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La escala de valores vigente en el Antiguo Régimen no coincidía exactamente con la que tenemos en nuestros días. Por ejemplo, el homicidio o el asesinato no era lo peor que una persona podía cometer. En cambio, había tres transgresiones que nunca se consintieron ni, por supuesto, se perdonaron: una, el cuestionamiento del dogma cristiano, así como la blasfemia. Dos, la traición, que en América hizo rodar cabezas como las de Gonzalo Pizarro, Gómez de Tapia, Vasco Núñez de Balboa o el loco Lope de Aguirre que desafió al mismísimo Felipe II. Y tres, la cobardía que, tanto en España como en otros países de Europa, se condenaba sin eximentes ni dilaciones innecesarias con la pena capital.

           Como es bien sabido, los altos mandos navales eran cuidadosamente seleccionados por la Corona. La mayor parte de ellos eran como mínimo miembros de la baja nobleza. Así, por ejemplo, en unas instrucciones referidas a la Armada Real de Galeras se pedía que las altas jerarquías fuesen de alto linaje y a ser posible pertenecientes a alguna Orden militar. No pocos generales de armadas exhibieron con orgullo sus hábitos de las órdenes militares a las que pertenecían. Así, mientras Pedro Menéndez de Avilés era Comendador de Santa Cruz de la Zarza, Cristóbal de Eraso, Diego Flores Valdés y Pedro de Valdés eran caballeros de Santiago. Tampoco faltaron caballeros de la Orden de Calatrava como Alonso de los Ríos.

           Esta escrupulosa selección de hidalgos y caballeros se hacía bajo un pensamiento muy propio del Antiguo Régimen. A los nobles se les presuponía un sentido del honor y de la honra muy superior al del estamento plebeyo. Se deducía de ello que la persona de alcurnia tenía mucho más que perder que el simple pechero, nada más y nada menos que un bien tan preciado como su honra y la de su familia. Por ello se le presuponía siempre más inclinado a morir defendiendo su honor que a huir. De hecho, según Veitia Linaje, era frecuente que los generales de la armada realizaran, en un solemne acto público, un pleito de homenaje en el que juraban que perderían sus vidas antes que rendir los navíos que Su Majestad les encomendaba.

           A lo largo de la Edad Moderna se perdieron cientos de navíos, e incluso, algunas flotas completas. Y ello en naufragios, en enfrentamientos con los corsarios, por negligencias o por pura y simple cobardía. Pues, bien, tan sólo las pérdidas ocurridas por cobardía se castigaron con la pena capital, pues, como ya hemos afirmado, este tipo de actos se consideraban especialmente punibles. Y es que, como argumentó Gerónimo de Avellaneda en 1630 era costumbre entre los hombres de armas españoles sacrificar sus vidas antes que su honor.

           Probablemente el caso más dramático y más conocido de toda la Edad Moderna española es el del general de la flota de Nueva España Juan de Benavides Bazán. Éste era hijo ilegítimo de Manuel de Benavides, marqués de Jabalquinto, y había nacido en Úbeda el 21 de febrero de 1572. Siguiendo la tradición de su familia desarrolló su vocación marinera, alcanzando el rango de almirante en 1615 y cinco años después el de general de la Flota de Nueva España. Realizó numerosas travesías en dicha flota trayendo a la península los caudales de Indias.

            Su desgracia se produjo un 8 de septiembre de 1628, cuando perdió la flota que comandaba, con la plata del rey, en la bahía de Matanzas (Cuba). La escuadra enemiga, capitaneada por el corsario holandés Piet Heyn, disponía de treinta veleros, mientras que Benavides solo podía defender su flota con cuatro galeones, incluyendo la capitana, donde él mismo viajaba. Urgentemente decidió refugiarse en la bahía de Matanzas, y desembarcar en tierra los caudales. Pero las cosas no salieron según lo esperado y no tuvieron tiempo de sacar los tesoros, entre otras cosas porque la tripulación apenas divisó tierra salió corriendo para salvar su propia vida. Heyn se hizo con los barcos y con el dinero. Ocho de los buques hispanos cargaron el botín hundiendo en la misma bahía el resto de los veleros.

           Es seguro que si se hubiese enfrentado a ellos, hubiese perdido igualmente la batalla y los caudales de Indias. Pero Juan de Benavides incumplió su promesa de dar su vida en defensa de su honor, de la Corona, del imperio Habsburgo y de Dios. A un marino como él se le exigía que hubiese muerto defendiendo su flota y no lo hizo. Incurrió en la mayor deshonra que un marino de su época podía cometer, perder su flota sin disparar ni un solo tiro. Para colmo era la primera vez que España perdía una flota íntegramente. Desde ese justo instante su suerte estaba echada. Ni su pertenencia a la Orden de Santiago, ni tan siquiera el hecho de ser descendiente directo de uno de los mayores marinos de toda la historia de España, don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, le salvó de su trágico final. Como no podía ser de otra forma, Felipe IV al enterarse de la noticia tronó iracundo, no tanto por la ingente cantidad de dinero perdido como por la deshonra con la que se había producido.

           A mediados de 1629 desembarcó en Sanlúcar y el rey lo envió directamente a la “fortaleza” de Carmona, otorgando la guarda mayor de Benavides y de su almirante Juan de Leoz, al corregidor de Carmona, el doctor Mata Linares. El lugar exacto de reclusión de los presos ha creado algunas dudas. Varias reales cédulas coinciden en decir que fue enviado a la “fortaleza de Carmona”, bajo la custodia del corregidor (AGI, Indiferente 536, L. 1, fols. 67r-68r). Evidentemente, la palabra “fortaleza” nos hace pensar en alguno de los dos alcázares. Sin embargo, que estuviese bajo la custodia del corregidor nos induce a pensar que quizás estuviese en la cárcel pública de la localidad, ubicada en la plaza de San Salvador, hoy Plaza de San Fernando. Y ello, porque la jurisdicción de los alcázares de Carmona la detentaba desde 1558 los Enríquez de Ribera, como alcaides perpetuos de Carmona, o en su defecto, el teniente de alcaide, Diego de la Isla de Ruiseco. En mi opinión, lo más probable es que su reclusión se llevase a cabo en la cárcel pública y no en los alcázares, y ello por varios motivos: primero, porque para aquellas fechas ambos alcázares estaban en mal estado y casi abandonados. Segundo, porque no contaban con la infraestructura adecuada para funcionar como presidio (enfermería, celdas, capilla, etc.). Tercero, porque no se podía encerrar a una persona en el alcázar sin contar con el alcaide mayor perpetuo, máxime detentándola la poderosa familia de los Enríquez de Ribera. Y cuarto porque en Carmona existía una cárcel pública preparada para ese fin y no tenía sentido su reclusión en el alcázar.

           Otra cuestión diferente es: ¿por qué fue enviado a la cárcel de Carmona y no a la de Sevilla? De momento no tenemos respuesta para ello, lo más probable es que la cárcel de la capital estuviese saturada y la de Carmona gozase de más espacio. De hecho, el padre Pedro de León, en 1616, dijo que en la cárcel de Sevilla había más de un millar de reclusos, entre ellos muchos de altos linajes y otros de lo más ruin.

           Pese a las súplicas de algunos familiares, entre ellas su hermana María de Benavides, dama de honor de la reina, el 18 de mayo de 1634 fue llevado a la plaza de San Francisco de Sevilla y ejecutado. Cuentan las crónicas que se pasó esos años como un anacoreta leyendo libros religiosos y físicamente desmejorado, con las barbas por la cintura. Había asumido su culpa y supo morir con resignación y con valentía. Poco antes de morir, pronunció sus últimas palabras:

 

Que se cumpla la voluntad de Dios y lo mandado por Su Majestad, pues así lo ordenaban; castigo pequeño a sus grandes culpas.

 

           Juan de Benavides, no fue un cobarde; ningún cobarde se embarcaba en un galeón para cruzar una y otra vez el océano en una aventura más que incierta. Tuvo el desastre de encontrarse con una armada enemiga muy superior y tomó la decisión equivocada. Debió morir defendiendo su escuadra y no lo hizo. Pero él ya pagó muy cara aquella fatal decisión y asumió su responsabilidad con resignación firmeza y valentía.

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “El suplicio de don Juan de Benavides. Un episodio de la historia sevillana”, en Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen. Sevilla, Biblioteca de Temas Sevillanos, 1983

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid, Museo Naval, 1972.

 

LEÓN, Pedro de: “Descripción de la cárcel de Sevilla”, 1616, en WWW.personal.us.es>alporu>carcel_real_sevilla

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

PÉREZ MALLAÍNA BUENO, Pablo Emilio: El hombre frente al mar. Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII. Sevilla, Universidad, 1997.

 

MORENO FRAGINALS, Manuel: España-Cuba, Cuba-España. Historia común. Madrid, 2006.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        Existe un convencimiento infundado de que la creación del Estado de Israel en 1948 estuvo motivada por las masacres de judíos cometidas por la Alemania Nazi. Pero nada más lejos de la realidad; la idea de su refundación en Palestina es sionista y arranca al menos del siglo XVII. Estos, haciendo una errónea interpretación de una parábola del Talmud, decían que la diáspora debía durar un milenio para luego reagruparlos en Palestina, reconstruyendo el templo de Salomón. Un proyecto que se intentó llevar a efecto en varias ocasiones desde el siglo XVIII y que finalmente culminó, con la resolución de la O.N.U. del 15 de mayo de 1948.

        Su creación estuvo desde el principio respaldada y auspiciada por los intereses conjuntos de Estados Unidos y Gran Bretaña, que consiguieron imponer su voluntad en el máximo órgano mundial. Ha sido el mayor error de este organismo, que resulta ineficaz por la dictadura de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad: USA, Rusia, China, Francia y Gran Bretaña. Estos países tienen derecho a veto y han convertido la O.N.U. en su cortijo personal. Pero volviendo al conflicto que ahora nos trae, la creación del estado de Israel fue un lamentable error que lleva sembrando el sufrimiento en la antigua Palestina en los últimos 66 años. ¿Alguien pudo pensar en su momento que la población palestina aceptaría la creación de un estado israelí que era diferente y hasta opuesto a su cultura, su lengua, su religión y sus costumbres? Pues no, estaba claro desde su propia génesis que no iba a someterse voluntariamente a este proyecto. Luego no es difícil deducir que desde un primer momento los sionistas contaban con el genocidio de estos. Y todo orquestado por las presiones de las élites judías que controlaban –y controlan- buena parte de las finanzas de los Estados Unidos.

Hubo unanimidad por parte de los países islámicos de rechazar tal decisión, provocando varias guerras entre árabes e israelitas, a saber: las de 1948-1949, 1956, 1967 y 1973, todas ellas con resultados sangrientos y saldadas a favor de los judíos, con el apoyo, como siempre, de Estados Unidos y Gran Bretaña.

Con la entrada del siglo XXI, el conflicto lejos de solucionarse ha entrado en una espiral de violencia cada vez mayor. El presidente israelí Ariel Sharon, recientemente fallecido, era partidario de la fuerza frente a la diplomacia lo que se saldó, tan solo entre los años 2000 y 2006, con más de 4.000 palestinos muertos violentamente, casi la cuarta parte niños. El enfrentamiento es asimétrico, los israelitas poseen el ejército más potente de todo Oriente Próximo, con artillería autopropulsada así como aviones y helicópteros de última generación, proporcionados por los yanquis. Frente a ellos, los palestinos no disponen de ejército sino de meras milicias cuyo armamento ligero se lo proporciona Irán, el único país que oficialmente les proporciona armas. Cualquier provocación palestina por nimia que sea –el lanzamiento de un cohete o el asesinato de algún judío- es aprovechada por Israel como coartada para plantear un ataque a gran escala, incluyendo el uso de armas químicas –como el fósforo blanco- que mató a cientos de civiles en 2011.

Y llegados a este punto, ¿Cuál puede ser el objetivo? ¿qué sentido tienen estos ataques desproporcionados del ejército israelí? Pues, yo creo que hay una “Solución Final”, la misma que ellos sufrieron a manos de los Nazis y que ahora pretenden aplicar por otros medios frente a los palestinos. Quieren acabar con la posibilidad de la creación de un Estado Palestino por reducido que éste sea. Su particular “Solución Final” pasa por reducir al pueblo palestino a una minoría integrada, de mejor o de peor gana, en un gran estado sionista de Israel. Como en tantos otros casos en la Historia, las víctimas han pasado rápidamente a convertirse en verdugos, olvidando su propio pasado. Los judíos que padecieron el holocausto nazi, en vez de convertirse en un pueblo solidario con otros pueblos que sufren el genocidio, se han convertido ellos mismos en sus ejecutores.

La O.N.U. tiene que tomar cartas en el asunto urgentemente y reparar el enorme daño que una decisión surgida en su propio seno ha generado. La única solución posible pasa por la creación de dos estados independientes, el palestino, obviamente, bajo la protección de la O.N.U. para evitar la acometida sionista.

 

PARA SABER MÁS

 

BENZ, Wolfgang y GRAML, Hermann: El siglo XX. Problemas mundiales entre los dos bloques de poder. Madrid, Siglo XXI, 1982.

 

FONTANA, Josep: Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945. Barcelona, Pasado&Presente, 2011. (especialmente págs.. 915-930).

 

MEYSSAN, Thierry: “¿Quién es el enemigo?”, en http://www.VOLTAIRENET.ORG/ARTICLE184972.HTML

 

REMOND, René: El siglo XX. De 1914 a nuestros días. Barcelona, Vicens Vives, 1983.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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        En una carta dirigida por Juan Andrea Doria a don Juan de Austria le decía: “¿Preguntáis mi opinión, Señor?, yo os digo que el Emperador vuestro padre, con una escuadra como ésta no hubiese cesado de combatir hasta ser emperador de Constantinopla”.

         Como es bien sabido, al avance turco en el Mediterráneo solo se le oponía con contundencia la Casa de Austria. La cruz y la media luna frente a frente. Por lo demás, tan solo Venecia se sustraía a las acometidas turcas aunque más bien debido a su destreza diplomática que a su capacidad militar.

         Había sido en tiempos de Solimán el Magnífico cuando el imperio turco disfrutó del máximo esplendor en el mediterráneo, pues, sus naves surcaban el mediterráneo desde Argel hasta las costas del Próximo Oriente. En 1560 una armada de nada menos que cincuenta galeras italianas fue derrotada en Djerba (Trípoli) por una la armada turca. Parece ser que Felipe II se convenció desde este momento de la necesidad de construir una gran armada de galeras que pudieran resistir convenientemente a los turcos. Y las palabras del rey no quedaron en papel mojado, pues, hacia 1570, poco antes de la gran contienda de Lepanto, las galeras vinculadas a España en el mediterráneo superaban el centenar y medio.

         El sucesor de Solimán, Selim II, fue un ser repugnante y monstruoso física y moralmente. Se cuenta que fue su pasión por los vinos la que le impulsó a la conquista de Chipre, isla muy celebrada por sus caldos.El desencadenante de la contienda de Lepanto se inició cuando Selim II envió un ultimátum a los venecianos para que le entregasen Chipre. Los venecianos no cedieron pero los turcos, en 1570, arribaron a la isla nada menos que con cien mil hombres. Ante tal situación Venecia pidió el auxilio de las naciones cristianas al que solo respondieron España y el Pontífice San Pío V. Eso les pareció suficiente, la espada temporal y la espiritual juntas para salvar a Venecia y a toda la cristiandad.

         Dicho y hecho, los Estados Pontificios pertrecharon doce galeras, nombrando almirante a Marco Antonio Colonna, Duque de Palliano y condestable del reino de Nápoles. Por su parte, Felipe II ordenó en abril de 1570 a Juan Andrea Doria unirse de inmediato a la armada veneciana, mientras se establecían las bases de la Santa Liga entre España, el Papado y Venecia. España que puso la mayor parte del capital y el grueso de la armada consiguió poner al frente de la misma a don Juan de Austria. Como es bien sabido, éste era hijo del emperador Carlos V y de Bárbara de Blomberg. Nacido en Ratisbona se educó en España, ignorando en sus primeros años la regia estirpe de su progenitor. Endulzó los últimos días del Emperador y, siendo ya un adolescente, fue presentado en la Corte y reconocido como hermano de Felipe II que le profesó acendrado cariño, enturbiado a veces por la malevolencia de algunos pérfidos consejeros. Describen los coetáneos a don Juan de Austria como un hombre apuesto, de mediana estatura, escasa barba y grandes bigotes; el cabello rubio y abundante, peinado hacia atrás, buen jinete y experto en armas. Asimismo, se le consideraba un buen conversador y de simpatía irresistible. Su trato fascinaba y el encanto de su persona explica sus numerosos éxitos amorosos. Don Juan se había curtido en la guerra contra los moriscos de las Alpujarras, donde mostró su talento y habilidad. Él tenía un lema que dice mucho de su arrojo: “cuando no se avanza se retrocede”.

         En torno a Messina se concentró la escuadra de la liga, compuesta por doscientas siete velas, incluidas las doce del Papa y las ciento quince venecianas. Todo estaba previsto hasta el punto que uno de los navíos hacia las veces de hospital. Los soldados eran en su mayoría gente bisoña en las lides navales, mientras que los jefes eran marinos de reconocido prestigio como Álvaro de Bazán, Juan Andrea Doria y Agustín Barbarigo.

         Allí, fondeó la Armada de la liga en la Fosa de San Juan donde se celebró una misa muy especial, delante de buena parte de la tripulación. La emoción de la ceremonia se palpa en el texto del cronista Gonzalo de Illescas que transcribimos a continuación:

 

         “Al alzar la hostia y cáliz, fue tal la vocería de los soldados llamando en su ayuda a Dios sacramentado, y a su Madre Santísima; el ruido de la artillería, de las cajas de guerra, trompetas, clarines y chirimías; el horror del fuego y humo, del temblor de la tierra y estremecimiento de las aguas, que pareció bajaba a juzgar el mundo Su Majestad Divina con la resurrección de la carne, premio debido a la naturaleza del hombre”.

 

         Agitación, turbación, conmoción, vibración y miedo se mezclaban entre los soldados y marinos, pero también convencimiento en sus posibilidades de victoria. Ésta fue probablemente una de las claves del éxito. En una carta escrita por don Juan de Austria a su hermanastro Felipe II, el 16 de septiembre de 1571, a escasas semanas de la gran batalla, le decía lo siguiente:

 

         “La gana que en esta armada hay de pelear es mucha y la confianza en los de vencer no menos. Hágalo Dios como él más se sirva…”

 

         La escuadra aliada se dirigió a Corfú, una de las islas venecianas de la parte de Levante que había sido arrasada por los turcos. Los venecianos eran partidarios de un ataque rápido, antes de que los buques turcos que acababan de asolar nuevamente Chipre se reuniesen con los que Alí Pachá –o Pasha- tenía en el golfo de Lepanto. Poco antes de la contienda, el veintiocho de septiembre de 1571 Felipe II envió una carta a Sancho de Padilla, embajador en Génova, pidiendo la gran armada de Juan de Austria invernase en Sicilia y se esperase a una estación más benigna para atacar. De haber llegado a tiempo esta orden, se hubiese cambiado el rumbo de la historia, la batalla de Lepanto no hubiese ocurrido en 1571 y nunca sabremos dónde y cuándo se habría producido el enfrentamiento, ni tampoco con qué desenlace. Sea como fuere lo cierto es que la misiva llegó cuando la escuadra de don Juan de Austria había puesto rumbo a su encuentro con los turcos, en el golfo de Lepanto. El siete de octubre de 1571 divisaron las velas enemigas. Cuentan las crónicas que en ese momento un piloto susurró al oído de don Juan: “sacad las garras señor que dura ha de ser la jornada”. Asimismo se le preguntó si celebraría consejo a lo que respondió: “no es tiempo de razonar sino de combatir”.

         La escuadra turca estaba formada por doscientos setenta y siete buques entre galeras, galeotas y fustas divididas en cuatro escuadras. Toda la armada estaba a las órdenes del favorito del sultán, un joven arrojado pero con poca experiencia, llamado por los españoles Alí Pachá. La armada turca era superior en número de navíos pero no en pertrechos y cañonería que se veía muy superada por la Liga. Al ver Alí Pachá aparecer en el horizonte de aquella turbia mañana las velas de la escuadra de la Liga palideció pero no por ello dejó de presentar combate.

         La disposición táctica de la armada de la Santa Liga era la siguiente: el flanco izquierdo estaba mandado por el proveedor de Venecia Agustín Barbarigo, al mando de sesenta y cuatro galeras venecianas, mientras que el derecho lo ocupaba Juan Andrea Doria con otros tantos buques. En el centro estaba la capitana de don Juan de Austria, flanqueada por la capitana veneciana, al frente del comandante Sebastiano Venier, y la capitana del Papa, gobernada por el almirante Marco Antonio Colonna. Don Álvaro de Bazán se encargaba de cubrir la retaguardia con treinta galeras, mientras que la vanguardia, algo adelantada del resto de la armada, iría don Juan de Cardona con ocho galeras. Las veinte naves mancas de aprovisionamiento, al mando del capitán César de Ávalos, navegarían a cubierto entre las escuadras citadas.

         La escuadra turca se estructuraba de forma similar, yendo Alí Pachá, flanqueado por la izquierda por el gobernador de Argel y, por la derecha, por el Pachá de Alejandría y en la retaguardia Murad Dragut.

         Tras los primeros disparos de lombardas el primer enfrentamiento se produjo entre las galeras venecianas de Barbarigo y las musulmanas del Pachá de Alejandría. Los gritos ensordecedores de la chusma turca se oyen a distancia. Barbarigo cae mortalmente herido mientras su nave es presa de los turcos. La capitana de la armada de la Liga, al frente de don Juan de Austria se dirigió hacia la de Alí Pachá hasta llegar al abordaje. En los puentes de las dos embarcaciones se luchó como si de tierra firme se tratara. Flechas turcas, arcabuzazos, choque de espadas, cimitarras, astillas de las embarcaciones, humo, griterío, estrumpidos de los disparos; todo resuena en hórrida confusión.

         Don Juan, empuñando su espada, combatió como un soldado más, en un momento de gran peligro. Por fortuna, los navíos de Álvaro de Bazán y de Marco Antonio Colonna acudieron en su auxilio y se hicieron con el control de la capitana turca, matando a Alí Pachá. Poco después, un soldado el corta la cabeza al líder turco y la presenta a don Juan, quien apenado aparta su rostro. Resuena entonces el grito de ¡victoria! La batalla se había ganado un siete de octubre de 1571, permitiendo a España un mayor control del Mediterráneo. No obstante, el coste humano fue muy alto: quince mil muertos entre las filas otomanas y ocho mil entre las de la Santa Liga, además de varias decenas de miles de heridos entre los dos bandos. Las cifras nos dan una idea de la magnitud y de la crudeza de los combates vividos en el golfo de Lepanto.

         La batalla acabó a las cuatro de la tarde del siete de octubre y Felipe II no supo de la victoria hasta el veintinueve de octubre, es decir, hasta veintidós días después. Tras la alegre noticia se organizó en Madrid una multitudinaria y solemne procesión de acción de gracias en la que participó emocionado el rey Prudente. Probablemente la historiografía española ha sobre valorado los efectos de esta gran victoria porque Lepanto ha sido durante siglos un verdadero símbolo de la patria hispana y quizás también de la cristiandad.

         Desde hace mucho tiempo la batalla naval de Lepanto dejó de ser un simple hecho histórico para trascender el terreno de la leyenda. Probablemente Lepanto no significó el fin de la amenaza turca en el Mediterráneo, como la derrota de la Invencible no significó la pérdida de la hegemonía hispánica en el Atlántico. De hecho, tan solo tres años después de Lepanto, los turcos derrotaron a los españoles en La Goleta (Túnez), tras un duro ataque naval y terrestre. Nunca más recuperó España esta estratégica ciudadela.

       Pero Lepanto también es un símbolo más de la sinrazón humana, del afán de poder de unos y de otros por el dominio delo mundo. Ideas absurdas basadas en la ambición de las élites que terminó costando caro a los miles de jóvenes que perdieron sus vidas luchando por un sueño que en buena parte les era ajeno.

 

PARA SABER MÁS

 

CEREZO MARTÍNEZ, Ricardo (1971): Años cruciales en la historia del Mediterráneo (1570-1574). Madrid, Junta Ejecutiva del IV Centenario de la Batalla de Lepanto.

 

-------- (1988): Las Armadas de Felipe II. Madrid, Ed. San Martín.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y de Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

VARGAS-HIDALGO, Rafael (1998): la batalla de Lepanto: según cartas inéditas de Felipe II. Santiago, Ediciones Chile-América.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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En la mañana del sábado 15 de noviembre de 1533, un año justo desde la entrada en Cajamarca, las huestes realizaron su entrada en Cuzco, que en quechua significa el ombligo del mundo. No hubo resistencia alguna porque el general quiteño Quizquiz se había encargado de matar o deportar a casi todos los varones capaces de empuñar un arma. Y los que quedaban debieron pensar que los españoles los liberarían definitivamente del yugo del quiteño, que había gobernador la ciudad con mano de hierro. La entrada de los hispanos no fue solemne como narran algunos cronistas, pues era una ciudad semivacía, sin enemigos pero también sin personas que jalease o aplaudiese su entrada. Por desgracia para los pocos que quedaban en la urbe, se equivocaron en sus expectativas, pues no tardaron en comprobar el ansia desmedido de oro que poseían los extranjeros y que los llegó incluso a saquear las casas sagradas y las tumbas de los Incas. Aquella noche, Pizarro aposentó a todos sus hombres en la plaza mayor, teniendo sus caballos apercibidos ante un posible ataque indígena que nunca se produjo.

Pese a estar asolada, impresionó a los españoles, especialmente su fortaleza y la plaza en donde confluían los cuatro caminos reales. Dice Antonio de Herrera que en todo el reino no se halló otro pueblo que pareciese ciudad sino éste, porque todos los demás son lugarazos, sin ornamento político. En la plaza principal se ubicaban varios palacios pétreos que habían sido vivienda de los distintos soberanos. Tradicionalmente, cada inca que accedía al trono se construía un nuevo palacio. Los más importantes eran el Hatun Cancha, el Hatun Rumiyoc y el de Puncamarca, viviendas de otros tantos incas que por su facilidad de defensa fueron ocupados por la élite pizarrista, constituyendo la base del control hispano sobre la ciudad.

Pero, pese a la admiración que causaba en las huestes la arquitectura incaica, era necesario recompensarle sus impagables esfuerzos. Los soldados pidieron autorización para saquear la ciudad sagrada y Pizarro se lo concedió o al menos no lo impidió. El saco fue absoluto, comparable al de Roma ocurrido cinco años antes, pero con una diferencia que aquel fue fruto de la insubordinación de los soldados y éste se hizo con el consentimiento tácito de la máxima autoridad. Según Pedro Pizarro emitió un bando para que nadie entrase a robar en las casas particulares de los indígenas, pero en cualquier caso el despojo se produjo sin que ninguna autoridad hiciera nada para impedirlo. Hubo una desbandada generalizada donde los hispanos competían por entrar los primeros en los templos y en las casas así como en los depósitos estatales para robar cualquier cosa de valor que hubiera. Se desvalijaron hasta las tumbas reales para despojar a las momias de sus joyas. No conformes con ello, se extorsionó hasta la muerte a muchos naturales para que confesaran la existencia de huacas. Y es que la tradición de enterrar a los reyes y a las personas poderosas con objetos suntuarios creo una predisposición a los españoles a hacerse huaqueros o saqueadores de tumbas cada vez que sospechaban la presencia de un cadáver bajo tierra.

Posteriormente se procedió a repartir el botín de Cuzco, en el que se incluyeron vajillas, esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, y hasta una camiseta peluda que tenía un poco de oro. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, aunque es cierto que algunas piezas se salvaron de su fundición. Asimismo, la gran cantidad de metal precioso que permanecía en la capital evidencia que no todo había fluido hasta Cajamarca. Y eso sin contar con aquello que fue ocultado en los meses anteriores a su ocupación. Se repartieron aproximadamente la mitad del oro que en Cajamarca pero cuatro veces más plata, siendo su valor total prácticamente similar. Si cada hombre recibió menos de la mitad de media que en Cajamarca se debió a otro motivo, que mientras en esta última se hicieron 217 partes en Cuzco fueron 480. El reparto se hizo tanto entre los hombres que entraron en Cuzco como entre los que habían quedado en Jauja. Además del reparto, entre el 14 de marzo y el 2 de julio de 1534 se fundieron en Cuzco y Jauja numerosas piezas, ante el teniente de escribano de minas, Pedro Sancho de la Hoz y el veedor Jerónimo de Aliaga. Algunas de ellas procedían de Cajamarca, como una fuente de oro esmaltado, cuyo quinto ascendió a 17.775 maravedís, que poseía el gobernador y que declaró haberla obtenido de la cámara de Atabalipa. En total se fundió algo más de 865.000 pesos de oro, de los que casi el 91 por ciento eran propiedad del gobernador y de su compañía.

Pero el botín no solo se componía de metal precioso, también de esclavos, objetos textiles y piedras preciosas. El 20 de junio de 1534 se compraron y registraron en Jauja 152 esmeralda, alcanzando un valor de más de un millón de maravedís. No obstante, como ocurrió en Cajamarca, muchos se hicieron extremadamente ricos, pero con la misma rapidez con la que habían conseguido su fortuna la perdieron. Se suele citar el caso de un soldado, llamado Leguinaza, que le tocó en el reparto un valiosísimo disco solar de oro que representaba al sol y que lo perdió una noche jugando a los naipes. Como en otras ocasiones, el dinero de la infamia pasó rápidamente de las manos cubiertas de sangre de los conquistadores a empresarios y capitalistas, auténticos ladrones de guante blanco que tanto abundan en nuestros días.

 

PARA SABER MÁS

BUSTO DUTHURBURU, José Antonio del: La Conquista del Perú. Lima, Librería Studium, 1984.

HEMMING, John: La conquista de los incas. México, Fondo de Cultura Económica, 2000.

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya Editores, 2009.

-----Francisco Pizarro: traición, ambición y drama en los orígenes del Perú. (en prensa).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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        Siempre había pensado que hasta la Edad Contemporánea, todos tenían bien asumido que el matrimonio era una institución pactada por la familia. Los esponsales por amor eran la excepción, mientras que la regla era que las familias pactasen el mismo, incluso entre personas que no se conocían. En una época donde la honorabilidad procedía de la familia era fundamental que fuese ésta la que se encargase de gestionar los enlaces de sus vástagos. Había mucho en juego como para dejarlo en manos del amor.

        Conocíamos casos de parejas de enamorados que, incluso, se suicidaron al ser separados. O el caso de Juana la Loca que, al parecer, gran parte de su demencia procedía de su amor por el promiscuo Felipe el Hermoso. Hace unos días, revisando papeles viejos en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla, me salió al paso otro caso singular, concretamente el de la jovencísima doña Leonor de Portugal y Vicentelo, condesa de Gelves. Era hija de Jorge Alberto de Portugal y Fernández de Córdoba, III conde de Gelves, y de Bernardina Vicentelo de Leca. Su padre murió en 1589, cuando Leonor tenía sólo seis años y, dado que era hija única, se convirtió con esa edad en la IV Condesa. Su madre se desposó en segundas nupcias con Juan de Sandoval y ambos acordaron, a principios de 1597, que debían pactar el matrimonio de la joven condesa con su pariente Diego de Portugal. La joven, que entonces tenía 14 años, recibió muy mal la noticia, tanto que el rey ordenó que mientras alcanzaba la mayoría de edad la enviasen a la Corte y que hiciesen una información del suceso. La Real Ccédula y la información, insertas ante notario, el 31 de julio de 1597, no tienen desperdicio:

 

        “Cuando Leonor supo el pacto de su matrimonio le ha dado y da mal de corazón y se ha entendido de ella lo ha tomado y toma mal y muestra no tener voluntad, antes de ello se ha echado de ver haber sido ocasión de una grave enfermedad que le dio. Y en particular, habrá cuatro meses poco más o menos que la afligió mucho una fiebre que tuvo la cual le precedió de haberle traído a la memoria y hablado sobre el dicho casamiento, con ánimo y voluntad de que estuviese y fuese en ello, de lo cual recibió tanta pasión que desde aquel día se le causo el mal y se conoció bien que nacía del dicho casamiento. Y desde allí se tuvo mucho cuidado con la dicha condesa y de su salud estuvo tan mala y tan al cabo que los médicos que la curaron, temieron mucho por su vida y procurando el remedio de ello decían que la principal medicina era no darle pesadumbres porque el mal que tenía procedía del corazón, la cual enfermedad hoy en día tiene tan arraigada que por poca que sea la pesadumbre le da el dicho mal y se siente mucho de él y en especial tratándole del dicho casamiento el cual y la voluntad de la dicha condesa está en este estado aunque con la edad, durante el tiempo, podrá entender conocer cuán bien le está a la dicha condesa cumplir dicho casamiento…”

 

        Está claro que la muchacha estaba tan apesadumbrada que afectó a su salud, pese al empeño de la madre que pensaba que con los años lo asumiría. El documento que he manejado no aclara cómo acabó el asunto, pero dado que se trata de la IV Condesa de Gelves, su biografía aparece en todos sitios, incluso en la Wikipedia. La niña no se casó con Diego de Portugal sino con Fernando Ruiz de Castro, con quien tuvo a su hija Catalina de Castro y Portugal que sería la V Condesa. Una vez viuda, se desposó en segundas nupcias con Diego Pimentel y Toledo, falleciendo en torno a 1620 o 1621 con apenas 37 o 38 años edad. Por cierto, que este título condal, que alude a esta localidad sevillana, lo ostenta actualmente el duque de Alba.

        Queda claro que la afligida muchacha se salió con la suya. Será de los pocos casos que conocemos en los que la capacidad de influir de una menor de edad terminó por anular un acuerdo matrimonial acordado entre dos influyentes familias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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