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La publicación en castellano de la obra del antropólogo francés Christian Duverger, Crónica de la Eternidad (Madrid, Ed. Taurus, 2013) ha levantado ampollas en los medios académicos. Tácitamente señaló la incapacidad de los especialistas hispanos para detectar una gran farsa histórica: que la Historia verdadera de la conquista de Nueva España no la escribió Bernal Díaz del Castillo, sino el mismísimo conquistador de Medellín, Hernán Cortés. En la primera parte se empeña en demostrar el carácter iletrado de Bernal Díaz, incapaz poco más que de estampar su firma. En la segunda, trata de atribuir el texto al metellinense, que lo redactó durante su estancia en Valladolid, entre 1542 y 1545. Mientras por la mañana despachaba asuntos legales y ayudaba a Francisco López de Gómara en su hagiografía cortesiana, por la noche, en secreto, se pasaba las horas redactando su crónica, inicialmente pensada como anónima. Y ello, por la prohibición de la publicación de sus Cartas de Relación y previendo, asimismo, la futura proscripción de la obra de su cronista oficial, López de Gómara. A su muerte, en 1547, pasó a manos de su hijo y heredero Martín Cortés quien, años después, la llevó consigo a México. Sin embargo, dado que en aquellos momentos no corrían vientos favorables para el marqués, el texto nunca se publicó. Cuando en 1566 los hermanos Cortés fueron apresados, acusados de rebelión, el manuscrito acabó, no se sabe cómo, en Guatemala. Una vez allí, cayó en manos de Bernal Díaz a quien Duverger califica de pleitista, usurpador y gruñón. Este, con la ayuda de su hijo Francisco, manipuló a su antojo el original, ampliando algunos capítulos y enmendando otros, atribuyéndose su autoría. A groso modo, esta es la tesis que defiende Christian Duverger

Huelga decir que el libro cuenta con una bonita y cuidada edición, siendo su lectura amena y apasionante. Como se indica en la propia contraportada, es una mezcla entre ensayo científico y novela policiaca con un ritmo trepidante y una redacción ágil y amena, que realmente engancha al lector. He disfrutado mucho leyéndolo. Pero una cosa es su calidad estética y literaria y otra su fondo científico. Reconozco que me gusta la historia revisionista, porque entiendo que sólo planteándose nuevas preguntas se pueden obtener nuevas y sorprendentes respuestas. Pero Duverger transgredes todos los límites; da la impresión que se planteó la autoría cortesiana y, a partir de ahí, buscó coartadas, forzó pruebas y manipuló testimonios conducentes a verificar su hipótesis inicial. A mi juicio, traspasó la línea que separa la historia revisionista, que yo mismo practico, de la novela histórica, libre del encorsetamiento de la verdad histórica.

No ha resultado fácil desenmascarar los errores y manipulaciones del texto porque su autor es un buen conocedor del período y de los personajes. Hay que empezar diciendo que la historiografía hispana conocía las contradicciones del texto bernaldiano, hasta el punto que uno de sus máximos estudiosos, Carmelo Sáenz de Santa María, en 1970, se preguntó si realmente lo escribió Bernal o lo encontró escrito. Básicamente, la misma pregunta que se plantea ahora el profesor Duverger, pero con la diferencia de que mientras aquél, tras un estudio concienzudo, ratificó la autoría de Bernal, éste la atribuye a Hernán Cortés. A continuación, analizaremos uno a uno sus argumentos:

Primero, se sorprende de que el texto de Bernal, con ser magistral, sea el único que se conoce de su supuesto autor. Pero realmente eso no tiene nada de particular, ¿cuántas obras se conocen de Fernando de Rojas, de Mariño de Lobera, de Alonso de Góngora, de fray Ramón Pané, etc.? Pues una, y nadie ha puesto en duda por ello sus respectivas autorías. Pero, además, se conservan varias cartas autógrafas firmadas por Bernal Díaz, unas dirigidas a Carlos V y otras a Felipe II. Su redacción no es brillante simplemente porque se trata de denuncias de los abusos de algunas autoridades, donde no había lugar al lucimiento literario.

Segundo, reitera a lo largo de su obra el carácter iletrado del escritor de Medina del Campo. Para justificarlo esgrime razonamientos simplistas como que su mujer Teresa Becerra era analfabeta y, en su opinión, la gente de la época se solía desposar entre iguales. Es decir, que si ella era analfabeta él debía estar próximo a esta condición. Olvida el autor que en la España Moderna, la mayor parte de las féminas eran incultas, mientras que un porcentaje estimable de varones eran alfabetos, existiendo además una élite más o menos culta. Es decir, que Bernal podía ser perfectamente una persona razonablemente culta y estar desposado-como tantos otros- con una mujer analfabeta.

Tercero, señala la existencia de numerosas referencias a autoridades latinas en la Historia verdadera que denotaría que su autor no podría ser el poco versado medinense. Es obvio que no hacía falta saber latín, para citar a Salustio o a Julio César, pues eran referencias que estaban popularizas y que cualquier persona medianamente letrada conocía. Circulaban en la época muchos textos escritos por falsarios, es decir, personas que manejaban una oratoria clásica más o menos vulgarizada que aunaba noticias verdaderas con otras inventadas. En general, se considera que el lenguaje bernaldiano no era culto, sino rústico, ajustado a lo que él era, un miembro más de la hueste, cuyo nombre nunca hubiese salido a la luz pública de no ser por su crónica. De hecho, la obra de Bernal no ha trascendido por su valor literario, que no deja de ser vulgar, sino por su incalculable valor histórico. Además, tampoco en la familia Cortés había personas con formación académica. Sorprende el autor cuando dice que dado que Martín Cortés –quien después añadió el Monroy, como Bernal Díaz el del Castillo- se entrevistó personalmente con Carlos V, debía hablar perfectamente el francés que era la única lengua que entendía en esos momentos el emperador. ¿Es creíble que un pobre escudero de Medellín fuese bilingüe? Obviamente no, se entiende que se entrevistó personalmente con el emperador, pero a través de algún intérprete. En cuanto a Hernán Cortés, hace varias décadas que el profesor Demetrio Ramos demostró que, aunque estudio dos años en Salamanca, jamás pisó las aulas de su universidad. Cortés no era doctor, ni licenciado, ni tan siquiera bachiller, aunque exista unanimidad para otorgarle un nivel de conocimiento equivalente a este último título.

          Cuarto, le parece impensable que Bernal hubiese podido acceder, desde las soledades selváticas de Guatemala, a las Cartas de Relación de Hernán Cortés, o a la obras de López de Gómara, porque estaban prohibidas en España. Es cierto que en aquellos tiempos la ciudad de Santiago de Guatemala no dejaba de ser un poblacho, pero existía una cierta circulación de libros en toda la América colonial. Pondré sólo un ejemplo, en 1521 se hizo un inventario de los libros que poseía un espadero residente en Santo Domingo, llamado Francisco de Pedraza, y se enumeraron más de dos centenares de ejemplares. Entre ellos los había de gran variedad temática, algunos recién editados en Castilla, como Calixto y Melibea, obras mitológicas y varios libros de caballería, como el Amadís de Gaula. Dada la fama que había adquirido la sorprendente conquista de la confederación mexica, no tenía nada de particular que Bernal Díaz, se hubiese agenciado de sendos ejemplares que narraban hechos en los que él mismo había participado. Tampoco parece extraño que dispusiese de un Amadís de Gaula, o de un ejemplar de las guerras judaicas de Flavio Josefo, editada en 1491. Las citas a Gonzalo de Illescas, cuya obra se publicó en 1573, son más conflictivas; es posible que tuviese acceso a alguna versión manuscrita previa –hecho que era normal en la época- o que fuesen algunos de los muchos añadidos posteriores. Es difícil que las incorporara Bernal, pero totalmente imposible que lo hiciera Hernán Cortés, que había muerto hacía varias décadas.

Quinto, dice que el supuesto autor de la Historia verdadera, si no era el propio Hernán Cortés, debía ser un confidente suyo, pues conocía detalles que le había contado personalmente o que los había escuchado. Y concluye que dado que el medellinense no lo cita ni una sola vez en sus escritos es evidente que Bernal no pudo ser su autor. Además, según el profesor Duverger, si excluimos la propia Historia verdadera, apenas aparece su nombre en otros textos o documentos sobre la conquista, lo que vuelve a evidenciar el fraude. Sin embargo, precisamente fueran estas omisiones las que lo empujaron a escribir su versión de los hechos. Que apenas aparezca en la documentación no significa que no estuviera, sino simplemente que nunca destacó en la guerra, probablemente porque se centró en lo que mejor sabía hacer, es decir, en observar y memorizar los hechos protagonizados por la hueste. Además, parece obviar el profesor Duverger que esta misma invisibilidad la encontramos en otros cronistas de Indias, pues muchos de ellos fueron personas de tercera fila que jamás destacaron en el campo de batalla. Citaré un solo ejemplo para no extender me en exceso: Alonso de Góngora Marmolejo, nos dejó una excepcional crónica sobre la conquista del reino de Chile por Pedro de Valdivia. Pues bien, de forma muy similar a Bernal, él apenas aparece en la documentación y los pocos datos biográficos que hasta hace poco sabíamos, procedían de dos o tres referencias que nos dejó en su propia obra. Curiosamente, tiene otro paralelismo con Bernal Díaz, pues la escribió siendo un anciano, en 1572, después de haber leído la primera parte de La Araucana, acabándola el 16 de diciembre de 1575, pocas semanas antes de su óbito. ¿Cómo recordaba tantos nombres y tantos lances al final de su vida? Pues al igual que Bernal, gracias a una alta capacidad de observación, a su buena memoria y a los documentos y libros de los que dispuso.

Sexto, duda de la biografía de Bernal, extrañándose de que su fecha de nacimiento fluctúe entre 1484 y 1496 y que él mismo señalase edades diferentes. Sin embargo, esta misma circunstancia se puede extender a la mayor parte de los conquistadores de los que no tenemos partida de bautismo y se contradicen ellos mismos a la hora de señalar su propia edad. Y es que en el pasado no se le daba tanta importancia al aniversario, celebrando en cambio las onomásticas. El propio Cortés manifestó edades diferentes en diversos documentos. Así, en una declaración de méritos de Juan González Ponce de León, en 1532, manifestó tener más de 50 años, retrasando su nacimiento hasta 1482. Nuevamente, el 9 de marzo de 1541 fue presentado como testigo en una información de méritos y declaró tener más de cincuenta años, por lo que su nacimiento debió ocurrir en 1490 o 1491 Y finalmente, el 3 de febrero de 1544 en otra misiva al emperador, declaró tener 60 años, retrotrayendo su nacimiento hasta 1484. Según el propio Cortés su nacimiento ocurrió en algún año comprendido entre 1482 y 1491. También duda el profesor Duverger del nacimiento de Bernal en Medina del Campo, pues insinúa que los Díaz eligieron ese origen a sabiendas de que todos los archivos se quemaron en la revolución comunera. Parece extraña tanta intriga, sobre todo porque, antes de la obligatoriedad impuesta en el Concilio de Trento, rara era la parroquia que llevaba registros sistemáticos de los nacimientos. Asimismo, alega que en las probanzas unas veces declaraba servir en las Indias desde hacía 35 años y en otras 40, situando su llegada unas veces en 1514 y otras en 1516 o 1518. Nuevamente, debemos decir que son totalmente normales estas imprecisiones. Estoy recordando que hace unos años publiqué una biografía sobre otro miembro de la hueste, el cuñado de Hernán Cortés, Juan Suárez de Peralta. Pues bien, su sobrino alegó que éste había llegado a las Indias en la flota del gobernador Nicolás de Ovando, en torno a 1508, lo que ratificaron todos y cada uno de los testigos. Y era cierto, aunque con un pequeño matiz, que la flota había arribado a la ciudad del Ozama seis años antes, es decir, en 1502.

Séptimo, señala que Bernal Díaz no aparece en la documentación con anterioridad a 1544. Pero se equivoca nuevamente; en el Archivo de Indias –Patronato 75, N. 3, R. 1- se conserva una probanza de méritos en la que aparece nada más y nada menos que una carta de recomendación de Bernal Díaz firmada por Hernán Cortés y fechada en México, el 21 de febrero de 1539. Parece un documento importante para verificar la existencia de Bernal, y ¿qué decía el metellinense de él? Pues elogiaba su participación en la conquista, desde antes incluso de llegar él. Extractemos sus palabras:

 

Bernal Díaz es uno de estos de los que bien sirvieron así en la conquista de esta ciudad como en la ida que hice hacia Honduras y en Guatemala y en otras muchas provincias. Y demás de todo esto fue de los que vinieron con Francisco Fernández de Córdoba, primer descubridor de esta tierra por manera que en todo ha trabajado y servido muy bien…

 

Está claro que Hernán Cortés conocía a Bernal Díaz, y reconocía sus servicios a lo largo de toda la campaña conquistadora, incluido su viaje pionero con Hernández de Córdoba, antes incluso de que él mismo llegase a Nueva España.

Octavo, le parece prueba evidente del carácter apócrifo de la obra de Bernal que feche su libro en Santiago de Guatemala, residencia de la real audiencia, el 26 de febrero de 1568. Alega el profesor Duverger que la audiencia estuvo provisionalmente en Panamá entre 1563 y 1568. Sin embargo, hierra otra vez, pues el juzgado había retornado de nuevo a Santiago el 15 de enero de 1568, por lo que es correcto el dato que aparece en la crónica. Y es absurdo que no lo supieran, aunque fuese apócrifa, ya que los Díaz residían allí y sabían perfectamente la situación de la audiencia.

Y noveno, interpreta erróneamente un documento clave. En 1569 compareció Bernal Díaz como testigo en una probanza de la hija de Alvarado y declaró lo siguiente:

 

Este testigo como testigo de vista y que se halló en la conquista y descubrimiento de la Nueva España y otras partes, dos veces antes que el dicho Hernando Cortés, tiene escrita una crónica y relación, a la cual también se remite.

 

Afirma Duverger que el hecho de tener escrita una crónica no significa que fuese de su autoría. Me parece el colmo de la manipulación; está claro que Bernal remitía a esa crónica para evitar extenderse en su declaración, indicando claramente que allí podría encontrarse su testimonio de manera mucho más extensa. ¡Juzgue el propio lector!

Como podemos observar, aun reconociendo que la biografía de Bernal presenta ciertos vacíos y algunas contradicciones, no hay ni una sola razón de peso para dudar del medinense y de su obra. Tenía sobrados motivos para escribir su propia visión de los hechos, por una razón que ofrece el propio Duverger, es decir, que su nombre y el de otros muchos compañeros no salían reflejados en las Cartas de Relación ni en la Historia de Gómara.

En cuanto a la atribución del texto a Hernán Cortés, el autor ofrece pocos argumentos, basando su hipótesis en conjeturas y sospechas en ocasiones atractivas pero desde luego carentes de cualquier fundamento. Afirma que el autor de la Historia verdadera introduce muchas palabras y construcciones originarias del náhuatl, por lo que deduce que su autor solo podría ser Hernán Cortés, que a la sazón era un gran conocedor de la tierra que conquistó. ¿Y Bernal? ¿No estuvo en Nueva España desde antes incluso de Cortés? Pues sí, y además le sobrevivió varias décadas por lo que permaneció mucho más tiempo en contacto con el idioma y las costumbres mesoamericanas.

Por lo demás, omite las diferencias de apreciaciones y de criterios entre las Cartas de Relación y la Historia verdadera que ponen al descubierto que ambas obras tuvieron necesariamente dos autores diferentes. Cortes defendió siempre su liderazgo y el apoyo de los indios auxiliares, menospreciando tácitamente el papel de su hueste. Bernal, en cambio, sin despreciar a su capitán, ponderó el papel de la hueste, silenciando en buena manera la contribución de los colaboradores indígenas. Son dos puntos de vista diferentes acordes con los intereses contrapuestos de sus autores. Sería de locos pensar que Hernán Cortés dijera una cosa en su primera obra y la contraria en la segunda para despistar. Pero existen muchas más divergencias entre ambos textos, veamos algunas:

Según Cortés y Gómara, tras abandonar Veracruz dejó al mando al riojano Pedro de Ircio, mientras que Bernal Díaz afirma que dejó en ese puesto al cántabro Juan de Escalante. Asimismo, Cortés menciona que mandó construir trece bergantines para asediar Tenochtitlán, mientras que Bernal afirma que fueron doce. Igualmente, Bernal dedica los primeros siete capítulos a la pionera expedición descubridora de Hernández de Córdoba y ofrece todo tipo de detalles porque estuvo presente en la misma. Sin embargo, Francisco López de Gómara y el propio Hernán Cortés se muestran mucho más parcos, porque no conocían detalles sobre la misma. Y por citar un último ejemplo, el autor de la Historia verdadera acusó a Juan de Ribera de apropiarse de 3.000 pesos de oro y 750 marcos de plata, que Hernán Cortés le dio para que los entregase a su padre. Pero el de Medellín nunca hubiese suscrito esas palabras, pues en 1529, tras un juicio, se demostró que el caudal fue confiscado por los oficiales de la Casa de la Contratación.

Además de la falta de fundamento, simplemente el sentido común nos anima a descartar la hipótesis de que el autor fuese el metellinense. Bernal Díaz, pese a que le reprocha el silenciamiento de la hueste, ensalza a su capitán comparándolo con Alejandro Magno, Julio César, Aníbal, destacando su ánimo incansable -su corazón nunca reposaba, escribe-. Solo un narcisista patológico hablaría así de sí mismo. Pero hay más, si las Cartas de Relación y la Historia verdadera las escribió la misma persona sus estilos deberían ser similares. Pues no; Carmelo Sáenz de Santa María las estudió de manera comparada y llegó a la conclusión que no tenían nada que ver, y que la viveza que le daba a los hechos narrados Bernal era incomparablemente mayor que el que le imprimía en sus descripciones Cortés. Una opinión que han ratificado varias décadas después otros estudiosos, como James Ray Green.

A modo de conclusión, la obra del profesor Duverger tiene ciertas luces, entre ellas el planteamiento de hipótesis abiertas, que no pretenden ser otra cosa que el inicio de un debate. También ha evidenciado las muchas lagunas que siguen existiendo sobre la vida y las circunstancias del autor de una de las obras más importantes de la historiografía española del siglo XVI. Pero también hay sombras, sobre todo el planteamiento reiterado de hipótesis sin base documental o científica alguna, así como la existencia de numerosas imprecisiones en cifras y datos que restan verosimilitud a sus planteamientos.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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El conocimiento del pasado, puede ayudarnos a afrontar los difíciles retos del presente y del futuro. Como podremos ver en estas líneas, llama la atención la ausencia de servicios en la villa, con una sola calle pavimentada y en la que casi todo el mundo, incluido, los miembros del ayuntamiento, trabajaban de sol a sol en el campo. Ellos sólo sabían trabajar, de manera abnegada, pese a vivir siempre bajo la amenaza de las malas cosechas y de las hambrunas. De todo ello es importante saber que por mal que esté actualmente la situación política, económica y laboral, es difícil que vuestra vida sea más dura que la que ellos vivieron. Si ellos pudieron superar sus retos vitales, vosotros, que estáis mucho más preparados, seguro que también.

En el siglo XVIII, al igual que ahora, casi toda su población se dedicaba al campo, como jornaleros y como aparceros del Duque de Feria, a quien pagaban la novena parte de la cosecha. Casi todas las tierras eran de propiedad señorial, excepto 60 fanegas de particulares, algunos ejidos y dos parcelas de propios: la Dehesa Nueva y la del Puente. Según los documentos de la época, de los 44 padres de familia, 42 eran labradores y tan sólo había un herrero y un barbero. El primero trabajaba en la fragua del ayuntamiento, mientras que el barbero lo asalariaba también el municipio para que se encargase de la precarísima asistencia sanitaria de los vecinos. Como bien sabéis, el barbero además de pelar y afeitar, hacía las funciones de auxiliar sanitario, extrayendo muelas, haciendo sangrías y curando pequeñas heridas.

Es decir, 42 hombres trabajaban en el sector primario, uno en el secundario y otro en el terciario. Además había un pequeño concejo formado por dos regidores, dos alcaldes ordinarios, un diputado del común, un alcalde de la Santa Hermandad, un mayordomo y un escribano. No obstante, estos compaginaban sus cargos con el trabajo en el campo.

La producción económica era exclusivamente agraria y consistía en trigo, cebada, habas, garbanzos, aceitunas y uvas, habiendo también algunas huertas con árboles frutales y 70 colmenas. Casi toda la población activa estaba empleada en el campo, muchos como apareceros del duque de Feria, otros como propietarios medianos o pequeños y la mayoría como simples jornaleros o braceros. La actividad económica que usualmente se registraba en Solana era la compra de alguna suerte de viñas o la compra-venta de bueyes, que era el animal de tiro por antonomasia, empleado en el campo hasta bien entrado el siglo XX. Estos animales entonces se cotizaban alcanzando en el siglo XVII los 25 o 30 ducados, es decir, poco menos que un esclavo negro.

Las infraestructuras eran verdaderamente mínimas; apenas había una calle, bastante ancha y llana, con regular aseo. A mediados del siglo XVIII se mencionan 44 casas habitables, a finales del XVIII apenas 40 y en 1849 unas 60, además de un pequeño ayuntamiento, la ya citada fragua del concejo y varios pajares. Había dos templos religiosos: la iglesia parroquial –con cinco capellanías servideras- y la desaparecida ermita de los Mártires. Se da la circunstancias que entre 1660 y 1698, la iglesia de Santa María Magdalena estuvo en obras por ruina y la parroquia se trasladó provisionalmente a dicho eremitorio. Sin embargo, dicho recinto no se menciona ya en el Catastro de Ensenada ni en el Interrogatorio de la audiencia de Extremadura por lo que es seguro que entró en ruinas en el mismo siglo XVIII, una vez perdió su provisional condición de parroquia.

Esa es toda la infraestructura de que disponía el pueblo; en el Interrogatorio se cita expresamente que no había hospital, ni hospicio, ni mesón, ni cofradías, ni convento, ni fábricas, ni biblioteca, ni molino de aceite. Solamente una posada que un vecino ofrecía a los transeúntes en su propia morada. Y a nivel festivo, se celebraba con esmero la fiesta del patrón del pueblo, San Andrés, para lo que el Ayuntamiento destinaba 150 reales anuales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Publicado en la revista del I.E.S.O. Mariano Barbacid, 2013)