Blogia

Temas de historia y actualidad

UNA CARTA INÉDITA SOBRE HERNÁN CORTÉS

UNA CARTA INÉDITA SOBRE HERNÁN CORTÉS

        En mi última visita al Archivo General de Simancas a primeros de julio de 2015 me he encontrado con algunos documentos de interés. Uno de ellos es una carta de recomendación que el duque de Béjar envía al Emperador, y que esta fecha en Béjar el 7 de julio de 1529. He revisado las colecciones documentales, especialmente el gran regesto de José Luis Martínez –Documentos Cortesianos- y no aparece. No se trata más que un pequeño dato biográfico que no tiene más importancia aunque explica en parte la buena acogida que tuvo en la Corte el metellinense en 1529.

        De sus asuntos en España estaba dedicado de lleno su padre Martín Cortés, quien además de pactar las capitulaciones matrimoniales con doña Juana de Arellano y Zúñiga, se encargó, por expreso deseo de su hijo, de solicitar su ingreso en la orden militar de Santiago y también de pedir un título nobiliario, el marquesado del Valle de Oaxaca. Pues bien, el enlace con una noble como doña Juana de Arellano y Zúñiga, hija del conde de Aguilar y éste a su vez cuñado del influyente duque de Béjar, dio unos excelentes resultados.

        En mi libro de Hernán Cortes (Badajoz, 2010) manifesté mi sorpresa por el buen trato recibido en la Corte, pese a que hacía años que estaban llegado cartas y memoriales criticando su excesivo poder y poniendo en entredicho su buen nombre. Incluso se hizo correr el falso rumor de que quería independizar a la Nueva España de la Corona de Castilla. Pero en febrero de 1527 arribó a la Península otro de sus grandes enemigos, Pánfilo de Narváez, quien no tardó en presentar un memorial, quejándose amargamente de él. Sobre todo tachaba de falsas las Cartas de Relación, especialmente la segunda, donde no quedaba él demasiado bien parado. No sólo consiguió que el Emperador prohibiese nuevas impresiones, sino que como, desde 1522, circulaba una edición impresa de la segunda misiva, se quemaron ejemplares en Sevilla, Toledo, Granada y en otras partes. Pues bien parece que las gestiones de un Grande de España, como el duque de Béjar, pudieron contrarrestar todas estas informaciones. Ello explicaría en parte el buen trato dispensado por el emperador al conquistador de Nueva España. Además, el duque se permite suplicarle al emperador, un tanto osadamente, que le conceda los favores que pide para que “el marqués del Valle conozca la merced que Vuestra Majestad le hace a mi suplicación”. Es decir, que el interesado notase que los honores se le hacían gracias a su intervención.

        Otro dato que llama la atención es que se cita por primera vez al conquistador como el marqués del Valle. Y digo que es la primera vez porque la carta está fechada en Béjar el 7 de julio de 1529 y el marquesado se le expidió oficialmente un día antes, es decir, el 6 de ese mismo mes y año.

        Bueno, es todo, un granito de arena más para reconstruir la biografía de Hernán Cortés y que me permito publicar y dar a conocer en mi blog para disfrute de los estudiosos de la conquista



APÉNDICE

Carta de recomendación de Hernán Cortés que el duque de Béjar dirige al emperador, Béjar, 7 de julio de 1529.



        El marqués del Valle me escribió ahora como había hecho un correo a Vuestra Majestad para le hacer saber lo que habían hecho contra él y contra su hacienda aquellos jueces que Vuestra Majestad envió ahora nuevamente a la Nueva España y también diciéndome que él se partía luego a informar de todo a Vuestra Majestad. Muy poderoso señor, yo tengo muy creído que lo que aquellos jueces han hecho contra el marqués del Valle, contra su honra o contra su hacienda que vuestra majestad no fue sabedor de ello ni se hizo con voluntad de Vuestra Majestad pues que acá se ha visto muy claro las mercedes y honras y favor y buen tratamiento que Vuestra majestad ha hecho al marqués del Valle por gratificarle los servicios que a Vuestra Majestad ha hecho y bien se muestra en que ha parecido que se ha tenido Vuestra Majestad de él por bien servido y ha tenido voluntad de le gratificar y hacer merced, más como vuestra Majestad muchas veces por experiencia ha visto hay muchos que pensando que sirven, exceden en algo de lo que debían hacer ni se les manda y otros acaece qe lo hacen por pasiones o por sus intereses propios, a Vuestra Majestad no se le puede decir cosa que no la tenga muy presente, según su excelente juicio y la real condición de Vuestra majestad a la cual suplico que por me hacer a mi señalada merced como otras muchas veces me ha hecho sobre estos mismos negocios Vuestra Majestad quiera conceder lo que sobre esto le suplicare el marqués del Valle pues ha de suplicar a Vuestra Majestad le mande castigar como a su criado y servidor y pues parece que Vuestra Majestad se dé de él por servido y que es sin cargo, Vuestra Majestad le mande mirar y favorecer como a criado y servidor y cómo parece que Vuestra Majestad lo ha hecho con él hasta ahora. Y que los que se lo han levantado o le han hecho agravio sean tratado como merecen y se debe hacer porque no es razón que a Vuestra Majestad ningunos criados ni servidores suyos le digan sino la verdad pues el mayor servicio que se puede hacer a los príncipes es conservarles los criados y servidores buenos como es razón. Y muy señalada merced recibiré de Vuestra majestad en que con justicia mande favorecer al marqués del Valle y que si pesquisidor hubiere menester que lo mande dar como él se lo suplicare porque Vuestra Majestad sea bien informado de toda la verdad y el que tuviere la culpa sea castigado y el que hubiere servido sea gratificado como lo suele hacer Vuestra Majestad. Y suplico a Vuestra Majestad que en todo mande proveer como se lo suplico y protesto de manera que el marqués del Valle conozca la merced que Vuestra Majestad le hace a mi suplicación.

        Nuestro Señor la muy real persona y estado de Vuestra Majestad guarde y por muchos tiempos ensalce y prospere con acrecentamiento de muchos más reinos y señoríos. De Béjar a siete de julio de 1529.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS Y LA BATALLA DE LA PROPAGANDA

HERNÁN CORTÉS Y LA BATALLA DE LA PROPAGANDA

Aunque parezca increíble ya en el siglo XVI, el mundo se encontraba en un avanzado estado de globalización. Miles de personas emigraban de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, al tiempo que numerosos indígenas americanos llegaban a territorio europeo. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

En este mundo globalizado la propaganda jugaba ya un papel esencial, similar al que pueden representar hoy en día las redes sociales. Sobre este aspecto quiero llamar la atención, centrándome en el caso llamativo del metellinense Hernán Cortés. Éste fue un personaje hábil y calculador que se encargó personalmente de crear toda una literatura en torno a su persona, utilizando su oratoria, sus dotes de escritor y rodeándose de biógrafos oficiales de la talla de Francisco López de Gómara o de Francisco Cervantes de Salazar. Forjó su propia leyenda y, como buen político, tuvo una capacidad excepcional para tergiversar los hechos a su antojo, para presentar como éxitos sus propios fracasos, y para culpar a otros de sus males. Sus propias Cartas de Relación pasan por ser el primer gran best seller de la historia, los ejemplares se vendieron por miles y se tradujo en pocos años a cinco idiomas. Ahí comenzó la leyenda de Cortés que en parte continúa en pleno siglo XXI.

El resultado fue la perpetuación hasta mediados del siglo XX de dos leyendas infundadas en torno a su principal rival, Francisco Pizarro: una, la del porquero bastardo, analfabeto y cruel despreciado por todos y otra, la idea de que fue un vulgar imitador de las estrategias cortesianas.

Empezando por la leyenda porcina diremos que fue creada y divulgada por Francisco López de Gómara, quien no dudó en atacar y ridiculizar a todo aquel que pudiera hacerle sombra a su héroe. Según su testimonio, no sólo se pasó su infancia y juventud rodeado de piaras a las que cuidaba sino que en el momento de su nacimiento fue amamantado por una cerda. Aquello guardaba parentescos con el origen legendario de Rómulo y Remo pero obviamente no eran exactamente equivalentes la leyenda lupina y la porcina. La primera trataba de ensalzar a sus protagonistas y la segunda justo de lo contrario. Pero lo peor de todo es que esta leyenda se ha perpetuado hasta el mismísimo siglo XXI.

La segunda leyenda perpetuada por el mismísimo Hernán Cortés, decía que el trujillano fue un mero imitador de las estrategias de su sobrino. Efectivamente, la literatura se ha encargado de vincular la conquista del Perú con la de México y de convertir a aquella en deudora de ésta. Desde el mismo siglo XVI se generalizó la idea de que el trujillano lo tuvo presente en todo momento, entre otras cosas por la mayor antigüedad de la obra cortesiana que, desde mediados de los años veinte del siglo XVI, todo el mundo conocía. Y se aducía que el trujillano admiraba tanto al Gran Capitán como a su pariente Hernán Cortés, pues además de usar zapatos y sobreros blancos como el primero, en ocasiones especiales, como en su entrada en Cusco tras la ejecución de Almagro, le gustaba ponerse un ropaje de martas que le había regalado el segundo.

En las siguientes páginas trataré de demostrar que esta supuesta deuda no es más que otro apartado de la leyenda cortesiana. Una leyenda que se encargó de situar en un primer plano a Hernán Cortés y la conquista de México y a la sombra de éste, en un velado segundo plano, a Francisco Pizarro y la conquista del Perú. Pero desmontemos el mito paso a paso.

Hay quien dice que coincidieron en España, según unos en La Rábida, mientras que otros afirman que en Toledo o en Sevilla. Las fechas no coinciden ni para La Rábida ni para Toledo ni tan siquiera para Sevilla, en los primeros meses de 1530 cuando ambos gestionaban su reembarcarse, uno para Nueva España y el otro para Nueva Castilla. Por tanto, todo parece indicar que no coincidieron personalmente lo que no es óbice para que después de la caída de Tenochtitlán todos soñaran con encontrar un gran imperio y emular las hazañas del metellinense. Y el trujillano era el primero que no quería ser menos, soñando con encontrar un monarca lo suficientemente poderoso para conquistar la gloria. Pudo haber marchado mucho antes a España a pedir una gobernación en cualquier lugar de Tierra Firme, pero no quería ser como Pedrarias Dávila, Cristóbal de Olid o Diego Velázquez sino como Hernán Cortés. Por ello, en cuanto tuvo la certeza de la existencia del riquísimo y poderoso estado supo que había llegado su oportunidad, marchando con toda presteza a la Corte, con el objetivo de obtener una capitulación.

Es cierto que en el proceso de conquista se observan paralelismos que han llevado a pensar a la historiografía que el trujillano se inspiró continuamente en las estrategias de su sobrino. Sin embargo, como ha recordado Matthew Restall, existía una forma de hacer la guerra indiana que comenzó en La Española en 1493 y que se basaba en tres premisas: primero, en el uso de la caballería, arma contra la que sus oponentes tenían pocos recursos defensivos. Segundo, la guerra psicológica, impresionando a las tropas indígenas con prácticas aterrorizantes. Y tercero, la captura del jefe local para conseguir el sometimiento del resto de la población. Estas estrategias se usaron ya en 1493 con la captura de Caonabo que fue apresado, torturado y ejecutado para someter a su cacicazgo. Esta misma estrategia fue usada por los españoles de forma reiterada hasta el final de la conquista.

Así por ejemplo se ha dicho que los sucesos de la isla del Gallo, en plena segunda empresa del Levante, estuvieron inspirados en el casi legendario desguace de los barcos en Veracruz. Sin embargo, es obvio que ambos hechos ocurrieron en circunstancias muy diferentes y cualquier paralelismo es mera coincidencia. De vuelta en el Perú, en su tercera y definitiva expedición, lo primero que hizo fue fundar la ciudad de San Miguel, en la retaguardia, para dejar a los enfermos. Y nuevamente se dice que emuló a su pariente pues San Miguel fue algo así como el Veracruz peruano, pues el motivo de ser de sus respetivas fundaciones fue el mismo. Sin embargo, nuevamente hay que decir que la fundación de un campamento o núcleo poblacional en la retaguardia era una estrategia ampliamente usada en la guerra desde la antigüedad.

Los tratos con Atahualpa y el intento de apresarlo sin disparar ni un solo tiro, también se han vinculado con los hechos de Nueva España, como destacara ya en siglo XIX William Prescott y en la centuria siguiente otros muchos historiadores. Incluso, Guillermo Lohmann Villena le parece indubitable que en la captura de Atahualpa, Pizarro tuvo presente la forma en la que Cortés aprisionó a Moctezuma. Y ello a pesar de las diferencias, pues mientras el inca ofreció resistencia a su captura el mexica prácticamente se entregó. Sin embargo, ya hemos dicho que esta estrategia de captura del jefe local la había usado el propio trujillano en sus correrías por el istmo de Panamá.

        Otra idea mil veces repetida y no por ello cierta, es la que afirma que su afán por conseguir adhesiones dentro de los indígenas fue inspirado igualmente por el proceso de conquista de Nueva España. Y obviamente tenía antecedentes cortesianos, como no podía ser de otra forma, porque sucedió una década antes. Así, el trujillano se encargó de establecer alianzas con pueblos indígenas que habían sido sometidos tan solo unas décadas antes por los incas y que añoraban su antigua libertad. Es conocida la alianza con Martín Cajacimcim, curaca del valle de Moche, en el corazón del antiguo reino Chimú. Este reino había sido sometido entre los años 1460 y 1470 y vieron en la llegada de los extranjeros una oportunidad para recuperar una parte del poder perdido. El trujillano estableció con ellos lazos fraternales que le ayudaron en la conquista y a los que, a cambio, concedió cierta autonomía y algunos privilegios. Así, pues, tanto la conquista de México como la del incario fueron en buena parte una guerra entre indios, aunque eso sí, premeditada, dirigida y planeada por los hispanos.

        Pizarro fue un experimentado guerrero, un hombre de armas que se había curtido a sí mismo. Cuando Francisco Pizarro inicia su campaña conquistadora tenía una gran baza a su favor: conocía específicamente la forma de guerrear de los nativos. Era lo que entonces se llamaba un baquiano, es decir, un veterano en la guerra indiana, aclimatado a la tierra, frente al chapetón que era el recién llegado. Hay que descartar rotundamente la idea de que fue un simple imitador de las tácticas de su sobrino. En realidad, su capacidad estratégica en la guerra indiana era fruto de un proceso de acumulación de conocimientos que empiezan quizás en Italia y se continúan en el Caribe, Panamá y el Perú. La combinación de estas experiencias no pudo ser más letal para los desdichados quechuas. El propio Francisco Pizarro confesó al padre fray Vicente de Valverde que, por su experiencia de dos décadas de lucha con los nativos, sabía que la clave de la victoria era prender al señor principal. Bastaba con identificar al líder, que solía estar en un lugar muy visible, acometerlo y prenderlo para que su ejército se sintiese derrotado. Fernández de Oviedo le preguntó a un hidalgo de la hueste de Hernando de Soto que por qué prendían siempre a los curacas a lo que respondió que lo hacían para que sus súbditos se quedasen quietos y no estorbasen sus robos.

Con posterioridad a la conquista, mantuvo algún contacto muy esporádico. Precisamente, envió una misiva a su sobrino pidiéndole su ayuda, con motivo de la rebelión de Manco Cápac que a punto estuvo de recuperar el Tahuantinsuyu.

Pero lo más sorprendente es que en pleno siglo XX, escritores como Carlos Pereyra, han continuado ensalzando tanto al de Medellín como ridiculizando y difamando hasta extremos insospechados al trujillano. Defiende que Francisco Pizarro nunca pasó de ser un vulgar imitador del talento cortesiano, pues en toda la conquista del Perú no hubo ningún episodio comparable al de la Noche Triste o a los del sitio de la Gran Tenochtitlán. Caso aparte, es el de Antonio S. de Larragoiti que en su biografía de Núñez de Balboa, responsabiliza de su muerte a Francisco Pizarro a quien califica de traidor, usurpador, granuja, asesino y mentiroso. Para él, su asesinato en Acla fue fruto de la conjura del trujillano, quien le usurpó el mérito del descubrimiento del Perú. Pero digo que es un caso aparte, porque equivocó la diana, pues el responsable directo y único fue el segoviano Pedrarias Dávila, sin que aquél tuviese la más mínima capacidad decisoria. Además, hablar de usurpación del descubrimiento del Tahuantinsuyu parece anacrónico, pues cuando el jerezano fue ajusticiado en Acla todavía faltaba más de una década para que ese hecho se produjese.

Incluso biógrafos más o menos asépticos, como Rosa Arciniegas, persuadida por los biógrafos cortesianos, se refirió a él como un miserable trujillano, sin la genialidad militar o política de Hernán Cortés. Toda esta prensa antipizarrista pone de manifiesto una vez más el poder de manipulación que ya por aquel entonces tenía la imprenta. Tanto Cortés como Pizarro ganaron un imperio, pero el primero ganó también la batalla de la retorica, cuyas consecuencias todavía se aprecian en pleno siglo XXI.

 

PARA SABER MÁS

 

GRUZINSKI, Serge: “Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización”. México, Fondo de Cultura Económica, 2010

 

LARRAGOITI, Antonio S.: “Vasco Núñez de Balboa”. Madrid, Talleres Gráficos Victoria, 1958.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Hernán Cortés: el fin de una leyenda”. Badajoz, Palacio Barrantes Cervantes, 2010.

 

------ “Francisco Pizarro: una biografía para el siglo XXI”. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2015 (en prensa).

 

PEREYRA, Carlos: “Francisco Pizarro y el tesoro de Atahualpa”. Madrid, Editorial América, s.a. (h. 1915).

 

 RESTALL, Matthew: “Los siete mitos de la conquista española”. Barcelona, Paidós, 2004.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

LA ENCÍCLICA “LAUDATO SI”: REFLEXIONES DE UN DECRECENTISTA

LA  ENCÍCLICA “LAUDATO SI”:  REFLEXIONES DE UN DECRECENTISTA

        En 1968 se fundó el célebre Club de Roma por un grupo de científicos que cuatro años después publicaron su primer texto: el informe Meadows, llamado así por el apellido de su autora principal la biofísica Donella Meadows. En dicho documento se alertaba sobre los límites del crecimiento y sobre otros problemas que empezaba a sufrir el mundo y que, de no producirse un cambio, amenazaría la propia subsistencia del ser humano. Desde entonces se comenzaron a celebrar las Cumbres Mundiales de medioambiente, aparecieron Organizaciones no gubernamentales ecologistas, como la pionera Greenpeace y cientos de científicos corroboraron el problema que se avecinaba.

        Por tanto, está claro que hace décadas que sabemos que el capitalismo lleva intrínseca su propia autodestrucción porque se basa en el consumo ilimitado cuando los recursos del planeta son limitados. Desde la I Revolución Industrial, el desarrollo se ha sustentado sobre el consumo de energías fósiles, primero el carbón y, después, el petróleo y el gas. Su consumo va a seguir aumentando en los próximos años por la industrialización de los países emergentes.

Pero es más, hace varios lustros que conocemos posibles soluciones a esta crisis ecológica que está provocando el capitalismo; existen diversas propuestas: una propuesta muy conservadora, adaptada a aquellos que piensan que el capitalismo es insustituible, se llama el capitalismo verde. Esta doctrina pretende mantener el consumismo pero bajo una apariencia ecológica: desarrollo sostenible, coches ecológicos, líneas de alimentos ecológicos, etc. Se trata de cambiar la apariencia para que lo esencial del sistema capitalista siga funcionando. Existen otras propuestas más serias y también más radicales como la del decrecimiento que defienden los ecosocialistas. Para ellos, si queremos evitar el colapso, es necesario decrecer, es decir, disminuir drásticamente el consumo. Se trataría, como ha escrito Jorge Riechmann, de sustituir la actitud consumista ante la vida y mirar a la creación como forma de realizarnos: el arte, la poesía, la filosofía… son materias que nos permiten realizarnos personalmente, sin dañar el medio ambiente.

        De no ocurrir este decrecimiento, vaticinan grandes males para la humanidad. Las energías fósiles se agotarán en pocas décadas y no parece que las alternativas estén en condiciones de sustituirlas en estos momentos. La energía se encarecerá progresivamente. Pero hay algo peor, los alimentos básicos escasearán y su precio se multiplicará. Se calcula que en el mundo hay unas 13.000 millones de hectáreas bioproductivas, es decir 1,8 hectáreas por persona. El aumento poblacional -10.000 millones de personas en el 2.060-, unido al cambio climático y a la desertización van a reducir drásticamente la producción provocando hambre y migraciones a gran escala. Las multinacionales lo saben y llevan algunos años comprando miles de hectareas de tierra fértil en África y en Asia. También, escaseará el agua potable de calidad.

Hoy 18 de junio de 2015 el Papa Francisco nos ha sorprendido con la publicación de la encíclica “Laudato si” en la que básicamente alerta de la amenaza que sufre nuestra casa –el planeta Tierra- debido al cambio climático, a la pérdida de la biodiversidad y a la escasez de agua dulce. Con respecto a las soluciones el Pontífice se muestra esperanzado por la capacidad del ser humano para cambiar el rumbo de la historia. Para ello, además de rezar, se hace necesario cambiar el estilo de vida.

Bueno, como se puede observar, la encíclica no aporta absolutamente nada a lo que ya sabíamos. La Iglesia asume como propia la doctrina ecológica, aunque eso sí, con un retraso de casi medio siglo. Pero bueno la Iglesia lleva dos milenios llegando tarde a todos los cambios políticos, económicos, sociales y culturales. En esta ocasión el retraso ha sido de solo medio siglo porque en otras cuestiones se arrepintió o reconoció los errores varios siglos después. Recuérdese que hasta el 12 de enero de 2000, en un documento titulado Memoria y Reconciliación, no pidió perdón por los excesos cometidos en nombre de la Iglesia y de Dios en la conquista y evangelización de las Indias.

Ahora bien, dicho esto, bienvenida sea la encíclica ecológica y el cambio de actitud de una institución siempre tan anquilosada y conservadora como la Iglesia. Solo añadir un par de consideraciones: por un lado me asusta bastante pensar cómo se estará poniendo el panorama para que hasta la Iglesia se haya sumado al movimiento ecológico. Debemos estar en una situación límite. Y por el otro, me parece muy positiva su incorporación pues hasta la fecha parecía que militar en el ecologismo era propio de comunistas, anarquistas o como mínimo de “progres”. La incorporación oficial de la Iglesia a la doctrina ecológica puede significar un empuje hacia adelante de este movimiento. Cuando el Papa habla de cambiar el estilo de vida y volver a la sobriedad está defendiendo sin explicitarlo las posiciones decrecentistas y ecosocialistas. Ideas que debería asumir toda la humanidad si queremos evitar la catástrofe que se avecina en cuatro o cinco décadas.

Y efectivamente como afirma el Pontífice estamos a tiempo de cambiar el mundo. Si los católicos quieren rezar que recen, no hay problema, pero también hay otras sencillas reglas propuestas por Carlos Taibo que pueden ayudar mucho más al necesario cambio: una, recuperar una vida social que, a su juicio, nos ha sido robada, es decir, las relaciones sociales pausadas de nuestros antepasados. Dos, Desplegar fórmulas de ocio creativo, ajenas al consumismo. Tres, redistribución de la carga laboral, trabajo para todos aunque en menos cantidad y una renta básica que nos permitan satisfacer las necesidades no acumular. Es necesario recuperar el espacio público. Cuatro, reducir las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte. Quinto, restaurar la vida local, la autogestión y la democracia directa, poniendo freno a la globalización desbocada. Y sexto, recuperar voluntariamente y a nivel individual la sencillez y la sobriedad de antaño.

En pocas palabras, renta básica, austeridad, reducción del consumo, estímulo de la economía local frente a la global y reciclaje y reutilización. Ésta es la receta y ahora tenemos nada menos que al Papa de nuestra parte. Espero que nunca más me tilden de “progre” o de utópico. ¡Suerte!

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EN BUSCA DE LA PIEDRA FILOSOFAL: LA COMERCIALIZACIÓN DE PLANTAS Y ELIXIRES AMERICANOS (SIGLO XVI)

EN BUSCA DE LA PIEDRA FILOSOFAL: LA COMERCIALIZACIÓN DE PLANTAS Y ELIXIRES AMERICANOS (SIGLO XVI)

Desde el descubrimiento de América el interés y el conocimiento de la herborística experimentaron una verdadera revolución. Los europeos se interesaron por las virtudes médicas de la naturaleza del Nuevo Mundo, intentando extraer licores y elixires mágicos. De la noche a la mañana se rompieron las fronteras de la herborística latina, ampliando enormemente el repertorio de remedios naturales. La obra de Gonzalo Fernández de Oviedo, Historia General y Natural de las Indias, fue pionera en ese sentido, y abrió el camino al excepcional catálogo de plantas medicinales que el médico sevillano Nicolás Monardes publicó en 1565. No tardaron en comercializar algunas de ellas, unas con un fin ornamental y, las más, con un objetivo medicinal. En algunos casos, se atribuyeron propiedades curativas a determinadas plantas –como el tabaco- que después se verificaron inciertas. Otras drogas, como el bálsamo o la cañafístula, sí que poseían un fundamento curativo real.

Probablemente el elixir que más ampliamente se comercializó en la primera mitad del siglo XVI fue el bálsamo. Este licor se extraía del Guaconax o Boní, planta que abundaba en la isla, especialmente en la región de Higüey. Sus propiedades curativas fueron exaltadas como si de un elixir mágico se tratara, pues, no sólo cicatrizaba rápidamente las heridas, sino que calmaba el dolor de estómago, curaba catarros, dolores de hígado, hinchazones, dolor de muelas, etc. Incluso, usado con reiteración, “refresca mucho la complexión humana y no envejecen los hombres”.

Antonio de Villasante o de Villasanta, a mediados de los años veinte, pidió al Emperador la confirmación del monopolio que sobre la explotación del bálsamo le había concedido el segundo Almirante Diego Colón. En 1526 la Corona fijó los derechos de explotación por Villasante: obtendría la décima parte de lo que se sacara siempre que dicha renta no excediese de 200.000 maravedís. Sin embargo, debió parecerle muy poco al asentista por lo que obtuvo una ampliación del privilegio en 1528, aumentando su participación al tercio, y la renta hasta un máximo de 8.000 ducados anuales, unos tres millones de maravedís.

La infraestructura creada por Villasante estaba muy clara: él lo fabricaba en Santo Domingo, consignándolo a dos mercaderes genoveses residentes en Sevilla. Estos se encargaban no sólo de la distribución sino también del marketing. Para ello, realizaban tres acciones: primero, envasaban el producto en vasijas de distintos tamaños, dependiendo de la cantidad solicitada. Segundo, preparaban un impreso a modo de prospecto, que fue redactado por el doctor Morales, médico avecindado en Sevilla, en el que se explicaban tanto sus cualidades como la forma de uso. Y tercero, establecían obligaciones con cirujanos y mercaderes para que lo distribuyesen por los hospitales de Castilla. De hecho, los dos genoveses se concertaron con el maestre Juan de Peralta, cirujano, para que fuese “por Andalucía y otras partes a curar, vender y distribuir” el bálsamo.

En 1530, se aplicó experimentalmente en los siguientes hospitales: Cardenal de Toledo, Cardenal de Sevilla, Rey de Burgos, Santo Domingo de la Calzada, Santiago de Galicia, hospital Real de Granada y en la enfermería del monasterio de Guadalupe. Igualmente hubo médicos en estos años que lo aplicaron con resultados al parecer exitosos, según se desprende de las felicitaciones que Carlos V les remitió. El éxito fue tal que el 4 de abril de 1531 se expidió una nueva Real Cédula para que se enviase una muestra del licor a la propia corte.

En cuanto a cifras concretas sabemos que hasta 1532 Antonio de Villasante consignó al puerto de Sevilla a nombre de los genoveses Benito de Basinana y Franco Leardo 29,5 arrobas de licor puro de bálsamo, cifra a la que habría que unir el que se introdujo ilegalmente que, a juzgar por las numerosas quejas, debió igualar al menos la mencionada cantidad.

El negocio debió resultar rentable durante algunos años, pues, en 1531, se decía que Antonio de Villasante obtenía tan sólo en las cinco tiendas que poseía en Santo Domingo más de 100 pesos de oro anuales. Sin embargo, parece ser que Villasante falleció en algún momento de la década de los treinta, pues, en estos años perdemos totalmente su rastro, y ni sus sucesores ni sus socios continuaron con el negocio. Es posible que la Corona, tras su muerte, eliminara el monopolio, desapareciendo su tráfico comercial al menos como negocio.

Desde ese momento, la cañafístula sería la planta medicinal más ampliamente comercializada. Se trata de un árbol originario de Asia, que luego se extendió hasta Egipto desde donde a su vez se trasplantó a Europa. Podía llegar a alcanzar hasta los diez metros de altura y daba un fruto de pulpa negruzca y dulce. Fue introducida en los primeros años del siglo XVI, aclimatándose de tal manera que pronto se hizo muy abundante en las Antillas y en Centroamérica. Al parecer se utilizaba desde la antigüedad como purgante y laxante, manteniéndose su uso en la Edad Media y en la Moderna.

        En La Española comenzó su explotación comercial en la segunda década del siglo XVI. En 1517 los Jerónimos enviaron una caja de cañafístula al cardenal Cisneros, probablemente para que analizara su utilidad y las posibilidades de explotarla comercialmente. Inmediatamente después, en torno a 1518 o a 1519, cuando la economía de oro estaba prácticamente arruinada y los vecinos buscaban alternativas económicas, pusieron en la cañafístula toda su esperanza sembrando grandes extensiones de arboledas especialmente en la zona de La Vega. Efectivamente, el bachiller Álvaro de Castro, deán de la catedral de Concepción de la Vega, poseía una heredad de 10.000 pies de cañafístula en la que había invertido mucho capital. Sin embargo, estas primeras perspectivas se frustraron por dos razones: primero, por una plaga de hormigas que destruyó una buena parte de estos sembrados. Y segundo, porque el mal estado de la red viaria de la isla, hacía dificultoso su transporte hasta los puertos donde se debía reembarcar con destino al mercado peninsular.

Pese a todo, su explotación continuó pues, dado que todavía no existía una competencia seria de Cuba, Puerto Rico, Jamaica y Centroamérica, el género seguía alcanzando un buen precio de venta en Sevilla. De hecho, entre 1522 y 1523 el quintal se cotizó a 50 ducados por lo que mercaderes, como Pedro de Cifuentes, consiguieron obtener unos beneficios de nada menos que 800 ducados. Poco después era Diego Méndez, alguacil mayor de la isla, el que remitió a Sevilla cierta cantidad de pulpa que, finalmente, por diversos motivos, le fue confiscada.

Sin embargo, la situación tardó poco en cambiar debido a dos problemas: uno, a las crecientes dificultades para encontrar barcos donde fletar la mercancía. Y otro, porque como cada cual enviaba lo que quería y lo vendía como podía había una guerra de precios que terminó perjudicando a los productores. Para colmo, la cañafístula dominicana comenzó a coger fama de ser de mala calidad lo que disminuía aún más su cotización. En 1528 informó la audiencia que seguían analizando con los oficiales reales, con los regidores y con los principales productores, una posible solución para así no dejarla perder como ya se comenzaba a hacer.

El resultado de esas negociaciones y deliberaciones fue el gran pacto suscrito ante escribano público el 7 de mayo de 1529, por el que se estableció su monopolio, lo cual en teoría debía beneficiar a todos los productores. El acuerdo estaba encabezado por el mismísimo presidente de la audiencia, Sebastián Ramírez de Fuenleal, los oidores, los oficiales reales y los regidores del cabildo que, con acuerdo de los principales hacendados, formalizaron una escritura por la que se estableció el estanco de la exportación. Básicamente se establecía que todo el comercio se canalizaría a través de Juan de la Serna, mercader burgalés residente en Santo Domingo, quien a su vez lo enviaría consignado a Sevilla a nombre de Melchor Carrión. Estos factores cobrarían el 6% de los beneficios de su venta. Existía la posibilidad de enviar la producción de la mitad norte de la isla desde Puerto Plata, Puerto Real y La Yaguana, siempre y cuando desde allí se remitiese un detallado registro a Juan de la Serna y se consignase, por supuesto, a Melchor de Carrión. La cañafístula se enviaría en pipas de 2,5 quintales o en vasijas que debían entregar los productores y envasar el factor de Santo Domingo, vendiéndose toda ella al precio de 6.000 maravedís el quintal. Se preveía también que se incorporasen al monopolio los productores de San Juan, Cuba y Jamaica, quienes deberían remitir el producto desde sus respectivas islas al citado mercader afincado en Sevilla. Los beneficios, descontado el porcentaje de los dos mercaderes, se invertiría en productos europeos de los que tanta necesidad había en las Antillas, es decir: vinos, harinas, aceite, jabón y productos textiles. Ahora bien, aquel productor que reclamase el dinero de la venta de su cañafístula lo podía solicitar a Melchor Carrión, como de hecho ocurrió en varias ocasiones. El acuerdo se pregonó por Francisco de Roa tanto en la iglesia mayor, el domingo nueve de mayo de 1529, como en la plaza mayor, trece días después.

A finales de ese año de 1529 ya estaba funcionando el monopolio, pues, Francisco de Jerez, mercader sevillano, esperaba recibir veinte quintales de cañafístola que vendrían consignadas desde Santo Domingo a nombre de Melchor de Carrión. El hecho de formalizarse un traslado de la escritura en Sevilla el 4 de abril de 1531 nos está indicando su uso por parte del interesado. El 10 de diciembre de 1532 se compelió a un tal Juan Sánchez de las Perlas a que pagase a Melchor de Carrión el valor de 80 quintales del producto que le había vendido. Nuevamente, en 1533, encontramos al citado Carrión vendiendo el producto en Sevilla y manteniendo algunos pleitos por la cobranza de distintos quintales vendidos. Sin embargo, todo parece indicar que el monopolio no funcionó correctamente por lo que apenas tuvo repercusiones económicas de significación. Álvaro Caballero, contador de La Española, atribuyó este fracaso a tres causas: primero, a la pronta marcha de su patrocinador el licenciado Sebastián Ramírez de Fuenleal, nombrado presidente de la audiencia de Nueva España el 11 de abril de 1530. Segundo, al hecho de que algunos no respetaron el monopolio y comercializaron por cuenta propia su producción. Y tercero, al bajo precio en que se fijó su venta, exactamente 16 ducados el quintal cuando, según Álvaro Caballero, cuando se traía de Alejandría se vendía a 35 o 40 ducados el quintal. Pero había dos causas más que no citó el contador: una, los altos fletes que se pagaban por su embarque, según denunció en 1545 el cabildo de Santo Domingo. Y otra, la fuerte oposición mostrada por los mercaderes sevillanos que veían con malos ojos un monopolio que sólo beneficiaba a los productores dominicanos, en detrimento de sus intereses. Lo cierto es que, antes de la formalización de la compañía, el bajo precio tenía arruinado el negocio y, tras el breve paréntesis monopolístico, en el que las cosas no fueron mucho mejor, volvió a hundirse su comercio, por los altos fletes y por los bajos precios a los que se cotizaba el quintal, ¡a un ridículo peso de oro! Y es que, en torno a 1540, su precio de venta era una décima parte de la cotización que alcanzó dos décadas antes.

Por todo ello, en 1541, Álvaro Caballero, contador de la isla, solicitó la renovación de la antigua compañía por seis años, pues si no se remedia en breve tiempo no habrá arboleda alguna de la dicha cañafístula. No obstante, no parece que dicha petición tuviese efecto porque, en adelante, la venta de la cañafístula se practicó libremente por productores y comerciantes. De hecho, en 1542, se estableció una compañía por la cual Francisco Beltrán enviaría el citado fruto al mercader Juan Rodríguez para que lo vendiese en la ciudad del Guadalquivir.

Hacia 1561 se produjo un nuevo intento de las autoridades locales de renovar el monopolio. Todo el producto de la isla y el de Jamaica, Puerto Rico y Cuba se debía mandar a Santo Domingo desde donde se remitiría a un factor en Sevilla. No obstante, desconocemos totalmente el alcance y los resultados de este nuevo estanco.

Entre 1568 y 1596 se registraron en Sevilla 3.865 quintales de cañafístula, un 39,24% procedente de La Española. El monto global de las exportaciones fue relativamente modesto. Suponiendo que se hubiesen vendido a 6.000 maravedís el quintal, precio en el que se mantuvo durante buena parte del siglo XVI, produjeron unos beneficios brutos de unos 62.000 ducados, de los que unos 24.000 pertenecían a productores dominicanos. Descontados los gastos de su elaboración, fletes, comercialización e impuestos, tendríamos unos beneficios anuales para la isla de menos de 500 ducados anuales. A juzgar por estos datos parece claro que la cañafístula pudo suponer un complemento económico para la precaria economía de la isla pero desde luego su rentabilidad fue muy inferior a otros productos como el azúcar o el cuero. No obstante, más allá de su rentabilidad económica, esta planta medicinal junto a otras que también se comercializaron, dieron una merecida fama a la isla de ser un auténtico vergel botánico.

En cuanto al jengibre, era una planta de origen oriental que se introdujo en la isla en el segundo cuarto del siglo XVI, pues ya en una carta del cabildo de Santo Domingo, fechada en 1533 se hablaba de este cultivo. Se le atribuían cualidades para aliviar los dolores de estómago además de utilizarse como especia en la cocina. En 1538, se firmó un asiento con Juan de Oribe para cultivar en exclusiva en La Española, y otras islas y Tierra Firme, jengibre, pimienta, malagueta, clavo, canela, nuez moscada y otras especias. A cambio, de tributar la mitad de los beneficios, el Emperador se comprometía a no permitir la entrada de especias desde fuera del Imperio. Desconocemos, si este asiento llegó a tener consecuencias prácticas. Probablemente el silencio de la documentación posterior nos esté indicando un fracaso prematuro. Lo cierto es que su explotación no adquirió un carácter intensivo hasta los años setenta. Ya en 1572 la audiencia informó que, pese a que era un cultivo muy apto para aquellos territorios, los vecinos no se empleaban en ello porque la competencia del género procedente de otros reinos había provocado que “no tuviese salida”. Las circunstancias debieron mejorar cuando, pocos años después, algunos vecinos de la isla, como los hermanos Rodrigo y Hernando Peláez, naturales ambos de Martos (Jaén) y Juan Sánchez Bueno, se dedicaron de lleno a dicho cultivo. En octubre de 1578 el guardián del convento de San Francisco recibió una caja con azúcar y jengibre dominicano que pesó 22 arrobas y cinco libras y que trajo a Sevilla un navío de que fue maestre Antonio Beloso. Había algunas compañías dedicadas a su exportación; así por ejemplo, Diego de Monroy, clérigo, natural de Zafra y residente por esos años en Santo Domingo, se dedicaba al envío de jengibre consignado al doctor Simón de Tovar, residente en Sevilla. En la última década del siglo también funcionaba una compañía entre Jerónimo Pedrálvarez, vecino de Santo Domingo y Pedro Díaz de Abreu, mercader residente en Sevilla. El primero mandaba jengibre y dinero en efectivo al segundo y éste enviaba pipas y botijas de vino.

Una buena parte del jengibre que llegó a Sevilla entre 1576 y 1597 procedía de La Española, mientras que el resto era de Puerto Rico y de Cuba. Concretamente, del jengibre que conocemos su origen, el 79,26% era dominicano, por lo que aplicando ese porcentaje a la suma total obtenemos que en el último cuarto del siglo XVI llegaron procedentes de la isla más de 28.364 quintales, a una media de 1.350 quintales anuales. Una cantidad nada despreciable, teniendo en cuenta que en 1584 se pagaba la libra de jengibre entre 48 y 52 maravedís. Y es que esta especia representó en los años 80 más del 40 % del valor de todas las exportaciones registradas en Sevilla, solo por detrás de los cueros vacunos. Los propios cultivadores dominicanos tasaron en 1580 el valor anual de la cosecha de jengibre en torno a los 200.000 ducados. Sin embargo, pese a su explotación masiva, a corto y medio plazo padeció los mismos problemas que el resto de las producciones agropecuarias de la isla, a saber:

Primero, los fletes, pues la cargazón no sólo era cara sino que había un desfase entre la fecha de la recolección y la del envío. Al parecer, los barcos debían estar en La Habana cargados a lo largo del mes de abril o a principios de mayo. Sin embargo, dado que la cosecha no quedaba preparada hasta finales de mayo debían embarcar en abril la producción del año anterior, ya deteriorada por el transcurso de los meses.

Y segundo, el precio de venta del género experimentó un progresivo descenso, básicamente por el aumento de la oferta. Así, en 1587 y 1588 se estimaba que se pagaba a un precio tres veces inferior al que alcanzó a comienzos de esa década. Por estos dos motivos su cultivo redujo ostensiblemente el margen de beneficio de los productores dominicanos. En reiteradas ocasiones, el cabildo de Santo Domingo pidió que, dado que fue en esta isla donde se sembró por primera vez, se prohibiese su cultivo en cualquier otro territorio. El celo monopolístico de los productores de Santo Domingo, les llevó incluso a prohibir su cultivo en el obispado de Concepción de la Vega, lo que provocó, con razón, protestas de los vegueros. Lo cierto, es que la Corona no aceptó semejante monopolio que a fin de cuentas sólo beneficiaba a los productores dominicanos. Todos estos problemas hicieron que el cultivo terminara a medio plazo colapsado. Todavía en el censo de 1606 se contabilizaron nada menos que 85 propietarios de estancias de jengibre en Santo Domingo, sin embargo, tres décadas después había dejado de ser uno de los artículos de la exportación dominicana.

Mucha menos importancia tuvo el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que entonces se valoraba más por sus supuestos beneficios para la salud. Al parecer, los indios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis, mientras que su resina se utilizaba como sudorífico. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente las virtudes del Guayacán para remediar la sífilis que por aquel entonces azotaba Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades.

La explotación continuó en los años sucesivos, pues, entre 1561 y 1596 se remitieron otros 13.092 quintales de los que el 87% procedía de La Española y Cuba. Incluso, algún cargamento se reexportó fuera de España. Así, el 22 de junio de 1581, Nicolás Lambertengo y Rigardo Siardo, mercaderes lombardos, remitieron para su venta en Venecia 102 quintales de palo de guayacán así como tres cajas de cortezas del mismo árbol, con un peso de 42 arrobas, por un valor de 164.197 maravedís. Sin embargo, esta exportación fue excepcional, y a juzgar por las cifras globales, no parece que el guayacán jugara un papel significativo dentro de la economía de la isla.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

 

LORENZO SANZ, Eufemio: “La producción y el comercio de las plantas medicinales, alimenticias, maderas preciosas, cueros vacunos y productos diversos recibidos de Indias en el reinado de Felipe II”, Boletín Americanista. Barcelona, 1978.

 

-------- Comercio de España con América en la época de Felipe II, T. I. Valladolid, Institución Cultural Simancas, 1986.

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Sanidad e instituciones hospitalarias en las Antillas (1492-1550)”, Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, Col. XLVI. Madrid, 1994.

 

--------- La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

VILCABAMBA LA VIEJA, EL SUEÑO DEL ÚLTIMO REDUCTO INCA

VILCABAMBA LA VIEJA, EL SUEÑO DEL  ÚLTIMO REDUCTO INCA

El último bastión de resistencia incaica se concentró en la zona de Vilcabamba, situada en el Antisuyu, concretamente en los andes orientales, junto al barranco de Urubamba. No era exactamente un núcleo urbano sino un conjunto de construcciones más o menos dispersas unas de otras, cuyo centro principal era Vitcos. La elección no fue casual, primero porque era un lugar sagrado de los Incas y, segundo, porque estaba en una zona bastante inaccesible para los europeos. Se trataba de un territorio muy diferente al andino, de clima tropical, se adaptaron sin demasiada dificultad, reimplantando su microcosmos y su antigua forma de vida. No faltó una soterrada resistencia, bajo la forma de mitos milenaristas que proponían la vuelta a un pasado que ahora sí, se recordaba como idílico. La zona estaba escasamente incaizada pero las tribus del entorno, los pilcosuni, manari y optari, mantuvieron la sumisión que tenían desde la era prehispánica.

La situación ya no era ofensiva sino meramente defensiva, un último intento por salvar su mundo. De vez en cuando los rebeldes organizaban pequeñas razias no solo contra los hispanos sino también contra los indios de paz. El propio Hernando Pizarro escribía, en 1541, que los alzados quedaron cansados y amedrentados y que el Inca, aunque no se había reducido al servicio real, tenía poca gente, aunque los curacas de la tierra lo ayudaban secretamente. Sea como fuere, lo cierto es que allí mantuvo vivo el espíritu y la religión incaica, exhortando continuamente a los suyos a que renegasen del cristianismo. La pervivencia del incario se prolongó de esta forma hasta la captura del último inca, Túpac Amaru en 1572 y su posterior decapitación por orden del virrey Toledo. A partir de este año desapareció virtualmente, aunque la resistencia continuase a través de otros cauces, como el sincretismo religioso.

Manco Cápac estuvo al frente de los alzados hasta finales de 1544 o principios de 1545, en que fue traicionado por un grupo de siete españoles que se hicieron pasar por amigos y lo hirieron gravemente por la espalda, sin darle tiempo a reaccionar. Al parecer, el autor material de los hechos fue Diego Méndez de Sotomayor, lo que provocó la ira de los naturales. Fueron perseguidos por los naturales, quienes les dieron alcance y los asesinaron. Poco antes de morir, con poco más de 30 años de edad, tuvo tiempo de encomendar a sus hijos que prosiguiesen la guerra y que jamás se fiasen de los hispanos.

Su sucesor, Sayri Túpac, hijo de Manco, tenía diez años cuando murió su progenitor, por lo que gobernó provisionalmente un tío suyo. Alcanzada la mayoría de edad, reinó en Vilcabamba, firmando un pacto con los españoles para convivir en paz, favorecido por la imposibilidad de estos de lanzar un ataque definitivo contra el último reducto inca. Fue un período de hispanización, pues fueron incorporando algunos avances técnicos de los europeos, como armas de acero, utensilios de labranza y ganado europeo. En los años finales de su vida, invitado por los españoles, abandonó Vitcos, la capital de Vilcabamba, para irse a vivir a un vasto señorío que le fue concedido en Yucay. Pero los vilcabambinos interpretaron que se trataba de una renuncia al trono por lo que la mascapaicha pasó a su hermano Titu Cusi Yupanqui. El hispanizado Sayri Túpac murió repentinamente en 1561, se sospecha que envenenado por el cañarí Francisco Chilche, curaca de Yucay y enemigo confeso de los incas.

Tito Cusi Yupanqui, hijo ilegítimo de Manco Cápac, fue designado como Inca por la minoría de edad del vástago legítimo, Túpac Amaru, porque éste era menor de edad. Como ya hemos comentado, a diferencia de las dinastías europeas, los incas daban poca importancia a la legitimidad y a la primogenitura y en cambio valoraban mucho más la capacidad. Tito Cusi fue elegido porque dada la minoría de edad de Túpac Amaru, era el más capaz y no por el hecho de ser el primogénito.

El nuevo Inca, reactivó la lucha, realizando incursiones hasta las encomiendas de los ríos Urubamba y Apurímac. La situación alarmó al virrey conde de Nieva, quien volvió a entablar conversaciones con el Inca para buscar una salida diplomática. Sin embargo, nunca aceptó, por lo que tras la muerte del virrey en 1564 su sucesor, el licenciado Lope García de Castro, comenzó una ofensiva militar, al tiempo que reiteraba su oferta de paz. Consciente el Inca de que era imposible frenar al ejército virreinal decidió llegar a un acuerdo. Finalmente, el 14 de octubre de 1566 se alcanzó un acuerdo en Acobamba, por el que el Inca reconocía la superioridad del virrey, a cambio de la coexistencia pacífica de Vilcabamba y de la apertura de sus fronteras a la entrada de misioneros. Este acuerdo fue en realidad la perdición para la soñada ciudad de Vilcabamba. La entrada de los misiones, llegados en 1568, terminaron por desenmascarar el mito de aquel bastión teóricamente inexpugnable. Los religiosos informaron que en realidad era un pequeño poblacho sin más defensas que unos pocos hombres y su aislamiento geográfico, es decir, una cordillera nevada y dos ríos caudalosos, el Urubamba y el Apurímac. Desde ese mismo momento, su caída era cuestión de tiempo. En 1570 un minero, llamado Romero, encontró una mina de oro en Vilcabamba y, cuando se supo que había encontrado una mina de oro, fue decapitado inmediatamente por orden del Inca. Según el agustino Antonio de la Calancha, lo hizo por temor a que la noticia despertase la codicia de los hispanos e invadiesen Vilcabamba. Fue el único español asesinado por orden directa del Inca, pero estaba acertado en su percepción, si se difundía que en Vilcabamba había oro, todo estaría perdido.

En junio de 1571 falleció el Inca de muerte natural, sucediéndole un hermano de padre, Túpac Amaru, quien se vio obligado a proseguir la guerra, por las presiones continuas de los hispanos. La llegada del nuevo virrey Francisco de Toledo a finales de 1569 había cambiado sustancialmente las cosas, sobre todo porque éste estaba decidido a acabar con el último reducto inca, por muy pacífico que fuese. La ruptura diplomática fue inevitable, abocando al conflicto a una solución militar. Obviamente, el enfrentamiento entre el virrey Francisco de Toledo y el Inca Túpac Amaru era tremendamente desigual y lo racional era que Goliat acabase con David como de hecho ocurrió. Pero, el enfrentamiento no lo provocó el nuevo Inca, pues cuando éste accedió a la mascapaicha ya el virrey Toledo había recibido instrucciones muy precisas para acabar definitivamente con el reino de Vilcabamba. Siguiendo dichas instrucciones el eficiente virrey envió un gran ejército a las órdenes del capitán Martín Hurtado de Arbieto que se dirigió a la selva en busca de la capital incaica. Sus ejércitos no era gran cosa, poco más de medio millar de hombres, incluyendo a 250 españoles y 273 indígenas, pero más que suficientes para acabar con el pequeño reducto incaico.

Túpac Amaru ordenó la guerra sin cuartel a todos sus hombres, realizando una defensa tan heroica como suicida de su territorio. Para evitar la huida, los hispanos plantearon un ataque simultáneo por tres sitios diferentes: Luis de Toledo Pimentel atacaría desde el puente de Osambre, el capitán Gaspar de Sotelo por el puente de Lacco y el grueso de las tropas, al mando del propio Hurtado de Arbieto por el puente principal de Chuquichaca.

Pero evidentemente, la contienda estaba perdida de antemano, porque en Vilcabamba no existía nada parecido a un ejército. Varios centenares de nativos, dirigidos por el Inca y por sus capitanes Aucaylli y Quispe Yupanqui, que ni siquiera se molestaron en destruir los puentes, a sabiendas de que la acometida era imparable. Inicialmente, las tropas hispanas al mando de Martín García de Loyola fueron rechazadas en una escaramuza de Cayaochaca. Sin embargo, los hispanos no tardaron en reorganizarse y contratacar, pasando sin oposición por el desfiladero de Chuquisaca, el único sitio donde todavía era posible frenar a los españoles. Vilcabamba estaba perdida desde ese mismo instante. El 24 de junio de 1572, lo que quedaba de la ciudad fue ocupado, porque poco antes, el Inca había incendiado los palacios y los depósitos de alimentos. En un desesperado intento por salvar su vida, se internó en la selva con un grupo de leales, en territorio de los manaríes, quienes colaboraron con los hispanos, indicándoles por dónde habían huido. Una vez más, en el último aliento de la resistencia incaica, se volvió a demostrar la clave del fracaso: la división interna, pues nunca llegó a existir ni remotamente una conciencia de indianidad.

Perseguido por el capitán Martín García de Loyola, fue finalmente capturado, junto a varios de sus caudillos, su mujer y el más pequeño de sus hijos. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo del sol, fueron llevados a Cusco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Tras un juicio breve y sumarísimo, en el que se le acusó de atacar el Perú y de tolerar prácticas paganas, el 1 de octubre de 1572 fue ejecutado, en la plaza pública. Obviamente, el lugar elegido fue el más público posible, ante cientos de llorosos indios que lo seguían teniendo por su señor. Cuentan las crónicas, que el joven Inca, de tan sólo 28 años, nunca perdió su altivez y asumió con gran entereza su inminente ejecución. También fueron ejecutados sus principales capitanes, mientras que a una buena parte de su familia se le perdonó la vida a cambio de que abandonasen el Perú. Efectivamente, las autoridades virreinales estimaron que era necesario acabar con todos los descendientes del linaje Real incaico por lo que, el 4 de octubre de 1572 se insistió en la necesidad de que se sacase a todos ellos del Perú. Llegados a este punto debemos dar respuesta a una pregunta: ¿estos asesinatos de miembros de la realeza indígena respondieron realmente a una política sistemática y premeditada? Sin duda alguna, y Las Casas en este sentido no puede ser más claro, cuando afirmó que la intención de los españoles era que no quedase señor en toda la tierra. Era necesario hacer desaparecer a sus legítimos gobernantes para a continuación colocar en su lugar a un nuevo líder ya deudo y tributario de los españoles. Los regicidios de Anacaona, Moctezuma, Atahualpa y Túpac Amaru no son más que la punta del iceberg de una eliminación premeditada de reyes, caciques y curacas a lo largo y ancho de toda la geografía americana.

El orden inca desaparecía definitivamente. Vilcabamba, el casi legendario reducto inca, se mantuvo unos años ocupado por una pequeña guarnición española pero después fue abandonado y la vegetación la ocultó hasta su descubrimiento en el siglo pasado. Pero sigue habiendo una cuestión pendiente: ¿con la caída de Vilcabamba acabó la resistencia incaica? No, ya en el siglo XVIII se van a suceder una serie de levantamientos indígenas como los de Túpac Amaru, primero, y la de Tomás Catari después que acabaron fracasando por la negativa de la oligarquía criolla a sumarse a una revolución que consideraban ajena. Ahora bien, aunque la resistencia continuó hasta el siglo XX y hasta el XXI parece obvio que han fracasado una y otra vez en su intento de recuperar el poder. Los vencedores y los vencidos no han variado desde la Conquista, de ahí que llevemos ya cinco siglos de dominio blanco en el Perú. Ocurrió lo que en la historia real siempre ocurre, que Goliat acabó con David.

 

PARA SABER MÁS:

 

LEE, Vicent R.: “Forgotten Vilcabamba”. Wyoming, Empire-Sixpac, 2000.

 

PARDO, Luis: “El imperio de Vilcabamba: el reinado de los cuatro últimos incas”. Cusco, Editorial Garcilaso, 1972.

 

REGALADO DE HURTADO, Liliana: “Religión y evangelización en Vilcabamba 1572-1602”. Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, 1992.

 

WACHTEL, Nathan: “Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530-1570)”. Madrid, Alianza Universidad, 1976.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA EXCLUSIÓN DE LOS ARAGONESES DE LA EMIGRACIÓN A LAS INDIAS: TEORÍA Y PRAXIS

LA EXCLUSIÓN DE LOS ARAGONESES DE LA  EMIGRACIÓN A LAS INDIAS: TEORÍA Y PRAXIS

No ha aparecido ningún documento oficial en el que se prohibiese la entrada de aragoneses, muy a pesar de que Antonio de Herrera creyó en su existencia. Sin embargo, pensamos que tal documento no se expidió expresamente, al darse por supuesta que las Indias eran propiedad exclusiva de la Corona de Castilla, de la misma manera que tampoco han aparecido en los primeros momentos de la colonización reales cédulas vedando la entrada de genoveses o de ingleses y, sin embargo, les estuvo igualmente prohibida. Además, la presencia de aragoneses desde los primeros años de la colonización, tanto en el Continente americano, como involucrados en la empresa americana desde España -recuérdense nombres como el de Juan Cabrero, Juan de Coloma o Pedro de Margarit- no refuta, en absoluto, el planteamiento que nosotros sostenemos. Primero, porque el hecho de que oficialmente estuviesen excluidos no significa que de hecho no pasasen al igual que en los primeros tiempos encontramos multitud de genoveses o portugueses pese a que no les estaba permitido el paso. Y Segundo, pensamos de acuerdo con Juan José Andreu, que en general no hubo una intención de impedir el paso de aquellos aragoneses que puntualmente mostrasen su interés por viajar a las Indias siempre y cuando aceptasen y se integrasen dentro de la normativa castellana.

Tampoco estamos totalmente de acuerdo con el cronista Fernández de Oviedo cuando afirmó que los privilegios de los súbditos de la Corona de Castilla acabaron cuando la Reina Isabel la Católica falleció en 1504. Sin embargo, en el propio testamento de la Reina se decía lo siguiente:

 

        “Por cuanto las Islas y Tierra Firme del Mar Océano e islas de Canaria fueron descubiertas y conquistadas a costa de estos mis Reinos y con los naturales de ellos, y por esto es razón que el trato y provecho de ellas se haya y trate y negocie de estos mis Reinos de Castilla y de León y en ellos y a ellos venga todo lo que de ellas se trajere: por ende ordeno y mando que así se cumpla así en las que hasta aquí sean descubiertas como en las que se descubrirán de aquí adelante en otra parte alguna”.

 

Estaba claro a tenor de lo dictado por la Reina en su testamento que los privilegios de los castellanos no se acababan con su muerte. Por desgracia, una de las escasas licencias con las que contamos se otorgó dos meses antes de morir la Reina Isabel de Castilla, es decir, en septiembre de 1504, por lo que no es demasiado útil, aunque confirma que al menos hasta 1504 sí que estuvo cerrado el tráfico a los aragoneses. En este documento regio se le otorgó permiso al aragonés Juan Sánchez para ir a la Española a comerciar, pese a “no ser de estos reinos”. Para nosotros la prohibición al paso de aragoneses estuvo vigente hasta el 10 de noviembre de 1525, fecha en la que se expidió una Real Cédula en la que se reconoció que hasta ese justo momento la legislación sólo había permitido ir a las Indias a los castellanos, ordenando asimismo un aperturismo para que los vecinos de otros reinos pudiesen ir a las Indias como lo hacían los propios vasallos de Castilla. Dado el interés del texto lo reproducimos a continuación:

 

Y consultado fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos en la dicha razón e nos tuvímoslo por bien, por lo cual damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la forma y manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León, con tanto que los que son súbditos, solamente por la razón del Imperio, y no de patrimonio, puedan ir a poblar y tratar siendo casados y llevando sus mujeres allá o casándose dentro de un año que allá llegare o dar seguridad de estar y permanecer en las dichas Indias diez años...".

 

Al año siguiente fue ratificada esta apertura a los súbditos del Imperio por una Real Cédula dirigida a prelados, Condes, Marqueses, etcétera y que por su importancia la transcribimos parcialmente en las líneas siguientes:

 

Damos licencia y facultad a todos los nuestros súbditos y naturales de todos los nuestros reinos y señoríos y así mismo a todos los súbditos y naturales del Imperio, así genoveses como todos los otros para que puedan pasar a las dichas Indias y estar y contratar en ellas según y de la manera y con las condiciones que lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos y Señoríos de Castilla y León...”

 

El término de "súbditos patrimoniales" al que se alude en la Real Cédula de 1525, parece referirse a los vasallos del reino de Aragón, que desde este mismo momento  y no antes  tuvieron permiso para emigrar a las Indias y establecerse allí como lo hacían los súbditos de Castilla y León. No obstante, la igualdad no fue total, pues, cuando se trataba de "mercadear" o de viajar como maestres debían continuar solicitando una licencia especial, como hizo el valenciano Francisco Picón, el cual recibió expresa autorización, en 1526, para ir “con nuestros navíos a las nuestras Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano o a cualquier parte de ellas a contratar y rescatar y mercadear como lo hacen y pueden hacer los naturales de estos nuestros Reinos de Castilla, sin vos poner en ello embargo ni impedimento alguno...” Este texto indica claramente que, aún después de 1525, la libertad de los súbditos de Aragón no fue igual a la de los castellanos, perviviendo además varias décadas, dado que, en 1538, encontramos de nuevo otra licencia de estas características otorgada a un tal Miguel Raguso, natural de Cataluña, para ir libremente por maestre a las Indias “a causa de estar por nos mandado que ningún extranjero de estos reinos pase por maestre a las dichas nuestras Indias...”

        Todavía, en 1536, se notaban ciertos recelos de los castellanos hacia los aragoneses, según se deduce de un hecho ocurrido en Tierra Firme, cuando los castellanos se levantaron contra la tiranía de un capitán aragonés. Este suceso lo describió el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo con gran agudeza, como se puede observar en las líneas siguientes:

 

Y que no querían ser mandados de un aragonés. Y a este propósito había otras palabras mal dichas y desacatadas; porque los soldados de cuan grande o pequeña calidad que sean, no han de dejar de obedecer al capitán que el Príncipe y su Rey y Señor natural les daba, porque sea aragonés, ni escocés, ni de otra cualquiera nación...”

 

En definitiva, los aragoneses aunque presentes de hecho en las Indias desde prácticamente su descubrimiento, legalmente nunca gozaron de los mismos privilegios que los castellanos y leoneses, “como quiera  dice Fernández de Oviedo  que aquellos fueron los que las Indias descubrieron; y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos o vasallos del patrimonio real del Rey Católico...”

Con el paso de los años el paso de los súbditos del reino de Aragón se normalizó totalmente equiparándose en privilegios a los naturales de Castilla. Así, en 1568 en los capítulos que se expidieron para la reforma de la Carrera de Indias se afirmó que muchos extranjeros pasaban libremente a las Indias “diciendo que son gallegos y otros diciendo que son catalanes...” Por ello está claro que cuando en las Cortes de Monzón de 1595 se estableció definitivamente la total igualdad entre los castellanos y los aragoneses en el paso a las Indias ya era un hecho consumado desde hacía varias décadas.

A continuación vamos a intentar dar una explicación a los motivos que llevaron a los Reyes Católicos a incorporar los nuevos reinos descubiertos al otro lado del Atlántico exclusivamente a la Corona de Castilla. Realmente, la controversia en torno a si los aragoneses, en los primeros momentos del Descubrimiento, podían beneficiarse de las riquezas del Nuevo Mundo en igualdad de condiciones con los castellanos es muy antigua, remontándose a los primeros años del periodo colonial, y llegando la discusión historiográfica, incluso, a nuestros días.

En el mismo siglo XVI Antonio de Herrera y Gonzalo Fernández de Oviedo sostuvieron que las nuevas tierras descubiertas tan sólo se incorporaron al Reino de Castilla, alegando que fueron ellos y no los aragoneses quienes las descubrieron, y haciendo llegar esta situación hasta la muerte de Isabel de Castilla, en 1504. En abierta contradicción con esta postura, Veitia Linaje y Antúnez y Acevedo sostuvieron la igualdad de ambas Coronas en relación al Nuevo Mundo desde el primer momento de la colonización.

En la actualidad, y como hemos afirmado en líneas anteriores, la historiografía tampoco ha llegado a un acuerdo definitivo, pues, mientras para Juan Manzano tan sólo se incorporó a Castilla, con el fin de eludir el ordenamiento normativo aragonés, sus fueros y su sistema pactista, para Demetrio Ramos, la exclusión fue sólo aparente sin mostrar en ningún momento una intención real de apartarlos de la emigración a las Indias.

Para nosotros la exclusión se debió, de acuerdo con Manzano, a un intento de los monarcas de evitar el sistema pactista aragonés y en definitiva los privilegios que mermaban el poder de la realeza. No en vano algo parecido había ocurrido años antes con la conquista de Navarra que se incorporó a Castilla en vez de a Aragón con el expreso fin, según el padre Mariana, de que no se “aprovechasen de las libertades de los naturales de este último reino, muy odiosas siempre a los reyes de todas las épocas...” Evidentemente con la incorporación de los reinos indianos a Castilla se evitó la implantación en esos territorios de los fueros de Aragón, y de todas las limitaciones para la autoridad real que eso hubiera conllevado.

En general y como veremos en las páginas posteriores la exclusión se extendió a todos el reino de Aragón, incluyendo, pues, a Cataluña, Valencia y Mallorca. En realidad, no hubo causas específicas como se han pretendido buscar para excluir a estas otras regiones sino que simplemente como territorios vinculados a la Corona de Aragón quedaron también sometidos a la exclusión.

Pese a que, como hemos afirmado en líneas precedentes, fueron los castellanos los que gozaron del privilegio legal para aprovecharse de las riquezas que ofrecía el Nuevo Mundo, lo cierto es que desde el mismo Descubrimiento se produjo un goteo constante de extranjeros que llegaron a América. Estos extranjeros consiguieron llegar a las Indias, bien a través de las numerosas licencias reales que se concedieron -como las de Leonardo Rotulor de Bravante, Nicolás Grimaldo, Jácome de Brujas, Dirit de Bruselas, etcétera-, o bien, a través de infiltraciones ilegales, las cuales, como ya hemos mencionado en páginas anteriores, alcanzaron grandes proporciones.

        Así, pues, pese a la ya citada legislación prohibitiva hubo muchos resquicios y momentos concretos en los que los jurídica- mente excluidos pudieron pasar al otro lado del océano sin excesivas dificultades. Esto se justifica principalmente en el alto porcentaje de emigración ilícita que consiguió llegar a las Indias, sin registrarse en la Casa de la Contratación, que para unos autores, fue del 15 o el 20 por ciento del total, mientras que para otros se cifró entre el tercio y el cuarto del contingente total de emigrados. El mismo Padre las Casas se hizo eco en su Historia de las Indias, del abundante tráfico humano que sin licencia pasaba al Nuevo Mundo, solicitando, incluso, en un escrito al Monarca, fechado en 1542, que para remediar esta situación se pregonase a los pilotos y maestres que "ninguno fuese osado de llevar hombre secretamente, so grandes penas".

Esta emigración ilegal en esta primera mitad del siglo XVI fue imposible de evitar, hecho que fue reconocido, en 1546, por la propia Corona al notificar a los oficiales de la Casa de la Contratación que vigilasen especialmente a aquellos que viajaban a las Canarias “pues so color de decir que van a Canarias se pasan a las Indias”.

Pero además de este tráfico ilegal había otras circunstancias que favorecían la migración de estos contingentes teóricamente excluidos ya que las necesidades periódicas de pobladores que padecían las colonias se traducían en un aperturismo mayor y en un menor control por parte de la Casa de la Contratación de Sevilla. Así, sabemos que, en 1511, se ordenó a los oficiales de Sevilla que no fuesen severos en el control y examen de los que iban al Nuevo Mundo, pues, “a causa de los grandes requisitos que se les piden muchos dejan de pasar, existiendo gran necesidad de ellos en las colonias”. Posteriormente, y más concretamente entre 1528 y 1531, se volvió a dar una licencia casi general para la emigración a las Indias, sin duda, con la intención de acelerar el poblamiento de los nuevos territorios descubiertos.

Igualmente, la sociedad indiana al ser mucho más relajada que la española provocó que América se convirtiera en una auténtica válvula de escape para muchos grupos marginados y perseguidos. En este sentido, contamos con correspondencia de la década de los treinta y de los cuarenta en la que se afirmaba que sería muy perjudicial tanto castigar el amancebamiento como obligar a los vecinos a permanecer en un lugar concreto, pues, “parece que una de las principales cosas que la pueblan (se refiere a La Española) es la libertad...”

Por todos los motivos mencionados podemos decir que desde los primeros momentos encontramos a numerosos aragoneses vinculados a la empresa indiana. Incluso algunos de ellos de una gran influencia como Pedro de Margarit, que fue en el segundo viaje del primer Almirante, el ya mencionado fray Bernardo Boyl o el obispo fray Julián Garcés O.P. Estaba claro que, en primer lugar, América necesitaba pobladores y para ello se abrió frecuentemente la mano no sólo a aragoneses sino a genoveses, portugueses, florentinos, etc. Y en segundo lugar, porque como ya hemos afirmado a la Corona no le importaba el paso de aragoneses individuales a las Indias sino sobre todo que aceptasen la legislación castellana en esos nuevos territorios. En los registros de la Casa de la Contratación que están siendo publicados aún en la actualidad se encuentran asentados algunos de los aragoneses que cruzaron el atlántico. Su reducido número no debemos explicarlo tanto en las trabas legales que nunca fueron un impedimento serio sino más bien al escaso interés en esos primeros tiempos del aragonés por el Nuevo Mundo. Así, se explica además la nula oposición presentada en el Reino de Aragón a su teórica exclusión de los beneficios que el Nuevo Mundo podría reportar.

 

 

PARA SABER MÁS

 

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Adolfo L. y Esteban MIRA CABALLOS: “Legislación en torno a la emigración de aragoneses a América en el siglo XVI”, Actas del VII Congreso Internacional de Historia de América. Zaragoza, 1998, pp. 391-398.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

¿QUÉ PASABA SI UN ESCLAVO SE LLEVABA MAL CON SU DUEÑO? UN DRAMÁTICO CASO EN VILLALBA DE LOS BARROS (1762)

¿QUÉ PASABA SI UN ESCLAVO SE LLEVABA MAL CON SU DUEÑO? UN DRAMÁTICO CASO EN VILLALBA DE LOS BARROS (1762)

        En teoría estos esclavos tuvieron el status de cosas, siendo vendidos en los mismos mercados y ferias donde con frecuencia se hacían las transacciones ganaderas. Algunas cartas de compraventa chocan especialmente por la naturalidad con que se hacían las transacciones. Así el 6 de mayo de 1540 se formalizó una carta de trueque en Baza (Granada) de un esclavo por un asno (Asenjo Sedano, 1997: 98).

        Obviamente a nadie le debe sorprender que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad, tratando a los esclavos como a animales o simplemente como a bienes materiales. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, en la práctica se les solía tratar bien, en unos casos por simple caridad cristiana, y en otros, por una cuestión de racionalidad económica, es decir por el deseo de no perder la inversión realizada.

        Ahora bien, si una esclava doméstica que vivía en contacto permanente con sus dueños era mala o se había deteriorado, la aherrojada tenía todas las de perder: su vida se podía convertir en un auténtico calvario.

La documentación notaria o sacramental no suele aportar información sobre las relaciones entre dueños y esclavos. Solo encontramos casos extremos en los que el aherrojado era enviado a las minas reales, fundamentalmente a las de Almadén. Tenían fama de ser tan mortíferas que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos esclavos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad. Así ocurrió, por ejemplo, en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo envió a su esclavo Sebastián de 45 años, robusto y de color amembrillado por un año y medio a servir en Almadén. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: "por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro".

También pueden aparecer reflejadas en las cartas de compraventa alguna merma o enfermedad provocado por los malos tratos de su dueño. Y ello porque el vendedor estaba obligado a especificar las posibles enfermedades o taras que tuviese la pieza que pretendía vender. Fue el caso de la esclava María, de 21 o 22 años, de color albarrana que fue vendida por Juan Ortiz Guerrero, vecino de Villalba de los Barros, el 27 de marzo de 1762. El comprador, Juan de Bolaños y Guzmán, se comprometió a pagar 2.700 reales por ella pero el día de Santiago, tras verificar que su enfermedad no iba a más. Y ello porque el vendedor reconoció que en general estaba sana pero que había sufrido un pequeño accidente que describió con las siguientes palabras:

 

 

“Que estaba sana más que en una ocasión que yo el dicho Juan Guerrero la castigué por haberse vuelto contra su ama y porque le dio al parecer un accidente de que llamado al médico actual de esta villa y reconocida dijo que era aflicción a perecer”.

 

Estaba claro que la esclava padecía una especie como de depresión traumática y que su miedo a morir se debía fundamentar en los castigos que su dueño le imponía. No parece que el comprador deshiciese la transacción por lo que posiblemente la aherrojada mejoró de su aflicción. Podríamos preguntarnos, ¿Por qué no huían de sus dueños? Apenas si recurrían a ella porque al estar marcados en la mejilla o en la frente no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían empeorar aún más para el aherrojado. Era el alto precio de una sociedad fundamentada en la desigualdad entre las personas.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE EN LA HISTORIA: DEL NEOLÍTICO A LA ACTUALIDAD

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE EN LA HISTORIA: DEL NEOLÍTICO A LA ACTUALIDAD

Ya en el Neolítico se dio lo que Marshall D. Sahlins llamó la ley del predominio cultural. En realidad era más bien una praxis. Ésta trajo consigo que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. En este sentido, ha escrito Lucy Mair que todos los males de la humanidad comenzaron precisamente cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad, cuyo objetivo no era otro que extender sus ideales a los demás pueblos supuestamente no civilizados. Sobre este concepto se justificó la expansión de la civilización europea al resto del mundo, con el desprecio intrínseco de los valores ajenos. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión o lo que es peor, el expansionismo puede considerarse inherente a toda civilización. Si a ello unimos que todas las grandes religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la historia de la humanidad. Y encima con la bendición del poder, tanto espiritual como temporal.

Fue en la antigüedad cuando apareció lo que Max Weber llamó el colonialismo Imperialista, es decir, el derecho de los pueblos superiores a conquistar, someter y aculturar a los inferiores. El primer paso consistió en reconocer que unas personas eran superiores a otras. De hecho, ya en el Código de Hammurabi, del año 1775 a. C., se diferenciaban dos tipos de seres humanos, los que estaban destinados a servir y los que debían mandar. Pero había que dar un paso más allá y extender este concepto de lo individual a lo colectivo. Igual que había personas superiores a otras, también existían civilizaciones, culturas o Estados que eran superiores a otros. Así, en la Grecia Clásica, lo heleno era lo civilizado, antítesis de la barbarie que reinaba en el resto del mundo. Asimismo, los romanos aplicaban la barbarie a los que no hablaban latín o no estaban sometidos a su Imperio, especialmente a los celtas y a los germanos. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península Ibérica. Un proceso que contó también con su particular Bartolomé de Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

Posteriormente, el Cristianismo equiparó paganismo con barbarie y durante siglos se ha venido perpetuando este dualismo entre civilización y barbarie. En el mundo del siglo XVI, civilizados eran los europeos y bárbaros los indígenas, lo mismo americanos, que africanos o asiáticos. Una posición que se mantuvo inamovible hasta el Imperialismo contemporáneo. Otra cosa bien diferente es que, como escribió Malinowski, la única prueba de esa superioridad fuesen las armas. De hecho, en 1814, José María Blanco White contrapuso a los negros de la costa occidental africana, a quienes sus contemporáneos daban el nombre de bárbaros, frente a los europeos que eran considerados por aquéllos como unos paganos ignorantes, aunque muy temibles. Y es que está claro que durante varios milenios la civilización más avanzada llamó bárbaro a todo el que no compartiera sus principios. De hecho, Michel de Montaigne, humanista francés del siglo XVI, criticó en relación a los indios antropófagos que se les podía llamar bárbaros en relación a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros que los superamos en todo tipo de barbarie. Desgraciadamente, estos postulados pacifistas de humanistas del siglo XVI, como el citado Montaigne, Erasmo de Rotterdam o fray Bartolomé de Las Casas, al igual que los contemporáneos, como Anatole France, León Bloy o Mahatma Gandhi, han sido siempre minoritarios y marginales frente a la línea de pensamiento oficial que ha justificado siempre la expansión imperialista.

Queda bien claro que Europa ni tenía derecho a hacer lo que hizo, ni dejaba de tenerlo, porque desde la Antigüedad hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos superiores sobre los inferiores se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial. De hecho, en 1997, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, dependiente de la ONU advertía:

 

"Que en muchas regiones del mundo se ha discriminado a las poblaciones indígenas y se les ha privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales… Los colonizadores, las empresas comerciales y las empresas de Estado les han arrebatado sus tierras y sus recursos. En consecuencia, la conservación de su cultura y de su identidad histórica se ha visto y sigue viéndose amenazada".

 

        Llamémosle, pues, "ley de predomino cultural, capitalismo imperialista" o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante a lo largo de todos los tiempos. La historia de la humanidad ha sido, la de la imposición de unos sobre otros, de los más fuertes sobre los más débiles. Toda la memoria de la humanidad está atravesada por el drama de la guerra y los imperialismos. Como decía a finales del siglo XVIII Inmanuel Kant el estado natural del ser humano es la guerra y, por tanto, la paz es una conquista que debe conseguir el ser humano. Y no le faltaba razón, pues el genocidio ha estado presente en todas las guerras de conquista desde la antigüedad hasta las guerras preventivas practicadas en nuestros días por los Estados Unidos. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia del hombre y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y por si fuera poco, la Edad Contemporánea, y en particular el siglo XX, ha sido el más dramático de todos los tiempos. Los imperialismos de los siglos XIX y XX implicaron un verdadero holocausto a escala planetaria, implicando prácticamente a todos los continentes. Paradigma de la sinrazón del ser humano fueron las matanzas sistemáticas e indiscriminadas de los belgas en el Congo. Pero la capacidad del ser humano para causar daño no había alcanzado techo. En el siglo pasado las dos conflagraciones bélicas mundiales, terminaron convirtiendo al siglo XX en el más bárbaro de todos los tiempos, la centuria de las guerras como la denominó Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que unos llaman la guerra total industrial y otros, como Carl von Clausewitz, la guerra con objetivos ilimitados, que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías y la movilización de las masas para causar el mayor daño posible al enemigo. En 1916, R. Tagore, premio Nobel de la Paz, en un discurso pronunciado en la universidad de Tokio afirmó lo siguiente:

 

        "La civilización que nos llega de Europa es voraz y dominante; consume a los pueblos que invade, extermina o aniquila las razas que molestan su marcha conquistadora. Es una civilización con tendencias caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa…"

 

        Todavía no sabía el bueno de Tagore que, pocos años después, esas prácticas no serían exclusivas de Europa, pues, se sumarían primero Asia –y en particular su país, Japón- y luego América. Los genocidios ocurridos en el último siglo se cuentan por decenas. El fascismo exaltó la guerra, reservando la gloria a los caídos por la Patria. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –otros tantos se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un personaje aislado, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales que su líder. Pero desgraciadamente el genocidio Nazi con ser el más conocido no ha sido ni mucho menos el único. A la par que los Nazis, su alma gemela que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. También ellos pretendían alcanzar lo que Michael Ghiglieri llama el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito.

En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.

No menos flagrante fue el régimen de terror implantado en Uganda por el presidente Idi Amín Dada, entre 1971 y 1979, que costó la vida a decenas de miles de ugandeses. Asimismo, la dictadura militar de Guatemala se estima que asesinó impunemente, entre 1978 y 1984, a más de 250.000 opositores, provocando además el desplazamiento a México de 150.000 refugiados. Sus máximos responsables no sólo no han respondido de sus crímenes ante un tribunal nacional o internacional sino que algunos de ellos siguen desempeñando cargos de responsabilidad política. Mucho más recientemente, en 1994, se desencadenó en Ruanda el genocidio entre hutus y tutsis, que costó la vida a más de un millón de personas de una y otra etnia. Uno de los hechos más luctuosos se desencadenó el 23 de abril de 1994 cuando una unidad del Ejército Patriótico Ruandés, liderado por los tutsis, concentró en el estadio de fútbol de Byumba a 25.000 hutus a los que a continuación masacró indiscriminadamente. Otros genocidios siguen activos en nuestros días, como el de los palestinos en su enfrentamiento asimétrico con los israelíes, el de los kurdos a manos de los turcos y de los sirios, o el de diversas comunidades indígenas en algunos países Hispanoamericanos.

Por desgracia, la barbarie ha aumentado a lo largo del siglo XX hasta límites de locura colectiva. El arsenal nuclear actual es similar al de un millón de bombas como las lanzadas en 1945, con capacidad para destruir todo rastro de vida en la tierra unas veinte veces. Y lo peor de todo, es que nada parece indicar que esta escalada haya acabado. Actualmente vivimos un nuevo renacer de la violencia: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, grupos terroristas que actúan en el Tercer Mundo, aprovechándose del vacío de poder y del sufrimiento de los más pobres, y regímenes tiránicos que se mantienen en el poder masacrando a la población civil. Desgraciadamente, nada parece indicar que el siglo XXI no vaya a superar o al menos igualar al dramático siglo XX. Y ya tenemos muestras de esa sinrazón humana en el drama humanitario que se vive en el Mediterráneo con la muerte de miles de inmigrantes y con los asesinatos perpetrados por el Estado islámico que sufren con especial crudeza los propios musulmanes.

Por todo lo expuesto queda claro que mi ultrapesimismo tiene una fuerte base: mi conocimiento del pasado. Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Aunque eso sí, un pesimismo esperanzado porque no queda otra; la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana.

 

PARA SABER MÁS:

 

FERRO, Marc (Dir.): “El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS