Se muestran los artículos pertenecientes al tema Historia de España.

20170106191316-926d9fba-f84b-4aaf-a647-3943a743905d.jpg

        Los archivos nunca dejan de sorprender. Hace un par de días en mi visita al Archivo Histórico Provincial de Sevilla me salió al paso una escritura de poder de una tal doña Luisa de Avellaneda, formalizada el 2 de julio de 1510. No es desconocida porque con posterioridad la he visto citada en algunos trabajos, pero eso no me impide glosar el documento.

         Dos destalles me hacían sospechar que se trataba de una persona de alto linaje: uno, que anteponía el “Doña” y otro, que poseía formación académica ya que firmó la escritura. Y aunque hoy nos pueda parecer una trivialidad, en aquella época no eran muchas las personas que sabían leer y escribir y menos aún si eran de sexo femenino. A poco que investigué un poco averigüé que se trataba de la pequeña de los seis hijos legítimos del Comendador de Santiago Diego de Cervantes y de Juana de Avellaneda. Ascendiente del autor del “Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” y hermana del corregidor de Jerez Gonzalo Cervantes de Avellaneda. Doña Luisa se desposó con Juan Bernal de Zúñiga, procreando dos vástagos legítimos: Alonso Bernal de Zúñiga y Juan de Avellaneda.

         Pues bien, el 2 de julio de 1510 otorgó un poder al notario apostólico Antonio de Espinosa para que en su nombre solicitase el divorcio de su esposo Juan Bernal de Zúñiga. Hasta ahí no tendría nada de particular, aunque es cierto que no abundan las separaciones en la Edad Moderna. Pero, ¿y la causa? ¿malos tratos quizás? ¿Abandono de hogar? Pues no, nada de eso, alegó que había averiguado un gran secreto de su marido: ¡era judeoconverso! Parece increíble su torpeza, entre otras cosas porque delataba y comprometía gravemente a sus propios hijos legítimos: Alonso Bernal de Zúñiga y Juan de Avellaneda. No sé cómo pudo ignorar esta mujer que los judíos eran considerados en su tiempo linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre, que podía abarca cinco, diez y hasta veinte generaciones.

        Desconozco en estos momentos si el divorcio prosperó, pero en cualquier caso el daño estaba hecho; había comprometido gravemente no solo la reputación de su esposo sino la de sus propios hijos y sus descendientes. Y aunque en el caso de los Bernal de Zúñiga está más que demostrado su origen judío, la simple sospecha era suficiente para excluir a alguien de la sociedad. Por cierto que estos Bernal de Zúñiga habían emparentado con los Cervantes, por lo que se vuelve a evidenciar algo que ya sabíamos: el pasado judeoconverso del autor del Quijote. Y ello a pesar de que él, como otros personajes históricos, se empeñó en ocultarlo.

Esta idea de la exclusión por una simple sospecha fue una práctica generalizada en España hasta hace el siglo XVIII y sus rescoldos, quizás remotamente, todavía llegan a nuestros días. En cualquier caso sorprenden estas actitudes del pasado, al menos desde una visión de nuestro tiempo.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , ,

20161204203632-images.jpeg

         

          Conocemos la historia de este coloso de los mares desde tiempos de Emilio Pérez Galdós, cuyo personaje principal de su libro “Trafalgar”, Gabriel de Araceli, viajaba en dicho buque, relatando los dramáticos acontecimientos de la contienda desde dicha atalaya. Sin embargo, en 2005 Marcelino González Fernández publicó una monografía sobre dicho navío, su construcción y su servicio hasta su hundimiento en 1805, que puso de relieve todos los pormenores de este gigante. El presente artículo se fundamenta, pues, en los datos aportados por Marcelino González, completados con las referencias e Pérez Galdós y de Cesáreo Fernández Duro.

Desde la paz de Westfalia en 1648 España había dejado de ser la potencia hegemónica en el mar, en favor de los ingleses. A partir de entonces, y hasta la batalla de Trafalgar, se mantuvo a duras penas como segunda potencia naval, aunque es cierto que su eficaz sistema naval le permitió mantener lo esencial de su imperio hasta el siglo XIX.

           Pero los Borbones, y en especial algunos de sus ministros como el Marqués de Ensenada, pretendieron revitalizar la Armada y recuperar el terreno perdido frente a los ingleses. Sin embargo, era difícil por no decir imposible debido a dos causas: primera, a los graves problemas de financiación y, segunda, al atraso tecnológico, tanto en la construcción naval como en la fundición de artillería.

           En medio de este panorama, tratando de buscar un atajo, quisieron construir un velero que impresionara al mundo, soñando con la posibilidad de que España recuperase su añorada supremacía. Pero estas ocurrencias puntuales nunca dieron buen resultado. Lo mismo trataron de hacer los alemanes en la II Guerra Mundial. Ante la superioridad naval inglesa, botaron en 1939 el acorazado Bismarck, el buque de guerra más grande de la historia. Su trayectoria fue muy similar al del Santísima Trinidad, aunque mientras éste estuvo en servicio varias décadas el Bismarck poco más de dos años. Lo cierto es que el gran acorazado alemán tuvo al igual que el Santísima Trinidad, graves defectos de diseño, pues ambos viraban con una lentitud exasperante. Y asimismo, al igual que el buque español, fue hundido por los ingleses, exactamente el 27 de mayo de 1941 en el Atlántico Norte.

           El Santísima Trinidad fue proyectado por el constructor de origen irlandés Mateo Mullán. Era costumbre de la España de la época realizar espionaje sobre los astilleros ingleses y captar a constructores navales de esa nacionalidad. Fue así como el Mullán llegó a España con el objetivo de diseñar y construir navíos de guerra para la Armada. Proyectó este navío, que después se ordenó bautizar como el Santísima Trinidad. Se trataba de un coloso de tres puentes –en una reforma posterior se incorporó un cuarto puente- y 112 cañones, pensado para una tripulación de 960 personas. Se pensó construirlo en el astillero gaditano de la Carraca, pero finalmente se encargo a la factoría de La Habana, dada la escasa capacidad del astillero gaditano. Sus dimensiones en el momento de su botadura fueron de 63,36 metros de largo –eslora- por 16,67 metros de ancho –manga- y un arqueo de 4.902 toneladas.

           Nada salió según lo esperado, pues, la primera desgracia fue la muerte por fiebre amarilla de Mateo Mullán, por lo que tuvieron que desarrollar su proyecto otros constructores. Quizás ésta fue una de las causas por la que el barco tuvo problemas de estabilidad desde su botadura. Se hizo necesario emprender costosísimas reformas para tratar de bajar el centro de gravedad y su crecida inclinación. Se hicieron varias reformas en profundidad en los astilleros del Ferrol y de Cádiz, que nunca se pudieron solucionar sus problemas porque eran estructurales. Eso sí, aumentaron su envergadura a cuatro puentes, 140 piezas de artillería, dando cabida a una tripulación de unas 1.100 personas.

Desde 1779 estuvo luchando contra la escuadra inglesa, como buque insignia de la flota comandada por el almirante Luis de Córdoba. Pocos meses después cerca de la costa africana sufrió un temporal que estuvo a punto de hacerlo naufragar aunque consiguió aportar finalmente al puerto de Cádiz, donde fue reparado. Al año siguiente tuvo un papel destacado en el apresamiento de un convoy inglés en torno a las islas Azores. En los años posteriores se mantuvo en servicio contra los ingleses, comandado por distintos capitanes. En 1797 resistió el ataque de cuatro navíos ingleses que dañaron su arboladura y provocaron 69 muertos a bordo. Pero cuando estaba a punto de ser apresado, acudieron en su socorro dos navíos de la armada española y consiguió arribar de nuevo a Cádiz, en cuyos astilleros fue de nuevo reparado.

           De nuevo, en 1803, siendo su capitán Francisco Javier Uriarte y Borja, se incorporó a la flota hispano-francesa que pretendía combatir con la inglesa. En 1805 tomó parte en su última batalla, la de Trafalgar. En octubre de 1805 salieron de la bahía de Cádiz para enfrentarse a los anglosajones en el cabo Trafalgar. El buque insignia de la armada española se situó junto al Insignia francés, el Bucentaure, comandado por el almirante Villeneuve. El Santísima Trinidad por su posición y por su tamaño fue un blanco fácil sobre el que se concentró la cañonería inglesa. Durante horas recibió impactos de cinco buques ingleses: el Neptune, el Leviathan, el Conqueror, el África y el Prince. Estos en varias horas arrasaron su arboladura, dejando al menos 205 muertos y 108 heridos. Solo cuando estaba todo perdido y no había ni siquiera munición, el capitán Uriarte decidió rendir el navío. Los ingleses trataron de remolcarlo hasta Gibraltar pero por sus graves daños terminó hundiéndose, sin haber sacado de la enfermería a varias decenas de heridos y mutilados que se fueron a pique con el navío. Era un 21 de octubre de 1805, desaparecía este coloso de los océanos, conocido ya en su tiempo, según Benito Pérez Galdós, como “El Escorial de los mares”, el mayor navío de guerra construido en la Edad Moderna. En algún lugar de la bahía de Cádiz reposan los restos de este gigante, junto al de varias decenas de tripulantes ahogados en el siniestro.

           Su capitán, Francisco Javier de Uriarte, resultó herido y fue capturado por los ingleses. Su valentía quedó fuera de toda duda pues se negó a rendirse, pese a que se lo solicitaron incluso sus propios enemigos. Solo cuando vio que estaba todo perdido, y con el objetivo de evitar la muerte inútil de los supervivientes, aceptó la rendición. Tras su liberación ostentó el mando de la armada Española. Tras la invasión francesa se negó a servir a José Bonaparte y lo hizo en cambio a la Junta Central de Cádiz. Murió el 29 de noviembre de 1842, en El Puerto de Santa María, ciudad en la que había nacido 89 años antes.

El Santísima Trinidad fue el sueño de un país que trataba infructuosamente de recuperar su perdida hegemonía naval. El coste de su construcción fue elevadísimo, más de 400.000 pesos, sin contar con otras reformas muy caras que se le practicaron. Como destaca Cesáreo Fernández Duro, con ese dinero se podían haber construido tres o cuatro navíos de 80 o 90 cañones que hubiesen aportado mucho más a la armada española. Más allá de su tamaño, padeció siempre problemas estructurales, haciendo de él un barco inestable y de difícil maniobrabilidad. Estuvo a punto de ser hundido en varias ocasiones aunque finalmente se mantuvo en servicio activo durante treinta y siete años. Su aporte a la armada española fue más bien modesto, más allá de su capacidad disuasoria y del prestigio que le dio a la armada hispana poseer el barco más grande de su tiempo. Pero como ocurre siempre, en la excelencia no hay atajos, y no fue posible recuperar la ansiada hegemonía naval de la que gozase en los siglos XVI y XVII.

 

 

PARA SABER MÁS

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Disquisiciones náuticas”, T. V. Madrid, Instituto de Historia y Cultura Naval, 1996.

 

----- “Armada Española. Desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón”, T. VIII. Madrid, Museo Naval, 1973,

 

GONZÁLEZ FERNÁNDEZ, Marcelino: “Navío Santísima Trinidad. Un coloso de su tiempo”. Madrid, La Espada y la Pluma, 2005.

 

PÉREZ GALDÓS, Benito: “Trafalgar”. Barcelona, Vicens Vives, 2004.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , , ,

20161113130355-14915601-10207956222805238-1830873853432677345-n.jpg

TRES CENTENARIOS: TEATRO CAROLINA CORONADO, CERVANTES Y RUBÉN DARÍO

Viernes 18 de noviembre de 2016 (tarde)

 

16:00 Recepción de asistentes. Entrega de documentación (Centro Cívico de Almendralejo, salvo que se exprese otro lugar).



16:30 Inauguración Oficial de las Jornadas.



16:45 Ponencia 1: “La restauración del Teatro Carolina Coronado. Reconciliación de un edificio con la ciudad”, por don Vicente López Bernal, Arquitecto



17:45 Café



18:00 Comunicaciones. Sesión I: Teatro y cultura.

 

Sábado, 19 de noviembre de 2016 (mañana)



10:00 Ponencia 2: "Personajes y programas cervantinos en el arte extremeño", por don Francisco Javier Pizarro Gómez, Director de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes.



11:00 Café



11.15 Comunicaciones. Sesión II: El Tiempo de Cervantes en Extremadura.



Debate.



14:00 Almuerzo (se indicará más adelante el lugar y precio)

 

Sábado, 19 de noviembre de 2016 (tarde)



16:30 Ponencia 3: “Huellas extremeñas de Rubén Darío”, por don José Luis Bernal Salgado, Catedrático de Literatura Española de la Universidad de Extremadura / Académico de la Real Academia de Extremedura de las Letras y las Artes.



17:30 Comunicaciones. Sesión III: Las letras extremeñas en la época modernista



Debate.



18:45 Café



19:00 Comunicaciones: Sesión IV: Tema libre (I).



Debate.



20:30 Concierto: LUNA DE PONIENTE.

Mamen Navia, acompañada por un grupo de músicos, interpreta poemas de Carolina Coronado y otros poetas extremeños e hispanoamericanos. (Teatro Carolina Coronado).

 



Domingo, 20 de noviembre de 2016 (mañana)



10.00 Traslado de los congresistas a Salvatierra de los Barros



11.00 Casa de la Cultura: Ponencia 4: “Alfarería tradicional de Salvatierra de los Barros en el tiempo del Quijote”, por don José Ángel Calero Carretero y don Juan Diego Carmona Barrero, de la Asociación Histórica de Almendralejo.



Debate



12.15 h Visita guiada a la localidad de Salvatierra de los Barros y al Museo de Alfarería



14.00 Acto de Clausura.

 



Ponencias VIII Jornadas

Alfarería tradicional de Salvatierra de los Barros en tiempos del Quijote, por José Ángel Calero Carretero y Juan Diego Carmona Barrero

 

Huellas extremeñas de Rubén Darío, por José Luis Bernal Salgado

La restauración del Teatro Carolina Coronado. Reconciliación de un edificio con la ciudad, por Vicente López Bernal

 

Personajes y programas cervantinos en el arte extremeño, por Francisco Javier Pizarro Gómez

Comunicaciones VIII Jornadas

La Fuente del Maestre a fines del Antiguo Régimen, por Teodoro Martín Martín

LXXX años de Hermandad en la vida cofrade de los almendralejenses, por Antonio Rodríguez Rol

 

Pedro González Torres y el Teatro Carolina Coronado de Almendralejo en vida de su fundador, por Francisco Zarandieta Arenas

 

La compra-venta de esclavos en Tierra de Barros (siglos XVI al XVIII), por Esteban Mira Caballos

 

Publicaciones regionalistas de Don Antonio Elviro Berdeguer, por Juan Carlos Monterde García

 

Salvatierra de los Barros en la segunda mitad del siglo XVIII. Economía y sociedad, por José Antonio Ballesteros Díez

 

Cervantes y el Quijote en la Filatelia Española de comienzos del siglo XX, por Miguel Ángel Amador Fernández

 

Volver a los pupitres: el Centro de Educación Permanente de Adultos San Francisco de Almendralejo (1970-1980), por Isabel Collado Salguero

 

El cine de una época en Almendralejo (1933-1947) y la vinculación del antiguo Palacio de Justicia con el Teatro Cajigal, por María Luisa Navarro Tinoco

 

Francisco Valdés lee a Rubén Darío: apuntes sobre su prosa crítica, por Guadalupe Nieto Caballero

 

Regionalismo extremeño y su influencia en los autores extremeños en la literatura de principios del siglo XX. Una puesta en común, por Pedro Manuel López Rodríguez

 

Espacios de ocio y sociabilidad en Almendralejo (1830-1850), por Carmen Fernández Daza Álvarez

 

Felipe Trigo, un modernista europeo, 150 años después, por Víctor Guerrero Cabanillas

Datos para la biografía de Jaime Graño y Graño, médico titular de Salvatierra en el siglo XVIII, por Miguel Ángel Amador Fernández

 

El contencioso del duque de Feria y Medinaceli contra los planes beneficiales de las iglesias de las villas del marquesado de Villalba, por Joaquín Castillo Durán

 

El Puente del Cardenal sobre el Tajo. Nuevas aportaciones históricas, recomposición de 1855, por Francisco Javier Cambero Santano

 

Gobernar la villa en la Edad Moderna. Elecciones y candidatos en Salvatierra de los Barros, por José María Moreno González

 

Estudio y catalogación de la sección colonial existente en la casa-museo Guayasamín de Cáceres, por Alicia Díaz Mayordomo

El convento franciscano de Santa María de Jesús de Salvatierra de los Barros visto desde las nuevas tecnologías, una ventana al pasado, por Juan Diego Carmona Barrero y José Ángel Calero Carreter.

Etiquetas: , , , , , , , , , , , ,

20160729141646-puerto-rico-el-morro-de-la-fortaleza-9645552.jpg

        Desde tiempos de Carlos V, el Imperio de los Habsburgo alcanzó unas dimensiones realmente indefendibles, con tres frentes bien diferenciados: el europeo, el americano y el africano. No había en esos momentos medios humanos, técnicos ni económicos para garantizar la defensa de decenas de miles de km2  repartidos entre los cuatro continentes conocidos. Sus compromisos militares para defender su integridad territorial provocaron un incremento de la actividad militar que tuvo un altísimo coste humano y financiero. Una lucha en la defensa de su imperio, tanto en las Indias como en Europa, especialmente en los Países Bajos y en los frentes italiano, francés y alemán. 

        La defensa terrestre de la Península Ibérica tendría como puntal básico la fortificación del litoral. Se trataba de una extensa franja de una anchura de veinte leguas donde habría toda una red de plazas estratégicas, bien abaluartadas y con personal suficiente para garantizar su defensa, todo ello con el apoyo de las tropas de las Guardas de Castilla. Ya Jerónimo Castillo de Bobadilla, en el siglo XVI, destacó a necesidad de fortificar bien las principales plazas españolas tanto para contrarrestar las guerras civiles interiores como para frenar el odio que las demás naciones tienen a su gran imperio. El sistema se completaría con una red de atalayas y torres a lo largo de la costa que cumplían una labor estrictamente de vigilancia, controladas por las Guardas de la Mar. Este cuerpo estaba integrado tanto por los guardas de las atalayas como por jinetes atajadores que recorrían diariamente el trecho comprendido entre un puesto de vigilancia y otro.

        El amplísimo programa de fortalezas llevado a cabo durante el reinado de Felipe II, no tenía precedentes en la historia, levantando baluartes defensivos en todos los confines del Imperio. Un caso extremo y por ello representativo es la construcción, a partir de 1585, de la fortaleza de San Felipe, en la isla de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde, con el objetivo de proteger la ruta del comercio de esclavos.

        Ahora bien, las fortalezas del interior peninsular y aquellas costeras que no fuesen estrictamente imprescindibles quedarían abandonadas a su suerte. De ahí que muchos castillos, fortalezas, murallas y atalayas de la España interior, que habían perdido su utilidad estratégica, entrasen en ruinas en la misma época moderna. Y es que no había ninguna potencia en aquella época que pudiese mantener una red defensiva tan extensa. Había que optar por mantener las estrictamente operativas, fundamentalmente las ubicadas en la costa, cuyas infraestructuras mejoraron desde la segunda mitad del siglo XVI, y algunas plazas claves en el interior. En las fortalezas estratégicas se pondrían todos los esfuerzos, siendo descomunal la inversión en infraestructuras defensivas durante el reinado de Felipe II. Para el abaluartar las principales fortalezas costeras se contrataron los servicios de ingenieros extranjeros de la talla de Francesco di Marchi, Felipe Terzi, João Nunes, Juan Bautista Calvi, Cristóbal de Rojas y sobre todo los hermanos Juan Bautista y Bautista Antonelli. Ellos fueron los responsables de visitar los principales baluartes y planificar la mejora de sus defensas.  Pese a los esfuerzos, las dificultades para su mantenimiento y para el abono de los salarios fue un problema recurrente a lo largo de toda la Edad Moderna.

        La estrategia de los Habsburgo en el Mediterráneo fue fundamentalmente defensiva, incluyendo en ellas la toma de Túnez (1538) o la batalla naval del golfo de Lepanto. Es cierto, por un lado, que se perdieron plazas como Vélez de la Gomera (1522), Argel (1529) o Bujía (1555) y, por el otro, que los corsarios se atrevían a asaltar con éxito lo mismo Gibraltar (1529 y 1543), que Cádiz (1596). La defensa de esta última ciudad requería solo en mantenimiento de sus estructuras defensivas y de personal una inversión de más de 100.000 ducados anuales y aun así, nunca estuvo garantizada su seguridad frente a los enemigos. Tal era el coste que tenía su defensa que a finales del siglo XVI, se llegó a plantear incluso su abandono, pasando su población al Puerto de Santa María.  Obviamente, la propuesta no prosperó, pero nos da una idea exacta de las dificultades defensivas de un Imperio que sufría el acosó incluso en sus propias fronteras peninsulares. No obstante, todos estos contratiempos no dejaban de ser pequeñas derrotas dentro de una gran batalla global que tuvieron controlada los Habsburgo durante un siglo y medio. Que pudieran atacar Cádiz, Mahón, o el castillo de Salobreña no era más que una anécdota, teniendo en cuenta que los turcos ocuparon Hungría y estuvieron a punto dos veces de tomar Viena, lo que les hubiese abierto las puertas de Italia. Insisto, en general, la estrategia defensiva del Mediterráneo funcionó y prueba de ello es que España conservó intactos casi todos sus territorios en los siglos XVI y XVII.

        En cuanto a las Guardas de Castilla, originalmente llamadas Guardas Viejas, constituyeron un cuerpo de a pie y de a caballo, creado por los Reyes Católicos el 2 de mayo de 1493, y que era algo así como un pequeño ejército profesional permanente. Aunque en sus orígenes su misión era exclusivamente la defensa del territorio peninsular, ya en tiempos del Emperador Carlos V extendieron su campo de acción ocasionalmente a todos territorios del imperio, como Perpiñán, el norte de África e incluso Italia. En general, fueron el complemento idóneo de los soldados ubicados en las fortalezas, siendo las primeras fuerzas de choque ante cualquier ataque enemigo. Y todo ello a pesar de que, como se reconocía en las propias ordenanzas de 1573, su número era insuficiente, estaban mal retribuidos y peor equipados.

         La defensa terrestre de la Península se completaba con un número difícil de precisar de hombres de reserva, para casos de extrema urgencia, procedentes de las levas de milicianos que los municipios de realengo, los propietarios de señoríos jurisdiccionales y las órdenes militares estaban obligados a aportar, cada vez que el soberano lo solicitara. También los caballeros y aristócratas, estaban obligados a acudir armados cuando fuesen requeridos. Incluso, había prelados, como el obispo de Toledo, con señorío territorial, que también contribuía con un número de hombres armados. Había una milicia general de interior para acudir en ayuda de las zonas costeras en situaciones de emergencia, y una milicia local o compañías de socorro, formadas por vecinos de la costa para la defensa de su propio territorio. Dado que su recluta y organización dependía de los propios concejos, ésta recibía distintos nombres: batallones de milicias de voluntarios de Granada, compañías de socorro de la ciudad de Almería o la milicia local de Málaga, en unos casos formadas por voluntarios y en otras por reclutas forzosos.  En un interesante documento, fechado en 1632 y extractado por José Contreras, se cifraba el número de hombres de armas que podían acudir a la milicia en la franja de veinte leguas de los territorios de la Corona de Castilla –desde el País Vasco a Murcia- en 197.443 hombres. No estaba mal, pero una cosa era la teoría y otra la práctica. A la hora de la verdad, muchos trataban de escabullirse, no acudiendo a los llamamientos, mientras que otros carecían de cualquier formación militar y, en ocasiones, no disponían ni tan siquiera de un arcabuz. Así ocurrió en un alarde realizado en Almería en enero de 1621, pues la mayoría de los vecinos acudieron desarmados y solo unos pocos llevaron un arcabuz de mecha. El cabildo adquirió de inmediato medio millar de armas de fuego para repartirlos entre los reclutas. Lo cierto es que estas milicias estaban siempre a expensas de la improvisación y su nivel de preparación por lo general era muy deficiente.

        Había municipios donde el alistamiento era obligatorio por parte de todos los vecinos con capacidad para empuñar un arma, y otros, en los que éste era voluntario. Bien es cierto que en el siglo XVI muchos de los enrolados eran hidalgos bien armados que veían en el servicio militar una forma de obtener mercedes. Sin embargo, desde finales de dicha centuria, se perdió el ardor guerrero de la reconquista, la sociedad se desarmó y la milicia se desprofesionalizó. Y no era para menos; en unos reclutamientos realizados en varias ciudades de Castilla entre 1592 y 1599 cada soldado cobraba 34 maravedís diarios, menos de la mitad que un jornalero que recibía unos 83. Los quintos eran ya de baja extracción social, mal formados, mal equipados y levados de manera forzosa.

        El descenso del número de reclutas en Castilla unido a la delicada situación económica de la Corona, los dos males endémicos de la época de los Austrias, tuvieron dos consecuencias indeseables para la defensa: en primer lugar, se generalizó la venalidad, es decir, la venta de todo tipo de cargos militares. Así, hasta mediados del siglo XVI, la selección de los altos militares se hacía en función al mérito y tras haber ascendido en el escalafón, desde esta época los altos cargos se entregaban, bien a cambio de una cantidad de dinero, o bien, bajo el compromiso de entregar, armar y mantener un contingente de soldados. Por poner un ejemplo, ya el 29 de abril de 1558 se vendió la alcaidía de Carmona a don Fadrique Enríquez de Ribera por 30.000 ducados, cargo que ostentaron posteriormente sus herederos y que, por supuesto, sirvieron a través de tenientes. Evidentemente, la ruptura desde mediados del siglo XVI del sistemática meritocrático para lograr un ascenso provocó una disminución drástica de la efectividad de las tropas hispanas. Y en segundo lugar, se decidió paliar las necesidades de numerario, exigiendo más contribución económica y humana a los territorios periféricos.

        En general, en la defensa peninsular hubo improvisación, deficiente formación de las reclutas, escaso número, retraso tecnológico en el armamento y deficiencias en las fortalezas y en el número de hombres destinados en ellas. Pero, no es menos cierto, por un lado, que consiguieron mantener íntegro el territorio peninsular y, por el otro, que el esfuerzo continuado a lo largo de siglos fue verdaderamente ingente, titánico, colosal.

        Una buena parte del grueso de los recursos se dedicaban a pagar los Tercios de Infantería, cuerpos de una amplia capacidad de acción que combatían fuera de la Península Ibérica. Las Ordenanzas de Génova de 1536 regularon formalmente esta arma de infantería en cuatro unidades, a saber: Nápoles, Sicilia, Normandía y Málaga o Niza, prefiriendo entre sus integrantes a los españoles, que no en vano se reservaban en exclusiva los altos mandos. En total sumaban unos 20.000 efectivos de infantería más algunos artilleros y un millar de caballeros. Estos Tercios eran algo así como cuerpos de élite que asombraron a Europa por su eficacia y por constituir las primeras unidades militares europeas profesionales y permanentes. En cambio, las Guardas Viejas no pasaron nunca de ser un cuerpo militar mediocre, a pesar de que nunca fueron puestas a prueba seriamente. Con razón se suele decir que mientras la Península Ibérica era defendida con tropas poco cualificadas y mal armadas, la élite militar hispana –los Tercios- se dedicaban a las guerras que la monarquía mantenía en Europa. En cualquier caso, incluso estos cuerpos de élite que lucharon en Europa, fueron perdiendo la supremacía, por no aprovechar las innovaciones tecnológicas que usaban sus adversarios y por la escasez de recursos económicos que reducían el número de hombres disponibles.

         En lo referente a los territorios coloniales, el objetivo siempre fue que la defensa se costease de las rentas que cada uno de ellos producía. También Portugal, durante los años que estuvo anexionada a España, debía financiar su propia salvaguardia costera, así como sus presidios y armadas. Había territorios, como la isla de Cerdeña, que no ofrecían ingresos a la Corona porque todas sus rentas se gastaban en su propia defensa. Sin duda, un gran esfuerzo económico pero parecía coherente que la defensa de las colonias o del imperio portugués se financiase de sus propias rentas.

         Ahora bien, según el derecho medieval castellano sólo el monarca podía construir fortalezas y nombrar alcaides. Sin embargo, en el caso de las colonias americanas esta facultad fue delegada con frecuencia en capitanes generales y adelantados. En cuanto a la estrategia, hubo claramente una política de sostenibilidad del sistema: primero, solo se fortificarían los grandes enclaves coloniales, aquellos que eran estrictamente necesarios para garantizar el control de las remesas de oro y plata americana, cuya principal interesada era la misma institución. Y segundo, todas las colonias debían autofinanciarse, a través de impuestos propios. La mayor parte de estas fortificaciones y su sostenimiento se financiaron  del situado, es decir, de unas partidas de dinero de la hacienda real indiana que se destinaban a sufragar gastos de la administración colonial. Dicho numerario se uso con frecuencia para financiar la defensa, desde las construcciones militares a los salarios de los militares de las principales guarniciones. Aunque a fin de cuentas era dinero de menos que recibía la Corona tenía la ventaja de que evitaba la salida de capital de la Península, favoreciendo la autofinanciación de las colonias. Mediante el situado se financiaron las principales construcciones defensivas indianas, como las de Portobelo, Veracruz, o La Habana.  Gracias al propio metal precioso americano, se construyó a lo largo del siglo XVI una amplia red de plazas bien fortificadas. No obstante, el situado fue la principal fuente de financiación de la defensa pero no la única, pues también se destinó la sisa, un gravamen variable y eventual similar a un arancel que  los cabildos locales solían imponer a la entrada en la ciudad de algún producto.

         Hubo reclutas realizadas en Castilla para el envío a los presidios y fortalezas indianas, pero tan mal pagadas que muchos las aceptaban con el objetivo de desertar y obtener pasaje gratuito a las Indias. Por lo general, siempre adolecieron de guarniciones adecuadas para garantizar la defensa. Y ello ¿Por qué motivo? ¿Se desconocía la necesidad de soldados? ¿Se infravaloraba la ofensiva corsaria? Pues no, nada de eso, la necesidad de proteger tanto la Península como los territorios coloniales fue una de las mayores preocupaciones de la administración de los Habsburgo. El problema era simple y llanamente económico; el sostenimiento de amplias guarniciones militares en cada plaza era absolutamente inviable desde el punto de vista económico no sólo para el Imperio español sino para cualquier otra potencia de su tiempo. Por poner un ejemplo significativo, solamente el mantenimiento de un capitán y 50 soldados en la fortaleza de San Juan de Puerto Rico costaba más de dos millones y medio de maravedís. Asimismo, en 1590, se estimó que sólo en salarios se gastaría en el mantenimiento de una guarnición de poco menos de 300 hombres en la fortaleza de La Habana más de 13 millones de maravedís anuales, mientras que los 244 soldados destinados en las fortalezas de Cartagena costaban al fisco más de 8,5 millones. Y por poner un último ejemplo, los 409 soldados que había en la isla de Cuba en 1612 costaban a la hacienda pública más de 160 millones de maravedís, abonados del situado de Nueva España. Su alto coste provocó que muchas fortalezas indianas en la primera mitad del siglo XVI mantuviesen guarniciones inferiores al medio centenar de hombres. Con tan pobres destacamentos era imposible asegurar ninguna plaza, pues un solo galeón enemigo podía disponer de medio centenar de cañones y 600 hombres. Pero tan sólo el mantenimiento de este pequeño contingente de soldados en todas las ciudades y villas del Imperio habría supuesto un desembolso económico inasumible para la Corona. 

         Por todo ello, en el siglo XVI se pensó que la única forma viable de garantizar la defensa costera era movilizando a la población cada vez que las circunstancias así lo requerían. No es de extrañar que la mayor parte de la tropa estuviese formada por encomenderos y hacendados. Los primeros estaban obligados por ley a prestar contraprestaciones militares, es decir, debían poseer armas, y en los casos de encomenderos con más de medio millar de indios, caballo, y acudir tanto a los alardes como, en caso de ataque, a la defensa del reino. La no comparecencia podía acarrear, al menos en teoría, la pérdida de su encomienda. Por ejemplo, cuando a principios de 1523 se construyó la fortaleza de Cumaná, se destinaron 900 pesos al año como salario del alcaide, Jácome de Castellón y de una guarnición de ¡nueve hombres! Se entendía que se trataba de un retén de vigilancia y que, llegado el caso, debían ser las milicias locales quienes debían defender su propio territorio. Así, lo dispuso Hernán Cortés en sus ordenanzas militares de 1524, aunque sobre todo pensando en un posible alzamiento indígena. En el caso de Puerto Rico, la Corona compelía a los vecinos a que fuesen permanentemente armados y a caballo. En el importante enclave de Cartagena de Indias hasta después del asalto de Drake de 1586 no hubo ninguna guarnición militar. Ya en 1541, ante los rumores de un asalto corsario, el gobernador Pedro de Heredia se presentó en Cartagena y convocó un alarde en la plaza principal para que todos los españoles varones se presentasen con sus armas, los de a caballo a caballo y los de a pie, a pie. Ante la sorpresa del propio gobernador, muchos encomenderos ni siquiera acudieron al alarde, pese a que estaban obligados por ley. Por ello, el corsario francés Roberto Baal no tuvo problemas para asolar y saquear la ciudad con una pequeña escuadra compuesta por cuatro naves y 450 hombres. Pero, en las décadas posteriores la situación no cambio; Cartagena en esta época ni dispuso de fortalezas ni tampoco de guarnición militar. La defensa se confió exclusivamente a los vecinos quienes defendían la tierra, sirviéndoles además la posesión de arma y caballo como un elemento diferenciador de un alto status social. En la tardía fecha de 1650 la defensa de Jamaica se limitaba a medio millar de milicianos, encuadrados en seis escuadrones de infantería y uno de caballería, lo que facilitó su ocupación por los ingleses cinco años después. Con frecuencia estos hacendados, estancieros y dueños de ingenios acudían acompañados de su servidumbre, tanto indios como negros. Ya en la primera batalla naval de la Historia de América, librada en las costas de Nueva Cádiz de Cubagua, en 1528, varias decenas de canoas, una carabela y un bergantín se enfrentaron al galeón de Diego Ingenios que disponía de 45 cañones. Tras una dura resistencia en la que los flecheros indios causaron auténticos estragos, el corsario decidió retirarse en busca de objetivos más asequibles. La primera batalla naval indiana se decantó a favor del Imperio gracias a las tropas auxiliares indígenas.

         Para concluir, permítame el lector insistir en mi hipótesis: pese a las dificultades extremas por las que atravesó el Imperio, el sistema defensivo funcionó razonablemente bien. Y digo más, precisamente, y al contrario de lo que se suele decir, ese fue a mi juicio el mayor mérito de la España Imperial. Otra cosa bien distinta es que precisamente esos excesivos gastos militares a los que tuvo que hacer frente la monarquía, y que en parte pudo haber evitado, terminaron empobreciendo a los reinos peninsulares. Como escribió Antonio Miguel Bernal, las remesas de metales preciosos que pudieron emplearse en inversiones productivas, terminaron pagando los ejércitos de mercenarios que debía mantener en diversas partes del Imperio.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ALBI DE LA CUESTA, Julio: “De Pavía a Rocroi. Los tercios de infantería española en los siglos XVI y XVII”. Madrid, Balkan Editores, 1999.

 

BERNAL, Antonio Miguel: “España, proyecto inacabado. Costes/beneficios del Imperio”. Madrid, Marcial Pons, 2005.

 

CALDERÓN QUIJANO, José Antonio: “Las defensas Indianas en la Recopilación de 1680”. Sevilla, E.E.H.A., 1984.

 

MARCHENA FERNÁNDEZ, Juan: “Ejército y milicias en el mundo colonial americano”, Madrid, MAPFRE, 1992.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Defensa terrestre de los reinos de Indias”, en Historia Militar de España (Hugo O’ Donnell, dir.), T. III, vol. I. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012, pp.143-193,

 

-----“La relación coste/eficacia en la defensa de la España Imperial”, Revista de Historia MilitarNº 118. Madrid, 2015, pp. 111-146.

 

O`DONNEL Y DUQUE DE ESTRADA, Hugo: “Los hombres de armas de las Guardas de Castilla, elemento básico en la estructura militar de la España de Felipe II”, en La organización militar en los siglos XV y XVI. Málaga, 1993, pp. 43-47.

 

------ “Defensa militar de los reinos de Indias. Función militar de las flotas de Indias”, en Historia Militar de España (Hugo O’ Donnell, dir.), T. III, vol. I. Madrid, Ministerio de Defensa, 2012

 

PARKER, Geoffrey: “El ejército de Flandes y el Camino Español (1567-1659)”. Madrid, Alianza Editorial, 2006.

 

PI CORRALES, Magdalena de Pazzis: “Las Guardas de Castilla: algunos aspectos orgánicos”, en Guerra y sociedad en la Monarquía Hispánica, política, estrategia y cultura en la Europa moderna (1500-1700), T. I, Enrique García Hernán-Davide Maffi, edts. Madrid, 2006, pp. 767-785.

 

QUATREFAGES, R.: La Revolución Militar Moderna. El crisol Español. Madrid, Ministerio de Defensa, 1996.

 

THOMPSON, I.A.A.: Guerra y decadencia, gobierno y administración en la España de los Austrias, 1560-1620. Barcelona, Crítica, 1981.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

20160727170543-40-felipe-ii-derrota-armada-invencible-550x366.jpg

         Es cierto que los ingleses ganaron a España la batalla de la información. Fueron ellos los que llamaron a la armada española “Invencible” y fueron ellos los que difundieron el estereotipo de que David había derrotado a Goliat. Pero estudiosos contemporáneos han desmentido esta circunstancia. De hecho, se enfrentaron 150 naves españolas contra 180 o 190 navíos ingleses. Pero descartando los buques auxiliares, España combatía con 65 galeones frente a más de un centenar de naves gruesas de la armada inglesa. Por tanto, primera mentira: era falso lo de la aplastante superioridad de la Armada Invencible.

            La armada española nunca fue derrotada directamente en su enfrentamiento con la inglesa. Un cúmulo de circunstancias, la mayor maniobrabilidad de los buques ingleses y varios errores tácticos propios nos llevó a esa derrota. Varias tormentas, ocurridas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias. En total, de los ciento treinta buques regresaron sesenta y seis y de los treinta mil hombres embarcados tan solo diez mil. De poco sirve decir que la mayor parte de las pérdidas se produjeron por tormentas y accidentes no por combates. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del Duque de Medina- Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio que incumplió gravemente las órdenes de abastecimiento de hombres y víveres en Calais, y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española.

            Y lo peor es que la derrota no acabó ahí. Los ingleses aprovecharon la indefensión española para atacar los puertos de la Coruña, Lisboa y Vigo. Tal desastre obligó a Felipe II a preparar una nueva armada, tan contundente como la invencible, que si no acabó enfrentándose a la inglesa fue por la muerte del rey Prudente. Ahora bien, huelga decir, que la derrota se debió a un cúmulo de desgracias y no exactamente a la superioridad naval inglesa. De hecho, igual que la batalla de Lepanto no fue decisiva en el Mediterráneo, tampoco lo fue la de la Invencible en 1588. Aunque es cierto que no lograron el dominio en el Canal de la Mancha, no lo es menos que siguió dominando las rutas americanas, manteniendo su hegemonía hasta el final de la Guerra de los Treinta Años.

            Ahora bien, la historiografía inglesa vuelve a tergiversar cuando interpreta que esta derrota supuso el inicio de la decadencia de España y el inicio de la hegemonía naval inglesa. Nada más lejos de la realidad.  Huelga decir, que igual que la batalla de Lepanto no fue decisiva en el Mediterráneo tampoco lo fue la de la Invencible en 1588. Aunque es cierto que los ingleses lograron el dominio en el Canal de la Mancha, no lo es menos que España siguió dominando las rutas americanas, manteniendo su hegemonía hasta el final de la Guerra de los Treinta Años.

         Felipe II, desde el desastre de la Invencible, promovió un programa de reconstrucción de la armada, repartiendo derramas entre todos los corregimientos de España. Una década después del desastre de la Invencible el potencial náutico de España era similar al que existía en antes de 1588. En 1602, ya reinando su hijo Felipe III, una armada inglesa, capitaneada por Sir Richard Levenson, decidió atacar en mar abierto a la flota de la plata. Sin embargo, ésta venía bajo la protección de treinta galeones, los mismos que dejó recién construidos Felipe II. No consiguió capturar ni uno solo de los navíos, pues fue rechazo por el fuego artillero de los galeones españoles. Su mayor mérito fue conseguir huir sin apenas bajas, pues los galeones españoles se limitaban a proteger la plata del rey y rehusaban atacar a aquellas armadas nacionales o corsarias que decidían huir.

 

PARA SABER MÁS

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: La Armada Invencible. Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1884.

 

GARRETT MATTIMGLY: La Armada Invencible. Madrid, Turner, 2004.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Las Armadas Imperiales. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

ORTEGA Y MEDINA, Juan A.: El conflicto anglo-español por el dominio oceánico (siglos XVI-XVII). Málaga, Editorial Algazara, 1992.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20160725184242-bernardino-luini-the-penitent-st-jerome.jpg

        La lectura de los libros de profesiones de los conventos es siempre gratificante y sorprendente sobre todo porque se trata de personas reales. Había cientos de estos libros manuscritos, tantos como conventos. Se trataba de dejar constancia de la vida edificante que habían llevado muchos de los moradores de esos cenobios. Yo tengo fotocopiados en mi casa varios de ellos, y su lectura siempre me impresiona.

        En este artículo no quiero ofrecer datos concretos sobre los conventos en los que profesaron por respeto, entre otras cosas porque algunos de ellos todavía subsisten en la actualidad. Por otro lado, quiero tratar el tema con todo mi respeto a unas personas que, seguramente equivocadas, llevaron hasta sus últimas consecuencias su creencia en la vida eterna y su amor por Dios. Bien es cierto, que he subrayado los casos más extremos, la mayoría simplemente se enclaustró entre cuatro paredes y dedicaron su vida a la oración o, en el caso de algunos frailes, al servicio a los más desfavorecidos.  

        Veamos algunos de esos casos; Como ya he dicho, algunos en ese afán de acercarse a Jesús no dudaban en lesionarse gravemente con un silíceo, en azotarse hasta sangrar, en ayunar durante días o en dormir en un ataúd para mostrar su desapego a la vida terrenal. Por ejemplo, el venerable fray Pedro de Barcarrota, se dice que a los cuatro años ya oía misa de rodillas con muchísima devoción y siendo muy joven tomó los hábitos. Pues destacan las crónicas su santidad porque sus ayunos, disciplinas y silíceos fueron continuos: “arrojábase a las ortigas y zarzas desnudo y estaba en cruz mucho tiempo”.

        Fray Diego de Almendralejo, le pidió al Señor el favor de que le enviase graves padecimientos para acercarse a él y éste se lo concedió: “dándole un tan recio mal de gota en todas las junturas de pies, piernas, manos y brazos, con tan intensísimos dolores que le postró en la cama más de doce años, haciéndosele en todas las junturas unos grandes tumores y torciéndosele las manos y pies. En tanta y tan larga enfermedad, siempre se vio en el bendito fray Diego una alegría espiritual, una tolerancia de mártir y unas continuas gracias a Dios por la merced que le hacía. Aseguró su confesor que en estos trabajos le regaló el Señor con favores y consuelos espirituales. En los últimos años le dio un tan grande hastío que no podía comer, ni pasar más que algunos pocos tragos de sustancia por lo que llegaron a persuadir a los frailes que solo le alimentaba y conservaba la vida el sacro santo manjar Eucarístico que recibía todos los días. Conoció la hora última y pidió los santos Sacramentos, que recibió con admirable devoción, entregado el alma a su criador un viernes en cuyos días sentía con más viveza la Pasión y Muerte de Nuestro Redentor, a veintisiete de febrero de 1604”.    

        Fray Juan de Guinaldo se mortificaba ayunando y azotándose. Cuentan las crónicas de su orden que su comida era “una escudilla de agua caliente en que humedecía unos pedazos de pan y otras veces solo comía de lo que se recogía de las sobras de los demás frailes”. Se disciplinaba más que nadie pues “traía a continuo un áspero silíceo”. En cuaresma entraba en el refectorio –el comedor- “desnudo del medio cuerpo arriba, cubierto de ceniza, azotándose cruelmente y otras veces arrastrando por la tierra, tirando de él otro fraile con una soga de esparto”.

        Con no menos saña se empleaba fray Antonio de Zafra a mediados del siglo XVII.  Se disciplinaba “hasta derramar la sangre y entraba en la oración, después caminaba de rodillas desde el coro hasta el altar mayor…En la misma postura, rodillas por tierra, bajaba a otro altar y puesto en él tomaba una calavera de un difunto que tenía prevenida y con la otra mano una piedra, con la cual se hería cruelmente. Doliéndose de sus pecados y pidiendo a Dios misericordia por ellos y por los de todo el mundo”.

        Y por citar el caso de una monja, Sor María de la Concepción, dormía en un ataúd colocado en el coro, para evidenciar a todos su desapego a la vida terrenal. Solo bebía caldo de pollo y algún pedazo de pan que remojaba en dicho plato. Murió a la edad de veintitrés años, consumida en sus huesos, totalmente entregada a Dios y conm reputación de santa.

        Uno de los síntomas más comunes de santidad que aparecen en todos los libros de profesiones es que estos religiosos de vida santa, cuando morían, en vez de desprender el hedor propio de la corrupción del cuerpo, emanaban “gratísimas fragancias”. En 1661 se enterró fray Antonio de Zafra y todos los presentes juraron que en el momento justo de su óbito “exhaló de sí tal fragancia que llenó de ella no solo el cuarto donde estaba, pero toda la enfermería y que era tal y de tan suave gusto que no hallaban olor en la tierra con quien compararle. Y que por mucho tiempo perseveró en él aquella suave fragancia”. Asimismo, el ya citado fray Pedro de Barcarrota, cuando murió el 20 de octubre de 1684 se cubrió la atmósfera de su habitación “de una nieblecita sutil y clara, exhalando tan suave fragancia que todos pasmaron al ver semejante maravilla”. Por cierto, que  cuando a los cinco años abrieron su sepultura se encontraron supuestamente su cuerpo incorrupto “y con la misma suave fragancia”.

        Mi reflexión, con todos los respetos, es la siguiente: ¿Eran simplemente creyentes radicales o había algo más? Leyendo la forma que algunos de ellos tenían de mortificarse para acercarse a los padecimientos de Jesús, yo pienso que algunos tenían alguna patología mental. Seguramente un psiquiatra podría hacer una tesis doctoral con los comportamientos de algunos de ellos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20160718103901-cgalicia.jpg

          Un día como hoy de hace ochenta años se producía el golpe militar en España que acarreó una cruenta Guerra Civil y una dictadura de más de tres décadas. Todavía hoy argumentar sobre ella provoca grandes recelos porque se mantiene viva la memoria de los vencedores y de los vencidos. Por ello, he pensado no entrar en la polémica y centrarme en un asunto muy concreto, absolutamente histórico y con pocas conexiones ideológicas.    

            Por supuesto, el origen de la guerra parte de una conspiración militar, con el beneplácito de los elementos más conservadores del país. En realidad, era el último gran coletazo de un largo enfrentamiento entre la España conservadora y la progresista que había provocado ya tres guerras civiles en el siglo XIX. La Republica quería reformar, y los conservadores estaban a la defensiva; el triunfo de la derecha en las elecciones de 1933 los tranquilizó, pero el acceso al poder del Frente Popular en 1936 desencadenó el fatídico golpe militar de trágicas consecuencias.  Es cierto que en el período que transcurrió entre febrero y julio de 1936 hubo una grave crisis de convivencia, así como detenciones ilegales de derechistas. Pero, como ha escrito Francisco Espinosa, no sabemos aún hasta qué punto las amenazas y los intentos de golpe de estado, que empezaron en 1931, provocaron reacciones violentas entre los republicanos para así obtener la cobertura ideológica necesaria para emprender el alzamiento definitivo. En la zona gubernamental, controlada por la República, se produjeron excesos y matanzas de inocentes. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras estos desmanes fueron obra de personas o de grupos de incontrolados, los nacionales urdieron un plan sistemático de exterminio del adversario político. Y prueba de esta premeditación es que allí donde triunfaba el alzamiento, le seguía la represión, variando tan sólo la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias.

            Entrando en materia, diremos que la Armada Española pudo haber abortado el golpe de Estado, pero fracasó por la pasividad del Almirante Miguel Buiza, jefe de la Flota Republicana en la Guerra Civil. Buena parte de la armada española permaneció fiel al gobierno democráticamente elegido por los españoles. En Cartagena estaba fondeada la flota cuando estalló el alzamiento. El buque insignia de la armada era el crucero Libertad, bonito nombre con el que rebautizó la República al buque botado en 1927 con el nombre de Príncipe Alfonso. Y junto a él estaban los cruceros El Cíclope, Miguel de Cervantes, Méndez Núñez, el acorazado Jaime I, los destructores Almirante Ferrándiz, Almirante Miranda, Almirante Valdés, Almirante Antequera, Ulloa, Gravina, Escaño, Lepanto y Jorge Juan, así como otros navíos de aprovisionamiento, lanchas cañoneras, patrulleras y algunos submarinos de la clase C-2. Otros estaban en proceso de reparación como los destructores Velasco, Alsedo y Churruca. La mayor parte de la armada de guerra española permaneció en poder de los republicanos.

            Estos efectivos pudieron poner las cosas muy difíciles a los alzados. Había navíos suficientes como para bloquear su llegada a la Península desde las islas Canarias y el norte de África. Varios barcos, entre ellos el Libertad y el Miguel de Cervantes, además del acorazado Jaime I fueron enviados a la zona del estrecho para bloquear el paso. Un grave error pues el gobierno infravaloró las posibilidades del enemigo de sortear el bloqueo. La República debió enviar más medios, simplemente porque disponía de ellos, imponiendo así un bloqueo efectivo. Los alzados, entre ellos la Primera Bandera de la Legión y el Tercer Tambor de Regulares llegaron sanos y salvos a Algeciras con la única protección del viejo cañonero Dato, apoyado por algunos aviones de combate. Impotentes, con insubordinaciones a bordo y con escasa capacidad decisoria por parte de los oficiales, decidieron resarcirse bombardeando Ceuta, Melilla y Algeciras, alcanzando al Dato. Sin embargo, no dejaba de ser una anécdota porque los Nacionales habían conseguido su objetivo de llegar sanos y salvos a tierra.

            El 1 de septiembre de 1936 el gobierno nombró al sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la flota republicana. Sin embargo, este hombre calificado por Hugh Thomas de reservado y valiente pero tímido, tuvo una actuación mucho más que mediocre. Dispuso de efectivos suficientes para haber conseguido el bloqueo del estrecho, impidiendo la llegada de nuevos refuerzos a los alzados. Pero tampoco lo logró; no se había aprendido la lección. Se destinó al bloqueo a dos destructores, el Ferrándiz y el Gravina, pensando que los Nacionales no disponían de buques que pudiesen hacerles frente. Pero volvieron a menospreciaron de nuevo al oponente, en un error que les costó caro. El crucero Canarias, que todos creían que estaba fuera de servicio, y el Almirante Cervera, en poder de los sublevados, hundieron al Ferrándiz al tiempo que el Gravina era alcanzado y debía refugiarse en un puerto de Marruecos. Todo se pudo haber solventado si Miguel Buiza hubiese destinado a ese fin un número superior de efectivos. Para colmo, en 1937 se produjo otro enfrentamiento en el cabo Cherchel, en la costa argelina, con superioridad aplastante de la flota republicana, y el crucero Baleares, consiguió huir sin sufrir ni un solo rasguño. Ante un fracaso que rozaba el ridículo, el 25 de octubre de 1937 era destituido Miguel Buiza, jefe de la Flota, nombrando en su lugar a Luis González Ubieta.

            La Armada Republicana no marchó mucho mejor con este cambio de mando, siempre quejosos de las insubordinaciones de la marinería y de su indefensión ante los ataques aéreos de los Nacionales. El 22 de enero de 1939 se decidió restituir en el cargo al experimentado Miguel Buiza, pese a estar éste convencido de que la guerra estaba perdida. El 16 de marzo de ese mismo año se reunió con varias autoridades civiles y militares, como el presidente Juan Negrín, el coronel Segismundo Casado y el general José Miaja, pidiendo la capitulación ante los franquistas. El presidente y el general Miaja se negaron por lo que decidió desertar por su cuenta. Dicho y hecho, zarpó con la Flota de Cartagena –tres cruceros, ocho destructores y otros navíos de apoyo- con destino a la base tunecina de Bizerta, donde fondeó los barcos, dejándolos bajo control francés. En su descargo dijo que el objetivo era evitar que cayesen en manos de los Nacionales. Pero se volvió a equivocar porque los franceses tardaron muy poco en entregar los barcos a los franquistas.

            Cada vez tengo más claro que la desastrosa actuación de la Armada Republicana en la guerra fue uno de los factores decisivos que desencadenaron la victoria final de los autollamados Nacionales. Si la armada hubiese estado a la altura de las circunstancias, si se hubiese bloqueado el aprovisionamiento por mar de los rebeldes, el triunfo de estos hubiese sido mucho más complicado y quizás el destino de la República hubiese sido otro. Insubordinaciones, decisiones erróneas, traiciones y cobardías se congratularon para hacer fracasar uno tras otro todos los objetivos encomendados a la Armada.

 

PARA SABER MÁS

 

-ALONSO, Bruno: La Flota republicana y la Guerra Civil española. Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2006.

 

-FERNÁNDEZ DÍAZ, Victoria. El exilio de la marina republicana. Valencia, Universidad, 2011.

 

-PERAL PERAL, Aurelio: “Un marino sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la Flota Republicana”, Archivo Hispalense Nº 294-296. Sevilla, 2014, pp. 141-170.

 

-PRESTÓN, Paul: El final de la guerra. Las últimas puñaladas a la República. Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.

 

-THOMAS, Hugh: Historia de la Guerra Civil española. Barcelona, Círculo de Lectores, 1976.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS 

Etiquetas: , , , , ,

20160708011057-snmigu02.jpg

          Hace unos días estuve una jornada en el Archivo General de Simancas y me salieron al paso datos interesantes, algunos de ellos inéditos y otros poco conocidos. Entre ellos me salieron al paso varias referencias manuscritas a la gran victoria de la Armada Real de Galeras sobre la armada turca en aguas del Mediterráneo, en octubre de 1540. Es cierto que no se trata de noticias inéditas pero sí poco conocidas.

           De estas fechas siempre se destaca, por un lado, el saqueo de Gibraltar por la armada argelina, capitaneada por Alí Hamet y Caramami, y, por el otro, el sonado fracaso de Carlos V en su intento de tomar Argel para acabar definitivamente con la principal base turca en el norte de África.

           Sin embargo, entre el saqueo de Gibraltar y el fracaso de Argel se produjo un combate épico en el que la Armada Real de Galeras, humilló sin paliativos a la armada berberisca.

           La armada argelina, enterada de que la escuadra española estaba en el entorno de las islas Baleares, se dirigió a Gibraltar. La escuadra estaba compuesta por 16 barcos, desembarcando en la costa un millar de escopeteros y ballesteros. No tuvieron dificultades para cautivar a 73 personas, y obtener un rescate por ellos de 7.000 ducados, además de desvalijar las casas y las naves que estaban en el puerto.

El 13 de septiembre partieron hacia las costas de Berbería, pero cometieron el error de no desembarcar el botín de Argel y de proseguir su viaje en busca de nuevas presas. Pero Bernardino de Mendoza, capitán de la armada española, estando en el puerto de Denia, recibió la noticia de lo ocurrido en Gibraltar. Pues bien, sin perder ni un minuto se dirigió a la costa africana para tratar de interceptar a la armada enemiga, pese a que estaba en inferioridad numérica. Y efectivamente, a la altura de la isla de Alborán se produjo el encuentro. Era el 1 de octubre de 1540, los magrebíes no eludieron el combate, sabedores de su superioridad numérica. Los preparativos del combate impresionan, casi cinco siglos después:

 

“Formó la escuadra infiel en forma de media luna, según costumbre, poniéndose en medio la capitana de Caramami, adornados los bajeles con banderas y gallardetes en los calcés, antenas y batayolas, al son de clarines y dulzainas. D. Bernardino arengó a su gente, armó a los forzados, prometiéndoles la libertad y otras mercedes… Al son de trompetas, tambores y pífanos formaron en tres escuadrones y, en medio, la capitana, acompañada de seis galeras que le daban escolta. Aproximáronse ambas escuadras, y al llegar a tiro de cañón, empezó el fuego…”

 

 

La capitana argelina, comandada por Alí Hamet y la Almiranta, donde viajaba Caramami –un negro remero de las galeras de España fugado- se dirigieron directamente a por la capitana española, mandada por Bernardino de Mendoza. Pero el experimentado marino guadalajareño se las apañó para derrotar a ambos, hiriendo a Alí y matando a Caramami.

Cuentan las crónicas que la galera Santa Bárbara, estaba gobernada por un gibraltareño, Pedro Benítez, que quería vengar el saqueo de su pueblo, y el daño que sospechaba sobre su familia. Acometió a los enemigos con especial saña y se introdujo entre varias unidades enemigas. Aunque murió de un arcabuzazo, consiguió antes rendir uno de los navíos enemigos. Finalmente, la galera dirigida por Enrique Enríquez, consiguió captura la galeota en la que trataba de huir el capitán general de la armada berberisca, Alí Hamet, que resultó finalmente abatido.

Tras algo más de una hora de recio combate, fueron apresadas diez embarcaciones enemigas –dos galeras, siete galeotas y una saetía-, otra fue hundida y cinco más se dieron a la fuga. Alegó Bernardino de Mendoza que decidieron no seguir a las cinco huidas porque la gente estaba muy cansada. Los datos sobrecogen: 700 turcos y berberiscos muertos, 837 remeros –muchos de ellos cristianos cautivos- fueron liberados, y se apresaron 427 enemigos para negociar su rescate. Del lado español hubo medio millar de heridos y 200 soldados y marinos muertos, entre ellos los capitanes valerosos como Pedro Benítez, Alonso de Armenta, Tineo, Juan de Susnaga y Martín de Gurichaga.

Tras hacer escala en Motril, la escuadra recaló en Málaga, donde informaron de lo ocurrido. Allí se celebró un solemne Te Deum, en la que participaron los cristianos liberados con una vela cada uno, los soldados y los marinos, mientras se hacían sonar los pífanos y las trompetas al tiempo que se disparaban salvas de honor con la artillería. El rey fue informado de tan grato suceso muy poco después, por carta firmada el 7 de octubre de 1540. Su satisfacción fue doble, primero porque se derrotaba a una armada enemiga que previamente había saqueado Gibraltar, y segundo, por el botín diez embarcaciones a las que bastaba con arriar la bandera turca y enarbolar la de Castilla, más gran parte del botín robado en Gibraltar.

Al año siguiente, quizás crecidos por los últimos resultados el César decidió ir a buscar a Barbarroja a su propia base argelina, concentrando para la ocasión un buen número de barcos. La precipitación del ataque, lanzado inadecuadamente en noviembre, y los temporales hicieron de la campaña un fracaso.

Bernardino de Mendoza estuvo al frente de las armadas de galeras al menos desde la década de los treinta. Posteriormente, volvió estar al mando de la misma al menos durante la década comprendida entre 1547 y 1557, año este último en el que tomó el relevo en dicho cargo su hijo, el también prestigioso marino don Juan de Mendoza. Se trata de uno de esos marinos que hicieron posible la España Imperial y de los que nadie se acuerda. ¿Quién conoce en España a Bernardino de Mendoza? ¿Quién ha oído hablar de la batalla de Alborán? Prácticamente nadie. Pese a ello, nadie puede negar que el capitán Bernardino de Mendoza, fue uno de los grandes marinos de su tiempo, y que sirvió a su país con lealtad y valentía. Valores de otro tiempo; pero era lo que se le exigía y él cumplió con creces. En algún lugar, cerca de las costas de la isla de Alborán yace desde hace casi cinco siglos la galera berberisca hundida por él.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo: “Armada Española”. Madrid, Museo Naval, 1972, T. I.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Calos V y Felipe II”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005

 

----- “El sistema naval del Imperio español: armadas, flotas y galeones”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.

 


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , ,

20160627103418-los-esclavos-del-caribe-procedian-de-camerun-nigeria-y-ghana-image-380.jpg

          José María Blanco White, escritor sevillano de principios del siglo XIX partidario de la supresión de la esclavitud, nos dejó testimonios sobrecogedores sobre las caravanas de esclavos del interior de África a la costa, y su embarque en navíos europeos. Reproduzco aquí lo ocurrido en torno a 1810 con la joven Nilí, y que le contó su amigo Mungo Parke, un trotamundos que por circunstancias ajenas a la esclavitud, viajó en dicha caravana (he recortado un poco la narración porque era demasiado extensa):



          “Cierto día, una de las esclavas se manifestó muy emperrada y no quiso beber lo que le daban. Cuando amaneció nos pusimos en camino y anduvimos toda la mañana por una maleza escabrosa, que me lastimó mucho los pies…La esclava que no había querido tomar nada por la mañana empezó a quedarse atrás y a quejarse mucho de dolores en las piernas… A eso de las once, estando descansando a orillas de un arroyuelo, algunos de nuestra gente descubrieron una colmena en el hueco de un árbol y habiéndose acercado a tomar miel nos acometió el mayor enjambre que he visto en mi vida. La pobre Nilí no tuvo fuerzas para huir y se fue arrastrando hacia el riachuelo, pensando defenderse en el agua; pero esto no le valió y las abejas la dejaron hecha un monstruo.

          Los esclavistas le sacaron los aguijones que pudieron, la lavaron con agua y la refregaron con yerbas, pero la infeliz se negó obstinadamente a seguir adelante, protestando que quería más bien la muerte que andar un paso más. No valiendo ruegos ni amenazas, se recurrió al látigo; sufrió algunos crujidos con paciencia y luego se esforzó en andar… A este tiempo quiso huirse de la caravana, pero estaba tan débil que dio consigo en tierra; se recurrió de nuevo al látigo pero sin efecto. Los esclavistas no querían perderla porque ya estaba casi concluida la jornada del día; y así hicieron una especie de andas de cañas de bambú a que la ataron con tiras de corteza…

          Despertaron a la pobre Nilí al amanecer pero tenía todos los miembros tan pasmados y dolorosos que ni tenerse en pie podía… Viendo que era imposible seguir con ella adelante, todos los de la caravana gritaron a una: cortarle el pescuezo; operación que no quise ver y seguí adelante. No habría andado una milla, cuando uno de los esclavos domésticos de Karfa vino a mí, trayendo el vestido de la pobre Nilí en la punta de su arco, y exclamó Nilí es perdida. Preguntele si los esclavistas le habían dado el vestido por el trabajo de degollarla; y me respondió que Karfa no había consentido en ello, sino la había dejado en medio del campo, donde seguramente moriría bien pronto y sería devorada por las fieras".

          El caso de Nilí, es solo un ejemplo de las miles de víctimas que la esclavitud dejó en el camino. Se estima que más del treinta por ciento de los esclavos moría antes de ser vendido en un mercado de esclavos europeo o americano.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20160624173539-gra363-madrid-20-06-2016-el-ministro-de-economia-en-funciones-luis-de-guindos-durante-su-participacion-en-la-mesa-redonda-sobre-el-brexit-y-el-futuro-de-la-union-europea-organizada-por-expansion-hoy-en-madrid-efe-j-j-guillen.jpg

Vivimos tiempos difíciles y muy preocupantes, donde las noticias saltan a diario y cada cual es peor. Desde 2008 vivimos una gravísima crisis económica del capitalismo y actualmente el brutal problema de los refugiados o, en estos días, el famoso y cacareado BREXIT.

Pero lo que yo quiero insistir ahora que el famoso BREXIT es solo un eslabón más en ese proceso de descomposición del sistema económico y político global que estamos viviendo en el siglo XXI. Ya escribió hace algunos años Jorge Riechmann que el siglo XX fue trágico pero que el XXI lo iba a ser multiplicadamente, de no producirse un cambio radical en el modo de producción, el consumismo y la relatividad ética. Otros muchos intelectuales, en esta misma línea, como José David Sacristán, Slavoj Zizek, Juan Pedro Viñuela o Tzvetan Todorov han advertido por activa y por pasiva que de no dar la situación un giro radical llegará una nueva Edad Media.

En el fondo lo que subyace es una profunda crisis ética, donde cada individuo lo que quiere es salvarse a sí mismo, y hacer oídos sordos a lo que pasa a su alrededor. Lo importante soy yo, después mi familia, luego mi Comunidad Autónoma y luego, si acaso, mi país. Lo que ocurra en Europa me coge demasiado lejos mientras que lo extraeuropeo ya ni siquiera existe. Y por supuesto, el poder lo delegamos en políticos –corruptos o no, eso es lo de menos- que tiren del carro como puedan mientras nos ajustamos a esa "servidumbre humana voluntaria" de la que hablara La Boètie.

Socialmente, la tendencia mundial es hacia una progresiva polarización. Es decir, hay una minoría que está concentrando la riqueza y que cada vez es más rica mientras que el grueso de la población se empobrece. Una realidad que, si ningún cambio radical lo impide, se irá acentuando progresivamente en las próximas décadas. Y mientras eso ocurre, las autoridades transmiten la idea de que solo hay dos modelos productivos: el capitalismo existente o el fracasado modelo soviético. Es decir, capitalismo o capitalismo. Y lo peor de todo, es que estos discursos terminan calando en una parte de la población que piensa erróneamente que no hay alternativa.

Ante esta situación, la respuesta de los países desarrollados, sometidos a la dictadura de los mercados, ha sido emprender una política de ajustes económicos, consistentes básicamente en la reducción de los salarios públicos y privados y en una disminución considerable del gasto social. Lo cual está provocando, a corto plazo, un aumento de la tasa de población que vive en el umbral de la pobreza y una reducción del poder adquisitivo de las clases medias. De hecho, los autores aportan un dato demoledor: 1.400 personas en España acaparan el 80,5% del PIB nacional. Es decir, el 0,0034% de la población acumula más de cuatro quintas partes de la riqueza. Y lo peor de todo, es que las recetas neoliberales sólo van a conseguir acentuar aún más esta brecha social. La competitividad no aumentará bajando los salarios. De hecho, en España son más bajos que en los países ricos de la Unión Europea y no por ello el país es más competitivo.

A nivel mundial, la situación es aún más catastrófica, hay 2.400 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, y la cifra tiende a aumentar por el descenso acusado de la ayuda de los países desarrollados al llamado Tercer Mundo.

El BREXIT es un eslabón más en esta cadena de despropósitos que a largo plazo van a acabar con el mundo que conocemos. Éste nos preocupa más porque afecta al corazón de Europa, a nuestro mundo.

A mi juicio, fue un despropósito la propia convocatoria del Referéndum porque ha creado un grave problema donde no lo había. La salida de la segunda economía europea de la Unión va a tener consecuencias catastróficas tanto para Gran Bretaña como para el resto de Europa.

Políticamente ya hay otros partidos ultraderechistas que están reivindicando este mismo refrendo para Francia, Austria, etc. Habrá nuevos plebiscitos de resultado incierto que pueden terminar con este proyecto democrático que fue la Unión Europea. Al final, los nacionalismos, la gran enfermedad de la Edad Contemporánea, están acabando con el gran sueño de la unión europea. Ni que decir tiene que el BREXIT supone un camino reaccionario que implica más nacionalismo y menos cosmopolitismo así como el triunfo de la reacción frente al progreso. Los partidos ultraderechistas europeos se frotan las manos, esperando pescar en aguas revueltas, al igual que el presidente de la Federación Rusa, que espera ocupar los espacios que deje Europa.

Socialmente, supondrá un debilitamiento de los amplísimos derechos que otorgaba la ciudadanía europea. Los valores sociales europeos, los mismos que hasta hace poco todo el mundo admiraba, están a punto de naufragar, dando la razón a los regímenes totalitarios que siempre confiaron en su fracaso.

Y económicamente el perjuicio puede ser catastrófico tanto para Gran Bretaña, que puede decrecer más de un 5 por ciento anual en los próximos años, como para la Unión Europea en su conjunto. Para España el menoscabo puede ser la gota que colme el vaso. Somos el tercer inversor mundial en Gran Bretaña con una inversión global de 60.000 millones de euros. La recesión en Gran Bretaña afectará también a la de decenas de compañías españolas que operan en aquel país. Asimismo, hay 250.000 españoles trabajando en Gran Bretaña que en breve necesitarán pasaporte y visado. Y por último, no olvidemos que Gran Bretaña es el país que más turistas envía a España. Una recesión económica en aquel país como la que se espera puede provocar un descenso drástico del número de ingleses que visitan nuestro país, afectando a la primera industria de España. Y en medio de esta zozobra, lo único que se le ocurre decir al Ministro de Exteriores español, García-Margallo, es que a lo mejor estamos más cerca de colocar nuestra bandera en Gibraltar.

Y a todo esto, el domingo tenemos unas nuevas elecciones en nuestro país que vive una crisis política, social y económica mucho más delicada de lo que la gente cree. La situación financiera de España, con una deuda equivalente al cien por cien de nuestro P.I.B., es preocupante. Dependemos de los mercados internacionales para obtener liquidez y estos están extremadamente volátiles, especialmente después del BREXIT. Y a todo esto España sin gobierno y con muchas posibilidades de que sigamos en esta situación muchos meses más.

Desgraciadamente se están cumpliendo las peores predicciones de grandes sociólogos, filósofos y economistas. Se avecinan tiempos difíciles; suerte a todos y, sobre todo, animo a todos los ciudadanos de bien a votar con responsabilidad el próximo domingo 26 de junio.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

20160222230147-alegoria-del-hundimiento-del-san-jose.jpg

        Ahora que está tan de actualidad esto de los galeones hundidos en diversos rincones del antiguo imperio español, quiero dar a conocer el hundimiento de estos tres galeones. Aunque los buques no llevaban tesoros y quedaron muy dañados por la artillería enemiga, tienen el aliciente de que su localización debe ser relativamente fácil. Y ello, porque el capitán de la flotilla sobrevivió al suceso y pudo señalar con detalle la ubicación exacta del hundimiento y las circunstancias en que se produjo.

         El capitán Pedro Martínez de Arcilla, en el momento de enrolarse en la flota del Mar Océano, contaba con tan sólo 24 años. Era casi un adolescente, vecino de San Sebastián e hijo del licenciado Juan Pérez de Arcilla, mayordomo de la artillería y municiones de San Sebastián y Fuenterrabía. Pertenecía, pues a una familia vasca acomodada.

El 20 de marzo de 1565, Pedro Menéndez de Avilés firmó un asiento para colonizar La Florida. Realmente, su principal cometido era expulsar de allí a un grupo de franceses, encabezados por Jean Ribault, que se habían establecido allí de forma permanente. Desde 1567 estaba el avilense buscando apoyos para aprestar su armada en los puertos vascos. En Portugalete estaba fondeada la flota del adelantado de la Florida y gobernador de Cuba, compuesta por 14 galeones.

Juan Pérez de Arcilla fue el encargado de proveer la armada de pólvora, arcabuces y morriones. La primera pregunta que nos asalta: ¿por qué Pedro Menéndez de Avilés nombró por capitán a un joven de 24 años poco experimentado en las cosas de la mar?, Bueno, habría que hablar de varios factores: primero, podría ser poco experto pero en aquella época donde la esperanza de vida era tan baja, nadie pensaba que un hombre de 24 años fuese demasiado joven para nada. El mismísimo Pedro Menéndez de Avilés con 29 años fue por general de la flota que partió de Sanlúcar de Barrameda, en septiembre de 1548. Segundo, el muchacho cumplía con el requisito de nobleza, hecho que, como ya hemos afirmado, se consideraba un elemento casi determinante en la elección del candidato. Y tercero, el influyente licenciado Pérez de Arcilla, debió hacer el resto, presionando al insigne marino avilense. Fue muy generoso en el suministro de armas y pólvora para la escuadra y, asimismo, reclutó personalmente a una veintena de marinos experimentados que asalarió para ir en el barco capitaneado por su vástago.

         Jurado su cargo y pertrechada la armada, partió de Portugalete con destino a Sevilla para a continuación partir para La Florida. La armada hizo varias escalas, la primera en Gijón donde estuvo fondeada ocho días. Luego se detuvo tres días en el puerto portugués Cascais. Fue en esta plaza lusa donde comenzaron unos contratiempos que a la postre darían lugar a la pérdida de los tres galeones, incluido el de Pedro Martínez de Arcilla. Efectivamente, antes de partir, el capitán general recibió rumores de que había cerca cuatro barcos sospechosos de ser enemigos. Para no perder tiempo, decidió zarpar él hacia el sur con el grueso de la flota -11 galeones- y enviar a los tres galeones restantes a buscar e identificar a estos supuestos enemigos. Los navíos designaron fueron los comandados por los capitanes Martínez de Arcilla, Ojeda y Mendaro.

         Al final, resultó ser una falsa alarma, por lo que los tres galeones decidieron seguir los pasos de la flota de Menéndez de Avilés para reunirse con ellos y proseguir su viaje, hacia Sanlúcar de Barrameda y Sevilla primero y, luego, para el Caribe con, escala en las islas Canarias. Por el camino, se encontraron unos buques mercantes españoles que les informaron que más adelante iba la gran armada de Menéndez de Avilés. Lo que no esperaban fue, la impresionante armada turca con la que se toparon el domingo 5 de septiembre de 1568. Estaba formada por un total de 25 o 26 velas, de las cuales 14 eran galeras y galeotas de combate y unos 11 o 12 eran navíos auxiliares de menor porte. Ello ocurrió a la altura de un paraje costero denominado las Arenas Gordas. Una zona pantanosa y boscosa que mantiene actualmente este topónimo en la costa este onubense. Los testigos fueron unánimes al decir que el ataque se produjo en alta mar pero a la vista de la playa de las Arenas Gordas, ubicadas, a unas 4 o 5 leguas de Sanlúcar de Barrameda.

         Obviamente, los turcos, viéndose muy superiores, iniciaron inmediatamente el ataque. Eran aproximadamente las 21:00 horas, cuando una parte de la armada turca se fue hacia el galeón que iba delante en la formación, es decir, el del capitán Ojeda. Éste tan sólo fue capaz de resistir una hora y media, rindiéndose a las 22:30. Y la pregunta que se plantearon los propios jueces que juzgaron el caso: ¿por qué los capitanes Mendaro y Arcilla no acudieron en su ayuda?, ellos alegaron que no pudieron porque la mar estaba en calma, no soplaba viento y, aunque tenían remos en las bodegas, estos estaban inutilizados por falta de bancos y de alcayatas para fijarlos. Tampoco dispararon su artillería porque estaban a una distancia de media legua y no los alcanzaban. Y debía ser verdad, porque igual que no tuvieron viento para acudir en su ayuda tampoco lo tuvieron para huir. El galeón de Mendaro, pese a que Arcilla le pidió que se atase a él para defenderse mejor, éste hizo caso omiso se acercó a la playa y embarrancó.

         Hasta las 12 de la noche los turcos no dieron alcance al galeón Santa María, capitaneado por el donostiarra. En ese intervalo de tiempo el capitán Arcilla tuvo tiempo para arengar a sus hombres para que defendiesen sus vidas y el barco con honor. Dijeron los testigos que estuvo andando con su espada y rodela de un lado a otro del galeón para dar más ánimo a la gente y esforzarla. Algún testigo llegó a afirmar que, siendo las fuerzas tan superiores, nadie hubiese luchado de no ser por la arenga que les hizo su capitán. Varios testigos, declararon que el capitán Arcilla no se portó como el muchacho que era sino como un animoso y valiente capitán. Como era de esperar el Santa María fue alcanzado a las 12 de la noche, iniciando un recio combate que se prolongó hasta las 5 de la mañana. Es decir, estuvieron combatiendo contra fuerzas infinitamente superiores por un espacio de 5 horas.

         El gran problema para Martínez Arcilla llegó precisamente a esa hora, cuando muerta gran parte de su tripulación, incluidos los artilleros, decidió abandonar el barco con los que todavía se podían valer por sí mismos. Dejó en la cubierta a 36 compañeros muertos y a unos 52 o 53 heridos graves. La mayoría víctimas de arcabuzazos o de tiros de piedra que efectuaron las galeras turcas. Los heridos más graves fueron tristemente abandonados a su suerte, mientras el capitán Arcilla y otros 14 supervivientes abandonaban el barco a bordo de una chalupa. Entre esos supervivientes figuraban Domingo de Anizqueta, un clérigo presbítero de unos 28 años que iba en el galeón y que salió absolutamente indemne. Seguramente sus hábitos le permitieron estar escondido en lo más recóndito y seguro del galeón. También se citan a los marineros Miguel de Arizmendi y Pascual de Areyceta que no pudieron personarse en el proceso porque se habían enrolado en una flotilla que fue a pescar a Terranova, no esperándose su regreso hasta Navidad. Otros de los sobrevivientes fueron Domingo Arnal, Miguel de Goyaz y un paje que se llamaba Mateo.

         Esos fueron básicamente los hechos. El capitán Arcilla actuó con diligencia hasta las cinco de la mañana y lo pudo probar. Combatió y lo hizo durante muchas horas y con todas sus energías. El gran problema ocurrió a partir de las 5 de la mañana cuando Arcilla, ya perdido, decidió salvar su vida, poner tierra de por medio, y abandonar a su suerte a los heridos.

Como es bien sabido, en el Antiguo Régimen a diferencia de lo que ocurre hoy, la inocencia había que demostrarla. Por ese motivo, nada más conocidos los hechos, el capitán guipuzcoano fue apresado y llevado a la cárcel de la Corte. Para que preparasen su defensa, el 11 de agosto de 1568 otorgó poderes a su padre, Juan Pérez de Arcilla, a su hermano del mismo nombre y a Francisco de Guernica, todos ellos vecinos de San Sebastián.

         El fiscal pedía la pena máxima, es decir, la pena de muerte, acusándolo de perder un barco de Su Majestad que costaba unos 40.000 ducados por cobardía. Sin embargo, cinco horas de defensa bizarra del buque ponían en duda esa supuesta actitud medrosa que se le imputaba. La defensa lo pudo demostrar con solvencia porque los hechos no dejaban lugar a la duda.

         Además plantearon otras incógnitas. La más importante, consistió en cuestionar la actuación del general de la armada Pero Menéndez de Avilés. Realmente fue un error separar su gran armada y enviar a tres de sus galeones a verificar si los cuatro navío avistados eran o no enemigos. Había muchos rumores sobre presencia de turcos en las costas peninsulares. Era correr un riesgo innecesario. Incluso en caso de que los enemigos no hubiesen sido una armada de 37 velas sino sólo los cuatro navíos avistados, iban en inferioridad numérica. Máxime cuando el propio Menéndez de Avilés había promovido que todos sus barcos fuesen en conserva hasta la Florida. También cuesta creer que la gran armada de Avilés que viajaba unas pocas leguas delante de los tres galeones no avistara la enorme armada enemiga. Por otro, lado, mucho más cuestionable fue la actuación del capitán Mendaro que viajaba muy cerca de Arcilla. No sólo no aceptó unir sus fuerzas sino que enfiló su galeón rumbo a la costa, encallando el navío y dejándolo a merced de los enemigos. No sabemos qué pudo pasar con este capitán porque el juicio no aporta ni un solo dato al respecto. Pero está claro que su actuación fue muchísimo más irregular que la del capitán Arcilla.

         Quedó bien demostrado por la defensa que el capitán Martínez de Arcilla no acudió en defensa de Ojeda porque no pudo. Y prueba de ello era que su galeón apenas se movió de su sitio. Ni tuvo aparejo para acudir en ayuda de su compañero ni tampoco para emprender la huída. De hecho a las 22:30 tomaron el galeón del capitán Ojeda y tan sólo una hora y media después, es decir a las 12:00 estaban atacando de lleno el galeón Santa María del capitán Arcilla. Éste además estuvo apercibiendo a sus hombres para el combate, preparando la artillería y despejando la cubierta. Su resistencia fue brutal, pues resistieron la acometida de un buen número de galeras y galeazas nada menos que durante 5 horas. Toda una eternidad.

         Hasta ahí bien. El problema fue que a partir de las 5 de la mañana del lunes 6 de agosto, viendo Arcilla que todo estaba perdido decidió salvar su vida y huir, dejando abandonados a su suerte a los heridos más graves. Y digo que el problema comenzó ahí porque una de las grandes máximas de todas las armadas del mundo siempre ha sido que, en caso de siniestro, el capitán es el último que debe abandonar el barco y no el primero. Al joven Arcilla se le exigía que diese su vida y que muriese junto a sus hombres. No fue capaz de semejante renuncia; a sus 24 años no se sintió preparado para engrosar la extensa lista de valientes que a lo largo de la Historia sacrificaron su vida por la patria.

Demostró valentía pero no hasta el punto de entregar su vida. Llegados a este punto, cabría preguntarse: ¿fue reprochable su actitud? Absolutamente comprensible desde el punto de vista actual. Pero también los jueces del Consejo debieron sensibilizarse con la decisión del joven capitán de salvar su vida. De hecho, en la primera sentencia se le conmutó la pena de muerte por una condena severa en primera instancia, y tras su apelación, por una condena prácticamente simbólica. La primera sentencia, dada en Madrid el 2 de abril de 1569, le condenó a la privación perpetua del cargo de capitán, a servir gratuitamente durante seis años en las galeras reales y al pago del coste del galeón. Había salvado la vida pero la condena seguía siendo extremadamente dura, especialmente en lo concerniente a la privación perpetua de su rango.

Pero, como ya hemos afirmado, la defensa apeló. Su representante en la Corte, Sebastián de Santander solicitó un nuevo plazo para hacer una nueva probanza que le fue aceptada por una Real Cédula, expedida en Madrid el 12 de julio de 1569. El 14 de noviembre de ese mismo año conseguían por fin una sentencia mucho más favorable. La privación del cargo de capitán sería sólo por seis años y el servicio en galeras de tan sólo dos. Parecía una sentencia justa, teniendo en cuenta que no se pudo probar su cobardía ante el enemigo, sino tan sólo su humana decisión, in extremis, cuando todo estaba perdido, de no morir junto al resto de su tripulación.

         Tanto la familia como el propio encausado recibieron la nueva sentencia con enorme satisfacción. No sólo había salvado la vida, sino también su honor. Volvería a la mar, y lo haría conservando su rango de capitán. Y como lo importante era saldar cuanto ante su deuda con la Corona, no tardó en incorporase a la Armada Real de Galeras. El 12 de enero de 1570, tan sólo dos meses después de la sentencia, se personó en Gibraltar y se puso a las órdenes de Sancho Martínez de Leyva, capitán general de la Armada Real de Galeras.

         El proceso, conservado en el Archivo General de Indias, ofrece muchos datos sobre la ubicación exacta de los hechos, muy cerca de la línea de playa de Arenas Gordas, a unas seis leguas de Sanlúcar de Barrameda. Sería bueno, comenzar a elaborar un mapa cartográfico completo de los cientos de galeones españoles hundidos en las costas peninsulares, especialmente en el Golfo de Cádiz, el mayor yacimiento de pecios hundidos del mundo.

 

PARA SABER MÁS:

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Sin piedad con los cobardes: la condena del capitán de navío Pedro Martínez de Arcilla (1569)”, Revista de Historia Naval Nº 103. Madrid, 2008, pp. 77-90.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , ,

20160207010857-001.jpg

Ascensio de Morales y Tercero en una carta autógrafa, fechada en Badajoz, el 26 de abril de 1754, explicaba todos los pormenores de su comisión de archivos. Una orden del Consejo de Estado dada en 1743 le encomendó la tarea de investigar en los archivos para hacer una Historia Eclesiástica de España. Sin embargo, detrás de esa aparentemente altruista misión había motivos de más calado. Al parecer, los cardenales Acquaviva y Belluga, comisionados para negociar el Concordato de 1723 habían sostenido, frente al Papa, que la grandeza de los conventos y de las iglesias de España se debía al mecenazgo de los reyes. Felipe V quiso llevar a cabo una investigación para verificar eso y de paso “recuperar los legítimos derechos que con la Corona le habían dejado los señores reyes sus predecesores gloriosos en las iglesias que habían conquistado, fundado y dotado en sus dominios, y saber cuántas eran fundaciones reales”. Y para llevarlo a cabo se le otorgó el cargo de oidor honorario de Sevilla con la intención de que recibiese un sueldo de 75 reales diarios para llevar a cabo su misión. Empezó investigando en Castilla, León, Asturias y Galicia, para ver la regalía de patronatos de las iglesias catedrales de Palencia, Valladolid, León, Astorga, Santiago, Tuy, Lugo, Orense, Oviedo y Burgos. Con Fernando VI se le propuso Galicia, y, finalmente, por decreto del 23 de junio de 1750 se le encargo los obispados de Cuenca, Murcia, Cartagena, Orihuela, Plasencia y Badajoz (Rodríguez Moñino, 1930: 121-136).

Su obra más acabada fueron cuatro volúmenes con documentación sobre la diócesis de Badajoz. El cuarto de esos volúmenes, conservado por duplicado en el Archivo Histórico Nacional y en la Biblioteca Colombina fue publicado en Badajoz en 1910 bajo el título de Crisis Histórica de la Ciudad de Badajoz y reeditado en la misma ciudad en el año 2006. Sin embargo, este último volumen era resumen de los tres anteriores, conservados en la sección de Códices del Archivo Histórico Nacional y que nunca vieron la letra impresa. De estos tres volúmenes hemos extractado algunos datos correspondientes a la villa de Barcarrota.

Entre el volumen de documentación inédito figura este catálogo de varones ilustres de los pueblos del obispado de Badajoz. Se enumeran un total de 347 personajes ilustres de un total de treinta ciudades, villas o aldeas del obispado de Badajoz. Hay que añadir que sigue muy de cerca el manuscrito de Juan Solano de Figueroa, estableciendo pocas modificaciones. De todos ellos, el 40 por ciento son de la ciudad de Badajoz y el resto se lo reparten los 29 núcleos de la diócesis. Concretamente, la distribución geográfica de los personajes es la siguiente: 139 de Badajoz, 6 de Talavera la real, 3 de Santa Marta, 3 de La Albuera, 4 de Almendral, 3 de Salvaleón, 9 de Salvatierra, uno de la Morera, 26 de La Parra, 10 de Feria, 28 de Zafra, 3 de Bodonal, 2 de Villagarcía, 22 de Fregenal de la Sierra, uno de Higuera, 8 de Burguillos del Cerro, 21 de Jerez, 3 de Higuera de Vargas, 2 de La Roca, 21 de Alburquerque, 2 de Campomayor, uno de Olivenza, 4 de Serpa, 3 de Mora, 2 de Villanueva del Fresno, 5 de Oliva, 4 de Alconchel, 11 de Barcarrota, 2 de Valverde de Leganés y uno de Telena.

Del total de 347 personajes solo se mencionan dos mujeres, que destacaron obviamente por su piedad, una como esposa de uno de los personajes y la otra, una barcarroteña llamada Isabel López, que fue muy piadosa con los pobres y se enterró en el convento de Rocamador. Por su parte los varones pertenecen en su inmensa mayoría al clero –secular o regular- apareciendo también un grupo de militares y algunos funcionarios reales. Todo esto no tiene nada de extraño, pues hay que contemplar este listado en el contexto de la época, donde la mujer vivía a la sombra del hombre. Y en cuanto a la abundancia de religiosos no podemos olvidar que Ascensio de Morales trataba de confeccionar una historia eclesiástica del obispado pacense, de ahí que se fije especialmente en los religiosos.

Hay muchos datos equivocados, el más llamativo es el de Vasco Núñez de Balboa que aparece listado entre los badajocenses cuando en realidad era jerezano. Pero hemos querido presentar la lista tal cual la redacto este erudito del siglo XVIII. Pese al tiempo transcurrido creo que tiene su valor, y por ello me permito publicar el listado completo para disfrute de los curiosos de la historia local.

 

 

Catálogo de los varones ilustres, militares, políticos y eclesiásticos de Badajoz y lugares de su obispado: concluye con una apuntación de los prebendados de esta iglesia que han gozado otros puestos.

 

BADAJOZ

 

1.-Garcilaso de la Vega, natural de esta ciudad, fue embajador de Roma, comendador mayor de León y del Consejo de Estado.

 

2.-Lorenzo Suárez de Figueroa y Mendoza, embajador a Roma y Venecia.

 

3.-Gonzalo Ruiz de la Vega de la Orden de Santiago, embajador también a Venecia.

 

4.-Don Juan de Hortega y Zafra, oidor de Granada.

 

5.-Don Luis González, oidor de Valladolid.

 

6.-Fernando de Badajoz y Garci Méndez de Moscoso, secretarios de el señor rey don Enrique IV.

 

7.-Don Juan Rodríguez, médico de la princesa de Portugal.

 

8.-Don Paz, médico del duque de Saboya.

 

9.-Don Luis González, escribió un “Tratado de la Virtud”.

 

10.-Garci Sánchez de Badajoz, poeta célebre, murió loco y enamorado.

 

11.-Luis de Morales, apeles de su siglo, como Juan de Badajoz, otro virtuoso.

 

12.-Juan de Solís, Maestre de Campo, general en la conquista de La Florida.

 

13.-Luis de Moscoso y Alvarado, maestre de Campo.

 

14.-Lucas Vázquez de Ayllón, oidor en esta conquista.

 

15.-Vasco Núñez de Balboa, descubrió el Mar del Sur, y de él tuvo título de adelantado. Fue gran soldado y se le debió mucha parte en la conquista del Darién. Pero murió degollado a manos del gobernador su suegro.

 

16.-Francisco Moscoso, caballero del Orden de Santiago, corregidor de Logroño y Écija y veedor general del reino de Portugal.

 

17.-Gonzalo Ruiz de Figueroa, escribió “El Juicio de Paris y la Fábula de Piques y Cupido”.

 

18.-Gregorio Silvestre, mucho y bueno a lo divino y humano.

 

19.-El maestro fray Gerónimo de Sotomayor, orden de San Agustín, provincial de Andalucía y catedrático de vísperas de teología en la Universidad de Osuna.

 

20.-Pedro Suárez de Figueroa, fue valeroso caballero, sirvió al rey don Enrique IV en embajadas y otros negocios de mucha cuenta. De él desciende en conde de los Arcos.

 

21.-Bartolomé Sánchez de Badajoz, secretario del señor rey don Juan II.

 

22.-Gonzalo Fernández de Badajoz, escribano de cámara del mismo señor rey.

 

23.-Garci Fernández de Badajoz, secretario del señor rey don Enrique IV.

 

24.-Alfonso Godínez, caballero poderoso, muy cálido del señor rey don Sancho el Bravo, y canciller mayor del infante don Fernando que, aunque fue portugués de nación, se connaturalizó y arraigó en esta ciudad.

 

25.-Fernán Ibáñez de la Cámara, fue heredado en Cubillos y Malpartida, aldeas de esta ciudad.

 

26.-Pedro Rodríguez de Fonseca, pasó de Portugal a Castilla, fue guarda mayor de la persona del rey don Juan I, y su aposentador mayor y es tronco de los marqueses de la Lapilla.

 

27.-Don Juan de Fonseca y Figueroa, embajador de Parma.

 

28.-Garci Laso de la Vega, poeta insigne y celebrado en su tiempo. Escribió “El infierno de amor” y otras obras bien aplaudidas y descienden de él los condes de la Monclova.

 

29.-Gómez Suárez de Moscoso y Figueroa, comendador de Portezuelo, en la orden de Alcántara. Fundó y dotó magníficamente en esta iglesia catedral la capilla de Santa Ana.

 

30.-Hernán Gómez de Solís, señor de las villas de Salvatierra y Barcarrota, de quien se escribe que tuvo título de duque de Badajoz. Hízole esta merced el señor rey don Enrique, pero no llegó a lograr la posesión porque la ciudad y sus caballeros se lo estorbaron.

 

31.-Gómez Hernández de Solís, fue padre de pobres evangelios. Fundó los conventos de Santo Domingo y San Gabriel de esta ciudad y la capilla mayor del convento de San Agustín.

 

32.-Don Pedro de Alvarado Mesía y Contreras, caballero de la orden de Santiago, adelantado de la provincia de Guatemala, Jalisco y Honduras, capitán general del Mar del Sur; héroe incomparable de quien se escribe mucho en las conquistas de México y Perú.

 

33.-Su hermano Hernando de Alvarado, famoso capitán y conquistador.

 

34.-Su abuelo Juan de Alvarado, comendador de Hornachos en la orden de Santiago.

 

35.-Diego de Alvarado, comendador de Lobón, Puebla, Montijo, Cubillana, señor de Castellanos, dignidad en la Orden, alcaide de Montánchez, maestresala del rey don Enrique. Hizo el castillo de Lobón y, por bula especial, labró para hospital la iglesia que hoy sirve al convento de San Francisco de aquella villa.

 

36.-Juan de Alvarado, comendador de Lobón.

 

37.-García de Alvarado, comendador de el Montijo.

 

38.-Luis de Alvarado, nuevo Hércules, de quien se escriben casos extraños de sus agigantadas fuerzas, casó en Trujillo.

 

39.-Alonso de Alvarado, capitán general de las islas de Canarias, donde murió peleando con los ingleses.

 

40.-Don Nuño de Alvarado, capitán de caballos, comendador de Puerto Marín, en la religión de San Juan.

 

41.-Gómez de Alvarado, conquistó y pobló la ciudad y provincia de Huánuco.

 

42.-El mariscal Garci González de Herrera, señor de la villa del Arroyo del Puerco y aldea el Conde.

 

43.-Rodrigo Mexía, señor de la villa y castillo del Cortijo, de quien desciende el marqués de la Guardia.

 

44.-García Contreras, del hábito de San Juan, comendador de El Final.

 

45.-El Inca Garcilaso de la Vega, capitán en la rebelión de Granada, escribió la vida y hechos del adelantado Hernando de Soto, conquistador de la Florida, los Comentarios Reales de los Reyes y reinos del Perú. Tradujo del toscano al español los Diálogos de León Hebreo.

 

46.-Su padre Garcilaso de la Vega y Figueroa, capitán y conquistador de aquellos dilatados reinos, que casó en el Cuzco con la Palla (o infanta) doña Isabel Yupanqui, hermana de Huayna Cápac, último rey de aquellas provincias.

 

47.-Juan de Vargas y Alonso de Vargas, capitanes y conquistadores de aquel imperio.

 

48.-Francisco Moscoso, fue de parecer que no se diese muerte al inca Atahualpa.

 

49.-Ruy Fernández Briceño, conquistador del Perú, fue alcaide y guarda de la persona del Inca, cuando le prendió Pizarro.

 

50.-Juan Núñez Sedeño y Hernando de Badajoz, poblaron la ciudad de Antequera, asiento del obispado de Yucatán.

 

51.-Gonzalo de Badajoz, famoso capitán en la conquista del Darién.

 

52.-Bartolomé González de Mendoza, caballero de la Orden de Santiago, comendador de Monesterio, y trece de la orden. Gozó después su mayorazgo doña Leonor de Mendoza y Figueroa, casada con don Fernando de Godoy Ponce de León, caballero de la orden de Alcántara, capitán de caballos en este ejército, teniente de maestre de campo general y gobernador de Valencia.

 

53.-Francisco Calderón, comendador de Usagre, en la orden de Santiago.

 

54.-Juan Méndez de Moscoso, comendador de Alcuéscar, de la misma orden.

 

55.-Diego de Vargas Machuca, maestre de campo y gobernador de Gibraltar.

 

56.-Su hijo don Juan de Vargas Machuca, corregidor de Cáceres y Plasencia.

 

57.-Sus nietos don Diego de Vargas, caballero de la orden de Alcántara y…

 

58.-Don Alonso de Vargas, de la orden de Santiago, capitanes.

 

59.-Don Francisco Freire, maestre de campo en Flandes.

 

60.-Francisco de Badajoz, coronel.

 

61.-El capitán Vargas, que lo fue en Flandes.

 

62.-El licenciado Juan Rodríguez de Mora, regidor de esta ciudad, corregidor de Zamora, de la merindad de Trasmiera y de la de Saldaña, del consejo de Su Majestad, oidor en Panamá, en Santa Fe y en la ciudad de La Plata. Manda en su testamento doscientas misas por los indios del Perú. Y contiene una cláusula de notable ejemplo: y porque en el uso –dice- y administración de los dichos oficios podré haber tenido algunas negligencias cono hombre, por descargo de mi conciencia, mando a Su Majestad los doscientos ducados que tengo de renta de pensión en cada un año sobre la ciudad de Sevilla. Fundó un razonable mayorazgo en las casas del Castillo y dehesa de los Fresnos y otras pensiones que después gozó don Pedro de Carvajal y Tovar, caballero de la orden de Calatrava y capitán de caballos de este ejército.

 

63.-Don Francisco Mateo Fernández Bejarano, gran médico y filósofo, escribió “De pulsibus, de Facultatibs Naturalibus, de Coctione et putredine, de Purgatione, de Metheoris y Noticia intuitiva de todas las Artes y Ciencias”.

 

64.-El doctor Santiago, protomédico del señor rey don Felipe II y…

 

65.-Su hijo, el padre Diego de Santiago, de la Compañía de Jesús, que murió en Filipinas, ahogado en el mar, por confesar un católico.

 

66.-De tiempos modernos, en el siglo XVII, son el doctor don Íñigo de Arguello Carvajal, caballero de la orden de Calatrava, consultor del Santo Oficio de la Inquisición, del Consejo de Su Majestad, fiscal y oidor en la chancillería de México. Acrecentó las rentas reales de aquel imperio en más de 400.000 ducados al año.

 

67.-Don Fernando de Arguello Carvajal, corregidor de la provincia Sinaloa, en Nueva España, capitán general de la Nueva México (sic).

 

68.-Don José de Arguello Carvajal, caballero de la religión de San Juan; nietos ambos de don Íñigo Arguello Carvajal, caballero de la orden de Santiago.

 

69.-Don Alonso de Vargas, capitán de caballos en Cataluña.

 

70.-Don Bernardino Morante de Silva, caballero de la orden de Calatrava, capitán de infantería y corregidor de La Coruña y Betanzos.

 

71.-Don Francisco de Moscoso, capitán de infantería en Cataluña, murió sobre Tarragona.

 

72.-Don Alonso Martel y Vargas, caballero de la orden de Santiago, corregidor de La Coruña, Ronda y Trujillo.

 

73.-Don Gonzalo Martel, su hijo, y de la misma orden, capitán de caballos de este ejército.

 

74.-Don García Martel, de la misma orden, teniente de maese de campo general.

 

75.-Don Miguel Martel de Mendoza, de la misma orden, capitán de caballos.

 

76.-Licenciado Rodrigo Moscoso de Chávez, oidor en Guatemala.

 

77.-Don Miguel de Mendoza, capitán de infantería.

 

78.-Don Gómez de la Rocha, caballero de la orden de Santiago, capitán de caballos.

 

79.-Don Antonio Cabrera de Chávez (capitán de infantería).

 

80.-Don Diego Cabrera, (capitán de infantería).

 

81.-Don Juan de Morales y Cabrera, digo Guzmán, (capitán de infantería).

 

82-83.-Don Gómez de Hoces y Moscoso, hijo de Lope de Hoces, caballero de la orden de Santiago, (capitán de infantería).

 

84.-Don Pedro de León y Rocha, caballero de la orden de Alcántara, (capitán de infantería)

 

85.-Don Pedro de León (capitán de infantería).

 

86.-Don Bartolomé de Alvarado (capitán de infantería).

 

87.-Y don Juan de Tovar, caballero de la orden de Santiago, todos capitanes de infantería.

 

88.-También lo han sido don Andrés de Chávez.

 

89.-Don Bartolomé Suárez.

 

90.-Don Juan de Andrade.

 

91.-Don Gómez de Solís Portocarrero.

 

92.-Don Juan de Chávez y Salto.

 

93.-Don Juan de Alvarado, sargento mayor.

 

94.-Don Baltasar de Tovar, auditor general del consejo de Su Majestad y alcalde del crimen en Granada.

 

95.-Don Nuño de Chávez y Figueroa, maestre de campo, hijo de…

 

96.-Don Francisco de Chávez Sotomayor, caballero de la orden de Santiago y procurador en Cortes.

 

97.-Don Pedro de Mendoza y Guevara, maestre de campo, y…

 

98.-Su hijo don García de Mendoza, caballero de la orden de Santiago, y sirvió en este ejército.

 

99.-Pedro de Ardila Guerrero, comisario general y…

 

100.-don Pedro de Ardila, su hijo, capitán de caballos.

 

101.-Francisco Guerrero, capitán de caballos.

 

102.-Don Enrique Silnera, capitán de caballos.

 

103.-Don Juan de Solís Portocarrero, corregidor de Medina del Campo, alcaide de Tarifa y gentilhombre de boca de Su Majestad.

 

104.-Licenciado Pedro del Álamo, alcalde mayor de esta ciudad, auditor de la artillería.

 

105.-Licenciado Mateo de Álamo, gobernador de Montánchez y Hornachos.

 

106.-F. Cana-baca, sargento mayor y gobernador militar de Piedrabuena.

 

107.-Don Salvador de Monforte, caballero del orden de Santiago, gobernador general de la caballería del real ejército de Cataluña.

 

108.-Don Juan de Alva Maraver, del mismo hábito, veedor general de dicho ejército, murió con merced de consejero de Guerra o Hacienda.

 

109.-Su hijo, don Juan Antonio de Alva, capitán de caballos.

 

110.-Don Antonio de Portugal, caballero del orden de Santiago, subalterno de capitán general de Ceuta y otros muchos.

 

 

ECLESIÁSTICOS:

 

Por el estado de la Iglesia hay los siguientes:

 

1.-En primer lugar San Atón, canónigo de esta iglesia y obispo de la de Pistoia.

 

2.-Don Alonso Manrique de Solís, arzobispo de Burgos.

 

3.-Don fray Fernando de Vera y Becerra, de la orden de San Agustín, obispo de Bujía, canónigo cardenal de Santiago de Galicia, gobernador del obispado de Badajoz, arzobispo de Santo Domingo, obispo del Cuzco y electo arzobispo de Lima.

 

4.-Don fray Tomás de Paredes, de la misma orden, provincial de Andalucía, obispo titular de Claudio, tesorero dignidad en la santa iglesia de Granada y obispo electo de Mondoñedo.

 

5.-Don Bernardino de León y la Rocha, colegial en el maestrazgo de Cuenca, inquisidor en Córdoba, Llerena y Sevilla, donde presidió autos de fe, del consejo de la Inquisición y obispo de Tuy y Coria.

 

6.-Don Juan de Mendoza y Guevara, canónigo de Santiago.

 

7.-Francisco Suárez Campos, canónigo en la misma iglesia.

 

8.-Don Alonso Pérez de la Cueva, canónigo penitenciario de Coria.

 

9.-Don Manuel Rodríguez, canónigo de Palencia.

 

10.-Simón Rodríguez Carvallo, canónigo de Palermo.

 

11.-Don Gonzalo Cabezas Altamirano, arcediano de Écija y canónigo de Sevilla. Labró y dotó la capilla de la Purificación con dos capellanías perpetuas, dejando por patrono al cabildo.

 

12.-Don Francisco Cabezas, tesorero de la iglesia de Granada.

 

13.-Don Fernando Cabezas, arcediano de la misma iglesia y…

 

14.-Juan Cabezas, canónigo de Badajoz y Granada, a un tiempo, todos hermanos los cuatro antecedentes.

 

15.-Licenciado Alonso Pérez de Vita, canónigo penitenciario de esta iglesia y fundador del colegio de la Compañía de Jesús de esta ciudad.

 

16.-Don Pedro de Hoces, racionero de la santa iglesia de Salamanca y capellán de honor del señor rey don Felipe III a quien vino sirviendo en la jornada que Su Majestad hizo a Portugal.

 

17.-Don Francisco Rodríguez Lindo, maestrescuela en la catedral de Tucumán.

 

18.-Don Rodrigo Verjano, canónigo en la catedral de Orense.

 

19.-Don Francisco Romo Pardo, canónigo magistral de Baza.

 

20.-Don José de Valvellido, colegial del mayor de Cuenca y canónigo magistral de Córdoba.

 

21.-Licenciado Pedro Ramos, tesorero y canónigo de Tuy.

 

22.-Don Antonio Gutiérrez, provisor y vicario general del arzobispado de Valencia.

 

23.-Licenciado don Diego Camacho, colegial en el mayor de Cuenca, canónigo magistral de esta iglesia de Badajoz, y electo arzobispo de Manila.

 

24.-Maestro fray Diego Calaborrano, de la orden de Santo Domingo, Provincial de Andalucía.

 

25.-Maestro fray Miguel Ruiz, de la orden de la Santísima Trinidad, provincial de la Andalucía, y de la misma orden el…

 

26.-Maestro fray Juan de Campo, predicador del rey.

 

27.-Fray Diego de Chávez, provincial de los Descalzos de San Gabriel.

 

28.-Fray Juan de Aldana, de los observantes de san Francisco, lector jubilado y calificador del Santo Oficio de la Inquisición.

 

29.-Julián Becerra de Alvarado, ejemplar de sacerdotes, escribió un libro célebre de casos morales que por los años de 680 conservaba original en su archivo don Íñigo Antonio de Argüello Carvajal, patrono de los capítulos provinciales que hace la provincia de San Gabriel en el convento de la villa de Brozas.

 

 

TALAVERA

 

1.-Son naturales de la villa de Talavera, el deán don Rodrigo Grajera, tesorero dignidad en esta iglesia catedral de Badajoz.

 

2.-Francisco Doblado Atienza, racionero entero y continuo del cabildo.

 

3.-El padre Maestro fray Bartolomé López, de la orden de san Agustín, predicador de su Majestad.

 

4.-El padre maestro fray Pedro de la Cruz, de la misma orden.

 

5.-Don Bernardino de Medina, sargento Mayor.

 

6.-Y el padre fray Juan de Talavera, de los descalzos de San Francisco, definidor, custodio y provincial.

 

 

SANTA MARTA

 

De esta villa de Santa Marta fueron naturales:

 

1.-El padre fray Alonso Romero, del Orden de Predicadores, provincial de Andalucía.

 

2.-Bartolomé Hernández Bueno, racionero en la santa iglesia de Orense y después en la apostólica de Santiago. Hizo una muy loable distribución de ochocientos ducados de renta que tuvo en diferentes obras pías que fundó.

 

3.-Y el licenciado Pedro Martínez Marchena, comisario del Santo Oficio, gobernador del estado de Feria y el primer arcediano de la colegial de Zafra.

 

ALBUERA

 

1.-Don Alonso Hormigo, arcediano de Jerez, racionero en esta iglesia y notario del Santo Oficio.

 

2.-Fray Blas Bastida, descalzo de la provincia de San Gabriel, que con celo de la salvación de las almas pasó de edad crecida a las Indias, después de haber sido guardián y definidor. Murió en La Habana en opinión de santidad.

 

3.-Y fray Antonio de la Albuera, de quien hace su crónica muy clara memoria.

 

ALMENDRAL

 

1.-Fray Alonso de Almendral, de la provincia de San Gabriel, varón de mucha oración y penitencia, acreditado entre los suyos de muy perfecto.

 

2.-Fray Pedro de Almendral, llamado “el santo discreto”.

 

3.-Don Juan Sánchez Verjano, gobernador de Pontremulo, en el reino de Nápoles.

 

4.-Don Antonio de Céspedes y Figueroa, que sin militar hizo en la guerra que a mediado del siglo antecedente se tuvo en estos confines, muy particulares servicios que Su Majestad, dándose por bien servido, le remuneró con algunas mercedes para su casa y descendencia.

 

SALVALEÓN

 

Fueron naturales de esta villa:

 

1.-Fray Juan de Salvaleón, cuyas virtudes engrandecen las crónicas de su orden.

 

2.-Fray Domingo de Salvaleón y…

 

3.-Fray Diego de Salvaleón, provinciales de la provincia de San Gabriel.

 

 

SALVATIERRA

 

1.-Don Juan Méndez de Salvatierra, arzobispo de Granada.

 

2.-Don Lope de Tordoya y Figueroa, caballero de la orden de Santiago, comendador de Azuaga, capitán de caballos, maestre de campo en este ejército, gobernador de las ciudades de Mérida, Jerez y Llerena, gobernador de Badajoz en lo político y militar, con título de general de artillería y murió del consejo de Su Majestad, en el de Guerra.

 

3.-Gómez de Tordoya, maestre de campo y uno de los conquistadores del Perú. Hace de él memoria el Inca Garcilaso en su Comentarios.

 

4.-Francisco de Trigo, canónigo en la catedral de Tuy.

 

5.-Padre fray Juan de Vargas, de la orden de San Francisco, provincial en la de San Miguel.

 

6.-Francisco de Salvatierra, alférez en Amberes y capitán en Orán.

 

7.-Su hermano Alonso de Salvatierra, capitán en Flandes.

 

8.-Padre fray Bartolomé Rodríguez, de la orden de San Gerónimo, fue uno de los intérpretes de las Láminas del Monte Santo de Granada.

 

9.-Fray Fernando de Chávez y Tordoya, de la orden de San Agustín y provincial de Andalucía.

 

 

MORERA

 

1.-El licenciado don Juan González Cid, oidor de Guatemala.

 

 

PARRA

 

Fueron naturales de la villa de la Parra:

 

1.-Alonso González, Caballero Meneses (a quien llaman el Caballero Viejo), tuvo por su hijo al doctor…

 

2.-Don Juan González de la Parra Meneses, protomédico del católico rey don Fernando, y viudo de doña Inés de Quiñones, su mujer, fue obispo de Almería.

 

3.-Su hermano, el comendador don Bernardino de Meneses, fue regidor de Toledo y de la cámara del emperador Fernardino, hermano del señor Carlos V. Casó en Alemania y fue barón de Xercebech (sic).

 

4.-Blas Caballero de Meneses, otro hermano, fue canónigo de Toledo.

 

5.-Fernando de Meneses, colegial del mayor de Valladolid, sobrino del antecedente, y en quien resignó la expresada canonjía de Toledo.

 

6.-Don Rodrigo de Quiñones, hijo del obispo, fue capitán en tiempo del señor emperador.

 

7.-Don Juan de Meneses, obispo de Guadix.

 

8.-Don Juan Diosdado Meneses, monje cartujo en las Cuevas, prior del Paular, visitador de los conventos de su orden en España. Fue muy estimado del señor rey don Felipe II, a quien hablaba con entereza y libertad cristiana, como manifiesta este lance: hallábase Su Majestad en su celda al toque de vísperas y resolviéndose el prior a ir al coro, le dijo el rey: no os vais prior, a que no puedo, señor, dejar de ir al coro porque sirvo a otro rey más poderoso que vos.

 

9.-Don fray Domingo de la Parra, de la orden de predicadores, murió electo obispo del Cuzco.

 

10.-Don Martín de Salas, obispo titular y maestreescuela de la catedral de Santo Domingo, en las Indias Occidentales.

 

11.-Gonzalo Fernández de la Puente, caballero de la orden de Santiago, secretario del rey de Hungría y embajador a Portugal. De él descienden los Marteles de Badajoz, los marqueses de Fuentes y otros caballeros.

 

12.-Luis de Moscoso Alvarado, maestre de campo de la conquista de La Florida. Fue hijo del comendador Alonso Hernández Diosdado y doña Isabel de Moscoso, y nieto de Juan de la Parra Diosdado, comendador de Bienvenida, en la orden de Santiago, y secretario de los señores Reyes Católicos.

 

13.-Licenciado Estévez, oidor en la audiencia de Santo Domingo, en las Indias.

 

14.-Don Gonzalo Ruiz de la Parra, familiar del pontífice Alejandro VI, protonotario apostólico, arcipreste de La Parra. Unió el beneficio simple de Zafra al arciprestazgo, fue canónigo de esta iglesia y arcediano en ella con título de la Parra, cuya dignidad comenzó y acabó en él.

 

15.-Don Juan de Castro, arcediano de Jerez.

 

16.-Pedro González de la Parra, canónigo de esta iglesia.

 

17.-Don Francisco de Zevallos, arcediano titular y canónigo de la misma.

 

18.-Don Juan de Zevallos, su hermano, protonotario apostólico, maestreescuela en esta iglesia.

 

19.-Juan de Fromesta Zevallos, otro hermano, capitán y gobernador de Urbino.

 

20.-García de Vera Zevallos, otro hermano, sirvió al señor emperador en Flandes y volviendo a España con merced de hábito de Santiago murió en Madrid antes de recibirlo.

 

21.-Fray Lorenzo González, de la orden de San Francisco, comisario y custodio de la provincia de los Zacatecas.

 

22.-Fray Francisco de la Parra, de la orden de San Agustín, provincial de Castilla y varón de grandes talentos.

 

23.-Licenciado Juan Becerra, hijo del doctor Juan Becerra Moreno, protomédico del señor rey don Felipe II, colegial mayor de San Bartolomé, abad de Palermo, inquisidor de Sicilia y visitador de la inquisición de Barcelona.

 

24.-El doctor Juan Ortiz de Salvatierra, colegial de Santa María de Jesús de Sevilla, racionero en la iglesia de Málaga, comisario del Santo Oficio y visitador general del arzobispado de Granada. Escribió un libro de exorcismos y un Tratado de la campaña de Vililla.

 

25.-Licenciado Salvador Ortiz de Salvatierra: escribió sobre el derecho del arciprestazgo de su patria, y su eclesiástica jurisdicción, fue hermano del antecedente.

 

26.-Gómez Hernández de Solís y Figueroa, señor de Salvatierra, vivió y murió en La Parra, en sus casas, que para ello fabricó.

 

 

FERIA

 

1.-Don fray Pedro Ruiz, llamado de Feria, de la orden de Santo Domingo, provincial de México y obispo de Chiapas.

 

2.-Fray Pedro Guerrero, de la misma orden, presentado a la provincia de Andalucía y calificador de la Inquisición de Sevilla.

 

3.-Fray Francisco de Guzmán, de la orden de San Francisco, lector jubilado, provincial de la observancia de San Miguel, Comisario episcopal de la orden y de las Indias, confesor de la emperatriz María, hermana de Felipe II.

 

4.-Fray Bartolomé Guerrero, lector jubilado, calificador de Santo Oficio y Provincial en la de San Miguel.

 

5.-Otro fray Bartolomé Guerrero, de la misma patria, religión y empleos que el antecedente.

 

6.-Fray Miguel Diosdado, varón de gran talento y maduro juicio en el gobierno provincial, tres veces en dicha provincia.

 

7.-Bartolomñe Suárez, gran soldado y teniente de castellano en Milán.

 

8.-Maestro fray Pedro de San Nicolás, de la orden de San Agustín, gran predicador.

 

9.-Bartolomé Gómez Cordero, canónigo en esta iglesia.

 

10.-Don Pedro de Torrado y Guzmán, ingenio feliz del siglo antecedente, contador de administraciones y propios del consulado de Sevilla y comercio de Indias y secretario del gobierno del mismo tribunal. Dio a la estampa en octavas heroicas la Vida de Cristo y el Misterio de la Concepción Purísima de su Santísima Madre.

 

ZAFRA

 

Ilustraron con su nacimiento y honores a esta antiquísima de Zafra, los sujetos siguientes:

 

1.-El gran cardenal de España, don Pedro González de Mendoza, con los demás señores de su casa.

 

2.-Fernando de Zafra, fue secretario de los señores Reyes Católicos, con cuyas majestades se halló en la conquista de Granada. Hicieronle merced de una casa real de los moros en que se labró después el convento de la Reina con título de Santa Isabel. Fue señor de la villa de Castril, que gozan sus descendientes. Había sido secretario del señor rey don Enrique IV y después lo fue de la señora reina doña Juana y del Consejo de Guerra. La señora Reina Católica le nombró y encargo, con otros dos personajes, el cuidado y gobierno de Granada, y fue el que con especial comisión dispuso el zacatín con sus tiendas y tratos como hoy los tiene.

 

3.-Pedro de Valencia, fue eminente en letras humanas, y crosnista del señor rey Felipe III.

 

4.-Su hijo don Melchor de Valencia, llegó a ser del Consejo Real de Castilla.

 

5.-El padre Juan Maldonado, de la Compañía de Jesús, escritor insigne y hombre de suma erudición y humildad.

 

6.-El licenciado Alonso Ramírez de Prado, gran jurista y el que a voto de muchos, escribió mejor que todos el derecho que tenía a Portugal el señor rey don Felipe el Prudente, quien satisfecho de este servicio, le dio luego plaza en Navarra, con la fiscalía del Consejo de Hacienda, desde el cual pasó al de Castilla.

 

7.-Su hijo don Lorenzo Ramírez de Prado, caballero de la orden de Santiago, varón de muchas prendas, noticias y estudios. Pasó por empleos grandes al supremo de justicia. Escribió, siendo del Consejo colateral de Nápoles “Theseram Legum” y otro tratado “De officio Consiliaris”. En Madrid los siguientes: “Comentos a Marcial”, “El Penthecontarche”, “Notas al conmonitorio de San Oriencio”, “De liberalibus Estudiis”, “Comentos a Luitprando, onispo de Cremona”, “Notas a Julián Pérez Barroso, arcipreste de Santa Justa de Toledo”, “Consejo y Consejeros de Príncipes”, “Dificultad de el traducir”, “Decisiones ventilatarum litium”, otro “In tres posteriores libros códicis”, otros cuatro libros ·De erudición profana y sagrada”, una carta muy discreta al doctor Cristóbal Medrano, catedrático de medicina en Salamanca, explicando una sentencia de Plinio, que dice: “Est aliquis morbus per sapientiam mori”. Fue embajador al rey cristianísimo Luis XIII, en cuyo encargo lucieron mucho su juicio, letras y capacidad grande, siendo por todo muy estimado de naturales y extranjeros.

 

8.-Don fray Marcos Ramírez de Prado, hermano del referido don Lorenzo, de la orden de San Francisco, fue obispo de Michoacán y murió electo arzobispo de México. Labró una capilla suntuosa en el noviciado de la Compañía de Jesús de Madrid, intitulada del Sacramento, y es la primera y más preeminente, al lado del evangelio.

 

9.-Otro hermano, don Alonso Ramírez de Prado, del Consejo de Hacienda, regente de Sevilla, del Consejo de Indias y su cámara.

 

10.-Doctor don Francisco Machado de Chávez, arcediano de Santiago de Chile, comisario del Santo Oficio y de la Santa Cruzada y provisor de su obispado.

 

11.-Don Juan Machado de Chávez, deán de la catedral de Trujillo, autor de “La Summa”, que corre en dos cuerpos, con afirmación común, y obispo electo de Popayán.

 

12.-Doctor don Pedro Machado de Chávez, oidor en la audiencia de Chile, todos tres fueron hijos del licenciado Hernando Machado, oidor en Chile, y doña Ana de Chávez, natural de Llerena.

 

13.-Licenciado Alonso Pérez de Andrade, chantre en la catedral de Tlaxcala, dejó un patronato para sus deudos.

 

14.-El maestro fray Pedro Ramírez, del orden de San Agustín, provincial de Andalucía.

 

15.-Los padres fray Diego Jaramillo y…

 

16.-Fray Andrés de Zafra, provinciales en la descalcez de San Gabriel.

 

17.-Fray Francisco de Zafra, de la orden observante de San Francisco, Provincial tres veces en la de Santiago.

 

18.-Don Gómez de Figueroa, obispo de Cádiz y electo de Segovia.

 

19.-Don García de Figueroa, de la orden de Santiago, comendador de Villafranca y gentilhombre de Cámara del señor rey don Felipe II.

 

20.-Fray Gabriel de Ribera, de la orden de San Francisco, provincial en la de San Miguel, compuso un libro de sermones.

 

21.-Fray Francisco Montiel, provincial dos veces en la misma provincia.

 

22.-Fray Juan Bautista Montalegre, lector jubilado, vicario provincial y provincial después en la misma provincia, calificador del Santo Oficio de la Inquisición y visitador de la provincia de los Algarbes.

 

23.-Don García de Silva, corregidor de Badajoz y embajador a Pérsico en el año de 1614 y, volviendo de su embajada, murió en Lisboa. Dotó una capellanía en el convento de San Francisco de dicha villa, su patria, y dejó muchas limosnas a sus hospitales.

 

24.-Álvaro de Sepúlveda, caballero de la orden de Santiago.

 

25.-Frey Gómez de Maraver, comendador en ella.

 

26.-Hernando de Guillade, capitán.

 

27.-Don Gonzalo Jaramillo de Andrade, caballero de la orden de Santiago.

 

28.-Don Alonso Ramírez Ponce, racionero en la santa iglesia de México y capellán del señor rey don Carlos II.

 

 

BODONAL

 

1.-Fray Benito del Bodonal, religioso perfectísimo, y gran imitador de su seráfico patriarca; ayunaba sus siete cuaresmas y los viernes y sábados del año a pan y agua. Vivió en la religión ochenta años, y los de su edad llegaron a 105.

 

2.-Fray Juan del Bodonal, lego, muy ejercitado en virtudes y excelente en la caridad con los pobres. Después de muchos años difunto, hallaron su cuerpo entero y reciente.

 

3.-Fray Juan de San Miguel, en la misma seráfica provincia de San Miguel que murió en el convento de Zafra, con crédito de santidad.

 

 

VILLAGARCÍA

 

Fueron naturales de esta villa:

 

1.-El eminentísimo cardenal Silíceo, Arzobispo de Toledo y su sobrino…

 

2.-Don Francisco Silíceo, abad de Santa Leocadia, dignidad y canónigo en la iglesia primada. El primero costeó y dotó con seis capellanías de renta competente en la parroquia de dicha villa, al lado de la epístola, donde habiendo dotado otra capellanía se mandó enterrar el segundo, su sobrino referido.

 

 

FREGENAL

 

Naturales de Fregenal han sido los siguientes:

 

1.-Alonso de Paz, cuyo testamento fue tan cristiano y bien dispuesto que el señor rey don Felipe II gustó de leerle. En él declara que tenía de renta seis cuentos cuatrocientos y treinta mil maravedís que hacen ciento ochenta y nueve mil ciento diecisiete reales castellanos y veintidós maravedís. Fundó con ellos el colegio de la compañía y el convento de la paz, con otras obras de piedad, a conveniencia de sus parientes y patricios.

 

2.-Su nieto don Alonso de Paz, caballero de la orden de Santiago, colegial de la real universidad de Granada, caballerizo de la reina y patrono de todas sus memorias.

 

3.-El padre fray Francisco de Fregenal, descalzo y…

 

4.-El siervo de Dios fray Francisco de Santiago, observante de San Francisco, bien celebrados en las crónicas.

 

5.-Don Francisco Rodríguez, deán de la catedral de Michoacán. Fundó cuatro capellanías que se sirven en su patria.

 

6.-Licenciado Juan Pérez Garrido, canónigo en la colegial de Jerez de la Frontera. Dejó para sus parientes una obra pía.

 

7.-Licenciado Juan Martínez de Villalobos, canónigo de Sevilla. Fundó otras obras pías.

 

8.-Fray Francisco Peña, lector jubilado en la orden de San Francisco y Provincial en la de San Miguel.

 

9.-Doctor don Diego de Olmedo y Liaño, colegial en Santa María de Jesús de Sevilla y canónigo doctoral en esta iglesia. Fundó dos capellanías para sus parientes.

 

10.-Doctor don Fernando de Paz Fajardo, colegial de la real universidad de Granada, provisor de este obispado y del de Coria, capellán de Su Majestad en la Real capilla de Granada, canónigo de la colegial de Antequera y prior en la catedral de Guadix.

 

11.-Don Francisco Fajardo, visitador del arzobispado de Sevilla y calificador del Santo Oficio de la Inquisición.

 

12.-Don Lucas Fajardo Melgarejo, corregidor de Ayamonte y alcalde de la justicia de Sevilla. Pasó al estado eclesiástico y fue visitador general de este obispado my gobernador del estado de Medina Sidonia.

 

13.-Don Alonso de Sotomayor, sargento mayor

 

14.-Don Francisco Carvajo de Prado, familiar del Santo Oficio y capitán de caballos.

 

15.-Juan Mateos Candilejo, capitán de infantería.

 

16.-Licenciado don García Bazán, comisario general y superintendente de las rentas reales de esta provincia, del Consejo de Su Majestad en la audiencia de Sevilla, corregidor de Badajoz y presidente de Granada, año de 1701.

 

17.-Su hermano don Juan Bazán, alcalde de corte, del Consejo Real de Hacienda y enviado extraordinario a la República de Génova.

 

18.-Don Alonso de Amaya, auditor de infantería y teniente de comisario general en este ejército.

 

19.-Don Alonso de Castilla Tinoco, corregidor de Tarifa.

 

20.-Padre Francisco de Figueroa, de la Compañía de Jesús, visitador de las provincias de México. Volviendo a España tuvo el puesto de asistente en Roma y, concluido con desempeño este preeminente encargo, enriqueció el colegio de su patria con insignes reliquias, y entre ellas las preciosísimas de una espina de la corona de nuestro redentor Jesucristo y un pedazo del Lignum Crucis.

 

21.-Padre fray Melchor de San Lorenzo, de la orden de San Gerónimo, había estudiado en Salamanca los sagrados cánones y, graduado en ellos, vistió la beca en el mayor de Cuenca y dejándolo todo por Dios, trató de retirarse a la religión.

 

22.-El eruditísimo Benedicto Arias Montano, conocido por sus escritos en toda Europa y en toda la iglesia. De la orden de Santiago y capellán de honor del señor rey don Felipe el Prudente. Estudió gramática, artes y teología en Sevilla, perfeccionose y tomó grado de doctor en Alcalá, y adquirió perfectamente las lenguaas hebrea, griega, siria y arábiga. Hallose con don frey Marín Pérez de Ayala, obispo de Segovia en el santo Concilio de Trento, cuyos padres hicieron estimación de su literatura, erudición y noticias. Sacole el rey del retiro que había elegido, junto a Aracena de Sevilla, no muy distante de su patria, para que asistiese en Flandes con otros varones que Su Majestad había escogido de suma erudición para hacer una Biblia Regia. Perfeccionada, Su Majestad le gratificó este trabajo con dos mil ducados de renta en pensiones y la encomienda de Nuestra Señora de Tudía que, dicen, incorporó y perpetuó en los conventuales de Santiago de Sevilla. Y siendo prior en su convento, murió en 1 de junio de 1611. Allí dejó su librería y en la Cartuja sus alhajas. Instituyó una cátedra en Nuestra Señora de los Ángeles, sierra de Aracena. No bebió vino ni comía más de una vez al día y era por la noche. Los días de fiesta, sin interrumpir sus estudios, se divertía en hacer versos, en que fue copioso y elegante, y aun tradujo en metro latino los salmos de David. Comentó los doce profetas, Isaías, los Actos de los Apóstoles, el Apocalipsis, los Jueces, Josué. Elucidó loss cuatro evangelios, escribió nueve libros de las antigüedades judaicas, historia del linaje humano, de la vida de Cristo, idiotísimos hebreos, con otras cosas de curiosidad, figuras de ambos testamentos, la Pasión de Cristo, cuatro libros de himnos y poesía sagrada, cuatro libros de retórica, índice correctorio de libros, aforismos sacados de Cornelio Tácito. Supo sobre las referidas lenguas toscana, francesa, alemana, flamenca, inglesa y otras. Escribió otras obras que alega el erudito don Nicolás Antonio en su Biblioteca Hispana.

 

HIGUERA

 

1.-Don Francisco de Ávila, caballero de la orden de Santiago y alguacil mayor de la Inquisición de Lima.

 

BURGUILLOS

 

Naturales:

 

1.-Alonso Hernández Fernández de Segura, canónigo de la Santa Iglesia de Salamanca y fundador del convento de monjas que hay en dicha villa y de otras obras pías.

 

2.-Don Cristóbal de Mesa, maestreescuela en esta iglesia catedral.

 

3.-Miguel de Mesa

 

4.-Hernando de Mesa y…

 

5.-Francisco de Mesa y Segura, todos canónigos en Badajoz.

 

6.-Francisco de Toro, canónigo de Coria.

 

7.-Pedro Tinoco, racionero de Toledo y…

 

8.-Fray Francisco, de los Descalzos de San Francisco, provincial en la de san Gabriel.

 

 

JEREZ

 

1.-Don Alonso de Vargas, capitán general en Aragón.

 

2.-Don Juan de Silva, gobernador y capitán general en Filipinas.

 

3.-Don Gabriel de Silva, de la orden de San Juan, gobernador de la isla de Ternate.

 

4.-El capitán Pedro Rosado.

 

5.-Licenciado Sotomayor, colegial de Cuenca.

 

6.-Doctor Valcárcel, alcalde de corte en Granada y Valladolid.

 

7.-Don Agustín de Silva, gobernador de Puerto Rico, caballero de la orden de Alcántara y familiar del Santo Oficio de la Inquisición, hermano de…

 

8.-Don Fernando de Silva y Figueroa, alcalde mayor perpetuo de Jerez.

 

9.-Don Juan de Silva y Figueroa, su hijo, caballero de la Orden de Santiago.

 

10.-Don Antonio de Laguna, de la orden de Alcántara, y comendador de Piedrabuena.

 

11.-Baltasar Bravo de Lagunas, caballero de la Orden de Santiago.

 

12.-Don García de Porres y Silva, colegial del maestrazgo de Cuenca, caballero de la orden de Santiago, catedrático de Vísperas de Cánones en la universidad de Salamanca y del Consejo Real de Castilla. Su hermano…

 

13.-Don Pedro de Porres, de la misma orden, corregidor de Logroño y Écija.

 

14.-Licenciado don Fernando de Alor, inquisidor apostólico en el tribunal de Llerena.

 

15.-Don Pedro Baltasar de Vargas y Mexía, caballero de la orden de Santiago y colegial del mayor de Cuenca.

 

16.-Don García de Porres, caballero de la orden de Santiago, y capitán de caballos de este ejército.

 

17.-Fray Alonso Pacheco de la orden de San Francisco, comisario en Indias y provincial en la provincia de Santiago.

 

18.-Fray Diego Enríquez, de la misma orden, provincial en la de San Gabriel.

 

19.-Fray Diego Blanco, provincial en la misma provincia.

 

20.-Fray Pedro Ardila, de los mismos descalzos, varón que pondera su crónica de muy virtuoso.

 

21.-Licenciado Francisco de Chávez, familiar del Santo Oficio de la Inquisición, provisor de este obispado, abad de la colegiata de Zafra.

 

 

HIGUERA DE VARGAS

 

1.-El padre Pedro Gómez, de la Compañía de Jesús, cumplido a satisfacción de sus superiores el encargo de fundar en las islas Terceras un colegio, pasó de ellas, conseguida la licencia, y encendido en ardiente celo de la mayor gloria de Dios y bien de las almas, al Japón, donde con copiosísimos frutos espirituales que cogió de ellas, y de la suya en dieciséis años que cultivó sus conciencias con su admirable dirección y publicación de la Divina palabra, siendo en los diez últimos años superior y vicario provincial de todos aquellos celosos y apostólicos obreros. Murió en el de 1600.

 

2.-Don Alonso de Alvarado y Tordoya, canónigo de esta Iglesia.

 

3.-Fray Andrés de la Higuera, murió con opinión de santidad, como lo refiere la crónica de su provincia descalza de San Gabriel libro 3º, cap. 31.

 

 

SERPA

 

1.-Don fray Francisco Cuaresma, de la orden de San Francisco, provincial de los Algarbes, obispo de Tanger y Ceuta y…

 

2.-Don fray Antonio de Serpa, de la misma orden, de la provincia descalza de la Piedad, obispo de Cochin en el oriente.

 

3.-San Proculo y…

 

4.-San Hilarion Mártires, como lo acuerda con otros graves anticuarios el Martirologio Romano, en 12 de julio.

 

MORA

 

Fueron naturales de esta villa:

 

1.-San Julián que en la persecución de Domiciano con Dativo, Vicencio, Esteban, Máximo y otros veinticinco compañeros padeció martirio en Aguas Quincianas de Galicia, a 27 de enero del año 95 primero del santo pontífice Anacleto.

 

2.-Don fray Baltasar Limpo, arzobispo de Braga, y…

 

3.-Fray Juan Méndez, de la orden de San Francisco, provincial en la de San Miguel.

 

 

VILLANEVA DEL FRESNO

 

1.-Don Pedro Portocarrero, hijo de don Pedro Portocarrero y doña Juana de Cárdenas, marqueses de Villanueva, obispo de Ciudad Rodrigo, y pasó al arzobispado de Granada, aunque murió sin haber entrado en su iglesia, año de 1526.

 

2.-Otro de los mismos nombres y casa, obispo de Cuenca, año de 1599.

 

 

OLIVA

 

1.-El doctor Francisco Matamoros, gran médico, catedrático de medicina en la universidad de Osuna, y de la cámara del señor rey don Felipe IV.

 

2.-Fernando Antonio de Boza, capitán y familiar del Santo Oficio.

 

3.-Martín Vázquez Montiel y…

 

4.-Francisco Montiel, capitanes en el descubrimiento de las Indias.

 

5.-Don Bartolomé García Cordero, canónigo del Sacromonte de Granada, magistral de Badajoz, confesor del Real convento de la Encarnación de Madrid y calificador del supremo Consejo de la Inquisición. Murió de edad de 47 años.

 

 

ALCONCHEL

 

1.-Fray Francisco de Alconchel, provincial de la Piedad, reino de Portugal, y uno de los primeros fundadores de la provincia.

 

2.-Fray Pedro de Alconchel, provincial en la de San Gabriel.

 

3.-Fray Francisco de Molina, en la misma provincia y…

 

4.-Fray Alonso de Alconchel, todos franciscanos descalzos, de cuyos grandes talentos y virtudes hacen memoria las crónicas de dichas provincias.

 

 

VILLANUEVA DE BARCARROTA

 

1.-El adelantado Hernando Méndez de Soto, conquistador del Perú, gobernador y capitán general de la Florida, caballero de la Orden de Santiago; hombre tan grande y de hechos tan heroicos que hay libros enteros de sus empresas.

 

2.-Fray Luis de Soto, de la Orden de Santo Domingo, conquistador espiritual de aquellos indios.

 

3.-Fray Gonzalo Venegas, de la orden de San Francisco, lector jubilado y custodio y definidor de la provincia de San Miguel y calificador del Santo Oficio de la Inquisición.

 

4.-Licenciado Gonzalo Mexía Lobo, fiscal de la inquisición de Cuenca e inquisidor de Canarias y México, donde murió en 17 de octubre de 1627. Declaró en su testamento ser hijo de Pedro Mexía Méndez y (de) doña Beatriz González Lozano, vecinos de Barcarrota, y manda que sus sucesores sean trasladados a la capilla que fundó.

 

5.-El capitán Jorge Mexía, su hermano, en dicha villa.

 

6.-Don Pedro Mexía, canónigo de esta iglesia de Badajoz.

 

7.-Francisco Pérez de San Juan, Caballero de la Orden de Santiago, capitán de caballos en este ejército.

 

8.-El siervo de Dios fray Diego Milano, cuyas virtudes realza mucho la crónica de su orden.

 

9.-Fray Diego de San Nicolás, provincial de los Descalzos de San Gabriel, hombre verdaderamente celoso de la perfección y pureza de su instituto.

 

10.-Fray Lorenzo de Villanueva, de la misma provincia, varón penitente y que impelido del celo de la salvación de las almas pasó a las Indias.

 

11.-Isabel López, murió en opinión de mucha santidad.

 

 

OLIVENZA

 

Ha tenido esta villa (hoy de Portugal, y obispado de Yelves) muchos hombres ilustres en paz y en guerra. Y sus iglesias están llenas de sepulcros, inscripciones y memorias de nobles en calidad y oficios. De ella fue alcalde mayor Pedro Rodríguez de Fonseca por los años de 1384 a quien la reina doña Leonor Téllez de Meneses casó con doña Inés Téllez Botello, su dama y parienta. Fue señor de Mora, Fresneda, Castel, Rodrigo, Odemira, Saufel, Montalegre y San Román. Dejolo todo por seguir el partido de Castilla, en las pretensiones del maestre de Avis. En Castilla mle hizo el señor rey Juan I su aposentador mayor y guarda mayor de su persona y le dio las tercias de Badajoz que hoy gozan sus descendientes con la investidura de la merindad del Algarbe y villa de Alterdochaon, si se ajustase aquel derecho, pero la batalla de Aljubarrota quitó el logro de la posesión de aquellos estados.

 

 

VALVERDE DE BADAJOZ

 

1.-Fray Juan de Valverde, corista en la provincia de San Gabriel, murió mozo de mucha orden y pureza y…

 

2.-El siervo de Dios fray Juan de Cabrera, de la misma provincia, de cuyas virtudes escriben muchos los autores de su religión.

 

 

TELENA

 

1.-El siervo de Dios fray Domingo de Telena, descalzo de la provincia de San Gabriel, de cuyas virtudes trata su crónica, fol. 17.

 

 

CAMPOMAYOR

 

Fueron naturales de esta villa que pasó de este reino y obispado al de Yelves en Portugal.

 

1.-Don Alonso Mexía, obispo de Leiria, Lamego y Coimbra y…

 

2.-El padre Amadeo y su hermana la viuda, doña Beatriz de Silva.

 

 

ALBURQUERQUE

 

1.-Don fray Bernardo de Alburquerque, obispo de Chiapas.

 

2.-Don fray Juan de Alburquerque, obispo de Goa.

 

3.-Fray Juan Bejarano, de la orden de San Gerónimo, predicar del señor rey don Felipe II.

 

4.-Don Francisco de Amaya, tesorero dignidad en esta iglesia.

 

5.-Fray Agustín de Alburquerque, de la orden de San Agustín, provincial de Filipinas.

 

6.-Fray Bartolomé de Alburquerque, descalzo de San Francisco y provincial.

 

7.-Fray Diego de Alburquerque, mínimo de San Francisco de Paula, provincial de Andalucía.

 

8.-Don Juan Alonso Bustamante, caballero de la orden de Santiago, gobernador y capitán general de la provincia de Arequipa.

 

9.-Licenciado Gómez Hidalgo, del Consejo de Su Majestad, fiscal en la audiencia de Guatemala.

 

10.-Pedro Gómez de Espinosa, fundó una obra pía para casar huérfanas.

 

11.-Don Diego Sarmiento, caballero de la orden de Santiago, señor del Valle de las Hachas, en Galicia. Dio felices partos de su ingenio en verso y en prosa.

 

12.-Bartolomé del Pilar, comendador en la orden de Jesucristo.

 

13.-Don Pedro de la Rocha, capitán de caballos corazas en este ejército.

 

14.-Don Francisco de la Rocha, caballero de la orden de Santiago, su hijo.

 

15.-Doctor don Juan de Bustamante, maestreescuela y canónigo en esta iglesia y notario del Santo Oficio de la Inquisición.

 

16.-Licenciado don Feliciano Gallego de Frías, gobernador de Brozas y Castro Torafe.

 

17.-Licenciado don Pedro de Meneses, oidor en Lima.

 

18.-Licenciado don José Tello de Meneses, oidor en Santo Domingo y Guadalajara, alcalde de corte en México y oidor de Chile.

 

19.-Don Martín de Rojas y Durán, capitán de infantería.

 

20.-Francisco Martínez, capitán de caballos en este ejército.

 

21.-Pedro de Alburquerque, racionero en la santa iglesia de Sevilla

 

 

ROCA

 

1.-El reverendísimo padre fray Diego de Cáceres, del orden de San Gerónimo, lector de teología en Salamanca y general de su religión. Varón muy docto y virtuoso. Escribió muchas y lucidas materias escolásticas y expositivas.

 

2.-Fray Alonso del Manzanete, de la provincia de San Gabriel, de cuyas selectas virtudes trata su crónica, fol. 526.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Introducción y transcripción)

Etiquetas: , , , , , ,

20160127201000-fb4h.jpg

        El vizcaíno Rodrigo de Portuondo fue uno de los mejores marinos de los que dispuso España en el primer tercio del siglo XVI. Estuvo al frente de la armada real de galeras desde 1523 y mantuvo infinidad de combates en la defensa de las costas mediterráneas, frente a los ataques berberiscos y turcos.

         En 1529 encontramos un hecho especialmente desgraciado, pues, se produjo la derrota de la Armada Real de Galeras a manos del corsario turco Hardín Cachadiablo, en aguas de Formentera. Se trataba de un bandido al servicio de Barbarroja que disponía de más de una decena de fustas y galeotas, bien pertrechadas por los turcos. Fueron famosos sus ataques a villas costeras de Valencia, Baleares y Cataluña, aunque su victoria más sonada fue contra el malogrado Rodrigo de Portuondo, como veremos a continuación.

         Teniendo en cuenta que la escuadra corsaria era muy superior, de quince fustas, el hijo del capitán general Domingo de Portuondo recomendó a su progenitor que evitara el combate. Rodrigo de Portuondo, pensó equivocadamente que su vástago mostraba falta de valor cuando, en realidad, no se trataba más que de simple cordura. Sea como fuere, lo cierto es que “se airó y le dijo que no era su hijo, pues temía cobardemente aquellas fustillas y bergantinejos de ladrones, que sólo él con su galera los echaría a hondo” (López de Gómara 2000: 132). Entonces salió en persecución de sus enemigos que, sintiéndose muy superiores en número, se volvieron contra sus perseguidores y le infligieron una severa derrota. Cerca de Formentera, en las islas Baleares, junto al islote de Espalmador, se desencadenó la derrota, un 25 de octubre de 1529.

         Como buen guerrero, Rodrigo de Portuondo perdió la vida en combate, luchando contra los enemigos. ¡El viejo capitán pretendió dar una lección de valentía a su hijo, pero muy al contrario éste se la dio a él de sensatez, una sensatez que no le pudo salvar la vida! No mucho mejor le fue al pobre de Domingo de Portuondo, otro valiente marino, pues fue apresado y enviado a Constantinopla, donde unos meses después, ya en 1530, fue condenado a morir empalado.

         Tras ser derrotada y casi destruida la armada de galeras, la costa española quedó durante algunos años desguarnecida frente a los ataques berberiscos y turcos. El Emperador lamentó profundamente la derrota de su capitán de las galeras, pero mucho más los pueblos de la costa mediterránea que, desde entonces, se encontraron más desprotegidos frente a los corsarios.

 

PARA SABER MÁS

 


FERNÁNDEZ DURO, Cesáreo (1972): Armada española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Madrid, Museo Naval.

 

LÓPEZ DE GÓMARA, Francisco (2000): “Guerras del mar del Emperador Carlos V” (Estudio y edición de Miguel Ángel de Bunes Ibarra y Nora Edith Jiménez). Madrid, Sociedad Estatal para la conmemoración de los centenarios de Felipe II y Carlos V.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Las Armadas Imperiales. La guerra en el mar en tiempos de Carlos V y Felipe II”. Madrid, La esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “El sistema naval del imperio español. Armadas flotas y galeones en el siglo XVI”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2015.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

20160122202849-index.png

        La historia de Cataluña está íntimamente ligada a la de España, al menos en los últimos cinco siglos. Hace algunos años me llamó la atención el dato de un paisano mío, carmonense, que ostentó el cargo de presidente de la Generalitat, entre 1677 y 1680. Se trataba de Alonso de Sotomayor, que había llegado a la Ciudad Condal varios lustros antes con el cargo de obispo.

Desde entonces siempre he estado pendiente por si me salía algún dato sobre este carmonense que ostento el máximo poder de la Generalitat. Los Sotomayor constituían un viejo linaje gallego que emigró a Andalucía durante la Reconquista. Muchos de sus miembros ostentaron hábitos de órdenes militares, tanto de Alcántara, como de Santiago, Montesa y Calatrava. En Carmona los encontramos afincados, al menos desde el siglo XV, formando parte de la oligarquía local. Asimismo, ostentaron cargos de gran relevancia como la alcaldía mayor de la ciudad y otros la capitanía perpetua. El primero de los cargos era, ya en el siglo XV, más honorífico que efectivo pero que les daba derecho a percibir un salario y, lo más importante, podían participar en los cabildos con voz y voto. La capitanía perpetua, en cambio, era un oficio activo, muy activo y de mucha responsabilidad, pues tenía como misión reclutar, adiestrar y acudir al combate junto a las milicias locales. Algunos de estos capitanes perdieron su vida en combate. Además, la Corona daba mucha importancia al cargo, pues, la seguridad del reino dependía de la colaboración de los concejos, tanto económicamente como en el apresto de las milicias. Máxime en tiempos de guerra, como las de Granada y Francia.

        Los Sotomayor obtuvieron la capitanía por un privilegio otorgado por el rey Juan II, probablemente tras participar en la célebre batalla de la Higueruela a las órdenes de Pedro Niño y del condestable don Álvaro de Luna. Sería de uno de esos más de un millar de caballeros que, desde marzo de 1431, estuvieron practicando el pillaje en la vega de Granada. Hacía 1540 ostentaba la capitanía Hernán o Fernán Gómez de Sotomayor, que entonces tenía solo dieciséis años, mientras que en 1582 encontramos a Alonso de Sotomayor como capitán perpetuo de Carmona.

        El Alonso de Sotomayor, objeto de estas líneas nació en Carmona en la primera década del siglo XVII, siendo sus padres don García de Sotomayor, hermano menor del capitán perpetuo de Carmona, y de doña Beatriz Castellanos. El futuro prelado tuvo una hermana, llamada Marina de Saavedra que se desposó con el regidor de la villa Fernando de Rueda. Fue arzobispo de Oristán, en la isla de Cerdeña y, desde 1663, obispo de Barcelona. Catorce años después le cupo el honor de alcanzar la presidencia de la Generalitat, tras el cese de su antecesor Esteve Mercadel i Dou. Durante tres años estuvo al frente de la máxima institución política catalana, sustituyéndole desde 1680 Josep Sastre i Prats. Dos años después, exactamente el 20 de junio de 1682, fallecía en la Ciudad Condal el citado prelado que debía tener en esos momentos más de setenta años.

Alonso de Sotomayor fue en su momento el segundo andaluz en presidir dicha institución, pues Luis Tena la encabezó entre 1617 y 1620 y era natural de Guadix. De todos los presidentes hasta nuestros días solo catorce nacieron fuera de Cataluña, tres de ellos en Andalucía, contando al actual presidente Montilla, natural, como es bien sabido, de Córdoba. Y esta historia, aunque sea anecdótica es mi pequeña contribución a la historia de una comunidad autónoma tan singular como querida, Cataluña,

 

 

 

PARA SABER MÁS:

 

“EL CURIOSO CARMONENSE” (Manuscrito del siglo XVIII editado por Antonio Lería en Carmona, S&C Ediciones, 1997.

 

MÉNDEZ BEJARANO, Mario: “Diccionario de escritores, maestros y oradores naturales de Sevilla y su actual provincia”. Sevilla, 1922 (Reed. En Sevilla, Padilla Libros, 1989).

 

MIRA CABALLOS, Esteban y Fernando VILLA: “Carmona en la Edad Moderna”. Sevilla, Muñoz Moya, 1999.

 

http:/es.m.wikipedia.org/wiki/presidente_de_la_Generalidad_de_Cataluña

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20160105115014-0-2363693.jpg

        Los terremotos siguen siendo todavía en el siglo XXI un fenómeno natural conocido pero difícilmente predecible, por lo que se puede hacer poco o nada por evitarlos. Ahora bien, en el presente por lo menos conocemos su origen y podemos prevenir sus daños, construyendo edificios más resistentes a sus efectos.

        Sin embargo en la Edad Moderna, sí que existía una explicación sobre ellos, pero no científica sino dogmática. Los terremotos eran fruto de un castigo divino y, por tanto, sí existía un remedio sobrenatural para frenarlos: persistir en la moral pública y realizar grandes actos de redención. En estas líneas vamos a analizar las actitudes públicas ante tres de estos terremotos: el de 1651 en Guatemala, el de 1504 en el reino de Sevilla y el de 1811 en Venezuela.

        El primero de ellos, el llamado terremoto de Carmona (Sevilla) de 1504, hizo grandes estragos en buena parte de Andalucía Occidental. En Sevilla, contaba Diego Ortiz de Zúñiga, que la sacudida fue tan grande que parecía quererse acabar el mundo (III, 192). Y es que coincidieron tres agentes naturales: tempestad, huracán y terremoto, lo que provocó la ruina de cientos de edificios en la ciudad. Según Ortiz de Zúñiga la sacudida fue tan intensa que se balancearon las torres de las iglesias y tañeron sus campanas. El crujido de los edificios, la fuerza del temporal, el repique de campanas y los gritos estremecedores de la gente se unió en un escenario dantesco por lo que no extraña que pensaran que el fin de los tiempos se acercaba de manera irremediable. ¿Y qué actitud adoptaron? Tras los sucesos quedó la ciudad atemorizada por sus grandes pecados y sacaron en rogativa a la Virgen de los Reyes, durante varios días seguidos, en dirección a distintos templos de la ciudad. ¿Y quiénes podían ser los posibles culpables? Según Ortiz de Zúñiga, las rameras y los amancebados. Lo de siempre, buscaron algunos chivos expiatorios. A las primeras se les ordenó acudir a escuchar el evangelio con todo fervor, y a los segundos se dispuso su castigo, sin respeto de clases.

        La sacudida de Guatemala de 1651, presenta una característica singular. Sorprende que se llevasen a cabo dos medidas: una, realizar rogativas públicas y, otra, ordenar a todos los vecinos que cavasen todos los agujeros que pudiesen para evitar las réplicas. La primera medida es la habitual, pero ¿y la segunda? Pues bien, es la primera vez que observamos un intento de usar una medida pseudocientífica para frenar un desastre natural. Ello evidencia que ya interpretaban las autoridades que a lo mejor había algo más que un castigo divino. La idea de cavar agujeros se basaba en una teoría de Séneca, recogida por José de Acosta en su Historia natural y moral de las Indias, que sostenía que los terremotos se debían a la presión del aire que circulaba en el interior de la tierra. Si se hacían hoyos, dicha presión disminuía y, por tanto, la posibilidad de que se desencadenasen nuevas réplicas. Los miembros del cabildo de Guatemala debían conocer la obra del padre Acosta, un precursor de la ciencia moderna, y tomaron dicha decisión que, aunque equivocada, implicaba en cierta manera una superación de la tradicional inacción dogmática.

        Y el último temblor que vamos a comentar se desencadenó en Venezuela el 26 de marzo de 1811, en pleno proceso de independencia. Se produjo un estruendo brutal que fue seguido, según los testimonios de la época, por “el silencio de los sepulcros”. La actitud de las autoridades civiles y religiosas así como de buena parte de la población no dejó de ser curiosa. La iglesia predicó que era un castigo de Dios por la independencia, es decir, por ir contra los designios de la monarquía absoluta legitimada por Dios. Cuentan los testimonios de la época que la gente mostraba públicamente su arrepentimiento, pidiendo perdón a Dios por el pecado de la sedición. Tanto fue así que el capitán Domingo Monteverde, con menos de trescientos soldados no tuvo dificultad en avanzar desde Coro y reconquistar para España buena parte de Venezuela, incluida la ciudad de Caracas. Y ello, pese a las inútiles soflamas del libertador Simón Bolívar, que mientras rescataba víctimas de entre los escombros, voceaba a los cuatro vientos: “si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca”.

        Estos tres ejemplos son suficientes para calibrar las actitudes del pasado y también la impotencia ante estos hechos de esta naturaleza. Una impotencia no muy diferente a la que podemos tener ante hechos similares en el siglo XXI. También es posible observar el uso partidista que hacían las autoridades de estos sucesos, lo mismo para culpar a los independentistas que a las prostitutas o a los amancebados. Siempre el deseo de encontrar a toda costa un culpable, que además favoreciera los intereses clasistas o políticos de la élite dominante.

 

 

 

PARA SABER MÁS

 

ACOSTA, José de: “Historia natural y moral de las Indias” (Ed. de José Alcina Franch). Madrid, Historia 16, 1987.

 

LYNCH, John: “Las revoluciones hispanoamericanas 1808-1826”. Barcelona, Ariel, 1985.

 

ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: “Anales eclesiásticos y seculares de la ciudad de Sevilla”, Madrid, Imprenta Real, 1796 (hay reed. En Sevilla, Guadalquivir, 1988).

 

PIMENTA FERRO TAVARES, María José y otros: "O terremoto de Lisboa de 1755: tremores e temores", Boletín de la Comisión de Historia de la Geología de España Nº 29. Madrid, 2007, pp. 43-47.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

20151223233315-ciclos-pesqueros.jpg

        Debemos desterrar la errónea idea defendida tradicionalmente de que los pescadores gallegos practicaban una pesca de bajura y que eran los cántabros y los vascos los que la hacían de altura o de gran altura. En realidad, gallegos, vascos y cántabros realizaron esta pesca de altura, lejos de sus costas al menos desde el siglo XV. Todos ellos fueron pioneros en ese proceso de expansión atlántica, iniciada en el siglo XV y continuada en el XVI, que provocó una progresiva mundialización de la economía, lo que hoy llamamos globalización.

        En la costa gallega y en especial en las Rías Baixas, la actividad económica principal era la pesca. Como escribió Pegerto Saavedra, nunca antes ni después se dedicaron tantos gallegos a la actividad pesquera. Ya a finales del siglo XV hay vagas noticias sobre la presencia de pescadores vascos y gallegos en Terranova, mucho más abundantes y detalladas en la siguiente centuria. En este sentido, es bien conocido el memorial del hijo de Matías de Echevete en el que declaró que su padre comenzó a pescar en Terranova en un barco francés y que, desde entonces, en un amplio período de medio siglo realizó otros veintiocho viajes. Parece ser que había una colaboración entre galos y vascos en la pesca del bacalao. De hecho, no es el único caso documentado de la presencia de capitanes o maestres galos que aprestaban sus barcos en puertos vascos para viajar a Terranova. Así, el 19 de diciembre de 1583, el francés Juanes de Çusiondo, firmó en Lequeitio el contrato con los marineros que debían embarcarse en su nao Catalina de San Vicente para ir a Terranova a la pesquería del bacalao.

Desde principios del siglo XVI hay documentación que señala la presencia de embarcaciones gallegas en el Atlántico Norte, capturando bacalaos, una especie muy apreciada, especialmente por la grasa que se obtenía de su hígado. Hay documentación esporádica sobre la presencia de pontevedreses en la pesquería de Terranova en 1517, 1526 y 1527, lo que podría indicar que la actividad era todavía escasa. Sin embargo, en la segunda mitad de la centuria disponemos de muchos más datos, especialmente en la década de los setenta y de los ochenta lo que demuestra la pujanza de las pesquerías en esos años. Y ello a pesar de la fuerte competencia de los pesqueros cántabros, vascos, portugueses, galos e ingleses.

 

 

PORTUGUESES, INGLESES Y FRANCESES EN TERRANOVA

 

        Una cosa era la pesca de bacalaos y otra la exploración de rutas y la ocupación física de aquellos territorios. Portugueses, ingleses y franceses estaban tomando la delantera a España en su exploración y poblamiento. Son bien conocidas las andanzas de Juan Caboto, un veneciano al servicio del rey de Inglaterra que en 1497 recorrió las costas de Terranova en busca de un estrecho que cruzase hasta el Pacífico. La expedición se consideró un fracaso porque no encontró el ansiado paso. Pero en 1498 aprestó una segunda escuadra que nunca retornó ya que se perdió en algún momento de la larga travesía. Le siguieron en el tiempo los hermanos Gaspar y Miguel Corte Real quienes, al servicio del rey de Portugal, recorrieron las costas de Terranova y Groenlandia entre 1500 y 1502, aunque el resultado fue trágico, pues ambos murieron en aguas del Ártico.

        Tampoco los franceses se quedaron atrás, pues existen evidencias de que algunos marinos galos como Jean Denys y Thomas Aubet, alcanzaron la isla en 1506 y 1509 respectivamente. Unos contactos que no quedaron en saco roto, pues se sabe que en 1510 un barco desembarcó bacalaos capturados en Terranova en el puerto galo de Rouen, lo que evidencia la existencia de una actividad económica relacionada con la isla. Por eso desde muy pronto esa isla de Tierra Nueva o Terranova se comenzó a conocer también como la tierra de los Bacalaos

A partir de 1534 el francés Jacques Cartier encabezó nada menos que tres expediciones con el objetivo de poblar la zona y de encontrar el ansiado paso hacia el Pacífico. En la primera descubrió la bahía de San Lorenzo pero no encontró el citado estrecho. El 19 de mayo de 1535 zarpó por segunda vez, navegando río arriba, donde fundó Saint Croix. Desgraciadamente para los expedicionarios, les cogió el duro invierno y muchos perdieron la vida. El 22 de mayo de 1541, poco meses antes que la expedición española de Ares de Sea, partió por tercera vez, fracasando definitivamente en su objetivo de encontrar el paso hacia el pacífico. Sin embargo, avanzó notablemente en el conocimiento de la costa canadiense, demostrando la insularidad de Terranova y la navegabilidad del río San Lorenzo. Tomó posesión de aquel territorio al que denominó con el sonoro nombre de Nueva Francia.

A mi juicio la creación de Nueva Francia en el nordeste del actual Canadá, que debió conocerse en la Corte del emperador Carlos V en 1539 o en 1540, fue determinante para el cambio de actitud de la Corona. Se conservan, incluso, unos capítulos que el embajador de Portugal escribió al Comendador Mayor de Castilla en los que solicitaba armamentos para estorbar los descubrimientos hechos en la tierra de los bacalaos por el capitán Jacques Cartier. Ello es prueba suficiente de la alarma que debieron generar en las cortes lusa y española las noticias de los avances del marino francés en la costa nordeste de Norteamérica.

Hasta ese momento, el Emperador no se había interesado por Terranova, teniendo como tenía territorios mucho más prometedores, lo mismo en Nueva España que en Tierra Firme y en Nueva Castilla. De hecho, disponía de los servicios del marino Sebastián Caboto que había estado con su padre en la expedición a Terranova de 1497 y que en cambio fue enviado al estuario del Plata, tratando de buscar un paso hacia el Pacífico pero por el sur. Sin embargo, ahora, a raíz de las noticias sobre los avances de los galos en el Atlántico Norte, Carlos V decidió tomar cartas en el asunto. No podía consentir que los franceses no solo campasen a sus anchas por Norteamérica sino que incluso fundasen una gobernación en un territorio que las bulas alejandrinas habían concedido a la Corona de Castilla. En ese mismo instante se comenzó a proyectar una expedición, sufragada de fondos propios, para recorrer aquellas gélidas latitudes.

 

LA EXPEDICIÓN DE ARES DE SEA

 

Hasta 1541 la relación entre la Península Ibérica y la isla de Terranova se limitó a una actividad privada de armadores y pescadores que trataban de obtener beneficios de la captura del bacalao. El asunto que se trajinaba en 1541 era muy diferente. La jornada partía de la iniciativa del emperador y se iba a financiar íntegramente de las arcas de la Corona. Con tal fin se comisionó al aposentador real, Juan de Garnica, que salió de Madrid el 8 de julio de 1541 con destino a la villa pontevedresa de Bayona a donde llegó diez días después, exactamente el 18 de ese mismo mes. Una vez en la villa, concertó ante un escribano local el aprestó de una carabela, a costa de la Corona, para ir a cierta negociación a la tierra de los Bacalaos o Terranova. Por cierto, las escrituras ante notario se protocolizaron con la presencia nada más y nada menos que del infante don Juan de Granada, gobernador de Galicia, lo que evidencia la importancia del asunto. Pero vayamos por partes:

        El capitán elegido fue Ares de Sea, regidor de la villa de Bayona. Hay que advertir que no disponemos de información sobre la experiencia previa en el mar de este personaje. Se ha documentado su presencia durante varios años como regidor del concejo de Bayona, pero ni una palabra sobre su famosa expedición de 1541. Sin embargo, es obvio que su elección no fue azarosa y con total seguridad disponía de experiencia previa en la navegación por el Atlántico Norte. Asimismo, nada tiene de particular que se eligiese a Bayona, el emblemático puerto al que regresara la Pinta en 1493, como el punto de partida y de llegada de la expedición. Y ello porque era uno de los puertos más importantes puertos del sur de Galicia y su población se dedicaba mayoritariamente a la pesca y al comercio marítimo. Y es que, como ya hemos afirmado, tanto el País Vasco como Galicia, y más puntualmente Cantabria, mantenían una intensa actividad pesquera de altura o de gran altura. Tanto era así que inicialmente se pensó en crear cuatro casas de la contratación: dos para regular el comercio indiano, ubicadas en Sevilla y Santo Domingo, otra ubicada en La Coruña para controlar el tráfico con la Especiería y, una última en algún puerto vasco para la navegación con Terranova. También debió influir en la elección su cercanía a la frontera portuguesa, de donde procedían la carabela, el maestre y el piloto.

        El navío en cuestión era una carabela portuguesa de pequeño porte a juzgar por su corta tripulación de apenas 19 personas. Aunque no se cita el tonelaje exacto debía ser una carabela media, inferior a las 100 toneladas, pues para las que tenían este tonelaje solían llevar una tripulación de 25 hombres. Sorprende el tipo de barco y su corto tonelaje porque tanto franceses como vascos y gallegos utilizaban como bacaladeros preferentemente naos gruesas de trescientos toneles. La tripulación estaba formada por tres oficiales: capitán, maestre y piloto, nueve marineros, uno de ellos calafate, cinco grumetes y dos pajes. En total, aunque se pagaron los sueldos de diecinueve personas, cuando se inspeccionó el buque al regreso, el 17 de noviembre, solo había un paje, es decir, un total de dieciocho personas.

        Toda la tripulación iba obviamente asalariada, a diferencia de lo que solían hacer los bacaladeros, en los que los beneficios se repartían en tres partes, una para los armadores, otra para el piloto y la última para la tripulación. Pero en esta jornada, dado que no había un objetivo lucrativo, los salarios y fletes los debía aportar íntegramente la Corona. Ello suponía un desembolso mensual de 65 ducados, es decir unos 24.375 maravedís. Dado que se estipuló ante notario que cobrarían sueldo desde el 18 de julio de 1541 y desembarcaron en Bayona el 17 de noviembre de ese mismo año, el salario se prolongó por cinco meses, alcanzando ese total de 325 ducados. Los dos primeros meses se les abonaron por anticipado y el resto en dos pagos al regreso, uno el 10 de febrero de 1542 y el finiquito final el 7 de noviembre de ese mismo año. Por cierto, que a última hora se produjeron algunos cambios en la tripulación. El maestre de la carabela portuguesa con el que se concertó el aposentador era un tal Juan Álvarez, vecino de Oporto, sin embargo, el maestre que hizo la travesía fue el ya citado Juan Alonso Sánchez, obviamente con las mismas condiciones que el portugués. El piloto era de la misma nacionalidad, y no llegó con la carabela a Bayona por lo que fue necesario enviar a una persona a buscarlo al reino de Portugal. Por tanto, en la expedición viajaban dos oficiales portugueses, el maestre y el piloto, aunque el capitán y el resto de la tripulación fuesen gallegos, probablemente de la misma villa de Bayona. No sorprende esta relación entre portugueses y gallegos, pues de hecho en la pesquería del bacalao está documentada la existencia de empresas mixtas que delatan una colaboración mutua.

        A los gastos en salarios hubo que sumar veinte ducados mensuales -cien ducados en total- que cobraba el maestre, además de su sueldo, por el flete de su carabela, así como por todos los abastos que se adquirieron para dicha jornada. Los alimentos fueron muy concretos: vino, bizcocho, carne de vaca, tocinos de cerdo y pescado. El bizcocho lo hicieron allí mismo, comprando el trigo, moliéndolo, horneándolo y contratando a varias mujeres para que lo elaborasen. Asimismo, se compraron números enseres necesarios para la nave como barriles, pipas, remos, calderas, escudillas, jarros, leña, candados, etc. Y finalmente se pagaron 14 reales por la avería que cobraron las merindades que habían facilitado el abasto.

        La fecha de la partida no se especifica en la documentación que hemos manejado. Ya hemos afirmado que estaba estipulado que la tripulación cobrase su sueldo desde el día 18 de julio y se preveía con antelación que la jornada duraría unos cinco meses. El 30 de julio aún no habían zarpado, compareciendo el capitán Ares de Sea ante Juan de Garnica para reconocer los gastos realizados en el abasto de la carabela. Dado que el barco estaba totalmente preparado y que el capitán no vuelve a aparecer en la documentación hasta el regreso debemos pensar que la carabela zarpó a primera hora del 31 de julio. La fecha de regreso sí está clara, el jueves 17 de noviembre a última hora. El propio capitán busco notario al día siguiente alegando que dicha diligencia ni la pudo hacer el día antes porque era muy tarde cuando arribó a puerto.

En relación a Norteamérica, especialmente en las latitudes más al norte, hubo países europeos que se adelantaron a España, deslumbrada ésta por el clima más benigno y el oro existentes en zonas situadas más al sur.

        La expedición de Sea tuvo consecuencias prácticas porque sobrevivió al viaje y cumplió su misión de acudir a la Corte a contar todo lo que había visto y recorrido en su travesía. Como afirma Medina, existió una relación del viaje, aunque desgraciadamente no ha sido localizada hasta nuestros días. Hubiera sido fundamental contar con ella por el caudal de información que nos podría proporcionar sobre la presencia de franceses e ingleses en la misma y por los objetivos e intereses de España. Ahora bien, dado que los pilotos estaban obligados a levantar cartas náuticas de los territorios que exploraban y descubrían es muy probable que el portugués Álvaro Yáñez confeccionase una carta de los territorios recorridos. En la Real Academia de la Historia se conserva una carta náutica en pergamino sobre la desembocadura del río San Lorenzo que se fecha en torno a 1541. Fue descubierta y publicada por Cesáreo Fernández Duro, quien la fechó con posterioridad al viaje de Jacques Cartier, pero sin precisar más. Sin embargo, recientemente ha sido estudiada minuciosamente por Carmen Manso, quien ha llegado a la conclusión que debe tratarse de una copia en limpio, realizada por algún experto de la Casa de la Contratación sobre el mapa original realizado por Álvaro Yáñez. El diseño correcto del conjunto y su colorido, evidencian que no pudo hacerse sobre la marcha a bordo de la carabela sino que posiblemente se confeccionó con posterioridad en base a la carta más rústica aportada por Álvaro Yáñez.

        Pero no podemos olvidar que la información no la tenemos hoy pero sí que la tuvieron las autoridades hispanas allá por 1541. Quizás no sea casualidad que desde mediados del siglo XVI se intensificase la presencia de pesqueros españoles en Terranova, la mayoría gallegos, cántabros y vascos, donde pescaban bacalaos, e incluso, ballenas. Y tan famosos se hicieron los bacalaos y abadejos de Terranova, traídos por los pescadores españoles o importados de Francia o de Inglaterra, que junto con los atunes y las sardinas, sirvieron para el abasto de las armadas y flotas del Imperio Habsburgo.

Bien es cierto que en el siglo XVII la pesca del bacalao entró en declive, documentándose por última vez en Pontevedra en 1614. Y ello debido a una gran variedad de causas, como el desabastecimiento de sal, la importación de bacalaos ingleses, o el desinterés de la administración por proteger y preservar las rutas del bacalao de Terranova. De alguna forma se preservaron las rutas de la plata americana, en detrimento de una actividad muy secundaria para la Corona, como era la de la pesquería del bacalao.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

*Este artículo es una versión sin notas de un trabajo más extenso que acabo de publicar en la Revista de Historia Naval, del Instituto de Historia Naval de Madrid.

Etiquetas: , , , , , , ,

20151129183027-el-cielo-de-la-boca-8.jpg

        Acabo de leer un trabajo del profesor Eduardo Álvarez del Palacio sobre el Tratado de Medicina del zafrense Pedro de Valencia y sorprenden los datos. El humanista segedano estaba convencido de que la alimentación era la base de una buena salud. Me han sorprendido sus recomendaciones –disculpen mi ignorancia- pues no difieren mucho de las que haría un dietista o un endocrino del siglo XXI. A su juicio la alimentación debe regirse por varios principios:

        Primero, la necesidad, es decir que se coma para saciar el hambre no por gula o por disfrute. Segundo, el límite, que se hagan como máximo dos comidas diarias. Tercero, la moderación, ya que el empacho reiterado es muy perjudicial para la salud. Cuarto, la variedad, pues interpreta que ningún alimento es tan completo como para que contenga todos los nutrientes que el cuerpo necesita. Y quinto, la salubridad de los alimentos, pues deben ser ricos en fibras y bajos en grasas y azúcar, y estar poco condimentados. Y concluye diciendo que la mayor parte de las enfermedades provienen de una inadecuada alimentación, bien por la escasa calidad y variedad de los alimentos, o bien, por la ingesta excesiva.

        Los alimentos que recomienda son el pan, especialmente el pan frito en aceite, la carne de ave, la miel, el vino y los dátiles. Y desaconseja el queso muy curado, la carne de vaca vieja y el pescado en salazón entre otros.

        Completa sus recomendaciones con otros dos consejos útiles para mantener una salud de hierro: uno, pasear después de comer, ya que a su juicio facilitaba la digestión. Y otro, dormir la tercera parte del día –ocho horas- siempre conservando los biorritmos, es decir, durmiendo de noche y velando de día.

        Bueno, pues ahí queda eso, para los que creen que los hombres del siglo XXI hemos descubierto la pólvora.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ÁLVAREZ DEL PALACIO, Eduardo: “La valoración de la salud corporal en la obra de Pedro de Valencia”, II Jornadas del El Humanismo Extremeño. Trujillo, 1998, pp. 299-313.

 

SÁNCHEZ GRANJEL, Luis: La Medicina Española Renacentista. Salamanca, Universidad, 1980.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

20151111182625-mesa-medieval2.jpg

        Leyendo documentos y libros de hace cuatro o cinco siglos uno no deja de sorprenderse de lo poco que hemos cambiado los seres humanos. Como siempre digo hemos evolucionado mucho en el terreno de la industria y de la tecnología, pero aún no ha llegado una revolución ética ni humanística.

        Los escritos de Luis Zapata de Chaves, un llerenense nacido en 1526 y fallecido en 1595 a la edad de 69 años, son siempre muy interesantes de leer y de releer. Fue consejero de Felipe II, y en su texto titulado “Miscelánea o Varia Histórica” cuenta todo tipo de anécdotas relacionadas con la vida de su tiempo. Hoy me ha parecido oportuno comentar sus opiniones sobre la obesidad y el sobrepeso, que parecen escritas por un metrosexual del siglo XXI.

        Cuando se dice que el cuadro “Las Tres Gracias” de Pedro Pablo Rubens es un ejemplo de que en su tiempo gustaban las personas entradas en carnes no es verdad. Era un gusto propio del pintor flamenco que de hecho, tomó como modelo a su obesa esposa, Elena Fourment, para representar a las féminas en sus lienzos. En realidad, el modelo de belleza estilizada está presente en las artes desde la antigüedad hasta el mismo siglo XXI, desde la Venus de Cnido de Praxíteles del siglo IV a. C a la Venus del Espejo de Velázquez o a las Majas de Goya.

        Hay que decir que en aquellos tiempos la obesidad era un atributo más común entre el Primer Estado, pues la mayoría de los jornaleros y campesinos hacían dieta forzada durante buena parte de su vida. Pero Zapata pertenecía a la aristocracia donde el mal afectaba lo mismo a hidalguillos ociosos y adinerados que a marqueses, condes, duques y a la mismísima realeza. En este sentido son bien conocidos los excesos culinarios del Emperador Carlos V que le provocaron gota y tuvieron relación con su muerte relativamente prematura.

El llerenense empieza destacando los males de la obesidad, que le da tratamiento de enfermedad aunque sostiene que se puede curar con dieta y el que dice “no lo puede excusar…es un necio”. Continúa señalando los males que el sobrepeso trae consigo, sociales y físicos. Con respecto a los primeros, afirma que la gordura excesiva “a la más hermosa mujer afea y al más gentil hombre varón le desfigura”. Los gordos son objetos de risa y de motes, y además, les impide “servir a su patria y a sus príncipes”. Pero además, sostiene que conlleva un riego físico grave, pues la mayoría “viven poco, y en tanto que viven tienen poca salud, llenos de humores, de corrimientos, de reuma y de gota…”. Y finalmente, insinúa que es falso que los gordos sean más felices, porque no pueden hacer muchas actividades cotidianas y de noche “no pueden dormir sino sentados, que echado se ahogarían”. De hecho, afirma Zapata, que los condenados a muerte salen gordos de la cárcel y no van precisamente contentos al patíbulo.

        La causa de la obesidad la tiene clara: la comida excesiva y la vida ociosa, que lo mismo “engordan a halcones, caballos y perros que a las personas”. Él mismo, declaró que temió toda su vida dicha dolencia pero que estuvo en todo momento cuidándose para no padecerla. Los remedios y cuidados que se autoimpuso, fueron varios:

        Primero, no cenar, pues dice que pasó más diez años sin hacerlo, y que solo comía una vez al día. En este sentido, es muy antiguo el dicho de que “de buenas cenas están las sepulturas llenas”.

        Segundo, no beber vino, que dice que era la bebida de la época que más engordaba, ni comía cocido. Es cierto que el alcohol es un producto muy calórico y que entonces era frecuente beber un litro diario de vino por persona. La reducción de su ingesta podía ser un buen remedio frente a la obesidad.

        Tercero, vestía y calzaba ropa muy ajustada hasta el punto –dice- “que era menester descoserme las calzas a la noche para quitármelas”.

        Y cuarto, antes de las fiestas y saraos en Palacio, pasaba más de un día acostado porque a su juicio “la cama enflaquece las piernas”, mientras que el ejercicio las engordaba.

        Está claro que el noble extremeño estaba obsesionado con su peso; algunos remedios estaban bien como evitar la cena o moderar el consumo excesivo de vino. Otros de sus remedios parecen excesivos, propios de un metrosexual de su tiempo, como el de llevar la ropa muy ajustada o el de yacer largo tiempo en la cama para enflaquecer las piernas antes de ir a algún sarao a mantener relaciones con mujeres de la nobleza.

        Sin embargo, a su moderación en la mesa atribuía él que tuviese en el momento en que escribía sesenta y seis años y los disfrutase con salud. Probablemente, algo de razón tenía aunque también es posible que la suerte hubiese jugado un papel importante. De todas formas, ésta no le duró mucho más porque tres años después enfermó repentinamente y murió sin haber cumplido los setenta años de edad.

        Curiosa la mentalidad de este aristócrata del siglo XVI, obsesionado por mantener la línea, como muchas de las personas de nuestro tiempo. Y lo mismo que actualmente en los países del Primer Mundo padecemos sobrepeso y en el Tercer Mundo hambre, en el siglo XVI, los privilegiados debían cuidarse de la obesidad mientras el pueblo padecía hambrunas extremas de manera periódica. Egoísmos de la especie humana de ayer, de hoy y de siempre.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Etiquetas: , , , , , , , ,

20151108193008-escla.jpg

        Buenas tardes: nuevamente, traigo a estas jornadas un trabajo relacionado con la esclavitud un tema que yo vengo estudiando desde que era estudiante de la carrera de Historia. Empecé analizando la esclavitud en el reino de Sevilla, luego trabajé la de las colonias americanas, y últimamente llevo varios años investigando la de Tierra de Barros. Pero está claro que es difícil ser el primero; antes que yo fue estudiada globalmente por Fernando Cortés en su libro la esclavitud en la Baja Extremadura y más recientemente por Rocío Periáñez, mientras que para el caso de esta comarca contábamos con unas valiosas páginas que Francisco Zarandieta dedicó al tema, aunque limitadas, a Almendralejo en los siglos XVI y XVII.

El máximo esplendor de la institución en Extremadura se produjo entre la segunda mitad del siglo XVI y la primera del XVII, descendiendo notablemente en la segunda mitad de esta centuria, para convertirse en un fenómeno residual en la segunda mitad del XVIII.

En el siglo pasado, algunos historiadores sostuvieron que el principal motivo del fenómeno esclavista fue la ostentación social de las familias propietarias. Fernand Braudel, Antonio Domínguez Ortiz o Bartolomé Bennassar sostuvieron tal extremo aunque actualmente hay sobradas pruebas que demuestran la rentabilidad económica de los aherrojados como su principal razón de ser. De hecho, esta mano de obra forzada se solía emplear en las ocupaciones al que se dedicaba su dueño. Era fácil que el maestro de una forja lo tuviese trabajando en su taller o el agricultor lo emplease en las tareas agrícolas. Otros muchos se usaban en las tareas domésticas, y a veces, cuando el dueño estaba necesitado de liquidez, hasta se alquilaban sus servicios, cobrando aquel el estipendio. Algunas esclavas además eran empleadas como amas de crías, debiendo amamantar al hijo de sus dueños con preferencia incluso al suyo propio. Hemos detectado la existencia de bautizos de hijos de esclavas justo después de haberse bautizado el vástago de sus dueños, lo que podría indicar una intencionalidad.

En esta comunicación analizamos algunos casos singulares sobre las no siempre fáciles relaciones entre los dueños y los esclavos. Se trata de un aspecto poco estudiado por la historiografía debido a que la documentación notarial y sacramental no suele aportar mucha información sobre ese aspecto. En estas páginas aportaremos algunos datos documentales, obtenidos a pie de archivo, sobre las relaciones dueño-esclavo, a veces muy traumáticas y siempre lesivas para la parte más débil de la cadena, es decir, para el aherrojado.

 

UNAS RELACIONES DIFÍCILES


Si la relación entre dueño y esclavo era buena o muy buena, la situación de éste era más o menos llevadera. Ahora bien, si por el contrario era mala la situación se podía tornar muy delicada para el esclavo. En ocasiones, si el adquiriente comprobaba que la pieza adquirida no era de su agrado podía deshacer la transacción, que era la solución menos gravosa para el cautivo. Este fue precisamente el caso de una esclava comprada por una señora de Solana de los Barros. Ésta encargó a su compadre Gabriel Joseph, en febrero de 1710, que adquiriese para ella una esclava para el servicio doméstico de su casa. Éste se personó en Ribera del Fresno y, en enero de 1710, la compró al presbítero de Fuente de Cantos Francisco Guerrero de las Beatas. Ésta estaba bautizada con el nombre de Ana Florencia, tenía 22 años, de color blanco –debía ser berberisca, aunque no se especifica- y pagó por ella 1.750 reales de vellón. Pues bien, una vez en Solana, transcurridos tan solo unos días, la señora decidió devolverla, alegando que no era de su gusto. Su compadre aceptó realizar las gestiones para su devolución alegando lo siguiente: que lo hacía por no importunar a su comadre que era la que tenía que lidiar con ella aunque se había informado de que era una buena trabajadora y que poseía bondades no muy comunes entre los aherrojados. Dicho y hecho, remitió la escritura de compra-venta y una carta con sus intenciones, y tres días después, exactamente el 6 de febrero de 1710, ante el escribano de Ribera, Alonso Rodríguez de la Fuente se formalizó la devolución de la esclava y el reintegro del dinero. Se trata de una muestra singular de cómo se trataba a estas personas hace poco más de tres siglos. Se comerciaba con ellas como si fuesen animales y su suerte dependía básicamente del capricho de su propietario o de su interés por preservar su inversión.

La documentación notarial y sacramental no suele aportar información sobre las relaciones entre dueños y esclavos. Solo encontramos casos extremos en los que en la carta de compraventa se señala alguna merma o enfermedad provocada por los malos tratos de su dueño. Y ello porque el vendedor estaba obligado a especificar las posibles enfermedades o taras que tuviese la pieza que pretendía vender. Fue el caso de la esclava María, de 21 o 22 años, de color albarrana que fue vendida por Juan Ortiz Guerrero, vecino de Villalba de los Barros, el 27 de marzo de 1762. El comprador, Juan de Bolaños y Guzmán, se comprometió a pagar 2.700 reales por ella. Sin embargo, el abono no se realizaría hasta el día de Santiago, tras verificar que su enfermedad no se agravaba. Y ello porque el vendedor reconoció que en general estaba sana pero que había sufrido un pequeño accidente que describió con las siguientes palabras:

 

"Que estaba sana más que en una ocasión que yo el dicho Juan Guerrero la castigué por haberse vuelto contra su ama y porque le dio al parecer un accidente de que llamado al médico actual de esta villa y reconocida dijo que era aflicción a perecer"

 

Estaba claro que la esclava padecía una especie de depresión traumática y que su miedo a morir se debía fundamentar en los castigos que su dueño le imponía. No parece que el comprador deshiciese la transacción por lo que posiblemente la aherrojada mejoró de su aflicción.

 

LA CONDENA A TRABAJOS FORZADOS


Otras veces, cuando el dueño interpretaba que la actitud de su esclavo merecía una condena o sanción, la situación podía ser verdaderamente delicada, pues no dudaba en emplearlo en ocupaciones más sórdidas, enviándolo, temporalmente o de por vida, a realizar alguna prestación real que no fuese de su agrado. Sin embargo, el trabajo en las minas reales de Almadén era tan duro que los dueños sólo los enviaban cuando estaban dispuestos a perder su inversión. Rocío Periáñez documentó un caso en Cáceres en el primer tercio del siglo XVII, y Francisco Zarandieta otro en el Almendralejo en la misma centuria. A juzgar por los testimonios que hemos localizado, parece que el envío a las minas Reales era tan duro y tenían tal fama que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad.

Hemos conseguido documentar unos cuantos casos más en la comarca de Tierra de Barros. Así ocurrió en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo, envió a su esclavo Sebastián, de 45 años, robusto y de color amembrillado, por un año y medio a servir en las perniciosas minas de mercurio. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro. Más claro aún fueron Juan Montaño y María Rengela de Guzmán, vecinos de Aceuchal, cuando fundamentaron la donación al Rey de su esclavo Juan Martínez, de color blanco, de unos 30 años, robusto de cuerpo y capaz de cualquier trabajo corporal en los siguientes términos:

 

        "El cual por justas causas que me mueven lo doy y cedo para que sirva a Su Majestad por todos los días de su vida en las Reales minas de Almadén o Espartería o en otro cualquier presidio, donde más utilidad con su trabajo pueda dar al Rey… sin que pueda el susodicho salir con su libertad de la parte donde se dé dicho destino porque mi ánimo es que perezca trabajando a beneficio de la Real hacienda, sin tener libre uso de su persona"

 

        Las palabras de sus dueños están henchidas de malas intenciones: lo envían a la mina de por vida, para que muriese allí trabajando, es decir, que la carta parece como mínimo una condena del esclavo a cadena perpetua o peor aún, a la pena de muerte.

        No menos claro es el caso de un esclavo de Ribera del Fresno donado por su dueño, Fernando de Brito Lobo y Sanabria, a la Corona para que sirviera por tres años en el citado yacimiento. Al parecer había mantenido una relación carnal con la sirvienta de la casa, contraviniendo el sexto mandamiento de la Ley de Dios: No cometerás actos impuros. Tras denunciarlo fue encerrado en la cárcel real de Ribera y, poco después, donado por su dueño a servir durante tres años en las temidas minas de mercurio. Se supone que ello le debía servir de escarmiento. Una medida que de nuevo nos parece extremadamente cruel e injusta por tres motivos: primero, porque el esclavo no hizo más que mantener una relación secreta con una sirvienta, algo que tenía prohibido, pero que no dejaba de ser natural en un chico de 25 años. Segundo, porque los propios dueños contravenían el sexto mandamiento cada vez que le daba la gana, teniendo incluso hijos con sus esclavas, ante la connivencia de todos. Y tercero, porque era casi una condena a muerte, pues la supervivencia media en Almadén se situaba entre los tres y los cuatro años. Así que no sabemos si el pobre esclavo Antonio José, mulato de un cuarto de siglo de edad sobrevivió a tal condena. Sorprende la actitud de Fernando de Brito, que había sido varias veces alcalde ordinario de Ribera por el estado noble, ya que liberó altruistamente a al menos tres esclavas, a saber: A María Ana el 20 de marzo de 1749, a Anselma Lucía el 18 de agosto de 1749 y a María Candelaria el 4 de febrero de 1754.

El mal comportamiento no era el único motivo por el que un encadenado podía acabar sirviendo al rey, en sus minas o en sus galeras, como remeros. Si le sobrevenía un defecto físico, tal como una ceguera, podía convertirse en una pesada carga para una familia, pero podía desempeñar sin problemas otros trabajos en el banco de una galera como remero o en una mina, extrayendo el preciado cinabrio. El 28 de septiembre de 1747, el presbítero de Villafranca de los Barros, Fernando Gutiérrez de la Barreda, apoderó a Manuel Gutiérrez Cervantes y Bartolomé Sánchez, también vecinos de esa villa, para que tratasen de vender en Sevilla o en otro lugar, a un esclavo ciego que el otorgante había heredado de su tía Catalina Mexía. Se trataba de Marcos, color amembrillado, 25 años y de buena corpulencia. Al parecer, se había criado en casa de su tía desde pequeño, hijo de una esclava de ésta. Pero el presbítero no podía o no podía atender al pobre ciego y tampoco parece que quisiera mantenerlo sin obtener beneficio alguno. Por ello, si no encontraban comprador, algo que parecía lógico, les daba amplios poderes para que hagan "cesión y donación de él a favor de Su Majestad el Rey Nuestro Señor, en paraje donde su trabajo pueda serle de alguna utilidad, o al de cualquier convento, monasterio, obra pía o persona particular que bien visto les fuere y se haga cargo de su manutención y de cualquier suerte que efectúen la enajenación otorguen escrituras de venta o donación…"

Otro dato más que ejemplifica bien la perversión social que la esclavitud ha supuesto a lo largo de la historia de la humanidad. Bien es cierto, que Catalina Mexía sí que permitió el mantenimiento del ciego hasta los veinticinco años de edad. Su muerte debió ser una verdadera desgracia para el pobre Marcos, cuyo destino exacto desconocemos pero que con toda probabilidad debió ser trágico. Uno siempre tiene la esperanza de que estos retazos del pasado nos sirvan para ser mejores en el presente y en el futuro, aunque la realidad casi siempre se muestra tozuda.

 

LA HUIDA


Podríamos preguntarnos, si el esclavo podía rebelarse ante la tiranía de su dueño. Es cierto que a veces la única opción desesperada que les quedaba era la huida, pero apenas si recurrían a ella porque al estar marcados a hierro no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían ser dramáticas para el huido, pues incluso podían ser encarcelados, enviados a galeras o a las minas de cinabrio, de las que como hemos señalado pocos escapaban con vida. En esto la historia fue muy diferente a lo ocurrido en las colonias americanas, donde se formaron extensas áreas de cimarrones.

        Hemos documentado algunos casos sonados de huídas pero necesariamente fueron escasos y acabaron con la captura del fugado. El 19 de julio de 1710, Manuel Lorenzo, vecino de Ribera dio poder a Pedro de Torrejón para que fuese a la cárcel de los padres teatinos de Sevilla donde estaba retenido un esclavo suyo que se había fugado de su casa la víspera del día de San Pedro. El esclavo en cuestión se llamaba Joseph, de 20 años, y cuyos rasgos físicos eran los siguientes: "de color tinto, de buen cuerpo, la cabeza larga (y) algo hoyoso de viruelas". Como puede observarse, el esclavo se había escapado el 28 de junio y el 19 de julio, ya sabía su dueño que estaba preso en Sevilla. Es decir que la libertad apenas le debió durar diez o quince días, aunque sorprende que pudiese llegar hasta la capital hispalense.

En 1778 encontramos otro caso de resistencia, pero muy diferente al anterior. En la localidad de La Parra vivía Francisco González y Rivera que disponía de un matrimonio de esclavos, llamados Domingo y Antonia. Tras su muerte, y dado que no tenía hijos, heredaron sus sobrinos correspondiéndole a Francisco Antonio Zalamea, vecino de Ribera del Fresno, un lote de bienes que incluía a los dos aherrojados. Pues bien, dicho matrimonio se negó a marchar a Ribera y permaneció viviendo en La Parra con sus recursos, escasos pero suficientes. Sin embargo, Francisco Antonio Zalamea, con la ley en la mano, otorgó poderes a Vicente González Máximo, vecino de La Parra para que procediese contra sus esclavos, deportándolos forzosamente y confiscándole sus bienes, con el objetivo de resarcir al demandante de sus pérdidas. No conocemos más del asunto, pero dado que al demandante le asistía el derecho y la justicia es posible que consiguiese sus objetivos y que los aherrojados fuesen expropiados y deportados de La Parra.

        Otro signo de una relación difícil o problemática entre esclavos y señores se aprecia en algunas cartas de ahorría. Con cierta frecuencia encontramos que los liberaban con la condición de que se marchase a vivir fuera de la localidad. En 1654, Francisco Calderón liberó a su esclavo Juan Dorado, mulato, de 27 años, con la condición de que residiese fuera de un radio de diez leguas a la redonda de Almendralejo y Don Benito. Gómez Golfín de Figueroa fue algo más allá, pues en su testamento, fechado el 24 de septiembre de 1662, liberó a un esclavo mulato con la condición que se exiliase perpetuamente no sólo de Almendralejo sino de toda Extremadura:

 

Declaro tengo por mi esclavo sujeto a servidumbre a Juan, de color mulato luego que yo muera es mi voluntad quede libre con calidad y condición que dentro de ocho días salga de esta villa y no resida en ella ni en lugar alguno de la Extremadura. Y si asistiere quede sujeto a servidumbre para Su Majestad y que cualquier justicia lo pueda prender y remita a reales galeras porque mi voluntad expresa es que no pare en esta villa ni en lugar alguno de esta provincia de Extremadura”.

 

        Algunos esclavos, incluso se atrevieron a litigar frente a sus dueños. Fue el caso de Fernando y Diego Ortiz, dos esclavos que habían gozado del aprecio de su dueña María Esteban de Nieto, esposa de Pedro Martín Rengel. Al parecer, la señora había mostrado siempre su deseo de liberarlos, pues había sido incluso madrina de sus respectivos enlaces. El problema se presentó cuando la mujer falleció abintestata y, por tanto, no pudo disponer la citada liberación. Su heredero, el licenciado Diego Fernández Nieto, cura de la villa, se negó a aceptar su ahorría por lo que los hermanos dieron poder al procurador de causas Pedro Hernández Bermejo para que interpusiese diligencias. Desconocemos el desenlace del proceso pero probablemente desistieron o en cualquier caso perdieron el juicio, pues poco podían hacer con el testimonio verbal de una difunta frente a un miembro de la élite local.

 

CONCLUSIONES

 

La institución traía consigo una alienación tal de las personas que, incluso su liberación se podía convertir en un agravante para sus míseras condiciones de vida. El trato a los esclavos dependía simplemente de la voluntad y de la humanidad de sus dueños. Los esclavos Antonio González y María Vivas, temían a su dueño Juan Rodríguez Diosdado de quien decían que su amo era de terrible y áspera condición. Su indefensión era total no sólo por su condición de esclavos sino porque su dueño, hijo de un alcalde ordinario del mismo nombre, pertenecía a una de las familias más influyentes de la villa. A veces los dueños usaban de manera perversa de sus esclavos, obligándolos a cometer delitos contra sus enemigos, arriesgando sus vidas. Éste fue el caso de Sebastián Hernández Corrales, vecino de Almendralejo, que envió a su esclavo Juan a acuchillar a Diego Hernández Corrales, lo cual hizo con gran eficacia, siendo encarcelado por tales hechos.

Y para colmo, algunos dueños solían actuar con total desprecio hacia la maternidad y hacia la familia, vendiendo a sus esclavas y a los hijos de éstas juntos o separados, a su conveniencia. Ante todo ello, el esclavo no podía hacer otra cosa más que aguantar, aunque como hemos visto en esta comunicación algunos optasen infructuosamente por la huida.

Es cierto que no todos los dueños actuaron con mala fe; muchos, sobre todo los que los habían tenido en sus casas desde niños, les dieron trato más o menos humano, dándoles un enterramiento digno e incluso dejando sufragios por la redención de sus almas. Pero si las relaciones eran malas, el que podía ver su vida convertida en un infierno era sin duda el esclavo.


 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


 

(*)Se trata del texto resumido que defendí en la comunicación, sin notas a pie de página ni apéndices. El próximo año saldrá publicada completa en las Actas de las VII Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros.

Etiquetas: , , , , , , , , ,

20150903110358-la-bandera-independentista-l-e-54349945032-54028874188-960-639.jpg

        El nacionalismo ha sido una de las peores lacras que ha azotado el Mundo en la Edad Contemporánea. Responsable de la mayor parte de los enfrentamientos armados. ¿Qué si no provocó la guerra ruso-japonesa, las dos Guerras Mundiales o la de Vietnam por poner solo algunos ejemplos? También en la Guerra Civil española los nacionalismos –español y periféricos- tuvieron un peso en su desencadenamiento aunque también hubo cuestiones sociales y económicas.

        Bajo el ideario casi mítico de las nacionalidades, se esconden siempre oscuros intereses económicos y territoriales, tanto cuando se trata de un nacionalismo segregador como integrador. Y la importancia de los intereses económicos es tan determinante que no tiene nada de particular que haya sido siempre la alta burguesía la impulsora de nacionalismos como el italiano o el alemán cuando consiguieron la unificación. En ambos casos, la burguesía deseaba la unificación de sus respectivos países por el interés de un mercado más amplio para aumentar su negocio. Por eso está claro que el nacionalismo desde un primer momento se alió con el ideario liberal, y en mucha menor medida con el socialista, en la medida en que éste se proclama internacionalista. Por tanto, ya tenemos la primera idea clara: el nacionalismo siempre esconde oscuros intereses económicos, casi siempre de la élite comercial e industrial.

         Y para conseguir adhesiones consiguen implementar dos ideas falsas que la mayoría termina asumiendo: una, que las personas que viven en ese territorio poseen rasgos históricos, culturales y lingüísticos que les hermanan fraternalmente, superando cualquier diferencia clasista. Y dos, que hay un enemigo común externo del que hay que defenderse.

        En relación al nacionalismo catalán quiero empezar citando un párrafo que mi amigo y maestro Miquel Izard publicó hace ahora tres lustros, un catalán de pura cepa que nunca se ha dejado embaucar por el sentimiento nacionalista. El texto no tiene desperdicio:

 

        “Cualquier nacionalismo es esperpéntico, excluyente, irracional y racista. Hay abundante bibliografía desenmascarándolo, pero el catalán alcanza su cénit y tiene curiosas particularidades, ser muy tardío, ni pretender la clase social que lo alumbró, la burguesía a principios del 20, conquistar, como las demás, el estado sino neutralizar un arraigado proletariado internacionalista y libertario con un proyecto arrebatador, trabado y alternativo o la incapacidad de la izquierda, tras la muerte de Franco, de echar por la borda la telaraña de enredos, mentiras y trampas que habían urdido intelectuales que mudaron, cómo no, de chaqueta cuantas veces hizo falta”

 

        Muy clarividente, el nacionalismo catalán surgió como un intento de neutralizar el movimiento proletario, tan arraigado en Cataluña desde finales del siglo XIX. No previó Izard en el año 2001 que la voracidad del nacionalismo terminaría también por pedir su estado propio, como ha ocurrido a estas alturas del siglo XXI.

Cuando las tropas franquistas ocuparon Cataluña a principios del 1939 las élites burguesas no dudaron en cambiar la chaqueta nacionalista por la nueva España ultraconfesional, centralista y patriótica, mientras otros nacionalistas y separatistas de base eran represaliados.

        Y con la democracia llegó otra gran oportunidad, un nuevo cambio de chaqueta, de la élite burguesa con los Puyol, Mas y otros al frente que se volvieron a erigir en los herederos de la más rancia tradición catalanista. Estos nuevos salvadores de la patria catalana no se parecen en casi nada a aquellos nacionalistas soñadores como Companys, Cambó o Maciá. Estos son oportunistas que vienen sacando tajada política y económica a costa de engañar a la mayoría. La situación económica y social de Cataluña es delicada, pero los culpables no son sus élites nacionalistas y sus mordidas sino otra nacionalidad histórica, la española. “España nos roba” esa es la consigna para aglutinar seguidores al tiempo que les sirve de coartada para que nadie se fije en los que verdaderamente han saqueado y saquean Cataluña.

        Y lo peor de todo, es que esto no ha hecho más que empezar. La élite nacionalista ha creado un monstruo que va a afectar a todos los españoles y en particular a los catalanes. Tarde o temprano la patraña de que “España nos roba” se va a caer y va a dejar al descubierto a los verdaderos ladrones.

        Mi previsión es que va a comenzar un tedioso y aburrido, tira y afloja entre las pretensiones independentistas de la élite catalana y los recursos interminables de inconstitucionalidad que planteará el estado español. Todo ello, va a crear un clima de ineficacia administrativa, al tiempo que se descuida la atención social, se acentúa la crisis económica, se destruye tejido industrial y aumenta la crispación social y política. Soy pesimista, pero al final, cuando estemos con la soga al cuello habrá que llegar a un acuerdo de mínimos entre el Estado español y la Generalitat, para encauzar la convivencia. Pero desgraciadamente antes nos tocará sufrir, seguramente durante varios años, quizás lustros.

 

PARA SABER MÁS:

 

CASANOVA, Julián: “Cataluña y España: soluciones políticas y buenos modales” Página personal en Facebook (2-9-2015).

 

IZARD, Miquel: “Himnos y baladas” Boletín Americanista año LI Nº 51. Barcelona, 2001, pp. 145-165.

 

RÉMOND, René: Introducción a la historia de nuestro tiempo. El siglo XIX, 1815-1914. Barcelona, Vicens Vives, 1983.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

20150827080725-281.jpg

        En el día de ayer, me salió a la palestra este documento no único pero tampoco frecuente, sobre un esclavo de Ribera del Fresno (Badajoz) que fue donado por su dueño a servir en las minas de azogue de Almadén. Fue su propio dueño, Fernando de Brito Lobo y Sanabria el que lo denunció a las autoridades. Al parecer había mantenido una relación carnal con la sirvienta de la casa, contraviniendo el sexto mandamiento de la Ley de Dios: “No cometerás actos impuros”. Tras denunciarlo fue encerrado en la cárcel real de Ribera y poco después, donado por su dueño a servir durante tres años en las temidas minas de mercurio de Almadén. Se supone que ello le debía servir de escarmiento.

        Una medida extremadamente cruel e injusta por dos motivos: primero, porque el esclavo no hizo más que mantener una relación secreta con una sirvienta, algo que tenía prohibido, pero que no dejaba de ser natural en un chico de 25 años. Segundo, porque los propios dueños contravenían el sexto mandamiento cada vez que le daba la gana, teniendo incluso hijos con sus esclavas, ante la connivencia de todos. Y tercero, porque era casi una condena a muerte, pues la supervivencia media en Almadén se situaba entre los tres y los cuatro años. Así que no sabemos si el pobre esclavo Antonio José , mulato de 25 años sobrevivió a tal condena.

Sorprende la dureza del dueño, Fernando de Brito ya que éste liberó altruistamente a al menos tres esclavas, a saber: A María Ana el 20 de marzo de 1749, a Anselma Lucía el 18 de agosto de 1749 y a María candelaria el 4 de febrero de 1754. Pero, en realidad, este tipo de abusos era común en una sociedad que se basaba en la desigualdad por nacimiento entre los seres humanos.

 

 

Carta otorgada por Fernando de Brito Lobo y Sanabria, 26 de mayo de 1751.

 

 

        En la villa de Rivera, a veintiséis días del mes de mayo, año de mil setecientos cincuenta y uno, ante mí el escribano de su Majestad público y testigos pareció don Fernando de Brito Lobo y Sanabria, vecino de ella que doy fe Conozco y dijo tiene por suyo propio un moreno esclavo sujeto a perpetua servidumbre, llamado Antonio José, de edad de veinticinco años, el cual con poco temor de Dios y en menosprecio de el respeto y veneración que debiere tener a la casa de su señor, fue aprehendido con una criada de la misma casa, cometiendo culpas contra el sexto precepto de sus santos mandamientos. Y averiguado por los antecedentes, parece había tiempo permanecía en esta incontinencia por lo que mandó ponerlo preso en la cárcel real de esta villa donde se halla. Y para que le sirva de enmienda y a otros de ejemplo, desde luego en la mejor forma que puede y ha lugar de derecho, siendo cierto y sabedor del que en este caso le pertenece, otorga que el dicho su esclavo lo cede a Su Majestad para que le sirva en los trabajos de sus reales minas de Almadén del azogue, por tiempo y espacio de tres años, que han de empezar a correr y contarse desde el día que entre en ellas, para lo cual se le formará asiento. Y cumplidos que sean protesta se le entregue para que continúe su servidumbre, repasándose del dominio y señorío que sobre el dicho esclavo tiene y le pertenece, cediéndolo por el dicho (fol. 324r) tiempo en su servicio como queda dicho, haciendo y otorgando esta escritura, con todas las cláusulas y circunstancias y requisitos que de derecho sean necesarias para su mandato, validación y firmeza y para ello obliga todos sus bienes y rentas con poder que da a las justicias y jueces de su Majestad para que le apremien a su cumplimiento, como por sentencia pasada en autoridad de cosa juzgada sobre que renuncia todas y cualesquier leyes, fueros y derechos de su favor y la general, en forma, en cuyo testimonio así lo otorgo y firmo, siendo testigos don Mateo López Barragán, presbítero, don Juan Lorenzo Pérez y Clemente de la Rocha, vecinos de esta dicha villa. Firma: don Fernando de Brito Lobo y Sanabria. Ante mí Pedro Hernández Azulado (fol. 324v).

(A,M.A. Ribera del Fresno, Pedro Hernández Azulado 1751, fols. 324r-324v)

 


ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , ,

20150717011225-esclavos-6.jpg

        Las relaciones entre los señores y los esclavos dependían de varias circunstancias, relacionadas siempre con el primer eslabón de la cadena que era el propietario: su carácter, su concepto de la caridad cristiana y sus propias circunstancias económicas. Con un poco de suerte, si el dueño poseía ciertos valores humanísticos o cristianos y holgura económica podía llegar la liberación. Si por el contrario, la situación financiera del mismo era precaria nunca iba a consentir perder un bien tan valioso como un esclavo, salvo que éste fuese anciano y el coste de su mantenimiento fuese superior al rendimiento de su trabajo.

        En aquellos casos en los que el esclavo se resistió o simplemente sus relaciones con su señor fueron malas, la situación para la parte más débil de la cadena podían ser dramáticas. Lo normal es que en estas condiciones lo destinara a realizar tareas sórdidas, arrendándolo o enviándolo temporalmente o de por vida a realizar alguna prestación Real. El trabajo en las minas reales de Almadén era tan duro que los dueños sólo enviaban a sus esclavos cuando creían oportuno darles un escarmiento. Rocío Periáñez detectó un caso en Cáceres en el primer tercio del siglo XVII: el de Pedro Roco Campofrío, vecino de Cáceres, que en su codicilo fechado el 11 de julio de 1632 afirmó haber tenido entre sus esclavos un niño berberisco de doce o trece años pero que por haber salido travieso y bellaco lo vendió en 30.000 maravedís a los Fúcares para que lo llevasen a Almadén (Periáñez, 2009: 392). Pero parece que la práctica se mantuvo en el tiempo no dejo de ser un recurso excepcional, usado como escarmiento por los dueños.

A juzgar por los testimonios que hemos localizado, parece que el envío a las minas Reales era tan duro y tenían tal fama que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos esclavos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad. Así ocurrió en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo envió a su esclavo Sebastián de 45 años, robusto y de color amembrillado por un año y medio a servir en Almadén. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro. Más claro aún fueron Juan Montaño y María Rengela de Guzmán, vecinos de Aceuchal, cuando fundamentaron la donación al Rey de su esclavo Juan Martínez, de color blanco, de unos 30 años, robusto de cuerpo y capaz de cualquier trabajo corporal en los siguientes términos:

 

        "El cual por justas causas que me mueven lo doy y cedo para que sirva a Su Majestad por todos los días de su vida en las Reales minas de Almadén o Espartería o en otro cualquier presidio, donde más utilidad con su trabajo pueda dar al Rey… sin que pueda el susodicho salir con su libertad de la parte donde se dé dicho destino porque mi ánimo es que perezca trabajando a beneficio de la Real hacienda, sin tener libre uso de su persona".

 

        Las palabras de sus dueños están henchidas de malas intenciones: lo envían a Almadén de por vida, para que muera allí trabajando, es decir, que la carta parece como mínimo una condena del esclavo a cadena perpetua.

        Podríamos preguntarnos, si el esclavo podía rebelarse ante la tiranía de su dueño. La única opción desesperada que le quedaba era la huida, pero apenas si recurrían a ella porque al estar marcados a hierro no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían ser dramáticas para el esclavo, pues incluso podían ser enviados a galeras o a las minas de cinabrio de Almadén, de las que pocos escapaban con vida.

        Hemos documentado algunos casos sonados de huídas pero necesariamente fueron escasos y acabaron con la captura del fugado. El 19 de julio de 1710, Manuel Lorenzo, vecino de Ribera dio poder a Pedro de Torrejón para que fuese a la cárcel de los padres teatinos de Sevilla donde estaba retenido un esclavo suyo que se había fugado de su casa la víspera del día de San Pedro. El esclavo en cuestión se llamaba Joseph, de 20 años, y cuyos rasgos físicos eran los siguientes: de color tinto, de buen cuerpo, la cabeza larga (y) algo hoyoso de viruelas. Como puede observarse, el esclavo se había escapado el 28 de junio y el 19 de julio, ya sabía su dueño que estaba preso en Sevilla. Es decir que la libertad apenas le debió durar diez o quince días, aunque sorprende que pudiese llegar hasta la capital hispalense.

En 1778 encontramos otro caso de resistencia, pero muy diferente al anterior. En la localidad de La Parra vivía Francisco González y Rivera que disponía de un matrimonio de esclavos, llamados Domingo y Antonia. Tras su muerte, y dado que no tenía hijos, heredaron sus sobrinos correspondiéndole a Francisco Antonio Zalamea, vecino de Ribera del Fresno, un lote de bienes que incluía a los dos aherrojados. Pues bien, dicho matrimonio se negó a marchar a Ribera y permaneció viviendo en La Parra con sus recursos, escasos pero suficientes. Sin embargo, Francisco Antonio Zalamea, con la ley en la mano, otorgó poderes a Vicente González Máximo, vecino de La Parra para que procediese contra sus esclavos, deportándolos forzosamente y confiscándole sus bienes, con el objetivo de resarcir al demandante de sus pérdidas. No conocemos más del asunto, pero dado que al demandante le asistía el derecho y la justicia es posible que consiguiese sus objetivos y que los aherrojados fuesen expropiados y deportados de La Parra.

Como puede observarse, las posibilidades de estos pobres hombres de eludir la esclavitud o el trabajo forzado eran mínimas por no decir nulas. Ni había milagros, ni redención, ni cuentos de hadas. Habían nacido en el lugar y en el momento equivocado, y la mayoría solo se liberaba de la pesada carga de la servidumbre con la muerte. Hacen cierta la alabanza fúnebre: “Todos tratan de evitar conocerme, pero todos acaban recibiendo mi visita… Y cuando por fin me encuentran descansan…”. Muchos de estos aherrojados vieron la muerte con la esperanza de justicia y con el deseo de reencontrarse con sus seres queridos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20150714124229-fig2029.jpg

Muchos de ellos fueron liberados al final de las vidas de sus dueños, pero en cualquier caso a partir de su abolición en el siglo XIX todos adquirieron su libertad. Sin embargo, una cosa era recuperar su libertad legal y otra escapar del servilismo laboral. No parece que su vida cambiase demasiado, siendo la principal diferencia que no podían ser vendidos, lo que no era poco y que podían disponer su alma y testar. Se suponía que cuando algún sujeto alcanzaba la condición de libre es que estaba totalmente deculturado y había asumido todos los patrones de comportamiento propios de los cristianos viejos.

Acostumbrados a la servidumbre paternalista, la libertad actuó de manera traumática. Muchos tuvieron que recurrir en los últimos años de su vida a la caridad de sus conciudadanos. El 25 de noviembre de 1733 se enterró en Santa Marta (Badajoz) la liberta Magdalena con cargo a la parroquia, y no se le señalaron misas porque era muy pobre. Éste era el triste sino de los libertos, es decir que vivieron y murieron siempre, con muy pocas excepciones, en la miseria. Bien es cierto, que su situación no debía ser peor que la de otros pobres de solemnidad, la mayoría de ellos blancos y cristianos de pura cepa, que con tanta frecuencia encontramos a lo largo de la Edad Moderna en toda Europa. Por ejemplo, en los mismos años en los que los esclavos y libertos se enterraban unos con misas sufragadas por sus dueños o señores y otros sin ellas, se hizo el siguiente asiento: el 8 de noviembre de 1684 se enterró Vicente, pobre, sin acompañamiento, no tuvo misas.

Hubo excepciones, como es el caso de María de la Trinidad, natural de Villanueva de la Serena pero avecindada en Almendralejo. Ésta, tras obtener su libertad y la de su hijo Gerónimo, llevó una vida más o menos holgada. Su negocio consistía en vender en su casa al por menor el vino que le proporcionaba Francisco Nieto Flores así como quesos de cabra que ella elaboraba y vendía. Con dicho trato consiguió comprar ocho fanegas de tierra y bastantes enseres para su casa. Además en su enfermedad estuvo asistida por Isabel Márquez y por el médico de la villa permitiéndose en su testamento disponer numerosas misas por su alma e inhumarse solemnemente en la parroquial de la Purísima. Le sobrevivieron tres hijos: Gerónimo, bautizado el 16 de octubre de 1720 y que, según su testamento era liberto, Antonia del Rosario y Marcelina Antonia, ambas esclavas y residentes la primera en Villanueva de la Serena y la segunda en Mérida. Alegando que los esclavos no podían tener bienes, deja como heredero universal de todos ellos a su hijo Gerónimo. A lo largo de toda la geografía española encontramos numerosos enterramientos de libertos en los que ellos mismos o su cónyuge dejaron algunas misas por su alma, frecuentemente una treintena.

Ahora bien, pese a todos estos inconvenientes, los esclavos siempre ansiaban su libertad. Además del orgullo de haber conseguido dicha condición para ellos y sus sucesores, su nuevo status les permitía al menos en teoría, mantener una vida pública. Dado que los esclavos no podían otorgar escrituras, muchos libertos, aunque tuviesen pocos recursos económicos, redactaban orgullosamente su testamento para disponer algún número de misas por su alma. De esta forma, además de mimetizar el comportamiento de los blancos, conseguían, según sus creencias, salvar su alma. Y en caso de no disponer de dinero, dado que seguían como criados junto a sus antiguos dueños, solían ser partícipes de la caridad de sus señores, quienes normalmente entregaban alguna limosna por que se rezasen algunos sufragios por sus almas. Sus antiguos dueños solían dejar mandas en su testamento tanto a favor de sus esclavos como de sus libertos. Además en caso de que el liberto no tuviese recursos, casi siempre era el antiguo dueño el que se hacía cargo de entregar alguna limosna para que se celebrasen un número determinado de sufragios por el alma del finado.

A partir del siglo XVIII proliferaron los libertos; sin embargo, que legalmente fuesen libres no significa que no estuviesen marginados socialmente. El estigma de la negritud, de la ilegitimidad y de la esclavitud pesó durante generaciones en los descendientes de aquellos antiguos esclavos. De hecho en una partida de defunción de la parroquia del Soterraño de Barcarrota (Badajoz), fechada el 26 de mayo de 1837 se inscribía el fallecimiento de Juan José Clímaco, septuagenario, hijo de Inés María, esclava que fue de Juan José Tovar. Es decir, décadas después, incluso, estando ya abolida la esclavitud, se señalaba el pasado servil de un liberto. Aunque se refiera a Barcarrota, el asunto debía ser similar en cualquier otro lugar de España.

Finalmente, estas alusiones terminan desapareciendo en la documentación, al tiempo que encontramos algunos enlaces formados por un liberto o liberta y otra persona libre. Todo ello nos está indicando una paulatina integración de estas familias antaño esclavas. Lo que debe quedar claro es que cuando estos esclavos fueron liberados no se marcharon a ningún sitio porque la mayoría había nacido en España o al menos había vivido aquí la mayor parte de su vida. Su tierra era ésta y aquí permanecieron fusionándose e integrándose, con más o menos dificultad, en la sociedad española.

 

APÉNDICE

 

 

Testamento de María de la Trinidad, liberta, Almendralejo, 1737.

 

          En el nombre de Dios todopoderoso amen… Sepan cuantos esta carta de testamento, última y postrimera voluntad vieren como yo María de la Trinidad, liberta, vecina de esta villa de Almendralejo y natural de la de Villanueva de la Serena, estando enferma del cuerpo y sana de la voluntad en mi libre juicio, memoria y entendimiento natural el que Dios nuestro señor fue servido de me dar, creyendo como firme y verdaderamente creo en el misterio de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas y un solo Dios verdadero y en todo aquello que tiene, creee y confiesa la santa madre Iglesia Católica de Roma debajo de cuya fe y creencia yo he vivido y protesto vivir y morir como buena y fiel cristiana y temiéndome de la muerte que es cosa natural a toda criatura humana y deseando poner mi ánima en verdadera carrera de salvación, elijo para ello por mi intercesora y abogada a la gloriosísima reina de los ángeles Virgen Santa maría para que interceda con su preciosísimo hijo y mi redentor perdone mis pecados y lleve mi alma al cielo y con esta sagrada invocación la de mi nombre y los de mi devoción hago y ordeno este mi testamento en la forma y manera siguiente:

          Primeramente, encomiendo mi ánima a Dios nuestro Señor que la crió y redimió con su preciosa sangre, muerte y pasión y el cuerpo mando a la tierra de que fue formado. Y cuando su divina majestad sea servido darme y llevarme de esta presente vida mi cuerpo sea sepultado en la iglesia parroquial de esta villa en la sepultura que eligieren mis albaceas y acompañen mi entierro los curas y clero de esta comunidad, cruz alta y tres capas y por todo se pague la limosna que es costumbre. Y el día de mi entierro, siendo hora de celebrar y si no el siguiente se e digan tres misas cantadas con ministros por mi ánima y por ello se pague la limosna que es costumbre por mis albaceas.

          Mando se digan por mi ánima veintiséis misas rezadas de sacrificio por mi ánima y se pague la limosna acostumbrada.

          Mando se digan por penitencias mal cumplidas y especialmente a quienes fuere algún cargo otras cuatro misas rezadas y se pague por ellas la limosna que es costumbre.

          Mando a las mandas forzosas Casa Santa de San Francisco de Jerusalén, y redención de cautivos, la limosna acostumbrada con que la relevo y aparto del derecho y acción que tienen a mis bienes.

          Mando que dentro del año de mi fallecimiento o cuando pareciere a mis albaceas se me diga una misa cantada con ministros por mi ánima y por ello se pague lo que es costumbre en esta villa.

          Declaro está debiendo al señor don Francisco Nieto Flores, vecino de esta villa, ciento y cincuenta y dos reales de vellón, valor de diecinueve años de vino que me ha entregado para que le venda en mis casas a razón de ocho reales cada arroba y de dicha cantidad se deberá rebajar el dinero que yo a dicho señor di en una bota que no me acuerdo cuanto, quiero y es mi voluntad que en cuanto a esto se entre y separe por lo que dicho señor dijere y no me acuerdo deber otra cosa si con buena verdad pareciese se pague de mis bienes.

          Declaro me están debiendo lo siguiente: me debe Alonso Montes cuarenta reales de vellón; Alonso Moreno quince reales menos seis maravedís; el oficial del dicho Alonso Moreno doscientos reales y medio; Alonso López un real y veintidós maravedís; Sebastián Calas veintiocho reales; Alonso de Toro me debe ciento y dieciocho reales y un vale que me tiene hecho a cuya cuenta me ha dado quince reales y me resta deber ciento y tres, todas las cuales dichas deudas se cobren por mis albaceas y las demás que pareciere debérseme.

          Declaro tengo por mis hijos a Gerónimo de la Cruz, liberto, a Antonia del Rosario, esclava de don Pedro Godoy, vecino de la villa de Villanueva, y a Marcelina Antonia, esclava de Fernando de la Rocha, vecino de la ciudad de Mérida, declárolo así para que conste.

          Declaro que los bienes con que al presente me hallo y he adquirido durante mi libertad y que me había dado a ganar el dicho mi hijo son como siguen: ocho fanegas de garbanzos colmados; como dos arrobas de quesos de ovejas; una tarima de cama; dos colchones de sábanas; dos almohadas, la una con henchido, todo muy usado; un arca de pino con su cerradura; un manto de anascote viejo; una basquiña de bauta negra muy vieja; una saya de de bayetilla verde servida; doce camisas de mucho uso servidas; otra arca de pino con cerradura; cuatro mesitas grandes y pequeñas; cuatro tinajas pequeñitas de rollo; cuatro bancos tordos de corcha y dos de tabla; una caldera mediana; un calderito nuevo; un almirez; un peso de balanzas; con sus pesas; otro peso de garfios; tres candiles viejos; tres asadores; un gato de hierro; dos pares de atriles; dos escopetas; una espada; tres jergas servidas; un costal también servido; dos toallas con encajes servidas; unos manteles viejos; un cazo pequeño; y dos sartenes muy viejas, declárolo así para que en todo tiempo conste.

          Mando por vía de limosna se le dé luego que yo fallezca a Isabel Márquez, mujer de Juan Carrasco, vecina de esta villa, el manto de anascote, saya negra y dos camisas que llevo declarado entre mi testamento en atención a estarme asistiendo en mi enfermedad y le pido me encomiende a Dios.

          Asimismo mando por vía de limosna a Juan Benítez, mi sobrino, una saya de bayetilla verde usada que llevo declarado para que de ella haga un jubón y forre una casaca y le pido me encomiende a Dios.

          Quiero y es mi voluntad que de lo más pronto de mis bienes se pague por mis albaceas los medicamentos de botica que estuviere debiendo y asistencia que me ha hecho el médico de esta villa en la presente enfermedad que padezco.

          Y para cumplir y pagar este mi testamento nombro por mis albaceas al señor don Fernando Bolaños Golfín y al dicho Gerónimo de la Cruz, mi hijo, liberto vecino de esta villa y a cada uno de por sí, insolidum, a quienes doy poder cumplido para que de lo mejor y más bien parado de mis bienes cumplan y paguen este mi testamento, vendiendo los que bastaren en almoneda o fuera de ella como les pareciere y aunque sea pasado el año del albaceazgo para que les prorrogo el término necesario hasta su entero y debido cumplimiento.

          Y cumplido y pagado este mi testamento, mandas y legados en él contenidos en el remanente que quedare de todos mis bienes, derechos y acciones que en cualquier manera me toquen y pertenezcan respecto que las dichas mis hijas que llevo declaradas en este mi testamento están y se hallan sujetas a esclavitud y no pueden ni deben haber cosa suya propia por su esclavitud, nombro e instituyo por mi único y universal heredero de todos ellos al dicho Gerónimo de la Cruz, mi hijo, liberto, para que los haya, lleve, goce y herede con la bendición de Dios y la mía y vean que es mi ultima y determinada voluntad y le pido me encomiende a Dios.

          Y por este mi testamento revoco y anulo y doy por ninguno todos otros cualesquiera testamentos, mandas, codicilos o legados que antes de este haya hecho y otorgo por escrito o de palabra que quiero no valgan ni hagan fe en juicio ni fuera de él, salvo éste que al presente hago y otorgo que quiero que valga por mi testamento o escritura pública o como mejor por derecho lugar haya en cuyo testimonio así lo otorgo ante el presente escribano público y testigos en la villa de Almendralejo, en veinte días del mes de noviembre de mil setecientos y treinta y siete, siendo testigos Clemente Antonio Barroso, Alonso Martínez Moriano y Pedro Sánchez, todos vecinos de esta villa y esta otorgante a quien yo el presente escribano doy fe que conozco no firmó por no saber, a su ruego lo hizo uno de los dichos testigos y fueron asimismo llamados y rogados para el otorgamiento de este testamento de que doy fe.

(Archivo Municipal de Almendralejo, escribanía de Lucas Francisco Rodríguez de Vitoria 11737, fols. 29r-30v).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Etiquetas: , , , , , ,

20150712002233-monumento-dedicado-al-samurai-hasekura-tsunenaga-en-coria-del-rio-pueblos-espana.jpg

Cuando España era la metrópolis del mundo, en tiempos de Felipe II, se pasearon por España un sinnúmero de embajadores y viajeros de todos los confines del planeta. Como es bien sabido, desde que Sevilla se convirtiera, a raíz del Descubrimiento de América en la puerta y el puerto de las Indias, se instalaron en ella nutridas colonias de extranjeros: genoveses, venecianos, flamencos, alemanes y portugueses, entre otros. Pero, también llegaron personas pertenecientes a lugares y naciones más lejanas y exóticas, lo mismo procedentes del Lejano Oriente que del Magreb o del continente americano. Sultanes magrebíes como el Muley Xeque, hospedado en el alcázar de Carmona, o el embajador marroquí Sidi Ahmet-el-Gazel arribado a la ciudad del Guadalquivir en 1766.

Pues bien, hoy quería glosar otra de esas embajadas exóticas arribadas a Sevilla, concretamente la del japonés Rocuyemon Hasekura en 1614. Todo comenzó en 1613, después de que San Francisco Javier lanzara sus prédicas en el país del Sol Naciente. Las autoridades niponas decidieron que el samurái Hasekura encabezase un séquito para entrevistarse con el rey Felipe III y luego con el Papa en Roma. El objetivo era doble: uno, rendir pleitesía al soberano español y al jefe de la iglesia católica, y otro, afianzar las relaciones comerciantes. De hecho, en la carta que entregó a las autoridades españolas trataba de averiguar si existía la posibilidad de establecer una ruta directa entre Sevilla y Japón.

Lo cierto es que la embajada japonesa se encaminó en el Galeón de Manila hasta el puerto de Acapulco. Allí prosiguieron su ruta por tierra hasta llegar a Veracruz, donde se embarcaron en la Flota de Nueva España que llegó a Sevilla en octubre de 1614, justo un año después de la partida de la embajada desde el Lejano Oriente. Iban en compañía de fray Luis Sotelo, franciscano recoleto, natural de Sevilla, y junto al embajador figuraba un extenso séquito. Al parecer la citada flota desembarcó en el puerto de Coria del Río, donde una parte del séquito permaneció durante un tiempo. Se dice que el apellido Japón, usual en esta localidad sevillana, se debe a los descendientes que estos hombres procrearon con mujeres de la tierra. El embajador fue trasladado solemnemente a Sevilla, proporcionándole hospedaje en el alcázar. Luego pasaron a la Corte donde Felipe III los recibió con gratitud, mientras que en 1615 pudieron entrevistarse con el Pontífice Paulo V en la Ciudad Eterna.

Impresiona contemplar a todas estas embajadas, en un mundo ya globalizado, procedentes lo mismo de Armenia que de Persia, Marruecos o Egipto. Y llegaban al puerto de Sevilla, tratando de rendir pleitesía o de estrechar lazos comerciales con la metrópolis de la época. Servilismo de las élites dirigentes de aquellos países para tratar de obtener ventajas políticas o económicas. Algo no muy diferente a lo que ocurre en nuestros días.

 

PARA SABER MÁS:

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “Sociedad y mentalidad en la Sevilla del Antiguo Régimen”. Sevilla, Biblioteca de Temas Sevillanos1983.

 

ORTIZ DE ZÚÑIGA, Diego: “Anales eclesiásticos y seculares de la ciudad de Sevilla”. Madrid, Imprenta Real, 1796, T. IV, pp. 239-242

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

20150628135009-005.jpg

Las minorías étnicas o religiosas estuvieron en teoría excluidas de la emigración a las Indias. La Corona quiso extender en el Nuevo Mundo la religión Católica, pues, no en vano, la donación papal estuvo condicionada por la evangelización que se debía llevar a cabo sobre los aborígenes. Sin ir más lejos, las Leyes de Indias sintetizan bien ese sentido de la colonización como medio de que sus habitantes progresaran “al máximo en cristiandad y policía”. Por tanto, desde la época de Isabel la Católica se intentó evitar que los judíos, moros y demás perseguidos por la Santa Inquisición pasasen al Nuevo Mundo, pues se pensaba que podían hacer gran daño en la evangelización del indio americano.

         La persecución fue especialmente estricta con los judeoconversos. Las razones de tal prohibición las expuso el propio Emperador Carlos V, en 1526, con una sorprende claridad, según podemos ver en las líneas siguientes:

 

        “Porque he oído decir que está proveído y mandado que ningún sospechoso en la fe o infame o públicamente por esta causa penitenciado o los deudos cercanos de ellos, no pasen allá; es cosa muy razonable que así se guarde, porque es tierra nueva e iglesia nueva y muy tierna y como siempre entre cristianos haya contiendas podría de aquí nacer escándalos a los nuevos y tiernos en la fe que son vivísimos y tendrían causa de dudar y otras causas que hay, por donde me parece provisión santa...”

 

Las prohibiciones dirigidas hacia estos conversos se repitieron a lo largo de la primera mitad del siglo XVI en numerosas ocasiones, a saber; 1501, 1509, 1514, 1518, 1526, 1534, 1539, etc. Sin embargo, dentro de esta legislación prohibitiva que pesó sobre los judeoconversos hubo una sola excepción que duró legalmente entre 1511 y 1513, aunque se siguió usando al menos hasta 1518. Lo que se concedió no fue una habilitación total en las mismas condiciones que las del resto de los vecinos castellanos, como algunos historiadores habían creído, sino un permiso con enormes restricciones, como veremos seguidamente. En 1511 lo que se autorizó fue a que los recién convertidos pudiesen permanecer por un máximo de dos años según se refleja claramente en el texto que mostramos en las líneas que vienen a continuación:


        "Que podáis ir y tratar a las Indias y estar en ellas por espacio de dos años desde el día que llegaredes y que no estéis más en cada viaje, y asimismo, podáis ir y tratar por mar y por tierra a cualquier parte de cristianos y usar de otras cualesquieras cosas que han sido vedadas según que los otros fieles y católicos cristianos las usan y viven y tratan, todo lo cual que de suso y en esta mi carta se contiene, quiero y es mí voluntad y merced que de hoy día de la fecha de esta mi carta en adelante podáis usar y ejecutar bien y cumplidamente sin que vos sea puesto embargo ni impedimento alguno...”

 

Por otra Real Cédula, al parecer complementaria, otorgada unos meses después se señalaba la principal vejación a la que estarían sometidos estos judeoconversos, es decir, que no podrían usar oficios en las Indias, alegando que así está “prohibido y vedado por leyes y pragmáticas de estos Reinos...” La prohibición fue aplicada a todos los perseguidos por la Santa Inquisición, al menos en lo que hemos podido ver en esta primera mitad del siglo XVI, y muy a pesar de que Hevia Bolaños afirmó que sólo afectaba a los recién convertidos y no a los viejos descendientes de moros y judíos.

        Otra de las inhabilitaciones a las que estuvieron sometidos fue la de la posesión de encomienda tal y como se muestra en un auto llevado a cabo, en 1529, contra un encomendero descendiente de judíos en el que le fueron, finalmente, arrebatados sus indios. Por tanto, tenemos en lo que a legislación se refiere, una prohibición al paso de los perseguidos por la Santa Inquisición que tan sólo se quiebra brevemente en 1511 y con múltiples inhabilitaciones.

Sin embargo, vamos a ver a continuación como la realidad de la emigración de este grupo marginado va a ser bien distinta. Bien es cierto que los casos de judeoconversos y moriscos andalusíes los vamos documentando a cuenta gotas, dada la ausencia de documentación. Obviamente, la mayoría llegó al margen de la Casa de la Contratación y hasta dónde pudo, dejó el menor rastro posible de sus orígenes, cambiando sus apellidos.

Pero nadie duda que su presencia en el Nuevo Mundo se remonta a los tiempos del propio Cristóbal Colón, hasta el punto que hay serias sospechas de que el propio almirante genovés lo era. Efectivamente, desde los primeros momentos América se convirtió en refugio para aquellas personas perseguidas en España por la Santa Inquisición, constituyendo el Nuevo Mundo una auténtica válvula de escape, como confirman además las reiteradas prohibiciones en este sentido. Ya en una carta de los Jerónimos, fechada en 1517 y dirigida al Cardenal Cisneros, decían que “acá se dice que hay muchos conversos y herejes que vienen huyendo de la Inquisición, y hemos sido informados que hiciésemos de ellos información a vuestra Reverendísima Señoría para que lo remediase...” Estas informaciones debieron de llegar a oídos del Rey que no tardó en ordenar a los oficiales de la Casa de la Contratación que cuidasen especialmente de que no pasasen conversos, pues, por culpa “de cierta habilitación y composición” que hizo el Rey Católico, están entrando muchos recién convertidos. Poco efecto tuvieron, en realidad, las medidas establecidas de ahí que la prohibición se reiterara en tantas ocasiones como dijimos antes. Es más, en 1526 se llevó a cabo un proceso en la Española contra ciertos escribanos y procuradores que, siendo conversos, habían ejercidos esos oficios. En el mismo pleito se advirtió además que los inculpados no eran los únicos conversos sino que “asimismo han pasado a esas partes otras personas a quien toca la dicha prohibición y usan de oficios públicos y reales de que no pueden usar...”

        El caso del judeoconverso Alonso Rubuelo, vecino de Santa Olalla (Huelva), aunque natural de Casas Rubias, es singular. Fue procesado en Castilla del Oro hacia 1529. Los testigos dijeron que su padre fue judío “y se tornó cristiano y después fue reconciliado por la Santa Inquisición y murió con sanbenito”. Este hombre parece ser que siendo mayordomo del señor de Santa Olalla, don Esteban de Guzmán, se fugó con gran cantidad de maravedís a Sevilla donde sin ningún tipo de problemas pudo embarcar para las Indias, viviendo largos años en Panamá con una encomienda de indios, hasta que fue procesado. Se trata de un caso interesante ya que ilustra perfectamente la facilidad que podía tener un “prohibido” para emigrar rumbo al Nuevo Mundo.

La situación de libertad con que circulaban los judeoconversos fue tal que, en 1534, el Rey decidió volver a pregonar tal prohibición en las gradas de la ciudad de Sevilla, amenazando con la pérdida de sus bienes tanto al infractor como al posible encubridor.

También conocemos algunos casos individualizados de moriscos andalusíes. Uno de ellos es el de Beatriz, una esclava andalusí propiedad del veedor García de Salcedo, que llegó a intimar nada menos que con gobernador trujillano Francisco Pizarro. Ésta residía en el palacio del marqués en Lima y tenía tan encandilado con sus encantos al marqués que, según Diego de Almagro el Mozo, le sacaba numerosas prebendas y privilegios para sus conocidos y amigos. Y con ella cohabitó hasta su asesinato en 1541 por los almagristas.

Pero el caso más conocido es el del Capitán Zapata, minero de Potosí que alcanzó una gran fortuna y que poseía claros orígenes musulmanes como ya puso de manifiesto Arzans y Orsúa.

No hay muchos más casos concretos, pero ahí están a la espera de algún historiador que restaure su memoria. Manuel Toussaint ha llamado la atención sobre un dato: que el arte mudéjar floreció en América a partir de 1612. Yo no creo en las casualidades; es cierto que tenían África más cerca, pero muchos de ellos eran cristianos sinceros y América podía ser el destino idóneo para seguir practicando su fe. No se trata más que de una hipótesis que quizás resolvamos cruzando las listas de moriscos expulsados con las de los pasajeros y con algunos censos novohispanos y andinos del siglo XVII.

 

 

 PARA SABER MÁS

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Los prohibidos en la emigración a las Indias, 1492-1550”, Revista de Historia Social y Económica de América. Alcalá de Henares, 1995, pp. 37-53.

 

TABOADA, Hernán G. H.: “La sombra del Islam en la conquista de América”. México, Fondo de Cultura Económica, 2004.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20150527183854-20100226-mesa-carioca-por-debret.jpg

        En teoría estos esclavos tuvieron el status de cosas, siendo vendidos en los mismos mercados y ferias donde con frecuencia se hacían las transacciones ganaderas. Algunas cartas de compraventa chocan especialmente por la naturalidad con que se hacían las transacciones. Así el 6 de mayo de 1540 se formalizó una carta de trueque en Baza (Granada) de un esclavo por un asno (Asenjo Sedano, 1997: 98).

        Obviamente a nadie le debe sorprender que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad, tratando a los esclavos como a animales o simplemente como a bienes materiales. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, en la práctica se les solía tratar bien, en unos casos por simple caridad cristiana, y en otros, por una cuestión de racionalidad económica, es decir por el deseo de no perder la inversión realizada.

        Ahora bien, si una esclava doméstica que vivía en contacto permanente con sus dueños era mala o se había deteriorado, la aherrojada tenía todas las de perder: su vida se podía convertir en un auténtico calvario.

La documentación notaria o sacramental no suele aportar información sobre las relaciones entre dueños y esclavos. Solo encontramos casos extremos en los que el aherrojado era enviado a las minas reales, fundamentalmente a las de Almadén. Tenían fama de ser tan mortíferas que debió ser la amenaza habitual de los dueños a aquellos esclavos que no se comportaban como se esperaba de ellos. Debió constituir una forma de presión y de control del comportamiento de estas minorías aunque sólo en ocasiones puntuales y quizás extremas se llegaba a convertir en realidad. Así ocurrió, por ejemplo, en 1735 cuando Rodrigo Villalobos Moscos, vecino de Almendralejo envió a su esclavo Sebastián de 45 años, robusto y de color amembrillado por un año y medio a servir en Almadén. Los motivos que lo impulsaron a ellos no podían ser más explícitos: "por haberle faltado a la obediencia y respeto que le debe tener como al tal su amo y señor y se ha ausentado de su casa, llevándose consigo a algunas mujeres de mal vivir y andaba de un pueblo a otro".

También pueden aparecer reflejadas en las cartas de compraventa alguna merma o enfermedad provocado por los malos tratos de su dueño. Y ello porque el vendedor estaba obligado a especificar las posibles enfermedades o taras que tuviese la pieza que pretendía vender. Fue el caso de la esclava María, de 21 o 22 años, de color albarrana que fue vendida por Juan Ortiz Guerrero, vecino de Villalba de los Barros, el 27 de marzo de 1762. El comprador, Juan de Bolaños y Guzmán, se comprometió a pagar 2.700 reales por ella pero el día de Santiago, tras verificar que su enfermedad no iba a más. Y ello porque el vendedor reconoció que en general estaba sana pero que había sufrido un pequeño accidente que describió con las siguientes palabras:

 

 

“Que estaba sana más que en una ocasión que yo el dicho Juan Guerrero la castigué por haberse vuelto contra su ama y porque le dio al parecer un accidente de que llamado al médico actual de esta villa y reconocida dijo que era aflicción a perecer”.

 

Estaba claro que la esclava padecía una especie como de depresión traumática y que su miedo a morir se debía fundamentar en los castigos que su dueño le imponía. No parece que el comprador deshiciese la transacción por lo que posiblemente la aherrojada mejoró de su aflicción. Podríamos preguntarnos, ¿Por qué no huían de sus dueños? Apenas si recurrían a ella porque al estar marcados en la mejilla o en la frente no tenían ninguna posibilidad de éxito. Y una vez capturado las consecuencias podían empeorar aún más para el aherrojado. Era el alto precio de una sociedad fundamentada en la desigualdad entre las personas.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20150521194940-segunda-batalla-de-ypres.jpg

Ya en el Neolítico se dio lo que Marshall D. Sahlins llamó la ley del predominio cultural. En realidad era más bien una praxis. Ésta trajo consigo que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. En este sentido, ha escrito Lucy Mair que todos los males de la humanidad comenzaron precisamente cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad, cuyo objetivo no era otro que extender sus ideales a los demás pueblos supuestamente no civilizados. Sobre este concepto se justificó la expansión de la civilización europea al resto del mundo, con el desprecio intrínseco de los valores ajenos. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión o lo que es peor, el expansionismo puede considerarse inherente a toda civilización. Si a ello unimos que todas las grandes religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la historia de la humanidad. Y encima con la bendición del poder, tanto espiritual como temporal.

Fue en la antigüedad cuando apareció lo que Max Weber llamó el colonialismo Imperialista, es decir, el derecho de los pueblos superiores a conquistar, someter y aculturar a los inferiores. El primer paso consistió en reconocer que unas personas eran superiores a otras. De hecho, ya en el Código de Hammurabi, del año 1775 a. C., se diferenciaban dos tipos de seres humanos, los que estaban destinados a servir y los que debían mandar. Pero había que dar un paso más allá y extender este concepto de lo individual a lo colectivo. Igual que había personas superiores a otras, también existían civilizaciones, culturas o Estados que eran superiores a otros. Así, en la Grecia Clásica, lo heleno era lo civilizado, antítesis de la barbarie que reinaba en el resto del mundo. Asimismo, los romanos aplicaban la barbarie a los que no hablaban latín o no estaban sometidos a su Imperio, especialmente a los celtas y a los germanos. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península Ibérica. Un proceso que contó también con su particular Bartolomé de Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

Posteriormente, el Cristianismo equiparó paganismo con barbarie y durante siglos se ha venido perpetuando este dualismo entre civilización y barbarie. En el mundo del siglo XVI, civilizados eran los europeos y bárbaros los indígenas, lo mismo americanos, que africanos o asiáticos. Una posición que se mantuvo inamovible hasta el Imperialismo contemporáneo. Otra cosa bien diferente es que, como escribió Malinowski, la única prueba de esa superioridad fuesen las armas. De hecho, en 1814, José María Blanco White contrapuso a los negros de la costa occidental africana, a quienes sus contemporáneos daban el nombre de bárbaros, frente a los europeos que eran considerados por aquéllos como unos paganos ignorantes, aunque muy temibles. Y es que está claro que durante varios milenios la civilización más avanzada llamó bárbaro a todo el que no compartiera sus principios. De hecho, Michel de Montaigne, humanista francés del siglo XVI, criticó en relación a los indios antropófagos que se les podía llamar bárbaros en relación a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros que los superamos en todo tipo de barbarie. Desgraciadamente, estos postulados pacifistas de humanistas del siglo XVI, como el citado Montaigne, Erasmo de Rotterdam o fray Bartolomé de Las Casas, al igual que los contemporáneos, como Anatole France, León Bloy o Mahatma Gandhi, han sido siempre minoritarios y marginales frente a la línea de pensamiento oficial que ha justificado siempre la expansión imperialista.

Queda bien claro que Europa ni tenía derecho a hacer lo que hizo, ni dejaba de tenerlo, porque desde la Antigüedad hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos superiores sobre los inferiores se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial. De hecho, en 1997, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, dependiente de la ONU advertía:

 

"Que en muchas regiones del mundo se ha discriminado a las poblaciones indígenas y se les ha privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales… Los colonizadores, las empresas comerciales y las empresas de Estado les han arrebatado sus tierras y sus recursos. En consecuencia, la conservación de su cultura y de su identidad histórica se ha visto y sigue viéndose amenazada".

 

        Llamémosle, pues, "ley de predomino cultural, capitalismo imperialista" o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante a lo largo de todos los tiempos. La historia de la humanidad ha sido, la de la imposición de unos sobre otros, de los más fuertes sobre los más débiles. Toda la memoria de la humanidad está atravesada por el drama de la guerra y los imperialismos. Como decía a finales del siglo XVIII Inmanuel Kant el estado natural del ser humano es la guerra y, por tanto, la paz es una conquista que debe conseguir el ser humano. Y no le faltaba razón, pues el genocidio ha estado presente en todas las guerras de conquista desde la antigüedad hasta las guerras preventivas practicadas en nuestros días por los Estados Unidos. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia del hombre y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y por si fuera poco, la Edad Contemporánea, y en particular el siglo XX, ha sido el más dramático de todos los tiempos. Los imperialismos de los siglos XIX y XX implicaron un verdadero holocausto a escala planetaria, implicando prácticamente a todos los continentes. Paradigma de la sinrazón del ser humano fueron las matanzas sistemáticas e indiscriminadas de los belgas en el Congo. Pero la capacidad del ser humano para causar daño no había alcanzado techo. En el siglo pasado las dos conflagraciones bélicas mundiales, terminaron convirtiendo al siglo XX en el más bárbaro de todos los tiempos, la centuria de las guerras como la denominó Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que unos llaman la guerra total industrial y otros, como Carl von Clausewitz, la guerra con objetivos ilimitados, que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías y la movilización de las masas para causar el mayor daño posible al enemigo. En 1916, R. Tagore, premio Nobel de la Paz, en un discurso pronunciado en la universidad de Tokio afirmó lo siguiente:

 

        "La civilización que nos llega de Europa es voraz y dominante; consume a los pueblos que invade, extermina o aniquila las razas que molestan su marcha conquistadora. Es una civilización con tendencias caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa…"

 

        Todavía no sabía el bueno de Tagore que, pocos años después, esas prácticas no serían exclusivas de Europa, pues, se sumarían primero Asia –y en particular su país, Japón- y luego América. Los genocidios ocurridos en el último siglo se cuentan por decenas. El fascismo exaltó la guerra, reservando la gloria a los caídos por la Patria. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –otros tantos se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un personaje aislado, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales que su líder. Pero desgraciadamente el genocidio Nazi con ser el más conocido no ha sido ni mucho menos el único. A la par que los Nazis, su alma gemela que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. También ellos pretendían alcanzar lo que Michael Ghiglieri llama el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito.

En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.

No menos flagrante fue el régimen de terror implantado en Uganda por el presidente Idi Amín Dada, entre 1971 y 1979, que costó la vida a decenas de miles de ugandeses. Asimismo, la dictadura militar de Guatemala se estima que asesinó impunemente, entre 1978 y 1984, a más de 250.000 opositores, provocando además el desplazamiento a México de 150.000 refugiados. Sus máximos responsables no sólo no han respondido de sus crímenes ante un tribunal nacional o internacional sino que algunos de ellos siguen desempeñando cargos de responsabilidad política. Mucho más recientemente, en 1994, se desencadenó en Ruanda el genocidio entre hutus y tutsis, que costó la vida a más de un millón de personas de una y otra etnia. Uno de los hechos más luctuosos se desencadenó el 23 de abril de 1994 cuando una unidad del Ejército Patriótico Ruandés, liderado por los tutsis, concentró en el estadio de fútbol de Byumba a 25.000 hutus a los que a continuación masacró indiscriminadamente. Otros genocidios siguen activos en nuestros días, como el de los palestinos en su enfrentamiento asimétrico con los israelíes, el de los kurdos a manos de los turcos y de los sirios, o el de diversas comunidades indígenas en algunos países Hispanoamericanos.

Por desgracia, la barbarie ha aumentado a lo largo del siglo XX hasta límites de locura colectiva. El arsenal nuclear actual es similar al de un millón de bombas como las lanzadas en 1945, con capacidad para destruir todo rastro de vida en la tierra unas veinte veces. Y lo peor de todo, es que nada parece indicar que esta escalada haya acabado. Actualmente vivimos un nuevo renacer de la violencia: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, grupos terroristas que actúan en el Tercer Mundo, aprovechándose del vacío de poder y del sufrimiento de los más pobres, y regímenes tiránicos que se mantienen en el poder masacrando a la población civil. Desgraciadamente, nada parece indicar que el siglo XXI no vaya a superar o al menos igualar al dramático siglo XX. Y ya tenemos muestras de esa sinrazón humana en el drama humanitario que se vive en el Mediterráneo con la muerte de miles de inmigrantes y con los asesinatos perpetrados por el Estado islámico que sufren con especial crudeza los propios musulmanes.

Por todo lo expuesto queda claro que mi ultrapesimismo tiene una fuerte base: mi conocimiento del pasado. Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Aunque eso sí, un pesimismo esperanzado porque no queda otra; la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana.

 

PARA SABER MÁS:

 

FERRO, Marc (Dir.): “El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , ,

20150521194129-iiguerramundialwq.jpg

Ya en el Neolítico se dio lo que Marshall D. Sahlins llamó la ley del predominio cultural. En realidad era más bien una praxis. Ésta trajo consigo que los grupos neolíticos desplazaran a los nómadas a lugares aislados y poco productivos, abocando a muchos de ellos a su extinción. En este sentido, ha escrito Lucy Mair que todos los males de la humanidad comenzaron precisamente cuando apareció en escena el Homo Sapiens. Sin embargo, fue con el nacimiento de las primeras civilizaciones cuando se generalizó el concepto de universalidad, cuyo objetivo no era otro que extender sus ideales a los demás pueblos supuestamente no civilizados. Sobre este concepto se justificó la expansión de la civilización europea al resto del mundo, con el desprecio intrínseco de los valores ajenos. La civilización nació, pues, unida al concepto de expansión o lo que es peor, el expansionismo puede considerarse inherente a toda civilización. Si a ello unimos que todas las grandes religiones monoteístas son ecuménicas, es decir tienden a expandir su verdad por todo el orbe, ya está configurado el choque de civilizaciones que desgraciadamente ha presidido buena parte de la historia de la humanidad. Y encima con la bendición del poder, tanto espiritual como temporal.

Fue en la antigüedad cuando apareció lo que Max Weber llamó el colonialismo Imperialista, es decir, el derecho de los pueblos superiores a conquistar, someter y aculturar a los inferiores. El primer paso consistió en reconocer que unas personas eran superiores a otras. De hecho, ya en el Código de Hammurabi, del año 1775 a. C., se diferenciaban dos tipos de seres humanos, los que estaban destinados a servir y los que debían mandar. Pero había que dar un paso más allá y extender este concepto de lo individual a lo colectivo. Igual que había personas superiores a otras, también existían civilizaciones, culturas o Estados que eran superiores a otros. Así, en la Grecia Clásica, lo heleno era lo civilizado, antítesis de la barbarie que reinaba en el resto del mundo. Asimismo, los romanos aplicaban la barbarie a los que no hablaban latín o no estaban sometidos a su Imperio, especialmente a los celtas y a los germanos. Los ataques a Numancia, Osma o Calahorra forman parte de la historia negra de la conquista romana de la Península Ibérica. Un proceso que contó también con su particular Bartolomé de Las Casas, pues un historiador romano denunció la gran crueldad empleada en la conquista de Hispania. Entre otras cosas escribió: "llaman pacificar un país a destruirlo", palabras que recuerdan bastante a las empleadas por algunos miembros de la corriente crítica en la Conquista de América.

Posteriormente, el Cristianismo equiparó paganismo con barbarie y durante siglos se ha venido perpetuando este dualismo entre civilización y barbarie. En el mundo del siglo XVI, civilizados eran los europeos y bárbaros los indígenas, lo mismo americanos, que africanos o asiáticos. Una posición que se mantuvo inamovible hasta el Imperialismo contemporáneo. Otra cosa bien diferente es que, como escribió Malinowski, la única prueba de esa superioridad fuesen las armas. De hecho, en 1814, José María Blanco White contrapuso a los negros de la costa occidental africana, a quienes sus contemporáneos daban el nombre de bárbaros, frente a los europeos que eran considerados por aquéllos como unos paganos ignorantes, aunque muy temibles. Y es que está claro que durante varios milenios la civilización más avanzada llamó bárbaro a todo el que no compartiera sus principios. De hecho, Michel de Montaigne, humanista francés del siglo XVI, criticó en relación a los indios antropófagos que se les podía llamar bárbaros en relación a las reglas de la razón, pero no con respecto a nosotros que los superamos en todo tipo de barbarie. Desgraciadamente, estos postulados pacifistas de humanistas del siglo XVI, como el citado Montaigne, Erasmo de Rotterdam o fray Bartolomé de Las Casas, al igual que los contemporáneos, como Anatole France, León Bloy o Mahatma Gandhi, han sido siempre minoritarios y marginales frente a la línea de pensamiento oficial que ha justificado siempre la expansión imperialista.

Queda bien claro que Europa ni tenía derecho a hacer lo que hizo, ni dejaba de tenerlo, porque desde la Antigüedad hasta pleno siglo XX la irrupción de los pueblos superiores sobre los inferiores se vio como algo absolutamente natural y hasta positivo. El colonialismo se justificó no como una ocupación depredadora sino como un deber de los pueblos europeos de expandir una cultura y una religión superior. Hasta muy avanzado el siglo XX, con la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), no ha habido realmente una legislación protectora de los pueblos indígenas. Aún hoy, el genocidio sobre los indios guatemaltecos o brasileños sigue siendo una praxis recurrente, en medio de la indiferencia mundial. De hecho, en 1997, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, dependiente de la ONU advertía:

 

"Que en muchas regiones del mundo se ha discriminado a las poblaciones indígenas y se les ha privado de sus derechos humanos y libertades fundamentales… Los colonizadores, las empresas comerciales y las empresas de Estado les han arrebatado sus tierras y sus recursos. En consecuencia, la conservación de su cultura y de su identidad histórica se ha visto y sigue viéndose amenazada".

 

        Llamémosle, pues, "ley de predomino cultural, capitalismo imperialista" o de cualquier otra forma, pero la realidad es que el sometimiento de unos pueblos a otros ha sido una constante a lo largo de todos los tiempos. La historia de la humanidad ha sido, la de la imposición de unos sobre otros, de los más fuertes sobre los más débiles. Toda la memoria de la humanidad está atravesada por el drama de la guerra y los imperialismos. Como decía a finales del siglo XVIII Inmanuel Kant el estado natural del ser humano es la guerra y, por tanto, la paz es una conquista que debe conseguir el ser humano. Y no le faltaba razón, pues el genocidio ha estado presente en todas las guerras de conquista desde la antigüedad hasta las guerras preventivas practicadas en nuestros días por los Estados Unidos. Se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Los datos no pueden ser tomados demasiado en serio pero nos sirven para demostrar que la guerra y la destrucción han estado plenamente ligadas a la historia del hombre y, sobre todo, a la historia de la civilización.

        Y por si fuera poco, la Edad Contemporánea, y en particular el siglo XX, ha sido el más dramático de todos los tiempos. Los imperialismos de los siglos XIX y XX implicaron un verdadero holocausto a escala planetaria, implicando prácticamente a todos los continentes. Paradigma de la sinrazón del ser humano fueron las matanzas sistemáticas e indiscriminadas de los belgas en el Congo. Pero la capacidad del ser humano para causar daño no había alcanzado techo. En el siglo pasado las dos conflagraciones bélicas mundiales, terminaron convirtiendo al siglo XX en el más bárbaro de todos los tiempos, la centuria de las guerras como la denominó Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que unos llaman la guerra total industrial y otros, como Carl von Clausewitz, la guerra con objetivos ilimitados, que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías y la movilización de las masas para causar el mayor daño posible al enemigo. En 1916, R. Tagore, premio Nobel de la Paz, en un discurso pronunciado en la universidad de Tokio afirmó lo siguiente:

 

        "La civilización que nos llega de Europa es voraz y dominante; consume a los pueblos que invade, extermina o aniquila las razas que molestan su marcha conquistadora. Es una civilización con tendencias caníbales; oprime a los débiles y se enriquece a su costa…"

 

        Todavía no sabía el bueno de Tagore que, pocos años después, esas prácticas no serían exclusivas de Europa, pues, se sumarían primero Asia –y en particular su país, Japón- y luego América. Los genocidios ocurridos en el último siglo se cuentan por decenas. El fascismo exaltó la guerra, reservando la gloria a los caídos por la Patria. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –otros tantos se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un personaje aislado, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales que su líder. Pero desgraciadamente el genocidio Nazi con ser el más conocido no ha sido ni mucho menos el único. A la par que los Nazis, su alma gemela que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. También ellos pretendían alcanzar lo que Michael Ghiglieri llama el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito.

En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.

No menos flagrante fue el régimen de terror implantado en Uganda por el presidente Idi Amín Dada, entre 1971 y 1979, que costó la vida a decenas de miles de ugandeses. Asimismo, la dictadura militar de Guatemala se estima que asesinó impunemente, entre 1978 y 1984, a más de 250.000 opositores, provocando además el desplazamiento a México de 150.000 refugiados. Sus máximos responsables no sólo no han respondido de sus crímenes ante un tribunal nacional o internacional sino que algunos de ellos siguen desempeñando cargos de responsabilidad política. Mucho más recientemente, en 1994, se desencadenó en Ruanda el genocidio entre hutus y tutsis, que costó la vida a más de un millón de personas de una y otra etnia. Uno de los hechos más luctuosos se desencadenó el 23 de abril de 1994 cuando una unidad del Ejército Patriótico Ruandés, liderado por los tutsis, concentró en el estadio de fútbol de Byumba a 25.000 hutus a los que a continuación masacró indiscriminadamente. Otros genocidios siguen activos en nuestros días, como el de los palestinos en su enfrentamiento asimétrico con los israelíes, el de los kurdos a manos de los turcos y de los sirios, o el de diversas comunidades indígenas en algunos países Hispanoamericanos.

Por desgracia, la barbarie ha aumentado a lo largo del siglo XX hasta límites de locura colectiva. El arsenal nuclear actual es similar al de un millón de bombas como las lanzadas en 1945, con capacidad para destruir todo rastro de vida en la tierra unas veinte veces. Y lo peor de todo, es que nada parece indicar que esta escalada haya acabado. Actualmente vivimos un nuevo renacer de la violencia: por un lado, las llamadas guerras de cuarta generación que incluiría los conflictos llamados preventivos que tan asiduamente práctica Estados Unidos, y las acciones contra el terrorismo internacional. Y por el otro, grupos terroristas que actúan en el Tercer Mundo, aprovechándose del vacío de poder y del sufrimiento de los más pobres, y regímenes tiránicos que se mantienen en el poder masacrando a la población civil. Desgraciadamente, nada parece indicar que el siglo XXI no vaya a superar o al menos igualar al dramático siglo XX. Y ya tenemos muestras de esa sinrazón humana en el drama humanitario que se vive en el Mediterráneo con la muerte de miles de inmigrantes y con los asesinatos perpetrados por el Estado islámico que sufren con especial crudeza los propios musulmanes.

Por todo lo expuesto queda claro que mi ultrapesimismo tiene una fuerte base: mi conocimiento del pasado. Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Aunque eso sí, un pesimismo esperanzado porque no queda otra; la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana.

 

PARA SABER MÁS:

 

FERRO, Marc (Dir.): “El libro negro del colonialismo. Siglos XVI al XXI: del exterminio al arrepentimiento”. Madrid, La Esfera de los Libros, 2005.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Conquista y destrucción de las Indias”. Sevilla, Muñoz Moya editor, 2009.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Etiquetas: , , ,

20150515184043-siglo-xvi-esclavos-blancos-allanados-musulmanes-superaban-numero-africanos-deportados-america-3-2152326.jpg

        En una visita realizada al Archivo Histórico Provincial de Sevilla buscando datos relacionados con Francisco Pizarro me salió al paso un documento que me pareció tan llamativo como triste. Un jueves 21 de abril de 1530 comparecieron ante el escribano sevillano Pedro de Coronado, Diego Beltrán, un mercader sevillano establecido en el barrio de Santa Cruz, y su esclavo Hamete. Este último tenía cuarenta años más o menos y pretendía, por un lado convertirse al cristianismo, adoptando el nombre del fundador de la Iglesia, Pedro, y por el otro, adquirir su libertad. El dueño aceptó, alegando que le había servido fielmente durante mucho tiempo y que le había “rogado” la concesión de la ahorría. Sin embargo, las condiciones para conceder la ansiada libertad fueron algo más que duras:

        Estimó su valor en unos 60 ducados de oro, valorados en 22.500 maravedís, una cuantía alta, teniendo en cuenta que los hombres se cotizaban más baratos que las mujeres y que el esclavo en cuestión tenía ya cuarenta años. Y a modo de ejemplo pondré otra carta de venta formalizada ante ese mismo escribano el 2 de septiembre de 1530: Bartolomé de Medina, vecino de Sevilla, en la collación de San Isidoro, vendió a Janote Espíndola, mercader genovés, una esclava blanca, natural de Berbería, de 16 por 65 ducados de oro. Está claro que si esta esclava se apreciaba en 65 ducados, Hamete, de 40 años, una edad avanzada para ser un esclavo, no podía valer 60 ducados. Lo cierto es que Hamete debió aceptar la estimación que le ofreció su señor. La mitad del dinero la abonó en el mismo acto de la firma de la obligación, mientras que los otros treinta ducados se los debía pagar de la siguiente forma:

        El mercader le proporcionaría una acémila con la cual acudir a su trabajo, debiendo pagarle veintinueve maravedís diarios cuando trabajase con el jumento y los que no la usase solamente diez. El dinero se lo debía abonar al final de cada semana en Sevilla. Dado que seguía siendo su esclavo, si algún día acudía a trabajar a su servicio no cobraría salario pero sí recibiría su manutención. Si dejaba en algún momento de pagarle la cantidad semanal que cobrase siendo asalariado, perdería todo lo entregado y mantendría su situación servil.

        Pero dado que debía pagarle 11.250 maravedís y que debía entregar diariamente una media de 19,5 maravedís diarios, necesitaría trabajar asalariado unos 576 días para pagar la deuda. Suponiendo que nunca cayese malo y que sirviera asalariado seis días a la semana, necesitaría al menos dos años para pagar su deuda si es que sobrevivía tanto tiempo con un trabajo tan prolongado.

        Como se puede observar Diego Beltrán distaba mucho de ser un benefactor, quizás su oficio de mercader, siempre buscado la ganancia, no favorecía una actitud caritativa. No sabemos si Hamete llegó a obtener su ansiada libertad porque la longevidad del esclavo raramente superaba los cuarenta o los cincuenta años, después de una vida de sufrimiento y trabajo. Pero en caso de conseguirla, el futuro que le esperaba no era nada halagüeño, pues detrás del supuesto afecto hacia el esclavo se escondían sórdidos intereses, fundamentalmente evitar su manutención cuando ya no era tan productivo o cuando se atravesaba por dificultades financieras. Una situación que ya advertía Don Quijote de la Mancha cuando decía que muchos los liberaban en la vejez para no tener que mantenerlos, de manera que con título de libres los hacían esclavos del hambre, de quien no piensan ahorrarse sino con la muerte.

        Esta es la vida de este esclavo, llamado Hamete primero y Pedro después, aunque quizás su conversión estuvo motivada por un desesperado intento de librarse de la servidumbre. Y es que desde siempre se valoró la libertad –o lo que se entendía como tal- como un derecho natural y como un preciado bien, como le decía don Quijote de la Mancha a su fiel escudero Sancho. Con sus palabras queremos concluir esta ponencia: La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20150508184228-031.jpg

Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad, es decir, las personas nacían dentro del estamento privilegiado o fuera de él y asimismo, podían ser libres o esclavas. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Los prejuicios contra la negritud tienen remotos orígenes pues ya en la Edad Media existía una diabolización del color negro, relacionándose con la oscuridad y las tinieblas. Desde entonces y hasta el siglo XVIII se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces disidentes en su seno, como las de fray Tomás de Mercado, fray Bartolomé de Las Casas y fray Bartolomé Frías de Albornoz. También es posible que hubiese otros miembros de la clase subalterna que en silencio viesen con malos ojos esta perniciosa institución, como reflejaba el Ingenioso Hidalgo Don Quijote a quien le parecía duro caso hacer esclavos a los que Dios por naturaleza hizo libres. Ahora bien, se trataba de una sociedad con esclavos, pero no una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población aherrojada era muy reducido. Realmente en todas las sociedades de clase ha habido cautivos, pero el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el estado romano.

        El fenómeno de la esclavitud en Solana lo he analizado en diversos trabajos, en los que puse de manifiesto que incluso en pueblos de pequeñas dimensiones estaba ampliamente implantada. En esta localidad había un buen número de arrendatarios del duque de Feria que necesitaban abundante mano de obra, de ahí que la presencia de esclavos sea muy notable. Los hombres eran usados en el campo mientras que las mujeres se encargaban sobre todo de las tareas domésticas.

        Tenían status de cosa y por tanto su situación era extremadamente vulnerable. Si se les protegía y alimentaba era solamente para preservar la inversión realizada. Cuando se formalizaba una compra de compra-venta se solía establecer un plazo de uno o dos meses en el cual el comprador podía devolver la mercancía, si no le satisfacía el producto. Los vendedores eran verdaderos profesionales, otorgaban un plazo de hasta tres meses para deshacer la transacción en caso de que el comprador por el motivo que fuese no estuviese satisfecho con la adquisición. Por poner algunos ejemplos que tengo documentados, en Carmona el regidor Cristóbal Tamariz de Góngora había comprado el 30 de abril de 1618 a la esclava Maymona al mercader Antonio Núñez Vaca. En la escritura se aclaró que la aherrojada estaba con calenturas, lo que el vendedor atribuía simplemente al cansancio del camino. Poco más de un mes después, exactamente el 4 de junio de ese mismo año, anotó el escribano en el margen que se deshizo la transacción porque el mal fue en aumento. En la misma Carmona en el mismo año se produjo la devolución de Marieme, adquirida por la doncella doña Leonor Méndez y que fue devuelta casi medio año después, simplemente porque manifestó estar disgustada por su servicio. La anulación de la escritura se formalizó el 14 de octubre de 1618 y el escribano dejó anotación de la misma en la misma carta de compra-venta. Llama la atención que aceptasen una devolución por motivos simplemente personales, si es que no había algo más que por las circunstancias que sea no fueron declaradas.

        Un caso similar a este último hemos encontrado en Solana de los Barros, casi un siglo después. Una señora de dicha villa, cuyo nombre no se especifica, encargó a su compadre Gabriel Joseph, en febrero de 1710 que comprase para ella una esclava. Éste se personó en Ribera del Fresno y a en enero de 1710 la adquirió del presbítero de Fuente de Cantos Francisco Guerrero de las Beatas. La esclava en cuestión estaba bautizada con el nombre de Ana Florencia, tenía 22 años, tenía el tono de la piel blanca –debía ser berberisca, aunque no se especifica- y pagó por ella 1.750 reales de vellón. Pues bien, una vez en Solana, transcurridos tan solo unos días, la señora decidió devolverla, alegando que “no era de su gusto”. Su compadre aceptó realizar las gestiones para su devolución alegando lo siguiente: que lo hacía por no importunar a su comadre que era “la que tenía que lidiar con ella” aunque se había informado de que era una buena trabajadora y que poseía bondades no muy comunes entre los esclavos. Dicho y hecho, remitió la escritura de compra-venta y una carta con sus intenciones, y tres días después, exactamente el 6 de febrero de 1710, ante el escribano de Ribera, Alonso Rodríguez de la Fuente se formalizó la devolución de la esclava y el reintegro del dinero.

        Una muestra singular de cómo se trataba a estas personas hace poco más de tres siglos. Se comerciaba con ellas como si fuesen animales y su suerte dependía básicamente del capricho de su propietario o de su interés por preservar su inversión.

 

 

Documento 1

 

Carta de Gabriel Joseph, vecino de Solana, a Juan de Cáceres Ovando, vecino de La Torre, estante en Ribera, Solana, 3 de febrero de 1710.

 

Amigo y muy señor mío y mi compadre, habiendo traído la esclava que vuestra merced hubo noticia había ido a comprar a la villa de Fuente de Cantos, y traídola, ha sido con el desacierto de no ser del gusto de su comadre de vuestra merced y como es quien ha de lidiar con ella y de nuestra obligación el no disgustarla, me es preciso volverla a enajenar, aunque contra mi voluntad por lo muy informado que estoy no solo de su buen trabajo y obrar sino también de la fidelidad y demás bondades que en semejantes personas es fortuna se hallen.

Y así, he deliberado remitir a vuestra merced y la escritura de venta para que en esa villa o en las inmediatas haga vuestra merced las diligencias de servir quien la compre, pagándola en lo mismo que me tiene de costa y que por dicha escritura consta y no en menos. Y así vuestra merced ha de perdonar y ésta sirva de poder bastante caso que a vuestra merced se le pida, pues lo doy por en ella según y cómo yo mismo lo tengo para que en igual grado haga lo mismo en todo y por todo que yo hacer podría presente siendo, que desde luego lo apruebo y ratifico y doy por bien hecho, obligándome a todo el saneamiento de lo que vuestra merced contratare con mi persona y bienes, sumisión y poderío de justicia como si por mi fuese dicho y hecho ante escribano real y testigos, confesándome sabedor de cuanto me pueda perjudicar pues por no haber en esta dicha villa escribano real ante quien otorgar poder más en forma no lo remito.

Y para que a lo que dicho es me puedan compeler y apremiar lo firmo en la villa de Solana, en tres de febrero de mil setecientos y diez años, siendo testigos don Felipe Rodríguez, Miguel Álvarez Rosado y Nicolás Fernández de Figueroa, notario por autoridad apostólica, vecinos de ella, que es cuando se me ofrece y desear por Dios a vuestra merced muchos años. Firma Gabriel Joseph

(Archivo Municipal de Almendralejo, protocolos de Ribera del Fresno, escribanía de Alonso Rodríguez de la Fuente 1710, fols. 10r-10v).

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20150427224700-foto-ponencia-blogia.jpg

        En esta ponencia vamos a analizar la figura de Muley Xeque (Marrakech, 1566-Vigevano, 1621), legítimo candidato al trono de Fez, convertido años después al cristianismo. Por tanto, desde su conversión se paseó por España como un miembro de la élite morisca, es más como el más linajudo de los moriscos españoles.

Su biografía ha sido objeto de una clásica biografía firmada por Jaime Oliver Asín, titulada Vida de don Felipe de África, príncipe de Fez y Marruecos (Madrid, C.S.I.C., 1955). Este autor describió la estancia de este príncipe y de su tío Muley Nazar en Portugal a través de su correspondencia con Felipe II. Sin embargo, para su estancia en Carmona apenas si dispuso de referencias y de su trascendental paso por Andújar se debió conformar con las referencias de la obra de Lope de Vega. La etapa final de su vida en Italia también es bastante desconocida, reconstruyéndose casi en exclusiva a través de la narración escrita por Matteo Gianolio di Cherasco. Y es que a Muley Xeque apenas se le conocen testimonios escritos, a diferencia de lo que ocurre con su tío Muley Nazar que redactó numerosas cartas, unas fechadas durante su estancia en Portugal y otras desde la localidad sevillana de Utrera.

En esta ponencia aportamos, por un lado, algunos datos inéditos sobre la vida de Felipe de África, especialmente de su estancia en Carmona, en cuyo archivo municipal se conservan algunos documentos de gran interés. Y por el otro, realizamos una interpretación de su figura.

La conquista del reino de Granada, convirtió al Mar de Alborán en la frontera entre cristianos y musulmanes. El Magreb, que abarcaba desde Trípoli a Agadir, y muy en particular el reino de Marruecos, constituía un territorio estratégico para los intereses del Imperio de los Habsburgo. Una frontera permeable, pues en el norte de África había moriscos renegados y viceversa, en España magrebíes que habían abjurado de sus creencias islámicas. La victoria de Lepanto, en 1571, con ser importante no garantizó la supremacía de los Habsburgo en el Mediterráneo. Es más, tras la caída en 1574 de Túnez y La Goleta en manos de los otomanos, la situación de los españoles en el Mediterráneo dejó de ser ofensiva para limitarse a su defensa. Nápoles y Sicilia sufrieron desde entonces una amenaza creíble de invasión. El equilibrio se mantenía a través de los enclaves de Orán y Mazalquivir y mediante la consolidación de las relaciones con los sultanes de Marruecos para garantizar que no caían bajo la influencia de la Puerta Sublime.

En el trasfondo de toda la política española en el reino de Fez desde el último cuarto del siglo XVI, estaba su interés por ocupar la plaza de Larache, como medio de evitar la expansión turca en el Magreb. Portugueses, españoles y turcos ambicionaban esta estratégica plaza desde principios del siglo XVI, a medio camino entre Tánger y Mazagán. Aunque pudiera parecer una política ofensiva en realidad era meramente defensiva, el objetivo último era proteger un paso estratégico para la defensa de las islas Canarias y de la ruta de las Indias, al tiempo que se mejoraba la protección de las costas del sur peninsular. La idea era proporcionar ayuda a alguno de estos príncipes exiliados en la Península a cambio de la entrega de dicha plaza.

En ese contexto de la política exterior hispánica y norteafricana hemos de entender el interés de la Corona por mantener bajo control a estos tránsfugas como Muley Xeque y su tío, aspirantes legítimos al trono de Fez y Marruecos.

 

 1.-DE ÁFRICA A EUROPA

        Nuestro protagonista, el príncipe Muley Xeque, posteriormente bautizado como don Felipe de África, nació en Marruecos en 1566. Era hijo de Muhammad, rey de Fez y Marruecos, destronado en 1576 por su tío Abd al-Malik con la ayuda otomana y los dos fallecidos, junto a don Sebastián de Portugal, en la célebre batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes.

Con tan solo 12 años de edad, quedó sin más amparo que el de los portugueses, quienes decidieron ponerlo a salvo y enviarlo a Lisboa fuera del alcance del nuevo sultán. Nueve años permanecieron en Portugal el joven príncipe Saadí y su tío, exactamente desde el 27 de entre diciembre de 1578 hasta marzo de 1587. En Lisboa se le asignó una pensión de 2.000 maravedís diarios, y esporádicamente otras cantidades a Muley Nazar. Estuvieron sucesivamente en la capital lusa, en la pequeñísima villa de Alvalade, hoy perteneciente al concejo de Santiago do Cacém, y finalmente en la de Santarém, a donde fueron trasladados por el prior de Crato.

El 11 de septiembre de 1580 Felipe II incorporó el reino luso a sus dominios, disponiendo al año siguiente que se le continuase ofreciendo al príncipe Saadí el citado estipendio. Bien es cierto que hubo continuos retrasos en los pagos lo que provocaba los lamentos de los refugiados, al faltarles en ocasiones lo más básico.

        Muley Xeque todavía conservaba intactas sus aspiraciones de acceder al trono de Marruecos que legítimamente le correspondía. Por ello, solicitaba al monarca que le entregase algunos hombres y barcos para ir a su tierra, en donde presuponía –ingenuamente, por cierto- que la gente se levantaría en armas en su apoyo y recuperaría su trono. Sin embargo, el rey Prudente, que por algo recibía ese apelativo, decidió con mejor criterio trasladarlo a España con su corte de 57 personas. La orden se expidió el 21 de marzo de 1589, y el motivo era ajeno a los intereses de los dos príncipes saadíes, pues trataba de evitar que estos marchasen a Inglaterra, donde eran solicitados para usarlos en su propio beneficio. Su cumplimiento por el Duque de Medina-Sidonia no se hizo esperar, pues seis días después informaba que iba a proceder de inmediato a su traslado pero, a dos lugares diferentes, Utrera y Carmona, o en su defecto a El Coronil y Lebrija. Y ello por dos motivos: primero porque tío y sobrino no tenían buena relación, y segundo, para tratar de repartir los costes entre dos municipios.

 

2.-SU ESTANCIA EN CARMONA (1587-1591)

Como ya hemos dichos, la primera localidad española en la que residió fue en Carmona, una villa de la provincia de Sevilla. Al parecer, su elección se debió a que, además de disponer de un alcázar real en el que hospedarlo, poseía un cierto tamaño lo que permitía un mejor reparto de los costes entre su población. Aún así, el séquito era tan abultado que causó un notable quebranto económico a las arcas locales, así como un gran malestar entre la población. Y ello, porque los caudales prometidos para el sostenimiento del príncipe se demoraron hasta el punto que se abonaron después de su marcha. Ahora bien, Carmona no parecía el lugar más idóneo, primero, por la importante comunidad morisca que albergaba y segundo por su cercanía al puerto de Sevilla. De hecho, entre 1570 y febrero de 1571 habían llegado a una villa de tan solo 3.000 vecinos un total de 1.080 moriscos, procedentes del reino de Granada.

Traía consigo un séquito de 57 personas, incluyendo a seis mujeres, permaneciendo en la villa hasta febrero de 1591. Debió llamar la atención este joven príncipe de talle extremado, fornido y de perfectas proporciones, por su color de la piel moreno, lo suficiente como para que fuese conocido popularmente como el Príncipe Negro. No tardaron en aparecer los primeros problemas por el quebranto económico que suponía para una villa que todavía se recuperaba de la peste que la había asolado en 1583 y de las malas cosechas que padeció en 1587 y 1588.

Pocos días después de la llegada de la comitiva, exactamente el 28 de mayo de 1587, el corregidor de la villa, Esteban Núñez de Valdivia, anticipándose a los problemas, expidió un bando en el que exigía lo siguiente: a los cristianos viejos que los tratasen bien y que no les vendiesen más caro que a los vecinos de la villa, y a los moriscos que se abstuvieran de comunicarse con ellos, todo ello bajo pena de 10.000 maravedís al que lo incumpliera. Pese a tales prevenciones, los problemas no tardarían en llegar como luego veremos.

En cuanto al alojamiento, tradicionalmente se dudaba en cuál de los dos alcázares que seguían en pie en Carmona se hospedó. Pues bien, está claro que no fue ni en el alcázar de la Reina, demolido en 1478, ni en el de la Puerta de Sevilla, sino en el de Arriba o de Pedro I. De hecho, en varias ocasiones el corregidor envió comisiones al alcázar de Arriba a tratar diversos asuntos con el príncipe saadí. Según Manuel Fernández López este edificio fue en otros tiempos muy suntuoso y capaz y servía de alojamiento a los reyes cuando estos residían en Carmona. Una fortaleza inexpugnable construida en época almohade y, posteriormente, restaurada y engrandecida por el rey Pedro I, quien se construyó dentro un palacio que era réplica del que poseía en el alcázar Real de Sevilla. Sin embargo, tras el terremoto de 1504 quedó maltrecho y desde entonces solo se realizaron pequeños reparos, por lo que su habitabilidad era ya en el último cuarto del siglo XVI más que dudosa. Realmente no parece que el alcázar estuviese perfectamente acondicionado ni que dispusiese de los enseres más básicos para llevar una vida medianamente confortable. De hecho, en la tardía fecha del 2 de junio de 1589, el alguacil Francisco López entregó al alcaide Almançor un total de 13 colchones, 14 sábanas y 14 almohadas para las personas alojadas en el alcázar.

Y ¿a qué se dedicaron en esta villa sevillana? Tenemos algunas noticias al respecto. Hay que empezar diciendo que entre los alojados la mayoría más o menos entendían el castellano pero no lo escribían. Pero al menos uno de ellos no solo lo entendía sino que también lo escribía, pues de hecho, cuando en 1589 el alcaide Almançor tuvo que firmar el acuse de recibo de los colchones declaró que no sabía la lengua pero que a su ruego lo firmó en su lugar Mohamete Benganeme.

Al año siguiente de su llegada, exactamente en julio de 1588, el sultán saadí debió vivir las fiestas solemnes que se hicieron para rogar por la gran armada que se disponía a invadir Inglaterra. Para ello se celebraron varios actos: primero, el sábado cuatro de julio se hizo procesión de rogativa hasta el convento de Nuestra Señora de Gracia, regentado por frailes Jerónimos, donde se encontraba la patrona, entonces oficiosa, de la localidad. Se trajo a la iglesia mayor para celebrarle un novenario. Asimismo, el 10 de julio, toda la clerecía y las cofradías se dirigió en una procesión solemne desde la iglesia mayor a la de Santiago con misa cantada en ese último templo. Y finalmente, el miércoles 13 del mismo mes se realizó otro desfile en el que se devolvió a la venerada Virgen de Gracia a su templo conventual.

La oligarquía local, siguiendo las órdenes del Duque de Medina-Sidonia y del corregidor, trató de complacer en lo posible al príncipe y a su corte. En el acta capitular del 16 de noviembre de 1589 se dice que los proveyeron siempre de trigo, camas y ropa y que acudían al alcázar a entretenerlo, jugando con él. Asimismo lo llevaban de cacería y celebraban fiestas de toros y cañas en su honor. Concretamente, el 11 de agosto de 1589, el concejo comisionó al regidor Ángel Bravo de Lagunas y al alférez mayor Lázaro de Briones Quintanilla, para que proveyesen de varas y lo demás necesario para correr toros en la plaza y para los juegos de cañas. Y ¿con qué motivo? Pues por estar en esta villa el infante Muley Xeque, a quien su Majestad ha mandado lo festejen y regalen.

Pese a estos agasajos, hay razones para pensar que las relaciones entre estos musulmanes y los cristianos viejos de la localidad fueron malas o muy malas. Uno de los problemas era que el príncipe era muy joven y apenas era capaz de controlar a su propia gente. Aunque bien es cierto es que la dispersión de parte de su cortejo por distintas casas de la villa no favorecían precisamente ese control.

Dado que entre el grupo de marroquíes había tan solo seis mujeres, la mayoría llevaba meses o años sin mantener relaciones sexuales. Esto fue una fuente de graves conflictos pues, algunos de ellos, al caer la noche y vestidos como cristianos acudían a casas de mujeres para mantener sexo con ellas. No parece que forzaran a ninguna de ellas sino que acudían a casas donde éstas aceptaban su entrada, probablemente a cambio de alguna compensación económica. Enterado el corregidor, ordenó que cesasen dichas prácticas, poniendo vigilancia. Como resultado de ello, una noche se supo que un musulmán había entrado en una casa donde vivían Juana Gómez, viuda, y sus dos hijas solteras. El caso es que el mahometano pudo entrar pero el corregidor y los alguaciles no, quienes tras aporrear la puerta durante largo tiempo la desquiciaron y encontraron en el corral de la casa un moro en hábito de cristiano. Acto seguido, el corregidor acudió a ver al príncipe saadí para solicitarle encarecidamente que sus hombres aprovechasen la noche para salir a la calle y causar altercados.

Sin embargo, la situación no mejoró; el 14 de noviembre de 1589, tres criados del Xeque causaron ciertos altercados públicos por lo que se ordenó al alcaide Almançor que remitiese a los responsables a la cárcel pública, cosa que se negó a hacer. Cuando el alguacil mayor, Juan Tamariz de Góngora, los intentó apresar fue gravemente herido, provocando que los vecinos se situasen al borde de la rebelión. El corregidor tuvo que andar rápido y acudir a caballo con otros alguaciles para evitar males mayores, pacificando a los vecinos y encarcelando a los tres responsables de las heridas al alguacil, ante el enojo del príncipe saadí. Acto seguido, se envió una comisión al alcázar para informar de lo sucedido al Infante, pero se encontraron con una sorpresa: éste lo tenía todo preparado para abandonar la villa:

En el dicho día el concejo se dirigió al alcázar de arriba y hablaron al infante Muley Xeque al cual hallaron alborotado, vestido de camino y su caballo aderezado y muchas tiendas cargadas para irse fuera de esta villa y aunque le significaron la voluntad de la villa y del corregidor que no saliese del alcázar y porque lo que se había hecho había convenido respecto de sosegar los vecinos estaban escandalizados del alboroto y escándalo que los moros habían dado, que recogiese los moros y los quietase que el corregidor haría lo propio con los vecinos, el cual dicho infante dijo que él tenía cosas que tratar con su Majestad y le convenía partirse que él respondería a la villa lo cual respondió por la lengua que allí tenía.

Como puede observarse la situación que se vivió fue extremadamente delicada y a punto estuvieron, musulmanes y cristianos, de llegar al enfrentamiento directo. Pero, ¿a dónde pretendía marcharse? Según el Duque de Medina-Sidonia su intención era ir a otra localidad más cerca de Sevilla. Y ¿con qué objetivo? Pues no lo sabemos pero, obviamente, la capital Hispalense seguía siendo por aquel entonces la gran metrópolis del sur, el puerto desde el que se podía viajar lo mismo al norte de África que al continente americano. Es posible que desde ese puerto más de un morisco pasase a las colonias indianas, aunque en el caso de Muley Xeque, lo probable es que pensase en embarcarse con destino al Magreb. No olvidemos que su conversión y todo lo que eso suponía de renuncia a sus orígenes y a sus derechos dinásticos no cambiaron hasta después de su llegada a tierras jiennenses. Lo cierto es que el corregidor pudo convencerlo de que permaneciera en la villa hasta nueva orden del rey. Pero el ambiente estaba ya demasiado enrarecido; urgía su traslado a otra localidad.

También vieron con malos ojos la compra-venta de esclavos, pues Carmona poseía un notable mercado, satélite del sevillano, en el que se vendía tanto subsaharianos como berberiscos. El rey fue informado que los musulmanes se dedicaban a rescatar esclavos moriscos, aunque no se ha podido verificar dicha práctica, al menos de manera masiva. No hemos podido documentar la liberación en Carmona por parte de Muley Xeque de ningún morisco, aunque sí consta alguno liberado en Utrera por Muley Nazar y otro por su homónimo, unos años después. Como es bien sabido, dentro de la élite morisca hubo dos actitudes bien diferentes: unos, optaron por comprar la libertad de numerosos esclavos berberiscos, casos que están bien documentados en Granada. Y otros, hicieron justo lo contrario, emulando a los cristianos, pidieron licencia especial para poseer esclavos. Es factible pensar que Muley Xeque optó por la primera de las opciones.

Jaime Oliver, citando a Cabrera de Córdoba, y otros historiadores siguiendo a ambos, han sostenido que al alcázar acudían neófitos del entorno a rendirle pleitesía y ofrecerles su apoyo para una posible liberación. Sin embargo, a qué clase de liberación se referían, ¿era el alcázar de Carmona una especie de cárcel domiciliaria? Pues todo parece indicar que sí; el joven sultán vivía en una situación de semilibertad, siempre vigilado por las autoridades locales y supervisado por la atenta mirada del Duque de Medina-Sidonia. El joven saadí soñaba todavía con regresar a su tierra natal, aunque fuese sin apoyos hispanos, pensando que a su llegada miles de compatriotas les mostrarían su lealtad y derrocarían al usurpador. Pero Felipe II, haciendo de nuevo gala de su prudencia y a sabiendas de lo arriesgado de dicha operación, se negaba. Los moriscos carmonenses debían tener suficientes contactos como para facilitar su huida y embarque con destino a tierras magrebíes. Y tanto fue el riesgo que, según el biógrafo Felipe II, este último pensó en reenviarlo al reino luso aunque finalmente se decidiera por alojarlo en la ciudad jiennense de Andújar. El rey Prudente no se fiaba de él, pues mientras a su tío Abd al-Karin ibn Tuda le concedió permiso para moverse libremente por la Península, a Muley Xeque y a Muley Nazar se lo negó, estando en todo momento vigilados y controlados. Además, no solo había en Carmona moriscos sino incluso musulmanes, unos esclavos y otros posiblemente libertos que acentuaban el miedo de la población cristiana a una posible revuelta.

Por cierto, dicho sea de paso, como una mera anécdota, que estando en Carmona el Muley Xeque, en febrero de 1590, llegó un recaudador de impuestos para requisar cierto trigo y aceite que la Corona reclamaba, se trataba nada más y nada menos que de Miguel de Cervantes. Es casi seguro que en Carmona se produjo un encuentro entre ambos que le dejó la suficiente huella como para que luego aludiese a él en su obra.

No sabemos que a ciencia cierta lo que ocurría en aquella pequeña corte mora de Carmona y probablemente nunca lleguemos a saberlo. Tenía un traductor lo que le permitía comunicarse con los ediles y responder a las misivas del Duque de Medina-Sidonia. Sin embargo, está claro que el descontento de los carmonenses por los costes de la corte mora y el temor a las consecuencias de esos contactos entre los hombres de Muley Xeque y los moriscos, aconsejaron su salida de la villa.

El concejo de Carmona estaba deseando el traslado del príncipe y su corte a otro lugar, primero por los altercados que provocaban y segundo, por lo gravoso que resultaba su mantenimiento. A regañadientes seguía sufragando su mantenimiento, aunque solicitando encarecidamente tanto el abono de lo gastado como la pronta salida del príncipe.

La decisión de trasladar al príncipe y su corte a Andújar fue notificada por carta del Duque de Medina-Sidonia que trajo personalmente Pedro Altamirano, comisionado para gestionar su traslado y sugiriendo por cierto el desembargo de los 13.200 reales. El cabildo no pudo más que manifestar su alegría por la gran merced que se le concedía. En cambio, Muley Nazar permanecería en Utrera hasta que el monarca decidiese si lo dejaba volver a Magreb.

 

3.-SU CONVERSIÓN

Finalmente, fue encaminado a Andújar (Jaén), ciudad que tenía fama de albergar a poca población morisca y de profesar una gran devoción a Nuestra Señora de la Cabeza. Recién llegado a la ciudad jiennense volvió a escribir al rey insistiendo en su deseo de retornar a Berbería para recuperar su trono. Está claro que trece años después de su llegada a la Península Ibérica seguían intactas sus aspiraciones a la corona marroquí.

Sin embargo, las cosas iban a cambiar drásticamente en cuestión de meses, pues el saadí, decidió allí su conversión al cristianismo. Bien es cierto que la única referencia que tenemos sobre tal decisión procede de Lope de Vega quien introduce una narración clásica: la del típico pagano o infiel que acude a una romería a burlarse de la religión popular y descubre por obra divina la fe cristiana. Según el dramaturgo, quedó deslumbrado por la devoción y el recogimiento de la procesión de la Virgen de la Cabeza en el último domingo de abril de 1593. Lo que no consiguió la Virgen de Gracia de Carmona lo logró la de la Cabeza de Andújar. Bien es cierto que en aquella época era una de las imágenes que más culto mariano recibía de toda España, tras las de Guadalupe, Montserrat y el Pilar. Al contemplar el cortejo de romeros que se dirigían al santuario, seguidos de un sinnúmero de fieles que acudían de los alrededores y finalmente de la propia Virgen, se obró el milagro de la conversión. El príncipe siguió a la Virgen al santuario se arrodilló y juró ante ella perpetua servidumbre, renunciando al Islam.

Esta conversión espontánea y sincera obviamente hay que matizarla. Es posible que el joven se convenciese definitivamente de que su futuro como sultán de Marruecos era tan incierto como inseguro.. Aunque era el más legítimo de los aspirantes por ser hijo, nieto y biznieto de sultanes saadíes, sus posibilidades de recuperar el trono eran remotas, pues habían transcurrido ya casi tres lustros. No ignoraba que el sultán Ahmed al-Mansur, había dado una razonable estabilidad al reino, pues su mandato duraba ya quince años y se prolongaría hasta su muerte en 1603. Y prueba de que estaba en lo cierto fue el dramático fracaso poco después de su tío Muley Nazar que no solo no pudo recuperar el sultanato sino que perdió su vida de manera violenta. Muley Xeque debió sopesarlo todo, optando por la salida más viable. Si iba a permanecer por más tiempo en la Península debía jugar sus bazas y adoptar la religión mayoritaria, como habían hecho antes que él miles de musulmanes y moriscos. Siendo miembro de una casa real, la conversión le abría unas perspectivas nuevas e ilusionantes para él, entre otras la de ejercer como una de las cabezas visibles de la nación morisca. Él había podido comprobar durante su estancia en Carmona, el respeto con el que estos trababan a su élite nobiliaria y a él mismo.

Las autoridades españolas, decepcionadas ya de su utilidad estratégica, vieron esta conversión con buenos ojos, un claro símbolo del triunfo del Cristianismo sobre el Islam. Desde ese momento, Muley Xeque, dejaría de ser el príncipe de Fez y Marruecos para convertirse en el príncipe de los moriscos, un ejemplo a seguir por los demás en su conversión sincera y en su capacidad de integración.

Evidentemente, su decisión provocó un enorme alboroto entre los suyos que incluso trataron de envenenarlo. Su tío Abd al-Karin estuvo implicado en el suceso, al tiempo que la mayoría de los miembros de su séquito le afearon su deseo de abjurar del Islam. Bueno, todos menos su tío Muley Nazar que desde ese momento se consideró el legítimo heredero del trono marroquí, el único sucesor posible de Muhammad. Él siempre manifestó su deseo de ir a vivir o a morir entre los suyos, haciendo efectivo su derecho al trono. Felipe II se lo concedió, pensando en quitarse de encima a un musulmán incómodo e irreductible y a sabiendas de las pocas perspectivas de éxito que tenía. Efectivamente, el 8 de mayo de 1595 desembarcó en Melilla, aunque las cosas no le salieron como esperaba. Con muy pocos apoyos, a los pocos meses era derrotado por las tropas del sultán y, aunque en un primer momento consiguió huir, fue finalmente apresado y apuñalado hasta la muerte.

En cuanto a Muley Xeque, se dispuso que fuese catequizado por Francisco Sarmiento de Mendoza, obispo de Jaén, quien estuvo enseñándole el dogma durante dos meses aproximadamente. El 3 de noviembre de 1593 se produjo la solemne ceremonia, oficiada por García de Loaísa, Arzobispo de Toledo, actuando de padrino el mismísimo Felipe II y de madrina su hija Isabel Clara Eugenia, futura esposa del Archiduque Alberto de Austria. Su nombre cristiano sería el de Felipe, en honor a su padrino y protector, el rey Prudente. Desde entonces se le conoció como Felipe de África.

La conversión llevó aneja varias preeminencias sociales y económicas. En cuanto a las primeras, se le concedió el tratamiento de Grande de España y poco después un hábito de caballero de la orden de Santiago, tras hacer una información sobre su nobleza. No deja de ser curioso que los testigos alegaran que tenía sangre real y ninguna ascendencia judía, ambas cosas ciertas, pero eso sí, eludiendo hablar de sus honda raigambre musulmana. Se demuestra una vez más que el rechazo hacia todo lo judío era mucho mayor que a lo morisco, de ahí que encontremos estos casos de sultanes y moriscos de alto rango que pudieron profesar como caballeros en órdenes militares como la de Santiago, sí, la del santo matamoros. En relación a las prebendas económicas, se le otorgó la histórica encomienda de Bédmar y Albánchez, en la diócesis de Jaén. Ésta le fue concedida el 14 de febrero de 1596, al haber quedado vacante por la promoción de don Pedro López de Ayala, Conde de Fuensalida a la encomienda mayor de Castilla. Dicha encomienda había proporcionado importantes rentas a sus poseedores hasta que en 1556 su titular don Alonso de la Cueva vendió la villa de Bédmar a cambio de un juro sobre la renta de la seda de 99.128 maravedís. Al final, como de costumbre, la renta se fue devaluando de tal manera que en 1600, cuando su titular era don Felipe de África, apenas producía 12.000 reales, que además se invertían en reconstruir la iglesia del pueblo de Albánchez. No es de extrañar que el príncipe sufriese continuos problemas económicos y que en Vigevano muriese al borde de la pobreza extrema.

Tras la muerte de Felipe II, siguió contando con el apoyo del nuevo rey. Prueba de ello es que al año siguiente acudió a Valencia a los respectivos esponsales de Felipe III y de su hermana Isabel Clara Eugenia con el Archiduque Alberto de Austria.

El príncipe se comportaba como un morisco plenamente integrado en la sociedad y en las costumbres castellanas. Hay un dato muy significativo, le gustaba presenciar las fiestas taurinas de los pueblos, una costumbre tan típicamente hispánica, de la que presumían algunos moriscos de la élite.

 

4.-SU VIDA EN MADRID (1594-1609)

Entre 1594 y 1609 vivió habitualmente en la ya por entonces capital de España, concretamente en una amplia casa propiedad de Ruy López de Vega, ubicada en la confluencia de las calles de Huertas y del Príncipe, justo en el sitio donde años después se construiría el palacio de los Duques de Santoña. Allí disfrutó de un cuerpo de servicio, que incluía sirvientas, mayordomo y jardinero. Desde su casa acudía al corral de comedias, donde tenía arrendado un aposento, asistiendo a numerosas representaciones teatrales. Asimismo acudía periódicamente a escuchar misa a la iglesia de Nuestra Señora de Atocha, cercana a su morada.

Pero desde 1600 estaba intentando la concesión de un cargo militar en alguna plaza, probablemente para sentirse útil y de paso aliviar su delicada situación financiera. Durante varios años solicitó un puesto como capitán de caballería en la guerra de Flandes. El rey aceptó la propuesta, concediéndole incluso 6.000 ducados de ayuda de costa para el viaje. Sin embargo, parece ser que el Duque de Lerma y el secretario Andrés de Prada recomendaron impedir su marcha, por lo que nunca llegó a viajar a los Países Bajos.

 

5.-EXILIO Y MUERTE

Muchos neófitos de la élite se terminaron integrando sin problemas en la sociedad cristiana. Hay casos muy conocidos de la aristocracia nazarí, pero también escribanos, como el carmonense Gregorio Muñoz de Alanís, así como regidores y grandes propietarios de algunos municipios. Sin embargo, el príncipe Felipe de África, que hubiese conseguido sin problemas licencia para permanecer en España, optó por el exilio. En 1609, decidió marchar a Italia y evitarse el triste espectáculo de la extirpación quirúrgica del grupo converso al que pertenecía. No tenemos datos sobre las razones que lo movieron a abandonar España, pero no puede ser casualidad su marcha, cuando ya estaba decidida la expulsión de los neófitos. Se ha dicho que se debió simplemente a su deseo como cristiano de conocer el Vaticano y de saludar personalmente al Papa. Sin embargo, esto podía ser solo la excusa, pues la realidad era que su situación en España se había tornado muy delicada. No es difícil entender su desolación e incomprensión ante la noticia, pese a las excelentes relaciones que había mantenido con la realeza, lo mismo con Felipe II que con su hijo Felipe III.

La elección de Italia tampoco fue azarosa pues es bien sabido que allí, y particularmente en Sicilia, se refugiaron numerosos moriscos linajudos, ante la protección que les brindó el virrey, Duque de Osuna. Conocemos la existencia en este reino de otros príncipes conversos, como don Carlos de Austria, hijo del último soberano de Túnez, muerto en 1601 y enterrado en la iglesia de Santa María la Nueva de Nápoles, o don Gaspar Benimerín, inhumado en el templo de Santa María de la Concordia de la misma ciudad.

Es posible que el traslado a Italia lo hiciera desde el puerto de Sevilla o desde alguno de los puertos andaluces pues, en a mediados de 1610, está documentada su presencia en la península Itálica. Tras una fugaz visita al Vaticano, donde se entrevistó con el Papa Pío V, se dirigió a Milán. En la ciudad lombarda entabló una buena amistad con el gobernador Pedro Enríquez de Acevedo, Conde de Fuentes, a cuyas órdenes se puso como capitán de infantería. Prueba de esta magnífica relación es que en el testamento del anciano gobernador, fallecido el 22 de julio de 1610, lo designó como uno de sus albaceas. Su relación con el nuevo gobernador no fue tan buena por lo que, en 1612 se trasladó a Vigevano, un pueblo cercano donde viviría los últimos años de su vida. Allí mantuvo una gran amistad con el obispo Pietro Giorgio Odescalchi hasta el punto de trasladarse a vivir al palacio episcopal en 1620 por sus graves problemas financieros. En esta villa italiana disfrutó de paz y tranquilidad, aunque también de estrecheces económicas. Unos días antes de su óbito, dictó su testamento, reconociendo como heredera a su hija natural Josefa de África, monja profesa en el convento de San Pablo de Zamora. Una neófita de primera generación en una época muy incierta por lo que la solución monacal parecía la mejor opción para no ser importunada. La vida monacal era la mejor prueba de una integración total, por lo que quedaba fuera de toda sospecha inquisitorial. El resto de sus disposiciones testamentarias fueron modestas por su escasa capacidad económica: la mitad de su capital se invertiría en el mantenimiento de tres lámparas encendidas –en la catedral de Vigevano y en las madrileñas capillas de Atocha y de Nuestra Señora de los Remedios- y en dos capellanías, una en la catedral de Vigevano y otra en alguna iglesia de España. La otra mitad de sus rentas las disfrutaría su hija y, tras su óbito, engrosarían las rentas de las disposiciones citadas anteriormente. El 4 de noviembre de 1621 fallecía a los 55 años de edad el príncipe de los moriscos, siendo su cuerpo inhumado en la catedral de Vigevano.

 

6.-MULEY XEQUE, LOS MORISCOS Y LA CORONA

        Obviamente, para los monarcas españoles Muley Nasar y Muley Xeque no eran más que dos bazas, dos peones de su ajedrez, en la partida que jugaban por el control del mediterráneo y que pasaba por conseguir la plaza de Larache. Bien es cierto que Ahmed al-Mansur también tenía el suyo, un hijo del prior de Crato, don Cristóbal, pretendiente al trono luso. Eran cartas con las que unos y otros podían presionar a su adversario y, llegado el caso, negociar.

Pero la actitud de la Corona con lo islámico y con lo morisco en general fue extremadamente ambigua y hasta contradictoria. Tanto Felipe II como su hijo Felipe III mantuvieron unas buenas relaciones tanto con la élite morisca como con la nobleza marroquí estante en España. En los años previos a los decretos de 1609 nada parecía indicar que se fuese a llegar a ese extremo. El cambio de decisión del Consejo y del propio rey ocurrió muy poco antes, en 1608, en buena parte impulsado por la delicada situación del Imperio, por la amenaza turca y sobre todo por la falta de liquidez de la Corona. Es posible que en la Corte se viese la expulsión como una posibilidad de hacer dinero fácil, mediante la confiscación y subasta de sus bienes. Hoy sabemos que, aunque se trató de justificar en base a la seguridad de estos reinos, en realidad había un velado interés económico, de lucrarse a corto plazo de los bienes dejados por la minoría. De hecho, el soberano inmediatamente después envió a toda una legión de comisionados para subastar todos sus bienes e ingresarlos en las arcas reales. Sin embargo, la operación resultó ruinosa, porque los moriscos tenían menos de lo que pensaban y por el irreversible perjuicio a medio y largo plazo para la economía española, necesitada siempre de manos para trabajar. Efectivamente, la creencia de que los moriscos poseían grandes riquezas no es nueva, pues, desde el mismo siglo XVII circularon libros, algunos llegados de África, en los que se intentaban localizar los lugares donde los judíos y los moriscos, tras sus respectivas expulsiones, escondieron sus tesoros. Proliferaron los mapas de tesoros, obviamente falsos. Los propios contemporáneos se equivocaron al estimar las rentas y las propiedades de los moriscos muy por encima de su valor real. Estos distaban mucho de ser pobres de solemnidad –utilizando un concepto de la época- pues la mayoría eran trabajadores eficientes que se repartían en los tres sectores económicos. Sin embargo, a lo largo del siglo XVI se habían empobrecido considerablemente, debido a la excesiva presión fiscal, a las multas y a la confiscación de sus propiedades. Todo esto está bien documentado en muy diversas zonas de la Península. En el caso de Granada, entre 1559 y 1568, se revisaron los títulos de propiedad de todas sus fincas, cambiando de manos unas 100.000 hectáreas. En Almería, tras su expulsión después del alzamiento de 1568, se supo que la mayor parte de sus propiedades estaban fuertemente cargadas con censos perpetuos. Igualmente, en el condado de Casares, en la actual provincia de Málaga, la mayor parte de ellos se dedicaban a las tareas agropecuarias, siendo el 75 por ciento de ellos pequeños propietarios, con menos de cinco hectáreas. Y en Hornachos, en Extremadura, ocurrió lo mismo, que se obtuvo mucho menos dinero del esperado, porque los bienes inmuebles están fuertemente censados, incluso por importes superiores a su propio valor de tasación.

         En España permanecieron algunas moriscas desposadas con cristianos viejos, enfermos y niños. Los matrimonios mixtos no habían sido muchos porque la discriminación de la sociedad cristiana los empujaba a la endogamia. También eludió el exilio casi la totalidad de la nobleza y una buena parte de la élite burguesa morisca. Una parte de la realeza nazarí quedó integrada en la nobleza castellana, hasta el punto que algunos de sus descendientes adquirieron títulos nobiliarios. Otros llegaron desde África, como los Muley Xeque, o Felipe Gaspar Alonso, sobrino de Muley Walid, que fue bautizado solemnemente en la Capilla Real de Madrid en febrero de 1636. Evidentemente estos bautizos de musulmanes de estirpe eran vistos como un triunfo de la cristiandad sobre el islam. Por cierto que continuaron llegaron por decenas los esclavos berberiscos, casi todos ellos bautizados y por tanto conversos. En 1618 se vendieron 56 esclavos berberiscos en Carmona.

        En definitiva, los príncipes de Fez, y entre ellos Muley Xeque, fueron utilizados a su antojo por la Corona. Se les hospedaba de buen grado en la Península con el objetivo de tener bajo control a un posible heredero por lo que pudiera pasar, manteniendo de paso la discordia en su país de origen. El saadí no tuvo opciones serias de recuperar su trono por lo que, consciente de ello, optó por convertirse para así tener un futuro mejor. Su ejemplo, pudo ser interpretado como un gran triunfo del cristianismo sobre el islam, al tiempo que significaba un ejemplo a seguir por la nación morisca instalada en España. Se le concedió una grandeza de España y un hábito de Santiago; ahora bien, cuando en 1596 solicitó que sus hijos pudiesen ser aceptados en cargos públicos y en colegios como los cristianos viejos, el Consejo de Inquisición se negó, alegando que sería un precedente que provocaría miles de peticiones de otros muchos en su misma situación. Por mucho que fuese descendiente de la realeza y grande de España, no dejaba de ser un converso al igual que el resto de los moriscos.

Pudo haber un acercamiento de posturas: los moriscos eran asimilables, no solo los moriscos antiguos, casi confundidos con los cristianos viejos, sino también los recién convertidos como el príncipe de Fez. Sin embargo, todo fue en vano, porque la decisión se tomó en la Corte, sin considerar los esfuerzos de integración de esta minoría étnica. Estos serían expulsados, al tiempo que una parte de la élite salía en dirección a Italia, donde encontraron un refugio alternativo donde seguir profesando el catolicismo.

Y Muley Xeque, decepcionado, y a sabiendas de que él y sus descendientes quedarían estigmatizados para mucho tiempo optó por el exilio voluntario. Él quiso compartir el cadalso del resto de moriscos y decidió marchar a un territorio en el que pudiese seguir viviendo sin el estigma de su condición neófita.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Se trata de un resumen sin notas de una ponencia del mismo título, publicada en el II Congreso Internacional Descendientes de Andalusíes moriscos en el Mediterráneo Occidental, Ojós, 2015, pp. 190-211).

Etiquetas: , , , , , , , , , , ,

20150414000050-fotoblog2198.jpg

El descubrimiento de América despertó el sueño áureo de los pobladores del Viejo continente. Pasado los momentos iniciales en los que se saqueó el metal precioso acumulado durante siglos por los indios, comenzó la búsqueda de filones y vetas. La temprana aparición de algunos placeres auríferos y posteriormente de ricas minas de plata, tanto en Nueva España como en el Perú, espolearon la imaginación de los europeos. Miles de personas empobrecidas en la España Moderna soñaban con encontrar un tesoro incaico, con descubrir una tumba oculto o incluso con encontrar una mina de oro que le sacase de la miseria en la que vivían. Por ello, en el siglo XVI, hubo un renacer de las exploraciones mineras, no sólo en el Nuevo Mundo sino también en la vieja Castilla. Los contratos para las exploraciones de vetas se multiplicaron en esta centuria espoleados por las noticias de hallazgos que llegaban desde el otro lado del océano.

Aunque desde la Baja Edad Media las minas eran una regalía regia, desde principios del siglo XVI encontramos mercedes Reales en las que se concedía a señores no solo la jurisdicción del suelo sino también la del subsuelo. Así, mientras el 17 de mayo de 1520 se hizo merced al Duque de Alburquerque de todas las minas que se descubriesen en su señorío, el 24 de enero de 1521 se le concedió una merced similar al Conde de Plasencia. Estas concesiones las hacía a cambio de una cuantía previamente fijada o por una parte de la producción final, que se solía ubicar entre la octava y la décima parte de los beneficios.

Hasta 1559 no se expidió la pragmática que regulaba a las explotaciones mineras: todo el que descubriese una mina la debía explotar continuadamente y pagar a las arcas reales dos tercios de los beneficios, pagadas previamente las costas. Posteriormente, concretamente en 1584 se reformó la ley minera, estableciéndose la posibilidad de explotación a cualquier compañía, siempre y cuando pagasen un canon al dueño de la tierra y otro tanto a la Corona.

En la extensa campiña de Carmona (Sevilla) se buscaron minas de oro con empeño. Existían algunos antecedentes de tesorillos encontrados, así como leyendas áureas sobre el tesoro dejado por los partidarios de Pedro I en el siglo XIV o por los judíos poco antes de su expulsión. De hecho en 1479, se hizo merced al corregidor de Carmona Sancho de Ávila del tesorillo que se había encontrado en la villa y que consistió en cierta cuantía de reales.

        El 24 de marzo de 1553, Diego Velázquez y Diego de Torres, vecinos de Carmona formaron compañía minera con Miguel Sánchez del Cuerpo de la misma vecindad. Los dos primeros financiarían la búsqueda de minas de oro y plata en el término de Carmona y otros términos, a Miguel Sánchez, quien pondría su persona. Los beneficios de la supuesta explotación minera se repartirían en tres tercios, uno para cada socio, eso sí sacado previamente el quinto real. De este contrato minero no volvemos a tener noticias lo que delata probablemente el fracaso del proyecto. El contrato no fue más que el reflejo de un espejismo áureo que llegó desde América a la Península y que también afectó a Carmona.

Tan sólo seis años después, en 1559 se firmó otra compañía minera entre Juan de Chávez Mayorazgo, Jerónimo González, cantero, y Pedro Duarte, cuchillero, todos vecinos de Trujillo, para explorar una veta que habían localizado en la dehesa llamada el Palacio del Millar de los Llanos, propiedad del primero, ubicada en dicho término. Los trabajos los realizarían los dos últimos, repartiéndose los beneficios entre los tres a partes iguales. Tampoco en este caso volvemos a tener noticias de la empresa por lo que es probable que fuesen un nuevo fiasco para sus inversores.

 

 

 

APÉNDICE DOCUMENTAL

 

        Contrato para buscar minas de oro en el término de Carmona, Carmona, 24 de marzo de 1553.

 

        Sepan cuantos esta carta de concierto y transacción vieren como nos Diego de Velázquez y Diego de Torres, vecinos de somos en esta muy noble y leal villa de Carmona en uno de la una parte y de la otra Miguel Sánchez del Cuerpo, vecino de esta dicha villa, y yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de ir a buscar y descubrir mina o minas de oro o plata u otro cualquier metal en esta villa y su término o en otras cualesquier partes que yo quisiere y por bien tuviere y de lo que así hallare o hubiere hallado hasta ahora en las dichas minas yo el dicho Miguel Sánchez me obligo de todo lo que así hubiere y de ellas se sacare de partir por iguales partes cada uno su tercia parte con tanto que de lo que así se hubiere y sacare se saque de principio el quinto de ello, si a su majestad le perteneciere, con tal cargo y condición que nos los dichos Diego Velázquez y Diego de Torres seamos obligados a nuestra costa y misión a abrir cualesquier mina o minas, estando ensayadas y hecho experiencia que son buenas y de provecho y las ahondar y sacar todo cualquier oro o plata u otro cualquier metal y hacerlo fundir a nuestra costa, demás los susodichos hasta tanto que esté fundida y para se partir de manera que vos el dicho Miguel Sánchez seáis obligado a poner vuestra persona y trabajo posible en hacer y beneficiar lo susodicho y con cargo y condición que vos el dicho Miguel Sánchez no podáis dar parte ni meter en esta compañía a otra persona ninguna hasta tanto que nos los dichos Diego de Torres y Diego Velázquez queramos dejar nuestras partes o lo hayamos por bien.

        Y yo el dicho Miguel Sánchez así me obligo de lo hacer y cumplir según y como dicho es. Y en esta manera y con estas dichas condiciones otorgamos y nos obligamos de tener y mantener y guardar y cumplir y haber por firme todo lo contenido en esta dicha escritura y otorgamos y nos obligamos que no podamos decir ni alegar ni querellar que esto que dicho es que no fue ni pasó así y según y como dicho es. Y si lo dijéremos y alegáremos que nuestro escrito nom vala en esta dicha razón en juicio ni fuera de él en tiempo alguno ni por alguna manera y otorgamos de lo así tener y cumplir y no ir contra ello so pena de cincuenta mil maravedís para la parte de nos que fuere obediente…

        Fecha y otorgada la carta en Carmona, en las casas de morada del dicho Diego Velázquez que son en esta villa en la collación de Santa María de ella, en viernes, veinticuatro días del mes de marzo año del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil y quinientos y cincuenta y tres años, testigos que fueron presentes en todo lo que dicho es Alonso Belloso y Gabriel Paje y Juan de Herrera, vecinos de esta dicha villa de Carmona, y por mayor firmeza los dichos otorgantes firmaron de sus nombres este registro.

(Archivo de Protocolos de Carmona, escribanía de Pedro de Toledo 1553, fols. 511r-512r).

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , ,

20150331120244-p1020392.jpg

Consumada la victoria, los vencedores pasaron a construir su nueva España. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era posible cabeza de turco de la represión. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, para ello montó una verdadera contrarrevolución educativa. Su revolución social sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Para exaltar los valores patrios se creó una asignatura específica, la Formación del Espíritu Nacional (F.E.N.) Sin embargo, al margen de ella, existía, aunque no se denominase así, la transversalidad porque en asignaturas como historia, religión o filosofía se hablaba de la raza, de la grandeza e indivisibilidad de la patria y de Dios. Por supuesto, la Historia de España era una asignatura clave dentro del organigrama educativo. Se trataba de un instrumento al servicio del nuevo régimen.

El Frente de Juventudes auspició una revisión de la Historia de España, cuyos puntales básicos serían tres: la raza, el imperio y Dios. Por supuesto, lo primero que había que hacer era romper con la interpretación marxista de la Historia que causaba furor entre muchos intelectuales de la misma Europa Occidental. Y para ello adoptan la más rancia metodología historicista, auspiciada por el ideario falangista. Esta metodología partía de dos premisas: la primera, destacaba al individuo frente a la colectividad. Los protagonistas de la Historia eran los grandes personajes o los grandes tiranos; eran ellos los que movían los hilos de la evolución. Y la segunda, en oposición a la visión materialista de la Historia, sostenían que lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos. Según la historiografía oficial del Régimen, la infraestructura no estaba formada por los aspectos económicos, como diría Karl Marx, sino por los aspectos espirituales. El Frente de Juventudes y las Cátedras de Historia asumen esta idea:


"Lo espiritual ha sido y es el resorte decisivo en la vida de los hombres y de los pueblos" (Mendoza Guinea, 1957: V, 49).

 

Y dentro de lo espiritual –decían-, lo religioso ha jugado un papel de primer orden. Ningún hombre –explicaban- puede dejar de formularse las eternas preguntas sobre la vida y la muerte, sobre la creación y el más allá. A esas interrogantes no se puede contestar con evasivas, sino con la afirmación o con la negación. España contestó siempre con la afirmación católica. La interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera, pero es además, históricamente, la española. Por su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar y a la barbarie continentes desconocidos. Los ganó para incorporar a quienes los habitaban a una empresa universal de salvación.

Al Frente de Juventudes le pareció urgente reelaborar una historia de España en la que se destacase la contribución de los españoles a la humanidad. Según la visión falangista, la historia de España era sagrada e intocable. Ésta estaba marcada por grandes hitos y por grandes prohombres como Viriato, el Cid Campeador, Pelayo, Hernán Cortés, y cómo no, José Antonio Primo de Rivera y Francisco Franco. Por ejemplo, en 1966, Manuel Medina Barea, director de las Escuelas del Ave María, proponía para los cursos de 3º y 4º una unidad titulada España en la que se debía tratar lo siguiente:


"Observación del mapa de España e interpretación de señalizaciones. Ídem de los símbolos y fotografía del Jefe del estado. Audición del Himno Nacional e himnos del Movimiento. Investigación de datos en el libro de consulta del alumno. Conversación y discusión sobre las observaciones realizadas y datos obtenidos".

 

No menos claro, se mostraba el jesuita Gabino Márquez, en su libro Deberes Patrióticos (Madrid, 1940) para alumnos de 1ª y 2ª Enseñanza, que sintetizaba toda la historia patria con las siguientes palabras:


"Es imposible leer la gloriosa historia de nuestra Patria y no sentirse conmovido y noblemente entusiasmado por España. No puede menos de encender nuestro espíritu patriótico el heroísmo sublime de Sagunto y Numancia, el entusiasmo bélico de Pelayo, la caballerosidad guerrera y el noble patriotismo del Cid, la valentía y el amor santo de San Fernando a la Religión y a la Patria, el valor guerrero de Carlos V, la prudencia de Felipe II, el heroísmo sublime de los conquistadores, Hernán Cortés, Pizarro, Vasco Núñez de Balboa, etc, etc, y en nuestros tiempos la Guerra de la Independencia y esta guerra contra el Marxismo salido del infierno… Por eso desea el gobierno de la nueva España que a los niños se les enseñe la Historia de nuestra patria, pues nuestra hermosísima historia, nuestra tradición excelsa, proyectadas en el futuro, han de formar el espíritu de los niños españoles".

 

Este mismo autor afirma más adelante que la patria española debe ser Una, Grande, Libre, Imperial y Cristiana. Una, porque no es racional que se divida en "una colección de repúblicas de Andorra y a merced de cualquier Estado ambicioso. Grande, trabajando pero sin dejar la religión para que Dios nos ayude desde lo alto. Libre, pero no liberal; eso de ningún modo, pues el liberalismo es un error condenado por la Iglesia que ha causado la ruina de la Patria. Imperial, porque España tiene derecho a la expansión colonial con tal de no faltar a la justicia. Y, finalmente, Cristiana o mejor dicho católica porque todos lo somos y en ello ciframos nuestra mayor gloria". Textos como éste y otros muchos son muy claros sobre la intención educativa del nuevo gobierno surgido tras la victoria de los golpistas en 1939.

La historia la manipulan en base a grandes mitos, el primero de ellos es el casi legendario Viriato, al que se considera esencia de lo más profundo de los valores ibéricos. Le sigue Recadero de quien se decía lo siguiente:

          

          "Recadero es el gran monarca unificador de nuestra Historia: consiguió la unidad de las tierras y de los hombres bajo el signo de la cruz; consiguió la unidad espiritual de vencedores y vencidos, aproximando a las dos razas –dominante y dominada-, a la nobleza y al pueblo" (Mendoza Guinea, 1957: I, 15).

 

           El siguiente héroe de la patria no podía ser otro que el casi legendario Pelayo y la gloriosa batalla de Covadonga (718), allí en los desfiladeros del monte Auseva, protegidos por la Virgen María, que se les había aparecido en la gruta de Covadonga. Allí dio comienzo la gloriosa Reconquista y la búsqueda de España de su unidad de destino en lo Universal (Ibídem: 16). También, de este período se cita la reconquista de Toledo por Alfonso VI, que tuvo una gran importancia no solo militar sino también cultural por la fundación en ella de la Escuela de Traductores, que puso en contacto las culturas cristiana y árabe. La Batalla de las Navas de Tolosa (1212) donde Alfonso VIII derrotó a los almohades abriendo el camino para la reconquista de Andalucía. Y finalmente, la capitulación de Granada en 1492, porque puso fin a varios siglos de dominación mahometana de la Península y sentó las bases de la posterior expansión ultramarina.

Como no podía ser de otra forma, dentro de esa Historia Sagrada ocupó un puesto de honor la Conquista de América. Durante el franquismo se interpretó como una etapa sagrada e intocable, uno de los signos de identidad de la patria hispana. Y por sorprendente que parezca, esta leyenda apologética y legitimadora ha prevalecido prácticamente hasta el siglo XXI. Ésta entendía la conquista como una gesta de guerreros, héroes y santos que ensancharon los dominios de la civilización y de la cristiandad. En 1944, Antonio Floriano destacaba la importancia de una ley que protegía a los indígenas y que recaía con toda su fuerza sobre aquellos que les daban malos tratos:


"España siempre trató al indio como a un hijo menor; que ya la Reina Católica se negó a que fueran reducidos a la esclavitud; que cuando se conocían malos tratos, crueldades o rapacidades, estos se castigaban con rigor" (1944: 145)

 

Nada más falso, pues ni se trató al indio como a un hijo menor ni por supuesto fueron condenados los españoles por sus actos de crueldad, por sus robos, por las matanzas de indios y por las violaciones de indias. En 1947 en un libro sobre Hernán Cortés, Manuel Trillo escribía, emulando a López de Gómara, destacando la Conquista como la mayor obra realizada en el mundo, después de la venida de Jesús al mundo:


"Conviene recordar la calumniosa exageración en que, sobre todo a propósito de nuestra Obra en América, se ha incurrido por extranjeros malignos y hasta por españoles ofuscados, pintando a España como opresora madrastra de aquellos países… Precisamente nuestra Obra allá, nuestro divino obrón de redenciones, nuestro desdoblamiento abnegado y hasta la locura, es la página mayor, ¿qué digo de los anales de España?, de los anales del mundo, después del advenimiento del Redentor" (Trillo, 1947: 2).

 

A mediados de, siglo XX se expresaba Rufino Blanco-Fombona elogiaba hasta extremos insospechados a los conquistadores y descubridores españoles:


"Los descubridores y conquistadores españoles de América –hoy podemos juzgarlos sin prevenciones y con exacta noción de su obra- fueron hombres maravillosos, muy de España y muy del siglo XVI" (1956: 175).

 

Lo cierto es que durante el franquismo se sostuvo que la conquista de América fue muy beneficiosa tanto para los europeos como para los indios. Para muchos la América Precolombina era un mundo "salvaje, subdesarrollado y desaprovechado".

A la Conquista de América, le seguía la gloriosa batalla de Lepanto, librada en el golfo de Corinto, en 1571, por una alianza comandada por don Juan de Austria. El Papa San Pío V, en reconocimiento por sus méritos, le aplicó las palabras del Evangelio:


"Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan, ordenando que en la letanía del Santo Rosario se rezara, de entones en adelante, el Auxilium Christianorum"(Ibídem: 18).

 

La paz de Westfalia (1648) y de los Pirineos (1659) se destaca tristemente porque supuso la derrota de los ideales que España había defendido en Europa (Mendoza Guinea, 1957: V, 5). Este acontecimiento histórico fue el inicio de una época oscura de la historia de España, en la que solo sobresalieron los carlistas en su intento por reconducir a España por la senda de su destino en lo universal. Todos los manuales de historia franquistas ensalzan a los carlistas por sus "hermosas virtudes de fidelidad a la tradición" y porque decidieron plantar cara a unas ideas liberales que traicionaban "la mejor Historia de España" (Ibídem: 7). El tradicionalismo es una doctrina política o, mejor aún, una posición cultural caracterizada por "la fidelidad a la tradición cultural y política de España". Los requetés carlistas y los falangistas fueron las principales fuerzas que se sumaron a la Guerra Civil heroicamente.

           El alzamiento del 2 de mayo de 1808 contra las tropas invasoras de Napoleón, se considera el siguiente hito en la historia de España. Combatieron en Madrid y en el parque de Monteleón, dirigidos por Daoíz y Velarde. La gloriosa batalla de Bailén (1808), ganada por las tropas del general Castaño, fue la primera derrota en campo de batalla del ejército francés. Una resistencia heroica que finalizó con la expulsión de los franceses tras las contiendas de Vitoria y San Marcial, logradas los años de 1812 y 1813. Todo ello es adobado por palabras grandilocuentes sobre el valor y el casticismo hispano, pues, como escribió Mendoza Guinea, "el pueblo español había sabido sufrir, luchar y vencer" (1957: V, 19).

           De la Guerra de la Independencia se salta directamente, a la última gran hazaña del pueblo español, es decir, al golpe militar de 1936. Nada de lo sucedido entre 1814 y 1935 tiene interés para el ideario falangista, porque España estuvo contaminada por el "perjudicial y depravador liberalismo".

Uno de los temas que con más reincidencia se tratan en los manuales de la F.E.N. es el del Alzamiento de 1936 y la subsiguiente Guerra Civil. Al nuevo régimen le pareció imprescindible explicar a las nuevas generaciones lo que a todas luces parecía inexplicable. Por ello, convirtieron un burdo golpe de Estado en un Glorioso Alzamiento popular y la sangrienta y fratricida Guerra Civil en una sagrada cruzada en la que se devolvieron a la Iglesia sus legítimos derechos, siguiendo el deseo –decían- de la inmensa mayoría de los ciudadanos. El golpe de Estado del general Franco se alaba como una de las grandes hazañas de la Historia de España. Gabino Márquez señaló concretamente seis hitos, a saber: la defensa de Covadonga en los orígenes de la Reconquista, la reconquista de Granada, el descubrimiento de América, la conquista de los imperios azteca e inca, la Guerra de la Independencia y, cómo no, "la guerra de independencia contra los rojos" (1940: 27). De esos seis hitos, obviamente, el último se destacaba por los escritores de la F.E.N., como el más decisivo, heroico y glorioso. Una ruptura con el mal, protagonizada por el ejército, la falange, la Comunión Tradicionalista y el pueblo, bajo el mando del Generalísimo Francisco Franco Bahamonde. La citada cruzada comenzó el 18 de julio de 1936 y se prolongó hasta el 1 de abril de 1939. Lo que no dicen es que tanto la derecha republicana como los falangistas y algunos monárquicos habían incitado al alzamiento al menos desde 1934. El propio José Antonio, consiguió enviar desde la Cárcel Modelo una carta clandestina, fechada el 4 de mayo de 1936 en la que incitaba a sus compañeros de partido y al ejército a levantarse contra el orden establecido:


"Si permanecéis pasivos puede ser que cuando os deis cuenta España haya desaparecido" (II, 989).

 

Sea como fuere, lo cierto es que los escritores de la F.E.N. se esforzaron en presentar el Alzamiento como un acontecimiento gozoso, clave para la recuperación de España para su destino universal. Mendoza Guinea escribió en este sentido que desde el "glorioso Alzamiento, la Historia de España vuelve a transcurrir por cauces que nos han de llevar hacia el cumplimiento del destino histórico nacional" (1957: I, 20). Todos los libros de la F.E.N. insisten una y otra vez que el Alzamiento "fue necesario para salvar a España de la destrucción a que la llevaba el gobierno del Frente Popular":


"Con su triunfo España consiguió la Unidad de sus tierras y sus hombres, al desaparecer los separatismos y la lucha de clases, y la Religión Católica amparada y protegida por el Estado; ha vuelto el Crucifijo a las Escuelas; se permite el culto externo, y es obligatoria la enseñanza religiosa en todos los centros docentes" (Ibídem: I, 110).

 

Ni que decir tiene que esa escalada revolucionaria que se le atribuye al Frente Popular no fue más que otra leyenda creada a posteriori por el régimen de Franco. En realidad, lo que hubo fue un intentó del nuevo gobierno de coalición de izquierda proseguir con la reforma agraria, trayendo la esperanza a decenas de miles de braceros desheredados. Unas esperanzas que el golpe militar y la subsiguiente represión se encargaron de apagar. Las depuraciones de republicanos, izquierdistas y campesinos tuvieron un carácter masivo.

Pero Mendoza Guinea, en el manual de 5º de Bachillerato volvía al tema del Alzamiento. Curiosamente, sostenía que no fue un golpe de Estado, ni un pronunciamiento militar sino "una sublevación del pueblo en armas contra un gobierno que traicionaba el ser de España y hacía imposible la convivencia entre los españoles…" (V, 20). En esta misma línea, Antonio Castro Villacañas afirmaba que el golpe de estado del 36 no lo protagonizó el ejército sino que fue "la reacción del pueblo español en un esfuerzo sobrehumano por acabar con una República que lejos de solucionar los problemas los creaba" (1955: 102). Más sorprendente es que otros prestigiosos historiadores, como Antonio Rumeu de Armas, presentasen también el Alzamiento como fruto de un clamor popular "para atajar el deslizamiento de la nación hacia el comunismo" (1969: II, 221).

Por tanto, la versión de los historiadores franquistas era que el Alzamiento no fue otra cosa que un glorioso movimiento de liberación llevado a cabo por la población civil para salvarnos del comunismo y del separatismo. Algunos autores de la F.E.N., como Castro Villacañas, sospechando que su argumentación del levantamiento popular podía no ser demasiado convincente, le pareció oportuno reforzar su argumento con una serie de horrores de lo que él denominaba la "República roja":

 

-Las Checas mataron sólo en Madrid a más de 250.000 personas

-Entregaron el oro del Banco de España a Rusia.

-Y permitieron la fragmentación de España.

 

Manuel Fraga Iribarne, en los años 60, elogiaba la figura del general Franco, quien había dado una estabilidad a España, "cuyos precedentes sólo se encuentran en la Historia Moderna" (1969: 52). Según este político gallego, con Franco y su "Glorioso Alzamiento" confluyó el ideario tradicionalista, tan arraigado en España, con el programa falangista que impulsaba la ansiada justicia social. En este mismo sentido, Marino Díaz Guerra, colaborador del Frente de Juventudes, escribió ¡en 1971! que el Alzamiento supuso el fin de un largo período de inestabilidad en la Historia de España, iniciado en las Cortes de Cádiz. Por ello, desde el triunfo de lo que él llama "Revolución" se inició "la etapa más seria de su historia contemporánea para resolver el llamado problema de España" (Díaz Guerra, 1971: 28-29).

Queda claro que durante varias décadas, uno de los grandes objetivos de la F.E.N. fue reinterpretar el golpe de Estado de 1936. Lo intentó presentar como un fenómeno inevitable que no partió de una cúpula militar golpista sino de una revolución popular. De esta forma, intencionadamente establecían grandes paralelismos entre la insurrección de mayo de 1808 y la protagonizada con Franco en 1936. ¡Increíble!, ¿ha habido en la Historia algún alzamiento militar protagonizado por el pueblo? Obviamente no. Pero, ¿alguien se creería esa patraña del alzamiento popular?, Por sorprendente que parezca, creo que sí; 36 años machacando lo mismo a los niños desde su más corta infancia pueden hacer creíble lo más increíble. Y es que como dijo aquel, una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , ,

20150311231043-crucero-libertad.jpg

        La lectura de un interesante y bien documentado artículo de Aurelio Peral sobre Miguel Buiza, jefe de la Flota Republicana en la Guerra Civil, me ha hecho reflexionar sobre la cuestión. Buena parte de la armada española permaneció fiel al gobierno democráticamente elegido por los españoles. En Cartagena estaba fondeada una buena parte de la flota cuando estalló el alzamiento. El buque insignia de la armada era el crucero Libertad, bonito nombre con el que rebautizó la República al buque botado en 1927 con el nombre de Príncipe Alfonso. Y junto a él estaban los cruceros El Cíclope, Miguel de Cervantes, Méndez Núñez, el acorazado Jaime I, los destructores Almirante Ferrándiz, Almirante Miranda, Almirante Valdés, Almirante Antequera, Ulloa, Gravina, Escaño, Lepanto y Jorge Juan, así como otros navíos de aprovisionamiento, lanchas cañoneras, patrulleras y algunos submarinos de la clase C-2. Otros estaban en proceso de reparación como los destructores Velasco, Alsedo y Churruca. La mayor parte de la armada de guerra española permaneció en poder de los republicanos.

        Estos efectivos pudieron poner las cosas muy difíciles a los alzados. Había navíos suficientes como para bloquear su llegada a la Península desde las islas Canarias y el norte de África. Varios barcos, entre ellos el Libertad y el Miguel de Cervantes, además del acorazado Jaime I fueron enviados a la zona del estrecho para bloquear el paso. Un grave error pues el gobierno infravaloró las posibilidades del enemigo de sortear el bloqueo. La República debió enviar más medios, simplemente porque disponía de ellos, imponiendo así un bloqueo efectivo. Los alzados, entre ellos la Primera Bandera de la Legión y el Tercer Tambor de Regulares llegaron sanos y salvos a Algeciras con la única protección del viejo cañonero Dato, apoyado por algunos aviones de combate. Impotentes, con insubordinaciones a bordo y con escasa capacidad decisoria por parte de los oficiales, decidieron resarcirse bombardeando Ceuta, Melilla y Algeciras, alcanzando al Dato. Sin embargo, no dejaba de ser una anécdota porque los Nacionales habían conseguido su objetivo de llegar sanos y salvos a tierra.

        El 1 de septiembre de 1936 el gobierno nombró al sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la flota republicana. Sin embargo, este hombre calificado por Hugh Thomas de reservado y valiente pero tímido, tuvo una actuación mucho más que mediocre. Dispuso de efectivos suficientes para haber conseguido el bloqueo del estrecho, impidiendo la llegada de nuevos refuerzos a los alzados. Pero tampoco lo logró; no se había aprendido la lección. Se destinó al bloqueo a dos destructores, el Ferrándiz y el Gravina, pensando que los Nacionales no disponían de buques que pudiesen hacerles frente. Pero volvieron a menospreciaron de nuevo al oponente, en un error que les costó caro. El crucero Canarias, que todos creían que estaba fuera de servicio, y el Almirante Cervera, en poder de los sublevados, hundieron al Ferrándiz al tiempo que el Gravina era alcanzado y debía refugiarse en un puerto de Marruecos. Todo se pudo haber solventado si Miguel Buiza hubiese destinado a ese fin un número superior de efectivos. Para colmo, en 1937 se produjo otro enfrentamiento en el cabo Cherchel, en la costa argelina, con superioridad aplastante de la flota republicana, y el crucero Baleares, consiguió huir sin sufrir ni un solo rasguño. Ante un fracaso que rozaba el ridículo, el 25 de octubre de 1937 era destituido Miguel Buiza, jefe de la Flota, nombrando en su lugar a Luis González Ubieta.

        La Armada Republicana no marchó mucho mejor con este cambio de mando, siempre quejosos de las insubordinaciones de la marinería y de su indefensión ante los ataques aéreos de los Nacionales. El 22 de enero de 1939 se decidió restituir en el cargo al experimentado Miguel Buiza, pese a estar éste convencido de que la guerra estaba perdida. El 16 de marzo de ese mismo año se reunió con varias autoridades civiles y militares, como el presidente Juan Negrín, el coronel Segismundo Casado y el general José Miaja, pidiendo la capitulación ante los franquistas. El presidente y el general Miaja se negaron por lo que decidió desertar por su cuenta. Dicho y hecho, zarpó con la Flota de Cartagena –tres cruceros, ocho destructores y otros navíos de apoyo- con destino a la base tunecina de Bizerta, donde fondeó los barcos, dejándolos bajo control francés. En su descargo dijo que el objetivo era evitar que cayesen en manos de los Nacionales. Pero se volvió a equivocar porque los franceses tardaron muy poco en entregar los barcos a los franquistas.

        Cada vez tengo más claro que la desastrosa actuación de la Armada Republicana en la guerra fue uno de los factores decisivos que desencadenaron la victoria final de los autollamados Nacionales. Si la armada hubiese estado a la altura de las circunstancias, si se hubiese bloqueado el aprovisionamiento por mar de los rebeldes, el triunfo de estos hubiese sido mucho más complicado y quizás el destino de la República hubiese sido otro. Insubordinaciones, decisiones erróneas, traiciones y cobardías se congratularon para hacer fracasar uno tras otro todos los objetivos encomendados a la Armada.

 

PARA SABER MÁS

 

-ALONSO, Bruno: La Flota republicana y la Guerra Civil española. Sevilla, Ediciones Espuela de Plata, 2006.

 

-FERNÁNDEZ DÍAZ, Victoria. El exilio de la marina republicana. Valencia, Universidad, 2011.

 

-PERAL PERAL, Aurelio: “Un marino sevillano Miguel Buiza Fernández Palacios, jefe de la Flota Republicana”, Archivo Hispalense Nº 294-296. Sevilla, 2014, pp. 141-170.

 

-PRESTÓN, Paul: El final de la guerra. Las últimas puñaladas a la República. Barcelona, Círculo de Lectores, 2014.

 

-THOMAS, Hugh: Historia de la Guerra Civil española. Barcelona, Círculo de Lectores, 1976.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Etiquetas: , , , , ,

20150301124306-tartessos.png

        Como es bien sabido Tartesio representa la más brillante y antigua civilización de Occidente, no menos importante que la cretense, la micénica o la etrusca. Encontramos referencias a ella en textos antiguos griegos y hasta en la propia Biblia lo que denota la gran pujanza comercial que llegó a alcanzar, como puente entre Europa y Oriente. Sin embargo, a partir del siglo VI a. C. terminó desapareciendo abruptamente, absorbida por pueblos invasores indoeuropeos. Ello provocó que sus antiguos reyes, como Argantonio, permaneciesen en la nebulosa de la leyenda hasta nuestros días. Tampoco ha aparecido la capital pese a los esfuerzos y a la pasión de grandes arqueólogos como Adolfo Schulten.

        Hace un año leí en un medio de comunicación que, según el arqueólogo y académico Martín Almagro Gorbea, la Medellín prerromana había sido fundada por pobladores procedentes de Carmona. Ahora ha caído en mis manos el texto científico publicado por el arqueólogo en el que se fundamentaba esta noticia.

        Martín Almagro ha dedicado buena parte de su vida a excavar en la villa de Medellín (Badajoz). Existió un pueblo prerromano que ocupaba unas quince hectáreas en la ladera del cerro donde actualmente se conserva parcialmente el castillo de los Portocarrero, y que fue fundado por tartesios procedentes de Carmona. El pueblo se llamó Conisturgis y fue fundado a principios del siglo VII a. C. Era la localidad más al norte del área tartesia y señoreaba el fértil valle del Guadiana, siendo su actividad fundamental la agricultura y la ganadería. Sería ya en el siglo II a. C. cuando tras el enfrentamiento entre los ejércitos romanos de Sertorio y Quinto Cecilio Metelo, habiendo vencido este último le puso al pueblo el nombre de Caecilia Metellinum que terminó por derivar en Medellín.

        ¿Y en qué se basa el citado arqueólogo para sostener que fueron carmonenses los fundadores? Pues bien, ha excavado durante varios lustros la necrópolis de Conisturgis y los paralelismos con los restos encontrados en Carmona son tan evidentes que le han llevado a defender dicha hipótesis.

        La idea plantea nuevas interrogantes: ¿dependía Conisturgis de la Carmo tartesia? No lo sabemos, pero el dato nos proporciona una idea de su pujanza y de un crecimiento demográfico que la obligó a buscar nuevos territorios donde asentar sus excedentes. Seguramente la civilización Tartesia nunca tuvo una capital, pese a que Schulten la buscó con empeño en el cerro del Trigo, allá en el Coto de Doñana. Quizás debió haber rastreado más al norte, en el corazón del valle del Guadalquivir. Carmona existía ya en la Edad del Bronce, existiendo una continuidad contrastada desde el tercer milenio a. C. hasta la época turdetana, incluyendo la etapa como ciudad tartesia. No sería la capital pero sí una de sus principales urbes, artífice de la ampliación de su área de influencia varios cientos de kilómetros al norte del valle del Guadalquivir.

 

 

PARA SABER MÁS:

 

ALMAGRO GORBEA, Martín (Ed.): La necrópolis de Medellín. Madrid, Bibliotheca Archaelogica Hispana, 2006-2008.

 

HABA QUIRÓS, Salvadora: Medellín romano. La colonia Metellinensis y su territorio. Badajoz, Diputación Provincial, 1998.

 

MALUQUER DE MOTES, Juan: Tartessos. La ciudad sin historia. Barcelona, Ediciones Destino, 1984.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , ,

20150118193525-image11111.jpg

Cuando España era la metrópolis del mundo, en tiempos de Felipe II, se pasearon por España un sinnúmero de embajadores y viajeros de todos los confines del planeta. Como es bien sabido, desde que Sevilla se convirtiera, a raíz del Descubrimiento de América en la puerta y el puerto de las Indias, se instalaron en ella nutridas colonias de extranjeros: genoveses, venecianos, flamencos, alemanes y portugueses, entre otros. Pero, también hubo la presencia de personas pertenecientes a lugares y naciones más lejanas y exóticas, lo mismo procedentes de Oriente que del Magreb que de lejanas tierras americanas.

 

1.-SULTANES MAGREBÍES

 

El Magreb fue siempre una frontera permeable de la que llegaron a España, n numerosas embajadas, formadas por sultanes, jeques y príncipes; otros, como una parte de la realeza nazarí, permanecieron en la Península tras la toma de Granada en 1492. Personajes como Carlos de África, la reina de Vélez, el infante de Bugía, Gaspar de Benimerín, Juan de Castilla, Alonso de Fez, María de Bona, Juan de Persia o Felipe Francisco de Orán o don Felipe de África.

De todos ellos el más conocido fue el caso de Muley Xeque, posteriormente bautizado como don Felipe de África, nació en Marruecos en 1566. Era hijo de Muhammad, rey de Fez y Marruecos, destronado en 1576 por su tío Abd al-Malik con la ayuda otomana y los dos fallecidos, junto a don Sebastián de Portugal en la célebre batalla de Alcazarquivir o de los Tres Reyes. Luego los portugueses lo llevaron a Lisboa y cuando ésta fue ocupada por Felipe II, éste lo llevó hasta la localidad sevillana de Carmona.

Al parecer, la elección de esta villa se debió a que, además de disponer de un alcázar real en el que hospedarlo, poseía un cierto tamaño que permitía repartir mejor la carga entre su población. Para que los gastos no fuesen tan excesivos se decidió que Muley Xeque con su corte fuese a Carmona y su tío Muley Nazar quedase en Utrera. Aún así, la corte del primero era tan extensa que causó en un enorme quebranto económico a las arcas locales, así como un gran malestar.

El carmonense Gabriel de Villalobos recordaba en 1635, siendo un anciano, la entrada del Muley Xeque en su localidad natal:

        "Reinando en España el rey don Felipe nuestro señor segundo de este nombre el año de mil y quinientos y ochenta y siete entró en Carmona el Príncipe de Marruecos, acompañado de muchos moros, hombre mancebo, y se aposentó en los alcázares reales de Carmona donde estuvo aposentado tres años a costa de Su Majestad el rey nuestro señor y de Carmona…"

 

Traía consigo un séquito de 57 personas, incluyendo a seis mujeres, permaneciendo en la villa hasta febrero de 1591. Debía llamar la atención este muchacho de talle extremado, fornido y de perfectas proporciones, por su color de la piel moreno, lo suficiente como para que fuese conocido popularmente como el Príncipe Negro. Fue alojado en el de Arriba o de Pedro I, una fortaleza inexpugnable construida en época almohade y, posteriormente, restaurada y engrandecida por el rey Pedro I, quien se construyó dentro un palacio que era réplica del que poseía en el alcázar Real de Sevilla. Luego fue trasladado a Andújar, ciudad que tenía fama de poseer pocos moriscos y de profesar una gran devoción a Nuestra Señora de la Cabeza. Todavía recién llegado a la ciudad jiennense volvió a escribir a Felipe II insistiendo en su deseo de retornar a Berbería para recuperar su trono. Está claro que trece años después de su llegada a la Península Ibérica seguían intactas sus aspiraciones como rey marroquí.

Sin embargo, las cosas iban a cambiar drásticamente en cuestión de meses, pues el saadí, decidió allí su conversión al cristianismo. Las autoridades españolas, decepcionadas ya de su utilidad en la estrategia norteafricana vieron esta conversión con buenos ojos, como un signo claro del triunfo del cristianismo sobre el islam. Desde ese momento, Muley Xeque, dejaría de ser el príncipe de Fez y Marruecos para convertirse en el príncipe de los moriscos, un ejemplo a seguir en su conversión sincera y en su integración en la sociedad cristiana.

Junto a la conversión, se le conceden preeminencias sociales y concesiones económicas. En cuanto a las primeras se le concede el tratamiento de grande de España al tiempo que al año siguiente se le concedía un hábito de caballero de la orden de Santiago, tras hacer una información sobre su nobleza. Asimismo, se le compensó como la comendadoría, concretamente la de la histórica encomienda de Bédmar y Albánchez, en la diócesis jiennense.

Entre 1594 y 1609 vivió habitualmente en Madrid, concretamente en una amplia casa ubicada en la confluencia de las calles de Huertas y del Príncipe, en unas casas que eran de Ruy López de Vega, justo en el sitio que después se construiría el palacio de los duques de Santoña. Allí disfrutó de un cuerpo de servicio, que incluye jardinero, y arrienda asimismo un aposento en el corral de comedías, desde el que asistía a las funciones de teatro.

Pero expulsados los moriscos, decidió marchar a Italia, al interpretar que su situación en España era incómoda. Tras una fugaz visita al Vaticano, donde se entrevistó con el Papa Pío V, se dirigió a Milán. En la ciudad lombarda entabló una buena amistad con el gobernador Pedro Enríquez de Acevedo, Conde de Fuentes, a cuyas órdenes se puso como capitán de infantería. Y prueba de ello es que en el testamento del anciano gobernador, fallecido el 22 de julio de 1610, designó al príncipe morisco como uno de sus albaceas. Su relación con el nuevo gobernador no fue la misma por lo que, desde 1612 se trasladó a un pueblo cercano Vigevano, donde viviría los últimos años de su vida. El 4 de noviembre de 1621 fallecía a los 55 años de edad el príncipe de los moriscos, siendo su cuerpo inhumado en la catedral de Vigevano.

 

 

2.-ARMENIOS Y PERSAS

 

Entre este grupo de personas de países tan distantes destacaron los armenios, muy presentes tanto en Sevilla como en Cádiz. Quede constancia que dentro de esta denominación no solo se englobaba a los que procedían de lo que hoy podría ser la actual Armenia sino a todos los cristianos orientales que residían dentro de las fronteras del imperio turco.

         El caso más conocido es el Jorge Adro Dato, Obispo de la ciudad de Van. Conocíamos este caso por una escueta referencia que sobre su enterramiento dejó Ortiz de Zúñiga en sus Anales de Sevilla. Así al referirse a la iglesia de San Vicente destacó, además de su gran antigüedad, su extensa feligresía y el lustre de sus moradores el enterramiento allí de este personaje. El obispo vivió en la collación de San Vicente, según parece de forma muy cristiana y edificante, hasta su fallecimiento el jueves 19 de noviembre de 1643. Al día siguiente fue enterrado solemnemente en el altar de la cofradía de Ánimas de la parroquia que se encontraba entonces en el muro de la epístola, junto a la capilla del Bautismo. Sus exequias fueron costeadas por la feligresía, los presbíteros y los cofrades del templo. Y los actos, celebrados de cuerpo presente por el presbítero beneficiado de la parroquia, el reverendo Paulo de Carmona Valderrama, debieron ser muy populosos.

         En el libro de fábrica correspondiente a los años de 1543 a 1549, se menciona el gasto de 1.292 maravedís en el entierro, incluyendo celebraciones, el coste de la caja de madera y en “traerla y llevar las andas”. Encima de su tumba le colocaron una monumental lápida que todavía se conserva al lado de una de las puertas de acceso al templo.

 

 

3.-AMERINDIOS REALES Y NOBLES

 

Los motivos por los que llegaron a España fueron sin duda muy diversos. Unos venían simplemente a conocer estos reinos, como si de un turista del siglo XXI se tratase. Ese fue el caso de don Gabriel y don Pedro, este último hijo del Rey del Imperio Azteca, Moctezuma, que llegaron acompañados por dos indios de servicio y tutelados por Francisco de Santillana a ver las cosas de España. Ya el 24 de julio de 1533 se le concedió al hijo de Moctezuma el cargo de Contino de la Casa Real para que de esta forma se pudiese mantener. El 22 de noviembre de 1540 solicitaron pasaje para volverse a Nueva España, pero dos años después, al menos don Pedro, continuaba reclamando permiso para retornar a México. Lástima que estos indios no dejasen ningún testimonio escrito de su viaje por tierras castellanas que hubiese sido tremendamente revelador para los historiadores y seguro que también fuente de inspiración de literatos. En cualquier caso queremos insistir en el buen recibimiento que las autoridades españolas proporcionaron siempre a los indios nobles en contraposición al desprecio que sentían por el resto de los miembros de la etnia. Incluso, sabemos que Juan de Moctezuma llegó a poseer por disposición Real una renta de 2.000 pesos de oro, situada nada menos que en los "indios vacos de México". Está claro el trato preferente dispensado por las autoridades españolas a los indios nobles, conscientes de que la mejor garantía de la sumisión de los indios estaba en el control de sus caciques.

En otras ocasiones, se trataba de indios que ostentaban una cierta responsabilidad y que acudían a España a informar a las autoridades españolas o a hacer alguna petición. Eso ocurrió con Juan Garçés, un indio empleado en la hacienda de la rivera de Toa, en la isla de San Juan, que acudió con su mujer e hijos a nos informar de algunas cosas. En febrero de 1528 solicitó pasaje para volverse a San Juan, disponiendo Carlos V que fuese encomendado a alguien que lo trate bien y le de comer a quien sirva para que lo pase allá. Nuevamente, en 1584 encontramos el caso del cacique de los pueblos de Ypales y Potosti -actual Ecuador-, Pedro de Henao, que una vez en la Península acudió dos veces consecutivas a la Corte de Felipe II con un pliego de peticiones en favor de sus indios. Ahora bien, dado que la afluencia de caciques a la Península comenzó a ser más usual de lo deseable, hubo que expedir una orden prohibiéndolo, salvo aquellos casos autorizados expresamente por el monarca. No obstante, parece que la norma no se cumplió pues continuaron llegando a la Península, durante toda la época colonial.

Otros muchos fueron traídos de manera forzada, unos por formar parte de la realeza, mexicana o incaica, y el riesgo que existía de revueltas, o bien, niños de la élite para educarlos en España y devolverlos aculturados a sus lugares de origen. De ambos casos, hay innumerables ejemplos, pues el propio Colón ya pensó en la importancia que tenía para la conquista y pacificación les llevar y aprender nuestra habla y volverlos a sus naturalezas… Así, en 1518 un español, llamado Cristóbal de Mendoza, trajo un indio Caribe con la intención de mostrarle a leer y (a) escribir y adoctrinarlo en las cosas de nuestra Santa Fe" para que a su regreso contribuyese a la pacificación de sus congéneres.

Desde un primer momento las autoridades españolas tuvieron un trato muy diferente y favorable con los indios pertenecientes a la élite. Había precedentes cercanos en el tiempo, pues, ya los portugueses, en su proceso de expansión atlántica por el África Negra, habían llevado una política similar de respeto a los privilegios de los reyezuelos locales. Sin embargo, al margen de los precedentes históricos, había una realidad evidente de la que las autoridades españolas no tardaron en percatarse y era la fe ciega que los indios profesaban a sus caciques. Así, pues, la postura oficial de reconocimiento de la nobleza indígena tenía su lógica, mucho más allá de la tradición histórica, pues se tenía claro que, atrayéndose al grupo caciquil, se podría controlar mucho más fácilmente al grueso de los indios. Por ello, una de las principales estrategias utilizadas por las autoridades españolas para hispanizar al indígena fue precisamente la conversión y transformación de los caciques en vasallos ejemplares a los ojos de sus distintas comunidades indígenas. Estos se convirtieron en el nexo de unión entre los españoles y los indios, los mismos que se encargaron de recaudar los tributos y de fijar los turnos de los servicios personales. Por temor a perder sus privilegios, estos jefes locales obedecieron ciegamente lo que les mandaban los nuevos señores. La Corona, a cambio, los terminó equiparando a la nobleza castellana, pudiendo acceder a los altos cargos de la administración, obtener escudos de armas, e incluso, hábitos de las órdenes de caballería.

Pero, al menos en el caso de la familia de los incas del Perú, había otra razón de peso. La mayoría de los quechuas consideraba a los descendientes de la dinastía Inca, los verdaderos herederos del Perú. Todavía en 1615, mucho después de consumada la conquista, Poma de Ayala decía que Castilla era de los españoles, las Indias de los indios y Guinea de los negros. Había razones de peso para traer a la nobleza incaica a la Península, apartándolos del incario, y de paso hacerles un tratamiento acorde con su rango.

Así, pues, desde las primeras décadas del siglo XVI se expidieron una serie de disposiciones tendentes a igualar el estatu de los caciques indios con el de los hidalgos castellanos. De hecho, desde muy pronto se expidieron autorizaciones para que algunos indios de alto rango social utilizasen el título de "don". Concretamente, tal merced fue concedida en la temprana fecha de 1533 a don Enrique, indio alzado en las sierras del Bahoruco en la Española y, con posterioridad, a un sinnúmero de indios. Y hasta tal punto fue cierta la intención de equiparar a estos caciques con la nobleza española que incluso encontramos algún caso, como el del indio Melchor Carlos Inga, descendiente de Huayna Cápac a quien, en 1606, se autorizó su ingresó como caballero de la Orden de Santiago.

Embajadores reales de muy diversos confines del planeta, presentes en la metrópolis del mundo y cuya historia permanece todavía en la actualidad bastante inexplorada.

 

 

PARA SABER MÁS

 

ALONSO ACERO, Beatriz: Sultanes de Berbería en tierras de la cristiandad. Exilio musulmán, conversión y asimilación en la Monarquía hispánica (siglos XVI y XVII). Barcelona, Bellaterra, 2006.

 

CUTILLAS FERRER, José Francisco: “Las relaciones de don Juan de Persia: una imagen exótica de Persia narrada por un musulmán shií convertido al cristianismo a principios del S. XVI”, Sharq al-Andalus Nºº 16-17, 1999-2002, pp. 211-225.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: “Armenios en Sevilla”, en Archivo Hispalense, Nº 61-62. Sevilla, 1953.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: “Indios nobles y caciques en la corte real española”, Temas Americanistas Nº 16. Sevilla, 2003, pp. 1-7.

 

OLIVER ASÍN, Jaime, Vida de Don Felipe de África, príncipe de Fez y Marruecos (1566-1621). Granada, Universidad, 2008

 

SANCHO DE SOPRANIS, Hipólito: “Los armenios en Cádiz” en Sefarad, fasc. 22 de 1954.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20150107100308-judio1.jpg

Previsiblemente a partir del 12 de febrero de 2015 se hará efectivo el proyecto de ley para la concesión de la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes españoles expulsados de la patria en 1492. Por tanto, podemos decir que 523 años después -los comprendidos entre 1492 y 2015- será reparado un injustísimo agravio histórico. Y ello es un gran motivo de satisfacción, no solo para los descendientes de los sefardíes y para los judíos en general sino para toda la humanidad, pues demuestra que, aunque sea después de mucho tiempo siempre es posible la reparación de las injusticias.

Pero aprovechemos la ocasión para hacer un resumen del periplo de estos queridos compatriotas que durante siglos han guardado con añoranza el recuerdo de su querida patria, Sefarad, España. No sabemos si cuando los Reyes Católicos expidieron el Decreto del 31 de marzo de 1492 pensaban que el grueso de los 100.000 judíos españoles optaría por el exilio. En esa orden se les daba la opción de convertirse o marchar al cadalso. Pero sorprendió a todos la gran cohesión social de la mayoría, unos 80.000, que prefirieron el ostracismo a la renuncia a su credo. Se trató, de una verdadera “solución final”, pues, obviamente, expulsados los judíos se acababa definitivamente con el problema. Una decisión brutal, aunque menos que la decretada por los nazis en 1942 para su exterminio en los campos de concentración. Y esta última fecha no deja de ser curiosa porque se trata de los mismos números, anteponiendo el nueve al cuatro. Es posible que los Monarcas Católicos no previesen tal decisión que acarreó un quebranto económico notabilísimo, al tiempo que favorecieron el desarrollo de rivales tales como el imperio Otomano donde fueron bien recibidos.

Es cierto que España no fue ni la única ni la primera que los desterró, pero la cifra de deportados sí que fue mucho mayor que la de otros países. Pero el problema no es solo el genocidio de la expulsión, sino el olvido y la negación de estos españoles extirpados durante siglos. Los decretos de expulsión no constituyeron un hecho aislado sino que fueron fruto de una larga cadena de cortapisas, reprimendas y violencias que se iniciaron con virulencia desde 1391. Medio siglo después, y en particular a partir de 1449, con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo, los conversos o sus descendientes fueron privados del acceso a los oficios públicos. Otro paso más en la negación del judaísmo y en la consolidación del casticismo cristiano en la Península Ibérica. Y finalmente, la creación del Santo Tribunal de la Inquisición para castigar a los judaizantes, sin duda el paso previo al fatídico decreto de 1492.

        Durante los siglos XVI y XVII los sefardíes fueron olvidados por las autoridades hispanas que solo se acordaban de ellos cada vez que había una bancarrota o una crisis económica. El Conde Duque de Olivares pretendió permitir el retorno a un grupo de ellos a cambio de recursos económicos. Lo cierto es que nunca se llegó a producir el acuerdo, aunque hubo algún proyecto posterior en tiempos de Carlos II. En el siglo XVIII algunos ilustrados, como el padre Feijoo o Melchor de Jovellanos, criticaron por fin con firmeza, después de tres siglos, la fatídica decisión de 1492. Sin embargo habrá que llegar al siglo XX para encontrar algún tímido intento de reconciliación. El mayor hito en este sentido fue la orden del general Miguel Primo de Rivera de 1924, reconociendo la nacionalidad española a los descendientes de los sefardíes expulsados en 1492. Eso sí había que demostrar fehacientemente ser descendientes de los expulsos, renunciar a la nacionalidad original y fijar su residencia en España. Por ello, con ser un hito en el largo proceso de reparación histórica, apenas tuvo consecuencias prácticas. En cuanto a la II República aunque públicamente se manifestó a favor de los judíos, en la praxis solo les concedió la nacionalidad a cuenta gotas. El propio Adolf Hitler, antes de su “Solución Final” ofreció a otros países, entre ellos a España, la posibilidad de acoger a sus hebreos. Ante la negativa o simplemente la omisión de respuesta, interpretó que a nadie le interesaban estos judíos y consumó su genocidio. Durante el Franquismo, cuando ya se entreveía el final del III Reich, se acogieron a pequeños contingentes de hebraicos que fueron salvados de una muerte segura. Pero nuevamente no fueron más que actos de propaganda del régimen, puntuales y con la idea de mejorar el escasísimo prestigio de un régimen nacido del golpe de estado del 17 de julio de 1936.

        Pero a partir de la muerte del dictador, la situación no había cambiado sustancialmente; se les reconocía la nacionalidad española a aquellos que, al igual que los iberoamericanos y portugueses, demostrasen una permanencia en España de al menos dos años. En 1986 el establecimiento de relaciones diplomáticas con Israel hizo que el entonces primer ministro israelí, Simón Pérez, en La Haya, pronunciase una emocionante frase que será siempre recordada: “nos volvemos a encontrar después de 500 años”.

Desde noviembre de 2014 existe un proyecto de ley que, como ya hemos dicho, se convertirá en ley este año de 2015, culminando un proceso de reparación histórica que ha durado más de medio milenio. Isaac Querub, presidente de la Federación de Comunidades Judías de España, se ha mostrado entusiasmado y orgulloso de su españolidad y de la de los judíos de origen hispano, al tiempo que ha destacado que nunca es tarde para esta reparación si la dicha es buena. Por tanto, quiero empezar estos primeros días de 2015, recordando que estamos a pocos meses o a pocas semanas de consumar la reparación de la injusticia cometida con aquellos españoles extirpados y expulsados de España en 1492. Ahora bien, dicho esto, y dejando claro mi entusiasmo como español y como historiador, quiero decir que es necesario continuar las reivindicaciones para extender este acto de justicia a los descendientes de los queridos y recordados moriscos, expulsados también a partir de 1609 y que, al igual que los sefardíes, les han transmitido, de generación en generación, su amor por España.

 

PARA SABER MÁS:

 

-BEL BRAVO, María Antonia: Sefarad, los judíos de España. Madrid, Sílex, 1997

 

-BENITO RUANO, Eloy: Los orígenes del problema converso. Barcelona, Editorial Albir, 1976.

 

-GONZÁLEZ, Isidro: Los judíos y España después de la Expulsión. Córdoba, Almuzara, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

20150102102845-firma.jpg

        La figura del escribano carmonense Gregorio Alanís es bien conocida, pues ya en 1929, llamó la atención del arqueólogo francés Jorge Bonsor, quien escribió un pionero trabajo sobre su persona que, hasta donde sabemos, ha permanecido inédito hasta nuestros días. Sin embargo, al famoso arqueólogo galo le pareció en su día un caso absolutamente excepcional mientras que hoy sabemos que esa permanencia fue mucho más habitual de lo que se había pensado. De hecho, cada vez hay más información sobre los miles de conversos que consiguieron eludir las órdenes de expulsión de 1609 y 1610, unos acogiéndose a las excepciones, otros obteniendo licencias reales y los más escamoteándose entre los cristianos viejos.

El caso que nos ocupa es muy significativo por dos motivos: uno, porque todos sus contemporáneos sabían que descendía, por parte de padre y madre, de moriscos de rebelados en las Alpujarras. Y dos, porque ni podía incluirse en alguna de las excepciones decretadas por la Corona ni pidió ninguna licencia especial para garantizar su permanencia. Es decir, simplemente se quedó sin que nadie lo importunase en exceso para que saliese de Carmona como hicieron otras 125 familias. Por tanto, entre los moriscos carmonenses embarcados en Sevilla con destino al exilio magrebí no se encontró nuestro escribano, pese a tener sangre morisca por los cuatro costados. Bien es cierto que estos exilados eran, según el corregidor de la villa, “Jornaleros del campo con tan mísera posada que no pienso tendrán caudal para salir de sus casas los más de ellos”. En cambio, Gregorio Alanís, como veremos a continuación, había conseguido situarse entre la élite local. Y este aspecto es importante ya que cada vez está más clara la vinculación entre extracción social y exilio. La élite eludió con mucha más facilidad el cadalso, pues como ha ocurrido desgraciadamente siempre, molesta más el pobre que el rico.

        Su progenitor había muerto en la rebelión de las Alpujarras, mientras que su madre María de la Cueva, embarazada, fue deportada en 1571 a Carmona, uno de los puntos de concentración, junto a Écija. De hecho, en ese año el corregidor de Carmona estimó que había un total de 1.080 moriscos, la mayoría procedentes de Tolox (Málaga). La madre de nuestro protagonista fue adquirida en subasta pública por Pedro Muñoz de Alanís, mientras que Gregorio nació en marzo de 1572, siendo bautizado en la parroquia de San Pedro el día 17 de ese mes y año. Con toda probabilidad el señor de la casa se encaprichó con su madre y con el joven huérfano porque de lo contrario es impensable que el hijo de una esclava recibiese una formación académica. Lo cierto es que ya en 1587 y 1588 lo encontramos frecuentemente firmado como testigos las escrituras públicas del escribano Pedro de Hoyos. En 1609 y 1610 fue sucesivamente escribano del crimen y mayordomo del pósito, mientras que en 1611 fue recibido por el concejo como escribano público, pese a la oposición de algunos que alegaron su origen manchado. Hay que aclarar que según los privilegios de la villa, para ser confirmado como escribano era imprescindible recibir la aprobación del concejo lo que implicaba una buena relación con la oligarquía local. También se permitió el lujo de raspar de su partida de bautismo el nombre de su padre y poner en su lugar el de Pedro Muñoz de Alanís, quien según él mismo lo había naturalizado como hijo suyo.

        Gregorio Alanís, que terminó firmando sus escrituras como Gregorio Muñoz de Alanís, tuvo una vida longeva de nada menos que 81 años, estando al pie del cañón como escribano durante varias décadas, hasta muy poco antes de su óbito en 1653. Un morisco de pura cepa que al igual que otros muchos, quedó incrustado en la sociedad cristiano vieja carmonense del siglo XVII.

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

-BONSOR, Jorge: “Los moriscos de Carmona y el escribano Gregorio Alanís” (inédito conservado en A.G.A. Leg. 7, N. 1).

 

-Catálogo de la VI Exposición Documentos Municipales para la Historia de Carmona. Los moriscos en Carmona. El escribano Gregorio Alanís. Carmona, 2009 (20 pp.)

 

-FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y PÉREZ GARCÍA, Rafael M.: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2009.

 

-MAIER, Jorge: “Los moriscos de Carmona”, Actas del III Congreso de Historia de Carmona. Carmona, 2003, pp. 85-124.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

20141223094144-1600s.sale-.morocco.jpg

Sabíamos que los moriscos expatriados de Hornachos se encaminaron a Sevilla desde donde arribaron a Ceuta primero y de allí a Tetuán. El sultán de esta ciudad, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, junto a Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente de moriscos andaluces y extremeños sobre todo, llamados allí andalusíes que formaron, desde 1627, la república independiente de Salé.

Este pequeño estado corsario vivió años de esplendor, coincidiendo con la ocupación de Larache (1610) y La Mamora (1614) por España, lo que convirtió a Rabat-Salé en el único puerto de relevancia en el norte de Marruecos. Se encontraba bien situado para aprovecharse del botín obtenido en la zona de la ruta de las Indias y de las islas Canarias. Tuvieron que hacer frente a dos enemigos: uno, al sultán de Marruecos que obviamente trataba de anexionar Salé a sus dominios. Y otro, a un tal Al-Ayyasi, conocido como el Morabito, que era un integrista del siglo XVII que dominaba el norte de Marruecos y que hacía la guerra santa contra los cristianos.

Yo conocía vagamente algún intento de estos moriscos de pactar con Felipe IV, a través del Duque de Medina Sidonia: ellos entregarían la ciudad a los Habsburgo a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando por supuesto a sus hijos. Pues bien, en el libro “Cartas Marruecas. Documentos de Marruecos en Archivos Españoles” (Madrid, CSIC, 2002) se documentan nada menos que ¡siete intentos! de los moriscos de Salé, entre 1619 y 1663, de recibir ayuda de España a cambio de alguna concesión. Al final ninguno de ellos prosperó, pero en varias ocasiones estuvieron a punto de ser repatriados a cambio de la ocupación de la plaza por tropas españolas. En 1632 había preparativos en España para efectuar esa repatriación y en 1633 Sir Arthur Hopton, embajador inglés en España, informó a su país que había movimiento de tropas en Cádiz para cumplimentar un acuerdo secreto de retorno de los españoles de Salé. Pero hay más, en 1637 cundía el hambre en Salé por el bloqueo conjunto del Morabito con los ingleses, cuando el Duque de Medina Sidonia atendió la petición de los asediados, enviando un cargamento de bizcocho para remediar el desabastecimiento.

Con posterioridad hubo otras ayudas parciales de España, pues a la monarquía hispánica le interesaba mantener a Salé-Rabat en manos de los moriscos y no en las del sultán de Marruecos ni muchísimo menos en las de los turcos. Pero nótense varias cosas: Primero, los continuos intentos de los moriscos de Salé de abandonar el territorio y regresar a su querida patria. Segundo, la saña con la que el Morabito les hacía la guerra santa, delatando claramente el carácter cristiano o al menos no islámico de los moriscos. Y tercero, cómo las autoridades hispanas, pese a las actividades corsarias de Salé, interpretaban que se trataba de españoles, y que eran algo así como una pica en Flandes, en medio del territorio marroquí.

¿Qué hubiera pasado si en 1632 o 1633 hubiesen sido repatriados los moriscos de Hornachos? No lo sabemos y además los historiadores no tenemos herramientas para hacer historia contrafactual. Pero no me puedo resistir a una pequeña reflexión: si se hubiese producido algo hubiese cambiado en España; está claro que muchos moriscos se quedaron y que otros volvieron, pero todo eso fue una historia extraoficial. La repatriación oficial de los andalusíes de Salé, aunque fuese a cambio de la anexión de la plaza, hubiese sentado un precedente al retorno de otros exilados. Y de paso hubiese lavado la imagen de la España casticista, al tiempo que suponía un reconocimiento implícito de la grave injusticia cometida con este grupo de españoles.

Obviamente, la república morisca de Salé tuvo una vida efímera porque el sultán de Marruecos estaba claro que iba a aprovechar la primera oportunidad que se le presentara para anexionarla. No podía consentir una república independiente de moriscos en mitad de su territorio. Sin embargo, allí quedaron arraigados estos andalusíes y sus descendientes todavía viven en la zona de Rabat, combinando sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

 

 

PARA SABER MÁS

 

 

BUZINEB, H.: “Plática en torno a la entrega de la alcazaba de Salé en el siglo XVII”, Al-Qantara, vol. XV, 1994, pp. 47-73

 

GARCÍA ARENAL, Mercedes, RODRÍGUEZ MEDIANO, Fernando y EL HOUR, Rachid: Cartas Marruecas. Documentos de Marruecos en Archivos Españoles (Siglos XVI-XVII). Madrid, CSIC, 2002.

 

GONZALBES BUSTO, Guillermo: “La República andaluza de Rabat en el siglo XVII”, Cuadernos de la Biblioteca Española de Tetuán, vols. 9 y 10. Tetuán, 1974, pp. 355-463.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

20141211225753-ber.jpg

Un buen grupo de moriscos, una vez en el Magreb se dedicaron al corso, pues tampoco tuvieron otras alternativas para ganarse la vida, aliándose con magrebíes opositores a la expansión hispana en el territorio e incluso con corsarios ingleses y holandeses. Bien es cierto, que muchos de ellos lo hicieron con el objetivo de una vez llegados a las costas españolas desertar y volver a su tierra natal. Algunos lo consiguieron, pues se sabe que varios años después de su expulsión muchos habían regresado a la Península Ibérica. Ya en enero de 1610  un barco inglés y otros tripulados por moriscos atacaron a varias embarcaciones españolas en las cercanías a la barra de Sanlúcar. Unos meses después, exactamente en septiembre de 1610, una treintena de barcos, entre grandes y pequeños se dedicaban al corso por las costas de España y Francia y entre sus efectivos se encontraban numerosos moriscos recién expulsados. El gobernador de Ibiza Baltasar de Borja en 1620 explicó la situación de estos moriscos corsarios que atacaban la isla:

        Por ocasión de la expulsión hay mucha morisma pláticos de estas costas y por dicha causa y no saber qué hacer en Berbería se aplican en andar en corso, así por la codicia de las muchas presas con que se van enriqueciendo, como por ser españoles que se aficionan a este ejercicio más presto que a otro de más trabajo que promete mayores daños con el discurso del tiempo.

 

Dice que se empleaban en el corso por tres causas: primero, porque eran buenos conocedores de las costas españolas, donde habían vivido ellos y sus ascendientes: Segundo, por la codicia del enjundioso botín. Y tercero porque como eran españoles preferían este trabajo más arriesgado pero menos duros que otros. Interesante, la percepción de esta autoridad insular que no duda en otorgarles lo que nadie dudaba, es decir, que aunque expatriados no dejaban de ser españoles.

Famosos fueron los corsarios procedentes de Hornachos (Badajoz). El sultán de Tánger, incómodo por la presencia de este contingente tan cohesionado, decidió establecerlos en la frontera sur de Marruecos. Sin embargo, terminaron desertando, ubicándose por su propia cuenta en la pequeña villa de Salé la Nueva, en la orilla izquierda del río Bou Regreg, muy cerca de Rabat. Se trataba de una pequeña aldea que fue revitalizada con la llegada de los hornachegos. Allí se unieron a otro contingente menor de andaluces y todos ellos formaron, desde 1627, la república independiente de Salé. Culminaba así la larga lucha de los hornachegos por su libertad.

Los hornachegos formaron allí un pequeño Estado corsario que vivió su esplendor en la primera mitad del siglo XVII. Una curiosa y efímera república, entre mora e hispana, tan diferente al reino de España como al de Marruecos. Para entenderlo basta con citar el nombre de su primer gobernador: Brahim Vargas, una curiosa combinación de un nombre moro con un apellido netamente castellano. Actuaban en la zona del estrecho de Gibraltar por su propia cuenta o aliados con los turcos, causando graves daños a la navegación hispana en el Mediterráneo.

         En 1631, a través del Duque de Medina Sidonia, propusieron a Felipe IV un pacto: ellos entregarían la ciudad a la Corona castellana a cambio de permitirles la vuelta a Hornachos en las mismas condiciones en las que vivían antes de la expulsión, recuperando, por supuesto a sus hijos. Obviamente, el plan no salió adelante y, despechados, no tardaron en ofrecerle algo parecido al rey de Inglaterra. Sin embargo, este proyecto fallido nos aclara mucho sobre el sentimiento y la añoranza del exilio español en Salé.

Después, esta república de Salé languideció hasta su integración en el reino alauita en el tercer tercio de ese mismo siglo. Sin embargo, todavía en el siglo XXI muchos descendientes de aquellos moriscos llegados en el siglo XVII combinan sus nombres árabes con apellidos como Zapata, Vargas, Chamorro, Mendoza, Guevara, Álvarez y Cuevas entre otros.

 

PARA SABER MÁS

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y Bernard VINCENT: Historia de los moriscos. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

EPALZA, Mikel: Los moriscos antes y después de la expulsión. Madrid, 1992.

 

FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y PÉREZ GARCÍA, Rafael M.: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2009.

 

ESPINO LÓPEZ, Antonio: “Los enemigos de la Monarquía en el Mediterráneo: el caso de la defensa de Ibiza en el siglo XVII, 1598-1621” IH Nº 26, 2006, p. 23.

 

 

LAPEYRE, Henry: Géographie de l`Espagne morisque. Paris, SEVPEN, 1959 (hay edición en castellano de 1986 y 2009).

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

20141210181106-291-1-.jpg

Existe ya una larga trayectoria historiográfica sobre las cofradías étnicas, referida a España y a las colonias hispanoamericanas. Su existencia se justificaba precisamente por la discriminación que sufrían estas minorías que, con frecuencia, veían vetado su acceso a las corporaciones de blancos y a sus beneficios espirituales y materiales. La inmensa mayoría de ellas, en una cláusula casi rutinaria, prohibía el acceso a toda persona negra, mulata, morisca o que desempeñase oficios viles. Es cierto que en teoría no debería haber existido esta discriminación porque los esclavos estaban bautizados y, por tanto, eran cristianos. Precisamente dado que no había un fundamento jurídico para su exclusión, en muchas reglas se solventó la cuestión añadiendo alguna coletilla del tipo para evitar murmuraciones, por no dar lugar a escándalos o por ser gente de su natural inquieta.

 

Para el caso de Portugal disponemos del trabajo de Didier Lahon en el que se revela la existencia de decenas de cofradías de negros de muy diversas advocaciones, aunque predominan las de San Benito de Palermo, las de Jesús y las de María. En lo referente a las colonias, las cofradías étnicas fueron infinitamente más numerosas y abundantes, sencillamente por el alto porcentaje de población de color. Proliferaron a lo largo y ancho del continente americano existiendo, por ejemplo, varias decenas de ellas en México, 17 en Perú, 12 en Caracas y cinco respectivamente en Panamá y en Santo Domingo. En algunos lugares, los esclavos se agrupaban por etnias, pues, en Santo Domingo los negros biáfaras y los mandingas eran de la cofradía de la Candelaria, mientras que los ararás se aglutinaban en torno a la de San Cosme y San Damián.

 

Sin embargo, en lo concerniente a España hasta fechas muy recientes apenas conocíamos la existencia de unas pocas cofradías, localizadas en núcleos con grandes mercados de esclavos como Sevilla o Cádiz. No en vano, Antonio Domínguez Ortiz, gran conocedor de la temática, afirmó que estas asociaciones étnicas se restringieron exclusivamente a las capitales andaluzas. Sin embargo, como veremos en este trabajo, no fue exactamente así pues proliferaron en muy distintos lugares, especialmente en la España meridional ya que es en esta parte de la Península donde se concentraba el mayor número de aherrojados.

 

COFRADÍAS ÉTNICAS EN LA ESPAÑA MODERNA

 

A medida que avanzan los estudios sobre la esclavitud constatamos la magnitud de estos institutos tanto en España como en sus colonias americanas. Un fenómeno asociativo que estuvo bastante más generalizado de lo que inicialmente sospechó la historiografía.

 

Estas cofradías étnicas eran muy variadas: las había de negros, pero también de mulatos y hasta de moriscos, como la del Espíritu Santo ubicada, desde mediados del siglo XVI, en el hospital del mismo nombre de Triana (Sevilla). Pero, incluso, dentro de las cofradías participadas por negros no todas eran iguales: las había abiertas a negros, mulatos y a blancos, mientras que otras eran exclusivamente de negrostanto esclavos como libertos-, es decir, teóricamente cerradas. Pero digo que teóricamente porque legalmente no solían prohibir la pertenencia a ellas de blancos sino que sencillamente ninguno se adscribía, probablemente por motivos raciales, sociales y/o culturales. También encontramos asociaciones que nosotros hemos llamado multiétnicas, pues admitían no sólo a personas de color, sino también a moriscos y a gitanos.

 

A continuación sintetizamos en el Cuadro I las cofradías de morenos que hasta ahora tenemos localizadas, incluyendo su advocación, la localidad y el siglo fundacional. Dado que la mayoría de ellas, desde finales del siglo XVII, se transformaron en cofradías de blancos o desaparecieron, nosotros las clasificaremos tan sólo teniendo en cuenta su situación en el momento de su fundación.

 

Cuadro I. Cofradías de Morenos

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

1455

Cofradía de negros libres

--

Barcelona

1472

Cofradía de Santiago Apóstol de negros libertos

Monasterio de Agustinos

Valencia

mitad del siglo XVI

Nuestra Señora del Rosario de Santa María del Castillo

Ermita de Santo Domingo, sita dentro de la alcazaba

Badajoz

1572

Cofradía de mulatos de Nuestra Señora de la Presentación

Hospital de Belén, collación de San Salvador

Sevilla

1575

Nuestra Señora del Rosario, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Convento de Nuestra Señora del Rosario

El Puerto de Santa María (Cádiz)

1580

Nuestra Señora del Rosario

Iglesia parroquial de Santa Catalina

Jerez de los Caballeros (Badajoz)

1584

Nuestra Señora del Rosario

Hospital de Santa María de Goles de Triana

Sevilla

h. 1590

Nuestra Señora del Rosario, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Sucesivamente en el Hospital de la Misericordia, la ermita del Rosario y el convento del Rosario y Santo Domingo

Cádiz

S. XVI

Nuestra Señora de la Misericordia

Hospital de Santa Ana

Málaga

S. XVI

Nuestra Señora de la Encarnación y Paciencia de Cristo

Parroquia de San Justo y Pastor

Granada

S. XVI

Nuestra Señora del Rosario

--

Jerez de la Frontera (Cádiz)

1606

Dulce Nombre de Jesús

--

Usagre

h. 1598

San Juan Bautista

Ermita del Loreto

Denia (Alicante)

h. 1655

Congregación de Nuestra Señora de la Salud, San Benito de Palermo y Santa Efigenia

Iglesia de Santiago

Cádiz

S. XVII

Nuestra Señora del Rosario

Iglesia parroquial

Segura de León (Badajoz)

S. XVII

San Benito de Palermo

Iglesia de Santa Escolástica

Granada

S. XVII

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco

Bujalance (Córdoba)

S. XVII

Nuestra Señora de los Reyes y San Benito de Palermo

--

Jaén

S. XVII

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco de Asís

Úbeda (Jaén)

S. XVII

San Benito de Palermo

--

Baeza (Jaén)

1747

San Benito de Palermo

Convento de San Francisco

Madrid

1784

San Benito de Palermo

Convento de San Juan de los Reyes

Toledo

S. XVIII

San Juan Bautista

Parroquia de la Magdalena

Almendral (Badajoz)

 

Son varios los aspectos que merecen ser destacados de este cuadro: en primer lugar, observamos la existencia de ciudades con más de una cofradía de morenos, sobre todo Sevilla que llegó a contar con tres, seguida de Cádiz y Granada con dos. Un aspecto que tampoco debe extrañarnos, pues, proliferaban allí donde había una alta concentración de población de color.

 

En segundo lugar, se verifica su presencia no sólo en localidades de mediano tamaño como El Puerto de Santa María, Úbeda o Baeza, sino también en villas muy pequeñas. Entre estas últimas, destacan un buen número de ellas en Extremadura, como las de Almendral, Jerez de los Caballeros, Barcarrota y Segura de León. Queda suficientemente demostrado que estas corporaciones también estuvieron presentes en villas pequeñas con un escaso volumen de población esclava. Desconocemos aún si esta tendencia se puede extrapolar a otras zonas de la Península Ibérica, tales como Murcia, Valencia o las dos Castillas.

 

En tercer lugar, confirmamos la presencia de una gran diversidad de advocaciones, aunque con un predominio de las rosarianas a las que, en ocasiones, se unían otras dos intitulaciones típicas de la raza negra: San Benito de Palermo, y la etíope Santa Efigenia. En cuanto a las primeras, conviene recordar que, tras finalizar el Concilio de Trento, se designó al portugués fray Nicolau Días O.P. para que incentivase la devoción al santísimo rosario dentro del cristianismo. Éste pretendió que estos institutos fuesen universalistas y que no discriminasen por sexo ni por estatus social, permitiendo incluso la presencia en las mismas de esclavos negros. El objetivo era siempre lograr la integración de estas minorías que a base de rezar el rosario y de imitar el comportamiento de los cristianos, supuestamente terminarían por aceptar los nuevos dogmas. No obstante, los problemas con los dominicos no tardaron en aparecer, pues ellos entendían que estos institutos debían residir necesariamente en sus conventos. Así, por ejemplo, la cofradía de negros de Triana, que aprobó sus reglas en 1584 bajo la advocación del Rosario, perdió un pleito con los dominicos y sus hermanos se vieron obligados a intitular su corporación como de Nuestra Señora de las Cuevas con permiso, por supuesto, de los Cartujos. Las dedicadas a San Benito de Palermo eran también muchas mientras que otras, como la de Jaén, la de Granada o la de Sevilla, incorporaron al santo siciliano a su intitulación a lo largo del siglo XVII. Una advocación que se explica perfectamente teniendo en cuenta que éste fue un santo franciscano, hijo de negros sicilianos, beatificado ya en 1643. Se trataba, pues, del santo negro por excelencia y, por tanto, era la advocación idónea para captar la devoción de las personas de color. De alguna forma, la existencia de un negro en el santoral significaba la posibilidad de redención de una raza injustamente vilipendiada. Las demás advocaciones son muy diversas, desde San Juan Bautistapor ser el santo más representativo del sacramento del bautismo- a la Encarnación o la Paciencia de Cristo.

 

Y en cuarto lugar, las sedes fueron muy diversas, a saber: iglesias parroquiales, conventos, ermitas y hospitales. Obviamente, las que se ubicaban en las dos primeras estaban mucho más controladas por las autoridades eclesiásticas, mientras que las que lo hacían en ermitas u hospitales contaban con un mayor grado de libertad. En no pocas ocasiones se fundaron en ermitas que intitularon del Rosario y dieron lugar, con posterioridad, a la fundación de un convento dominico de esta advocación y su traslado al mismo. De esta forma la asociación étnica quedaba supervisada y controlada por la Orden de Predicadores.

 

Cuadro II. Otras Cofradías étnicas y multiétnicas

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

ETNIA

S. XV

Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles, Los Negritos

Capilla de los Ángeles

Sevilla

Multiétnica

S. XVI

Nuestra Señora de la Piedad

Hospital de San Antonio Abad

Sevilla

Multiétnica

S. XVI

Cofradía del Espíritu Santo

 

Sevilla

Moriscos

S. XVI

Nuestra Señora de la Misericordia

Hospital de Santa Ana

Málaga

Multiétnica

Fines S. XVI

Cofradía de San José

--

Villanueva de la Serena (Badajoz)

Moriscos

S. XVII

Cofradía de San Román

--

Sevilla

Gitanos

 

La hermandad de los Negritos de Sevilla fue fruto de la fusión de dos hermandades hospitalarias, a saber: una de negros ubicada en el hospicio de Nuestra Señora de los Reyes, cercano al humilladero de la Cruz del Campo, que había fundado el arzobispo Gonzalo de Mena a finales del siglo XIV, y otra multiétnica, intitulada de Nuestra Señora de la Piedad, que residía en el hospital de San Antonio Abad. Pues, bien, en 1558, después de consumada su fusión, redactaron sus nuevas reglas, estableciéndose en el capítulo I que se admitirían como hermanos a mulatos, a indios y a negros, tanto esclavos como librescontando, por supuesto, con la autorización de sus dueños-. Que se incluyan los indios no tiene mucho de particular, pues, según algunos documentos de la época, a mediados del siglo XVI, vivían en Sevilla muchos indios e indias libres que los españoles los tienen por esclavos y se sirven de ellos como tales... No era la única multiétnica que había en la capital hispalense, pues en la cofradía del Espíritu Santo, aunque era de moriscos desde 1560, figuraba entre sus hermanos al menos un negro subsahariano, llamado Francisco de Herrera. Ello nos puede estar hablando de nuevo de otra corporación multiétnica. No menos claro era el caso de la cofradía de Nuestra Señora de la Misericordia de Málaga también abierta a otras minorías étnicas. En este caso, además de negros y mulatos, podían formar parte de la misma, esclavos y libertos berberiscos.

 

Y finalmente tenemos alguna referencia a la fundación a finales del siglo XVI en Villanueva de la Serena (Badajoz) de una cofradía de moriscos, intitulada de San José. Al parecer, fue instituida por un morisco de origen granadino, Miguel Hernández Murcia, aglutinando en torno a ella a los conversos de la localidad que, al parecer, eran buenos cristianos.

 

También conocemos algunos casos de cofradías de blancos que admitían en sus filas a negros. Fueron más excepcionales, sencillamente por el casticismo de la época que hacía que muchos cristianos viejos vieran con malos ojos estas asociaciones mixtas. Algunas de ellas es posible que en sus orígenes fueran de negros y que, con el paso de los años, se abrieran a los blancos por meros motivos de supervivencia, cuando el número de esclavos comenzó a declinar.

 

Cuadro III. Corporaciones de blancos que admitían o asistían a miembros de minorías étnicas

 

FUNDACIÓN

INTITULACIÓN

SEDE CANÓNICA

LOCALIDAD

1575

Santa Veracruz

Ermita de San Sebastián

Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real)

S. XVI

Santa Veracruz

Convento de San Francisco

Berlanga (Badajoz)

S. XVI

Cofradía del Rosario

 

Cáceres

1732

Hermandad del Santo Rosario de Nuestra Señora de la Aurora

Parroquia de Santiago

Barcarrota (Badajoz)

 

Hay que advertir que el cuadro refleja solo algunos ejemplos pero que es seguro que habría muchas más que admitirían a miembros de estas minorías. Tenemos datos concretos de la Veracruz de Villarrubia de los Ojos, fundada en 1575 en la ermita de San Sebastián y que, aunque era de blancos, admitía de facto a miembros de minorías étnicas pues encontramos a varios moriscos entre sus miembros. Asimismo, nos consta la presencia de moriscos en varias cofradías de Huescala de Santa Ana y la de San Eloy- así como en la de Nuestra Señora de la Soledad de La Algaba (Sevilla).

 

La de Berlanga no admitía a negros, sin embargo que obligaba a sus hermanos a asistir al enterramiento de aquellos aherrojados que eran propiedad de sus cofrades. En el capítulo XIX de sus reglas se leía lo siguiente:

 

Ítem, ordenamos y tenemos por bien que cuando algún hermano de esta nuestra cofradía y hermandad falleciere, o su mujer o hijo de diez años arriba, o el padre o la madre, o su negro o negra del tal hermano que viviere en su casa con él y muriere en ella, no habiendo en ello fraude ni cautela, o marido o mujer, sean todos los hermanos a ir a su enterramiento

 

Con frecuencia, el hecho de que el cabeza de familia estuviese en una corporación implicaba la extensión de la mutua a sus familiares en primer grado, es decir, a su esposa e hijos y, como en el caso de Berlanga, también a su servidumbre.

 

De la cofradía del Rosario de Cáceres sabíamos que era de blancos, sin embargo, en 1546, Elvira Paredes, en su testamento, otorgó la libertad a su esclavo Francisco, dándole 1.000 maravedís y ordenando a sus albaceas que le pagasen su entrada en dicho instituto. Todo parece indicar que estamos nuevamente ante una de esas cofradías abiertas que admitían a negros libertos. Diferente es el caso de la Veracruz de Llerena que acordó, en 1570, incluir excepcionalmente a un esclavo para que portase y tocase la bocina en los desfiles procesionales.

 

LAS ÉLITES Y LAS COFRADÍAS ÉTNICAS

 

Como ya hemos afirmado, si hubo cofradías de negros fue por dos motivos: uno, porque el rechazo social imposibilitaba que estas minorías se pudiesen integrar en los institutos de blancos. Por tanto, estas cofradías étnicas más que un ejemplo de integración, como se ha dicho tradicionalmente, muestran justo lo contrario, es decir, su marginación social. Y otro, porque se permitió su existencia pues, en general, los negros, a diferencia de lo que ocurrió con judíos, moriscos y gitanos, nunca fueron vistos como una amenaza, por su escasa o nula resistencia a su cristianización.

 

Conocemos algunos casos concretos en que los dueños se opusieron a conceder la licencia para participar en estos institutos. Concretamente en Sevilla, algunos interpretaron ese pequeño margen de libertad como potencialmente peligroso para sus intereses clasistas. También en Usagre (Badajoz) detectamos reticencias de algunos propietarios a conceder licencias para la participación de sus negros en actividades cofradieras. Incluso, en el siglo XVIII, ciertos políticos ilustrados como Campomanes, las vieron como una amenaza y justo por ello se decretó, el 21 de febrero de 1764, la extinción de la cofradía de negros de Cádiz.

 

Sin embargo, en general, salvo estas excepciones ya citadas, tanto las autoridades como los propietarios no sólo las toleraron sino que, incluso, las auspiciaron. Los franciscanos estuvieron detrás de las fundaciones de cofradías de negros en la provincia de Jaén, erigidas o refundadas por el negro Cristóbal de Porras, siempre bajo el patrocinio de San Benito de Palermo. Cabría preguntarse: ¿por qué tanto las autoridades como los propietarios aceptaron de buen grado esta libertad asociativa? Por dos motivos: primero, porque los negros en principio no hacían otra cosa que mimetizar el comportamiento de los blancos por lo que, lejos de suponer una amenaza, constituían una forma más de cristianización de estas minorías. De hecho, la cofradía de los Negritos de Sevilla, en sus reglas de 1558, vedó la entrada a la misma a cualquier persona de malas costumbres como borracho, ladrón, amancebado (y) blasfemo (Cap. IV). Curioso, sobre todo porque se trata de calificativos que tradicionalmente se atribuían a las minorías étnicas. Lo cierto es que muchos señores de esclavos interpretaban que estas organizaciones servían de válvula de escape a las tensiones generadas por el duro servilismo al que los sometían. Y para colmo esas tensiones no se dirigían contra sus dueños sino que morían en rencillas entre los hermanos de una misma cofradía o en áridas disputas con otras.

 

Y segundo, por ciertos intereses bastante menos espirituales y mucho más sórdidos; dado que los dueños estaban obligados moralmente a proporcionar un enterramiento cristiano a sus esclavos, la existencia de una cofradía de negros les podía eximir de esos gastos. Además, de alguna forma también justificaba la existencia de la esclavitud y probablemente disminuía los posibles problemas de conciencia. De hecho, se suponía que el argumento básico sobre el que se sustentaba la institución era la conversión del cautivo. De ahí que estuviese terminantemente prohibido que los moriscos y los cristianos nuevos tuviesen aherrojados. Por todos los motivos aludidos, no tiene nada de particular que cofradías como la de los Negritos de Sevilla contasen con la protección de todos los estamentos privilegiados, incluyendo a los caballeros maestrantes.

 

Pero, no eran los únicos interesados en la existencia de estas asociaciones. También las altas jerarquías religiosas las favorecieron, por un lado, porque de esta forma se evitaban roces directos con los cristianos viejos y, por el otro, porque contribuía a la evangelización de las minorías étnicas y de alguna forma al ensanchamiento de la cristiandad. Incluso, los propios clérigos, es decir, los estratos más bajos del estamento eclesiástico, podían estar a favor pues siempre implicaban más ingresos, en forma de sufragios para sus iglesias, capillas o eremitorios. Tanto los dominicos como los franciscanos auspiciaron este tipo de corporaciones étnicas, los primeros fomentando la aparición de rosarios públicos de negros, que veían en los rezos una buena forma de catequización y, los segundos, impulsando la advocación del franciscano de color San Benito de Palermo.

 

A los propios esclavos también les interesaba este asociacionismo, pues haciendo ostentación pública de su fe podían justificar su sincera conversión y, a la postre, tener más esperanzas de conseguir su redención. No era imprescindible para su ahorramiento, aunque recomendable. De hecho, ya en las Partidas de Alfonso X se estableció que los esclavos de judíos, moros o herejes quedasen libres en el mismo momento en que se produjese su conversión. Pero además de aumentar sus posibilidades de liberación también mejoraban en cierta medida sus condiciones de vida. No olvidemos que sobre el esclavo pesaban dos estigmas añadidos: su condición de pobre y de infiel. Cristianizándose eliminaban al menos la segunda de las manchas y de paso les servía para autoafirmarse frente a la clase dominante.

 

A la larga estas corporaciones representaron la prueba evidente del triunfo del hombre blanco sobre el negro. De hecho, estos últimos no hacían más que reproducir los comportamientos de aquellos que los discriminaban y los mantenían en una situación servil. Por tanto, aunque en ocasiones pudieran aglutinar valores sincréticos o dar cohesión al grupo, en la práctica representaron una forma más de inserción de los esclavos en la sociedad dominante.

 

Huelga decir que debieron estar bien vigiladas por las autoridades eclesiásticas y civiles, despertando en ocasiones los celos de las asociaciones de blancos. Algunas de ellas estaban controladas y dirigidas por la élite local, como ocurría en el caso de la de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota. Ésta admitía a blancos, negros y mulatos, teniendo su sede en la parroquia de Santiago, por lo que la capacidad de movimiento de sus hermanos de color era mínima. Todas las cofradías, incluidas por supuesto las de negros, estaban sujetas a la supervisión de la prelatura. Sin embargo, las que tenían su residencia canónica fuera de una parroquia o de un convento gozaban de mayores cotas de independencia. En teoría, la residencia en una ermita les daba más reputación, al no depender directamente de los presbíteros de la parroquia ni del abad del monasterio. Cofradías como la de San Juan Bautista de Denia que residía en la ermita del Loreto se podían permitir festejar sus reuniones con bailes y músicas autóctonos, sin molestar ni ser molestados. Aquellas ermitas que se localizaban en el campo tenían el atractivo añadido del ambiente bucólico que se respiraba y que favorecía precisamente la recuperación de sus bailes y danzas tradicionales. No obstante, la fundación en un eremitorio era un arma de doble filo ya que los elevados costes de mantenimiento del edificio corrían por cuenta de la corporación. Usualmente la cofradía debía pagar, primero, todos los gastos de reparación y mantenimiento del edificio, y segundo, a un sacristán que hiciese las veces de guarda y cuidador del recinto. Como ya hemos visto, algunas de estas cofradías de negros tuvieron su sede canónica en ermitas, como la cofradía de morenos de Badajoz, fundada en la primera mitad del siglo XVI. No era la única que disponía de edificio propio, pues tanto la del Puerto de Santa María como la de Cádiz dispusieron de su propio templo.

RECHAZO, BURLA Y DISCRIMINACIÓN

 

Como ya hemos afirmado, las élites no sólo permitieron este tipo de cofradías sino que las incentivaron. Sin embargo, una cosa era la élite y otra el pueblo. Entre el grueso de la población, precisamente entre aquellos que no poseían esclavos sino tan sólo el orgullo de sentirse cristianos viejos, el rechazo fue muy acentuado. Nos han llegado algunos testimonios insertos en un pleito iniciado en 1604 entre la hermandad de los Negritos de Sevilla y la señera corporación de la Antigua, Siete Dolores y Compasión. El Jueves Santo de 1604, los cortejos de ambas corporaciones se encontraron, optando los Negritos por atravesar por medio del cortejo de la hermandad de la Antigua. Este hecho fue interpretado por muchos como una afrenta intolerable. Al parecer, se produjeron graves disturbios entre los asistentes, las hermanas de la Antigua y los Negritos. Al final estos últimos acabaron tirando piedras y dando palos a las hermanas de la dicha cofradía de la Antigua. Algunas declaraciones prestadas por testigos presentados en el proceso denotan grandes dosis de fanatismo hacia estos cofrades. Por ejemplo, Francisco de Acosta declaró:

 

Aunque Cristo se puso en la cruz por todos, en la Iglesia hay órdenes y grados como en el cielo y no deben de ir delante de cofradía de gente blanca.

 

Mero racismo de unas personas que no podían entender que unos negros, por el simple hecho de serlo, pudieran precederles en los actos públicos. En más de una ocasión, estos cofrades de color sintieron la burla del pueblo como se deduce de la declaración de otro de los declarantes, un tal Miguel Ambrosio:

 

Que los negros eran gente tan bárbara y ridícula que da risa en lugar de devoción, por lo cual les van silbando, y las negras van llamando a los blancos perros y judíos, y los blancos les hacen burlas con la boca.

 

Otro testimonio, utiliza términos muy parecidos:

 

Mucha gente los está aguardando para silbarles y hacerles otras mofas y escarnios, hablarles en guineo y afrentándoles, picándoles con alfileres, de lo cual se enojan y llaman a los blancos judíos, lo cual así mismo hacen las negras que los acompañan

 

Los textos citados son suficientes para hacernos una idea de la difícil situación que vivían los Negritos en sus estaciones de penitencia. Provocaciones continuas y vejaciones verbales que unos aguantaban con resignación mientras que otros estallaban, tildándolos de judíos. Una respuesta que no debía sentar nada bien a aquellos cristianos viejos. Y es que parece obvio que los sufridos negros también sabían defenderse de los ataques verbales. La mayor parte de las afrentas se dirigía a las mujeres de color ya que, mientras los varones iban con el rostro cubierto, ellas procesionaban detrás, descubiertas y conocidas.

 

Lo cierto es que, pese a la dignidad con la que los Negritos intentaban realizar su estación de penitencia, no cuesta imaginar las burlas de unas personas criadas y educadas en una sociedad intransigente como era la de la España Moderna. Insultos, bromas y toda clase de vejaciones morales que provocaban la risa de los agresores y la rabia contenida de los agredidos. Para la mentalidad de la época, por muy cristianos y muy cofrades que fueran no dejaban de ser negros y, por tanto cristianos de segunda. Y para recordárselo ahí estaban los cristianos viejos.

 

Para colmo, cuando se produjeron altercados, las autoridades casi siempre cargaron las tintas contra los cofrades de color. El caso de los Negritos de Sevilla es muy claro, tras sus disputas con la cofradía de la Antigua, instituto de gran significación social en Sevilla, el cardenal Nuño de Guevara prohibió a los primeros procesionar en público. Los Negritos se vieron obligados a recurrir a instancias superiores, es decir, a la Santa Sede. Pero las restricciones duraron mientras vivió el cardenal de manera que el 16 de marzo de 1625 consiguieron la aprobación del Papa para evitar que estas prohibiciones se volvieran a repetir en el futuro.

 

Disponemos de testimonios similares sobre la cofradía de morenos del Dulce Nombre de Jesús de Usagre, confirmando lo ya conocido para la de Sevilla. En esta localidad los vecinos se quejaban de que gente tan infame, borrachos, ladrones y alborotadores desfilase en el Corpus tan cerca del Santísimo, e incluso, delante de gente honrada y principal de la villa. No escatimaron tampoco en apelativos, tildando a los negros de personas muy revoltosas, inquietas y sin razón. Aunque no disponemos de referencias a otras hermandades étnicas es plausible pensar que este tipo de rechazo estuviese generalizado.

 

SUS MIEMBROS

 

Conocemos casos de cofradías que fueron cerradas legalmente, como la del Rosario, sita en el hospital de Santa María de los Goles de Triana, que impedía el ingreso a toda persona que no fuese de color, excluyendo no sólo a los moriscos sino también a los mulatos. Estos últimos crearon su propia hermandad, la de Nuestra Señora de la Presentación, también de carácter cerrado. Sin embargo, esta capacidad de cerrarse, incluso a los mulatos, es difícil de encontrar en España, pues los esclavos siempre fueron una minoría que, además, desde la segunda mitad del siglo XVII, fue progresivamente en retroceso. También la cofradía de San Benito de Palermo de Madrid, ponía como condición para ser miembro ser del color del santo titular, es decir, negro.

 

Sin embargo, la mayoría de ellas no fueron cerradas, al menos legalmente. Y no lo fueron porque, a diferencia de lo que ocurría en América, el número de esclavos y libertos era tan escaso que debían permitir el ingreso a todo aquel que lo solicitase y pagase la cuota si querían subsistir. Prueba de que nunca estuvieron cerradas a los blancos es que con el paso del tiempo, las que sobrevivieron, experimentaron un blanqueamiento progresivo.

 

La cerrazón era un lujo que sólo se podían permitir las cofradías de morenos de Sevilla o la del Madrid del siglo XVIII. Si en la praxis no había blancos en las corporaciones de negros era por un rechazo personal debido a motivaciones de carácter social o cultural. Por ejemplo, en el caso de la cofradía de negros de Segura de León (Badajoz), aunque formada de facto por negros de ambos sexos, tanto libres como esclavos, el único requisito de ingreso era abonar la cuota pertinente. Por tanto quede claro que, aunque en sus inicios no contaron con blancos entre sus hermanos, en teoría siempre fueron abiertas porque, salvo en raras excepciones, nunca se les excluyó formalmente. En aquella sociedad casticista pocos blanco estaba dispuesto a formar parte de una cofradía de morenos. En América, por supuesto, había tal cantidad de negros que la situación era muy diferente, y ninguna cofradía de negros necesitaba de hermanos blancos para subsistir.

 

En teoría estaban dirigidas por libertos ya que se presuponía que un esclavo no tenía la capacidad jurídica para formar parte de una asociación. Algunas, como ocurría en las de Barcelona y Valencia, incluían en su propia intitulación lo de cofradías de negros libertos, denotando claramente la condición libre de sus asociados. Y en la mayoría se especifica que los hermanos pudiesen ser libertos o, en caso de ser esclavos, que contaran con la debida licencia de sus amos. Así se especificaba en las reglas de los Negritos de Sevilla de 1554. Igualmente, en el art. de las reglas de 1764 de la hermandad de morenos de Cádiz se especificaba que los hermanos podían ser libres o esclavos, pero contando estos últimos con el permiso de sus propietarios. También hubo otras en las que en su misma intitulación se denominaron de morenos y morenas libres y esclavos, es decir, formada por personas de color de ambos sexos, tanto libres como sujetos a servidumbre. Pero una cosa era la teoría y otra la práctica. De facto, los esclavos no sólo formaban parte de estas corporaciones sino que solían ser mayoría, simplemente porque su número fue siempre muy superior al de libertos. Ya Félix González de León escribió en 1852 que la citada cofradía de los Negritos de Sevilla congregaba no sólo a libertos sino también a decenas de esclavos que contaban con la preceptiva autorización. Efectivamente, dado que había más esclavos que libertos, una buena parte de sus hermanos eran aherrojados. Pero, es más, en las cofradías de Denia, Málaga o Sevilla, nos consta que muchos de sus hermanos mayores fueron esclavos negros. Incluso en la cofradía de negros de Nuestra Señora de los Reyes de Jaén, su primer prioste y fundador fue Juan Cobo, esclavo de un tal Francisco Cobo del Rincón. Y no sólo admitían a negros libres u esclavos, sino también a todo tipo de mulatos y cuarterones, como era el caso de la de morenos de Badajoz.

 

Desde la segunda mitad del siglo XVII también fue habitual la incorporación progresiva de blancos. Obviamente, cuando la esclavitud comenzó declinar, la mayoría de las corporaciones desapareció y otras fueron incorporando masivamente a blancos que no tardaron en hacerse con el control. La cofradía rosariana de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota, fundada en la tardía fecha de 1732, no tuvo más remedio que instituirse como mixta, admitiendo a blancos, negros y mulatos. También la de Badajoz que perduró hasta el siglo XIX, era al menos desde el siglo XVIII mixta, estando ya en ese siglo dominada y controlada por cristianos viejos. Precisamente, fue ese carácter abierto lo que permitió a muchas de ellas subsistir hasta la Edad Contemporánea y, en algunos casos, hasta nuestros días.

 

SUS FINES

 

Estas asociaciones mimetizaron el comportamiento de las corporaciones de blancos, siendo sus objetivos muy similares, es decir, el culto a sus titulares y la asistencia a sus mutualistas. La atención a los enfermos, la asistencia a los funerales y la financiación de sufragios formaban una parte fundamental de su propia razón de ser. Y de paso, aunque más como consecuencia que como causa, sirvió para reforzar la identidad de unas minorías étnicas que se encontraban en una situación social muy desfavorecida.

 

Cuando los esclavos enfermaban o envejecían comenzaban a suponer una pesada carga para sus dueños. En el mejor de los casos se les permitía permanecer en el hogar al que habían dedicado su vida y, en caso de fallecimiento, el dueño les sufragaba una sepultura en el templo, en aquellos lugares destinados a las personas más pobres. En el peor de los casos, el propietario adoptaba la diabólica decisión de liberarlo por lo que el infortunado liberto acababa sus días malviviendo de la mendicidad. Nos llama mucho la atención que haya muchísimos más bautizos de negros que entierros. Y, obviamente, morirse se morían, pero muchos de esos liberados no constan ya como esclavos y nos pasan desapercibidos entre las miles de partidas sacramentales de las parroquias.

 

Por ello, nada tiene de particular el origen hospitalario de muchas de ellas. De hecho, el inicio remoto de la cofradía de los Negritos de Sevilla fue el hospicio para negros que, a finales del siglo XIV, fundó el arzobispo Gonzalo de Mena y Roelas. Además de enterrar y ofrecer sufragios, se ocupaba especialmente de los enfermos aunque más en su vertiente espiritual que sanitaria, velando por que confesara, comulgara y, en última instancia, se le administrase la Extremaunción. También la cofradía de la Misericordia de Málaga, formada por esclavos y libertos, estaba ubicada en el hospital de Santa Ana, siendo su principal cometido la asistencia de sus mutualistas en la enfermedad y en la muerte. E igualmente, la de San Benito de Palermo de Madrid, tenía como objetivo fundamental la asistencia a sus hermanos en la enfermedad y, en caso de fallecimiento, la financiación de un enterramiento cristiano digno.

 

Otras, como la de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota, no asistían en la enfermedad sino que sus hermanos se limitaban a acudir a la puerta de la morada del enfermo a rezar por él. Una vez fallecido el mutualista, costeaba el entierro y ofrecía seis sufragios por su alma, además de las doce misas anuales de réquiem por todos los hermanos difuntos. Igualmente los morenos de Badajoz tampoco asistían a sus miembros en la enfermedad, limitándose a pagar el entierro y los sufragios establecidos.

 

Pero, ¿Qué ocurría si en alguna localidad no había cofradía hospitalaria de negros? Si era esclavo dependía de la buena voluntad de su dueño, si era liberto de la beneficencia social. Normalmente todo quedaba en manos de la caridad cristiana. En localidades como Carmona (Sevilla), que teniendo una nutrida población esclava, no poseía ninguna hermandad de morenos, el hospital de la Misericordia y Caridad, altruistamente acogía en sus instalaciones a todo tipo de pobres, independientemente de su color, enterrándolos luego en su capilla, con la única condición de que fuesen cristianos.

 

Como todas las cofradías también tenían su lado devocional, realizando casi todas ellas rosarios públicos. La de Barcarrota obligaba a sus miembros a cantar el rosario todas las noches, unos días por las calles y, otras, en el interior del templo parroquial donde tenían su residencia canónica.

 

Tenemos constancia de la participación de negros y de miembros de otras minorías, como moriscos y gitanos, en los desfiles del Corpus Christi de muchas ciudades tanto de España como de América. Conviene explicar que en estos cortejos encontramos múltiples elementos paganos, como tarascas, cabezudos, gigantes y grupos de bailarines. Danzas de romeros, zarabanda o el guineo como hacían los Negritos que participaban en el Corpus sevillano, celebrando bailes y otras diversiones. Al parecer, estos al igual que los gitanos tenían la obligación de procesionar en dicha procesión, realizando danzas de sarao y danzas llamadas de gitanos, muy populares entre la población al menos hasta principios del siglo XVIII. En ciudades como Ávila también había danzas de judíos, o judiadas, que tenían una larga tradición y que, al parecer, eran representadas por descendientes de judíos conversos que permanecieron en la localidad.

 

Tanto la cofradía de negros de Segura de León como las de Almendral y Usagre, todas en la provincia de Badajoz, acudían a la procesión del Corpus con sus respectivas andas, portando cada una su imagen titular. Pero, es más, incluso, en localidades como Lucena (Córdoba), donde no se tiene constancia documental de la existencia de cofradías de negros, estos acudían al desfile del Corpus, realizando distintos bailes, al menos en el siglo XVII.

OSTENTACIÓN Y ORGULLO

 

La mayor parte de las miles de cofradías que había en España tenían unos ingresos escasos, procedentes básicamente de las cuotas de los hermanos y de las limosnas que recogían entre los feligreses. Si eso era así en las de blancos cuánto más debía serlo en las étnicas. Como no podía ser de otra forma, estos institutos fueron por lo general extremadamente pobres y por extensión extremadamente humildes. No olvidemos que estaban compuestas por esclavos o por libertos pobres, sin posibilidades de dejar patrimonio a sus respectivas corporaciones. De hecho, conocemos muy pocos testamentos formalizados por negros y menos aún que dejen un patrimonio a alguna asociación de carácter devocional o asistencial. Por ello, las fuentes de financiación de estas cofradías eran tres: una, las modestas cuotas de los hermanos, dos, la demanda pública que periódicamente realizaban en las calles al igual que hacían las demás corporaciones, y tres, las donaciones de algunas personas ajenas a la cofradía, como ocurría en la del Rosario de Badajoz.

 

No faltaron las excepciones; corporaciones que gozaron de importantes ingresos, cierto margen de libertad y una pujanza que les hizo pleitear y ganar la precedencia a otras cofradías de blancos. Sin ir más lejos, la hermandad de los Negritos de Sevilla llegó a gozar de tales privilegios que incluso despertó los recelos de la mitra hispalense. Inicialmente funcionó como hermandad de gloria, ubicada en un pequeño hospital que se encontraba cerca de la Puerta de Carmona, pero posteriormente se convirtió en hermandad de penitencia, ganando pleitos de precedencia a varias cofradías señeras de la ciudad.

 

La de los morenos de Badajoz se atrevió a pleitear por la precedencia tanto con la señera cofradía de San José como con la de San Antonio. De su litigio con la primera no conocemos su fallo, pero de la segunda que ganaron una ejecutoria, el 7 de octubre de 1560, por la que el provisor le concedió su preeminencia en todos los actos públicos. También la de Jerez de los Caballeros (Badajoz) compitió en antigüedad y pujanza con las más antiguas de la localidad. Concretamente existían dos cofradías del Rosario, ambas fundadas en el siglo XVI, una de los morenos con sede en la iglesia de San Miguel y la de los blancos con residencia canónica en la iglesia de Santa Catalina. Sin embargo, huelga decir que la más antigua era la de los morenos de San Miguel.

 

La mayoría de los enfrentamientos se dieron por la precedencia en la procesión del Corpus Christi. La de Usagre (Badajoz) pleiteó con otras corporaciones, reclamando la preeminencia en ese señalado desfile. Pero, en esto no se diferenciaban en nada de las de blancos, entre las que se produjeron infinidad de pleitos por la precedencia en los cortejos públicos. Y podríamos preguntarnos: ¿y por qué el Corpus Christi? La respuesta es obvia: históricamente era una de las fiestas religiosas más destacadas del calendario litúrgico, acaso la más importante. Se trataba de acompañar la salida procesional de nada más y nada menos que el mismísimo cuerpo de Cristo. ¡Qué mejor lugar que el desfile del Corpus para ostentar su prestancia social! Además, no debemos olvidar que la Inquisición y sus familiares estaban siempre al acecho de cualquier persona que se apartase del dogma cristiano. No había mejor salvaguarda de la peligrosa Inquisición que participar activamente en estas manifestaciones públicas de fe.

 

Sobre la hermandad de San Benito de Palermo de Granada, el cronista Henríquez de Jorquera afirmó que gastaban mucho dinero en servirla con fastuosidad y ostentación. También de la hermandad de negros de Denia se decía a principios del XVII que, pese a que vivían prácticamente de las limosnas y de la caridad, gastaban más dinero del que ingresaban. Llama la atención el afán de ostentación en algunas de estas cofradías. Probablemente era una forma de reducir las diferencias con el grupo dominante, haciendo cierta la frase de Francisco de Quevedo de que buen caballero era don dinero. Y es que en parte no le faltaba razón al escudero Sancho Panza cuando afirmaba que en el mundo sólo había dos linajes, el tener y el no tener. Aquellas cofradías que se lo podían permitir hacían ostentación porque probablemente era una forma de sentirse menos diferentes del privilegiado mundo de sus amos.

 

SU CARÁCTER EFÍMERO

 

Casi todas las cofradías étnicas tuvieron una corta duración por motivos obvios. Las de moriscos dejaron de existir como tales desde 1609-1610, fecha en la que se dio por desaparecido a ese grupo étnico. Las de morenos languidecieron a finales del siglo XVII, desapareciendo como tales en la siguiente centuria. Solo algunas consiguieron sobrevivir hasta la Edad Contemporánea, pero como cofradías de blancos. La explicación parece obvia, el gran siglo esclavista fue el XVI que coincide con el máximo apogeo fundacional. A partir de la segunda mitad del XVII la esclavitud comenzó a declinar y con ella lo hicieron también estas cofradías étnicas. Por ello, se vieron obligadas a abrirse a la mayoría blanca, la cual terminó por hacerse con su control. Y finalmente, en el siglo XVIII casi todas ellas terminaron por desparecer como tales, paralelamente a la progresiva disminución de la esclavitud. Las que sobrevivieron lo hicieron ya como corporaciones de blancos. Por tanto, está claro que el motivo principal de su desaparición no fue otro que el mismo agotamiento de la esclavitud. Simplemente, llegó un momento en que no quedaban negros para mantener dichos institutos. De hecho, en América, donde la población negra no decreció, estas corporaciones continuaron como tales en algunos casos hasta la Independencia, cuando la esclavitud quedó en teoría abolida. No obstante, el descenso del número de esclavos no fue la única causa de su desaparición. También la corriente anticlerical de algunos gobernantes ilustrados como Campomanes o Aranda, suprimieron algunas de estas cofradías, como le ocurrió a la de San Benito de Palermo de Madrid, suprimida en el decreto del 27 de julio de 1767.

 

La cofradía de Nuestra Señora de la Salud de Cádiz desde el segundo cuarto del siglo XVII pasó a estar controlada por blancos, protagonizando los hermanos de color diversos altercados que provocaron un largo proceso judicial. Finalmente, fue suprimida oficialmente el 19 de junio de 1767 por falta de asociados. La de la Paciencia de Cristo de Granada, de negros y mulatos, fue suspendida igualmente por falta de actividad, al igual que la de Málaga que se dio por desaparecida en la segunda mitad del XVIII. Asimismo, a mediados del siglo XVII se dio por extinguida la cofradía de los negros de Triana, mientras que la de mulatos de Nuestra Señora de la Presentación de Sevilla dejó de hacer estación pública de penitencia en 1731, dándose por desaparecida en los años sesenta.

 

En cambio, otras corporaciones no desaparecieron sino que se blanquearon. Así, la señera hermandad rosariana de los morenos de Cádiz y la de Badajoz perdieron su carácter étnico, continuando su andadura en abierto. Esta última tenía en 1705 dos mayordomos uno blanco y otro moreno, signo evidente de su condición mixta. Sin embargo, progresivamente se debió ir blanqueando, pues en un informe de su mayordomo, Pedro Rubiales, fechado el 28 de febrero de 1771, no se menciona absolutamente nada de su supuesto carácter étnico. Dada la disminución drástica del fenómeno esclavista en el siglo XVIII, había perdido su condición inicial de cofradía de negros hasta su desaparición total a finales del primer cuarto del siglo XVIII. También la hermandad de San Juan Bautista de Denia se tornó abierta a finales del siglo XVII, desapareciendo los negros de sus listas de hermanos desde la visita pastoral de 1667. La cofradía de Morenos de Segura de León, refundada como étnica en 1677, retomó su andadura como cofradía de blancos 37 años después, es decir, en 1710. La de los Negritos de Sevilla también se abrió a los blancos a principios del siglo XVIII, siendo controlada desde entonces por estos. Pero a diferencia de las otras, hubo hermanos negros durante buena parte de la Edad Contemporánea.

 

Ahora bien hubo excepciones, es decir, cofradías que se fundaron en fechas muy tardías, bien avanzado el siglo XVIII. Concretamente, la cofradía de Nuestra Señora de la Aurora de Barcarrota se fundó como mixta en 1732 y en 1751 admitió como hermana a una mulata liberta, profesa en el convento de la Asunción de la villa. Mucho más efímera aún fue la vida de la ya citada corporación de negros de Madrid, que tuvo una andadura de tan sólo dos décadas, pues se fundó en 1747 y desapareció en 1767. Y el caso más llamativo es, sin duda, el de la de San Benito de Palermo de Toledo que aprobó sus constituciones por la autoridad diocesana nada menos que en 1784. Imaginamos, que su pervivencia como cofradía de negros debió ser necesariamente limitada porque ya por aquella fecha apenas quedaban aherrojados en esa ciudad. Otra cosa era Hispanoamérica, donde el volumen de negros hizo posible que se mantuvieran como corporaciones cerradas hasta bien entrado el siglo XIX.

 

CONCLUSIÓN

 

Hemos tratado de sintetizar los aportes que en materia de cofradías étnicas han aparecido en los últimos años en distintos estudios locales sobre la esclavitud. Ha quedado demostrado que estos institutos estuvieron mucho más extendidos por la España meridional de lo que se había pensando. Fueron instituciones totalmente aceptadas y gozaron del favor de las autoridades ya que contribuían a la paz social, a la integración de todos los cristianos y a la promoción social de estas minorías desfavorecidas.

 

En general, aparecieron en la segunda mitad del siglo XV, tuvieron su máximo esplendor en el siglo XVI, entrando en decadencia en el XVII y desapareciendo o abriéndose a los blancos en el XVIII, cuando el número de eslavos negros comenzó a declinar vertiginosamente. Si no hubo más corporaciones o si no se prolongaron hasta la Edad Contemporánea no se debió a ningún tipo de imperativo legal o social sino simplemente a la escasa presencia de esclavos en la mitad norte peninsular y al declive de su población en el sur desde principios del siglo XVIII.

 

Finalmente, ha quedado claro que lo de su carácter cerrado debe ser matizado. Muchas de ellas acogieron tanto a negros como a mulatos de muy distinta condición. Otras, incluso a moriscos e indios y casi todas terminaron aceptando a blancos. Todo parece indicar que la mayoría de ellas no eran exactamente cerradas y que si no había blancos se debía más al rechazo inicial de estos que a una prohibición de aquéllos.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Álvaro Rubio, J. 2005. La esclavitud en Barcarrota y Salvaleón en el período moderno (siglos XVI-XVIII). Badajoz, Excma. Diputación Provincial.

 

Aranda Doncel, J.La devoción a la Inmaculada Concepción durante los siglos XVI al XVIII: el papel de los conventos cordobeses de la provincia franciscana de Granada, en http://www.rcumariacristina.como/ficheros/ (Consulta del 13-IV-2010)

 

Arias de Saavedra, I y López-Guadalupe M. L. 2002. La represión de la religiosidad popular. Crítica y acción contra las cofradías en la España del siglo XVIII. Granada: Universidad.

 

Asenjo Sedano, C. 1997. Esclavitud en el Reino de Granada, S. XVI. Las tierras de Guadix y Baza. Granada: Academia Granadina del Notariado.

 

Carrero Rodríguez, J. 1991. Anales de las cofradías sevillanas, Sevilla: 253. Sevilla, Editorial Castillejo.

 

Cortés Alonso, V. 1964. La esclavitud en Valencia durante el reinado de los Reyes Católicos (1479-1516). Valencia: Archivo Municipal de Valencia

 

Cortés López, J.L. 1989. La esclavitud negra en la España peninsular del siglo XVI. Salamanca: Universidad.

 

Dadson, T. J. 2007. Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (S. XV-XVIII): historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada. Madrid: Iberoamericana.

 

Díaz Rodríguez, V. 2009. Negros y frailes en el Cádiz del siglo XVII. Salamanca: Editorial San Esteban.

 

Domínguez Ortiz, A. 2001. España, tres milenios de Historia. Madrid: Marcial Pons.

 

García Arenal, M. 1975. Los moriscos. Madrid: Editora Nacional.

 

García de la Concha, F. 1997.Cofradías étnicas sevillanas. La hermandad de los Negritos, Actas del III Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa, T. I: 259-270. Córdoba: Cajasur.

 

García de la Concha, F. 1999. Triana: cofradías y Semana Santa, siglos XVI y XVII, en Religión y Cultura, T. I: 447-457. Sevilla, Universidad.

 

García de la Concha Delgado, F. 2002.Antigua, Pontificia y Franciscana hermandad y cofradía de Nazarenos del Santísimo Cristo de la Fundación y Nuestra Señora de los Ángeles, en Crucificados de Sevilla, T. II: 191-200. Sevilla: ABC.

 

Gómez García, M. C. y Martín Vergara, J. M.<