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INTRODUCCIÓN

        

      El fenómeno cofradiero era genuinamente masculino. De hecho, los miembros de estas corporaciones eran mayoritariamente hombres, pues, como escribió José Sánchez Herrero, en la cofradía barroca la mujer tiene cabida pero como una hermana de segunda1. Y obviamente no debemos sorprendernos por esto, pues, las cofradías eran una manifestación más de una sociedad en la que las féminas estaban injustamente relegadas2. No olvidemos que, en mayor o menor grado, casi todas las religiones monoteístas priman al sexo masculino, estando las mujeres bajo la autoridad del varón3.

        En la mayor parte de las cofradías de laicos había mujeres, en algunos casos hijas de..., o la mujer de..., delatando abiertamente su dependencia con respecto al hombre. De hecho, en algunos testamentos, sobre todo del siglo XVI encontramos casos de mujeres que solicitaban ser enterradas por una determinada hermandad como a mujer de hermano que soy. Desde los orígenes se vio privada de los órganos de decisión de las cofradías, e incluso, marginada a lugares concretos en los desfiles procesionales. Desde el siglo XVII y, sobre todo, en la siguiente centuria las hermandades se abrieron a la incorporación de hermanas en las mismas condiciones de enterramiento que los hermanos de número. Pese a ello, en ningún momento formaron parte de los órganos de decisión y prueba de ello es que no las encontramos nunca en las listas de asistentes a los cabildos generales4.

 

COFRADÍA DE MUJERES

      

         Dicho esto, mencionaremos la existencia de algunas cofradías de mujeres. Éstas tenían su importancia pues constituían una de las pocas formas que tenía la mujer de participar en la vida pública. Por ello, jugaron un papel destacado a lo largo de la Edad Moderna. Nos referimos especialmente a las congregaciones de mujeres de la Orden Tercera que estaban formadas por personas de este sexo. En estas asociaciones religiosas era frecuente que las mujeres nombraran entre ellas a su mayordoma, hermana mayor o hermana superiora así como a los demás cargos del cabildo5. La mayoría de ellas se dedicaban a la oración o a lo sumo al rosario público. Pero, en general, eran mucho más interioristas que las de hombres, es decir, se dedicaban más a la oración, a la meditación y a los ejercicios espirituales. Sin embargo, hubo algunas que adoptaron el papel penitencial, sacando sus imágenes titulares en Semana Santa de la misma forma que lo hacían las demás cofradías6. Estas congregaciones proliferaron especialmente en el siglo XVIII, siendo la mayor parte de ellas rosarianas7. Ahora bien, todas ellas estaban supervisadas cuanto menos por el clero parroquial, es decir por hombres8.

       Precisamente, en la iglesia de Santiago de Barcarrota se fundó en el último cuarto del siglo XVIII una cofradía de mujeres, intitulada Escuela de María Santísima. En 1794 era su hermana mayor María Hermoso y Chacón y dos años después lo era María Ferrera. La única fuente de financiación era la cuantía de ingreso en el instituto así como las cuotas anuales a la que estaban obligadas todas las hermanas. A finales del siglo XVIII su inquietud fue tal que, el 18 de julio de 1796, obtuvieron un breve del papa Pio VI, otorgando indulgencias a todos los cofrades del instituto, incluidos los difuntos, y con las mismas condiciones que si se hiciesen en altar de privilegio.

      Celebraban todos los domingos no sólo la misa sino que, después de ella, hacían acto público de humildad, ejercicio de la muerte, acabando los actos con el trisagio de la Santísima Trinidad9. Además de ello, celebraban un octavario anualmente donde celebraban los ejercicios de San Ignacio que culminaban con la confesión y comunión de todas las hermanas. Desde 1796, se le concedió indulgencia plenaria, para el día de la entrada de cada hermana, para el artículo de la muerte y para la fiesta principal. Sin embargo, ellas alegaban que no tenían fiesta principal sino solo el octavario por lo que solicitaron y consiguieron aprobación para señalar cuatro festividades: el último día de los ejercicios de San Ignacio, la Purificación, la Asunción y la Concepción de María.

Se trataba de una cofradía de luz, dedicada a la adoración y el rezo a María Santísima. Se trataba de una de las pocas posibilidades que las mujeres tenían para hacer una cierta vida pública, máxime en un pequeño pueblo de la Extremadura rural. Pese a las ideas discriminatorias de la época, algunas féminas encontraron sus propios cauces de participación pública, a través de estas hermandades. Por supuesto, estuvieron tuteladas y vigiladas de cerca por varones: hermanos, maridos, padres o, simplemente, su confesor o su párroco y, en última instancia, cómo no, el obispo o su provisor.

Lo cierto es que a través de ese pequeño espacio que la sociedad de la época les dejó, asoman los nombres de un par de mujeres que gozaron de una cierta capacidad de decisión y de libertad. Éstas debieron pertenecer a la pequeña élite local, siendo su dinero y el prestigio de sus respectivos linajes los que les permitieron mantener ese grado de independencia.

Sirvan estas líneas para sacar a la luz este pequeño pero significativo episodio donde, de entre los resquicios de la sociedad estamental, dominada por los hombres, asoman los nombres de María Hermoso y María Ferrera que también reclamaron su protagonismo. Sería interesante seguir indagando en la historia de esta hermandad de la que, acaso, los historiadores locales tengan más información.

 

APÉNDICE I

 

       Carta de María Hermoso y Chacón, hermana mayor de la Escuela de María, y aprobación del obispo de Badajoz, del 20 de mayo de 1794.

 

         Ilustrísimo Sr.: María Hermoso y Chacón, hermana mayor de la Escuela de María Santísima de la Villa de Barcarrota, cuyas constituciones están aprobadas por el Ilustre señor obispo de este obispado, ante su señoría Ilustrísima con el mayor respeto y veneración, hace presente como desenado el mayor culto de Dios y su madre y que las hermanas de dicha Escuela se esmeren en observar sus constituciones y que vaya más en aumento y no en disminución el ejercicio de dicha Escuela y para ello he determinado, con consejo de las demás hermanas, añadir cada domingo el acto público de humildad, el ejercicio de la muerte y trisagio de la Santísima Trinidad. Y para que todo se haga con más veneración y devoción de las hermanas, a vuestra señoría ilustrísima suplico se digne conceder a las hermanas de dicha escuela de María por cada acto mandado por las constituciones y por los añadidos de humildad, muerte y trisagio, las indulgencias que su señoría ilustrísima tuviere a bien; este favor espero conseguir de la acreditada benignidad de su señoría ilustrísima a quien la Divina conserve muchos años. María Hermoso Chacón. Autorización del obispo fechada el 20 de mayo de 1794. Alonso de Solís, obispo de Badajoz, ante don Juan Carvallar.

(C.C.S.A. microfilm 477bis, ítem 3).

 

 APÉNDICE II

                 Carta de María Ferrera, hermana mayor de la escuela de María, y aprobación del obispado de Badajoz, 30-IX-1796.

 

             María Ferrera, hermana mayor y a nombre de toda la Escuela de María, fundada en la iglesia mayor de Santiago de la villa de Barcarrota, habiendo ganado un breve de Pio VI en el que concede a las hermanas de la Escuela, indulgencia plenaria para el día de su entrada, otra para el artículo de la muerte, y otra para la fiesta principal que celebra dicha hermandad, con licencia del ordinario. Y no celebrando fiesta principal sino ejercicios que, por espacio de ocho días, se hacen en dicha parroquial, en cuyo último día confiesan y comulgan todas las hermanas y pide y suplica que por fiesta principal se nombre el último día de los ejercicios de San Ignacio y las otros cuatro festividades que sean la Purificación, Asunción, Concepción de maría, favor que espera conseguir de la piedad de su señoría ilustrísima. Aprobación del obispado de Badajoz, 30 de septiembre de 1796. Alonso de Solís, obispo de Badajoz, ante don Juan Carvallar.

(C.C.S.A. microfilm 477bis, ítem 3).

 

1    SÁNCHEZ HERRERO, José: "Las cofradías de Semana Santa de Sevilla durante la modernidad", en Las cofradías sevillanas en la Edad Moderna. Sevilla, Universidad, 1999, p. 95.

2    En el siglo XVIII se sostenía que la mujer debía ser "pacífica y obediente, solícita sexualmente y recogida en el hogar...Todavía más. La mujer prudente debe discurrir cómo dar gusto permanente a su marido, pensando en complacerlo y en dividir la dedicación de su tiempo personal entre él y Dios...". FERNÁNDEZ, Roberto: "La mujer cristiana en la España del setecientos. A propósito de la familia regulada de Antonio Arbiol", en El Conde de Aranda y su tiempo, T. I. Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 2000, p. 41.

3 El propio Jesús de Nazaret, como judío que era y con un pensamiento acorde a su tiempo, relegó a la mujer a un papel de muy segundo orden. Como ha escrito Mario Saban, si hubiese querido darle un papel relevante hubiese incluido alguna fémina entre sus apóstoles. SABAN, Mario Javier: El judaísmo de Jesús. Buenos Aires, Editorial Saban, 2008, p. 537-538.

4 Encontramos decenas de testamentos en las que las otorgantes declararon ser hermanas de número de diversas cofradías. Sin embargo, en los numerosos cabildos generales que se protocolizaron no hemos encontrado la presencia de ninguna mujer. No puede ser casualidad; estaban apartadas de todos los órganos de decisión, incluso del cabildo general. En España se conocen algunos casos de integración igualitaria de la mujer en las hermandades pero se trata de excepciones que no hacen otra cosa que confirmar la regla. Por ejemplo, en los estatutos de la hermandad de la Veracruz de Rute se especificaba la igualdad entre los hermanos de ambos sexos, prohibiendo sin embargo a las mujeres disciplinarse en la procesión. Igualmente en la hermandad de la Veracruz de Villabuena del Puente se les otorga a los hombres y a las mujeres las mismas condiciones, incluso la posibilidad de participar en el desfile penitencial en idéntica situación. GARCÍA ÁLVAREZ, Pedro: "Mujeres disciplinantes en una cofradía zamorana de la Vera Cruz en el siglo XVI: Villabuena del Puente", Actas del III Congreso Nacional de hermandades y cofradías, T. I. Córdoba, Cajasur, 1997, p. 514.

5    Éste era el caso de la Congregación Servita de la Virgen María de los Siete Dolores de Zahinos. BOBADILLA GUZMÁN, Francisco Luis: Conozco mi pueblo. Zahinos. Zafra, 1992, p. 60.

6 Así ocurría en la congregación Servita de Nuestra Señora de los Dolores de Feria que sacaba el Viernes Santo a la Virgen de la Soledad en estación pública de penitencia.

7 Inicialmente las mujeres se integraron en los cortejos rosarianos con los hombres, según Carlos José Romero Mensaque habrá que esperar a la segunda década del siglo XVIII para que encontremos los primeros cortejos rosarianos exclusivos de féminas, especialmente desde las misiones de fray Pedro Vázquez Tinoco O. P. ROMERO MENSAQUE, Carlos José: “La cofradía del Rosario de Zufre. Una aproximación a la historia del fenómeno rosariano en la Sierra”, Actas de las XXII Jornadas del patrimonio de la Comarca de la Sierra. Higuera de la Sierra, Diputación Provincial 2009, pp. 183-199.

8 Así ocurría, por ejemplo, en la cofradía de mujeres de San Águeda de Barcelona, cuyas finanzas eran administradas por hombres nombrados para tal efecto. ARIAS DE SAAVEDRA, Inmaculada y Miguel Ángel LÓPEZ MUÑOZ: “Cofradías y ciudad en la España del siglo XVIII”, Studia Historica, Historia Moderna Nº 19. Salamanca, 1998, pág. 208. Reproducido en su libro: : La represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo XVIII. Granada, Universidad, 2002, págs. 103-150.

9 Según el diccionario de la R.A.E. el trisagio era el himno en honor de la Santísima Trinidad, en el que se repetía tres veces la palabra santo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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