos y Señoríos de Castilla y León...

 

          El término de "súbditos patrimoniales" al que se alude en la Real Cédula de 1525, parece referirse a los vasallos del reino de Aragón, que desde este mismo momento  y no antes  tuvieron permiso para emigrar a las Indias y establecerse allí como lo hacían los súbditos de Castilla y León. No obstante, la igualdad no fue total, pues, cuando se trataba de "mercadear" o de viajar como maestres debían continuar solicitando una licencia especial, como hizo el valenciano Francisco Picón, el cual recibió expresa autorización, en 1526, para ir con nuestros navíos a las nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano o a cualquier parte de ellas a contratar y rescatar y mercadear como lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos de Castilla, sin vos poner en ello embargo ni impedimento alguno...

Este texto indica claramente que, aún después de 1525, la libertad de los súbditos de Aragón no fue igual a la de los castellanos, perviviendo además varias décadas, dado que, en 1538, encontramos de nuevo otra licencia de estas características otorgada a un tal Miguel Raguso, natural de Cataluña, para ir libremente por maestre a las Indias a causa de estar por nos mandado que ningún extranjero de estos reinos pase por maestre a las dichas nuestras Indias…

Todavía, en 1536, se notaban ciertos recelos de los castellanos hacia los aragoneses, según se deduce de un hecho ocurrido en Tierra Firme, cuando los castellanos se levantaron contra la tiranía de un capitán aragonés. Este suceso lo describió el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo con gran agudeza, como se puede observar en las líneas siguientes:

Y que no querían ser mandados de un aragonés. Y a este propósito había otras palabras mal dichas y desacatadas; porque los soldados de cuan grande o pequeña calidad que sean, no han de dejar de obedecer al capitán que el Príncipe y su Rey y Señor natural les daba, porque sea aragonés, ni escocés, ni de otra cualquiera nación...

 

En definitiva, los aragoneses aunque presentes de hecho en las Indias desde prácticamente su descubrimiento, legalmente nunca gozaron de los mismos privilegios que los castellanos y leoneses, como quiera  dice Fernández de Oviedo  que aquellos fueron los que las Indias descubrieron; y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos o vasallos del patrimonio real del Rey Católico...

Con el paso de los años el paso de los súbditos del reino de Aragón se normalizó totalmente equiparándose en privilegios a los naturales de Castilla. Así, en 1568 en los capítulos que se expidieron para la reforma de la Carrera de Indias se afirmó que muchos extranjeros pasaban libremente a las Indias diciendo que son gallegos y otros diciendo que son catalanes... Por ello está claro que cuando en las Cortes de Monzón de 1595 se estableció definitivamente la total igualdad entre los castellanos y los aragoneses en el paso a las Indias ya era un hecho consumado desde hacía varias décadas.

A continuación vamos a intentar dar una explicación a los motivos que llevaron a los Reyes Católicos a incorporar los nuevos reinos descubiertos al otro lado del Atlántico exclusivamente a la Corona de Castilla. Realmente, la controversia en torno a si los aragoneses, en los primeros momentos del Descubrimiento, podían beneficiarse de las riquezas del Nuevo Mundo en igualdad de condiciones con los castellanos es muy antigua, remontándose a los primeros años del periodo colonial, y llegando la discusión historiográfica, incluso, a nuestros días.

En el mismo siglo XVI Antonio de Herrera y Gonzalo Fernández de Oviedo sostuvieron que las nuevas tierras descubiertas tan sólo se incorporaron al Reino de Castilla, alegando que fueron ellos y no los aragoneses quienes las descubrieron, y haciendo llegar esta situación hasta la muerte de Isabel de Castilla, en 1504. En abierta contradicción con esta postura, Veitia Linaje y Antúnez y Acevedo sostuvieron la igualdad de ambas Coronas en relación al Nuevo Mundo desde el primer momento de la colonización.

En la actualidad, y como hemos afirmado en líneas anteriores, la historiografía tampoco ha llegado a un acuerdo definitivo, pues, mientras para Juan Manzano tan sólo se incorporó a Castilla, con el fin de eludir el ordenamiento normativo aragonés, sus fueros y su sistema pactista, para Demetrio Ramos, la exclusión fue sólo aparente sin mostrar en ningún momento una intención real de apartarlos de la emigración a las Indias.

A mi juicio, la exclusión se debió, de acuerdo con Manzano, a un intento de los monarcas de evitar el sistema pactista aragonés y en definitiva los privilegios que mermaban el poder de la realeza. No en vano algo parecido había ocurrido años antes con la conquista de Navarra que se incorporó a Castilla en vez de a Aragón con el expreso fin, según el padre Mariana, de que no se aprovechasen de las libertades de los naturales de este último reino, muy odiosas siempre a los reyes de todas las épocas… Evidentemente con la incorporación de los reinos indianos a Castilla se evitó la implantación en esos territorios de los fueros de Aragón, y de todas las limitaciones para la autoridad real que eso hubiera conllevado.

En general y como veremos en las páginas posteriores la exclusión se extendió a todos el reino de Aragón, incluyendo, pues, a Cataluña, Valencia y Mallorca. En realidad, no hubo causas específicas como se han pretendido buscar para excluir a estas otras regiones sino que simplemente como territorios vinculados a la Corona de Aragón quedaron también sometidos a la exclusión.

Ahora bien, pese a la legislación, en la práctica hubo aragoneses vinculados a la empresa indiana desde los orígenes de la colonización. Incluso algunos de ellos de una gran influencia como Pedro de Margarit, que fue en el segundo viaje del primer Almirante, el ya mencionado fray Bernardo Boyl o el obispo fray Julián Garcés O.P. Estaba claro que, en primer lugar, América necesitaba pobladores y para ello se abrió frecuentemente la mano no sólo a aragoneses sino a genoveses, portugueses, florentinos, etc. A la Corona no le importaba el paso de aragoneses individuales a las Indias sino sobre todo que aceptasen la legislación castellana en esos nuevos territorios. En los registros de la Casa de la Contratación que están siendo publicados aún en la actualidad se encuentran asentados algunos de los aragoneses que cruzaron el atlántico. Su reducido número no debemos explicarlo tanto en las trabas legales que nunca fueron un impedimento serio sino más bien al escaso interés en esos primeros tiempos del aragonés por el Nuevo Mundo. Así, se explica además la nula oposición presentada en el Reino de Aragón a su teórica exclusión de los beneficios que el Nuevo Mundo podría reportar.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias” Revista de Historia Social y Económica de América Nº 12, Alcalá de Henares, 1995, pp. 37-53.

 

------ y GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Adolfo: “Legislación en torno a la emigración de aragoneses a América en el siglo XVI”, VII Congreso Internacional de Historia de América, Zaragoza, 1998, pp. 391-398.

 

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Sabíamos que los moriscos expatriados de Hornachos se encaminaron a Sevilla desde donde arribaron a Ceuta primero y de allí a Tetuán. El sultán de esta ciudad, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, junto a Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente de moriscos andaluces y extremeños sobre todo, llamados allí andalusíes que formaron, desde 1627, la república independiente de Salé.

Este pequeño estado corsario vivió años de esplendor, coincidiendo con la ocupación de Larache (1610) y La Mamora (1614) por España, lo que convirtió a Rabat-Salé en el único puerto de relevancia en el norte de Marruecos. Se encontraba bien situado para aprovecharse del botín obtenido en la zona de la ruta de las Indias y de las islas Canarias. Tuvieron que hacer frente a dos enemigos: uno, al sultán de Marruecos que obviamente trataba de anexionar Salé a sus dominios. Y otro, a un tal Al-Ayyasi, conocido como el Morabito, que era un integrista del siglo XVII que dominaba el norte de Marruecos y que hacía la guerra santa contra los cristianos.

Yo conocía vagamente algún intento de estos moriscos de pactar con Felipe IV, a través del Duque de Medina Sidonia: ellos entregarían la ciudad a los Habsburgo a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando por supuesto a sus hijos. Pues bien, en el libro “Cartas Marruecas. Documentos de Marruecos en Archivos Españoles” (Madrid, CSIC, 2002) se documentan nada menos que ¡siete intentos! de los moriscos de Salé, entre 1619 y 1663, de recibir ayuda de España a cambio de alguna concesión. Al final ninguno de ellos prosperó, pero en varias ocasiones estuvieron a punto de ser repatriados a cambio de la ocupación de la plaza por tropas españolas. En 1632 había preparativos en España para efectuar esa repatriación y en 1633 Sir Arthur Hopton, embajador inglés en España, informó a su país que había movimiento de tropas en Cádiz para cumplimentar un acuerdo secreto de retorno de los españoles de Salé. Pero hay más, en 1637 cundía el hambre en Salé por el bloqueo conjunto del Morabito con los ingleses, cuando el Duque de Medina Sidonia atendió la petición de los asediados, enviando un cargamento de bizcocho para remediar el desabastecimiento.

Con posterioridad hubo otras ayudas parciales de España, pues a la monarquía hispánica le interesaba mantener a Salé-Rabat en manos de los moriscos y no en las del sultán de Marruecos ni muchísimo menos en las de los turcos. Pero nótense varias cosas: Primero, los continuos intentos de los moriscos de Salé de abandonar el territorio y regresar a su querida patria. Segundo, la saña con la que el Morabito les hacía la guerra santa, delatando claramente el carácter cristiano o al menos no islámico de los moriscos. Y tercero, cómo las autoridades hispanas, pese a las actividades corsarias de Salé, interpretaban que se trataba de españoles, y que eran algo así como una pica en Flandes, en medio del territorio marroquí.

¿Qué hubiera pasado si en 1632 o 1633 hubiesen sido repatriados los moriscos de Hornachos? No lo sabemos y además los historiadores no tenemos herramientas para hacer historia contrafactual. Pero no me puedo resistir a una pequeña reflexión: si se hubiese producido algo hubiese cambiado en España; está claro que muchos moriscos se quedaron y que otros volvieron, pero todo eso fue una historia extraoficial. La repatriación oficial de los andalusíes de Salé, aunque fuese a cambio de la anexión de la plaza, hubiese sentado un precedente al retorno de otros exilados. Y de paso hubiese lavado la imagen de la España casticista, al tiempo que suponía un reconocimiento implícito de la grave injusticia cometida con este grupo de españoles.

Obviamente, la república morisca de Salé tuvo una vida efímera porque el sultán de Marruecos estaba claro que iba a aprovechar la primera oportunidad que se le presentara para anexionarla. No podía consentir una república independiente de moriscos en mitad de su territorio. Sin embargo, allí quedaron arraigados estos andalusíes y sus descendientes todavía viven en la zona de Rabat, combinando sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

BUZINEB, H.: “Plática en torno a la entrega de la alcazaba de Salé en el siglo XVII”, Al-Qantara, vol. XV, 1994, pp. 47-73

 

GARCÍA ARENAL, Mercedes, RODRÍGUEZ MEDIANO, Fernando y EL HOUR, Rachid: Cartas Marruecas. Documentos de Marruecos en Archivos Españoles (Siglos XVI-XVII). Madrid, CSIC, 2002.

 

GONZALBES BUSTO, Guillermo: “La República andaluza de Rabat en el siglo XVII”, Cuadernos de la Biblioteca Española de Tetuán, vols. 9 y 10. Tetuán, 1974, pp. 355-463.

 

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        Conocido en España como Ruy Falero (Lisboa 1455- Sevilla, 1523), tenía el rango de bachiller y pasaba por ser uno de los grandes cosmógrafos portugueses de finales del siglo XV. En Lisboa conoció a su compatriota, natural de Oporto, Fernando de Magallanes con quien no tardó en intimar. Ya por entonces Faleiro era un reputado cosmógrafo y un consumado tratadista, autor de varias obras de cartografía. Asimismo, confeccionaba material náutico como cartas de navegación, astrolabios, cuadrantes, etc. De hecho, en el inventario de bienes de la expedición de 1519 de Magallanes figuraba un astrolabio, seis cuadrantes y 13 cartas de marear, diseñadas y fabricadas por el marino lisboeta. Fernández de Oviedo lo calificó de “gran hombre en la cosmografía y astrología y otras ciencias y letras de humanidad”. Magallanes aprendió de él gran parte de sus conocimientos náuticos.

Ambos concibieron la idea de llegar a la isla de la Especiería no por África, como hacían usualmente los lusos, sino por América. La idea no era nueva; Américo Vespuccio e, incluso, Caboto habían planteado empresas parecidas. La novedad radicaba en la seguridad que tenían de encontrar un estrecho en las Indias Occidentales que les permitiese seguir su destino hacia el continente asiático.

        En la corte Portuguesa no gustó su proyecto por razones obvias. Los lusos ya tenían una ruta segura y, sobre todo, legal para llegar a dichos territorios. Nada tenía de particular que acudiesen a España a presentar su proyecto: primero, porque a Castilla sí que podría interesar realmente, máxime cuando, según sus cálculos, las islas de la Especiería caían en territorio otorgado por el Tratado de Tordesillas a la Corona de Castilla. Y segundo, porque Faleiro estaba muy disgustado con la corte portuguesa que le había denegado el oficio de Cosmógrafo del Reino.

        Una vez en tierras castellanas acudieron al obispo de Burgos, Juan Rodríguez de Fonseca, conscientes de que hasta ese momento había llevado las riendas de los asuntos ultramarinos. Sin embargo, como escribió Las Casas, se encontraron con que ya el prelado no tenía el poder de antaño y estaba “como galera desarmada”. Pero no cejaron en su empeño y consiguieron contactar con algunas personas influyentes. Entre ellas, Juan de Aranda que, desde el 30 de septiembre de 1516, desempeñaba el cargo de factor de la Casa de la Contratación. También, los acaudalados comerciantes burgaleses Rodrigo y Cristóbal de Haro se interesaron por el proyecto. Todos ellos quedaron convencidos de la viabilidad del ambicioso plan de los portugueses.

        En marzo de 1517 Juan de Aranda les concertó una cita en Valladolid con el canciller Jean le Sauvage. Al parecer, los portugueses se presentaron con un globo terráqueo sobre el que explicaron su proyecto. Estaban seguros de que encontrarían un estrecho en América que los conduciría directamente al Mar del Sur. Y lo estaban porque habían visto un mapa de Martín de Behaim, en manos del rey de Portugal, en el que aparecía. Asimismo, prolongaron la raya de Tordesillas hacia el sur indefinidamente, dejando al descubierto que las islas de la Especiería caían en zona de dominio española. No parece que sus explicaciones fuesen totalmente convincentes; pero tampoco lo fue Colón, veinticinco años antes, y descubrió un mundo.

Aun así, el proyecto todavía pasaría por una fase muy delicada. El 2 de marzo de 1518 el Obispo Fonseca les informó que se acababa de presentar en la corte un proyecto similar, encabezado por el piloto portugués Esteban Gómez. Es fácil imaginar la desolación de Ruy Faleiro que tanto había luchado por sacar a flote su plan. Finalmente, las gestiones de Aranda, que se basaron sobre todo en los amplios conocimientos cartográficos y geográficos del lisboeta, decantaron la balanza a su favor.

Por fin, en Valladolid, el 22 de marzo de 1518 se otorgó una capitulación por la que Fernando de Magallanes y Ruy Faleiro se comprometían a realizar su expedición a las islas de la Especiería. En dicho documento se les concedía la veintena parte de todo lo que se obtuviese y el título de adelantados y gobernadores para ellos y sus descendientes “de juro, para siempre jamás”. La expedición estaría compuesta por cinco navíos que serían aprestados, pertrechados y artillados de las arcas reales.

        Y aunque las autoridades castellanas se comprometieron a cumplir íntegramente la capitulación, lo cierto es que no fue así. Hubo muchas presiones, e incluso, intrigas del rey don Manuel de Portugal. Éste ordenó a su embajador Álvaro da Costa que se entrevistara con los dos lusos para que regresasen a su patria. Al no conseguirlo se enfureció, comenzando una campaña de desprestigio de los dos marinos. Según Herrera, de Ruy Faleiro afirmaban los portugueses “que tenía un demonio familiar y que de astrología no sabía nada”. Pero el disgusto del soberano luso fue tal que, según Las casas, mandó “matar a él -Fernando de Magallanes- y al bachiller Ruy Faleiro… y así andaban ambos a sombra de tejado”.

Por otro lado, el propio Carlos V, mal influido por sus consejeros, llegó a la conclusión que podría ser peligroso que dos portugueses encabezaran la expedición. En el fondo, las autoridades dudaban de la fidelidad de dos personas que, aunque al servicio de Castilla, no dejaban de ser portuguesas. Lo cierto es que Faleiro debía tener más de 60 años y tenía fama de persona desconfiada e irascible. No tardaron en decir de él que no gozaba de la salud adecuada para tan arriesgada expedición. Concretamente lo acusaron de demencia. Oviedo dijo que “perdió el seso y estuvo muy loco y falto de razón y de salud”. La explicación es menos convincente, pues, afirma que le ocurrió porque era “sutil y muy dado a sus estudios” o porque “Dios así lo permitió”. Según Herrera, también influyó en la decisión el hecho de que tuviese diferencias personales con Fernando de Magallanes. Sea como fuere, lo cierto es que, con la excusa de que debía organizar otra expedición posterior para cuando regresara Magallanes, se quedó en el dique seco. Así fue dispuesto por una Real Cédula, fechada el 26 de julio de 1519. En su lugar fue nombrado un español, Juan de Cartagena que sería quien finalmente acompañaría a Magallanes.

        En 1523, una vez regresada la nao Victoria, Ruy Faleiro recomendaba al Emperador que se enviase anualmente una armada a la especiería. Carlos V reconoció los servicios de Faleiro y lo recompensó generosamente. Más concretamente, le concedió el hábito de Santiago, igual que a Magallanes, y una pensión de 100.000 maravedís anuales a perpetuidad, sobre las rentas de la Casa de la Contratación de Sevilla.

Pero, poco pudo disfrutar de estas mercedes, pues, en breve plazo terminó ingresado en un hospital. Bartolomé de Argensola afirmó “El astrólogo Faleiro, perdido el juicio, quedó en la casa de locos en Sevilla”. No se tiene la certeza exacta de su fallecimiento, pero, varios testimonios coinciden en afirmar que murió perturbado y olvidado en ese mismo año de 1523.

 

 

PARA SABER MÁS

 

RAMOS, Demetrio: Audacia, negocios y política en los viajes españoles de descubrimiento, Valladolid, Seminario Americanista, 1989

C. FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y de Aragón, I, Madrid, Museo Naval, 1972

------ Disquisiciones náuticas, T. V. Madrid, 1876;

FERNÁNDEZ DE NAVARRETE, Martín: Colección de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV, Madrid, Imprenta Nacional, 1837-1858.

FERNÁNDEZ VIAL, Ignacio Y FERNÁNDEZ MORENTE, Guadalupe: La primera vuelta al mundo. La nao Victoria. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2001.

THOMAS, Hugh: El Imperio español, de Colón a Magallanes, Barcelona, Planeta, 2003.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        La base naval y el centro de reclusión de presos talibanes de Guantánamo son bien conocidos. Estados Unidos estableció en la bahía de Guantánamo una base naval que perpetuó en el Tratado de 1903 por el que se estableció un arrendamiento perpetuo, firmado por el primer presidente insular Tomás Estrada Palma.

        Desde la Revolución Cubana, el régimen castrista ha pedido en diversos foros internacionales la revocación del tratado. Pero Estados Unidos no solo no ha abandonado la isla sino que desde 2002 ha convertido la base en un centro de reclusión de prisioneros, especialmente de talibanes, miembros de Al-Qaeda y del Estado Islámico. Y ello porque el país de las libertades interpreta que no es territorio estadounidense y, por tanto, les priva de los derechos de que gozan estos.

         Pero el objeto de este artículo es otro bien distinto; he publicado en varias ocasiones que el topónimo original no era Guantánamo sino otro más sonoro, Guantanabo o Guantánabo. Incluyo la duda sobre la tilde porque en la documentación antigua nunca se colocaba y no sabemos si era llana o esdrújula. Pero insisto, históricamente nunca existió una bahía ni provincia de Guantánamo sino el cacicazgo y la bahía de Guantánabo.

Su cacicazgo fue el más extenso e importante de la isla. Controlaba casi toda la región oriental de la isla, pues, también los territorios de Baní, Baraxágua y Çagua, dependían de él. De hecho, los documentos mencionan distintos pueblos ubicados con toda certeza en los territorios de Baní, Baraxágua y Çagua como dependientes del cacicazgo de Guantanabo. Sin que tengamos constancia de las relaciones exactas entre el cacique Guantanabo y los caciques de Çagua, Baraxagua y Baní, lo cierto es que encontramos por primera vez en Cuba una confederación de caciques liderados por uno de ellos. Su poder debió ser similar al de los famosos caciques de la Española Caonabo o Beecchio.

El cacicazgo de Guantanabo debía estar en proceso de expansión cuando los españoles arribaron a la isla, rompiendo con su devenir histórico. Probablemente, de no haber sido así el cacique Guantanabo hubiera terminado por dominar todo el este insular. Allí, en el corazón de la demarcación taína más importante, fundaron los españoles su primera capital, Santiago, situada, por cierto, a 60 kilómetros de la base naval estadounidense.

Sin embargo, los naturales desaparecieron totalmente, perdiéndose en la memoria el nombre del gran cacique taíno y de su extensa demarcación territorial. Cuando varios siglos después, exactamente en 1796, un grupo de colonos fundaron el pueblo de Santa Catalina le colocaron el apellido de Guantánamo en vez de Guantánabo, por circunstancias que desconocemos. Quizás una defectuosa transcripción del topónimo original o simplemente una conversión fonética de la m por la b. Desde entonces tanto el pueblo, como la bahía y la provincia se conocen como Guantánamo, pervirtiendo el topónimo original y el recuerdo del gran cacique taíno.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: El Indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997.

 

------ Las Antillas Mayores: ensayos y documentos, Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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A mediados del siglo XVI se dieron algunos casos llamativos de milenarismo y de mesianismo religioso, nacidos con la utópica idea de cambiar el mundo. El milenarismo tiene varias acepciones: una de ellas, procede de una descontextualización de un pasaje del Apocalipsis de San Juan que narraba la derrota de Satanás y el reinado de Cristo por mil años, antes del fin del mundo. Otra acepción parte de la idea de renovación que traerá consigo el cambio de milenio. El mesianismo en cambio basaba su esperanza en el retorno de un mesías que los liberase de la opresión. Ha sido muy frecuente a lo largo de la Historia el surgimiento de fenómenos mesiánicos en todos los pueblos oprimidos o vencidos que soñaban con la esperanza de que un enviado divino los salvase del caos en el que se veían sumidos. Tanto los islámicos, como los judíos y los cristianos han mantenido viva la esperanza de la venida de un Mesías o de un profeta.

Lo curioso es que también los indios se sumaron a estas creencias mesiánicas. Ello mereció el retorno del mismísimo hijo de Dios, esta vez encarnado en un aborigen. En esta ocasión, Jesús no nació en el seno de una humilde familia judía, sino en otra familia, igual de humilde, pero india. También él pretendía redimir a sus congéneres del yugo en el que se veían inmersos. Ahora bien, un hecho llamativo es que este nuevo Jesucristo y sus seguidores no practicaban el culto cristiano sino sus viejos areitos. Al parecer, sus seguidores se contaron por cientos -todos ellos indios-. Muchos abandonaron sus cultivos y sus encomiendas para seguirle. Los paralelismos con Jesús nos resultan muy llamativos porque también él pronunciaba la conocida frase de Jesús: déjalo todo y sígueme. El 6 de julio de 1556 el clérigo Martín González escribió desde Asunción al Consejo de Indias dando buena cuenta de este levantamiento:

        Después de haber escrito dos cartas que a Su Majestad y Vuestra Alteza escribo de mis cosas de esta provincia, tiene más nueva que entre los indios se ha levantado uno con un niño que dice ser Dios o hijo de Dios y que tornan con esta invención a sus cantares pasados a que son inclinados de su naturaleza por los cuales cantares tenemos noticia que en tiempos pasados muchas veces se perdieron porque entre tanto que dura, ni siembran ni paran en sus casas sino como lo oí de noche y de día en otra cosa no entienden sino en cantar y bailar hasta que mueren de hambre y cansancio sin que quede hombre, ni mujer, niño ni viejo y así pierden los tristes la vida y el ánima.

 

Desgraciadamente desconocemos el alcance de este movimiento, encarnado en la figura de un joven nativo que se presentaba ni más ni menos que como el nuevo mesías. Llama la atención el sincretismo indígena, capaz de integrar ideas cristianas –como la secular idea judaica de la venida de un mesías- con sus ancestrales creencias, pues, persistían en la adoración de sus antiguos cemíes. Lo cierto es que, durante unos años un grupo de nativos soñó con un proceso de revitalización, donde el fin de una Era daría inicio a otra, en la que primaría la justicia y donde, como dijo el propio Jesús, los últimos pasarían a ser los primeros. Los indios encontrarían la tierra de promisión. Pero, con sólo ideas, sin armas y sin ningún tipo de organización, ni era posible encontrar el paraíso, ni tan siquiera luchar por su propia supervivencia. Fue un movimiento minoritario y efímero que jamás llegó a representar una amenaza seria para las estructuras de poder. No sabemos cómo acabó todo, pero suponemos que los cabecillas, en especial el líder indio, terminarían como lo hicieron otros Mesías a lo largo de la Historia, es decir, asesinado o ejecutado.

Y esto es una constante en la historia: la muerte prematura de todos aquellos líderes, visionarios, libertadores, o mesías que amenazaron las estructuras de poder. Lo mismo Jesucristo que Mahatma Gandhi o que este pequeño mesías paraguayo. Está claro que si en nuestro tiempo apareciera un nuevo Mesías, éste estaría en contra de las mafias, del terrorismo, de las multinacionales, y que con toda probabilidad acabaría con un tiro en la cabeza.

 

PARA SABER MÁS

 

 

Sobre el fenómeno mesiánico es imprescindible el libro de HOBSBAWM, Eric: Rebelde Primitivo. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX. Barcelona, Crítica, 2003. También es de suma utilidad el artículo de ZABALLA BEASCOECHEA, Ana de: “La discusión conceptual sobre el milenarismo y mesianismo en Latinoamérica”, Anuario de Historia de la Iglesia, Nº 10. Pamplona, 2001.En relación al caso concreto de este mesías paraguayo véase a MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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