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Temas de historia y actualidad

PROGRAMA DE ACTOS DE LOS XLVII COLOQUIOS HISTÓRICOS DE EXTREMADURA

PROGRAMA DE ACTOS DE LOS XLVII COLOQUIOS HISTÓRICOS DE EXTREMADURA

 

 

LUNES, 24 DE SEPTIEMBRE 2018

 

Inauguración de los XLVII Coloquios Históricos Extremadura

 

20:45 horas: Recepción de autoridades y participantes en el Excmo. Ayuntamiento de Trujillo.

 

21:00 horas: Acto inaugural. Salón de Plenos Acto inaugural.

 

Bienvenida: Dña. María Rosario Alvarado, presidenta de la A.C. Coloquios Históricos

Intervención de autoridades.

Palabras de saludo e inauguración por parte de D. Alberto Casero Ávila, Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Trujillo.

 

21:30 horas: Lectura inaugural: a cargo de D. LUIS E. RODRÍGUEZ-SAN PEDRO BEZARES

 

"Salamanca: la Universidad de cultura hispánica.

 

MARTES, 25 DE SEPTIEMBRE

Moderador: D. Francisco Javier Rubio Muñoz (Moderador):

 

17:00 José Luis BARRIO MOYA:

La librería de fray Juan Nuestra Señora, presidente del Real Hospital Jesús Nazareno, Mérida (1783).

 

17:30 Francisco Javier CAMBERO SANTANO

El Arcipreste Juan Pizarro: Mecenas de trujillanos en la

Universidad de Salamanca. Luces y sombras en el cumplimiento de sus últimas voluntades.

 

18:00 Francisco Javier RUBIO MUÑOZ

 

Símbolos universitarios en Trujillo: el descubrimiento de vítores y otras relaciones con la Universidad de Salamanca.

 

18:40 Marciano MARTÍN MANUEL

La historiografía judía al servicio del integrismo católico: Eugenio Escobar Prieto, 1916-1917.

 

19:10 Juan Carlos RODRÍGUEZ MASA

Salamanca,“cabeza“ de Extremadura (desde la Reconquista al siglo XVIII).

 

19: 40 Juan REBOLLO BOTE

Ecos urbanos de moros y cristianos en Cáceres Trujillo.

 

 

MIÉRCOLES, 26 DE SEPTIEMBRE 2018

Moderador: D. Teodoro Martín Moderador

 

17:00 Jesús BERMEJO

La Cumbre a través de sus cofradías durante la Edad Moderna.

 

17:30 Manuel GARCÍA CIENFUEGOS

La epidemia de la gripe española (año 1918) en Montijo, Puebla Calzada y Lobón.

 

18:00 Alicia DÍAZ MAYORDOMO

Cáceres en su paisaje urbano histórico. Una ciudad viva, patrimonio de la Humanidad.

 

18:40 Teodoro MARTÍN

Confesión de autor: Extremadura

 

19:10 María Guadalupe PÉREZ ORTIZ y Francisco GONZÁLEZ LOZANO

Los archivos parroquiales de la Baja Extremadura: principal fuente de contenidos genealógicos.

 

19:40 Soledad UCEDO VILLA

La Catedral de Coria, foco educativo en el siglo XIII

 

JUEVES, 27 DE SEPTIEMBRE 2018

Moderador: D. Jesús Barbero Mateos

 

17:00 Carlos Mª NEILA MUÑOZ

Nupcialidad en la provincia de Cáceres durante la Guerra Civil (1936-1939). Aproximación demográfica

 

17:30 Ángela LÓPEZ VACAS

Jurista, historiador y siempre poeta: D. Álvaro María Guerrero.

 

18:00 Teodoro Agustín LÓPEZ

Semana Santa de Badajoz en el siglo XVII

 

18:40 Domingo QUIJADA GONZÁLEZ

La pervivencia del léxico asturleonés en Montehermoso y norte de Extremadura.

 

19:10 José PASTOR VILLEGAS

Las Universidades de Salamanca y Sevilla en la preuniversidad. Los semidistritos de la Universidad Extremadura.

 

19:40 Francisco RIVERO DOMÍNGUEZ

El Brocense y la Universidad de Extremadura.

 

20:15 Presentación del libro: "PUENTES HISTÓRICOS EN LAS TIERRAS DE TRUJILLO", de D. Antonio JIMÉNEZ VALDÓS.

 

VIERNES, 28 DE SEPTIEMBRE

Moderador: D. Carlos J. Lozano Palacios

 

17:00 Rocío GARCÍA RODRÍGUEZ

Arte de la Universidad Salamanca en época los Humanistas extremeños del estudio salmantino.

 

17:30 Álvaro VÁZQUEZ CABRERA

 

Megalitismo en Valencia de Alcántara. Estado de la cuestión.

 

18:00 Manuel RUBIO ANDRADA

Arqueología en el río Zapatón. El poblamiento y necrópolis megalítica de las Calderas.

 

18:40 Antonio GONZÁLEZ CORDERO

Tradiciones prerromanas supervivientes. La cabeza altar de Perales del Puerto (Cáceres)

 

19:10 Martiria SÁNCHEZ LÓPEZ

Jaraíz en el reinado de Alfonso XIII.

 

19:40 Fernando MORENO DOMÍNGUEZ, Gregorio FRANCISCO GONZÁLEZ, Juan PÉREZ SOLÍS y Alberto DURÁN SÁNCHEZ

De recientes descubrimientos arqueológicos en la comarca de Trujillo.

 

20:15 Presentación del libro: "EL CLAVERO DON ALONSO" de D. Gregorio FRANCISCO GONZÁLEZ

 

SÁBADO, 29 DE SEPTIEMBRE 2018

Moderador: D. Esteban Mira Caballos

 

10:30 Álvaro MELÉNDEZ TEODORO

La Guerra de la Independencia en Extremadura prensa 1810 ( II ).

 

11:00 Esteban MIRA CABALLOS

Aportes a la biografía de Hernando Pizarro: su etapa final en España (1539-1578)

 

11:30 CAFÉ.

 

12:00 Jorge RODRÍGUEZ VELASCO

Las cofradías y hermandades de la Villa Cáceres en el Catastro Ensenada

 

12:30 Antonio CANTERO MUÑOZ

La Cofradía de Jesús Nazareno Trujillo (1820-1848)

 

13:15 ACTO DE CLAUSURA

Entrega de premios:


-Premio "Xavier de Salas, para jóvenes investigadores" en su XXXI Edición.


-Premio "Obra Pía de los Pizarro" en su XXIV Edición.


-Premio "Centro de Profesores y Recursos Trujillo" en su XIII Edición.


-Premio Especial, XLVII Coloquios

 

DOMINGO, 30 DE SEPTIEMBRE

-Viaje a SALAMANCA.

-Visita a la Universidad y destacados monumentos de la ciudad.

LA SABIDURÍA HERBORÍSTICA DE LOS AMERINDIOS

LA SABIDURÍA HERBORÍSTICA DE LOS AMERINDIOS

 

 

          La historiografía ha insistido en el análisis de los aspectos rituales por parte de los curanderos amerindios –llamados behiques o chamanes-, de alguna forma para ridiculizar sus ceremonias pero sin profundizar en el poso de conocimientos que ellos poseían. Realmente dominaban la medicina naturista que era lo que realmente les otorgaba una posición social preeminente. Que su medicina era espiritualista y que concebían el mal como la presencia en el cuerpo del enfermo de una "sustancia extraña" es algo que está fuera de toda duda a jugar por las fuentes que nos han llegado. Sin embargo queremos detenernos en esta ocasión en analizar estos conocimientos herborísticos que poseían los curanderos taínos de las Antillas. Unos conocimientos que en buena parte se perdieron, porque los mantuvieron en secreto hasta su extinción a mediados del siglo XVI.

           Los aborígenes que encontraron los europeos a su llegada al área caribeña, vivían en un estadío muy atrasado de civilización, pero estaban perfectamente adaptados a su hábitat natural. Evidentemente, conocían su ecosistema, con el que coexistían en perfecta armonía, y sabían los remedios fundamentales para el tratamiento de aquellas enfermedades que de manera más común les afectaban. No en vano, es bien sabido que en los primeros tiempos estos behiques indígenas rivalizaron con los barberos y los cirujanos españoles, pues, no debemos olvidar que en el período estudiado por nosotros la infraestructura médica española era extremadamente precaria. A las Antillas Mayores llegaron en los primeros años numerosos sanitarios que tenían dificultades para practicar la medicina en la Península, bien, debido a su pertenencia a una minoría étnica, o bien por carecer de título oficial. Ya en el propio siglo XVI el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo advirtió que la mayoría de los médicos y cirujanos que arribaban a Santo Domingo olvidaban sus títulos acaso "porque nunca los tuvieran".

Por desgracia los españoles tan sólo llegaron a conocer algunos de los conocimientos herborísticos de estos indígenas. Y ello porque estos ocultaron sus remedios terapéuticos como medio de persuadir a los españoles a abandonar su territorio y, en palabras de Pedro Mártir de Anglería, "abolir toda memoria de ellos". Para lograr este fin, habida cuenta de la superioridad española -por supuesto logística no numérica-, llevaron a cabo una resistencia pasiva que se catalizó en alzamientos a los montes, destrucción de sus propios campos de cultivo y en un mutismo premeditado sobre los remedios médicos a determinadas enfermedades subtropicales.

En relación a este último aspecto tenemos una referencia muy interesante de Joseph Peguero que se hizo eco de un hecho ocurrido en esta isla varias décadas después de la llegada de los españoles. Concretamente relató que a un español desposado con una india le entró el mal de las bubas y ésta, para evitar que se la contagiase a sus hijos, le proporcionó unas hierbas curativas, advirtiéndole "que en cuanto me descubras, yo moriré y me matarán mis parientes, que no quieren que ustedes sepan el cómo se cura este mal por ver si mueren todos". Igualmente, los indios guardaron celosamente la pócima para sanar las heridas causadas por las flechas envenenadas que lanzaban los indios caribes y que tantos estragos causaron entre las huestes hispanas hasta 1540 en que por fin se averiguó el remedio.

Por tanto, queda claro que los aborígenes ocultaron de manera consciente sus conocimientos médicos a los españoles como un sistema más de oposición hacia ellos. Evidentemente eran los behiques indígenas, cuya sabiduría era fruto de la experiencia acumulada de generaciones pasadas, los mejores conocedores de las soluciones médicas a las patologías propias de la isla.

Además estaba claro que a estos chamanes no les convenía difundir sus métodos curativos, pues, a la sazón ya durante sus ceremonias prehispánicas pedían a la mayoría de los asistentes que se saliesen fuera mientras le aplicaba a su paciente la medicación. Evidentemente su poder radicaba en la exclusividad de sus conocimientos que desde luego no estuvieron nunca dispuestos a compartir con el resto de los indígenas, ni muchísimo menos con los españoles. Estos formaban parte de la élite dirigente, y eran personas muy respetadas por toda la población, aunque desde luego subordinados al cacique. En cualquier caso algunos de ellos, en función a sus méritos personales como sanadores, tuvieron una "grandísima autoridad" entre los demás miembros de su comunidad.

Entrando ya en el análisis de algunas de las soluciones médicas empleadas por los aborígenes debemos decir que nuestro conocimiento se limita a lo que escribieron los cronistas, especialmente Fernández de Oviedo, el cual en su ya citada Historia General y Natural de las Indias le dedicó varios capítulos. Aunque fueron acusados de farsantes por algunos cronistas como fray Bartolomé de las Casas, lo cierto es que tenían, como ya hemos afirmado, un amplio conocimiento de la medicina natural que les permitía solventar positivamente las heridas más comunes, las calenturas y las fracturas "envolviendo los miembros en yaguas mojadas". Evidentemente el prestigio de estos behiques sólo se afianzaría con reiterados éxitos médicos y con la confianza auténtica de los demás miembros de su comunidad. Así, Pedro Mártir de Anglería afirmó, refiriéndose a los curanderos indios, lo siguiente:

 

"Las calenturas se las curan fácilmente con jugo de hierbas, y con igual facilidad las heridas con tal que sean curables. Tienen y conocen mucha clase de hierbas salutíferas... Y no usan ningún otro género de medicinas, ni quieren más médico que a los viejos de experiencia o a los sacerdotes conocedores de las ocultas virtudes de las hierbas...".

 

           Igualmente, Gonzalo Fernández de Oviedo, pudo comprobar personalmente en la Española los grandes conocimientos de estos chamanes indígenas tal y como podemos observar en el texto que exponemos a continuación:

 

"Estos, por la mayor parte, eran grandes herbolarios y tenían conocidas las propiedades de muchos árboles y plantas e hierbas; y como sanaban a muchos con tal arte, teníanlos en gran veneración y acatamiento como a Santos..."

 

          Efectivamente, aunque los behiques revestían todas sus sesiones curativas con un amplio ritual mágico-ceremonial en el que supuestamente intentaban extraer al enfermo su mal lo cierto es que sus éxitos médicos estaban fundamentados en dos sólidos pilares, a saber: Primero, en sus ya mencionados conocimientos herborísticos -los cuales no eran privativos de los taínos de la Española, sino de la mayoría de las comunidades indígenas americanas-, y, segundo, en sus grandes dotes psicológicas perfectamente descritas por algunos cronistas. Así, según Anglería, una vez acabado el ritual y concluido asimismo el tratamiento, el curandero salía corriendo “a la puerta, que está abierta, y abriendo las manos las sacude y persuade que ha quitado la enfermedad y que pronto quedará bueno el enfermo. Pero, acercándose por la espalda, le quita de la boca el pedacito de carne como un prestidigitador, y le grita al enfermo diciendo: “mira lo que habías comido sobre lo necesario, te pondrás bueno porque te lo he quitado". No cabe duda de que está persuasión que ejercía el curandero indio sobre sus pacientes y sus familiares era muy beneficiosa para su rápida recuperación.

Esta circunstancia unida a la profunda fe que los indios tenían depositada en sus behiques hacía que el éxito estuviese asegurado al menos en los casos de las enfermedades más comunes. Habida cuenta de que el curandero se debía consolidar por sus propios méritos sólo de esta forma lograba un prestigio importante sobre el resto de la población. Incluso, cuando se equivocaban podían ser recriminados y duramente castigados por los familiares si se demostraba que había sido por negligencia. Sin embargo, todos los cronistas coinciden en que esta situación no era frecuente ya que les era fácil demostrar que el fallecimiento había sido fruto de la providencia divina. Incluso, los propios indios cuando consideraban que la persona padecía una enfermedad que excedía los conocimientos curativos de los behiques lo llevaban directamente al monte con agua y comida y lo abandonaban. No cabe duda de que los propios indígenas eran sabedores de las posibilidades reales de su medicina naturista, por lo que en situaciones extremas, ni ellos mismos confiaban en su curación.

Antes de proceder a la aplicación del tratamiento le hacían un sahumerio en base a una mezcla de tabaco y otras hierbas con la intención de adormecerlos. En este sentido el cronista Girolamo Benzoni, tan agudo como siempre, afirmó que los behiques cuando "querían curar a algún enfermo, iban a visitarlo, le suministraban ese humo y cuando estaban bien aturdido(s) le hacían la mayor cura".

Entre las habilidades que más brillantemente solventaban estos behiques estaba el restañamiento de heridas para lo cual conocían numerosas pócimas que se elaboraban con diferentes plantas. Uno de estos productos para remediar las heridas eran unos polvos extraídos de un árbol, común en la isla, llamado Yaruma y cuyos resultados describió Fernández de Oviedo con las siguientes palabras:

 

"Estimaban mucho los indios aquestos árboles y decían que eran buenos para curarse las llagas... Y dicen (los españoles) que es como un cáustico, y que majados los cogollos tiernos de las puntas de las ramas de este árbol, los han de poner sobre la llaga, y aunque sea vieja, le comen la carne mala, y la ponen en lo vivo y sano, y la sesenconan (sic), y continuándolas la encueran y totalmente sanan la llaga...".

 

           No era este el único sistema empleado por los taínos para sanar las heridas ya que, por ejemplo, Peguero, cita una especie de palmera datilera, llama Tamarinda, cuya corteza se molía y el producto resultante se colocaba sobre las heridas dando unos excelentes resultados como cicatrizante.

Igualmente curaban las diarreas, básicamente a base de dietas "porque -según el padre Las Casas- se están tres y cuatro días sin comer ni beber". Luego consumían la fruta del guayabo que, a decir de Peguero, era de muy buena digestión "y son buenas para el flujo del vientre, y restriñen cuando se comen no del todo maduras, que estén algo durillas, para que cese el flujo del vientre...".

Asimismo sabemos que sanaban fácilmente la enfermedad de bubas que tan mortífera fue para los españoles antes de averiguarse el secreto de su tratamiento. Los indios la remediaban cociendo el palo del guayacán y extrayendo su zumo con tal éxito que, a decir de Fernández de Oviedo, "entre los indios no es tan recia dolencia ni tan peligrosa como en España, y en las tierras frías".

Los naturales empleaban otras muchas plantas con cualidades medicinales, a saber: el bálsamo o guaconax -comercializada en la primera década del siglo XVI por los españoles- como cicatrizante de heridas y llagas, la semilla del manzanillo como purgante, la grasa de la iguana para reducir hinchazones, el zumo del "hobo" para los problemas de estómago, etc. Por desgracia, los documentos callan tanto el procedimiento exacto para aplicar estas pócimas como otras muchas soluciones médicas utilizadas por los indígenas. Sin duda, una parte importante de la ciencia herborística taína murió con la desaparición de su cultura, muriendo los últimos behiques sin confesar los secretos de su oficio.

A modo de resumen podemos decir que los conocimientos herborísticos de los indígenas fueron bastante amplios y en ello se sustentaba precisamente su prestigio. Igualmente ha quedado claro a lo largo de este trabajo que los indígenas intentaron ocultar esos conocimientos a los españoles para que las enfermedades los convencieran de abandonar esos territorios, constituyendo, sin duda, un elemento más de la resistencia pasiva mostrada frente al grupo hispano.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

CASSA, Roberto: Los indios de las Antillas. Madrid, Mapfre, 1992.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “La medicina indígena en La Española y su comercialización (1492-1550)”, Asclepio, Revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia Vol. XLIX. Madrid, 1997.

 

----- “Aportes a la cultura taína de las Grandes Antillas en la documentación española del siglo XVI”, en Epistemología de las Culturas Aborígenes del Caribe. Santo Domingo, 1999.

 

 VEGA, Bernardo: Santos, Shamanes y Zemíes. Santo Domingo, Fundación Cultural Dominicana, 1987.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

RECONCILIACIÓN Y MEMORIA. FRANCISCO FRANCO Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

RECONCILIACIÓN Y MEMORIA. FRANCISCO FRANCO Y EL VALLE DE LOS CAÍDOS

 

 

 

La cuestión del Valle de los Caídos y la exhumación de los restos del caudillo Francisco Franco por Decreto Ley del Consejo de Ministro, previsto para el próximo viernes 24 de agosto, ha levantado ampollas. Sé que se trata de una cuestión polémica que todavía hoy, cuando hace más de cuatro décadas de la desaparición del régimen franquista, sigue levantando pasiones.

Como persona tengo mi propia visión particular, pues mi familia y yo mismo vivimos el franquismo desde uno de los dos bandos. Sin embargo, como historiador tengo otra concepción, la que me ofrece mi conocimiento del pasado. Huelga decir que la pasión es lo contrario a la razón y que, por tanto, yo voy a tratar de ofrecer un punto de vista razonado y no apasionado.

Independientemente de cuestiones sobre quién provocó la guerra y de las matanzas de la misma, lo cierto es el bando autodenominado Nacional ganó la guerra. Y como todos los vencedores a lo largo de la historia, hicieron tabla rasa. Los caídos en el bando Nacional fueron todos exhumados, dándoles cristiana sepultura. Y el vencedor de la contienda comenzó la edificación de una obra megalómana, construida por los propios presos republicanos, que recordase la gesta victoriosa del nuevo régimen y que de paso sirviese de mausoleo a los restos de su líder indiscutible. La Basílica del Valle de los Caídos fue construida entre 1940 y 1958, bajo la dirección de los arquitectos Pedro Muguruza y Diego Méndez, y con la participación de escultores como Juan de Ávalos.

Y ¿qué pasó con los vencidos? Pues desde la guerra y la postguerra han permanecido en fosas comunes, al tiempo que su memoria histórica fue cercenada. Los vencedores tuvieron 36 años para eliminar pruebas comprometedoras y para reescribir la historia. Yo como historiador soy consciente que hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos. Y en esto me gusta recordar la frase de Walter Benjamin cuando dijo que si la situación no da un vuelco definitivo, "tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer". Una afirmación axiomática en el caso que nos ocupa, pues a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria.

Creo que más de cuatro décadas después de la llegada de la democracia ya tenemos –o deberíamos tener- la madurez suficiente para permitir a las familias sacar a sus muertos de las cunetas y de las fosas comunes. No puede ser que mi país, España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya. Tampoco parece una normalidad democrática que el caudillo que lideró un golpe de estado descanse en un mausoleo mientras que los que se opusieron al mismo sigan estando en fosas comunes.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de permitir, a aquellos derrotados en una guerra ya lejana, enterrar dignamente a sus muertos y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según ha escrito el Prof. Miquel Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia.

Centrarse en si la fórmula más adecuada es o no un Decreto Ley es quedarse en la anécdota. Lo importante es que estamos ante una oportunidad histórica de reconciliación. No se trata de reabrir heridas, como algunos afirman, sino al contrario, de cerrarlas de una vez, destapando la verdad, por dura que ésta sea. El general debe salir de su mausoleo, de un espacio público, construido con el dinero de todos y con el sudor y la sangre de los vencidos. El cementerio de El Pardo podría ser un buen destino, junto a su esposa doña Carmen Polo, al Almirante Carrero Blanco y a amigos como el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo. El edificio del Valle de los Caídos debe ser reinterpretado, como un centro sobre la memoria histórica o sobre las guerras de España.

Insisto que todos debemos estar a la altura de las circunstancias y ver el asunto como una gran oportunidad de reconciliación. Pero para ello es necesario que todos hagamos un esfuerzo de empatía, tratando de ponernos en la piel del otro.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA CONQUISTA NEGOCIADA

LA CONQUISTA NEGOCIADA

 

 

ZULOAGA RADA, Marina: La conquista negociada: guarangas, autoridades locales e imperio en Huaylas, Perú (1532-1610). Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 2012, 316 págs, I.S.B.N.: 978-9972-51-353-4

 

           Había consultado este libro en alguna biblioteca universitaria pero en mi reciente viaje a Perú tuve ocasión de comprarlo y de leerlo con detenimiento. Su autora, Marina Zuloaga, es una riojana que se doctoró en México en 2008, siendo este libro una versión adaptada de la tesis que le sirvió para obtener dicho grado.

           En esta obra se analiza pormenorizadamente la estructura de poder en la provincia incaica de Huaylas, tras la conquista por parte de las huestes castellanas en 1532, prolongando su estudio hasta 1610. Huaylas pasó de ser un señorío pre-inca, a una provincia incaica, una encomienda y finalmente un corregimiento. Este estudio regional, centrado solo en esta parte del antiguo Tahuantinsuyu nos permite conocer el mantenimiento de las estructuras políticas y administrativas incaicas, a las órdenes ahora de los nuevos dueños europeos. Se estudian especialmente las organizaciones de poder intermedias, existentes entre los ayllus y los señoríos o confederaciones. Concretamente se trata de la guaranga, elemento esencial del sistema político al menos en la sierra norcentral del Perú. Varios ayllus formaban una guaranga, administradas por un curaca o jefe local y varias guarangas formaban un señorío o confederación, liderada por un por un curaca o señor principal.

           Los españoles utilizaron la estructura administrativa prehispánica para que sirviesen de bisagra entre ellos y los tributarios de sus respectivas comunidades. La alta jerarquía estatal incaica se derrumbó pero las estructuras de poder locales y provinciales perduraron durante buena parte de la época colonial. Los hispanos mantuvieron el orden existente, reconociendo a los señores locales y pactando sus preeminencias, siempre que aceptasen la nueva autoridad. Eso sí para mantenerse como curaca se le exigían tres condiciones: una, que los propios naturales reconociesen la legitimidad de su jefe local o curaca, dos, que este respetase la autoridad superior de los nuevos amos y, tres, su conversión sincera al cristianismo. La sucesión, lo mismo de los curacas de las guarangas que de las confederaciones o provincias y del propio inca se realizaba más por un sistema combinado, hereditario y electivo. La sucesión se debía hacer por consenso entre los líderes políticos, por lo que se seleccionaba siempre al más capacitado o al menos al que más consenso despertaba. Por el mismo sistema un curaca manifiestamente incompetente podía ser destituido.

           Una vez sometido el incario, urgía a los españoles consolidar el dominio lo cual hicieron a través de las encomiendas. Los conquistadores lo primero que hicieron fue interrogar a los funcionarios reales, para a partir de esa información organizar los repartimientos en encomiendas. Estas fueron otorgadas por el gobernador Francisco Pizarro, a la espera claro de que la Corona las confirmase, como finalmente hizo. A cada encomendero se le asignaba un grupo homogéneo de naturales, perteneciente a una guaranga o a una confederación. El nuevo poder se estructuró a través de los conquistadores, convertidos en encomenderos, y los curacas locales. La encomienda implicaba la entregaba un número determinado de naturales, casi siempre agrupados en un curaca, a un encomendero para que se aprovechase de sus tributos a cambio de protegerlo y evangelizarlo. En sus planteamientos teóricos la encomienda intentó aunar nada menos que tres intereses regios, a saber: primero, cumplir con su compromiso de evangelización, segundo, saldar su deuda con los conquistadores, y tercero, satisfacer sus propios intereses económicos. Lo cierto es que los encomenderos fueron durante décadas las personas más ricas lo que a su vez le servía para consolidar su posición social y política, a través de su participación en los cabildos. Entre encomenderos y curacas se entabló un diálogo, probablemente, como dice la autora, asimétrico, que sirvió para articular los intereses de clase a las nuevas reglas dl juego político.

           La provincia incaica de Huaylas estaba dividida en dos mitades, la Hanan y la Hurin, cada una de ellas formada por seis guarangas. Cada guaranga estaba integrada por un número variable de ayllus, también llamados pachacas. Esta encomienda de Huaylas fue una de las más ricas y productivas del Perú de ahí que se la adjudicase a sí mismo el propio Francisco Pizarro. Con esta encomienda el gobernador no solo se garantizó una importante fuente de ingresos sino también la fidelidad de los curacas de Huaylas que se mantuvo incluso en las guerras civiles, hasta la ejecución de Gonzalo Pizarro. La otra parte de esa encomienda, la de Recuay, también muy enjundiosa se la entregó a dos conquistadores muy cercanos a él, como Jerónimo de Aliaga y Sebastián de Torres.

           En principio la encomienda no tenía por qué ser tan perniciosa, pero en la práctica resultó extremadamente lesiva para los naturales por dos motivos: primero, porque al no estar tasados los tributos los encomenderos pedían siempre más. Y segundo, porque les solían pedir oro y plata, productos que no siempre estaban al alcance de los naturales. Tanto fue así que Sebastián de Torres perdió la vida tras una rebelión desatada por la tortura que infringió a un curaca para que le entregase más oro.

           Tras la derrota de los encomenderos, liderados por Gonzalo Pizarro en Jaquijahuana (1548) comenzó una etapa en el que los curacas locales estuvieron más cómodos y dispusieron de más poder en su área de influencia. Incluso, acopiaron riquezas, apropiándose de parte de los tributos e incluso de las tierras antaño vinculadas al Inca o al Sol. El poder dejado por los encomenderos lo ocuparon los curas doctrineros hasta que, décadas después, los corregidores se hicieron con el control.

           El problema es que la carga impositiva sobre los naturales aumentó pese al descenso dramático de su población. El virrey La Gasca tasó a los tributarios y no se hizo un nuevo recuento general hasta la llegada del virrey Francisco de Toledo, dos décadas después, quien averiguó que los tributarios se habían reducido un 40 por ciento mientras que la carga impositiva había aumentado en un tercio. Obviamente, el volumen de los tributos se había acentuado, a costa de la sobre explotación de un número cada vez más reducido de indígenas.

           La aparición de los corregidores y de los cabildos restó bastante poder tanto a los curas doctrineros –pese a su enconada oposición- como a los curacas. Los funcionarios reales terminaron asumiendo todas las labores fiscales y laborales, debilitando así el poder local de la élite caciquil, de los encomenderos y de los curas. Sintetizando diremos que entre 1530 y 1550 la situación estuvo dominada y controlada por los encomenderos y curacas, de 1550 a 1570 por curas doctrineros y curacas y y desde esta última fecha em adelante por los corregidores. La autoridad real terminó por imponerse en el ámbito local, al menos desde la época del Virrey Toledo. Desde entonces uno de los cargos más apetecidos por los funcionarios reales era el de corregidor, por el poder que les daba en el ámbito local y por el control y hasta apropiación de la cajas de comunidad.

           Esta obra supone un avance en el conocimiento de las relaciones de poder entre la élite indígena de la región de Huaylas y los europeos, encomenderos, curas y corregidores. Un libro muy recomendable que aclara muchos aspectos relacionados con las formas de poder en Huaylas desde la llegada de los españoles hasta bien entrado el siglo XVII.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

UN ENIGMA RESUELTO: LA SEPULTURA DEL ALMIRANTE CRISTÓBAL COLÓN

UN ENIGMA RESUELTO: LA SEPULTURA DEL ALMIRANTE CRISTÓBAL COLÓN

 

 

En un artículo que publiqué el 10 de noviembre de 2002 en el “El Listín Diario” de Santo Domingo manifesté mi escepticismo sobre la posibilidad de averiguar dónde se hallaban los restos del primer Almirante de la Mar Océana. Sin embargo, hoy, más de tres lustros después, creo que es momento de rectificar y de dar por zanjada la cuestión.

Es cierto que en este caso la ciencia no ha podido ayudar; de hecho, un equipo de científicos, encabezados por el doctor José Antonio Lorente Acosta, director del laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, estudió los restos de la supuesta tumba del Almirante de la Catedral de Sevilla. Y pese a que le aplicaron análisis del ADN nuclear para compararlos con los restos de su hijo Hernando Colón, que sabemos con seguridad que se encuentran en la seo hispalense, los resultados no fueron concluyentes. Y ello por el estado deplorable en el que se encontraban sus escasos restos. De hecho, ya en 1695 cuando se exhumaron esos mismos restos de la catedral de Santo Domingo, señalaron que apenas encontraron pequeños fragmentos de hueso entre varias planchas de plomo de una vieja caja de ese metal.

         Centrándonos en la controversia del lugar donde descansan sus restos debemos decir que ha habido una disputa histórica entre la tesis dominicana, que afirma que están en Santo Domingo, y la española que asegura, por contra, que reposan en Sevilla. Y en este sentido existen decenas -quizás cientos- de obras defendiendo una u otra tesis. Las más recientes, la de Anunciada Colón y Guadalupe Chocano, publicada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas en 1992, que defiende la tesis españolista y la de Carlos Esteban Deive, editada por la Fundación García Arévalo, en 1993, que apoya rotundamente la tesis dominicana.

         El problema radica en el hecho de que Colón fue inhumado y exhumado en seis ocasiones diferentes. Su primera sepultura estuvo provisionalmente en la propia Valladolid, donde falleció, lugar desde el que se trasladó poco después al monasterio de las Cuevas de Sevilla. En 1537 el emperador Carlos V le concedió a Luis Colón, nieto del almirante, el patronazgo de la capilla mayor y el derecho de enterramiento de la familia. En torno a 1543 o 1544 fueron trasladados al presbiterio los restos del primer almirante Cristóbal Colón y de su hijo Diego, siguiendo los deseos de doña María de Toledo, nuera del descubridor. Eso sí a ninguno de los dos se le colocó una lápida conmemorativa que señalase el lugar exacto.

         Más de dos siglos después, y concretamente en 1795, después de la firma de la Paz de Basilea por la que se entregó a Francia la parte oriental de la Española, las autoridades decidieron trasladar sus restos a La Habana. Nuevamente, en 1898, tras perderse la guerra y ante el inminente abandono de Cuba, se decidió trasladar a la Catedral de Sevilla, donde se enterró en la cripta de los Arzobispos. Finalmente, en 1902, se inhumó definitivamente en el monumento funerario que para tal efecto labró el escultor Arturo Mélida.

         El debate se inició a partir de 1877 cuando, en unas obras de remodelación del presbiterio de la Catedral de Santo Domingo, se localizó una urna con una serie de inscripciones, entre ellas las iniciales "C.C.A.", que obviamente se quiso desglosar como "Cristóbal Colón, Almirante". Inmediatamente después, Monseñor Rocco Cocchia, publicó una enfervorizada pastoral comunicando el hallazgo al mundo. Desde ese momento, los historiadores dominicanos se centraron en destacar el error cometido por los españoles cuando precipitadamente, en 1795, se llevaron por equivocación los restos del II Almirante Diego Colón, en vez de los de su padre, don Cristóbal Colón. Y desde entonces, se han vertido ríos de tinta, unos diciendo que la equivocación se produjo en 1795, al tomar los restos del hijo por los del padre, y otros, afirmando que el error se cometió en 1877 al creer que habían encontrado los restos del Descubridor de las Indias cuando en realidad eran los de un nieto del mismo nombre.

         Sin embargo, en mi última visita a la Catedral de Santo Domingo, en octubre de 2017, el conservador de la catedral, don Esteban Prieto Vicioso, me enseñó amablemente la cripta de la familia Colón –cuya llave todavía poseen los duques de Veragua- y la ubicación exacta en la que se encontraban los restos del primer almirante Cristóbal Colón, de su hijo Diego Colón y de su nieto Luis Colón. En el lado del evangelio del presbiterio se colocó, junto al muro a Cristóbal y algo más a la derecha a su hijo Diego, mientras que en el lado del muro de la epístola se colocaron los restos de su nieto el conflictivo Luis Colón. En 1795, cuando se exhumaron los restos, está documentada a través de inventarios la existencia de un retablo en el lado del evangelio que impedía el acceso al enterramiento del primer almirante pero no al de su hijo Diego. Con las prisas del momento, exhumaron los restos que había en el lado del evangelio, pero no los que estaban junto al muro a los que no podían acceder sino los que estaban justo al lado. Por tanto los restos extraídos, y que se colocaron en un arca de plomo dorada con cerradura, fueron los de Diego Colón y no los del primer almirante a los que no pudieron acceder. Sin embargo, dieron por buenos los restos exhumados y, cumpliendo órdenes, se trasladaron a Cuba y después, en 1898, cuando se perdió la perla del Caribe, a la Catedral de Sevilla.

         Las evidencias son de tal calado que hay pocas dudas de que los restos conservados en la Catedral de Sevilla son los de Diego Colón. En cambio, los del descubridor de América son los que permanecieron en la Catedral de Santo Domingo y desde hace algo más de un cuarto de siglo se encuentran en el Faro a Colón de la capital dominicana. Obviamente, se trata de algo irrelevante, casi de otro siglo, donde se mezcla un patriotismo mal entendido. Pero en cualquier caso, creo que podemos decir con rotundidad que el enigma está resuelto.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

COLÓN DE CARVAJAL, Anunciada y Guadalupe CHOCANO: “Cristóbal Colón”, 2 vols. Madrid, C.S.I.C., 1992.

 

 

DEIVE, Carlos Esteban: “Los restos de Colón”. Santo Domingo, Fundación García Arévalo, 1983.

 

 

PEÑA Y CÁMARA, José de la: “Los dos restos de Cristóbal Colón”, Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, Vol. II, n. 2. Sevilla, 1974, pp. 79-95.

 

 

V.V.A.A.: “Basílica catedral de Santo Domingo”. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial, 2011.

 

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

FRANCISCO PIZARRO. UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

FRANCISCO PIZARRO. UNA NUEVA VISIÓN DE LA CONQUISTA DEL PERÚ

      

Esteban Mira Caballos: “Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú”. Barcelona, Crítica, febrero de 2018, 412 págs. ISBN: 978-84-17067-66-3 (2ª edición, marzo de 2018) 

 

En este libro se traza una biografía exhaustiva y ecuánime sobre el conquistador trujillano, alejada de los tópicos. Francisco Pizarro fue el arquetipo de conquistador, un guerrero experimentado en la guerra indiana. Su capacidad estratégica era fruto de un proceso de acumulación de conocimientos que comenzaron en el Caribe y se continuaron en Panamá y el Perú. La combinación de estas experiencias le daba una superioridad sobre sus oponentes. El imperio inca era un estado bastante joven y muchos pueblos todavía guardaban un resentimiento contra los incas por haberles privado de su antigua independencia. En el fondo, la mayoría de los reyezuelos locales soñaban con recuperar su añorada libertad y solo aceptaron la sumisión por la política de terror desplegada por el estado incaico. El trujillano valoró adecuadamente esa baza que utilizó en su propio beneficio.

Ahora bien, fue un buen conquistador pero un mal gobernador, al no poseer la preparación adecuada para administrar un territorio. A nivel político permitió el surgimiento de enemistades entre españoles e indios y de los hispanos entre sí que dieron lugar a las llamadasguerras civiles. La administración de la hacienda real fue un verdadero caos y tanto él como sus hermanos tomaron dineros de la hacienda real cada vez que les interesó. Su asesinato en 1541 fue la crónica de una muerte anunciada, fruto de los odios mutuos entre pizarristas y almagristas.

En el Perú de la conquista se vivieron infinidad de dramas, injusticias, traiciones, destrucciones y matanzas, sufridas casi siempre por los naturales y ocasionalmente por las huestes. No hay que sorprenderse por ello, los guerreros han actuado siempre así, en cualquier tiempo y en cualquier espacio. El Inca Atahualpa mandó asesinar a su medio hermano Huáscar, Francisco Pizarro y Diego de Almagro a Atahualpa, los hermanos Pizarro a Diego de Almagro, el hijo de éste a Francisco Pizarro y el licenciado Vaca de Castro a Diego de Almagroel Mozo y a sus secuaces. Como puede observarse, la mayor parte de los grandes protagonistas de la conquista del Tahuantinsuyu perecieron de manera violenta y, lo peor de todo, luchando entre ellos mismos.

Todos ansiaban su propia gobernación, a ser posible rica, como la que poseía el admirado Hernán Cortés. Francisco Pizarro obtuvo la gobernación de Nueva Castilla y Diego de Almagro, unos años después, la de Nueva Toledo. Pero este último, ignorante aún de las grandes riquezas de Potosí, que caían en su gobernación, quiso reclamar Cusco y Lima, a sabiendas de que los Pizarro nunca aceptarían. No hubo voluntad, sosiego, ni capacidad por ninguna de las dos partes de solucionar el conflicto sin derramamiento de sangre. Las consecuencias de las actitudes irreductibles de unos y de otros fueron trágicas.

En pleno siglo XXI la conquista sigue sin estar totalmente asimilada en el imaginario colectivo peruano pues pervive un sentimiento de nostalgia, quizás idealizado, hacia el mundo incaico. Se trata de lo que los quechuas llaman ellamento andino.De aquellos barros estos lodos.

MÁS SOBRE LAS MANIPULACIONES DE IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

MÁS SOBRE LAS MANIPULACIONES DE IMPERIOFOBIA Y LEYENDA NEGRA

 

He escrito en varias ocasiones sobre el libro “Imperiofobia y Leyenda Negra”, que ha tenido –y sigue teniendo- una repercusión mediática tremenda. Su defensa de la existencia de una leyenda negra contra los imperios y en particular contra el Hispánico ha calado hondo y ha sido recibido con muchas adhesiones, incluso de una parte de la intelectualidad. De alguna forma ha escrito lo que todo el mundo quería leer y escuchar. Por eso argumentar contra su obra es arriesgado porque uno recibe el varapalo de los que no les interesa la ciencia histórica y solo hablan desde la ideología. Pero como historiador me siento en la obligación de destapar estas manipulaciones.

Ya escribí en otra ocasión que para demostrar su hipótesis fuerza datos en unas ocasiones y en otras los manipula para verificar siempre su hipótesis. Distorsiones verdaderamente inadmisibles como reducir injustificadamente el número de indígenas que había en la América Prehispánica, para aminorar la hecatombe demográfica o reducir drásticamente el número de ejecutados por la Inquisición para presentarla como una institución más tolerante.

Hoy el investigador Emilio Monjo Bellido me alertaba de una nueva manipulación que ha detectado y que yo había pasado por alto. El dato es obvio como podrán comprobar a continuación y vuelve a mostrar a las claras los usos poco ortodoxos de la filóloga –no historiadora como ella suele decir- de Elvira Roca Barea. En la página 277 de su libro cita lo siguiente:

 

Según el investigador protestante E. Schafer, autor de un monumental trabajo de investigación sobre el protestantismo en España, el número de protestantes condenados por la Inquisición española entre 1520 y 1820 fue de 220. De ellos solo doce fueron quemados (Schafer, 1902: I, 345-367)”.


 

Bueno, pues el profesor Emilio Monjo se ha molestado en ver la citada obra del alemán Ernesto Schäfer que por cierto tiene traducción al castellano y ¡sorpresa! Dice lo siguiente:


 

De alrededor de 2.100 personas a las que según nuestras actas se les hizo proceso por protestantismo, solo fueron quemadas 220 aproximadamente en persona y otras 120 aproximadamente en estatua…”

 


Por tanto, 2.100 condenados que Elvira Roca reduce a 220, y 220 quemados en persona que la citada investigadora aminora a tan solo 20. Algunos podrán decir que se trata de un simple dato sin importancia, 220 personas calcinadas que Elvira Roca reduce a 20. Pero es que no se puede montar toda una hipótesis en defensa del buen nombre de la patria hispana a base de manipular un dato por allí y otro por allá. En este caso se trataba de una obra de principios del siglo XX, editada en alemán que sabía que muy pocos o nadie podría revisar ni menos aún comprobar su veracidad. Al principio pude pensar que se trataba de errores de la autora que cualquier investigador puede tener pero a estas alturas mucho me temo que esta reiteración de datos errados obedecen a una intencionalidad.

Me parece perfecta la tesis que defiende; faltaría más, cualquiera puede defender cualquier idea o hipótesis, pero no es admisible para un historiador, medianamente serio, aceptar que las fundamente en datos manipulados intencionadamente.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA VORACIDAD ÁUREA DE LOS CONQUISTADORES: LA DESTRUCCIÓN DE LA ORFEBRERÍA INCAICA

LA VORACIDAD ÁUREA DE LOS CONQUISTADORES:  LA DESTRUCCIÓN DE LA ORFEBRERÍA INCAICA

 

        Cuando hablamos del oro y la plata que las huestes se fueron repartiendo en las fundiciones de San Miguel de Tangarara, Coaque, Cajamarca, Jauja y Cuzco hay que pensar que no era metal precioso de minas, sino piezas de orfebrería incaica que acababan irremediablemente en el horno. Una salvaje destrucción de la cultura artística y material incaica, de la que solo escapó una pequeñísima parte. Y todo para tratar de saciar la voracidad metalífera de los invasores.

        He transcrito y analizado todos los registros de las fundiciones realizadas en el Perú y, pese al fraude, salen a relucir numerosas piezas que debieron tener un enorme valor artístico. En los listados de piezas fundidas en la villa de San Miguel de Tangarara, entre el 19 y el 5 de agosto de 1532, se citan gargantillas, collares, anillos una corona y varios tejuelos, todos ellos de oro. En las funciones de Cajamarca, Jauja y Cuzco se fundieron decenas de esculturas, cántaros, vasos, anillos, cordones, figurillas macizas, vajillas y hasta camisetas confeccionadas con hilo de oro. Llaman la atención dos piezas en particular fundidas en Cuzco: una, un hombre de oro que entró a fundir García de Salcedo. Y otra, una fuente de oro esmaltado, que el gobernador había salvado de la fundición de Cajamarca, convirtiéndola en lingotes en la de Cuzco. Y todo ello sin contar la plumería fina y las piezas textiles y cerámicas que fueron directamente desdeñadas por los europeos.

        El 9 de enero de 1534, el gobernador Francisco Pizarro envió a su hermano Hernando a España para llevar el quinto al emperador y de paso obtener mercedes. Pues bien, junto al quinto fundido en lingotes, valorado en ¡107.735 pesos de oro y 12.000 o marcos de plata!, traía varias piezas sin fundir para disfrute de los cortesanos: algunas vasijas, ollas y atambores así como varios ídolos macizos de oro y de plata. Desgraciadamente, todo eso también debió acabar hecho lingotes para pagar los ejércitos europeos.

El 23 de julio de 1538, Hernando de las Casas, vecino de Sevilla, volvía a entregar al Emperador en Valladolid un rico presente enviado por Francisco Pizarro. El listado es tan curioso y llamativo que me permito reproducirlo íntegro:

 

Cuadro I

Tesoro inca entregado en

Valladolid al emperador en 1538

 

Nº de piezas

Metal

Objeto

3

Oro

Carneros grandes

10

Oro

Mujeres

1

Oro

Inca orejón con su corona del mismo metal

892

Oro

Barras de ocho quilates, marcadas con la marca real y contramarcadas con una C y una estrella y todas con cabo y cola

215

Oro

Barras de diez quilates marcadas todas ellas de la dicha marca y de otra, las dos de ellas sin cabo

8

Plata

Mujeres de plata grandes

4

Plata

Mujeres de plata pequeñas

3

Plata

Carneros grandes

1

Plata

Cordero (sic)

 

 

        Una auténtica fortuna, de un valor incalculable y por el que en la actualidad cualquier museo del mundo suspiraría.

        Por si fuera poco, cuando varias décadas después los hispanos tomaron Vilcabamba, el último reducto de los incas, las pocas piezas que estos habían podido salvar corrieron la misma suerte. El Inca, las momias de Manco Cápac y Titu Cusi, y el Punchao, el ídolo aurífero del sol, fueron llevados a Cuzco como trofeos, en un patético cortejo que entró en la vieja capital inca el 21 de septiembre de 1572. Los Incas y su cultura material eran por aquel entonces historia.

 

 

 

 

FUENTE

 

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Francisco Pizarro. Una nueva visión de la conquista del Perú. Barcelona, Crítica, 2018 (a la venta a partir del 30 de enero).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS