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        Los moriscos eran aquellos musulmanes que optaron por quedarse en España, abrazando de mejor o peor grado la religión cristiana. Sin embargo, algunos de ellos -no todos, ni siquiera la mayoría- seguían practicando la religión islámica en la intimidad de sus hogares. Eran falsos conversos. Pero el problema no era tanto la existencia de estos recalcitrantes sino de una minoría cristiana intransigente. Se obligó a las conversiones forzosas, desoyendo la opinión de algunas personas mucho más sensatas.

         Existe la errónea creencia de que toda España estaba contra los moriscos, sin embargo, uno no para de leer testimonios sobre su lealtad y buen comportamiento e incluso sobre sus deseos de integración. La expulsión no respondió ni muchísimo menos a un clamor popular generalizado sino a la influencia de algunos sectores sociales radicales que empujaron a las autoridades a tomar una decisión desde arriba.

Muy al contrario, los moriscos contaron con el apoyo de muchas personas influyentes, tanto religiosas como civiles que, en defensa de sus propios intereses, los ampararon y hasta los ocultaron. Ya en 1540 habían disfrutado de la protección de Sancho de Cardona, Almirante de Aragón, que fue acusado por la Inquisición de permitirles mantener sus costumbres y la religión mahometana. Y en el momento de su expulsión, en 1609, gozaron de la defensa de un buen número de personajes influyentes, entre ellos de Manuel Ponce de León que, el 28 de agosto de 1609, escribió al rey, advirtiéndole del daño que causaría su expulsión. En su misiva le decía que su cadalso significaría una pérdida irreparable para Castilla al tiempo que le entregaba vasallos a los príncipes bárbaros enemigos de España. No fue el único memorial que se recibió en la Corte en defensa de los mahometanos pues el Conde de Castellar escribió en este mismo sentido, señalando que la exclusión de los moriscos es la universal ruina y desolación de este reino. También hubo instituciones, como el ayuntamiento de Murcia, que escribieron en defensa de los moriscos de su término, indicando que eran todos ellos buenos cristianos así como fieles y leales vasallos de la Corona Real. Duques, marqueses y condes, especialmente los del reino de Valencia, así como una parte muy considerable de la alta jerarquía eclesiástica, se posicionaron del lado del más débil. Algunos prelados firmaron licencias para que muchos que estaban plenamente convertidos e integrados, se quedasen. Desde el cardenal primado de Toledo, al arzobispo de Sevilla, pasando por los obispos de Córdoba, Badajoz, Cáceres. A la misma Inquisición tampoco le interesaba acabar totalmente con el problema morisco pues constituían una de las piezas angulares de su siempre precaria financiación. De hecho, según Julio Fernández Nieva, el Tribunal de la Inquisición de Llerena sólo consiguió mitigar su déficit crónico con las condenas impuestas a los moriscos. Probablemente, ni los Inquisidores estuvieron a favor de su expulsión, pues ello equivalía con acabar con su mayor fuente de financiación. No obstante, huelga decir que la protección más eficaz no la brindaron los grandes prelados sino decenas de párrocos que hicieron cuanto pudieron para ocultar el origen manchado de muchos de sus feligreses.

         Como hemos afirmado, contaron con importantes defensores en casi todas las zonas de España: en la Mancha, Zaragoza, Valencia, Murcia, Andalucía y Extremadura. El otro día cayó en mis manos otro testimonio de esas personas transigentes que no veían lo morisco como un problema. Se trata de la carta que el padre B. Liévana, escribió en Toledo el 16 de septiembre de 1589, dirigida a Juan López de Velas, secretario del rey en su Consejo de Hacienda, le decía lo siguiente:

        “…Si es verdad que se trata de hacerlos cristianos ha de hacerse con suavidad, con blandura y con regalo y con verdaderas entrañas de caridad y así es cierto que fue error muy notable y contra la doctrina evangélica hacerlos cristianos con violencia en Granada por quererlo y pacificarlo fray Francisco Jiménez y en Valencia por quererlo y pacificarlo fray Antonio de Guevara. Y dicen algunos viejos que cuando los de Valencia eran moros declarados que servían con grandísima fidelidad y que ellos mismos espiaban si venía alguna galeota de corsarios daban aviso de ello porque vivían contentos y gozaban de quietud y que algunos de su voluntad se convertían. Y que después que los hicieron cristianos viven emperrados y encorajados y dicen que como queremos que sean los cuerpos cristianos y las haciendas moras...”

 

Por cierto que al final le decía a su destinario que el licenciado Villarán le llevaba además de la misiva dos empanadas de anguilas que ha (ha)bido muchas estos días en esta ciudad así como un cestico de ciruelas damascenas. Está claro que el Tajo, en septiembre de 1589, bajaba por Toledo repleto de anguilas.

         Pero retornando a nuestro relato, es obvio que finalmente no triunfaron las opiniones integradoras, sino la de los intransigentes que se encargaron de acentuar el odio hacia el otro, levantando falsos bulos y atribuyéndoles la culpa de todos los males de España. Se les acusó a todos de ser inasimilables, lo cual no era en absoluto cierto. La mayoría estaban bien integrados socialmente y los que no, se debía en gran parte al empeño de algunos de señalarlos continuamente con el dedo. Lo cierto es que a partir de 1609 se decidió solucionar definitivamente el problema, extirpando de raíz a esta minoría en una dramática expulsión de casi 300.000 personas.

 

PARA SABER MÁS:


DADSON, Trevor J.: Los moriscos de Villarrubia de los Ojos (S. XV-XVIII): historia de una minoría asimilada, expulsada y reintegrada. Madrid, Vervuert, 2007.

 

-------- Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old Christians and Moriscos in the Campo de Calatrava. Londres, Támesis, 2014.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio: Moriscos: la mirada de un historiador. Granada, Universidad, 2009.

 

DOMÍNGUEZ ORTIZ, Antonio y Bernard VINCENT: Historia de los moriscos. Madrid, Alianza Universidad, 1997.

 

EPALZA, Mikel: Los moriscos antes y después de la expulsión. Madrid, 1992.

 

LAPEYRE, Henry: Géographie de l`Espagne morisque. Paris, SEVPEN, 1959 (hay edición en castellano de 1986 y 2009).

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Imperialismo y poder. Una visión desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Circulo Rojo, 2014.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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