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Historia de América

LÁZARO FONTE: UN PEDERASTA DEL SIGLO XVI

LÁZARO FONTE: UN PEDERASTA  DEL SIGLO XVI

        En la Edad Media, a diferencia de lo que ocurría con la homosexualidad, se toleró ampliamente la violación. En caso de que se tratase de una esclava propia ni tan siquiera estaba tipificado como delito. La violación de esclavas en la Edad Media y, sobre todo, en la Edad Moderna fue una constante. En un reciente estudio sobre la esclavitud en Granada en el quinientos se demuestra definitivamente que el alto precio que alcanzaban algunas esclavas jóvenes se debía, en parte, a su alta productividad laboral, especialmente doméstica, pero sobre todo a la dura explotación sexual a la que eran sometidas por parte de sus dueños.

         Si la violada en cuestión era musulmana la pena era mínima y siempre pecuniaria. Solamente, en el caso de la víctima fuese una casada cristiana estaba peor visto socialmente y las penas solían ser más contundentes. Tanto que se solía castigar con la pena de muerte, aunque rara vez se llegaba a ejecutar. Y ello porque “para los hombres medievales aplicar la pena de muerte a un violador se consideraba algo desmesurado…” Además, la victima debía escenificar su gran sufrimiento para ser creída porque estaba muy arraigada la idea de que la mujer sentía un deseo irrefrenable. Por tanto, en la praxis, lo más normal era que el violador obtuviese el perdón total, alcanzando un acuerdo con la familia. A veces todo acababa cuando se conseguía que el trasgresor se desposase con su victima. En otros casos, la amnistía llegaba desde la Corona, a cambio de algún servicio.

        Pues bien, si la sociedad española toleraba en general la violación y se consentía abiertamente en el caso de que la víctima fuese esclava o musulmana, ¿qué pasó en América con la mujer indígena? Pues, parece obvio, a miles de kilómetros de distancia, sin apenas mujeres blancas y con decenas de miles de indias en condiciones de esclavitud o al menos de servidumbre, la violación y los abusos deshonestos fueron algo absolutamente habitual.

        Se ha hablado de la conquista erótica de las Indias, es decir, de las muchas indígenas que voluntariamente prefirieron unirse al español. A menudo se nos presenta a las nativas como mujeres enamoradas y “aficionadas” a los europeos. Ello ha generado toda una literatura clásica que ha elogiado el carácter del español que no desdeñó a la mujer india, la hizo madre y nació este crisol que hizo “una sola sangre, una sola piel, un único espíritu y cultura”. Y es cierto que hubo bastantes casos de mujeres que convivieron voluntariamente con españoles, aunque, eso sí, la mayoría como concubinas y muy pocas como esposas legítimas. También conocemos decenas de casos en los que los propios caciques entregaban a sus hijas para congraciarse con los conquistadores. De hecho, el ofrecimiento de sus mujeres e hijas a sus invitados era una costumbre muy difundida entre caciques y curacas en amplias zonas de América. Hay casos muy conocidos, como el de doña Marina, “la Malinche”, o como el de doña Inés Huaylas, hermana de Huascar, que fue regalada por Atahualpa a Francisco Pizarro. Cientos de casos más están perfectamente documentados. En tales circunstancias, muchos conquistadores llegaron a formar auténticos harenes, ante la permisividad de una buena parte de las autoridades eclesiásticas y civiles. El 22 de junio de 1543 declaraba el religioso Luis de Morales esta situación con todo lujo de detalles:

Quieren vivir a su propósito y como moro y que nadie les baja la mano y tienen escondidas las indias sobre diez llaves y con porteros para sus torpezas sin dejarlas venir a doctrina, ni a las oraciones que se suelen decir. Y sobre tal caso las tienen en hierros y las azotan y trasquilan para que hagan su voluntad y, como todos son de la misma opinión, se tapa y disimula todo…”

 

        Además, esta situación contribuyó a mermar la capacidad reproductiva de los nativos ya de por si muy debilitada tras la conquista. Sin embargo, matrimonios y concubinatos voluntarios fueron minoritarios en comparación con la simple y llana violación. Hay que reconocer la evidencia. Con las mujeres indígenas se cometieron todo tipo de excesos. Si la india en cuestión no estaba bautizada obviamente no había ningún problema, pero si estaba bautizada tampoco era un problema siempre y cuando el fornicador no manifestase su convencimiento de que aquello no era pecado. Avanzado el siglo XVI fue común, incluso, que las indias se utilizasen como amas de cría, amamantando a los hijos de españolas en detrimento de sus propios vástagos. Hubo que esperar hasta principios del siglo XVII para que se prohibiese, al menos legalmente, esta práctica.

Pero centrándonos en la cuestión de la violación que ahora nos ocupa, ya escribió hace algunas décadas Georg Friederici que “una parte considerable” de las relaciones sexuales con las indígenas se redujo a “violaciones y atropellos”. Y efectivamente, comenzaron en el mismo año del Descubrimiento. Todos los indicios parecen apuntar que algunos de los españoles que se quedaron en el fuerte Navidad, a cargo del capitán Diego de Arana, se dedicaron a robar y a violar a las indias que encontraban. Según el padre Las Casas aquellos españoles fueron asesinados porque “comenzaron a reñir y tener pendencias y acuchillarse y tomar cada uno las mujeres que quería y el oro que podía haber, apartándose unos de otros”. Pocos años después, entre 1497 y 1498, fue el insurrecto Francisco Roldán y los suyos quienes se dedicaron a forzar indias en las sierras de la Española, entre ellas a la mujer de Guarionex, cacique de Magua.

Los mismos dominicos insistían en que los mineros enviaban a los indios a sacar oro y, mientras, se “echaban” con sus mujeres, “ahora fuesen casadas, ahora fuesen mozas”. Y, si el indio no traía todo el oro que esperaban lo apaleaban, lo ataban y, como a un perro, lo echaban debajo de la cama mientras se acostaban con su mujer.

Fue absolutamente normal, ranchear por los pueblos indígenas, robando el oro y capturando mujeres, sin que fuese un hecho punible. El capitán Gonzalo de Badajoz, otro de los más perversos conquistadores, coaccionó en Tierra Firme al cacique Escoria para que le entregase 9.000 pesos de oro. Pero, no contento con ello, le tomó una hija y todas sus mujeres. El cacique fue durante varias leguas detrás de él desconsolado, llorando, alzando las manos y desmayándose en el suelo, mientras los españoles, “riéndose de verle hacer vascas, se pasaron de largo y lo dejaron allí tendido, llorando su desventura”.

No menos cruel fue la actuación de Vasco Núñez de Balboa que recorrió buena parte de Centroamérica, atormentando a los caciques para que les entregasen oro así como a sus mujeres e hijas. Y según Fernández de Oviedo, sus hombres, siguiendo el ejemplo de su capitán, se dedicaron a actuar de la misma manera. Este mismo cronista tuvo la curiosidad de indagar por qué Hernando de Soto, a su paso por los distintos poblados de la Florida, además de cargadores o tamemes, tomaba muchas mujeres jóvenes y guapas. La respuesta de uno de los miembros de su hueste no pudo ser más clara: las querían “para se servir de ellas y para sus sucios usos y lujuria, y que las hacían bautizar para sus carnalidades más que para enseñarles la fe”. El capitán Pedro de Cádiz y su mesnada forzaron a tantas jovencitas “que con tanto fornicar” muchos de ellos enfermaron gravemente.

Pero, no sólo los conquistadores abusaron de las indias, también había funcionarios públicos, encomenderos y personas de a pié. Incluso, peor aún, hubo implicados presidentes de audiencia, oidores y hasta protectores de indios, los mismos que se suponía debían velar por que estas cosas no se produjeran. Tristemente famoso fue el presidente de la Audiencia de México Nuño de Guzmán, un desalmado que lo mismo violaba a varias muchachas que herraba a indios de paz.

Ni que decir tiene que las esclavas indias eran, al igual que las negras, carne de cañón para la violación, sin que por ello se pervirtiese la ley. Así, un español que participó con Francisco Montejo en la conquista del Yucatán se jactaba de haber dejado “preñadas” a decenas de indias esclavas porque de esta forma las vendía a mayor precio. Y Girolamo Benzoní insiste en esta misma idea, al decir que el capitán Pedro de Cádiz y su hueste, forzaban a muchas jóvenes y, aunque embarazadas de sus propios hijos, las vendían “sin ningún miramiento”.

Pero no acabaron aquí las desventuras de las desdichadas indígenas. Pronto comenzaron a ser violadas también por los esclavos negros. En los primeros tiempos hubo el triple de esclavos negros varones que mujeres y no tardaron en saciar sus apetitos sexuales a costa de las nativas. En 1541 un documento señalaba los casos que se estaban cometiendo de negros que mataban a indias por “no satisfacer sus ruines intenciones”. Poco tiempo después se denunciaban los abusos que los hombres de color hicieron en el pueblo de Xilotepeque, en Nueva España, pues entraban en las moradas de los indios, tomando “por la fuerza las mujeres y gallinas y hacienda y dan de palos a los indios, y un negro ató a la cola de un caballo a un macehual chichimeca y lo arrastró y mató porque le reñía que había tomado a su mujer…”

Pero, ¿hubo condenas por todas estas violaciones? Apenas conocemos unos cuantos casos. En una Real Cédula, fechada en Valladolid el 9 de septiembre de 1536 el rey mostraba su perplejidad por haber condenado a tan solo cinco pesos de oro a un español que, tras intentar violar a una india, ésta se refugió en un bohío o casa indígena y, en represalia, la quemó viva. Obviamente, la condena parecía pírrica pero lo realmente elocuente es que lo que se juzgó fue su vil asesinato no el intento de violación que no pareció algo punible.

¿Y la violación de menores? La legislación medieval y moderna no distinguía los casos de pederastia, de la violación de adultos. En las Siete Partidas se agrupan todos los casos de violación, sin especificarse la edad. Hemos de sobrentender que la violación de menores quedaba incluida en el apartado de vírgenes.

Conocemos en la España medieval decenas de casos de violaciones de niñas de 11 y 12 años que fueron considerados como simples casos de violación y sus transgresores fueron perdonados. En cambio, en 1475 el murciano Gil López Merino fue ajusticiado en la horca por violar a una niña de 9 o 10 años. ¿Es posible que en esta ocasión se viera la edad como un agravante? Probablemente sí. Pero entonces, ¿dónde estaba exactamente la frontera?: creo que era algo que se decidía a ojo. El límite debía ser, por tanto, la pubertad, siendo especialmente grave cualquier violación que afectase a una muchacha que tuviese una edad inferior a los 10 u 11 años. En caso de estimarse que la quebrantada era una niña, sí que la pena podía ser mucho más severa.

Por tanto, la frontera entre la violación de una adulta y de una niña no estaba bien delimitada, pero de considerarse el último caso podía llevar aparejada la pena capital. De hecho, el propio emperador Carlos V promulgó una ordenanza en 1533 en la que condenaba dicho delito con la muerte.

        Pero al menos en América todo eso quedó en mero papel mojado. En la praxis, se produjeron violaciones, tanto de adultas como de niñas indígenas, sin que por ello fuese penado el infractor. El caso del capitán Lázaro Fonte que analizaremos a continuación es muy representativo. Ya veremos como violó a varias niñas pequeñas y terminó absuelto por esos y por otros crímenes. Son muy interesantes los testimonios de algunos testigos presenciales porque sirven para entender cómo se veía la pederastia entre sus contemporáneos.

 

LÁZARO FONTE: LA DOBLE PERSONALIDAD DE UN PSICÓPATA

 

        Lázaro Fonte es un ejemplo típico de algunos de esos conquistadores con doble personalidad, capaces de lo mejor y de lo peor. Él se consideraba a sí mismo una persona cristiana, temerosa de Dios, un leal servidor de la Corona y, sobre todo, un marido y un padre ejemplar. Pero, es más, fueron varios los testigos que así lo afirmaron por lo que, cuanto menos, denotaba que, pese a sus tropelías, estaba integrado socialmente. Pero, este feliz y cristiano padre de familia, por otro lado fue capaz de ejecutar crueles y despiadadas matanzas de indios así como de violar a niñas de siete u ocho años que previamente ataba a palos cruzados en aspa.

        Obviamente, no todos los conquistadores actuaron así pero, salvando la cuestión de la pederastia, sí hubo muchos. Estos podían compaginar perfectamente el servicio a Dios y a la Corona con las matanzas de infieles. No olvidemos que durante siglos el mismísimo Papa salía con sus galeras a matar a todo infiel que encontraba, desde árabes a berberiscos, pasando por los turcos. Acaso también habría que aplicar aquí la cuestión de la falsa conciencia, no sólo de Lázaro Fonte sino de buena parte de la élite conquistadora. Una falsa conciencia que consistía en la deformación más o menos consciente de la realidad para defender, legitimar y justificar su superioridad social.

        Lázaro Fonte nació en Cádiz en torno a 1508, pues, en agosto de 1553 declaró tener 45 años. Era hijo de Rafael Font o Fonte, comerciante de origen catalán, afincado en Cádiz, donde fue regidor del concejo. Su padre estaba desposado con Paula Fonte con quien procreó tres hijos, dos varones y una mujer. Los Fonte lograron en Cádiz una holgada posición económica, aunque, posteriormente, estando ya Lázaro Fonte en las Indias, pasaron a Tenerife, donde Rafael Fonte volvió a ocupar una regiduría. Allí gozaron de rentas superiores a los 3.000 ducados al año que el gobernador de Nueva Granada, Alonso Fernández de Lugo, natural precisamente de las Canarias, se encargó de arrebatarles a cambio de indultar a Lázaro Fonte.

¿Por qué Lázaro Fonte, pese a gozar de una buena situación económica y de una excelente posición social decidió buscar nuevos horizontes al otro lado del océano? Probablemente, los oscuros incidentes en los que estuvo implicado el Jueves Santo de 1533 lo abocaron a ello. Ese día, en la procesión de los disciplinantes, se vio envuelto en la muerte de un alguacil en su ciudad natal. Tras los hechos, huyó a las sierras del interior de la provincia, entre Jerez de la Frontera y Tarifa. Un testigo, Melchor Ramírez, dijo que, tras los hechos, él lo vio presentarse de noche en una posada vistiendo “un manteo negro y un bonete negro”. Pero, a los pocos días, decidió regresar y presentarse en la misma cárcel ante la justicia. Hubo un juicio y consiguió salir absuelto, al demostrarse que el autor material no fue él sino un criado suyo, llamado Francisco Ruiz. Desde entonces hasta finales de 1534, en que se embarcó con destino a Santa Marta, “anduvo libremente por la dicha ciudad”. Así, pues, el peso de la ley recayó exclusivamente sobre su sirviente. No obstante, sus propios contemporáneos mantuvieron siempre la duda sobre su grado de implicación en tan oscuros hechos. Y la verdad es que nosotros, casi quinientos años después, también albergamos nuestras dudas de que el criado, que estaba con él en el momento de ocurrir los hechos, actuase exclusivamente por iniciativa propia.

Por tanto, cuando el nuevo gobernador de Santa Marta, Pedro Fernández de Lugo, le pidió que lo acompañase en su expedición, no le faltaron motivos para aceptar. Así, a finales de 1534, cuando contaba con unos 26 años de edad inició su lamentable andadura indiana. En una información de méritos, presentada por él mismo declaró que llevó una nao a su costa con más de 150 soldados, gastando en ellos más de 4.000 ducados. No tardó en pasar a la conquista y pacificación del Nuevo Reino de Granada a las órdenes del capitán Hernán Pérez de Quesada. En ella declaró que, además de los trabajos y hambre que padeció, gastó más de 20.000 pesos de oro porque un caballo costaba entonces más de 50 pesos.

        Recibió tres encomiendas en Santa Fe, a saber: Fusagasugá que en 1566 tenía nada menos que 500 indios de encomienda, Engativá con poco más de un centenar de indios y Tocancipá que entonces debía superar el centenar y medio. En total debió tener unos 750 indios de encomienda que le proporcionaban unas holgadas rentas.

        Pero su enemistad con el teniente de gobernador del Nuevo Reino de Granada, el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, provocó su procesamiento. En enero de 1539 se pregonó que ningún español rescatase esmeraldas con los indios. Sin embargo, Lázaro Fonte, al igual que otros españoles, continuaron sus rescates. A finales de ese mismo año se produjo la atroz matanza de indios en Fusagasugá. El licenciado Giménez lo condenó a muerte por ello y “por otras causas”. Él apeló la sentencia a través de su procurador y, a mediados de 1541, la audiencia de Panamá dictó sentencia, conmutándole la pena de muerte por la de destierro de la gobernación.

        Entre primeros de septiembre de 1541 y abril de 1543 estuvo en la expedición del Dorado, capitaneada por el gobernador Hernán Pérez de Quesada. A su regreso, se le procesó de nuevo, acusado de haber quebrantado la pena de destierro. Tras un breve período en la cárcel fue absuelto por Alonso Fernández de Lugo en clara prevaricación. Pues quedó claro que a cambio de su absolución le vendió, a un precio irrisorio, sus rentas de Tenerife.

        Tras salir de la cárcel, y para evitar males mayores, decidió finalmente abandonar Santa Marta y afincarse en San Francisco de Quito. En 1548 estaba ya perfectamente instalado en esta última ciudad. Allí se desposó con doña Juana de Bonilla, hija del gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla. Con ella tuvo tres hijos, el mayor de ellos llamado Juan Rafael Fonte. Su suegro, como es normal, lo favoreció enormemente, nombrándolo corregidor de Quito y después contador de la Real hacienda.

        En 1546 se sumó a los hombres del presidente Pedro de La Gasca que luchaban contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. Éste prometió el perdón de los delitos a todos los españoles que se sumasen a su campaña. Y el gaditano fue enviado como alférez general al mando de 300 hombres para unirse a las fuerzas del presidente. Por el camino, se supo que no hacía falta su ayuda y que el presidente ordenaba su retorno. Su tropa regresó, pero él con unos cuantos deudos, prosiguió su viaje hasta la ciudad de Cuzco, recorriendo según él mismo afirmó 700 leguas de distancia. Además en San Francisco de Quito recibió un cofre con despachos para La Gasca que le entregó puntualmente, atravesando, según él, “grandes peligros”.

        Pero, pese a estar en Quito bajo la protección del gobernador, el proceso continuó su curso y la justicia continuó “molestándolo”. Por ello, a principios de 1553 decidió nuevamente acogerse al perdón que se daba a los que sirviesen contra el alzamiento del cacereño Francisco Hernández Girón. Cuando este último derrotó al mariscal Alonso de Alvarado los oidores de la ciudad de los Reyes le encargaron una peligrosa misión. Debía recoger las armas de todos aquellos españoles que no se incorporasen a filas y reclutar asimismo el mayor número posible de indios. El despacho le fue entregado el 7 de junio de 1554 y fue con tal cometido en compañía de Francisco Benítez, Miguel López y Gregorio Genovés que cumplieron su objetivo satisfactoriamente. Y en ello, estuvo hasta la derrota y ajusticiamiento del extremeño el 7 de diciembre de 1554.

No obstante, para su sorpresa, a su regreso volvió a dar con sus huesos en la cárcel. Finalmente, en 1555 se le concedió una nueva apelación, en este caso al órgano supremo, es decir, al Consejo de Indias, quedando mientras tanto en libertad. Es la última noticia que tenemos de su procesamiento, pues, no nos consta documentalmente la sentencia definitiva. Probablemente, el silencio documental indique su absolución. Quizás los miembros del Consejo estimaron que el acusado ya había pagado suficientemente sus culpas.

Pero no sólo fue perdonado sino que se estimó que merecía compensaciones por el leal servicio prestado a la Corona durante tantos años. Así, el 13 de noviembre de 1568 y el 19 de diciembre de ese mismo año se le recomendó al virrey del Perú que le otorgase una encomienda de indios y algún oficio en gratificación por sus servicios. La Corona no especificó el monto de la merced aunque él solicitaba una encomienda que le rentase 4.000 pesos de oro anuales. Pero, los años pasaron y la recomendación no llegó nunca a hacerse efectiva. En 1577, es decir, nueve años después seguía con las mismas reivindicaciones. Y nuevamente el 22 de diciembre de 1577 obtuvo otra Real Cédula por la que la Corona ordenaba al presidente y oidores de la audiencia de San Francisco de Quito que le diesen una encomienda que rentase 400 pesos de 450 maravedís cada uno. Pero tampoco se hizo efectiva pues, nuevamente, el 30 de septiembre de 1578, se lamentaba de no haber recibido su ansiada prebenda, reiterando la Corona su deseo de que se le diese. En marzo de 1580 es la última vez que lo tenemos documentado en la ciudad de Quito, cuando tenía 72 años de edad. En ese momento le perdemos totalmente el rastro entre la documentación, lo que podría indicar que había muerto en ese mismo año o en el siguiente.

        No obstante, la familia Fonte se debió consolidar entre la élite quiteña, pues, el 20 de diciembre de 1606 Lázaro Fonte Ferreira, probablemente nieto del gaditano, compró una regiduría en el cabildo de Quito.

Con respecto a sus actos de violación de niñas se le imputaron dos casos concretos, verificados por numerosos testigos. Al parecer, violó a otras niñas, pero no se aportaron datos concretos. Por ejemplo, Juan de Güemez declaró que además de los dos casos conocidos, sabía que “el dicho Lázaro Fonte se echó con otras niñas, sin ser cristianas, y que las corrompió”. Juan Tafur, veedor de Su Majestad, por su parte, dijo que vio una de las varias niñas de ocho o nueve años “que decían que había desvirgado el dicho Lázaro Fonte”.

        Pero nos centraremos en analizar las dos violaciones de las que se presentaron pruebas contundentes. La primera de ellas fue la hija del cacique Bogotá que tenía siete u ocho años. Sobre este caso los testigos apuntan datos sobrecogedores sobre su forma de actuar. Simón Díaz fue testigo presencial y aunque su cita es ago larga me permito transcribirla entera por su interés:

        “Que vio como el dicho Lázaro Fonte echó en su cama una muchacha de Bogotá, de edad de siete u ocho años, y allí la tuvo y la corrompió porque este testigo la oyó llorar y dar gritos aquella noche. Y otro día vio este testigo en la cama del dicho Lázaro Fonte la sangre que le había caído a la dicha niña y dijo a Juan de Güemez y a otros compañeros, mirad que gran bellaquería que ha hecho Lázaro Fonte en haber corrompido esta niña que era tan chiquita que la traían en brazos por no poder andar los indios. Y que era india que no sabe si era cristiana porque si lo fuera él lo supiera. Y este testigo, diciendo y afeándole al dicho Lázaro Fonte como era mal hecho echarse con niñas tan chiquitas le dijo, espera, veréis, y se quitó una caperuza montera que traía puesta y la tiró a la niña y le dio con ella y dijo pues no cae del golpe bien me puedo echar con ella. Y que ésta es la verdad y lo que sabe so cargo del juramento que hecho había…”

 

        La descripción no tiene desperdicio. Tanto Simón Díaz como Juan de Güemez y otros testigos coincidieron al decir que la niña tenía “siete u ocho” años. Pero, llama la atención que una niña con esa edad no supiese andar y que la llevasen en brazos como coincidieron todos los testigos, si es que no tenía alguna enfermedad o minusvalía física. Probablemente, la niña no es que no supiese andar sino que no quería andar, temerosa de su sospechoso traslado a la alcoba del español. Simón Díaz no especifica quién o quiénes la llevaban en brazos, pero sí lo hizo otro testigo, Francisco Gómez de Trujillo, que detalló que era un indio, probablemente obligado por el capitán español. Ahora bien, la india no andaba o no quería andar, pero sí hablaba. Hernán Gómez Castillejo, de 25 años, declaró que no estuvo presente en la violación pero sí “cuando la dicha niña india dijo su dicho”. Desgraciadamente, en el proceso no se incluye el testimonio de la propia india que hubiera sido clave para conocer el verdadero alcance del delito y la percepción que ella misma tuvo de lo ocurrido.

Por otro lado, está claro que el delito no se limitó a abusos deshonestos sino que fue una violación tan brutal, cruel e inhumana que se me agotan todos los adjetivos. La pobre niña gritó y lloró durante la noche y además manchó de sangre el lecho. Otro de los testigos presentes, Juan Montañés, ratifica que “la niña daba gritos y este testigo la oyó dar voces porque estuvo dentro de la casa donde el dicho Lázaro Fonte estaba…

Al menos tres españoles escucharon lo que estaba pasando porque estuvieron dentro de la casa, en el momento en el que ocurrieron los hechos: Simón Díaz, Juan de Güemez y Juan Montañés. Pues, bien, ninguno de ellos hizo nada por evitar el sangrante delito que delante de sus propias narices se estaba cometiendo. Todo lo más que hicieron fue, una vez consumados los hechos, reprocharle la “bellaquería” que había cometido. A juzgar por los hechos Fonte era algo más que un bellaco, pero parece ser que no fue percibido así por los españoles, ni tan siquiera por las autoridades que juzgaron el caso. Pero, además, el gaditano, no mostró en ningún momento síntoma de arrepentimiento. De hecho, solía alardear con sus amigos que él tiraba su bonete o caperuza a una niña y, si no caía por ello, era apta para practicar con ella el sexo. Varios testigos escucharon al reo contar jocosamente dicha anécdota.

        La otra niña violada era algo mayor que la anterior. Nuevamente, Juan Montañés declaró que estuvo presente cuando ocurrieron los hechos en el pueblo indio de Turmequé:

“En Turmequé que en aspó una niña de poca edad para se echar con ella y la ató a los palos del bohío las manos y los pies en unos palos y que este testigo estuvo presente a ello y que se salió de allí y oyó dar voces a la niña muchas como se echaba con ella el dicho Lázaro Fonte y la corrompía y que la niña era india y no era cristiana…

 

La declaración de Juan de Güemez no aporta más datos que la edad. Él, aunque no estuvo presente en esta ocasión, oyó decir lo siguiente:

        “Y que, asimismo, oyó decir este testigo como en aspó una niña para se echar con ella, de edad de doce o trece años, y que no era cristiana, (con) dos estacas de los pies y atadas las manos a los palos del bohío y que era virgen”.

 

También el testigo Francisco Gómez de Trujillo, nos confirma que la india se encontraba en el pueblo de Turmequé y que allí, tras una entrada, la “aspó” y “se echó con ella forzadamente”.

Otro testigo Hernán Vanegas, introduce una novedad en el suceso. Él afirma que en los aposentos de Turmequé violó primero a una de las muchachas pero que no fue la única. El propio Fonte, le contó, presumiendo, que habían sido tres las muchachas violadas. Es el único de los testigos que sostuvo este extremo:

“A las catorce preguntas dijo que lo que de esta pregunta sabe es que el vio tres muchachas y que oyó decir al dicho Lázaro Fonte que las había corrompido y que, la una de ellas, le dijo el dicho Lázaro Fonte que la había atado en una colcha de paja y que le mostró la toca donde la había atado y los palos donde (la) había atado cuando se echaba con ella porque no quería estar queda, lo cual pasó en los aposentos de Turmequé y que las dichas muchachas no eran cristianas porque en aquel tiempo no las había en este reino”.

 

Según los criterios de la época, esta última muchacha debía estar en el límite de lo que se podía considerar una violación común. También queda muy claro que Fonte premeditaba bien todos sus actos. No eran casos espontáneos de violación, sino que previamente ataba a sus víctimas para evitar cualquier tipo de resistencia. Las víctimas opusieron resistencia, pero lo hicieron inútilmente de la única manera que pudieron, es decir, gritando. Nuevamente en esta ocasión hubo testigos presenciales que no hicieron nada por remediarlo. Juan Montañés afirma “que se salió de allí” y, por el tono, pudiera parece que abandonó el lugar molesto con el penoso espectáculo que el gaditano se disponía a protagonizar.

        Ante estas acusaciones Fonte no adoptó ninguna estrategia en su defensa, limitándose a negarlo todo. Y lo hizo durante los más de doce años que anduvo entre pleitos y apelaciones. Y es que Fonte era tan fanfarrón con sus amigos como cobarde ante los tribunales. Cuando en 1541 le entregaron la sentencia de Panamá se permitió romperla en pedazos. Sin embargo, otra cosa era reconocer todo ante un tribunal. Con respecto a la hija del cacique de Bogotá decía que nunca tuvo el gusto de conocerla y que ni tan siquiera sabía si éste tenía o no hijas. En Tunja, el 5 de enero de 1544 volvió a insistir en la falsedad de las acusaciones pues “las indias que he tenido, así niñas como mujeres grandes, han sido de mí muy bien tratadas y miradas y haciéndolas enseñar y enseñándolas en las cosas de nuestra santa fe católica”.

        La gran cantidad de testigos, los detalles aportados y la total coincidencia entre todos ellos, no dejan lugar a la duda sobre los hechos ocurridos. Así lo estimaron distintos jueces a lo largo de varios años. Yo creo que Lázaro Fonte se corresponde perfectamente con el perfil de un psicópata. Una persona que podía compaginar su condición de buen cristiano, de buen esposo y de buen padre con crueles matanzas con el único objetivo de obtener varios centenares de pesos de oro y con violaciones brutales y premeditadas. Y lo peor de todo, se trataba de una forma de actuar que, aunque muy minoritaria, ni era excepcional en su época ni desgraciadamente lo es en pleno siglo XXI. Y es que analizando la historia uno se da cuenta de lo poco que el hombre ha evolucionado a nivel moral y ético. Ha habido una revolución científica y tecnológica pero aún está por llegar una revolución moral.

         En plena vorágine conquistadora, donde millones de indios perecieron de forma directa o indirecta, es obligatorio plantearse ¿por qué se juzgó este caso?. Hubo miles de asesinatos, miles de violaciones y miles de saqueos injustificados. Los españoles durante algunos años se convirtieron incluso en huaqueros es decir en saqueadores de tumbas.

Ya en 1531, en la gobernación de Santa Marta, hubo un juicio contra el conquistador extremeño Alonso de Cáceres por haber asesinado impunemente a un indio de paz. Se hizo justicia dentro de lo que cabía en esa época y el extremeño fue condenado al destierro y a la confiscación de sus bienes. Sin embargo, tras analizar las circunstancias llegué a la conclusión que la causa de su procesamiento no fue ningún filantrópico deseo de justicia con los indios sino su agria enemistad con el gobernador de Santa Marta, García de Lerma.

Pues, bien, desgraciadamente en el caso de Lázaro Fonte, ante la misma pregunta he obtenido la misma respuesta. Los cargos, con ser importantes, no dejaban de ser habituales en todo el proceso conquistador. El rescate de esmeraldas, el asesinato de indios para que le entregasen oro, los escarmientos y las violaciones eran moneda de cambio habitual en el proceso conquistador.

Es cierto que la violación de niñas de siete u ocho años no debía ser tan frecuente, pero no lo es menos que tampoco fue el cargo que más pesó en su procesamiento. También es cierto que los indios de Fusagasugá, pese a lo que afirmaba Fonte, habían estado siempre de paz. Y ambos aspectos eran sendos agravantes porque se suponía que la legislación protectora afectaba fundamentalmente a los indios amigos o guatiaos.

Pero, sea como fuere, lo cierto es que el licenciado Gonzalo Jiménez de Quesada, teniente de gobernador del Nuevo Reino, condenó a Lázaro Fonte a pena de muerte y a la pérdida de sus bienes. Ahora, bien, no lo hizo tanto para castigar sus atropellos, que se lo merecía, sino por enemistad personal. Al parecer, el teniente de gobernador llamaba al gaditano converso, mientras que éste decía que aquél era un judío. El capitán Hernán Vanegas oyó decir a Fonte “que le había de dar una cuchillada con un puñal a Jiménez”.

        Son muchos los testimonios que aparecen en el proceso y que delatan esta situación. Él lo condenó a pena de muerte y pretendió darle un castigo tan desmedido como ilegal. Pensó en dejarlo atado a un árbol en territorio de los indios Panches, que entonces eran temidos porque se le atribuían casos de antropofagia. Hernán Vanegas y otros españoles le convencieron finalmente para que no lo enviase a tierras de los Panches “porque se lo comerían los indios” y decidió mandarlo a Pasca “con unos grillos”. Estando ya con cadenas en Pasca, supo el teniente de gobernador que se acercaba una expedición de españoles y mandó a su hermano Hernán Pérez de Quesada que le soltara, para evitar que se conociese semejante irregularidad.

Asimismo, se vio obligado a permitirle su apelación porque era un derecho que no le podía negar. El gaditano dio poderes a Pedro de Puelles para que llevase el proceso ante la audiencia de Panamá, quien falló en segunda instancia, permutando la pena de muerte por la del destierro de la gobernación. Pese al fallo, tremendamente favorable, cuando Bartolomé Calvo, criado de Juan Muñoz de Collantes, se la entregó la rompió en pedazos airadamente. Y ello, porque Fonte sostenía que era frecuente que los capitanes y gobernadores emitiesen condenas que después nunca se ejecutaban, al menos “al pie de la letra”. Encima tuvo la desfachatez de sostener durante años que la sentencia de Panamá jamás se le llegó a notificar. Y lo mismo que Gonzalo Jiménez lo acusó sencillamente por enemistad personal, el gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo lo absolvió, el 21 de abril de 1544, en medio de una flagrante prevaricación. Y es que fue público que lo indultó a cambio de que le vendiese, por una cantidad simbólica, sus propiedades en Tenerife, valoradas en varios miles de ducados. A fin de cuentas el propio Lugo era canario y le venían muy bien esas propiedades para cuando decidiese regresar. Incluso, para que Fonte quedase totalmente satisfecho le concedió el cargo de alguacil mayor.

Sin embargo, el negocio no le pudo salir peor al gaditano, pues, a finales de ese año de 1544, el gobernador regresó a España, cargado de esmeraldas y oro “y tales obras hizo allá que dejó nombre de tirano”. Lo cierto es que el promotor fiscal, Antón de Luján, un español de moralidad intachable, y el nuevo gobernador, visitador y juez de residencia Miguel Díez de Armendáriz se empeñaron, para desdicha del arruinado de Fonte, en proseguir el proceso.

        Yo creo que Fonte terminó pagando una buena parte de sus culpas. Él mismo se lamentó de su mala suerte por tener que rendir cuentas por hechos –los rescates y los castigos ejemplarizantes- que otros muchos capitanes habían cometido sin incurrir en pena alguna. Estuvo de tribunales al menos hasta 1555 en que su proceso fue apelado al Consejo de Indias. Aunque en ese mismo instante se hubiese archivado su causa, nadie pudo quitar al gaditano esos dieciséis años de juicios y cárceles. Obviamente, no estuvo preso todo ese tiempo, pero siempre acosado por la justicia, pasó temporadas en la cárcel en Santa Fe, en Quito y en Lima. Al menos lo encontramos encarcelado en 1539, 1543, 1544, 1547 y 1553.

Económicamente terminó arruinado. Gonzalo Jiménez le confiscó todo el dinero en efectivo que tenía en oro y esmeraldas, así como sus enjundiosas encomiendas de indios. Y por si fuera poco, el corrupto gobernador Alonso Luis Fernández de Lugo le vendió su libertad a cambio de sus propiedades en Tenerife. Pedro de Enciso declaró que estuvo presente en Bogotá cuando se hizo la fraudulenta transacción. Así, cuando el 16 de agosto de 1553 Pedro de Mercado de Peñalosa dispuso nuevamente que se encarcelase al gaditano y que se le confiscasen sus bienes en Quito, se supo que no tenía absolutamente nada. Interrogado su suegro el gobernador Rodrigo Núñez de Bonilla, sus palabras fueron elocuentes:

“Y el alguacil lo llevó preso con grillos a la cárcel y, luego, fue a la posada del dicho Fonte a secuestrar sus bienes, pero no halló ninguno. Rodrigo Núñez de Bonilla, su suegro, so cargo del cual, siendo preguntado por los bienes del dicho Lázaro Fonte dijo que no le conoce bienes ningunos porque lo que comía, bebía, vestía y calzaba él y su mujer e hijos él se lo daba y proveía y que ésta es la verdad”.

 

Poco tiempo permaneció preso en la Ciudad de los Reyes porque sus amigos Francisco Ruiz, Ascensio de Cepeda y Rodrigo de Paz, vecinos de Quito, lo sacaron con el compromiso de que no saldría de la ciudad y que volvería a la cárcel cuando se le requiriese, “so pena de 8.000 pesos de oro para la cámara real.

        A modo de conclusión creo que los ejemplos tratados en este trabajo son más que suficientes para acercarnos al drama de la conquista. En América se cometieron todo tipo de abusos y creo que esto es digno reconocerlo. Pero, eso sí, sin complejos y sin sentimientos de culpa. Ya los griegos en el siglo V a. C. habían dicho que ellos eran “el crisol superior de un mundo diverso”. Desde la aparición de la civilización hasta el mismísimo siglo XX se consideró normal que los pueblos civilizados sometieran y “civilizaran” a los pueblos supuestamente bárbaros.

        El caso de Lázaro Fonte es muy especial. No sólo por sus rasgos psicopáticos sino porque su procesamiento nos proporciona bastante información sobre las actitudes ante las matanzas de indios y, sobre todo, ante hechos tan repugnantes para la sociedad actual como la pederastia. Ni una cosa ni otra eran vistas en su momento con la repulsa con la que se ven en nuestros días. Tanto las matanzas de indios como la política de terror –amputaciones, ajusticiamientos públicos, aperreamientos, etcétera- eran consideradas como males necesarios para someter a la numerosísima población indígena. Y ello era así porque el fin último era positivo a los ojos de Dios, es decir, su sometimiento y su conversión al cristianismo.

En cuanto a la pederastia, es evidente que creaba cierto malestar y repulsa entre sus contemporáneos. Lázaro Fonte fue censurado, e incluso, condenado por ello. Sin embargo, parece claro, a juzgar por las declaraciones de los testigos, que tampoco generaba el mismo rechazo social que puede generar actualmente.

En definitiva, asesinatos, violaciones y actos de pederastia, eran hechos que podían ser reprochados por una parte de la sociedad, sobre todo por la corriente crítica que encabezaban religiosos como el padre Las Casas, fray Pedro de Córdoba o fray Bernardino de Sahagún, entre otros. Pero, su responsable sólo era puesto a disposición de la justicia en ocasiones muy flagrantes y casi siempre mediando enemistades personales. Aun así, no conocemos ni un solo caso de ejecución de una condena a muerte dictada contra un español por haber asesinado o violado nativos. Sí las hubo por traición a la Corona, cierta o no, como le ocurrió a Vasco Núñez de Balboa, a Gonzalo Pizarro o a Francisco Hernández Girón, pero no por haber cometido delitos contra los aborígenes que hoy consideraríamos de lesa humanidad.

No cabe duda, pues, que la sociedad de la época era mucho más tolerante con todos estos aspectos que la actual. Podían compaginar perfectamente sus valores cristianos con el desprecio por el indio que, lejos de ser un vasallo o un prójimo más, siempre se consideró políticamente un vasallo de segunda y religiosamente, primero, un pagano o un infiel, y luego, un converso. Hoy nos llaman la atención personajes como Lázaro Fonte que se consideraban buenos cristianos y “temerosos de Dios”, y no tenían ningún pudor en reconocer la necesidad de llevar a cabo matanzas de indios, aperreamientos o amputaciones como medio de sometimiento. Los medios no importaban porque el fin, la ampliación de las fronteras cristianas, era muy positivo a los ojos de Dios. Esta actitud estaba bastante generalizada entre el grupo conquistador. Por ello, el gobernador de las Indias, Frey Nicolás de Ovando, que era un profundísimo creyente, no tuvo el menor cargo de conciencia en organizar la cruel matanza de Xaragua, si con ello expandía la frontera cristiana.

En definitiva, queda bien claro algo que los valores fundamentales de la sociedad del siglo XVI no eran los mismos que los actuales. Pero, obviamente, eso no significa que cinco siglos después, sin perder de vista la sincronía histórica, no podamos juzgar críticamente y censurar esas actitudes del pasado.

 

PARA SABER MÁS


MIRA CABALLOS, Esteban: “Terror, violencia y pederastia en la conquista de América: el caso de Lázaro Fonte”, Jahrbüch Für Geschichte Lateinamericas, N. 44. Hamburgo, 2007, pp. 37-66.

 

------- Conquista y destrucción de las Indias (1492-1574). Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CUANDO LOS AMERICANOS DESCUBRIERON EUROPA: ANDANZAS POR ESPAÑA DEL INDIO DIEGO COLÓN

CUANDO LOS AMERICANOS DESCUBRIERON EUROPA:  ANDANZAS POR ESPAÑA DEL INDIO DIEGO COLÓN

Nada más arribar Cristóbal Colón al Nuevo Mundo, en la isla de Guanahaní, encontró a este nativo del que por desgracia no ha trascendido su nombre indígena, pues, todas las fuentes lo citan con el que adoptó en Barcelona tras su bautizo, es decir, el de Diego Colón, en honor al padrinazgo del hijo del Primer Almirante.

         Debía ser muy joven cuando Colón se encontró con él y lo embarcó en la Santa María. Desde el primer momento sintonizó bien con el carácter del Almirante con quien entabló, como ya hemos afirmado, una gran amistad personal. Su gran capacidad de aprendizaje y el azar, pues sobrevivió a las mortíferas epidemias de los primeros años, le convirtieron en una pieza clave como guía por aguas antillanas y, posteriormente, como lengua o traductor.

De esta forma se iniciaba, por parte de España, toda una política de utilización de indígenas para conocer las rutas de las canoas en el Nuevo Mundo. Se trataba de una vieja práctica utilizada durante décadas por los portugueses a lo largo de su proceso de expansión en el cuatrocientos. Así, pues, parece evidente que el Primer Almirante lo aprendió de los portugueses y de éste otros descubridores españoles, como Alonso de Ojeda. La ayuda que prestó este guatiao en la arribada del Almirante a la isla de Cuba está bien fundamentada por Adam Szászdi, pues, los indios de Guanahaní, conocían perfectamente las aguas antillanas al practicar en canoa una navegación de cabotaje.

        Como es bien sabido, Cristóbal Colón al regreso de su primer viaje decidió traerse consigo a diez indios: Diego Colón, dos hijos del cacique Guacanagarí y otros siete indios de la Española que de su voluntad quisieron ir a ver a Castilla... Los objetivos de su embarque estaban muy claros para el propio Almirante:

Primero, debían servir de presentes para los reyes, pues, de hecho, constituyeron, junto a los papagayos verdes y colorados, una de las principales atracciones del cortejo. Y en este sentido, narraba el cronista Antonio de Herrera que a su paso salían gentes por los caminos a ver los indios. Segundo, tras su aprendizaje en Castilla, podrían ser utilizados como intérpretes en su siguiente expedición descubridora. Y tercero, pensó, con gran lucidez por cierto, que aculturando a los reyezuelos indígenas -en este caso caciques o hijos de ellos- y convirtiéndolos en fieles vasallos se favorecería el sometimiento de los demás aborígenes.

         Sabemos muy poco sobre la travesía y la estancia en Castilla del guatiao Diego Colón y de los otros indios que con él venían. Al parecer, de los diez indios embarcados, uno debió morir en la travesía enfermo de morbo. A decir de Joseph Peguero, otros tres los dejó el Almirante enfermos en Sevilla, muriendo días después, pues de hecho al regreso de Colón de Barcelona ya eran difuntos. El resto de ellos, concretamente seis, acompañaron a Colón a la ciudad Condal con la intención de reunirse con los Reyes Católicos. La llegada a Barcelona debió suceder en abril de 1493 pero la ceremonia de bautismo, probablemente oficiada por el Cardenal Pedro González de Mendoza, debió demorarse hasta finales de ese mismo mes o principios del siguiente. Y al parecer, todo ello motivado por el interés de los Reyes en que los indios se preparasen adecuadamente antes de recibir las aguas bautismales. No hay referencias documentales sobre dicho acontecimiento, aunque sí alusiones en fuentes secundarias. Fernández de Oviedo identificó a dos de los bautizados, con los nombres de don Fernando de Aragón y don Juan de Castilla, mientras que Las Casas señaló a un tercero, llamado efectivamente Diego Colón. No se han conservado estas primeras partidas de bautismo de los indios aunque sí una narración de Fernández de Oviedo que nos sirve para entender la solemne pero también pintoresca situación generada:

 

"Y ellos de su propia voluntad y (a)consejados, pidieron el bautismo; y los católicos reyes, por su clemencia, se lo mandaron dar; y juntamente con sus altezas, el serenísimo príncipe don Juan, su primogénito y heredero, fueron padrinos. y a un indio que era el más principal de ellos, llamaron don Fernando de Aragón, el cual era natural de esta isla española y pariente del rey o cacique Goacanagarí; y otro llamaron don Juan de castilla; y los demás se le dieron otros nombres, como ellos los pidieron o sus padrinos acordaron que se les diese conforme a la iglesia católica"

 

         Según Joseph Peguero, estos dos indios citados por Oviedo eran los dos hijos del cacique Guacanagarí que de alguna forma, como indios principales, tuvieron el privilegio de ser los primeros en recibir las aguas bautismales. Evidentemente esta presencia regia, apadrinando incluso a los nuevos cristianos, así como el boato que seguramente presidió la ceremonia debió ser algo muy excepcional. Ya en la época se intuyó la importancia del acontecimiento, pues, no en vano, se trataba de los primeros habitantes del Nuevo Mundo que pisaban tierras europeas. Esos bautizos debieron simbolizar algo así como el punto de partida de una nueva expansión de la cristiandad. Tras su bautizo, comenzaron las tareas de aprendizaje de Diego Colón que debieron ser eficaces, pues, el 26 de febrero de 1495 el Almirante escribía a Su Majestad lo siguiente:

 

         ...Y hablado que hubo con este indio que yo traigo, que es Diego Colón, uno de los que fueron a Castilla, el que ya sabe hablar muy bien nuestra lengua...

 

Probablemente movido por el interés, Cristóbal Colón decidió llevar en su Segundo Viaje descubridor a los cuatro indios supervivientes de los diez que trajo consigo a la vuelta de su Primer Viaje. Sin embargo, salvo Diego Colón, que sorprendentemente no desarrolló la enfermedad en la travesía, el estado de salud de los otros tres aborígenes era muy precario. Estaban infectados de viruelas, enfermedad que, como es bien sabido, transmitieron en la Española, desencadenando una de las primeras grandes epidemias que a la postre terminaron con la población indígena de la isla.

          Así, pues, Diego Colón fue el único que sobrevivió y gracias a su buen aprendizaje del idioma castellano sirvió de gran ayuda al Almirante en su Segundo Viaje. Y en este sentido, el cronista Fernández de Oviedo nos dejó constancia de la actividad de Diego Colón como intérprete:

         E como el Almirante volvía consigo algunos de los indios que había llevado a España, entre ellos uno que se llamaba Diego Colón, e había mejor que los otros aprendido, y que hablaba ya medianamente la lengua nuestra

 

La labor del guatiao de Guanahaní comenzó nada más llegar la segunda expedición colombina a aguas caribeñas. Al parecer, fueron sus indicaciones las que hicieron que el Almirante pusiera rumbo a la isla de Guadalupe. De ahí le orientó hasta Puerto Rico y, posteriormente, a su regreso de la costa meridional de Cuba, a Jamaica. Recién llegados a la Española el Almirante lo utilizó como intérprete ante el cacique Guacanagarí, para conocer las causas exactas de la muerte de los españoles. Una vez averiguado el episodio del fuerte Navidad, Colón decidió llevárselo consigo en su recorrido por las islas del entorno, sirviéndole nuevamente tanto de guía como de traductor. Precisamente, Pedro Mártir de Anglería describió la forma en la que, a través del indio Diego, el Almirante entró en contacto con los aborígenes de la isla de Cuba:

 

         "Mas el Almirante, que tenía consigo a cierto Diego Colón, educado entre los suyos, joven tomado en la primera navegación de la isla vecina de Cuba, llamada Guanahaní, sirviendo de intérprete Diego, cuyo idioma era casi semejante al de estos, habló al que se había acercado más: depuesto el miedo, se aproximó el indígena y persuadió a los demás que se acercaran sin temor y no tuvieran miedo"

 

         Tras regresar de su viaje descubridor, decidió quedarse en la Española y no volver a su isla natal. Pero, ¿por qué no volvió Diego Colón a su tierra de origen?. La respuesta es obvia, pues, como afirmó acertadamente Olaechea Labayen, la isla de Guanahaní, al ser clasificada entre las islas inútiles, no fue poblada por españoles y es probable que el citado indio no quisiera perder el contacto con los cristianos.

Además, el Almirante tenía pensado para el fiel guatiao un alto destino. Por ello, pactó con Guarionex los desposorios entre Diego Colón y la hermana de aquel, llamada Cora. Y el objetivo no era pequeño teniendo en cuenta que los cacicazgos lo heredaban los hijos de la hermana del cacique. Y los resultados no tardaron en llegar, pues, al morir Guarionex en el hundimiento de la flota de Francisco de Bobadilla, allá por julio de 1502, el cacicazgo debió recaer directa o indirectamente en Diego Colón.

           Pero, pese a la posesión del cacicazgo, Diego Colón residió -no sabemos si permanentemente o grandes temporadas- en Santo Domingo. Allí vivió, primero, en casa del Almirante, y posteriormente, en la del gobernador de la Española, frey Nicolás de Ovando en compañía de su esposa, con quien al parecer tuvo un hijo a quien bautizó igualmente con el nombre de Diego Colón.

           Por referencias documentales sabemos que, el 25 de junio de 1503, tres caciques –cuyos nombres ignoramos-, y un niño, hijo de uno de ellos, llamado Diego Colón, fueron enviados a tierras castellanas, en una flota que partió de Santo Domingo. No está totalmente verificado pero, teniendo en cuenta que el guatiao Diego Colon tenía un hijo del mismo nombre, es prácticamente seguro que era uno de los tres caciques embarcados rumbo a España.

         Sabemos muy poco de las actividades de estos tres caciques en tierras peninsulares. De los tres caciques dos murieron en breve, víctimas de diversas enfermedades que los tuvieron postrados en cama durante meses. Pero el tercero de los caciques sobrevivió y fue reembarcado a la Española. Y en este sentido, contamos con referencias documentales en las que se realizan varios descargos, en 1505, por los gastos que se hicieron en el último de los tres caciques que quedaba en Castilla que se "torno a enviar a la isla Española". Un descargo posterior concretaba mucho más al decir lo siguiente:

 

         "A Juan Bermúdez por el flete de pasajes de un cacique que en su navío se envió a la Española este dicho viaje" (1.500 maravedís).

 

Está claro, pues, que uno de los tres caciques regresó a Santo Domingo. En principio no sabemos quién pero, según todos los indicios, sospechamos que debió ser precisamente el guatiao de Guanahaní. Y tal hipótesis la sostenemos sobre la base de la existencia de un cacique Diego Colón en la Española al menos hasta 1514. Además, si sólo uno sobrevivió es muy probable que fuera éste que llevaba años en contacto con los españoles, que había estado ya en España y que seguramente estaba más inmunizado biológicamente. En cambio, su hijo del mismo nombre que, como hemos afirmado, también arribó a la Península, quedó desde su llegada a Sevilla en manos de un tutor. Concretamente fue encomendado al capellán Luis del Castillo, a quien se le asignó un salario anual de 8.000 maravedís "porque tenga a su cargo de dar de comer y enseñar a Diego el Indio, hijo del cacique que, demás de los tres, el gobernador envió a los oficiales para que le hiciesen enseñar las cosas de nuestra santa fe". Los gastos de vestuario, se consideraban extraordinarios por lo que se abonaban aparte al capellán, eso sí, después de presentar el correspondiente justificante. De hecho, a Luis del Castillo se le pagaron, en descargo aparte, 3.750 maravedís por "vestir" al citado indio. También el material escolar constituía un gasto extraordinario, pues, también encontramos desglosados distintas partidas en concepto de material escolar para el citado aborigen. Mientras vivió fue instruido tanto en gramática como, sobre todo, "en las cosas de la fe". Se le compró ropa a la usanza castellana, es decir, zapatos, bonetes, camisas, etcétera, así como material de estudio, como papel y unas escribanías, también encontramos un pago por “unas cartillas que se le compraron” para aprender a leer.

Muchas fueron las esperanzas que se debieron depositar en Diego Colon "el Mozo" para que a su vuelta a la Española colaborase en el proceso de aculturación de sus congéneres. Pero, por desgracia para el joven indio, las cosas no salieron según lo esperado. Durante su estancia en Castilla estuvo afectado por cierta enfermedad pues, en 1505, fue curado de "una postema que le salió... en la garganta". Recibió en todo momento un buen trato, pues, no en vano la Corona pensaba obtener grandes servicios a su vuelta a la Española, según se deduce de una respuesta de Su Majestad a los oficiales de la Casa de la Contratación:

 

Lo que decís del indio, hijo de cacique, que habéis hecho relación, tened cuidado de lo continuar y que sea muy bien tratado así en lo espiritual como en lo temporal de manera que cuando plugiere a Dios que se haya de tornar a la Española vaya de acá muy contento para que los indios tengan conocimiento como acá son tratados y de las cosas de la fe para que sea causa de más ligeramente los atraer a ella".

 

         Sin embargo, su vida debió verse finalmente truncada al enfermar gravemente y morir en agosto de 1506. Durante su enfermedad estuvo en casa de un tal García Sánchez de la Plaza, vecino de Sevilla, que cobró 1.156 maravedís porque "tuvo en cargo al dicho indio en su casa y lo mantuvo y sirvió desde quince de junio hasta nueve de agosto que murió" . En principio podría ser difícil creer que el cacique Diego Colón que encontramos en un proyecto de libertad del Comendador Mayor, Nicolás de Ovando, en 1508, y más tarde aún en el repartimiento de 1514, sea el mismo joven indio que encontrara Colón en Guanahaní en octubre de 1492. Y todo ello, porque la tasa de mortalidad del indio antillano en las primeras décadas de la colonización fue tan elevada que antes de mediar el siglo habían desaparecido prácticamente.

Pero físicamente es posible y Diego demostró su fortaleza al superar sin problemas dos viajes a Castilla, el contacto directo con los españoles y los problemas epidemiológicos. Ya hemos dicho que cuando Colón lo encontró debía ser un muchacho de corta edad, probablemente entre 12 y 15 años por lo que en 1514 debía tener entre 34 y 37 años. Una edad que, pese a la elevada tasa de mortalidad y a la escasísima esperanza de vida entre los indios resulta del todo factible. Por otro lado, no podemos perder de vista las palabras de Bartolomé de Las Casas quién dijo de él que lo conoció mucho y que “vivió en esta isla muchos años, conversando con nosotros”.

         Así, pues, sabemos que en 1508 el viejo gobernador frey Nicolás de Ovando lo utilizó en su experimento de libertad. Para ello seleccionó a los caciques más ladinos –o castellanizados- que encontró en la isla entre los que se encontraba, como no, Diego Colón. El Comendador Mayor buscaba indios castellanizados y obviamente nadie mejor que el guatiao de Colón. El fin explícito era el de averiguar si los indios tenían capacidad para vivir en libertad como "labradores de Castilla". Y como no podía ser de otra forma a Diego Colón, junto al cacique Alonso de Cáceres, se le dio asiento en el término de la ciudad de Santo Domingo. Ignoramos el tiempo exacto que estuvieron estos indios en libertad, aunque, según declaró Juan Mosquera en el interrogatorio de los Jerónimos, debieron ser seis años. El resultado, según afirmaron todos los encuestados, fue el fracaso total. Los indios libertados sólo se dedicaron a sus "cohobas", "areytos" y "otras holgazanerías", descuidando sus haciendas y granjerías. El problema que subyacía tras esta realidad la apuntó con cierta claridad el licenciado Serrano:

 

"Lo que de la condición de los dichos indios se alcanzó es que no son codiciosos de honra, ni de riquezas y como estas dos cosas principalmente mueven a los hombres a trabajar y adquirir...Cesará todo lo que para ella -se refiere a la vida- es necesario..."

 

Tras el fracaso del experimento ovandino, el cacique Diego Colón debió permanecer en Santo Domingo, donde vivió al menos hasta 1514 en que lo encontramos documentado en el Repartimiento General de Alburquerque. Concretamente aparecen dos caciques con el mismo nombre, uno en Santo Domingo con 29 indios, repartidos todos ellos a Francisco de Arbolancha, y otro, en Concepción de la Vega, solo con 15 indios, repartidos a Pero Lope de Mesa.

Pero ¿quiénes eran estos dos caciques del mismo nombre? Vayamos por partes: primero, debemos decir que ambos caciques eran la misma persona. En el texto del repartimiento está la clave al decir que los repartimientos de Concepción de la Vega se completaron con indios procedentes de caciques de Santo Domingo. Por ello, Juan Bautista Olaechea llegó a la conclusión que algunos de los indios del cacique Diego Colón debieron destinarse a completar la dotación de mano de obra indígena de los vecinos de la villa de Concepción. Y segundo, todos los indicios parecen apuntar a que el cacique de Santo Domingo debía ser el guatiao de Guanahaní. Olaechea Labayen niega está posibilidad, al decir que éste, al ser natural de Guanahaní, no podía ser cacique en Santo Domingo. Sin embargo, ya hemos comentado a lo largo de este trabajo que el citado guatiao se afincó definitivamente en Santo Domingo, desposándose con la hermana del gran cacique Guarionex. Nada tenía de particular que ahora figurase como cacique en la Española. Por otro lado, existe la problemática de que su cacicazgo estuviese en Santo Domingo, en tierras que fueron del cacique de Caicimu, Canoabo, y no en la provincia de Cayabo donde estaba radicado el cacicazgo de Guarionex. Sin embargo, tampoco este aspecto tiene nada de particular dado que, el río que pasa por la ciudad de Santo Domingo –el Ozama- era precisamente la frontera entre ambas demarcaciones territoriales. En definitiva, el guatiao Diego Colón, pese a ser natural de Guanahaní, fue cacique en la Española y perfectamente pudo adoptar un cacicazgo en torno a la ciudad de Santo Domingo, donde residía.

Lamentablemente, desde 1514 perdemos toda pista sobre él, pues, no lo encontramos entre los indios reducidos por los Jerónimos en 1519. En principio parece improbable que volviera a sobrevivir a la mortífera epidemia de viruelas que asoló Santo Domingo en 1519, matando a tres cuartas partes de la población indígena. Más bien, nos parece que debió fallecer en esa gran epidemia, cuando debía estar en torno a los 40 años de edad.

En definitiva, en estas líneas hemos intentado reconstruir la vida de un protagonista singular en la historia del Descubrimiento, como es la del guatiao Diego Colón. Un indio que conoció la América prehispánica y la Colonial, que vivió en la soledad de la selva tropical de Guanahaní, en la España de principios del Quinientos y en el Santo Domingo Colonial. Un personaje, pues, excepcional del que por desgracia, y pese a que conoció la lengua castellana, no han llegado testimonios personales escritos. ¿Qué ideas pasaron por la cabeza de este aborigen?, ni lo sabemos ahora ni probablemente lleguemos a saberlo nunca.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000.

 

-------- “Indios guatiaos en los orígenes de la colonización: el caso del indio Diego Colón” Iberoamericana, Instituto Ibero-Americano de Berlín, IV, N. 16, 2004, págs. 7-16

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA VIDA A BORDO DE UN GALEÓN DEL SIGLO XVI

LA VIDA A BORDO DE UN GALEÓN DEL SIGLO XVI

La vida a bordo era extremadamente dura, en condiciones normales. Si en cambio, surgían problemas: calmas en el mar, tempestades, ataques corsarios, carestías, etc. La situación se tornaba insufrible.

 

1.-VIDA COTIDIANA

         El espacio angosto en el que se desarrollaba la vida en el barco implicaba unas incomodidades y un sufrimiento muy grande, incluso en las travesías más tranquilas. Estima Pablo Emilio Pérez Mallaína que aproximadamente cada tripulante disponía de 1,5 metros cuadrados. No dormían exactamente a la intemperie porque ase cobijaban debajo de las toldas, unos voladizos que había entre el palo mayor y la popa y entre la proa y el palo trinquete. Allí debían ubicar su baúl, cofre o caja personal con los enseres más básicos y preparar su cadalecho donde pasar las noches. Era importante, entrar de los primeros en el buque porque no había ningún espacio reservado, ni asientos de primera clase. Era muy importante coger un buen sitio, quedando los peores para los últimos (Martínez, 1983: 94).

Vivían rodeados de animales, hasta el punto que muchos barcos parecían una verdadera cochiquera o un corral. Unos animales eran domésticos, como gallinas, ovejas, cabras y hasta cerdos. En el caso de que se transportasen caballos o mulas solían viajar en las bodegas. Pero también había animales mucho más incómodos, no domésticos y que viajaban como incómodos polizones: los barcos solían estar plagados de ratas y ratones por lo que de vez en cuando había que organizar partidas para matarlas y evitar que se convirtiesen en una verdadera plaga. Obviamente, las cucarachas, chinches y piojos campaban a sus anchas sin que existiese la más mínima posibilidad de erradicarlas.

         La alimentación a bordo era mala, y en condiciones extremas insuficiente. Se solían embarcar alimentos que durasen largo tiempo. Además de agua abundante, la dieta tenía como alimento clave el bizcocho, unas tortas duras de harina de trigo. Asimismo, formaban parte de la alimentación básica de los marinos el vino -cuya ración por tripulante y día ascendía a un litro-, y el vinagre y el aceite que se repartía a razón de medio litro por tripulante y día. Por lo demás, solían consumir carne al menos dos veces en semana y los cinco días restantes consumían habas, arroz y pescado. La carne se conservaba en salazón o directamente se sacrificaban animales según las necesidades. En cada barco había un fogón que se solía ubicar en la cubierta principal, casi siempre en la proa. Se encendía una sola vez al día, concretamente a partir de las 12 de la mañana para el almuerzo. Era la única posibilidad que tenían de comer al menos una comida caliente. Los primeros días de travesía las raciones diarias solían ser más generosas, pero a medida que pasaban las semanas, sobre todo si había algún retraso por falta de viento o por alguna avería, las raciones tanto de comida como de agua iban menguando tanto que hacían pasar un hambre atroz a los tripulantes. En este sentido escribió fray Tomás de la Torre lo siguiente:

        En la comida se padecía trabajo porque comúnmente era muy poca; creo que era buena parte de la causa poderse allí aderezar mal para muchos; un poco de tocino nos daban por las mañanas y al mediodía un poco de cecina cocida y un poco de queso, lo mismo a la noche; mucho menos era cada comida que un par de huevos; la sed que se padece es increíble; nosotros bebíamos harto más de la ración aunque tasado; y con ser gente versada a templanza nos secábamos ¿qué harían los demás, algunos seglares en dándoles la ración se la bebían y estaban secos hasta otro día (Cit. En Martínez, 1987: 99).

 

         Los olores en el barco eran nauseabundos por muy diversos motivos: primero, por el hacinamiento, y segundo, por la lógica falta de una higiene personal. Si además había mal gruesa los malos olores se multiplicaban exponencialmente por los vómitos de unos y de otros. Por ello, se organizaban limpiezas periódicas de los navíos, al menos una vez al mes, trabajo que en las galeras era supervisado por el comitre. Asimismo y coincidiendo con las labores de aseo de la nave, tras una limpieza en profundidad, se perfumara ésta, frotando su superficie con romero.

         Para hacer sus necesidades se habilitaban unas letrinas, en las que sin ningún pudor y prácticamente a la vista de todos los hombres orinaban y defecaban subiéndose al borde del buque y agarrándose con fuerza para no caer al océano. Fray Antonio de Guevara describió esta indecorosa situación con las siguientes palabras:

        Todo pasajero que quisiere purgar el vientre y hacer algo de su persona, le es forzoso de ir a las letrinas de proa o arrimarse a una ballestera, y lo que sin vergüenza no se puede decir, ni mucho menos hacer tan públicamente, le han de ver todos asentado en la necesaria como le vieron comer en la mesa (Cit. Martínez, 1987: 99).

         Más adelante, en las naos y en los galeones de la Carrera de Indias se habilitó una tabla agujereada en popa que facilitaba las defecaciones de la tripulación, sin riesgo de caer al mar.

Las pocas comodidades que había en el buque estaban reservadas para algún noble privilegiado o para el capitán del navío que tenía en el castillo de popa su camarote con su cama. Aunque nobles o no, con camarote o sin él, como decían las crónicas de la época todos resultaban mecidos por las olas, con dulzura si había calma y con violencia si había tormenta.

 

2.-DIVERSIONES Y ENTRETENIMIENTOS

        Para hacer frente a la monotonía y a la dureza de las travesías también se ingeniaban algunos entretenimientos. Era una buena forma de olvidar por un momento sus miedos y sobre todo la terrible sensación de desamparo que vivían en la inmensidad del océano (Martínez, 1987: 97). Algunos marineros llevaban chirimías o trompetas, flautas o guitarras que tocaban en las noches estrelladas, mientras unos cantaban romances y otros las oían melancólicos. Todos los buques debían llevar estas chirimías porque servían para transmitir órdenes y para tocar himnos de combate. Pero, también eran utilizadas lúdicamente en las travesías.

También eran frecuentes los juegos de azar, aunque oficialmente estaban prohibidos. Pero en una situación en la que pocas diversiones había, jugar a los dados o a las cartas podían ser un deshago importante. Los capitanes de las armadas no solo no impedían el juego sino que con frecuencia participaban en las partidas.

En algunos galeones detectamos peleas de gallo que tanto divertían a la tripulación y que les permitían, durante un rato, olvidarse en cierta medida de sus padecimientos a bordo. Todos los cronistas coinciden que el mayor entretenimiento de todos era el hablar, cotillear y contar historias

        Otros, optaban por entretenimientos más tranquilos y también más constructivos. Algunos llevaban aparejos para pescar. De esta forma además de matar el tiempo, les permitía ocasionalmente el consumo de pescado.

        Y también los había más cultos, que decidían echar mano de un buen libro, pasando las horas muertas leyendo. Era frecuente que los eclesiásticos y frailes, llevasen libros sacros con los que deleitarse durante el trayecto. En ocasiones, los pocos tripulantes alfabetos que había en ocasiones leían un libro en voz alta para un grupo de hombres

         De todas formas las mayores alegrías se producían cuando el buque arribaba a alguna de las escalas, en el viaje de ida a las Indias, las islas Canarias, y en el de retorno las Azores. Era una buena oportunidad para saltar a tierra, asearse adecuadamente, beber agua y alimentos frescos y divertirse antes de volver a su prisión flotante.

 

2.-LA SEXUALIDAD

         Como podrá comprenderse el sexo a bordo era una actividad prácticamente imposible, primero, porque estaba terminantemente prohibido mantener relaciones en el barco, y segundo, porque las mujeres que se embarcaban eran muy pocas e iban, sobre todos las hijas y casadas, bien protegidas y vigiladas por sus padres o sus maridos. Pero el deseo de los sufridos marineros era mucho, excesivo, y superaba en ocasiones el miedo al posible castigo. Conocemos casos de violaciones a bordo, una logradas y otras abortadas por la resistencia de la mujer.

        En otros casos, Pérez-Mallaína ha detectado la presencia de amantes, concubinas y hasta de prostitutas a bordo. Algunas mulatas pero también blancas que, según fray Antonio de Guevara, eran más amigas de la caridad que de la honestidad.

        Y cuando no había mujeres, muchos optaban por una relación homosexual. Obviamente, de ser descubiertos se jugaban una sentencia a muerte por sodomía. Por ello, muy pocos fueron los descubiertos. Como ha escrito Pérez-Mallaina, el hecho de que la mayoría fuesen hombres y que pasasen largas semanas en medio del océano favorecía la homosexualidad, convirtiéndose en uno de los secretos mejor guardados de algunos de los hombres del mar.

 

3.-ENFERMEDAD Y MUERTE A BORDO

        Las condiciones sanitarias a bordo eran tremendas. Los tripulantes vivían hacinados, rodeados de animales vivos para el consumo, de ratas, y de olores nauseabundos procedentes de las letrinas y de los vómitos de los pasajeros más enfermos o mareados.

        Con frecuencia los tripulantes padecían, además de hambre y sed, enfermedades como el escorbuto. Todos los enfermos eran trasladados en el alcázar y allí eran atendidos sanitariamente por el cirujano o el barbero y espiritualmente por un religioso.

En caso de fallecimiento, no quedaba más remedio que tirarlo por la borda. Para ello se hacía todo un ritual previo, cosiéndolo con un serón o tela basta y añadiéndole lastre para que se fuera al fondo. Este lastre podían ser piedras si las había o incluso botijas de barro. El clérigo que preceptivamente debía ir a bordo dirigía un acto fúnebre antes de lanzar el cuerpo al mar. Dependiendo de la calidad del finado el acto tenía más o menos solemnidad hasta el punto que, en casos muy especiales, se disparaban una o dos salvas de honor.

 

4.-LOS NAUFRAGIOS

 

Las inclemencias del tiempo, los ataques corsarios o, simplemente, el hecho de encallar en algún risco costero, suponía un riego considerable para la mayor parte de los tripulantes. Pero las tormentas eran aún más frecuentes y el resultado solía ser el naufragio. También, un accidente podía acabar con el buque en el fondo del océano; un fuego provocado por la pólvora. Se estima que en los siglos XVI y XVII se perdieron un total de 700 barcos, perdiendo la vida varias decenas de miles de personas (Pérez-Mallaína, 1997: 27).

El miedo se apoderaba de los tripulantes cada vez que veían aproximarse una tormenta o un barco, que casi siempre identificaban con algún corsario. Como ha escrito José Antonio Caballero el simple hecho de divisar una nave desconocida en el horizonte disparaba todas las alarmas, disparando la imaginación de muchos que auguraban el asalto del navío por algún afamado corsario.

En caso de que el hundimiento diese el tiempo suficiente, siempre había algunos botes o barcazas en las que se podían refugiar los tripulantes. Pero en los siglos XVI XVII eran escasos, insuficientes siempre para albergar a toda la tripulación. Y es que como afirma Fernando Serrano, el objetivo de estas pequeñas barcas era utilizarlas para ir a tierra o para pasar de un barco a otro no para salvar a la tripulación en caso de naufragio (1991: 34). Por ello, en caso de naufragio la mayor parte de la tripulación estaba condenada a perecer ahogada sino recibía la urgente ayuda de la costa o de otros navíos con los que viajase. De hecho, éste fue uno de los motivos por el que se implantó en la navegación indiana el sistema de flotas. Nadie podía comerciar con las Indias si no era dentro de la conserva de una de las dos flotas anuales.

En caso de que hubiese tiempo para desalojar el barco, la percepción sobre quién debía salvarse era muy distinta a la actual. Debían salvarse no los débiles –como las mujeres o los niños- sino las personas más útiles a la sociedad. Y los que más se ajustaban a ese perfil eran los varones de ascendencia nobiliar. Ellos serían los primeros en salvarse, relegando al ahogamiento a niños, mujeres y ancianos (Pérez Mallaína, 1997: 51).

Pero llegado el irremisible naufragio y sin posibilidad de ayuda lo mejor que le podía pasar al infortunado naufrago era morir ahogado pronto porque, si conseguía asirse a algún objeto flotante la agonía se podía demorar horas, incluso días.

 

5.-ASISTENCIA SOCIAL DE LOS HOMBRES DEL MAR

        Los hombres del mar tenían sus propios gremios que tenían como fin primordial, la defensa de sus intereses grupales y la asistencia a sus mutualistas en caso de enfermedad o muerte.

Las cofradías de mareantes y, por supuesto, las de pescadores, tenían una amplia tradición medieval tanto en los territorios de la Corona de Castilla como en los de Aragón. Sus inicios se remontan al siglo XII, cuando comenzaron a aparecer algunas corporaciones de mareantes sobre todo en distintos pueblos del País Vasco y de Cantabria (Rumeu de Armas, 1944: 137-139). La primera de ellas fue probablemente la de San Sebastián a las que le siguieron pronto las de Laredo, Castro Urdiales, Santander y Bermeo. Años después, existían cofradías de pescadores en decenas de puertos de todo el cantábrico, desde Galicia (Vigo o Tuy), Asturias (Llanes, Avilés o Gijón) y Cantabria (Laredo, Santander o San Pedro de la Barquera) hasta el País Vasco (Lequeitio, Fuenterrabía, San Sebastián, Bilbao o Bermeo). Eran institutos gremiales que agrupaban a las personas dedicadas al mar, en cada villa o ciudad costera. Su poder llego a ser tal que en la Baja Edad Media llegaron a declarar guerras y firmar alianzas y paces. El propio Eduardo III de Inglaterra se quejó al rey castellano Alfonso XI por las correrías que los marinos del Cantábrico llevaban a cabo en sus costas. Muchas de estas cofradías gremiales sobrevivieron en España hasta el siglo XIX en que fueron languideciendo, especialmente a partir de 1861 con la Ley de disolución de los Gremios.

        A diferencia de lo que ocurría con otros gremios, como el de carpinteros, que casi siempre tenían a San José de patrón, los marineros tenían advocaciones muy variadas. Dominaban quizás las dedicadas a San Pedro, pescador de profesión, seguidas de las de San Telmo y el Espíritu Santo. También encontramos algunas bajo la advocación de la Virgen, en el caso sevillano intitulada del Buen Aire y, en otros casos, del Buen Viaje. A continuación, presentamos un pequeño muestreo de las advocaciones de algunas de las cofradías de mareantes de la España Moderna:

 

CUADRO I

ADVOCACIONES DE LAS COFRADÍAS

DE MAREANTES

ASOCIACIÓN

ADVOCACIÓN

LOCALIDAD

Cofradía de mareantes

Santa Catalina

San Sebastián

Cofradía de mareantes

San Pedro

Bermeo

Cofradía de pescadores

San Martín

Laredo

Cofradía de mareantes

San Pedro

Fuenterrabía

Cofradía de pescadores

Espíritu Santo

Zarauz

Cofradía de mareantes

San Pedro

Plentzia

Cofradía de marineros y barqueros

San Pedro

Túy

Cofradía de mareantes

San Pedro

Lequitio

Cofradía de mareantes

Nuestra Señora del Buen Aire, San Pedro y San Andrés

Sevilla

Cofradía de mareantes

Santísimo Sacramento

Cádiz

Cofradía de pescadores y armadores del río Guadalquivir

San Telmo y Nuestra Señora de Guía

Sevilla

Cofradía de Mareantes

San Telmo

El Puerto de Santa María

Cofradía de pescadores

Nuestra Señora del Buen Viaje

Sanlúcar de Barrameda

Cofradía de mareantes

San Telmo

Las Palmas de Gran Canaria

 

        Sevilla, ciudad de larga tradición marinera, tenía, como no, numerosas cofradías de los distintos oficios relacionados con el mar.

 

CUADRO II

COFRADÍAS SEVILLANAS DE OFICIOS

RELACIONADOS CON EL MAR

 

OFICIO

INTITULACIÓN

UBICACIÓN

Gremio de pescadores y armadores del río Guadalquivir

Hermandad de San Telmo y Nuestra Señora de Guía

Hospital y capilla propia, situada en la calle de la Victoria de Triana

Gremio de calafates

Hermandad de los Santos Mártires

Hospital y capilla situada en la calle Sol de Triana

Gremio de barqueros

Hermandad de Nuestra Señora de Guadalupe

¿?

Contratación de marineros

Congregación de Nuestra Señora de las Cuevas

En unos aposentos del Castillo de Triana

Capitanes de barcos

Hermandad de la Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora

¿?

Gremio de patronos de barcos

Hermandad de la Virgen del Rosario

¿?

Gremio de cargadores para las Indias y Flandes

Hermandad de Nuestra Señora de la Estrella

Residencia situada en la Puerta del Arenal

Capitanes, marinos y gentes de las flotas hispanas

Hermandad de la Sagrada Pasión de Nuestro Redentor Jesucristo

Residencia en el monasterio de Santa María de la Merced

Los Cómitres del Rey la Reina

Hermandad de San Nicolás

Hospital y capilla en la collación de la Magdalena “cabe la puerta de Triana”

Señores de naos, pilotos, maestres y contramaestres que navegan en la Carrera de Indias

Cofradía de Nuestra Señora del Buen Aire, San Pedro y San Andrés

Hospital a orillas del Guadalquivir, en la actual calle Betis.

 

Como puede observarse en el cuadro en Sevilla había en el siglo XVI al menos una decena de cofradías gremiales de muy variados oficios relacionados directa o indirectamente con el mar. Una prueba más de la importancia que estas actividades en Sevilla que, al menos desde el siglo XV era uno de los puertos más activos e importantes de la Península. Pues, bien, de todas esas cofradías, las más influyente y poderosa económicamente fue sin duda la de los maestres, contramaestres y señores de naos, bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Aire de la que hablaremos en las páginas que vienen a continuación.


PARA SABER MÁS

 CABALLERO JUÁREZ, José Antonio: El régimen jurídico de las armadas de la Carrera de Indias, siglos XVI y XVII. México, UNAM, 1997.

 

HARING, Clarence H.: Comercio y navegación entre España y las Indias. México, Fondo de Cultura Económica, 1979.

 

MARTÍNEZ, José Luis: Pasajeros de Indias. Madrid, Alianza Universidad, 1983.

 

MENA GARCÍA, Mª del Carmen: Sevilla y las flotas de Indias. La Gran Armada de Castilla del Oro. Sevilla, Universidad, 1998.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. La Guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

-------“Las cofradías de mareantes de Sevilla y Cádiz: disputas jurisdiccionales”, Revista de Historia Naval, N. 99. Madrid, 2007

 

------ La vida y la muerte a bordo de un navío del siglo XVI: algunos aportes”, Revista de Historia Naval, Nº 108. Madrid, 2010.

 

PÉREZ-MALLAINA BUENO, Pablo Emilio: El hombre frente al mar. Naufragios en la Carrera de Indias durante los siglos XVI y XVII. Sevilla, Universidad, 1997.

 

---------- Los hombres del océano. Sevilla, Diputación Provincial, 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA AMÉRICA INDÍGENA: NI DIOS NI BIBLIA, SIMPLEMENTE JUSTICIA SOCIAL

LA AMÉRICA INDÍGENA: NI DIOS NI BIBLIA,  SIMPLEMENTE JUSTICIA SOCIAL

Leyendo el libro de Luis Amado, La Espiga de Fuego, ha habido un párrafo que me ha conmovido y que quiero recordar aquí. Cuando Juan Pablo II visitó Perú en 1985 varios representantes de movimientos indígenas le entregaron una carta que sobre coge por su sensatez:

 

"Nosotros indígenas de los Andes y de América, decidimos aprovechar la visita de Juan Pablo II para devolverle su Biblia, porque en cinco siglos ella no nos dio ni amor, ni paz, ni justicia. Por favor, tome de nuevo su Biblia y devuélvala a nuestros opresores, porque ellos necesitan sus preceptos morales más que nosotros…"

 

Hay que recordar que la caída de los Incas comenzó con la captura de Atahualpa en la ciudad de Cajamarca. El dominico fray Vicente de Valverde se acercó al Inca y le habló del Dios de los cristianos, entregándole la Biblia. Sin embargo, el Inca, que ni tan siquiera acertó a abrir el libro, lo arrojó, mientras se ponía en pie para advertir a los suyos que estuviesen apercibidos para el combate. Justo en ese instante, el padre Valverde se remangó el hábito al tiempo que corría hacia Pizarro, gritándole: ¿No veis que mientras estamos aquí gastando el tiempo en hablar con ese perro lleno de soberbia, se llenan los campos de indios?, ¡Salid a él, que yo os absuelvo!

Su actitud no pudo ser más absurda e infame, impropia de un dominico, cuya orden se había destacado desde 1511 en la lucha a favor de los indios desde aquel sermón del segundo domingo de adviento de Antón de Montesino, Ego vox clamantis in deserto. Y digo lo de absurda porque se dirigió al Inca como si éste tuviese una formación cristiana previa que evidentemente no tenía. Y aunque supuestamente Felipillo le traducía, es obvio que el Inca no estaba familiarizado con la escritura alfabética y no podía entender al fraile, ni menos aún el texto del libro. E infame, porque pretendía que la máxima autoridad religiosa del Perú, traicionase sobre la marcha a sus viejos dioses para convertirse al cristianismo. Una crítica que no es nueva, pues, ya en aquella época le fue recriminada, incluso por religiosos de su misma orden, como fray Antonio de Remesal.

        Está claro que la biblia está en el origen de la conquista, y en 1985 los representantes indígenas simbolizaron el final. Existe, sin duda un problema de aceptación de la conquista en el imaginario colectivo peruano. Realmente la Conquista todavía no ha sido asimilada como lo prueba la polémica permanente en torno a los sucesivos traslados que ha sufrido la estatua ecuestre de Pizarro en Lima que diseñara el estadounidense Charles Rumsey. El problema no es psicológico, ni tan siquiera cultural, sino social. Para una parte de la población peruana, la efigie de Pizarro representa sólo a una parte del Perú mestizo, el de los vencedores, pero no el de los vencidos. Estos últimos, tras la Conquista, fueron postergados, discriminados y pauperizados hasta límites insospechados. Y lo peor es que cinco siglos después siguen excluidos en un alto grado y hasta discriminados racialmente. Los descendientes de aquellos amerindios no necesitan biblias sino justicia, reconocimiento de unos derechos negados primeros por los europeos y luego por los criollos. Una tarea que no pertenece al pasado sino al presente y de la que son responsables por omisión las actuales autoridades políticas.

La historia de la conquista del Tahuantinsuyu fue violenta y trágica, pero forma parte de la historia inalienable de la nación peruana. Como escribió J. Mallorquí, el trujillano fue hijo de España pero padre del Perú, una nación que es fruto del crisol de dos mundos, el europeo y el indígena. Para que los descendientes de los vencidos puedan asumir sin traumas esta realidad se hace necesario que previamente se les repare moral y socialmente, integrándolos políticamente, devolviéndoles las tierras que les fueron arrebatadas a sus comunidades y respetando su pasado indígena.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

DE ABOGADOS Y PICAPLEITOS: EL ALEGATO CONTRA JURISTAS EN LA COLONIZACIÓN DE AMÉRICA

DE ABOGADOS Y PICAPLEITOS: EL ALEGATO CONTRA  JURISTAS EN LA COLONIZACIÓN DE AMÉRICA

        Obviamente, el enorme poder concedido a las autoridades judiciales y, en especial, a las audiencias les crearon muchos enemigos entre las oligarquías locales. Sorprende la rapidez con que el viejo alegato medieval contra los juristas fue trasladado al Nuevo Mundo. Y todo ello debido, como decimos, a los intereses partidistas de unos pocos que querían ostentar el poder en América sin contrapesos ni cortapisas.

        Las protestas iban dirigidas especialmente contra los abogados o letrados titulados pero también contra los leguleyos, es decir, personas que trataban de leyes “no conociéndolas sino vulgar y escasamente. El primer documento que alude a este alegato partió del segundo Almirante, Diego Colón, quien a juzgar por una respuesta de Fernando el Católico, fechada en 1509, debió solicitar pocos meses antes que se impidiese su paso a la Española. Y con esa misma fecha ordenó a los oficiales de la Casa de la Contratación lo siguiente:

 

        “Asimismo, porque yo he sido informado que a causa de haber pasado a las dichas Indias algunos letrados abogados han sucedido en ellas muchos pleitos y diferencias yo vos mando que de aquí adelante no dejéis ni consintáis pasar a las dichas Indias ningún letrado abogado sin nuestra licencia y especial mandado, que si necesario es por esta presente carta lo vedamos y prohibimos”.

 

        Pero, ¿a qué se debía tanta virulencia del Almirante contra los letrados? Estaba muy claro, Diego Colón se sentía agraviado en sus prerrogativas. Y de hecho, no solo protestó contra los abogados sino también contra el nombramiento de los tres jueces de apelación en Santo Domingo. Según el hijo del Descubridor de América, considerando los privilegios otorgados por Isabel la Católica, lo más que podía existir en la Española era un consejo de jueces de carácter virreinal, presididos o controlados por él mismo. Y no le faltaba razón en sus quejas porque, según el padre Las Casas, el rey los nombró cuando supo de las desavenencias que había entre éste y los oficiales reales, especialmente con el tesorero Miguel de Pasamonte. Al final, como Fernando el Católico quería mantener a sus jueces pero en alguna medida desagraviar al hijo del Almirante, pidió a unos y a otro que se juntasen cuantas veces fuese necesario “para entender en las cosas útiles a nuestro servicio”.

        Pero los pleitos se seguían produciendo y Diego Colón continuó escribiendo al Rey quejándose de tal circunstancia. El Rey, concienciado por la problemática escribió al segundo Almirante, el 23 de febrero de 1512, expresándose en los siguientes términos:

 

        “Sobre las diferencias que comienza a haber sobre los pastos, vedlo y proveed de modo que se excusen pleitos, que es el mayor daño que puede haber en esas partes”.

 

        Hacia 1513 llegó una nueva misiva, en esta ocasión firmada por Vasco Núñez de Balboa, el famoso descubridor del Océano Pacífico, natural como es bien sabido de Jerez de los Caballeros. Y las críticas de Balboa no podían ser más elocuentes, como podemos observar en el texto que reproducimos a continuación:

 

        “Que ningún bachiller en leyes ni otro ninguno, si no fuera de medicina, pase a estas partes de la Tierra Firme so una gran pena que Vuestra Alteza para ello mande proveer, porque ningún bachiller acá pasa que no sea diablo; tienen vida de diablos e no solamente ellos son malos mas aún hacen y tienen forma por donde haya mil pleitos y maldades”.

 

Y estas palabras debieron dejar mella en el ánimo del viejo rey aragonés por lo que, en ese mismo año, pidió a los oficiales de la Casa de la Contratación que no consintiesen el embarque para las Indias de “ningún bachiller en leyes”. Y Fernando el Católico se debió convencer de tal forma del inconveniente de la proliferación de abogados en las Indias que, en 1513, volvió a insistir en la prohibición, en este caso referida a Tierra Firme. En relación a este episodio, el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo escribió lo siguiente:

 

        “Para lo que adelante se siguió, digo que entre las ordenanzas y capítulos que el Rey Católico proveyó y mandó a Pedrarias, su gobernador, que tuviese especial cuidado, fueron estas cuatro cosas: la primera, que con mucha atención y vigilancia entendiese en la conversión y buen tratamiento de los indios; la segunda, que no pasasen letrados ni hubiese abogados ni procuradores en aquella tierra, porque se tenía experiencia de esta Isla y otras partes, que son perjudiciales a la tierra, y como maestros en litigios y contiendas, inventan más de las que suele haber sin ellos, sino que simpliciter (sic) y de plano, sin dar lugar a cavilaciones maliciosas, se determinasen los pleitos brevemente, haciendo justicia a las partes…”

 

        Las críticas que hace el Rey en estas instrucciones no tienen desperdicio, pues los juzga, más que como resolvedores de casos, como generadores de los mismos. Incluso, llega a señalarlos como responsables de la decadencia económica de las colonias españolas.

        Pocos meses después volvió a insistir en la restricción cuando decretó una suspensión de la emigración de letrados por cuatro años “y más cuanto fuese la voluntad de Su Alteza”. Con tal medida se pretendía evitar, nuevamente, “los pleitos y diferencias que por esta causa han sucedido y ha habido y ahora hay en la isla Española de que los vecinos y moradores de ella han recibido y reciben mucho daño”.

        Pero mucho más claro en este sentido se mostró, dos años después, el contador de la Española Gil González Dávila, cuando se personó en España. Efectivamente, en agosto de 1515 se encontraba en tierras castellanas con un gran número de documentos y con no pocas reivindicaciones hechas en su nombre y en el de los otros oficiales Reales. Y al glosar las causas de la decadencia económica de la colonia cita en tercer lugar la siguiente:

 

        “La tercera razón que ha ayudado a esta otra es los pleitos de entre los vecinos; que por venir los vecinos a los pueblos a entender en sus pleitos, hanse (sic) descuidado del buen tratamiento de sus indios y haciendas. Y como estas dos cosas sean la cosa del mundo que mas han menester la presencia de sus dueños, cesando por esta causa y por otras que venidos a los pueblos se ofrecían, su venida ha resultado daño a sus indios y haciendas”

 

        Algo habría de verdad, pues, es posible que dada la carencia de leyes en un mundo recién descubierto los pleitos se demorasen, en beneficio de los abogados y en claro perjuicio de los vecinos de la isla. Sin embargo, explica Moya Pons, que la actitud de los oficiales reales, partidarios de la expulsión de los letrados se fundamentaba sobre todo en razones personales. Y es que, en un mundo tan distante de la metrópolis, estos representaban una amenaza para las ilícitas actividades en las que se empleaban tanto algunos de estos funcionarios reales como las oligarquías locales.

        Nuevamente, en 1516 se reactivó el alegato en la isla de Cuba. Allí, los procuradores de la isla, incentivados por el propio teniente de gobernador Diego Velázquez, volvieron a pedir que se prohibiese su paso a las Indias, pues, “a causa de haber muchos abogados ha habido y hay en ella muchos pleitos y los vecinos viven muy adeudados”. De todas formas la petición no debió tener eco, pues, esta misma propuesta la reiteraron de nuevo en 1521, nuevamente sin encontrar la acogida esperada.

        Refiriéndose a Nueva España en 1528, escribió Antonio de Herrera, que muchos pobladores pidieron por escrito que no hubiese “letrados y procuradores” porque los tenían por los causantes de los largos litigios que allí se producían. No obstante, reconocía el cronista que por otro lado era positiva su presencia porque de otra forma, muchos vecinos dejarían perder sus causas por no saber pedir justicia.

        Finalmente, tenemos otro testimonio, fechado el 10 de marzo de 1529, cuando los licenciados Espinosa y Zuazo escribieron al Emperador en los siguientes términos:

 

        “Pronosticando esto en tiempos pasados muchos vecinos, se suplicó a Vuestra Majestad y a los Reyes Católicos no diesen lugar a que en estas partes hubiese pleitos, y queso acaeciese haberlos se determinasen y acabasen breve y sumariamente. Y Vuestra Majestad ha proveído y encargado a los gobernadores que no den lugar a que haya pleitos, sino que sin tela de juicio los despachen y determinen, y el Católico Rey cuando yo el licenciado Espinosa fui a Tierra Firme proveyó en ella y en otras de estas partes que no hubiese letrados ni procuradores por excusar pleitos, poniendo en ejemplo que de haberlos en esta isla Española había venido a mucha disminución la población de ella…”.

 

        Y hasta donde nosotros sabemos este es el último documento que abiertamente se pidió la prohibición del paso de letrados al Nuevo Mundo. Pese a lo novedoso de las misivas citadas lo cierto es que fueron absolutamente excepcionales y además casi no tuvieron plasmación práctica.

        El alegato contra jurista, de amplia tradición en la literatura medieval, se esgrimió en las Indias casi siempre con intereses partidistas. Diego Colón y sus aliados, fundamentalmente su teniente de gobernador en Cuba Diego Velázquez, lo esgrimieron para favorecer su poder frente a la Corona. Los funcionarios reales tampoco veían con buenos ojos las injerencias de los letrados porque en ocasiones conseguían que llegaran a la opinión pública aspectos que ellos preferían mantener en silencio. Para la oligarquía local, que solía hacer y disponer a su antojo, los abogados y la justicia en general representaban una incómoda presencia, pues a ellos recurrían los vecinos cuando sentían que sus derechos habían sido pisoteados.

        Ya hemos dicho que, en la práctica, no hemos encontrado casos concretos en los que se aplicara la prohibición a los abogados. Las quejas fueron muy puntuales y motivadas en su mayor parte por intereses partidistas. Por ello, la organización judicial indiana continuó a lo largo del quinientos y aquellos primeros jueces de apelación no solo no se marcharon sino que fueron el germen de la inmediata Audiencia de Santo Domingo. Asimismo, los abogados ejercieron su papel ininterrumpidamente a lo largo de décadas y prueba de ello son los numerosos casos que se instruyeron, defendieron y fallaron en las Indias a lo largo de toda la época colonial.

En el caso de la isla de Cuba, donde tan importante fue el alegato contra juristas, se habilitó, en 1524, a dos procuradores en ejercicio para que pudiesen permanecer en la isla con el objeto de finalizar los pleitos. Para dicho cargo se eligió a dos procuradores que en esos momentos había en la isla, Rodrigo Gutiérrez de Ayala y Francisco García. También en Cuba la realidad se impuso a las reivindicaciones un tanto turbias de sus autoridades. Y poco tiempo después, también en Cuba, se suprimieron todas las injustas restricciones contra los abogados.

 

PARA SABER MÁS

MIRA CABALLOS, Patrocinio: “El alegato contra juristas en los albores de la colonización española de América”, en Libro homenaje a Enrique Barrero González. Sevilla, Fundación Martín Robles, 2005, pp. 297-305.

 


ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA PRIMERA POETISA DEL NUEVO MUNDO: LEONOR DE OVANDO (1544-1611)

LA PRIMERA POETISA DEL NUEVO MUNDO: LEONOR DE OVANDO (1544-1611)

        

        En una sociedad machista, donde la mujer se educaba para servir a un hombre las que no lo encontraban tenían muchas papeletas de acabar en un convento, como le ocurrió a Leonor de Ovando. Una vez recluidas en un cenobio, su vida social se tornaba extremadamente limitada y también las posibilidades de desarrollar alguna capacidad o algún don literario, artístico o científico. En este ambiente hostil a cualquier forma de libertad creativa se desenvolvió Leonor de Ovando y pese a ello, hay pruebas suficientes para pensar que tuvo una excepcional capacidad poética.

        Era una criolla, nacida en Santo Domingo en el seno de una familia acomodada de orígenes extremeños. Tuvo al menos tres hermanos, según se desprende de su correspondencia con Eugenio de Salazar. Profesó en el monasterio dominico de Regina Angelorum de su ciudad natal. Debió ser de las primeras profesas, porque la licencia Real la obtuvieron en 1557, trasladándose allí las primeras religiosas en 1560.

No había terminado de construirse su capilla cuando, en 1586 el corsario inglés Francis Drake lo destruyó. Sus religiosas, entre ellas doña Leonor de Ovando, que ya contaba con 46 años, se vieron obligadas a abandonar su clausura y huir al interior de la isla. Cuando el corsario se marchó, tuvieron que vivir casi de la caridad de los vecinos durante varios años. Todavía, en 1599, estaban los muros del templo alzados a mitad de altura.

De su producción poética conocemos muy poco: apenas cinco sonetos y algunos versos sueltos, suficientes para verificar su extraordinaria capacidad literaria. Están relacionados con el amor a lo divino, como no podía ser de otra forma. Una muestra de su producción es el siguiente poema: Y sé que por mí sola padeciera/ y a mí sola me hubiera redimido/ si sola en este mundo me criara.

Según Mayoralgo y Lodo, en la Academia de la Historia se conserva la correspondencia poética que intercambió con Eugenio de Salazar. Sor Leonor de Ovando es considerada como la más antigua poetisa del Nuevo Mundo.

 

PARA SABER MÁS:

 

GONZÁLEZ OCHOA, José María: Quién es quién en la América del Descubrimiento, Madrid, Acento, 2003.

 

MAYORALGO Y LODO, José Miguel de: La Casa de Ovando (estudio histórico-genealógico), Cáceres, real Academia de Extremadura, 1991.

 

UGARTE, María: Iglesias, capillas y ermitas coloniales, Santo Domingo, Colección Banreservas, 1995.

 

------ Estampas coloniales, Vol. I, Santo Domingo, Comisión Permanente de la Feria Nacional del Libro, 1998.

 

UTRERA, fray Cipriano de: “Sor Leonor de Ovando”, Boletín del Archivo General de la Nación, Nº 67-68, Santo Domingo, 1950-1951.

 

V.V.A.A., Personajes de la Historia de España, Madrid, Espasa Calpe, 1999.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL SAQUEO DE CUZCO, CAPITAL DE LOS INCAS

EL SAQUEO DE CUZCO,  CAPITAL DE LOS INCAS

En la mañana del sábado 15 de noviembre de 1533, un año justo desde la entrada en Cajamarca, las huestes realizaron su entrada en Cuzco, que en quechua significa el ombligo del mundo. No hubo resistencia alguna porque el general quiteño Quizquiz se había encargado de matar o deportar a casi todos los varones capaces de empuñar un arma. Y los que quedaban debieron pensar que los españoles los liberarían definitivamente del yugo del quiteño, que había gobernador la ciudad con mano de hierro. La entrada de los hispanos no fue solemne como narran algunos cronistas, pues era una ciudad semivacía, sin enemigos pero también sin personas que jalease o aplaudiese su entrada. Por desgracia para los pocos que quedaban en la urbe, se equivocaron en sus expectativas, pues no tardaron en comprobar el ansia desmedido de oro que poseían los extranjeros y que los llegó incluso a saquear las casas sagradas y las tumbas de los Incas. Aquella noche, Pizarro aposentó a todos sus hombres en la plaza mayor, teniendo sus caballos apercibidos ante un posible ataque indígena que nunca se produjo.

Pese a estar asolada, impresionó a los españoles, especialmente su fortaleza y la plaza en donde confluían los cuatro caminos reales. Dice Antonio de Herrera que en todo el reino no se halló otro pueblo que pareciese ciudad sino éste, porque todos los demás son lugarazos, sin ornamento político. En la plaza principal se ubicaban varios palacios pétreos que habían sido vivienda de los distintos soberanos. Tradicionalmente, cada inca que accedía al trono se construía un nuevo palacio. Los más importantes eran el Hatun Cancha, el Hatun Rumiyoc y el de Puncamarca, viviendas de otros tantos incas que por su facilidad de defensa fueron ocupados por la élite pizarrista, constituyendo la base del control hispano sobre la ciudad.

Pero, pese a la admiración que causaba en las huestes la arquitectura incaica, era necesario recompensarle sus impagables esfuerzos. Los soldados pidieron autorización para saquear la ciudad sagrada y Pizarro se lo concedió o al menos no lo impidió. El saco fue absoluto, comparable al de Roma ocurrido cinco años antes, pero con una diferencia que aquel fue fruto de la insubordinación de los soldados y éste se hizo con el consentimiento tácito de la máxima autoridad. Según Pedro Pizarro emitió un bando para que nadie entrase a robar en las casas particulares de los indígenas, pero en cualquier caso el despojo se produjo sin que ninguna autoridad hiciera nada para impedirlo. Hubo una desbandada generalizada donde los hispanos competían por entrar los primeros en los templos y en las casas así como en los depósitos estatales para robar cualquier cosa de valor que hubiera. Se desvalijaron hasta las tumbas reales para despojar a las momias de sus joyas. No conformes con ello, se extorsionó hasta la muerte a muchos naturales para que confesaran la existencia de huacas. Y es que la tradición de enterrar a los reyes y a las personas poderosas con objetos suntuarios creo una predisposición a los españoles a hacerse huaqueros o saqueadores de tumbas cada vez que sospechaban la presencia de un cadáver bajo tierra.

Posteriormente se procedió a repartir el botín de Cuzco, en el que se incluyeron vajillas, esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, y hasta una camiseta peluda que tenía un poco de oro. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, aunque es cierto que algunas piezas se salvaron de su fundición. Asimismo, la gran cantidad de metal precioso que permanecía en la capital evidencia que no todo había fluido hasta Cajamarca. Y eso sin contar con aquello que fue ocultado en los meses anteriores a su ocupación. Se repartieron aproximadamente la mitad del oro que en Cajamarca pero cuatro veces más plata, siendo su valor total prácticamente similar. Si cada hombre recibió menos de la mitad de media que en Cajamarca se debió a otro motivo, que mientras en esta última se hicieron 217 partes en Cuzco fueron 480. El reparto se hizo tanto entre los hombres que entraron en Cuzco como entre los que habían quedado en Jauja. Además del reparto, entre el 14 de marzo y el 2 de julio de 1534 se fundieron en Cuzco y Jauja numerosas piezas, ante el teniente de escribano de minas, Pedro Sancho de la Hoz y el veedor Jerónimo de Aliaga. Algunas de ellas procedían de Cajamarca, como una fuente de oro esmaltado, cuyo quinto ascendió a 17.775 maravedís, que poseía el gobernador y que declaró haberla obtenido de la cámara de Atabalipa. En total se fundió algo más de 865.000 pesos de oro, de los que casi el 91 por ciento eran propiedad del gobernador y de su compañía.

Pero el botín no solo se componía de metal precioso, también de esclavos, objetos textiles y piedras preciosas. El 20 de junio de 1534 se compraron y registraron en Jauja 152 esmeralda, alcanzando un valor de más de un millón de maravedís. No obstante, como ocurrió en Cajamarca, muchos se hicieron extremadamente ricos, pero con la misma rapidez con la que habían conseguido su fortuna la perdieron. Se suele citar el caso de un soldado, llamado Leguinaza, que le tocó en el reparto un valiosísimo disco solar de oro que representaba al sol y que lo perdió una noche jugando a los naipes. Como en otras ocasiones, el dinero de la infamia pasó rápidamente de las manos cubiertas de sangre de los conquistadores a empresarios y capitalistas, auténticos ladrones de guante blanco que tanto abundan en nuestros días.

 

PARA SABER MÁS

BUSTO DUTHURBURU, José Antonio del: La Conquista del Perú. Lima, Librería Studium, 1984.

HEMMING, John: La conquista de los incas. México, Fondo de Cultura Económica, 2000.

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya Editores, 2009.

-----Francisco Pizarro: traición, ambición y drama en los orígenes del Perú. (en prensa).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

REPENSANDO LA LEYENDA NEGRA

REPENSANDO LA LEYENDA NEGRA

En general, existe una vetusta, inútil y árida controversia entre los que han alegado y alegan la Leyenda Negra y los que lo hacen de la Leyenda Rosa. Las posturas se pueden sintetizar en pocas palabras: los primeros defienden el carácter colonizador de los anglosajones que arribaron a los nuevos territorios para construir hogares, mientras que los españoles no llevaban intención de poblar sino tan sólo de saquear para regresar prestos a sus lugares de origen. Los segundos, cuentan la historia a la inversa, los españoles fueron los grandes colonizadores, generando un corpus legal que protegió a los aborígenes, frente a los ingleses, que realizaron campañas de exterminio consecutivas, primero en las montañas de Escocia, luego en Irlanda y finalmente en sus colonias. Posturas extremas e irreconciliables que no constituyen más que una simplificación que desvirtúa la realidad histórica. Todo ello ha provocado un cierto cansancio tanto en la opinión pública como en la historiografía. Las últimas tendencias historiográficas, encabezadas por Fernández-Armesto, Serge Gruzinski y Jorge Cañizares-Esguerra, tienden a disminuir las diferencias entre la colonización puritana inglesa y la católica española. No existió esa contraposición que la historiografía ha defendido y ambos procesos colonizadores tuvieron muchos puntos en común.

Sobre la Leyenda Negra se han vertido ríos de tinta, desde el siglo XVI hasta el mismísimo siglo XXI. Ésta tuvo varias vertientes, fundamentalmente la Inquisición, la política de Felipe II en los Países Bajos y la conquista de América. Nos referiremos especialmente a la última aunque en realidad la base era la misma: se trataba de culpar a España por una forma de actuar especialmente bárbara, cuando en realidad se comportó exactamente igual que los demás países de Europa en aquella época. Como escribió Philip Powell, en la Conquista se cometieron atrocidades, sin embargo hay sobradas razones para pensar que los ingleses, holandeses, franceses, belgas, alemanes, italianos y rusos, en circunstancias similares en el siglo XVI, se hubiesen comportado tan mal o peor.

La vertiente americana de la Leyenda Negra se basó en la manipulación malintencionada de textos manuscritos e impresos, especialmente los del padre Las Casas. Se ha dicho, erróneamente que la Leyenda Negra nació en España. En este sentido, Powell, citando a un tal Bartrina, expone una estrofa que ridiculizaba la actitud crítica de los hispanos consigo mismos:

Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del sol: si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, es un francés; y si habla mal de España, es español.

 

Pura falsedad porque ya hemos dicho que la Leyenda Negra no nació en España, ni partió del padre Las Casas. Más bien, la iniciaron determinados panfletistas y escritores de muy diversos países europeos, sobre todo franceses, holandeses, ingleses, alemanes, italianos y flamencos. Ya en 1579 se editó en Amberes la Brevísima aunque, modificando malintencionadamente el título: Tiranía y crueldades de los españoles perpetrados en las Indias Occidentales… Aunque sutil, el cambio de intitulación es clave porque Las Casas no sólo culpó a los españoles de la destrucción de las Indias, sino a todos los participantes en la empresa, incluidos los alemanes, los portugueses o los italianos. El editor belga Teodoro de Bry, en 1597, imprimió una edición de la Brevísima con una selección de 16 xilografías sensacionalistas, donde se plasmaba la crueldad extrema de la Conquista. De Bry, un protestante que sentía un odio acendrado hacia la España Imperial, fue uno de los que más influyó en la consolidación de esta patraña. Para ello no dudó en pervertir los ideales del dominico, cuyo objetivo no podía ser más caritativo: la defensa de los indios. En cambio, el belga no actuó movido por ningún afán pío sino con la envidiosa idea de desprestigiar al Imperio de los Hamburgo y a su empresa colonizadora.

La principal perversión consistía en presentar la brutalidad como una particularidad típica del carácter hispano. En la edición alemana de la Brevísima, fechada en 1597, el traductor, tuvo a bien incluir una nota dirigida al lector en la que advirtió de la crueldad innata de los españoles. Una inhumanidad propiamente hispana que se debía –afirmaba el citado traductor- a la expulsión de los padres godos, a la contaminación sarracena y a la imitación del orgullo judío. Se despachó a gusto el germano, atribuyendo la crueldad a la influencia árabe y judía. Su opinión no podía ser más racista y agraviante no sólo para los españoles sino también para los islámicos y los hebreos. En cambio, las demás naciones europeas –cómo no- estaban habitadas por personas dotadas de altos valores humanos. Esta idea estuvo ampliamente difundida en la Europa Moderna.

Pero, la realidad es que se trata de opiniones tan gratuitas como infundadas. Y no es que la Conquista no hubiese estado presidida por la crueldad sino que desgraciadamente ésta ha sido un elemento omnipresente en el mundo, al menos desde los orígenes de la civilización. Ya en el siglo XVII escribió el obispo Juan de Palafox, en una línea bastante determinista, que la malicia era inherente a la naturaleza humana como se demostraba desde la primera culpa de Adán, aun dentro del Paraíso.

Como veremos, en América sí hubo un etnocidio sistemático y, más puntualmente, un genocidio moderno o arcaico. Digno es reconocerlo. Ahora bien, también hay que decir que los españoles actuaron exactamente igual que otros pueblos de occidente, antes y después. Además tampoco podemos olvidar que, en los patrones morales de la época, las matanzas, las torturas o las amputaciones eran algo común que en absoluto escandalizaban. Pero esto no puede ser un eximente a la hora de analizar el pasado. Está claro que la Conquista fue una guerra y, como todo enfrentamiento armado, conllevó un sin fin de excesos; ya lo dice el viejo refrán: en el amor y en la guerra todo vale. Sin embargo, dado que la Historia está desgraciadamente plagada de conflagraciones en las que se vivieron hechos similares, no parece lícito, ni justo escandalizarse por la actuación española. Moreno Fraginals, nada sospechoso de hispanofilia, ha escrito que La Leyenda Negra fue creada en los siglos XVI y XVII por ingleses y holandeses, manipulando información, precisamente ellos, los dos imperios de más bárbaras depredaciones que conociera la historia moderna. De hecho, a la par que España conquistaba cruelmente las Indias, los ingleses hacían exactamente lo mismo en Irlanda, y con estrategias muy similares. Y años después perpetraron un genocidio en toda regla con los indios norteamericanos, al igual que los holandeses en sus colonias del Extremo Oriente.

De alguna forma la Leyenda Negra fue la respuesta de muchas naciones europeas ante el liderazgo mundial que en esos momentos ostentaba el Imperio de los Austrias. Por ello, no le faltaba razón al cronista Antonio de Solís, cuando escribió que todo fue un montaje por la envidia que los extranjeros sentían de España que no pueden sufrir la gloria de nuestra nación. Ya en el siglo XVII, Francisco de Quevedo se posicionó en esta misma línea al titular uno de sus sonetos de la siguiente forma:

Advertencia a España de que así como se ha hecho señora de muchos, así será de tantos enemigos envidiada y perseguida, y necesita de continua prevención por esa causa.

 

El Imperio de los Habsburgo no solo fue combatido por la fuerza de las armas sino también con la propaganda, atribuyendo a sus vasallos todo tipo de perversiones. De esta forma, las potencias europeas consiguieron minar la reputación de los hispanos en toda Europa. Fue Michel Montaigne quien ya en el siglo XVI criticó con saña a la España Imperial, señalando la crueldad como un rasgo típico de la forma de proceder de los hispanos. España se defendió con escaso éxito, al menos fuera de sus fronteras. Como bien se ha escrito, en el siglo XVI los reinos hispánicos ganaron casi todas las batallas menos la de la propaganda. Y esta Leyenda Negra ha perdurado hasta la Edad contemporánea. De hecho, en 1898, Luís Vega-Rey publicó un libro, titulados muy significativamente, Puntos negros del Descubrimiento de América, en el que enumeró todas y cada una de las atrocidades cometidas en las primeras décadas de la ocupación española del Nuevo Mundo.

Pero, ¿tales argumentos han podido sobrevivir en los siglos XX y XXI? Aunque parezca increíble, en parte sí. Philip W. Powell investigó decenas de manuales alemanes, italianos, franceses y estadounidenses del siglo pasado y con sorpresa pudo verificar su vigencia. Incluso, apologistas de la Conquista, como el venezolano Rufino Blanco- Fombona, no tuvo empacho en describir la crueldad como un rasgo definitorio de los hispanos, prueba de lo cual –decía- era la insensible antropofagia que cometían al comer jamón crudo. Más sorprendente es que historiadores de la talla de Georg Friederici se manifestaran en esta misma línea, al decir que los españoles, desde tiempos del Cid, se caracterizaron por un marcado rasgo de crueldad. Bien es cierto, que Friederici era un alemán que se enorgullecía de haber luchado por su país en la II Guerra Mundial. Y dicho sea de paso que pueblos germanos como los godos, los suevos y sobre todo los vándalos no se caracterizaron precisamente por su humanidad. El mismo término guerra procede de la voz germánica werra, un grito de combate, que pasó al alemán como wehr y al inglés como war. Sea como fuere, su testimonio no tiene desperdicio por lo que lo extractamos en las líneas que vienen a continuación:

El escritor francés-canadiense Garneau habla de la fría crueldad como característica de los españoles. Si, entre los pueblos del occidente, esta cualidad no puede decirse que fuera, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de los españoles, no cabe duda de que desde los días del Cid hasta los tiempos que aquí tratamos, toda la historia de los pueblos de la Península Ibérica, unidos para formar la nación española, se distingue por un marcado rasgo de crueldad.

 

Mucho más recientemente, Carlos Alberto Montaner que la intolerancia era un rasgo propio y definitorio del homo hispanicus que desgraciadamente habíamos transmitido a Hispanoamérica. Y aunque es cierto que una parte de nuestra historia ha estado marcada por la intransigencia, afirmar que es un rasgo intrínseco del hispano, es tan excesivo como falso. Pero lo más triste de todo es que, como escribió el bilbaíno Esteban Calle Iturrino, los propios españoles nos hemos terminado creyendo la Leyenda Negra.

No obstante, también hay que destacar, desde mediados del siglo XX, una cierta corriente de simpatía en algunos círculos intelectuales europeos hacia la Historia de España. Desde ese momento comenzaron a aparecer numerosos hispanistas en Europa que se apasionaron con nuestro pasado. Morel Fatio, maestro de Marcel Bataillón, escribió que a España se le debía amar por haber cerrado el paso a los árabes, por haber salvado a la cristiandad en Lepanto y por haber implantado la civilización europea en el Nuevo Mundo. Sus palabras resultan exageradas, pero lo cierto es que tras él vinieron un amplio grupo de historiadores europeos que se apasionaron con nuestra historia, creando cátedras de estudios Hispánicos en diversas universidades europeas.

Si los rescoldos de la Leyenda Negra han llegado a nuestros días, se ha debido a dos motivos: el primero, a una estrategia de algunos nacionalismos actuales de Iberoamérica que se autoafirman en oposición a lo español. Y el segundo, a una errada estrategia de la historiografía hispanista, consistente en contrarrestar la Leyenda Negra con la Rosa que, por supuesto, negaba todos los horrores. Basta echar un vistazo al libro de Julián Juderías para encontrar mil y un cantos a la labor civilizadora española en el mundo y a los valores excepcionales de sus gentes. Según este autor, fruto de genuinos cruces raciales, a finales del siglo XV se había completado la mezcla:

El pueblo español estaba hecho, y ninguno en Europa podía competir con él en valor, en cortesía, en ciencia, en política y en artes…

 

No menos apasionado se mostró M. Siurot cuando afirmó que España fue en el siglo XVI más generosa, humana y demócrata, que cualquier nación del siglo XX. Increíble, pero por negar se ha negado hasta el carácter despótico de la Inquisición. En 1954 Antonio Ramis Bennasar, instructor profesor del Frente de Juventudes, se lamentaba de las injustas críticas que había recibido este Santo Tribunal, pese a la beneficiosa influencia que se dejó sentir en España. Justo una década después, el historiador Manuel Serrano de Haro, también del Frente de Juventudes, escribió que, pese a las infundadas críticas, la Inquisición española encerraba verdaderas maravillas de delicadeza y que era asombrosa por el espíritu de caridad que la inspiraba. Hombre, es cierto que la Inquisición no empleó necesariamente métodos diferentes a la de otros tribunales civiles españoles y europeos, pero de ahí a atribuirle un espíritu caritativo o una forma de actuar delicada media un abismo. Quemar en la hoguera a herejes previamente torturados no parece precisamente sutil. A partir de ahí se han negado todo tipo de malos tratos sobre los aborígenes. En el caso que ahora nos ocupa, la Leyenda Rosa, al igual que la Negra, tuvo sus orígenes en el mismo momento de la Conquista. Tanto Cristóbal Colón como el oidor y Adelantado Lucas Vázquez de Ayllón justificaban las muertes de los indios por su propia debilidad física. Este último decía que eran gentes que de solo vivir en orden mueren aunque sea holgando. Por su parte, Rómulo Carbia negaba que la violencia hubiese sido una conducta normal en la Conquista. Postura tan insostenible como absurda porque, como ya hemos afirmado toda guerra implica necesariamente violencia, y en grandes dosis. De hecho, como afirmó Clausewitz, poner límites a esa violencia, aunque el otro bando tenga un potencial muy inferior, supone correr riesgos tan grandes como innecesarios. Lo que sí es cierto es que la Conquista no fue ni más ni menos cruel que la ocupación romana de las Galias, que la Reconquista, que la conquista del oeste norteamericano, que la II Guerra Mundial -55 millones de muertos- , o que la guerra de Vietnam. Sin duda, los genocidios del siglo XX, especialmente las dos Guerras Mundiales, han superado por goleada las salvajadas cometidas por los hispanos en el siglo XVI.

En las últimas décadas la posición de los que niegan los malos tratos y el genocidio se ha visto reforzada por los estudios sobre el impacto de las epidemias, que se han configurado como la principal causa de mortandad. Por citar un ejemplo concreto, en un minucioso estudio sobre los mayas del occidente guatemalteco en el siglo XVI, su autor concluye diciendo que las epidemias fueron la causa fundamental y casi única de la despoblación. Pues mire usted, que las epidemias fueran la principal causa de la despoblación parece bien fundamentada pero que fuera casi la única suena tan excesivo como increíble, entre otras cosas porque la multicausalidad está presente en casi todos los hechos históricos. Es obvio que ni todos o casi todos murieron por las enfermedades, ni tampoco que lo hicieron por la tiranía ejercida por los vencedores; ambas posiciones implican una simplificación que necesariamente falsea la realidad.

Ya hace casi medio siglo que Ángel Losada advirtió que la única vía para replicar la Leyenda Negra era asumir las verdades que contiene y contextualizarlas, para de esta forma demostrar que los españoles actuaron igual que otros pueblos europeos en la Edad Moderna. En mi opinión ésta es la clave. Durante demasiado tiempo la historiografía española se ha empeñado tozudamente en negar el genocidio en vez de negar la Leyenda Negra. En realidad, los españoles ni inventaron el genocidio, ni desgraciadamente fueron los últimos en perpetrarlo. La destrucción del más débil a manos del más fuerte ha sido una práctica recurrente desde la aparición de la civilización hasta pleno siglo XXI. Las consecuencias del posicionamiento de los que defendían la Leyenda Rosa, fue la creación de dos grupos de pensamiento absolutamente irreconciliables, ambos con sus testimonios más o menos sesgados, que ha evitado durante siglos el entendimiento.

Esta injusta Leyenda Negra, inventada por las potencias opositoras, solo desaparecerá cuando los españoles reconozcamos sin problemas los excesos que realmente se produjeron en el sometimiento del Nuevo Mundo. Mientras luchemos contra la leyenda con más leyenda, ésta prevalecerá sobre la historia. Ya es tiempo de cambiar el concepto y la celebración de la Hispanidad, rescatarla del carácter tradicionalista, sectario y conservador que la ha presidido. Como escribió Carlos Alberto Montaner, la mejor forma de celebrar la Hispanidad sería honrando el origen común de los pueblos hispánicos, y reconociendo libre y objetivamente un pasado y un presente conflictivos.

Nosotros en este ensayo queremos superar todas estas cuestiones; no se trata de acusar a los españoles de los males pasados y presentes de Hispanoamérica, ni tampoco de disimular o ablandar con falsos discursos lo que allí ocurrió. ¿Qué potencia colonial a lo largo de la Historia no ha practicado el genocidio? La historia de la humanidad es por desgracia la crónica de la imposición del más fuerte sobre el más débil. Y esta percepción no es nueva, ya en el siglo I a.c. el historiador griego Dionisio de Halicarnaso aseguro que esta dinámica constituía una ley de la naturaleza que nada ni nadie podría cambiar. Y es que la guerra ha sido una constante en la historia de la humanidad, pues prácticamente todas las sociedades han compartido esa alternancia entre la guerra y la paz. En este sentido ha llegado a escribir Robert Ardrey, con grandes dosis de pesimismo, que el hombre se diferenció del chimpancé cuando durante miles de años de evolución hizo del hecho de matar una profesión. Y es que paradójicamente, como escribió Michael Nicholson, la guerra es una actividad genuinamente humana, una de las ocupaciones favoritas de la humanidad. Efectivamente, a lo largo de la historia han existido multitud de personas que han sostenido que las guerras eran tan inevitables como necesarias. Por poner un ejemplo concreto, el escritor del Siglo de Oro Francisco de Quevedo, sostenía que la guerra era inexcusable para conseguir la paz y de paso frenar la soberbia de los turcos y extirpar la idolatría de los indios. Y aunque obviamente no estamos en absoluto de acuerdo con este determinismo lo cierto es que encontramos enfrentamientos bélicos desde la misma Prehistoria. De hecho, se han localizado pinturas rupestres del Mesolítico, con más de 15.000 años de antigüedad en las que se pueden observar pequeños grupos tribales en pleno combate arrojándose flechas. Pero sin salir del continente americano, los taínos, procedentes del continente y mucho más evolucionados, habían irrumpido siglos atrás en las Antillas Mayores, arrinconando a los macorises y siboneyes hasta convertirlos en residuales. Estos vivían de la caza y la recolección en un estadío casi paleolítico y quedaron al borde de su extinción. Cuando los españoles llegaron a las Antillas exterminaron a los taínos en medio siglo, pero a su vez estos estaban comenzando a ser desplazados en determinadas áreas por los belicosos caribes que estaban en proceso de expansión, afectando particularmente a la isla de Puerto Rico.

Como ha escrito Ricardo García Cárcel no se puede estar a favor ni en contra de la Leyenda Negra porque como su propio nombre indica no se trata más que de eso, es decir, de leyenda. Tanto la Leyenda Negra como la Rosa, creadas por antiespañolistas y españolistas respectivamente, parten de la manipulación documental y abocan a conclusiones parciales y tendenciosas que no son más, como decía Moreno Fraginals, que una sola gran mentira.

En definitiva, las diferencias evolutivas entre las civilizaciones indígenas y las europeas eran en cualquier caso abismales. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir, es decir, la aniquilación del más débil a manos del más fuerte. Así ha sido la Historia con mayúsculas y por desgracia no parece que esta situación vaya a cambiar al menos a corto o medio plazo.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CARBIA, Rómulo: La Leyenda Negra. Madrid, 1944.

 

GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: La Leyenda Negra. Madrid, Alianza Universidad, 1992.

 

HERNÁNDEZ CUEVAS, Juan Carlos: “La Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias y la Leyenda Negra americana”, Espéculo. Revista de Estudios Literarios, N. 34. Madrid, 2007.

 

JUDERÍAS, Julián: La Leyenda Negra. Estudios acerca del concepto de España en el extranjero. Madrid, Nacional, 1960.

 

MAQUEDA ABREU, Consuelo: “Extranjeros, Leyenda Negra e Inquisición”, Revista de la Inquisición N. 5. Madrid, 1996.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

MOLINA MARTÍNEZ, Miguel: La Leyenda Negra. Madrid, Editorial Nerea, 1991.

 

POWELL, Philip W.: La Leyenda Negra. Un invento contra España. Barcelona, Áltera, 2008.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS