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En general, existe una vetusta, inútil y árida controversia entre los que han alegado y alegan la Leyenda Negra y los que lo hacen de la Leyenda Rosa. Las posturas se pueden sintetizar en pocas palabras: los primeros defienden el carácter colonizador de los anglosajones que arribaron a los nuevos territorios para construir hogares, mientras que los españoles no llevaban intención de poblar sino tan sólo de saquear para regresar prestos a sus lugares de origen. Los segundos, cuentan la historia a la inversa, los españoles fueron los grandes colonizadores, generando un corpus legal que protegió a los aborígenes, frente a los ingleses, que realizaron campañas de exterminio consecutivas, primero en las montañas de Escocia, luego en Irlanda y finalmente en sus colonias. Posturas extremas e irreconciliables que no constituyen más que una simplificación que desvirtúa la realidad histórica. Todo ello ha provocado un cierto cansancio tanto en la opinión pública como en la historiografía. Las últimas tendencias historiográficas, encabezadas por Fernández-Armesto, Serge Gruzinski y Jorge Cañizares-Esguerra, tienden a disminuir las diferencias entre la colonización puritana inglesa y la católica española. No existió esa contraposición que la historiografía ha defendido y ambos procesos colonizadores tuvieron muchos puntos en común.

Sobre la Leyenda Negra se han vertido ríos de tinta, desde el siglo XVI hasta el mismísimo siglo XXI. Ésta tuvo varias vertientes, fundamentalmente la Inquisición, la política de Felipe II en los Países Bajos y la conquista de América. Nos referiremos especialmente a la última aunque en realidad la base era la misma: se trataba de culpar a España por una forma de actuar especialmente bárbara, cuando en realidad se comportó exactamente igual que los demás países de Europa en aquella época. Como escribió Philip Powell, en la Conquista se cometieron atrocidades, sin embargo hay sobradas razones para pensar que los ingleses, holandeses, franceses, belgas, alemanes, italianos y rusos, en circunstancias similares en el siglo XVI, se hubiesen comportado tan mal o peor.

La vertiente americana de la Leyenda Negra se basó en la manipulación malintencionada de textos manuscritos e impresos, especialmente los del padre Las Casas. Se ha dicho, erróneamente que la Leyenda Negra nació en España. En este sentido, Powell, citando a un tal Bartrina, expone una estrofa que ridiculizaba la actitud crítica de los hispanos consigo mismos:

Oyendo hablar a un hombre, fácil es acertar dónde vio la luz del sol: si os alaba Inglaterra, será inglés; si os habla mal de Prusia, es un francés; y si habla mal de España, es español.

 

Pura falsedad porque ya hemos dicho que la Leyenda Negra no nació en España, ni partió del padre Las Casas. Más bien, la iniciaron determinados panfletistas y escritores de muy diversos países europeos, sobre todo franceses, holandeses, ingleses, alemanes, italianos y flamencos. Ya en 1579 se editó en Amberes la Brevísima aunque, modificando malintencionadamente el título: Tiranía y crueldades de los españoles perpetrados en las Indias Occidentales… Aunque sutil, el cambio de intitulación es clave porque Las Casas no sólo culpó a los españoles de la destrucción de las Indias, sino a todos los participantes en la empresa, incluidos los alemanes, los portugueses o los italianos. El editor belga Teodoro de Bry, en 1597, imprimió una edición de la Brevísima con una selección de 16 xilografías sensacionalistas, donde se plasmaba la crueldad extrema de la Conquista. De Bry, un protestante que sentía un odio acendrado hacia la España Imperial, fue uno de los que más influyó en la consolidación de esta patraña. Para ello no dudó en pervertir los ideales del dominico, cuyo objetivo no podía ser más caritativo: la defensa de los indios. En cambio, el belga no actuó movido por ningún afán pío sino con la envidiosa idea de desprestigiar al Imperio de los Hamburgo y a su empresa colonizadora.

La principal perversión consistía en presentar la brutalidad como una particularidad típica del carácter hispano. En la edición alemana de la Brevísima, fechada en 1597, el traductor, tuvo a bien incluir una nota dirigida al lector en la que advirtió de la crueldad innata de los españoles. Una inhumanidad propiamente hispana que se debía –afirmaba el citado traductor- a la expulsión de los padres godos, a la contaminación sarracena y a la imitación del orgullo judío. Se despachó a gusto el germano, atribuyendo la crueldad a la influencia árabe y judía. Su opinión no podía ser más racista y agraviante no sólo para los españoles sino también para los islámicos y los hebreos. En cambio, las demás naciones europeas –cómo no- estaban habitadas por personas dotadas de altos valores humanos. Esta idea estuvo ampliamente difundida en la Europa Moderna.

Pero, la realidad es que se trata de opiniones tan gratuitas como infundadas. Y no es que la Conquista no hubiese estado presidida por la crueldad sino que desgraciadamente ésta ha sido un elemento omnipresente en el mundo, al menos desde los orígenes de la civilización. Ya en el siglo XVII escribió el obispo Juan de Palafox, en una línea bastante determinista, que la malicia era inherente a la naturaleza humana como se demostraba desde la primera culpa de Adán, aun dentro del Paraíso.

Como veremos, en América sí hubo un etnocidio sistemático y, más puntualmente, un genocidio moderno o arcaico. Digno es reconocerlo. Ahora bien, también hay que decir que los españoles actuaron exactamente igual que otros pueblos de occidente, antes y después. Además tampoco podemos olvidar que, en los patrones morales de la época, las matanzas, las torturas o las amputaciones eran algo común que en absoluto escandalizaban. Pero esto no puede ser un eximente a la hora de analizar el pasado. Está claro que la Conquista fue una guerra y, como todo enfrentamiento armado, conllevó un sin fin de excesos; ya lo dice el viejo refrán: en el amor y en la guerra todo vale. Sin embargo, dado que la Historia está desgraciadamente plagada de conflagraciones en las que se vivieron hechos similares, no parece lícito, ni justo escandalizarse por la actuación española. Moreno Fraginals, nada sospechoso de hispanofilia, ha escrito que La Leyenda Negra fue creada en los siglos XVI y XVII por ingleses y holandeses, manipulando información, precisamente ellos, los dos imperios de más bárbaras depredaciones que conociera la historia moderna. De hecho, a la par que España conquistaba cruelmente las Indias, los ingleses hacían exactamente lo mismo en Irlanda, y con estrategias muy similares. Y años después perpetraron un genocidio en toda regla con los indios norteamericanos, al igual que los holandeses en sus colonias del Extremo Oriente.

De alguna forma la Leyenda Negra fue la respuesta de muchas naciones europeas ante el liderazgo mundial que en esos momentos ostentaba el Imperio de los Austrias. Por ello, no le faltaba razón al cronista Antonio de Solís, cuando escribió que todo fue un montaje por la envidia que los extranjeros sentían de España que no pueden sufrir la gloria de nuestra nación. Ya en el siglo XVII, Francisco de Quevedo se posicionó en esta misma línea al titular uno de sus sonetos de la siguiente forma:

Advertencia a España de que así como se ha hecho señora de muchos, así será de tantos enemigos envidiada y perseguida, y necesita de continua prevención por esa causa.

 

El Imperio de los Habsburgo no solo fue combatido por la fuerza de las armas sino también con la propaganda, atribuyendo a sus vasallos todo tipo de perversiones. De esta forma, las potencias europeas consiguieron minar la reputación de los hispanos en toda Europa. Fue Michel Montaigne quien ya en el siglo XVI criticó con saña a la España Imperial, señalando la crueldad como un rasgo típico de la forma de proceder de los hispanos. España se defendió con escaso éxito, al menos fuera de sus fronteras. Como bien se ha escrito, en el siglo XVI los reinos hispánicos ganaron casi todas las batallas menos la de la propaganda. Y esta Leyenda Negra ha perdurado hasta la Edad contemporánea. De hecho, en 1898, Luís Vega-Rey publicó un libro, titulados muy significativamente, Puntos negros del Descubrimiento de América, en el que enumeró todas y cada una de las atrocidades cometidas en las primeras décadas de la ocupación española del Nuevo Mundo.

Pero, ¿tales argumentos han podido sobrevivir en los siglos XX y XXI? Aunque parezca increíble, en parte sí. Philip W. Powell investigó decenas de manuales alemanes, italianos, franceses y estadounidenses del siglo pasado y con sorpresa pudo verificar su vigencia. Incluso, apologistas de la Conquista, como el venezolano Rufino Blanco- Fombona, no tuvo empacho en describir la crueldad como un rasgo definitorio de los hispanos, prueba de lo cual –decía- era la insensible antropofagia que cometían al comer jamón crudo. Más sorprendente es que historiadores de la talla de Georg Friederici se manifestaran en esta misma línea, al decir que los españoles, desde tiempos del Cid, se caracterizaron por un marcado rasgo de crueldad. Bien es cierto, que Friederici era un alemán que se enorgullecía de haber luchado por su país en la II Guerra Mundial. Y dicho sea de paso que pueblos germanos como los godos, los suevos y sobre todo los vándalos no se caracterizaron precisamente por su humanidad. El mismo término guerra procede de la voz germánica werra, un grito de combate, que pasó al alemán como wehr y al inglés como war. Sea como fuere, su testimonio no tiene desperdicio por lo que lo extractamos en las líneas que vienen a continuación:

El escritor francés-canadiense Garneau habla de la fría crueldad como característica de los españoles. Si, entre los pueblos del occidente, esta cualidad no puede decirse que fuera, ni mucho menos, patrimonio exclusivo de los españoles, no cabe duda de que desde los días del Cid hasta los tiempos que aquí tratamos, toda la historia de los pueblos de la Península Ibérica, unidos para formar la nación española, se distingue por un marcado rasgo de crueldad.

 

Mucho más recientemente, Carlos Alberto Montaner que la intolerancia era un rasgo propio y definitorio del homo hispanicus que desgraciadamente habíamos transmitido a Hispanoamérica. Y aunque es cierto que una parte de nuestra historia ha estado marcada por la intransigencia, afirmar que es un rasgo intrínseco del hispano, es tan excesivo como falso. Pero lo más triste de todo es que, como escribió el bilbaíno Esteban Calle Iturrino, los propios españoles nos hemos terminado creyendo la Leyenda Negra.

No obstante, también hay que destacar, desde mediados del siglo XX, una cierta corriente de simpatía en algunos círculos intelectuales europeos hacia la Historia de España. Desde ese momento comenzaron a aparecer numerosos hispanistas en Europa que se apasionaron con nuestro pasado. Morel Fatio, maestro de Marcel Bataillón, escribió que a España se le debía amar por haber cerrado el paso a los árabes, por haber salvado a la cristiandad en Lepanto y por haber implantado la civilización europea en el Nuevo Mundo. Sus palabras resultan exageradas, pero lo cierto es que tras él vinieron un amplio grupo de historiadores europeos que se apasionaron con nuestra historia, creando cátedras de estudios Hispánicos en diversas universidades europeas.

Si los rescoldos de la Leyenda Negra han llegado a nuestros días, se ha debido a dos motivos: el primero, a una estrategia de algunos nacionalismos actuales de Iberoamérica que se autoafirman en oposición a lo español. Y el segundo, a una errada estrategia de la historiografía hispanista, consistente en contrarrestar la Leyenda Negra con la Rosa que, por supuesto, negaba todos los horrores. Basta echar un vistazo al libro de Julián Juderías para encontrar mil y un cantos a la labor civilizadora española en el mundo y a los valores excepcionales de sus gentes. Según este autor, fruto de genuinos cruces raciales, a finales del siglo XV se había completado la mezcla:

El pueblo español estaba hecho, y ninguno en Europa podía competir con él en valor, en cortesía, en ciencia, en política y en artes…

 

No menos apasionado se mostró M. Siurot cuando afirmó que España fue en el siglo XVI más generosa, humana y demócrata, que cualquier nación del siglo XX. Increíble, pero por negar se ha negado hasta el carácter despótico de la Inquisición. En 1954 Antonio Ramis Bennasar, instructor profesor del Frente de Juventudes, se lamentaba de las injustas críticas que había recibido este Santo Tribunal, pese a la beneficiosa influencia que se dejó sentir en España. Justo una década después, el historiador Manuel Serrano de Haro, también del Frente de Juventudes, escribió que, pese a las infundadas críticas, la Inquisición española encerraba verdaderas maravillas de delicadeza y que era asombrosa por el espíritu de caridad que la inspiraba. Hombre, es cierto que la Inquisición no empleó necesariamente métodos diferentes a la de otros tribunales civiles españoles y europeos, pero de ahí a atribuirle un espíritu caritativo o una forma de actuar delicada media un abismo. Quemar en la hoguera a herejes previamente torturados no parece precisamente sutil. A partir de ahí se han negado todo tipo de malos tratos sobre los aborígenes. En el caso que ahora nos ocupa, la Leyenda Rosa, al igual que la Negra, tuvo sus orígenes en el mismo momento de la Conquista. Tanto Cristóbal Colón como el oidor y Adelantado Lucas Vázquez de Ayllón justificaban las muertes de los indios por su propia debilidad física. Este último decía que eran gentes que de solo vivir en orden mueren aunque sea holgando. Por su parte, Rómulo Carbia negaba que la violencia hubiese sido una conducta normal en la Conquista. Postura tan insostenible como absurda porque, como ya hemos afirmado toda guerra implica necesariamente violencia, y en grandes dosis. De hecho, como afirmó Clausewitz, poner límites a esa violencia, aunque el otro bando tenga un potencial muy inferior, supone correr riesgos tan grandes como innecesarios. Lo que sí es cierto es que la Conquista no fue ni más ni menos cruel que la ocupación romana de las Galias, que la Reconquista, que la conquista del oeste norteamericano, que la II Guerra Mundial -55 millones de muertos- , o que la guerra de Vietnam. Sin duda, los genocidios del siglo XX, especialmente las dos Guerras Mundiales, han superado por goleada las salvajadas cometidas por los hispanos en el siglo XVI.

En las últimas décadas la posición de los que niegan los malos tratos y el genocidio se ha visto reforzada por los estudios sobre el impacto de las epidemias, que se han configurado como la principal causa de mortandad. Por citar un ejemplo concreto, en un minucioso estudio sobre los mayas del occidente guatemalteco en el siglo XVI, su autor concluye diciendo que las epidemias fueron la causa fundamental y casi única de la despoblación. Pues mire usted, que las epidemias fueran la principal causa de la despoblación parece bien fundamentada pero que fuera casi la única suena tan excesivo como increíble, entre otras cosas porque la multicausalidad está presente en casi todos los hechos históricos. Es obvio que ni todos o casi todos murieron por las enfermedades, ni tampoco que lo hicieron por la tiranía ejercida por los vencedores; ambas posiciones implican una simplificación que necesariamente falsea la realidad.

Ya hace casi medio siglo que Ángel Losada advirtió que la única vía para replicar la Leyenda Negra era asumir las verdades que contiene y contextualizarlas, para de esta forma demostrar que los españoles actuaron igual que otros pueblos europeos en la Edad Moderna. En mi opinión ésta es la clave. Durante demasiado tiempo la historiografía española se ha empeñado tozudamente en negar el genocidio en vez de negar la Leyenda Negra. En realidad, los españoles ni inventaron el genocidio, ni desgraciadamente fueron los últimos en perpetrarlo. La destrucción del más débil a manos del más fuerte ha sido una práctica recurrente desde la aparición de la civilización hasta pleno siglo XXI. Las consecuencias del posicionamiento de los que defendían la Leyenda Rosa, fue la creación de dos grupos de pensamiento absolutamente irreconciliables, ambos con sus testimonios más o menos sesgados, que ha evitado durante siglos el entendimiento.

Esta injusta Leyenda Negra, inventada por las potencias opositoras, solo desaparecerá cuando los españoles reconozcamos sin problemas los excesos que realmente se produjeron en el sometimiento del Nuevo Mundo. Mientras luchemos contra la leyenda con más leyenda, ésta prevalecerá sobre la historia. Ya es tiempo de cambiar el concepto y la celebración de la Hispanidad, rescatarla del carácter tradicionalista, sectario y conservador que la ha presidido. Como escribió Carlos Alberto Montaner, la mejor forma de celebrar la Hispanidad sería honrando el origen común de los pueblos hispánicos, y reconociendo libre y objetivamente un pasado y un presente conflictivos.

Nosotros en este ensayo queremos superar todas estas cuestiones; no se trata de acusar a los españoles de los males pasados y presentes de Hispanoamérica, ni tampoco de disimular o ablandar con falsos discursos lo que allí ocurrió. ¿Qué potencia colonial a lo largo de la Historia no ha practicado el genocidio? La historia de la humanidad es por desgracia la crónica de la imposición del más fuerte sobre el más débil. Y esta percepción no es nueva, ya en el siglo I a.c. el historiador griego Dionisio de Halicarnaso aseguro que esta dinámica constituía una ley de la naturaleza que nada ni nadie podría cambiar. Y es que la guerra ha sido una constante en la historia de la humanidad, pues prácticamente todas las sociedades han compartido esa alternancia entre la guerra y la paz. En este sentido ha llegado a escribir Robert Ardrey, con grandes dosis de pesimismo, que el hombre se diferenció del chimpancé cuando durante miles de años de evolución hizo del hecho de matar una profesión. Y es que paradójicamente, como escribió Michael Nicholson, la guerra es una actividad genuinamente humana, una de las ocupaciones favoritas de la humanidad. Efectivamente, a lo largo de la historia han existido multitud de personas que han sostenido que las guerras eran tan inevitables como necesarias. Por poner un ejemplo concreto, el escritor del Siglo de Oro Francisco de Quevedo, sostenía que la guerra era inexcusable para conseguir la paz y de paso frenar la soberbia de los turcos y extirpar la idolatría de los indios. Y aunque obviamente no estamos en absoluto de acuerdo con este determinismo lo cierto es que encontramos enfrentamientos bélicos desde la misma Prehistoria. De hecho, se han localizado pinturas rupestres del Mesolítico, con más de 15.000 años de antigüedad en las que se pueden observar pequeños grupos tribales en pleno combate arrojándose flechas. Pero sin salir del continente americano, los taínos, procedentes del continente y mucho más evolucionados, habían irrumpido siglos atrás en las Antillas Mayores, arrinconando a los macorises y siboneyes hasta convertirlos en residuales. Estos vivían de la caza y la recolección en un estadío casi paleolítico y quedaron al borde de su extinción. Cuando los españoles llegaron a las Antillas exterminaron a los taínos en medio siglo, pero a su vez estos estaban comenzando a ser desplazados en determinadas áreas por los belicosos caribes que estaban en proceso de expansión, afectando particularmente a la isla de Puerto Rico.

Como ha escrito Ricardo García Cárcel no se puede estar a favor ni en contra de la Leyenda Negra porque como su propio nombre indica no se trata más que de eso, es decir, de leyenda. Tanto la Leyenda Negra como la Rosa, creadas por antiespañolistas y españolistas respectivamente, parten de la manipulación documental y abocan a conclusiones parciales y tendenciosas que no son más, como decía Moreno Fraginals, que una sola gran mentira.

En definitiva, las diferencias evolutivas entre las civilizaciones indígenas y las europeas eran en cualquier caso abismales. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir, es decir, la aniquilación del más débil a manos del más fuerte. Así ha sido la Historia con mayúsculas y por desgracia no parece que esta situación vaya a cambiar al menos a corto o medio plazo.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

CARBIA, Rómulo: La Leyenda Negra. Madrid, 1944.

 

GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: La Leyenda Negra. Madrid, Alianza Universidad, 1992.

 

HERNÁNDEZ CUEVAS, Juan Carlos: “La Brevísima Relación de la Destrucción de las Indias y la Leyenda Negra americana”, Espéculo. Revista de Estudios Literarios, N. 34. Madrid, 2007.

 

JUDERÍAS, Julián: La Leyenda Negra. Estudios acerca del concepto de España en el extranjero. Madrid, Nacional, 1960.

 

MAQUEDA ABREU, Consuelo: “Extranjeros, Leyenda Negra e Inquisición”, Revista de la Inquisición N. 5. Madrid, 1996.

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias. Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

MOLINA MARTÍNEZ, Miguel: La Leyenda Negra. Madrid, Editorial Nerea, 1991.

 

POWELL, Philip W.: La Leyenda Negra. Un invento contra España. Barcelona, Áltera, 2008.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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