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        Para mí no existe la historia más allá de su función social, es decir, si no sirve para contribuir a crear una sociedad mejor. Cada vez que delato los crímenes del pasado, cometido lo mismo por los persas que por los asirios, los romanos, los egipcios o los europeos lo hago movido por ese ideal.

Cuando publiqué mi libro “Conquista y destrucción de las Indias” (Sevilla, 2009) algunos me acusaron de ser antiespañol, lo cual no deja de ser absurdo, teniendo en cuenta que mi familia no se ha movido de esta piel de toro al menos en los últimos ocho siglos. Quiero dejar claro, que cada vez que hago una crítica sobre el pasado, lo hago precisamente desde mi sentimiento como español. Eso sí, no me siento nacionalista porque todos los nacionalismos, lo mismo el español que el catalán o el estadounidense conllevan un pernicioso sentimiento de superioridad frente al otro. Cada vez que denuncio las injusticias del pasado, y en particular las perpetradas por los españoles en el Nuevo Mundo, reivindico mi condición de español. Siento que destapando los horrores y errores del pasado puedo contribuir a concienciar a la sociedad y a crear un presente y un futuro más justo.

Los españoles desde finales del siglo XV contribuyeron de manera decisiva a construir el naciente capitalismo. A mediados de la siguiente centuria los marinos y los mercaderes hispanos surcaban el océano Atlántico, el Pacífico, el Índico y hasta el Ártico, cuando acudían a pescar bacalaos a Terranova. En los orígenes del capitalismo y de la globalización están decenas de marinos, mercaderes y financieros españoles que arriesgaron sus vidas y sus fortunas, ampliando las fronteras del mundo.

Aquellas personas del quinientos fueron capaces de cambiar el mundo precisamente porque tuvieron el arrojo y la ambición necesaria. Y yo me pregunto, ahora que el capitalismo está entrando en su fase final ¿Por qué no podemos ser los españoles del siglo XXI quienes encabecemos el cambio? Hace falta decrecer y avanzar hacia un sistema diferente al capitalista, más humano, más racional, más igualitario, y menos destructivo con el ecosistema. Sé que es difícil encabezar ese cambio porque vivimos en la mediocridad más absoluta, alienados por los mercados. Falta precisamente el arrojo y la valentía de aquellos hombres del siglo XVI que, siguiendo unos ideales –equivocados o no- se lanzaron a descubrir y conquistar el mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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