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SOBRE CATALINA SUÁREZ, PRIMERA ESPOSA DE HERNÁN CORTÉS

SOBRE CATALINA SUÁREZ, PRIMERA  ESPOSA DE HERNÁN CORTÉS

Pese a la extensa bibliografía que existe sobre la vida y la obra de este conquistador universal lo cierto es que, por difícil que esto pueda parecer, aún quedan múltiples interrogantes sobre su vida. No debemos olvidar en este sentido, y por citar un ejemplo representativo, que aún no han sido estudiadas en profundidad las miles de páginas que se conservan del que fue su juicio de residencia.

En estas líneas queremos contribuir a la biografía del conquistador de Medellín, aclarando ciertos aspectos desconocidos relacionados con su primera esposa, Catalina Suárez Marcayda. No debemos olvidar que hasta la fecha ni tan siquiera existía acuerdo en algo tan básico como su propio nombre, pues mientras unos biógrafos la denominaban Catalina Marcayda para otros era Catalina Xuárez Marcayda, o incluso, Catalina Juárez. El prestigioso historiador Salvador de Madariaga ha afirmado que está cuestión de su primer matrimonio y su enfrentamiento con Diego Velázquez "es algo intrincada y oscura, pues los cronistas no están de acuerdo sobre motivos y hechos, no sólo de unos a otros sino a veces cada uno de ellos consigo mismo".

Este desconocimiento se debía básicamente a la falta hasta la fecha de referencias documentales al respecto. No en vano, casi todos los aspectos que conocíamos relacionados con este asunto se basaban exclusivamente en las escuetas referencias que ofrecieron los cronistas Bernal Díaz del Castillo, Juan Suárez de Peralta -sobrino de Catalina- y el propio Hernán Cortés en sus conocidas "Cartas de Relación".

En este presente estudio vamos a dar a conocer algunos aspectos biográficos inéditos referidos a la primera esposa de Hernán Cortés, Catalina Suárez, y a su ascendencia familiar. Para ello nos basaremos en dos documentos inéditos localizados en el Archivo General de Indias, a saber: uno, la probanza de méritos que presentó su sobrino, Luis Suárez de Peralta, con la intención de conseguir una regiduría en la ciudad de México, y dos, el expediente e información para pasar a las Indias de Lorenzo Suárez de Peralta, también descendiente de la esposa del conquistador de Medellín.

 

EL ORIGEN DE LA FAMILIA

 

Como ya hemos afirmado, los orígenes familiares de la esposa de Hernán Cortés eran hasta hace poco tiempo muy controvertidos, pues, apenas si disponíamos de referencias documentales fiables. Francisco López de Gómara afirmó que Juan Suárez de Peralta -al igual que su hermana Catalina-, era natural de la ciudad de Granada. Sin embargo, esta afirmación del cronista de Carlos V hemos de ponerla en duda. Ya Justo Zaragoza en el tercer tercio del siglo XIX dejó bien claro que Juan Suárez de Peralta y sus hermanas habían nacido en Ávila. Esta es la tesis que ha prevalecido desde entonces dada su solidez documental, pues, no debemos olvidar que fue el propio sobrino de Catalina, Juan Suárez de Peralta, quien hizo tales afirmaciones en su "Historia del Descubrimiento y Conquista de México". Por otro lado, gracias a una referencia documental, sabemos que los padres de Catalina Suárez se llamaban Gonzalo Suárez y María de Marcayda.

El problema real comienza a la hora de intentar establecer el momento en el que Catalina Suárez arribó al Nuevo Mundo. Según Perissinotto, Catalina Suárez arribó a la Española, junto a su familia, el 9 de julio de 1509, en el séquito que acompañaba a doña María de Toledo. Sin embargo, hemos de poner en duda esta afirmación a la luz de los nuevos documentos que presentamos.

En la información se afirma con cierta rotundidad que Juan Suárez de Peralta -hermano de Catalina- llegó a la Española en la flota de frey Nicolás de Ovando. En el encabezamiento de la probanza lo primero que dice Luis Suárez de Peralta es que su padre -hermano de Catalina- "fue uno de los primeros descubridores, conquistadores y pobladores de la ciudad e isla de Santo Domingo, en la cual le fue(ron) dados muchos indios de repartimiento en gratificación de los mucho ssque trabajó y gastó en el dicho descubrimiento y conquista". Además, la pregunta cuarta de la probanza deja pocas dudas al respecto al decir lo siguiente:

 

          "Si saben que puede haber cincuenta años poco más o menos que el dicho Juan Suárez vino de España con el Comendador Mayor don frey Nicolás de Ovando y llegados que fueron a la isla Española que ahora llaman de Santo Domingo el dicho Juan Suárez se halló en todas las conquistas y pacificaciones que se hicieron y fueron necesarias así en las conquistas a donde fue personalmente el dicho Comendador Mayor como en otras..."

 

 

Todos los testigos respondieron afirmativamente a esta consulta aunque sin aportar datos más concretos ya que todos ellos reconocieron que no se encontraban en América cuando ocurrieron aquellos hechos. Incluso, se puede apreciar una gran imprecisión en cuanto a las fechas, pues, ninguna coincide con el año de 1502. Así, pese a que la probanza se realizó en 1560, los testigos respondieron de forma unánime que Juan Suárez llegó en la flota del Comendador Mayor a la Española "hacía 50 años poco más o menos", retrasando el arribo de Ovando a la Española hasta 1510. Igualmente Alonso de Herrera, representante de Luis Suárez de Peralta, declaró en 1567 que el padre de su representado fue a las Indias con frey Nicolás de Ovando hacía unos 55 años poco más o menos de forma que, si tomáramos en cuenta este dato, debió llegar en 1512.

No obstante, la total coincidencia de todos los testigos y del propio Luis Suárez de Peralta, al afirmar que su padre llegó en la flota de frey Nicolás de Ovando creemos que tiene suficiente credibilidad como para darla por cierta. Las imprecisiones cronológicas se deben, sin duda, a dos circunstancias, a saber: primera, a la lejanía en el tiempo de dichos acontecimientos, y, segunda, a que ninguno de los declarantes estuvo en la Española por esos años.

Así, pues, podemos decir que Juan Suárez de Peralta llegó a la Española en 1502, participando en la conquista de la isla y recibiendo, en compensación por los servicios prestados, una encomienda de indios. Una vez que Juan Suárez de Peralta se asentó en la isla, tras la finalización de su conquista y pacificación, envió a buscar a España al resto de su familia, entre ella a su hermana Catalina que no debió arribar a la Española antes de 1505.

No obstante, los conquistadores eran muchos y el botín para repartir poco por lo que la familia Suárez de Peralta decidió marcharse a la vecina isla de Cuba, en la flota del adelantado Diego Velázquez. Este período comprendido entre 1512, fecha en la que llega a la isla, y 1520, momento en el que Juan Suárez de Peralta partió para México es de suma importancia en la vida de la familia. Nuevamente el hermano de Catalina, participó activamente en la conquista y pacificación de un nuevo territorio, la isla de Cuba.

Una vez pacificada ésta, los Suárez de Peralta se avecindaron en la ciudad de Santiago, recibiendo Juan Suárez una buena encomienda de indios en remuneración por sus servicios. Así, por ejemplo, el testigo Antón de Rojas declaró a la pregunta sexta del interrogatorio lo siguiente:

 

          "Que este testigo vio al dicho Juan Suárez que por sus servicios el dicho adelantado don Diego Velázquez le dio indios de repartimiento los cuales vio este testigo que le servían en la dicha ciudad de Santiago de Cuba y que era persona tenida y habida por tal conquistador de la dicha isla..."

 

Pasado algún tiempo y una vez lograda una cierta estabilidad económica -gracias a una buena encomienda de indios-, comenzó la ascensión social de la estirpe. Y el hecho más trascendental en este proceso fue sin duda el matrimonio de Catalina Suárez Marcayda con el futuro conquistador de México, Hernán Cortés.

 

SU MATRIMONIO CON HERNÁN CORTÉS

 

Nuevamente queremos insistir en lo controvertida que es la cuestión, pues, no en vano, hay historiadores que dudan incluso que el enlace se llegase a celebrar. Por lo demás, existía cierto escepticismo a la hora de establecer el parentesco exacto entre la primera mujer del conquistador de México y la familia Suárez de Peralta. Y finalmente, y como es bien sabido, se acusa al mismo Hernán Cortés de causar la muerte de su esposa.

En relación, pues, a este matrimonio entre el conquistador de México y Catalina Suárez se ha escrito mucho, apareciendo tres posiciones opuestas: la primera, que el compromiso de matrimonio se rompió antes de realizarse. La segunda, que fue un matrimonio sin amor, consumado por las presiones que ejerció el teniente de gobernador Diego Velázquez sobre un jovial Hernán Cortés. Y la tercera, que realmente fue un casamiento en toda regla donde dos enamorados optaron por unir sus vidas.

Por supuesto, en esta probanza queda bien claro que efectivamente el matrimonio de Catalina Suárez y Hernán Cortés se llegó a oficiar en la isla de Cuba. Así, por citar un ejemplo concreto, Antón de Rojas declaró a la tercera pregunta que "en esta ciudad (se refiere a México) se dijo y publicó que la mujer primera del dicho Marqués del Valle era tía del dicho Luis Suárez y Juan Suárez y que era hermana de su padre del dicho Juan Suárez..."

Por lo demás, las relaciones entre la familia Suárez y el conquistador de Medellín fueron muy fluidas tanto antes como después de la Conquista de México. Concretamente, en esta probanza se pone de manifiesto que, a la partida de Hernán Cortés rumbo a su gesta conquistadora en el continente, éste dejó a Juan Suárez de Peralta encargado de la administración de sus haciendas, pidiéndole asimismo que abonase las deudas que había dejado para armar la flota. Concretamente el testigo Andrés de Tapia declaro sobre este particular lo siguiente:

 

"Que se había quedado a ruego del dicho Hernando Cortés su cuñado, en la administración de su casa, minas, pueblos y haciendas y que oyó decir al dicho Altamirano, que de ordinario residía en las casas del dicho Cortés y que el dicho Juan Suárez tenía ciertas partes de haciendas entre las que administraba y que asimismo sabe este testigo y oyó decir... que el dicho marqués había quedado a deber muchas sumas de pesos de oro para hacer la jornada que hizo para esta Nueva España..."

 

Obviamente, esta cordialidad entre Cortés y su cuñado muestra una magnífica relación entre el conquistador de Medellín y su familia política. Nada hace sospechar la posibilidad de agravios del conquistador de México hacia su primera esposa.

 

LA MARCHA DE CORTÉS

También se ha afirmado que Cortés abandonó a su esposa cuando fue a la Conquista del Imperio Azteca, afirmación con la que, a la luz de los nuevos documentos investigados, no estamos totalmente de acuerdo. Evidentemente Cortés marchó con sus hombres para enfrentarse a un mundo desconocido y no había lugar en esa expedición para las familias. Pero, como ya mencionado en líneas precedentes, a su marcha, las relaciones con su cuñado, Juan Suárez de Peralta, eran tan buenas que Cortés lo dejó encargado de sus bienes en Cuba.

Por la probanza sabemos que Juan Suárez de Peralta permaneció en Cuba, tras la marcha de Cortés, el poco más de un año comprendido entre el 18 de febrero de 1519 -fecha en que partió el conquistador del Imperio Azteca- y el 6 de julio de 1521 en que el hermano de Catalina arribó por fin a México. Efectivamente el testigo Andrés de Tapia manifestó que Juan Suárez se quedó en Cuba "a ruego del Marqués" para que administrase sus haciendas y satisficiese todas las deudas que había dejado en el apresto de su armada. En esos 16 meses Juan Suárez vendió tanto las propiedades de su cuñado como las suyas propias, pagando las deudas pendientes y consiguiendo algunos fondos para el apresto de una carabela portuguesa que compró a "un fulano de Nájera". La pregunta sexta de la probanza iba al fondo de esta cuestión al decir lo siguiente:


          "Si saben que la dicha carabela fue el primer navío que vino a esta Nueva España en busca del dicho Marqués después que él partió de la dicha isla de Cuba y si saben que vino con licencia y despachado por mandado del licenciado Zuazo, teniente de gobernador que a la sazón tomaba y estaba tomando residencia al dicho adelantado Diego Velázquez, el cual dicho Diego Velázquez entretuvo al dicho Juan Suárez muchos días que no les dejaba partir embargándole por muchas vías porque el dicho Marqués no tuviese socorro..."

 

 

La llegada de Juan Suárez se produjo concretamente en el intervalo comprendido entre la derrota de los españoles en la Noche Triste, ocurrida como es de sobra conocido el 30 de junio de 1521, y unos días antes de la victoria definitiva sobre los aztecas en la Batalla de Otumba, contienda librada el 7 de julio del mismo año. Pero, a diferencia de lo que se había pensado en torno a que Juan Suárez marchó a México en compañía de su madre y de sus hermanas -entre ellas la esposa de Cortés-, lo cierto es que en esta probanza queda bien claro que viajó sólo. Posteriormente, una vez conquistada la capital del Imperio Azteca, volvió al menos a por su hermana Catalina. Y fue concretamente Juan Suárez quien acudió, en el mismo año de 1521, a por su hermana, con dos navíos bien pertrechados y, según parece, a ruego del propio Cortés. Es más, según se afirma en la probanza, a su llegada a Nueva España fue "el Marqués a recibirla y que la trajo a Culuacán y que hizo vida maridable con ella hasta que falleció".

 

LA MUERTE DE CATALINA SUÁREZ

La tesis sostenida tradicionalmente es que Catalina murió en octubre de 1522, en condiciones extrañas, pocos minutos después de haber mantenido una fuerte discusión con su marido. Al parecer, la finada estuvo en una fiesta con Hernán Cortés hasta más allá de las diez de la noche. En ese momento, según numerosos testigos, los esposos tuvieron una pequeña disputa, ella se sintió ridiculizada en público y se marchó llorando a sus aposentos. Según su camarera personal, la cosa no fue a mayores, pues, verificó que la ayudo a cambiarse y la dejó acostada aparentemente sana y tranquila. Poco más de una hora después, antes de mediar la media noche, estaba muerta. En ese momento, Hernán Cortés avisó a cinco mujeres para que la amortajaran. Se trataba de la camarera personal de Catalina, Antonia Hernández, las tres doncellas de la casa, Juana López, esposa de de Alonso Dávila, Ana Rodríguez, esposa de Juan Rodríguez, Violante Rodríguez, mujer de Diego de Soria, y al ama de llaves de Juan de Burgos, María de Vera. La más afectada fue sin duda su camarera personal, Antonia Hernández, que había vivido con Catalina desde 1514 y que quedó verdaderamente desolada. En cambio, Cortés se mostró extremadamente nervioso, dando puñetazos en las paredes, por lo que debieron llamar a fray Bartolomé de Olmedo para que lo calmara. Esos son a groso modo los hechos ocurridos.

Históricamente ha habido un ardoroso debate entre los que pensaban que la muerte fue natural y los que sostenían la tesis del asesinato. Yo debo reconocer que durante mucho tiempo pensé y hasta publiqué que la acusación debía ser una difamación más de los muchos enemigos del medellinense. Sin embargo, después de leer y releer los testimonios de los testigos presenciales, fundamentalmente de la camarera personal y de las otras mujeres que la amortajaron, debo reconocer que albergo bastantes dudas, por las circunstancias cuanto menos extrañas en las que perdió la vida.

La tesis hispanista fundamentaba la negación del homicidio en el carácter enfermizo de Catalina Suárez. Ellos sostenían que doña Catalina padecía gravemente del corazón y que con frecuencia quedaba gran rato amortecida y fuera de su sentido. En esta línea se mostraron historiadores tan solventes como Salvador de Madariaga:


"Su salud no era nada buena. Padecía de asma y es seguro que hallaría difícil aclimatarse a la altura deMéxico después de tantos años al nivel del mar en Santiago de Cuba"

 

En el interrogatorio sobre su muerte, realizado en 1529, varios testigos aludieron a este carácter enfermizo de doña Catalina. Así, por ejemplo, Antonio Velázquez declaró lo siguiente:


"Que muchas veces vio a la dicha Catalina enferma y así la tenían por mujer enferma y que era delicada y que algunas veces le tomaba un mal que estaba como muerta y que quedaba del dicho mal muy fatigada".

 

Al parecer, la hermana de Catalina también murió joven, de forma repentina y con los mismos síntomas. Esto, a juicio de los que niegan el homicidio, podría indicar alguna enfermedad congénita de las dos hermanas. Las acusaciones de homicidio, según Fernández del Castillo, fueron promovidas por la primera Audiencia de México con la intención de acabar con el abrumador dominio político del conquistador de México.

La segunda prueba que argumentan los detractores de la tesis del homicidio, insisten en el respeto que, tras su fallecimiento, mostró Hernán Cortés por su difunta esposa. Según Madariaga, llevó luto prácticamente hasta su boda con doña Juana de Arellano y Zúñiga en 1529. Además, dispuso una conmemoración anual que por su alma debía celebrase en la capilla del hospital de la Concepción. Asimismo, aunque no tuvo hijos con ella, sabemos que de los 11 vástagos que tuvo, entre legítimos y naturales, nada menos que a tres hijas le puso el nombre de Catalina.

Bueno, aun aceptando la idea de que mantuvo el luto hasta 1529, lo cierto es que la apariencia era algo importante en la sociedad de la época, y además parecía lo más conveniente para defender su inocencia. El hecho de que, posteriormente, pusiera el nombre de Catalina a tres de sus hijas implica posiblemente un acto de recuerdo o de arrepentimiento hacia su difunta esposa. Ahora bien, pese a los argumentos de los detractores de la tesis del homicidio, lo cierto es que la noche en que ocurrieron los hechos, Hernán Cortés mostró algunos comportamientos muy sospechosos, a saber:

Primero, la finada durante la fiesta no mostró el más mínimo síntoma de estar enferma. Más bien, al contrario, se mostró muy alegre y tranquila hasta la disputa con su marido.

Segundo, cuando Hernán Cortés dio la voz de alarma, ya estaba muerta su esposa. No dio ninguna señal de alerta durante el trance. Simplemente envió a su camarero Alonso de Villanueva para que buscase a las mujeres para que preparasen el cadáver.

Tercero, de las declaraciones de estos testigos presenciales se desprende que observaron en el cadáver algunas cosas que les parecieron raras y que levantaron sus sospechas, a saber: una, que tenía moratones en el cuello. Dos, que estaba toda descabellada como si hubiese opuesto resistencia a alguien. Tres, que se había orinado encima. Y cuatro, que había desparramadas en el suelo cuentas rotas de una gargantilla de color azabache. Por ello, en ese momento murmuraron entre ellas que la había matado Cortés, pero no se atrevieron a decir nada por miedo a sus represalias. Sólo una de ellas, la más atrevida, María de Vera, le preguntó por los cardenales del cuello, a lo que Cortés respondió que se los produjo él al tirarle del collar cuando la vio amortecida. Luego comentó a sus compañeras que Cortés la había ahogado igual que el Conde Alarcos hizo con su mujer. Todas ellas declararon esas circunstancias, menos la camarera personal de doña Catalina, Juana López, que negó haber visto moratones algunos, ni las cuentas rotas de la gargantilla. A las 8 de la mañana llegaron a ver el cadáver María Hernández y una tal Gallarda y le quitaron la toca que le cubría la cabeza, hallando síntomas de ahogamiento y de resistencia, por los ojos salidos y muy abiertos –dijeron-, así como una gota de sangre encima de la frente y un rasguño en la ceja.

Y cuarto, el de Medellín ordenó taparle bien el cuello, meterla en un ataúd y clavar la tapa. Cuando Bartolomé de Olmedo le pidió que mostrara el cuerpo al pueblo para contrarrestar las sospechas que había de asesinato él se negó rotundamente. Tan sólo vieron sus restos mortales, además de Cortés, algunos de sus hombres de confianza y un grupo de mujeres que estuvieron en el entorno de la finada.

Es cierto que, Juan Suárez de Peralta, hermano de Catalina, continuó, hasta 1529 manteniendo una buena amistad con Hernán Cortés. Incluso, participó activamente en la pacificación de las provincias de Michoacán, Jalisco, Pánuco y Oaxaca, recibiendo en compensación la encomienda de Tamazulapa que, como es bien sabido, heredaría a su muerte su hijo mayor Luis. Cortés y su cuñado participaron juntos en la conquista y pacificación del Pánuco, enviándolo luego por su teniente y capitán al descubrimiento de la costa del Mar del Sur hasta el Soconusco. Pero, es más, unas décadas después, los sobrinos de doña Catalina no le reprocharon nada al conquistador, sino más bien al contrario, mostraban una cierta admiración por su célebre tío político.

Pero, todo ello son pruebas circunstanciales. Hernán Cortés y sus herederos gozaron de una fortuna considerable y de una gran influencia política. Enfrentarse a ellos era algo que no estaba al alcance de todos. La madre de la finada, María Marcayda, siempre estuvo convencida de que su hija murió asesinada, pero todos le desaconsejaron emprender un juicio contra el hombre más poderoso de Nueva España. En 1529, las cosas habían cambiado considerablemente. El poderoso conquistador había sido desalojado del poder y ahora sí que parecía factible hacerle pagar viejas deudas. Por ello, animada por Juan Suárez de Peralta, hermano de Catalina, se decidió a plantarle cara en dos procesos paralelos, uno en el que lo acusó de homicidio y otro, reclamando para ella y sus herederos el dinero de gananciales que obtuvo mientras estuvo desposado con su difunta hija. Cuesta creer que una madre, emprendiera todas estas acciones legales sólo por capricho o por dinero.

Nunca se podrá demostrar fehacientemente si murió asesinada o no, entre otras cosas porque el propio Cortés borró todo tipo de pruebas lo más rápidamente que le fue posible. Pero nadie puede dudar que al metellinense no le faltaban razones para hacerlo: en primer lugar, de acuerdo con José Luis Martínez, por los justificados celos que mostraba Catalina. Ésta debió llevar muy mal la actitud de su marido que, en esos momentos, fue padre por primera vez con su concubina mayor, doña Marina. Por tanto, no es de extrañar que el de Medellín no pudiese soportar más las presiones de su legítima esposa. Y en segundo lugar, porque otra de las grandes obsesiones del metellinense, además de las mujeres, fue el ennoblecimiento de su linaje. Y para ello, Catalina era un estorbo insalvable. Si quería desposarse con una importante dama castellana y tener hijos de alta alcurnia con los que perpetuar su apellido, la desaparición de Catalina era necesaria. El testimonio de María Hernández, esposa de Francisco de Quevedo, que era amiga y confidente de Catalina desde sus años en Cuba, es absolutamente clarificador. Cuando supo la muerte de Catalina no se sorprendió porque la finada le había contado su temor de que su marido acabara con su vida:


"Catalina tenía mucha conversación y amistad con este testigo porque se conocían de Cuba, y contándole la dicha doña Catalina muchas veces a este testigo la mala vida que pasaba secretamente con el dicho don Fernando Cortés y como la echaba muchas veces de la cama debajo de noche y le hacía otras cosas de maltratamiento, le dijo a este testigo: ¡ay, señora la de Quevedo, algún día me habéis de hallar muerta a la mañana, según lo que paso con el dicho don Fernando!"

 

           Pero mucho más elocuente era la causa por la que creía que asesinó a Catalina: lo hizo, según era opinión generalizada en Nueva España, porque pretendía casarse con otra mujer de más estado. Una pretensión que, al parecer, el mismo medellinense confesó a su capitán de la guardia, Cristóbal Corral, al día siguiente del fallecimiento de su infortunada esposa.

 

PARA SABER MÁS:

 

GÓMEZ-LUCENA, Eloísa: Españolas del Nuevo Mundo. Madrid, Cátedra, 2013.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Aportes a la biografía de Hernán Cortés: su matrimonio con Catalina Suárez”, en Fray Bernardino de Sahagún y su tiempo. León, Universidad, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

DATOS SOBRE LA SOCIEDAD Y LA VIDA COTIDIANA EN ACEUCHAL A TRAVÉS DE UN PLEITO DEL SIGLO XVII

DATOS SOBRE LA SOCIEDAD Y LA VIDA COTIDIANA EN ACEUCHAL  A TRAVÉS DE UN PLEITO DEL SIGLO XVII

          Buenos días: por supuesto, es todo un placer poder estar aquí en Aceuchal para hablar de su historia. Mi aporte es muy pequeño, pero espero que todo sume para despertar el interés por la historia de esta pequeña villa rural de la Orden de Santiago. La historia de Aceuchal tiene el atractivo para el historiador de quedar infinidad de aspectos inéditos por estudiar, un verdadero filón para el apasionado por los papeles viejos.

En este pequeño artículo analizamos un proceso incompleto conservado en el Archivo de la Chancillería de Granada, entre varios vecinos de Aceuchal, Marina Valenciano y su familia frente a Fernando García de León y su hermana Isabel de León, entre otros. Lo de menos es el proceso, que además al estar incompleto y carecer de sentencia no sabemos cuándo ni cómo finalizó. Lo realmente interesante son las pesquisas que se hicieron a raíz del suceso en las que salen a relucir varias los testimonios de varias decenas de vecinos. Ellos nos ofrecen su forma de ver las cosas, sus miedos, sus problemas, y sus atavismos sociales. Un proceso de esta magnitud, auspiciado por la Chancillería de Granada, con un extenso interrogatorio a algunas de las personas más conocidas del pueblo, debió generar un enorme revuelo en esta tranquila localidad.

Aceuchal era una pequeña villa, poblada a partir del siglo XV por la Orden de Santiago que obtuvo el título de villa en tiempos de los Reyes Católicos. Pertenecía pues, a la demarcación señorial más extensa de Extremadura, la santiaguista, con un total de 78 villas y aldeas y más de 25.000 vecinos. La población se mantuvo más o menos estable durante toda la Edad Moderna, en torno a los 500 vecinos, aunque, eso sí, con una reducción drástica en la primera mitad del siglo XVII.

 

EL CONTENCIOSO

El 16 de marzo de 1682 sucedió en Aceuchal un altercado que creó una gran conmoción en la villa y que acabó con una herida por arma blanca en la cara y varios encarcelados. Narremos lo sucedido:

La desgraciada protagonista del suceso fue una tal Marina Valenciano, vecina de la localidad que, aunque pobre, pertenecía a una señera familia. Se había desposado con Francisco Ortiz de Zarate, y recibió en ese momento 1.000 reales del patronato para casar doncellas pobres de su linaje que había fundado su pariente el licenciado Ortiz, presbítero de la iglesia parroquial de Aceuchal. Durante un tiempo, estuvo viviendo con su marido en Almendralejo y en Mérida. Pero por encontrarse en extrema pobreza su marido la envió de vuelta a Aceuchal, a casa de su madre, donde vivió los últimos años de su vida en compañía de su hermana, Juana García Cordobesa y del marido de ésta. Su padre Alonso Durán Cordobés era ya difunto y su madre, Catalina González Valenciana, tampoco se encontraba en una situación económica airosa. Marina Valenciano aportaba lo que podía, trabajando en los ejercicios que las mujeres de esta tierra usan para sustentarse. Cuando se desposó obtuvo 2.000 reales de la obra pía fundada por el licenciado Ortiz para casar doncellas de su linaje, y lo debió cobrar en plazos, pues en su testamento manifestó que todavía le debían una parte. Parece que la ocupación principal a la que se dedicaba, además de las tareas domésticas, era a tejer lana, es decir, de tejedora, un oficio vinculado secularmente a la mujer.

Ella misma se definió a sí misma como una mujer honrada y pobre que estoy pacífica y no malquista ni alborotadora y sin haber cometido delito por donde mal me pudiese venir. Efectivamente, como ella decía, llevaba una vida honesta y discreta, aunque todo el mundo murmuraba de ella, sospechando una posible separación y extrañando que no hiciera vida maridable con su esposo, pese a que se suponía que residía en la vecina localidad de Almendralejo. Era una situación delicada, pues ninguna mujer honesta podía quedarse sin la protección de un padre, un esposo o, cuanto menos, un hermano.

Para remediar su delicada situación, acudía a Almendralejo cada cierto tiempo a las casas de Alonso García de León y de Marina Esteban Ortiz, que tenían una buena posición económica. Allí recogía vellones de lana que ella tejía para hacer ropa. No se especifica, cómo obtenía su beneficio, si ella entregaba las prendas elaboradas a los anteriores o si los vendía por su cuenta, abonando el precio de la lana. Lo cierto es que en esta ocasión, Alonso García y Marina Esteban tuvieron la deferencia de suplirle cierto dinero que le había faltado, regalándole asimismo un paquete de lana para que se confeccionase ropa para su vestido. Según declaró después la propia Marina Valenciano, lo hicieron por caridad.

Sin embargo, la hija del matrimonio, Isabel de León, el marido de ésta, el médico Diego Ortiz de Paredes, residentes en Aceuchal, y el hermano de la primera, Fernando García de León, lo interpretaron de otra forma, pensando que se había aprovechado de sus padres y suegros.

Los hechos sucedieron según testimonio de la propia Marina Valenciano, hacia las 19:00 horas del 16 de marzo de 1682. La susodicha estaba en la casa situada en la calle de Enmedio, donde vivía en compañía de su madre, su hermana y su cuñado Francisco Solís Bejarano. Estaban sentados en torno a la lumbre de la chimenea luego se deduce que, pese o que faltaban pocos días para el inicio de la primavera, aún hacía frío, dando por bueno ese viejo refrán que dice que hasta mayo no te quites el sayo. Justo en ese momento irrumpieron varios hombres embozados (y) apercibidos de armas ofensivas y defensivas que la increparon dando grandes voces, con gran escándalo. Poco después acudió Isabel de León, hija del que había sido escribano público y del cabildo de Aceuchal, Alonso García de León, y de Marina Esteban Ortiz. Ésta la volvió a increpar aunque Marina Valenciano no se quedó callada, llamándole puta verdulera. Luego, mientras unos inmovilizaban al varón, otro tiró al suelo a la demandante, propinándole una herida en el rostro y otra en una nalga, sin otras medianas en diferentes partes de su cuerpo de las cuales estuvo al borde de la muerte. Aunque los hombres se tapaban la cara, la agredida acuso a Francisco Agustín Romero, porque ella lo conocía y lo reconoció. Y ello a pesar de que el hermano de Isabel de León, Fernando García de León, confesó reiteradamente que fue él quien la acuchillo, según algunos testigos por las injurias tan grandes que hizo a su hermana. Ante el escándalo acudieron numerosos vecinos y los alcaldes ordinarios quienes detuvieron a Agustín Romero y a Fernando García de León, cuñado del catedrático de la Universidad de Salamanca, Diego Ortiz de Paredes.

Marina Valenciano salió con la cara desfigurada y enferma, hasta el punto que nunca se llegó a recuperar totalmente. Al año siguiente, otorgó testamento, estando enferma, muriendo con toda probabilidad poco después. Sin embargo, tuvo tiempo de llevar ante los tribunales a sus agresores, apelando incluso a la chancillería de Granada.

Sorprende que una mujer con tan pocos recursos económicos se enzarzara en un pleito de esta magnitud. Pero hay una cosa que debemos destacar, el honor de la familia se había mancillado, y algunos de sus miembros eran alcaldes ordinarios, presbíteros o militares. Fueron ellos los que debieron incitar a la agredida a plantar cara a sus agresores, asumiendo lógicamente las costas del proceso. La primera pesquisa, instruida por la justicia ordinaria de Aceuchal se llevó a cabo entre el 17 y el 21 de marzo de 1682, inmediatamente después de los hechos. Inicialmente los acusados fueron recluidos en la cárcel pública de la villa, pero poco después debieron salir en libertad con cargos y tras presentar fiadores.

A Marina Valenciano le debió parecer que la justicia ordinaria actuaba con pasividad por lo que no dudó en apelar a la audiencia granadina. El 8 de octubre de ese mismo año obtuvieron una Real provisión por la que se requería a los ediles de la villa a realizar una nueva información y remitirla a dicha audiencia. Desde este organismo judicial se comisionó al relator Juan Fernando Calvo para que se dirigiese a la villa extremeña a supervisar la pesquisa. Debió salir de Granada el 8 o el 9 de octubre y llegó a Aceuchal a las 20:00 horas del 17 de octubre, es decir, tardó en el trayecto algo más de una semana.

En el expediente, no consta la sentencia aunque es posible que el fallecimiento en 1683 de la demandante, propiciara una solución pecuniaria; dado que en teoría no hubo víctimas mortales, es posible que todo quedase en el pago de las costas y en algún tipo de compensación económica para la familia de la demandante. Era suficiente para cumplir el objetivo: el honor de la agredida y su familia había sido restituido. Bien es cierto que la restitución llegó demasiado tarde para la pobre de Marina Valenciano.

 

EL HONOR DE LA FAMILIA

 

           Para una persona del siglo XXI llama la atención la importancia que se le otorgaba al honor de todo el clan. No hay que olvidar que en la sociedad estamental el prestigio de los individuos no lo confería solo su persona sino su pertenencia a una familia. Por ello, el litigio no fue entre Marina Valenciano y los García de León sino de la familia de la primera frente a la del segundo.

            Aunque, como ya hemos dicho, la situación económica de la primera era extremadamente precaria a diferencia de la segunda, ambas familias pertenecían al estamento privilegiado y contaban entre sus filas con miembros destacados. Se aprecia la cuestión del honor y de la prevalencia del clan sobre el individuo. Los principales acusados fueron Isabel de León y su esposo, así como el hermano de ésta Fernando García de León, que era al menos en 1681 alcalde de hermandad en Aceuchal. Cuando trasladaban a este último a la cárcel pública del pueblo gritó delante de todos los congregados: ¡yo lo he hecho y yo lo pagaré, no echen la culpa a nadie! La probanza de Marina Valenciano se dirigió contra él, como autor material de las cuchilladas, pese a que Isabel de León estaba tan implicada como su hermano. Probablemente se trata de un intento de asumir toda la responsabilidad, librando de la cárcel a su hermana y a otros familiares involucrados en el altercado. Había un sentido del sacrificio a favor del interés general de la parentela.

 

FORMACIÓN ACADÉMICA DE LOS COMPARECIENTES

           En el proceso los testigos necesariamente firmaban su declaración o decían no saber firmar por lo que lo hacía un testigo en su nombre. Se observan altas tasas de analfabetismo, pues son numerosos los testigos de distintas edades que declararon no saber firmar, a saber: Juan Baquero, labrador de 50 años, Antonio Esteban de 25 años, Bartolomé García Becerra, de 40 años, trabajador del campo, Pedro Jurado, de 36, trabajador del campo y Gaspar de los Reyes, de 47 años y labrador. No hay que perder de vista que las infraestructuras educativas del pueblo debían ser mínimas y que la posibilidad de enviar a un hijo a estudiar fuera debía estar reservado para una élite. Todavía en el Catastro de Ensenada se señalaban exclusivamente dos maestros de primeras letras: Sebastián Fernández y Manuel Gómez Becerra, que cobraban del Ayuntamiento 50 ducados anuales cada uno. Está claro que la mayor parte de la población no podía accedía a la educación y los que lo hacían sólo recibían una instrucción básica. La educación superior estaba reservada a la élite, pues en el proceso salen a relucir varias personas con formación académica, algunos escribanos y sobre todo varios médicos.

Ahora bien, también aparecen personas con formación superior, como los licenciados Diego Macías y Alonso Miguel, además de escribanos, médicos, maestros y presbíteros. Llama especialmente la atención por las declaraciones de los testigos que en un pueblo tan pequeño entonces como Aceuchal, residieran dos cirujanos, Juan Ribero y Agustín, y nada menos que un médico por la Universidad de Salamanca, Diego Ortiz de Paredes, implicado, por cierto, en el proceso. Y no eran los únicos, pues el 16 de marzo de 1682, por ausencia del citado Diego Ortiz de Paredes se contrató al también almendralejense Rodrigo Alonso de Salas, aunque su nombre no comparece en el proceso que hemos analizado.

Sin embargo, en el Catastro de Ensenada vuelven a salir a la palestra un buen número de sanitarios, lo que refleja la existencia de una infraestructura médica mínima. En primer lugar se menciona la existencia de una casa que servía de hospital que debía ser, como la mayoría de los de su época, un hospicios donde se recogían para morir a los pobres de solemnidad, a los mendigos y a los transeúntes, mientras que todas aquellas personas que disponían de vivienda cumplimentaban el trance de la muerte en sus propias moradas.

           También es verdad que, junto a esta medicina más o menos oficial, había otra vinculada a la curandería. Fermín Mayorga descubrió un proceso inquisitorial en el Archivo Histórico Nacional, fechado en 1729, en el que se incautaron unos cuadernos de oraciones, conjuros e invocaciones para curar gota. Al parecer, los vecinos declararon que los había difundido un clérigo de Guadalcanal que curaba la citada enfermedad en la villa, con dichas oraciones, estola y agua bendita. Por tanto, queda claro que medicina oficial y curandería debían convivir sin problemas en la villa, salvo que la Inquisición interpretara, como este caso, que afectaba al dogma o se usaba la fe cristiana inadecuadamente.

 

MISERIA Y POBREZA

Se aprecia también la precariedad que se vivía en la época, pues incluso familias bien acomodadas podían llegar a la indigencia por algún imprevisto o por un cúmulo infortunios. Cuando llegaban las carestías, las hambrunas y las epidemias, muy pocos se encontraban a salvo de la pobreza y la enfermedad. De hecho, con frecuencia en los padrones de vecinos de Extremadura en la Edad Moderna encontramos referencias a personas que siendo labradores, hortelanos, sastres, herreros, o viudas estaban en situación de extrema pobreza. Enviudar o simplemente enfermar podía llevar a una familia acomodada a engrosar la extensa bolsa de pobreza.

En el caso concreto de Aceuchal, su término era escaso en relación a su población. Comparemos por ejemplo los casos de Solana de los Barros y Aceuchal a mediados del siglo XVIII. Mientras la primera localidad tenía 54 vecinos y 7.257 fanegas de término, Aceuchal estaba poblada por 500 vecinos que disfrutaban de una extensión de 8750 fanegas. Eso significa, que cada vecino de Aceuchal cabía a una media de 17,5 fanegas mientras que cada solanero disponía de 134,3 fanegas. Teniendo en cuenta que la calidad de la tierra era similar la disponibilidad de tierras para explotar de los vecinos de Aceuchal era muy inferior a la que disponían sus vecinos, los solaneros. Ello explicaría las presiones de los primeros sobre tierras de los segundos y el arrendamiento que formalizaba el duque de Feria de tierras de Solana sobre vecinos de Aceuchal.

Sin embargo, la condición de hidalgo otorgaba privilegios pero no generaba por si mismo dinero. Por eso, la condición de hidalga de la pareja no impidió que ella se tuviese que casar con una ayuda de 1.000 reales para doncellas pobres de su linaje y que llevara una vida mísera por los malos negocios de su marido, Francisco Ortiz de Zárate. Harta de penalidades retornó a casa de su madre, aunque no por eso acabaron, pues fallecido su padre, la economía de su progenitora era extremadamente precaria. Y se fue a vivir al hogar familiar de su madre, pues su padre había ya fallecido, donde también vivían su hermana y su marido, que no tenían descendencia. Se confirma también la existencia de hogares extensos donde los padres vivían con uno, dos y hasta tres de sus hijos, lo mismo casados que solteros. De hecho, a mediados del siglo XVIII se dice en el Catastro de Ensenada que había 428 casas habitables y 500 vecinos, evidenciando que algunas familias debían compartir casa.

 

DELINCUENCIA

           Asimismo, es de reseñar la existencia de delitos, pese a la presencia de alcaldes ordinarios, alguacil mayor y alcaldes de hermandad. Así, por ejemplo, Bartolomé García Ortiz, labrador, de 42 años, declaró que a los ocho de la tarde se dirigía a su cortinal, para evitar que el hurtasen el aliajer (sic), lo que parece indicar que se producían robos en el campo. Tras pensar ese concepto de aliajer, debe entenderse que en su cortinal había aliagas o aulagas, una planta típicamente mediterránea que junto a la retama, la coscoja y la jara abundan en las dehesas extremeñas, junto a los encinares, los acebuches y los alcornocales. Se trataba de una planta muy apreciada como alimento para el ganado, cuyas puntas tiernas comía el ganado y el resto de la planta se machacaba para hacer pienso. Al regreso, Agustín Romero prometió echarle medio cuartillo de vino en su casa. Dado que el cuartillo equivalía más o menos a medio litro, es de presuponer que la invitación se limitaba a un buen vaso de vino, lo que evidencia el valor que se le daba a este preciado líquido del que se disponía en cualquier hogar que se preciase. En el término de Aceuchal había viñedos, cereales, dehesas, huertas y en menor medida olivares que además con frecuencia aparecían intercalados entre los viñedos y los campos de cereal.

           Pero retornando al problema de la delincuencia, llama la atención el dato que proporciona el alguacil mayor, pues dice que en la Semana Santa de ese mismo año de 1682 habían asesinado en el pueblo a un joven, Miguel Merchán el Mozo, hijo, por cierto, del cuñado de Marina Valenciano. Un año antes, los alcaldes ordinarios habían encerrado en la cárcel pública a Francisco Mogollón, criado de Alonso Matías Ortiz, por diferencias no especificadas contra Lorenzo Jiménez. Para que lo soltasen con cargos Alonso Matías tuvo que dar fianzas, al tiempo que se constituyó en carcelero.

Lo que quiero decir con todos estos casos que la sociedad de la época distaba mucho de ser idílica. La extrema pobreza, las desigualdades, la guerra y la enfermedad creaban un ambiente enrarecido donde muchos solo buscaban la mera supervivencia. Y esa situación dura y extrema que los vecinos vivían día a día provocaba robos, daños y altercados frecuentes. Hurtos, peleas, acuchillamientos y hasta asesinatos eran moneda de cambio habitual.

 

INSTITUCIONES Y TOPÓNIMOS

            Salen a relucir instituciones civiles y religiosas así como topónimos que merece la pena señalar. Se menciona, por supuesto, la cárcel pública, un recinto necesario pensado para albergar a presos por delitos menores y por un período muy breve de tiempo. Así, por ejemplo, el testigo Alonso Serrano Macarro, alcalde ordinario de la villa y familiar del santo oficio, declaró que vio en la cárcel pública a Fernando (García) de León. Si se confirmaba una pena mayor debían trasladarse a la cárcel de Badajoz o a alguna otra preparada para acoger presos de larga duración. No se menciona en el pleito pero sí en otros documentos la existencia de un hospital de pobres, para recoger los pobres transeúntes. En realidad, se trataba de un asilo donde se recogían a moribundos pobres para evitar el drama que suponía verlos morir en medio de la vía pública. En cambio, no había casa de niños expósitos por lo que los abandonos se realizaban casi siempre a las puertas del templo parroquial.

Entre las instituciones religiosas se menciona a la cofradía de San Pedro, una de las más señeras de la localidad. Al parecer era la de mayor crédito de la villa y realizaba una probanza a todos los aspirantes para probar que eran cristianos viejos. A esta hermandad pertenecía la nobleza de la villa de ahí que entre las obligaciones de sus hermanos figurase el enterrar de caridad a mendigos, transeúntes y pobres de solemnidad. Ésta tenía su sede en la única iglesia parroquial, bajo la advocación del fundador de la Iglesia, aunque Bernabé Moreno de Vargas afirma que históricamente la ermita de San Andrés se desempeñó como segunda parroquia. En otros documentos de la misma fecha se alude a otras cofradías, como la del Santísimo Sacramento, la de las Benditas Ánimas del Purgatorio o la de la Cruz. Esta última poseía algunos bienes raíces, concretamente, varias fanegas de tierra en el término de la villa.

Además de la citada ermita de San Andrés había otras dedicadas a Nuestra Señora de la Soledad –patrona de la villa-, San Antonio Abad y a los Mártires San Fabián y San Sebastián. Sin embargo, esta última se encontraba arruinada en 1683, aunque su mayordomo, Bartolomé Sánchez Ortiz, trabaja de conseguir los fondos suficientes para reconstruirla.

Se citan asimismo varios topónimos empezando por el mismo nombre de la villa que aparece referido en algunas ocasiones como Acebuchal. Eso denota claramente su origen, vinculado a un árbol típicamente mediterráneo como el acebuche. En otras ocasiones aparece citada como el Azauchal, forma que también usaba, pocos años antes, Bernabé Moreno de Vargas, según decía por haberse fundado en sitio lleno de azauches. En el Catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII se la denomina como Azehuchal, por cuyo nombre es y ha sido siempre conocido y distinguido en esta provincia. Se ajustaba ya a la fonética actual, aunque intercalando una h. Al parecer, fue a partir del censo de 1857 cuando se estableció el nombre oficial de Aceuchal.

Salen a colación varias calles principales, como la de Enmedio, la de la Cañada, Alvarino y la de Santa Marina. Asimismo, se mencionan el Camino Viejo y el arroyo de Valparaíso, en dirección a Almendralejo, cerca de donde estaban los límites de ambos términos.

 

CONCLUSIÓN

A modo de conclusión solo decir que mi aporte es pequeño pero espero que no sea el último. La historia de Aceuchal tiene el atractivo para el historiador de ser un terreno casi virgen para la investigación, un verdadero filón para un apasionado por los papeles viejos como yo.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ALBA LÓPEZ, Juan Carlos: “Historia y estructuras desde 1517 a 1700”, Historia de la Baja Extremadura, T. II. Badajoz, Real Academia de Extremadura, 1986.

 

FLORES, María de la Hiz (MAIZFLOR): Apuntes para la historia de mi pueblo. Aceuchal, 1981.

 

GARRIDO BARRAGÁN, Luis: Cancionero de Aceuchal. Badajoz, Gráficas de la Diputación Provincial, 2007.

 

MADOZ, Pascual: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, T. III. Madrid, 1850.

 

MARAVALL, José Antonio: Poder, honor y élites en el siglo XVII. Madrid, Siglo XXI, 1989

 

MAYORGA HUERTAS, Fermín: “Los herejes de Tierra de Barros condenados por la Inquisición de Llerena”, Actas de las I Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros. Almendralejo, (2010)

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Expósitos en Tierra de Barros en la Edad Moderna. Unos apuntes”, IV Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros. Almendralejo, 2013, pp. 361-376.

 

---------- Historia de la villa de Solana de los Barros. Ordenanzas Municipales, 1554. Badajoz, Diputación Provincial, 2014.

 

MORENO GONZÁLEZ, José María: “Los intentos de labrar tierras en el marquesado de Villalba por vecinos de Aceuchal a mediados del siglo XVIII”, Actas de las IV Jornadas de Almendralejo y Tierra de Barros. Almendralejo, 2013.

 

MORENO DE VARGAS, Bernabé: Historia de la ciudad de Mérida. Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1633.

 

MUÑOZ DE SAN PEDRO, Miguel: “Nobles empadronados en Extremadura en 1829”, separata de la revista Hidalguía. Madrid, 1961.

 

SÁNCHEZ MARROYO, Fernando: “La mujer como instrumento de perpetuación patrimonial”, Norba, Revista de Historia Nº 8-9. Cáceres, 1988.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

(*) Texto de la ponencia que leí en Aceuchal en el marco de las VI Jornadas de historia de Almendralejo y Tierra de Barros, celebradas en noviembre de 2014. Las actas se publicarán en 2015 donde aparecerá un texto más extenso y anotado.

CHINA: EL NUEVO AMO

CHINA: EL NUEVO AMO

        En octubre de este año los rotativos impresos y digitales dieron a conocer la noticia de que este año China superaría a los Estados Unidos de América en Producto Interior Bruto (P.I.B.). Una noticia que no por esperada ha dejado de sorprender, teniendo en cuenta que en 2005 el P.I.B. del gigante asiático era la mitad que el estadounidense.

        Desde la muerte de Mao en 1976 el crecimiento económico ha sido imparable, situándose la tasa media anual hasta el año 2005 en el 9,7 por ciento. La clave ha sido la liberalización de su economía, convirtiéndola en una de las más abiertas del mundo, con aranceles aduaneros muy bajos. Y al mismo tiempo han mantenido el control absoluto sobre sus finanzas, manteniendo a su moneda –el yuan- al margen de la especulación de los grandes capitales mundiales.

        Ya está claro, que el epicentro del mundo va a bascular desde el Atlántico al Pacífico, donde se ubican grandes economías como la China, la japonesa y algunas emergentes como la india, la coreana, la tailandesa, la taiwanesa, la malaya, etc. En realidad no se trata más que de un retorno pues ya en el siglo XI, China fue el centro del mundo, con una civilización que aportó innovaciones como el papel, la imprenta, la pólvora, la seda, la brújula, la porcelana, etc. Se espera que para el 2020, el P.I.B. de China suponga ¡el 20 por ciento! del mundial y su fuerza laboral signifique la cuarta parte del mundo. Todo el Pacífico junto superará el 40 por ciento del P.I.B. mundial. Pero el potencia que tiene el país supera sus fronteras; hay millones de chinos repartidos por todos los países del mundo que se siguen identificando con la madre patria, pese a haber nacido en otros países. Hace unos meses el presidente del país más rico del mundo dijo que si algún descendiente de chinos, estuviese en el lugar que estuviese, dudaba de su identidad “que se mirase a un espejo”. Los occidentales se integran sin dificultad en cualquier otro país, pero los chinos nunca dejan totalmente de ser parte de su gran patria.

        Las consecuencias son todavía imprevisibles. Respecto a Occidente está claro que va camino de convertirse en la periferia. En el caso de España no solo estamos en la periferia de la periferia –Alemania, Francia y Gran Bretaña- sino que estamos cautivos del capital chino, que ha adquirido casi el 20 por ciento de nuestra deuda. La puesta a la venta de la deuda española comprada por el país asiático supondría un incremento tal de la prima de riesgo que nos llevaría a la quiebra en pocos meses. Por ello, España no puede más que obedecer al amo sin rechistar.

        Pero por muy comunista que sea en teoría el gobierno de China hay otros problemas que no podemos dejar de señalar aquí: primero, su modelo de crecimiento ha priorizado exclusivamente el crecimiento, sin tomar ningún tipo de medidas medioambientales. China ha imitado el peor modelo desarrollista occidental, con las consecuencias catastróficas que eso puede tener para el medio ambiente en unos momentos en los que tanto se habla de controlar las emisiones de gases de efecto invernadero. Y segundo, su modelo de crecimiento está generando enormes desigualdades sociales, que a la larga pueden provocar graves disturbios sociales. No queda nada ya del viejo sueño comunista. Y el problema es que en China vive casi la sexta parte de la población mundial, millones de personas que pueden ver empeoradas sus condiciones de vida por la concentración de la riqueza en pocas manos.

        La premonición del siempre lúcido Napoleón Bonaparte está a punto de convertirse en realidad: “cuando China despierte, el mundo temblará”. Pues el país más poblado del mundo, con más de 1.340 millones de habitantes, ya ha despertado, y las consecuencias para nuestro mundo todavía son impredecibles.

 

PARA SABER MÁS

 

FONTANA, Josep: Por el bien del Imperio. Barcelona, Pasado&Presente, 2011.

 

TAMAMES, Ramón: China 2001: la cuarta revolución. Madrid, Alianza Editorial, 2001.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

PROGRAMA DE LAS VI JORNADAS DE HISTORIA DE ALMENDRALEJO Y TIERRA DE BARROS (14 AL 16 DE NOVIEMBRE DE 2014)

 

Viernes 14 de noviembre de 2014 (tarde)
16:00 Recepción de asistentes. Entrega de documentación.
16:30 Inauguración Oficial de las Jornadas
16:45 Ponencia 1:
Política y políticos en Almendralejo durante la era isabelina (1833-1868), por don Miguel
Ángel Naranjo Sanguino, Catedrático de Enseñanza Secundaria y Doctor en Historia.
17:45 Café
18:00 Comunicaciones. Sesión I:
Modera: Don José Ángel Calero Carretero, Licenciado en Historia, Profesor de
Educación Secundaria
1. Aceuchal a finales del Antiguo Régimen. Economía y Sociedad, por don José Antonio Ballesteros Díez.
2. “Las Carboneras”: un proyecto de transformación agrícola en Almendralejo durante el Antiguo Régimen, por doña Carmen Fernández-Daza Álvarez.
3. Correspondencia entre Francisco Fernández Golfín y el II Marqués de Monsalud durante 1803. Proyecto de sociedad de Agricultura, tertulia literaria y otros asuntos, por don Francisco Zarandieta Arenas.
4. La abolición del régimen señorial. La ley aclaratoria de 1837 y su repercusión en el señorío Ducado de Feria y Marquesado de Villalba, por don Joaquín Castillo Durán
5. Pedro Fernández de Córdova y Mendoza, un alma romántica en la política, por doña Carmen Fernández-Daza Álvarez.
Debate.
                       Sábado, 15 de noviembre de 2014 (mañana)
10:00 Ponencia 2:
La prensa escrita, fuente para el estudio de la historia de Extremadura, Tierra de Barros, Almendralejo”, por don Antonio Carretero Melo, Doctor en Filología, Profesor del Centro Universitario “Santa Ana” y Cronista Oficial de Burguillos del Cerro.
11:00 Café
11:15 Comunicaciones. Sesión II:
Modera: Doña Matilde Tribiño García, Licenciada en Historia del Arte, Secretaria de las Jornadas
6. Entre el crecimiento y el entumecimiento: el nivel de vida biológico en Tierra de Barros durante los dos primeros tercios del siglo XX, por don Antonio M. Linares Luján.
7. Arquitectura, urbanismo e higiene en el Almendralejo del siglo XIX, por doña María Luisa Navarro Tinoco.
8. Un apunte político sobre don Pedro Fernández de Córdoba: el título de Ciudad a Almendralejo (1851), por don Juan Carlos Monterde García.
9. La consolidación de la sanidad municipal en Almendralejo el siglo XIX, por don Miguel Ángel Amador Fernández.
Debate.
13:15 Visita de la Exposición “Documentación municipal de los siglos XIX y XX en Tierra de Barros (1833-1978)”
14:00 Almuerzo (Restaurante “La Silera” de Almendralejo).


                        Sábado, 15 de noviembre de 2014 (tarde)
16:30 Ponencia 3:
Arquitecturas y transformaciones urbanas en Almendralejo (1850-1950), por don José Ángel Calero Carretero, Licenciado en Historia. Profesor de Educación Secundaria y don Juan Diego Carmona Barrero, Ingeniero en edificación, Máster de Investigación Universitaria en Arte y Humanidades.
17:30 Comunicaciones. Sesión III:
Modera: Don Tomás García Muñoz, Licenciado en Ciencias de la Educación, Profesor de Educación Secundaria.
10. Academia de Estudios Mercantiles en Almendralejo: Don Jorge Groiss Ervald, por doña Isabel Collado Salguero
11. Aproximación a la imaginería procesional de Almendralejo. Una mirada retrospectiva a su Semana Santa, por don Ángel María Díaz Rodríguez.
12. Breve historia del General Barbaza, por don Marcelino Díaz González.
Debate.
18:45 Café
19:00 Comunicaciones: Sesión IV:
Modera: Doña Nieves Moreno Horrillo, Periodista
13. Visiones de la Abadía, por don Teodoro Martín Martín.
14. Censos de vecindarios, ramos tributarios y procedimientos recaudatorios municipales a finales del reinado de Fernando VII en Villanueva de la Serena, por don Víctor Guerrero Cabanillas.
15. Don Luis de Solís y Manso, VI Marqués de Rianzuela y V Conde de Prado. Sus reflexiones sobre la cuestión electoral por el Distrito de Jerez de los Caballeros en 1863, por don Rogelio Segovia Sopo.
16. Los orígenes del fútbol en Tierra de Barros (I). La Cultural Villafranquesa y el nacimiento del Extremadura F.C., de Almendralejo (1919-1925), por don Ignacio Pavón
Soldevila y don Alonso Rodríguez Díaz.
17. Los orígenes del fútbol en Tierra de Barros (II). El Extremadura F.C. ante el dilema del profesionalismo (1926-1930), por don Ignacio Pavón Soldevila y don Alonso Rodríguez Díaz.
Debate.
20:30 Concierto: Música de Aceuchal en Almendralejo (Teatro Carolina Coronado)
Intervienen: Coral Nuestra Señora de la Soledad y Banda Municipal de Música.


                      Domingo 16 de noviembre de 2014 (mañana)
11:00 Traslado de los congresistas a Aceuchal
11:30: Visita guiada a la localidad de Aceuchal
12:30 Casa de la Cultura de Aceuchal: Comunicaciones: Sesión V:
Modera: Doña Carmen Fernández-Daza Álvarez, Doctora en Filología, directora y profesora titular del Centro Universitario Santa Ana de Almendralejo.
18. Una aproximación al estudio de los suelos de Aceuchal, por don Juan Pablo Almendro Trigueros
19. Sobre un documento de Carlos I del Archivo Histórico Municipal de Aceuchal, por don José Ángel Calero Carretero y don Juan Diego Carmona Barrero.
20. Datos sobre la vida cotidiana en Aceuchal, a través de un pleito del siglo XVII, por don Esteban Mira Caballos.
21. Aceuchal en las postrimerías del siglo XVIII. Vida y vivencias, por don José María Moreno González.
22. Diligencias realizadas por D. Pedro de la Hoya en tierras que pretendía la villa de Aceuchal (1749-1756), por don Laureano Becerra Noriega.
Debate
14:00 Acto de Clausura.
Vino de honor ofrecido por el Ayuntamiento de Aceuchal.

LOS ORÍGENES DE LA INQUISICIÓN EN HISPANOAMÉRICA

LOS ORÍGENES DE LA INQUISICIÓN EN HISPANOAMÉRICA

          Desde los primeros años de la Colonización la Corona se preocupó por el control de la emigración a las Indias con vistas, por un lado, a reservarse para sí el monopolio de las riquezas del Nuevo Mundo, y, por el otro, a impedir la entrada de judeoconversos y personas de dudosa moral que diesen mal ejemplo a los indígenas. El cumplimiento y ejecución de tales leyes se controló desde un principio por la Casa de la Contratación de Sevilla, institución que desde 1509 recibió la orden de registrar a todos los pasajeros que se embarcaban para las Indias, limitando el tráfico a una serie de grupos de excluidos como los extranjeros, los herejes y los no católicos. Sin embargo, esta legislación prohibitiva no fue suficiente para evitar que los jurídicamente apartados pasasen a las Indias sin excesivas dificultades, como lo demuestran las altas cotas de emigración ilícita.

           En relación a los judeoconversos las prohibiciones se repitieron en numerosas ocasiones: 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Tan sólo hubo una excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513 en la que se les autorizó a permanecer en América un máximo de dos años. Sin embargo, pese a la legislación prohibitiva pasaron muchos judeoconversos a las Antillas en las primeras décadas de la colonización. Así, en 1517 los Jerónimos en una carta dirigida al Cardenal Cisneros le informaron de lo numerosos que eran los herejes y conversos que allí habían llegado "huyendo de la inquisición". Incluso en 1526, en un juicio sobre unos conversos que habían ejercido oficios públicos, se declaró que había otros muchos en la Española que usaban los oficios públicos y reales.

           Evidentemente, queda claro que pese a las prohibiciones legales hubo una emigración constante de judeoconversos y perseguidos por la Santa Inquisición que no encontraban ningún tipo de problemas para embarcarse rumbo a las Indias. En este sentido, conocemos el caso, sumamente representativo, de un judeoconverso, llamado Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva) y natural de Casas Rubias que fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos, presentados en un juicio que se le hizo, afirmaron que su padre fue judío "y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición y murió con Sambenito". Alonso Rubuelo, siendo mayordomo del Señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con cierta suma de maravedís a Sevilla donde, sin ningún tipo de problemas, pudo embarcarse para las Indias, viviendo largos años en Panamá y disfrutando, incluso, de una encomienda de indios.

           Por lo demás, todo parece indicar que las ideas reformistas tuvieron muy poco eco en la América Hispana en estos primeros años de la colonización. Evidentemente la Corona puso un especial empeño para que los nuevos territorios no fuesen "contaminados" con unas ideas que hubiesen tenido desde luego importantes consecuencias políticas. Pero no se desconocían las ideas luteranas. En 1545, cuando aún vivía Martín Lutero, escribió Fernando de Lepe a Su Majestad, indicándole que las autoridades de San Juan no acataron una Real Provisión sobre la utilización común de las aguas, los pastos y los montes en la isla porque "la dicha Provisión Real era luterana, porque una de las opiniones de Lutero era que los bienes fuesen comunes". Queda claro, pues, que en América no se desconoció la problemática político-religiosa suscitada desde principios del Quinientos en Europa.

 

LOS PRIMEROS INQUISIDORES

           Desde muy temprano comenzaron a aparecer en las Antillas voces a favor de la introducción de la Inquisición, habida cuenta de la presencia de numerosos conversos en las Indias y de la relajación moral que se vivió en estos territorios. No debemos de olvidar que, como muy bien ha escrito Bartolomé Bennassar, la Inquisición no fue un simple instrumento de tortura sino "un prodigioso instrumento de poder político y control social al servicio del Estado centralista...". Desde el mismo instante en que los dominios españoles comenzaron a extenderse las autoridades se concienciaron de la necesidad de implantar la Inquisición para de esta forma mantener al otro lado del océano la pureza de la región católica. Era, pues, sólo cuestión de tiempo que la institución llegase al Nuevo Mundo.

            Parece ser que ya el primer Obispo de Santo Domingo, Francisco García de Padilla, y el de Concepción de la Vega, Pedro Suárez de Deza, recibieron poderes del Inquisidor General Jiménez de Cisneros para que fuesen inquisidores en sus respectivas jurisdicciones. Obviamente estos prelados no llegaron a ejercer el oficio ya que ni tan siquiera fueron a residir a sus respectivos Obispados. Sin embargo, todo parece indicar que en su lugar ejercieron estas funciones los respectivos cabildos catedralicios. Pero hacía falta quién coordinase la institución en toda la isla de ahí que, en 1516, manifestase el padre Las Casas al Cardenal Cisneros la necesidad que había en las Indias de un Inquisidor General, pues, se habían quemado dos apóstatas y había al menos 14 implicados más en casos de herejía. Poco después, es decir, en 1517, fueron los propios Jerónimos quienes señalaron la necesidad que había de "ministros de la Inquisición" por los "muchos herejes que han pasado y pasan". En un primer momento tal petición no fue escuchada pues se respondió que "de momento" no se debían enviar. Sin embargo, esta postura inicial fue reconsiderada en breve tiempo, dando poder el Cardenal Cisneros a los Jerónimos, para que "como inquisidores procediesen contra los herejes y apóstatas que hubiese".

           Debido a los abusos de los inquisidores de los cabildos catedralicios en 1519 se decidió, por fin, el nombramiento de dos Inquisidores Generales: el dominico fray Pedro de Córdoba y el Obispo de Puerto Rico, Alonso Manso. Sin embargo, el padre Córdoba apenas si llegó a intervenir como inquisidor dada, por un lado, su prematura muerte por tuberculosis el 4 de mayo de 1521, y, por el otro, su carácter tolerante y en cierta medida contrario al espíritu rígido de la Inquisición. Por ello, como Inquisidor General quedó en solitario el Obispo Manso quien sí que hizo uso de su poder desde su llegada a Puerto Rico, en 1521, hasta su fallecimiento ocurrido, como es bien sabido, el 27 de septiembre de 1539. No en vano, en un proceso sobre Juan Fernández de las Varas, apelado posteriormente al Inquisidor General en Castilla, el Cardenal Tortosa, tan sólo se menciona al Obispo Manso como Inquisidor General "de estas islas".

           Ahora bien, los inquisidores de estas islas, y en última instancia el propio fray Alonso Manso, dependieron en todo momento del Inquisidor General del Arzobispado de Sevilla. En este sentido, conocemos múltiples referencias documentales y amenazas con llevar a los condenados al castillo de Triana, donde se encerraban los presos de la Inquisición del Arzobispado sevillano. Incluso, hubo algunos envíos a Sevilla, como el de Juan de Villasante, quien, tras estar algún tiempo apresado en Puerto Rico, vino por él "un nuncio de los señores inquisidores de Sevilla" y se lo llevaron al Castillo de Triana. Asimismo detectamos envíos de ciertas cantidades de oro desde la isla de San Juan consignados al receptor de la Inquisición de Sevilla no sabemos por qué concepto aunque desde luego demuestran una relación fluida con el inquisidor de Sevilla. Evidentemente este vínculo debía estar relacionado con el carácter "metropolitano" del Arzobispado de Sevilla del que dependían, como es bien sabido, los primeros obispos de las Indias y a donde se apelaban en última instancia todos los pleitos tanto ordinarios como de inquisición.

           Así, pues, en Puerto Rico centralizó fray Alonso Manso la sede principal de la Inquisición no sólo en las Antillas Mayores sino también en las Menores y en la Costa de las Perlas. En la ciudad de Puerto Rico se estableció la máxima autoridad inquisitorial de estos extensos territorios caribeños. Fue precisamente en esta isla donde esta institución eclesiástica se hizo valer de forma más virulenta, afectando incluso a altos cargos de la isla. Conocemos numerosos casos generados en esta isla que afectaron a altos funcionarios reales, como, por ejemplo, al licenciado Sancho Velázquez, que había sido juez de residencia y repartidor de indios en San Juan, o a Blas de Villasante, tesorero de la misma isla. Incluso, conocemos el suceso ocurrido con un vecino de Puerto Rico, llamado Francisco de Morán, que fue prendido por la Santa Inquisición y estando en la cárcel pública "se desesperó y se ahorcó". El obispo Manso utilizó desde 1532 la casa del tesorero como cárcel para casos eclesiásticos, independiente, por supuesto, de la cárcel pública. En las demás islas ejercieron el cargo de inquisidores los distintos Obispos de cada una de ellas, aunque siempre bajo el nombramiento expreso de fray Alonso Manso.

           En el caso de la Española parece ser que tras la muerte de fray Pedro de Córdoba el poder de la Inquisición pasó al Obispo Geraldini sin que tengamos por lo demás noticias de su actuación al frente de esta institución. Por lo demás, sabemos que en 1533 ostentaba el oficio de inquisidor en la Española el Obispo de Santo Domingo y Concepción de la Vega, aunque actuaba prácticamente como mero delegado de Alonso Manso. Así, en este año, el Obispo Manso recriminó al Obispo de Cuba el hecho de haber descomulgado al oidor Vadillo "en ciertas cosas so color que son de inquisición y estando el dicho licenciado fuera de vuestro Obispado...". En estas palabras se refleja la extralimitación del Obispo de Cuba al juzgar a un vecino de la Española que sin duda debía estar sujeto, en primera instancia, al Obispo de esta isla y, en segunda instancia, al Inquisidor General don Alonso Manso. En el mismo documento Manso dio poder a "cualquier clérigo presbítero de Santo Domingo" para que pudiese absolver a Vadillo, lo que vuelve a demostrar que el Obispo de Puerto Rico tenía poder supremo en el área caribeña en todo lo referente a las cuestiones inquisitoriales.

           En Cuba el primer inquisidor fue el Obispo fray Miguel Ramírez el cual usó y abusó del dicho cargo en su beneficio personal. Fray Miguel Ramírez concentró un enorme poder ya que acumuló los cargos de Obispo, inquisidor y repartidor de indios -este último puesto compartido con el gobernador Gonzalo de Guzmán-. Sabemos que el Obispo de Cuba procesó a numerosos herejes, quemando en la hoguera a algunos de ellos. Su independencia y rigidez lo hizo enfrentarse no sólo con algunos oficiales y otras personas influyentes de la isla sino incluso con el propio Obispo Manso quien, como ya hemos mencionado, lo llegó a amenazar de excomunión si no se desentendía de una causa que llevaba contra el oidor Vadillo. Poco después, se expidió una Real Cédula en la que se nombraba a Pedro de Adrada, bachiller en artes y en teología, por "provisor fiscal o vicario general de la isla de Cuba", dándole poder para reprimir casos de inquisición. Concretamente se le daba poder "para castigar cualquier delito en personas civiles o eclesiásticas y absolver descomulgados mayores y menores y podáis imponer penitencias públicas..."

           En 1537 ejercía el cargo de inquisidor de Cuba el deán de la Catedral de Santiago, quien mandó prender al tesorero Lope Hurtado. Sin embargo, a la llegada, en 1538, del nuevo Obispo, Diego Sarmiento, éste asumió el cargo de inquisidor de la isla, oficio que usó tan enérgicamente que, tanto el Cardenal de Toledo como el propio Carlos V, tuvieron que pedirle moderación.

          Concretamente, sabemos que en la capital de la isla de Cubagua, Nueva Cádiz, tenía situado un vicario suyo "con poder de inquisidor". Allí, se había organizado la institución con los cargos de alguacil, fiscal y demás familiares de la inquisición.

 

LA OPOSICIÓN A LA INSTITUCIÓN

           La implantación de la Inquisición en las Antillas se llevó a cabo en medio de una fuerte oposición por parte de las élites que veían mermado su poder. La resistencia fue incluso más generalizada que en la propia Castilla donde, como es sabido la institución contó con un apoyo de la mayoría de la población. Además estuvo dirigida por un amplio sector de las élites antillanas entre los que se encontraban muchos de los oficiales reales.

           América se había convertido en una tierra de libertad a donde huyeron incluso muchos perseguidos por la Santa Inquisición castellana. De hecho ya hemos comentado en páginas anteriores la presencia en las Indias de conversos y de perseguidos por la Inquisición desde los primeros años.

           Las quejas contra los inquisidores comenzaron al poco tiempo de su implantación, pues, ya en 1526, algunos pobladores pidieron al Rey que esta institución se encomendara a la Orden de Santo Domingo o de San Francisco para evitar así sin las tan temidas "pasiones". Otra de las reivindicaciones más frecuentes de los colonos fue que los inquisidores fuesen personas doctas, como ocurría en Castilla, pues, sólo de esa forma se evitarían las parcialidades y el abuso de poder. Esta petición fue reiterada, en 1536 cuando los oidores de la Española pidieron que "en adelante los inquisidores sean letrados y en quien concurriesen las demás cualidades que se requerían para tan santo oficio porque lo demás es usar cada uno de sus pasiones...

           Las críticas contra el obispo de Cuba fray Miguel Ramírez fueron muy importantes, participando en ellas casi todos los cargos reales, con la única excepción del gobernador, y muchos antiguos pobladores. Así, en una información hecha por el alcalde mayor de la isla se le acusó de tomar por causa de inquisición causas que no lo eran como los escándalos públicos y de estar despoblando la isla. Concretamente el tesorero Lope Hurtado declaró que había "visto a muchos vecinos irse porque estaban atemorizados por la Inquisición" y que era una de las causas de la despoblación que estaba padeciendo la isla en esos años.

           Pese a todo, la mayor oposición se centró en la isla de San Juan donde se encontraba la sede de la inquisición antillana. Las críticas fueron tan rotundas desde 1527 por parte de los cabildantes de Puerto Rico y otros vecinos que tuvo que ser contundente en primer lugar el propio Obispo Manso y poco después la Corona. Así el 6 de enero de 1528 el Obispo de San Juan expidió una carta a "sus ovejas" sobre la inquisición amenazando de excomunión a todos los que atacasen "el dicho Santo Oficio y el ejercicio de él como contra el inquisidor y oficiales y ministros de él..." Unos peses después tuvo que intervenir el propio Carlos V, advirtiendo a los vecinos que en realidad las palabras e intenciones del inquisidor eran "buenas y justas" y que por tanto debían buscar una conciliación con él. Incluso la Audiencia de Santo Domingo se enfrentó con el Obispo Manso, especialmente, a partir de 1536 cuando la Audiencia envió al Doctor Blázquez pos juez de residencia de la isla de San Juan y fue prendido por el Obispo.

           Pero la Corona mostró la firme decisión de defender a capa y espada la perniciosa institución, muy a pesar de los numerosos memoriales que recibió de los nuevos colonos quejándose de dicha institución. Estaba clara el enorme fruto que esta institución estaban dando en Castilla como "instrumento de poder político y control social" como para privarse de sus beneficios en el Nuevo Mundo.

 

CASOS JUZGADOS POR EL “SANTO” TRIBUNAL

           Los casos de los que se ocuparon los primeros inquisidores americanos fueron los relacionados con la fornicación, la usura y las proposiciones contra la iglesia y el dogma. Precisamente, los casos cursados por fornicación fueron, a diferencia de lo que ocurría en Castilla, muy frecuentes dada la generalización de las prácticas poligámicas en las nuevas tierras descubiertas. No en vano, en todos los juicios de residencia se solía preguntar si los enjuiciados vivían amanceba- dos y si estos delitos eran suficientemente castigados. Sin embargo, también es cierto que se hizo la "vista gorda" en muchos de estos casos dado que a veces eran los propios gobernadores y los altas autoridades indianas las que practicaban el amancebamiento. Concretamente en el juicio de residencia tomado al gobernador de la isla de San Juan, Sancho Velázquez, el testigo Sancho de Arango respondió que no se castigaba a los que estaban amancebados, pues, el propio Sancho Velázquez vivía con tres indias "y se echaba con todas tres". Pese a todo, poco después el licenciado Sancho Velázquez fue prendido por causa de inquisición, muriendo en la cárcel pública.

           También fueron frecuentes los procesos por deudas y sobre todo por relajación en el cumplimiento de los dogmas cristianos. Así, por ejemplo en 1532 fueron "prendidos y descabellados" por caso de Inquisición por el Obispo de Cuba un clérigo y a un fraile, al parecer por no usar bien de sus respectivas condiciones de religiosos.

           El juicio por inquisición significaba la pérdida del oficio y la expropiación de sus bienes. Las instrucciones para los inquisidores españoles eran muy claras cuando afirmaban "que los hijos y nietos de los tales condenados no tengan ni usen oficios públicos, ni oficios, ni horas, ni sean promovidos a sagradas ordenes..." Los casos sobre la pérdida de oficios en las Antillas son múltiples. Entre ellos citaremos, por ejemplo, el caso de los hermanos Juan y Blas de Villasante, el primero, veedor y regidor de Puerto Rico, y, el segundo, tesorero y regidor de la misma ciudad, quien al descubrirse que era nieto de "quemado y condenado por la Santa Inquisición", se les confiscaron todos sus bienes y se les quitó su oficio a la espera de una investigación en su lugra de origen para confirmar si eran ciertas las sospechas. Por supuesto, en caso de ser encomenderos también implicaba la pérdida de su encomienda, pues, no se consideraban hábiles para cumplir esa educación que se le debía dar al indio como contrapartida por su trabajo. Concretamente, en la década de los veinte y referido a Tierra Firme y Santa Marta el Bachiller Enciso pidió a Su majestad que ningún sentenciado por la Inquisición tuviesen indios "y los que están dados los mande quitar..." Igualmente, hacia 1529, Alonso Rubuelo, que fue encomendero en Panamá, perdió su encomienda al averiguarse que era hijo de un judío que murió con "sambenito".

           A veces, habida cuenta de que las deudas se suspendían cuando era acusada una persona de delito de inquisición, eran los propios deudores quienes denunciaban un supuesto caso de herejía a los responsables de la iglesia. Así, por ejemplo, los deudores del tesorero de la isla de Cuba Lope Hurtado se negaron a satisfacer sus deudas alegando que éste fue acusado por la Inquisición. Por una Real Cédula se ordenó que se lo abonasen, pues, tras el litigio fue declarado inocente por el Santo Tribunal.

           Era frecuente, al igual que ocurría en Castilla, que todos los presos en las cárceles de la Inquisición saliesen los domingos y fiestas para acudir a misa. En cuanto a los indios se ha dicho que desde un primer momento no estuvieron sujetos a los inquisidores sino sencilla- mente a los tribunales eclesiásticos ordinarios. Sin embargo, la primera vez que se ordenó expresamente que los inquisidores no procediesen contra los aborígenes fue en una Real Cédula expedida por Felipe II en 1575 y recogida en la Recopilación de Leyes de Indias. Evidentemente la tardía fecha de la mencionada Real Cédula nos está indicando que de forma más o menos frecuente las primeras autoridades religiosas y después los inquisidores debieron proceder contra los aborígenes. En cualquier caso, la autoridad eclesiástica ordinaria actuó de la misma forma que la inquisición, siguiéndose autos y procesos y causas semejantes.

           Así, sabemos que desde los primeros tiempos de la colonización se actuó contra ellos como si fueran herejes no sólo en las Antillas sino también en otras regiones de América. Ya en la Española, poco después de la llegada de los españoles, unos indios del cacique Guarionex se apoderaron de unas imágenes de santos y las enterraron, siendo castigados los indios con la hoguera. Sin embargo, estos actos más que un rechazo a los santos católicos implicaban una "forma de adopción de los espíritus de los cristianos por los indios a su sistema religioso". Posteriormente, durante el gobierno del adelantado Bartolomé Colón sabemos que, precedidos de breves procesos informales, fueron condenados a la hoguera numerosos indios acusados de sacrilegio. Igualmente, durante el gobierno de frey Nicolás de Ovando en la Española se castigó la poligamia y los incestos de los indígenas con el mismo castigo ya citado de la hoguera, pues, según parece, decretó que el indio "que dormía con dos hermanas lo habían de quemar". Pese a todo no hemos podido documentar casos concretos en los que efectivamente se hubiesen juzgado y condenado a los indios por estos delitos.

           Por otro lado, fueron castigados duramente los naturales que los españoles llamaban "hechiceros". Así, por ejemplo, en el juicio de residencia tomado a Alonso de Zuazo, en la Española, en 1518, los testigos declararon que un indio hechicero estuvo bastante tiempo en la cárcel de la iglesia y que otros habían sido ahorcados en el camino de la villa de Buenaventura. En Puerto Rico conocemos el proceso que se hizo en tiempos de Sancho Velázquez a dos indias hechiceras, "a una por la que abogaron la sacaron a la vergüenza y la desterraron y a la otra la sacaron a la vergüenza con una carroza y la tuvieron en la picota cierto tiempo y la desterraron..."

           Como ya hemos afirmado, estos casos citados nos están indicando que realmente algunos indios fueron condenados y ajusticiados por causas frecuentemente competentes a la Inquisición, independientemente de que los ejecutantes fuesen o no inquisidores. Pese a todo, está meridianamente claro que los actos de los pobres naturales no constituían un ataque contra la religión católica sino tan sólo una inocente prolongación de las costumbres que habían practicado durante siglos. Por ello, pudo afirmar un testigo en la pesquisa secreta del juicio de residencia de Alonso de Zuazo "que si algunos pecados cometen (se refieren a los indios) es más por ignorancia que por malicia y que tienen tanto miedo que confiesan cosas que no han hecho".

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA PRIMERA UTOPÍA AMERICANA: LAS REDUCCIONES DE LOS JERÓNIMOS EN LA ESPAÑOLA (1517-1519)

LA PRIMERA UTOPÍA AMERICANA: LAS REDUCCIONES  DE LOS JERÓNIMOS EN LA ESPAÑOLA (1517-1519)

          Tradicionalmente se han destacado como los primeros proyectos reduccionistas llevados a cabo con el indígena americano las desarrolladas, a partir de la tercera década del siglo XVI, por el Padre Las Casas en Verapaz (Guatemala) y por Vasco de Quiroga -Tata Vasco- en Pázcuaro. Sin embargo, como tendremos ocasión de demostrar a lo largo de este trabajo, estos proyectos de pueblos indígenas tutelados tuvieron su primer precedente en las reducciones llevadas a cabo por los Jerónimos en La Española entre 1517 y 1519. Aunque esta primera experiencia era conocida por una parte de la historiografía, lo cierto es que ni se había analizado en profundidad toda la documentación ni se había destacado suficientemente su carácter verdaderamente pionero.

          Como es bien sabido, los Jerónimos fueron enviados por el Cardenal-Regente Cisneros a las Indias para llevar a cabo todo un programa de reformaciones, especialmente en materia de indios. Injustificadamente, Giménez Fernández reprochó a los tres cenobitas jerónimos su claudicación ante las presiones de los encomenderos y su decisión de dejar "en vía muerta" el programa de pueblos tutelados que figuraba en sus Instrucciones de gobierno del 18 de septiembre de 1516. Nada más lejos de la realidad; como veremos en las páginas siguientes los Jerónimos, desde un primer momento, y contra el parecer de la mayoría de los vecinos de la isla, planearon, proyectaron y, cuando las circunstancias lo permitieron, pusieron en práctica su programa de reducciones indígenas, suprimiendo previamente la institución de la encomienda. Merece destacarse que los Jerónimos fueron las primeras autoridades indianas en suprimir de hecho la mortífera institución.

          Debido a este posicionamiento, socialmente avanzado y contrario a los intereses de la élite, la opinión benévola que los oficiales Reales tuvieron inicialmente de los tres religiosos cambió radicalmente, a medida que fueron conociendo sus verdaderas intenciones. Sin embargo, prácticamente un año después, exactamente el 16 de junio de 1518, el parecer era completamente opuesto, pues el mismo Pasamonte y los demás oficiales decidieron mandar un representante a la Corte para que informase del perjuicio que estaba causando a la isla la política de los Jerónimos.

          Obviamente, este modelo de pueblos tutelados no lo habían ideado los Jerónimos que, como es bien sabido, habían permanecido al margen del mundo americano hasta su nombramiento como reformadores de las Indias. Muy al contrario, el proyecto era obra personal de fray Bartolomé de las Casas, que se había encargado de mostrar sus ideas en la Corte a lo largo de 1515. Sin embargo, como veremos en las páginas siguientes, a fray Luis de Figueroa y a fray Alonso de Santo Domingo les cupo el honor de poner en práctica de forma metódica, ordenada e inteligente las primeras reducciones de indios a pueblos tutelados del Nuevo Mundo.

 

EL GOBIERNO DE LOS JERÓNIMOS

          La situación que había en la Corte en torno a 1515 era verdaderamente confusa, debido a las contradictorias noticias que llegaban de las Indias. La propia Corona estimaba por aquellas fechas que hacía falta alguien, en quien no cupiese codicia ni pasión, que pusiese orden en los asuntos indianos, especialmente en lo relacionado con los indios, e informase objetivamente de la situación.

La elección, finalmente, de tres frailes jerónimos para tan delicada empresa se debió a la fama de industriosos que tenían por entonces los miembros de esta Orden. Además, no era la primera vez que se recurría a ellos para cumplir una alta misión de Estado. Como ya hemos afirmado, los Jerónimos recibieron sus instrucciones de gobierno el 13 de septiembre de 1516. En ellas se establecían los pilares fundamentales de la política que debían desarrollar, que pasaba por tres posibilidades: primero, la creación de pueblos de indios libres, segundo, la erección de pueblos tutelados, y tercero, el mantenimiento del sistema de encomiendas, aunque, eso sí, haciendo cumplir estrictamente las Ordenanzas de Burgos de 1512-1513. Quede bien claro que en dichas instrucciones no había una jerarquización concreta en cuanto al orden de aplicación, sino que se suponía que debían utilizar la opción que "in situ" considerasen más apropiada. La primera de las vías señaladas parecía desde luego inviable en las circunstancias que entonces padecía La Española, hasta el punto que ni tan siquiera el Padre Las Casas había insistido en su aplicación. De las otras dos opciones posibles los Jerónimos eligieron, con buen criterio por cierto, mantener a corto plazo la encomienda pero ir preparando progresivamente la supresión de la mencionada institución y la reducción de los aborígenes a pueblos tutelados.

          Inicialmente preservaron la encomienda por miedo a desestabilizar la isla, y desde luego no les faltaban razones para ello. Los tres religiosos debieron hacer grandes esfuerzos para evitar una revuelta que parecía inevitable y que hubiera podido acarrear insospechadas consecuencias. Por tanto, su política inicial estuvo encaminada a calmar los ánimos de los pobladores, garantizando a corto plazo el mantenimiento de la encomienda, aunque eso sí, vigilando el estricto cumplimiento de las ya citadas Ordenanzas de Burgos. Y es que realmente, en los años finales de la segunda década del siglo XVI, la isla sufrió una agudísima crisis, causada por el final de la economía del oro y por la marcha de muchos pobladores a la Nueva España. Todo ello creó una sensación de zozobra entre la población, hasta el punto que los mismos vecinos llegaron a pensar que La Española podía ser enajenada por parte de la Corona.

          Por lo demás, de los tres frailes jerónimos, solamente fray Bernardino de Manzanedo tenía una opinión favorable de la encomienda, siempre y cuando -escribía- se cumpliesen las ordenanzas vigentes. Sin embargo, Manzanedo pronto regresó a la Península, permaneciendo en la isla fray Luis de Figueroa y fray Alonso de Santo Domingo, ambos decididos defensores del proyecto lascasista de pueblos tutelados.

 

LAS REDUCCIONES DE INDIOS

 

          Pese a las circunstancias de los primeros tiempos, fray Luis de Figueroa y fray Alonso de Santo Domingo jamás renunciaron a su intención inicial de crear pueblos tutelados. También la creación de estos asentamientos debió llevarse a cabo paulatinamente y en dos fases, nuevamente debido a la delicada situación social y económica que atravesaba la colonia. La primera de las fases se desarrolló entre 1517 y principios de 1518 con los indios arrebatados a los cortesanos, mientras que la segunda se gestó y ejecutó desde febrero de 1518 hasta la marcha a Castilla de los dos Jerónimos en 1519, extendiéndose la experiencia a prácticamente todos los aborígenes de la isla.

          En 1517, los tres cenobitas decidieron iniciar su proyecto tan sólo con varios centenares de indios, concretamente con los que acababan de quitar a los cortesanos. Hemos de insistir que tan solo fueron expropiados los absentistas, pues, aunque intentaron también arrebatar los indios a los Jueces de Apelación, estos se opusieron, amenazando con dejar sus oficios y abandonar la isla. Tampoco pudieron quitar los indios al Almirante Diego Colón, debiendo conformarse con arrebatárselos a su ausente hermano don Hernando. Dichos indios fueron "depositados", en el factor Juan de Ampiés, para que los administrase antes y durante el proyecto reduccionista.

          Los Jerónimos planificaron con una minuciosidad sorprendente todos y cada uno de los pasos que se debían llevar a cabo para iniciar con éxito su proyecto. Para ello, lo primero que hicieron fue solucionar una cuestión clave, es decir, la financiación. Evidentemente ni los encomenderos, ni la Corona estaban dispuestos a correr con los gastos de un proyecto de la envergadura del que planeaban los Cenobitas. Habida cuenta que no había dotada una partida presupuestaria para desarrollar su proyecto, los Jerónimos decidieron que los indios depositados mantuviesen, durante 1517 y 1518, su demora de ocho meses en las minas de oro del Cibao y San Cristóbal así como en las de sal de la región de Macorís. Evidentemente, acudían a las minas no en compañía de encomenderos sino con mineros asalariados, evitándose de esta forma la explotación intensiva a la que frecuentemente se veían sometidos. Por otro lado, aunque pudiera parecer una decisión drástica lo cierto es que, respondiendo a su fama de estadistas, los tres religiosos solucionaron la financiación de la alimentación, vestido y educación de los indios reducidos.

En febrero de 1518 habían previsto empezar con el poblamiento de los primeros cuatro pueblos de indios, que al finalizar el año debían ser 12. El objetivo ya en 1518 era eliminar totalmente la encomienda, ampliando el proyecto a la mayor parte de los indios de la isla, y reducirlos a pueblos bajo la administración conjunta de frailes y mayordomos. Reducir a todos los indios era una tarea imposible por lo que los cálculos se hicieron en principio para unos 7.000 indios, de los 10.000 que se suponía quedaban en la isla.

Ni que decir tiene que los Jerónimos estaban facultados para tomar tal decisión, pues, era una de las opciones recogidas en sus instrucciones de gobierno. Sin embargo, ambos eran conscientes del problema al que se iban a enfrentar, pues, habían tenido ocasión de conocer directamente la opinión de los distintos grupos políticos de la isla. No debemos olvidar que, aunque la mortalidad progresiva de los indios había reducido el número de indios por encomienda y, en definitiva, su rentabilidad absoluta, todavía en estos años seguían reportando importantes beneficios a sus poseedores. Además, en 1518, el aborigen seguía siendo la mano de obra fundamental de la isla, utilizada tanto en los hatos ganaderos como en los ingenios.

          Como era de esperar, pese al empeño y a la minuciosidad con la que los Jerónimos prepararon su proyecto, la oposición de los vecinos fue radical, absoluta y despiadada. Y para colmo, esta vía intermedia de pueblos semilibres disgustó tanto a la élite encomendera, que veía en juego sus intereses económicos, como a los frailes dominicos que, consideraron insuficiente el proyecto y no dudaron en notificar a la Corte su gran malestar por la decisión.

          El panorama era desalentador y el futuro incierto, pero los dos cenobitas decidieron seguir adelante con sus planes, entregándose de cuerpo y alma a ello hasta su marcha en 1519. Su empeño por sacar adelante, contra viento y marea, estos pueblos de indios fue encomiable, pues, realmente creían en esta vía como la única posibilidad viable de salvar a los indígenas de una desaparición segura. En este sentido, escribieron al Emperador diciéndole que, cuando ellos llegaron a la Isla, estos estaban tan derramados por toda la Isla y tan pocos en cada asiento por estar todos divididos por las minas, estancias de los castellanos y otras granjerías... Y era difícil multiplicar su generación porque en unos sitios había muchas mujeres y en otros muchos hombres.

          Por todo ello, a principios de 1518, comenzaron las acciones encaminadas a poner en efecto su proyecto. Lo primero que hicieron fue ordenar que se buscaran los asientos más adecuados para su ubicación, comisionando para ello a un antiguo vecino de la isla, llamado Antonio de Villasante. La mayoría de los asientos se establecieron en la Vega y en el antiguo cacicazgo de Higüey, pues era allí donde se concentraba la mayor parte de los aborígenes. De esta forma pretendieron evitar un desplazamiento de los indios más allá de lo estrictamente necesario.

          Al final, como ya hemos dicho, solo llegaron a ponerse en marcha 17 pueblos porque, en pleno proceso reduccionista, se desató una virulenta epidemia de viruela que diezmó notablemente a la población indígena. De esos 17 pueblos tenemos noticias de al menos 15, a saber: Xaragua, Baní, Villanueva de Yáquimo, Verapaz, Santiago, Santa Ana, La Mejorada, Santa María de la O, San Julián, San Juan Bautista y Santo Tomé, más tres pueblos en la rivera del Minao y otro al Çoco, que no los hemos localizado geográficamente.

          La delicadeza con la que los religiosos querían llevar a cabo su proyecto fue tal que dieron la oportunidad a los caciques de elegir el asiento al que preferían mudarse, evitando así un cambio por la fuerza. Y asimismo, para reducir la brusquedad de la mudanza decidieron, siguiendo un consejo mostrado por algunos declarantes del Interrogatorio, que el traslado a los asientos se realizase en dos fases. En un primer momento se reducirían solo los caciques más aculturados, como eran los caciques Ojeda, Francisco y Rodrigo, este último muy buen cristiano y muy buen predicador de indios y muy buen lengua y ha mucho que desea verse en pueblo con tributo. Según los propios Jerónimos, con esta medida pretendían que los demás indios, viendo el ejemplo de estos caciques y los beneficios que su nueva situación les reportaba, optasen por trasladarse a ellos voluntariamente.

 

EL FRACASO DEL PROYECTO

Desgraciadamente los pueblos apenas si llegaron a tener vida efectiva, pues concurrió un cúmulo de circunstancias adversas que frustraron irremediablemente el proyecto. Para empezar, antes del traslado, los indios se vieron afectados por una epidemia de viruela que duró buena parte del año de 1519 y que produjo la muerte de tres cuartas partes de la población aborigen. Pero, es más, los que sobrevivieron lo hicieron en precarias condiciones físicas y posiblemente también psicológicas. Todo ello nos hace pensar que el entusiasmo con que los Jerónimos habían ideado sus reducciones no consiguieron transmitírselo a los indígenas, desesperanzados por sus precarias condiciones de vida. En este sentido, un vecino, llamado López de Béjar, declaró que la causa de que los pueblos de indios se perdieran fue “la mala gana que los indios tenían de estar en ellos por estar los dichos pueblos fuera de sus tierras y por otras causas...” También hay que reseñar el boicot de los colonos que no se resignaron fácilmente a la pérdida de sus indios de encomienda. En el juicio de residencia, tomado en 1521 al licenciado Rodrigo de Figueroa, numerosos testigos declararon que, después de la epidemia de viruela, los españoles fueron a los pueblos a por sus indios, llevándose la yuca que había sembrada en ellos.

Y finalmente, debemos referirnos a los malos tratos y a los desafueros que cometieron los propios mayordomos y los visitadores sobre los indios tutelados. No solo pretendieron lucrarse personalmente con el oro que granjearon los indios de cada pueblo, sino que también maltrataron a los naturales, provocando la desaparición de algunos pueblos, como ocurrió con el de Verapaz, ante la complicidad del visitador Almaraz. Así, pues, algunos mayordomos abusaron cruelmente de los indios, obligándolos a trabajar con el único objetivo de acrecentar sus patrimonios personales. Y todo ello muy a pesar de que los Jerónimos, previendo tales abusos, asignaron salarios a dichos administradores, situados, como es sabido, en rentas de la ciudad de Santo Domingo.

          Al final, los pueblos quedaron despoblados y la mayor parte de los indios fueron de nuevo repartidos entre los españoles. Sin embargo, los Jerónimos demostraron, contra la opinión de la mayoría, que era posible llevar a la práctica los pueblos tutelados que en su día defendiera el dominico padre Las Casas. El talante que muestra el Emperador en los poderes e instrucciones dados a Rodrigo de Figueroa, el 9 de diciembre de 1518, es muy significativo al respecto. En dicho documento afirma que muchos indios eran capaces de vivir "por si ordenadamente en pueblos" y que, por tanto, debía otorgarse la libertad a todos los aborígenes que lo solicitaran, jurando, a cambio, vasallaje y abonando tres pesos de oro anual por su persona y por cada hijo varón mayor de veinte años que custodiasen. Asimismo, el nuevo gobernador llevaba una larga lista con las personas a las que debía volver a quitar sus indios, a saber: cortesanos, oficiales reales y al propio Rey. Un año y medio después el Emperador reconocía que los indios eran libres y, por ello, “nos con buena conciencia no los podemos ni debemos encomendar a nadie, como hasta aquí se ha hecho”. Sin embargo, para evitar los inconvenientes de tan drástica medida, nuevamente, como durante el Triunvirato Jerónimo, pretendía una desaparición paulatina. Sin embargo, Rodrigo de Figueroa no quiso o no pudo continuar con el gran programa indigenista de los Jerónimos, limitándose a la creación de tres pueblos de indios tutelados: Villaviciosa, San Juan de Ortega y Cayacoa. Un esfuerzo mínimo comparado con el amplio y generoso programa de sus predecesores. Dado el escaso empeño mostrado por Rodrigo de Figueroa, los tres pueblos sobrevivieron precariamente hasta 1530, en que se daban definitivamente por desaparecidos.

          Pese al fracaso, la labor de los Jerónimos fue recordada en la Corte positivamente, hasta el punto que pocos años después se intentó el regreso de fray Luis de Figueroa a la isla. Concretamente sabemos que, en 1523, el Emperador puso un gran empeño en que retornasen al gobierno de La Española tres frailes jerónimos, encabezados por fray Luis de Figueroa. Éste, en un primer momento se mostró muy reticente a aceptar los cargos de presidente de la Audiencia de Santo Domingo, obispo de Concepción de la Vega y Abad de Jamaica. Sin embargo, la Corona, a sabiendas del buen servicio que podía prestar, presionó al general de la Orden, e incluso al Papa, para que aceptara, destacando el gran servicio que haría por su santa vida y por la experiencia que tiene en la condición de los indios. Las compulsorias del general de su Orden fueron remitidas en abril de 1523, debiendo aceptar el cargo poco después, pues, en julio de ese mismo año se solicitaba el pago a fray Luis de Figueroa de 250 ducados para sufragar la expedición de sus bulas del obispado y de la abadía.

          Pero el viejo cenobita debió imponer también sus condiciones, que fueron exactamente dos, a saber: una, que le acompañaran dos frailes Jerónimos y que siempre haya tres cuando uno faltare, y dos, que se le prestasen las bestias suficientes para trasladar sus libros. Finalmente, el cenobita no llegó a embarcarse porque le sorprendió la muerte. Quizás de esta forma evitó tener que presenciar el fracaso absoluto que supuso su experiencia y el dramático final de muchos de los indios a los que, con tanto esmero, se dedicó en los años que permaneció en La Española.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La primera utopía americana: las reducciones de los Jerónimos en la Española (1518-1519)”, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, Nº 39. Hamburgo, 2002, Págs. 9-36.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LOS MORISCOS ESPAÑOLES: ¿EXPULSION O EXPATRIACIÓN?

LOS MORISCOS ESPAÑOLES: ¿EXPULSION O EXPATRIACIÓN?

          Leyendo un texto del Dr. Pedro Andrés Porras Arboledas, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, plantea la idea de descartar la palabra expulsión, por su carga peyorativa, y usar la de expatriación. Y si uno analiza bien la cuestión tiene toda la razón; los historiadores a veces tendemos a usar los términos que aparecen en la documentación, sin pararnos a pensar en su significado intrínseco. Por eso con frecuencia usamos collación por barrio, hembra por mujer o piezas para referinos a los esclavos comprados o vendidos. Lo mismo collación que hembra o que pieza son términos que habitualmente aparecen en la documentación pero cuyo uso hoy no siempre es correcto. Pues bien, en relación a los moriscos también la documentación habla de expulsión, término que se ha perpetuado hasta nuestros días.

          Sin embargo, como bien dice el profesor Porras Arboledas, se expulsa a lo extraño, en el caso de los moriscos como si se tratase de personas que ilegítimamente moraban en España y que, por fin, se había conseguido echar. Pero no era el caso, los moriscos españoles vivían en España desde hacía muchos siglos; algunos habían llegado en el siglo VIII o en los posteriores, pero la mayoría eran descendientes de hispanos romanos que se habían islamizado durante los siglos de dominio musulmán. Ellos se sentían españoles, aunque sus ascendientes hubiesen profesado el Islam. Habían nacido en España y sus ascendientes habían vivido en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial.

          Y para colmo la mayoría eran cristianos sinceros; hay decenas de testimonios. Tengo a mano un par de ellos: uno, el de los moriscos de Hornachos que cuando llegaron al norte de África fueron maltratados porque la mayoría se negaba a entrar en las mezquitas. Y lo hacían porque se sentían cristianos. Y otro, el de los moriscos de Carmona (Sevilla), estudiados por Jorge Maier, de los que se decía que eran tan cristianos que pretendian ir a Francia y no al Magreb por seguir en tierra de cristianos. Al final, es casi seguro que no consiguieron billetes de primera clase con destino al país galo sino que los enviaron desde Sevilla a alguna playa del norte de África, abandonándolos a su suerte. El informe del concejo dirigido al encargado de ejecutar la expulsión, Juan de Mendoza, marqués de San Germán, sobre los 125 expulsados es elocuente:

 

          “Todos ellos eran gente miserable, trabajadora, jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos. Todos claman y dan voces que son cristianos y certificó a Vuestra Excelencia que algunos me hacen grande compasión porque sé cierto que es así y que han dado con su vida muy buen ejemplo y con las lágrimas presentes lo significan”

 

          El texto no tiene desperdicio: todos eran pobres, jornaleros del campo, sin dinero ni tan siquiera pagarse su viaje. Y todos se lamentaban y gritaban al cielo que eran cristianos. La situación debió ser tan trágica que conmovió a las propias autoridades locales, como se aprecia en este texto.

           Queda claro que fue en verdad una expatriación forzosa de un grupo de españoles, la mayoría gente trabajadora, en el caso de Carmona jornaleros, en otros sitios también artesanos, hortelanos, pequeños propietarios, etc. La élite morisca, bien permaneció en sus localidades natales o bien emigraron a Francia o a Italia, donde se refugiaron, amparados por las autoridades. Un verdadero genocidio, que empobreció aún más a un país que estaba ya en franca decadencia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA REBELIÓN DE ENRIQUILLO (1520-1533)

LA REBELIÓN DE  ENRIQUILLO (1520-1533)

Buenas tardes: hoy hablaremos de Enriquillo, un personaje muy conocido de la historia dominicana. Sorprendente porque es de los pocos indios a los que la Historia le ha otorgado un sitio de honor. Quería dejar claras tres ideas:

La primera es que la resistencia indígena fue permanente desde la llegada de los españoles hasta la extinción de los aborígenes en poco menos de cincuenta años. Superado un momento inicial en el que, como es bien sabido, los españoles fueron tratados como dioses, comenzó la resistencia de los indios. En estos primeros compases la oposición se catalizó de tres maneras diferentes: huida a los montes, destrucción de sus campos de cultivo o conucos y mediante un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

           La segunda es que hubo dos fases en la resistencia: antes de 1519 y después de esta fecha. Hasta 1519 los indígenas poco o nada pudieron hacer frente a las ofensivas armas de los cristianos por lo que la única salida que les quedaba era, como ya hemos comentado, la huida a los montes, fuera del alcance de los españoles. Podemos decir que los indios en los primeros años no se rebelaban contra los españoles sino que tan sólo se ausentaban, de ahí que para recuperarlos se utilizase a los llamados recogedores de indios o alguaciles del campo. A partir de la década de los veinte aparecieron líderes que aglutinaban en torno a si indios con una mayor conciencia de grupo, como fue el caso de Enriquillo que concentró bajo su mando a más de un centenar de guerreros. En estos años se dieron varias circunstancias que favorecieron los levantamientos indios, a saber: Una, el progresivo despoblamiento de las islas y otra, el mestizaje cultural de muchos naturales que les permitió aprender las técnicas de combate del grupo conquistador. Aprendieron a evitar los ataques frontales con los españoles, prefiriendo su concentración en lugares inaccesibles desde donde atacar por sorpresa y esporádicamente.

           Y la tercera, debemos advertir asimismo que no fueron más que simples rebeliones ya que el propósito de caciques como Enriquillo o Guama en Cuba, fue tan sólo escapar de la pésima situación en la que se vieron envueltos, sin obviamente, plantear situaciones más complejas. De manera que si bien es cierto la existencia de un rechazo del indio hacia la nueva situación política, social y económica, creada por los hispanos no es menos cierto que no hubo una intención generalizada de crear una nueva sociedad frente a lo hispano. En el caso de Enriquillo que si llegó a crear una sociedad aparte lo cierto es que no hizo otra cosa que copiar el ordenamiento vigente, como ya hicieran los esclavos rebeldes en la antigüedad.

Los indios se rebelaron contra una coyuntura concreta, como podía ser el excesivo trabajo o en el hambre en un momento determinado, no contra el nuevo sistema establecido por los españoles. Los oficiales reales eran conscientes que cuando no se les daba de comer a los indios o a los negros estos se rebelaban y así ocurrió en la cuaresma de 1547 cuando se le dio muy poca comida a negros e indios que "fue ocasión que se alzasen y se fuesen a buscar de comer...".

          Tras el sometimiento de la Española por parte del Comendador Mayor, frey Nicolás de Ovando, la isla permaneció pacífica prácticamente hasta la década de los veinte. No obstante, hacia 1519 apareció una figura clave en la historia de esta isla como fue Enriquillo, un cacique que supo aglutinar en la Española a un numeroso grupo de descontentos.

 

CAUSAS DE LA REBELION

          Respecto a las causas que le impulsaron a la insurrección debemos decir que hay una tremenda confusión al respecto. Ya los cronistas de la época redujeron todo el alzamiento al simple interés personal de Enriquillo, habida cuenta de los malos tratos que le proporcionó su encomendero, llamado Valenzuela, que le llegó a quitar a su mujer y a su yegua. Sin embargo, una gran parte de la historiografía reciente dominicana ha querido ensalzar a Enriquillo como héroe, proponiendo como causas principales de su rebeldía el interés colectivo de los indios frente a la espantosa explotación laboral y social que sufrieron a manos de los españoles.

          Nosotros, por nuestra parte, tenemos nuestra propia opinión sobre este interesante personaje, que si bien tiene en cuenta todo lo dicho hasta ahora, creemos que el comportamiento individual de este líder, su propia vida y sus propios intereses personales influyeron más que otras circunstancias en su actuación contra los españoles. Para ello nos basamos en el sintomá- tico hecho de que en ningún momento este cacique defendió más intereses que los suyos propios y, en concreto, cuando le ofrecieron un puesto importante en la sociedad española lo aceptó sin preocuparle el futuro del resto de los aborígenes.

          Desde luego y ante todo hemos de tener en cuenta la propia formación cultural de Enriquillo que hemos definido como mestiza, pues, pensaba en español, al ser criado desde muy pequeño, como ya hemos señalado, por los franciscanos y, al igual que muchos de los que con él estaban, era totalmente "ladino". El propio Juan de Castellanos en su conocida obra lo definía así:

"Fue Enrique pues, indio ladino que supo bien la lengua castellana, cacique principal, harto vecino al pueblo de San Juan de la Maguana... Era gentil lector, gran escribano"

 

Además, cuando Francisco de Barrionuevo llegó al pueblo que tenía Enriquillo en el Bahoruco encontró que en todos los "bohíos" había cruces puestas, e incluso, una iglesia para la que el cacique insurrecto le pidió una campana. Es decir, con estas características podemos afirmar que el agravio que sintió Enriquillo, principalmente, al perder a su mujer, tuvo que tener más impacto en su personalidad que el que hubiera tenido en cualquiera de los indígenas de su comunidad. Es seguro, por tanto, que Enriquillo compartió, como el resto de los hidalgos españoles, el ideal de honor del momento y esa antítesis de la sociedad renacentista del momento conocida como "caballero valeroso- villano cobarde". Si a todo ello unimos la abusiva actuación que los españoles llevaron a cabo con los indios, sólo suavizada en parte durante el gobierno de los Jerónimos, la insurrección de Enriqui- llo está más que justificada.

 

LA REBELION

          A Enriquillo le siguieron la mayoría de sus indios, engrosando su número con el paso de los años por la popularidad que el movimiento rebelde adquirió entre la mayoría de los indígenas de la isla. Como bien dijo el padre Las Casas la fama de Enriquillo se difundió como la pólvora entre los indios de tal forma que en los años sucesivos se incorporaron aquellos naturales descontentos por los malos tratamientos que les propor- cionaban sus encomenderos. De hecho, en 1544, el licenciado Cerrato explicaba al Emperador que de cien esclavos que se iban al monte noventa y nueve lo hacían debido a la crueldad con la que se les trataba.

          Del número de insurrectos que andaban en el Bahoruco no tenemos referencia exacta. En los primeros años del alzamiento los documentos hablan de tan sólo 50 ó 60 indios, la mayoría de ellos varones, mientras que para el momento de máximo auge rebelde no sobrepasaron, en cualquier caso, los 400 efectivos en total. Hacia 1533, y tras las numerosas muertes causadas por los largos años de lucha con los españoles, tan sólo había unos 80 o 100 indios guerreros y un total de 300 almas incluidas las mujeres, los niños y los viejos.

          El movimiento rebelde triunfó durante más de catorce años. El motivo de su éxito radicó en algo que ya hemos dicho, pero que volvemos a insistir. Su carácter cultural mestizo, no sólo en el mismo Enriquillo, sino también en muchos de sus compañeros de lucha, que al igual que su líder se habían educado junto a los españoles.

          Es evidente, pues, que esta guerra de Enriquillo fue muy distinta a aquella protagonizada por los primeros indígenas que vivieron el Descubrimiento, paralizados por el terror ante unos invasores desconocidos. Ahora las técnicas de combate, las armas, las estrategias y los objetivos fueron muy diferentes. No en vano, en 1529, escribieron a Carlos V los oidores de la Audiencia de Santo Domingo con una gran clarividencia, como se puede observar en las líneas que vienen a continuación:

 

          "Es guerra con indios industriados y criados entre nosotros, y que saben nuestras fuerzas y costumbres, y usan de nuestras armas y están proveídos de espadas y lanzas, y puestos en una sierra que llaman Bahoruco, que tiene de largura más que toda el Andalucía, que es más áspera que las sierras de Granada”.

 

Enriquillo creó todo un sistema defensivo que parecía ingeniado por un auténtico español. Para empezar situó su cuartel general en un lugar prácticamente inaccesible para los españoles, en pleno corazón de la región del Bahoruco. En estos apartados lugares los indios encontraron una defensa eficaz frente a unos españoles que desconocían el territorio. Así, en una carta de Alonso de Zuazo a Carlos V le explicaba que como la sierra del Bahoruco era de sesenta leguas "los alzados saben la tierra, y así burlan a los españoles". Además, en estos lugares tan serranos la mejor arma ofensiva de los españoles que, como es bien sabido era el caballo, resultaba totalmente inútil, pues, como decía un documento de la época, "en la sierra no son nada". Este sistema se completaba con otro asiento distinto y oculto para los enfermos y los viejos, en el cual se les atendía y se les curaba sin el peligro que suponía un eventual ataque español. El resto de los indios labraban la tierra en zonas más llanas, mientras que otros se dedicaban a la vigilancia para que a la menor señal de alerta corriesen a refugiarse a la sierra.

Por lo demás, Enriquillo estableció un complejo sistema de información en torno a él, en el que es muy probable que estuviesen implicados indios de paz. Este hecho, que es conocido desde hace ya tiempo aunque desde un punto de vista más literario que científico, parece confirmarse por un caso ocurrido en la Española, en 1527, y que citamos a continuación. Así, en este año se produjo un ataque de indios cimarrones a una hacienda de la Yaguana. Pues bien, poco después se encontró parte del botín robado en poder de ciertos indios de paz que había en una estancia cercana "por donde se presume que algunos indios de aquellos fueron espías o supieron algo o serían en el dicho robo...". Como no se llegó a hacer pesquisa sobre este asunto no sabemos si los hechos realmente ocurrieron así. Sin embargo, tan sólo la sospecha de espionaje por parte de los españoles es muy sintomática al respecto. Por otro lado, dos años después, la Audiencia de Santo Domingo informó a Su Majestad que los indios alzados tenían tantos "espías" en las villas y en el campo "que no se menean (se refiere a los españoles) sin que ellos lo sepan...".

Igualmente, Enriquillo había aprendido de los españoles que la improvisación era un gran arma, motivo por el cual no cejaba en la vigilancia hasta el punto que, según el padre Las Casas, "era tanta su vigilancia que el primero era él quien los sentía". En este sentido, Luis José Peguero, citando al cronista Antonio de Herrera, decía que su espada "no la soltaba ni en la hamaca en que dormía". Otra de las precauciones que tomó este líder indio poner los medios para evitar que los españoles pudiesen localizar su asentamiento. Para ello se dice que cortó la lengua a los gallos y que impuso graves sanciones para aquellos que encendiesen fuegos en zonas no señaladas para tal efecto.

          En cuanto a las formas de ataque ofensivo debemos decir que consiguió las armas de metal de los propios españoles a los que despojaba después de ser vencidos, hasta el punto que, según contaba el padre Las Casas, algunos de los que iban con Enriquillo llevaban hasta dos espadas. También en la táctica de combate este cacique demostró un perfecto conocimiento de la guerra muy superior a la capacidad estratégica del resto de los indios. Así sabemos que dividía a los hombres en dos grupos, uno a su mando, y otro de auxilio, comandado por su sobrino Tamayo, ganando de esta forma muchas batallas.

 

EL FRACASO

          Pese a todo, tras unos años de éxito, la resistencia indígena fracasó tanto en la Española como en las demás islas antillanas. Los motivos fueron los siguientes, a saber: primero, por la escasez, cada vez mayor, de indios y muy especialmente de mujeres, lo que originó que los insurrectos tuviesen como prioridad absoluta la toma de indias encomendadas y naborías de paz. Segundo, por la falta de unos intereses comunes entre negros e indios frente al poder español que, posiblemente estaba motivado por cuestiones eminentemente culturales. Y tercero, por la falta de una conciencia colectiva entre los aborígenes, favorecida por los traslados indiscriminados de indios que practicaron los españoles, especialmente intensos en los primeros años. Igualmente, el duro trabajo minero impidió que se fraguasen las ideas de rebeldía al tener tan sólo unos pocos meses, tras la demora, para "fabricar de como se han de alzar". Incluso ni en los mejores momentos de Enriquillo existió una liga o unión entre los principales caciques alzados de la isla, pues, como bien afirmó fray Cipriano de Utrera, cuando Enriquillo firmó la paz los demás indios continuaron su alzamiento independientemente. Tras la capitulación del líder indígena en 1533 continuaron algunos caciques alzados pero el fin de los alzamientos estaba sin duda próximo.

Enriquillo es un auténtico héroe nacional para la República Dominicana, aunque no se puede ocultar un elemento muy oscuro en su biografía: no sólo abandonó las armas a cambio de la concesión de un simple título de “don” sino que traicionó a los suyos en el momento en que ayudó a los hispanos a acabar con otros caciques indígenas rebeldes.

 

PARA SABER MÁS

 

GALVAN, Manuel J.: Enriquillo. Leyenda histórica dominicana. Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997.

 

PEÑA BATLLE, Manuel Arturo: La rebelión del Bahoruco. Ciudad Trujillo, Impresora dominicana, 1948.

 

UTRERA, fray Cipriano de: Polémica de Enriquillo. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1973.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(*) Texto de la conferencia que pronuncié el 11 de noviembre de 1998 en el Centro Cultural Español de Santo Domingo, anexo a la Embajada Española.