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LA VERDADERA ASCEDENCIA DE HERNÁN CORTÉS

LA VERDADERA ASCEDENCIA  DE HERNÁN CORTÉS

Dalmiro de la Válgoma y siguiéndole a él la mayoría de la historiografía, ensalzaron y fabularon los orígenes nobiliarios de la familia Cortés. Se hacía descender a Martín Cortés directamente de don Fernando de Monroy y María Cortés. De este linajudo matrimonio nacieron dos vástagos, Rodrigo de Monroy y Martín Cortés de Monroy, padre del conquistador. Sin embargo, en los últimos tiempos algunos estudios genealógicos se han encargado de desmentir esta versión, pues, ni Fernando de Monroy estuvo casado con María Cortés, ni tuvo más hijo que Rodrigo de Monroy.

La localización que hice en el año 2010 de un extenso expediente y privilegio de la familia Cortés en el Archivo Histórico Nacional, aclaró, cinco siglos después toda la ascendencia del conquistador metellinense. En realidad, como demostré en el libro que sobre el conquistador publiqué en el año 2010, éste tenía orígenes nobiliarios pero mucho más modestos de lo que se le atribuía.

No sabemos mucho de su bisabuelo Nuño Cortés, aunque fue el último de la familia que permaneció en tierras del antiguo reino de León, probablemente Salamanca. Con total seguridad debía ser hidalgo porque a su hijo, Martín Cortés El viejo, abuelo del conquistador, lo nombraron caballero de espuela dorada y éste era un honor reservado en exclusiva a las personas que poseían al menos esta condición.

La siguiente cuestión por resolver: ¿eran originarios de la ciudad de Salamanca? No tenemos una certeza absoluta. Cuando prueban hidalguía lo hacen siempre como hijosdalgos y notorios de la entonces llamada provincia de León. Sin embargo, esa denominación aludía a los territorios del antiguo reino leonés, entre los que también se encontraban Zamora y Salamanca. Cortés tuvo algunos amigos de suma confianza naturales de León, como Diego de Ordás, nacido en Castroverde del Campo. También la familia de Andrés de Tapia, íntimo colaborador suyo, era originaria de León. Y el apellido Cortés abundaba relativamente –y abunda hoy en día- tanto en León como en Salamanca. Ahora bien, tenemos un testimonio documental muy clarificador; se trata de la declaración de Juan Núñez de Prado en la probanza de la Orden de Santiago:

 

Que los padre y madre del dicho Martín Cortés eran vecinos y naturales de la ciudad de Salamanca.

 

Y aunque es la única referencia directa, la opinión de Núñez de Prado era muy cualificada porque se trataba de un caballero de abolengo de la villa de Medellín. De hecho, era hijo de Rodrigo de Prado, señor de Albiés en León, por lo que tenía datos suficientes para conocer perfectamente el origen de la familia. De todas formas no era del todo cierta su afirmación porque, cuando armaron caballero al abuelo de Hernán Cortés, en 1431, declaró ser vecino de Don Benito. Todo parece indicar que el natural y vecino de Salamanca no era su abuelo sino su bisabuelo Nuño Cortés.

El hecho de que la hermanastra de Martín Cortés de Monroy residiese en Salamanca, así como el aprecio de Hernán Cortés por esa tierra, son indicios adicionales que nos inclinan a pensar que efectivamente la familia procedía de la propia ciudad de Salamanca.

Lo cierto es que los Cortés arraigaron fuertemente en tierras de Medellín, y fueron una familia extensísima y con bienes raíces hasta la Edad Contemporánea. Sus miembros heredaron el privilegio de hidalguía de sus antepasados. De hecho, cuando en 1525 el Emperador le otorgó a Hernán Cortés un escudo de armas, se especificó que podía usarlo, además del que habéis heredado de vuestros antepasados. Eso no impidió que, en décadas posteriores, otros miembros de su extensísima familia, no todos adinerados, tuvieran que pleitear con el concejo de Medellín o de Don Benito para que no los sacasen del padrón de hidalgos. Fueron los casos de Francisco Cortés que tuvo que mantener un litis, a partir de 1537, en la Chancillería de Granada para que se le reconociese su hidalguía, o el de Juan Cortés que reclamó lo mismo en 1564.

 

MARTÍN CORTÉS EL VIEJO

          El primero de la familia Cortés en bajar al sur fue Martín, abuelo de Hernán Cortés, caballero que sirvió a las órdenes de los casi legendarios Pedro Niño y Álvaro de Luna. Parece ser que Martín Cortés estaba a las órdenes directas de Pedro Niño, quien a su vez las recibía del condestable Álvaro de Luna. Martín Cortés fue uno de esos más de 1.000 caballeros que, desde marzo de 1431, estuvieron haciendo incursiones en la vega de Granada. Según las crónicas de la época recorrieron las tierras del reino nazarí, talando e incendiando lugares y alquerías de la vega y entre ellas una casa muy buena que era del rey. Juan II instaló su campamento inicialmente a dos leguas de la ciudad de Granada, sin embargo, desde el 28 de junio lo instaló en Atarfe, a tan solo una legua de la capital Nazarí. Pocos días después, el 1 de julio de 1431 se produjo la famosa batalla de Higueruela en la que las tropas musulmanas fueron estrepitosamente derrotadas. Una contienda que tuvo lugar en la sierra Elvira, muy cerca de Granada, que estuvo comandada por Álvaro de Luna y seguida muy de cerca por el monarca castellano Juan II. Murieron entre 10.000 y 12.000 musulmanes –en ese dato no hay mucho acuerdo entre los cronistas- y a punto estuvo de caer la propia Granada. Se hubiera adelantado su reconquista 61 años.

          Después de esta gran batalla, Juan II concedió numerosas mercedes y reconocimientos a los caballeros que más se habían significado en la campaña. Dos días después, es decir, el tres de julio de 1431, el abuelo de Hernán Cortés se personó ante el citado monarca. Con Pedro Niño -nombrado ya Conde de Buelna- como testigo, fue armado solemnemente como caballero de Espuela Dorada. Al parecer, de las tres formas de caballería que había en Castilla, la de Espuela Dorada era la superior y sólo se concedía a hidalgos. Y antecedentes de caballeros armados con la espuela dorada los había muy célebres, como el mismísimo Cid Campeador, Ruy Díaz de Vivar. Era frecuente que el rey armase caballeros en pleno campo de batalla a aquéllos que habían destacado por su valentía en el combate o que habían protagonizado alguna hazaña. El ritual era claro y uniforme:

 

          Le da tres golpes de espada diciendo: Dios y el bienaventurado apóstol Santiago te haga buen caballero… y de esto le manda dar su carta, la cual es de hidalguía en efecto, y contiene toda esta solemnidad.

 

          Así obtuvo Martín Cortés su distinción, un tipo de caballería que había experimentado un gran resurgimiento en el siglo XIV y que prosiguió a lo largo e la centuria siguiente. Martín Cortés El Viejo se convertía en un noble de tipo medio, superior al hidalgo pero inferior a la nobleza titulada. Ahora bien, era un tipo de caballería de cuantía que obligaba a la persona en cuestión a mantener armas y caballos para salir en defensa del reino cuando fuese necesario. El problema vino cuando sus sucesores fueron incapaces de cumplir con la cuantía, poniéndose en duda la renovación del privilegio.

Probablemente, tras su nombramiento, continuó talando en las vegas de Málaga y Granada. Seguramente participó, en el verano de 1435 y en 1436, en la toma de Vélez-Blanco y Vélez-Rubio así como en los importantes combates que se produjeron en 1438 en la frontera granadina. No obstante, de tal extremo no tenemos constancia documental. Lo cierto, es que, tras finalizar su vida útil como caballero, decidió asentarse definitivamente en tierras de Medellín. Una decisión que no tenía nada de particular, pues Extremadura se repobló básicamente con castellano-leoneses. Martín Cortés El Viejo fue uno más de tantos pobladores procedentes del antiguo reino de León que decidieron quedarse en tierras extremeñas entre el siglo XIII y el XV.

Don Martín, había conseguido honra y fama para todo su linaje. No olvidemos que la Edad Media fue una de las menos individualistas de la historia, donde primaban más los intereses de la familia que los del individuo. Como otros caballeros tenía una casa solariega en la villa matriz, en este caso Medellín, pero pasaba la mayor parte del tiempo en una aldea del entorno, concretamente en Don Benito, donde tenía sus propiedades. Las tierras las adquirió seguramente en compensación por sus servicios de guerra. Era normal que los caballeros recibieran en reparto entre 4 y 12 yugadas de tierra.

          Desconocemos de momento, el nombre de su esposa. Se especuló con una enigmática María Cortés que, a nuestro juicio, nunca existió. Eso se hizo para intentar meter con calzador el linajudo apellido de los Monroy en la familia paterna del conquistador, mientras que el apellido Cortés se incorporaría secundariamente a través de su abuela paterna. Más probable parece que el ennoblecido caballero de la espuela dorada decidiese asentar su nueva condición, desposándose con una Monroy. Sea como fuere, lo cierto es que el matrimonio tuvo un buen número de hijos, seis legítimos –cuatro varones y dos mujeres- y una ilegítima. El mayor de los hijos legítimos era Hernán Cortés de Monroy, después le seguían Juan, Alonso y Martín –padre del conquistador de México-. Hernán Cortés, como primogénito de Martín Cortés El Viejo fue el que reclamó la continuidad del privilegio de caballería. En un alarde celebrado en Medellín en 1502, compareció un Hernán Cortés El Viejo, que presentó a un hijo suyo del mismo nombre a caballo, con coraza, lanza y espada, cuyo oficio era la labranza y la crianza de animales.

De Juan Cortés y de Alonso Cortés no sabemos gran cosa; ambos estaban al servicio del Conde de Medellín. Concretamente, a Juan Cortés lo encontramos citado en un documento de 1506 como criado del Conde de Medellín, participando en un asalto contra la cilla de Don Benito, en la que por la fuerza tomaron 12 fanegas y media de trigo y una cuartilla de cebada. Se refugió con sus secuaces en la fortaleza de Miajadas que era del Conde de Medellín, y hasta allí acudió el alguacil mayor para detenerlos. En cuanto a Alonso Cortés, nos consta que en 1500 era vecino de Don Benito, estaba casado y tenía dos hijas. En 1508 ocupaba el cargo de teniente del alguacil mayor Rodrigo de Portocarrero.

En cuanto a la hija natural, Inés Gómez de Paz, que jugaría un importante papel en la vida de Hernán Cortés, sabemos más cosas. Carlos Pereyra, siguiendo a López de Gómara, sostuvo que era hermana de Martín Cortés de Monroy. Pero, a juzgar por el testimonio del propio conquistador de México, no era exactamente hermana sino hermanastra. Efectivamente, éste declaró, en 1546, que su tía Inés Gómez de Paz era hija natural de su abuelo, habida con otra mujer fuera del matrimonio legítimo. Obviamente, a los hijos de Inés Gómez, que eran tres, Rodrigo, Pedro y Ana, el conquistador les dio siempre el tratamiento de primos.

 

MARTÍN CORTÉS DE MONROY

          El padre del conquistador de México, era el más pequeño de los hijos varones de Martín Cortés El Viejo. En el interrogatorio para el ingreso de Hernán Cortés en la Orden de Santiago, muchos testigos conocieron a sus abuelos maternos, pero ninguno conoció a sus abuelos paternos, probablemente porque habían muerto hacía mucho tiempo. De hecho, la probanza aporta mucha información sobre la familia Pizarro Altamirano pero, en cambio, apenas nada de la familia Cortés.

Martín Cortés de Monroy nació en torno a 1449, probablemente en la casa solariega que la familia poseía en el centro de la villa de Medellín, en la calle Feria, y donde pasaban una parte del año. Esta vivienda, sin ser una casa-palacio, era amplia y confortable. En torno a un patio central empedrado se disponían un buen número de habitaciones muy espaciosas.

 

Y aunque era la residencia oficial de la familia, poseían otras viviendas menores tanto en Medellín como en Don Benito, donde se localizaban la mayor parte de sus propiedades. De hecho, de las ocho cartas protocolizadas por el padre del conquistador en Sevilla, una respectivamente en 1506, 1520, 1523, 1525, 1526 y tres en 1519, salvo en la primera en que se declaró de Don Benito, en las siete restantes manifestó ser vecino de Medellín. En junio de 1526 protocolizó otra en la villa de Medellín y, tanto él como su esposa, declararon ser vecinos de esta última localidad.

Era hidalgo porque su padre y su abuelo lo habían sido, aunque bien es cierto que la evolución de su nombre muestra un ansia de ennoblecimiento. Así se explica que el vulgar García Martín Cortés, lo simplificara inicialmente a Martín Cortés, y posteriormente a Martín Cortés de Monroy mucho más sonoro. Y no es que no fuese Monroy, sino que hasta una edad bastante avanzada no lo utilizó.

López de Gómara lo calificó de devoto y caritativo. Debió pleitear junto a sus hermanos por mantener el privilegio de caballería que la villa le discutía probablemente por no disponer de caballo para acudir a la guerra. No en vano, el concejo de Don Benito justificó su inclusión en el padrón de pecheros, esgrimiendo que no habían mantenido sus caballos, ni acudido a los alardes periódicos a los que estaban obligados. Y lo curioso es que ellos, y particularmente Hernán Cortés, tío del conquistador de México, aceptó dicho extremo, advirtiendo sin embargo que su condición de caballeros la obtuvieron por privilegio no por cuantía por lo que no hacía falta mantener caballos. De hecho, siempre se dijo que la participación de Martín Cortés de Monroy en la guerra de Granada la hizo en calidad de peón y no de caballero.

          Su actuación en acciones bélicas no está nada clara; de hecho, no tenemos datos fehacientes que verifiquen su presencia en la guerra de Sucesión de Enrique IV. Como es bien sabido, éste había fallecido el 11 de diciembre de 1474 sin dejar clara su sucesión. Dos días más tarde se proclamó reina Isabel La Católica, enfrentándose directamente con los partidarios de doña Juana de Castilla, apoyada por su madre Juana de Portugal y por lo más granado de la nobleza española y extremeña, entre ellos el Marqués de Villena, los Enríquez, los Monroy, los Paredes, el Marqués de Cádiz y el Conde de Medellín.

López de Gómara, empeñado siempre en vincularlo con los Monroy, emparentados a su vez con los Portocarrero, afirmó que siendo joven –tenía entonces 26 años- fue a la guerra por su deudo Alonso de Hermosa, como teniente de una compañía de jinetes. Allí luchó, junto a Alonso de Hinojosa en el bando de su pariente Alonso de Monroy, clavero de Alcántara, en la batalla de La Albuera, contra las tropas de Isabel de Castilla, mandadas por Alonso de Cárdenas, maestre de Santiago. La contienda duró casi cinco años y supuestamente Martín Cortés luchó del lado de los Monroy y del Condado de Medellín a favor de doña Juana. Esta versión de López de Gómara ha sido sostenida hasta la saciedad por la historiografía moderna y contemporánea.

Sin embargo, no hay ni una sola prueba documental que apoye esta hipótesis. Pero, es más, la historiografía cortesiana suele ignorar que el grueso de la familia Monroy se cambió de bando en 1476, por supuesto a cambio de un buen número de prebendas. De hecho, desde ese mismo año encontramos tanto a Fernando de Monroy como a Alonso –este último maestre electo de Alcántara- socorriendo a Luis de Chávez en la defensa de Trujillo.

La villa de Medellín, junto con las fortalezas de Mérida y Montánchez, sí que estuvieron contra la reina Isabel hasta el final de la contienda. De hecho, Medellín no capituló hasta el verano de 1479, firmándose la paz poco después. Por tanto, podemos concluir que a fecha de hoy no existe ni un solo indicio que vincule al padre de Hernán Cortés con el bando de doña Juana la Beltraneja.

En cambio, sí hay algo más que indicios que avalan su participación en la Guerra de Granada, aunque no parece que tuviera ni muchísimo menos el protagonismo de su padre. Es muy improbable que participase en la reconquista de Gibraltar (1462) porque contaba tan sólo con 13 años. Pero en el Archivo de Simancas aparece citado como soldado de infantería al menos en 1489, 1497 y 1503. Es decir, está documentada su presencia en hechos de armas cuando tenía, 40, 48 y 54 años respectivamente, aunque no a caballo sino a pié, en la infantería. Precisamente el padre Las Casas menciona a Martín Cortés como un pobre escudero. Y los escuderos, como es bien sabido, eran auxiliares de los caballeros y servían en la guerra como peones. Concretamente, el pleito que reproducimos en el apéndice IV se inició porque se pretendía quitar a los hijos de Martín Cortés El Viejo el privilegio de caballeros, acusándolos de no haber mantenido caballos, ni ejercitarse en la guerra. Y es que el hecho de ser caballero implicaba algunos beneficios pero también conllevaba una serie de obligaciones. Sobre los caballeros recaían repartimientos periódicos para que acudiesen con sus caballos y armas a los conflictos bélicos y, además, debían personarse en los alardes que cada cierto tiempo se realizaban. También existía la posibilidad de comprar los servicios de otra persona que acudiese a la guerra en su lugar, pero no era el caso de Martín Cortés de Monroy cuya economía no le permitía tales lujos.

Ahora, bien, estos pleitos con los concejos por mantener la exención tributaria fueron frecuentes y continuos. No en vano, en la misma villa de Medellín otros caballeros de cuantía como Pero Sánchez, vecino de Don Benito, o Juan Redondo, Juan Flores y Martín Muñoz, vecinos de Medellín, debieron pleitear largos años para mantener sus respectivos estatus.

Martín Cortés desempeñó distintos cargos en el concejo de Medellín, como regidor y como procurador general, según declararon en la probanza de hidalguía tanto el clérigo Diego López como Juan de Montoya. Se desposó con Catalina Pizarro Altamirano, una mujer de ascendencia hidalga, cuya familia procedía de Trujillo a donde habían llegado en el siglo XIII, procedentes de Ávila. Era hija de Leonor Sánchez Pizarro y de Diego Alfón Altamirano, escribano y mayordomo de Beatriz Pacheco, Condesa de Medellín. López de Gómara la describió como muy honesta, religiosa, severa y reservada. Cervantes de Salazar también se muestra parco en su descripción aunque al menos deja clara su noble ascendencia, escribiendo de ella que era de la alcurnia de los Pizarro y Altamirano, también noble. Los Altamirano eran una de las familias más señeras de Trujillo, cuyos miembros controlaban el cabildo local.

Por tanto, la nobleza de los Altamirano está fuera de toda duda. De hecho, cuando Hernán Cortés regresó a España por primera vez se dirigió a Medellín, se llevó consigo a Juan de Altamirano y sus hermanos, de los que se dijo que eran personas nobles, hijosdalgo muy principales. En 1529 en la probanza que hizo Martín Cortés, el hijo de doña Marina, para acceder a la Orden de Santiago, Juan de Hinojosa afirmó de manera taxativa:

 

Que conoció a sus abuelos paternos, Martín Cortés y Catalina Pizarro y siempre este testigo los tuvo por hidalgos todo el tiempo que los conoció.

 

Es obvio que la familia materna del conquistador parecía ser de mayor abolengo. No obstante, los Cortés también pertenecían al primer estamento, pues tenían escudo de armas y gozaban de exenciones fiscales.

Ahora, bien, ¿dónde tuvieron su hogar los padres de Hernán Cortés? Todo parece indicar que, al igual que sus abuelos, tenían casa en Medellín, pero que pasaban una buena parte del año en su vivienda de Don Benito. Para un hidalgo, hijo de un caballero de espuela dorada, era casi obligatorio tener residencia en la villa matriz, aunque residiese una parte o todo el año en algunas de las aldeas del entorno. Eso explica que unas veces –la mayoría- se declare vecino de Medellín, donde incluso llegó a ostentar cargos en su concejo, mientras que en otras manifestase su vecindad en Don Benito. Hugh Thomas descubrió un interesante documento, una provisión Real, fechada el 26 de noviembre de 1488, en la que se aludía a la actitud de varios vecinos de Medellín, entre ellos Martín Cortés, que habían denunciado al Conde de Medellín por no permitir a los vecinos el nombramiento de los oficiales del cabildo, pese a ser costumbre inmemorial. Sin embargo, en el documento por el que se formalizó el pasaje de Hernán Cortés a Santo Domingo, en 1506, declaró ser vecino de Don Benito. Insisto que nada tiene de particular que un hidalgo como Martín Cortés mantuviese su vecindad en la cabecera jurisdiccional, al tiempo que residía en una aldea de los alrededores más cerca de sus explotaciones rústicas.

          Pero el documento de 1488 tiene otro interés añadido, se demuestra que las relaciones entre Martín Cortés y el Conde de Medellín no eran precisamente cordiales, como se había creído. Eso refuerza la idea de la fidelidad de la familia Cortés con el partido isabelino, frente al bando del Conde de Medellín.

          Ha quedado otra cuestión que resolver, ¿cuántos hijos tuvieron Martín Cortés y Catalina Pizarro? Como es bien sabido, la historiografía siempre ha sostenido que Hernán Cortés era hijo único. Salvo algún problema físico o reproductivo de la madre o el padre la verdad es que no era común que los matrimonios se quedasen entonces con un solo vástago. Hay historiadores que han visto indicios para creer que tuvo dos hermanas, y hasta tres. De hecho, según Juan Miralles, tres personajes varones fueron tratados por Cortés como cuñados: Francisco de Las Casas, Diego Valadés y Blasco Hernández. Sin embargo, los argumentos son tan poco consistentes que no soportan el más mínimo análisis. Lo único que al presente es seguro es que fue el único hijo varón. Quizás por ello, en una época en la que el hombre tenía todos los privilegios, Martín Cortés se volcó con su hijo desde el principio. Ambos, pese a la distancia, llegaron a tener una relación estrechísima.

          Se empeñó en que estudiara leyes en Salamanca, junto al marido de su hermanastra, Inés Gómez de Paz. Probablemente lo ayudó económicamente durante su estancia en Sevilla. Y una vez que inició la Conquista de Nueva España se convirtió en su principal valedor en la Península. De hecho, en 1519 se encontraba en Sevilla donde, entre noviembre y diciembre, otorgó varias escrituras ante notario. El 29 de noviembre de 1519 reconoció haber recibido 102 pesos que le había enviado su hijo a través de Andrés de Duero. A continuación, poco más de una semana después, envió a su vástago ropa y otros enseres en la nao Santa María de la Concepción. Y pocos días después, pidió dos préstamos por un importe total de 350 ducados, 200 de Luis Fernández de Alfaro y Juan de Córdoba y 150 de Juan de la Fuente, todos ellos vecinos de Sevilla.

          En 1520 acompañó a Alonso Hernández Portocarrero, a Francisco Montejo y a su sobrino Francisco Núñez al encuentro con el Emperador en Barcelona. Pero, enterados de que había partido hacia Burgos, a celebrar la fiesta de San Matías y que después iría a Tordesillas a ver a su madre, la reina Juana, se encaminaron hasta allí. Era importante hablar con él y entregarle los escritos de su hijo justificando sus acciones, porque Diego Velázquez contaba con el apoyo incondicional del obispo de Badajoz, Juan Rodríguez de Fonseca y había hecho llegar sus quejas a la Corona. Y no era el único al que había escrito porque, el 12 de octubre de 1519, había remitido sus acusaciones al camarero mayor del rey y de su Consejo. Pero nuevamente, el Emperador había abandonado la ciudad con destino a Valladolid, donde finalmente consiguieron darle alcance y entrevistarse con él. Allí pudieron entregar la Carta de Relación escrita por su hijo y los demás documentos, justificando su forma de actuar y, sobre todo, su insumisión a Diego Velázquez. Los cortesanos quedaron impresionados con los presentes que se les entregaron así como con los cinco indios totonacas que les presentaron.

          Lo cierto es que, gracias a estas gestiones, consiguieron que el rey ratificase la actuación de Hernán Cortés a través de una Real Cédula dada en Valladolid el 22 de octubre de 1522. Un instrumento que se pregonó en Cuba en mayo de 1523, apesadumbrando los últimos meses de vida de Diego Velázquez. A decir de Gonzalo Fernández de Oviedo, el teniente de gobernador acabó pobre y enfermo y descontento por la traición de que fue objeto por parte del metellinense.

          Tras pasar un tiempo entre Palencia y Valladolid, junto a Francisco Núñez, solucionando asuntos relacionados con su hijo, en 1523, viajaron juntos a Sevilla. Su situación económica, merced a los envíos de su vástago, parecía ser bastante menos precaria. De hecho, donó a fray Antón de Zurita, ministro de la Orden de la Santísima Trinidad, diversas cantidades para el rescate de cautivos.

          Martín Cortés debió fallecer cuatro años después, hacia 1527, aunque Hernán Cortés no lo supo probablemente hasta principios de 1528. Tenía la avanzada edad de 77 años, y fue enterrado en el convento de San Francisco de Medellín, que había sido fundado en mayo de 1508 por Juan de Portocarrero. Por fortuna para él, la muerte le sobrevino después de haber saboreado y disfrutado de los éxitos de su único hijo varón. El conquistador del imperio mexica debió sentir profundamente el óbito de su progenitor porque le unían a él grandes lazos afectivos y filiales. Prueba de este afecto es que nada menos que a dos de sus hijos les puso el nombre de Martín, al hijo de doña Marina, y al de su legítima esposa doña Juana de Arellano y Zúñiga.

Catalina Pizarro murió en Nueva España tres años después, es decir, en 1530, y fue enterrada en la capilla del convento de San Francisco de Texcoco. También con ella mantuvo una entrañable relación. Posteriormente, Hernán Cortés dispuso en su testamento que se trasladasen los restos de su madre desde Texcoco al monasterio de Culiacán que pretendía utilizar como panteón familiar.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés. El fin de una leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2010, 589 págs.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

SANTIAGO CONTRA HUITZILOPOCHTLI. CLAVES DE LA DERROTA INDÍGENA EN LA CONQUISTA

SANTIAGO CONTRA HUITZILOPOCHTLI. CLAVES DE LA DERROTA INDÍGENA EN LA CONQUISTA

Contaba el Inca Garcilaso que, al igual que los cristianos, también los indios creían que sus dioses los asistían en el combate. Se trata de una constante en la historia de las guerras. La mayoría de las religiones politeístas tenían en su panteón a dioses guerreros, que ayudaban a sus adoradores en el combate. El fin de los dioses era ayudar a la comunidad y que mejor momento para hacerlo que en la guerra: los primitivos germanos tenían a Walhalla; los mexicas tenían a Huitzilopochtli; los asirios disponían de todo un panteón de dioses belicosos a imagen y semejanza de sus crueles soberanos que luchaban junto a ellos en la batalla; los antiguos egipcios a Horus, los griegos a Ares, los romanos a Marte, los musulmanes a Alá y los españoles a Santiago –nuestro particular dios de la guerra-.

Los mexicas llamaban en su auxilio a su dios de la guerra, Huitzilopochtli, quien se presentaba bajo la forma de un pequeño colibrí para indicarles la estrategia que debían seguir en la contienda. También, los incas entendían que su dios, el sol, estaba con ellos en el fragor de la batalla, prestándoles una valiosa ayuda. Moralmente se hundieron cuando ellos mismos se convencieron que sus dioses se habían esfumado, habían enmudecido, dejándolos en la más cruel de las soledades. Los propios conquistadores y evangelizadores usaban la derrota para convencerlos de cuán engañados habían estado por sus dioses que no les habían ayudado para nada en la batalla. Francisco Pizarro, como buen guerrero, no se conforma con reforzar la moral de sus hombres sino que mina la de los propios nativos. Francisco de Jerez, describió una conversación entre el trujillano y el Inca, justo después de ser apresado este último, en la que le dijo sus ídolos no eran dioses verdaderos, pues detrás de ellos estaba el diablo. Y como prueba un botón: que mirase cuán poca ayuda le había hecho su dios… cuando fue desbaratado y preso de tan pocos cristianos. El propio Atahualpa quedó espantado por estas palabras, pues probablemente acentuaron su soledad y su desazón por su cautiverio.

Fray Diego Durán escribió que los naturales seguían convocando a sus ídolos en los oráculos pero que no se manifestaban por lo que era público que los tenían ya por mudos y muertos. Mudos, muertos, huidos o evaporados, lo mismo daba; el caso es que ante la abrumadora superioridad de los españoles se convencieron de que habían sido abandonados a su suerte y que el Dios cristiano era superior. Desde muy pronto se sintieron abandonados por ellos, “sin cielo ni tierra, sin puntos de referencia en un universo desmoronado”. El extremeño fray Pedro de Feria O. P., en su catecismo en lengua castellana y zapoteca, publicado en México en 1567, no dudó en utilizar este argumento para convencer a los nativos de que abandonasen sus diabólicas creencias y adoptasen la nueva religión:

 

Si eran verdaderos vuestros dioses, decía a los indios, ¿qué se han hecho después que vinieron los cristianos?, ¿dónde se han ido?, ¿dónde están escondidos, ¿dónde se han huido?, ¿por qué no vuelven por su ley y religión? De donde se ve claramente que no eran verdaderos dioses, sino que todo era mentira y engaño grande del demonio”.

 

Y lo peor de todo, no sólo dejaron de ver a sus dioses sino que no tardaron en contemplar a Santiago en el bando contrario, guiando a las huestes cristianas. Les ocurrió lo mismo que a los galos que, viendo la capacidad militar de las tropas de Julio César, se convencieron de que peleaban asistidos por sus dioses. Según Antonio de Herrera, los indios del Perú afirmaron haber visto a un caballero con un caballo blanco y una espada en la mano que los atemorizaba y perseguía. También pensaron que el símbolo que siempre portaban los cristianos, la cruz, irradiaba un poder especial a sus portadores. No tardó en convertirse en un elemento disuasorio para los atemorizados amerindios.

Decía Octavio Paz, refiriéndose a los naturales de Nueva España, que ningún otro pueblo del planeta se sintió tan desamparado como los mexicas cuando interpretaron que sus avisos y profecías que anunciaban el fin de su mundo se estaban cumpliendo. Los hombres blancos no sólo les robaron su cuerpo sino también su alma. No menos traumática fue la caída del imperio inca. De hecho, contaba Antonio de Herrera, en relación a la toma de Cuzco por Francisco Pizarro, que los indios lloraban amargamente quejándose de sus dioses, que de tal manera los habían abandonado. Al año siguiente, muy lejos del escenario peruano, Alonso de Alvarado derrotó a los chiachapoyas, que viendo tal descalabro les entró grandísima desesperación y sentimiento, como decían, por verse desamparados de la ayuda de sus creadores.

Esta superioridad psicológica fue hábilmente utilizada por los españoles, que montaban toda una escenografía antes de entrar en combate. Hacían intencionadamente sus entradas con gran ruido, tocando trompetas, poniendo cascabeles a los caballos y disparando bombardas y arcabuces. Así conseguían aterrorizar a los indios antes de entrar en acción, facilitando su victoria. López de Gómara decía que en la entrada a Cajamarca de Francisco Pizarro, donde estaba concentrado lo mejor del ejército de Atahualpa, los indios no llegaron a entrar en combate por el siguiente motivo:

O porque Atahualpa no les dio la orden o porque se cortaron todos, de puro miedo y ruido que hicieron a un mismo tiempo con las trompetas, los arcabuces y artillería, y los caballos que llevaban pretales de cascabeles para espantarlos.

 

Los indios además sentían gran pavor por esos barbudos hombres blancos. Gil González Dávila, consciente de ello, les cortó el pelo a 25 jóvenes imberbes y les preparó unas barbas postizas antes de comenzar la contienda. Pensaba que si había más barbudos, infundirían mucho más terror a los ingenuos aborígenes y su derrota sería más fácil.

El desanimo total les llegó cuando se dieron cuenta que los españoles jamás se irían de sus tierras. Mientras creyeron que iban a robarles y a marcharse la esperanza se mantuvo. Pero pasadas las primeras décadas se dieron cuenta de que eso no ocurriría. Un viejo sacerdote, Alquimpech, le dijo a Francisco de Montejo que sufrían peor el poder de los españoles porque sabían que nunca se marcharían. Y la desesperación llegó a tal extremo que no pocos optaron por la solución extrema, es decir, por el suicidio. La sociedad indígena en general, aunque diversa, era fundamentalmente holista, frente a la hispana que era más individualista. Para este tipo de sociedades la comunidad tenía la primacía frente a la individualidad. El valor supremo era la supervivencia de la comunidad. Esto explicaría muchos comportamientos así como los suicidios sistemáticos que practicaron en ocasiones extremas.

 

PARA SABER MÁS:

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CONSIDERACIONES SOBRE EL BREXIT Y OTRAS REFLEXIONES ÉTICAS

CONSIDERACIONES SOBRE EL BREXIT  Y OTRAS REFLEXIONES ÉTICAS

Vivimos tiempos difíciles y muy preocupantes, donde las noticias saltan a diario y cada cual es peor. Desde 2008 vivimos una gravísima crisis económica del capitalismo y actualmente el brutal problema de los refugiados o, en estos días, el famoso y cacareado BREXIT.

Pero lo que yo quiero insistir ahora que el famoso BREXIT es solo un eslabón más en ese proceso de descomposición del sistema económico y político global que estamos viviendo en el siglo XXI. Ya escribió hace algunos años Jorge Riechmann que el siglo XX fue trágico pero que el XXI lo iba a ser multiplicadamente, de no producirse un cambio radical en el modo de producción, el consumismo y la relatividad ética. Otros muchos intelectuales, en esta misma línea, como José David Sacristán, Slavoj Zizek, Juan Pedro Viñuela o Tzvetan Todorov han advertido por activa y por pasiva que de no dar la situación un giro radical llegará una nueva Edad Media.

En el fondo lo que subyace es una profunda crisis ética, donde cada individuo lo que quiere es salvarse a sí mismo, y hacer oídos sordos a lo que pasa a su alrededor. Lo importante soy yo, después mi familia, luego mi Comunidad Autónoma y luego, si acaso, mi país. Lo que ocurra en Europa me coge demasiado lejos mientras que lo extraeuropeo ya ni siquiera existe. Y por supuesto, el poder lo delegamos en políticos –corruptos o no, eso es lo de menos- que tiren del carro como puedan mientras nos ajustamos a esa "servidumbre humana voluntaria" de la que hablara La Boètie.

Socialmente, la tendencia mundial es hacia una progresiva polarización. Es decir, hay una minoría que está concentrando la riqueza y que cada vez es más rica mientras que el grueso de la población se empobrece. Una realidad que, si ningún cambio radical lo impide, se irá acentuando progresivamente en las próximas décadas. Y mientras eso ocurre, las autoridades transmiten la idea de que solo hay dos modelos productivos: el capitalismo existente o el fracasado modelo soviético. Es decir, capitalismo o capitalismo. Y lo peor de todo, es que estos discursos terminan calando en una parte de la población que piensa erróneamente que no hay alternativa.

Ante esta situación, la respuesta de los países desarrollados, sometidos a la dictadura de los mercados, ha sido emprender una política de ajustes económicos, consistentes básicamente en la reducción de los salarios públicos y privados y en una disminución considerable del gasto social. Lo cual está provocando, a corto plazo, un aumento de la tasa de población que vive en el umbral de la pobreza y una reducción del poder adquisitivo de las clases medias. De hecho, los autores aportan un dato demoledor: 1.400 personas en España acaparan el 80,5% del PIB nacional. Es decir, el 0,0034% de la población acumula más de cuatro quintas partes de la riqueza. Y lo peor de todo, es que las recetas neoliberales sólo van a conseguir acentuar aún más esta brecha social. La competitividad no aumentará bajando los salarios. De hecho, en España son más bajos que en los países ricos de la Unión Europea y no por ello el país es más competitivo.

A nivel mundial, la situación es aún más catastrófica, hay 2.400 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, y la cifra tiende a aumentar por el descenso acusado de la ayuda de los países desarrollados al llamado Tercer Mundo.

El BREXIT es un eslabón más en esta cadena de despropósitos que a largo plazo van a acabar con el mundo que conocemos. Éste nos preocupa más porque afecta al corazón de Europa, a nuestro mundo.

A mi juicio, fue un despropósito la propia convocatoria del Referéndum porque ha creado un grave problema donde no lo había. La salida de la segunda economía europea de la Unión va a tener consecuencias catastróficas tanto para Gran Bretaña como para el resto de Europa.

Políticamente ya hay otros partidos ultraderechistas que están reivindicando este mismo refrendo para Francia, Austria, etc. Habrá nuevos plebiscitos de resultado incierto que pueden terminar con este proyecto democrático que fue la Unión Europea. Al final, los nacionalismos, la gran enfermedad de la Edad Contemporánea, están acabando con el gran sueño de la unión europea. Ni que decir tiene que el BREXIT supone un camino reaccionario que implica más nacionalismo y menos cosmopolitismo así como el triunfo de la reacción frente al progreso. Los partidos ultraderechistas europeos se frotan las manos, esperando pescar en aguas revueltas, al igual que el presidente de la Federación Rusa, que espera ocupar los espacios que deje Europa.

Socialmente, supondrá un debilitamiento de los amplísimos derechos que otorgaba la ciudadanía europea. Los valores sociales europeos, los mismos que hasta hace poco todo el mundo admiraba, están a punto de naufragar, dando la razón a los regímenes totalitarios que siempre confiaron en su fracaso.

Y económicamente el perjuicio puede ser catastrófico tanto para Gran Bretaña, que puede decrecer más de un 5 por ciento anual en los próximos años, como para la Unión Europea en su conjunto. Para España el menoscabo puede ser la gota que colme el vaso. Somos el tercer inversor mundial en Gran Bretaña con una inversión global de 60.000 millones de euros. La recesión en Gran Bretaña afectará también a la de decenas de compañías españolas que operan en aquel país. Asimismo, hay 250.000 españoles trabajando en Gran Bretaña que en breve necesitarán pasaporte y visado. Y por último, no olvidemos que Gran Bretaña es el país que más turistas envía a España. Una recesión económica en aquel país como la que se espera puede provocar un descenso drástico del número de ingleses que visitan nuestro país, afectando a la primera industria de España. Y en medio de esta zozobra, lo único que se le ocurre decir al Ministro de Exteriores español, García-Margallo, es que a lo mejor estamos más cerca de colocar nuestra bandera en Gibraltar.

Y a todo esto, el domingo tenemos unas nuevas elecciones en nuestro país que vive una crisis política, social y económica mucho más delicada de lo que la gente cree. La situación financiera de España, con una deuda equivalente al cien por cien de nuestro P.I.B., es preocupante. Dependemos de los mercados internacionales para obtener liquidez y estos están extremadamente volátiles, especialmente después del BREXIT. Y a todo esto España sin gobierno y con muchas posibilidades de que sigamos en esta situación muchos meses más.

Desgraciadamente se están cumpliendo las peores predicciones de grandes sociólogos, filósofos y economistas. Se avecinan tiempos difíciles; suerte a todos y, sobre todo, animo a todos los ciudadanos de bien a votar con responsabilidad el próximo domingo 26 de junio.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL PASO DE HERNÁN CORTÉS POR ADAMUZ (CÓRDOBA)

EL PASO DE HERNÁN CORTÉS POR ADAMUZ (CÓRDOBA)

          La historiografía cortesiana desconocía la fecha exacta en la que el conquistador metellinense se embarcó rumbo a España por segunda vez, para pasar en la Península sus últimos años de vida. Por poner un ejemplo, su principal biógrafo José Luis Martínez afirmó que se embarcó para España entre diciembre de 1539 y enero de 1540. Y yo mismo, en mi obra Hernán Cortés el fin de una Leyenda, afirmaba que, dado que estaba documentado por primera vez en Madrid en mayo de 1540, seguramente había retornado de Nueva España en los primeros meses de ese mismo año. Y en cuanto al itinerario que siguió, desde su llegada a algún puerto del sur hasta su presencia en Madrid en mayo de 1540, era totalmente desconocido. Personalmente me lo imaginaba arribando a Sevilla y haciendo la ruta pasando por su Medellín natal.

Pues bien, dado que la prolijidad de las fuentes primarias nunca deja de sorprendernos, en estos momentos estoy en condiciones de secuenciar detalladamente la ruta que siguió el metellinense y las fechas exactas. Repasando el extenso pleito por los pueblos de su señorío, en las provincias de los Matolcingos, Toluca, Motepeque y Tepemechalco, conservado en el Archivo de Simancas, y que duró la década comprendida entre 1532 y 1542, encontramos todas las respuestas. El interrogatorio que se le hace a Pedro de Ahumada, camarero del conquistador, que lo acompañó en aquel viaje es providencial. Recordaba todas y cada una de las fechas y lugares en la que estuvieron. Mientras otros testigos solo recordaban algunas, él las tenía todas memorizadas. Según Pedro de Ahumada, zarparon del puerto de Veracruz el 5 de enero de 1540. Dos meses y un día después llegaron a Sanlúcar de Barrameda, tras realizar una escala en La Habana. Según Gonzalo Fernández de Oviedo, el metellinense le remitió una carta desde la capital cubana, fechada el 5 de febrero de 1540. Llegaron a Sanlúcar de Barrameda el 6 de abril de 1540, permaneciendo en Sevilla desde el 7 de abril hasta finales de ese mismo mes, por espacio de veintitrés días.

A primeros de mayo de ese año partieron con destino a Madrid. Y ¿tomaron la ruta de Extremadura como sospecha casi toda la historiografía? Pues no, tomaron dirección nordeste y marcharon del tirón hasta llegar al pueblo cordobés de Adamuz, exactamente el 4 de mayo. Tras reponer fuerzas en el pueblo por espacio de varios días, prosiguieron la ruta hasta Toledo a donde llegaron el día de Pentecostés -cincuenta días después del Domingo de Resurrección- de ese año de 1540. Según el investigador Antonio Redondo Pintado, el día de Pentecostés de 1540 fue el 16 de mayo. Dado que el día 17 de mayo llegaron a Madrid, apenas debieron permanecer unas horas en Toledo. En la ciudad del Manzanares se hospedó, por orden del Consejo de Indias, en casa de don Juan de Castilla.

Cortés era en aquel entonces un nuevo rico y, por tanto, una parte de la alta nobleza lo miraba con desdén. Además estuvo en todo momento agobiado por los largos pleitos que mantenía con Nuño de Guzmán, con el difunto licenciado Juan Ortiz de Matienzo, con el licenciado Delgadillo y también con Gutierre de Sotomayor, a quien reclamaba una deuda de cuatro mil castellanos. El 14 de junio de 1540 tomó una curiosa decisión: donó a doña Juana de Matienzo, esposa de Alonso de Samano e hija del oidor Matienzo, todos los beneficios que se derivasen de la reclamación que hacía hacia su difunto padre. Probablemente, trataba de congraciarse con los Samano, que tenían bastante poder en la corte, dado que Juan de Samano, hermano del esposo de doña Juana de Matienzo, era el influyente secretario real.

El 9 de marzo de 1541 seguía en Madrid porque fue presentado como testigo en una información de méritos presentada por Francisco Tello, en nombre de varias decenas de conquistadores de Nueva España. Poco después, en ese mismo año, decidió acompañar al Emperador en su fracasada campaña de Argel, junto a sus hijos Luis y Martín –el mestizo habido con doña Marina-. El César, harto ya de los desmanes de los turcos y en especial de Barbarroja, decidió ir a buscarlo a su propia base, concentrando para la ocasión un buen número de efectivos. La precipitación del ataque, lanzado inadecuadamente en noviembre, y los temporales hicieron de la campaña un fracaso. Hernán Cortés viajó en la galera capitaneada por Enrique Enríquez que, como tantas otras, naufragó. Milagrosamente consiguieron salvar sus vidas, aunque no las cinco esmeraldas y otras joyas que el de Medellín llevaba consigo. Reunido el Consejo de Guerra y, contra el criterio de Cortés, decidieron desistir de su intención de tomar la capital corsaria, dejándolo para otra ocasión más ventajosa. Fue su última gran acción, el último y fallido intento de recuperar el favor Real para destituir a aquellos que habían menoscabado su autoridad en el virreinato novohispano.

Finalmente marchó a la ciudad de Valladolid, donde está documentada su presencia entre marzo de 1542 y noviembre de 1545.



ESTEBAN MIRA CABALLOS



ORÍGENES E HISTORIA DEL MONASTERIO DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN DE CARMONA

ORÍGENES E HISTORIA DEL MONASTERIO DE  NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN DE CARMONA

            Realmente es muy poco lo que conocemos de este exclaustrado monasterio de Padres Carmelitas Calzados. Como es bien sabido, esta Orden tiene sus orígenes remotos en los primeros siglos de la cristiandad, sin embargo, no comenzaron su expansión en Europa como Orden mendicante hasta el siglo XIII1.

           Su fundación en Carmona se produjo en torno a 1540 en la vieja ermita de Santa Marina, sin embargo, a lo largo de esa década los religiosos decidieron trasladarse a la de San Roque que, aunque se situaba también en extramuros de la ciudad, estaba en un lugar bastante más cercano y accesible para los fieles2. De esta ermita de San Roque no sabemos más que en 1503, su ermitaño, Juan Caro, pidió ayuda al concejo para acabar las obras de construcción3. La ermita no era más que una pequeña capilla y "humilladero", situada en el camino real donde los caminantes "se encomendaban a Dios y aun había aparejo para acogerse algún peregrino día o noche desafortunado"4. En este modesto recinto se albergaba la cofradía de San Roque, pues, en el momento de la fundación del monasterio se reconoció su existencia y "que estaba y residía y se servía en esta casa antes de que se fundase el dicho monasterio"5.

           La fundación de los frailes Carmelitas Calzados en el solar de la vieja ermita de San Roque se produjo en algún momento de la década de los cuarenta, pues, en 1549, los regidores del concejo prestaron 50 ducados que montaron 18.750 maravedís a los cenobitas "para ayuda a hacer la capillita que se hace en el dicho monasterio"6. Sin embargo las tierras donadas por el cabildo debieron ser insuficientes para construir un monasterio con sus dependencias, claustros e iglesia por lo que los frailes desde un primer momento se afanaron y consiguieron finalmente comprar nuevos terrenos colindantes a unos vecinos que, entre 1554 y 1555, las habían recibido del cabildo7. Pese a todo no contentos con estas nuevas adquisiciones los frailes consiguieron entre 1562, 1563 y 1565 nuevas donaciones del concejo que definitivamente le dieron la posesión total de todo lo que fue el antiguo solar de la ermita de San Roque y sus tierras circundantes8.

           El intitulación oficial del monasterio era de "Nuestra Señora del Carmen Calzado de la ciudad de Carmona de antigua observancia". Sin embargo debemos reseñar el hecho de que extraoficialmente a lo largo de varios siglos se conoció esta casa religiosa como "monasterio de San Roque". No debemos olvidar que no sólo se ubicó en el lugar de la antigua ermita sino que los frailes se obligaron con la cofradía de San Roque a que la imagen titula de su corporación estuviera en el altar mayor “por siempre jamás”9. De hecho en tanto en el el Archivo de Protocolos de Carmona como en las partidas de defunción del archivo parroquial de la iglesia de San Pedro aparezca citado el monasterio en el siglo XVII y XVIII indistintamente como Monasterio de San Roque que es de la Orden de Nuestra Señora del Carmen o tan sólo como el convento de Nuestra Señora del Carmen de Carmona10.

           En varios años debieron edificar los cenobitas una precaria iglesia, pues, en el documento de concesión de capilla a la hermandad de la Soledad, fechado en 1569, se insinuaba que ya estaba levantada la iglesia11. No obstante al parecer el templo no fue consagrado definitivamente hasta el 24 de febrero de 1583, por fray Diego de León, sin que por el momento podamos dar explicación al largo tiempo transcurrido entre la construcción del templo y su consagración12.

           Este primer recinto conventual, incluida su iglesia, debió ser tan precario que en los primeros años de la centuria decimoséptima fue enteramente reconstruido. El nuevo templo fue financiado gracias a las limosnas del pueblo pero sobre todo a la donación testamentaria que hizo don Teodomiro Lasso de la Vega, Caballero del hábito de San Juan, quien en su testamento, redactado en la ciudad de Madrid donó nada menos que 3.000 ducados para que se labrase “la capilla mayor del convento de Nuestra Señora del Carmen de la villa de Carmona”, recibiendo a cambio el patronazgo de ella13.

           Así, el 21 de junio de 1607 el prior y frailes del monasterio del Carmen se comprometieron con el alarife carmonense Alonso Pérez Salazar para que por un precio total de 170 ducados labrase "las columnas, capiteles engastados en plomo, arcos, tejado y solado de todo el claustro"14. Ese mismo día se concertaron con el carpintero Juan Padilla para que labrase la madera correspondiente al claustro, es decir, "vigas, puertas y ventanas de pino de Flandes", valorándose su costo en 110 ducados15.

           Al año siguiente y concretamente el 2 de febrero de 1608 los frailes carmelitas se volvieron a concertar con el carpintero carmonense Juan Padilla para que labrase nada menos que el artesonado de la capilla y el coro conventual cubriendo un total de 5 varas de ancho por 30 de largo16.

           Así quedo más o menos constituido el monasterio compuesto por un claustro en torno a un atrio columnado y una iglesia conventual muy similar al tipo conventual que por aquel entonces tenían los monasterios de monjas dominicas de Madre de Dios y Santa Catalina así como las franciscanas clarisas y concepcionistas. Es decir la capilla era de una sola nave con cabecera posiblemente cuadrada y separada de la nave por un gran arco toral y una nave de 13 metros de largo por 6,5 de ancho cubierta por un artesonado simple, y a los pies de la iglesia el coro claustral. En uno de los muros laterales se abría una enorme capilla de 11 varas cuadradas, cubierta por bóveda y “una cúpula grande” donde se albergaba la poderosa cofradía de la Soledad y el Santo Entierro de Carmona.

          Igualmente en dicha iglesia tenía su sede la populosa hermandad de Nuestra Señora del Escapulario, que muy posiblemente no tenía capilla propia sino tan sólo un retablo en uno de los muros colaterales. Desconocemos la fecha de fundación de esta corporación pero debió ser seguramente de las mismas fechas que la de la Soledad. En el siglo XVIII prácticamente no hay testamento de vecinos de la collación de San Pedro que no hagan alguna referencia a esta corporación, enterrándose, incluso, muchos de ellos en su bóveda de entierro. Este fervor popular por la Virgen del Escapulario fue lo que hizo posible que adquiriese un importante patrimonio artístico. Concretamente en un inventario redactado el 14 de agosto de 1733 y que reproducimos en el apéndice I se citaban además de la imagen de la Virgen una talla de San Simón y un crucificado. Entre los enseres debemos destacar un impresionante palio con seis varales de plata y un guión compuesto de un varal con 10 cañones de argento, escudo y cruz del mismo metal.

           Al menos conocemos la existencia de otra hermandad en el Carmen es decir la de las Animas Benditas del Purgatorio que poseía un retablo en la capilla17.

           En el primer tercio del siglo XVIII el templo fue totalmente reconstruido por tercera vez en su historia y nuevamente para engrandecerlo tanto en dimensiones como en decorativismo18. Por las referencias documentales que poseemos e incluso por algún material gráfico de este siglo sabemos que el nuevo templo fue de tres naves, cubiertas con bóveda de cañón y con una modesta cúpula en el crucero.

           Muchos de los enseres de la iglesia también fueron renovados para hacerlos acorde al nuevo estilo del templo y a sus dimensiones. Concretamente en la década de los setenta los frailes se concertaron por dos veces con el prestigioso escultor sevillano Francisco de Acosta para que labrase el retablo principal y los de las cabeceras de las dos capillas colaterales. En la hornacina principal del retablo mayor ubicaron a la Virgen del Carmen, trasladando -contra lo dispuesto en la fundación- la imagen de San Roque a uno de los retablos de las naves colaterales. Además de los tres retablos principales y del que poseía en la cabecera de su capilla la hermandad de la Soledad, labrado en 1702 por Juan del Castillo19, en la iglesia existían otros retablos dedicados a las siguientes advocaciones: San José, San Elías, San Roque, Virgen del Escapulario, Santa Teresa y Cristo de las Animas del Purgatorio.

           La situación del monasterio en el siglo XVIII no era mala, pues, por ejemplo en una visita realizada en 1733 el vicario afirmó que había en él 26 religiosos que "pasan moderadamente"20.

          En el censo de 1786 figuraban nada menos que 38 cenobitas, contando los 33 profesos, 4 legos y un sólo criado, siendo sus rentas suficientes por el importante patrimonio urbano que poseía el convento21.

          En cualquier caso por el proceso desamortizador del siglo XIX el monasterio quedó abandonado llegando sus ruinas hasta este siglo en que se decretó la construcción en su solar de un moderno silo de trigo.

 

APENDICE I:

 

 

Cabildo de Nuestra Señora del Escapulario, sita en el Carmen, 14 de agosto de 1733:

 

          En la ciudad de Carmona en catorce días del mes de agosto de mil setecientos treinta y tres años estando en el convento de Nuestra Señora del Carmen Calzado extramuros de esta ciudad ante mi el escribano público y testigos yuso escriptos parecieron don Alonso Núñez Parrilla, vecino de esta ciudad y hermano mayor y prior de la Orden Tercera de Nuestra Señora del Escapulario, sita en dicho convento y número de hermanos de dicha Orden y dijo que por cuanto el dicho número y Tercera Orden tiene para el adorno de la Santa Imagen de Nuestra Señora y demás cosas pertenecientes a dicha hermandad diferentes alhajas y bienes de los cuales ha muchos años no se hace inventario y siendo muy conveniente el que se tenga presente en todo tiempo los bienes que de presente hay para que los hermanos mayores que fueren en adelante den cuenta de ellos cada uno en su tiempo dijo que quería hacer e hizo inventario de dichos bienes en la forma siguiente:

Primeramente, un vestido, jubón y saya de persiana encarnada y blanca que ha dicha Santa Imagen dio de limosna doña María de Monsalve, viuda de don Diego de la Milla, que está nuevo.

Otro vestido entero de raso liso color de ámbar con vueltas de encajes de Milán de mediado.

Otro vestido entero de tela color de ámbar guarnecido con encajes de Milán.

Otro vestido de media tela entero, color de ámbar guarnecido con encajes de Milán de mediado.

Otro vestido de tela azul guarnecido con galón y punta de oro nuevo y sin escapulario el cual dio a dicha Santa Imagen doña Nicolasa de Auñón, mujer de don Marcos Cansino Nieto.

Un palio pequeño con el cielo de tafetán encarnado y los lados de tela blanca guarnecido con encajes de Milán bueno que sirve al Santísimo.

Un hábito de tela color de ámbar guarnecido con encajes de Milán y capa de tela blanca a flores con puntillas de Milán.

Otro de tela color de ámbar que tiene puesto San Simón éstos.

Un escapulario bordado de oro que sirve a dicho Santo.

Cinco varas de toca y sobre toca de Nuestra Señora nueva que compró este año la dicha hermandad.

Otra toca y sobre toca de mediada.

Dos camisas de la Virgen de Bretaña de campeo.

Dos enaguas blancas con maraña y encajes de mediada.

Dos pares de puños de encajes de pitiflor buenos.

Una palia de raso blanco y encarnado guarnecida de puntilla blanca.

Dos pares de manteles del altar de Nuestra Señora y otros que están sirviendo en el altar.

Un velo de damasco encarnado forrado de holandilla.

Dos atriles con sus perfiles de oro y escudos de la hermandad.

Una sobremesa de terciopelo encarnado con flecos de oro.

Un escudo bordado en un paño de difunto de terciopelo negro el cual está guarnecido con flecos de oro y forrado en holandilla negra de mediado.

Un guión de tela encarnada guarnecido con puntas.

Otro vestido de raso liso bordado de realce entero y nuevo que se estrenó el día titular de este año y se ha costeado por el dicho número.

Otro vestido entero de raso encarnado con flecos de oro de mediados.

Un manto de tela blanca con escudos hechos en telar guarnecidos con encajes de Milán y forrado con tafetán amarillo de mediado.

Otro de raso liso blanco guarnecido con encajes de Milán y forrado en holandilla encarnada de mediado.

Un palio de tela encarnada guarnecida con encajes de Milán y forrado en holandilla de mediado.

Otro de tela blanca guarnecido con flecos de oro y forrado en holandilla encarnada y caídas de tafetán blanco bien tratado el cual dio la dicha doña Nicolasa de Auñón.

Un juego de faldones de raso con florecillas de oro encarnado y flecos de seda.

Otro de raso blanco con flores encarnadas amarillas y azules que juntó de limosna la hermana María Muñoz, mujer de Blas Peña.

Un frontal encarnado con cenefa de raso azul.

Otro de tela blanca que está en la sacristía.

Otro de pintura en lienzo.

Treinta y seis cañones de plata que pesan ciento y cuatro onzas y cinco de plata.

Un escapulario de plata que sirve a San Simón, esto y pesa cuatro onzas.

Un rosario de coral engastado en plata sobredorada, cruz y medalla de filigrana de lo mismo con cuatro dieses y seis onzas.

Otro rosario de cinco dieses con extremos de filigrana.

Otro rosario de coral engastado en plata de filigrana, cruz y medallas y extremos de lo mismo en cinco dieses.

Otro rosario de azabache engastado en plata con su cruz de cuentas y tres medallas de plata.

Un petillo de plata sobredorada cn piedras verdes.

Una sortija con ocho piedras blancas.

Otra sortija de ocho piedras verdes y otra blanca.

Otra de nueve piedras.

Otra de cuatro piedras blancas.

Diez cañones de plata de la vara del guión y dos remates de lo mismo que pesan cuarenta y cuatro onzas y media y tres adarmes.

Un escudo de plata de nueve onzas y cuatro adarmes que sirve al guión.

Una corona de plata que sirve a Nuestra Señora en su altar y pesa nueve onzas y media.

Un cetro de plata sobredorada con su perrilla y remate.

Un ramo de azucena de filigrana de plata.

Dos luceros y una luna de plata con un serafín en medio.

Una bandera y cinco cañones y cruz de plata que sirven a San simón y una diadema de plata de dicho santo.

Una guarnición de puntas de martillo de plata que sirve a Nuestra Señora y se compone de diez puntas de cada lado, las cinco iguales y las otras más pequeñas en disminución todas dobles y las dos últimas con cinco serafines dobles y en cada uno una azucena de filigrana y veinticinco tornillos con sus serafines por cabeza y en la junta de arriba tres puntas pequeñas y dos tornillos con sus serafines y portezuelas de plata.

Veinte y cuatro nudillos de metal sobredorados del palio de Nuestra Señora.

Una lámpara de plata de nueve onzas y cuatro adarmes.

Una lámpara de plata de nueve onzas y cuatro adarmes.

Una demanda de plata con la imagen de Nuestra Señora de oro y forrado en tafetán carmesí, cordones de seda blanca encarnada y borlas de lo mismo.

Otro guión de tela encarnado, viejo, forrado en tafetán carmesí y guarnecido de flecos de seda.

Un cajón con sus gabelas y con su cajón nuevo.

Un Señor Crucificado de madera, una vara de alto con sus potencias y corona de plata.

Un sitial de madera vestido de raso adamascado y velo de raso blanco con su pie dorado que sirve para el Santísimo.

Cuatro faroles de vidrio viejos.

Una mesa de pino de mediada.

Un frontalito de raso encarnado viejo.

Una ara, manteles, palia y corporales.

Un arca de dos varas en que se recoge la cera.

Un cajón con tres gabelas y una taquilla de madera de Ceiba y Flandes en que se recogen los vestidos.

Una Corona imperial con resplandor de rayos y luceros que pesa cuarenta y nueve onzas y media de plata incluyo en dicho peso una fuente de hierro que tiene dicha corona.

Una cruz de plata de guión que pesa treinta y ocho onzas.

Unos candeleros de plata que pesan veinte y cuatro onzas.

 

 

Fernando Villa Nogales

Esteban Mira Caballos

1    ALDEA VAQUERO, Quintín, Tomás MARIN GUTIERREZ y José VIVES GASTELL: Diccionario de Historia eclesiástica de España, Vol. II. Madrid, Instituto Enríquez Flores, 1972, p. 354.

2    La fundación inicial en Santa Marina aparece tanto en el Curioso Carmonense como en los libros de José Martín de Palma, pues, no en vano se trataba de la misma persona. CURIOSO CARMONENSE, ff. 129-130.

3    HERNANDE DIAZ, José, Antonio SANCHO CORBACHO y Francisco COLLANTES DE TERAN: Catálogo Arqueológico y Artístico de la Provincia de Sevilla, T. II. Sevilla, 1943, p. 304. GONZALEZ JIMENEZ, Manuel: Catalogo de documentación medieval del Archivo Municipal de Carmona (1475-1504), T. II. Sevilla, Excma. Diputación Provincial, 1981, p. 332.

4    HERNANDEZ DIAZ: Ob. Cit., p. 304.

5    Archivo de Protocolos de Carmona (en adelante A.P.C.). Escribanía de Juan Rodríguez, 1567-1568, f. 367.

6    Carta fechada en Carmona, a 29 de agosto de 1549. A.P.C., Escribanía de Juan de Toledo 1548-1550.

7    José Martín de Palma se esforzó en recopilar todos los datos sobre estas compras por lo que a continuación mostramos su detallado relato: "Título de la casa o convento de Nuestra Señora del Carmen Calzado de la ciudad de Carmona de antigua observancia, siendo antes ermita del señor San Roque y antes fundaron en Santa Marina, en 19 de noviembre de 1554 el cabildo de esta muy noble y leal ciudad de Carmona hizo merced a Sebastián de Heredia de un solar de 14 varas en cuadro detrás de la ermita del señor San Roque como consta por su testamento del escribano Juan Francisco de Villalobos, escribano de Su Majestad y del cabildo de esta ciudad. En dicho cabildo hizo merced a Andrés Fernández de otro solar detrás de dicha ermita del señor San Roque de otras 14 varas en cuadro.

En tres de diciembre del dicho consta por testimonio del citado escribano Lazaro Martínez de Cozar, en nombre de don Pedro Velez de Guevara, prior de las ermitas de este Arzobispado, arrendó a Juan Sánchez el huerto y cercado junto a la ermita de San Roque por tres vidas, por escritura ante Francisco de Hoyos, escribano público, en 18 de junio de 1555. El dicho Juan Sánchez traspasó el dicho huerto al padre fray Pedro de Aguilar por escritura ante Gómez de Hoyos escribano público. Sebastián Heredia Gitano y Ana Fernández, su mujer, vendieron al convento unas casas en la corredera del Señor San Roque por escritura ante Gaspar de Marchena escribano público en 15 de abril de 1562". José Martín de Palma, L. 6, f. 37v. Archivo de Valverde Lasarte.

En el breve manuscrito conocido como el Curioso Carmonense, José Martín de Palma simplificó en exceso el contenido al decir que los frailes fundaron en 1554. El erróneo dato se explica porque al desconocer referencias más antiguas que aquí hemos presentado nosotros, citó brevemente la fecha más antigua que conocía.

8    El cabildo de esta ciudad hizo merced al convento de Nuestra Señora del Carmen de más tierra para sitio y fundación suya, consta por testimonio de Diego de la Cueva escribano de cabildo de dicha ciudad en 5 de marzo de 1562.

El dicho cabildo de Carmona hizo merced a dicho convento de tierra y sitio para la iglesia, consta por testimonio de Pedro de Hoyos escribano público y del cabildo en 19 de mayo de 1563.

Confirmó el cabildo la merced por testimonio del dicho don Pedro el 21 de mayo de 1564. El cabildo hizo merced al convento de tierra para el sitio como consta de Pedro de Hoyos escribano público y del cabildo en 14 de marzo de 1565. Libro Nº 6 de José Martín de Palma, f. 37v.

9    A.P.C., Escribanía de Juan Rodríguez 1567-1568, f. 367. Todavía en el momento de su exclaustración poseía el convento un retablo colateral donde se veneraba una imagen de San Roque, aunque desconocemos si se trataba de la antigua del siglo XVI o si había sido sustituida en fechas posteriores por otra más acorde a los gustos estéticos barrocos.

10    Por citar un ejemplo concreto en el libro del escribano Alonso Núñez de Parrilla de 1756 (ff. 88, 95, 515 y 923), aparecen varias escrituras referentes a esta casa religiosa y en todas se cita como el "monasterio del Señor San Roque de la Orden del Carmen". Y no hay dudas de que se refiere a este cenobio y no a otro mucho más modesto y de poca vigencia, fundado en 1672, de Carmelitas Calzadas, ya que se hace referencia a hermandades como la del Escapulario o la Soledad ubicadas, como es de sobra conocido, en el Carmen.

11    Véase MIRA CABALLOS, Esteban: "En torno a la antigua cofradía de la Soledad y el Santo Entierro de Carmona", Boletín del Consejo de Hermandades y cofradías de Carmona. Carmona, 1996, s/p.

12    GONZALEZ ISIDORO, José: "Memoria de los edificios", en Carmona, ciudad y monumentos. Carmona, 1993, p. 63.

13    Poder dado a fray Juan Sobrino, Provincial electo de la Orden de Nuestra Señora del Carmen de la Provincia de Andalucía para cobrar la cuantía, Carmona, 12 de marzo de 1607. A.P.C., Escribanía de Gregorio Muñoz de Alanís, 1607.

14    Concierto entre el monasterio del Carmen y Alonso Pérez Salazar, Carmona, 21 de junio de 1607. A.P.C., Escribanía de Alonso Sánchez de la Cruz 1607.

15    Concierto con Juan Padilla, Carmona, 21 de junio de 1607. A.P.C. Escribanía de Alonso Sánchez de la Cruz 1607.

16    Concierto con Juan Padilla, Carmona, 2 de febrero de 1608. A.P.C., Escribanía de Alonso Sánchez de la Cruz 1608.

17    Así se cita en un inventario de bienes que pasaron a la iglesia de San Pedro.

18    Concretamente sabemos que en 1726 el concejo acordó donar 1.000 reales para ayudar a construir la nueva iglesia. HERNANDEZ DIAZ: Ob. Cit., p. 194.

19    Como es bien sabido la hermandad de la Soledad poseía un retablo de Luis de la Haya labrado en 1619, sin embargo, en 1702 lo debió sustituir porque sabemos que abonó a Juan del Castillo nada menos que 11.000 reales por un nuevo retablo. La elevada suma no deja lugar a dudas, el retablo sustituido no eran los colaterales sino el principal de Luis de la Haya. GONZALEZ ISIDORO: Ob. Cit., p. 188.

20    Visita arzobispal a Carmona, 1733. A.G.A.S., Visitas 1375.

21    Véase mi trabajo: La población en Carmona en la segunda mitad del siglo XVIII. Carmona, Carmograf, 1994, pp. 96 y 119.

SUBSAHARIANOS, MAGREBÍES Y AMERINDIOS EN LA CARMONA MODERNA

SUBSAHARIANOS, MAGREBÍES Y AMERINDIOS EN LA CARMONA MODERNA

La temática responde a un encargo de la asociación Intercultural Puerta de Sevilla para que hablase de la integración de inmigrantes en el pasado de Carmona. Y de ello vamos a tratar, aunque evidentemente tenemos que matizar todo esto.

Recientemente se han publicado algunos títulos, en este sentido, en el sentido de la mayor tolerancia e integración en la España Moderna: Concretamente:

 

 

- “Tolerance and coexistence in Early Modern Spain” de mi amigo Trevor J. Dadson

 

-y “Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico” de Stuart B. Schwartz.

 

 

El primero defendía la integración de miles de moriscos en la España moderna con la connivencia de los cristianos viejos (los de toda la vida). Y el segundo, observó que algunos de los procesados por la Inquisición afirmaban que cada uno podía salvarse siguiendo su ley religiosa, es decir, su religión.

         Sin embargo, yo hice sendas reseñas, matizando a ambos: sobre el primero, dijo que muchos se quedaron, pero que poco más de 300.000 moriscos fueron enviados al cadalso, lo que evidencia la brutal intolerancia religiosa que se vivía en España. Ese decir, se marcharon 4/5 partes. Y en relación al segundo, me parecía excesivo hablar de tolerancia religiosa, cuando esos mismos que afirmaban que cada uno se salvaba en su ley, fueron condenados y quemados por el tribunal de la Inquisición. Esos que mi amigo Stuart Schwartz llama tolerantes, eran en realidad disidentes que hartos ya de todo se la jugaron a sabiendas, diciendo todas las barbaridades que pensaban antes de ser achicharrados.

Me hubiese gustado contar una historia feliz sobre nuestro pasado: la convivencia pacífica de religiones, la alianza de civilizaciones, la tolerancia y los valores éticos de todos nuestros antepasados carmonenses y españoles.

Sin embargo, como siempre digo, la felicidad son páginas en blanco dentro de la historia. Yo miro al pasado con la misma sensación que ese ángel de la Historia, cuando miraba horrorizado hacia atrás, contemplando la catástrofe y destrucción generada por el progreso.

En esta ponencia quiero empezar hablando de la sombras, que fueron muchas, y terminaremos hablando de las luces que también fueron importantes.

 

 

LAS SOMBRAS DE LA SOCIEDAD ESTAMENTAL

 

 

1.-LA DESIGUALDAD

 

La sociedad estamental de la Edad Moderna se fundamentaba en la desigualdad: los que tenían sangre noble frente a los que no, los cristianos viejos frente a los neófitos, los burgueses ricos frente a los pobres, los hombres sobre las mujeres, los adultos sobre los niños, etc.

Cualquier debilidad física –infancia, vejez, una enfermedad-, mental –síndrome de Down, etc.- o social, podía acarrear graves consecuencias para la persona en cuestión. Los pobres padecían no sólo los rigores de la carestía y el hambre sino también una gran discriminación social. Pobres, mendigos y vagabundos se metían habitualmente en el mismo saco, equiparándolos a personas mentirosas, borrachas e indignas. Y habría que recordar que la pobreza en el Antiguo Régimen era desmedida, se situaba entre el 10 y el 20% de la población y en épocas de guerras y de crisis alimentarias podía alcanzar el 25 y hasta el 50%.

 

 

2.-INTRANSIGENCIA RELIGIOSA

 

Desde tiempos de los Reyes Católicos se fue configurando en España un Estado casticista, donde sólo tenía cabida el homo christianus. Las minorías irreductibles serían expulsadas: los judíos en 1492 y los moriscos entre 1609-1614. En cuanto a las disidencias internas –erasmistas, iluminados y protestantes- serían controladas y cercenadas de raíz por la Inquisición.

        Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las órdenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. El caso es que salió de la Península el grueso de la comunidad judía, unos 100.000.

Se trató, de una verdadera “solución final”, pues, obviamente, expulsados los judíos se acababa definitivamente con el problema. Una decisión brutal, aunque menos que la decretada por los nazis en 1942 para su exterminio en los campos de concentración. Y esta última fecha no deja de ser curiosa porque se trata de los mismos números, anteponiendo el nueve al cuatro. Es posible que los Monarcas Católicos no previesen tal decisión que acarreó un quebranto económico notabilísimo, al tiempo que favorecieron el desarrollo de rivales tales como el imperio Otomano donde fueron bien recibidos.

Los siguientes en caer serían los moriscos, es decir aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la existencia de estos recalcitrantes sino de una minoría cristiana intransigente. Se obligó a las conversiones forzosas, desoyendo la opinión de algunas personas mucho más sensatas.

         Las opiniones intransigentes se encargaron de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas. De Carmona salieron por el puerto de Sevilla 4/5 partes de los moriscos.

 

 

3.-LA ESCLAVITUD

 

La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica, había personas que nacían para mandar y otros para servir. Desde entonces y hasta el siglo XIX se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces –muy pocas- disidentes en su seno, como las de fray Tomás de Mercado, fray Bartolomé de Las Casas y fray Bartolomé Frías de Albornoz. También es posible que hubiese otras personas pertenecientes a las clases subalternas que en silencio viesen con malos ojos esta perniciosa institución, como Don Quijote, a quien le parecía duro caso hacer esclavos a los que Dios por naturaleza hizo libres.

El caso de Carmona no es diferente al del resto de poblaciones de la Península Ibérica: la institución existió sin solución continuidad desde la Edad Media. Ya el sábado 22 de junio de 1496 se bautizó en la parroquial de Santiago a Francisco, hijo de una esclava del monasterio de Santa Clara. Ocho años después, exactamente el 26 de mayo de 1504, se cristianaban en la misma pila dos esclavas de la Duquesa de Arcos, con el nombre de María e Inés. Estos ejemplos son suficientes para verificar la esclavitud en esta localidad al menos desde finales de la Edad Media. De hecho, Carmona era un importante mercado secundario, muy ligado al de la capital hispalense, que a la sazón era uno de los mayores centros esclavistas de la Península.

         El 50% eran mulatos, la mayoría hijos de Esclava y blanco, y por tanto esclavos, aunque sus padres fuesen los mismos dueños.

El 40% eran negros que procedían de diversos lugares de África, los había Jelofes, Congos, Manicongos, Zapes, Biáfaras, Mandingas, Angolas, etc. Unos procedían de África, otros de América, y otros habían nacido ya en España, eran hijos o nietos de esclavos nacidos en España, por lo que ésta era su tierra.

         Y el 10% restantes eran blancos, y ahí había tanto bereberes de origen norteafricano, como moriscos y también, en la primera mitad del quinientos, un pequeño contingente de amerindios.

En cuanto a los compradores, no había un estamento determinado, pues cualquiera podía adquirir un esclavo si tenía dinero para ello. Si las personas del estado llano no compraban no era por oponerse a la institución sino porque no tenían patrimonio para ello. Había aristócratas, regidores, curas, monjas, agricultores, artesanos.

Su empleo era doble: primero, en las labores domésticas, y segundo, en el trabajo del dueño: agricultura, ganadería, gremios, etc. Se cotizaban a más precio las mujeres. Además, se vendían más esclavas que esclavos, bautizándose muchos de ellos a edad adulta una vez los adquiría el dueño. Todo parece indicar que había un mayor número de esclavas; de hecho en un padrón de 1665 se contabilizaron 210 esclavos de los que 130 fueron de sexo femenino, es decir, el 66,19%.

Que hubo un aprovechamiento sexual de las esclavas es algo que ya conocíamos y que fue duramente criticado por Montesquieu en su obra El Espíritu de las Leyes, de ahí que los precios de algunas jóvenes se disparasen. Lo cierto es que su uso sexual fue frecuente, siendo muchos de sus vástagos hijos naturales de los señores, aunque muy pocos lo reconocieran.

Mucho más controvertido es saber si se utilizaba su fecundidad para procrear nuevos esclavos. Se trata de un viejo debate de la historiografía, pues unos piensan que era rentable y otros que no, aludiendo a la alta mortalidad, al tiempo que la esclava debía estar sin trabajar y a la manutención del infante durante un largo período de inactividad. Sin embargo, rentable o no lo cierto es que en la Historia encontramos múltiples casos de irracionalidad económica; es más, la propia esclavitud era desde un punto de vista meramente económico irracional e inviable a largo plazo. En Carmona hay sobrados indicios para pensar que los dueños, al tiempo que impedían los matrimonios de sus esclavos, sí que favorecían su fecundidad. Muchos se convirtieron en grandes propietarios gracias a que tuvieron dos o tres esclavas que procrearon tres o más esclavos. Al final un propietario con tres esclavas en dos lustros se veía con una decena de esclavos.

En cuanto a las marcas a fuego hablaremos de los 63 esclavos berberiscos vendidos en Carmona entre 1617 y 1618. De ellos se especifica en 58 casos, de los que diez estaban sin herrar y 48 herrados. Todos los que carecen de marca de esclavitud tienen edades comprendidas entre los 5 y los 10 años. Entre los herrados los hay entre 5 y 30 años, siendo la media de edad de 14 años. Aunque hay niños de cinco años herrados, da la impresión que por lo general a los menores de diez años se les exoneraba temporalmente de la marca. Y ello, quizás por alguna luz caritativa o simplemente porque cuando se herraban tan pequeños, al crecer la marca se hacía imperceptible y había que volverlos a herrar de todas formas. La mayoría tenían dos hierros marcados a fuego aunque también los había con uno, y algunos con tres. Obviamente, todas las marcas se colocaban en lugares muy distintos aunque siempre en zonas visibles de la cabeza. Los hierros tenían distintas formas, aunque solo se especifican algunos: una flor, con la que estaba marcado Diego entre las cejas, dos rayas que tenía Yato en el lado derecho de la nariz y dos piquetes en la nariz y una estrella pequeña en el carrillo derecho que tenía Fátima, la esclava adquirida por doña Isabel de Vega.

         El tratamiento dependía del carácter del dueño y de la capacidad de obediencia y de resignación del eslavo. En 1622 Juan Martín donó a su esclavo Hamete, de 28 años, a servir como remero en las galeras reales por espacio de 6 años.

 

 

4.-EL ABANDONO DE NIÑOS

 

El grupo más vulnerable era el de los niños, pues padecían de manera muy especial las hambrunas, las carestías y el trabajo abusivo. Si ya de por sí el grupo infantil era el más sensible a las crisis alimentarias, el eslabón más desfavorecido de toda la cadena eran los expósitos y los huérfanos de padre y madre. Unos niños cuyas perspectivas vitales eran dramáticas, por verse alejados no sólo de una madre sino de la solidaridad de un clan familiar. Efectivamente, el hambre y las epidemias se cebaban con estos niños cuya tasa de mortalidad era elevadísima. Pero, en aquellos felices casos en los que sobrevivían la vida que les esperaba era aún más dura -si cabía- que la de los infantes de la clase subalterna.

Los hijos eran vistos como una carga económica, al menos durante la infancia ya que había que alimentarlos y no producían. De ahí que su abandono fuese el recurso menos costoso para muchas madres que no tenían la posibilidad de alimentar a sus vástagos, o que bien, querían evitar afrontar la carga antisocial que suponía un nacimiento ilegítimo.

Sin embargo, huelga decir que el abandono de los hijos era una actitud tolerada en aquella sociedad, incluso entre la clase noble. De hecho, mientras que las madres más pobres abandonaban a sus hijos, las ricas, los entregaban a nodrizas para su lactancia y cuando eran jóvenes a un preceptor o institutriz. Una práctica heredada posiblemente del mundo grecolatino, en el que la exposición pública de bebés para su adopción por parte de familias con pocos recursos era una práctica habitual y tolerada.

         En Carmona, igual que en otras zonas de España, nos encontramos con una importante cifra de hijos ilegítimos que en Carmona se movía entre el 7,5 y el 3,5%. Una parte de ellos eran esclavos, otros poseían madre –esclava, soltera o viuda- pero no padre y otros, eran expósitos, es decir, hijos de padres desconocidos. La documentación parroquial es muy elocuente en este sentido y suelen aparecer etiquetas muy típicas como: hijo de la iglesia, no se supo quien era su padre y madre, echado a la puerta de..., etc.

Estos últimos, es decir, los niños abandonados que no tenían padre ni madre, suponían aproximadamente el 1% de los bautizados y poco más del 40% de los ilegítimos.

Las posibilidades de supervivencia de estos infantes abandonados eran muy reducidas. Si ya era difícil la vida de cualquier niño de la época, con tasas disparatadas de mortalidad infantil, cuanto más la de estos desgraciados huérfanos. Algunas ciudades como Carmona o Sevilla disponían de casas cuna. En Sevilla había dos, una para niños y otra para niñas. En Carmona solo una, situada precisamente en la calle Cuna, en la collación de San Felipe. Eso hasta 1776 en que se funda el primer hospicio de niñas huérfanas, por doña Josefa Fernández de Córdoba, viuda del Marqués del Saltillo.

Pero salvo excepciones, estas casas cunas no eran ninguna garantía para el expósito. Sobre la de Sevilla que hay estudios, la mortalidad era calificada de catastrófica, hasta el punto de que estas casas cunas son denominadas por algunos historiadores como “morideros”. La mortalidad de estos niños expósitos superaba el 90 por ciento; no era fácil la supervivencia por dos motivos: primero, porque gran parte de la población pasaba hambrunas periódicas, y segundo, porque se necesitaba un ama de cría que no siempre se encontraba.

Fueron pocos los expósitos supervivientes, los mismos que padecieron una infancia robada. Lo mejor que les podía pasar a los supervivientes era acabar como criados de sus padrinos. Pero podía ser peor, otros muchos acaban engrosando el hampa, convirtiéndose en truhanes, mendigos o pedigüeños a los que cada cierto tiempo se reclutaban forzosamente como galeotes o remeros de las galeras reales o como mineros en las mortíferas minas de Almadén.

 

 

LAS LUCES

 

 

1.-INTEGRACIÓN DE MORISCOS

 

Jorge Maier estudió a los moriscos carmonenses, y llegó a la conclusión que una parte de ellos permaneció en la localidad tras su expulsión oficial en 1610; solo se expulsaron 125 moriscos de un total de 33 casas, cuando Carmona era una localidad donde había habido una amplia población morisca. Se quedaron un buen grupo de familias moriscas, particularmente las pertenecientes a la élite.

Uno de los casos más significativos es el del escribano Gregorio Alanís (1572-1653) por dos motivos: uno, porque todos sus contemporáneos sabían que descendía, por parte de padre y madre, de moriscos de rebelados en las Alpujarras. Y dos, porque ni podía incluirse en alguna de las excepciones decretadas por la Corona ni pidió ninguna licencia especial para garantizar su permanencia. Es decir, simplemente se quedó sin que nadie lo importunase en exceso para que saliese de Carmona como hicieron otras 125 familias. Por tanto, entre los moriscos carmonenses embarcados en Sevilla con destino al exilio magrebí no se encontró nuestro escribano, pese a tener sangre morisca por los cuatro costados. Bien es cierto que estos exilados eran, según el corregidor de la villa, jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos. En cambio, Gregorio Alanís, como veremos a continuación, había conseguido situarse entre la élite local. Y este aspecto es importante ya que cada vez está más clara la vinculación entre extracción social y exilio. La élite eludió con mucha más facilidad el cadalso, pues como ha ocurrido desgraciadamente siempre, molesta más el pobre que el rico. Gregorio Alanís tuvo una vida longeva de nada menos que 81 años, estando al pie del cañón como escribano durante varias décadas, hasta muy poco antes de su óbito en 1653. Un morisco de pura cepa que al igual que otros muchos, quedó incrustado en la sociedad cristiano vieja carmonense del siglo XVII.

De esa permanencia fueron conscientes los propios contemporáneos, de ahí que cientos de hermandades y cofradías así como diversos gremios mantuvieran en sus estatutos, aprobados en los siglos XVII y XVIII, la prohibición de acceso a personas que tuviesen ascendencia negra, judía o morisca. Pero, ¿qué sentido tenía incluir semejante cláusula si en teoría habían sido expulsados prácticamente todos? Está bien claro, todo el mundo sabía que muchos conciudadanos eran descendientes de antiguos conversos.

 

 

2.-LA INTEGRACIÓN DE LOS ESCLAVOS

 

Ya dijimos que Carmona fue un gran mercado de esclavos, muy vinculado a Sevilla, donde se vendieron entre el siglo XV y principios del XIX numerosas personas. Había negros, había berberiscos del norte de África y también amerindios.

Por ser más singular, citaremos el caso de estos amerindios. El 26 de mayo de 1504 se bautizaron en la parroquia de Santiago de Carmona dos amerindias, llamadas María e Inés. La partida decía así:

 

 

En domingo 26 de mayo bautizó Alonso Sánchez, capellán de la Señora Duquesa a María e Inés, indias esclavas de su señoría. Fueron padrinos Pedro García y Pedro Martín de Revilla, clérigos, y Francisco y Fernando de Santa Clara, sus criados

 

La propietaria está claro que era doña Beatriz Pacheco, duquesa de Arcos, lo cual no tenía nada de particular porque la alta nobleza y el clero eran los grandes propietarios de esclavos.

         Una india, llamada Beatriz, que con catorce años llegó a la Península en un navío negrero en el cual viajaban cuarenta indios para ser vendidos en la Península. Tras múltiples penalidades se estableció en Carmona como esclava primero de Hernán Pérez de Castroverde y luego del regidor de Carmona Juan Cansino. En esta localidad esta india baja de cuerpo, delgada y con aspecto de india procreó nada menos que a seis hijos y, transcurridos veintisiete años, cuando ya era una adulta, decidió plantar cara contra su propietario y reclamar su libertad. Cuando le preguntaron los motivos por los que había esperado tanto tiempo para pedir su libertad respondió porque no sabía que lo podía reclamar hasta que por cierto mal tratamiento de palos que le dio el dicho Juan Cansino, vino a reclamar. Finalmente, consiguió la liberación, quedándose probablemente en Carmona.

Sobre los libertos tanto la documentación notarial como la Sacramental ofrecen una variada información. Curiosamente, las cartas de ahorría suelen describir muy bien al esclavo liberado porque solo identificándolo bien se podría garantizar que se iban a respetar sus derechos.

Con cierta frecuencia, los dueños otorgaban la libertad a sus más fieles servidores, bien en la última etapa de su vida, o bien, una vez que fuesen finados. Para ello, se solía otorgar una carta notarial en la que se especificaba la descripción física del liberado para que de esta forma le sirviese de documento justificativo. Cuando la liberación se hacía en una escritura de última voluntad no se solía protocolizar una carta de libertad aparte, sino que la cláusula en cuestión servía de documento oficial. Uno u otro documento debía ser guardado por el ya liberto, como si de un tesoro se tratase; era la prueba que tenía de su condición de libre, siempre bajo sospecha sobre todo si era de color negro o mulato.

En muchas ocasiones el final de toda una vida de sacrificio y lealtades incondicionales se compensaba con la libertad. Probablemente, la esperanza de la libertad debió ser uno de los acicates para que estos esclavos mantuviesen la lealtad y la discreción, evitando la desesperación. Incluso, en ocasiones les dejaban algunos bienes, normalmente la cama, y las prendas de su uso diario.

Otros premiaban así largos años de servicio, buen comportamiento y obediencia. Está claro que la liberación altruista como la generosidad fueron limitadas. Muchos no sólo no liberaron a sus esclavos en sus escrituras de última voluntad sino que, bien, los dejaron en herencia a sus herederos, o bien, ordenaron su almoneda y venta como si de cosas se tratara.

Algunas liberaciones eran mucho más sórdidas. Por ejemplo, Rodrigo de Góngora el Viejo, en su testamento fechado en 1525, liberaba a su esclavo Francisco con la condición de que se hiciere fraile en el convento de Santa Ana y “si no quisiese siga como eslavo”. Pero podía ser peor, la esclava mulata Marina de Rueda fue liberada en 1616 porque estaba imposibilitada para servir por algunas razones y achaques, tras haber servido más de 44 años. Una situación que ya advertía Don Quijote de la Mancha cuando decía que muchos los liberaban en la vejez para no tener que mantenerlos, de manera que con título de libres los hacían esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

Ahora bien, encontramos numerosos libertos que como tales se ganaron su vida trabajando, otorgaron testamento y dejaron descendientes libres. El caso más llamativo de todos es el de un tal Antón Romero, que en sub testamento fechado en 1588 se aprecia su amplio capital y en la buena situación económica que dejó a sus dos hijos: Cristóbal Santana Romero y Antón Romero.

¿Y qué fue de estos amerindios, subsaharianos y berberiscos? ¿Desaparecieron? ¿Hicieron las maletas y se fueron? No desaparecieron, no se fueron, simplemente se integraron. El negro es recesivo con respecto al blanco. Se produjo el mestizaje porque muchas esclavas procrearon con sus dueños aunque estos nunca lo reconocieran.

         Cuando desapareció la esclavitud, no se marcharon; muchos de ellos no conocían otra patria que España. Simplemente se integraron. El negro es recesivo con respecto al blanco. Se produjo el mestizaje porque muchas esclavas procrearon con sus dueños aunque estos nunca lo reconocieran. Aunque ellas mismas lo desconozcan, algunas familias carmonenses tienen antepasados de color en su genética, aunque sean sus descendientes actuales de color blanco. Omito el nombre de esa familia porque a lo peor no les gusta saberlo

Siempre sospechamos que el mestizaje racial en Andalucía fue amplio. Sin embargo, hoy los estudios del ADN mitocondrial nos permiten obtener resultados sorprendentes y cotejar los datos entre la ciencia exacta y la historia. En el único estudio que se ha realizado en Andalucía sobre 419 individuos de distintos pueblos y villas que demostraron al menos dos siglos de permanencia los resultados fueron los siguientes:

 

-94,2% de origen europeo

-2,1% negro subsaharianos

-1,6 berberisco del norte de África

-2% otros orígenes

(Fuente: Lopez Soto, M. y otros: Int. Congress Series 2006).

 

Los datos de mestizaje son inferiores a los que yo sospechaba, sin embargo demuestra que 6 de cada cien andaluces tienen genética extraeuropea dominante.

 

 

3.-MULTICULTURALIDAD

 

El arte mudéjar, tan abundante en Carmona es una buena muestra del aprecio por la cultura musulmana que existía. Los alarifes mudéjares o moriscos estuvieron construyendo en Carmona a su usanza hasta poco antes de expulsión en 1609. ¿Por qué seguían construyendo a la usanza moruna? Pues porque a la gente le gustaba el estilo. Ya lo hizo Pedro I cuando se construyó la fachada de su alcázar de Sevilla. Recuerda a la Alhambra pero hay una diferencia, no es arte islámico sino mudéjar, es decir cristiano, pero se le reconocía una superioridad estética.

         A nivel cultural, los negros impresionaban en la Edad Moderna por su cante y por su música. Tenemos constancia de la participación de negros y de miembros de otras minorías, como moriscos y gitanos, en los desfiles del Corpus Christi de muchas ciudades tanto de España como de América. Unos desfiles encontramos múltiples elementos paganos, como tarascas, cabezudos, gigantes y grupos de bailarines. Danzas de romeros, zarabanda o el guineo como hacían los Negritos que participaban en el Corpus sevillano, celebrando bailes y otras diversiones. Al parecer, estos al igual que los gitanos tenían la obligación de procesionar en dicho desfile, realizando danzas de sarao y danzas llamadas de negros, muy populares entre la población al menos hasta principios del siglo XVIII.

         Seguro que en la Chacona, la jarcha, el zéjel, el majurí y en otras formas de folklore Andaluz hay influencias moriscas, gitanas pero también subsahariana.

 

 

CONCLUSIÓN

         Y para finalizar me gustaría destacar tres cuestiones

 

1.-Hubo mezcla racial, pues decenas de subsaharianos, magrebíes y algunos amerindios se integraron socialmente en Carmona.

 

2.-Los más pobres tuvieron más dificultades para integrarse. Pasaba un poco como ahora, que los inmigrantes no tienen problemas si tienen dinero, pero no si son pobres. A muchos inmigrantes se les discrimina no por ser de otra raza sino por ser pobres. En la Edad Moderna, pasó algo parecido, conversos o moriscos ricos de la élite no tuvieron demasiadas dificultades para integrarse socialmente. Otros, los más pobres, no tuvieron tanta suerte.

 

3.-Hubo influencias culturales mutuas; nuestra cultura y nuestro folclore tiene deudas sobre todo con el mundo africano y, en menor medida, amerindio.

 

4.-Pero, pese a las influencias culturales mutuas y a la integración de una parte de estas minorías étnicas, era una sociedad injusta, que expatriaba a unos y dejaba morir a los niños expósitos. Por ello la única justicia social que existía era la propia muerte que terminaba por igualar finalmente a todos:

 

         Nuestras vidas son los ríos/ que van a dar en la mar,/ que es el morir;/ allí van los señoríos/ derechos a se acabar/ y consumir;/ allí los caudales,/ allí los otros medianos/ y más chicos;/ y llegados, son iguales/ los que viven por sus manos/ y los ricos.

 

Bien es cierto, que la clase pudiente se empeñaba en prolongar la desigualdad más allá de la muerte. Las pompas fúnebres y las misas a perpetuidad intentaban que los ricos tuviesen un mejor lugar en la otra vida frente a los pobres desheredados que no disponían de recursos para pagarse una mísera misa por la redención de su alma. Una idiosincrasia que obviamente iba contra la línea de flotación de la religión profesada por Jesucristo en la que como él mismo dijo los últimos serían los primeros. Pero está bien claro que nadie pensaba así en la Edad Moderna, ni los ricos ni, por supuesto, los resignados pobres.

 

ORIENTACIONES BIBLIOGRÁFICAS

La mayor parte de los datos son inéditos y proceden de documentación de archivo que he extractado en los últimos veinticinco años. Los datos bibliográficos proceden de dos obras de mi autoría:

 

-“Indios y mestizos en la España del siglo XVI”. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

-“Una venta masiva de esclavos berberiscos en Carmona, 1618-1619”, Archivo Hispalense, Sevilla, 2016 (en prensa).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EN TORNO AL ESCRITOR BARCARROTEÑO JUAN ANTONIO GALLEGO Y VÁZQUEZ

EN TORNO AL ESCRITOR BARCARROTEÑO  JUAN ANTONIO GALLEGO Y VÁZQUEZ

          Hace unas pocas semanas recibí en mi casa la reedición que ha publicado el Excmo. Ayuntamiento de Barcarrota (Colección Altozano, 2016) de la obra “Lectura gradual. Primer libro de los Niños para que sirva de auxiliar a los métodos racionales de lectura” (Sevilla, 1875) de Juan Antonio Gallego y Vázquez. Me llamó la atención que de su biografía no se aportasen más que dos datos:

Uno, que nació en Barcarrota en 1838, porque en 1878 en una instancia dirigida a la autoridad competente de la Escuela Normal de Sevilla, declaró tener 40 años.

Y otro, que era profesor en dicha Escuela Normal de Sevilla, porque aparecía reflejado junto a su nombre en la portada del citado libro.

           Dado que los archivos de las dos parroquias de Barcarrota conservan documentación desde el siglo XVI, pensé que en dichos documentos aparecerían todos los datos relativos a su nacimiento, ascendencia, hijos, etc. Y efectivamente, la partida de bautismo, apareció en la parroquia de Nuestra Señora del Soterraño:



           “En la villa de Barcarrota, a quince de marzo de mil ochocientos treinta y cinco, yo don José Méndez Gutiérrez, presbítero cura económo de esta iglesia parroquial y privilegiada de Nuestra Señora María del Soterraño de esta villa, bauticé en ella solemnemente y puse los santos óleos a Juan Antonio Eulogio, que nació el día diez de dicho mes y año, hijo legítimo de José Matías Gallego y de María Dolores Vázquez, naturales y vecinos de esta villa, nieto por línea paterna de Juan Antonio Gallego, natural de Villa Vieja, obispado de Ciudad Rodrigo, y de Ramona Vélez, natural del Almendral, y por la materna de Miguel Vázquez y María Maiso, naturales y vecinos de esta dicha villa. Fue su madrina Josefa Méndez Vázquez, a la que avisé la cognación espiritual y demás obligaciones que contrajo. Y lo firmé, José Méndez Gutiérrez”. (C.C.S.A. Película 384, Ítem 2, fol. 33v).



           Se deducen varias cosas de la partida transcrita: primero, no había nacido en 1838 sino exactamente el 10 de marzo de 1835. Ya sospechaba yo que esos 40 años que declaró tener en 1878 eran fruto de un redondeo. No hay que olvidar que antiguamente no se celebraba el aniversario sino la onomástica. La gente conocía su edad de manera aproximada, pues el paso del tiempo no era importante, lo que realmente interesaba era la vida eterna. Era casi una ofensa a Dios llevar la cuenta exacta del tiempo terrenal. Por eso no extraña que el conquistador Hernán Cortés, declarase varias veces su fecha de nacimiento y en ninguna de ellas coincidiese.

Y segundo, su nombre completo era Juan Antonio Eulogio, siendo hijo de personas naturales y avecindadas en Barcarrota. Bien es cierto que su abuelo fue natural de Villa Vieja, en Ciudad Rodrigo, y fue el primero de la estirpe de los Gallego que se radicó en Barcarrota, casándose con una mujer de la vecina villa de Almendral. Sus bisabuelos paternos, según consta en la partida de nacimiento del padre del escritor, eran Matías Gallego y Escolástica García, naturales ambos de Villa Vieja, en Salamanca.

           Vivió su juventud en Barcarrota, desposándose a los 24 años de edad, cuando ya era profesor de instrucción pública, con doña Florencia Dueñas y Hernández, natural también de Barcarrota. La partida de matrimonio decía así:



           “En la villa de Barcarrota, correspondiente a la provincia de Badajoz y su obispado, a diecinueve de diciembre de mil ochocientos cincuenta y nueve, yo don Antonio Vinagre y Caba, arcipreste del segundo distrito de Jerez de los Caballeros y cura prior propio de la iglesia parroquial y privilegiada de Nuestra Señora Santa María del Soterraño de (la) expresada villa, desposé y casé por palabra de presente a don Juan Antonio Gallego, de estado soltero, de edad de veinticuatro años, profesor de Instrucción Pública, e hijo legítimo de José Matías y de María de los Dolores Vázquez, naturales y vecinos de dicha villa, con doña Florencia Dueñas (en el margen: y Hernández), de igual estado, de veinte años de edad, e hija legítima de Patricio ya difunto, natural de San Millán de la Cogolla, y de Josefa Hernández Franco, natural con la contrayente y vecinos de esta villa… Siendo testigos el referido padre del contrayente, su oficio labrador, e Hipólito Caballero, sacristán segundo interino de esta parroquia, y para su verdad firmo la presente, fecha up supra. Antonio Vinagre y Caba” (C.C.S.A. Película 387, Ítem 7, fol. 39r).



           Rastreé los registros de bautismo de la parroquia del Soterraño en busca de posibles descendientes y no aparecieron. Tampoco he encontrado rastro de su partida de defunción. Y ello porque marchó primero a la Escuela Normal de Badajoz, pasando después a la de Sevilla. Lo más probable es que permaneciera el resto de su vida en la capital andaluza. Por ello, será allí donde tendremos que indagar datos sobre su descendencia y sobre la fecha exacta de su óbito.

Sí tenemos algunas noticias esporádicas de su labor como profesor y de algunos de los galardones que recibió. Estas noticias proceden de algunos periódicos de la época, recogidas en la introducción a la reedición de su libro. Se le reconoció su labor pedagógica no solo en la enseñanza de muchachos sino también en la de sordomudos y ciegos. El 17 de diciembre de 1892 recibió un importante galardón: la Encomienda de Isabel “la Católica”. Asimismo, consta, por una noticia aparecida en el periódico “El Imparcial” el 1 de febrero de 1897, que era poseía el rango de Catedrático de la Escuela Normal de Sevilla y que visitó en esa fecha al soldado barcarroteño José Velasco Jaramillo que había regresado herido de la guerra de Cuba y se encontraba hospitalizado en la capital hispalense. Y ahí perdemos su rastro, será necesario investigar en los archivos sevillanos para conocer más sobre su vida y su obra, una tarea que queda a la espera de algún historiador que la desentrañe.



ESTEBAN MIRA CABALLOS



DIVULGAR DESDE LA INVESTIGACIÓN: MI BIOGRAFÍA SOBRE FRANCISCO PIZARRO

DIVULGAR DESDE LA INVESTIGACIÓN:  MI BIOGRAFÍA SOBRE FRANCISCO PIZARRO

En pocas semanas verá por fin la letra impresa mi libro “Francisco Pizarro. Una biografía para el siglo XXI” (Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2016, 396 págs). En este libro he estado trabajando desde el año 2010, es decir, ha sido mi trabajo de fondo en los últimos seis años, aunque en el transcurso haya publicado artículos y trabajos siempre de menor envergadura.

He releído miles de documentos y de imágenes digitales de los mismos, en archivos muy diversos de la geografía nacional. Asimismo, he revisado minuciosamente y contrastado casi todas las crónicas y prácticamente toda la bibliografía sobre el trujillano. Un trabajo largo, a veces agotador, pero gratificante porque el manejo de fuentes primarias me ha permitido cuestionar muchas de las premisas tradicionalmente sostenidas sobre el conquistador. Por otro lado, he contrastado los testimonios encontrados de almagristas, pizarristas y cortesianos. Cada uno valoraba la conquista del incario en función al grupo al que estaba adscrito. Hasta ahora, unos historiadores han dicho unas cosas y otros otras dependiendo de a cuál de las tres versiones diesen mayor credibilidad. Pero en realidad no se trata de optar por una de las facciones sino de estimarlas todas y desentrañar cuánto de verdad encierran cada una de ellas.

El resultado ha sido una biografía densa de casi cuatrocientas páginas, y más de mil notas que, por primera vez, he decidido colocar al final de libro. De esta forma, el que quiera una lectura profunda pero ágil de la vida del conquistador, lo puede hacer en poco más de doscientas páginas. Pero el investigador que quiera saber detalladamente por qué digo lo que digo y qué pruebas aporto podrá consultar esas notas abigarradas colocadas al final, así como un apéndice documental con los documentos más novedosos que he desempolvado. Hasta las fundiciones, con los listados de las personas que fundieron metal precioso, los he vuelto a transcribir del original, pese a que están publicados y transcritos desde hace años. Pero eso me ha permitido, detectar numerosos errores que cometió el primer transcriptor y que han perpetuado los historiadores posteriores.

Pocos lectores se darán cuenta de la diferencia entre esta biografía del conquistador trujillano y las cientos que hay publicadas y que se editan casi anualmente. Una persona que se lee varios libros y crónicas y escribe su libro puede realizar un trabajo atractivo, bien escrito y legible. Sin embargo, cuando uno bucea entre miles de fuentes primarias y secundarias, y además trata de plantear o demostrar hipótesis nuevas, se ve obligado a poner mucho énfasis en determinados aspectos y hacerse incluso tedioso. Lo que quiero decir con ello, es que habrá muchos lectores que valoren más una obrita divulgativa o una novela histórica sobre el conquistador que mi libro. Pero pienso que a largo plazo, siempre quedan los trabajos de fondo; esos permanecen, los otros siempre tienen fecha de caducidad.

En España hemos adolecido de divulgadores de nivel. Por un lado estaban los investigadores de fondo que escribían libros infumables con decenas de apéndices documentales que casi nadie se leía. Y por el otro, estaban los divulgadores que se leían esas obras y las ablandaban para hacerlas accesibles al gran público. Pero, dado el escaso éxito de unos y de otros, después llegaban los historiadores anglosajones, que eran a su vez investigadores de fondo y divulgadores y escribían la obra maestra. Se trataba de lo que Eric Hobsbawm llamaba la alta vulgarización. Y ahí están los libros clásicos e imperecederos de John Elliott, Hugh Thomas, John Hemming, Henry Kamen, Geofrey Parcker, Trevor Dadson, Paul Preston, etc. etc. Pero claro, eran grandísimos investigadores que eran capaces de divulgar desde su profundo conocimiento de las fuentes primarias y secundarias. Estos han sido siempre mi modelo a imitar y mi fuente de inspiración; solo el tiempo y los lectores podrán decir si efectivamente conseguí mi objetivo de acercarme, aunque solo sea un poquito, a la forma de hacer historia de estos grandes maestros, y crear una biografía imperecedera sobre el conquistador del Tahuantinsuyu.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS