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En la mañana del sábado 15 de noviembre de 1533, un año justo desde la entrada en Cajamarca, las huestes realizaron su entrada en Cuzco, que en quechua significa el ombligo del mundo. No hubo resistencia alguna porque el general quiteño Quizquiz se había encargado de matar o deportar a casi todos los varones capaces de empuñar un arma. Y los que quedaban debieron pensar que los españoles los liberarían definitivamente del yugo del quiteño, que había gobernador la ciudad con mano de hierro. La entrada de los hispanos no fue solemne como narran algunos cronistas, pues era una ciudad semivacía, sin enemigos pero también sin personas que jalease o aplaudiese su entrada. Por desgracia para los pocos que quedaban en la urbe, se equivocaron en sus expectativas, pues no tardaron en comprobar el ansia desmedido de oro que poseían los extranjeros y que los llegó incluso a saquear las casas sagradas y las tumbas de los Incas. Aquella noche, Pizarro aposentó a todos sus hombres en la plaza mayor, teniendo sus caballos apercibidos ante un posible ataque indígena que nunca se produjo.

Pese a estar asolada, impresionó a los españoles, especialmente su fortaleza y la plaza en donde confluían los cuatro caminos reales. Dice Antonio de Herrera que en todo el reino no se halló otro pueblo que pareciese ciudad sino éste, porque todos los demás son lugarazos, sin ornamento político. En la plaza principal se ubicaban varios palacios pétreos que habían sido vivienda de los distintos soberanos. Tradicionalmente, cada inca que accedía al trono se construía un nuevo palacio. Los más importantes eran el Hatun Cancha, el Hatun Rumiyoc y el de Puncamarca, viviendas de otros tantos incas que por su facilidad de defensa fueron ocupados por la élite pizarrista, constituyendo la base del control hispano sobre la ciudad.

Pero, pese a la admiración que causaba en las huestes la arquitectura incaica, era necesario recompensarle sus impagables esfuerzos. Los soldados pidieron autorización para saquear la ciudad sagrada y Pizarro se lo concedió o al menos no lo impidió. El saco fue absoluto, comparable al de Roma ocurrido cinco años antes, pero con una diferencia que aquel fue fruto de la insubordinación de los soldados y éste se hizo con el consentimiento tácito de la máxima autoridad. Según Pedro Pizarro emitió un bando para que nadie entrase a robar en las casas particulares de los indígenas, pero en cualquier caso el despojo se produjo sin que ninguna autoridad hiciera nada para impedirlo. Hubo una desbandada generalizada donde los hispanos competían por entrar los primeros en los templos y en las casas así como en los depósitos estatales para robar cualquier cosa de valor que hubiera. Se desvalijaron hasta las tumbas reales para despojar a las momias de sus joyas. No conformes con ello, se extorsionó hasta la muerte a muchos naturales para que confesaran la existencia de huacas. Y es que la tradición de enterrar a los reyes y a las personas poderosas con objetos suntuarios creo una predisposición a los españoles a hacerse huaqueros o saqueadores de tumbas cada vez que sospechaban la presencia de un cadáver bajo tierra.

Posteriormente se procedió a repartir el botín de Cuzco, en el que se incluyeron vajillas, esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, y hasta una camiseta peluda que tenía un poco de oro. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, aunque es cierto que algunas piezas se salvaron de su fundición. Asimismo, la gran cantidad de metal precioso que permanecía en la capital evidencia que no todo había fluido hasta Cajamarca. Y eso sin contar con aquello que fue ocultado en los meses anteriores a su ocupación. Se repartieron aproximadamente la mitad del oro que en Cajamarca pero cuatro veces más plata, siendo su valor total prácticamente similar. Si cada hombre recibió menos de la mitad de media que en Cajamarca se debió a otro motivo, que mientras en esta última se hicieron 217 partes en Cuzco fueron 480. El reparto se hizo tanto entre los hombres que entraron en Cuzco como entre los que habían quedado en Jauja. Además del reparto, entre el 14 de marzo y el 2 de julio de 1534 se fundieron en Cuzco y Jauja numerosas piezas, ante el teniente de escribano de minas, Pedro Sancho de la Hoz y el veedor Jerónimo de Aliaga. Algunas de ellas procedían de Cajamarca, como una fuente de oro esmaltado, cuyo quinto ascendió a 17.775 maravedís, que poseía el gobernador y que declaró haberla obtenido de la cámara de Atabalipa. En total se fundió algo más de 865.000 pesos de oro, de los que casi el 91 por ciento eran propiedad del gobernador y de su compañía.

Pero el botín no solo se componía de metal precioso, también de esclavos, objetos textiles y piedras preciosas. El 20 de junio de 1534 se compraron y registraron en Jauja 152 esmeralda, alcanzando un valor de más de un millón de maravedís. No obstante, como ocurrió en Cajamarca, muchos se hicieron extremadamente ricos, pero con la misma rapidez con la que habían conseguido su fortuna la perdieron. Se suele citar el caso de un soldado, llamado Leguinaza, que le tocó en el reparto un valiosísimo disco solar de oro que representaba al sol y que lo perdió una noche jugando a los naipes. Como en otras ocasiones, el dinero de la infamia pasó rápidamente de las manos cubiertas de sangre de los conquistadores a empresarios y capitalistas, auténticos ladrones de guante blanco que tanto abundan en nuestros días.

 

PARA SABER MÁS

BUSTO DUTHURBURU, José Antonio del: La Conquista del Perú. Lima, Librería Studium, 1984.

HEMMING, John: La conquista de los incas. México, Fondo de Cultura Económica, 2000.

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya Editores, 2009.

-----Francisco Pizarro: traición, ambición y drama en los orígenes del Perú. (en prensa).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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