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Historia de España

EL PRECIO DE LA LIBERTAD: EL ESCLAVO HAMETE, SEVILLA, 1530

EL PRECIO DE LA LIBERTAD:  EL ESCLAVO HAMETE, SEVILLA, 1530

        En una visita realizada al Archivo Histórico Provincial de Sevilla buscando datos relacionados con Francisco Pizarro me salió al paso un documento que me pareció tan llamativo como triste. Un jueves 21 de abril de 1530 comparecieron ante el escribano sevillano Pedro de Coronado, Diego Beltrán, un mercader sevillano establecido en el barrio de Santa Cruz, y su esclavo Hamete. Este último tenía cuarenta años más o menos y pretendía, por un lado convertirse al cristianismo, adoptando el nombre del fundador de la Iglesia, Pedro, y por el otro, adquirir su libertad. El dueño aceptó, alegando que le había servido fielmente durante mucho tiempo y que le había “rogado” la concesión de la ahorría. Sin embargo, las condiciones para conceder la ansiada libertad fueron algo más que duras:

        Estimó su valor en unos 60 ducados de oro, valorados en 22.500 maravedís, una cuantía alta, teniendo en cuenta que los hombres se cotizaban más baratos que las mujeres y que el esclavo en cuestión tenía ya cuarenta años. Y a modo de ejemplo pondré otra carta de venta formalizada ante ese mismo escribano el 2 de septiembre de 1530: Bartolomé de Medina, vecino de Sevilla, en la collación de San Isidoro, vendió a Janote Espíndola, mercader genovés, una esclava blanca, natural de Berbería, de 16 por 65 ducados de oro. Está claro que si esta esclava se apreciaba en 65 ducados, Hamete, de 40 años, una edad avanzada para ser un esclavo, no podía valer 60 ducados. Lo cierto es que Hamete debió aceptar la estimación que le ofreció su señor. La mitad del dinero la abonó en el mismo acto de la firma de la obligación, mientras que los otros treinta ducados se los debía pagar de la siguiente forma:

        El mercader le proporcionaría una acémila con la cual acudir a su trabajo, debiendo pagarle veintinueve maravedís diarios cuando trabajase con el jumento y los que no la usase solamente diez. El dinero se lo debía abonar al final de cada semana en Sevilla. Dado que seguía siendo su esclavo, si algún día acudía a trabajar a su servicio no cobraría salario pero sí recibiría su manutención. Si dejaba en algún momento de pagarle la cantidad semanal que cobrase siendo asalariado, perdería todo lo entregado y mantendría su situación servil.

        Pero dado que debía pagarle 11.250 maravedís y que debía entregar diariamente una media de 19,5 maravedís diarios, necesitaría trabajar asalariado unos 576 días para pagar la deuda. Suponiendo que nunca cayese malo y que sirviera asalariado seis días a la semana, necesitaría al menos dos años para pagar su deuda si es que sobrevivía tanto tiempo con un trabajo tan prolongado.

        Como se puede observar Diego Beltrán distaba mucho de ser un benefactor, quizás su oficio de mercader, siempre buscado la ganancia, no favorecía una actitud caritativa. No sabemos si Hamete llegó a obtener su ansiada libertad porque la longevidad del esclavo raramente superaba los cuarenta o los cincuenta años, después de una vida de sufrimiento y trabajo. Pero en caso de conseguirla, el futuro que le esperaba no era nada halagüeño, pues detrás del supuesto afecto hacia el esclavo se escondían sórdidos intereses, fundamentalmente evitar su manutención cuando ya no era tan productivo o cuando se atravesaba por dificultades financieras. Una situación que ya advertía Don Quijote de la Mancha cuando decía que muchos los liberaban en la vejez para no tener que mantenerlos, de manera que con título de libres los hacían esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

        Esta es la vida de este esclavo, llamado Hamete primero y Pedro después, aunque quizás su conversión estuvo motivada por un desesperado intento de librarse de la servidumbre. Y es que desde siempre se valoró la libertad –o lo que se entendía como tal- como un derecho natural y como un preciado bien, como le decía don Quijote de la Mancha a su fiel escudero Sancho. Con sus palabras queremos concluir esta ponencia: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

SEÑORES Y ESCLAVOS: UN CURIOSO CASO EN LA SOLANA DE 1710

SEÑORES Y ESCLAVOS: UN CURIOSO CASO EN LA SOLANA DE 1710

Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad, es decir, las personas nacían dentro del estamento privilegiado o fuera de él y asimismo, podían ser libres o esclavas. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Los prejuicios contra la negritud tienen remotos orígenes pues ya en la Edad Media existía una diabolización del color negro, relacionándose con la oscuridad y las tinieblas. Desde entonces y hasta el siglo XVIII se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces disidentes en su seno, como las de fray Tomás de Mercado, fray Bartolomé de Las Casas y fray Bartolomé Frías de Albornoz. También es posible que hubiese otros miembros de la clase subalterna que en silencio viesen con malos ojos esta perniciosa institución, como reflejaba el Ingenioso Hidalgo Don Quijote a quien le parecía duro caso hacer esclavos a los que Dios por naturaleza hizo libres. Ahora bien, se trataba de una sociedad con esclavos, pero no una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población aherrojada era muy reducido. Realmente en todas las sociedades de clase ha habido cautivos, pero el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el estado romano.

        El fenómeno de la esclavitud en Solana lo he analizado en diversos trabajos, en los que puse de manifiesto que incluso en pueblos de pequeñas dimensiones estaba ampliamente implantada. En esta localidad había un buen número de arrendatarios del duque de Feria que necesitaban abundante mano de obra, de ahí que la presencia de esclavos sea muy notable. Los hombres eran usados en el campo mientras que las mujeres se encargaban sobre todo de las tareas domésticas.

        Tenían status de cosa y por tanto su situación era extremadamente vulnerable. Si se les protegía y alimentaba era solamente para preservar la inversión realizada. Cuando se formalizaba una compra de compra-venta se solía establecer un plazo de uno o dos meses en el cual el comprador podía devolver la mercancía, si no le satisfacía el producto. Los vendedores eran verdaderos profesionales, otorgaban un plazo de hasta tres meses para deshacer la transacción en caso de que el comprador por el motivo que fuese no estuviese satisfecho con la adquisición. Por poner algunos ejemplos que tengo documentados, en Carmona el regidor Cristóbal Tamariz de Góngora había comprado el 30 de abril de 1618 a la esclava Maymona al mercader Antonio Núñez Vaca. En la escritura se aclaró que la aherrojada estaba con calenturas, lo que el vendedor atribuía simplemente al cansancio del camino. Poco más de un mes después, exactamente el 4 de junio de ese mismo año, anotó el escribano en el margen que se deshizo la transacción porque el mal fue en aumento. En la misma Carmona en el mismo año se produjo la devolución de Marieme, adquirida por la doncella doña Leonor Méndez y que fue devuelta casi medio año después, simplemente porque manifestó estar disgustada por su servicio. La anulación de la escritura se formalizó el 14 de octubre de 1618 y el escribano dejó anotación de la misma en la misma carta de compra-venta. Llama la atención que aceptasen una devolución por motivos simplemente personales, si es que no había algo más que por las circunstancias que sea no fueron declaradas.

        Un caso similar a este último hemos encontrado en Solana de los Barros, casi un siglo después. Una señora de dicha villa, cuyo nombre no se especifica, encargó a su compadre Gabriel Joseph, en febrero de 1710 que comprase para ella una esclava. Éste se personó en Ribera del Fresno y a en enero de 1710 la adquirió del presbítero de Fuente de Cantos Francisco Guerrero de las Beatas. La esclava en cuestión estaba bautizada con el nombre de Ana Florencia, tenía 22 años, tenía el tono de la piel blanca –debía ser berberisca, aunque no se especifica- y pagó por ella 1.750 reales de vellón. Pues bien, una vez en Solana, transcurridos tan solo unos días, la señora decidió devolverla, alegando que “no era de su gusto”. Su compadre aceptó realizar las gestiones para su devolución alegando lo siguiente: que lo hacía por no importunar a su comadre que era “la que tenía que lidiar con ella” aunque se había informado de que era una buena trabajadora y que poseía bondades no muy comunes entre los esclavos. Dicho y hecho, remitió la escritura de compra-venta y una carta con sus intenciones, y tres días después, exactamente el 6 de febrero de 1710, ante el escribano de Ribera, Alonso Rodríguez de la Fuente se formalizó la devolución de la esclava y el reintegro del dinero.

        Una muestra singular de cómo se trataba a estas personas hace poco más de tres siglos. Se comerciaba con ellas como si fuesen animales y su suerte dependía básicamente del capricho de su propietario o de su interés por preservar su inversión.

 

 

Documento 1

 

Carta de Gabriel Joseph, vecino de Solana, a Juan de Cáceres Ovando, vecino de La Torre, estante en Ribera, Solana, 3 de febrero de 1710.

 

Amigo y muy señor mío y mi compadre, habiendo traído la esclava que vuestra merced hubo noticia había ido a comprar a la villa de Fuente de Cantos, y traídola, ha sido con el desacierto de no ser del gusto de su comadre de vuestra merced y como es quien ha de lidiar con ella y de nuestra obligación el no disgustarla, me es preciso volverla a enajenar, aunque contra mi voluntad por lo muy informado que estoy no solo de su buen trabajo y obrar sino también de la fidelidad y demás bondades que en semejantes personas es fortuna se hallen.

Y así, he deliberado remitir a vuestra merced y la escritura de venta para que en esa villa o en las inmediatas haga vuestra merced las diligencias de servir quien la compre, pagándola en lo mismo que me tiene de costa y que por dicha escritura consta y no en menos. Y así vuestra merced ha de perdonar y ésta sirva de poder bastante caso que a vuestra merced se le pida, pues lo doy por en ella según y cómo yo mismo lo tengo para que en igual grado haga lo mismo en todo y por todo que yo hacer podría presente siendo, que desde luego lo apruebo y ratifico y doy por bien hecho, obligándome a todo el saneamiento de lo que vuestra merced contratare con mi persona y bienes, sumisión y poderío de justicia como si por mi fuese dicho y hecho ante escribano real y testigos, confesándome sabedor de cuanto me pueda perjudicar pues por no haber en esta dicha villa escribano real ante quien otorgar poder más en forma no lo remito.

Y para que a lo que dicho es me puedan compeler y apremiar lo firmo en la villa de Solana, en tres de febrero de mil setecientos y diez años, siendo testigos don Felipe Rodríguez, Miguel Álvarez Rosado y Nicolás Fernández de Figueroa, notario por autoridad apostólica, vecinos de ella, que es cuando se me ofrece y desear por Dios a vuestra merced muchos años. Firma Gabriel Joseph

(Archivo Municipal de Almendralejo, protocolos de Ribera del Fresno, escribanía de Alonso Rodríguez de la Fuente 1710, fols. 10r-10v).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

MULEY XEQUE: CONVERSIÓN, INTEGRACIÓN Y DECEPCIÓN DEL PRÍNCIPE DE LOS MORISCOS

MULEY XEQUE: CONVERSIÓN, INTEGRACIÓN Y  DECEPCIÓN DEL PRÍNCIPE DE LOS MORISCOS

        En esta ponencia vamos a analizar la figura de Muley Xeque (Marrakech, 1566-Vigevano, 1621), legítimo candidato al trono de Fez, convertido años después al cristianismo. Por tanto, desde su conversión se paseó por España como un miembro de la élite morisca, es más como el más linajudo de los moriscos españoles.

Su biografía ha sido objeto de una clásica biografía firmada por Jaime Oliver Asín, titulada Vida de don Felipe de África, príncipe de Fez y Marruecos (Madrid, C.S.I.C., 1955). Este autor describió la estancia de este príncipe y de su tío Muley Nazar en Portugal a través de su correspondencia con Felipe II. Sin embargo, para su estancia en Carmona apenas si dispuso de referencias y de su trascendental paso por Andújar se debió conformar con las referencias de la obra de Lope de Vega. La etapa final de su vida en Italia también es bastante desconocida, reconstruyéndose casi en exclusiva a través de la narración escrita por Matteo Gianolio di Cherasco. Y es que a Muley Xeque apenas se le conocen testimonios escritos, a diferencia de lo que ocurre con su tío Muley Nazar que redactó numerosas cartas, unas fechadas durante su estancia en Portugal y otras desde la localidad sevillana de Utrera.

En esta ponencia aportamos, por un lado, algunos datos inéditos sobre la vida de Felipe de África, especialmente de su estancia en Carmona, en cuyo archivo municipal se conservan algunos documentos de gran interés. Y por el otro, realizamos una interpretación de su figura.

La conquista del reino de Granada, convirtió al Mar de Alborán en la frontera entre cristianos y musulmanes. El Magreb, que abarcaba desde Trípoli a Agadir, y muy en particular el reino de Marruecos, constituía un territorio estratégico para los intereses del Imperio de los Habsburgo. Una frontera permeable, pues en el norte de África había moriscos renegados y viceversa, en España magrebíes que habían abjurado de sus creencias islámicas. La victoria de Lepanto, en 1571, con ser importante no garantizó la supremacía de los Habsburgo en el Mediterráneo. Es más, tras la caída en 1574 de Túnez y La Goleta en manos de los otomanos, la situación de los españoles en el Mediterráneo dejó de ser ofensiva para limitarse a su defensa. Nápoles y Sicilia sufrieron desde entonces una amenaza creíble de invasión. El equilibrio se mantenía a través de los enclaves de Orán y Mazalquivir y mediante la consolidación de las relaciones con los sultanes de Marruecos para garantizar que no caían bajo la influencia de la Puerta Sublime.

En el trasfondo de toda la política española en el reino de Fez desde el último cuarto del siglo XVI, estaba su interés por ocupar la plaza de Larache, como medio de evitar la expansión turca en el Magreb. Portugueses, españoles y turcos ambicionaban esta estratégica plaza desde principios del siglo XVI, a medio camino entre Tánger y Mazagán. Aunque pudiera parecer una política ofensiva en realidad era meramente defensiva, el objetivo último era proteger un paso estratégico para la defensa de las islas Canarias y de la ruta de las Indias, al tiempo que se mejoraba la protección de las costas del sur peninsular. La idea era proporcionar ayuda a alguno de estos príncipes exiliados en la Península a cambio de la entrega de dicha plaza.

En ese contexto de la política exterior hispánica y norteafricana hemos de entender el interés de la Corona por mantener bajo control a estos tránsfugas como Muley Xeque y su tío, aspirantes legítimos al trono de Fez y Marruecos.

 

 1.-DE ÁFRICA A EUROPA

        Nuestro protagonista, el príncipe Muley Xeque, posteriormente bautizado como don Felipe de África, nació en Marruecos en 1566. Era hijo de Muhammad, rey de Fez y Marruecos, destronado en 1576 por su tío Abd al-Malik con la ayuda otomana y los dos fallecidos, junto a don Sebastián de Portugal, en la célebre batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes.

Con tan solo 12 años de edad, quedó sin más amparo que el de los portugueses, quienes decidieron ponerlo a salvo y enviarlo a Lisboa fuera del alcance del nuevo sultán. Nueve años permanecieron en Portugal el joven príncipe Saadí y su tío, exactamente desde el 27 de entre diciembre de 1578 hasta marzo de 1587. En Lisboa se le asignó una pensión de 2.000 maravedís diarios, y esporádicamente otras cantidades a Muley Nazar. Estuvieron sucesivamente en la capital lusa, en la pequeñísima villa de Alvalade, hoy perteneciente al concejo de Santiago do Cacém, y finalmente en la de Santarém, a donde fueron trasladados por el prior de Crato.

El 11 de septiembre de 1580 Felipe II incorporó el reino luso a sus dominios, disponiendo al año siguiente que se le continuase ofreciendo al príncipe Saadí el citado estipendio. Bien es cierto que hubo continuos retrasos en los pagos lo que provocaba los lamentos de los refugiados, al faltarles en ocasiones lo más básico.

        Muley Xeque todavía conservaba intactas sus aspiraciones de acceder al trono de Marruecos que legítimamente le correspondía. Por ello, solicitaba al monarca que le entregase algunos hombres y barcos para ir a su tierra, en donde presuponía –ingenuamente, por cierto- que la gente se levantaría en armas en su apoyo y recuperaría su trono. Sin embargo, el rey Prudente, que por algo recibía ese apelativo, decidió con mejor criterio trasladarlo a España con su corte de 57 personas. La orden se expidió el 21 de marzo de 1589, y el motivo era ajeno a los intereses de los dos príncipes saadíes, pues trataba de evitar que estos marchasen a Inglaterra, donde eran solicitados para usarlos en su propio beneficio. Su cumplimiento por el Duque de Medina-Sidonia no se hizo esperar, pues seis días después informaba que iba a proceder de inmediato a su traslado pero, a dos lugares diferentes, Utrera y Carmona, o en su defecto a El Coronil y Lebrija. Y ello por dos motivos: primero porque tío y sobrino no tenían buena relación, y segundo, para tratar de repartir los costes entre dos municipios.

 

2.-SU ESTANCIA EN CARMONA (1587-1591)

Como ya hemos dichos, la primera localidad española en la que residió fue en Carmona, una villa de la provincia de Sevilla. Al parecer, su elección se debió a que, además de disponer de un alcázar real en el que hospedarlo, poseía un cierto tamaño lo que permitía un mejor reparto de los costes entre su población. Aún así, el séquito era tan abultado que causó un notable quebranto económico a las arcas locales, así como un gran malestar entre la población. Y ello, porque los caudales prometidos para el sostenimiento del príncipe se demoraron hasta el punto que se abonaron después de su marcha. Ahora bien, Carmona no parecía el lugar más idóneo, primero, por la importante comunidad morisca que albergaba y segundo por su cercanía al puerto de Sevilla. De hecho, entre 1570 y febrero de 1571 habían llegado a una villa de tan solo 3.000 vecinos un total de 1.080 moriscos, procedentes del reino de Granada.

Traía consigo un séquito de 57 personas, incluyendo a seis mujeres, permaneciendo en la villa hasta febrero de 1591. Debió llamar la atención este joven príncipe de talle extremado, fornido y de perfectas proporciones, por su color de la piel moreno, lo suficiente como para que fuese conocido popularmente como el Príncipe Negro. No tardaron en aparecer los primeros problemas por el quebranto económico que suponía para una villa que todavía se recuperaba de la peste que la había asolado en 1583 y de las malas cosechas que padeció en 1587 y 1588.

Pocos días después de la llegada de la comitiva, exactamente el 28 de mayo de 1587, el corregidor de la villa, Esteban Núñez de Valdivia, anticipándose a los problemas, expidió un bando en el que exigía lo siguiente: a los cristianos viejos que los tratasen bien y que no les vendiesen más caro que a los vecinos de la villa, y a los moriscos que se abstuvieran de comunicarse con ellos, todo ello bajo pena de 10.000 maravedís al que lo incumpliera. Pese a tales prevenciones, los problemas no tardarían en llegar como luego veremos.

En cuanto al alojamiento, tradicionalmente se dudaba en cuál de los dos alcázares que seguían en pie en Carmona se hospedó. Pues bien, está claro que no fue ni en el alcázar de la Reina, demolido en 1478, ni en el de la Puerta de Sevilla, sino en el de Arriba o de Pedro I. De hecho, en varias ocasiones el corregidor envió comisiones al alcázar de Arriba a tratar diversos asuntos con el príncipe saadí. Según Manuel Fernández López este edificio fue en otros tiempos muy suntuoso y capaz y servía de alojamiento a los reyes cuando estos residían en Carmona. Una fortaleza inexpugnable construida en época almohade y, posteriormente, restaurada y engrandecida por el rey Pedro I, quien se construyó dentro un palacio que era réplica del que poseía en el alcázar Real de Sevilla. Sin embargo, tras el terremoto de 1504 quedó maltrecho y desde entonces solo se realizaron pequeños reparos, por lo que su habitabilidad era ya en el último cuarto del siglo XVI más que dudosa. Realmente no parece que el alcázar estuviese perfectamente acondicionado ni que dispusiese de los enseres más básicos para llevar una vida medianamente confortable. De hecho, en la tardía fecha del 2 de junio de 1589, el alguacil Francisco López entregó al alcaide Almançor un total de 13 colchones, 14 sábanas y 14 almohadas para las personas alojadas en el alcázar.

Y ¿a qué se dedicaron en esta villa sevillana? Tenemos algunas noticias al respecto. Hay que empezar diciendo que entre los alojados la mayoría más o menos entendían el castellano pero no lo escribían. Pero al menos uno de ellos no solo lo entendía sino que también lo escribía, pues de hecho, cuando en 1589 el alcaide Almançor tuvo que firmar el acuse de recibo de los colchones declaró que no sabía la lengua pero que a su ruego lo firmó en su lugar Mohamete Benganeme.

Al año siguiente de su llegada, exactamente en julio de 1588, el sultán saadí debió vivir las fiestas solemnes que se hicieron para rogar por la gran armada que se disponía a invadir Inglaterra. Para ello se celebraron varios actos: primero, el sábado cuatro de julio se hizo procesión de rogativa hasta el convento de Nuestra Señora de Gracia, regentado por frailes Jerónimos, donde se encontraba la patrona, entonces oficiosa, de la localidad. Se trajo a la iglesia mayor para celebrarle un novenario. Asimismo, el 10 de julio, toda la clerecía y las cofradías se dirigió en una procesión solemne desde la iglesia mayor a la de Santiago con misa cantada en ese último templo. Y finalmente, el miércoles 13 del mismo mes se realizó otro desfile en el que se devolvió a la venerada Virgen de Gracia a su templo conventual.

La oligarquía local, siguiendo las órdenes del Duque de Medina-Sidonia y del corregidor, trató de complacer en lo posible al príncipe y a su corte. En el acta capitular del 16 de noviembre de 1589 se dice que los proveyeron siempre de trigo, camas y ropa y que acudían al alcázar a entretenerlo, jugando con él. Asimismo lo llevaban de cacería y celebraban fiestas de toros y cañas en su honor. Concretamente, el 11 de agosto de 1589, el concejo comisionó al regidor Ángel Bravo de Lagunas y al alférez mayor Lázaro de Briones Quintanilla, para que proveyesen de varas y lo demás necesario para correr toros en la plaza y para los juegos de cañas. Y ¿con qué motivo? Pues por estar en esta villa el infante Muley Xeque, a quien su Majestad ha mandado lo festejen y regalen.

Pese a estos agasajos, hay razones para pensar que las relaciones entre estos musulmanes y los cristianos viejos de la localidad fueron malas o muy malas. Uno de los problemas era que el príncipe era muy joven y apenas era capaz de controlar a su propia gente. Aunque bien es cierto es que la dispersión de parte de su cortejo por distintas casas de la villa no favorecían precisamente ese control.

Dado que entre el grupo de marroquíes había tan solo seis mujeres, la mayoría llevaba meses o años sin mantener relaciones sexuales. Esto fue una fuente de graves conflictos pues, algunos de ellos, al caer la noche y vestidos como cristianos acudían a casas de mujeres para mantener sexo con ellas. No parece que forzaran a ninguna de ellas sino que acudían a casas donde éstas aceptaban su entrada, probablemente a cambio de alguna compensación económica. Enterado el corregidor, ordenó que cesasen dichas prácticas, poniendo vigilancia. Como resultado de ello, una noche se supo que un musulmán había entrado en una casa donde vivían Juana Gómez, viuda, y sus dos hijas solteras. El caso es que el mahometano pudo entrar pero el corregidor y los alguaciles no, quienes tras aporrear la puerta durante largo tiempo la desquiciaron y encontraron en el corral de la casa un moro en hábito de cristiano. Acto seguido, el corregidor acudió a ver al príncipe saadí para solicitarle encarecidamente que sus hombres aprovechasen la noche para salir a la calle y causar altercados.

Sin embargo, la situación no mejoró; el 14 de noviembre de 1589, tres criados del Xeque causaron ciertos altercados públicos por lo que se ordenó al alcaide Almançor que remitiese a los responsables a la cárcel pública, cosa que se negó a hacer. Cuando el alguacil mayor, Juan Tamariz de Góngora, los intentó apresar fue gravemente herido, provocando que los vecinos se situasen al borde de la rebelión. El corregidor tuvo que andar rápido y acudir a caballo con otros alguaciles para evitar males mayores, pacificando a los vecinos y encarcelando a los tres responsables de las heridas al alguacil, ante el enojo del príncipe saadí. Acto seguido, se envió una comisión al alcázar para informar de lo sucedido al Infante, pero se encontraron con una sorpresa: éste lo tenía todo preparado para abandonar la villa:

En el dicho día el concejo se dirigió al alcázar de arriba y hablaron al infante Muley Xeque al cual hallaron alborotado, vestido de camino y su caballo aderezado y muchas tiendas cargadas para irse fuera de esta villa y aunque le significaron la voluntad de la villa y del corregidor que no saliese del alcázar y porque lo que se había hecho había convenido respecto de sosegar los vecinos estaban escandalizados del alboroto y escándalo que los moros habían dado, que recogiese los moros y los quietase que el corregidor haría lo propio con los vecinos, el cual dicho infante dijo que él tenía cosas que tratar con su Majestad y le convenía partirse que él respondería a la villa lo cual respondió por la lengua que allí tenía.

Como puede observarse la situación que se vivió fue extremadamente delicada y a punto estuvieron, musulmanes y cristianos, de llegar al enfrentamiento directo. Pero, ¿a dónde pretendía marcharse? Según el Duque de Medina-Sidonia su intención era ir a otra localidad más cerca de Sevilla. Y ¿con qué objetivo? Pues no lo sabemos pero, obviamente, la capital Hispalense seguía siendo por aquel entonces la gran metrópolis del sur, el puerto desde el que se podía viajar lo mismo al norte de África que al continente americano. Es posible que desde ese puerto más de un morisco pasase a las colonias indianas, aunque en el caso de Muley Xeque, lo probable es que pensase en embarcarse con destino al Magreb. No olvidemos que su conversión y todo lo que eso suponía de renuncia a sus orígenes y a sus derechos dinásticos no cambiaron hasta después de su llegada a tierras jiennenses. Lo cierto es que el corregidor pudo convencerlo de que permaneciera en la villa hasta nueva orden del rey. Pero el ambiente estaba ya demasiado enrarecido; urgía su traslado a otra localidad.

También vieron con malos ojos la compra-venta de esclavos, pues Carmona poseía un notable mercado, satélite del sevillano, en el que se vendía tanto subsaharianos como berberiscos. El rey fue informado que los musulmanes se dedicaban a rescatar esclavos moriscos, aunque no se ha podido verificar dicha práctica, al menos de manera masiva. No hemos podido documentar la liberación en Carmona por parte de Muley Xeque de ningún morisco, aunque sí consta alguno liberado en Utrera por Muley Nazar y otro por su homónimo, unos años después. Como es bien sabido, dentro de la élite morisca hubo dos actitudes bien diferentes: unos, optaron por comprar la libertad de numerosos esclavos berberiscos, casos que están bien documentados en Granada. Y otros, hicieron justo lo contrario, emulando a los cristianos, pidieron licencia especial para poseer esclavos. Es factible pensar que Muley Xeque optó por la primera de las opciones.

Jaime Oliver, citando a Cabrera de Córdoba, y otros historiadores siguiendo a ambos, han sostenido que al alcázar acudían neófitos del entorno a rendirle pleitesía y ofrecerles su apoyo para una posible liberación. Sin embargo, a qué clase de liberación se referían, ¿era el alcázar de Carmona una especie de cárcel domiciliaria? Pues todo parece indicar que sí; el joven sultán vivía en una situación de semilibertad, siempre vigilado por las autoridades locales y supervisado por la atenta mirada del Duque de Medina-Sidonia. El joven saadí soñaba todavía con regresar a su tierra natal, aunque fuese sin apoyos hispanos, pensando que a su llegada miles de compatriotas les mostrarían su lealtad y derrocarían al usurpador. Pero Felipe II, haciendo de nuevo gala de su prudencia y a sabiendas de lo arriesgado de dicha operación, se negaba. Los moriscos carmonenses debían tener suficientes contactos como para facilitar su huida y embarque con destino a tierras magrebíes. Y tanto fue el riesgo que, según el biógrafo Felipe II, este último pensó en reenviarlo al reino luso aunque finalmente se decidiera por alojarlo en la ciudad jiennense de Andújar. El rey Prudente no se fiaba de él, pues mientras a su tío Abd al-Karin ibn Tuda le concedió permiso para moverse libremente por la Península, a Muley Xeque y a Muley Nazar se lo negó, estando en todo momento vigilados y controlados. Además, no solo había en Carmona moriscos sino incluso musulmanes, unos esclavos y otros posiblemente libertos que acentuaban el miedo de la población cristiana a una posible revuelta.

Por cierto, dicho sea de paso, como una mera anécdota, que estando en Carmona el Muley Xeque, en febrero de 1590, llegó un recaudador de impuestos para requisar cierto trigo y aceite que la Corona reclamaba, se trataba nada más y nada menos que de Miguel de Cervantes. Es casi seguro que en Carmona se produjo un encuentro entre ambos que le dejó la suficiente huella como para que luego aludiese a él en su obra.

No sabemos que a ciencia cierta lo que ocurría en aquella pequeña corte mora de Carmona y probablemente nunca lleguemos a saberlo. Tenía un traductor lo que le permitía comunicarse con los ediles y responder a las misivas del Duque de Medina-Sidonia. Sin embargo, está claro que el descontento de los carmonenses por los costes de la corte mora y el temor a las consecuencias de esos contactos entre los hombres de Muley Xeque y los moriscos, aconsejaron su salida de la villa.

El concejo de Carmona estaba deseando el traslado del príncipe y su corte a otro lugar, primero por los altercados que provocaban y segundo, por lo gravoso que resultaba su mantenimiento. A regañadientes seguía sufragando su mantenimiento, aunque solicitando encarecidamente tanto el abono de lo gastado como la pronta salida del príncipe.

La decisión de trasladar al príncipe y su corte a Andújar fue notificada por carta del Duque de Medina-Sidonia que trajo personalmente Pedro Altamirano, comisionado para gestionar su traslado y sugiriendo por cierto el desembargo de los 13.200 reales. El cabildo no pudo más que manifestar su alegría por la gran merced que se le concedía. En cambio, Muley Nazar permanecería en Utrera hasta que el monarca decidiese si lo dejaba volver a Magreb.

 

3.-SU CONVERSIÓN

Finalmente, fue encaminado a Andújar (Jaén), ciudad que tenía fama de albergar a poca población morisca y de profesar una gran devoción a Nuestra Señora de la Cabeza. Recién llegado a la ciudad jiennense volvió a escribir al rey insistiendo en su deseo de retornar a Berbería para recuperar su trono. Está claro que trece años después de su llegada a la Península Ibérica seguían intactas sus aspiraciones a la corona marroquí.

Sin embargo, las cosas iban a cambiar drásticamente en cuestión de meses, pues el saadí, decidió allí su conversión al cristianismo. Bien es cierto que la única referencia que tenemos sobre tal decisión procede de Lope de Vega quien introduce una narración clásica: la del típico pagano o infiel que acude a una romería a burlarse de la religión popular y descubre por obra divina la fe cristiana. Según el dramaturgo, quedó deslumbrado por la devoción y el recogimiento de la procesión de la Virgen de la Cabeza en el último domingo de abril de 1593. Lo que no consiguió la Virgen de Gracia de Carmona lo logró la de la Cabeza de Andújar. Bien es cierto que en aquella época era una de las imágenes que más culto mariano recibía de toda España, tras las de Guadalupe, Montserrat y el Pilar. Al contemplar el cortejo de romeros que se dirigían al santuario, seguidos de un sinnúmero de fieles que acudían de los alrededores y finalmente de la propia Virgen, se obró el milagro de la conversión. El príncipe siguió a la Virgen al santuario se arrodilló y juró ante ella perpetua servidumbre, renunciando al Islam.

Esta conversión espontánea y sincera obviamente hay que matizarla. Es posible que el joven se convenciese definitivamente de que su futuro como sultán de Marruecos era tan incierto como inseguro.. Aunque era el más legítimo de los aspirantes por ser hijo, nieto y biznieto de sultanes saadíes, sus posibilidades de recuperar el trono eran remotas, pues habían transcurrido ya casi tres lustros. No ignoraba que el sultán Ahmed al-Mansur, había dado una razonable estabilidad al reino, pues su mandato duraba ya quince años y se prolongaría hasta su muerte en 1603. Y prueba de que estaba en lo cierto fue el dramático fracaso poco después de su tío Muley Nazar que no solo no pudo recuperar el sultanato sino que perdió su vida de manera violenta. Muley Xeque debió sopesarlo todo, optando por la salida más viable. Si iba a permanecer por más tiempo en la Península debía jugar sus bazas y adoptar la religión mayoritaria, como habían hecho antes que él miles de musulmanes y moriscos. Siendo miembro de una casa real, la conversión le abría unas perspectivas nuevas e ilusionantes para él, entre otras la de ejercer como una de las cabezas visibles de la nación morisca. Él había podido comprobar durante su estancia en Carmona, el respeto con el que estos trababan a su élite nobiliaria y a él mismo.

Las autoridades españolas, decepcionadas ya de su utilidad estratégica, vieron esta conversión con buenos ojos, un claro símbolo del triunfo del Cristianismo sobre el Islam. Desde ese momento, Muley Xeque, dejaría de ser el príncipe de Fez y Marruecos para convertirse en el príncipe de los moriscos, un ejemplo a seguir por los demás en su conversión sincera y en su capacidad de integración.

Evidentemente, su decisión provocó un enorme alboroto entre los suyos que incluso trataron de envenenarlo. Su tío Abd al-Karin estuvo implicado en el suceso, al tiempo que la mayoría de los miembros de su séquito le afearon su deseo de abjurar del Islam. Bueno, todos menos su tío Muley Nazar que desde ese momento se consideró el legítimo heredero del trono marroquí, el único sucesor posible de Muhammad. Él siempre manifestó su deseo de ir a vivir o a morir entre los suyos, haciendo efectivo su derecho al trono. Felipe II se lo concedió, pensando en quitarse de encima a un musulmán incómodo e irreductible y a sabiendas de las pocas perspectivas de éxito que tenía. Efectivamente, el 8 de mayo de 1595 desembarcó en Melilla, aunque las cosas no le salieron como esperaba. Con muy pocos apoyos, a los pocos meses era derrotado por las tropas del sultán y, aunque en un primer momento consiguió huir, fue finalmente apresado y apuñalado hasta la muerte.

En cuanto a Muley Xeque, se dispuso que fuese catequizado por Francisco Sarmiento de Mendoza, obispo de Jaén, quien estuvo enseñándole el dogma durante dos meses aproximadamente. El 3 de noviembre de 1593 se produjo la solemne ceremonia, oficiada por García de Loaísa, Arzobispo de Toledo, actuando de padrino el mismísimo Felipe II y de madrina su hija Isabel Clara Eugenia, futura esposa del Archiduque Alberto de Austria. Su nombre cristiano sería el de Felipe, en honor a su padrino y protector, el rey Prudente. Desde entonces se le conoció como Felipe de África.

La conversión llevó aneja varias preeminencias sociales y económicas. En cuanto a las primeras, se le concedió el tratamiento de Grande de España y poco después un hábito de caballero de la orden de Santiago, tras hacer una información sobre su nobleza. No deja de ser curioso que los testigos alegaran que tenía sangre real y ninguna ascendencia judía, ambas cosas ciertas, pero eso sí, eludiendo hablar de sus honda raigambre musulmana. Se demuestra una vez más que el rechazo hacia todo lo judío era mucho mayor que a lo morisco, de ahí que encontremos estos casos de sultanes y moriscos de alto rango que pudieron profesar como caballeros en órdenes militares como la de Santiago, sí, la del santo matamoros. En relación a las prebendas económicas, se le otorgó la histórica encomienda de Bédmar y Albánchez, en la diócesis de Jaén. Ésta le fue concedida el 14 de febrero de 1596, al haber quedado vacante por la promoción de don Pedro López de Ayala, Conde de Fuensalida a la encomienda mayor de Castilla. Dicha encomienda había proporcionado importantes rentas a sus poseedores hasta que en 1556 su titular don Alonso de la Cueva vendió la villa de Bédmar a cambio de un juro sobre la renta de la seda de 99.128 maravedís. Al final, como de costumbre, la renta se fue devaluando de tal manera que en 1600, cuando su titular era don Felipe de África, apenas producía 12.000 reales, que además se invertían en reconstruir la iglesia del pueblo de Albánchez. No es de extrañar que el príncipe sufriese continuos problemas económicos y que en Vigevano muriese al borde de la pobreza extrema.

Tras la muerte de Felipe II, siguió contando con el apoyo del nuevo rey. Prueba de ello es que al año siguiente acudió a Valencia a los respectivos esponsales de Felipe III y de su hermana Isabel Clara Eugenia con el Archiduque Alberto de Austria.

El príncipe se comportaba como un morisco plenamente integrado en la sociedad y en las costumbres castellanas. Hay un dato muy significativo, le gustaba presenciar las fiestas taurinas de los pueblos, una costumbre tan típicamente hispánica, de la que presumían algunos moriscos de la élite.

 

4.-SU VIDA EN MADRID (1594-1609)

Entre 1594 y 1609 vivió habitualmente en la ya por entonces capital de España, concretamente en una amplia casa propiedad de Ruy López de Vega, ubicada en la confluencia de las calles de Huertas y del Príncipe, justo en el sitio donde años después se construiría el palacio de los Duques de Santoña. Allí disfrutó de un cuerpo de servicio, que incluía sirvientas, mayordomo y jardinero. Desde su casa acudía al corral de comedias, donde tenía arrendado un aposento, asistiendo a numerosas representaciones teatrales. Asimismo acudía periódicamente a escuchar misa a la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, cercana a su morada.

Pero desde 1600 estaba intentando la concesión de un cargo militar en alguna plaza, probablemente para sentirse útil y de paso aliviar su delicada situación financiera. Durante varios años solicitó un puesto como capitán de caballería en la guerra de Flandes. El rey aceptó la propuesta, concediéndole incluso 6.000 ducados de ayuda de costa para el viaje. Sin embargo, parece ser que el Duque de Lerma y el secretario Andrés de Prada recomendaron impedir su marcha, por lo que nunca llegó a viajar a los Países Bajos.

 

5.-EXILIO Y MUERTE

Muchos neófitos de la élite se terminaron integrando sin problemas en la sociedad cristiana. Hay casos muy conocidos de la aristocracia nazarí, pero también escribanos, como el carmonense Gregorio Muñoz de Alanís, así como regidores y grandes propietarios de algunos municipios. Sin embargo, el príncipe Felipe de África, que hubiese conseguido sin problemas licencia para permanecer en España, optó por el exilio. En 1609, decidió marchar a Italia y evitarse el triste espectáculo de la extirpación quirúrgica del grupo converso al que pertenecía. No tenemos datos sobre las razones que lo movieron a abandonar España, pero no puede ser casualidad su marcha, cuando ya estaba decidida la expulsión de los neófitos. Se ha dicho que se debió simplemente a su deseo como cristiano de conocer el Vaticano y de saludar personalmente al Papa. Sin embargo, esto podía ser solo la excusa, pues la realidad era que su situación en España se había tornado muy delicada. No es difícil entender su desolación e incomprensión ante la noticia, pese a las excelentes relaciones que había mantenido con la realeza, lo mismo con Felipe II que con su hijo Felipe III.

La elección de Italia tampoco fue azarosa pues es bien sabido que allí, y particularmente en Sicilia, se refugiaron numerosos moriscos linajudos, ante la protección que les brindó el virrey, Duque de Osuna. Conocemos la existencia en este reino de otros príncipes conversos, como don Carlos de Austria, hijo del último soberano de Túnez, muerto en 1601 y enterrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Nápoles, o don Gaspar Benimerín, inhumado en el templo de Santa María de la Concordia de la misma ciudad.

Es posible que el traslado a Italia lo hiciera desde el puerto de Sevilla o desde alguno de los puertos andaluces pues, en a mediados de 1610, está documentada su presencia en la península Itálica. Tras una fugaz visita al Vaticano, donde se entrevistó con el Papa Pío V, se dirigió a Milán. En la ciudad lombarda entabló una buena amistad con el gobernador Pedro Enríquez de Acevedo, Conde de Fuentes, a cuyas órdenes se puso como capitán de infantería. Prueba de esta magnífica relación es que en el testamento del anciano gobernador, fallecido el 22 de julio de 1610, lo designó como uno de sus albaceas. Su relación con el nuevo gobernador no fue tan buena por lo que, en 1612 se trasladó a Vigevano, un pueblo cercano donde viviría los últimos años de su vida. Allí mantuvo una gran amistad con el obispo Pietro Giorgio Odescalchi hasta el punto de trasladarse a vivir al palacio episcopal en 1620 por sus graves problemas financieros. En esta villa italiana disfrutó de paz y tranquilidad, aunque también de estrecheces económicas. Unos días antes de su óbito, dictó su testamento, reconociendo como heredera a su hija natural Josefa de África, monja profesa en el convento de San Pablo de Zamora. Una neófita de primera generación en una época muy incierta por lo que la solución monacal parecía la mejor opción para no ser importunada. La vida monacal era la mejor prueba de una integración total, por lo que quedaba fuera de toda sospecha inquisitorial. El resto de sus disposiciones testamentarias fueron modestas por su escasa capacidad económica: la mitad de su capital se invertiría en el mantenimiento de tres lámparas encendidas –en la catedral de Vigevano y en las madrileñas capillas de Atocha y de Nuestra Señora de los Remedios- y en dos capellanías, una en la catedral de Vigevano y otra en alguna iglesia de España. La otra mitad de sus rentas las disfrutaría su hija y, tras su óbito, engrosarían las rentas de las disposiciones citadas anteriormente. El 4 de noviembre de 1621 fallecía a los 55 años de edad el príncipe de los moriscos, siendo su cuerpo inhumado en la catedral de Vigevano.

 

6.-MULEY XEQUE, LOS MORISCOS Y LA CORONA

        Obviamente, para los monarcas españoles Muley Nasar y Muley Xeque no eran más que dos bazas, dos peones de su ajedrez, en la partida que jugaban por el control del mediterráneo y que pasaba por conseguir la plaza de Larache. Bien es cierto que Ahmed al-Mansur también tenía el suyo, un hijo del prior de Crato, don Cristóbal, pretendiente al trono luso. Eran cartas con las que unos y otros podían presionar a su adversario y, llegado el caso, negociar.

Pero la actitud de la Corona con lo islámico y con lo morisco en general fue extremadamente ambigua y hasta contradictoria. Tanto Felipe II como su hijo Felipe III mantuvieron unas buenas relaciones tanto con la élite morisca como con la nobleza marroquí estante en España. En los años previos a los decretos de 1609 nada parecía indicar que se fuese a llegar a ese extremo. El cambio de decisión del Consejo y del propio rey ocurrió muy poco antes, en 1608, en buena parte impulsado por la delicada situación del Imperio, por la amenaza turca y sobre todo por la falta de liquidez de la Corona. Es posible que en la Corte se viese la expulsión como una posibilidad de hacer dinero fácil, mediante la confiscación y subasta de sus bienes. Hoy sabemos que, aunque se trató de justificar en base a la seguridad de estos reinos, en realidad había un velado interés económico, de lucrarse a corto plazo de los bienes dejados por la minoría. De hecho, el soberano inmediatamente después envió a toda una legión de comisionados para subastar todos sus bienes e ingresarlos en las arcas reales. Sin embargo, la operación resultó ruinosa, porque los moriscos tenían menos de lo que pensaban y por el irreversible perjuicio a medio y largo plazo para la economía española, necesitada siempre de manos para trabajar. Efectivamente, la creencia de que los moriscos poseían grandes riquezas no es nueva, pues, desde el mismo siglo XVII circularon libros, algunos llegados de África, en los que se intentaban localizar los lugares donde los judíos y los moriscos, tras sus respectivas expulsiones, escondieron sus tesoros. Proliferaron los mapas de tesoros, obviamente falsos. Los propios contemporáneos se equivocaron al estimar las rentas y las propiedades de los moriscos muy por encima de su valor real. Estos distaban mucho de ser pobres de solemnidad –utilizando un concepto de la época- pues la mayoría eran trabajadores eficientes que se repartían en los tres sectores económicos. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI se habían empobrecido considerablemente, debido a la excesiva presión fiscal, a las multas y a la confiscación de sus propiedades. Todo esto está bien documentado en muy diversas zonas de la Península. En el caso de Granada, entre 1559 y 1568, se revisaron los títulos de propiedad de todas sus fincas, cambiando de manos unas 100.000 hectáreas. En Almería, tras su expulsión después del alzamiento de 1568, se supo que la mayor parte de sus propiedades estaban fuertemente cargadas con censos perpetuos. Igualmente, en el condado de Casares, en la actual provincia de Málaga, la mayor parte de ellos se dedicaban a las tareas agropecuarias, siendo el 75 por ciento de ellos pequeños propietarios, con menos de cinco hectáreas. Y en Hornachos, en Extremadura, ocurrió lo mismo, que se obtuvo mucho menos dinero del esperado, porque los bienes inmuebles están fuertemente censados, incluso por importes superiores a su propio valor de tasación.

         En España permanecieron algunas moriscas desposadas con cristianos viejos, enfermos y niños. Los matrimonios mixtos no habían sido muchos porque la discriminación de la sociedad cristiana los empujaba a la endogamia. También eludió el exilio casi la totalidad de la nobleza y una buena parte de la élite burguesa morisca. Una parte de la realeza nazarí quedó integrada en la nobleza castellana, hasta el punto que algunos de sus descendientes adquirieron títulos nobiliarios. Otros llegaron desde África, como los Muley Xeque, o Felipe Gaspar Alonso, sobrino de Muley Walid, que fue bautizado solemnemente en la Capilla Real de Madrid en febrero de 1636. Evidentemente estos bautizos de musulmanes de estirpe eran vistos como un triunfo de la cristiandad sobre el islam. Por cierto que continuaron llegaron por decenas los esclavos berberiscos, casi todos ellos bautizados y por tanto conversos. En 1618 se vendieron 56 esclavos berberiscos en Carmona.

        En definitiva, los príncipes de Fez, y entre ellos Muley Xeque, fueron utilizados a su antojo por la Corona. Se les hospedaba de buen grado en la Península con el objetivo de tener bajo control a un posible heredero por lo que pudiera pasar, manteniendo de paso la discordia en su país de origen. El saadí no tuvo opciones serias de recuperar su trono por lo que, consciente de ello, optó por convertirse para así tener un futuro mejor. Su ejemplo, pudo ser interpretado como un gran triunfo del cristianismo sobre el islam, al tiempo que significaba un ejemplo a seguir por la nación morisca instalada en España. Se le concedió una grandeza de España y un hábito de Santiago; ahora bien, cuando en 1596 solicitó que sus hijos pudiesen ser aceptados en cargos públicos y en colegios como los cristianos viejos, el Consejo de Inquisición se negó, alegando que sería un precedente que provocaría miles de peticiones de otros muchos en su misma situación. Por mucho que fuese descendiente de la realeza y grande de España, no dejaba de ser un converso al igual que el resto de los moriscos.

Pudo haber un acercamiento de posturas: los moriscos eran asimilables, no solo los moriscos antiguos, casi confundidos con los cristianos viejos, sino también los recién convertidos como el príncipe de Fez. Sin embargo, todo fue en vano, porque la decisión se tomó en la Corte, sin considerar los esfuerzos de integración de esta minoría étnica. Estos serían expulsados, al tiempo que una parte de la élite salía en dirección a Italia, donde encontraron un refugio alternativo donde seguir profesando el catolicismo.

Y Muley Xeque, decepcionado, y a sabiendas de que él y sus descendientes quedarían estigmatizados para mucho tiempo optó por el exilio voluntario. Él quiso compartir el cadalso del resto de moriscos y decidió marchar a un territorio en el que pudiese seguir viviendo sin el estigma de su condición neófita.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Se trata de un resumen sin notas de una ponencia del mismo título, publicada en el II Congreso Internacional Descendientes de Andalusíes moriscos en el Mediterráneo Occidental, Ojós, 2015, pp. 190-211).

SUEÑOS ÁUREOS: LA BÚSQUEDA DE MINAS DE ORO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

SUEÑOS ÁUREOS: LA BÚSQUEDA DE MINAS  DE ORO EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

El descubrimiento de América despertó el sueño áureo de los pobladores del Viejo continente. Pasado los momentos iniciales en los que se saqueó el metal precioso acumulado durante siglos por los indios, comenzó la búsqueda de filones y vetas. La temprana aparición de algunos placeres auríferos y posteriormente de ricas minas de plata, tanto en Nueva España como en el Perú, espolearon la imaginación de los europeos. Miles de personas empobrecidas en la España Moderna soñaban con encontrar un tesoro incaico, con descubrir una tumba oculto o incluso con encontrar una mina de oro que le sacase de la miseria en la que vivían. Por ello, en el siglo XVI, hubo un renacer de las exploraciones mineras, no sólo en el Nuevo Mundo sino también en la vieja Castilla. Los contratos para las exploraciones de vetas se multiplicaron en esta centuria espoleados por las noticias de hallazgos que llegaban desde el otro lado del océano.

Aunque desde la Baja Edad Media las minas eran una regalía regia, desde principios del siglo XVI encontramos mercedes Reales en las que se concedía a señores no solo la jurisdicción del suelo sino también la del subsuelo. Así, mientras el 17 de mayo de 1520 se hizo merced al Duque de Alburquerque de todas las minas que se descubriesen en su señorío, el 24 de enero de 1521 se le concedió una merced similar al Conde de Plasencia. Estas concesiones las hacía a cambio de una cuantía previamente fijada o por una parte de la producción final, que se solía ubicar entre la octava y la décima parte de los beneficios.

Hasta 1559 no se expidió la pragmática que regulaba a las explotaciones mineras: todo el que descubriese una mina la debía explotar continuadamente y pagar a las arcas reales dos tercios de los beneficios, pagadas previamente las costas. Posteriormente, concretamente en 1584 se reformó la ley minera, estableciéndose la posibilidad de explotación a cualquier compañía, siempre y cuando pagasen un canon al dueño de la tierra y otro tanto a la Corona.

En la extensa campiña de Carmona (Sevilla) se buscaron minas de oro con empeño. Existían algunos antecedentes de tesorillos encontrados, así como leyendas áureas sobre el tesoro dejado por los partidarios de Pedro I en el siglo XIV o por los judíos poco antes de su expulsión. De hecho en 1479, se hizo merced al corregidor de Carmona Sancho de Ávila del tesorillo que se había encontrado en la villa y que consistió en cierta cuantía de reales.

        El 24 de marzo de 1553, Diego Velázquez y Diego de Torres, vecinos de Carmona formaron compañía minera con Miguel Sánchez del Cuerpo de la misma vecindad. Los dos primeros financiarían la búsqueda de minas de oro y plata en el término de Carmona y otros términos, a Miguel Sánchez, quien pondría su persona. Los beneficios de la supuesta explotación minera se repartirían en tres tercios, uno para cada socio, eso sí sacado previamente el quinto real. De este contrato minero no volvemos a tener noticias lo que delata probablemente el fracaso del proyecto. El contrato no fue más que el reflejo de un espejismo áureo que llegó desde América a la Península y que también afectó a Carmona.

Tan sólo seis años después, en 1559 se firmó otra compañía minera entre Juan de Chávez Mayorazgo, Jerónimo González, cantero, y Pedro Duarte, cuchillero, todos vecinos de Trujillo, para explorar una veta que habían localizado en la dehesa llamada el Palacio del Millar de los Llanos, propiedad del primero, ubicada en dicho término. Los trabajos los realizarían los dos últimos, repartiéndose los beneficios entre los tres a partes iguales. Tampoco en este caso volvemos a tener noticias de la empresa por lo que es probable que fuesen un nuevo fiasco para sus inversores.

 

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

        Contrato para buscar minas de oro en el término de Carmona, Carmona, 24 de marzo de 1553.

 

        Sepan cuantos esta carta de concierto y transacción vieren como nos Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de somos en esta muy noble y leal villa de Carmona en uno de la una parte y de la otra Miguel Sánchez del Cuerpo, vecino de esta dicha villa, y yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de ir a buscar y descubrir mina o minas de oro o plata u otro cualquier metal en esta villa y su término o en otras cualesquier partes que yo quisiere y por bien tuviere y de lo que así hallare o hubiere hallado hasta ahora en las dichas minas yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de todo lo que así hubiere y de ellas se sacare de partir por iguales partes cada uno su tercia parte con tanto que de lo que así se hubiere y sacare se saque de principio el quinto de ello, si a su majestad le perteneciere, con tal cargo y condición que nos los dichos Diego Velázquez y Diego de Torres seamos obligados a nuestra costa y misión a abrir cualesquier mina o minas, estando ensayadas y hecho experiencia que son buenas y de provecho y las ahondar y sacar todo cualquier oro o plata u otro cualquier metal y hacerlo fundir a nuestra costa, demás los susodichos hasta tanto que esté fundida y para se partir de manera que vos el dicho Miguel Sánchez seáis obligado a poner vuestra persona y trabajo posible en hacer y beneficiar lo susodicho y con cargo y condición que vos el dicho Miguel Sánchez no podáis dar parte ni meter en esta compañía a otra persona ninguna hasta tanto que nos los dichos Diego de Torres y Diego Velázquez queramos dejar nuestras partes o lo hayamos por bien.

        Y yo el dicho Miguel Sánchez así me obligo de lo hacer y cumplir según y como dicho es. Y en esta manera y con estas dichas condiciones otorgamos y nos obligamos de tener y mantener y guardar y cumplir y haber por firme todo lo contenido en esta dicha escritura y otorgamos y nos obligamos que no podamos decir ni alegar ni querellar que esto que dicho es que no fue ni pasó así y según y como dicho es. Y si lo dijéremos y alegáremos que nuestro escrito nom vala en esta dicha razón en juicio ni fuera de él en tiempo alguno ni por alguna manera y otorgamos de lo así tener y cumplir y no ir contra ello so pena de cincuenta mil maravedís para la parte de nos que fuere obediente…

        Fecha y otorgada la carta en Carmona, en las casas de morada del dicho Diego Velázquez que son en esta villa en la collación de Santa María de ella, en viernes, veinticuatro días del mes de marzo año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y tres años, testigos que fueron presentes en todo lo que dicho es Alonso Belloso y Gabriel Paje y Juan de Herrera, vecinos de esta dicha villa de Carmona, y por mayor firmeza los dichos otorgantes firmaron de sus nombres este registro.

(Archivo de Protocolos de Carmona, escribanía de Pedro de Toledo 1553, fols. 511r-512r).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA REINTERPRETACIÓN DE LA HISTORIA EN LA ESPAÑA FRANQUISTA

LA REINTERPRETACIÓN DE LA HISTORIA EN LA ESPAÑA FRANQUISTA

Consumada la victoria, los vencedores pasaron a construir su nueva España. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era posible cabeza de turco de la represión. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, para ello montó una verdadera contrarrevolución educativa. Su revolución social sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Para exaltar los valores patrios se creó una asignatura específica, la Formación del Espíritu Nacional (F.E.N.) Sin embargo, al margen de ella, existía, aunque no se denominase así, la transversalidad porque en asignaturas como historia, religión o filosofía se hablaba de la raza, de la grandeza e indivisibilidad de la patria y de Dios. Por supuesto, la Historia de España era una asignatura clave dentro del organigrama educativo. Se trataba de un instrumento al servicio del nuevo régimen.

El Frente de Juventudes auspició una revisión de la Historia de España, cuyos puntales básicos serían tres: la raza, el imperio y Dios. Por supuesto, lo primero que había que hacer era romper con la interpretación marxista de la Historia que causaba furor entre muchos intelectuales de la misma Europa Occidental. Y para ello adoptan la más rancia metodología historicista, auspiciada por el ideario falangista. Esta metodología partía de dos premisas: la primera, destacaba al individuo frente a la colectividad. Los protagonistas de la Historia eran los grandes personajes o los grandes tiranos; eran ellos los que movían los hilos de la evolución. Y la segunda, en oposición a la visión materialista de la Historia, sostenían que lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Según la historiografía oficial del Régimen, la infraestructura no estaba formada por los aspectos económicos, como diría Karl Marx, sino por los aspectos espirituales. El Frente de Juventudes y las Cátedras de Historia asumen esta idea:


"Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos" (Mendoza Guinea, 1957: V, 49).

 

Y dentro de lo espiritual –decían-, lo religioso ha jugado un papel de primer orden. Ningún hombre –explicaban- puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá. A esas interrogantes no se puede contestar con evasivas, sino con la afirmación o con la negación. España contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera, pero es además, históricamente, la española. Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación.

Al Frente de Juventudes le pareció urgente reelaborar una historia de España en la que se destacase la contribución de los españoles a la humanidad. Según la visión falangista, la historia de España era sagrada e intocable. Ésta estaba marcada por grandes hitos y por grandes prohombres como Viriato, el Cid Campeador, Pelayo, Hernán Cortés, y cómo no, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco. Por ejemplo, en 1966, Manuel Medina Barea, director de las Escuelas del Ave María, proponía para los cursos de 3º y 4º una unidad titulada España en la que se debía tratar lo siguiente:


"Observación del mapa de España e interpretación de señalizaciones. Ídem de los símbolos y fotografía del Jefe del estado. Audición del Himno Nacional e himnos del Movimiento. Investigación de datos en el libro de consulta del alumno. Conversación y discusión sobre las observaciones realizadas y datos obtenidos".

 

No menos claro, se mostraba el jesuita Gabino Márquez, en su libro Deberes Patrióticos (Madrid, 1940) para alumnos de 1ª y 2ª Enseñanza, que sintetizaba toda la historia patria con las siguientes palabras:


"Es imposible leer la gloriosa historia de nuestra Patria y no sentirse conmovido y noblemente entusiasmado por España. No puede menos de encender nuestro espíritu patriótico el heroísmo sublime de Sagunto y Numancia, el entusiasmo bélico de Pelayo, la caballerosidad guerrera y el noble patriotismo del Cid, la valentía y el amor santo de San Fernando a la Religión y a la Patria, el valor guerrero de Carlos V, la prudencia de Felipe II, el heroísmo sublime de los conquistadores, Hernán Cortés, Pizarro, Vasco Núñez de Balboa, etc, etc, y en nuestros tiempos la Guerra de la Independencia y esta guerra contra el Marxismo salido del infierno… Por eso desea el gobierno de la nueva España que a los niños se les enseñe la Historia de nuestra patria, pues nuestra hermosísima historia, nuestra tradición excelsa, proyectadas en el futuro, han de formar el espíritu de los niños españoles".

 

Este mismo autor afirma más adelante que la patria española debe ser Una, Grande, Libre, Imperial y Cristiana. Una, porque no es racional que se divida en "una colección de repúblicas de Andorra y a merced de cualquier Estado ambicioso. Grande, trabajando pero sin dejar la religión para que Dios nos ayude desde lo alto. Libre, pero no liberal; eso de ningún modo, pues el liberalismo es un error condenado por la Iglesia que ha causado la ruina de la Patria. Imperial, porque España tiene derecho a la expansión colonial con tal de no faltar a la justicia. Y, finalmente, Cristiana o mejor dicho católica porque todos lo somos y en ello ciframos nuestra mayor gloria". Textos como éste y otros muchos son muy claros sobre la intención educativa del nuevo gobierno surgido tras la victoria de los golpistas en 1939.

La historia la manipulan en base a grandes mitos, el primero de ellos es el casi legendario Viriato, al que se considera esencia de lo más profundo de los valores ibéricos. Le sigue Recadero de quien se decía lo siguiente:

          

          "Recadero es el gran monarca unificador de nuestra Historia: consiguió la unidad de las tierras y de los hombres bajo el signo de la cruz; consiguió la unidad espiritual de vencedores y vencidos, aproximando a las dos razas –dominante y dominada-, a la nobleza y al pueblo" (Mendoza Guinea, 1957: I, 15).

 

           El siguiente héroe de la patria no podía ser otro que el casi legendario Pelayo y la gloriosa batalla de Covadonga (718), allí en los desfiladeros del monte Auseva, protegidos por la Virgen María, que se les había aparecido en la gruta de Covadonga. Allí dio comienzo la gloriosa Reconquista y la búsqueda de España de su unidad de destino en lo Universal (Ibídem: 16). También, de este período se cita la reconquista de Toledo por Alfonso VI, que tuvo una gran importancia no solo militar sino también cultural por la fundación en ella de la Escuela de Traductores, que puso en contacto las culturas cristiana y árabe. La Batalla de las Navas de Tolosa (1212) donde Alfonso VIII derrotó a los almohades abriendo el camino para la reconquista de Andalucía. Y finalmente, la capitulación de Granada en 1492, porque puso fin a varios siglos de dominación mahometana de la Península y sentó las bases de la posterior expansión ultramarina.

Como no podía ser de otra forma, dentro de esa Historia Sagrada ocupó un puesto de honor la Conquista de América. Durante el franquismo se interpretó como una etapa sagrada e intocable, uno de los signos de identidad de la patria hispana. Y por sorprendente que parezca, esta leyenda apologética y legitimadora ha prevalecido prácticamente hasta el siglo XXI. Ésta entendía la conquista como una gesta de guerreros, héroes y santos que ensancharon los dominios de la civilización y de la cristiandad. En 1944, Antonio Floriano destacaba la importancia de una ley que protegía a los indígenas y que recaía con toda su fuerza sobre aquellos que les daban malos tratos:


"España siempre trató al indio como a un hijo menor; que ya la Reina Católica se negó a que fueran reducidos a la esclavitud; que cuando se conocían malos tratos, crueldades o rapacidades, estos se castigaban con rigor" (1944: 145)

 

Nada más falso, pues ni se trató al indio como a un hijo menor ni por supuesto fueron condenados los españoles por sus actos de crueldad, por sus robos, por las matanzas de indios y por las violaciones de indias. En 1947 en un libro sobre Hernán Cortés, Manuel Trillo escribía, emulando a López de Gómara, destacando la Conquista como la mayor obra realizada en el mundo, después de la venida de Jesús al mundo:


"Conviene recordar la calumniosa exageración en que, sobre todo a propósito de nuestra Obra en América, se ha incurrido por extranjeros malignos y hasta por españoles ofuscados, pintando a España como opresora madrastra de aquellos países… Precisamente nuestra Obra allá, nuestro divino obrón de redenciones, nuestro desdoblamiento abnegado y hasta la locura, es la página mayor, ¿qué digo de los anales de España?, de los anales del mundo, después del advenimiento del Redentor" (Trillo, 1947: 2).

 

A mediados de, siglo XX se expresaba Rufino Blanco-Fombona elogiaba hasta extremos insospechados a los conquistadores y descubridores españoles:


"Los descubridores y conquistadores españoles de América –hoy podemos juzgarlos sin prevenciones y con exacta noción de su obra- fueron hombres maravillosos, muy de España y muy del siglo XVI" (1956: 175).

 

Lo cierto es que durante el franquismo se sostuvo que la conquista de América fue muy beneficiosa tanto para los europeos como para los indios. Para muchos la América Precolombina era un mundo "salvaje, subdesarrollado y desaprovechado".

A la Conquista de América, le seguía la gloriosa batalla de Lepanto, librada en el golfo de Corinto, en 1571, por una alianza comandada por don Juan de Austria. El Papa San Pío V, en reconocimiento por sus méritos, le aplicó las palabras del Evangelio:


"Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan, ordenando que en la letanía del Santo Rosario se rezara, de entones en adelante, el Auxilium Christianorum"(Ibídem: 18).

 

La paz de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) se destaca tristemente porque supuso la derrota de los ideales que España había defendido en Europa (Mendoza Guinea, 1957: V, 5). Este acontecimiento histórico fue el inicio de una época oscura de la historia de España, en la que solo sobresalieron los carlistas en su intento por reconducir a España por la senda de su destino en lo universal. Todos los manuales de historia franquistas ensalzan a los carlistas por sus "hermosas virtudes de fidelidad a la tradición" y porque decidieron plantar cara a unas ideas liberales que traicionaban "la mejor Historia de España" (Ibídem: 7). El tradicionalismo es una doctrina política o, mejor aún, una posición cultural caracterizada por "la fidelidad a la tradición cultural y política de España". Los requetés carlistas y los falangistas fueron las principales fuerzas que se sumaron a la Guerra Civil heroicamente.

           El alzamiento del 2 de mayo de 1808 contra las tropas invasoras de Napoleón, se considera el siguiente hito en la historia de España. Combatieron en Madrid y en el parque de Monteleón, dirigidos por Daoíz y Velarde. La gloriosa batalla de Bailén (1808), ganada por las tropas del general Castaño, fue la primera derrota en campo de batalla del ejército francés. Una resistencia heroica que finalizó con la expulsión de los franceses tras las contiendas de Vitoria y San Marcial, logradas los años de 1812 y 1813. Todo ello es adobado por palabras grandilocuentes sobre el valor y el casticismo hispano, pues, como escribió Mendoza Guinea, "el pueblo español había sabido sufrir, luchar y vencer" (1957: V, 19).

           De la Guerra de la Independencia se salta directamente, a la última gran hazaña del pueblo español, es decir, al golpe militar de 1936. Nada de lo sucedido entre 1814 y 1935 tiene interés para el ideario falangista, porque España estuvo contaminada por el "perjudicial y depravador liberalismo".

Uno de los temas que con más reincidencia se tratan en los manuales de la F.E.N. es el del Alzamiento de 1936 y la subsiguiente Guerra Civil. Al nuevo régimen le pareció imprescindible explicar a las nuevas generaciones lo que a todas luces parecía inexplicable. Por ello, convirtieron un burdo golpe de Estado en un Glorioso Alzamiento popular y la sangrienta y fratricida Guerra Civil en una sagrada cruzada en la que se devolvieron a la Iglesia sus legítimos derechos, siguiendo el deseo –decían- de la inmensa mayoría de los ciudadanos. El golpe de Estado del general Franco se alaba como una de las grandes hazañas de la Historia de España. Gabino Márquez señaló concretamente seis hitos, a saber: la defensa de Covadonga en los orígenes de la Reconquista, la reconquista de Granada, el descubrimiento de América, la conquista de los imperios azteca e inca, la Guerra de la Independencia y, cómo no, "la guerra de independencia contra los rojos" (1940: 27). De esos seis hitos, obviamente, el último se destacaba por los escritores de la F.E.N., como el más decisivo, heroico y glorioso. Una ruptura con el mal, protagonizada por el ejército, la falange, la Comunión Tradicionalista y el pueblo, bajo el mando del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde. La citada cruzada comenzó el 18 de julio de 1936 y se prolongó hasta el 1 de abril de 1939. Lo que no dicen es que tanto la derecha republicana como los falangistas y algunos monárquicos habían incitado al alzamiento al menos desde 1934. El propio José Antonio, consiguió enviar desde la Cárcel Modelo una carta clandestina, fechada el 4 de mayo de 1936 en la que incitaba a sus compañeros de partido y al ejército a levantarse contra el orden establecido:


"Si permanecéis pasivos puede ser que cuando os deis cuenta España haya desaparecido" (II, 989).

 

Sea como fuere, lo cierto es que los escritores de la F.E.N. se esforzaron en presentar el Alzamiento como un acontecimiento gozoso, clave para la recuperación de España para su destino universal. Mendoza Guinea escribió en este sentido que desde el "glorioso Alzamiento, la Historia de España vuelve a transcurrir por cauces que nos han de llevar hacia el cumplimiento del destino histórico nacional" (1957: I, 20). Todos los libros de la F.E.N. insisten una y otra vez que el Alzamiento "fue necesario para salvar a España de la destrucción a que la llevaba el gobierno del Frente Popular":


"Con su triunfo España consiguió la Unidad de sus tierras y sus hombres, al desaparecer los separatismos y la lucha de clases, y la Religión Católica amparada y protegida por el Estado; ha vuelto el Crucifijo a las Escuelas; se permite el culto externo, y es obligatoria la enseñanza religiosa en todos los centros docentes" (Ibídem: I, 110).

 

Ni que decir tiene que esa escalada revolucionaria que se le atribuye al Frente Popular no fue más que otra leyenda creada a posteriori por el régimen de Franco. En realidad, lo que hubo fue un intentó del nuevo gobierno de coalición de izquierda proseguir con la reforma agraria, trayendo la esperanza a decenas de miles de braceros desheredados. Unas esperanzas que el golpe militar y la subsiguiente represión se encargaron de apagar. Las depuraciones de republicanos, izquierdistas y campesinos tuvieron un carácter masivo.

Pero Mendoza Guinea, en el manual de 5º de Bachillerato volvía al tema del Alzamiento. Curiosamente, sostenía que no fue un golpe de Estado, ni un pronunciamiento militar sino "una sublevación del pueblo en armas contra un gobierno que traicionaba el ser de España y hacía imposible la convivencia entre los españoles…" (V, 20). En esta misma línea, Antonio Castro Villacañas afirmaba que el golpe de estado del 36 no lo protagonizó el ejército sino que fue "la reacción del pueblo español en un esfuerzo sobrehumano por acabar con una República que lejos de solucionar los problemas los creaba" (1955: 102). Más sorprendente es que otros prestigiosos historiadores, como Antonio Rumeu de Armas, presentasen también el Alzamiento como fruto de un clamor popular "para atajar el deslizamiento de la nación hacia el comunismo" (1969: II, 221).

Por tanto, la versión de los historiadores franquistas era que el Alzamiento no fue otra cosa que un glorioso movimiento de liberación llevado a cabo por la población civil para salvarnos del comunismo y del separatismo. Algunos autores de la F.E.N., como Castro Villacañas, sospechando que su argumentación del levantamiento popular podía no ser demasiado convincente, le pareció oportuno reforzar su argumento con una serie de horrores de lo que él denominaba la "República roja":

 

-Las Checas mataron sólo en Madrid a más de 250.000 personas

-Entregaron el oro del Banco de España a Rusia.

-Y permitieron la fragmentación de España.

 

Manuel Fraga Iribarne, en los años 60, elogiaba la figura del general Franco, quien había dado una estabilidad a España, "cuyos precedentes sólo se encuentran en la Historia Moderna" (1969: 52). Según este político gallego, con Franco y su "Glorioso Alzamiento" confluyó el ideario tradicionalista, tan arraigado en España, con el programa falangista que impulsaba la ansiada justicia social. En este mismo sentido, Marino Díaz Guerra, colaborador del Frente de Juventudes, escribió ¡en 1971! que el Alzamiento supuso el fin de un largo período de inestabilidad en la Historia de España, iniciado en las Cortes de Cádiz. Por ello, desde el triunfo de lo que él llama "Revolución" se inició "la etapa más seria de su historia contemporánea para resolver el llamado problema de España" (Díaz Guerra, 1971: 28-29).

Queda claro que durante varias décadas, uno de los grandes objetivos de la F.E.N. fue reinterpretar el golpe de Estado de 1936. Lo intentó presentar como un fenómeno inevitable que no partió de una cúpula militar golpista sino de una revolución popular. De esta forma, intencionadamente establecían grandes paralelismos entre la insurrección de mayo de 1808 y la protagonizada con Franco en 1936. ¡Increíble!, ¿ha habido en la Historia algún alzamiento militar protagonizado por el pueblo? Obviamente no. Pero, ¿alguien se creería esa patraña del alzamiento popular?, Por sorprendente que parezca, creo que sí; 36 años machacando lo mismo a los niños desde su más corta infancia pueden hacer creíble lo más increíble. Y es que como dijo aquel, una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA REPÚBLICA PERDIÓ LA GUERRA CIVIL EN EL MAR

LA REPÚBLICA PERDIÓ LA GUERRA CIVIL EN EL MAR

        La lectura de un interesante y bien documentado artículo de Aurelio Peral sobre Miguel Buiza, jefe de la Flota Republicana en la Guerra Civil, me ha hecho reflexionar sobre la cuestión. Buena parte de la armada española permaneció fiel al gobierno democráticamente elegido por los españoles. En Cartagena estaba fondeada una buena parte de la flota cuando estalló el alzamiento. El buque insignia de la armada era el crucero Libertad, bonito nombre con el que rebautizó la República al buque botado en 1927 con el nombre de Príncipe Alfonso. Y junto a él estaban los cruceros El Cíclope, Miguel de Cervantes, Méndez Núñez, el acorazado Jaime I, los destructores Almirante Ferrándiz, Almirante Miranda, Almirante Valdés, Almirante Antequera, Ulloa, Gravina, Escaño, Lepanto y Jorge Juan, así como otros navíos de aprovisionamiento, lanchas cañoneras, patrulleras y algunos submarinos de la clase C-2. Otros estaban en proceso de reparación como los destructores Velasco, Alsedo y Churruca. La mayor parte de la armada de guerra española permaneció en poder de los republicanos.

        Estos efectivos pudieron poner las cosas muy difíciles a los alzados. Había navíos suficientes como para bloquear su llegada a la Península desde las islas Canarias y el norte de África. Varios barcos, entre ellos el Libertad y el Miguel de Cervantes, además del acorazado Jaime I fueron enviados a la zona del estrecho para bloquear el paso. Un grave error pues el gobierno infravaloró las posibilidades del enemigo de sortear el bloqueo. La República debió enviar más medios, simplemente porque disponía de ellos, imponiendo así un bloqueo efectivo. Los alzados, entre ellos la Primera Bandera de la Legión y el Tercer Tambor de Regulares llegaron sanos y salvos a Algeciras con la única protección del viejo cañonero Dato, apoyado por algunos aviones de combate. Impotentes, con insubordinaciones a bordo y con escasa capacidad decisoria por parte de los oficiales, decidieron resarcirse bombardeando Ceuta, Melilla y Algeciras, alcanzando al Dato. Sin embargo, no dejaba de ser una anécdota porque los Nacionales habían conseguido su objetivo de llegar sanos y salvos a tierra.

        El 1 de septiembre de 1936 el gobierno nombró al sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la flota republicana. Sin embargo, este hombre calificado por Hugh Thomas de reservado y valiente pero tímido, tuvo una actuación mucho más que mediocre. Dispuso de efectivos suficientes para haber conseguido el bloqueo del estrecho, impidiendo la llegada de nuevos refuerzos a los alzados. Pero tampoco lo logró; no se había aprendido la lección. Se destinó al bloqueo a dos destructores, el Ferrándiz y el Gravina, pensando que los Nacionales no disponían de buques que pudiesen hacerles frente. Pero volvieron a menospreciaron de nuevo al oponente, en un error que les costó caro. El crucero Canarias, que todos creían que estaba fuera de servicio, y el Almirante Cervera, en poder de los sublevados, hundieron al Ferrándiz al tiempo que el Gravina era alcanzado y debía refugiarse en un puerto de Marruecos. Todo se pudo haber solventado si Miguel Buiza hubiese destinado a ese fin un número superior de efectivos. Para colmo, en 1937 se produjo otro enfrentamiento en el cabo Cherchel, en la costa argelina, con superioridad aplastante de la flota republicana, y el crucero Baleares, consiguió huir sin sufrir ni un solo rasguño. Ante un fracaso que rozaba el ridículo, el 25 de octubre de 1937 era destituido Miguel Buiza, jefe de la Flota, nombrando en su lugar a Luis González Ubieta.

        La Armada Republicana no marchó mucho mejor con este cambio de mando, siempre quejosos de las insubordinaciones de la marinería y de su indefensión ante los ataques aéreos de los Nacionales. El 22 de enero de 1939 se decidió restituir en el cargo al experimentado Miguel Buiza, pese a estar éste convencido de que la guerra estaba perdida. El 16 de marzo de ese mismo año se reunió con varias autoridades civiles y militares, como el presidente Juan Negrín, el coronel Segismundo Casado y el general José Miaja, pidiendo la capitulación ante los franquistas. El presidente y el general Miaja se negaron por lo que decidió desertar por su cuenta. Dicho y hecho, zarpó con la Flota de Cartagena –tres cruceros, ocho destructores y otros navíos de apoyo- con destino a la base tunecina de Bizerta, donde fondeó los barcos, dejándolos bajo control francés. En su descargo dijo que el objetivo era evitar que cayesen en manos de los Nacionales. Pero se volvió a equivocar porque los franceses tardaron muy poco en entregar los barcos a los franquistas.

        Cada vez tengo más claro que la desastrosa actuación de la Armada Republicana en la guerra fue uno de los factores decisivos que desencadenaron la victoria final de los autollamados Nacionales. Si la armada hubiese estado a la altura de las circunstancias, si se hubiese bloqueado el aprovisionamiento por mar de los rebeldes, el triunfo de estos hubiese sido mucho más complicado y quizás el destino de la República hubiese sido otro. Insubordinaciones, decisiones erróneas, traiciones y cobardías se congratularon para hacer fracasar uno tras otro todos los objetivos encomendados a la Armada.

 

PARA SABER MÁS

 

-ALONSO, Bruno: La Flota republicana y la Guerra Civil española. Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2006.

 

-FERNÁNDEZ DÍAZ, Victoria. El exilio de la marina republicana. Valencia, Universidad, 2011.

 

-PERAL PERAL, Aurelio: “Un marino sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la Flota Republicana”, Archivo Hispalense Nº 294-296. Sevilla, 2014, pp. 141-170.

 

-PRESTÓN, Paul: El final de la guerra. Las últimas puñaladas a la República. Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.

 

-THOMAS, Hugh: Historia de la Guerra Civil española. Barcelona, Círculo de Lectores, 1976.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

SOBRE LA CARMONA TARTESIA

SOBRE LA CARMONA TARTESIA

        Como es bien sabido Tartesio representa la más brillante y antigua civilización de Occidente, no menos importante que la cretense, la micénica o la etrusca. Encontramos referencias a ella en textos antiguos griegos y hasta en la propia Biblia lo que denota la gran pujanza comercial que llegó a alcanzar, como puente entre Europa y Oriente. Sin embargo, a partir del siglo VI a. C. terminó desapareciendo abruptamente, absorbida por pueblos invasores indoeuropeos. Ello provocó que sus antiguos reyes, como Argantonio, permaneciesen en la nebulosa de la leyenda hasta nuestros días. Tampoco ha aparecido la capital pese a los esfuerzos y a la pasión de grandes arqueólogos como Adolfo Schulten.

        Hace un año leí en un medio de comunicación que, según el arqueólogo y académico Martín Almagro Gorbea, la Medellín prerromana había sido fundada por pobladores procedentes de Carmona. Ahora ha caído en mis manos el texto científico publicado por el arqueólogo en el que se fundamentaba esta noticia.

        Martín Almagro ha dedicado buena parte de su vida a excavar en la villa de Medellín (Badajoz). Existió un pueblo prerromano que ocupaba unas quince hectáreas en la ladera del cerro donde actualmente se conserva parcialmente el castillo de los Portocarrero, y que fue fundado por tartesios procedentes de Carmona. El pueblo se llamó Conisturgis y fue fundado a principios del siglo VII a. C. Era la localidad más al norte del área tartesia y señoreaba el fértil valle del Guadiana, siendo su actividad fundamental la agricultura y la ganadería. Sería ya en el siglo II a. C. cuando tras el enfrentamiento entre los ejércitos romanos de Sertorio y Quinto Cecilio Metelo, habiendo vencido este último le puso al pueblo el nombre de Caecilia Metellinum que terminó por derivar en Medellín.

        ¿Y en qué se basa el citado arqueólogo para sostener que fueron carmonenses los fundadores? Pues bien, ha excavado durante varios lustros la necrópolis de Conisturgis y los paralelismos con los restos encontrados en Carmona son tan evidentes que le han llevado a defender dicha hipótesis.

        La idea plantea nuevas interrogantes: ¿dependía Conisturgis de la Carmo tartesia? No lo sabemos, pero el dato nos proporciona una idea de su pujanza y de un crecimiento demográfico que la obligó a buscar nuevos territorios donde asentar sus excedentes. Seguramente la civilización Tartesia nunca tuvo una capital, pese a que Schulten la buscó con empeño en el cerro del Trigo, allá en el Coto de Doñana. Quizás debió haber rastreado más al norte, en el corazón del valle del Guadalquivir. Carmona existía ya en la Edad del Bronce, existiendo una continuidad contrastada desde el tercer milenio a. C. hasta la época turdetana, incluyendo la etapa como ciudad tartesia. No sería la capital pero sí una de sus principales urbes, artífice de la ampliación de su área de influencia varios cientos de kilómetros al norte del valle del Guadalquivir.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

ALMAGRO GORBEA, Martín (Ed.): La necrópolis de Medellín. Madrid, Bibliotheca Archaelogica Hispana, 2006-2008.

 

HABA QUIRÓS, Salvadora: Medellín romano. La colonia Metellinensis y su territorio. Badajoz, Diputación Provincial, 1998.

 

MALUQUER DE MOTES, Juan: Tartessos. La ciudad sin historia. Barcelona, Ediciones Destino, 1984.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

“NUNCA ES TARDE SI LA DICHA ES BUENA”: LA REDENCIÓN DE LOS SEFARDÍES 523 AÑOS DESPUÉS

“NUNCA ES TARDE SI LA DICHA ES BUENA”: LA REDENCIÓN DE LOS SEFARDÍES 523 AÑOS DESPUÉS

Previsiblemente a partir del 12 de febrero de 2015 se hará efectivo el proyecto de ley para la concesión de la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes españoles expulsados de la patria en 1492. Por tanto, podemos decir que 523 años después -los comprendidos entre 1492 y 2015- será reparado un injustísimo agravio histórico. Y ello es un gran motivo de satisfacción, no solo para los descendientes de los sefardíes y para los judíos en general sino para toda la humanidad, pues demuestra que, aunque sea después de mucho tiempo siempre es posible la reparación de las injusticias.

Pero aprovechemos la ocasión para hacer un resumen del periplo de estos queridos compatriotas que durante siglos han guardado con añoranza el recuerdo de su querida patria, Sefarad, España. No sabemos si cuando los Reyes Católicos expidieron el Decreto del 31 de marzo de 1492 pensaban que el grueso de los 100.000 judíos españoles optaría por el exilio. En esa orden se les daba la opción de convertirse o marchar al cadalso. Pero sorprendió a todos la gran cohesión social de la mayoría, unos 80.000, que prefirieron el ostracismo a la renuncia a su credo. Se trató, de una verdadera “solución final”, pues, obviamente, expulsados los judíos se acababa definitivamente con el problema. Una decisión brutal, aunque menos que la decretada por los nazis en 1942 para su exterminio en los campos de concentración. Y esta última fecha no deja de ser curiosa porque se trata de los mismos números, anteponiendo el nueve al cuatro. Es posible que los Monarcas Católicos no previesen tal decisión que acarreó un quebranto económico notabilísimo, al tiempo que favorecieron el desarrollo de rivales tales como el imperio Otomano donde fueron bien recibidos.

Es cierto que España no fue ni la única ni la primera que los desterró, pero la cifra de deportados sí que fue mucho mayor que la de otros países. Pero el problema no es solo el genocidio de la expulsión, sino el olvido y la negación de estos españoles extirpados durante siglos. Los decretos de expulsión no constituyeron un hecho aislado sino que fueron fruto de una larga cadena de cortapisas, reprimendas y violencias que se iniciaron con virulencia desde 1391. Medio siglo después, y en particular a partir de 1449, con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo, los conversos o sus descendientes fueron privados del acceso a los oficios públicos. Otro paso más en la negación del judaísmo y en la consolidación del casticismo cristiano en la Península Ibérica. Y finalmente, la creación del Santo Tribunal de la Inquisición para castigar a los judaizantes, sin duda el paso previo al fatídico decreto de 1492.

        Durante los siglos XVI y XVII los sefardíes fueron olvidados por las autoridades hispanas que solo se acordaban de ellos cada vez que había una bancarrota o una crisis económica. El Conde Duque de Olivares pretendió permitir el retorno a un grupo de ellos a cambio de recursos económicos. Lo cierto es que nunca se llegó a producir el acuerdo, aunque hubo algún proyecto posterior en tiempos de Carlos II. En el siglo XVIII algunos ilustrados, como el padre Feijoo o Melchor de Jovellanos, criticaron por fin con firmeza, después de tres siglos, la fatídica decisión de 1492. Sin embargo habrá que llegar al siglo XX para encontrar algún tímido intento de reconciliación. El mayor hito en este sentido fue la orden del general Miguel Primo de Rivera de 1924, reconociendo la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes expulsados en 1492. Eso sí había que demostrar fehacientemente ser descendientes de los expulsos, renunciar a la nacionalidad original y fijar su residencia en España. Por ello, con ser un hito en el largo proceso de reparación histórica, apenas tuvo consecuencias prácticas. En cuanto a la II República aunque públicamente se manifestó a favor de los judíos, en la praxis solo les concedió la nacionalidad a cuenta gotas. El propio Adolf Hitler, antes de su “Solución Final” ofreció a otros países, entre ellos a España, la posibilidad de acoger a sus hebreos. Ante la negativa o simplemente la omisión de respuesta, interpretó que a nadie le interesaban estos judíos y consumó su genocidio. Durante el Franquismo, cuando ya se entreveía el final del III Reich, se acogieron a pequeños contingentes de hebraicos que fueron salvados de una muerte segura. Pero nuevamente no fueron más que actos de propaganda del régimen, puntuales y con la idea de mejorar el escasísimo prestigio de un régimen nacido del golpe de estado del 17 de julio de 1936.

        Pero a partir de la muerte del dictador, la situación no había cambiado sustancialmente; se les reconocía la nacionalidad española a aquellos que, al igual que los iberoamericanos y portugueses, demostrasen una permanencia en España de al menos dos años. En 1986 el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel hizo que el entonces primer ministro israelí, Simón Pérez, en La Haya, pronunciase una emocionante frase que será siempre recordada: “nos volvemos a encontrar después de 500 años”.

Desde noviembre de 2014 existe un proyecto de ley que, como ya hemos dicho, se convertirá en ley este año de 2015, culminando un proceso de reparación histórica que ha durado más de medio milenio. Isaac Querub, presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, se ha mostrado entusiasmado y orgulloso de su españolidad y de la de los judíos de origen hispano, al tiempo que ha destacado que nunca es tarde para esta reparación si la dicha es buena. Por tanto, quiero empezar estos primeros días de 2015, recordando que estamos a pocos meses o a pocas semanas de consumar la reparación de la injusticia cometida con aquellos españoles extirpados y expulsados de España en 1492. Ahora bien, dicho esto, y dejando claro mi entusiasmo como español y como historiador, quiero decir que es necesario continuar las reivindicaciones para extender este acto de justicia a los descendientes de los queridos y recordados moriscos, expulsados también a partir de 1609 y que, al igual que los sefardíes, les han transmitido, de generación en generación, su amor por España.

 

PARA SABER MÁS:

 

-BEL BRAVO, María Antonia: Sefarad, los judíos de España. Madrid, Sílex, 1997

 

-BENITO RUANO, Eloy: Los orígenes del problema converso. Barcelona, Editorial Albir, 1976.

 

-GONZÁLEZ, Isidro: Los judíos y España después de la Expulsión. Córdoba, Almuzara, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS