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Historia de España

UN RANKING DE LAS VILLAS Y CIUDADES QUE PAGABAN ALCABALAS EN LA ESPAÑA DE FINALES DEL SIGLO XVI

UN RANKING DE LAS VILLAS Y CIUDADES QUE PAGABAN  ALCABALAS EN LA ESPAÑA DE FINALES DEL SIGLO XVI

        El listado que ofrecemos a continuación lo he elaborado a partir de un manuscrito localizado en la Biblioteca Nacional de España -Mans/ 10.023, fols. 191-199-. Hemos ordenado las localidades según la cuantía de mayor a menor. No se trata más que de una curiosidad que tiene la utilidad de ofrecer de forma sintética el listado completo de la contribución de la alcabala en España. Evidentemente, el que una ciudad pagase más que otra, indica que había más actividad económica. Fue redactado presumiblemente en la última década del siglo XVI. Y digo presumiblemente porque no está fechado pero hay determinados indicios que me permiten colegir que es de finales del quinientos.

        Las alcabalas eran el impuesto más importante de Castilla pues recaía sobre el comercio de mercancías, bienes muebles e inmuebles y dinero, con un porcentaje sobre el valor de las cosas enajenadas. Era una regalía regia aunque un gran número de señores terminaron cobrándolos en su señorío, unas veces por privilegio real y otros por simple y llana usurpación. Desde 1536 se generalizó su encabezamiento, al igual que las tercias, cerrándose un importe con una persona que luego se encargaba de cobrarlas. Existía un Cuaderno de alcabalas, donde quedaban perfectamente reguladas las normas de la cobranza y las normas jurídicas por las que se resolverían los posibles conflictos entre los asentistas y la hacienda.

        El valor de las alcabalas se aproximaba a los 1.500 millones de maravedís, cifra casi cinco veces superior, a la que se estipuló en el encabezamiento general de 1537, y que se cifró, incluyendo las tercias, en poco más de 310 millones de maravedís. Curiosamente, las cuatro ciudades que más alcabalas pagaban y, por tanto con mayor actividad comercial, eran por este orden: Sevilla, Toledo, Córdoba y Granada. Curiosamente, eran las mismas y en ese mismo orden que aparecían en un documento de principios de 1540, analizado por Ramón Carande. Por tanto parece claro que las cuatro primeras ciudades se mantuvieron en ese orden durante toda la centuria. Madrid aparece en el puesto 12 con una aportación a la alcabala casi ocho veces inferior a la ciudad de Sevilla.

 

Cuadro I

 Las alcabalas de Castilla a finales del siglo XVI1.

 

 

Ciudad/Villa/lugar/ provincia/merindad

Cuantía

(en maravedís.)

1

Ciudad de Sevilla y su tierra

182.387.000

2

Ciudad de Toledo

74.000.000

3

Córdoba y su partido

48.995.000

4

Ciudad de Granada

42.909.000

5

Montes de Oca

34.000.000

6

Provincia del marquesado de Villena

31.517.000

7

Ciudad de Medina del Campo

31.375.000

8

Lugares del priorato de la Orden de San Juan

29.053.000

9

Hierbas del maestrazgo de Alcántara

27.481.000

10

Ciudad de Cuenca

24.655.000

11

Salamanca y su jurisdicción

24.300.000

12

Villa de Madrid y su partido

23.645.000

13

Villa de Ocaña

23.310.000

14

Sedas de Granada

22.000.000

15

Merindad de Burgos

21.648.000

16

Ciudad de Mérida

21.234.000

17

Jerez de la Frontera

21.150.000

18

Renta de Servando

19.503.000

19

Ciudad de Ávila

19.365.000

20

Ciudad de Plasencia

18.475.000

21

Ciudad de Santiago y su obispado

18.258.000

22

Villas de Uceda, Talamanca y Torrelaguna

18.250.000

23

Ciudad de Huete

17.916.000

24

Ciudad de Baeza

17.617.000

25

Término de los lugares de Córdoba

17.602.000

26

Ciudad de Burgos

17.329.000

27

Ciudad de Palencia y Campos

16.980.000

28

Ciudad de Málaga

16.269.000

29

Villa de Yepes y Brihuega

16.250.000

30

Ciudad de Alcaraz

15.984.000

31

Ciudad de Murcia

15.827.000

32

Ciudad de Jaén

15.726.000

33

Ciudad de Écija y sus arrabales

15.500.000

34

Ciudad de Zamora

15.225.000

35

Lugares del arcedianato de Talavera

14.326.000

36

Ciudad Rodrigo

14.318.000

37

Rentas e hierbas de Calatrava

14.000.000

38

Ciudad de Segovia

12.480.000

39

Ciudad de Trujillo

12.225.000

40

Ciudad de Oviedo y Principado de Asturias

12.034.000

41

Ponferrada

11.975.000

42

Ciudad de Guadalajara

11.960.000

43

Villa de Segura de la Sierra

11.903.000

44

Ciudad de Úbeda

11.680.000

45

Villa de Martos

11.436.000

46

Ciudad de Toro

11.121.000

47

Ciudad de Baza y su partido

10.626.000

48

Barrios de Salas en Asturias

10.331.000

49

Ciudad de Soria

10.282.000

50

Ciudad de Badajoz

9.472.000

51

Villa de Carmona

9.450.000

52

Villa de Alcántara

9.403.000

53

Villa de Villanueva de los Infantes

8.664.000

54

Merindad de Castrogeriz

8.485.000

55

Ciudad de Cádiz

8.442.000

56

Villa de Cáceres

7.850.000

57

Partido de Villanueva de la Serena

7.570.000

58

Ciudad de Jerez de Badajoz .-hoy de los Caballeros-

7.100.000

59

Villa de Almagro

7.057.000

60

Adelantamiento de Cazorla

6.885.000

61

Villa de Fuente del Maestre

6.763.000

62

Ciudad de Orense

6.505.000

63

Ciudad de Guadix

6.395.000

64

Ciudad de León

6.350.000

65

Villa de Molina

5.729.000

66

Ciudad de Tuy

5.728.000

67

Ciudad de Ronda

5.335.000

68

Villa de Arévalo

5.310.000

69

Ciudad de Lorca

5.000.000

70

Carrión de los Condes

4.948.000

71

Isla de Canaria

4.850.000

72

Ciudad de Andújar

4.800.000

73

Merindad de Muñón

4.612.000

74

Santo Domingo de la Calzada

4.612.000

75

Ciudad Real

4.154.000

76

Ciudad de Osma

4.000.000

77

Provincia de la Rioja

3.753.000

78

Ciudad de Sigüenza

3.662.000

79

Ciudad de Loja y Alhama

3.650.000

80

Las villas de la costa

3.616.000

81

Merindad del Ebro

3.558.000

82

Villa de Sepúlveda

3.554.000

83

Ciudad de Vélez Málaga

3.519.000

84

Villa de Aranda de Duero

3.350.000

85

Villa de Guadalcanal

3.305.000

86

Villa de Llerena

3.125.000

87

Ciudad de Almería

3.080.000

88

Almadrabas de Cádiz

3.035.000

89

Isla de Tenerife

3.000.000

90

Merindad de Carrión de los Condes

2.948.000

91

Provincia de Logroño

2.746.000

92

Villa de Almuñécar, Motril y Salobreña

2.643.000

93

Villa de Tordesillas

2.600.000

94

Villa de Villarejo de Fuentes

2.517.000

95

Ciudad de Astorga

2.450.000

96

Isla de Palma

2.400.000

97

Valle de Grajera

2.335.000

98

Villa de Illescas y su partido

2.292.000

99

Merindad de Monzón

2.276.000

100

Villa de Olmedo

2.159.000

101

Villa de Sahagún

2.120.000

102

Villa de Agreda

2.032.000

103

Ciudad de Cartagena

2.000.000

104

Rentas del señorío de Sevilla

2.000.000

105

Merindad de Cerato

1.965.000

106

Ciudad de Lugo

1.731.000

107

Merindad de Campo

1.730.000

108

Merindad de Villadiego

1.548.000

109

Villa de Roa

1.515.000

110

Villaquesada

1.515.000

111

Ciudad de Gibraltar

1.500.000

112

Condado de Santiesteban

1.340.000

113

Villas del condado de Puñonrostro

1.260.000

114

Villa de Almonacid y provincia de Zurita

1.188.000

115

Provincia de Guipúzcoa

1.181.000

116

Villa de Saldaña

1.013.000

117

Las Herrerías de Castilla la Vieja

942.000

118

Villa de ¿Torquelimos?

827.000

119

Abadías de León y Astorga

797.000

120

Villa de Madrigal

682.000

121

Villa de Lora y Setefilla

680.000

122

Lugar de Pedro Alva de Vega

658.000

123

Villas de Teba y Ardales

581.000

124

Villa de Yanguas y su tierra

541.000

125

Valle de Miranda

537.000

126

Villa de Belmonte (tercias)

476.000

127

Partido de Trigueros

417.000

128

Ciudad de Purchena

415.000

129

Villa de Nava y Siete Iglesias

333.000

130

Ciudad de Vitoria

269.000

131

Valle de Barcial de la Loma

250.000

132

Villas de Palma e Huelves

235.000

133

Valle de Mena

225.000

134

Merindad de Pernía

178.000

135

Villa de ¿Piez y el Pozo?

160.000

136

Galapagar (tercias)

160.000

137

Villa de Gumiel de Campos

154.000

138

Villas de Cubas y Griñón

117.000

139

Villa de Ureña

61.000

140

Villa de Olmillo

47.000

 

TOTAL

1.480.876.000

 

1 Fuente: Biblioteca Nacional, Mans/ 10.023, fols. 191-199. Hemos ordenado las localidades según la cuantía de mayor a menor. Las cifras están expresadas en maravedís.

 ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

PERVIVENCIA E INTEGRACIÓN DE LOS MORISCOS DE HORNACHOS

PERVIVENCIA E INTEGRACIÓN DE LOS MORISCOS DE HORNACHOS

        Buenas tardes, es un honor para mí estar hoy aquí en esta bonita villa de Hornachos para hablar de sus moriscos. Mi más sincero agradecimiento a vuestro alcalde, don Francisco Buenavista por la invitación y a todos los asistentes. Dado que están previstas tres conferencias de una hora cada una intentaré ser lo más ameno posible.

Para no dilatarme más, entraré en materia. Los musulmanes poblaron la villa, y permanecieron todos en ella tras su reconquista en el año 1234 por tropas santiaguistas de Pedro González Mengo. Durante el siglo XVI, Hornachos fue una villa casi exclusivamente morisca, exceptuando un pequeño núcleo de cristianos viejos en torno a comendador santiaguista. Fue un siglo próspero. Se estima que su población en 1580 era de 4.800 habitantes y sus tierras se valoraban en 122.300 ducados. Fue el fatídico decreto de expulsión de 1609 y la salida de dos terceras partes de su población la que la condenó a una hibernación que duró varios siglos.

Pero vayamos por partes.

 

¿QUIÉNES ERAN LOS MORISCOS?

       Los moriscos eran aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la presencia de estos recalcitrantes sino la existencia de una minoría cristiana intransigente. La misma que se encargó de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Y eso no solo ocurría en Hornachos; en un reciente estudio sobre los moriscos de Magacela, sus autores afirman que su convivencia con los cristianos viejos fue pacífica, aunque eso no les libró de la expulsión. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas.

 

¿POR QUÉ SE EXPULSA A LOS MORISCOS?

         Siempre se ha sostenido que la expulsión de los moriscos no sólo se debió a una cuestión de xenofobia sino también a un problema de seguridad nacional. En 1569 declaró un morisco ante la inquisición de Granada que ellos pensaban que esta tierra se había de tornar a perder, y que la habían de ganar los moros de Berbería. Un año después, algunos cristianos viejos de Hornachos escribieron una misiva a Felipe II en la que manifestaban su temor ante una posible rebelión de los hornachegos en colaboración con otros moriscos de Extremadura y Andalucía con los que mantenían contactos. Realmente, estos hechos no tenían nada de particular; López de Gómara insistió reiteradamente en su crónica sobre la inteligencia y comunicación que había entre los moriscos españoles y los corsarios berberiscos. Y para apoyar dicha tesis, citó el caso de un ataque enemigo al río de Amposta en el que un morisco hizo de guía.

         Sin embargo, el problema morisco -percibido por la sociedad- era más ficticio que real. Se trataba de unos temores exagerados, provocados por las rebeliones del pasado y por los continuos ataques berberiscos a las costas mediterráneas. La literatura posterior se encargó de poner el énfasis en el problema morisco para justificar de alguna forma una decisión tan drástica como perjudicial para los intereses económicos del Reino. Por ello, se les culpó de instigar los ataques corsarios de turcos y berberiscos lo que acentuó y justificó el rechazo creciente de la población hacia esta minoría.

         Hoy sabemos que los moriscos no tenían potencial militar, ni armas suficientes ni tan siquiera apoyo externo. La ayuda de los berberiscos y turcos fue muy escasa, pues, los ataques corsarios a las costas mediterráneas no se debieron a un plan de reconquista, con la ayuda interna de los moriscos, sino a meros actos individuales de rapiña. Probablemente nunca pasó por la cabeza de los corsarios magrebíes la posibilidad real de recuperar la Península Ibérica, ni muchísimo menos de devolver el poder a los moriscos.

         Desde tiempos de los Reyes Católicos se fue configurando en España un Estado casticista, donde sólo tenía cabida el homo christianus. Las minorías irreductibles serían expulsadas: los judíos en 1492 y los moriscos entre 1609-1614. En cuanto a las disidencias internas –erasmistas, iluminados y protestantes- serían controladas y cercenadas de raíz por la Inquisición.

 

LA PERMANENCIA MORISCA EN ESPAÑA

         Oficialmente, desde 1614 no había moriscos en España; supuestamente habían desaparecido, los más resistentes marchando al cadalso y el resto, integrándose discretamente en la cristiandad. En lo que no hay acuerdo es en el número aproximado de los que se quedaron. Esta cuestión de la permanencia tiene ya una larga tradición historiográfica que se inicia en el último tercio del siglo XIX y prosigue casi ininterrumpidamente hasta el siglo XXI. Había casos aislados muy conocidos, como el de los moriscos del valle de Ricote (Murcia) a los que se refiriera Miguel de Cervantes y que eludieron inicialmente su expulsión. También sabíamos que los decretos no afectaron a todos, pues tanto a los esclavos como a los menores de siete años se les permitió quedarse. De hecho, el cabildo de Sevilla se convirtió en depositario de tres centenares de niños que eludieron el exilio forzoso.

Abundando en la cuestión de la permanencia, hace ya varias décadas, Antonio Domínguez Ortiz aportó algunos datos al respecto. Concretamente se refirió a los moriscos de las villas del Campo de Calatrava, que tenían un privilegio de los Reyes Católicos y estaban cristianizados, como en los reinos de Valencia y Murcia. Pocos años después, con más intuición que datos, Bernard Vincent afirmó que posiblemente, después de 1610, permanecieron en la Península un contingente de moriscos mayor de lo que usualmente se admitía. Efectivamente, sus palabras eran acertadas pues actualmente no dejan de aparecer por aquí y por allá casos de moriscos que, de una forma u otra, se escabulleron entre la población. Por su parte, Henry Lapeyre concluyó, en su ya clásica obra Geografía Morisca, que en España vivían unos 300.000 morunos de los que 275.000 fueron expulsados. Y es que ni la expulsión de los moriscos granadinos tras la rebelión de las Alpujarras (1568-1570) fue total ni, muchísimo menos, la del resto de España entre 1609 y 1614.

Pese a los aportes de los últimos años, todavía hoy se tiene la creencia de que los llamados moriscos de paz, aquellos conversos sinceros que se quedaron, fueron muy excepcionales. Sin embargo, hay evidencias que nos indican que fueron muchos y que no pocos de ellos eludieron las órdenes de exilio. Y ello, por dos causas: primero, porque, de acuerdo con Trevor J. Dadson, la maquinaría burocrática falló y muchos escaparon al control. Y segundo, porque una parte considerable de ese contingente estaba ya a finales del siglo XVI totalmente asimilado y se confundía entre la población cristiana vieja, en algunos casos con la ayuda de los párrocos, de las autoridades locales y de sus propios paisanos. Otros obtuvieron licencias, quedándose bajo la protección de algún prohombre -que eran precisamente los grandes perjudicados por tales disposiciones-, e incluso, algunos regresaron poco después.

Hemos detectado un fenómeno que se dio con frecuencia en Extremadura: muchos párrocos colaboraron en su integración, omitiendo el apelativo morisco en las partidas Sacramentales. Una forma de actuar que se dio también en otros lugares de España y que podemos documentar ampliamente en Extremadura. En 1981 Fernando Cortés publicó un pionero artículo sobre los moriscos de Zafra en el que advirtió de varios casos que había encontrado de ocultación por parte de los párrocos. En ocasiones encontró tachaduras sobre la palabra morisco, mientras que en otros casos, el cura simplemente dejó de anotar esta circunstancia. Una actitud que solo podemos atribuir a una relajación en su control, pues los religiosos no consideraron necesario reseñar su condición de conversos. Este mismo fenómeno de tachaduras sobre la palabra morisco, lo hemos documentado en los libros Sacramentales de la parroquia de la Purísima de Almendralejo. En Mérida, donde se quedaron 752 moriscos de origen granadino, es decir, el 5,2 por ciento de la población, a los que habría que sumar los antiguos mudéjares, encontramos entre 1571 y 1610 un total de 436 moriscos bautizados, es decir, el 6,52 por ciento del total. Pues bien, José Antonio Ballesteros ha registrado el mismo fenómeno de ocultación por parte de los párrocos emeritense: progresivamente dejaron de anotar la condición de moriscos de muchos de ellos. Ello permitió a no pocas familias camuflar sus orígenes, conservando unos el nombre Bernabé, muy usado entre los moriscos, y otros el apellido Moruno o Morito. Por cierto, que el nombre Bernabé, usado con cierta frecuencia por los moriscos emeritenses, no aparece entre los de Hornachos ni entre los de Tierra de Barros.

Basta con cruzar el padrón de moriscos de Extremadura de 1594 con los libros Sacramentales de esas localidades para verificar que ni la décima parte de esos moriscos aparecen en estos últimos. Bueno, sí aparecen porque la mayoría eran cristianos practicantes pero, se confunden con los demás porque no llevan al lado señalada su condición de morisco. De hecho, hemos analizado con detalle algunas localidades de la comarca pacense de Tierra de Barros y los datos son concluyentes. Concretamente en Almendralejo, está documentada la presencia de nada menos que cuatro familias moriscas, de las trece o catorce que residían en la localidad, que con total seguridad eludieron el exilio. Y lo hicieron haciéndose pasar por cristianos viejos porque en los registros parroquiales nunca se señaló su condición de moriscos. Obviamente, la permanencia pasaba por la discreción, bien porque la población hubiese olvidado su pasado morisco, o bien, debido a su aceptación e integración social porque los vecinos sufrieron una voluntaria amnesia colectiva. Una de esas familias de moriscos, que procreó a cinco hijos y que fueron criados por el cura de la parroquia de la Purísima, el licenciado Pardo. Estos vástagos adoptaron el apellido de del Cura, en honor a su antiguo protector.

En general, la expulsión afectó más a los que residían en núcleos urbanos de realengo, mientras que los que vivían en aldeas y villas rurales, así como en tierras señoriales o en casas diseminadas por el campo pudieron quedarse con bastante facilidad. Había habido muchos matrimonios mixtos y los descendientes de estos no eran distinguibles étnicamente del resto de la población. La mayoría de ellos permanecieron incrustados en la sociedad española. Y de esa permanencia fueron conscientes los propios contemporáneos, de ahí que cientos de hermandades y cofradías así como diversos gremios mantuvieran en sus estatutos, aprobados en los siglos XVII y XVIII, la prohibición de acceso a personas que tuviesen ascendencia negra, judía o morisca. Por poner sólo algún ejemplo concreto, en las reglas de 1661 de la hermandad de la Santa Caridad de Sevilla se dispuso lo siguiente:

Así él como su mujer han de ser cristianos viejos, de limpia y honrada generación, sin raza de moriscos, ni mulatos, ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición, ni de los nuevamente convertidos a nuestra santa fe, ni descendientes de tales.

 

         Se insiste no sólo en que no tengan raza de moriscos, negros y judíos sino también que no sean de los nuevamente convertidos. ¿Quiénes eran esos recién convertidos y sus descendientes? ¿Qué sentido tenía incluir semejante cláusula si en teoría habían sido expulsados prácticamente todos? Está bien claro, todo el mundo sabía que muchos conciudadanos eran descendientes de antiguos conversos. En este sentido, conocemos un pleito interpuesto a la linajuda familia de los Mendoza de Zafra (Badajoz), en 1788, en el que se les acusó de ser descendientes de moros. Para ello se basaban en que sus ascendientes se bautizaron en la iglesia de San José, ubicada sobre la antigua sinagoga y donde se cristianaban los moriscos. Da igual que la imputación fuese o no una simple calumnia porque lo que nos interesa es recalcar como todavía en el último cuarto del siglo XVIII, cuando habían pasado más de dos siglos de la expulsión, pervivían sospechas y a veces certezas del pasado mahometano de muchas familias.

         Sin embargo, urgía acabar con el problema morisco, y se acabó; desde 1614 la palabra morisco desapareció del lenguaje común, pues en teoría sólo quedaban cristianos. El problema religioso se había solucionado, porque los miles de moriscos que permanecieron lo hicieron no como tales sino como católicos. El problema identitario de la patria estaba solucionado; se decidió pasar página a sabiendas de la permanencia racial porque ésta jamás fue un problema.

 

LA PERMANENCIA MORISCA EN HORNACHOS

Una vez que acabó la expulsión de los conversos valencianos, en diciembre de 1609, se procedió a expulsar, ya en 1610, a los residentes en Extremadura, Andalucía y Murcia. El bando de expulsión de los hornachegos, fechado el 16 de enero de 1610, fue llevado personalmente a la villa por el alcalde de la Corte Gregorio López Madera. Existen muchos aspectos controvertidos sobre los que intentaremos arrojar algo de luz: ¿qué población tenía la villa?, ¿cuántos de ellos eran moriscos?, ¿cuántos se exiliaron? La primera pregunta tiene una fácil respuesta pues, aunque no disponemos de censos sobre la población del pueblo en esa época, contamos con otras fuentes que sitúan su número entre los 1.063 y los 1.150 vecinos. Por ello existe casi unanimidad a la hora de fijar su población entre los 4.500 y los 5.000 habitantes.

En cuanto al número de moriscos, disponemos de abundantes datos; aunque Hornachos no se incluyó en el famoso censo de moriscos extremeños de 1594, disponemos de fuentes alternativas. Ya en 1494 en una visita santiaguista se dijo que toda la población era mora hasta el punto que no había iglesia cristiana, solo una pequeña capilla en la fortaleza donde escuchaba misa el comendador y los suyos. En una carta de los inquisidores de Llerena dirigida al Consejo Real, fechada poco antes de la expulsión, afirmaban que casi todos sus habitantes eran moriscos y que tan sólo había unas ocho casas de cristianos viejos. Más testimonios encontramos en las fuentes secundarias; así, por ejemplo, el capitán Alonso de Contreras en su autobiografía de finales del siglo XVI dijo que toda la villa era morisca excepto el cura. Poco después, en 1608, Ortiz de Thovar afirmó que de los 1.000 vecinos que había en la localidad casi todos eran moriscos, salvo unos cuantos cristianos viejos. Ello explicaría de paso por qué controlaban totalmente el gobierno municipal, pues, tras la expulsión, quedaron vacantes nada menos que 19 regidurías y escribanías de cabildo así como dos procuradurías del número.

Disponemos de otras pruebas más circunstanciales que confirman esta presencia casi simbólica de cristianos viejos. De hecho, en casi tres siglos de emigración a las Indias, donde más de 20.000 extremeños cruzaron el charco tan sólo una veintena fueron naturales de Hornachos, la mayoría frailes del convento franciscano. Excluyendo a estos últimos prácticamente emigraron dos familias: la de Diego López de Miranda y la de su hermano Pedro Gómez de Miranda. Este bajo índice migratorio nos refuerza la idea del bajísimo número de cristianos viejos que residían en la localidad, pues los moriscos tenían prohibida la emigración al Nuevo Mundo. En definitiva, es obvio que existía una alta concentración de conversos, que podían suponer entre el 90 y el 95 por ciento de la población. Dicho en otras palabras de las 4.500 o 5.000 personas que habitaban la villa casi todas, excepto varias decenas de familias, eran moriscas.

Solventada la primera cuestión, debemos abordar la segunda: ¿cuántos de estos hornachegos marcharon al exilio? La mayoría de los especialistas han sostenido que fueron unos 3.000. Teniendo en cuenta que en Hornachos vivían aproximadamente en torno a 4.000 moriscos, y entre 300 y 500 cristianos, podríamos pensar que aproximadamente un 25 por ciento de los moriscos permaneció en la villa. Sabíamos por algunas referencias que muchos moriscos entregaron a sus hijos y a sus mujeres antes de marchar. Las palabras del cronista Ortiz de Thovar resultan muy significativas:

 

Publicado el bando que ya tenían ellos sospechas, se quitaron muchos la vida a sí mismos, y otros vendían a sus propios hijos para aliviarse de la carga; otros dejaban a sus mujeres; y otros entregaban a sus hijos para ir de este modo más desembarazados.

 

Además, se da la circunstancia que en el primer tercio del siglo XVII aumentaron los gitanos bautizados en los libros sacramentales lo que no deja de ser sospechoso.

Sin embargo, hay una fuente adicional que puede aportarnos luz sobre el número de moriscos que evitó el cadalso, es decir, los libros sacramentales de la parroquia de la Purísima Concepción de Hornachos.

 

Cuadro I

Bautizos en Hornachos

(1585-1613)

 

AÑO

Nº DE BAUTIZADOS

1587

166

1588

126

1589

115

1590

88

1591

81

1592

121

1593

120

1594

102

1595

127

1596

123

1597

108

1598

126

15991

115

1603

109

1604

162

1605

111

1606

110

1607

99

1608

104

1609

96

1610

45

1611

60

1612

54

 

Nuestras conclusiones son muy elocuentes: entre 1590 y 1609 se bautizaron una media aproximada de 115 niños mientras que entre 1611 y 1613 la media descendió a 53. Es decir, una caída en los bautizos del 54 por ciento. El dato nos parece sumamente revelador, pues si la mayoría de la población era morisca, como defiende prácticamente la totalidad de la historiografía, entonces habría que pensar que un porcentaje importante permaneció en la villa.

Comparemos los bautizos de Hornachos con los que se celebraban en una villa pequeña como Feria. En esta última localidad se estimaba que por aquellos años tenía entre 1.600 y 1.800 habitantes y bautizaba un promedio de entre 60 y 65 niños anuales. Dado que la media de bautizos, tras la expulsión, se mantuvo en unos 53, es factible deducir que la población de Hornachos se redujo a unas 1.400 o 1.500 personas. Teniendo en cuenta que tan sólo había entre 300 y 500 cristianos viejos, supondría la permanencia en la villa de entre 1.000 y 1.200 moriscos, es decir, entre un 25 y un 30 por ciento de la población morisca original.

Otros datos verifican esta misma idea; tras el exilio se inventariaron un millar de casas abandonadas. Eso equivaldría más o menos a 1.000 vecinos o fuegos. Se ha estimado en general que la familia media morisca se situaba por debajo de cuatro, sin embargo, es seguro que el número de emigrados debió ser inferior por varios motivos, básicamente porque los niños menores de edad se quedaron en la localidad en manos de cristianos viejos o de conversos de lealtad probada. Por ello, aunque la casa morisca quedase vacía, algunos miembros de esa unidad familiar pasaron a engrosar familias cristianas. Incluso, contaban los cronistas que algunos entregaron hasta sus mujeres para evitarles la dura experiencia del exilio. Por tanto, a nuestro juicio es obvio que, pese a las 1.000 casas abandonadas, los exiliados debieron estar en torno a 3.000.

Pero crucemos estos datos con los de los matrimonios; la media anual de matrimonios, antes de la expulsión, era de 35 mientras que después se situó en 17.

 

Cuadro II

Matrimonios anuales celebrados

en Hornachos (1592-1627)

 

AÑO

NÚMERO

1572

40

1573

31

1574

33

1575

38

1620

25

1625

13

1626

15

1627

17

 

Ello equivaldría a un descenso aproximado de un 50 por ciento. En definitiva, los bautizos descendieron un 54 por ciento y los matrimonios un 50 por ciento. Ello volvería a ratificar la idea de que un buen número de moriscos, a mi juicio entre 1.000 y 1.200, permanecieron en su villa. La hipótesis no deja de ser novedosa, pues, siempre se pensó que los llamados moriscos de paz, aquellos conversos sinceros que se quedaron, fueron muy excepcionales. Se confirmaría la intuición que ya manifestó Bernard Vincent hace más de dos décadas cuando afirmó que posiblemente, después de 1610, permaneció en la Península una población morisca más numerosa de lo que generalmente se admite.

 

EL TRÁGICO DESTINO DE LOS HORNACHEGOS EXILIADOS

La situación de los deportados debió ser trágica. Tenemos relatos que nos pintan escenas verdaderamente dramáticas sobre las condiciones del viaje. Al parecer sufrieron en los caminos el acoso de bandidos que les robaron lo que pudieron. En 1611 se encontraban en Sevilla, un acontecimiento que fue destacado por el cronista hispalense Diego Ortiz de Zúñiga quien, por un lado, alabó el celo religioso de Felipe III al expulsarlos y, por el otro, denunció la penosa situación de los deportados. De hecho, escribió que algunas personas piadosas lamentaron la situación, viendo embarcar criaturas que movían su lástima y compasión. El pasaje se lo pagaron ellos mismos con el dinero líquido que habían obtenido malvendiendo algunas de sus propiedades antes de la partida. Concretamente gastaron unos 22.000 ducados en financiar su pasaje con destino a las costas del actual Marruecos. Unos ayudaron en el pago a los otros, confirmando nuevamente la gran solidaridad existente entre los moriscos en general y entre los hornachegos en particular.

Desde Sevilla llegaron a Ceuta y de aquí a Tetuán. El sultán de esta ciudad, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, muy cerca de Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente menor de andaluces y todos ellos formaron, desde 1627, la república independiente de Salé. Culminaba así la larga lucha de los hornachegos por su libertad.

Los hornachegos formaron allí un pequeño Estado corsario que vivió su esplendor en la primera mitad del siglo XVII. Una curiosa y efímera república, entre mora e hispana, tan diferente al reino de España como al de Marruecos. Para entenderlo basta con citar el nombre de su primer gobernador: Brahim Vargas, una curiosa combinación de un nombre moro con un apellido netamente castellano. Actuaban en la zona del estrecho de Gibraltar por su propia cuenta o aliados con los turcos, causando graves daños a la navegación hispana en el Mediterráneo.

         En 1631, a través del Duque de Medina Sidonia, propusieron a Felipe IV un pacto: ellos entregarían la ciudad a la Corona castellana a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando, por supuesto a sus hijos. Obviamente, el plan no salió adelante y, despechados, no tardaron en ofrecerle algo parecido al rey de Inglaterra. Sin embargo, este proyecto fallido nos aclara mucho sobre el sentimiento y la añoranza del exilio español en Salé.

Después, esta república de Salé languideció hasta su integración en el reino alauita en el tercer tercio de ese mismo siglo. Sin embargo, todavía en el siglo XXI muchos descendientes de aquellos moriscos llegados en el siglo XVII combinan sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

LA VILLA DESPUÉS DE LA MARCHA DE LOS MORISCOS

         Se ha creado un falso mito sobre las riquezas dejadas por los moriscos tras su exilio. Pero esta creencia no es nueva, pues, los propios contemporáneos se equivocaron al estimar las rentas y las propiedades de los moriscos muy por encima de su valor real. Los moriscos distaban muchos de ser pobres de solemnidad –utilizando un concepto de la época- pues la mayoría eran trabajadores eficientes que se repartían en los tres sectores económicos: el primario, el secundario y el terciario. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI se habían empobrecido considerablemente, debido a la excesiva presión fiscal, a las multas y a la confiscación de sus propiedades. Todo esto está bien documentado en diversas regiones moriscas de España. Y las causas están bien claras: una presión fiscal excesiva, las condenas pecuniarias de los inquisidores de Llerena que convirtieron la problemática morisca en una excepcional fuente de ingresos, y finalmente, el hecho de que, temiendo su expulsión, muchos malvendieran sus propiedades. Precisamente, con motivo del decreto de febrero de 1502 muchos hornachegos vendieron sus fincas al mejor postor, pensando que sería expulsados. Finalmente, la mayoría aceptó el bautismo y se quedó, pero el quebranto económico estaba ya hecho.

Felipe III había contraído una deuda de 180.000 ducados con la familia Fugger, a los que les seguía debiendo algo más de 30 millones de maravedís. Por ello, se tasaron bienes de los moriscos de Hornachos para pagar esa deuda. Sin embargo, los tasadores reales valoraron al alza muchas de las propiedades de los moriscos lo que generó una reclamación por parte de estos prestamistas. Inicialmente las rentas y propiedades de los moriscos de Hornachos fueron estimadas en 180.000 ducados. Domínguez Ortiz y Bernard Vincent analizaron un inventario de los bienes dejados por los moriscos estimaron su valor en unos 122.300 ducados. Pero también esa cantidad nos parece excesiva. Los Fugger se quejaron de que las propiedades que les entregaron estaban fuertemente censadas, tanto por particulares como a favor de los inquisidores de Llerena. De hecho, en una Real Cédula expedida el 17 de septiembre de 1611 se afirmó lo siguiente:

Que el tribunal de Santo Oficio de la Inquisición de la villa de Llerena tenía cantidad de censos sobre aquellas haciendas y no se habían presentado sus escrituras para saber lo que montaba y por parte de los Fúcares se agravió en mi Consejo de Hacienda…

 

Incluso, muchos de sus bienes inmuebles tenían contraídas deudas censales por un importe muy superior a su propio valor. Por todo ello, fue necesario volver a tasar las propiedades, haciendo previamente concurso de acreedores de todas aquellas personas e instituciones que tenían censos a su favor. Para ello, se comisionó a Tomás de Carleval para que se encargase antes que nada de hacer pagar las deudas y censos que estaban cargados sobre las haciendas que dejaron los moriscos de Hornachos. Su trabajo era complicado y duró varios años por lo que el 9 de enero de 1614 se le volvió a renovar su prorroga para continuar la venta de bienes para el pago de los acreedores. Una vez pagadas las deudas se debía entregar a los Fúcares el valor pactado con ellos. Pero nunca se completó el pago porque los bienes dejados por los moriscos no fueron suficientes.

Aunque muchos cristianos acudieron a poblar la villa, pues ofrecía grandes posibilidades de enriquecimiento por el hundimiento de los precios, lo cierto es que nunca se recuperó totalmente. En 1646 seguía teniendo tan solo 500 vecinos, es decir, poco más de 2.000 habitantes. La situación no mejoró en la segunda mitad del siglo XVII pues los bautizos nunca alcanzaron las cifras anteriores al decreto de expulsión.

 

VALORACIONES FINALES

Del estudio de los moriscos de Hornachos podemos extraer varias conclusiones: primero, hubo un grupo de hornachegos que se mostraron inasimilables, pese a que padecieron todo tipo de presiones: bautismos forzados, multas, confiscaciones y un cerco asfixiante contra sus costumbres pero, pese a ello, muchos jamás renunciaron a su cultura. En Hornachos, el hecho de que existiese un contingente total en torno a 4.000 moriscos provocó una especial cohesión entre todos ellos que favoreció el mantenimiento de sus tradiciones grupales. Una cohesión que mantuvieron después del exilio y que les sirvió para ayudarse y protegerse mutuamente. Una vez alcanzado su destino en Salé, permanecieron juntos, fundando la famosa república corsaria. Allí encontraron su particular tierra de promisión donde pudieron cumplir sus deseos de mantenerse fieles a sus raíces islámicas.

         Segundo, no todos los hornachegos fueron obligados a marchar al exilio. El descenso de los bautismo en solo un 54 por ciento y el de los matrimonios en un 50 por ciento nos está indicando que una parte de la población permaneció en la villa. Es imposible establecer una cifra concreta porque probablemente, ante las posibilidades de comprar casas y tierras a bajo precio, algunas familias cristianas se apresuraron a avecindarse en la localidad. Pese a ello, a mi juicio, y dados los indicios de que disponemos, en torno a un millar de ellos eludieron el exilio. Y no sólo fueron mujeres y niños porque siguieron celebrándose matrimonios y bautizos. Es probable que algunos varones adultos, los que participaban públicamente en los cultos cristianos y mantenían unas buenas relaciones con los franciscanos y con los cristianos viejos del lugar, se quedasen con el consentimiento de las autoridades. Quiero insistir que se trata solo de hipótesis a partir de los indicios que nos ofrecen los libros Sacramentales. Habrá que esperar a futuras investigaciones o a futuros hallazgos documentales para ratificar estas hipótesis iniciales. Obviamente, ignoramos también cómo fue la integración de estos moriscos que finalmente se quedaron en una sociedad tan intransigentemente cristiana.

         Tercero, su largo viaje forzado en busca de la tierra prometida les costó caro, carísimo: la pérdida de todos sus bienes, el abandono forzado de sus vástagos más pequeños y un largo recorrido en el que padecieron todo tipo de calamidades. Nunca pensaron que su cultura y sus tradiciones eran una curiosa mezcla entre elementos predominantemente berberiscos e islámicos con otros de honda tradición hispánica. Ocho siglos en la Península Ibérica los había transformado irremediablemente. De hecho, encontraron serias dificultades para entenderse con los habitantes de Rabat, pues su idioma era una especie de híbrido entre el árabe y el castellano. No se podían identificar con la España casticista pero tampoco con los berberiscos no menos intransigentes del norte de África. Eran islámicos, sí, pero españoles no africanos. Por ello, mientras vivió uno solo de ellos nunca olvidaron su tierra de origen. Algunos, incluso soñaron con la remota posibilidad de retornar algún día a su querida y añorada villa de Hornachos. E incluso, los actuales descendientes todavía conservan cierta nostalgia, trasmitidas de padres a hijos, de su origen hispano.

         Y cuarto, el varapalo que supuso para la villa la expulsión de más de dos terceras partes de su población fue tal que, cinco siglos después aún no ha recuperado el nivel demográfico y económico del Hornachos anterior a los decretos de expulsión.

 

Cuadro III

Evolución de la población

en Hornachos (1492-2013)

 

AÑOS

HABITANTES

1492

2.000

1580

4.800

1610

4.500

1613

1.500

1782

2164

1842

2.600

1900

4.605

1950

7.326

2013

3.804

 

Como se puede observar, Hornachos ha experimentado dos grandes hecatombes demográficas. La primera la de 1610 cuando la población quedó reducida a la tercera parte. Durante el siglo XVII languideció para recuperarse lentamente a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Tardó casi tres siglos en recuperar el nivel de población anterior a la expulsión.

Para colmo, luego llegó otra segunda hecatombe, la de la postguerra en la que desgraciadamente Hornachos volvió a perder la mitad de su población, por culpa de la emigración.

         Hay que recordar a estos pobres moriscos, víctimas de la intransigencia de los cristianos viejos que se vieron obligados a abandonar su querida tierra. La mayoría eran cristianos, como Pedro Ricote confiesa a Sancho en el Quijote:

         Mi hija y mi mujer son católicas cristianas y, aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro y ruego siempre a Dios que me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo que servir.

 

         Todos debemos recuperar la memoria de los moriscos, un pueblo injustamente extirpado, y expulsado de la Península Ibérica. Y pocos sitios como Hornachos, tan moruno, tan añorado y tan llorado por los moriscos para recordar este pasado.


ESTEBAN MIRA CABALLOS


(Conferencia pronunciada en el Centro de Interpretación de la Cultura Morisca de Hornachos, el 13 de junio de 2014, en el marco del III Festival morisco de esa localidad).

 

 

 

EL MURO DE LA VERGÜENZA ESPAÑOL

EL MURO DE LA VERGÜENZA ESPAÑOL

          Los sucesos ocurridos en marzo de 2014, con el intento de asalto masivo de la valla de Ceuta y Melilla y un saldo de quince muertos, han reabierto un viejo debate. Sin embargo, no utilizó el verbo reabrir por casualidad; el problema no es, ni muchísimo menos, nuevo: las alambradas de las dos ciudades europeas del norte de África fueron construidas en los años noventa del siglo pasado, ante la llegada masiva de inmigrantes. La de Ceuta mide 8,2 kilómetros y la de Melilla 12, que se han ido progresivamente modernizando y ampliando hasta una altura de seis metros, tres hileras de de vallas paralelas, concertinas, etc. Desde entonces se estima que han perdido la vida varias miles de personas en el desierto, cruzado desde el África Subsahariana a Marruecos. Se trata de una dura, larga, difícil y penosa travesía que a veces empieza en Senegal o en Sierra Leona y acaba en el monte Gurugú, junto a la frontera española. Es bien sabido que en el año 2006 la policía Marroquí abandonó en el desierto a varios cientos de subsaharianos, muchos de los cuales no consiguieron retornar a sus lugares de origen. Varios cientos más han fallecido en Marruecos o intentando cruzar la valla, y unos 4.000 más ahogados en el mar. Teniendo en cuenta que las víctimas, tan sólo en las últimas dos décadas, superan las 6.000 personas, la verdad es que los últimos 15 fallecidos, pese a que ha sacudido las conciencias de muchos ciudadanos, no son más que un granito de arena en el drama humanitario de dimensiones colosales que vive África y otros territorios del llamado Tercer Mundo.

           Es obvio que la frontera de Ceuta y Melilla es una vergüenza no solo nacional, sino europea y mundial. Otro muro de la vergüenza, mucho más trágico en vidas humanas que el muro de Berlín y tan sangrante como el muro israelí en Cisjordania que mantiene secuestrados a decenas de miles de palestinos de 78 pueblos. Ahora bien, culpar a la Guardia Civil es de una incalificable bajeza moral. Para evitar la responsabilidad que todos tenemos en ese drama humanitario, nos limitamos a acusar a unos simples funcionarios que cumplen órdenes y que un gobierno tras otro les pide que controlen esa frontera. Están allí para hacer juegos de malabares e impedir, por un lado, que los inmigrantes ilegales entren en el país y, por el otro, evitando a toda costa cualquier daño colateral. Cuando algo falla y se producen víctimas, entonces recae sobre ellos la implacable crítica social.
.

          Sin embargo, desgraciadamente el problema es de mucho mayor calado; en el programa de Jordi Évole, emitido el 6 de abril, uno de los subsaharianos declaró algo que además de ser absolutamente cierto, era totalmente clarividente. Dijo que antes los obligábamos a ir a Europa contra su voluntad, como esclavos, y ahora que no les interesa la mano de obra, impiden su entrada. En esta simple frase se resume el cinismo de Occidente en los últimos cinco siglos. Europa ha usado y usa de África y de sus habitantes a su antojo. Actualmente, el continente es el mayor proveedor de materias primas de Europa y Oriente Próximo, existiendo un comercio absolutamente desigual. ¿Cómo si no se explica, que habiendo países tan ricos en minerales, tierras y fuentes de energía, una parte de su población sufra hambre crónica? El caso del coltán de la República Democrática del Congo es muy elocuente. Está en manos de las mafias con la permisividad de grandes multinacionales como Samsung, Apple o Sony que obtienen el mineral a precios de saldo. Si su comercio estuviese regularizado y controlado por el Estado, la propia ley de la oferta y la demanda haría subir sus precios, cosa que no desean las citadas multinacionales.

          Pero, no es el único problema; existe actualmente una grave crisis alimentaria. Las plantaciones dedicadas al cultivo de productos tropicales con destino al mundo desarrollado, como café, cacao, azúcar de caña, frutas tropicales, dátiles, cada vez ocupan más extensión. Asimismo, previendo la crisis alimentaria que el aumento de la población provocará en las próximas décadas, muchas multinacionales y muchos Estados están comprando o arrendando tierras en el continente. Según Josep Fontana, Arabia Saudí ha adquirido cosechas enteras de arroz en Etiopía, mientras más de seis millones de personas morían allí de hambre. Emiratos Árabes Unidos ha comprado 2.800 Km2 de tierra fértil en Sudán, Qatar 40.000 hectáreas en Kenia, China, Japón y la India 60.000 hectareas en Uganda, y la compañía surcoreana Daewoo 1.300.000 hectáreas en Madagascar. Por último, el cambio climático que por cierto han provocado otros, está ampliando los períodos de sequías y malas cosechas en muchos países subsaharianos. Todo ello, está restando tierras de cultivo a los campesinos y alimentos a su población. Precisamente, los subsaharianos que vemos a diario en las noticias jugándose la vida por llegar al Primer Mundo huyen del hambre y de la miseria.

          En realidad, lo ocurrido en el muro de la vergüenza español no es más que la punta del iceberg de una hecatombe alimentaria que se está produciendo ya en el continente africano. Una crisis que se irá acentuando paulatinamente, cuando en el 2050 seamos 9.000 millones de habitantes y en el 2100 superemos los 10.000 millones. Por tanto, el problema es profundo, es económico, pero sobre todo ético. El capitalismo ha dejado en los últimos siglos -y está dejando actualmente- millones de muertos a lo largo y ancho del planeta. Las desigualdades entre el primer y el tercer mundo lejos de disminuir se agrandan. Pero, incluso, en el mundo desarrollado la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, de ahí que más personas se estén ahora interesando por el problema. Pero insisto que la solución es difícil porque el problema es profundo y yo diría que estructural. En el fondo de todo, está el egoísmo y la ambición patológica del ser humano que a largo plazo –o quizá no tan largo- lleva implícita su propia autodestrucción.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE EN OCCIDENTE AYER Y HOY

REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE  EN OCCIDENTE AYER Y HOY

        El miedo a la muerte ha sido una de las grandes constantes de la historia. Como escribió Michel Vovelle, pese a lo que se ha dicho, en ningún momento la muerte ha sido aceptada serenamente, sin temor ni aprensión. Sin embargo, la respuesta que hemos dado ante ella ha sido muy diferente dependiendo de la época y de la condición social. Los epicúreos lo aceptaban con naturalidad, no temen a Dios ni a la muerte. Ellos piensan, dice Critchley, que lo que es bueno es fácil de obtener y lo que es terrible es fácil de aguantar. Pero los epicúreos eran minoría; la mayoría sí que sentía miedo y respeto por el más allá. Sin embargo, no todos lo mostraban, pues como decía Virgilio, esto se consideraba un signo visible de la baja cuna del finado. Durante casi dos mil años, a los patricios primero y a los nobles después se les suponía que debían mostrar valor, incluso en el último trance de la vida, es decir, la muerte. Era lo que se llamaba el bien morir, es decir, una muerte digna y con honor. Cuando frey Nicolás de Ovando, Comendador Mayor de la Orden de Alcántara y gobernador de La Española, recibió la noticia, en 1505, de la muerte de un pariente, su respuesta no pudo ser más elocuente:

         Como todos hemos de hacer ese camino, no hemos sino de dar gracias a Dios Nuestro Señor.

        Se trataba de una reacción coherente con su rango social, es decir, su aceptación como algo natural, sin mostrar miedo.

La muerte podía igualar pero no las honras fúnebres que constituían el último acto social del finado. La muerte igualaba a las personas, pero en la otra vida no en ésta. El mismo entierro era el último acto social del finado. Por ello, se procuraba que fuese lo más lucido posible, acorde con el rango socio-económico que el finado había disfrutado en vida. De hecho, en el folclore de los Pedroches en Córdoba el pueblo cantaba: Cuando se muere algún pobre,/ ¡qué solito va el entierro!/ y cuando se muere un rico/ va la música y el clero. Efectivamente, todos los enterramientos se hacían de manera acorde al rango social de cada uno, con acompañamiento de frailes, clérigos, capellanes y hermandades, blandones y memorias perpetuas de misas. En su último acto social, el finado estaba obligado a hacer una ostentación acorde a su rango. Incluso, el cielo no debía ser igual para todos. En la Catedral Vieja de Salamanca hay un epitafio de la familia Monroy que dice asÍ.

Aquí yacen los señores Gutiérrez de Monroy y doña Constanza de Anaya, su mujer, a los cuales dé Dios tanta parte del cielo como por sus personas y linajes merecían de la tierra.

 

Es decir, las honras terrenales tendrían mucho que ver con la parte del paraíso que a cada uno correspondía en la otra vida. La enfermedad y la muerte eran omnipresentes y siempre se atribuían a la labor del demonio. Por eso las misas, las fundaciones de capellanías y obras pías se hicieron frecuentes para garantizar la salvación de las almas. Las reliquias de los santos podían obrar milagros. Esta idea justifica muchas de las actuaciones del hombre prácticamente hasta la Edad Contemporánea. Aunque se conocen algunas hermandades de ánimas fundadas en el siglo XIV, su impulso llegó tras el concilio de Trento, fundándose la inmensa mayoría en la segunda mitad del siglo XVI y a lo largo del XVII. Los protestantes habían negado la existencia del Purgatorio, al estimar que el destino de las ánimas no dependía de los hombres sino exclusivamente de Dios. Por ello, desde Trento se ratificó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que se rezara por las ánimas de los difuntos para una más rápida salida hacia el cielo. Es decir, los vivos nada podían hacer por los muertos. En contraposición, en Trento se reafirmó la existencia del purgatorio y la necesidad que había de que los vivos rezasen por los muertos para facilitar su salida del purgatorio y su ingreso en el cielo. Rara fue la parroquia que no contó desde el siglo XVII con una hermandad de ánimas. Durante el Antiguo Régimen hubo una auténtica obsesión por la salvación de las almas. Esto justificaba las donaciones a instituciones religiosas y la fundación de patronatos, capellanías y obras pías encaminadas en el fondo a procurar la salvación de las almas de los instituyentes.

En nuestros días, la muerte se ha convertido en un tabú. En una época de tantas libertades, se habla de todo, menos de la muerte. La muerte es ampliamente negada en occidente, y eso conlleva la mayor de las esclavitudes. Según Critchley la única forma de afrontar la muerte es riéndose de ella, viviendo el momento y asumiendo lo pasajero de la vida. Los nuevos adelantos científicos en materia médica y biológica van a crear un problema social, económico y ético sin precedentes. Es posible que en las próximas décadas la esperanza media de vida se dispare hasta los 120 o 130 años. Sin embargo, surgen dos problemas que habrá que afrontar: ¿Quién o quiénes van a tener acceso a esta casi inmortalidad? Es obvio que nadie está pensando aplicar estos beneficios a los 7.000 millones de seres humanos que habitan el planeta Tierra. Y ello, porque eso conllevaría, por un lado, gastos económicos que nadie estaría dispuesto a asumir, y por el otro, porque la perdurabilidad de algunas generaciones mermarían a medio y largo plazo el advenimiento de las venideras.

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

ARIÈS, Philippe: Historia de la muerte en Occidente. Desde la Edad Media hasta nuestros días. Barcelona, El Acantilado, 2000.

 

CILLÁN CILLÁN, Francisco: “La creencia en el más allá”, Ars et Sapientia, Nº 28. Cáceres, 2009

 

LE GOFF, Jacques: El nacimiento del Purgatorio. Madrid, Taurus, 1981.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ADOLFO SUÁREZ: UNA SEMBLANZA ALTERNATIVA

ADOLFO SUÁREZ: UNA SEMBLANZA ALTERNATIVA

        Con pesadumbre hemos recibido hoy, en un primaveral domingo de marzo, la noticia del fallecimiento de don Adolfo Suárez, a los 81 años de edad. Ante todo, el pésame hacia la familia. Buen marido y padre, su figura conmueve especialmente por sus padecimientos personales, al ver perder a algunos seres queridos y a su trágica, larga, dura e implacable enfermedad de alzhéimer que ha acabado finalmente con su vida.

        Ahora bien, como ocurre en demasiadas ocasiones, ahora, después de su fallecimiento, hay quien lo quiere canonizar. Pero ni fue un pacifista al estilo de Gandhi, ni un alma caritativa como la madre Teresa de Calcuta. Fue simple y llanamente un político; nada más ni nada menos que eso.

        Doctor en Derecho, desarrolló una dilatada carrera política dentro del régimen franquista. Y conviene insistir en este sentido que su relación con el régimen militar no fue temporal ni circunstancial. Estuvo profundamente implicado en su entramado burocrático y político, empezando su fulgurante carrera política como jefe de la sección primera del gobierno civil de Ávila. Luego fue procurador en Cortes por la misma provincia, jefe del gabinete técnico de la vicesecretaría Nacional del Movimiento, director de Radiotelevisión española (1965 y 1968), gobernador civil de Segovia (1968-1969) y, posteriormente, ocupó distintos cargos en el Ministerio del Movimiento nacional, siendo su ministro entre 1975-1976.

        Fallecido el Caudillo, no estaba dispuesto a dar por finiquitada su carrera política. En mayo de 1976 fue elegido consejero nacional del Movimiento y poco después el rey lo designó presidente del gobierno con el objetivo de que liderase la transición desde el franquismo a la democracia. Suárez se ajustaba al perfil buscado: era una persona joven, con ganas, con ambición política y con un gran talante conciliador. En 1977 ganó las elecciones al frente de Unión de Centro Democrático (UCD), una coalición de partidos de centro que tuvo un recorrido muy corto. Sin embargo, a principios de 1981, poco antes del golpe militar del teniente coronel Tejero, abandonado por el sector democristiano de su partido, tiró la toalla y dimitió, dejando la presidencia a Leopoldo Calvo Sotelo. En la jornada del 23-F permanecía en su escaño como presidente en funciones, de ahí que a todos nos impresionara su serenidad, al permanecer sentado, mientras el resto de parlamentarios se tiraba al suelo.

Después de su renuncia a la presidencia del gobierno quiso seguir en la política, fundando un nuevo partido de centro izquierda, el Centro Democrático y Social (CDS) que obtuvo resultados discretos pero que le permitió mantenerse en el parlamento entre 1982 y 1989. En mayo de 1991, tras el fracaso de su partido en las últimas elecciones generales, presentó su dimisión como presidente de dicha agrupación, acabando definitivamente su carrera política.

        Se suele decir que su gran mérito fue su talante conciliador, evitando la rebelión militar cuando, en la primavera de 1977, se legalizó el Partido Comunista de España. Y aunque cumplió su misión satisfactoriamente, en un contexto muy difícil, no hizo más que cumplir con su obligación. Posteriormente creo el Ministerio de Defensa, al frente del cual colocó a un civil para tratar de extender el espíritu democrático al ejército del Caudillo.

        En resumen, como hemos podido observar en esta pequeña semblanza, fue un político camaleónico, versátil, capaz de servir lo mismo a una dictadura de derechas, que a una democracia y, llegado el caso, a un totalitarismo de izquierdas. Le gustaba el poder y cuando lo ostentó lo desempeñó razonablemente bien. Ha recibido todo tipo de distinciones: varios doctorados honoris causa, el título de Duque de Suárez, el premio Príncipe de Asturias de la Concordia, además del reconocimiento de la mayoría del pueblo español. Yo creo que fue un político, con sus luces y con sus sombras. Desarrolló su trabajo con honestidad y fue recompensado con creces tanto social como económicamente. Eso es todo; no me siento en deuda con él. Miles de españoles anónimos sufren diariamente por sacar a sus familias adelante y nadie les ha reconocido nunca nada. Ni Suárez fue un héroe ni el resto de los españoles unos villanos.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

DISCRIMINACIÓN Y VIOLENCIA SEXISTA EN LA ESPAÑA MODERNA

DISCRIMINACIÓN Y VIOLENCIA SEXISTA EN LA ESPAÑA MODERNA

La mujer ha sufrido a lo largo de la historia una persistente discriminación por parte del hombre. Una situación que se remonta al menos a los orígenes de la civilización y que se extiende prácticamente por todos los continentes. Por tanto, no es un rasgo propio de Occidente sino que es compartido por la mayor parte de las civilizaciones: la hindú, la china, la africana, etc.

Centrándonos en el espacio y en el tiempo que nos ocupa, diremos que la mujer se vio obligada a jugar un papel subsidiario y dependiente del varón. Ninguna mujer honesta podía quedarse sin la protección de un hombre, padre, esposo o hermano. En la mayor parte de los casos estaban sometidas, primero, a la voluntad de sus padres y, luego, a la de sus maridos. Eran las propias familias las que pactaban los matrimonios de sus hijos, sin importarles por supuesto el amor entre ambos, sino estrictamente los intereses económicos. Los matrimonios no se podían dejar al azar porque había demasiados intereses económicos en juego. Entre los grupos sociales más modestos, un enlace adecuado era la mejor garantía para evitar que la nueva familia sufriese el drama del hambre. En el caso de las familias nobiliarias, la mujer jugó un papel clave en la perpetuación del patrimonio de grandes casas, como la de Osuna, Alba, Medinaceli y Fernán Núñez. La mayoría de los matrimonios eran de conveniencia.

En caso de no conseguir marido la solución más airosa para todos, si las condiciones socio-económicas de su familia lo permitían, era el ingreso de la fémina en algún convento o beaterio. Nada tiene de extraño, pues, la excepcionalidad de las artistas, de las escritoras y, más aún, de las científicas durante toda la Edad Moderna. De hecho, apenas conocemos un puñado de nombres, como la escultora María Luisa Roldán -La Roldana-, o las escritoras Marcela de San Félix, Antonia de Mendoza, Antonia de Alarcón o María de Zayas y Sotomayor. Por cierto, que sorprendentemente esta última aprovechó su novela para tildar de necios a los hombres que equiparaban a la mujer con una cosa incapaz. Y digo que sorprende no porque careciese de razón sino por su atrevimiento.

Pese a ello, desde hace unas décadas existe una pujante corriente historiográfica que está rescatando del olvido a algunas de esas destacadas creadoras a las que las circunstancias sociales les obligaron a permanecer en un velado segundo plano. Incluso, se está trabajando en la reinterpretación de la historia desde el papel jugado por las mujeres, tanto directa como indirectamente, a través de la influencia ejercida sobre los hombres. Escritoras, cuyos manuscritos firmaban sus maridos, mecenas, coleccionistas de arte, e incluso, artistas. Sin embargo, estos casos con ser importantes no dejaron de ser excepcionales porque la asfixiante primacía del varón impidió que las mujeres desarrollaran sus capacidades o potencialidades.

 

MATRIMONIO, HOGAR Y VIOLENCIA DE GÉNERO

Era obligación de la mujer servir y acatar la voluntad de su marido, incluso en la peor de las situaciones. Las propias constituciones sinodales de los obispados reprobaban la disolución de los matrimonios, salvo casos extremos que sólo podían autorizar las autoridades eclesiásticas. Fray Luis de León, en su obra La Perfecta casada, animaba a las mujeres a aguantar, por más áspero y de más fieras condiciones que su marido fuese. Un pensamiento que desgraciadamente estaba generalizado en España y que se mantuvo hasta avanzado el siglo XX. De hecho, la sumisión de la mujer al cabeza de familia se mantuvo dentro de la tradición moral de la dictadura franquista prácticamente hasta su desaparición.

El matrimonio era una institución creada por Dios y, por tanto, absolutamente sagrada e indisoluble. Una idea que procedía de la Iglesia aunque la terminó haciendo suya el ideario de falange, pasando posteriormente a los Derechos y Deberes de los españoles, durante la etapa franquista. Por ello, el Movimiento no podía admitir la poligamia ni el divorcio porque restaba solidez a la familia, institución sagrada del Estado. Según José María Mendoza Guinea, del Frente de Juventudes, el divorcio es origen de toda clase de trastornos, tanto espirituales como materiales, que repercuten desfavorablemente en la educación y el porvenir de los hijos. Pero ¿quién detentaba el poder dentro de la familia?, indefectiblemente el padre y, en su defecto, la madre. La esposa, no obstante, jugaba un papel secundario fundamental. En 1946 María Baldó escribía que la mujer debía cuidar de la familia, de su marido y de sus hijos, siendo la responsable última de que el hogar sea agradable, sano, apacible y firmemente progresivo. Palabras inspiradas en las propias encíclicas de Pío XII cuando hablaba de la mujer como heroína del hogar, la del canto de la cuna, la sonrisa de los niños, la primera maestra y la confortadora espiritual de su marido.

Se trataba de una sociedad patriarcal, donde los hombres ostentaban una clara superioridad con respecto a la mujer en cuota de poder y en privilegios socio-económicos. En la mayor parte de los casos, los malos tratos se daban dentro del hogar conyugal, lugar físico donde comenzaba la opresión de la mujer.

Nada tiene de extraño que los casos de disolución del matrimonio en la España Moderna fueran absolutamente excepcionales. Casi siempre se producían cuando había palizas o vejaciones físicas de por medio que traspasaban las fronteras de la intimidad familiar, bien por ocurrir en la calle, o bien, por evidenciarse las señales físicas de la agresión. Por tanto, la violencia doméstica se aceptaba sin problemas en el Antiguo Régimen, castigándose sólo los casos más flagrantes y públicos. En una sociedad como aquélla, la justicia solo podía intervenir en casos muy claros de actuación irregular del cabeza de familia. Así, en 1780, Nieves López, vecina de Burgos, denunció a su marido acusándolo de pegar e injuriar tanto a ella como a sus hijos, así como de no ocuparse de su manutención. En el siglo XVI conocemos algunos ejemplos, como el de una tal María Gómez, vecina de la aldea de Arroyo del Puerco, quien solicitó el divorcio porque su marido le daba muchos palos, golpes, bofetadas, patadas y pellizcos porque era un hombre loco y desatinado. Y la justicia intervino porque los argumentos defendidos por la agredida eran públicos y notorios.

No dudamos que hubiese muchos casos de matrimonios bien avenidos, en los que la convivencia debió ser buena o muy buena. Sin embargo, la violencia de género fue no menos usual, aunque sólo conozcamos algunos casos muy concretos. Como colectivo supeditado al varón, sufrió innumerables agresiones físicas y psicológicas. Sin embargo, los pocos casos que trascendieron fueron aquellos en los que las agresiones fueron públicas o las lesiones tan evidentes que la violencia quedó de manifestó. Pero, incluso en esos casos lo normal es que finalmente se llegase a un acuerdo amistoso por el que, a cambio de alguna compensación económica, todo quedase en un perdón. A continuación ilustraremos el texto con algunos ejemplos, excepcionales pero representativos, de mujeres que se sintieron con fuerza para denunciar públicamente a sus maridos y que, incluso, obtuvieron sentencias a su favor:

Un caso muy señalado, por su temprana fecha, es el de Leonor de la Barrera, quien en su testamento, otorgado en Carmona (Sevilla) en 1566, recordó insistentemente la mala vida que le había dado su marido, Juan de Párraga, apartándolo de todos sus bienes. Llama la atención que en una escritura de última voluntad la mujer se dedicara a denunciar la durísima convivencia que había padecido junto a su violento esposo. Según declaró, éste le obligó a hacerle donación de todos sus bienes por escritura que pasó ante Juan Cansino, el 5 de enero de 1561. Entre esos bienes figuraba una casa solariega, una tienda y varios olivares en el término de la villa. Y no conforme con eso, la obligó a revocar otra escritura de donación de cuatrocientos ducados que tenía formalizada a favor de su hermana Catalina de la Barrera y del marido de ésta, Pedro de Villar, lo cual hizo por escritura otorgada ante el escribano Alonso de Vargas el 28 de febrero de 1561. Al señalar las causas por las que revocó la donación a su hermana no pudo ser más explícita:

Lo hizo por persuasión del dicho Juan de Párraga, mi marido, y de otras personas por él con grandes cautelas y engaños y falsas promesas e inducimientos y otros temores que me fueron puestos de la áspera y mala condición del dicho Juan de Párraga mi marido y por no ser maltratada del dicho Juan de Párraga, mi marido, y que no me diese mala vida y hiciese malos tratamientos y por otros inducimientos y persuasiones semejantes… me forzó y compelió con mala vida y con otros temores de que le hiciese y otorgase por fuerza contra mi voluntad lo hice y otorgué.

 

Sin embargo, poco después se armó de valor y por escritura otorgada ante Alonso de Vargas, el 9 de junio de 1564, revocó la donación realizada previamente a su marido. Para ello se agarró a las Leyes del Reino que, según ella, prohibían la donación en vida de todos los bienes de una persona. También en esta ocasión sus palabras denuncian unos malos tratos de tal magnitud que, incluso, llegó a temer por su vida:

 

Porque me ha sido y es ingrato y hecho otros muy malos tratamientos en lo cual ha mostrado el deseo y voluntad que tiene y ha tenido de que yo me muera y él quede con todos mis bienes y yo no tenga ni me quede de que pueda disponer por mi ánima ni hacer testamento.

 

Entre la revocación y su fallecimiento, probablemente ocurrido en 1566, mediaron casi dos años, en los cuales no sabemos si continuó viviendo junto a su marido. Suponemos que no porque, aunque su testamento lo otorgó cerrado, la escritura de anulación de la donación fue pública. Su empeño por desheredar a su marido prosperó gracias a la ayuda prestada por algunas personas de su entorno. Por su apellido, parece obvio que pertenecía a una familia hidalga de la entonces villa de Carmona y debió contar con el apoyo de algunas personas influyentes. Y no faltaban posibles interesados: en primer lugar, los religiosos del convento de los Jerónimos a quien dejó su casa y dos pedazos de olivar para que le cantasen una misa a perpetuidad todos los miércoles del año. En segundo lugar, su cuñado quien finalmente recuperó la donación de cuatrocientos ducados que le hizo inicialmente y que, como ya dijimos, revocó a petición de su marido. Y en tercer lugar, su hermano Diego de la Barrera, a cuyos hijos les cedió el grueso de sus bienes. Este hermano y su esposa, doña Isabel Rodríguez de Aguilera, debían gozar de la plena confianza de doña Leonor. No en vano, fue esta cuñada quien a su ruego firmó su testamento, dado que la otorgante manifestó que no sabía escribir. El caso de Leonor de la Barrera es uno de los ejemplos más antiguos documentados de violencia de género.

En 1769, en la pequeña población de Chinchilla de Montearagón (Albacete), María Romero abandonó su casa, en compañía de su hija, para lavar la ropa en un paraje cercano. Allí se encontró con el guarda del coto, Pedro Carrasco, con quien departió mientras realizaba la colada. Pues bien, el marido, Antonio de Hortera, lo debió entender de otra forma y le descerrajó un tiro en la cabeza al guarda e hirió gravemente en la cabeza a su esposa. El guarda murió casi en el acto mientras que la mujer consiguió llegar a su casa con la ayuda de la hija, debatiéndose durante varios días entre la vida y la muerte. Lo último que sabemos es que el presunto asesino, dada la gravedad de los hechos, fue encarcelado, entre otras cosas porque al margen de la violencia sexista había acabado con la vida de otro hombre. Sin embargo, no parece que las cosas fuesen a mayores ya que el adulterio era uno de los delitos peor vistos en la época y no es difícil que pudiese acreditar su condición de engañado. De nuevo, una mentalidad social perversa, fundamentada en la desigualdad entre el hombre y la mujer, con la complicidad de las autoridades y de las instituciones.

A principios del siglo XIX, Francisca Piris, vecina de Badajoz, denunció a su esposo Andrés Moro del Moral, por los infinitos y malos tratamientos que le ha dado, hasta el punto que temía por su vida. El desencadenante de la denuncia ocurrió en la madrugada del 3 de noviembre de 1804 cuando la infortunada se refugió en casa de su padre, al tiempo que formuló la denuncia ante la máxima autoridad civil y militar de la plaza, el gobernador Carlos de Witte y Pau. Lo inusual del caso, es que éste último decidió el ingreso en prisión del agresor, que fue encerrado en una minúscula celda de la puerta de Palmas. Poco después, lo condenó a pagar una pensión de diez reales diarios, mientras durase la separación, además de las costas del juicio, cercanas a los 1.300 reales. Una sentencia ejemplar y sorprendente, sobre todo teniendo en cuenta la buena situación socioeconómica del condenado y su familia. Sin embargo, no podemos olvidar que se trata de excepciones. Lo normal fue el silenciamiento de los casos de violencia de género y, cuando éste no era posible, la firma de un acuerdo amistoso, siempre ventajoso para el agresor. Pero era una sociedad desigual en la que el varón tenía la primacía, lo que a veces provocaba situaciones extremadamente violentas contra la parte más débil, es decir, la mujer.

 

ESTUPROS Y VIOLACIONES

Tanto en el Medievo como en la Edad Moderna, a diferencia de lo que ocurría con la homosexualidad, las relaciones extraconyugales, la violación, el estupro y el abuso deshonesto se toleraron socialmente. Por supuesto, las violaciones de esclavas negras ni tan siquiera eran consideradas como delito y además fueron una constante durante todo el tiempo que duró la odiosa institución. En un reciente estudio sobre la esclavitud en Granada en el quinientos se demuestra definitivamente que el alto precio que alcanzaban algunas esclavas jóvenes se debía, en parte, a su alta productividad laboral, especialmente doméstica pero, sobre todo, a la dura explotación sexual a la que eran sometidas por parte de sus dueños.

Esa impunidad se hacía extensible también a mujeres que no estaban suficientemente protegidas, es decir, que permanecían solteras y no vivían bajo la protección de ningún hombre en particular y su familia no pertenecía a la élite. Y aunque la virginidad era algo así como la honra de la mujer, y perderla equivalía a la deshonra, no todas estaban en condiciones de litigar contra los que, por fuerza o engaño, se la arrebataban.

A principios de 1574, encontramos un caso bastante sangrante en la entonces villa de Carmona (Sevilla), cuando una verdadera pandilla de delincuentes asaltó la casa de la doncella Catalina de Quesada, escalando por los tejados y paredes, con la intención de violarla. Se trataba de Gonzalo Díaz, su hermano Hernando Arias, Juan de Bordas y otras personas de la localidad. Según su testimonio, la acometieron con la intención de robarle y usurparle su honra, diciéndole palabras injuriosas, amenazándola y propinándole malos tratos. Al parecer, la violación no llegó a fraguarse, probablemente por estar en casa su madre, Marina de Ojeda. La cosa no acabó aquí, los perpetradores encima se jactaban públicamente de su hazaña en casa de la joven Catalina. Ella lo puso en conocimiento de la justicia ordinaria, quienes llevaron a cabo una información. Sin embargo, pasó nada menos que un año y no hicieron absolutamente nada, no se llegaron a plantear cargos contra los acusados.

En diciembre de 1574, se produjo un nuevo asalto a su morada, en esta ocasión de un hijo de la Pancorva, vecino de la villa. Lo sucedido lo narra la propia Catalina con suma elocuencia:

 

Un hijo de la Pancorva, vecino de la villa de Carmona, sobre caso pensado entró y escalo mi casa por los tejados y paredes de ella, queriendo robar y robando mi fama. Y por no querer hacer lo que quería echó mano de una espada que traía y me hirió con ella en la cabeza, de una herida cuchillada y me cortó cuero y carne y me salió mucha sangre…

 

Ante la pasividad de las autoridades locales, Catalina de Quesada y su madre Marina de Ojeda se presentaron en Sevilla, querellándose ante las autoridades hispalenses y dando poder a su hermano Alonso Gutiérrez, para que emprendiese las acciones judiciales pertinentes. No sabemos cómo acabó todo, pero el caso evidencia la indefensión de la pobre Catalina de Quesada y la pasmosa pasividad de las autoridades locales que permitieron un auténtico linchamiento contra esta señora.

Ahora bien, si la agredida pertenecía a una familia de linaje las cosas podían ser muy diferentes para el infractor, aunque éste también perteneciese a la élite. Así, en 1582, Leonor Mexía de Vargas y su madre doña Luisa de Vargas se querellaron contra Luis de Ysunza, tesorero real en la ciudad de Potosí, acusándolo de estupro. Pues, bien, residiendo en la Corte, mantuvo relaciones sexuales consentidas con la querellante, pues al parecer, le prometió públicamente matrimonio. La dejó embarazada de un niño llamado como su padre, es decir, Luis Ysunza, pero marchó precipitadamente al Perú como tesorero Real. El problema tenía difícil solución pues el querellado se había casado en el Perú con una mujer de una familia influyente y, por tanto, el acuerdo amistoso era más difícil. La mujer, con el apoyo de su familia, sintiéndose engañada, se pasó meses reclamando hasta que consiguieron un auto, en enero de 1582, por el que se ordenaba el apresamiento del infractor y una buena condena pecuniaria: al pago de las costas del juicio y 2.000 ducados en concepto de dote. El proceso se alargó porque, el 3 de enero de 1583, Luis de Ysunza dio poderes a dos procuradores de la Corte, Alonso de Mondragón y Miguel de Azcaren, apelando la sentencia y reclamando su libertad, mientras se dirimía la sentencia y previo pago de una fianza. Lo cierto es que el 23 de septiembre de 1586 todavía estaba el citado pleito pendiente de sentencia definitiva. Desconocemos la resolución final porque la documentación no está completa, pero parece obvio que el tesorero real sufrió el bochorno social de un veredicto en contra, la cárcel y una fuerte indemnización económica. No era normal pues, a fin de cuentas, simplemente había tenido un hijo ilegítimo, lo que no dejaba de ser algo frecuente en aquella época. Pero lo había tenido con la persona equivocada, una mujer perteneciente a la élite cortesana. Una cosa era engañar a una esclava o a una mujer de la clase subalterna y otra hacerlo a una señora recogida, principal, noble e hijosdalga, como ella misma afirmó en su declaración.

En Santo Domingo, poco más de una década después, ocurrió otro caso similar, también con consecuencias para el infractor. En julio de 1594 se consumó la violación de doña Juana de Oviedo, una mujer de la élite dominicana, residente en la isla. Al parecer, hacía más de cuatro meses que mantenía una relación íntima con Francisco Alonso de Villagrá, visitador. Éste inicialmente no se comportó como un violador sino sólo como un fornicador. Pretendió que doña Juana accediera a mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Sin embargo, dicha mujer, bien instruida en su rol social, no estuvo en ningún momento dispuesta a convertirse en una fornicadora. Para satisfacer a estos fornicadores ya estaban las mancebías, amparadas por los poderes públicos y presentes en casi todas las villas y ciudades del Imperio. Por ello, en vista de que doña Juana no accedió, decidió finalmente violarla, es decir, mantener con ella relaciones carnales por la fuerza.

En un día de julio de 1594 el visitador se aseguró de que su víctima estaba sola en casa; Rodrigo de Bastidas no estaba y Felipa Margarita había salido a visitar a su abuela. Ahora bien, estaban presentes al menos cuatro personas que fueron testigos directos porque, al escuchar las voces y el escándalo, todos ellos se asomaron dentro de la habitación. Estos testigos presenciales fueron los siguientes: las esclavas María e Isabel, Petrona Leal, una mulata libre esposa de Fernando Díaz, un español que era estanciero de Pedro Ortiz de Sandoval, y el albañil Diego Velázquez que, como ya hemos afirmado, llevaba varios meses trabajando en la casa, revocando unas azoteas. Todos ellos coincidieron que los hechos ocurrieron entre la una y las dos de la tarde, que era la hora de la siesta. Doña Juana se encontraba descansando en su alcoba, situada en la parte alta de la casa. El visitador abrió el postigo interior que comunicaba ambas casas, subió las escaleras y entró en su cuarto. La víctima sorprendida le reprendió su actitud verbalmente y se resistió físicamente. La esclava Isabel, testigo de lo ocurrido narró el acontecimiento con las siguientes palabras:

Vio como por un postigo que está entre la casa del dicho visitador y la del dicho don Rodrigo entró el dicho visitador y subió por las escaleras a los altos de la dicha casa donde estaba sola la dicha doña Juana y esta testigo como lo vio entrar y subir entendió que iba a visitar hasta que de allí a un rato oyó esta testigo gran ruido arriba y subió allá a ver lo que era y halló en el corredor a la negra Isabel, criolla del dicho don Rodrigo, llorando y por ver lo que era entró a la sala y se asomó a la puerta de un aposento allá donde vio que estaba el dicho licenciado Francisco Alonso de Villagrán luchando con la dicha doña Juana a brazos como que forcejeaba con ella y ella se defendía apartándole con los brazos y diciéndole ésta es la honra que vuestra merced da a mi hermano por haberlo hospedado en su casa y haberle hecho las buenas obras que le ha hecho…

 

El violador intentó que la mujer aceptara, intentando convencerla de que se casaría con ella y de que era su marido. Obviamente, aún así, doña Juana se resistió, actuando de forma acorde con la moral de una persona de su rango social. Pero, la violación se consumó, pues como ella misma narró, abrazándose con ella la tumbó en la cama que allí estaba e hizo lo que quiso y la corrompió y llevó su virginidad.

En medio del silencio de la siesta, los sucesos provocaron un gran escándalo que escucharon todas las personas presentes en la casa. Es más, todos se encaminaron hasta la habitación de doña Juana, asomándose uno tras otros para curiosear lo que estaba ocurriendo. Pues, bien, ¿qué actitud adoptaron estos testigos presenciales? A juzgar por los testimonios, la única realmente sorprendida y afligida fue la esclava Isabel que, tras asomarse a la habitación, se fue al pasillo y empezó a llorar desconsoladamente. En ese momento llegó Petrona Leal y, tras verificar con sus propios ojos lo que ocurría dentro del dormitorio, tranquilizó a la esclava, diciéndole como ya los había visto y les había oído decir que se querían casar y, antes y después de lo susodicho, les vio esta testigo hacerse señas. La actitud del albañil Diego Velázquez fue aún más comprensiva con el violador. Tras escuchar el revuelo subió hasta la habitación y también se asomó. Pero, al maestro le pareció suficiente la respuesta que él mismo escuchó del visitador cuando le dijo en voz alta a doña Juana no tenga pena vuestra merced que yo soy su marido. Por ello, entendió que se trataba de un asunto privado, amoroso e intrascendente y decidió volver a su faena por donde había subido y les dejó como estaban. Es decir, salvo Isabel, que la tensión del momento le provocó un llanto, María, Petrona y Diego no le dieron demasiada importancia a lo sucedido dado que sabían que hacía meses que mantenían una relación más o menos formal.

Queda claro, pues, que en general los testigos presenciales no intervinieron, pese a los gritos y los lamentos de la estuprada. De alguna forma entendieron que los hechos fueron consecuencia de las relaciones amorosas que ambos habían mantenido durante meses y, por tanto, la propia víctima los había propiciado. Esta reacción de los testigos tampoco nos sorprende. Se trata de una actitud típica desde la Edad Media, pues se pensaba que la mujer sentía un deseo irreprimible de forma que para ser creída debía gesticular mucho su dolor ante una violación. Así, pues, ninguno de los testigos intervino pese a los lamentos que escucharon de la víctima.

Después de ocurridos los hechos podría pensarse que la relación finalizó o se deterioró; no fue así, continuó fundamentada en la promesa que había recibido doña Juana de que el visitador finalmente la desposaría. Por ello, estaba dispuesta a perdonar y a olvidar si finalmente el visitador cumplía su promesa. Así, pues, la relación continuó de forma ininterrumpida tras la violación, aunque desconocemos si más accesos carnales. Rodrigo de Bastidas en su testimonio afirmó que le corrompió su virginidad y durmió diversas veces con ella pasando a la mi casa cuando todos dormían… Ningún testigo corroboró este extremo, aunque cabe la posibilidad de que en los meses sucesivos ocurriesen hechos similares más o menos consentidos por doña Juana.

Sí sabemos, en cambio, que dos meses después de la violación, estando recién parida doña Felipa Margarita, se quedó a dormir con doña Juana en su alcoba una doncella llamada Andrea de Ribadeneira. El riesgo de ser descubierta no impidió a doña Juana levantarse a hurtadillas de noche y acudir a su cita diaria con su amado. Sin embargo, Andrea se despertó a media noche y encontró que doña Juana no estaba en su lecho por lo que salió a su encuentro. Curiosamente, se encontró a la mulata María dormida en el pasillo. La despertó y averiguó que la había dejado allí doña Juana para que vigilase para ver si salía alguien o si despertaban. Tras interrogarla supo que doña Juana estaba con el visitador y envío a buscarla. Ya había escuchado ruidos doña Juana y regresaba de vuelta a su alcoba, encontrándose con Andrea quien le recriminó duramente su actitud diciéndole que cómo una mujer de sus prendas y tan principal y doncella hacía eso. Doña Juana, igual de firme, le respondió que lo hacía porque el visitador le había prometido que se desposaría con ella antes de acabar la visita.

En el mes de octubre, nuevamente la esclava María fue testigo de cómo el visitador le regaló a doña Juana un corsé para un jubón de tela de oro encarnada el cual compró Cifuentes, “hacedor del dicho visitador, de casa de Francisco de Aguilar. Pero, doña Juana de Oviedo comenzaba a impacientarse. Por lo que, poco después, tuvo una discusión con su amado, echándole en cara su tardanza en cumplir su promesa. Había pasado más de medio año desde que se produjo la violación. Doña Juana siempre pensó que el visitador finalmente se desposaría con ella y que la violación quedaría como el mejor guardado de sus secretos. Y pese a las buenas palabras del visitador lo cierto es que llegó el final de la visita y las peores sospechas de la víctima se cumplieron. Fue entonces cuando decidió, en colaboración con su hermano, iniciar las correspondientes acciones legales contra el infractor. En una sociedad como aquella doña Juana no se podía permitir el lujo de perder gratuitamente su virginidad.

Por otro lado, con tantos testigos presenciales no parece demasiado creíble que su hermano el regidor Rodrigo de la Bastida estuviese ajeno a lo ocurrido en su propia casa durante tanto tiempo. Probablemente, Rodrigo al igual que su hermana, prefirió esperar a ver si las cosas se solucionaban de la mejor manera, es decir, con un matrimonio más o menos voluntario del jurista. Todo valía si se conseguía, por un lado, guardar la apariencia social, y por el otro, perpetuar ambos apellidos como pretendían.

Pero desesperados ya de una solución amistosa comenzó la ofensiva social y legal de los Bastidas. Y digo la ofensiva social porque lo primero que hizo el regidor, antes de emprender acciones legales, fue hablar con el arzobispo de Santo Domingo para que compeliese al visitador a desposarse con su hermana, cumpliendo su palabra. Sin embargo, no parece que el prelado llegara a emprender ninguna acción o, si lo hizo, no tuvo efecto alguno. Esta conversación entre Rodrigo y el arzobispo vuelve a ratificar la idea que toda la parte damnificada tenía: estaban dispuestos a perdonar siempre y cuando se celebrase el esperado enlace matrimonial.

Sin embargo, el visitador no estaba dispuesto a cumplir su promesa. Había retornado a México y se sabía seguro de su privilegiada posición socio-económica como oidor que era de la Audiencia de México.

Los dos hermanos se vieron obligados a litigar judicialmente, solicitando incluso la pena de muerte para tan grave delito. Rodrigo de la Bastida utilizó todo su poder para iniciar un litigio contra Villagrá. El punto de partida se produjo el 16 de enero de 1595 cuando doña Juana de Oviedo, ante el escribano público Miguel Alemán de Ayala, dio plenos poderes a su cuñado Juan Ortiz de Sandoval para que en su nombre emprendiera las acciones legales.

En la reclamación interpuesta por la parte acusante, se insiste en la existencia de varios agravantes: primero, que la víctima en cuestión era una mujer honesta, recogida y principal y además nieta de los primeros conquistadores y pobladores de esta isla sus abuelos y bisabuelos. En este sentido, Gonzalo Rodríguez, en nombre de doña Juana de Oviedo afirmó que si por un simple estupro cometido contra cualquier mujer se mete en prisión con mayor razón en este caso siendo doña Juana mujer principal… Segundo, que actuó siempre con engaños porque tenían por cierto que si el dicho visitador no le hubiese prometido casamiento jamás hubiese consentido tener una relación sentimental con él. Y tercero, y último, el hecho de que fuera visitador y oidor le hacía más culpable del delito.

El presidente de la audiencia y gobernador de la Española Lope de Vega Portocarrero, con el apoyo de los oidores, los doctores Simón de Meneses y Juan Quesada de Figueroa, dieron la razón a su amigo Rodrigo de Bastidas. Concretamente, el 17 de febrero de 1595, ordenaron auto de prisión, ratificado al día siguiente, y que la prisión sea su casa con un hombre que guardase. Asimismo, se solicitó al virrey de Nueva España que se tomase confesión y testimonio al licenciado Villagrá. Sin embargo, ni una cosa ni otra se llegó a cumplir. El acusado era lo suficientemente poderoso en México como para evitar que sus colegas cumpliesen la sentencia. De hecho, Rodrigo de Bastidas se quejó de que en Nueva España no le quisieron prender, pese a la detallada información que proporcionaron los demandantes. El presidente de la audiencia de México y virrey de Nueva España Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, acababa de tomar posesión de su cargo en mayo de 1595 y no se quiso enemistar con los oidores. Por su parte, Villagrá alegó que la Audiencia de Santo Domingo no tenía competencias para juzgar este caso. Por ello pedía que los oidores de Santo Domingo se abstuviesen de proseguir la causa y que se remitiese todo al Consejo de Indias.

Por ello, el 11 de octubre de 1595 dieron poder a Juan de Alvar, Diego Sanz de San Martín y a Gaspar de Esquinas, procuradores de corte, y a Esteban Marce y Diego de Castro, solicitadores de corte, vecinos de Madrid, para que prosiguiesen la causa ante el Consejo de Indias.

No tenemos datos sobre la instrucción y fallo del proceso por el Consejo de Indias. Pero no parece que sufriera una condena importante. Y además su prestigio debió quedar más o menos limpio, pues, no en vano en 1605 se convirtió en miembro de dicho Real y Supremo organismo. En cualquier caso, el análisis de este proceso nos ha aportado interesantes matices sobre la forma de ver las relaciones sexuales y la violación de distintas personas de muy variada condición social.

Lo primero que salta la vista es que la percepción que se tenía en el siglo XVI de la violación era distinta a la que se tiene en nuestros días. Los testigos presentes mientras se cometía el atropello no intervinieron probablemente porque interpretaron que, pese a esa resistencia puntual, los amores habían sido correspondidos por doña Juana. La idea que subyace en el fondo, propia de aquella época aunque inaceptable hoy, es que en mayor o menor media doña Juana había propiciado ese fatal desenlace. Juegos amorosos en los meses previos se pudo ver como un atenuante. Esta actitud se percibe muy claramente en el albañil Diego Velázquez que, tras observar que se trataba simplemente de un acto sexual, se marchó por donde había venido, sin darle más importancia, y prosiguió su trabajo en la casa.

Pero había un segundo atenuante; pese a que los Bastidas argumentaron en el proceso que el hecho de que el infractor fuese oidor era un agravante, lo cierto es que no era exactamente así. El alto statu socio-económico del infractor, similar al de su víctima, hacía que el asunto fuese menos grave y que además tuviese una fácil solución. Ni que decir tiene que si el violador hubiese sido no ya un esclavo sino un español o un criollo de baja extracción social el delito hubiese revestido una mayor gravedad y la condena hubiese sido mucho más contundente.

Pero también los Bastidas, estaban dispuestos a solucionarlo todo de buena manera, simplemente con el matrimonio. Es cierto que se trataba de una solución que solía ser usual en la España Moderna, para casos en los que el violador y la violada no eran personas casadas. Con ese objetivo doña Juana prosiguió su relación con el supuesto violador durante casi otro medio año como si nada hubiese pasado. Sólo cuando tuvo la certeza de que no habría matrimonio decidió litigar.

Pero también su hermano esperó a que el oidor se casase por las buenas; pero es más, luego antes de ir a juicio habló con el arzobispo por si había posibilidad de que se desposase, aunque fuese bajo la presión de la excomunión. Sólo cuando se vio agotada toda opción de matrimonio acudieron a juicio. Probablemente también querían evitar que se hiciese público en Santo Domingo un escándalo como ese en familias de tanto prestigio.

Tampoco parece que la justicia de Santo Domingo y menos aún la de Nueva España tuviesen una percepción especialmente grave de los hechos cometidos. Los oidores de Santo Domingo, probablemente muy presionados por la influencia de una familia como la de los Bastidas, dio orden de prender e interrogar al infractor, pero los oidores de Nueva España hicieron caso omiso del mismo. Pero, es más, a juzgar por los escasos resultados tampoco parece que el arzobispo de Santo Domingo se alarmara especialmente por el delito.

En general, la única garantía de protección de la mujer procedía de su entorno familiar. Si era una mujer de las que entonces se llamaban principales, esto se consideraba un agravante y las consecuencias para el infractor podían llegar a ser graves. Sin embargo si se trataba de una mujer humilde la situación variaba; pocas denunciaban y muchas menos ganaban sus demandas. Y por supuesto, si se trataba de una esclava, no existía posibilidad alguna de resarcimiento porque el esclavo tenía statu de cosa. Así era la sociedad del Antiguo Régimen.

En cambio, si era la mujer la que cometía adulterio, engañando a su esposo, tenía todas las papeletas para que el caso acabase con el asesinato de la adultera a manos de su ultrajado marido. Y para colmo, con causa justa porque se trataba de una venganza de honor, por ello, no extraña que muchos de estos asesinos acabasen siendo indultados por la propia Corona. Una justicia muy desigual para hombres y mujeres, como desigual era la posición social que ambos sexos desempeñaban en la sociedad del Antiguo Régimen.

 

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Extraído de mi libro: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013, pp. 49-66


EL TRIUNFO DE LOS MEDIOCRES

EL TRIUNFO DE LOS MEDIOCRES

        En el Antiguo Régimen se enlazaron dos elementos que dieron al traste con el progreso de España: por un lado, los estatutos de limpieza de sangre, por el que quedaron excluidos de los cargos de la administración cualquier persona sospechosa de ser conversa. Y por el otro, la venta por dinero de todo lo que la Corona podía adjudicar, es decir, territorios de realengo, títulos de ciudad, Grandezas de España, marquesados y cualquier oficio, desde una simple regiduría a un corregimiento. Desde los clásicos trabajos de Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás de Valiente, sabíamos que hubo venalidad pero desconocíamos la magnitud. Aunque estemos hablando de una época en la que, al menos en teoría, la honra la daba la sangre, en la praxis con dinero se podía conseguir prácticamente todo, incluido el reconocimiento social. Si el aspirante tenía un origen manchado, no había demasiada dificultad en sobornar a funcionarios judiciales o religiosos para ingresar así en el estamento privilegiado. Todo ello permitió el monopolio del poder por todo tipo de mediocres, corruptos y personas sin escrúpulos. Unos que habían heredado la condición de noble y otros que la habían comprado con dinero. Bien es cierto que la venalidad no fue un fenómeno español sino europeo, presente en distinto grado en otros países como Francia, Flandes, Italia o Portugal.

 

LOS ESTATUTOS DE LIMPIEZA DE SANGRE

 

La temática cuenta ya con una larga trayectoria, que se inició con los pioneros estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Albert Sicroff seguidos, algunos lustros después, por los de Gutiérrez Nieto. En los últimos años la temática ha despertado el interés de numerosos investigadores que han ido aportando puntos de vista novedosos.

En la Península, las probanzas comenzaron a mediados del siglo XV y sirvieron para discriminar de los altos cargos de la administración a los conversos, es decir, a los neófitos. Y ello porque se entendía, como se estableció en la Sentencia-Estatuto del cabildo de Toledo de 1449, que independientemente de su fidelidad al cristianismo, tenían un origen manchado y un linaje perverso. Dado que los apellidos sospechosos eran fácilmente sustituibles se hizo necesario establecer mecanismos para verificar el linaje de cada persona. Por tanto, las pruebas o probanzas de sangre no fueron más que un instrumento de investigación genealógica. A partir de la conquista de América, este mismo instrumento se utilizó para discriminar a las castas, es decir, a los mestizos, mulatos, zambos, cuarterones, etc.

Al parecer, en un primero momento ni la realeza ni el papado los vieron con buenos ojos. Ello no impidió su desarrollo, haciéndose omnipresentes en los siglos XVI y XVII y prolongando sus tentáculos hasta la Edad Contemporánea. Los llamados cristianos viejos consiguieron discriminar de los altos cargos de la administración a todas aquellas personas teóricamente sospechosas de tener un pasado judío o converso. Y todo con una excusa falsa, es decir, que la mayoría de los cristianos nuevos no sólo no eran buenos cristianos sino que además conspiraban contra la monarquía cristiana. Así, pues, se presentó al neófito como un mal cristiano y un mal súbdito de la monarquía. Una generalización que no se ajustaba a la verdad, pues, aunque hubo algunos conversos que se mostraron inasimilables, la mayoría trató de integrarse felizmente en la sociedad cristiana.

Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las ordenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, al igual que los judíos, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. Como indica el autor, esas estrategias permitieron al padre de Santa Teresa ocultar su origen converso.

Desde el siglo XVI, estos estatutos habían tenido opositores tan conocidos como el arzobispo de Sevilla, fray Diego de Deza, fray Luis de León, Domingo de Soto, Fernando Vázquez de Menchaca, Gerónimo Cevallos, el licenciado Martín de Cellorigo y el jesuita Fernando de Valdés, entre otros. Concretamente, el franciscano Uceda, en 1586, criticó los estatutos como un medio de los cristianos viejos para conseguir altos puestos de la administración con linaje, disimulando así su falta de méritos. No menos claro fue el licenciado Martín de Cellorigo cuando escribió, en 1619, que Jesús vino al mundo a reunir a todos los pueblos bajo las aguas del bautismo, eliminando el odio, justo lo contrario que los cristianos viejos hacían con los conversos. Y no menos elocuente se mostró Fernando de Valdés cuando negó las discriminaciones contra los neófitos, alegando que los padres de la Iglesia fueron conversos y no por ello malos cristianos. En el segundo cuarto del siglo XVII, hubo un notable grupo de intelectuales, religiosos y políticos que se posicionó en contra de los estatutos a los que responsabilizaban de privar a la Monarquía de personas talentosas. El Conde Duque de Olivares, descendiente de conversos, intentó una reforma en profundidad para acabar con sus indeseables efectos, pues no hacían más que enfrentar a la sociedad entre cristianos viejos y nuevos, evitando que grandes talentos pudiesen acceder a los altos cargos de la administración. En 1623 expidió una reforma de estas probanzas por la que, entre otras medidas, se prohibían los memoriales anónimos y las murmuraciones, como pruebas acusatorias, como se había venido haciendo hasta ese momento.

Sin embargo, los apoyos al sistema estatutario fueron mucho mayores: primero, entre una parte de la intelectualidad -como Juan Martínez Silíceo-, y segundo, entre un amplio sector del Tercer Estado. Esta base social estatutaria terminó provocando el fracaso de lo todos los intentos de reforma, prolongándose estas prácticas nada menos que hasta el siglo XIX. Todavía en las Cortes de Cádiz hubo quien defendió la necesidad de mantenerlos para diferenciar a los neófitos de los cristianos viejos. Parece claro que los estatutos llevaban implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad.

No obstante, su aplicación en las colonias presentó algunas particularidades: en primer lugar, se aplicó más en la discriminación de las castas que en la persecución de los judeoconversos. Por tanto dejó de ser un mecanismo de persecución del neófito para convertirse en un instrumento de limpieza fenotípica de negros, indios y sus híbridos. En segundo lugar, que no siempre las informaciones contaron con las garantías necesarias para verificar lo que allí se decía. En aquella época la Península Ibérica parecía estar demasiado lejos como para conocer con detalle los orígenes del aspirante. Por eso no era de extrañar, como denunciaba la audiencia de Santo Domingo en 1572, que muchos, siendo descendientes de judíos, elaborasen informaciones falsas accediendo a puestos destacados de la administración. Y en tercer lugar que, a diferencia de lo que ocurría en la metrópolis, el peso de estas informaciones de limpieza no siempre fue decisivo para apartar a una persona del alto funcionariado. A veces, cuando el sujeto en cuestión disponía de suficiente influencia social, no había demasiada dificultad en alcanzar los altos cargos, pese a existir fundadas sospechas de su origen neófito.

En general, las consecuencias fueron nefastas tanto para la sociedad como para la economía del país. Por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

 

LA VENALIDAD PÚBLICA

Desde la baja Edad Media, se inauguró una política tendente a capitalizar las arcas reales mediante la enajenación de territorios de realengo o la venta de cargos públicos. Al final del Medievo se establecieron algunas cortapisas para evitar que el Rey pudiese transferir a su antojo tierras de realengo, con el consiguiente perjuicio para la población. Por regla general se estableció la negativa a vender nuevos territorios, salvo en casos de grande y urgente necesidad. Sin embargo, todos estos impedimentos fueron suprimidos al final del reinado del emperador Carlos V y, sobre todo, durante la época de Felipe II. Este último Monarca derogó todas las leyes que limitaban el poder del Rey para vender tierras de realengo, siendo en realidad un paso más en el proceso de absolutización del poder.

Por ello, la venta lo mismo de territorios como de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante a lo largo de la Edad Moderna, tanto en la propia Península como en las colonias americanas. Un fenómeno que se inició en la Baja Edad Media y que se acentuó en los siglos XVI y XVII, a medida que apremiaban las necesidades económicas de los Habsburgo. Y en el siglo XVIII, los Borbones siguieron aplicando esta política recaudatoria, pese a que sus costes fueron infinitamente mayores a los beneficios. De hecho, se estima que a principios del siglo XVIII la venta de cargos proporcionaba menos del 7 por ciento de los ingresos de la monarquía. Y aunque el 6 de marzo de 1701 se decretó la suspensión de la venta de cargos, tres años después, en 1704, se derogó esta última orden por las necesidades financieras de la Guerra de Sucesión

        Se vendía todo lo vendible, desde títulos de ciudad, a títulos nobiliarios, Grandezas de España, pasando por cargos en los Consejos, virreinatos, corregimientos, alcaldías mayores, regidurías, escribanías y cargos militares, desde el de capitán, hasta el de alcaide y alguacil mayor. Las Grandezas de España se cotizaban caras, mientras que un título nobiliario salía algo más económico. Y contribuyendo, no había demasiada dificultad en convertirse en una persona de alto linaje, aunque en realidad tuviese orígenes conversos.

Los cargos se obtenían tanto en beneficio como en venta. En ambos casos se producía un desembolso de dinero por el interesado, pero en el caso de beneficio el cargo adquirido no era en propiedad sino por un plazo de tiempo que oscilaba entre los tres y los ocho años. Pero el abuso llegó a tal magnitud que lo mismo se vendían cargos futuros, es decir, que entrarían en vigor cuando falleciese su poseedor, que el interesado adquiría dos cargos diferentes, pese a no poseer el don de la ubicuidad. Y una vez comprados se podían revender, ceder, arrendar o legar a sus descendientes a conveniencia del propietario y ello tanto en España como en las colonias americanas. Por poner un ejemplo concreto, en 1530, Rodrigo del Castillo, vecino de Sevilla y poseedor del cargo de tesorero y escribano mayor de rentas en la entonces provincia de Honduras, otorgó dos poderes, a saber: uno, para que su hermano Juan de Orihuela, vecino de Sevilla, en la collación de San Román, pudiese usar el oficio en su nombre, y otro, para que a su vez éste lo pudiese traspasar a otra persona. Igualmente, en 1534, el cortesano Lucas de Atienza apoderó a Gaspar de Torres para que cobrase 100 pesos de oro de unas escribanías de la villa de Salvaleón de Higüey en la Española, que había vendido a un tal Juan de Almonacid.

Como es lógico, la venalidad provocó en demasiadas ocasiones la relegación del mérito a un segundo plano, acentuando el problema de la inoperancia de la administración. Se formaron oligarquías locales en las que unas pocas familias controlaban los principales cargos de la administración local, anteponiendo casi siempre sus intereses al de la ciudad. Pues, bien, la situación era especialmente grave cuando se trataba de casos militares. Y digo que es peor porque un mal regidor podía administrar arbitrariamente un municipio pero unos cargos militares hereditarios y, por tanto inoperantes, podían provocar a la monarquía sangrantes derrotas y pérdidas de prestigio, de dinero y de vidas humanas.

        Este monopolio de los cargos militares y judiciales por las élites locales es una muestra de ese gran problema que supuso para España los estatutos de limpieza de Sangre. Bastaba con demostrar un origen cristiano viejo para poder ostentar los grandes cargos de la administración independientemente del talento. A través de estos estatutos de limpieza los cristianos viejos limitaron la capacidad de neófitos y desfavorecidos de acceder a las principales instituciones castellanas. Las consecuencias fueron nefastas para el país, por tres motivos: primero, porque implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Segundo, porque dividieron y enfrentaron a la sociedad. Y tercero, porque apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

Estos cargos perpetuos terminaron convertidos en meras rentas vitalicias para los primogénitos de las principales familias locales, convirtiendo dichos cargos en meros adornos para el prestigio social de sus estirpes. Asimismo, las Grandezas de España se concedían a cambio de un fuerte desembolso de dinero, por lo que no tienen más mérito que ese, el de haber contribuido económicamente al sostenimiento de las arcas de la Corona.

Esta mezcla entre estatutos de limpieza y venalidad en la administración, permitió que accedieran a regir los destinos de España personas que no eran ni mucho menos las más preparadas. Cualquier cosa menos el mérito podía ser decisiva para conseguir un alto cargo en la administración, fundamentalmente una probanza de limpieza de sangre o simplemente numerario para comprarla. Una situación que lastró las posibilidades de España durante siglos y que nos relegó a un lugar de segundo orden en el mundo. Todavía en la Edad Contemporánea, sufrimos de forma subconsciente algunas de estas prácticas abusivas en la selección de personal en las altas instancias del Estado.

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

ESPAÑA: PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE UN PROYECTO DE ESTADO

ESPAÑA: PASADO, PRESENTE Y FUTURO DE UN PROYECTO DE ESTADO

        De nuevo estamos viviendo, con más vigor que nunca, las fuerzas centrípetas que cuestionan la unidad de España y la viabilidad de este viejo proyecto de Estado. Las Comunidades Autónomas de Cataluña y el País Vasco están reivindicando desde hace tiempo su derecho a decidir, con la intención premeditada de abandonar este Estado plurinacional llamado España. La oposición del resto de los españoles nace del convencimiento fundado de que hay serias posibilidades de que en ambos territorios triunfen los secesionistas. Precisamente, se acaban de conocer las últimas encuestas de la Generalitat de Cataluña y más del 54 % apoyaría la secesión frente a un 28 % que votaría en contra. Ello demuestra la magnitud del problema que no es cosa, ni por asomo, de una minoría radical. Los independentistas casi duplican en número a los partidarios de la permanencia. Por ello, minimizar a los independentistas o negar la existencia de un problema de fondo es un acto de irresponsabilidad.

Es obvio que existe un problema de calado, cuyos orígenes se remontan, incluso, a épocas anteriores a nuestra era. Se trata del viejo problema de las Españas, utilizando terminología de Bosch Gimpera. Ya en la Hispania Romana hubo pueblos al norte, sobre todo en la zona de Euskal Herría y en buena parte de la franja pirenaica, que permanecieron al margen de la romanización. Pero, incluso, en los territorios peninsulares que permanecieron bajo el control imperial, tampoco existía una unidad, pues cada provincia, vivía de manera independiente y se subordinaba directamente con Roma. Tampoco los visigodos y los islámicos consiguieron la ansiada integración peninsular. En la Reconquista fueron apareciendo distintos reinos, el de León, fusionado ya en el siglo XIII con el de Castilla, el de Aragón, el de Navarra y el Granada que convivieron, unas veces pacíficamente y, otras, enfrentados. El reino de Granada fue incorporado de forma violenta en 1492 y exactamente igual se hizo con el de Navarra en 1512.

Pero los Reyes Católicos solo lograron un conglomerado de reinos unidos por una corona común. Se trataba de propiedades patrimoniales en las que cada reino mantuvo sus leyes, usos y costumbres, sin más denominador común que su subordinación a la dinastía de los Habsburgo. Bajo el reinado de Felipe IV, el Conde Duque de Olivares intentó infructuosamente una centralización, que finalmente lograría Felipe V con los famosos Decretos de Nueva Planta de 1707, 1715 y 1716. Los territorios del antiguo reino de Aragón, sufrieron de manera forzada y a regañadientes la uniformización, de la que se salvaron el País Vasco y Navarra por su leal colaboración con el bando borbónico. Pero la sensación de derrota, en algunos territorios del antiguo reino de Aragón, ha perdurado hasta nuestros días.

        En el siglo XIX hubo nuevos intentos de solucionar el problema, mediante la creación de un Estado Federal. En la propia Euskal Herría surgió el independentismo pero también un amplio movimiento intelectual a favor de la federación de los pueblos de España. En ese movimiento brillaron un nutrido grupo de intelectuales, de muy diversas ramas humanísticas, como Juan Carlos Guerra, Serapio Múgica, Telesforo de Aranzadi, Domingo de Aguirre, Julio Urquijo, Carmelo Echegaray o Julio Campión, entre otros. También en Cataluña descolló toda una legión de intelectuales, desde Prat de la Riba a Pi y Margall, y ya en el siglo XX los Companys, Maciá y Rovira y Vigili, entre otros, que defendieron la salida federal. Sin embargo, tras el fallido intento federativo de la I República, en el Sexenio Revolucionario, que acabó en un cantonalismo ridículo, las fuerzas armadas volvieron al status quo previo, es decir, a la imposición del centralismo.

        En el siglo XX, continuó ese problema que Nicolau d´Olwer llamó de deseo de unión e imposibilidad de amalgama entre los distintos pueblos de España. En los años veinte hubo una emergencia de reivindicaciones nacionalistas de las que se lamentaba Ortega y Gasset en su España Invertebrada. Todo el que se manifestaba contra el centralismo de Madrid era tildado de antipatriota. En ese efímero oasis que fue la II República se produjo el último gran intento de afrontar el problema, aprobando una nueva Constitución progresista y federal en la que muchos depositaron todas sus ilusiones. Pero el proyecto volvió a fracasar, por la incapacidad de las élites conservadoras a aceptar el programa de reformas en materia agrícola, educativa, territorial y religiosa. Las dos Españas terminaron enfrentadas de nuevo en una guerra fraternal que acabó con la dramática aniquilación del bando republicano e izquierdista. El proyecto federal quedó proscrito durante el franquismo, e incluso después de la muerte del dictador.

        Durante la transición, se intentó no disgustar en exceso a los tradicionalistas, centralistas y conservadores que habían controlado el poder en España durante treinta y seis años. Por eso se optó por un federalismo descafeinado, llamado Estado de las Autonomías, que evitaba afrontar directamente el problema de las Españas. De alguna forma se estimó, quizás con acierto, que en aquellos difíciles momentos de la Transición, la mejor opción era un pacto de mínimos para todos. Pero el problema no estaba resuelto y, en el fondo, todos sabían que antes o después habría que afrontar de manera más o menos definitiva el problema. Y en éstas andamos.

        Yo creo que, llegados a este punto, las cosas están meridianamente claras: en este pequeño apéndice suroccidental de Europa llevamos siglos conviviendo –y en otras ocasiones malviviendo- unos pueblos con otros. Existe un problema cuya solución se ha aplazado durante demasiado tiempo; y el tiempo se acaba, pues el enfrentamiento y la desazón entre unos españoles y otros pueden llegar a un punto de difícil retorno. Reformemos la Constitución para dar cabida en ella a todos los pueblos de España, cerrando viejas heridas. Aprobemos una reforma constitucional que goce de nuevo del apoyo de la inmensa mayoría de los españoles y que aporte su espacio vital a catalanes, vascos, gallegos, canarios, andaluces, murcianos… Hagamos que todos nos sintamos a gusto en nuestro nuevo Estado. Urge una segunda transición que pasa necesariamente por la reforma de la constitución de 1978 y por la conversión de España en un Estado Federal. Sembremos las bases para una buena convivencia durante el siglo XXI y solucionemos, de una vez por todas, el problema de la invertebración de España. En definitiva, dejemos atrás por fin la España del siglo XX y creemos la del siglo XXI. Una Federación de Naciones Ibéricas en las que todos quepamos. En esta nueva España Federal, fundada sobre el respeto y la simpatía mutua, puede estar la clave de la buena convivencia entre todos los habitantes de esta vieja y maltratada piel de toro.

ESTEBAN MIRA CABALLOS