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Aunque estas fiestas tienen unos lejanos antecedentes históricos, lo que más llama la atención hoy es el ingente consumismo que las preside. Y quiero insistir que, en los términos en que se plantea hoy, es algo absolutamente ficticio, creado desde la segunda mitad del siglo XX. Históricamente, y en España hasta hace unas pocas décadas, estas fiestas estaban presididas por una humildad, provocada por la precariedad económica. Nochebuena, Navidad, Año Nuevo y Reyes se festejaban desde hace siglos, sin embargo, se movían dentro de unos parámetros que nada tienen que ver con nuestras fiestas actuales.

La fiesta de la Navidad, como casi todas las celebraciones cristianas, tiene un origen pagano. Los romanos celebraban en esas fechas las fiestas en honor a Saturno -Saturnales-, es decir, al dios de las actividades agrícolas. Curiosamente, se trataba ya de unas fuestas familiares, en las que se intercambiaban regalos.También en el día 25 de diciembre celebraban el culto a Mitra, el dios sol del imperio. Los cristianos, a partir del siglo IV d. C. no tuvieron más que transformar las fiestas en honor a Saturno y Mitra en las del nacimiento de Jesús que lo hicieron coincidir justo el 25 de ese mismo mes. Una jugada maestra. Oficialmente, la Iglesia celebraba las fiestas de Pascua y de Reyes Magos. En la época de Pascua celebraba varias misas solemnes, a saber: la Noche Buena (día 24 de diciembre), la Navidad (día 25 de diciembre), la Circuncisión de Jesús (día 1 de enero) y la epifanía (día 6 de enero).

           Con respecto a la celebración de los Reyes Magos tiene ancestrales orígenes. Es muy poco lo que sabemos de los Reyes, pues, los evangelistas se mostraron muy parcos en sus afirmaciones. Ni dijeron sus nombres, ni su número exacto, ni tan siquiera su lugar natal. Tan solo nos informaron que procedían de Oriente –nada parecido a un origen tartesio, como dijo recientemente Benedicto XVI- y que traían oro, incienso y mirra como presentes. En relación a su lugar de origen, se han planteado varias hipótesis pero las más plausibles los hacen de Persia, donde era frecuente la existencia de magos o astrólogos. Con respecto a sus nombres ya en el siglo VI d. C. encontramos en un mosaico de la iglesia de San Apolinar Nuevo, en Rávena, los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar. Posteriormente, encontramos estas mismas onomásticas en un códice de la Biblioteca Nacional de Paris, fechado en el siglo VII, y posteriormente, en los escritos de un monje benedictino, llamado Beda, que los popularizó a partir del siglo IX. Tampoco San Mateo especificó su número, aunque habida cuenta que traían tres presentes –incienso, mirra y oro- desde el siglo V de nuestra era se comenzó a pensar que debieron ser tres. No obstante, la iglesia cristiana ortodoxa sostiene que fueron nada menos que doce los Reyes que acudieron a venerar al Niño a Belén. Los presentes que le llevaron al recién nacido tenían un carácter simbólico. El oro, era un regalo frecuente a los reyes, el incienso se empleaba comúnmente en las liturgias y, finalmente, la mirra se untaba en la antigüedad a las personas escogidas. Por cierto, la fotografía de este artículo es la adoración de los Reyes Magos, un cuadro del siglo XVII que se conserva en la Catedral de Badajoz. Tiene una particularidad: además de los tres Reyes Magos, aparece en primer plano un amerindio, reflejando, además de Europa, Asia y África, el nuevo continente, es decir, América.

           Como ya hemos dicho, estas fiestas se celebraban históricamente de forma mucho más sencilla. La Nochebuena, por ejemplo, desde los orígenes de la cristiandad, pero era una fiesta estrictamente familiar. Al menos desde la época moderna, las familias más acomodadas se podían permitir el lujo de comer un pollo de corral o un pavo, acompañadas por algún vino, que era una bebida al alcance de casi todos. Los postres eran caseros: garrapiñadas, bizcochos, frutos secos o castañas asadas.

           Se confeccionaban belenes también mucho más discretos que los actuales, absolutamente domésticos, confeccionados por cada familia como mejor podía. Se hacían con figurillas de barro o de telas cosidas. Los niños pedían por las casas el Aguinaldo, cantando villancicos. No obstante, las familias acomodadas disponían de belenes artísticos de gran calidad, como los que modelaba la escultora María Luisa Roldán “La Roldana”, especialista en este tipo de obras. Igualmente, la fiesta de los Reyes Magos era infinitamente más modesta que la actual. Pero sí existía la tradición de ofrecer a los niños algún regalo por estas fechas, rememorando los presentes que los tres Magos llevaron a Jesús. El roscón de reyes también tiene su tradición, aunque hasta hace pocas décadas era un artículo de lujo que solo las familias mejor acomodadas económicamente podían degustar. Aun así era un dulce eminentemente casero. Al parecer, hubo algunos niños que sobrevivieron a la matanza de los Inocentes decretada por Herodes, al esconderlos sus padres en tinajas de harina. Según cuenta la tradición, los judíos comían desde entonces un bizcocho en el que escondían un muñeco de barro, simbolizando este acontecimiento.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Los cambios de año, siglo y, sobre todo, milenio han tenido históricamente connotaciones casi mágicas. Para miles de personas desventuradas, estos tránsitos temporales constituían la última esperanza de un futuro mejor. El milenarismo tiene varias acepciones: una de ellas, procede de una descontextualización de un pasaje del Apocalipsis de San Juan que narraba la derrota de Satanás y el reinado de Cristo por mil años, antes del fin del mundo. Otra acepción parte de la idea de renovación que traerá consigo el cambio de milenio. El mesianismo en cambio basaba su esperanza en el retorno de un mesías que los liberase de la opresión. Ha sido muy frecuente a lo largo de la Historia el surgimiento de fenómenos mesiánicos en todos los pueblos oprimidos o vencidos que soñaban con la esperanza de que un enviado divino los salvase del caos en el que se veían sumidos. Tanto los islámicos, como los judíos y los cristianos han mantenido viva la esperanza de la venida de un Mesías o de un profeta.

        Como americanista especializado en el siglo XVI, comentaré algunos casos ocurridos en Hispanoamérica en aquel tiempo. A mediados del siglo XVI se dieron algunos casos llamativos de milenarismo y de mesianismo religioso, nacidos con la utópica idea de cambiar el mundo. Los propios amerindios, después de la conquista, se sumaron a estas creencias mesiánicas. Ello mereció el retorno del mismísimo hijo de Dios, esta vez encarnado en un aborigen. En esta ocasión, Jesús no nació en el seno de una humilde familia judía, sino en otra familia, igual de humilde, pero india. También él pretendía redimir a sus congéneres del yugo en el que se veían inmersos. Ahora bien, un hecho llamativo es que este nuevo Jesucristo y sus seguidores no practicaban el culto cristiano sino sus viejos bailes y cánticos –llamados en arawaco areitos-. Al parecer, sus seguidores se contaron por cientos -todos ellos indios-. Muchos abandonaron sus cultivos y sus encomiendas para seguirle. Los paralelismos con Jesús nos resultan muy llamativos porque también él pronunciaba la conocida frase de Jesús: déjalo todo y sígueme. El 6 de julio de 1556 el clérigo Martín González escribió desde Asunción al Consejo de Indias dando buena cuenta de este levantamiento:

"Después de haber escrito dos cartas que a Su Majestad y Vuestra Alteza escribo de mis cosas de esta provincia, tiene más nueva que entre los indios se ha levantado uno con un niño que dice ser Dios o hijo de Dios y que tornan con esta invención a sus cantares pasados a que son inclinados de su naturaleza por los cuales cantares tenemos noticia que en tiempos pasados muchas veces se perdieron porque entre tanto que dura, ni siembran ni paran en sus casas sino como lo oí de noche y de día en otra cosa no entienden sino en cantar y bailar hasta que mueren de hambre y cansancio sin que quede hombre, ni mujer, niño ni viejo y así pierden los tristes la vida y el ánima"

 

Desgraciadamente desconocemos el alcance de este movimiento, encarnado en la figura de un joven nativo que se presentaba ni más ni menos que como el nuevo mesías. Llama la atención el sincretismo indígena, capaz de integrar ideas cristianas –como la secular idea judaica de la venida de un mesías- con sus ancestrales creencias, pues, persistían en la adoración de sus antiguos dioses. Lo cierto es que, durante unos años un grupo de nativos soñó con un proceso de revitalización, donde el fin de una Era daría inicio a otra, en la que primaría la justicia y donde, como dijo el propio Jesús, los últimos pasarían a ser los primeros. Los indios encontrarían la tierra de promisión. Pero, con sólo ideas, sin armas y sin ningún tipo de organización, ni era posible encontrar el paraíso, ni tan siquiera luchar por su propia supervivencia. Fue un movimiento minoritario y efímero que jamás llegó a representar una amenaza seria para las estructuras de poder. No sabemos cómo acabó todo, pero suponemos que los cabecillas, en especial el líder indio, terminarían como lo hicieron otros Mesías a lo largo de la Historia, es decir, asesinado o ejecutado.

        No fue el único caso de mesianismo, pues sobre esas mismas fechas el indio guaraní Oberáa proclamó a los cuatro vientos que era el hermano menor de Jesucristo. El asunto cobró un cariz peligroso porque consiguió aglutinar a un buen contingente de indios descontentos. La herejía era un hecho, pero además había un grave riesgo de rebelión armada por lo que el movimiento fue aplastado. No obstante, Oberáa escapó a la matanza y huyó al monte. Nunca más se supo de él.

        Nuevamente entre 1565 y 1571 encontramos un caso de movimiento milenarista en el Perú, denominado el Taki Onqoy. Éste pretendía cambiar el mundo, restaurando las estructuras sociales, políticas y religiosos del Tahuantinsuyu. Sus seguidores preconizaban que sus viejos dioses andinos estaban a punto de retornar para vengar los agravios cometidos por los extranjeros. Para anticipar el retorno se dedicaban a reconstruir sus viejos templos y huacas. El movimiento parece que partió de Vilcabamba pero no tardó en extenderse por gran parte de los Andes Centrales, en los actuales departamentos de Ayacucho, Apurímac y Huancavelica. Al parecer en torno al Taki Onqoy llegaron a aglutinarse más de 10.000 personas. Obviamente, fracasó en su descabellado objetivo, y el movimiento fue aplastado en una de las primeras campañas de extirpación de idolatrías que se dieron en el Perú.

        Bueno, como puede observarse todos estos movimientos soñaban con un mundo mejor. Quizás haría falta en España algún movimiento milenarista formado por millones de parados y desahuciados. Desgraciadamente, somos muchos, tantos como para cambiar el mundo si estamos unidos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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