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CIVILIZACIÓN Y BARBARIE EN LA HISTORIA: DEL NEOLÍTICO A LA ACTUALIDAD

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE EN LA HISTORIA: DEL NEOLÍTICO A LA ACTUALIDAD

Ya en el Neolítico se dio lo que Marshall D. Sahlins llamó la ley del predominio cultural. En realidad era más bien una praxis. Ésta trajo consigo que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. En este sentido, ha escrito Lucy Mair que todos los males de la humanidad comenzaron precisamente cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad, cuyo objetivo no era otro que extender sus ideales a los demás pueblos supuestamente no civilizados. Sobre este concepto se justificó la expansión de la civilización europea al resto del mundo, con el desprecio intrínseco de los valores ajenos. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión o lo que es peor, el expansionismo puede considerarse inherente a toda civilización. Si a ello unimos que todas las grandes religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la historia de la humanidad. Y encima con la bendición del poder, tanto espiritual como temporal.

Fue en la antigüedad cuando apareció lo que Max Weber llamó el colonialismo Imperialista, es decir, el derecho de los pueblos superiores a conquistar, someter y aculturar a los inferiores. El primer paso consistió en reconocer que unas personas eran superiores a otras. De hecho, ya en el Código de Hammurabi, del año 1775 a. C., se diferenciaban dos tipos de seres humanos, los que estaban destinados a servir y los que debían mandar. Pero había que dar un paso más allá y extender este concepto de lo individual a lo colectivo. Igual que había personas superiores a otras, también existían civilizaciones, culturas o Estados que eran superiores a otros. Así, en la Grecia Clásica, lo heleno era lo civilizado, antítesis de la barbarie que reinaba en el resto del mundo. Asimismo, los romanos aplicaban la barbarie a los que no hablaban latín o no estaban sometidos a su Imperio, especialmente a los celtas y a los germanos. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península Ibérica. Un proceso que contó también con su particular Bartolomé de Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

Posteriormente, el Cristianismo equiparó paganismo con barbarie y durante siglos se ha venido perpetuando este dualismo entre civilización y barbarie. En el mundo del siglo XVI, civilizados eran los europeos y bárbaros los indígenas, lo mismo americanos, que africanos o asiáticos. Una posición que se mantuvo inamovible hasta el Imperialismo contemporáneo. Otra cosa bien diferente es que, como escribió Malinowski, la única prueba de esa superioridad fuesen las armas. De hecho, en 1814, José María Blanco White contrapuso a los negros de la costa occidental africana, a quienes sus contemporáneos daban el nombre de bárbaros, frente a los europeos que eran considerados por aquéllos como unos paganos ignorantes, aunque muy temibles. Y es que está claro que durante varios milenios la civilización más avanzada llamó bárbaro a todo el que no compartiera sus principios. De hecho, Michel de Montaigne, humanista francés del siglo XVI, criticó en relación a los indios antropófagos que se les podía llamar bárbaros en relación a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros que los superamos en todo tipo de barbarie. Desgraciadamente, estos postulados pacifistas de humanistas del siglo XVI, como el citado Montaigne, Erasmo de Rotterdam o fray Bartolomé de Las Casas, al igual que los contemporáneos, como Anatole France, León Bloy o Mahatma Gandhi, han sido siempre minoritarios y marginales frente a la línea de pensamiento oficial que ha justificado siempre la expansión imperialista.

Queda bien claro que Europa ni tenía derecho a hacer lo que hizo, ni dejaba de tenerlo, porque desde la Antigüedad hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos superiores sobre los inferiores se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial. De hecho, en 1997, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, dependiente de la ONU advertía:

 

"Que en muchas regiones del mundo se ha discriminado a las poblaciones indígenas y se les ha privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales… Los colonizadores, las empresas comerciales y las empresas de Estado les han arrebatado sus tierras y sus recursos. En consecuencia, la conservación de su cultura y de su identidad histórica se ha visto y sigue viéndose amenazada".

 

        Llamémosle, pues, "ley de predomino cultural, capitalismo imperialista" o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante a lo largo de todos los tiempos. La historia de la humanidad ha sido, la de la imposición de unos sobre otros, de los más fuertes sobre los más débiles. Toda la memoria de la humanidad está atravesada por el drama de la guerra y los imperialismos. Como decía a finales del siglo XVIII Inmanuel Kant el estado natural del ser humano es la guerra y, por tanto, la paz es una conquista que debe conseguir el ser humano. Y no le faltaba razón, pues el genocidio ha estado presente en todas las guerras de conquista desde la antigüedad hasta las guerras preventivas practicadas en nuestros días por los Estados Unidos. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia del hombre y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y por si fuera poco, la Edad Contemporánea, y en particular el siglo XX, ha sido el más dramático de todos los tiempos. Los imperialismos de los siglos XIX y XX implicaron un verdadero holocausto a escala planetaria, implicando prácticamente a todos los continentes. Paradigma de la sinrazón del ser humano fueron las matanzas sistemáticas e indiscriminadas de los belgas en el Congo. Pero la capacidad del ser humano para causar daño no había alcanzado techo. En el siglo pasado las dos conflagraciones bélicas mundiales, terminaron convirtiendo al siglo XX en el más bárbaro de todos los tiempos, la centuria de las guerras como la denominó Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que unos llaman la guerra total industrial y otros, como Carl von Clausewitz, la guerra con objetivos ilimitados, que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías y la movilización de las masas para causar el mayor daño posible al enemigo. En 1916, R. Tagore, premio Nobel de la Paz, en un discurso pronunciado en la universidad de Tokio afirmó lo siguiente:

 

        "La civilización que nos llega de Europa es voraz y dominante; consume a los pueblos que invade, extermina o aniquila las razas que molestan su marcha conquistadora. Es una civilización con tendencias caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa…"

 

        Todavía no sabía el bueno de Tagore que, pocos años después, esas prácticas no serían exclusivas de Europa, pues, se sumarían primero Asia –y en particular su país, Japón- y luego América. Los genocidios ocurridos en el último siglo se cuentan por decenas. El fascismo exaltó la guerra, reservando la gloria a los caídos por la Patria. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –otros tantos se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un personaje aislado, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales que su líder. Pero desgraciadamente el genocidio Nazi con ser el más conocido no ha sido ni mucho menos el único. A la par que los Nazis, su alma gemela que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. También ellos pretendían alcanzar lo que Michael Ghiglieri llama el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito.

En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.

No menos flagrante fue el régimen de terror implantado en Uganda por el presidente Idi Amín Dada, entre 1971 y 1979, que costó la vida a decenas de miles de ugandeses. Asimismo, la dictadura militar de Guatemala se estima que asesinó impunemente, entre 1978 y 1984, a más de 250.000 opositores, provocando además el desplazamiento a México de 150.000 refugiados. Sus máximos responsables no sólo no han respondido de sus crímenes ante un tribunal nacional o internacional sino que algunos de ellos siguen desempeñando cargos de responsabilidad política. Mucho más recientemente, en 1994, se desencadenó en Ruanda el genocidio entre hutus y tutsis, que costó la vida a más de un millón de personas de una y otra etnia. Uno de los hechos más luctuosos se desencadenó el 23 de abril de 1994 cuando una unidad del Ejército Patriótico Ruandés, liderado por los tutsis, concentró en el estadio de fútbol de Byumba a 25.000 hutus a los que a continuación masacró indiscriminadamente. Otros genocidios siguen activos en nuestros días, como el de los palestinos en su enfrentamiento asimétrico con los israelíes, el de los kurdos a manos de los turcos y de los sirios, o el de diversas comunidades indígenas en algunos países Hispanoamericanos.

Por desgracia, la barbarie ha aumentado a lo largo del siglo XX hasta límites de locura colectiva. El arsenal nuclear actual es similar al de un millón de bombas como las lanzadas en 1945, con capacidad para destruir todo rastro de vida en la tierra unas veinte veces. Y lo peor de todo, es que nada parece indicar que esta escalada haya acabado. Actualmente vivimos un nuevo renacer de la violencia: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, grupos terroristas que actúan en el Tercer Mundo, aprovechándose del vacío de poder y del sufrimiento de los más pobres, y regímenes tiránicos que se mantienen en el poder masacrando a la población civil. Desgraciadamente, nada parece indicar que el siglo XXI no vaya a superar o al menos igualar al dramático siglo XX. Y ya tenemos muestras de esa sinrazón humana en el drama humanitario que se vive en el Mediterráneo con la muerte de miles de inmigrantes y con los asesinatos perpetrados por el Estado islámico que sufren con especial crudeza los propios musulmanes.

Por todo lo expuesto queda claro que mi ultrapesimismo tiene una fuerte base: mi conocimiento del pasado. Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Aunque eso sí, un pesimismo esperanzado porque no queda otra; la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana.

 

PARA SABER MÁS:

 

FERRO, Marc (Dir.): “El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

EL PRECIO DE LA LIBERTAD: EL ESCLAVO HAMETE, SEVILLA, 1530

EL PRECIO DE LA LIBERTAD:  EL ESCLAVO HAMETE, SEVILLA, 1530

        En una visita realizada al Archivo Histórico Provincial de Sevilla buscando datos relacionados con Francisco Pizarro me salió al paso un documento que me pareció tan llamativo como triste. Un jueves 21 de abril de 1530 comparecieron ante el escribano sevillano Pedro de Coronado, Diego Beltrán, un mercader sevillano establecido en el barrio de Santa Cruz, y su esclavo Hamete. Este último tenía cuarenta años más o menos y pretendía, por un lado convertirse al cristianismo, adoptando el nombre del fundador de la Iglesia, Pedro, y por el otro, adquirir su libertad. El dueño aceptó, alegando que le había servido fielmente durante mucho tiempo y que le había “rogado” la concesión de la ahorría. Sin embargo, las condiciones para conceder la ansiada libertad fueron algo más que duras:

        Estimó su valor en unos 60 ducados de oro, valorados en 22.500 maravedís, una cuantía alta, teniendo en cuenta que los hombres se cotizaban más baratos que las mujeres y que el esclavo en cuestión tenía ya cuarenta años. Y a modo de ejemplo pondré otra carta de venta formalizada ante ese mismo escribano el 2 de septiembre de 1530: Bartolomé de Medina, vecino de Sevilla, en la collación de San Isidoro, vendió a Janote Espíndola, mercader genovés, una esclava blanca, natural de Berbería, de 16 por 65 ducados de oro. Está claro que si esta esclava se apreciaba en 65 ducados, Hamete, de 40 años, una edad avanzada para ser un esclavo, no podía valer 60 ducados. Lo cierto es que Hamete debió aceptar la estimación que le ofreció su señor. La mitad del dinero la abonó en el mismo acto de la firma de la obligación, mientras que los otros treinta ducados se los debía pagar de la siguiente forma:

        El mercader le proporcionaría una acémila con la cual acudir a su trabajo, debiendo pagarle veintinueve maravedís diarios cuando trabajase con el jumento y los que no la usase solamente diez. El dinero se lo debía abonar al final de cada semana en Sevilla. Dado que seguía siendo su esclavo, si algún día acudía a trabajar a su servicio no cobraría salario pero sí recibiría su manutención. Si dejaba en algún momento de pagarle la cantidad semanal que cobrase siendo asalariado, perdería todo lo entregado y mantendría su situación servil.

        Pero dado que debía pagarle 11.250 maravedís y que debía entregar diariamente una media de 19,5 maravedís diarios, necesitaría trabajar asalariado unos 576 días para pagar la deuda. Suponiendo que nunca cayese malo y que sirviera asalariado seis días a la semana, necesitaría al menos dos años para pagar su deuda si es que sobrevivía tanto tiempo con un trabajo tan prolongado.

        Como se puede observar Diego Beltrán distaba mucho de ser un benefactor, quizás su oficio de mercader, siempre buscado la ganancia, no favorecía una actitud caritativa. No sabemos si Hamete llegó a obtener su ansiada libertad porque la longevidad del esclavo raramente superaba los cuarenta o los cincuenta años, después de una vida de sufrimiento y trabajo. Pero en caso de conseguirla, el futuro que le esperaba no era nada halagüeño, pues detrás del supuesto afecto hacia el esclavo se escondían sórdidos intereses, fundamentalmente evitar su manutención cuando ya no era tan productivo o cuando se atravesaba por dificultades financieras. Una situación que ya advertía Don Quijote de la Mancha cuando decía que muchos los liberaban en la vejez para no tener que mantenerlos, de manera que con título de libres los hacían esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

        Esta es la vida de este esclavo, llamado Hamete primero y Pedro después, aunque quizás su conversión estuvo motivada por un desesperado intento de librarse de la servidumbre. Y es que desde siempre se valoró la libertad –o lo que se entendía como tal- como un derecho natural y como un preciado bien, como le decía don Quijote de la Mancha a su fiel escudero Sancho. Con sus palabras queremos concluir esta ponencia: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

MITO Y REALIDAD DE LA EMIGRACIÓN DE CONVERSOS A AMÉRICA EN EL SIGLO XVI

MITO Y REALIDAD DE LA EMIGRACIÓN  DE CONVERSOS A AMÉRICA EN EL SIGLO XVI

Desde los primeros momentos, la Corona quiso establecer un férreo control sobre todo lo concerniente al Nuevo Mundo con la intención de preservarse para sí el disfrute de sus riquezas, centralizando dicho monopolio en la ciudad de Sevilla que pronto se convirtió en “puerta y llave del Nuevo Mundo”. Un privilegio sevillano que se justificó en dos puntos básicamente: primero, en la exclusividad de los beneficios americanos para los súbditos castellanos, y, segundo, en la prerrogativa como único puerto de salida y entrada de todo el tráfico entre España y América.

En relación a la emigración, que es lo que ahora nos interesa, la Corona practicó una política migratoria a todas luces selectiva, dictándose multitud de prohibiciones que se repitieron sin cesar desde las mismísimas instrucciones dadas al gobernador, frey Nicolás de Ovando, en las que expresamente se prohibió la entrada de extranjeros en las nuevas tierras Descubiertas. El cumplimiento y ejecución de tales leyes se controló desde un principio y, como es bien sabido, por la Casa de la Contratación de Sevilla, institución que desde 1509 recibió la orden de registrar a todos los pasajeros que se embarcaban para las Indias “asentando que es cada uno y de que oficio y manera ha vivido” y enviando esta información al gobernador o oficiales de las Indias para que vigilasen que estos pasajeros continuaban allá ejerciendo el oficio que tradicionalmente habían practicado en la Península.

Antes de proseguir con el análisis conviene dejar bien claro que pese a toda esta legislación prohibitiva hubo muchos resquicios y momentos concretos en los que los jurídicamente excluidos pudieron pasar al otro lado del océano sin excesivas dificultades. Esto se justifica principalmente en el alto porcentaje de emigración ilícita que consiguió llegar a las Indias, sin registrarse en la Casa de la Contratación que para unos autores, fue del15 o el 20 por ciento del total", mientras que para otros se cifró entre el tercio y el cuarto del contingente total de emigrados. El mismo Padre las Casas se hizo eco en su "Historia de las Indias", del abundante tráfico humano que sin licencia pasaba al Nuevo Mundo, solicitando, incluso, en un escrito al Monarca, fechado en 1542, que para remediar esta situación se pregonase a los pilotos y maestres que "ninguno fuese osado de llevar hombre secretamente, so grandes penas".

Sin embargo, la emigración ilegal en esta primera mitad del siglo XVI fue imposible de evitar, hecho que fue reconocido, en 1546, por la propia Corona al notificar a los oficiales de la Casa de la Contratación que vigilasen especialmente a aquellos que viajaban a las Canarias “pues so color de decir que van a Canarias se pasan a las Indias”. Pero además de este tráfico ilegal había otras circunstancias que favorecían la migración de estos contingentes teóricamente excluidos ya que las necesidades periódicas de pobladores que padecían las colonias se traducían en un aperturismo mayor y en un menor control por parte de la Casa de la Contratación de Sevilla. Así, sabemos que, en 1511, se ordenó a los oficiales de Sevilla que no fuesen severos en el control y examen de los que iban al Nuevo Mundo, pues, “a causa de los grandes requisitos que se les piden muchos dejan de pasar, existiendo gran necesidad de ellos en las colonias”. Posteriormente, y más concretamente entre 1528 y 1531, se volvió a dar una licencia casi general para la emigración a las Indias, sin duda, con la intención de acelerar el poblamiento de los nuevos territorios descubiertos.

Igualmente, la sociedad indiana al ser mucho más relajada que la española provocó que América se convirtiera en una auténtica válvula de escape para muchos grupos marginados y perseguidos. En este sentido, contamos con correspondencia de la década de los treinta y de los cuarenta en la que se afirmaba que sería muy perjudicial tanto castigar el amancebamiento como obligar a los vecinos a permanecer en un lugar concreto, pues, “parece que una de las principales cosas que la pueblan (se refiere a La Española) es la libertad...”

Uno de los grupos que estuvieron afectados por las restricciones a la emigración fueron los relacionados con la heterodoxia cristiana. La Corona quiso extender en el Nuevo Mundo la religión Católica, pues, no en vano, la donación papal estuvo condicionada por la evangelización que se debía llevar a cabo sobre los aborígenes. Sin ir más lejos, las Leyes de Indias sintetizan bien ese sentido de la colonización como medio de que sus habitantes progresaran “al máximo en cristiandad y policía”. Por tanto, desde la época de la reina Isabel de Castilla, que por algo se apodaba “la Católica”, se intentó evitar que los conversos y perseguidos por la Santa Inquisición pasasen al Nuevo Mundo, pues el estado casticista pensaba que podían hacer gran daño en la evangelización de los amerindios.

Sin embargo, en relación a estos contingentes, perseguidos por cuestiones de fe, se produjo una separación más acentuada que en otros casos entre legislación y realidad indiana. En lo que concierne a la legislación fue radicalmente prohibitiva desde los primeros momentos con tan sólo unas excepciones muy concretas que veremos luego. Las razones de tal prohibición las expuso el propio Emperador Carlos V, en 1526, con una sorprende claridad, según podemos ver en las líneas siguientes:

 

"Porque he oído decir que está proveído y mandado que ningún sospechoso en la fe o infame o públicamente por esta causa penitenciado o los deudos cercanos de ellos, no pasen allá; es cosa muy razonable que así se guarde, “porque es tierra nueva e iglesia nueva y muy tierna y como siempre entre cristianos haya contiendas podría de aquí nacer escándalos” a los nuevos y tiernos en la fe que son vivísimos y tendrían causa de dudar y otras causas que hay, por donde me parece provisión santa...”

 

Las prohibiciones dirigidas hacia estos conversos se repitieron a lo largo de la primera mitad del siglo XVI en numerosas ocasiones, a saber; 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Sin embargo, dentro de esta legislación prohibitiva que pesó sobre los judeoconversos hubo una sola excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513, aunque se siguió usando al menos hasta 1518. Lo que se concedió no fue una habilitación total en las mismas condiciones que las del resto de los vecinos castellanos, como algunos historiadores habían creído, sino un permiso con enormes restricciones, como veremos seguidamente. En 1511 lo que se autorizó fue a que los recién convertidos pudiesen permanecer por un máximo de dos años según se refleja claramente en el texto que mostramos en las líneas que vienen a continuación:

 

        "Que podáis ir y tratar a las Indias y estar en ellas por espacio de dos años desde el día que llegaredes y que no estéis más en cada viaje, y asimismo, podáis ir y tratar por mar y por tierra a cualquier parte de cristianos y usar de otras cualesquiera cosas que han sido vedadas según que los otros fieles y católicos cristianos las usan y viven y tratan, todo lo cual que de suso y en esta mi carta se contiene, quiero y es mí voluntad y merced que de hoy día de la fecha de esta mi carta en adelante podáis usar y ejecutar bien y cumplidamente sin que vos sea puesto embargo ni impedimento alguno...”.

 

        Por otra Real Cédula, al parecer complementaria, otorgada unos meses después se señalaba la principal vejación a la que estarían sometidos estos judeoconversos, es decir, que no podrían usar oficios en las Indias, alegando que así está "prohibido y vedado por leyes y pragmáticas de estos Reinos...”. La prohibición fue aplicada a todos los perseguidos por la Santa Inquisición, al menos en lo que hemos podido ver en esta primera mitad del siglo XVI, y muy a pesar de que Hevia Bolaños afirmó que sólo afectaba a los recién convertidos y no a los viejos descendientes de musulmanes y judíos. Otra de las inhabilitaciones a las que estuvieron sometidos fue la de la posesión de encomienda tal y como se muestra en un auto llevado a cabo, en 1529, contra un encomendero descendiente de judíos'^ en el que le fueron, finalmente, arrebatados sus indios. Por tanto, tenemos en lo que a legislación se refiere, una prohibición al paso de los perseguidos por la Santa Inquisición que tan sólo se quiebra brevemente en 1511 y con múltiples inhabilitaciones.

Sin embargo, vamos a ver a continuación como la realidad de la emigración de este grupo marginado va a ser bien distinta. Podemos afirmar que desde los primeros momentos tenemos registrada la presencia de judeoconversos en América, hasta el punto de que se ha afirmado, con cierto fundamento, que el mismo Cristóbal Colón era de esta condición"". Efectivamente, desde los primeros momentos América se convirtió en refugio para aquellas personas perseguidas en España por la Santa Inquisición, constituyendo el Nuevo Mundo una auténtica válvula de escape, como confirman además las reiteradas prohibiciones en este sentido.

Ya en una carta de los Jerónimos, fechada en 1517 y dirigida al Cardenal Cisneros, decían que “acá se dice que hay muchos confesos y herejes que vienen huyendo de la Inquisición, y hemos sido informados que hiciésemos de ellos información a vuestra Reverendísima Señoría para que lo remediase...”. Estas informaciones debieron de llegar a oídos del Rey que no tardó en ordenar a los oficiales de la Casa de la Contratación que cuidasen especialmente de que no pasasen conversos, pues, por culpa “de cierta habilitación y composición” que hizo el Rey Católico, están entrando muchos convertidos. Poco efecto tuvieron, en realidad, las medidas establecidas de ahí que la prohibición se reiterara en tantas ocasiones como dijimos antes. Es más, en 1526 se llevó a cabo un proceso en la Española contra ciertos escribanos y procuradores que, siendo conversos, habían ejercidos esos oficios. En el mismo pleito se advirtió además que los inculpados no eran los únicos conversos sino que “'asimismo han pasado a esas partes otras personas a quien toca la dicha prohibición y usan de oficios públicos y reales de que no pueden usar...”.

Finalmente, vamos a relatar el caso de un judeoconverso llamado Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva), aunque natural de Casas Rubias que fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos dijeron que su padre fue judío “y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición” y murió con “sanbenito”. Este hombre parece ser que siendo mayordomo del señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con gran cantidad de maravedíes a Sevilla donde sin ningún tipo de problemas pudo embarcar para las Indias, viviendo largos años en Panamá con una encomienda de indios, hasta que fue procesado. Se trata de un caso interesante ya que ilustra perfectamente la facilidad que podía tener un “prohibido” para emigrar rumbo al Nuevo Mundo. La situación de libertad con que circulaban los judeoconversos fue tal que, en 1534, el Emperador decidió volver a pregonar tal prohibición en las gradas de la ciudad de Sevilla, amenazando con la pérdida de sus bienes tanto al infractor como al posible encubridor.

Por tanto, queda claro que una cosa fue la teoría y otra la práctica. Lo que queda todavía por hacer es tratar de individualizar y concretar miles de casos de conversos, de origen judío o musulmán que consiguieron eludir los controles y llevar una vida más o menos tranquila en la nueva frontera indiana.

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias, 1492-1550”, Revista de Historia social y económica de América. Alcalá de Henares, Nº 12, 1995, pp. 37-53.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

SEÑORES Y ESCLAVOS: UN CURIOSO CASO EN LA SOLANA DE 1710

SEÑORES Y ESCLAVOS: UN CURIOSO CASO EN LA SOLANA DE 1710

Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad, es decir, las personas nacían dentro del estamento privilegiado o fuera de él y asimismo, podían ser libres o esclavas. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Los prejuicios contra la negritud tienen remotos orígenes pues ya en la Edad Media existía una diabolización del color negro, relacionándose con la oscuridad y las tinieblas. Desde entonces y hasta el siglo XVIII se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces disidentes en su seno, como las de fray Tomás de Mercado, fray Bartolomé de Las Casas y fray Bartolomé Frías de Albornoz. También es posible que hubiese otros miembros de la clase subalterna que en silencio viesen con malos ojos esta perniciosa institución, como reflejaba el Ingenioso Hidalgo Don Quijote a quien le parecía duro caso hacer esclavos a los que Dios por naturaleza hizo libres. Ahora bien, se trataba de una sociedad con esclavos, pero no una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población aherrojada era muy reducido. Realmente en todas las sociedades de clase ha habido cautivos, pero el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el estado romano.

        El fenómeno de la esclavitud en Solana lo he analizado en diversos trabajos, en los que puse de manifiesto que incluso en pueblos de pequeñas dimensiones estaba ampliamente implantada. En esta localidad había un buen número de arrendatarios del duque de Feria que necesitaban abundante mano de obra, de ahí que la presencia de esclavos sea muy notable. Los hombres eran usados en el campo mientras que las mujeres se encargaban sobre todo de las tareas domésticas.

        Tenían status de cosa y por tanto su situación era extremadamente vulnerable. Si se les protegía y alimentaba era solamente para preservar la inversión realizada. Cuando se formalizaba una compra de compra-venta se solía establecer un plazo de uno o dos meses en el cual el comprador podía devolver la mercancía, si no le satisfacía el producto. Los vendedores eran verdaderos profesionales, otorgaban un plazo de hasta tres meses para deshacer la transacción en caso de que el comprador por el motivo que fuese no estuviese satisfecho con la adquisición. Por poner algunos ejemplos que tengo documentados, en Carmona el regidor Cristóbal Tamariz de Góngora había comprado el 30 de abril de 1618 a la esclava Maymona al mercader Antonio Núñez Vaca. En la escritura se aclaró que la aherrojada estaba con calenturas, lo que el vendedor atribuía simplemente al cansancio del camino. Poco más de un mes después, exactamente el 4 de junio de ese mismo año, anotó el escribano en el margen que se deshizo la transacción porque el mal fue en aumento. En la misma Carmona en el mismo año se produjo la devolución de Marieme, adquirida por la doncella doña Leonor Méndez y que fue devuelta casi medio año después, simplemente porque manifestó estar disgustada por su servicio. La anulación de la escritura se formalizó el 14 de octubre de 1618 y el escribano dejó anotación de la misma en la misma carta de compra-venta. Llama la atención que aceptasen una devolución por motivos simplemente personales, si es que no había algo más que por las circunstancias que sea no fueron declaradas.

        Un caso similar a este último hemos encontrado en Solana de los Barros, casi un siglo después. Una señora de dicha villa, cuyo nombre no se especifica, encargó a su compadre Gabriel Joseph, en febrero de 1710 que comprase para ella una esclava. Éste se personó en Ribera del Fresno y a en enero de 1710 la adquirió del presbítero de Fuente de Cantos Francisco Guerrero de las Beatas. La esclava en cuestión estaba bautizada con el nombre de Ana Florencia, tenía 22 años, tenía el tono de la piel blanca –debía ser berberisca, aunque no se especifica- y pagó por ella 1.750 reales de vellón. Pues bien, una vez en Solana, transcurridos tan solo unos días, la señora decidió devolverla, alegando que “no era de su gusto”. Su compadre aceptó realizar las gestiones para su devolución alegando lo siguiente: que lo hacía por no importunar a su comadre que era “la que tenía que lidiar con ella” aunque se había informado de que era una buena trabajadora y que poseía bondades no muy comunes entre los esclavos. Dicho y hecho, remitió la escritura de compra-venta y una carta con sus intenciones, y tres días después, exactamente el 6 de febrero de 1710, ante el escribano de Ribera, Alonso Rodríguez de la Fuente se formalizó la devolución de la esclava y el reintegro del dinero.

        Una muestra singular de cómo se trataba a estas personas hace poco más de tres siglos. Se comerciaba con ellas como si fuesen animales y su suerte dependía básicamente del capricho de su propietario o de su interés por preservar su inversión.

 

 

Documento 1

 

Carta de Gabriel Joseph, vecino de Solana, a Juan de Cáceres Ovando, vecino de La Torre, estante en Ribera, Solana, 3 de febrero de 1710.

 

Amigo y muy señor mío y mi compadre, habiendo traído la esclava que vuestra merced hubo noticia había ido a comprar a la villa de Fuente de Cantos, y traídola, ha sido con el desacierto de no ser del gusto de su comadre de vuestra merced y como es quien ha de lidiar con ella y de nuestra obligación el no disgustarla, me es preciso volverla a enajenar, aunque contra mi voluntad por lo muy informado que estoy no solo de su buen trabajo y obrar sino también de la fidelidad y demás bondades que en semejantes personas es fortuna se hallen.

Y así, he deliberado remitir a vuestra merced y la escritura de venta para que en esa villa o en las inmediatas haga vuestra merced las diligencias de servir quien la compre, pagándola en lo mismo que me tiene de costa y que por dicha escritura consta y no en menos. Y así vuestra merced ha de perdonar y ésta sirva de poder bastante caso que a vuestra merced se le pida, pues lo doy por en ella según y cómo yo mismo lo tengo para que en igual grado haga lo mismo en todo y por todo que yo hacer podría presente siendo, que desde luego lo apruebo y ratifico y doy por bien hecho, obligándome a todo el saneamiento de lo que vuestra merced contratare con mi persona y bienes, sumisión y poderío de justicia como si por mi fuese dicho y hecho ante escribano real y testigos, confesándome sabedor de cuanto me pueda perjudicar pues por no haber en esta dicha villa escribano real ante quien otorgar poder más en forma no lo remito.

Y para que a lo que dicho es me puedan compeler y apremiar lo firmo en la villa de Solana, en tres de febrero de mil setecientos y diez años, siendo testigos don Felipe Rodríguez, Miguel Álvarez Rosado y Nicolás Fernández de Figueroa, notario por autoridad apostólica, vecinos de ella, que es cuando se me ofrece y desear por Dios a vuestra merced muchos años. Firma Gabriel Joseph

(Archivo Municipal de Almendralejo, protocolos de Ribera del Fresno, escribanía de Alonso Rodríguez de la Fuente 1710, fols. 10r-10v).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

DE VISITADORES, CURAS DOCTRINEROS Y PROTECTORES DE INDIOS CORRUPTOS

DE VISITADORES, CURAS DOCTRINEROS Y  PROTECTORES DE INDIOS CORRUPTOS

La legislación española trató de crear unas instituciones y leyes para proteger a la población amerindia que en teoría eran vasallos de la Corona de Castilla. Para ello, crearon una serie de cargos administrativos, cuya eficacia se vio lastrada por la corrupción de muchos de los que la ostentaron, en muchos casos clérigos.

         El primer cargo creado y el más generalizado fue el de visitador. La institución fue establecida en La Española, a partir de 1503, por el Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, frey Nicolás de Ovando. Los elegidos solían ser personas honradas, asalariados y, por motivos obvios, no pertenecientes a la clase encomendera. Su labor consistió básicamente en servir de enlace entre los españoles y los amerindios. Posteriormente, esta figura quedó regulada en las Leyes de Burgos de 1512. En ese corpus legal se establecieron dos visitadores en cada villa (Art. 29), elegidos de entre los vecinos más antiguos (Art. 30) que debían cumplimentar, al menos, dos inspecciones al año a los pueblos de indios de su jurisdicción. Su facultad fundamental era la de quitar las encomiendas a aquellos que no cumpliesen adecuadamente con sus indios y depositarlos en personas honradas (Art. 32). Debían visitar juntos los pueblos porque sepa el uno lo que hace el otro, reduciendo al mínimo las posibilidades de prevaricación. No era imposible el fraude pero para que éste se produjera tenía que darse la lamentable coincidencia de dos corruptos. Al parecer, estos visitadores instruían y fallaban los casos en primera instancia, mientras que en segunda instancia eran fallados por la audiencia.

Ahora, bien, en la práctica, como siempre, las cosas no fueron tan perfectas. Fray Bernardino de Manzanedo denunció, en una misiva al rey, fechada en 1518, que a falta de dinero, a muchos visitadores se les remuneraban con repartimientos, pidiendo que se sustituyesen por un salario conveniente. Y no le faltaba razón al religioso porque el hecho de que algunos visitadores disfrutasen de grandes encomiendas parecía bastante incompatible con las funciones que debían desempeñar. La situación debió cambiar en alguna medida porque, en 1520, informó Rodrigo de Figueroa que, desde tiempos de los tres reformadores Jerónimos, los nativos acudían a los visitadores cuando se sentían agraviados. No obstante, es posible que Rodrigo de Figueroa exagerara porque cuesta creer que, de la noche a la mañana, todos los naturales conociesen sus derechos. Realmente, debieron ser muy pocos los que se atrevieron a denunciar a sus encomenderos, temiendo las posibles represalias.

Otra de las obligaciones que tenía el encomendero era la de pagar a un cura doctrinero que instruyese a sus encomendados en la doctrina cristiana. Formaba parte de la contrapartida que el encomendero debía prestar a sus indios. En las primeras décadas muy pocas encomiendas dispusieron de estos curas doctrineros, entre otras cosas porque el personal religioso era tan escaso que apenas llegaba para que hubiese unos cuantos en las principales villas. Además era un puesto poco atractivo, primero por su escasa remuneración, y segundo porque obligaba al religioso a vivir en lugares bastante apartados y en condiciones bastante precarias. Cuando, por fin, se fue generalizando su figura, sobre todo en Nueva España y en el Perú, tampoco cumplieron con su función todo lo eficaz que hubiera cabido esperar. Al ser elegidos por los propios encomenderos, estos nombraban a deudos y amigos que velaban más por sus intereses que por los de los nativos.

Pero el cargo más importante de los creados a favor del indio fue sin duda el de protector de indios. Fue instaurado por el cardenal Cisneros, influido y convencido por Las Casas, quien fue nombrado el primer protector de América. Se ha ensalzado esta institución como el remache de oro de la perfección de la legislatura de un pueblo. Sin embargo, su figura con ser importante, no fue todo lo útil que hubiera sido menester, básicamente por dos motivos: primero, porque no siempre se nombró a las personas más adecuadas para el cargo. Y segundo, porque sus limitados poderes lo convirtieron en un mero informador. Por ello, aunque el protector mostrara un celo encomiable, era muy poco lo que podía hacer en favor de los más desfavorecidos.

Con respecto a lo primero tenemos que reconocer que algunos de los protectores sí que cumplieron con honestidad su cometido. Sin embargo, otros no fueron tan diligentes y primaron sus propios intereses económicos o los de la élite encomendera. Por ejemplo, el 24 de enero de 1528, recayó la protectoría de la isla de Cuba en el Obispo, fray Pedro Ramírez, quien se mostró como una persona sin escrúpulos que no dudó en anteponer en todo momento sus intereses personales. En una carta del tesorero Lope Hurtado de Mendoza, escrita a Su Majestad en 1528, explicaba que el Obispo es muy aficionado a tener tesoro y con todo el oro que hay en esta isla no se contentará. ¿Cómo iba a denunciar a los explotadores si la lista la encabezaba él mismo?

Más sorprendente aún es el caso del protector de Santa Marta, fray Tomás Ortiz. Resulta cuanto menos curioso que una persona que se había distinguido por su odio hacia los indígenas, en particular hacia los cumanagotos y que, además, estaba duramente enfrentado con el creador de la institución, fray Bartolomé de Las Casas, llegara a ostentar dicho puesto. Merece la pena que nos detengamos en la figura, un tanto peculiar, de este dominico. Y digo peculiar porque, en honor a la verdad, también debemos reconocer que su posicionamiento fue excepcional dentro de la Orden de Predicadores, donde personajes de la talla de fray Antón de Montesinos, fray Pedro de Córdoba o el padre Las Casas entre otros muchos, habían alzado su voz en defensa de los indios, aunque fuese en el desierto, como aseveró el primero de ellos. De todas formas, el padre Ortiz tan pronto denigraba a los naturales como levantaba falsos testimonios contra conquistadores como Hernán Cortés o insultaba gravemente a miembros de su propia Orden.

Fray Tomás Ortiz era natural del pequeño pueblo cacereño de Calzadilla de Coria y profesó en el convento de San Pablo de Sevilla. Al parecer, fue éste el primer dominico que, encabezando a un grupo de correligionarios, llegó a la Nueva España. A mediados de 1520, tras un alzamiento en Chichiribichi y en Cumaná –en la actual costa venezolana-, varias misiones dominicas, que habían sido enviadas por fray Pedro de Córdoba y por el propio fray Bartolomé de Las Casas, fueron arrasadas y sus moradores asesinados. El mismísimo fray Tomás Ortiz se libró de una muerte segura porque el azar quiso que, cuando sucedieron los hechos, estuviese casualmente ausente. Con el dolor de lo acontecido en su corazón se personó en España y, hacia 1525, ante el Consejo de Indias, leyó un acalorado informe, atribuyendo a los cumanagotos los peores calificativos imaginables. Habían pasado casi cuatro años desde los sucesos pero el tiempo transcurrido no fue suficiente para aplacar su ira. De hecho, calificó a los indios de caníbales, traidores, vengativos, haraganes, viciosos, ladrones, etcétera. Y la conclusión de todo ello no podía ser más contundente: éstas son las propiedades de los indios, por donde no merecen libertades.

Esta disidencia de la línea oficial dominica debió debilitar mucho la firme posición que, en defensa de los naturales, habían sostenido otros correligionarios suyos de grata memoria. Y las consecuencias prácticas de esos planteamientos neo-aristotélicos fue el retraso, hasta 1542, de la prohibición de esclavitud del indígena, esbozada ya en sus líneas fundamentales por la Reina Católica a principios del quinientos. El informe del extremeño levantó duras críticas dentro de su propia Orden, sobre todo de fray Bartolomé de Las Casas, quien nunca le perdonó estas palabras. Pero, el odio hacia los indios no era el único rasgo sobresaliente del fraile extremeño. También fue un gran empresario, con una capacidad excepcional para los negocios. Según Bernal Díaz del Castillo, cuando llegó a México en 1526, como vicario general de la Orden, sus mismos compañeros decían que era más desenvuelto para entender negocios que no para el cargo que tenía. Pese a que Fernández de Oviedo lo calificó de gran predicador parece evidente que el religioso extremeño no era el mejor de los candidatos para ocupar una protectoría. Un puesto creado para proteger a unas personas a las que fray Tomás Ortiz no parecía profesar un especial aprecio. También es cierto que una persona así era la única que García de Lerma podía aceptar en una tierra de frontera, donde el pillaje, la ambición, las envidias y los asesinatos eran moneda de uso frecuente. No mucho mejor lo hizo fray Tomás Casillas, obispo de Guatemala, quien pidió en 1556 que se autorizara la esclavitud de los alzados en Chiapas porque, de no ser así, nadie querría ir a someterlos. Por fortuna, la Corona hizo caso omiso a la siniestra petición del prelado.

El segundo de los problemas lo constituía su escaso y difuso poder. Para empezar, ni siquiera los mismos protectores tenían claro cuáles eran exactamente sus atribuciones. Ni fray Pedro Ramírez las conocía ni tan siquiera el primer protector, fray Bartolomé de Las Casas. Tras varias peticiones, por parte del Obispo Ramírez, se le otorgó una instrucción, en mayo de 1531, en la cual, por fin, se le especificó con detalle los poderes concretos que el cargo conllevaba. Entre estos, figuraba la posibilidad de nombrar visitadores para cualquier parte de la isla, con poder tan sólo para poner penas de hasta 50 pesos y 10 días de privación de libertad. Por lo demás, para las sanciones de mayor cuantía, el visitador se limitaría a informar al gobernador -no al protector- para que éste determinase el castigo correspondiente. Por tanto, en delitos de sangre tan sólo entendía el gobernador junto con las justicias, limitándose el protector a informarle para que, en colaboración con las autoridades judiciales, dictara sentencia. No menos claras fueron las instrucciones que se le dieron al protector fray Vicente Valverde el 14 de julio de 1536:

 

        "Otrosí, el dicho protector o las tales personas que en su lugar enviaren puedan hacer y hagan pesquisas e informaciones de los malos tratamientos que se hicieren a los indios y, si por la dicha pesquisa mereciere pena corporal o privación las personas que los tuvieren encomendados y, hecha la tal información o pesquisa la envíen al nuevo gobernador y, en caso que la dicha condenación haya de ser pecuniaria pueda el dicho protector o sus lugartenientes ejecutar cualquier condenación hasta cincuenta pesos de oro y desde abajo , sin embargo de cualquier apelación que sobre ello interpusieren. Y asimismo, hasta diez días de cárcel y no más, y en lo demás que conocieren y sentenciaren en los caos que puedan conforme a esta nuestra carta sean obligados a otorgar el apelación para el dicho gobernador y no puedan ejecutar por ninguna manera la tal condenación".

 

Por su parte, el protector de Nicaragua, Diego Álvarez Osorio, inhabilitó al encomendero extremeño Rodrigo Núñez porque ilegalmente pedía esclavos a los caciques de su encomienda. Al parecer se paseaba por los bohíos o casas indígenas, tomando como esclavos a quien les parecía. El caso llegó a oídos del protector, quien procedió de manera sorprendente, no sólo instruyendo el caso sino también dictando sentencia condenatoria. Obviamente, el extremeño apeló, esgrimiendo dos argumentos: uno, que contra lo dispuesto en las leyes, se habían utilizado testigos indios en el juicio, y dos, que el protector no tenía facultad para dictar sentencias. La justicia debió darle parcialmente la razón pues, aunque perdió el pueblo de Guaçama, recibió en compensación otros indios, continuando como encomendero hasta su muerte.

Por tanto, como hemos visto, los pleitos de indios eran todo un cúmulo de despropósitos. Ni podían declarar los propios afectados, ni el protector tenía poderes suficientes. La mayor parte de los nativos, o no conocían sus derechos o no se atrevían a emprender acciones legales por miedo a sus amos. Al principio, juzgaban los casos los oidores o el gobernador sin posibilidad de apelación, sin embargo, luego se decidió lo contrario, es decir, que todos los pleitos cuyas penas se estimasen en más de 10.000 pesos se remitiesen al Consejo de Indias. Se pretendían evitar las influencias que recibían los oidores pero, a cambio, provocó que los fallos de demoraran varios años. Una tardanza que se hacía insufrible para los desdichados aborígenes, quienes padecían todo tipo de presiones, abusos y reprimendas.

En los pocos casos en los que se condenó a algún español por asesinar indios la pena consistió en una multa, o en el peor de los casos en el destierro de la gobernación. Esta última era la sentencia máxima que le podía caer a un español, aunque hubiese asesinado a decenas de amerindios. Como puede observarse, la vida de estos valía muy poco y, por ello, matarlos salía extremadamente barato. En definitiva, queda claro que la protectoría tuvo una escasa eficacia, como lo demuestran los cientos de casos que quedaron totalmente impunes.

Finalmente, hemos de hablar de la figura del corregidor de indios, institución creada en la segunda mitad del siglo XVI. En teoría, su misión era llevar un recuento de los naturales, cobrar los tributos y velar por ellos. Para ello contaba en cada comunidad indígena con un administrador de bienes comunales que iba a soldada. Se suponía que el corregidor de indios debía controlar la integridad moral del administrador. Sin embargo, uno y otro se lucraban mutuamente, convirtiéndose de esta forma en dos cargos muy codiciados por los españoles.

En la práctica tanto el corregidor de indios como el administrador se convirtieron en dos figuras perniciosas para las comunidades indígenas. En realidad fueron sendas figuras administrativa que velaban más por los intereses de la Corona que por la de los nativos. Según Lohmann Villena su verdadero objetivo no era tanto cuidar de los indios como limitar el sistema señorial ejercido por los encomenderos y de esta forma proteger los intereses regios. Muchos indios preferían sufrir a sus encomenderos que a estos corregidores.

En 1565 el obispo de Charcas se lamentó de los agravios que estos cometían sobre los indios, pidiendo que se seleccionase para el cargo a personas de probada caridad cristiana. Casi dos décadas después, concretamente en 1584, el cacique Diego de Torres presentó un memorial denunciando a estos corregidores y pidiendo su sustitución por un protector cristiano que de verdad se preocupase por ellos.

En España y en sus colonias pudo haber –y hubo- una discusión teológica y una legislación encomiable en defensa de los más desfavorecidos, pero la praxis generalizada fue el arrasamiento del mundo indígena. Y ello en buena parte provocado por la prevaricación de los que en teoría debían haber velado por el buen trato de la población aborigen.

 

PARA SABER MÁS


BAYLE, Constantino: El protector de indios. Sevilla, CSIC, 1945.

 

FRIEDE, Juan: Vida y luchas de don Juan del Valle, primer obispo de Popayán y Protector de indios. Popayán, 1961.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

MULEY XEQUE: CONVERSIÓN, INTEGRACIÓN Y DECEPCIÓN DEL PRÍNCIPE DE LOS MORISCOS

MULEY XEQUE: CONVERSIÓN, INTEGRACIÓN Y  DECEPCIÓN DEL PRÍNCIPE DE LOS MORISCOS

        En esta ponencia vamos a analizar la figura de Muley Xeque (Marrakech, 1566-Vigevano, 1621), legítimo candidato al trono de Fez, convertido años después al cristianismo. Por tanto, desde su conversión se paseó por España como un miembro de la élite morisca, es más como el más linajudo de los moriscos españoles.

Su biografía ha sido objeto de una clásica biografía firmada por Jaime Oliver Asín, titulada Vida de don Felipe de África, príncipe de Fez y Marruecos (Madrid, C.S.I.C., 1955). Este autor describió la estancia de este príncipe y de su tío Muley Nazar en Portugal a través de su correspondencia con Felipe II. Sin embargo, para su estancia en Carmona apenas si dispuso de referencias y de su trascendental paso por Andújar se debió conformar con las referencias de la obra de Lope de Vega. La etapa final de su vida en Italia también es bastante desconocida, reconstruyéndose casi en exclusiva a través de la narración escrita por Matteo Gianolio di Cherasco. Y es que a Muley Xeque apenas se le conocen testimonios escritos, a diferencia de lo que ocurre con su tío Muley Nazar que redactó numerosas cartas, unas fechadas durante su estancia en Portugal y otras desde la localidad sevillana de Utrera.

En esta ponencia aportamos, por un lado, algunos datos inéditos sobre la vida de Felipe de África, especialmente de su estancia en Carmona, en cuyo archivo municipal se conservan algunos documentos de gran interés. Y por el otro, realizamos una interpretación de su figura.

La conquista del reino de Granada, convirtió al Mar de Alborán en la frontera entre cristianos y musulmanes. El Magreb, que abarcaba desde Trípoli a Agadir, y muy en particular el reino de Marruecos, constituía un territorio estratégico para los intereses del Imperio de los Habsburgo. Una frontera permeable, pues en el norte de África había moriscos renegados y viceversa, en España magrebíes que habían abjurado de sus creencias islámicas. La victoria de Lepanto, en 1571, con ser importante no garantizó la supremacía de los Habsburgo en el Mediterráneo. Es más, tras la caída en 1574 de Túnez y La Goleta en manos de los otomanos, la situación de los españoles en el Mediterráneo dejó de ser ofensiva para limitarse a su defensa. Nápoles y Sicilia sufrieron desde entonces una amenaza creíble de invasión. El equilibrio se mantenía a través de los enclaves de Orán y Mazalquivir y mediante la consolidación de las relaciones con los sultanes de Marruecos para garantizar que no caían bajo la influencia de la Puerta Sublime.

En el trasfondo de toda la política española en el reino de Fez desde el último cuarto del siglo XVI, estaba su interés por ocupar la plaza de Larache, como medio de evitar la expansión turca en el Magreb. Portugueses, españoles y turcos ambicionaban esta estratégica plaza desde principios del siglo XVI, a medio camino entre Tánger y Mazagán. Aunque pudiera parecer una política ofensiva en realidad era meramente defensiva, el objetivo último era proteger un paso estratégico para la defensa de las islas Canarias y de la ruta de las Indias, al tiempo que se mejoraba la protección de las costas del sur peninsular. La idea era proporcionar ayuda a alguno de estos príncipes exiliados en la Península a cambio de la entrega de dicha plaza.

En ese contexto de la política exterior hispánica y norteafricana hemos de entender el interés de la Corona por mantener bajo control a estos tránsfugas como Muley Xeque y su tío, aspirantes legítimos al trono de Fez y Marruecos.

 

 1.-DE ÁFRICA A EUROPA

        Nuestro protagonista, el príncipe Muley Xeque, posteriormente bautizado como don Felipe de África, nació en Marruecos en 1566. Era hijo de Muhammad, rey de Fez y Marruecos, destronado en 1576 por su tío Abd al-Malik con la ayuda otomana y los dos fallecidos, junto a don Sebastián de Portugal, en la célebre batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes.

Con tan solo 12 años de edad, quedó sin más amparo que el de los portugueses, quienes decidieron ponerlo a salvo y enviarlo a Lisboa fuera del alcance del nuevo sultán. Nueve años permanecieron en Portugal el joven príncipe Saadí y su tío, exactamente desde el 27 de entre diciembre de 1578 hasta marzo de 1587. En Lisboa se le asignó una pensión de 2.000 maravedís diarios, y esporádicamente otras cantidades a Muley Nazar. Estuvieron sucesivamente en la capital lusa, en la pequeñísima villa de Alvalade, hoy perteneciente al concejo de Santiago do Cacém, y finalmente en la de Santarém, a donde fueron trasladados por el prior de Crato.

El 11 de septiembre de 1580 Felipe II incorporó el reino luso a sus dominios, disponiendo al año siguiente que se le continuase ofreciendo al príncipe Saadí el citado estipendio. Bien es cierto que hubo continuos retrasos en los pagos lo que provocaba los lamentos de los refugiados, al faltarles en ocasiones lo más básico.

        Muley Xeque todavía conservaba intactas sus aspiraciones de acceder al trono de Marruecos que legítimamente le correspondía. Por ello, solicitaba al monarca que le entregase algunos hombres y barcos para ir a su tierra, en donde presuponía –ingenuamente, por cierto- que la gente se levantaría en armas en su apoyo y recuperaría su trono. Sin embargo, el rey Prudente, que por algo recibía ese apelativo, decidió con mejor criterio trasladarlo a España con su corte de 57 personas. La orden se expidió el 21 de marzo de 1589, y el motivo era ajeno a los intereses de los dos príncipes saadíes, pues trataba de evitar que estos marchasen a Inglaterra, donde eran solicitados para usarlos en su propio beneficio. Su cumplimiento por el Duque de Medina-Sidonia no se hizo esperar, pues seis días después informaba que iba a proceder de inmediato a su traslado pero, a dos lugares diferentes, Utrera y Carmona, o en su defecto a El Coronil y Lebrija. Y ello por dos motivos: primero porque tío y sobrino no tenían buena relación, y segundo, para tratar de repartir los costes entre dos municipios.

 

2.-SU ESTANCIA EN CARMONA (1587-1591)

Como ya hemos dichos, la primera localidad española en la que residió fue en Carmona, una villa de la provincia de Sevilla. Al parecer, su elección se debió a que, además de disponer de un alcázar real en el que hospedarlo, poseía un cierto tamaño lo que permitía un mejor reparto de los costes entre su población. Aún así, el séquito era tan abultado que causó un notable quebranto económico a las arcas locales, así como un gran malestar entre la población. Y ello, porque los caudales prometidos para el sostenimiento del príncipe se demoraron hasta el punto que se abonaron después de su marcha. Ahora bien, Carmona no parecía el lugar más idóneo, primero, por la importante comunidad morisca que albergaba y segundo por su cercanía al puerto de Sevilla. De hecho, entre 1570 y febrero de 1571 habían llegado a una villa de tan solo 3.000 vecinos un total de 1.080 moriscos, procedentes del reino de Granada.

Traía consigo un séquito de 57 personas, incluyendo a seis mujeres, permaneciendo en la villa hasta febrero de 1591. Debió llamar la atención este joven príncipe de talle extremado, fornido y de perfectas proporciones, por su color de la piel moreno, lo suficiente como para que fuese conocido popularmente como el Príncipe Negro. No tardaron en aparecer los primeros problemas por el quebranto económico que suponía para una villa que todavía se recuperaba de la peste que la había asolado en 1583 y de las malas cosechas que padeció en 1587 y 1588.

Pocos días después de la llegada de la comitiva, exactamente el 28 de mayo de 1587, el corregidor de la villa, Esteban Núñez de Valdivia, anticipándose a los problemas, expidió un bando en el que exigía lo siguiente: a los cristianos viejos que los tratasen bien y que no les vendiesen más caro que a los vecinos de la villa, y a los moriscos que se abstuvieran de comunicarse con ellos, todo ello bajo pena de 10.000 maravedís al que lo incumpliera. Pese a tales prevenciones, los problemas no tardarían en llegar como luego veremos.

En cuanto al alojamiento, tradicionalmente se dudaba en cuál de los dos alcázares que seguían en pie en Carmona se hospedó. Pues bien, está claro que no fue ni en el alcázar de la Reina, demolido en 1478, ni en el de la Puerta de Sevilla, sino en el de Arriba o de Pedro I. De hecho, en varias ocasiones el corregidor envió comisiones al alcázar de Arriba a tratar diversos asuntos con el príncipe saadí. Según Manuel Fernández López este edificio fue en otros tiempos muy suntuoso y capaz y servía de alojamiento a los reyes cuando estos residían en Carmona. Una fortaleza inexpugnable construida en época almohade y, posteriormente, restaurada y engrandecida por el rey Pedro I, quien se construyó dentro un palacio que era réplica del que poseía en el alcázar Real de Sevilla. Sin embargo, tras el terremoto de 1504 quedó maltrecho y desde entonces solo se realizaron pequeños reparos, por lo que su habitabilidad era ya en el último cuarto del siglo XVI más que dudosa. Realmente no parece que el alcázar estuviese perfectamente acondicionado ni que dispusiese de los enseres más básicos para llevar una vida medianamente confortable. De hecho, en la tardía fecha del 2 de junio de 1589, el alguacil Francisco López entregó al alcaide Almançor un total de 13 colchones, 14 sábanas y 14 almohadas para las personas alojadas en el alcázar.

Y ¿a qué se dedicaron en esta villa sevillana? Tenemos algunas noticias al respecto. Hay que empezar diciendo que entre los alojados la mayoría más o menos entendían el castellano pero no lo escribían. Pero al menos uno de ellos no solo lo entendía sino que también lo escribía, pues de hecho, cuando en 1589 el alcaide Almançor tuvo que firmar el acuse de recibo de los colchones declaró que no sabía la lengua pero que a su ruego lo firmó en su lugar Mohamete Benganeme.

Al año siguiente de su llegada, exactamente en julio de 1588, el sultán saadí debió vivir las fiestas solemnes que se hicieron para rogar por la gran armada que se disponía a invadir Inglaterra. Para ello se celebraron varios actos: primero, el sábado cuatro de julio se hizo procesión de rogativa hasta el convento de Nuestra Señora de Gracia, regentado por frailes Jerónimos, donde se encontraba la patrona, entonces oficiosa, de la localidad. Se trajo a la iglesia mayor para celebrarle un novenario. Asimismo, el 10 de julio, toda la clerecía y las cofradías se dirigió en una procesión solemne desde la iglesia mayor a la de Santiago con misa cantada en ese último templo. Y finalmente, el miércoles 13 del mismo mes se realizó otro desfile en el que se devolvió a la venerada Virgen de Gracia a su templo conventual.

La oligarquía local, siguiendo las órdenes del Duque de Medina-Sidonia y del corregidor, trató de complacer en lo posible al príncipe y a su corte. En el acta capitular del 16 de noviembre de 1589 se dice que los proveyeron siempre de trigo, camas y ropa y que acudían al alcázar a entretenerlo, jugando con él. Asimismo lo llevaban de cacería y celebraban fiestas de toros y cañas en su honor. Concretamente, el 11 de agosto de 1589, el concejo comisionó al regidor Ángel Bravo de Lagunas y al alférez mayor Lázaro de Briones Quintanilla, para que proveyesen de varas y lo demás necesario para correr toros en la plaza y para los juegos de cañas. Y ¿con qué motivo? Pues por estar en esta villa el infante Muley Xeque, a quien su Majestad ha mandado lo festejen y regalen.

Pese a estos agasajos, hay razones para pensar que las relaciones entre estos musulmanes y los cristianos viejos de la localidad fueron malas o muy malas. Uno de los problemas era que el príncipe era muy joven y apenas era capaz de controlar a su propia gente. Aunque bien es cierto es que la dispersión de parte de su cortejo por distintas casas de la villa no favorecían precisamente ese control.

Dado que entre el grupo de marroquíes había tan solo seis mujeres, la mayoría llevaba meses o años sin mantener relaciones sexuales. Esto fue una fuente de graves conflictos pues, algunos de ellos, al caer la noche y vestidos como cristianos acudían a casas de mujeres para mantener sexo con ellas. No parece que forzaran a ninguna de ellas sino que acudían a casas donde éstas aceptaban su entrada, probablemente a cambio de alguna compensación económica. Enterado el corregidor, ordenó que cesasen dichas prácticas, poniendo vigilancia. Como resultado de ello, una noche se supo que un musulmán había entrado en una casa donde vivían Juana Gómez, viuda, y sus dos hijas solteras. El caso es que el mahometano pudo entrar pero el corregidor y los alguaciles no, quienes tras aporrear la puerta durante largo tiempo la desquiciaron y encontraron en el corral de la casa un moro en hábito de cristiano. Acto seguido, el corregidor acudió a ver al príncipe saadí para solicitarle encarecidamente que sus hombres aprovechasen la noche para salir a la calle y causar altercados.

Sin embargo, la situación no mejoró; el 14 de noviembre de 1589, tres criados del Xeque causaron ciertos altercados públicos por lo que se ordenó al alcaide Almançor que remitiese a los responsables a la cárcel pública, cosa que se negó a hacer. Cuando el alguacil mayor, Juan Tamariz de Góngora, los intentó apresar fue gravemente herido, provocando que los vecinos se situasen al borde de la rebelión. El corregidor tuvo que andar rápido y acudir a caballo con otros alguaciles para evitar males mayores, pacificando a los vecinos y encarcelando a los tres responsables de las heridas al alguacil, ante el enojo del príncipe saadí. Acto seguido, se envió una comisión al alcázar para informar de lo sucedido al Infante, pero se encontraron con una sorpresa: éste lo tenía todo preparado para abandonar la villa:

En el dicho día el concejo se dirigió al alcázar de arriba y hablaron al infante Muley Xeque al cual hallaron alborotado, vestido de camino y su caballo aderezado y muchas tiendas cargadas para irse fuera de esta villa y aunque le significaron la voluntad de la villa y del corregidor que no saliese del alcázar y porque lo que se había hecho había convenido respecto de sosegar los vecinos estaban escandalizados del alboroto y escándalo que los moros habían dado, que recogiese los moros y los quietase que el corregidor haría lo propio con los vecinos, el cual dicho infante dijo que él tenía cosas que tratar con su Majestad y le convenía partirse que él respondería a la villa lo cual respondió por la lengua que allí tenía.

Como puede observarse la situación que se vivió fue extremadamente delicada y a punto estuvieron, musulmanes y cristianos, de llegar al enfrentamiento directo. Pero, ¿a dónde pretendía marcharse? Según el Duque de Medina-Sidonia su intención era ir a otra localidad más cerca de Sevilla. Y ¿con qué objetivo? Pues no lo sabemos pero, obviamente, la capital Hispalense seguía siendo por aquel entonces la gran metrópolis del sur, el puerto desde el que se podía viajar lo mismo al norte de África que al continente americano. Es posible que desde ese puerto más de un morisco pasase a las colonias indianas, aunque en el caso de Muley Xeque, lo probable es que pensase en embarcarse con destino al Magreb. No olvidemos que su conversión y todo lo que eso suponía de renuncia a sus orígenes y a sus derechos dinásticos no cambiaron hasta después de su llegada a tierras jiennenses. Lo cierto es que el corregidor pudo convencerlo de que permaneciera en la villa hasta nueva orden del rey. Pero el ambiente estaba ya demasiado enrarecido; urgía su traslado a otra localidad.

También vieron con malos ojos la compra-venta de esclavos, pues Carmona poseía un notable mercado, satélite del sevillano, en el que se vendía tanto subsaharianos como berberiscos. El rey fue informado que los musulmanes se dedicaban a rescatar esclavos moriscos, aunque no se ha podido verificar dicha práctica, al menos de manera masiva. No hemos podido documentar la liberación en Carmona por parte de Muley Xeque de ningún morisco, aunque sí consta alguno liberado en Utrera por Muley Nazar y otro por su homónimo, unos años después. Como es bien sabido, dentro de la élite morisca hubo dos actitudes bien diferentes: unos, optaron por comprar la libertad de numerosos esclavos berberiscos, casos que están bien documentados en Granada. Y otros, hicieron justo lo contrario, emulando a los cristianos, pidieron licencia especial para poseer esclavos. Es factible pensar que Muley Xeque optó por la primera de las opciones.

Jaime Oliver, citando a Cabrera de Córdoba, y otros historiadores siguiendo a ambos, han sostenido que al alcázar acudían neófitos del entorno a rendirle pleitesía y ofrecerles su apoyo para una posible liberación. Sin embargo, a qué clase de liberación se referían, ¿era el alcázar de Carmona una especie de cárcel domiciliaria? Pues todo parece indicar que sí; el joven sultán vivía en una situación de semilibertad, siempre vigilado por las autoridades locales y supervisado por la atenta mirada del Duque de Medina-Sidonia. El joven saadí soñaba todavía con regresar a su tierra natal, aunque fuese sin apoyos hispanos, pensando que a su llegada miles de compatriotas les mostrarían su lealtad y derrocarían al usurpador. Pero Felipe II, haciendo de nuevo gala de su prudencia y a sabiendas de lo arriesgado de dicha operación, se negaba. Los moriscos carmonenses debían tener suficientes contactos como para facilitar su huida y embarque con destino a tierras magrebíes. Y tanto fue el riesgo que, según el biógrafo Felipe II, este último pensó en reenviarlo al reino luso aunque finalmente se decidiera por alojarlo en la ciudad jiennense de Andújar. El rey Prudente no se fiaba de él, pues mientras a su tío Abd al-Karin ibn Tuda le concedió permiso para moverse libremente por la Península, a Muley Xeque y a Muley Nazar se lo negó, estando en todo momento vigilados y controlados. Además, no solo había en Carmona moriscos sino incluso musulmanes, unos esclavos y otros posiblemente libertos que acentuaban el miedo de la población cristiana a una posible revuelta.

Por cierto, dicho sea de paso, como una mera anécdota, que estando en Carmona el Muley Xeque, en febrero de 1590, llegó un recaudador de impuestos para requisar cierto trigo y aceite que la Corona reclamaba, se trataba nada más y nada menos que de Miguel de Cervantes. Es casi seguro que en Carmona se produjo un encuentro entre ambos que le dejó la suficiente huella como para que luego aludiese a él en su obra.

No sabemos que a ciencia cierta lo que ocurría en aquella pequeña corte mora de Carmona y probablemente nunca lleguemos a saberlo. Tenía un traductor lo que le permitía comunicarse con los ediles y responder a las misivas del Duque de Medina-Sidonia. Sin embargo, está claro que el descontento de los carmonenses por los costes de la corte mora y el temor a las consecuencias de esos contactos entre los hombres de Muley Xeque y los moriscos, aconsejaron su salida de la villa.

El concejo de Carmona estaba deseando el traslado del príncipe y su corte a otro lugar, primero por los altercados que provocaban y segundo, por lo gravoso que resultaba su mantenimiento. A regañadientes seguía sufragando su mantenimiento, aunque solicitando encarecidamente tanto el abono de lo gastado como la pronta salida del príncipe.

La decisión de trasladar al príncipe y su corte a Andújar fue notificada por carta del Duque de Medina-Sidonia que trajo personalmente Pedro Altamirano, comisionado para gestionar su traslado y sugiriendo por cierto el desembargo de los 13.200 reales. El cabildo no pudo más que manifestar su alegría por la gran merced que se le concedía. En cambio, Muley Nazar permanecería en Utrera hasta que el monarca decidiese si lo dejaba volver a Magreb.

 

3.-SU CONVERSIÓN

Finalmente, fue encaminado a Andújar (Jaén), ciudad que tenía fama de albergar a poca población morisca y de profesar una gran devoción a Nuestra Señora de la Cabeza. Recién llegado a la ciudad jiennense volvió a escribir al rey insistiendo en su deseo de retornar a Berbería para recuperar su trono. Está claro que trece años después de su llegada a la Península Ibérica seguían intactas sus aspiraciones a la corona marroquí.

Sin embargo, las cosas iban a cambiar drásticamente en cuestión de meses, pues el saadí, decidió allí su conversión al cristianismo. Bien es cierto que la única referencia que tenemos sobre tal decisión procede de Lope de Vega quien introduce una narración clásica: la del típico pagano o infiel que acude a una romería a burlarse de la religión popular y descubre por obra divina la fe cristiana. Según el dramaturgo, quedó deslumbrado por la devoción y el recogimiento de la procesión de la Virgen de la Cabeza en el último domingo de abril de 1593. Lo que no consiguió la Virgen de Gracia de Carmona lo logró la de la Cabeza de Andújar. Bien es cierto que en aquella época era una de las imágenes que más culto mariano recibía de toda España, tras las de Guadalupe, Montserrat y el Pilar. Al contemplar el cortejo de romeros que se dirigían al santuario, seguidos de un sinnúmero de fieles que acudían de los alrededores y finalmente de la propia Virgen, se obró el milagro de la conversión. El príncipe siguió a la Virgen al santuario se arrodilló y juró ante ella perpetua servidumbre, renunciando al Islam.

Esta conversión espontánea y sincera obviamente hay que matizarla. Es posible que el joven se convenciese definitivamente de que su futuro como sultán de Marruecos era tan incierto como inseguro.. Aunque era el más legítimo de los aspirantes por ser hijo, nieto y biznieto de sultanes saadíes, sus posibilidades de recuperar el trono eran remotas, pues habían transcurrido ya casi tres lustros. No ignoraba que el sultán Ahmed al-Mansur, había dado una razonable estabilidad al reino, pues su mandato duraba ya quince años y se prolongaría hasta su muerte en 1603. Y prueba de que estaba en lo cierto fue el dramático fracaso poco después de su tío Muley Nazar que no solo no pudo recuperar el sultanato sino que perdió su vida de manera violenta. Muley Xeque debió sopesarlo todo, optando por la salida más viable. Si iba a permanecer por más tiempo en la Península debía jugar sus bazas y adoptar la religión mayoritaria, como habían hecho antes que él miles de musulmanes y moriscos. Siendo miembro de una casa real, la conversión le abría unas perspectivas nuevas e ilusionantes para él, entre otras la de ejercer como una de las cabezas visibles de la nación morisca. Él había podido comprobar durante su estancia en Carmona, el respeto con el que estos trababan a su élite nobiliaria y a él mismo.

Las autoridades españolas, decepcionadas ya de su utilidad estratégica, vieron esta conversión con buenos ojos, un claro símbolo del triunfo del Cristianismo sobre el Islam. Desde ese momento, Muley Xeque, dejaría de ser el príncipe de Fez y Marruecos para convertirse en el príncipe de los moriscos, un ejemplo a seguir por los demás en su conversión sincera y en su capacidad de integración.

Evidentemente, su decisión provocó un enorme alboroto entre los suyos que incluso trataron de envenenarlo. Su tío Abd al-Karin estuvo implicado en el suceso, al tiempo que la mayoría de los miembros de su séquito le afearon su deseo de abjurar del Islam. Bueno, todos menos su tío Muley Nazar que desde ese momento se consideró el legítimo heredero del trono marroquí, el único sucesor posible de Muhammad. Él siempre manifestó su deseo de ir a vivir o a morir entre los suyos, haciendo efectivo su derecho al trono. Felipe II se lo concedió, pensando en quitarse de encima a un musulmán incómodo e irreductible y a sabiendas de las pocas perspectivas de éxito que tenía. Efectivamente, el 8 de mayo de 1595 desembarcó en Melilla, aunque las cosas no le salieron como esperaba. Con muy pocos apoyos, a los pocos meses era derrotado por las tropas del sultán y, aunque en un primer momento consiguió huir, fue finalmente apresado y apuñalado hasta la muerte.

En cuanto a Muley Xeque, se dispuso que fuese catequizado por Francisco Sarmiento de Mendoza, obispo de Jaén, quien estuvo enseñándole el dogma durante dos meses aproximadamente. El 3 de noviembre de 1593 se produjo la solemne ceremonia, oficiada por García de Loaísa, Arzobispo de Toledo, actuando de padrino el mismísimo Felipe II y de madrina su hija Isabel Clara Eugenia, futura esposa del Archiduque Alberto de Austria. Su nombre cristiano sería el de Felipe, en honor a su padrino y protector, el rey Prudente. Desde entonces se le conoció como Felipe de África.

La conversión llevó aneja varias preeminencias sociales y económicas. En cuanto a las primeras, se le concedió el tratamiento de Grande de España y poco después un hábito de caballero de la orden de Santiago, tras hacer una información sobre su nobleza. No deja de ser curioso que los testigos alegaran que tenía sangre real y ninguna ascendencia judía, ambas cosas ciertas, pero eso sí, eludiendo hablar de sus honda raigambre musulmana. Se demuestra una vez más que el rechazo hacia todo lo judío era mucho mayor que a lo morisco, de ahí que encontremos estos casos de sultanes y moriscos de alto rango que pudieron profesar como caballeros en órdenes militares como la de Santiago, sí, la del santo matamoros. En relación a las prebendas económicas, se le otorgó la histórica encomienda de Bédmar y Albánchez, en la diócesis de Jaén. Ésta le fue concedida el 14 de febrero de 1596, al haber quedado vacante por la promoción de don Pedro López de Ayala, Conde de Fuensalida a la encomienda mayor de Castilla. Dicha encomienda había proporcionado importantes rentas a sus poseedores hasta que en 1556 su titular don Alonso de la Cueva vendió la villa de Bédmar a cambio de un juro sobre la renta de la seda de 99.128 maravedís. Al final, como de costumbre, la renta se fue devaluando de tal manera que en 1600, cuando su titular era don Felipe de África, apenas producía 12.000 reales, que además se invertían en reconstruir la iglesia del pueblo de Albánchez. No es de extrañar que el príncipe sufriese continuos problemas económicos y que en Vigevano muriese al borde de la pobreza extrema.

Tras la muerte de Felipe II, siguió contando con el apoyo del nuevo rey. Prueba de ello es que al año siguiente acudió a Valencia a los respectivos esponsales de Felipe III y de su hermana Isabel Clara Eugenia con el Archiduque Alberto de Austria.

El príncipe se comportaba como un morisco plenamente integrado en la sociedad y en las costumbres castellanas. Hay un dato muy significativo, le gustaba presenciar las fiestas taurinas de los pueblos, una costumbre tan típicamente hispánica, de la que presumían algunos moriscos de la élite.

 

4.-SU VIDA EN MADRID (1594-1609)

Entre 1594 y 1609 vivió habitualmente en la ya por entonces capital de España, concretamente en una amplia casa propiedad de Ruy López de Vega, ubicada en la confluencia de las calles de Huertas y del Príncipe, justo en el sitio donde años después se construiría el palacio de los Duques de Santoña. Allí disfrutó de un cuerpo de servicio, que incluía sirvientas, mayordomo y jardinero. Desde su casa acudía al corral de comedias, donde tenía arrendado un aposento, asistiendo a numerosas representaciones teatrales. Asimismo acudía periódicamente a escuchar misa a la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, cercana a su morada.

Pero desde 1600 estaba intentando la concesión de un cargo militar en alguna plaza, probablemente para sentirse útil y de paso aliviar su delicada situación financiera. Durante varios años solicitó un puesto como capitán de caballería en la guerra de Flandes. El rey aceptó la propuesta, concediéndole incluso 6.000 ducados de ayuda de costa para el viaje. Sin embargo, parece ser que el Duque de Lerma y el secretario Andrés de Prada recomendaron impedir su marcha, por lo que nunca llegó a viajar a los Países Bajos.

 

5.-EXILIO Y MUERTE

Muchos neófitos de la élite se terminaron integrando sin problemas en la sociedad cristiana. Hay casos muy conocidos de la aristocracia nazarí, pero también escribanos, como el carmonense Gregorio Muñoz de Alanís, así como regidores y grandes propietarios de algunos municipios. Sin embargo, el príncipe Felipe de África, que hubiese conseguido sin problemas licencia para permanecer en España, optó por el exilio. En 1609, decidió marchar a Italia y evitarse el triste espectáculo de la extirpación quirúrgica del grupo converso al que pertenecía. No tenemos datos sobre las razones que lo movieron a abandonar España, pero no puede ser casualidad su marcha, cuando ya estaba decidida la expulsión de los neófitos. Se ha dicho que se debió simplemente a su deseo como cristiano de conocer el Vaticano y de saludar personalmente al Papa. Sin embargo, esto podía ser solo la excusa, pues la realidad era que su situación en España se había tornado muy delicada. No es difícil entender su desolación e incomprensión ante la noticia, pese a las excelentes relaciones que había mantenido con la realeza, lo mismo con Felipe II que con su hijo Felipe III.

La elección de Italia tampoco fue azarosa pues es bien sabido que allí, y particularmente en Sicilia, se refugiaron numerosos moriscos linajudos, ante la protección que les brindó el virrey, Duque de Osuna. Conocemos la existencia en este reino de otros príncipes conversos, como don Carlos de Austria, hijo del último soberano de Túnez, muerto en 1601 y enterrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Nápoles, o don Gaspar Benimerín, inhumado en el templo de Santa María de la Concordia de la misma ciudad.

Es posible que el traslado a Italia lo hiciera desde el puerto de Sevilla o desde alguno de los puertos andaluces pues, en a mediados de 1610, está documentada su presencia en la península Itálica. Tras una fugaz visita al Vaticano, donde se entrevistó con el Papa Pío V, se dirigió a Milán. En la ciudad lombarda entabló una buena amistad con el gobernador Pedro Enríquez de Acevedo, Conde de Fuentes, a cuyas órdenes se puso como capitán de infantería. Prueba de esta magnífica relación es que en el testamento del anciano gobernador, fallecido el 22 de julio de 1610, lo designó como uno de sus albaceas. Su relación con el nuevo gobernador no fue tan buena por lo que, en 1612 se trasladó a Vigevano, un pueblo cercano donde viviría los últimos años de su vida. Allí mantuvo una gran amistad con el obispo Pietro Giorgio Odescalchi hasta el punto de trasladarse a vivir al palacio episcopal en 1620 por sus graves problemas financieros. En esta villa italiana disfrutó de paz y tranquilidad, aunque también de estrecheces económicas. Unos días antes de su óbito, dictó su testamento, reconociendo como heredera a su hija natural Josefa de África, monja profesa en el convento de San Pablo de Zamora. Una neófita de primera generación en una época muy incierta por lo que la solución monacal parecía la mejor opción para no ser importunada. La vida monacal era la mejor prueba de una integración total, por lo que quedaba fuera de toda sospecha inquisitorial. El resto de sus disposiciones testamentarias fueron modestas por su escasa capacidad económica: la mitad de su capital se invertiría en el mantenimiento de tres lámparas encendidas –en la catedral de Vigevano y en las madrileñas capillas de Atocha y de Nuestra Señora de los Remedios- y en dos capellanías, una en la catedral de Vigevano y otra en alguna iglesia de España. La otra mitad de sus rentas las disfrutaría su hija y, tras su óbito, engrosarían las rentas de las disposiciones citadas anteriormente. El 4 de noviembre de 1621 fallecía a los 55 años de edad el príncipe de los moriscos, siendo su cuerpo inhumado en la catedral de Vigevano.

 

6.-MULEY XEQUE, LOS MORISCOS Y LA CORONA

        Obviamente, para los monarcas españoles Muley Nasar y Muley Xeque no eran más que dos bazas, dos peones de su ajedrez, en la partida que jugaban por el control del mediterráneo y que pasaba por conseguir la plaza de Larache. Bien es cierto que Ahmed al-Mansur también tenía el suyo, un hijo del prior de Crato, don Cristóbal, pretendiente al trono luso. Eran cartas con las que unos y otros podían presionar a su adversario y, llegado el caso, negociar.

Pero la actitud de la Corona con lo islámico y con lo morisco en general fue extremadamente ambigua y hasta contradictoria. Tanto Felipe II como su hijo Felipe III mantuvieron unas buenas relaciones tanto con la élite morisca como con la nobleza marroquí estante en España. En los años previos a los decretos de 1609 nada parecía indicar que se fuese a llegar a ese extremo. El cambio de decisión del Consejo y del propio rey ocurrió muy poco antes, en 1608, en buena parte impulsado por la delicada situación del Imperio, por la amenaza turca y sobre todo por la falta de liquidez de la Corona. Es posible que en la Corte se viese la expulsión como una posibilidad de hacer dinero fácil, mediante la confiscación y subasta de sus bienes. Hoy sabemos que, aunque se trató de justificar en base a la seguridad de estos reinos, en realidad había un velado interés económico, de lucrarse a corto plazo de los bienes dejados por la minoría. De hecho, el soberano inmediatamente después envió a toda una legión de comisionados para subastar todos sus bienes e ingresarlos en las arcas reales. Sin embargo, la operación resultó ruinosa, porque los moriscos tenían menos de lo que pensaban y por el irreversible perjuicio a medio y largo plazo para la economía española, necesitada siempre de manos para trabajar. Efectivamente, la creencia de que los moriscos poseían grandes riquezas no es nueva, pues, desde el mismo siglo XVII circularon libros, algunos llegados de África, en los que se intentaban localizar los lugares donde los judíos y los moriscos, tras sus respectivas expulsiones, escondieron sus tesoros. Proliferaron los mapas de tesoros, obviamente falsos. Los propios contemporáneos se equivocaron al estimar las rentas y las propiedades de los moriscos muy por encima de su valor real. Estos distaban mucho de ser pobres de solemnidad –utilizando un concepto de la época- pues la mayoría eran trabajadores eficientes que se repartían en los tres sectores económicos. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI se habían empobrecido considerablemente, debido a la excesiva presión fiscal, a las multas y a la confiscación de sus propiedades. Todo esto está bien documentado en muy diversas zonas de la Península. En el caso de Granada, entre 1559 y 1568, se revisaron los títulos de propiedad de todas sus fincas, cambiando de manos unas 100.000 hectáreas. En Almería, tras su expulsión después del alzamiento de 1568, se supo que la mayor parte de sus propiedades estaban fuertemente cargadas con censos perpetuos. Igualmente, en el condado de Casares, en la actual provincia de Málaga, la mayor parte de ellos se dedicaban a las tareas agropecuarias, siendo el 75 por ciento de ellos pequeños propietarios, con menos de cinco hectáreas. Y en Hornachos, en Extremadura, ocurrió lo mismo, que se obtuvo mucho menos dinero del esperado, porque los bienes inmuebles están fuertemente censados, incluso por importes superiores a su propio valor de tasación.

         En España permanecieron algunas moriscas desposadas con cristianos viejos, enfermos y niños. Los matrimonios mixtos no habían sido muchos porque la discriminación de la sociedad cristiana los empujaba a la endogamia. También eludió el exilio casi la totalidad de la nobleza y una buena parte de la élite burguesa morisca. Una parte de la realeza nazarí quedó integrada en la nobleza castellana, hasta el punto que algunos de sus descendientes adquirieron títulos nobiliarios. Otros llegaron desde África, como los Muley Xeque, o Felipe Gaspar Alonso, sobrino de Muley Walid, que fue bautizado solemnemente en la Capilla Real de Madrid en febrero de 1636. Evidentemente estos bautizos de musulmanes de estirpe eran vistos como un triunfo de la cristiandad sobre el islam. Por cierto que continuaron llegaron por decenas los esclavos berberiscos, casi todos ellos bautizados y por tanto conversos. En 1618 se vendieron 56 esclavos berberiscos en Carmona.

        En definitiva, los príncipes de Fez, y entre ellos Muley Xeque, fueron utilizados a su antojo por la Corona. Se les hospedaba de buen grado en la Península con el objetivo de tener bajo control a un posible heredero por lo que pudiera pasar, manteniendo de paso la discordia en su país de origen. El saadí no tuvo opciones serias de recuperar su trono por lo que, consciente de ello, optó por convertirse para así tener un futuro mejor. Su ejemplo, pudo ser interpretado como un gran triunfo del cristianismo sobre el islam, al tiempo que significaba un ejemplo a seguir por la nación morisca instalada en España. Se le concedió una grandeza de España y un hábito de Santiago; ahora bien, cuando en 1596 solicitó que sus hijos pudiesen ser aceptados en cargos públicos y en colegios como los cristianos viejos, el Consejo de Inquisición se negó, alegando que sería un precedente que provocaría miles de peticiones de otros muchos en su misma situación. Por mucho que fuese descendiente de la realeza y grande de España, no dejaba de ser un converso al igual que el resto de los moriscos.

Pudo haber un acercamiento de posturas: los moriscos eran asimilables, no solo los moriscos antiguos, casi confundidos con los cristianos viejos, sino también los recién convertidos como el príncipe de Fez. Sin embargo, todo fue en vano, porque la decisión se tomó en la Corte, sin considerar los esfuerzos de integración de esta minoría étnica. Estos serían expulsados, al tiempo que una parte de la élite salía en dirección a Italia, donde encontraron un refugio alternativo donde seguir profesando el catolicismo.

Y Muley Xeque, decepcionado, y a sabiendas de que él y sus descendientes quedarían estigmatizados para mucho tiempo optó por el exilio voluntario. Él quiso compartir el cadalso del resto de moriscos y decidió marchar a un territorio en el que pudiese seguir viviendo sin el estigma de su condición neófita.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Se trata de un resumen sin notas de una ponencia del mismo título, publicada en el II Congreso Internacional Descendientes de Andalusíes moriscos en el Mediterráneo Occidental, Ojós, 2015, pp. 190-211).

CONQUISTADORES Y CREYENTES: EL CRISTIANISMO INTRANSIGENTE DEL SIGLO XVI

CONQUISTADORES Y CREYENTES: EL CRISTIANISMO INTRANSIGENTE DEL SIGLO XVI

Ahora nos lamentamos con los horrores espeluznantes que cometen los integristas islámicos, estados terroristas que amenazan a todos y que sufren en primera persona los propios musulmanes. Sin embargo, hay que recordar que también el cristianismo tuvo una fase integrista que se parecía a la barbarie del integrismo islámico actual. Las cruzadas medievales fueron fruto de ese integrismo y también la última cruzada protagonizada por los conquistadores.

Estos siempre se jactaban de su profunda fe. Pero cabría preguntarse si realmente era sincera, o si estaba motivada por la presión de una sociedad confesional, que no admitía otra alternativa. Muchos historiadores desde Menéndez Pelayo a Joseph Höffner han destacado el sincero y convencido fervor religioso de la España del siglo XVI en general y de los conquistadores en particular. Yo comparto esta opinión y creo que sí fueron profundamente religiosos y en su mayor parte estuvieron convencidos de que el mismísimo Dios aprobaba sus actos y estaba con ellos. Por poner un ejemplo, es bien sabido que Pedro de Valdivia nunca se separaba de una talla pequeña de la Inmaculada. Con ella luchó en las guerras de Italia y Flandes, y tras cruzar el charco, también lo hizo en la Conquista del incario. Está claro que eran profundamente creyentes y, por extensión, tremendamente intransigentes. Su codicia era, al menos en teoría, pecaminosa a los ojos de Dios, y así queda reflejado en varios pasajes evangélicos. Por ejemplo, en el evangelio de Mateo se dice textualmente que no se puede servir a Dios y al dinero (Mt 6, 24). Pero eso sería en tiempos de Jesucristo porque desde la Edad Media, al menos en la praxis se toleraba. Ya en el siglo XIV escribió en este sentido el Arcipreste de Hita lo siguiente:

 

"Si tuvieres dinero tendrás consolación, alegría y placer y del Papa ración: comprarás Paraíso, ganarás salvación; donde hay mucho dinero hay mucha bendición".

 

La Iglesia de finales del medievo era tan intolerante en cuestiones de dogma como tolerante en asuntos materiales. Esto permitió a las huestes compatibilizar su firmeza dogmática con sus desbordadas ansias por obtener riquezas a cualquier precio. No olvidemos que tanto las cruzadas como las guerras de religión ligaron siempre lo terrenal y lo espiritual. Como ya hemos dicho, sin grandes promesas de compensaciones económicas ni había caballeros cruzados, ni guerra santa ni afán alguno por llevar el evangelio a tierras ignotas.

La Conquista estuvo plagada de violencia y de pillaje pero, en eso, no se diferenció en nada de las cruzadas medievales ni de la guerra santa. En definitiva, el concepto de guerra santa es absolutamente compatible con el de saqueo porque todas estas iniciativas tuvieron siempre un fuerte incentivo económico. Los conquistadores supieron trasladar la guerra santa de la Reconquista a la Conquista, llevando implícito en el propio concepto la posibilidad de enriquecimiento.

Hernán Cortés en su testamento, atormentado por los remordimientos, reconoció la posibilidad de haber cobrado más tributos de los debidos a sus encomendados y de tener esclavos de dudosa legalidad. Por ello dispuso a sus herederos que, si en algún momento se confirmaban esos abusos, fuesen inmediatamente reparados. No menos clara fue la muestra de fe dada por Francisco Pizarro en el último suspiro de su vida; herido de muerte, pidió infructuosamente un sacerdote, aunque al menos le dio tiempo a trazar una cruz con su propia sangre. Había asesinado a decenas de amerindios pero murió confiado porque creía firmemente que, de paso que se enriqueció, había servido a los designios de Dios, llevando la luz a los infieles. La mayoría –si no, todos- eran creyentes y practicantes, lo cual nunca había sido incompatible con la rapiña sobre aquéllos a los que –sin serlo- tildaban de infieles. De hecho, ya los grandes sabios de la Iglesia, como San Agustín o Santo Tomás de Aquino, habían escrito que, igual que Israel emprendió la guerra contra los paganos, los cristianos podían emprender batallas por mandato divino para castigar a los infieles. En definitiva, la Iglesia podía asumir crueles matanzas siempre que éstas sirvieran para expandir el Cristianismo o para castigar los errores o las impiedades de los paganos. Esta idea fue recogida por muchos pensadores religiosos y seglares de la España mesiánica del siglo XVI. Y tan claro estaba este doble objetivo espiritual y material que tanto algunos cronistas -el padre José de Acosta, por ejemplo-, como algunos documentos –como el parecer de Yucay- sostienen que Dios colocó el metal precioso en América para así animar a los cristianos a conquistar el territorio, ampliando de esta forma la frontera cristiana. Nada tiene de particular que el padre Burgeard escribiera en el siglo XVI, con cierto tono irónico, el gran celo que mostraban los españoles en llevar la religión católica a donde hubiera minas de oro. Y es que donde no había metal precioso, ni mano de obra útil, la cosa era diferente; allí nadie quería ir a servir a Dios, ni a Su Majestad. Precisamente, por carecer de ambas cosas no se evangelizaron las selvas tropicales de la cuenca amazónica. Por ese mismo motivo cayó Vilcabamba en el tercer tercio del siglo XVI, cuando se supo de la existencia de minas de oro y plata. Y por idéntico motivo permaneció al margen de la conquista el área dominada por los peligrosos caribes. No en vano, en la tardía fecha de 1580 la Corona remitió a los oidores de Quito una orden para que apremiasen a los vecinos a que fuesen contra los caribes, dadas las continuas incursiones que perpetraban sobre la gobernación de Popayán. Al parecer, ningún vecino quería correr el riesgo de luchar contra estos belicosos amerindios a cambio de nada. Y es que los caribes, además de buenos guerreros, eran indómitos y no servían como mano de obra esclava. ¿En esas condiciones, a quién le importaba la salvación de sus almas? Francamente, a nadie.

Queda claro, pues, que la idea de la expansión misional y el lucro económico fueron juntas; lo temporal y lo espiritual de la mano como ha ocurrido a lo largo de buena parte de la Historia. Por eso, alguien pudo escribir con razón que el día que faltase el oro, ni habría muchedumbre de hombres civiles, ni de sacerdotes.

 

PARA SABER MÁS:

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

RIDAO, José María: “La paz sin excusas. Sobre la legitimación de la violencia”. Barcelona, Tusquets Editores, 2004.

 

ROJAS, José María: “La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552”. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL ENCUENTRO EUROPA-AMÉRICA: LA MAYOR HECATOMBE DEMOGRÁFICA DE LA HISTORIA

EL ENCUENTRO EUROPA-AMÉRICA: LA MAYOR HECATOMBE DEMOGRÁFICA DE LA HISTORIA

Los extremos sobre la población indígena existente en la América Prehispánica los marcaron por defecto Ángel Rosenblat, quien defendió la escasa cifra de 13 millones, y por exceso Standard y Dobyns, quienes sostuvieron respectivamente las excesivas cifras de 100 y 116 millones. La mayor parte de los demógrafos se mueven en cifras intermedias que van de los 60 a los 80 millones, que quedaron reducidos, en torno a 1550, a unos 10 millones. Teniendo en cuenta que, en esos momentos, el mundo podría sostener a unos 400 millones de seres humanos hemos de deducir que murió, por causas diversas, entre la octava y la sexta parte de la población mundial.

La mayor concentración humana se localizaba en México Central, seguida del área andina. En Nueva Granada, América Central y en el área antillana había densidades poblacionales bastante menores, siendo su presencia casi marginal en las amplias zonas selváticas.

         Saber cuántos indios murieron exactamente es otra empresa igual de imposible. El padre Las Casas dijo que, entre 1492 y 1560, perdieron la vida 40 millones, despoblándose 4.000 leguas, cosa jamás oída, ni acaecida, ni soñada. En el México Central había entre 25 y 30 millones antes del encuentro y, en 1568, quedaban 2,6 millones mientras que, en 1608, apenas un millón. Concretamente, en el Valle de México se estimaba la población en 1,5 millones, cifra que se vio reducida en 1570 a 325.000 y, a mediados del siglo XVII, a unos 70.000. En Centroamérica, vivían 5,5 millones de los que entre 225.000 y 2 millones se concentraban en el actual Panamá. Y finalmente, en el área andina, los extremos oscilan entre los 4,5 millones que defienden unos y los 32 que sostienen otros, aunque la mayor parte de los demógrafos se quedan con una cifra intermedia de entre 7 y 15 millones. Pues, bien, lo que sí sabemos es que a finales del siglo XVIII el virrey Gil de Taboada y Lemos hizo un minucioso recuento y tan sólo pudo censar a 608.712 indígenas. El porcentaje del descenso tampoco fue uniforme, pues, en los 30 años posteriores a su conquista, en las Antillas Mayores desapareció el 95 % de la población, al igual que en Panamá donde en 1533 sólo sobrevivían unos 300 naturales. En cambio, en México ese porcentaje se redujo al 75 % mientras que en la tribu de los Quimbayas, en la actual Colombia, rondó el 80 %.

Queda claro, pues, que es imposible cifrar exactamente el descenso sobre todo porque no sabemos la población inicial. Las posiciones son, en palabras de Nicolás Sánchez Albornoz, irreductibles. Lo que es seguro es que hubo un descenso brutal que prácticamente no se frenó hasta finales del quinientos. Según la población de partida que defienden unos y otros, el descenso pudo ser de 40, de 80, de 100 o de 120 millones. Pero en lo que sí hay acuerdo es en el hecho de que, hacia 1650, apenas sobrevivían en condiciones muy precarias unos 5 millones. Un descenso que en términos porcentuales pudo oscilar entre el 87,8 %, si tomamos la primera cifra, y el 95,84 % si tomamos la última. Lo cierto es que, en uno u otro caso, hubo una espeluznante catástrofe demográfica, una destrucción física sin precedentes en la historia de la humanidad.

         Pero los fallecidos debieron ser muchos más. Es cierto que hubo un descenso de la natalidad, quizás con la excepción del área andina, pero aunque el crecimiento vegetativo hubiese sido escaso habría que sumar los que fueron naciendo en esas décadas y murieron, en su mayoría, prematuramente. Y eso, por supuesto, sin contar los miles de niños que hubieran nacido si sus progenitores no hubiesen muerto.

 

LAS CAUSAS

         Casi todos los cronistas que vivieron en primera persona la destrucción de las Indias se plantearon sus causas. Y en general, no estuvieron nada desacertados. Todos y cada uno de ellos explicaron el descenso en base a una multicausalidad: las epidemias, las guerras, los malos tratos y el trabajo excesivo. No obstante, algunos de ellos alteraron el orden de importancia de cada una de ellas.

Para Pedro Mártir de Anglería el descenso demográfico de La Española se debió, por este orden, a las siguientes causas: las guerras, el hambre y las epidemias, especialmente –afirma- la de viruelas, desatada a partir de 1518. Y no le faltaba razón al italiano cuando reflejaba ese triple origen, aunque no ponderó suficientemente el peso de las epidemias. De hecho, la enumera en último lugar, cuando en realidad hoy sabemos que fue la principal. El padre Las Casas fue mucho más explícito al señalar, como primera causa, los malos tratos y las matanzas de amerindios. Concretamente decía:


         "Desde hace más de cuarenta años que los españoles están allí, no han hecho otra cosa que asesinar indios, hacerles sufrir, afligirlos, atormentarlos y destruirlos… La causa por la que han muerto y destruido a tantas personas ha sido por tener el oro y henchirse de riquezas en muy breves días."

 

         Está claro que el dominico, o no percibió la importancia de las epidemias, o interpretó que su virulencia se debía al lamentable estado socio-laboral en que se encontraban los nativos. Lo cierto es que, a nuestro juicio, fue el único gran error que cometió, al situar equivocadamente las enfermedades en un segundo lugar.

         Mucho más acertados estuvieron otros cronistas, como Gonzalo Fernández de Oviedo o el franciscano fray Toribio de Benavente. El primero sostuvo que la principal causa del descenso de la población indígena fueron las enfermedades, especialmente las viruelas. Lo más curioso es que explica esta dolencia como un castigo divino, por los vicios e idolatrías cometidos durante siglos por los nativos. Más adelante, cuando se refiere a los dos millones de fallecidos, entre 1514 y 1542, en la zona de Castilla del Oro, insiste nuevamente que todo fue obra de Dios, como castigo de las idolatrías y sodomía y bestiales vicios y horrendos y crueles sacrificios y culpas de los mismos indios. Benavente, por su parte, especificó las plagas que acabaron con la población indígena en México, citando como primera y principal las epidemias. Las otras fueron las armas de fuego, el hambre, la presión de los estancieros y negros, las edificaciones, la esclavitud, el servicio en las minas y las divisiones internas.

         Para el germano Nicolás Féderman, el descenso estuvo motivado por tres causas que citó por este orden: la viruela, la guerra y la explotación. Como podemos ver este conquistador y cronista, que dicho sea de paso masacró indiscriminadamente a cientos de amerindios, lo tenía tan claro que cinco siglos después los máximos especialistas en demografía no han hecho sino concluir con sus mismas palabras.

Quede claro, pues, que la primera causa del descenso de la población indígena, fueron, con diferencia, las epidemias. Lo cual, no lo olvidemos, ha sido una constante en la mayor parte de los grandes procesos expansivos de la Historia. Las bacterias viajaron junto a los españoles que, sin ser conscientes, introdujeron un arma letal frente a sus oponentes. Ya Diego Álvarez Chanca, médico que viajó junto a Colón en su segunda travesía descubridora, se percató de que las enfermedades afectaban más a los amerindios que a los europeos. No tardaron en aparecer pruebas evidentes de que estos sucumbían más masivamente ante un mismo agente morbífico. Efectivamente, éstas se cebaron con los nativos por dos motivos: el primero porque, debido a su aislamiento durante milenios, no tenían inmunidad alguna ante ellas. Y el segundo, porque cuando les sobrevinieron, una detrás de otra, se encontraban subalimentados y vivían en pésimas condiciones de vida y de higiene. Ya lo denunció el padre Las Casas, al señalar que las epidemias fueron más virulentas por el extenuante trabajo al que se vieron sometidos, por la escasez de alimentos y por su desnudez. Y en el siglo XX, otros muchos historiadores, como Tzvetan Todorov, afirmaron igualmente que los amerindios acentuaron su vulnerabilidad a los microbios debido a que estaban agotados de trabajar, hambrientos y desmoralizados. También antropólogos como Marvin Harris, citando a Kevin Scrimshaw, han recalcado que la capacidad de recuperación de grupos afectados por epidemias ha estado siempre directamente relacionada con una dieta equilibrada y con un nivel suficiente de proteínas.

En Europa se cebaron con los más desfavorecidos, pues, cuando las plagas llegaban a ciudades populosas, perecían entre un tercio y la mitad de la población. Eso fue lo que ocurrió en el Viejo Mundo entre 1360 y 1460, o más de un siglo después en Venecia, donde perdieron la vida nada menos que 50.000 personas entre 1575 y 1577. También en América pasaron a mejor vida muchísimos colonos, víctimas de las citadas epidemias, sobre todo en los primeros años, debido a la falta de infraestructuras sanitarias y a la escasez de alimentos. Por ejemplo, cuando Pedrarias Dávila arribó a Tierra Firme hubo una gran carestía de víveres y la viruela, que traía incubada un esclavo, se ensañó con los hombres de la expedición, matando a varios cientos de ellos. No obstante, nadie se ha ocupado aún de cuantificar el número de españoles fallecidos en estas plagas y de ofrecer cifras comparativas con la mortalidad indígena.

Como hemos visto, en Europa el aspecto social de las epidemias es bien conocido; los escasos avances médicos solamente alcanzaban a las clases privilegiadas. Sin embargo, en pocas ocasiones se ha aplicado estas mismas concepciones al caso de los amerindios. En el Nuevo Mundo, al igual que en el Viejo Mundo, los microbios se volvieron a cebar con los más desfavorecidos. De hecho, el padre Las Casas escribió que los sanos iban a trabajar a las minas mientras que los viejos y enfermos quedaban desamparados en los pueblos, por lo que perecían todos de angustia y enfermedad sobre la rabiosa hambre. Es conocido el dramático lamento de los indios de Chiametla, al acusar a los hispanos de servirse de ellos cuando estaban sanos y de abandonarlos a su suerte cuando enfermaron. Por su parte, Antonio de Herrera fue más allá, al vincular directamente hambre y epidemias. De hecho, cuenta que, en 1539, los nativos de Popayán dejaron de sembrar la tierra para intentar echar a los españoles. A continuación, pasaron una gran hambruna que vino sucedida de una no menos rigurosa pestilencia. Y es que en algunos casos está bien demostrada la relación entre miseria y enfermedad, como ocurre con el tifus que se contagiaba a través de los piojos. Pero, es más, disponemos de algunos testimonios indígenas en los que se puede comprobar que también ellos vincularon las epidemias con la explotación laboral. Por ejemplo, los caciques del repartimiento de Pacomarca, en Huamanga, escribieron al virrey, advirtiéndole que muchas de las muertes por enfermedades que habían padecido estaban provocadas por la excesiva tributación y la dureza de la mita.

Es cierto que su aislamiento secular aumentó la virulencia de las epidemias pero también que la situación de desamparo, de desatención sanitaria y de carestía alimenticia acentuaron sus efectos. De alguna forma hubo, como ha escrito Massimo Livi- Bacci, una confiscación de energías que provocó una reducción notable de su capacidad de supervivencia. Además, los aborígenes no contaban con ningún tipo de infraestructura sanitaria, pues ni disponían de hospicios propios, ni sus familias tenían posibilidades de atenderlos y alimentarlos en casa. En amplias zonas de América era frecuente que a los enfermos se les dejase comida y bebida y se los abandonase a su suerte, si lo comía bien, si no, que se muriese…

Por otro lado, la brutal destrucción de sus ecosistema locales, provocó a corto plazo una disminución de la producción de alimentos que afectó a los españoles –en las primeras décadas cientos de ellos murieron de pura inanición- pero de manera mucho más brutal a los amerindios. En el área andina la ruptura de su frágil ecosistema rompió el equilibrio entre consumo y producción, con consecuencias que, según Vives Azancot, pudieron ser tan graves como el drama bacteriano.

También debió influir la misma mentalidad de los vencedores y de los vencidos. Unos, porque no movieron ni un ápice para evitar la propagación de estas enfermedades infecciosas, pensando que se trataba de un castigo divino por las idolatrías pasadas. En ese sentido se refería Fernández de Oviedo a la despoblación de la isla de Cuba:


"...E así, casi se despobló la isla de Cuba, e acabose de destruir en se morir los indios, por las mismas causas que faltaron en esta isla Española, y porque la dolencia pestilencial de las viruelas que tengo dicho, fue universal en todas estas islas. Y así, los ha casi acabado Dios, por sus vicios y delitos e idolatrías".

 

Otros muchos cronistas lo interpretaron de la misma forma. Por ejemplo, fray Bernardino de Sahagún consideró que la epidemia que asoló Tenochtitlán, antes de su asedio por Cortés, fue un milagro de Dios para favorecer a los cristianos frente a los infieles. El franciscano fray Gerónimo de Mendieta también explicó las dolencias como un castigo divino pero no contra los indios sino contra los españoles. Su opinión es sin duda muy peculiar: él dice que los nativos no perdían nada porque para ellos la muerte significaba salir del drama de la esclavitud para unirse con sus seres celestiales. En cambio, para los españoles suponía un gran quebranto económico porque perdían los beneficios de la mano de obra y de los tributos. Era el justo castigo que Dios les enviaba por sus comportamientos poco piadosos.

Y otros, porque se hundieron psicológicamente, y aceptaron ese trágico destino. Muchos pensaron que se trataba de un escarmiento que les daban sus propios dioses por haberlos derribado y traicionado. De hecho, cuando Cortés pidió a los tlaxcaltecas que derribaran sus ídolos estos se negaron, diciendo que los enojarían y enviarían hambres, pestilencias y otros desastres.

La política de reducción a pueblos acentuó el daño. Casi todos los hispanos, eran partidarios de ello, unos para utilizarlos mejor como mano de obra, y otros –los religiosos- para evangelizarlos. Por ejemplo, en 1538 se ordenó que los guatemaltecos que vivían dispersos por las sierras, en casas muy alejadas unas de otras, se concentrasen en aldeas para facilitar su adoctrinamiento. La disposición se reiteró, de forma similar, el 10 de junio de 1540. Sin duda, esta política de reducción, puesta en práctica en muy diversos rincones del continente americano, además de ser etnocida favoreció enormemente el contagio. Probablemente, las enfermedades hubiesen tenido un menor efecto en el marco de un poblamiento disperso en el que vivían muchas tribus seminómadas, por la mayor dificultad para provocar contagios masivos.

¿Habría disminuido la morbilidad si los españoles se hubiesen preocupado más por ellos? Rotundamente sí. Ya en la misma época de la Conquista, Motolinia escribió que, en 1529, con motivo de la epidemia de sarampión, se prohibió a los mexicas bañarse en agua fría y se cuidó en alguna medida a los enfermos, disminuyendo de esta forma los índices de mortalidad. Tampoco debe ser casualidad el hecho de que las epidemias afectaran mucho menos a los aliados de Cortés, como los tlaxcaltecas y los huejotzingos. Unos guatiaos que, dicho sea de paso, fueron bastante mejor tratados y tuvieron ciertos privilegios hasta bien avanzada la época colonial.

         Lo cierto es que las epidemias fueron llegando en grandes oleadas, provocando un daño irreversible en las poblaciones indígenas: la influenza suina o gripe del cerdo(1493), la viruela (1518-1526), el sarampión (1530-1532, 1559, 1563-1564 y 1595), la varicela (1538), la gripe (1558-1559), el tifus o la peste pulmonar (1545-1548 y 1576-1580), las paperas (1550) la tosferina (1562), la peste (1560-1561 y 1587-1595), la difteria, etcétera. La mortalidad fue espantosa al igual que dos siglos después lo fue en Oceanía, muy a pesar de que ya se conocían los mecanismos de transmisión así como algunas vacunas, como la de la viruela.

Una de las más letales fue la viruela que causó estragos en La Española desde 1518, luego pasó a las demás Antillas Mayores y, finalmente, de Cuba viajó a Nueva España, América Central y Perú. Según los propios cronistas, en la mayor parte de las provincias indianas murió más de la mitad de la población, pues, como uno de ellos escribió, morían como chinches, a montones. Sorprendentemente, los virus viajaban en ocasiones más rápidos que los propios conquistadores, preparando el camino de estos. De hecho, Huayna Cápac murió de viruelas varios años antes de la llegada de Francisco Pizarro, desencadenando una guerra civil por el control del incario, entre los hermanastros Huáscar y Atahualpa. La viruela mató a decenas de miles de indios en toda América. Según Remesal, con la irresistible sensación de ardor que las viruelas les provocaban, se bañaban en agua fría, y fallecían poco después.

El sarampión llegó a La Española en 1495, sumándose a los estragos provocados por la influenza. Poco a poco se fue difundiendo a las demás Antillas, a Panamá (1523), a México (1531), y de ahí a Guatemala, Honduras y Nicaragua. El tifus exantemático o tabardillo hizo su aparición en Nueva España en 1526, extendiéndose por otras áreas y rebrotando nuevamente en 1545. Muchos de los que se salvaron de la viruela y del sarampión, cayeron con el tifus. Fray Bernardino de Sahagún reconoció haber enterrado en México hasta 10.000 personas, víctimas del tifus.

Las epidemias facilitaron enormemente la conquista y se tuvo una clara consciencia de ello. El cronistas Suárez de Peralta llegó a reconocer que fue mucha la ayuda que éstas les prestaron. Ahora bien, nunca existió una logística sanitaria porque los hispanos jamás utilizaron intencionadamente contra sus oponentes el arma más letal que poseían, la de los virus. Y eso que existían bastantes antecedentes históricos, al menos desde la Baja Edad Media.

         La segunda de las causas fue, sin duda, el maltrato que recibieron, incluido su uso hasta la extenuación como porteadores, los traslados indiscriminados como esclavos, su explotación en las minas y los asesinatos sistemáticos de caciques, curacas y reyezuelos. Las Casas lo denunció, sin embargo, también reconoció que las matanzas no las hicieron por odio sino por su afán de obtener el máximo beneficio, en el menor tiempo posible. Especialmente lesivos fueron los traslados indiscriminados que sufrieron los indios. Alonso de Zuazo en una carta al señor de Chiebres, fechada en Santo Domingo en 1518 le decía lo siguiente:


         "Como los dichos repartimientos se hicieron en junta general de todos los caciques e indios, los indios que eran de la provincia de Higüey hacían ir a Xaragua y a la Sabana que son lugares que distan de Higüey al pie cien leguas, y así por consiguiente en todos los otros lugares de manera que momo muchos de estos indios estaban acostumbrados a los aires de su tierra y a beber aguas de jagüeyes, que así llaman las balsas de agua llovedizas, y otras aguas gruesas, mudábanlos a donde había aguas delgadas y de fuentes y ríos fríos, y lugares destemplados, y como andan desnudos hanse muerto casi infinito número de indios, dejados aparte los que han fallecido del muy inmenso trabajo y fatiga que les han dado, tratándoles mal".

 

Decenas de miles de lucayos fueron sacados de las Bahamas y llevados a las Antillas Mayores, muriendo en breve plazo. Luego, cuando se fue conquistando Nueva España, otros tantos fueron desplazados de un lugar a otro, atados en colleras. Ejemplos los hay por decenas. Cuando el despiadado Nuño Beltrán de Guzmán fue a la conquista de la región de Pánuco (Nueva España) llevó consiguió entre 15.000 y 20.000 porteadores de los que, según Las Casas, no regresaron 200 con vida. Otros tantos utilizó Hernando de Soto en su aventura por La Florida o Hernán Pérez de Quesada en su descabellada expedición al Dorado. Y no menos dramático fue el destino que vivieron los 10.000 naturales de Tierra Firmen que fueron reclutados forzosamente, como porteadores o auxiliares de guerra, en la conquista del incario. ¡Hasta 1548 no cayeron en la cuenta de permitir el retorno desde el Perú a aquellos indios guatemaltecos y nicaragüenses que así lo solicitasen! Pocos lo hicieron, entre otras cosas porque a esas alturas la mayoría o habían muerto o estaban ya totalmente desarraigados.

         El duro trabajo en los yacimientos mineros, con jornadas laborales interminables y con una alimentación escasa, hizo que éstas se convirtieran en verdaderos cementerios. En 1516 se decía de los que trabajaban en las minas de La Española que de 100 no volvían vivos 60 y, en ocasiones, de 300 no regresaban 30. En una carta de los dominicos al Cardenal Cisneros, fechada en 1515, le explicaban la penosa situación que sufrían en estas explotaciones auríferas:

 

         "Con los que traían en las minas se habían muy mal porque antes que fuese el día los sacaban a trabajar y los tenían cavando, rodeados de unas piedras muy grandes, lavando oro; y habiendo así trabajado hasta medio día sin comer y sin beber cosa alguna, les daban a comer grano, y su les daban de comer algún cazabe era tan poco que no era nada, y con el grano bebían agua llena de tierra y de lodo, y tornábanlos luego al trabajo hasta la noche oscura, sin alzar la cabeza al cielo. Y a la noche, dábanles a comer y a cenar lo mismo, y dormían en el suelo, y que a esta causa enfermaban muchos y morían…"

 

Éste era el dantesco panorama del trabajo minero en La Española en los primeros años, extensible por supuesto al que realizaban en las demás Antillas Mayores. Pero, si penoso era el trabajo en los placeres auríferos antillanos mucho más lo fueron en las minas de plata de los virreinatos novohispano y peruano. Las minas de Zacatecas, las de Potosí o las de mercurio de Huancavelica se convirtieron en un dantesco suplicio para los aborígenes. De estas últimas se decía que antes de partir los indios de sus comunidades les rezaban solemnemente una misa de difuntos porque ninguno sobrevivía más de dos años. Los pobres obreros dormían en las mismas galerías de los pozos, los descansos no se respetaban porque la alta mortalidad provocó una carencia crónica de mano de obra, y el trabajo era estimulado a base de latigazos y palos. Y cuando se trataba del dinero de la Corona ni había Leyes de Indias, ni vasallaje, ni cristiandad, ni dignidad, ni moral, ni cargo de conciencia.

La tercera, el hambre que los mató directamente por inanición o indirectamente, al hacerlos más débiles frente a las enfermedades. Muchos mineros ni siquiera se preocupaban de suministrar viandas a sus indios; otros sí que lo hacían, proporcionándoles cazabe y maíz, pues, sabían que eran parte fundamental en su dieta. Sin embargo, olvidaban que esos alimentos en época Prehispánica eran completados con los aportes de la caza y la recolección. De hecho, los mexicas, además de recolectar bayas silvestres, ingerían todo tipo de animales vivos, desde anfibios a reptiles, pasando, por supuesto, por mamíferos e insectos. Así conseguían una dieta calórica suficiente y equilibrada. Sin embargo, las actividades cazadoras y recolectoras fueron prácticamente abandonadas en la época colonial, básicamente porque apenas sí disponían de tiempo libre. Fray Bernardino de Sahagún afirmó que la mayoría de los naturales de Nueva España murieron de la viruela, pero otros simplemente por el hambre porque nadie tenía cuidado de nadie, nadie de otro se preocupaba.

Esta carestía fue especialmente dramática en las primeras décadas por dos motivos: uno, porque los españoles se dedicaban a obtener metal precioso, despreocupándose de las actividades agropecuarias. Probablemente la mentalidad de la época contribuía a empujar a la élite a los trabajos mineros antes que a la explotación agropecuaria. Y otro, porque las estructuras agrarias mesoamericanas y andinas quedaron paralizadas tras la irrupción. La desaparición de los grandes estados implicó la destrucción de las unidades de recolección, de almacenamiento y de redistribución, tan típicos de las sociedades indígenas más avanzadas del continente. Si esto era una realidad prácticamente todo el año, la situación se agravaba especialmente en durante la Cuaresma en la que apenas se les proporcionaba un poco de cazabe. Ello provocó que, en 1541, solicitaran al embajador en Roma su exención para evitar que muriesen en las minas por hambre y extenuación, como lo estaban haciendo.

Para colmo, fue frecuente durante las primeras décadas del siglo XVI que los naturales quemasen sus propios cultivos. Su idea era, precisamente, provocar la escasez para así conseguir que los extranjeros se marchasen de sus tierras. La resistencia se canalizó en muchas ocasiones a través de la estrategia de la tierra quemada. Una táctica bien conocida desde la antigüedad y que los indios también practicaban. En La Española está bien descrita la destrucción de cultivos de yuca lo que paradójicamente, afirma Anglería, provocó la muerte por inanición de nada menos que 50.000 taínos. No menos claros fueron los frailes dominicos en su carta al señor de Chiebres, fechada en Santo Domingo, el 4 de junio de 1516:


"Viéndose los indios por estas maneras afligidos de los castellanos qusiéronlos echar de la isla y tomaron por medio no sembrar para comer porque, faltando los mantenimientos, ellos tuviesen por bien de se ir; pero los castellanos gastaron las labranza que ellos tenían para sí; comiendo y destruyendo, de forma que les fue forzado a los indios morir de hambre, de la cual murieron tantos que no había quien anduviese por los campos de hedor…"

 

Claro está que esta escasez de alimentos, con la querían ahuyentar a los españoles, los terminó afectando más a ellos porque aquéllos se comían la poca comida que estos obtenían. Y es que, según Las Casas, comía más un tragón español en un día que diez indios en un mes.

Pero, acabada la Conquista, la penuria continuó porque todos los jóvenes iban a trabajar a las minas y, en los pueblos, tan sólo permanecían los ancianos, las mujeres y los niños hambrientos. No en vano, Las Casas afirmó que vio morir de hambre a más de 7.000 en Cuba y que, en Nicaragua, los españoles robaron el maíz, falleciendo de hambre entre 20.000 y 30.000 nativos.

La cuarta, el dramático descenso de la tasa de natalidad entre los indios, aunque no fue uniforme en todo el continente. Como escribió Nicolás Sánchez-Albornoz, la gran mortalidad no fue contrarrestada por una amplia fecundidad. Muchas mujeres tomaron hierbas para abortar, pues no querían parir esclavos. De hecho, está bien documentado el dramático descenso de la tasa de fecundidad en las Antillas Mayores, Nueva España y Nueva Granada. En cambio, en Perú no parece que bajara sustancialmente, al menos antes de 1570. No obstante, en líneas generales sí que podemos afirmar que el aumento dramático de la mortalidad se sumó a un descenso notable de la natalidad, cayendo el crecimiento vegetativo hasta cifras que llevaron a los nativos al borde de su propia extinción. ¿A qué se debió esta crisis natalicia? Pues, al igual que en el caso de la mortalidad, también hemos de hablar aquí de una multicausalidad. La propia guerra no sólo causó un incremento temporal de la mortalidad masculina sino también un aumento igualmente importante de la mortalidad infantil y un descenso de la tasa de natalidad. Se trata de una constante en todas las guerras. Cuando los varones son movilizados para la conflagración, siempre se producen una serie de daños colaterales: un descenso drástico de la natalidad, un progresivo incremento del envejecimiento poblacional y una interrupción en el crecimiento de la población.

Pero además, superada la fase bélica, se produjo un secuestro masivo de mujeres por parte de los vencedores. Y prueba de ello es la aparición de una clase cada vez más pujante y numerosa de mestizos. Muchos españoles tenían en sus casas auténticos harenes, los más para servirse sexualmente de ellas, y otros, simplemente como asistentas. En cualquier caso se les impedía salir de casa y las posibilidades de procrear con un hombre de su etnia eran casi nulas. Según fray Diego de Landa, la audiencia de Guatemala envió a un oidor a Yucatán para obligar a algunos españoles a casarse con sus indias, quitando las casas que tenían llenas de mujeres. Igualmente en una Real Cédula dirigida a la justicia de Cubagua, en 1545 se decía:


"Que algunos casados tienen indias libres en sus casas y las toman por sus mancebas y que a esta causa no hacen vida maridable con sus mujeres".

 

Y en esto de los harenes la ciudad de Asunción del Paraguay se llevó la palma, siendo conocida durante años como el paraíso de Mahoma. En tiempos de Irala, todos los españoles los poseían, unos compuestos por entre 50 y 70 nativas, otros entre 15 y 40, y hasta los pobres de solemnidad disfrutaban de entre 5 y 10 barraganas. Unas cifras dignas de los mejores harenes persas.

En Quito, hacia 1569, una india escapó de su dueño y se marchó a casa del obispo porque se quería casar con otro indio. Allí se presentó su encomendero, con la espada desenvainada y la cara desencajada, afirmando que de no estar con el prelado hiciera desatino. La pobre mujer se vio forzada a renunciar a su matrimonio por amor, regresando de inmediato a casa de su señor. Una década después, el protector de indios de Guatemala informó al Consejo de Indias de la perniciosa costumbre que tenían los encomenderos de sacar cantidad de indias jóvenes para el servicio doméstico, y luego, para evitar que se las quitasen, las casaban ficticiamente con sus esclavos negros. De una forma u otra, lo cierto es que muchas nativas fueron desligadas de su mundo, limitando aún más la capacidad de regeneración a la población indígena. Evidentemente, los casos inversos, es decir, de indios que secuestraron a españolas son absolutamente excepcionales. Y lo son por circunstancias obvias: primero, porque sobre todo en los primeros tiempos de la Conquista eran un bien escasísimo y cotizadísimo. Y segundo, porque los vencedores no podían consentir semejante agravio.

Para colmo muchos varones pasaban toda la jornada en las minas por lo que no llegaban con fuerzas ni con ganas de mantener ningún tipo de relación con sus propias esposas. Todo ello dramáticamente reforzado por una desgana vital ante la situación servil a la que se vieron sometidos, sin apenas contraprestaciones, y a la muerte de decenas de miles de congéneres. No en vano, entre los grupos primitivos era frecuente la creencia de que la muerte era contagiosa. Todo ello provocó depresiones y tendencias suicidas en muchos de ellos. Fue, en palabras del cubano Fernando Ortiz, una huelga de hambre colectiva, una huelga de brazos caídos, una huelga revolucionaria. Con total seguridad, la destrucción de sus religiones contribuyó negativamente a esta desazón. De unas religiones que estaban adaptadas a sus condiciones y que disponían de dioses de características morales elevadas. Y es que cada religión crea a sus dioses, dependiendo de sus necesidades, y a los aborígenes se les quitó toda su cosmovisión cuando más falta les hacía. Porque la religión, a nivel general, suaviza las tensiones pero, a nivel individual, como dijo Durkhein, aquieta temores personales, infunde confianza y anima al individuo a seguir adelante. Los dioses se manifestaban en la guerra pero también en el amor, en las calamidades y en las tempestades. Las distintas religiones prehispánicas constituyeron el principal vehículo de cohesión grupal por lo que, eliminando éstas, se aseguraba la desarticulación del universo indígena.

Es más, cuando veían que las epidemias afectaban mucho menos a los españoles, pensaban que su Dios los protegía, aumentando su desánimo. Por otro lado, cuando se juntaban cientos de ellos infestados de viruelas, sin saber qué hacer, reforzaban su creencia de que el holocausto del fin del mundo había llegado. Todo ello contribuyó a esa actitud pasiva que muchos adoptaron, a perder la ilusión por la vida, a no tener hijos y, en casos extremos, incluso, a quitarse voluntariamente la vida. Los amerindios, como todos los pueblos primitivos, eran en general muy religiosos. Cuando vieron quebrado su presente prefirieron incorporarse a un tiempo sagrado, equivalente a la eternidad. Así llegó a esa desgana vital; pereza por la vida y ganas de trascender a la eternidad, junto a sus antiguos dioses, a sus antepasados y a su mundo. Por ello, no querían tener hijos, a sabiendas de que vivirían en una indeseable situación de explotación laboral. En 1516, los dominicos de Santo Domingo escribieron al señor de Chiebres, diciéndoles que, aunque todo animal busca la reproducción, los nativos mataban a sus hijos recién nacidos por no poder atenderlos, dada la explotación que sufrían. Años después, refería Antonio de Herrera, que los indios de Nicaragua hacía varios años que no mantenían relaciones sexuales con sus mujeres, porque no pariesen esclavos para los castellanos.

También se produjeron innumerables suicidios individuales y colectivos, de los que nos han quedado decenas de testimonios. No podemos olvidar que en las sociedades indígenas primaba lo colectivo sobre lo individual. Como escribió Lucien Lévy-Bruhl, sus actuaciones siempre se realizaban en el marco de la familia, del clan o de la tribu, nunca a nivel individual. El sujeto no era importante, lo realmente trascendental era la supervivencia de la comunidad. Además, para la mayor parte de ellos la muerte no era una puerta infranqueable sino que había una comunicación regular entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Las religiones indígenas, como la mayoría de los credos, hablaban de un triple proceso: generación, muerte y regeneración. Como explicó lúcidamente Mircea Eliade, la creencia en una vida después de la muerte es casi un universal y era plenamente aceptada por todas las religiones indígenas. Según Las Casas, todos los naturales de estas Indias tienen opinión de las almas no morir. Cieza de León, en este mismo sentido decía que en el Perú cuando moría un gran señor lo enterraban con sus ropas, sus armas, su oro y su comida por lo que le resultaba obvio que creían en la otra vida. La muerte conllevaba, pues, la regeneración, por lo que el suicidio se podía entender como una manera de reunirse de nuevo con la colectividad. Cuando murieron sus dioses, muchos se quisieron ir con ellos. En este sentido, unos mexicas respondieron a los franciscanos que pretendían convertirlos de manera muy significativa: que se nos deje morir/ que se nos deje perecer/pues nuestros dioses han muerto.

Casos de inmolaciones se cuentan por centenares, de los que expondremos algunos de ellos. En La Española hubo suicidios casi masivos y lo hicieron de diversas formas, a saber: tomando jugo de yuca, ingiriendo hierbas venenosas, inhalando el humo de las semillas de ají, arrojándose a precipicios, ahorcándose o haciéndose matar por otros compañeros. En resumidas cuentas, envenenándose o lesionándose, pues de ambas formas, como decía Las Casas, perecieron en la isla muchas gentes. No menos claro fue Gonzalo Fernández de Oviedo cuando narró episodios de suicidios colectivos en La Española, pues, de 50 en 50 se convidaban a suicidarse por no trabajar, ni servir. Unos tomando zumo de yuca y, otros, ahorcándose con sus propias manos. Asimismo, contaba Pedro Mártir de Anglería, que un tal Madroño, natural de Albacete, trataba tan mal a sus haitianos que nada menos que 94 de ellos decidieron juntarse y suicidarse a la par que decían:


"¿Para qué queremos vivir más tiempo en semejante esclavitud?, ¡Hay que irse ya a las moradas perpetuas de nuestros antepasados!"

 

En 1517, cuando los taínos de La Española supieron que se planeaba reducirlos a pueblos, muchos decidieron suicidarse, y según Lucas Vázquez de Ayllón, si no los sosegaran diciéndoles que no se haría, todos o los más de ellos hicieran lo mismo.

Pero estos suicidios en masa están descritos en otros muchos lugares de las Indias. En la vecina isla de Cuba se ahorcaron familias enteras, por no sufrir la tiranía de los españoles. En Nueva España, cuando el virrey Mendoza sitió a los chichimecas en Cuiná, viéndose perdidos, se suicidaron en masa, al parecer ¡en torno a 4.000!, entre hombres, mujeres y niños. También en el virreinato peruano se produjeron inmolaciones individuales y colectivas. En 1549, en una misiva del virrey Pedro de La Gasca al Consejo de Indias le informó que, debido a los malos tratos y a las extorsiones, muchos naturales habían muerto mientras que otros se han ahorcado de desesperados. Todavía en la tardía fecha de 1582, cuando la colonización estaba más que asentada, se reconocía que en el virreinato peruano se sucedían numerosos suicidios, por ahorcamiento o por envenenamiento con hierbas, así como abortos provocados para eludir de esta manera la servidumbre de sus hijos.

 

LOS INDIOS DE LA ESPAÑOLA

         La evolución de la población taína en La Española es una de las muestras más crudas de la extinción de un pueblo en poco más de medio siglo. Mientras que en otras zonas de América el descenso fluctuó entre el 80 y el 90 %, en el área antillana el descenso fue cercano al 100 %, llevándolos prácticamente a su extinción.

El descenso de la población comenzó desde la misma arribada a sus costas del primer Almirante, Cristóbal Colón. Y ello, provocado por las sucesivas y desconocidas epidemias que azotaron la isla desde esos primeros años y por la falta de una legislación protectora. Es bien sabido que las enfermedades infecciosas atacaban con mayor virulencia en las áreas confinadas, como era el caso de las islas del Caribe. Éstas, además, se encontraban en una total virginidad inmunológica.

La primera gran epidemia asoló la isla en 1493, aunque se discute si se trato de un brote de influenza suina o de viruela. Todo parece apuntar a que sus consecuencias fueron muy virulentas, matando a algunos españoles y a miles de indios. Por desgracia desconocemos las cifras exactas de mortalidad, aunque se estima que en sólo cuatro años perdió una cuarta parte de su población. Entre 1496 y 1508 el declive, sin embargo, se ralentizó, pues son años en los que, debido a los graves problemas internos en la factoría colombina, se produjo una menor presión sobre el indígena.

Pese a todo, la época del gobernador Ovando (1502-1509) tampoco debió ser fácil para los taínos. De hecho, al carecer de animales de tracción suficientes, se convirtieron en auténticas bestias de carga. De hecho, años más tardes, reconoció el propio Fernando el Católico que muchos habían perecido en los primeros años porque las personas que los tenían les hacían llevar a cuestas algunas cargas y cosas de mucho peso y los quebrantaban.

        Nuevamente, entre 1508 y 1519, se produjo un acusado descenso poblacional, al pasar su número de 60.000 a 3.000. Este declive estuvo motivado por su explotación intensiva en las minas que culminó dramáticamente con la epidemia de viruela que se inició a finales de 1518. Así, el comienzo de este nuevo ciclo coincide exactamente con la llegada del nuevo gobernador, Diego Colón, que traía instrucciones muy precisas para intensificar el trabajo indígena y procurar un aumento de la producción aurífera. También el bilbilitano Miguel de Pasamonte, tesorero Real de la isla, recibió instrucciones para que desembargara las minas e introdujese todos los efectivos que fuesen necesarios para aumentar la producción.

El trabajo indígena en estos años fue tan duro que, según escribieron los dominicos en 1516, cada año moría un tercio de su población. Además, el aumento del tiempo de la demora acarreó un grave problema a las comunidades indígenas, ya que no quedaban en ellas más que viejos, niños y mujeres preñadas de manera que nadie podía levantar un terrón del suelo, perjudicando el trabajo en la tierra, pues, ante la ausencia de los varones, nadie la sembraba. Con razón, en el Interrogatorio de los Jerónimos fechado, como es bien sabido, en 1517, testigos como Gonzalo de Ocampo, afirmaron lo siguiente:


"Que es muy manifiesto que cuando los indios van a servir van gordos y bien tratados y cuando vuelven vienen flacos, así por los mantenimientos que no tienen, como por sus desconciertos con mujeres y juegos de pelota y otras liviandades en que se ocupan en sus tierras que los fatigan más que el trabajo que acá tendrían".

 

De todas formas, y a pesar de lo comentado en las líneas anteriores, en estos años la principal causa de su descenso fue la epidemia de viruela que se desató en 1518 tras ser introducida por un navío negrero. La mortandad fue tal que, a principios de 1519, informaron los frailes Jerónimos a Su Majestad que, si duraba dos meses más, no quedaría ningún indio con que sacar oro en toda la isla.

Con todo, no podemos precisar el porcentaje exacto de víctimas, pues, mientras en unas fuentes se habla de las tres cuartas partes de la población aborigen, en otras se reduce a la mitad. En cualquier caso, sólo los más fuertes escaparon a la viruela y en un estado tal que, según informó el cabildo de Santo Domingo, en 1519, hasta mucho tiempo no serán de provecho.

En los años siguientes hubo sucesivas oleadas de plagas: sarampión, gripe, romadizo, etcétera que continuaron diezmando irreversiblemente a la población. En este sentido, en un pleito llevado a cabo entre 1527 y 1532, el testigo Juan Mosquera declaró que, después de la viruela, se habían desatado otras enfermedades de las que habían muerto casi todos los naturales y se mueren de cada día, aunque bien los traten.

        A partir de este último año, la mortalidad se redujo bastante por diversas circunstancias: primero, por los efectos de la política proteccionista de los Jerónimos, continuada con no demasiada fortuna por Rodrigo de Figueroa. Y segundo, porque progresivamente el indio dejó de tener interés económico, sustituyéndose su fuerza laboral por la del esclavo negro. Pese a todo, ya en 1529, estaba en claras vías de extinción, de manera que en los ingenios y en las haciendas de esta isla trabajaban, en 1533, más de 2.000 negros y tan solo varios centenares de indios, la mayoría de ellos esclavos, capturados en las armadas de rescate. Por último, en 1547 informaba el doctor Montaño que no había en toda la isla ni siquiera 150 indios, incluida la ciudad de Santo Domingo donde no llegaban a treinta pese a tener la mayor concentración de ellos.

 

PARA SABER MÁS



FERRO, Marc (dir.): El libro negro del colonialismo. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

SÁNCHEZ-ALBORNOZ, Nicolás: La población de América Latina, desde los tiempos precolombinos al 2025. Madrid, Alianza Universidad, 1994.

 

------------- (Coord.): “¿Epidemias o explotaciones? La catástrofe demográfica del Nuevo Mundo”, Dossier de la Revista de Indias, Vol. LXIII, N. 227. Madrid, 2003.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS