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LA BUENA ALIMENTACIÓN COMO BASE PARA LA SALUD EN LA OBRA DE PEDRO DE VALENCIA (SIGLO XVI)

LA BUENA ALIMENTACIÓN COMO BASE PARA LA  SALUD EN LA OBRA DE PEDRO DE VALENCIA (SIGLO XVI)

        Acabo de leer un trabajo del profesor Eduardo Álvarez del Palacio sobre el Tratado de Medicina del zafrense Pedro de Valencia y sorprenden los datos. El humanista segedano estaba convencido de que la alimentación era la base de una buena salud. Me han sorprendido sus recomendaciones –disculpen mi ignorancia- pues no difieren mucho de las que haría un dietista o un endocrino del siglo XXI. A su juicio la alimentación debe regirse por varios principios:

        Primero, la necesidad, es decir que se coma para saciar el hambre no por gula o por disfrute. Segundo, el límite, que se hagan como máximo dos comidas diarias. Tercero, la moderación, ya que el empacho reiterado es muy perjudicial para la salud. Cuarto, la variedad, pues interpreta que ningún alimento es tan completo como para que contenga todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Y quinto, la salubridad de los alimentos, pues deben ser ricos en fibras y bajos en grasas y azúcar, y estar poco condimentados. Y concluye diciendo que la mayor parte de las enfermedades provienen de una inadecuada alimentación, bien por la escasa calidad y variedad de los alimentos, o bien, por la ingesta excesiva.

        Los alimentos que recomienda son el pan, especialmente el pan frito en aceite, la carne de ave, la miel, el vino y los dátiles. Y desaconseja el queso muy curado, la carne de vaca vieja y el pescado en salazón entre otros.

        Completa sus recomendaciones con otros dos consejos útiles para mantener una salud de hierro: uno, pasear después de comer, ya que a su juicio facilitaba la digestión. Y otro, dormir la tercera parte del día –ocho horas- siempre conservando los biorritmos, es decir, durmiendo de noche y velando de día.

        Bueno, pues ahí queda eso, para los que creen que los hombres del siglo XXI hemos descubierto la pólvora.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ÁLVAREZ DEL PALACIO, Eduardo: “La valoración de la salud corporal en la obra de Pedro de Valencia”, II Jornadas del El Humanismo Extremeño. Trujillo, 1998, pp. 299-313.

 

SÁNCHEZ GRANJEL, Luis: La Medicina Española Renacentista. Salamanca, Universidad, 1980.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ATAQUES CORSARIOS A LA AMÉRICA HISPANA (SIGLOS XVI Y XVII)

ATAQUES CORSARIOS A LA AMÉRICA HISPANA (SIGLOS XVI Y XVII)

Inicialmente, el corsarismo se centró en el triángulo comprendido entre el suroeste peninsular, las islas Canarias y las Azores. Los corsarios se dedicaban fundamentalmente a esperar la llegada de navíos de las Indias, con el objetivo de asaltarlos. Sin embargo, la Corona reaccionó creando desde 1521 la Armada Guardacostas de Andalucía que protegió más o menos eficazmente las rutas de partida desde los puertos de Andalucía Occidental y Canarias y las de regreso desde las Azores a Sevilla. Ello empujó a los corsarios a pasar al Caribe, donde casi con total impunidad podían obtener éxito en sus asaltos. Así fue como la presencia de corsarios en el Caribe fue aumentando paulatinamente desde los albores del siglo XVI.

Como ha afirmado Clarence H. Haring, son muy pocas las noticias que tenemos de sus acciones bélicas en los primeros treinta años de la colonización. Estos corsarios llegaban ya en estos años perfectamente informados de toda la geografía caribeña, tanto en lo referente a la fecha de salida de los navíos como en lo relativo a sus posibilidades defensivas. Cada vez más se decidían a cruzar el océano, confiados en arrebatarles las mercancías a unos navíos españoles demasiado sobrecargados y mal armados. En 1538 se produjo un ataque sobre la villa de La Yaguana, en la banda norte de La Española, mientras que al año siguiente era azotada la banda sur. Pese a estos ataques y a las peticiones de las autoridades locales, la Corona continuó sin apostar de una manera seria por la defensa de aquellos territorios. Con el paso del tiempo la situación empeoró irremediablemente por lo que en 1541 la audiencia de Santo Domingo alertó que ni aún en tiempos de paz dejarían de venir los corsarios a estas islas porque las presas son muy grandes y sin riesgo ni resistencia ninguna... Cuatro años después, es decir, en 1545, se ratificó nuevamente esta misma idea al informar el Almirante al Emperador que lo que animaba a los corsarios a navegar rumbo a las Indias era parecerles... que tienen lejos el castigo.

Esta arribada masiva de corsarios apenas encontró resistencia, debido a dos motivos: primero, a que era imposible defender todas las costas del imperio por lo que la Corona, con buen criterio, decidió priorizar la protección de las flotas y de las remesas de metales preciosos. Y segundo, porque el imperio carecía de potencial humano para colonizar todos los territorios americanos. El sistema de doble flota anual unido a la ubicación de armadas en puntos estratégicos resultó ser muy eficaz y blindó razonablemente bien las relaciones entre la metrópoli y sus colonias. De hecho, le permitió a España conservar su imperio durante más de tres siglos. Pero, como contrapartida, consintió que América se infestara de corsarios que tan pronto contrabandeaban como asaltaban o saqueaban las costas.

         Pero se tiene la errónea idea de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto; estos utilizaban cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según les convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucro eran óptimas, actuaban como meros comerciantes ilegales, vendiendo mercancías a bajo precio, con el consentimiento de hacendados y autoridades. Y otras, si las condiciones les eran favorables, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias.

Ante la escasa presencia española en el Mar Caribe, los corsarios se terminaron haciendo con su control. Pese a su importancia estratégica, se trataba de una vasta extensión de islas y costas, muy débilmente pobladas y con infinidad de recodos y refugios para los posibles enemigos. España no tenía posibilidad física, humana, ni tecnológica de mantenerlos. Los ingleses colonizaron las islas de la Tortuga, Trinidad, Tobago, Granada y Jamaica (1655); los franceses, Martinica, Guadalupe, Marigalante así como el noroeste de La Española; y finalmente, los holandeses Bonaire, Araba y Curazao, siendo reconocida su ocupación por España en diversos tratados firmados en la segunda mitad del siglo XVII. Otras potencias menores, como Dinamarca, ocuparon algunas islas de Barlovento, como Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz, mientras que Suecia ocupó la de San Bartolomé.

         Acaso, la más generalizada forma de enriquecimiento de los corsarios fue el contrabando, realizado con la connivencia de encomenderos, hacendados y dueños de ingenios pues el desabastecimiento de mercancías, por un lado, y los reducidos precios que pagaban por los géneros locales por el otro, los empujó irremediablemente a dicha actividad ilícita. Un beneficio mutuo provocado por el propio monopolio comercial que se basaba en proporcionar lo mínimo al mayor precio posible. Por ello, la única forma de aceptar el monopolio sevillano sin sufrir un quebranto absoluto fue compaginarlo con el comercio ilegal. Por tanto, monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Los corsarios no tardaron en darse cuenta que se obtenían más beneficios comerciando con los isleños que atacándolos. Por ello, desde bastante antes de mediar el siglo XVI comenzaron a mercadear con los colonos, con la seguridad que les daba la inexistencia de una armada guardacostas mínimamente estable. Se daban, pues, todos los ingredientes para el desarrollo de un floreciente comercio ilegal, en el que, en ocasiones, estaban implicados, desde los altos cargos de la administración hasta los propios soldados de las guarniciones, los mismos que, en teoría, debían luchar contra ese contrabando.

Pero junto a este comercio ilegal, los corsarios también robaban y asolaban. Cada vez que se topaban con una posible víctima en el mar –casi siempre navíos solitarios- ésta era asaltada y su mercancía robada. Mucho más daño causaron los sonados ataques a diversos puertos indianos, por la magnitud de los robos y destrozos y por la sensación de impunidad. Los ataques corsarios a plazas del interior fueron muy escasos y la mayor parte de ellos acabaron fracasando. Y es que suponía correr demasiados riesgos, pues aunque su presencia en las costas solía ser una triste sorpresa para los vecinos, en el interior del territorio los sorprendidos eran los propios corsarios cada vez que sufrían una emboscada.

 

Cuadro I

Principales ataques corsarios

en los siglos XVI y XVII

 

AÑO

CORSARIO

NACIÓN

PUERTOS

HECHOS

1543-1544

Robert Ball

Francés

La Habana, Santa Marta y Cartagena

Tomó La Habana y consiguió un rescate a cambio de no incendiarla. Peor suerte corrieron Santa Marta y Cartagena, pues fueron, asaltadas, tomadas, saqueadas e incendiadas. Concretamente en Cartagena se estima que robaron por un valor de 3.832 pesos, más los enseres litúrgicos de las iglesias.

1553

François Leclerc, alias Pata de Palo

Francés

La Yaguana (en La Española) y Puerto Rico

Ambas localidades fueron asaltadas, saqueadas e incendiadas

1554-1555

Jacques de Sores

Francés

Santiago de Cuba, Santa Marta y La Habana

Santiago fue saqueada y obtuvieron además 80.000 pesos a cambio de liberar a los prisioneros. Luego saqueó Santa Marta y La Habana, donde realizó sendas matanzas.

1555

Corsario apodado el Capitán Mermi

Francés

Puerto Plata (La Española)

La asolaron, robaron e incendiaron, mientras sus vecinos, impotentes, huyeron al monte.

1559-1560

Martín Cote

Francés

Santa Marta y Cartagena

Arrasó, robó e incendió ambas ciudades.

1567

Jean de Bomtemps

Francés

Puerto Real y La Yaguana (La Española)

Asaltó y robó ambas ciudades, quedándose con 30.000 cueros vacunos.

1568

John Hawkins

Inglés

San Juan de Ulúa

La tomó al asalto, aunque poco después se vio desalojado por el virrey entrante, Martín Enríquez.

1572

Francis Drake

Inglés

Nombre de Dios

La ciudad fue asaltada y saqueada.

1586

Francis Drake

Inglés

Santo Domingo, Riohacha, Cartagena de Indias y San Agustín de la Florida

Tras robar e incendiar Santo Domingo, fracasó en su intento de tomar San Juan de Puerto Rico y La Habana. Pero prosiguió su viaje tomando y destruyendo Riohacha, Cartagena de Indias y San Agustín de la Florida. Solo en concepto de rescate por la liberación de Cartagena obtuvo 110.000 ducados.

1596

Francis Drake

Inglés

Nombre de Dios y Portobelo

Ambas ciudades fueron saqueadas e incendiadas, pero fracasó en su objetivo de tomar Panamá

1598

Lord George Clifford, conde de Cumberland

Ingles

San Juan de Puerto Rico

Pretendía convertir la plaza en una fortaleza británica, y aunque la tomaron y saquearon, finalmente la abandonaron.

1601

William Parker

Inglés

Portobelo

La ciudad fue asaltada y saqueada.

1624

Jacques l´Hermite y Hugues Schapenham

Holanda-ses

Guayaquil

Bloqueó infructuosamente el puerto de El Callao. Tras morir de una enfermedad l´Hermite, su segundo, Shapenham, saqueó Guayaquil.

1624

Piet Heyn

Holandés

Salvador, en la Bahía de Todos los Santos (Brasil)

La plaza fue recuperada al año siguiente por Fadrique de Toledo, pero los holandeses ocuparon Pernambuco.

1625

Boudewijn Hendriksz ( en castellano, Balduino Henrico

Holandés

San Juan de Puerto Rico

Saquearon, incendiaron y destruyeron la ciudad. Todavía en la actualidad se considera el mayor desastre padecido por esta urbe en toda su historia.

1630

Hendrick Corneliszoon Loncq

Holandés

Pernambuco

Permaneció en poder holandés durante casi un cuarto de siglo, pues no se recuperó hasta 1654.

1631

Cornelius Goll, Pata de Palo

Holandés

La Habana

Tras fracasar en su asalto en 1629 lo intentó con éxito en 1631, saqueándola e incendiándola, dada la negativa de los vecinos a pagar un rescate.

1643

William Jackson

Inglés

Margarita, La Guaira, Puerto Cabello, Maracaibo, Trujillo y Jamaica

Se trató de una armada de tres barcos, con los que corrió la costa de Caracas a Honduras, asolándola y luego ocupando temporalmente Jamaica.

1655

Almrante William Penn

Inglés

Jamaica

Con nada menos que 57 buques, ocupó el 17 de mayo de 1655 la capital jamaicana Santiago de la Vega, sin encontrar apenas resistencia, y afianzando peligrosamente la posición de corsarios y bucaneros.

1655-1656

Vice-Almirante Goodson

Inglés

Santa Marta y Riohacha

Se trataba de una armada inglesa que funcionaba exactamente igual que una escuadra corsaria. Partieron de Jamaica y saquearon y robaron ambos puertos, aunque el botín fue escaso.

1659

Christopher Myngs

Inglés

Cumaná, Puerto Cabello y Coro

Asaltaron y saquearon con total impunidad estos puertos.

1662

Christopher Myngs

Inglés

Santiago de Cuba, Campeche y Trujillo (Honduras)

Con una armada de nada menos que 11 buques, saquearon los puertos a los que arribaron. En Santiago quemaron tanto la catedral como el hospital.

1666

Henry Morgan

Inglés

Puerto Príncipe (Cuba)

Entre Henry Morgan y el corsario francés Jean David Nau, conocido como el Olonés asaltaron entre 1665 y 1666 más de 400 haciendas en la costa cubana.

1667

Henry Morgan

Inglés

Portobelo

Tras asaltar y saquear la ciudad, el botín ascendió a más de 250.000 pesos.

1669

Henry Morgan

Inglés

Maracaibo

Saqueó la ciudad y torturó cruelmente a muchos de sus habitantes. Un año antes ya había sido asaltada por el olonés Jean David Nau.

1671

Henry Morgan

Inglés

Maracaibo, Portobelo y Panamá

Con sólo tres naves y 600 hombres volvió a atacar Maracaibo y luego Portobelo y Panamá. Esta última ciudad fue tomada y saqueada ante la impotencia de las reducidas fuerzas hispanas. Casi un mes permaneció en la ciudad, partiendo con un botín cuantiosísimo y con varios centenares de prisioneros.

1678

Lewis Scott

Inglés

Campeche

Tomó la ciudad, robándola y devastándola. En un segundo ataque a la plaza fue apresado, pero huyó antes de ser ahorcado.

1680

Walting Sharp y otros

Ingleses

Portobelo

Con cuatro barcos y dos goletas tomaron Portobelo sin apenas resistencia, consiguiendo un botín considerable.

1683

Laurent de Graff, alias Lorencillo, Nicolás Van Horn y François Granmont

Holandés/

Holandés/

Francés

Veracruz

Invadieron y saquearon la ciudad, obteniendo el grueso de las ganancias, rescatando a los miembros de la élite que apresaron. Otros muchos prisioneros murieron asesinados o de hambre y de sed. El gobernador de Veracruz fue después condenado a muerte por no haber defendido adecuadamente la plaza.

1685

Laurent de Graff, alias Lorencillo y François Granmont

Holandés/

Francés

Campeche

Ocuparon la ciudad, saqueándola por un espacio de 56 días. Se llevaron hasta las campanas de las iglesias.

1687

John Edward Davis

Inglés

Guayaquil

Tomaron la ciudad, a la par que sus vecinos huían a la selva. Se apropiaron de 134.000 pesos además de 14 navíos que estaban construidos en sus astilleros.

1697

Jean- Bernard Desjean, barón de Pointis

Francés

Cartagena de Indias

Fue asaltada y tomada ante la pasividad de su gobernador. El botín ascendió a 10 millones de pesos, uno de los mayores conseguido jamás por un filibustero.

 

         Uno de los grandes objetivos de los holandeses en la primera mitad del siglo XVII, cuando Portugal estaba unida a España, fue asentarse en la América portuguesa, es decir en el Brasil. Es importante recalcar que la Corona hispana se opuso con todas sus fuerzas a esta ocupación, como parte integrante del imperio ibérico. La toma, en 1624, de la ciudad de Salvador, en la Bahía de Todos los Santos, por el holandés Piet Heyn fue inevitable por las imponentes fuerzas del corsario, 26 barcos con un total de 450 cañones y 3.300 hombres. Pese a que el Imperio sufría en esos momentos un acoso generalizado tanto en Europa como en las Indias, la reacción fue incontestable, tomando la ciudad de Breda, en Flandes, y aprestando una gran armada de 52 navíos, al mando de Fadrique de Toledo, con la que se recuperó el control de la plaza. Un esfuerzo excepcional dada la situación en que se encontraba la monarquía de los Habsburgo en ese momento.     Posteriormente, en 1630, los holandeses ocuparon la ciudad de Pernambuco –hoy Recife- y la costa nordeste desde Sao Luis de Maranhao a Sergipe del Rey, conservando la posesión hasta 1654. Sin embargo, huelga decir que ello no se debió tanto a la dejadez o incapacidad de los Habsburgo sino a la connivencia de los dueños de ingenios portugueses que veían como los holandeses les pagaban a mejor precio el azúcar que producían. Cuando el precio del dulce se depreció los propios lusos se encargaron de expulsarlos.

         A nivel global la piratería fue un producto más de su tiempo, generado por el entonces naciente capitalismo, por el desarrollo del comercio y de la navegación y por la aparición de nuevos estados que pugnaban por tener un puesto de relevancia en el panorama internacional. Fue un auténtico drama, sobre todo para los cientos de miles de personas que lo sufrieron pero también para los propios corsarios que fueron usados por las naciones europeas mientras les interesó, siendo después perseguidos, repudiados y sometidos. No fueron más que un instrumento de dominación en manos de los gobiernos europeos para tratar de acabar con el monopolio comercial hispánico. Sus logros se limitaron a algunos sonados asaltos y a la ocupación de territorios prácticamente abandonados por el imperio, fracasando en su objetivo último de acabar con el poderío español en las Indias.

 

PARA SABER MÁS:

 

LUCENA SALMORA, Manuel: Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid, Mapfre, 1994.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Hugo O’ Donnell Dir., T. III, Vol. I, Madrid, 2012, pp. 143-182.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

REFLEXIONES SOBRE EL BRUTAL ATENTADO DE PARÍS

REFLEXIONES SOBRE EL BRUTAL ATENTADO DE PARÍS

 

        Ante todo, quiero dejar clara mi más profunda repulsa a los atentados ocurridos en París el pasado viernes trece de noviembre de 2015 y mis condolencias a todo el pueblo francés. Dicho esto, quisiera plantear algunas reflexiones sobre estos luctuosos acontecimientos.

        En primer lugar, el atentado me ha causado consternación pero no sorpresa. ¿Cómo se puede sorprender un historiador por una matanza de un centenar de personas? Todo historiador sabe que la barbarie ha sido inherente al ser humano, al menos desde los orígenes de la civilización. Ya en el siglo XVII escribió el obispo Juan de Palafox, en una línea bastante determinista, que la malicia era consustancial a la naturaleza humana como se demostraba desde la primera culpa de Adán, aun dentro del Paraíso.

En el fondo este atentado es un eslabón más en el larguísimo reguero de cadáveres que nos dejado el choque de civilizaciones. Ya en el Neolítico los grupos sedentarios desplazaron a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. Los males del planeta Tierra comenzaron cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad que pretendía extender sus ideales a los demás pueblos no civilizados. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión. Si a ello unimos que todas las religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la Historia.

El sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante en la Historia hasta pleno siglo XX. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia de la humanidad y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y en segundo lugar, nos consterna especialmente por su cercanía, porque ha ocurrido en el corazón de la vieja Europa, en nuestra pequeña caja de cristal donde se supone que estas cosas no pueden pasar. Estamos viendo morir a decenas de miles de personas en conflictos en el Tercer Mundo mientras que el Mediterráneo se está convirtiendo en un verdadero cementerio de inmigrantes. Eso se puede aceptar y hasta nos podemos acostumbrar. Ahora bien, si los caídos son del Primer Mundo causa una gran consternación básicamente por dos motivos:

Uno, porque no es equivalente el fallecimiento de ciento treinta inmigrantes en el océano o de doscientos sirios en un bombardeo a que perezcan ese mismo número de europeos. En el fondo todos tenemos asumidos que no todas las vidas valen lo mismo, aunque nadie lo confiese públicamente.

Y otro, porque las guerras en lugares más o menos lejanos del Tercer Mundo no se sienten como una amenaza y, en cambio, estos atentado en Europa o en Estados Unidos sí que se interiorizan como un verdadero peligro para nuestra seguridad. Desgraciadamente, el ser humano solo se moviliza cuando el peligro le acecha directamente.

        Está claro, que hay un problema ético de fondo, yo creo que de muy difícil solución. Y digo que es difícil porque la ambición y el poder, es decir, las semillas del mal, son inherentes al ser humano. Pese a mi pesimismo existencial, derivado de mi conocimiento de la historia, sueño con que algún día la humanidad conozca una revolución ética que nos permita llegar a una alianza de civilizaciones y a hacer de la fraternidad entre todos los pueblos del mundo nuestra bandera. Mientras tanto, solo nos queda lamentar la barbarie y resignarnos.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

TRABAJO, RESISTENCIA Y CASTIGO DE LOS ESCLAVOS EN TIERRA DE BARROS (SIGLOS XVI AL XVIII)

TRABAJO, RESISTENCIA Y CASTIGO DE LOS ESCLAVOS EN TIERRA DE BARROS (SIGLOS XVI AL XVIII)

        Buenas tardes: nuevamente, traigo a estas jornadas un trabajo relacionado con la esclavitud un tema que yo vengo estudiando desde que era estudiante de la carrera de Historia. Empecé analizando la esclavitud en el reino de Sevilla, luego trabajé la de las colonias americanas, y últimamente llevo varios años investigando la de Tierra de Barros. Pero está claro que es difícil ser el primero; antes que yo fue estudiada globalmente por Fernando Cortés en su libro la esclavitud en la Baja Extremadura y más recientemente por Rocío Periáñez, mientras que para el caso de esta comarca contábamos con unas valiosas páginas que Francisco Zarandieta dedicó al tema, aunque limitadas, a Almendralejo en los siglos XVI y XVII.

El máximo esplendor de la institución en Extremadura se produjo entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII, descendiendo notablemente en la segunda mitad de esta centuria, para convertirse en un fenómeno residual en la segunda mitad del XVIII.

En el siglo pasado, algunos historiadores sostuvieron que el principal motivo del fenómeno esclavista fue la ostentación social de las familias propietarias. Fernand Braudel, Antonio Domínguez Ortiz o Bartolomé Bennassar sostuvieron tal extremo aunque actualmente hay sobradas pruebas que demuestran la rentabilidad económica de los aherrojados como su principal razón de ser. De hecho, esta mano de obra forzada se solía emplear en las ocupaciones al que se dedicaba su dueño. Era fácil que el maestro de una forja lo tuviese trabajando en su taller o el agricultor lo emplease en las tareas agrícolas. Otros muchos se usaban en las tareas domésticas, y a veces, cuando el dueño estaba necesitado de liquidez, hasta se alquilaban sus servicios, cobrando aquel el estipendio. Algunas esclavas además eran empleadas como amas de crías, debiendo amamantar al hijo de sus dueños con preferencia incluso al suyo propio. Hemos detectado la existencia de bautizos de hijos de esclavas justo después de haberse bautizado el vástago de sus dueños, lo que podría indicar una intencionalidad.

En esta comunicación analizamos algunos casos singulares sobre las no siempre fáciles relaciones entre los dueños y los esclavos. Se trata de un aspecto poco estudiado por la historiografía debido a que la documentación notarial y sacramental no suele aportar mucha información sobre ese aspecto. En estas páginas aportaremos algunos datos documentales, obtenidos a pie de archivo, sobre las relaciones dueño-esclavo, a veces muy traumáticas y siempre lesivas para la parte más débil de la cadena, es decir, para el aherrojado.

 

UNAS RELACIONES DIFÍCILES


Si la relación entre dueño y esclavo era buena o muy buena, la situación de éste era más o menos llevadera. Ahora bien, si por el contrario era mala la situación se podía tornar muy delicada para el esclavo. En ocasiones, si el adquiriente comprobaba que la pieza adquirida no era de su agrado podía deshacer la transacción, que era la solución menos gravosa para el cautivo. Este fue precisamente el caso de una esclava comprada por una señora de Solana de los Barros. Ésta encargó a su compadre Gabriel Joseph, en febrero de 1710, que adquiriese para ella una esclava para el servicio doméstico de su casa. Éste se personó en Ribera del Fresno y, en enero de 1710, la compró al presbítero de Fuente de Cantos Francisco Guerrero de las Beatas. Ésta estaba bautizada con el nombre de Ana Florencia, tenía 22 años, de color blanco –debía ser berberisca, aunque no se especifica- y pagó por ella 1.750 reales de vellón. Pues bien, una vez en Solana, transcurridos tan solo unos días, la señora decidió devolverla, alegando que no era de su gusto. Su compadre aceptó realizar las gestiones para su devolución alegando lo siguiente: que lo hacía por no importunar a su comadre que era la que tenía que lidiar con ella aunque se había informado de que era una buena trabajadora y que poseía bondades no muy comunes entre los aherrojados. Dicho y hecho, remitió la escritura de compra-venta y una carta con sus intenciones, y tres días después, exactamente el 6 de febrero de 1710, ante el escribano de Ribera, Alonso Rodríguez de la Fuente se formalizó la devolución de la esclava y el reintegro del dinero. Se trata de una muestra singular de cómo se trataba a estas personas hace poco más de tres siglos. Se comerciaba con ellas como si fuesen animales y su suerte dependía básicamente del capricho de su propietario o de su interés por preservar su inversión.

La documentación notarial y sacramental no suele aportar información sobre las relaciones entre dueños y esclavos. Solo encontramos casos extremos en los que en la carta de compraventa se señala alguna merma o enfermedad provocada por los malos tratos de su dueño. Y ello porque el vendedor estaba obligado a especificar las posibles enfermedades o taras que tuviese la pieza que pretendía vender. Fue el caso de la esclava María, de 21 o 22 años, de color albarrana que fue vendida por Juan Ortiz Guerrero, vecino de Villalba de los Barros, el 27 de marzo de 1762. El comprador, Juan de Bolaños y Guzmán, se comprometió a pagar 2.700 reales por ella. Sin embargo, el abono no se realizaría hasta el día de Santiago, tras verificar que su enfermedad no se agravaba. Y ello porque el vendedor reconoció que en general estaba sana pero que había sufrido un pequeño accidente que describió con las siguientes palabras:

 

"Que estaba sana más que en una ocasión que yo el dicho Juan Guerrero la castigué por haberse vuelto contra su ama y porque le dio al parecer un accidente de que llamado al médico actual de esta villa y reconocida dijo que era aflicción a perecer"

 

Estaba claro que la esclava padecía una especie de depresión traumática y que su miedo a morir se debía fundamentar en los castigos que su dueño le imponía. No parece que el comprador deshiciese la transacción por lo que posiblemente la aherrojada mejoró de su aflicción.

 

LA CONDENA A TRABAJOS FORZADOS


Otras veces, cuando el dueño interpretaba que la actitud de su esclavo merecía una condena o sanción, la situación podía ser verdaderamente delicada, pues no dudaba en emplearlo en ocupaciones más sórdidas, enviándolo, temporalmente o de por vida, a realizar alguna prestación real que no fuese de su agrado. Sin embargo, el trabajo en las minas reales de Almadén era tan duro que los dueños sólo los enviaban cuando estaban dispuestos a perder su inversión. Rocío Periáñez documentó un caso en Cáceres en el primer tercio del siglo XVII, y Francisco Zarandieta otro en el Almendralejo en la misma centuria. A juzgar por los testimonios que hemos localizado, parece que el envío a las minas Reales era tan duro y tenían tal fama que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad.

Hemos conseguido documentar unos cuantos casos más en la comarca de Tierra de Barros. Así ocurrió en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo, envió a su esclavo Sebastián, de 45 años, robusto y de color amembrillado, por un año y medio a servir en las perniciosas minas de mercurio. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro. Más claro aún fueron Juan Montaño y María Rengela de Guzmán, vecinos de Aceuchal, cuando fundamentaron la donación al Rey de su esclavo Juan Martínez, de color blanco, de unos 30 años, robusto de cuerpo y capaz de cualquier trabajo corporal en los siguientes términos:

 

        "El cual por justas causas que me mueven lo doy y cedo para que sirva a Su Majestad por todos los días de su vida en las Reales minas de Almadén o Espartería o en otro cualquier presidio, donde más utilidad con su trabajo pueda dar al Rey… sin que pueda el susodicho salir con su libertad de la parte donde se dé dicho destino porque mi ánimo es que perezca trabajando a beneficio de la Real hacienda, sin tener libre uso de su persona"

 

        Las palabras de sus dueños están henchidas de malas intenciones: lo envían a la mina de por vida, para que muriese allí trabajando, es decir, que la carta parece como mínimo una condena del esclavo a cadena perpetua o peor aún, a la pena de muerte.

        No menos claro es el caso de un esclavo de Ribera del Fresno donado por su dueño, Fernando de Brito Lobo y Sanabria, a la Corona para que sirviera por tres años en el citado yacimiento. Al parecer había mantenido una relación carnal con la sirvienta de la casa, contraviniendo el sexto mandamiento de la Ley de Dios: No cometerás actos impuros. Tras denunciarlo fue encerrado en la cárcel real de Ribera y, poco después, donado por su dueño a servir durante tres años en las temidas minas de mercurio. Se supone que ello le debía servir de escarmiento. Una medida que de nuevo nos parece extremadamente cruel e injusta por tres motivos: primero, porque el esclavo no hizo más que mantener una relación secreta con una sirvienta, algo que tenía prohibido, pero que no dejaba de ser natural en un chico de 25 años. Segundo, porque los propios dueños contravenían el sexto mandamiento cada vez que le daba la gana, teniendo incluso hijos con sus esclavas, ante la connivencia de todos. Y tercero, porque era casi una condena a muerte, pues la supervivencia media en Almadén se situaba entre los tres y los cuatro años. Así que no sabemos si el pobre esclavo Antonio José, mulato de un cuarto de siglo de edad sobrevivió a tal condena. Sorprende la actitud de Fernando de Brito, que había sido varias veces alcalde ordinario de Ribera por el estado noble, ya que liberó altruistamente a al menos tres esclavas, a saber: A María Ana el 20 de marzo de 1749, a Anselma Lucía el 18 de agosto de 1749 y a María Candelaria el 4 de febrero de 1754.

El mal comportamiento no era el único motivo por el que un encadenado podía acabar sirviendo al rey, en sus minas o en sus galeras, como remeros. Si le sobrevenía un defecto físico, tal como una ceguera, podía convertirse en una pesada carga para una familia, pero podía desempeñar sin problemas otros trabajos en el banco de una galera como remero o en una mina, extrayendo el preciado cinabrio. El 28 de septiembre de 1747, el presbítero de Villafranca de los Barros, Fernando Gutiérrez de la Barreda, apoderó a Manuel Gutiérrez Cervantes y Bartolomé Sánchez, también vecinos de esa villa, para que tratasen de vender en Sevilla o en otro lugar, a un esclavo ciego que el otorgante había heredado de su tía Catalina Mexía. Se trataba de Marcos, color amembrillado, 25 años y de buena corpulencia. Al parecer, se había criado en casa de su tía desde pequeño, hijo de una esclava de ésta. Pero el presbítero no podía o no podía atender al pobre ciego y tampoco parece que quisiera mantenerlo sin obtener beneficio alguno. Por ello, si no encontraban comprador, algo que parecía lógico, les daba amplios poderes para que hagan "cesión y donación de él a favor de Su Majestad el Rey Nuestro Señor, en paraje donde su trabajo pueda serle de alguna utilidad, o al de cualquier convento, monasterio, obra pía o persona particular que bien visto les fuere y se haga cargo de su manutención y de cualquier suerte que efectúen la enajenación otorguen escrituras de venta o donación…"

Otro dato más que ejemplifica bien la perversión social que la esclavitud ha supuesto a lo largo de la historia de la humanidad. Bien es cierto, que Catalina Mexía sí que permitió el mantenimiento del ciego hasta los veinticinco años de edad. Su muerte debió ser una verdadera desgracia para el pobre Marcos, cuyo destino exacto desconocemos pero que con toda probabilidad debió ser trágico. Uno siempre tiene la esperanza de que estos retazos del pasado nos sirvan para ser mejores en el presente y en el futuro, aunque la realidad casi siempre se muestra tozuda.

 

LA HUIDA


Podríamos preguntarnos, si el esclavo podía rebelarse ante la tiranía de su dueño. Es cierto que a veces la única opción desesperada que les quedaba era la huida, pero apenas si recurrían a ella porque al estar marcados a hierro no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían ser dramáticas para el huido, pues incluso podían ser encarcelados, enviados a galeras o a las minas de cinabrio, de las que como hemos señalado pocos escapaban con vida. En esto la historia fue muy diferente a lo ocurrido en las colonias americanas, donde se formaron extensas áreas de cimarrones.

        Hemos documentado algunos casos sonados de huídas pero necesariamente fueron escasos y acabaron con la captura del fugado. El 19 de julio de 1710, Manuel Lorenzo, vecino de Ribera dio poder a Pedro de Torrejón para que fuese a la cárcel de los padres teatinos de Sevilla donde estaba retenido un esclavo suyo que se había fugado de su casa la víspera del día de San Pedro. El esclavo en cuestión se llamaba Joseph, de 20 años, y cuyos rasgos físicos eran los siguientes: "de color tinto, de buen cuerpo, la cabeza larga (y) algo hoyoso de viruelas". Como puede observarse, el esclavo se había escapado el 28 de junio y el 19 de julio, ya sabía su dueño que estaba preso en Sevilla. Es decir que la libertad apenas le debió durar diez o quince días, aunque sorprende que pudiese llegar hasta la capital hispalense.

En 1778 encontramos otro caso de resistencia, pero muy diferente al anterior. En la localidad de La Parra vivía Francisco González y Rivera que disponía de un matrimonio de esclavos, llamados Domingo y Antonia. Tras su muerte, y dado que no tenía hijos, heredaron sus sobrinos correspondiéndole a Francisco Antonio Zalamea, vecino de Ribera del Fresno, un lote de bienes que incluía a los dos aherrojados. Pues bien, dicho matrimonio se negó a marchar a Ribera y permaneció viviendo en La Parra con sus recursos, escasos pero suficientes. Sin embargo, Francisco Antonio Zalamea, con la ley en la mano, otorgó poderes a Vicente González Máximo, vecino de La Parra para que procediese contra sus esclavos, deportándolos forzosamente y confiscándole sus bienes, con el objetivo de resarcir al demandante de sus pérdidas. No conocemos más del asunto, pero dado que al demandante le asistía el derecho y la justicia es posible que consiguiese sus objetivos y que los aherrojados fuesen expropiados y deportados de La Parra.

        Otro signo de una relación difícil o problemática entre esclavos y señores se aprecia en algunas cartas de ahorría. Con cierta frecuencia encontramos que los liberaban con la condición de que se marchase a vivir fuera de la localidad. En 1654, Francisco Calderón liberó a su esclavo Juan Dorado, mulato, de 27 años, con la condición de que residiese fuera de un radio de diez leguas a la redonda de Almendralejo y Don Benito. Gómez Golfín de Figueroa fue algo más allá, pues en su testamento, fechado el 24 de septiembre de 1662, liberó a un esclavo mulato con la condición que se exiliase perpetuamente no sólo de Almendralejo sino de toda Extremadura:

 

Declaro tengo por mi esclavo sujeto a servidumbre a Juan, de color mulato luego que yo muera es mi voluntad quede libre con calidad y condición que dentro de ocho días salga de esta villa y no resida en ella ni en lugar alguno de la Extremadura. Y si asistiere quede sujeto a servidumbre para Su Majestad y que cualquier justicia lo pueda prender y remita a reales galeras porque mi voluntad expresa es que no pare en esta villa ni en lugar alguno de esta provincia de Extremadura”.

 

        Algunos esclavos, incluso se atrevieron a litigar frente a sus dueños. Fue el caso de Fernando y Diego Ortiz, dos esclavos que habían gozado del aprecio de su dueña María Esteban de Nieto, esposa de Pedro Martín Rengel. Al parecer, la señora había mostrado siempre su deseo de liberarlos, pues había sido incluso madrina de sus respectivos enlaces. El problema se presentó cuando la mujer falleció abintestata y, por tanto, no pudo disponer la citada liberación. Su heredero, el licenciado Diego Fernández Nieto, cura de la villa, se negó a aceptar su ahorría por lo que los hermanos dieron poder al procurador de causas Pedro Hernández Bermejo para que interpusiese diligencias. Desconocemos el desenlace del proceso pero probablemente desistieron o en cualquier caso perdieron el juicio, pues poco podían hacer con el testimonio verbal de una difunta frente a un miembro de la élite local.

 

CONCLUSIONES

 

La institución traía consigo una alienación tal de las personas que, incluso su liberación se podía convertir en un agravante para sus míseras condiciones de vida. El trato a los esclavos dependía simplemente de la voluntad y de la humanidad de sus dueños. Los esclavos Antonio González y María Vivas, temían a su dueño Juan Rodríguez Diosdado de quien decían que su amo era de terrible y áspera condición. Su indefensión era total no sólo por su condición de esclavos sino porque su dueño, hijo de un alcalde ordinario del mismo nombre, pertenecía a una de las familias más influyentes de la villa. A veces los dueños usaban de manera perversa de sus esclavos, obligándolos a cometer delitos contra sus enemigos, arriesgando sus vidas. Éste fue el caso de Sebastián Hernández Corrales, vecino de Almendralejo, que envió a su esclavo Juan a acuchillar a Diego Hernández Corrales, lo cual hizo con gran eficacia, siendo encarcelado por tales hechos.

Y para colmo, algunos dueños solían actuar con total desprecio hacia la maternidad y hacia la familia, vendiendo a sus esclavas y a los hijos de éstas juntos o separados, a su conveniencia. Ante todo ello, el esclavo no podía hacer otra cosa más que aguantar, aunque como hemos visto en esta comunicación algunos optasen infructuosamente por la huida.

Es cierto que no todos los dueños actuaron con mala fe; muchos, sobre todo los que los habían tenido en sus casas desde niños, les dieron trato más o menos humano, dándoles un enterramiento digno e incluso dejando sufragios por la redención de sus almas. Pero si las relaciones eran malas, el que podía ver su vida convertida en un infierno era sin duda el esclavo.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


 

(*)Se trata del texto resumido que defendí en la comunicación, sin notas a pie de página ni apéndices. El próximo año saldrá publicada completa en las Actas de las VII Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros.

PERROS Y APERREAMIENTOS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

PERROS Y APERREAMIENTOS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

Los conquistadores llevaban consigo jaurías de perros, amaestrados para ensañarse con los pobres nativos. Según Alberto Mario Salas la mayoría eran mastines o alanos, es decir, un cruce entre dogos y mastines. Casi todos los cronistas se hicieron eco del uso de estos perros, de gran utilidad lo mismo en combate que para castigar ejemplarmente a algún nativo con la intención de aterrorizar al resto. Fernández de Oviedo escribió que fue común aperrearlos lo que no era otra cosa que hacer que perros le comiesen o matasen, despedazando al indio. No menos claro se mostró el padre Las Casas al decir que estos canes amaestrados, cuando alcanzaban a uno, lo hacían pedazos en un credo. Además, cuando los indios recibían a los españoles pacíficamente eran muy útiles. Dejaban que uno de ellos se abalanzase sobre algún nativo y lo despedazase para provocar el inicio de las hostilidades. Obviamente, esto era precisamente lo que querían, pues, de esta forma podían robar, expoliar y esclavizar a los aborígenes en buena guerra. Pero, además, una vez sometidos, constituían la mejor medida disuasoria contra posibles alzamientos, dado el miedo que estos les tenían.

Todo parece indicar que el aperreamiento fue una práctica usual en la Conquista. Pero, algún lector se podría preguntar: ¿no serían invenciones del padre Las Casas? Está claro que no. El dominico cito numerosos casos, pero muchísimos otros cronistas también lo hicieron. Pero, por si fuera poco, tenemos decenas de documentos en los que se alude a estos espeluznantes actos. Por ejemplo, en una pesquisa que se realizó contra el virrey Antonio de Mendoza se demostró que, en la pacificación del territorio y bajo sus órdenes directas, mandó despedazar con perros de presa a decenas de aborígenes, en medio del estupor del resto. Se trataba de una táctica tan efectiva como aterradora para ellos. En el Códice Florentino quedó reflejado el horror con el que los pobres nativos vieron a estos canes:

 

Sus perros son enormes, de orejas ondulantes y aplastadas, de grandes lenguas colgantes; tienen ojos que derraman fuego, están echando chispas; sus ojos son amarillos, de color intensamente amarillos”.

 

        El papel de estos lebreles fue tan destacado que muchos de ellos han pasado a la Historia con nombre propio, como es el caso de Becerrillo, propiedad de Diego de Salazar que, según López de Gómara, cobraba un sueldo equivalente a ballestero y medio. Cuando algún enemigo huía lo enviaban a por él y era capaz de seguir el rastro y traerlo por la fuerza. Narraba Antonio de Herrera que los indios temían más a diez españoles acompañados del citado can que a 100 sin él. Finalmente, murió de una flecha envenenada que le lanzaron los caribes cuando, en compañía del capitán Sancho de Arango, se disponía a atrapar en el agua a uno de ellos. Otros perros no menos afamados fueron Amadís, Mahoma y especialmente el mastín Leoncillo, hijo del anteriormente citado Becerrillo. Este último era bermejo y de mediano tamaño, acompañó a Núñez de Balboa en su expedición al Mar del Sur, llevando sueldo de capitán. Acudía a por los fugados, actuando de forma diferente según fuese la actitud del nativo: si éste se quedaba quieto lo asía por la muñeca y lo traía de vuelta sin hacerle daño pero si, en cambio, se resistía lo hacía pedazos. No menos fama tuvo Marquesillo, un lebrel al que le bastaba oler a un indio para lanzarse sobre él y destriparlo en cuestión de segundos. En una campaña, enviada en 1541 por Sebastián de Belalcázar al cacicazgo de Pirama en el Nuevo Reino de Granada, Marquesillo destripó al hermano del cacique Pirama. Éste le pidió al capitán Rodrigo de Cieza que castigase al responsable. Rodrigo de Cieza aceptó, pero como no quería desprenderse de Marquesillo, cogió otro perro parecido que tenía, le puso el collar de Marquesillo y tras un juicio sumarísimo fue ejecutado. Una pura pantomima que los siempre ingenuos nativos se tragaron.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

PIQUERAS CÉSPEDES, Ricardo: “Los perros de la guerra o el canibalismo canino en la conquista” Boletín Americanista Nº 56. Barcelona, 2006.

 

VARNER, John J. y Jeannete: Dogs of the conquest. Nebrasca, University, 1984.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

A VUELTAS CON LA LEYENDA NEGRA: EL SUPUESTO GENOCIDIO DEL 12 DE OCTUBRE DE 1492

A VUELTAS CON LA LEYENDA NEGRA: EL SUPUESTO  GENOCIDIO DEL 12 DE OCTUBRE DE 1492

        Uno ya está un poco cansado de escuchar todos los años el mismo enfrentamiento entre los defensores de la leyenda rosa, que hablan de las virtudes, la lengua y la cultura superior que les legamos a los agradecidos indios y los de la leyenda negra que animan a avergonzarse por nuestro pasado genocida. Sin embargo, una entrevista sobre la cuestión que un periódico digital me ha realizado hoy me ha obligado a posicionarme. Así, que traslado mi opinión a mi blog.

        Las declaraciones de Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, del alcalde de Cádiz y de otros personajes públicos, en torno a la vergüenza que supone celebrar el genocidio del descubrimiento de América deben ser muy matizadas.

        Los que me conocen y leen saben que pocos historiadores como yo han escrito tanto sobre las atrocidades que perpetraron los conquistadores en la conquista de América. Aquello fue la invasión brutal de un continente como quedó bien reflejado en mi libro “Conquista y destrucción de las Indias” (Sevilla, 2009) al que remito. En América se cometió un etnocidio sistemático y puntualmente casos claros de genocidio. Dicho esto, conviene matizar todo esto:

        Primero, el descubrimiento en sí, no fue ningún genocidio. El 12 de octubre se conmemora la llegada de Cristóbal Colón y sus hombres a la isla de Guanahaní. No hay constancia alguna de que en dicha isla se cometiese ningún genocidio, ni tan siquiera la matanza de un solo taíno. Es más, allí reclutó el Almirante a un indio, al que bautizó y llamó Diego Colón, en recuerdo de su hijo mayor, y que regresó con él a España y vivió algunos años en Sevilla y en otras ciudades de España. En cualquier caso, el genocidio se produjo después, en la conquista, no en el descubrimiento.

        Segundo, las palabras de estos políticos, dichas así, no son ciertas porque dan la impresión que España ha sido la gran potencia genocida de la historia. Y eso es justo la tesis falsa de la Leyenda Negra que atribuye en exclusiva a España una forma cruel y despiadada de actuar, cuando en realidad se comportó igual que otras potencias antes y después. El sometimiento y hasta la masacre de los pueblos inferiores por los supuestamente superiores ha sido una constante a lo largo de la Historia desde la antigüedad al siglo XXI. No es que no hubiese genocidio sino que actuaron igual que España, pueblos de la antigüedad, como los asirios, los persas, los macedonios o los romanos, y en la Edad Moderna, los franceses, alemanes, ingleses, holandeses o portugueses por citar solo algunos.

        Tercero, todos los pueblos invasores han tratado de preservar la mano de obra para aprovecharse de su fuerza de trabajo. España también lo hizo, aprovechando la fuerza laboral en las zonas nucleares de América donde existían amerindios acostumbrados a trabajar dentro de una estructura estatal. Ahora bien, en aquellas zonas donde había indios nómadas o seminómadas, estos perecieron en muchos casos hasta la extinción sin que España hiciese nada para remediarlo. Los ingleses decían que el mejor indio era el muerto, pero porque en Norteamérica eran seminómadas y no eran útiles para el trabajo sistemático. Si hubiesen encontrado indios sedentarios seguro que también los hubiesen usado como fuerza laboral igual que hizo España.

        Y cuarto, sentir vergüenza por ese pasado, como sugiere la señora Colau, me parece que no es lo adecuado. Yo denunció en mis textos la violencia del pasado, pero con el único objetivo de asumirlo y de tratar de ser mejores en el presente y en el futuro. Del pasado no hay que sentir vergüenza, ni lástima; no sirve de nada lloriquear. Simplemente, se trata de desentrañarlo por duro que fuese, de asumirlo y de concienciarnos de la necesidad de construir un presente y un futuro más justo para todos.

        No creo que debamos sentir vergüenza de nuestro pasado, éste fue como fue y no pasa nada. La historia de la humanidad es un largo camino sembrado de cadáveres y de lo que se trata es de aprender de ello para algún día construir un futuro mejor para todos. Una cuestión muy diferente, discutible o debatible, es si se debe seguir manteniendo o no esa fecha como día de la Hispanidad. Si es necesario o no seguir haciendo desfiles militares o si hay que reformular el formato de fiesta nacional para tratar de integrar mejor a todos los que se sienten vinculados de una u otra forma a la hispanidad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL MITO DEL DORADO: EL SEÑUELO DEL ORO EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

EL MITO DEL DORADO: EL SEÑUELO  DEL ORO EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA

        El mito del dorado, es decir, la existencia de tierras en donde abundaba el oro hasta el punto de que se podía pescar con redes, alimentó la conquista desde sus inicios. El dorado fue cambiando de sitio a medida que avanzaba la conquista. El primer dorado estuvo en La Española, auspiciado por los escritos fantasiosos de Cristóbal Colón, quien afirmó que el ansiado metal abundaba en la isla. Desde entonces la idea corrió como la pólvora y pese al fracaso de la factoría, en la primera década del siglo XVI seguían siendo muchos los que pensaban que en la isla el oro se podía pescar con redes, como denunciara el padre Las Casas. Luego el mito pasó a Tierra Firme cuya gobernación no en vano se conoció como Castilla del Oro. De ahí pasó al reino Chibcha, con centro en la laguna de Gatavitá, en el altiplano colombiano. Y finalmente pasó nada más y nada menos que al territorio de los mojos, en las llanuras pantanosas de la Bolivia Oriental. Ahora el cacique dorado era el Gran Mojo, mito que se mantuvo varias décadas por lo inaccesible del terreno. Pero cuando por fin las huestes alcanzaron dicho territorio pudieron comprobar que la enorme llanura fangosa era pobrísima e insalubre y apenas permitía una escasísima población en condiciones paupérrimas. Pero como la imaginación ambiciosa del ser humano no tiene límites el mito se mantuvo hasta el siglo XVIII, ubicándolo en zonas inaccesibles de la cuenca amazónica.

Lo cierto es que el mito áureo fue el artífice de que unos pocos miles de españoles recorrieran, reconocieran y en parte conquistaran varias decenas de miles de kilómetros cuadrados en unas pocas décadas. Una verdadera hazaña espoleada por el sueño del dorado y por el señuelo del oro.

Efectivamente, las huestes buscaban ansiosamente riquezas fáciles de transportar –de ahí que fundan el oro y la plata en lingotes- para regresar ricos a la tierra que los vio nacer. El trujillano Francisco Pizarro, de orígenes muy humildes y sin apenas formación, se comportó de forma mucho más espontánea y realista. Antes de partir para el Perú, estando en Panamá junto a Diego de Almagro y Hernando de Luque, oyeron misa, comulgaron y acordaron compartir en partes iguales el botín que arrebatasen a los infieles. Años más tarde, cuando fray Bernardino Minaya le pidió que, antes de su encuentro con Atahualpa, explicara a los nativos que la razón de su presencia era la evangelización el trujillano se negó, diciendo que él había venido de México a quitarles el oro. No menos claro se mostró al respecto Gonzalo Fernández de Oviedo:

 

Que los que vienen buscan enriquecimiento y nadie navega tantas leguas por amor del alma, sino para sacar de necesidad y pobreza su persona lo más presto que ellos puedan.

 

E igual de sincero fue el cronista llerenense Pedro Cieza de León cuando escribió con rotundidad que el conseguir oro es la única pretensión de los que vinimos de España a estas tierras. Estaba claro que, aunque muy pocos lo reconocieran abiertamente, la inmensa mayoría solo estaba dispuesta a jugarse la vida bajo la fundada promesa de obtener un enjundioso botín. La dura y peligrosa travesía era capaz de transformar hasta al más piadoso. De hecho, el padre Las Casas se encargó de elegir a un grupo selecto de agricultores para asentarlos allá pero, apenas se descuidó, dejaron sus oficios y se dedicaron a un negocio mucho más lucrativo, es decir, el de robar y saquear las posesiones de los pobres aborígenes. Y es que todo el mundo en Europa identificaba las Indias con el oro; en las primeras décadas a casi nadie se le pasó por la cabeza jugarse la vida en el Mar Tenebroso con el simple objetivo de cultivar los campos. Pese a las fertilísimas tierras que había no es de extrañar, como refería John Elliot, que todavía en la tercera década del siglo XVI se afirmara que las Indias no daban pan ni vino, sino solamente oro y en grandes cantidades. Gonzalo Fernández de Oviedo se preocupó en preguntar a un miembro de la hueste de Hernando de Soto por qué siempre avanzaban, sin detenerse a poblar en ningún territorio. La respuesta de su entrevistado no pudo ser más clara: su intento era de hallar alguna tierra tan rica que hartase su codicia. Un afán de riquezas que incluso hizo volar su imaginación: la leyenda de Jauja, el Dorado, las ciudades míticas de los Césares, de Cibola y de Quivira o las versiones legendarias del Cerro Rico de Potosí. El Dorado fue ubicado entre las cuencas del Orinoco y del Amazonas. Estos mitos, más que el servicio a Dios, fueron los que realmente mantuvieron en alto las espadas y en algunos casos perduraron hasta el siglo XVIII. Conquistadores como Jiménez de Quesada, Antonio Sedeño, Sebastián de Belalcázar, Nuño Beltrán de Guzmán, Francisco Vázquez de Coronado, Hernán Pérez, Lope de Aguirre o Nicolás Federmann quedaron deslumbrados por los mitos áureos. Pero esta doble moral, esta dicotomía entre lo que decían y lo que hacían, era perfectamente compatible con el ideal de la guerra santa que, como ya hemos repetido en varias ocasiones, nunca fue ajena al afán de botín. E incluso, si llegado el caso había que recurrir a matanzas indiscriminadas, el fin las justificaba. De hecho, como escribió Eric Hobsbawn, todas las guerras religiosas de la Historia se han caracterizado por su crueldad. Si en el noble fin de expandir la religión cristiana, había algún exceso, era un pecado venial que se solventaba pagando alguna bula.

Si para conseguir el ansiado botín era necesario convertirse en huaqueros o ladrones de lugares sagrados y tumbas nadie dudaba en hacerlo. Ya en la expedición capitaneada por Juan de Grijalva a Yucatán, en 1518, se encontró varias sepulturas relativamente recientes con abundantes piezas de oro. Ni cortos ni perezosos las saquearon, pese al olor nauseabundo, y de creer es –escribió Fernández de Oviedo- que si tuvieran más oro, que aunque más hedieran, no quedaran con ello, aunque se lo hubieran de sacar de los estómagos. En 1527, Alonso de Estrada envió a Oaxaca al capitán Figueroa para que saquease las joyas de los sepulcros porque era costumbre entonces enterrarlos con ellas. Tan lucrativo resultó el negocio que, en 1538, la Corona le concedió la exclusividad en toda Nueva España y Venezuela a don García Fernández Manrique, Conde de Osorno. Desde ese momento todos los tesoros que se encontraran serían propiedad del Conde y sus herederos, aunque eso sí, pagando el quinto correspondiente.

También en la conquista del incario se desvalijaron sistemáticamente las viejas sepulturas. Belalcázar, tras tomar Quito, se desilusionó por no hallar las riquezas esperadas, pese a que desenterraron a todos los muertos que se encontraron. Y Francisco Pizarro hizo lo propio cuando ocupó Cuzco; no contento con la presa encontrada, atormentó a los indios para que les mostrasen dónde estaba ubicado el camposanto. Dichas actividades continuaron porque en una Real Cédula, referida a Nueva Granada y fechada el 9 de noviembre de 1549, se prohibió que los españoles mandaran a los aborígenes a buscar las tumbas antiguas. En teoría el saqueo de tumbas se consideraba un delito a la par que un pecado. Sin embargo, como la misma Corona desconfiaba de que no se siquiera saqueando estableció que en ese caso la mitad de todo lo obtenido sería para ella. Obviamente, las actividades de los saqueadores de tumbas prosiguieron, hasta el punto que un tal Juan de la Torre, encontró en una sepultura del valle de Ica, una cantidad de oro valorado en 50.000 pesos. En total, Cieza de León calculó que de las tumbas de Perú se sacaron más de un millón de pesos de oro. Todo esto dice mucho del ansia de riquezas de estos supuestos cruzados, reconvertidos en meros ladronzuelos de tumbas.

Y tan claro estaba este doble objetivo espiritual y material que tanto algunos cronistas -el padre José de Acosta, por ejemplo-, como algunos documentos –como el parecer de Yucay- sostienen que Dios colocó el metal precioso en América para así animar a los cristianos a conquistar el territorio, ampliando de esta forma la frontera cristiana. Nada tiene de particular que el padre Burgeard escribiera en el siglo XVI, con cierto tono irónico, el gran celo que mostraban los españoles en llevar la religión católica a donde hubiera minas de oro. Y es que donde no había metal precioso, ni mano de obra útil, la cosa era diferente; allí nadie quería ir a servir a Dios, ni a Su Majestad. Precisamente, por carecer de ambas cosas no se evangelizaron las selvas tropicales de la cuenca amazónica. Por ese mismo motivo cayó Vilcabamba en el tercer tercio del siglo XVI, cuando se supo de la existencia de minas de oro y plata. Y por idéntico motivo permaneció al margen de la conquista el área dominada por los peligrosos caribes. No en vano, en la tardía fecha de 1580 la Corona remitió a los oidores de Quito una orden para que apremiasen a los vecinos a que fuesen contra los caribes, dadas las continuas incursiones que perpetraban sobre la gobernación de Popayán. Al parecer, ningún vecino quería correr el riesgo de luchar contra estos belicosos amerindios a cambio de nada. Y es que los caribes, además de buenos guerreros, eran indómitos y no servían como mano de obra esclava. ¿En esas condiciones, a quién le importaba la salvación de sus almas? Francamente, a nadie.

 

PARA SABER MÁS

 

GUTIÉRREZ, Gustavo: “Dios o el oro de las Indias”. Lima, Instituto Bartolomé de Las Casas, 1990.

 

LIVI-BACCI, Massimo: “El Dorado en el Pantano. Oro, esclavos y almas entre los Andes y la Amazonía”. Madrid, Marcial Pons, 2012

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS: MITOS Y LEYENDAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

HERNÁN CORTÉS: MITOS Y LEYENDAS  DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

Buenas tardes: es un placer estar de nuevo aquí en Trujillo, cuna de grandes guerreros y conquistadores, para hablar de uno de ellos, concretamente de Hernán Cortés.

Nuevamente me veo en la tesitura de desmontar viejos mitos y de narrar la crudeza de lo ocurrido. No podemos olvidar que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, todas las reacciones de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos verlas como legítimas.

        Dicho esto, antes de comenzar a contar horrores, quisiera señalar tres aspectos:

 

        Primero, por supuesto que los conquistadores eran personas de su tiempo y actuaban de la forma que todos esperaban que actuasen, pero eso no los puede eximir del juicio de la historia.

        Segundo, lo mismo Hernán Cortés que Francisco Pizarro, Hernando de Soto o Francisco de Orellana, fueron personajes singulares que cambiaron el curso de los acontecimientos. Por eso han atraído la atención de miles de personas a lo largo de cinco siglos, entre ellos el que les habla.

        Y tercero, al primero que le duele analizar algunas de las atrocidades que cometieron es a mí, pero la conquista fue lo que fue, un campo de batalla en donde no había sitio para la bondad. El ser humano puede dar lo mejor o lo peor de sí mismo dependiendo de las circunstancias y las que vivieron los conquistadores fueron las que fueron y no pasa nada.

Lo de la conquista entendida como una gesta de guerreros, héroes y santos que ensancharon los dominios de la civilización y de la cristiandad es algo que hay que desterrar por dos motivos: uno, porque es inasumible para millones de Hispanoamericanos, y otro, porque no se lo cree nadie ya.

En particular en lo referente a Hernán Cortés, trataré en esta ponencia de desmontar algunos de los mitos que han rodeado su vida y sus hechos.

 

1.-LA BATALLA DE LA PROPAGANDA

Cuando se aborda la conquista es inevitable la comparación entre Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Ambos se desenvolvieron en un contexto muy similar, pero tuvieron personalidades muy diferentes. Así, mientras el metellinense fue ante todo un político y un diplomático, el trujillano fue un militar, con todas sus consecuencias.

Ahora bien, el de Medellín se preocupó por crear toda una literatura en torno a su persona, utilizando su oratoria, sus dotes de escritor y rodeándose de biógrafos oficiales de la talla de Francisco López de Gómara o de Francisco Cervantes de Salazar. Se encargó de crear su propia leyenda y, como buen político, tuvo una capacidad excepcional para tergiversar los hechos a su antojo, para presentar como éxitos sus propios fracasos, y para culpar a otros de sus males. Hay que recordar que su gran instrumento de propaganda fueron sus propias Cartas de Relación, el primer gran best seller de la historia, pues sus ejemplares se vendieron por miles y en pocos años se tradujeron a varios idiomas. Justo en ese momento comenzó a forjarse la leyenda de Cortés. Incluso en el siglo pasado hubo grandes defensores de la gesta cortesiana, como Carlos Pereyra, para quien Cortés encarnaba todas las virtudes y Pizarro todos los vicios.

Esta leyenda destacaba las virtudes de Hernán Cortés, convirtiendo a su máximo rival Francisco Pizarro en un mero imitador. Desde el mismo siglo XVI se generalizó la idea de que el trujillano lo tuvo presente en todo momento, entre otras cosas por la mayor antigüedad de la obra cortesiana que, desde mediados de los años veinte del siglo XVI, todo el mundo conocía. Es cierto que en el proceso de conquista se observan paralelismos que han llevado a pensar a la historiografía que el trujillano se inspiró continuamente en las estrategias de su sobrino. Sin embargo, como ha recordado Matthew Restall, existía una forma de hacer la guerra indiana que comenzó en La Española en 1493 y que se basaba en tres premisas: primero, en el uso de la caballería, arma contra la que sus oponentes tenían pocos recursos defensivos. Segundo, la guerra psicológica, impresionando a las tropas indígenas con prácticas aterrorizantes. Y tercero, la captura del jefe local para conseguir el sometimiento del resto de la población. Estas estrategias se usaron ya en 1493 con la captura de Caonabo que fue apresado, torturado y ejecutado para someter a su cacicazgo. Esta misma estrategia fue usada por los españoles de forma reiterada hasta el final de la conquista.

Y es que el trujillano jamás se preocupó por forjar su leyenda. Contó con algunos cronistas, como Francisco de Jerez o Sancho de la Hoz, que hicieron las veces de pajes o secretarios y que fueron algunos de los encargados de redactar los sucesos protagonizados por él. Pero las dotes literarias de estos no son comparables con las del sabio y erudito Francisco López de Gómara o con la pluma directa y siempre aguda del propio metellinense.

Podemos decir que el metellinense ganó la batalla de la propaganda, creando el mismo la ficción de ser el arquetipo de conquistador, una idea que, como ha escrito Matthew Restall, no es exactamente cierta y perdura hasta nuestros días.

 

2.-RECTIFICACIONES SOBRE SU BIOGRAFÍA

 

a.-Sus orígenes familiares

Dalmiro de la Válgoma y siguiéndole a él la mayoría de la historiografía, ensalzaron y fabularon los orígenes nobiliarios de la familia Cortés. Se hacía descender a Martín Cortés directamente de don Fernando de Monroy y María Cortés. De este linajudo matrimonio nacieron dos vástagos, Rodrigo de Monroy y Martín Cortés de Monroy, padre del conquistador. Sin embargo, en los últimos tiempos algunos estudios genealógicos se han encargado de desmentir esta versión, pues, ni Fernando de Monroy estuvo casado con María Cortés, ni tuvo más hijo que Rodrigo de Monroy. En realidad, como demostré en el libro que sobre el conquistador publiqué en el año 2010, éste tenía orígenes nobiliarios pero mucho más modestos de lo que se le atribuía.

Su familia paterna procedía de tierras del antiguo reino de León, seguramente de Salamanca. Su bisabuelo, el hidalgo Nuño Cortés, fue el último que permaneció en tierras castellanas, siendo su hijo Martín Cortés el Viejo, el primero en establecerse en el condado de Medellín. Arraigaron en la tierra, llegaron a ser una familia extensísima, con bienes raíces hasta la Edad Contemporánea. Su abuelo, Martín Cortés el Viejo, sirvió con su caballo en la vega de Granada, a las órdenes de los casi legendarios Álvaro de Luna y Pedro Niño. En recompensa por sus servicios, el rey Juan II de Castilla, el tres de julio de 1431, lo armó solemnemente caballero de Espuela Dorada. Tras finalizar su etapa como militar, se asentó definitivamente en tierras de Medellín. Una decisión que no tenía nada de particular, pues Extremadura se repobló básicamente con castellano-leoneses.

Como otros caballeros, la familia Cortés tenía su casa solariega en la villa matriz, pero pasaban la mayor parte del tiempo en una aldea del entorno, concretamente en Don Benito, donde tenían sus fincas rústicas. Las tierras las adquirió seguramente en compensación por sus servicios de guerra, siendo normal que los caballeros recibiesen entre cuatro y doce yugadas. Tuvo al menos seis hijo legítimos –cuatro varones y dos mujeres-, además de una hija ilegítima. El padre del conquistador, era el más pequeño de los hijos varones de Martín Cortés El Viejo, nacido en torno a 1449, probablemente en la casa solariega que la familia poseía en el centro de la villa de Medellín, en la calle Feria, y donde pasaban una parte del año. En el concejo de esta villa desempeñó distintos cargos, como regidor y procurador general. Se desposó con Catalina Pizarro Altamirano, una mujer de ascendencia hidalga, cuya familia procedía de Trujillo a donde había llegado en el siglo XIII, procedente de Ávila. El matrimonio tuvo un solo hijo varón, el futuro conquistador de México.

La situación económica era modesta, pues aunque Martín Cortés El Viejo, abuelo del conquistador, tuvo una considerable fortuna, debió repartirla entre su extensa prole. Las rentas familiares apenas superaban los 30.000 maravedís anuales, incluyendo varios réditos de vacas de hierba, un viñedo, algunas fanegas de trigo y un molino de trigo en el río Ortigas, conocido como de Matarratas. Las rentas eran suficientes, pero en años de malas cosechas, la escasez y las estrecheces debían hacerse patentes en el hogar familiar.

 

b. Su parentesco con Francisco Pizarro

Otras de las cuestiones peliagudas sobre la que queremos arrojar luz es sobre su parentesco con Francisco Pizarro. Efectivamente estaban emparentados lejanamente por vía materna, aunque compartían unos rebisabuelos, Hernando Alonso de Hinojosa y Teresa Martínez Pizarro. Es bien sabido que fue esta última la que antepuso a sus hijos el apellido de los Pizarro al de los Hinojosa. Al parecer, hubo un enfrentamiento con otro linaje en el que resultó muerto el bisabuelo de Francisco Pizarro, Hernando Alonso de Hinojosa, y dado que la familia no vengó su muerte, su esposa decidió que sus hijos, Martín, Gracia y Hernando Alonso –abuelo de los conquistadores del Perú- antepusieran el apellido Pizarro. Por tanto, queda claro que el abuelo del conquistador fue el primer por línea de varonía en apellidarse Pizarro. Bien es cierto que los Hinojosa también constituían una familia linajuda, cuyos descendientes decían descender nada menos que de un primo del Cid Campeador, llamado Nuño Sancho.

Ahora bien, la mayor parte de la historiografía ha dicho que ambos conquistadores eran primos segundos. Así se recoge en las principales biografías tanto de Francisco Pizarro como de Hernán Cortés, así como en infinidad de páginas Web. Sin embargo, nadie se ha percatado de que la línea de Hernán Cortés había corrido una generación más que la de Francisco Pizarro. Y ello por un motivo muy simple: el abuelo de Francisco Pizarro, Hernando Alonso Pizarro, había sido el hijo menor y hasta póstumo de Hernando Alonso de Hinojosa, y se llevaba casi veinte años de diferencia con su hermano mayor Martín Pizarro de Hinojosa, bisabuelo materno de Hernán Cortés.

 

c.-El mito de sus estudios universitarios

La historiografía ha sido tajante en ese sentido, llegó a Salamanca en 1499 con 14 años y regresó a Medellín en 1501 con 16, pasando dos años por las aulas de la Universidad de de Salamanca. Como el lector puede imaginar, los datos no cuadran, primero porque era demasiado joven para cursar estudios universitarios. Obviamente, dada la corta edad que tenía a su llegada, el bagaje educativo que podía traer de su localidad natal eran unas enseñanzas de primeras letras. Pero si prolongamos su estancia en Salamanca durante tres o cuatro años sí que resulta factible que pudiese aprender, como lo hizo, leyes, latín y gramática.

        Ya estamos en condiciones de abordar otra de las grandes interrogantes: ¿pasó realmente por las aulas de la Universidad? La respuesta no admite duda alguna y es así de rotunda: ¡no! Su paso por las aulas de la señera institución no fue más que otro de los grandes mitos que han rodeado la vida del extremeño. Y no se trata sólo de una opinión propia; ya en el siglo XIX Lucas Alamán dudaba de sus estudios universitarios, e incluso, de que se hubiese graduado como bachiller. Una idea que retomó Demetrio Ramos en un excelente trabajo publicado hace tres lustros en el que desmontó definitivamente el mito de sus estudios universitarios. Realmente, ni tenía la edad adecuada para cursar estudios universitarios, ni estudios previos. Como ya hemos dicho, cuando se presentó en Salamanca poseía solo una formación elemental, entre otras cosas porque en su Medellín natal solo existía una infraestructura educativa básica.

Sin embargo, pese al mito de la Universidad, el extremeño aprovechó bien su estancia de tres o cuatro años en la ciudad de sus antepasados paternos. De hecho, aunque nunca obtuvo ningún título universitario, su formación era similar a la de un bachiller en leyes. Simplemente, tenía dos o tres años de estudios, lo que en aquella época significaba tener bastantes más conocimientos que la mayoría.

 

d.- Su llegada a América

        El período comprendido entre su salida de Salamanca en 1501 y su embarque para La Española en 1504 es probablemente el más desconocido de toda su biografía. Apenas disponemos de dos o tres datos sueltos proporcionados por las crónicas que, a veces, incluso, se contradicen entre sí. La historiografía sostiene que pensó primero en ir a Italia a enrolarse en las tropas del ya afamado Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Varios cronistas de la época, como Cervantes de Salazar, lo ubicaron en Valencia, ciudad desde la que pretendía embarcarse hacia Nápoles, cambiando de opinión a última hora. Siguiendo los pasos de otros metellinenses, marchó a Sevilla con la idea de enrolarse en la flota del nuevo gobernador de las Indias frey Nicolás de Ovando. Es posible que el viaje de regreso lo hiciera a través de Granada, pues, por algunas alusiones suyas sabemos que conocía personalmente la ciudad y muy especialmente sus hilaturas de seda. La armada del nuevo gobernador se aprestó a lo largo de 1501 y en las primeras semanas de 1502, zarpando de Sanlúcar de Barrameda en febrero de este último año. Fue la más grande enviada hasta entonces al Nuevo Mundo, pues estuvo formada por una treintena de buques y unos 1.200 pasajeros, además de la tripulación, instrumental, animales, material litúrgico, etcétera. Pero, ¿por qué no se embarcó finalmente? Se trata de otra incógnita no resuelta de su biografía. Los cronistas de la época aluden a dos argumentos más o menos compatibles: el primero, un lío de faldas en las semanas previas a su embarque y otra que resultó afectado por unas fiebres cuartanas, una variedad de malaria, que le obligó a regresar a la casa paterna para recuperarse.

Una vez recuperado de su larga enfermedad, a finales de 1502 o en 1503 volvió a salir de su villa natal, esta vez con destino a Valladolid, para ponerse de nuevo bajo el tutelaje de su apreciado tío Francisco Núñez. Éste se había mudado a Valladolid con su familia al ser designado relator del Consejo de Castilla. Con su tío pudo completar su formación humanística y jurídica, llegando a dominar el latín y a conocer los corpus jurídicos tradicionales, especialmente las Siete Partidas. Al parecer, su formación teórica se completó con un trabajo al lado de un escribano.

Afirma el cronista y sobrino político del conquistador, Juan Suárez de Peralta, que de Valladolid volvió directamente a Sevilla donde trabajó junto a un escribano, lo cual le permitió subsistir durante meses en la puerta y puerto de las Indias. En 1504 se embarcó rumbo a la Española en la nao de Alonso Quintero pero, por motivos que desconocemos, regresó a la Península a finales de ese mismo año, para reembarcarse dos años después: En el Archivo Histórico Provincial de Sevilla se conserva la carta de pago del conquistador por su pasaje en la nao San Juan Bautista. Le pagó a Luis Fernández de Alfaro, maestre de la nao San Juan Bautista 11 pesos de oro.

En diciembre de 1506 estaba de nuevo en la isla, una fecha muy tardía que explica su escasa promoción social. Vivió -o malvivió- como asistente de la notaría de Azua, cuya titularidad la ostentaba Diego Velázquez. El salario debió ser tan escaso como la limitada actividad legal, completando sus ingresos con una pequeña encomienda en el Dayguao, concedida por el gobernador frey Nicolás de Ovando. No consiguió fortuna, pero obtuvo algo no menos valioso: una relación más o menos interesada con el influyente Diego Velázquez. En 1511 viajó a la vecina isla de Cuba como su secretario, adquiriendo en breve plazo un gran prestigio social y una buena posición económica. En esta isla caribeña sí que ostentó el mérito de ser uno de los primeros conquistadores y pobladores, siendo nombrado en 1512 escribano de la capital, Santiago de Baracoa. En los primeros años mantuvo unas magníficas relaciones con Diego Velázquez, gozando de su apoyo y protección. Disfrutó de un buen repartimiento de indios que usó lo mismo en la extracción de oro que en la cría de ganado. Todo ello le reportó una buena posición económica y un gran prestigio social que a la postre le sirvieron para consolidar su liderazgo. Entre 1514 y 1515 se desposó con una de las pocas españolas casaderas de la isla, Catalina Suárez Marcayda, fallecida siete u ocho años después en circunstancias muy extrañas como luego veremos.

 

 

3.-EL EPISODIO DE LOS BARCOS EN VERACRUZ

En cuanto a la quema de naves en Veracruz es una vieja idea sostenida durante siglos y que sorprendentemente que haya sobrevivido en algunos casos hasta el siglo XXI. Según Hugh Thomas, el error partió de Cervantes de Salazar que en un documento leyó quemando en vez de quebrando. El Marqués de Polavieja, ya en el siglo XX, continuó sosteniendo la tesis de la quema, aprovechando el dato para ensalzar su heroísmo, pues, según él, si otros capitanes actuaron así antes, nunca con un ejército tan pequeño. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques. Pero, sorprende que este falso mito se haya perpetuado porque ya algunas cronistas de la época y el mismísimo Cortés advirtieron que no las quemó sino que simplemente dio con los barcos al través.

El objetivo real no era tan heroico; más bien pretendía evitar que algunos aprovecharan la primera ocasión que se les presentase para retornar a Cuba e informar a Velázquez de la defección de su capitán. Pero, obviamente esta explicación no era políticamente correcta por lo que el mismo Cortés se encargó de difundir el falso motivo. De hecho, poco antes de proceder a su desguace conoció la conspiración encabezada por Diego Escudero, Juan Cermeño, el piloto Gonzalo de Umbría y otros fieles a Velázquez para hurtar uno de los bergantines y volver a Cuba. Descubierta la trama ahorcó a los dos primeros y cortó el pie al tercero. A continuación, procedió a su hundimiento para evitar más motines. Transcurría el mes de agosto de 1519. Antonio de Herrera, en el siglo XVI, sí que captó perfectamente el motivo real, al escribir que los echo al través por quitar la esperanza a los amigos de Velázquez de volverse a Cuba.

Por tanto, en la misma época de la Conquista tuvieron claro que no los quemaron sino que más bien, dado su lamentable estado, los encallaron para luego desguazarlos, utilizando la jarcia para los bergantines que después construyó para la toma de Tenochtitlán. De paso, se aseguró que se cortaba toda relación entre su expedición y Diego Velázquez. En definitiva, ni ardieron las naves ni se hizo valerosamente para cortar el retroceso. Pero, es más, aunque lo hubiese hecho así, tampoco habría constituido un hecho excepcional, como una parte de la historiografía ha dado a entender. Existen decenas de precedentes, algunos muy lejanos en el tiempo pero otros sorprendentemente cercanos. Sin ir más lejos, en 1508, al llegar la expedición de Diego de Nicuesa a Veragua, rompieron los navíos en la costa, para que los hombres no confiasen en la partida. Y siete años después, es decir en 1515, el tristemente recordado conquistador Gonzalo de Badajoz quemó sus naves en el puerto de Nombre de Dios precisamente con el mismo objetivo, es decir, para evitar que sus hombres huyeran.

 

4.-LA DERROTA DE LA CONFEDERACIÓN MEXICA

¿Quiénes eran estos mexicas o aztecas? formaban una confederación formada por Texcoco, Tlatelolco y Tenochtitlán una especie de imperio que tenía su propio emperador Moctezuma II y una gran capital: Tenochtitlán ¿Se parecían en algo a los indios tarascos, a los apaches, a los taínos o a los arahuacos? Pues francamente no, pues se trataba de una organización estatal que tenía su emperador, sus gobernantes, sus funcionarios, sus militares, etcétera.

Lo más difícil fue la conquista de la majestuosa ciudad de los lagos, cuya fundación se remontaba al año 1325. Según la mitología mexica, en la elección del sitio medió el dios de la guerra, Huitzilopochtli, quien les indicó que debían hacerlo en el lugar donde encontrasen a un águila sobre un nopal, devorando a una serpiente. El lugar indicado fue una zona lacustre, rodeada de volcanes y con algunos valles fértiles. Es difícil imaginar en la actualidad lo que debió ser el entorno de la capital, en medio de más de 2.000 Km2 de lagos, incluyendo el central, que era el Tezcoco, y varios menores. Había muchos peces, mientras que en las tierras de aluvión circundantes se practicaba una agricultura irrigada muy productiva que permitía los altos índices de población de la zona. Tenochtitlán llegó a tener en su período más álgido una población que debía rondar los 200.000 habitantes, siendo una de las ciudades más pobladas del planeta, comparable con Constantinopla o Nápoles. Es más, para alimentar a una población como esa se requerían al menos 4.000 cargadores diarios que la abasteciesen, lo que implicaba un trasiego constante de personas y amplísimo mercado. Fernández de Oviedo la describió como una ciudad palaciega, edificada en medio del lago, con casas principales, porque todos los vasallos de Moctezuma solían tener residencia en la capital, donde residían una parte del año. Era una urbe refinada, con baños públicos, con una treintena de palacios que albergaban finas cerámicas y elegantes enseres textiles. El palacio de Moctezuma, incluyendo sus jardines, ocupaba dos hectáreas y media, es decir, era más extenso que el alcázar de Sevilla. Los propios mexicas se sentían orgullosos de su capital así como de los grandes logros que habían conseguido, especialmente en las décadas inmediatamente anteriores de la llegada de los hispanos.

Obviamente, la empresa no se antojaba fácil porque por su ubicación en medio de una laguna, unida a tierra firme a través de calzadas y puentes, se prestaba bien a una defensa numantina. Parecía una ciudad inexpugnable, algo de lo que además se jactaban los propios mexicas. Cortés sabía que, antes de iniciar su asalto, debía someter a todos los pueblos aliados del entorno. Por ello, se encargo de provocar la defección de todos hacia Tenochtitlán, dejándola totalmente aislada. Logró sendas alianzas de los tlaxcaltecas con cempoaleses y cholutecas, pese a que eran viejos enemigos. Los mexicas fueron traicionados por todos, excepto por Tlatelolco, pues incluso Texcoco, la segunda ciudad más grande de Mesoamérica, se había adherido a los españoles a través de un resentido Ixtlelxochitl. En el fondo, muchos de los pueblos sometidos a los mexicas lo estaban bajo el yugo del temor y con un soterrado descontento que Cortés supo canalizar en su favor. Lo cierto es que, como declaró Pedro de Sepúlveda, tras ese tiempo, no quedó de guerra otra cosa sino la misma ciudad de México.

Para colmo, la viruela se cebó con los sitiados. Los mexicas ardían en calenturas y muchos cuerpos yacían por el suelo en Tenochtitlán, desde mucho antes de iniciarse el asedio. De hecho, el valiente y arrojado Cuitláhuac, sucesor de Moctezuma, pereció en dicha epidemia, quedando de nuevo descabezada la más alta jerarquía de mando. Entre los supervivientes cundió el desánimo, pues, otra vez interpretaron que se trataba de nuevas señales del más allá que vaticinan su final. Como sucesor de Cuitláhuac se nombró a Cuauhtémoc, un hombre de 25 años, señor de Tlatelolco, hijo de Ahuizotl, hermano y antecesor de Moctezuma. Éste, a diferencia de su tío, resultó ser otro valiente guerrero que se negó a entregar Tenochtitlán y que se conjuró con sus hombres para morir en su defensa.

Éste era un jovencísimo mexica, que se encargó de la defensa de la ciudad. Si Cortés pasa por ser un ardoroso guerrero con amplias dotes diplomáticas, no menos lo fue su contrincante. Cuauhtémoc, tenía el mismo espíritu de lucha y, al igual que aquél, lo sabía compaginar con una buena habilidad diplomática. El joven tlatoani tenía buenas dotes para la oratoria que utilizó en más de una ocasión para enfervorizar a sus hombres y convencerlos de la importancia de su sacrificio. No le faltaba tampoco una gran capacidad diplomática. Tenía claro que no se podía ganarla guerra sin conseguir alianzas. Por ello, se pasó gran parte de la guerra enviando emisarios para obtener alianzas con reyezuelos y caciques de las ciudades vecinas. No lo consiguió porque el predominio mexica se basaba en su antigua superioridad militar, inexistente ya en plena guerra con los extranjeros. Y eso él lo tenía muy claro; significaba el final de su mundo, era una cuestión de tiempo. Pese a ello, no decayó su ardor guerrero, defendiendo la plaza hasta el final.

No obstante, cometió un error táctico que precipitó su derrota: no acopió alimentos suficientes como para resistir un largo asedio, quizás porque nunca pensó que pudiera prolongarse tanto tiempo.

Al igual que Cortés, tan pronto era indulgente con los suyos como se veía en la obligación de tomar cruentas decisiones. Sus manos, como las de su contrincante, también estaban manchadas con la sangre de las muchas atrocidades que cometió. El de Medellín le envió en varias ocasiones embajadores para que rindiese la ciudad, casi siempre parientes suyos, y en las mismas ocasiones los ejecutó. Lo cierto es que todo resultó infructuoso porque Cortés ató todos los cabos detenidamente. Para empezar, justificó ante sus hombres y ante el mundo la legalidad de su conquista. Para ello, alegó el traspaso de soberanía de Moctezuma a Carlos V, cuyo representante en esos momentos era él. De esta forma, presentó ante sus hombres el asedio no como una conquista sino como una reconquista de lo que legítimamente pertenecía ya al Emperador.

Asimismo, organizó, aconsejado por Martín López, una pequeña flotilla de doce chalupas –él los llamaba bergantines-, labrados con la jarcia de los buques desguazados en Veracruz que contribuyeron decisivamente al bloqueo. Se ha discutido mucho si la victoria se debió más a los medios terrestres o a los navales, pero el planteamiento no deja de ser bizantino porque el éxito se debió precisamente al asedio simultáneo terrestre y naval. Por supuesto, lo primero que hicieron fue cortar el acueducto de Chapultepec, una importante decisión, pues, redujo la disponibilidad de agua potable de los sitiados. La idea no era novedosa, pues, desde la Antigüedad clásica se usó sistemáticamente en todos los cercos. La respuesta de los hombres de Cuauhtémoc fue innmediata: ordenó a sus hombres que acudieran con su flota de canoas para romper el bloqueo. No fue posible por dos motivos: primero, por su inexperiencia en batallas navales, pues las canoas sólo las utilizaban para el transporte. Y segundo, por la desigualdad ofensiva entre canoas y chalupas. Se libró una batalla naval verdaderamente asimétrica. Un solo bergantín podía destrozar en una acometida a más de una decena de canoas.

Cortés lo tenía todo controlado; la ciudad estaba totalmente aislada. Era absolutamente impensable que alguien pudiera acudir en su defensa. A los invasores les hubiese bastado con esperar a la rendición por hambre y por desesperación. Sin embargo, no querían treguas. Cortés se empeñó en tomar la ciudad al asalto, causando un enorme sufrimiento especialmente entre los defensores, y destruyendo la ciudad que tanto admiraba.

Acechado por los hispanos, a Cuauhtémoc se le ocurrió una brillante idea para salir victorioso. Decidió vestirse con un traje de plumas de su padre que representaba a un búho de Quetzal, que era mágico, pues, decían que con sólo verlo los enemigos huían despavoridos. Obviamente, el milagro no se obró y todos se desmoralizaron cuando vieron que no funcionaba.

        La resistencia de Tenochtitlán fue heroica, total, brillante y suicida. Heroica porque en inferioridad de condiciones y con la causa perdida decidieron presentar combate. Total, porque colaboraron en la defensa niños, mujeres y ancianos, es decir, todo el que tenía capacidad para coger una piedra o cavar un foso. Al principio, las mujeres, los ancianos y los niños fueron meros auxiliares, pero cuando fueron cayendo los hombres se incorporaron como los demás a la primera línea del combate. Brillante, porque los asediados desplegaron todo su ingenio bélico y diplomático. Sembraron las principales calzadas de piedras y obstáculos punzantes para dificultar la movilidad de la caballería. Mientras tanto, nunca cejaron en su intento de convencer a los tlaxcaltecas de que se pasasen de bando. Y suicida porque, traicionados por todos, incluidos sus tradicionales aliados, fueron conscientes al menos en la fase final de que, pese a la resistencia, el fin de su mundo se encontraba próximo.

        Al final, Cuauhtémoc, viendo que había llegado el final, sugirió a sus capitanes supervivientes alcanzar un honroso acuerdo de rendición. Pero estos se negaron; incluso, los sacerdotes le prometieron que, si persistía en la defensa, los dioses le darían la victoria. La guerra prosiguió mientras fue posible. Finalmente, viendo todo perdido decidió huir en canoa, junto a su familia y a otros capitanes. Sin embargo, fue rápidamente interceptado y detenido. El joven tlatoani volvió a cometer un error pueril. Prepararon medio centenar de piraguas, con sus capitanes y sus familias, embarcándose él y otros nobles en la más lujosa. De esta forma, los españoles no tuvieron ningún problema en identificarla y detenerlo, sin darle opción alguna a escapar. Viéndose descubierto, decidió identificarse, suplicando que dejasen en libertad a sus mujeres y a sus hijos. Obviamente, no fue escuchado. Era el martes 13 de agosto de 1521, festividad cristiana de San Hipólito. La toma de Tenochtitlán había concluido. Con ella caía finalmente el quinto sol mexica, y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría.

Los cabecillas fueron apresados, pero al resto de la población se le permitió abandonar libremente la ciudad. Ello sorprendió a los propios vencidos. Mientras salían del recinto, las mujeres más guapas se ensuciaron la cara con barro para evitar que los españoles se fijaran en ellas y las retuvieran. Querían permanecer con sus hombres en la victoria y en la derrota, en los momentos más álgidos y también en la zozobra más absoluta. Una fidelidad que les honra.

 

5.-EL ASESINATO DE SU PRIMERA ESPOSA

Por si tuviera pocos reproches su actuación en la conquista se le reprocha nada más y nada menos que el asesinato de su propia esposa. Obviamente, el asunto ha sido silenciado o negado por una parte de la historiografía, sobre todo la hispanista.

Lo cierto es que Catalina murió en octubre de 1522, en condiciones extrañas, pocos minutos después de haber mantenido una fuerte discusión con su marido. Al parecer, la finada estuvo en una fiesta con Hernán Cortés hasta más allá de las diez de la noche. En ese momento, según numerosos testigos, los esposos tuvieron una pequeña disputa, ella se sintió ridiculizada en público y se marchó llorando a sus aposentos. Según su camarera personal, la cosa no fue a mayores, pues, verificó que la ayudo a cambiarse y la dejó acostada aparentemente sana y tranquila. Poco más de una hora después, antes de mediar la media noche, estaba muerta. En ese momento, Hernán Cortés avisó a cinco mujeres para que la amortajaran. Se trataba de la camarera personal de Catalina, Antonia Hernández, las tres doncellas de la casa, Juana López, esposa de de Alonso Dávila, Ana Rodríguez, esposa de Juan Rodríguez, Violante Rodríguez, mujer de Diego de Soria, y al ama de llaves de Juan de Burgos, María de Vera. La más afectada fue sin duda su camarera personal, Antonia Hernández, que había vivido con Catalina desde 1514 y que quedó verdaderamente desolada. En cambio, Cortés se mostró extremadamente nervioso, dando puñetazos en las paredes, por lo que debieron llamar a fray Bartolomé de Olmedo para que lo calmara. Esos son a groso modo los hechos ocurridos.

Históricamente ha habido un ardoroso debate entre los que pensaban que la muerte fue natural y los que sostenían la tesis del asesinato. Yo debo reconocer que durante mucho tiempo pensé y hasta publiqué que la acusación debía ser una difamación más de los muchos enemigos del medellinense. Sin embargo, después de leer y releer los testimonios de los testigos presenciales, fundamentalmente de la camarera personal y de las otras mujeres que la amortajaron, debo reconocer que albergo bastantes dudas, por las circunstancias cuanto menos extrañas en las que perdió la vida.

Ahora bien, pese a los argumentos de los detractores de la tesis del homicidio, lo cierto es que la noche en que ocurrieron los hechos, Hernán Cortés mostró algunos comportamientos muy sospechosos, a saber:

Primero, la finada durante la fiesta no mostró el más mínimo síntoma de estar enferma. Más bien, al contrario, se mostró muy alegre y tranquila hasta la disputa con su marido.

Segundo, cuando Hernán Cortés dio la voz de alarma, ya estaba muerta su esposa. No dio ninguna señal de alerta durante el trance. Simplemente envió a su camarero Alonso de Villanueva para que buscase a las mujeres para que preparasen el cadáver.

Tercero, de las declaraciones de estos testigos presenciales se desprende que observaron en el cadáver algunas cosas que les parecieron raras y que levantaron sus sospechas, a saber: una, que tenía moratones en el cuello. Dos, que estaba toda descabellada como si hubiese opuesto resistencia a alguien. Tres, que se había orinado encima. Y cuatro, que había desparramadas en el suelo cuentas rotas de una gargantilla de color azabache. Por ello, en ese momento murmuraron entre ellas que la había matado Cortés, pero no se atrevieron a decir nada por miedo a sus represalias. Sólo una de ellas, la más atrevida, María de Vera, le preguntó por los cardenales del cuello, a lo que Cortés respondió que se los produjo él al tirarle del collar cuando la vio amortecida. Luego comentó a sus compañeras que Cortés la había ahogado igual que el Conde Alarcos hizo con su mujer.

Y cuarto, el de Medellín ordenó taparle bien el cuello, meterla en un ataúd y clavar la tapa. Cuando Bartolomé de Olmedo le pidió que mostrara el cuerpo al pueblo para contrarrestar las sospechas que había de asesinato él se negó rotundamente. Tan sólo vieron sus restos mortales, además de Cortés, algunos de sus hombres de confianza y un grupo de mujeres que estuvieron en el entorno de la finada. Y por último, cuesta creer que una madre, emprendiera todas estas acciones legales sólo por capricho o por dinero.

 

6.-VALORACIÓN DE SU FIGURA

La conquista de América se inserta dentro de un proceso expansivo de Occidente iniciado en la antigüedad, con el mundo grecolatino, y culminado con el imperialismo contemporáneo. En realidad, todo ser vivo, y en particular el humano, tiende a expandirse y a colonizar nuevos espacios donde expandir su especie o su genética. De hecho, en las propias capitulaciones, la toma de posesión de los territorios, el repartimiento de tierras y solares, tan usuales en la conquista, fueron prácticas muy similares a las usadas por Roma en su proceso de expansión por el Mediterráneo, mil quinientos años antes.

Todavía en pleno siglo XXI su figura sigue despertando pasiones encontradas. Pero lo cierto es que ni fue un caballero andante ni un santo sino ni más ni menos que un conquistador. Una persona con las mismas virtudes y defectos que la mayor parte de las personas de su época. Un conquistador con suerte, pero a fin de cuentas un conquistador, con sus éxitos y sus fracasos. Un hombre que sabía reír y también llorar. Contaba Herrera que, tras conocer la magnitud del desastre de la Noche Triste, no pudo contener las lágrimas. Fue compasivo o cruel, dependiendo de las circunstancias.

Fue también sumamente implacable con los paganos que no querían aceptar las aguas del bautismo. Es bien sabido que, cuando entró en Culiacán, derribó el templo y, porque un indio principal no quiso ayudar en ello, lo mandó ahorcar y lo ahorcó con los diablos a cuestas. También infringió durísimos escarmientos a los indios rebeldes. Por ejemplo, en 1523 los nativos de Pánuco acometieron a los hombres de Francisco de Garay, matado a varias decenas de ellos. Hernán Cortés mandó a su capitán Gonzalo de Sandoval para que castigase sin cuartel a los responsables. Mató a cientos de ellos, despedazándolos después de tal forma que los demás indios ya no se atrevían ni a levantar un dedo contra su poder. A veces también sabía actuar con dureza con sus propios hombres si lo creía oportuno. En una ocasión el metellinense vio como uno de sus soldados, robaba dos gallinas a un indio y lo quiso ahorcar, impidiéndoselo Pedro de Alvarado que cortó a tiempo la soga del infortunado.

Pero, para una adecuada valoración de su figura es importante no extraerlo de su contexto histórico. Estaba inmerso en ese cristianismo intransigente que desde finales de la baja Edad Media había llevado al exilio a todas aquellas personas que no profesaban la religión cristiana. Por otro lado, se trataba de una sociedad intolerante que justificaba y legitimaba el uso de la fuerza para conseguir sus objetivos o imponer sus ideales. Es obvio que la tolerancia o la razón son conceptos anacrónicos en aquella época, caracterizada justo por lo contrario por la intolerancia, la intransigencia y la sinrazón. También formaba parte de una civilización occidental etnocéntrica que se consideraba mejor y, por tanto, con el derecho a ocupar y a civilizar a los pueblos inferiores. ¿Se le puede censurar por ello? Evidentemente no; no se le puede criminalizar por pensar y actuar de una forma que estaba generalizada en la España de su tiempo. Pertenecía a su época y, obviamente, actuó de acuerdo a los principios intransigentes imperantes en su época y de la forma que la sociedad de su tiempo le exigía.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(*)Ponencia, sin notas ni ilustraciones, leída en la conferencia inaugural de los XLIV Coloquios Históricos de Extremadura, el 21 de septiembre de 2015. El texto íntegro, con notas a pie de página, apéndices e ilustraciones se publicará el año próximo en http://www.chdetrujillo.com