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          Este año se conmemora la gesta de la salida de Sanlúcar de Barrameda de la expedición que, al mando primero de Hernando de Magallanes y después de Juan Sebastián Elcano, daría la primera vuelta al globo. Una aventura que para bien y para mal cambió el mundo.

          Un total de 247 hombres que sabían que se jugaban la vida en una singladura jamás abordada por otros seres humanos. En unos casos el hambre, en otros la ambición y en todos los casos, el afán de aventuras por hacer algo singular los animó en una aventura incierta. Y tanto fue así que solo completaron el viaje una de las cinco naos que zarparon –la Victoria- y 18 de los 247 tripulantes que zarparon en 1519.

          A modo de homenaje, aporto un pequeño dato sobre lo ocurrido pocas semanas después de zarpar, frente a las costas de Guinea. Afirma el cronista de la expedición Antonio de Pigafetta que llovió durante 60 días sin pausa, y “los golpetazos de viento y corrientes” pusieron en peligro la ruta y la expedición. Cuando la situación se tornó crítica tiraron de lo único que les quedaba: su fe, su esperanza, sus creencias, su devoción. Cuenta este testimonio de José Martín de Palma que estoy transcribiendo que:

 

 

          “Tuvieron socorro del cielo, apareciendo sobre las gavias aquella luz piadosa que atribuye a la devoción que tenía al bienaventurado San Telmo. Mostróseles entonces con una candela encendida y alguna vez con dos en la mano (y) pudieron proseguir…”

 

 

          Por ello, nos explicamos perfectamente que circularan viejos refranes como éste: quien no sabe rezar métase en el mar. En ese mismo sentido Gonzalo Fernández de Oviedo escribió:

 

 

          “Si queréis saber orar aprender a navegar, porque, sin duda, es grande la atención que los cristianos tienen en semejantes calamidades y naufragios para se encomendar a Dios y a su gloriosa madre…”

 

 

          Estaba claro que ante el peligro inminente de muerte todos echaban mano de sus creencias para intentar aliviar sus conciencias y sus certezas. Lo mismo veían -o creían ver- monstruos demoníacos o maléficos que amenazaban su existencia que santos que concurrían en su auxilio. Hasta el más incrédulo era capaz de tornarse en un ferviente devoto de toda la corte celestial.

          Es increíble –casi inexplicable al menos desde un punto de vista actual- como se enrolaron en un viaje a lo desconocido, a recorrer rutas nunca vistas, sin saber a ciencia cierta los vientos ni las mareas. ¿Qué los empujó a ello? Pues probablemente, como ha escrito Tomás Mazón, la única explicación posible es la ilusión, el afán por hacer algo nuevo, algo nunca antes realizado o visto por un ser humano. Y en ese afán la mayoría encontró la desgracia, pues la mayoría perdió la vida pero incluso para los supervivientes, la recompensa económica fue extremadamente menguada. Eso sí, sabían que estaban protagonizando una gesta y que, como de hecho ocurrió, la historia los redimiría.

 

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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