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             Cuando se cumplen exactamente quinientos años de su fallecimiento (1511), recordamos la figura de Nicolás de Ovando, gobernador de La Española entre 1502 y 1509. Como es bien sabido su gran flota arribó a la ribera del río Ozama en mayo de 1502. El extremeño traía consigo unos ambiciosos cometidos, todo ello reflejado en sus instrucciones. En primer lugar debía someter militarmente la isla, para a continuación implantar la autoridad Real y hacer viable la colonización. Ovando era Comendador de la Orden de Alcántara, primero de Esparragosa de Lares, y luego Mayor. No debía ser casualidad que los Reyes Católicos eligieran a un alto cargo de una Orden Militar. Todavía a principios del siglo XVI, pocos años después de la Conquista de Granada, estas instituciones conservaban su función militar, el verdadero sentido de su existencia en la Baja Edad Media. Su labor principal había sido la lucha contra el infiel, habiendo colaborado activamente en la recuperación del Reino Nazarí para el mundo cristiano. Tan poderosas llegaron a ser que, a finales del siglo XV, los Reyes Católicos decidieron, con la autorización papal, asumir su control. Cuando en la frontera indiana las cosas se pusieron difíciles optaron por enviar a un freire, con votos de castidad y de caridad. Y ¿con qué cometido? pues, sencillamente el mismo que habían mantenido a lo largo de la Edad Media, continuar la lucha contra el infiel, ensanchando la frontera cristiana.
            Tradicionalmente se ha afirmado que Nicolás de Ovando pacificó la isla entre 1503 y 1505. Pero conceptos como pacificación o rescatar no eran más que eufemismos de la época. No se trataba de pacificar sino de someter a sangre y fuego cualquier atisbo de resistencia.
             A su llegada a la isla se encontró con la feliz noticia de que el cacicazgo de Higüey se encontraba al borde de la rebelión, por la explotación a que los había sometido Francisco de Bobadilla. Empezaba con buen pie, pues ya tenía la justificación ética perfecta para someter la isla y, de paso, conseguir un buen puñado de esclavos. Los indios capturados y esclavizados debieron ser muchos, pues los beneficios netos que se obtuvieron tras su venta en almoneda ascendieron a 14.370 pesos de oro. Un buen número de estos esclavos acabaron vendiéndose en el mercado de esclavos de Sevilla.
Hay que agradecerle al Comendador Mayor, eso sí que, en 1503, se apiadase de la bella Cacica Anacaona y decidiera ahorcarla y no quemarla, para que de esta forma tuviese una muerte menos dramática. Pero la decisión era peligrosa pues los indios detestaban la muerte en la hoguera o a manos de los mastines adiestrados, pero no le tenían miedo a la horca, lo que podía favorecer el surgimiento de nuevos alzamientos.
              Una vez sometida la isla, el Comendador Mayor creo en ella una sociedad esclavista, en cuya cúspide habría una oligarquía local y, en la base, una abundante mano de obra esclava o encomendada que a fin de cuentas era casi lo mismo. Finalmente habría una clase intermedia de españoles, muy débil política y económicamente, que ni pertenecían a la élite ni tampoco a la clase subalterna.
              En la base de la pirámide social se encontraba sin duda el indio que, aunque vasallo en teoría, en la praxis su vida a los ojos de los españoles no valía absolutamente nada. Todo ello provocó un hundimiento de la población indígena. La evolución de la población taína es una de las muestras más crudas de la extinción de un pueblo en poco más de medio siglo. Mientras que en otras zonas de América el descenso fluctuó entre el 80 y el 90 %, en el área antillana el descenso rozó el  100 %, llevándolos prácticamente a su extinción. El descenso de la población comenzó desde la misma arribada a sus costas del primer Almirante, Cristóbal Colón. Y ello, provocado por las sucesivas y desconocidas epidemias que azotaron la isla desde esos primeros años y por la falta de una legislación protectora. Es bien sabido que las enfermedades infecciosas atacaban con mayor virulencia en las áreas confinadas, como era el caso de las islas del Caribe. Éstas, además, se encontraban en una total virginidad inmunológica.
               La primera de esas epidemias que ha sido identificada es la llamada influenza suina, que asoló la isla desde 1493. Fue introducida de manera involuntaria por Cristóbal Colón en su Segundo Viaje, a través de ocho cerdos infestados que compró en la isla de la Gomera. Todo parece apuntar a que sus consecuencias fueron muy virulentas, matando a algunos españoles y a miles de indios. Por desgracia desconocemos las cifras exactas de mortalidad, aunque se estima que en sólo cuatro años perdió una cuarta parte de su población. Entre 1496 y 1508 el declive, sin embargo, se ralentizó algo, al disminuir las muertes por epidemias. Sin embargo, el trabajo para ellos debió ser extenuante, pues al no haber animales de carga, se convirtieron en auténticas bestias de carga. De hecho, años más tardes, reconoció el propio Nicolás de Ovando que muchos habían perecido en los primeros años porque las personas que los tenían les hacían llevar a cuestas algunas cargas y cosas de mucho peso y los quebrantaban.
               En torno a 1520 la población taína estaba prácticamente al borde de la extinción. Por último, en 1547 informaba el doctor Montaño que no había en toda la isla ni siquiera 150 indios, incluida la ciudad de Santo Domingo donde no llegaban a treinta pese a tener la mayor concentración de ellos.    
               Cuando Nicolás de Ovando se dio cuenta de que el descenso de la mano de obra indígena iba a causar estragos en la economía aurífera de la isla comenzó a autorizar armadas de rescate a Tierra Firme. Ello dio lugar a una de las mayores atrocidades cometidas en toda la expansión ultramarina española. Por una Real Cédula, fechada el 30 de abril de 1508, se declaró a los islotes de las Bahamas y a algunas de las Antillas Menores como islas inútiles y, por tanto, su población susceptible de ser deportada. Los pacíficos e inocentes lucayos de las Bahamas fueron trasladados en condiciones inhumanas a los centros neurálgicos de las Antillas Mayores, especialmente a La Española. Luego dio luz verde a las primeras armadas de rescate a Tierra Firme. Éstas con la excusa de comerciar con los pueblos indígenas, daban en ellos los quemaban, los saqueaban y esclavizaban a los supervivientes.
                 Estos primitivos seres, acostumbrados a formas de vida preestatales, fueron incapaces de adaptarse a la nueva vida que se les proponía. La mayor parte de ellos pereció en la travesía o en los meses inmediatamente posteriores a su arribo. Entre 1508 y 1515 fueron esclavizadas injustamente y en condiciones infrahumanas entre 15.000 y 40.000 personas.    
                 Siempre se ha recalcado que su mayor mérito fue que consiguió, en un tiempo record, someter a sangre y fuego a los aborígenes y estabilizar y rentabilizar una colonia que hasta su momento era una verdadera ruina. Ahora bien, eso tuvo un altísimo e irreversible coste. El peor de todos la rápida aniquilación de la población taína que en poco más de dos décadas entró en vías de extinción. Pero hubo otros daños, que no han sido analizados hasta la fecha: comenzó unas alteraciones ambientales producidas por la introducción de animales y plantas de la vieja Europa. Ello provocó la extinción de numerosas especies vegetales y animales autóctonas. Las talas indiscriminadas de las décadas posteriores para alimentar las calderas de los ingenios hicieron el resto. La catástrofe ecológica estaba prácticamente consumada a finales de los años veinte.
Denunciados todos los males que acarreó la conquista y colonización de La Española, protagonizada muy especialmente por Nicolás de Ovando, debemos contextualizar su figura.
               Primero, A mi juicio, los hilos de la historia los mueven efectivamente los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comporten de modo más o menos similar ante situaciones parecidas. Eran personas de su tiempo, cuya escala de valores no coincidía exactamente con la actual. Ahora bien, aunque no sean las individualidades las que provocan los saltos hacia adelante en la Historia sí estoy convencido al menos de que existen personas con mucho más empuje y liderazgo que otras. Una de ellas fue sin duda el brocense Nicolás de Ovando, que probablemente no era ningún héroe pero al menos sí, utilizando terminología de  Max Weber, un individuo carismático.
              Segundo, no podemos olvidar que en todas las guerras hay dos bandos los que la ganan y los que la pierden. En este caso también hubo perdedores, en este caso silenciosos porque a corto plazo terminaron extinguidos sin nadie que alce la voz en su defensa
              Tercero, Nicolás de Ovando cumplía órdenes estrictas. Fue enviado a la isla con un cometido muy claro, someter la insurgencia y dar viabilidad a la colonia. Nicolás de Ovando era un soldado de la reina, un hombre leal que sabía bien, que su único objetivo debía ser cumplir con lo que se esperaba de él, a cualquier precio. ¿Qué otra cosa podía hacer? ¿debía perder la guerra? ¿debía fracasar en sus objetivos y dar por perdida la colonia? ¿debía defraudar a los Reyes Católicos? Pues no. Nicolás de Ovando se  comportó todo lo mejor que cabía esperar que se comportara en una persona de probada lealtad a la Corona. Fue enviado para asegurar la viabilidad de la colonia, utilizando si era necesario la fuerza, y así lo hizo.
               Y cuarto, ¿eran compatibles sus profundas creencias religiosas con las matanzas de indios y con la esclavitud? Obviamente sí,  Ovando era un creyente casticista típico del siglo XVI. Una época en la que la matanza de infieles, paganos o todo aquel que no pareciese cristiano estaba bien visto a los ojos de Dios. Se trataba de expandir la frontera cristiana, compensando las pérdidas a manos de los islámicos y, poco después, de los protestantes. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, partidario por cierto de una solución final, afirmaba que calcinar indios paganos equivalía a quemar incienso al Señor.
                Pero esta doble moral, esta dicotomía entre lo que decían y lo que hacían, era perfectamente compatible con el ideal de la guerra santa que, como ya hemos repetido en varias ocasiones, nunca fue ajena al afán de botín. E incluso, si llegado el caso había que recurrir a matanzas indiscriminadas, el fin las justificaba. De hecho, como escribió Eric Hobsbawm, todas las guerras religiosas de la Historia se han caracterizado por su crueldad. Se comportó exactamente igual que la mayor parte de las personas de su tiempo. Para empezar estaba imbuido de ese ideal caballeresco tan bien representado en la figura del más famoso e ingenioso de los hidalgos Don Quijote de la Mancha. Honra y fortuna van de la mano: la honra los empuja a conquistar territorios lo que a su vez les traerá fortuna. Y ya escribió Jorge Manrique como conseguían la salvación los caballeros: con trabajos y aflicciones contra moros. Moros infieles no había pero sí indios paganos que a fin de cuentas a ellos les parecía más o menos lo mismo.  Por otro lado, se trataba de una sociedad intolerante que justificaba y legitimaba la esclavitud y el uso de la fuerza para conseguir sus objetivos o imponer sus ideales. También formaba parte de una civilización occidental etnocéntrica que se consideraba mejor y, por tanto, con el derecho a ocupar y a civilizar a los pueblos inferiores.
               Pese a cumplir con lo que se esperaba que hiciera, Nicolás de Ovando se terminó  arrepintiendo de algunos de sus actuaciones, especialmente de las matanzas de Higüey y Xaragua y de Anacaona, entre otras cosas porque algunos de sus enemigos se encargaron de recordárselo en vida y otros lo recuerdan después de muerto, cinco siglos después. El cronista Joseph Peguero escribió que el Comendador Mayor sintió mucho la muerte de Anacaona sin bautismo y que la noche de su muerte la pasó entre congojas y suspiros y sin poder conciliar una hora de sueño (en) toda la noche.
             A modo de conclusión, Nicolás de Ovando fue un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Fue leal a las personas que confiaron en él. Y por ello, en el contexto de su época, debemos valorarlo. Eso no impide que podamos juzgar e incluso denunciar formas de actuar del pasado, como el uso reincidente y recurrente de la guerra o la  tolerancia con la esclavitud. Precisamente, si en algo puede ayudar la Historia a la sociedad actual es en destapar los errores del pasado para intentar construir un mundo más justo y humano. Sin este componente transformador del presente la Historia no tiene demasiado sentido. El hecho de que la guerra o la esclavitud estuviesen plenamente aceptadas en la época no nos exime de nuestra obligación de denunciar esas actitudes del pasado para evitar que se sigan repitiendo mimeticamente en el presente y en el futuro. Ello es lo que da sentido a nuestro trabajo como historiador.
             En definitiva, fue un leal e incorruptible servidor de los intereses de la Corona y de la Iglesia. En el servicio de la Reina y de Dios empleó todas sus energías. Un pensamiento y una forma de actuar que resultan totalmente éticos si lo contextualizamos en la época que le tocó vivir.

BIBLIOGRAFÍA

ESCOBAR PRIETO, Eugenio: Hijos ilustres de la villa de Brozas.  Cáceres, 1961.

LAMB, Úrsula: Frey Nicolás de Ovando, gobernador de las Indias (1501-1509). Madrid, Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1956, (reed. Santo Domingo, 1977).

MIRA CABALLOS, Esteban: Nicolás de Ovando y los orígenes del sistema colonial español. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, 2000.

RAMOS, Demetrio: "El gobierno del Comendador Ovando: el nuevo orden", en Historia General de España y América, T. VII. Madrid, Editorial Rialp, 1982.

ESTEBAN MIRA CABALLOS