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        Era un secreto a voces que las conversaciones entre la guerrilla y el gobierno colombiano, comenzaron en La Habana a primeros del año 2011. Sin embargo, en verano de 2013, estamos asistiendo esperanzados a un acontecimiento histórico: la posibilidad de que ambas partes alcancen ¡por fin, después de más de medio siglo! un acuerdo duradero o quizás definitivo. Se trata de una oportunidad única que nadie puede dejar escapar.

        Habrá que recordar que la violencia en Colombia está enquistada lejanamente desde la conquista de América y de manera directa desde hace 55 años. Son los años que lleva en activo la insurgencia armada, con un balance de cinco millones de víctimas. El problema es que ha transcurrido demasiado tiempo y unos y otros se han acostumbrado y acomodado a vivir así. Existen muchos intereses creados, miles de guardaespaldas, un ejército sobredimensionado, proporcionalmente superior al de los Estados Unidos. También coexisten aproximadamente unos 42.000 combatientes alzados, la mayoría paramilitares o miembros de las FARC –Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia- y en menor proporción del Ejército de Liberación Nacional –ELN-. Decenas de miles de beligerantes, de un lado y de otro, que se han adaptado a una forma de vida y que, tras la entrega de las armas, habrá que darles una alternativa vital. Asimismo, hay miles de cultivadores de coca que no han visto otra posibilidad de supervivencia que el oro blanco. También para ellos habrá que crear un plan así como para los miles de pobres que no tienen ningún medio para ganarse el sustento. Lo que quiero decir con todo ello es que hay que hacer las cosas muy bien porque hay muchos intereses creados que no sirven más que para colocar piedras en el proceso de paz. Algunos pueden ver en la paz la destrucción de sus empleos y, otros, la pérdida de parte de su enorme poder económico y político.

        En Europa, la prensa transmite una visión muy sesgada del problema colombiano. Son muchas las personas que, poco o mal informadas, piensan en un gobierno legítimo que a duras penas lucha contra el mal, personificado en un grupo de guerrilleros que con frecuencia se les asocia con torturadores, secuestradores, narcotraficantes y terroristas. Sin embargo, huelga decir que está visión se aleja bastante de la realidad. Y dado que también se libra una guerra por la verdad, conviene decir que Colombia es uno de los países más ricos del mundo en recursos, sin embargo, la riqueza se encuentra concentrada en pocas manos y los índices de pobreza son elevadísimos, afectando al 52 por ciento de los colombianos que sufren una situación de marginalidad. Existe, pues un vivero de nuevos guerrilleros absolutamente inagotable porque hay miles de personas que no encuentra otra forma de vida que unirse a la insurgencia. Entre estos hay algunos idealistas, la mayoría comunistas radicales que han optado por el uso de las armas para conseguir sus fines, pero la mayoría son personas con escasa formación que están allí porque no han encontrado una forma de vida mejor. Es decir que la mayoría no tiene una visión nítida de por qué lucha, simplemente han hecho de las armas su medio de vida. Huelga decir, además que en general gozan de una amplia simpatía por parte de la población en muchas de las zonas controladas por ellos. Si no fuera así, hace años que la insurgencia hubiese desaparecido. En el fondo detrás de la guerrilla y del ejército, se enfrentan dos formas diferentes de entender el mundo, el liberalismo más radical y el marxismo revolucionario; en tres palabras: capitalismo y comunismo. El actual comandante de las FARC, Timochenko, es un comunista revolucionario convencido y mantendrá su objetivo, aunque está dispuesto a cambiar las armas por la política. Es necesario dar una salida política a la guerrilla una vez que hayan entregado las armas, y siempre como premisa previa.

        Evidentemente, se trata de una guerra y, como en todo conflicto armado, se han cometido todo tipo de atrocidades. La guerrilla ha secuestrado, torturado y asesinado a inocentes, pero lo mismo puede decirse del ejército que ha usado de la guerra sucia y de paramilitares que han masacrado igual a guerrilleros que a campesinos. La situación es complicada porque un acuerdo sólo es posible con una actitud de buena voluntad por ambos bandos. Como ha escrito recientemente Eleanor Roosevelt, no basta con hablar de paz… Hay que trabajar para conseguirla. O todos se implican en el objetivo único e irrenunciable de conseguir el acuerdo de paz o el esfuerzo habrá sido en vano. Ambos tienen que ceder mucho, si quieren conseguir cambiar las balas por los votos. La guerrilla tiene que firmar un armisticio indefinido y entregar las armas, en presencia de observadores internacionales. Pero en ningún caso se puede ni se debe hablar de rendición, lo que sería inaceptable para los insurgentes, sino de acuerdo de paz. El gobierno tiene que establecer reformas agrícolas, dar tierra a los sin tierra y asesorarlos en el establecimiento de cultivos sostenibles que permitan el sustento de sus familias. Así mismo, urge construir y entregar varios cientos de miles de viviendas a los nuevos miembros de la república, integrarlos socialmente, en definitiva tender la mano a personas que han estado al margen del Estado durante décadas y reintegrarlos a la vida civil. Es factible y posible la transformación de las FARC y del FLN en sendos partidos políticos que a buen seguro cosecharán excelentes resultados en sus zonas de influencia. Hay que permitirles la redención y en ese sentido, todos los colombianos, de uno y otro bando, deberán hacer el sacrificio de perdonar errores pasados para conseguir así la reconciliación nacional.

        Y lo más importante de todo: el previsible acuerdo de paz de La Habana no es un punto y final sino el inicio de un proceso que puede durar décadas. Las heridas tardarán en cerrarse, los campos tardarán décadas en ser limpiados de minas anti-persona. Por ello, para que todo salga bien, serán necesarias, según Antonio José Caballero, altas dosis de de confianza, prudencia, perseverancia y paciencia.

ESTEBAN MIRA CABALLOS