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Temas de historia y actualidad

LA FIEBRE DEL ORO: LA BUSQUEDA DE MINAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

LA FIEBRE DEL ORO: LA BUSQUEDA DE  MINAS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

 

 

El descubrimiento de América espoleó el sueño áureo de los pobladores del Viejo continente. Pasado los momentos iniciales en los que se saqueó el metal precioso acumulado durante siglos por los indios, comenzó la búsqueda de filones y vetas. La temprana aparición de algunos placeres auríferos y, posteriormente de ricas minas de plata, tanto en Nueva España como en el Perú, espolearon la imaginación de los europeos. Miles de personas empobrecidas en la España Moderna soñaban con encontrar un tesoro incaico, con descubrir un tesoro oculto o incluso, con encontrar una mina de oro que le sacase de la miseria en la que vivían.

Por ello, en el siglo XVI, hubo un renacer de las exploraciones mineras, no sólo en el Nuevo Mundo sino también en la vieja Castilla. Los contratos para la exploraciones de vetas se multiplicaron en esta centuria espoleados por las noticias de hallazgos que llegaban desde el otro lado del océano.

Aunque desde la Baja Edad Media las minas eran una regalía regia, desde principios del siglo XVI encontramos mercedes Reales en las que se concedía a señores no solo la jurisdicción del suelo sino también la del subsuelo. Así, mientras el 17 de mayo de 1520 se hizo merced al Duque de Alburquerque de todas las minas que se descubriesen en su señorío, el 24 de enero de 1521 se le concedió una merced similar al Conde de Plasencia. Estas concesiones las hacía a cambio de una cuantía previamente fijada o por una parte de la producción final, que se solía ubicar entre la octava y la décima parte de los beneficios.

Hasta 1559 no se expidió la pragmática que regulaba a las explotaciones mineras: todo el que descubriese una mina la debía explotar continuadamente y pagar a las arcas reales dos tercios de los beneficios, pagadas previamente las costas. Posteriormente, 1584 se reformó estableciéndose la posibilidad de explotación a cualquier compañía siempre y cuando, pagasen un canon al dueño de la tierra y otro tanto a la Corona.

        En Carmona existían algunos antecedentes de tesorillos encontrados. De hecho en 1479, se hizo merced al corregidor de Carmona Sancho de Ávila del tesorillo que se había encontrado en la villa y que consistió en cierta cuantía de reales (AGS, RGS 147.909, f. 46). El 24 de marzo de 1553 se formalizó una compañía en Carmona para buscar minas de oro y plata. Los socios capitalistas eran Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de la villa en la collación de Santa María, mientras que el buscador de monas era Miguel Sánchez del Cuerpo, también vecino de la localidad. Los dos primeros pondrían el capital y el tercero su trabajo, a cambio de repartir a tres partes iguales lo obtenido, sacando previamente el quinto real.

        De este contrato minero no volvemos a tener noticias lo que delata, probablemente, el fracaso del proyecto. Había oro en América, plata en Guadalcanal y se soñaba con la posibilidad de encontrar oro en el fértil término de Carmona, algo que no llegó a ocurrir.

Nuevamente, en 1559 se firmó una compañía entre Juan de Chávez Mayorazgo, Jerónimo González, cantero, y Pedro Duarte, cuchillero, todos vecinos de Trujillo, para explorar una veta que habían localizado en la dehesa llamada el Palacio del Millar de los Llanos, propiedad del primero, en término de la ciudad de Trujillo. Los trabajos los realizarían los dos últimos, repartiéndose los beneficios entre los tres en partes iguales.

        Estos contratos, uno de los cuales reproducimos en el apéndice documental, no son más que el reflejo del espejismo áureo que llegó desde América a la Península; la fiebre del oro.

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

        Contrato para buscar minas de oro en el término de Carmona, Carmona, 24 de marzo de 1553.

 

        Sepan cuantos esta carta de concierto y transacción vieren como nos Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de somos en esta muy noble y leal villa de Carmona en uno de la una parte y de la otra Miguel Sánchez del Cuerpo, vecino de esta dicha villa, y yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de ir a buscar y descubrir mina o minas de oro o plata u otro cualquier metal en esta villa y su término o en otras cualesquier partes que yo quisiere y por bien tuviere y de lo que así hallare o hubiere hallado hasta ahora en las dichas minas yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de todo lo que así hubiere y de ellas se sacare de partir por iguales partes cada uno su tercia parte con tanto que de lo que así se hubiere y sacare se saque de principio el quinto de ello, si a su majestad le perteneciere, con tal cargo y condición que nos los dichos Diego Velázquez y Diego de Torres seamos obligados a nuestra costa y misión a abrir cualesquier mina o minas, estando ensayadas y hecho experiencia que son buenas y de provecho y las ahondar y sacar todo cualquier oro o plata u otro cualquier metal y hacerlo fundir a nuestra costa, demás los susodichos hasta tanto que esté fundida y para se partir de manera que vos el dicho Miguel Sánchez seáis obligado a poner vuestra persona y trabajo posible en hacer y beneficiar lo susodicho y con cargo y condición que vos el dicho Miguel Sánchez no podáis dar parte ni meter en esta compañía a otra persona ninguna hasta tanto que nos los dichos Diego de Torres y Diego Velázquez queramos dejar nuestras partes o lo hayamos por bien.

        Y yo el dicho Miguel Sánchez así me obligo de lo hacer y cumplir según y como dicho es. Y en esta manera y con estas dichas condiciones otorgamos y nos obligamos de tener y mantener y guardar y cumplir y haber por firme todo lo contenido en esta dicha escritura y otorgamos y nos obligamos que no podamos decir ni alegar ni querellar que esto que dicho es que no fue ni pasó así y según y como dicho es. Y si lo dijéremos y alegáremos que nuestro escrito nom vala en esta dicha razón en juicio ni fuera de él en tiempo alguno ni por alguna manera y otorgamos de lo así tener y cumplir y no ir contra ello so pena de cincuenta mil maravedís para la parte de nos que fuere obediente…

        Fecha y otorgada la carta en Carmona, en las casas de morada del dicho Diego Velázquez que son en esta villa en la collación de Santa María de ella, en viernes, veinticuatro días del mes de marzo año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y tres años, testigos que fueron presentes en todo lo que dicho es Alonso Belloso y Gabriel Paje y Juan de Herrera, vecinos de esta dicha villa de Carmona, y por mayor firmeza los dichos otorgantes firmaron de sus nombres este registro.

(A.P.C. Escribanía de Pedro de Toledo 1553, fols. 511r-512r).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EXCESOS SEXUALES EN EL SANTO DOMINGO COLONIAL

EXCESOS SEXUALES EN EL SANTO DOMINGO COLONIAL

Preparando una ponencia para noviembre de este año en Santo Domingo sobre la libertad y el libertinaje sexual, uno se sorprende no tanto de los excesos que se cometieron como de la impunidad. Adelantaré un par de casos tangenciales que no afectan al fondo de mi ponencia para que el lector se haga una idea.

           América se convirtió en una especie de paraíso de Mahoma, donde muchos conquistadores y colonizadores practicaron la barraganía y el concubinato. En España había muchos casos de transgresiones, pero había una diferencia notabilísima, un control mucho mayor lo que hacía que pocos casos quedasen impunes, máxime si eran de la magnitud de los que vamos a relatar a continuación. No hay que olvidar en este sentido que las autoridades hispanas apenas controlaban un veinte por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos venezolanos. Baste ofrecer un dato referente a la Inquisición: en la Península Ibérica había dieciséis tribunales inquisitoriales para una extensión de medio millón de km2 mientras que un único tribunal novohispano debía ocuparse de una extensión seis veces superior.

           Algunos mantuvieron relaciones con niñas de siete u ocho años, sin el más mínimo problema legal ni social. Así, el 15 de febrero de 1578, el doctor Gregorio González de Cuenca en una carta dirigida al rey narró el comportamiento indecoroso del licenciado Paredes. Al parecer, éste había condenado un alcalde llamado Baltasar Rodríguez por haber ejecutado la sentencia de muerte sobre un cacique que había quemado en la hoguera a tres indios inocentes. Le dijo que si quería evitar la pena de muerte le debía entregar su hija de ocho o nueve años para casarla con hijo suyo de año y medio. Baltasar Rodríguez accedió al casamiento, pero poco después falleció en circunstancias extrañas. Y el suceso fue aprovechado por el licenciado Paredes para llevarse a la niña a su casa, donde la tiene a la fuerza dando clamores a Dios. Solicitaba que tan gran delito no quedase sin castigo, pero no sabemos mucho más del caso. Todo parece indicar que se trata de un abuso sobre la menor aunque en el documento en cuestión no se especifican los abusos o las intenciones exactas del licenciado Peralta.

           No era el único que llevaba una vida escandalosa; el oidor de la audiencia, licenciado Esteban de Quero, llevó una vida absolutamente desordenada sin que nadie hiciese o pudiese hacer nada para remediarlo. Vivía amancebado con una mujer, que era hermana de una monja del convento de Regina Angelorum; y realizó todo tipo de presiones a las religiosas para que la nombrasen priora. Finalmente no ocurrió por la intervención del provincial fray Juan de Manzanillo y del presidente de la audiencia doctor González de Cuenca. Pero además, mantenía relaciones con muchas otras mujeres; así por ejemplo, llegó a la isla la gobernadora de la isla de La Margarita, doña Marcela Manrique y fue público que se encerró en casa con dicha señora, y no acudía ni a las sesiones de la audiencia. Pero tampoco sus excesos se limitaban a la vida privada, era frecuente verlo por las noches con una o varias mujeres de compañía, ofreciendo escandalosos espectáculos. El doctor Cuenca, presidente de la audiencia, se sentía incapaz de solucionar los problemas, dado que vivía atemorizado por los oidores que lo amenazaban de muerte. Él se limitaba a informar en un tono verdaderamente dramático:

 

            "Si hubiere de referir los clamores de los vecinos de esta ciudad por los malos tratamientos que estos dos oidores les hacen y por ver deshonradas las más principales mujeres de esta ciudad sería no acabar".

 

 

           Una vez más se evidencia la incapacidad de las autoridades peninsulares, frente al poder de la oligarquía local. En una ocasión pretendió embarcar para España a una de las mujeres que traía perdido al licenciado Quero y descasados a muchos otros vecinos de Santo Domingo. Sin embargo, al tiempo de la partida de los navíos la escondieron y no se pudo cumplimentar los deseos del presidente de la audiencia. En otros casos tomó la decisión de enviar a La Habana a algunos casados para que regresasen a España a por sus mujeres. Pero unos se fugaban y evitaban el embarque y otros iban a La Habana y luego regresaban a la isla sin haberse embarcado para España.

           Más llamativos aún son los abusos que algunos frailes cometían sobre las monjas en los conventos de Santo Domingo. Fray Lucas de Santa María O.F.M., vicario de los franciscanos, tenía una fama ganada a pulso de ser un potro desbocado y depredador de monjas. No era el único, pues el provincial de la misma orden, fray Alonso de Las Casas, había convertido el convento de clarisas en su mancebía, y allí acudía a regocijarse con ellas y a realizar tocamientos a las más jóvenes y guapas. Y hasta tal punto se extralimitó que “desvirgó” a doce de ellas, dejando embarazada a una, aunque éste no llegó a término. Hay una carta que el guardián del convento de San Francisco y los demás religiosos del mismo escribieron a su superior en 1584 que es absolutamente demoledora, pese a ser un correligionario. Merece la pena extractarla en sus partes más importantes. Afirma que no tenía de religioso más que el nombre y que se impidiese su vuelta a la isla, pues después del infierno no les podía venir mayor calamidad, así a nosotros como a estas pobres monjas, cuya casa violó y profanó. Al parecer acudía al cenobio en compañía de su compañero de tropelías fray Francisco Pizarro, y se iban a algunas celdas con la monja que más le gustaba y se echaba con ella, le ponía las manos atrás y el desvergonzado le alzaba las faldas y le miraba su honestidad. Y a una tal sor Isabel Peraza la llevaba a su celda en el convento de San Francisco y en una ocasión los vieron juntos en la ermita de San Antón. Y a un criado suyo de color, que lo tenía de alcahueta para pasar los mensajes a sus amantes, habló públicamente de sus deshonestidades y le dio tal castigo que estuvo al borde de la muerte. Menciona el guardián en su carta que el arzobispo de Santo Domingo procedió contra él por vía inquisitorial, pero no parece que llegara a buen puerto su sentencia pues de hecho, el religioso se disponía a volver a su convento. Sorprenden estos hechos tan graves y que quedasen totalmente impunes. ¿Cómo podía ocurrir esto? El guardián del cenobio lo deja muy claro: porque nuestros prelados mayores están tan remotos que no es posible acudir a ellos.

           En España también había infinidad de casos de amancebamientos, de estupros y de violaciones, pero había dos diferencias con respecto a La Española y en general a las colonias: uno, cuantitativamente eran menos los casos, ya que la presión de las autoridades era mucho mayor, por la cercanía del poder. Los párrocos y los familiares de la inquisición establecían a veces una presión insufrible, lo que servía como elemento disuasorio. Y dos, la impunidad en España se limitaba a las esclavas y a aquellas mujeres libres que no estaban suficientemente protegidas, es decir, que permanecían solteras o viudas y no vivían bajo la protección de ningún hombre en particular.

           Una vez más la historia nos enseña la bajeza moral de muchos seres humanos, no muy diferente en el siglo XVI que en el XXI.

 

 

PARA SABER MÁS

 

DEIVE, Carlos Esteban: “La mala vida. Delincuencia y picaresca en la Colonia Española de Santo Domingo”. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1988.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conductas sexuales en el Santo Domingo del siglo XVI: la violación de doña Juana de Oviedo”, en La Española, epicentro del Caribe en el siglo XVI. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2010.

 

RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1578-1587). Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2016

 

SCHWARTZ, Stuart N.: “Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico”. Madrid, Akal, 2010.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ECOHISTORIA: LA CIENCIA HISTÓRICA ANTE LOS RETOS DE NUESTRO TIEMPO

ECOHISTORIA: LA CIENCIA HISTÓRICA ANTE LOS RETOS DE NUESTRO TIEMPO

        La actual crisis ecológica, el cambio climático y la agonía del planeta Tierra, están provocando una situación tan extrema como nueva que debe tener respuesta desde las distintas disciplinas humanas y científicas. La contribución de la Historia puede ser importante en este terreno.

        Como ya hemos comentado en otros lugares, la Historia debe recuperar el fin social que le corresponde. Pues, bien, este fin social no trata sólo de redimir a los marginados o de analizar las desiguales relaciones de producción, o el desarrollo tecnológico sino que también puede y deber incidir en la relación con el medio, en lo que se puede llamar la ecohistoria.

        No soy partidario de crear una nueva rama de la Historia, la Historia Ambiental, con la que trocear una vez más la Ciencia Histórica. Hace más de medio siglo Lucien Febvre, defendió la Historia en su integridad, pues a su juicio no se podía descomponer la historia sin acabar como ella de la misma forma –decía- que no se podía trocear un hombre sin matarlo. Por eso la historia ambiental deberían contemplarla todos los historiadores de manera transversal, cada uno en sus distintas época y objetos de estudio.

        La Historia de la Humanidad es también, la historia de la progresiva destrucción del medio natural. Por ello es fundamental que la llamada en el pasado Historia Natural y la actual Historia Ambiental, ocupe el lugar y el tratamiento que merece. En el fondo, de acuerdo con Manuel González de Molina, el objetivo último es ecologizar toda la Historia.

        Habrá que reconstruir la Historia incidiendo en la capacidad destructora del medio en cada momento. La humanidad no siempre vivió de espaldas a la madre naturaleza. Es más, incluso hoy en día existen pueblos amerindios que conviven armónicamente con la madre naturaleza. Es un concepto que está muy enraizado en las sociedades indígenas, sobre todo del área andina. En la era paleolítica, que duró al menos dos millones de años, el ser humano convivió armónicamente con la naturaleza. Obviamente, no tanto por una conciencia ecológica de supervivencia como cultura, sino por su propio retraso tecnológico. Con el Neolítico, y la revolución agraria y ganadera comenzó incipientemente la destrucción del medio. Lo que la historiografía burguesa interpreta como el primer gran hito de la Historia, fue en realidad el inicio de la depredación humana sobre el medio.

        A partir del siglo XVI, y durante toda la Edad Moderna, con el descubrimiento de América y los inicios del capitalismo la destrucción del medio se agudizó. Son bien conocidas las deforestaciones de bosques de pino en toda Europa para la construcción de carabelas, naos, bergantines, galeras y galeones. Asimismo, son bien conocidas las talas indiscriminadas de bosques en Santo Domingo, Cuba y posteriormente Centroamérica y Brasil, por la industria azucarera. La zafra requería mucha madera para la cocción del dulce lo que provocó un daño ecológico sin precedentes en el continente americano. Por cierto, que la propia deforestación, así como el descenso del caudal del agua de los ríos, provocó una reducción de la producción del dulce que terminó afectando a la propia industria azucarera. Se evidencia, una vez más, la irracionalidad a largo plazo de este modo de producción. A partir de finales del siglo XVIII se inicia la depredación a gran escala, porque el metabolismo industrial requiere grandes cantidades de energía, en base a combustibles fósiles, primero carbón y después petróleo. Y desde la segunda mitad del siglo XX, lo más preocupante que esa forma de depredación industrial se está extendiendo desde el mundo desarrollado al Tercer Mundo. Estamos próximos a una situación de no retorno.

        La actual agonía medioambiental del planeta requiere soluciones drásticas, y el compromiso de todos: científicos, humanistas y políticos. Los historiadores podemos aportar nuestro granito de arena, trazando este nuevo perfil de la Historia, en el que la ecología tenga un papel preponderante. Y con ello no solo contribuiremos a una mayor conciencia social sobre la ecología sino que también podemos aportar soluciones concretas a la formas de producción. Muchísimas técnicas de producción del pasado fueron descartadas por ser menos poco productivas y no rentables en la economía capitalista pero que podrían recuperarse en el futuro. Por ejemplo, los incas poseían unas infraestructuras de explotación agrícola por pisos ecológicos que era totalmente armónica con el medio ambiente. A lo mejor podemos aprender bastante de técnicas del pasado, desechadas por poco productivas que ahora, en cambio, podemos valorar por su aporte ecológico. La necesidad de una agricultura ecológica, no sólo más sana para las personas sino también mucho más respetuosa con el medio.

Así contribuiremos a una concienciación social necesaria y fundamental para superar los funestos retos que ya se están planteando y que se agudizarán en las próximas décadas. Eso también forma parte del compromiso social de los historiadores.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA


 

FEBVRE, Lucien: Combates por la Historia. Barcelona, Planeta Agostini, 1986.

 

FUNES MONZOTE, Reinaldo: Del bosque a la sabana. Azúcar, deforestación y medio ambiente en Cuba, 1492-1926. México, Siglo XXI, 2004.

 

GONZÁLEZ DE MOLINA, Manuel: “Sobre la necesidad de un giro ambiental en la historiografía”, en El valor de la Historia. Homenaje al profesor Julio Aróstegui. Madrid, Editorial Complutense, 2009.

 

TURNER, Billy Lee, Willian C. CLARK y Robert KATES (edts.): Earth as Transformed by Human Action. Cambridge, University Press, 1994.

 

WOSTER, Donald: “Transformation of the Earth, Toward and Agroecological Perspective in History”, en Journal of American History, nº 76. Lillington, 1990.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS: MITOS Y LEYENDAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

HERNÁN CORTÉS: MITOS Y LEYENDAS DEL CONQUISTADOR DE NUEVA ESPAÑA

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés. Mitos y leyendas del conquistador de Nueva España. Badajoz, Fundación de los Pizarro, 2017, 367 pp. I.S.B.N.: 9788461799664

 

Este libro debía ser simplemente una edición de bolsillo de mi libro Hernán Cortés: el fin de una leyenda (Badajoz, 2010). Sin embargo, al final ha sido mucho más que una reedición, pues hemos corregido errores detectados en la primera edición, ampliado aspectos poco tratados e incorporado bibliografía reciente y hasta documentos nuevos que hemos localizado entre 2010 y 2016. Por ello, dado que se trata de una obra esencialmente diferente, nos hemos permitido titularla como Hernán Cortés: mitos y leyendas del conquistador de Nueva España, usando el título de la Conferencia inaugural de los Coloquios Históricos de Extremadura que impartí en Trujillo en el año 2015.

La historiografía tradicional entendía la expansión occidental como una gesta protagonizada por unos hombres que ampliaron la frontera del mundo civilizado y de la cristiandad. España era vista como un prodigio de espiritualidad, como la gran abanderada del catolicismo, luchando contra los bereberes, los árabes, los turcos, los protestantes europeos y, cómo no, contra los paganos amerindios. Según esta línea historiográfica los conquistadores fueron unos instrumentos de la providencia para hacer llegar la palabra de Dios a los rincones más ignotos. Se trataba de forjar la historia patria en torno a símbolos imaginarios que aglutinaran al colectivo. Esta leyenda apologética y legitimadora se ha mantenido vigente hasta el siglo XXI, pues es posible rastrearla sin solución de continuidad desde la misma época de los descubrimientos hasta la actualidad. Sin embargo, desgraciadamente la historia no fue tan heroica; aquello fue una guerra en la que unos eran los conquistadores, es decir, los invasores, y otros, los conquistados o invadidos. En ese sentido, cualquier tipo de reacción de los naturales por defenderse, fuesen o no crueles, debemos contemplarlas como legítimas.

El caso de Hernán Cortés es muy particular porque se ha escrito tanto de él y durante tanto tiempo que no resulta fácil separar la historia de la leyenda, es decir, la realidad de la ficción. Además, ocurre una curiosa paradoja; pese a la extensísima historiografía siguen existiendo muchísimas sombras, infinidad de aspectos que nos son total o parcialmente desconocidos. Y ello debido a dos causas fundamentalmente: primera, a los silencios del propio conquistador que, aunque escribió muchísimo, apenas se refirió a los aspectos más íntimos de su biografía y, menos aún, a sus orígenes en su Extremadura natal. De hecho, abundan los documentos oficiales o judiciales pero escasean los escritos personales, tales como cartas privadas, diarios o anotaciones personales. Por culpa de ese silencio, provocado por él mismo, han quedado muchos huecos que la historiografía se ha encargado de rellenar como buenamente ha podido. Y es que los historiadores siempre han mostrado una cierta intolerancia a los vacíos que suelen cubrirlos simple y llanamente con imaginación o con altas dosis de invención. Y segunda, a las tergiversaciones de unos y de otros que han tendido más a imaginar su figura que a investigarla. No en vano, abunda más la novela histórica que el trabajo científico. Además, se ha primado el hecho mismo de la Conquista, en detrimento de la propia vida de sus protagonistas.

Durante siglos la historiografía cortesiana ha estado polarizada en dos extremos opuestos, los defensores y los detractores. Obviamente, los primeros lo presentaban como un héroe civilizador, la reencarnación del Cid Campeador, mientras que los segundos lo tildaban de ser un precoz genocida del quinientos. No obstante, conviene aclarar que las historias hagiográficas son infinitamente más numerosas, entre otras cosas porque nadie dedica varios años a investigar a un personaje al que no admira. Reiteradamente se han mostrado actuaciones comunes como hechos excepcionales y hasta sobrenaturales. Su figura ha sido fuente de inspiración de poetas, dramaturgos, novelistas, historiadores, teólogos, visionarios y patriotas. Pero la verdad es que la conquista del imperio mexica fue excepcional en el sentido que un puñado de hombres en muy poco tiempo ocupó un amplio territorio pero, en lo demás, fue un capítulo más en la imposición del más fuerte sobre el más débil. Había un sinnúmero de precedentes de imperios similares al mexica, y aun mayores, que habían caído en manos de un puñado de invasores. Baste con citar el caso del Imperio Romano de Occidente, aniquilado por un grupo de desorganizadas hordas germánicas. Y dentro del contexto del siglo XVI, la actuación de Cortés no fue muy diferente a la de otros conquistadores. Sus comportamientos, sus estrategias, sus sentimientos, sus actitudes y sus pensamientos fueron similares al del resto de sus compañeros. Quizás lo más particular de su caso es que conquistase todo un imperio con un número tan limitado de efectivos. Pero, no fue el único pues Francisco Pizarro dispuso de tres veces menos fuerzas frente a un imperio no menos poderoso que el mexica. En cualquier caso, creo que la metodología utilizada hasta ahora no ha sido la adecuada. Urge investigar su figura a partir de fuentes primarias y anteponiendo la razón a la pasión.

De sus orígenes familiares, de su vida hasta 1519, y de su etapa final en España, hasta su muerte en Castilleja de la Cuesta, apenas si disponemos de unos pocos datos documentales. Hacia 1940 escribió F. A. Kirkpatrick que de la Conquista de México sabíamos mucho porque disponíamos de centenares de testimonios de primera mano pero, en cambio, de su infancia y juventud en Extremadura apenas teníamos unos pocos datos fiables. Se trata de unas palabras que no han perdido todavía vigencia. De hecho, dos de los máximos estudiosos actuales, como los mexicanos Juan Miralles y José Luis Martínez se han manifestado en este mismo sentido. Es obvio, pues, que de su infancia y juventud en tierras hispanas, entre 1484 y 1504, median dos décadas de las que no tenemos noticias. Asimismo, desde su primera llegada a La Española, en 1504, hasta 1519 median otros tres lustros en los tampoco disponemos de fuentes documentales. En definitiva, estamos hablando de una etapa comprendida entre 1484 y 1519, es decir de ¡35 años! en los que apenas nos constan dos o tres datos fiables. En cambio, la conquista de México se conoce tan bien que casi se podrían secuenciar sus actuaciones día a día. Contrasta, pues, con las pocas noticias que existen para reconstruir su vida antes y después de la Conquista. Ante estos vacíos, los cronistas recurrieron a la erudición y a la leyenda, perpetuando en el tiempo meras conjeturas que a base de repetirlas han llegado a nuestros días como verdades absolutas.

Llegados a este punto, cabría preguntarse ¿por qué sabemos tan poco sobre sus orígenes? Hay que empezar diciendo que se trata de una constante en otros muchos personajes de la historia, incluidos numerosos descubridores y conquistadores, como Cristóbal Colón, Hernando de Soto, Francisco Pizarro o Diego de Almagro. Unos trataban de ocultar un pasado semita y otros su baja cuna, que no favorecía nada su nuevo estatus de personas afamadas y ricas. En el caso concreto del metellinense, el silencio es más llamativo porque nos dejó cientos de folios redactados de su puño y letra, entre ellos sus famosísimas Cartas de Relación. Sin embargo, apenas se refirió a su vida antes de la Conquista. ¿Por qué lo omitió? Lo desconocemos, pero probablemente su engrandecimiento tras la Conquista así como sus aspiraciones por entroncar con lo más granado de la nobleza hispana, le hicieron dejar de lado sus verdaderos orígenes familiares que, sin ser plebeyos, no estaban a la altura de sus nuevas circunstancias.

Además, dispuso de cronistas propios, como Francisco López de Gómara, o muy influidos por él, Francisco Cervantes de Salazar, que le permitieron difundir su versión personal de los hechos. Y consiguió su objetivo, pues la mayor parte de los historiadores que han escrito sobre él y su conquista han tomado casi a pie juntillas todo lo que afirmó López de Gómara. Éste, al parecer se fundamentó en lo que el propio conquistador le contó, es decir, en lo que éste quiso que supiera. Sin embargo, todos los vacíos los rellenó como mejor pudo, intentando acercarlo lo más posible al ideal que imponían los héroes de las novelas de caballería. El resto de los datos los aportan otros cronistas, como el padre Las Casas, nada afecto al metellinense, quien contradice algunas de las afirmaciones de Gómara. Bernal Díaz del Castillo, miembro de la hueste de Cortés y algún que otro cronista, aportan algunas informaciones adicionales.

Como puede apreciarse en esta obra, sigue existiendo documentación inédita sobre el tema en los archivos españoles. Es más su propio juicio de residencia, iniciado por el licenciado Luis Ponce de León, aunque inconcluso, no ha sido estudiado en su integridad.

En este trabajo tratamos de arrojar luz precisamente sobre los aspectos más desconocidos de su biografía, es decir, de su infancia y juventud hasta 1519 y de los últimos años de su vida en la Península Ibérica. Concretamente, sobre sus orígenes familiares, nos remontaremos incluso a su bisabuelo paterno, Nuño Cortés, pasando por su abuelo, por sus padres y por su vida en tierras de Medellín. Intentaremos reconstruir, con nueva documentación, su infancia y su juventud, su paso por Salamanca –que no por la Universidad- y por Valladolid, su embarque para La Española y su vida hasta su gran aventura conquistadora iniciada, como es bien sabido, en 1519. Hemos localizado más de una treintena de documentos inéditos aunque, por desgracia, sigue habiendo un problema de fuentes. Gran parte de la documentación que se custodiaba en los archivos de su terruño natal, y que hubiese resultado fundamental para reconstruir sus orígenes, fue destruida en la Edad Contemporánea, primero en la Guerra de la Independencia y, luego, en la Guerra Civil. En Medellín no se conserva prácticamente ningún documento de los siglos XV y XVI. Sí los hay, en cambio, en la vecina localidad de Don Benito, tan vinculada también a la familia Cortés.

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LA SINGULAR CONDENA DEL CONQUISTADOR ALONSO DE CÁCERES POR EL ASESINATO DE UN INDÍGENA

LA SINGULAR CONDENA DEL CONQUISTADOR  ALONSO DE CÁCERES POR EL ASESINATO DE UN INDÍGENA

La conquista de América se llevó a cabo con una dramática violencia. Se utilizaron técnicas terroristas de forma sistemática para amedrentar a los indios que eran muy superiores en número, hubo matanzas sistemáticas de caciques y no pocos casos de extrema crueldad. Pero nadie debe rasgarse las vestiduras. Desde la antigüedad clásica hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos “superiores” sobre los “inferiores” se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial.

        E. G. Bourne comparó la actuación de Roma con Hispania, a la de los españoles con América. Y aunque lo hizo con el objetivo de elogiar a España lo cierto es que ambos acontecimientos generaron una gran destrucción física y cultural. Y es que el “colonialismo Imperialista”, utilizando terminología de Max Weber, ni lo inventó España ni empezó con la conquista y colonización de América, sino en la Antigüedad.

        Pero, incluso, mucho antes, en el Neolítico, se dio lo que Marshall D. Sahlins ha llamado la “ley del predominio cultural”. En realidad era más bien una praxis. Ésta provocó que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares inhóspitos y aislados, abocando a muchos de ellos a su extinción.

        Así, pues, llamémosle “ley de predomino cultural”, “capitalismo imperialista” o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante en la Historia. Y por si fuera poco, el siglo XX ha sido el más genocida de la historia de la Humanidad. Aún hoy, algunos gobiernos de países Hispanoamericanos practican políticas cuanto menos etnocidas con sus comunidades indígenas. Las violaciones de mujeres han sido un fenómeno recurrente en todas las guerras de conquista hasta el mismísimo siglo XX. Conocidas son las violaciones de alemanas por los soldados soviéticos en la II Guerra Mundial o las del ejército servio en los Balcanes en tiempos mucho más recientes. Y ello, porque en medio del horror de la guerra el hombre puede ser capaz de lo peor.

En este trabajo vamos a analizar un documento inédito, localizado en el Archivo General de Simancas, fuente inagotable de información al igual que el de Indias. Dicho manuscrito nos aporta bastantes datos sobre el cacereño Alonso de Cáceres, caso prototípico del conquistador y, sobre todo nos permite aportar más luz a la cuestión del etnocidio indígena. Sale a relucir también la figura del protector fray Tomás Ortiz, un extremeño no menos controvertido que el propio Cáceres.

El litigio tiene tanto más interés cuanto que no abundan entre la documentación española los juicios específicos a españoles por el asesinato de indios. Y ello muy a pesar de que fue la propia Reina Isabel “La Católica” la que los convirtió, hacia 1500 en vasallos de la Corona de Castilla.

Hace algunos años estudiamos el primer proceso específico por malos tratos a los indios instruido en el continente americano y nos quedaron no pocas interrogantes sobre la evolución posterior de este tipo de pleitos. Por eso, este juicio de 1531 nos permite analizar la evolución de estos litigios entre 1509 y 1531. Preguntas como ¿se continuaron utilizando testigos indios en los juicios?, ¿qué autoridad fue la competente para juzgar los casos de indios?, ¿se siguieron apelando estos casos a instancias superiores en el reino de Castilla?. Son preguntas a las que intentaremos dar respuesta en las páginas que siguen.

 

¿POR QUÉ SE JUZGÓ EL ASESINATO DE ESTE INDIO?

        Una de las primeras cuestiones que se nos plantean en este momento es por qué en plena vorágine conquistadora, donde perecieron directa o indirectamente miles de indios, se planteó una cuestión tan puntual como la muerte de un aborigen. Un desgraciado indígena del que ni tan siquiera salió a relucir su nombre, tan sólo un par de testigos mencionaron que creían que era propiedad de un español llamado Saavedra o de San Martín. Y todo ello en un entorno tan difícil como ese, donde la resistencia de los indios y la rivalidad entre los propios españoles desdibujaban la sutil línea que separaba lo legal de lo ilegal. Asesinatos de indios, saqueos, pillajes y violación de derechos humanos se daban continuamente en esos momentos en todas las gobernaciones de Tierra Firme, en Santa Marta, en el golfo de Urabá, en el río Grande y en Cartagena, donde las entradas de saqueos de los españoles eran continuas.

        Para empezar, debemos establecer una doble división, entre indios de paz o guatiaos e indios de guerra, que los primeros colonos indianos tuvieron muy clara. Aunque el concepto “guatiao”, de origen taíno, implicaba un compadrazgo entre dos indios o entre un español y un indio lo cierto es que, pasados unos años tras la conquista, los españoles atribuyeron al término una conceptualización más amplia. Sencillamente, se utilizó como sinónimo de indios de paz en contraposición al indio Caribe o de guerra.

        Pues, bien, supuestamente era a estos indios de paz a los que afectó durante las primeras décadas de la colonización toda la legislación protectora. Desde 1503 se podían combatir y capturar indios Caribes y, desde 1506 esclavizar a aquellos nativos que hubiesen sido rescatados a los propios aborígenes. Y todo esto se mantuvo así hasta las Leyes Nuevas de 1542 en que se dispuso que los indígenas no se pudiesen esclavizar bajo ningún concepto, ni siquiera por guerra o rebelión. Asimismo, a los que estuviesen sometidos a esclavitud con anterioridad se compelió a sus propietarios a que mostrasen título de legítima propiedad.

        Pero, en plena vorágine conquistadora, que supuso la muerte de infinidad de aborígenes, muchos de ellos por enfermedades pero no pocos también por las atrocidades del grupo dominante habría que preguntarse: ¿por qué en esta ocasión si fue juzgado y condenado el español que los cometió?

        Pues, bien, nos ha bastado indagar un poco en el contexto histórico de Santa Marta para comprender la realidad. La costa de Tierra Firme fue descubierta por el sevillano Rodrigo de Bastidas quien, hacia 1525, fundó la localidad de Santa Marta. Tras la muerte violenta de Bastidas hubo varios gobiernos interinos y de poca duración hasta que el 20 de diciembre de 1527 el burgalés García de Lerma firmó una capitulación que le confería la gobernación y la capitanía general de Santa Marta. La situación era crítica tanto por la belicosidad de los indios –buena parte de ellos alzados- como por las rivalidades entre los propios españoles que provocaron la muerte del mismísimo Bastidas. En este contexto la Corona decidió asignar al gobernador burgalés unos poderes excepcionales para restablecer el orden en dicha demarcación territorial. Lerma tuvo siempre dos obsesiones: una, expulsar de su gobernación a posibles rivales españoles, y otra, enriquecerse, él y sus deudos, con razias para capturar esclavos en el golfo de Urabá y en los límites de la vecina gobernación de Cartagena. Incluso, llegó a pedir en 1532 que no nombrase gobernador de Cartagena idea que obviamente fue rechazada por la Corona, cuando Pedro de Heredia fue nombrado para dicha gobernación.

        Y curiosamente el encausado, Alonso de Cáceres, era regidor de Santa Marta, miembro de la élite local y mantenía una agria enemistad con García de Lerma. La oportunidad le debió parecer única al burgalés para quitarse del medio a un poderoso rival. El acusado, un despiadado esclavista con muchos asesinatos de indios a sus espaldas igual que el propio Lerma, se defendió inútilmente afirmando que el indio acuchillado no era un guatiao sino un esclavo capturado en buena guerra. Y probablemente no le faltaba razón, pero de guerra o de paz, este crimen en particular –uno entre cientos- sí iba a ser juzgado y todo el peso de la ley –que hacía muy esporádicas apariciones- caería sobre él.

 

3.-EL PROTECTOR DE INDIOS FRAY TOMÁS ORTIZ

        Las diligencias las inició, a primero de abril de 1531, el protector de indios de Santa Marta, que era nada más y nada menos que el extremeño fray Tomás Ortiz. Resulta cuanto menos curioso que un religioso que se había distinguido por su odio hacia los indios, en particular hacia los cumanagotos, y que además estaba duramente enfrentado con el creador de la institución, fray Bartolomé de Las Casas, ostentara el cargo de protector. Incluso, se da la circunstancia de que varios testigos declararon que el protector había azotado a este indio con anterioridad por alzarse contra los españoles. Miguel Zapata, testigo presentado en su defensa por Alonso de Cáceres, afirmó que, siendo informado el protector de lo que el indio había hecho contra los españoles “le dio muchos palos con una macana que si no le rogaran que no le diera más lo acabara de matar”. Merece la pena que nos detengamos en la figura, un tanto peculiar, de este dominico. Y digo peculiar porque, en honor a la verdad, también debemos reconocer que su posicionamiento fue excepcional dentro de su Orden, donde personajes de la talla de fray Antón de Montesinos, fray Pedro de Córdoba y el padre Las Casas entre otros muchos, habían alzado su voz en defensa de los indios, aunque fuese en el desierto, como aseveraba el propio Montesinos.

        Fray Tomás Ortiz era un dominico profeso en el convento de San Pablo de Sevilla y natural de Calzadilla de Coria (Cáceres). Al parecer, fue éste el primer dominico que, encabezando a un grupo de correligionarios, llegó a la Nueva España. A mediados de 1520, tras un alzamiento de los indios en Chichiribichi y en Cumaná –en la actual costa venezolana-, varias misiones dominicas, que habían sido mandadas establecer por fray Pedro de Córdoba y el propio fray Bartolomé de Las Casas, fueron arrasadas y sus moradores asesinados. El propio fray Tomás Ortiz se libró de una muerte segura porque el azar quiso que, cuando sucedieron los hechos, no se encontrase en dicho cenobio. Con el dolor de lo acontecido en su corazón se personó en España y, hacia 1525, ante el Consejo de Indias, leyó un acalorado informe atribuyendo a los indios cumanagotos los peores calificativos imaginables. Habían pasado casi cuatro años desde los sucesos pero el tiempo transcurrido no fue suficiente para aplacar los ánimos exaltados del dominico que utilizó contra los indios calificativos como caníbales, traidores, vengativos, haraganes, viciosos, ladrones, etcétera. Y la conclusión de todo ello no podía ser mas contundente: “Éstas son las propiedades de los indios, por donde no merecen libertades”. Esta disidencia de la línea oficial dominica debió debilitar mucho la firme posición que en defensa de los indios habían sostenido otros dominicos de grata memoria. Y las consecuencias prácticas de esos planteamientos neo-aristotélicos fue el retraso, hasta 1542, de la prohibición de esclavitud del indígena, esbozada ya en sus líneas fundamentales por la Reina Católica a principios del quinientos.

        El informe del extremeño levantó duras críticas dentro de su propia Orden, sobre todo de fray Bartolomé de Las Casas que nunca le perdonó estas palabras, y en tiempos recientes por la historiografía lascasista. Efectivamente, ya en nuestro siglo Giménez Fernández aportó datos para demostrar las actividades económicas del dominico extremeño. Incluso, utilizando una cita de Bernal Díaz del Castillo, llega a decir que cuando llegó a México en 1526 como vicario general de la Orden, sus mismos compañeros decían que “era más desenvuelto para entender negocios que no para el cargo que tenía”.

        Pese a que Fernández de Oviedo lo calificó de “gran predicador” parece evidente que fray Tomás Ortiz no era el mejor de los candidatos para ocupar la protectoría, cargo que ostentara por primera vez su gran enemigo Las casas. Un puesto creado para proteger a unos indios a los que fray Tomás Ortiz no parecía profesarles un especial aprecio. También es cierto que una persona así era la única que García de Lerma podía aceptar en una tierra de frontera, donde el pillaje, la ambición, las envidias y los asesinatos eran moneda de uso frecuente.

        Según Giménez Fernández, el 25 de enero de 1531 fray Tomás Ortiz fue revocado del cargo de protector de Santa Marta, pero lo cierto es que hasta abril de ese mismo año estuvo entendiendo en el pleito, en calidad de protector. Desconocemos hasta que año ejerció el cargo de protector en Santa Marta, porque la única referencia que tenemos es que en enero de 1540 desempeñaba ese puesto un tal Juan de Angulo.

Pese a lo dicho, debemos reconocer que en este pleito concreto el dominico se atuvo a la legalidad vigente. Por ello, instruyó el caso y, una vez que supo que se trataba de una causa penal –cumpliendo la legalidad vigente- lo dejó en manos del gobernador. Las atribuciones del protector de indios eran justo las mismas que por aquel entonces tenía el protector de Cuba, fray Pedro Ramírez, es decir: la facultad para nombrar visitadores y la instrucción y fallo de procesos por una cuantía inferior a los cincuenta pesas de oro y diez días de privación de libertad. En causas merecedoras de una multa de menor cuantía o en delitos de sangre el protector se debía limitar a informar al gobernador para que, en colaboración con las autoridades judiciales, dictaran sentencia.

 

EL ENCAUSADO: EL CONQUISTADOR ALONSO DE CÁCERES

        Si particular era el acusador no menos especial era la figura del encausado. Un extremeño que pasa por ser un prototipo del conquistador de primera generación. Un tipo ambicioso que, como tantos otros –Pizarro, Cortés, Balboa, Soto, etc.- llegó a enfrentarse violentamente con otros Adelantados y Conquistadores que tenían objetivos similares a los suyos. Ello provocó que, en apenas dos décadas, fuera participando sucesivamente en la conquista de Santa Marta, Cartagena de Indias, Honduras y Perú, acabando sus días en la región de Arequipa, a varios miles de kilómetros de donde empezaron sus ambiciones expansionistas. Pero, si entre los españoles destacó por su ambición, con respecto a los desdichados aborígenes se mostró cruel y despiadado, lo cual se puede verificar en las múltiples y dramáticas jornadas de saqueos y pillaje que protagonizó.

Sabemos muy poco de sus orígenes, ni de su vida en su Cáceres natal antes de su partida a América. El problema radica en que su nombre es tan común que al menos tres homónimos partieron de Cáceres rumbo al Nuevo Mundo en el primer cuarto del siglo XVI.

En cambio, sí que sabemos la fecha de su nacimiento que debió ocurrir en 1506 o en 1507, pues, en 1533 declaró tener 26 años, mientras que tres años después, es decir, en 1536, manifestó tener 30.

Queda claro, pues, que no tiene nada que ver con el encomendero y miembro de la elite local que encontramos desde principios del quinientos asentado en la villa de Lares de Guahaba en la Española, ni con el contador de Panamá que murió en la década de los treinta. En 1515 tenemos constancia de que un Alonso de Cáceres fue a las órdenes de Pedrarias Dávila, a la conquista de Castilla del Oro, y nada tiene de particular que fuese el regidor ya citado de Lares de Guahaba. Por ello, sospechamos que los dos homónimos de la Española y de Panamá sean la misma persona

Retomando el hilo de nuestro conquistador, es decir, del reo Alonso de Cáceres, lo encontramos en Santa Marta, participando con el gobernador García de Lerma en numerosas entradas en la zona del Río Grande. Al final, la codicia de ambos les llevó a un duro enfrentamiento entre ellos que terminó, tras este juicio que ahora analizamos, con la expropiación de sus bienes y el destierro del primero.

Tras su expulsión de Santa Marta decidió ir a la vecina gobernación de Cartagena de Indias. Allí, se hizo amigo del gobernador, Pedro de Heredia, con quien participó activamente en las entradas de Abreva y en el descubrimiento y sometimiento de la zona del río del Cenú. En esta gobernación volvió a tener un papel muy activo en su conquista, derrotando al belicoso cacique Yapel. Luego, tras descubrir el río Cauca, se dirigió en compañía del hijo del gobernador, a la zona del río Catarapá, donde fundaron la ciudad de Tolú, en la actual Colombia.

Pese a sus éxitos bajo las órdenes de Pedro de Heredia, nuestro funesto y ambicioso personaje no olvidó su odio hacia su antiguo jefe. Por ello, allí fraguó su venganza contra García de Lerma al remitir al Rey una información en la que le acusaba de hacer entradas hasta el río Magdalena que pertenecía a Cartagena, capturando esclavos, haciendo malos tratamientos a los indios y provocando el alzamiento del resto. Resulta cuanto menos curioso que Alonso de Cáceres que había ayudado activamente a Lerma en esas mismas entradas pocos años atrás y que tenía a sus espaldas una condena por un delito de sangre con un indio lo acusase de lo mismo por lo que él había sido juzgado. Era la manifestación clara del odio y del desprecio que sentía por la persona que consintió y avaló su desterró. Pese a ello, es obvio que García de Lerma tenía más o menos los mismos valores que su enemigo Cáceres por lo que hizo oídos sordos a todas estas quejas y continuó sometiendo a sangre y fuego los territorios colindantes a su gobernación, pues nunca renunció a su expansión.

        En Cartagena de Indias el cacereño consiguió amasar otra fortuna, y ello a pesar de que, tras la expropiación de sus bienes en Santa Marta, tuvo que empezar de cero. Este nuevo enriquecimiento se debió en gran parte a la gran cantidad de oro que obtuvo del saqueo del cementerio indígena del Cenú. De esta forma, tardó muy poco en encumbrase de nuevo entre la élite económica y política de la gobernación. De hecho, en 1537, lo encontramos nada menos que de regidor del cabildo de Cartagena de Indias, junto a Alonso de Montalbán y Gonzalo Bernardo de Somonte, mientras que poco después figuraba como titular de la encomienda de Tameme. Pero, sus ansias de poder y de dinero eran tales que terminó nuevamente enfrentado con el gobernador, en esta ocasión con Pedro de Heredia. Así, el 6 de marzo de 1539 Pedro de Heredia presentó una probanza en la que lo incluía entre sus enemigos capitales. Y ello, en respuesta a unos testimonios en su contra que él y otros conquistadores habían alegado en su juicio de residencia. El gobernador intentó demostrar que esas acusaciones vertidas contra él se debieron a la promesa del licenciado vadillo de repartir entre todos ellos 200.000 pesos de oro.

        Pero, cuando todo este cruce de acusaciones ocurría en Cartagena ya no debía estar allí Alonso de Cáceres, pues, desde finales de 1537, lo tenemos localizado en la conquista de la gobernación de Honduras, en compañía del conquistador salmantino Francisco de Montejo. Como es bien sabido, el salmantino había firmado una capitulación con el Rey en 1537 por la que se le nombraba gobernador de esta demarcación centroamericana. Convencido Montejo de las dotes bélicas de Alonso de Cáceres, le encomendó la pacificación del Valle de Comayagua, donde fundó en ese mismo año el pueblo de Santa María. Al parecer, en recompensa por los eficaces servicios prestados se le otorgaron las encomiendas de los cacicazgos de Arquín, Inserquin y Tomatepec.

        Pero tampoco estas prebendas fueron suficientes para asentar al intrépido conquistador que, pocos años después, lo volvemos a encontrar luchando en otra lejana región. Nada menos que en territorios del antiguo imperio Inca, luchando primero contra Almagro, y posteriormente, contra el insurrecto Gonzalo Pizarro. En recompensa por sus servicios, hacia 1541, recibió la encomienda de los indios Arones Yanaquihua, asentados en los pueblos de Granada, Antequera y Porto. Ocho años después, concretamente en 1549, le fueron entregados en encomienda los indios del poblado de San Francisco de Pocsi que, en 1561, tributaban anualmente la nada despreciable cifra de 3.600 pesos. En Arequipa ostentó el cargo de Corregidor pero, según Publio Hurtado, poco después fue nombrado Adelantado de Yucatán extremo que de momento no hemos podido verificar por ninguna fuente primaria.

        Así, pues, en Arequipa perdemos el rastro de nuestro intrépido y despiadado conquistador. Probablemente, uno más de tantos otros españoles que se vieron implicados en la vorágine de la conquista.

 

EL PROCESO

        El proceso tuvo dos partes bien diferenciadas: la primera en que inició las pesquisas el protector de indios fray Tomás Ortiz y, cuando tuvo la certeza de que era una causa penal, acatando la legislación, pasó el proceso al gobernador, iniciándose así la segunda parte del juicio.

        Los hechos se desencadenaron en enero o febrero de 1531 cuando, en una entrada que los españoles hicieron a la provincia del Río Grande, en la gobernación de Santa Marta, Alonso de Cáceres mató a un indio supuestamente de paz. La fecha exacta de la campaña y del asesinato no la conocemos, pues, lo más que concretan algunos testigos es que ocurrió “en un día de los meses de enero o febrero”. Una vez que el protector de indios tuvo noticia de la muerte de un indio por Alonso de Cáceres comenzó las gestiones para juzgar los delitos.

Hacia primero de abril de 1531, recibió juramento de cuatro testigos españoles que estuvieron presentes en la citada campaña. Curiosamente, y aunque hubo también múltiples testigos indios, el protector tan solo interrogó a cuatro españoles. Y es que, aunque en un pleito similar ocurrido en 1509 sí hubo testigos indios, lo cierto es que en años posteriores desgraciadamente se suprimió esta costumbre. Y aunque, según Lewis Hanke, los Jerónimos de la Española recibieron órdenes para que el testimonio de un indio valiese como el de un español, salvo que "un juez real ordenase lo contrario", todo parece indicar que esta medida no llegó a tener aplicación práctica. Ya en el juicio de residencia tomado al licenciado Altamirano en Cuba hacia 1525 se afirmaba que no era costumbre tomar juramento a los indios en los juicios porque eran “incapaces” y no sabían “qué cosa es juramento”. De todas formas, encontramos pleitos posteriores en los que aparecían algunos testigos indios: en 1555 en el pleito por la libertad de una india llamada Isabel, propiedad de Beatriz Peláez, vecina de Jerez de la Frontera, declararon nada menos que tres indios: Juan, propiedad de Benito de Baena, María Rodríguez, india libre desposada con Juan Rodríguez y Esteban de Cabrera, de 84 años que servía en una casa de la collación de San Julián. También en un pleito similar, llevado a cabo en Sevilla en 1575 se utilizó como testigo a un indio llamado Juan.

Sea como fuere, lo cierto es que en los pleitos dirimidos en América o no se utilizaron o se hizo pero con muchas limitaciones. De hecho, el 26 de abril de 1563, la audiencia de Lima dispuso que el testimonio de dos indios varones o de tres indias valiese como el de un español mientras que, poco más de una década después, el virrey Toledo dispuso que el testimonio de seis indios equivaliese al de un español.

         Los entrevistados fueron García de Setiel, Juan Tafur, Diego Pizarro y Lope de Tavira, todos ellos testigos presenciales de lo ocurrido. Sus testimonios fueron bastante similares, puesto que se plantean los hechos desde el mismo punto de vista. La entrada, al parecer, se dirigió exactamente a un pueblo de indios que, según Juan Tafur, los españoles bautizaron como Pueblo del Río Deseado.

         Según afirmaron todos ellos, en esa expedición padecieron mucha escasez de agua. Del desdichado indio en cuestión ya hemos dicho que ningún testigo supo decir ni tan siquiera su nombre español. Tan sólo, López de Tavira acertó a decir que era propiedad de un español llamado “San Martín”, extremo que repitió un testigo llamado Gómez de Carvajal al aseverar que era un nativo que se había dado “a San Martín o a Saavedra”.

Al parecer, el indio portaba “una arroba de carga y más una cadena con su candado de hierro, que pesara a su parecer hasta ocho o diez libras, al pescuezo”. Tras caminar cinco o seis leguas sin encontrar el tan ansiado elemento líquido el desventurado indio comenzó a “desmayar”, cosa que le ocurrió al menos en dos ocasiones. Con la mala suerte de que la segunda vez no fue capaz de incorporarse, acudiendo García de Setiel con una caña delgada para darle “ciertos azotes”. Seguidamente el indio se incorporó y cogió un palo para atacarle. En ese momento, Alonso de Cáceres, que estaba viendo todo lo sucedido desde la retaguardia, acudió con su caballo, se bajó de él, y le cortó la mano primero para acuchillarlo hasta la muerte después.

López de Tavira tan solo introduce un matiz con respecto a los otros testigos: afirma que cuando llegó Alonso de Cáceres junto al indio le empezó a dar “con el regatón de la lanza” y que, tras ello, el indio atacó a Cáceres con el palo y entonces fue cuando se bajo del caballo el español y cometió el atentado. Sea de una forma u otra, lo cierto es que, como resultado de esas brutales heridas el pobre indio murió pocos minutos después.

        El protector de indios, comprobando el dramático calado de los hechos, traspasó el caso, mediante escribano público, al gobernador, “descargando su conciencia” y objetando su carácter de religioso. Ahora, bien, tuvo la precaución de dejar encarcelado al reo pese a las quejas de éste, una situación en la que continuó cuando asumió el caso el gobernador.

Es importante destacar que se verifica nuevamente algo de lo que ya teníamos constancia, es decir, que los protectores no podían juzgar causas criminales. Y así, por ejemplo, en el nombramiento como protector de fray Vicente Valverde el 14 de julio de 1536 se afirmaba lo siguiente:

 

 

        “Otrosí, el dicho protector o las tales personas que en su lugar enviaren puedan hacer y hagan pesquisas e informaciones de los malos tratamientos que se hicieren a los indios y, si por la dicha pesquisa mereciere pena corporal o privación las personas que los tuvieren encomendados y, hecha la tal información o pesquisa la envíen al nuevo gobernador y, en caso que la dicha condenación haya de ser pecuniaria pueda el dicho protector o sus lugartenientes ejecutar cualquier condenación hasta cincuenta pesos de oro y desde abajo , sin embargo de cualquier apelación que sobre ello interpusieren. Y asimismo, hasta diez días de cárcel y no más, y en lo demás que conocieren y sentenciaren en los caos que puedan conforme a esta nuestra carta sean obligados a otorgar el apelación para el dicho gobernador y no puedan ejecutar por ninguna manera la tal condenación”.

 

 

        Lerma, tras verificar los hechos entrevistando a dos testigos, Gómez de Carvajal y García de Lerma, que dijeron prácticamente lo mismo que los interrogados por el protector, tomó la decisión de delegar el caso en su teniente, Francisco de Arbolancha, alegando que estaba muy ocupado “en muchas cosas tocantes a Su Majestad”. Se le hizo saber por medio de escritura notarial en la que se le dieron todos los poderes para que fallara el proceso con la máxima brevedad posible.

        Y ante Arbolancha comparecieron de inmediato dos buenos amigos de Cáceres, Diego de Carranza y Gonzalo Cerón que dieron fianzas de que Alonso de Cáceres permanecería recluido en las casas de morada del último. Realizados todos los trámites, a partir del 20 de junio de ese mismo año de 1531, el teniente de gobernador con la ayuda del alcalde mayor, Vasco Hernández de la Gama, y del fiscal general, Alonso Gallego, prosiguió el proceso.

        El fiscal solicitó ese mismo día, a la vista de los hechos, la pena de muerte para el reo y pidió asimismo la vuelta del presunto asesino a la cárcel Real “hasta tanto que la causa se determine”.

        Y ese mismo día comenzó la defensa del encausado Alonso de Cáceres. Para ello, se le tomó declaración a él mismo y a varios amigos suyos que el mismo propuso, a saber: Hernando de Santa Cruz, Hernando Páez, Miguel Zapata y Pedro Cortés. El acusado, obviamente, no negó el asesinato, su defensa se basó en intentar demostrar que el indio en cuestión no era guatiao, sino un indio esclavizado en buena guerra. De hecho, afirmó que llevaba “una cadena al pescuezo porque era de un pueblo donde mataron el caballo de Carvajal y, cuando lo tomaron, el mismo protector le dio muchos palos, (que) casi lo mató…” Y probablemente tenía razón en esta alegación, pues todos los testigos comentaron lo de la cadena en el cuello y, algunos, incluso, aseveraron que estaba marcado con el hierro de Su Majestad. Se trataba probablemente de un indio esclavo, porque ni la fiscalía ni los testigos negaron este extremo.

        El segundo de los argumentos esgrimidos por Cáceres en su defensa resultó mucho menos creíble. Él decía que lo mató “para no dejarlo ir a su pueblo que estaba de guerra con los cristianos”. Las justicias no creyeron esta alegación, pues, era evidente, que el indio encadenado y debilitado por el excesivo trabajo no suponía ningún peligro para sus verdugos.

        El pleito fue ágil y rápido, pues, el 11 de julio de 1531 el alguacil mayor estaba ya haciendo el inventario de los bienes de la casa de Alonso de Cáceres, que fueron depositados en la de Diego de Carranza.

        La sentencia de la justicia de Santa Marta no se hizo esperar y fue dictada el viernes 12 de julio de 1531. Después de relatar públicamente los capítulos enviados por Su Majestad a García de Lerma en relación al buen trato que se debía dispensar a los indios “como vasallos libres”, se dictó el veredicto. Al final se le perdonó la pena capital, como era de esperar, pero se le condenó a lo siguiente:

        Primero, al destierro de Santa Marta y su provincia “por todos los días de su vida”. Segundo, a la pérdida de su oficio de regidor. Tercero, a la pérdida de todos los indios esclavos y de repartimiento que tuviese en Santa Marta, y también del oro “y otras cosas” que le hubiesen rendido”. Y cuarto y último, a la confiscación de todos sus bienes, que una vez liquidados se reintegraría la mitad para el fisco, una cuarta parte para la iglesia, y la cuarta parte restante para gastos y reparos públicos.

        El condenado intentó apelar a la audiencia de Santo Domingo pero no se le permitió. Al parecer desde la segunda década del quinientos se decretó que los pleitos de indios no se apelasen a castilla. Los resultados parecen evidentes, en tan solo cincuenta días se había instruido y fallado un pleito de estas características. Todo un éxito para la larga y tediosa administración de justicia.

 

CONCLUSIÓN

         Este proceso nos permite conocer muchos detalles sobre la dureza y la brutalidad extrema vivida en la Conquista de América. La Conquista pudo ser una gesta en cuanto a que un puñado de españoles exploraron y conquistaron varios miles de kilómetros cuadrados. Pero no es menos cierto que para el mundo indígena en general fue un verdadero drama. Un drama que la bienintencionada legislación propiciada desde la Corona no pudo frenar.

        De todas formas, nadie debe alarmarse por esto, pues, se trata de un capítulo más en la historia universal, donde el más fuerte siempre se impuso sobre el débil. Y hay un caso muy significativo: tras la llegada de los españoles, los taínos antillanos fueron exterminados en apenas cincuenta años. Pero si los españoles no llegan a Descubrir América, muy probablemente los indios Caribes, más belicosos que los taínos, hubiesen acabado con ellos en pocas décadas.

        Por lo demás este caso nos ha permitido verificar algunos aspectos que no teníamos claros, a saber: en primer lugar, que las leyes de protección de los indios se cumplían de forma muy puntual y excepcional. Aunque, es cierto que las epidemias causaron el mayor número de bajas, no lo es menos que miles de indios fueron esclavizados y asesinados en la Conquista de América. Así, pese a que Isabel la Católica los consideró legalmente “súbditos de la Corona de Castilla”, tan solo un puñado de españoles fueron condenados por tales crímenes.

        En segundo lugar, queda nuevamente verificado que las atribuciones del protector de indios eran muy limitadas y se restringían prácticamente a una labor de vigilancia y de información a las autoridades civiles, gobernadores y audiencias. Por tanto, que se hiciese o no justicia dependía exclusivamente de la buena voluntad de las autoridades civiles –oidores, alcaldes mayores, gobernadores o, en su caso, capitanes generales-. Y no solían hacerlo porque, obviamente, solían estar implicados en el proceso de la conquista, que no era otra cosa que la imposición violenta de unos sobre los otros. Además, como hemos podido comprobar en el caso de fray Tomás Ortiz O.P. o en el de otros protectores, como fray Miguel Ramírez en Cuba, no siempre se nombraba a las personas más adecuadas para dicho cargo.

        Y en tercer y último lugar, se vuelve a verificar que los pleitos de indios desde muy temprano se fallaban en primera y última instancia en las Indias sin posibilidad de apelarlos a la Península. No era gran cosa, pero la medida dio algunos frutos, permitiendo instruir y fallar en menos de dos meses algunos delitos de sangre con los infelices indígenas.

 

 

 

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ESTEBAN MIRA CABALLOS

UN CURIOSO ROBO OCURRIDO EN RIBERA DEL FRESNO (BADAJOZ) EN ABRIL DE HACE 297 AÑOS

UN CURIOSO ROBO OCURRIDO EN RIBERA DEL FRESNO (BADAJOZ) EN ABRIL DE HACE 297 AÑOS

        Ayer mirando documentos sobre esclavos, me salió al paso este curioso suceso. El Regimiento de Dragones de Mérida estaba de cuartel en Ribera del Fresno. En un modesto mesón, propiedad de Gerónimo Mateos y María Gómez, se hospedaban el coronel y el sargento mayor del mismo. En la madrugada del 17 de abril de 1720, entre las 12 y la una de la noche, entró en las caballerizas del mesón un esclavo mulato propiedad del sargento mayor y se llevó el caballo de otro huésped, un tal Miguel Ruiz Urbano, vecino de la ciudad de Córdoba. El esclavo se dio a la fuga con el caballo y no apareció más. La mesonera –su marido estaba ausente- que se obligó a buscar el caballo por sus medios y, si no aparecía, a abonar al cordobés el precio del caballo, que se estimó en 1.020 reales de vellón. Y firmó la escritura ante notario porque reconoció que era “obligación de los mesoneros el asegurar y poner a buen recaudo las caballerizas y otras cosas que los huéspedes ponen a su cuidado”. Hay varios aspectos que se deducen del suceso:

         Uno, es muy probable que el esclavo robase el caballo con la connivencia de su dueño, el sargento mayor, y probablemente con la del Coronel. Es impensable que el esclavo desapareciese sin más y nunca más fuese localizado.

         Dos, sorprende el alto precio del rucio, aunque más barato que el precio de un esclavo, pues en ese mismo año se vendieron dos a un precio de 1.500 reales cada uno. Es decir que por el precio de dos esclavos se podían comprar tres caballos.

         Y tres, aunque el suceso es muy concreto, evidencia las actitudes de siempre de los humanos: la picaresca y cara dura de unos pero también la integridad ética de la mesonera hacia su cliente. Cara y cruz de una misma moneda.

 

Apéndice I

Carta de obligación, Ribera, 18 de abril de 1720.

 

Sepan cuantos esta carta de obligación vieren como yo María Gómez, vecina de esta villa de Ribera, mujer legítima de Gerónimo Matheos, vecino también de ella, digo que por cuanto ayer diecisiete del corriente, entre doce y una de la noche de él, entraron en mis casas mesón un esclavo, color mulato, de don Manuel de Montoya, Sargento Mayor del regimiento de Dragones de Mérida, de que es Coronel el Marqués de Rianzuela que está de cuartel en esta dicha villa. Y en dicha ocasión se hallaban todos los de mis casas y familia como huéspedes durmiendo. Y viendo lo referido y que estaba en silencio, sacó de la caballeriza de dicha mis casas mesón un caballo propio de don Miguel Ruiz Urbano, vecino de la ciudad de Córdoba, estante al presente en esta dicha villa que se hallaba de huésped en dichas casas mesón mías. Y de hecho y caso pensado, se lo llevó e hizo fuga con él de esta dicha villa y no se sabe su paradero. Y por parte del dicho Miguel Ruiz Urbano se me ha representado que respecto de haber sucedido en dichas mis casas dicha extracción y hurto y que es de la obligación de los mesoneros el asegurar y poner a buen recaudo las caballerizas y otras cosas que los huéspedes ponen a su cuidado, le otorgue escritura de obligación a su favor. Y viendo ser justo y atento a que dicho mi marido se halla fuera de esta dicha villa a donde por ahora no se restituirá en breve tiempo y que el dicho don Miguel Ruiz Urbano no puede detener su viaje. Y para que lo prosiga y que por esta razón no pierda su conveniencia, poniéndolo en efecto en la mejor vía y forma que puedo y haya lugar, estando cierta y sabedora de lo que en este caso me conviene hacer de mi libre, agradable y espontánea voluntad, otorgo que me obligo a buscar y hacer diligencias hasta que surta efecto el cobro de dicho caballo que así hurtó de dichas mis casas y caballeriza dicho esclavo. Y en defecto de no parecer pagarle por su valor en que por personas puestas de consentimiento de ambas partes está apreciado (en) mil y veinte reales, al dicho don Miguel Ruiz Urbano, vecino de dicha ciudad de Córdoba, o a quien su causa hubiere para el día de señor San Juan de junio próximo venidero de este presente año, puestos y pagados en dicha ciudad de Córdoba, en la casa y poder de dicho don Miguel Ruiz Urbano o de quien le sucediere, a mi costa y riesgo y con las de la cobranza. Y si para dicho día no los tiene y pagare se ha de poder, por parte de dicho don Miguel o quien su causa hubiere de despachar persona a su cobranza con cuatrocientos maravedís de salario que en cada un día le he de pagar con los de ida , estada y vuelta hasta la real paga, y por ello se me ha de poder ejecutar, como por dicha deuda en virtud de esta escritura…

         En la villa de Ribera, a dieciocho días del mes de abril de mil setecientos y veinte años, y la otorgante a quien yo el escribano doy fe conozco, lo firmó un testigo a su ruego ya que dijo no saber, siendo testigos Lorenzo Martín de la Paz, síndico procurador general, Miguel Sánchez Muñoz, presbítero, y don Pedro Antonio de Sotomayor, vecinos de esta dicha villa.

(A.M.A. Ribera, Paulino Machuca 1720, fols. 106r-107r)

 

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LAS REDES SOCIALES: MÁS LUCES QUE SOMBRAS

LAS REDES SOCIALES: MÁS LUCES QUE SOMBRAS

 

 

Las redes sociales, como el facebook o el whasapp han traído consigo muchas servidumbres pero también nos aportan infinidad de posibilidades que favorecen la comunicación y la interacción. Estas plataformas son herramientas de gran utilidad a la hora de compartir investigaciones, lecturas, creaciones poéticas o literarias. La distancia física entre las personas ya no implica impedimento alguno para comentar en común o debatir sobre tal libro o sobre tal idea.

Como ha dicho Josep Ballester, esto ha permitido recuperar a lectores que estaban alejados del mundo de la cultura, bien por estar fuera de los círculos literarios, o bien, por no disponer de tiempo ni dinero para adquirir y leer libros. La edición digital y las publicaciones en las redes sociales han facilitado el acceso a la lectura de decenas de miles de personas. La gente lee en cualquier sitio -aunque sea el whasapp-, lo mismo en la parada del autobús, que en el metro o en la hamaca de una playa.

Es evidente, pues, que la tecnología ha acercado la lectura a miles de usuarios que hasta hace pocos años eran ajenos a la misma. Las redes sociales no son la panacea, ni mucho menos, pero al menos contribuyen a la información –y a veces desinformación- de millones de personas.

 

 

 

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EN TORNO A LA MITA Y LOS MITAYOS EN EL VIRREINATO PERUANO

EN TORNO A LA MITA Y LOS MITAYOS EN EL VIRREINATO PERUANO

 

 

En el virreinato peruano se extorsionaba gravemente a los aborígenes con tributos y servicios. Es cierto que en ya en época prehispánica el Inca solicitaba tributos y también servicios, entre ellos la mita. Pero afectaba a pocas personas, el trabajo era moderado y, además, se les proporcionaba una adecuada alimentación. Había una reciprocidad procurada por una producción colectivista que fue destruida por los españoles sin reemplazarla adecuadamente. Como ya hemos afirmado, a partir de la Conquista se quebró ese sistema colectivista y la reciprocidad vigente en la época prehispánica. El rey de España ocupó el papel del Inca pero ya no aseguraba, como hacía éste, la redistribución en servicio de toda la comunidad. En 1549 se denunciaba que seguían utilizándose los encomendados peor que si fueran esclavos, y por un salario irrisorio por lo que se pedía que al menos se les proporcionase la manutención. Al año siguiente, el dominico fray Domingo de Santo Tomás escribió al Emperador planteando un panorama absolutamente desesperanzador. Concretamente incidió en dos problemas que por desgracia ni eran nuevos ni, por supuesto, exclusivos del Perú:

El primero, que los encomenderos trataban a sus indios peor que a los asnos en Castilla porque si éste se moría perdían ocho ducados pero si el fallecido era un indio no les costaba nada porque siempre encontraban a otro.

Y el segundo, los excesivos tributos que les reclamaban y que eran tasados según el capricho de cada encomendero. En 1538 se escribió al teniente de gobernador de la provincia de Quito y al protector de indios para que tasasen urgentemente los tributos, pues, los encomenderos cobraban lo que les parecía, abusando gravemente de los pobres indios. Y si los caciques no colaboraban los aperreaban o los mataban sin ningún miramiento:

 

 

Hasta ahora no ha habido más regla ni medida en los tributos que a esta pobre gente se le pide que la voluntad desordenada y codiciosa del encomendero, por manera que si les pedían mil, mil daban y si ciento, ciento, y sobre esto quemaban a los caciques y los echaban a los perros y otros muchos malos tratamientos, y les quitaban el señorío y mando y lo daban a quien les parecía que sería buen verdugo…"

 

 

La mita incaica era llevadera, en cambio, los españoles modificaron la institución, llevándola a unos niveles de explotación absolutamente irracionales. En 1575 el virrey Francisco de Toledo la reguló, movilizando nada menos que a 95.000 nativos de diecisiete provincias que trabajarían una semana y descansarían dos. Se estimaba que tenía que haber permanentemente en las minas 4.500 indios por lo que, para respetar las dos semanas de descanso, debían movilizarse permanentemente a 13.500 mitayos. Otra cuestión es que, debido a la alta mortalidad, al final los tiempos de descanso no se respetaron, convirtiéndose las minas en verdaderos cementerios. Tan claro lo tenían los pobres quechuas que el día antes de su partida celebraban en sus pueblos un lúgubre oficio de réquiem, en el que unos y otros se abrazaban llorando. Se ha calculado en un millón, el número de nativos fallecidos en las minas de Huancavelica, Potosí, Oruro y cerro de Pasco. Un holocausto sangriento para saciar la voracidad de plata del Imperio de los Habsburgo. Todavía, el 6 de diciembre de 1669 el virrey Pedro Fernández de Castro, Conde de Lemos, recordaba unas palabras pronunciadas décadas antes por fray Domingo de Santo Tomás, al decir:

 

 

Yo descargo mi conciencia con informar a Vuestra Majestad con esta claridad: no es plata la que se lleva a España, sino sudor y sangre de indios

 

 

Pero, la pregunta que nos hacemos, ¿mejoró con el tiempo su situación laboral? Desgraciadamente los documentos del último cuarto del siglo XVI no son mucho más alentadores al respecto. La explotación laboral de los nativos no mejoró sustancialmente ni a corto ni a medio plazo, por lo menos en muchas de las gobernaciones indianas. Tanto la encomienda como la mita no fueron más que sendas formas encubiertas de esclavitud. En teoría no tenía por qué haber sido así, pero prácticamente nadie se encargó en serio de obligar a los encomenderos a cumplir con sus obligaciones.

 

 

PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

PUENTE BRUNKE, José de la: “Encomienda y encomenderos en el Perú“. Sevilla, Diputación Provincial, 1992.

 

RUIZ RIVERA, Julián Bautista: “Encomienda y mita en Nueva Granada en el siglo XVII”. Sevilla, E.E.H.A., 1975.

 

 

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