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Historia de América

HERNÁN CORTÉS: LUCES Y SOMBRAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

HERNÁN CORTÉS: LUCES Y SOMBRAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

Su familia paterna procedía de tierras del antiguo reino de León, seguramente de Salamanca. Su bisabuelo, el hidalgo Nuño Cortés, fue el último que permaneció en tierras castellanas, siendo su hijo Martín Cortés el Viejo, el primero en establecerse en el condado de Medellín. Arraigaron en la tierra, llegaron a ser una familia extensísima, con bienes raíces hasta la Edad Contemporánea. Su abuelo, Martín Cortés el Viejo, sirvió con su caballo en la vega de Granada, a las órdenes de los casi legendarios Álvaro de Luna y Pedro Niño. En recompensa por sus servicios, el rey Juan II de Castilla, el tres de julio de 1431, lo armó solemnemente caballero de Espuela Dorada. Tras finalizar su etapa como militar, se asentó definitivamente en tierras de Medellín. Una decisión que no tenía nada de particular, pues Extremadura se repobló básicamente con castellano-leoneses.

Don Martín, había conseguido honra y fama para todo su linaje. Como otros caballeros, tenía su casa solariega en la villa matriz, pero pasaba la mayor parte del tiempo en una aldea del entorno, concretamente en Don Benito, donde tenía la mayor parte de sus fincas rústicas. Las tierras las adquirió seguramente en compensación por sus servicios de guerra, siendo normal que los caballeros recibiesen entre cuatro y doce yugadas. Tuvo al menos seis hijo legítimos –cuatro varones y dos mujeres-, además de una hija ilegítima. El padre del conquistador, era el más pequeño de los hijos varones de Martín Cortés El Viejo, nacido en torno a 1449, probablemente en la casa solariega que la familia poseía en el centro de la villa de Medellín, en la calle Feria, y donde pasaban una parte del año. En el concejo de esta villa desempeñó distintos cargos, como regidor y procurador general. Se desposó con Catalina Pizarro Altamirano, una mujer de ascendencia hidalga, cuya familia procedía de Trujillo a donde había llegado en el siglo XIII, procedente de Ávila. El matrimonio tuvo un solo hijo varón, el futuro conquistador de México.

La situación económica era modesta, pues aunque Martín Cortés El Viejo, abuelo del conquistador, tuvo una considerable fortuna, debió repartirla entre su extensa prole. Las rentas familiares apenas superaban los 30.000 maravedís anuales, incluyendo varios réditos de vacas de hierba, un viñedo, algunas fanegas de trigo y un molino de trigo en el río Ortigas, conocido como de Matarratas. Las rentas eran suficientes, pero en años de malas cosechas, la escasez y las estrecheces debían hacerse patentes en el hogar familiar.

 

NACIMIENTO, INFANCIA Y JUVENTUD

           No se sabe con exactitud la fecha exacta de su nacimiento, que debió ocurrir entre 1482 y 1484. Y ello porque el propio Hernán Cortés ofreció datos contradictorios entre sí sobre su propia edad. Hay que tener en cuenta que en aquella época no se le daba gran importancia a la fecha de nacimiento. La historiografía tradicional ha sostenido que se bautizó en la parroquia de San Martín, donde se conserva una pila antigua que parece de la época y que se exhibe como aquella en la que recibió sus primeras aguas.

Todo parece indicar que el conquistador de México no destacó por su aspecto físico ni por su complexión sino por su carisma y por su fuerte personalidad. Sabía rodearse de amigos y, en general, daba la impresión de ser una persona con carisma, con liderazgo y con una gran potencialidad para acometer grandes empresas.

Se crió, obviamente, como lo que era, es decir, como hijo único, con el cariño y las caricias de su madre Catalina y de su tía Inés. Así lo declaró él mismo en una carta dirigida a esta última y fechada en 1524. Ya siendo un adolescente se lo imaginaba Salvador de Madariaga cabalgando en el rucio de su padre, cazando con el galgo familiar o viviendo alguna aventura con su grupo de amigos. También es posible que jugase a moros y cristianos en las laderas del imponente castillo de los Portocarrero y que acudiese a pescar a orillas del molino de Matarratas o a colaborar con su padre en el castrado de la colmena familiar.

En mayo acompañaría presumiblemente a su padre a la feria de ganados que se desarrollaba por espacio de veintidós días, atrayendo a los principales compradores y vendedores de la comarca. No padeció agobios excesivos, hambre, ni inquietudes en su juventud. Vivió sin lujos pero también sin las estrecheces extremas con las que convivían muchos de sus conciudadanos.

Conoció la férrea mano de la justicia, pues en el rollo de la plaza se ajusticiaba a los condenados, después de haberlos paseado vergonzantemente por las principales calles de la villa. También debió oír de boca de su padre, o de otros hidalgos de la villa, relatos fantásticos de heroicas batallas ganadas a los infieles, de los triunfos de los tercios españoles en Europa o de las nuevas tierras descubiertas allende los mares por un enigmático genovés llamado Cristóbal Colón. Ello despertó en él un gran interés por conocer lo que ocurría fuera de los límites de su pequeña villa. En 1499 se marchó de Medellín y ya sólo regreso de manera muy ocasional.

Sus padres quisieron que su hijo estudiara, pues le auguraban un mejor destino entre papeles que en la guerra. Para ello, lo enviaron a la ciudad universitaria, a casa de la hermanastra de su padre Inés Gómez de Paz. Sin embargo, su paso por las aulas de la señera institución no fue más que otro de los grandes mitos que han rodeado su biografía. Ni tenía la edad adecuada para cursar estudios universitarios, ni conocimientos previos. Como ya hemos dicho, cuando se presentó en Salamanca poseía solo una formación básica, entre otras cosas porque no existía más infraestructura educativa en su villa natal.

Sin embargo, pese al mito de la Universidad, el extremeño aprovechó bien su estancia de tres o cuatro años en la ciudad de sus antepasados paternos. De hecho, aunque nunca obtuvo ningún título universitario, su formación era similar a la de un bachiller en leyes. Simplemente, tenía dos o tres años de estudios, lo que en aquella época significaba tener bastantes más conocimientos que la mayoría.

Otro enigma sin respuesta clara es el porqué de esa marcha tan repentina e inesperada, sin haberse titulado. Todo parece indicar que simplemente carecía de vocación estudiantil, pues su abandono fue voluntario, presentándose en su casa con gran disgusto de sus progenitores. Se dice que Martín Cortés se enojó al verlo porque quería que se hubiese titulado en leyes, buscando siempre un futuro más digno para su hijo que el que le esperaba en su arruinado terruño. Lo cierto es que, tras tres o cuatro años en Salamanca, creyó que había llegado el momento de enfrentarse a la vida y luchar por un destino mejor para él y los suyos. Probablemente le pudo su deseo aventurero de enrolarse en alguna expedición de guerra, bien en Italia a las órdenes de Gonzalo Fernández de Córdoba, o bien, en las Indias Occidentales. Los progenitores se resignaron, sin ocultar su entristecimiento, convencidos de que sería imposible cambiar la terca voluntad de su intrépido hijo. Ya atisbaban el carácter aventurero de su joven vástago, heredado de su abuelo paterno.

           El período comprendido entre su salida de Salamanca en 1501 y su embarque para La Española en 1504 es probablemente el más desconocido de toda su biografía. Apenas disponemos de dos o tres datos sueltos proporcionados por las crónicas que, a veces, incluso, se contradicen entre sí. La historiografía sostiene que pensó primero en ir a Italia a enrolarse en las tropas del ya afamado Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Varios cronistas de la época, como Cervantes de Salazar, lo ubicaron en Valencia, ciudad desde la que pretendía embarcarse hacia Nápoles, cambiando de opinión a última hora. Siguiendo los pasos de otros metellinenses, marchó a Sevilla con la idea de enrolarse en la flota del nuevo gobernador de las Indias frey Nicolás de Ovando. Es posible que el viaje de regreso lo hiciera a través de Granada, pues, por algunas alusiones suyas sabemos que conocía personalmente la ciudad y muy especialmente sus hilaturas de seda.

 

RUMBO A LAS AMÉRICAS

           La armada del nuevo gobernador se aprestó a lo largo de 1501 y en las primeras semanas de 1502, zarpando de Sanlúcar de Barrameda en febrero de este último año. Fue la más grande enviada hasta entonces al Nuevo Mundo, pues estuvo formada por una treintena de buques y unos 1.200 pasajeros, además de la tripulación, instrumental, animales, material litúrgico, etc. Pero, ¿por qué no se embarcó finalmente? Se trata de otra incógnita no resuelta de su biografía. Los cronistas de la época aluden a dos argumentos más o menos compatibles: el primero, un lío de faldas en las semanas previas a su embarque. Al parecer, cortejó a una mujer casada y, en uno de los encuentros, en la quinta donde vivía, se subió a una tapia poco sólida que terminó derrumbándose con gran estruendo. Al parecer, el marido de su amante, un hidalgo viejo que ya sospechaba de sus veleidades, cogió inmediatamente su espada y sin dar tiempo al joven Cortés a huir se abalanzó sobre él. Cuentan los cronistas que, si no intervinieran la suegra de aquél y otros vecinos sobresaltados por el ruido, allí mismo lo hubiese asesinado. Al parecer, del golpe sufrió una dolencia que le impidió el embarque. En cambio, el segundo de los argumentos resulta algo más creíble, aunque igual de infundado desde el punto de vista documental; padeció nuevamente fiebres cuartanas, una variedad de malaria, que le obligó a regresar a la casa paterna para recuperarse. Esta versión resulta más plausible en 1502 que en 1499 cuando regresó de Salamanca. Probablemente, el abandono de los estudios debió ser voluntario, pero desertar de su sueño indiano debió estar motivado, ahora sí, por alguna causa mayor.

Ya recuperado, a finales de 1502 o en 1503 volvió a salir de su villa natal, esta vez con destino a Valladolid, para ponerse de nuevo bajo el tutelaje de su apreciado tío Francisco Núñez. Éste se había mudado a Valladolid con su familia al ser designado relator del Consejo de Castilla. Con su tío pudo completar su formación humanística y jurídica, llegando a dominar el latín y a conocer los corpus jurídicos tradicionales, especialmente las Siete Partidas. Al parecer, su formación teórica se completó con un trabajo al lado de un escribano.

Afirma el cronista y sobrino político del conquistador, Juan Suárez de Peralta, que de Valladolid volvió directamente a Sevilla donde trabajó junto a un escribano, lo cual le permitió subsistir durante meses en la puerta y puerto de las Indias. En 1504 se embarcó rumbo a la Española en la nao de Alonso Quintero pero, por motivos que desconocemos, regresó a la Península a finales de ese mismo año, para reembarcarse dos años después.

En diciembre de 1506 estaba de nuevo en la isla, una fecha muy tardía que explica su escasa promoción social. Vivió -o malvivió- como asistente de la notaría de Azua, cuya titularidad la ostentaba Diego Velázquez. El salario debió ser tan escaso como la limitada actividad legal, completando sus ingresos con una pequeña encomienda en el Dayguao, concedida por el gobernador frey Nicolás de Ovando. No consiguió fortuna, pero obtuvo algo no menos valioso: una relación más o menos interesada con el influyente Diego Velázquez. En 1511 viajó a la vecina isla de Cuba como su secretario, adquiriendo en breve plazo un gran prestigio social y una buena posición económica. En esta isla caribeña sí que ostentó el mérito de ser uno de los primeros conquistadores y pobladores, siendo nombrado en 1512 escribano de la capital, Santiago de Baracoa. En los primeros años mantuvo unas magníficas relaciones con Diego Velázquez, gozando de su apoyo y protección. Disfrutó de un buen repartimiento de indios que usó lo mismo en la extracción de oro que en la cría de ganado. Todo ello le reportó una buena posición económica y un gran prestigio social que a la postre le sirvieron para consolidar su liderazgo. Entre 1514 y 1515 se desposó con una de las pocas españolas casaderas de la isla, Catalina Suárez Marcayda, fallecida siete u ocho años después en circunstancias extrañas.

 

LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

Sin embargo, su relación con el teniente de gobernador no fue fácil, quizás porque ambos tenían sus propios proyectos expansivos, incompatibles entre sí. No obstante, Diego Velázquez interpretó que el metellinense era la persona que necesitaba para encabezar la expedición que planeaba. Cuando se quiso dar cuenta del peligro de traición era demasiado tarde. El 10 de febrero de 1519 zarpó con 11 barcos, 550 hombres, 16 caballos y 14 cañones. Tras diez días de navegación llegaron a la isla de Cozumel, donde se encontró con Jerónimo de Aguilar, superviviente de un naufragio, que hablaba la lengua de los mayas. Éste y doña Marina, la Malinche, una india que le fue regalada en Tabasco, se convertirían en sus interlocutores con el mundo mexica. El apoyo de la india tabasqueña doña Marina fue decisivo en la consumación de la Conquista, no sólo por ser su traductora personal sino porque era siempre la primera en enterarse de las conspiraciones. Precisamente por ello algunos la acusan de traicionar a su pueblo, opinión muy extendida en el México actual. Pero huelga decir que no se le puede culpar de haber traicionado al pueblo mexicano porque éste no existía como tal, pero ni tan siquiera al pueblo indio porque nunca tuvieron conciencia de unidad –y esa fue precisamente su perdición-. El único error que cometió fue enamorarse de un hombre que no le correspondió en la misma medida en que recibió.

Prosiguieron su viaje hacia San Juan de Ulúa fundando, pese a la prohibición de Velázquez, la ciudad de Veracruz. El poder municipal quedó en manos de sus habitantes, al tiempo que estos nombraron al metellinense como su capitán general. Consumada la traición, envió a dos emisarios a la corte de Valladolid para tratar de justificar sus acciones. Acto seguido desguazó los navíos para evitar que algunos opositores volviesen a Cuba a informar de la defección a Diego Velázquez. Estando en Veracruz, tuvo noticias de la existencia de la confederación mexica y de un tlatoani o emperador llamado Moctezuma. El 16 de agosto de 1519, dejó todo dispuesto y partió en busca de ese fabuloso estado.
           Las huestes avanzaron sobre Tlaxcala, un pueblo celoso de su libertad que planteó una gran resistencia. Finalmente, viendo que no podían derrotar a los extranjeros, se aliaron con ellos para vengarse de sus viejos enemigos mexicas. Sometida Tlaxcala, permanecieron allí apenas tres semanas, el tiempo suficiente para reponer fuerzas y reorganizarse. El 11 de octubre de 1519 partieron, acompañados por varios miles de cempoaleses y tlaxcaltecas, con el objetivo explícito de entrar en Tenochtitlán, capital de los mexicas. Antes pasaron por la ciudad sagrada de Cholula, la cual fue saqueada y sus habitantes masacrados, en un acto de barbarie que tuvo como objetivo amedrentar a sus oponentes.

Destruida la ciudad sagrada, el soberano mexica sabía que la siguiente parada era en la propia ciudad de Tenochtitlán. Y precisamente allí se encaminaron las huestes a primero de noviembre de 1519, al tiempo que el tlatoani decidía dejarlos entrar en la ciudad. Una opción que no fue descabellada, pues pensó que sería más fácil acabar con ellos dentro que en un combate en campo abierto. Prueba evidente de su acierto fue la derrota de estos en la Noche Triste.

El de Medellín lo tenía todo bajo control hasta que llegó el segoviano Pánfilo de Narváez. A corto plazo supuso un grave problema para el extremeño aunque a la larga significó el empujón definitivo para hacerse con el control de la confederación mexica. A principios de mayo de 1520 supo que el segoviano había desembarcado en la costa de Veracruz, al mando de un ejército de 1.400 hombres. No fue un problema su derrota, aunque sí la rebelión indígena que sufrió Pedro de Alvarado en Tenochtitlán, aprovechando la ausencia del metellinense. Retornó a toda prisa, pero era demasiado tarde. Obligó a Moctezuma a que se asomara a una terraza del palacio para calmar a sus súbditos pero estos lo abatieron de una pedrada, pues habían elegido por sucesor a su propio hermano, es decir, a Cuitláhuac. Los españoles, decidieron huir precipitadamente de la capital, aprovechando la noche. Eso no evitó que 800 hispanos y 5.000 indios auxiliares perdieran la vida, en la mayor derrota sufrida por los europeos en toda la conquista de América. Las huestes consiguieron alcanzar Tlaxcala, donde Cortés reorganizó a sus hombres y los preparó psicológicamente para el combate final. La batalla de Otumba no fue una batalla más, sino la última ofensiva lanzada por el ejército mexica para acabar con los extranjeros. Con razón, Cervantes de Salazar interpretó Otumba como la contienda más memorable de toda la Conquista. Derrotados los nativos, ya solo faltaba asediar y tomar la gran ciudad de Tenochtitlán, la cual cayó el 13 de agosto de 1521. Se estima que en el asedió murieron más de 100.000 defensores, cifra elocuente del padecimiento de los asediados. El martes 13 de agosto de 1521, festividad cristiana de San Hipólito, cayó la gran ciudad lacustre de Tenochtitlán. Con ella finalizaba el quinto sol mexica y nacía una nueva era, la de un imperio en el que pronto el sol nunca se pondría. Se estima que en el asedió murieron poco más de medio centenar de hispanos así como varios miles de indios aliados, frente a cerca de 100.000 mexicas. Cifras elocuentes del padecimiento de los asediados.

La caída de la capital no fue el final de la conquista pues, tanto al norte como al sur había infinidad de pueblos no sometidos a la confederación, que no estaban dispuestos a reconocer la autoridad de los extranjeros. El de Medellín no tardó en ponerse manos a la obra para completar su conquista, dominando en pocos años un extenso territorio de aproximadamente unos 300.000 km2.

Mostró un especial interés por la exploración del océano Pacífico, lo que entonces se conocía como el Mar del Sur. Tenía prisas por reemprender la expansión y no le faltaban motivos. En teoría, cualquier vecino podía solicitar licencia para descubrir, rescatar o conquistar territorios, con la única condición de que viajase con ellos un veedor que velase por el quinto real. En la práctica, había dos personajes muy temidos y poderosos que tenían medios para llevar a cabo dicha expansión, se trataba del propio Diego Velázquez y de Francisco de Garay. Dicho y hecho, en el mismo año de 1522 envió a Pedro de Alvarado al istmo de Tehuantepec, llegando al territorio de los Quichés y de los Cakchiqueles a los cuales terminó sometiendo. En 1525 estaba pacificado todo el territorio, pese a lo cual se sintió agraviado y desplazado del poder político por los funcionarios llegados desde la Península, viéndose obligado a acudir personalmente a la Corte a reclamar sus derechos. Lo que todavía no sabía era que detrás de los recortes en sus privilegios y de algunas usurpaciones de sus posesiones estaba la propia Corona quien pretendía preservar la Nueva España dentro de los territorios de realengo. En Castilla, Cortés consiguió que el monarca le otorgara el título de marqués del valle de Oaxaca y el cargo de capitán general, aunque sin funciones gubernativas. El 15 de julio de 1530 estaba de regreso en las costas veracruzanas, estableciéndose en Cuernavaca desde donde exploró el área del golfo de California. Otra vez, en 1540, diez años después de su primer retorno, decidió, regresar a España a continuar la defensa de sus derechos. Lo hizo pensando en volver a Nueva España, la tierra que le dio honra, fama y fortuna, pero las circunstancias hicieron que no viera cumplido este objetivo. La enfermedad evolucionó demasiado deprisa y, pese a que se acercó a Sevilla con la intención de reembarcarse, la muerte le sorprendió el 2 de diciembre de 1547.

           Cortés fue un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana. Que nadie busque en él a una persona pacifista, compasiva y misericordiosa, sino a un luchador agreste dispuesto a conquistar un imperio a cualquier precio.

 

SUS ÚLTIMOS AÑOS

El de Medellín llevaba prácticamente toda la década de los treinta litigando con las autoridades de México, mientras residía fuera de la localidad, a caballo entre su residencia de Cuernavaca y sus astilleros de Tehuantepec. La llegada del virrey Antonio de Mendoza no hizo más que empeorar su situación, siendo desplazado definitivamente del poder político. Agobiado y presionado por los interminables pleitos, decidió finalmente, en la primavera de 1540, retornar a España. Su pretensión no era otra que conseguir del Consejo de Indias lo que las autoridades novohispanas le negaban y de paso restablecer su buen nombre, muy deteriorado en la Corte tras la llegada de varios memoriales contra su persona.

Dejó atrás a toda su familia, salvo a dos de sus hijos, ambos ilegítimos, el primogénito Martín, que entonces tenía tan solo ocho años y el pequeño Luis. Todo parece indicar que viajó con la idea de permanecer en la Península tan sólo el tiempo estrictamente necesario para resolver sus problemas. Nada más desembarcar se encaminó a Madrid, donde fue bien recibido por los miembros del Consejo de Indias, quienes le cedieron una casa señorial, concretamente la morada del comendador Juan de Castilla. Durante algún tiempo estuvo rodeado de la élite nobiliaria y de los consejeros del Emperador. En 1541 decidió acompañar a este último en su fracasada campaña de Argel, junto a sus hijos Luis y Martín. La precipitación del ataque, lanzado inadecuadamente en noviembre, y los temporales hicieron fracasar la empresa. Hernán Cortés viajó en la galera capitaneada por Enrique Enríquez que, como tantas otras, naufragó, aunque consiguió salvar su vida milagrosamente.

De vuelta de su aventura argelina decidió establecerse en Valladolid, una ciudad que, por un lado, le traía muy gratos recuerdos de su juventud, y por el otro, le permitía estar cerca de la Corte. Casi hasta el final de su vida mantuvo sus aspiraciones de que el Emperador le devolviese el poder político que en justicia creía que merecía. Desde marzo de 1542 está documentada su presencia en la capital de Castilla y León, donde permanecerá hasta el 23 noviembre de 1545.

En la ciudad del Pisuerga continuó con sus negocios, pues realizó numerosas transacciones comerciales que se pueden rastrear a través de sus escrituras notariales. Pese a sus ocupaciones, siempre sacaba tiempo para acudir a diversas reuniones con cortesanos, juristas, teólogos y humanistas. De hecho, en su propia casa se celebraban con frecuencia cenáculos, donde se mantenían acaloradas tertulias sobre historia, política y filosofía. Allí acudían intelectuales, juristas, prelados y empresarios, como Pedro de Navarra, Juan de Vega, virrey de Sicilia, el cardenal Francesco Poggio o Francisco Cervantes de Salazar, entre algunos otros. Este último quedó tan fascinado por su figura que decidió escribir su famosa Crónica de la Nueva España, que el de Medellín pudo leer y disfrutar en 1546. Probablemente fue su última gran satisfacción antes de su fallecimiento. En noviembre de 1543 no quiso perderse el enlace, en Salamanca, entre el príncipe Felipe –futuro Felipe II- y doña María de Portugal, acudiendo en compañía de su hijo Martín. Conviene insistir que los nobles invitados fueron contadísimos lo que evidencia su excelente relación con el príncipe.

El 20 de noviembre de 1545 aún permanecía en Valladolid, partiendo en dirección a Sevilla, a finales de noviembre o a principios de diciembre de ese mismo año. Al parecer, hizo una estancia breve en Madrid que duró poco más de medio año, pues en septiembre de 1546, estaba ya a orillas del Guadalquivir. Parece claro que su objetivo no era otro que regresar a Nueva España para morir en la tierra por la que tanto luchó y que todo se lo dio.

Estaba enfermo pero en absoluto impedido, pues estuvo asistiendo a actos públicos y realizando infinidad de gestiones hasta el mismo día de su fallecimiento. En octubre su situación empeoró de forma ostensible por lo que decidió formalizar su testamento en Sevilla, ante el escribano Melchor de Portes, el 11 de octubre de 1547. Al mes siguiente, concienciado de su inminente desaparición, decidió dejar la casa sevillana en la que se hospedaba y en donde le importunaban todo tipo de personas, acreedores, admiradores, funcionarios, pedigüeños, etcétera, y marcharse a Castilleja de la Cuesta, al hogar de su buen amigo, el jurado Juan Rodríguez de Medina. Según Bernal Díaz, pretendía morir en paz, alejado de muchas personas que le importunaban en negocios.

La morada que lo cobijó en sus últimas semanas era un sólido edificio de cantería, que ya en el siglo XIX fue totalmente reformado por los Duques de Montpensier al estilo neogótico. Al parecer, padecía disentería desde hacía algún tiempo lo que le había provocado una degradación física paulatina, hasta dejarlo totalmente extenuado. La situación empeoró gravemente, mientras su vida se fue apagando lentamente, acompañado en todo momento por su hijo Martín.

Pero ni siquiera en las horas finales perdió ese espíritu inquieto que le había acompañado a lo largo de toda su vida. Sorprendentemente, el mismo viernes dos de diciembre en que falleció decidió llamar urgentemente a un escribano público para otorgar un codicilo que firmó en su nombre fray Diego Altamirano. Y digo que sorprende porque apenas introdujo modificaciones de importancia. Minutos antes de su óbito, todavía tuvo tiempo de confesar con mucha devoción y recibir los santos óleos. Fray Pedro de Zaldívar le auxilió espiritualmente, ayudándole a morir como lo que era, es decir, como un cristiano. Esa madrugada del 2 de diciembre de 1547 expiró finalmente, confortado por los sacramentos y en presencia de un corto número de personas, entre las que se encontraban su mayordomo, su ayuda de cámara, una asistenta de su confianza que vino con él desde Valladolid, llamada doña Juana de Quintanilla, Juan Rodríguez, dueño de la casa y los religiosos fray Pedro de Zaldívar y Francisco López de Gómara. Mientras este luctuoso suceso ocurría, su mujer, seguía en Cuernavaca administrando como podía el marquesado y siempre a la espera del retorno de su marido que, finalmente, nunca se produjo.

En su testamento dispuso su enterramiento provisional en la parroquia del lugar donde falleciera, hasta su traslado al monasterio de Concepcionistas que el mismo fundó en Culiacán. Hubiese sido inhumado temporalmente en la iglesia de Santiago de Castilleja de no ser por su codicilo en el que dispuso finalmente su entierro provisional en la iglesia de la dicha ciudad de Sevilla o de otra parte donde los señores mis albaceas o cualquiera de ellos que se hallare presente, ordenaren.

Así, el domingo 4 de diciembre de 1547, a las cuatro de la tarde, ante el escribano de Santiponce, Andrés Alonso, y con autorización del Duque de Medina-Sidonia, se inhumó en el monasterio de San Isidoro del Campo, en la cripta del Duque, sita en medio de las gradas del altar mayor. Fueron testigos del enterramiento don Juan de Guzmán, Duque de Medina-Sidonia, el hijo de éste, don Juan Claros de Guzmán, Conde de Niebla, así como el Marqués del Valle, el asistente de Sevilla y el Conde de Castelar, entre otros.

El 29 de enero de 1548 la Corona emplazó a los herederos mediante una Real Provisión con vistas a hacer el inventario y cumplir con su última voluntad. Su esposa, doña Juana de Zúñiga, ausente en el momento de su óbito, sobrevivió a su marido varias décadas. Residió durante algunos años en la collación de San Román, enfrente del monasterio de Santa Paula, trasladándose en 1560 a otra vivienda de la collación de San Lorenzo. En la madrugada del 2 de diciembre de 1583 falleció en Sevilla, siendo inhumada en el convento de Madre de Dios de Sevilla.

 

VALORACIÓN DE SU FIGURA

Todavía en pleno siglo XXI su figura sigue despertando pasiones encontradas. Pero lo cierto es que ni fue un caballero andante ni un santo sino ni más ni menos que un conquistador. Una persona con las mismas virtudes y defectos que la mayor parte de las personas de su época. Un conquistador con suerte, pero a fin de cuentas un conquistador, con sus éxitos y sus fracasos. Un hombre que sabía reír y también llorar. Contaba Herrera que, tras conocer la magnitud del desastre de la Noche Triste, no pudo contener las lágrimas. Fue compasivo o cruel, dependiendo de las circunstancias.

Fue también sumamente implacable con los paganos que no querían aceptar las aguas del bautismo. Es bien sabido que, cuando entró en Culiacán, derribó el templo y, porque un indio principal no quiso ayudar en ello, lo mandó ahorcar y lo ahorcó con los diablos a cuestas. También infringió durísimos escarmientos a los indios rebeldes. Por ejemplo, en 1523 los nativos de Pánuco acometieron a los hombres de Francisco de Garay, matado a varias decenas de ellos. Hernán Cortés mandó a su capitán Gonzalo de Sandoval para que castigase sin cuartel a los responsables. Mató a cientos de ellos, despedazándolos después de tal forma que los demás indios ya no se atrevían ni a levantar un dedo contra su poder. A veces también sabía actuar con dureza con sus propios hombres si lo creía oportuno. En una ocasión el metellinense vio como uno de sus soldados, robaba dos gallinas a un indio y lo quiso ahorcar, impidiéndoselo Pedro de Alvarado que cortó a tiempo la soga del infortunado.

Pero, para una adecuada valoración de su figura es importante no extraerlo de su contexto histórico. Estaba inmerso en ese cristianismo intransigente que desde finales de la baja Edad Media había llevado al exilio a todas aquellas personas que no profesaban la religión cristiana. También en ese sentido, como en todo lo demás, fue un hijo de su tiempo. Por tanto, estamos de acuerdo con Octavio Paz cuando planteó la necesidad de retornar al Cortés legendario al terreno de la historia: El conquistador debe ser restituido al sitio a que pertenece con toda su grandeza y todos sus defectos: a la Historia.

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

 

 

MADARIAGA, Salvador de: Hernán Cortés, Madrid, Austral, 1986.

 

MARTÍNEZ, José Luis: Hernán Cortés, México, Fondo de Cultura Económica, 1990.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2010.

 

MIRALLES, Juan: Hernán Cortés, inventor de México, Barcelona, Tusquets Editores, 2001.

 

RAMOS, Demetrio: Hernán Cortés. Mentalidad y propósito. Madrid, Rialp, 1992.

 

THOMAS, Hugh: La Conquista de México. El encuentro de dos mundos, el choque de dos imperios. Barcelona, Planeta, 2000.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Artículo publicado en Clío, Revista de Historia, enero de 2015, pp. 30-41)

EL ERROR DE GUANTÁNAMO

EL ERROR DE  GUANTÁNAMO

        La base naval y el centro de reclusión de presos talibanes de Guantánamo son bien conocidos. Estados Unidos estableció en la bahía de Guantánamo una base naval que perpetuó en el Tratado de 1903 por el que se estableció un arrendamiento perpetuo, firmado por el primer presidente insular Tomás Estrada Palma.

        Desde la Revolución Cubana, el régimen castrista ha pedido en diversos foros internacionales la revocación del tratado. Pero Estados Unidos no solo no ha abandonado la isla sino que desde 2002 ha convertido la base en un centro de reclusión de prisioneros, especialmente de talibanes, miembros de Al-Qaeda y del Estado Islámico. Y ello porque el país de las libertades interpreta que no es territorio estadounidense y, por tanto, les priva de los derechos de que gozan estos.

         Pero el objeto de este artículo es otro bien distinto; he publicado en varias ocasiones que el topónimo original no era Guantánamo sino otro más sonoro, Guantanabo o Guantánabo. Incluyo la duda sobre la tilde porque en la documentación antigua nunca se colocaba y no sabemos si era llana o esdrújula. Pero insisto, históricamente nunca existió una bahía ni provincia de Guantánamo sino el cacicazgo y la bahía de Guantánabo.

Su cacicazgo fue el más extenso e importante de la isla. Controlaba casi toda la región oriental de la isla, pues, también los territorios de Baní, Baraxágua y Çagua, dependían de él. De hecho, los documentos mencionan distintos pueblos ubicados con toda certeza en los territorios de Baní, Baraxágua y Çagua como dependientes del cacicazgo de Guantanabo. Sin que tengamos constancia de las relaciones exactas entre el cacique Guantanabo y los caciques de Çagua, Baraxagua y Baní, lo cierto es que encontramos por primera vez en Cuba una confederación de caciques liderados por uno de ellos. Su poder debió ser similar al de los famosos caciques de la Española Caonabo o Beecchio.

El cacicazgo de Guantanabo debía estar en proceso de expansión cuando los españoles arribaron a la isla, rompiendo con su devenir histórico. Probablemente, de no haber sido así el cacique Guantanabo hubiera terminado por dominar todo el este insular. Allí, en el corazón de la demarcación taína más importante, fundaron los españoles su primera capital, Santiago, situada, por cierto, a 60 kilómetros de la base naval estadounidense.

Sin embargo, los naturales desaparecieron totalmente, perdiéndose en la memoria el nombre del gran cacique taíno y de su extensa demarcación territorial. Cuando varios siglos después, exactamente en 1796, un grupo de colonos fundaron el pueblo de Santa Catalina le colocaron el apellido de Guantánamo en vez de Guantánabo, por circunstancias que desconocemos. Quizás una defectuosa transcripción del topónimo original o simplemente una conversión fonética de la m por la b. Desde entonces tanto el pueblo, como la bahía y la provincia se conocen como Guantánamo, pervirtiendo el topónimo original y el recuerdo del gran cacique taíno.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: El Indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997.

 

------ Las Antillas Mayores: ensayos y documentos, Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA VINCULACIÓN DE LAS COLONIAS AMERICANAS A LA CORONA DE CASTILLA

LA VINCULACIÓN DE LAS COLONIAS  AMERICANAS A LA CORONA DE CASTILLA

No ha aparecido ningún documento en el que se prohibiese oficialmente la entrada de aragoneses, muy a pesar de que Antonio de Herrera creyó en su existencia. Sin embargo, tal documento no se expidió porque se dio por supuesto que las Indias eran propiedad exclusiva de la Corona de Castilla. La presencia de aragoneses desde los primeros años de la colonización, tanto en el Continente americano, como involucrados en la empresa americana desde España -recuérdense nombres como el de Juan Cabrero, Juan de Coloma o Pedro de Margarit- no refuta, en absoluto, este planteamiento por dos motivos: primero, porque el hecho de que oficialmente estuviesen excluidos no significa que de hecho no pasasen al igual que en los primeros tiempos encontramos multitud de genoveses o portugueses pese a que no les estaba permitido el paso. Y segundo, porque no hubo una intención de impedir su paso siempre y cuando aceptasen y se integrasen dentro de la normativa castellana.

La prohibición al paso de aragoneses estuvo vigente hasta el 10 de noviembre de 1525, fecha en la que se expidió una Real Cédula en la que se reconoció que hasta ese justo momento la legislación sólo había permitido ir a las Indias a los castellanos, ordenando asimismo un aperturismo para que los vecinos de otros reinos pudiesen ir a las Indias como lo hacían los propios vasallos de Castilla. Dado el interés del texto lo reproducimos a continuación:

 

Y consultado fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón e nos tuvímoslo por bien, por lo cual damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la forma y manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León, con tanto que los que son súbditos, solamente por la razón del Imperio, y no de patrimonio, puedan ir a poblar y tratar siendo casados y llevando sus mujeres allá o casándose dentro de un año que allá llegare o dar seguridad de estar y permanecer en las dichas Indias diez años...".

 

          Al año siguiente fue ratificada esta apertura a los súbditos del Imperio por una Real Cédula dirigida a prelados, Condes, Marqueses, etcétera y que por su importancia la transcribimos parcialmente en las líneas siguientes:

 

Damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales de todos los nuestros reinos y señoríos y así mismo a todos los súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos y Señoríos de Castilla y León...

 

          El término de "súbditos patrimoniales" al que se alude en la Real Cédula de 1525, parece referirse a los vasallos del reino de Aragón, que desde este mismo momento  y no antes  tuvieron permiso para emigrar a las Indias y establecerse allí como lo hacían los súbditos de Castilla y León. No obstante, la igualdad no fue total, pues, cuando se trataba de "mercadear" o de viajar como maestres debían continuar solicitando una licencia especial, como hizo el valenciano Francisco Picón, el cual recibió expresa autorización, en 1526, para ir con nuestros navíos a las nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano o a cualquier parte de ellas a contratar y rescatar y mercadear como lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos de Castilla, sin vos poner en ello embargo ni impedimento alguno...

Este texto indica claramente que, aún después de 1525, la libertad de los súbditos de Aragón no fue igual a la de los castellanos, perviviendo además varias décadas, dado que, en 1538, encontramos de nuevo otra licencia de estas características otorgada a un tal Miguel Raguso, natural de Cataluña, para ir libremente por maestre a las Indias a causa de estar por nos mandado que ningún extranjero de estos reinos pase por maestre a las dichas nuestras Indias…

Todavía, en 1536, se notaban ciertos recelos de los castellanos hacia los aragoneses, según se deduce de un hecho ocurrido en Tierra Firme, cuando los castellanos se levantaron contra la tiranía de un capitán aragonés. Este suceso lo describió el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo con gran agudeza, como se puede observar en las líneas siguientes:

Y que no querían ser mandados de un aragonés. Y a este propósito había otras palabras mal dichas y desacatadas; porque los soldados de cuan grande o pequeña calidad que sean, no han de dejar de obedecer al capitán que el Príncipe y su Rey y Señor natural les daba, porque sea aragonés, ni escocés, ni de otra cualquiera nación...

 

En definitiva, los aragoneses aunque presentes de hecho en las Indias desde prácticamente su descubrimiento, legalmente nunca gozaron de los mismos privilegios que los castellanos y leoneses, como quiera  dice Fernández de Oviedo  que aquellos fueron los que las Indias descubrieron; y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos o vasallos del patrimonio real del Rey Católico...

Con el paso de los años el paso de los súbditos del reino de Aragón se normalizó totalmente equiparándose en privilegios a los naturales de Castilla. Así, en 1568 en los capítulos que se expidieron para la reforma de la Carrera de Indias se afirmó que muchos extranjeros pasaban libremente a las Indias diciendo que son gallegos y otros diciendo que son catalanes... Por ello está claro que cuando en las Cortes de Monzón de 1595 se estableció definitivamente la total igualdad entre los castellanos y los aragoneses en el paso a las Indias ya era un hecho consumado desde hacía varias décadas.

A continuación vamos a intentar dar una explicación a los motivos que llevaron a los Reyes Católicos a incorporar los nuevos reinos descubiertos al otro lado del Atlántico exclusivamente a la Corona de Castilla. Realmente, la controversia en torno a si los aragoneses, en los primeros momentos del Descubrimiento, podían beneficiarse de las riquezas del Nuevo Mundo en igualdad de condiciones con los castellanos es muy antigua, remontándose a los primeros años del periodo colonial, y llegando la discusión historiográfica, incluso, a nuestros días.

En el mismo siglo XVI Antonio de Herrera y Gonzalo Fernández de Oviedo sostuvieron que las nuevas tierras descubiertas tan sólo se incorporaron al Reino de Castilla, alegando que fueron ellos y no los aragoneses quienes las descubrieron, y haciendo llegar esta situación hasta la muerte de Isabel de Castilla, en 1504. En abierta contradicción con esta postura, Veitia Linaje y Antúnez y Acevedo sostuvieron la igualdad de ambas Coronas en relación al Nuevo Mundo desde el primer momento de la colonización.

En la actualidad, y como hemos afirmado en líneas anteriores, la historiografía tampoco ha llegado a un acuerdo definitivo, pues, mientras para Juan Manzano tan sólo se incorporó a Castilla, con el fin de eludir el ordenamiento normativo aragonés, sus fueros y su sistema pactista, para Demetrio Ramos, la exclusión fue sólo aparente sin mostrar en ningún momento una intención real de apartarlos de la emigración a las Indias.

A mi juicio, la exclusión se debió, de acuerdo con Manzano, a un intento de los monarcas de evitar el sistema pactista aragonés y en definitiva los privilegios que mermaban el poder de la realeza. No en vano algo parecido había ocurrido años antes con la conquista de Navarra que se incorporó a Castilla en vez de a Aragón con el expreso fin, según el padre Mariana, de que no se aprovechasen de las libertades de los naturales de este último reino, muy odiosas siempre a los reyes de todas las épocas… Evidentemente con la incorporación de los reinos indianos a Castilla se evitó la implantación en esos territorios de los fueros de Aragón, y de todas las limitaciones para la autoridad real que eso hubiera conllevado.

En general y como veremos en las páginas posteriores la exclusión se extendió a todos el reino de Aragón, incluyendo, pues, a Cataluña, Valencia y Mallorca. En realidad, no hubo causas específicas como se han pretendido buscar para excluir a estas otras regiones sino que simplemente como territorios vinculados a la Corona de Aragón quedaron también sometidos a la exclusión.

Ahora bien, pese a la legislación, en la práctica hubo aragoneses vinculados a la empresa indiana desde los orígenes de la colonización. Incluso algunos de ellos de una gran influencia como Pedro de Margarit, que fue en el segundo viaje del primer Almirante, el ya mencionado fray Bernardo Boyl o el obispo fray Julián Garcés O.P. Estaba claro que, en primer lugar, América necesitaba pobladores y para ello se abrió frecuentemente la mano no sólo a aragoneses sino a genoveses, portugueses, florentinos, etc. A la Corona no le importaba el paso de aragoneses individuales a las Indias sino sobre todo que aceptasen la legislación castellana en esos nuevos territorios. En los registros de la Casa de la Contratación que están siendo publicados aún en la actualidad se encuentran asentados algunos de los aragoneses que cruzaron el atlántico. Su reducido número no debemos explicarlo tanto en las trabas legales que nunca fueron un impedimento serio sino más bien al escaso interés en esos primeros tiempos del aragonés por el Nuevo Mundo. Así, se explica además la nula oposición presentada en el Reino de Aragón a su teórica exclusión de los beneficios que el Nuevo Mundo podría reportar.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias” Revista de Historia Social y Económica de América Nº 12, Alcalá de Henares, 1995, pp. 37-53.

 

------ y GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Adolfo: “Legislación en torno a la emigración de aragoneses a América en el siglo XVI”, VII Congreso Internacional de Historia de América, Zaragoza, 1998, pp. 391-398.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HISTORIA DE UN MITO: CORSARISMO Y CORSARIOS FRENTE AL IMPERIO (SIGLOS XVI AL XVIII)

HISTORIA DE UN MITO: CORSARISMO Y CORSARIOS FRENTE AL IMPERIO (SIGLOS XVI AL XVIII)

        Nunca se consideró fácil derrotar a una armada española, siempre ordenada y disciplinada, precisamente algo de lo que carecían los buques enemigos. A ello habría que añadir tres matices más:

         En primer lugar, que la mayor parte de estos bandidos –piratas, corsarios, bucaneros o filibusteros- perecieron de manera violenta, en combate, ahogados, ajusticiados o, lo que es peor, a manos de sus propios correligionarios. Por ejemplo, Jean David Nau, conocido como El Olonés, perdió la vida a manos de los indios, cuando intentaba alcanzar el lago Nicaragua. Otros murieron en enfrentamientos con sus propios compatriotas, como Nicolás Van Horn, quien perdió la vida a manos del afamado pirata Laurent de Graff, Lorencillo, tras el asalto de Veracruz. Muy pocos, murieron plácidamente en su lecho y menos aún ricos.

         En segundo lugar, que estos no formaban ninguna legendaria nación corsaria sino que entre ellos había frecuentes conflictos y traiciones. No solo entre franceses, ingleses y holandeses, sino entre estos y piratas y bucaneros sin patria, e incluso entre compatriotas que no solían tener escrúpulos en asesinar a un correligionario si ello les permitía una mayor cuota de poder. Obviamente nunca fueron precisamente un modelo a imitar sino que fueron por lo general personas de la peor calaña, sin principios ni valores, dispuestos a conseguir sus objetivos a cualquier precio. El propio Alexander Oliver Exquemelin, el llamado médico de los piratas, que vivió entre ellos, se encargó de narrar con detalle sus crueldades y brutalidades.

         Y en tercer lugar, que se conocen bien los asaltos corsarios a ciudades y villas portuarias de la América Hispana pero no los fracasos pese a que fueron más numerosos y algunos de ellos no menos sonados. Son de sobra conocidos los asaltos de Francis Drake a Santo Domingo o a Cartagena de Indias pero apenas se habla de las derrotas que este mismo corsario y John Hawkins, sufrieron frente a las defensas hispanas. Por ejemplo, en 1568 desembarcaron en San Juan de Ulúa pero, al poco tiempo, se presentó la flota española que fondeó atónita junto a la armada corsaria. Pese a disponer la flota de un solo galeón de guerra, la capitana, se las arreglaron junto a las escasas tropas de tierra para atacar a los ingleses, hundiendo y tomando varios de sus buques, mientras que sólo dos de ellos, el Minion y el Judith consiguieron huir, abandonando buena parte del botín robado hasta ese momento. Dicen que desde entonces se escuchó decir a Francis Drake en más de una ocasión: España me debe mucho dinero… En 1575 el corsario inglés Oxenham estuvo hostigando la costa pacífica centroamericana, pero fue capturado por el capitán Pedro de Ortega, recuperado todo el botín robado y ejecutado. El 24 de enero de 1600, el corsario inglés Christopher Newport se presentó en el puerto de Santiago de la Vega de Jamaica, con nada menos que 16 buques. Mientras las campanas de las iglesias alertaban a los vecinos, el gobernador Melgarejo de Córdoba organizó la defensa. Pese a disponer de ¡una sola pieza de artillería! Se le ocurrió la idea de soltar en el momento oportuno una manada de toros bravos, al tiempo que disparaba la lombarda, desconcertando de tal manera a los corsarios que, espantados, decidieron reembarcarse. En 1623 una armada corsaria liderada por los holandeses L´Hermite y Pieter Schouten fracasó sucesivamente en sus intentos de tomar El Callao, Guayaquil, Pisco y Acapulco. Otra escuadra, comandada por Balduino Enrico, atacó San Juan de Puerto Rico, encontrándose con la valerosa resistencia del gobernador Juan de Haro, que se negó a capitular pese a que fue compelido por carta en dos ocasiones. El corsario incendió la ciudad, pero se vio obligado a reembarcarse sin haber conseguido su objetivo de rendir la fortaleza. Pero al holandés le esperaba un revés aún peor, pues desde allí se dirigió a La Habana, ciudad que no pudo tomar ante la titánica resistencia de los defensores de la plaza.

         Entre 1630 y 1654 fuerzas españolas derrotaron y expulsaron en cuatro ocasiones a los corsarios y bucaneros de la isla de la Tortuga, su verdadero santuario en el Caribe, algo así como el Portobelo corsario. Un año antes, una escuadra a las órdenes de Federico de Toledo ocupó e incendió la colonia franco- inglesa de Saint Kitts, en Guayana. Es decir, que España no sólo se defendía de las acometidas corsarias sino que también, cuando le parecía oportuno, asolaba los territorios de las potencias enemigas que no estaban ni muchísimo menos mejor defendidos que los puertos hispanoamericanos. Bien es cierto que los extranjeros no tardaban en regresar porque los hispanos no tenían potencial para ocuparlos permanentemente. Pero quede claro que si ingleses, franceses y holandeses mantuvieron sus santuarios fue por la imposibilidad de los hispanos de poblar territorios teóricamente poco productivos.

         En 1655, como es bien sabido, los ingleses obtuvieron uno de los mayores éxitos de su historia al tomar la isla de Jamaica. Pero hay un detalle que se suele obviar y que, a mi juicio, es muy significativo: el objetivo inicial era Santo Domingo, donde en inferioridad de condiciones, Bernardino Meneses de Bracamonte y Zapata, Conde de Peñalba, presentó una resistencia titánica y consiguió rechazarlos, aprovechándose de ciertas diferencias entre los asaltantes. La decisión de los ingleses de quedarse con Jamaica, cuyo acierto siempre se alabó, se tomó circunstancialmente tras desistir del asalto a la capital Primada. Asimismo, en julio de 1661 varios navíos franceses atacaron el puerto de Campeche, mientras los vecinos huían al monte. Pero al día siguiente, observando que las fuerzas enemigas no eran tan numerosas decidieron acometerlos, matando a 15 de ellos y apresando a cinco, mientras el resto debía huir precipitadamente.

         Finalmente, debemos añadir otras dos cuestiones: una, que los corsarios pudieron asaltar algunos puertos españoles y tomar algunas islas y territorios despoblados, pero jamás consiguieron arrebatar aquellos territorios donde los hispanos estaban bien arraigados. Y otra, que además de las derrotas corsarias y de los asaltos fallidos que suele omitir la historiografía, lo que jamás podremos cuantificar es el grado de disuasión que las defensas hispanas generaron entre sus adversarios.

 

PARA SABER MÁS

-P. Gosse, Quién es quién en la piratería. Hechos singulares en las vidas y muertes de los piratas y bucaneros, Sevilla, Editorial Renacimiento, 2003.

 

-M. Lucena Salmoral, Piratas, bucaneros, filibusteros y corsarios en América. Madrid, MAPFRE, 1994.

 

-M. A. Massisimo, Piratas y filibusteros, Barcelona, Ediciones Telstar, 1967.

 

-E. Mira Caballos, las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

-------“Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España, Hugo O`Donnell, Dir. Madrid, Ministerio de Defensa, 2013, pp. 143-194.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

SOBRE CATALINA SUÁREZ, PRIMERA ESPOSA DE HERNÁN CORTÉS

SOBRE CATALINA SUÁREZ, PRIMERA  ESPOSA DE HERNÁN CORTÉS

Pese a la extensa bibliografía que existe sobre la vida y la obra de este conquistador universal lo cierto es que, por difícil que esto pueda parecer, aún quedan múltiples interrogantes sobre su vida. No debemos olvidar en este sentido, y por citar un ejemplo representativo, que aún no han sido estudiadas en profundidad las miles de páginas que se conservan del que fue su juicio de residencia.

En estas líneas queremos contribuir a la biografía del conquistador de Medellín, aclarando ciertos aspectos desconocidos relacionados con su primera esposa, Catalina Suárez Marcayda. No debemos olvidar que hasta la fecha ni tan siquiera existía acuerdo en algo tan básico como su propio nombre, pues mientras unos biógrafos la denominaban Catalina Marcayda para otros era Catalina Xuárez Marcayda, o incluso, Catalina Juárez. El prestigioso historiador Salvador de Madariaga ha afirmado que está cuestión de su primer matrimonio y su enfrentamiento con Diego Velázquez "es algo intrincada y oscura, pues los cronistas no están de acuerdo sobre motivos y hechos, no sólo de unos a otros sino a veces cada uno de ellos consigo mismo".

Este desconocimiento se debía básicamente a la falta hasta la fecha de referencias documentales al respecto. No en vano, casi todos los aspectos que conocíamos relacionados con este asunto se basaban exclusivamente en las escuetas referencias que ofrecieron los cronistas Bernal Díaz del Castillo, Juan Suárez de Peralta -sobrino de Catalina- y el propio Hernán Cortés en sus conocidas "Cartas de Relación".

En este presente estudio vamos a dar a conocer algunos aspectos biográficos inéditos referidos a la primera esposa de Hernán Cortés, Catalina Suárez, y a su ascendencia familiar. Para ello nos basaremos en dos documentos inéditos localizados en el Archivo General de Indias, a saber: uno, la probanza de méritos que presentó su sobrino, Luis Suárez de Peralta, con la intención de conseguir una regiduría en la ciudad de México, y dos, el expediente e información para pasar a las Indias de Lorenzo Suárez de Peralta, también descendiente de la esposa del conquistador de Medellín.

 

EL ORIGEN DE LA FAMILIA

 

Como ya hemos afirmado, los orígenes familiares de la esposa de Hernán Cortés eran hasta hace poco tiempo muy controvertidos, pues, apenas si disponíamos de referencias documentales fiables. Francisco López de Gómara afirmó que Juan Suárez de Peralta -al igual que su hermana Catalina-, era natural de la ciudad de Granada. Sin embargo, esta afirmación del cronista de Carlos V hemos de ponerla en duda. Ya Justo Zaragoza en el tercer tercio del siglo XIX dejó bien claro que Juan Suárez de Peralta y sus hermanas habían nacido en Ávila. Esta es la tesis que ha prevalecido desde entonces dada su solidez documental, pues, no debemos olvidar que fue el propio sobrino de Catalina, Juan Suárez de Peralta, quien hizo tales afirmaciones en su "Historia del Descubrimiento y Conquista de México". Por otro lado, gracias a una referencia documental, sabemos que los padres de Catalina Suárez se llamaban Gonzalo Suárez y María de Marcayda.

El problema real comienza a la hora de intentar establecer el momento en el que Catalina Suárez arribó al Nuevo Mundo. Según Perissinotto, Catalina Suárez arribó a la Española, junto a su familia, el 9 de julio de 1509, en el séquito que acompañaba a doña María de Toledo. Sin embargo, hemos de poner en duda esta afirmación a la luz de los nuevos documentos que presentamos.

En la información se afirma con cierta rotundidad que Juan Suárez de Peralta -hermano de Catalina- llegó a la Española en la flota de frey Nicolás de Ovando. En el encabezamiento de la probanza lo primero que dice Luis Suárez de Peralta es que su padre -hermano de Catalina- "fue uno de los primeros descubridores, conquistadores y pobladores de la ciudad e isla de Santo Domingo, en la cual le fue(ron) dados muchos indios de repartimiento en gratificación de los mucho ssque trabajó y gastó en el dicho descubrimiento y conquista". Además, la pregunta cuarta de la probanza deja pocas dudas al respecto al decir lo siguiente:

 

          "Si saben que puede haber cincuenta años poco más o menos que el dicho Juan Suárez vino de España con el Comendador Mayor don frey Nicolás de Ovando y llegados que fueron a la isla Española que ahora llaman de Santo Domingo el dicho Juan Suárez se halló en todas las conquistas y pacificaciones que se hicieron y fueron necesarias así en las conquistas a donde fue personalmente el dicho Comendador Mayor como en otras..."

 

 

Todos los testigos respondieron afirmativamente a esta consulta aunque sin aportar datos más concretos ya que todos ellos reconocieron que no se encontraban en América cuando ocurrieron aquellos hechos. Incluso, se puede apreciar una gran imprecisión en cuanto a las fechas, pues, ninguna coincide con el año de 1502. Así, pese a que la probanza se realizó en 1560, los testigos respondieron de forma unánime que Juan Suárez llegó en la flota del Comendador Mayor a la Española "hacía 50 años poco más o menos", retrasando el arribo de Ovando a la Española hasta 1510. Igualmente Alonso de Herrera, representante de Luis Suárez de Peralta, declaró en 1567 que el padre de su representado fue a las Indias con frey Nicolás de Ovando hacía unos 55 años poco más o menos de forma que, si tomáramos en cuenta este dato, debió llegar en 1512.

No obstante, la total coincidencia de todos los testigos y del propio Luis Suárez de Peralta, al afirmar que su padre llegó en la flota de frey Nicolás de Ovando creemos que tiene suficiente credibilidad como para darla por cierta. Las imprecisiones cronológicas se deben, sin duda, a dos circunstancias, a saber: primera, a la lejanía en el tiempo de dichos acontecimientos, y, segunda, a que ninguno de los declarantes estuvo en la Española por esos años.

Así, pues, podemos decir que Juan Suárez de Peralta llegó a la Española en 1502, participando en la conquista de la isla y recibiendo, en compensación por los servicios prestados, una encomienda de indios. Una vez que Juan Suárez de Peralta se asentó en la isla, tras la finalización de su conquista y pacificación, envió a buscar a España al resto de su familia, entre ella a su hermana Catalina que no debió arribar a la Española antes de 1505.

No obstante, los conquistadores eran muchos y el botín para repartir poco por lo que la familia Suárez de Peralta decidió marcharse a la vecina isla de Cuba, en la flota del adelantado Diego Velázquez. Este período comprendido entre 1512, fecha en la que llega a la isla, y 1520, momento en el que Juan Suárez de Peralta partió para México es de suma importancia en la vida de la familia. Nuevamente el hermano de Catalina, participó activamente en la conquista y pacificación de un nuevo territorio, la isla de Cuba.

Una vez pacificada ésta, los Suárez de Peralta se avecindaron en la ciudad de Santiago, recibiendo Juan Suárez una buena encomienda de indios en remuneración por sus servicios. Así, por ejemplo, el testigo Antón de Rojas declaró a la pregunta sexta del interrogatorio lo siguiente:

 

          "Que este testigo vio al dicho Juan Suárez que por sus servicios el dicho adelantado don Diego Velázquez le dio indios de repartimiento los cuales vio este testigo que le servían en la dicha ciudad de Santiago de Cuba y que era persona tenida y habida por tal conquistador de la dicha isla..."

 

Pasado algún tiempo y una vez lograda una cierta estabilidad económica -gracias a una buena encomienda de indios-, comenzó la ascensión social de la estirpe. Y el hecho más trascendental en este proceso fue sin duda el matrimonio de Catalina Suárez Marcayda con el futuro conquistador de México, Hernán Cortés.

 

SU MATRIMONIO CON HERNÁN CORTÉS

 

Nuevamente queremos insistir en lo controvertida que es la cuestión, pues, no en vano, hay historiadores que dudan incluso que el enlace se llegase a celebrar. Por lo demás, existía cierto escepticismo a la hora de establecer el parentesco exacto entre la primera mujer del conquistador de México y la familia Suárez de Peralta. Y finalmente, y como es bien sabido, se acusa al mismo Hernán Cortés de causar la muerte de su esposa.

En relación, pues, a este matrimonio entre el conquistador de México y Catalina Suárez se ha escrito mucho, apareciendo tres posiciones opuestas: la primera, que el compromiso de matrimonio se rompió antes de realizarse. La segunda, que fue un matrimonio sin amor, consumado por las presiones que ejerció el teniente de gobernador Diego Velázquez sobre un jovial Hernán Cortés. Y la tercera, que realmente fue un casamiento en toda regla donde dos enamorados optaron por unir sus vidas.

Por supuesto, en esta probanza queda bien claro que efectivamente el matrimonio de Catalina Suárez y Hernán Cortés se llegó a oficiar en la isla de Cuba. Así, por citar un ejemplo concreto, Antón de Rojas declaró a la tercera pregunta que "en esta ciudad (se refiere a México) se dijo y publicó que la mujer primera del dicho Marqués del Valle era tía del dicho Luis Suárez y Juan Suárez y que era hermana de su padre del dicho Juan Suárez..."

Por lo demás, las relaciones entre la familia Suárez y el conquistador de Medellín fueron muy fluidas tanto antes como después de la Conquista de México. Concretamente, en esta probanza se pone de manifiesto que, a la partida de Hernán Cortés rumbo a su gesta conquistadora en el continente, éste dejó a Juan Suárez de Peralta encargado de la administración de sus haciendas, pidiéndole asimismo que abonase las deudas que había dejado para armar la flota. Concretamente el testigo Andrés de Tapia declaro sobre este particular lo siguiente:

 

"Que se había quedado a ruego del dicho Hernando Cortés su cuñado, en la administración de su casa, minas, pueblos y haciendas y que oyó decir al dicho Altamirano, que de ordinario residía en las casas del dicho Cortés y que el dicho Juan Suárez tenía ciertas partes de haciendas entre las que administraba y que asimismo sabe este testigo y oyó decir... que el dicho marqués había quedado a deber muchas sumas de pesos de oro para hacer la jornada que hizo para esta Nueva España..."

 

Obviamente, esta cordialidad entre Cortés y su cuñado muestra una magnífica relación entre el conquistador de Medellín y su familia política. Nada hace sospechar la posibilidad de agravios del conquistador de México hacia su primera esposa.

 

LA MARCHA DE CORTÉS

También se ha afirmado que Cortés abandonó a su esposa cuando fue a la Conquista del Imperio Azteca, afirmación con la que, a la luz de los nuevos documentos investigados, no estamos totalmente de acuerdo. Evidentemente Cortés marchó con sus hombres para enfrentarse a un mundo desconocido y no había lugar en esa expedición para las familias. Pero, como ya mencionado en líneas precedentes, a su marcha, las relaciones con su cuñado, Juan Suárez de Peralta, eran tan buenas que Cortés lo dejó encargado de sus bienes en Cuba.

Por la probanza sabemos que Juan Suárez de Peralta permaneció en Cuba, tras la marcha de Cortés, el poco más de un año comprendido entre el 18 de febrero de 1519 -fecha en que partió el conquistador del Imperio Azteca- y el 6 de julio de 1521 en que el hermano de Catalina arribó por fin a México. Efectivamente el testigo Andrés de Tapia manifestó que Juan Suárez se quedó en Cuba "a ruego del Marqués" para que administrase sus haciendas y satisficiese todas las deudas que había dejado en el apresto de su armada. En esos 16 meses Juan Suárez vendió tanto las propiedades de su cuñado como las suyas propias, pagando las deudas pendientes y consiguiendo algunos fondos para el apresto de una carabela portuguesa que compró a "un fulano de Nájera". La pregunta sexta de la probanza iba al fondo de esta cuestión al decir lo siguiente:


          "Si saben que la dicha carabela fue el primer navío que vino a esta Nueva España en busca del dicho Marqués después que él partió de la dicha isla de Cuba y si saben que vino con licencia y despachado por mandado del licenciado Zuazo, teniente de gobernador que a la sazón tomaba y estaba tomando residencia al dicho adelantado Diego Velázquez, el cual dicho Diego Velázquez entretuvo al dicho Juan Suárez muchos días que no les dejaba partir embargándole por muchas vías porque el dicho Marqués no tuviese socorro..."

 

 

La llegada de Juan Suárez se produjo concretamente en el intervalo comprendido entre la derrota de los españoles en la Noche Triste, ocurrida como es de sobra conocido el 30 de junio de 1521, y unos días antes de la victoria definitiva sobre los aztecas en la Batalla de Otumba, contienda librada el 7 de julio del mismo año. Pero, a diferencia de lo que se había pensado en torno a que Juan Suárez marchó a México en compañía de su madre y de sus hermanas -entre ellas la esposa de Cortés-, lo cierto es que en esta probanza queda bien claro que viajó sólo. Posteriormente, una vez conquistada la capital del Imperio Azteca, volvió al menos a por su hermana Catalina. Y fue concretamente Juan Suárez quien acudió, en el mismo año de 1521, a por su hermana, con dos navíos bien pertrechados y, según parece, a ruego del propio Cortés. Es más, según se afirma en la probanza, a su llegada a Nueva España fue "el Marqués a recibirla y que la trajo a Culuacán y que hizo vida maridable con ella hasta que falleció".

 

LA MUERTE DE CATALINA SUÁREZ

La tesis sostenida tradicionalmente es que Catalina murió en octubre de 1522, en condiciones extrañas, pocos minutos después de haber mantenido una fuerte discusión con su marido. Al parecer, la finada estuvo en una fiesta con Hernán Cortés hasta más allá de las diez de la noche. En ese momento, según numerosos testigos, los esposos tuvieron una pequeña disputa, ella se sintió ridiculizada en público y se marchó llorando a sus aposentos. Según su camarera personal, la cosa no fue a mayores, pues, verificó que la ayudo a cambiarse y la dejó acostada aparentemente sana y tranquila. Poco más de una hora después, antes de mediar la media noche, estaba muerta. En ese momento, Hernán Cortés avisó a cinco mujeres para que la amortajaran. Se trataba de la camarera personal de Catalina, Antonia Hernández, las tres doncellas de la casa, Juana López, esposa de de Alonso Dávila, Ana Rodríguez, esposa de Juan Rodríguez, Violante Rodríguez, mujer de Diego de Soria, y al ama de llaves de Juan de Burgos, María de Vera. La más afectada fue sin duda su camarera personal, Antonia Hernández, que había vivido con Catalina desde 1514 y que quedó verdaderamente desolada. En cambio, Cortés se mostró extremadamente nervioso, dando puñetazos en las paredes, por lo que debieron llamar a fray Bartolomé de Olmedo para que lo calmara. Esos son a groso modo los hechos ocurridos.

Históricamente ha habido un ardoroso debate entre los que pensaban que la muerte fue natural y los que sostenían la tesis del asesinato. Yo debo reconocer que durante mucho tiempo pensé y hasta publiqué que la acusación debía ser una difamación más de los muchos enemigos del medellinense. Sin embargo, después de leer y releer los testimonios de los testigos presenciales, fundamentalmente de la camarera personal y de las otras mujeres que la amortajaron, debo reconocer que albergo bastantes dudas, por las circunstancias cuanto menos extrañas en las que perdió la vida.

La tesis hispanista fundamentaba la negación del homicidio en el carácter enfermizo de Catalina Suárez. Ellos sostenían que doña Catalina padecía gravemente del corazón y que con frecuencia quedaba gran rato amortecida y fuera de su sentido. En esta línea se mostraron historiadores tan solventes como Salvador de Madariaga:


"Su salud no era nada buena. Padecía de asma y es seguro que hallaría difícil aclimatarse a la altura deMéxico después de tantos años al nivel del mar en Santiago de Cuba"

 

En el interrogatorio sobre su muerte, realizado en 1529, varios testigos aludieron a este carácter enfermizo de doña Catalina. Así, por ejemplo, Antonio Velázquez declaró lo siguiente:


"Que muchas veces vio a la dicha Catalina enferma y así la tenían por mujer enferma y que era delicada y que algunas veces le tomaba un mal que estaba como muerta y que quedaba del dicho mal muy fatigada".

 

Al parecer, la hermana de Catalina también murió joven, de forma repentina y con los mismos síntomas. Esto, a juicio de los que niegan el homicidio, podría indicar alguna enfermedad congénita de las dos hermanas. Las acusaciones de homicidio, según Fernández del Castillo, fueron promovidas por la primera Audiencia de México con la intención de acabar con el abrumador dominio político del conquistador de México.

La segunda prueba que argumentan los detractores de la tesis del homicidio, insisten en el respeto que, tras su fallecimiento, mostró Hernán Cortés por su difunta esposa. Según Madariaga, llevó luto prácticamente hasta su boda con doña Juana de Arellano y Zúñiga en 1529. Además, dispuso una conmemoración anual que por su alma debía celebrase en la capilla del hospital de la Concepción. Asimismo, aunque no tuvo hijos con ella, sabemos que de los 11 vástagos que tuvo, entre legítimos y naturales, nada menos que a tres hijas le puso el nombre de Catalina.

Bueno, aun aceptando la idea de que mantuvo el luto hasta 1529, lo cierto es que la apariencia era algo importante en la sociedad de la época, y además parecía lo más conveniente para defender su inocencia. El hecho de que, posteriormente, pusiera el nombre de Catalina a tres de sus hijas implica posiblemente un acto de recuerdo o de arrepentimiento hacia su difunta esposa. Ahora bien, pese a los argumentos de los detractores de la tesis del homicidio, lo cierto es que la noche en que ocurrieron los hechos, Hernán Cortés mostró algunos comportamientos muy sospechosos, a saber:

Primero, la finada durante la fiesta no mostró el más mínimo síntoma de estar enferma. Más bien, al contrario, se mostró muy alegre y tranquila hasta la disputa con su marido.

Segundo, cuando Hernán Cortés dio la voz de alarma, ya estaba muerta su esposa. No dio ninguna señal de alerta durante el trance. Simplemente envió a su camarero Alonso de Villanueva para que buscase a las mujeres para que preparasen el cadáver.

Tercero, de las declaraciones de estos testigos presenciales se desprende que observaron en el cadáver algunas cosas que les parecieron raras y que levantaron sus sospechas, a saber: una, que tenía moratones en el cuello. Dos, que estaba toda descabellada como si hubiese opuesto resistencia a alguien. Tres, que se había orinado encima. Y cuatro, que había desparramadas en el suelo cuentas rotas de una gargantilla de color azabache. Por ello, en ese momento murmuraron entre ellas que la había matado Cortés, pero no se atrevieron a decir nada por miedo a sus represalias. Sólo una de ellas, la más atrevida, María de Vera, le preguntó por los cardenales del cuello, a lo que Cortés respondió que se los produjo él al tirarle del collar cuando la vio amortecida. Luego comentó a sus compañeras que Cortés la había ahogado igual que el Conde Alarcos hizo con su mujer. Todas ellas declararon esas circunstancias, menos la camarera personal de doña Catalina, Juana López, que negó haber visto moratones algunos, ni las cuentas rotas de la gargantilla. A las 8 de la mañana llegaron a ver el cadáver María Hernández y una tal Gallarda y le quitaron la toca que le cubría la cabeza, hallando síntomas de ahogamiento y de resistencia, por los ojos salidos y muy abiertos –dijeron-, así como una gota de sangre encima de la frente y un rasguño en la ceja.

Y cuarto, el de Medellín ordenó taparle bien el cuello, meterla en un ataúd y clavar la tapa. Cuando Bartolomé de Olmedo le pidió que mostrara el cuerpo al pueblo para contrarrestar las sospechas que había de asesinato él se negó rotundamente. Tan sólo vieron sus restos mortales, además de Cortés, algunos de sus hombres de confianza y un grupo de mujeres que estuvieron en el entorno de la finada.

Es cierto que, Juan Suárez de Peralta, hermano de Catalina, continuó, hasta 1529 manteniendo una buena amistad con Hernán Cortés. Incluso, participó activamente en la pacificación de las provincias de Michoacán, Jalisco, Pánuco y Oaxaca, recibiendo en compensación la encomienda de Tamazulapa que, como es bien sabido, heredaría a su muerte su hijo mayor Luis. Cortés y su cuñado participaron juntos en la conquista y pacificación del Pánuco, enviándolo luego por su teniente y capitán al descubrimiento de la costa del Mar del Sur hasta el Soconusco. Pero, es más, unas décadas después, los sobrinos de doña Catalina no le reprocharon nada al conquistador, sino más bien al contrario, mostraban una cierta admiración por su célebre tío político.

Pero, todo ello son pruebas circunstanciales. Hernán Cortés y sus herederos gozaron de una fortuna considerable y de una gran influencia política. Enfrentarse a ellos era algo que no estaba al alcance de todos. La madre de la finada, María Marcayda, siempre estuvo convencida de que su hija murió asesinada, pero todos le desaconsejaron emprender un juicio contra el hombre más poderoso de Nueva España. En 1529, las cosas habían cambiado considerablemente. El poderoso conquistador había sido desalojado del poder y ahora sí que parecía factible hacerle pagar viejas deudas. Por ello, animada por Juan Suárez de Peralta, hermano de Catalina, se decidió a plantarle cara en dos procesos paralelos, uno en el que lo acusó de homicidio y otro, reclamando para ella y sus herederos el dinero de gananciales que obtuvo mientras estuvo desposado con su difunta hija. Cuesta creer que una madre, emprendiera todas estas acciones legales sólo por capricho o por dinero.

Nunca se podrá demostrar fehacientemente si murió asesinada o no, entre otras cosas porque el propio Cortés borró todo tipo de pruebas lo más rápidamente que le fue posible. Pero nadie puede dudar que al metellinense no le faltaban razones para hacerlo: en primer lugar, de acuerdo con José Luis Martínez, por los justificados celos que mostraba Catalina. Ésta debió llevar muy mal la actitud de su marido que, en esos momentos, fue padre por primera vez con su concubina mayor, doña Marina. Por tanto, no es de extrañar que el de Medellín no pudiese soportar más las presiones de su legítima esposa. Y en segundo lugar, porque otra de las grandes obsesiones del metellinense, además de las mujeres, fue el ennoblecimiento de su linaje. Y para ello, Catalina era un estorbo insalvable. Si quería desposarse con una importante dama castellana y tener hijos de alta alcurnia con los que perpetuar su apellido, la desaparición de Catalina era necesaria. El testimonio de María Hernández, esposa de Francisco de Quevedo, que era amiga y confidente de Catalina desde sus años en Cuba, es absolutamente clarificador. Cuando supo la muerte de Catalina no se sorprendió porque la finada le había contado su temor de que su marido acabara con su vida:


"Catalina tenía mucha conversación y amistad con este testigo porque se conocían de Cuba, y contándole la dicha doña Catalina muchas veces a este testigo la mala vida que pasaba secretamente con el dicho don Fernando Cortés y como la echaba muchas veces de la cama debajo de noche y le hacía otras cosas de maltratamiento, le dijo a este testigo: ¡ay, señora la de Quevedo, algún día me habéis de hallar muerta a la mañana, según lo que paso con el dicho don Fernando!"

 

           Pero mucho más elocuente era la causa por la que creía que asesinó a Catalina: lo hizo, según era opinión generalizada en Nueva España, porque pretendía casarse con otra mujer de más estado. Una pretensión que, al parecer, el mismo medellinense confesó a su capitán de la guardia, Cristóbal Corral, al día siguiente del fallecimiento de su infortunada esposa.

 

PARA SABER MÁS:

 

GÓMEZ-LUCENA, Eloísa: Españolas del Nuevo Mundo. Madrid, Cátedra, 2013.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Aportes a la biografía de Hernán Cortés: su matrimonio con Catalina Suárez”, en Fray Bernardino de Sahagún y su tiempo. León, Universidad, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés: el fin de una leyenda. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

LOS ORÍGENES DE LA INQUISICIÓN EN HISPANOAMÉRICA

LOS ORÍGENES DE LA INQUISICIÓN EN HISPANOAMÉRICA

          Desde los primeros años de la Colonización la Corona se preocupó por el control de la emigración a las Indias con vistas, por un lado, a reservarse para sí el monopolio de las riquezas del Nuevo Mundo, y, por el otro, a impedir la entrada de judeoconversos y personas de dudosa moral que diesen mal ejemplo a los indígenas. El cumplimiento y ejecución de tales leyes se controló desde un principio por la Casa de la Contratación de Sevilla, institución que desde 1509 recibió la orden de registrar a todos los pasajeros que se embarcaban para las Indias, limitando el tráfico a una serie de grupos de excluidos como los extranjeros, los herejes y los no católicos. Sin embargo, esta legislación prohibitiva no fue suficiente para evitar que los jurídicamente apartados pasasen a las Indias sin excesivas dificultades, como lo demuestran las altas cotas de emigración ilícita.

           En relación a los judeoconversos las prohibiciones se repitieron en numerosas ocasiones: 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Tan sólo hubo una excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513 en la que se les autorizó a permanecer en América un máximo de dos años. Sin embargo, pese a la legislación prohibitiva pasaron muchos judeoconversos a las Antillas en las primeras décadas de la colonización. Así, en 1517 los Jerónimos en una carta dirigida al Cardenal Cisneros le informaron de lo numerosos que eran los herejes y conversos que allí habían llegado "huyendo de la inquisición". Incluso en 1526, en un juicio sobre unos conversos que habían ejercido oficios públicos, se declaró que había otros muchos en la Española que usaban los oficios públicos y reales.

           Evidentemente, queda claro que pese a las prohibiciones legales hubo una emigración constante de judeoconversos y perseguidos por la Santa Inquisición que no encontraban ningún tipo de problemas para embarcarse rumbo a las Indias. En este sentido, conocemos el caso, sumamente representativo, de un judeoconverso, llamado Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva) y natural de Casas Rubias que fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos, presentados en un juicio que se le hizo, afirmaron que su padre fue judío "y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición y murió con Sambenito". Alonso Rubuelo, siendo mayordomo del Señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con cierta suma de maravedís a Sevilla donde, sin ningún tipo de problemas, pudo embarcarse para las Indias, viviendo largos años en Panamá y disfrutando, incluso, de una encomienda de indios.

           Por lo demás, todo parece indicar que las ideas reformistas tuvieron muy poco eco en la América Hispana en estos primeros años de la colonización. Evidentemente la Corona puso un especial empeño para que los nuevos territorios no fuesen "contaminados" con unas ideas que hubiesen tenido desde luego importantes consecuencias políticas. Pero no se desconocían las ideas luteranas. En 1545, cuando aún vivía Martín Lutero, escribió Fernando de Lepe a Su Majestad, indicándole que las autoridades de San Juan no acataron una Real Provisión sobre la utilización común de las aguas, los pastos y los montes en la isla porque "la dicha Provisión Real era luterana, porque una de las opiniones de Lutero era que los bienes fuesen comunes". Queda claro, pues, que en América no se desconoció la problemática político-religiosa suscitada desde principios del Quinientos en Europa.

 

LOS PRIMEROS INQUISIDORES

           Desde muy temprano comenzaron a aparecer en las Antillas voces a favor de la introducción de la Inquisición, habida cuenta de la presencia de numerosos conversos en las Indias y de la relajación moral que se vivió en estos territorios. No debemos de olvidar que, como muy bien ha escrito Bartolomé Bennassar, la Inquisición no fue un simple instrumento de tortura sino "un prodigioso instrumento de poder político y control social al servicio del Estado centralista...". Desde el mismo instante en que los dominios españoles comenzaron a extenderse las autoridades se concienciaron de la necesidad de implantar la Inquisición para de esta forma mantener al otro lado del océano la pureza de la región católica. Era, pues, sólo cuestión de tiempo que la institución llegase al Nuevo Mundo.

            Parece ser que ya el primer Obispo de Santo Domingo, Francisco García de Padilla, y el de Concepción de la Vega, Pedro Suárez de Deza, recibieron poderes del Inquisidor General Jiménez de Cisneros para que fuesen inquisidores en sus respectivas jurisdicciones. Obviamente estos prelados no llegaron a ejercer el oficio ya que ni tan siquiera fueron a residir a sus respectivos Obispados. Sin embargo, todo parece indicar que en su lugar ejercieron estas funciones los respectivos cabildos catedralicios. Pero hacía falta quién coordinase la institución en toda la isla de ahí que, en 1516, manifestase el padre Las Casas al Cardenal Cisneros la necesidad que había en las Indias de un Inquisidor General, pues, se habían quemado dos apóstatas y había al menos 14 implicados más en casos de herejía. Poco después, es decir, en 1517, fueron los propios Jerónimos quienes señalaron la necesidad que había de "ministros de la Inquisición" por los "muchos herejes que han pasado y pasan". En un primer momento tal petición no fue escuchada pues se respondió que "de momento" no se debían enviar. Sin embargo, esta postura inicial fue reconsiderada en breve tiempo, dando poder el Cardenal Cisneros a los Jerónimos, para que "como inquisidores procediesen contra los herejes y apóstatas que hubiese".

           Debido a los abusos de los inquisidores de los cabildos catedralicios en 1519 se decidió, por fin, el nombramiento de dos Inquisidores Generales: el dominico fray Pedro de Córdoba y el Obispo de Puerto Rico, Alonso Manso. Sin embargo, el padre Córdoba apenas si llegó a intervenir como inquisidor dada, por un lado, su prematura muerte por tuberculosis el 4 de mayo de 1521, y, por el otro, su carácter tolerante y en cierta medida contrario al espíritu rígido de la Inquisición. Por ello, como Inquisidor General quedó en solitario el Obispo Manso quien sí que hizo uso de su poder desde su llegada a Puerto Rico, en 1521, hasta su fallecimiento ocurrido, como es bien sabido, el 27 de septiembre de 1539. No en vano, en un proceso sobre Juan Fernández de las Varas, apelado posteriormente al Inquisidor General en Castilla, el Cardenal Tortosa, tan sólo se menciona al Obispo Manso como Inquisidor General "de estas islas".

           Ahora bien, los inquisidores de estas islas, y en última instancia el propio fray Alonso Manso, dependieron en todo momento del Inquisidor General del Arzobispado de Sevilla. En este sentido, conocemos múltiples referencias documentales y amenazas con llevar a los condenados al castillo de Triana, donde se encerraban los presos de la Inquisición del Arzobispado sevillano. Incluso, hubo algunos envíos a Sevilla, como el de Juan de Villasante, quien, tras estar algún tiempo apresado en Puerto Rico, vino por él "un nuncio de los señores inquisidores de Sevilla" y se lo llevaron al Castillo de Triana. Asimismo detectamos envíos de ciertas cantidades de oro desde la isla de San Juan consignados al receptor de la Inquisición de Sevilla no sabemos por qué concepto aunque desde luego demuestran una relación fluida con el inquisidor de Sevilla. Evidentemente este vínculo debía estar relacionado con el carácter "metropolitano" del Arzobispado de Sevilla del que dependían, como es bien sabido, los primeros obispos de las Indias y a donde se apelaban en última instancia todos los pleitos tanto ordinarios como de inquisición.

           Así, pues, en Puerto Rico centralizó fray Alonso Manso la sede principal de la Inquisición no sólo en las Antillas Mayores sino también en las Menores y en la Costa de las Perlas. En la ciudad de Puerto Rico se estableció la máxima autoridad inquisitorial de estos extensos territorios caribeños. Fue precisamente en esta isla donde esta institución eclesiástica se hizo valer de forma más virulenta, afectando incluso a altos cargos de la isla. Conocemos numerosos casos generados en esta isla que afectaron a altos funcionarios reales, como, por ejemplo, al licenciado Sancho Velázquez, que había sido juez de residencia y repartidor de indios en San Juan, o a Blas de Villasante, tesorero de la misma isla. Incluso, conocemos el suceso ocurrido con un vecino de Puerto Rico, llamado Francisco de Morán, que fue prendido por la Santa Inquisición y estando en la cárcel pública "se desesperó y se ahorcó". El obispo Manso utilizó desde 1532 la casa del tesorero como cárcel para casos eclesiásticos, independiente, por supuesto, de la cárcel pública. En las demás islas ejercieron el cargo de inquisidores los distintos Obispos de cada una de ellas, aunque siempre bajo el nombramiento expreso de fray Alonso Manso.

           En el caso de la Española parece ser que tras la muerte de fray Pedro de Córdoba el poder de la Inquisición pasó al Obispo Geraldini sin que tengamos por lo demás noticias de su actuación al frente de esta institución. Por lo demás, sabemos que en 1533 ostentaba el oficio de inquisidor en la Española el Obispo de Santo Domingo y Concepción de la Vega, aunque actuaba prácticamente como mero delegado de Alonso Manso. Así, en este año, el Obispo Manso recriminó al Obispo de Cuba el hecho de haber descomulgado al oidor Vadillo "en ciertas cosas so color que son de inquisición y estando el dicho licenciado fuera de vuestro Obispado...". En estas palabras se refleja la extralimitación del Obispo de Cuba al juzgar a un vecino de la Española que sin duda debía estar sujeto, en primera instancia, al Obispo de esta isla y, en segunda instancia, al Inquisidor General don Alonso Manso. En el mismo documento Manso dio poder a "cualquier clérigo presbítero de Santo Domingo" para que pudiese absolver a Vadillo, lo que vuelve a demostrar que el Obispo de Puerto Rico tenía poder supremo en el área caribeña en todo lo referente a las cuestiones inquisitoriales.

           En Cuba el primer inquisidor fue el Obispo fray Miguel Ramírez el cual usó y abusó del dicho cargo en su beneficio personal. Fray Miguel Ramírez concentró un enorme poder ya que acumuló los cargos de Obispo, inquisidor y repartidor de indios -este último puesto compartido con el gobernador Gonzalo de Guzmán-. Sabemos que el Obispo de Cuba procesó a numerosos herejes, quemando en la hoguera a algunos de ellos. Su independencia y rigidez lo hizo enfrentarse no sólo con algunos oficiales y otras personas influyentes de la isla sino incluso con el propio Obispo Manso quien, como ya hemos mencionado, lo llegó a amenazar de excomunión si no se desentendía de una causa que llevaba contra el oidor Vadillo. Poco después, se expidió una Real Cédula en la que se nombraba a Pedro de Adrada, bachiller en artes y en teología, por "provisor fiscal o vicario general de la isla de Cuba", dándole poder para reprimir casos de inquisición. Concretamente se le daba poder "para castigar cualquier delito en personas civiles o eclesiásticas y absolver descomulgados mayores y menores y podáis imponer penitencias públicas..."

           En 1537 ejercía el cargo de inquisidor de Cuba el deán de la Catedral de Santiago, quien mandó prender al tesorero Lope Hurtado. Sin embargo, a la llegada, en 1538, del nuevo Obispo, Diego Sarmiento, éste asumió el cargo de inquisidor de la isla, oficio que usó tan enérgicamente que, tanto el Cardenal de Toledo como el propio Carlos V, tuvieron que pedirle moderación.

          Concretamente, sabemos que en la capital de la isla de Cubagua, Nueva Cádiz, tenía situado un vicario suyo "con poder de inquisidor". Allí, se había organizado la institución con los cargos de alguacil, fiscal y demás familiares de la inquisición.

 

LA OPOSICIÓN A LA INSTITUCIÓN

           La implantación de la Inquisición en las Antillas se llevó a cabo en medio de una fuerte oposición por parte de las élites que veían mermado su poder. La resistencia fue incluso más generalizada que en la propia Castilla donde, como es sabido la institución contó con un apoyo de la mayoría de la población. Además estuvo dirigida por un amplio sector de las élites antillanas entre los que se encontraban muchos de los oficiales reales.

           América se había convertido en una tierra de libertad a donde huyeron incluso muchos perseguidos por la Santa Inquisición castellana. De hecho ya hemos comentado en páginas anteriores la presencia en las Indias de conversos y de perseguidos por la Inquisición desde los primeros años.

           Las quejas contra los inquisidores comenzaron al poco tiempo de su implantación, pues, ya en 1526, algunos pobladores pidieron al Rey que esta institución se encomendara a la Orden de Santo Domingo o de San Francisco para evitar así sin las tan temidas "pasiones". Otra de las reivindicaciones más frecuentes de los colonos fue que los inquisidores fuesen personas doctas, como ocurría en Castilla, pues, sólo de esa forma se evitarían las parcialidades y el abuso de poder. Esta petición fue reiterada, en 1536 cuando los oidores de la Española pidieron que "en adelante los inquisidores sean letrados y en quien concurriesen las demás cualidades que se requerían para tan santo oficio porque lo demás es usar cada uno de sus pasiones...

           Las críticas contra el obispo de Cuba fray Miguel Ramírez fueron muy importantes, participando en ellas casi todos los cargos reales, con la única excepción del gobernador, y muchos antiguos pobladores. Así, en una información hecha por el alcalde mayor de la isla se le acusó de tomar por causa de inquisición causas que no lo eran como los escándalos públicos y de estar despoblando la isla. Concretamente el tesorero Lope Hurtado declaró que había "visto a muchos vecinos irse porque estaban atemorizados por la Inquisición" y que era una de las causas de la despoblación que estaba padeciendo la isla en esos años.

           Pese a todo, la mayor oposición se centró en la isla de San Juan donde se encontraba la sede de la inquisición antillana. Las críticas fueron tan rotundas desde 1527 por parte de los cabildantes de Puerto Rico y otros vecinos que tuvo que ser contundente en primer lugar el propio Obispo Manso y poco después la Corona. Así el 6 de enero de 1528 el Obispo de San Juan expidió una carta a "sus ovejas" sobre la inquisición amenazando de excomunión a todos los que atacasen "el dicho Santo Oficio y el ejercicio de él como contra el inquisidor y oficiales y ministros de él..." Unos peses después tuvo que intervenir el propio Carlos V, advirtiendo a los vecinos que en realidad las palabras e intenciones del inquisidor eran "buenas y justas" y que por tanto debían buscar una conciliación con él. Incluso la Audiencia de Santo Domingo se enfrentó con el Obispo Manso, especialmente, a partir de 1536 cuando la Audiencia envió al Doctor Blázquez pos juez de residencia de la isla de San Juan y fue prendido por el Obispo.

           Pero la Corona mostró la firme decisión de defender a capa y espada la perniciosa institución, muy a pesar de los numerosos memoriales que recibió de los nuevos colonos quejándose de dicha institución. Estaba clara el enorme fruto que esta institución estaban dando en Castilla como "instrumento de poder político y control social" como para privarse de sus beneficios en el Nuevo Mundo.

 

CASOS JUZGADOS POR EL “SANTO” TRIBUNAL

           Los casos de los que se ocuparon los primeros inquisidores americanos fueron los relacionados con la fornicación, la usura y las proposiciones contra la iglesia y el dogma. Precisamente, los casos cursados por fornicación fueron, a diferencia de lo que ocurría en Castilla, muy frecuentes dada la generalización de las prácticas poligámicas en las nuevas tierras descubiertas. No en vano, en todos los juicios de residencia se solía preguntar si los enjuiciados vivían amanceba- dos y si estos delitos eran suficientemente castigados. Sin embargo, también es cierto que se hizo la "vista gorda" en muchos de estos casos dado que a veces eran los propios gobernadores y los altas autoridades indianas las que practicaban el amancebamiento. Concretamente en el juicio de residencia tomado al gobernador de la isla de San Juan, Sancho Velázquez, el testigo Sancho de Arango respondió que no se castigaba a los que estaban amancebados, pues, el propio Sancho Velázquez vivía con tres indias "y se echaba con todas tres". Pese a todo, poco después el licenciado Sancho Velázquez fue prendido por causa de inquisición, muriendo en la cárcel pública.

           También fueron frecuentes los procesos por deudas y sobre todo por relajación en el cumplimiento de los dogmas cristianos. Así, por ejemplo en 1532 fueron "prendidos y descabellados" por caso de Inquisición por el Obispo de Cuba un clérigo y a un fraile, al parecer por no usar bien de sus respectivas condiciones de religiosos.

           El juicio por inquisición significaba la pérdida del oficio y la expropiación de sus bienes. Las instrucciones para los inquisidores españoles eran muy claras cuando afirmaban "que los hijos y nietos de los tales condenados no tengan ni usen oficios públicos, ni oficios, ni horas, ni sean promovidos a sagradas ordenes..." Los casos sobre la pérdida de oficios en las Antillas son múltiples. Entre ellos citaremos, por ejemplo, el caso de los hermanos Juan y Blas de Villasante, el primero, veedor y regidor de Puerto Rico, y, el segundo, tesorero y regidor de la misma ciudad, quien al descubrirse que era nieto de "quemado y condenado por la Santa Inquisición", se les confiscaron todos sus bienes y se les quitó su oficio a la espera de una investigación en su lugra de origen para confirmar si eran ciertas las sospechas. Por supuesto, en caso de ser encomenderos también implicaba la pérdida de su encomienda, pues, no se consideraban hábiles para cumplir esa educación que se le debía dar al indio como contrapartida por su trabajo. Concretamente, en la década de los veinte y referido a Tierra Firme y Santa Marta el Bachiller Enciso pidió a Su majestad que ningún sentenciado por la Inquisición tuviesen indios "y los que están dados los mande quitar..." Igualmente, hacia 1529, Alonso Rubuelo, que fue encomendero en Panamá, perdió su encomienda al averiguarse que era hijo de un judío que murió con "sambenito".

           A veces, habida cuenta de que las deudas se suspendían cuando era acusada una persona de delito de inquisición, eran los propios deudores quienes denunciaban un supuesto caso de herejía a los responsables de la iglesia. Así, por ejemplo, los deudores del tesorero de la isla de Cuba Lope Hurtado se negaron a satisfacer sus deudas alegando que éste fue acusado por la Inquisición. Por una Real Cédula se ordenó que se lo abonasen, pues, tras el litigio fue declarado inocente por el Santo Tribunal.

           Era frecuente, al igual que ocurría en Castilla, que todos los presos en las cárceles de la Inquisición saliesen los domingos y fiestas para acudir a misa. En cuanto a los indios se ha dicho que desde un primer momento no estuvieron sujetos a los inquisidores sino sencilla- mente a los tribunales eclesiásticos ordinarios. Sin embargo, la primera vez que se ordenó expresamente que los inquisidores no procediesen contra los aborígenes fue en una Real Cédula expedida por Felipe II en 1575 y recogida en la Recopilación de Leyes de Indias. Evidentemente la tardía fecha de la mencionada Real Cédula nos está indicando que de forma más o menos frecuente las primeras autoridades religiosas y después los inquisidores debieron proceder contra los aborígenes. En cualquier caso, la autoridad eclesiástica ordinaria actuó de la misma forma que la inquisición, siguiéndose autos y procesos y causas semejantes.

           Así, sabemos que desde los primeros tiempos de la colonización se actuó contra ellos como si fueran herejes no sólo en las Antillas sino también en otras regiones de América. Ya en la Española, poco después de la llegada de los españoles, unos indios del cacique Guarionex se apoderaron de unas imágenes de santos y las enterraron, siendo castigados los indios con la hoguera. Sin embargo, estos actos más que un rechazo a los santos católicos implicaban una "forma de adopción de los espíritus de los cristianos por los indios a su sistema religioso". Posteriormente, durante el gobierno del adelantado Bartolomé Colón sabemos que, precedidos de breves procesos informales, fueron condenados a la hoguera numerosos indios acusados de sacrilegio. Igualmente, durante el gobierno de frey Nicolás de Ovando en la Española se castigó la poligamia y los incestos de los indígenas con el mismo castigo ya citado de la hoguera, pues, según parece, decretó que el indio "que dormía con dos hermanas lo habían de quemar". Pese a todo no hemos podido documentar casos concretos en los que efectivamente se hubiesen juzgado y condenado a los indios por estos delitos.

           Por otro lado, fueron castigados duramente los naturales que los españoles llamaban "hechiceros". Así, por ejemplo, en el juicio de residencia tomado a Alonso de Zuazo, en la Española, en 1518, los testigos declararon que un indio hechicero estuvo bastante tiempo en la cárcel de la iglesia y que otros habían sido ahorcados en el camino de la villa de Buenaventura. En Puerto Rico conocemos el proceso que se hizo en tiempos de Sancho Velázquez a dos indias hechiceras, "a una por la que abogaron la sacaron a la vergüenza y la desterraron y a la otra la sacaron a la vergüenza con una carroza y la tuvieron en la picota cierto tiempo y la desterraron..."

           Como ya hemos afirmado, estos casos citados nos están indicando que realmente algunos indios fueron condenados y ajusticiados por causas frecuentemente competentes a la Inquisición, independientemente de que los ejecutantes fuesen o no inquisidores. Pese a todo, está meridianamente claro que los actos de los pobres naturales no constituían un ataque contra la religión católica sino tan sólo una inocente prolongación de las costumbres que habían practicado durante siglos. Por ello, pudo afirmar un testigo en la pesquisa secreta del juicio de residencia de Alonso de Zuazo "que si algunos pecados cometen (se refieren a los indios) es más por ignorancia que por malicia y que tienen tanto miedo que confiesan cosas que no han hecho".

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA PRIMERA UTOPÍA AMERICANA: LAS REDUCCIONES DE LOS JERÓNIMOS EN LA ESPAÑOLA (1517-1519)

LA PRIMERA UTOPÍA AMERICANA: LAS REDUCCIONES  DE LOS JERÓNIMOS EN LA ESPAÑOLA (1517-1519)

          Tradicionalmente se han destacado como los primeros proyectos reduccionistas llevados a cabo con el indígena americano las desarrolladas, a partir de la tercera década del siglo XVI, por el Padre Las Casas en Verapaz (Guatemala) y por Vasco de Quiroga -Tata Vasco- en Pázcuaro. Sin embargo, como tendremos ocasión de demostrar a lo largo de este trabajo, estos proyectos de pueblos indígenas tutelados tuvieron su primer precedente en las reducciones llevadas a cabo por los Jerónimos en La Española entre 1517 y 1519. Aunque esta primera experiencia era conocida por una parte de la historiografía, lo cierto es que ni se había analizado en profundidad toda la documentación ni se había destacado suficientemente su carácter verdaderamente pionero.

          Como es bien sabido, los Jerónimos fueron enviados por el Cardenal-Regente Cisneros a las Indias para llevar a cabo todo un programa de reformaciones, especialmente en materia de indios. Injustificadamente, Giménez Fernández reprochó a los tres cenobitas jerónimos su claudicación ante las presiones de los encomenderos y su decisión de dejar "en vía muerta" el programa de pueblos tutelados que figuraba en sus Instrucciones de gobierno del 18 de septiembre de 1516. Nada más lejos de la realidad; como veremos en las páginas siguientes los Jerónimos, desde un primer momento, y contra el parecer de la mayoría de los vecinos de la isla, planearon, proyectaron y, cuando las circunstancias lo permitieron, pusieron en práctica su programa de reducciones indígenas, suprimiendo previamente la institución de la encomienda. Merece destacarse que los Jerónimos fueron las primeras autoridades indianas en suprimir de hecho la mortífera institución.

          Debido a este posicionamiento, socialmente avanzado y contrario a los intereses de la élite, la opinión benévola que los oficiales Reales tuvieron inicialmente de los tres religiosos cambió radicalmente, a medida que fueron conociendo sus verdaderas intenciones. Sin embargo, prácticamente un año después, exactamente el 16 de junio de 1518, el parecer era completamente opuesto, pues el mismo Pasamonte y los demás oficiales decidieron mandar un representante a la Corte para que informase del perjuicio que estaba causando a la isla la política de los Jerónimos.

          Obviamente, este modelo de pueblos tutelados no lo habían ideado los Jerónimos que, como es bien sabido, habían permanecido al margen del mundo americano hasta su nombramiento como reformadores de las Indias. Muy al contrario, el proyecto era obra personal de fray Bartolomé de las Casas, que se había encargado de mostrar sus ideas en la Corte a lo largo de 1515. Sin embargo, como veremos en las páginas siguientes, a fray Luis de Figueroa y a fray Alonso de Santo Domingo les cupo el honor de poner en práctica de forma metódica, ordenada e inteligente las primeras reducciones de indios a pueblos tutelados del Nuevo Mundo.

 

EL GOBIERNO DE LOS JERÓNIMOS

          La situación que había en la Corte en torno a 1515 era verdaderamente confusa, debido a las contradictorias noticias que llegaban de las Indias. La propia Corona estimaba por aquellas fechas que hacía falta alguien, en quien no cupiese codicia ni pasión, que pusiese orden en los asuntos indianos, especialmente en lo relacionado con los indios, e informase objetivamente de la situación.

La elección, finalmente, de tres frailes jerónimos para tan delicada empresa se debió a la fama de industriosos que tenían por entonces los miembros de esta Orden. Además, no era la primera vez que se recurría a ellos para cumplir una alta misión de Estado. Como ya hemos afirmado, los Jerónimos recibieron sus instrucciones de gobierno el 13 de septiembre de 1516. En ellas se establecían los pilares fundamentales de la política que debían desarrollar, que pasaba por tres posibilidades: primero, la creación de pueblos de indios libres, segundo, la erección de pueblos tutelados, y tercero, el mantenimiento del sistema de encomiendas, aunque, eso sí, haciendo cumplir estrictamente las Ordenanzas de Burgos de 1512-1513. Quede bien claro que en dichas instrucciones no había una jerarquización concreta en cuanto al orden de aplicación, sino que se suponía que debían utilizar la opción que "in situ" considerasen más apropiada. La primera de las vías señaladas parecía desde luego inviable en las circunstancias que entonces padecía La Española, hasta el punto que ni tan siquiera el Padre Las Casas había insistido en su aplicación. De las otras dos opciones posibles los Jerónimos eligieron, con buen criterio por cierto, mantener a corto plazo la encomienda pero ir preparando progresivamente la supresión de la mencionada institución y la reducción de los aborígenes a pueblos tutelados.

          Inicialmente preservaron la encomienda por miedo a desestabilizar la isla, y desde luego no les faltaban razones para ello. Los tres religiosos debieron hacer grandes esfuerzos para evitar una revuelta que parecía inevitable y que hubiera podido acarrear insospechadas consecuencias. Por tanto, su política inicial estuvo encaminada a calmar los ánimos de los pobladores, garantizando a corto plazo el mantenimiento de la encomienda, aunque eso sí, vigilando el estricto cumplimiento de las ya citadas Ordenanzas de Burgos. Y es que realmente, en los años finales de la segunda década del siglo XVI, la isla sufrió una agudísima crisis, causada por el final de la economía del oro y por la marcha de muchos pobladores a la Nueva España. Todo ello creó una sensación de zozobra entre la población, hasta el punto que los mismos vecinos llegaron a pensar que La Española podía ser enajenada por parte de la Corona.

          Por lo demás, de los tres frailes jerónimos, solamente fray Bernardino de Manzanedo tenía una opinión favorable de la encomienda, siempre y cuando -escribía- se cumpliesen las ordenanzas vigentes. Sin embargo, Manzanedo pronto regresó a la Península, permaneciendo en la isla fray Luis de Figueroa y fray Alonso de Santo Domingo, ambos decididos defensores del proyecto lascasista de pueblos tutelados.

 

LAS REDUCCIONES DE INDIOS

 

          Pese a las circunstancias de los primeros tiempos, fray Luis de Figueroa y fray Alonso de Santo Domingo jamás renunciaron a su intención inicial de crear pueblos tutelados. También la creación de estos asentamientos debió llevarse a cabo paulatinamente y en dos fases, nuevamente debido a la delicada situación social y económica que atravesaba la colonia. La primera de las fases se desarrolló entre 1517 y principios de 1518 con los indios arrebatados a los cortesanos, mientras que la segunda se gestó y ejecutó desde febrero de 1518 hasta la marcha a Castilla de los dos Jerónimos en 1519, extendiéndose la experiencia a prácticamente todos los aborígenes de la isla.

          En 1517, los tres cenobitas decidieron iniciar su proyecto tan sólo con varios centenares de indios, concretamente con los que acababan de quitar a los cortesanos. Hemos de insistir que tan solo fueron expropiados los absentistas, pues, aunque intentaron también arrebatar los indios a los Jueces de Apelación, estos se opusieron, amenazando con dejar sus oficios y abandonar la isla. Tampoco pudieron quitar los indios al Almirante Diego Colón, debiendo conformarse con arrebatárselos a su ausente hermano don Hernando. Dichos indios fueron "depositados", en el factor Juan de Ampiés, para que los administrase antes y durante el proyecto reduccionista.

          Los Jerónimos planificaron con una minuciosidad sorprendente todos y cada uno de los pasos que se debían llevar a cabo para iniciar con éxito su proyecto. Para ello, lo primero que hicieron fue solucionar una cuestión clave, es decir, la financiación. Evidentemente ni los encomenderos, ni la Corona estaban dispuestos a correr con los gastos de un proyecto de la envergadura del que planeaban los Cenobitas. Habida cuenta que no había dotada una partida presupuestaria para desarrollar su proyecto, los Jerónimos decidieron que los indios depositados mantuviesen, durante 1517 y 1518, su demora de ocho meses en las minas de oro del Cibao y San Cristóbal así como en las de sal de la región de Macorís. Evidentemente, acudían a las minas no en compañía de encomenderos sino con mineros asalariados, evitándose de esta forma la explotación intensiva a la que frecuentemente se veían sometidos. Por otro lado, aunque pudiera parecer una decisión drástica lo cierto es que, respondiendo a su fama de estadistas, los tres religiosos solucionaron la financiación de la alimentación, vestido y educación de los indios reducidos.

En febrero de 1518 habían previsto empezar con el poblamiento de los primeros cuatro pueblos de indios, que al finalizar el año debían ser 12. El objetivo ya en 1518 era eliminar totalmente la encomienda, ampliando el proyecto a la mayor parte de los indios de la isla, y reducirlos a pueblos bajo la administración conjunta de frailes y mayordomos. Reducir a todos los indios era una tarea imposible por lo que los cálculos se hicieron en principio para unos 7.000 indios, de los 10.000 que se suponía quedaban en la isla.

Ni que decir tiene que los Jerónimos estaban facultados para tomar tal decisión, pues, era una de las opciones recogidas en sus instrucciones de gobierno. Sin embargo, ambos eran conscientes del problema al que se iban a enfrentar, pues, habían tenido ocasión de conocer directamente la opinión de los distintos grupos políticos de la isla. No debemos olvidar que, aunque la mortalidad progresiva de los indios había reducido el número de indios por encomienda y, en definitiva, su rentabilidad absoluta, todavía en estos años seguían reportando importantes beneficios a sus poseedores. Además, en 1518, el aborigen seguía siendo la mano de obra fundamental de la isla, utilizada tanto en los hatos ganaderos como en los ingenios.

          Como era de esperar, pese al empeño y a la minuciosidad con la que los Jerónimos prepararon su proyecto, la oposición de los vecinos fue radical, absoluta y despiadada. Y para colmo, esta vía intermedia de pueblos semilibres disgustó tanto a la élite encomendera, que veía en juego sus intereses económicos, como a los frailes dominicos que, consideraron insuficiente el proyecto y no dudaron en notificar a la Corte su gran malestar por la decisión.

          El panorama era desalentador y el futuro incierto, pero los dos cenobitas decidieron seguir adelante con sus planes, entregándose de cuerpo y alma a ello hasta su marcha en 1519. Su empeño por sacar adelante, contra viento y marea, estos pueblos de indios fue encomiable, pues, realmente creían en esta vía como la única posibilidad viable de salvar a los indígenas de una desaparición segura. En este sentido, escribieron al Emperador diciéndole que, cuando ellos llegaron a la Isla, estos estaban tan derramados por toda la Isla y tan pocos en cada asiento por estar todos divididos por las minas, estancias de los castellanos y otras granjerías... Y era difícil multiplicar su generación porque en unos sitios había muchas mujeres y en otros muchos hombres.

          Por todo ello, a principios de 1518, comenzaron las acciones encaminadas a poner en efecto su proyecto. Lo primero que hicieron fue ordenar que se buscaran los asientos más adecuados para su ubicación, comisionando para ello a un antiguo vecino de la isla, llamado Antonio de Villasante. La mayoría de los asientos se establecieron en la Vega y en el antiguo cacicazgo de Higüey, pues era allí donde se concentraba la mayor parte de los aborígenes. De esta forma pretendieron evitar un desplazamiento de los indios más allá de lo estrictamente necesario.

          Al final, como ya hemos dicho, solo llegaron a ponerse en marcha 17 pueblos porque, en pleno proceso reduccionista, se desató una virulenta epidemia de viruela que diezmó notablemente a la población indígena. De esos 17 pueblos tenemos noticias de al menos 15, a saber: Xaragua, Baní, Villanueva de Yáquimo, Verapaz, Santiago, Santa Ana, La Mejorada, Santa María de la O, San Julián, San Juan Bautista y Santo Tomé, más tres pueblos en la rivera del Minao y otro al Çoco, que no los hemos localizado geográficamente.

          La delicadeza con la que los religiosos querían llevar a cabo su proyecto fue tal que dieron la oportunidad a los caciques de elegir el asiento al que preferían mudarse, evitando así un cambio por la fuerza. Y asimismo, para reducir la brusquedad de la mudanza decidieron, siguiendo un consejo mostrado por algunos declarantes del Interrogatorio, que el traslado a los asientos se realizase en dos fases. En un primer momento se reducirían solo los caciques más aculturados, como eran los caciques Ojeda, Francisco y Rodrigo, este último muy buen cristiano y muy buen predicador de indios y muy buen lengua y ha mucho que desea verse en pueblo con tributo. Según los propios Jerónimos, con esta medida pretendían que los demás indios, viendo el ejemplo de estos caciques y los beneficios que su nueva situación les reportaba, optasen por trasladarse a ellos voluntariamente.

 

EL FRACASO DEL PROYECTO

Desgraciadamente los pueblos apenas si llegaron a tener vida efectiva, pues concurrió un cúmulo de circunstancias adversas que frustraron irremediablemente el proyecto. Para empezar, antes del traslado, los indios se vieron afectados por una epidemia de viruela que duró buena parte del año de 1519 y que produjo la muerte de tres cuartas partes de la población aborigen. Pero, es más, los que sobrevivieron lo hicieron en precarias condiciones físicas y posiblemente también psicológicas. Todo ello nos hace pensar que el entusiasmo con que los Jerónimos habían ideado sus reducciones no consiguieron transmitírselo a los indígenas, desesperanzados por sus precarias condiciones de vida. En este sentido, un vecino, llamado López de Béjar, declaró que la causa de que los pueblos de indios se perdieran fue “la mala gana que los indios tenían de estar en ellos por estar los dichos pueblos fuera de sus tierras y por otras causas...” También hay que reseñar el boicot de los colonos que no se resignaron fácilmente a la pérdida de sus indios de encomienda. En el juicio de residencia, tomado en 1521 al licenciado Rodrigo de Figueroa, numerosos testigos declararon que, después de la epidemia de viruela, los españoles fueron a los pueblos a por sus indios, llevándose la yuca que había sembrada en ellos.

Y finalmente, debemos referirnos a los malos tratos y a los desafueros que cometieron los propios mayordomos y los visitadores sobre los indios tutelados. No solo pretendieron lucrarse personalmente con el oro que granjearon los indios de cada pueblo, sino que también maltrataron a los naturales, provocando la desaparición de algunos pueblos, como ocurrió con el de Verapaz, ante la complicidad del visitador Almaraz. Así, pues, algunos mayordomos abusaron cruelmente de los indios, obligándolos a trabajar con el único objetivo de acrecentar sus patrimonios personales. Y todo ello muy a pesar de que los Jerónimos, previendo tales abusos, asignaron salarios a dichos administradores, situados, como es sabido, en rentas de la ciudad de Santo Domingo.

          Al final, los pueblos quedaron despoblados y la mayor parte de los indios fueron de nuevo repartidos entre los españoles. Sin embargo, los Jerónimos demostraron, contra la opinión de la mayoría, que era posible llevar a la práctica los pueblos tutelados que en su día defendiera el dominico padre Las Casas. El talante que muestra el Emperador en los poderes e instrucciones dados a Rodrigo de Figueroa, el 9 de diciembre de 1518, es muy significativo al respecto. En dicho documento afirma que muchos indios eran capaces de vivir "por si ordenadamente en pueblos" y que, por tanto, debía otorgarse la libertad a todos los aborígenes que lo solicitaran, jurando, a cambio, vasallaje y abonando tres pesos de oro anual por su persona y por cada hijo varón mayor de veinte años que custodiasen. Asimismo, el nuevo gobernador llevaba una larga lista con las personas a las que debía volver a quitar sus indios, a saber: cortesanos, oficiales reales y al propio Rey. Un año y medio después el Emperador reconocía que los indios eran libres y, por ello, “nos con buena conciencia no los podemos ni debemos encomendar a nadie, como hasta aquí se ha hecho”. Sin embargo, para evitar los inconvenientes de tan drástica medida, nuevamente, como durante el Triunvirato Jerónimo, pretendía una desaparición paulatina. Sin embargo, Rodrigo de Figueroa no quiso o no pudo continuar con el gran programa indigenista de los Jerónimos, limitándose a la creación de tres pueblos de indios tutelados: Villaviciosa, San Juan de Ortega y Cayacoa. Un esfuerzo mínimo comparado con el amplio y generoso programa de sus predecesores. Dado el escaso empeño mostrado por Rodrigo de Figueroa, los tres pueblos sobrevivieron precariamente hasta 1530, en que se daban definitivamente por desaparecidos.

          Pese al fracaso, la labor de los Jerónimos fue recordada en la Corte positivamente, hasta el punto que pocos años después se intentó el regreso de fray Luis de Figueroa a la isla. Concretamente sabemos que, en 1523, el Emperador puso un gran empeño en que retornasen al gobierno de La Española tres frailes jerónimos, encabezados por fray Luis de Figueroa. Éste, en un primer momento se mostró muy reticente a aceptar los cargos de presidente de la Audiencia de Santo Domingo, obispo de Concepción de la Vega y Abad de Jamaica. Sin embargo, la Corona, a sabiendas del buen servicio que podía prestar, presionó al general de la Orden, e incluso al Papa, para que aceptara, destacando el gran servicio que haría por su santa vida y por la experiencia que tiene en la condición de los indios. Las compulsorias del general de su Orden fueron remitidas en abril de 1523, debiendo aceptar el cargo poco después, pues, en julio de ese mismo año se solicitaba el pago a fray Luis de Figueroa de 250 ducados para sufragar la expedición de sus bulas del obispado y de la abadía.

          Pero el viejo cenobita debió imponer también sus condiciones, que fueron exactamente dos, a saber: una, que le acompañaran dos frailes Jerónimos y que siempre haya tres cuando uno faltare, y dos, que se le prestasen las bestias suficientes para trasladar sus libros. Finalmente, el cenobita no llegó a embarcarse porque le sorprendió la muerte. Quizás de esta forma evitó tener que presenciar el fracaso absoluto que supuso su experiencia y el dramático final de muchos de los indios a los que, con tanto esmero, se dedicó en los años que permaneció en La Española.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La primera utopía americana: las reducciones de los Jerónimos en la Española (1518-1519)”, en Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, Nº 39. Hamburgo, 2002, Págs. 9-36.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA REBELIÓN DE ENRIQUILLO (1520-1533)

LA REBELIÓN DE  ENRIQUILLO (1520-1533)

Buenas tardes: hoy hablaremos de Enriquillo, un personaje muy conocido de la historia dominicana. Sorprendente porque es de los pocos indios a los que la Historia le ha otorgado un sitio de honor. Quería dejar claras tres ideas:

La primera es que la resistencia indígena fue permanente desde la llegada de los españoles hasta la extinción de los aborígenes en poco menos de cincuenta años. Superado un momento inicial en el que, como es bien sabido, los españoles fueron tratados como dioses, comenzó la resistencia de los indios. En estos primeros compases la oposición se catalizó de tres maneras diferentes: huida a los montes, destrucción de sus campos de cultivo o conucos y mediante un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

           La segunda es que hubo dos fases en la resistencia: antes de 1519 y después de esta fecha. Hasta 1519 los indígenas poco o nada pudieron hacer frente a las ofensivas armas de los cristianos por lo que la única salida que les quedaba era, como ya hemos comentado, la huida a los montes, fuera del alcance de los españoles. Podemos decir que los indios en los primeros años no se rebelaban contra los españoles sino que tan sólo se ausentaban, de ahí que para recuperarlos se utilizase a los llamados recogedores de indios o alguaciles del campo. A partir de la década de los veinte aparecieron líderes que aglutinaban en torno a si indios con una mayor conciencia de grupo, como fue el caso de Enriquillo que concentró bajo su mando a más de un centenar de guerreros. En estos años se dieron varias circunstancias que favorecieron los levantamientos indios, a saber: Una, el progresivo despoblamiento de las islas y otra, el mestizaje cultural de muchos naturales que les permitió aprender las técnicas de combate del grupo conquistador. Aprendieron a evitar los ataques frontales con los españoles, prefiriendo su concentración en lugares inaccesibles desde donde atacar por sorpresa y esporádicamente.

           Y la tercera, debemos advertir asimismo que no fueron más que simples rebeliones ya que el propósito de caciques como Enriquillo o Guama en Cuba, fue tan sólo escapar de la pésima situación en la que se vieron envueltos, sin obviamente, plantear situaciones más complejas. De manera que si bien es cierto la existencia de un rechazo del indio hacia la nueva situación política, social y económica, creada por los hispanos no es menos cierto que no hubo una intención generalizada de crear una nueva sociedad frente a lo hispano. En el caso de Enriquillo que si llegó a crear una sociedad aparte lo cierto es que no hizo otra cosa que copiar el ordenamiento vigente, como ya hicieran los esclavos rebeldes en la antigüedad.

Los indios se rebelaron contra una coyuntura concreta, como podía ser el excesivo trabajo o en el hambre en un momento determinado, no contra el nuevo sistema establecido por los españoles. Los oficiales reales eran conscientes que cuando no se les daba de comer a los indios o a los negros estos se rebelaban y así ocurrió en la cuaresma de 1547 cuando se le dio muy poca comida a negros e indios que "fue ocasión que se alzasen y se fuesen a buscar de comer...".

          Tras el sometimiento de la Española por parte del Comendador Mayor, frey Nicolás de Ovando, la isla permaneció pacífica prácticamente hasta la década de los veinte. No obstante, hacia 1519 apareció una figura clave en la historia de esta isla como fue Enriquillo, un cacique que supo aglutinar en la Española a un numeroso grupo de descontentos.

 

CAUSAS DE LA REBELION

          Respecto a las causas que le impulsaron a la insurrección debemos decir que hay una tremenda confusión al respecto. Ya los cronistas de la época redujeron todo el alzamiento al simple interés personal de Enriquillo, habida cuenta de los malos tratos que le proporcionó su encomendero, llamado Valenzuela, que le llegó a quitar a su mujer y a su yegua. Sin embargo, una gran parte de la historiografía reciente dominicana ha querido ensalzar a Enriquillo como héroe, proponiendo como causas principales de su rebeldía el interés colectivo de los indios frente a la espantosa explotación laboral y social que sufrieron a manos de los españoles.

          Nosotros, por nuestra parte, tenemos nuestra propia opinión sobre este interesante personaje, que si bien tiene en cuenta todo lo dicho hasta ahora, creemos que el comportamiento individual de este líder, su propia vida y sus propios intereses personales influyeron más que otras circunstancias en su actuación contra los españoles. Para ello nos basamos en el sintomá- tico hecho de que en ningún momento este cacique defendió más intereses que los suyos propios y, en concreto, cuando le ofrecieron un puesto importante en la sociedad española lo aceptó sin preocuparle el futuro del resto de los aborígenes.

          Desde luego y ante todo hemos de tener en cuenta la propia formación cultural de Enriquillo que hemos definido como mestiza, pues, pensaba en español, al ser criado desde muy pequeño, como ya hemos señalado, por los franciscanos y, al igual que muchos de los que con él estaban, era totalmente "ladino". El propio Juan de Castellanos en su conocida obra lo definía así:

"Fue Enrique pues, indio ladino que supo bien la lengua castellana, cacique principal, harto vecino al pueblo de San Juan de la Maguana... Era gentil lector, gran escribano"

 

Además, cuando Francisco de Barrionuevo llegó al pueblo que tenía Enriquillo en el Bahoruco encontró que en todos los "bohíos" había cruces puestas, e incluso, una iglesia para la que el cacique insurrecto le pidió una campana. Es decir, con estas características podemos afirmar que el agravio que sintió Enriquillo, principalmente, al perder a su mujer, tuvo que tener más impacto en su personalidad que el que hubiera tenido en cualquiera de los indígenas de su comunidad. Es seguro, por tanto, que Enriquillo compartió, como el resto de los hidalgos españoles, el ideal de honor del momento y esa antítesis de la sociedad renacentista del momento conocida como "caballero valeroso- villano cobarde". Si a todo ello unimos la abusiva actuación que los españoles llevaron a cabo con los indios, sólo suavizada en parte durante el gobierno de los Jerónimos, la insurrección de Enriqui- llo está más que justificada.

 

LA REBELION

          A Enriquillo le siguieron la mayoría de sus indios, engrosando su número con el paso de los años por la popularidad que el movimiento rebelde adquirió entre la mayoría de los indígenas de la isla. Como bien dijo el padre Las Casas la fama de Enriquillo se difundió como la pólvora entre los indios de tal forma que en los años sucesivos se incorporaron aquellos naturales descontentos por los malos tratamientos que les propor- cionaban sus encomenderos. De hecho, en 1544, el licenciado Cerrato explicaba al Emperador que de cien esclavos que se iban al monte noventa y nueve lo hacían debido a la crueldad con la que se les trataba.

          Del número de insurrectos que andaban en el Bahoruco no tenemos referencia exacta. En los primeros años del alzamiento los documentos hablan de tan sólo 50 ó 60 indios, la mayoría de ellos varones, mientras que para el momento de máximo auge rebelde no sobrepasaron, en cualquier caso, los 400 efectivos en total. Hacia 1533, y tras las numerosas muertes causadas por los largos años de lucha con los españoles, tan sólo había unos 80 o 100 indios guerreros y un total de 300 almas incluidas las mujeres, los niños y los viejos.

          El movimiento rebelde triunfó durante más de catorce años. El motivo de su éxito radicó en algo que ya hemos dicho, pero que volvemos a insistir. Su carácter cultural mestizo, no sólo en el mismo Enriquillo, sino también en muchos de sus compañeros de lucha, que al igual que su líder se habían educado junto a los españoles.

          Es evidente, pues, que esta guerra de Enriquillo fue muy distinta a aquella protagonizada por los primeros indígenas que vivieron el Descubrimiento, paralizados por el terror ante unos invasores desconocidos. Ahora las técnicas de combate, las armas, las estrategias y los objetivos fueron muy diferentes. No en vano, en 1529, escribieron a Carlos V los oidores de la Audiencia de Santo Domingo con una gran clarividencia, como se puede observar en las líneas que vienen a continuación:

 

          "Es guerra con indios industriados y criados entre nosotros, y que saben nuestras fuerzas y costumbres, y usan de nuestras armas y están proveídos de espadas y lanzas, y puestos en una sierra que llaman Bahoruco, que tiene de largura más que toda el Andalucía, que es más áspera que las sierras de Granada”.

 

Enriquillo creó todo un sistema defensivo que parecía ingeniado por un auténtico español. Para empezar situó su cuartel general en un lugar prácticamente inaccesible para los españoles, en pleno corazón de la región del Bahoruco. En estos apartados lugares los indios encontraron una defensa eficaz frente a unos españoles que desconocían el territorio. Así, en una carta de Alonso de Zuazo a Carlos V le explicaba que como la sierra del Bahoruco era de sesenta leguas "los alzados saben la tierra, y así burlan a los españoles". Además, en estos lugares tan serranos la mejor arma ofensiva de los españoles que, como es bien sabido era el caballo, resultaba totalmente inútil, pues, como decía un documento de la época, "en la sierra no son nada". Este sistema se completaba con otro asiento distinto y oculto para los enfermos y los viejos, en el cual se les atendía y se les curaba sin el peligro que suponía un eventual ataque español. El resto de los indios labraban la tierra en zonas más llanas, mientras que otros se dedicaban a la vigilancia para que a la menor señal de alerta corriesen a refugiarse a la sierra.

Por lo demás, Enriquillo estableció un complejo sistema de información en torno a él, en el que es muy probable que estuviesen implicados indios de paz. Este hecho, que es conocido desde hace ya tiempo aunque desde un punto de vista más literario que científico, parece confirmarse por un caso ocurrido en la Española, en 1527, y que citamos a continuación. Así, en este año se produjo un ataque de indios cimarrones a una hacienda de la Yaguana. Pues bien, poco después se encontró parte del botín robado en poder de ciertos indios de paz que había en una estancia cercana "por donde se presume que algunos indios de aquellos fueron espías o supieron algo o serían en el dicho robo...". Como no se llegó a hacer pesquisa sobre este asunto no sabemos si los hechos realmente ocurrieron así. Sin embargo, tan sólo la sospecha de espionaje por parte de los españoles es muy sintomática al respecto. Por otro lado, dos años después, la Audiencia de Santo Domingo informó a Su Majestad que los indios alzados tenían tantos "espías" en las villas y en el campo "que no se menean (se refiere a los españoles) sin que ellos lo sepan...".

Igualmente, Enriquillo había aprendido de los españoles que la improvisación era un gran arma, motivo por el cual no cejaba en la vigilancia hasta el punto que, según el padre Las Casas, "era tanta su vigilancia que el primero era él quien los sentía". En este sentido, Luis José Peguero, citando al cronista Antonio de Herrera, decía que su espada "no la soltaba ni en la hamaca en que dormía". Otra de las precauciones que tomó este líder indio poner los medios para evitar que los españoles pudiesen localizar su asentamiento. Para ello se dice que cortó la lengua a los gallos y que impuso graves sanciones para aquellos que encendiesen fuegos en zonas no señaladas para tal efecto.

          En cuanto a las formas de ataque ofensivo debemos decir que consiguió las armas de metal de los propios españoles a los que despojaba después de ser vencidos, hasta el punto que, según contaba el padre Las Casas, algunos de los que iban con Enriquillo llevaban hasta dos espadas. También en la táctica de combate este cacique demostró un perfecto conocimiento de la guerra muy superior a la capacidad estratégica del resto de los indios. Así sabemos que dividía a los hombres en dos grupos, uno a su mando, y otro de auxilio, comandado por su sobrino Tamayo, ganando de esta forma muchas batallas.

 

EL FRACASO

          Pese a todo, tras unos años de éxito, la resistencia indígena fracasó tanto en la Española como en las demás islas antillanas. Los motivos fueron los siguientes, a saber: primero, por la escasez, cada vez mayor, de indios y muy especialmente de mujeres, lo que originó que los insurrectos tuviesen como prioridad absoluta la toma de indias encomendadas y naborías de paz. Segundo, por la falta de unos intereses comunes entre negros e indios frente al poder español que, posiblemente estaba motivado por cuestiones eminentemente culturales. Y tercero, por la falta de una conciencia colectiva entre los aborígenes, favorecida por los traslados indiscriminados de indios que practicaron los españoles, especialmente intensos en los primeros años. Igualmente, el duro trabajo minero impidió que se fraguasen las ideas de rebeldía al tener tan sólo unos pocos meses, tras la demora, para "fabricar de como se han de alzar". Incluso ni en los mejores momentos de Enriquillo existió una liga o unión entre los principales caciques alzados de la isla, pues, como bien afirmó fray Cipriano de Utrera, cuando Enriquillo firmó la paz los demás indios continuaron su alzamiento independientemente. Tras la capitulación del líder indígena en 1533 continuaron algunos caciques alzados pero el fin de los alzamientos estaba sin duda próximo.

Enriquillo es un auténtico héroe nacional para la República Dominicana, aunque no se puede ocultar un elemento muy oscuro en su biografía: no sólo abandonó las armas a cambio de la concesión de un simple título de “don” sino que traicionó a los suyos en el momento en que ayudó a los hispanos a acabar con otros caciques indígenas rebeldes.

 

PARA SABER MÁS

 

GALVAN, Manuel J.: Enriquillo. Leyenda histórica dominicana. Buenos Aires, Editorial Americalee, 1944.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 1997.

 

PEÑA BATLLE, Manuel Arturo: La rebelión del Bahoruco. Ciudad Trujillo, Impresora dominicana, 1948.

 

UTRERA, fray Cipriano de: Polémica de Enriquillo. Santo Domingo, Editora del Caribe, 1973.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(*) Texto de la conferencia que pronuncié el 11 de noviembre de 1998 en el Centro Cultural Español de Santo Domingo, anexo a la Embajada Española.