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Historia de América

LAS ARMADAS DE RESCATE, UN EUFEMISMO DE LA ÉPOCA DEL DESCUBRIMIENTO

LAS ARMADAS DE RESCATE, UN EUFEMISMO  DE LA ÉPOCA DEL DESCUBRIMIENTO

E. G. Bourne, en 1906, comparó la actuación de Roma en Hispania con la realizada por los españoles en América. Y aunque lo hizo con el objetivo de elogiar a España lo cierto es que ambos acontecimientos generaron una gran destrucción física y cultural. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península. Un proceso que contó también con su particular Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

El término armadas de rescate es un eufemismo, pero no actual sino de la misma época del Descubrimiento. Y digo que se trataba de un eufemismo porque, aunque en teoría iban a rescatar, es decir, a intercambiar productos y esclavos con los nativos, la realidad era muy diferente. En la praxis, el intercambio era una mera excusa, pues era totalmente asimétrico; a cambio de metal precioso y esclavos ellos ofrecían cosas sin valor, cuentas de vidrio, agujas, espejos, etc. Al final no eran otra cosa que flotillas esclavistas, cuyos objetivos no eran otros que saquear y robar indiscriminadamente. Para ello no dudaban en protagonizar grandes matanzas, esclavizando posteriormente a los supervivientes. Por tanto, sus pretensiones se reducían a dos palabras: oro y esclavos. Esta circunstancia ya la denunciaron los propios cronistas de la época. Gonzalo Fernández de Oviedo, por ejemplo, denunció irónicamente que no iban a rescatar la tierra sino a asolarla. Se reproducían así, a varios miles de kilómetros de distancia, las viejas cabalgadas medievales, consumadas en los territorios de infieles peninsulares y africanos. Ideológicamente, los españoles justificaron el cautiverio porque era más humano que matar al vencido. Todo empezó por justificar la servidumbre de los caribes, tildados de antropófagos, aunque no lo eran más que los mexicas. Ellos encarnaron para los hispanos el modelo de la inmoralidad, de la maldad, del horror absoluto y de la degeneración. Sobre ellos se fundamentó la justificación de la Conquista, pues los valores europeos se presentaron como necesarios para regenerar el demoníaco mundo indígena.

En la temprana fecha de 1504, una expedición, comandada por Cristóbal Guerra y Juan de la Cosa, arribó a una pequeña isla, que los cronistas llamaron Codego, en la costa de Tierra Firme, y prendieron sin previa declaración de guerra a unos 600 nativos. Posteriormente, decidieron soltar a algunos niños pequeños y a algunos ancianos pero, como indicó Fernández de Oviedo, "no de misericordiosos, sino porque estaban flacos o viejos y no les parecer bien". Por desgracia para estos isleños no fue el último asalto. Unos años después, el Adelantado trianero Rodrigo de Bastidas volvió a hacer una cruenta entrada en el islote, prendiendo al cacique y a medio millar de indios, "sin distinguir sexo ni edad" y robándoles además entre 10.000 y 12.000 pesos de oro.

Desde 1511, lejos de poner freno a estas crueles cabalgadas, fueron legalizadas, extendiendo su área de acción a aquellas zonas de Tierra Firme que fueran expresamente señaladas por las autoridades. Esto supuso la apertura definitiva de Tierra Firme a las acciones esclavistas que culminó con la despoblación de extensas áreas costeras. Toda esta zona formó parte, durante estas primeras décadas del siglo XVI, del área comercial antillana. De hecho, fue a partir de entonces cuando las armadas experimentaron el mayor auge, abriéndose un periodo de enorme intensidad que se prolongó durante varias décadas.

La esclavitud de los indios de Tierra Firme se fundamentó en varias circunstancias: primero, en la antropofagia de los caribes que hizo que quedase abierta la posibilidad de cautivar a cualquier aborigen alegando esta naturaleza. Segundo, en la supuesta finalidad de las armadas que, en principio, estaban dirigidas tan solo a comerciar con los naturales. Se argumentaba que era un beneficio mutuo; mera palabrería porque, como bien demostró Mario Góngora, los supuestos trueques con los aborígenes iban seguidos de saqueos sistemáticos. Y tercero, en la excusa de que a la par que comerciaban evangelizaban. Tampoco esta explicación parecía de peso, pues, ya en 1518, los dominicos se quejaron que las armadas de rescate se dedicaban simple y llanamente a cautivar indios, no mirando lo que eran obligados. Así, en 1533, se dio licencia a Pero Sánchez de Valtierra, vecino de Nueva Sevilla (Jamaica), para que pudiese "armar e ir con sus carabelas y bergantines por la costa de Tierra Firme y a otras islas en la dichas islas comarcanas para que los indios de ellas admitan la predicación cristiana y se aparten de sus idolatrías y delitos nefandos". Evidentemente, ni la misma Corona se creía ya por aquellas fechas que el objetivo fuese la evangelización. El 22 de enero de 1518 el oidor de La Española Alonso de Zuazo escribía con una claridad meridiana:

 

"Que un gran perjuicio ha sido que los españoles, so color que iban a descubrir, hiciesen armadas a su costa en Tierra Firme e islas porque a toda costa querían resarcirse y cargar oro y esclavos y para venir a este fin no podían ser los medios sino bárbaros y sin piedad, y sin cometer grandísimas crueldades, abominables y crudas muertes, robos, asar a los hombres como a San Lorenzo y aperrearlos y escandalizar toda la tierra".

 

No menos claro fue Diego Velázquez de Cuéllar, teniente de gobernador de la isla de Cuba, quien en una carta al Emperador, fechada en 1519 le decía lo siguiente:

 

"Que en dar lugar como hasta aquí se ha dado a que algunas personas hagan armadas para ir a rescatar y descubrir por la Tierra Nueva que él ha descubierto se le hace muy notorio agravio como claramente parece porque su fin, de los tales españoles, no es pacificar, ni amansar los indios, ni traerlos a nuestra fe. Y antes a robarlos y alborotarlos porque desamparan sus haciendas como se ha visto por experiencia de dos navíos que con licencia de los padres Jerónimos fueron de la isla Española a rescatar por la costa de Tierra Firme que dejaron los indios tan desabridos y aterrorizados que han aborrecido el trato y conversación de los cristianos que por allí ahora pasan".

 

Por lo demás, resulta ocioso insistir en los abusos que se perpetraban en estas armadas en las que indiscriminadamente se atacaba y sometía a todos los nativos, ya fuesen mujeres, niños o ancianos. El padre Las Casas describió esas entradas en poblados de Tierra Firme en términos igualmente trágicos:


"La costumbre de los españoles en aquella Tierra Firme fue dar en los indios que estaban en sus casas durmiendo seguros, de aquella manera: pegaban fuego primero a las casas, que comúnmente en las tierras calientes eran de paja, y quemados o chamuscados los que tenían más profundo sueño y otros con las espadas desbarrigados y otros presos, huyendo los demás, atónitos hechos, volvían después los nuestros a escarbar la ceniza, muerto el fuego, y coger el oro que había en el pueblo".

 

Pero, como de costumbre, alguien podría pensar que se trata de exageraciones del combativo dominico. Pues, bien, disponemos de decenas de testimonios redactados en términos similares, tanto por laicos como por seglares. Por ejemplo, Girolamo Benzoni fue testigo presencial de la arribada del capitán Pedro de Cádiz a puerto, después de haber quemado y asaltado el poblado de Maracapana, en Tierra Firme. Sus palabras, transmiten todo el dramatismo del momento, como podemos observar en las líneas que reproducimos a continuación:


"Mientras estábamos en este lugar, llegó el capitán Pedro de Cádiz con más de cuatro mil esclavos; muchos más había capturado, pero tanto por carencia de provisiones, por fatiga y sufrimientos, como por el dolor de abandonar su patria, sus padres y sus hijos, habían muerto durante el viaje… Llevaba realmente a compasión el ver aquella multitud de pobres criaturas, desnudas, cansadas, impedidas; seres debilitados por el hambre, enfermos, desamparados. Las infelices madres con dos o tres hijos a la espalda o al cuello, llorando continuamente y muertas de dolor, y todos sujetos con cuerdas y cadenas por el cuello, los brazos y las manos".

 

Las armadas arribaban a las costas, descargando las bombardas en medio del pánico de los indios que "se escandalizan y espantan más de los dichos tiros de pólvora que de otra arma que vean y que muchas veces en las armadas que han ido ha acaecido que con solo un tiro que tiran, aunque no haya piedra, no más del sonido, se huyen todos los indios que en la tal provincia están..."


No menos desgarrador es el testimonio que nos dejó el clérigo Luis de Morales en 1543. Y conocía de buena tinta estas expediciones porque viajó en calidad de veedor en algunas de ellas, allá por los años treinta:


"Y llegaron a la dicha costa de Tierra Firme a Maracapana que es a sotavento de Cubagua quince o veinte leguas surgieron los navíos y echaron dos barcos luengos en la mar cada uno con cincuenta hombres y sus remos a saltear indios y a tomarlos y entraron por el río de Neberi y no hallaron indio ninguno, vinieron muy enojados y muy despechados porque los indios los habían sentido y huido. Fueron más adelante a un puerto que se llama Haguerote y tomaron dos indios que andaban pescando por unos manglares para sustentarse y metiéronlos en las carabelas y allí los amedrentaron con amenazas que les dijesen donde estaba su pueblo de donde ellos venían y los dichos indios se lo dijeron y luego los tomaron con la lengua y fueron casi doscientos hombres con ellos y a media noche dieron en dos pueblos y trajeron todos los indios que hallaron en ellos con todo lo demás que hallaron en sus casas de joyas, preseas y ovillos y hamacas y mantas y todo lo demás que tuvieron en sus casas y metiéronlos en las carabelas y fueron de la costa abajo y de noche salteaban indios estando pescando y los dichos indios les decían luego de donde venían y cuales eran sus pueblos y daban en ellos a media noche como en los demás y traíanlos a todos a donde estaban las carabelas y los viejos y niños que no podían venir dábanles de estocadas o despeñábanlos".

 

En medio del desconcierto eran prendidos con facilidad y embarcados en los navíos con destino a Cubagua o a las Antillas Mayores. También de estos hacinados e inhumanos traslados nos dejó una crudelísima descripción el italiano Girolamo Benzoni:

 

        "No pudiéndose mover en el fondo de aquellas sentinas, con sus vómitos y el producto de sus necesidades iban allí como animales entre sus heces. A menudo el mar se encalmaba, faltándoles el agua y otras cosas a aquellos infelices. Y así, agobiados por el calor, el mal olor, la sed y las incomodidades, allí abajo morían miserablemente".

 

Y como decían los dominicos al señor de Chiebres, eran tantos los cuerpos inertes que tiraban al agua "que pensamos que por el rastro de ellos que quedaba por la mar, pudiera venir otro navío hasta tal puerto". Concretamente citaron un caso en el que llegó una expedición a Puerto Plata con 800 indios, estuvieron dos días sin desembarcar, murieron tres cuartas partes, tirándolos al mar, de manera que las olas lo hacían llevar hasta la orilla como si fueran "maderos". Y una vez desembarcados, el panorama seguía siendo absolutamente desolador, como lo describió con todo detalle el padre Las Casas:

 

"Desembarcaban a los tristes desventurados, desnudos, en cueros, flacos, para expirar; echábanlos en aquella playa o ribera como unos corderos, los cuales, como venían hambrientos, buscaban los caracolillos o hierbas y otras cosas de comer, si por allí hallaban, y como la hacienda era de muchos, ninguno de ellos curaba para les dar de comer y abrigarlos hasta que se hicieran las partes, sino, de lo que traían en el navío, algún cazabe, que ni los hartaba ni sustentaba".

 

Canallesca fue la entrada que hizo el capitán Ayora en Tierra Firme. Los indios temieron inicialmente que fuese Vasco Núñez de Balboa, ya famoso entre ellos por su crueldad. Pero se equivocaron, no tardaron en descubrir que se trataba de alguien aún más sanguinario, a quien llamaban Tiba, es decir, señor de los cristianos. Ayora los amenazó con quemarlos y aperrearlos si no le entregaban todo el oro que tenían. Los desesperados indios rastrearon la zona pero apenas lograron reunir unas cuantas piezas áureas y además de muy baja ley. Ayora enfureció hasta el punto que quemó el pueblo y aperreó a sus habitantes, "con grandísima crueldad", muriendo decenas de ellos.

Con no menos brutalidad se comportó Juan Bono en la isla Trinidad, a donde arribó en torno a 1517. Llevaba instrucciones para cautivar indios, tanto si los recibían de guerra como si lo hacían de paz. Y efectivamente, fue bien recibido por los inocentes indios, pero cumpliendo sus instrucciones los acometió. Convocó a más de 400 en una casa principal para a continuación cercarlos y prenderlos. Pero los nativos se resistieron, "temiendo menos la muerte que el cautiverio" y más de un centenar fueron pasados a espada. Tantos mataron que al final se tuvieron que conformar con embarcar 180 esclavos, los únicos supervivientes que encontraron. Los prisioneros fueron llevados al puerto de San Juan para proceder a su venta. En 1544 se decía en Santo Domingo que había "infinitos" esclavos procedentes de las islas y de Tierra Firme.

En cuanto a los motivos que llevaron a someter a todos estos nativos fueron, sin duda, la necesidad de mano de obra para las minas de oro y las explotaciones agropecuarias, así como el bajo precio a que se podían conseguir. Así, pues, el descenso de la población nativa de las Grandes Antillas y el elevado precio de los negros fueron motivos más que suficientes para justificar la esclavitud del indio de Tierra Firme. Continuamente los vecinos se quejaban de estas dos circunstancias, es decir, del descenso demográfico indígena y de los elevados precios de los esclavos negros para seguir reivindicando el apresto de estas armadas de rescate. Todo un negocio para estos cristianos sin escrúpulos morales.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

IZARD, Miquel: El rechazo de la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueran esa maravilla. Barcelona, Península, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ROJAS, José María: La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CONQUISTADORES Y ENCOMENDEROS JUZGADOS Y CONDENADOS

CONQUISTADORES Y ENCOMENDEROS JUZGADOS Y CONDENADOS

Pocos conquistadores, encomenderos y funcionarios fueron enjuiciados y condenados por maltratar o asesinar a los nativos. Y es que como escribió el padre Las Casas, “matar ni robar indios nunca se tuvo en estas Indias por crimen.

Y en los pocos casos que hemos conseguido documentar, pese a tener delitos de sangre, el castigo consistió en la pérdida de sus encomiendas, en una multa económica más o menos cuantiosa y, en el peor de los casos, en el destierro.

        En Nicaragua, el extremeño Rodrigo Núñez, que tenía una pequeña encomienda en el pueblo de Guaçama, se dedicó a forzar a su cacique, Oçelo, para que entregase esclavos. Como no los tenía se vio obligado a entregar personas libres que fueron herrados y vendidos por Núñez. Finalmente, el cacique se atrevió a denunciar el caso ante las autoridades, poniendo en grave riesgo su vida. Dado que no había delitos de sangre, el protector no sólo lo instruyó sino que también dictó sentencia, concretamente el 24 de mayo de 1529. El extremeño fue condenado a la pérdida de su encomienda y a las costas del juicio. Además, para optar en el futuro a otra encomienda necesitaría un permiso especial del Emperador. Una sentencia extremadamente suave, teniendo en cuenta que algunos de los que injustamente esclavizó ni siquiera se pudieron liberar por haber partido junto a sus dueños fuera de la gobernación. No obstante, el extremeño recurrió, esgrimiendo dos argumentos: uno, que se habían utilizado testigos indios, y dos, que el protector no podía dictar sentencia. No sabemos la resolución de la apelación pero, lo cierto es que Rodrigo Núñez, aunque perdió la encomienda de Guaçama, obtuvo otras en los años posteriores. Queda claro que los delitos del extremeño, tratando como esclavos a vasallos castellanos, quedaron prácticamente impunes

        En 1539 el trujillano Francisco de Chávez fue enviado por el cabildo de Lima a castigar a los indios de Conchucos que estaban alzados. Una vez en el lugar se le ocurrió una brillante idea, la solución definitiva para pacificarlos. Decidió prender a todos los niños que pudo, en total 600, y los mató. Como lo hizo en nombre de Dios, por pacificar y cristianizar la tierra no parece que dicho acto de barbarie tuviese consecuencias penales. Lo único que nos consta es una Real Cédula del 25 de diciembre de 1551 por la que el Emperador compelió a sus herederos a sufragar, de las rentas de su encomienda, una escuela donde se les diese manutención e instrucción a un centenar de indios.

Hacia 1540, el ubetense Jorge Robledo recorrió un largo trecho entre Perú y Cartagena de Indias, cautivando cientos de personas y robando en cuantos pueblos de indios encontró a su paso. Una verdadera columna de la muerte, apropiándonos del título que Francisco Espinosa dio a la columna Madrid de 1936. En el juicio se demostró lo siguiente:

 

        "Que siendo indios de paz tomó mucho oro y piedras y otras joyas y les tomó el maíz y mantenimiento que tenían para mantenerse a sí y a sus hijos y mujeres, sin le dar rescate ni equivalencia por ello".

 

Llevó asimismo cientos de porteadores en colleras, precisamente para transportar el producto de su pillaje. Para asegurarse su protección frente a los naturales llevó consigo una jauría de mastines, entrenados para despedazar nativos. Sus hagiógrafos minimizan sus actos, diciendo que los usó sólo en contadas ocasiones. Lo cierto es que su forma de proceder fue tan flagrante, descarada y cruel que las autoridades se vieron obligadas a procesarle por ello. Tras estar preso en Cartagena de Indias, fue deportado a España donde pasó algún tiempo recluido en una posada de la Corte.

        Finalmente, en Valladolid, el 5 de noviembre de 1543 el Consejo dictó una sentencia definitiva e inapelable: el alto tribunal lo consideró culpable de todos los cargos que se le imputaban. Por ello, le condenó al pago de 200 pesos de oro para la obra de la iglesia de la ciudad de Antioquia, más las costas del juicio. ¿Y esa fue toda la condena por tan larga cadena de agravios? Pues sí, ese era el escaso precio que había que pagar por esclavizar, robar y asesinar indios.

        Fue rehabilitado por la Corona quien lo nombró mariscal y además le concedió un escudo de armas en agradecimiento por los servicios prestados en las Indias durante más de 16 años. A fin de cuentas, su único delito había sido agredir, robar, esclavizar y matar a un puñado de indios. Jorge Robledo, tan inquieto como otros muchos conquistadores, decidió regresar a Cartagena de Indias. En 1545 se embarcó, en compañía de su esposa María de Carvajal, con destino a Cartagena de Indias. Allí desempeñó el cargo de teniente de gobernador, pero las fricciones con Sebastián de Belalcázar, gobernador de Popayán, fueron continuas. En una entrada de Francisco Hernández Girón, entonces al servicio de Belalcázar, fue prendido y poco después ejecutado. Era el 5 de octubre de 1546. Como otros muchos conquistadores, vivió siempre en el filo de la navaja y, como ellos, tuvo un final trágico.

También fue encausado y juzgado el sanguinario conquistador pacense Hernán Sánchez de Badajoz. Se trataba de un personaje de la élite, avecindado en la ciudad de Panamá, pero que como tantos otros tenía gran prisa por hacerse rico. En una incursión en Costa Rica quemó en la hoguera a una india y a varios caciques para que confesasen dónde escondían el oro. Con tantos tormentos consiguió sacar a los desdichados aborígenes cierto oro por un valor de entre 20.000 y 30.000 castellanos. No contento con lo obtenido, se llevó encadenados a varias decenas de hombres del cacique Quaça. Y todo ello a pesar de que fueron recibidos en todo momento pacíficamente. Algún funcionario diligente decidió procesarlo, siendo finalmente condenado por una sentencia dictada en Valladolid el 23 de junio de 1558. La condena fue bastante cuantiosa, 600 ducados por lo que el pacense debió rascarse el bolsillo. Era un avance teniendo en cuenta los cientos de casos similares que quedaron totalmente impunes. En su testamento no tuvo remordimiento alguno por las canalladas que perpetró a lo largo de su vida. Se consideraba cristiano y temeroso de Dios, reconociendo tan sólo una pequeña deuda pendiente de 50 pesos con un vecino de Talavera la Real, llamado Asensio. Sería cristiano y muy creyente, no lo dudo; pero ni pensó en el juicio de la Historia ni menos aún en el juicio de Dios.

        El conquistador granadino Hernán Pérez de Quesada fue otro de los grandes sanguinarios que anduvo por Nueva Granada matando, esclavizando y robando a toda persona que no tuviese pinta de europeo. En 1541 la justicia decidió emprender acciones legales contra él, y anduvo varios años de juicios, antes de ser apelado al Consejo de Indias. Jamás compareció ante él, porque, estando en el Cabo de la Vela en 1544 el azar quiso que muriera víctima de un rayo. Algunos indios lo interpretaron como un castigo divino, pero no del Dios cristiano, sino de sus viejos dioses prehispánicos, en el último suspiro, antes de desaparecer para siempre.

        Por fortuna tampoco quedó sin castigo Francisco de Montejo, que cometió atrocidades inenarrables en la península del Yucatán. Nunca fue capaz de distinguir a unas personas de otras. Todos los yucatecos, ya fuesen de guerra o de paz, ya fuesen niños o ancianos, eran susceptibles de ser esclavizados y puestos al servicio de los vencedores. Y a diferencia de otros, nunca dijo que lo hacía por servir al Rey y a Dios, sino que reconoció que si fin era exclusivamente lucrativo. Y el problema era que en Yucatán no había metales preciosos por lo que la única forma de lucrarse era sometiendo al indio a esclavitud o a servidumbre. Finalmente fue procesado y condenado a la pérdida de sus cargos y de sus encomiendas. Apeló la sentencia al Consejo de Indias que sin embargo ratificó los delitos, muriendo pobre y olvidado en Sevilla hacia 1553.

        A mediados del siglo XVI un abulense llamado Melchor Verdugo y Olivares se paseó por los pueblos del antiguo incario acompañado de un perro, tristemente famoso, llamado El Bobo. Ni corto ni perezoso les pedía oro a los curacas bajo la amenaza de azuzarles a su can. Pese a ello, el curaca de Bambamarca se negó a darle su fortuna, muriendo despedazado en cuestión de minutos. Al final, fue procesado por la justicia ordinaria pero se apeló el proceso al Consejo de Indias. Desconocemos la sentencia del mismo, pero como de costumbre se debió limitar a alguna pena pecuniaria, nada comparable a las atrocidades que cometió.

         En 1562 se desarrolló otro proceso en la audiencia de Lima, en este caso contra Hernán Vela y su esposa Ana Gutiérrez. Se les acusó de proporcionar malos tratos a los indios de su encomienda, situada en el pueblo de Aullagas, haciéndoles pagar unos tributos excesivos. Los cargos fueron probados por lo que fueron condenados a pagar la nada despreciable cifra de 65.000 pesos de oro. Para sufragarlos se vieron obligados a vender la villa de Siete Iglesias que era de su propiedad. Realmente, sorprende la alta cuantía impuesta en este caso, máxime cuando simplemente se trataba de un exceso de tributación, delito generalizado en el siglo XVI y por el que muy pocos fueron condenados.

         En 1579 Luis de Carvajal obtuvo capitulaciones para conquistar el territorio del Nuevo Reino de León, en la demarcación virreinal de Nueva España. Las razias que cometió, robando, matando y esclavizando a miles de seres humanos fueron de tal magnitud que su fama llegó a todos los confines del virreinato. ¡Una década después!, decidieron procesarlo. Pero, con buen criterio, los oidores, pensando que los crímenes en tiempos de conquista difícilmente podrían probarse, decidieron traspasar el caso al Santo Tribunal de la Inquisición, alegando que algunos miembros de su hueste habían practicado el judaísmo, con su consentimiento. Él siempre dijo que las acusaciones fueron mera fabulación de los muchos enemigos que se granjeó, y probablemente tenía razón. Lo cierto es que por matar indios difícilmente hubiese sido condenado, pero otra cosa era su supuesto coqueteo con el judaísmo que chocaba directamente con las intenciones casticistas del imperio Habsburgo. Culpable o no lo cierto es que dio resultado y la sentencia, dictada en 1590, lo castigó a seis años de destierro de las Indias. Nunca llegó a cumplirla porque falleció en 1591, aunque al menos lo hizo en prisión como merecía. Por fin, un psicópata intransigente purgó sus culpas en la cárcel, muriendo con la mayor deshonra. Por esta vez, el Santo Tribunal, que a tantos inocentes condenó, dio su merecido a un verdadero criminal de guerra.

         Hubo varias decenas de condenas más, pero de muy pequeña cuantía. Visitadores que procesaron a encomenderos por abusar de sus indios, por pedirles más tributos de la cuenta o por forzarlos a comprarles artículos que no necesitaban. Concretamente, el doctor Diego García de Palacio, tras una visita por las encomiendas de Yucatán en 1583, condenó a varios encomenderos a distintas penas pecuniarias, concretamente a Alonso Díaz y a Diego López de Recalde. Se trata sólo de una muestra de la labor realizada por muchos de estos visitadores que con su buen hacer contribuyeron a dignificar a medio o largo plazo la vida de los aborígenes. En ocasiones la justicia funcionaba.

 

PARA SABER MÁS

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

APRENDAMOS DEL PASADO: LOS INCAS Y SU RESPETO A LA MADRE TIERRA

APRENDAMOS DEL PASADO: LOS INCAS Y SU  RESPETO A LA MADRE TIERRA

La ecología como tal es un fenómeno del siglo XX; no en vano, el propio término ecología se lo debemos al alemán Ernst Haechel. En la década de los sesenta del siglo pasado y concretamente en 1962 se produjo un verdadero hito histórico en el devenir de este movimiento, con la publicación del libro “Primavera Silenciosa” de la bióloga estadounidense Rachel Louise Carson (1907-1964). Por primera vez se hacía un duro ataque a la utilización de pesticidas en el campo, denunciando la destrucción que esto provocaba. Poco antes de su muerte, en 1963, fue distinguida como académica correspondiente de la nacional de Artes y Letras de Estados Unidos. Una década después llegó la fundación de Greenpeace que coincidió con la primera conferencia mundial del medio ambiente celebrada en Estocolmo y en que se emitió

Sin embargo, aunque no se llamase así, los pueblos y las civilizaciones que hoy llamaríamos injustamente primitivas o bárbaras eran mucho más que ecologistas. No se planteaban el remedio porque no causaban el daño. El mundo de los incas es para mí paradigmático aunque obviamente no es el único. Para ellos la tierra -la Pachamama en quechua- era sagrada, la respetaban y la cuidaban como a una madre porque, como decía María del Carmen Valadés, entendían que ésta les protegía y sustentaba. La tierra era el lecho sagrado donde vivía y se reproducía el ser humano, por lo que se hacía necesario el mantenimiento de una reciprocidad. De ahí que le ofreciesen pagos, es decir ofrendas para favorecer la armonía “con la Tierra que da alimentos, que acoge a los muertos, que autoriza a construir sus hogares”. Si cultivan la tierra le hacían ofrendas para que la cosecha fuese abundante, si transitaban los caminos, depositan piedras en los cruces para que les favoreciese su viaje y si subían a una montaña –también considerada sagrada- hacían lo propio para que el ascenso fuese seguro. Y tanto es así que con frecuencia, todavía en nuestros días se forman montículos de piedras en los entornos de las calzadas, que ellos denominan “apachetas”. Cuando morían enterraban a sus muertos con el concepto europeo de yacer en la tierra sino para devolverlo al “vientre sagrado de la madre”.

A partir del siglo XVI los europeos destruyeron parcialmente este mundo. Ya no tenían cabida las sociedades campesinas agrupadas en ayllus, ni las comunidades autosuficientes. Había que explotar la tierra, había que producir y todo ello pasaba por romper la armonía con la madre tierra. Sin duda, lo peor llegó tras la Independencia, cuando los criollos expandieron su concepto de productividad incluso a la selva amazónica. No olvidemos que la selva representa el 60 por ciento de la geografía peruana. Allí llegaron los empresarios del caucho, las petroleras y las empresas madereras que desforestaron decenas de miles de hectáreas, al tiempo que la población indígena disminuía por los trabajos forzados, las enfermedades y las huidas a otras zonas. Los vertidos de mercurio, usado en la amalgama del metal precioso, han convertido el Amazonas en uno de los ríos más contaminados del mundo. Algunos afluentes de este gran río, están cinco veces más contaminados que el río Rhin, la cloaca de Europa. Ello está provocando la muerte de comunidades indígenas enteras que tradicionalmente bebían y se alimentaban de este gran río.

Todavía en pleno siglo XXI algunas comunidades quechuas y hasta mestizas siguen celebrando los ritos a la Pachamama, en la que se ofrenda con incienso, sebo de llama, piedras, dulces, conchas y flores. Una verdadera lección de respeto al medio que los quechuas nos legaron y que pervive todavía en nuestros días. Como siempre digo, no se trata de volver a las cavernas, sino de aprender las lecciones del pasado, especialmente de las sociedades precapitalistas. No sé si todavía estamos a tiempo de parar el cambio climático que quizás sea la rebelión de la madre tierra contra la tiranía y el maltrato que le proporciona el hombre de nuestro tiempo. Una especie más del universo que se engaña a sí misma cuando cree que es la dueña del mundo. Antes o después, la naturaleza –o la madre tierra como dirían los quechuas- dará una lección al ser humano por haber sobrepasado todos los límites admisibles.

 

PARA SABER MÁS:

 

CARSON, Rachel: Primavera silenciosa (varias ediciones).

 

VALADÉS, María del Carmen: El Perú por dentro. Una guía cultural para el viajero. Barcelona, José J. Olañeta Editor, 2012.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CORSARISMO EN LA AMÉRICA COLONIAL: EL DRAMÁTICO CASO DE LA CIUDAD DE TRUJILLO (HONDURAS)

CORSARISMO EN LA AMÉRICA COLONIAL: EL DRAMÁTICO  CASO DE LA CIUDAD DE TRUJILLO (HONDURAS)

        Se tiene la errónea idea de que los corsarios estaban permanentemente en pie de guerra, asaltando buques o tomando puertos. Y no es del todo cierto; estos utilizaban cualquier medio para enriquecerse, viviendo en el filo de la legalidad, en la ilegalidad o en la rebeldía, según les convenía. Unas veces, si las posibilidades de lucro eran óptimas, actuaban como meros comerciantes ilegales, vendiendo mercancías a bajo precio, con el consentimiento de hacendados y autoridades. Y otras, si las condiciones les eran favorables, pertrechaban sus buques y acudían al asalto de alguna flotilla mercante o de algún puerto mal defendido. Pero realmente no resulta fácil distinguir comercio ilícito –lo que Braudel llama piratería amigable- de bandidaje, pues eran actividades muy cercanas y hasta complementarias.

Ante la escasa presencia española en el Mar Caribe, los corsarios se terminaron haciendo con su control. Pese a su importancia estratégica, se trataba de una vasta extensión de islas y costas, muy débilmente pobladas y con infinidad de recodos y refugios para los posibles enemigos. España no tenía posibilidad física, humana, ni tecnológica de mantenerlos. Los ingleses colonizaron las islas de la Tortuga, Trinidad, Tobago, Granada y Jamaica (1655); los franceses, Martinica, Guadalupe, Marigalante así como el noroeste de La Española; y finalmente, los holandeses Bonaire, Araba y Curazao, siendo reconocida su ocupación por España en diversos tratados firmados en la segunda mitad del siglo XVII. Otras potencias menores, como Dinamarca, ocuparon algunas islas de Barlovento, como Santo Tomás, San Juan y Santa Cruz, mientras que Suecia ocupó la de San Bartolomé.

         Acaso, la más generalizada forma de enriquecimiento de los corsarios fue el contrabando, realizado con la connivencia de encomenderos, hacendados y dueños de ingenios pues el desabastecimiento de mercancías, por un lado, y los reducidos precios que pagaban por los géneros locales por el otro, los empujó irremediablemente a dicha actividad ilícita. Un beneficio mutuo provocado por el propio monopolio comercial que se basaba en proporcionar lo mínimo al mayor precio posible. Por ello, la única forma de aceptar el monopolio sevillano sin sufrir un quebranto absoluto fue compaginarlo con el comercio ilegal. Por tanto, monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Los corsarios no tardaron en darse cuenta que se obtenían más beneficios comerciando con los isleños que atacándolos. Por ello, desde bastante antes de mediar el siglo XVI comenzaron a mercadear con los colonos, con la seguridad que les daba la inexistencia de una armada guardacostas mínimamente estable. Se daban, pues, todos los ingredientes para el desarrollo de un floreciente comercio ilegal, en el que, en ocasiones, estaban implicados, desde los altos cargos de la administración hasta los propios soldados de las guarniciones, los mismos que, en teoría, debían luchar contra ese contrabando.

Pero junto a este comercio ilegal, los corsarios también robaban y asolaban. Cada vez que se topaban con una posible víctima en el mar –casi siempre navíos solitarios- ésta era asaltada y su mercancía robada. Mucho más daño causaron los sonados ataques a diversos puertos indianos, por la magnitud de los robos y destrozos y por la sensación de impunidad. Los ataques corsarios a plazas del interior fueron muy escasos y la mayor parte de ellos acabaron fracasando. Y es que suponía correr demasiados riesgos, pues aunque su presencia en las costas solía ser una triste sorpresa para los vecinos, en el interior del territorio los sorprendidos eran los propios corsarios cada vez que sufrían una emboscada.

         Como ya hemos dicho, el corsarismo se cebó en las áreas marginales de las Indias que España no podía ni tenía la voluntad de defender. Uno de los casos más dramáticos de abandono a su suerte por parte de las autoridades españolas es el de la ciudad de Trujillo en la costa de Honduras. Dada su singularidad, nos centraremos en este caso. Ante sus escasas defensas y su corta guarnición, fue saqueada tantas veces que verdaderamente sorprende que siga existiendo cinco siglos después. Desde finales del siglo XVI comenzaron una serie de asaltos que la mantuvieron durante décadas casi en la ruina. Los primeros ataques se produjeron en 1595 y en 1598, siendo protagonizados por corsarios galos. En esta última ocasión se consiguió rechazar a los bandidos, no tanto por la pequeña guarnición que la defendía como por el valor de los vecinos. Tras algunas décadas de tranquilidad, los ataques se reanudaron con más virulencia que nunca. En 1632 los atacantes fueron corsarios holandeses que intentaron tomar la ciudad y los barcos que había en el puerto pero que fueron rechazados. Pero volvieron al año siguiente, en esta ocasión con ocho naos gruesas. Ante tal superioridad, la ciudad fue abandonada a su suerte, siendo saqueada y quemada.

Pero los asaltos no acabaron ahí pues fue sucesivamente asaltada, robada y quemada en 1638, 1639 y 1640. Y es que sus posibilidades defensivas eran absolutamente ridículas, hasta el punto que en un alarde que se hizo por aquellas fechas se averiguó que sólo había 39 hombres capaces de empuñar un arma. En 1641 volvieron a tomar la ciudad cuatro naos corsarias, que estuvieron cerca de un mes, entrando doce leguas la tierra adentro y cometiendo cuantos excesos de robos y torpezas pueden imaginarse. Tras estos hechos, el presidente de la audiencia de Guatemala decidió reforzar la defensa de la costa hondureña y, en particular, de Trujillo, enviando a su fortaleza medio centenar de soldados con arcabuces y mosquetes. Todo fue en vano, porque el 16 de julio de 1643 se presentaron en su puerto 16 navíos ingleses con nada menos que 1.500 hombres. Cuatro días después la ciudad fue tomada, saqueando lo poco que había en ella y en las estancias. Pero, pese a estar la ciudad saqueada y arruinada, al año siguiente llegó el corsario mulato Dieguillo con dos barcos, engañó a los vecinos con banderas de paz, y volvieron a despojarla impunemente. Una incursión que repitió en años posteriores hasta que, por fin, en 1650 llegó una pequeña armada de tres bajeles, enviada por el gobernador de La Habana, e hizo huir al corsario. Pero, era demasiado tarde; la paciencia de los trujillanos se había agotado y la ciudad fue desamparada y abandonada. El propio presidente de la Audiencia en su informe decía: ya por fin quedó la costa de Honduras limpia de piratas, en mi juicio porque no había qué robar en ella. Años después se repobló la ciudad, siendo nuevamente asaltada por corsarios, en 1689. La historia de Trujillo no deja de sorprendernos. ¿Cómo podía permitir la España Imperial que ingleses, franceses u holandeses campasen a sus anchas y acometiesen a sus súbditos? Era la otra cara de ese vasto imperio. Un imperio tan extenso que no había ejército ni armada capaz de defenderlo. Que fustigasen la pequeña ciudad de Trujillo en Honduras no dejaba de ser un hecho anecdótico, teniendo en cuenta que en la propia Península Ibérica se atrevían con Valencia, Denia, Gibraltar o Mallorca.

         A nivel global la piratería fue un producto más de su tiempo, generado por el entonces naciente capitalismo, por el desarrollo del comercio y de la navegación y por la aparición de nuevos estados que pugnaban por tener un puesto de relevancia en el panorama internacional. Fue un auténtico drama, sobre todo para los cientos de miles de personas que lo sufrieron pero también para los propios corsarios que fueron usados por las naciones europeas mientras les interesó, siendo después perseguidos, repudiados y sometidos. No fueron más que un instrumento de dominación en manos de los gobiernos europeos para tratar de acabar con el monopolio comercial hispánico. Sus logros se limitaron a algunos sonados asaltos y a la ocupación de territorios prácticamente abandonados por el imperio, fracasando en su objetivo último de acabar con el poderío español en las Indias.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, Historia Militar de España, T. III (I). Madrid, 2012, pp. 143-193.

 

STEIN, S. J. y B. H.: Plata, comercio y guerra. España y América en la formación de la Europa Moderna. Barcelona, Crítica, 2004.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CUBA: LA CAÍDA DEL ÚLTIMO BASTIÓN COMUNISTA

CUBA: LA CAÍDA DEL ÚLTIMO BASTIÓN COMUNISTA

        La normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, formalizadas públicamente por Raúl Castro y Barack Obama el 17 de diciembre de 2014 han puesto de manifestó lo que era un secreto a voces, es decir, que Cuba había dejado de ser ya un país comunista.

        Atrás quedó el mito de la revolución cubana, la de aquéllos soñadores que se rebelaron en Cienfuegos el 5 de septiembre de 1957, ocupando la base naval y resistiendo con tesón la represión de las fuerzas gubernamentales del dictador Fulgencio Batista. Mientras tanto los rebeldes se hicieron con el control de la Sierra Maestra, aguantando las embestidas del ejército. En enero de 1959 el dictador huía de La Habana en dirección a la República Dominicana al tiempo que Fidel Castro ordenaba al Che Guevara y a Camilo Cienfuegos que ocupasen la capital. Y así lo hicieron con el apoyo de los habaneros, hartos del corrupto régimen pro-estadounidense. Comenzaba así el régimen de Fidel Castro, la denominada República Democrática Socialista de Cuba, que comenzó cumplimentando un amplísimo programa de reformas: nacionalización de tierras y de empresas, democratización del país, justicia social y alfabetización del pueblo.

        Los primeros años fueron épicos, resistiendo las embestidas del gigante gringo. Obviamente, los Estados Unidos no podían consentir un país comunista a sus puertas ni tampoco el perjuicio económico que estaba provocando la nacionalización de sus empresas. Sin embargo, seguía sin dar importancia al régimen castristas, pues pensaba que era obra de unos pocos soñadores que no tardarían en ser derrocados por la propia resistencia cubana. El desembarco de los contrarrevolucionarios en la bahía Cochinos –Playa Girón- el 20 de abril de 1961 fue una verdadera chapuza organizada por la C.I.A. con el consentimiento de Eisenhower. La elección errada del punto de desembarco y la suposición también equivocada de que el pueblo se levantaría en armas contra Fidel Castro los condenó al fracaso. Las fuerzas castristas no tuvieron demasiadas dificultades en repeler el desembarco, provocando 114 bajas entre los asaltantes y capturando a unos 1.200 prisioneros. Todo parecía indicar que Estados Unidos invadiría la isla en los meses posteriores, pero el apoyo soviético y la Guerra Fría lo impidieron. De hecho, Fidel Castro firmó un acuerdo secreto con la URSS por la que ésta se comprometía a instalar en la isla misiles soviéticos para defenderla de una previsible invasión yanqui. El desenlace es bien conocido, tras el bloqueo de la isla por buques norteamericanos se acordó desistir de su instalación a cambio del compromiso expreso del presidente estadounidense de no invadir la isla.

Sin embargo, el gran aliado soviético terminó cayendo por méritos propios, provocados por su excesiva burocratización, el partido único, el poder unipersonal, las purgas contra los opositores y la quiebra económica. Le siguió la desaparición de la China comunista –que solo conserva de marxista el nombre y el partido-, pero en los últimos años se había mantenido a duras penas con el apoyo de la República Bolivariana de Venezuela. La crisis brutal del gobierno de Nicolás Maduro debida, entre otras cosas, a la caída del precio del crudo, su principal fuente de ingresos, ha reducido a mínimos históricos su colaboración económica y comercial con el régimen de Raúl Castro. Cuba se había quedado sola, empobrecida, endeudada y aislada en el contexto internacional. Ya no estaba la URSS, ni China, ni Venezuela; en breve su nuevo socio será nada más y nada menos que su tradicional enemigo: los Estados Unidos de América.

        Raúl Castro y su gobierno han encubierto este drástico cambio de rumbo en una supuesta “actualización” del régimen comunista. Pero es obvio, que es algo más que una “actualización” del sistema; en realidad el comunismo ha dejado de existir en la isla caribeña desde hace algunos años y de lo que ahora se trata es de ajustar la economía, la sociedad y las relaciones internacionales al juego de un capitalismo global.

        El gobierno cubano era hasta hace poco el dueño de todas las tierras del país que entregaba a cultivadores a cambio de la venta al propio Estado de la mayor parte de su cosecha. Es cierto que las cooperativas socialistas no funcionaban bien y que la productividad era muy reducida. La economía cubana era muy precaria, en buena parte por deméritos propios pero también por el brutal bloqueo internacional que venía sufriendo desde hace décadas. Ahora bien, algunas cosas sí se habían hecho bien: los revolucionarios prometieron alfabetizar a la población y lo cumplieron, prometieron coberturas sociales y sanitarias y también lo cumplieron, prometieron trabajo y también lo hicieron aunque fuese en condiciones muy precarias. No olvidemos que según el anuario de la C.E.P.A.L. (Comisión Económica para América Latina de la O.N.U.) el cien por cien de la población cubana es alfabeta y, pese a las carestías, posee una de las tasas de esperanza de vida más elevadas del mundo.

Ahora se está abriendo el país a la iniciativa privada, se están privatizando tierras e industrias, al tiempo que se cierran universidades públicas y centros de salud. Es seguro que la renta per cápita de los cubanos experimentará un espectacular aumento en los próximos años y que la inversión internacional se multiplicará. Es posible que la tasa de crecimiento anual se dispare hasta el 5 o el 6 por ciento, renovando el vetusto parque móvil cubano y comenzando una brutal reconstrucción urbanística. Asimismo, aparecerá una nueva clase social riquísima que acaparará propiedades, dinero y poder. Es posible que ocurra como en Rusia, que una élite se enriqueció hasta límites insospechados, vendiendo las tierras estatales a personas y a multinacionales, con comisiones y maletines de dinero de por medio.

Ahora bien, que nadie lo olvide, el capitalismo también traerá otros efectos no deseados que todos conocemos y que hasta ahora han sido casi desconocidos en Cuba: grandes desigualdades sociales, altas tasas de paro –que ya ha empezado a aumentar-, drogas, corrupción, alcoholismo, mendicidad y todo ese submundo que siempre llevan aparejadas las sociedades excedentarias. El último mito, el sueño idealizado de tantos disidentes, intelectuales e inconformistas, ha desaparecido. Hoy el mundo es un poco más triste, más aburrido, ya no queda sitio en este mundo global para los soñadores.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

QUIEN A HIERRO MATA A HIERRO MUERE: EL MAL FARIO DE LOS CONQUISTADORES

QUIEN A HIERRO MATA A HIERRO MUERE: EL MAL FARIO DE LOS CONQUISTADORES

La mayor parte de los conquistadores tuvieron un destino trágico, acorde con la situación límite en la que quisieron vivir. El cronista Pero López lo dijo con mucha claridad, refiriéndose a Nufro de Chávez: era cruel y siempre los que crueles son entre los indios fenecen mal. Muchos de ellos obtuvieron suficientes recursos para llevar una existencia holgada, sin embargo decidieron vivir en el filo de la navaja. Muy pocos fueron los que murieron en su cama, ricos y rodeados por el cariño de los suyos. La codicia los enfrentó y fue frecuente que unos gobernadores o adelantados realizasen incursiones en otras gobernaciones limítrofes para entender el secreto de ellas. Eso dio lugar a un sin fin de desafíos. La justicia real acabó ejecutando a más de uno, entre ellos a los extremeños Vasco Núñez de Balboa y Gonzalo Pizarro o al guipuzcoano Lope de Aguirre, apodado El Loco. Cuando el delito no era matar simples indios sino cuestionar la autoridad Real, la cosa era muy diferente, y los castigos solían ser ejemplares, incluida la pena de muerte.

En general, Fernández de Oviedo se refería a la mala fortuna de la mayoría de los emigrantes, pues, según él, de 100 no quedaban 20 vivos, y de estos apenas tres ricos. Pero en particular se refirió al mal fario de los Adelantados de forma que ningún hombre en sus cabales procuraría tal título. Efectivamente, muchos adelantados y conquistadores tuvieron una muerte prematura y violenta, otros acabaron totalmente arruinados tras invertir en expediciones que terminaron en el más absoluto de los fracasos. Sin ir más lejos, Pedro de Valdivia perdió su vida a manos de los araucanos. Tras ser prendido por Caupolicán, suplicó por su vida pero, tras un largo suplicio, le propinaron un golpe en la cabeza con una maza que lo mató en el acto. A continuación, en un festín ritual se lo comieron. Trágico, sin duda, pero no olvidemos que él antes había cometido todo tipo de barbaridades, cortando las narices y las manos a centenares de prisioneros. No mejor suerte corrió García de Paredes que sucumbió a manos de los caribes, o Juan de la Cosa que perdió la vida traspasado por decenas de flechas. Hernando de Soto ni tan siquiera tuvo la oportunidad de recibir cristiana sepultura, pues, sus restos todavía hoy –si es que queda algo de ellos- reposan en el lecho del río Mississippi.

Los que más suerte tuvieron, acabaron sus días amargados por interminables pleitos, confinamientos, ingratitudes y, en algunos casos remordimientos de conciencia, como Cristóbal Colón, Hernando Pizarro o Alonso de Ojeda. Este último, después de estar media vida aterrorizando indios, ingresó en un convento, atormentado por sus culpas. Hernán Cortés, a la hora de redactar su testamento, recapacitó sobre la posibilidad de que muchos de sus esclavos, lo fuesen injustamente. Asimismo, insinuó la posibilidad de que algunas de sus propiedades rústicas hubiesen sido arrebatadas a los nativos de forma ilegítima. Por eso, temiendo el castigo divino, ordenó a sus sucesores que revisasen ambas cuestiones y que, si lo creían conveniente, liberasen a los esclavos y devolviesen las tierras a sus legítimos propietarios (Cláusulas XXXIX y XL). Por su parte, Pedro de Alvarado, estando moribundo en Nueva Galicia, sintió grandes remordimientos de conciencia, confesando entre sollozos, arrepintiéndose y suplicando el perdón divino. Peor aún lo tuvo el adelantado Francisco Pizarro quien, el 24 de junio de 1541, tras ser herido de muerte, pintó una cruz, pidiendo una confesión que no tuvo tiempo a recibir. Era el peor castigo que un cristiano de entonces podía sufrir, perder su cuerpo sin tiempo suficiente para preparar su alma. El destino deparó al trujillano una muerte no menos trágica que la que él dio a Atahualpa, ejecutado injustamente pese a entregar su rescate.

Algunos otros conquistadores o encomenderos, viendo cerca la muerte, intentaron restituir lo mucho que habían robado, en un desesperado intento, como aparece en el testamento del encomendero Hernán Rodríguez, de evitar que su alma penase toda la eternidad. En 1560 Diego de Agüero cuantificó ante notario lo robado por él y su padre, conquistador y primer poblador del área andina, cifrando su propio delito en 4.000 pesos de oro. La cantidad la puso a censo, rentando 425 pesos anuales que dispuso se abonaran a varios hospicios de indios: 200 al de Santa Ana y 75 respectivamente a los de Cuzco, Lima y Trujillo. Fue relativamente frecuente que encomenderos arrepentidos en el último suspiro de sus vidas, dejasen en sus testamentos algunas limosnas a favor de los indios o de los hospitales que los atendían. Todo ello, temiendo el juicio divino.

Pero la mayoría de ellos no sólo murieron trágicamente sino también arruinados o, al menos, fuertemente endeudados. Según los cronistas, los monarcas solían recompensarlos porque era costumbre de los príncipes justos no dejar los servicios sin premio. Pero esta frase no es del todo cierta. En realidad, fueron muy pocos los que recibieron prebendas y mercedes. La mayoría se quedó sin recompensa o ésta fue tan exigua que no les alcanzó ni tan siquiera para llevar una existencia digna. Y muchos de los que sí fueron premiados, invirtieron mal sus fortunas y acabaron igualmente sin blanca.

Casos de conquistadores y adelantados que muriesen plácidamente en su cama son muy contados. El cronista Alonso de Góngora destacó la venturosa buena muerte que tuvo el gobernador del reino de Chile Francisco de Villagra pese a que lo hizo a los 56 años después de padecer durante meses fuertes dolores provocados por la sífilis. Probablemente lo decía comparándolo con otros casos de muertes mucho más violenta que él mismo pudo conocer de primera mano como la sufrida por Pedro de Valdivia que fue capturado, torturado, mutilado y asesinado por Lautaro. En cualquier caso, es obvio que morir en la cama con tiempo para disponer testamento y preparar espiritualmente el alma eran suficientes elementos para hablar de buena muerte, al menos entre los conquistadores. Diego Velázquez, murió también en su cama en Cuba y no precisamente pobre. Sin embargo, los que estuvieron cerca de él en sus últimos años cuentan que nunca superó el amargor que le produjo la traición de Cortés. Este último falleció en Castilleja de la Cuesta en 1547 y, aunque siempre tuvo cierta desazón por no haber sido reconocidos suficientemente sus derechos, lo cierto es que en el conjunto de los conquistadores fue muy afortunado. También Hernando Pizarro, aunque confinado durante largo tiempo en el castillo de la Mota, murió longevo, perdonado y rico. Seguramente era el más avispado de los Pizarro, pues, pese a sus tropelías, fue el único de los hermanos que consiguió sobrevivir y consolidar el nuevo statu de la familia. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, después de una vida absolutamente azarosa, fue enviado preso a España. Una vez en la Península, el Consejo de Indias lo condenó al destierro en Orán, donde pasó nada menos que ocho años. Al final de su vida, con más pena que gloria, fue indultado, otorgándole un cargo judicial en Sevilla, donde falleció hacia 1560. Gonzalo Jiménez de Quesada, supo dejar las armas y reconvertirse en encomendero y empresario, muriendo serenamente en su lecho en 1579 a los 70 años de edad. Y aunque lo hizo consumido por la lepra, y fuertemente endeudado, tuvo tiempo de disfrutar de un cierto statu social y del reconocimiento de sus méritos de guerra. Su cuerpo fue sepultado en la catedral de Santa Fe de Bogotá.

No dejan de ser todos ellos casos excepcionales. En general, la mayoría de los conquistadores y adelantados acabaron mal y peor aún sus mal remuneradas huestes. Así, tras la batalla de Añaquito, en las guerras civiles del Perú, se repartieron el botín áureo que encontraron en polvo. Pero fue tan poca cantidad que, según el cronista Pero López, lo echaron a volar al tiempo que decían ¿por qué nos han de dar tan poca cosa?

Pero, es más, muchos de ellos quedaron lisiados en combate y todo lo más que se le ocurrió a la Corona fue concederles 50 pesos de oro de limosna al que más lisiado estuviere y desde abajo según la calidad de cada uno y la lesión que tuviere. Mucho esfuerzo, muchas penalidades, mucho riesgo y muchas manos manchadas de abundante sangre para tan poca recompensa. Esa fue la triste realidad de los conquistadores y sus huestes.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

SEBASTIÁN DE OCAMPO DEMOSTRÓ LA INSULARIDAD DE CUBA EN 1506

SEBASTIÁN DE OCAMPO DEMOSTRÓ  LA INSULARIDAD DE CUBA EN 1506

En estas líneas queremos dar a conocer un hallazgo documental en torno a esta exploración de Cuba mandada hacer por el gobernador frey Nicolás de Ovando. El documento localizado por nosotros es un apunte contable, recogido en el libro del tesorero de la isla Española, Alonso de Santa Clara, que pese a su brevedad pone fin a una histórica disputa en torno a la fecha exacta en la que se realizó tal expedición.

Como es bien sabido Cuba fue descubierta ya por Cristóbal Colón en su primer viaje, sin embargo, su reconocimiento fue muy precario, pues, incluso el propio primer Almirante llegó a dudar de su insularidad. Su exploración estuvo durante bastantes años paralizada hasta que por fin frey Nicolás de Ovando decidió enviar con este cometido una pequeña armada al frente de Sebastián de Ocampo. Este último era, según el padre Las Casas, "un hidalgo gallego criado de la reina doña Isabel, de los que había venido con el primer Almirante, cuando vino a poblar esta isla el segundo viaje" El dominico que, como veremos posteriormente, se mostró bastante impreciso en algunos de los apuntes proporcionados sobre esta expedición tales como el año de partida o su duración, sí que debía estar más seguro cuando afirmó que Ocampo había arribado a la isla Española en la segunda travesía colombina ya que también él viajó en esa flota. Por lo demás y para concluir este breve repaso biográfico de Ocampo debemos mencionar el grave problema que tuvo con la justicia antes de partir de Castilla pues parece ser que se le conmutó la pena de muerte por el destierro de por vida a la isla Española.

Hasta ahí estamos de acuerdo con el resto de la historiografía existente, sin embargo, queremos demostrar a continuación el error en el que han incurrido tanto los cronistas de Indias como la totalidad de la historiografía contemporánea al fechar la partida, unos, en 1508 y otros, en 1509. Empezando por los cronistas citaremos a continuación las palabras de fray Bartolomé de las Casas:

 

        “Acordó también por este tiempo, que era el año de 508, el comendador mayor, enviar a descubrir del todo a la isla de Cuba, porque hasta entonces no se sabía si era isla o tierra firme, ni hasta dónde su largura llegaba, (y también ver si era tierra enjuta, porque se decía que lo más era lleno de anegadizos, ignorando lo que el Almirante, cuando la descubrió el año de 94, había visto en ella...”

 

        Bastante más impreciso se mostró Gonzalo Fernández de Oviedo en su Historia General y Natural de las Indias pese a que de sus palabras se deduce que la expedición debió zarpar en algún momento de 1509, como bien podemos comprobar en el párrafo que reproducimos en las líneas siguientes:

 

        “Poco tiempo antes que el comendador mayor de Alcántara, don frey Nicolás de Ovando, fuese removido de la gobernación de aquestas partes, envió con dos carabelas y gente a tentar si por vía de paz se podría poblar de cristianos la isla de Cuba, y para sentir lo que se debía proveer, si caso fuese que los indios se pusiesen en resistencia. Y a esto envió por capitán a un hidalgo llamado Sebastián de Ocampo...”

 

 

Así, pues, queda bien claro que ni siquiera los cronistas de Indias coincidieron a la hora de fechar la expedición, pues, mientras Las Casas apunta con cierta rotundidad el año de 1508, Oviedo insinuó que no zarpó hasta el año siguiente. Acaso el único punto en común entre ambos fue situarla en cualquier caso durante los años finales del gobierno del comendador mayor de la orden de Alcántara frey Nicolás de Ovando.

Pues, bien, los cronistas e historiadores de los siglos posteriores siguieron en líneas generales las hipótesis de Las Casas y de Oviedo sin aportar ningún comentario nuevo al respecto. Ni tan siquiera la historiografía contemporánea ha llegado a un acuerdo sobre este aspecto, manteniéndose la división entre los que de acuerdo con la versión de Las Casas defienden la fecha de 1508 y los que por contra afirman que debió ocurrir en 1509.

Sin embargo en la mayoría de los casos no se ha esgrimido más argumento que la cita a alguno de los cronistas. Realmente, ha sido Juan Manzano quien, en su ya citado trabajo sobre los Pinzones, dedicó una cierta atención a este viaje de exploración. Este investigador considera errónea la fecha de 1508 proporciona- da por el padre Las Casas, pues, no en vano el propio dominico manifestó en esta ocasión no estar muy seguro de sus afirmaciones. Así, pues, Manzano se acerca más a la tesis de Fernández de Oviedo al afirmar que la expedición debió partir de la isla Española entre mayo y junio de 1509. Sin embargo, la prueba que utiliza para sustentar su hipótesis nos parece extremadamente débil ya que se basa en una respuesta del Rey a Ovando, fechada el 14 de agosto de 1509, en la que afirma que aún "no se había acabado de bojar toda la isla (se refiere a Cuba) por la falta que hay de carabelas...".

Evidentemente Manzano incurre en un error al creer, a partir de este documento que la expedición de Ocampo no se había aún realizado a mediados de 1509, cuando en realidad lo que parece indicarnos es que no tuvo el alcance esperado pues posiblemente Ocampo no llegó a circunnavegar toda la costa. En este sentido podemos traer a colación una afirmación de Fernández de Oviedo, citada también por Manzano, en la que decía que aunque fue a la isla de Cuba y tomó posesión de algunas tierras "hizo poco", es decir, apenas si aportó nuevas respuestas a la realidad de esa isla.

A nosotros no nos cabe la menor duda de que Sebastián de Ocampo partió de la isla Española a mediados de 1506, seguramente de Puerto Plata pues así se deduce del descargo asentado en el libro de cuentas del tesorero Santa Clara y que por su interés transcribimos a continuación:

 

        "Cárgansele más 19 pesos y 6 tomines de oro que ha de recibir Hernando de Pedrosa, vecino de Puerto Real, que los debía de 31 cargas y 34 partes de cazabe de Sus Altezas que Sebastián de Ocampo, que iba por capitán de ciertas carabelas que fueron a la isla de Cuba, dejó en la costa del cacique Guanagrax, porque estaba dañado y se dio a razón de 5 tomines la carga en el mes de enero de 1507 años".

 

El documento es concluyente ya que no se trata de una versión retrospectiva de un cronista sino de un apunte contable anotado en el mismo momento en que se hizo la transacción, quedando claro que si el cazabe en mal estado fue vendido a principios de 1507 Ocampo debió de zarpar unos meses antes, probablemente en verano del año anterior.

Por lo demás, debemos decir que este viaje no debió dar los resultados esperados de ahí que en la correspondencia de los años posteriores se afirme que aún no se había bojeado por completo la isla de Cuba. Debieron ser, pues, Vicente Yáñez Pinzón y Juan Díaz Solís, en 1508, quienes por primera vez circunnavegaron la isla.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Este artículo lo publiqué con aparato crítico en la Revista de Indias, Madrid, 1996, pp. 199-203).

REPENSANDO LA CONQUISTA DE AMÉRICA: ¿FUE POSIBLE UNA OCUPACIÓN PACÍFICA?

REPENSANDO LA CONQUISTA DE AMÉRICA: ¿FUE POSIBLE UNA OCUPACIÓN PACÍFICA?

Hace unos meses una brillante estudiante de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, Marina Romero, me hacía la pregunto que uno siempre espera de sus alumnos y que nunca te hacen: ¿Cree usted que hubiese sido posible otro modo de conquista y colonización sin emplear la barbarie? Mi respuesta fue contundente: sí. Y ello a pesar de que tanto su profesor como otros muchos grandes historiadores fueron igual de contundentes pero en sentido opuesto. De hecho, hace pocos años el hispanista inglés Hugh Thomas afirmó que los españoles no podían haberse comportado de otra forma.

En principio, podríamos pensar que la destrucción del mundo indígena americano, como la del mundo ibérico por los romanos, fue inevitable. Que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Hay toda una corriente de pensamiento que arranca al menos de la Antigüedad clásica, que plantea la guerra entre los pueblos como algo ineludible. Así lo sostenía el historiador ateniense Tucídides en el siglo V a. C. Pero esto no tiene por qué ser necesariamente así. En este sentido, ha escrito Josep Fontana que una vez que los hechos se han consumado se muestran como inevitables, esfumándose cualquier alternativa. Sin embargo, ya un viejo proverbio chino rezaba que el supremo arte de la guerra era vencer al enemigo sin violencia. Pero es más, en la misma época de la Conquista hubo un nutrido grupo de personas que creyeron en esa vía alternativa, es decir, en la evangelización pacífica. La primera de ellas fue Isabel la Católica quien, en una de las cláusulas de su testamento, dijo que los indios sólo se resistían a los predicadores cuando previamente eran atacados y robados. Por ello, recomendaba que no se utilizara la espada sino la paz y el amor. Siendo así, continuaba la Soberana, los nativos responderán de la misma forma. Queda claro, que la posibilidad de la evangelización pacífica no la formularon por primera vez los dominicos sino la mismísima reina Isabel. Más tarde, algunos miembros de la corriente crítica, como fray Pedro de Córdoba, fray Bartolomé de Las Casas o Vasco de Quiroga, lo reiteraron de nuevo con la misma claridad.

En 1549 un grupo de dominicos, liderados por fray Lues de Cárcal, trataron de atraer pacíficamente a los nativos de la Florida, pero fueron todos ellos asesinados. Ello se debió precisamente a los estragos que habían causado previamente grupos expedicionarios como los de Hernando de Soto, desde 1539 y que no se caracterizaron precisamente por la bondad con los naturales. Pero no fueron los únicos que defendieron esta vía alternativa. También el franciscano Gerónimo de Mendieta, al igual que el obispo de Honduras Cristóbal de Pedraza, estaban convencidos de la bondad innata del amerindio y siempre defendieron la posibilidad de una penetración pacífica, en la que fuese posible la fundación de una nueva cristiandad, libre de las herejías y de los excesos del viejo continente. Asimismo, algunos cronistas laicos estuvieron en esta misma línea, como Girolamo Benzoni que escribió con una claridad meridiana lo siguiente:

Si los españoles cuando empezaron a entrar en esos territorios se hubiesen presentado con benignidad, y con benignidad y mansedumbre hubieran continuado, es de suponer que aquellas gentes incultas y bárbaras hubieran aprendido a vivir racionalmente, hubieran cultivado alguna virtud en honor y utilidad del nombre de Cristo, y no se hubiera producido la muerte de tantos españoles ni la aniquilación de tal multitud de indios.

Garcilaso de la Vega se sumó igualmente a esta propuesta, argumentando que estaba muy difundida en el Incario la idea de la llegada por el este de nuevos dioses que cambiarían el mundo y acabarían con la tiranía de Atahualpa. Por ello, estaba convencido de que, si los españoles los hubiesen tratado con amor y buenas palabras, hubiesen aceptado su conversión rápidamente. Por su parte, Antonio de Herrera, quizás con la ventaja de la perspectiva de los años, no es menos claro en ese sentido al decir:

Adonde los naturales dan lugar al ejercicio de las armas espirituales, manifiesto es el fruto que ellos hacen en breve tiempo, mediante la gracia de nuestro Señor.

Yo estoy convencido que sí fue viable o posible otra forma de ocupación, aunque la decisión fuera tan arriesgada y difícil que ni siquiera Isabel la Católica se atrevió a ponerla en práctica. Pero, no podemos negar que se dieron algunas circunstancias que pudieron favorecer esa evangelización pacífica: la abrumadora superioridad técnica e intelectual de los europeos, la constante de que el indio creyese que eran dioses pacificadores y la existencia, casi desde el inicio de la colonización, de una importante corriente crítica defensora de estos postulados. Prueba de que fue factible es que, allí donde hubo una entrada pacífica, sin injerencias externas, los indios aceptaron de buen grado a los nuevos colonizadores. De hecho, en 1547 el obispo de Guatemala, Francisco Marroquín, siguiendo los pasos de su antecesor el padre Las Casas, y con autorización del virrey, envió una expedición de dominicos a Goazacoalco, región situada entre Tabasco y Chiapas, con el objetivo de pacificar a sus habitantes. Les ofrecieron el privilegio de quedar al margen de las encomiendas y una exención tributaria de seis años. El resultado fue su rápida pacificación y su pronta conversión. Por otro lado, si algunos experimentos de evangelización pacífica fracasaron fue porque se produjeron expediciones incontroladas de saqueo que provocaron su rebelión. Ahora, bien, ¿Cómo hubiera sido todo si se hubiera impuesto la conquista evangelizadora? Es difícil hacer historia contrafactual, pero probablemente el proceso hubiese sido mucho menos traumático, al menos para los pobres amerindios.

Una cosa más: ¿hubiese sido posible que alguno de los grandes estados, como el mexica o el inca, hubiese subsistido y coexistido con el dominio español? Sinceramente, creo que sí. Si Moctezuma hubiese reaccionado desde el primer momento y hubiese frenado a sus oponentes, como proponía Cuitlahuac, probablemente hubiese ganado el tiempo suficiente para reorganizar su ejército. Y, a partir de ahí, quién sabe lo que hubieran podido aguantar. De haberlo logrado se hubiesen convertido en un estado muy atrasado, pero que quizás por los influjos externos hubiese evolucionado más rápidamente. Aunque no sean exactamente comparables, también el zarismo o la China clásica fueron imperios bastante primitivos, al menos políticamente, y subsistieron hasta la Edad Contemporánea.

Las Casas, finalmente, desmoralizado por el irreparable daño cometido, planteó como única solución a los ojos de Dios dejar a todos los indios en libertad, visitados sólo de vez en cuando por religiosos para encauzar su conversión. Así preveía que, en algunas décadas, como conejos tornasen a multiplicarse. Su propuesta era inviable, imposible de asumir para el Imperio Habsburgo pero también para los propios indios, cuyo mundo había quedado ya profundamente impactado para siempre.

Por desgracia, los hechos sucedieron como sucedieron; ojalá tuviésemos una máquina del tiempo para volver atrás, hacer las cosas de otra forma y poder escribir una historia distinta.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

CLAVERO, Bartolomé: Genocidio y justicia. La destrucción de las Indias ayer y hoy. Madrid, Marcial Pons, 2002.

 

 

IZARD, Miquel: El rechazo de la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueran esa maravilla. Barcelona, Península, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya Editor, 2009.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS