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        En una carta dirigida por Juan Andrea Doria a don Juan de Austria le decía: “¿Preguntáis mi opinión, Señor?, yo os digo que el Emperador vuestro padre, con una escuadra como ésta no hubiese cesado de combatir hasta ser emperador de Constantinopla”.

         Como es bien sabido, al avance turco en el Mediterráneo solo se le oponía con contundencia la Casa de Austria. La cruz y la media luna frente a frente. Por lo demás, tan solo Venecia se sustraía a las acometidas turcas aunque más bien debido a su destreza diplomática que a su capacidad militar.

         Había sido en tiempos de Solimán el Magnífico cuando el imperio turco disfrutó del máximo esplendor en el mediterráneo, pues, sus naves surcaban el mediterráneo desde Argel hasta las costas del Próximo Oriente. En 1560 una armada de nada menos que cincuenta galeras italianas fue derrotada en Djerba (Trípoli) por una la armada turca. Parece ser que Felipe II se convenció desde este momento de la necesidad de construir una gran armada de galeras que pudieran resistir convenientemente a los turcos. Y las palabras del rey no quedaron en papel mojado, pues, hacia 1570, poco antes de la gran contienda de Lepanto, las galeras vinculadas a España en el mediterráneo superaban el centenar y medio.

         El sucesor de Solimán, Selim II, fue un ser repugnante y monstruoso física y moralmente. Se cuenta que fue su pasión por los vinos la que le impulsó a la conquista de Chipre, isla muy celebrada por sus caldos.El desencadenante de la contienda de Lepanto se inició cuando Selim II envió un ultimátum a los venecianos para que le entregasen Chipre. Los venecianos no cedieron pero los turcos, en 1570, arribaron a la isla nada menos que con cien mil hombres. Ante tal situación Venecia pidió el auxilio de las naciones cristianas al que solo respondieron España y el Pontífice San Pío V. Eso les pareció suficiente, la espada temporal y la espiritual juntas para salvar a Venecia y a toda la cristiandad.

         Dicho y hecho, los Estados Pontificios pertrecharon doce galeras, nombrando almirante a Marco Antonio Colonna, Duque de Palliano y condestable del reino de Nápoles. Por su parte, Felipe II ordenó en abril de 1570 a Juan Andrea Doria unirse de inmediato a la armada veneciana, mientras se establecían las bases de la Santa Liga entre España, el Papado y Venecia. España que puso la mayor parte del capital y el grueso de la armada consiguió poner al frente de la misma a don Juan de Austria. Como es bien sabido, éste era hijo del emperador Carlos V y de Bárbara de Blomberg. Nacido en Ratisbona se educó en España, ignorando en sus primeros años la regia estirpe de su progenitor. Endulzó los últimos días del Emperador y, siendo ya un adolescente, fue presentado en la Corte y reconocido como hermano de Felipe II que le profesó acendrado cariño, enturbiado a veces por la malevolencia de algunos pérfidos consejeros. Describen los coetáneos a don Juan de Austria como un hombre apuesto, de mediana estatura, escasa barba y grandes bigotes; el cabello rubio y abundante, peinado hacia atrás, buen jinete y experto en armas. Asimismo, se le consideraba un buen conversador y de simpatía irresistible. Su trato fascinaba y el encanto de su persona explica sus numerosos éxitos amorosos. Don Juan se había curtido en la guerra contra los moriscos de las Alpujarras, donde mostró su talento y habilidad. Él tenía un lema que dice mucho de su arrojo: “cuando no se avanza se retrocede”.

         En torno a Messina se concentró la escuadra de la liga, compuesta por doscientas siete velas, incluidas las doce del Papa y las ciento quince venecianas. Todo estaba previsto hasta el punto que uno de los navíos hacia las veces de hospital. Los soldados eran en su mayoría gente bisoña en las lides navales, mientras que los jefes eran marinos de reconocido prestigio como Álvaro de Bazán, Juan Andrea Doria y Agustín Barbarigo.

         Allí, fondeó la Armada de la liga en la Fosa de San Juan donde se celebró una misa muy especial, delante de buena parte de la tripulación. La emoción de la ceremonia se palpa en el texto del cronista Gonzalo de Illescas que transcribimos a continuación:

 

         “Al alzar la hostia y cáliz, fue tal la vocería de los soldados llamando en su ayuda a Dios sacramentado, y a su Madre Santísima; el ruido de la artillería, de las cajas de guerra, trompetas, clarines y chirimías; el horror del fuego y humo, del temblor de la tierra y estremecimiento de las aguas, que pareció bajaba a juzgar el mundo Su Majestad Divina con la resurrección de la carne, premio debido a la naturaleza del hombre”.

 

         Agitación, turbación, conmoción, vibración y miedo se mezclaban entre los soldados y marinos, pero también convencimiento en sus posibilidades de victoria. Ésta fue probablemente una de las claves del éxito. En una carta escrita por don Juan de Austria a su hermanastro Felipe II, el 16 de septiembre de 1571, a escasas semanas de la gran batalla, le decía lo siguiente:

 

         “La gana que en esta armada hay de pelear es mucha y la confianza en los de vencer no menos. Hágalo Dios como él más se sirva…”

 

         La escuadra aliada se dirigió a Corfú, una de las islas venecianas de la parte de Levante que había sido arrasada por los turcos. Los venecianos eran partidarios de un ataque rápido, antes de que los buques turcos que acababan de asolar nuevamente Chipre se reuniesen con los que Alí Pachá –o Pasha- tenía en el golfo de Lepanto. Poco antes de la contienda, el veintiocho de septiembre de 1571 Felipe II envió una carta a Sancho de Padilla, embajador en Génova, pidiendo la gran armada de Juan de Austria invernase en Sicilia y se esperase a una estación más benigna para atacar. De haber llegado a tiempo esta orden, se hubiese cambiado el rumbo de la historia, la batalla de Lepanto no hubiese ocurrido en 1571 y nunca sabremos dónde y cuándo se habría producido el enfrentamiento, ni tampoco con qué desenlace. Sea como fuere lo cierto es que la misiva llegó cuando la escuadra de don Juan de Austria había puesto rumbo a su encuentro con los turcos, en el golfo de Lepanto. El siete de octubre de 1571 divisaron las velas enemigas. Cuentan las crónicas que en ese momento un piloto susurró al oído de don Juan: “sacad las garras señor que dura ha de ser la jornada”. Asimismo se le preguntó si celebraría consejo a lo que respondió: “no es tiempo de razonar sino de combatir”.

         La escuadra turca estaba formada por doscientos setenta y siete buques entre galeras, galeotas y fustas divididas en cuatro escuadras. Toda la armada estaba a las órdenes del favorito del sultán, un joven arrojado pero con poca experiencia, llamado por los españoles Alí Pachá. La armada turca era superior en número de navíos pero no en pertrechos y cañonería que se veía muy superada por la Liga. Al ver Alí Pachá aparecer en el horizonte de aquella turbia mañana las velas de la escuadra de la Liga palideció pero no por ello dejó de presentar combate.

         La disposición táctica de la armada de la Santa Liga era la siguiente: el flanco izquierdo estaba mandado por el proveedor de Venecia Agustín Barbarigo, al mando de sesenta y cuatro galeras venecianas, mientras que el derecho lo ocupaba Juan Andrea Doria con otros tantos buques. En el centro estaba la capitana de don Juan de Austria, flanqueada por la capitana veneciana, al frente del comandante Sebastiano Venier, y la capitana del Papa, gobernada por el almirante Marco Antonio Colonna. Don Álvaro de Bazán se encargaba de cubrir la retaguardia con treinta galeras, mientras que la vanguardia, algo adelantada del resto de la armada, iría don Juan de Cardona con ocho galeras. Las veinte naves mancas de aprovisionamiento, al mando del capitán César de Ávalos, navegarían a cubierto entre las escuadras citadas.

         La escuadra turca se estructuraba de forma similar, yendo Alí Pachá, flanqueado por la izquierda por el gobernador de Argel y, por la derecha, por el Pachá de Alejandría y en la retaguardia Murad Dragut.

         Tras los primeros disparos de lombardas el primer enfrentamiento se produjo entre las galeras venecianas de Barbarigo y las musulmanas del Pachá de Alejandría. Los gritos ensordecedores de la chusma turca se oyen a distancia. Barbarigo cae mortalmente herido mientras su nave es presa de los turcos. La capitana de la armada de la Liga, al frente de don Juan de Austria se dirigió hacia la de Alí Pachá hasta llegar al abordaje. En los puentes de las dos embarcaciones se luchó como si de tierra firme se tratara. Flechas turcas, arcabuzazos, choque de espadas, cimitarras, astillas de las embarcaciones, humo, griterío, estrumpidos de los disparos; todo resuena en hórrida confusión.

         Don Juan, empuñando su espada, combatió como un soldado más, en un momento de gran peligro. Por fortuna, los navíos de Álvaro de Bazán y de Marco Antonio Colonna acudieron en su auxilio y se hicieron con el control de la capitana turca, matando a Alí Pachá. Poco después, un soldado el corta la cabeza al líder turco y la presenta a don Juan, quien apenado aparta su rostro. Resuena entonces el grito de ¡victoria! La batalla se había ganado un siete de octubre de 1571, permitiendo a España un mayor control del Mediterráneo. No obstante, el coste humano fue muy alto: quince mil muertos entre las filas otomanas y ocho mil entre las de la Santa Liga, además de varias decenas de miles de heridos entre los dos bandos. Las cifras nos dan una idea de la magnitud y de la crudeza de los combates vividos en el golfo de Lepanto.

         La batalla acabó a las cuatro de la tarde del siete de octubre y Felipe II no supo de la victoria hasta el veintinueve de octubre, es decir, hasta veintidós días después. Tras la alegre noticia se organizó en Madrid una multitudinaria y solemne procesión de acción de gracias en la que participó emocionado el rey Prudente. Probablemente la historiografía española ha sobre valorado los efectos de esta gran victoria porque Lepanto ha sido durante siglos un verdadero símbolo de la patria hispana y quizás también de la cristiandad.

         Desde hace mucho tiempo la batalla naval de Lepanto dejó de ser un simple hecho histórico para trascender el terreno de la leyenda. Probablemente Lepanto no significó el fin de la amenaza turca en el Mediterráneo, como la derrota de la Invencible no significó la pérdida de la hegemonía hispánica en el Atlántico. De hecho, tan solo tres años después de Lepanto, los turcos derrotaron a los españoles en La Goleta (Túnez), tras un duro ataque naval y terrestre. Nunca más recuperó España esta estratégica ciudadela.

       Pero Lepanto también es un símbolo más de la sinrazón humana, del afán de poder de unos y de otros por el dominio delo mundo. Ideas absurdas basadas en la ambición de las élites que terminó costando caro a los miles de jóvenes que perdieron sus vidas luchando por un sueño que en buena parte les era ajeno.

 

PARA SABER MÁS

 

CEREZO MARTÍNEZ, Ricardo (1971): Años cruciales en la historia del Mediterráneo (1570-1574). Madrid, Junta Ejecutiva del IV Centenario de la Batalla de Lepanto.

 

-------- (1988): Las Armadas de Felipe II. Madrid, Ed. San Martín.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y de Felipe II. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

VARGAS-HIDALGO, Rafael (1998): la batalla de Lepanto: según cartas inéditas de Felipe II. Santiago, Ediciones Chile-América.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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