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CIVILIZAR, CONQUISTAR O GLOBALIZAR: DOS MIL AÑOS DE IMPERIALISMO

CIVILIZAR, CONQUISTAR O GLOBALIZAR: DOS MIL AÑOS DE IMPERIALISMO

Curiosamente la dialéctica del poder ha sido siempre la misma, variando solamente algunas palabras. Ya en la antigüedad se pensaba que era la civilización la que hacía posible la convivencia. Por ello, llevarla a los pueblos supuestamente bárbaros no sólo era positivo sino deseable. Había pueblos inferiores a los que evangelizar, enseñar y, en la actualidad, desarrollar. Una coartada perfecta que ha justificado todo tipo de guerras imperialistas desde el expansionismo romano a las guerras preventivas de nuestros días.

En la antigüedad el caso más singular fue el de los romanos que crearon toda una corriente ideológica tendente a justificar su expansión. Llama la atención que ya en el siglo I d. C. Cornelio Tácito, en su obra Historias, afirmara que todos los pueblos que habían sometido a otros lo habían hecho justamente, tratando de llevarles ¡la libertad! Quince siglos después, Ginés de Sepúlveda alabó la expansión romana en Hispania pues aunque generó algunos abusos, no fueron comparables a las ventajas, especialmente el gran regalo de la lengua latina. E igualmente justa fue la conquista, pues supuso el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época, los amerindios constituían sociedades degeneradas y hasta demoníacas por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos, o de cristianizarlos que a fin de cuentas era prácticamente lo mismo.

En el siglo XIX hubo verdaderos cantores de la expansión imperial que veían en ella el triunfo definitivo del progreso frente al lastre del pasado. Los franceses hablaban con orgullo de la carga del hombre blanco, a la par que Jules Ferry exponía ante la Cámara de los Diputados, un 28 de julio de 1885, las excelencias de la expansión colonial como vía de transmisión de la luz de la razón. Ingleses, holandeses y alemanes se expresaban en términos similares, contemplando el Imperialismo como la evidencia del triunfo de la civilización. Justo lo mismo que habían dicho los romanos en tiempos de Jesucristo y los hispanos en el siglo XVI.

Por supuesto, todas las potencias colonizadoras evitaban hablar de guerras de conquista, de masacres o de represalias. Ya en 1556 las autoridades españolas sustituyeron en todos sus documentos oficiales la palabra conquista por la de pacificación. Obviamente, seguía siendo una guerra, por lo que no se trataba más que de un eufemismo para calmar las conciencias y de paso evitar críticas. Curiosamente, en la conquista del centro y norte de Vietnam, llevada a cabo por Francia entre 1883 y 1896, se usó el mismo término de pacificación, pese a la hecatombe demográfica que provocó.

Lamentablemente, en el siglo XX esta línea de pensamiento que justificaba el predominio del hombre blanco se ha mantenido hasta el siglo XXI. La justificación del imperialismo británico ha sido especialmente duradera. En 1937, en el transcurso de una conferencia de la Commonwealth, se afirmó que el único porvenir que les quedaba a los indígenas australianos era su asimilación por la cultura occidental; más allá no había ningún futuro para ellos. En 1948, Lord Elton escribió con orgullo que el pueblo británico había sabido entender, mejor que nadie, su misión en el mundo, al comprender y asumir que el Imperio acarreaba más obligaciones que beneficios. Pero el sacrificio –decían- merecía la pena porque se trataba de expandir la culta civilización anglosajona a millones de salvajes.

Y actualmente vivimos un nuevo renacer de la expansión imperialista, otra vez con la coartada de la civilización: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, multinacionales que campan a sus anchas por el mundo, saqueando recursos naturales, matando de hambre a sus asalariados y vendiendo sus productos a escala planetaria. Ahora ya no hablan de civilizar sino de globalizar las mieses del bienestar. Lo mismo de siempre con otras palabras, y lo peor de todo en pleno siglo XXI y ante la pasmosa pasividad de todos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Los datos están extraídos de mi libro: Imperialismo y poder: una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013).

DECRECIMIENTO O COLAPSO CIVILIZATORIO

DECRECIMIENTO O COLAPSO  CIVILIZATORIO

        La lectura del reciente libro de Carlos Taibo, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid, ¿Por qué el decrecimiento? (Barcelona, los libros del lince, 2014) junto con un repaso de otros textos que he leído en los últimos años me han llevado a estas reflexiones que he puesto por escrito.

        Hace tiempo que sabemos que el capitalismo lleva intrínseca su propia autodestrucción porque se basa en el consumo ilimitado cuando los recursos del planeta son limitados. Desde la I Revolución Industrial, el desarrollo se ha sustentado sobre el consumo de energías fósiles, primero el carbón y, después, el petróleo y el gas. Su consumo va a seguir aumentando en los próximos años por la industrialización de los países emergentes. Carlos Taibo asegura desconocer cuándo se producirá el colapso, aunque cita a otros autores, como el desaparecido Ramón Fernández Durán, que lo situaba a partir de la cuarta década del siglo XXI.

        El gran problema radica en que, pese a la certeza anterior, casi nadie está dispuesto a cambiar el crecimiento por el decrecimiento. Unos porque siguen confiando en el sistema capitalista y piensan que, como en otras ocasiones, se adaptará a los nuevos tiempos. En esa línea se mueve el capitalismo verde que, en realidad, busca mantener el consumismo pero bajo una apariencia ecológica: desarrollo sostenible –crecer pero de manera sostenida-, coches ecológicos -altamente contaminantes por los compuestos que usan-, líneas de alimentos ecológicos, etc. Se trata de cambiar la apariencia para que lo esencial del sistema siga funcionando. Otros, simplemente porque piensan que el capitalismo es insustituible, que no hay vida más allá de él. Esta posición es propia de los partidarios del neoliberalismo, desde Margaret Thatcher a George Bush. Y para colmo, tildan a los partidarios del decrecimiento o del ecosocialismo como idealistas o, peor aún, como catastrofistas. En general, en casi todos los programas de los partidos políticos y de los Estados se buscan recetas para reactivar el consumo y, por tanto, el crecimiento. Un consumismo que se apoya en una publicidad agresiva, el crédito fácil y una caducidad exagerada, a veces con obsolescencia programada incluida. Todo ello potencia artificialmente nuestras necesidades y nos incitan, incluso, a comprar cosas que no necesitamos y a veces hasta detestamos. Al consumismo de los países desarrollados se está sumando ahora el de los países emergentes que están creciendo desmesuradamente, al tiempo que generan empleos precarios, desigualdades gigantescas y agresiones medioambientales irreversibles.

El ranking mundial de los países se realiza en base al PIB, sin considerar el grado de bienestar de los ciudadanos. No extraña que aplicando otros parámetros, como el Índice de Desarrollo Humano u otros como el grado de felicidad, países como Bután, Cuba o Costa Rica aparezcan muy arriba mientras que algunos de los grandes como China o Reino Unidos aparezcan en los puestos 82 y 41 respectivamente. Por cierto que la esperanza de vida en Cuba es de las más altas del mundo lo que se debe, por un lado, a su sistema sanitario y, por el otro, a que su dieta es escasa –por la carestía- y se basa en frutas tropicales y verduras. Y es que, como defienden Taibo y Latouche, está claro que no siempre los países más ricos son los que albergan a una ciudadanía más feliz porque la competencia capitalista genera una minoría de ganadores y una mayoría de perdedores.

Lo cierto, como defienden tanto los decrecentistas como los ecosocialistas, es que si queremos evitar el colapso es necesario decrecer ya, disminuir drásticamente el consumo. Y ello es posible incluso aumentando nuestro bienestar. Se trataría, como ha escrito Jorge Riechmann, de sustituir la actitud consumista ante la vida y mirar a la creación como forma de realizarnos: el arte, la poesía, la filosofía… son materias que nos permiten realizarnos personalmente, sin dañar el medio ambiente.

En general comulgo con las ideas decrecentistas aunque discrepo de ellos en su oposición a otras corrientes similares, como el ecosocialismo o el posdesarrollo. Y digo que similares porque básicamente defienden lo mismo, es decir, el decrecimiento sostenible, aunque difieran en otros aspectos como la socialización de la riqueza. Carlos Taibo, se desmarca de los ecosocialistas por dos motivos: uno, porque se define como libertario decreciente, una palabra polisémica y compleja pero que en este caso debe entenderse como ácrata, más vinculado al anarquismo que al marxismo. Y segundo, porque a su juicio, la palabra socialismo ha sido objeto de muchas polémicas sobre todo a raíz de la burocratización del socialismo soviético y Chino. Pero vincular al socialismo con los regímenes totalitarios de izquierda del siglo XX es tan injusto como establecer la equivalencia entre capitalismo y nazismo. También afirma que Karl Marx no fue decrecentista, claro, ni tampoco ecologista, y lo mismo se puede decir de Lenin, Trotski o Mao Tse Tung; esos problemas no existían en su tiempo y aunque el filósofo alemán ha sido uno de los más brillantes pensadores de la historia no era adivino, ni brujo ni chamán.

Más justificadas son sus distancias y recelos con el concepto de posdesarrollo que defienden, un tanto asépticamente, otros estudiosos. Sin embargo, a mi juicio estas divisiones absurdas perjudican al pequeño grupo de personas, entre las cuales me incluyo, que apuestan por cambiar el mundo. Somos pocos y encima estamos divididos. En realidad, decrecentistas, posdesarrollistas y ecosocialistas comparten el mismo proyecto, pues el mero freno del consumismo superfluo provocaría una mayor solidaridad entre los seres humanos que a la postre, con socialismo o sin él, llevaría a una mayor solidaridad entre Norte y Sur y a una más equitativa distribución de la riqueza.

        De no ocurrir el decrecimiento se avecinan grandes males para la humanidad. Las energías fósiles se agotarán en pocas décadas y no parece que las alternativas estén en condiciones de sustituirlas en estos momentos. La energía se encarecerá progresivamente. Pero hay algo peor, los alimentos básicos escasearán y su precio se multiplicará. Se calcula que en el mundo hay unas 13.000 millones de hectáreas bioproductivas, es decir 1,8 hectáreas por persona. El aumento poblacional -10.000 millones de personas en el 2.060-, unido al cambio climático y a la desertización van a reducir drásticamente la producción provocando hambre y migraciones a gran escala. Las multinacionales lo saben y llevan algunos años comprando miles de hectareas de tierra fértil en África y en Asia. También, escaseará el agua potable de calidad.

Pero todavía no es tarde; podemos cambiar el mundo, quitándole la razón a los que piensan que no hay alternativa. El ser humano vivió ajeno al capitalismo durante dos millones de años, y puede volverlo a hacer sin necesidad de regresar a las cavernas, e incluso con más bienestar social que el actual. La labor de los docentes en este cambio es clave. Es necesario, como dice Taibo, ecoalfabetizar a los alumnos, enseñarles el valor de la sobriedad y del respeto a la madre naturaleza. Al mismo tiempo –añado yo- debemos enseñarles otra visión de la historia, alternativa a las revoluciones agrícolas e industriales que nos llevaron hasta aquí, desde el Neolítico a la era industrial. Etapas que se estudian como grandes hitos pero que en realidad son el vivo ejemplo de la capacidad destructiva del Homo Sapiens que le está llevando a acabar con su propio hábitat.

Carlos Taibo propone seis sencillas reglas para cambiar el mundo, a saber: una, recuperar una vida social que, a su juicio, nos ha sido robada, es decir, las relaciones sociales pausadas de nuestros antepasados. Dos, Desplegar fórmulas de ocio creativo, ajenas al consumismo. Tres, redistribución de la carga laboral, trabajo para todos aunque en menos cantidad y una renta básica que nos permitan satisfacer las necesidades no acumular. Es necesario recuperar el espacio público. Cuatro, reducir las infraestructuras productivas, administrativas y de transporte. Quinto, restaurar la vida local, la autogestión y la democracia directa, poniendo freno a la globalización desbocada. Y sexto, recuperar voluntariamente y a nivel individual la sencillez y la sobriedad de antaño.

En pocas palabras, renta básica, austeridad, reducción del consumo, estímulo de la economía local frente a la global y reciclaje y reutilización. Ésta es la única receta que se nos ocurre para salvar el mundo. ¡Suerte!

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA MEDIA VERDAD SOBRE LA SUPUESTA LOCALIZACIÓN DE LA NAO SANTA MARÍA

LA MEDIA VERDAD SOBRE LA SUPUESTA LOCALIZACIÓN DE LA NAO SANTA MARÍA

En los últimos meses la prensa de todo el mundo se ha hecho eco del supuesto descubrimiento del lugar exacto del hundimiento de la nao Santa María, el primer barco europeo que supuestamente surcó aguas americanas. El supuesto descubrimiento lo ha hecho el explorador norteamericano Barry Cliford y se ha creado un gran revuelo a partir de la publicación de la noticia en el diario The Independent.

Sin embargo, la noticia contada así, sin matizar, es otra mentira más de los actuales medios de comunicación de masas que viven de ofrecer grandes noticias sensacionalistas. Como de costumbre, la noticia ha sido simplificada hasta el punto de convertirla en una media verdad o en una clara falsedad. Y ello no me extraña en absoluto, pues en el mundo relativista actual de las informaciones cortas, de la telefonía móvil y de las redes sociales, la realidad se simplifica hasta extremos insospechados. Y ¿con qué objetivo? Pues simplemente con el de convertirla en una noticia atractiva y enigmática con la que llenar agencias de noticias, periódicos y revistas, ofreciendo a los lectores las mismas noticias sensacionalistas que ellos esperan recibir. Unos obtienen beneficios económicos mientras que la mayoría queda entretenida en una noticia tan vacía como neutra. Forma parte de esa cultura mosaico de que hablan los sociólogos, tan vacía de contenido como útil para los que manejan los hilos del poder. A continuación argumentaré los motivos que me llevan a hablar de media verdad o de falsedad:

Primero, hay que empezar diciendo que es más que dudoso que la nao Santa María fuese el primer navío europeo en surcar las aguas americanas, como han dicho numerosos rotativos. Aun dando por falsa la teoría del protonauta Alonso Sánchez de Huelva, el piloto onubense que estuvo en las Antillas y regresó a las islas Madeiras enfermo, los vikingos recorrieron varios siglos antes las costas de Groenlandia y Norteamérica, región esta última que ellos denominaron Vinlandia. ¡Llegaron a tener hasta una sede episcopal!

Segundo, el propio Cristóbal Colón anotó en su Diario de a bordo todos los pormenores del suceso. La Nochebuena del 24 de diciembre de 1492, estaba en la costa norte del actual Haití cuando zarpó del cabo de Santo Tomás en dirección a Punta Santa –actual Bahía de Cabo Haitiano-. Allí, un grumete, provisionalmente a cargo del timón, encalló la nao en un banco de arena. Obviamente, se conoce el sitio aproximado del suceso desde hace varios siglos.

Tercero, no fue un hundimiento sino que simplemente el buque encalló en la arena. No hubo ninguna víctima y el Almirante dispuso de todo el tiempo que quiso para desembarcar todo lo que llevaba a bordo. Pero es más, decidió desguazar la nave para construir con sus restos el fuerte Navidad. Según el sevillano fray Bartolomé de Las Casas que el suceso lo provocó la providencia para construir allí el primer asentamiento cristiano del Nuevo Mundo. Unos cuarenta españoles, al mando del capitán cordobés Diego de Arana, se quedaron allí tras el regreso del Almirante a Castilla. Como es bien sabido, todos ellos fueron asesinados por los taínos, hartos de sus pendencias y de sus abusos. El propio Almirante regresó en 1493 al sitio exacto, donde desgraciadamente comprobó lo sucedido.

Recapitulando, nos constaba desde tiempo casi inmemorial el lugar aproximado donde se perdió la nao Santa María. Asimismo, sabíamos que el barco fue completamente evacuado, con todos sus enseres y desguazado. Sacaron hasta el último clavo para construir el primer fuerte del Nuevo Mundo. Mucho dudamos que el cañón que dicen haber encontrado sea la prueba de que allí embarrancó la Santa María, porque es muy improbable que el Almirante no extrajese del barco algo tan valioso como una pieza de artillería. Pero incluso en el hipotético caso de que se confirmase el punto exacto del hundimiento, habría que aclarar dos puntos:

Primero, que todo lo más que se va a encontrar es algún que otro bolaño de hierro que usaban de lastre y unos pocos clavos oxidados. Y segundo, que el hallazgo es tan insignificante e intrascendente, que simplemente aportará el punto exacto donde encalló, en la misma zona en la que siempre supimos que había ocurrido el suceso.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

UN RANKING DE LAS VILLAS Y CIUDADES QUE PAGABAN ALCABALAS EN LA ESPAÑA DE FINALES DEL SIGLO XVI

UN RANKING DE LAS VILLAS Y CIUDADES QUE PAGABAN  ALCABALAS EN LA ESPAÑA DE FINALES DEL SIGLO XVI

        El listado que ofrecemos a continuación lo he elaborado a partir de un manuscrito localizado en la Biblioteca Nacional de España -Mans/ 10.023, fols. 191-199-. Hemos ordenado las localidades según la cuantía de mayor a menor. No se trata más que de una curiosidad que tiene la utilidad de ofrecer de forma sintética el listado completo de la contribución de la alcabala en España. Evidentemente, el que una ciudad pagase más que otra, indica que había más actividad económica. Fue redactado presumiblemente en la última década del siglo XVI. Y digo presumiblemente porque no está fechado pero hay determinados indicios que me permiten colegir que es de finales del quinientos.

        Las alcabalas eran el impuesto más importante de Castilla pues recaía sobre el comercio de mercancías, bienes muebles e inmuebles y dinero, con un porcentaje sobre el valor de las cosas enajenadas. Era una regalía regia aunque un gran número de señores terminaron cobrándolos en su señorío, unas veces por privilegio real y otros por simple y llana usurpación. Desde 1536 se generalizó su encabezamiento, al igual que las tercias, cerrándose un importe con una persona que luego se encargaba de cobrarlas. Existía un Cuaderno de alcabalas, donde quedaban perfectamente reguladas las normas de la cobranza y las normas jurídicas por las que se resolverían los posibles conflictos entre los asentistas y la hacienda.

        El valor de las alcabalas se aproximaba a los 1.500 millones de maravedís, cifra casi cinco veces superior, a la que se estipuló en el encabezamiento general de 1537, y que se cifró, incluyendo las tercias, en poco más de 310 millones de maravedís. Curiosamente, las cuatro ciudades que más alcabalas pagaban y, por tanto con mayor actividad comercial, eran por este orden: Sevilla, Toledo, Córdoba y Granada. Curiosamente, eran las mismas y en ese mismo orden que aparecían en un documento de principios de 1540, analizado por Ramón Carande. Por tanto parece claro que las cuatro primeras ciudades se mantuvieron en ese orden durante toda la centuria. Madrid aparece en el puesto 12 con una aportación a la alcabala casi ocho veces inferior a la ciudad de Sevilla.

 

Cuadro I

 Las alcabalas de Castilla a finales del siglo XVI1.

 

 

Ciudad/Villa/lugar/ provincia/merindad

Cuantía

(en maravedís.)

1

Ciudad de Sevilla y su tierra

182.387.000

2

Ciudad de Toledo

74.000.000

3

Córdoba y su partido

48.995.000

4

Ciudad de Granada

42.909.000

5

Montes de Oca

34.000.000

6

Provincia del marquesado de Villena

31.517.000

7

Ciudad de Medina del Campo

31.375.000

8

Lugares del priorato de la Orden de San Juan

29.053.000

9

Hierbas del maestrazgo de Alcántara

27.481.000

10

Ciudad de Cuenca

24.655.000

11

Salamanca y su jurisdicción

24.300.000

12

Villa de Madrid y su partido

23.645.000

13

Villa de Ocaña

23.310.000

14

Sedas de Granada

22.000.000

15

Merindad de Burgos

21.648.000

16

Ciudad de Mérida

21.234.000

17

Jerez de la Frontera

21.150.000

18

Renta de Servando

19.503.000

19

Ciudad de Ávila

19.365.000

20

Ciudad de Plasencia

18.475.000

21

Ciudad de Santiago y su obispado

18.258.000

22

Villas de Uceda, Talamanca y Torrelaguna

18.250.000

23

Ciudad de Huete

17.916.000

24

Ciudad de Baeza

17.617.000

25

Término de los lugares de Córdoba

17.602.000

26

Ciudad de Burgos

17.329.000

27

Ciudad de Palencia y Campos

16.980.000

28

Ciudad de Málaga

16.269.000

29

Villa de Yepes y Brihuega

16.250.000

30

Ciudad de Alcaraz

15.984.000

31

Ciudad de Murcia

15.827.000

32

Ciudad de Jaén

15.726.000

33

Ciudad de Écija y sus arrabales

15.500.000

34

Ciudad de Zamora

15.225.000

35

Lugares del arcedianato de Talavera

14.326.000

36

Ciudad Rodrigo

14.318.000

37

Rentas e hierbas de Calatrava

14.000.000

38

Ciudad de Segovia

12.480.000

39

Ciudad de Trujillo

12.225.000

40

Ciudad de Oviedo y Principado de Asturias

12.034.000

41

Ponferrada

11.975.000

42

Ciudad de Guadalajara

11.960.000

43

Villa de Segura de la Sierra

11.903.000

44

Ciudad de Úbeda

11.680.000

45

Villa de Martos

11.436.000

46

Ciudad de Toro

11.121.000

47

Ciudad de Baza y su partido

10.626.000

48

Barrios de Salas en Asturias

10.331.000

49

Ciudad de Soria

10.282.000

50

Ciudad de Badajoz

9.472.000

51

Villa de Carmona

9.450.000

52

Villa de Alcántara

9.403.000

53

Villa de Villanueva de los Infantes

8.664.000

54

Merindad de Castrogeriz

8.485.000

55

Ciudad de Cádiz

8.442.000

56

Villa de Cáceres

7.850.000

57

Partido de Villanueva de la Serena

7.570.000

58

Ciudad de Jerez de Badajoz .-hoy de los Caballeros-

7.100.000

59

Villa de Almagro

7.057.000

60

Adelantamiento de Cazorla

6.885.000

61

Villa de Fuente del Maestre

6.763.000

62

Ciudad de Orense

6.505.000

63

Ciudad de Guadix

6.395.000

64

Ciudad de León

6.350.000

65

Villa de Molina

5.729.000

66

Ciudad de Tuy

5.728.000

67

Ciudad de Ronda

5.335.000

68

Villa de Arévalo

5.310.000

69

Ciudad de Lorca

5.000.000

70

Carrión de los Condes

4.948.000

71

Isla de Canaria

4.850.000

72

Ciudad de Andújar

4.800.000

73

Merindad de Muñón

4.612.000

74

Santo Domingo de la Calzada

4.612.000

75

Ciudad Real

4.154.000

76

Ciudad de Osma

4.000.000

77

Provincia de la Rioja

3.753.000

78

Ciudad de Sigüenza

3.662.000

79

Ciudad de Loja y Alhama

3.650.000

80

Las villas de la costa

3.616.000

81

Merindad del Ebro

3.558.000

82

Villa de Sepúlveda

3.554.000

83

Ciudad de Vélez Málaga

3.519.000

84

Villa de Aranda de Duero

3.350.000

85

Villa de Guadalcanal

3.305.000

86

Villa de Llerena

3.125.000

87

Ciudad de Almería

3.080.000

88

Almadrabas de Cádiz

3.035.000

89

Isla de Tenerife

3.000.000

90

Merindad de Carrión de los Condes

2.948.000

91

Provincia de Logroño

2.746.000

92

Villa de Almuñécar, Motril y Salobreña

2.643.000

93

Villa de Tordesillas

2.600.000

94

Villa de Villarejo de Fuentes

2.517.000

95

Ciudad de Astorga

2.450.000

96

Isla de Palma

2.400.000

97

Valle de Grajera

2.335.000

98

Villa de Illescas y su partido

2.292.000

99

Merindad de Monzón

2.276.000

100

Villa de Olmedo

2.159.000

101

Villa de Sahagún

2.120.000

102

Villa de Agreda

2.032.000

103

Ciudad de Cartagena

2.000.000

104

Rentas del señorío de Sevilla

2.000.000

105

Merindad de Cerato

1.965.000

106

Ciudad de Lugo

1.731.000

107

Merindad de Campo

1.730.000

108

Merindad de Villadiego

1.548.000

109

Villa de Roa

1.515.000

110

Villaquesada

1.515.000

111

Ciudad de Gibraltar

1.500.000

112

Condado de Santiesteban

1.340.000

113

Villas del condado de Puñonrostro

1.260.000

114

Villa de Almonacid y provincia de Zurita

1.188.000

115

Provincia de Guipúzcoa

1.181.000

116

Villa de Saldaña

1.013.000

117

Las Herrerías de Castilla la Vieja

942.000

118

Villa de ¿Torquelimos?

827.000

119

Abadías de León y Astorga

797.000

120

Villa de Madrigal

682.000

121

Villa de Lora y Setefilla

680.000

122

Lugar de Pedro Alva de Vega

658.000

123

Villas de Teba y Ardales

581.000

124

Villa de Yanguas y su tierra

541.000

125

Valle de Miranda

537.000

126

Villa de Belmonte (tercias)

476.000

127

Partido de Trigueros

417.000

128

Ciudad de Purchena

415.000

129

Villa de Nava y Siete Iglesias

333.000

130

Ciudad de Vitoria

269.000

131

Valle de Barcial de la Loma

250.000

132

Villas de Palma e Huelves

235.000

133

Valle de Mena

225.000

134

Merindad de Pernía

178.000

135

Villa de ¿Piez y el Pozo?

160.000

136

Galapagar (tercias)

160.000

137

Villa de Gumiel de Campos

154.000

138

Villas de Cubas y Griñón

117.000

139

Villa de Ureña

61.000

140

Villa de Olmillo

47.000

 

TOTAL

1.480.876.000

 

1 Fuente: Biblioteca Nacional, Mans/ 10.023, fols. 191-199. Hemos ordenado las localidades según la cuantía de mayor a menor. Las cifras están expresadas en maravedís.

 ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

PERVIVENCIA E INTEGRACIÓN DE LOS MORISCOS DE HORNACHOS

PERVIVENCIA E INTEGRACIÓN DE LOS MORISCOS DE HORNACHOS

        Buenas tardes, es un honor para mí estar hoy aquí en esta bonita villa de Hornachos para hablar de sus moriscos. Mi más sincero agradecimiento a vuestro alcalde, don Francisco Buenavista por la invitación y a todos los asistentes. Dado que están previstas tres conferencias de una hora cada una intentaré ser lo más ameno posible.

Para no dilatarme más, entraré en materia. Los musulmanes poblaron la villa, y permanecieron todos en ella tras su reconquista en el año 1234 por tropas santiaguistas de Pedro González Mengo. Durante el siglo XVI, Hornachos fue una villa casi exclusivamente morisca, exceptuando un pequeño núcleo de cristianos viejos en torno a comendador santiaguista. Fue un siglo próspero. Se estima que su población en 1580 era de 4.800 habitantes y sus tierras se valoraban en 122.300 ducados. Fue el fatídico decreto de expulsión de 1609 y la salida de dos terceras partes de su población la que la condenó a una hibernación que duró varios siglos.

Pero vayamos por partes.

 

¿QUIÉNES ERAN LOS MORISCOS?

       Los moriscos eran aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la presencia de estos recalcitrantes sino la existencia de una minoría cristiana intransigente. La misma que se encargó de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Y eso no solo ocurría en Hornachos; en un reciente estudio sobre los moriscos de Magacela, sus autores afirman que su convivencia con los cristianos viejos fue pacífica, aunque eso no les libró de la expulsión. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas.

 

¿POR QUÉ SE EXPULSA A LOS MORISCOS?

         Siempre se ha sostenido que la expulsión de los moriscos no sólo se debió a una cuestión de xenofobia sino también a un problema de seguridad nacional. En 1569 declaró un morisco ante la inquisición de Granada que ellos pensaban que esta tierra se había de tornar a perder, y que la habían de ganar los moros de Berbería. Un año después, algunos cristianos viejos de Hornachos escribieron una misiva a Felipe II en la que manifestaban su temor ante una posible rebelión de los hornachegos en colaboración con otros moriscos de Extremadura y Andalucía con los que mantenían contactos. Realmente, estos hechos no tenían nada de particular; López de Gómara insistió reiteradamente en su crónica sobre la inteligencia y comunicación que había entre los moriscos españoles y los corsarios berberiscos. Y para apoyar dicha tesis, citó el caso de un ataque enemigo al río de Amposta en el que un morisco hizo de guía.

         Sin embargo, el problema morisco -percibido por la sociedad- era más ficticio que real. Se trataba de unos temores exagerados, provocados por las rebeliones del pasado y por los continuos ataques berberiscos a las costas mediterráneas. La literatura posterior se encargó de poner el énfasis en el problema morisco para justificar de alguna forma una decisión tan drástica como perjudicial para los intereses económicos del Reino. Por ello, se les culpó de instigar los ataques corsarios de turcos y berberiscos lo que acentuó y justificó el rechazo creciente de la población hacia esta minoría.

         Hoy sabemos que los moriscos no tenían potencial militar, ni armas suficientes ni tan siquiera apoyo externo. La ayuda de los berberiscos y turcos fue muy escasa, pues, los ataques corsarios a las costas mediterráneas no se debieron a un plan de reconquista, con la ayuda interna de los moriscos, sino a meros actos individuales de rapiña. Probablemente nunca pasó por la cabeza de los corsarios magrebíes la posibilidad real de recuperar la Península Ibérica, ni muchísimo menos de devolver el poder a los moriscos.

         Desde tiempos de los Reyes Católicos se fue configurando en España un Estado casticista, donde sólo tenía cabida el homo christianus. Las minorías irreductibles serían expulsadas: los judíos en 1492 y los moriscos entre 1609-1614. En cuanto a las disidencias internas –erasmistas, iluminados y protestantes- serían controladas y cercenadas de raíz por la Inquisición.

 

LA PERMANENCIA MORISCA EN ESPAÑA

         Oficialmente, desde 1614 no había moriscos en España; supuestamente habían desaparecido, los más resistentes marchando al cadalso y el resto, integrándose discretamente en la cristiandad. En lo que no hay acuerdo es en el número aproximado de los que se quedaron. Esta cuestión de la permanencia tiene ya una larga tradición historiográfica que se inicia en el último tercio del siglo XIX y prosigue casi ininterrumpidamente hasta el siglo XXI. Había casos aislados muy conocidos, como el de los moriscos del valle de Ricote (Murcia) a los que se refiriera Miguel de Cervantes y que eludieron inicialmente su expulsión. También sabíamos que los decretos no afectaron a todos, pues tanto a los esclavos como a los menores de siete años se les permitió quedarse. De hecho, el cabildo de Sevilla se convirtió en depositario de tres centenares de niños que eludieron el exilio forzoso.

Abundando en la cuestión de la permanencia, hace ya varias décadas, Antonio Domínguez Ortiz aportó algunos datos al respecto. Concretamente se refirió a los moriscos de las villas del Campo de Calatrava, que tenían un privilegio de los Reyes Católicos y estaban cristianizados, como en los reinos de Valencia y Murcia. Pocos años después, con más intuición que datos, Bernard Vincent afirmó que posiblemente, después de 1610, permanecieron en la Península un contingente de moriscos mayor de lo que usualmente se admitía. Efectivamente, sus palabras eran acertadas pues actualmente no dejan de aparecer por aquí y por allá casos de moriscos que, de una forma u otra, se escabulleron entre la población. Por su parte, Henry Lapeyre concluyó, en su ya clásica obra Geografía Morisca, que en España vivían unos 300.000 morunos de los que 275.000 fueron expulsados. Y es que ni la expulsión de los moriscos granadinos tras la rebelión de las Alpujarras (1568-1570) fue total ni, muchísimo menos, la del resto de España entre 1609 y 1614.

Pese a los aportes de los últimos años, todavía hoy se tiene la creencia de que los llamados moriscos de paz, aquellos conversos sinceros que se quedaron, fueron muy excepcionales. Sin embargo, hay evidencias que nos indican que fueron muchos y que no pocos de ellos eludieron las órdenes de exilio. Y ello, por dos causas: primero, porque, de acuerdo con Trevor J. Dadson, la maquinaría burocrática falló y muchos escaparon al control. Y segundo, porque una parte considerable de ese contingente estaba ya a finales del siglo XVI totalmente asimilado y se confundía entre la población cristiana vieja, en algunos casos con la ayuda de los párrocos, de las autoridades locales y de sus propios paisanos. Otros obtuvieron licencias, quedándose bajo la protección de algún prohombre -que eran precisamente los grandes perjudicados por tales disposiciones-, e incluso, algunos regresaron poco después.

Hemos detectado un fenómeno que se dio con frecuencia en Extremadura: muchos párrocos colaboraron en su integración, omitiendo el apelativo morisco en las partidas Sacramentales. Una forma de actuar que se dio también en otros lugares de España y que podemos documentar ampliamente en Extremadura. En 1981 Fernando Cortés publicó un pionero artículo sobre los moriscos de Zafra en el que advirtió de varios casos que había encontrado de ocultación por parte de los párrocos. En ocasiones encontró tachaduras sobre la palabra morisco, mientras que en otros casos, el cura simplemente dejó de anotar esta circunstancia. Una actitud que solo podemos atribuir a una relajación en su control, pues los religiosos no consideraron necesario reseñar su condición de conversos. Este mismo fenómeno de tachaduras sobre la palabra morisco, lo hemos documentado en los libros Sacramentales de la parroquia de la Purísima de Almendralejo. En Mérida, donde se quedaron 752 moriscos de origen granadino, es decir, el 5,2 por ciento de la población, a los que habría que sumar los antiguos mudéjares, encontramos entre 1571 y 1610 un total de 436 moriscos bautizados, es decir, el 6,52 por ciento del total. Pues bien, José Antonio Ballesteros ha registrado el mismo fenómeno de ocultación por parte de los párrocos emeritense: progresivamente dejaron de anotar la condición de moriscos de muchos de ellos. Ello permitió a no pocas familias camuflar sus orígenes, conservando unos el nombre Bernabé, muy usado entre los moriscos, y otros el apellido Moruno o Morito. Por cierto, que el nombre Bernabé, usado con cierta frecuencia por los moriscos emeritenses, no aparece entre los de Hornachos ni entre los de Tierra de Barros.

Basta con cruzar el padrón de moriscos de Extremadura de 1594 con los libros Sacramentales de esas localidades para verificar que ni la décima parte de esos moriscos aparecen en estos últimos. Bueno, sí aparecen porque la mayoría eran cristianos practicantes pero, se confunden con los demás porque no llevan al lado señalada su condición de morisco. De hecho, hemos analizado con detalle algunas localidades de la comarca pacense de Tierra de Barros y los datos son concluyentes. Concretamente en Almendralejo, está documentada la presencia de nada menos que cuatro familias moriscas, de las trece o catorce que residían en la localidad, que con total seguridad eludieron el exilio. Y lo hicieron haciéndose pasar por cristianos viejos porque en los registros parroquiales nunca se señaló su condición de moriscos. Obviamente, la permanencia pasaba por la discreción, bien porque la población hubiese olvidado su pasado morisco, o bien, debido a su aceptación e integración social porque los vecinos sufrieron una voluntaria amnesia colectiva. Una de esas familias de moriscos, que procreó a cinco hijos y que fueron criados por el cura de la parroquia de la Purísima, el licenciado Pardo. Estos vástagos adoptaron el apellido de del Cura, en honor a su antiguo protector.

En general, la expulsión afectó más a los que residían en núcleos urbanos de realengo, mientras que los que vivían en aldeas y villas rurales, así como en tierras señoriales o en casas diseminadas por el campo pudieron quedarse con bastante facilidad. Había habido muchos matrimonios mixtos y los descendientes de estos no eran distinguibles étnicamente del resto de la población. La mayoría de ellos permanecieron incrustados en la sociedad española. Y de esa permanencia fueron conscientes los propios contemporáneos, de ahí que cientos de hermandades y cofradías así como diversos gremios mantuvieran en sus estatutos, aprobados en los siglos XVII y XVIII, la prohibición de acceso a personas que tuviesen ascendencia negra, judía o morisca. Por poner sólo algún ejemplo concreto, en las reglas de 1661 de la hermandad de la Santa Caridad de Sevilla se dispuso lo siguiente:

Así él como su mujer han de ser cristianos viejos, de limpia y honrada generación, sin raza de moriscos, ni mulatos, ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio de la Inquisición, ni de los nuevamente convertidos a nuestra santa fe, ni descendientes de tales.

 

         Se insiste no sólo en que no tengan raza de moriscos, negros y judíos sino también que no sean de los nuevamente convertidos. ¿Quiénes eran esos recién convertidos y sus descendientes? ¿Qué sentido tenía incluir semejante cláusula si en teoría habían sido expulsados prácticamente todos? Está bien claro, todo el mundo sabía que muchos conciudadanos eran descendientes de antiguos conversos. En este sentido, conocemos un pleito interpuesto a la linajuda familia de los Mendoza de Zafra (Badajoz), en 1788, en el que se les acusó de ser descendientes de moros. Para ello se basaban en que sus ascendientes se bautizaron en la iglesia de San José, ubicada sobre la antigua sinagoga y donde se cristianaban los moriscos. Da igual que la imputación fuese o no una simple calumnia porque lo que nos interesa es recalcar como todavía en el último cuarto del siglo XVIII, cuando habían pasado más de dos siglos de la expulsión, pervivían sospechas y a veces certezas del pasado mahometano de muchas familias.

         Sin embargo, urgía acabar con el problema morisco, y se acabó; desde 1614 la palabra morisco desapareció del lenguaje común, pues en teoría sólo quedaban cristianos. El problema religioso se había solucionado, porque los miles de moriscos que permanecieron lo hicieron no como tales sino como católicos. El problema identitario de la patria estaba solucionado; se decidió pasar página a sabiendas de la permanencia racial porque ésta jamás fue un problema.

 

LA PERMANENCIA MORISCA EN HORNACHOS

Una vez que acabó la expulsión de los conversos valencianos, en diciembre de 1609, se procedió a expulsar, ya en 1610, a los residentes en Extremadura, Andalucía y Murcia. El bando de expulsión de los hornachegos, fechado el 16 de enero de 1610, fue llevado personalmente a la villa por el alcalde de la Corte Gregorio López Madera. Existen muchos aspectos controvertidos sobre los que intentaremos arrojar algo de luz: ¿qué población tenía la villa?, ¿cuántos de ellos eran moriscos?, ¿cuántos se exiliaron? La primera pregunta tiene una fácil respuesta pues, aunque no disponemos de censos sobre la población del pueblo en esa época, contamos con otras fuentes que sitúan su número entre los 1.063 y los 1.150 vecinos. Por ello existe casi unanimidad a la hora de fijar su población entre los 4.500 y los 5.000 habitantes.

En cuanto al número de moriscos, disponemos de abundantes datos; aunque Hornachos no se incluyó en el famoso censo de moriscos extremeños de 1594, disponemos de fuentes alternativas. Ya en 1494 en una visita santiaguista se dijo que toda la población era mora hasta el punto que no había iglesia cristiana, solo una pequeña capilla en la fortaleza donde escuchaba misa el comendador y los suyos. En una carta de los inquisidores de Llerena dirigida al Consejo Real, fechada poco antes de la expulsión, afirmaban que casi todos sus habitantes eran moriscos y que tan sólo había unas ocho casas de cristianos viejos. Más testimonios encontramos en las fuentes secundarias; así, por ejemplo, el capitán Alonso de Contreras en su autobiografía de finales del siglo XVI dijo que toda la villa era morisca excepto el cura. Poco después, en 1608, Ortiz de Thovar afirmó que de los 1.000 vecinos que había en la localidad casi todos eran moriscos, salvo unos cuantos cristianos viejos. Ello explicaría de paso por qué controlaban totalmente el gobierno municipal, pues, tras la expulsión, quedaron vacantes nada menos que 19 regidurías y escribanías de cabildo así como dos procuradurías del número.

Disponemos de otras pruebas más circunstanciales que confirman esta presencia casi simbólica de cristianos viejos. De hecho, en casi tres siglos de emigración a las Indias, donde más de 20.000 extremeños cruzaron el charco tan sólo una veintena fueron naturales de Hornachos, la mayoría frailes del convento franciscano. Excluyendo a estos últimos prácticamente emigraron dos familias: la de Diego López de Miranda y la de su hermano Pedro Gómez de Miranda. Este bajo índice migratorio nos refuerza la idea del bajísimo número de cristianos viejos que residían en la localidad, pues los moriscos tenían prohibida la emigración al Nuevo Mundo. En definitiva, es obvio que existía una alta concentración de conversos, que podían suponer entre el 90 y el 95 por ciento de la población. Dicho en otras palabras de las 4.500 o 5.000 personas que habitaban la villa casi todas, excepto varias decenas de familias, eran moriscas.

Solventada la primera cuestión, debemos abordar la segunda: ¿cuántos de estos hornachegos marcharon al exilio? La mayoría de los especialistas han sostenido que fueron unos 3.000. Teniendo en cuenta que en Hornachos vivían aproximadamente en torno a 4.000 moriscos, y entre 300 y 500 cristianos, podríamos pensar que aproximadamente un 25 por ciento de los moriscos permaneció en la villa. Sabíamos por algunas referencias que muchos moriscos entregaron a sus hijos y a sus mujeres antes de marchar. Las palabras del cronista Ortiz de Thovar resultan muy significativas:

 

Publicado el bando que ya tenían ellos sospechas, se quitaron muchos la vida a sí mismos, y otros vendían a sus propios hijos para aliviarse de la carga; otros dejaban a sus mujeres; y otros entregaban a sus hijos para ir de este modo más desembarazados.

 

Además, se da la circunstancia que en el primer tercio del siglo XVII aumentaron los gitanos bautizados en los libros sacramentales lo que no deja de ser sospechoso.

Sin embargo, hay una fuente adicional que puede aportarnos luz sobre el número de moriscos que evitó el cadalso, es decir, los libros sacramentales de la parroquia de la Purísima Concepción de Hornachos.

 

Cuadro I

Bautizos en Hornachos

(1585-1613)

 

AÑO

Nº DE BAUTIZADOS

1587

166

1588

126

1589

115

1590

88

1591

81

1592

121

1593

120

1594

102

1595

127

1596

123

1597

108

1598

126

15991

115

1603

109

1604

162

1605

111

1606

110

1607

99

1608

104

1609

96

1610

45

1611

60

1612

54

 

Nuestras conclusiones son muy elocuentes: entre 1590 y 1609 se bautizaron una media aproximada de 115 niños mientras que entre 1611 y 1613 la media descendió a 53. Es decir, una caída en los bautizos del 54 por ciento. El dato nos parece sumamente revelador, pues si la mayoría de la población era morisca, como defiende prácticamente la totalidad de la historiografía, entonces habría que pensar que un porcentaje importante permaneció en la villa.

Comparemos los bautizos de Hornachos con los que se celebraban en una villa pequeña como Feria. En esta última localidad se estimaba que por aquellos años tenía entre 1.600 y 1.800 habitantes y bautizaba un promedio de entre 60 y 65 niños anuales. Dado que la media de bautizos, tras la expulsión, se mantuvo en unos 53, es factible deducir que la población de Hornachos se redujo a unas 1.400 o 1.500 personas. Teniendo en cuenta que tan sólo había entre 300 y 500 cristianos viejos, supondría la permanencia en la villa de entre 1.000 y 1.200 moriscos, es decir, entre un 25 y un 30 por ciento de la población morisca original.

Otros datos verifican esta misma idea; tras el exilio se inventariaron un millar de casas abandonadas. Eso equivaldría más o menos a 1.000 vecinos o fuegos. Se ha estimado en general que la familia media morisca se situaba por debajo de cuatro, sin embargo, es seguro que el número de emigrados debió ser inferior por varios motivos, básicamente porque los niños menores de edad se quedaron en la localidad en manos de cristianos viejos o de conversos de lealtad probada. Por ello, aunque la casa morisca quedase vacía, algunos miembros de esa unidad familiar pasaron a engrosar familias cristianas. Incluso, contaban los cronistas que algunos entregaron hasta sus mujeres para evitarles la dura experiencia del exilio. Por tanto, a nuestro juicio es obvio que, pese a las 1.000 casas abandonadas, los exiliados debieron estar en torno a 3.000.

Pero crucemos estos datos con los de los matrimonios; la media anual de matrimonios, antes de la expulsión, era de 35 mientras que después se situó en 17.

 

Cuadro II

Matrimonios anuales celebrados

en Hornachos (1592-1627)

 

AÑO

NÚMERO

1572

40

1573

31

1574

33

1575

38

1620

25

1625

13

1626

15

1627

17

 

Ello equivaldría a un descenso aproximado de un 50 por ciento. En definitiva, los bautizos descendieron un 54 por ciento y los matrimonios un 50 por ciento. Ello volvería a ratificar la idea de que un buen número de moriscos, a mi juicio entre 1.000 y 1.200, permanecieron en su villa. La hipótesis no deja de ser novedosa, pues, siempre se pensó que los llamados moriscos de paz, aquellos conversos sinceros que se quedaron, fueron muy excepcionales. Se confirmaría la intuición que ya manifestó Bernard Vincent hace más de dos décadas cuando afirmó que posiblemente, después de 1610, permaneció en la Península una población morisca más numerosa de lo que generalmente se admite.

 

EL TRÁGICO DESTINO DE LOS HORNACHEGOS EXILIADOS

La situación de los deportados debió ser trágica. Tenemos relatos que nos pintan escenas verdaderamente dramáticas sobre las condiciones del viaje. Al parecer sufrieron en los caminos el acoso de bandidos que les robaron lo que pudieron. En 1611 se encontraban en Sevilla, un acontecimiento que fue destacado por el cronista hispalense Diego Ortiz de Zúñiga quien, por un lado, alabó el celo religioso de Felipe III al expulsarlos y, por el otro, denunció la penosa situación de los deportados. De hecho, escribió que algunas personas piadosas lamentaron la situación, viendo embarcar criaturas que movían su lástima y compasión. El pasaje se lo pagaron ellos mismos con el dinero líquido que habían obtenido malvendiendo algunas de sus propiedades antes de la partida. Concretamente gastaron unos 22.000 ducados en financiar su pasaje con destino a las costas del actual Marruecos. Unos ayudaron en el pago a los otros, confirmando nuevamente la gran solidaridad existente entre los moriscos en general y entre los hornachegos en particular.

Desde Sevilla llegaron a Ceuta y de aquí a Tetuán. El sultán de esta ciudad, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, muy cerca de Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente menor de andaluces y todos ellos formaron, desde 1627, la república independiente de Salé. Culminaba así la larga lucha de los hornachegos por su libertad.

Los hornachegos formaron allí un pequeño Estado corsario que vivió su esplendor en la primera mitad del siglo XVII. Una curiosa y efímera república, entre mora e hispana, tan diferente al reino de España como al de Marruecos. Para entenderlo basta con citar el nombre de su primer gobernador: Brahim Vargas, una curiosa combinación de un nombre moro con un apellido netamente castellano. Actuaban en la zona del estrecho de Gibraltar por su propia cuenta o aliados con los turcos, causando graves daños a la navegación hispana en el Mediterráneo.

         En 1631, a través del Duque de Medina Sidonia, propusieron a Felipe IV un pacto: ellos entregarían la ciudad a la Corona castellana a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando, por supuesto a sus hijos. Obviamente, el plan no salió adelante y, despechados, no tardaron en ofrecerle algo parecido al rey de Inglaterra. Sin embargo, este proyecto fallido nos aclara mucho sobre el sentimiento y la añoranza del exilio español en Salé.

Después, esta república de Salé languideció hasta su integración en el reino alauita en el tercer tercio de ese mismo siglo. Sin embargo, todavía en el siglo XXI muchos descendientes de aquellos moriscos llegados en el siglo XVII combinan sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

LA VILLA DESPUÉS DE LA MARCHA DE LOS MORISCOS

         Se ha creado un falso mito sobre las riquezas dejadas por los moriscos tras su exilio. Pero esta creencia no es nueva, pues, los propios contemporáneos se equivocaron al estimar las rentas y las propiedades de los moriscos muy por encima de su valor real. Los moriscos distaban muchos de ser pobres de solemnidad –utilizando un concepto de la época- pues la mayoría eran trabajadores eficientes que se repartían en los tres sectores económicos: el primario, el secundario y el terciario. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI se habían empobrecido considerablemente, debido a la excesiva presión fiscal, a las multas y a la confiscación de sus propiedades. Todo esto está bien documentado en diversas regiones moriscas de España. Y las causas están bien claras: una presión fiscal excesiva, las condenas pecuniarias de los inquisidores de Llerena que convirtieron la problemática morisca en una excepcional fuente de ingresos, y finalmente, el hecho de que, temiendo su expulsión, muchos malvendieran sus propiedades. Precisamente, con motivo del decreto de febrero de 1502 muchos hornachegos vendieron sus fincas al mejor postor, pensando que sería expulsados. Finalmente, la mayoría aceptó el bautismo y se quedó, pero el quebranto económico estaba ya hecho.

Felipe III había contraído una deuda de 180.000 ducados con la familia Fugger, a los que les seguía debiendo algo más de 30 millones de maravedís. Por ello, se tasaron bienes de los moriscos de Hornachos para pagar esa deuda. Sin embargo, los tasadores reales valoraron al alza muchas de las propiedades de los moriscos lo que generó una reclamación por parte de estos prestamistas. Inicialmente las rentas y propiedades de los moriscos de Hornachos fueron estimadas en 180.000 ducados. Domínguez Ortiz y Bernard Vincent analizaron un inventario de los bienes dejados por los moriscos estimaron su valor en unos 122.300 ducados. Pero también esa cantidad nos parece excesiva. Los Fugger se quejaron de que las propiedades que les entregaron estaban fuertemente censadas, tanto por particulares como a favor de los inquisidores de Llerena. De hecho, en una Real Cédula expedida el 17 de septiembre de 1611 se afirmó lo siguiente:

Que el tribunal de Santo Oficio de la Inquisición de la villa de Llerena tenía cantidad de censos sobre aquellas haciendas y no se habían presentado sus escrituras para saber lo que montaba y por parte de los Fúcares se agravió en mi Consejo de Hacienda…

 

Incluso, muchos de sus bienes inmuebles tenían contraídas deudas censales por un importe muy superior a su propio valor. Por todo ello, fue necesario volver a tasar las propiedades, haciendo previamente concurso de acreedores de todas aquellas personas e instituciones que tenían censos a su favor. Para ello, se comisionó a Tomás de Carleval para que se encargase antes que nada de hacer pagar las deudas y censos que estaban cargados sobre las haciendas que dejaron los moriscos de Hornachos. Su trabajo era complicado y duró varios años por lo que el 9 de enero de 1614 se le volvió a renovar su prorroga para continuar la venta de bienes para el pago de los acreedores. Una vez pagadas las deudas se debía entregar a los Fúcares el valor pactado con ellos. Pero nunca se completó el pago porque los bienes dejados por los moriscos no fueron suficientes.

Aunque muchos cristianos acudieron a poblar la villa, pues ofrecía grandes posibilidades de enriquecimiento por el hundimiento de los precios, lo cierto es que nunca se recuperó totalmente. En 1646 seguía teniendo tan solo 500 vecinos, es decir, poco más de 2.000 habitantes. La situación no mejoró en la segunda mitad del siglo XVII pues los bautizos nunca alcanzaron las cifras anteriores al decreto de expulsión.

 

VALORACIONES FINALES

Del estudio de los moriscos de Hornachos podemos extraer varias conclusiones: primero, hubo un grupo de hornachegos que se mostraron inasimilables, pese a que padecieron todo tipo de presiones: bautismos forzados, multas, confiscaciones y un cerco asfixiante contra sus costumbres pero, pese a ello, muchos jamás renunciaron a su cultura. En Hornachos, el hecho de que existiese un contingente total en torno a 4.000 moriscos provocó una especial cohesión entre todos ellos que favoreció el mantenimiento de sus tradiciones grupales. Una cohesión que mantuvieron después del exilio y que les sirvió para ayudarse y protegerse mutuamente. Una vez alcanzado su destino en Salé, permanecieron juntos, fundando la famosa república corsaria. Allí encontraron su particular tierra de promisión donde pudieron cumplir sus deseos de mantenerse fieles a sus raíces islámicas.

         Segundo, no todos los hornachegos fueron obligados a marchar al exilio. El descenso de los bautismo en solo un 54 por ciento y el de los matrimonios en un 50 por ciento nos está indicando que una parte de la población permaneció en la villa. Es imposible establecer una cifra concreta porque probablemente, ante las posibilidades de comprar casas y tierras a bajo precio, algunas familias cristianas se apresuraron a avecindarse en la localidad. Pese a ello, a mi juicio, y dados los indicios de que disponemos, en torno a un millar de ellos eludieron el exilio. Y no sólo fueron mujeres y niños porque siguieron celebrándose matrimonios y bautizos. Es probable que algunos varones adultos, los que participaban públicamente en los cultos cristianos y mantenían unas buenas relaciones con los franciscanos y con los cristianos viejos del lugar, se quedasen con el consentimiento de las autoridades. Quiero insistir que se trata solo de hipótesis a partir de los indicios que nos ofrecen los libros Sacramentales. Habrá que esperar a futuras investigaciones o a futuros hallazgos documentales para ratificar estas hipótesis iniciales. Obviamente, ignoramos también cómo fue la integración de estos moriscos que finalmente se quedaron en una sociedad tan intransigentemente cristiana.

         Tercero, su largo viaje forzado en busca de la tierra prometida les costó caro, carísimo: la pérdida de todos sus bienes, el abandono forzado de sus vástagos más pequeños y un largo recorrido en el que padecieron todo tipo de calamidades. Nunca pensaron que su cultura y sus tradiciones eran una curiosa mezcla entre elementos predominantemente berberiscos e islámicos con otros de honda tradición hispánica. Ocho siglos en la Península Ibérica los había transformado irremediablemente. De hecho, encontraron serias dificultades para entenderse con los habitantes de Rabat, pues su idioma era una especie de híbrido entre el árabe y el castellano. No se podían identificar con la España casticista pero tampoco con los berberiscos no menos intransigentes del norte de África. Eran islámicos, sí, pero españoles no africanos. Por ello, mientras vivió uno solo de ellos nunca olvidaron su tierra de origen. Algunos, incluso soñaron con la remota posibilidad de retornar algún día a su querida y añorada villa de Hornachos. E incluso, los actuales descendientes todavía conservan cierta nostalgia, trasmitidas de padres a hijos, de su origen hispano.

         Y cuarto, el varapalo que supuso para la villa la expulsión de más de dos terceras partes de su población fue tal que, cinco siglos después aún no ha recuperado el nivel demográfico y económico del Hornachos anterior a los decretos de expulsión.

 

Cuadro III

Evolución de la población

en Hornachos (1492-2013)

 

AÑOS

HABITANTES

1492

2.000

1580

4.800

1610

4.500

1613

1.500

1782

2164

1842

2.600

1900

4.605

1950

7.326

2013

3.804

 

Como se puede observar, Hornachos ha experimentado dos grandes hecatombes demográficas. La primera la de 1610 cuando la población quedó reducida a la tercera parte. Durante el siglo XVII languideció para recuperarse lentamente a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Tardó casi tres siglos en recuperar el nivel de población anterior a la expulsión.

Para colmo, luego llegó otra segunda hecatombe, la de la postguerra en la que desgraciadamente Hornachos volvió a perder la mitad de su población, por culpa de la emigración.

         Hay que recordar a estos pobres moriscos, víctimas de la intransigencia de los cristianos viejos que se vieron obligados a abandonar su querida tierra. La mayoría eran cristianos, como Pedro Ricote confiesa a Sancho en el Quijote:

         Mi hija y mi mujer son católicas cristianas y, aunque yo no lo soy tanto, todavía tengo más de cristiano que de moro y ruego siempre a Dios que me abra los ojos del entendimiento y me dé a conocer cómo le tengo que servir.

 

         Todos debemos recuperar la memoria de los moriscos, un pueblo injustamente extirpado, y expulsado de la Península Ibérica. Y pocos sitios como Hornachos, tan moruno, tan añorado y tan llorado por los moriscos para recordar este pasado.


ESTEBAN MIRA CABALLOS


(Conferencia pronunciada en el Centro de Interpretación de la Cultura Morisca de Hornachos, el 13 de junio de 2014, en el marco del III Festival morisco de esa localidad).

 

 

 

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE EN LA HISTORIA

CIVILIZACIÓN Y BARBARIE EN LA HISTORIA

Ya en el Neolítico se dio lo que Marshall D. Sahlins llamó la ley del predominio cultural. En realidad era más bien una praxis. Ésta trajo consigo que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. En este sentido, ha escrito Lucy Mair que todos los males de la humanidad comenzaron precisamente cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad, cuyo objetivo no era otro que extender sus ideales a los demás pueblos supuestamente no civilizados. Sobre este concepto se justificó la expansión de la civilización europea al resto del mundo, con el desprecio intrínseco de los valores ajenos. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión o lo que es peor, el expansionismo puede considerarse inherente a toda civilización. Si a ello unimos que todas las grandes religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la historia de la humanidad. Y encima con la bendición del poder, tanto espiritual como temporal.

Fue en la antigüedad cuando apareció lo que Max Weber llamó el colonialismo Imperialista, es decir, el derecho de los pueblos superiores a conquistar, someter y aculturar a los inferiores. El primer paso consistió en reconocer que unas personas eran superiores a otras. De hecho, ya en el Código de Hammurabi, del año 1775 a. C., se diferenciaban dos tipos de seres humanos, los que estaban destinados a servir y los que debían mandar. Pero había que dar un paso más allá y extender este concepto de lo individual a lo colectivo. Igual que había personas superiores a otras, también existían civilizaciones, culturas o Estados que eran superiores a otros. Así, en la Grecia Clásica, lo heleno era lo civilizado, antítesis de la barbarie que reinaba en el resto del mundo. Asimismo, los romanos aplicaban la barbarie a los que no hablaban latín o no estaban sometidos a su Imperio, especialmente a los celtas y a los germanos. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península Ibérica. Un proceso que contó también con su particular Bartolomé de Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: llaman pacificar un país a destruirlo, palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

Posteriormente, el Cristianismo equiparó paganismo con barbarie y durante siglos se ha venido perpetuando este dualismo entre civilización y barbarie. En el mundo del siglo XVI, civilizados eran los europeos y bárbaros los indígenas, lo mismo americanos, que africanos o asiáticos. Una posición que se mantuvo inamovible hasta el Imperialismo contemporáneo. Otra cosa bien diferente es que, como escribió Malinowski, la única prueba de esa superioridad fuesen las armas. De hecho, en 1814, José María Blanco White contrapuso a los negros de la costa occidental africana, a quienes sus contemporáneos daban el nombre de bárbaros, frente a los europeos que eran considerados por aquéllos como unos paganos ignorantes, aunque muy temibles. Y es que está claro que durante varios milenios la civilización más avanzada llamó bárbaro a todo el que no compartiera sus principios. De hecho, Michel de Montaigne, humanista francés del siglo XVI, criticó en relación a los indios antropófagos que se les podía llamar bárbaros en relación a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros que los superamos en todo tipo de barbarie. Desgraciadamente, estos postulados pacifistas de humanistas del siglo XVI, como el citado Montaigne, Erasmo de Rotterdam o fray Bartolomé de Las Casas, al igual que los contemporáneos, como Anatole France, León Bloy o Mahatma Gandhi, han sido siempre minoritarios y marginales frente a la línea de pensamiento oficial que ha justificado siempre la expansión imperialista.

Queda bien claro que Europa ni tenía derecho a hacer lo que hizo, ni dejaba de tenerlo, porque desde la Antigüedad hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos superiores sobre los inferiores se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial. De hecho, en 1997, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, dependiente de la ONU advertía:

Que en muchas regiones del mundo se ha discriminado a las poblaciones indígenas y se les ha privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales… Los colonizadores, las empresas comerciales y las empresas de Estado les han arrebatado sus tierras y sus recursos. En consecuencia, la conservación de su cultura y de su identidad histórica se ha visto y sigue viéndose amenazada.

 

          Llamémosle, pues, ley de predomino cultural, capitalismo imperialista o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante a lo largo de todos los tiempos. La historia de la humanidad ha sido, la de la imposición de unos sobre otros, de los más fuertes sobre los más débiles. Toda la memoria de la humanidad está atravesada por el drama de la guerra y los imperialismos. De hecho, el genocidio ha estado presente en todas las guerras de conquista desde la antigüedad hasta las guerras preventivas practicadas en nuestros días por los Estados Unidos. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia del hombre y, sobre todo, a la historia de la civilización.

          Y por si fuera poco, la Edad Contemporánea, y en particular el siglo XX, ha sido el más dramático de todos los tiempos. Los imperialismos de los siglos XIX y XX implicaron un verdadero holocausto a escala planetaria, implicando prácticamente a todos los continentes. Paradigma de la sinrazón del ser humano fueron las matanzas sistemáticas e indiscriminadas de los belgas en el Congo. Pero la capacidad del ser humano para causar daño no había alcanzado techo. En el siglo pasado las dos conflagraciones bélicas mundiales, terminaron convirtiendo al siglo XX en el más bárbaro de todos los tiempos, la centuria de las guerras como la denominó Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que unos llaman la guerra total industrial y otros, como Carl von Clausewitz, la guerra con objetivos ilimitados, que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías y la movilización de las masas para causar el mayor daño posible al enemigo. En 1916, R. Tagore, premio Nobel de la Paz, en un discurso pronunciado en la universidad de Tokio afirmó lo siguiente:

          La civilización que nos llega de Europa es voraz y dominante; consume a los pueblos que invade, extermina o aniquila las razas que molestan su marcha conquistadora. Es una civilización con tendencias caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa…

 

          Todavía no sabía el bueno de Tagore que, pocos años después, esas prácticas no serían exclusivas de Europa, pues, se sumarían primero Asia –y en particular su país, Japón- y luego América. Los genocidios ocurridos en el último siglo se cuentan por decenas. El fascismo exaltó la guerra, reservando la gloria a los caídos por la Patria. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –otros tantos se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un personaje aislado, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales que su líder. Pero desgraciadamente el genocidio Nazi con ser el más conocido no ha sido ni mucho menos el único. A la par que los Nazis, su alma gemela que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. También ellos pretendían alcanzar lo que Michael Ghiglieri llama el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito.

En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.

No menos flagrante fue el régimen de terror implantado en Uganda por el presidente Idi Amín Dada, entre 1971 y 1979, que costó la vida a decenas de miles de ugandeses. Asimismo, la dictadura militar de Guatemala se estima que asesinó impunemente, entre 1978 y 1984, a más de 250.000 opositores, provocando además el desplazamiento a México de 150.000 refugiados. Sus máximos responsables no sólo no han respondido de sus crímenes ante un tribunal nacional o internacional sino que algunos de ellos siguen desempeñando cargos de responsabilidad política. Mucho más recientemente, en 1994, se desencadenó en Ruanda el genocidio entre hutus y tutsis, que costó la vida a más de un millón de personas de una y otra etnia. Uno de los hechos más luctuosos se desencadenó el 23 de abril de 1994 cuando una unidad del Ejército Patriótico Ruandés, liderado por los tutsis, concentró en el estadio de fútbol de Byumba a 25.000 hutus a los que a continuación masacró indiscriminadamente. Otros genocidios siguen activos en nuestros días, como el de los palestinos en su enfrentamiento asimétrico con los israelíes, el de los kurdos a manos de los turcos y de los sirios, o el de diversas comunidades indígenas en algunos países Hispanoamericanos.

Por desgracia, la barbarie ha aumentado a lo largo del siglo XX hasta límites de locura colectiva. El arsenal nuclear actual es similar al de un millón de bombas como las lanzadas en 1945, con capacidad para destruir todo rastro de vida en la tierra unas veinte veces. Y lo peor de todo, es que nada parece indicar que esta escalada haya acabado. Actualmente vivimos un nuevo renacer de la violencia: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, grupos terroristas que actúan en el Tercer Mundo, aprovechándose del vacío de poder y del sufrimiento de los más pobres, y regímenes tiránicos que se mantienen en el poder masacrando a la población civil. Desgraciadamente, nada parece indicar que el siglo XXI no vaya a superar o al menos igualar al dramático siglo XX.

 

FUENTES

 

ANAYA, S. James: Los pueblos indígenas en el derecho Internacional. Madrid, Ed. Trotta, 2005.

 

CHALIAND, Gérard: Guerras y civilizaciones. Del Imperio Asirio a la Era Contemporánea. Barcelona, Paidós, 2007.

 

CLAVERO, Bartolomé: Genocidio y justicia. La destrucción de las Indias ayer y hoy. Madrid, Marcial Pons, 2002.

 

CONTAMINE, Philippe: La guerra en la Edad Media. Barcelona, Labor, 1984.

 

FERRO, Marc Ferro (dir.): El libro negro del Colonialismo. Madrid, La esfera de los Libros, 2005.

 

GALEANO, Eduardo: Las venas abiertas de América Latina. Madrid, Siglo XXI, 1985.

 

IZARD, Miquel: El rechazo de la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueran esa maravilla. Barcelona, Península, 2000.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(El texto procede de mi libro: Imperialismo y poder: una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013, pp. 21-27).

EL TREBLINKA DE CHIL RAJCHMAN

EL TREBLINKA DE CHIL RAJCHMAN

        Acaba de ver la luz por primera vez en castellano, el testimonio que escribió el polaco Chil Rajchman, superviviente del campo de concentración nazi de Treblinka. Se titula precisamente Treblinka (Barcelona, Seix Barral, 2014) e incorpora como epílogo el otro gran testimonio sobre ese campo, El infierno de Treblinka, un clásico que publicara hace años Vasili Grossman, un periodista que acompañaba al ejército bolchevique y que fue el primero en entrar en él. Por tanto, se trata de dos relatos fundamentales para comprender las dimensiones de la locura genocida nazi. Sin embargo, el testimonio de Rajchman me parece más valioso, porque es un relato de lo visto y lo vivido, mientras que el de Grossman es una visión periodística, tras recabar datos sobre el terreno de supervivientes. El texto de Rajchman es tanto más valioso cuanto que lo escribió en los meses posteriores a su huida, en agosto de 1943 y, por tanto, no está condicionado por la deformación que el tiempo siempre ejerce sobre el recuerdo. El superviviente polaco, que perdió a su familia y a sus amigos en aquel infierno, pudo sobrevivir, con el ánimo de dejar un testimonio a la posteridad de las atrocidades cometidas por los nazis en Treblinka.

        En julio de 1942 se inauguró el campo de Treblinka, al noroeste de la Polonia ocupada, manteniéndose en activo poco más de un año, exactamente hasta noviembre de 1943.No fue un campo de concentración más, pues estaba pensado para el exterminio masivo e inmediato. De ahí que hubiese pocos barracones para albergar personas, a diferencia de lo que ocurría en los demás campos. Y es que, según Grossman, la esperanza media de vida de los que llegaban era de una hora y media. Los trabajadores de las brigadas de camilleros –para transportar cadáveres-, de peluqueros, y de dentinas –para extraer los dientes de oro- ampliaban su esperanza media de vida hasta una semana aproximadamente. Está claro que Treblinka supuso salto cualitativo en el cumplimiento de la Solución Final. Un proceso de exterminio de las minorías étnicas, y en particular de los hebreos que empezó en 1924 cuando Hitler escribió en su obra Mein Kampf que la pérdida de la pureza racial frustraba para siempre el destino de una raza.

        Chil Rajchman fue uno de los pocos supervivientes del campo, apenas medio centenar. Estuvo a punto de morir en varias ocasiones, pero unas veces se sirvió de su ingenio, aprendiendo a realizar oficios que en realidad desconocía –como peluquero y dentista-, y en otras simplemente tuvo suerte. También estaba dotado de un gran ánimo que le permitió superar las tentaciones suicidas que otros llevaron hasta las últimas consecuencias. De hecho, tras su liberación escribe: ¡Sí, sobreviví para ser un testigo de Treblinka, esa gran carnicería! Su sufrimiento fue tal que en un momento de su relato se alegra de la suerte de su madre que al fallecer de muerte natural con treinta y ocho años evitó el sufrimiento del infierno nazi. Con su huida no acabó su tragedia, tuvo que recorrer más de cien kilómetros hasta llegar a Varsovia, no siempre contando con el apoyo de las personas a las que se encontraba, unos por temor a represalias y otros porque tampoco simpatizaban con los judíos. Hasta que Varsovia no fue liberada, el 17 de enero de 1945, no recuperó su vida.

        Varios aspectos sorprenden y hasta sobrecogen de este relato: primero, la fe y la solidaridad entre los judíos, incluso en el mismo trance de la muerte. Cuenta el autor que cuando los judíos búlgaros estaban siendo gaseados se escuchaba: ¡shema Israel!, las dos primeras palabras de la principal plegaria hebrea, hasta que la muerte los enmudeció a todos. Los propios trabajadores del campo, como Chil Rajchman, pese al calvario que vivían, todavía tenían tiempo y ganas para realizar los dos rezos diarios que prescribía su religión.

Segundo, el afán de los nazis por cortar el pelo a todas las mujeres que ingresaban en el campo, pese a que eran gaseadas una hora después. Chil Rajchman no explica los motivos, aunque sí Grossman que dice que era porque los nazis usaban los cabellos como rellenos y para el trenzado de cables en los submarinos. No me convence totalmente el argumento, contaba Rajchman que después de pelarlas, la mayoría de las pobres mujeres se quedaban muy tranquilas, pensando que un acto así de higiene frente a los piojos, indicaba que no iban a una cámara de gas sino a las duchas. Dado que los nazis obligaban al silencio a todos los trabajadores y borraban todos los rastros de sangre para que las nuevas hornadas de judíos no se asustasen y no se resistiesen a entrar en las cámaras de gas, tiene visos de veracidad que el principal objetivo fuese mantener a todos en el engaño.

        Y tercero, hay un suceso sabido pero que no deja de ser interesante reseñarlo. En invierno de 1943 llegó Henrich Himmler al campo y ordenó a sus oficiales la urgente incineración de todos los cadáveres. Hubo que desenterrar cientos de miles de muertos e incinerarlos. La cuestión es y ¿por qué? Pues está meridianamente claro; como dice Grossman, la derrota en Stalingrado había hecho tomar conciencia a los nazis por primera vez de que podían perder la guerra. Hasta entonces no lo habían pensado; por ello, a sabiendas de que el mundo se horrorizaría cuando supieran las atrocidades que ellos cometieron, ordenaron eliminar todas las pruebas del genocidio. Si hubiesen ganado la guerra, se hubiesen encargado de eliminar infinidad de pruebas, como hicieron otros regímenes totalitarios o autoritarios que se mantuvieron varias décadas en el poder. Es difícil que hubiesen podido ocultar un genocidio de tales dimensiones. Pero lo que nos interesa recalcar aquí es que los nazis eran plenamente conscientes que estaban cometiendo atrocidades que la historia nunca les perdonaría.

Pero lo más sorprendente es el hecho de que decenas de asesinos, -como les llama el autor- o psicópatas, eran simples soldados rasos de las SS o del grupo de milicianos ucranianos. Obviamente cumplían órdenes, pero hacían su trabajo como autómatas, tratando a los prisioneros como si fueran muertos vivientes o simplemente cosas. Da la impresión que habían perdido todos la cabeza. Sin embargo, no olvidemos una cosa: en los juicios de Núremberg se condenó a muerte a ¡doce altos cargos!, incluyendo a Herman Göring que se suicidó poco antes, y a otros once les cayeron distintas condenas de cárcel. Me permito una reflexión: miles de nazis, sin graduación pero tan responsables como sus altos mandos, quedaron impunes y pudieron proseguir su vida como si nada hubiese pasado. Otros altos mandos, como el ángel de la muerte Jopsef Mengele o Sandor Kepiro, consiguieron eludir la justicia, escaparon, cambiaron de identidad y tuvieron una vejez más o menos tranquila. Y yo me pregunto: ¿cómo personas que han cometido atrocidades inenarrables pueden convertirse años después en abuelitos cariñosos? No queda otra respuesta: el bien y el mal habitan en cada uno de nosotros y, dependiendo de las circunstancias, puede aflorar uno u otro. Pero como la esperanza es lo último que se pierde, esperemos que alguna vez la humanidad sea capaz de sacar lo mejor de sí mismo y evite su propia autodestrucción.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL MURO DE LA VERGÜENZA ESPAÑOL

EL MURO DE LA VERGÜENZA ESPAÑOL

          Los sucesos ocurridos en marzo de 2014, con el intento de asalto masivo de la valla de Ceuta y Melilla y un saldo de quince muertos, han reabierto un viejo debate. Sin embargo, no utilizó el verbo reabrir por casualidad; el problema no es, ni muchísimo menos, nuevo: las alambradas de las dos ciudades europeas del norte de África fueron construidas en los años noventa del siglo pasado, ante la llegada masiva de inmigrantes. La de Ceuta mide 8,2 kilómetros y la de Melilla 12, que se han ido progresivamente modernizando y ampliando hasta una altura de seis metros, tres hileras de de vallas paralelas, concertinas, etc. Desde entonces se estima que han perdido la vida varias miles de personas en el desierto, cruzado desde el África Subsahariana a Marruecos. Se trata de una dura, larga, difícil y penosa travesía que a veces empieza en Senegal o en Sierra Leona y acaba en el monte Gurugú, junto a la frontera española. Es bien sabido que en el año 2006 la policía Marroquí abandonó en el desierto a varios cientos de subsaharianos, muchos de los cuales no consiguieron retornar a sus lugares de origen. Varios cientos más han fallecido en Marruecos o intentando cruzar la valla, y unos 4.000 más ahogados en el mar. Teniendo en cuenta que las víctimas, tan sólo en las últimas dos décadas, superan las 6.000 personas, la verdad es que los últimos 15 fallecidos, pese a que ha sacudido las conciencias de muchos ciudadanos, no son más que un granito de arena en el drama humanitario de dimensiones colosales que vive África y otros territorios del llamado Tercer Mundo.

           Es obvio que la frontera de Ceuta y Melilla es una vergüenza no solo nacional, sino europea y mundial. Otro muro de la vergüenza, mucho más trágico en vidas humanas que el muro de Berlín y tan sangrante como el muro israelí en Cisjordania que mantiene secuestrados a decenas de miles de palestinos de 78 pueblos. Ahora bien, culpar a la Guardia Civil es de una incalificable bajeza moral. Para evitar la responsabilidad que todos tenemos en ese drama humanitario, nos limitamos a acusar a unos simples funcionarios que cumplen órdenes y que un gobierno tras otro les pide que controlen esa frontera. Están allí para hacer juegos de malabares e impedir, por un lado, que los inmigrantes ilegales entren en el país y, por el otro, evitando a toda costa cualquier daño colateral. Cuando algo falla y se producen víctimas, entonces recae sobre ellos la implacable crítica social.
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          Sin embargo, desgraciadamente el problema es de mucho mayor calado; en el programa de Jordi Évole, emitido el 6 de abril, uno de los subsaharianos declaró algo que además de ser absolutamente cierto, era totalmente clarividente. Dijo que antes los obligábamos a ir a Europa contra su voluntad, como esclavos, y ahora que no les interesa la mano de obra, impiden su entrada. En esta simple frase se resume el cinismo de Occidente en los últimos cinco siglos. Europa ha usado y usa de África y de sus habitantes a su antojo. Actualmente, el continente es el mayor proveedor de materias primas de Europa y Oriente Próximo, existiendo un comercio absolutamente desigual. ¿Cómo si no se explica, que habiendo países tan ricos en minerales, tierras y fuentes de energía, una parte de su población sufra hambre crónica? El caso del coltán de la República Democrática del Congo es muy elocuente. Está en manos de las mafias con la permisividad de grandes multinacionales como Samsung, Apple o Sony que obtienen el mineral a precios de saldo. Si su comercio estuviese regularizado y controlado por el Estado, la propia ley de la oferta y la demanda haría subir sus precios, cosa que no desean las citadas multinacionales.

          Pero, no es el único problema; existe actualmente una grave crisis alimentaria. Las plantaciones dedicadas al cultivo de productos tropicales con destino al mundo desarrollado, como café, cacao, azúcar de caña, frutas tropicales, dátiles, cada vez ocupan más extensión. Asimismo, previendo la crisis alimentaria que el aumento de la población provocará en las próximas décadas, muchas multinacionales y muchos Estados están comprando o arrendando tierras en el continente. Según Josep Fontana, Arabia Saudí ha adquirido cosechas enteras de arroz en Etiopía, mientras más de seis millones de personas morían allí de hambre. Emiratos Árabes Unidos ha comprado 2.800 Km2 de tierra fértil en Sudán, Qatar 40.000 hectáreas en Kenia, China, Japón y la India 60.000 hectareas en Uganda, y la compañía surcoreana Daewoo 1.300.000 hectáreas en Madagascar. Por último, el cambio climático que por cierto han provocado otros, está ampliando los períodos de sequías y malas cosechas en muchos países subsaharianos. Todo ello, está restando tierras de cultivo a los campesinos y alimentos a su población. Precisamente, los subsaharianos que vemos a diario en las noticias jugándose la vida por llegar al Primer Mundo huyen del hambre y de la miseria.

          En realidad, lo ocurrido en el muro de la vergüenza español no es más que la punta del iceberg de una hecatombe alimentaria que se está produciendo ya en el continente africano. Una crisis que se irá acentuando paulatinamente, cuando en el 2050 seamos 9.000 millones de habitantes y en el 2100 superemos los 10.000 millones. Por tanto, el problema es profundo, es económico, pero sobre todo ético. El capitalismo ha dejado en los últimos siglos -y está dejando actualmente- millones de muertos a lo largo y ancho del planeta. Las desigualdades entre el primer y el tercer mundo lejos de disminuir se agrandan. Pero, incluso, en el mundo desarrollado la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, de ahí que más personas se estén ahora interesando por el problema. Pero insisto que la solución es difícil porque el problema es profundo y yo diría que estructural. En el fondo de todo, está el egoísmo y la ambición patológica del ser humano que a largo plazo –o quizá no tan largo- lleva implícita su propia autodestrucción.

ESTEBAN MIRA CABALLOS