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        Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con la lectura de un libro que, por supuesto recomiendo a todos los amantes no solo de la historia sino de los libros en el sentido más extenso. Se trata de un volumen de pequeño formato y 245 páginas, firmado por Jaime Oliver Asin, titulado Vida de don Felipe de África, príncipe de Fez y Marruecos (Madrid, C.S.I.C., 1955).

        Nuestro protagonista, el príncipe Muley Xeque, posteriormente bautizado como don Felipe de África, nació en Marruecos en 1566. Era hijo del rey de Fez y Marruecos y último descendiente de la dinastía Sadí, la anterior a la actual que es la Alauita. Lope de Vega lo describió como una persona de talle extremado, fornido, de perfectas proporciones y de rostro modesto, cabello rizado, alegre de ojos y falto de barba.

Su padre, Muhammad fue destronado y huyó con su hijo, refugiándose en el Peñón de Vélez de la Gomera. Corría el año de 1577. Allí abrigó la esperanza de que el joven e impetuoso rey Sebastián de Portugal lo ayudase a recuperar el trono. Sin embargo, al año siguiente, en la batalla de Alcazarquivir, no solo fueron derrotados sino que le costó la vida a ambos monarcas, al luso y al Sadí. El protagonista de nuestra historia, que apenas tenía doce años, escapó con vida, ayudado por los portugueses que consiguieron trasladarlo a Lisboa.

        Diez años permaneció en Portugal el joven príncipe Sadí, entre diciembre de 1578 y enero de 1587. Luego, Felipe II decidió trasladarlo con toda una corte de 57 personas a España, viviendo en distintas localidades. La primera que lo albergó fue Carmona, hospedándose en el alcázar de arriba, por espacio de tres años. Y ¿a qué se dedicó en la villa sevillana? No sabemos gran cosa, pero hay determinados indicios para pensar que las relaciones con los vecinos no fueron buenas, pues algunos miembros de su séquito provocaron peleas, hasta el punto que por acuchillar a un alguacil, algunos fueron encarcelados. Según Jaime Oliver, al alcázar carmonense acudían moriscos del entorno a rendirle pleitesía, hasta el punto que Felipe II llegó a pensar en devolverlo de nuevo a Portugal.

Finalmente, fue encaminado a Andújar (Jaén) convirtiéndose al cristianismo, lo que provocó un gran escándalo entre los suyos que incluso trataron de envenenarlo. Descubierta la trama, salió de Andújar con destino al monasterio del Escorial, donde recibió las aguas del bautismo, con el rey Felipe II como padrino. Su nombre cristiano Felipe, en honor a su padrino y protector, el rey Prudente. Entre 1594 y 1608 vivió habitualmente en Madrid, concretamente en una casa ubicada en la calle de las Huertas, esquina con la del Príncipe, frecuentando la iglesia de Atocha, cercana a su morada. Recibió un hábito de Santiago, pues según los testigos tenía sangre real y ninguna ascendencia judía.

Según Jaime Oliver en 1609 abandonó definitivamente la Península Ibérica en 1609 para marchar a Italia. Pero debió ser en realidad en 1610 pues en enero de 1610 lo tengo documentado de nuevo en Carmona, en el alcázar de Pedro I. Por cierto, que se dedicó a comprar la libertad de algunos conversos. Obviamente, no es casualidad que saliese de España en ese año, coincidiendo con la gran expulsión de 1609-1610. Por cierto que en Italia coincidió con otros muchos moriscos de alcurnia que habían escapado a la Península Itálica, recibiendo la protección de las autoridades civiles y eclesiásticas.

Es posible que el traslado a Italia lo hiciera desde el puerto de Sevilla o desde alguno de los puertos andaluces, pues en a mediados de 1610 está documentado en Milán. Ese mismo año se trasladó a una pequeña localidad cercana, Vigevano, en la misma provincia de Pavia, donde vivió por espacio de una década hasta su muerte el 4 de noviembre de 1621. Unos días antes dictó su testamento, reconociendo como heredera a su hija natural Josefa de África, monja profesa en el convento de San Pablo de Zamora. Dicho sea de paso, otra morisca que se había quedado sin problema, en este caso, asegurando su vida como religiosa en un cenobio.

Este príncipe de Marruecos, mantuvo unas excelentes relaciones no solo con Felipe II sino también con su hijo Felipe III. ¿Qué pasó por la cabeza de este monarca cuando al tiempo que mantenía una gran amistad con el más noble de los moriscos, expulsaba dramáticamente a otros 300.000? Las consecuencias de este dramático etnocidio, las sufrió España durante siglos, acentuando la confrontación social, la despoblación y la ruina económica de nuestro país.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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