20140823005327-index.jpeg

        Siempre había pensado que hasta la Edad Contemporánea, todos tenían bien asumido que el matrimonio era una institución pactada por la familia. Los esponsales por amor eran la excepción, mientras que la regla era que las familias pactasen el mismo, incluso entre personas que no se conocían. En una época donde la honorabilidad procedía de la familia era fundamental que fuese ésta la que se encargase de gestionar los enlaces de sus vástagos. Había mucho en juego como para dejarlo en manos del amor.

        Conocíamos casos de parejas de enamorados que, incluso, se suicidaron al ser separados. O el caso de Juana la Loca que, al parecer, gran parte de su demencia procedía de su amor por el promiscuo Felipe el Hermoso. Hace unos días, revisando papeles viejos en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla, me salió al paso otro caso singular, concretamente el de la jovencísima doña Leonor de Portugal y Vicentelo, condesa de Gelves. Era hija de Jorge Alberto de Portugal y Fernández de Córdoba, III conde de Gelves, y de Bernardina Vicentelo de Leca. Su padre murió en 1589, cuando Leonor tenía sólo seis años y, dado que era hija única, se convirtió con esa edad en la IV Condesa. Su madre se desposó en segundas nupcias con Juan de Sandoval y ambos acordaron, a principios de 1597, que debían pactar el matrimonio de la joven condesa con su pariente Diego de Portugal. La joven, que entonces tenía 14 años, recibió muy mal la noticia, tanto que el rey ordenó que mientras alcanzaba la mayoría de edad la enviasen a la Corte y que hiciesen una información del suceso. La Real Ccédula y la información, insertas ante notario, el 31 de julio de 1597, no tienen desperdicio:

 

        “Cuando Leonor supo el pacto de su matrimonio le ha dado y da mal de corazón y se ha entendido de ella lo ha tomado y toma mal y muestra no tener voluntad, antes de ello se ha echado de ver haber sido ocasión de una grave enfermedad que le dio. Y en particular, habrá cuatro meses poco más o menos que la afligió mucho una fiebre que tuvo la cual le precedió de haberle traído a la memoria y hablado sobre el dicho casamiento, con ánimo y voluntad de que estuviese y fuese en ello, de lo cual recibió tanta pasión que desde aquel día se le causo el mal y se conoció bien que nacía del dicho casamiento. Y desde allí se tuvo mucho cuidado con la dicha condesa y de su salud estuvo tan mala y tan al cabo que los médicos que la curaron, temieron mucho por su vida y procurando el remedio de ello decían que la principal medicina era no darle pesadumbres porque el mal que tenía procedía del corazón, la cual enfermedad hoy en día tiene tan arraigada que por poca que sea la pesadumbre le da el dicho mal y se siente mucho de él y en especial tratándole del dicho casamiento el cual y la voluntad de la dicha condesa está en este estado aunque con la edad, durante el tiempo, podrá entender conocer cuán bien le está a la dicha condesa cumplir dicho casamiento…”

 

        Está claro que la muchacha estaba tan apesadumbrada que afectó a su salud, pese al empeño de la madre que pensaba que con los años lo asumiría. El documento que he manejado no aclara cómo acabó el asunto, pero dado que se trata de la IV Condesa de Gelves, su biografía aparece en todos sitios, incluso en la Wikipedia. La niña no se casó con Diego de Portugal sino con Fernando Ruiz de Castro, con quien tuvo a su hija Catalina de Castro y Portugal que sería la V Condesa. Una vez viuda, se desposó en segundas nupcias con Diego Pimentel y Toledo, falleciendo en torno a 1620 o 1621 con apenas 37 o 38 años edad. Por cierto, que este título condal, que alude a esta localidad sevillana, lo ostenta actualmente el duque de Alba.

        Queda claro que la afligida muchacha se salió con la suya. Será de los pocos casos que conocemos en los que la capacidad de influir de una menor de edad terminó por anular un acuerdo matrimonial acordado entre dos influyentes familias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Comentarios  Ir a formulario

No hay comentarios

Añadir un comentario



No será mostrado.