Blogia
Temas de historia y actualidad

Historia de España

EL SINGULAR CASO DEL MORISCO CARMONENSE GREGORIO ALANÍS

EL SINGULAR CASO DEL MORISCO  CARMONENSE GREGORIO ALANÍS

        La figura del escribano carmonense Gregorio Alanís es bien conocida, pues ya en 1929, llamó la atención del arqueólogo francés Jorge Bonsor, quien escribió un pionero trabajo sobre su persona que, hasta donde sabemos, ha permanecido inédito hasta nuestros días. Sin embargo, al famoso arqueólogo galo le pareció en su día un caso absolutamente excepcional mientras que hoy sabemos que esa permanencia fue mucho más habitual de lo que se había pensado. De hecho, cada vez hay más información sobre los miles de conversos que consiguieron eludir las órdenes de expulsión de 1609 y 1610, unos acogiéndose a las excepciones, otros obteniendo licencias reales y los más escamoteándose entre los cristianos viejos.

El caso que nos ocupa es muy significativo por dos motivos: uno, porque todos sus contemporáneos sabían que descendía, por parte de padre y madre, de moriscos de rebelados en las Alpujarras. Y dos, porque ni podía incluirse en alguna de las excepciones decretadas por la Corona ni pidió ninguna licencia especial para garantizar su permanencia. Es decir, simplemente se quedó sin que nadie lo importunase en exceso para que saliese de Carmona como hicieron otras 125 familias. Por tanto, entre los moriscos carmonenses embarcados en Sevilla con destino al exilio magrebí no se encontró nuestro escribano, pese a tener sangre morisca por los cuatro costados. Bien es cierto que estos exilados eran, según el corregidor de la villa, “Jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos”. En cambio, Gregorio Alanís, como veremos a continuación, había conseguido situarse entre la élite local. Y este aspecto es importante ya que cada vez está más clara la vinculación entre extracción social y exilio. La élite eludió con mucha más facilidad el cadalso, pues como ha ocurrido desgraciadamente siempre, molesta más el pobre que el rico.

        Su progenitor había muerto en la rebelión de las Alpujarras, mientras que su madre María de la Cueva, embarazada, fue deportada en 1571 a Carmona, uno de los puntos de concentración, junto a Écija. De hecho, en ese año el corregidor de Carmona estimó que había un total de 1.080 moriscos, la mayoría procedentes de Tolox (Málaga). La madre de nuestro protagonista fue adquirida en subasta pública por Pedro Muñoz de Alanís, mientras que Gregorio nació en marzo de 1572, siendo bautizado en la parroquia de San Pedro el día 17 de ese mes y año. Con toda probabilidad el señor de la casa se encaprichó con su madre y con el joven huérfano porque de lo contrario es impensable que el hijo de una esclava recibiese una formación académica. Lo cierto es que ya en 1587 y 1588 lo encontramos frecuentemente firmado como testigos las escrituras públicas del escribano Pedro de Hoyos. En 1609 y 1610 fue sucesivamente escribano del crimen y mayordomo del pósito, mientras que en 1611 fue recibido por el concejo como escribano público, pese a la oposición de algunos que alegaron su origen manchado. Hay que aclarar que según los privilegios de la villa, para ser confirmado como escribano era imprescindible recibir la aprobación del concejo lo que implicaba una buena relación con la oligarquía local. También se permitió el lujo de raspar de su partida de bautismo el nombre de su padre y poner en su lugar el de Pedro Muñoz de Alanís, quien según él mismo lo había naturalizado como hijo suyo.

        Gregorio Alanís, que terminó firmando sus escrituras como Gregorio Muñoz de Alanís, tuvo una vida longeva de nada menos que 81 años, estando al pie del cañón como escribano durante varias décadas, hasta muy poco antes de su óbito en 1653. Un morisco de pura cepa que al igual que otros muchos, quedó incrustado en la sociedad cristiano vieja carmonense del siglo XVII.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

-BONSOR, Jorge: “Los moriscos de Carmona y el escribano Gregorio Alanís” (inédito conservado en A.G.A. Leg. 7, N. 1).

 

-Catálogo de la VI Exposición Documentos Municipales para la Historia de Carmona. Los moriscos en Carmona. El escribano Gregorio Alanís. Carmona, 2009 (20 pp.)

 

-FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y PÉREZ GARCÍA, Rafael M.: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2009.

 

-MAIER, Jorge: “Los moriscos de Carmona”, Actas del III Congreso de Historia de Carmona. Carmona, 2003, pp. 85-124.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

NUEVOS DATOS SOBRE LOS MORISCOS HORNACHEGOS DE SALÉ

NUEVOS DATOS SOBRE LOS MORISCOS HORNACHEGOS DE SALÉ

Sabíamos que los moriscos expatriados de Hornachos se encaminaron a Sevilla desde donde arribaron a Ceuta primero y de allí a Tetuán. El sultán de esta ciudad, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, junto a Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente de moriscos andaluces y extremeños sobre todo, llamados allí andalusíes que formaron, desde 1627, la república independiente de Salé.

Este pequeño estado corsario vivió años de esplendor, coincidiendo con la ocupación de Larache (1610) y La Mamora (1614) por España, lo que convirtió a Rabat-Salé en el único puerto de relevancia en el norte de Marruecos. Se encontraba bien situado para aprovecharse del botín obtenido en la zona de la ruta de las Indias y de las islas Canarias. Tuvieron que hacer frente a dos enemigos: uno, al sultán de Marruecos que obviamente trataba de anexionar Salé a sus dominios. Y otro, a un tal Al-Ayyasi, conocido como el Morabito, que era un integrista del siglo XVII que dominaba el norte de Marruecos y que hacía la guerra santa contra los cristianos.

Yo conocía vagamente algún intento de estos moriscos de pactar con Felipe IV, a través del Duque de Medina Sidonia: ellos entregarían la ciudad a los Habsburgo a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando por supuesto a sus hijos. Pues bien, en el libro “Cartas Marruecas. Documentos de Marruecos en Archivos Españoles” (Madrid, CSIC, 2002) se documentan nada menos que ¡siete intentos! de los moriscos de Salé, entre 1619 y 1663, de recibir ayuda de España a cambio de alguna concesión. Al final ninguno de ellos prosperó, pero en varias ocasiones estuvieron a punto de ser repatriados a cambio de la ocupación de la plaza por tropas españolas. En 1632 había preparativos en España para efectuar esa repatriación y en 1633 Sir Arthur Hopton, embajador inglés en España, informó a su país que había movimiento de tropas en Cádiz para cumplimentar un acuerdo secreto de retorno de los españoles de Salé. Pero hay más, en 1637 cundía el hambre en Salé por el bloqueo conjunto del Morabito con los ingleses, cuando el Duque de Medina Sidonia atendió la petición de los asediados, enviando un cargamento de bizcocho para remediar el desabastecimiento.

Con posterioridad hubo otras ayudas parciales de España, pues a la monarquía hispánica le interesaba mantener a Salé-Rabat en manos de los moriscos y no en las del sultán de Marruecos ni muchísimo menos en las de los turcos. Pero nótense varias cosas: Primero, los continuos intentos de los moriscos de Salé de abandonar el territorio y regresar a su querida patria. Segundo, la saña con la que el Morabito les hacía la guerra santa, delatando claramente el carácter cristiano o al menos no islámico de los moriscos. Y tercero, cómo las autoridades hispanas, pese a las actividades corsarias de Salé, interpretaban que se trataba de españoles, y que eran algo así como una pica en Flandes, en medio del territorio marroquí.

¿Qué hubiera pasado si en 1632 o 1633 hubiesen sido repatriados los moriscos de Hornachos? No lo sabemos y además los historiadores no tenemos herramientas para hacer historia contrafactual. Pero no me puedo resistir a una pequeña reflexión: si se hubiese producido algo hubiese cambiado en España; está claro que muchos moriscos se quedaron y que otros volvieron, pero todo eso fue una historia extraoficial. La repatriación oficial de los andalusíes de Salé, aunque fuese a cambio de la anexión de la plaza, hubiese sentado un precedente al retorno de otros exilados. Y de paso hubiese lavado la imagen de la España casticista, al tiempo que suponía un reconocimiento implícito de la grave injusticia cometida con este grupo de españoles.

Obviamente, la república morisca de Salé tuvo una vida efímera porque el sultán de Marruecos estaba claro que iba a aprovechar la primera oportunidad que se le presentara para anexionarla. No podía consentir una república independiente de moriscos en mitad de su territorio. Sin embargo, allí quedaron arraigados estos andalusíes y sus descendientes todavía viven en la zona de Rabat, combinando sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

BUZINEB, H.: “Plática en torno a la entrega de la alcazaba de Salé en el siglo XVII”, Al-Qantara, vol. XV, 1994, pp. 47-73

 

GARCÍA ARENAL, Mercedes, RODRÍGUEZ MEDIANO, Fernando y EL HOUR, Rachid: Cartas Marruecas. Documentos de Marruecos en Archivos Españoles (Siglos XVI-XVII). Madrid, CSIC, 2002.

 

GONZALBES BUSTO, Guillermo: “La República andaluza de Rabat en el siglo XVII”, Cuadernos de la Biblioteca Española de Tetuán, vols. 9 y 10. Tetuán, 1974, pp. 355-463.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

DE LABRADORES Y ARTESANOS A CORSARIOS: MORISCOS ESPAÑOLES TRAS SU EXPULSIÓN

DE LABRADORES Y ARTESANOS A CORSARIOS: MORISCOS ESPAÑOLES TRAS SU EXPULSIÓN

Un buen grupo de moriscos, una vez en el Magreb se dedicaron al corso, pues tampoco tuvieron otras alternativas para ganarse la vida, aliándose con magrebíes opositores a la expansión hispana en el territorio e incluso con corsarios ingleses y holandeses. Bien es cierto, que muchos de ellos lo hicieron con el objetivo de una vez llegados a las costas españolas desertar y volver a su tierra natal. Algunos lo consiguieron, pues se sabe que varios años después de su expulsión muchos habían regresado a la Península Ibérica. Ya en enero de 1610  un barco inglés y otros tripulados por moriscos atacaron a varias embarcaciones españolas en las cercanías a la barra de Sanlúcar. Unos meses después, exactamente en septiembre de 1610, una treintena de barcos, entre grandes y pequeños se dedicaban al corso por las costas de España y Francia y entre sus efectivos se encontraban numerosos moriscos recién expulsados. El gobernador de Ibiza Baltasar de Borja en 1620 explicó la situación de estos moriscos corsarios que atacaban la isla:

        Por ocasión de la expulsión hay mucha morisma pláticos de estas costas y por dicha causa y no saber qué hacer en Berbería se aplican en andar en corso, así por la codicia de las muchas presas con que se van enriqueciendo, como por ser españoles que se aficionan a este ejercicio más presto que a otro de más trabajo que promete mayores daños con el discurso del tiempo.

 

Dice que se empleaban en el corso por tres causas: primero, porque eran buenos conocedores de las costas españolas, donde habían vivido ellos y sus ascendientes: Segundo, por la codicia del enjundioso botín. Y tercero porque como eran españoles preferían este trabajo más arriesgado pero menos duros que otros. Interesante, la percepción de esta autoridad insular que no duda en otorgarles lo que nadie dudaba, es decir, que aunque expatriados no dejaban de ser españoles.

Famosos fueron los corsarios procedentes de Hornachos (Badajoz). El sultán de Tánger, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, muy cerca de Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente menor de andaluces y todos ellos formaron, desde 1627, la república independiente de Salé. Culminaba así la larga lucha de los hornachegos por su libertad.

Los hornachegos formaron allí un pequeño Estado corsario que vivió su esplendor en la primera mitad del siglo XVII. Una curiosa y efímera república, entre mora e hispana, tan diferente al reino de España como al de Marruecos. Para entenderlo basta con citar el nombre de su primer gobernador: Brahim Vargas, una curiosa combinación de un nombre moro con un apellido netamente castellano. Actuaban en la zona del estrecho de Gibraltar por su propia cuenta o aliados con los turcos, causando graves daños a la navegación hispana en el Mediterráneo.

         En 1631, a través del Duque de Medina Sidonia, propusieron a Felipe IV un pacto: ellos entregarían la ciudad a la Corona castellana a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando, por supuesto a sus hijos. Obviamente, el plan no salió adelante y, despechados, no tardaron en ofrecerle algo parecido al rey de Inglaterra. Sin embargo, este proyecto fallido nos aclara mucho sobre el sentimiento y la añoranza del exilio español en Salé.

Después, esta república de Salé languideció hasta su integración en el reino alauita en el tercer tercio de ese mismo siglo. Sin embargo, todavía en el siglo XXI muchos descendientes de aquellos moriscos llegados en el siglo XVII combinan sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

PARA SABER MÁS

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y Bernard VINCENT: Historia de los moriscos. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

EPALZA, Mikel: Los moriscos antes y después de la expulsión. Madrid, 1992.

 

FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y PÉREZ GARCÍA, Rafael M.: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2009.

 

ESPINO LÓPEZ, Antonio: “Los enemigos de la Monarquía en el Mediterráneo: el caso de la defensa de Ibiza en el siglo XVII, 1598-1621” IH Nº 26, 2006, p. 23.

 

 

LAPEYRE, Henry: Géographie de l`Espagne morisque. Paris, SEVPEN, 1959 (hay edición en castellano de 1986 y 2009).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

COFRADÍAS ÉTNICAS EN LA ESPAÑA MODERNA: UN ESTADO DE LA CUESTIÓN

COFRADÍAS ÉTNICAS EN LA ESPAÑA MODERNA:  UN ESTADO DE LA CUESTIÓN

Existe ya una larga trayectoria historiográfica sobre las cofradías étnicas, referida a España y a las colonias hispanoamericanas. Su existencia se justificaba precisamente por la discriminación que sufrían estas minorías que, con frecuencia, veían vetado su acceso a las corporaciones de blancos y a sus beneficios espirituales y materiales. La inmensa mayoría de ellas, en una cláusula casi rutinaria, prohibía el acceso a toda persona negra, mulata, morisca o que desempeñase oficios viles. Es cierto que en teoría no debería haber existido esta discriminación porque los esclavos estaban bautizados y, por tanto, eran cristianos. Precisamente dado que no había un fundamento jurídico para su exclusión, en muchas reglas se solventó la cuestión añadiendo alguna coletilla del tipo para evitar murmuraciones, por no dar lugar a escándalos o por ser gente de su natural inquieta.

 

Para el caso de Portugal disponemos del trabajo de Didier Lahon en el que se revela la existencia de decenas de cofradías de negros de muy diversas advocaciones, aunque predominan las de San Benito de Palermo, las de Jesús y las de María. En lo referente a las colonias, las cofradías étnicas fueron infinitamente más numerosas y abundantes, sencillamente por el alto porcentaje de población de color. Proliferaron a lo largo y ancho del continente americano existiendo, por ejemplo, varias decenas de ellas en México, 17 en Perú, 12 en Caracas y cinco respectivamente en Panamá y en Santo Domingo. En algunos lugares, los esclavos se agrupaban por etnias, pues, en Santo Domingo los negros biáfaras y los mandingas eran de la cofradía de la Candelaria, mientras que los ararás se aglutinaban en torno a la de San Cosme y San Damián.

 

Sin embargo, en lo concerniente a España hasta fechas muy recientes apenas conocíamos la existencia de unas pocas cofradías, localizadas en núcleos con grandes mercados de esclavos como Sevilla o Cádiz. No en vano, Antonio Domínguez Ortiz, gran conocedor de la temática, afirmó que estas asociaciones étnicas se restringieron exclusivamente a las capitales andaluzas. Sin embargo, como veremos en este trabajo, no fue exactamente así pues proliferaron en muy distintos lugares, especialmente en la España meridional ya que es en esta parte de la Península donde se concentraba el mayor número de aherrojados.

 

COFRADÍAS ÉTNICAS EN LA ESPAÑA MODERNA

 

A medida que avanzan los estudios sobre la esclavitud constatamos la magnitud de estos institutos tanto en España como en sus colonias americanas. Un fenómeno asociativo que estuvo bastante más generalizado de lo que inicialmente sospechó la historiografía.

 

Estas cofradías étnicas eran muy variadas: las había de negros, pero también de mulatos y hasta de moriscos, como la del Espíritu Santo ubicada, desde mediados del siglo XVI, en el hospital del mismo nombre de Triana (Sevilla). Pero, incluso, dentro de las cofradías participadas por negros no todas eran iguales: las había abiertas a negros, mulatos y a blancos, mientras que otras eran exclusivamente de negrostanto esclavos como libertos-, es decir, teóricamente cerradas. Pero digo que teóricamente porque legalmente no solían prohibir la pertenencia a ellas de blancos sino que sencillamente ninguno se adscribía, probablemente por motivos raciales, sociales y/o culturales. También encontramos asociaciones que nosotros hemos llamado multiétnicas, pues admitían no sólo a personas de color, sino también a moriscos y a gitanos.

 

A continuación sintetizamos en el Cuadro I las cofradías de morenos que hasta ahora tenemos localizadas, incluyendo su advocación, la localidad y el siglo fundacional. Dado que la mayoría de ellas, desde finales del siglo XVII, se transformaron en cofradías de blancos o desaparecieron, nosotros las clasificaremos tan sólo teniendo en cuenta su situación en el momento de su fundación.

 

Cuadro I. Cofradías de Morenos

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

1455

Cofradía de negros libres

--

Barcelona

1472

Cofradía de Santiago Apóstol de negros libertos

Monasterio de Agustinos

Valencia

mitad del siglo XVI

Nuestra Señora del Rosario de Santa María del Castillo

Ermita de Santo Domingo, sita dentro de la alcazaba

Badajoz

1572

Cofradía de mulatos de Nuestra Señora de la Presentación

Hospital de Belén, collación de San Salvador

Sevilla

1575

Nuestra Señora del Rosario, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Convento de Nuestra Señora del Rosario

El Puerto de Santa María (Cádiz)

1580

Nuestra Señora del Rosario

Iglesia parroquial de Santa Catalina

Jerez de los Caballeros (Badajoz)

1584

Nuestra Señora del Rosario

Hospital de Santa María de Goles de Triana

Sevilla

h. 1590

Nuestra Señora del Rosario, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Sucesivamente en el Hospital de la Misericordia, la ermita del Rosario y el convento del Rosario y Santo Domingo

Cádiz

S. XVI

Nuestra Señora de la Misericordia

Hospital de Santa Ana

Málaga

S. XVI

Nuestra Señora de la Encarnación y Paciencia de Cristo

Parroquia de San Justo y Pastor

Granada

S. XVI

Nuestra Señora del Rosario

--

Jerez de la Frontera (Cádiz)

1606

Dulce Nombre de Jesús

--

Usagre

h. 1598

San Juan Bautista

Ermita del Loreto

Denia (Alicante)

h. 1655

Congregación de Nuestra Señora de la Salud, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Iglesia de Santiago

Cádiz

S. XVII

Nuestra Señora del Rosario

Iglesia parroquial

Segura de León (Badajoz)

S. XVII

San Benito de Palermo

Iglesia de Santa Escolástica

Granada

S. XVII

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco

Bujalance (Córdoba)

S. XVII

Nuestra Señora de los Reyes y San Benito de Palermo

--

Jaén

S. XVII

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco de Asís

Úbeda (Jaén)

S. XVII

San Benito de Palermo

--

Baeza (Jaén)

1747

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco

Madrid

1784

San Benito de Palermo

Convento de San Juan de los Reyes

Toledo

S. XVIII

San Juan Bautista

Parroquia de la Magdalena

Almendral (Badajoz)

 

Son varios los aspectos que merecen ser destacados de este cuadro: en primer lugar, observamos la existencia de ciudades con más de una cofradía de morenos, sobre todo Sevilla que llegó a contar con tres, seguida de Cádiz y Granada con dos. Un aspecto que tampoco debe extrañarnos, pues, proliferaban allí donde había una alta concentración de población de color.

 

En segundo lugar, se verifica su presencia no sólo en localidades de mediano tamaño como El Puerto de Santa María, Úbeda o Baeza, sino también en villas muy pequeñas. Entre estas últimas, destacan un buen número de ellas en Extremadura, como las de Almendral, Jerez de los Caballeros, Barcarrota y Segura de León. Queda suficientemente demostrado que estas corporaciones también estuvieron presentes en villas pequeñas con un escaso volumen de población esclava. Desconocemos aún si esta tendencia se puede extrapolar a otras zonas de la Península Ibérica, tales como Murcia, Valencia o las dos Castillas.

 

En tercer lugar, confirmamos la presencia de una gran diversidad de advocaciones, aunque con un predominio de las rosarianas a las que, en ocasiones, se unían otras dos intitulaciones típicas de la raza negra: San Benito de Palermo, y la etíope Santa Efigenia. En cuanto a las primeras, conviene recordar que, tras finalizar el Concilio de Trento, se designó al portugués fray Nicolau Días O.P. para que incentivase la devoción al santísimo rosario dentro del cristianismo. Éste pretendió que estos institutos fuesen universalistas y que no discriminasen por sexo ni por estatus social, permitiendo incluso la presencia en las mismas de esclavos negros. El objetivo era siempre lograr la integración de estas minorías que a base de rezar el rosario y de imitar el comportamiento de los cristianos, supuestamente terminarían por aceptar los nuevos dogmas. No obstante, los problemas con los dominicos no tardaron en aparecer, pues ellos entendían que estos institutos debían residir necesariamente en sus conventos. Así, por ejemplo, la cofradía de negros de Triana, que aprobó sus reglas en 1584 bajo la advocación del Rosario, perdió un pleito con los dominicos y sus hermanos se vieron obligados a intitular su corporación como de Nuestra Señora de las Cuevas con permiso, por supuesto, de los Cartujos. Las dedicadas a San Benito de Palermo eran también muchas mientras que otras, como la de Jaén, la de Granada o la de Sevilla, incorporaron al santo siciliano a su intitulación a lo largo del siglo XVII. Una advocación que se explica perfectamente teniendo en cuenta que éste fue un santo franciscano, hijo de negros sicilianos, beatificado ya en 1643. Se trataba, pues, del santo negro por excelencia y, por tanto, era la advocación idónea para captar la devoción de las personas de color. De alguna forma, la existencia de un negro en el santoral significaba la posibilidad de redención de una raza injustamente vilipendiada. Las demás advocaciones son muy diversas, desde San Juan Bautistapor ser el santo más representativo del sacramento del bautismo- a la Encarnación o la Paciencia de Cristo.

 

Y en cuarto lugar, las sedes fueron muy diversas, a saber: iglesias parroquiales, conventos, ermitas y hospitales. Obviamente, las que se ubicaban en las dos primeras estaban mucho más controladas por las autoridades eclesiásticas, mientras que las que lo hacían en ermitas u hospitales contaban con un mayor grado de libertad. En no pocas ocasiones se fundaron en ermitas que intitularon del Rosario y dieron lugar, con posterioridad, a la fundación de un convento dominico de esta advocación y su traslado al mismo. De esta forma la asociación étnica quedaba supervisada y controlada por la Orden de Predicadores.

 

Cuadro II. Otras Cofradías étnicas y multiétnicas

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

ETNIA

S. XV

Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles, Los Negritos

Capilla de los Ángeles

Sevilla

Multiétnica

S. XVI

Nuestra Señora de la Piedad

Hospital de San Antonio Abad

Sevilla

Multiétnica

S. XVI

Cofradía del Espíritu Santo

 

Sevilla

Moriscos

S. XVI

Nuestra Señora de la Misericordia

Hospital de Santa Ana

Málaga

Multiétnica

Fines S. XVI

Cofradía de San José

--

Villanueva de la Serena (Badajoz)

Moriscos

S. XVII

Cofradía de San Román

--

Sevilla

Gitanos

 

La hermandad de los Negritos de Sevilla fue fruto de la fusión de dos hermandades hospitalarias, a saber: una de negros ubicada en el hospicio de Nuestra Señora de los Reyes, cercano al humilladero de la Cruz del Campo, que había fundado el arzobispo Gonzalo de Mena a finales del siglo XIV, y otra multiétnica, intitulada de Nuestra Señora de la Piedad, que residía en el hospital de San Antonio Abad. Pues, bien, en 1558, después de consumada su fusión, redactaron sus nuevas reglas, estableciéndose en el capítulo I que se admitirían como hermanos a mulatos, a indios y a negros, tanto esclavos como librescontando, por supuesto, con la autorización de sus dueños-. Que se incluyan los indios no tiene mucho de particular, pues, según algunos documentos de la época, a mediados del siglo XVI, vivían en Sevilla muchos indios e indias libres que los españoles los tienen por esclavos y se sirven de ellos como tales... No era la única multiétnica que había en la capital hispalense, pues en la cofradía del Espíritu Santo, aunque era de moriscos desde 1560, figuraba entre sus hermanos al menos un negro subsahariano, llamado Francisco de Herrera. Ello nos puede estar hablando de nuevo de otra corporación multiétnica. No menos claro era el caso de la cofradía de Nuestra Señora de la Misericordia de Málaga también abierta a otras minorías étnicas. En este caso, además de negros y mulatos, podían formar parte de la misma, esclavos y libertos berberiscos.

 

Y finalmente tenemos alguna referencia a la fundación a finales del siglo XVI en Villanueva de la Serena (Badajoz) de una cofradía de moriscos, intitulada de San José. Al parecer, fue instituida por un morisco de origen granadino, Miguel Hernández Murcia, aglutinando en torno a ella a los conversos de la localidad que, al parecer, eran buenos cristianos.

 

También conocemos algunos casos de cofradías de blancos que admitían en sus filas a negros. Fueron más excepcionales, sencillamente por el casticismo de la época que hacía que muchos cristianos viejos vieran con malos ojos estas asociaciones mixtas. Algunas de ellas es posible que en sus orígenes fueran de negros y que, con el paso de los años, se abrieran a los blancos por meros motivos de supervivencia, cuando el número de esclavos comenzó a declinar.

 

Cuadro III. Corporaciones de blancos que admitían o asistían a miembros de minorías étnicas

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

1575

Santa Veracruz

Ermita de San Sebastián

Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real)

S. XVI

Santa Veracruz

Convento de San Francisco

Berlanga (Badajoz)

S. XVI

Cofradía del Rosario

 

Cáceres

1732

Hermandad del Santo Rosario de Nuestra Señora de la Aurora

Parroquia de Santiago

Barcarrota (Badajoz)

 

Hay que advertir que el cuadro refleja solo algunos ejemplos pero que es seguro que habría muchas más que admitirían a miembros de estas minorías. Tenemos datos concretos de la Veracruz de Villarrubia de los Ojos, fundada en 1575 en la ermita de San Sebastián y que, aunque era de blancos, admitía de facto a miembros de minorías étnicas pues encontramos a varios moriscos entre sus miembros. Asimismo, nos consta la presencia de moriscos en varias cofradías de Huescala de Santa Ana y la de San Eloy- así como en la de Nuestra Señora de la Soledad de La Algaba (Sevilla).

 

La de Berlanga no admitía a negros, sin embargo que obligaba a sus hermanos a asistir al enterramiento de aquellos aherrojados que eran propiedad de sus cofrades. En el capítulo XIX de sus reglas se leía lo siguiente:

 

Ítem, ordenamos y tenemos por bien que cuando algún hermano de esta nuestra cofradía y hermandad falleciere, o su mujer o hijo de diez años arriba, o el padre o la madre, o su negro o negra del tal hermano que viviere en su casa con él y muriere en ella, no habiendo en ello fraude ni cautela, o marido o mujer, sean todos los hermanos a ir a su enterramiento

 

Con frecuencia, el hecho de que el cabeza de familia estuviese en una corporación implicaba la extensión de la mutua a sus familiares en primer grado, es decir, a su esposa e hijos y, como en el caso de Berlanga, también a su servidumbre.

 

De la cofradía del Rosario de Cáceres sabíamos que era de blancos, sin embargo, en 1546, Elvira Paredes, en su testamento, otorgó la libertad a su esclavo Francisco, dándole 1.000 maravedís y ordenando a sus albaceas que le pagasen su entrada en dicho instituto. Todo parece indicar que estamos nuevamente ante una de esas cofradías abiertas que admitían a negros libertos. Diferente es el caso de la Veracruz de Llerena que acordó, en 1570, incluir excepcionalmente a un esclavo para que portase y tocase la bocina en los desfiles procesionales.

 

LAS ÉLITES Y LAS COFRADÍAS ÉTNICAS

 

Como ya hemos afirmado, si hubo cofradías de negros fue por dos motivos: uno, porque el rechazo social imposibilitaba que estas minorías se pudiesen integrar en los institutos de blancos. Por tanto, estas cofradías étnicas más que un ejemplo de integración, como se ha dicho tradicionalmente, muestran justo lo contrario, es decir, su marginación social. Y otro, porque se permitió su existencia pues, en general, los negros, a diferencia de lo que ocurrió con judíos, moriscos y gitanos, nunca fueron vistos como una amenaza, por su escasa o nula resistencia a su cristianización.

 

Conocemos algunos casos concretos en que los dueños se opusieron a conceder la licencia para participar en estos institutos. Concretamente en Sevilla, algunos interpretaron ese pequeño margen de libertad como potencialmente peligroso para sus intereses clasistas. También en Usagre (Badajoz) detectamos reticencias de algunos propietarios a conceder licencias para la participación de sus negros en actividades cofradieras. Incluso, en el siglo XVIII, ciertos políticos ilustrados como Campomanes, las vieron como una amenaza y justo por ello se decretó, el 21 de febrero de 1764, la extinción de la cofradía de negros de Cádiz.

 

Sin embargo, en general, salvo estas excepciones ya citadas, tanto las autoridades como los propietarios no sólo las toleraron sino que, incluso, las auspiciaron. Los franciscanos estuvieron detrás de las fundaciones de cofradías de negros en la provincia de Jaén, erigidas o refundadas por el negro Cristóbal de Porras, siempre bajo el patrocinio de San Benito de Palermo. Cabría preguntarse: ¿por qué tanto las autoridades como los propietarios aceptaron de buen grado esta libertad asociativa? Por dos motivos: primero, porque los negros en principio no hacían otra cosa que mimetizar el comportamiento de los blancos por lo que, lejos de suponer una amenaza, constituían una forma más de cristianización de estas minorías. De hecho, la cofradía de los Negritos de Sevilla, en sus reglas de 1558, vedó la entrada a la misma a cualquier persona de malas costumbres como borracho, ladrón, amancebado (y) blasfemo (Cap. IV). Curioso, sobre todo porque se trata de calificativos que tradicionalmente se atribuían a las minorías étnicas. Lo cierto es que muchos señores de esclavos interpretaban que estas organizaciones servían de válvula de escape a las tensiones generadas por el duro servilismo al que los sometían. Y para colmo esas tensiones no se dirigían contra sus dueños sino que morían en rencillas entre los hermanos de una misma cofradía o en áridas disputas con otras.

 

Y segundo, por ciertos intereses bastante menos espirituales y mucho más sórdidos; dado que los dueños estaban obligados moralmente a proporcionar un enterramiento cristiano a sus esclavos, la existencia de una cofradía de negros les podía eximir de esos gastos. Además, de alguna forma también justificaba la existencia de la esclavitud y probablemente disminuía los posibles problemas de conciencia. De hecho, se suponía que el argumento básico sobre el que se sustentaba la institución era la conversión del cautivo. De ahí que estuviese terminantemente prohibido que los moriscos y los cristianos nuevos tuviesen aherrojados. Por todos los motivos aludidos, no tiene nada de particular que cofradías como la de los Negritos de Sevilla contasen con la protección de todos los estamentos privilegiados, incluyendo a los caballeros maestrantes.

 

Pero, no eran los únicos interesados en la existencia de estas asociaciones. También las altas jerarquías religiosas las favorecieron, por un lado, porque de esta forma se evitaban roces directos con los cristianos viejos y, por el otro, porque contribuía a la evangelización de las minorías étnicas y de alguna forma al ensanchamiento de la cristiandad. Incluso, los propios clérigos, es decir, los estratos más bajos del estamento eclesiástico, podían estar a favor pues siempre implicaban más ingresos, en forma de sufragios para sus iglesias, capillas o eremitorios. Tanto los dominicos como los franciscanos auspiciaron este tipo de corporaciones étnicas, los primeros fomentando la aparición de rosarios públicos de negros, que veían en los rezos una buena forma de catequización y, los segundos, impulsando la advocación del franciscano de color San Benito de Palermo.

 

A los propios esclavos también les interesaba este asociacionismo, pues haciendo ostentación pública de su fe podían justificar su sincera conversión y, a la postre, tener más esperanzas de conseguir su redención. No era imprescindible para su ahorramiento, aunque recomendable. De hecho, ya en las Partidas de Alfonso X se estableció que los esclavos de judíos, moros o herejes quedasen libres en el mismo momento en que se produjese su conversión. Pero además de aumentar sus posibilidades de liberación también mejoraban en cierta medida sus condiciones de vida. No olvidemos que sobre el esclavo pesaban dos estigmas añadidos: su condición de pobre y de infiel. Cristianizándose eliminaban al menos la segunda de las manchas y de paso les servía para autoafirmarse frente a la clase dominante.

 

A la larga estas corporaciones representaron la prueba evidente del triunfo del hombre blanco sobre el negro. De hecho, estos últimos no hacían más que reproducir los comportamientos de aquellos que los discriminaban y los mantenían en una situación servil. Por tanto, aunque en ocasiones pudieran aglutinar valores sincréticos o dar cohesión al grupo, en la práctica representaron una forma más de inserción de los esclavos en la sociedad dominante.

 

Huelga decir que debieron estar bien vigiladas por las autoridades eclesiásticas y civiles, despertando en ocasiones los celos de las asociaciones de blancos. Algunas de ellas estaban controladas y dirigidas por la élite local, como ocurría en el caso de la de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota. Ésta admitía a blancos, negros y mulatos, teniendo su sede en la parroquia de Santiago, por lo que la capacidad de movimiento de sus hermanos de color era mínima. Todas las cofradías, incluidas por supuesto las de negros, estaban sujetas a la supervisión de la prelatura. Sin embargo, las que tenían su residencia canónica fuera de una parroquia o de un convento gozaban de mayores cotas de independencia. En teoría, la residencia en una ermita les daba más reputación, al no depender directamente de los presbíteros de la parroquia ni del abad del monasterio. Cofradías como la de San Juan Bautista de Denia que residía en la ermita del Loreto se podían permitir festejar sus reuniones con bailes y músicas autóctonos, sin molestar ni ser molestados. Aquellas ermitas que se localizaban en el campo tenían el atractivo añadido del ambiente bucólico que se respiraba y que favorecía precisamente la recuperación de sus bailes y danzas tradicionales. No obstante, la fundación en un eremitorio era un arma de doble filo ya que los elevados costes de mantenimiento del edificio corrían por cuenta de la corporación. Usualmente la cofradía debía pagar, primero, todos los gastos de reparación y mantenimiento del edificio, y segundo, a un sacristán que hiciese las veces de guarda y cuidador del recinto. Como ya hemos visto, algunas de estas cofradías de negros tuvieron su sede canónica en ermitas, como la cofradía de morenos de Badajoz, fundada en la primera mitad del siglo XVI. No era la única que disponía de edificio propio, pues tanto la del Puerto de Santa María como la de Cádiz dispusieron de su propio templo.

RECHAZO, BURLA Y DISCRIMINACIÓN

 

Como ya hemos afirmado, las élites no sólo permitieron este tipo de cofradías sino que las incentivaron. Sin embargo, una cosa era la élite y otra el pueblo. Entre el grueso de la población, precisamente entre aquellos que no poseían esclavos sino tan sólo el orgullo de sentirse cristianos viejos, el rechazo fue muy acentuado. Nos han llegado algunos testimonios insertos en un pleito iniciado en 1604 entre la hermandad de los Negritos de Sevilla y la señera corporación de la Antigua, Siete Dolores y Compasión. El Jueves Santo de 1604, los cortejos de ambas corporaciones se encontraron, optando los Negritos por atravesar por medio del cortejo de la hermandad de la Antigua. Este hecho fue interpretado por muchos como una afrenta intolerable. Al parecer, se produjeron graves disturbios entre los asistentes, las hermanas de la Antigua y los Negritos. Al final estos últimos acabaron tirando piedras y dando palos a las hermanas de la dicha cofradía de la Antigua. Algunas declaraciones prestadas por testigos presentados en el proceso denotan grandes dosis de fanatismo hacia estos cofrades. Por ejemplo, Francisco de Acosta declaró:

 

Aunque Cristo se puso en la cruz por todos, en la Iglesia hay órdenes y grados como en el cielo y no deben de ir delante de cofradía de gente blanca.

 

Mero racismo de unas personas que no podían entender que unos negros, por el simple hecho de serlo, pudieran precederles en los actos públicos. En más de una ocasión, estos cofrades de color sintieron la burla del pueblo como se deduce de la declaración de otro de los declarantes, un tal Miguel Ambrosio:

 

Que los negros eran gente tan bárbara y ridícula que da risa en lugar de devoción, por lo cual les van silbando, y las negras van llamando a los blancos perros y judíos, y los blancos les hacen burlas con la boca.

 

Otro testimonio, utiliza términos muy parecidos:

 

Mucha gente los está aguardando para silbarles y hacerles otras mofas y escarnios, hablarles en guineo y afrentándoles, picándoles con alfileres, de lo cual se enojan y llaman a los blancos judíos, lo cual así mismo hacen las negras que los acompañan

 

Los textos citados son suficientes para hacernos una idea de la difícil situación que vivían los Negritos en sus estaciones de penitencia. Provocaciones continuas y vejaciones verbales que unos aguantaban con resignación mientras que otros estallaban, tildándolos de judíos. Una respuesta que no debía sentar nada bien a aquellos cristianos viejos. Y es que parece obvio que los sufridos negros también sabían defenderse de los ataques verbales. La mayor parte de las afrentas se dirigía a las mujeres de color ya que, mientras los varones iban con el rostro cubierto, ellas procesionaban detrás, descubiertas y conocidas.

 

Lo cierto es que, pese a la dignidad con la que los Negritos intentaban realizar su estación de penitencia, no cuesta imaginar las burlas de unas personas criadas y educadas en una sociedad intransigente como era la de la España Moderna. Insultos, bromas y toda clase de vejaciones morales que provocaban la risa de los agresores y la rabia contenida de los agredidos. Para la mentalidad de la época, por muy cristianos y muy cofrades que fueran no dejaban de ser negros y, por tanto cristianos de segunda. Y para recordárselo ahí estaban los cristianos viejos.

 

Para colmo, cuando se produjeron altercados, las autoridades casi siempre cargaron las tintas contra los cofrades de color. El caso de los Negritos de Sevilla es muy claro, tras sus disputas con la cofradía de la Antigua, instituto de gran significación social en Sevilla, el cardenal Nuño de Guevara prohibió a los primeros procesionar en público. Los Negritos se vieron obligados a recurrir a instancias superiores, es decir, a la Santa Sede. Pero las restricciones duraron mientras vivió el cardenal de manera que el 16 de marzo de 1625 consiguieron la aprobación del Papa para evitar que estas prohibiciones se volvieran a repetir en el futuro.

 

Disponemos de testimonios similares sobre la cofradía de morenos del Dulce Nombre de Jesús de Usagre, confirmando lo ya conocido para la de Sevilla. En esta localidad los vecinos se quejaban de que gente tan infame, borrachos, ladrones y alborotadores desfilase en el Corpus tan cerca del Santísimo, e incluso, delante de gente honrada y principal de la villa. No escatimaron tampoco en apelativos, tildando a los negros de personas muy revoltosas, inquietas y sin razón. Aunque no disponemos de referencias a otras hermandades étnicas es plausible pensar que este tipo de rechazo estuviese generalizado.

 

SUS MIEMBROS

 

Conocemos casos de cofradías que fueron cerradas legalmente, como la del Rosario, sita en el hospital de Santa María de los Goles de Triana, que impedía el ingreso a toda persona que no fuese de color, excluyendo no sólo a los moriscos sino también a los mulatos. Estos últimos crearon su propia hermandad, la de Nuestra Señora de la Presentación, también de carácter cerrado. Sin embargo, esta capacidad de cerrarse, incluso a los mulatos, es difícil de encontrar en España, pues los esclavos siempre fueron una minoría que, además, desde la segunda mitad del siglo XVII, fue progresivamente en retroceso. También la cofradía de San Benito de Palermo de Madrid, ponía como condición para ser miembro ser del color del santo titular, es decir, negro.

 

Sin embargo, la mayoría de ellas no fueron cerradas, al menos legalmente. Y no lo fueron porque, a diferencia de lo que ocurría en América, el número de esclavos y libertos era tan escaso que debían permitir el ingreso a todo aquel que lo solicitase y pagase la cuota si querían subsistir. Prueba de que nunca estuvieron cerradas a los blancos es que con el paso del tiempo, las que sobrevivieron, experimentaron un blanqueamiento progresivo.

 

La cerrazón era un lujo que sólo se podían permitir las cofradías de morenos de Sevilla o la del Madrid del siglo XVIII. Si en la praxis no había blancos en las corporaciones de negros era por un rechazo personal debido a motivaciones de carácter social o cultural. Por ejemplo, en el caso de la cofradía de negros de Segura de León (Badajoz), aunque formada de facto por negros de ambos sexos, tanto libres como esclavos, el único requisito de ingreso era abonar la cuota pertinente. Por tanto quede claro que, aunque en sus inicios no contaron con blancos entre sus hermanos, en teoría siempre fueron abiertas porque, salvo en raras excepciones, nunca se les excluyó formalmente. En aquella sociedad casticista pocos blanco estaba dispuesto a formar parte de una cofradía de morenos. En América, por supuesto, había tal cantidad de negros que la situación era muy diferente, y ninguna cofradía de negros necesitaba de hermanos blancos para subsistir.

 

En teoría estaban dirigidas por libertos ya que se presuponía que un esclavo no tenía la capacidad jurídica para formar parte de una asociación. Algunas, como ocurría en las de Barcelona y Valencia, incluían en su propia intitulación lo de cofradías de negros libertos, denotando claramente la condición libre de sus asociados. Y en la mayoría se especifica que los hermanos pudiesen ser libertos o, en caso de ser esclavos, que contaran con la debida licencia de sus amos. Así se especificaba en las reglas de los Negritos de Sevilla de 1554. Igualmente, en el art. de las reglas de 1764 de la hermandad de morenos de Cádiz se especificaba que los hermanos podían ser libres o esclavos, pero contando estos últimos con el permiso de sus propietarios. También hubo otras en las que en su misma intitulación se denominaron de morenos y morenas libres y esclavos, es decir, formada por personas de color de ambos sexos, tanto libres como sujetos a servidumbre. Pero una cosa era la teoría y otra la práctica. De facto, los esclavos no sólo formaban parte de estas corporaciones sino que solían ser mayoría, simplemente porque su número fue siempre muy superior al de libertos. Ya Félix González de León escribió en 1852 que la citada cofradía de los Negritos de Sevilla congregaba no sólo a libertos sino también a decenas de esclavos que contaban con la preceptiva autorización. Efectivamente, dado que había más esclavos que libertos, una buena parte de sus hermanos eran aherrojados. Pero, es más, en las cofradías de Denia, Málaga o Sevilla, nos consta que muchos de sus hermanos mayores fueron esclavos negros. Incluso en la cofradía de negros de Nuestra Señora de los Reyes de Jaén, su primer prioste y fundador fue Juan Cobo, esclavo de un tal Francisco Cobo del Rincón. Y no sólo admitían a negros libres u esclavos, sino también a todo tipo de mulatos y cuarterones, como era el caso de la de morenos de Badajoz.

 

Desde la segunda mitad del siglo XVII también fue habitual la incorporación progresiva de blancos. Obviamente, cuando la esclavitud comenzó declinar, la mayoría de las corporaciones desapareció y otras fueron incorporando masivamente a blancos que no tardaron en hacerse con el control. La cofradía rosariana de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota, fundada en la tardía fecha de 1732, no tuvo más remedio que instituirse como mixta, admitiendo a blancos, negros y mulatos. También la de Badajoz que perduró hasta el siglo XIX, era al menos desde el siglo XVIII mixta, estando ya en ese siglo dominada y controlada por cristianos viejos. Precisamente, fue ese carácter abierto lo que permitió a muchas de ellas subsistir hasta la Edad Contemporánea y, en algunos casos, hasta nuestros días.

 

SUS FINES

 

Estas asociaciones mimetizaron el comportamiento de las corporaciones de blancos, siendo sus objetivos muy similares, es decir, el culto a sus titulares y la asistencia a sus mutualistas. La atención a los enfermos, la asistencia a los funerales y la financiación de sufragios formaban una parte fundamental de su propia razón de ser. Y de paso, aunque más como consecuencia que como causa, sirvió para reforzar la identidad de unas minorías étnicas que se encontraban en una situación social muy desfavorecida.

 

Cuando los esclavos enfermaban o envejecían comenzaban a suponer una pesada carga para sus dueños. En el mejor de los casos se les permitía permanecer en el hogar al que habían dedicado su vida y, en caso de fallecimiento, el dueño les sufragaba una sepultura en el templo, en aquellos lugares destinados a las personas más pobres. En el peor de los casos, el propietario adoptaba la diabólica decisión de liberarlo por lo que el infortunado liberto acababa sus días malviviendo de la mendicidad. Nos llama mucho la atención que haya muchísimos más bautizos de negros que entierros. Y, obviamente, morirse se morían, pero muchos de esos liberados no constan ya como esclavos y nos pasan desapercibidos entre las miles de partidas sacramentales de las parroquias.

 

Por ello, nada tiene de particular el origen hospitalario de muchas de ellas. De hecho, el inicio remoto de la cofradía de los Negritos de Sevilla fue el hospicio para negros que, a finales del siglo XIV, fundó el arzobispo Gonzalo de Mena y Roelas. Además de enterrar y ofrecer sufragios, se ocupaba especialmente de los enfermos aunque más en su vertiente espiritual que sanitaria, velando por que confesara, comulgara y, en última instancia, se le administrase la Extremaunción. También la cofradía de la Misericordia de Málaga, formada por esclavos y libertos, estaba ubicada en el hospital de Santa Ana, siendo su principal cometido la asistencia de sus mutualistas en la enfermedad y en la muerte. E igualmente, la de San Benito de Palermo de Madrid, tenía como objetivo fundamental la asistencia a sus hermanos en la enfermedad y, en caso de fallecimiento, la financiación de un enterramiento cristiano digno.

 

Otras, como la de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota, no asistían en la enfermedad sino que sus hermanos se limitaban a acudir a la puerta de la morada del enfermo a rezar por él. Una vez fallecido el mutualista, costeaba el entierro y ofrecía seis sufragios por su alma, además de las doce misas anuales de réquiem por todos los hermanos difuntos. Igualmente los morenos de Badajoz tampoco asistían a sus miembros en la enfermedad, limitándose a pagar el entierro y los sufragios establecidos.

 

Pero, ¿Qué ocurría si en alguna localidad no había cofradía hospitalaria de negros? Si era esclavo dependía de la buena voluntad de su dueño, si era liberto de la beneficencia social. Normalmente todo quedaba en manos de la caridad cristiana. En localidades como Carmona (Sevilla), que teniendo una nutrida población esclava, no poseía ninguna hermandad de morenos, el hospital de la Misericordia y Caridad, altruistamente acogía en sus instalaciones a todo tipo de pobres, independientemente de su color, enterrándolos luego en su capilla, con la única condición de que fuesen cristianos.

 

Como todas las cofradías también tenían su lado devocional, realizando casi todas ellas rosarios públicos. La de Barcarrota obligaba a sus miembros a cantar el rosario todas las noches, unos días por las calles y, otras, en el interior del templo parroquial donde tenían su residencia canónica.

 

Tenemos constancia de la participación de negros y de miembros de otras minorías, como moriscos y gitanos, en los desfiles del Corpus Christi de muchas ciudades tanto de España como de América. Conviene explicar que en estos cortejos encontramos múltiples elementos paganos, como tarascas, cabezudos, gigantes y grupos de bailarines. Danzas de romeros, zarabanda o el guineo como hacían los Negritos que participaban en el Corpus sevillano, celebrando bailes y otras diversiones. Al parecer, estos al igual que los gitanos tenían la obligación de procesionar en dicha procesión, realizando danzas de sarao y danzas llamadas de gitanos, muy populares entre la población al menos hasta principios del siglo XVIII. En ciudades como Ávila también había danzas de judíos, o judiadas, que tenían una larga tradición y que, al parecer, eran representadas por descendientes de judíos conversos que permanecieron en la localidad.

 

Tanto la cofradía de negros de Segura de León como las de Almendral y Usagre, todas en la provincia de Badajoz, acudían a la procesión del Corpus con sus respectivas andas, portando cada una su imagen titular. Pero, es más, incluso, en localidades como Lucena (Córdoba), donde no se tiene constancia documental de la existencia de cofradías de negros, estos acudían al desfile del Corpus, realizando distintos bailes, al menos en el siglo XVII.

OSTENTACIÓN Y ORGULLO

 

La mayor parte de las miles de cofradías que había en España tenían unos ingresos escasos, procedentes básicamente de las cuotas de los hermanos y de las limosnas que recogían entre los feligreses. Si eso era así en las de blancos cuánto más debía serlo en las étnicas. Como no podía ser de otra forma, estos institutos fueron por lo general extremadamente pobres y por extensión extremadamente humildes. No olvidemos que estaban compuestas por esclavos o por libertos pobres, sin posibilidades de dejar patrimonio a sus respectivas corporaciones. De hecho, conocemos muy pocos testamentos formalizados por negros y menos aún que dejen un patrimonio a alguna asociación de carácter devocional o asistencial. Por ello, las fuentes de financiación de estas cofradías eran tres: una, las modestas cuotas de los hermanos, dos, la demanda pública que periódicamente realizaban en las calles al igual que hacían las demás corporaciones, y tres, las donaciones de algunas personas ajenas a la cofradía, como ocurría en la del Rosario de Badajoz.

 

No faltaron las excepciones; corporaciones que gozaron de importantes ingresos, cierto margen de libertad y una pujanza que les hizo pleitear y ganar la precedencia a otras cofradías de blancos. Sin ir más lejos, la hermandad de los Negritos de Sevilla llegó a gozar de tales privilegios que incluso despertó los recelos de la mitra hispalense. Inicialmente funcionó como hermandad de gloria, ubicada en un pequeño hospital que se encontraba cerca de la Puerta de Carmona, pero posteriormente se convirtió en hermandad de penitencia, ganando pleitos de precedencia a varias cofradías señeras de la ciudad.

 

La de los morenos de Badajoz se atrevió a pleitear por la precedencia tanto con la señera cofradía de San José como con la de San Antonio. De su litigio con la primera no conocemos su fallo, pero de la segunda que ganaron una ejecutoria, el 7 de octubre de 1560, por la que el provisor le concedió su preeminencia en todos los actos públicos. También la de Jerez de los Caballeros (Badajoz) compitió en antigüedad y pujanza con las más antiguas de la localidad. Concretamente existían dos cofradías del Rosario, ambas fundadas en el siglo XVI, una de los morenos con sede en la iglesia de San Miguel y la de los blancos con residencia canónica en la iglesia de Santa Catalina. Sin embargo, huelga decir que la más antigua era la de los morenos de San Miguel.

 

La mayoría de los enfrentamientos se dieron por la precedencia en la procesión del Corpus Christi. La de Usagre (Badajoz) pleiteó con otras corporaciones, reclamando la preeminencia en ese señalado desfile. Pero, en esto no se diferenciaban en nada de las de blancos, entre las que se produjeron infinidad de pleitos por la precedencia en los cortejos públicos. Y podríamos preguntarnos: ¿y por qué el Corpus Christi? La respuesta es obvia: históricamente era una de las fiestas religiosas más destacadas del calendario litúrgico, acaso la más importante. Se trataba de acompañar la salida procesional de nada más y nada menos que el mismísimo cuerpo de Cristo. ¡Qué mejor lugar que el desfile del Corpus para ostentar su prestancia social! Además, no debemos olvidar que la Inquisición y sus familiares estaban siempre al acecho de cualquier persona que se apartase del dogma cristiano. No había mejor salvaguarda de la peligrosa Inquisición que participar activamente en estas manifestaciones públicas de fe.

 

Sobre la hermandad de San Benito de Palermo de Granada, el cronista Henríquez de Jorquera afirmó que gastaban mucho dinero en servirla con fastuosidad y ostentación. También de la hermandad de negros de Denia se decía a principios del XVII que, pese a que vivían prácticamente de las limosnas y de la caridad, gastaban más dinero del que ingresaban. Llama la atención el afán de ostentación en algunas de estas cofradías. Probablemente era una forma de reducir las diferencias con el grupo dominante, haciendo cierta la frase de Francisco de Quevedo de que buen caballero era don dinero. Y es que en parte no le faltaba razón al escudero Sancho Panza cuando afirmaba que en el mundo sólo había dos linajes, el tener y el no tener. Aquellas cofradías que se lo podían permitir hacían ostentación porque probablemente era una forma de sentirse menos diferentes del privilegiado mundo de sus amos.

 

SU CARÁCTER EFÍMERO

 

Casi todas las cofradías étnicas tuvieron una corta duración por motivos obvios. Las de moriscos dejaron de existir como tales desde 1609-1610, fecha en la que se dio por desaparecido a ese grupo étnico. Las de morenos languidecieron a finales del siglo XVII, desapareciendo como tales en la siguiente centuria. Solo algunas consiguieron sobrevivir hasta la Edad Contemporánea, pero como cofradías de blancos. La explicación parece obvia, el gran siglo esclavista fue el XVI que coincide con el máximo apogeo fundacional. A partir de la segunda mitad del XVII la esclavitud comenzó a declinar y con ella lo hicieron también estas cofradías étnicas. Por ello, se vieron obligadas a abrirse a la mayoría blanca, la cual terminó por hacerse con su control. Y finalmente, en el siglo XVIII casi todas ellas terminaron por desparecer como tales, paralelamente a la progresiva disminución de la esclavitud. Las que sobrevivieron lo hicieron ya como corporaciones de blancos. Por tanto, está claro que el motivo principal de su desaparición no fue otro que el mismo agotamiento de la esclavitud. Simplemente, llegó un momento en que no quedaban negros para mantener dichos institutos. De hecho, en América, donde la población negra no decreció, estas corporaciones continuaron como tales en algunos casos hasta la Independencia, cuando la esclavitud quedó en teoría abolida. No obstante, el descenso del número de esclavos no fue la única causa de su desaparición. También la corriente anticlerical de algunos gobernantes ilustrados como Campomanes o Aranda, suprimieron algunas de estas cofradías, como le ocurrió a la de San Benito de Palermo de Madrid, suprimida en el decreto del 27 de julio de 1767.

 

La cofradía de Nuestra Señora de la Salud de Cádiz desde el segundo cuarto del siglo XVII pasó a estar controlada por blancos, protagonizando los hermanos de color diversos altercados que provocaron un largo proceso judicial. Finalmente, fue suprimida oficialmente el 19 de junio de 1767 por falta de asociados. La de la Paciencia de Cristo de Granada, de negros y mulatos, fue suspendida igualmente por falta de actividad, al igual que la de Málaga que se dio por desaparecida en la segunda mitad del XVIII. Asimismo, a mediados del siglo XVII se dio por extinguida la cofradía de los negros de Triana, mientras que la de mulatos de Nuestra Señora de la Presentación de Sevilla dejó de hacer estación pública de penitencia en 1731, dándose por desaparecida en los años sesenta.

 

En cambio, otras corporaciones no desaparecieron sino que se blanquearon. Así, la señera hermandad rosariana de los morenos de Cádiz y la de Badajoz perdieron su carácter étnico, continuando su andadura en abierto. Esta última tenía en 1705 dos mayordomos uno blanco y otro moreno, signo evidente de su condición mixta. Sin embargo, progresivamente se debió ir blanqueando, pues en un informe de su mayordomo, Pedro Rubiales, fechado el 28 de febrero de 1771, no se menciona absolutamente nada de su supuesto carácter étnico. Dada la disminución drástica del fenómeno esclavista en el siglo XVIII, había perdido su condición inicial de cofradía de negros hasta su desaparición total a finales del primer cuarto del siglo XVIII. También la hermandad de San Juan Bautista de Denia se tornó abierta a finales del siglo XVII, desapareciendo los negros de sus listas de hermanos desde la visita pastoral de 1667. La cofradía de Morenos de Segura de León, refundada como étnica en 1677, retomó su andadura como cofradía de blancos 37 años después, es decir, en 1710. La de los Negritos de Sevilla también se abrió a los blancos a principios del siglo XVIII, siendo controlada desde entonces por estos. Pero a diferencia de las otras, hubo hermanos negros durante buena parte de la Edad Contemporánea.

 

Ahora bien hubo excepciones, es decir, cofradías que se fundaron en fechas muy tardías, bien avanzado el siglo XVIII. Concretamente, la cofradía de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota se fundó como mixta en 1732 y en 1751 admitió como hermana a una mulata liberta, profesa en el convento de la Asunción de la villa. Mucho más efímera aún fue la vida de la ya citada corporación de negros de Madrid, que tuvo una andadura de tan sólo dos décadas, pues se fundó en 1747 y desapareció en 1767. Y el caso más llamativo es, sin duda, el de la de San Benito de Palermo de Toledo que aprobó sus constituciones por la autoridad diocesana nada menos que en 1784. Imaginamos, que su pervivencia como cofradía de negros debió ser necesariamente limitada porque ya por aquella fecha apenas quedaban aherrojados en esa ciudad. Otra cosa era Hispanoamérica, donde el volumen de negros hizo posible que se mantuvieran como corporaciones cerradas hasta bien entrado el siglo XIX.

 

CONCLUSIÓN

 

Hemos tratado de sintetizar los aportes que en materia de cofradías étnicas han aparecido en los últimos años en distintos estudios locales sobre la esclavitud. Ha quedado demostrado que estos institutos estuvieron mucho más extendidos por la España meridional de lo que se había pensando. Fueron instituciones totalmente aceptadas y gozaron del favor de las autoridades ya que contribuían a la paz social, a la integración de todos los cristianos y a la promoción social de estas minorías desfavorecidas.

 

En general, aparecieron en la segunda mitad del siglo XV, tuvieron su máximo esplendor en el siglo XVI, entrando en decadencia en el XVII y desapareciendo o abriéndose a los blancos en el XVIII, cuando el número de eslavos negros comenzó a declinar vertiginosamente. Si no hubo más corporaciones o si no se prolongaron hasta la Edad Contemporánea no se debió a ningún tipo de imperativo legal o social sino simplemente a la escasa presencia de esclavos en la mitad norte peninsular y al declive de su población en el sur desde principios del siglo XVIII.

 

Finalmente, ha quedado claro que lo de su carácter cerrado debe ser matizado. Muchas de ellas acogieron tanto a negros como a mulatos de muy distinta condición. Otras, incluso a moriscos e indios y casi todas terminaron aceptando a blancos. Todo parece indicar que la mayoría de ellas no eran exactamente cerradas y que si no había blancos se debía más al rechazo inicial de estos que a una prohibición de aquéllos.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Álvaro Rubio, J. 2005. La esclavitud en Barcarrota y Salvaleón en el período moderno (siglos XVI-XVIII). Badajoz, Excma. Diputación Provincial.

 

Aranda Doncel, J.La devoción a la Inmaculada Concepción durante los siglos XVI al XVIII: el papel de los conventos cordobeses de la provincia franciscana de Granada, en http://www.rcumariacristina.como/ficheros/ (Consulta del 13-IV-2010)

 

Arias de Saavedra, I y López-Guadalupe M. L. 2002. La represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo XVIII. Granada: Universidad.

 

Asenjo Sedano, C. 1997. Esclavitud en el Reino de Granada, S. XVI. Las tierras de Guadix y Baza. Granada: Academia Granadina del Notariado.

 

Carrero Rodríguez, J. 1991. Anales de las cofradías sevillanas, Sevilla: 253. Sevilla, Editorial Castillejo.

 

Cortés Alonso, V. 1964. La esclavitud en Valencia durante el reinado de los Reyes Católicos (1479-1516). Valencia: Archivo Municipal de Valencia

 

Cortés López, J.L. 1989. La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI. Salamanca: Universidad.

 

Dadson, T. J. 2007. Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (S. XV-XVIII): historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada. Madrid: Iberoamericana.

 

Díaz Rodríguez, V. 2009. Negros y frailes en el Cádiz del siglo XVII. Salamanca: Editorial San Esteban.

 

Domínguez Ortiz, A. 2001. España, tres milenios de Historia. Madrid: Marcial Pons.

 

García Arenal, M. 1975. Los moriscos. Madrid: Editora Nacional.

 

García de la Concha, F. 1997.Cofradías étnicas sevillanas. La hermandad de los Negritos, Actas del III Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa, T. I: 259-270. Córdoba: Cajasur.

 

García de la Concha, F. 1999. Triana: cofradías y Semana Santa, siglos XVI y XVII, en Religión y Cultura, T. I: 447-457. Sevilla, Universidad.

 

García de la Concha Delgado, F. 2002.Antigua, Pontificia y Franciscana hermandad y cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles, en Crucificados de Sevilla, T. II: 191-200. Sevilla: ABC.

 

Gómez García, M. C. y Martín Vergara, J. M. 1993. La esclavitud en Málaga entre los siglos XVII y XVIII. Málaga: Excma. Diputación Provincial.

 

González de León, F. 1994. Historia crítica y descriptiva de las cofradías de penitencia, sangre y luz, fundadas en la ciudad de Sevilla. Sevilla: Ediciones Giralda.

 

Gutiérrez Azopardo, I.Los negros y la Iglesia en la España de los siglos XV y XVIen http://www.africafundación.org (consulta del 4 de marzo de 2010)

 

Izco Reina, J. 2002. Amos, esclavos y libertos. Estudios sobre la esclavitud en Puerto Real durante la Edad Moderna. Cádiz: Universidad.

 

Jiménez Barreras, S. 2003. “La hermandad de los gitanos de San Román. Apuntes históricos”, Boletín de las cofradías de Sevilla, 538: 847-848.

 

Lahon, D. 2000.Exclusión, intégration et métissage dans les confréries noires au Portugal XVIe-XIXe siècle, en Negros, mulatos, zambaigos. Derroteros africanos en los mundos ibéricos: 275-311. Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos.

 

Larrazábal Blanco, C. 1998, Los negros y la esclavitud en Santo Domingo. Santo Domingo: Librería La Trinitaria.

 

López Muñoz, M. L.1992. Las cofradías de la parroquia de Santa María Magdalena en Granada en los siglos XVII y XVIII. Granada: Servicio de Publicaciones de la Universidad.

 

López Muñoz, M. L. 1995. Las cofradías de penitencia de Granada en la Edad Moderna, Gazeta de Antropología 11: 1-10.

 

Lleó Cañal, V. 1980. El Corpus Christi en la historia de Sevilla. Sevilla: Excmo. Ayuntamiento.

 

Manzano Marchirant, A. 1997. Semana Santa en Badajoz. Badajoz: Excmo. Ayuntamiento.

 

Márquez Hidalgo, F. y Valencia Rodríguez, J. M. 1993. Berlanga una villa extremeña del siglo XVI a través de dos documentos de la época. Badajoz, Excmo. Ayuntamiento de Berlanga.

 

Martín Casares, A. 2000. La esclavitud en la Granada del siglo XVI. Granada: Universidad.

 

Mena García, C. 2000.Religión, etnia y sociedad: cofradías de negros en el Panamá colonial. Anuario de Estudios Americanos, LVII, 1: 137-169.

 

Mira Caballos, E. 2000. Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid: Iberoamericana.

 

Mira Caballos, E. 2002. Las cofradías en Badajoz y su partido a través del censo de 1771. Badajoz: Consejería de Cultura.

 

Mira Caballos, E. 2004. “Hermandades y cofradías en la provincia de Córdoba a través del censo de 1773” Ariadna 17: 245-271.

 

Mira Caballos, E. 2004. Las reglas del Gran Poder de Sevilla de 1570. Transcripción y estudio. Sevilla, Excmo. Ayuntamiento.

 

Mira Caballos E. 2011.Unos se quedaron y otros volvieron: moriscos en la Extremadura del siglo XVII, XXXIX Coloquios Históricos de Extremadura: 459-488. Trujillo: Fundación Coloquios Históricos.

 

Miranda Díaz, B. y Córdoba Soriano F. de. 2010. Historia de los moriscos de Magacela. Badajoz: Excma. Diputación Provincial.

 

Montoto, S. 1999. Cofradías sevillanas. Sevilla: Universidad.

 

Moreno, I. 1985. Cofradías y hermandades andaluzas. Sevilla: Editoriales Andaluzas Unidas.

 

Moreno, I. 1997. La antigua hermandad de los Negros de Sevilla: etnicidad, poder y sociedad en 600 años de historia. Sevilla: Universidad.

 

Morgado García, A. 2013. Una metrópoli esclavista. El Cádiz de la modernidad. Granada: Universidad.

 

Orsoni-Ávila F. 1997. Les esclaves de Lucena (1539-1700). París: Publications de la Sorbonne.

 

Ortega Sagrista, R. 1957. “La cofradía de los negros en el Jaén del siglo XVII”, Boletín del Instituto de Estudios Jiennenses, IV-1-2: 125-134.

 

Ortiz de Zúñiga, D. 1988. Anales eclesiásticos y seculares de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de Sevilla, T. III. Sevilla: Ediciones Guadalquivir.

 

Oyola Fabián, A. 2005. “Una fundación religiosa de esclavos en el siglo XVII: la cofradía de Nuestra Señora del Rosario de Segura de León”, VI Jornadas de Historia en Llerena: 103-112. Llerena: Sociedad Extremeña de Historia.

 

Parrilla Ortiz, P. 2000. La esclavitud en Cádiz durante el siglo XVIII. Cádiz: Excma. Diputación Provincial.

 

Pérez Guedejo, J. J. 1999. Cofradías y hermandades en Almendral, Historia y presente. Badajoz: autoedición.

 

Pérez Guedejo, J.J. 2000. Esclavos de Almendral, siglos XVI y XIX. Barcarrota: autoedición.

 

Periáñez Gómez, R. 2010. Negros, mulatos y blancos: los esclavos en Extremadura durante la Edad Moderna. Badajoz: Diputación Provincial.

 

Rodríguez Mateos, J. 1995. “De los esclavos y marginados: Dios de blancos y piedad de negros. La cofradía de los morenos de Sevilla”, Actas del II Congreso de Historia de Andalucía, v. I: 569-582. Córdoba: Cajasur.

 

Romero Mensaque, C. J. s/f. Pleitos y conflictos en las hermandades sevillanas. Una aproximación histórica. Sevilla: Marsay Ediciones.

 

Ros, C. (Dir.). 1992. Historia de la Iglesia de Sevilla. Sevilla: Editorial Castillejo.

 

Rumeu de Armas, A. 1944. Historia de la Previsión Social en España. Madrid: Editorial Revista de Derecho Privado.

 

Sabe Andreu, A. M. 2000. Las cofradías de Ávila en la Edad Moderna. Ávila: Excma. Diputación Provincial.

 

Sánchez Beato, M. A. y Santos Martín, M. 2004. “Guía bibliográfica sobre ordenanzas y reglamentos de cofradías de la ciudad de Toledo”, Archivo Secreto 2: 288-314.

 

Sánchez Herrero, J. (ed.) 2002. CXIX reglas de hermandades y cofradías andaluzas, siglos XIV, XV y XVI. Huelva: Universidad.

 

Sancho de Sopranis, H. 1958. Las cofradías de morenos en Cádiz. Madrid: Instituto de Estudios Africanos.

 

Sanz, M. J. 1997. "El Corpus en Sevillano a mediados del siglo XVI. Castillos y danzas", Laboratorio de Arte 10: 123-137.

 

Seser Pérez, R. 2006. “L`ermita de Sant Joan de Dénia i la confraria dels neegres: una confraria d`esclaus i una tradició religiosa i festiva amb 500 anys d´història”, Aguaits 23: 7-18.

 

Tejada Vizuete, F. 2006. “La más antigua cofradía de Nuestra Señora del Rosario en la ciudad de Jerez de los Caballeros”, Boletín de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. XIV: 139-150.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Este artículo es una versión resumida y sin notas de un trabajo de mi autoría publicado en Hispania Sacra Vol. LXVI, Extra II, julio-diciembre de 2014, pp. 57-88. Puede descargarse íntegro en http://hispaniasacra.revistas.csic.es )

 

DATOS SOBRE LA SOCIEDAD Y LA VIDA COTIDIANA EN ACEUCHAL A TRAVÉS DE UN PLEITO DEL SIGLO XVII

DATOS SOBRE LA SOCIEDAD Y LA VIDA COTIDIANA EN ACEUCHAL  A TRAVÉS DE UN PLEITO DEL SIGLO XVII

          Buenos días: por supuesto, es todo un placer poder estar aquí en Aceuchal para hablar de su historia. Mi aporte es muy pequeño, pero espero que todo sume para despertar el interés por la historia de esta pequeña villa rural de la Orden de Santiago. La historia de Aceuchal tiene el atractivo para el historiador de quedar infinidad de aspectos inéditos por estudiar, un verdadero filón para el apasionado por los papeles viejos.

En este pequeño artículo analizamos un proceso incompleto conservado en el Archivo de la Chancillería de Granada, entre varios vecinos de Aceuchal, Marina Valenciano y su familia frente a Fernando García de León y su hermana Isabel de León, entre otros. Lo de menos es el proceso, que además al estar incompleto y carecer de sentencia no sabemos cuándo ni cómo finalizó. Lo realmente interesante son las pesquisas que se hicieron a raíz del suceso en las que salen a relucir varias los testimonios de varias decenas de vecinos. Ellos nos ofrecen su forma de ver las cosas, sus miedos, sus problemas, y sus atavismos sociales. Un proceso de esta magnitud, auspiciado por la Chancillería de Granada, con un extenso interrogatorio a algunas de las personas más conocidas del pueblo, debió generar un enorme revuelo en esta tranquila localidad.

Aceuchal era una pequeña villa, poblada a partir del siglo XV por la Orden de Santiago que obtuvo el título de villa en tiempos de los Reyes Católicos. Pertenecía pues, a la demarcación señorial más extensa de Extremadura, la santiaguista, con un total de 78 villas y aldeas y más de 25.000 vecinos. La población se mantuvo más o menos estable durante toda la Edad Moderna, en torno a los 500 vecinos, aunque, eso sí, con una reducción drástica en la primera mitad del siglo XVII.

 

EL CONTENCIOSO

El 16 de marzo de 1682 sucedió en Aceuchal un altercado que creó una gran conmoción en la villa y que acabó con una herida por arma blanca en la cara y varios encarcelados. Narremos lo sucedido:

La desgraciada protagonista del suceso fue una tal Marina Valenciano, vecina de la localidad que, aunque pobre, pertenecía a una señera familia. Se había desposado con Francisco Ortiz de Zarate, y recibió en ese momento 1.000 reales del patronato para casar doncellas pobres de su linaje que había fundado su pariente el licenciado Ortiz, presbítero de la iglesia parroquial de Aceuchal. Durante un tiempo, estuvo viviendo con su marido en Almendralejo y en Mérida. Pero por encontrarse en extrema pobreza su marido la envió de vuelta a Aceuchal, a casa de su madre, donde vivió los últimos años de su vida en compañía de su hermana, Juana García Cordobesa y del marido de ésta. Su padre Alonso Durán Cordobés era ya difunto y su madre, Catalina González Valenciana, tampoco se encontraba en una situación económica airosa. Marina Valenciano aportaba lo que podía, trabajando en los ejercicios que las mujeres de esta tierra usan para sustentarse. Cuando se desposó obtuvo 2.000 reales de la obra pía fundada por el licenciado Ortiz para casar doncellas de su linaje, y lo debió cobrar en plazos, pues en su testamento manifestó que todavía le debían una parte. Parece que la ocupación principal a la que se dedicaba, además de las tareas domésticas, era a tejer lana, es decir, de tejedora, un oficio vinculado secularmente a la mujer.

Ella misma se definió a sí misma como una mujer honrada y pobre que estoy pacífica y no malquista ni alborotadora y sin haber cometido delito por donde mal me pudiese venir. Efectivamente, como ella decía, llevaba una vida honesta y discreta, aunque todo el mundo murmuraba de ella, sospechando una posible separación y extrañando que no hiciera vida maridable con su esposo, pese a que se suponía que residía en la vecina localidad de Almendralejo. Era una situación delicada, pues ninguna mujer honesta podía quedarse sin la protección de un padre, un esposo o, cuanto menos, un hermano.

Para remediar su delicada situación, acudía a Almendralejo cada cierto tiempo a las casas de Alonso García de León y de Marina Esteban Ortiz, que tenían una buena posición económica. Allí recogía vellones de lana que ella tejía para hacer ropa. No se especifica, cómo obtenía su beneficio, si ella entregaba las prendas elaboradas a los anteriores o si los vendía por su cuenta, abonando el precio de la lana. Lo cierto es que en esta ocasión, Alonso García y Marina Esteban tuvieron la deferencia de suplirle cierto dinero que le había faltado, regalándole asimismo un paquete de lana para que se confeccionase ropa para su vestido. Según declaró después la propia Marina Valenciano, lo hicieron por caridad.

Sin embargo, la hija del matrimonio, Isabel de León, el marido de ésta, el médico Diego Ortiz de Paredes, residentes en Aceuchal, y el hermano de la primera, Fernando García de León, lo interpretaron de otra forma, pensando que se había aprovechado de sus padres y suegros.

Los hechos sucedieron según testimonio de la propia Marina Valenciano, hacia las 19:00 horas del 16 de marzo de 1682. La susodicha estaba en la casa situada en la calle de Enmedio, donde vivía en compañía de su madre, su hermana y su cuñado Francisco Solís Bejarano. Estaban sentados en torno a la lumbre de la chimenea luego se deduce que, pese o que faltaban pocos días para el inicio de la primavera, aún hacía frío, dando por bueno ese viejo refrán que dice que hasta mayo no te quites el sayo. Justo en ese momento irrumpieron varios hombres embozados (y) apercibidos de armas ofensivas y defensivas que la increparon dando grandes voces, con gran escándalo. Poco después acudió Isabel de León, hija del que había sido escribano público y del cabildo de Aceuchal, Alonso García de León, y de Marina Esteban Ortiz. Ésta la volvió a increpar aunque Marina Valenciano no se quedó callada, llamándole puta verdulera. Luego, mientras unos inmovilizaban al varón, otro tiró al suelo a la demandante, propinándole una herida en el rostro y otra en una nalga, sin otras medianas en diferentes partes de su cuerpo de las cuales estuvo al borde de la muerte. Aunque los hombres se tapaban la cara, la agredida acuso a Francisco Agustín Romero, porque ella lo conocía y lo reconoció. Y ello a pesar de que el hermano de Isabel de León, Fernando García de León, confesó reiteradamente que fue él quien la acuchillo, según algunos testigos por las injurias tan grandes que hizo a su hermana. Ante el escándalo acudieron numerosos vecinos y los alcaldes ordinarios quienes detuvieron a Agustín Romero y a Fernando García de León, cuñado del catedrático de la Universidad de Salamanca, Diego Ortiz de Paredes.

Marina Valenciano salió con la cara desfigurada y enferma, hasta el punto que nunca se llegó a recuperar totalmente. Al año siguiente, otorgó testamento, estando enferma, muriendo con toda probabilidad poco después. Sin embargo, tuvo tiempo de llevar ante los tribunales a sus agresores, apelando incluso a la chancillería de Granada.

Sorprende que una mujer con tan pocos recursos económicos se enzarzara en un pleito de esta magnitud. Pero hay una cosa que debemos destacar, el honor de la familia se había mancillado, y algunos de sus miembros eran alcaldes ordinarios, presbíteros o militares. Fueron ellos los que debieron incitar a la agredida a plantar cara a sus agresores, asumiendo lógicamente las costas del proceso. La primera pesquisa, instruida por la justicia ordinaria de Aceuchal se llevó a cabo entre el 17 y el 21 de marzo de 1682, inmediatamente después de los hechos. Inicialmente los acusados fueron recluidos en la cárcel pública de la villa, pero poco después debieron salir en libertad con cargos y tras presentar fiadores.

A Marina Valenciano le debió parecer que la justicia ordinaria actuaba con pasividad por lo que no dudó en apelar a la audiencia granadina. El 8 de octubre de ese mismo año obtuvieron una Real provisión por la que se requería a los ediles de la villa a realizar una nueva información y remitirla a dicha audiencia. Desde este organismo judicial se comisionó al relator Juan Fernando Calvo para que se dirigiese a la villa extremeña a supervisar la pesquisa. Debió salir de Granada el 8 o el 9 de octubre y llegó a Aceuchal a las 20:00 horas del 17 de octubre, es decir, tardó en el trayecto algo más de una semana.

En el expediente, no consta la sentencia aunque es posible que el fallecimiento en 1683 de la demandante, propiciara una solución pecuniaria; dado que en teoría no hubo víctimas mortales, es posible que todo quedase en el pago de las costas y en algún tipo de compensación económica para la familia de la demandante. Era suficiente para cumplir el objetivo: el honor de la agredida y su familia había sido restituido. Bien es cierto que la restitución llegó demasiado tarde para la pobre de Marina Valenciano.

 

EL HONOR DE LA FAMILIA

 

           Para una persona del siglo XXI llama la atención la importancia que se le otorgaba al honor de todo el clan. No hay que olvidar que en la sociedad estamental el prestigio de los individuos no lo confería solo su persona sino su pertenencia a una familia. Por ello, el litigio no fue entre Marina Valenciano y los García de León sino de la familia de la primera frente a la del segundo.

            Aunque, como ya hemos dicho, la situación económica de la primera era extremadamente precaria a diferencia de la segunda, ambas familias pertenecían al estamento privilegiado y contaban entre sus filas con miembros destacados. Se aprecia la cuestión del honor y de la prevalencia del clan sobre el individuo. Los principales acusados fueron Isabel de León y su esposo, así como el hermano de ésta Fernando García de León, que era al menos en 1681 alcalde de hermandad en Aceuchal. Cuando trasladaban a este último a la cárcel pública del pueblo gritó delante de todos los congregados: ¡yo lo he hecho y yo lo pagaré, no echen la culpa a nadie! La probanza de Marina Valenciano se dirigió contra él, como autor material de las cuchilladas, pese a que Isabel de León estaba tan implicada como su hermano. Probablemente se trata de un intento de asumir toda la responsabilidad, librando de la cárcel a su hermana y a otros familiares involucrados en el altercado. Había un sentido del sacrificio a favor del interés general de la parentela.

 

FORMACIÓN ACADÉMICA DE LOS COMPARECIENTES

           En el proceso los testigos necesariamente firmaban su declaración o decían no saber firmar por lo que lo hacía un testigo en su nombre. Se observan altas tasas de analfabetismo, pues son numerosos los testigos de distintas edades que declararon no saber firmar, a saber: Juan Baquero, labrador de 50 años, Antonio Esteban de 25 años, Bartolomé García Becerra, de 40 años, trabajador del campo, Pedro Jurado, de 36, trabajador del campo y Gaspar de los Reyes, de 47 años y labrador. No hay que perder de vista que las infraestructuras educativas del pueblo debían ser mínimas y que la posibilidad de enviar a un hijo a estudiar fuera debía estar reservado para una élite. Todavía en el Catastro de Ensenada se señalaban exclusivamente dos maestros de primeras letras: Sebastián Fernández y Manuel Gómez Becerra, que cobraban del Ayuntamiento 50 ducados anuales cada uno. Está claro que la mayor parte de la población no podía accedía a la educación y los que lo hacían sólo recibían una instrucción básica. La educación superior estaba reservada a la élite, pues en el proceso salen a relucir varias personas con formación académica, algunos escribanos y sobre todo varios médicos.

Ahora bien, también aparecen personas con formación superior, como los licenciados Diego Macías y Alonso Miguel, además de escribanos, médicos, maestros y presbíteros. Llama especialmente la atención por las declaraciones de los testigos que en un pueblo tan pequeño entonces como Aceuchal, residieran dos cirujanos, Juan Ribero y Agustín, y nada menos que un médico por la Universidad de Salamanca, Diego Ortiz de Paredes, implicado, por cierto, en el proceso. Y no eran los únicos, pues el 16 de marzo de 1682, por ausencia del citado Diego Ortiz de Paredes se contrató al también almendralejense Rodrigo Alonso de Salas, aunque su nombre no comparece en el proceso que hemos analizado.

Sin embargo, en el Catastro de Ensenada vuelven a salir a la palestra un buen número de sanitarios, lo que refleja la existencia de una infraestructura médica mínima. En primer lugar se menciona la existencia de una casa que servía de hospital que debía ser, como la mayoría de los de su época, un hospicios donde se recogían para morir a los pobres de solemnidad, a los mendigos y a los transeúntes, mientras que todas aquellas personas que disponían de vivienda cumplimentaban el trance de la muerte en sus propias moradas.

           También es verdad que, junto a esta medicina más o menos oficial, había otra vinculada a la curandería. Fermín Mayorga descubrió un proceso inquisitorial en el Archivo Histórico Nacional, fechado en 1729, en el que se incautaron unos cuadernos de oraciones, conjuros e invocaciones para curar gota. Al parecer, los vecinos declararon que los había difundido un clérigo de Guadalcanal que curaba la citada enfermedad en la villa, con dichas oraciones, estola y agua bendita. Por tanto, queda claro que medicina oficial y curandería debían convivir sin problemas en la villa, salvo que la Inquisición interpretara, como este caso, que afectaba al dogma o se usaba la fe cristiana inadecuadamente.

 

MISERIA Y POBREZA

Se aprecia también la precariedad que se vivía en la época, pues incluso familias bien acomodadas podían llegar a la indigencia por algún imprevisto o por un cúmulo infortunios. Cuando llegaban las carestías, las hambrunas y las epidemias, muy pocos se encontraban a salvo de la pobreza y la enfermedad. De hecho, con frecuencia en los padrones de vecinos de Extremadura en la Edad Moderna encontramos referencias a personas que siendo labradores, hortelanos, sastres, herreros, o viudas estaban en situación de extrema pobreza. Enviudar o simplemente enfermar podía llevar a una familia acomodada a engrosar la extensa bolsa de pobreza.

En el caso concreto de Aceuchal, su término era escaso en relación a su población. Comparemos por ejemplo los casos de Solana de los Barros y Aceuchal a mediados del siglo XVIII. Mientras la primera localidad tenía 54 vecinos y 7.257 fanegas de término, Aceuchal estaba poblada por 500 vecinos que disfrutaban de una extensión de 8750 fanegas. Eso significa, que cada vecino de Aceuchal cabía a una media de 17,5 fanegas mientras que cada solanero disponía de 134,3 fanegas. Teniendo en cuenta que la calidad de la tierra era similar la disponibilidad de tierras para explotar de los vecinos de Aceuchal era muy inferior a la que disponían sus vecinos, los solaneros. Ello explicaría las presiones de los primeros sobre tierras de los segundos y el arrendamiento que formalizaba el duque de Feria de tierras de Solana sobre vecinos de Aceuchal.

Sin embargo, la condición de hidalgo otorgaba privilegios pero no generaba por si mismo dinero. Por eso, la condición de hidalga de la pareja no impidió que ella se tuviese que casar con una ayuda de 1.000 reales para doncellas pobres de su linaje y que llevara una vida mísera por los malos negocios de su marido, Francisco Ortiz de Zárate. Harta de penalidades retornó a casa de su madre, aunque no por eso acabaron, pues fallecido su padre, la economía de su progenitora era extremadamente precaria. Y se fue a vivir al hogar familiar de su madre, pues su padre había ya fallecido, donde también vivían su hermana y su marido, que no tenían descendencia. Se confirma también la existencia de hogares extensos donde los padres vivían con uno, dos y hasta tres de sus hijos, lo mismo casados que solteros. De hecho, a mediados del siglo XVIII se dice en el Catastro de Ensenada que había 428 casas habitables y 500 vecinos, evidenciando que algunas familias debían compartir casa.

 

DELINCUENCIA

           Asimismo, es de reseñar la existencia de delitos, pese a la presencia de alcaldes ordinarios, alguacil mayor y alcaldes de hermandad. Así, por ejemplo, Bartolomé García Ortiz, labrador, de 42 años, declaró que a los ocho de la tarde se dirigía a su cortinal, para evitar que el hurtasen el aliajer (sic), lo que parece indicar que se producían robos en el campo. Tras pensar ese concepto de aliajer, debe entenderse que en su cortinal había aliagas o aulagas, una planta típicamente mediterránea que junto a la retama, la coscoja y la jara abundan en las dehesas extremeñas, junto a los encinares, los acebuches y los alcornocales. Se trataba de una planta muy apreciada como alimento para el ganado, cuyas puntas tiernas comía el ganado y el resto de la planta se machacaba para hacer pienso. Al regreso, Agustín Romero prometió echarle medio cuartillo de vino en su casa. Dado que el cuartillo equivalía más o menos a medio litro, es de presuponer que la invitación se limitaba a un buen vaso de vino, lo que evidencia el valor que se le daba a este preciado líquido del que se disponía en cualquier hogar que se preciase. En el término de Aceuchal había viñedos, cereales, dehesas, huertas y en menor medida olivares que además con frecuencia aparecían intercalados entre los viñedos y los campos de cereal.

           Pero retornando al problema de la delincuencia, llama la atención el dato que proporciona el alguacil mayor, pues dice que en la Semana Santa de ese mismo año de 1682 habían asesinado en el pueblo a un joven, Miguel Merchán el Mozo, hijo, por cierto, del cuñado de Marina Valenciano. Un año antes, los alcaldes ordinarios habían encerrado en la cárcel pública a Francisco Mogollón, criado de Alonso Matías Ortiz, por diferencias no especificadas contra Lorenzo Jiménez. Para que lo soltasen con cargos Alonso Matías tuvo que dar fianzas, al tiempo que se constituyó en carcelero.

Lo que quiero decir con todos estos casos que la sociedad de la época distaba mucho de ser idílica. La extrema pobreza, las desigualdades, la guerra y la enfermedad creaban un ambiente enrarecido donde muchos solo buscaban la mera supervivencia. Y esa situación dura y extrema que los vecinos vivían día a día provocaba robos, daños y altercados frecuentes. Hurtos, peleas, acuchillamientos y hasta asesinatos eran moneda de cambio habitual.

 

INSTITUCIONES Y TOPÓNIMOS

            Salen a relucir instituciones civiles y religiosas así como topónimos que merece la pena señalar. Se menciona, por supuesto, la cárcel pública, un recinto necesario pensado para albergar a presos por delitos menores y por un período muy breve de tiempo. Así, por ejemplo, el testigo Alonso Serrano Macarro, alcalde ordinario de la villa y familiar del santo oficio, declaró que vio en la cárcel pública a Fernando (García) de León. Si se confirmaba una pena mayor debían trasladarse a la cárcel de Badajoz o a alguna otra preparada para acoger presos de larga duración. No se menciona en el pleito pero sí en otros documentos la existencia de un hospital de pobres, para recoger los pobres transeúntes. En realidad, se trataba de un asilo donde se recogían a moribundos pobres para evitar el drama que suponía verlos morir en medio de la vía pública. En cambio, no había casa de niños expósitos por lo que los abandonos se realizaban casi siempre a las puertas del templo parroquial.

Entre las instituciones religiosas se menciona a la cofradía de San Pedro, una de las más señeras de la localidad. Al parecer era la de mayor crédito de la villa y realizaba una probanza a todos los aspirantes para probar que eran cristianos viejos. A esta hermandad pertenecía la nobleza de la villa de ahí que entre las obligaciones de sus hermanos figurase el enterrar de caridad a mendigos, transeúntes y pobres de solemnidad. Ésta tenía su sede en la única iglesia parroquial, bajo la advocación del fundador de la Iglesia, aunque Bernabé Moreno de Vargas afirma que históricamente la ermita de San Andrés se desempeñó como segunda parroquia. En otros documentos de la misma fecha se alude a otras cofradías, como la del Santísimo Sacramento, la de las Benditas Ánimas del Purgatorio o la de la Cruz. Esta última poseía algunos bienes raíces, concretamente, varias fanegas de tierra en el término de la villa.

Además de la citada ermita de San Andrés había otras dedicadas a Nuestra Señora de la Soledad –patrona de la villa-, San Antonio Abad y a los Mártires San Fabián y San Sebastián. Sin embargo, esta última se encontraba arruinada en 1683, aunque su mayordomo, Bartolomé Sánchez Ortiz, trabaja de conseguir los fondos suficientes para reconstruirla.

Se citan asimismo varios topónimos empezando por el mismo nombre de la villa que aparece referido en algunas ocasiones como Acebuchal. Eso denota claramente su origen, vinculado a un árbol típicamente mediterráneo como el acebuche. En otras ocasiones aparece citada como el Azauchal, forma que también usaba, pocos años antes, Bernabé Moreno de Vargas, según decía por haberse fundado en sitio lleno de azauches. En el Catastro de Ensenada, a mediados del siglo XVIII se la denomina como Azehuchal, por cuyo nombre es y ha sido siempre conocido y distinguido en esta provincia. Se ajustaba ya a la fonética actual, aunque intercalando una h. Al parecer, fue a partir del censo de 1857 cuando se estableció el nombre oficial de Aceuchal.

Salen a colación varias calles principales, como la de Enmedio, la de la Cañada, Alvarino y la de Santa Marina. Asimismo, se mencionan el Camino Viejo y el arroyo de Valparaíso, en dirección a Almendralejo, cerca de donde estaban los límites de ambos términos.

 

CONCLUSIÓN

A modo de conclusión solo decir que mi aporte es pequeño pero espero que no sea el último. La historia de Aceuchal tiene el atractivo para el historiador de ser un terreno casi virgen para la investigación, un verdadero filón para un apasionado por los papeles viejos como yo.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

ALBA LÓPEZ, Juan Carlos: “Historia y estructuras desde 1517 a 1700”, Historia de la Baja Extremadura, T. II. Badajoz, Real Academia de Extremadura, 1986.

 

FLORES, María de la Hiz (MAIZFLOR): Apuntes para la historia de mi pueblo. Aceuchal, 1981.

 

GARRIDO BARRAGÁN, Luis: Cancionero de Aceuchal. Badajoz, Gráficas de la Diputación Provincial, 2007.

 

MADOZ, Pascual: Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y sus posesiones de Ultramar, T. III. Madrid, 1850.

 

MARAVALL, José Antonio: Poder, honor y élites en el siglo XVII. Madrid, Siglo XXI, 1989

 

MAYORGA HUERTAS, Fermín: “Los herejes de Tierra de Barros condenados por la Inquisición de Llerena”, Actas de las I Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros. Almendralejo, (2010)

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Expósitos en Tierra de Barros en la Edad Moderna. Unos apuntes”, IV Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros. Almendralejo, 2013, pp. 361-376.

 

---------- Historia de la villa de Solana de los Barros. Ordenanzas Municipales, 1554. Badajoz, Diputación Provincial, 2014.

 

MORENO GONZÁLEZ, José María: “Los intentos de labrar tierras en el marquesado de Villalba por vecinos de Aceuchal a mediados del siglo XVIII”, Actas de las IV Jornadas de Almendralejo y Tierra de Barros. Almendralejo, 2013.

 

MORENO DE VARGAS, Bernabé: Historia de la ciudad de Mérida. Madrid, Viuda de Alonso Martín, 1633.

 

MUÑOZ DE SAN PEDRO, Miguel: “Nobles empadronados en Extremadura en 1829”, separata de la revista Hidalguía. Madrid, 1961.

 

SÁNCHEZ MARROYO, Fernando: “La mujer como instrumento de perpetuación patrimonial”, Norba, Revista de Historia Nº 8-9. Cáceres, 1988.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

 

(*) Texto de la ponencia que leí en Aceuchal en el marco de las VI Jornadas de historia de Almendralejo y Tierra de Barros, celebradas en noviembre de 2014. Las actas se publicarán en 2015 donde aparecerá un texto más extenso y anotado.

LOS MORISCOS ESPAÑOLES: ¿EXPULSION O EXPATRIACIÓN?

LOS MORISCOS ESPAÑOLES: ¿EXPULSION O EXPATRIACIÓN?

          Leyendo un texto del Dr. Pedro Andrés Porras Arboledas, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, plantea la idea de descartar la palabra expulsión, por su carga peyorativa, y usar la de expatriación. Y si uno analiza bien la cuestión tiene toda la razón; los historiadores a veces tendemos a usar los términos que aparecen en la documentación, sin pararnos a pensar en su significado intrínseco. Por eso con frecuencia usamos collación por barrio, hembra por mujer o piezas para referinos a los esclavos comprados o vendidos. Lo mismo collación que hembra o que pieza son términos que habitualmente aparecen en la documentación pero cuyo uso hoy no siempre es correcto. Pues bien, en relación a los moriscos también la documentación habla de expulsión, término que se ha perpetuado hasta nuestros días.

          Sin embargo, como bien dice el profesor Porras Arboledas, se expulsa a lo extraño, en el caso de los moriscos como si se tratase de personas que ilegítimamente moraban en España y que, por fin, se había conseguido echar. Pero no era el caso, los moriscos españoles vivían en España desde hacía muchos siglos; algunos habían llegado en el siglo VIII o en los posteriores, pero la mayoría eran descendientes de hispanos romanos que se habían islamizado durante los siglos de dominio musulmán. Ellos se sentían españoles, aunque sus ascendientes hubiesen profesado el Islam. Habían nacido en España y sus ascendientes habían vivido en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial.

          Y para colmo la mayoría eran cristianos sinceros; hay decenas de testimonios. Tengo a mano un par de ellos: uno, el de los moriscos de Hornachos que cuando llegaron al norte de África fueron maltratados porque la mayoría se negaba a entrar en las mezquitas. Y lo hacían porque se sentían cristianos. Y otro, el de los moriscos de Carmona (Sevilla), estudiados por Jorge Maier, de los que se decía que eran tan cristianos que pretendian ir a Francia y no al Magreb por seguir en tierra de cristianos. Al final, es casi seguro que no consiguieron billetes de primera clase con destino al país galo sino que los enviaron desde Sevilla a alguna playa del norte de África, abandonándolos a su suerte. El informe del concejo dirigido al encargado de ejecutar la expulsión, Juan de Mendoza, marqués de San Germán, sobre los 125 expulsados es elocuente:

 

          “Todos ellos eran gente miserable, trabajadora, jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos. Todos claman y dan voces que son cristianos y certificó a Vuestra Excelencia que algunos me hacen grande compasión porque sé cierto que es así y que han dado con su vida muy buen ejemplo y con las lágrimas presentes lo significan”

 

          El texto no tiene desperdicio: todos eran pobres, jornaleros del campo, sin dinero ni tan siquiera pagarse su viaje. Y todos se lamentaban y gritaban al cielo que eran cristianos. La situación debió ser tan trágica que conmovió a las propias autoridades locales, como se aprecia en este texto.

           Queda claro que fue en verdad una expatriación forzosa de un grupo de españoles, la mayoría gente trabajadora, en el caso de Carmona jornaleros, en otros sitios también artesanos, hortelanos, pequeños propietarios, etc. La élite morisca, bien permaneció en sus localidades natales o bien emigraron a Francia o a Italia, donde se refugiaron, amparados por las autoridades. Un verdadero genocidio, que empobreció aún más a un país que estaba ya en franca decadencia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

SER ESPAÑOL Y CAMBIAR EL MUNDO

SER ESPAÑOL Y CAMBIAR EL MUNDO

        Para mí no existe la historia más allá de su función social, es decir, si no sirve para contribuir a crear una sociedad mejor. Cada vez que delato los crímenes del pasado, cometido lo mismo por los persas que por los asirios, los romanos, los egipcios o los europeos lo hago movido por ese ideal.

Cuando publiqué mi libro “Conquista y destrucción de las Indias” (Sevilla, 2009) algunos me acusaron de ser antiespañol, lo cual no deja de ser absurdo, teniendo en cuenta que mi familia no se ha movido de esta piel de toro al menos en los últimos ocho siglos. Quiero dejar claro, que cada vez que hago una crítica sobre el pasado, lo hago precisamente desde mi sentimiento como español. Eso sí, no me siento nacionalista porque todos los nacionalismos, lo mismo el español que el catalán o el estadounidense conllevan un pernicioso sentimiento de superioridad frente al otro. Cada vez que denuncio las injusticias del pasado, y en particular las perpetradas por los españoles en el Nuevo Mundo, reivindico mi condición de español. Siento que destapando los horrores y errores del pasado puedo contribuir a concienciar a la sociedad y a crear un presente y un futuro más justo.

Los españoles desde finales del siglo XV contribuyeron de manera decisiva a construir el naciente capitalismo. A mediados de la siguiente centuria los marinos y los mercaderes hispanos surcaban el océano Atlántico, el Pacífico, el Índico y hasta el Ártico, cuando acudían a pescar bacalaos a Terranova. En los orígenes del capitalismo y de la globalización están decenas de marinos, mercaderes y financieros españoles que arriesgaron sus vidas y sus fortunas, ampliando las fronteras del mundo.

Aquellas personas del quinientos fueron capaces de cambiar el mundo precisamente porque tuvieron el arrojo y la ambición necesaria. Y yo me pregunto, ahora que el capitalismo está entrando en su fase final ¿Por qué no podemos ser los españoles del siglo XXI quienes encabecemos el cambio? Hace falta decrecer y avanzar hacia un sistema diferente al capitalista, más humano, más racional, más igualitario, y menos destructivo con el ecosistema. Sé que es difícil encabezar ese cambio porque vivimos en la mediocridad más absoluta, alienados por los mercados. Falta precisamente el arrojo y la valentía de aquellos hombres del siglo XVI que, siguiendo unos ideales –equivocados o no- se lanzaron a descubrir y conquistar el mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL SILENCIAMIENTO DE LOS TRANSIGENTES Y EL DRAMA DE LOS MORISCOS

EL SILENCIAMIENTO DE LOS TRANSIGENTES Y EL DRAMA DE LOS MORISCOS

        Los moriscos eran aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la existencia de estos recalcitrantes sino de una minoría cristiana intransigente. Se obligó a las conversiones forzosas, desoyendo la opinión de algunas personas mucho más sensatas.

         Existe la errónea creencia de que toda España estaba contra los moriscos, sin embargo, uno no para de leer testimonios sobre su lealtad y buen comportamiento e incluso sobre sus deseos de integración. La expulsión no respondió ni muchísimo menos a un clamor popular generalizado sino a la influencia de algunos sectores sociales radicales que empujaron a las autoridades a tomar una decisión desde arriba.

Muy al contrario, los moriscos contaron con el apoyo de muchas personas influyentes, tanto religiosas como civiles que, en defensa de sus propios intereses, los ampararon y hasta los ocultaron. Ya en 1540 habían disfrutado de la protección de Sancho de Cardona, Almirante de Aragón, que fue acusado por la Inquisición de permitirles mantener sus costumbres y la religión mahometana. Y en el momento de su expulsión, en 1609, gozaron de la defensa de un buen número de personajes influyentes, entre ellos de Manuel Ponce de León que, el 28 de agosto de 1609, escribió al rey, advirtiéndole del daño que causaría su expulsión. En su misiva le decía que su cadalso significaría una pérdida irreparable para Castilla al tiempo que le entregaba vasallos a los príncipes bárbaros enemigos de España. No fue el único memorial que se recibió en la Corte en defensa de los mahometanos pues el Conde de Castellar escribió en este mismo sentido, señalando que la exclusión de los moriscos es la universal ruina y desolación de este reino. También hubo instituciones, como el ayuntamiento de Murcia, que escribieron en defensa de los moriscos de su término, indicando que eran todos ellos buenos cristianos así como fieles y leales vasallos de la Corona Real. Duques, marqueses y condes, especialmente los del reino de Valencia, así como una parte muy considerable de la alta jerarquía eclesiástica, se posicionaron del lado del más débil. Algunos prelados firmaron licencias para que muchos que estaban plenamente convertidos e integrados, se quedasen. Desde el cardenal primado de Toledo, al arzobispo de Sevilla, pasando por los obispos de Córdoba, Badajoz, Cáceres. A la misma Inquisición tampoco le interesaba acabar totalmente con el problema morisco pues constituían una de las piezas angulares de su siempre precaria financiación. De hecho, según Julio Fernández Nieva, el Tribunal de la Inquisición de Llerena sólo consiguió mitigar su déficit crónico con las condenas impuestas a los moriscos. Probablemente, ni los Inquisidores estuvieron a favor de su expulsión, pues ello equivalía con acabar con su mayor fuente de financiación. No obstante, huelga decir que la protección más eficaz no la brindaron los grandes prelados sino decenas de párrocos que hicieron cuanto pudieron para ocultar el origen manchado de muchos de sus feligreses.

         Como hemos afirmado, contaron con importantes defensores en casi todas las zonas de España: en la Mancha, Zaragoza, Valencia, Murcia, Andalucía y Extremadura. El otro día cayó en mis manos otro testimonio de esas personas transigentes que no veían lo morisco como un problema. Se trata de la carta que el padre B. Liévana, escribió en Toledo el 16 de septiembre de 1589, dirigida a Juan López de Velas, secretario del rey en su Consejo de Hacienda, le decía lo siguiente:

        “…Si es verdad que se trata de hacerlos cristianos ha de hacerse con suavidad, con blandura y con regalo y con verdaderas entrañas de caridad y así es cierto que fue error muy notable y contra la doctrina evangélica hacerlos cristianos con violencia en Granada por quererlo y pacificarlo fray Francisco Jiménez y en Valencia por quererlo y pacificarlo fray Antonio de Guevara. Y dicen algunos viejos que cuando los de Valencia eran moros declarados que servían con grandísima fidelidad y que ellos mismos espiaban si venía alguna galeota de corsarios daban aviso de ello porque vivían contentos y gozaban de quietud y que algunos de su voluntad se convertían. Y que después que los hicieron cristianos viven emperrados y encorajados y dicen que como queremos que sean los cuerpos cristianos y las haciendas moras...”

 

Por cierto que al final le decía a su destinario que el licenciado Villarán le llevaba además de la misiva dos empanadas de anguilas que ha (ha)bido muchas estos días en esta ciudad así como un cestico de ciruelas damascenas. Está claro que el Tajo, en septiembre de 1589, bajaba por Toledo repleto de anguilas.

         Pero retornando a nuestro relato, es obvio que finalmente no triunfaron las opiniones integradoras, sino la de los intransigentes que se encargaron de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas.

 

PARA SABER MÁS:


DADSON, Trevor J.: Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (S. XV-XVIII): historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada. Madrid, Vervuert, 2007.

 

-------- Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old Christians and Moriscos in the Campo de Calatrava. Londres, Támesis, 2014.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: Moriscos: la mirada de un historiador. Granada, Universidad, 2009.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y Bernard VINCENT: Historia de los moriscos. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

EPALZA, Mikel: Los moriscos antes y después de la expulsión. Madrid, 1992.

 

LAPEYRE, Henry: Géographie de l`Espagne morisque. Paris, SEVPEN, 1959 (hay edición en castellano de 1986 y 2009).

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Imperialismo y poder. Una visión desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Circulo Rojo, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS