Blogia

Temas de historia y actualidad

SER ESPAÑOL Y CAMBIAR EL MUNDO

SER ESPAÑOL Y CAMBIAR EL MUNDO

        Para mí no existe la historia más allá de su función social, es decir, si no sirve para contribuir a crear una sociedad mejor. Cada vez que delato los crímenes del pasado, cometido lo mismo por los persas que por los asirios, los romanos, los egipcios o los europeos lo hago movido por ese ideal.

Cuando publiqué mi libro “Conquista y destrucción de las Indias” (Sevilla, 2009) algunos me acusaron de ser antiespañol, lo cual no deja de ser absurdo, teniendo en cuenta que mi familia no se ha movido de esta piel de toro al menos en los últimos ocho siglos. Quiero dejar claro, que cada vez que hago una crítica sobre el pasado, lo hago precisamente desde mi sentimiento como español. Eso sí, no me siento nacionalista porque todos los nacionalismos, lo mismo el español que el catalán o el estadounidense conllevan un pernicioso sentimiento de superioridad frente al otro. Cada vez que denuncio las injusticias del pasado, y en particular las perpetradas por los españoles en el Nuevo Mundo, reivindico mi condición de español. Siento que destapando los horrores y errores del pasado puedo contribuir a concienciar a la sociedad y a crear un presente y un futuro más justo.

Los españoles desde finales del siglo XV contribuyeron de manera decisiva a construir el naciente capitalismo. A mediados de la siguiente centuria los marinos y los mercaderes hispanos surcaban el océano Atlántico, el Pacífico, el Índico y hasta el Ártico, cuando acudían a pescar bacalaos a Terranova. En los orígenes del capitalismo y de la globalización están decenas de marinos, mercaderes y financieros españoles que arriesgaron sus vidas y sus fortunas, ampliando las fronteras del mundo.

Aquellas personas del quinientos fueron capaces de cambiar el mundo precisamente porque tuvieron el arrojo y la ambición necesaria. Y yo me pregunto, ahora que el capitalismo está entrando en su fase final ¿Por qué no podemos ser los españoles del siglo XXI quienes encabecemos el cambio? Hace falta decrecer y avanzar hacia un sistema diferente al capitalista, más humano, más racional, más igualitario, y menos destructivo con el ecosistema. Sé que es difícil encabezar ese cambio porque vivimos en la mediocridad más absoluta, alienados por los mercados. Falta precisamente el arrojo y la valentía de aquellos hombres del siglo XVI que, siguiendo unos ideales –equivocados o no- se lanzaron a descubrir y conquistar el mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL SILENCIAMIENTO DE LOS TRANSIGENTES Y EL DRAMA DE LOS MORISCOS

EL SILENCIAMIENTO DE LOS TRANSIGENTES Y EL DRAMA DE LOS MORISCOS

        Los moriscos eran aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la existencia de estos recalcitrantes sino de una minoría cristiana intransigente. Se obligó a las conversiones forzosas, desoyendo la opinión de algunas personas mucho más sensatas.

         Existe la errónea creencia de que toda España estaba contra los moriscos, sin embargo, uno no para de leer testimonios sobre su lealtad y buen comportamiento e incluso sobre sus deseos de integración. La expulsión no respondió ni muchísimo menos a un clamor popular generalizado sino a la influencia de algunos sectores sociales radicales que empujaron a las autoridades a tomar una decisión desde arriba.

Muy al contrario, los moriscos contaron con el apoyo de muchas personas influyentes, tanto religiosas como civiles que, en defensa de sus propios intereses, los ampararon y hasta los ocultaron. Ya en 1540 habían disfrutado de la protección de Sancho de Cardona, Almirante de Aragón, que fue acusado por la Inquisición de permitirles mantener sus costumbres y la religión mahometana. Y en el momento de su expulsión, en 1609, gozaron de la defensa de un buen número de personajes influyentes, entre ellos de Manuel Ponce de León que, el 28 de agosto de 1609, escribió al rey, advirtiéndole del daño que causaría su expulsión. En su misiva le decía que su cadalso significaría una pérdida irreparable para Castilla al tiempo que le entregaba vasallos a los príncipes bárbaros enemigos de España. No fue el único memorial que se recibió en la Corte en defensa de los mahometanos pues el Conde de Castellar escribió en este mismo sentido, señalando que la exclusión de los moriscos es la universal ruina y desolación de este reino. También hubo instituciones, como el ayuntamiento de Murcia, que escribieron en defensa de los moriscos de su término, indicando que eran todos ellos buenos cristianos así como fieles y leales vasallos de la Corona Real. Duques, marqueses y condes, especialmente los del reino de Valencia, así como una parte muy considerable de la alta jerarquía eclesiástica, se posicionaron del lado del más débil. Algunos prelados firmaron licencias para que muchos que estaban plenamente convertidos e integrados, se quedasen. Desde el cardenal primado de Toledo, al arzobispo de Sevilla, pasando por los obispos de Córdoba, Badajoz, Cáceres. A la misma Inquisición tampoco le interesaba acabar totalmente con el problema morisco pues constituían una de las piezas angulares de su siempre precaria financiación. De hecho, según Julio Fernández Nieva, el Tribunal de la Inquisición de Llerena sólo consiguió mitigar su déficit crónico con las condenas impuestas a los moriscos. Probablemente, ni los Inquisidores estuvieron a favor de su expulsión, pues ello equivalía con acabar con su mayor fuente de financiación. No obstante, huelga decir que la protección más eficaz no la brindaron los grandes prelados sino decenas de párrocos que hicieron cuanto pudieron para ocultar el origen manchado de muchos de sus feligreses.

         Como hemos afirmado, contaron con importantes defensores en casi todas las zonas de España: en la Mancha, Zaragoza, Valencia, Murcia, Andalucía y Extremadura. El otro día cayó en mis manos otro testimonio de esas personas transigentes que no veían lo morisco como un problema. Se trata de la carta que el padre B. Liévana, escribió en Toledo el 16 de septiembre de 1589, dirigida a Juan López de Velas, secretario del rey en su Consejo de Hacienda, le decía lo siguiente:

        “…Si es verdad que se trata de hacerlos cristianos ha de hacerse con suavidad, con blandura y con regalo y con verdaderas entrañas de caridad y así es cierto que fue error muy notable y contra la doctrina evangélica hacerlos cristianos con violencia en Granada por quererlo y pacificarlo fray Francisco Jiménez y en Valencia por quererlo y pacificarlo fray Antonio de Guevara. Y dicen algunos viejos que cuando los de Valencia eran moros declarados que servían con grandísima fidelidad y que ellos mismos espiaban si venía alguna galeota de corsarios daban aviso de ello porque vivían contentos y gozaban de quietud y que algunos de su voluntad se convertían. Y que después que los hicieron cristianos viven emperrados y encorajados y dicen que como queremos que sean los cuerpos cristianos y las haciendas moras...”

 

Por cierto que al final le decía a su destinario que el licenciado Villarán le llevaba además de la misiva dos empanadas de anguilas que ha (ha)bido muchas estos días en esta ciudad así como un cestico de ciruelas damascenas. Está claro que el Tajo, en septiembre de 1589, bajaba por Toledo repleto de anguilas.

         Pero retornando a nuestro relato, es obvio que finalmente no triunfaron las opiniones integradoras, sino la de los intransigentes que se encargaron de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas.

 

PARA SABER MÁS:


DADSON, Trevor J.: Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (S. XV-XVIII): historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada. Madrid, Vervuert, 2007.

 

-------- Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old Christians and Moriscos in the Campo de Calatrava. Londres, Támesis, 2014.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: Moriscos: la mirada de un historiador. Granada, Universidad, 2009.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y Bernard VINCENT: Historia de los moriscos. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

EPALZA, Mikel: Los moriscos antes y después de la expulsión. Madrid, 1992.

 

LAPEYRE, Henry: Géographie de l`Espagne morisque. Paris, SEVPEN, 1959 (hay edición en castellano de 1986 y 2009).

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Imperialismo y poder. Una visión desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Circulo Rojo, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

LÁZARO FONTE: UN PEDERASTA DEL SIGLO XVI

LÁZARO FONTE: UN PEDERASTA  DEL SIGLO XVI

        En la Edad Media, a diferencia de lo que ocurría con la homosexualidad, se toleró ampliamente la violación. En caso de que se tratase de una esclava propia ni tan siquiera estaba tipificado como delito. La violación de esclavas en la Edad Media y, sobre todo, en la Edad Moderna fue una constante. En un reciente estudio sobre la esclavitud en Granada en el quinientos se demuestra definitivamente que el alto precio que alcanzaban algunas esclavas jóvenes se debía, en parte, a su alta productividad laboral, especialmente doméstica, pero sobre todo a la dura explotación sexual a la que eran sometidas por parte de sus dueños.

         Si la violada en cuestión era musulmana la pena era mínima y siempre pecuniaria. Solamente, en el caso de la víctima fuese una casada cristiana estaba peor visto socialmente y las penas solían ser más contundentes. Tanto que se solía castigar con la pena de muerte, aunque rara vez se llegaba a ejecutar. Y ello porque “para los hombres medievales aplicar la pena de muerte a un violador se consideraba algo desmesurado…” Además, la victima debía escenificar su gran sufrimiento para ser creída porque estaba muy arraigada la idea de que la mujer sentía un deseo irrefrenable. Por tanto, en la praxis, lo más normal era que el violador obtuviese el perdón total, alcanzando un acuerdo con la familia. A veces todo acababa cuando se conseguía que el trasgresor se desposase con su victima. En otros casos, la amnistía llegaba desde la Corona, a cambio de algún servicio.

        Pues bien, si la sociedad española toleraba en general la violación y se consentía abiertamente en el caso de que la víctima fuese esclava o musulmana, ¿qué pasó en América con la mujer indígena? Pues, parece obvio, a miles de kilómetros de distancia, sin apenas mujeres blancas y con decenas de miles de indias en condiciones de esclavitud o al menos de servidumbre, la violación y los abusos deshonestos fueron algo absolutamente habitual.

        Se ha hablado de la conquista erótica de las Indias, es decir, de las muchas indígenas que voluntariamente prefirieron unirse al español. A menudo se nos presenta a las nativas como mujeres enamoradas y “aficionadas” a los europeos. Ello ha generado toda una literatura clásica que ha elogiado el carácter del español que no desdeñó a la mujer india, la hizo madre y nació este crisol que hizo “una sola sangre, una sola piel, un único espíritu y cultura”. Y es cierto que hubo bastantes casos de mujeres que convivieron voluntariamente con españoles, aunque, eso sí, la mayoría como concubinas y muy pocas como esposas legítimas. También conocemos decenas de casos en los que los propios caciques entregaban a sus hijas para congraciarse con los conquistadores. De hecho, el ofrecimiento de sus mujeres e hijas a sus invitados era una costumbre muy difundida entre caciques y curacas en amplias zonas de América. Hay casos muy conocidos, como el de doña Marina, “la Malinche”, o como el de doña Inés Huaylas, hermana de Huascar, que fue regalada por Atahualpa a Francisco Pizarro. Cientos de casos más están perfectamente documentados. En tales circunstancias, muchos conquistadores llegaron a formar auténticos harenes, ante la permisividad de una buena parte de las autoridades eclesiásticas y civiles. El 22 de junio de 1543 declaraba el religioso Luis de Morales esta situación con todo lujo de detalles:

Quieren vivir a su propósito y como moro y que nadie les baja la mano y tienen escondidas las indias sobre diez llaves y con porteros para sus torpezas sin dejarlas venir a doctrina, ni a las oraciones que se suelen decir. Y sobre tal caso las tienen en hierros y las azotan y trasquilan para que hagan su voluntad y, como todos son de la misma opinión, se tapa y disimula todo…”

 

        Además, esta situación contribuyó a mermar la capacidad reproductiva de los nativos ya de por si muy debilitada tras la conquista. Sin embargo, matrimonios y concubinatos voluntarios fueron minoritarios en comparación con la simple y llana violación. Hay que reconocer la evidencia. Con las mujeres indígenas se cometieron todo tipo de excesos. Si la india en cuestión no estaba bautizada obviamente no había ningún problema, pero si estaba bautizada tampoco era un problema siempre y cuando el fornicador no manifestase su convencimiento de que aquello no era pecado. Avanzado el siglo XVI fue común, incluso, que las indias se utilizasen como amas de cría, amamantando a los hijos de españolas en detrimento de sus propios vástagos. Hubo que esperar hasta principios del siglo XVII para que se prohibiese, al menos legalmente, esta práctica.

Pero centrándonos en la cuestión de la violación que ahora nos ocupa, ya escribió hace algunas décadas Georg Friederici que “una parte considerable” de las relaciones sexuales con las indígenas se redujo a “violaciones y atropellos”. Y efectivamente, comenzaron en el mismo año del Descubrimiento. Todos los indicios parecen apuntar que algunos de los españoles que se quedaron en el fuerte Navidad, a cargo del capitán Diego de Arana, se dedicaron a robar y a violar a las indias que encontraban. Según el padre Las Casas aquellos españoles fueron asesinados porque “comenzaron a reñir y tener pendencias y acuchillarse y tomar cada uno las mujeres que quería y el oro que podía haber, apartándose unos de otros”. Pocos años después, entre 1497 y 1498, fue el insurrecto Francisco Roldán y los suyos quienes se dedicaron a forzar indias en las sierras de la Española, entre ellas a la mujer de Guarionex, cacique de Magua.

Los mismos dominicos insistían en que los mineros enviaban a los indios a sacar oro y, mientras, se “echaban” con sus mujeres, “ahora fuesen casadas, ahora fuesen mozas”. Y, si el indio no traía todo el oro que esperaban lo apaleaban, lo ataban y, como a un perro, lo echaban debajo de la cama mientras se acostaban con su mujer.

Fue absolutamente normal, ranchear por los pueblos indígenas, robando el oro y capturando mujeres, sin que fuese un hecho punible. El capitán Gonzalo de Badajoz, otro de los más perversos conquistadores, coaccionó en Tierra Firme al cacique Escoria para que le entregase 9.000 pesos de oro. Pero, no contento con ello, le tomó una hija y todas sus mujeres. El cacique fue durante varias leguas detrás de él desconsolado, llorando, alzando las manos y desmayándose en el suelo, mientras los españoles, “riéndose de verle hacer vascas, se pasaron de largo y lo dejaron allí tendido, llorando su desventura”.

No menos cruel fue la actuación de Vasco Núñez de Balboa que recorrió buena parte de Centroamérica, atormentando a los caciques para que les entregasen oro así como a sus mujeres e hijas. Y según Fernández de Oviedo, sus hombres, siguiendo el ejemplo de su capitán, se dedicaron a actuar de la misma manera. Este mismo cronista tuvo la curiosidad de indagar por qué Hernando de Soto, a su paso por los distintos poblados de la Florida, además de cargadores o tamemes, tomaba muchas mujeres jóvenes y guapas. La respuesta de uno de los miembros de su hueste no pudo ser más clara: las querían “para se servir de ellas y para sus sucios usos y lujuria, y que las hacían bautizar para sus carnalidades más que para enseñarles la fe”. El capitán Pedro de Cádiz y su mesnada forzaron a tantas jovencitas “que con tanto fornicar” muchos de ellos enfermaron gravemente.

Pero, no sólo los conquistadores abusaron de las indias, también había funcionarios públicos, encomenderos y personas de a pié. Incluso, peor aún, hubo implicados presidentes de audiencia, oidores y hasta protectores de indios, los mismos que se suponía debían velar por que estas cosas no se produjeran. Tristemente famoso fue el presidente de la Audiencia de México Nuño de Guzmán, un desalmado que lo mismo violaba a varias muchachas que herraba a indios de paz.

Ni que decir tiene que las esclavas indias eran, al igual que las negras, carne de cañón para la violación, sin que por ello se pervirtiese la ley. Así, un español que participó con Francisco Montejo en la conquista del Yucatán se jactaba de haber dejado “preñadas” a decenas de indias esclavas porque de esta forma las vendía a mayor precio. Y Girolamo Benzoní insiste en esta misma idea, al decir que el capitán Pedro de Cádiz y su hueste, forzaban a muchas jóvenes y, aunque embarazadas de sus propios hijos, las vendían “sin ningún miramiento”.

Pero no acabaron aquí las desventuras de las desdichadas indígenas. Pronto comenzaron a ser violadas también por los esclavos negros. En los primeros tiempos hubo el triple de esclavos negros varones que mujeres y no tardaron en saciar sus apetitos sexuales a costa de las nativas. En 1541 un documento señalaba los casos que se estaban cometiendo de negros que mataban a indias por “no satisfacer sus ruines intenciones”. Poco tiempo después se denunciaban los abusos que los hombres de color hicieron en el pueblo de Xilotepeque, en Nueva España, pues entraban en las moradas de los indios, tomando “por la fuerza las mujeres y gallinas y hacienda y dan de palos a los indios, y un negro ató a la cola de un caballo a un macehual chichimeca y lo arrastró y mató porque le reñía que había tomado a su mujer…”

Pero, ¿hubo condenas por todas estas violaciones? Apenas conocemos unos cuantos casos. En una Real Cédula, fechada en Valladolid el 9 de septiembre de 1536 el rey mostraba su perplejidad por haber condenado a tan solo cinco pesos de oro a un español que, tras intentar violar a una india, ésta se refugió en un bohío o casa indígena y, en represalia, la quemó viva. Obviamente, la condena parecía pírrica pero lo realmente elocuente es que lo que se juzgó fue su vil asesinato no el intento de violación que no pareció algo punible.

¿Y la violación de menores? La legislación medieval y moderna no distinguía los casos de pederastia, de la violación de adultos. En las Siete Partidas se agrupan todos los casos de violación, sin especificarse la edad. Hemos de sobrentender que la violación de menores quedaba incluida en el apartado de vírgenes.

Conocemos en la España medieval decenas de casos de violaciones de niñas de 11 y 12 años que fueron considerados como simples casos de violación y sus transgresores fueron perdonados. En cambio, en 1475 el murciano Gil López Merino fue ajusticiado en la horca por violar a una niña de 9 o 10 años. ¿Es posible que en esta ocasión se viera la edad como un agravante? Probablemente sí. Pero entonces, ¿dónde estaba exactamente la frontera?: creo que era algo que se decidía a ojo. El límite debía ser, por tanto, la pubertad, siendo especialmente grave cualquier violación que afectase a una muchacha que tuviese una edad inferior a los 10 u 11 años. En caso de estimarse que la quebrantada era una niña, sí que la pena podía ser mucho más severa.

Por tanto, la frontera entre la violación de una adulta y de una niña no estaba bien delimitada, pero de considerarse el último caso podía llevar aparejada la pena capital. De hecho, el propio emperador Carlos V promulgó una ordenanza en 1533 en la que condenaba dicho delito con la muerte.

        Pero al menos en América todo eso quedó en mero papel mojado. En la praxis, se produjeron violaciones, tanto de adultas como de niñas indígenas, sin que por ello fuese penado el infractor. El caso del capitán Lázaro Fonte que analizaremos a continuación es muy representativo. Ya veremos como violó a varias niñas pequeñas y terminó absuelto por esos y por otros crímenes. Son muy interesantes los testimonios de algunos testigos presenciales porque sirven para entender cómo se veía la pederastia entre sus contemporáneos.

 

LÁZARO FONTE: LA DOBLE PERSONALIDAD DE UN PSICÓPATA

 

        Lázaro Fonte es un ejemplo típico de algunos de esos conquistadores con doble personalidad, capaces de lo mejor y de lo peor. Él se consideraba a sí mismo una persona cristiana, temerosa de Dios, un leal servidor de la Corona y, sobre todo, un marido y un padre ejemplar. Pero, es más, fueron varios los testigos que así lo afirmaron por lo que, cuanto menos, denotaba que, pese a sus tropelías, estaba integrado socialmente. Pero, este feliz y cristiano padre de familia, por otro lado fue capaz de ejecutar crueles y despiadadas matanzas de indios así como de violar a niñas de siete u ocho años que previamente ataba a palos cruzados en aspa.

        Obviamente, no todos los conquistadores actuaron así pero, salvando la cuestión de la pederastia, sí hubo muchos. Estos podían compaginar perfectamente el servicio a Dios y a la Corona con las matanzas de infieles. No olvidemos que durante siglos el mismísimo Papa salía con sus galeras a matar a todo infiel que encontraba, desde árabes a berberiscos, pasando por los turcos. Acaso también habría que aplicar aquí la cuestión de la falsa conciencia, no sólo de Lázaro Fonte sino de buena parte de la élite conquistadora. Una falsa conciencia que consistía en la deformación más o menos consciente de la realidad para defender, legitimar y justificar su superioridad social.

        Lázaro Fonte nació en Cádiz en torno a 1508, pues, en agosto de 1553 declaró tener 45 años. Era hijo de Rafael Font o Fonte, comerciante de origen catalán, afincado en Cádiz, donde fue regidor del concejo. Su padre estaba desposado con Paula Fonte con quien procreó tres hijos, dos varones y una mujer. Los Fonte lograron en Cádiz una holgada posición económica, aunque, posteriormente, estando ya Lázaro Fonte en las Indias, pasaron a Tenerife, donde Rafael Fonte volvió a ocupar una regiduría. Allí gozaron de rentas superiores a los 3.000 ducados al año que el gobernador de Nueva Granada, Alonso Fernández de Lugo, natural precisamente de las Canarias, se encargó de arrebatarles a cambio de indultar a Lázaro Fonte.

¿Por qué Lázaro Fonte, pese a gozar de una buena situación económica y de una excelente posición social decidió buscar nuevos horizontes al otro lado del océano? Probablemente, los oscuros incidentes en los que estuvo implicado el Jueves Santo de 1533 lo abocaron a ello. Ese día, en la procesión de los disciplinantes, se vio envuelto en la muerte de un alguacil en su ciudad natal. Tras los hechos, huyó a las sierras del interior de la provincia, entre Jerez de la Frontera y Tarifa. Un testigo, Melchor Ramírez, dijo que, tras los hechos, él lo vio presentarse de noche en una posada vistiendo “un manteo negro y un bonete negro”. Pero, a los pocos días, decidió regresar y presentarse en la misma cárcel ante la justicia. Hubo un juicio y consiguió salir absuelto, al demostrarse que el autor material no fue él sino un criado suyo, llamado Francisco Ruiz. Desde entonces hasta finales de 1534, en que se embarcó con destino a Santa Marta, “anduvo libremente por la dicha ciudad”. Así, pues, el peso de la ley recayó exclusivamente sobre su sirviente. No obstante, sus propios contemporáneos mantuvieron siempre la duda sobre su grado de implicación en tan oscuros hechos. Y la verdad es que nosotros, casi quinientos años después, también albergamos nuestras dudas de que el criado, que estaba con él en el momento de ocurrir los hechos, actuase exclusivamente por iniciativa propia.

Por tanto, cuando el nuevo gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo, le pidió que lo acompañase en su expedición, no le faltaron motivos para aceptar. Así, a finales de 1534, cuando contaba con unos 26 años de edad inició su lamentable andadura indiana. En una información de méritos, presentada por él mismo declaró que llevó una nao a su costa con más de 150 soldados, gastando en ellos más de 4.000 ducados. No tardó en pasar a la conquista y pacificación del Nuevo Reino de Granada a las órdenes del capitán Hernán Pérez de Quesada. En ella declaró que, además de los trabajos y hambre que padeció, gastó más de 20.000 pesos de oro porque un caballo costaba entonces más de 50 pesos.

        Recibió tres encomiendas en Santa Fe, a saber: Fusagasugá que en 1566 tenía nada menos que 500 indios de encomienda, Engativá con poco más de un centenar de indios y Tocancipá que entonces debía superar el centenar y medio. En total debió tener unos 750 indios de encomienda que le proporcionaban unas holgadas rentas.

        Pero su enemistad con el teniente de gobernador del Nuevo Reino de Granada, el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, provocó su procesamiento. En enero de 1539 se pregonó que ningún español rescatase esmeraldas con los indios. Sin embargo, Lázaro Fonte, al igual que otros españoles, continuaron sus rescates. A finales de ese mismo año se produjo la atroz matanza de indios en Fusagasugá. El licenciado Giménez lo condenó a muerte por ello y “por otras causas”. Él apeló la sentencia a través de su procurador y, a mediados de 1541, la audiencia de Panamá dictó sentencia, conmutándole la pena de muerte por la de destierro de la gobernación.

        Entre primeros de septiembre de 1541 y abril de 1543 estuvo en la expedición del Dorado, capitaneada por el gobernador Hernán Pérez de Quesada. A su regreso, se le procesó de nuevo, acusado de haber quebrantado la pena de destierro. Tras un breve período en la cárcel fue absuelto por Alonso Fernández de Lugo en clara prevaricación. Pues quedó claro que a cambio de su absolución le vendió, a un precio irrisorio, sus rentas de Tenerife.

        Tras salir de la cárcel, y para evitar males mayores, decidió finalmente abandonar Santa Marta y afincarse en San Francisco de Quito. En 1548 estaba ya perfectamente instalado en esta última ciudad. Allí se desposó con doña Juana de Bonilla, hija del gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla. Con ella tuvo tres hijos, el mayor de ellos llamado Juan Rafael Fonte. Su suegro, como es normal, lo favoreció enormemente, nombrándolo corregidor de Quito y después contador de la Real hacienda.

        En 1546 se sumó a los hombres del presidente Pedro de La Gasca que luchaban contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. Éste prometió el perdón de los delitos a todos los españoles que se sumasen a su campaña. Y el gaditano fue enviado como alférez general al mando de 300 hombres para unirse a las fuerzas del presidente. Por el camino, se supo que no hacía falta su ayuda y que el presidente ordenaba su retorno. Su tropa regresó, pero él con unos cuantos deudos, prosiguió su viaje hasta la ciudad de Cuzco, recorriendo según él mismo afirmó 700 leguas de distancia. Además en San Francisco de Quito recibió un cofre con despachos para La Gasca que le entregó puntualmente, atravesando, según él, “grandes peligros”.

        Pero, pese a estar en Quito bajo la protección del gobernador, el proceso continuó su curso y la justicia continuó “molestándolo”. Por ello, a principios de 1553 decidió nuevamente acogerse al perdón que se daba a los que sirviesen contra el alzamiento del cacereño Francisco Hernández Girón. Cuando este último derrotó al mariscal Alonso de Alvarado los oidores de la ciudad de los Reyes le encargaron una peligrosa misión. Debía recoger las armas de todos aquellos españoles que no se incorporasen a filas y reclutar asimismo el mayor número posible de indios. El despacho le fue entregado el 7 de junio de 1554 y fue con tal cometido en compañía de Francisco Benítez, Miguel López y Gregorio Genovés que cumplieron su objetivo satisfactoriamente. Y en ello, estuvo hasta la derrota y ajusticiamiento del extremeño el 7 de diciembre de 1554.

No obstante, para su sorpresa, a su regreso volvió a dar con sus huesos en la cárcel. Finalmente, en 1555 se le concedió una nueva apelación, en este caso al órgano supremo, es decir, al Consejo de Indias, quedando mientras tanto en libertad. Es la última noticia que tenemos de su procesamiento, pues, no nos consta documentalmente la sentencia definitiva. Probablemente, el silencio documental indique su absolución. Quizás los miembros del Consejo estimaron que el acusado ya había pagado suficientemente sus culpas.

Pero no sólo fue perdonado sino que se estimó que merecía compensaciones por el leal servicio prestado a la Corona durante tantos años. Así, el 13 de noviembre de 1568 y el 19 de diciembre de ese mismo año se le recomendó al virrey del Perú que le otorgase una encomienda de indios y algún oficio en gratificación por sus servicios. La Corona no especificó el monto de la merced aunque él solicitaba una encomienda que le rentase 4.000 pesos de oro anuales. Pero, los años pasaron y la recomendación no llegó nunca a hacerse efectiva. En 1577, es decir, nueve años después seguía con las mismas reivindicaciones. Y nuevamente el 22 de diciembre de 1577 obtuvo otra Real Cédula por la que la Corona ordenaba al presidente y oidores de la audiencia de San Francisco de Quito que le diesen una encomienda que rentase 400 pesos de 450 maravedís cada uno. Pero tampoco se hizo efectiva pues, nuevamente, el 30 de septiembre de 1578, se lamentaba de no haber recibido su ansiada prebenda, reiterando la Corona su deseo de que se le diese. En marzo de 1580 es la última vez que lo tenemos documentado en la ciudad de Quito, cuando tenía 72 años de edad. En ese momento le perdemos totalmente el rastro entre la documentación, lo que podría indicar que había muerto en ese mismo año o en el siguiente.

        No obstante, la familia Fonte se debió consolidar entre la élite quiteña, pues, el 20 de diciembre de 1606 Lázaro Fonte Ferreira, probablemente nieto del gaditano, compró una regiduría en el cabildo de Quito.

Con respecto a sus actos de violación de niñas se le imputaron dos casos concretos, verificados por numerosos testigos. Al parecer, violó a otras niñas, pero no se aportaron datos concretos. Por ejemplo, Juan de Güemez declaró que además de los dos casos conocidos, sabía que “el dicho Lázaro Fonte se echó con otras niñas, sin ser cristianas, y que las corrompió”. Juan Tafur, veedor de Su Majestad, por su parte, dijo que vio una de las varias niñas de ocho o nueve años “que decían que había desvirgado el dicho Lázaro Fonte”.

        Pero nos centraremos en analizar las dos violaciones de las que se presentaron pruebas contundentes. La primera de ellas fue la hija del cacique Bogotá que tenía siete u ocho años. Sobre este caso los testigos apuntan datos sobrecogedores sobre su forma de actuar. Simón Díaz fue testigo presencial y aunque su cita es ago larga me permito transcribirla entera por su interés:

        “Que vio como el dicho Lázaro Fonte echó en su cama una muchacha de Bogotá, de edad de siete u ocho años, y allí la tuvo y la corrompió porque este testigo la oyó llorar y dar gritos aquella noche. Y otro día vio este testigo en la cama del dicho Lázaro Fonte la sangre que le había caído a la dicha niña y dijo a Juan de Güemez y a otros compañeros, mirad que gran bellaquería que ha hecho Lázaro Fonte en haber corrompido esta niña que era tan chiquita que la traían en brazos por no poder andar los indios. Y que era india que no sabe si era cristiana porque si lo fuera él lo supiera. Y este testigo, diciendo y afeándole al dicho Lázaro Fonte como era mal hecho echarse con niñas tan chiquitas le dijo, espera, veréis, y se quitó una caperuza montera que traía puesta y la tiró a la niña y le dio con ella y dijo pues no cae del golpe bien me puedo echar con ella. Y que ésta es la verdad y lo que sabe so cargo del juramento que hecho había…”

 

        La descripción no tiene desperdicio. Tanto Simón Díaz como Juan de Güemez y otros testigos coincidieron al decir que la niña tenía “siete u ocho” años. Pero, llama la atención que una niña con esa edad no supiese andar y que la llevasen en brazos como coincidieron todos los testigos, si es que no tenía alguna enfermedad o minusvalía física. Probablemente, la niña no es que no supiese andar sino que no quería andar, temerosa de su sospechoso traslado a la alcoba del español. Simón Díaz no especifica quién o quiénes la llevaban en brazos, pero sí lo hizo otro testigo, Francisco Gómez de Trujillo, que detalló que era un indio, probablemente obligado por el capitán español. Ahora bien, la india no andaba o no quería andar, pero sí hablaba. Hernán Gómez Castillejo, de 25 años, declaró que no estuvo presente en la violación pero sí “cuando la dicha niña india dijo su dicho”. Desgraciadamente, en el proceso no se incluye el testimonio de la propia india que hubiera sido clave para conocer el verdadero alcance del delito y la percepción que ella misma tuvo de lo ocurrido.

Por otro lado, está claro que el delito no se limitó a abusos deshonestos sino que fue una violación tan brutal, cruel e inhumana que se me agotan todos los adjetivos. La pobre niña gritó y lloró durante la noche y además manchó de sangre el lecho. Otro de los testigos presentes, Juan Montañés, ratifica que “la niña daba gritos y este testigo la oyó dar voces porque estuvo dentro de la casa donde el dicho Lázaro Fonte estaba…

Al menos tres españoles escucharon lo que estaba pasando porque estuvieron dentro de la casa, en el momento en el que ocurrieron los hechos: Simón Díaz, Juan de Güemez y Juan Montañés. Pues, bien, ninguno de ellos hizo nada por evitar el sangrante delito que delante de sus propias narices se estaba cometiendo. Todo lo más que hicieron fue, una vez consumados los hechos, reprocharle la “bellaquería” que había cometido. A juzgar por los hechos Fonte era algo más que un bellaco, pero parece ser que no fue percibido así por los españoles, ni tan siquiera por las autoridades que juzgaron el caso. Pero, además, el gaditano, no mostró en ningún momento síntoma de arrepentimiento. De hecho, solía alardear con sus amigos que él tiraba su bonete o caperuza a una niña y, si no caía por ello, era apta para practicar con ella el sexo. Varios testigos escucharon al reo contar jocosamente dicha anécdota.

        La otra niña violada era algo mayor que la anterior. Nuevamente, Juan Montañés declaró que estuvo presente cuando ocurrieron los hechos en el pueblo indio de Turmequé:

“En Turmequé que en aspó una niña de poca edad para se echar con ella y la ató a los palos del bohío las manos y los pies en unos palos y que este testigo estuvo presente a ello y que se salió de allí y oyó dar voces a la niña muchas como se echaba con ella el dicho Lázaro Fonte y la corrompía y que la niña era india y no era cristiana…

 

La declaración de Juan de Güemez no aporta más datos que la edad. Él, aunque no estuvo presente en esta ocasión, oyó decir lo siguiente:

        “Y que, asimismo, oyó decir este testigo como en aspó una niña para se echar con ella, de edad de doce o trece años, y que no era cristiana, (con) dos estacas de los pies y atadas las manos a los palos del bohío y que era virgen”.

 

También el testigo Francisco Gómez de Trujillo, nos confirma que la india se encontraba en el pueblo de Turmequé y que allí, tras una entrada, la “aspó” y “se echó con ella forzadamente”.

Otro testigo Hernán Vanegas, introduce una novedad en el suceso. Él afirma que en los aposentos de Turmequé violó primero a una de las muchachas pero que no fue la única. El propio Fonte, le contó, presumiendo, que habían sido tres las muchachas violadas. Es el único de los testigos que sostuvo este extremo:

“A las catorce preguntas dijo que lo que de esta pregunta sabe es que el vio tres muchachas y que oyó decir al dicho Lázaro Fonte que las había corrompido y que, la una de ellas, le dijo el dicho Lázaro Fonte que la había atado en una colcha de paja y que le mostró la toca donde la había atado y los palos donde (la) había atado cuando se echaba con ella porque no quería estar queda, lo cual pasó en los aposentos de Turmequé y que las dichas muchachas no eran cristianas porque en aquel tiempo no las había en este reino”.

 

Según los criterios de la época, esta última muchacha debía estar en el límite de lo que se podía considerar una violación común. También queda muy claro que Fonte premeditaba bien todos sus actos. No eran casos espontáneos de violación, sino que previamente ataba a sus víctimas para evitar cualquier tipo de resistencia. Las víctimas opusieron resistencia, pero lo hicieron inútilmente de la única manera que pudieron, es decir, gritando. Nuevamente en esta ocasión hubo testigos presenciales que no hicieron nada por remediarlo. Juan Montañés afirma “que se salió de allí” y, por el tono, pudiera parece que abandonó el lugar molesto con el penoso espectáculo que el gaditano se disponía a protagonizar.

        Ante estas acusaciones Fonte no adoptó ninguna estrategia en su defensa, limitándose a negarlo todo. Y lo hizo durante los más de doce años que anduvo entre pleitos y apelaciones. Y es que Fonte era tan fanfarrón con sus amigos como cobarde ante los tribunales. Cuando en 1541 le entregaron la sentencia de Panamá se permitió romperla en pedazos. Sin embargo, otra cosa era reconocer todo ante un tribunal. Con respecto a la hija del cacique de Bogotá decía que nunca tuvo el gusto de conocerla y que ni tan siquiera sabía si éste tenía o no hijas. En Tunja, el 5 de enero de 1544 volvió a insistir en la falsedad de las acusaciones pues “las indias que he tenido, así niñas como mujeres grandes, han sido de mí muy bien tratadas y miradas y haciéndolas enseñar y enseñándolas en las cosas de nuestra santa fe católica”.

        La gran cantidad de testigos, los detalles aportados y la total coincidencia entre todos ellos, no dejan lugar a la duda sobre los hechos ocurridos. Así lo estimaron distintos jueces a lo largo de varios años. Yo creo que Lázaro Fonte se corresponde perfectamente con el perfil de un psicópata. Una persona que podía compaginar su condición de buen cristiano, de buen esposo y de buen padre con crueles matanzas con el único objetivo de obtener varios centenares de pesos de oro y con violaciones brutales y premeditadas. Y lo peor de todo, se trataba de una forma de actuar que, aunque muy minoritaria, ni era excepcional en su época ni desgraciadamente lo es en pleno siglo XXI. Y es que analizando la historia uno se da cuenta de lo poco que el hombre ha evolucionado a nivel moral y ético. Ha habido una revolución científica y tecnológica pero aún está por llegar una revolución moral.

         En plena vorágine conquistadora, donde millones de indios perecieron de forma directa o indirecta, es obligatorio plantearse ¿por qué se juzgó este caso?. Hubo miles de asesinatos, miles de violaciones y miles de saqueos injustificados. Los españoles durante algunos años se convirtieron incluso en huaqueros es decir en saqueadores de tumbas.

Ya en 1531, en la gobernación de Santa Marta, hubo un juicio contra el conquistador extremeño Alonso de Cáceres por haber asesinado impunemente a un indio de paz. Se hizo justicia dentro de lo que cabía en esa época y el extremeño fue condenado al destierro y a la confiscación de sus bienes. Sin embargo, tras analizar las circunstancias llegué a la conclusión que la causa de su procesamiento no fue ningún filantrópico deseo de justicia con los indios sino su agria enemistad con el gobernador de Santa Marta, García de Lerma.

Pues, bien, desgraciadamente en el caso de Lázaro Fonte, ante la misma pregunta he obtenido la misma respuesta. Los cargos, con ser importantes, no dejaban de ser habituales en todo el proceso conquistador. El rescate de esmeraldas, el asesinato de indios para que le entregasen oro, los escarmientos y las violaciones eran moneda de cambio habitual en el proceso conquistador.

Es cierto que la violación de niñas de siete u ocho años no debía ser tan frecuente, pero no lo es menos que tampoco fue el cargo que más pesó en su procesamiento. También es cierto que los indios de Fusagasugá, pese a lo que afirmaba Fonte, habían estado siempre de paz. Y ambos aspectos eran sendos agravantes porque se suponía que la legislación protectora afectaba fundamentalmente a los indios amigos o guatiaos.

Pero, sea como fuere, lo cierto es que el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, teniente de gobernador del Nuevo Reino, condenó a Lázaro Fonte a pena de muerte y a la pérdida de sus bienes. Ahora, bien, no lo hizo tanto para castigar sus atropellos, que se lo merecía, sino por enemistad personal. Al parecer, el teniente de gobernador llamaba al gaditano converso, mientras que éste decía que aquél era un judío. El capitán Hernán Vanegas oyó decir a Fonte “que le había de dar una cuchillada con un puñal a Jiménez”.

        Son muchos los testimonios que aparecen en el proceso y que delatan esta situación. Él lo condenó a pena de muerte y pretendió darle un castigo tan desmedido como ilegal. Pensó en dejarlo atado a un árbol en territorio de los indios Panches, que entonces eran temidos porque se le atribuían casos de antropofagia. Hernán Vanegas y otros españoles le convencieron finalmente para que no lo enviase a tierras de los Panches “porque se lo comerían los indios” y decidió mandarlo a Pasca “con unos grillos”. Estando ya con cadenas en Pasca, supo el teniente de gobernador que se acercaba una expedición de españoles y mandó a su hermano Hernán Pérez de Quesada que le soltara, para evitar que se conociese semejante irregularidad.

Asimismo, se vio obligado a permitirle su apelación porque era un derecho que no le podía negar. El gaditano dio poderes a Pedro de Puelles para que llevase el proceso ante la audiencia de Panamá, quien falló en segunda instancia, permutando la pena de muerte por la del destierro de la gobernación. Pese al fallo, tremendamente favorable, cuando Bartolomé Calvo, criado de Juan Muñoz de Collantes, se la entregó la rompió en pedazos airadamente. Y ello, porque Fonte sostenía que era frecuente que los capitanes y gobernadores emitiesen condenas que después nunca se ejecutaban, al menos “al pie de la letra”. Encima tuvo la desfachatez de sostener durante años que la sentencia de Panamá jamás se le llegó a notificar. Y lo mismo que Gonzalo Jiménez lo acusó sencillamente por enemistad personal, el gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo lo absolvió, el 21 de abril de 1544, en medio de una flagrante prevaricación. Y es que fue público que lo indultó a cambio de que le vendiese, por una cantidad simbólica, sus propiedades en Tenerife, valoradas en varios miles de ducados. A fin de cuentas el propio Lugo era canario y le venían muy bien esas propiedades para cuando decidiese regresar. Incluso, para que Fonte quedase totalmente satisfecho le concedió el cargo de alguacil mayor.

Sin embargo, el negocio no le pudo salir peor al gaditano, pues, a finales de ese año de 1544, el gobernador regresó a España, cargado de esmeraldas y oro “y tales obras hizo allá que dejó nombre de tirano”. Lo cierto es que el promotor fiscal, Antón de Luján, un español de moralidad intachable, y el nuevo gobernador, visitador y juez de residencia Miguel Díez de Armendáriz se empeñaron, para desdicha del arruinado de Fonte, en proseguir el proceso.

        Yo creo que Fonte terminó pagando una buena parte de sus culpas. Él mismo se lamentó de su mala suerte por tener que rendir cuentas por hechos –los rescates y los castigos ejemplarizantes- que otros muchos capitanes habían cometido sin incurrir en pena alguna. Estuvo de tribunales al menos hasta 1555 en que su proceso fue apelado al Consejo de Indias. Aunque en ese mismo instante se hubiese archivado su causa, nadie pudo quitar al gaditano esos dieciséis años de juicios y cárceles. Obviamente, no estuvo preso todo ese tiempo, pero siempre acosado por la justicia, pasó temporadas en la cárcel en Santa Fe, en Quito y en Lima. Al menos lo encontramos encarcelado en 1539, 1543, 1544, 1547 y 1553.

Económicamente terminó arruinado. Gonzalo Jiménez le confiscó todo el dinero en efectivo que tenía en oro y esmeraldas, así como sus enjundiosas encomiendas de indios. Y por si fuera poco, el corrupto gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo le vendió su libertad a cambio de sus propiedades en Tenerife. Pedro de Enciso declaró que estuvo presente en Bogotá cuando se hizo la fraudulenta transacción. Así, cuando el 16 de agosto de 1553 Pedro de Mercado de Peñalosa dispuso nuevamente que se encarcelase al gaditano y que se le confiscasen sus bienes en Quito, se supo que no tenía absolutamente nada. Interrogado su suegro el gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla, sus palabras fueron elocuentes:

“Y el alguacil lo llevó preso con grillos a la cárcel y, luego, fue a la posada del dicho Fonte a secuestrar sus bienes, pero no halló ninguno. Rodrigo Núñez de Bonilla, su suegro, so cargo del cual, siendo preguntado por los bienes del dicho Lázaro Fonte dijo que no le conoce bienes ningunos porque lo que comía, bebía, vestía y calzaba él y su mujer e hijos él se lo daba y proveía y que ésta es la verdad”.

 

Poco tiempo permaneció preso en la Ciudad de los Reyes porque sus amigos Francisco Ruiz, Ascensio de Cepeda y Rodrigo de Paz, vecinos de Quito, lo sacaron con el compromiso de que no saldría de la ciudad y que volvería a la cárcel cuando se le requiriese, “so pena de 8.000 pesos de oro para la cámara real.

        A modo de conclusión creo que los ejemplos tratados en este trabajo son más que suficientes para acercarnos al drama de la conquista. En América se cometieron todo tipo de abusos y creo que esto es digno reconocerlo. Pero, eso sí, sin complejos y sin sentimientos de culpa. Ya los griegos en el siglo V a. C. habían dicho que ellos eran “el crisol superior de un mundo diverso”. Desde la aparición de la civilización hasta el mismísimo siglo XX se consideró normal que los pueblos civilizados sometieran y “civilizaran” a los pueblos supuestamente bárbaros.

        El caso de Lázaro Fonte es muy especial. No sólo por sus rasgos psicopáticos sino porque su procesamiento nos proporciona bastante información sobre las actitudes ante las matanzas de indios y, sobre todo, ante hechos tan repugnantes para la sociedad actual como la pederastia. Ni una cosa ni otra eran vistas en su momento con la repulsa con la que se ven en nuestros días. Tanto las matanzas de indios como la política de terror –amputaciones, ajusticiamientos públicos, aperreamientos, etcétera- eran consideradas como males necesarios para someter a la numerosísima población indígena. Y ello era así porque el fin último era positivo a los ojos de Dios, es decir, su sometimiento y su conversión al cristianismo.

En cuanto a la pederastia, es evidente que creaba cierto malestar y repulsa entre sus contemporáneos. Lázaro Fonte fue censurado, e incluso, condenado por ello. Sin embargo, parece claro, a juzgar por las declaraciones de los testigos, que tampoco generaba el mismo rechazo social que puede generar actualmente.

En definitiva, asesinatos, violaciones y actos de pederastia, eran hechos que podían ser reprochados por una parte de la sociedad, sobre todo por la corriente crítica que encabezaban religiosos como el padre Las Casas, fray Pedro de Córdoba o fray Bernardino de Sahagún, entre otros. Pero, su responsable sólo era puesto a disposición de la justicia en ocasiones muy flagrantes y casi siempre mediando enemistades personales. Aun así, no conocemos ni un solo caso de ejecución de una condena a muerte dictada contra un español por haber asesinado o violado nativos. Sí las hubo por traición a la Corona, cierta o no, como le ocurrió a Vasco Núñez de Balboa, a Gonzalo Pizarro o a Francisco Hernández Girón, pero no por haber cometido delitos contra los aborígenes que hoy consideraríamos de lesa humanidad.

No cabe duda, pues, que la sociedad de la época era mucho más tolerante con todos estos aspectos que la actual. Podían compaginar perfectamente sus valores cristianos con el desprecio por el indio que, lejos de ser un vasallo o un prójimo más, siempre se consideró políticamente un vasallo de segunda y religiosamente, primero, un pagano o un infiel, y luego, un converso. Hoy nos llaman la atención personajes como Lázaro Fonte que se consideraban buenos cristianos y “temerosos de Dios”, y no tenían ningún pudor en reconocer la necesidad de llevar a cabo matanzas de indios, aperreamientos o amputaciones como medio de sometimiento. Los medios no importaban porque el fin, la ampliación de las fronteras cristianas, era muy positivo a los ojos de Dios. Esta actitud estaba bastante generalizada entre el grupo conquistador. Por ello, el gobernador de las Indias, Frey Nicolás de Ovando, que era un profundísimo creyente, no tuvo el menor cargo de conciencia en organizar la cruel matanza de Xaragua, si con ello expandía la frontera cristiana.

En definitiva, queda bien claro algo que los valores fundamentales de la sociedad del siglo XVI no eran los mismos que los actuales. Pero, obviamente, eso no significa que cinco siglos después, sin perder de vista la sincronía histórica, no podamos juzgar críticamente y censurar esas actitudes del pasado.

 

PARA SABER MÁS


MIRA CABALLOS, Esteban: “Terror, violencia y pederastia en la conquista de América: el caso de Lázaro Fonte”, Jahrbüch Für Geschichte Lateinamericas, N. 44. Hamburgo, 2007, pp. 37-66.

 

------- Conquista y destrucción de las Indias (1492-1574). Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA ARMADA INVENCIBLE: CRÓNICA DE LA MAYOR DERROTA NAVAL DEL IMPERIO HABSBURGO (1588)

LA ARMADA INVENCIBLE: CRÓNICA DE LA MAYOR  DERROTA NAVAL DEL IMPERIO HABSBURGO (1588)

          En las postrimerías del siglo XVI, Felipe II era considerado el hombre más poderoso de la tierra. Era dueño de la Península Ibérica, de los Países Bajos, de una parte de Italia y de toda América. Este hombre taciturno, hijo de Carlos V y de doña Isabel de Portugal, se había convertido en un gran defensor de la fe sin que por ello le hagan olvidar sus apetencias sobre los países que aún escapan a su poder. Pero a quien este hombre de cincuenta y nueve años consideraba como su peor enemiga no era otra que a la reina Isabel de Inglaterra. Y no le faltaban razones para ello: el apoyo de Inglaterra al prior de Crato frente a las aspiraciones de Felipe II al trono de Portugal, la ayuda decidida y sin escrúpulos a los rebeldes holandeses, su creciente potencial naval y la consolidación de la iglesia anglicana parecían motivos más que suficientes. Por ello, desde su palacio de El Escorial no cesaba de lanzar anatemas contra esta hereje.

           La intervención de naves rápidas mandadas por osados marinos ingleses hacían cada vez más inseguros los transportes entre las colonias españolas de América y los puertos ibéricos. Llegó a ser necesario escoltar cada convoy con navíos armados que, además, no siempre impedían los ataques ingleses.

           En 1585 la reina Isabel de Inglaterra fue todavía más lejos al enviar a su mejor marino, Francis Drake, al frente de veinticinco velas a incendiar y saquear por los territorios coloniales españoles. El éxito de esta empresa hirió de tal forma los ánimos de Felipe II que, encolerizado, decidió pasar a la acción y atacar directamente a Inglaterra. Y para ello pensó en el insigne marino don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, a quien confió la tarea de reunir una armada lo suficientemente fuerte como para asestar un duro y decisivo golpe a la marina inglesa. El viejo marino, que soñaba desde hacía años con una gesta de este calibre que sirviera de colofón a su intachable carrera al servicio de España, puso de inmediato manos a la obra.

           El objetivo de la armada sería atraer hacia el sur de Inglaterra a todas las fuerzas navales que mantenían el bloqueo de las costas holandesas. Para ello previeron una armada de varios centenares de barcos que debían transportar más de noventa mil hombres. Los navíos debían llevar provisiones suficientes como para abastecer a toda la tripulación durante ocho meses.

           Los capitanes serían nombrados por el propio Bazán, pues, así fue facultado por el propio Felipe II. Y la lista de capitanes, pilotos y marinos es un verdadero florilegio de la nobleza española, la mayoría además curtidos en innumerables batallas navales. Entre ellos Juan Martínez de Recalde, Miguel de Oquendo, Pedro de Valdés, Hugo de Moncada, Alonso de Leyva, Martín de Bretendona, todos grandes veteranos en el difícil arte de las contiendas navales.

           A las órdenes del Marqués de Santa Cruz semejante fuerza habría sido extremadamente peligrosa para Inglaterra. Pero el destino asestó un duro golpe a los planes y pretensiones de Felipe II. En los meses previos a su despacho, concretamente el nueve de febrero, murió don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, a la edad de sesenta y tres años. Pero eso no fue lo peor. La elección del séptimo Duque de Medina-Sidonia como sustituto del fallecido Bazán no pudo ser más desafortunada. Frente a marinos expertos y experimentados como Recalde u Oquendo se nombró a este aristócrata, carente de la preparación necesaria para ello. El Duque de Medina-sidonia vivía cómodamente en sus dominios de Sanlúcar cuando supo, por un correo de la Corte, la decisión Real. Él mismo, después de agradecer al Rey su elección para tan magna empresa, le confesó que carecía de la salud necesaria para tal empresa y que enfermaba y hasta “se mareaba” siempre que embarcaba en un navío. Por tanto, no se puede culpar a Medina-Sidonia porque su respuesta a Juan de Idiáquez, secretario Real, no pudo ser más sincera. Resulta incomprensible que pese a estas advertencias el Rey decidiera mantenerlo al frente de la Armada. Probablemente, lo avanzado de los preparativos impidió ver el desacierto con la frialdad necesaria.

           La Invencible partió de Lisboa en la primavera de 1588, rumbo a las costas de Flandes donde, debía embarcar a las tropas de Alejandro Farnesio que se utilizarían en la toma efectiva de Inglaterra. En su recorrido hasta Flandes se produjeron choques esporádicos en las costas de Plymouth y en Portland Hill, con bajas tanto en la Armada de Medina- Sidonia como en la del almirante Howard. La escuadra inglesa era inferior en número de buques pero muy superior en movilidad y en el calibre de su artillería. Pero el objetivo de la armada española era llegar al puerto de Calais y se logró con muy pocas bajas después de navegar durante días por aguas hostiles.

           Por diversos motivos no acudió a Calais Alejandro Farnesio con tropas, municiones y víveres, como se había previsto en los planes de campaña. Sin embargo, los ingleses, creyendo que el enlace se había hecho y que la Invencible estaba preparada para tomar Inglaterra precipitaron un ataque que se produjo en las Gravelinas entre el siete y el ocho de agosto. Así una escuadra inglesa de más de treinta navíos, y liderada por el celebre Francis Drake, atacó a la armada española, provocando la pérdida de cuatro navíos que averiados por los impactos aportaron a plazas enemigas y fueron tomados por holandeses e ingleses.

           Desde este momento empezó el calvario de la Invencible. La armada, muy mermada en su número, carente de víveres y de suficiente munición, decidió bordear las costas inglesas, escocesas e irlandesas en un viaje a ninguna parte. La Armada Invencible estaba preparada para escoltar a los Tercios de Flandes hasta las costas inglesas. El contratiempo de no enlazar con los Tercios flamencos dejó a la Invencible sin su principal objetivo, debiendo circunnavegar Inglaterra en medio de la más absoluta zozobra.

           Y aunque nunca fue derrotada por la escuadra inglesa, lo cierto es que lo que no hizo el enemigo se encargó de hacerlo la meteorología. Una serie de tormentas, ocurridas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias.

           En total, de los ciento treinta buques regresaron sesenta y seis y de los treinta mil hombres embarcados tan solo diez mil. De poco sirve decir que la mayor parte de las pérdidas se produjeron por tormentas y accidentes no por combates. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del Duque de Medina- Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio que incumplió gravemente las órdenes de abastecimiento de hombres y víveres en Calais, y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española. La ambición de ambos imperiod

           Y lo peor es que la derrota no acabó ahí. Los ingleses aprovecharon la indefensión española para atacar los puertos de la Coruña, Lisboa y Vigo. Tal desastre obligó a Felipe II a preparar una nueva armada, tan contundente como la invencible, que si no acabó enfrentándose a la inglesa fue por la muerte del rey Prudente.

 

PARA SABER MÁS

Cerezo Martínez, Ricardo: Las Armadas de Felipe II. Madrid, Ed. San Martín, 1988.

 

Fernández Duro, Cesáreo: La Armada Invencible. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1884.

 

Hutchinson, Robert: La Armada Invencible. Barcelona, Pasado y Presente, 2006.

 

Mira Caballos, Esteban: las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CUANDO LOS AMERICANOS DESCUBRIERON EUROPA: ANDANZAS POR ESPAÑA DEL INDIO DIEGO COLÓN

CUANDO LOS AMERICANOS DESCUBRIERON EUROPA:  ANDANZAS POR ESPAÑA DEL INDIO DIEGO COLÓN

Nada más arribar Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, en la isla de Guanahaní, encontró a este nativo del que por desgracia no ha trascendido su nombre indígena, pues, todas las fuentes lo citan con el que adoptó en Barcelona tras su bautizo, es decir, el de Diego Colón, en honor al padrinazgo del hijo del Primer Almirante.

         Debía ser muy joven cuando Colón se encontró con él y lo embarcó en la Santa María. Desde el primer momento sintonizó bien con el carácter del Almirante con quien entabló, como ya hemos afirmado, una gran amistad personal. Su gran capacidad de aprendizaje y el azar, pues sobrevivió a las mortíferas epidemias de los primeros años, le convirtieron en una pieza clave como guía por aguas antillanas y, posteriormente, como lengua o traductor.

De esta forma se iniciaba, por parte de España, toda una política de utilización de indígenas para conocer las rutas de las canoas en el Nuevo Mundo. Se trataba de una vieja práctica utilizada durante décadas por los portugueses a lo largo de su proceso de expansión en el cuatrocientos. Así, pues, parece evidente que el Primer Almirante lo aprendió de los portugueses y de éste otros descubridores españoles, como Alonso de Ojeda. La ayuda que prestó este guatiao en la arribada del Almirante a la isla de Cuba está bien fundamentada por Adam Szászdi, pues, los indios de Guanahaní, conocían perfectamente las aguas antillanas al practicar en canoa una navegación de cabotaje.

        Como es bien sabido, Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje decidió traerse consigo a diez indios: Diego Colón, dos hijos del cacique Guacanagarí y otros siete indios de la Española que de su voluntad quisieron ir a ver a Castilla... Los objetivos de su embarque estaban muy claros para el propio Almirante:

Primero, debían servir de presentes para los reyes, pues, de hecho, constituyeron, junto a los papagayos verdes y colorados, una de las principales atracciones del cortejo. Y en este sentido, narraba el cronista Antonio de Herrera que a su paso salían gentes por los caminos a ver los indios. Segundo, tras su aprendizaje en Castilla, podrían ser utilizados como intérpretes en su siguiente expedición descubridora. Y tercero, pensó, con gran lucidez por cierto, que aculturando a los reyezuelos indígenas -en este caso caciques o hijos de ellos- y convirtiéndolos en fieles vasallos se favorecería el sometimiento de los demás aborígenes.

         Sabemos muy poco sobre la travesía y la estancia en Castilla del guatiao Diego Colón y de los otros indios que con él venían. Al parecer, de los diez indios embarcados, uno debió morir en la travesía enfermo de morbo. A decir de Joseph Peguero, otros tres los dejó el Almirante enfermos en Sevilla, muriendo días después, pues de hecho al regreso de Colón de Barcelona ya eran difuntos. El resto de ellos, concretamente seis, acompañaron a Colón a la ciudad Condal con la intención de reunirse con los Reyes Católicos. La llegada a Barcelona debió suceder en abril de 1493 pero la ceremonia de bautismo, probablemente oficiada por el Cardenal Pedro González de Mendoza, debió demorarse hasta finales de ese mismo mes o principios del siguiente. Y al parecer, todo ello motivado por el interés de los Reyes en que los indios se preparasen adecuadamente antes de recibir las aguas bautismales. No hay referencias documentales sobre dicho acontecimiento, aunque sí alusiones en fuentes secundarias. Fernández de Oviedo identificó a dos de los bautizados, con los nombres de don Fernando de Aragón y don Juan de Castilla, mientras que Las Casas señaló a un tercero, llamado efectivamente Diego Colón. No se han conservado estas primeras partidas de bautismo de los indios aunque sí una narración de Fernández de Oviedo que nos sirve para entender la solemne pero también pintoresca situación generada:

 

"Y ellos de su propia voluntad y (a)consejados, pidieron el bautismo; y los católicos reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; y juntamente con sus altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron padrinos. y a un indio que era el más principal de ellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural de esta isla española y pariente del rey o cacique Goacanagarí; y otro llamaron don Juan de castilla; y los demás se le dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese conforme a la iglesia católica"

 

         Según Joseph Peguero, estos dos indios citados por Oviedo eran los dos hijos del cacique Guacanagarí que de alguna forma, como indios principales, tuvieron el privilegio de ser los primeros en recibir las aguas bautismales. Evidentemente esta presencia regia, apadrinando incluso a los nuevos cristianos, así como el boato que seguramente presidió la ceremonia debió ser algo muy excepcional. Ya en la época se intuyó la importancia del acontecimiento, pues, no en vano, se trataba de los primeros habitantes del Nuevo Mundo que pisaban tierras europeas. Esos bautizos debieron simbolizar algo así como el punto de partida de una nueva expansión de la cristiandad. Tras su bautizo, comenzaron las tareas de aprendizaje de Diego Colón que debieron ser eficaces, pues, el 26 de febrero de 1495 el Almirante escribía a Su Majestad lo siguiente:

 

         ...Y hablado que hubo con este indio que yo traigo, que es Diego Colón, uno de los que fueron a Castilla, el que ya sabe hablar muy bien nuestra lengua...

 

Probablemente movido por el interés, Cristóbal Colón decidió llevar en su Segundo Viaje descubridor a los cuatro indios supervivientes de los diez que trajo consigo a la vuelta de su Primer Viaje. Sin embargo, salvo Diego Colón, que sorprendentemente no desarrolló la enfermedad en la travesía, el estado de salud de los otros tres aborígenes era muy precario. Estaban infectados de viruelas, enfermedad que, como es bien sabido, transmitieron en la Española, desencadenando una de las primeras grandes epidemias que a la postre terminaron con la población indígena de la isla.

          Así, pues, Diego Colón fue el único que sobrevivió y gracias a su buen aprendizaje del idioma castellano sirvió de gran ayuda al Almirante en su Segundo Viaje. Y en este sentido, el cronista Fernández de Oviedo nos dejó constancia de la actividad de Diego Colón como intérprete:

         E como el Almirante volvía consigo algunos de los indios que había llevado a España, entre ellos uno que se llamaba Diego Colón, e había mejor que los otros aprendido, y que hablaba ya medianamente la lengua nuestra

 

La labor del guatiao de Guanahaní comenzó nada más llegar la segunda expedición colombina a aguas caribeñas. Al parecer, fueron sus indicaciones las que hicieron que el Almirante pusiera rumbo a la isla de Guadalupe. De ahí le orientó hasta Puerto Rico y, posteriormente, a su regreso de la costa meridional de Cuba, a Jamaica. Recién llegados a la Española el Almirante lo utilizó como intérprete ante el cacique Guacanagarí, para conocer las causas exactas de la muerte de los españoles. Una vez averiguado el episodio del fuerte Navidad, Colón decidió llevárselo consigo en su recorrido por las islas del entorno, sirviéndole nuevamente tanto de guía como de traductor. Precisamente, Pedro Mártir de Anglería describió la forma en la que, a través del indio Diego, el Almirante entró en contacto con los aborígenes de la isla de Cuba:

 

         "Mas el Almirante, que tenía consigo a cierto Diego Colón, educado entre los suyos, joven tomado en la primera navegación de la isla vecina de Cuba, llamada Guanahaní, sirviendo de intérprete Diego, cuyo idioma era casi semejante al de estos, habló al que se había acercado más: depuesto el miedo, se aproximó el indígena y persuadió a los demás que se acercaran sin temor y no tuvieran miedo"

 

         Tras regresar de su viaje descubridor, decidió quedarse en la Española y no volver a su isla natal. Pero, ¿por qué no volvió Diego Colón a su tierra de origen?. La respuesta es obvia, pues, como afirmó acertadamente Olaechea Labayen, la isla de Guanahaní, al ser clasificada entre las islas inútiles, no fue poblada por españoles y es probable que el citado indio no quisiera perder el contacto con los cristianos.

Además, el Almirante tenía pensado para el fiel guatiao un alto destino. Por ello, pactó con Guarionex los desposorios entre Diego Colón y la hermana de aquel, llamada Cora. Y el objetivo no era pequeño teniendo en cuenta que los cacicazgos lo heredaban los hijos de la hermana del cacique. Y los resultados no tardaron en llegar, pues, al morir Guarionex en el hundimiento de la flota de Francisco de Bobadilla, allá por julio de 1502, el cacicazgo debió recaer directa o indirectamente en Diego Colón.

           Pero, pese a la posesión del cacicazgo, Diego Colón residió -no sabemos si permanentemente o grandes temporadas- en Santo Domingo. Allí vivió, primero, en casa del Almirante, y posteriormente, en la del gobernador de la Española, frey Nicolás de Ovando en compañía de su esposa, con quien al parecer tuvo un hijo a quien bautizó igualmente con el nombre de Diego Colón.

           Por referencias documentales sabemos que, el 25 de junio de 1503, tres caciques –cuyos nombres ignoramos-, y un niño, hijo de uno de ellos, llamado Diego Colón, fueron enviados a tierras castellanas, en una flota que partió de Santo Domingo. No está totalmente verificado pero, teniendo en cuenta que el guatiao Diego Colon tenía un hijo del mismo nombre, es prácticamente seguro que era uno de los tres caciques embarcados rumbo a España.

         Sabemos muy poco de las actividades de estos tres caciques en tierras peninsulares. De los tres caciques dos murieron en breve, víctimas de diversas enfermedades que los tuvieron postrados en cama durante meses. Pero el tercero de los caciques sobrevivió y fue reembarcado a la Española. Y en este sentido, contamos con referencias documentales en las que se realizan varios descargos, en 1505, por los gastos que se hicieron en el último de los tres caciques que quedaba en Castilla que se "torno a enviar a la isla Española". Un descargo posterior concretaba mucho más al decir lo siguiente:

 

         "A Juan Bermúdez por el flete de pasajes de un cacique que en su navío se envió a la Española este dicho viaje" (1.500 maravedís).

 

Está claro, pues, que uno de los tres caciques regresó a Santo Domingo. En principio no sabemos quién pero, según todos los indicios, sospechamos que debió ser precisamente el guatiao de Guanahaní. Y tal hipótesis la sostenemos sobre la base de la existencia de un cacique Diego Colón en la Española al menos hasta 1514. Además, si sólo uno sobrevivió es muy probable que fuera éste que llevaba años en contacto con los españoles, que había estado ya en España y que seguramente estaba más inmunizado biológicamente. En cambio, su hijo del mismo nombre que, como hemos afirmado, también arribó a la Península, quedó desde su llegada a Sevilla en manos de un tutor. Concretamente fue encomendado al capellán Luis del Castillo, a quien se le asignó un salario anual de 8.000 maravedís "porque tenga a su cargo de dar de comer y enseñar a Diego el Indio, hijo del cacique que, demás de los tres, el gobernador envió a los oficiales para que le hiciesen enseñar las cosas de nuestra santa fe". Los gastos de vestuario, se consideraban extraordinarios por lo que se abonaban aparte al capellán, eso sí, después de presentar el correspondiente justificante. De hecho, a Luis del Castillo se le pagaron, en descargo aparte, 3.750 maravedís por "vestir" al citado indio. También el material escolar constituía un gasto extraordinario, pues, también encontramos desglosados distintas partidas en concepto de material escolar para el citado aborigen. Mientras vivió fue instruido tanto en gramática como, sobre todo, "en las cosas de la fe". Se le compró ropa a la usanza castellana, es decir, zapatos, bonetes, camisas, etcétera, así como material de estudio, como papel y unas escribanías, también encontramos un pago por “unas cartillas que se le compraron” para aprender a leer.

Muchas fueron las esperanzas que se debieron depositar en Diego Colon "el Mozo" para que a su vuelta a la Española colaborase en el proceso de aculturación de sus congéneres. Pero, por desgracia para el joven indio, las cosas no salieron según lo esperado. Durante su estancia en Castilla estuvo afectado por cierta enfermedad pues, en 1505, fue curado de "una postema que le salió... en la garganta". Recibió en todo momento un buen trato, pues, no en vano la Corona pensaba obtener grandes servicios a su vuelta a la Española, según se deduce de una respuesta de Su Majestad a los oficiales de la Casa de la Contratación:

 

Lo que decís del indio, hijo de cacique, que habéis hecho relación, tened cuidado de lo continuar y que sea muy bien tratado así en lo espiritual como en lo temporal de manera que cuando plugiere a Dios que se haya de tornar a la Española vaya de acá muy contento para que los indios tengan conocimiento como acá son tratados y de las cosas de la fe para que sea causa de más ligeramente los atraer a ella".

 

         Sin embargo, su vida debió verse finalmente truncada al enfermar gravemente y morir en agosto de 1506. Durante su enfermedad estuvo en casa de un tal García Sánchez de la Plaza, vecino de Sevilla, que cobró 1.156 maravedís porque "tuvo en cargo al dicho indio en su casa y lo mantuvo y sirvió desde quince de junio hasta nueve de agosto que murió" . En principio podría ser difícil creer que el cacique Diego Colón que encontramos en un proyecto de libertad del Comendador Mayor, Nicolás de Ovando, en 1508, y más tarde aún en el repartimiento de 1514, sea el mismo joven indio que encontrara Colón en Guanahaní en octubre de 1492. Y todo ello, porque la tasa de mortalidad del indio antillano en las primeras décadas de la colonización fue tan elevada que antes de mediar el siglo habían desaparecido prácticamente.

Pero físicamente es posible y Diego demostró su fortaleza al superar sin problemas dos viajes a Castilla, el contacto directo con los españoles y los problemas epidemiológicos. Ya hemos dicho que cuando Colón lo encontró debía ser un muchacho de corta edad, probablemente entre 12 y 15 años por lo que en 1514 debía tener entre 34 y 37 años. Una edad que, pese a la elevada tasa de mortalidad y a la escasísima esperanza de vida entre los indios resulta del todo factible. Por otro lado, no podemos perder de vista las palabras de Bartolomé de Las Casas quién dijo de él que lo conoció mucho y que “vivió en esta isla muchos años, conversando con nosotros”.

         Así, pues, sabemos que en 1508 el viejo gobernador frey Nicolás de Ovando lo utilizó en su experimento de libertad. Para ello seleccionó a los caciques más ladinos –o castellanizados- que encontró en la isla entre los que se encontraba, como no, Diego Colón. El Comendador Mayor buscaba indios castellanizados y obviamente nadie mejor que el guatiao de Colón. El fin explícito era el de averiguar si los indios tenían capacidad para vivir en libertad como "labradores de Castilla". Y como no podía ser de otra forma a Diego Colón, junto al cacique Alonso de Cáceres, se le dio asiento en el término de la ciudad de Santo Domingo. Ignoramos el tiempo exacto que estuvieron estos indios en libertad, aunque, según declaró Juan Mosquera en el interrogatorio de los Jerónimos, debieron ser seis años. El resultado, según afirmaron todos los encuestados, fue el fracaso total. Los indios libertados sólo se dedicaron a sus "cohobas", "areytos" y "otras holgazanerías", descuidando sus haciendas y granjerías. El problema que subyacía tras esta realidad la apuntó con cierta claridad el licenciado Serrano:

 

"Lo que de la condición de los dichos indios se alcanzó es que no son codiciosos de honra, ni de riquezas y como estas dos cosas principalmente mueven a los hombres a trabajar y adquirir...Cesará todo lo que para ella -se refiere a la vida- es necesario..."

 

Tras el fracaso del experimento ovandino, el cacique Diego Colón debió permanecer en Santo Domingo, donde vivió al menos hasta 1514 en que lo encontramos documentado en el Repartimiento General de Alburquerque. Concretamente aparecen dos caciques con el mismo nombre, uno en Santo Domingo con 29 indios, repartidos todos ellos a Francisco de Arbolancha, y otro, en Concepción de la Vega, solo con 15 indios, repartidos a Pero Lope de Mesa.

Pero ¿quiénes eran estos dos caciques del mismo nombre? Vayamos por partes: primero, debemos decir que ambos caciques eran la misma persona. En el texto del repartimiento está la clave al decir que los repartimientos de Concepción de la Vega se completaron con indios procedentes de caciques de Santo Domingo. Por ello, Juan Bautista Olaechea llegó a la conclusión que algunos de los indios del cacique Diego Colón debieron destinarse a completar la dotación de mano de obra indígena de los vecinos de la villa de Concepción. Y segundo, todos los indicios parecen apuntar a que el cacique de Santo Domingo debía ser el guatiao de Guanahaní. Olaechea Labayen niega está posibilidad, al decir que éste, al ser natural de Guanahaní, no podía ser cacique en Santo Domingo. Sin embargo, ya hemos comentado a lo largo de este trabajo que el citado guatiao se afincó definitivamente en Santo Domingo, desposándose con la hermana del gran cacique Guarionex. Nada tenía de particular que ahora figurase como cacique en la Española. Por otro lado, existe la problemática de que su cacicazgo estuviese en Santo Domingo, en tierras que fueron del cacique de Caicimu, Canoabo, y no en la provincia de Cayabo donde estaba radicado el cacicazgo de Guarionex. Sin embargo, tampoco este aspecto tiene nada de particular dado que, el río que pasa por la ciudad de Santo Domingo –el Ozama- era precisamente la frontera entre ambas demarcaciones territoriales. En definitiva, el guatiao Diego Colón, pese a ser natural de Guanahaní, fue cacique en la Española y perfectamente pudo adoptar un cacicazgo en torno a la ciudad de Santo Domingo, donde residía.

Lamentablemente, desde 1514 perdemos toda pista sobre él, pues, no lo encontramos entre los indios reducidos por los Jerónimos en 1519. En principio parece improbable que volviera a sobrevivir a la mortífera epidemia de viruelas que asoló Santo Domingo en 1519, matando a tres cuartas partes de la población indígena. Más bien, nos parece que debió fallecer en esa gran epidemia, cuando debía estar en torno a los 40 años de edad.

En definitiva, en estas líneas hemos intentado reconstruir la vida de un protagonista singular en la historia del Descubrimiento, como es la del guatiao Diego Colón. Un indio que conoció la América prehispánica y la Colonial, que vivió en la soledad de la selva tropical de Guanahaní, en la España de principios del Quinientos y en el Santo Domingo Colonial. Un personaje, pues, excepcional del que por desgracia, y pese a que conoció la lengua castellana, no han llegado testimonios personales escritos. ¿Qué ideas pasaron por la cabeza de este aborigen?, ni lo sabemos ahora ni probablemente lleguemos a saberlo nunca.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

-------- “Indios guatiaos en los orígenes de la colonización: el caso del indio Diego Colón” Iberoamericana, Instituto Ibero-Americano de Berlín, IV, N. 16, 2004, págs. 7-16

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

II CONGRESO INTERNACIONAL DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES “MORISCOS” EN EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL OJÓS (Murcia, España), del 23 al 26 de Abril de 2015

II CONGRESO INTERNACIONAL DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES  “MORISCOS” EN EL MEDITERRÁNEO OCCIDENTAL   OJÓS (Murcia, España), del 23 al 26 de Abril de 2015

Memoria

      Los andalusíes “moriscos”, mudéjares moriscos, granadinos,  antiguos, o simplemente los moriscos como se les denomina en los  documentos oficiales y la literatura de la época, siguen dando lugar  a un número creciente de trabajos de investigación, dedicados a  poner luz en este largo e importante período de tiempo, cuyos  avatares marcaron, sin duda, la historia de los países del Sur de  Europa y el Magreb.  Los estudios de microhistoria de las villas y localidades con  presencia de comunidades moriscas han proliferado en los últimos  años y constituyen un paso mas para comprender las similitudes y  diferencias entre grupos regionales, clases sociales e individuos, subsumidos muchas veces bajo el genérico “moriscos”.
                                        
      Pero donde las investigaciones se complican, es precisamente en el   momento de la expulsión de 1609/1614. Es ante ese momento crítico  en el que la Monarquía de Felipe III forzó al exilio y la deportación  a una masa tan significativa de población, cuando aparecen la   multiplicidad de situaciones, casuísticas e incógnitas, que exigen  cuestionar, críticamente a veces, los datos proporcionados por los  propios agentes de la expulsión y los cronistas interesados de la  época.
      El destino de los expulsos, o el de aquellos que eludieron la  expulsión, los itinerarios y las formas y lugares de sus asentamientos  en los nuevos países de acogida, la continuidad identitaria de sus  descendientes en una y otra orilla del Mediterráneo, todo ello sigue   abriendo nuevas puertas a los investigadores en una tarea que sin  duda dará nuevas perspectivas en los próximos años.
      Atendiendo a estas tareas investigadoras, Ojós y el Valle de Ricote, pero no sólo ellos, son un excelente marco geográfico y humano  donde llevar a cabo este II Congreso.
                                                           
Enrique Pérez Cañamares
Fundación Al-Idrisi  

 PROGRAMA CIENTÍFICO PRELIMINAR DEL CONGRESO

 Viernes 24 de Abril 2015
 9:00 h. Entrega de documentación y acreditaciones.

 10:00 h. Presentación e inauguración del Congreso.

 11:00 h. CONFERENCIA INAUGURAL: “El valle de Ricote en las fuentes tradicionales árabes”.  Dr. Ahmed TAHIRI. Universidad de Tetuán / Fundación al-Idrisi Hispano Marroquí – Sevilla, España.

 12:00 h. COCTEL DE BIENVENIDA.

 16:00 h. VISITA GUIADA AL MUSEO Y YACIMIENTO ARQUEOLÓGICO DE SIYÂSA: “La vida  cotidiana en una ciudad andalusí del siglo XIII: Siyâsa (visita guiada a su museo y excavaciones).”  Dirigida por Joaquín SALMERÓN JUAN, Director del Servicio de Patrimonio Histórico del Ayuntamiento de Cieza y Director del Museo de Siyâsa (Cieza, Murcia).

1.Zona excavada del despoblado de Siyâsa con las obras de cubrición de la casa no 6. Cieza (Murcia). SS. XII y XIII.

2. Jarra con decoración simbólica de aves afrontadas y mano de Fátima. Primera mitad del siglo XIII. Cerámica
esgrafiada sobre manganeso. 30,5 cm. altura x 21 cm. diámetro máximo. Museo de Siyāsa (Cieza, Murcia).
                                                          &
Sábado 25 de Abril 2015

PRIMERA SESIÓN (09:00 - 14:00). “Resistencias, excepciones, ocultamientos y complicidades
ante la expulsión de 1609 / 1614”. Coordina Enrique PÉREZ CAÑAMARES, Fundación al-Idrisi Hispano  Marroquí – Sevilla, España.

9:00 h. Ponencia: “La permanencia morisca en el reino de Granada durante los siglos XVII y XVIII.
Realidades documentales y fantasías genealógicas”.
Enrique SORIA MESA. Universidad de Córdoba.

9:35 h. Ponencia: “La resistencia individual: Alonso Herrador, licenciado y presbítero”.
Trevor J. DADSON. Queen Mary University of London, Inglaterra.

10:10 h. Ponencia: “Moriscos en el Valle de Ricote en tiempos de Felipe III y Felipe IV”
Santiago OTERO MONDÉJAR. Universidad de Córdoba.

10:45 h. 1a Comunicación.

11:05 h. 2a Comunicación.

11:30 h. Pausa / Café.

12:00 - 13:30 h. MESA REDONDA: “Resistencias, excepciones, ocultamientos y complicidades ante la expulsión de 1609 / 1614”. Participantes de la Primera Sesión. Modera Enrique PÉREZ CAÑAMARES.

SEGUNDA SESIÓN (16:00 – 20:00). “Itinerarios, destinos y asentamientos de los expulsos en el Magreb y en los países del sur de Europa”. Coordina Bernard VINCENT. Director de Estudios, Escuela  Superior de las Ciencias Sociales – París, Francia.

16:00 h. Ponencia: “Los moriscos en el Mediterráneo del siglo XVII: movilidad, recursos y estrategias de asentamiento tras su expulsión de la Península Ibérica”.  LOMAS CORTÉS, Manuel. Universidad de Valencia.

16:35 h. Ponencia: “La instalación de los moriscos en el Magreb: entre el relato oficial y el relato morisco” . Houssem ENDINE CHACHHIA. Universidad de La Manouba, Túnez.

17:10 h. Ponencia: “Hombres y nombres de la diáspora morisca” . Luís BERNABÉ PONS. Universidad de Alicante.

17:45 h. Ponencia: “La présence des Morisques dans les régences ottomanes de Tunis et d’Alger, d’après les données des archives locales”.  Ahmed SAADAOURI. Universidad de La Manouba, Túnez.

18:20 h. Pausa / Café.
                                                   &
18:40 h. 3a Comunicación.

19:00 h. 4a Comunicación.

19:20 – 20:30 h. MESA REDONDA: “Itinerarios, destinos y asentamientos de los expulsos en el Magreb y en los países del sur de Europa”. Participantes de la Segunda Sesión. Modera Bernard
VINCENT.

22:00 h. CONCIERTO DE MÚSICA ANDALUSÍ EN OJÓS (MURCIA).
Domingo 26 de Abril 2015

TERCERA SESIÓN (09:00 – 14:00). “Asimilación e identidad morisca antes y después de la expulsión”. Coordina Francisco CHACÓN JIMÉNEZ. Universidad de Murcia.

9:00 h. Ponencia: “ Hogar morisco: familia, transmisión patrimonial y cauce de asimilación” Francisco J. MORENO DÍAZ DEL CAMPO. Universidad de Castilla-La Mancha.

9:35 h. Ponencia: “Muley Xeque: conversión, integración y decepción del príncipe de los moriscos” Esteban MIRA CABALLOS. Universidad de Sevilla.

10:10 h. Ponencia: “El impacto socioeconómico y político de los moriscos en la sociedad argelina” Mohamed AOUINI. Universidad de La Manouba, Túnez.

10:45 h. 5a Comunicación.

11:05 h. 6a Comunicación.

11:30 h. Pausa / Café.

12:00 h. MESA REDONDA: “Asimilación e identidad morisca antes y después de la expulsión”. Participantes de la Tercera Sesión. Modera Francisco CHACÓN JIMÉNEZ.

13:30 h. CLAUSURA DEL CONGRESO. DISTRIBUCIÓN DE LAS ACTAS (en formato digital) Y

DIPLOMAS DE ASISTENCIA.
                                            *****

PARA MÁS INFORMACIÓN: Tlf.: +34 626299109 ; congresomoriscosojos@gmail.com  &  fundacionalidrisi55@gmail.com
                                                     
NORMAS DEL CONGRESO:

1.IDIOMAS oficiales del Congreso: español y árabe.

2.FECHA del Congreso: 24, 25 y 26 de Abril de 2015.

3. LUGAR DE CELEBRACIÓN: Centro Cultural “Tomás López de Poveda”. Avda. del Río Segura s/n.   30611 Ojós (Murcia).

LA VIDA A BORDO DE UN GALEÓN DEL SIGLO XVI

LA VIDA A BORDO DE UN GALEÓN DEL SIGLO XVI

La vida a bordo era extremadamente dura, en condiciones normales. Si en cambio, surgían problemas: calmas en el mar, tempestades, ataques corsarios, carestías, etc. La situación se tornaba insufrible.

 

1.-VIDA COTIDIANA

         El espacio angosto en el que se desarrollaba la vida en el barco implicaba unas incomodidades y un sufrimiento muy grande, incluso en las travesías más tranquilas. Estima Pablo Emilio Pérez Mallaína que aproximadamente cada tripulante disponía de 1,5 metros cuadrados. No dormían exactamente a la intemperie porque ase cobijaban debajo de las toldas, unos voladizos que había entre el palo mayor y la popa y entre la proa y el palo trinquete. Allí debían ubicar su baúl, cofre o caja personal con los enseres más básicos y preparar su cadalecho donde pasar las noches. Era importante, entrar de los primeros en el buque porque no había ningún espacio reservado, ni asientos de primera clase. Era muy importante coger un buen sitio, quedando los peores para los últimos (Martínez, 1983: 94).

Vivían rodeados de animales, hasta el punto que muchos barcos parecían una verdadera cochiquera o un corral. Unos animales eran domésticos, como gallinas, ovejas, cabras y hasta cerdos. En el caso de que se transportasen caballos o mulas solían viajar en las bodegas. Pero también había animales mucho más incómodos, no domésticos y que viajaban como incómodos polizones: los barcos solían estar plagados de ratas y ratones por lo que de vez en cuando había que organizar partidas para matarlas y evitar que se convirtiesen en una verdadera plaga. Obviamente, las cucarachas, chinches y piojos campaban a sus anchas sin que existiese la más mínima posibilidad de erradicarlas.

         La alimentación a bordo era mala, y en condiciones extremas insuficiente. Se solían embarcar alimentos que durasen largo tiempo. Además de agua abundante, la dieta tenía como alimento clave el bizcocho, unas tortas duras de harina de trigo. Asimismo, formaban parte de la alimentación básica de los marinos el vino -cuya ración por tripulante y día ascendía a un litro-, y el vinagre y el aceite que se repartía a razón de medio litro por tripulante y día. Por lo demás, solían consumir carne al menos dos veces en semana y los cinco días restantes consumían habas, arroz y pescado. La carne se conservaba en salazón o directamente se sacrificaban animales según las necesidades. En cada barco había un fogón que se solía ubicar en la cubierta principal, casi siempre en la proa. Se encendía una sola vez al día, concretamente a partir de las 12 de la mañana para el almuerzo. Era la única posibilidad que tenían de comer al menos una comida caliente. Los primeros días de travesía las raciones diarias solían ser más generosas, pero a medida que pasaban las semanas, sobre todo si había algún retraso por falta de viento o por alguna avería, las raciones tanto de comida como de agua iban menguando tanto que hacían pasar un hambre atroz a los tripulantes. En este sentido escribió fray Tomás de la Torre lo siguiente:

        En la comida se padecía trabajo porque comúnmente era muy poca; creo que era buena parte de la causa poderse allí aderezar mal para muchos; un poco de tocino nos daban por las mañanas y al mediodía un poco de cecina cocida y un poco de queso, lo mismo a la noche; mucho menos era cada comida que un par de huevos; la sed que se padece es increíble; nosotros bebíamos harto más de la ración aunque tasado; y con ser gente versada a templanza nos secábamos ¿qué harían los demás, algunos seglares en dándoles la ración se la bebían y estaban secos hasta otro día (Cit. En Martínez, 1987: 99).

 

         Los olores en el barco eran nauseabundos por muy diversos motivos: primero, por el hacinamiento, y segundo, por la lógica falta de una higiene personal. Si además había mal gruesa los malos olores se multiplicaban exponencialmente por los vómitos de unos y de otros. Por ello, se organizaban limpiezas periódicas de los navíos, al menos una vez al mes, trabajo que en las galeras era supervisado por el comitre. Asimismo y coincidiendo con las labores de aseo de la nave, tras una limpieza en profundidad, se perfumara ésta, frotando su superficie con romero.

         Para hacer sus necesidades se habilitaban unas letrinas, en las que sin ningún pudor y prácticamente a la vista de todos los hombres orinaban y defecaban subiéndose al borde del buque y agarrándose con fuerza para no caer al océano. Fray Antonio de Guevara describió esta indecorosa situación con las siguientes palabras:

        Todo pasajero que quisiere purgar el vientre y hacer algo de su persona, le es forzoso de ir a las letrinas de proa o arrimarse a una ballestera, y lo que sin vergüenza no se puede decir, ni mucho menos hacer tan públicamente, le han de ver todos asentado en la necesaria como le vieron comer en la mesa (Cit. Martínez, 1987: 99).

         Más adelante, en las naos y en los galeones de la Carrera de Indias se habilitó una tabla agujereada en popa que facilitaba las defecaciones de la tripulación, sin riesgo de caer al mar.

Las pocas comodidades que había en el buque estaban reservadas para algún noble privilegiado o para el capitán del navío que tenía en el castillo de popa su camarote con su cama. Aunque nobles o no, con camarote o sin él, como decían las crónicas de la época todos resultaban mecidos por las olas, con dulzura si había calma y con violencia si había tormenta.

 

2.-DIVERSIONES Y ENTRETENIMIENTOS

        Para hacer frente a la monotonía y a la dureza de las travesías también se ingeniaban algunos entretenimientos. Era una buena forma de olvidar por un momento sus miedos y sobre todo la terrible sensación de desamparo que vivían en la inmensidad del océano (Martínez, 1987: 97). Algunos marineros llevaban chirimías o trompetas, flautas o guitarras que tocaban en las noches estrelladas, mientras unos cantaban romances y otros las oían melancólicos. Todos los buques debían llevar estas chirimías porque servían para transmitir órdenes y para tocar himnos de combate. Pero, también eran utilizadas lúdicamente en las travesías.

También eran frecuentes los juegos de azar, aunque oficialmente estaban prohibidos. Pero en una situación en la que pocas diversiones había, jugar a los dados o a las cartas podían ser un deshago importante. Los capitanes de las armadas no solo no impedían el juego sino que con frecuencia participaban en las partidas.

En algunos galeones detectamos peleas de gallo que tanto divertían a la tripulación y que les permitían, durante un rato, olvidarse en cierta medida de sus padecimientos a bordo. Todos los cronistas coinciden que el mayor entretenimiento de todos era el hablar, cotillear y contar historias

        Otros, optaban por entretenimientos más tranquilos y también más constructivos. Algunos llevaban aparejos para pescar. De esta forma además de matar el tiempo, les permitía ocasionalmente el consumo de pescado.

        Y también los había más cultos, que decidían echar mano de un buen libro, pasando las horas muertas leyendo. Era frecuente que los eclesiásticos y frailes, llevasen libros sacros con los que deleitarse durante el trayecto. En ocasiones, los pocos tripulantes alfabetos que había en ocasiones leían un libro en voz alta para un grupo de hombres

         De todas formas las mayores alegrías se producían cuando el buque arribaba a alguna de las escalas, en el viaje de ida a las Indias, las islas Canarias, y en el de retorno las Azores. Era una buena oportunidad para saltar a tierra, asearse adecuadamente, beber agua y alimentos frescos y divertirse antes de volver a su prisión flotante.

 

2.-LA SEXUALIDAD

         Como podrá comprenderse el sexo a bordo era una actividad prácticamente imposible, primero, porque estaba terminantemente prohibido mantener relaciones en el barco, y segundo, porque las mujeres que se embarcaban eran muy pocas e iban, sobre todos las hijas y casadas, bien protegidas y vigiladas por sus padres o sus maridos. Pero el deseo de los sufridos marineros era mucho, excesivo, y superaba en ocasiones el miedo al posible castigo. Conocemos casos de violaciones a bordo, una logradas y otras abortadas por la resistencia de la mujer.

        En otros casos, Pérez-Mallaína ha detectado la presencia de amantes, concubinas y hasta de prostitutas a bordo. Algunas mulatas pero también blancas que, según fray Antonio de Guevara, eran más amigas de la caridad que de la honestidad.

        Y cuando no había mujeres, muchos optaban por una relación homosexual. Obviamente, de ser descubiertos se jugaban una sentencia a muerte por sodomía. Por ello, muy pocos fueron los descubiertos. Como ha escrito Pérez-Mallaina, el hecho de que la mayoría fuesen hombres y que pasasen largas semanas en medio del océano favorecía la homosexualidad, convirtiéndose en uno de los secretos mejor guardados de algunos de los hombres del mar.

 

3.-ENFERMEDAD Y MUERTE A BORDO

        Las condiciones sanitarias a bordo eran tremendas. Los tripulantes vivían hacinados, rodeados de animales vivos para el consumo, de ratas, y de olores nauseabundos procedentes de las letrinas y de los vómitos de los pasajeros más enfermos o mareados.

        Con frecuencia los tripulantes padecían, además de hambre y sed, enfermedades como el escorbuto. Todos los enfermos eran trasladados en el alcázar y allí eran atendidos sanitariamente por el cirujano o el barbero y espiritualmente por un religioso.

En caso de fallecimiento, no quedaba más remedio que tirarlo por la borda. Para ello se hacía todo un ritual previo, cosiéndolo con un serón o tela basta y añadiéndole lastre para que se fuera al fondo. Este lastre podían ser piedras si las había o incluso botijas de barro. El clérigo que preceptivamente debía ir a bordo dirigía un acto fúnebre antes de lanzar el cuerpo al mar. Dependiendo de la calidad del finado el acto tenía más o menos solemnidad hasta el punto que, en casos muy especiales, se disparaban una o dos salvas de honor.

 

4.-LOS NAUFRAGIOS

 

Las inclemencias del tiempo, los ataques corsarios o, simplemente, el hecho de encallar en algún risco costero, suponía un riego considerable para la mayor parte de los tripulantes. Pero las tormentas eran aún más frecuentes y el resultado solía ser el naufragio. También, un accidente podía acabar con el buque en el fondo del océano; un fuego provocado por la pólvora. Se estima que en los siglos XVI y XVII se perdieron un total de 700 barcos, perdiendo la vida varias decenas de miles de personas (Pérez-Mallaína, 1997: 27).

El miedo se apoderaba de los tripulantes cada vez que veían aproximarse una tormenta o un barco, que casi siempre identificaban con algún corsario. Como ha escrito José Antonio Caballero el simple hecho de divisar una nave desconocida en el horizonte disparaba todas las alarmas, disparando la imaginación de muchos que auguraban el asalto del navío por algún afamado corsario.

En caso de que el hundimiento diese el tiempo suficiente, siempre había algunos botes o barcazas en las que se podían refugiar los tripulantes. Pero en los siglos XVI XVII eran escasos, insuficientes siempre para albergar a toda la tripulación. Y es que como afirma Fernando Serrano, el objetivo de estas pequeñas barcas era utilizarlas para ir a tierra o para pasar de un barco a otro no para salvar a la tripulación en caso de naufragio (1991: 34). Por ello, en caso de naufragio la mayor parte de la tripulación estaba condenada a perecer ahogada sino recibía la urgente ayuda de la costa o de otros navíos con los que viajase. De hecho, éste fue uno de los motivos por el que se implantó en la navegación indiana el sistema de flotas. Nadie podía comerciar con las Indias si no era dentro de la conserva de una de las dos flotas anuales.

En caso de que hubiese tiempo para desalojar el barco, la percepción sobre quién debía salvarse era muy distinta a la actual. Debían salvarse no los débiles –como las mujeres o los niños- sino las personas más útiles a la sociedad. Y los que más se ajustaban a ese perfil eran los varones de ascendencia nobiliar. Ellos serían los primeros en salvarse, relegando al ahogamiento a niños, mujeres y ancianos (Pérez Mallaína, 1997: 51).

Pero llegado el irremisible naufragio y sin posibilidad de ayuda lo mejor que le podía pasar al infortunado naufrago era morir ahogado pronto porque, si conseguía asirse a algún objeto flotante la agonía se podía demorar horas, incluso días.

 

5.-ASISTENCIA SOCIAL DE LOS HOMBRES DEL MAR

        Los hombres del mar tenían sus propios gremios que tenían como fin primordial, la defensa de sus intereses grupales y la asistencia a sus mutualistas en caso de enfermedad o muerte.

Las cofradías de mareantes y, por supuesto, las de pescadores, tenían una amplia tradición medieval tanto en los territorios de la Corona de Castilla como en los de Aragón. Sus inicios se remontan al siglo XII, cuando comenzaron a aparecer algunas corporaciones de mareantes sobre todo en distintos pueblos del País Vasco y de Cantabria (Rumeu de Armas, 1944: 137-139). La primera de ellas fue probablemente la de San Sebastián a las que le siguieron pronto las de Laredo, Castro Urdiales, Santander y Bermeo. Años después, existían cofradías de pescadores en decenas de puertos de todo el cantábrico, desde Galicia (Vigo o Tuy), Asturias (Llanes, Avilés o Gijón) y Cantabria (Laredo, Santander o San Pedro de la Barquera) hasta el País Vasco (Lequeitio, Fuenterrabía, San Sebastián, Bilbao o Bermeo). Eran institutos gremiales que agrupaban a las personas dedicadas al mar, en cada villa o ciudad costera. Su poder llego a ser tal que en la Baja Edad Media llegaron a declarar guerras y firmar alianzas y paces. El propio Eduardo III de Inglaterra se quejó al rey castellano Alfonso XI por las correrías que los marinos del Cantábrico llevaban a cabo en sus costas. Muchas de estas cofradías gremiales sobrevivieron en España hasta el siglo XIX en que fueron languideciendo, especialmente a partir de 1861 con la Ley de disolución de los Gremios.

        A diferencia de lo que ocurría con otros gremios, como el de carpinteros, que casi siempre tenían a San José de patrón, los marineros tenían advocaciones muy variadas. Dominaban quizás las dedicadas a San Pedro, pescador de profesión, seguidas de las de San Telmo y el Espíritu Santo. También encontramos algunas bajo la advocación de la Virgen, en el caso sevillano intitulada del Buen Aire y, en otros casos, del Buen Viaje. A continuación, presentamos un pequeño muestreo de las advocaciones de algunas de las cofradías de mareantes de la España Moderna:

 

CUADRO I

ADVOCACIONES DE LAS COFRADÍAS

DE MAREANTES

ASOCIACIÓN

ADVOCACIÓN

LOCALIDAD

Cofradía de mareantes

Santa Catalina

San Sebastián

Cofradía de mareantes

San Pedro

Bermeo

Cofradía de pescadores

San Martín

Laredo

Cofradía de mareantes

San Pedro

Fuenterrabía

Cofradía de pescadores

Espíritu Santo

Zarauz

Cofradía de mareantes

San Pedro

Plentzia

Cofradía de marineros y barqueros

San Pedro

Túy

Cofradía de mareantes

San Pedro

Lequitio

Cofradía de mareantes

Nuestra Señora del Buen Aire, San Pedro y San Andrés

Sevilla

Cofradía de mareantes

Santísimo Sacramento

Cádiz

Cofradía de pescadores y armadores del río Guadalquivir

San Telmo y Nuestra Señora de Guía

Sevilla

Cofradía de Mareantes

San Telmo

El Puerto de Santa María

Cofradía de pescadores

Nuestra Señora del Buen Viaje

Sanlúcar de Barrameda

Cofradía de mareantes

San Telmo

Las Palmas de Gran Canaria

 

        Sevilla, ciudad de larga tradición marinera, tenía, como no, numerosas cofradías de los distintos oficios relacionados con el mar.

 

CUADRO II

COFRADÍAS SEVILLANAS DE OFICIOS

RELACIONADOS CON EL MAR

 

OFICIO

INTITULACIÓN

UBICACIÓN

Gremio de pescadores y armadores del río Guadalquivir

Hermandad de San Telmo y Nuestra Señora de Guía

Hospital y capilla propia, situada en la calle de la Victoria de Triana

Gremio de calafates

Hermandad de los Santos Mártires

Hospital y capilla situada en la calle Sol de Triana

Gremio de barqueros

Hermandad de Nuestra Señora de Guadalupe

¿?

Contratación de marineros

Congregación de Nuestra Señora de las Cuevas

En unos aposentos del Castillo de Triana

Capitanes de barcos

Hermandad de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora

¿?

Gremio de patronos de barcos

Hermandad de la Virgen del Rosario

¿?

Gremio de cargadores para las Indias y Flandes

Hermandad de Nuestra Señora de la Estrella

Residencia situada en la Puerta del Arenal

Capitanes, marinos y gentes de las flotas hispanas

Hermandad de la Sagrada Pasión de Nuestro Redentor Jesucristo

Residencia en el monasterio de Santa María de la Merced

Los Cómitres del Rey la Reina

Hermandad de San Nicolás

Hospital y capilla en la collación de la Magdalena “cabe la puerta de Triana”

Señores de naos, pilotos, maestres y contramaestres que navegan en la Carrera de Indias

Cofradía de Nuestra Señora del Buen Aire, San Pedro y San Andrés

Hospital a orillas del Guadalquivir, en la actual calle Betis.

 

Como puede observarse en el cuadro en Sevilla había en el siglo XVI al menos una decena de cofradías gremiales de muy variados oficios relacionados directa o indirectamente con el mar. Una prueba más de la importancia que estas actividades en Sevilla que, al menos desde el siglo XV era uno de los puertos más activos e importantes de la Península. Pues, bien, de todas esas cofradías, las más influyente y poderosa económicamente fue sin duda la de los maestres, contramaestres y señores de naos, bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Aire de la que hablaremos en las páginas que vienen a continuación.


PARA SABER MÁS

 CABALLERO JUÁREZ, José Antonio: El régimen jurídico de las armadas de la Carrera de Indias, siglos XVI y XVII. México, UNAM, 1997.

 

HARING, Clarence H.: Comercio y navegación entre España y las Indias. México, Fondo de Cultura Económica, 1979.

 

MARTÍNEZ, José Luis: Pasajeros de Indias. Madrid, Alianza Universidad, 1983.

 

MENA GARCÍA, Mª del Carmen: Sevilla y las flotas de Indias. La Gran Armada de Castilla del Oro. Sevilla, Universidad, 1998.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

-------“Las cofradías de mareantes de Sevilla y Cádiz: disputas jurisdiccionales”, Revista de Historia Naval, N. 99. Madrid, 2007

 

------ La vida y la muerte a bordo de un navío del siglo XVI: algunos aportes”, Revista de Historia Naval, Nº 108. Madrid, 2010.

 

PÉREZ-MALLAINA BUENO, Pablo Emilio: El hombre frente al mar. Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII. Sevilla, Universidad, 1997.

 

---------- Los hombres del océano. Sevilla, Diputación Provincial, 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA AMÉRICA INDÍGENA: NI DIOS NI BIBLIA, SIMPLEMENTE JUSTICIA SOCIAL

LA AMÉRICA INDÍGENA: NI DIOS NI BIBLIA,  SIMPLEMENTE JUSTICIA SOCIAL

Leyendo el libro de Luis Amado, La Espiga de Fuego, ha habido un párrafo que me ha conmovido y que quiero recordar aquí. Cuando Juan Pablo II visitó Perú en 1985 varios representantes de movimientos indígenas le entregaron una carta que sobre coge por su sensatez:

 

"Nosotros indígenas de los Andes y de América, decidimos aprovechar la visita de Juan Pablo II para devolverle su Biblia, porque en cinco siglos ella no nos dio ni amor, ni paz, ni justicia. Por favor, tome de nuevo su Biblia y devuélvala a nuestros opresores, porque ellos necesitan sus preceptos morales más que nosotros…"

 

Hay que recordar que la caída de los Incas comenzó con la captura de Atahualpa en la ciudad de Cajamarca. El dominico fray Vicente de Valverde se acercó al Inca y le habló del Dios de los cristianos, entregándole la Biblia. Sin embargo, el Inca, que ni tan siquiera acertó a abrir el libro, lo arrojó, mientras se ponía en pie para advertir a los suyos que estuviesen apercibidos para el combate. Justo en ese instante, el padre Valverde se remangó el hábito al tiempo que corría hacia Pizarro, gritándole: ¿No veis que mientras estamos aquí gastando el tiempo en hablar con ese perro lleno de soberbia, se llenan los campos de indios?, ¡Salid a él, que yo os absuelvo!

Su actitud no pudo ser más absurda e infame, impropia de un dominico, cuya orden se había destacado desde 1511 en la lucha a favor de los indios desde aquel sermón del segundo domingo de adviento de Antón de Montesino, Ego vox clamantis in deserto. Y digo lo de absurda porque se dirigió al Inca como si éste tuviese una formación cristiana previa que evidentemente no tenía. Y aunque supuestamente Felipillo le traducía, es obvio que el Inca no estaba familiarizado con la escritura alfabética y no podía entender al fraile, ni menos aún el texto del libro. E infame, porque pretendía que la máxima autoridad religiosa del Perú, traicionase sobre la marcha a sus viejos dioses para convertirse al cristianismo. Una crítica que no es nueva, pues, ya en aquella época le fue recriminada, incluso por religiosos de su misma orden, como fray Antonio de Remesal.

        Está claro que la biblia está en el origen de la conquista, y en 1985 los representantes indígenas simbolizaron el final. Existe, sin duda un problema de aceptación de la conquista en el imaginario colectivo peruano. Realmente la Conquista todavía no ha sido asimilada como lo prueba la polémica permanente en torno a los sucesivos traslados que ha sufrido la estatua ecuestre de Pizarro en Lima que diseñara el estadounidense Charles Rumsey. El problema no es psicológico, ni tan siquiera cultural, sino social. Para una parte de la población peruana, la efigie de Pizarro representa sólo a una parte del Perú mestizo, el de los vencedores, pero no el de los vencidos. Estos últimos, tras la Conquista, fueron postergados, discriminados y pauperizados hasta límites insospechados. Y lo peor es que cinco siglos después siguen excluidos en un alto grado y hasta discriminados racialmente. Los descendientes de aquellos amerindios no necesitan biblias sino justicia, reconocimiento de unos derechos negados primeros por los europeos y luego por los criollos. Una tarea que no pertenece al pasado sino al presente y de la que son responsables por omisión las actuales autoridades políticas.

La historia de la conquista del Tahuantinsuyu fue violenta y trágica, pero forma parte de la historia inalienable de la nación peruana. Como escribió J. Mallorquí, el trujillano fue hijo de España pero padre del Perú, una nación que es fruto del crisol de dos mundos, el europeo y el indígena. Para que los descendientes de los vencidos puedan asumir sin traumas esta realidad se hace necesario que previamente se les repare moral y socialmente, integrándolos políticamente, devolviéndoles las tierras que les fueron arrebatadas a sus comunidades y respetando su pasado indígena.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS